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UNA NUEVA MIRADA DE INCLUSIÓN EN CHILE

Autor: Fernanda Derosas

De 100 estudiantes que egresan de la educación especial, 80 no se


insertan laboralmente. Si bien la ley está avanzando para dar vuelta esas cifras, todavía se necesita
hacer un cambio cultural y mostrar que la experiencia de las distintas empresas que han seguido
políticas de inclusión de personas es muy exitosa.

Una nueva mirada de inclusión en Chile

Andrea Bozzo sabe exactamente dónde está cada libro de la biblioteca


del colegio Dunalastair, en Las Condes. Su oficina está decorada con un palo de agua, algunas fotos,
cartas de cumpleaños -cumplió 43 años el domingo pasado- y algunas chapas del colegio. En su
escritorio tiene un iPhone y un computador con un software que le permite encontrar y prestarles
libros a los alumnos. Como tiene buena memoria, muchas veces no necesita usarlo para dar con lo
que busca, pero sí para ayudar a etiquetar los textos disponibles.

Andrea tiene síndrome de Down y desde hace cinco años es asistente


de Irene Awad, la bibliotecaria del lugar. Su condición no la ha limitado para desarrollar su trabajo
y ella cumple una función importante en la institución: “Cuando Andrea no viene, es un problema
para mí, porque maneja el orden de los libros mejor que yo”, cuenta. Andrea también se siente
como una trabajadora más, dice mientras recorre la biblioteca.

El caso de Andrea está muy lejos de ser una práctica habitual en Chile.
Lentamente hay empresas e instituciones que han comenzado a abrirse a la contratación de
personas que tienen algún tipo de discapacidad y de acuerdo a Víctor Dagnino, presidente del
Comité Laboral de la Comisión de Discapacidad de la Sofofa, el trabajo de inclusión laboral se ha ido
profesionalizando.

También las políticas públicas: por ejemplo desde hace dos años, el
Servicio Nacional de Discapacidad (Senadis) entrega un “Sello Chile Inclusivo” que reconoce a las
empresas que contratan a personas que tienen una discapacidad física o intelectual. En su primera
versión postularon 46 empresas y este año se presentaron 156, de las cuales 53 obtuvieron el
reconocimiento.

Pese a eso, todavía falta. Aunque desde 2010 existe una ley que
establece normas para promover la igualdad e inclusión social de las personas que tienen
capacidades diferentes, de acuerdo a Dagnino, la situación laboral aún no es muy alentadora, pues
de un total de 2.068.072 personas con discapacidad en el país (12,9% de la población), sobre un
millón de estas personas en edad de trabajar no lo hace. Por eso, es necesario contar con iniciativas
que ayuden a promover su inclusión desde distintos puntos de vista, objetivo al que apunta el Primer
Congreso Internacional sobre Transición a la Vida Activa que se realizará el 27 y 28 de marzo (ver
recuadro).
Los más afectados

Cuando hablamos de discapacidad o déficit se hace alusión a las


personas que tienen una necesidad desde un punto de vista sensorial (sordo, ciego), físico
(dificultades motoras) o intelectual. El INE lo define como toda limitación grave que afecta en forma
permanente al que la padece en cualquier actividad.

Dentro de los tipos de capacidades diferentes, los expertos en el


área coinciden en que las personas con discapacidad intelectual son las más afectadas en el mundo
laboral. Según la Asociación Americana de la Discapacidad Intelectual, por esta se entiende una
limitación en las habilidades que la gente necesita para aprender a funcionar en su vida diaria y que
le permite responder en distintas situaciones y lugares. De acuerdo a Manuel Quintana, educador
diferencial y especialista de Diversitat, el espectro es amplio e incluso a los expertos se les hace
difícil clasificar a la discapacidad intelectual, pero para tener una idea, una persona con síndrome
de Down o una persona que ha tenido lesiones cerebrales estaría dentro de este grupo. No así un
autista o un Asperger, porque este espectro está focalizado en la comunicación y relaciones sociales,
no en habilidades adaptativas.

Pese a que en el Ministerio de Educación hay registrados cerca de


1.800 colegios que imparten educación especial y otros 4.500 colegios con programas de inclusión
escolar, según Quintana, las personas con discapacidad intelectual son las que tienen menos años
de escolaridad (3,4). Además, de cada 100 estudiantes que egresan de la educación especial, 80 no
logran insertarse laboralmente. Según él, del 20 % que sí lo hace, la mayoría no ejerce lo que
aprendió durante sus años de capacitación.

