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UNIVERSIDAD PEDAGÓGICA NACIONAL DE COLOMBIA

FACULTAD DE ARTES

LICENCIATURA EN MÚSICA

SEMINARIO INTERDISCIPLINAR III

LILA CASTAÑEDA

SITUACIÓN Y PERSPECTIVAS EN LA EDUCACIÓN MUSICAL ACTUAL

Viviana Marcela Alea Poveda

Código: 2016275004

ABSTRACT

La sociedad del siglo XXI está experimentando fuertes cambios, entre ellos la mecanización
de las labores y de la enseñanza. Hoy es evidente cómo el consumo, la velocidad, la
hiperconectividad y el pragmatismo están ganando poder en el pensamiento occidental,
impregnando las instituciones educativas y por lo tanto las distintas ramas del conocimiento,
entre ellas las artísticas, las cuales se tiende a pensar como disciplinas liberadas o incluso en
algunos casos subversivas. Adicionalmente el exceso de positividad está contribuyendo a
formar seres extremadamente confiados de que todo se puede lograr en la vida con esfuerzo
y dedicación, seres auto explotados que ante el primer fracaso caen en las denominadas
patologías neuronales de la época; una sociedad individualizada que rompió vínculos con el
otro.

Para analizar dicho fenómeno y la situación actual de la educación musical se abordaron


principalmente los autores Christopher Small, Byung-Chul Han y Carles Geli.
Adicionalmente se tomaron propuestas de Bruno Nettl, David Elliot, la entrevista de
Verónica Engler a Carlos Skliar y Murray Schafer para renovar el quehacer musical y la labor
del docente de música. Estableciendo la contemplación, el silencio, el aburrimiento y los
sentimientos que se consideran negativos como insumos y herramientas para la educación y
el acto creativo. De este modo se plantea la labor del maestro, especialmente la del maestro
en música como un desafío, pues debe responder a los cambios socio culturales y a las formas
de estar y de hacer de las personas, formas que definen más adelante la construcción de la
identidad y el sentido de pertenencia a una comunidad.

Palabras Clave: Consumo, efímero, productividad, educación, contemplación, silencio,


negatividad, auto-explotación, música, libertad, comunicación, tiempo, sonido, rendimiento,
sociedad.
Actualmente la escuela pareciera otorgarle un valor mayor a las disciplinas científicas
y lingüísticas, vemos cómo cada día se estimula un desarrollo en las habilidades para
responder exámenes, puesto que los puntajes de las pruebas estatales están determinando la
supuesta calidad de la educación, de las instituciones que la brindan y la inteligencia de sus
estudiantes, descartando otras ramas del conocimiento como las artes. Asignaturas
importantes para el fomento de valores, que permiten el autoconocimiento, la autoestima, la
convivencia en sociedad, y que nos determinan en el mundo. Nuestra sociedad colombiana
poco valor le da a la música, al hacer música y menos a enseñarla. Basta con encontrarse con
comentarios como “¿y aparte de estudiar música qué más haces?” o “¿eso es una carrera?
¿También son 10 semestres?”, para evidenciar qué es lo sustancial en la vida de algunos
colombianos que suelen ver la música como mero entretenimiento y la enseñanza musical
como algo poco serio, que no da dinero o estabilidad profesional y personal. Por lo tanto, se
hace necesario reflexionar acerca de una serie de situaciones y mencionar algunas
perspectivas respecto a la educación musical actual en Colombia y el valor que debería tener
en los planes de estudio de las instituciones educativas.

La música al igual que la educación, se está convirtiendo en un negocio, un producto


que se compra y, en teoría, su calidad es directamente proporcional a su valor monetario,
quitándole al consumidor la tarea de crear o de comprender el mundo a su manera, pues el
producto viene listo para ser consumido y no se le cuestiona. Este hecho como lo menciona
Small (1989) convierte a los maestros y estudiantes en entidades intercambiables dejando de
lado sus propios intereses y necesidades, similar a un rebaño que es conducido y no se le
permite apartar del camino. En cuanto a la música se busca algo que sea contagioso, sin
importar el mensaje, vemos como por ejemplo algunas mujeres cantan y bailan al son del
reggaetón al tiempo que sus letras las denigran. En algunas escuelas no formales de música
se le enseña al estudiante que tiene que producir y que si lo que compone no vende, no sirve.
Las escuelas se están distanciando de la idea de lo que debería ser la educación; un proceso
que promueva el desarrollo integral del ser humano, que lo forme como persona y no como
mero objeto, preparándolo para la vida y no para un instante, menciona Beck (1974) citado
por Elliot (1997). Así, los estudiantes y maestros se convierten en una asignatura más, una
masa que se puede manipular fácilmente, una generación adaptada a la filosofía industrial.

