You are on page 1of 6

COMENTARIO “AFECTOS Y OBJETOS DEL SELF”

R. STOLOROW Y D. SOCARIDES

El interés por presentar este artículo de revisión surge de mi interés por entender
mejor a cada uno de mis pacientes, así como el continuar aprendiendo y creciendo como
terapeuta, entender los diversos enfoques y llevarlos a la aplicación en cada una de las
sesiones con mis pacientes, ya que los aportes teóricos que brinda la revisión me permitió
comprender más la interacción paciente-terapeuta en los fenómenos de la transferencia y
contratransferencia, así como ampliar mi conocimiento acerca del narcicismo y darle
mayor importancia a los afectos.

Acerca de los autores, Robert D. Stolorow, es un psicoanalista y filósofo , conocido


por sus trabajos sobre la intersubjetividad y la teoría post-cartesiana del psicoanálisis. Es
miembro fundador y analista supervisor en el Instituto de Psicoanálisis Contemporáneo de
Los Ángeles, fundador del Instituto para el Estudio Psicoanalítico de la subjetividad en la
ciudad de Nueva York, y profesor clínico de psiquiatría en la Escuela de Medicina de
UCLA. Entre sus libros más importantes son: Faces in a Cloud (1979), estructuras de la
subjetividad (1984), el tratamiento psicoanalítico: un enfoque intersubjetivo (1987),
contextos del ser (1992), trabajando intersubjetivamente (1997), los mundos de la
experiencia (2002) , Trauma y la existencia humana (2007), y el mundo, la afectividad,
Trauma: Heidegger y el psicoanálisis post-cartesiano (2011). Daphne Socarides,
psicoanalista y primera esposa de Stolorow, quien murió a las cuatro semanas de ser
diagnosticada con cáncer.
Comenzaré haciendo una pequeña revisión de diversas teorías.. Freud decía que
la experiencia infantil estaba dominada por los salvajes impulsos sexuales y agresivos
que culminaban en la crisis edípica. Como esta crisis se resolvía bajo la amenaza de
castración, era esencial que las energías sexuales y agresivas fuesen reorientadas por
caminos menos peligrosos, y era esta misma energía, expresada entonces en formas
sublimadas y socialmente aceptables, la que empleaba al servicio de la inculturación.
Para Freud la forma característicamente humana de vivir se generaba en el mismo
proceso por el cual se ponían bajo control los primitivos y bestiales impulsos de la
sexualidad y la agresión.

Freud creo una compleja concepción del desarrollo infantil, centrada en el


despliegue secuencial y madurativo de las pulsiones instintivas, de base somática. La
comprensión de Freud era fundamentalmente psicobiológica: la psique es una extensión
del derivado del cuerpo; la mente se desarrolla para canalizar y controlar las energías
instintivas que emergen como tensiones físicas que exigen acción y descarga.

Es aquí donde entra Erikson quien comprende al mundo como un lugar en el que
la cultura y las diferencias culturales moldean al desarrollo de los individuos. La psique
individual es generada y configurada dentro de los requerimientos, valores y
sensibilidades de un contexto cultural particular; el cambio cultural e histórico es el
producto de individuos que luchan por hallar sentido y continuidad a sus vidas. Erikson
agrego a la psicobiología de Freud una dimensión psicosocial. Freud veía la niñez como
un tiempo en que las pulsiones psicobiológicas se desplegaban, se expresaban y eran
puestas bajo control social. Erikson comprendía además la niñez como un modo en que la
cultura se preserva a sí misma otorgando significado a las ansiedades infantiles y a las
experiencias somáticas. Erikson considero que el crecimiento del yo se extendía
significativamente mas allá del periodo de edípico, de modo que agrego a las fases de
Freud crisis somáticas y eventos psicobiológicos adicionales, modificando el concepto de
pulsión. Erikson transformó la comprensión psicoanalítica, tanto de las pulsiones como del
mundo social. Para Freud, la realidad social es el ámbito en que se gratifican o frustran
las pulsiones; para Erikson, la realidad social es el ámbito que modela las pulsiones de
manera característica según cada cultura. En el marco de Freud, el individuo se encuentra
bajo el empuje de las pulsiones; en el marco de Erikson, el individuo se encuentra bajo
empuje de las pulsiones y la tracción de las instituciones sociales.

