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EL ANDADOR

de Norberto Aroldi
DECORADO ÚNICO. Sala comedor de un departamento –clase media- el ambiente
es común, sencillo. No hay unidad entre moblaje y ciertos objetos. Heladera,
televisor, combinado mesa familiar, antiguo sillón mecedora, teléfono, etc, etc.
La necesidad escénica requiere cuatro entradas:
1) Primer plano lateral izquierdo (del director): comunica con el exterior.
2) Lateral izquierdo a foro. Comunica con el baño.
3) Foro, hacia lateral derecho: con la cocina.
4) Lateral derecho, segundo plano: con el dormitorio. Y, además, una ventana.

ACTO PRIMERO (Primera mañana verano)


La escena está casi en penumbras. Apenas si, por las cortinas de la ventana, se
traduce la claridad del día que comienza. Sonido de un carro lechero que se acerca,
pasa y se aleja, perdiéndose. Sonido de algunas sirenas de fábricas lejanas.
La voz de un canillita que pregona el matutino. Silencio ahora.
Luego, se oye el ruido de la llave girando en la cerradura. La puerta N°1 se abre y
aparece Julián. Viene de la noche. El calor, aplastante, y pegajoso, no logra disimular
su natural apostura. Viste bien, aunque trae la corbata floja, el cuello de la camisa
abierta, el saco desprolijamente doblado bajo el brazo. Está algo despeinado.
Acciona lento, de memoria. Trae una botella de leche y el periódico.
Pone ambas cosas sobre la mesa. Deja sin cuidado el saco sobre una silla.
Se quita la corbata y la arroja sobre el saco. Sube las mangas de la camisa.
Sopla ese calor que no soporta. Es notorio que no ha dormido, pero no da señales de
tener sueño. Abre la heladera. Saca una cerveza. La destapa. Bebe un largo trago.
Agarra la cerveza, el diario y se sienta, frente a la mesa, cerca de la ventana.
La claridad que penetra entre las cortinas va en aumento, pero aun no reina el sol.
Julián abre el periódico, lo mira, pero es evidente que no consigue concentrarse en la
lectura. Queda pensativo, como si una preocupación retornara a su mente.
Enciende un cigarrillo. Bebe otro trago. Fuma pensativo. Julián mira hacia la puerta
N°3 con cierta extrañeza. Por la misma aparece Rosa. Se detiene bajo el marco.
Se miran un breve instante. No hay malhumor ni enemistad entre ellos.
Obran con la indiferencia convertida en costumbre.
Las palabras iniciales salen apenas, rutinarias, vacías.
JULIÁN: Buenas (Vuelca su atención en el pretexto del diario.)

ROSA: (desde la puerta.) Hola (Lo observa desde allí. Serena, inexpresiva.
Luego, avanza hasta la botella de leche. La guarda en la heladera. Siempre accionando lenta y
rutinaria, ordena sobre la silla el saco y la corbata que dejara Julián. Este continua imperturbable
con su atención puesta en el diario. Vuelve a oírse, muy lejana, la sirena de una fábrica.
Rosa se detiene un momento lejos del hombre. Esta en primer plano, de cara al público.
Se propone ser natural, cotidiana, pero algún indicio esboza su secreto. Llega junto a la ventana.
Abre bien las cortinas. Ahora sí un sol espeso y ardiente invade la escena y arruga el semblante
trasnochado de Julián.)

JULIÁN: ¿Qué haces? ¿Me querés matar?

ROSA: Para que puedas leer mejor.

JULIÁN: ¡Lo único que me falta es aguantar semejante sol!


(De nuevo los ojos en el diario.) Cerrá, encendé la luz.
(Rosa no se ofende. Lo conoce. Lentamente cierra las cortinas. Llega junto a las llave.
Enciende la luz. Julián sigue leyendo el periódico. Rosa no sabe qué hacer.
Finalmente, se sienta frente a la meza, cerca de Julián. No hace nada, ni lo mira.
Pasa un breve instante. Julián no la mira pero siente su presencia y su silencio. Por fin, la mira.)
¿Pasa algo?

ROSA: Yo no abrí la boca.

JULIÁN: (Da vuelta una página.) No, pero estás allí.... sentada… mirándome.

ROSA: (Muy suave.) ¿Te molesto?

JULIÁN: (Mirando el diario. Lo dice sin violencia.)


Sabés que no puedo leer cuando alguien me mira.
(Julián intenta proseguir con su lectura. Rosa no se inmuta, toma una revista.
Pasa las hojas pero no lee ni las mira. Otro breve silencio. Julián la mira.)
¿Qué hacés levantada a esta hora? (Rosa lo mira.) ¿En qué estás?

ROSA: (Mirando la revista.) No, en nada. No sé… no puedo dormir.

JULIÁN: (Mirando el diario.) Yo tampoco tengo sueño. Será el calor.

ROSA: ( Mira lejos. Lo dice suave, sin tono.) Sí, debe ser.
(Hay un nuevo silencio. Luego, Rosa mira al hombre.) ¿Qué dice?

JULIÁN: ( Da vuelta otra página.) ¿Quién?


ROSA: El diario.

JULIÁN: (Julián sonríe. El escepticismo le marca un aire de triunfo o de justificación.)


¡¿Qué va a decir?! ¡Lo de todos los días!
(Agranda su sonrisa.) ¡Líos, afanos y patadas en el mundo entero!
(Con un extraño orgullo,) ¡Todavía no lo leí y ya sería capaz de contártelo de
memoria! (Sonríe.) ¡Es un desastre! (Julián sigue leyendo. Pasa otro breve silencio.
Algo dulce e indefinido ilumina el rostro y el tono de Rosa.)

ROSA: (Se aniña.) Contámelo.

JULIÁN: (La mira sin entender.) Qué.

ROSA: El diario… ¡Contame el diario, Julián!

JULIÁN: ¿Qué te pasa esta mañana, Rosa?

ROSA: (Sonríe algo torpe.) Nada. ¿Por qué?


Simplemente… tengo ganas que me cuentes… algo. Aunque sea el diario.

JULIÁN: ¿Adónde querés llegar?

ROSA: A vos. Tengo ganas de oírte. Hace rato que no charlamos…


(Julián pone la mirada en el periódico. El reproche de la mujer es suave, casi cariñoso.)
Ni que me tuvieras incomunicada. Últimamente… si no fuera por el teléfono…
ya me habría olvidado de tu voz. (Pone voz grave, como si imitara a Julián.)
“Voy a cenar” “Esperame” “No me esperes” “Voy con dos amigos” “No voy”
“¿Llamó alguien?” “Hola” “Chau”. (Rosa sonríe. Julián continua con la mirada en el diario.)
¿Sabés? Nunca te lo dije… pero… (Sonríe. Se interrumpe.)

JULIÁN: (Sin mirarla.) Qué.

ROSA: Desde hace un tiempo… en vez de soñar con vos… sueño con el teléfono.
(Se miran con expresión opuesta. Rosa sonríe, como si esperara algo que no llega.)
(Julián retorna al periódico.)

JULIÁN: (Lo dice suave, seco.) Todo está igual, Rosa.

ROSA: (Ella ya no lo mira ni sonríe. Lo dice apenas, sin reproche.) Es lo que digo.
(Otro breve silencio. Rosa vuelve a pasar las hojas de la revista, siempre sin interés.
De pronto dice.) ¡¿No querés que prepare unos mates?!
JULIÁN: ¿Con este calor? ¿Cómo se te ocurre?

ROSA: (Se desinfla o se contiene.) Sí, claro… tenés razón. No me había dado cuenta.
(Cambia.) Bueno, lo que pasa es que… tengo ganas de charlar con vos.

JULIÁN: Sobre.

ROSA: No, nada en especial. Estar así y decirnos cosas. Eso.

JULIÁN: ¿Y qué querés que te diga?

ROSA: Palabras. Lo que se te ocurra.


(Julián la mira inexpresivo. Luego, retorna al periódico.)

JULIÁN: Andá a acostarte, Rosa.

ROSA: ¿No se te ocurre nada?

JULIÁN: (Súbitamente, Julián se incorpora como impulsado por un resorte. Acciona y habla con
cierta violencia. Abre la heladera.)
¡¿Qué pretendés que se me ocurra con este calor?! ¡Es insoportable!
(Saca una botella y bebe agua fresca.) ¡Ni que uno viviera en medio de un incendio!
(Guarda la botella. Anda de un lado a otro. Rosa permanece inmóvil e imperturbable en su lugar.
Julián se detiene y enciende un cigarrillo. El canario canta breve y eufórico.
Julián mira hacia la pequeña jaula con asombro.)

JULIÁN: ¡Salud! ¡Se despertó el bacán!

ROSA: (Yendo hacia la cocina.) Pobrecito, todavía no le cambie el agua y el alpiste.


(Entrando en la cocina.) Ya va, Carlitos, ya va. (Julián se acerca a la jaula.)
(Rosa retorna trayendo dos tachitos con agua y alpiste.)

JULIÁN: ¿Viste como canta cuando tiene hambre?

ROSA: (Cambiando los tachitos.) ¿Y qué pretendés? ¿Qué hable para pedir las cosas?

JULIÁN: ¡Quiero decir… que no es mudo cuando le conviene!

ROSA: (Retornando a su acción anterior.) Pobre Carlitos.


Como para cantar en este ambiente sin sol y siempre lleno de humo.
JULIÁN: (Como respondiendo a una extraña y brusca intención, abre la puertita de la jaula.)
¡Y dale! ¡Volá! ¿Para qué te pusieron las alas?

ROSA: ¿Qué hacés?

JULIÁN: ¿No ves? Le ofrezco la libertad… ¡Y la desprecia!

ROSA: Dejalo tranquilo. ¿Qué necesidad tenés de agarrártela con el pájaro?

JULIÁN: (Como para sí.) Me da rabia verlo vivir tan campante metido en una jaula.
(Se aparta. Bebe otro trago de agua.)

ROSA: Entendelo de una vez, Julián: Carlitos prefiere estar aquí.


(Trabaja-sonríe su ternura.) ¿No te acordás de la otra vez que lo soltaste?
Anduvo dos días picoteando sobre el vidrio de la ventana. (Julián camina nervioso - no
es el pájaro, quién lo pone así. Es su propio problema que trata de derivar en cualquier pretexto.)

JULIÁN: El día menos pensado… lo tiro a la basura con jaula y todo.

ROSA: (Interrumpe su labor. Lo observa desde su lugar.) ¿Qué sucede, Julián?

JULIÁN: (La mira.) Nada. ¿Qué puede suceder? (Esquiva.)


(Se sienta como si su malhumor terminara por agotarlo. Sopla. Rosa llega junto al hombre.)

ROSA: ¿Querés comer algo?

JULIÁN: No… no tengo hambre. (Bebe otro trago de agua.)

ROSA: Claro, si te llenás el estómago de liquido.

JULIÁN: ¡¿Qué querés?! ¡¿Qué me deshidrate?!


(Su reacción fue un tanto desmedida. Julián vuelve a incorporarse y a caminar sin sentido. Rosa
retorna a su labor. Julián muestra sus manos y el pelo.) ¡Mirá, mirá la humedad!
¡¿A vos te parece?! (Camina) Estas casas podrían venirse abajo de una buena vez...
a ver si así construyen viviendas para seres humanos… no para sobrevivientes.
¡Pensar que en invierno la ciudad entera parece un témpano de hielo!
(Se detiene junto a la ventana.) ¡Si, por lo menos, cayera un chaparrón!

ROSA: (Inmóvil – lejana – monótona) Claro, refrescaría un poco.

JULIÁN: (Vuelve a la caminata.) ¡Es lo que digo! Pero no… ¡Que va a llover!
¡Llueve cuando uno menos lo necesita! ¡Todo al revés en este país!

ROSA: ¿Por qué no te acostás, Julián?

JULIÁN: Es peor. Esa pieza es un horno.

ROSA: Te pongo bien cerquita el ventilador, ¿querés?

JULIÁN: Sabés que no soporto ningún ventilador. Me pone nervioso.

ROSA: (Natural) Decime, Julián… (Julián se detiene y la mira.)