Ahora bien, como la educación es un producto y lo que prima es el resultado, casi no


se le está prestando atención al proceso, el sistema está descartando las emociones y la
calidad de las vivencias de los estudiantes. Se están limitando las experiencias o
prescindiéndolas como forma de aprendizaje y se está maltratando la individualidad. En el
caso de la música no se sabe qué es peor; que sea tomada con esta metodología, reduciéndola
a tecnicismos o que no sea tomada en cuenta seriamente como una asignatura valiosa dentro
del currículo. Vemos como en algunas universidades y academias de música, la enseñanza
musical es un paso a paso que se establece como único y verdadero y que proviene de
convenciones técnicas del pasado. No se puede aprender armonía popular sin haber aprendido
la clásica, si no se tienen claras las escalas mayores y menores no se pueden aprender las
blues, no se puede comprender los acordes con novena agregada sin tener claras las triadas,
no se puede interpretar música colombiana sin haber pasado por numerosos estudios técnicos
europeos, no se puede tomar dictados o solfear sin antes tener claros todos los intervalos.
Entre otros ejemplos irónicos y a veces hasta absurdos que solemos no cuestionar porque
hacemos parte del sistema. “Nuestros propios métodos de formación musical sacrifican
elementos pertenecientes a la musicalidad del hombre en persecución de los ideales del
virtuosismo individual y de la estandarización de la técnica” (Small, 1989, p.81).

Estudiantes pasan horas y horas repitiendo el mismo pasaje en el instrumento para ver
si algún día sale o pueden seguirle aumentando al metrónomo y así poder alardear ante sus
compañeros lo veloces y hábiles que son, alimentando la competencia y olvidando lo que
realmente es la música. ¿Quién dice que no hay otras maneras de aprender? ¿Por qué no nos
hemos revelado ante estas situaciones y buscado alternativas? Y si las hemos encontrado ¿por
qué no las hemos compartido o hecho públicas con nuestros colegas? Small (1989) afirma
que nuestra manera natural de aprender es similar a un sistema reticular o al de un
rompecabezas y no a una sucesión lineal y que además responde a un interés específico, a la
lógica de la experiencia individual, por lo cual no debería haber metodología única ni temas
únicos. El problema también radica en que nos hemos dejado comer el cuento de los llamados
expertos que nos dicen que hay que adquirir primero la técnica para luego usarla, dando por
hecho que dicha técnica nos servirá para todo lo que vamos a interpretar, es decir, que primero
hay que saber para poder hacer, privando a los estudiantes de algo tan fructífero como lo es
la experiencia con el instrumento por ejemplo, sentarse y explorar sus distintas sonoridades,
jugar con él o como diría Elliot (1997) musiquear.

Al respecto Elliot (1997) nos recalca la importancia de la música y la educación


musical en una sociedad. Para ello, hace la distinción entre MÚSICA, Música y música,
entendiendo la primera como un concepto abierto, una práctica humana diversificada, la
segunda como las formas de dichas prácticas musicales, que dependen de la musicalidad y la
tercera como los eventos auditivos resultado de formas específico-culturales y por tanto
histórico y contextualmente determinados. La musicalidad puede ser enseñada y aprendida y
hace referencia a un conocimiento práctico, es conocer y pensar en acción. “la meta principal
de la educación musical es desarrollar la musicalidad” (Elliot, 1997, p.26) El autor cita al
psicólogo Csikszentmihalyi (1990) el cual dice que para que haya una experiencia óptima,
un goce o lo que él denomina “flujo”, debe haber una correspondencia entre la información
exterior y nuestras metas. Para que exista autocrecimiento se necesitan tres elementos: un
desafío, saber cómo enfrentarlo y una meta con ciertas pautas de realización. El equilibrio
entre dicho desafío y el conocimiento relacionado con el mismo es el que produce ese fluir,
el cual intensifica la concentración y la absorción en determinada acción, muchas veces
olvidando el tiempo y a nosotros mismos. Este hecho puede ser evidenciado cuando estamos
haciendo música, bien sea interpretando un instrumento musical, cantando o realizando algún
ensamble grupal. Musiquear promueve experiencias de flujo en las demás personas.

