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Literatura Norteamericana

Joy Harjo (muscogui) – “El camino de la guerrera” 1


Todavía estaba oscuro cuando me desperté por unos calambres fuertes en el cuarto repleto
que estaba al fondo de la casa que alquilaba mi suegra. A los diecisiete años de edad ya había leído
todo lo que había en la Biblioteca Pública de Tahlequah sobre el embarazo y dar a luz. Desperté al
padre de mi bebé y después le planché una camisa antes de caminar las cuatro cuadras hasta el
hospital indio porque no teníamos ni auto ni dinero para el taxi. Él estaba trabajando con otro artista
cheroqui haciendo carteles en serigrafía para las ofertas del supermercado y ganando 5 dólares por
día y tuvo que dejarme sola en el hospital porque tenía que ir a trabajar. No despertamos a la madre.
Ya se tenía que despertar bastante temprano para preparar el desayuno a la hija y a la nieta antes de
irse al trabajo en el hogar de ancianos. Yo sabía que mi vida se balanceaba en el borde de un
cambio importante, inestable, y me sentía sola y traicionada. ¿Dónde estaba el círculo de mujeres
para honrar y agradecer este nacimiento?
Seguía oscuro cuando caminamos por la mañana fría, bajo los robles que simbolizaban la
tenacidad y la resistencia del pueblo cheroqui que hizo de Tahlequah su capital en las tierras
nuevas. Buscaba de dónde agarrarme en el cielo gris con niebla, buscaba una voz que anunciara el
milagro inminente. Quería cambiar todo; quería volver a algún momento antes de mi infancia, antes
de que expulsaran a nuestra tribu a Oklahoma. ¿Qué tipo de vida iba a dar a este bebé? Era una
mujer pobre, mestiza, embarazada de un bebé que iba a tener que sufrir la lucha de la pobreza, el
legado de la pérdida. Por segunda vez en mi vida sentí el tirón repentino de mi cordón umbilical,
todavía conectado a mi madre. Creo que nunca se suelta hasta la muerte, y en el cielo se convierte
en un rayo que simboliza el camino más importante del guerrero. En mi adolescencia, había peleado
contra las debilidades de mi madre con todas mis fuerzas y ahora, a los diecisiete, me estaba
convirtiendo en mi madre, que estaba en Tulsa, haciendo desayunos y preparándose para el turno
del almuerzo en la cafetería de una fábrica mientras yo caminaba hasta el hospital para dar a luz.
Tendría que estar con ella. En cambio, estaba lejos de su casa, en la casa de mi suegra quien más
adelante iba a intentar destruirme con brujería.
Después de que el padre de mi hijo me dejó, me prepararon para el parto. Eso implica que
me afeitaron la zona púbica por completo y después padecí la humillación de un enema, todo en
manos de desconocidos. Me dejaron sola en una sala pintada de verde militar. Un olor antiséptico y
abrumador acentuaba la esterilidad del hospital construido por el tratado del gobierno de los Estados
Unidos y por el compromiso de proveer asistencia médica al pueblo indio.
Intelectualmente entendía las etapas del parto, el lugar de transición, de nacimiento; pero era
difícil soportarlo en la realidad y soportarlo sola. Sin embargo, en cierto modo no estaba sola
porque la historia me rodeaba. Con el nacimiento de los bebés, la historia cobra forma y voz. El
nacimiento es uno de los actos más sagrados de los que formamos parte y de los que somos testigos
en nuestras vidas. Pero lo sagrado estaba muy lejos de la sala de parto solitaria en el hospital indio.
Escuché a una mujer que gritaba con su dolor en la sala de al lado y quería consolarla. La enfermera
la usó como mal ejemplo para el resto de nosotras que nos esforzábamos por mantener nuestro
sufrimiento en silencio.
El médico era un militar que había tomado esa guardia no porque amara curar o porque
admirara el milagro del nacimiento, si no para cumplir un contrato por los pagos de la escuela de
medicina. Para él, yo era una estadística más; me tocó como si estuviera moviendo un aparato de un
lado a otro. En mi última visita, me habían ofrecido la opción de esterilizarme. El médico me

