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EL MUNDO CLÁSICO

Orígenes y evolución del saber filosófico

El saber filosófico: Del mito a la razón


A lo largo del tiempo, la humanidad ha vivido de forma permanente en la cercanía de
los mitos, una creencia que ha ayudado al hombre a interpretar los misterios del
universo. El mito es siempre la historia de la creación del mundo en el que se propone
una explicación de los enigmas sobre la condición humana. Todavía pervive en las
sociedades primitivas de África, América y Oceanía y, en términos evolutivos, configura
un estadio muy definido del pensamiento infantil. Es, por consiguiente, una vía de
acceso al conocimiento de la realidad, al lado de otras vías de acceso como, por
ejemplo, la religión.
Ahora bien, la historia del pensamiento occidental dio comienzo hace ya más de
dos mil años, cuando el hombre, en lugar del mito, utilizó la razón como principal vía
de conocimiento, interesándose por saber cómo eran las cosas.
Los primeros pensadores griegos –los presocráticos como Tales, Anaximandro y
Anaxímenes, que vivieron entre los siglos VI y V a. C.– utilizaron todavía un modelo
mítico. Les interesó saber cómo había sido posible la creación del mundo a partir de un
caos original. No indagaron las leyes de la naturaleza, sino que trataron de explicar
cómo se había producido la transformación del caos originario en un universo ordenado,
es decir, en un cosmos. Pero, a diferencia del mito, buscaron un principio racional,
susceptible de ser entendido por la razón, que diera cuenta de esta transformación. Para
los primeros filósofos tenía que albergar la totalidad de las cosas. Este principio fue el
de la physis o naturaleza, en la que no había cabida para el mito, ya que se convirtió en
objeto de una investigación racional.
Estos pensadores griegos deseaban únicamente comprender el mundo, y por eso el
pensamiento nació en Grecia como filosofía y no como ciencia. Ahora bien, ¿qué es la
filosofía? La respuesta es: la aspiración a una certidumbre indiscutible. La idea de la
physis, como principio de todo lo que es, excluía también todo lo que no es,
conocimiento totalizador que los griegos denominaron filosofía. Ésta se configuró como
un saber basado en la idea de totalidad que era capaz de excluir de sí las restantes
formas de saber. En su origen fue considerada el saber auténtico (sofía) al que se llegaba
a través del amor (philia, philo), y el filósofo fue tipificado como el amante por
excelencia de la sabiduría, el hombre que aspiraba a llegar a la certidumbre mediante un
saber indudable a través de la razón.
La historia de la filosofía se inició con la transformación mental revolucionaria que
condujo de las creencias míticas a un saber fundado en la razón. Desde aquel lejano
entonces –hace ya más de dos mil quinientos años– hasta nuestros días, la evolución del
pensamiento filosófico ha sido enormemente compleja.

La filosofía clásica
Se ha aceptado como válida la idea de que la filosofía surge en Grecia cuando el
pensamiento racional (logos) sustituye al pensamiento mítico. El logos intentará
explicar la realidad en toda su complejidad: desde los fenómenos físicos, pasando por el
carácter de la convivencia social hasta llegar a la naturaleza individual humana. Se
desarrolla el pensamiento abstracto para interpretar lo concreto.
Los griegos empezaron a introducir investigaciones racionales acerca del principio de
lo real: era el nacimiento del pensamiento científico. En la época clásica griega, la de
mayor esplendor económico y cultural, surgirán las tres figuras cumbre del pensamiento
clásico: Sócrates, Platón y Aristóteles, que, partiendo de la riqueza intelectual de sus
antecedentes, crearán ámbitos de pensamiento e ideas sobre la naturaleza, la conciencia,
la política, el universo, la metafísica, la ética y la estética perdurables durante siglos. El
sentido del bien y del mal, los conceptos de sustancia, potencia y acto, las causas, las
apariencias, dios, etc., serán comentados por Platón y Aristóteles, sentando así las bases
para emprender la reconstrucción del mundo y el sentido de la vida humana en el nuevo
ámbito del cristianismo. Extendido éste, aparecieron los Padres de la Iglesia y la gran
figura de san Agustín, que forjaron modelos universales para el entendimiento del
mundo y el comportamiento del hombre, culminación de la filosofía cristiana de
inspiración platónica.

