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Cuál es el sentido de la filosofía en el siglo

XXI?

María Camila Rodríguez Mecón

1002

Andres Bello

2018
en forma errónea la mayoría de las veces se considera a
los filósofos como personas prudentes pero es ésta una
“falsa ilusión” porque en el fondo estos raros personajes
son “experimentadores de existencia”. Buscan internarse
en los lugares donde nadie fue todavía a razonar y hacer
nuevos caminos a través del espíritu. Considera que los
textos de estos pensadores están habitados por una
manera singular de ubicarse en la existencia y ello puede
verse aún en la más árida abstracción, de la cuál también
resulta posible discernir una postura frente a la vida, una
manera de plantarse, de moverse o de agitarse.

No obstante ello, nos dice que no son ni “artistas ni magos“,


ni poetas ni chamanes sino sólo “aventureros de la razón” y
tienen todos en común la obstinación de no reconocer otra
soberanía más que la de la lógica ni otra autoridad salvo la
de la razón.

A primera vista, pareciera entonces, que el “filosofar”


coincide con los postulados de nuestra sociedad
contemporánea, dominada por la ciencia pero no creo que
haya que apresurarse tanto en el razonamiento.

Por el contrario, considero que “filosofar” es “hacer algo”


algo totalmente distinto al resto de las ciencias modernas,
no sólo por su método sino principalmente por las
preguntas que el filósofo se realiza y “eso” es su “marca de
origen”, su “esencia” y su verdadera importancia.
Quién, si no es un filósofo, se interrogará por temas que
generalmente olvidamos en nuestra vida cotidiana, como:
¿cuál es el sentido de la vida? , ¿de dónde venimos? ,
¿hacia donde vamos?, ¿existe un Dios o algo superior a
nosotros? y tantos otros interrogantes que nadie más
quiere plantearse.

Generalmente se predica la inutilidad de estas preguntas


que no tienen una respuesta que se pueda validar
“científicamente” y se las dejamos a las religiones. “No
importa”, expresan algunos científicos, seguramente los
religiosos sólo arribarán a respuestas “no racionales”
destinadas a ser creídas sólo por “incautos, inocentes o
crédulos” que no tienen el valor de asumir la “crudeza” de
nuestra existencia y necesitan “ilusionarse” con estas
pseudo-creencias.

No estoy en contra de las múltiples respuestas religiosas y


espirituales que han enriquecido enormemente nuestra
forma de concebir el mundo, pero me resisto a descartar a
la filosofía como una de las vías por las cuales el hombre
siga “buscando” e interrogándose sobre su lugar y su
actitud frente a la existencia.

Es por eso que entiendo que la filosofía nos debe servir


para “aprender a vivir” con nuestra finitud, aceptando la
muerte sin encerrarnos en la angustia, sino todo lo
contrario, aprovechando la vida tal cuál es. Parafraseando
a Montaigne, André Comte-Sponville (2) nos dice que
“Filosofar es aprender a morir porque filosofar es aprender
a vivir” y si amamos la vida sin aceptar la muerte, no la
amamos tal cuál es porque la vida” incluye” la muerte.