¿Por qué no te pegas un tiro? (Julián la mira fijamente. Ella le sostiene la mirada.)
¡Si hace calor… hace calor! ¡¿Qué querés que haga en verano?! (Julián retorna a la
caminata.) ¿O pretendes pasarte tres meses metido en la heladera?
(El hombre se detiene lejos de ella. No la mira. En sus ojos brilla una poderosa ambición.)

JULIÁN: Pensar que en estos momentos… hay gente tomando fresco en los lugares
más bacanes del mundo. Gente que salta de un lugar a otro del mapa…
como si fuera… una pelotita de pingpong.
¡¿Hay derecho a que yo esté aquí… encerrado… como una rata insolada?!

ROSA: (Se le acerca comprensiva.) ¿Y por qué no pensás un poco que, también en estos
momentos, hay gente trabajando bajo el sol o encerrada en las calderas?

JULIÁN: ¿Por qué tengo que pensar en eso?

ROSA: Para enterarte de una vez por todas que no sos un mártir ni el último
habitante del planeta.

JULIÁN: ¡Desde luego que no! Pero… podría vivir mejor, ¿no te parece?

ROSA: ¡Todo el mundo podría vivir mejor!

JULIÁN: ¡Hablo de mí!

ROSA: Y vos ¿quién sos? ¿El inventor de la pelota? ¿Querés jugar solo?
Decime, prócer del desamparo: ¿nunca hacés cola para nada?
No, ya sé que viajás en taxi, pero… quiero decir… ¿no sabés que hay mucha gente
sufriendo en este planeta? El mundo no termina alrededor tuyo.

JULIÁN: Eso es cosa mía.


ROSA: (Junta aire.) Mirá, Julián; cuando uno no nace en cuna de oro…
solamente tiene dos caminos honrados para llegar adonde vos pretendés:
sacarse la grande o trabajar.

JULIÁN: ¡Claro, porque ahora resulta que a mí me mantiene el Ejército de


Salvación!

ROSA: No dije eso.

JULIÁN: (Desafiante) Te conozco.

ROSA: (Serena) ¿Y vos? ¿Te conocés?

JULIÁN: ¿Qué querés decir?

ROSA: Que todavía no sabés quién sos… realmente. Se te metió en los sesos un
personaje… y por no reconocer que te queda grande… vas a terminar arruinando
tu vida. ¿Hasta cuándo, Julián?

JULIÁN: (Sordo y terco.) Esperá que Lince esté a punto y… ¡vas a ver!

ROSA: (Riendo) ¡Lince a punto! Pero… ¿no te das cuenta que el punto estas
resultando vos? (Ríe) ¡Te vendieron un matungo de calesita!

JULIÁN: Que sabés de esto, vos.

ROSA: (Riendo) ¡Ese armatoste no ganará nunca… ni corriendo solo!

JULIÁN: Dale, dale, pegá nomás. Ya te vas a arrepentir. (Toma la foto del caballo.)
Lince un matungo… ¡con esa pinta! (Besa la foto.)

ROSA: Sí, eso es verdad: pinta le sobra.


¿Por qué no lo embalsamás y lo vendes para adorno? Algunos pesos te darán. (Ríe)

JULIÁN: (Un dedo sobre los labios.) Ssshhh. (Julián asume una actitud sospechosa.)

ROSA: (Baja el tono pero no entiende.) ¿Qué pasa?

JULIÁN: (Acercándosele) Sshh. ¿Sabés cuánto aprontó hace quince días?

ROSA: ¿Cuánto, che?


JULIÁN: (Muy bajo.) Puso… uno uno dos quintos… para los mil metros.
(Deslumbrado) ¿Qué me contás? En cuánto corra… afana.

ROSA: ¿Y qué esperás para hacerlo correr?

JULIÁN: No, todavía no es el momento.

ROSA: ¿En qué quedamos?

JULIÁN: Hace una semana que tiene sobrecaña.

ROSA: (Alarmada) ¡No!

JULIÁN: (apesadumbrado) Sí

ROSA: (Sincera) ¿Y eso qué es?

JULIÁN: ¿Me estás cargando?

ROSA: Si te pregunto es porque no sé.

JULIÁN: Bueno, es… una enfermedad. Además, anda afiebrado y medio débil.

ROSA: ¡¿No te digo?!

JULIÁN: (Entusiasmado) Por ahora… tiene que sobrealimentarse, descansar, y tomar


vitaminas; pero, dentro de poco, ¡se va a comer el disco!

ROSA: ¡Seguro! El disco, la alfalfa, y terminará mandándose al buche hasta las


últimas pilchas que te quedan. (Retorna a su labor.)
Débil. ¡Ma qué va a estar débil! Ese caballo es más fiaca que vos. ¡Reconócelo!

JULIÁN: ¡Acabala, querés! ¡Vos preocupate de lo que te corresponde! ¡¿Estamos?!


(La reacción de Julián ha sido realmente brusca y agresiva. Rosa cambia de inmediato, no por temor
sino por comprensión.)

ROSA: No, Julián, no quise hablar de esto… te lo juro.


(Julián se sienta en el lugar anterior. Toma el diario.)
JULIÁN: (Suave ahora.) Dejame tranquilo, Rosa. (Lee. Silencio – Rosa, muy lentamente,
camina hasta un mueble. Toma el tejido. Se sienta en otro lugar; lejos y de espalda a Julián –
mientras teje, habla suave, sin mirarlo, como para sí.)

ROSA: Siempre pasa lo mismo. Apenas si sabemos unas cuantas palabras…


y solamente las usamos para decir lo que no sentimos. (Un breve silencio - Julián
permanece inmóvil, leyendo el diario – ahora, la mujer interrumpe el tejido - lo dice al aire)
Lo mismo hacemos con la vida. Quiero decir… el tiempo. (Vuelve a tejer.)
Es tan poco el que tenemos y lo gastamos en pavadas. (Siempre sin mirarlo.)
Te espero toda la noche. Junto un montón de cosas lindas para decirte y…
en cuanto te veo… me sale todo al revés; como si en vez de hablar yo…
fuera otra persona. (Gira –lo mira desde su silla- la pregunta surge tan simple como profunda.)
¿Qué nos pasa, Julián? (Julián no responde -se incorpora- camina lentamente – se detiene algo
apartado – no la mira)

JULIÁN: (Sin disputa.) A mi no me pasa nada.


(Le pasa algo.) ¿Qué podrías reprocharme?

ROSA: No, no me entendés, Julián. No se trata de reproches.


Digo que… casi nunca estamos juntos… y solos… y… cuando lo estamos… el tiempo,
el país o tu caballo… se planta entre nosotros como un biombo. ¿Por qué, Julián?

JULIÁN: ¿No cumplo con mi obligación, acaso?

ROSA: No comprendo que querés decirme.

JULIÁN: Hablo de la olla. Ya ni sé cuántos años hace, pero desde la primera vez
que amanecimos en la misma cama… nunca faltó el pan sobre la mesa. ¿No es así?

ROSA: (No lo mira –está en otra cosa- evoca.) Dieciseis.

JULIÁN: ¿Dieciseis qué?

ROSA: (siempre sin mirarlo.) Digo: van dieciséis años que vivimos juntos. (Teje)

JULIÁN: (Camina – sonríe) ¡Quién lo hubiera dicho!


Nadie habría acertado que duraríamos tanto. ¡Ni yo mismo!

ROSA: (Tejiendo) Vos menos que nadie. Tenés vocación de gobierno previsional.
Siempre con las valijas listas junto a la puerta de calle.
JULIÁN: Te lo dije desde el primer minuto: entre nosotros nada de libreta ni de
papeles. El que se cansa primero… junta sus pilchas, cambia de rumbo y aquí no
ha pasado nada. ¿No es mejor así?

ROSA: (Sin tono.) Desde luego; muchísimo mejor…

JULIÁN: Lo dije y lo sostengo: hasta que no se implante el divorcio en este


país... no me caso con nadie. (Rosa teje –Julián la mira- se le acerca – sonríe)
Confesá Ñata; te corrías una fija que al final terminaríamos en el civil;
¿no es eso?

ROSA: Como si alguna vez te hubiera pedido que nos casáramos.

JULIÁN: Porque sabías que yo no agarraría viaje, pero…


¡mirá que hiciste piruetas para engancharme!

ROSA: (Tejiendo) Fue por puro interés, sonso. Como vos sos el Agha Khan.
¡Imaginate!

JULIÁN: Tanto no, pero… si te quedaste conmigo no habrá sido por casualidad.

ROSA: No, fue por… curiosidad. Como no sabía qué hacer con mi vida…
me dediqué a averiguar de qué estaba rellena tu pinta.

JULIÁN: ¿Y? ¿Lo averiguaste?

ROSA: Sí. Nada más que humo; humo y aserrín.

JULIÁN: (Sonríe) Está bien; asimilo el castigo. Pero… ¿y después?

ROSA: Después… ¿qué?

JULIÁN: ¿Necesitaste dieciséis años para averiguarlo?


(La mujer interrumpe el tejido –mira lejos)

ROSA: No, aquella noche misma… (Suena una nostálgica melodía)


me di cuenta que, aunque la jugabas de pavo real, estabas muy solo…
y que me necesitabas más de lo que yo te necesitaba a vos.
(Vuelve a tejer –la melodía va alejándose hasta desaparecer)

JULIÁN: ¿O sea que te quedaste conmigo de lástima?


ROSA: Más o menos. ¿Y vos?

JULIÁN: Yo ¿qué?

ROSA: Si nada nos ata… ¿Por qué seguiste a mi lado?

JULIÁN: Está bien. (Se incorpora –toma una manzana.) Ya que insistís, te lo confieso…
(Muerde la manzana.) también yo estoy a tu lado por interés. A veces la mala dura
demasiado, entonces… me empuja el hambre y… vuelvo.
¿Qué voy a hacer? ¡Cuestión de rachas!

ROSA: (Verdaderamente intrigada.) Sí, muchas noches te oigo rascar en mi alcancía


para juntar un café con leche, aunque sea. Pero… (Lo mira.)
¿Y cuando se te da la buena? ¿Quién te empuja hasta aquí?
¿Por qué llegás corriendo como un pibe enloquecido de alegría y me cubrís toda la
cama con billetes de mil? (Julián sigue comiendo la manzana –se traba un tanto, como si lo
avergonzara confesar sus sentimientos.)

JULIÁN: No sé; será… para darme dique y… ¡qué sé yo!


(Se incorpora –camina de un lado a otro.) La fuerza de la costumbre. Al fin y al cabo…
todas las mujeres son iguales y… si lo mismo da una que otra…
¿qué necesidad tengo de ir buscando problemas por ahí? (Se detiene –la mira.)
Además vos… (Rosa lo mira –Vuelve, acercándose, la melodía anterior- Una expresión extraña en
Julián.)

ROSA: (Luego de un instante.) ¿Qué mirás?

JULIÁN: (Como si descubriera algo que no comprende –retorna a la caminata pero inseguro y
lento.) No… nada. Estaba pensando que… (Camina hacia foro –se detiene- queda de espaldas
al público.) ¡Dieciséis años ya! (Se rasca la cabeza.) ¡Parece mentira! (Queda inmóvil en esa
posición –Rosa continua sentada, cerca y de frente al público- el volumen de la melodía continuo
subiendo. La mirada de la mujer se mantiene lejana, nostálgica. Hasta que Julián, bruscamente, gira
y llega junto al teléfono –la melodía se corta de golpe- Julián disca.)

JULIÁN: Hola, ¿Mocho? ¿Cómo estás, viejo? Yo, Julián. Bien, bien. ¿Tus cosas?
Macanudo. Oíme, Mocho: pasame tres lucas al dieciséis, sí, a la cabeza y a los
premios. Eso es. Hola, mirá, Mocho, por las dudas… ponele quinientos pesos al
sesenta y uno. Sí, igual. Gracias, Mocho. Chau, después te veo.
(Cuelga –se incorpora- sabe que Rosa lo está mirando.) Si viene… nos salvamos, Rosa.

ROSA: (Lo mira –presiente.) ¿Por?


JULIÁN: Bueno… ¿sabés?... el negocio de anoche… no se hizo.
Descubrieron la mercadería y la secuestró la prefectura. Todo perdido.

ROSA: Todo no. Estas aquí. Quiero decir que salvaste el pellejo.

JULIÁN: No, en eso no hay peligro. Sé donde piso.

