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PERU: ENTRE LAS OBSESIONES MÍTICAS Y EL METARRELATO DEL PAÍS QUE

QUEREMOS. Segundo Armas Castañeda


Estamos a punto de conmemorar el Bicentenario de la independencia del Perú en el
2021 y, a casi dos siglos, los peruanos no hemos sido capaces de construirnos como
nación y no contamos con un relato unificador de país, capaz de asumir, no solo las
diferencias culturales de las cuales estamos hechos, sino, principalmente, las
desigualdades que nos caracteriza como país híbrido y mestizo.
En los últimos veinticinco años, Perú ha tenido hasta cinco presidentes si es que en esta
suma contamos también al no menos importante gobierno de transición que lideró
Valentín Paniagua Corazao (2000-2001). Todos ellos han sido gobiernos elegidos bajo
las reglas de juego de la democracia representativa que, por supuesto, en nuestros
países latinoamericanos es incipiente, débil e inmadura, y que permite también la
presencia de una cultura política autoritaria y populista como la del gobierno de Alberto
Fujimori (1990-2000).
El primer gobierno del joven Alan García Pérez (1985-1990) con sus hasta ahora
controversiales políticas en torno al dólar MUC (Mercado Único de Cambio), la ley de
estatización de la banca y la puesta en marcha de una política económica que llevó al
país a una situación de crisis económica hiperinflacionaria profunda de 5,000%, no solo
dejó un país en bancarrota, sino, sobre todo, moralmente quebrado, con su orgullo y
dignidad arrebatadas.
EL MITO DEL “CHINO”
Los fines de la década de 1980 fueron tiempos traumáticos, llenos de incertidumbre y
zozobra para los peruanos, muchos de los cuales no dudaron en migrar a otras partes
del mundo en busca de empleo y de una nueva vida. Los que nos quedamos tuvimos
que soportar la arremetida de la crisis encausando nuestras esperanzas en las nuevas
ofertas políticas que se hicieron presentes en las elecciones presidenciales de 1990. Sin
duda, se había configurado un escenario político perfecto para el nacimiento de lo que
los politólogos han denominado como el fenómeno o el mito de Fujimori.
Como se sabe, el peruano-japonés Alberto Fujimori se desempeñaba como un profesor
universitario que llegó a presidir, incluso, la Asamblea Nacional de Rectores, desde
donde salta a la arena política peruana con su movimiento Cambio 90 que, luego de
enfrentarse en una dura batalla electoral con el luego premio Nobel de Literatura, Mario
Vargas Llosa, logra derrotarlo y ser elegido, en segunda vuelta, Presidente de la
República.
Se ha analizado extensamente el fenómeno Fujimori, pero a los efectos del presente
texto nos interesa dialogar más con las narrativas que estuvieron y están presentes
detrás de los procesos políticos, lo cierto, en este caso, es que alrededor de la figura de
Fujimori se construyó el mito que quedó sintetizado en el slogan de su campaña:
“Honradez, tecnología y trabajo”. Desde nuestro punto de vista, tres conceptos
vinculantes donde la honradez emulaba al principio inca del Ama sua (no seas ladrón),
el trabajo respondía a una profunda necesidad de sobrevivencia en un país en crisis y
también aludía a un segundo principio inca que era el Ama quella (no seas ocioso), y,
por último, la tecnología asociaba al candidato con su origen y las buenas relaciones
con la bonanza japonesa y la modernidad. En ese sentido, Japón era presentado como
el gran garante de la hazaña épica del “chino” Fujimori, en ese momento al mando del
gobierno peruano. No cabe duda que en este slogan de la honestidad, tecnología y
trabajo coincidían y dialogaban los conceptos de tradición y modernidad, en tanto
recogía las ilusiones y esperanzas de la gente que asumía que en este mito estaba
escrita la fórmula mágica para salir de la pobreza en la que el país estaba sumido.