Heinz Kohut presentó una visión muy diferente de experiencia humana. Kohut no
habló de batallas, sino de dolorosos sentimientos de alineación personal, de la
experiencia existencial. Según su sentir, los seres humanos tienen que estar diseñados
para prosperar en un determinado tipo de entorno humano. Las aportaciones iniciales de
Kohut fueron introducidas como una reformulación radical del concepto freudiano de
narcicismo.

Kohut se fue sintiendo progresivamente insatisfecho con las limitaciones del


enfoque clásico en la comprensión y aplicación con algunos de sus pacientes, abandono
tal enfoque buscando una alternativa, que él denominó psicología del self. Kohut intentó
ponerse en el lugar del paciente, entender la experiencia desde el punto de vista del
paciente, a través de la empatía. Khout enfatizó más los problemas en el desarrollo
temprano que en los temas de conflicto. Bajo los conflictos que pudiesen tener con
respecto a los impulsos sexuales y agresivos subyacía en ellos un problema fundamental
en su organización, sentimiento y apreciación de sí mismos. Según concluyó Kohut, el
desarrollo normal de un narcisismo sano se reflejaría en un sentimiento de solidaridad y
vitalidad interior, en la capacidad de aprovechar los talentos y de tender con constancia
hacia metas, en una autoestima confiable y duradera frente a las decepciones, que
permite un orgullo comunicativo y un placer en el éxito. La intensa pretenciosidad está
asociada con una ausencia de la capacidad de realizar esfuerzos sostenidos.

De acuerdo, a la teoría a la que llego finalmente Kohut, un self sano evoluciona


dentro de un medio de desarrollo con tres experiencias especificas de objeto de self. La
primera experiencia exige objetos que respondan al sentimiento innato que el niño tiene
de vigor, grandeza y perfección, y lo confirmen, que mirándolo con alegría y aprobación,
apoyen los estados de ánimo expansivos del niño. El segundo tipo de experiencia de
desarrollo necesaria exige la implicación del niño con otras personas poderosas hacia
quienes el niño pueda elevar la mirada y con quienes pueda fusionarse como una imagen
de calma, infalibilidad y omnipotencia. Por último Kohut consideró que el desarrollo sano
requería de experiencias con objetos de self que, en su apertura y semejanza al niño,
evocaran un sentimiento de parecido esencial entre el niño y ellos mismos. Apoyado en
ese telón de fondo seguro, el niño supera las situaciones difíciles, sobreviene a la
frustración o el desengaño y, en ese proceso, internaliza características funcionales del
objeto de self. Kohut sintió que este proceso, que él denominó internalización
transmutadora, se repite de incontables y pequeños modos, y forma, así, una estructura
interna que culmina en un self seguro y resistente que retiene un núcleo del entusiasmo y
la vitalidad de los estados narcisistas originales e inmaduros. Kohut halló claves de la
operación del narcisismo infantil en las transferencias narcisistas de sus pacientes,
considerando las transferencias como procesos que definen el tipo de experiencias
normales y necesarias que se han visto comprometidas en su vida. Kohut identificó tres
tipos básicos de transferencias de objeto de self, la transferencia especular, idealizadora y
gemelar. Consideró que sus pacientes necesitaban una inmersión ampliada en estos
estados transferenciales para desarrollar en forma gradual un sentimiento más confiable
de vitalidad y bienestar. El analista no debe ignorar ni resistirse a estas transferencias, a
pesar de la ansiedad contratransferencial que puedan generar, sino permitir al paciente
experimentarlo en el papel necesario para su desarrollo, dándole la posibilidad de retomar
el nuevo proceso de desarrollo detenido. Kohut demostró que las experiencias apropiadas
a la fase del desarrollo del niño, o el adulto bloqueado, de desilusión gradual respecto a
las imágenes idealizadas de sí mismo y de sus objetos primarios, constituyen los pilares
esenciales en la estructuración del self. Al leer acerca de la teoría del self recordé el caso
de mi paciente D. En un inicio intentaba a todas luces hacerme ver que “todo estaba bien,
que era cuasi perfecta ante los ojos de sus padres y que no necesitaba a nadie”. Esto
ponía a prueba mi tolerancia ya que me causaba ansiedad y no me agradaba en muchas
ocasiones su presencia. Posteriormente y conociendo más sobre su historia me dí cuenta
del inmenso dolor que tenía a lo largo de su vida en la búsqueda incesante de la
perfección, ya que para sus padres “nada de lo que hacía era suficiente” y no había
aprendido a tolerar la frustración, de manera que se percibía indefensa ante el mundo
real, y ante esta incapacidad de afrontar el llegar a equivocarse empezaba a vomitar.

