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Cómo conocí a la extraña


Lo que más me encanta de ella son sus ojos: verdes y oscuros, grandes y de pestañas gruesas.
Su boca: rosada sin necesidad de utilizar maquillaje, y un poco rellena, la cantidad justa para besarla y
morderla cuanto quiera.
Pero lo que verdaderamente me vuelve loco es su cabello, largo y dorado. Siempre huele bien, es como si
lo pasara humectando en alguna cosa con olor floral cada cinco segundos. Delicioso. Es la clase de chica
por la que hay que sentirse orgulloso. Ella pone su pequeña mano sobre la mía, rozando con su dedo
pulgar mi palma, otro gesto que me vuelve loco.
— ¿Key? —dice, la comisura de sus labios se eleva un poco al notar que la veo embobado, me tiene
hechizado—. Cariño, concéntrate. Quiero hablarte de algo.
Asiento con la cabeza, mi sangre viajando al sur de mi cuerpo. Estoy tan idiotamente enamorado que no
me importaría gritarlo.
—Sabes que he estado esperando conseguir una beca en Berlín, ¿te acuerdas?
Vuelvo a asentir. Ese pequeño vestido que usa hace que mi imaginación se sienta viva.
—Pues... —ella se muerde el labio inferior y yo me enciendo con ese gesto— conseguí la beca.
De repente, sus palabras se filtran en mi cerebro, hundiéndose como cuchillas afiladas apagando el fuego.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo?
—Sí, la semana pasada me avisaron. No quise decírtelo antes porque quería evitarte la molestia, pero...
—¿Cuándo te vas? —esto no pasaba, no tenía por qué estar pasando. ¿Se iba?
—En dos días.
Aparta su mano de la mía y la esconde bajo la mesa.Mi mundo cae a pedazos, uno por uno.
—Pe... pero no puedes irte...
Si ella se iba yo me moriría.
—Te amo —digo desesperadamente.
—Lo sé, y lo siento —sus ojos se rehúsan a mirarme.
—Entonces me voy contigo.
Veo sus ojos abrirse por completo, niega rápidamente con la cabeza.
—Oh no. No tienes por qué seguirme. Te lo prohíbo.
—Pero... pero ¿por qué?
—Quiero independizarme, no necesito un novio en estos momentos.
—Mía, no me dejes.
Sé que estoy siendo patético y estoy tirando mi dignidad a la basura, pero he pasado siete años junto a ella
y no puedo dejar que se vaya así como así.
—Lo siento Key —dice solamente.
Se mueve en su asiento y comienza a levantarse, pero yo hago lo mismo y la retengo por el brazo.
—Mía...
—Mira, tú y yo siempre hablamos de viajar por el mundo. No entiendo por qué te sorprendes de mi
decisión por comenzar ahora. No tengo nada que me ancle a esta ciudad.
— ¿No tienes nada? ¿Y qué parezco yo? ¿No soy lo suficiente como para que te quedes?
Ella aparta la mirada y trata de aparentar normalidad frente a las demás personas que dejaron su cena por
observarnos.
—Key no me hagas esto ahora. Ya acepté la beca y no pienso cambiar de opinión. Estaré comunicándome
contigo, no te preocupes. Nada cambiará entre los dos. Solo espérame hasta que vuelva.
Eso me hizo enojar. ¿Quería que la esperara hasta que viniera?
—Yo no voy a poner en pausa mi vida solo por ti.
—¿Ah, no? —alza una ceja dorada y me mira como si acabara de herirla y no al revés.
—Mía... no te vayas. Si me amas no me dejes.
—Lo siento. Esto me duele más a mí que a ti, pero tengo que hacerlo. Mi futuro no se encuentra en este
sitio.
—Pensé que yo era tu futuro —digo sombríamente.
Ella suelta un suspiro y mira el lugar exacto en el que mi mano envuelve su brazo. Se aparta de mí y se
acicala el cabello.
—Tengo que irme —dice vagamente—. Todavía hay cosas que debo empacar.
Camina elegantemente a través del restaurante y cuando nota que la sigo, hace que uno de los tipos de
seguridad me detenga.
—¡¿Qué? ¿Ahora soy un criminal para ti?! ¡Te amaba! —grito, para vergüenza de ella que es vista por
todos los comensales del lugar.
Se va, dándome una última mirada apenada mientras yo me rompo en mil pedazos. Uno de los tipos de
seguridad me saca del local una vez que Mía se ha ido en su Lexus color plateado. Me dirijo a mi auto,
golpeando las llantas y desquitándome con el vehículo. Mientras pateo por segunda o tercera vez, uno de
los sujetos de seguridad se acerca a mí y me entrega un papel doblado.
—De la señorita Mía Makowski —dice simplemente y se va, dejándome solo, con mi dolor.
Veo perplejo hacia el papel y me apresuro a desdoblarlo. Este dice únicamente:
«Espérame, extráñame. Eres mío y yo soy tuya, recuérdalo» Arrugo el papel con una mano, y luego lo
lanzo al suelo antes de seguir pateando los neumáticos. Esa misma noche conduje como maniático a casa.
Me paso varias señales de alto y semáforos en rojo. Intento llamar a Mía pero ella está ignorando mis
llamadas, todas caen al buzón de voz. Maldigo en voz alta y le doy golpes al volante mientras conduzco.
De todas las cosas que pensé que me diría esta noche, que me dejara fue lo último que pasó por mi
cabeza.

Vuelvo a llamarla una vez más, pero parece que apagó su celular porque ya no me recibe la señal. Llamo
a su hermana menor, Rosie, pero tampoco me contesta. Ambas me sacaron de sus vidas como si fuera un
trapo viejo e inútil. Mientras manejo por la calle, inconscientemente me doy cuenta que estoy yendo hacia
su casa, estoy a unos bloques de distancia.

Me arriesgo a pasarme otro semáforo en rojo con tal de llegar primero que ella y suplicarle aunque sea de
rodillas que no me deje. Yo soy capaz de comprar el pasaje de avión para irme con ella aunque ella me
haya dejado en claro que no me quiere allí. Y justo cuando paso el semáforo e intento doblar en una
esquina, una chica se cruza en mi camino, viendo hacia el suelo y no prestando atención a mi vehículo.

Piso el freno y cierro los ojos lo más fuerte que puedo, intento desviar el auto pero creo que el golpe será
inevitable.. Escucho el sonido tan característico de las llantas quemándose contra el asfalto, y solo puedo
esperar a que la chica se encuentre bien.

Cuando el auto se detiene, y abro los ojos, la veo a ella, con sus ojos tan abiertos como los míos, parada a
un centímetro frente al auto, por suerte está ilesa. Sé que está respirando fuerte porque desde donde estoy
puedo ver su pecho subir y bajar, pero en un parpadear ella pone los ojos en blanco y se desmaya frente a
mi auto.

Me quedo shock por unos segundos, sin saber qué hacer. Me siento estúpido de solo pensarlo.

Salto fuera de mi camioneta y rodeo el vehículo para inspeccionar los daños que pudo haberse hecho.

Está acostada de lado, con el brazo en una posición extraña. He oído que no es bueno mover a las
personas de su sitio porque se pueden hacer más daño, pero esta chica tiene el brazo tan doblado que
decido rodarla para que quede boca arriba.
Estoy nervioso, mi corazón latiendo a mil. No sé qué hacer, no sé a quién llamar. Olvido por completo
que existe esta cosa llamada ambulancia y que se supone debería estar informándoles de la chica a la que
¿atropellé? Me agacho en el suelo junto a ella, recordando esas inútiles clases de primeros auxilios que
recibí en la universidad. Tratando de recordar cómo debo tomar su pulso, o si debo hacer respiración boca
a boca, pero no es lo mismo hacerlo en ella que en el estúpido muñeco de la clase.

¿Ella necesita un boca a boca siquiera? Temblando del miedo, coloco dos de mis dedos sobre su cuello,
intentando encontrar su pulso. Pero lo único que siento es el tacto de su piel con la mía. Después de unos
eternos segundos, pongo un dedo bajo su nariz para saber si respira. Gracias al cielo lo hace. Veo que un
par de hombres se detienen en la calle, siendo curiosos en vez de ser útiles.

—¡Alguien llame a la ambulancia! —grito desesperadamente. Uno de los sujetos me dice que él se
encargará, y comienzo a impacientarme mientras ruego para no haber causado daños mayores a esta
chica.

Ella tiene el cabello marrón, le llega hasta los hombros y es tan lacio que el viento lo arrebata de su cara
con facilidad. No debe ser mayor de veinte años, tal vez tenga dieciocho. Me giro, revisando entre varios
de los curiosos que se detuvieron a observar, y busco en los rostros de los presentes si hay alguien que la
conozca. ¿De dónde salió esta chica? ¿Se materializó en el aire?

Estoy muerto del miedo. Jamás atropellé nada desde que aprendí a conducir cuando tenía quince años.
Pero viene ella y se queda como venado sin rumbo frente a mi auto. Sé que no la golpeé, probablemente
se desmayó de la impresión que tuvo, cayendo sobre su brazo y provocando una de las torceduras más
feas que he visto en mi vida. Esto simplemente completa el día de mierda que tuve.
2
Cómo supe que eras rara
La ambulancia llega diez minutos después, tuvieron que soportar mis quejas de su lentitud para hacer las
cosas. Se llevan a la chica a un hospital y los sigo en mi coche, olvidando por completo a Mía y el dolor
que crece en mi pecho. En el hospital, la chica sin nombre, apenas recupera la conciencia. La instalan en
una diminuta sala de consulta mientras llaman al doctor para que la revise y vea si su brazo ocupa cirugía.

—Vuelo cerca de casa —dice ella mientras ayudo a uno de los enfermeros a subirla en el sillón/cama para
que la revisen. Todavía sigue inconsciente.
Los paramédicos me dijeron que ella hablaba dormida porque en todo el camino no dejó de dar plática.
—Oye, ¿sabes cuál es su nombre? —me pregunta el chico, lleva un formulario en una carpeta y veo que
saca un bolígrafo del bolsillo de su camisa.
Me encojo de hombros.
—No sé.
—Bien, si no recupera la conciencia de inmediato, revisa entre sus bolsillos para verificar su identidad.
Asiento y veo como sale de la habitación.
—Rowen... te dije que... —ella tiene los ojos cerrados, está delirando ciertamente— no, no salgas
desnudo a la calle. Ponte los calzoncillos.
Observo cómo su labio inferior tiembla, tengo la oscura necesidad de recorrerlo con mi dedo pero me
siento incapaz.
—¡Calzoncillos! —grita de repente, asustándome hasta la médula.
Luego parece caer en un coma y no vuelve a abrir para nada la boca.

Pasan unos minutos antes que el doctor, junto con una enfermera pelirroja, entren a la habitación. Ambos
sonríen al verme, creo que no se ven tan afectados de ver el brazo de esta chica en un ángulo poco normal
y sano. Sin importar qué, ellos caminan con poca urgencia, mientras que yo estoy que me muero de los
nervios.
—Muy bien, me contaron que fue atropellada —dice el hombre de la bata blanca. Saca un lápiz tinta de
su bolsillo y le sonríe coquetamente a la enfermera que le pasa el mismo formulario que el enfermero
anterior tenía en sus manos.
Ruedo los ojos y trato de no apretar mis manos sobre el cuello de este hombre.
—Casi atropellada —digo entre dientes—. Detuve mi auto justo a tiempo, pero de la impresión ella se
desmayó y cayó sobre su brazo.
—Ya veo —dice el hombre solamente. Se para junto a la chica semi desmayada, y comienza a a pretar su
brazo sin delicadeza.
De repente escuchamos a la chica sin nombre aullar por lo bajo. De seguro debe dolerle.
—¡Mete los patos! —grita todavía inconsciente— ¡Está lloviendo, se van a... mojar!
Y cae en silencio de nuevo.
—Ella se dislocó el brazo —dice finalmente el doctor.
Seee, el hombre es un genio.
Me paro frente a él, tratando de no encorvar mis hombros y lo miro fijamente para intentar intimidarlo.
Soy por lo menos más alto que su metro sesenta y cinco.
—No ocupa cirugía —dice él, los costados de su frente están sudados, su mandíbula se aprieta con
tensión al notar mi postura—. Le voy a hacer unas radiografías y probablemente tenga que reacomodarle
el hueso. Luego le daré unos calmantes para mitigar el dolor. Eh, ¿Sophia?
Sophia, quien es la enfermera pelirroja, viene corriendo hacia él.
—Prepara la máquina de rayos X. Dile al personal que la lleven.
Ella asiente con la cabeza y luego se va, dándome un guiño descarado mientras voltea a verme.
—¡Calzoncillos! —ambos nos asustamos al oír a la desmayada gritando fuertemente— ¡Mete tus patos...
En las uñas del abuelo... Sí!