La población electoral creyó en este mito que provenía de un desconocido e improvisado
personaje de la política peruana, pero que fue capaz de construir un relato político
salvador. De hecho, nuestra cultura tiene mucho de la matriz andina y una fuerte e
insistente búsqueda del mito mesiánico, lo cual explica también por qué mucha gente
se unió a las filas del terrorismo, asumiendo y creyendo firmemente en Sendero
Luminoso como un proyecto redentor. Esto debe llevar a un análisis más complejo sobre
la cultura política en el Perú, a conocer mejor quién conforma la masa de electores que
decide los procesos electorales en el país, pues, ciertamente, como señalaba el
antropólogo José María Arguedas, Perú es un país de todas las sangres, un país de
provincianos y de una fuerte presencia de la matriz cultural andina.
Fujimori gobernó el país con un discurso y, hoy, después de más de quince años desde
que dejó el poder y no necesariamente bajo el patrocinio japonés, podemos reconocer
sin mezquindades que el fujimorismo dio las medidas económicas correctivas para
combatir la hiperinflación y lo hizo bajo los términos de la economía de mercado y la
privatización, a las que convirtió en políticas de Estado que los gobiernos que lo
sucedieron Pero este modelo de crecimiento económico no ha sido capaz de resolver
las brechas o diferencias culturales ni las desigualdades sociales que se convierten en
principales obstáculos para construirnos como nación.
Una breve evaluación del relato fujimorista es que, en honradez el saldo es
absolutamente negativo por el altísimo índice de corrupción. En términos de empleo, las
cifras no se han modificado sustantivamente a favor, pues, la base estructural del
problema sigue intacta y seguimos reclamando empleo digno. Lo cierto es que, al final
de cuentas, el fujimorismo reafirmó la existencia de una cultura política asistencialista y
populista que constituye ahora su principal base de apoyo y que representa alrededor
del 30% del electorado.
Un acontecimiento nefasto durante el gobierno de Fujimori fue, indudablemente, la
compra de la línea editorial de la llamada “prensa chicha”, con la cual se atacó
férreamente a la oposición y a cuanto personaje se oponía al régimen. El develamiento
de este hecho escandaloso en el que varios medios de comunicación se pusieron al
servicio del régimen autoritario de Fujimori, fue el detonante más poderoso que impactó
en la caída definitiva del gobierno fujimorista y del mito de la honradez que tanto pregonó
durante la campaña electoral.
LA TRANSICION DEMOCRATICA
El gobierno de Paniagua fue de transición, tras una larga confrontación de las fuerzas
democráticas contra el autoritarismo o dictadura civil fujimorista que se había
atrincherado y perennizado en el poder por una década. Las fuerzas democráticas,
hastiadas por el recorte de las libertades, la destrucción de la institucionalización y la
privatización desmesurada, se movilizaron para luchar contra el régimen fujimorista, y
todo esto desembocó en la gran marcha de los cuatro suyos[i] para obligar al régimen a
restituir el estado de derecho y la democracia en el país. Sin lugar a dudas, detrás de la
figura de Paniagua estaba fuertemente arraigada la imagen del político probo, y nadie
puede dejar de reconocer que el gobierno de transición que lideró fue simbólicamente
ejemplar para la democracia y significó el fin de la ilusión o el mito fujimorista y el inicio
de la búsqueda de nuevas alternativas de futuro en el país.
EL MITO DEL “CHOLO”
Es previsible que en un país donde un gran sector de la población no tiene
representación política, se ilusione y se apasione cada vez que aparece una nueva
figura redentora. Es lógico, entonces, que después del fenómeno del “chino” llegara,
consecuentemente, el fenómeno del “cholo”; ejercicio que implicaba buscar al “elegido”
entre esa variedad multicultural y de todas las sangres de las que está hecho el Perú,
descartando, por supuesto al “chino” que ya había tenido la oportunidad y los había
defraudado. Por lo menos, para mí esa transición no fue nada sorpresiva, y -valga la
anécdota-, así lo comentamos un grupo de participantes durante la cena-foro que
organizó el Instituto de Prensa y Sociedad en plena campaña electoral para las
elecciones generales realizadas en el año 2000, cuando Alejandro Toledo solo gozaba
alrededor del 3% de la simpatía electoral.
