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EL RESTO ES LEER

Me pregunto si existirá en el mundo algún lector, lector pleno y de plena

entrega, que no haya tenido que soportar, en mayor o menor medida, en los

años de la infancia sobre todo, o en los años de la adolescencia a más tardar,

alguna forma de estigmatización. Presiento que no serán muchos los que

quedaron a salvo, ilesos o completamente eximidos. Sobre todo si nos

disponemos a considerar que una estigmatización no tiene por qué adoptar

necesariamente las formas agresivas del así llamado bullyng (mofas ásperas y

ensañamientos colectivos), sino que puede adoptar también formas en

apariencia más moderadas, pero en el fondo no menos dañinas, como por

ejemplo la atribución implícita o explícita de la cualidad de la rareza (apenas

encubierta, en ocasiones, diciendo de alguien que es “especial”) o bien la

manifestación por parte de padres y/o de docentes de algún tipo de

preocupación (la que se dispensa piadosamente a todo aquel que necesita

ayuda o corrección). Sucede así que al lector pleno y de plena entrega, al

fervoroso de verdad, al que tiene en la lectura una pasión indeclinable,

raramente se lo exceptúa de hacerle sentir, al menos en ciertos momentos, la

mortificación que le cabe por su inadaptación relativa al medio social al que

pertenece.

Y es que existe en la sociedad, en lo que a la lectura respecta y en lo

que a la literatura respecta, un doble discurso o una doble práctica (o un


discurso sin su correspondiente práctica). El prestigio de lo libresco es

indudable: no hay nadie, que yo sepa o que yo recuerde, que esté dispuesto a

sostener públicamente algo adverso a la lectura, que es mala o que es

perniciosa, que conviene por eso mismo evitarla; ni algo adverso a la literatura,

que carece de relevancia y es mejor pasarla por alto, que hace mal. Al

contrario: a quien se consulte sobre el tema dirá sin hesitar que la lectura es

fundamental en la vida, que nada hay tan edificante como ese hábito, que los

libros nos hacen mejores, que la literatura es un tesoro inapreciable, que hay

que leer, que hay que leer, que hay que leer.

No obstante, dicho eso, lo cierto es que, más allá de las loas, el de los

lectores es un mundo más bien acotado; y si de los materiales de lectura se

hacen a un lado los fraudes de la autoayuda y las batatas pseudoperiodísticas,

las deposiciones textuales de la farándula y las macanas de relleno a la moda,

en procura de delimitar mal o bien un conjunto de escrituras a las que quepa

denominar literarias, entonces se advertirá que ese mundo, ya de por sí un

tanto reducido, se comprime mucho más, se torna hasta estrecho. La

veneración tan y tan proclamada, de parte de tantas personas, por los libros y

el leer, no guarda una relación proporcional (o sí, pero de proporción invertida)

con el lugar que en la vida de esas personas ocupan efectivamente los libros y

las lecturas asiduas.

Leer tiene, en efecto, gran prestigio en la sociedad; pero se trata de un

prestigio abstracto. Apenas ese leer cobra la forma de una costumbre concreta,

no bien se traduce a una práctica concreta sostenida en tiempo y lugar, ese tan

mentado prestigio vacila, consiente reparos y marcadas atenuaciones, y hasta

llega a convertirse en su contrario, el desprestigio (la condena implícita o


explícita del lector consumado como “nerd”, las múltiples sanciones que se le

aplican al que en nombre de la lectura decide perderse “la vida”).

“Los chicos no leen”, se dice, se repite, en los medios de comunicación,

en ámbitos educativos. La frase, desde su moralismo, es tramposa en lo

sustancial: diciendo así, que “los chicos” no leen, parecería querer darse a

entender que los grandes en cambio sí: que el problema es generacional. La

verdad, por supuesto, es otra, y con bastante evidencia; la verdad es que si “los

chicos”, llegado el caso, no leen, “los grandes”, por cierto, tampoco. Los

panegíricos de la lectura que esos “grandes” acostumbran a entonar,

quejándose de la apatía que atribuyen con todo gusto a “los chicos”,

transcurren sobre el trasfondo ciego de su propia y callada apatía. Y si esos

chicos llegaran a ser, por ejemplo, sus hijos o sus hijas, cantarán tanto más

estentóreamente sus loas a la literatura y a la lectura. Pero si por ventura

llegara a suceder (en el fondo ellos sienten que no, por eso lanzan los

sermones que lanzan) que sus hijos o sus hijas resultaran ser lectores cabales,

y obraran en consecuencia, esto es, pasándose horas enteras entregados a la

lectura, esos mismos padres, desertando del anunciado orgullo, se

preocuparían sin dudas. Temerían, cuanto menos, un problema. Acaso una

incipiente probable depresión. Y reaccionarían en consecuencia: harían

planteos pesarosos, aquejados por lo que percibirían inexorablemente como un

retraimiento tan pernicioso como oscuro. Unos cuantos de esos mismos padres

que se mostraron tan partidarios de la lectura, en abstracto, virarían, en lo

concreto, hacia el reparo o la reticencia, si les tocara lidiar con un lector

porfiado en casa. Esa vida de lector, antes modelo virtuoso, pasaría a


suscitarles, en cambio, consejos de moderación o de renuncia: lo que se hace

respecto de un vicio.