—Creo que tu amiga sufre de somniloquía. Es el trastorno en donde las personas hablan dormidas o
inconscientes.
—Apenas la conozco —le digo. No es mi amiga.
Él asiente y me ignora por completo.
Luego de largas esperas, de tomarle radiografías, de hacerle algunos exámenes rutinarios, y de
dolorosamente escucharla gritar mientras reacomodaban su hueso a una forma más normal, la chica sin
nombre finalmente es libre de irse a casa.

Tiene su brazo en un cabestrillo, pero no está enyesado. Ella apenas luce despierta mientras el doctor me
explica que la chica necesita tomar esas pastillas cada seis horas. Pago por su consulta y le doy mis datos
a la enfermera para que el seguro cubra todo. Nunca supimos el nombre de la chica ya que no tenía
ningún documento que nos dijera quién era. Así que tenía un dilema de muerte decidiéndome entre
llevarla a mi casa, o parar de calle en calle preguntando si alguien la conoce.

Ella apenas puede caminar. Me informaron que las pastillas tenían un efecto fuerte y noqueador.

—Oye, ¿cuál es tu nombre? —intento preguntarle mientras la tomo de su brazo bueno y la llevo en
dirección a mi vehículo—. ¿Recuerdas dónde vives?
—Claro, ¿y tú? —responde con sarcasmo. Se lleva una mano a su cabeza, creo que le duele.
—Bien, dime la dirección antes de que la medicina te haga efecto.
—¿Eres actor? Porque más o menos me imaginé a alguien como tú para el papel de Patch en caso de que
hagan la película.
¿Patch? Creo que no ha dejado los delirios.

La ayudo a caminar hasta mi camioneta blanca, y la mira con reverencia por unos minutos antes de
recostarse contra la puerta.
—Necesito tu dirección, y saber cuál es tu nombre.
Ella bosteza.
—Me llamo... —se detiene y mira hacia el cielo, pensativa.
—¿No recuerdas tu nombre? Tal vez sería mejor que te examinaran la cabeza...
—No es eso —murmura tomándome del brazo— sólo trato de pensar en cuál de mis nombres decirte. ¿El
real o el de mentira?
—Creo que sería mejor que me dijeras el real.
Ni siquiera le pregunto por qué alguien tendría un nombre de mentira.
—Ups, perdón —se ríe tontamente y luego sus ojos se despegan del cielo estrellado para observar el
interior de mi camioneta.
La tomo de la cintura y la meto dentro del coche. Ella protesta mientras dejo mis manos unos segundos de
más para evitar que se caiga.
—Tsss, oye manos largas —sus palabras salen arrastradas—, no soy esa clase de chica. No me toques a
menos que vayas a comprar la mercancía. ¿Acaso no has oído a Beyonce? Si te gusta, entonces pon un
anillo en él.
Me enseña su dedo medio, pero cuando observa qué dedo me está mostrando, lo cambia rápidamente
hacia el siguiente.
Después de luchar con ella y repetirle más de unas diez veces que no la toqué con "sucios" propósitos,
finalmente me pongo en marcha y me dirijo hacia donde la encontré inicialmente.
—¿Reconoces este lugar? —le pregunto una vez que estamos cerca de donde casi la atropello.
Ella mira hacia todos lados y niega rápidamente con la cabeza.
—Nop. Pero me gusta la música que tienes. ¿Quién canta? —mira con fascinación hacia la vieja radio de
mi vehículo.
Ni siquiera le respondo. Estoy angustiado. No sé qué hacer con ella.
¿Dónde vivirá? ¿Quién es?
—Todavía no me has dicho cuál es tu nombre —le recuerdo. Conduzco unas calles más arriba, tratando
de pasar frente a la casa de Mía, pero sé que aparecerme con una chica desconocida no va a mejorar mi
situación.
—Creo que es algo así como Condesa. No me acuerdo.
Suspiro fuertemente.
—Sabía que ese doctor tenía que revisarte la cabeza. Tal vez tengas un trauma o una de esas cosas.
Ella se pone a jugar con mi radio, tratando de pasar por las estaciones y finalmente se detiene en una
donde suena una canción de Taylor Swift.
La chica sin nombre se pone a cantar junto a Taylor, y lo hace en un tono exageradamente desafinado.
Mueve sus dedos sobre la consola de mi auto para seguir el ritmo de la música mientras canta el coro.
Trato de cubrir mis oídos.
—¡Heeeey! ¡Deja de mirarme así! —me grita cuando la canción acaba—. Yo sé que no tengo buena voz,
pero me gusta cantar. Es relajante.
—No estoy juzgando. Y por última vez, necesito que me digas dónde vives o al menos cuál es tu nombre.
—Bueeeno, en los foros me conocen como Andy Cipriano de Ivas... Invasss —traga e intenta de nuevo—
: Andy Cipriano de Ivashkov, Srita. Cipriano para ti.
Wow, ni siquiera puedo pronunciar muy bien Andy, no digamos todo lo demás que dijo.
—¿Entonces te llamas Andy?
—Nop.
—Mmmm, ¿Andy es un diminutivo de algo?
—Sip. —Ella pronuncia la p con demasiada fuerza, soltando un poco de saliva en el proceso—. De
Andrea, siempre me he querido llamar así. ¿Sabías que soy la presidenta del club de fans de Justin
Bieber?
Me rio disimuladamente.
—Ay, no. Perdón. Soy la presidenta del club de fans de... ¿cómo se llamaba este chico? —ella chasquea
los dedos y suelta un chillido cuando parece recordar— ¡Patch Cipriano!
—No tengo idea de quién es Patch.
Frunzo el ceño y me concentro en el camino de vuelta a mi casa. La chica está demasiado drogada como
para recordar siquiera dónde vive. Planeo dejarla en una de las habitaciones de huéspedes, y luego ir a
buscar a Mía. Todavía no puedo creer las cosas que me dijo.
Mierda.
—¡¿No sabes quién es Patch?! —grita, indignada— ¡Santos caracoles, Batman! Patch es mi novio. No
puede sentir nada, así que cuando Nora le pasa la mano por sitios prohibidos, él no puede sentirlo.
—¿Y quién es Nora?
—Pffft, es la perra que me lo robó. Pero le pondré arsénico en su comida para que él sea todo mío.
—Estoy confundido.
—Tu no sabes nada. Deberías leer un poco, tienes cara de cagabundo.
—¿De qué?
—Ay, perdón. Es que siento la lengua dormida... Pffft, dije "siento". Se supone que si está dormida no
puedo "sentirla". ¡Oyeee, soy como Patch ahora! ¡No puedo sentir con la lengua!
Entonces la chica hace algo extraño: comienza a lamer su mano.
Sonríe triunfalmente cuando termina.
—¡No pude sentir eso! ¡Suuupeeer!
Pero logra superar sus rarezas cuando hace otra cosa todavía más extraña: se inclina sobre su asiento y me
lame la mejilla.
—¡Tampoco eso! ¿Quieres que lama otras partes para probarlo?
No sé cómo pero me salgo un poco del carril en el que manejo y, con la misma velocidad, vuelvo a
retomar el camino. Mi rostro está rojo y mis orejas se sienten calientes.
No me puedo imaginar lo que esta chica hace para vivir.
—Regresa a tu asiento —la regaño cuando noto que quiere lamer mi clavícula. Ella protesta pero vuelve a
su lugar—. Te estoy llevando a mi casa, pasarás allí la noche.
—¿Podré lamer otras cosas ahí? Solo quiero probar mi nuevo super poder.
—Definitivamente te daré algo que lamer.
3
Cómo descubrí que las de tu clase eran venenosas
—Esto sabe a... a uva.
La chica, cuyo nombre se supone debe ser Andrea, está a un segundo de caer dormida. Lo sé porque su
rostro comienza a cansarse.
—No es uva. Continúa lamiendo.
Ella obedece y se detiene dando un leve mordisco. Yo parpadeo.
—¿Y ahora qué? —pregunto. Está sacándome de quicio, se queja por todo.
—Está algo duro. ¿No se me van a caer los dientes si sigo mordiendo?
Ruedo mis ojos y despego la vista del cielo raso.
—Es una paleta de fresa, no tiene gran ciencia —respondo de manera agria—. Además, ¿no eras tú la
chica que no podía sentir nada con la lengua? ¿Qué pasó con tu super poder?
Ella suspira.
—Lastimosamente tiene una debilidad: sólo dura una hora. Oye, ¿ésta es tu casa?
Mira a su alrededor, deslumbrada como la mayoría de las personas suelen estar cuando entran por primera
vez.
—Sip. —Ahora soy yo el que acentúa la p.
Meto las manos en mis bolsillos y noto la mirada perdida que tiene al ver las escaleras de vidrio que
llevan hacia la segunda planta de esta sección de la casa. Seee, las gradas pueden ser algo abrumadoras,
más sin embargo son realmente geniales.
—¿Y ella quién es? —pregunta, lamiendo su paleta de fresa y mirando fijamente hacia lo alto de las
gradas; yo termino siguiendo su mirada.
Hay una enana de pelo rubio cenizo bajando las escaleras; cuando se acerca, pone sus manos en jarra y
me mira de manera asesina.
—Ella es mi hermana: Pam —digo casi de manera aburrida.
Pam se acerca rápidamente y se detiene frente a la desconocida, la mira de pies a cabeza.
