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Dolores del alma

Tras este primer acto, esta primera percepción, el progreso fue sumamente rápido. Lo mismo
que había extendido el brazo para examinar o tocar una rosca de pan, así ahora, espoleada por
un hambre nueva, se lanzaba a explorar, a tocar, el mundo entero. Lo primero fue la comida, el
tanteo, la exploración de implementos, recipientes y alimentos diversos. El «reconocimiento»
tenía que lograrlo por medio de una especie de deducción o conjetura curiosamente indirecta,
pues al haber permanecido ciega y «sin manos» desde el nacimiento, carecía de las imágenes
internas más simples (mientras que Helen Keller tenía al menos imágenes táctiles). Si no hubiese
tenido una cultura y una inteligencia excepcionales, con una imaginación aprovisionada y
sostenida, digamos, con las imágenes de otros, con imágenes transmitidas por el lenguaje, por
la palabra, podría haber seguido casi tan desvalida como un niño de pecho.

La rosca de pan la identificó como un pan redondo con un agujero en medio; un tenedor como
un objeto plano alargado con varios dientes agudos. Pero luego este análisis preliminar dio paso
a una intuición inmediata, y fue reconociendo los objetos instantáneamente como lo que eran,
como inmediatamente familiares por su carácter y su «fisonomía», fue reconociéndolos
inmediatamente como únicos, como «viejos amigos». Y este tipo de reconocimiento, no
analítico sino sintético e inmediato, vino acompañado de un gozo intenso y de la sensación de
que estaba descubriendo un mundo lleno de magia, de misterio, de belleza.

Los objetos más corrientes la llenaban de gozo... la llenaban de gozo y estimulaban en ella el
deseo de reproducirlos. Pidió barro y empezó a modelar figuras: la primera, su primera
escultura, fue un calzador, y hasta él estaba imbuido en cierto modo de un humor y una fuerza
extraños, con curvas sólidas, potentes, fluidas, que recordaban al primer Henry Moore.

Y luego (y esto fue un mes después de sus primeros reconocimientos) su atención, su aprecio,
pasó de los objetos a la gente. El interés y las posibilidades expresivas de las cosas, aunque
transfiguradas por una especie de genio inocente, ingenuo y a menudo cómico, tenían, después
de todo, sus límites. Necesitaba explorar ahora la figura y el rostro de los seres humanos, en
reposo y en movimiento. Ser «sentido» por Madeleine era una experiencia muy notable. Sus
manos, hacía tan poco inertes, como pasta, parecían ahora cargadas de una sensibilidad y una
animación inexplicables. No sólo te reconocía y te escudriñaba de un modo más intenso y
penetrante que cualquier escrutinio visual, sino que te «saboreaba» y apreciaba, meditativa,
imaginativa y estéticamente, un artista nato (y recién nacido). Tenías la sensación de que no sólo
eran las manos de una mujer ciega que te exploraban sino de una artista ciega, una inteligencia
reflexiva y creadora, recién abierta a la realidad sensorial y espiritual plena del mundo. Estas
exploraciones perseguían también la representación y la reproducción como una realidad
externa.

Madeleine empezó a modelar cabezas y figuras, y en un año era famosa en el lugar, como la
Escultora Ciega de St. Benedict's. Sus esculturas solían ser de la mitad o tres cuartos del tamaño
natural, con rasgos sencillos pero reconocibles y con una energía notablemente expresiva. Para
mí, para ella, para todos nosotros, esto era una experiencia profundamente conmovedora, una
experiencia asombrosa, milagrosa casi. ¿Quién habría podido imaginar que las capacidades
básicas de percepción, que normalmente se adquieren en los primeros meses de vida pero que
no se habían adquirido en este caso, pudiesen adquirirse a los sesenta años? Qué posibilidades
maravillosas de aprendizaje tardío, y de aprendizaje de los impedidos, abría esto. Y ¿quién
podría haber soñado que aquella mujer ciega y paralítica, marginada, desactivada,
excesivamente protegida toda la vida, guardase en su interior el germen de una sensibilidad
artística asombrosa (tan insospechada por ella como por los demás) que germinaría y florecería
en una realidad extraña y bella, tras permanecer inactiva, malograda, durante sesenta años?

