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ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 107

ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES,


RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS

Alejandro Diez Hurtado

E
E ste texto pretende ser una breve síntesis semianalítica de los trabajos sobre
comunidades campesinas, rondas y municipios desarrollados en los últimos
años. No aspira a ser una revisión exhaustiva pero sí a esbozar los principales
temas, descubrimientos y constataciones de estos trabajos y los vacíos y las pre-
guntas de investigación que dejan pendientes.
En comparación con las décadas anteriores, en los últimos quince años se
aprecia una sensible disminución de los estudios sobre comunidades. La revisión
de los libros publicados en este periodo y de los artículos de algunas de las princi-
pales revistas que se ocupan del tema1 muestra que la comunidad campesina no se
halla en el centro del debate sobre la sociedad rural. Existen pocos estudios sobre el
particular y, sobre todo, referencias tangenciales en artículos y trabajos que abor-
dan otros tópicos.
Con los estudios acerca de las rondas campesinas sucede otro tanto. En las
décadas de 1980 y 1990 estas fueron muy estudiadas, pero el interés ha decaído
significativamente en los últimos años, a pesar de la reciente circulación de algunos
trabajos sobre el tema (Piccoli 2006; Huber y Guerrero 2006).
En cambio, los estudios, en particular las sistematizaciones publicadas, so-
bre municipios y temas conexos —participación, descentralización y presupuesto

1. Allpanchis, Anthropologica, Debate Agrario y Revista Andina.


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participativo— son cada vez más numerosos y se ha pasado de los temas referentes
a la concertación a los de presupuesto participativo y descentralización.
Este artículo tiene tres secciones, cada una corresponde a uno de estos sujetos
institucionales. La primera se ocupa de las comunidades campesinas y ensaya una
comparación entre los trabajos clásicos y los estudios contemporáneos para esbo-
zar algunas de las regularidades más importantes del análisis de lo comunal. La
segunda sección trata de las rondas campesinas, las formas que adoptan de acuer-
do con los diversos espacios en las que operan y su organización característica. Por
último, la tercera parte versa sobre los municipios, enfatiza su naturaleza como
«espacio de poder» y sus vínculos con las comunidades.

1. EL GOBIERNO DE LAS COMUNIDADES CAMPESINAS

1.1. DE LAS COMUNIDADES A LAS DIRIGENCIAS COMUNALES

Sin pretender un análisis exhaustivo, es importante indicar que los estudios clási-
cos sobre comunidades no analizan el tema de la dirigencia comunal pues algunas
veces se limitan a señalar su existencia, pocas veces se refieren a sus funciones y muy
rara vez las describen en detalle.
Nuestra comunidad indígena, de Hildebrando Castro Pozo (1974), solo señala
la existencia de agentes y tesoreros, sacristanes y mayordomos de capilla. Mencio-
na también las asambleas y el trabajo municipal y la relación de subordinación de
los indígenas frente a los alcaldes municipales y otras autoridades políticas. Las
comunidades indígenas del Perú, de Dobyns (1970), es un texto lleno de interesantes
detalles sobre las obras comunales, la diferenciación campesina y la voluntad orien-
tada hacia el progreso, pero no incluye un apartado sobre las dirigencias comuna-
les. Pareciera que el gobierno de las comunidades no fuera un problema a analizar
o caracterizar, que fuera un fenómeno que no necesita ser explicado, como si el
funcionamiento de las comunidades fluyera de sí mismo, sin una conducción o un
espacio de gestación de las decisiones y las acciones.
Recién en la década de 1970 se multiplican los estudios sobre la comunidad y
su complejidad constitutiva y organizativa en por lo menos dos direcciones: por
un lado, se empieza a analizar su estructura y sus mecanismos de poder; por el otro,
se la inserta en el campo político. Ambos aspectos suponen derroteros de análisis
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que no siempre son complementarios pero que han trazado dos campos de discu-
sión sobre la comunidad y sus circunstancias: uno ubicado en el lado académico,
otro orientado hacia una discusión sobre la posición de las colectividades en el
marco del Estado.
En el primer campo, el análisis de la organización tradicional de la comunidad
da origen a la hipótesis sobre su origen colonial debido a la integración de cargos
civiles —tradicionales— y religiosos en una única escala de prestigio (Fuenzalida
1976). Esta hipótesis será considerada válida durante muchos años, solo reciente-
mente algunos trabajos la descartan.2 La pista de los sistemas de prestigio sería sin
embargo más fructífera e interesante para muchos estudiosos que emprendieron el
análisis detallado de los cargos y los mecanismos de autoridad tradicional, la ma-
yor parte de las veces circunscrito al ámbito ritual aunque con diversos matices
entre ellos. Rasnake (1989) enfatiza los elementos rituales de los envarados, rastrea
su origen en los cabildos coloniales y se enfoca en las funciones, las fiestas y los ciclos
económicos y ceremoniales y en el poder simbólico y religioso de las insignias de la
autoridad. Wachtel (1990), en su tratado sobre la aimarización de los uruchipaya,
estudia la estructura social y los rituales contenidos en los complejos sistemas de
cargos que combinan funciones «religiosas» y «políticas» y contribuyen a lo largo
del tiempo a construir relaciones de proximidad y distancia entre los diversos
grupos de una misma colectividad. Earls (1991) analiza los conjuntos de cargos
como sistemas con capacidad de conservar y transmitir información en el marco
del proceso de socialización de los individuos al establecer correspondencias en-
tre el prestigio, la edad y el conocimiento. Recientemente, Pérez Galán (2004) enfati-
za el uso de diversos registros y lógicas en la constitución de estas autoridades

2. Esta hipótesis suponía que las comunidades indígenas, como nuevas unidades sociales,
tenían su origen en un complejo proceso de integración a partir de la articulación alternada
de los cargos civiles del cabildo y los cargos religiosos de las cofradías. Este mecanismo
permitía también la existencia de un proceso de selección de capacidades que asignaba
prestigio por la ocupación de cargos cada vez altos, por lo que el poder estaba relacionado
con la edad. Sin embargo, la evidencia histórica descubierta posteriormente desmiente esta
hipótesis: 1) el origen de las comunidades estaría más vinculado a la defensa de la tierra y
la territorialidad que a la construcción de un sistema social integrador; y 2) no parece que
hayan existido en todas partes escalas de prestigio ligadas a los cargos ni alternancia de
cargos —de hecho, los cargos del cabildo colonial eran políticos y religiosos al mismo
tiempo—, por el contrario, más que ascenso social parecen haber existido grupos sociales
diferenciados por su prestigio preexistentes a los cargos y que condicionaban el acceso a
estos (Diez 1998).
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tradicionales pues destaca el doble carácter de los cargos: uno «local» al interior de
las comunidades, respetuoso de los principios de ordenamiento interno y defensa
de la costumbre; y otro «externo» que responde a la demanda de exotismo y tradi-
cionalidad de parte de los turistas que visitan las ferias dominicales de Písac y que
los comuneros usan para presentarse frente al gobierno municipal. Todos estos
trabajos se refieren a las autoridades comunales en un entorno más ritual y social
que político o de gestión de la vida cotidiana de las comunidades.
De otro lado, la comunidad empieza a observarse inmersa en un complejo
campo político en movimiento. De alguna manera, se analiza la comunidad inser-
tada en el poder local, primero en términos de «casta» —ahora diríamos étnicos—
como en El indio y el poder (Fuenzalida y otros 1970) en donde se esbozan algunos
mecanismos de articulación del poder hacia arriba como la «estructura arbores-
cente» que complementa el enfoque del «triángulo sin base» (Cotler 1969) y confi-
gura un modelo analítico sobre el poder local que en la práctica supone la negación
de la existencia de un poder comunal más allá de cierta capacidad de articulación.
De acuerdo con este enfoque, los campesinos de las comunidades se integraban en
una múltiple red ascendente de intermediaciones desde los dirigentes locales hasta
las autoridades políticas locales y regionales; en las haciendas la situación era más
grave pues, según la lógica del triángulo sin base, no existía ningún tipo de articula-
ción entre iguales, dominando la articulación hacia arriba. Desde esta perspectiva
tenía poca importancia e interés cualquier análisis de las dirigencias y la organiza-
ción comunales. Contemporáneamente, y desde una orientación más política, la
comunidad fue vista como un actor más en medio de diversas disputas políticas
locales en las cuales comparte la arena política con los municipios y otros agentes,
configurando complejos y diversos escenarios en cada distrito (Alberti y Sánchez
1974). Recién los estudios sobre comunidades en la sierra del valle de Chancay
iniciarán el análisis de las dirigencias comunales (Degregori y Golte 1973; Fuenza-
lida y otros 1982) y mostrarán cómo los diversos cargos y funciones de dirección
comunal (personeros, dirigencias, delegados) y las fracturas existentes en la com-
posición de las comunidades condicionan las acciones comunales, aún como colec-
tivo, en los diversos escenarios en los que tienen que intervenir.
Desde mediados de la década de 1970 hasta la segunda mitad de la siguiente
década, las dirigencias comunales se harán visibles en la literatura de distinta ma-
nera aunque sin ocupar una posición central en la discusión y el análisis de lo
comunal. Así sucede con el trabajo de síntesis de Mossbrucker (1990) que se centra
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en un debate entre las posiciones comunitaristas y familiaristas en la formación y


la explicación de la comunidad y de lo comunal, alineando de un lado a quienes
consideran la comunidad ante todo como un colectivo frente a quienes enfatizan su
carácter de asociación interfamiliar. En su análisis, el autor se inclina hacia la posi-
ción familiarista por la vía de los mecanismos de cooperación e interacción.
Una excepción notable a la clasificación planteada por Mossbrucker es el tra-
bajo de Grondin (1978), el cual, para demostrar la fragmentación y la explotación
comunal, reseña con detalle la composición de las dirigencias comunales de Mu-
quiyauyo y los cambios que experimenta a lo largo del tiempo tanto por fenóme-
nos como la migración y el cambio en la composición de la comunidad como por la
sucesión de formas institucionales de gobierno. Así, ilustra los avatares del gobier-
no local desde fines del siglo XIX, cuando se trataba solo de un municipio con pobla-
ción indígena, hasta mediados del siglo XX, en el que la comunidad de indígenas
convive con el antiguo municipio ocupado por otras categorías de comuneros.
Este trabajo detalla las múltiples consideraciones estructurales, económicas y ét-
nicas que intervienen en la formación de un poder comunal multiforme a lo largo
del tiempo.