Por eso presumo que no existirá ningún lector consumado que ignore (y

si lo ignora, más temprano que tarde acabará por aprenderlo) que la vida

transcurre mayormente como una secuencia inabarcable de obstáculos,

desvíos, interrupciones, distracciones, molestias (los padres en general tienden

a ser los primeros en brindar estas lecciones). La vida no está hecha para leer,

sino más bien para impedirlo (o por lo menos, siendo optimistas, para

dificultarlo). No cabe duda: “leer te conecta”. Pero quien se conecta con una

determinada cosa, no puede sino desconectarse de muchas otras, y hasta de

todas las otras. Las nuevas tecnologías y su imperio de hiperconexión

permanente lo demuestran de manera consumada, y revelan hasta qué punto

con las viejas tecnologías (y entre esas viejas tecnologías, con los libros) no

dejaba de pasar un poco lo mismo. El que lee se conecta, sí, ante todo con lo

que está leyendo, y también, en cierto modo, con quien lo escribió, y además,

eventualmente, en un futuro, con quienes puedan estar leyendo a su vez y

puedan ser interlocutores cómplices. Pero toda esa conexión no puede

activarse sin algún grado de desconexión, por lo pronto, del entorno inmediato,

de los otros que están por ahí, en el mismo hogar o en la misma mesa.

Semejante ajenidad no suele estar bien vista. Al revés, provoca enojos,

suscita fastidio. Y, si cabe, motiva sanciones. Porque todo lector

compenetrado, enfrascado en lo que lee, está expresando, con su sola

compenetración y con su solo enfrascamiento, que eso que está leyendo le

resulta preferible a la existencia que tiene en torno, con todo lo que ahí quede

incluido. Todo lector de absoluta entrega queda en este sentido condensado, y


a la vez anticipado, en la figura descollante de Don Quijote de la Mancha.

Porque lo que el Quijote viene a decir, como lector, antes que nadie y mejor

que nadie, es que el mundo que encuentra en los libros, el mundo épico y

admirable de las novelas de caballerías, es mil veces más atractivo que el

mundo trivial, ordinario, anodino en el que le toca mediocremente vivir.

Entonces, como sabemos, el Quijote elige sustraerse de esa vida apagada de

la existencia real, para sumergirse tanto mejor en las narraciones fabulosas de

los admirables caballeros andantes. Y cuando salga de nuevo al mundo de la

vida, cuando retorne a esa cotidianeidad vulgar y silvestre, no lo hará, como

bien señaló Michel Foucault en Las palabras y las cosas, sino al precio de

vivirlos como si se tratara de una novela de caballerías. La literatura, así, se

reencuentra con el mundo, pero no para pertenecerle (como un divertimento

cordial para ratos libres, de esparcimiento) o para copiarlo con palabras (como

harían los relatos realistas), sino para conquistarlo: para convertirlo en

literatura.

Esa conquista nunca es total (y si lo es, lo es dentro de la literatura; no lo

es en el mundo), por lo que el desafío concreto de millones de lectores consiste

hoy por hoy, en gran medida, ni más ni menos que en esto: encontrar un buen

lugar donde poder leer. Parece menor, parece anecdótico, pero resulta, a mi

entender, decisivo. Miles de escritores se ocupan de producir textos, miles de

editores se ocupan de que los libros existan, miles de libreros y de

bibliotecarios se preocupan de que los libros lleguen, miles de críticos literarios

se ocupan de que determinados libros se noten, miles de docentes se ocupan

de que nuevos lectores se formen, y todo eso resulta vital y determinante. Pero

lo que no habría que desatender, según creo, es que una de las dificultades
que existen hoy por hoy para los lectores consiste en dar con algún lugar en el

que nadie nos hable, donde el teléfono no suene, donde las obligaciones no

interfieran, donde se pueda, en fin, resumiendo, ponerse a leer en paz.

Considero que la tarea de enseñar a leer, una profesión a la que yo me dedico,

debería incluir también, aunque parezca demasiado profano, una enseñanza

de las resoluciones concretas y materiales de la práctica de la lectura: cómo

acudir a una biblioteca y procurarse libros, cómo entrar en una librería y

recorrerla para elegir libros, cómo navegar en Internet y bajarse libros; y por fin,

en absoluto en menor medida, cómo aprender a hacerse un lugar resguardado

y soberano en el que se pueda leer sin demasiado incordio. Entiendo, y mi

experiencia como profesor de literatura en la escuela media me lo dio a ver en

su momento, que no pocos lectores posibles, no pocas personas listas para ser

lectores, se frustran y dejan de serlo por la razón lisa y llana de que no

encuentran cuándo (pues leer nunca es prioritario: siempre hay o puede haber

otra cosa más urgente que hacer) o dónde (el infierno son los otros, dijo Sartre;

cualquier lector puede corroborarlo).

