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TRI LO G Í A

DURANTE

LA CONQUISTA

ANÉCDO TAS, SUCESO S


Y RELATO S

JOSÉ ANTONIO CRESPO

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TRI LO G Í A

DURANTE

LA CONQUISTA

ANÉCDO TAS, SUCESO S


Y RELATO S

JOSÉ ANTONIO CRESPO

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Durante la Conquista

Segunda edición

enero de 2016

Dirección Editorial

Fernanda Alva Ruíz-Cabañas

Corrección de Estilo

Joaquín Alva Ruiz-Cabañas

Diseño e ilustración de portada

Sofía Soto
ISBN Volumen: 978-607-00-8848-3

ISBN Obra Completa: 978-607-00-


8622-9

Derechos de Autor

José Antonio Crespo Mendoza

Impreso en México / Printed in


Mexico

Comentarios sobre la edición y el


contenido de este libro a:

lruiz7275@outlook.com

Esta publicación no puede ser


reproducida, ni en todo ni en parte,
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electrónico, magnético,
electroóptico, por fotocopia o
cualquier otro, sin el permiso previo,
por escrito del autor.

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Para mis queridos Joaquín y Emiko

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ÍNDICE

V- LOS TEULES

VI- RUMBO A TENOCHTITLÁN

VII- CAPITAL MEXICA

VIII- NOCHE TRISTE

IX- LA GRAN BATALLA

X- TRAS LA VICTORIA
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V- LOS TEULES

EQUINOS, LOMBARDAS Y
CARABELAS

Llegó Cortés a Tabasco, y al


desembarcar ahí fue atacado por
los in-

dios, tras haberse roto las pláticas


de paz. Los nativos estaban más
que dispuestos a dar batalla, y se
preparaban a través de danzas y

gritos bélicos. Iban pintados de


guerra, sobre lo que comenta
Góma-

ra: “(Los indios) Tíznanse de veinte


colores y figuras, quien más feo va,
les parece mejor”. Temeroso de
incumplir con las disposiciones

reales, Cortés, antes de ordenar el


ataque hizo leer en latín el famoso
Requerimiento. Como no cabía
esperar otra cosa, los indígenas
respondieron con flechas y piedras a
tan ceremoniosa invitación de ren-
dición. Esa y otras batallas contra
los tabasqueños - que eran
innumerables - fueron ganadas
gracias al temor que les infundió la
pólvora y, sobre todo, la caballería,
pues los de a caballo les parecían
centauros infernales, “unos como
venados, tan altos como los techos”.
Y pensaban que “caballo y hombre
eran todo una cosa” escribe
Gómara.

De hecho, los naturales creían que


los corceles comían lo mismo que

sus dueños, pues dice Muñoz


Camargo: “daban ración a los
caballos
como si fueran hombres, de gallinas
y cosas de carne y pan”. A veces
era inevitable que los caballos
muertos en batalla fueran
consumidos por los propios
españoles para mitigar el hambre.
Así, durante la batalla de Otumba,
refiere Cortés sobre un equino que
les fue muerto:

“Dios sabe cuánta falta nos hizo y


cuánta pena recibimos, porque no

traíamos después de Dios otra


seguridad sino la de los caballos...
(sin embargo) nos consoló su carne,
porque la comimos sin dejar cuero ni
otra cosa de él, según la necesidad
que traíamos”.

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DURANTE LA CONQUISTA

Los aborígenes creían que los


caballos y los cañones eran se-

res racionales que actuaban por sí


mismos, lo que fue más tarde

utilizado por Cortés para imponer las


condiciones de paz, ofrecien-
do interceder ante los equinos y la
artillería para que dejaran en

paz a los indígenas. Comentó riendo


alguna vez el Capitán con sus

hombres: “Sabéis, señores, que me


parece que estos indios temerán

mucho a los caballos y deben


pensar que ellos solos hacen la
guerra

y asimismo las lombardas”. En


Yucatán, Cortés perdió un caballo

que fue divinizado por los indígenas


pues, por asociarlo con el ruido de
los arcabuces, lo tomaron como un
dios del rayo. Le ofrecieron

de comer flores y aves de corral


como alimento, como se hacía en

ofrenda a otras divinidades, por lo


cual el equino, al no apetecer

semejantes manjares... murió de


hambre. Sólo en Tlaxcala, cuando

unos indígenas mataron a dos


caballos, se percataron de que tan

extraños seres también eran


mortales. Pero Cortés ordenó su in-
mediato entierro para que al menos
los nativos no conocieran su

anatomía. Pese a ello, una yegua


muerta fue descuartizada por los

tlaxcaltecas para que vieran los


vecinos que los caballos, pese a su
majestuosidad, eran también
mortales y no divinidades con
poderes mágicos. Los disparos de
artillería eran descritos por los indí-

genas, según el Códice Florentino,


como que “va lloviendo fuego, va
destilando chispas y el humo que de
él sale es muy pestilente, huele a
lodo podrido, penetra hasta el
cerebro causando molestia... y si da
con un árbol, lo destroza hecho
astillas”.

En Perú, a poco de caer preso


Atahualpa, los españoles hicie-

ron uso habitual de los caballos para


espantar a sus enemigos. Her-

nando de Soto llegó a caballo hasta


donde estaba sentado el pro-

pio Atahualpa, que se mantuvo firme


sin huir y el equino incluso

le resopló la cara. Después el Inca


mandó matar a quienes huyeron
por temor de los equinos, “cosa que
los suyos escarmentaron y los

nuestros se maravillaron”, cuenta


Gómara. A veces, los españoles

hubieron de matar a sus propios


caballos pese a su gran valor mi-

litar y comercial, para sobrevivir en


situaciones extremas, naufra-

gios y hambrunas, que


frecuentemente padecían. Hay
también la

anécdota de que en Lima los


caciques locales reprochaban a Die-
go de Agüero que tuviera en más a
su caballo que a los indios de

su encomienda. Para
desagraviarlos, mandó matar y
cercenar a su

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LOS TEULES

montura, por lo que los caciques lo


recompensaron con una canti-

dad varias veces superior al valor


del animal. Con ese gesto salió

ganando De Agüero, política y


económicamente. Conforme pasó el

tiempo, el impacto generado en los


indígenas por la caballería se

fue diluyendo. Se dieron cuenta de


que los caballos eran mortales

y lograron enfrentarlos exitosamente


en batalla – con picas largas

de madera, por ejemplo-. Y


eventualmente, también aprendieron
a
montarlos con gran pericia. Los
araucanos chilenos desarrollaron

una técnica para lazar a los jinetes


españoles y derribarlos de su

montura, la cual atrapaban para su


propio uso. Llegó un momento

incluso en que los araucanos tenían


más caballos que los españoles,

aprendiendo a montarlos
magistralmente.

También se pensaba que las


carabelas y bateles tenían vida
propia por el impacto que su gran
tamaño provocaba. Cuenta Piga-

fetta que, durante la travesía de


Magallanes, los aborígenes del sur
americano “pensaban que las
lanchas eran hijas de las carabelas,
e

incluso que éstas las parían en el


momento en que se soltaban por la
borda sobre el mar; y observándolas
más tarde a su costado... creían
que cada carabela las
amamantaba”. Nada distinto de la
reacción de

los africanos cuando, un siglo atrás,


habían visto por primera vez

las naves europeas, que aparecían


enormes a los ojos de los nativos;
explica el navegante italiano
Cadamosto: “(los africanos) creían
que (las naves) eran grandes
pájaros con alas blancas... Otros las
tenían por fantasmas que andaban
de noche y mostraban mucho
temor...

tenían para sí que los ojos pintados


en las proas eran ojos verdade-

ros y que el navío veía por ellos su


camino en el mar... Esto no podía
ser sino por arte diabólica y lo
tenían por tal”.

NOBLE Y ESCLAVA

Fue en Tabasco donde el jefe del


lugar dio por regalo a Cortés, según
se estilaba, una veintena de mozas
para que dispusiese de ellas de la
manera en que mejor le conviniera.
Entre ellas se hallaba la famosa y
malquerida Malinche, llamada
originalmente Malinalli (como el
nombre del mes en que nació), “de
buen parecer, entremetida y

desenvuelta” dice Bernal. Hija de un


noble cacique azteca, al morir
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DURANTE LA CONQUISTA

éste cuando ella era muy niña, su


madre volvió a contraer nupcias.

Con su nuevo marido tuvo otro hijo,


a quien decidieron concederle,

como varón que era, la herencia de


sus señoríos. Y para que no hu-

biera obstáculo alguno, el padrastro


vendió a Malinalli, y presentó
el cadáver de una niña muerta en la
víspera, como si fuera el de

su hijastra; “y echaron fama de que


se había muerto”, narra Ber-

nal. Llegó a Tabasco como tributo


de guerra de quienes la habían

comprado. Dice un cronista de la


época, Diego Muñoz de Camargo,

que Malinalli era “tenida por diosa en


grado superlativo” entre los

nativos. Los aztecas explicaban que


Malinalli hablara la lengua de
los españoles por obra divina, “pues
siendo extranjera, no la podía

saber de otra manera”, narra fray


Juan de Torquemada. Fray Cristó-

bal de Aldama se refiere a ella como


una india “de hermosura nada

vulgar, era dotada de una rara


viveza de espíritu”. Bernal escribió a
su vez: “qué esfuerzo tan varonil
tenía, que con oír cada día que nos
habían de matar y comer nuestras
carnes con ají, y habernos visto

cercados de batallas pesadas...


jamás vimos flaqueza en ella, sino
muy mayor esfuerzo de mujer”.

La modificación de su nombre a
Malintzin se debe al sufijo

tzin que conlleva respeto,


equivalente al “doña” en castellano.
Cabe aclara que el “don” o “doña”
no eran de uso común, y se
reservaba a

personajes de muy alto linaje, al


grado que ni el mismo Cortés dis-

frutaba de ese privilegiado trato. Y


por eso los españoles le llama-

ban doña Marina, una vez


cristianizada bajo ese nombre. Al
ocupar

un lugar tan especial al lado del


Capitán general, los propios indí-

genas le dieron a Malinalli un trato


de respeto. De hecho adquirió

carta de nobleza, la misma que


había perdido al ser vendida como

esclava por su padrastro. Por cierto,


una costumbre que molesta a

muchas mujeres actualmente


consiste en que al contraer nupcias,
adoptan el apellido de su marido; no
deja de ser paradójico el hecho de
que en una sociedad como la
prehispánica, en donde las mujeres

no contaban - y, según Motolinía,


“habían de ser sordas y mudas”

- se transmutara el nombre de
Cortés por el de su esclava e intér-

prete, Malinche, que así se le


conocía entre los indígenas al
Capitán general. Esto lo explica Díaz
del Castillo de la siguiente forma:

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LOS TEULES

En todos los pueblos por donde


pasamos, o en otros donde tenían
noticia de nosotros, llamaban a
Cortés, Malinche... La causa de
haberle puesto aqueste nombre es
que, como doña Marina, nuestra
lengua

(intérprete), estaba siempre en su


compañía, especialmente cuando
venían embajadores o pláticas de
caciques, y ella lo declaraba en
lengua mexicana, por esta causa le
llamaban a Cortés Capitán de doña
Marina, y para ser más breve, le
llamaron Malinche.

Así pues, Malinche no es el


sobrenombre de Malinalli, sino que
sig-nificaba para los indígenas algo
así como el dueño o el patrón de

Malinalli. Fuimos nosotros, en


tiempos posteriores, quienes le im-

putamos inadecuadamente el
apelativo de Malinche a doña
Marina.

LA CONQUISTA LA HICIERON LOS


INDIOS...

La clave de la Conquista de los


imperios azteca e inca radicó en la

división que había entre los


habitantes de esas regiones, las
enemistades y rencores acumulados
entre sí. De ello se percató Cortés
tras los primeros contactos con los
pueblos oprimidos por Moctezuma,

y supo que podría aliarse con ellos,


lo que facilitaría el éxito de su
temeraria aventura. Incluso algunos
pueblos que como los aztecas

eran también de origen nahua,


sufriendo la opresión del tiránico

imperio azteca, se voltearon en


contra de su propia sangre por mo-

tivos políticos. Al respecto escribió


don Hernán:

Vista la inconformidad de los unos


y de los otros, no hube poco

placer, porque me pareció hacer


mucho a mi propósito, y que po-

dría tener manera más fácil de


sojuzgarlos, y con los unos y los
otros maneaba y a cada uno en
secreto le agradecía el aviso que
me daba, y le daba crédito de más
amistad que al otro.

La tiranía de Moctezuma era tal,


que los pueblos sojuzgados por él

vieron en los españoles un poderoso


aliado para terminar con su

sumisión pues, escribe Cortés, “me


rogaban que los defendiese de

aquel gran señor que los tenía por


fuerza y tiranía, y que les toma-

ba sus hijos para los matar y los


sacrificar a sus ídolos”. Pero para
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DURANTE LA CONQUISTA

aprovechar al máximo ese


divisionismo hacía falta habilidad y
des-

treza, pues nada garantizaba que se


podía contar con la ayuda de los
enemigos de Tenochtitlán, como lo
demostraron los combates sos-
tenidos con los mayas, las
totonacas y los tlaxcaltecas. Ante lo
cual, dice Alamán: “Tanto es verdad
que un solo descontento, puesto
en contacto con un invasor, puede
causar los mayores males a una

nación, y una lección muy importante


de que deben aprovecharse

los gobiernos”. En efecto, eso


mismo ocurrió también durante la

invasión norteamericana en 1847,


que gozó de la ayuda de nume-

rosos mexicanos (incluida la Iglesia,


por cierto), y ni qué decir de la
intervención francesa y el Imperio de
Maximiliano, que encontró

nuevamente a los mexicanos


divididos en bandos irreconciliables.

Moctezuma, sabiendo de la
animadversión de sus múltiples
enemi-

gos, al encontrarse con Cortés,


intentó convencerlo de que se trata-

ba de infundios:

Muy bien sé que todos los que se


os han ofrecido de Putunchan

acá, y bien sé que los de


Cempoalla y de Tlaxcala os han
dicho
muchos males de mí... y algunos
de ellos eran también mis vasa-

llos; no creáis más de lo que por


vuestros ojos veáis.

En otras palabras, lo que de él se


decía eran calumnias, por lo cual
Cortés no debía castigarle por tales
excesos. De nada sirvieron sus

excusas, pero lo extraño era que el


gran emperador asumiese la po-

sición de un niño temeroso que


niega frente a sus padres haber co-

metido alguna travesura punible. Por


cierto que el esquema del di-

visionismo indígena como clave para


el éxito de la Conquista operó

en todo el Nuevo Mundo. Salvo


excepciones, en las batallas para
so-

meter a diversas tribus participaron


guerreros indígenas de pueblos

rivales y a veces de la tribu propia


cuando lo que estaba en juego era
algún pleito interno por el poder
(como ocurrió claramente con los

Incas). La superioridad militar de los


europeos fue lo que aglutinó

a unos pueblos nativos contra otros


en alianzas que iban y venían.

Más tarde, los mestizos


demostraron ser esenciales en las
interme-

diaciones entre europeos e


indígenas. Si de por sí la
“pacificación”

de los pueblos indígenas costó


mucho esfuerzo, dinero y sangre, de

no haber habido las alianzas


españolas con otros nativos el costo
y

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LOS TEULES

el tiempo empeñados hubiera sido


mucho mayor. Justo por eso la

conquista de Chile fue muy tortuosa,


pues las diversas tribus co-

nocidas genéricamente como


araucanos decidieron dejar de lado
sus rivalidades para unirse frente a
los españoles en torno del ca-

cique Caupolicán. Pero dicha alianza


de tribus indígenas contra los

europeos fue excepcional en


América. Prevaleció el deseo
indígena

de contar con los conquistadores


para deshacerse de los enemigos

tradicionales. De ahí el famoso


dicho: “La Conquista la hicieron los
indios...y la Independencia los
españoles” (es decir, los criollos,
que conformaban la mayoría de
líderes insurgentes y realistas).

EN BUSCA DEL EMPERADOR

Cada vez que Cortés se


entrevistaba con embajadores de
Moctezu-

ma, recibiendo regalos refinados y


costosos, insistía en que quería

conocer al emperador para darle


personalmente los saludos de su

propio monarca, Carlos V. Era lo


que menos deseaba Moctezuma,

por lo que uno de sus embajadores


dijo a Cortés:

Apenas habéis llegado a esta tierra


y ya queréis ver al rey. He

escuchado con gusto lo que decís


de la bondad y grandeza de ese

vuestro monarca, pero sabed que el


nuestro no es menos bueno

ni menos rey; antes me admiro de


que pueda haber en el mundo

otro más poderoso, más como vos


lo afirmáis, yo lo haré saber a

mi soberano.
La respuesta era siempre negativa.
Tras haber comunicado a Mocte-

zuma las pretensiones de Cortés,


regresó el embajador azteca para

dar al español el siguiente mensaje:

Ved que cosa os agrada de esta


tierra para vuestro soberano, que al
punto se os dará; mas por lo que
mira a vuestra pretensión de pasar
a la corte, vengo encargado de
deciros que desistáis de tan penoso
y peligroso viaje, porque os sería
preciso atravesar por de-siertos
inhabitables y por tierra de
enemigos.
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DURANTE LA CONQUISTA

Moctezuma creía inocentemente que


nuevos y valiosos regalos

llevarían a los españoles a darse


por satisfechos, cuando lo que se

lograba era justo lo contrario;


incrementar su ambición y determi-

nación por continuar su empresa. De


tal manera que Cortés siguió,

con los aliados que iba sumando a


cada paso, su camino a la gran

capital mexica.

DISFRAZADOS

Moctezuma nombró un alto emisario


para entrevistarse con el Ca-

pitán general en la costa de


Veracruz (es decir, Cortés) y tratar
de determinar si era o no
Quetzalcóatl, según se temía, para
lo cual le enviaría las vestimentas
del personaje divino de modo que
las usara

el español y ver si le sentaban y las


llevaba con soltura, en cuyo caso no
quedaría duda de su verdadera
identidad. El emperador azteca

instruyó a su embajador:

Si en tu opinión es Quetzalcóatl,
dile que su reino, nuestra ciudad, lo
espera. Pero dile que antes me deje
morir tranquilamente. Es un dios
bondadoso que lo vería como algo
sensato, dejar morir a un

viejo emperador de cincuenta y dos


años. Digamos unos diez años, que
en la vida de un dios no son nada,
no son sino una mañana. Si acaso
no le gustara la comida que le des
y prefiere comer carne humana,
ofrécete, me comprometo a cuidar
de tu esposa y tus hijos.

Llegó el enviado del Tlatoani a


Veracruz y, enterado de que Cortés
se hallaba en su nave, fue allí a
entrevistarse con él. Le pidió se
arropa-ra con los ajuares de
Quetzalcóatl; una cabeza de jaguar,
una manta

de plumas de quetzal, ajorcas de


oro y plata en los tobillos, orejeras
en forma de serpiente y sandalias
de obsidiana. Así lo hizo el
extremeño, y otro tanto hizo Pedro
de Alvarado, pero con la vestimenta

de Tezcatlipoca (antiguo héroe


mexica transformado en divinidad

por vía de la historia oficial azteca).


Al verse en semejantes atuendos,
Cortés, Alvarado y los suyos
estallaron en burlescas risotadas,
expresión no precisamente amable
ni diplomática para con los enviados
de Moctezuma, que tomaban muy
en serio su misión.

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LOS TEULES

Después, el embajador mexica y


otros que le acompañaban se

cortaron la muñeca y llenaron una


tasa con su sangre, misma que,

como gesto de buena voluntad,


ofrecieron a Cortés para que la be-

biera. El español cambió la risa por


la ira, y dijo: “¿Acaso esta es toda
vuestra ofrenda de bienvenida?”. Al
ver que no había regalos más

sustanciosos, mandó engrillar a los


emisarios aztecas y fingió ejecu-
tarlos con unos mosquetes sin bala.
Los aztecas cayeron al suelo por el
susto, y después fueron liberados
para que fueran a contar a su

soberano lo ahí acontecido sin


poder determinar aún si Cortés era

o no Quetzalcóatl, para
desesperación de Moctezuma. En
contra-

parte, Cortés pedía que Moctezuma


usara las prendas europeas de
vestir que le regalaba, así como
habituarse al uso de las sillas al
estilo occidental (con respaldo),
proyectando desde entonces su idea
de

superponer su propia civilización a la


de los nativos, al considerar la
propia como evidentemente
superior.

En otra ocasión, pensando aún que


los hispanos eran dioses,

los aztecas hicieron presenciar un


sacrificio humano para darles sa-

tisfacción, de lo cual dice el Códice


Florentino:

Pero cuando ellos (los hispanos)


vieron aquello, sintieron mucho
asco, escupieron, se restregaban
las pestañas, cerraban los ojos,
movían la cabeza. Y la comida que
estaba manchada de sangre,

la desecharon con náusea;


ensangrentada hedía fuertemente,

causaba asco, como si fuera


sangre podrida.

No tenía que ser sangre podrida


para causarles náusea; bastaba que
fuera humana. No había manera
pues de satisfacer a los recién lle-

gados, pero lejos de concluir que


éstos no eran dioses mexicas, se

recordaba aún que Quetzalcóatl


estaba en contra de los sacrificios

humanos; “Muchas veces los


hechiceros quisieron engañarle que
hi-

ciera sacrificios humanos... pero él


nunca quiso”, dice una crónica.

Por lo cual el rechazo de los teules


a los sacrificios humanos y a la an-
tropofagia sugería su claro
parentesco o vínculo con
Quetzalcóatl.

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DURANTE LA CONQUISTA

LA VILLA RICA

Era evidente que Cortés no podía


regresar a Cuba así nada más, se-

gún lo exigían algunos soldados que


no veían muy venturoso su fu-
turo en tierras mexicanas. Velázquez
había instruido que “en todas

las islas que descubrieren saltaréis


en tierra ante vuestro escribano y
muchos testigos, y en nombre de
Sus Altezas tomaréis y
aprehenderéis la posesión dellas
con toda la más solemnidad”. Pero
una cosa era tomar posesión de las
tierras y otra muy distinta colonizar.
De

regresar a Cuba, don Hernán sería


relevado de su mando y segura-

mente penalizado por su mentor (por


haber huido de la isla desaca-
tando órdenes del gobernador). Por
lo cual decidió “legalizar” su decisión
de separarse de la tutela de
Velázquez. Pero primero hizo que
entre los suyos le pidieran seguir
adelante con la aventura. Relata

Bernal: “Por manera que Cortés


aceptó, y aunque se hacía mucho de

rogar; y como dice el refrán ‘tú me


lo ruegas, y yo me lo quiero’; y fue
con condición que le hiciésemos
Justicia mayor y Capitán general”.

Fundar un poblado le permitiría


independizarse de Velázquez sin
oponerse o separarse de la corona,
de tal forma que no pudieren

acusarle de deserción, traición o


desobediencia. Para lo cual ideó un
ingenioso plan; fundar un
ayuntamiento que bautizó como la
Villa

Rica de la Vera Cruz. Nombró en


seguida a algunos de sus amigos

y leales como alcaldes y concejales


de la nueva ciudad. Los nuevos

magistrados le destituyeron
formalmente del cargo que le
confirió
Diego Velázquez, con lo cual pasó a
ser un simple ciudadano de la

nueva colonia. Acto seguido, le


nombraron Capitán general y Justi-

cia Mayor del recién fundado


poblado, según lo acordado.
También

se decidió que además del quinto


real de las riquezas conseguidas,

se apartaría otro quinto de ellas


para sí mismo. El nuevo ayunta-

miento sólo existía en el papel, pues


ni siquiera se hallaban en la
tierra en que se fundaría, que
estaba a sesenta y cinco kilómetros
de ahí. Incluso, antes de llegar,
Cortés hizo escala en Cempoalla
para

trabar amistad con el “cacique


gordo” que la gobernaba.

Más tarde dirigiría a Carlos V


(entonces apenas un joven de

veinte años) una misiva para ponerlo


al tanto de la nueva colonia en
aquellas ignotas costas de la
América. Destinó para tal misión una

de sus naves (repleta además de


los tesoros que recién había reci-

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LOS TEULES

bido de Moctezuma, con miras a


impactar al monarca) y pidiendo

a don Carlos confirmase el cargo


que democráticamente le habían

conferido los pobladores de la Villa


Rica de la Veracruz, pese a ser aún
una ficción jurídica. Mientras tanto,
los partidarios de Velázquez
deseaban volver a Cuba - dice
Bernal - pues estaban tan “enoja-

dos y rabiosos, que comenzaron a


armar bandos y chirinolas, y aun

palabras muy mal dichas contra


Cortés”. Deseaban retornar a la isla

también “por ver la tierra tan grande


y ver los pocos españoles que

éramos”.

LA CIUDAD DE PLATA

Al dirigirse los castellanos a la


ciudad de Cempoallan en el golfo

de México (dado que su cacique no


quiso ir al encuentro de Cor-

tés, alegando su obesidad),


habitada por totonacas, los jinetes
que

iban de vanguardia reportaron a su


Capitán, con gran júbilo, que

el piso y las edificaciones de la


plaza principal estaban hechas de

plata pura. ¡Habían encontrado la


anhelada Cíbola! Malinalli y Je-
rónimo de Aguilar, más adentrados
en la cultura local, rectificaron

el dato; seguramente se trataba del


yeso y el estuco blancos con que los
nativos solían recubrir sus
construcciones, y que con la luz del
sol se tornaban muy brillantes. Con
sorna, Gómara escribió: “Creo

que con la imaginación que llevaban


– los hispanos - y buenos de-

seos, todo se les antojaba oro y


plata lo que relucía”. Pero cuando

llegaron al lugar a constatar el


hecho, “se desengañaron y hasta se
avergonzaron los que pensaron que
las paredes estaban cubiertas

de plata”. Tal era el anhelo de


aquellos aventureros por encontrar
en cada piedra los deseados
metales preciosos, que los veían por
todas

partes, como dice Gómara. Otro


tanto ocurriría con los conquista-

dores en diversos puntos de la


América, y de ahí la persistencia del
mítico Eldorado. También les
llamaron la atención los adornos de
los totonacas, quienes llevaban
horadados los labios con sortijones
de oro, lo que dejaba al descubierto
su dentadura, y “aunque ellos

lo hacían por gentileza y buen


parecer, los afeaba mucho a los
ojos

de nuestros españoles, que nunca


habían visto semejante fealdad”,

remata Gómara.

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DURANTE LA CONQUISTA
ENTRE LA ESPADA Y LA PARED

Cuando Cortés tomó con rumbo a


Quiahuiztlán, la aldea por donde

fundaría Veracruz – pues por ahora


sólo existía en el papel -, vis-

lumbró la gran oportunidad de


asegurar la lealtad de los totonacas

que por entonces lo acogían. Ahí se


enteró con más precisión de la

animadversión de varios pueblos


contra los aztecas, y urdió la posi-

bilidad de volcarlos contra éstos


para ser él quien recogiera los frutos
de tal división. Llegaron de súbito
cinco recaudadores aztecas,

llenos de arrogancia y soberbia, a


cobrar los habituales impuestos

pero también a castigar a los


totonacas por la osadía de alojar y
alimentar a los españoles sin el
indispensable permiso del
emperador

mexica. El castigo consistía en


donar veinte jóvenes de cada sexo

para ser sacrificados. Disponíase el


jefe de la aldea a cumplir con
dicha penitencia cuando Cortés lo
conminó a apresar a los emisa-

rios de Moctezuma, ofreciendo su


protección y la del emperador de

España. Y en lenguaje digno del


Quijote, le comunicó “que no venía

sino a desfacer agravios y favorecer


a los presos, ayudar a los mez-

quinos y quitar tiranías”, relata


Gómara. Viéndose el jefe totonaca

entre la espada de Cortés y la


pared de Moctezuma, prefirió
aprove-
char la presencia del español para
enfrentar la dictadura mexica de

una vez por todas, por lo que


procedió a prender a los
recaudadores

aztecas. Eso le generó una


sensación de libertad, venganza y
po-

der que jamás había experimentado


frente a los odiados enemigos,

“como sucede siempre en los


pusilánimes cuando se creen
protegi-
dos por algún poderoso”, comenta
Alamán. Lo cual redundó además

en la divinización de los personajes


que habían hecho posible tal

acto de temeridad. Con ello, Cortés


orillaba a ese pueblo a serle fiel,
pues con semejante afrenta a los
aztecas, los totonacas no tendrían

más remedio que contribuir al triunfo


de los conquistadores o de lo

contrario la pasarían muy mal. Así lo


escribió después don Hernán:

Para espantar algunos pueblos que


sirven bien a los cristianos a quien
están depositados, se les dice que
si no lo hacen bien, que los
volverán a sus señores antiguos, y
esto temen más que ninguna otra
amenaza ni castigo que se les
pueda hacer.

20

Durante 2.indd 20

13/01/16 11:59

LOS TEULES

Pero Cortés no quería aún


enemistarse con los aztecas, por lo
cual

mandó soltar a dos de los cautivos,


deslindándose de su captura y

pidiendo dijeran a su soberano que


quería entrevistarse con él, y

que los liberaba con el propósito de


entablar amistad con el pue-

blo azteca. Después sugirió al


cacique que él podría encargarse de

custodiar a los tres funcionarios


aztecas restantes - a quienes lle-

vó encadenados a una de sus naves


-, pero que los dejaría también

en libertad como señal de buena


voluntad a Moctezuma. Con tales

maniobras, Cortés consiguió


comprometer hasta la muerte a los
to-

tonacas sin desafiar directamente a


Moctezuma: “Bien podía Cor-

tés tener estos tratos entre gente


que no entendía por dónde iba

el hilo de la trama”, dice Gómara.


Los totonacas del lugar tomaron
entonces la decisión de rebelarse
formalmente contra Moctezuma

siempre y cuando fueran


encabezados por Cortés, a quien
ofrecie-

ron reclutar cien mil guerreros para


tan temeraria empresa. Cortés

prefirió por entonces mantener una


actitud de amistad con los az-

tecas. Con todo, pudo vislumbrar el


conquistador que la derrota de

Tenochtitlán eventualmente podría


realizarse si formaba una gran
coalición con los múltiples enemigos
del Imperio.

LA DETERMINACIÓN DE
MALINALLI

La inusual temeridad de Cortés, sus


cañones, armaduras, perros

y caballos no eran suficientes para


conquistar al Imperio Mexica.

Parece haber sido un factor no


menor en el éxito de tal misión la

invaluable colaboración de Malinalli,


que hablaba el maya y el ná-
huatl (antes de aprender también el
castellano), y que abrazó la cau-sa
española como vía para su
promoción social y económica.
Cortés

había solicitado al cacique de


Cempoala que no sacrificara a cinco

indios, a lo que el jefe gordo (como


le decían los españoles) repli-

có que “si les hacíamos deshonor a


sus dioses o se los quitábamos,

que ellos perecerían y aun nosotros


con ellos”, y que les acaecería
todo tipo de calamidades. Le había
dicho el Capitán General, que

“dejéis vuestros sacrificios y no


comáis carne de vuestros prójimos,
ni hagáis sodomías, ni las cosas
feas ni torpedades que soléis hacer,
porque así lo manda Nuestro Señor
Dios”, narra Bernal. Cortés con-21

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

sideró en ese momento prudente no


modificar las cosas, pues los
dos frailes que con él iban le
aconsejaron “que por entonces no
era

tiempo de impedirles contra su


voluntad que practicaran los ritos

antiguos”. Pero más adelante, le


pidió al cacique que se convirtieran
él y sus súbditos al cristianismo, a lo
que el jefe indígena respondió con
serenidad: “Nosotros y nuestro
pueblo no podemos renunciar

a los dioses de nuestros


antepasados; ellos nos dan los
frutos, las
flores y las casas; ellos nos
protegen en los peligros; a ellos
debemos una vida exenta de
enfermedades”.

Los españoles, embriagados de


fanatismo religioso, respon-

dieron que Dios había uno sólo y


que su voluntad era desaparecer

a todos los ídolos del mundo, y de


inmediato procedieron a des-

truir los que tenían a la vista,


descritos por Bernal como
“dragones espantables, tan grandes
como becerros, y otras figuras de
medio

hombres, y de perros grandes y de


malas semejanzas”. Según Clavi-

jero, dijo Cortés a los suyos:

Ea, españoles ¿qué hacemos?


¿Cómo sufrimos que estos
hombres

que se precian de amigos nuestros


tributen a estas abominables

figuras del demonio el culto debido


a nuestro único y verdadero

Dios?... Ánimo soldados, ahora es


tiempo de mostrar que somos

españoles y que heredamos de


nuestros mayores el celo ardiente

de nuestra santa religión.

La primera reacción de los


totonacas, dice Bernal, fue que:
“cuando

así los vieron (a los ídolos) hechos


pedazos, los caciques y papas que
con ellos estaban lloraban y tapaban
los ojos... y decían que les perdo-
nasen y que no era más en su mano
ni tenían culpa”. Dispuestos los
totonacas a defender a sus dioses
con las armas, Malinalli demostró

haber tomado ya partido por sus


nuevos patrones y abrazado su rígi-

da religión, por lo que, con voz


enérgica exclamó: “A la primera
flecha que disparéis, el Dios de los
cristianos os reducirá a cenizas”.
Además, la astuta intérprete les hizo
ver que los españoles eran quienes
ahora podían defenderlos de los
aztecas. Fue tal la determinación
con que

la mujer profirió esas palabras, y la


contundencia de sus argumentos,
que los indios quedaron paralizados
y pidieron a los españoles ser

bautizados de inmediato en los


altares que para ese efecto ya se
había 22

Durante 2.indd 22

13/01/16 11:59

LOS TEULES

instalado. Se había ofendido a los


dioses indígenas y éstos no habían
reaccionado con la esperada furia;
se rompía la magia de sus
divinidades. Se trató, desde luego,
de un acto temerario que el padre
Olmedo recomendó no repetir, al
menos en tanto no hubiera una
previa explicación básica de la fe
cristiana.

Paréceme señor – dijo a Cortés –


que en estos pueblos no es tiem-po
para dejarles cruz en su poder,
porque son desvergonzados y

sin temor, y como son vasallos de


Montezuma, no la quemen o

hagan alguna cosa mala. Y esto


que se les ha dicho basta, hasta

que tengan más conocimiento de


nuestra fe.

En todo caso, Cortés actuaba así


seguramente por su propio celo re-

ligioso, pero justo esas habían sido


las instrucciones dadas por Die-go
Velázquez: que cualquier blasfemia o
idolatría había de castigarla

“con toda la más riguridad que se


pueda”. Tuvo el conquistador la

precaución de llevar a su aventura a


los hijos de varios principales de
Cempoala, para así disuadirlos de
incurrir en cualquier insubordinación
o traición, pues en tal caso daría
cuenta inmediata de sus

vástagos. Providencia que no estaba


por demás tomar.

LA “QUEMA” DE LAS NAVES

Cortés contaba con pocos recursos


para cumplir con éxito su expe-

dición, pero su audacia la llevó a


buen término. Varios de sus hom-

bres, amigos del gobernador de


Cuba, querían ya regresar a esa
isla, cansados del viaje y satisfechos
con los tesoros recabados. Ante la
negativa de Cortés, algunos de ellos
planearon regresar en una de

las naves sin previo aviso ni permiso


del Capitán, y con la eventua-

lidad de eliminarlo primero. De entre


ellos surgió un delator que

alertó a Cortés sobre los planes de


sus compañeros. Acto seguido

castigó a los conjurados, ahorcando


a sus dos principales caudillos,
cortando a otro un pie y mandando
azotar a varios más. Entre los

juramentados había también un


clérigo, que por serlo salvó la vida

(desde siempre los privilegios al


clero). El resto le agradeció a
Cortés con futura lealtad. Según
Bernal, dijo en ese entonces el
Capitán con 23

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

disimulado dolor: “Quién no supiera


escribir por no firmar muertes

de hombres”. Pero después se


defendería señalando que “robar
una

carabela”– o intentarlo - era un


delito que merecía la pena capital.

Pasado ese trance, don Hernán


ordenó a sus capitanes sobre

el resto de los barcos, “que vengan


a costa y romperlos”, es decir,

desmantelarlos - que no quemarlos


como comúnmente se cree - res-

catando de ellos materiales,


aparejos y velas que después usó
en la
construcción tanto de la Villa Rica
como de los famosos bergantines

que tuvieron un papel protagónico en


el cerco de Tenochtitlán. Eso,

tras legitimar dicha determinación


con informes que los pilotos

proporcionaron y que reportaban del


maltrato de los buques y el

riesgo de volver a embarcarlos.


Informe manipulado a modo, según

el interés del Capitán general.


Después fingió que las autoridades
formales de Vera Cruz le exigían
hundir las naves y se dijo obligado a
obedecer ese “mandato” que él
mismo había decidido, desde luego.
De no haberlo hecho, dice el
cronista Pero Rodríguez de
Escobar,

“no pudiera el dicho don Hernando


sacar del puerto a mucha gente”

hacia el interior de la región. La


famosa “quema de las naves” habla
en sí misma del arrojo y decisión de
don Hernán así como de su

astucia, pues con ello obligaba a sus


hombres a jugarse el todo por
el todo en la difícil empresa que les
esperaba, y al mismo tiempo su
ingeniosa argucia le permitió
detectar por dónde podría originarse

algún futuro intento de


insubordinación, y evitarla antes de
que

surgiera. Escribió Cortés que con


esa medida “todos perdieron la

esperanza de salir de la tierra, y yo


hice mi camino más seguro”. En su
discurso, el Capitán evocó las
famosas palabras de Julio César al
cruzar el río Rubicón,
pronunciándolas incluso en latín para
provocar mayor impacto sobre sus
hombres; Allia jacta est; “La suerte
está echada”. Había habido al
menos un precedente de semejante
temeridad, en el caso de otro
explorador hispano; en lo que hoy es
Nica-

ragua, Gonzalo de Badajoz encalló


adrede sus barcos para evitar que

ochenta marinos huyeran. Quizá


Cortés se había enterado de dicho

suceso, y de ahí tomó la idea. Pero


nada hay que así lo asegure.