La filosofía presocrática. Heráclito y Parménides


La importancia de estos primeros filósofos jonios radica en que, frente a la experiencia
de la multiplicidad y el cambio de las cosas, buscaron un principio de identidad que las
unificara y que, al mismo tiempo, pudiera ser explicativo de todo lo que existe.

Heráclito de Éfeso
Heráclito de Efeso (536-470 a.J.C.), máximo pensador de la escuela jonia, quería
hallar un elemento de identidad que unificara la transformación de las cosas y que a la
vez explicara su existencia, pero con una diferencia: la arjé no podía ser un principio
inmutable, puesto que todo cambia, y, por consiguiente, el elemento primordial era el
fuego, eternamente móvil y fluyente, el que explicaba por qué todo es devenir. Nadie
puede bañarse dos veces en el mismo río.
Ahora bien, el pensamiento de Heráclito era dialéctico. En el incesante devenir,
cada cosa se convierte en su contrario, y lo que hay de idéntico en las cosas no es un
fondo inmutable de las mismas, sino que es justamente esta eterna movilidad por la que
cada cosa se opone a la otra y acaba convirtiéndose en lo contrario de lo que era.
Pero ocurre también que, en el fondo, «todas las cosas son una». La lucha de
contrarios es expresión de una fundamental unidad del ser, y, así, de los opuestos, de las
cosas diferentes que contrastan entre sí, nace la armonía más bella. Sólo que esta
armonía es visible únicamente a través de la razón (logos).

Parménides de Elea
La cultura filosófica surgida en las colonias jonias del Asia Menor se expandió por
algunas ciudades de la Magna Grecia, como la antigua colonia focense de Elea, al sur de
Italia. Una figura que hizo de puente entre los dos ámbitos fue Jenófanes de Colofón (h.
540-484 a.J.C.), precursor del más importante de los pensadores eleatas: Parménides
(540-450 a.J.C.).
A diferencia de Heráclito, Parménides sostuvo que es un contrasentido afirmar
que la realidad es puro devenir, porque la razón dice que «el ser es y el no ser no es». Y,
así, si se dice que las cosas cambian, es decir, que nacen y mueren, se está aseverando
que son y no son y el no ser es imposible que sea. El ser es y no puede haber cambio en
el ser.
Ahora bien, la experiencia, en la cual se apoyó Heráclito, muestra obviamente que
las cosas se generan y corrompen. Parménides, no obstante, consideró que esto era
aparente, una ilusión de los sentidos, puesto que lo que la razón indica es que el ser es
uno, eterno e inmutable, sin principio ni fin, y que, por tanto, no está sujeto a las
mutaciones del devenir.
De esta concepción del ser, que ha tenido una enorme importancia en la historia de la
filosofía, Parménides derivó todavía otra consecuencia de largo alcance. Dado que el no
ser no puede ser pensado, todo pensamiento lo es del ser y, por tanto, hay una identidad
entre el ser y el pensar. En la concepción parmenidea, la cópula es se refiere por igual al
lenguaje y a lo ontológico, o sea, a como son en realidad las cosas, porque «es lo mismo
el ser que el pensamiento».

La filosofía presocrática. Los filósofos pluralistas


Después de la brecha abierta por Parménides entre razón y experiencia, los
filósofos trataron de conciliar estos dos polos remitiéndose a la existencia no de uno,
sino de varios principios, y así pasaron del monismo al pluralismo.

Empédocles de Agrigento
El primero de estos filósofos fue Empédocles de Agrigento (490-430 a.J.C.), para el
cual, y a diferencia de los jonios, la arjé estaba constituida por cuatro elementos: el
agua, el aire, el fuego y la tierra. Atendiendo a lo exigido por Parménides, Empédocles
sostuvo que tales elementos eran indestructibles e inmutables, pero que de su
combinación surgía –tal y como lo mantuvo Heráclito– la multiplicidad de las cosas y
su incesante devenir. El hecho que estos elementos se combinaran para causar la
transformación de las cosas era debido a las fuerzas opuestas del amor y del odio en un
juego alternado de producción y destrucción.

