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Alejandra Waigandt

Taller de Escritura I
RELATO

El viaje
El colectivo amarillo de la empresa Ale Hnos. recorre la Ruta Nacional N° 51 en el
noroeste argentino. Atraviesa el cañón conocido como Quebrada del Toro, a más de 2
mil metros sobre el nivel del mar. Son las seis de la mañana, por eso es el único
vehículo que se ve allá abajo, según estos ojos de pájaro. Pasa una curva, luego una
contra curva, una curva más. Es una ruta recientemente asfaltada que corta el valle de
cardones, y de cerros cuyas faldas se derraman sobre el camino.
Caemos en picada unos metros. Prácticamente volamos junto al colectivo que avanza
veloz, siempre hacia adelante. Estamos sobre su flanco derecho como queriendo
atravesar ese enérgico amarillo.
Ahora estamos adentro del colectivo. Vemos todo su interior desde el frente del
vehículo. Hay muchos pasajeros de los parajes. Son de escasa estatura, a todos les
sobresale el respaldo del asiento. Hay más varones que mujeres, pero todos tienen
cabello negro azabache. No se ven canas. Miran hacia adelante. Nadie repara en
nosotros.
Julia Pintos está sentada en el primer asiento. Flotamos hacia ella.
Su cabello, cejas y ojos también son negros como la noche en los cerros. Su nariz es
chata y amplia. Su boca es grande y sus labios carnosos sonríen. Contiene estos rasgos
en una cara redonda y amable. Tiene piel morena y fresca como cualquier vertiente de la
quebrada. No usa maquillaje, ni aros, ni anillo. Su vestimenta es sencilla. Lleva un
pulóver turquesa y una campera negra con capucha. Utiliza también un pantalón de
algodón deportivo oscuro y zapatillas de lona.
Julia nos descubre, ahora sabe que estamos allí. Y escuchamos lo que piensa: “Un
Pacha Inti sin territorio es como un árbol sin tierra, no se puede desarrollar. Un
coya sin la Pachamama, no tiene sentido su vida”.
Gira el rostro hacia la ventanilla y se ve el paisaje norteño. Los parlantes del colectivo
transmiten una copla.
La llegada
Julia baja del colectivo en la plaza principal de Campo Quijano. Es uno de los
municipios del Departamento Rosario de Lerma más concurrido por los habitantes de
los parajes, tanto originarias como criollos. Por eso hay gente yendo y viniendo desde
muy temprano. Sin embargo hacen sus cosas en silencio o conversan en voz baja. No
tienen prisa.
Al fondo de las calles y detrás de las casas y comercios se ven los cerros.
Aparece una voz diferente a la que se escucha cuando Julia comunica lo que piensa.
Esta voz nueva es neutra, femenina y madura. Da ganas de escucharla. Nos relaja. Nos
hace prestar atención.
Alejandra Waigandt
Taller de Escritura I
RELATO