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VI- RUMBO A TENOCHTITLÁN

FRENTE A LOS CAÑONES,


EMBRUJOS

Moctezuma se inquietaba cada vez


más de que los extraños recién

llegados siguieran en el continente e


insistieran verlo. Incluso, pla-neó el
Tlatoani esconderse en una cueva,
cosa que impidieron sus

consejeros que por todos los medios


intentaban tranquilizar a su

atemorizado monarca. Moctezuma


pensó entonces en utilizar el

poder de brujos y magos, a quienes


envió a donde los teules
ordenándoles que inventaran “con
sus artes cosas muy espantables
con

que los hiciesen volver a su tierra y


retirarse de temor”. Relatan los
cronistas indígenas: “Pudiera ser
que les soplaran algún aire, o les
echaran algunas llagas, o alguna
cosa por el estilo. O también
pudiera ser que con alguna palabra
de encantamiento los enfermaran,

o se murieran, o acaso regresaran


por donde habían venido”. Desde

luego, los hombres de Cortés ni


siquiera se enteraron de que eran

objeto de maleficios y males de ojo,


y la jugada fue contraproducen-

te pues como los artificios no


hicieran nada a los recién llegados,

los hechiceros hicieron creer a su


amo que, en efecto, eran gente a

quienes no podían hallar el corazón,


y cuya carne “era dura y que no
podían entrar en ellas”. Por lo cual
concluyeron que “No somos sus

contendientes iguales, somos como


unas nadas”, narra el Códice
Florentino. Lo cual terminó por
convencer a Moctezuma que se
hallaba frente a seres
sobrenaturales. Curiosamente, tras
su gran hazaña

los tiempos le fueron bastante malos


a Cortés; líos y acusaciones en
Nueva España, interminables litigios
en España, ora como acusado,

ora como acusador, nuevas


aventuras y exploraciones, todas
falli-

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

das y penosas. Al grado en el cual,


años después Bernal Díaz escri-

bió que “Si miramos en ello, (Cortés)


en cosa ninguna tuvo ventura

después que ganamos la Nueva


España, y dicen que son
maldiciones

que le echaron”. Según eso, quizá


los maleficios y males de ojo de los
quirománticos ordenados por
Moctezuma sí hicieron efecto, sólo

que demasiado tarde. En cuyo caso


podríamos hablar legítimamen-

te de ésta como la verdadera


venganza de Moctezuma contra
quien

lo sometió y destruyó su magnífico


imperio.

TLAXCALA ¿ENEMIGA O ALIADA?


Recomendaron los totonacas
dirigirse a Tenochtitlán por la vía

de Tlaxcala, asegurando a los


españoles que sus habitantes harían

amistad, dada su rivalidad con los


mexicas. Conforme se adentraba

la expedición al centro, refrescaba el


clima, lo cual fue estupenda-

mente recibido por los españoles,


cansados del asfixiante calor cos-

teño. Pero los indios que de Cuba


venían con ellos, desnudos como
andaban y acostumbrados al clima
tropical, fueron muriendo de

frío (lo que no preocupó demasiado


a los hispanos, pues contaban

ya con la ayuda de tatemes


totonacas para cargar sus
equipajes, bastimentos y artillerías).
Los tlaxcaltecas eran enemigos
acérrimos de los aztecas, en efecto,
y habían mantenido una relativa
autonomía.

Poco antes, cuando los aztecas


reclamaron el vasallaje tlaxcalteca,

exigiendo tributos bajo amenaza de


destrucción, éstos respondie-

ron, según Clavijero:

Muy poderosos señores, Tlaxcala


no os debe vasallaje, ni desde

que sus progenitores salieron de


las partes septentrionales a ha-bitar
esta tierra han reconocido jamás los
tlaxcaltecas con tribu-to a algún
príncipe del mundo. Ellos han
conservado siempre su

libertad, y como no acostumbrados


a la esclavitud a que preten-

déis reducirlos, antes que reducirse


a vuestro poder derramarán

más sangre de la que derramaron


sus antepasados en la famosa

batalla de Poyauhtlan que tuvieron


con vuestros ascendientes.

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13/01/16 11:59

RUMBO A TENOCHTITLÁN

Prevalecía entonces un estado de


guerra intermitente entre ambos
reinos. Por lo cual, Cortés y sus
hombres pensaron que sería fácil
hacer una alianza con los de
Tlaxcala, como antes ya había
ocurrido con los totonacas. Fueron
atacados por numerosos otomíes,
seguramente enviados por los
tlaxcaltecas de los cuales eran
vasallos, para hacer un
reconocimiento de los hispanos.
Tras el enfrentamiento, Cortés envió
a algunos cempoaltecas, ya aliados
suyos, a convencer a los
tlaxcaltecas de también aceptar la
amistad de los recién llegados,
argumentando:

De la parte oriente han arribado a


nuestra tierra en grandes

embarcaciones unos héroes fuertes


y animosos con cuyo favor se

ve ya libre de la tiránica dominación


del rey de México. Nuestra nación,
por la amistad que constantemente
ha mantenido con

vuestra república, os exhorta a


recibir por amigos a estos héroes,
que aunque pocos en número, por
su valor equivalen a muchos.

Uno de sus jefes (senadores, les


decían los españoles, por parecer
Tlaxcala más una República que un
reino), Xicoténcatl el viejo, dijo de
los españoles:

¿Cómo pueden ser dioses unos


hombres que buscan con tanta

ansia el oro y los placeres? No me


parecen a mi dioses, sino

monstruos salidos de la espuma del


mar... no hay quien los harte, donde
quiera que entran hacen más
estragos que cincuenta mil

de nosotros; piérdenos por el oro,


la plata, piedras y perlas... y así
creo que no pudiéndolos sufrir el
mar, los ha echado de sí.

Había en todo caso que probar


mediante el enfrentamiento armado

si eran dioses, monstruos o simples


mortales. Ganaron los parti-

darios de la guerra. La ferocidad y


cantidad de los guerreros tlax-

caltecas hacen difícil de explicar el


nuevo éxito de los españoles,

pero una vez más sus aceros,


caballos y armas de fuego ayudaron
a
rechazar varios embates de los
aguerridos tlaxcaltecas y sus aliados
otomíes. Eran cerca de cinco mil del
lado de los españoles y totonacas
frente a un enorme ejército
tlaxcalteca, tasado por Bernal como

de cuarenta mil y por Cortés como


de cien mil (probablemente para

magnificar su victoria ante Carlos V).


Quizá por ello a Alamán esta

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13/01/16 11:59
DURANTE LA CONQUISTA

confrontación le transportó “a los


tiempos de Homero y a los cam-

pos de Troya, con la relación de


aquellos combates en que brilla el

valor y destreza personal de los


héroes”.

EXTRAÑO MEDICAMENTO

Heridos algunos de los españoles


que habían recibido, como de cos-

tumbre, una lluvia de saetas, varas y


piedras por parte de los tlax-
caltecas, debían encontrar una cura
para sus heridas, pues no dispo-

nían de ninguna. La encontraron en


“el unto de un indio gordo de

los que ahí matamos (y) se curaron


los heridos, que aceite no había”,
dice Bernal. Macabra cura pero, al
decir de los cronistas, sumamente
eficaz. El cadáver del indio obeso - y
de otros más - sirvió como provisión
de ungüento medicinal en las
siguientes batallas contra

los tlaxcaltecas. Y para calmar el


hambre, cenaron un manjar poco
usual en la dieta de los españoles;
no, no carne humana, pero sí

unos perrillos con los cuales hicieron


un guiso que, comenta Bernal,

“era harto buen mantenimiento”.

INSÓLITA CORTESÍA

La fortuna, fiel compañera del audaz


Cortés, jugó de nuevo un pa-

pel importante frente a los


tlaxcaltecas. Habiéndose refugiado
los

españoles y sus aliados totonacas


en un pequeño cerro, estaban li-

teralmente sitiados por los de


Tlaxcala que, por tanto, pudieron ha-

berlos dejado morir de hambre y


sed. En tal caso, es probable que

los españoles hubieran intentado


romper el cerco antes de morir de

ese modo, pero era algo de por sí


difícil. Su muerte hubiera sido casi
segura. Pero el general Xicoténcatl
el mozo no quería un triunfo sobre
los intrusos por hambre pese a la
eficacia de tal estrategia, pues ello
desmerecería su victoria. Por lo cual
ordenaba enviar víveres a los
españoles – guajolotes, tortillas y
tamales - en tanto se reanudaba la
batalla. Si morir debían, que fuera
por las armas tlaxcaltecas y no por
hambre o sed. “Enviémosles de
comer, que vienen hambrientos, no

digan después que les tomamos por


hambre y por cansados”. Extraña

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RUMBO A TENOCHTITLÁN
caballerosidad que los españoles no
hubieran tenido, como no la tu-

vieron durante el sitio de


Tenochtitlán, donde justamente
prevaleció la escasez de alimentos y
agua potable por el cerco español,
lo que

debilitó a sus defensores y


contribuyó a la derrota de la plaza.
Cor-tés insistía en buscar la amistad
de los tlaxcaltecas, no su derrota ni
menos aún su destrucción, por lo
que ofrecía hacer las paces cada
vez que podía. Pero por respuesta
el joven Xicoténcatl le dijo que
“harían las paces con sus carnes y
honraría a los dioses con sus
corazones”.

El general tlaxcalteca decidió dirigir


un vigoroso ataque con el

ánimo de que fuese decisivo;


“Vamos a ellos que ya habrán
comido, y

los comeremos”. Como si fueran


pavos en engorda. Viendo a los es-

pañoles luminosos de día por el


reflejo del sol sobre sus armaduras,
creyeron los tlaxcaltecas que era el
astro el que les infundía su vigor, y
que de noche serían vulnerables. En
parte, porque eso les dijeron

sus brujos y adivinos, lo que sonó


congruente a los jefes de Tlaxcala.

En la dicha batalla nocturna dio la


casualidad, favorable a los
invasores, que éstos tenían la luna a
sus espaldas, lo cual engrandecía

su silueta y sobre todo la de los de


a caballo, lo cual generó mayor
susto a los nativos que durante una
batalla diurna. Existe la versión de
que los adivinos tlaxcaltecas fueron
sacrificados debido al mal

diagnóstico que hicieron. Las bajas


hispanas habían sido muchas

pese a sus victorias; cuarenta y


cinco españoles (considerando su

escaso número). Empezaron a


dudar de sus posibilidades. Si así
les

iba con Tlaxcala, ¿qué esperar del


enfrentamiento con los aztecas?

Bernal se lamenta de esos


encuentros: “Qué prisa nos daban y
con

qué braveza se juntaban con


nosotros y con qué grandísima grita
y

alaridos”. Y agrega que los


españoles “tenían los brazos
cansados de matar indios... ya
estábamos tan flacos y trabajados y
descontentos

con las guerras, sin saber el fin que


habría de ellas”. Algunos pro-
pusieron una vez más regresar a
Vera Cruz y, por qué no, a Cuba.

Lamentaron entonces la decisión de


Cortés de desmantelar sus na-

ves. A lo que Cortés replicó: “Es mil


veces preferible la muerte que la
vergüenza de la retirada”. Le decían
que ni Alejandro ni Julio César ni
Pompeyo fueron tan temerarios, a lo
que don Hernán respondió

que, con mayor razón, se dirá que


los españoles hicieron en México

“lo que ni Macedonia ni Roma se


atrevieron”.

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA
Para suerte de Cortés, surgieron
entonces también las divi-

siones entre los tlaxcaltecas, pues


muchos empezaron a ver suma-

mente peligroso continuar


enfrentando a esos extraños y
podero-

sos seres metálicos, y otros los


vieron ya como posibles aliados
para derrotar a los aztecas. El viejo
Xicoténcatl dijo, según Bernal: “Bien
veis cómo les hemos dado guerra
tres veces con todos nuestros
poderes, así de día como de noche,
y no han sido vencidos”. Mejor
era hacer, ahora sí, las paces.
Xicoténcatl el joven, sin embargo, no
deseaba la paz, por lo que tejió un
ardid para demostrar a su Consejo
que los españoles eran simples
mortales, no dioses. Envió una

embajada con alimentos y cuatro


viejas mujeres, y le dijeron a Cor-

tés: “Si sóis teules bravos, tomad


estas cuatro mujeres y matadlas

para que podáis comer de sus


carnes y corazones. Si sóis
hombres,

comed de esas gallinas, pan y


fruta”. Los españoles optaron por lo

segundo, desde luego, con lo que


implícitamente reconocían ser

humanos de acuerdo al silogismo


tlaxcalteca. Pero Cortés no tenía

reparo en aceptar su condición de


simple humano: “Todos somos

hombres de carne y hueso, y no


teules, sino cristianos”, les dijo. Pero
los embajadores de Tlaxcala
permanecieron en el campamento
es-pañol, hurgando lo que podían,
por lo que fueron considerados es-
pías. Habiendo confesado los planes
de Xicoténcatl el mozo, Cortés

mandó cortar sus manos y narices,


y los envió de regreso:

Decid a vuestros principales que no


es de hombres esforzados o egre-
gios en el valor guerrero echar
mano de estos ardides desleales. .
Hacedles saber que nosotros
estamos preparados en cualquier
hora que vengan, ya nos acometan
de noche, ya vengan a la luz del
día, aprenderán lo que son estos
pocos a quienes intentan perturbar.

A Xicoténcatl el joven, sin el


respaldo de su senado, no le quedó
más remedio que ceder. La guerra
se decidió en favor de los
castellanos.

Ya en Tlaxcala, hubo festejos y


celebraciones por la nueva alianza.

Música y lluvia de flores para los


recién llegados. Escribe Clavijero
que “más parecían celebrar el
triunfo de la república (tlaxcalteca)
que el de sus enemigos”. Conducta
extraña que nos siguió el resto de la

historia, como cuando se preparaba


una gran celebración en Puebla
dando por hecho el triunfo de los
franceses, el 5 de mayo, para
darles 30

Durante 2.indd 30

13/01/16 11:59

RUMBO A TENOCHTITLÁN

una cálida bienvenida. El prestigio


de los españoles se acrecentó en la
región y el temor de Moctezuma se
agrandó, pues los tlaxcaltecas

no habían sido jamás derrotados, y


ahora un reducido grupo de teules
que aseguraban no serlo, lograban
lo indecible. Sin restar méritos a
Cortés, su coraje, tesón y
temeridad, en buena parte fue
favorecido

por las costumbres bélicas de los


indígenas. Escribió Gómara que en

estas tierras “Se emplazaban unos


enemigos a los otros para la ba-

talla, la cual siempre era campal (en


espacio abierto) y se daba entre
términos (es decir, bajo ciertas
reglas)... Si el estandarte real caía
en tierra, todos huían”. Por su parte,
sostiene Jacques Soustelle:
Los mexicanos se abstenían
deliberadamente de la ventaja que

proporciona la sorpresa. No sólo


dejaban a sus adversarios el

tiempo suficiente para su defensa,


sino que aún les proporciona-

ban armas, aunque fuese en


cantidad simbólica… Detrás de todo

ello hay que percibir también la


idea de que la guerra va a ser un
verdadero ‘juicio de los dioses’, y
que al final de cuentas ellos se-rán
quienes decidirán, y que es
necesario que ese juicio conserve
todo su valor sin ser falseado desde
sus comienzos, como sería el caso
si… el enemigo fuera sorprendido
sin poder combatir.

En buena parte por ello los


españoles desconcertaron a los
indíge-

nas, pues no respetaban regla


alguna, o al menos no las mismas
que

sus adversarios americanos. Entre


los mesoamericanos bastaba con

que se inclinara la balanza hacia


alguno de los bandos para dar por
terminada la guerra, y negociar la
paz a partir de tributos. No se

usaba la destrucción total de la


cultura o civilización o la religión o la
identidad de los derrotados. No es
que no se tuviera la capacidad para
ello – el imperio azteca la tenía -
sino que esa no era la concep-ción
de la guerra que se tenía en esta
región. En Perú, Atahualpa

aceptó entrevistarse con Pizarro


cuando éste lo capturó, justo por

haber dado éste previamente su


palabra, que entre los incas era ha-
bitual respetar. Muy distinto a lo que
hacían los españoles, y por eso
pese a pagar Atahualpa el rescate
exigido por Pizarro creyendo que

el español honraría su palabra, fue


ejecutado tras haber sido juz-

gado formalmente para dar a ese


asesinato un barniz de legalidad.

Atahualpa fue acusado de fratricida,


idólatra, polígamo y rebelde, lo 31

Durante 2.indd 31

13/01/16 11:59
DURANTE LA CONQUISTA

que le valió la pena de muerte. Que


un puñado de españoles haya

derrotado a miles de indígenas,


tanto en Perú como en México,

hizo pensar a algunos que tales


victorias eran designio divino, pues
como dijo el cronista Antonio
Vázquez de Espinosa: “Fuera
imposible que tan pocos españoles
ganasen tan grande imperio sino
orde-

nándolo Dios... para que se


predicara su santo Evangelio en
aquellas tan remotas regiones”.
Tesis que numerosos indígenas
aceptaron

como válida más tarde. Muchos


españoles resintieron la muerte del

Inca, también Carlos V, que así se lo


hizo saber a Pizarro. Atahual-

pa aceptó ser bautizado antes de


morir para no ser quemado vivo,

sino mediante garrote vil. Comenta


al respecto Gómara: “No hay

que reprender a los que lo mataron,


pues el tiempo y sus pecados los
castigaron después, que todos ellos
acabaron mal”.

En contraste, los indios


norteamericanos actuaban de
manera

opuesta; no estaban acostumbrados


a las batallas abiertas y fronta-

les, sino más bien atacaban por


sorpresa y de noche. Cotton Mather

escribía que los colonos de Nueva


Inglaterra se sentían “atacados

desde todas partes por cantidades


desconocidas de demonios en-
carnados”. Eran “como lobos
desatados”. Y no tomaban
prisioneros,

o lo hacían para someterlos a


tortura, no para canjearlos como ha-

cían a veces los europeos. El


reverendo Joseph Doddridge fue
testi-

go de los ataques indios en Virginia,


y escribió:

El indio mata indiscriminadamente.


Su objetivo es el completo

extermino de sus enemigos. Los


niños son víctimas de su ven-

ganza porque si son varones,


pueden en el futuro convertirse en

guerreros, y si son niñas, pueden


llegar a madres... Si el indio hace
prisioneros, poco hay de piedad en
la operación. Perdonan

la vida de aquellos que caen en sus


manos con el fin de satisfacer los
sentimientos de feroz venganza
propios y de sus camaradas

mediante la tortura del prisionero.

Esto en parte explica también las


distintas políticas coloniales en el
conjunto de la América hispana
respecto de la América anglosajona.

32

Durante 2.indd 32

13/01/16 11:59

RUMBO A TENOCHTITLÁN

CEGUERA FÍSICA, INTUICIÓN


POLÍTICA

Fueron recibidos los conquistadores


con gran pompa en Tlaxcala, y

así celebraron un pacto para


marchar contra los aztecas, con lo
cual Cortés había ganado nuevos y
poderosos aliados que serían
determinantes en su empresa
conquistadora. De ahí decidieron
tomar

rumbo a Cholula, ciudad aliada de


los aztecas, como punto previo a

Tenochtitlán. Pero antes de ello


tuvieron tiempo suficiente para re-

ponerse de sus heridas y cobrar


nuevas energías. De nuevo, algunos

españoles deseaban regresar ante


el gran peligro que percibían. Cor-
tés los oyó decir: “Si el Capitán
quiere ser loco e irse donde lo
maten, que se vaya solo”. Don
Hernán los convenció de continuar:
“¿No

habéis oído que cuantos más moros


más ganancias?... No temáis ni

dudéis de la victoria, que lo más ya


está hecho”. Y trabó Cortés una
amistosa relación con Xicoténcatl el
viejo, partidario de pactar con los
españoles, contrariamente a la
posición de su hijo Xicoténcatl el
mozo. Por su avanzada edad,
Xicoténcatl padre había ya perdido
la
vista. Pidió en una ocasión al
español dejarlo tocar con las manos,

para figurarse su fisonomía, y le


comentó que nunca había lamen-

tado tanto haber perdido la vista,


pues ello le impedía conocer en

directo a quien, según las profecías,


sometería los reinos y gentes

de Mesoamérica, y por su influjo


cambiaría religión, idioma, leyes

y costumbres. Era justo lo mismo


que vislumbraba Xicoténcatl el
joven, y por ello no quería pactar
con los hispanos, sino destruirlos.

En el viejo, como en tantos otros,


privaba el odio a los aztecas por
encima de la similitud cultural y
étnica frente a los invasores
europeos. En cambio, algunos
historiadores consideran que
Xicoténcatl

el mozo es el primero con una visión


de nación indígena por encima

de las diferencias y rivalidades de


los pueblos de estas tierras. Sin
embargo, es una figura menor en la
historia oficial.
También en Tlaxcala Cortés ansiaba
destruir ídolos y levan-

tar iglesias, pero el padre Olmedo


volvió a pedirle paciencia: “no es
justo que por fuerza les hagamos
cristianos y aun lo que hicimos

en Cempoala de derrocarles sus


ídolos no quisiera yo que se hiciera

hasta que tengan conocimientos de


nuestra fe”. Y en efecto, ya des-

pués los jefes tlaxcaltecas


aceptaron ser bautizados cristianos
“con la mayor fiesta que en aquella
sazón se pudo hacer”; a Xicoténcatl
el 33

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

viejo se le bautizó como don Lorenzo


de Vargas, a Tlehuexolotzin,

don Gonzalo, y a Citlalpopoca, don


Bartolomé.

MATAHARI MEXICANA

Doña Marina fue de gran ayuda a


Cortés, no sólo como intérprete
sino también como diplomática y
espía. Un ejemplo de esto ocurrió

en Cholula, aliados de los aztecas,


donde sus habitantes recibieron

a don Hernán y sus hombres con


aparente hospitalidad, viandas y

atenciones (los tlaxcaltecas, que


eran enemigos de Cholula, queda-

ron en las afueras de la ciudad). Ahí


llegaron también embajadores

y principales de Moctezuma bajo el


argumento de preparar la visita
del Capitán general a Tenochtitlán.
En realidad – algunos dicen que

a propuesta de Cuitláhuac – los


cholultecas preparaban una celada

para exterminar a los españoles.


Dijo Cortés a los suyos: “Muy des-

concertada veo a esta gente;


estemos muy alerta, que alguna
maldad

hay entre ellos”. Pero los cholultecas


cometieron varios errores que
permitieron a Cortés detectar lo que
tramaban. Aparte de eso, una
anciana que se apiadó de Malinalli, y
con quien había trabado amis-

tad - “y como la vio moza, y de buen


parecer, y rica”, dice Bernal -, le
recomendó que se separara de los
intrusos porque peligraba su vida,

pues en las afueras aguardaban


veinte mil soldados de Moctezuma

para guerrear. Y que siendo Malinalli


de origen nahua, no tenía por

qué sufrir ella el destino de los


españoles. Le ofreció que se queda-
se a vivir con ella y casar con su
hijo, y dijo saber de la celada pues
su esposo era un capitán principal
que formaba parte de la conjura.

La “lengua” (intérprete) de Cortés


inquirió sobre más detalles de la
emboscada, y dijo a la anciana:
“Mucho tengo que agradeceros eso

que me decís” y dijo aceptar su


oferta. En lugar de eso contó todo a
Cortés, previniéndolo del tipo de
recepción que se le preparaba.
Debe haber calculado la astuta
indígena cuál sería su suerte en
caso de ser muertos los españoles
en ese lugar, y cuál en cambio si
éstos seguían adelante con
perspectivas de triunfo y gloria, tal
como sucedió.

Al Capitán general le informaron los


tlaxcaltecas sobre extra-

ños movimientos y salidas de niños


y mujeres de Cholula, además

de asegurarle haber visto grandes


ollas que se ocuparían en coci-

34

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13/01/16 11:59

RUMBO A TENOCHTITLÁN
nar a los hispanos. Con toda esa
información, así como la provista

por Malinalli, y al ver a los


cholultecas y adivinar en sus
miradas

la celada, comentó Cortés a los


suyos: “¡Qué voluntad tienen estos

traidores de vernos entre las


barrancas para se hartasen de
nuestras carnes!”. No tenían fama
los cholultecas de ser diestros en el
arte de engañar y disimular –
indispensable en la política, la
diplomacia y la guerra -, al grado en
que existía un proverbio que bien los
describía:

“Los cholultecas llevan sus sueños


en la frente”. No sólo sus sueños,
por lo visto, sino sus insidias y
conjuras. Capturó Cortés a dos
sacerdotes que, bajo tortura,
confesaron que en efecto
Moctezuma había

ordenado una emboscada. Según


Gómara, éstos comentaron entre

sí sobre Cortés: “Éste es como


nuestros dioses, que todo lo sabe;
no hay por qué negárselo”. Todo lo
cual permitió al conquistador “ma-
drugar” a sus enemigos y
desmantelar la maquinación en su
contra.

Convocó a los principales de la


ciudad, reclamándoles:

Os he rogado que me expongáis


vuestros sentimientos, si algunos

teníais de mí, para daros


conveniente satisfacción; pero
vosotros con abominable perfidia
me habéis dispuesto bajo la
apariencia

de amistad la más cruel traición


para acabar conmigo y con toda
mi gente; nada ignoro de vuestras
malignas intenciones... Tales

traiciones mandan las leyes reales


que no queden sin castigo. Por
vuestro delito, moriréis.

Posteriormente se lanzó con sus


hombres a las calles a combatir a
los guerreros cholultecas. Gran
degollina tuvo ahí lugar, pues
“dímoles

tal mano, que en dos horas murieron


más de tres mil hombres” relata

el propio Cortés, pues “como los


tomamos de sobresalto, fueron bue-
nos de desbaratar, mayormente que
les faltaban los caudillos, porque los
tenía yo presos”. Luego, al dar
entrada a los tlaxcaltecas que
esperaban en las afueras, la
masacre se recrudeció. Existía la
creencia entre los de Cholula que al
quitar ciertas piedras de sus
templos sobrevendría una
inundación justiciera, por lo que tal
hicieron como una

medida desesperada. Pero su


desánimo fue grande al ver que
nada

surgió de los huecos dejados por las


piedras removidas. Como había
ocurrido también con los de
Cempoala, sus dioses los
abandonaron,

por lo cual varios sacerdotes


decidieron darse muerte en ese
mismo

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

instante saltando al vacío desde las


pirámides. De ahí que Motolinía
escribiera tiempo después que el
castigo a los de Cholula “fue bueno
para que todos los indios de la
Nueva España viesen y conociesen
que aquellos ídolos y todos los
demás son falsos y mentirosos”.

Desde luego, los aztecas recrearon


su propia versión histórica,

según la cual jamás hubo intención


de acabar con los huéspedes,

sino que éstos fueron prejuiciados


por los tlaxcaltecas con embus-

tes y mentiras. Dice el Códice


Florentino:
(Los de Tlaxcala) ven con enojo,
ven con mala alma, están en dis-
gusto, se les arde el alma contra
los de Cholula. Esta fue la razón de
que dieran hablillas... (los
cholultecas) simplemente fueron

masacrados a traición… no más


como ciegos murieron, no más

sin saberlo murieron. No fue más


que con insidias se les echaron
encima los de Tlaxcala.

Razones para ver “con mala alma” a


los cholultecas tenían los tlax-

celtecas de sobra. Incluso no había


pasado mucho cuando a su emi-

sario enviado a Cholula -un hombre


notable y respetado - para pac-

tar en paz la llegada de los


españoles, fue torturado y cortadas
sus manos. Y le dijeron los
cholultecas: “andad y volved y decid
a los de Tlaxcala y a esos otros
andrajosos hombres, o dioses o lo
que fuesen que son esos que decís
que vienen, que eso les damos por
respuesta”. Bernardino Vázquez
Tapia, testigo de los hechos,
acusaría más

tarde a Cortés de haber ordenado la


matanza sin motivos, versión

que retomaría después Las Casas,


pero Bernal lo desmiente: “No

pasó como lo escribe (el fraile),


siendo todo al revés”.

Cortés, como era su costumbre,


destruyó dioses e ídolos, de-

jando sin tocar la efigie de


Quetzalcóatl, lo que reforzó la idea
de Moctezuma de que don Hernán
era enviado de aquél legendario

personaje, por más que el hispano


siempre se presentara como sim-
ple mortal. Vino luego el saqueo y la
destrucción de las casas. En el
reparto del botín de guerra, los
tlaxcaltecas prefirieron los muebles,
ropas y otras comodidades, dejando
el oro, la plata y la pedrería,

abundante en esas tierras, a los


españoles que parecían obsesiona-

dos con tales bagatelas. Al final,


Cortés perdonó a los sobrevivien-

tes, que a cambio ofrecieron su


lealtad en lo que viniera. Típica di-36

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13/01/16 11:59

RUMBO A TENOCHTITLÁN

plomacia del extremeño. Al


enterarse Moctezuma de lo ocurrido,
él

y su pueblo incrementaron su temor


ante la audacia de los extranje-

ros; “La gente humilde está llena de


espanto, no hace más que sen-

tirse azorada; es como si la tierra


temblara”. Y de nuevo, los dioses
mexicanos nada hicieron para
proteger a su pueblo. Se empezaba
a

divulgar su ineficacia frente a los


misteriosos intrusos.

HIDALGUÍA Y ALPINISMO

Al pactar los españoles con los


tlaxcaltecas su alianza, uno de los

hombres que venía con Cortés,


Diego de Ordás, propuso a su Ca-

pitán subir al pico del Popocatépetl


(la “montaña que humea”) que

para entonces estaba activo y


generaba temor en la población na-
tiva. Se buscaba con ello sorprender
más a los naturales y consoli-

dar la imagen de los españoles


como superhombres o semidioses.

Pero también para desde lo alto


divisar a la gran Tenochtitlán. Cor-

tés aceptó, y un grupo de nueve


peninsulares a la cabeza de Ordás

emprendieron el ascenso del


humeante volcán. No fue un día de

campo, pues entre humaredas,


cenizas y carbones incandescentes
lograron llegar al pico, desde donde
percibieron por primera vez

la sorprendente y magnífica capital


mexica. Al regresar, provoca-

ron entre los indígenas el efecto


buscado. Cortés relató el suceso

a Carlos V, diciendo que del cráter


salía un “gran bulto de humo

(que llegaba) hasta las nubes tan


derecho como una vira”. Y aña-

día; “Es tanta la fuerza con que sale


que aunque arriba en la sierra anda
siempre muy recio viento, no lo
puede torcer”. Ordás y quienes le
acompañaba no pudieron bajar al
cráter que arrojaba piedras

quemadas y mucha ceniza, de modo


que los españoles “estuvieron

quedos sin dar más paso adelante


hasta de allí una hora”. Iban con

clavos para sostenerse, y uno de


ellos resbaló y cayó varios metros, y
“de no haberse atajado entre los
carámbanos duros como acero,

se hubiera despeñado”. El rey dio


gran importancia al hecho y con-
firió a Diego de Ordás un título de
nobleza cuyo escudo de armas

representaba una montaña ardiente.


Es decir, con un acto de audaz

alpinismo, el joven Diego logró


convertirse en un noble hidalgo. El

soldado elevado a caballero se


estableció después en Puebla, pero

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA
moriría años más tarde en España,
tras haber buscado en vano la

quimérica ciudad de Eldorado, como


tantos otros hicieron. Algunos
piensan que fue envenenado por sus
rivales políticos.

Más tarde, ya en pleno cerco a


Tenochtitlán, tuvo lugar una

hazaña aún mayor. Uno de los


problemas que recurrentemente

enfrentó Cortés fue la escasez de


pólvora, vital para alimentar su

artillería y fusilería. En más de una


ocasión las naves que frecuen-

temente llegaban a Veracruz lo


surtían de avituallas y pertrechos

–barriles de pólvora incluidos – y


soldados de refresco. Durante

el sitio de Tenochtitlán, cuando la


pólvora volvía a escasear, llegó
oportunamente un navío de la
expedición del célebre Ponce de
León

que regresaba de Florida, a donde


fue a buscar la legendaria “fuen-

te de la juventud”. Ello dio un respiro


a los españoles. Pero pronto la
pólvora se terminó nuevamente.
Entonces, uno de los capitanes

de Cortés, Francisco de Montano, le


propuso recoger azufre direc-

tamente del Popocatépetl. Montano


subió al volcán en compañía

de otros dos compatriotas “con


mucho trabajo y riesgo de sus per-

sonas”, según él mismo escribió.


Bajó “setenta u ochenta brazas -

cuenta Cortés - atado a la boca


abajo” para extraer el útil mineral
y “ya de aquí en adelante no habrá
necesidad de ponernos en este

trabajo, porque es peligroso, y yo


escribo siempre (para) que nos

provean de España”. El azufre así


obtenido “redundó mucho pro-

vecho a Su Majestad, por la


cantidad de la pólvora que con ello
se

hizo” recordó el propio Montano,


quien no recibió los mismos re-

conocimientos ni titularidades que


Ordás, pese a que su proeza fue
más temeraria y útil para la
conquista del imperio azteca. El
método se utilizaría después de
manera regular, descendiendo
hombres en

canastas por el cráter para recoger


azufre y hacer pólvora con él.

Algo parecido hicieron en Nicaragua


fray Blas de Iñesta y otros dos

españoles, que entrando en


canastillas en el cráter de un volcán

vivo, bajaron una cazuela anclada a


una cadena de metal para reco-
ger algo de lava y saber qué metal
era aquél incandescente. Pero lo

que lograron fue que la cazuela y


parte de la cadena se derritieran, sin
saber qué metal o sustancia había
dentro del cráter. De que los

hispanos mostraban arrojo ante los


volcanes vivos, no queda duda.

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VII- CAPITAL MEXICA


HACIA TENOCHTITLÁN

Al dirigirse hacia la capital azteca,


los indios de los alrededores
quedaron sumamente impactados
por la formación militar de los espa-

ñoles. De acuerdo al Códice


Florentino:

Ya van hacia México. Van en son


de conquista. Sus lanzas, sus

astiles, que murciélagos semejan,


van como resplandeciendo. Y

en cuanto a sus espadas, como el


agua hacen ondas. Así hacen
también estruendo. Sus cotas de
malla, sus cascos de hierro, ha-

ciendo van estruendo. Van


relumbrando. Por esto se les vio
con

gran temor, van infundiendo


espanto en todos; son horrendos.

Los emisarios de las ciudades


aledañas a Tenochtitlan visitaban a

Cortés tratando de disuadirlo de


continuar adelante pues, le decían,
serían muertos por los aztecas o les
tenderían celadas, eran muy
poderosos para ser derrotados.
Regresaban estos emisarios a sus

ciudades convencidos de haber


disuadido a Cortés de seguir adelan-

te. Pero con asombro, veían


después que el Capitán español
conti-

nuaba su marcha. A otros emisarios,


Cortés les advirtió:

Sabed que éstos que vienen


conmigo no duermen de noche... y
es-

tán con sus armas, y cualquiera


que ven que anda en pie o entran
donde ellos están, luego lo matan;
por tanto hacedlo así saber a
vuestra gente... y que ninguno
venga después de puesto el sol,

porque morirá y a mí me pesará de


los que murieren.

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DURANTE LA CONQUISTA

Pese a la advertencia, muchos


nativos no resistían la curiosidad de
ver de cerca a los españoles y
aprovechaban la noche para no ser
vistos, pero de ser descubiertos
eran muertos de inmediato. Poco
después,

el señor de los chalcas,


Tzihuacpopocatzin, primo de
Moctezuma, se

hizo pasar por éste para retardar la


llegada de Cortés a la capital y
quizá, convencidos los españoles de
haber visto al emperador en
persona, regresaran sin tocar
Tenochtitlán. Los tlaxcaltecas que
acom-
pañaban a don Hernán delataron la
engañifa, lo que enojó al español,
quien regañó al rey chalca: “Fuera
de aquí, ¿Quién crees que somos?

¿Por qué nos engañas?” Y agregó:


“Dile a tu emperador que no se po-

drá ocultar, no podrá esconderse de


nosotros. ¿A dónde podrá ir? ¿Se
transformará en ave y volará?
¿Excavará una madriguera en tierra

para meterse en su interior? No


habrá modo de no ver su rostro”.

Acompañaban a este príncipe


nigromantes y hechiceros con
la esperanza de ahora sí, embrujar
a los hispanos. Pero de regreso

los brujos encontraron a un borracho


de Chalco que les dijo: “!Ya

México no existirá más; con esto, se


le acabó para siempre¡”. Les

pidió miraran en dirección a


Tenochtitlán, y esto fue lo que
vieron:

“Ardiendo están los templos todos, y


las casas comunales, y los co-

legios sacerdotales, y todas las


casas en México”. Y agrega la
crónica indígena: “Cuando los
hechiceros todos esto vieron, como
que se

les fue el corazón quién sabe a


dónde” Y dijeron sobre el borracho:

“No era un cualquier ése... ¡ése era


el joven Tezcatlipoca! De impro-viso
desapareció; ya no lo vieron más”.
Al comunicar lo sucedido a

Moctezuma, éste les dijo: “¿Acaso


hay un monte donde subamos?