—¿Y tú eres? —le pregunta, más por curiosidad que por ser grosera y desafiante.
—Soy Rita... Rita ¿Cipriano? Aishh, ya no puedo recordarlo. Pero tengo poderes, ¡puedo lamer casi
cualquier cosa sin sentirla!
Y para probar su punto, comienza a lamer la helada paleta de fresa.
Pam eleva una ceja y me mira con una sonrisa dibujándosele en el rostro.
—¿Ahora las traes drogadas, hermanito? —dice con diversión—. Supongo que la bruja de Mía ya te dio
la noticia, ¿eh? ¿Ésta es tu venganza? Aunque no me sorprende, piensas más con lo que tienes colgando
entre las piernas y menos con la cabeza. Pero nunca has tenido que drogarlas para convencerlas en venir.
Ella se ríe, es un sonido ahogado y burlón.
Estrecho mis ojos y le pido que modere sus comentarios frente a la desconocida.
—¿Qué es lo que te cuelga entre las piernas? —interrumpe la extraña, está genuinamente interesada
viendo en mi dirección—. ¿Es algo que te ayuda a pensar? No lo entiendo, ¿es una varita mágica?
—Una varita que lo dirige a todos lados —dice mi hermana.
Ruedo los ojos.
—No es una varita... Es más como un tronco.
—Iuugg, Key, cállate por el amor a Cristo. ¡Soy tu hermana! No necesito detalles. Así que dime mejor,
¿de dónde sacaste a esta chica? —pregunta viendo fijamente el cabestrillo en el que está su brazo.
—Él me dio unas pastillas que me hacen sentir graciosa —dice ¿Rita, Andrea? Para mí es chica
desconocida.
—¿Te dio pastillas? ¿Qué clase de pastillas?
—La clase que me hacen querer lamerlo todo.
—Ya sabía que era depravado. ¡Key! ¿De verdad piensas que la solución es contratar a esta pobre chica
para que cumpla tus asquerosos y morbosos deseos sexuales? ¿Y no respetas que tiene un brazo roto?
—No está roto
—no sé por qué digo esto, pero trato de parecer menos "morboso" de lo que ella cree.
Pam es mandona, al extremo. Puede que sea enana y me llegue a las caderas pero... Oh, de acuerdo, no
me llega hasta las caderas aunque sí es considerablemente bajita. Pero ella es la mayor de tres hermanos
así que se siente con derechos sobre mí sólo porque soy el menor.
Tomo a la desconocida por el brazo bueno, y la llevo a rastras hacia la sala.
Entonces trato de explicarle a Pam todo lo que sucedió esa noche. Al parecer ella ya sabía lo de Mia y que
iba a dejarme, me dijo que era tan obvio que en la relación, el que más amaba, era yo.
Me siento decepcionado. Quiero correr a buscarla pero algo me retiene, y ese algo quedó dormido en el
sofá, diciendo cosas incoherentes.
—¡Sintoniza tus zapatos! —al parecer a la desconocida no le toma mucho tiempo dormirse (y menos
cuando está medicada), y rápidamente comienza a murmurar palabras inteligibles.
—¿Entonces no sabes dónde vive? Tal vez mañana ya no se vea tan drogada como hoy —me dice Pam
mientras la mira y mientras he terminado de contarle todo lo que me sucedió.
—¿Cuándo pensabas decirme que Mia se iba a ir del país? —Cambio de tema.
—Escucha —ella pone una mano en mi brazo ya que no puede alcanzar mi hombro—.
Mia siempre ha sido egoísta y una oportunista. Ella jamás se interesó en ti, sólo buscaba tu fama y lo que
eso iba a beneficiarla para con la demás gente importante. Key, te quiero pero no sabes diferenciar entre
una buena mujer y una mala. Déjala ir, ella no te merece.
Niego con la cabeza.
—No tienes por qué meterte.
—No me estoy metiendo. Solo digo que me importas y que vales demasiado como para que Mia te haga
sufrir de esa manera. Y ahora sí, me voy a dormir. No dejes a esta chica aquí para mañana porque si
mamá la ve, va a pegar el grito al cielo.
Pam me besa en la mejilla y empieza a caminar hacia las gradas levemente iluminadas.
Antes de que se vaya la llamo.
—Pamdora
—ella voltea a verme, sé que odia cuando la llamo por su nombre completo—. ¿Podrías... prestarle algo
de tu ropa? Mañana, me refiero.
Ella asiente y me guiña un ojo.
Ahora, ¿dónde dejo a la desconocida?
Después de pasar largos y desesperantes minutos tratando de meter a la desconocida en la habitación de
huéspedes, finalmente logro hacer que se quede quieta y deje de hablar incoherencias. Sigue repitiendo el
nombre Rowen y al parecer le grita por dejar a los patos sin protección.
Probablemente haya cometido el gran error de mi vida al dejar entrar a una loca en mi casa, pero la
culpabilidad ganó por encima del sentido común.
Luego manejo hacia la casa de Mía... Lo sé, me estoy rebajando, pero no puedo evitarlo. La amo. Nadie
podría entender lo que siento por ella y la desesperación de verla irse de mi lado.
Es de madrugada pero las luces todavía están encendidas en su habitación y en la de su hermana.
Hace años, ella me enseñó un truco para escabullirme dentro de su alcoba sin que su familia se diera
cuenta. La puerta de servicio siempre permanecía abierta así que primero tenía que llegar por allí, luego
tomaría las escaleras del mismo personal de servicio y por último subiría hasta detenerme en el piso de
Mia y meterme en su habitación.
Así que estaba siguiendo todos los pasos, hasta que me vi forzado a parar al ver a la hermana pequeña de
Mia, Rosie, justo en medio del pasillo.
Rosie es igual de alta y rubia que Mia (a pesar de ser dos años menor que ella). Tiene una cara de niña y
unos preciosos y soñadores ojos azules.
Cuando me ve parado como idiota en medio de su casa, abre los ojos desmesuradamente y veo que está a
punto de gritar; así que corro para poner mi mano en su boca y callarla.
—Rosie, soy Key —susurro en su oído. Su familia debe estar durmiendo.
Le destapo la boca cuando veo que se relaja contra las partes de mi cuerpo que tienen contacto con ella.
—¿Key? —ella parpadea y suspira—. Me asustaste hasta la mierda, pensé que eras Mia y que me ibas a
regañar por comer pastel de vainilla a esta hora.
Entonces veo lo que en un principio no noté: tiene en sus manos un delgado trozo de pastel bañado en
lustre blanco.
—Lo siento. Vine a buscar a tu hermana, ¿está en su habitación?
—Sí. Pero se va a poner como perra si la interrumpes, está con Jean Paul, su psicólogo francés —ella
rueda los ojos y se lleva a la boca una cucharada de pastel.
Le sonrío con sinceridad, hay algo que me gusta de ella. Tiene una fluidez para hablar, no refina sus
palabras ni aunque estuviera frente a la reina de Inglaterra.
Ella dice lo que piensa, sea bueno o malo. Luego pide disculpas.
Mia es tan diferente, es más preocupada por su aspecto, por su presentación. A veces pierde el control
pero llama frenéticamente a Jean Paul y, cuando termina de verlo, se mira más relajada y feliz.
Solo espero que él la haga entrar en razón y que ella no termine conmigo mientras se va a Berlín. Hay
muchas relaciones a distancia que funcionan de manera perfecta; ella y yo podemos hacerlo funcionar. Yo
puedo ir a visitarla, podemos vernos en vacaciones...
—¿Key? —Rosie me toca el hombro y yo regreso del pequeño mundo que estoy armando en mi cabeza—
. Mira, Mia no me quiso contar lo que sucedió esta noche pero... es obvio que ahora debes saber que ella
se va mañana.
—¿Mañana? Ella me dijo que en dos días.
—¿En dos días? Pero si su boleto de avión tiene la fecha de mañana.
Hasta compró un boleto de avión sin decirme. No sé si sentirme enojado o triste de que no lo hiciera, que
me excluyera de sus planes.
—Ella me dejó —admito para mi vergüenza.
Rosie se lleva una mano a la boca y jura por lo bajo.
—No sabía. Pensé que estabas al tanto de todo.
Niego con la cabeza.
Ella suspira y sopla su largo flequillo rubio fuera de sus ojos.
—Entonces no te estoy impidiendo nada. Lleva horas hablando con Jean Paul, es tu turno de pedirla
prestada para exigirle explicaciones.
Le sonrío tentativamente y me despido mientras me dirijo hacia la habitación de Mia.
Rosie me da una última mirada soñadora antes de ir hacia el lado opuesto, hacia su propio dormitorio.
Sé que ella estuvo enamorada de mí hace un par de años, antes de que conociera a Mia, pero su hermana
logró llamar mi atención de la forma en la que ninguna chica lo ha hecho. Así que tuve que ser sincero
con Rosie y decirle sobre mis sentimientos. Ella lo manejó muy bien.
Mientras me acerco a la habitación de Mia, escucho voces salir de manera ahogada.

