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Omar Palermo Torres

Dr. Alfredo Morales-Nieves

ESPA 4492- 070

lunes, 17 de mayo de 2010

La crisis existencial de los protagonistas en Travesuras de la niña mala de

Mario Vargas Llosa

Alguna vez te has preguntado: ¿Quién soy? ¿Cuál es mi motivo en esta vida? ¿Qué

esperan los demás de mí? Sin duda alguna lo has hecho, al menos una vez, como consecuencia

de una preocupación o situación que amerite este tipo de cuestionamiento. Éstas son algunas de

las interrogantes básicas del existencialismo, movimiento filosófico al cual le prestaremos mayor

atención en este escrito. Para ser más objetivos en el proceso investigativo, hemos decidido

estudiar las crisis existenciales en ambos personajes o protagonistas de la novela, Ricardo

Somocurcio y la “niña mala”.1 Sin embargo, lo haremos de una manera ordenada observando un

personaje a la vez. Es sumamente importante conocer la formación de cada uno a través de la

novela y tener en consideración los cambios que sufren. Por ejemplo, Ricardo, como veremos

más adelante, es un hombre a gusto con su estilo de vida. No obstante, cuando está lejos del

amor de su vida pierde todo el sentido de pertenencia y se siente como un fantasma; un

desconocido de sí mismo. Igualmente sucede con Otilia y por esto recurre a cambiar

desmedidamente de personalidad. Por tal razón, podemos decir que Ricardo y la “niña mala”

enfrentan problemas existenciales cuando la distancia los ha separado.

1
Para evitar la redundancia y la confusión en torno a la “niña mala” y sus diversas
personalidades, utilizaremos su nombre propio, Otilia, para referirnos a ésta más adelante.
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Antes de comenzar, creemos pertinente conocer el asunto de la novela para comprender

el objetivo de este escrito. Ricardo Somocurcio es un joven huérfano que vive con su tía en el

Perú de los años cincuenta. En ese verano, conoce a Lily o la “chilenita”, el amor de su vida. En

la celebración del cumpleaños de la “gordita pufi”, son desmentidas por la tía de ésta y en

realidad resultaron ser peruanas y no chilenas como le habían comentado a todo el mundo. Como

consecuencia de este bochornoso suceso, Lily y su hermana Lucy pierden popularidad en

Miraflores hasta que llega el momento en que Lily desaparece del Perú. Luego, Ricardo decide

hacer realidad su sueño de vivir en París y se marcha dejando su patria. Lo interesante de la

novela es que en Francia se encuentra nuevamente con Lily, conocida ahora como la camarada

Arlette, y éste se da cuenta que aún está enamorado de ella. Posteriormente, la “niña mala” se

marcha y es esta partida el detonador para todos los problemas de Ricardo. La misma dinámica

sucede a lo largo de toda la novela, pero en distintos lugares como Londres, Tokio y Madrid.

Primeramente, veremos la formación de Ricardo Somocurcio a través de la narración y

cuáles son los elementos o las personas que contribuyen a ésta. El “niño bueno”, como lo

apodaba Otilia, vivía con su tía desde muy pequeño, pues sus padres habían muerto en un

accidente. Como consecuencia, Ricardo crece bajo los marcos morales de su tía Alberta, mujer

conservadora, prejuiciosa y opresora. Veamos cómo se expresa de Otilia o la “chilenita”: “¡Qué

niñita! Baila como una Tongolele, como una rumbera de película mexicana. Bueno, no

olvidemos que es chilena, el fuerte de las mujeres de ese país no es la virtud”. En otras palabras,

su tía es la responsable de esa falta de malicia o del exceso de bondad en Ricardo, como él

mismo lo indica: “Estuve horas con la mente en blanco, desvelado, sintiéndome una porquería

humana impregnada de estúpida inocencia, de ingenua imbecilidad. No obstante, su tía no fue la

única persona que aportó a su personalidad.