¿Acaso hemos de huir? Dignos de


compasión son el pobre viejo, la
pobre vieja y los niñitos que aún no
razonan. ¿En dónde podrán

ser puestos en salvo?” Nuevamente


el emperador se reunió con su

Consejo, donde Cuitláhuac y


Cacama recomendaron enfrentar a
los

españoles antes de que llegaran a


Tenochtitlán. Pero el Tlatoani decidió
mejor hacer los preparativos para
recibirlos amistosa y majes-

tuosamente en la capital azteca.

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CAPITAL MEXICA

BESAMANOS INDÍGENA

Una vez que los españoles


estuvieron frente a Tenochtitlán, los
principales aztecas discutieron las
opciones; negarse a recibirlos o
abrirles las puertas y parlamentar
con ellos. Cuitláhuac era de la
primera idea, y Moctezuma de la
segunda. Según el Códice Ramírez
dijo Cuitláhuac al Tlatoani: “Quieran,
señor, los dioses que no introduzcáis
en vuestra casa a quien os eche de
ella y os despoje de la corona, y que
cuando queráis remediarlo tengáis
tiempo y halléis medios para
hacerlo”. Al llegar a Tenochtitlán –
“Venecia la rica” le llamaron los
españoles -, los hispanos quedaron
maravillados con lo que veían: “Y
decíamos que

parecían a las cosas de


encantamientos que encuentran en
el libro de Amadís (novela de
caballerías) por las grandes torres y
cues y edificios que tenían dentro
del agua”, cuenta Bernal, al que se
le dificultaba la descripción por “ver
cosas nunca oídas ni aún soñadas,
como veíamos”.

Hubo gran recepción por parte de


los aztecas: “¿Quién podrá decir la
multitud de hombres y mujeres y
muchachos que estaban en las
calles

e azoteas y en canoas en aquellas


acequias, que nos salían a mirar?”.

Había en esa ciudad y sus suburbios


cerca de 700 mil habitantes, lo

que contrasta con los 100 que tenía


Londres o los 45 mil de Sevilla. Era
también una ciudad que garantizaba
la educación gratuita y universal de
su población (aunque separando las
élites del pueblo llano), práctica que
Europa adoptó hasta fines del siglo
XIX. Era también la ciudad más
iluminada de ese siglo, con sus
múltiples antorchas y braseros que
la hacía verse como un lugar mágico
por las noches, que sin duda delum-
bró a los españoles. Había ahí
también el primer zoológico del
continente, que albergaba todas las
especies conocidas en la región.

El emperador organizó una


ceremonia pública en que nume-

rosos nobles se presentaron a


rendirle pleitesía al español en un
ritual que pareciera precursor de
nuestro contemporáneo “besa-

manos”, pero que en aquél entonces


debió llamarse “besa-suelos”,

pues, dice Bernal, “en señal de paz


tocaban con la mano en el suelo

y besaban la tierra con la misma


mano”. Narra el propio Cortés que

“así estuve, esperando casi una


hora hasta que cada uno hiciese su

ceremonia”. Después llegó el propio


Moctezuma. Cortés le puso “un
collar que traía muy a mano de unas
piedras de vidrio” conserva-

das en almizcle “porque diesen buen


olor”, tras lo cual pretendió

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

abrazar al emperador como signo


de amistad, pero su intento fue

frustrado por algunos guardias que


“le tuvieron el brazo a Cortés
que no le abrazase - continúa Díaz
del Castillo - porque lo tenían

por menosprecio”. Nadie debía dar


un trato tan familiar al empe-

rador en público, de acuerdo con el


protocolo mexica (semejante

al de los ingleses aun hoy). El


emperador iba ricamente ataviado

y llevaba sandalias con suela de oro,


mientras los criados ponían

delante suyo tejidos de algodón para


que su imperial pie no tocase
directamente el piso. Moctezuma
hizo caso omiso de Malinalli, diri-

giéndose directamente a Cortés.


Quiso halagarlo para mostrarle su

buena voluntad y persuadirlo a que


abandonara la ciudad tras ha-

berle rendido honores de gran


señor. Díjole Moctezuma de manera

protocolaria, pero con voz


premonitoria:

Oh, señor nuestro; seáis muy bien


venido: habéis llegado a vuestra
tierra, a vuestro pueblo y a vuestra
casa. Habéis venido a sentaros en
vuestro trono y en vuestra silla, todo
lo que yo en vuestro nombre he
poseído... Llegad a vuestra tierra,
señores nuestros.

Varios historiadores señalan que no


deben entenderse tales dichos

como una abdicación, sino como


protocolo de cortesías, como cuan-

do los mexicanos de hoy dicen a sus


invitados “Estás en tu casa”, sin que
ello signifique que en realidad la
estén regalando. Como sea,

la abdicación real y no meramente


protocolaria, vendría después.

También con maneras diplomáticas y


sentidas palabras, Cortés res-

pondió al emperador: “Moctezuma


que nada tema. Nosotros mucho

lo amamos. Bien satisfecho está hoy


nuestro corazón. Hace ya mu-

cho tiempo que deseábamos verlo”.


Durante el desfile, los españoles

disparaban su artillería al aire para


causar el consabido impacto en el
emperador y la gente que veía todo
aquello con azoro. Muchos
cayeron al piso con espanto. Sobre
lo cual, comenta el Códice
Florentino: “Se corría sin rumbo, se
dispersaba la gente sin ton ni son,
se desbandaban... Todo esto era así
como si todos hubiésemos comido

hongos estupefacientes”. Así,


alucinantes, deben haber parecido a

los aztecas los españoles y todo su


aparato bélico.

42

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CAPITAL MEXICA

MODESTIA IMPERIAL

Moctezuma, quien hacía quince


años había asumido el trono az-

teca, estaba aterrado ante el recién


llegado, menos por sus “mons-

truos con ojos de fuego”- los


caballos - o sus armas de trueno, y
más por la duda de si el barbado
era o no Quetzalcóatl que regresaba
por sus fueros. Si Cortés era un
hombre más - pese a haber
mostrado
grandes prodigios - se le podría
sacrificar a Huitzilopochtli como

a cualquier mortal. De ahí que en


primer lugar enviara al español

ricos presentes con la esperanza de


que, satisfecho, tornara camino

por donde vino. Pero una vez que


Cortés llegó a la majestuosa ciu-

dad, Moctezuma cambió de táctica y


entonces quiso convencer al

Capitán de lo contrario, de que, en


realidad, su proverbial grandeza y
las suntuosas riquezas que
atesoraba no eran sino un mito, una

leyenda construida con el propósito


de impresionar a los pueblos

sometidos: “Sé que os han dicho


que yo tenía las casas con paredes

de oro, y que las esteras de mis


estrados y otras cosas de mi
servicio eran asimismo de oro, y que
yo que era y me hacía dios. Las
casas ya las veis que son de piedra,
cal y arena”. Pero también quiso
entablar su relación como los
mortales que eran, y no entre
supuestos dioses, por lo cual,
primeramente dijo a Cortés:
Ya se sabe que sois hombres
mortales como nosotros, aunque
algo

diferentes en ciertos accidentes


exteriores, originados de la
diversidad del clima en que
nacisteis. Ya hemos visto por
nuestros propios ojos que esas
fieras que han hecho tanto ruido no
son más que unos ciervos más
corpulentos que los nuestros, y que
vuestros pretendi-dos rayos no son
otra cosa que una especie mejor de
cerbatanas, cuyas balas se
disparan con mayor estruendo y
hacen mayor estrago.
También, para que se convenciera
de que él era un simple hombre

como cualquier otro, y no una


divinidad, levantó su túnica para

mostrarse en su desnudez: “A mí
vedme aquí que soy de carne y

hueso como vos y como cada uno, y


que soy mortal y palpable”. Con

tal exhibición, buscaba Moctezuma


desalentar a Cortés de some-

terlo, pues no valía la pena hacerlo


con un simple “mortal y pal-
pable”. Pero semejante muestra de
humildad - de humillación en

43

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DURANTE LA CONQUISTA

realidad - no hizo sino develar su


temor y fragilidad, por lo que dejó
estupefactos a los propios súbditos
de Moctezuma que atestigua-ron
ese vergonzoso acto, inconcebible
en el gran Tlatoani que ellos habían
conocido. Queriendo pues
desanimar a los españoles sobre

su propia grandeza y tesoros - cosa


que desde luego no consiguió

en absoluto -, el emperador azteca


perdió el respeto de los suyos y

sembró el germen de la rebelión


indígena, que habría de costarle la

vida poco después.

Algo parecido ocurrió años más


tarde en Perú con Francisco

Pizarro y Atahualpa, al prender el


primero al Inca en plena batalla, y
llevándolo a empujones
prácticamente desnudo, pues en la
trifulca

al emperador se le habían caído sus


lujosas vestimentas. Verlo des-

nudo y a merced del español


provocó gran decepción y confusión

entre sus súbditos. Hay un cierto


paralelismo entre la situación de

Moctezuma y la de Atahualpa frente


a los hispanos.

EN EL TEMPLO MAYOR
Moctezuma, en su obligada
hospitalidad quiso enseñar a su
hués-

ped la grandeza de Tenochtitlán vista


desde el templo mayor. Impo-

nente era, sin duda. Bernal recuerda


que entre los españoles había

quienes habían estado en Italia y


Constantinopla, pero “plaza tan

bien compensada y llena de tanta


gente no la habían visto”. Al lle-

gar Cortés a la cúspide del templo


tras ascender la larga escalinata, le
dice Moctezuma que estaría
cansado por ello, a lo que respondió

el conquistador, con su
acostumbrada soberbia, que nada
hay que

fatigue a los españoles. Antes,


había insistido Cortés en la conve-

niencia de que el emperador azteca


abrazara la fe católica, a lo que
Moctezuma replicó: “No contradigo
la bondad del Dios que adoráis,

pero si él es bueno para España, los


nuestros lo son para México
como lo ha mostrado la experiencia
de tantos siglos, y así no tratéis de
persuadirme a que abandone su
culto”. Lo que sí logró Cortés, al

menos, es que, en adelante no se


sirviera más en la mesa real nin-

gún guiso de carne humana.

El Capitán pidió al Tlatoani permiso


para ir al interior del san-tuario. Al
salir de ahí, en medio del hedor de
carnes descompuestas

44

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CAPITAL MEXICA

y sangre coagulada, insistió el


español en su labor evangelizadora,

diciendo a Moctezuma que se


sorprendía de que un soberano tan

sabio como él reconociera por


dioses a aquellas abominables
figuras

del demonio, a lo que el rey azteca


respondió: “A saber que habíais

de tratar con ese desprecio a


nuestros dioses, jamás hubiera con-

descendido a vuestras súplicas”.


Cortés pidió disculpas y se despidió
para volver al cuartel: “Enhorabuena
– respondió el soberano mexica -
que yo quedaré aquí para aplacar la
ira de mis dioses que ha-

béis provocado con vuestras


blasfemias”. Cortés pidió, sin
embargo,

permiso para instalar ahí mismo un


altar para su Dios, lo que le fue
concedido. Los aztecas parecían
tolerantes en materia de cultos, lo
que evidentemente no era el caso
de los cristianos. También, Moc-

tezuma rebatía a Cortés sobre los


sacrificios humanos:

Nosotros tenemos derecho para


quitar la vida a nuestros enemi-

gos; podemos matarlos en el calor


de la batalla, como vosotros

hacéis con vuestros enemigos.


¿Pues qué injusticia hay en hacer

morir a los reos de muerte en honor


de nuestros dioses?
En efecto, las torturas y ejecuciones
de los españoles eran compa-

rables en crueldad con las de los


aztecas. Con todo, Cortés presionó
a Moctezuma para que se
suspendieran los sacrificios
humanos, lo

cual este aceptó, generando


malestar entre los sacerdotes
aztecas.

Seguía el Tlatoani minando sus


apoyos políticos con tal de congra-

ciarse con el español.


EL TESORO DE AXAYÁCATL

Al llegar los españoles a la gran


capital mexica fueron alojados en el
gran palacio de Axayácatl, mismo
que les causó gran asombro por su

magnificencia. Sus salones y muros


“cuán grandes y bien labrados

eran, de cantería muy prima y la


madera de cedros y de otros bue-

nos árboles olorosos y cosas muy


de ver”, escribe Bernal. El recuer-

do de tal retrato le provocaría la


melancolía, años después, cuando
tan estupenda arquitectura había ya
sido destruida: “Ahora todo

está por el suelo, perdido, que no


hay cosa en pie”. El palacio tenía 45

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DURANTE LA CONQUISTA

tantas salas y corredores que


parecía laberinto, al grado en que un

español se perdió y sólo hasta que


lo halló un mexica pudo reunirse

con el resto de sus compañeros.


Acto seguido, los aztecas proveye-

ron a sus huéspedes, según Oviedo,


de mujeres “tanto de servicio

como de cama”. Ahí tomó Cortés


nuevas precauciones, pues, como

escribió después a Carlos V:

Quitadas las puentes de las


entradas y salidas nos podrían
dejar morir de hambre sin que
pudiésemos salir a la tierra, luego
que

entré en la dicha ciudad di mucha


prisa a hacer cuatro bergantines, y
los hice en muy breve tiempo, tales
que podrían echar trescientos
hombres en la tierra y llevar los
caballos cada vez que quisiésemos.

Habiendo oído los invitados del gran


tesoro de Axayácatl, los españoles
abrieron un boquete en uno de los
muros que los condujo a una habita-
ción plena de objetos de oro,
mantas de fino algodón, armas de
lujosa confección, gemas preciosas
de diverso tamaño y color. Se
trataba de las pertenencias
acumuladas de cada Tlatoani
fallecido que ahí se depo-sitaban a
su respectiva muerte, para que
nadie más hiciera uso de ellas (lo
que recuerda los entierros de los
faraones con todas sus posesiones).

“Como en aquél tiempo era


mancebo – escribe Bernal – no
había visto

en mi vida riquezas como aquellas”.


Y dice también que los españoles, al
ver semejante cosa, “quedaron
elevados y no supieron qué decir de
tanta riqueza”. Al recuperar la
calma, los extranjeros decidieron por
lo pronto no precipitarse sobre tan
magnífico tesoro, esperando
momento más propicio para ello.
Pero más adelante, cuando
Moctezuma

acordó dárselos, de acuerdo con la


práctica europea y sin considerar la
belleza de las piezas o el meticuloso
trabajo artesanal ahí plasmado, las
fundían para hacer lingotes de oro o
plata respectivamente, destruyendo
así su enorme valor cultural y
etnográfico. Narra la crónica
indígena:

“Y anduvieron por todas partes,


anduvieron hurgando, rebuscaron la

casa del tesoro, los almacenes y se


adueñaron de todo lo que vieron, de
todo lo que les pareció hermoso”.
Cortés mostró ahí nuevamente su
astucia; para reforzar la

lealtad y cohesión de sus soldados


en situación tan peligrosa, a los más
pobres y necesitados les cedió la
porción de tesoros que le
correspondía a él. Eso, desde
luego, porque esperaba que
después apa-

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13/01/16 11:59

CAPITAL MEXICA
recieran nuevas riquezas y joyería
que ya no habría de repartir con

manga tan ancha. Pero el reparto se


dio tras separar gastos futuros

y la dotación del rey, de modo que a


muchos les quedó una suma

irrisoria que algunos, por dignidad, ni


siquiera aceptaron. Pero “en aquel
tiempo no podríamos hacer otra
cosa sino callar, porque demandar
justicia sobre ello era por demás”,
agrega Bernal.

De nuevo, viene el paralelismo con


Perú; Atahualpa le señaló a
Pizarro un lugar lleno de riquezas,
Pachacamac, que en realidad de-

cepcionó a los hispanos, pues había


pobres tesoros. Curiosamente,

cientos de indios enterados de la


captura de su rey, llegaron a donde
los españoles a darles sus propias
joyas, además de sapos, culebras,
patos, todo lo cual suponían de
algún valor para los conquistadores,
y desde luego, mujeres
(seguramente también “de servicio
como de

cama”). No eran sapos y culebras lo


que Pizarro esperaba ni lo que
Atahualpa había prometido para su
rescate, pero por lo pronto no

hubo más.

LA INSÓLITA PRISIÓN DE
MOCTEZUMA

Mientras estaba en Tenochtitlán,


Cortés recibió la noticia de que un
cacique local había atacado la
guarnición española que quedó en
Veracruz, causando algunas bajas.
Incluso, el jefe nativo envió a
Moctezuma la cabeza de uno de los
hispanos. Ello provocó, como es
lógico
suponer, la inquietud de los hombres
de Cortés. Había también mo-

vimientos sospechosos como el


levantamiento de puentes de algu-

nas calzadas, lo que llevó a los


españoles a pensar que quizá serían
atacados. Ante lo cual se abrió la
opción de salir de la ciudad, pero
Cortés pensó que eso reflejaría
temor. “¿Qué se dirá de nosotros –
les decía - viéndonos salir
repentinamente de la corte en que
tanto nos

han honrado?”. La otra opción,


sumamente audaz, fue llevar a Moc-
tezuma al cuartel de los hispanos en
calidad de rehén, pero Cortés lo
pensó más de una vez: “¿Qué poder
tenemos nosotros para hacer tan

grande atrevimiento, prender a tan


gran señor en sus mismos pala-

cios, teniendo sus gentes de guarda


y de guerra?” Pese a ello, el
extremeño asumió el enorme riesgo
de enfrentar directamente al
empera-

dor azteca, de lo que fue convencido


por algunos de los suyos. Tenía 47

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DURANTE LA CONQUISTA

la idea de prender a Moctezuma en


el centro mismo de su Imperio

“o morir todos sobre ello”, dice


Bernal. Al comunicarle don Hernán

su pretensión de retenerlo como


rehén, el emperador azteca replicó:

“¿Cuándo se ha visto que los reyes


se dejen prender? Y en caso de que
yo me aviniese a semejante bajeza,
¿no se armarían luego todos mis
vasallos para libertarme?” A lo que
Cortés respondió:

En caso de que vuestros vasallos


intentasen alguna cosa contra

vuestra real persona o contra las


nuestras, hombres somos para

reprimir su atrevimiento. Por lo


demás, yo os empeño mi palabra

de que allí nada os faltará de la


honra, el tratamiento y el regalo con
que aquí sois servido.

Llevaban media hora discutiendo


Cortés y Moctezuma, de modo que
los lugartenientes de aquél le
recomendaron, “¿Que hace vuestra

merced ya con tantas palabras? O


le llevamos preso (a Moctezuma)

o démosle de estocadas”. El
emperador azteca, al oír el tono
elevado de las incomprensibles
palabras, preguntó a Malinalli el
significado de ellas, a lo que la
intérprete le respondió: “Señor
Moctezuma, lo

que yo os aconsejo es que vayáis


con ellos a su aposento, sin ruido

ninguno, que yo sé que os harán


mucha honra como gran señor que

sois; y de otra manera, aquí


quedaréis muerto”. Moctezuma
replicó,

al tiempo de ofrecer sus hijos por


rehenes: “¿Qué dirán mis princi-

pales si me viesen llevar preso?”.


Pero terminó cediendo con estas

palabras: “Yo me fío de vosotros;


vamos a vuestro alojamiento, pues

así lo quieren los dioses”. Por lo


visto, tanto españoles como
indígenas echaban a sus respectivas
divinidades la responsabilidad de
sus

propias decisiones, excesos y


errores.

Cortés, con gran audacia, ordenó


entonces apresar al empera-

dor mexica ante los atónitos ojos de


sus súbditos y lugartenientes.

El emperador azteca se disculpó


ante éstos diciendo que Huitzilo-

pochtli le había recomendado pasar


un tiempo con los hispanos,
que le haría bien a su salud. Días
después, Moctezuma fue puesto

en grilletes como castigo simbólico


por el ataque azteca a los hispanos
en Veracruz. Esta situación,
totalmente humillante, habla de la

claudicación que de hecho ya había


hecho el soberano azteca en el

interior de su alma. Dice el Códice


Florentino sobre los principales 48

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CAPITAL MEXICA

que acompañaban al emperador:


“Cuando fue preso Moctezuma,

nomás se escondieron, se ocultaron,


lo dejaron en abandono con

toda perfidia”. Y, sin embargo,


Cortés quiso tranquilizarlo echándo-

se en los brazos del cautivo y


diciéndole: “No en balde, señor
Moc-

tezuma, os quiero tanto como a mí


mismo”.
Con tan grande cariño, Cortés
obligó al Tlatoani y otros caciques a
jurar lealtad a Carlos V, no sin antes
haber apresado también a otros
señores de la comarca para evitar
que reaccionaran con un

levantamiento. Según Cortés,


Moctezuma dijo a sus principales ahí

presentes:

Y mucho os ruego, pues a todos es


notorio todo esto, que así como
hasta aquí me habéis tenido y
obedecido por señor vuestro, de

aquí en adelante tengáis y


obedezcáis a este gran rey pues él
es vuestro natural señor, y en su
lugar tengáis a éste su Capitán. Y

todos los atributos y servicios que


hasta aquí a mí me hacíades

los haced y dad a él... a mí me


haréis en ello mucho placer.

Otro acto de temeridad fue


condenar a los responsables del
ataque

a la guarnición española de Veracruz


a morir en la hoguera en la

plaza central de Tenochtitlán - ante


la mirada atónita de los mexicas

-, tras haber pasado por alto la


justicia y decisión de Moctezuma
que no pudo ni quiso meter las
manos en defensa de sus súbditos.
Era

también una abdicación de la justicia


soberana, al dejar en manos

de los españoles el juicio y la


sentencia de Qualpopoca, el cacique

de Coyoacán que atacó a los


hispanos en Veracruz. Es típico del
et-
nocentrismo europeo - y cristiano -
calificar como cosa del diablo

los sacrificios humanos indígenas,


pero no en el caso de estos otros
sacrificios – los autos de fe en la
hoguera - , tan cruentos como los
aplicados por los indígenas. Por el
contrario, consideraban con ello
cumplir la voluntad divina. Así,
Gómara se escandalizaba que
quemar vivos a los hombres “es lo
más cruel de todo”, pero se refería

a cuando lo hacían los indígenas, no


sus compatriotas. Dependía

pues de quién ejerciera una misma


práctica para tenerla por acto de

justicia divina o rito demoniaco.

La ejecución de Qualpopoca infundió


en los aztecas lo mismo

temor que furia, pero elevó


significativamente el prestigio de los

49

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

conquistadores. ¡Qué arrestos no


tendrían para atreverse a montar

semejante espectáculo punitivo justo


en medio de la gran capital

mexica, rodeados de miles de


enemigos! Paradójicamente, el hijo

de Qualpopoca, Ixtolinque
(bautizado después como don Juan
de

Guzmán) sería nombrado como jefe


de Coyoacán por Cortés, sién-

dole fiel vasallo, al grado en que en


una ocasión salvó la vida al
extremeño, pudiéndolo dejar morir
en medio de una celada indígena,

y así vengar a su padre. Ayudó


también a someter a varios indios

rebeldes que se ocultaban en las


montañas en lugar de encabezar

una rebelión, como las muchas que


hubo. Y era recolector de los tri-

butos de Coyoacán para Cortés


(pero él se quedaba con un “moche”

consistente en un tercio de lo
recabado). Y es que le convenía ser

leal vasallo de los españoles, lo que


le redituó cuantiosamente. Su

riqueza superó a la de muchos


encomenderos españoles, y fue el
ca-

cique indígena con mayor influencia


política y cercanía con las
autoridades hispanas. Fue pues un
típico caso de españolización
exitosa

(que incluía derecho de llevar


espada, algo prohibido para el
grueso de los indios). Justo lo
contrario de lo que representó la
ejecución de su padre en la hoguera.
CAPITULACIÓN DEL TLATOANI

Recordando la audacia de Cortés al


ejecutar a Qualpopoca y la pri-

sión de Moctezuma, así como otras


proezas anteriores, Bernal Díaz

del Castillo se vanagloriaba:

Miren los curiosos lectores si esto


que escribo si había bien que
ponderar en el o (pues) ¿qué
hombres ha habido en el mundo
que osasen entrar cuatrocientos y
cincuenta soldados, y aun no l
egamos a el os, en una tan fuerte
ciudad como México, que es mayor
que Venecia, estando apartados de
nuestra Castilla... y prender a un
tan grande señor?

Desde luego, el arrojo mostrado por


los españoles en este tipo de

acciones no significa que, como


hombres que eran, no sintieran

miedo ante las abrumadoras


huestes de sus enemigos. Así,
Pedro

Pizarro, hermano del conquistador


de Perú, relató que previo a una

50
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CAPITAL MEXICA

de las grandes batallas libradas en


aquel imperio andino: “muchos

españoles... se orinaban de puro


temor”. El propio Bernal confesa-

ba: “antes de entrar en las batallas


se me ponía una como grima y

tristeza en el corazón y orinaba una


vez o dos, y encomendábame a

Dios y a su bendita madre”. En todo


caso, y sin minimizar la audacia de
Cortés, tomar preso al máximo jefe
era ya una pauta practicada

entre los exploradores europeos. El


propio Colón lo hizo – inspirado a su
vez en la actuación de los franceses
en África – con el jefe indio Canoabo
de Haití, y del Quibian de Veragua.
Juan de la Cosa hizo

otro tanto en Jamaica, los hermanos


Guerra lo aplicaron en Carta-

gena, y Vasco Núñez de Balboa en


Centroamérica. Y desde luego,

también Francisco Pizarro se


benefició de esa táctica al apresar
al

rey inca Atahualpa, años después


de las proezas de Cortés en Mé-

xico. E igualmente hizo Nuño de


Guzmán al capturar al canzonzi

de Michoacán, Tzinzicha,
torturándolo y quemándole los pies
“y

echábanle agua por las narices” (a


falta de tehuacán), “y diéronle

tormento en sus partes


vergonzosas” exigiéndole diez mil
marcos

de oro y plata por su rescate. “Y el


canzonzi estaba descolorido, y no
quería comer nada, y estaba como
negro el rostro” escribe Jerónimo

de Alcalá, testigo de tales sucesos.


El pago puntual de ese rescate

no impidió que el cacique tarasco


fuera ejecutado junto con otros

señores; primero ahorcado a


garrote vil, y su cadáver puesto a la

hoguera. Algo parecido a lo ocurrido


con Atahualpa en Perú.
Cortés decidió finalmente repartir el
imponente tesoro de Axa-

yacatal entre sus hombres,


agregando el que le regaló el propio
Moc-

tezuma de su patrimonio personal.


Encima de todo, el infortunado

monarca azteca se disculpó con


Cortés por no tener más riquezas:

“Disculpad la insignificancia de estos


presentes, pero no me queda

más. Ya me lo habéis quitado todo”.


Considerando el número de azte-
cas que rodeaba al puñado de
españoles que hacía y deshacía a
volun-

tad en el gran imperio - mil por cada


español - resulta inverosímil la
pasividad tenochca. Cortés
convenció a Moctezuma, bajo una
mezcla

de argumentos y amenazas, que


aconsejara a sus principales y va-

sallos jurar fidelidad al gran


emperador de Europa, cosa que
hizo el Tlatoani en medio de gran
pesar y humillación. Igualmente,
aceptó dar como tributo a su nuevo
soberano europeo el tesoro de sus
antepasados, el de Axayácatl,
mismo que fue repartido entre
Cortés y los 51

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DURANTE LA CONQUISTA

suyos, de lo que da cuenta el


Códice Florentino de la siguiente
manera:

“Se daban palmadas en la espalda,


como si su corazón brillara... como
si lo codiciaran todo. Se lo llevaron
todo. Se apoderaron de todo. Se
atribuyeron todo”. Eso no quitaba
que Cortés hiciera los honores, re-
verencias y protocolos de rey a su
cautivo, y obligara a los suyos a
hacer lo propio. Cuando un soldado,
Pero López, se refirió a Moctezuma
como “perro”, don Hernán lo mandó
azotar.

Tras la capitulación de Moctezuma,


éste se dio al llanto “con

las mayores lágrimas y suspiros que


un hombre podía manifestar,

e asimismo todos aquellos señores


que lo estaban oyendo lloraban
tanto, que en gran rato no le
pudieron responder” cuenta Díaz del

Castillo. Pero no fueron los nobles


aztecas los únicos en conmover-

se con tan lastimosa situación;


también muchos de los españoles,

contagiados por las lágrimas de


Moctezuma, se unieron al sollozo

colectivo. Así, dice Bernal: “Y


queríamoslo (a Moctezuma) tanto y

de buenas entrañas, que nosotros


de verle llorar se nos enternecie-
ron los ojos, y soldados hubo que
lloraban tanto como Moctezuma:

tanto era el amor que le teníamos”.


Pese a ese profundo cariño que

los conquistadores sentían por el


soberano azteca, provocaron su

total perdición - y la de su pueblo -.

UNA REBELIÓN TRAICIONADA

Como era de esperarse, no todos


los caciques aztecas iban a doblar
las manos, llenos de temor, como lo
habían hecho Moctezuma y algunos
de sus principales. La indignación
ante la prepotencia española y la
sumisión del emperador crecía en
otros jefes mexicas. Fue el caso de
Cacama, señor de Acolhuacán
quien, irritado por la prepotencia de

los intrusos y la pusilanimidad de su


tío, el Tlatoani, reunió un ejército en
Texcoco con el propósito de
enfrentar decisivamente a Cortés.

Cacama había sustituido en el trono


a su padre, Netzahualpilli, sin

que éste hubiera designado a su


sucesor, por lo que se desató un
conflicto entre hermanos.
Moctezuma respaldó a Cacama, lo
cual generó

el descontento de sus dos


hermanos, también aspirantes al
trono.

Moctezuma intentó disuadir a


Cacama de su rebelión, pero

éste ya no tenía fe ni respeto por él.


Entonces, el emperador azteca 52

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CAPITAL MEXICA
tramó una conjura para detener al
rebelde. Envió a algunos de sus

leales a conferenciar con Cacama


haciéndole creer que se sumaban

a su revuelta, para lo cual fue


convocado a la mansión de uno de

ellos. Al llegar Cacama a la cita fue


aprehendido por sus presun-

tos aliados y enviado con grillos a


Moctezuma, el cual, sin siquiera
entrevistarse con él, dispuso que
fuera entregado a Cortés. Nueva

abdicación de la justicia mexica por


parte del rey azteca. En térmi-

nos modernos (y probablemente


también antiguos) el emperador

cometía alta traición a su patria, a


su nación, a los suyos, todo con tal
de apaciguar la ambición de los
fuereños que le tenían preso.

Aprovecharon los españoles la


circunstancia para detener a otros

jefes revoltosos, simpatizantes de


Cacama, entre los que se halla-

ba Cuitláhuac, hermano de
Moctezuma. Y puso Cortés en el
trono

de Acolhuacán a uno de los


hermanos de Cacama, quien se
mostró

como incondicional de los


españoles. La división al interior del
im-

perio azteca estaba ya dada,


propiciada y aprovechada al máximo

por el conquistador en favor de su


causa.

GIRO DEL EMPERADOR


Cortés no sólo disponía a su antojo
lo que le pareciere, sino que parte
de eso fue destruir los ídolos del
Templo Mayor, o exigir que algunos
fuesen removidos de ahí,
implantando en su lugar un altar
cristiano con la cruz y la imagen de
la Virgen. Un sacrilegio inadmisible

para el pueblo y sacerdotes


aztecas. Lo cual empezó a generar
nuevas oleadas de descontento no
sólo hacia los españoles, sino al
mismo

Moctezuma, que consentía todo a


sus captores. De esto fue enterado
el monarca azteca por sus
principales, lo que generó un cambio
en

su actitud, hasta entonces timorata y


servil. Dijo a Cortés que ten-

drían que marcharse de


Tenochtitlán, que ya no podía
garantizar su

seguridad, que había vientos de


guerra, que le daría oro para llevarlo
y así podrían partir en paz. Que era
lo que a todos convenía. Llama

la atención la explicación histórica


que Gómara ofrece de este viraje
del emperador: “el diablo, como se
le aparecía, puso muchas veces en
el corazón de Moctezuma que
matase a los españoles o los
echase,

diciendo que si no lo hacía, se iría, y


no le hablaría más”. Eso, por 53

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

profesar aquellos cristianos una


religión “muy contraria a la suya,
pues no se compadecían juntas
entre ambas”. Un diablo patriota, sin

duda, pues recomendaba al


emperador asumir la defensa de su
pue-

blo, como hicieron después


Cuitláhuac y Cuauhtémoc.

Simuló Cortés que aceptaba la


propuesta, pero dijo que no po-

día partir antes de contar con naves


para regresar por el mar, por lo que
incluso le solicitó indios que fueran a
Veracruz a ayudarlo en la
construcción de un nuevo barco.
Moctezuma cayó nuevamente en

el engaño, pues las instrucciones de


Cortés a quienes envió a cons-

truir la embarcación eran que la


nave serviría para enviar al rey su
quinto real del oro recabado: “Y
conviene que pongáis la mayor di-
lación posible, pareciendo que
hacéis algo, no sospechen éstos
mal,

para que así los engañemos y


hagamos acá lo que nos cumple”.

NOTICIAS DE CUBA
Si los nativos estaban divididos,
también los españoles mostraban

rivalidades y reyertas, pero de ello


no habían caído en cuenta los

aztecas. Mientras Cortés y sus


hombres se hallaban en Tenochtit-

lán, llegó la noticia de que diez y


ocho barcos provenientes de Cuba
habían desembarcado en Veracruz
para hacer valer los derechos del

gobernador de esa isla, quien se


sentía - con razón - traicionado por
su antiguo protegido. Los emisarios
de Cortés a Carlos V, cargando
grandes cantidades de oro, pasaron
por Cuba, lo que enteró a Veláz-

quez de lo que se estaba perdiendo


y de la clara traición del “cria-

do mío de mucho tiempo”. El tesoro


enviado a Carlos V incluía “dos

ruedas como de carreta, la una de


oro y la otra de plata” que
maravillarían a los europeos. Pedro
Martyr escribió que “me parece
jamás

haber visto cosa alguna que por su


hermosura pueda atraer tanto la
mirada de los hombres”. Las
autoridades de Santo Domingo
intenta-

ron detener la expedición contra


Cortés y así prevenir lo que sería un
seguro choque entre españoles.
Pero el proyecto siguió su marcha.

Iban al mando de Pánfilo de Narváez


once naves y siete ber-

gantines con alrededor de


novecientos hispanos, número
superior a

los que comandaba Cortés. Y eran


conquistadores experimentados
en el Caribe. Moctezuma tuvo
información de la llegada de Narváez

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CAPITAL MEXICA

y dijo a Cortés: “Pues vienen


vuestros hermanos... así que no
habrás menester hacer navíos...
podréis todos iros a Castilla”. Ya no
había necesidad de esperar a que
se armaran las nuevas naves, según
había
pretextado Cortés quien, ante el
dilema, decidió ir al encuentro de

su “hermano” para adelantarse a


sus movimientos, “porque el dicho

Narváez traía gran poder y yo tenía


poco”. Don Hernán se enteraría

después que el emperador azteca


había entrado en negociaciones con

Narváez, dándole oro y alimentos


con la esperanza de que le quitara

de encima al extremeño. Don Pánfilo


había mandado decir al Mocte-
zuma que Cortés era un fugitivo de
la corona española, lo que no era
exacto. Según narra Cortés, su rival
dijo al Tlatoani “que él le soltaría, y
que venía a prenderme a mí y todos
los de mi compañía, e irse luego y
dejar la tierra; y que él no quería
oro, sino preso yo y los que conmigo
estaban, volverse y dejar la tierra y
sus naturales en plena libertad... y
de los españoles no quedase
memoria”. Narváez cometió

el error de guardar para sí todos los


regalos que le daban los indígenas
en lugar de repartirlos entre sus
soldados, lo cual creó
resentimientos en su contra. Y a
quienes hablaban bien de Cortés,
los hizo apresar y reembarcarse.
Cortés recibió unos emisarios de
Narváez que llegaron

presos, los liberó y les dio oro y


prometió darlo a los demás, con lo
cual inició la compra de lealtades (la
cooptación, diríamos hoy).

