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Una cultura cuyo centro es el corazón

2016-02-19

Nuestra cultura, a partir del llamado siglo de las luces (1715-1789) aplicó de forma
rigurosa la comprensión de René Descartes (1596-1650) de que el ser humano es
“señor y maestro” de la naturaleza y puede disponer de ella a su antojo. Confirió un
valor absoluto a la razón y al espíritu científico: Lo que no consigue pasar por la criba
de la razón, pierde legitimidad. De aquí se derivó una severa crítica a todas las
tradiciones, especialmente a la fe cristiana tradicional.

Con esto se cerraron muchas ventanas del espíritu que permiten también un
conocimiento sin que pase necesariamente por los cánones racionales. Ya Pascal notó
ese reduccionismo hablando en sus Pensamientos de la logique du coeur (“el corazón
tiene razones que desconoce la razón”) y del esprit de finesse, que se distingue del esprit de
géométrie, es decir, de la razón calculadora e instrumental analítica.

Pero lo más marginado y hasta difamado fue el corazón, órgano de la sensibilidad y del
universo de las emociones, bajo el pretexto de que atropellaría “las ideas claras y
distintas” (Descartes) del mirar científico. Así surgió un saber sin corazón, pero
funcional al proyecto de la modernidad, que era y sigue siendo el de hacer del saber un
poder, un poder como forma de dominación de la naturaleza, de los pueblos y de las
culturas. Esa fue la metafísica (la comprensión de la realidad) subyacente a todo el
colonialismo, al esclavismo y eventualmente a la destrucción de los diferentes, como las
ricas culturas de los pueblos originarios de América Latina (recordemos a Bartolomé de
las Casas con su Historia de la destrucción de las Indias).

Curiosamente toda la epistemología moderna que incorpora la mecánica cuántica, la


nueva antropología, la filosofía fenomenológica y la psicología analítica han mostrado
que todo conocimiento viene impregnado de las emociones del sujeto, y que sujeto y
objeto están indisolublemente vinculados, a veces por intereses ocultos (J. Habermas).

A partir de tales constataciones y con la experiencia despiadada de las guerras


modernas se pensó en rescatar el corazón. Al fin y al cabo, en él reside el amor, la
simpatía, la compasión, el sentido del respeto, la base de la dignidad humana y de los
derechos inalienables. Michel Mafessoli en Francia, David Goleman en Estados
Unidos, Adela Cortina en España, Muniz Sodré en Brasil y tantos otros por todo el
mundo, se han empeñado en rescatar la inteligencia emocional o la razón sensible o
cordial. Personalmente estimo que frente a la crisis generalizada de nuestro estilo de
vida y de nuestra relación con la Tierra, sin la razón cordial no nos moveremos para
salvaguardar la vitalidad de la Madre Tierra y garantizar el futuro de nuestra civilización.

Esto que nos parece nuevo y una conquista –los derechos del corazón–, era el eje de la
grandiosa cultura maya en América Central, particularmente en Guatemala. Como no
pasaron por la circuncisión de la razón moderna, guardan fielmente sus tradiciones, que
vienen a través de las abuelas y los abuelos a lo largo de generaciones. Su principal
texto escrito, el Popol Vuh, y los libros de Chilam Balam de Chumayel testimonian esa
sabiduría.
Participé muchas veces en celebraciones mayas con sus sacerdotes y sacerdotisas. Se
hace siempre alrededor del fuego. Comienzan invocando al corazón de los vientos, de
las montañas, de las aguas, de los árboles y de los antepasados. Hacen sus invocaciones
en medio de un incienso nativo perfumado que produce mucho humo.

Oyéndolos hablar de las energías de la naturaleza y del universo, me parecía que su


cosmovisión era muy afín, guardadas las diferencias de lenguaje, a la de la física
cuántica. Todo para ellos es energía y movimiento, entre la formación y la
desintegración (nosotros diríamos: la dialéctica del caos-cosmos) que dan dinamismo al
Universo. Eran eximios matemáticos y habían inventado el número cero. Sus cálculos
del curso de las estrellas se aproximan en muchas cosas a lo que nosotros con los
modernos telescopios hemos alcanzado.

Bellamente dicen que todo lo que existe nació del encuentro amoroso de dos
corazones, el corazón del Cielo y el corazón de la Tierra. Esta, la Tierra, es Pacha
Mama, un ser vivo que siente, intuye, vibra e inspira a los seres humanos. Estos son los
“hijos ilustres, los indagadores y buscadores de la existencia”, afirmaciones que nos
recuerdan a Martin Heidegger.

La esencia del ser humano es el corazón que debe ser cuidado para ser afable,
comprensivo y amoroso. Toda la educación que se prolonga a lo largo de la vida
consiste en cultivar la dimensión del corazón. Los Hermanos de la Salle tienen en la
capital Guatemala un inmenso colegio –Prodessa– donde jóvenes mayas viven en
internado, bilingüe, donde se recupera y se sistematiza la cosmovisión maya al mismo
tiempo que asimilan y combinan saberes ancestrales con los modernos, ligados
especialmente a la agricultura y a relaciones respetuosas con la naturaleza.