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Traducción de María Fernanda Suarez
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Departamento de Letras — FaHCE — UNLP
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explicó que el momento del parto era el mejor momento para hacerlo. Me dieron el formulario pero
decidí no firmarlo y me sorprende que no lo haya pensado demasiado en ese entonces. Un tiempo
después, me enteré que muchas mujeres indias sin un inglés muy fluido lo habían firmado porque
pensaban que era para dar consentimiento al médico para asistir el parto. Otras sufrieron el
procedimiento sin pasar por la formalidad de firmar. Probablemente mi piel clara me salvó de ese
destino. No sería la primera vez en mi vida.
Cuando mi hijo nació finalmente, me habían anestesiado con una inyección en la columna.
Me lo mostraron; y se lo llevaron en nombre del progreso médico. Me quedé dormida con el peso
de las drogas y me desperté ansiosa de ver al bebé por el que había sufrido, al que había esperado en
los meses posteriores a su génesis inesperada cuando todavía tenía dieciséis y estudiaba en una
escuela india. No me dejaban sentarme ni caminar por la posibilidad de quedar paralítica (uno de
los efectos colaterales de las drogas) y, cuando finalmente pude sostener al bebé, la enfermera se
quedó vigilando como si yo lo fuera a lastimar. Me sentía enredada en un sistema en el que se
ignoraba la sabiduría que mi pueblo había pasado de generación en generación. En ese lugar me
sentía avergonzada de ser una mujer india. Pero también estaba orgullosa de lo que había logrado
mi cuerpo a pesar de la violación de la maquinaria burocrática y me fui de allí con el bebé en cuanto
pude. Mi hijo iba a crecer rodeado de porotos y pan frito y de los sueños y las historias con los que
lo íbamos a alimentar.
Mi hija nació cuatro años después, mientras yo estudiaba arte en la Universidad de Nuevo
México. Desde el nacimiento de mi hijo, yo había atendido mesas, limpiado hospitales, llenado
autos con combustible (vestida con minifalda), trabajado de enfermera y había dado clases de baile
en un centro de salud y estética. Sabía que no quería cocinar y atender toda la vida como había
hecho mi madre. Había visto cómo las venas varicosas se ramificaban en sus piernas y, a medida
que lo hacían, el placer por el baile y los deportes se disolvía en cansancio absoluto. Ella había
nacido con una membrana en la cara, el símbolo de un visionario iluminado.
Los primeros recuerdos que tengo son de mi madre mientras escribe canciones en una
máquina de escribir antigua Underwood después de haber limpiado y encerado el piso de la cocina
con las manos y las rodillas. Ella también había querido hacer algo diferente con su vida. A los
diecisiete años, había dejado una existencia empobrecida para ir a la gran ciudad de Tulsa. Se
avergonzaba en una época en la que ser indio, aunque solo fuera en parte, implicaba ser un
marginado del gran sistema de los Estados Unidos. La mitad de sus parientes eran cheroquis puros
de Jay, Oklahoma; indios que, la mayor parte del tiempo, no se relacionaban con los blancos. La
otra mitad era basura blanca con tendencia a la música, adictos a la música country y al fanatismo
religioso. Pensó que podía desaparecer en la ciudad; nadie conocería a la familia, de donde venía.
Soñaba con cantar y una vez le ofrecieron un trabajo como cantante en la radio pero lo rechazó
porque era tímida. Un tiempo después, antes de poder conseguir los derechos de autor, le robaron
una canción y se hicieron millonarios con ella. Dejó de escribir canciones. Mi padre y ella se
divorciaron y tuvo que trabajar para poder alimentar y vestir a cuatro niños, todos con menos de dos
años de diferencia.
Cuando era chica y vivía en Oklahoma, me gustaba que me contaran cómo había sido mi
nacimiento. Pedía una y otra vez a mi madre que me lo contara mientras ella limpiaba y planchaba.
“Casi me matas”, me solía decir. “Casi nos morimos”. La posibilidad de haberla podido matar me
llenaba de remordimiento y vergüenza. Y me imaginaba el tire y afloje de mi vida, un legado con el
que tengo que convivir incluso ahora que tengo el doble de edad que tenía mi madre cuando nací.
Me encantaba escuchar sobre mi lucha de guerrera por el primer aliento. Por cómo me lo contaban,