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Otra persona que influyó en la vida de Ricardo fue su padre. Podemos señalar que el

sueño de vivir en París fue inculcado por su progenitor: “Desde que tenía uso de razón soñaba

con vivir en París. Probablemente fue culpa de mi papá, de esos libros de Paúl Féval, Julio

Verne, Alejandro Dumas y tantos otros que me hizo leer antes de matarse en el accidente que me

dejó huérfano”. En todo caso, podemos decir que Ricardo es un recipiente vacío donde todas las

personas depositan sus ideas con el fin de moldear al joven. Cabe señalar que no estamos

criticando el método de crianza que utilizaron los padres y la tía de Ricardo, sino el hecho de que

no permitían que éste tuviese sentido de pertenencia; era como un fantasma, perdido y sin

identidad propia. Esto, sin duda alguna, fortalece la idea de Sigmund Freud, en su teoría

psicoanalítica, de que la sociedad es represión. Por otro lado, quien mayormente contribuye a la

desestabilidad de Ricardo, como veremos más adelante, es Otilia.

Otilia es una mujer inconforme, inconstante y ambiciosa. En un principio resulta un dolor

de cabeza para el lector comprender el comportamiento de ésta. Dicha dificultad nace de los

diversos cambios que ocurren en su personalidad. Por ejemplo, en el Perú se dio a conocer como

la “chilenita”. En París como la camarada Arlette y madame Robert Arnoux. Más tarde en

Londres como Mrs. Richardson, Kuriko en Tokio y finalmente madame Ricardo Somocurcio

cuando contrae nupcias con el protagonista. Todas estas transformaciones contribuyen a su crisis

existencial. Por ejemplo, Otilia, a toda costa, quiere encubrir su pasado y no aceptar quién es

realmente; una muchacha pobre del Perú, hija de Arquímedes el constructor de rompeolas. En

cierto modo, acusa a Ricardo de ser un inútil, un cobarde o un pichiruchi, pero toda esta

violencia y reproche es un recurso que utiliza para no encarar su realidad. Veamos la siguiente

cita en voz de su padre Arquímedes: “Otilita siempre soñó con lo que no tenía, desde chiquita.

Era muy viva, en el colegio sacaba premios. Eso sí, tenía delirios de grandeza desde que nació.
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No se conformaba con su suerte”. De aquí surge su desmedida ambición de tener más, de

abandonar a Ricardo en todo momento y de optar por una personalidad fuerte y retadora con el

fin de no dar a conocer su verdadera identidad. Ya que hemos discutido la formación de cada

personaje y sus cambios a través de la novela procederemos a lo que realmente nos interesa, los

problemas existenciales en los personajes.

“El existencialismo constituye un grito de rebelión contra los sistemas filosóficos,

políticos y sociales monolíticos donde el individuo es considerado como si fuese un objeto, es un

grito de rebelión contra todo lo que intenta destruir lo individual y único de la existencia

humana. Es además una reacción contra la sociedad moderna producto de la tecnología, la

industrialización y la urbanización, en la cual el individuo pierde todo sentido de pertenencia;

donde la verdadera comunidad desaparece para convertirse en una muchedumbre solitaria”

(Riestra 231). Si aplicamos esta definición a Ricardo, podríamos decir que él es el objeto y, por

consiguiente, el individuo carente de sentido de pertenencia. El problema que enfrenta Ricardo

es que hace de Otilia el objeto deseado (Sartre 92). Según Jean Paul Sartre, en su libro

Existencial Psychoanalysis, el objeto deseado puede ser una rebanada de pan, un automóvil, una

mujer o un objeto que aún no se ha realizado ni definido por completo. Por consecuencia,

Ricardo corre el peligro de que la esencia del objeto deseado o creado (Otilia) sea absorbida por

él debido a la falta de independencia y objetividad. Exactamente lo mismo que le sucede al

protagonista, sin ella él no es nadie: “Estuve muchos días convertido en un zombie,

reprochándome día y noche no haber tenido el coraje de decirle a la camarada Arlette que, pese

a la prohibición de Paúl, se quedara conmigo en París, en vez de exhortarla a continuar esa

aventura que sabe Dios cómo terminaría”. En la cita referida anteriormente, vemos nuevamente

las características de Ricardo: falta de pertenencia, miedo y la intervención de otras personas en


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sus decisiones. De todos modos, aunque hubiese impedido la partida de Otilia, ella

consecuentemente lo hubiese dejado, pues no se conformaría con él.