“Los humanos se comprometen en acciones que fortalecen y ordenan el yo.


Experimentamos estas ocupaciones como más satisfactorias y absorbentes que
las actividades diarias porque son más exigentes y más congruentes con las
mismas metas del yo. Y porque disfrutamos estos esfuerzos, continuamos
buscándolos. Nuestra motivación es el goce que aparece en el proceso de
pensar en acción de manera efectiva” (Elliot, 1997, pp. 21-22)

En cuanto a las obras musicales, Elliot (1997) aclara que no son objetos, sino eventos
físico-temporales, son construcciones artístico-sociales que otorgan identidad y dan un
sentido de comunidad dentro de los grupos sociales. Las características básicas de los
patrones sonoros por ejemplo son culturales y cada persona como lo menciona Nettl (1997)
posee su propio sistema musical, reflejo de su cultura. Por tanto, se hace indispensable en la
educación musical el estudio o al menos la aproximación a otras músicas pues se ha nos ha
impuesto la música occidental como lo mejor y lo que debe ser estudiado si se quiere ser un
buen músico, subvalorando otras culturas como la oriental o incluso la popular colombiana.

Urge una mirada como la de la etnomusicología, donde según Nettl (1997) se realiza
un estudio comparativo de las culturas musicales del mundo, sin hacer valoraciones
interculturales, “todas las músicas son buenas, (...) no deberíamos compararlas en términos
de cuánto nos gustan sino de cuál es el mensaje que aportan de su sociedad” (Nettl, 1997, p.
37) De esta manera, la música como elemento de la cultura, permite comprender la sociedad.
Los tres autores mencionados hasta ahora, coinciden en la envergadura del hecho de entrar
en contacto con culturas musicales que son poco o nada familiares pues no solo se cuestiona
la universalidad sino que se confrontan prejuicios, dice Small (1989) descuidar las
experiencias que nos brindan otras culturas deformará las experiencias de los que pretendan
educar, además apartar a los estudiantes del contacto con la variedad que ofrece la raza
humana trae como consecuencia privarlos de la experiencia de crecer. Adicionalmente cabe
resaltar que uno de los rasgos de la música en la actualidad es la fusión, el intercambio
musical intercultural, dicha variedad musical da cuenta de qué es lo importante de esa música
y nos proporciona lecciones del mundo, así mismo ese intercambio preserva la diversidad
musical y nos permite valorarla.

Existe un factor relevante que cabe señalar hasta este punto y es la conexión evidente
que hay entre educación, sociedad y cultura. Small (1989) afirma que cualquier cambio que
se realice en cualquiera de estas tres dimensiones se reflejará en las demás. Esto nos da un
parámetro importantísimo para declarar la educación musical como potenciadora de cambio
y como generadora multidimensional de pensamiento como lo llama Elliot (1997).
Cumpliendo a su vez con ciertas tendencias humanas que el autor menciona: entender quiénes
somos y qué somos capaces de hacer, invertir en ocupaciones que nos estimulan pues exceden
nuestras capacidades, extraer valores de las necesidades y estimular y darle orden a la
conciencia que a fin de cuentas es la fuente de la música. La conciencia consiste en varios
procesos simultáneos que ocurren en el cerebro, implica tres sistemas que se relacionan entre
sí: la atención, el conocimiento y la memoria; sistemas que coordinan tanto información
interna como externa y permiten tomar decisiones y actuar. Adicionalmente, es resultado de
fuerzas biológicas y culturales, por lo tanto, va creciendo y se va adaptando, conforme su
dinamismo. ¿Qué quiere decir todo esto? Que la conciencia actúa y se desarrolla cuando
aceptamos desafíos. La educación musical y la producción musical conllevan un gran
desafío, que finalmente da un propósito a nuestra vida.