Las razones que explican por qué terminan quedándose en la casa


son muchas. Familias sobreprotectoras, educación especial de segunda categoría y discriminación
por parte de las empresas son algunas. A esto se suma que, generalmente, las personas afectadas
con este tipo de discapacidad deben andar acompañadas por un monitor. Sin embargo, la
experiencia de las empresas que trabajan con ellos es exitosa.

Por ejemplo, en la empresa Aramark, que presta servicios de


alimentación y gestión de instalaciones, hay 71 trabajadores con alguna discapacidad, en la mayoría
de los casos, intelectual. La gerente de personas y relaciones laborales, Paula Coronel, cuenta que
si bien la primera etapa requiere un poco más de esfuerzo, porque hay que hacer un proceso de
“instalación” del trabajador y también de las personas que los reciben, tras eso las cosas se dan muy
bien porque realizan su trabajo con mucha rigurosidad. Por eso tienen el mismo contrato y salario
que cualquier otro empleado y siguen el mismo proceso de selección. “Están insertos en el mundo
laboral de manera real, no declarada”, dice.

La Clínica Las Condes también cuenta con trabajadores con


discapacidad intelectual en el área de pediatría. Verónica Fuenzalida, enfermera jefe de ese
departamento, cuenta que ayudan en las tareas de secretaría y manejo de documentos:
generalmente se les asignan labores rutinarias, que se repiten, para evitar que se confundan. Pero
eso no significa que hagan siempre lo mismo porque con el tiempo sus responsabilidades van
aumentando en complejidad.
Tal como ilustra este caso, generalmente las personas con
capacidades diferentes hacen tareas prácticas, por eso la mayoría pertenece al sector servicios e
industrial, en donde realizan labores como personal de apoyo o son operarios. Los empleadores
coinciden en que en general son responsables y una investigación reciente demuestra que no son
palabras de buena crianza: según un estudio realizado por la Sofofa y la Organización Internacional
del Trabajo (OIT) en 2012 mostró que las empresas que habían contratado a personas con
discapacidad habían ganado en productividad, en clima laboral y también en imagen corporativa
ante sus consumidores y clientes.

Andrés Yurén, especialista de esta área de OIT, es enfático en


decir que la inclusión no es caridad, porque las empresas ganan tanto como los trabajadores. Por
eso, la OIT ha desarrollado guías para las empresas que reciben trabajadores con discapacidad y
para personas con discapacidad que buscan trabajo, donde pueden aprender desde armar un
currículum hasta cómo presentarse en una entrevista de trabajo.

Un tema cultural

“En Chile han cambiado las políticas, pero la cultura sigue siendo
la misma”, dice Manuel Quintana y esa sigue siendo la principal barrera para la inclusión. Esto parte,
según el experto, desde que se les pone el cartel de discapacitados cuando lo que corresponde es
entender que tienen habilidades y necesidades distintas.

Con la aprobación de la ley que establece normas sobre


igualdad de oportunidades e inclusión social de personas con discapacidad, el Ministerio de
Educación comenzó a trabajar en un reglamento para que las condiciones en el sistema escolar
sean igualitarias para niños y jóvenes con y sin discapacidad. Y aunque todavía es un borrador,
Quintana tiene fe en que esto puede ayudar a producir un cambio. “Lo que se requiere desarrollar
son las adecuaciones pertinentes para que todos los alumnos accedan, participen y se beneficien
de la educación en igualdad de condiciones. No con una educación de segunda categoría que
hasta ahora es la que se entrega en escuelas especiales”, dice. Eso ayudaría, entre otras cosas, a
que las personas adquirieran más herramientas para poder entrar más y con mejores
oportunidades en el mundo del trabajo.

Algunas universidades también se han hecho cargo del tema. Por


ejemplo, la Universidad Andrés Bello creó en 2006 el Diploma en Habilidades Laborales Específicas,
que partió con 36 alumnos. Este programa apunta a cubrir las necesidades educativas especiales y
formarlos para que sean ayudantes eficientes en tareas concretas dentro de áreas como la
gastronomía, la administración, la veterinaria, la jardinería y la educación parvularia. De acuerdo a
María Theresa von Fustenber, directora del programa, después del diploma la inserción laboral es
del 60%.

Pero finalmente, promover la real inclusión de las personas que


tienen algún tipo de discapacidad requiere del esfuerzo de los distintos sectores de la sociedad,
partiendo por el estado, pero también los privados y la propia sociedad civil.