Dando un corte importante a la psicología del self, Stolorow y colaboradores


comienzan hablar de afectos y de dos personas como relación, para la formación del self.

Stolorow define el self como una organización de la experiencia que se refiere de


forma especifica a la experiencia que tiene cada persona de sí misma. Desde este punto
de vista, el self es una estructura psicológica a través de la cual la experiencia adquiere
cohesión y continuidad, y en virtud de la cual la auto-experiencia adquiere su
configuración característica y organización duradera. El definir el self como una estructura
experiencial, por tanto, muestra la importancia esencial de la integración afectiva en su
evolución y consolidación para alcanzar un alivio particularmente importante.

Los afectos pueden ser vistos como los organizadores de la auto-experiencia


durante el desarrollo, si coinciden con las necesarias respuestas afirmadoras, de
aceptación, diferenciadoras, sintéticas y contenedoras por parte de los cuidadores. El niño
se vuelve vulnerable a la fragmentación de su self debido a que sus estados afectivos no
han sido atendidos de acuerdo con el requisito de la responsividad por parte del entorno
cuidador y por lo tanto no pueden integrarse en la organización de su auto-experiencia.
Las defensas contra los afectos se vuelven entonces necesarias para preservar la
integridad de una estructura del self quebradiza.

De acuerdo con Stolorow, uno de los vuelcos más significativos en el pensamiento


psicoanalítico actual es la transición desde la primacía motivacional de las pulsiones hacia
la primacía motivacional de los afectos. Recurriendo a algunos de los hallazgos recientes
de la psicología del desarrollo y la neurobiología, Stolorow y sus colaboradores aseveran
que la experiencia afectiva, siempre constituida en el contexto de sistemas relacionales,
debe ser entendida como motivación humana central. En este sentido, el interés por los
procesos afectivos conlleve la necesidad de prestar atención a los procesos relacionales y
viceversa.

En la actualidad, un amplio conjunto de teóricos e investigadores ha estudiado y


enfatizado la relevancia fundamental de la dimensión afectiva de la experiencia desde el
punto de vista del desarrollo del self. Stern (1985) cuenta la afectividad entre los tipos de
experiencia a los que el infante tiene acceso inmediato y que son cruciales para dar forma
concreta a la organización del naciente sentido del self. Maroda (1999) asevera, por su
parte, que los niños son muy dependientes de las respuestas afectivas de sus cuidadores
y que, en ausencia de estas respuestas, el logro evolutivo de una organización psíquica
coherente y la aparición de la capacidad de contener y expresar las propias vivencias
emocionales se ven dificultados.

Stolorow y sus colaboradores (2002) subrayan el papel central de la afectividad en


términos de la organización del self. Para ellos, los “afectos pueden ser entendidos como
organizadores de la experiencia del self a lo largo de todo el desarrollo, siempre y cuando
encuentren la necesaria benevolencia, aceptación, diferenciación, síntesis y reacción de
sostenimiento por parte de los cuidadores”. Deslindan la noción del self objeto articulada
por Kohut al especificar que la función primordial de las experiencias self objetales está
vinculada con la integración de afectos en la emergente organización del self y que la
necesidad humana de este tipo de experiencias corresponde, en esencia, a la necesidad
de reacciones empáticas, entonadas y afirmativas respecto de los propios estados
afectivos en el transcurso de todo el ciclo vital. La integración de los estados afectivos del
niño en la organización del self a su vez es un proceso fundamental en términos del
desarrollo de la capacidad de auto-tranquilización emocional.