Hasta aquí se han mencionado una serie de ejemplos que evidencian las carencias y
debilidades presentes en la educación musical actual. Hay que ver el año de publicación de
“los niños como consumidores” de Small (1989) para darse cuenta de que muchos de los
asuntos allí mencionados permanecen vigentes hoy en día no sólo para el contexto del autor
sino para nuestra sociedad colombiana, lo cual es preocupante, pues pocos cambios se han
visto. Se continúa hablando de la importancia de la educación musical en el desarrollo del
ser humano, pero lo cierto es que cada vez se le reducen más las horas en los planteles
educativos, y la mayoría de los padres y administrativos no le dan el valor que merece,
argumentando en ocasiones que es perder el tiempo., además que como lo mencionaba al
inicio, sus temas de estudio no aparecen en las pruebas de estado, entonces para qué
estudiarlos. Se han expuesto también una serie de razones por las cuáles la música es
necesaria para el ser humano y la sociedad en la que vive, además de evidenciar la
importancia de la educación musical, entonces ¿Qué estamos esperando? ¿Qué la música y
las demás ramas artísticas sean suprimidas completamente de los currículos y que después
sólo se imparta educación musical en academias privadas donde unos pocos logren acceder?
¿Qué estamos haciendo para renovar nuestros modos de hacer y aprender música?
Con este panorama, entra la música y la labor del maestro de música en una especie
de crisis existencial, pues dados los cambios que estamos percibiendo en la sociedad actual;
una sociedad del consumo como se mencionaba anteriormente y una sociedad auto explotada
y saturada como se verá en las siguientes páginas, uno se pregunta entonces música ¿para
qué, para quién?, ¿qué podría aportar la música, cuál sería la labor del maestro de música y
cómo debería ser dicha enseñanza en este contexto?

Byung-Chul Han (2010) nos expone en su libro la sociedad del cansancio, cómo
estamos siendo víctimas del exceso de positividad que nos plantea la época actual. Esta idea
de que todos podemos lograr lo que nos propongamos, de trabajar arduamente por nuestras
metas, muchas veces sin importar las consecuencias o el cómo para lograrlas, poco a poco ha
ido tomando fuerza y cada vez impregna más distintos campos de nuestra vida, ocasionando
seres angustiados, como se dice coloquialmente con el agua hasta el cuello, presionados,
intentando cumplir con todas las actividades para no sentirse frustrados, ni fracasados, con
sentimiento de culpabilidad por poder haber hecho más. Irónicamente, el “yes, we can!” está
llevando a patologías no solo físicas sino también neuronales; seres depresivos y fracasados
a causa de lo que Han (2010) denomina la sociedad de rendimiento, una sociedad que a
diferencia de la del siglo XX, ya no es disciplinaria, no hay un límite que diferencie la
otredad, lo extraño, pues víctima y verdugo son la misma persona, no hay consciencia de la
dominación. Nos venden la idea de la libertad, pero “es una ilusión pensar que cuanto más
activo uno se vuelva, más libre es” (Han, 2010, p. 80). El ser humano cree ser soberano de sí
mismo, pero la verdad es que no lo es.

Las instituciones educativas como las escuelas y las universidades lamentablemente


se están viendo afectadas por estas demandas de la época y digo lamentablemente porque se
esperaría que estos espacios fueran una alternativa, un lugar de libertad genuina, como lo
menciona Engler (2018) en su entrevista a Carlos Skliar, donde se pueda respirar, donde se
pueda vivir la infancia sin las urgencias adultas, apuntándole a un futuro más humano y no
tan mecanizado, espacios donde debería haber cabida para la conversación como forma de
conocimiento y oportunidad para crear otros mundos. En una sociedad donde prima lo igual,
las escuelas posibilitan un encuentro con la variedad y permiten la exploración de distintas
formas de comunicación como el dibujo o la música, diferentes a las redes sociales o todo lo
que ofrece el internet. Sin embargo, áreas de conocimiento como el arte que deberían
propiciar todo esto están siendo víctimas del sistema y ahora están al servicio del consumo,
fomentando una aparente autenticidad, dice Geli (2018) aparente porque en la voluntad de
ser distinto al final siempre se mantiene lo igual, es decir lo que vemos son diferencias
comercializables.

Lo digital, entre otras cosas, está tomando fuerza en el campo musical y aunque esto
no es algo que deba condenarse, sí se vuelve discutible cuando se hace por el mero hecho de
vender y pensar solo en el beneficio económico como si de cualquier producto se tratase.
Cabe mencionar aquí que, en nuestro campo profesional musical, digitación también alude
al hecho de digitar las notas en un instrumento, cuestión que en algunos casos se ha vuelto
mero automatismo. Gil (2018) citando a Han, plantea lo digital como una abolición de la
realidad por lo que se hace perentorio regresar al contacto con la tierra, con la realidad. Y es
importante que la educación musical tome un papel protagónico en esta situación, pues en el
imaginario de la sociedad colombiana estos hechos han limitado la música como algo para
distraerse, entretener, para amenizar, una pista de fondo, de ambientación. Es tiempo de
regresarle a la música el valor que merece, el papel que tiene en la sociedad y el poder de
transformación que posee, no solo el hecho de escucharla o de hacerla, sino de vivirla.