1.2. LOS TRABAJOS CONTEMPORÁNEOS

Buena parte de los estudios más recientes sobre comunidades campesinas hacen
referencia y eventualmente analizan la organización y la política comunal aunque
muy pocos tienen el tema como preocupación central. En conjunto, forman un
conglomerado de análisis de casos realizados con diversos propósitos sobre regio-
nes diferentes. Y en esta amplia gama de descripciones de comunidades se encuen-
tran desde descripciones culturalistas hasta diagnósticos participativos realiza-
dos por ONG e incluso algunos trabajos de consultoría.
La mayor parte de estos estudios se refiere a la dirigencia de la comunidad
como un ente colectivo compuesto por un cuerpo de directivos sujeto a la voluntad
de una asamblea comunal y, aunque eventualmente se menciona que son conduci-
dos por una dirigencia comunal, rara vez se analiza su formación, funcionamiento
o características. Hay sin embargo en el conjunto algunos trabajos que proporcio-
nan una imagen más completa y compleja de las comunidades. Revesz (1992) anali-
za la formación y las fracturas internas que enfrenta la comunidad campesina de
Catacaos, estudia los procesos de elecciones comunales como una arena política en
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la que se ventilan posiciones divergentes sobre el accionar comunal pero también


sobre el campo político regional y nacional. En una línea semejante, Seligman (1992
y 1995) ubica las acciones de las dirigencias y los comuneros de Huanoquite dentro
de campos complejos y cambiantes de intereses diferenciados por razones de pres-
tigio y riqueza y por la capacidad o incapacidad de los actores en disputa de actuar
en el marco de los frecuentes cambios en la legislación y las reglas del juego. Apel
(1996) destaca los roles de las dirigencias, la personalidad y la trayectoria de algu-
nos líderes y en particular las acciones y la constitución de las rondas campesinas
en la construcción de lo comunal en Frías. Diez (1998) aborda el tema de las diri-
gencias en la sierra de Piura en su proceso histórico de formación en el marco de los
cambios organizacionales y de las reglas políticas a lo largo del tiempo. Se podría
citar algunos otros estudios: todos ellos enfatizan tanto la coyuntura como la his-
toria, la dinámica y los conflictos internos como las exigencias y las demandas
externas; la micropolítica local y las macropolíticas regionales o nacionales.
Una lectura detallada del tratamiento específico de la organización y las diri-
gencias comunales por estos autores permite formular algunas afirmaciones de
carácter general que, sin pretensiones de universalidad, ilustran distintos aspectos
de la temática en cuestión. Muchos de ellos son novedosos con relación a los traba-
jos de las décadas anteriores. Entre estos temas generales destacan:

1) La constatación y la reiteración de que nos enfrentamos a fenómenos dis-


tintos. Existen importantes diferencias entre una y otra comunidad, no existe
una realidad unívoca de lo comunal: por ello, cuando nos referimos a co-
munidades de zonas diferentes estamos tratando de instituciones de natu-
raleza semejante pero disímil. Por esta razón, se enfatiza la necesidad de
entenderlas como un fenómeno diferenciado y de generar clasificaciones y
tipologías y, eventualmente, la necesidad de formular conceptos parciales,
incluso con validez «geográficamente determinada». Algunos trabajos se-
ñalan la existencia de comunidades «tipo» en regiones como la sierra de
Lima, el valle del Mantaro o la costa de Piura. Otros desarrollan tipologías
construidas sobre criterios histórico-geográficos, mercantiles y de centra-
lidad, o históricos y situacionales. Golte (1992) propone un modelo de cla-
sificación de las comunidades según siete tipos correspondientes a los di-
versos escenarios geográficos en los que tienen su territorio. Gonzales de
Olarte (1994) propone una matriz para la clasificación de las comunidades
a partir de diversos criterios de producción, posición, diversificación y tipo
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de conducción comunal. Diez (1999a) propone una clasificación de acuerdo


con el tipo de gobierno comunal relacionado con la antigüedad y el origen
de las comunidades.
2) La separación entre dirigencias comunales políticas contemporáneas y el
análisis de los cargos y las formas tradicionales de autoridad relegadas al
ámbito de lo ritual e histórico. La mayor parte de los trabajos sobre diri-
gencias comunales enfatiza sus funciones económicas y políticas e ignora o
minimiza las rituales; en tanto que, del otro lado, quienes se ocupan de los
sistemas de cargos no prestan atención a los cargos políticos modernos
o los marginan del análisis. Pocos estudios, entre los que destaca el de
Coombs (1987) sobre la comunidad de Chetilla, intentan esbozar en forma
detallada los vínculos entre ambos sistemas, haciendo hincapié en que los
cargos políticos y religiosos, internos y externos, terminan configurando
desde el poder y la organización locales un único entramado de poder.
3) La importancia y el énfasis en el análisis histórico de corta y mediana dura-
ción como elemento explicativo de la situación actual de la dirigencia, el
poder comunal y la propia situación de la comunidad, recurrente en buena
parte de los trabajos reseñados, aborda a las comunidades y su organiza-
ción como instituciones dinámicas y cambiantes en el tiempo. Sobre este
tema destacan en el conjunto de la literatura las compilaciones de Flores
Galindo (1987) y Bonilla (1991), que reúnen trabajos sobre los cambios en
la organización y las instituciones a lo largo del tiempo y en diversas regio-
nes del Perú y las múltiples formas institucionales y la problemática en las
que estaban insertas las comunidades andinas de Perú, Bolivia y Ecuador
en el siglo XIX, respectivamente. Los trabajos de Glave (1992) y Diez (1998)
desarrollan y detallan, el uno para las comunidades de la provincia de Ca-
nas y el otro para las de las provincias serranas de Piura, los procesos de
cambio institucional y las diversas dirigencias comunales que originan. Los
trabajos reseñados y varios otros (Seligman 1995; Apel 1996; Diez 1999a,
entre otros) insisten en la importancia de la historia comunal y local para la
formación y la comprensión de la organización comunal contemporánea.
Este enfoque se encuentra particularmente en los trabajos orientados al
análisis de los procesos locales de formación y reconocimiento de las co-
munidades que son desarrollados para Apurímac por Sánchez (1987), para
Puno por Hunefeldt y Altamirano (1989) y para Piura por Diez (1992). Estos
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estudios muestran que el proceso de reconocimiento de una comunidad


genera fenómenos de reacomodo y modificación de las reglas internas que
rigen las relaciones entre los comuneros y un conjunto de nuevas tensiones
al interior de las comunidades y entre estas y las comunidades vecinas o los
propietarios no comuneros de las regiones en las que se asientan.
4) La coexistencia de la comunidad con nuevas organizaciones que le disputan
diversas funciones prácticas, además del control del espacio comunal local.
El análisis destaca la tensión generada con los municipios distritales. La
pluriorganicidad del espacio local es ya un componente inseparable del
análisis de lo comunal, la pretensión hegemonizante de lo comunal solo es
defendible en comunidades muy pequeñas, muy aisladas o muy tradiciona-
les (Diez 1999c).3

A estas constataciones habría que añadir que, como señalara Urrutia (1992),
los estudios reseñados muestran la ausencia de esfuerzos comparativos y de re-
flexiones ordenadas. Dado que el tema comunal no aparece como central en los
estudios agrarios, no sorprende que buena parte de los debates sobre el particular
—orientados muchos de ellos alrededor de los dictámenes y los proyectos de ley
comunal o los procesos de titulación de tierras— se construyan sobre impresiones
y conocimientos generales más que sobre casuística (Arpasi 2005). A pesar de ello,
la información y los trabajos disponibles muestran una serie de regularidades que
permiten esbozar algunas características generales, no necesariamente generaliza-
bles, sobre las dirigencias y el poder comunal, pero que señalan un derrotero de
constataciones e interrogantes acerca de las dirigencias, el gobierno y el poder
comunales.
Las dimensiones y las características de la dirigencia de la comunidad se vis-
lumbran de manera parcial y por lo general poco ordenada en los trabajos analiza-
dos. Algunos realizan referencias explícitas a la propia definición de la comunidad,
por lo que se tratarán brevemente; otros se centran en la casuística y el análisis
organizacional e institucional de las dirigencias y proporcionan así parte de la
información necesaria para intentar más adelante un esbozo de los principios de la
organización comunal.