Me complace terminar con un texto que una mujer maya sabia me pasó al final de un
encuentro sólo con indígenas mayas: “Cuando tienes que escoger entre dos caminos,
pregúntate cuál de ellos tiene corazón. Quien escoge el camino del corazón nunca se
equivocará” (Popol Vuh).

Leonardo Boff
Diez derechos del corazón
2016-02-26

Actualmente se constata una fecunda discusión filosófica sobre la


necesidad de rescatar la razón cordial, como limitación a la excesiva
racionalización de la sociedad y como enriquecimiento de la razón
instrumental-analítica, que dejada a su libre curso, puede perjudicar la
correcta relación con la naturaleza, que es de pertenencia y de respeto a
sus ciclos y ritmos. Enumeremos algunos derechos de la dimensión del
corazón.

1. Protege el corazón que es el centro biológico del cuerpo humano.


Con sus pulsaciones riega con sangre todo el organismo haciendo que
viva. No lo sobrecargues con demasiados alimentos grasos y bebidas
alcohólicas.

2. Cuida el corazón. Es nuestro centro psíquico. De él salen, como


advirtió Jesús, todas las cosas buenas y malas. Compórtate de tal manera
que tu corazón no necesite sobresaltarse ante riesgos y peligros. Mantenlo
apaciguado con una vida serena y saludable.

3. Vela tu corazón. El representa nuestra dimensión profunda. En él


se manifiesta la conciencia que siempre nos acompaña, nos aconseja, nos
advierte y también nos castiga. En el corazón brilla la chispa sagrada que
produce en nosotros entusiasmo. Ese entusiasmo filológicamente significa
tener un “Dios interior” que nos calienta e ilumina. El sentimiento
profundo del corazón nos convence de que el absurdo nunca va a
prevalecer sobre el sentido.

4. Cultiva la sensibilidad, propia del corazón. No permitas que sea


dominada por la razón funcional. Armonízala con ella. Por la sensibilidad
sentimos el corazón del otro. A través de ella intuimos que también las
montañas, los bosques y las selvas, los animales, el cielo estrellado y el
mismo Dios tienen un corazón pulsante. Finalmente nos damos cuenta de
que hay un solo inmenso corazón que late en todo el universo.

5. Ama tu corazón. Es la sede del amor. El amor que produce la


alegría del encuentro entre las personas que se quieren y que permite la
fusión de cuerpos y mentes en una sola y misteriosa realidad. El amor que
produce los milagros de la vida por la unión amorosa de los sexos y la
entrega desinteresada, el cuidado de los más desvalidos, las relaciones
sociales inclusivas, las artes, la música y el éxtasis místico que hace a la
persona amada fundirse en el Amado.
6. Ten un corazón compasivo que sabe salir de sí y ponerse en el
lugar del otro para sufrir con él, cargar juntos con la cruz de la vida y
también juntos celebrar la alegría.

7. Abre el corazón a la caricia esencial. Es suave como una pluma


que viene del infinito y, con el toque, nos hace percibir que somos
hermanos y hermanas y que pertenecemos a la misma familia humana que
habita en la misma Casa Común.

8. Dispón el corazón para el cuidado, que hace al otro importante


para ti. Él sana las heridas pasadas e impide las futuras. Quien ama, cuida
y quien cuida, ama.

9. Amolda el corazón a la ternura. Si quieres perpetuar el amor


rodéalo de ternura y de gentileza.

10. Purifique día a día el corazón para que las sombras, el


resentimiento y el espíritu de venganza, que también anidan en el corazón,
nunca se sobrepongan al bien querer, a la finura y al amor. Entonces, tu
corazón latirá al ritmo del universo y encontrará reposo en el corazón del
Misterio, la Fuente originaria de donde procede todo, que nosotros
llamamos sencillamente Dios.

Estas cinco recomendaciones que refuerzan el amor están llenas de


sentido.

1. Pon corazón en todo lo que pienses y en todo lo que hagas.


Hablar sin corazón suena frío e institucional. Las palabras dichas con
corazón llegan a la profundidad de las personas. Se establece entonces una
sintonía fina con los interlocutores u oyentes que facilita la comprensión y
la adhesión.

2. En el razonamiento articulado procura poner emoción. No la


fuerces porque ella debe revelar espontáneamente la profunda convicción
de lo que crees y dices. Sólo así llega al corazón del otro y se hace
convincente.

3. La inteligencia intelectual fría, que pretende comprender y


resolver todo, genera una percepción racionalista y reduccionista de la
realidad. Pero también el exceso de razón cordial y sensible puede decaer
en el sentimentalismo almibarado y en proclamas populistas que alejan a
las personas. Hay que buscar siempre la justa medida entre mente y
corazón pero articulando los dos polos a partir del corazón.

4. Cuando tengas que hablar a un auditorio o a un grupo, procura


entrar en sintonía con la atmósfera que hay allí. Al hablar, no hables solo
desde la cabeza, da primacía al corazón. Él siente, vibra y hace vibrar. Las
razones de la inteligencia intelectual solo son eficaces cuando vienen
amalgamadas con la sensibilidad del corazón.

5. Creer no es pensar en Dios. Creer es sentir a Dios desde el


corazón. Entonces nos damos cuenta de que estamos siempre en la palma
de su mano y que una Energía amorosa y poderosa nos ilumina y calienta,
y preside los caminos de la vida, de la Tierra y de todo el universo.

Leonardo Boff