Anaxágoras
De una forma similar a la de Empédocles, el filósofo ateniense Anaxágoras (500-428
a.J.C.) explicó el ser y el devenir como resultado de una pluralidad de elementos. Ahora
bien, éstos no son sólo cuatro; su número es ilimitado y, a modo de semillas o gérmenes
invisibles, están presentes en todas las cosas. Anaxágoras llamó a estos elementos
homeomerías; sostuvo que eran eternos y que el devenir era producto de su incesante
unión (que los hace visibles en forma de cuerpos) y dispersión (que los hace
desaparecer). Como rasgo original, este filósofo introdujo la noción de intelecto (nous)
como principio cósmico omnisciente –lo conoce todo– inteligente, que rige esta unión y
dispersión de las homeomerías.

Demócrito de Abdera
Una solución bien distinta al problema abierto por Parménides es la que dio Demócrito
de Abdera (460-370 a.J.C.) con su filosofía del atomismo, ya avanzada por su amigo y
maestro Leucipo (c. 460-370 a.J.C.); esta doctrina constituyó la primera filosofía
materialista de la historia.
Para Demócrito, el ser está formado por los átomos, partículas materiales,
invariables, eternas y, como indica su nombre griego, indivisibles. Los átomos se
mueven, chocan y se agrupan entre sí, y de ello surgen las infinitas combinaciones de la
materia. Ahora bien, este movimiento atómico sólo es posible porque existe el vacío; sin
él, no podría explicarse el hecho de que los cuerpos desaparecen. Pero el vacío es el no
ser, y Demócrito terminó situándose en un plano desde el cual no podía darse una
solución satisfactoria al problema filosófico planteado por Parménides.

La filosofía socrática
Sócrates (c. 470-c. 399 a.J.C.), filósofo griego fundador de la filosofía moral, o
axiología, ha tenido gran peso en la filosofía occidental por su influencia sobre Platón.
Nacido en Atenas, hijo de Sofronisco, un escultor, y de Fenareta, una comadrona,
recibió una educación tradicional en literatura, música y gimnasia. Posteriormente se
familiarizó con la retórica y la dialéctica de los sofistas, las especulaciones de los
filósofos jonios y la cultura general de la Atenas de Pericles.

Sócrates
Las especulaciones de los filósofos presocráticos se centraron en la naturaleza y
ésta es la razón primordial que permite agruparlos como anteriores a Sócrates. Pero, a
partir de este pensador ateniense, la filosofía dio un giro radical porque la reflexión se
dirigió entonces hacia el propio hombre. ¿Es éste dueño de su destino, medida de todas
las cosas? Esta pregunta no puede responderse sin haber aclarado antes si al hombre le
es dado conocer la verdad.
Sócrates, que tachaba la presunción de los sofistas, comenzó esta búsqueda de la
verdad a partir de un reconocimiento de la propia ignorancia: «Sólo sé que no sé nada».
Es decir, que, si la razón debe hacer posible que el hombre sea dueño de su destino,
antes debe procederse a una disolución de todos los falsos saberes e, incluso, de la
misma presunción de que se sabe. Sócrates, en sus diálogos, utilizaba la ironía como
forma negativa para refutar el saber presuntuoso; y como forma positiva, la mayéutica,
o arte de alumbrar la verdad que está alojada en el interior del hombre, aunque éste no
lo sepa; la mayéutica permite el acceso a un saber que ya es auténtico.
Y, ¿qué dice este saber auténtico? Que el hombre puede conocer la verdad porque
es capaz de pensar conceptualmente. De la multiplicidad sabe recoger la unidad y, ante
dos alternativas, llega a conocer cuál es la verdadera. Sócrates ha pasado a la historia
como el descubridor del concepto y, aunque ello no es propiamente así –por cuanto el
pensamiento de los presocráticos ya era conceptual–, debe entenderse en el sentido de
que este filósofo fue el primero en darse cuenta de que al hombre sólo le es dado el
acceso a la verdad mediante el pensar con los conceptos.
Sócrates todavía introdujo una nueva dimensión en la filosofía, la de la reflexión
moral. La búsqueda de la verdad por medio de la razón no es otra cosa que el bien. El
que conoce busca el bien y huye del mal, que es ignorancia. Al mismo tiempo, ser
virtuoso equivale a ser feliz. Ésta es la famosa ecuación socrática, en la cual la razón
fue equiparada a la virtud y ésta, a su vez, a la felicidad.
La ironía de Sócrates fue el principal motivo de su condena de muerte con el
pretexto de que había quebrantado las tradiciones e intentado corromper a la juventud.
Los amigos de Sócrates planearon su huida de la prisión pero prefirió acatar la ley
y murió por ello. Pasó sus últimos días con sus amigos y seguidores, como queda
recogido en la obra Fedón de Platón, y durante la noche cumplió su sentencia bebiendo
una copa de cicuta siguiendo el procedimiento habitual de ejecución.