3. Este punto será mejor desarrollado y comprendido en la sección sobre los gobiernos locales.
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Las primeras definiciones de la comunidad incorporaban elementos de la or-


ganización andina con referencias al trabajo comunal o al intercambio de trabajo
y no a la dirección o la organización de la comunidad (Matos Mar 1976). Años
después, la directiva comunal aparecerá indirectamente como parte de la defini-
ción de la comunidad. Así, De la Cadena (1986) afirmaba que la capacidad de solu-
cionar conflictos es una de las funciones características y necesarias de esta y una
de las razones de su existencia. A partir de esta consideración y profundizándola,
Diez (1999a) destaca la existencia de una dirigencia y una estructura comunales
como uno de los cuatro componentes que definen la comunidad: para él no hay
comunidad sin propiedad colectiva y sin reconocimiento estatal, pero tampoco sin
dirigencia y sin liderazgo, pues este desempeña un papel importante en la naturale-
za del ejercicio del gobierno comunal.
Como se ha señalado, los trabajos sobre dirigencias comunales revisados pro-
porcionan elementos para elaborar un esbozo de las características actuales de las
autoridades y el gobierno de las comunidades campesinas contemporáneas.
Estos estudios muestran que todas las comunidades tienen, al menos formal-
mente de acuerdo con lo estipulado por la ley de 1987, una directiva comunal que
comparte el espacio con los responsables de otras organizaciones más modernas y,
algunas veces, también con algunas autoridades tradicionales que aún es posible
encontrar cumpliendo funciones rituales o simbólicas en el sur andino y en la sie-
rra de Lima o en algunas zonas de la sierra norteña (Plascencia 1994; Diez 1999a).
El nombramiento de las autoridades se realiza por elecciones directas entre
los comuneros inscritos, lo que supone un conjunto de mecanismos institucionali-
zados para la renovación de los padrones y, eventualmente, sistemas complejos de
votación y elaboración de listas de candidatos.4 Las reglas y los procedimientos
para la elección de las directivas, aunque normados por ley, suelen ajustarse a cos-
tumbres locales que oscilan entre la realización de elecciones «rituales» en las que
los resultados son acordados o conocidos de antemano y la confrontación elec-
toral entre facciones internas (por sectores de residencia, actividad económica, re-
ligión u otros) o entre grupos de comuneros con afiliación política conocida y

4. Aunque la mayor parte de las comunidades renueva sus dirigencias cada dos años, como
está estipulado en la ley, algunas comunidades en la sierra de Huaral o en algunos distritos
de la provincia de Pasco lo hacen anualmente. [El trabajo de Pedro Castillo en este volumen
aborda el tema legal de las directivas comunales. Nota del editor (N. E.).]
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reconocida, como en la comunidad de Catacaos (Revesz 1992; Castillo y Diez 1995)


o en las de la sierra de Piura (Apel 1996; Diez 1997), pasando por la designación de
cargos por relación o padrón, como en la sierra de Huaral (Diez 2001).
Varios de los estudios reseñados y algunos otros destacan la importancia de
determinados líderes para el buen o mal funcionamiento comunal que depende de
la posición y la trayectoria de quienes ejercen los cargos (Sánchez Parga 1986; Diez
1992). En las últimas décadas, y en particular tras la reforma agraria, los trabajos
muestran además una serie de cambios en los patrones de liderazgo comunal: los
criterios de edad, parentesco y conocimientos estarían siendo reemplazados o com-
plementados con la capacidad de leer y escribir y, sobre todo, de insertarse en redes
sociales más amplias fuera de las comunidades (Seligman 1992).
Muy pocos estudios analizan los perfiles de quienes ocupan los cargos comu-
nales y menos aún señalan cuáles son los criterios por los cuales los eligen.5 Sin
embargo, los pocos que lo hacen llegan a reseñar las biografías y las trayectorias de
algunos dirigentes, incluso algunos abordan los debates o las tensiones generadas
en las asambleas comunales o en las elecciones comunales respecto de la conve-
niencia o no de determinados aspirantes a dirigentes (Seligman 1992; Apel 1996;
Diez 1998 y 1999a). Generalizando a partir de la casuística existente, las dirigencias
comunales podrían corresponder a una clasificación todavía simple y demasiado
gruesa pero significativa: de un lado se hallarían algunos dirigentes con un perfil
más tradicional, que cumplen las funciones mínimas de la organización ajustándo-
se en lo posible a la norma y la costumbre comunal; del otro, aquellos dirigentes
más emprendedores, vinculados a las ONG, con experiencia migratoria (algunos
incluso profesionales) y que proponen alternativas de desarrollo que muchas ve-
ces vulneran las prácticas tradicionales (Diez 1999b).
Lo que sí reportan muchos de los trabajos consultados es la existencia de una
crisis en las dirigencias y el gobierno comunal (y en la comunidad en general): en
Chilacat y Llalán en Cajamarca, en Huanoquite en Cusco, en Salas en Lambayeque
o en el Colca en Arequipa se reporta la falta de autoridad de los directivos o la
dificultad para encontrar candidatos para las elecciones comunales (Castillo 1990;

5. En dos o tres pasajes de Redoble por Rancas, Manuel Scorza hace referencia a los criterios
para la elección de dirigentes en épocas de paz (conocer los productos más apropiados para
la zona y el destino de los terrenos de rotación comunal) o en aquellas de enfrentamiento
(en las cuales se elige a quienes son capaces de aportar a la organización política y social de
la comunidad).
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Seligman 1992; Segura y otros 1990; Gelles 1989) y la disminución del número de
comuneros inscritos en el padrón, como en Salas o en Laraos (Segura y otros 1990;
De la Brougère 1992). Por esta razón, algunos autores señalan que se estaría ante un
proceso de desestructuración comunal.
Se debe anotar que muy pocos trabajos se detienen en la micropolítica de las
comunidades, en los conflictos y las tensiones internas entre facciones y sectores a
su interior. Los que lo hacen, muestran que las relaciones intracomunales son com-
plejas y tienen una base familiar que atraviesa el conjunto de las instancias políti-
cas de gobierno y conducción de las comunidades (Rojas 1993; Castillo y Diez 1995;
Diez 1999; Ansión, Diez y Mujica 2000).
Un segundo elemento constante en los análisis o las descripciones sobre el
gobierno comunal son sus mecanismos institucionalizados de toma de decisiones
(asamblea) y movilización de sus miembros para tareas cotidianas (faenas o traba-
jo comunal).6 Las asambleas son consideradas la máxima instancia del gobierno
comunal, central para la toma de decisiones colectivas. Sin embargo, hay pocas
descripciones y menos aún análisis sobre el desarrollo, la estructura o los mecanis-
mos por los cuales se forman consensos y se toman decisiones en las asambleas.
Los pocos que lo hacen, las muestran como un espacio complejo de confrontación
de intereses y facciones y, eventualmente, de coerción, por lo que consideran a las
asambleas más como espacios de definición y exhibición de la correlación de fuer-
zas que como instituciones democráticas (Seligman 1992; Diez 1999a). Algunos
trabajos las señalan, además, como espacios de exclusión en términos lingüísticos
y de género (Harvey 1989). Ningún estudio enfatiza el ritmo y el lenguaje de la
asamblea que contiene diversos elementos ritualizados en su práctica.
Por otro lado, y aunque muchos mencionan las faenas comunales como un
elemento definitorio de la buena salud de la comunidad, este convencimiento con-
trasta fuertemente con la escasez de análisis sobre ellas.
En cambio, es frecuente encontrar referencias a cierta tendencia a la disminu-
ción de la participación en las faenas comunales, la frecuencia de las asambleas y la
asistencia a estas (Plascencia 1994; Miranda 1992; Mitchell 1994; Diez 1999a). En la

6. En el periodo analizado no hay referencias a la movilización comunal para la defensa o la


reivindicación de derechos, salvo menciones a los casos afectados por la violencia política o el
abigeato. Los trabajos son más interesantes y acuciosos cuando estudian las rondas campe-
sinas.
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mayor parte de los espacios, la organización de las comunidades campesinas esta-


ría debilitada, las comunidades estarían perdiendo la capacidad de controlar sus
recursos comunes (incluida la propiedad de la tierra) y conservar algunas funcio-
nes vinculadas a la realización de los trabajos colectivos de interés público (que
cada vez son más dependientes y mediados por la entrega de alimentos donados a
cambio de trabajo). En las zonas con posibilidades de inserción en el mercado hay,
además, una fuerte tendencia a la individualización en la gestión del circuito de
producción y a la búsqueda de otras formas de asociación. La evidencia mayorita-
ria parece condenar a las comunidades como agentes económicos con capacidad
de insertarse en los procesos de desarrollo en curso. No obstante, existen pocos
pero contundentes contraejemplos de comunidades capaces de organizar el desa-
rrollo colectivo y familiar.

HUANCAVELICA Y ÁNCASH
(Ccanipia, Río Cachi, Buín y Santo Toribio)
COMUNEROS ASAMBLEAS FAENAS
NOMBRE CREACIÓN DISTRITO
Padrón Activos Número Asistencia Número Asistencia
por año (%) por año (%)
Laria 1938 Laria 200 125 4 80 1 90
Shupluy 1952 Shupluy 56 s. d. 4 80 s.d. 80
San Martín 1989 Sauri 45 24 12 80 1 80
Fuerza y Poder 1974 Shilla 331 330 6 80 1 80
Huisa Ccollana 1984 Sauri 141 80 6 80 2 100
Alto Huarca 1984 Sauri 85 12 75
Suero y Cama 1984 Sauri 140 12 70 80
Atusparia – Huaypán 1976 Mancos 515 4 70 70
Huarca 1989 Sauri 205 180 3 70 50
Cala Cala 1987 Sauri 85 12 70 30
Huisa 1970 Sauri 80 12 70 100
J. Velasco Alvarado 1980 Cascapara 53 s. d. 1 60 s. d. 60
J. C. Mariátegui 1976 Amashca 200 103 4 60 4 60
Mitimaes 1976 Amashca 136 6 60 60
Antaccollana 1981 Sauri 126 12 60 30
Hancollahua 1989 Sauri 95 12 60 100
Nuevo Occoro 1965 N. Occoro 480 200 4 50 1 50
Tahuantinsuyo 1982 Tinco 193 171 2 40 1 40
Conayca 1988 Conayca 800 25
Sunipampa 1967 Laria 60
Occoro Viejo 1964 N. Occoro 192 180
San José de Belén 1965 Laria 148

Fuente: Diez 1999d.