ROSA: (Tejiendo) Esto va a terminar mal, Julián.

JULIÁN: ¿Qué te preocupa?

ROSA: (Lo mira) ¡Vos!

JULIÁN: No soy ningún idiota. Tengo las espaldas bien cubiertas.

ROSA: Lo que tenés es poca memoria. Acordate de la otra vez.

JULIÁN: ¿Y qué? ¿No me soltaron en seguida, acaso? Este negocio es… así.
Una mala por tres buenas. No hay motivo para desanimarse. Claro que…
(Se miran)… anoche se me fue todo el capital.

ROSA: ¿Por qué no buscás otra cosa, Julián?

JULIÁN: Qué.

ROSA: Algo más tranquilo… más seguro.

JULIÁN: ¿Qué insinuás? ¿Qué me ponga a trabajar de gil…


justo a esta altura del partido?

ROSA: Es que el partido se termina, Julián, y seguimos cero a cero.

JULIÁN: ¿De qué hablás?

ROSA: De la libreta de ahorro. ¡Parece un voto en blanco!

JULIÁN: ¡Te lo dije! ¿Para qué la sacaste? Solamente ahorran los cobardes,
los que no se tienen fe. Yo no nací para que cuatro aligerados engorden con mi
sudor y después de doblar el lomo durante toda la vida, me tiren la limosna de la
jubilación. (Rosa sopla y vuelve a tejer.) Pero, oíme, Ñata, ¡Si con un solo golpe grande
pasamos al frente para toda la cosecha! Mirá, sin ir más lejos, la semana que
viene entran una partida de perfume francés. ¿¡Qué me contás?!
ROSA: Que le siento mal olor.

JULIÁN: ¡No puede fallar, negra; creeme!

ROSA: ¡Imaginate! (Teje más ligero.)

JULIÁN: (Sonríe) ¿Te olvidás de los buenos tiempos? ¿Cuántas veces vivimos como
reyes en los mejores hoteles? ¿Y los coches que cambiábamos? (Ríe)
¿¡Te acordás de aquel chofer japonés que contraté porque hasta nos habíamos
aburrido de manejar?!

ROSA: No sueñes más, Julián, y hacé el balance.


Todo se fue más rápido de cómo vino.

JULIÁN: ¡Pero lo vivimos!

ROSA: Sí, como reyes… con la única diferencia que no somos reyes y que algún
día, a este paso, vamos a necesitar para comer un poco de todo ese dinero que
tiramos a manos llenas.

JULIÁN: Esto no puede durar, Rosa. ¡Tenemos que quebrar la racha!

ROSA: Basta de castillos en el aire, Julián. (Teje) Si no fuera que mi madre,


al morir, nos dejó esto… viviríamos en medio de la calle.

JULIÁN: ¡Acertaste! ¡De eso hablo!

ROSA: ¿De qué?

JULIÁN: ¡Tenemos que hipotecar el departamento! ¡Ya!

ROSA: ¡No! ¡Esto no!

JULIÁN: ¿Y con qué voy a traer la mercadería, entonces?

ROSA: (De pie) ¡El departamento no! ¡Es lo único que nos queda!

JULIÁN: (La sigue) ¡Pensá un segundo! ¿Para qué nos sirve?

ROSA: ¡Para vivir! ¿Te parece poco?


JULIÁN: Me parece estúpido despreciar un negocio semejante.
¿Calculas por cuánto vamos a multiplicar este capital?

ROSA: ¡No! ¡El departamento no! ¡Ni lo sueñes!

JULIÁN: Pero… escuchame, Negra… si no pue…

ROSA: ¡No quiero hablar más de esto, Julián!

JULIÁN: Está bien. Ya te vas a arrepentir.

ROSA: (Agarra el tejido –se sienta.) Y vos me lo vas a agradecer.


(Rosa teje –Julián, contrariado, llega hasta los cigarrillos -enciende- camina de un lado a otro.)

JULIÁN: ¡Es inútil! La gente no quiere salvarse.


¡Por eso el mundo está lleno de pobres!

ROSA: Y la cárcel llena de vivos. (Rosa –sigue tejiendo- pasa un instante –hasta que Julián se
le acerca.) (Observa el tejido con interés.)

JULIÁN: ¿Qué estás haciendo?

ROSA: ¿No lo ves? Hace rato que estoy tejiendo. ¿Recién te das cuenta?

JULIÁN: Recién me doy cuenta que son escarpines.

ROSA: (Sonríe su ternura observándolos.) Sí, escarpines.

JULIÁN: Digo… escarpines chiquitos.

ROSA: (Pone los escarpines sobre su mejilla.) Sí, escarpines chiquitos. (Teje)

JULIÁN: Y… ¿por qué tan chiquitos?

ROSA: (Tejiendo –no lo mira.) Bueno… porque… las personas… cuando nacen… tienen los
pies chiquitos. Por lo menos… hasta ahora siempre fue así.

JULIÁN: Y… puede saberse… ¿quién es la madre?

ROSA: (Ríe) ¡Qué original!


En estos casos… cuando hay dudas… es por saber quién es el padre.
(Julián se sienta junto a Rosa. Hace que la mujer lo mire.)
JULIÁN: Rosa, te conozco demasiado.

ROSA: (A los ojos.) ¿Sí?

JULIÁN: Sí. Desde hoy que andás dando vueltas para decirme algo, ¿Qué es?

ROSA: ¿Yo? No sé a qué te referís. (Vuelve al pretexto del tejido.)

JULIÁN: (Mirándola) ¿Para quién son los escarpines?

ROSA: (Deja de tejer pero no lo mira.) Para mí…

JULIÁN: ¿Qué decís? (Alarmado –pone una mano sobre el tejido.)

ROSA: (Lo mira con gran serenidad.) Para mí ahijado o ahijada. Da lo mismo. (Teje)
Doña Carmen, la mujer del carnicero, va a tener familia y me pidió que saliera de
madrina. (Lo mira) ¿Por qué? ¿Está mal que acepte?
(Julián se incorpora muy lentamente –quiere desentenderse del asunto. Sabe que quedó pagando.)

JULIÁN: Esas son cosas tuyas. (Camina)


¡Pero no veo la necesidad de tanto misterio!

ROSA: ¿Y dónde está el misterio?

JULIÁN: (Se traba.) ¡Qué sé yo! De pronto… te veo tejer escarpines chiquitos y…

ROSA: ¡¿Y qué querés que teja para un recién nacido?! ¡¿Un traje de buzo?!

JULIÁN: ¡Nooo! Pero para decirlo… pusiste una cara que…

ROSA: (Ríe) ¿Yo? ¿Y vos? (Ríe) ¡Te hubieras visto en el espejo!


¡Parecía que toda la hinchada de Boca te estaba pisando un dedo!

JULIÁN: ¿Yo? No sé por qué.

ROSA: Y… en una de esas… pensaste que… era yo… la que… (Ademán)

ROSA: (Lo mira reír.) ¿Por qué no?

JULIÁN: (Riendo) ¡Dejate de macanas, Rosa!


ROSA: Che, che, ¿qué soy para vos? ¿Una mujer o un ropero?

JULIÁN: ¿De qué te ofendés? ¿No me lo dijiste vos misma, acaso?

ROSA: Yo no, el médico. Pero… pasaron tantos años que… a lo mejor…


El médico dijo que, a veces, se produce el milagro.
(Rosa queda inmóvil es ese pensamiento. Julián comienza a reír más y más. Rosa lo mira.)

ROSA: ¿De qué te reís?

JULIÁN: ¡Es que…! (La risa lo ahoga.)

ROSA: ¡Y dale, repartí el chiste!

JULIÁN: (Siempre riendo.) Me estaba imaginando que… (Ríe)

ROSA: ¿Qué es lo que te imaginás?

JULIÁN: A… (La risa no lo deja hablar –toma una almohadón.) ¡Vení!

ROSA: ¿Qué querés?

JULIÁN: (Riendo) ¡Vení un momento!


(Rosa se incorpora y llega junto a él. Julián le ata el almohadón a la cintura.)

ROSA: ¿Qué estás haciendo?

JULIÁN: ¡Espera! (Siempre riendo la pone frente al espejo.) ¡Mirate! (Rosa queda frente al
espejo, inmóvil y grotesca en su contemplación.) (Julián habla y ríe inaudito en su ternura
despiadada.) ¡¿Te das cuenta lo que serías vos… inflada como un globo?! (Ríe)… (Ríe)

ROSA: (Siempre frente al espejo –comienza a sonreír.) Sí, tenés razón.

JULIÁN: ¿Y yo?
¿Me ves llevándote del brazo, con cara de enfermo asustado? (Ríe)

ROSA: (Riendo cada vez más.) ¡¡¡ Sí, te veo!!!

JULIÁN: (Ríe y tose) ¡¡¡Abriéndote paso entre la gente… (Mima) como un vigilante!!!
(Ríen los dos) ¡¡¡Y vos… (Mima) caminando en mensualidades… apoyando los pies…
cómo si en lugar de zapatos… tuvieras dos macetas!!!
ROSA: (Riendo) ¡Seriamos un desastre, Julián!

JULIÁN: (Riendo) ¡Pareceríamos dos tarados!...

ROSA: (siempre frente al espejo –riendo pero ahora con una extraña expresión.)
¿Sí? ¿Por qué, Julián?

JULIÁN: (Riendo) ¿Cómo por qué? ¡Mirate! ¡Mirame!


(Se aparta ahogado de la risa y por la tos.) ¡Y a esta altura del partido! (La risa de Julián va
muriendo, como si concluyera por agotarlo. Rosa, siempre frente al espejo, continua observando y
riendo. Hasta que su risa se va convirtiendo en un quejido histérico. El hombre gira y la observa.)

JULIÁN: Rosa… ¿qué te ocurre? (La mujer continua en su lugar. Se cubre el rostro con ambas
manos, pero sigue jadeando nerviosamente. Julián llega a su lado. La toma por los brazos.)
¡Basta, Rosa! (La sacude. Ella prosigue riendo y llorando con el rostro cubierto por sus manos.)
¿Qué tenés, Ñata? ¡Rosa! (La sacude) ¡¿Te has vuelto loca?!
(Lentamente, la mujer va retirando las manos de su rostro. Lo mira triunfal, casi fanática.)

ROSA: Sí, Julián, me enloqueció la ternura, la alegría, la gratitud… porque…


doña Carmen no va a tener ningún niño… y porque…
el dueño de los escarpines está en… ¿sabés dónde está?

JULIÁN: ¿Dónde? (Rosa toma las manos del hombre y las pone sobre el vientre.)

ROSA: ¡El tipo está aquí, Julián! ¡Sentilo!


Ya empezó a ensayar los primeros pasos de tango ¿Lo sentís, Julián?
(Pone su carita sobre el pecho del hombre y emite un sonido suave, mezcla de ternura y alivio.
Julián, inicialmente, no atina a nada. Retorna la melodía motivo de la historia.
Luego, Julián la conduce muy lentamente.)

JULIÁN: Vení, Rosa; tranquilízate. (Ella se deja llevar.)

ROSA: (Muy niña, muy mujer.) ¿Te das cuenta? ¡Y vos que no crees en los milagros!

JULIÁN: Está bien, negra; descansa ahora. (La sienta en la silla.)


(La mujer queda allí, sentadita, eterna. El hombre se aparta un trecho. El volumen de la melodía
sube un tanto. Luego, Julián, se rasca meditativamente la cabeza o una mejilla.)
¡¿Qué me contás?! (Gira –la observa) Y… ¿cómo fue?

ROSA: Y… de la única manera posible… supongo. Como, de cuando en cuando,


te das cuenta que a tu lado no duerme una bolsa de papas…
(La melodía ira alejándose hasta desaparecer.)
JULIÁN: (Sonríe) Quiero decir… el médico te había asegurado que… ya no podrías…
(Sonríe torpe) No entiendo.

ROSA: Y bueno, parece que, en estas cosas,


el médico tiene menos influencia que Dios.

JULIÁN: Y… ¿de cuánto?

ROSA: Poco más de tres meses.

JULIÁN: Menos mal. Vamos cómodos.

ROSA: Decime, che… ¿me estás tomando un apronte?

JULIÁN: Digo que… estamos a tiempo.

ROSA: ¿A tiempo? ¿Para qué?