No quiero interrumpirla, es bastante temperamental cuando alguien se quiere meter con su cita para
hablar con Jean Paul, pero no quiero perderla. Tal vez él la haga recapacitar de una vez por todas y le diga
lo estúpida que está siendo... o al menos que me diga a mí lo estúpido que estoy siendo.
Entro sin llamar a la puerta, y al instante estoy en una escena de porno caliente.
Mia está desnuda sobre un chico, moviéndose como poseída y gruñendo tan alto que es casi un milagro
que su familia no se despierte... o que la casa se sacuda como si fuera un terremoto.
El sujeto la sostiene de las caderas y mueve su pelvis al ritmo poseído y maniático de ella.
Él tiene pelo largo y grita peor que un loco en medio de una terminal de buses.
Estoy congelado en el umbral de la puerta, viendo la escena desde un punto de vista que no es el mío. Es
como si mi cuerpo hiciera un viaje astral y se moviera más cerca de ellos. Entonces hablan, o al menos lo
intentan:
—Eres mía, Mia —dice el chico con un claro acento francés—. ¿Entendiste? Eres mía Mia. Mia mia...
Mia...
Sigue repitiendo como si fuera gracioso.
Mia resopla y puedo ver su cuerpo entero sudado por el esfuerzo.
—Sólo tuya JP —ambos gruñen, y antes de pensar muy bien en lo que estoy haciendo, sujeto la puerta,
aferrándola en un agarre de muerte y, sin hacer ningún ruido, la abro más y más hasta que está
completamente expuesta. Entonces, con un golpe fuerte, la empujo hasta cerrarla y crear el mayor ruido
que distrae a la pareja de seguir con su sesión de porno al estilo cerdos de granja.
Mia es la primera en asustarse y mirar sobre su hombro. Sorprendentemente no deja de moverse como
poseída... Claro, hasta que me ve parado allí en su habitación ahora cerrada.
Ella abre los ojos y salta fuera del francés, luego rueda en la cama y cae al piso, escondiéndose contra el
colchón.
El tipo, que sigue moviendo su pelvis a pesar de que Mia ya no está sobre él, le pregunta por qué dejó a su
"miembro" solitario y con ganas de más. Ella no despega la vista de mi rostro.
Está roja y sudada, y desnuda. El tal Jean Paul finalmente me nota y deja de moverse contra el colchón.
También él se ve sorprendido y hace lo mismo que ella: rueda hacia un lado de la cama y se pone de pie,
a diferencia de Mia quien todavía está en cuclillas, tapándose con la sábana.
—¡Ke... Ke... Key! ¿Qué ha...ces aquí? —tartamudea ella.
Veo todo rojo de furia. Estoy apretando tanto mis dientes que no entiendo cómo no se me han quebrado a
estas alturas.
—Así que estas son tus famosas sesiones con el "psicólogo", ¿eh?
Me rio, una risa ahogada y sin humor. Una risa rota y un poco psicótica.
—No... No. —Ella pasa una mano sobre su pelo, tratando de alisar su cabello porque está hecho un nido
de pájaros con tanto movimiento pélvico que ha tenido en estas últimas horas.
Estoy tan mal que comienzo a aplaudir realmente fuerte. Estoy desquiciado.
—¡Bravo! La gran y espectacular señorita Mia Makowski ha hecho el acto de su vida: ¡ha hecho caer al
chico más imbécil del planeta! —sigo aplaudiendo. Haciendo bastante ruido para ser más de la media
noche—. ¡Bravo!
El idiota del francés está todavía desnudo, viéndome con desdén.
—Key yo... —con un movimiento de mano interrumpo lo que la perra tiene que decir y voy directamente
hacia el francés.
Lo tomo de los hombros y lo empujo contra la pared. Él trata de lanzarme un golpe directo al estóma go,
pero no sabe que la ira está alimentando mi rapidez y mi violencia así que no me puede agarrar
desprevenido.
Lanzo mi puño contra su nariz y luego voy por su mandíbula. Lo empujo nuevamente, golpeando su
cabeza contra la pared.
Mia empieza a gritar y de pronto escucho también los gritos de Rosie. Ella atraviesa la habitación y se
detiene a mi lado, viendo con la boca abierta hacia su hermana desnuda, y luego hacia el francés desnudo.
—Oh por... —ella lleva una mano a su boca mientras que yo, como desquiciado que estoy, continuo
golpeando al tipo hasta que la sangre sale por un corte en su frente.
—¡¿Esta es la terapia por la que pagas, Mia?! —escupo. El francés logra darme un golpe en la quijada y
me aparta para salir del espacio al que lo confiné.
Estoy en gran ventaja con él, yo estoy vestido, él no. Así que aprovecho y, como puedo, le lanzo un golpe
bajo, justo en las pelotas.
Eso lo manda al suelo, a retorcerse con desesperación.
Noto vagamente que mi mano derecha está teñida de sangre y mis nudillos están rotos. Es ahí cuando me
detengo.
—Ya tuve suficiente de esta mierda —digo, mis ojos buscando los de Mía—. Agradece que mañana
desapareces de mi vida o me hubiera encargado de quebrarte ante la sociedad en la que tanto anhelas
encajar. No vuelvas a buscarme.
Antes de salir de la habitación (ahora llena con más de un curioso del personal de servicio) meto mi mano
en mi bolsillo y agarro firmemente la nota que Mia me dejó más temprano en el restaurante y que todavía
cargo como el imbécil que soy. Luego la lanzo encima de la desordenada cama en la que estuvo jodiendo
con el sucio francés, y escupo la nota y las sábanas.
—Nunca seré tuyo —digo con voz atormentada y firme—, nunca vuelvas a llamarme, y nunca te esperaré
con los brazos abiertos. No te pertenezco... y al parecer, nunca me perteneciste.
Y con una última patada al idiota en el suelo, salgo de la habitación con los deseos de quemar el mundo
entero.