vivir fue decisión mía. Cuando crecí, me di cuenta de que las dos estuvimos muy cerca de ser bajas
del sistema, del mismo sistema que progresaba en el hospital indio donde, después, nació mi hijo
Phil.
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Mis padres se sentían afortunados de tener seguro médico, de poder tener a los hijos en el
hospital. Mi padre venía de una familia muskogui bastante importante. La mamá era una india de
sangre pura que a principios de la década de 1920 obtuvo un título en arte. Era pintora. Dio a luz a
mi padre en un hospital privado de la ciudad de Oklahoma; por lo menos eso creo que me dijo antes
de morir a los cincuenta y tres años. Era algo de lo que estaban orgullosos.
Esa misma experiencia fue muy distinta en el nacimiento de mi madre. Ella y cinco de los
seis hermanos habían nacido en la casa, sin asistencia médica. La única vez que un médico visitó la
casa fue porque alguien estaba muriendo. Cuando nació, la madre la llamó Wynema, un nombre
cheroqui que según mi madre significa mujer hermosa, y Jewell por una lata de grasa guardada en la
pieza en la que había nacido.
Yo quería algo distinto para mí, para mi hijo y para mi hija, que nació en el hospital
universitario de Albuquerque. Era una mañana radiante de verano cuando estuvo lista para empezar
su viaje. Yo todavía no tenía automóvil pero tenía suficiente dinero ahorrado para que un taxi me
llevara al hospital. Nació por parto “natural”, sin drogas. Yo miraba el cielo más celeste del mundo
por la ventana del hospital mientras estaba en trabajo de parto. Me apoyaron. El padre estaba en la
sala de parto; aunque después del nacimiento desapareció en un exceso de alcohol. Entendía su
desesperación pero no estaba de acuerdo con los medios dolorosos de describirla. Unos días
después, presentaron a Rainy Dawn 2 al sol en la comunidad indígena de su padre y le dieron un
nombre para que siempre la reconocieran como parte del pueblo, como hija del sol.
Eso no quiere decir que mi experiencia en el hospital haya sido perfecta. El sonido metálico
en la sala de parto tenía el efecto de un diapasón que reverberaba miedo en mi pelvis. Después de
dar a luz sostuve a mi hija pero se la llevaron porque era el “procedimiento”. Me negué a que me
llevaran en camilla a la habitación después del parto; quería irme caminando para encontrar a mi
hija. Nos pusimos de acuerdo y fui en una silla de ruedas. Cuando llegamos a la habitación me
levanté y caminé hasta el nido y exigí que me dieran a mi hija. Sabía que ella me necesitaba. Y así
empezó la guerra contra los empleados, que me consideraban ignorante porque era india y pobre.
Una vez más sentí el fuego de la vergüenza pero había aprendido a apagarlo mucho más rápido y
pedí que me dieran el alta antes de tiempo para cuidar de mi bebé sin que los desconocidos
opinaran.
Quería algo distinto para Rainy y, mientras ella crecía, yo trabajaba mucho para probar que
podía hacer “algo” de mi vida. Conseguí dos títulos cuando era madre soltera. Escribí poesía,
guiones, fui profesora y traté de llevar un estilo de vida que fuera una influencia positiva para mis
dos hijos. Mi obra en esta vida tiene que ver con el reclamo por la memoria robada de nuestros
pueblos cuando nos despojaron de nuestras tierras al este del Mississippi; tiene que ver con
recuperarnos. Estoy orgullosa de nuestra historia, una historia tan poderosa que destruyó a mi padre
pero también lo protegió. Es una historia que reivindica a mi madre que no vive lejos de donde
nació su madre, que la nombra mientras ella cocina en la cafetería de un colegio chico de
Oklahoma.
Cuando mi hija me dijo que estaba embarazada, no me sorprendí. Lo supe antes que ella o
por lo menos antes de que ella me lo admitiera. Sentí desesperación, como si nada hubiese
cambiado o lo haría alguna vez. Se había escapado de la escuela india con su novio y habían estado
viviendo en las calles de Gallup, una ciudad fronteriza conocida por los suicidios y muertes de los
indios. Los traje a vivir conmigo porque era la única manera de traerla a casa. A los dieciséis, se
peleaba conmigo con tanta ferocidad como con la que yo me había peleado con mi madre. Sin
embargo, me sentía más fuerte, también, por esta historia que se repetía, que continuaba, por una