Después, partió al encuentro de


Narváez “sin llevar indias ni

servicios” dice Bernal. Intentó,


desde luego, persuadir al recién
llegado para que se le uniera,
apelando a la unidad y fraternidad
que
entre españoles debía prevalecer,
en lugar de enfrentarse “como si

fuéramos los unos infieles y los


otros cristianos, o los unos vasa-

llos de vuestra alteza y los otros sus


deservidores”, exhortaba Cor-

tés. Dado que el Capitán general


contaba con menos de trescientos

cincuenta soldados – los demás


quedaban en Tenochtitlán y otros

puntos - mientras que su adversario


tenía mil trescientos, aquél pi-
dió a sus aliados de Tlaxcala cinco
mil hombres, pero no querían és-

tos enfrentar a otros españoles a


quienes ya temían, cualquiera que

fuera su bandería. Por lo cual


dijeron los jefes tlaxcaltecas que las
tropas que les pedía Cortés, “si
fueran para contra indios como
ellos, que sí hicieran y aun muchos
más, y que para contra teules, y
contra caballos y contra lombardas
y ballestas, que no querían”, narra

Bernal. El conquistador tuvo que


contentarse con gallinas en lugar
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DURANTE LA CONQUISTA

de guerreros. Antes del ataque


definitivo a Narváez, los emisarios

que habían estado en Tenochtitlán


ya habían abrazado la causa de

Cortés y hablaban de las riquezas


de la capital mexica, despertando

la ambición de los soldados de don


Pánfilo. Los enviados de Cortés
jugaron pues el papel de doble
agente para comprar a los de
Narváez

con algunas cadenas y monedas de


oro. Aconsejaron a su jefe mejor

unirse a Cortés pues el país era lo


suficientemente grande como para
los dos capitanes rivales. Pero
Narváez se negó. Se dedicó a
construir su poblado en la costa, al
que llamó San Salvador. Llevaba ya
noventa casas y una iglesia. Más
tarde, tras múltiples e infructíferos
in-tercambios de negociación,
estallaron las hostilidades. Don
Hernán
cayó durante la noche sobre el
campamento de Narváez – cerca de

Cempoala - compensando su
debilidad numérica con la vieja
táctica

de la sorpresa. El cacique gordo


había advertido a Narváez que don

Hernán atacaría cuando menos se le


esperase, y por toda respuesta

los capitanes de don Pánfilo se


burlaron “¿Por tal tiene a Cortés que
se ha de atrever con tres gatos que
tiene a venir a este real, por el dicho
deste indio gordo?” Y se echaron a
dormir. Al llegar los hombres de
Cortés se enfrentaron con los recién
despertados (avisados momentos
antes por un guardia). Los jinetes de
Narváez cayeron de su

montura pues las correas de las


sillas habían sido secretamente cor-

tadas por los infiltrados de Cortés, y


los cañones fueron taponados

con cera, por lo que no pudieron ser


de utilidad. Pronto los hombres de
don Hernán penetraron como
relámpago en el núcleo del
campamento adversario y Narváez
perdió un ojo en la reyerta, gritando:
“Santa María, váleme, que me han
muerto y quebrado un ojo”. Sus

gritos hicieron saber al resto de sus


hombres que su jefe había que-

dado inhabilitado, lo que precipitó su


rendición ante Cortés. Éste, a su
vez, se encargó de convencerlos de
unirse en su aventura mexicana.
Narváez, ufanándose de su
reputación como buen militar – que

la tenía -, dijo a Cortés: “Señor


Capitán Cortés: tened en mucho
esta victoria que de mí habéis, y en
tener presa mi persona”. A lo que el
Capitán general, no menos soberbio,
replicó: “Lo menos que he hecho en
esta tierra es haberos vencido y
prendido”. Su victoria frente a
Narváez, dicen muchos
historiadores, se debió más al uso
del oro

que del acero, es decir, de su


destreza para el soborno. La llegada
de don Pánfilo resultó, a la postre,
benéfica para Cortés tanto por los
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CAPITAL MEXICA
soldados y pertrechos de reposición
como porque venía en esa expe-

dición el famoso esclavo negro


portador de las viruelas, factor clave
en la derrota de los mexicas y
después de otros pueblos indígenas.

Después de la caída de Tenochtitlán,


Cortés llevó a Narváez a

que viera la ciudad destruida, y éste


le dijo, lisonjero: “Señor Capitán,
ahora digo en verdad que la menor
cosa que hizo vuestra merced y

sus valerosos soldados en esta


Nueva España fue desbaratarme a

y prenderme”. Con todo, Narváez


regresó más tarde a España a de-

nunciar a Cortés. Don Diego


Velázquez no se dio por enterado de
este desenlace y, creyendo que
Narváez había sometido a Cortés -
por el

número de soldados de uno y otro -


seguía enviando pertrechos para

apoyar a su aliado. Los capitanes


de estas nuevas encomiendas ve-

nidas de Cuba eran apresados con


gran facilidad por los hombres de

Cortés y, tras percatarse de la


situación imperante, aceptaban
incor-porarse a las filas del
extremeño, a veces ocupando
cargos de relevancia. Así, sin darse
cuenta, el gobernador de Cuba
ayudaba a quien lo había
traicionado, creyendo que hacía
tales inversiones para su propia
causa. Paradójico pero explicable es
que un hombre tan próspero

como Velázquez al final de su vida


terminara en la ruina, pues las

cortes europeas ante las cuales se


quejó por la traición de don Hernán
tomaron como criterio el éxito de la
Conquista más que los medios

por los cuáles ésta se dio. Y


Narváez, tras haber presentado
denuncia contra Cortés en España,
como se dijo, fue nombrado
Adelantado de

Florida. Al regreso de aquél lugar se


perdió en el mar y nunca más

se supo de él. Las Casas, que había


conocido en Cuba la crueldad de

Narváez para con los nativos,


simplemente dijo al enterarse de su
fallecimiento, que “el diablo llevóle el
ánima”.

MATANZA EN EL TEMPLO MAYOR

Fundado recelo tuvo Cortés al


abandonar Tenochtitlán para enfren-

tar a Narváez, pues dijo temer que


“salido yo de la dicha ciudad la

gente se rebelase, y perdiese tanta


cantidad de oro y joyas, y la tal
ciudad, mayormente que, perdida
aquélla, era perdida toda la tierra”.

Fue justo lo que ocurrió, pero no por


la mera ausencia de Cortés, sino
por la torpeza de Pedro de
Alvarado, quien perdió la cabeza
ante un

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DURANTE LA CONQUISTA

festejo azteca a cuya celebración


había dado previamente licencia. De
seguro que algo enojoso resultó
para el segundo de Cortés que haya

prohibido los sacrificios humanos,


que como quiera se iban a come-

ter. Prendió a algunos cautivos y a


dos hijos de Moctezuma que, bajo
tortura, confesaron que se
preparaba una rebelión contra los
españoles. Los tlaxcaltecas y
texcocanos también insistían en lo
mismo. Por lo cual ordenó una
matanza terrible contra los
danzarines y especta-dores
desarmados. Los bailes parecían
obscenos a los ojos de algunos
españoles pues, al decir de fray
Durán, “los danzarines se retorcían
tanto, provocaban y coqueteaban
indecentemente con la mirada,
que era más bien un baile para
mujeres desvergonzadas y hombres

propensos a la lujuria”. Lo que a los


castellanos les pareció un baile
desvergonzado y mujeril era
simplemente la “danza del culebreo”,
en

la que “se está gozando de la fiesta,


ya es al baile, ya es el canto, ya se
enlaza un canto con otro y los
cantos son como un estruendo de

olas”, dijeron a Sahagún sus


informantes indios.

Entonces vino la degollina. Un


cronista tlaltelolca describe que

a los bailarines y sacerdotes


“primeramente dieron empellones,
los

golpearon en las manos, les dieron


bofetadas en la cara, y luego fue la
matanza general de todos éstos.
Los que estaban cantando y los

que estaban mirando junto a ellos,


murieron”. Durante la masacre,

según los informantes de Sahagún,


“A algunos los acometieron por

detrás; inmediatamente cayeron por


tierra dispersas sus entrañas...

iban arrastrando los intestinos y


parecían enredarse los pies en
ellos.

Anhelosos de ponerse a salvo, no


hallaban a donde dirigirse”. Ante la
desbandada, un sacerdote trató de
organizar la resistencia clamando,
“Mexicanos, ¿no vamos a la guerra?
¡Que todos armados ven-

gan!”. Exhorto que bien podía ser un


adelanto involuntario y coin-

cidente del himno nacional mexicano.


Fue rota la paz obligada por
Moctezuma. Los mexicas fueron por
sus armas y acometieron a los

españoles que regresaron a


empellones a sus aposentos.
Quemaron

los aztecas los cuatro bergantines


que habían construido los hispa-

nos como vía de escape.


Levantaron también los puentes
levadizos

de las calzadas para impedir su


fuga. Alvarado dijo a uno de sus
soldados que “quedaban muertos
dos o tres mil, que de ruin a ruin, el
que primero acomete, vence”.
Quienes acompañaban a
Moctezuma

fueron también asesinados, salvo


unos pocos que fueron encadena-

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CAPITAL MEXICA

dos. Moctezuma reclamó a Alvarado


su acción: “Qué es lo que estáis

haciendo. Pobres gentes del pueblo.


¿Acaso tienen escudos? ¿Acaso

tienen macana? ¡No más andan


enteramente desarmados!” A lo que

don Pedro, que fue herido de una


pedrada, reclamó cínicamente al

emperador: “¡Mira lo qué me han


hecho tus vasallos!”

Se dice que Alvarado decidió la


matanza ante lo que temió era

un levantamiento en ciernes, y así lo


dijo en su comparecencia ante

Cortés, pues adujo “que los indios lo


querían matar, que la fiesta no era
más de pretexto para justificar el
alzamiento”, versión de la que el
Capitán nunca quedó del todo
convencido. Cuando Moctezuma se

enteró de lo que ocurría en el


Templo Mayor pidió a sus guardias
que lo mataran, pues su pueblo
pensaría que había formado parte
de esa

conjura y no quería pasar por


traidor, destino del que de cualquier

forma no pudo escapar. Un texto


indígena narra que “Estaba el patio
con tan gran lodo de intestinos y
sangre que era cosa espantosa y

de gran lástima ver así tratar la flor


de la nobleza mexicana que allí
falleció casi toda”. Moctezuma -
amenazado por Alvarado con un
cuchillo - y otro principal azteca
salieron a calmar a sus súbditos, lo
que todavía surtió efecto y la lucha
amainó durante un rato.

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VIII- LA NOCHE TRISTE

EN LA RATONERA

Al volver Cortés triunfante sobre


Narváez, entró a Tenochtitlán, o

más bien, a la cueva de los lobos,


pues los aztecas estaban ya en pie
de rebelión. Poco antes de entrar en
la gran ciudad, don Hernán

paró en Tacuba, donde los jefes


locales le advirtieron sabiamente:
“Señor, quedaos aquí en Tacuba, o
Coyoacán o Texcoco y envía por

don Pedro de Alvarado, porque


estando en aquellos llanos y tierra

firme, si se quisieren alzar los indios


mejor nos defenderemos que

no metidos en la laguna”. Cortés


desoyó la advertencia y decidió

meterse justo a la ratonera. Al


llegar, vio calles y calzadas vacías,
algo extraño, pero precisamente era
parte de la estrategia de los

mexicas dejarlo entrar sin problema


para luego ya no permitir su

salida. “Cuando llegó acá el Capitán


– dice la crónica indígena – no fue
recibido con guerra; en paz y en
calma entró acá”.

También se había decidido mantener


cerrados los tianguis

para dificultar a los conquistadores


obtener comida. Cuando al-

guien intentaba introducir alimento al


cuartel español, era muerto

en el acto a pedradas o macanazos.


Todo lo cual causó la ira de Cor-
tés, quien la tomó contra su cautivo
Moctezuma: “Vaya para perro,

que aun tianguis no quiere hacer, ni


de comer no nos manda dar”.

Dos de sus capitanes le


reprocharon: “Señor, temple su ira,
y mire

cuánto bien y honra nos ha hecho


este rey de estas tierras, que si

por él no fuese ya fuéramos muertos


y nos habrían comido”. Pero

el Capitán no dio su brazo a torcer:


“¿Qué cumplimiento he yo de
tener con un perro que se hacía con
Narváez secretamente?”. Por

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DURANTE LA CONQUISTA

otro lado, don Hernán reprendió a


Alvarado sobre la matanza del

Templo Mayor, diciéndole que su


acto “era muy mal hecho, y grande

desatino y poca verdad”. Y le


preguntó, dice Bernal, “que a causa
de qué les fue a dar la guerra,
estando bailando y haciendo sus
fiestas”, a lo que don Pedro
respondió que “en acabando las
fiestas y bailes...

luego les habían de venir a dar


guerra”.

El emperador azteca aprovechó esa


situación para solicitar la

liberación de su hermano,
Cuitláhuac, considerando que éste
podía

organizar aún la resistencia. Por lo


cual dijo que la orden de abrir los
tianguis sólo sería obedecida de ser
instruida por su hermano, a lo

que Cortés accedió, cayendo en una


artimaña cuyas consecuencias

no midió (raro en el extremeño). Don


Hernán no consideró peligro-

so a Cuitláhuac pues pensó en las


líneas de sucesión azteca como si

fueran europeas, es decir, a través


de los hijos y no de los hermanos.

Probablemente ignoraba que cada


Tlatoani era electo entre muchos
nobles y no seguía necesariamente
una línea dinástica vertical. Por

ello, consideraba suficiente tener


cautivos al emperador y a sus hi-

jos. Se equivocó. Por otra parte, la


parálisis que sufrió Moctezuma

ante los españoles, que le impidió


organizar una resistencia eficaz,
terminó por convencer a los aztecas
de la cobardía e incluso traición de
su Tlatoani. Después de la matanza
del Templo Mayor, la sociedad
tenochca determinó levantarse
contra los teules y exterminarlos,
dirigidos por su nuevo “líder
legítimo”, el valeroso Cuitláhuac.
Los aztecas - escribió Cortés -
rodearon el palacio “con los
mayores alaridos y gritos más
espantosos que el mundo pueda
pensar”.

MUERTE DE TRAIDOR

Cortés creyó que Moctezuma


tendría todavía autoridad suficiente
para calmar a su pueblo y hacerse
obedecer. Él no lo creía así, pues
sabía de la rebeldía y enojo de los
suyos. En efecto, un Tlatoani podía
ser des-tituido ante un mal
desempeño, contrariamente a lo que
ocurría con
un soberano absoluto del tipo
europeo (o un presidente mexicano
de

la actualidad). De modo que ante la


petición de Cortés para hablarle a
su gente, respondió el emperador,
ya visiblemente desalentado: “¿Qué
quiere ya de mí Malinche, que yo no
deseo vivir ni oírle, pues en tal 62

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LA NOCHE TRISTE

estado por su causa mi ventura me


ha traído?” Y agregó: “Ya tienen
alzado otro señor y han propuesto
de no os dejar salir de aquí con la
vida; y así creo que todos vosotros
habéis de morir”. Pese a ello, el
soberano caído aceptó presentarse
en la terraza frente a los levantiscos
“y arengó a la ciudad rebelde con
los mandamientos que yo en su real
nombre le mandaba”, escribe
Cortés. Les dijo Moctezuma a sus
súbditos:

Si el motivo de tomar las armas


contra estos extranjeros es el celo
de mi libertad, os agradezco el
amor y fidelidad que me mostráis,
pero os engañáis en imaginarme
preso, estando como estoy con

entera libertad para dejar cuando


quisiere este palacio y pasarme al
mío. Si vuestro enojo es
ocasionado de su detención en la
corte, os hago saber que ya me han
dado palabra de partirse y os
prometo que se partirán luego de
que depongáis las armas.

Pero con tal discurso de sumisión,


antes que calmar a los mexicas

los alebrestó aún más. El Códice


Ramírez relata que un joven capitán
ante los exhortos pacifistas de su
emperador, le replicó así:

Calla bellaco afeminado, nacido


para texer, i hilar; esos perros te
tienen preso, eres una gallina. No
le queremos obedecer porque ya no
es nuestro rey, y como a vil hombre
le hemos de dar castigo y palo.

Una lluvia de proyectiles y piedras


mexicas cayó sobre el
desafortunado emperador. Fue
regresado a sus aposentos “más
atormentado de la ira y del dolor de
su afrenta, que de sus heridas”, dice
Clavijero. Queda la in-cógnita sobre
si el monarca murió poco después a
causa de esas heridas (versión
española y que es la más probable)
o sus captores lo mataron (versión
indígena), cosa que no era racional
para los hispanos pues era mejor
tener vivo al emperador que muerto.
Otro relato no descabellado
sostiene que, decepcionado,
abandonado y humillado,
Moctezuma se dejó morir de hambre
y fatiga, incluso arrancándose él
mismo los vendajes de sus heridas.
El padre Olmedo lo instó a
bautizarse en su lecho de muerte,
pero el emperador le respondió que
por la media hora que le quedaba de
vida, prefería morir en la religión de
sus padres. Y sin embargo, le
recomendó a Cortés que a sus tres
hijas “las hiciese bautizar y mostrar
nuestra doctrina porque conocía que
era muy bueno”, escribió el
extremeño.

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DURANTE LA CONQUISTA

Comenta Bernal que los españoles


“le rogaban se curase y co-
miese, y le decían sobre ellos
buenas palabras. No quiso, y
vinieron a decir que era muerto”. Y
tras ello, agrega el cronista: “Cortés
lloró por él, y todos nuestros
capitanes y soldados, y hombres
hubo entre

nosotros, de los que le conocíamos


y tratábamos, de que fue tan

llorado como si fuese nuestro padre,


y no nos hemos de maravillar

de ello viendo que tan bueno era”.


Quizá el lloriqueo provenía me-

nos de la muerte de quien


considerasen como “nuestro padre”,
que

por la desprotección en que los


dejaba en medio de miles de
aztecas

finalmente levantados en armas.


Acto seguido, Cortés mandó ma-

tar a los señores que aún


acompañaban al emperador en el
palacio

de Axcayacatl. No sólo los


españoles le lloraron al emperador,
sino
también sus cercanos lo hicieron
pues, cuenta Bernal, al enviarles el
cadáver del monarca “vimos que
hicieron muy gran llanto, que bien

oímos los gritos y aullidos que por él


daban”. Y la muerte de Mocte-

zuma, cualquiera haya sido su


causa, encendió aún más la cólera
de

los aztecas que amenazaban a los


teules:

Ahora pagaréis muy de verdad la


muerte de nuestro rey y señor,
y el deshonor de nuestros ídolos. Si
queréis que cesen nuestras

hostilidades, partíos luego de la


ciudad; si no, estamos resueltos
todos a morir o a acabar con todos
vosotros.

Los ataques al cuartel de los


españoles se intensificaron a partir
de entonces. Cortés ya no contaba
con la protección de tener como re-
hén a Moctezuma. Estaba en una
auténtica trampa. Mandó decir a

los aztecas que “no pensasen que


les rogaba con la paz por temor
que les tenía, sino porque me
pesaba del daño que les hacía y les

había de hacer, e por no destruir tan


buena ciudad como aquélla

era”. Ya desde su primer visita al


Templo Mayor, había vislumbrado

la facilidad con la que les podía


aislar dejándolos virtualmente
encerrados entre amplias masas de
agua. Sabía que estaba en
desventaja

pues calculaba que “a morir veinte y


cinco mil de ellos (por cada) uno de
los nuestros, nos acabaríamos
nosotros primero, porque éramos

pocos y ellos muchos”. Y que


“aunque no tuviéramos otra guerra

sino la hambre y necesidad de


mantenimientos, bastaba para morir

todos en breve tiempo”. Los


aztecas, por su parte, los
amenazaban:

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LA NOCHE TRISTE
“Pronto seréis muertos santamente
cocidos con chimoli y comidos

por animales salvajes, pues no sóis


buenos para estómagos de hom-

bres”, refiere Gómara. Parte del


insulto recurrente de los aztecas

a los españoles consistía en


hacerles ver su inferioridad (moral o

humana) señalando que su carne no


era buena de comer (aunque sí

lo hicieran en los hechos). La


sumisión y sacrificio de Moctezuma
al menos sirvió a sus descendientes
para que les fueran reconocidos

señoríos y provincias una vez


derrotada Tenochtitlán, pues “hubo

por bien el dicho Moctezuma de


estar bajo la obediencia de Su Ma-

jestad”, y a sí mismo se llamaba su


“servidor y vasallo”.

PRIMITIVOS “TANQUES” DE
MADERA

Durante el sitio del cuartel español,


Cortés hizo varias salidas para
tratar de romper el cerco mexica,
conseguir alimentos o desarrollar

alguna estrategia que les permitiera


salir del aprieto. Estaban tan

necesitados de milagros, que los


empezaron a imaginar (o a narrar

entre ellos para darse ánimo). Que


como faltaba agua para beber,

cavaron en sus aposentos y brotó


agua dulce, siendo el suelo salo-

bre; que los indios intentaron quitar


la cruz y la imagen de la Virgen que
había en el templo mayor, y que
lejos de poder hacerlo, quedaban
sus manos pegadas buen rato, y
después quedaban marcadas.

Y que al prender los aztecas fuego


a las trincheras o aposentos de

los españoles, no pegaba. Que el


inefable apóstol Santiago embestía

con su caballo blanco a las huestes


indígenas, causando estupor y

gran daño, mientras la Virgen “les


echaba polvos por las caras y los
cegaba”. No había duda; Dios
estaba nuevamente auxiliando a los

suyos contra esos adoradores del


demonio.

En una de muchas salidas, don


Hernando planeó llegar al

templo de Yopico, desde cuya altura


podrían hacer daño a los mexi-

cas. Para desarrollar dicho plan


mandó construir una especie de ca-

rros de guerra, llamados “testudos”


o “tortugas”, hechos de madera,

de dos pisos y con torretas para


detener los ataques que provenían

de los techos de las casas y que


gran daño les hacían. Vehículos que
Bernal Díaz llamaba “ingenios” y
decía que eran “bien recios”, que

podían albergar a veinticinco


hombres y tenían ranuras por donde

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DURANTE LA CONQUISTA

los ballesteros podían disparar hacia


fuera, además de portar algu-

na artillería. Sobre tales aparatos


escribó Oviedo: “Estos artificios
suelen llamar los arquitectos
tortugas, como largamente Vitruvio

las describe, e asemesmo Flavio


Vegecio en su tratado del Arte
militar. No sé yo si de tal ciencia
Hernando Cortés toviese noticia;
pero su ingenio e habilidad era a
más que eso bastante”.

Salieron jinetes - encabezados por


Cortés -, infantes y cuatro

de esos carromatos de guerra que


se abrieron paso hasta el templo

para tomarlo. Lo hicieron con gran


esfuerzo, y en ese empeño los
“ingenios” quedaron desbaratados.
Las escaleras estaban pletóricas de

guerreros, y ahí dieron la batalla los


españoles, con gran riesgo de sus
vidas. Era una confrontación cuerpo
a cuerpo en que los castellanos

llevaban la desventaja. A Cortés


estuvieron a punto de arrojarlo al va-
cío dos mexicanos. “Oh, qué pelear
y fuerte batalla que aquí tuvimos.

Era cosa de notar vernos a todos


corriendo sangre y llenos de heri-

das”, escribió. Los españoles


lograron llegar a la cima y
destruyeron los ídolos que ahí
había. Pero murieron veinte de ellos.
Desde la cima de la pirámide,
Cortés ofreció a los aztecas hacer la
paz. Un principal le dijo que les
dejarían marcharse tranquilamente.
Pero el Capitán

infirió que se trataba de una celada,


como probablemente lo era.
Convenía más intentar un escape sin
ser detectados.

PREMONICIONES DE UN
ASTRÓLOGO

Rodeados los españoles, no


tuvieron más remedio que intentar

romper el cerco para huir de la


ciudad. Cortés se resistía a hacerlo,
pues él y sus hombres no podrían
llevar todo el tesoro que habían

acumulado. Había dicho don Hernán


que preferiría que lo cortasen

en pedazos antes que abandonar


Tenochtitlán. Y en broma sugirió

que, a falta de municiones harían


balas de cañón con el oro y la pla-ta
que tenían atesorados en su cuartel.
Un español que se hallaba
con Cortés, llamado Botello,
“hombre muy de bien y latino (es de-

cir, que hablaba latín y era letrado)


había dicho que hallaba por sus
suertes y astrologías que si aquella
noche que venía no salíamos de

México, que si más aguardábamos,


que ninguno saldría con la vida”,

relata Bernal. Se tomó en cuenta su


punto de vista, aunque en reali-

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

dad no se requería de artilugios ni


magia para saber que la situación en
la que estaban los españoles era
precaria, y lo que convenía era

intentar la fuga. Pero en lo que no


se equivocó Botello fue en su pre-
dicción de que Cortés pasaría
trabajos y dificultades sin par, pero

que al correr del tiempo “había de


volver a ser gran señor, e ilustre, de
muchas rentas”. Por cierto que
durante la huida de Tenochtitlán,
Botello no pudo salir con vida. Sus
compañeros encontraron entre

sus papeles los trazos


quirománticos, confeccionados por
él mismo,

que vaticinaban su propia muerte.

AMBICIÓN MORTAL

Para escapar del cerco indígena en


que se hallaban los españoles, se
eligió una noche lluviosa y oscura
para pasar, en lo posible, desaper-
cibidos. “Me salí lo más secreto que
pude” escribiría Cortés. Algu-
nas mujeres indígenas que fueron a
recoger agua y vieron la colum-

na española en fuga, dieron el toque


de alarma: “¡Mexicanos, andad

hacia acá, ya vuestros enemigos se


van!”. Y otros decían: “Salid pres-to
con vuestras canoas, que se van los
teules y tajadlos que no quede
ninguno a vida”. Al parecer, no se
les ocurrió a los mexicas que los
españoles intentarían la fuga de
noche, pues en efecto los tomaron

desprevenidos. No quedó a los


hispanos más que precipitarse des-
esperadamente hacia las afueras,
en lo que representó la más gran-

de derrota de Cortés. “Sus flechas


lloviznaban como acachapulines

(especie de grillos que zumbaban en


su vuelo)”. La desesperación

de los españoles fue tal, que se


rompió todo viso de orden, de modo

que “no había hombre que ayudase


y diese la mano a su compañero,

ni aun a su propio padre, ni hermano


a su propio hermano”, escribió
fray Francisco de Aguilar, ahí
presente. De hecho, fue un auténti-

co milagro que algunos hayan


salvado la vida, pues rodeados
como

estaban por miles de enemigos, es


difícil explicar cómo no fueron

exterminados todos los españoles.


Como sea, fueron los naturales

aliados de Cortes – tlaxcaltecas y


otros enemigos de los aztecas - los
que más bajas registraron, pues
murieron de dos a cinco mil según
distintos recuentos. Hubo igualmente
varias bajas hispanas entre

muertos y prisioneros (cerca de


seiscientos). Algunos, ante el pe-

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DURANTE LA CONQUISTA

ligro, decidieron regresar al


resguardo del Templo Mayor,
también

tomado por los españoles, donde


resistieron por varios días hasta

caer presos. Hay la versión de que


otros no fueron avisados debido

a la precipitación de la fuga. En su
momento, todos ellos serían sa-

crificados según el rito azteca.


Cuando un prisionero era tomado

por varios guerreros, después del


sacrificio repartían su cuerpo y

extremidades entre los captores de


manera equitativa. Los puentes

estaban levantados, y en el canal


llamado de los toltecas ocurrió el
mayor desastre, pues se vino abajo
mientras pasaban los hispanos y

sus aliados. Narra Francisco de


Flores:

Fue como si se derrumbaran, como


si desde un cerro se despeña-

ran. Todos allí se arrojaron, se


dejaron ir al precipicio... Pronto con
ellos el canal quedó lleno... y
aquellos que iban siguiendo, sobre
los hombres, sobre los cuerpos,
pasaron y salieron a la otra orilla.

Caballos y cañones, las armas clave


de los conquistadores, queda-

ban inhabilitados en tales


circunstancias. Cortés no vio por su
se-

guridad sino la de los suyos.


Pudiendo estar ya a salvo,
regresaba a ayudar a los de atrás.
Tapia preguntó al Capitán a dónde
se dirigía y respondió: “vuelvo allá, a
socorrer lo que pudiera, que antes
quiero morir, que por poco proveer,
nadie peligre y muera”. El tesoro
recabado en el palacio de Axayácatl
se había repartido entre los propios
españoles, a sabiendas de que
difícilmente podría ser rescatado del
todo. Cortés sería después acusado
de haber ordenado abandonar el

oro correspondiente al rey para


asegurar el traslado del suyo propio.

El Capitán replicó que había sido al


contrario; que había instruido

que su propio tesoro quedara ahí


con tal de salvar el de Su Majestad.

En lugar de oro, a los tlaxcaltecas


les dieron las plumas de

quetzal que habían recibido los


españoles como regalo. Pero, como
en los cuentos infantiles, quienes
más ambiciosos se mostraron en

llevarse el oro azteca más pronto


encontraron la muerte, pues caían

al agua y con el peso de los tesoros


se ahogaban. Cargaban el oro

igualmente en mulas, que también


se perdieron. Los más inexper-

tos, los hombres recién llegados con


Narváez, fueron los menos jui-

ciosos en la cantidad de tesoros a


cargar. Relata Bernal: “Todos co-
múnmente hubimos mal gozo en las
partes del oro que nos dieron,

68

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LA NOCHE TRISTE

y si de los (soldados) de Narváez


murieron muchos más que los de

Cortés en los puentes, fue por salir


cargados de oro, que con el peso
de ello no podían salir ni nadar”.
Sobre ello, comenta Gómara con
evidente sarcasmo: “De los nuestros
tanto más morían cuanto más

cargados iban de ropa, oro y


joyas... de manera que murieron
ricos”.

Para colmo, más adelante, ya fuera


de Tenochtitlán, Cortés mandó

requisar - so pena de muerte - todo


el oro rescatado para refinanciar la
expedición, lo que evidentemente
provocó el enojo y frustración

de sus soldados, muchos de los


cuales sospecharon que el Capitán
se guardaba el rubio metal para sí.

UN SALTO ESPECTACULAR

De la precipitada fuga de
Tenochtitlán quedaron salvas
Malinalli y

otras hijas de ilustres caciques que


con ellos iban, así como una es-
pañola, María de Estrada, “que no
teníamos otra mujer de Castilla

en México, sino aquélla” escribe


Bernal, y que “se mostró valerosa-

mente... haciendo maravillosos y


hazañeros hechos con una espada
y una rodela (escudo) en las
manos... con tanta furia y ánimo que

excedía al esfuerzo de cualquier


varón”. Por su parte, Pedro de
Alvarado casi pierde la vida.
Cubriendo la retaguardia, Alvarado
peleaba enérgicamente. Perdido ya
su escudo, su cabalgadura fue
muerta.

Herido de gravedad, percibió cómo


la calzada que cruzaban estaba

ya desierta de españoles. Los


aztecas iban pisando sus talones,
por
lo cual emprendió una pesada
carrera hacia la orilla, la cual pare-

cía inaccesible. Según Bernal,


Alvarado tomó su pica y clavándola

a modo de garrocha logró saltar al


otro lado, con gran crujir de su

pesada armadura. Qué tan largo fue


ese presunto brinco no se dice,

pues Bernal Díaz aclara que “digo


que aquel tiempo ningún soldado

se paraba a verlo si saltaba poco o


mucho, porque harto teníamos que
salvar nuestras vidas”. Gómara
comenta que “De ese salto
quedaron

los indios espantados, y hasta los


españoles, pues era grandísimo, y
otros no pudieron hacerlo, aunque lo
probaron, y se ahogaron”. Sin

embargo, otra versión más creíble


afirma que no hubo tal malabar,

sino sólo un cruce por una viga (que


habría hecho las veces de “puen-te”)
y de ahí subió don Pedro al caballo
de Cristóbal de Gamboa. Ese 69

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DURANTE LA CONQUISTA

lugar se conoció poco después, no


por casualidad, como Salto de
Alvarado, aunque después se
rebautizó, hasta la fecha, como
Puente de Alvarado. Con todo, en
vez de interpretar tal fuga como una
proeza de don Pedro, se le vio como
abandono de sus hombres, por lo
cual

Alvarado sería acusado más tarde


sobre ello, pues muchos españoles

había detrás de él. Cuando Cortés


le preguntó por sus hombres, res-

pondió: “Señor, todos están ya acá,


y si algunos quedan, no hagáis

cuenta de ellos”. Se defendió


después legalmente de tal
acusación, y ahí mismo parece
aclararse que su escapatoria no fue
a través de un

“salto de garrocha”, sino del cruce


de una viga a modo de puente. Dice
él mismo: “Solo e mal herido, e el
cavallo muerto e viéndome desta

manera, pasé el dicho paso; e no


me lo habían de tener a mal ni
dárme-lo por cargo, pues fue
milagro poderme escapar, e no lo
pudiera hacer si no fuera porque uno
de cavallo estaba de la otra parte”.
Por lo cual, resulta en efecto más
adecuado el nombre de Puente de
Alvarado para la dicha calle que el
de Salto de Alvarado. No había
llegado la hora al Tonatiú, el “dios
soleado”, que habría de emprender
nuevas aventuras y conquistas en
este continente.

PUENTE HUMANO

Cuentan también las crónicas que


los españoles habían construido
un pasarela portátil de madera para
cruzar las calzadas, cuyos puen-

tes habían sido removidos por los


aztecas justo para impedir la fuga
de sus enemigos. La idea era que la
columna pasara completa por el

artefacto portátil, y utilizarlo para


atravesar otras calzadas. Pero en la
primera de ellas el puente de
madera quedó atorado. Lo que
contribuyó a la desesperación de los
españoles y sus aliados, atacados
por todos los flancos. En la siguiente
calzada, ya sin puente, “presto se
llenó de caballos muertos y de los
caballeros cuyos eran, que no
podían nadar…

y de los indios tlaxcaltecas e indias


naborías (de servidumbre) y de los
muchos que se ahogaban”,
formando poco a poco una especie
de ma-cabro puente, por el cual
pasaron el resto de los que huían,
dice Bernal.

Los aztecas pudieron hacer varios


cautivos entre los españo-

les, y para exaltar su triunfo sobre


los intrusos, exhibieron públi-

camente sus cabezas cercenadas


para que quedara claro de una vez
70

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LA NOCHE TRISTE

por todas que los presuntos teules


eran simples mortales. También se
expusieron las cabezas de los
caballos capturados, en la creencia
de que los demás equinos se
asustarían al verlas así mostradas.
Con

todo, dadas las condiciones resultó


ser un auténtico milagro que no
fueran exterminados todos los que
con Cortés iban entonces. Y es

que los aztecas decidieron ya no


perseguir a quienes de la ciudad

lograban salir, considerando que,


tras semejante castigo, lo que me-

nos querrían sería retornar. Nuevo


error de estrategia, y pese a la

derrota de Cortés, fue esta una


nueva flor de la diosa Fortuna, pues
de otro modo habrían sido
totalmente aniquilados los hispanos.

Fue Cuitláhuac el único emperador


azteca que infligió una tan gran

derrota a los españoles; no


Moctezuma, que jamás quiso
entablar

guerra alguna a los invasores, ni


Cuauhtémoc, que habiendo pre-

sentado férrea resistencia a ellos,


no conoció la victoria.

PARTIDO PROESPAÑOL

Siempre que hay una invasión


extranjera, algunos de los conquista-

dos colaboran de una u otra manera


con los invasores, lo que da pie,
cuando se van - si es que se van -, a
que quienes les ofrecieron
resistencia cobren venganza contra
los colaboracionistas. Así ocurrió a

la salida de los españoles de


Tenochtitlán. Varios aztecas a
quienes se les había visto
excesivamente cercanos y muy
complacientes con los

españoles fueron agredidos por los


demás, y muertos sus caudillos.

Muchos tenochcas abrigaban la


esperanza de que los españoles,
des-
pués del descalabro que habían
recibido, se embarcarían de regreso

por donde habían venido, por lo cual


se dedicaron a restaurar el viejo
orden, encabezados por el nuevo
emperador Cuitláhuac. Un cronista
indígena escribió: “Cuando se
hubieron ido los españoles, se pen-

só que para siempre se habían ido.


Que nunca jamás regresarían... A

todos los dioses otra vez los


adoraron, les pusieron sus ropas y
sus plumajes de quetzal”. La férrea
unidad de los aztecas contra los es-
pañoles es un mito. Entre ellos
había un auténtico “partido pro es-

pañol” que fue reprimido por sus


compatriotas. Incluso, a la muerte

de Cuitláhuac - provocada por la


viruela traída por los españoles

- uno de los hijos de Moctezuma


intentó dar un golpe de mano para

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DURANTE LA CONQUISTA
quedarse con el poder y buscar la
alianza con los teules a quienes,
como su padre, temía en exceso.
Fue reprimido ese levantamiento

y muertos sus cabecillas como


traidores, para en su lugar nombrar

como nuevo Tlatoani a un príncipe


claramente antiespañol; el rey de
Tlatelolco, el joven Cuauhtémoc.

MATE AL PASTOR

Una vez a salvo, Cortés pidió la


relación de bajas, y al oírla “se le
saltaron las lágrimas de los ojos”,
relata Bernal, dando así lugar a la
célebre “Noche Triste” – algunos
sostienen que es mítica, pues

por la prisa de salir corriendo no


había tiempo de lamentaciones-.

Sobre lo cual escribió más tarde el


poeta Francisco de Quevedo que

“el llanto militar creció en diluvio”. En


efecto, después de una serie de
éxitos y victorias que habían
cosechado los españoles desde que

habían pisado costas mexicanas,


había sobrevenido esa terrible de-

rrota que diezmó el ejército español,


así como a sus aliados indíge-

nas. Bernal expresó de manera


célebre este viraje: “Digamos cómo

la adversa fortuna vuelve de presto


su rueda, que a grandes bonan-

zas y placeres siguen las tristezas”.


Pensó luego Cortés que debía

encaminarse hacia Tlaxcala para


reponerse de la catástrofe sufrida,

y armar un proyecto de asalto


definitivo a Tenochtitlán. Para allá

iban, mientras algunos mexicas


hacían esporádicos ataques.

Muchos de los heridos iban


muriendo. Pero al aproximarse

a Otumba, sus magras y zaheridas


huestes fueron atacadas por un

mundo de mexicas - más de veinte


mil calculan los testigos - que ro-

dearon a los españoles, quienes


temieron ser exterminados – ahora

sí - en ese lugar. Estaban “como


una isleta en el mar, combatida de
las olas por todas partes” dice
Sahagún. Y dijeron los mexicas:
“Mexicanos, ya se van vuestros
enemigos! ¡Vamos preparados,
vamos todos

preparados!... ¡No ha de quedar uno


solo!” Cortés escribió sobre ese
hecho: “Cierto creíamos ser aquél el
último de nuestros días, según

el mucho poder de los indios y la


poca resistencia que en nosotros

hallaba”. El Capitán arengó a los


suyos: “Nos hallamos en un trance

en que es necesario vencer o morir;


valor y esfuerzo, castellanos,
que quien nos ha librado de tantos
peligros nos sacará también de

72

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

este aprieto”. Lucharon cuerpo a


cuerpo por varias horas. Los ca-

ñones y arcabuces apenas si


arañaban los muros formados por
gue-

rreros, que cerraban la brecha


abierta por los proyectiles en unos

cuantos segundos. Los perros


también participaban; “con qué furia

peleaban los perros” recuerda


Bernal.