Jamás volveré a entregarle mi corazón a nadie. Es una promesa. Nunca volveré a ser el mismo idiota que
se enamora fácilmente de una chica. Ese Key ya murió.
4
Cómo no pudiste reconocerme
Ella
7 meses después...

Odio mi nombre.

Es corto, no apropiado para mis diecinueve años de edad, y en algunos países ni siquiera sabrían cómo
pronunciarlo correctamente.

Pero la razón principal de odiarlo es porque mi madre tiene exactamente el mismo; y no es que la odie a
muerte, pero cuando tienes una madre que ha estado ausente desde que tienes memoria, definitivamente
llega a cansarte.

Pienso sobre esto mientras me encuentro llenando la solicitud en línea de una página web en donde tienes
citas relámpago con más de diez chicos durante veinte minutos. No sé muy bien cómo puede llegar a
funcionar eso pero hoy he decidido darle una oportunidad.

Me siento como una perdedora justo ahora. Pero de igual forma sigo rellenando los datos que me piden:
edad, estado civil, color real de ojos y cabello.

Dejo para el final mi nombre, y en donde antes decía: Rita Fiorella Day, corrijo y pienso en algo más
interesante. Hoy no quiero ser Rita, esta noche seré otra persona. Alguien con una vida colorida que no
tenga que trabajar en un restaurante mediocre para poder pagar sus estudios y las facturas de un hogar
desintegrado que incluyen a dos menores de edad, un padre alcohólico y un abuelo coqueto al que le gusta
pedir esposas libanesas por internet como si fueran artículos de cocina que fácilmente se compran con
tarjetas de crédito.

Hoy seré Andrea. Una muy bonita asistente en una empresa ejecutiva, con un sueldo que va directo a mis
gustos caros y mi exótico pasatiempo de coleccionar joyería con forma de animales (aunque las únicas
joyas que poseo son de esas baratijas que venden a orillas de la calle).

Sí, hoy seré Andrea, aunque me cuesta encontrar un buen apellido que dé con el nombre, y
definitivamente no estoy usando el mío.

Me paso la siguiente media hora investigando apellidos interesantes en internet, alguien que sea fácil de
recordar y difícil de olvidar. Después de unos quince minutos más, doy con el correcto.

Haré de ésta una noche especial.

****
—Andrea Cipriano —llama la asistente con el corte de cabello igual al mío.
Me muevo en mis tacones de diez centímetros y me paro frente a ella para que me ubique en una de las
mesas en la que empezarán a desfilar una ronda de chicos con los que voy a hablar durante dos minutos, o
al menos hasta que suene una campanita indicándome que el tiempo se acabó.

—¿Tu apellido es italiano? —me pregunta la chica mientras me conduce hacia una mesa en el fondo.
Yo me ruborizo y por un momento creo que me va a atrapar en mi mentira. Elegí ese apellido gracias a un
libro que mi mejor amiga me regaló por mi cumpleaños y del cual yo me enamoré; el sexi protagonista se
llama Patch Cipriano, y ya que soy miembro honorario del foro en línea "Violemos a Patch", decidí
incluirlo en mis citas esta noche para que me dé buena suerte.
—Sí —le respondo a la chica que aun espera por mi respuesta—, es italiano.
—Yo soy de Italia. De Florencia. Es bueno ver más de mi gente por aquí —luego ella me dice algo en
italiano que creo que es "ten una buena noche" o "por favor báñate con más jabón la próxima vez", igual
le sonrío y asiento con la cabeza. Probablemente me haya dicho "hueles a excremento de pájaro" y yo
simplemente lo acepté todo.
No tengo ni la menor educación en cuanto a italiano se refiere. A mi papá le pareció una buena idea
nombrarme Fiorella porque significa florecilla en italiano (yo era su pequeña flor) pero eso da hincapié a
que muchas personas crean que debo tener familia por esas raíces. Es como Lucy Xiang, mi vecina de
dieciocho años; la gente cree que, por su apellido y sus rasgados ojos al estilo oriental, ella
automáticamente sabe hablar en mandarín. Lo cierto es que ella nació en el sur de Panamá y lo más cerca
que ha estado de ser asiática es cuando miramos juntas los doramas coreanos en mi computadora y
gritamos al unísono: ¡Aja, aja, figthing!
Pero de ahí ninguna de las dos sabemos por qué la gente nos encasilla en ciertos estereotipos. Yo no sé
más que decir hola y adiós en italiano, o Voulez-vous coucher avec moi, ce soir... Espera, eso es francés.
La chica de cabello corto se va y una camarera de piernas delgadas me trae a mí, y al resto de solteras en
las otras mesas, un vaso con agua.
Inmediatamente tomo un trago para rogar que nada se salga de mis manos esta noche.
Por lo general soy una persona controlada, observadora y calmada (como digna estudiante de
administración que soy) pero tener citas a ciegas y fingir ser otra persona más, no es algo que haga todos
los días.
Es más, si no fuera porque mi abuelo insistió en que probara el fascinante mundo de las citas por internet,
yo jamás habría tenido una así de improvisto.
Cuando todas las chicas (en su mayoría mujeres con más de cuarenta años) están ubicadas en sus mesas,
suena una campanita y se nos indica utilizar ciertas hojas para escribir la información sobre los chicos que
nos presenten.
Empiezo a hacer mis anotaciones cuando el primer hombre habla conmigo.
*Demasiado viejo, definitivamente puedo ver que usa peluca.
Pasan dos minutos y él sigue contándome sobre su interesante trabajo en la oficina postal. Gracias a Dios
la mujer de cabello corto hace sonar la campana y me mandan al siguiente chico.
*Muy introvertido, tiene mal aliento, mira demasiado hacia mi pecho y no a mis ojos.
Pasan dos minutos, suena la campana y chico tímido se va. En su lugar llega un hombre de edad avanzada
que me recuerda a mi abuelo.
*Muuuuy mayor, ¿en serio revisan el historial de estos tipos? El último me pareció que era perteneciente
a la mafia.
Pasan otros tres chicos más, pero solo uno de ellos llama mi atención.
Inmediatamente hago mis anotaciones:
*Caliente, atractivo, guapo, caliente, llamativo... ojos verdes, hoyuelos. Peligroso, caliente. Sí escribí
caliente tres veces. Cuatro.
Su nombre es Adam.
Domina todo su entorno como si le perteneciera. Se adueña de él.
Es curioso cómo llama mi atención dado que no me gustan los chicos así de... ¿perfectos? Tal vez es
porque entre más "perfección" más defectos le encuentro. Y definitivamente este chico tiene escrito
problemas por toda la cara.
Pero él es lindo, y me llama por mi nombre, o mejor dicho, por el nombre falso que elegí.
—Hola... —dice posando sus ojos por unos segundos en la etiqueta adherida a mi camiseta— Andrea.
—Hola Adam.
La suya dice: Mi nombre es Adam T. Walker. Y escrito con marcador negro puso más abajo: para las
nenas soy simplemente Adam.
Vagamente me pregunto qué significará la T.
—Eres bonita —dice repentinamente—, ¿qué hace una chica como tú en un lugar como este?
Bueno, va directo al punto. Ignoro su frase comercial para enganchar con las chicas, y respondo lo más
sincera posible.
—Mi abuelo, él es fanático a estas cosas y me pidió que probara ya que conocer chicos con material de
novio es prácticamente imposible si no hablas claro. Esta es mi manera de decir: "soy soltera y estoy
interesada en ver cómo funcionarán las cosas entre tú y yo más adelante".
Adam sonríe, pero es una clase de sonrisa melancólica y taciturna.
—Hablar claro, ¿eh?
Asiento con la cabeza.
—Pero dime, ¿qué hace un chico como tú en un lugar como este? —le regreso su pregunta.
Él se queda pensativo por unos segundos y finalmente, y apoyando los codos sobre la mesa, abre la boca
para decirme:
—Estoy acompañando a un amigo mío.
Alzo una ceja y me preguntó si su amigo será igual de atractivo (o joven) como él.
—¿Puedes guardar un secreto? —me pregunta.
Asiento sin dudarlo.
—Estaba esperando poder encontrarle una cita para esta noche.
Apoyo los codos en la mesa al igual que él y lo miro fijamente.
—¿Y por qué no vino él a buscar su propia cita?
—Está afuera. Mira... —se pasa una mano por su cabello negro. Vagamente noto que tiene un tatuaje en
su cuello, dice: Real Eyes Realize Real Lies en letra de caligrafía. Alzo una ceja y no puedo evitar la
sonrisa que se forma en mis labios—. Mi amigo es muy tímido, él solo está buscando una buena chica que
quiera cenar con él y pasar el rato.
—¿Y por qué me escogiste a mí? Aquí hay más chicas, no solo estoy yo.
Él recorre el restaurante con la vista.
Luego dirige sus perforadores ojos verdes a los míos.
—¿Cuáles otras chicas? Todas aquí, exceptuándote, sobre pasan los treinta años. ¿Entonces? ¿Qué dices?
Salimos de aquí y lo conoces. Van al sitio de tu elección y decides si la cita valió o no la pena.
Lo hacía sonar tan fácil.
Pero no puedo simplemente perderme con su amigo, ¿qué tal si ellos eran traficantes de órganos y
andaban en busca de mi páncreas, o mis riñones?
—Si hablo con tu amigo, que dicho sea de paso no sé ni su nombre, ¿prometes que no van a secuestrarme
y robar mis riñones o alguna otra parte de mis órganos internos?
Adam se ríe con lo que dije, pero yo estoy siendo totalmente seria al respecto.
—¿Robar tus órganos? ¡Cielos! Definitivamente un día de estos voy a usar eso como broma.
Entonces alza una mano y deja su palma abierta como si fuera a chocar los cinco.
—Lo prometo. Tampoco somos asesinos a sueldo, por si querías saber.
—Mmm... ¿ladrones? ¿Estafadores? ¿De la mafia?
—Nada de eso —dice.
Me muerdo la lengua, concentrándome en pensar si será bueno hacer una locura como esa: irse con un
desconocido y de repente tener una cita. Pero se supone que eso es lo que estoy haciendo justo ahora:
estoy en una cadena de citas rápidas.
Mis dos minutos pasan rápido, y pronto la campanilla para el cambio de pareja se hace sonar.
Adam me mira por última vez antes de ponerse en pie.
—¿Qué dices? ¿Sales de este lugar para conocerlo? —me pregunta señalándome la puerta de salida.
Vuelvo a morder mi lengua, un hábito que hago mucho cuando me pongo nerviosa.
Finalmente me pongo en pie, y tomando mi bolso, salgo del restaurante con Adam, para encontrarme con
su supuesto amigo.
—Oye —digo antes de que dejemos el local—, no me dijiste cómo se llama él.
—Oh, su nombre es Key.
Key. Suena interesante. Y más vale que sea guapo o este tipo me las va a pagar.
—Solo para que lo sepas —le digo— llevo gas pimienta en mi bolso. No voy a dudar en usarlo.
Se ríe mientras caminamos hacia la salida. Y es ahí cuando veo la monstruosa camioneta blanca en la que
está recostado un chico de cabello cobrizo claro.
Veo que Adam se moviliza hacia donde está él, y ambos chocan las palmas antes de presentarme.
—Key, ella es Andrea, Andrea, este es Key.
Me acerco un poco más para estrechar su mano, pero me detengo a medio camino cuando él estira la suya
para saludarme: ¡Es él!
Reconocería ese tatuaje de nota musical entre su dedo pulgar y el índice.
Amplío bastante los ojos antes de hacer un sonido de ahogamiento con mi garganta.
Parece que él también me reconoce, pero le cuesta ubicarme.
—¿Te conozco de alguna parte? —me pregunta, nuestras manos siguen colgando en el aire, sin tocarse.
De pronto, toda la ira y el resentimiento salen de mi sistema como un cohete con un rumbo fijo.
Me adelanto a él y le planto mi mano en su bonita cara.
Él se sorprende cuando le doy la cachetada, su boca se abre y mira a su amigo en busca de ayuda.
—¡Idiota! —grito con desdén.
Él boquea como un pez en el agua y veo lo perdido que está. Decido facilitarle las cosas:
—¡Soy la chica a la que atropellaste hace un tiempo atrás! ¿Crees que no te reconocería, infeliz?
Frunce el ceño y se pasa una mano por su corta barba.
El tipo viste una camiseta a cuadros y tiene una faja con una hebilla enorme y con forma de cascabel.
—¿Quién? Yo no he atropellado a nadie —dice de forma descarada—. Adam, te dije que buscar en este
sitio era una mala idea.
Él fulmina con la mirada a su amigo, y luego me mira a mí.
—¿Cómo que no te acuerdas? ¡Estuve actuando como una idiota y una hazme reír todo el tiempo! Estaba
tan drogada que apenas y recuerdo algo. Sólo sé que me desperté en una casa extraña, con una chica
lanzándome agua y golpeándome en el rostro.
Estoy consciente de que me encuentro gritando en las afueras de un restaurante, pero no puedo evitar
pensar en ese día como si fuera ayer y no hace unos meses.
Me había despertado desubicada y drogada. Mis ojos llenos de lagañas. Pero lo que sí noté fue a una chica
rubia gritándome en la cara y lanzándome agua de algún florero. No recordaba cómo me había roto el
brazo pero lo tenía envuelto en un cabestrillo.
Mientras tanto, la rubia malhumorada decía:
—¡Me acusa de ser una zorra cuando ha estado engañándome con esta cosa! —No entendía nada de lo
que pasaba, más sin embargo sabía que la rubia estaba furiosa conmigo.
—Oye, yo no te conozco, ni sé por qué estás gritándome. Solo... baja tu chillante voz porque me duele la
cabeza.
Ella resopló.
—¿Dónde está ese jodido imbécil? Quiero decirle unas cuantas cosas...
Entonces, de la nada, apareció una chica menudita que parecía más furiosa que la rubia.
Solo esperaba que estas dos no se fueran a los golpes conmigo porque estaba en completa desventaja ¡no
recordaba nada de lo que sucedió!
Tal vez no debí tomarme dos cervezas en ese bar la noche pasada. Lo que no explicaba el por qué de mi
brazo dolorido.
—¡Lárgate, Mia! Rosie me llamó hace horas para avisarme que mi hermanito te encontró en la cama,
gimiendo como perra barata en un burdel, con otro hombre.
La rubia jadeó, y creía que estaba a punto de presenciar una pelea. Pero ella se fue del cuarto
tranquilamente, claro, no sin antes lanzarme una mirada de advertencia.
Cuando la menudita y yo estábamos solas en la habitación, ella me dijo algo que me descolocó:
—¿Cómo hiciste para llegar al dormitorio de mi hermano? Creí que te había dejado en una de las
habitaciones para huéspedes. ¿Eres sonámbula también?
Me ruboricé, todos los tonos de rosado.
—En primer lugar —aclaré— no tengo idea de lo que pasó anoche, juro que únicamente bebí dos
cervezas. Mi resistencia son cuatro antes de caer borracha. Lo siento.
—Oh, interesante. Supongo que por eso actuabas tan drogada con los medicamentos.
—¿Drogada? ¿Medicamentos?
Salí rápidamente de la cama, haciendo una mueca de dolor cuando mi brazo chocó contra la cabecera.
—¿Entonces no recuerdas nada?
Niego con la cabeza.
Mi estómago estaba revuelto, sólo esperaba que no hubiera caído en manos de criminales. Pero ¿qué buen
samaritano te daba alojamiento cinco estrellas en su casa? Porque esta casa... sí, cinco estrellas, y eso que
solo había visto una habitación. Esta gente definitivamente distribuía drogas para poder hacer tanto
dinero.
—Umm, bueno... Mi hermano te atropelló anoche con su auto.
Y fue así como lo recordé: el chico al que le dije que le iba a lamer hasta el alma con mi "super poder".
Me detesté. Simplemente me odié a mi misma en esos momentos.
Hundí mi cabeza en mis manos y me golpeé la frente al menos unas tres veces antes de alzar la vista y
fijarme de nuevo en la chica.
—Gracias por su hospitalidad, pero será mejor que me vaya... —Estaba a punto de arrastrarme fuera de la
habitación cuando ella me detuvo.
—Espera, ¿no vas a demandar a mi hermano?
—Si no ocupé y eso quiere decir que el golpe no fue tan grave.
Mentira. Me dolía el hombro y el dolor bajaba hasta mis dedos, pero preferiría salir disparada de esa casa
antes que más recuerdos llegaran a mi cabeza.
¡Yo lamí la mano y la mejilla del chico! Y vagamente recordaba haber visto un tatuaje con una nota
musical. No era muy entrenada en música pero juraría que era la clave de Fa.
Entonces fue así cómo me marché, sin siquiera comprobar si tenía mi ropa completa. Nunca he pensado
en ese momento tan vergonzoso de nuevo, durante siete meses lo mantuve encerrado. Ahora todo regresa
de un solo golpe, aplastante y arrollador.
5
Cómo fue que acepté tu propuesta indecente