El candidato Toledo organizó un discurso muy bien estructurado en el cual reconoció
los éxitos del gobierno fujimorista en el combate al terrorismo y el rescate de la
economía, supo “vender” su apariencia física, evidenció sus vinculaciones
internacionales y mostró su orgullo de ser un auténtico peruano emergente y “cholo
exitoso” gracias a la educación, mito con el cual sintetizó el deseo de superación de
muchos compatriotas. Así, propuso un modelo de éxito a partir de la educación y los
emprendimientos populares.
El toledismo construyó una narrativa donde supo anclar los sentimientos y emociones
con las racionalidades de miles de peruanos que ansiaban alcanzar el éxito, tal como lo
había hecho uno de los suyos (Toledo), el “cholo de Cabana” que había sido capaz de
llegar hasta Harvard. Esto sintetizaba la idea de progreso, superación y encuentro con
la modernidad, en un momento de apertura de un nuevo siglo marcado por cambios
culturales profundos, el auge de la globalización y el boom de las tecnologías de la
información y comunicación.
En Toledo, es posible advertir una suerte de conflicto o desencuentro de identidades
personales que no han llegado a conciliarse. Por un lado, la identidad natal del “cholo
de Cabana”, humilde, sumido en la extrema pobreza y muy lejos de la civilización
occidental. Por otro lado, el “cholo achorado (desafiante)” chimbotano, irreverente con
las normas sociales ante la necesidad de insertarse y socializarse en el mundo costeño
criollo que, por lo general es muy agresivo contra el migrante serrano. Y, por último, el
“cholo de Harvard”, educado, exitoso, occidentalizado. Esta suerte de conflicto de
identidades lo ha caracterizado en muchas de sus acciones y comportamientos en el
campo de la política y, en cierto modo también le ha permitido ganarse el afecto o el
rechazo popular.
Sin lugar a dudas, el gobierno de Toledo (2001-2006) fue democrático y de apertura a
las diferentes fuerzas políticas existentes en el país, lo cual permitió recuperar el estado
de derecho que, aunque imperfecto, permite niveles de convivencia que los gobiernos
autoritarios más bien reprimen aplicando la fuerza. Además, diversos analistas
económicos le atribuyen a Toledo el mérito de haber sido el gobernante que sentó las
bases del actual modelo económico que viene aplicándose en el país.
EL RETORNO DE ALAN GARCIA
Los analistas políticos peruanos han señalado que el primer gobierno de Alan García
(1985-1990) tuvo un momento inicial de “luna de miel” con los grupos empresariales, y
un segundo momento de ruptura. Esta experiencia fue tal vez una lección aprendida por
García Pérez que le sirvió para gobernar en su segundo mandato presidencial (2006-
2011). A pesar de su discurso populista en favor de las clases menos favorecidas, la
lección aprendida de “no pelearse con los empresarios” fue clarísima durante su
segundo gobierno.