De esta manera, en un mundo que vive tan agitado, que está ansioso por obtener
resultados, por cumplir con metas de producción, que habla de eficiencia, de velocidad,
donde todo es efímero. La lentitud se convierte en un acto de rebelión como dice Engler
(2018) citando a Skliar. Quietud, reflexión, silencio, contemplación, aburrimiento, cansancio
serían conceptos clave a la hora de solucionar los problemas de la vida moderna. Al respecto
Han (2010) hace una diferencia entre el cansancio por agotamiento, mencionado en los
párrafos anteriores, y el cansancio fundamental.

“El cansancio de la sociedad de rendimiento es un cansancio a solas, que aísla


y divide. Corresponde al cansancio que Handke, en el ensayo sobre el
cansancio denomina el cansancio que separa (…) El cansancio fundamental
es cualquier cosa menos un estado de agotamiento en el que uno se sienta
incapaz de hacer algo. Más bien se considera una facultad especial. El
cansancio fundamental inspira. Deja que surja el espíritu.” (Han, 2010,
pp.112-116)

La música, la práctica musical y la educación musical al haber sido contaminadas por


las demandas de la sociedad del rendimiento, requiere un cambio y podría ser esta
perspectiva del detenimiento y del ejercicio de vaciar lo que podría rescatar sus raíces
y hacerlas florecer.

En correspondencia, Schafer (1967) nos invita a prestar atención y a


concentrarnos en los sonidos obvios que son los que se pierden con más frecuencia,
para posteriormente analizarlos y tomarlos como insumo en las clases. Su método
experimental utiliza cualquier cosa que esté disponible buscando aguzar los sonidos
y liberar la energía creadora latente. Las personas hoy en día saturadas e hiperactivas,
ya no tenemos acceso al don de la escucha dice Han (2010) porque este se basa en
una atención profunda y contemplativa. En muchas ocasiones el profesional de
música se concentra tanto en tocar un instrumento que descuida todos los parámetros
que integran lo que Schafer (1967) denomina paisaje sonoro musical, entre ellos uno
de los más ricos y potencializadores de la música; el silencio.

Surge una propuesta entorno al silencio, pues es uno de los elementos que más
se está perdiendo, siendo el que protege a los eventos musicales del ruido,
entendiendo este último como destructor de las cosas que deseamos escuchar, como
señal sonora indeseable o que interfiere. “Para las personas sensibles a los sonidos, el
mundo está saturado de ruido” (Schafer, 1967). Lo que muchos no tienen en cuenta
es que el silencio tiene una carga energética muy alta pues a diferencia de lo que
muchos pensarían, el silencio suena. Análogamente la vida misma podría ser música,
pero no lo es, dado todas estas demandas de la sociedad tardomoderna (ruido). La
música es a la vida lo que el ruido al exceso de positividad, la música libera. Solo que
para algunos ya se ha vuelto tan normal vivir o más bien sobrevivir en medio del ruido
que factores como el aburrimiento o el tiempo propio se convierten para ellos en el
verdadero ruido.

Este ultimo factor también debería ser un recurso del profesional y educador
en música pues como menciona Han (2010) citando a Walter Benjamin, el
aburrimiento profundo es necesario en el proceso creativo “según él, si el sueño
constituye el punto máximo de la relajación corporal, el aburrimiento profundo
corresponde al punto álgido de la relajación espiritual. La pura agitación no genera
nada nuevo.” (Han, 2010, p.52) Ratifica Geli (2018), se hace imprescindible un
tiempo sin nada productivo que hacer, diferente al de la hora de descanso, contrario a
lo que uno pudiera pensar, al jugar más y trabajar menos produciríamos más. Así
como la danza surgió cuando el ser humano se aburrió de caminar, las nuevas
propuestas sonoras podrían surgir si cambiamos los modos de hacer y enseñar música.
De allí que se le deba dar importancia a ideas como las de Schafer en sus libros:
limpieza de oídos, el nuevo paisaje sonoro, el compositor en el aula, cuando las
palabras cantan y el rinoceronte en el aula.