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Sin embargo, una lectura inquisitiva sobre los estudios revisados lleva a pre-
guntarse si no se está juzgando con excesivo rigor el funcionamiento comunal. En
el cuadro de la página anterior, a partir de una revisión de la participación en
trabajos comunales y la asistencia a las asambleas en un recuento pequeño pero
agregado de comunidades, se comprueba que aunque las asambleas tienen más
participación que las faenas, en ambas instituciones interviene buena parte de los
comuneros. Si en algunas comunidades se reporta una asistencia a asambleas de
25 a 40% de los comuneros, en la gran mayoría se reportan cifras que van de 60 a
80%; en faenas, hay algunas que reportan de 30 a 40%, pero la mayoría oscila entre
60 y 90% de asistencia. Estas cifras solo parecen bajas cuando las expectativas
sobre el funcionamiento comunal son altas. Esto debería llevar a reconsiderar las
condiciones y las manifestaciones de la «crisis» comunal, si es que en verdad se está
ante una crisis.
Una última constatación sobre la organización comunal es el contraste entre
la evidencia de la multiorganicidad de los espacios comunales —destacada en nu-
merosos estudios (Diez 1999b)— y la ausencia de análisis sobre la articulación de
las múltiples organizaciones. Aunque no hay dudas acerca de la supremacía de la
comunidad como la institución más importante, los trabajos no muestran un con-
senso sobre su vínculo y su posición relativa frente a las otras organizaciones:
algunos insisten en la condición «comunal» de las organizaciones y su subordina-
ción a la dirigencia comunal, como señala la ley, en tanto que la mayoría de estudios
insiste en la multiorganicidad y la interdependencia sin subordinación de las orga-
nizaciones (Anderson 2001; Diez 1999b).
¿Es posible formular algunos principios sobre la organización comunal a par-
tir de los textos analizados? A pesar de su limitado número, añadiendo algunos
trabajos de décadas anteriores es posible esbozar algunas hipótesis sobre la orga-
nización y el gobierno comunales.
Una primera hipótesis versaría sobre el carácter principal de la comunidad,
proponiendo que las comunidades son cada vez más espacios e instituciones polí-
ticas antes que económicas (Monge 1994; Diez 1999b), asumiendo que las principa-
les funciones que cumplen efectivamente las comunidades campesinas las configu-
ran como instancia de organización, regulación y solución de conflictos entre sus
miembros, de interrelación con el exterior y los agentes externos, y de defensa de su
integridad territorial frente a terceros. Solo en contados casos cumpliría un papel
central en la regulación y el control de los recursos de propiedad colectiva.
120 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

Ciertamente se trata de una hipótesis polémica y que está más en consonancia


con una lectura de los procesos de cambio rural hacia una nueva institucionaliza-
ción de las relaciones, a diferencia de posiciones orientadas a la defensa de lo comu-
nal como espacio de articulación de la sociedad rural que ven la multifuncionali-
dad de la comunidad como una ventaja. En todo caso, no se trata de un problema
simple y existen múltiples puntos de vista y diversas experiencias sobre las funcio-
nes económicas de las comunidades (Diez 1999c). Si bien hay argumentos en favor
del desarrollo económico a partir de las comunidades, la mayor parte de las veces
las experiencias exitosas suelen estar bajo la conducción de comités especializados
y no de las directivas comunales (Laos y Valera 1998).
En el marco de la comunidad como instancia política, aún en el caso de que
esta no fuera la característica central de la comunidad, es posible adelantar tam-
bién algunas hipótesis sobre las dirigencias y la organización comunales, algunas
de las cuales remiten a la propia constitución de la comunidad:
1) La dirigencia comunal es un actor político complejo, con funciones de regu-
lación interna y articulación externa y sus acciones responden a ambos
ámbitos. Su funcionamiento y sus características no son ajenos al contexto
político nacional pero se enraizan en el espacio comunal y familiar, por lo
que resultan fuertemente localizadas.
2) La dirigencia comunal refleja la estructura social y las clasificaciones inter-
nas de los comuneros, por lo que está condicionada por el tiempo (la histo-
ria comunal) y el espacio (el territorio y el medio ambiente de cada comuni-
dad y sus articulaciones).
3) Su funcionamiento interno responde a una dinámica de construcción de
facciones formadas de acuerdo con el contexto y el tópico o tema en discu-
sión. Las diferencias entre facciones configuran la política comunal cuyas
arenas principales son las elecciones comunales y las asambleas, espacios
de expresión de diversos intereses y tensiones internas.
4) La política local se construye en la tensión y la interacción entre la dirigen-
cia comunal, los dirigentes de las otras organizaciones (de varones) existen-
tes en el espacio comunal, particularmente las comisiones u otras organiza-
ciones de regantes,7 y el gobierno municipal local.

7. Aunque la literatura revisada no proporciona mucha evidencia al respecto, se sabe que una de
las principales instituciones que se contrapone a la comunidad es la comisión de regantes.
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 121

5) El buen o el mal funcionamiento de la comunidad depende en gran medida


del liderazgo y la personalidad de sus dirigentes y de las coyunturas en las
que se desenvuelven.

Estas cinco afirmaciones llevan a otra más general: la dirigencia comunal sería
el locus de la construcción de equilibrios y se constituiría en un punto nodal de la
política comunal. Las dirigencias comunales se enfrentan la mayor parte del tiem-
po a la necesidad de construir equilibrios medianamente durables entre las diver-
sas facciones que pueden formarse en su interior; entre las demandas y las tensio-
nes internas y las exigencias o propuestas externas; y entre la vocación por el respe-
to a las decisiones y las necesidades de las familias y la urgencia de responder a
imperativos de la política nacional, el desarrollo o la defensa comunales. La función
más importante de una directiva comunal sería la de producir equilibrios constan-
tes en medio de una realidad política que de otra manera tendería a un desequili-
brio permanente.
Desde esta perspectiva, si existe una crisis comunal correspondería a proble-
mas de legitimidad pero sobre todo a la incapacidad de las dirigencias actuales
para construir los equilibrios necesarios ante los requerimientos que configuran
su arena de acción política. Si la comunidad está en crisis es porque no logra resol-
ver satisfactoriamente las demandas de sus comuneros y sus grupos de interés y las
exigencias del contexto y el entorno externo.
El balance sobre las dirigencias comunales deja sin embargo una serie de pre-
guntas con respuestas insuficientes. Varias de ellas remiten a algunas de las dimen-
siones de la problemática de la organización, el poder, el liderazgo, las normas o los
principios que configuran el campo de análisis.
Todas estas preguntas se hacen más complejas por la existencia de múltiples
organizaciones en los espacios rurales peruanos. Muchas de ellas existen a la som-
bra de la comunidad, otras funcionan con una apariencia o estilo comunitario y no
pocas exhiben formas de organización y funcionamiento diferentes. Algunas son
complementarias a la organización comunal o forman parte de ella; otras son pa-
ralelas a esta, sin mayor vínculo o relación formal con las dirigencias y las estructu-
ras de gobierno comunales; otras más son abiertamente contestatarias, competi-
doras o simplemente opositoras de la comunidad y sus dirigencias.
Los futuros estudios sobre «la comunidad» deberían incluir en su análisis las
múltiples manifestaciones de las acciones colectivas —institucionalizadas o no,
122 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

comunales o no— teniendo en cuenta que el entramado organizacional configura


espacios de poder e interrelación específicos y propios de cada localidad, aunque
más probablemente de cada zona, formando arenas de poder con características
locales. A manera de ejemplo, el cuadro siguiente muestra lo diversa que puede ser
la configuración organizacional en el ámbito local de una cuenca. En él se constata
que existen espacios en los que el número de comunidades es semejante al de las
comisiones de regantes (aunque casi un tercio del número de las organizaciones
femeninas) como en la cuenca del Ccanipia en Cusco; espacios en los que las orga-
nizaciones de regantes son más numerosas e importantes que las comunidades
como en la cuenca del Buín en Áncash; y espacios en los que el número de centros
poblados supera al de comunidades, estableciendo diferentes marcos para el ejerci-
cio del gobierno y el poder.

TIPOS DE ORGANIZACIONES EN TRES CUENCAS DE LA SIERRA


DE CUSCO, HUANCAVELICA Y ÁNCASH
DISTRITO CENTROS COMUNIDADES ASOCIACIONES ASOCIACIONES ASOCIACIONES ASOCIACIONES
POBLADOS CAMPESINAS DE PRODUCTORES DE REGANTES FEMENINAS* DEPORTIVAS
Ccanipia 1 17 5 15 54 s. d.
Río Cachi 18 15 s. d. s. d. 23 22
Buín 17 6 2 20 31 10
Fuente: Diez 1999d. * Comités del Vaso de Leche y clubes de madres.