JULIÁN: ¡Para hacer lo que tenemos que hacer!

ROSA: ¿Otra vez como antes? ¡No, Julián! (Va hacia él)

JULIÁN: ¿Y qué? Esta no puede tener otra salida.

ROSA: Pero… ¿por qué no?

JULIÁN: ¿Qué me preguntas? Nunca quisimos un hijo y justo ahora…

ROSA: ¡Vos no lo quisiste!

JULIÁN: ¿No estábamos de acuerdo, acaso?

ROSA: ¡No! ¡Yo lo quise siempre! Si hice tu voluntad fue por no perderte.
Siempre me amenazaste con dejarme si te daba un hijo.

JULIÁN: ¿De qué te quejás, entonces? ¡Elegiste! (Se aparta)

ROSA: ¡Ahora sería distinto, Julián!

JULIÁN: Pensá un minuto, Ñata: ¿qué haríamos con un pibe?

ROSA: ¡Quererlo… supongo! Y después, criarlo.


JULIÁN: (Va a entrar en el baño.) Sacátelo de la cabeza… o de donde sea.
No corre. (Medio mutis.)

ROSA: (Segura, pero serena.) Mira que esta vez… no habrá borrados, Julián.

JULIÁN: (Retorna –la mide) ¿Eso quiere decir que pensás tenerlo?

ROSA: ¿No te dije que ya lo tengo?

JULIÁN: Bueno, bueno, es un decir. Recién van tres meses.

ROSA: ¡Dieciseis años hace que lo llevo en las entrañas!


¡Desde el día que te conocí! Julián… ya había perdido casi todas las esperanzas…
¿cómo podría despreciar este milagro?

JULIÁN: Oíme, Rosa, estás ciega. Ahora menos que nunca.


¿Cómo se te ocurre que… a esta altura del partido…
vamos a engancharnos como dos tarados para empujar un andador? ¡Ni ,loco!

ROSA: (Fanática en su ternura.) ¡Lo empujaré yo! ¡Yo sola!


¡Vos no tendrás que preocuparte por nada! Te lo prometo, Julián.

JULIÁN: ¿Por quién me tomaste? ¿Me creés tan desalmado? ¿Cómo se te ocurre
que yo sería capaz de traer otra víctima inocente a este manicomio? ¿Para qué?
¿Para que sufra y se revuelque entre tanta inmundicia? ¿Con qué necesidad?
¡Mirá como anda el mundo! ¿Calculas cómo estarán las cosas dentro de unos años?
¡Cada vez peor! Ahí tenés el diario; leé las estasdisticas y entérate: todos los
días nacen miles de bocas para el hambre. La superpoblación nos llevará a la
guerra nuclear y, además, el odio racial será cada vez más grande, te estoy
hablando con la realidad.

ROSA: ¡La única realidad la tengo yo aquí, en la barriga, creciendo!

JULIÁN: Es inútil, estás fuera de época.


Atrasas. Pero mirá… (Va hasta el diario, lo toma.)
Si hasta el Vaticano se ve en la necesidad de estudiar el control de la natalidad.

ROSA: (Cierra el diario violentamente, estrujándolo.) ¡¡Cerrá el diario, querés!!

JULIÁN: El mundo ya no tiene salvación, Rosa; todo está podrido.


ROSA: (Tira el diario por el aire.) ¡Y bueno! ¿Qué esperas?
¡Remangate la fiaca y ayuda! Empeza a sacar la basura a un costado… pensá que…
dentro de poco, el que caminará por el mundo será tu propio hijo.

JULIÁN: (Apartándose –quiere terminar con esto.)


No tenés idea de lo que estás diciendo, Ñata.

ROSA: (Lo sigue.) ¡Y vos tenes el carburador tapado por el luto!


Sos incapaz de pensar en algo que no sea negro.

JULIÁN: (Se contiene.) Rosa, me estás obligando a repetirte lo que te dije siempre:
para mí… el acostarme con una mujer… termina cuando me levanto.
Yo no nací para vivir atado. A nada y a nadie.
(Julián camina hacia la pieza. Rosa lo alcanza.)

ROSA: ¡No, Julián! (Lo agarra.) Está es mi última posibilidad. Comprendeme.


No podés obligarme a elegir entre vos y él.
Para mí… los dos son una misma cosa. ¿Entendés?

JULIÁN: Me voy a dormir.

ROSA: (Lo detiene.) ¡No! Oíme: dejame tenerlo.


¿Sabés?, mis noches… ya no son como antes. Quiero decir… el sueño cada vez
tarda más en llegar. Lo tuyo es distinto. Vos andás por ahí.
Caminas entre la gente, tenés ruido y luces.
Yo, en cambio, estoy aquí, sola, esperándote en este silencio.

JULIÁN: ¿Y para qué te compré el televisor?

ROSA: ¡No puedo darle la mamadera al televisor, no te parece!


¡Hablo… de otra cosa!

JULIÁN: Esta bien; saldremos dos veces por semana, como antes.

ROSA: Pero decime… ¡¿Vos ya no entendés nada?!

JULIÁN: ¡Si seguís hablándome en chino… claro que no!

ROSA: ¡¿Será posible?!

JULIÁN: Bueno, a ver ¿qué es lo que te debo entender?


ROSA: ¡Que yo no nací para pasarme las noches sentada viendo televisión…
ni para hablar con un canario después de trabajar todo el día!

JULIÁN: ¿Qué te pasa? ¿Estás celosa… o tenés complejos de sirvienta?

ROSA: (Lo mira profundamente.) ¿Celosa? ¿De quién?

JULIÁN: No sé, como dijiste que yo ando de noche por ahí…

ROSA: ¿Celos de alguna muñequita perfumada que se babee por tu pinta de galán
maduro? No. Y no creas que no lo pienso.
Lo pienso y me revuelve el hígado… pero me la aguanto. Porque, al fin de
cuentas, ¿qué me roba? Sí, ¿qué se lleva de vos? Un rato y algunas mentiras.
Yo no te gané por una belleza que nunca tuve. Jamás fui linda y ya no soy una
muchacha. ¿Te crees que no lo sé? ¿Pensás que soy como las que pretenden
escaparle al tiempo escondiéndose en los rebusques de la peluquería? ¡No!
¿Para qué? Además, ¿cómo podría tener complejo de sirvienta si, precisamente
allí está mi triunfo?
El de esperarte a cara limpia, con las uñas sin esmalte y con olor a cocina hasta
el alma. Ese triunfo es mió, Julián, porqué lo gané de puro corazón y no a fuerza
de maquillaje. De vez en cuando, y si te queda tiempo, pensalo.

JULIÁN: Bueno, ¿qué debo hacer entonces?

ROSA: Dejarme tener lo único que te pido: un hijo. ¡Dejame, Julián!


No tengo nada tuyo. Ni siquiera una vez me agarraste la mano…
para decirme “te quiero”.

JULIÁN: ¡Pero hace años que vivo a tu lado! ¡¿Qué es más importante?!
¿Estar… o jugar a la novelita romántica?

ROSA: Entendeme, Julián: una mujer es… algo más que una costumbre.
No es una silla que tenés que encontrar donde la dejaste porque allí estaba antes
de salir. ¡No! Una mujer… necesita… ¿qué debo decirte para que me entiendas?
¿Sabés lo que siente una mujer cuando evita un embarazo?
Asco, Julián, asco por todo… y una vergüenza espantosa… hasta de salir a la
calle. En cambio… cuando… espera un hijo… siente algo maravilloso…
Como si Dios se hiciera chiquito para caber en sus entrañas.
Y la gente no se burla, como vos creés. No, Julián, al contrario.
Porque la gente nunca tiene la mirada tan limpia como cuando ve pasar a una
mujer embarazada. Nada es… ni será jamás más importante y poderoso que eso,
Julián, ni la guerra nuclear; ¿entendés?

JULIÁN: Estás excitada, rosa. Ya se te pasará… como otras veces.

ROSA: (Calma pero firme.) Esta vez… no, Julián. Te aseguro que esta vez… perdés.
Te gana el único ser que podía ganarte mi cariño: tu propia sangre.

JULIÁN: Yo… ya hablé. Lo que sigue es… cosa tuya.

ROSA: De acuerdo. Ya que me obligas… también seré el padre. Y te lo agradezco,


le daré hasta lo único que no puede darle a su hijo una madre casada: el apellido.
(Rosa retoma un quehacer doméstico. Julián ríe. Se le acerca.)

JULIÁN: (Riendo) ¡Nooo! ¿Pensás ponerle Manyacaballo?


(Rosa no contesta ni lo mira –sigue en lo suyo.)

JULIÁN: (Conciliador) Escuchame, negra… (Le hace una caricia que ella no rechaza ni
percibe.) Tranquilizate y usa los sesos para pensar. (Rosa prosigue inmutable en su labor.)
Bueno, me voy a dormir. (Va hacia puerta N°4) Si me llaman… no estoy para nadie.
(Rosa no lo mira ni contesta –Julián entra silbando en el dormitorio- Rosa interrumpe su labor como
paralizada por un pensamiento. Lentamente, llega frente al espejo. Se observa, casi inexpresiva.
Coloca ambos manos a la altura de su vientre. Permanece un momento así, ausente, como vacía.
El canto breve y afónico del canario la saca de su actitud estática. El canto es muy breve y apagado.
Rosa mira hacia la jaula. “Carlitos” ya no canta. Siempre muy lentamente, la mujer llega hasta el
tejido –lo toma- camina hasta el sillón mecedora –se sienta- teje y se balancea muy suavemente –
mientras lo hace, y con la mirada puesta en el tejido, comienza a cantar, en medio tono, una canción
de cuna.)

ROSA: (Canta)
“Cuando veas el sol… Niño Mío…
Las blancas palomas volando vendrán…
Trayendo en sus picos laurales divinos…
Para hacerte un nido de dicha y de paz…
Duerme en mí… Niño mío…
Mi… niño…
Que muy pronto en mi beso estarás…

(Sigue tejiendo, meciéndose y entonando, a boca cerrada, la melodía de la canción de cuna.)


TELÓN
ACTO SEGUNDO (Segunda mañana invierno.)
El decorado es el mismo pero parece otro. Muestra la invasión del mundo infantil:
Juguetes, ropita, un cochecito, etc, etc. No hay nadie en escena.
Es una fría mañana de invierno. Las cortinas están abiertas de par en par y el solcito
pega sobre los cristales. No vemos la jaula del canario. Suena el timbre de calle.
Nadie acude. Otro silencio y dos nuevos timbrazos. Pasa un instante.
Ahora, se oye el sonido de la llave girando en la cerradura.
Se abre la puerta N°1 y asoma Julián. Observa desde allí, como si espiara.
Su actitud es extraña, ajena. Entra medio cuerpo y llama desde allí con voz insegura.

JULIÁN: ¿Rosa? (Espera. Luego, avanza lentamente hacia el interior del procenio.
Llama a referencia de la puerta N°4.) Rosa. (Aguarda. Nadie aparece al responde. Julián penetra en
el dormitorio. Retorna casi inmediatamente. Va hacia la puerta N°3. Mira. Hace otro tanto frente a
la puerta N°2. Regresa lentamente hacia el centro de la escena. Su mirada recorre el ambiente con
significativa curiosidad. Agarra un osito. Lo observa detenidamente. Mira los pañales que cuelgan
de una soguita. Sobre la mesa, hay una pequeña calesita. Le llama la atención. Descubre su cuerda.
La hace funcionar. La calesita gira, se ilumina y suena su musiquita de calesita. Julián queda
inmóvil, meditativo. Por la puerta N°1, que quedó entreabierta al entrar Julián, aparece Rosa.
Trae el niño de un brazo y en la otra mano trae la jaula. Apenas entra se detiene al ver a Julián.
Este gira y la mira desde su lugar. Se observan un instante en silencio.
A Julián le cuesta mucho decir sus primeras palabras.)

JULIÁN: Como no contestabas… entré.

ROSA: (Pretende ser natural.) Desde luego; para eso tenés llave. (Quedan un par de
segundos inmóviles, sin saber qué hacer. Julián da medio paso en dirección de la mujer.)

JULIÁN: ¿Cómo… estás?

