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MI TÍA MARINA

Añoranza y nostalgia en el aire de los días felices de infancia. Recuerdos


fundidos con ensueños y emociones de alegría e inocencia. Y en el centro de
ellos, mi tía Marina Cofré, mi siempre sonriente profesora de mis primeros
años de enseñanza básica. ¿Qué sabía yo entonces de pruebas estandarizadas
y ránkings, de deficiencias en el sistema escolar e injusticias a los docentes?
Con ella sólo había descubrimiento y aventuras. La magia de las ciencias
naturales cuando observaba el lento brotar de un retoño, emergiendo desde
el interior de un poroto, de esos porotos que, según yo, sólo servían para
comer. O la aventura que vivíamos al transformábamos en protectores
virtuales del medio ambiente, jugando un arcaico videojuego en la sala de
computación, allá por la época previa al cambio de milenio. Su imagen fuerte
y vigorosa, perdura en lo más profundo de mi cabeza, tocando en su guitarra
canciones de Violeta Parra, enseñándonos artes manuales en los patios o
haciéndonos viajar por el tiempo, cuando nos relataba la historia de Chile, con
su voz dulce, pero con la fuerza del docente que tiene experiencia. Ella lograba
transmitir alegría en sus clases y siempre lo que nos enseñaba era importante,
y me encantaba contárselo a mis papás. Recuerdo que siempre estaba
hablándonos de la relevancia de cuidar el medioambiente, de que no
debíamos derrochar el agua. Cómo olvidar que nos llevaba al jardín de la
escuela para observar los árboles y los insectos o de esa vez que fuimos a la
granja educativa y de cada animal aprendíamos algo nuevo. Todo era
fascinante y nuevo, siempre había alguna curiosidad para aprender. Recuerdo
una vez que tuve un accidente y no fui al colegio por un par de días. Ella estuvo
muy preocupada por mí. Mi tía Marina, siempre sonriente, que vivirá siempre
en mis añoranzas y nostalgias, será siempre para mí el ideal a lograr, el de un
profesor siempre entregado al verdadero sentido de la enseñanza.