Postdata

Pero pronto habría de descubrir que el caso de Madeleine J. no era algo único. Al cabo de un
año me encontré con otro paciente (Simón K. ) que tenía también parálisis cerebral unida a un
trastorno profundo de la visión. Si bien el señor K. tenía fuerza y sensaciones normales en las
manos, apenas las había usado... y era extraordinariamente torpe manejando, explorando o
identificando las cosas. Como Madeleine J. nos había alertado ya, nos preguntamos si no tendría
también él una «agnosia del desarrollo» similar... y sería, por tanto, «tratable» por el mismo
procedimiento. Y pronto descubrimos que lo que se había conseguido en el caso de Madeleine
podía conseguirse también en el de Simón. Al cabo de un año se había convertido en un
individuo muy «habilidoso» en todos los sentidos, y disfrutaba sobre todo realizando tareas
simples de carpintería, modelando bloques de madera y contrachapado y haciendo con ellos
juguetes sencillos. No sentía el impulso de esculpir, de hacer reproducciones: no era un artista
nato como Madeleine, pero aun así, después de pasarse medio siglo prácticamente sin manos,
gozaba de su uso de muchos modos diversos.

Esto resulta aun más notable, quizás, por el hecho de que Simón es medio retardado, una
especie de simplón afectuoso, a diferencia de la apasionada y dotada Madeleine J. Podría decirse
de ella que es extraordinaria, una Helen Keller, un caso de los que hay uno entre un millón...
pero del bueno de Simón no podía decirse nada parecido. Y sin embargo el objetivo básico (el
logro de las manos) resultó ser tan posible para él como para ella. Parece evidente que la
inteligencia, en cuanto tal, no juega ningún papel en el asunto: que lo único esencial es el uso.

Estos casos de agnosia del desarrollo pueden ser raros, pero se ven frecuentemente casos de
agnosia adquirida que testimonian ese mismo principio fundamental del uso. Yo examino a
muchos pacientes con una neuropatía «guante-y-media» grave debida a diabetes. Si la
neuropatía es lo bastante grave, los pacientes pasan de la sensación de adormecimiento (la
sensación «guante-y-media») a una sensación de desvinculación o ausencia completa. Pueden
sentirse «como un cesto» (como me decía uno de ellos) con las manos y los pies completamente
«perdidos». A veces tienen la sensación de que los brazos y las piernas terminan en muñones,
con masas de «pasta» o «yeso» «pegadas». Lo normal es que esta sensación de desvinculación
sea, si se produce, absolutamente súbita... y que la vuelta a la realidad, si se produce, sea súbita
igualmente. Hay, digamos, un umbral crítico (funcional y ontológico). Es crucial conseguir que
estos pacientes usen las manos y los pies... incluso, en caso necesario, «engañarlos» para que lo
hagan. Así es posible que se produzca una revinculación súbita, un súbito salto atrás hacia la
realidad subjetiva y la «vida»... siempre que haya potencial fisiológico suficiente (no es posible
esta revinculación si la neuropatía es total, si las partes distales de los nervios están
completamente muertas).

En el caso de pacientes que tengan una neuropatía grave pero no total, es literalmente vital un
uso mínimo, que es lo que marca la diferencia entre ser un «cesto» y tener una actividad
funcional razonable (el uso excesivo puede producir fatiga de la función nerviosa limitada y
desvinculación súbita de nuevo).

Habría que añadir que estas sensaciones subjetivas tienen correspondencias objetivas precisas:
hay «silencio eléctrico», localmente, en los músculos de las manos y los pies, y en el aspecto
sensorial una ausencia total de «potenciales evocados» a todos los niveles hasta el córtex
sensorial. En cuanto las manos y los pies se revinculan con el uso hay una inversión completa del
cuadro fisiológico.

En el capítulo tres, «La dama desencarnada», se describe una sensación similar de


amortecimiento e irrealidad.