El aspirante de vaquero luce terriblemente asustado con mi arranque de ira. Las marcas de mi mano
todavía son visibles a través de su mejilla sin afeitar.
Tiene ojos color miel y un cabello claro que cualquier chica envidiaría. No recuerdo mucho de él, tal vez
que me alimentó y que no se aprovechó de mi estado drogado para hacer cosas sucias conmigo… aunque
se hubiera aprovechado solo un poco… digo, es guapo y… Inmediatamente corto los pensamientos y
niego con la cabeza.
—¿Para qué tu amigo quiere una cita conmigo? —le digo al chico guapo #1 parado a su izquierda. Adam.
Él se ríe y luego eleva sus cejas.
—Voy al grano —dice cruzándose de brazos, apuesto a que tiene más tatuajes escondidos bajo su
camiseta—. A él…
—Adam, no —lo interrumpe el otro—. Mejor olvidemos todo esto, no creo que…
—Existe una posibilidad de que la rubia a la que vio era Mia, simplemente haz la propuesta y luego
veremos.
Puedo ver que Key frunce el ceño y desvía la mirada. Aprieta tanto la mandíbula, como si evocar un
pensamiento de la tal Mia fuera igual de doloroso a amputarte un miembro del cuerpo.
Pobre, la chica tuvo que haberle roto el corazón para que se encuentre en ese estado.
—Esto no va a funcionar —refunfuña él. Patea una de las llantas de su vehículo y al siguiente minuto
saca un cigarrillo del bolsillo trasero de sus pantalones, lo enciende y se lo lleva a la boca para darle una
calada.
Me cruzo de brazos.
—¿Qué quieren conmigo? Y no me digan que simplemente una cita.
De repente siento miedo. ¿Y si son ladrones? ¿Traficantes de órganos? Últimamente el abuelo le ha dado
por ver noticias (se debe más a que le gusta la presentadora que la emoción de ver lo que sucede alrededor
del mundo, pero bueno) y hay demasiados casos de traficantes de órganos como para que me sienta
segura con dos completos desconocidos.
—De acuerdo —dice Adam— vamos al punto. A él lo dejó su novia hace meses atrás, ella se fue a Berlín
a estudiar en alguna escuela de música...
—No te atrevas a decirle —lo silencia su amigo.
Pero de igual forma Adam continúa:
—Esa misma noche él fue a casa de ella a decirle que reconsiderara las cosas; entiende que él está
considerablemente enamorado de la chica...
—¡Adam! —Key bota su cigarrillo en el suelo y cierra los puños como si fuera a golpearlo.
—¿Te arrastraste ante ella? —es imposible que no lo diga.
Key se vuelve de un tono rojo, puede que esté avergonzado o solo está furioso.
—Esto es estúpido. No pienso hacerlo, vámonos.
—Completamente arrastrado —dice Adam, ignorando a su amigo— una vez que llegó a su casa, ella
estaba en la cama con otro hombre; con el que era su psicólogo.
Abro la boca y luego la cierro al ver la mirada que Key me lanza.
No hay duda de que este chico es el mismo al que le lamí la mejilla... y ojala que no otras partes.
—Dijiste que la ama —digo de repente—. En tiempo presente.
—No la amo, la amé —se defiende el Sr. Vaquero que bota sus cigarrillos al suelo.
—¿Y qué tengo que ver yo en todo esto?
Es Adam quien responde por él.
—Mia, su ex novia, vino de vacaciones por una semana y la pequeña perra pidió verlo. Ella es algo
posesiva con él.
—De nuevo... ¿qué tengo yo que ver con esto?
—Ocupamos a una chica que pretenda ser su novia al menos por unos minutos.
—Y... ¿qué tengo yo que ver con esto? —pregunto más lentamente.
¿Acaso este chico no es capaz de pedirle a alguien más que finja ser su nueva novia? ¿Siquiera ha tenido
otra novia aparte de ella?
—Pues... La mayoría de chicas con las que trata aquí, mi amigo, son del mismo círculo que la conocen a
ella. Serían incapaces de ponerse en su contra.
—¿Y qué es lo que me hace diferente?
—Que ninguna te conoce, no tendrías nada que perder por salir conmigo —responde Key.
Me detengo a observarlos a ambos.
—Están locos —digo finalmente—. No voy a hacer eso, no quiero ser parte de su telenovela. Apuesto a
que hay muchas que estarían dispuestas a hacerlo.
Y dicho eso me doy la vuelta y comienzo a caminar, dando esta noche de citas por perdida.
Antes de que pueda llegar más lejos, un brazo envuelve el mío y me impide seguir mi camino.
—Por favor —es el chico vaquero—. Estoy desesperado, y si soy honesto, sé lo patético que estoy siendo
al contratar a alguien a quien ni siquiera conozco, pero... ninguna de las otras tres chicas, a las que les
pedí el favor anteriormente, aceptaron. Por favor, acepta ser mi número cuatro.
Doy un resoplido y aparto la mirada.
Sinceramente él es guapo, su cabello es claro y sus ojos me inspiran confianza. Se mira pulcro y
presentable, no parece ser alguien que esté dispuesto a sacarme los pulmones con tal de venderlos en
línea.
Suspiro.
—No, lo siento. No te conozco lo suficiente... —giro de nuevo e intento apartarme de su agarre pero no
me quiere dejar ir.
—Te pagaré —susurra la última parte.
Mis orejas se alzan, captando y registrando lo que él acaba de decir.
—¿Cuánto me vas a pagar? —¡Hey, no te atrevas a culparme! Con dinero baila el mono, y este mono no
es la excepción. Mi papá está trayendo menos provisiones a la casa, y mi abuelo se auto jubiló a los
treinta y ocho años. Tengo dos hermanos menores que cuidar y una renta que no se paga sola.
—Te pagaré lo suficiente como para que vivas cómodamente durante dos meses.
¿Dos meses?
—¿Solo por una noche, verdad?
Él asiente.
—¿Y no tengo que hacer nada desagradable como besarte o actuar como una estúpida chica llavero?
—¿Chica llavero?
—Sí, como esas chicas que solo se cuelgan del brazo del chico y son incapaces de pensar por sí solas o
saber lo que les gusta.
—Para nada.
—Muy bien... ¿cómo sé que me vas a pagar todo a tiempo?
Él rueda sus ojos y saca otro cigarrillo del bolsillo de sus pantalones.
—Te daré la mitad ahora, y la otra después.
—De acuerdo —acepto tentativamente—. Y ni siquiera se te ocurra hacer algún movimiento conmigo…
soy ruda y puedo defenderme sola. Además, tengo gas pimienta en mi bolso…
—Lo sé —dice él, pasándose una mano por su mejilla ligeramente golpeada.
—Lamento lo de tu mejilla —digo vagamente. Luego frunzo el ceño y hago una mueca—¿Sabes qué?
No, no lo lamento. Eso fue gratificante.
Él agranda los ojos y se aleja un poco de mi lado, temeroso por si me da otro arranque de ira obsoleta.
—De todas formas, ¿cuál es tu nombre completo? Si se supone que vamos a fingir una relación entonces
tengo que saberlo —digo viéndolo sospechosamente.
—Key Miller —él estira su mano para tomar la mía.
—Ri... —me detengo, estuve a punto de decirle el real—. Andrea Cipriano.
Y es ahí cuando lo veo, las pequeñas piezas comienzan a girar en su cabeza, encajando unas con otras.
—¡No puedo creerlo! ¡Eres la chica loca que casi atropello! —grita en estado de shock.
—¿Chica loca?
—¡Claro! Por eso te me hacías conocida.
—Wow, sí que te tardaste en descifrarlo. Definitivamente es por eso que los hombres tienden a ser más
propensos al alzhéimer que las mujeres, son unos olvidadizos.
—Oye, tu nombre no es Andrea, ¿verdad?
Atrapada en mi propia mentira. Mierda.
Miro hacia otro lado, con mis mejillas rosas llenas de vergüenza.
—Cipriano… —Key se rasca la barbilla y luce pensativo—. Me dijiste que ese era el nombre de… ¿un
cantante? ¿Un actor? ¿Modelo? Agg, no recuerdo.
Resoplo, agradecida porque no recuerde.
—Alzhéimer, lo digo. Apuesto a que si te pregunto mi nombre de aquí a dos meses ni siquiera vas a
recordarlo.
—¿Quieres apostar? Te buscaré dentro de dos meses y te llamaré por tu nombre. El perdedor será esclavo
del ganador, durante todo un día.
Sonrío con confianza.
—Claro —digo. No hay manera de que vuelva a ver a este chico después de dos meses así que igual
acepto. ¿Cuáles son las probabilidades de encontrármelo otra vez?
—Por cierto, ya sé qué Cipriano eres —dice finalmente— ¡como el protagonista de un libro!
Sinceramente no sé qué le ves de atractivo a un chico ficticio.
—No es un chico, es un ángel…
—Caído, lo sé. Mi hermana y tú tienen la misma obsesión y gustos en chicos que no existen.
—Para que sepas, esos chicos ficticios son más reales que los de carne y hueso como tú. Ahora bien, dime
de una vez por todas qué tengo que hacer para ganarme mi dinero. Dijiste que sólo por esta noche... y no
pienso llegar de madrugada a mi casa así que…
—Bien. Solo quiero que luzcas bonita y no te dejes intimidar por Mia…
—Espera —interrumpo—, ¿a dónde precisamente vamos?
—A mi casa… al cumpleaños de mi mamá.
—¿Qué? ¿Estás drogado? ¿Me vas a presentar a tu mamá?
Él se encoge de hombros y tiene la delicadeza de hacerlo con fluidez.
—¿Ya le diste las buenas noticias? —dice Adam haciendo acto de presencia tras nosotros.
—Ustedes están locos —vuelvo a repetir— ¿Seguro que no son ladrones?
Adam se echa a reír. Estrecho mis ojos mientras me cruzo de brazos, abriendo lentamente mi bolso y
tocando con los dedos el lugar en donde siempre coloco mi gas pimienta.
—No somos ladrones —dice Adam, levanta la mano como niño explorador haciendo una promesa y
luego obliga a Key para que haga lo mismo.
—Eso es precisamente lo que diría un ladrón —resoplo—. Bien, lo haré por el dinero. Acepto la
propuesta indecente de actuar como una chica llavero y lucir bonita y calladita.
Dejo caer mi gas pimienta en su lugar.
—Perfecto —dice Adam—. Si todo está arreglado, tengo que irme.
—¿Qué? ¿Tengo que soportar al chico con complejo de vaquero yo sola?
—Oye, entre los dos, él es el más peligroso. Yo me veo como un cordero a su lado —se defiende Key.
Yo ruedo los ojos.
Adam se despide, riéndose a carcajadas cuando le lanzo una última mirada desesperada. Obviamente sé
que me voy a arrepentir de esta noche, yo y las mamás, no congeniamos muy bien.
—Sólo para que lo sepas, amigo —le digo a Key una vez que me subo a su auto con olor varonil y a
esencia de canela— no soy una chica que se lleve bien con las madres de las demás personas. Mi propia
relación con mi madre es prácticamente inexistente, así que no esperes mucho de mí.
—Lo único que espero es que no termines golpeándole la cara a alguien, y que por favor actúes como si
me amaras obedientemente hasta la muerte.
—Pfft. ¿Quién crees que soy? ¿Tu sumisa? No te hagas muchas ilusiones o terminaré diciéndole a tu
madre que tienes un fetiche por hacerlo en los baños públicos.
Aprieta su mandíbula; en un principio creo que es porque está enojado por mi comentario, pero después
noto cómo sus hombros se sacuden para evitar reír.
Yo sonrío triunfalmente.
Tal vez la noche no esté perdida después de todo… O al menos eso creo, hasta que la lluvia comienza a
caer inundando las calles.
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Lo primero que hice al bajarme del auto fue caerme de bruces contra el suelo, haciendo un ruido como de
succión cuando intento ponerme en pie y resbalo de nuevo gracias al lodo bajo mis pies.
Key empieza a reír y no puede detenerse al ver mis fallidos intentos.
—Ahora es buen momento para actuar como caballero y ayudarme —le digo con voz cortante.
Finalmente se mueve y me ayuda a ponerme en pie.
—Mmm… Tenemos un problema —dice calmadamente. Tan calmadamente para un chico que se viste
como vaquero pero que escucha música de Thirty Seconds to Mars.
—¿El qué?
—Tu pantalón se rompió.
—¿Cómo? —Me alejo de sus brazos que hacen el intento de no dejarme caer. Comienzo a revisar mi
pantalón, de adelante hacia atrás.
—¿Dónde está? —le pregunto aun revisando.
—Mmm, está en tu trasero. Llevas bragas marrones.
Un sonrojo quema mis mejillas y amenazan con carbonizarme viva.
—¡¿Qué?! ¡Deja de ver mi ropa interior!
Llevo mis manos hacia mi trasero y trato de ocultarlo como puedo mientras hago equilibrio para no caer.
—Lo siento —dice él—, entremos para que pueda prestarte ropa de mi hermana.
La lluvia sigue cayendo levemente, lo suficiente como para empapar nuestras ropas y hacer más notorio la
rasgadura en mi pantalón. Estamos fuera de la casa… no, espera, esto no es casa, es mansión… no,
tampoco, es castillo… Nop, mejor aún, ¡es un palacio!
Sí, es un palacio por lo complejo de todo el lugar. Desde los jardines tan perfectamente diseñados, hasta
las escaleras que nos conducen hacia la puerta principal.
Incluso afuera se puede oír el murmullo de varias conversaciones y el sonido ahogado de una canción
popular de Pink que suena en el interior.
—No sé por qué ocupas mi compañía —le susurro—. Podrías haber pagado hasta por una super modelo
por el sueldo que me vas a dar.