Alan García llamó a este nuevo comportamiento político el “Cambio Responsable”, al
que con meridiana claridad definió en su discurso de cierre de campaña del 01 junio
2006 cuando señaló que es necesario un “cambio responsable porque nuestra patria
necesita un Estado responsable y experimentado, nuestra patria necesita una
conducción que le permita abrirse paso entre los países del mundo, a la altura que tiene
predestinada. Hablamos de un cambio responsable para enfrentar la demagogia, para
enfrentar la exageración y la mentira, para enfrentar la recolección de odios y reclamos
irracionales. Hablamos de un cambio responsable para construir, porque sabemos que
hoy, tal vez más que nunca en la historia del Perú, hay condiciones favorables en el
mundo, que crece y se desarrolla a velocidades extraordinarias y nunca trillones que
son billones de billones de dólares, circulando el mundo para ver dónde se invierten y
dónde se puede generar trabajo. Y eso depende de la capacidad de un Estado
responsable, que sepa tratar con el capital como Haya de la Torre lo señaló, obligándolo
a respetar al obrero y al empleado, obligándolo a respetar sus obligaciones fiscales,
obligándolo a respetar nuestro medio ambiente, pero contribuyendo con su tecnología y
su inversión a que el país se desarrolle”. Más adelante, en ese mismo discurso añadió:
Somos un partido que ha aprendido de sus errores, somos un partido que ha aprendido
dolorosamente de muchos hechos. Con la experiencia de todos esos dolores y errores
en la espalda, yo les digo que no les fallaré, tengo un compromiso con Haya de la Torre,
con el pueblo pobre, con la historia, con la grandeza de la Patria. Aquí estoy con la mano
extendida para todos los peruanos. Queremos un gobierno amplio y grande, que el Perú
aproveche la enorme oportunidad que el mundo le abre, que haya empleo para todos,
justicia para los más pobres y libertad para todos los peruanos.
En este discurso, no queda la menor duda de que hablaba de él, de los errores de su
primer gobierno, de las lecciones aprendidas, y, aunque literalmente se dirigía a los
obreros y campesinos, entre líneas se puede advertir que se estaba dirigiendo a los
empresarios, diciéndoles que, ahora, él era un político maduro, experimentado y que sin
odios ni rencores se comprometía a no volver a cometer los errores del pasado y
aprovechar esta segunda oportunidad.
Y esto fue lo que ocurrió. García, incluso, más que Ollanta Humala, fue muy exigente y
disciplinado con el manejo de la economía basado en el crecimiento, a pesar de que
muchos economistas como Alarco y Jiménez señalan que el verdadero artífice del actual
modelo económico fue el gobierno de Toledo porque, como ya hemos señalado, sentó
las bases. Pero al margen de este debate, lo cierto es que, durante el segundo gobierno
de García, la tasa promedia de crecimiento del PBI fue de 7% anual, destacando, entre
ellos, los sectores de construcción (11.9%), comercio (7.9%) y servicios (7.4%). No
obstante, continuaron el empleo precario, la pobreza y la extrema pobreza como
expresión de que el crecimiento económico en sí mismo no garantiza la reducción de la
brecha de las desigualdades.
En esta misma lógica, otro hito importante del segundo gobierno de García Pérez fue
expresado en su artículo periodístico “El síndrome del perro del hortelano” (publicado
en El Comercio, Lima, 28 de octubre de 2007), un relato del país al que aspira Alan
García, basado en la inversión privada y en la explotación desmesurada de los recursos
naturales que posee el país para beneficiar el crecimiento económico. Señala allí:
Hay muchos recursos sin uso que no son transables, que no reciben inversión y que no
generan trabajo. Y todo ello por el tabú de ideologías superadas, por ociosidad, por
indolencia o por la ley del perro del hortelano que reza: "Si no lo hago yo que no lo haga
nadie.
Alberto Vergara (2015) ha señalado que Alan García “es, por definición, un animal
político que no va a tener ningún problema en sacrificar ideologías o principios para
volver al poder” (diario Perú 21 del 7 junio de 2015). Y detrás de ello hay también un
discurso mitológico sobre Alan García, quien indudablemente se ha construido como el
soberano de la retórica. Al respecto, Cobos (2014) señala que “como enunciador de un
discurso, García, a través de la elocución retórica, busca construir y brindar una
reputación de sí mismo en función de objetos y sujetos, creencias y valores (religión,
ideología, etc.) de los que echa mano en el proceso de autoconstrucción del perfil que
trasmite”. Sin embargo, “a pesar de que Alan García es calificado como un eximio
orador, se puede decir que también es considerado como lo que Platón llamaba un
pseudorgos, un falsificador, interesado más en persuadir antes que en la verdad. Un
simulador y adulador. Un ´vendedor de sebo de culebra´ capaz de inventar realidades y
mundos posibles que lo han llevado a un segundo gobierno pese al desastre de su
primera gestión, caracterizada por una debacle económica y un terrorismo galopante”.