Cortés vio que “la ánimo estaba muy


desmayada” entre sus

hombres. La desesperación iluminó


la mente de don Hernán, que

al distinguir a un personaje
lujosamente ataviado “con ricas
armas
de oro y grandes penachos de
argentería”, consideró debía ser el

principal de aquellas fuerzas y


apostó a desmantelar ese enorme

ejército al cortar su cabeza militar.


Tomó cinco jinetes y se lanzó

hacia donde aquél personaje estaba,


cruzando por las vallas de gue-

rreros que se le interponían. Narra


Gómara que Cortés “llamó a San

Pedro, su abogado, arremetió con


su caballo por entre medias de los
enemigos, rompió el cerco, llegó
hasta el que llevaba el estandarte

real de México, que era capitán, le


dio dos lanzadas, de las que cayó y
murió”. Aunque otros atribuyen la
muerte del general mexica a

Juan de Salamanca; no sería raro,


pues Gómara tendía a exaltar en

exceso las hazañas de Cortés, o


quizá el propio extremeño le contó

así los sucesos para elevar su


propia imagen.

El efecto buscado se logró, pues al


instante las tropas indígenas,

que tenían todo para desaparecer a


los pocos españoles que queda-

ban, se dieron a la fuga en forma


precipitada, y hasta dieron a los
conquistadores el lujo de
perseguirlos y provocarles varias
bajas. “Quiso Dios - escribió Cortés
- que murió una persona de ellos,
que debía ser tan principal que con
su muerte cesó toda aquella
guerra”. Es como

si don Hernán, al irse contra el


general nativo, hubiera jugado lo que
en ajedrez se llama un “Mate al
Pastor”, es decir, una estratagema

con la cual se termina ipso facto la


partida. Gómara, con comprensible
entusiasmo, exaltó este triunfo de la
siguiente forma: “No ha habido más
notable hazaña ni victoria de Indias
desde que se descubrieron, y
cuantos españoles vieron pelear ese
día a Hernán Cortés afirman que

nunca hombre alguno peleó como él,


ni acaudilló así a los suyos, y que él
solo por su persona libró a todos”.
Efectivamente, se trataba de una
insólita victoria lograda por un
puñado maltrecho de hombres
contra
miles de guerreros íntegros,
maniobra que por lo pronto salvó
vida y negocio de los aventureros
foráneos.

73

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

EL ABRAZO DE TLAXCALA

Como se sabe, el famoso “abrazo


de Acatempan” marca de alguna

forma la culminación de nuestra


Independencia, pues representa la

alianza entre insurgentes y realistas,


criollos y mestizos, para dar fin a
diez años de guerra en torno a la
separación o no respecto de

la Madre Patria. Trescientos años


antes, otro abrazo, un tanto des-

conocido pero no menos


determinante, selló también otra
alianza

entre españoles e indios, pero justo


en sentido inverso, pues daría

lugar a la Conquista de Tenochtitlán


(y para efectos prácticos, del

México actual). Tras su espectacular


victoria de Otumba, Cortés re-

cuperó su fuerza y ánimo, y fue al


encuentro de sus aliados tlaxcal-

tecas para diseñar un plan contra


los aztecas, sus comunes enemi-

gos. La incertidumbre lo embargaba


por no saber qué recibimiento

tendrían en Tlaxcala, pues una vez


derrotados por los mexicas, los

hispanos habían perdido su áurea


de semidioses. Lo que podría

provocar que los nativos perdieran el


temor y el respeto por los in-

trusos. Además, eran indirectamente


responsables de la muerte de

miles de tlaxcaltecas, por lo cual no


sería raro que sus deudos qui-

sieran saldar cuentas con los


extranjeros. Para su fortuna, el odio

contra los mexicas era mayor, y aun


se percibía que la cooperación

con los hispanos haría posible lo que


poco antes se veía como un

desvarío; la derrota del Imperio


Azteca. Así, en las afueras de
Tlaxcala, Xicoténcatl el viejo abrazó
emotivamente a Cortés, diciéndole:

¡Cómo nos pesa vuestro mal y de


todos vuestros hermanos! Ya

os lo habíamos dicho muchas


veces que no os fiaseis de gente

mexicana, porque un día u otro os


habían de dar guerra. No me

quisisteis creer... Y yo te digo que


si de antes os teníamos por muy
esforzado, ahora os tengo en
mucho más.

Por su parte, otro de los caciques


tlaxcaltecas, Maxixcatzin, dijo al
Capitán europeo, en tono
tranquilizador:

En esta nuestra tierra, alégrate y


desecha de tu corazón todo

pesar y tristeza pues sabes, como


sabio y experimentado en la

guerra, que son varios y diversos


los sucesos de la fortuna... En tu 74

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

tierra y en tu casa estás, y entre los


tlaxcaltecas, tus verdaderos
amigos, que jamás te negarán.

De hecho, los “verdaderos amigos”


de Cortés, como se llamaban a

sí mismos los tlaxcaltecas, le


cuidaron y curaron la herida en la
cabeza, que se había agravado a tal
grado que se llegó a temer por su

vida. Desde luego, los tlaxcaltecas


no darían su ayuda sin nada a
cambio, por lo que le exigieron a don
Hernán ciertas condiciones:

compartir el botín de guerra, el fin


de los tributos para Tenochtit-

lán, la construcción en esa ciudad de


una fortaleza controlada por

los tlaxcaltecas para garantizar que


los aztecas jamás volverían a

atacarlos, y el control de Cholula.


Ello evidenciaba que – salvo Xico-
téncatl el joven - no tenían claro lo
que podría ocurrir después de la
caída del imperio azteca. Pero
Cortés vio conveniente aceptar, por
lo pronto, tales exigencias. Más
adelante, cuando el Capitán, sus

hombres y sus aliados indígenas


emprendieron la embestida con-

tra Tenochtitlán, según aquél


escribió a Carlos V, “íbamos todos
tan alegres como si fuéramos a
cosa de mucho placer”.

INTENTO DE UNIFICACIÓN
INDÍGENA

Los aztecas, bajo el mando de su


nuevo Tlatoani, Cuitláhuac, com-
prendieron que buena parte de la
fuerza de los españoles radicaba
en las alianzas que habían logrado
construir en su contra, y que era
momento de intentar reconciliarse
con sus acérrimos enemigos, los

tlaxcaltecas, para a su vez formar


una coalición antiespañola. Cuit-

láhuac envió emisarios con regalos


para los caciques de Tlaxcala y la
misión de ofrecer la paz, bajo el
argumento – más que fundado – de

que los españoles representarían un


peligro no sólo para el Imperio

Azteca, sino eventualmente para


todos los aborígenes de estas tie-
rras, por lo cual convenía unir
fuerzas para enfrentar a los intrusos
blancos. Apeló también a lo que
sería un rudimentario nacionalismo
basado en la identidad cultural y
racial frente a un grupo tan

distinto como el que constituían los


españoles. Era momento de

dejar las discordias políticas y unirse


bajo un peligro común que

ahora se manifestaba sólo contra


los aztecas, pero que terminaría

75
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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

por someter a todos los pueblos


nativos de Mesoamérica. Dijo el

embajador azteca a los jefes


tlaxcaltecas: “Hay tiempo donde se
ha

de tratar de enemistades y tiempo


donde se debe tratar de la obliga-

ción natural que nos tenemos”.

La oferta resultó atractiva para


Xicoténcatl el mozo, que estaba

persuadido de que, en efecto, los


españoles terminarían por someter

a todos los naturales del país, y


sugirió aceptar el pacto con los
aztecas. Pero Maxixcatzin, cuyo
odio a los aztecas era supremo,
logró

persuadir a los jefes de Tlaxcala de


que al acabar con los españoles los
aztecas cobrarían venganza de los
tlaxcaltecas; no había sino recor-dar
la historia de traiciones, mentiras y
crueldades que caracterizaba a ese
pueblo tirano. De hecho, su hija
(bautizada bajo el nombre de

Elvira) obsequiada al soldado


español Juan Velázquez de León,
ha-

bía muerto junto a su esposo


durante la fuga de Tenochtitlán. Así,
la oferta de unificación indígena en
torno de los aztecas para hacer
frente a los hispanos fracasó. La
nación mexicana no existía como

tal, sino pueblos que se odiaban


mutuamente. De esa forma volvió

a quedar despejado el terreno para


ratificar la alianza entre Tlaxcala y
Cortés. Y esta vez le brindaron
consejo estratégico que el español
siguió puntualmente; tomar poco a
poco las ciudades que rodeaban

la capital azteca, para ir creando un


eficaz cerco militar.
DE POCO CRITERIO

Al marchar a Tenochtitlán en la
primera ocasión, Cortés había de-

jado un representante suyo en


Tlaxcala - llamado Juan Páez - con

estrictas órdenes de no abandonar


esa ciudad bajo ninguna circuns-

tancia. Cuando, después de la


matanza del Templo Mayor, y
habien-

do regresado Cortés a la ciudad


azteca, los tlaxcaltecas se enteraron
de la difícil situación en la que se
hallaban sus aliados españoles,
ofrecieron a Páez cien mil guerreros
para que fuesen a salvar a sus

aliados del cerco que les habían


puesto los mexicas. Pero Páez res-

pondió que tenía estrictas órdenes


del propio Cortés de no aban-

donar Tlaxcala, por cual no podía


aceptar la generosa oferta que le

extendían sus aliados indígenas.


Sobra decir que, al regresar Cor-

tés a esa ciudad, dio una fuerte


reprimenda a Páez por su falta de
76

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

criterio, si bien algunos historiadores


piensan que en realidad éste utilizó
ese pretexto para esconder su
cobardía ante el peligro en que se
hallaban Cortés y sus hombres en
Tenochtitlán.

DESCONFIANZA A LOS ALIADOS

Muchos de quienes habían querido


regresar a Cuba cuando la “que-

ma de las naves”, así como varios


hombres de Narváez, desencanta-

dos con lo visto hasta entonces,


pidieron a Cortés, ahora sí,
abandonar tan peligrosa empresa en
virtud de que, al decir de uno de
ellos:

“Estamos descalabrados, tenemos


los cuerpos llenos de heridas,

podridos, con llagas, sin sangre, sin


fuerza, sin vestidos; nos vemos en
tierra ajena, pobres, flacos,
enfermos y cercados de enemigos”.
Peor aún, estos españoles no
confiaban – comprensiblemente – en

la lealtad que los tlaxcaltecas les


ofrecían, creyendo que prevalecería
en ellos un inexistente espíritu de
“patriotismo” entre los naturales de
Mesoamérica por encima de sus
rencillas y rencores:

No es de creer, ni se debe tener por


cierto que estos indios (los
tlaxcaltecas) nos guarden fe ni
palabra, ni vayan contra sus
mismos naturales y vecinos en
nuestra defensa, antes se debe
enten-
der que las enemistades y guerras
que entre ellos ha habido se

han de volver en amistades y paces


para que, haciéndose un cuer-

po, sean más poderosos que


nosotros y nos destruyan y acaben.

Pensaban también que “es cierto


que nunca pega bien ni dura la

amistad entre personas de diferente


religión, traje y lenguaje”.

Cualquiera en su situación hubiera


pensado lo mismo. Por lo cual,
creían que continuar tan riesgosa
aventura “sería nuestro fin y

total destrucción”. No tuvieron razón,


como la historia demostró

después, pero no era fácil


vislumbrar en ese momento el
desenlace

final de tan temeraria empresa.


Cortés, en cambio, consideró que

de emprender la retirada,
mostrarían a los nativos debilidad,
aun

cobardía, incluso a sus aliados, y


darían pie, entonces sí, a ser per-
seguidos y exterminados.
Razonamiento asaz plausible. Más
bien,

había que considerar que “siempre a


los osados ayuda la fortuna”

77

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

(como escribía Maquiavelo por esa


misma época). Preguntó Cortés
“¿Qué capitán de los famosos se
volvió a casa porque perdiese una

batalla?... ¿Hay alguno de nosotros


que no tuviese por afrenta si le
dijesen que huyó?” Finalmente, el
extremeño había percibido con

agudeza que entre los enemigos de


los aztecas prevalecía el odio

más que cualquier vínculo de


identidad racial o cultural, por lo cual
dijo a quienes querían retornar a
Cuba, que los tlaxcaltecas “más

quieren ser vuestros esclavos que


súbditos de mexicanos”. En reali-
dad no querían ser esclavos de los
españoles, como insistía en que

ocurriría Xicoténcatl el mozo, pero sí


buscaban por encima de todo

su venganza contra los odiados


aztecas.

EL CLAMOR DE CUITLAHUAC

Lo mismo los españoles y sus


aliados tlaxcaltecas, que los
aztecas, preparaban el inevitable
choque final. Cuitláhuac - que
contaba con poco más de cuarenta
años – se había reunido con los
principales del imperio, y
restableciendo la alianza con los
acolhuas y los tepanecas que
Moctezuma había disuelto, les habló
con firmeza y determinación:

No están aquí aquellos que han


sido traidores al Imperio mexi-

ca... Unos han muerto y otros han


huido para arrojarse, como

mujeres cobardes, en brazos de los


españoles... He mencionado a

los extranjeros porque en la


conciencia de todos está la
determinación de acabar con ellos y
con los tlaxcaltecas, los
huexotzincas, los cholultecas y
todos aquellos que creyendo
invencibles a los invasores, se
arrodillaron ante el señor Cortés y
prometieron fidelidad a un rey que
ni siquiera saben quién es.

Dijo también:

El emperador (Moctezuma) a quien


vosotros sabiamente des-

tronasteis, era mi hermano... Llora


mi corazón fraternamente

por él, pero antes que él, sobre él y


por encima de todos, está el
Imperio... Esos hombres (los
españoles) que al llegar a las
costas del Totonacapan se
quisieron hacer pasar por dioses...
son exper-78

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

tos en la mentira, el engaño y la


simulación... Son adoradores de
dioses extranjeros y dicen que su
religión es la verdadera y que la
nuestra es falsa. Pero en su religión
no hay castigo para los crí-
menes que cometen, en cambio
pretenden que los mismos delitos,

cometidos por otros, sean


castigados con la muerte.

Y concluyó:

¿Los habéis visto pelear por el oro?


Yo los he visto. Nos han traído
enfermedades, males que no
conocíamos. Nos han traído ídolos

nuevos, que no dioses. ¿Sabéis


qué dicen de la ofrenda a nuestros
dioses de guerreros prisioneros?
Que es malo y se horrorizan.
Más... ¿qué opinan ellos mismos
de quemar vivas a las personas

y asesinarlas y robarlas y
destruirlas con sus cañones? Que
es lo justo, porque ellos son justos.

Así pues, contrariamente al pasmo


que causaron los españoles en

Moctezuma, su hermano, junto con


muchos otros caciques, no se

dejaron impactar por las armas,


presencia y discurso de los intru-

sos, y decidieron tratarlos de igual


a igual. Pero ya para entonces
Cortés se había afianzado un poder
propio, aglutinando en torno

suyo a los enemigos de los


mexicas y enfilando una exitosa
cam-

paña contra Tenochtitlán. De haber


encontrado a Cuitláhuac como

emperador en lugar de Moctezuma,


las cosas les hubieran sido más

difíciles a los conquistadores, y


seguramente la Conquista - aunque

inevitable - no hubiera sido


consumada por Cortés.
“ID A LA MANSIÓN DE LOS
MUERTOS”

Al rechazar los tlaxcaltecas el pacto


que les ofreció Cuitláhuac, éste
buscó formar una liga con los
pueblos de Michoacán bajo el
mismo argumento que había
blandido ante los de Tlaxcala: más
allá de

la derrota de los tenochcas, los


españoles terminarían sometiendo

a todos los aborígenes


mesoamericanos. Envió
embajadores al rey
Zuangua de Michoacán con dicha
propuesta. Éste, que no creía que

los aztecas estuvieran en tan gran


apuro, envió a su vez explorado-

79

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

res para ponderar la situación.


Finalmente, no creyó que valiera la

pena arriesgar guerreros y la


seguridad de su pueblo para salvar
a

los aztecas, tan crueles y tiránicos


que habían sido por años:

Muera cada uno de nosotros


(aztecas y michoacanos) por su
par-

te: no sabemos lo que dirán (los


aztecas) después de nosotros, y
quizás nos venderán a esas gentes
que vienen y nos harán matar...
Que mueran los aztecas, que
muchos días ha que viven mal.

Razonamiento semejante al que


habían hecho los tlaxcaltecas. Dijo

también a los enviados del Tlatoani:


“Decid a vuestro señor que no lo
ayudaré. Cada quién debe defender
lo suyo. Yo defenderé mi reino
cuando sea atacado”. En cambio,
los michoacanos confiaban en

la metalurgia de su pueblo para


enfrentar con éxito a los españoles

si se llegaba a dar un choque con


ellos. Por lo cual, su rey rechazó la
oferta del emperador azteca,
abandonándolo a su suerte. Tal era

el odio y desconfianza que


inspiraban los aztecas entre sus
vecinos, para fortuna de Cortés.
Sus tradicionales crímenes y
abusos se volvían ahora en su
contra.

Zuangua murió poco después como


consecuencia de la recién

importada viruela (como ocurrió


también con Cuitláhuac). Cuauh-

témoc, ya como nuevo soberano,


aprovechó ese suceso para inten-

tar la alianza con el heredero de


ese reino, Tzinzicha. Envió nuevos
embajadores con la misma
propuesta de aliarse en contra de
los hispanos, pero Tzinzicha les
respondió: “¿Venís de parte de
vuestro

rey con recado para mi padre?


Pues id a dárselo a la mansión de
los

muertos”. Acto seguido, el nuevo


rey michoacano ordenó sacrificar

a los emisarios de Cuauhtémoc.

LA CORONACIÓN DE
CUAUHTÉMOC

Tras la muerte de Cuitláhuac, en


seguida fue electo Cuauhtémoct-

zin, joven de veintitantos años, por


el colegio de nobles. De acuerdo
con Bernal Díaz, el joven príncipe
era “muy gentil hombre para ser

indio, y de buena disposición, y


rostro alegre... y el color tiraba más
a blanco que a la color y matiz de
esos otros indios morenos... y

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13/01/16 11:59
LA NOCHE TRISTE

se hizo temer de tal manera que


todos los suyos temblaban de él”.

Restaba por celebrar la solemne


coronación. El nuevo emperador

contraería nupcias con la bella


viuda de Cuitláhuac e hija de
Mocte-

zuma, que contaba con apenas


trece años. La coronación tuvo
lugar

en medio de jolgorio y rituales en


los cuales fueron sacrificados
numerosos indígenas enemigos,
así como españoles que habían
caído

presos durante la fuga de


Tenochtitlán. Ante la devastadora
alian-

za entre españoles y tlaxcaltecas,


Cuauhtémoc, último Emperador

mexica que organizó la resistencia


a los hispanos, dijo a sus súbdi-

tos: “muramos todos peleando, y


desde aquí en adelante ninguno

sea osado a demandarme paces; si


no, yo le mandaré matar”.

PESTE DIVINA

Como es bien sabido, la viruela fue


introducida por un esclavo negro
que venía con Narváez, “que harto
negro fue para la Nueva España”,

detalla Bernal. Ese virus empezó a


extenderse de manera dramáti-

ca, cobrando innumerables


víctimas. Una de ellas fue el
emperador

Cuitláhuac. Poblaciones enteras,


como las de La Española y Cuba,
perecieron casi completamente bajo
la contaminación de esa nueva

enfermedad, para la cual los


nativos no tenían anticuerpo alguno.

Narra Bernal que “según decían los


indios, jamás tal enfermedad tu-

vieron y como no la conocían,


lavábanse muchas veces y a esta
causa

se murieron gran cantidad de ellos”.


Que la viruela – y después otras
enfermedades también
desconocidas, como paludismo,
tifo, paperas
y sarampión- cobrara muchas más
víctimas entre los indígenas y casi

ninguna entre los españoles, se


debe a que éstos habían ya
sobrevi-

vido a distintas epidemias en


Europa, por lo cual habían
adquirido

defensas contra tales infecciones


que, dice Motolinía:

nunca en esta tierra se había visto,


y como las viruelas se comen-
zasen a pegar a los indios, fue
entre ellos tan grande enfermedad y
pestilencia en toda la tierra, que en
las más provincias murió más de la
mitad de la gente… morían como
chinches a montones... en muchas
partes aconteció morir todos los de
una casa; y porque no podían
enterrar tantos como morían, para
remediar el

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA
mal olor que salía de los cuerpos
muertos, echábanles las casas

encima, de manera que su casa era


su sepultura.

Hubo, como en toda peste que se


digne, efectos secundarios que

igualmente provocaban muertes de


manera indirecta. Muchas muje-

res murieron, por lo cual empezó a


escasear quienes pudieran moler

el maíz, pues insinuar que los


hombres lo hicieran equivalía a
pedir a los españoles que comieran
carne humana, según sugiere el
historiador Hugh Thomas. Por lo
cual, dice Benavente, “Murieron
también

muchos de hambre, porque como


todos enfermaron de golpe, no se

podían curar los unos a los otros, ni


habían quien les diese pan ni otra
cosa ninguna”. Los informantes de
Sahagún le dijeron:

Empezó a propagarse (la peste)


afectando a todos en la ciudad

y matando a mucha personas. Les


brotaban llagas en las caras,
los pechos, los vientres... Esta
pestilencia mató a innumerables
personas... Los que sobrevivían
tenían agujeros en la cara o
quedaban con los ojos quebrados
(ciegos).

En este sentido podría hablarse del


“General viruela” al servicio es-
pañol, así como muchos siglos
después se referían al “General In-

vierno” que actúo a favor de los


rusos en contra de Napoleón. Ese

hecho provocó que los indígenas


volvieran a creer en el carácter, si
no divino, sí al menos
sobrehumano de los teules.
Expertos calculan que murieron 130
mil tenochcas, nueve de cada diez
infecta-

dos. Ante lo cual, los


conquistadores se sentían
agradecidos, no sólo por escapar a
ese mal sino porque a través de él,
“milagrosamente

Nuestro Señor los mató (a los


indios) y nos los quitó delante”, dice
Bernardino Vázquez de Tapia. Algo
parecido a lo que los ingleses
opinaban frente a la devastación de
las tribus del norte también

por infección, según lo escribía


John Winthrop en 1634: “Por lo que

hace a los nativos, casi todos están


muertos de viruela. Con ello,

Dios aclaró nuestro derecho a este


lugar”. En efecto, parecía cosa

de Dios - o más bien del diablo -


que mientras Cortés se preparaba

para el gran embate contra


Tenochtitlán, la viruela hiciera su
letal trabajo infectando y mermando
a la población tenochca.

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

REGLAS DE GUERRA

Los aztecas estaban


acostumbrados a pelear en
combates frente a

frente. Cortés, en cambio,


consideró que esa era la forma en
que

más fácilmente sería derrotado. Por


lo cual decidió romper el proto-

colo de guerra y aplicar las


inmisericordes y poco ortodoxas –
pero

muy efectivas – técnicas del sitio al


estilo europeo. Matar a los
adversarios en lugar de tomar
prisioneros; embestir de noche y
atacar

sin aviso. Y realizar una guerra total


de destrucción, no una limita-da,
cortando el suministro de agua, y
provocando hambre y pestes.

Dicha estrategia buscaba generar


daños no sólo a los guerreros sino

también a la población civil. Sobre


esto, destaca Soustelle:

Españoles y mexicanos no hacían


la misma guerra... no pensaban

en la guerra de la misma manera.


Al ataque imprevisto, venido

de otro mundo, los mexicanos no


pudieron ofrecer más que una

respuesta inadecuada, como harían


los hombres de hoy ante una

invasión de marcianos... Todas las


reglas tradicionales de la guerra,
que los mexicanos observaban
instintivamente, eran natu-

ralmente violadas por los invasores.

Ya se había visto eso con los


tlaxcaltecas y ahora se repetía con
los aztecas. No quiso pues Cortés
seguir las normas vigentes de la
guerra caballeresca, pero en
cambio sí diseñó ciertas normas
para introducir la disciplina entre
sus hombres: “Que no forzasen a
las mujeres. Que nadie cogiese
ropa ni cautivase indios, ni hiciese
correrías, ni saquea-se sin licencia
(de Cortés). Que no injuriasen a los
indios de guerra amigos, ni
pegasen a los de carga”. Se
prohibía, asimismo, esconderse
entre los pertrechos, batirse en
duelo y reírse de los capitanes.

Dormirse durante las guardias o


desertar era penado con la muerte

como en casi cualquier ejército.


Finalmente, quedaban proscritos
los juegos de apuesta, pues en
ellos “las más veces resultaban
reniegos

y blasfemias”. Pero con una


excepción; en los aposentos de
Cortés

sí podría jugarse a los naipes


“moderadamente”. Afición que le
valió después más de una multa
impuesta por la primera Audiencia.
Los

juegos de azar estaban prohibidos


incluso en España. A su regreso

de Honduras, durante una partida,


cayó un rayo en la mesa en que
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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

Cortés jugaba, lo que fray Domingo


de Betanzos consideró como una

advertencia divina. A partir de


entonces Cortés “no permitió que se

jugasen semejantes juegos en su


casa”, nos dice Dávila Padilla.

ESCUDOS HUMANOS
Cortés vivió en la época en que el
liderazgo y la gloria aún se
ganaban con valor y audacia, por lo
que los líderes y capitanes dirigían
con el ejemplo a sus hombres
poniéndose al frente de ellos en las

batallas y cargas de caballería. Así,


dice Bernal Díaz que al llegar a
Veracruz “el primero que cavó y
sacó tierra en los cimientos fue

Cortés, y siempre en las batallas le


vi que entraba en ellas junta-

mente con nosotros”. Pero para


conquistar un imperio tan pode-
roso como el azteca, era menester
modificar un tanto la estrategia,

combinando el valor personal con


la inteligencia militar. De modo

que don Hernán, una vez


establecido el compromiso con los
ene-

migos de Tenochtitlán, mandaba


rodear a los pocos españoles que

le acompañaban – y a sus
cabalgaduras – por sus aliados
indígenas,

mismos que fungieron


constantemente como “escudos
humanos”.

Los aztecas encontraban difícil


penetrar los gruesos muros forma-

dos por los tlaxcaltecas y los demás


nativos, antes de poder dañar a las
reducidas huestes hispanas. De eso
se quejó Cuauhtémoc con los

nobles aztecas, todavía siendo


Cuitláhuac emperador:

Nos hemos preguntado y la historia


se preguntará cómo es po-

sible que hayan escapado (de


Tenochtitlán) los extranjeros que

fueron a refugiarse a tierras de


Tlaxclala muy heridos, pero con
vida. ¿Por qué se salvaron? Porque
los extranjeros se han escondido
siempre entre los naturales de
estas tierras. Su táctica ha sido la
de enviar por delante a los
tlaxcaltecas o a los guerreros de
otras naciones, mientras que en sus
flancos y atrás, también

estaban cubiertos por otros


guerreros naturales.

Dicha táctica fue practicada


constantemente por Cortés, lo que
con-

tribuyó a reducir sus bajas en las


múltiples batallas que libró contra
los mexicas. Paradójicamente, a
Cuauhtémoc no se le veía al frente

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13/01/16 11:59

LA NOCHE TRISTE

de sus huestes a diferencia de


Cortés, siempre encabezando a sus
hombres, y poniendo varias veces
en riesgo su vida. El emperador

azteca actuaba como los modernos


generales que simplemente diri-

gían la batalla desde lo lejos, y


enviaba sus tropas a diversos
puntos del campo de combate,
poniéndose él mismo a resguardo
y, en caso

de perder la batalla, emprender una


graciosa huída.

DROGAS BÉLICAS

Los aztecas dieron muestra de gran


valor y resistencia. Tanto los
aristócratas en sus escuelas
especiales, el calmecac, como los
súbditos en las suyas, el
telpochcalli, eran socializados para
la guerra y la entrega patriótica.
Ello dio fuente de energía y arrojo a
sus guerreros durante el terrible
sitio de Tenochtitlán. Pero los
mexicas también se ayudaban con
algunos estupefacientes que los
disponían favorablemente

para el combate; algunos comían


setas sagradas (alucinógenas), y

otros más, peyote ( peyotl) que,


según descripción de Sahagún
provocaba “visiones espantosas, o
de risas; dura esta borrachera dos
o tres días, y después se quita. Es
como un manjar que los mantiene y
les da ánimos para pelear y no
tener miedo, ni sed, ni hambre, y
dicen que

los guarda de todo peligro”. Parte


de la fiereza de los aztecas durante
los combates contra los españoles
puede quizá atribuirse a que
muchos se batían bajo el efecto de
estos estupefacientes naturales.
Con todo, la tecnología militar de
los españoles y el enorme número
de

aliados indígenas que lograron


conseguir, terminaron por
imponerse

a la “biotecnología narcótica” de los


aztecas.

EL REBELDE VISIONARIO

Cortés logró unificar a casi todos


los pueblos no aztecas en contra

de Tenochtitlán, en esa región. De


ahí que haya congregado un ejér-

cito de entre doscientos y


trescientos mil guerreros frente a
otro de cincuenta mil de los
aztecas. El eje de esa coalición
fueron los tlaxcaltecas. Sin
embargo, los españoles siempre
encontraron un claro

enemigo en Xicoténcatl el joven,


quien había dirigido la resistencia
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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

contra los conquistadores desde la


primera ocasión en que éstos
pisaran Tlaxcala. Al volver los
españoles de Tenochtitlán,
nuevamente el joven Xicoténcatl vio
la oportunidad de deshacerse de
los intrusos y propuso su
exterminio. El partido pro español
volvió a imponerse y el príncipe
tlaxcalteca hubo de acatar la
decisión, aunque a regañadien-tes.
Pero estaba convencido que al caer
Tenochtitlán los españoles

impondrían su dominación a todos


los naturales de la Nueva España,

que la victoria de Tlaxcala sobre los


tenochcas sería más simbólica

que real, y que sus frutos serían


recogidos por los hispanos.

Por lo cual, formando parte de una


escuadra al mando de Alva-

rado durante el sitio de la gran


capital azteca, el joven Xicoténcatl
escapó para organizar la
resistencia antiespañola en
Tlaxcala. Ante ello, Cortés envió a
dos de sus hombres para detenerlo:
“Ya en este cacique no hay
enmienda, sino que siempre nos ha
de ser traidor y malo y de
malos consejos”. Una vez preso y
en presencia del Capitán general,

éste mandó ahorcarlo. Pedro de


Alvarado trató de interceder en su

favor, pues su amante era hermana


del joven general tlaxcalteca. Pero
Cortés no cedió, pues vio en la
ejecución de este eterno rebelde
una oportunidad para deshacerse
de él de una vez por todas, además
de

servir de escarmiento a otros que


tuvieran similares intenciones.
Xicoténcatl el mozo intentó siempre
ofrecer resistencia a los españoles,
como lo hicieron Cuauhtémoc o
Cuitláhuac.

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IX- LA GRAN BATALLA

FALLIDA CONJURA

Suele ocurrir que los príncipes y


grandes capitanes sean motivo de

alguna conjura de sus enemigos o


de quienes se ven afectados por

sus decisiones. Es una


eventualidad que debe siempre
considerar

todo hombre poderoso. Pero los


complots son más peligrosos aún

para quienes en ellos participan,


pues hay muchos motivos que

puedan llevarlos al fracaso. Decía


Maquiavelo que “Nada hay tan

expuesto y peligroso como una


conjura, cosa difícil y
arriesgadísima en todas sus partes.
Por ello son muchas las que se
fraguan y muy

pocas las que se producen con el


fin con que se intentan”. Y eso

porque alguno de los conjurados


fácilmente puede calcular que es

mejor denunciar la conspiración y


obtener alguna ganancia de ello,

que arriesgar el pellejo. Cortés no


quedó eximido de tales conjuras

en su contra. El Capitán general se


hallaba concentrado en someter
a las ciudades mexicas que
rodeaban a Tenochtitlán cuando
algu-

nos adversarios castellanos


planearon una maquinación para
des-

hacerse de él. El cabecilla era un


tal Antonio de Villafaña que había
venido con Narváez. El plan
consistía en sorprender a Cortés y
sus

capitanes mientras comían,


fingiendo que había llegado una
carta
de su padre, y entonces serían
pasados a cuchillo. Pero uno de los

participantes, de apellido Rojas,


advirtió al Capitán lo que se urdía
en su contra. Éste mandó arrestar a
Villafaña y, tras el juicio de ri-gor,
fue enviado a la horca. No extraña
enterarnos que el propio

Cortés fuese el Justicia Mayor (es


decir, juez y parte, herencia que, en
la práctica, aún preservamos). Pero
a los demás conspiradores

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

los perdonó, pues no eran


momentos para más divisiones.
Muchos

de esos hombres poco después


regresaron a Cuba. A partir de ese

evento, el extremeño decidió dormir


siempre con su maya metálica

puesta. Más valía sufrir semejante


incomodidad que estar expuesto
a ser asesinado a manos de sus
propios hombres.

ULTIMATUM

Gracias a los pertrechos que se


habían recibido en la costa, prove-

nientes de España, Cuba y otras


islas, el ejército español contaba

ya con quinientos cincuenta


soldados, con ochenta ballesteros y

arcabuceros, cuarenta caballos y


ocho cañones. Todo ello además

de miles de guerreros que


formaban la coalición anti azteca.
Se re-

unieron en la plaza central de


Tlaxcala y Cortés dio un discurso
en

que justificaba la guerra contra los


aztecas, que habían tiranizado

a los pueblos a su alrededor. Pero


como vasallos de Carlos V que

presuntamente los aztecas habían


aceptado ser – en realidad, sólo

Moctezuma lo había hecho -, la


guerra que les habían hecho a los
hispanos era jurídicamente tomada
como rebelión a la corona, lo

que legitimaba las acciones de


disciplina y pacificación que Cortés

estaba a punto de tomar. Y desde


luego, recordó que en última ins-

tancia se trataba de la causa de


Cristo, “aunque juntamente con ella
nos viene honra y provecho, que
pocas veces caben en un saco”. A

sus aliados ofreció “quitar de sobre


vuestra cerviz el yugo de
servidumbre que os tienen puestos
los de Culúa (los mexicas), y hacer
con el emperador que os haga
muchas y muy crecidas mercedes”.

Después tomaron rumbo a Texcoco,


la segunda ciudad en

importancia en el imperio, donde lo


recibieron unos emisarios in-

vitándolos en son de paz a la


ciudad, pese a ser aliados de Teno-

chtitlán. Cortés debía palpar cuáles


de los aliados de los aztecas le
seguían siendo fieles, y cuáles, sea
por temor a los españoles o por
vindicación contra los aztecas, se le
sumarían. A veces lo segundo

ocurrió sólo después de una derrota


militar de los indígenas, vién-

dose obligados a pactar con los


hispanos. Las ciudades aledañas a

Tenochtitlán estaban pues entre la


espada y la pared; con alguno de

los poderosos rivales tendrían que


quedar mal. A veces simplemen-

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13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

te huían al campo o los montes


abandonando la ciudad para no ser

presa ni de los castellanos ni de los


aztecas.

Los españoles fueron recibidos


pues en Texcoco, ordenando

absoluto respeto a la ciudad, pero


al enterarse de que su cacique

huyó hacia Tenochtitlán con el


grueso de sus huestes, Cortés se
irri-tó y permitió el saqueo, la
muerte de los pocos hombres que
había

y la esclavización de mujeres y
niños. Pusieron los castellanos en
el trono de Texcoco un monarca
títere, un joven noble que fue
bautizado bajo el nombre de
Fernando Cortés (por ser éste su
padrino de

bautizo, según se estilaba). Eran


numerosos los aliados que se iban

congregando en torno a don


Hernán.
Cortés no pretendía dar un combate
frontal, como lo espera-

ba Cuauhtémoc, sino que aplicaría


técnicas menos convencionales

pero más eficaces, como el


bloqueo a la ciudad, impidiendo
que le

llegaran alimentos no sólo a los


guerreros sino a la población civil.

De ahí el cerco que fue tendiendo a


Tenochtitlán a través de la alian-za
o la derrota de las ciudades y
pueblos que la circundaban. Antes
de emprender el avance sobre la
capital azteca, Cortés envió dos

emisarios a hablar con el joven


emperador Cuauhtémoc, pidiéndole

amistad y reconocimiento de la
soberanía de Carlos V, como había

hecho su tío Moctezuma y muchos


principales mexicas. Se jactó de

sus triunfos y sus numerosos


aliados, así como de sus armas y el

arrojo de sus soldados como


indiscutibles elementos de su futura
victoria, y lamentó que tuvieran que
segarse numerosas vidas y

destruir tan hermosa ciudad en


caso de una negativa. Pero Cuau-

htémoc no aceptó, y buscaba la


lealtad de sus ciudades tributarias

ofreciendo perdonar el impuesto al


que estaban obligados de per-

manecer leales, mientras tanto se


preparaba haciendo armamen-

to y cavando trincheras para


defender la capital azteca. Pero no
se
aprovisionó de alimentos
suficientes para mantener la
defensa por

un tiempo prolongado, lo que puede


leerse como un error militar, si

bien probablemente ignoraba que el


cerco sería la estrategia elegida por
los castellanos para derrotar al
imperio azteca.