Don Quijote de la Mancha encarna la versión extrema de la pasión de la

lectura, hasta podría decirse que su utopía. Pero a partir de esa especie de

epicentro, dicho esto en el mismo sentido en que se dice que tiene epicentro un

sismo, es posible recorrer una gradación progresiva, que pase de ese lector a

ultranza a los lectores muy fervorosos, y luego a los lectores aficionados, y

luego a los lectores eventuales, y luego a los lectores esporádicos, y luego a

los lectores a la fuerza, hasta llegar, por fin (y ese campo es muy extenso) a los

que no leen nada de nada nunca; o incluso, más aún, a los que detestan la

lectura y se resisten porfiadamente a ella. ¿Qué se puede hacer al respecto?


¿Hay algo que se deba hacer? No lo sé. Pero, en cualquier caso, hay una cosa

que es segura: los sermones moralizantes de santificación de la lectura o bien

resultan inocuos (no producen nada) o bien resultan adversos (producen

desaliento). Tanto predicar de poco sirve, a mi entender, en especial entre los

jóvenes (los famosos “chicos” que “no leen”); tanto más cuando aquellos que

con tanta constancia les imparten sus lecciones del deber de la lectura muy a

menudo no son tan cultores de la lectura como pretenden y exageran un poco

la nota, si es que no son decididamente impostores (difícilmente pasen

desapercibidas las hipocresías de esta índole). Y la reacción, como es

comprensible, tiende entonces a ser la renuencia.

¿Leer es placentero? Lo es, sí, y mucho: de eso puedo dar fe. En

cambio, no estoy para nada seguro de cómo puede transmitirse un placer, o

contagiarlo, o compartirlo, o suscitarlo. De transmitirlo o suscitarlo, ni hablar:

cuántos sufrimientos personales (y más específicamente, amorosos) nos

habríamos ahorrado en la vida, si tuviésemos una fórmula para suscitar en otro

un placer (el placer de casarse y pasar la vida con nosotros, por ejemplo). Y

cuántos otros disgustos personales (y más específicamente, amorosos) nos

habríamos ahorrado también, si contásemos con la posibilidad de asegurarnos

de que algo que es un placer para nosotros fuese a serlo igualmente para otro

o para otra, en vez de tanta y tanta bifurcación, en vez de tanto y tanto

desencuentro. Conclusión, entonces: no sabemos. Tenemos una vaga idea,

alguna buena intuición; pero saber, lo que se dice saber, como quien dice a

ciencia cierta, la triste verdad es que no: que no sabemos. El placer es una

cuestión tan de cada uno, son tan diversas las maneras en que surge o se
desvanece, y tan diversas las maneras en que transcurre mientras transcurre,

que es difícil generalizar.

Para mucha, mucha gente, leer no es un placer. ¿Qué se puede hacer al

respecto? ¿Hay algo que se deba hacer? Lo que cabe plantearse, en todo

caso, es que la literatura como tal es tan inmensa, tan variada y tan múltiple,

existen tantos libros y escrituras diferentes, que es difícil suponer que alguien

pueda no encontrar ninguna con la cual disfrutar y complacerse. Por lo demás,

que algo sea fuertemente personal no implica en absoluto que exista por fuera

de las circunstancias sociales o fuera del alcance de la influencia de los otros.

La formación de lectura que podamos promover o recibir, la educación estética

que podamos irradiar o adquirir, volverá accesibles ciertos placeres que, sin

ellas, no se alcanzarían. Ese esfuerzo de aprendizaje (y romper de entrada con

los prejuicios sociales que oponen, no sé por qué, el esfuerzo y el placer, así

como oponen, tampoco sé por qué, lo obligatorio y el placer) nos volverá más

capaces, o volverá más capaces a otros, de experimentar ciertos placeres.

El resto es leer.

Hay algo, en cualquier caso, que podemos dar por cierto. Quien vivencia

cierto placer (supongamos, el de la lectura) y lo expone como evidencia,

suscitará en los demás al menos alguna intriga, provocará al menos una

atracción. Ante algo (por ejemplo, leer) que da tanto placer a alguien,

difícilmente no se genere en los otros alguna curiosidad por indagar de qué se

trata, en qué consiste. No hace falta declarar nada, basta con traslucirlo. En

ese rubro y bajo esa modalidad, sí que hay, a mi criterio, mucho por hacer y

mucho por lograr.

MARTÍN KOHAN