En general, algunos trabajos muestran cierta regularidad en la estructura or-


ganizacional existente en espacios locales relativamente amplios. Así ocurre en la
sierra de Lima en las comunidades de la vertiente occidental de los Andes centrales,
en donde el entramado organizacional local es dominado por cuatro tipos de orga-
nizaciones: 1) comunidades campesinas; 2) municipios; 3) comisiones de regantes
o comités de ganaderos (dependiendo si se trata de espacios en zonas bajas o de
altura, respectivamente); y 4) asociaciones de residentes (en las principales ciuda-
des de destino de la emigración). Estas cuatro organizaciones configuran el entra-
mado de la organización y el poder local (Diez 2001; Golte 1992) que es comple-
mentado por un número muy grande y variable de organizaciones de diverso tipo
que varía de comunidad en comunidad.
Estos escenarios multiorganizados reconfiguran el escenario, el rol, la po-
sición e incluso el sentido y la razón de ser de la comunidad en el espacio local. De
esta manera, si en algunos lugares se mantiene como organización de referencia y
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 123

organizadora de la mayor parte de la vida local, en otras pierde ese papel frente al
municipio, las comisiones de regantes o las rondas campesinas. Así, en algunos
espacios la comunidad se mantiene como órgano rector y organizador de la socie-
dad y la cultura locales, en tanto que en otros es simplemente un actor o una orga-
nización entre otros.
124 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

2. LAS RONDAS CAMPESINAS

Entre las múltiples organizaciones surgidas en el ámbito rural peruano en las últi-
mas décadas, pocas han sido tan protagónicas y han motivado tantos estudios
como las rondas campesinas, conocidas también en algunas zonas como comités
de rondas o comités de autodefensa. Allí en donde existen, su análisis es central
para la comprensión del poder y la autoridad campesinos y de buena parte de las
interacciones entre las sociedades locales y los poderes y las autoridades regiona-
les y el Estado.
Los trabajos sobre rondas campesinas delinean su proceso de expansión a
partir de pequeños focos de origen hasta cubrir en la actualidad buena parte del
territorio rural andino y amazónico. Se crean primero en la sierra norte como
organizaciones para el control del abigeato; aparecen luego en la sierra y la selva
sur y central como organizaciones de defensa frente a la amenaza de la violencia
política; finalmente, se multiplican en todo el territorio nacional supliendo diver-
sas funciones que no eran desarrolladas por otras organizaciones locales ni por el
Estado.
Más allá de las diferencias entre los distintos tipos de rondas, todas se organi-
zan de acuerdo con un triple registro: 1) los comités de ronderos, aquellos grupos
de comuneros y campesinos que realizan, generalmente por turnos, las acciones de
vigilancia y control; 2) las directivas ronderas, elegidas por votación y que ejercen
la dirección y la representación de la organización frente a terceros; y 3) las centra-
les y las subcentrales de rondas, aquellos grupos de agregación de rondas «hacia
arriba» que responden a su proceso de expansión, referencia, control y articulación
fuera del espacio local (Laos y otros 2003).
La mayor parte de los estudios «clásicos» sobre las rondas se concentra en el
norte, particularmente en Cajamarca y Piura, aunque también hay algunos traba-
jos aislados sobre otras zonas como Áncash (Hernández 1994). Estos estudios apa-
recen en la segunda mitad de la década de 1980 y continúan hasta finales de la
década siguiente. Abordan su funcionamiento, formas de organización, expansión
y posibilidades políticas desde diversos enfoques: movimientos sociales, acción
colectiva, derecho y juridicidad, resolución de conflictos y otros (Gitlitz y Rojas
1985; Starn 1991; Apel 1996; Huber 1995; Yrigoyen 1993; Vargas 1996; Campos 1996;
Diez 1999a; Huber y Guerrero 2006; Piccoli 2006). En ellos se da cuenta de las razo-
nes por las que aparecen las rondas (la necesidad de combatir el robo de ganado y
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 125

la inseguridad) pero, sobre todo, se señala su evolución para suplir algunas funcio-
nes no desarrolladas por otras organizaciones, complementando a la comunidad
en algunos casos y reemplazándola en otros.
Las rondas del norte se organizan en comités en el nivel de los caseríos y se
agrupan en centrales comunales, distritales y provinciales. Se expanden en respues-
ta a sus necesidades de funcionamiento y a su vínculo fundacional con maestros y
activistas políticos: sin dejar de ser organizaciones campesinas, las rondas son
jerárquicas y hasta autoritarias en sus procedimientos y acciones. La mayor parte
de los trabajos señala la existencia de conflictos de intereses entre las rondas y el
ministerio público y tensiones constantes con abigeos, policías y jueces. Las mues-
tran también como organizaciones relativamente exitosas aunque a costa de im-
poner criterios propios de justicia que muchas veces entran en contradicción con
las leyes del Estado. Muchas rondas norteñas se han proyectado a la implementa-
ción de acciones de desarrollo comunal y varios de sus dirigentes se han catapulta-
do políticamente a ocupar cargos en los concejos municipales de sus distritos (Diez
1997; Hernández 1994).
Los principales trabajos sobre los comités de autodefensa se refieren a la re-
gión central. Los estudios revisados muestran los diversos ritmos de su creación
que responden al desarrollo de la guerra interna, con procesos particulares en los
valles de los ríos Mantaro y Apurímac en diversas localidades ayacuchanas como
Cangallo y Huanta, como reacción y respuesta distintiva en su enfrentamiento
contra Sendero Luminoso (Del Pino 1992; Degregori 1992; Coronel y Loayza
1992; Degregori 1996). La creación y finalmente la victoria de los comités de auto-
defensa frente a Sendero Luminoso se explica en parte por su alianza con el ejér-
cito pero también por la generación de nuevas formas de asentamiento poblacio-
nal y control social, con finalidades defensivas que supusieron también la instau-
ración de nuevas jerarquías de autoridad (Coronel 1999). El informe más com-
pleto de carácter comparativo sobre los comités de autodefensa fue incluido en el
Tomo II del Informe Final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR) en el
que se subraya su carácter aparentemente ambiguo entre perpetrador y víctima
(2004).
Algunos trabajos señalan, además, la evolución de los comités de autodefensa
tras la derrota de Sendero Luminoso marcada por una suerte de retroceso en su
centralidad y autonomía frente a la comunidad que termina subsumiendo a la
ronda al asignarle funciones dentro del gobierno comunal: la organización casi
126 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

militar de la ronda termina por someterse frente a las autoridades comunales. Sin
embargo, no se ha encontrado trabajos que detallen el tipo de organización o los
mecanismos de poder locales instituidos en el periodo entre el fin de la guerra y la
actualidad. Las referencias tangenciales insisten en la continuidad de ciertas for-
mas de organización de los comités de autodefensa, al menos en términos rituales
(Theidon 2004).
Más escasos, dispersos y menos conocidos son los trabajos sobre rondas en
otros ámbitos del país. Destacan entre ellos dos espacios de atención: la región del
Cusco (Márquez 1994; Bonilla, Martínez y Rivera 1995; Sulmont 1995; Aranda 2004)
y la selva alta (Benavides 1991; Espinoza 1995).
Las rondas cusqueñas son organizaciones dependientes de las comunidades
en las que se forman y tienen una estructura organizacional intermedia entre las
rondas norteñas y los comités de autodefensa pues desarrollan algunas de las fun-
ciones de unas y otros. Sin embargo, al parecer, se está imponiendo el esquema de
organización y funciones de las rondas norteñas, aunque en apariencia con dos
particularidades: su carácter estrictamente local y comunal, que las hace depen-
dientes de la autoridad comunal, y cierta tendencia a la ritualización de sus proce-
dimientos, vinculada a conceptos culturales de aplicación de la justicia (Canal 2000).
Por su parte, las rondas de la selva alta, aparte del componente étnico, son
similares a las de Ayacucho. Aparecieron poco a poco en San Martín (1986), Junín
(1990), Jaén (1991) y otros lugares, de acuerdo con los ritmos de expansión de la
violencia política.
Los trabajos sobre rondas campesinas, comités de rondas y comités de auto-
defensa nos remiten a algunos tópicos referentes al poder, la autoridad y la articula-
ción de las diversas organizaciones en el ámbito rural peruano. Entre estos temas
destacan: 1) la propia naturaleza de la ronda como organización y sus particularida-
des frente a otro tipo de organizaciones; 2) la ronda como instancia de aplicación de
justicia y derecho consuetudinario; y 3) la articulación y las relaciones específicas
establecidas entre las rondas y la autoridad comunal (y otras formas de autoridad).
Pocos trabajos enfatizan el hecho de que las rondas, más que colectivos, cons-
tituyen redes. Con excepción de las rondas comunales del área surandina, la ma-
yor parte de las rondas (tanto norteñas como los comités de autodefensa e incluso
los comités de la zona amazónica) se articulan de tal manera que forman entra-
mados que conectan localidades adyacentes, pero también lejanas, en cadenas de
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 127