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DURANTE LA CONQUISTA

IZTAPALAPA; OTRA NOCHE


TRISTE

Conforme Cortés y sus aliados


avanzaban, múltiples ciudades y

pueblos se le iban uniendo, así


hubieran sido antiguos aliados de

los aztecas, tanto por temor al


castigo que podían recibir del
formidable ejército que iba detrás
del Capitán, como por calcular que
la

balanza se iba inclinando a favor


del hispano. Pero también, cuenta

Bernal “a causa de los despojos


que habían de haber, y los más
cierto por hartarse de carne
humana... (como) cuervos y
milanos y otras

aves de rapiñas”. Entretanto, don


Hernán tejía amistades y borraba

enemistades entre sus nuevos


aliados para dar unidad a su
podero-

sa confederación anti-azteca. Antes


de adentrarse en Tenochtitlán,
Cortés decidió hacer una
expedición punitiva en Iztapalapa,
de la

cual había sido señor Cuitláhuac,


quien tantas bajas le propinó du-

rante la Noche Triste. Marchó con


doscientos españoles y más de

tres mil tlaxcaltecas. Al llegar a la


boca de la ciudad salieron a su
encuentro algunos mexicas, por
tierra y agua, como para
detenerlos,

pero muy pronto se replegaron, lo


que animó a Cortés a continuar.
La ciudad estaba vacía, pues los
habitantes y sus familias se habían
retirado a otro lado en resguardo.
Diéronse los invasores a la quema
de las casas y el saqueo de la
ciudad, cuando por la luz del propio

fuego se percataron de que “se


hinchó todo de agua”, cuenta
Bernal,

es decir, se inundó la ciudad. Los


de Iztapalapa habían tendido una

trampa y roto una calzada para


ahogar a los invasores, que se fue-
ron en retirada rápidamente y
atropellándose, perdiendo el botín

recabado y ahogándose varios


tlaxcaltecas. Los españoles
salvaron

la vida con dificultad. “Si aquella


noche se hubiesen quedado allí

– dice Gómara -, no hubiera


escapado hombre alguno de su
compa-

ñía”. Al día siguiente fueron de


nuevo atacados con gran daño a
sus
fuerzas, lo que representó una
victoria mexica, por lo cual “Cortés

estuvo triste aquella noche,


pensando que con la jornada
pasada

dejaba mucho ánimo a los


enemigos, y miedo a otros (los
suyos)”. Y

dice Bernal que se volvieron a


Texcoco “medio afrentados de burla
y

ardid de echarnos el agua”. Pese a


las pérdidas, Cortés pensó que los
enemigos pagaron más cara su
osadía, pues además de la ruina
que

generó la inundación, calculó que


seis mil nahuas perdieron la vida.

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13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

INTERCAMBIO DE AMENAZAS

Habiendo llegado Cortés a Tacuba,


que tenía una calzada que comu-
nicaba con Tenochtitlán, estableció
una interlocución con los azte-

cas, cada bando desde un extremo


de esa calzada. Les dijo el Capi-

tán que “por qué eran locos y


querían ser destruidos. Y si había
allí entre ellos algún señor principal
de los de la ciudad, que se llegase
ahí porque le quería hablar”
escribió el propio Cortés. La
respuesta del otro lado fue “que
toda aquella multitud de gente de
guerra

que por ahí veía, que todos eran


señores, que por tanto, dijese lo

que quería”. Un español gritó que


los aztecas morirían de hambre, y

un mexica le respondió que cuando


tuvieran hambre, que comerían

castellanos y tlaxcaltecas. Y otro


lanzó unas tortillas diciendo
“Comed vosotros, si tenéis hambre;
que nosotros, ninguna”.

Cortés vio entonces que no habría


más opción que destruir la

ciudad contra su deseo original de


entregar a Carlos V “una joya y
no una ruina”. Por lo que después
escribiría que dicha decisión “me

pesaba en el alma y pensaba qué


forma tenía para atemorizarlos de

manera que viniesen en


conocimiento de su yerro y del
daño que

podrían recibir de nosotros”. Alonso


de Navarrete, uno de sus capi-

tanes, coincidió en que no había


otra alternativa pues “si no se de-

rrocara (la ciudad) no se pudiera


acabar de ganar, al menos tan
pres-to”. Los aliados indígenas de
Cortés, en cambio, no sentían
ningún

interés por preservar la belleza


urbana que representaba Tenoch-

titlán, sino que deseaban vengarse


de sus enemigos destruyéndola

por completo. Ixtlilxóchitl, el general


de los texcocanos, recomendó a
Cortés que “todas las casas que se
ganasen, se derribasen por el

suelo”, y que no tuviera


remordimientos al respecto.
LA MINI “ARMADA” INVENCIBLE

No nos referimos a la que,


bautizada como “Invencible”, fue
derro-

tada en 1588 “por los elementos” al


dirigirse a la Inglaterra isabe-

lina durante el reinado de Felipe II,


sino a una más modesta, pero

decisiva en la toma de Tenochtitlán.


No sólo la pólvora, el acero y

los caballos fueron las armas con


las que contaron los españoles y
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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

que contribuyeron decisivamente a


inclinar la balanza militar en su

favor; también los doce famosos


bergantines fueron determinantes

en el sitio y derrota de Tenochtitlán.


Las embarcaciones – “la llave de
toda la guerra”, consideraba Cortés
– tenían gran margen de maniobra
gracias a sus velámenes – que no
usaban los indios, sino re-

meros – y podían albergar


veinticinco hombres, además de
que cada

nave estaba provista de una pieza


de artillería. Combinaban pues

mayor tamaño y fuerza que las


piraguas indígenas, con la agilidad
y

destreza marina: “Hallábamos por


muy cierto que para la laguna sin

bergantines no la podíamos
señorear, ni podíamos dar guerra,
ni

entrar otra vez por las calzadas en


aquella gran ciudad sino con gran
riesgo de nuestras vidas”, explica
Bernal. Ello fue posible gracias al
constructor que llevaba Cortés,
Martín López, quien trabajó “como

un esclavo” por mucho tiempo,


dirigiendo la construcción de tan

eficaces armas náuticas. Tras la


precipitada salida de Tenochtitlán

en medio de grandes bajas para los


españoles y sus aliados, Cortés
preguntó sobre la suerte de Martín
López. Al comunicársele que es-

taba a salvo, Cortés continuó su


camino como aliviado; no preguntó

por nadie más. Sin López – intuía el


Capitán general – el asalto a la
capital azteca hubiera sido
infinitamente más difícil.

Una de las hazañas de la Conquista


fue el traslado de los ber-

gantines desarmados, a lomo de


ocho mil cargadores ( tamemes)
que formaban una hilera de diez
kilómetros, hasta las cercanías de
los

lagos que rodeaban Tenochtitlán.


Pero como en el momento de la

botadura tales canales no tenían


suficiente agua, todavía hubo de

cavar unas fosas de doce pies de


profundidad, doce de ancho y tres

kilómetros de largo, para armar ahí


los bergantines y después na-

vegarlos por estos canales hasta


los lagos. De haberlo intentado en
las orillas mismas de los lagos, las
canoas mexicas hubieran hecho

muy difícil el montaje de las


embarcaciones. Cosa curiosa es
que en

su construcción y preparación se
utilizó grasa de hombres de los

que iban cayendo en las batallas.


“Los indios, que acostumbrados a

sus sacrificios son crueles, abrían


el cuerpo muerto y le sacaban el
saín (la grasa)”, cuenta Gómara, a
quien tal procedimiento provocó su
reprobación: “Cosa inhumana e
impropia de españoles”. Pero

por “impropia de españoles” que


fuera tal práctica, éstos la avalaban
pues no tenían mejor opción.

92

Durante 2.indd 92

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

La botadura de los navíos fue


motivo de un festejo especial, “sa-

ludándolos las salvas de artillería,


la música militar y el festivo aplau-
so de la concurrencia y un solemne
Te Deum”, cuenta Alamán. Cortés
celebró con los suyos: “Hermanos y
compañeros míos, ya veis acaba-
dos y puestos a punto aquellos
bergantines, y bien sabéis... a costa
de cuánto sudor de nuestros
amigos. Una gran parte de la
esperanza

que tengo de tomar en breve a


México está en ellos”. Habían trans-

currido siete meses desde el primer


corte de maderas para la confec-
ción de las diestras naves. Éstas
concentraban la tercera parte de la
fuerza española, unos trescientos
soldados, además de los remeros,

así como el 80 % de la artillería (o


sea catorce de dieciocho piezas).

Y si bien los aztecas habían usado


canoas en sus empresas bélicas,

era sólo para el transporte de


guerreros y no para entablar
combates navales, algo que
desconocían en contraste con la
larga experiencia

de los europeos. Un primer


combate entre múltiples canoas
aztecas y

algunos de los bergantines tuvo


lugar con éxito para los castellanos,
lo cual celebró Cortés en virtud de
que “yo deseaba mucho que el
primer reencuentro que con ellos
tuviésemos fuese de mucha victoria
y

se hiciese de manera que ellos


cobrasen mucho temor de los
bergan-

tines, porque la llave de toda la


guerra estaba en ellos, y donde
ellos podían recibir más daño, y
aun nosotros también, era por el
agua”. El capellán de Cortés
escribió después sobre esa primera
batalla naval:

“fue una señalada victoria... porque


los nuestros quedaron señores de
la laguna y los enemigos, con gran
miedo y pérdida”.

Cuauhtémoc había recibido de sus


espías la información de

que los hispanos utilizarían dichas


naves, por lo que mandó poner

estacas afiladas en distintos puntos


del lago, de tal modo que du-

rante las batallas se perdieron cinco


de estas peculiares y eficaces
embarcaciones que encallaron en
las estacas. Desde luego, si bien

los bergantines fueron clave en la


victoria, no cabe menospreciar

el papel de las canoas de los


aliados indígenas, cerca de diez y
seis mil, que apoyaron a las naves
españolas en sus maniobras de
sitio

y ataque. Escribió sobre el papel de


estas embarcaciones Bernal:
“Los bergantines derrotaron a las
canoas que pretendían atacar-

nos desde el agua, lo cual nos dio


la oportunidad de capturar va-

rios puentes y barricadas”. Sin duda


fue el arma secreta y deciso-

ria de los españoles en la victoria


sobre el imperio mexica.

93

Durante 2.indd 93

13/01/16 11:59
DURANTE LA CONQUISTA

GUERRA SICOLÓGICA

Antes del embate final contra


Tenochtitlán, Cuauhtémoc dirigió a

sus guerreros la siguiente arenga:

Valerosos mexicanos, ya véis como


nuestros vasallos todos se han
rebelado contra nosotros... Por lo
cual, os ruego que os acordéis del
valeroso corazón y ánimos de los
chichimecas, nuestros
antepasados, que siendo tan poca
gente... se atreviesen a acometer y
a entrar entre muchos millones de
gentes y sujetaron con su poderoso
brazo todo este nuevo mundo y
todas las naciones.... Por tanto, oh
mexicas, no os desaniméis ni os
acobardéis. Al contrario, fortaleced
vuestros ánimos... y no me
despreciéis por mi juventud.

Existe la versión de que el último


emperador azteca lanzó entonces

al lago lo que quedaba del tesoro


de Moctezuma, justo donde ha-

bía un remolino, en Pantitlán, lo


que haría irrecuperables las joyas y
el oro. El sitio de Tenochtitlán fue
encarnizado. Ambos bandos

pelearon con fiereza. Conforme


pasaban los días, se ajustaban nue-

vas estrategias de uno y otro lado.


Los mexicas utilizaron la guerra
sicológica como una de sus
reservas militares. A los españoles
que

capturaban los sacrificaban a la


vista de sus compañeros. Después,

los descuartizaban. Durante las


batallas, los indios lanzaban cuan-

to proyectil tenían a la mano;


flechas, lanzas, piedras y, también,

los brazos y las piernas cortadas de


sus prisioneros españoles para

generar pánico en sus adversarios,


al tiempo que les gritaban: “Esta
carne es de la vuestra, y esta noche
la cenaremos y mañana la al-
morzaremos”. Y lanzaban también
cabezas cortadas e irreconoci-

bles que aventaban al ejército de


Alvarado, exclamando “Así os ma-

taremos, como hemos hecho con


Malinche y Sandoval, y a los que
consigo traían”. Y, recíprocamente,
a Sandoval le decían que una de

esas cabezas era de Alvarado.


Cortés y sus capitanes se vieron
obli-

gados en más de una ocasión a


desmentir tales versiones.

Los mexicas pelearon con gran


valor, pero la derrota fue inevita-

ble. Los proyectiles cambiaron de


especie, pues de flechas y pedazos
de cristiano se transmutaron en
algunos viejos y niños que se
arrojaban de las azoteas hacia los
invasores - como rudimentarios
kamikazes - con 94

Durante 2.indd 94

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

la esperanza de matar a los


hispanos con el peso de sus
propios cuerpos. Escribió Cortés
que “me ponía mucha lástima y
dolor el daño que en ellos se
hacía... (pero) decían que en
ninguna manera se habían de dar, y
que uno solo que quedase, había
de morir peleando”. Algo parecido a
lo que decían los japoneses en la
Segunda Guerra Mundial, antes de
rendirse el emperador Hiroito a
nombre de toda la nación.

LA CURIOSA INTERCESIÓN DE
SAN PEDRO

El último emperador azteca cometió


un grave error táctico durante

la defensa de la ciudad, pero en


realidad era a partir de los “usos y
costumbres” bélicas de este pueblo;
ordenó que si se capturaba al

Capitán general de los españoles


se le enviara vivo para posterior-
mente sacrificarlo a Huitzilopochtli
en las alturas del Templo Ma-

yor. Eso, en lugar de matarlo donde


y cuando pudiera hacerse. Poco

antes de emprender la defensa de


la ciudad, Cuauhtémoc declaró

ante los nobles: “A nuestro dios


hemos de entregar el corazón del

jefe de los extranjeros, aquel que


traidoramente hizo prisionero a

nuestro emperador Moctezuma, y


que ha prometido a todos los que
lo ayuden saquear nuestra ciudad,
hacernos esclavos”. En efecto,

era un hábito generalizado en estos


lares tratar de capturar vivos a
cuantos prisioneros fuera posible
en el campo de batalla, para poder
ofrecerlos en sacrificio. En ello
diferían las guerras de los aztecas
respecto de otras culturas. Pero esa
táctica era poco adecuada al
enfrentar a los españoles, pues su
superioridad militar y técnica no

era para andarse con miramientos


rituales.
Sólo que los aztecas no podían
hacer adaptaciones de la noche

a la mañana, y de ahí la irracional


orden de cuidar la vida a Cortés y
sus hombres una vez capturados,
para llevarlos a la piedra de los

sacrificios en lugar de darles


muerte ahí mismo, en cuyo caso
quizá

se hubiera provocado la
desbandada o al menos el
desconcierto de

españoles y sus aliados indígenas.


Ello suscitó el hecho de que, ha-
biendo sido capturado Cortés, en
lugar de ultimarlo de inmediato

se le intentara enviar a
Cuauhtémoc, según había éste
ordenado.

En una expedición contra


Xochimilco, Cortés fue prendido por
sus

adversarios al ayudar a sacar del


agua a varios de sus hombres que

95

Durante 2.indd 95
13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

habían caído cuando un frágil


puente se vino abajo. Para socorrer
a

sus soldados, don Hernán decidió


“me quedar allí y morir pelean-

do”, siendo finalmente capturado


por varios mexicas que intenta-

ron llevarlo cautivo. Un tlaxcalteca


pudo ayudarlo, dando tiempo

a Cristóbal de Olea y otro hispano a


rescatar a su Capitán. Buscó

después Cortés al valeroso


tlaxcalteca para agradecerle el
gesto y

quizá premiarlo, pero no habiéndolo


encontrado ni vivo ni muer-

to, creyó que habíase tratado de


San Pedro, santo de toda su devo-

ción y defensor suyo, quien


milagrosamente se había
trasfigurado

en tlaxcalteca para salvarlo de una


muerte prematura. Cortés creía
que siendo niño, el mismo San
Pedro le había salvado la vida de
una

enfermedad grave. “Desde


entonces – dice Gómara – tuvo
siempre

Cortés por su especial abogado y


devoto al glorioso apóstol de Jesu-

cristo, San Pedro”. En realidad,


Cortés se benefició, una vez más,
del peculiar estilo azteca de hacer
la guerra, a todas luces
desfavorable a su causa, al menos
frente a los españoles.
UNA VICTORIA MEXICA

La toma de Tenochtitlán llevó


mucho tiempo y se fue ganando
pal-

mo a palmo, en parte porque


durante las noches los mexicas ha-

cían zanjas en las calzadas para


dificultar el paso de los españoles,
mismas que todos los días debían
rellenar los aliados indígenas con

troncos, tierra y los restos de las


casas destruidas. Al fin de cada
jornada, los españoles, tras destruir
tantas casas y edificios como fuera
posible, regresaban por las mismas
calzadas para pernoctar en las

orillas de lago por temor a ser


rodeados como lo habían sido en la

derrota de la Noche Triste. Cada día


se ganaba algo de terreno, pero los
aztecas seguían peleando con toda
su fuerza. Hombres y mujeres
dispuestos a morir había de sobra.
Cuando Tenochtitlán estuvo

casi destruida, Tlaltelolco apenas si


había sufrido daño. Por lo cual
Cuauhtémoc decidió trasladar su
cuartel a esa ciudad. Los capitanes
de Cortés recomendaron ir y tomar
el mercado tlaltelolca, lo

que dejaría al borde de la rendición


a los aztecas, y ahí se reunirían
finalmente los tres ejércitos
españoles - el de Cortés, el de
Alvarado y el de Sandoval -, que
por ahora habían combatido cada
uno por su

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Durante 2.indd 96

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA
lado, atacando distintos puntos de
Tenochtitlán. Cortés recelaba de

la táctica por sentirla peligrosa,


pues podrían ser sitiados ahí y de
nada serviría el vital apoyo de los
bergantines. Sin embargo, cedió a
la presión de sus capitanes y la
estrategia se aplicó.

Ahí los mexicas cosecharon una


victoria. Los españoles esta-

ban poco familiarizados con


Tlatelolco, y en sus estrechas calles
la caballería y artillería servían de
poco. Al entrar a la ciudad, los
mexicas destruyeron parte de las
calzadas, de modo que al retornar
los

españoles ante la ofensiva azteca,


no pudieron hacerlo en orden, y

se desató la desbandada. Algunos


simplemente intentaron regresar

a nado a la otra orilla del lago.


“Hubo gran cosecha de cautivos,
hubo gran cosecha de muertos”
dice el Códice Florentino. Veinte
castellanos muertos, cincuenta
capturados y cerca de dos mil
indígenas aliados
también asesinados. Una vez más,
Cortés fue capturado por los mexi-

cas como ya había ocurrido en


Xochimilco, y de nuevo no lo
quisieron matar ahí mismo sino
llevarlo vivo para sacrificarlo. Y
nuevamente

Cristóbal de Olea, que acompañaba


en todo momento a Cortés, logró

liberarlo cortando los brazos de sus


captores, pero en esta ocasión él
fue muerto. Los cautivos españoles
fueron sacrificados, mientras sus
compatriotas eran tristes testigos.
Cuenta Bernal:

Cómo llevaban por fuerza las


gradas arriba a rempujones y
bofetadas y palos a nuestros
compañeros que habían tomado en
la derro-

ta que dieron a Cortés, que los


llevaban a sacrificar; y de que ya
los tenían arriba en una placeta que
se hacía en el adoratorio donde
estaban sus malditos ídolos, vimos
que a muchos dellos les ponían
plumajes en la cabeza y con unos
aventadores les hacían bailar
delante de Huichilobos... y a los
cuerpos dábanles con los pies por
las gradas abajo, y están
aguardando otros indios carniceros
que les cortaban brazos y pies y las
caras desollaban y las adobaban
como cueros de guantes... y se
comían las carnes con chilmole.

Relata, por su parte, el Códice


Florentino: “Luego ensartaron en
picas las cabezas de los españoles;
también ensartaron las cabezas

de los caballos... Las cabezas


ensartadas están con la cara al
sol”.
Buscando escapar a tan terrible
destino, algunos españoles cauti-

vos hicieron un pacto con


Cuauhtémoc; enseñarían a los
aztecas a

97

Durante 2.indd 97

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

disparar ballestas, mucho más


poderosas y precisas que los arcos
convencionales. Así lo hicieron por
algunos días, hasta que, en una

nueva batalla, se les ordenó que


dispararan ellos mismos sus certe-

ras armas en contra de sus


coterráneos. Como dispararan al
aire de-

liberadamente, los aztecas


rompieron el pacto con sus
“profesores”

y, acto seguido, los destrozaron.

La derrota española de Tlatelolco


fue de tal magnitud, que los
aliados nativos de los españoles
pensaron que éstos no se repon-

drían de esa debacle, y muchos


desaparecieron dejando de prestar

los servicios que habían ofrecido


hasta entonces. El mito del ca-

rácter invicto de los castellanos fue


puesto en entredicho en esos

días. Situación harto difícil para


Cortés. Cuauhtémoc aprovechó esa

victoria para enviar mensajeros a


las ciudades circundantes con ca-
bezas, manos y pies de los
españoles, buscando que dieran
por ter-

minada la alianza con los hispanos.


Algunos pueblos así lo hicieron,
pero los de Cuernavaca rechazaron
la oferta de Cuauhtémoc, por lo

que fueron atacados por los


mexicas de Malinalco. Entonces
pidie-

ron la ayuda de Cortés, que no vio


más remedio que, con todo y los

heridos que había en sus filas,


enviar parte de su ejército en
defensa de Cuernavaca, ciudad
clave en la comunicación de la
región. Otro

tanto ocurrió con los otomíes de


Matalcingo, a quienes también en-

viaron ayuda. Los triunfos que ahí


tuvieron los españoles reivindi-

caron en parte su imagen frente a


sus aliados.

En cambio, Cuauhtémoc no lanzó


un ataque al campamento

de los españoles, que de haberlo


hecho, pudo haber terminado con
la guerra a su favor. Más bien dio
tiempo a que los españoles se re-

sarcieran y reanimaran la alianza


anti-mexica que trastabilló tras el
descalabro de Tlatelolco. Mientras
los españoles se reponían, fuerzas
de Tlaxcala decidieron por sí
mismos incursionar en Tlatelolco
como

lo hacían los españoles, y lograron


una victoria tomando muchos pri-

sioneros, lo que volvió a inclinar la


balanza; la exitosa escalada de los
tlaxcaltecas tuvo gran efecto
sicológico en contra de los aztecas.

98

Durante 2.indd 98

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

UN PRETENDIDO ARMISTICIO

La situación de Tenochtitlán era ya


desesperada. Había grande sed,

pues las fuentes de agua potable


eran gradualmente destruidas por
los españoles, y al escasear
también los alimentos, los
defensores de la ciudad tuvieron
que masticar “relleno de
construcción... algunas

yerbas ásperas y aún barro”, dice la


crónica indígena, y agrega que

“Donde llegaban los españoles,


todo quedaba desolado”. Algunos

principales llegaron con


Cuauhtémoc pidiendo la rendición,
ante

lo cual, dice un testigo mexica: “Los


de Tlatelolco rodearon a los
principales de aquéllos, y sus
mujeres todas los llenaron de opro-

bios y los humillaron diciéndoles


¿No más estáis allí parados? ¿No
os da vergüenza? No habrá mujer
que en tiempo alguno se pinte

la cara para vosotros”. Los


tlaxcaltecas vieron la oportunidad
de

vengar ancestrales agravios y


humillaciones sufridos a manos de

los aztecas, y mostraron gran saña


contra la población tenochca,
asesinando a hombres, mujeres,
niños y viejos sin miramiento

alguno. Su odio era tal que los


españoles simplemente no podían

detener la matanza. Escribió Cortés


que “esta crueldad nunca en

generación tan recia se vio, ni tan


fuera de todo orden en naturaleza,
como en los naturales de estas
partes”.

Ante todo ello, y aunque es


difundida la idea de que Cuauhté-

moc se mantuvo siempre firme


frente a los españoles en la heroica

defensa de la ciudad, mostró un


momento de flaqueza en que con-

sideró seriamente hacer las paces


con los conquistadores, según lo

solicitaban algunos de sus


principales. Cortés envió a tres
cautivos aztecas para que dijeran a
su emperador que había
disposición de

paz, en virtud de que no quería


derramar más sangre ni destruir la

gran ciudad, y que daría trato


privilegiado a Cuauhtémoc y los de-

más jefes, y “otras muchas


palabras bien dichas”, aclara
Bernal. Los enviados le dijeron a su
emperador y otros principales: “Os
manda

decir el ‘dios’ Capitán y Malinalli:


‘Oigan, por favor, ¿no tienen
compasión de los pobres, de los
niñitos, de los viejitos? Ya todo
acabó aquí. ¿Acaso todavía pueden
las vanas palabras?”. Al oír esta
propuesta, Cuauhtémoc consultó
con los principales de su imperio, y
les expuso la difícil situación militar
en que se hallaban, el sitio de la
ciudad por tropas renovadas, la
falta de agua y comida, y les pre-99

Durante 2.indd 99

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

guntó si no sería mejor hacer un


tratado de paz. Le respondieron al

joven príncipe, en tono grave:

Las paces que dices, buenas son.


Más mira y piensa en ello. Desde
que estos teules entraron en estas
tierras y esta ciudad, cuál nos ha
ido de mal en peor. Mira los
servicios y las dádivas que dio

vuestro tío, el gran Moctezuma, en


qué paró... Pues oro y rique-

zas de esta ciudad, todo se ha


consumido. Pues ya ves que a
todos tus súbditos y vasallos... les
han hecho esclavos y señaladas las
caras... Y no te fíes de Malinche
(Cortés) y de sus palabras. Que
más vale que todos muramos en
esta ciudad peleando, que vernos
en poder de quien nos hará
esclavos y nos atormentará por oro.

Cuauhtémoc respondió: “Pues así


queréis que sea, muramos todos

peleando, y desde aquí en adelante


ninguno sea osado a mandarme

paces, si no, yo le mataré”. Al


enviar Cortés después a alguno de

sus prisioneros aztecas de gran


renombre a hablar de paz a Cuauh-

témoc, éste lo sacrificó a


Huitzilopochtli, según había
amenazado.
Por su parte, dos hijos de
Moctezuma - Axayaca y
Xoxopehualoc -

quisieron hacer las paces con los


invasores para evitar una matanza

mayor. Existe la versión de que


Cuauhtémoc los mandó ejecutar lo

que a su vez provocó que los


partidarios de éstos cobraran
venganza

con algunos sacerdotes


“cuahuhtemistas”. Los mexicas se
dividían
en el momento menos indicado,
allanando todavía más el terreno

para el triunfo definitivo de Cortés.

Pero conforme se prolongaba el


sitio, Don Hernán encontraba

muchos aztecas deseosos ya de


rendirse, pues no veían ganancia
en

prolongar una guerra perdida. Y le


solicitaban incluso que mejor los
matara de una vez para terminar la
agonía. Dijéronle algunos:

Si sóis como algunos han pensado


hijo del Sol, ¿por qué siendo

vuestro padre tan veloz que en el


breve espacio de un día concluye
su carrera, vos tardáis tanto en
librarnos con la muerte de tantas
miserias? Deseamos morir para ir
al cielo donde nos aguarda

nuestro dios tutelar Huchilopochtli,


para darnos el descanso de

nuestras fatigas y el premio de


nuestros servicios.

100

Durante 2.indd 100


13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

Pero no estaba en ellos la rendición


sino en sus príncipes, que ha-

bían resuelto que muriera hasta el


último mexicano antes de ceder

la ciudad.

INSÓLITAS GUERRERAS

En la tradición azteca, las mujeres


estaban dedicadas al cultivo de la
tierra, la escuela y las labores de
hogar, y no era usual que tomaran
las armas. Pero en los momentos
más desesperados del sitio a
Tenochtitlán, Cuauhtémoc decidió
enviar al frente a mujeres vestidas

de hombre para mantener la idea


de que había suficientes guerreros

en pie. Sobre estas mujeres, dice la


crónica indígena:

También lucharon y batallaron las


mujeres de Tlaltelolco lanzan-

do sus dardos. Dieron golpes a los


invasores; llevaban puestas

insignias de guerra; las tenían


puestas. Sus faldellines llevaban
arremangados, los alzaron para
arriba de sus piernas para poder

perseguir a los enemigos.

Eso evoca al pueblo de mujeres en


el río que después se conoció

como “el Amazonas” durante la


expedición de Francisco de Orella-

na. El dominico Carvajal, que se


hallaba con él, describía a estas

guerreras como “muy altas y


blancas y tienen el cabello muy
largo
y entrenzado y revuelto a la cabeza;
son muy membrudas, andaban

desnudas en cueros y atapadas sus


vergüenzas, con sus arcos y fle-

chas en las manos, haciendo tanta


guerra como diez indios”. El mito

de estas mujeres guerreras de la


antigüedad fue confirmado por in-

dígenas de otras tribus, que decían


que se trataba de fieras féminas
que no tenían marido. Se dejaban
embarazar por hombres de tribus

vecinas para garantizar su


reproducción, pero regresaban con
sus

padres a los niños varones, y se


quedaban con las niñas. La palabra

griega amazonas significa


“amasetadas” en el sentido de que
no te-

nían pechos, para así tirar al arco


con más comodidad y precisión.

Existe sin embargo, la tesis de que


en realidad las guerreras del río
Amazonas eran varones, pero con
cabello muy largo, sedoso y
brillante, y más claros de piel que
otras tribus, con pechos abultados

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DURANTE LA CONQUISTA

pero flácidos, lo que les daba


apariencia femenina, llevando a
con-

fusión a los españoles.

El espíritu crítico y escéptico de


López de Gómara puso en
duda las afirmaciones de Orellana:

Que las mujeres anden allí (en el


Amazonas) con armas, y peleen, no
es mucho, pues en Paria, que no es
muy lejos, y en otras muchas partes
en Indias, lo acostumbraban; ni
creo que ninguna mujer se corte o
queme la teta derecha para tirar el
arco, pues con ella lo tiran muy
bien; ni creo que maten o destierren
sus propios hijos, ni que vivan sin
maridos, siendo lujoriosísimas.
Otros, sin Orellana, han levantado
semejante hablilla de amazonas
después que se descubrieron
las Indias, y nunca tal se ha visto,
ni se verá tampoco en este río.

Y de hecho, habla sobre mujeres


guerreras en Cartagena:

Pelea también la mujer como el


hombre. Una tomó presa el bachi-

ller Enciso que, siendo de veinte


años, había muerto ocho cristianos.
En Chimitao van las mujeres a la
guerra con huso y rueca;

comen los enemigos que matan y


aún hay muchas que compran

esclavos para comérselos.


Podían ponerse pues al tú por tú
con los hombres en fiereza y com-

batividad. Y Oviedo relata que en


Castilla de Oro las mujeres “van

a las batallas con sus maridos”,


dignas precursoras de las
“adelitas”.

LA FUGA DE CUAUHTÉMOC

Tras la breve victoria de Tlatelolco,


los españoles fueron ganando

terreno en esa ciudad, igualmente


palmo a palmo, aun cuando no
había ya ninguna probabilidad del
triunfo azteca. Cuauhtémoc hizo

varias proposiciones de conversar


la paz con Cortés, pero eran tác-

ticas dilatorias para recuperarse o


atacar por sorpresa. No había

ninguna disposición a negociar la


rendición. Al entrar finalmente

a Tlatelolco, último bastión de


resistencia, Cortés vio un lastimero
panorama que describiría después:

102
Durante 2.indd 102

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

No bastaba juicio a pensar cómo lo


podían sufrir, y no hacían sino
salirse infinito número de hombres,
mujeres y niños hacia nosotros. Y
por darse prisa al salir, unos a otros
se echaban al agua y se ahogaban
entre aquella multitud de muertos,
que según pareció, del agua salada
que bebían y del hambre y mal olor,
había dado tanta mortandad en
ellos... y así por aquéllas calles en
que estaban, hallábamos montones
de muertos, que no había persona
que en otra cosa no pudiera poner
los pies.

Mayoritariamente los mexicas se


rendían ya sin pelear. Cuenta Ber-

nal Díaz que, una vez caída la


ciudad:

Todas las casas y barbacoas de la


laguna estaban llenas de cuer-

pos y cabezas de hombres


muertos... en las calles y en los
mismos patios de Tlatelolco no
había otra cosa... y hedía tanto que
no

había hombre que lo pudiese


sufrir... y aun Cortés estuvo malo

del hedor que se le entró en las


narices... y dolor de cabeza.

Y un cronista indio refiere que los


españoles “Todos se taparon la

nariz con un pañuelo blanco, les


hedían los muertos que apestaban

ya, que ya están hediendo”. Los


suelos estaban raídos por la bús-

queda de raíces y cortezas para


comer, pues el sitio había sido
eficaz para evitar que llegaran
alimentos de fuera. Unas coplas
indígenas

dan idea de su propia visión de tan


desolador espectáculo:

Con esta lamentosa y triste suerte


nos vimos angustiados

En los caminos yacen dardos rotos

Los cabellos están esparcidos

Destechadas están las casas

Enrojecidos tienen sus muros


Gusanos pululan por calles y
plazas

Y en las paredes están los sesos.

Los tlaxcaltecas, pese al intento de


los españoles de evitar más

muertes innecesarias, se
entregaron al asesinato de sus
enemigos,

de lo cual decía Cortés: “No había


entre nosotros ninguno cuyo

corazón no sangrase al oír tanta


matanza”. Y Bernal agrega: “Tan
103

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

grande era la crueldad de nuestros


aliados, que por ningún motivo

querían respetar una vida, pese a


nuestra reprobación y ejemplo”.

Los nobles mexicanos habían


dispuesto de canoas cercanas a

su cuartel para, en dado caso,


emprender la fuga, cosa que
hicieron.

Pero muchos fueron interceptados


por la eficaz acción de los ber-

gantines. Cuahutémoc se reunió


con los principales y les dijo que

personalmente no se rendiría ante


Cortés, por lo que se iría de la

ciudad para organizar la resistencia


desde fuera del lago. Escribe

Bernal Díaz que:

Cuando se vio cercado el


Guatémuz, tuvo temor no le
prendiesen

o matasen, y tenía aparejadas


cincuenta piraguas con buenos re-

meros para que viéndose en


aprietos, salvarse e irse a meter en

unos carrizales, y desde allí a


tierra, y esconderse en unos
pueblos de sus amigos.

Cuauhtémoc intentó salir en


secreto, pero no pudo, pues unas
mu-

jeres lo reconocieron - como


cuando los españoles huyeron a
hurta-

dillas durante la Noche Triste-. Una


de ellas exclamó, en llanto: “Ya va
el príncipe más joven,
Cuauhtemoctzin, y va a entregarse
a los

dioses”. Tenían los capitanes de


Cortés la orden de buscar por do-

quier al emperador azteca y, de ser


posible, evitar su muerte, pues

había instruido que “Lo


necesitamos vivo”. Uno de los
bergantines
españoles logró darle alcance,
apuntando con sus ballestas y arti-

llería, a lo que el emperador


“viendo que era mucha la fuerza de

los enemigos, que le amenazaban


con sus ballestas y escopetas, se

rindió”. Les dijo: “No me tire, que


soy el rey de esta ciudad, y me

llaman Cuauhtémoc. Lo que te


ruego es que no llegues a cosas
mías

de cuantas traigo, ni a mi mujer, ni


parientes, sino llévame luego a
Malinche (es decir, a Cortés)”.

Al ser presentado ante Cortés, éste


le abrazó con alegría. Pero

el joven soberano, con la certeza de


que a partir de entonces la vida le
significaría sólo desgracias y
humillaciones, tomó la daga que
llevaba el conquistador al cinto y
ofreciéndosela al español le dijo:
“Ya he hecho lo que soy obligado
en defensa de mi ciudad, y no
puedo

más, y pues vengo por fuerza y


preso ante tu persona y poder”.
Cor-

tés le habló con amabilidad y


respeto, diciendo que tenía en
consi-

104

Durante 2.indd 104

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

deración su resistencia y le
prometió privilegios y prebendas,
ade-
más del honor de volver a gobernar
a sus mexicanos. Era evidente

que, como antes Moctezuma,


Cuauhtémoc le era más útil vivo
que

muerto al conquistador. Al menos


de momento.

Caía con ello Tenochtitlán, tras


noventa y cinco días de asedio

constante. Era agosto de 1521. “No


quedó piedra en ella por quemar

y destruir” escribió Pedro de


Maluenda, que ahí estaba. Y
agrega-

ba: “Cierto hay tanta diferencia de


estar en esta villa a estar la tierra
adentro, como de estar en el
infierno o paraíso”. Dice Sahagún,

con razón, que tras la victoria tuvo


lugar la desaparición lenta pero
sistemática de las civilizaciones
prehispánicas: “Fueron (los indios)
tan atropellados y destruidos, ellos
y todas sus cosas, que ninguna
apariencia les quedo de lo que eran
antes”. Cuauhtémoc pidió a

Cortés que dejara salir a los


sobrevivientes de la ciudad para
que no fuesen infectados por los
múltiples cadáveres en
descomposición, y

Cortés accedió, de modo que


durante tres días con sus noches
“iban

todas tres calzadas llenas de


hombres y mujeres, y criaturas que

no dejaban de salir, y tan flacos y


amarillos y sucios, y hediondos,
que era lástima de los ver”. Pero
antes de salir tenían que pasar la
última aduana: los españoles los
registraban y “buscan oro, en nada

tienen los jades, las plumas de


quetzal y las turquesas. En todas

partes andaban buscando; en el


seno, en el faldellín las mujercitas,
y a nosotros los hombres, en todas
partes andan, en el braguero,

en la boca”. Y algunas mujeres,


para no ser ellas mismas el botín,

“se untaron de lodo la cara y se


pusieron ropa andrajosa...Todo era

harapos lo que vistieron”. No


pudieron los españoles recabar
gran

riqueza en esa rigurosa aduana.