Según Heidegger, existen dos niveles de existencia en el mundo, la existencia inauténtica

y la auténtica. Ricardo es un ser inauténtico, pues no se ha descubierto a sí mismo y no sabe con

certeza quién es realmente: “Había dejado de ser un peruano en muchos sentidos, sin duda. ¿Qué

era, entonces? Tampoco había llegado a ser un europeo, ni en Francia, ni mucho menos en

Inglaterra. ¿Qué eras, pues, Ricardito? Tal vez, lo que en sus rabietas me decía Mrs. Richardson:

un pichiruchi, nada más que un intérprete, alguien que, como le gustaba definirnos a mi colega

Salomón Toledano, sólo es cuando no es, un homínido que existe cuando deja de ser lo que es

para que por él pasen mejor las cosas que piensan y dicen los otros”. En efecto, no le preocupa su

existencia, no le preocupa trascender ni crear su propio mundo. Vive sometido a lo común y a lo

inmediato. Cuando se trata de las relaciones con las demás personas, el ser inauténtico se

conforma con estar junto a ellas. En otras palabras, no le preocupa crear un ser propio, se

conforma con ser igual a los demás: “[…] mi vida empezó a parecerme bastante estéril, y mi

futuro el de un irremediable solterón y un fuereño que nunca se integraría de veras a la Francia

de sus amores”. Lo mismo le sucedía a su compañero Salomón Toledano y constantemente se

cuestionaba: ¿Qué huella dejaremos de nuestro paso por esta perrera?, la respuesta honrada sería:

Ninguna, no hemos hecho nada, salvo hablar por otros”.

También, los seres inauténticos poseen las características de ser curiosos y ambiguos

(Riestra 251). Cuando digo curiosos, me refiero a que sólo se preocupan por lo artificial y

periférico de las cosas, no profundizan y sólo desean vivir nuevas experiencias: “En el largo

trayecto, en la carcocha humeante y traqueteante, lamente haber provocado aquella conversación


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con Arquímedes. ¿Qué hacía aquí, metiendo la nariz en esas intimidades sórdidas? 2” Por último,

y para pasar con Otilia, es ambiguo porque se precopa por lo que dicen los demás y no responde

a la voz de su conciencia. Pienso que esto lo hemos ejemplificado anteriormente, pero podríamos

ver la siguiente cita donde se muestra más marcadamente: “Sin duda tenía razón cuando me

decía esas lúgubres cosas. Esas conversaciones con el Trujimán3 me dejaban siempre algo

desmoralizado y a veces me producían desvelos. Ser un fantasma no era cosa que me dejara

impávido; a él no parecía importarle mucho”. No podemos obviar otro elemento importante

según Heidegger, el tiempo inauténtico. Éste es el de la vida cotidiana y se mide en segundos,

minutos, horas, días, semanas, meses y años. Es una temporalidad general y el personaje no la

hace suya, sino que se incorpora a ella: “Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de

1950”. Ricardo bien pudo decir: “Ocurrieron cosas extraordinarias en mi pasado”, pero decide

mantenerse al margen y no intervenir completamente en el tiempo.

Por otra parte, Otilia puede ser considerada un ser auténtico. La primera revelación del

ser auténtico es el miedo que a la vez se deriva de la angustia y ésta es el producto del

descubrimiento de la libertad absoluta del ser humano (Riestra 252). Es decir, Otilia conoce su

libertad de hacer lo que quiere, pero le causa angustia dejar a Ricardo para conseguirlo. Claro

está, nunca lo expresa directamente en la novela, pero lo podemos deducir. Ese sentimiento de

angustia mezclada con soledad es lo que obliga al ser auténtico a escoger entre la vida basada en

el ser anónimo o la existencia auténtica. Como ya sabemos, Otilia no opta por elegir la vida

cotidiana y anónima, sino que decide continuar con su extrema libertad hasta que finalmente

2
El término “curioso” puede prestarse a confusión, pues una persona curiosa preguntaría
hasta el más mínimo detalle de algún suceso. Sin embargo, hay que hacer la salvedad de que
Heidegger lo utiliza en el sentido de buscar nuevas aventuras sin investigar antes las
consecuencias de las mismas.
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Salomón Toledano
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contrae nupcias con Ricardo. Lamentablemente, ésta se hastía como había de esperarse: “Estos

dos cuartitos son una cárcel y ya no los soporto. Yo sé cuál es mi límite. Me está matando esta

rutina, esta mediocridad. Yo no quiero que el resto de mi vida sea así. A ti no te importa, tú estás

contento, mejor para ti. Pero yo no soy como tú, yo no sé conformarme”. Además de lo

mencionado anteriormente, notamos el miedo de Otilia de caer en la cotidianeidad y convertirse

en un ser inauténtico.