ROSA: Bien. (Cruza el procenio. Deja el niño en el cochecito en el lateral opuesto, cerca de la
puerta N°3. Cuelga la jaula cerca de la ventana. Evita el enfrentamiento realizando cualquier labor
casera.) ¿Vos?

JULIÁN: Bien. (Rosa prosigue en lo suyo. Está de espaldas al hombre. Interrumpe apenas su labor
y le pregunta casi de perfil.)

ROSA: ¿No te sentás?

JULIÁN: (No encuentra el tono justo. Balbucea.) Es que… no tengo mucho tiempo. (Breve
silencio. Rosa sigue su labor.) Bueno… vine porque… cuando me fui, no me di cuenta y
me lleve la llave. (Saca la llave de un bolsillo. Rosa le responde sin mirarlo y sin detenerse.)
ROSA: Ah; sí. Dejala sobre la mesa.
(Julián lo hace –otro silencio- Julián la busca con la mirada.)

JULIÁN: Oíme… este… ¿Necesitás… algo? (Rosa interrumpe su quehacer, gira, lo mira,
se le acerca lentamente, segura, dueña de la situación, pero su reproche es más dolorosamente
profundo que agresivo.)

ROSA: ¿Por ejemplo?

JULIÁN: No sé. Lo que necesites.

ROSA: ¿Qué tenés para ofrecerme?

JULIÁN: Bueno, depende de lo que te haga falta.

ROSA: ¿Qué querés, indemnizar, Julián?

JULIÁN: (A la defensiva.) Desde luego que nada. Simplemente… quiero ayudarte.

ROSA: ¡Te acordaste de los humildes, príncipe!

JULIÁN: Hablo en serio. Nunca olvidé... todo esto... quiero decir que durante
todo este tiempo… estuve pensando…

ROSA: ¡Ah, ya comprendo! (Irónica) Te trabajó el pensiero y volvés a buscar paz


para tu conciencia atormentada.

JULIÁN: ¿Yo? No sé por qué.

ROSA: ¡Inocente!

JULIÁN: Tengo la conciencia tranquila.

ROSA: ¿Podés? ¡Te felicito!

JULIÁN: Si hice… lo que hice… fue de acuerdo a mis principios. De modo que…

ROSA: (Imitándolo) De modo que… estás orgulloso de haber salido así…


como saliste de esta casa.

JULIÁN: Salí con la frente alta.


ROSA: Sí, la jugaste bien a lo macho: cuatro gritos fuertes para que te oyera
todo el chusmerío y un portazo que sacudió la cuadra entera.

JULIÁN: Yo no quería discutir. Vos me obligaste a eso.

ROSA: ¡Yo te estaba implorando un hijo como si fueras el creador de la


humanidad! ¿Qué venís a reprocharme ahora?
¿Qué no me haya arrodillado a tus pies cuando te fuiste?

JULIÁN: No quiero discutir nada, Rosa. Te pregunto que necesitas. Eso es todo.

ROSA: ¿Y después de tantos meses se te ocurre venir a preguntarme eso?

JULIÁN: (La mira sorprendido.) ¿Cómo iba a venir?


¿Y vos? ¿Por qué no me escribiste siquiera?

ROSA: ¿Escribirte yo? ¿De qué estás hablando? ¿Adónde te iba a escribir?

JULIÁN: ¿Cómo adónde? Si te hice avisar por teléfono por un amigo.


¿No te habló, entonces?

ROSA: No sé. Habrá llamado… pero hice cambiar el número de teléfono.

JULIÁN: ¿Por qué hiciste eso?

ROSA: Tuve que hacerlo. Quiero una vida nueva para la criatura.
Que comience por respirar aire limpio… en todo. (Rosa inicia otro quehacer.)

JULIÁN: Claro, ahora me explico; entonces… no sabés que…


Desde que me fui de esta casa… pasaron cosas que… (Va a encender un cigarrillo.)

ROSA: No fumes aquí. Le haría mal al chico.

JULIÁN: Sí, tenés razón. No me di cuenta. (Julián guarda el cigarrillo. Rosa prosigue su
labor pero lo escucha.) ¿Sabés? Estuve preso. (Ella lo mira.) Sí, esta vez las cosas se
complicaron un poco y tuve que comerme unos cuantos meses.

ROSA: ¿Qué pasó?

JULIÁN: Nada del otro mundo.


Intentamos pasar un pequeño contrabando y… bueno, nos agarraron.
ROSA: ¿Y tus influencias? ¿No decías que tenías las espaldas bien cubiertas?

JULIÁN: Sí, pero… la situación cambió. Ahora el asunto está muy difícil.

ROSA: ¿No ve? ¿Cómo va a progresar este País… sí ya ni siquiera te dejan pasar
un contrabando? ¡No hay derecho, che!

JULIÁN: Bueno, por fin todo se arregló y salí esta mañana.

ROSA: (Interrumpe un instante su labor –lo dice en serio.) Recién me entero.


Si hubiera sabido… yo…

JULIÁN: Ya lo sé, Negra. Al principio… me extrañó que no fueras a verme…


o que, por lo menos, no me mandaras unas líneas.

ROSA: Yo qué sabía dónde estabas. Me hubieras escrito vos.

JULIÁN: Sí, claro. Por eso te hice avisar por teléfono.


Pero… como pasaban los días… creí que seguías enojada y…

ROSA: ¿Y qué? Yo estaría enojada pero vos estabas preso.

JULIÁN: Sí… desde luego… en fin, eso ya pasó.


(Breve silencio –Rosa sigue en lo suyo. Julián llega hasta el cochecito.)

JULIÁN: ¿Cómo vino?

ROSA: Apurado por vivir… como el padre. El tipo no quiso saber nada con la
paciencia; empezó a golpear antes de tiempo y no hubo más remedio que abrirle.

JULIÁN: ¿Y… vos?

ROSA: (Lo mira.) ¿Yo? Bien. Tal vez… en aquel momento… me sentí demasiado sola.
Pero, después, llegó el ñatito y ya no tuve tiempo para pensar en otra cosa.
(Rosa trabaja. Julián se le va acercando pero sin resolución.)

JULIÁN: (No la mira de frente.) Rosa… yo… te aseguro que… pensé mucho en…
(Levanta la vista y ve que ella la está mirando.)
¿¡Cómo se te ocurrió hacer cambiar el número del teléfono?! Yo te mandé avisar.
Te lo juro. (Se miran.) ¿No me creés?
ROSA: ¿Por qué no habría de creerte? Es una lástima. ¿Calculás cuánto hubiera
dado aquella noche en la maternidad por una sola palabra tuya? (Vuelve a trabajar.)
Y bueno, mi vida fue siempre así, como una ironía. Digo, las cosas me llegan a
destiempo. Antes o después, pero nunca justo. (Sonríe) ¿Qué puedo hacer?
Cuestión de acostumbrarse o reventar. (Rosa agarra algo y hace mutis a la cocina, o sea la
puerta N°3. Julián agarra un juguete. Lo contempla. Rosa retorna.)

JULIÁN: Me imagino lo que habrás pensado de mí al no verme aparecer.

ROSA: (Quitándole importancia.) Todo aquello ya pasó, Julián. (Se dispone a planchar.)
¿Qué ganaríamos revolviéndolo?

JULIÁN: (Gira – la mira.) ¿Todo?

ROSA: (Planchando) ¿Todo qué?

JULIÁN: No sé. Vos dijiste que “ya pasó todo”

ROSA: (Plancha) Desde luego. ¿No lo ves?


El chico nació, vos tenés la vida que deseabas… (Se interrumpe –esquiva.)

JULIÁN: ¿Y vos?

ROSA: ¡Yo estoy tocando el cielo con las manos, Julián! (Rosa plancha con optimista
vigor, Julián la observa de soslayo. No puede disimular que esa afirmación le duele.)

JULIÁN: Sí, jamás te vi tan bien. Estas en la plenitud.


(Rosa va y viene, siempre en el pretexto del quehacer doméstico.)

ROSA: Creo que me asentó mucho el cambio de vida.

JULIÁN: Gracias.

ROSA: (Se detiene un segundo –lo mira.) ¿Qué agarraste?

JULIÁN: Está muy claro: como ya no tenés que soportarme.

ROSA: (Vuelve a la plancha.) Me refería al soy y al aire libre.


Desde hace unos meses me levanto todos los días a las seis.

JULIÁN: (Burlón) ¿A las seis? ¡¿Vos?!


ROSA: Yo.

JULIÁN: ¡Qué me contás!

ROSA: La verdad.
Conseguí un puestito en el mercado. Vendo artículos para el hogar. Chucherías.

JULIÁN: (Sonriendo) Me cuesta creerlo.


Rosa… ¡Vos detrás de un mostrador… y a esta altura del partido! ¡Es increíble!

ROSA: (Se le acerca.) ¿Sabés qué pasa, Julián? Uno… se cree más vivo que los
demás… hasta que la propia vida se encarga de demostrarte lo contrario…

JULIÁN: (Aludido) ¿Qué querés decirme?

ROSA: No te pongas en guardia. Estoy hablando de mí y no de vos.


(Como para sí) No sé bien lo que me pasó. Mejor dicho: fue de repente.
Ese mocoso llegó a esta casa… abrí la ventana y el sol se entro a desparramar
por todas partes… como si fuera… agua bendita… o algo así. (Rosa queda un instante
inmóvil, sin mirar al hombre. Luego, como sí reaccionara, toma una toalla limpia y hace mutis por
puerta N°2. Se oye el canto del canario. Los trinos son claros, plenos. Julián mira su asombro hacia
la jaula. Llega junto a ella. Observa con curiosidad. Rosa retorna con un par de toallas.)

JULIÁN: ¿Qué te pasa, Carlitos? ¿Te enloqueciste?

ROSA: Está contento. ¿No ves que ahora tiene compañía?

JULIÁN: (Mirando la jaula.) No me había dado cuenta.

ROSA: (Trabajando) Es hembra, se llama Madreselva. Me la regaló Carmelo.

JULIÁN: (Tocado) ¿Qué Carmelo?

ROSA: ¿Carmelo! El hijo de la tendera. ¿No te acordás de él?

JULIÁN: (Sin entusiasmo) Ah, sí. Y… ¿por qué te lo regaló?

ROSA: ¿Qué sé yo? Me lo quiso regalar y chau.


(Canto canario) ¿Oís qué lindo canta ahora? ¡Forman un dúo!
Todas las mañanas me llevo la jaula al puesto. ¡Tendrías que oírlo cantar allá!

JULIÁN: Este Carmelo nunca me gustó.


ROSA: ¿Por qué? ¿Te hizo algo?

JULIÁN: No.

ROSA: ¿Entonces?

JULIÁN: No sé… nunca terminé de tragarlo.

ROSA: Porque no lo conoces bien. ¡Es un gran muchacho!


(Rosa entra en el dormitorio y regresa inmediatamente –sigue en su labor.)

JULIÁN: ¿Se… casó?

ROSA: ¿Quién?

JULIÁN: Carmelo.

ROSA: No.

JULIÁN: ¿Tiene novia?

ROSA: ¿Quién?

JULIÁN: ¡Carmelo!

ROSA: (Intrascendente) No sé. Creo que no.

JULIÁN: ¡¿Sí o no?!

ROSA: (Lo mira) Che, ¿qué te pasa?


¿Viniste a visitarme a mí o a hablarme de Carmelo?

JULIÁN: ¿No dijiste que lo conoces bien?

ROSA: Lo conozco… pero no estoy metida en sus cosas. ¿A qué viene eso ahora?

JULIÁN: A nada. ¿O no puedo hacer una preguntita, acaso?


(Hay un silencio. Rosa prosigue su trabajo. Julián da algunos giros. Sabe que ha quedado pagando y
busca la salida. Se detiene junto a la jaula. Sonríe su picardía.) Y… decime… ¿funciona?

ROSA: (Interrumpe su labor –lo mira agresiva.) ¿Qué estás insinuando?


JULIÁN: (Hábil) No insinúo nada. Te pregunto si funciona Carlitos.

ROSA: (Queda pagando –se desinfla.) Ah, Carlitos.

JULIÁN: (Pícaro) ¿Qué entendiste?

ROSA: (Algo nerviosa –sigue en su accionar.) No sé por qué no va a funcionar.

JULIÁN: (Va hacia la jaula.) Y… ¿qué querés que te diga?