UN FALLIDO CORTÉS
ANGLOSAJÓN

Los ingleses y franceses tardaron


más tiempo que los españoles y

brasileños en intentar la conquista y


colonización de las nuevas tierras
de Norteamérica. Pero muy pronto
exploraron la posibilidad

de participar de ese botín, cuando


en 1497 Enrique VII envió a un
italiano establecido en Inglaterra
(rebautizado John Cabot) hacia el
oeste pero por el norte, llegando a
las costas de Labrador – la que

105

Durante 2.indd 105

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

bautizó como Primavista- antes que


nadie lo hiciera (aunque después
de los vikingos). Por lo que se le
reconoce como el descubridor de
Norteamérica. Pero además de que
Cabot no trajo consigo nada

interesante – desde luego que oro,


no-, la conquista y pacificación

de Irlanda no le permitían al
monarca inglés dedicar más
tiempo,

atención y recursos a la incierta


empresa americana. Por su parte,

Francisco I de Francia envió en


1523 al italiano – otro más -
Giovan-ni Verazzano, a explorar los
nuevos territorios, llegando también
a
los del norte. En su tercer viaje a
esas tierras nadie supo más de él,
lo que desanimó al monarca
francés de continuar con tales
exploraciones del Nuevo Mundo (se
supo más tarde que Verazzano se

quedó a vivir en América por trece


años antes de morir). Más tarde,

en 1534, fue enviado a


Norteamérica Jaques Cartier
también por la

corona francesa. Muchos sostienen


que el nombre de Canadá deri-

vó de un vocablo iraqués; “Kannata”


(conjunto de cabañas), y otros

más, que deriva del explorador


francés del Río San Lorenzo; Mon-

sieur Cane. Si bien existe una


leyenda castellana que dice que ha-

biendo llegado los españoles antes


que los franceses a las tierras del
norte, se decían entre sí al no
encontrar oro ni plata; “Acá, nada”.

De lo cual los indígenas después


repetían a los extranjeros que lle-

gaban; “ca-nada”, y de ahí tomaron


el nombre de esa región.
Tuvieron pues tiempo los británicos
y franceses para aprender

de las gestas de Cortés y Pizarro, e


intentar aplicarlas con igual éxito.

Uno de estos aventureros en


particular podría ser considerado
como

el “Cortés anglosajón”. Se trata de


Christopher Newport, quien par-

tió de Londres en 1606 hacia al


continente americano – los pilgrims
del Mayflower, que instituyeron el
Día de Gracias, llegaron en 1620
-. No iba Newport patrocinado por la
corona británica sino por una

empresa privada; la Compañía de


Virginia (en honor a la reina virgen,
Isabel I), que sin embargo, solicitó
licencia a la corona para colonizar.

Esperaba conquistar grandes


imperios, riquezas y poblaciones a
las

cuales someter a vasallaje, como


habían hecho los hispanos. Y ele-

mentos para hacerlo los había


según diversos publicistas
británicos
de las Indias. Su percepción de los
nativos asemejaba a la que tuvieron
los primeros exploradores que
llegaron con Colón.

Uno de esos publicistas ingleses,


Richard Hakluyt, escribía:

“Ante la oposición de los indios


podemos conquistar, fortificar y

106

Durante 2.indd 106

13/01/16 11:59
LA GRAN BATALLA

plantar en las tierras más dulces,


más agradables, más fuertes y

más fértiles, y al final conducirlos a


todos a la sumisión y a la civilidad”.
Newport había hecho ya varios
viajes al Caribe en calidad de

comerciante-corsario, por lo que


conocía los parajes y las condicio-

nes de al menos esa parte del


nuevo mundo. De vuelta en
Londres,

logró organizar una expedición con


recursos propios y los de la di-

cha Compañía para conquistar y


colonizar en tierra firme, como lo
habían hecho los españoles. El
primer desembarco de Newport en

Norteamérica fue en Cheaspeake


(1605), donde lo enfrentaron los

nativos, que ya habían tenido


peleas con españoles tiempo atrás.

No estaban pues del todo


desprevenidos. Más abajo, se fundó
una

colonia llamada Jamestown (en


honor al rey James I, o Jacobo I

Estuardo), y que sería su centro de


operaciones (como había hecho

Cortés en Veracruz). Las cosas


parecían ir bien pues “Los salvajes

nos visitaban a menudo con su


amabilidad”. Buscando aparecer

como deidades (como los teules en


México), la Compañía instruyó
esconder afanosamente los
cadáveres de ingleses para que los
nativos no supieran que eran
simples mortales (algo que en
realidad ya
habían descubierto años atrás con
los españoles). El territorio en

que se hallaban estaba controlado


por un poderoso jefe, Powhatan,

de la tribu de los algonquinos, que


sería el equivalente a Moctezu-

ma o Atahualpa. Pero si bien su


“reino” se extendía desde lo que
hoy es Washignton D.C hasta
Carolina del Norte, era mucho
menos os-tentoso que los de
México o Perú, y la población
mucho más escasa
(quince mil almas), lo que
aparentemente podría ser una
ventaja.

Powhatan dominaba sobre varias


tribus alrededor, que en principio

podrían aliarse a los ingleses para


liberarse de su yugo e incluso

vengarse (como los tlaxcaltecas).


Decía al respecto sir Thomas Gates
sobre las alianzas con otros
nativos: “Piensen en todas las
conquistas llevadas a cabo en
aquellas partes del mundo y en
todo lo que los españoles han
logrado en América”. Pero tan
fuerte era el dominio

que tenían sobre ellos los


algonquinos, que simplemente no
qui-

sieron cooperar con los británicos


por temor a las represalias. Los

ingleses hubieron de enfrentar por


sí mismos a Powhatan.

Quisieron también imponer a los


pueblos indios de la región un

tributo en especie, como maíz y


pieles, pero los nativos
simplemente los ignoraron. No
había la fuerza suficiente para
hacerlos sentir obli-107

Durante 2.indd 107

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

gados. Antes al contrario, el jefe


Powhatan calculó el beneficio que
podría obtener de los artículos
ingleses - en particular el cobre -
para fortalecer su posición en la
región. Justo lo opuesto que con los
aztecas. Newport regresó un tiempo
a Londres para aprovisionarse de
mercancías y hombres para su
nuevo asentamiento (en lugar de
que

le llegaran de Cuba o la Española,


como a Cortés). En estos días, uno
de sus capitanes y miembro del
consejo local de la Compañía, John
Smith, fue hecho prisionero por los
indios cuando intentaba hacer

negociaciones. Estuvo preso por


varias semanas en las que
aprendió

algo de las costumbres de sus


captores. Cuenta él mismo que
cuan-

do iba a ser ejecutado sobre una


roca, saltó para cubrirlo la hija de
Powhatan, Pocahontas, que
contaba con apenas doce años.
Algo sirvió el cautiverio de Smith
para mejor aconsejar a su jefe
Newport

cuando este regresó de Inglaterra


de continuar su “conquista”.

A diferencia de Moctezuma,
Powhatan no creyó que los ingle-

ses fuesen divinidades, ni se


amilanó en ningún momento. Eso,
pese

a que también ahí había profecías


que presagiaban “que desde la
bahía de Chesapeake se levantaría
una nación que disolvería y
acabaría su

imperio”. Newport quiso que el jefe


indio se reconociera como vasallo
de la corona inglesa, como había
hecho Cortés, y lo sugirió al
entregarle elegantes regalos, pero
recibió por toda respuesta: “Si tu
rey me ha enviado presentes, yo
también soy rey y éste es mi país...
tu rey debe venir a mí, no yo a él”.
El jefe indio salió más bravo de lo
esperado. Estaba claro que tenía
una madera distinta a la de
Moctezuma y Atahualpa, pero
tampoco su “imperio” era
comparable. Los consejeros de la
Compañía

informaban en 1607: “De oro y plata


no tienen nada... los bienes de

este país no son de mucha monta


al no tener los habitantes ni
comercio con ninguna nación, ni
sentido de la ganancia”. No hubo
pues sometimiento, sino varios
años de convivencia que rompía en
pleitos y reyertas intermitentes, con
bajas para ambos lados hasta que,
muy poco a

poco, se fueron imponiendo los


ingleses, pero con elevados costos
de todo tipo. Un ataque de los
indios a Jamestown en 1622, con
múltiples víctimas, suscitado a su
vez por el asesinato de un indio
prestigiado y tomado por hechicero,
hizo que la convivencia hasta
entonces llevade-ra se rompiera de
manera decisiva: “El giro violento y
traicionero dado por los indios - se
dice en una nota oficial – ha dejado
libres nuestras manos, hasta ahora
atadas por nuestros deberes de
bondad y justicia”.

108

Durante 2.indd 108

13/01/16 11:59

LA GRAN BATALLA

Así pues, ni Newport era Cortés, ni


Powhatan Moctezuma, ni

Virginia Tenochtitlán, ni había las


riquezas esperadas. Pero a falta de
oro, lo que la Compañía de Virginia
descubrió como alternativa de
rentabilidad económica fue el
tabaco, planta que sir Walter

Raleigh llevaría clandestinamente a


Inglaterra, rompiendo con ello

el monopolio que se había


adjudicado la corona española. Si
bien

ese tabaco tuvo originalmente una


menor calidad que el cultivado

por los españoles, además de


enfrentar la reprobación moral de la

buena sociedad inglesa, e incluso


el rey Jacobo I escribió un opús-
culo en su contra: Counter Blast to
Tobacco. Después, otras colonias
inglesas vieron su propia riqueza
en los bosques. Con el tiempo, fue
quedando claro que en esa parte de
América la riqueza radicaba en

las tierras, como lo reconoció


Roger Williams: “El ídolo de la
tierra será una deidad tan adorada
entre nosotros los ingleses como lo
fue

el ídolo del oro entre los


españoles”. Abunda al respecto el
historiador John Elliot:
Si (los ingleses) realmente se
hubieran llegado a encontrar
grandes cantidades de plata en
Virginia, es casi indudable que el
desarrollo de una economía basada
en la minería habría creado una

élite disipadora que habría


cumplido con creces los sueños de
los caballeros colonizadores de
Jamestown. Sin embargo, la
ausencia de plata y mano de obra
indígena en estas primeras colonias

británicas forzó a los asentadores


adoptar una lógica basada en
el desarrollo, en oposición a la
mera explotación; eso, a su vez,
incrementó la importancia de esas
cualidades de autosuficiencia,
trabajo duro y espíritu empresarial.

Por su parte, los jesuitas franceses


que fueron a Canadá a evange-

lizar a los naturales de ahí


señalaban, para explicar las
dificultades que enfrentaron en
comparación con la experiencia de
México y

Perú, que en estos últimos países:


“la gente no era salvaje sino ci-
vilizada, no era corredora (nómada)
sino detenida (sedentaria), no

abandonada, sino vigilada por


pastores”. Mientras que la sumisión

de aztecas e incas se llevó pocos


años, en Canadá y otras partes de

Norteamérica pasó siglo y medio


antes de que la balanza se incli-

nara en favor de los europeos.


Sucedió contrariamente a lo que en

109

Durante 2.indd 109


13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

principio pensaban los españoles,


de que “pueblos bárbaros serán

aniquilados en menos tiempo”. Las


grandes diferencias que hubo

entre la colonización hispano-


portuguesa y la de ingleses y
france-

ses en el norte, repercuten en las


diferencias de desarrollo político y
social entre Estados Unidos y
Canadá, frente al de Iberoamérica.
ENSEÑAZA MILITAR A LOS
INDÍGENAS

El capitán John Smith explicaba


más tarde el éxito cortesiano frente
al fracaso de Newport en parte por
las características de los
pobladores que cada uno encontró:
“Los miles de mexicas eran un
pueblo civilizado con casas y
riquezas, mientras que los
indígenas de Virginia eran meros
bárbaros, tan brutos como
animales”. Sin duda, tanto para
ingleses como para españoles y
portugueses, a menor civilidad de
los pueblos oriundos más difícil
sería su derrota y sometimiento. En
esos casos, ante la falta de una
victoria rápida de los europeos,
tales tribus inciviles no sólo
perdieron el miedo a las bestias y
armas de sus enemigos, sino que
las aprendieron a utilizar, lo que
evidentemente dificultaba su
derrota. Nunca faltaba algún
comerciante blanco dispuesto a
vender armas y caballos (aunque
también les vendían alcohol que los
embrutecía, pues como decía Las

Casas, el vino era “la más preciosa


moneda que los indios amaban”).
Pero también los españoles fueron
dando armas europeas a sus
aliados indí-

genas, quienes les ayudaban a


pacificar distintas regiones del
continente.

Decían por ejemplo los hurones de


Norteamérica: “Los holandeses de

esas costas nos hacen morir,


abasteciendo de armas de fuego en
abun-

dancia y a buen precio a los


iroqueses, nuestros enemigos”.
Desde luego, se trataba de
enseñarles cómo usarlas, pues su
sola posesión nada garantizaba.
Como narra Herrera, “Algún
guerrero tenochca armado con

espada y rodela de las quitadas a


los blancos, pedía combatir contra
los castellanos, aunque fuera contra
muchos... pero eran fácilmente
vencidos porque ignoraban la
manera de dar y parar las
estocadas”. Y Fray Pedro de
Barrientos enseñó a los indígenas
de Chapa de Corzo a montar
caballo, cosa que aprendieron “con
tanta destreza y gallardía como en
la ciudad más lúcida de España”.
Finalmente, las tribus indómitas
difí-

cilmente daban batallas frontales,


sino que se especializaban en
guerra de guerrillas, que minaban
permanentemente la fuerza de los
europeos.

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Durante 2.indd 110

13/01/16 11:59

XI- TRAS LA VICTORIA

GUERRA DE BARDAS
Cortés había prodigado un trato
digno a Cuauhtémoc, y le dejaba en

libertad de ir y venir por doquier.


Pero la cizaña empezó a crecer
entre las filas españolas, pues se
rumoraba que tal deferencia era un
claro signo de la complicidad entre
el Capitán general y el emperador
caído en torno a los ricos tesoros
aztecas. Se pensaba que Cortés
deseaba

guardarlos para sí, haciéndolos


perdidizos. Por lo cual empezaron a

aparecer en los muros de la ciudad


pasquines que reflejaban la
suspicacia y el enojo de los
españoles. En uno de tales muros
se leía: “Más conquistados de
Cortés, que conquistadores de
Nueva España”. Otro

rezaba, con ironía: “No le basta con


el quinto de general y quiere el
quinto del rey”. Otro más, se
quejaba: “Qué triste está la ánima
mía, hasta que todo el oro que tiene
tomado Cortés y escondido, lo vea”.

Cortés respondió a su vez con otra


pinta en la que se leía: “Pared
blanca, papel de necios”, pero al
siguiente día dicha frase fue
completada por los adversarios del
Capitán: “y de sabios y verdades, y
su Majestad lo sabrá de presto”. Y
era tal la “campaña sucia” que
prevalecía que, según Bernal “de
cada día iban más desvergonzados
los metros,

y de tal manera andaban las cosas


que Fray Bartolomé de Olmedo

le dijo a Cortés que no permitiese


que aquello pasase adelante, sino
que con cordura vedase que no
escribiesen en la pared”. Lo hizo
así
el Capitán, imponiendo fuertes
puniciones a quien incurriese en
esa

propaganda montada en su contra.

111

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

TORMENTO Y TESORO

Ante la creciente presión de sus


hombres y oficiales, y sobre todo
del tesorero del rey, Julián Alderete,
Cortés accedió a someter a

Cuauhtémoc a tortura para que


revelare el paradero de los presun-

tos tesoros aztecas. Dijo Cortés que


no le parecía hacerlo, pero no

podía oponerse a la demanda del


tesorero real, aunque ello impli-

caba incumplir lo ofrecido por el


español a Cuauhtémoc cuando

éste se entregó. Ocurre entonces la


conocida estampa del primo de
Cuauhtémoc, el señor de Tacuba,
quejándose del dolor, ante lo cual

el último emperador azteca le


responde, “¿Acaso estoy yo en un
de-

leite o baño?” (lo del “lecho de


rosas” apareció en la historiografía
del siglo XIX, pero resulta que en
aquél entonces no había rosas en

América). Pese a este acto heroico,


Cuauhtémoc según algunos, dijo

haber tirado todo el tesoro perdido


por los españoles al lago cuatro
días antes de la caída de la capital.
Cosa que probablemente ocurrió,
pues nunca nadie halló después
tales riquezas, pese a buscarlas
algunos buceadores hispanos. Ya
sólo se encontró un sol de oro y

algunas joyas de escaso valor en la


alberca de la mansión de Mocte-

zuma. También el señor de Tacuba


confesó tener algunas piezas de

oro y pedrería en su casa, pero al


conducirle a ella reconoció que lo
había dicho para evadir la tortura, y
que mejor le matasen ahí mismo.
Cuauhtémoc quedó tullido en lo que
le quedó de vida.

Sobre ello escribió Bernal:


“Ciertamente mucho le pesó a Cor-

tés y aún a algunos de nosotros que


a un señor como Cuauhtémoc

le atormentasen por codicia del


oro”. Alamán, quien valida dicha

versión, concluye que “el haberlo


tenido que hacerlo así es una man-

cha en su fama (de Cortés)”.


Cuando después enfrentó
acusaciones
en España de haber torturado al rey
azteca, alegó la misma excusa,

misma que le fue creída siendo así


exonerado de esa culpa. Pero el

descontento no amainó, pues no


había suficiente para saldar suel-

dos y deudas, por lo cual el Capitán


ordenó que se agregara al oro

disponible tres quilates de cobre


(sin que se supiera, desde luego),
lo que sólo provocó inflación. Y por
eso a ese oro se le empezó a

llamar tepuzque, que en nahua


significa precisamente cobre, para
enfatizar su devaluación. Y por lo
cual, en adelante, a los nuevos

ricos que querían ufanarse de su


fortuna recién adquirida, se les

112

Durante 2.indd 112

13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

agregaba ese término por apellido;


es Fulano de Tepuzque. A algunos
soldados se les pagó con cacao, lo
que seguramente no fue de

su agrado (pues era extraño contar


con una moneda que se podía

beber). Pero continuaron las


sospechas y rumores de que todo
se

reducía a una estratagema de


Cortés para no declarar los tesoros,

y así no compartirlos. En Texcoco


había bastante oro que el aliado

de Cortés, Ixtlilxochitl, debió pagar


como rescate de su hermano,
quien había apoyado a los aztecas
y estaba preso. El Capitán le pidió
aún más. El cacique texcocano
reunió todo lo que pudo entre sus

familiares, y García del Pilar dijo


más tarde haber visto en Oaxaca a
hombres de Texcoco vendiendo
carne humana, y le explicaron que

era para comprar el oro que exigía


Cortés como rescate.

BAUTIZO DE CUAUHTÉMOC

Durante el sitio de la capital


mexica, los aztecas se mofaban de
sus enemigos, los tlaxcaltecas,
diciéndoles que no se esmeraran
tanto

en destruir Tenochtitlán, pues si


eran vencidos, los aztecas mismos

los obligarían a reconstruirla, y si


ganaban... los españoles los pon-
drían igualmente a trabajar para
reedificar la ciudad mexicana. Cor-

tés, después de titubear, decidió


construir la nueva capital española
en el mismo sitio en que se hallaba
la de los aztecas, para así
aprovechar el simbolismo de
poderío que ello conllevaba. Miles
de esclavos indígenas fueron los
encargados de realizar esa titánica
faena. El

primer gobernador formal de la


nueva capital española, construida

sobre las ruinas de la vencida


Tenochtitlán fue... Cuauhtémoc,
quien irónicamente fue el último
gobernante de la capital mexica y el
primero de la española. En efecto,
aunque Cuauhtémoc permanecía
en

realidad como cautivo de Cortés,


éste le nombró en este cargo para
mostrar ante el pueblo vencido
voluntad de reconciliación y bonho-

mía por parte de los nuevos


señores. También restituyó, como
parte

de esa política, a varios antiguos


caciques locales, siempre bajo el
ju-ramento de lealtad al nuevo
monarca europeo y tras haber sido
de-

bidamente bautizados en la fe
católica. Como otros señores
indios,

Cuauhtémoc aceptó recibir, con


simulada devoción, el sacramento

cristiano, ceremonia en la que


fungieron como padrinos el propio

113

Durante 2.indd 113

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

Hernán Cortés y su lugarteniente, el


impetuoso Pedro de Alvarado.

El nombre cristiano que recibió


Cuauhtémoc fue Hernán de Alvara-
do, es decir, su nombre de pila se
tomó de uno de sus padrinos y el

apellido del otro, según se estilaba.


Todo lo cual probablemente fue
visto por Cuauhtémoc y su pueblo
como una enorme humillación.

EL ÚLTIMO EXHORTO

No mucho después de culminado el


triunfo de Cortés, comenzaron

las envidias y las intrigas en su


contra, tanto en la corte europea

como en la recién instaurada de


Nueva España. Cuauhtémoc, que
permanecía en un mutismo casi
total, percibió las disensiones y

conjuras entre los españoles y las


quiso aprovechar para recuperar

el terreno perdido. Se dirigió a las


tribus nativas arengándolas a
levantarse, desconoció los poderes
de Cortés y declaró que México

era de sus habitantes (los aztecas,


desde luego). “Yo, el gran señor
Cuauhtémoc, no he dejado nunca
de velar por las aguas de las
lagunas”. Dio la orden de resistir
una vez más a los invasores, pero
ya

nadie le hizo caso. Sus descalabros


habían sido tantos, y su figura

tan humillada, que había perdido la


autoridad entre su gente. Los

mexicas se limitaron a ignorar a su


antiguo rey con melancolía y

resignación. Cuauhtémoc, el
emperador destronado, regresó en-

tonces a su sepulcral silencio. Más


adelante, fue llevado por Cortés a
una expedición punitiva en
Centromamérica contra Cristóbal de
Olid. Éste había sido enviado por
Cortés a conquistar esa región, y
poco después traicionó a su
Capitán (como don Hernán había
hecho

con Diego Velázquez, años atrás).

Durante el viaje, Cortés se enteró


por un indio llamado

Mexicalcingo, de los planes de


Cuauhtémoc; una nueva conspira-

ción contra los hispanos, pues “se


habían puesto en pláticas, o lo

ordenaban, de matarnos a todos y


volverse de México, y llegados

a la ciudad para juntar sus grandes


poderes y dar guerra a los que

en México quedaban y tornarse


levantar” cuenta Bernal. De nue-

vo, la división de los nativos en


favor de los conquistadores. Tras

investigar los hechos y habiendo


confesado la conjura algunos de

los implicados, Cortés mandó


ahorcar a Cuauhtémoc y otros. An-

114
Durante 2.indd 114

13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

tes de cumplirse la condena, el


destronado emperador azteca dijo

al conquistador:

Malinche, días hacía que yo tenía


entendido que esta muerte me

habías de dar, y había conocido tus


falsas palabras, porque me

matas sin justicia. Dios te lo


demande, pues yo no me la di
cuan-do te me entregaba en
México.

Iniciaba el año de 1525. Sobre este


hecho escribió Bernal: “Y verda-

deramente yo tuve gran lástima de


Cuauhtémoc y de su primo, por

haberles conocido tan grandes


señores... y fue esta muerte que les

dieron muy injustamente, y pareció


mal a todos los que íbamos”. Se-

ñal de que al menos Bernal no se


creyó la versión de la conspiración,
pues en caso contrario hubiera
considerado justa esta ejecución.

Las fuentes indígenas hablan de


calumnias contra Cuauhtémoc.

Una vez consumada la sentencia, el


cadáver del adalid mexica fue

incinerado, y sus cenizas


esparcidas por los aires. Esto no
fue sino reflejo de la actitud
mantenida por diversos caciques
tras la derrota de Tenochtitlán, que
oscilaban entre la colaboración y la
rebelión al constatar las divisiones
y rivalidades prevalecientes entre
los nuevos amos. Temor que
persistió durante años entre los
españoles, ro-

deados aún por una mayoría


indígena. Pero, como dijera
Motolinía,

tales conflictos inter-hispanos


hubieran hecho perder las tierras

conquistadas “si Dios no tuviera a


los indios como ciegos”.

La derrota, tormento y ejecución del


último emperador azte-

ca dejaron de alguna forma una


huella imborrable en la conciencia

histórica mexicana, que se ha


obligado a lamentarse pero también

a ensalzar sus derrotas y la de sus


héroes cuando están rodeadas de

cierto heroísmo (Hidalgo, Morelos,


Madero, Zapata). Luis González

de Alba reflexiona sobre el


simbolismo histórico de
Cuauhtémoc:

La psicología social mexicana tiene


un magnífico tema de inves-
tigación en nuestra identificación
con los vencidos y no con los
vencedores, siendo hijos de
ambos... La historia oficial de
México es una larga serie de
derrotas gloriosas y un pesado
directorio de héroes derrotados.
Comenzando por Cuauhtémoc y su
profético

nombre, Águila que cae, hasta


Zapata, veneramos la caída, el

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DURANTE LA CONQUISTA

fracaso y lo consagramos como


símbolo de pureza. Cuauhtémoc,

último emperador de un imperio


detestado por todos sus vecinos

y vasallos es nuestro más puro


héroe, no por sus hazañas ni por

sus construcciones, ni sus


conquistas pues no tuvo tiempo
para

ellas, sino porque es el gran


derrotado.
El viaje de Cortés por
Centroamérica continuó por varios
meses

antes de regresar a la ciudad de


México, con tales dificultades y
penurias que Gómara comenta:
“Podrá ser que a muchos no agrade

la lectura de este viaje de Cortés,


porque no tiene novedades que

deleiten, sino trabajos que


espanten”. Bien dice Bernal que
después

de la victoria sobre Tenochtitlán “no


tenía ventura en cosa que pu-
siese la mano”, y por ello su
esposa doña Juana le decía que
“se

contentase con los heroicos hechos


y fama que en todas partes hay

de su persona”. Para su sorpresa,


al retornar a México los indios lo
recibieron con gran alegría y
festejo. Eso, en parte por los
abusos de los españoles que
quedaron en custodia. Dice Bernal
que “todos los

principales le salieron a recibir con


danzas y bailes y regocijos y mucho
bastimento... y los frailes
franciscanos... hicieron procesiones
dando muchos loores a Dios”. Y
Gómara relata:

Como si él fuera Moctezuma,


salieron a verlo. No cabían por las

calles. Hicieron alegrías


grandísimas y muchas danzas y
bailes;

tenían atabales, bocinas de caracol,


trompetas y muchas flau-

tas, y no cesaron aquel día ni la


noche de andar por el pueblo y
hacer hogueras y luminarias.
Cortés no cabía de placer viendo

el contento de los indios, el triunfo


que le hacían, y el sosiego y paz de
la ciudad.

Es decir, exactamente el escenario


opuesto al que había proyectado

Cuauhtémoc, que buscaba la


rebelión de los pueblos indígenas
con-

tra el insigne conquistador, y no su


exaltación como si se tratara de un
antiguo Tlatoani azteca.

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TRAS LA VICTORIA

LA PROFECÍA DE XICOTÉNCATL

Como se dijo antes, Xicoténcatl el


mozo nunca vio bien la alianza

con los españoles pues, como


Cuitláhuac y Cuahutémoc, pensaba

que el yugo que después


sobrevendría no sería sólo para los
mexicas
sino, con el tiempo, para todos los
pueblos de la región. Los tlax-

caltecas continuaron como aliados


de los españoles cuando éstos

emprendieron la conquista de los


pueblos al norte y sur de Teno-

chtitlán, y la pacificación de las


rebeliones que se iban dando. Pero
pronto vieron que su lealtad no les
fue debidamente recompensada,
sino que eran también objeto de
abusos y explotación por parte

de los hispanos. En efecto, a


mediados del siglo XVI, el
magistrado

Alonso de Zurita escribía en su


informe real que “Todos (los natu-

rales de Nueva España) sin


ninguna diferencia son tributarios, y
los hacen trabajar en las obras
públicas y son pocos los que se
escapan

de ellas”. Incluso “Han hecho


tributarios a los señores y
principales, siendo como eran en
tiempo de su infidelidad libres”. Y
es que los

españoles gradualmente fueron


abusando de los indígenas sin dis-

tinción, dada su condición de


conquistadores. Sobre la tendencia
al

abuso de los españoles, decía fray


Gerónimo de Mendieta:

Como los españoles se veían


señores de una tan extensa tierra,
po-blada de gente innumerable, y
todo ella sujeta y obediente a lo que
les quisiera mandar, vivían a rienda
suelta, cada uno como quería y se
le antojaba, ejercitándose en todo
género de vicios. Y trataban a los
indios con tanta aspereza y
crueldad, que no bastaría papel ni
tiempo para contar las vejaciones
que en particular les hacían.

En 1562, los principales de


Tlaxcala escribieron una carta a
Felipe

II quejándose del trato que se les


daba, y pidiendo que se corrigiera
dicha situación:

Los oficiales de la hacienda de V.M,


nos hacen pagar de tributo

en cada un año ocho mil anegas de


maíz... Suplicamos a V.M...
que no seamos obligados a tributar
cosa alguna...y esta ciudad

y provincia recibirá gran merced y


favor en hacerlos libres, como su
lealtad y servicio lo merecen... (los
españoles) les toman (a los 117

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DURANTE LA CONQUISTA

de Tlaxcala) sus haciendas y aún


sus hijas y mujeres, de que son
muy agraviados... porque estos
excesos son ordinarios.

Por su parte, el canzonzi de


Michoacán, Tzinzicha, no había
aceptado aliarse con los aztecas en
un frente común antihispano. Al ver
la destrucción de Tenochtitlán,
aceptó el vasallaje español sin más
y

colaboró al máximo para


evangelizar a su pueblo. Pero ello
no impi-

dió que Nuño de Guzmán le robara


oro y lo ejecutara en la hoguera.

También ahí la advertencia que


hiciera Cuauhtémoc al cacique mi-

choacano, de que su pueblo


terminaría igualmente oprimido por

los españoles, se cumplió. Después


de lo cual los tarascos huyeron a
los montes y renegaron del
cristianismo, que de poco les sirvió
para mantener su libertad y estilo
de vida anterior.

Otros pueblos que también


aceptaron sin confrontación el

dominio español, y por tanto podían


ser considerados amigos y
aliados de los hispanos, eran sin
embargo sujetos de abusos múlti-

ples, y entonces sí se sentían


orillados a oponer resistencia. Y en
la medida en que eran “pacificados”
– que en varios casos tomó años

- fueron sujetos de explotación y


marginación sistemática. Pero

mientras ciertas regiones eran


pacificadas, brotaban nuevas rebe-

liones en otras por las mismas


razones; el abuso de los hispanos.

Los tzotziles de Chiapas, por


ejemplo, se rebelaron por los
excesos

de Pedro de Guzmán, según lo


narra Diego de Mazariegos:

Demandaba tributo a todos los


caciques y señores y naturales de

ellas y de esta manera sacó mucha


cantidad de esclavos y ropa

y oro y joyas y otras cosas y sobre


ellos aprisionaba a los dichos
caciques y aperreaba (echaba a los
perros) y ajustaba a los que

no le querían dar lo que les pedía...


y herraba por esclavos a los
naturales... y haciéndoles otros
malos tratamientos a causa de

los cuales esta tierra está alterada.

Los de Huexotzingo, que habían


sido también aliados de los espa-

ñoles desde la batalla de


Tenochtitlán, decían que incluso
“nosotros los ayudamos, les dimos
madera, resina de pino para que
hicieran

sus barcos los españoles”, y se


quejaron ante Felipe II en 1560:
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TRAS LA VICTORIA

Sobre nosotros han impuesto tus


tesoreros, oficiales y tu fiscal,
doctor Maldonado, un muy gran
tributo que corresponderá a ti...

y también fanegas de maíz que


habrá de ser lo que tenemos que

entregar... un tributo siete veces


más grande que el que pagába-
mos antes... ¿Acaso hemos hecho
algo malo, nos hemos portado

mal contigo... o acaso contra Dios


omnipotente? ¿Quién en ver-

dad hablará por nosotros?

En Culiacán, cuenta el padre


Beaumont las razones de una
rebelión

en 1535:

Que estando los miserables indios


en sus tianguis y mercados,
vendiendo y comprando con suma
paz, echaba gente y soldados para
que les acometiesen y mandaba
prender a los indios más mozos

bien dispuestos a los que herraban,


metían en collera y vendían.

Así pues, se cumplía el pronóstico


de Xicoténcatl. Los tlaxcaltecas –

y todos los pueblos indígenas,


aliados o no de los españoles -
poco

a poco fueron siendo subyugados y


objeto de diversos abusos por

parte de los hispanos. Lo paradójico


es que en todas las rebeliones
que tuvieron lugar, otros pueblos
indígenas participaban con los

españoles para sofocarlas. A veces


algunos rebeldes traicionaban a

sus aliados para lograr el perdón


español, y ayudaban a someter a

los que mantenían la resistencia. Al


final de cuentas prevalecía la

desunión que Xicoténcatl el mozo


vislumbró como causa de la ruina

de los pueblos y civilizaciones de


América.
AIRES DE GRANDEZA

Todo lo que hizo Cortés en la


Nueva España tuvo buen cuidado
de le-

gitimarlo en virtud de su lealtad a


Carlos V. Siempre cuidó de ponerlo
al tanto de lo que ocurría, de
invocar su grandeza y poder para
exigir el vasallaje de los pueblos
indígenas, de apartar el “quinto
real” de los tesoros conquistados y
enviarlos cuando fuere posible a Su
Majestad. Con ello prevenía que
fuese acusado de rebeldía, pecado
original con el que emprendió su
aventura mexicana; pero esa
rebeldía no la

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DURANTE LA CONQUISTA

mostró en contra del emperador


europeo, sino sólo contra un fun-

cionario menor; el gobernador de


Cuba. Sin embargo, al caer la gran

Tenochtitlán, y al no haber noticias


desde hacía buen tiempo de la

corte imperial, surgieron las


tentaciones autonomistas que
siempre

combatió Cortés en el papel.


Muchos de sus hombres le oyeron
decir

cosas que podrían implicar alta


traición al emperador don Carlos, y

denotaban que adquiría aires de


grandeza y deseos de autonomía.

Dijo que nombraría varios duques y


marqueses que estarían bajo su
soberanía; nombró caballeros a
algunos de sus lugartenientes
posan-

do su espada sobre los hombros de


los favorecidos, arrodillados ante su
remedo de rey, en tanto éste
exclamaba con majestuosidad:
“Que

Dios y el apóstol Santiago os hagan


un buen caballero”.

Dicen que sugirió que si Carlos V


pretendía reclamarle el

mando de Nueva España, ahorcaría


a algunos de sus emisarios para
escarmiento de los demás. Se
asegura que advirtió: “La tierra que

hemos conquistado es nuestra, y si


el Rey no nos la da, la tomare-

mos”. Y también alguien dijo oírle


exigir que se le llamara “Alteza”.

Según tales testimonios – de ser


ciertos - la pasión por el poder
empezaba a rebasar el principio de
realidad. Estableció una fundición

para hacer artillería, que muchos


decían que era para enfrentar a
los hombres del rey más que a los
rebeldes indígenas. Cortés podría

tener motivos, tentaciones y


suficiente arrojo como para intentar

una temprana independencia,


aunque no hay pruebas de que así

lo haya pensado concretamente. Al


contrario, sostiene Gómara que

Cortés en varias ocasiones “pudiera


haberse alzado... pues todos los
españoles y todos los indios
tomaban armas en su favor y
defensa...
empero ni quiso, ni creo que lo
pensó, según con obras lo demos-

tró”. El extremeño - continúa su


historiador - tenía como gritos de

guerra dos viejos refranes: “El rey


sea mi gallo”, y “Por tu ley y por tu
rey morirás”. El Consejo de Indias
temía “los astutos manejos de

Cortés, su ardiente avaricia y casi


manifiesta voluntad de alzarse

con el mando”. Don Hernán, como


quiera, entró en razón y, después

de los delirios de grandeza que lo


asaltaron tras derrotar al imperio
azteca, se sometió más
prudentemente a la autoridad
imperial. Sobre todo porque fue
reconocido por la corona como
Capitán general

y Gobernador de Nueva España,


aunque vigilado por cuatro funcio-

narios enviados directamente de


España, por aquello de las dudas.

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13/01/16 11:59
TRAS LA VICTORIA

LA PRIMERA “PRIMERA DAMA”

Cortés, ya en pleno goce de su


nuevo cargo, dispuso para sí no
sólo

los favores de doña Marina, sino


también - como antiguamente

Moctezuma - de múltiples jóvenes,


tanto españolas como nativas.