—No quiero a una super modelo, necesito a una chica real que no se vaya a enamorar de mí por mi
dinero… o bajo ninguna circunstancia.
—Suenas como esos niños ricos de las novelas coreanas que veo. Me está costando no caer rendida a tus
pies sólo para que me pagues un viaje a Australia y un tour para conocer a los canguros; no sé cómo voy a
hacer para no enamorarme de ti, apenas y puedo despegar mis ojos de tu suculento cuerpo —sueno
dramática, lo sé, él lo sabe, pero igualmente rueda los ojos y suspira como para llenarse de paciencia.
—Entremos por el otro lado, tienes lodo en el cabello. Te llevaré a mi habitación para que intentes
asearte, te ves maltratada.
—Vaya, gracias por el cumplido.
—De nada.
Avanzamos silenciosamente por un pasillo secreto que se abre únicamente desde el exterior.
Puedo escuchar la música aún más fuerte que antes, retumbando en las paredes a medida que nos
movemos. Finalmente salimos y nos detenemos frente a una muy bonita escalera de vidrio.
—Wow, recuerdo estas —digo vagamente. Parecen enormes y preciosos témpanos de hielo moldeados
para que tomaran forma de peldaños y sirvieran como escaleras.
Simplemente brillantes.
—Sí, son mi orgullo. Oh, creo que mejor te presto mi camiseta —dice él mientras se apresura a quitarse la
pieza de ropa en cuestión. Frunzo el ceño ante su brusco cambio de tema.
—¿Qué…?
—Por ahí viene mi hermana mayor. Se llama Pamdora pero todos le decimos Pam. Finge que no la
conoces y todo estará bien —susurra en mi oído. Coloca su camiseta alrededor de mi cintura, para tapar la
rasgadura que hay en mi pantalón.
—¡Key! Mamá te ha estado buscando por todos lados. Es hora de partir el pastel y quiere que salgamos
con ella en la foto oficial… Oh, ¿quién es la chica? —Pamdora se detiene frente a nosotros. Ciertamente
la recuerdo porque ella fue quien me encontró aquella mañana cuando la rubia oxigenada comenzó a
gritarme.
—Ella es… —Key vacila antes de decir mi nombre. En el auto le pedí que me llamara Andrea, no sé por
qué ahora le cuesta recordarlo—. Rita, mi novia.
Pam agranda los ojos y me mira con renovadas ganas.
Yo trago saliva mientras hago el intento por no darle una patada en la espinilla a su hermano menor. Mi
nombre me recuerda a todas las malas cosas en casa cuando mi mamá desapareció sin decir nada. Me
recuerda a mi padre desesperado, llamándola con todas las fuerzas para que ella no se fuera. Lo odio, es
un nombre nefasto.
—¿Novia? ¿Mi hermanito menor ya tiene novia? —Ella estrecha los ojos, evaluándome de pies a cabeza.
Pam es bajita, bastante bajita. Me hace parecer más alta de lo que soy. En el trabajo tengo una amiga que
me llega hasta los hombros, pero aún así ella es más alta que la hermana de Key. Anna se pondrá feliz
cuando le diga que hay una chica más enana que ella.
—Mucho gusto —trato de sonar cortés—. Al parecer soy Rita —le lanzo una mirada asesina al chico a mi
lado- mientras lo digo—, es bueno conocerte al fin. Tu hermano habla mucho de ti.
—Cosas buenas, espero.
—Muy buenas. Qué bien que estés de acuerdo con todo lo del intercambio de parejas. Al principio pensé
que Key era un pervertido, pero la verdad es que cuando me intercambia por Rony siento verdaderamente
el amor que me tiene. Es fabuloso que aceptes su estilo de vida.
Ella se separa de mí para ver de forma criminal a su hermano.
Key tiene las mejillas rojas. Aparta la mirada y trata de tomarme del brazo pero yo lo evado.
—¡Haces intercambio de parejas con Rony! —grita su hermana—. De toda la gente, ¿por qué con él?
Me pongo algo intranquila. La verdad es que me inventé el nombre, no sabía que ambos conocían a
alguien que de hecho se llamara así.
—¡No hago intercambio de parejas! —dice Key.
—¡Lo sabía! Un chico que ha sufrido un trauma como el tuyo, termina afectado en su vida sexual para
siempre. Increíble.
—Deja de aplicar tus teorías psicológicas conmigo —grita él—. Rita solo está jugando contigo, ella no
sabe ni siquiera quién es Rony. No lo conoce.
Oh mierda. Sí hay un tal Rony. Yo y mi gran boca, pero no puedo parar cuando digo:
—Claro que sé quién es Rony. Key me hace llamarlo papi cuando estoy cerca de él.
—¡Mierda, Rita! —Key grita y me jala del brazo— ¡No es verdad!
Su hermana abre la boca y suelta un jadeo profundo.
—¡No es cierto! —Ella se lleva una mano al pecho. La pobre parece que le fuera a dar un ataque de
apoplejía.
—Vámonos de aquí —Key me lleva hacia las escaleras, camina rápido mientras su hermana sigue en
shock en la planta de abajo.
—¿Cómo se te ocurre decirle esas cosas a mi hermana? En serio estás loca.
Sorprendentemente empiezo a reírme.
—No sabía que conocías a un Rony —le digo cuando paro de reírme—. Lo siento, no pude detenerme.
No cuando quedamos que sería llamada Andrea, y luego vienes y le dices que me llamo Rita.
—Si le digo que tu apellido es Cipriano, se va a reír en mi cara.
—¿Y qué? ¿Crees que el apellido Cipriano no existe? En el mundo deben de haber varios, sino cientos de
personas que tengan el mismo apellido. Además, solo quise ponerle algo de condimento a nuestra
relación. Déjame disfrutar ser alguien más al menos por esta noche.
—¿Alguien más? ¿Quién quieres ser entonces?
—Bueno… si algún día alguien llega a preguntar sobre esta noche, les diré que te llamas Heraldo y que
me besaste sin control.
Key eleva una ceja.
Finalmente nos detenemos frente a una puerta de color blanco que asumo es su habitación.
—¿Por qué Heraldo? —pregunta una vez que estamos dentro.
—Porque un chico guapo no lo puede tener todo en esta vida. Sería injusto que tuvieras el paquete
completo: cara, bolsillo y nombre perfectos.
—¿Estás diciendo que soy atractivo, adinerado y con nombre caído del cielo?
—Eso no es lo que dije, pero de todas formas ya lo sabes, no voy a inflar tu ego. Oye, ¿entonces no has
tenido otra novia después de la que te dejó hace meses atrás?
—¿Por qué piensas eso?
—Porque tu hermana se llevó la sorpresa de su vida cuando le dijiste que yo era tu novia.
Él suspira profundamente.
—No quiero involucrar mi corazón con nadie, no he traído una chica a casa desde lo último que me pasó,
¿contenta? Ya lo dije.
—Lo entiendo —para mi pesar, es cierto, lo entiendo—. Yo tampoco soy muy buena confiándole mi
corazón a la gente. Culpo a mi madre de eso.
—Dime una cosa, ¿por qué odias tanto tu nombre? Al menos tiene carácter.
No puedo evitar hacer una mueca.
—De nuevo, culpo a mi madre. Tiene el mismo. Ella nos abandonó a mi papá y a mí desde que estaba
pequeña. Realmente cualquier relación con ella está rota, y el sentimiento es mutuo.
—Juh.
—Sip.
Después de un incómodo silencio, Key finalmente sale de la habitación y me busca algo de ropa de su
hermana. Entra unos minutos después, mientras estoy haciendo el enorme esfuerzo por no curiosear entre
sus cosas.
—Esto te puede quedar —me pasa una blusa blanca descubierta de los hombros (una pieza bastante
interesante y bonita). Algunas medias negras y una falda realmente pequeña de color gris—. También
estos, dice mi hermana que combinarán con el atuendo.
Y entonces me enseña unos hermosos zapatos rojos de tacón alto.
—Son perfectos —susurro y los tomo. Los froto contra mi pecho y empiezo a acariciarlos.
—Nunca entenderé el amor de una chica por los zapatos —escucho que dice mientras comienza a
desabrocharse los jeans.
—¿Qué haces? —le pregunto cuando veo que comienza a sacarse la ropa—. Dije nada de contacto físico,
todavía tengo mi gas pimienta.
—Esto no es contacto. Ni siquiera te estoy tocando, simplemente no me gusta tener la ropa mojada. Si no
quieres ver, date la vuelta.
Aun con los zapatos rojos en mano me siento a orillas de la cama y cruzo una pierna.
—Quiero ver —digo cínicamente. Pero es cierto, quiero verlo entero. Es más guapo de lo que creí.
Trago saliva mientras noto cómo su pecho se mueve cuando se ríe de mí.
Él se pone algo tímido pero se le pasa rápidamente, y reanuda la tarea de quitarse la ropa.
—Empiezo a olvidar con quién hablo —dice cuando nota que no dejo de verlo—. ¿Siempre has sido así
de loca y o…?
Es ahí cuando escucho que alguien abre la puerta de la habitación y entra apresuradamente.
A Key no le da mucho tiempo saber quién es porque dice inmediatamente:
—¿Mia?
Entonces veo a la rubia que lo ha tenido sufriendo durante tanto tiempo.
Lo primero que noto es que es hermosa, y efectivamente, ella es la que me estuvo gritando aquella
mañana cuando me desperté en este mismo cuarto.
Tiene un increíble cabello lacio y rizado en las puntas. Su ropa está bien combinada y pulcra. Hasta sus
uñas, pintadas de un rosa pálido, son perfectas.
—Qué bueno que logro verte al fin —dice sonriendo. Ella aún no se percata que yo estoy también en la
habitación porque el cuerpo de Key me cubre lo suficiente—. Quería hablar contigo y nunca pude verte
en privado.
—¿Qué quieres?
—Yo… lamento cómo las cosas terminaron entre nosotros. Realmente quisiera que volviéramos a ser al
menos amigos. Sé que traicioné tu confianza pero… —finalmente ella me nota detrás de él y hace una
mueca que pronuncia unas cuantas arrugas en su frente—. No sabía que tenías compañía.
Su voz, en la última frase, se escucha aguda. Supongo que Key no lo nota, pero realmente el tipo tiene
esta cara imperturbable y está serio.
—Estoy acompañado, como puedes ver —dice él, señalándome con un dedo—. Ahora, si nos podrías
dejar a solas…
—Oh. Claro —Ella posa sus ojos en la bragueta semi abierta de Key, y agranda los ojos en mi dirección,
notando la ropa mojada que llevo puesta.
Se da la vuelta, no sin antes darle una sonrisa tímida a él, y sale de la habitación, cerrando la puerta tras
ella.
Key suspira al mismo tiempo que yo.
—Puedes cambiarte en el baño —dice rascándose el cuello—. Tenemos que bajar pronto a la fiesta.
—¿Todavía es necesario que vaya? Al parecer ya cumplí con la misión de que tu ex novia te vea
conmigo.
—Eso no es lo único que quiero que hagas. Necesito que sea como una realidad.
—Una falsa realidad —aclaro.
Él asiente y suspira de nuevo.
—Quiero el servicio completo —dice después de unos minutos.
—¿A qué te refieres…? —Dejo mi oración en el aire cuando noto que él se acerca peligrosamente desde
mi posición. Luego se inclina como si quisiera darme un beso y mi cuerpo entero tiembla con horror.
Me aparto de un salto.
—¡Oye, vaquero! Recuerda lo que dijimos: nada de contacto físico, y besarse incluye contacto.
Una sonrisa le abarca toda la cara mientras me mira de manera divertida.
—No seas tan presumida, no iba a besarte. Estás sentada sobre mi camisa y no quiero que tu trasero
lodoso la ensucie.
Veo la camisa en cuestión, y él la toma para apartarla de mi camino. No es la primera vez, ésta noche, que
me siento tan estúpida.
6
Cómo prometí fingir que me gustabas
Yo no pertenezco a lugares como estos: finos, elegantes, con lujosa vajilla y gente vestida de etiqueta. Lo
mío es más sencillo y menos ostentoso, supongo que la falta de dinero es el que pone los estándares para
mi poca visión en cuanto a lujos.
Key me sostiene del brazo, procurando que mi copa de champaña siempre sea llenada cada vez que la
acabe, y me pasa bocadillos raros y exóticos que me dejan la lengua en un constante hormigueo.
Él me presenta a mucha gente cuyos nombres jamás volveré a recordar, y rostros a los que raras veces
veré en esta vida.
Aunque de todos, destacan algunos como el de Rony. Oh sí, el tipo es enorme y masivo, peor que mi jefe,
Cliff, quien ocupa dos sillas para sentarse en su escritorio personal.
Cuando Rony me saluda, Key trata de contener la risa y mira hacia otro lado. Su hermana mayor no deja
de mirarnos en la distancia, y observa cómo interactúo alrededor de él. Es vergonzoso. ¿Se supone que
dije que Key me intercambia con este tipo? ¿Y que me obligaba a llamarlo papi? Me retracto de mis
palabras. Ojala me las pudiera tragar; deseo meter mi cabeza en un hoyo bajo tierra y nunca salir.
—Tu cuello se pone rojo cuando estás nerviosa —dice Key una vez que acaba con mi tortura y me lleva
hacia otra parte del salón, apartándome de Rony y sus bizarras historias de pesca.
—También me da comezón bajo las axilas —admito.
Él ríe y toma otro sorbo de su bebida. Apenas la ha tocado, en cambio yo, ya voy por la tercera. Tal vez el
alcoholismo venga de familia; si mi padre fuera un invitado, ya estuviera en medio de la habitación, boca