Este bicho siempre me pareció… algo delicado. Demasiado delicado.
(Lo observa) ¡Y todo amarillo! (Pone cara de asco.)

ROSA: ¿Todavía no sabés que casi todos los canarios del mundo son amarillos?

JULIÁN: (A la jaula.) ¿Qué tal Madreselva? ¿Cómo se porta Sinatra?


¿Funca o no? (Les silva.)

ROSA: (Entrando en la cocina.) No te preocupes por ellos.


¿No te das cuenta que son muy felices? (Mutis)

JULIÁN: (A la cocina.) ¿Y por quién debo preocuparme?

ROSA: (Retornando) Por tu vida, supongo.

JULIÁN: Yo estoy muy bien.

ROSA: Me alegro mucho. (Trabaja. Breve pausa.)

JULIÁN: Y… ¿te arreglas con lo que sacás con las chucherías?

ROSA: Sí, me arreglo. (Siempre trabajando) La gente no es tan ruin como creemos a
fuerza de desconfianza. (Julián la mira.) Cuando estaba por nacer el chico, todo el
barrio abandonó el chisme de tu partida y, como quién no quiere la cosa, entró a
formar cola frente a mi puestito.

JULIÁN: ¡Limosnas! A la gente, de tanto en tanto le gusta jugarla de


cooperadora. Como cuando hay un terremoto o una inundación.
¡Ya me la vas a contar cuando pase el momento!

ROSA: Seguís hablando como un diario abierto, Julián.

JULIÁN: ¡Hablo como lo que sé!


ROSA: Posiblemente. Pero lo que todavía no sabés… es que hay un diario que nadie
publica porque parece que la bondad humana no es noticia de interés.
Entérate a tiempo, Julián: en todos los rincones y en todos los minutos, alguien
da algo por otro… aunque no lo conozca.
(Julián sonríe.) En vez de burlarte… ¿por qué no averiguás? (Retornando a su labor.)
Te haría mucho bien.

JULIÁN: Es inútil, Rosa; vos no tenés remedio.


Seguís creyendo en los Reyes Magos.

ROSA: (Lo mira) ¿Viniste para convencer a la criatura que su madre es una
estúpida?

JULIÁN: (La mira –siente su frialdad.) No, ya me voy. (Se traba) También… vine a decirte
que… que… pronto… dentro de unos días… me voy para… para el Brasil.

ROSA: (Sonriendo) ¡Congratulaciones!

JULIÁN: (Confundido) ¿Por?

ROSA: ¿Cómo por? ¡Vas a trabajar! ¿No saliste con la tuya, acaso?

JULIÁN: (Contrariado) Sí, por supuesto.

ROSA: (Volviendo a su labor.) ¿Negocios?

JULIÁN: ¿Eh? Sí. Llevo a Lince para hacerlo correr en San Pablo.

ROSA: (Riendo) ¡Y bueno! ¡¿Quién te dice?! En una de esas.


¡Nadie es profeta en su tierra! Y… decime… ¿cómo está el angelito?

JULIÁN: ¿Quién?

ROSA: ¡Lince!

JULIÁN: Bien, bien. Claro, a causa de la sobrealimentación y la falta de


actividad… anda un poco pesado.

ROSA: Pero… ¡ese pingo no tiene término medio!

JULIÁN: No es nada. Dentro de poco… estará a punto.


ROSA: ¡Qué punto… este Lince!
(Trabaja. Luego lo observa.) ¿Qué te pasa? ¿Estás nervioso?

JULIÁN: ¿Yo? ¿Por qué?

ROSA: No sé. Pero te veo.

JULIÁN: No, es que… (Camina) ¡es este frío que me tiene mal! ¡Qué País!
¡Ni que viviéramos en el polo! Esta ciudad maldita ya me tiene harto.

ROSA: ¿De qué te quejas? Apenas si te faltan unos días.

JULIÁN: ¿A mí? ¿Para qué?

ROSA: ¿No me dijiste recién que te vas al Brasil con Lince?


Me imagino que te irás a caballo. ¡Ya qué lo tenés úsalo!

JULIÁN: Ah, sí; claro. (Hay un bache –Rosa sigue en lo suyo pero lo observa de soslayo-
Julián asoma cada vez más inseguro y nervioso.) Bueno, me voy.

ROSA: ¿No te interesa mirarlo siquiera?

JULIÁN: Sí, cómo no; es que… no quisiera… despertarlo.

ROSA: Con mirarlo solamente. (Ambos caminan hasta el cochecito –miran el sueño del niño-
algo le llama la atención a Julián.)

JULIÁN: ¿Cómo le pusiste?

ROSA: ¿Cómo le voy a poner? ¡Manyacabalo!


A vos nunca te gustó… pero es el único apellido que tengo.

JULIÁN: No, ya sé; digo… (Señala) y… ¿por qué esa jota?


¿No dice J. M. en la batita? (Rosa gira –esquiva- vuelve a su labor anterior.)

ROSA: Bueno, porque el nombre… comienza con jota.

JULIÁN: (Gira y la mira desde su lugar.) ¿Se llama… José?


(Ella, sin mirarlo, mueve negativamente la cabeza) ¿Juan?

ROSA: (Siempre sin mirarlo.) Se llama Julián.


JULIÁN: (Camina lentamente hacia la mujer.) ¿Por qué le pusiste mi nombre, Rosa?

ROSA: (Lo mira) ¿¡Y con eso qué!? Quiero decir… no se lo puse por vos.
(Va al pretexto de su labor.) Abrí la guía telefónica. Hay miles de Julianes.
Podés negarme tu apellido… ¡pero el nombre no! A mí me gusta Julián y se lo puse.
(Lo mira) ¿Por qué? ¿También eso te molesta?

JULIÁN: (Cortado) No, al contrario. ¿Cómo decís eso? (Rosa va y viene en su trabajo.
Hay un nuevo bache. Julián no sabe qué hacer.) Bueno… me voy.
(Va hacia ella.) Hasta pronto, Rosa. (Julián extiende su mano abierta.)

ROSA: (Trabajando) Perdoname; tengo las manos ocupadas. Que tengas suerte.
Adios. (Rosa queda de espaldas al hombre. Julián muy lentamente, camina hacia la salida.
Se detiene. Rosa se da vuelta y lo ve.) ¿Qué te pasa?

JULIÁN: Nada, estaba… mirando… las paredes.

ROSA: (Mira) ¿Qué tienen?

JULIÁN: Pensaba… ¡qué bien les vendría una mano de pintura!

ROSA: ¡Vaya la novedad! Hace años que están más o menos así.

JULIÁN: (Más torpe aún.) ¿Si? No me había dado cuenta.

ROSA: Es lógico, si nunca las habrás mirado. (Sigue en lo suyo.)

JULIÁN: Puede ser. Bueno, me hubiera gustado verlo despierto.


(Rosa no interrumpe su labor. Tampoco lo mira –Julián espera algo que no llega- luego, camina un
trecho más hacia la salida. Se detiene. No sabe de dónde agarrarse.) Este… ¿qué iba a decirte?

ROSA: No sé.

JULIÁN: Ah, sí; ¿Cuántos dientes tiene ya?

ROSA: ¿Dientes? (Sonríe) ¿Cómo se te ocurre? ¡Sí recién cumplió tres meses!

JULIÁN: ¿Sí? ¿Qué día nació?

ROSA: El 21 de Junio. (Trabaja)


JULIÁN: Ah, qué bien. (Otro bache –Rosa continúa en lo suyo- cruel en su indiferencia.
Julián parece un muñeco al que se le va acabando la cuerda. Suena el reloj.)
¿¡Las diez y media ya!?

ROSA: (Sin detenerse) Sí.

JULIÁN: ¡Qué macana! Se me hizo tarde.

ROSA: (Entrando en el dormitorio.) A mi también. (Mutis)


(Julián se rasca una mejilla. Gira lentamente y sin sentido. Ya está junto a la puerta N°1. Sale sin
ganas, como si no tuviera más remedio. Pero no llega a cerrar la puerta porque inmediatamente
suena el teléfono. Julián reaparece y mira hacia puerta N°4. Por esta puerta sale Rosa y cruza la
escena en dirección al teléfono. Habla mientras cubre ese trayecto.)

ROSA: ¿Qué querés ahora?

JULIÁN: Yo nada. El teléfono… suena.

ROSA: Sí, no soy sorda. Cerrá esa puerta que hay correntada. Hola. Sí, Juanita.
(Julián cierra la puerta y se queda allí, torpe, inútil.) ¿Ya está listo? ¡Qué suerte!
Creí que no llegábamos. Sí, cómo no, Juanita; en seguida voy. Y gracias. (Cuelga)
(Lo mira) ¿Estás muy apurado?

JULIÁN: Imaginate. ¡Por?

ROSA: (Va a una acción.) No, andá. Ya me arreglaré.

JULIÁN: ¿Qué necesitás?

ROSA: Deja. Andáte no más.

JULIÁN: (La sigue) Y decí.

ROSA: ¿Para qué? Si estás apurado… estás apurado.

JULIÁN: Bueno, es un decir. ¿Qué tengo que hacer?

ROSA: Mirarme al nene un minuto. Voy hasta aquí al lado. Juanita, la modista,
me terminó el trajecito. Claro, no te lo dije: lo bautizamos dentro de un rato.
¿Lo cuidás?

JULIÁN: Sí, desde luego.


ROSA: ¡Voy volando!

JULIÁN: (Mira al nene –se alarma- grita a referencia de puerta N°1.) ¡Rosa! (Rosa reaparece)
¡Se despertó! ¡Me mira! ¿Qué hago?

ROSA: (Sonríe) Nada, hombre. Sí, llora… mové el sonajero. Ya vuelvo.


(Mutis de Rosa –Julián camina hacia el cochecito, observa al niño, se sienta cerca.)

JULIÁN: De modo que… también te quedaste con mi nombre. Hacés bien, pibe;
aprovecha ahora que es tu tiempo. Morfá y apoliyá todo lo que puedas…
sin preocuparte por nada. ¿Te gusta la vida, no es cierto? (Le hace un mimo, sonríe.)
¡Seguro! Pero ya me la vas a contar cuando largues el andador y empieces a darte
porrazos por el mundo, ¡vas a ver que linda colección de chichones te traerán los
años! ¿De qué te reís? ¿De mí? No hago más que decirte la verdad, para que
mañana, cuando te des cuenta de todo, no me tires la bronca por haberte traído
al mundo. Yo no tengo nada que ver en esto. ¿Estamos?
¡Si ni siquiera llevas mi apellido! (Se para, camina en torno al coche.)
Mala suerte, pibe; yo no soy como la mayoría. ¿Qué esperabas de mí?
¿Qué saltara de contento como tantos giles? ¿Contento de qué? ¿De tener que
aguantarme tus gritos, tus mañas y tus conciertos nocturnos de llanto?
No, bepi, never. Por eso… me abro de este asunto. (Lo observa, sonríe.)
¿Sabés una cosa? No puedo dejar de reconocerlo: tenés una pinta que se las
trae. Apuntás lindo, potriyo. ¡Te vas a comer cada clásico vos!
Te lo digo yo que de este negocio conozco un rato largo. Y bueno, no podía ser
de otra manera. ¡Ni te imaginás la sangre que corre por tus venas!
¡Qué pedrigree, purrete! ¡Matás! (Lo observa, sonríe, le hace un mimo.)
Claro, que arrugas la ñata para que yo muerda y me quede; ¿no es eso?
¿A mí con ese juego? ¡¿A papá?! ¡Si la pinta y esa simpatía la heredas de mí!
¿Cómo se te ocurre querer hacerme entrar con la trampa que inventé yo mismo?
¡Larga, campeón, no te gastés! Es inútil,pibe; yo… ¡vuelo!
¿Sabés qué vida me espera? ¡La única que vale la pena ser vivida!
¡Viajes, mujeres, copas, bacanaje! Mientras vos te encargás de llenar esta casa
con chillidos y caprichitos. (Va a encender un cigarrillo –el niño llora.)
¿No ves? ¡Si ya ni siquiera me dejás fumar un cigarrillo! (El niño llora más fuerte –
Julián guarda el cigarrillo.) Está bien, lo guardo. (El niño sigue llorando.) ¡Y dale, no llorés!
(El llanto es cada vez más sonoro.) ¡Acabala, ñato! ¿No ves que ya lo guarde?
(Continúa el llanto estridente. Julián se mueve nervioso sin saber que hacer –agita el sonajero, hace
muecas; pero ningún recurso logra hacer callar al chico. Julián se desespera.)
¡Y dale! ¿¡Qué sé yo que querés!? (Sigue el llanto, Julián hace cosas.) Yuuuiuuuuuu!!!
Nene… Juliancito… Da… da… (Julián se esconde.) ¿No ta mach? (Reaparece) ¡Acá tá!
(Repite el juego.) ¿No ta mach? (Reaparece) ¡Acá tá! (El chico continúa llorando –Julián sopla
su impotencia.) (No tiene más remedio que alzarlo. Gira, lo hamaca y repite rítmicamente)
¡Acá tá con su pa-pi-to! ¡Acá tá con su pa-pi-to! (El volumen del llanto va bajando
auspiciosamente –sigue el juego.) ¡Acá tá con su pa-pi-to! (Julián no puede ver que Rosa lo
observa en silencio desde la puerta N°1.) ¡Acá tá con su pa…! (Gira y la ve –queda inmóvil,
ridículo, humano.) Lloraba mucho y… tuve que alzarlo.
(Rosa trae el trajecito que deja sobre la mesa.)