EL MITO OLLANTA Y EL RELATO DEL CRECIMIENTO CON MAYOR INCLUSION
SOCIAL
El polémico levantamiento militar de Locumba, Tacna, el 29 de octubre de 2000,
encabezado por Ollanta Humala exigiendo la renuncia de Alberto Fujimori, cuando el fin
del régimen era más que una muerte anunciada, constituyó un relato épico fundacional
del ingreso de Humala a la política nacional. Encontramos allí una suerte de narrativa
que asocia el nombre de Ollanta al de Ollantay, jefe supremo y estratega de los ejércitos
del Antisuyu en el Imperio de los Incas.
En el Perú del siglo XXI, ya no es el Ollantay guerrero del imperio incaico, sino el Ollanta
Comandante (R) del Ejército de la República de Perú, líder del nacionalismo que “busca
la consolidación de la Nación Peruana sustentada en su legado histórico, con un modelo
de desarrollo que integre las diferentes clases sociales y etnias culturales, respetando y
reivindicando su pasado milenario, vinculándolo al mundo global y proyectándolo a un
futuro de paz, desarrollo y justicia”, según el Estatuto del Partido Nacionalista Peruano.
Las bases programáticas que establece este estatuto de consolidación de Perú tenían
que plasmarse en el proyecto nacional de la “gran transformación” que permitiera
cambiar y desarrollar el país para liberar a los sectores sociales marginados por siglos
de injusticia y prepotencia de las élites que concentran el poder en el país.
Durante la primera vuelta electoral, el candidato Humala abanderó el proyecto de la
“gran transformación”, que recogía las legítimas aspiraciones de los sectores sociales
más olvidados del país, pero, para asegurar su victoria en la segunda vuelta, tuvo que
ampliar su base de apoyo y sumar a las fuerzas del toledismo, que lo obligó a girar hacia
el centro y enarbolar una hoja de ruta que desde todo punto de vista constituía,
aparentemente, un acuerdo programático nacional básico y una oportunidad sobre la
cual podía concretarse un pacto social de gobernabilidad para emprender algunas
reformas importantes para el país. La hoja de ruta y el mensaje de un gobierno
comprometido con la inclusión social eran señales de que podía marcar la diferencia
con los gobiernos anteriores, cuyas agendas políticas tuvieron como prioridad el impulso
de la economía de mercado y el crecimiento económico, pero no se preocuparon o lo
hicieron muy poco por la redistribución del ingreso y la inclusión social (Armas, 2014:
14-15)
Progresivamente, el gobierno de Humala (2011-2016) fue renunciando a sus ofertas
electorales primigenias y, consecuentemente, a las legítimas aspiraciones de los
sectores que hicieron posible su victoria durante la primera vuelta, llegando al extremo
de dejarlos decepcionados y abandonados a su suerte. Por el contrario, la falta de una
base social y la casi nula existencia de su organización, el Partido Nacionalista Peruano,
trajeron como consecuencia la presencia de un gobernante sin respaldo político y
huérfano de toda capacidad de maniobra para lidiar contra la arremetida de los poderes
fácticos que terminaron subordinándolo a las decisiones de los altos funcionarios del
Ministerio de Economía y Finanzas que, sin lugar a dudas, responden más a los
intereses de los grupos financieros internacionales y a los poderes fácticos nacionales
que a los del propio presidente de la República.
El gran relato político del gobierno de Humala es el de la inclusión social que acuñó el
lema de “Incluir para crecer” y que para los grupos económicos no significa otra cosa
que la gente se beneficie de las bondades del crecimiento económico, como si la
inclusión social solo se tratara de soles más o de soles menos cuando, en realidad, tiene
que ver más con la construcción de una nación con ciudadanos que tienen igualdad de
derechos. Por eso es que, a pesar de que Perú ha reducido significativamente los
niveles de pobreza y pobreza extrema, existe la certeza de que aún no hemos sido
capaces de combatir las brechas de la desigualdad social.