La filosofía platónica
Uno de los principales planteamientos de Platón es el relativo a la inmortalidad
del alma. Consideraba que el alma únicamente consistía en la idea de la vida, lo que
animaba a un ser viviente, por lo que no podía morir. Lo que muere es el cuerpo
sensible, la existencia corporal, que se halla entre el ser y el no-ser.

El conocimiento como recuerdo


Este razonamiento condujo a Platón a sostener la tesis de la preexistencia del
alma. Antes de vivir en el mundo sensible, el ser humano ha vivido como alma en el
eterno mundo de las ideas, al que regresa después de su muerte.
Con el objeto de fundamentar esta tesis de la preexistencia del alma, Platón se
sirvió del conocimiento. Ocurre que todo el mundo tiene idea de lo que es, por ejemplo,
la igualdad, aunque nunca haya visto dos cosas absolutamente iguales. Y lo mismo
sucede con las ideas de la justicia, la libertad, la belleza, etc. Si esto es así, es debido al
recuerdo que se tiene de algo que ya se conocía y que luego se ha olvidado. Y, ¿dónde
se conocía?: en la preexistencia del alma en el mundo inteligible de las ideas. Y, ¿cómo
se ha olvidado?: al reencarnarse el alma en el mundo de la existencia sensible.
Ahora bien, puesto que en esta existencia en el mundo material es posible acceder
del conocimiento meramente sensible al conocimiento inteligible, este olvido puede
remediarse. Pero siempre es porque queda una reminiscencia de un saber que el alma ya
poseía al preexistir en el mundo eterno y arquetípico de las ideas. En la filosofía
platónica, por consiguiente, conocer es recordar.

La idea del bien


Dado que de cada cosa se tiene una idea, la multiplicidad de cosas equivale a la
multiplicidad de ideas. No obstante, hay una idea que está por encima de las demás y
que es la idea del bien. Aquí no hay que entender el bien en un sentido puramente ético.
Esta idea del bien, antes que nada, se refiere a la unidad de toda multiplicidad, o sea,
aquella idea que está presente en todas las diversas e incontables ideas.
Así, en cada cosa siempre es posible referirse a aquello que es; se la percibe de
forma sensible, pero a partir de esta percepción se puede conocer lo que es como ser
inteligible. Y si esto es posible es porque se tiene una idea del «bien» en que consiste
esta cosa determinada.
Las implicaciones morales de esta idea del bien resultan evidentes. Corroborando
las tesis de quien fue su maestro, Platón sostuvo que el máximo bien radica en un
elevarse al conocimiento de la verdad.
El individuo justo es aquél que, al igual que el filósofo, abandona el conocimiento
vulgar (o sea, el que tiene su origen en la mera opinión de las cosas) y adquiere el
conocimiento inteligible, el que proviene de las ideas.
De idéntica manera, la vida justa reside en que el alma sea gobernada por la razón.
Platón distinguió tres estratos en el alma humana. El primero, y más inferior, es el
irracional, que se expresa como facultad apetitiva, al servicio del mero instinto. Luego
hay una parte pasional del alma, donde se generan los afectos del amor y del odio.
Finalmente, existe una parte racional que debe enseñorearse del alma a fin de que ésta
acceda al reino de la verdad mediante la sabiduría filosófica.

La filosofía aristotélica
El énfasis puesto en la razón o en la experiencia como principales fuentes de
conocimiento ha agrupado a los filósofos en dos grandes grupos. Aristóteles (384-322
a.J.C.), a diferencia de su maestro Platón, construyó su sistema filosófico –de tanta
influencia histórica como el platonismo– a partir de una rigurosa fundamentación
empírica.