Describen cuatro procesos básicos relacionados con la dimensión afectiva de la


experiencia que están involucrados en el desarrollo temprano del self:

1. Para la diferenciación de afectos y articulación del self es indispensable la temprana


sintonización afectiva de los cuidadores y en especial de la madre respecto de los matices
afectivos que experimenta el niño, en cuanto este proceso contribuye decisivamente a
establecer de modo gradual la capacidad del niño para percibir su self de manera
consciente. Estas reacciones diferenciadoras por parte de los cuidadores constituyen una
importante función self objetal que delinea los primeros rudimentos de auto-definición y
límites personales. El despliegue óptimo de este proceso requiere de la presencia de
cuidadores que, debido a que disponen de una percepción claramente estructurada de sí
mismos y de los demás, son capaces de reconocer, distinguir y responder de modo
confiable a los variables estados afectivos que atraviesa el niño.

2. La síntesis de experiencias afectivas discrepantes es un proceso que hace referencia a


la síntesis de afectos contradictorios en la experiencia del niño y que, en este sentido,
contribuye a la construcción de un sentido integrado del self. Con tal de que pueda
llevarse a cabo adecuadamente, exige la presencia de cuidadores que, debido a que
disponen de una percepción integrada de sí mismos, son capaces de reconocer, tolerar,
comprender y eventualmente hacer comprender al niño de modo confiable que los
estados afectivos intensos y contradictorios provienen y forman parte de un mismo self
unitario y continuo.

3. La tolerancia de afectos y utilización de afectos como señales del self es un proceso


que gradualmente posibilita la modulación, gradación y contención de experiencias
afectivas intensas. La modulación afectiva hace posible que el niño aprenda a utilizar los
afectos como señales del self que le permiten mantener la continuidad de la experiencia
del self y que facilitan la adaptación al proveer al organismo de una dirección conductual
específica. El desarrollo óptimo de este proceso requiere la presencia de cuidadores
capaces de diferenciar, tolerar y reaccionar de manera confiable y adecuada frente a los
estados afectivos intensos y cambiantes del niño. Innumerables vivencias de
comprensión, interpretación, aceptación y respuestas empáticas respecto de sus afectos
ayudan al niño a registrar, articular y responder comprensivamente ante sus propios
estados emocionales, internalizando la capacidad de emplear las propias reacciones
afectivas como señales significativas del self que anuncian un cambio de estado más que
representar una amenaza de desintegración y fragmentación de la organización de un self
que aún está en vías de estabilización.

4. Recurriendo al trabajo de Krystal, Stolorow y sus colegas hacen referencia a la


desomatización y procesamiento cognitivo de afectos como proceso que conduce desde
las formas tempranas de estados afectivos principalmente somáticos hacia experiencias
afectivas que pueden ser verbalizadas. La capacidad necesaria de los cuidadores en este
aspecto es la identificación correcta con los afectos del niño y la expresión verbal de
estos.

Así, en términos generales, Stolorow y sus colaboradores consideran que la


experiencia afectiva del niño se articula y diferencia progresivamente a través del
entonamiento validante del entorno, promoviendo la cristalización y estabilización del
sentido del self.

El desarrollo del self guarda una estrecha relación con las características del
entorno temprano, que en el caso ideal cumple adecuadamente un conjunto de funciones
facilitadoras de la diferenciación, articulación, reconocimiento, utilización e integración de
los estados afectivos del niño. En sí mismos, los estados afectivos intensos que el niño
experimenta representan una amenaza de fragmentación para la aún frágil e inestable
incipiente organización del self infantil. Por lo tanto, la ausencia de una responsividad
entonada y empática continua respecto de los afectos del niño tiene como resultado la
aparición de descarrilamientos pequeños pero significativos de la integración óptima de
los estados afectivos. Estos descarrilamientos, por su parte, apenas alcanzan un nivel
crítico hacen necesario el surgimiento de medidas defensivas, incluyendo una tendencia a
la disociación o negación de las propias reacciones emocionales y la dificultad para
apropiarse de los propios afectos porque estos son vivenciados como amenaza a las
estructuraciones aún inseguras del self emergente.