La voz: Pacha Inti es una comunidad milenaria de origen coya. Julia Pintos es su
cacique. Una vez a la semana deja su hogar en la zona de Quebrada del Toro para
bajar hasta el Concejo Deliberante de Campo Quijano.
Julia representa a unas 13 comunidades originarias de la quebrada. La eligieron
concejal hace dos años. Algo que enojó mucho a algunos líderes de pueblos
originarios.
La mayoría de los pasajeros que descienden junto con Julia cruzan la calle y se meten en
los locales comerciales que se concentran alrededor de la plaza. Desde atrás de un banco
de la plaza con ojos de árbol observamos que Julia se cubre con la capucha de la
campera y se aleja por una de las calles. Lleva en su mano derecha un bolso de tela de
tipo mandados, donde sobresalen papeles.
Concejo Deliberante
Julia camina sobre la manzana del Consejo Deliberante. Está muy soleado. Las paredes
rosadas del edificio público brillan. Es muy antiguo, con tejas coloniales como cubierta.
Con estos ojos de perro vemos que se acerca a la puerta principal de doble hoja y
madera verde. Los vecinos salen y entran como si fuera su propia casa. Flotamos cerca
de sus piernas, olisqueamos su bolso desbordante de papeles. Ella inclina su cabeza
redonda y nos observa con ojos negros.
“Nuestras tierras son fructíferas. Hay gente que pasa y quiere comprarlas, quiere
meterse. Hay muchos intereses por el turismo. Sufrimos muchos atropellos”, piensa
la cacique.
Entra al Concejo, la seguimos flotando.
La voz: Un día un hombre intentó desalojar a Julia y a su familia. El extraño se
presentó con Infantería. Dijo llamarse Bernardo Solá y ser apoderado de la firma
Foxter S.A. Esta empresa es dueña del 70% de la quebrada. El gobierno de Salta
vendió las tierras con los pueblos originarios incluidos.
En una de las dos salas que posee el Concejo, una mesa grande de madera oscura ocupa
el centro. Un grupo de seis personas está trabajando alrededor de la mesa. Hay
documentos desparramados por doquier. Julia saluda y cuelga su bolso en el respaldo de
una silla, que también es de madera. La mayoría no parece feliz de verla.
Maldición de Malinche
Los concejales de Campo Quijano leen los documentos y hablan del orden del día: agua
potable para los parajes de la quebrada. Vemos el encuentro con ojos de mosquito,
desde una ventana abierta por la que entra a raudales la luz natural iluminando el
recinto. Las rejas proyectan sombras sobre el grupo. Flotamos hasta donde se sienta
Julia. Ella nos ve venir y nos observa. La escuchamos…
“Somos antiguos habitantes de las montañas y altiplanos. Los ancestros dicen que
llevamos 600 años por aquí. Vivimos en pequeñas comunidades de vínculo
familiar. En Pacha Inti estamos los Alvarado, los Figueroa, los Cruz, los Bautista,
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los Martínez, los Pinto, los Santos, los Copa…”, enumera Julia, quien detiene su
pensamiento para escuchar a uno de los concejales.
Flotamos para poder verlo. Es Manolo Copa, un hombre entrado en años, delgado, pero
con barriga. Tiene una campera negra de cuero, debajo lleva una camisa blanca con
rayas celestes. Mientras habla tiene una mano sobre la mesa y pellizca la esquina de un
documento.
La voz: Julia habla con los ancestros. Camina con ellos los parajes de Nevado del
Chañi, Palomar, Toro. Conoce a todas las familias originarias. Les lleva soluciones
como paneles solares para instalar junto a las casas de adobe, y agua potable. Éste es
el proyecto más esperado por las comunidades.
-Ud. no tiene ninguna comunidad, pero recibe los beneficios de los proyectos, corta
Julia con voz firme.
Manolo Copa la observa inmutable y dice: Yo represento a La Quesera, en Santa Rosa
de Tastil.
-Don Copa, yo hablo con la gente y dicen que Ud. no es el cacique. Fui al Ministerio de
Justicia por los registros de las comunidades que tengo que representar y Ud. no
aparece, no existe.
-Tengo más años que Ud. representando a los originarios, me conoce mucha gente,
asegura el hombre.
-Las familias ya no quieren que las represente Don Copa, replica Julia.
Manolo Copa guarda silencio. El resto intenta ignorar este diálogo. Julia busca en su
bolso y saca varias hojas de papel impresas. Las deja sobre la mesa. Desde donde
flotamos vemos que son copias de los registros de las comunidades. Se alcanza a leer
“La Quesera” en el primero de los papeles.
La amenaza
Julia está otra vez en la plaza de Campo Quijano. Espera en la parada del colectivo
amarillo de Ale Hnos. Hay un caballo blanco atado frente al comercio que está en la
esquina, muy cerca de la parada. Con estos ojos negros de caballo observamos que Julia
se gira y nos mira. Hay una voz masculina en su cabeza.
“Te vamos a reventar”, recuerda Julia.
Nos interrumpe Betty. Es una mujer de estatura baja. Lleva el pelo muy corto y tiene
cachetes redondos. De su cuello cuelga un rosario de madera que reposa sobre un abrigo
negro. Viste pantalones de jean celeste y zapatillas de lona blanca manchadas de tierra.
Llega junto a Julia corriendo, la abraza, le da un beso en cada mejilla. Le agarra el brazo
derecho con las dos manos, se lo aprieta y le pregunta:
-¿Estás bien?
-Sí, estoy bien. Un poco asustada nomás, dice la cacique en voz baja.
Alejandra Waigandt
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Escuchamos a las dos mujeres desde lejos. Por eso flotamos hacia ellas. Nos quedamos
allí, desde un árbol. Desde aquí arriba las escuchamos mejor.
-Terminó el debate por el tema del agua y salí rápido para tomar el colectivo, un hombre
gritó fuerte, me gritó a mí, dijo que me iban a reventar si no me quedaba tranquila,
explica Julia.
Betty la abraza otra vez. No le dice nada.
La voz: La cacique recibe amenazas desde que es concejal. Ahora habla con Betty, la
tesorera de Pacha Inti. Betty nació y creció en su comunidad pero vive en Campo
Quijano para trabaja por las familias que tanto ama.
Julia cuenta que enseguida fue a la policía, por eso hay un patrullero al otro lado de la
plaza.
Betty mira el lugar donde se ubica el auto de la policía. Lo vemos también gracias a
estos ojos de sapo. Se acerca el colectivo amarillo por esa misma calle y se detiene en la
parada.
-Después te cuento lo del agua, el paraje al que van a llevar las cisternas, avisa Julia.
Betty pregunta: ¿Quién fue? ¿Lo reconociste?
-No…
La vuelta
Julia viaja otra vez en el primer asiento. Tiene el rostro girado hacia la ventanilla. Se
ven los cerros y sobre ellos un tramo de las vías del ferrocarril. La vemos desde afuera,
hacemos un gran esfuerzo por volar a la par del vidrio. Nos descubre.

“Engañan a la gente. Las familias me piden que investigue. Yo descubro todo. Lo


hago porque veo el sufrimiento de las familias. De los niños, que tienen una vida
dura en el campo. Con sólo verlos a ellos me nace la fuerza”, piensa Julia.
El colectivo frena en el kilómetro 65 de la Ruta Nacional N° 51. Con ojos de lagartija
vemos que la puerta se abre y la cacique baja con su bolso de tela.

El colectivo arranca y se aleja por la ruta.


Julia camina hacia su casa de adobe y piedra. Está a unos 50 metros. Hay que pasar el
río Toro, que es muy angosto. Lo salta sobre la corriente de agua. Hay un hermoso
sauce cerca. La seguimos flotando.
En la entrada de la casa espera Diego. Es su marido, pues la recibe con un beso en la
boca. Lleva una niña pequeña en brazos y quiere que la alce su madre. Los tres entran a
una casa muy antigua.
Flotamos alrededor de la casa. Nos aceramos a las paredes de piedra. La observamos
muy de cerca. La caída del sol la vuelve ocre. Hay voces susurrantes en el valle.

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