ROSA: Dámelo. (Toma al chico –le hace mimos- el llanto irá desapareciendo.)
Claro, pobrecito, si está todo mojado.
(Comienza a cambiarlo –Julián se limpia las manos con su pañuelo.) ¿Te mojó?

JULIÁN: No es nada. (Se huele las manos disimuladamente.)

ROSA: (Siempre cambiando al niño.)¡Mejor! Dicen que eso significa que vas a recibir
plata. Por favor… ¿Me alcanzas los pañales? (Señala –Julián se los alcanza.)
Gracias. Haceme la gauchada, si no te incomoda.

JULIÁN: Qué.

ROSA: ¿Tirás estos en la pileta del baño?


(Julián toma los pañales usados –Pone, pese a él, una cómica expresión de rechazo. Rosa sonríe.)
¿Qué te pasa? ¿Te da asco?

JULIÁN: (Caminando hacia el baño.) ¿Cómo se te ocurre? (Mutis puerta N°2. Rosa sigue
cambiando al chico. Julián retorna.)

JULIÁN: ¿Qué día dijiste que nació?

ROSA: El veintiuno de junio. ¿Por?

JULIÁN: Para saberlo. (Mira hacia el teléfono –Rosa continua en su acción.)

ROSA: (Se apresura.) ¡Qué tarde se hizo! ¡No llego!


(Al niño) Dentro de un rato pasará a buscarnos padrino Carmelo.

JULIÁN: ¿Carmelo es el padrino?

ROSA: Sí. Se ofreció para llevarme.


JULIÁN: ¿Y… por qué… precisamente Carmelo?

ROSA: (Lo mira) Precisamente… porque es el único vecino que tiene taxi.
(Siempre atareada) No debo hacerlo esperar. Si se entera su patrón… lo despide.
Como está de servicio…
(Rosa deja al nene en el cochecito. Va de un lado al otro arreglándose ella.)

JULIÁN: Y… ¿qué le vas a decir al cura?

ROSA: El padre Fermín ya sabe toda la verdad.

JULIÁN: ¿Y lo mismo lo bautiza?

ROSA: (Interrumpe un instante su acción para mirarlo.)


¿Qué querés? ¿Qué, además de no tener padre… tampoco tenga Dios?

JULIÁN: (Cada vez más inseguro.) Sí, claro.


(Rosa continua arreglándose –hay un bache.) Bueno… chau.

ROSA: (Sin mirarlo ni detenerse.) Adiós, Julián.


(El hombre camina hacia la puerta N°1. Pone una mano en el bolsillo y se detiene bruscamente.)

JULIÁN: Mirá vos, me olvidaba. (Saca algo del bolsillo y retorna.) Las hace un tipo…
allá… adentro. Como no tenía para fasos… le tiré unos pesos y él me dio… esto.
Yo no la quería pero… el tipo insistió. Es… una cadenita con… una cruz.
(Llega junto a la mujer –está detiene su acción -lo mira- Julián esta con la vista puesta en la
cadenita –habla y obra con un extraño pudor, como con vergüenza.)
No vale gran cosa… creo… pero… digo, no sé… si no te parece mal…
ya que estamos… se la dejo al pibe.
(Se miran a los ojos.) Total… yo… ¿para qué la quiero?

ROSA: (Comprendiéndolo) Es preciosa, Julián.

JULIÁN: ¿Sí? ¿No te parece berreta?

ROSA: (Agarra la cadenita y va hasta el coche.) Se la pongo ya. (Lo hace –vuelve a lo suyo.)

JULIÁN: Hasta siempre, Rosa, y… buena suerte.

ROSA: Igualmente, Julián. (La mujer sigue atareada –Julián camina hacia la salida pero se
detiene a medio metro de la misma. Está de frente al público y de espaldas a Rosa.
Ella tampoco puede verlo puesto que está a foro y de espaldas al hombre.)
JULIÁN: (Inmóvil –sin volverse- su voz cambia radicalmente.) Empujame… Rosa.
(Rosa gira y lo mira desde su lugar. Julián gira lentamente sobre sus talones y, sin avanzar, le dice:)
No sé qué me pasa pero… no puedo irme. (Rosa lo mira en silencio.)
De repente… sentí como si el pibe… me agarraba las piernas. ¿Me explico?
(La mujer baja la vista –permanece inmóvil.) ¡¡¡No te quedes así!!! Decime algo… ¡o echame!
(Rosa no contesta. Con gran serenidad se incorpora –avanza lentamente- aparta una silla.)

ROSA: Sentate, Julián. (Se miran –Julián no avanza.) Sentate.


(Julián avanza muy lentamente –llega junto a la silla pero no se sienta- continúan mirándose.)
¿Qué viniste a decirme? (Julián la mira.) La verdad.

JULIÁN: (Irá recobrando progresivamente su aparente seguridad.) Está bien. (Camina)


Supongamos que… yo… te dijera… al fin de cuentas… el pibe también es mío.

ROSA: Nunca dejó de serlo.


El único que te ha negado ese derecho fuiste vos mismo.

JULIÁN: De acuerdo, pero… uno también puede cambiar de opinión, ¿o no?

ROSA: Quiere decir que, para vos, un hijo es una opinión.

JULIÁN: No mezcles las cosas.

ROSA: No mezclo nada. Estoy repitiendo tus palabras

JULIÁN: ¿Sigo?

ROSA: ¿Venga?

JULIÁN: Bueno, antes que nada… te adelanto que no estoy arrepentido… ni mucho
menos… ¿Está claro?

ROSA: No te frenes, bueno mozo; sacudite las plumas y andá al grano.

JULIAN: (La mira) Bueno, lo estuve pensando. Al fin y al cabo uno no es ningún
negado y… el pibe no tiene la culpa de haber nacido. (Ella le sostiene una fuerte mirada.)
Quiero decir que… si hice un hijo… soy el padre. ¿No te parece?

ROSA: ¡Decansá, Julián! ¡Te vas a herniar si seguís pensando tanto!

JULIÁN: Te estoy hablando en serio.


ROSA: Por eso; no estoy acostumbrada a verte así. Me asustas.

JULIÁN: (Camina) En aquellos momentos… yo andaba con muchos problemas…


(En importante) En fin, los negocios venían mal barajados y las complicaciones
financieras… (La mira –Ella le sostiene la mirada- esto parece desinflarlo –cambia- se traba.)
En cambio… ahora… creo que…

ROSA: Qué.

JULIÁN: Eso; sí es hijo mío… ¿por qué no va a llevar mi apellido?

ROSA: (Retornando a su arreglo personal.) Está bien. Arreglamos los papeles y, además,
podrás ver al chico cuando se te antoje. No hay ningún problema. ¿Algo más?

JULIÁN: (Inseguro) No. Mejor dicho… Rosa…

ROSA: (Frente al espejo.) Te escucho.

JULIÁN: ¿Qué… pasaría… si yo… te dijera que… en fin…

ROSA: (Lo mira) ¡Y dale de una vez! ¡Baja de la calesita y desembucha de corrido!

JULIÁN: (Engrana) ¡¡¡La culpa es tuya!!! ¡¡¡Desde que llegué me estas peloteando
contra un arco!!! ¡¡¡Me mirás de una manera que…

ROSA: ¡¡¡Vos sos el que tiene que mirar de otro modo!!! ¡¡¡Sin tanto orgullo!!!
¡Cuando uno viene a pedir algo… comienza por ser más humilde!
(Julián lucha desesperadamente por mantener su personaje.)

JULIÁN: Yo no vine a pedirte nada. ¿Qué podría pedirte?


Además, soy como soy. Siempre fui así. No voy a cambiar ahora.

ROSA: (Reflexiva) Eso es lo más grave que te pasa, Julián; ni los años ni los golpes
logran hacerte entender que no sos más que los otros.
(Rosa vuelve a su acción –pasa otro silencio.)

JULIÁN: (Sin mirarla –juega con un muñeco.) ¿Hay… alguien más… en tu vida?

ROSA: (Peinándose) ¿Tan poca fe te tenés?

JULIÁN: (La mira) ¿Qué tendría de particular?


La situación varió. Yo me fui de tu lado; te dejé.
ROSA: (Lo enfrenta) ¿Y crees que soy mujer capaz de cambiar el hombre… así…
de golpe y ponérmelo encima como si fuera un sombrero.

JULIÁN: No dije eso… pero… ¿qué tendría de malo que volvieras a enamorarte?
Por otra parte, en una casa siempre hace falta un hombre.

ROSA: El hombre de esta casa fuiste vos. No me diste tu apellido pero yo nunca
olvidé, ni por un momento, que era tu mujer. (Retorna a una acción.)
¿Se acabó lo nuestro? Y bueno, hago de cuenta que enviudé y chau.

JULIÁN: Entonces… significa que… seguís siéndome fiel…

ROSA: ¿A vos? ¡No! A mi misma y a mi hijo. (Trabaja –hay un silencio.)

JULIÁN: (Acercándosele irresoluto.)


Quise decir que lo nuestro… digo… nosotros dos… podríamos…

ROSA: (No puede decírselo de frente) ¡Esto no tiene arreglo, Julián!


Aunque te quedes… o te vayas… siempre sería lo mismo.
La única solución hubiera sido no encontrarnos en la vida.

JULIÁN: (La busca) Yo te aseguro que ahora…

ROSA: No te engañes; ahora sería igual… o peor.

JULIÁN: Vine.

ROSA: Sí, como otras veces. Te trae el hambre, el fracaso, o simplemente,


un estado de ánimo; pero a la primera de cambio…

JULIÁN: Esta vez no, Rosa.

ROSA: “Esta vez” ¿Te olvidas cuántas veces fue “esta vez” en dieciséis años?

JULIÁN: ¿Qué debo hacer para que me creas?

ROSA: (Luchando consigo mismo.) ¡¿No te das cuenta que ya no me interesa creerte?!
¡¿Cómo tengo que decírtelo?!

JULIÁN: (Junta aire) De acuerdo. (Se apresta) Pero que quede bien claro:
Jamás podrás reprocharme que no trate de hacer algo por… el chico.
ROSA: (Convencida, no ofensiva –lo encara.) Lo único bueno que podes hacer por él…
es irte con tu vida y dejarlo crecer en un hogar limpio, sin humo, sin malhumor y
sin oír hablar siempre de caballos o de quiniela. Haceme caso, Julián, andate.
Así, por lo menos, cuando tu hijo sea un hombre, tendrá algo para agradecerte.
(Julián acusa el impacto de esas palabras –la mira un segundo a los ojos- reacciona bruscamente.)

JULIÁN: Perfectamente. (Se encamina con auténtica resolución hacia la salida –cuando está
por salir lo detiene la voz de Rosa.)

ROSA: ¡¿Qué haces?! (Julián gira y la mira sin comprender.) ¡¿Cómo podes irte así?!

JULIÁN: (Confundido) Si terminas de echarme.

ROSA: ¡Claro, y vos te vas como un corderito!

JULIÁN: (Avanzando) ¿De qué hablas, Rosa?