El concepto aristotélico de sustancia


Aristóteles partió en su metafísica de la distinción platónica entre las ideas y las
cosas sensibles, pero para afirmar que no existe una separación tajante de ambos
órdenes de la realidad. Como buen empírico, se inclinó por resaltar el valor de lo
concreto y para salvar el dualismo platónico de mundo sensible y mundo inteligible
introdujo el concepto de sustancia. Mediante él, abandonó la doctrina de las ideas de su
maestro para resaltar con gran fuerza que lo que se piensa y se siente constituye una
unidad viva a partir de la experiencia.
El concepto de sustancia, que conoció un gran desarrollo en la filosofía escolástica
de la Edad Media, se refiere en primer lugar a las cosas que son aprehendidas como
unidades individualizadas. La sustancia es lo que está por debajo de cualidades y
accidentes como sustrato o soporte de los elementos mutables y que, por tanto, tiene un
carácter permanente. En Aristóteles, la sustancia, ser real de las cosas, es la reunión de
materia y forma.
Lo importante aquí es destacar que la noción de «forma» no es equiparable a la de
«idea» platónica –en cuanto que prototipo existente en un mundo al margen de las cosas
sensibles, aunque conectado necesariamente con ellas–. Aristóteles resalta, sobre todo,
la unidad indisoluble de los objetos como sustancia y, en consecuencia, la negación del
mundo de las ideas platónicas en tanto que mundo autónomo y separado de las cosas.

Potencia y acto
Similar a la distinción entre materia y forma es la de potencia y acto, que
Aristóteles utiliza para explicar la estructura del movimiento. El movimiento es el paso
de la potencia al acto. Así, por ejemplo, la materia es potencia desde el momento en que
puede dar lugar a determinadas sustancias por medio de la unión con una u otra forma,
es decir, la materia, en este caso, posee, en «potencia», la «forma» que después poseerá
«en acto».
A través de estos conceptos metafísicos, Aristóteles trató de conciliar el gran
problema del pensamiento griego, esto es, el carácter incompatible entre la permanencia
e inmutabilidad del ser exigida por la razón y la experiencia de una realidad que es
devenir y que, en consecuencia, está sujeta al cambio y a la desaparición.
El ensamblaje metafísico aristotélico aportó una nueva vía de solución de este
dualismo a través de una forma esencialmente dinámica. Cada objeto es siempre una
potencia que tiende a actuar de una cierta forma y, por lo mismo, es una sustancia
individual que deviene. Por ejemplo: la semilla de un geranio es «potencia» de la planta
ya desarrollada y hecha del geranio; pero, al mismo tiempo, tiene una «forma»
determinada que la diferencia de otras semillas vegetales, con lo que ya es de por sí
«acto».

La pura forma y el motor inmóvil


Aristóteles estudió y sistematizó casi todas las variantes existentes del
conocimiento y proporcionó las primeras relaciones ordenadas de biología, psicología,
física y teoría literaria. Además, delimitó el campo conocido como lógica formal, inició
la zoología y habló de casi todos los problemas filosóficos principales conocidos en su
tiempo. Conocido por los pensadores medievales como el Filósofo, Aristóteles
probablemente es el pensador más importante en la historia de Occidente e
históricamente tuvo quizá la mayor influencia individual en el desarrollo intelectual de
occidental.
En su Metafísica, Aristóteles abogaba por la existencia de un ser divino, al que
se describe como «Primer Motor», responsable de la unidad y significación de la
naturaleza. Dios, en su calidad de ser perfecto, es, por consiguiente, el ejemplo al que
aspiran todos los seres del mundo, ya que desean participar de la perfección. Existen
además otros motores, como son los motores inteligentes de los planetas y las estrellas
(Aristóteles sugería que el número de éstos era de 55 o 47). Sin embargo, el «Primer
Motor» o Dios, tal y como lo describe Aristóteles, no corresponde a finalidades
religiosas, como han observado numerosos filósofos y teólogos posteriormente. Al
«Primer Motor», por ejemplo, no le interesa lo que sucede en el mundo ni tampoco es
su creador. Aristóteles limitó su teología, sin embargo, a lo que él creía que la ciencia
necesita y puede establecer.
Aristóteles no aclaró suficientemente la existencia de la materia como entidad
privada de cualquier forma. Pero, en cambio, sostuvo con vigor la existencia de una
forma pura privada de materia, esta forma es Dios.
Dios es, según la concepción aristotélica, el motor inmóvil del universo. Dios no
se «mueve» porque en él no hay ninguna potencia que deba transformarse en acto. En
otras palabras: Dios es puro acto, no crea la materia ni interviene en el mundo
(imperfecto); él es, dice Aristóteles, forma sin materia, pensamiento del pensamiento.