Además, el ser auténtico, según Regis Jolivet, refleja desde un principio el sentimiento de

culpabilidad: “Si quieres que reconozca que me he portado mal contigo y que he sido una

egoísta, lo reconozco. Si quieres que me pase el resto de la vida diciéndote que Elena tiene razón,

que te he hecho daño y no he sabido valorar tu amor y esas idioteces, bueno, lo haré”. Este

sentimiento surge al momento de rechazar una cosa por otra. Por ejemplo, cuando Otilia debía

decidir entre Ricardo y el dinero, obviamente optaba por el bienestar económico, pues esta

necesidad la ha acompañado desde niña y su mismo padre lo menciona: “[…] desde que era de

este tamaño, Otilita se avergonzaba de nosotros. Ella quería ser como los blancos y los ricos. Era

una chiquilla resabida, llena de mañas”. Por consiguiente, debe alejarse de Ricardo para lograr lo

que soñaba desde pequeña.

Heidegger también habla de la fase de resolución y dice que en ésta el ser auténtico

“asume una tolerancia absoluta ante el derecho de los demás a vivir sus propias vidas y respeta el

derecho de cada ser humano de impregnar su propia vida con el significado y manera que él crea

más adecuado” (Riestra 254). Veamos la siguiente cita: “[…] no puedo vivir con nadie que no

seas tú. Aunque te parezca un poco tarde, ahora ya lo sé. Por eso, de ahora en adelante, aunque

me muera de hambre y tenga que vivir como una hippy, voy a vivir contigo”. Aquí, finalmente,

Otilia decide aceptar a Ricardo tal cual es y pasar el resto de su vida junto a él. Por otra parte, a
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diferencia de Ricardo, Otilia posee un tiempo auténtico y lo hace suyo (“mi tiempo”). Se le da

mayor importancia al fututo ya que representa la proyección y la posibilidad de encontrar

mejores cosas. Otilia siempre está pensando en el futuro y lo manipula de manera que consigue

todo lo que desea, entiéndase dinero, estabilidad social, compañía, seguridad, etcétera. El pasado

está relacionado con la angustia y el miedo, en este caso el mayor temor de Otilia es que

descubran su pasado, lo cual hizo Ricardo, pero nunca le dejó saber. Finalmente, el presente

consiste en la posibilidad de caer en la vida cotidiana y decadente como ya hemos mencionado y

ejemplificado en este escrito.

En síntesis, ambos personajes, como hemos visto anteriormente, enfrentan problemas

existenciales aunque de manera distinta. Ricardo recurre al desinterés por su propia vida y la

“niña mala” a la creación de distintas personalidades. Sin embargo, debemos destacar que todo

esto sucede gracias a la distancia entre ellos. Ricardo Somocurcio siempre estuvo a gusto con su

vida de traductor e intérprete en París, pero Otilia es quien le llena la cabeza de la idea de ser un

“don nadie” o un pichiruchi como ella misma lo indica en la novela. Ésta, para evitar sumergirse

en esa vida sencilla que tanto aborrece, abandona a Ricardo constantemente y se ve obligada a

transmutarse de personalidad y llega al punto que ni el mismo Ricardo la conoce, mucho menos

el lector. No sabemos con certeza quién es Otilia, pero sí sabemos y podemos identificar los

problemas que enfrenta en la novela. Es sumamente importante destacar la manera en que se

complementan ambos personajes. Esto lo vimos con los conceptos de Heidegger del ser

inauténtico y el auténtico. El primero no se conoce a sí mismo y depende de los demás para auto-

realizarse (Ricardo), mientras que el otro posee toda la libertad de hacer lo que le plazca (Otilia).

Pienso que la novela es un viaje a través del tiempo y lo mejor de todo es que en esa aventura

podemos ver cómo cambian los personajes, sus preocupaciones, sus momentos de felicidad, de
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aborrecimiento por una vida monótona y dolorosa donde en realidad no sabemos qué es el amor

y por consiguiente la desconocemos por completo. Los personajes la conciben como una sin

sentido, vacía, como si anduviésemos prestados en ella y así es realmente, pues todos los

humanos vivimos para un fin en común, la muerte. Los problemas existenciales, nos han

acompañado, nos acompañan y nos acampanarán durante toda la vida, pues queda evidenciado

que el ser humano no deja de crecer ni transformarse. Todo se encuentra en constante cambio y

nunca podremos decir con seguridad quiénes somos realmente, como les sucede a los personajes

de esta interesante novela.


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