No solo el silencio sería una herramienta importante para el maestro, sino


resignificar el sonido, esto es “explorarlo a partir de las cosas más simples que nos
rodean y hacen parte de nosotros; como la palabra y la voz” (Schafer, 1970). Por
ejemplo, que el estudiante cante su canción favorita prestando atención al papel de
las vocales eliminando totalmente las consonantes o que preste atención a cómo
suenan las palabras. Resignificar el sonido implica también cambiar las
representaciones gráficas que ha tenido para nosotros (pentagrama), de allí que
Schafer haga alianza con otras ramas artísticas como lo visual y nos diga que podemos
dibujar con la voz o darle perspectiva al sonido si cambiamos su amplitud, entre otras.
Nos invita también a generar espacios de exploración intersensorial y a incorporar el
ingrediente corporal, integrando las distintas artes.

Todos estos ejercicios desembocarán en el acto creativo de la comunicación


humana y eso es algo que cabe subrayar, pues como se ha mencionado, la obesidad
del sistema ha conducido a la atomización del individuo, transformando la
comunicación en un simple intercambio de información, donde las relaciones se
reemplazaron por conexiones de tipo virtual o rompiendo definitivamente los
vínculos con los demás. Por lo tanto, las propuestas de Schafer estimulan no solo la
exploración y la contemplación, sino el reconocimiento del otro, el trabajo colectivo,
generando pertenencia a una comunidad, pertenencia que como lo menciona Han
(2010) citando a Arendt se ha perdido; el animal laborans, no va a renunciar a su
individualidad para trabajar en el desarrollo de la especie. Sentirse parte de la especie
contribuye a que el animal trabaje para ella y logre la tranquilidad propia. El objetivo
de la vida diría Arendt, es la actividad, el hacer en función de otros.

Han (2010) cita a Nietzsche, el cual afirma que hay tres tareas por las que se
requieren educadores: hay que aprender a mirar, pensar, hablar y escribir. Por lo tanto,
la labor del maestro en artes definitivamente plantea un gran reto dadas las
condiciones sociales actuales, por lo cual debe cuestionarse permanentemente
“¿Cómo las formas de estar y de hacer cambian las pedagogías?” (Engler, 2018) pues
entre ese estar y hacer es que se construye la identidad, el quiénes somos y qué
queremos ser. Adicionalmente la progresiva positivización ha satanizado
sentimientos como el miedo, la ira o la tristeza, pues se basan en la negatividad,
descartando que pueden ser insumo valioso en el aula o en el proceso creativo. El
maestro entonces se convierte en dinamizador, en promotor de experiencias y
reflexiones de vida, vale más un maestro apasionado que uno lleno de conocimientos,
pero apático a su realidad y la de sus estudiantes. El maestro se empodera como un
rinoceronte en el aula, dice Schafer (1998), es lo más prestigioso que hay, es un ser
provocativo, dominante, merece respeto.
Bibliografía

ELLIOT, David (1997). Música, educación y valores musicales. En La transformación de la


educación musical a las puertas del siglo XXI. Buenos Aires: Guadalupe

ENGLER, Verónica (2018). La rebeldía de lo bello, lo lento, lo humano. Argentina:


Página12. Recuperado de: http://www.página12.com.ar

GELI, Carles (2018). Ahora uno se explota y cree que está realizándose a sí mismo.
Barcelona: EL PAÍS. Recuperado de: http://elpais.com

HAN, Byung-Chul (2010). La sociedad del cansancio. ESPA PDF. Editor digital turolero.

NETTL, Bruno (1997). Etnomusicología y la enseñanza de la música del mundo. En La


transformación de la educación musical a las puertas del siglo XXI. Buenos Aires:
Guadalupe

SCHAFER, Murray (1970). Cuando las palabras cantan. Londres: Universal Edition.

SCHAFER, Murray (1998). El rinoceronte en el aula. Londres: Universal Edition.

SCHAFER, Murray (1967). Limpieza de oídos. Notas para un curso de música experimental.
Canadá: Ricordi Americana.

SMALL, Christopher (1989). Los niños como consumidores. Los niños como artistas. En
Música. Sociedad. Educación. Madrid: Alianza.