Otro relato interesante de la oferta electoral de la campaña de Humala fue “la honestidad
hace la diferencia”, con el cual tomaba distancia de los gobiernos anteriores a los que
acusaba de que ya habían tenido la oportunidad de gobernar y no habían cumplido sus
promesas, y, por el contrario, habían engañado al pueblo. Además, imputó a los
gobiernos anteriores de estar embarrados en actos de corrupción, aludiendo a los casos
de Comunicore y Gas de Camisea, entre otros.
Para llevar a cabo el proyecto de la inclusión social, el gobierno de Humala creó el
Ministerio de Desarrollo e Inclusión Social que tuvo la iniciativa de diseñar un interesante
modelo de inclusión social que tiene tres columnas vertebrales:
1) En el corto plazo: Alivio temporal de la población en extrema pobreza ofreciéndoles
condiciones básicas de vida (vivienda, abrigo, alimentación), especialmente a las
personas de la tercera edad, con el objetivo de disminuir la pobreza extrema.
2) En el mediano plazo: Desarrollo de capacidades generando trabajo, innovación,
gestión y organización; y, acceso a servicios de infraestructura básica e inclusión
financiera, con el objetivo de incrementar el número de hogares con acceso a servicios
de electricidad, agua, desagüe y telefonía y lograr un ingreso autónomo.
3) En el largo plazo: Generación de oportunidades para la siguiente generación en salud
básica y nutrición y educación básica, con el objetivo de disminuir la desnutrición básica
en menores de 5 años y disminuir la inasistencia de niños de entre 3 y 5 años de edad
a educación básica regular.
Coincidiendo con destacados analistas políticos peruanos, podemos señalar que si bien
existen varios programas de alivio temporal para disminuir la pobreza extrema, muy
poco o nada se ha avanzado en el desarrollo de capacidades y en la generación de
oportunidades. Lo cierto es que los programas sociales como Cuna Más, Qali Warma,
Pensión 65, Juntos, han devenido más de lo mismo que hicieron los gobiernos
anteriores; es decir, se han convertido en programas asistencialistas como expresión de
propuestas populistas que solo apuntalan el corto plazo y no atacan los problemas
estructurales para promover un franco proceso de desarrollo del país; por el contrario,
alimentan una cultura de la resignación y de la mendicidad que colisiona tremendamente
con la construcción de una moral de productor, la construcción de ciudadanía y el
empoderamiento ciudadano.
El discurso presidencial del 28 de julio de 2015 fue un relato contable de números de
personas beneficiadas por los programas sociales, como si hablar de desarrollo se
reduciría a cifras y como si, en el impulso de procesos de desarrollo, los ciudadanos
fueran beneficiarios del “papá Estado” y no realmente protagonistas o actores de sus
procesos de desarrollo. Se habló muy poco o nada acerca de las estadísticas sobre los
ejes centrales del modelo de inclusión social relacionados con el desarrollo de
capacidades y generación de oportunidades.
Las cifras oficiales de los organismos internacionales han situado económicamente a
Perú como un país de renta media alta y en términos de desarrollo como un país de
desarrollo humano alto. Sin embargo, y aludiendo a los temas estructurales y al combate
de la desigualdad social, podemos poner como ejemplo el caso del empleo. La tasa de
empleo asciende al 45.5%, el subempleo llega al 48% y el desempleo ascendió al 6.5%;
cómo podemos apreciar en estas cifras, si bien la tasa de desempleo es baja, el
porcentaje de subempleo es bastante alto y se ubica por encima de la tasa de empleo.
Esto explica porque hablamos de un empleo precario, pues hay una alta tasa de
población subempleada que equivale a casi la mitad de la población económicamente
activa, que no cuenta con beneficios y seguridad social, y, obviamente, vive una
situación de incertidumbre bastante preocupante.