ROSA: ¡Peleá! ¡Defendé lo tuyo! Debajo de este techo está lo único bueno que
hiciste en tu vida y todo cuanto te queda.
¿Cómo podes bajar los brazos y entregarte de esta manera?
¡Pataleá! ¡Mordé si es necesario! ¡¿Qué esperas para romper todo a patadas?!
¡Demostrame que no viví enamorada de un cobarde y que ese hijo que me lo hizo
un hombre… y no un papagayo!

JULIÁN: ¿Me dejás hablar?

ROSA: (No lo oye.) ¿Tan poco valemos para vos tu hijo y yo… que nos perdés como
si fuéramos un par de zapatos viejos?

JULIÁN: ¡¿Y qué sé yo?! ¡Me estuviste dando con un hacha desde que entré!
¡Con todo lo que dijiste pensé que… como ahora tenés el pibe… yo ya no te
interesaba!

ROSA: ¡Lógico, como ya te usé… te tiro a la basura! ¿no es eso?


(Julián no atina a nada –Rosa aparece por su propia reacción –gira-esquiva-cambia.)
(Impotente) ¿Te das cuenta, Julián? Seguimos siendo dos desconocidos.
(Serena) ¿Por qué creés que estuve tantos años a tu lado?

JULIÁN: (La pregunta lo toma de sorpresa.) Bueno, ¿la verdad?... nunca me detuve a
pensarlo. Todo pasó tan rápidamente que… (Rosa retorna una acción pero con mucha
lentitud.) no me di cuenta.
(Avanza otro trecho.) Eso fue lo que no me dejaste decir… o que yo no supe
expresar. Últimamente… veo las cosas con más claridad; quiero decir… que,
a veces, la vida es… ¿cómo te diré?; sí, eso, como el juego del ajedrez:
Uno la ve mejor de afuera que de adentro. ¿Me explico?
Eso me pasó con esta casa y con vos… Al fin de cuentas, después de mi madre,
fuiste el ser que más me soportó.

ROSA: Enterate ahora, Julián, aunque sea demasiado tarde: Yo no te soporté


nunca. Yo te quise, que es muy diferente. Ni un solo día estuve a pedazos, como
vos, haciendo tiempo. Te amé, Julián, te amé como una loca.
¿Qué creías que esperara de vos? ¿Una libreta de casamiento? No, Julián.
Lo único que quería de vos era tu amor. Por tu amor arriesgué y por tu amor lo
di todo. ¿Y a cambio de qué? De que me tuvieras acá, de guardia, esperándote
todos los minutos… o me pidieras la comida, la camisa limpia… Sin mirarme
siquiera y tratándome de regalo… como si me hubieras sacado en una rifa
(Suena dos veces la bocina de un automóvil –Rosa llega junto a la ventana y grita.)

ROSA: ¡Ya voy, Carmelo! (Rosa se arregla afanosamente.)

JULIÁN: Oíme, Rosa.

ROSA: (Lo esquiva) Dejame que no llego. (El juego se seguirá repitiendo.)

JULIÁN: Pero… ¡¿Cómo se te ocurre presentarte así en la iglesia?!

ROSA: (Lo mira) ¿Así? ¿Cómo?

JULIÁN: ¡Con un hijo sin padre!

ROSA: No hay ningún problema. (Bocinazo) ¡¡Ya vaaa!! (Se arregla)

JULIÁN: (La sigue) ¿Y… si… ya que estamos…


el padre Fermín mata dos pájaros de un tiro… y nos casa?

ROSA: (Casi sin interrumpir su labor.) ¿Casarme con vos? ¡Ni que estuviera loca!

JULIÁN: (La alcanza) ¡Pensá en el pibe!

ROSA: Por eso mismo lo digo. ¡Salí! (Se aparta)

JULIÁN: (La sigue) ¡Escuchame un segundo, Ñata!


ROSA: (Siempre en lo suyo.) Ya nos dijimos todo, ahora… ¡Andate al Brasil con tu
Lince! (Se oye un nuevo bocinazo –ahora es Julián quién llega junto a la ventana y grita.)

JULIÁN: ¡¡Ya va, Carmelo!!


(Hacia ella) Lo del Brasil son grupos, sonsa; te lo dije para probarte.

ROSA: Mirá, Julián: hace lo que quieras con tu vida. Metete en un convento o
embalsámate con gofio. Lo nuestro está terminado; bien muerto; ¡¿entendés?!
(Sigue en su acción.)

JULIÁN: Rosa, pensalo bien.


¡Es la primera vez que le propongo casamiento a alguien!

ROSA: ¿Y qué? ¡¿Tengo que agradecértelo de rodillas?!

JULIÁN: (La agarra) ¡Tenés que decirme que sí!

ROSA: ¡Dejame en paz! (Se suelta –se pinta frente al espejo.)


Ni aunque me pusieras un revólver en cada ojo. Después de todo lo que padecí a
tu lado… si ahora me casara con vos… ¡Merecería que me colgaran del obelisco!
(Rosa continua frente al espejo –Julián la mira un instante-se contiene- muy serenamente, llega
junto a la puerta de salida. Cierra con llave –guarda la llave en el bolsillo-
Rosa lo observa –nuevo bocinazo- Julián llega junto a la ventana y grita.)

JULIÁN: ¡¡¡No va nada, Carmelo!!!


¡Y aprovecho la oportunidad para decirte que ya me tenés podrido!

ROSA: ¡¿Qué haces?!


(Corre junto a la ventana.) ¡Ya voy, Carmelo! (Gira) ¡¿Te volviste loco?!

JULIÁN: (Con gran serenidad.) Sí. Aquí, los tres encerrados.


Nos moriremos de hambre con pibe y todo.

ROSA: Dame la llave.

JULIÁN: No. Hasta que no me digas que aceptas casarte conmigo…


de acá no saldremos ninguno de los tres. ¡Los canarios tampoco!

ROSA: ¡Dejate de estupideces y abrí esa puerta! ¡Se me hace tarde!

JULIÁN: (Imperturbable) No abro nada.


ROSA: (Acercándosele) ¡Dame la llave, Julián!

JULIÁN: No hay más llave, me la comí.

ROSA: ¡La llave!

JULIÁN: Nada.

ROSA: ¡Acabala!

JULIÁN: No.

ROSA: ¡Dame la llave o… te muerdo! (Rosa intenta morderlo pero no puede contra la fuerza
del hombre –Julián la sujeta fuertemente de las muñecas, inmovilizándola- le habla casi sobre el
rostro.)

JULIÁN: ¿No te das cuenta que no sé rogar? ¡Nunca lo hice pero te juro que vine
dispuesto a suplicarte… si fuera necesario! ¡Quiero implorarte pero… no puedo… o
no sé! ¿No me ves? ¿No me sentís temblar? ¿Cómo podría decirte de un tirón
todo este barullo que recién ahora siento en el alma? No sé qué me pasa, Rosa.
(La va soltando) Es como… si alguien… me hiciera un nudo en la lengua.
(La mira) Ayudame a sacar de mis entrañas… ese hombre sencillo y tierno que
siempre tuve miedo o vergüenza de ser. ¿Sabés?... recién, en los ojos del pibe,
encontré los tuyos… fue como si los viera por primera vez.
JULIÁN: ¿Nunca… te dije que… tenés los mismos ojos de mi madre?
(Se quedan un instante mirándose, inmóviles, eternos. Rosa lo mira como hipnotizada.
Luego, dos bocinazos rompen esa emoción y ese silencio –Rosa estará cerca de la ventana, pero
ahora le cuesta encontrar el tono y el volumen del grito.)

ROSA: ¡Ya salgo… Carmelo!

JULIÁN: Si este coso vuelve a tocar la bocina… ¡le tiro el televisor!


(Rosa da dos giros sin sentido –ya no sabe ni dónde está parada.)

ROSA: Y… ¡¿Cómo se te ocurre esto de casarnos ahora mismo en la iglesia…


si no estamos casados por civil?!

JULIÁN: (Renace) ¡Qué sé yo, Ñata!


A lo mejor, con algunos mangos, se arregla el expediente.

ROSA: ¿Qué estás diciendo?


JULIÁN: Y, en una de esas, el padre Fermín muerde y… ¡listo el pollo!
Aunque sea… que nos dé… un papelito provisorio.

ROSA: (Sonriendo su inmensa ternura) Julián… Julián… seguís creyendo que todo se
arregla con plata.

JULIÁN: ¡Con lo que sea… pero esto tiene que arreglarse ya! ¿Estamos?
Te lo pregunto por última vez: decime que debo hacer para que me creas y lo
hago. ¡Decí! (Se miran en silencio –suena la bocina- Julián va embalado hacia la ventana.)
¡¿Será posible?! (Rosa lo alcanza antes de que llegue al televisor.)

ROSA: Está bien. Antes que nada… hay que vender a Lince.
Aquí, el único mantenido será el pibe. (Llega junto al cochecito.)

JULIÁN: (Siguiéndola) ¿Qué vas a hacer?

ROSA: Casualmente, la semana pasada, me ofrecieron un carrito para vender


chucherías a domicilio. Dame la llave.

JULIÁN: (Sacando la llave) ¿Y eso qué tiene que ver con Lince?

ROSA: (Se detiene junto a la puerta.) Tirará del carro. Abrí.

JULIÁN: ¿Lince tirando del carro? ¿Cómo se te ocurre, Negra?

ROSA: ¡Tira del carro o no come! Desde hoy, en esta casa, todo el mundo sudará
su pan honradamente. Dale, abrí de una vez.

JULIÁN: (Haciendo girar la llave en la cerradura.)


Pero… Lince no está acostumbrado a eso.

ROSA: ¡Qué se acostumbre! Cuando uno nace pobre… (Marca)… por más pinta de
crack que tenga, debe sacudirse el berretín, remangarse y pagar la olla… digo:
Siempre y cuando se tenga una gota de dignidad en la sangre. ¿Estamos?

JULIÁN: (La mira –sonríe.) Estamos. Y no me des más que ya estoy “nocau”. (Abre)

ROSA: (Pasa el cochecito –suena la bocina.) Dale, vamos.

JULIÁN: Esperá.

ROSA: ¿Adónde vas?


JULIÁN: Al baño.

ROSA: ¡¿Justo ahora?!

JULIÁN: ¡¿Y qué querés?! (Va hacia la puerta N°2.)

ROSA: ¿Apurate! ¡Te espero en el coche! (Mutis de Rosa.)

JULIÁN: (Desde el baño.) ¡Sí, anda! (Julián asoma la cabeza por la puerta N°2, escruta –ve que
Rosa ya se ha ido- sigilosa y sospechosamente, llega hasta la puerta N°1, o sea por donde ha salido
la mujer. Ahora va hacia el teléfono –disca- habla bajo, nervioso.)

JULIÁN: Hola, ¿Mocho? Yo… Julián. ¿Cómo andás? Macanudo. Oíme, viejo…
¿hay tiempo todavía? Haceme la gauchada. (Espera unos segundos.) ¿Va? ¡Fenomeno!
Mirá, poneme una luca al veintiuno de junio… quiero decir: al veintiuno.
Sí, a la cabeza y a los premios y, por las dudas, ponele trescientos pesos al
doce; sí, igual. Fenomeno, Mocho, después te llamo. Gracias, chau.
(Cuelga –uno de los canarios canta breve, sonoro y claro- Julián avanza hacia la jaula y se detiene
junto a ella –sonríe y se rasca el cuello.) ¡¿Qué le vas hacer, Carlitos?!
Yo también volví a la jaula (sonríe filosóficamente como si aun le costara creerlo.)
¡Justo a esta altura del partido!

VOS DE ROSA: ¡¡¡Vamos, Julián!!! ¡¡¡Apurate!!! (Dos bocinazos)

JULIÁN: (Saliendo) ¡¡¡Voy, Rosa, voy!!! (Mutis Julián por puerta N°1)
(Muy lentamente, las luces irán bajando en resistencia –se oye el sonido del motor que arranca y se
aleja hasta desaparecer- casi inmediatamente, empieza a girar la calesita, iluminándose y sonando la
canción de cuna- junto con la melodía, comienza a cantar el canario. Continúan bajando las luces
hasta que la única luz es la de la calesita girando y sonando. Crecen los trinos del canario.)

TELON

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