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Rainy Dawn significa “amanecer lluvioso” en español. (N. de la T.)
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nueva posibilidad de vida y amor y apoyé a mi hija incondicionalmente. En esa época, Rainy
escribió los primeros poemas, como hice yo cuando estaba embarazada de ella. Este poema se
convirtió en una piedra de toque para mí durante los años más difíciles.
Todos los días está siempre allí
Todos los días está siempre allí
En mi mente o en mi cuerpo
No importa si quiero que esté o no
A veces es como si me acechara
Una presencia constante
De felicidad algunas veces,
de ira otras
Pero siempre rebosa de amor.
Un amor protector.
Es mi madre protectora.
RAINY ORTIZ

Tenía un trabajo en la universidad, así que el seguro médico cubría a mi hija. Vio a uno de
los mejores obstetras en el centro. Tuvo la posibilidad de elegir una sala de partos privada y lujosa.
Tuvo el mejor cuidado. Y sin embargo, una vez más batallé contra un sistema en el que los médicos
aprenden el arte de sanar por medio de la disección de cadáveres. Mi hija empezó el trabajo de parto
un mes antes de lo esperado. Las dos intuíamos que el bebé estaba listo pero ¿cómo explicamos eso
a un sistema en el que los números y la estadística son la base del entendimiento? Interrumpieron el
trabajo de parto de mi hija; le subió la presión por la droga que le dieron para detenerlo. Le hicieron
una amniocentesis innecesaria y le indujeron el parto –¡después de haberlo detenido!–. Me dijeron
que si la sacaba del hospital para que tuviera un parto natural, mi seguro no cubriría nada.
El parto inducido de mi hija fue antinatural y difícil, controlado por máquinas, no por
manos. Yo estaba impactada. Sentía que estaba completando el ciclo, como si estuviera mirando el
parto de mi madre y mi propia lucha por nacer. Pero estaba en la sala del hospital con ella, no como
mi madre que no había estado conmigo, ni la suya con ella. Mi hija y yo atravesamos el parto y el
nacimiento juntas.
Y cuando Krista Rae nació, nació rodeada de la familia. El padre estaba allí, las dos abuelas
también y mi amiga que había ido en avión para estar con nosotros. Los bisabuelos paternos y tíos y
tías también habían venido de la reserva Navajo para honrarla. Algo había cambiado.
Cuatro días después, llevé a mi nieta al bosque de saguaros antes del amanecer y le di el
nombre que había soñado para ella antes de que naciera. El nombre parece nubes de neblina que se
posan alrededor de una montaña sagrada mientras esta empieza a hablar. Un ancestro mujer se
acerca a caballo. Estamos todas juntas.

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Joy Harjo (Muscogee) “Warrior Road”


It was still dark when I awakened in the stuffed back room of my mother-in-law's small
rented house with what felt like hard cramps. At seventeen years of age I had read everything I
could from the Tahlequah Public Library about pregnancy and giving birth. But nothing prepared
me for what was coining. I awakened my child's father and then ironed him a shirt before we
walked the four blocks to the Indian hospital because we had no car and no money for a taxi. He
had been working with another Cherokee artist silk-screening signs for specials at the supermarket
and making $5 a day, and had to leave me alone at the hospital because he had to go to work. We
didn't awaken his mother. She had to get up soon enough to fix breakfast for her daughter and
granddaughter before leaving for her job at the nursing home. I knew my life was balanced at the
edge of great, precarious change and I felt alone and cheated. Where was the circle of women to
acknowledge and honor this birth?
It was still dark as we walked through the cold morning, under oaks that symbolized the
stubbornness and endurance of the Cherokee people who had made Tahlequah their capital in the
new lands. I looked for handholds in the misty gray sky, for a voice announcing this impending
miracle. I wanted to change everything; I wanted to go back to a place before childhood, before our
tribe's removal to Oklahoma. What kind of life was I bringing this child into? I was a poor, mixed-
blood woman heavy with a child who would suffer the struggle of poverty, the legacy of loss. For
the second time in my life I felt the sharp tug of my own birth cord, still connected to my mother. I
believe it never pulls away, until death, and even then it becomes a streak in the sky symbolizing
that most important warrior road. In my teens I had fought my mother's weaknesses with all my
might, and here I was at seventeen, becoming my mother, who was in Tulsa, cooking breakfasts and
preparing for the lunch shift at a factory cafeteria as I walked to the hospital to give birth. I should
be with her. Instead, I was far from her house, in the house of a mother-in-law who later would try
to use witchcraft to destroy me.
After my son's father left me I was prepped for birth. This meant my pubic area was shaved
completely and then I endured the humiliation of an enema, all at the hands of strangers. I was left
alone in a room painted government green. An overwhelming antiseptic smell emphasized the
sterility of the hospital built because of the U.S. government's treaty and responsibility to provide
health care to Indian people.
I intellectually understood the stages of labor, the place of transition, of birth—but it was
difficult to bear the actuality of it, and bear it alone. Yet in some ways I wasn't alone, for history
surrounded me. It is with the birth of children that history is given form and voice. Birth is one of
the most sacred acts we take part in and witness in our lives. But sacredness seemed to be far from
my lonely labor room in the Indian hospital. I heard a woman screaming in the next room with her
pain, and I wanted to comfort her. The nurse used her as a bad example to the rest of us who were
struggling to keep our suffering silent.
The doctor was a military man who had signed on this watch not for the love of healing or of
awe at the miracle of birth, but to fulfill a contract for medical school payments. I was another
statistic to him; he touched me as if he were moving equipment from one place to another. During
my last visit I was given the option of being sterilized. He explained to me that the moment of birth
was the best time to do it. I was handed the form but chose not to sign it, and am amazed that I
didn't think too much of it at the time. Later, I would learn that many Indian women who weren't
fluent in English signed, thinking it was a form giving consent for the doctor to deliver their babies.
Others were sterilized without even the formality of signing. My light skin had probably saved me
from such a fate. It wouldn't be the first time in my life.