Por lo mismo, no requería la


presencia de su legítima esposa,
doña
Catalina Súarez, con quien había
contraído forzadas nupcias en

Cuba para escapar a la presión del


gobernador de la isla. Con todo,

doña Catalina reclamó su lugar


como “primera dama” de la Nueva

España. Desembarcó en 1522


acompañada de dos de sus
hermanos

y varias doncellas, como


correspondía a una virtual virreina.
Llegó

“linda y en forma” al decir de Joan


de Cáceres. A la sazón, Malinalli
daba a luz al hijo de Cortés. Era
mal momento para el conquistador.
Ya instalada, doña Catalina se
dedicó – como suele ocurrir - a

organizar banquetes y festejos, a


recibir visitas y cultivar relaciones
sociales de alta dignidad en la
naciente sociedad novohispana.
Además, recriminaba
constantemente a don Hernán su
falta de interés.

A los tres meses de su llegada,


apareció la “primera dama” en su
lecho, sin vida. Se dijo que Cortés
la había asfixiado o estrangulado.

Tenía magulladuras en el cuello.


Nadie supo, nadie preguntaba, na-

die investigó. Una de sus amigas


aseguró que doña Catalina le con-

fiaba sus desencuentros con su


marido, y le dijo “Ay, señora, algún

día me habéis de hallar muerta”.

Más adelante, cuando don Hernán


debió afrontar las nume-

rosas acusaciones que sus


enemigos le hacían - entre ellas la
de asesinar a su mujer -, recurrió a
su buena retórica para defenderse y

dijo que las magulladuras las


provocó él en su desesperación por

hacer despertar a su mujer, al


encontrarla ya muerta. Varios testi-

gos hubo que aseguraban que doña


Catalina tenía “salud delicada”

y “constantemente enferma”, y otros


que decían cómo se saltaban

las lágrimas a Cortés cuando


hablaba de su finada esposa. Pero
la

sospecha jamás fue borrada. Tuvo


después otra mujer, doña Juana

de Zúñiga, que ante lo hiperactivo


de su marido en interminables

aventuras, en 1535 le recomendaba


regresar a lugar más seguro

como su casa capitalina, y


diciéndole “que luego se volviese a
Mé-

xico, a su estado y marquesado, y


que mirase los hijos e hijas que
tenía, y dejase de porfiar más con
la Fortuna”, cuenta Bernal.

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

PERGAMINO CORRUGADO

Los múltiples enemigos de Cortés


en la corte europea intrigaron

constantemente en su contra,
envenenando la mente de Carlos V.
Le decían que el poder del
conquistador de Nueva España, la
vaste-

dad de aquellas tierras y sus


inconmensurables riquezas harían
de

Cortés un rival de su Majestad que


sería difícil de detener. Le re-

comendaban pararlo antes de que


fuera tarde. En ese ánimo, el so-

berano español envió


constantemente investigadores y
visitadores
con facultades cada vez más
amplias. Había numerosas quejas
sobre

la manera en que don Hernán


conducía a la Nueva España. Ante
tal

acoso, Cortés decidió entrevistarse


personalmente con el monarca

en Toledo para aclarar las cosas de


una vez por todas. Frente al rey se
defendió con ardor e inteligencia.
Fue bien recibido por sus muchas
hazañas en América y fue cuando
conoció a su segunda esposa,
Juana de Zúñiga, a quien dio joyas
de gran valor y lujo. Incluso se

dijo que Cortés se había reservado


las mejores riquezas para sí, dan-
do otras de menor valía al trono de
España y al Consejo de Indias,

que por ley debía entregar.

Una vez frente al monarca, para


justificar las dificultades de

administrar tan vastas tierras como


las que había conquistado, Cor-

tés tomó una hoja de pergamino, la


estrujó al máximo y la arrojó
sobre la mesa del emperador. “¡Ahí
tiene el mapa de la Nueva Espa-

ña!”. Carlos V lo absolvió de las


acusaciones que sobre él pesaban,

nombrándolo Marqués del Valle de


Oaxaca así como Almirante de la

Mar del Sur, y poniéndole el collar


de la orden de Santiago. Sin em-

bargo, no lo ratificó en el poder de


Nueva España - como él esperaba

- con miras a prevenir un mayor


encumbramiento del extremeño. A
Cortés no le quedó más remedio
que volver a América como plan-

tador a explotar sus vastas tierras e


intentar nuevas expediciones

por las aristas del “pergamino


corrugado” (descubre el Golfo de
Ca-

lifornia, antes Mar de Cortés), pero


ninguna de tales aventuras le

redituará más riquezas. Por el


contrario, empeñó buena parte de
su

fortuna en esas nuevas e


infructíferas empresas.

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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

LA ÚLTIMA AVENTURA

El nuevo virrey novohispano, don


Antonio de Mendoza, prohibió a

Cortés continuar con sus costosas y


fútiles expediciones, que mu-
chas muertes de españoles
provocaban y a nada llevaban ya.
Con

gran pesar, decidió Cortés volver a


España, pues por lo pronto no

había nuevos incentivos para él en


estas tierras. Pero no regresó a

su país con ánimo de derrota, sino


para seguir luchando en inter-

minables litigios en los tribunales


europeos, para que le diesen el

gobierno de la colonia que


conquistó. No tuvo éxito en ese
empeño.

Resultaba más fácil hacer


conquistas con la espada que con
la pluma

leguleya. Por algo había dejado en


Salamanca sus estudios jurídicos

y mejor ir en pos de aventuras a


tierras ignotas.

En sus últimos años, ya viejo,


Cortés se embarcó en una expe-

dición para sitiar la ciudad de Argel,


dirigida personalmente por el propio
Carlos V. La amplia flota española
fue destruida, no por los

enemigos, sino por fuertes


vendavales (como ocurriría
después a la

Armada Invencible rumbo a las


costas inglesas). Cien naves se
hun-

dieron, y el resto llegó con


dificultades a puerto seguro. Un
abatido emperador, que yacía
desanimado sobre la proa de la
nave insignia,

oyó la voz de un viejo que


aseguraba poder capturar Argel si
seguían sus consejos. Era Cortés,
que en esa última aventura había
empeña-do lo que le quedaba de
dinero y aliento. Recomendó no
retirarse

antes de tiempo, pese a los daños


sufridos por la tormenta. Pero

no se le dejó participar en las


deliberaciones del Consejo de
guerra.

Cortés perdió durante esta exótica


campaña tres esmeraldas que

presumiblemente habían
pertenecido a Moctezuma, “las
cuales se

le cayeron por descuido o


necesidades, y se le perdieron
entre los

grandes lodos y muchos hombres;


y así, le costó a él aquella gue-

rra más que a ninguno, quitando a


su Majestad”, escribó Gómara,

que también participaba en esa


expedición y ahí conoció a Cortés.

Después el propio Gómara entró al


servicio de Cortés, y a partir
de su testimonio escribió su Historia
General de las Indias y su
Conquista de México. Don Hernán
atribuyó la derrota de Argel a que
los orgullosos capitanes de la flota
cristiana no hubieran hecho caso

de sus consejos, fruto de su


experiencia mexicana. Narra el
propio

Gómara: “el Emperador, dándose


por mejor aconsejado y porque no

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

viniese otro cierzo (vendabal) y


acabase de destruir las naves y
galeras que quedaban
quebrantadas y perdidas de la
tormenta pasada,

acordó de embarcarse luego y dejar


aquella empresa para otro mejor

tiempo”. Y es que a don Hernán,


buscador aún de aventuras y glo-

rias, ya no se le tomaba en serio.


“Mucho sintió Cortés la pérdida de
sus joyas, empero más sintió que
no se le llamase a consejo de
guerra, metiendo en él a otros de
menor edad y saber”, concluye
Góma-

ra. Dura humillación debió ser esa


para él conquistador de México.

Sobre este controvertido personaje,


odiado por los mexicanos

y no valorado en su justa
proporción por los españoles, dice
Carlos

Fuentes: “Cortés es parte de


nuestro trauma nacional. Lo execra-
mos porque venció a los indios,
destruyó una cultura y demostró,

sobradamente, la violenta crueldad


de su carácter”. Y Luis González

de Alba reflexiona: “(Cortés) es el


padre de México porque sin su

triunfo no existiría ni la población


actual; pero optamos por definir-nos
como conquistados en negación
absoluta del padre, español y

conquistador, triunfador y por tanto


malvado. Decimos que ‘ellos’,
los españoles, llegaron y ‘nos’
conquistaron”. Por su parte, escribe
Octavio Paz: “El odio a Cortés no
es odio a España; es odio a
nosotros mismos. El mito nos
impide vernos en nuestro pasado,
sobre

todo, impide la reconciliación de


México con su otra mitad”. Más

allá del resentimiento nacional


derivado de estas distorsiones, Cor-

tés es en realidad un personaje


admirable desde el punto de vista

político, diplomático y militar,


aunque no lo sea desde una pers-

pectiva moral. La conquista del


imperio azteca, con un puñado de

hombres a su mando, es una de las


más grandes y sorprendentes

épicas de la historia universal,


como lo han reconocido grandes
his-

toriadores y hombres de Estado en


todo el mundo.

LOS RESTOS DE LOS RIVALES

Cortés murió en su tierra natal a los


sesenta y dos años. Quiso ser

enterrado en la Nueva España, que


consideraba su patria adopti-

va. Sobre el nombre de la tierra por


él conquistada, le había escrito a
Carlos V:

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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

Por lo que he visto y comprendido


acerca de la similitud que

toda esta tierra tiene a España, así


en la fertilidad como en la grandeza
y fríos que en ella hace, y en
muchas otras cosas que la
equiparan a ella, me pareció que el
más conveniente nombre para

esta dicha tierra era llamarse la


Nueva España del mar Océano...

Humildemente suplico a V.A lo


tenga por bien, y mande que se

nombre así.

En su testamento, dejó dicho:


Primeramente mando que si
muriese en estos reinos de España,

mi cuerpo sea puesto y depositado


en la iglesia de la parroquia

donde estuviere situada la casa


donde yo falleciere, y que allí esté
en depósito hasta que sea tiempo a
mi sucesor le parezca llevar

mis huesos a la Nueva España.

En su mismo testamento, mandó


decir “mil misas por las ánimas

de aquellas personas que murieron


en mi compañía y servicio en
las conquistas y descubrimientos de
tierras que yo hice en la Nueva

España”. Y ordenó dar marcha


atrás la expoliación de tierras que

hizo en favor suyo:

Mando que porque en algunos


lugares de mi estado se han to-

mado algunas tierras para huertas y


viñas y algodonales y para

otros efectos, que se averigüe y se


sepa si estas tales tierras eran
propiamente de algunos de los
naturales de aquellos pueblos, y
siendo así mando que se les
restituya.

Llegaron finalmente sus restos a


Nueva España, quince años
después

de su muerte, yendo de un lado a


otro, hasta llegar al Hospital de Je-
sús. Dice el historiador Enrique
Florescano que aunque algunos
auto-

res han sugerido que en sus Cartas


de relación Cortés pretendía imitar
los Comentarios a la guerra de las
Galias, de Julio César, en realidad
las ópticas de uno y otro
conquistador son muy distintas:

Mientras Julio César ve la Galia


como un país extraño, Cortés

describe a los indígenas, sus


costumbres y sus ciudades con ad-

125

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

miración y complacencia, a tal


punto que el lector percibe cómo

poco a poco la tierra y sus hombres


van ganando el ánimo del

conquistador.

Con el furor de la Independencia, el


ilustre conservador Lucas Ala-

mán decidió rescatar los restos del


conquistador para evitar que

fueran vejados por el populacho. En


1823 los escondió y en carta

sellada dejó la descripción de


dónde se hallaban, entregándola a
lo

que más tarde sería la legación


española. Cuando en 1947 fueron

hallados los restos de Cortés en


uno de los muros de la iglesia del

Hospital de Jesús, el gobierno


temió que se desatara una revalora-

ción de quien, siendo padre de la


nacionalidad mexicana no ha te-

nido reconocimiento alguno en la


tierra en que eligió ser enterrado.

Para lo cual determinó que también


habría que encontrar los restos

de Cuauhtémoc y así compensar el


hallazgo cortesiano, lo cual pre-

tendidamente ocurrió en el estado


de Guerrero. Los especialistas

oficiales autentificaron los restos,


aunque en realidad era un puña-

do de huesos de animales y
también de niños, por lo cual el
ingenio

popular divulgó la versión de que


los huesos encontrados eran en
efecto de Cuauhtémoc, pero “de
cuando era niño”.

DE PIRATAS Y CORSARIOS

Un fenómeno de estos tiempos fue


la ambición despertada por las

riquezas de América que de


inmediato produjo en varios
individuos,

particularmente – aunque no
exclusivamente – de los países que
no

participaban de la explotación. Si
no se podía extraer los metales
preciosos de sus minas de origen,
se podría al menos arrebatarlos

durante su trayecto hacia el viejo


mundo. Ingleses y franceses que se
hallaran en puertos españoles eran
testigos de lo que el nuevo
continente podía ofrecer. Uno de
ellos, Robert Thomson, que se
hallaba en Sevilla, narraba que
“habiendo visto con tan grandes
cantidades de

oro, plata, perlas, piedras


preciosas, azúcar, cueros, jengibre
y otras valiosas mercancías, se
determinó a buscar modo y ocasión
de pasar a ver aquél rico país de
donde venía tal cantidad de
artículos preciosos”.

Desde luego, si la explotación


legítima de tales bienes era
imposible 126

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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

para ciudadanos de otros países,


cabía entonces buscar la manera
de
allegarse tan ricas mercancías
como fuese necesario. Pero
también

había dificultades sin fin para


comerciar lícitamente con las
colonias americanas, según se
quejaba el viajero inglés John
Chiton:

Y para tener (la tierra) siempre


sujeta y aprovecharse de ella, (la
corona española) ha prohibido
estrechamente, por ley, bajo pena

de muerte y confiscación de bienes,


que ningún habitante de es-
tos países (las colonias) comercie
con alguna otra nación, aunque la
gente lo desea mucho y lo harían
indudablemente si no fuera

por temor del peligro a que se


exponen.

De ahí que fuera mayor la tentación


de apropiarse de las riquezas

por la fuerza. Y por ello el


observador inglés Hakluyt, cronista
y

promotor de la colonización
británica en América, escribió:
Gracias a sus descubrimientos (de
España y Portugal) han en-

contrado tales oportunidades de


empleo que durante muchos

años apenas hemos oído de ningún


pirata de esas dos naciones,

mientras que nosotros y los


franceses somos el colmo de la
infa-

mia por nuestras vergonzosas,


comunes y diarias piraterías.

Un hábil y audaz comerciante y


aventurero como lo fue el inglés
John Hawkins, traficante de
esclavos negros también, se las
ingeniaba

para burlar aquél impedimento y


hacía negocios por debajo del
agua,

lo que provocó que el embajador


español en Inglaterra, Guzmán de

Silva, tras entrevistarse con


Hawkins escribiera a Felipe II:
“Parece aconsejable hacer salir del
país a este hombre, para que no
enseñe a otros (ingleses), pues
éstos tienen buenas embarcaciones
y son gente codiciosa que goza de
más libertad de la que les es
conveniente tener”. Originalmente
la piratería se circunscribió a las
aguas cercanas a Europa, cerca de
las Canarias y las Azores. Más
tarde, hacia 1513, se vio más
práctico robar los tesoros en las
aguas contiguas al nuevo
continente, más alejado y
descuidado por las autoridades. El
caos ju-rídico y social que
prevalecía en esas tierras era más
propicio para el pillaje y la captura
de naves con ricos cargamentos,
amén de poder,
de vez en vez, asolar las
poblaciones costeras de aquellas
regiones.

127

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

Historias de famosos piratas y


corsarios (es decir, un pirata con el
permiso de su gobierno para serlo),
abundan.

Ya Colón narraba en el reporte de


su tercer viaje a América el

acecho de naves extranjeras:


“Navegué a la isla de la Madera por
ca-

mino no acostumbrado, por evitar


escándalo que pudiera tener con

una armada de Francia, que me


aguardaba al Cabo de San
Vicente”.

En 1522 los corsarios franceses (ya


tenían licencia de su gobierno)

dieron un golpe espectacular cerca


de las Azores, pues lograron
capturar las naves a través de las
cuales Cortés enviaba a Carlos

V y a muchos principales de
España con quienes deseaba
quedar

bien, buena parte del tesoro


obtenido en México, consistente en

grandes cantidades de oro y


valiosas joyas. El ladrón fue el
capitán Juan Verrazano, conocido
como el Florentino por su lugar de
origen, pero que prestaba sus
servicios a Francia. El cronista y
filibustero Alexandre Exmelequin,
narra lo siguiente:

No había noticias siquiera de que


Cortés hubiera mandado una

flota con gran parte de los tesoros


que tan violentamente acaba-

ba de arrebatar a Moctezuma.
Verrazano se hallaba cerca de las

Azores con ánimo de caer sobre


algún que otro navío portugués...

La nave del italo-francés es más


ligera y más rápida que los pe-

sados galeones españoles.


Combate con audacia y, al final de
la

batalla, se encuentra dueño de dos


de los más ricos guardadores

del tesoro que Cortés envía a su


rey.

Cortés lamenta esa pérdida de “las


cosas que iban tan ricas y ex-

trañas”, aunque promete


compensarlas con otras “muy más
ricas y

extrañas”. En descarga al hecho,


dice alegrarse que haya ocurrido el
robo pues de esa manera el rey de
Francia podrá apreciar mejor la

grandeza de la Corona Española.


En realidad cayó en una profunda

melancolía, pues ese tesoro era


expresión de los éxitos que quería

exhibir en la corte real. Los


franceses lógicamente veían las
cosas a su modo. Valuaba el botín
en “dos navíos y en ellos ochenta y
ocho

mil castellanos en barras de oro... y


fue un gran presente para nuestro
gran César, porque fueron muchas
joyas muy ricas y perlas, ta-

mañas algunas de ellas como


avellanas”. Al regresar a Francia,
es-

cribió el Florentino: “Toda Francia


estaba maravillada de las riquezas
128

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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

que enviábamos a nuestro gran


emperador y aun al mismo rey de
Francia, que tomaba codicia de
tener parte en las islas y en esta

Nueva España”. Al menos Cortés


tenía razón en eso de que quedaría

testimonio de la posición
privilegiada de España y su
soberano.

Por su parte, el rey francés,


Francisco I, para justificar el des-

pojo, dijo “Quisiera ver la cláusula


del testamento de Adán que

excluye a Francia de la división del


mundo”. El mariscal Blaise de
Monluc decía de los españoles que
“Al ver y al oír a esas gentes, se
diría que la mar es suya”. El
Florentino fue apresado no mucho
después y ahorcado en España.
Según Alonso de Santa Cruz,
cronista

real, el pirata confesó previamente


“haber robado y echado a fondo

ciento cincuenta naos y galeras y


galeones y zabras y bergantines, y
que una vez tomó una nao del
emperador con más de treinta mil
pesos de oro”. Antes de ser
colgado, el Florentino exclamó “¿Es
posible que habiendo yo muerto a
tantos, a manos de un solo hombre
tenga

yo de morir?”. Hubiera, como


muchos, preferido morir en acción

con espada en mano, y no en el


cadalso.

INCURSIÓN EN SAN JUAN DE


ULÚA

Campeche fue el puerto mexicano


que más incursiones piratas reci-

bió, pues resulta que la isla del


Carmen, a poca distancia, era justo
un refugio pirata (como lo fue
también la famosa Isla Tortuga).
Escribe Francisco Mota:

Se trataba de una colonia de


antiguos piratas y corsarios cuya

finalidad era la de comerciar con


los ricos bosques madereros...

En 1717 una expedición española


salida de Mérida logró expul-

sar de la isla a los aventureros... A


pesar de los esfuerzos hechos por
el gobernador español, Antonio de
Figueroa, los aventureros
volvieron a su negocio de la
madera unos años más tarde.

Por su parte, el ya mencionado


John Hawkins, en 1568, tras una

travesía entre comercial y corsaria


en las Antillas, hubo de buscar

refugio ante una amenazante


tormenta, so pena de perder la
nave

principal y que más mercancías


llevaba, además de ser propiedad
de

129
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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

la reina Isabel. No encontró mejor


lugar que San Juan de Ulúa para

refugiarse del temporal. Por


casualidad, las autoridades del
puerto

esperaban para esas fechas al


cuarto virrey de la Colonia, don
Mar-

tín Enríquez Almansa. Al arribar las


naves inglesas, las autoridades
novohispanas subieron al barco
insignia de Hawkins, percatándose

de su error. El inglés los retuvo


como rehenes, pues por ellos se
enteró de la inminente llegada del
virrey con su convoy de galeones,

lo cual lo pondría en situación


difícil, cuando no desesperada. Y
en efecto, al día siguiente llegó el
virrey con su flota. Pudo el inglés
haber impedido el arribo de la flota
virreinal, dejándola a merced de los
temporales, pero ello le hubiera
reportado problemas con la propia
reina Isabel, por las complicaciones
diplomáticas del caso: “Consideré
que no era yo capaz de responder,
temiendo la indignación

de la reina, Su Majestad, en tan


grave asunto”. Prefirió negociar

con el virrey; le permitiría atracar a


cambio de licencias para comerciar
y después permitir su tranquilo
retiro hacia el mar. El virrey se
negó, apelando a su autoridad,
además de contar con mil soldados.

¿Quién se creía que era ese


filibustero para impedir atracar a la
flota novohispana en su propio
puerto, tomado sin licencia ni
solicitud

alguna por aquél? A lo que el


corsario inglés respondió que “yo
re-

presento la persona de mi reina y


soy un virrey tanto como él, y si

él tiene mil hombres, mi pólvora y


disparos tendrán mejor lugar”.

Desde luego que Hawkins violaba


varias leyes, y por ello ape-

laba a un argumento de fuerza. El


virrey optó por una estratage-

ma; fingir que aceptaba los


términos del pirata para poder
llegar

a buen puerto y una vez a salvo


“determinar los procedimientos y

los medios para arrestarlo y


castigarlo y sacarlo de la isla
(Ulúa)”.

En efecto, días después de haber


atracado con bien, los hispanos

iniciaron un ataque contra la flotilla


inglesa, causándole grandes
bajas y obligando a huir a los
ingleses como pudieran. Sólo dos
na-

ves pequeñas quedaron salvas,


habiéndose hundido la capitana, la

más grande y de mayor capacidad


de carga. Las naves llegaron a

Londres con dificultad,


desvencijadas y con su tripulación
cerca de

morir de hambre. Hubo también


varias bajas inglesas, por muerte

o captura, y Hawkins hubo de dejar


en tierra 114 de los suyos (los

de “menor utilidad”) pues ya no


cabían en las dos naves que
seguían

a flote. Todo un descalabro para el


inglés. Iba con él su primo, el

130

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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

joven Francis Drake. De los


ingleses que quedaron en México,
algu-

nos murieron a manos de indios,


varios fueron juzgados por la In-

quisición – no por ser piratas sino


protestantes “enemigos de Dios”, lo
cual era peor - y otros fueron
ubicados como sirvientes de nobles
novohispanos pues, cuenta uno de
ellos que “apenas se hubo dado

el pregón, acudieron muchísimos


caballeros, y se tenía por más di-

choso el que más presto conseguía


llevarse uno de nosotros”. Y es
que si tener sirvientes indios o
negros era señal de estatus social,
contar con un europeo en iguales
condiciones era motivo del mayor

alarde. Después servirían de


capataces (al fin blancos) de
esclavos

negros e indios, y pudieron incluso


hacer una moderada fortuna.

Uno de ellos narra:

El trato con estos indios me hizo


aprender perfectamente la len-
gua mexicana, y tenía yo gran
familiaridad con muchos de ellos.

Me di cuenta de que son gente


cortés y amable, hábiles y de gran
entendimiento. Aborrecen y
detestan de todo corazón a los es-
pañoles, quienes han hecho con
ellos horribles crueldades... que
tanto ellos como los negros están
continuamente espiando la ocasión
de sacudirse el yugo y esclavitud
en que los tienen.

Por cierto que los ingleses


consideraban los ritos católicos y
las
crueldades de la Inquisición como
una “horrible idolatría”, de for-

ma semejante a cómo los


españoles caracterizaban la religión
y sa-

crificios indígenas. Alguno, Miles


Philips, logró escapar de Nueva

España con ayuda de los indios –


tras años de penurias - a quienes

bastaba saber que era enemigo de


los españoles para considerarlo

su aliado. A raíz de la refriega de


San Juan de Ulúa, las relaciones
hispano-británicas se deterioraron
(veinte años después vendría el

episodio de la “Armada Invencible”,


que derivó en una gran derrota

para España al tratar de invadir


Inglaterra). Pero los ingleses
aprendieron de esa experiencia y
modificaron el diseño y
construcción de

sus barcos para darles mayor


movilidad y margen de maniobra
(em-

presa dirigida por el propio


Hawkins). Justo las nuevas naves
así

mejoradas fueron factor decisivo


para derrotar a la Armada
Invencible hispana, cuyos barcos
seguían siendo diseñados al viejo
estilo.

131

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13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

CORRUPCIÓN Y PIRATERÍA
Los españoles protegían sus
tesoros enviándolos en convoyes
para

defenderse mutuamente, lo que no


impidió que piratas de varios

orígenes - las más de las veces


protegidos por sus gobiernos -, cap-

turaran cuantiosas joyas y metales


preciosos. Una de las principales
causas de los descalabros
españoles radica en que sus naves
no iban

lo suficientemente pertrechadas,
más por ambición que por descui-
do. Algunos de sus barcos sólo
llevaban dos o tres cañones,
“medio

carcomidos de herrumbre y con un


cuñete de cualquier pólvora”,

decía el viajero italiano Girolamo


Benzoni. Y explica:

La causa principal de que los


franceses se apoderasen de tantos

bajeles pertenecientes a los


españoles era la avaricia de los
arma-dores, porque al salir de
España se mostraban tan ávidos de
colmar el navío con cargamento y
pasajeros, que no llevaban el
debido nú-

mero de cañones para defenderse


en el caso de ser atacados... ni
siquiera el número prescrito por el
Consejo de Indias... Más aún, el
Consejo designaba ciertos
comisionados para que fuesen y
ejer-cieran vigilancia especial... y
se cerciorasen de si estaban
provistos conforme a las
ordenanzas vigentes. Pero con sólo
deslizar una moneda de oro en
manos de los comisarios, los
capitanes hacían que aquellos
declarasen que todo estaba en
regla.

El costo de tales simulaciones y


corruptelas era, desde luego,

enorme, pues más vulnerables


quedaban aquellas naves cargadas

de tesoros o especias y pasajeros a


merced de todo tipo de cor-

sarios y filibusteros, haciéndoles


más fácil su captura. “Si algún

galeoncete francés bien artillado


acertaba a encontrar un navío,
aún de mil quinientos o dos mil
salme (entre tres y cuatrocientas

toneladas), lo atacaba sin temor


alguno, porque sabía cuán mal

provistos iban los bajeles


españoles”, concluye este cronista.
Eso

explica el temor de Fray Tomas de


la Torre en una de sus trave-

sías por el Caribe:

Íbamos con grande miedo de


franceses y así de día nos
metíamos
en alta mar y de noche nos
acercábamos a tierra, con temor

132

Durante 2.indd 132

13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

siempre de franceses porque un


solo barco que viniera nos

tomara, que ni llevábamos tiros, ni


armas, ni defensa alguna.

Pero si eso era en el Atlántico, en


las costas y viajes del Pacífico era
peor, pues considerando que ese
océano era un “mar español”, libre
de piratas y corsarios, las naves y
los fuertes se hallaban sumamente
desprotegidos. Al menos dos
renombrados corsarios ingleses
aprovecharon

esa situación; Francis Drake y


Thomas Cavendish. Éste último
entró al Pacífico por el estrecho de
Magallanes, saqueó diversas
ciudades costeras y puertos, y
obtuvo información sobre la llegada
de la Nao de China en su viaje
desde Filipinas. Cavendish pasó
semanas por la costa occidental de
Nueva España en espera de su
presa. Cuando apareció ésta,

la Santa Ana, resulta que estaba


desprovista de cañones y
armamento para su defensa. No le
costó demasiado al inglés capturar
la nave tras algunos ataques y
embestidas, obligando a su capitán
y pasajeros a rendirse. Escribe uno
de los ingleses partícipes de este
suceso:

Nuestro General... les dirigió el


tercer ataque con nuestras armas
de gran calibre y con los cañones
de corto alcance, causando un

gran daño en nuestros enemigos,


destruyendo diferentes lugares

de su embarcación, matando e
hiriendo a muchos de sus hom-

bres. Estando entonces heridos y


despojados y estando su nave

en peligro de hundirse debido al


gran cañonazo que se le propinó y
estando parte de ésta bajo la
superficie del agua, después de

cinco o seis horas de lucha,


mostraron una bandera de tregua y
pidieron misericordia.

Tras cargar las más ricas


mercancías, Cavendish ordenó
prender

fuego a lo que quedaba del Santa


Ana con todo aquello que no había
cabido en las naves inglesas, para
así destacar su fiereza. Llegó a

Inglaterra cargado de oro y


sorprendentes tesoros, mismos que
no

tardó en despilfarrar. El suceso


volvió a destacar (como había ocu-
rrido con Drake) la fragilidad e
indefensión de las naves y puertos

españoles por el lado del Pacífico,


su “lago particular” según ellos.

Los piratas de la época asemejan al


crimen organizado de la nuestra.

Decían los piratas que era


preferible vivir poco pero bien, que
tener una larga y miserable vida.
Así, los riesgos de la piratería, de
acabar 133

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13/01/16 11:59
DURANTE LA CONQUISTA

colgado en algún puerto o incluso


devorado por caníbales locales –

como le ocurrió al cruel pirata


francés Francois L’Olonoise – eran

minimizados por el atractivo de las


riquezas que podían obtenerse

mediante este singular oficio. Y los


propios piratas consideraban

que sus delitos de atraco, saqueo y


asesinato no eran peores de los

que habían cometido los españoles


en las tierras que colonizaron.

Si los españoles tenían la bendición


legal de la corona para cometer sus
atropellos, muchos piratas de otras
naciones – los corsarios -

contaban también con el de su


respectivo monarca. Incluso el
famo-

so pirata inglés, Henry Morgan -


quien extrajo innumerables rique-

zas de los españoles por la vía de


la piratería-, fue investido como
caballero por su rey Carlos II, y
nombrado gobernador de Jamaica.
Entre piratas de uno y otro tipo se
leían las cartas.

¿JADE O ESMERALDA?

Hallóse en el tesoro azteca una joya


de tal tamaño y belleza que, siendo
de color verde, se consideró que
era una insólita esmeralda. Pero
como no abundaba dicha piedra en
México, solía confundirse con

cualquiera que tal color tuviera,


como el jade u otras de distinto tipo
y poco valor. Por lo cual, y para
evitar confusiones, se enviaba toda
piedra verde a los mineros de Perú,
lugar en que sí se encontraban
esmeraldas, para determinar si
eran tales o no, pues allá había
también

“muchas piedras falsas de aquel


mismo color”, dice Gómara. Asu-

miéndose como más dura la


esmeralda que otras piedras del
mismo

color, se sometían todas a un fuerte


golpe de martillo bajo la premisa de
que las esmeraldas auténticas lo
resistirían. Pero no teniendo muy
precisa la medición, solía suceder
que tras el martillazo, si la piedra
no era esmeralda, se rompía en
pedazos, pero si lo era, también se

quebraba, esfumándose así


cualquier posible ganancia.

EL ORO DEL REY MIDAS

El cuento del rey Midas, quien


convertía en oro todo lo que tocaba,

pero por ello mismo no podía


después alimentarse, tiene un
paran-

134
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13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

gón histórico en una narración que


hace Marco Polo; un califa de Bag-
dad, Al- Mostansir, tributario del
Gran Khan, acumuló un grandioso

tesoro pero al mostrarlo al virrey


del Khan, éste lo reprendió por no
haber invertido esa riqueza en lugar
de simplemente guardarla (algo

que recuerda la parábola


evangélica de los talentos). En
castigo de lo cual, lo encerró con el
tesoro diciéndole: “Cómete el oro
que guardas-te tan
cuidadosamente”. Desde luego, el
califa murió de hambre.

El relato del rey Midas muy bien


podría aplicarse a lo que ocu-

rrió a España con el oro y la plata


de sus colonias americanas. Fray
Gerónimo de Mendieta cuenta que
el arcángel San Miguel le había

profetizado a un obispo francés las


penurias de España derivadas

de la Conquista: “El pueblo de


España sufrirá grandes mutaciones,
y

novedades y enemistades, y
muchos daños”. Por su parte, Las
Casas

escribió en su testamento: “De


seguro Dios algún día descargará
su

cólera y su furia en contra de


España por las guerras injustas que
hizo a los indios”. Quizá justo eso
fue lo que ocurrió. Buscando el
camino de las especias, los
españoles encontraron vastos
territorios con grandes riquezas. La
fiebre trastocó las tres carabelas
del primer viaje de Colón en flotas
enteras en los siguientes viajes;
más aún cuando

se tuvo noticia de nuevos tesoros.


No siempre éstos estaban a flor de
tierra, ni ya extraídos y trabajados
por los naturales. Había que arran-
carlos de las entrañas de la tierra o
cultivarlos afanosamente.

La quimérica ciudad de “Eldorado”


se pensaba cerca de las Gua-
yanas, pero no se le divisaba a
simple vista; se encontraba en
cambio sumergida en la tierra, en
forma de riquezas minerales; oro,
diaman-tes y bauxita, ésta última
base del aluminio. Sobre lo cual
comenta

Gómara: “Muy poco oro y plata fue


lo que Cortés y sus compañeros

hallaron y obtuvieron en las


conquistas de la Nueva España, en
com-

paración con lo que de entonces


acá se ha sacado de las minas.
Todo lo cual, o muy poco menos, se
ha traído a España”. A raíz de ello
escribió el teólogo español Tomás
de Mercado: “Sevilla y la España
atlántica, de último confín del
mundo que eran, se han vuelto el
centro”. De

la producción mundial de plata


entre 1500 y 1800, el ochenta por

ciento provenía de la América


española (el otro gran productor era

Japón). Buena parte del tesoro


colonial se perdió en el trayecto. De
las cuatrocientas noventa naves
que partieron de la península en los
primeros doce años del
descubrimiento, retornaron sólo
doscientas

135

Durante 2.indd 135

13/01/16 11:59

DURANTE LA CONQUISTA

setenta, casi la mitad. No sólo los


desastres naturales fueron los cau-
santes de esta merma; la ambición
de hombres y naciones rivales de

España hicieron lo suyo. Piratas y


corsarios diezmaron en mucho,
tales tesoros. Pese a todo surgió
una corriente de riquezas entre el
Nuevo Mundo y la metrópoli
española.

En cuarenta años de ese flujo,


España recibió el doble de plata

que la existente en toda Europa


antes del viaje de Colón. La rique-

za americana enfermó al imperio


español. Los incentivos de no-

bles, agricultores y empresarios se


deslavaban ante la facilidad con
que llegaban los metales preciosos,
que sirvieron poco a poco para
comprar lo que otros países
europeos fabricaban. Paradoja
históri-

ca, durante los reinados de Felipe II


y Felipe III, España combatió

y rivalizó contra los gobiernos de


Inglaterra, Francia y Holanda,

en tanto que los comerciantes de


esos países surtían a España de

grandes pedidos de mercancía


manufacturada, contribuyendo así

a la prosperidad industrial de sus


respectivos países, al tiempo de

provocar el deterioro histórico del


imperio español. Declararon las

Cortes de 1588-1593:

Mientras nuestros reinos podrían


ser los más ricos del mundo

por la abundancia del oro y la plata


que han entrado y continúan
entrando desde las Indias, terminan
siendo más pobres porque

sirven de puente para hacer pasar


oro y plata a otros reinos enemigos
nuestros.
Y un estudioso de la época, Luis
Ortiz, advertía en su Memorial

(1558), que España va por esa vía


rumbo al subdesarrollo. Y Martín

González de Cellorigo, destacaba


hacia 1600:

Ha puesto tanto los ojos nuestra


España en la contratación de las
Indias, donde les viene el oro y la
plata, que ha dejado la
comunicación de los reinos sus
vecinos, y si todo el oro y plata que
sus naturales en el Nuevo Mundo
han hallado y van descubriendo le
entrase, no la harían tan rica, tan
poderosa, como sin ello, ella sería.

En suma, que la posesión de


metales preciosos no era la
verdadera

medida de la riqueza, sino muy


ilusoria, frente a la que sí lo era ya
136

Durante 2.indd 136

13/01/16 11:59

TRAS LA VICTORIA

desde esos años; la industria. “Esta


es una de las jugadas más
siniestras que recuerda la historia”,
dice el historiador Fernando
Benítez, y compara a España con
Alonso Quijano, el Quijote, cuando
ha dejado de serlo y se han
esfumado sus sueños y fantasías
de grandes

hazañas y gloria caballeresca.


España terminó, en efecto, por ser
el conducto de paso entre América
y los Pirineos. El tesoro americano

– oro, plata y piedras- evocaba el


oro del rey Midas que provocó la
maldición de su poseedor. De
hecho fue Montesquieu quien hizo

primeramente esa comparación:


“España ha hecho como ese rey in-

sensato que pidió que todo lo que


tocara se convirtiera en oro, y se
vio obligado a acudir a Dios para
rogarle lo librara de semejante
miseria”. De ahí que el propio Las
Casas se refiriera a las minas de
oro peruanas como el “infierno del
Perú que ha empobrecido a
España”

(algo así como cuando López


Velarde bautizó al petróleo
mexicano

como “los veneros del diablo”).

137

Durante 2.indd 137

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Outline
Indice
V- LOS TEULES
VI- RUMBO A TENOCHTITLÁN
VII- CAPITAL MEXICA
VIII- NOCHE TRISTE
IX- LA GRAN BATALLA
X- TRAS LA VICTORIA

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