A menos de un año del final de su mandato (2016), el mito Ollanta y el relato de gobierno
de la inclusión social se ha derrumbado y ha decepcionado a la población electoral que
lo eligió y que ahora lo acusa, incluso, de haberla traicionado. Los últimos sondeos de
opinión pública dan cuenta de un nivel de aprobación presidencial que oscila entre el 10
y el 20%. Y es que, siendo la corrupción un cáncer de los tiempos modernos en los que
los ciudadanos nos enteramos con mayor rapidez de los malos manejos de los fondos
públicos, este gobierno no ha sido la excepción; sin duda, este factor influye
negativamente también en el nivel de aprobación presidencial. Y aunque parezca
paradójico, los mismos poderes fácticos a cuyos intereses sirve más el gobierno de
Ollanta Humala, son los que más contribuyen a crear su desprestigio en la opinión
pública.
PERU Y SUS OBSESIONES MÍTICAS
Como hemos constatado a lo largo de estas notas, los peruanos llevamos más de tres
décadas buscando nuestros mitos (héroes) y relatos políticos, pero estas búsquedas
constituyen actos fallidos y, como señala Augusto Álvarez Rodrich (2015):
Ha faltado, sin embargo, una agenda nacional con una visión orientada a realmente
transformar al Perú para que sea una nación potente, con instituciones sólidas que
promuevan la igualdad de oportunidades y el trato a las personas, competitiva, moderna,
con infraestructura para el desarrollo, sistemas dignos de educación y salud, con
ciudadanos empoderados y optimistas frente al futuro, y donde, por supuesto, se
castigue la corrupción.
El metarrelato de país que debemos construir no debe descansar sobre el relato de la
inclusión social a través de programas sociales que no son universales; pero tampoco
a través del relato del perro del hortelano que apuesta por la explotación descomedida
de los recursos naturales para beneficiar a la inversión privada; ni en el relato de la
privatización y el crecimiento económico que deshumaniza a las personas
concibiéndolas como si fueran simples cifras estadísticas; ni en relato abstracto de la
modernidad, porque ninguno de ellos sirven como hoja de ruta de por dónde debe
transitar el país en los próximos años.
Debemos buscar construir un metarrelato de país de cara al Bicentenario de la
independencia nacional que se cumple en el 2021, que afirme nuestra identidad basada
en la diversidad cultural y la tolerancia y que reduzca las brechas de la desigualdad;
donde los ciudadanos, con nuestros diferentes modos de sentir, pensar y vivir,
imaginemos a este país como nuestro, como propio y donde todos tenemos los mismos
derechos.
El futuro gobierno, la clase política, los intelectuales y los ciudadanos en general
tenemos la agenda planteada. Constituye un desafío y un deber abordarla generando
diálogos y propuestas si es que realmente queremos construir un país diferente y de
(para) todos los peruanos.

REFERENCIAS BBLIOGRÁFICAS
Álvarez Rodrich, A. (2015). La agenda perdida, La República, Lima, 21 de agosto
Armas, S. (2014). La comunicación para el desarrollo y sus nuevos desafíos. Comunifé,
14, enero-diciembre: 10-21.
Cobos Sánchez, R. (2014). La elocución retórica como herramienta de la comunicación
política y el marketing político:eEl caso Alan García, tesis de licenciatura, Lima,
Universidad Peruana de Ciencias Aplicadas.
Vergara, A. (2015). Una elección con Keiko, Alan, Toledo y PPK es depresiva, Perú 21,
Lima, 7 de junio.
[i] Nos referimos a las marchas realizadas del 26 al 28 de julio de 2000 para denunciar
el fraude que rondó la tercera elección consecutiva de Fujimori como presidente de
Perú. (El término suyo refiere a las cuatro divisiones del Imperio Inca. N. de los E.)

Redactor: Segundo Armas Castañeda