autoridad creciente por las que circulan conocimiento, información e incluso


consignas. Además de ser una organización en red, la ronda es una de las pocas
organizaciones rurales con capacidad y competencia para imponer sus decisiones
y ejercer coerción sobre sus miembros, los habitantes de las localidades en las que
operan, incluso contra terceros, lo que se reporta ampliamente en los principales
trabajos que se ocupan de ellas (Gitlitz y Rojas 1995; Huber 1995; Starn 1991).
El segundo gran rubro de análisis sobre la ronda es su función y su capacidad
para resolver los problemas de administración de justicia y garantizar cierto gra-
do de orden social en el nivel local. Las rondas obtienen buena parte de su razón de
ser y legitimidad de la efectividad probada de sus acciones para combatir el abigea-
to y resolver pequeños conflictos locales entre los propios campesinos, de manera
directa, relativamente efectiva y de bajo costo. En el ámbito local, la ronda es poli-
cía, juez y jurado: averigua e indaga, juzga, impone el castigo y lo aplica. Esta fun-
ción y habilidad tiene tres importantes limitaciones. La primera proviene de su
ámbito de competencia: básicamente local y circunscrito al territorio sobre el que
ejerce jurisdicción; la segunda se origina en algunos de sus castigos o sentencias
que atentan contra los derechos humanos o la legislación nacional; la tercera co-
rresponde a su incompleta y eventualmente contradictoria articulación con las
otras instancias de mantenimiento del orden y la administración de justicia del
país (la policía nacional y el Poder Judicial), con las que habitualmente entra en
competencia o contradicción. Se espera que la ley de rondas (2003) disminuya estos
conflictos de interés (Laos y otros 2003). La capacidad de resolución de los conflic-
tos locales ha sido una de las principales entradas al análisis del fenómeno ronde-
ro, con referencias habituales al derecho consuetudinario (Yrigoyen 1992).
El tercer ámbito de análisis es la relación de las rondas con las otras organiza-
ciones sociales que operan en su mismo espacio y, en particular, con la comunidad
campesina y sus formas de autoridad tradicional. Al respecto, una de las caracterís-
ticas de los primeros comités de autodefensa y rondas campesinas es que surgieron
en zonas de ausencia o débil presencia de las comunidades campesinas. En el pri-
mer caso, en la sierra de Cajamarca donde la principal forma de articulación social
eran las autoridades de los caseríos (los tenientes gobernadores); y, en el segundo
caso, en la sierra centro sur en donde había ausencia de autoridad comunal por la
guerra subversiva. Las rondas suplen un vacío organizacional y pueden ser enten-
didas como producto de dicha carencia: de alguna manera, suplieron diversas fun-
ciones que en otras partes asumía la comunidad, por eso se esperaba que la ronda
128 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

actuara como esta. En cambio, ahí donde las comunidades existían la creación de
las rondas genera reacomodos en la autoridad y el gobierno comunales, sea com-
plementándolos con una organización capaz de ejercer coerción y hacer cumplir
las directivas y los acuerdos comunales, sea imponiéndoles límites y vigilando el
desempeño de las juntas directivas comunales.
Un cuarto factor constitutivo de buena parte de las rondas, aunque probable-
mente no haya consenso entre los analistas sobre él, es su carácter político, en los
sentidos amplio y restringido del término. Buena parte de los trabajos sobre las
rondas del norte señalan la estrecha vinculación entre las rondas y los partidos y
los movimientos políticos —generalmente de izquierda—, en tanto que los traba-
jos sobre los comités de autodefensa no ocultan su vínculo con los comandos mi-
litares. Y unos y otros narran el intento, y en no pocos casos el éxito, de los dirigen-
tes ronderos para ser elegidos a cargos de regidores y alcaldes de municipalidades
distritales. Y es que, a diferencia de las comunidades, las rondas son con mayor
claridad organizaciones que reúnen al mismo tiempo integrantes campesinos, agri-
cultores y pobladores urbanos: muchas de ellas han sido formadas o son sosteni-
das por maestros rurales y no pocas, por autoridades políticas locales (tenientes
gobernadores); además, en su entramado organizacional muestran siempre un alto
grado de coordinación con espacios urbanos externos al ámbito rural en el que
operan.
Un último tema de reflexión sobre la problemática de las rondas, que proviene
más de la casuística que de los estudios desarrollados y publicados hasta el mo-
mento, son los nuevos roles asumidos por las rondas en el contexto de la descen-
tralización y la expansión de la actividad minera. Por un lado, su aparente coopta-
ción por algunos gobiernos locales que en algunas regiones, como en Cusco, incor-
poran a las rondas como una suerte de serenazgo rural, proporcionándoles una
nueva plataforma para su funcionamiento y una nueva legitimidad; y, por el otro,
en las regiones norteñas, las rondas desarrollan funciones de defensa y moviliza-
ción de la población en los conflictos que enfrentan a comunidades locales y em-
presas mineras. Estas dos nuevas funciones no han concitado hasta el momento el
interés de la investigación.
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 129

3. EL MUNICIPIO Y LA ORGANIZACIÓN COMUNAL

Para comprender a la comunidad se necesita entender el ámbito del municipio. Ello


era evidente en los estudios desarrollados en la década de 1950 y en aquellos pre-
vios a la reforma agraria, solo posteriormente el interés se desplazó hacia las insti-
tuciones reformadas y a otras fuerzas políticas, descuidando muchas veces la in-
fluencia de esta institución en el espacio local por considerar a las comunidades
fenómenos aislados de su entorno político municipal, prácticamente inexistente en
los análisis de muchos de los estudios sobre comunidades a lo largo de dos décadas.
Recién en la década de 1990 el municipio reaparece en el análisis. En el volumen
VI del Seminario Permanente de Investigación Agraria (Sepia), tres análisis sobre
el poder en Cusco, Áncash y Piura restituyen la complejidad interinstitucional de
los espacios locales (Quintín 1994; Vargas 1996; Diez 1997), el tema reaparecería en
los balances de los tres Sepia siguientes (Diez 1999b; Urrutia 2002; Remy 2004). El
interés por la municipalidad como tema de análisis se centraría desde entonces en
un intento de comprender los espacios locales, casi siempre con un enfoque de
mediana duración histórica, lo que responde además a los procesos de concerta-
ción local centrados en el municipio que se multiplican desde esa década (Diez
1999c). En este contexto se publican varios artículos sobre poder local y espacio
municipal, siempre en términos de la herencia histórica local vinculada a proce-
sos electorales municipales y nacionales y también a temas como la revocatoria de
las autoridades municipales (Degregori, Coronel y Del Pino 1998; Wiener 2004;
Remy 2004).
Ya en esta década, los trabajos sobre municipios superan en número a aquellos
sobre comunidades, muchos de ellos centrados en los procesos de concertación
municipal en el marco del presupuesto participativo (Urrutia 2002; Pineda 2005;
Llosa 2005), pero también en los estallidos de violencia local de los últimos años.
Destacan en particular aquellos dedicados a comprender las dinámicas en Puno,
particularmente en Ilave (Degregori 2004, Pajuelo 2005b), pero también en otros
espacios como Tilali (ONPE 2006).
Sin embargo, pocos trabajos destacan que el municipio es una institución más
antigua que las propias comunidades campesinas reconocidas que existen actual-
mente. Sujeto a las leyes del Estado, ciertamente cambiantes en el tiempo, se encarga
desde hace décadas de la administración y la gestión del ordenamiento y la regula-
ción del orden local y, tras las últimas reformas en el marco de la descentralización,
130 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

tiene también funciones de planificación del desarrollo y asignación del presupues-


to y brinda diversos servicios (Muñoz 2005). Desde hace algunos años, los munici-
pios reciben un presupuesto directo otorgado por el Estado para su funciona-
miento y la realización de algunas obras.
El municipio representa tanto un ámbito de poder como un espacio social
complejo que se inserta de múltiples maneras en la problemática de las comunida-
des y en otras formas de organización de los espacios rurales y urbanos. Por ello, y
para simplificar el análisis, lo veremos a partir de tres entradas sucesivas: el muni-
cipio como locus del poder, la tensión campo-ciudad y la articulación política y
organizacional del espacio local.

3.1. EL MUNICIPIO: ESPACIO DE PODER

El pueblo como capital distrital o provincial sede del gobierno municipal es por
definición un locus del poder, un punto de confluencia en el que dominados «hacia
abajo» y dominantes «hacia arriba» coinciden. Un lugar de respeto, expresado sim-
bólicamente en fiestas y celebraciones (Diez 1999a). Es tan importante que algunos
autores lo consideran indisociable de la propia definición y clasificación de las
comunidades campesinas, que se definirían por el tipo de poder y gobierno existen-
te en los pueblos (Sánchez Parga 1986). El clásico estudio de Alberti y Sánchez
(1974) sobre el valle del Mantaro es buena muestra de este enfoque. En general,
hasta la década de 1970, los estudios colocan a los pueblos y los municipios en un
complejo entramado de relaciones de poder marcadas por la diferenciación étnica;
de tal manera que los poblados capitales eran la residencia de los blancos y los
mestizos (mistis, en el sur andino), en tanto que los pueblos más pequeños eran el
espacio de las comunidades de indígenas (Fuenzalida 1976).
Sin embargo, esta circunstancia comenzaría a cambiar a partir de la elección
de las autoridades municipales mediante el voto: primero en la década de 1960 y,
luego de una interrupción de casi quince años, de manera continua a partir de 1980
hasta nuestros días. Esta circunstancia habría producido un conjunto de cambios
si no en la estructura del poder local sí en el origen de las personas que ocupan los
cargos municipales. En los distritos de Huanta y Huamanga, el poder de los mistis
(la dominación étnica) habría sido desplazado y reemplazado por los hijos de los
comuneros ilustrados, con experiencia migratoria o gremial o con conocimientos
profesionales (Degregori, Coronel y Del Pino 1998), circunstancia que se comprue-
ba en muchos otros espacios del país.
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 131