De acuerdo a Stolorow (2002), desde una perspectiva que enfatiza la importancia


de la dimensión afectiva en el entendimiento del desarrollo y la psicopatología, las
experiencias infantiles traumáticas son entendidas como experiencias afectivas que son
insoportables. El trauma evolutivo se origina dentro de un contexto intersubjetivo
formativo, cuya característica central es el desentonamiento respecto de afectos
dolorosos, un colapso del sistema infante-cuidador de regulación mutua, que conduce a la
pérdida de la capacidad de integración de afectos del niño y, con ello, a un estado
insoportable, sobrepasado y desorganizado. Los afectos dolorosos o atemorizantes se
tornan traumáticos cuando el entonamiento que el niño necesita para ayudar en su
tolerancia, contención y modulación está profundamente ausente.

Stolorow subraya, en este sentido, la relevancia primaria de las relaciones con los
cuidadores en íntima conexión con los afectos: Tales estados afectivos no integrados se
convierten en la fuente de conflictos emocionales y de una vulnerabilidad frente a los
estados traumáticos que duran toda la vida porque son experimentados como amenazas
tanto a la organización psicológica establecida de la persona como a la mantención de
lazos vitalmente necesarios. En consecuencia, se hacen indispensables defensas contra
los afectos.

Suponen que ciertos aspectos relevantes de la experiencia emocional del niño son
reprimidos, disociados y negados para salvaguardar determinados vínculos de apego en
los cuales el niño percibe que tales aspectos no serían aceptados o serían rechazados y
nunca se diferencian y articulan por la falta sistemática de espejeamiento y validación.

Partiendo de la idea de que los afectos forman la base del self y la experiencia
subjetiva, el reconocer, explorar e integrar afectos son procesos fundamentales a la hora
de crear nuevas organizaciones de la experiencia y promover en el paciente una
experiencia más estable, cohesiva y continua del self. Al advertir, tolerar, contener y
modular afectos disruptivos, el psicoterapeuta posibilita la integración de estos en la
organización del self, ampliando al mismo tiempo el acceso consciente a la diversidad
experiencial inherente a la dimensión afectiva y los fundamentos mismos del self.
Stolorow cree que, puesto que los horizontes limitados de la experiencia emocional del
paciente surgieron y se mantienen en contextos intersubjetivos específicos, también la
ampliación de tales horizontes experienciales es un fenómeno que emerge en el marco de
una situación intersubjetiva a saber, el campo relacional constituido por la relación
terapéutica. Así, para que se pueda generar un cambio terapéutico, el vínculo con el
terapeuta tiene que ser capaz de facilitar y tolerar la aparición de aquellos estados
afectivos dolorosos y atemorizantes que, en las primeras relaciones de apego del
paciente, tuvieron que ser disociados o negados por ser percibidos como amenaza a la
continuidad del necesitado lazo con los cuidadores.

La presencia emocional y la responsividad afectiva del terapeuta son actitudes


centrales para promover un proceso de aprendizaje en el paciente, ya que le indican que
el terapeuta no se ve abrumado de incomodidad y ansiedad frente a la aparición de los
afectos de ambos. Recordé el caso de mi paciente R. R es una adolescente quien ha
vivido recibiendo mensajes ambivalentes acerca de su afecto, constantemente se le juzga
“como loca” si experimenta algún afecto, sobre todo el enojo. En una ocasión la psiquiatra
le pidió que abandonara el consultorio por petición de la madre. Esto fue previo a la
sesión conmigo. Durante la sesión se mostró muy molesta, devaluadora, retadora: “no voy
a hablar”. Le comenté que entendía que estaba enojada y que era válido, pero que me
gustaría saber qué le había enojado. Ella no quiso hacerlo. En terapia familiar comentó:
“pensé que Gaby se iba a parar y pegarme, creo que estaba enojada”. Fue extraño para
ella que le validara lo que sentía.

Como conclusión nuestra tarea como terapeutas es involucrarnos, estar


disponibles y expresivos en términos afectivos. La participación emocional de el terapeuta
en relación al paciente nos ayudará en el reconocimiento, expresión e integración de sus
estados afectivos.