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When my son was finally born I had been deadened with a needle in my spine. He was
shown to me—then taken from me in the name of medical progress. I fell asleep with the weight of
chemicals and awoke yearning for the child I had suffered for, had anticipated in the months
proceeding from his unexpected genesis when I was still sixteen and a student at Indian school. I
was not allowed to sit up or walk because of the possibility of paralysis (one of the drug's side
effects), and when I finally got to hold him, the nurse stood guard as if I would hurt him. I felt
enmeshed in a system in which the wisdom that had carried my people from generation to
generation was ignored. In that place I felt ashamed I was an Indian woman. But I was also proud of
what my body had accomplished despite the rape by the bureaucracy's machinery, and I got us out
of there as soon as possible. My son would flourish on beans and fry bread, and on the dreams and
stories we fed him.
My daughter was born four years later, while I was an art student at the University of New
Mexico. Since my son's birth I had waitressed, cleaned hospital rooms, filled cars with gas (while
wearing a miniskirt), worked as a nursing assistant, and led dance classes at a health spa. I knew I
didn't want to cook and waitress all my life, as my mother had done. I had watched the varicose
veins grow branches on her legs, and as they grew, her zest for dancing and sports dissolved into
utter tiredness. She had been born with a caul over her face, the sign of a gifted visionary.
My earliest memories are of my mother writing songs on an ancient Underwood typewriter
after she had washed and waxed the kitchen floor on her hands and knees. She too had wanted
something different for her life. She had left an impoverished existence at age seventeen, bound for
the big city of Tulsa. She was shamed in a time in which to be even part Indian was to be an outcast
in the great U.S. system. Half her relatives were Cherokee full-bloods from near Jay, Oklahoma,
who for the most part had nothing to do with white people. The other half were musically inclined
"white trash" addicted to country-western music and Holy Roller fervor. She thought she could
disappear in the city; no one would know her family, where she came from. She had dreams of
singing and had once been offered a job singing on the radio but turned it down because she was
shy. Later, before she could copyright it, one of her songs would be stolen and make someone else
rich. She would quit writing songs. She and my father would divorce and she would be forced to
work for money to feed and clothe four children, all born within two years of each other.
As a child growing up in Oklahoma, I liked to be told the story of my birth. I would beg for
it while my mother cleaned and ironed. "You almost killed me," she would say. "We almost died."
That I could kill my mother filled me with remorse and shame. And I imagined the push-pull of my
life, which was a legacy I deal with even now when I am twice as old as my mother was at my birth.
I loved to hear the story of my warrior fight for my breath. The way it was told, it had been my
decision to live. When I got older, I realized we were both nearly casualties of the system, the same
system flourishing in the Indian hospital where later my son Phil would be born.
My parents felt lucky to have insurance, to be able to have their children in the hospital. My
father came from a fairly prominent Muscogee Creek family. His mother was a full-blood who in
the early 1920s got her degree in art. She was a painter. She gave birth to him in a private hospital
in Oklahoma City; at least that's what I think he told me before he died at age fifty-three. It was
something of which they were proud.
This experience was much different from my mother's own birth. She and five of her six
brothers were born at home, with no medical assistance. The only time a doctor was called was
when someone was dying. When she was born her mother named her Wynema, a Cherokee name
my mother says means Beautiful Women, and Jewell, for a can of shortening stored in the room
where she was born.