Como resultado, la mayor parte de los municipios son gobernados por perso-
nas con estudios superiores, buena parte de ellos profesionales (abogados, ingenie-
ros, economistas, contadores y, sobre todo, maestros), también muchos de ellos
son migrantes que han retornado a sus lugares de origen tras residir y trabajar
fuera varios años. De acuerdo con su origen, la mayor parte de los alcaldes distrita-
les proviene de familias campesinas o rurales y no pocos de los anexos; en cambio,
a los municipios provinciales llegan los campesinos emergentes y los remanentes
de las antiguas elites, unos y otros profesionales (Diez 2003). A partir del tipo de
relaciones y el liderazgo que ejercen en el gobierno local, se puede decir que hay dos
tipos de alcaldes. De un lado, los que reproducen antiguas relaciones de oposición
entre la capital y el entorno rural, pues manejan el gobierno de manera personal y
eventualmente familiar, formando redes de clientela. Del otro, los alcaldes que in-
tentan un nuevo tipo de gestión y que buscan articular diversas instancias e insti-
tuciones; se cuentan entre estos:

…tanto profesionales como dirigentes campesinos (como en Collao, Cotahuasi o


Sihuas) y no pocos entre los alcaldes de este segundo grupo han sido, o son, oene-
geros, miembros o trabajadores de ONGs (como en las provincias de Cajamarca y
Pasco, o en los distritos de Alis o Morropón). En todos los grupos, se nota tanto la
presencia de gente proveniente de las redes regionales y locales de los antiguos
partidos políticos, como la presencia de independientes sin antigua afiliación par-
tidaria conocida. (Diez 1997b: 35)

Una clasificación alternativa es presentada por Motte (2003), quien divide a


los alcaldes de Cusco y Apurímac entre resistentes al cambio, abiertos al cambio o
aquellos que combinan ambas posiciones. Ninguna de las dos clasificaciones cues-
tiona ni pone en duda la preeminencia de las capitales «urbanas» como el principal
escenario de la política y la expresión del poder local.

3.2. LA TENSIÓN ENTRE MUNICIPIO Y COMUNIDAD

Aunque los municipios tienen formalmente jurisdicción sobre el conjunto de su


provincia o distrito, la localización del gobierno local en el pueblo o ciudad capital,
sumada muchas veces al origen, la residencia y, sobre todo, la práctica tradicional
de manejo edil centrado en el pueblo, han generado una suerte de división de funcio-
nes de acuerdo con el espacio: campo = comunidad, pueblo = municipio (Marcos
1993). En algunos casos, este reparto jurisdiccional se enraiza en la historia del
132 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

enfrentamiento entre vecinos y comuneros (Diez 1992) y se expresa en la existencia


de tensiones entre diversas categorías de pobladores. Como parte de estas tensio-
nes, municipio y comunidad compiten por la representación pública del espacio, el
control del trabajo colectivo y la vinculación con los agentes externos. En nueve
localidades estudiadas en Yauyos, la mayor parte de los alcaldes mostraba un pa-
trón de autoridad vinculado «hacia fuera», casos de Quinches, Huangáscar, Viñac y
el propio Yauyos, y los menos, un patrón orientado hacia la comunidad, como en
Tupe, Alis y Aucampi (Anderson 2001).
Esta tensión, que puede llegar a ser abiertamente confrontacional, no ha su-
puesto una relación equilibrada o de correlación de fuerzas entre ambas institucio-
nes. Por el contrario, en las décadas del reconocimiento comunal previas a la refor-
ma agraria, la tensión favorecía a las comunidades y no pocas veces fue resuelta en
su beneficio; en cambio, durante la década de 1980 e inicios de la siguiente década la
relación entre ambas instancias estuvo más o menos equilibrada; en los últimos
años, el mayor reconocimiento y el presupuesto que el Estado destina a los gobier-
nos municipales tiende a resolver la tensión en favor de estos.
La naturaleza de las relaciones entre los municipios y las comunidades cambia
de acuerdo con distintos factores entre los que destacan tres: 1) los procesos de
urbanización de los espacios y los desplazamientos de la población; 2) el tamaño y
la posición relativa de ambas instituciones y la relación histórica establecida entre
ellas; y 3) la composición de la población y su participación en las dirigencias
comunales y municipales.
Las últimas décadas están marcadas por un acelerado proceso de urbaniza-
ción. En las ciudades intermedias y las capitales de departamento, este proceso se
traduce en la expansión explosiva del casco urbano sobre los terrenos adyacentes,
muchas veces de comunidades las cuales en algunos casos terminan siendo absor-
bidas, como Cajas Chico, en Huancayo (Soto 1993), generando además la transfor-
mación de los comuneros en pobladores; o como en Jicamarca, Lima, por el incre-
mento explosivo del número de «extranjeros» (Gutiérrez 1992) producto de este
«asedio urbano», la comunidad termina transformándose. Por otro lado, la migra-
ción y el desplazamiento constante de la población hacen que muchas veces la
población del campo y la de la ciudad estén íntimamente relacionadas por paren-
tesco, negocios u otros vínculos. Además, el proceso afecta también a las capitales
comunales que empiezan a contar con servicios urbanos y presionan para convertir-
se en distritos o, al menos, en centros poblados, generando un ámbito «municipal»
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 133

relativamente autónomo dentro de la propia comunidad, fenómeno que recién


empieza a investigarse (Pajuelo 2005b). Estos nuevos espacios «municipales» son
entendidos desde las poblaciones rurales como un escalón en el proceso de distri-
talización de las comunidades (Torres 2005), en tanto que desde los municipios
serían la punta de lanza de un cambio institucional en la manera de gobernar el
espacio rural (Remy 2005).
La posición de la comunidad frente al distrito es también fundamental en esta
relación. De hecho, existen dos situaciones: comunidades cuyo territorio corres-
ponde al mismo tiempo a la jurisdicción de un distrito (o en cuyo territorio se
encuentra la capital distrital) y comunidades cuyas capitales se encuentran en el
interior del distrito, en los anexos.8 En el primer caso, la autoridad comunal coexis-
te con las autoridades municipales y políticas en un mismo espacio, eventualmente
disputando los mismos temas; en el segundo, las autoridades comunales están en
clara subordinación frente la autoridad municipal.
Por último, la condición y las características diferenciadas o no de quienes
ejercen los cargos municipales y comunales también influyen sobre la naturaleza
de las relaciones entre ambas instituciones. El estudio sobre Yauyos muestra la
existencia de dos tipos de espacios: 1) aquellos en los que los cargos municipales y
comunales son ocupados por distintas categorías de pobladores (los primeros por
notables, gente de la ciudad o con mediana situación económica; los segundos por
comuneros rurales, muchas veces pobres) en cuyo caso el tipo de relación estable-
cida depende de los vínculos entre ambos grupos y sus respectivos intereses; y 2)
espacios en los que la población es más homogénea (tanto porque comuneros y
vecinos son modernos e integrados, como en Omas, o son campesinos rurales,
como en Tupe o Aucampi), por lo que los cargos son prácticamente intercambia-
bles, quien ha sido alcalde puede ser en otra ocasión presidente comunal, y las
relaciones son más fluidas (Anderson 2001).

3.3. DE LOS PROCESOS DE CONCERTACIÓN A LOS PRESUPUESTOS PARTICIPATIVOS

El tercer gran tema en la tensa relación entre municipio y comunidad es la capaci-


dad y la disposición para articular a otras diversas organizaciones en sus espacios

8. Existen algunas excepciones notables: comunidades cuyo territorio excede o abarca varios
distritos, como Catacaos o Sechura en Piura.
134 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

de influencia. El problema surge por la pretensión hegemónica y de totalidad que


muchas veces tiene la comunidad (y que la ley le reconoce al asumir que pueden
existir en su interior otras organizaciones a título de comités especializados). Pero
¿puede realmente la comunidad articular a las múltiples organizaciones especiali-
zadas que han surgido en los últimos años? Aunque no existen muchos trabajos
sobre el particular, lo más probable es que si alguna comunidad logra articular su
microuniverso organizacional en una sola estructura es más una excepción que la
norma. Lo que no impide que puedan existir algunas organizaciones «comunales»
sujetas a la autoridad de la directiva comunal.
Las dificultades de la comunidad para articular a las organizaciones de su
territorio provienen en parte de la tensión entre su carácter general y totalizante y
el carácter especializado de las demás organizaciones cuyos referentes escapan las
más de las veces al espacio territorial limitado de una comunidad (Diez 1999b).
Con márgenes de acción limitados, la comunidad puede ser un efectivo articulador
«hacia adentro» pero tiene serias dificultades para enlazar y conectar a las otras
organizaciones «hacia afuera». Para esta tarea es claro que las municipalidades
tienen claras ventajas y, en algunos casos, también una mejor disposición.
En efecto, los municipios se hallan en mejor disposición para ensayar proce-
sos de articulación local. Desde hace más de una década existen múltiples experien-
cias, proyectos y programas de concertación del desarrollo local. Casi todos estos
procesos tienen igual libreto: reuniones en las que se convoca al conjunto de aso-
ciaciones e instituciones existentes en el ámbito distrital o provincial, constitución
de una instancia de coordinación encargada de desarrollar una secuencia de talle-
res de concertación y planificación estratégica (por lo general, mediante comisio-
nes temáticas) y elaboración de planes de desarrollo estratégico. La mayor parte de
estos procesos son convocados por los municipios con el apoyo de alguna ONG.
Hay registros y trabajos sobre ellos desde Piura hasta Puno en por lo menos una
docena de departamentos que suman varias decenas de experiencias conocidas y
publicadas (Diez 1999b).
Posteriormente, el propio Estado generalizó la práctica instituyendo en todo
el país las mesas de lucha contra la pobreza y, luego, imponiendo en la nueva ley
municipal y de gestión local instancias y procedimientos que obligan a la inclusión
de la sociedad civil en el gobierno local por mecanismos institucionalizados de
participación en la planificación y la priorización de los presupuestos municipales.
Los trabajos que dan cuenta del proceso, por lo general sistematizaciones de
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 135