La noción de causa
Éste es uno de los conceptos acuñados por Aristóteles que mayor predicamento ha
tenido en la historia del pensamiento. En general, por causa se entiende un
acontecimiento que provoca la existencia de otro, estando este otro implicado en la
existencia del primero. Para el Estagirita, la causa debe ser entendida como el modo en
que se manifiestan las sustancias en cuanto tales.
Así, materia y forma tienen dos causas que, respectivamente, son la causa
material y la causa formal. En una estatua, por ejemplo, la primera es la materia de que
está formada (bronce, mármol, etc.), mientras que la segunda es la que ha generado la
forma concreta de la estatua (por ejemplo: un soldado, un prócer, un monarca, etc.).
Aristóteles, no obstante, agregó todavía una doble causalidad para explicar la realidad
objetiva: se trata de las causas eficiente y final. En el ejemplo anterior, la causa eficiente
es el cincel con el que el escultor ha esculpido la estatua, mientras que la causa final
constituye el objetivo que el artista ha perseguido en el momento de realizar su obra.
Con Aristóteles se afirma la orientación que se basa fundamentalmente en la
experiencia para construir a partir de ella un riguroso sistema de ideas. Desde este punto
de vista, el aristotelismo ha influido hasta la época moderna en todas aquellas filosofías
de base empírica, además de estar vinculado a los orígenes del pensamiento científico
occidental.

Las categorías aristotélicas


En el apartado dedicado a la lógica del capítulo anterior, se ha hecho ya mención
de las esenciales contribuciones de Aristóteles a la lógica clásica. Ésta, en la doctrina
aristotélica, fue considerada como el instrumento (Organon) que es necesario adquirir
antes de adentrarse en cualquiera de las disciplinas teoréticas o prácticas y se basó en la
idea de clasificación, que permite agrupar los objetos según sus semejanzas o
diferencias.
Tal agrupación, en realidad, se apoya en las entidades lógicas de género y especie.
En el vértice del proceso de extensión que lleva de lo particular a lo general, aparecen
unos conceptos que ya no pueden derivarse de otros: son los géneros supremos de las
cosas y constituyen, por lo mismo, la base de todo el saber. Aristóteles los denominó
categorías y distinguió hasta diez: sustancia, cantidad, cualidad, relación, lugar, tiempo,
situación, posesión o condición, acción y pasión.

La física aristotélica
En el sistema aristotélico, la física o «filosofía natural», o incluso «filosofía de la
naturaleza», trata de «la esencia de los seres que poseen en sí mismos y en cuanto tales
el principio de su movimiento». De esta manera, estudia todo aquello que tiene un modo
de ser que le es propio (en contraposición al arte, por ejemplo, o a lo que es
convencional). Esto está en consonancia con la idea de naturaleza o physis, que
Aristóteles llegó a definir como «un principio y una causa de movimiento y de reposo
para la cosa en la cual reside inmediatamente por sí y no por accidente».
En la física aristotélica se distinguen cinco modos del ser: la tierra, el fuego, el
agua y el aire (que son los cuatro elementos de Empédocles), así como un quinto
elemento o quintaesencia: el éter.
Los cuatro primeros se encuentran en el mundo sublunar, mientras que el último
es el elemento propio del mundo celeste. En el mundo sublunar, los modos del ser que
provienen de los cuatro elementos son corruptibles; los seres celestes constituidos por el
éter, por el contrario, son incorruptibles.
Para Aristóteles, el movimiento o devenir se desenvuelve en cuatro tipos
fundamentales (entendiendo que en cada uno de ellos se realiza el paso de la potencia al
acto): el movimiento sustancial se refiere a la generación y corrupción de los seres; el
movimiento cualitativo se entiende como una modificación de las cualidades; el
movimiento cuantitativo tiene que ver con el aumento y la disminución; y el
movimiento local es el movimiento propiamente dicho, que se distingue, a su vez, en
movimiento natural y movimiento violento (artificial).
El movimiento natural se subdivide, todavía, en movimiento hacia lo alto o hacia
lo bajo y en movimiento circular.
El primero es característico del mundo sublunar; es imperfecto y se da en la tierra,
el fuego, el agua y el aire, es decir, entre los elementos que, al mezclarse, dan lugar a los
seres mutables, sujetos a la corrupción y a la muerte.
El movimiento circular, en contrapartida, es geométricamente perfecto y
corresponde a los astros; se da, por tanto, en el éter, el elemento eterno e incorruptible.