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I wanted something different for my life, for my son, and for my daughter, who later was
born in a university hospital in Albuquerque. It was a bright summer morning when she was ready
to begin her journey. I still had no car, but I had enough money saved for a taxi for a ride to the
hospital. She was born "naturally," without drugs. I could look out of the hospital window while I
was in labor at the bluest sky in the world. I had support. Her father was present in the delivery
room—though after her birth he disappeared on a drinking binge. I understood his despair, but did
not agree with the painful means to describe it. A few days later, Rainy Dawn was presented to the
sun at her father's pueblo and given a name so that she will always be recognized as a part of the
people, as a child of the sun.
That's not to say that my experience in the hospital reached perfection. The clang of metal
against metal in the delivery room had the effect of a tuning fork reverberating fear in my pelvis.
After giving birth I held my daughter, but they took her from me for "processing." I refused to lie
down to be wheeled to my room after giving birth; I wanted to walk out of there to find my
daughter. We reached a compromise and I rode in a wheelchair. When we reached the room I stood
up and walked to the nursery and demanded my daughter. I knew she needed me. That began my
war with the nursery staff, who deemed me unknowledgeable because I was Indian and poor. Once
again I felt the brushfire of shame, but I'd learned to put it out much more quickly, and I demanded
early release so I could take care of my baby without the judgment of strangers.
I wanted something different for Rainy, and as she grew up I worked hard to prove that I
could make "something" of my life. I obtained two degrees as a single mother. I wrote poetry,
screenplays, became a professor, and tried to live a life that would be a positive influence for both
of my children. My work in this life has to do with reclaiming the memory stolen from our peoples
when we were dispossessed from our lands east of the Mississippi; it has to do with restoring us. I
am proud of our history, a history so powerful that it both destroyed my father and guarded him. It's
a history that claims my mother as she lives not far from the place where her mother was born, names
her as she cooks in the cafeteria of a small college in Oklahoma.
When my daughter told me she was pregnant, I wasn't surprised. I had known it before she did,
or at least before she would admit it to me. I felt despair, as if nothing had changed or ever would. She
had run away from Indian school with her boyfriend and they had been living in the streets of Gallup, a
border town notorious for the suicides and deaths of Indian people. I brought her and her boyfriend with
me because it was the only way I could bring her home. At age sixteen, she was fighting me just as I had
so fiercely fought my mother. Yet I felt strangely empowered, too, at this repetition of history, this
continuance, by a new possibility of life and love, and I steadfastly stood by my daughter. It was during
this time that Rainy wrote her first poems, much as I did when I was pregnant with her. This poem
became a touchstone for me during our difficult years.

Every Day It Is Always There


Every day it is always there
Whether in mind or body
Whether I want it to be or not—
Sometimes it's like being haunted
By a constant presence
Of sometimes happiness
Sometimes anger—
But it is always filled with love.
That love is my protector.
That protector is my mother.
RAINY ORTIZ

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I had a university job, so I had insurance that covered my daughter. She saw an obstetrician
in town who was reputed to be one of the best. She had the choice of a birthing room. She had the
finest care. Despite this, I once again battled with a system in which physicians are taught the art of
healing by dissecting cadavers. My daughter went into labor a month early. We both knew
intuitively the baby was ready, but how to explain that to a system in which numbers and statistics
provide the base of understanding? My daughter would have her labor interrupted; her blood
pressure would rise because of the drug given to her to stop the labor. She would be given an
unneeded amniocentesis and would have her labor induced—after having it artificially stopped! I
was warned that if I took her out of the hospital so her labor could occur naturally, my insurance
would cover nothing.
My daughter's induced labor was unnatural and difficult, monitored by machines, not by
touch. I was shocked. I felt as if I'd come full circle, as if I were watching my mother's labor and the
struggle of my own birth. But I was there in the hospital room with her, as neither my mother had
been for me nor her mother for her. My daughter and I went through the labor and birth together.
And when Krista Rae was born she was born to her family. Her father was there for her, as
were both her grandmothers and my friend who had flown in to be with us. Her paternal great-
grandparents and aunts and uncles had also arrived from the Navajo Reservation to honor her.
Something had changed.
Four days later, I took my granddaughter to the saguaro forest before dawn and gave her the
name I had dreamed for her just before her birth. Her name looks like clouds of mist settling around
a sacred mountain as it begins to speak. A female ancestor approaches on a horse. We are all
together.

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