experiencias de trabajo desde agencias de cooperación u ONG, muestran que los


nuevos mecanismos tienen las mismas debilidades y limitaciones que los procesos
de concertación originales: debilidad de las instituciones llamadas a asegurar el
funcionamiento del proceso, resistencia de las organizaciones a participar en este,
falta de interiorización por la población, extrema dependencia de la «voluntad po-
lítica» de los alcaldes, etc.
En el proceso, las comunidades quedaron invisibilizadas en los espacios pro-
vinciales y cuando se incluyen en los distritales en la mayor parte de los casos no se
diferencian de las otras organizaciones existentes. La participación de las comuni-
dades en los procesos de concertación es muy limitada en parte porque allí donde
existe una efectiva representación los dirigentes comunales no van más allá de lo
acordado en sus asambleas por lo que no tienen real capacidad de negociación o
concertación, y también porque existen dificultades para sintonizar los procedi-
mientos tradicionales con aquellos estipulados en las leyes municipales (Torres
2005). Por otro lado, las experiencias positivas conocidas de participación mues-
tran que hay cierto nivel de acceso a las instancias de gobierno distrital y que se
están ensayando mecanismos para mejorar la participación comunal que apues-
tan por el fortalecimiento de la comunidad mediante su intervención en la elabora-
ción de los presupuestos participativos (Pineda 2005; Llosa 2005).
136 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

HACIA UNA REFLEXIÓN DE BALANCE

En el escenario rural parece existir una suerte de trilogía institucional y organiza-


cional integrada por comunidades, organizaciones intermedias9 y municipios que
reemplaza, de alguna manera, a la antigua base del mismo espacio formada por la
comunidad, la hacienda y el pueblo que regía su dinámica en los años anteriores a
la reforma agraria de 1969. El modelo más antiguo suponía la existencia de tres
«espacios», cada uno un locus de poder particular con sus propias reglas, aunque
insertos los tres en un conjunto de interrelaciones en las cuales la acción del Estado
aparecía como mediadora en un contexto de construcción de equilibrios locales.
En el escenario actual, en cambio, los espacios territoriales son más difusos y se
entrecruzan unos con otros, por lo que se trata de una trilogía institucional antes
que espacial. En el modelo actual «solo» aparecen pueblos y comunidades, con el
añadido de que muchos de los habitantes de los pueblos son también comuneros,
aunque conservan y ejercen sus derechos comunales (y rurales) en diversos grados.
Este balance ha pretendido dar cuenta de dos de los componentes de la moder-
na trilogía y aproximarse a las rondas campesinas, una de las organizaciones invo-
lucradas en el tercer componente. Se ha analizado las tres instituciones por separa-
do, en parte guiados por la literatura y los estudios existentes que son también
parciales, y en parte porque es más claro hacerlo así. Sin embargo, una de las pre-
guntas que no se plantearon al inicio pero que es imprescindible hacerse antes de
culminar es: ¿cuáles son las interrelaciones, los paralelos, las coincidencias y las
diferencias entre estas instituciones?
Al tratarse de tres tipos diferentes de organización, las tres instituciones mues-
tran algunas similitudes y aproximaciones sorprendentes. Las comunidades y los
municipios se asemejan por el hecho de referirse en último término a un colectivo
local que elige en un caso una dirigencia y en el otro un consejo edil. Pero solo las
comunidades tienen interiorizado el papel de las asambleas como órgano máximo
de gobierno; incluso cuando el consejo convoca un «cabildo abierto» este tiene más
funciones de fiscalización que de gobierno. En cambio, las rondas son más redes
que colectivos y, aunque la asamblea es un referente, no se trata de asambleas del
conjunto de la población sino únicamente de los miembros de las rondas.

9. Entendidas como cualquier forma organizacional de base suprafamiliar que no llega a


involucrar al conjunto del colectivo que se llama comunidad.
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 137

Por su parte, las elecciones políticas locales involucran más a los municipios
que a las otras organizaciones, pero en no pocos casos los dirigentes ronderos
participan como candidatos, lo que seguramente ocurre también con muchos diri-
gentes comunales, pero no es un aspecto que se destaque en los análisis. Resulta así
que mientras los ronderos intentan acceder a los municipios por la vía electoral,
los comuneros lo hacen —cuando lo logran— por la vía de la intervención en las
convocatorias para la planificación y el presupuesto participativo.
Por otro lado, si las bases institucionales de organización del espacio y el go-
bierno local han cambiado con el tiempo, cabe preguntarse si esto ha significado
también un cambio en los estilos de gobernar o, si se quiere, en los patrones y las
relaciones de poder establecidos en los espacios rurales locales.
Algunos autores mencionan dos formas antitéticas de ejercicio del poder lo-
cal: un patrón tradicional, vertical y autoritario, y otro patrón más moderno, con-
certador y democrático. Ambas formas son reportadas en ámbitos comunales y
municipales, dependiendo de la trayectoria personal de quienes ejercen los cargos.
Hay, sin embargo, pocos trabajos que ofrezcan una mirada profunda de este fenó-
meno; por el contrario, son muchos los aspectos poco analizados y hasta ahora no
comprendidos de este. Entre ellos destaca la naturaleza del vínculo entre el ejercicio
del poder y los mecanismos de clientela que parece ser común a ambos estilos de
gobierno: la instauración de gobiernos más participativos y democráticos no pa-
rece relacionarse con el establecimiento de procesos institucionales sino depender
de nuevos patrones de clientela. Esta es precisamente la pregunta con la que Remy
(2004) cierra su balance sobre la democracia y las sociedades rurales.
Por otro lado, resulta claro que existe cierta apertura a la participación feme-
nina en los espacios de poder de las organizaciones. Al parecer, existe un mayor
acceso, al menos formal, al gobierno municipal por la vía de la ley de cuotas o
simplemente por el surgimiento de un liderazgo en las organizaciones femeninas
que hace habitual la candidatura de mujeres a los cargos ediles y determina que los
gobiernos locales elegidos cuenten habitualmente con una o dos regidoras. En cam-
bio, los avances son más limitados en las comunidades, en donde las lideresas apa-
recen más esporádicamente, en particular en los espacios dominados por las ron-
das que son básicamente espacios masculinos. Una excepción interesante a esta
regla fue el surgimiento de un buen número de dirigentas comunales en las zonas
de Huancavelica y Ayacucho debido al peligro que significaba para los varones
ocupar cargos en los años de la violencia subversiva (Consejería en Proyectos 1997).
138 ALEJANDRO DIEZ HURTADO

Un tercer problema insuficientemente destacado en los estudios es la relación


entre los patrones de autoridad y gobierno y el recambio generacional. Desde lue-
go, en los modelos clásicos de interpretación las posiciones de autoridad estaban
en correspondencia con la experiencia y la edad en tanto que los jóvenes no tenían
mayor poder, ahora existe mayor participación juvenil pero no necesariamente
estilos diferentes de gobierno. Si en los últimos años hay alcaldes y presidentes de
comunidad más educados, no existe suficiente evidencia para postular un cambio
del estilo de gobierno debido al cambio en las generaciones de gobernantes. Solo en
el caso de las rondas parece haber una clara distinción generacional ya que, por lo
general, los ronderos son más jóvenes que los dirigentes comuneros, aunque de ello
tampoco se deduce necesariamente un comportamiento distinto.
Al final de este estudio, dos grandes preguntas siguen sin suficiente respuesta
o, por lo menos, no se obtiene esta a partir de la revisión documental realizada. La
primera se refiere a las estructuras sociales resultantes y las posiciones relativas de
los diversos agentes en ellas. Aunque la diversidad no es infinita y deben existir
regularidades que permitan caracterizar cinco o seis modelos de articulación so-
cial «tipo» en los ámbitos rurales peruanos, la casuística existente no permite aún
perfilarla. Se sabe que está marcada por la ambigüedad, reposa sobre las actuales
estructuras de poder, tiende a la complejidad, se vincula con las relaciones al inte-
rior y al exterior de las localidades y depende de la historia local, pero todavía no se
ha podido reducir la variabilidad a una tipología explicativa.
La segunda pregunta se refiere a las características propias del ejercicio del
poder y también a su contenido, aspecto en el que no se encuentran elementos que
lleven a concluir algo diferente a lo escrito hace ya tiempo:

…en el ejercicio de la autoridad y la dirigencia se seguiría combinando un criterio


de democracia en los mecanismos de elección (al interior) con una práctica muchas
veces autoritaria en la toma de decisiones (en la relación entre miembros y hacia el
exterior). (Diez 1999c: 254)

Así, autoritarismo y poder vertical, democracia y concertación coexisten en


los mismos espacios, incorporando simultáneamente la institucionalización de pro-
cedimientos públicos y la reafirmación o la recreación de las relaciones de clientela
en comunidades, municipios y rondas, y también en otras formas de organización
local.
ORGANIZACIÓN Y PODER EN COMUNIDADES, RONDAS CAMPESINAS Y MUNICIPIOS 139

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