abajo y con vómito fresco en la comisura de sus labios. Los Day no sabemos cómo beber correctamente y
con moderación.
—Mia no ha dejado de vernos —dice él, mirándola discretamente.
—Tampoco tu hermana. Creo que no le agrado.
—Naa, ella sólo está actuando como la pequeña defensora de los derechos de la mujer que es por dentro.
Ella encabezó una protesta contra el maltrato animal hace dos semanas y pensó que haría de eso su
vocación, luego renunció y mejor decidió defender los derechos de la mujer. Le doy tres días más antes
de que abandone ese sueño y se dedique a otra cosa. Siempre lo hace, cambia de parecer más rápido de lo
que un conejo defeca.
Hice una mueca ante su referencia.
—Gracias por esa imagen mental.
—Un placer.
Me guiña un ojo.
—¿Entonces? ¿Quieres bailar? —pregunta después de unos segundos.
Veo sus ojos color ámbar por un momento, luego elevo mi ceja.
—Sólo bailaría si me pagaras el doble. Yo soy pésima tratando de llevar el ritmo.
—Pues suerte para ti que yo soy muy bueno en ese tema: toco la guitarra en una banda, y digamos que no
lo hago nada mal. Llevo el ritmo en la sangre. Vamos, yo te guío. ¿O acaso me tienes miedo?
—No es miedo... Bueno, tal vez un poco.
—¿Por qué? Soy yo el que debería tenerte miedo. Si mal no recuerdo eras tú la que hablaba dormida y no
dejaba de repetir que había que proteger a los patos del agua.
—Yo no hablo dormida —sí, lo hago, mis hermanos ya me lo han dicho, pero prefiero no avergonzarme
más con el extraño.
—Sigo esperando mi respuesta, señorita —extiende su mano y la tomo, vacilante.
Él retira la copa de mi mano y se la pasa a uno de los meseros que no dejan de circular por toda la fiesta.
Me lleva hacia una improvisada pista de baile y, lastimosamente, la canción no cambia a una lenta sino
que seguimos con LMFAO.
—¿Sabes? Secretamente esperaba que al venir aquí, cambiara la canción —confieso. Estoy prácticamente
gritándole al oído para que pueda escucharme—. Esperaba que fuera algo así como en una novela: cuando
la chica es la correcta, la música se vuelve lenta… no más rápida.
Él se ríe y empieza a moverse para seguir el ritmo de la canción. Él sabe cómo hacerlo, hace que se vea
fácil y sensual.
—Sólo muévete —me grita cuando ve que no me muevo.
Asiento con la cabeza y empiezo a mover mis manos como si estuviera limpiando ventanas invisibles.
—Se supone que debes mover también los pies —se ríe.
Odio bailar. Soy poco flexible o creativa a la hora de hacer algún movimiento.
Trato de despegar mis pies del suelo y comienzo a pretender que piso cucarachas. Es muy difícil
sincronizar mis pasos pero estoy agarrando el ritmo lentamente.
Mano, mano, pie, pie. Mano, pie, pie, mano, cadera.
Doy saltitos y hago la cosa esa de pretender que buceo bajo el agua.
Después estoy moviendo solamente las caderas, de un lado a otro. Levanto las manos al aire y formo una
casita con mis brazos.
—Eres realmente mala haciendo esto —dice Key. Sus pasos son precisos y masculinos, completamente
sincronizados y suaves. Lo detesto.
Después de unos breves cinco segundos, él me toca el hombro y grita en mi oído:
—¿Quieres dejar de hacer eso?
—¿El qué?
—El pisa cucarachas. Parece más bien que intentas pisotear flores o apagar un cigarrillo. Déjame
enseñarte.
Levanta mis manos y las une con las suyas. Sé que ambos nos vemos patéticos, pero no está ayudándome
en nada su técnica.
—Esto no sirve —admito luego de un tiempo—. Prefiero seguir con mi técnica.
Separo nuestras manos y consigo hacer un paso más antes de oír que se ríe de mí.
—¿Y ahora qué? ¿De qué te ríes?
—¿Estás haciendo el Gangnam Style?
—No —hago una mueca.
—De acuerdo.
Seguimos bailando, hasta que no aguanto la risa y dejo de pretender que sé lo que hago.
Key se ríe y me saca de en medio de los cuerpos sudorosos. Sorprendentemente hay bastantes parejas
mayores en la pista.
Ahora estoy sudada y roja. Pronto Key me trae una copa de champaña y creo que moriré por intoxicación.
—Eso no fue tan malo —me dice.
Yo resoplo y luego río.
—Simplemente estás siendo amable. Soy un asco bailando, lo sé. No adornes la realidad.
—De acuerdo, fue espantoso. Listo, lo dije.
—Oh, ¿te sientes mejor contigo mismo por herir los sentimientos de una dulce chica?
—Estoy siendo valiente, aún no olvido que tienes gas pimienta en el bolso y que sabes cómo usarlo.
Sonrío sabiamente.
Pasan unos minutos y ambos nos calmamos hasta que nuestra respiración vuelve a la normalidad y yo
bebo todo mi licor.
Observamos a unas cuantas parejas bailar y nos perdemos viendo a una adorable anciana de cabello
blanco intentando seguir la música actual. Aun no entiendo cómo siendo la fiesta para la madre de Key,
todo se vea más bien adecuado para jóvenes fiesteros y revoltosos.
Así que le pregunto a Key y él me dice que sus hermanas mayores planearon todo.
Entonces le pregunto cuántas hermanas mayores tiene, y levanta dos dedos de su mano.
De pronto un chico rubio se acerca a él y ellos se pierden en una discusión que tiene que ver con la
hipotermia; asunto que no entiendo para nada y dejo de prestarles atención.
Después él me deja sola por unos minutos y el rubio lo sigue obedientemente hacia donde va.
Key ha sido una excelente compañía, incluso, cuando me ve aburrida y desmotivada, me sugiere que
rememore la cantidad de dinero que está pagando por mí y que al menos finja estar interesada en la fiesta.
Tal vez lo diga en broma, pero simplemente lo sé: yo no soy otra cosa más que una inversión con piernas.
Por un momento me engañé a mi misma pensando que él podía ver más allá de una simple chica de
cabello marrón y ojos oscuros, pero todo este tiempo puede que yo haya hecho castillos en el aire,
imaginando un momento que se miraba bonito únicamente en mi cabeza (producto de ver tantas novelas
coreanas y leer demasiado sobre Patch).
Además, es una forma poco profesional de mi parte. Es trabajo lo que estoy haciendo, así como cuando
me presento a trabajar en el horrible restaurante quiera o no; o como por las noches tengo que asistir a la
universidad pública para graduarme de algo y ser una de las primeras en la familia en terminar una
carrera.
La diferencia de este trabajo y el otro radica en que aquí debo ser una perfecta actriz en todo momento.
Fingir que el hombre a mi lado me complementa y me hace feliz, incluso cuando apenas nos acabamos de
conocer hace unas horas y ni siquiera sé lo que le gusta desayunar o el ingrediente favorito de su pizza...
si es que le gusta la pizza.
Somos dos desconocidos tratando de aparentar ser algo que se da de forma natural y poco interesada
como lo es el amor.
Soy consciente que estoy siendo utilizada como chica rebote, chica llavero y como chica tonta. Pero
necesito ser esa chica en estos momentos. Sé las responsabilidades que me esperan en casa, sé que el
colegio de mis hermanos no se paga por arte de magia, así que aprieto los dientes y vuelvo a mi semblante
serio.
Después de unos segundos detengo a uno de los camareros que sirve un extraño aperitivo marrón y un
mini coctel de camarones.
Si esta va a ser la primera y la última noche que logre codearme con la alta sociedad... entonces tengo que
hacer que valga la pena.
Key todavía no regresa y no lo veo por ninguna parte así que no sé qué debo comer o que no. Después de
un tiempo de retener al camarero pulcramente uniformado, tomo el bocadillo marrón y lo llevo a mi boca.
Lo mastico y sabe bien. No sé por qué la gente piensa que los ricos tienen gustos diferentes en la comida.
—¿No te parece deliciosa la vejiga de ternero? —dice una voz femenina a mi lado.
¿Vejiga de... ternero?
Rápidamente escupo la cosa en la mano y comienzo a toser.
Trato de enjuagarme el sabor dando pequeños sorbos a mi champaña.
Una vez que creo que por fin soy capaz de no echarme a vomitar, miro de lado a la chica que me habló y,
para mi completa tortura, es la ex novia de Key.
Una vez más me deslumbro de lo hermosa que es ella: su cabello rubio es perfecto y tiene mechones
castaños que le dan volumen a su corte de pelo.
Es de ojos verdes y contextura pequeña pero bien formada. Cuando veo su piel pienso inmediatamente en
que debe pasar horas sumergida en una bañera con leche y humectante de avena. Para que alguien pueda
verse así de perfecta tiene que dedicar horas y horas a consentirse. La envidio, pero yo también tengo lo
mío y además, sé dar patadas en los testículos mejor que nadie. Apuesto a que ella ni siquiera se atrevería
a decir la palabra testículos en voz alta.
—Veo que no todos tienen el mismo paladar —habla de nuevo la rubia.
Mi mano todavía sostiene las sobras de la vejiga y me apresuro en robarle una servilleta a un camarero.
Limpio a fondo mi mano y luego le entrego la servilleta al pobre hombre que me mira con asco. Pongo
una pose con la que no me dejo intimidar y pronto él se va.
La rubia pasa los dedos por las puntas de su cabello, y cuando nota que yo no estoy diciendo nada, ella se
apresura a hablar:
—Creo que no nos han presentado. Soy Mia Makowski —extiende su mano con delicada y suave
manicura, y yo también extiendo la mía y la saludo.
—Soy... Rita. Rita Day.
Ahí, di mi nombre real.
Mia frunce el ceño y se muerde su labio inferior por un momento mientras procesa la información que le
acabo de dar.
—¿Rita? Oh, como la Power Ranger amarillo, ¿verdad? ¿La de la primera generación?
Elevo ambas cejas y espero a que diga más pero no lo hace.
—Ummm, en realidad, la Power Ranger amarillo se llamaba Trini.
—Oh, como sea, yo estaba demasiado pequeña como para recordar muy bien esos detalles. Déjame
preguntarte algo —hasta ahora su tono de voz es calmado y amigable. Podría jurar que incluso es tímida y
bastante simpática para ser una infiel que engañó a Key y se acostó con otro hombre—. ¿Tú viniste con
Key?
La examino de pies a cabeza sin que sea tan obvio, y luego asiento.
—Sí, él me invitó.
—Oh —ella agacha la mirada y se concentra firmemente en el suelo de madera bajo sus pies—. ¿Él y tú
son... novios?
—Sí. ¿Alguna razón importante para preguntar?
La veo hacer un puchero y nunca despega la vista del suelo. Me niego a creer que ésta es la misma chica
que me habló rudo aquella mañana que me encontró, o al menos pienso que no es la misma "perra
mandona" que describió Adam hace unas horas atrás.
La chica se mira adorable e incapaz de matar a una mosca. Tal vez de verdad esté arrepentida...
—Es que yo... —Mia traga y se le encoge la voz. Se nota incómoda por la situación— yo quisiera que me
permitieras bailar una canción con él. Sólo una. No sé si ya te dijo que yo fui su novia, pero las cosas no
terminaron bien entre él y yo...
—De acuerdo —la interrumpo— pero no es a mí a quien debes preguntarle, ¿sabes? Es a él.
—Muchas gracias. De verdad quiero disculparme.
Y como si Key supiera que hablamos de él, aparece en mi visión periférica y comienza a avanzar en
nuestra dirección. Desde aquí puedo ver la cara de molestia que pone al ver a Mia.
Se para a mi lado y me toma gentilmente del brazo.
—Mia, creí que ya no teníamos nada de qué hablar —le dice. La pobre chica se ve mortificada y sus
mejillas se tornan de color rosa pálido.
—Solo quería bailar un momento contigo — responde ella con voz insegura y baja—. Me iré dentro ocho
días y no quería hacerlo sin antes despedirme de ti y arreglar las cosas contigo.
Key hace una mueca y yo estoy a punto de alejarme para darles más privacidad, cuando, él me sujeta el
brazo y no me deja ir más allá de unos pasos.
—Entiendo que ahora tienes novia... Me parece perfecto. Pero yo solo pido una última canción. ¿Qué
dices? —suplica ella.
Key aparta la vista y la fija en un tipo con calva que se está devorando toda la vejiga de ternero. Ojala
alguien instruya al pobre hombre y le diga lo que está metiendo a su boca... o tal vez ya lo sabe, no sé.
—Rita, ¿estás bien con esto? —me pregunta él finalmente.
Yo asiento enérgicamente, tal vez lo que él necesita es un buen cierre en su relación.
Key deja ir mi brazo y toma la delicada mano de Mia para dirigirse juntos a la improvisada pero bien
armada pista de baile. Apenas y ponen un pie cuando la música está cambiando y... sí, empiezan las
lentas.
Veo a Key bailar con Mia durante los próximos minutos; no lo hacen como probablemente nosotros lo
estábamos haciendo, ellos sí llevan el ritmo de la música, jamás desentonan entre todos. Ahora suena una
de Jason Mraz que habla de la suerte que es estar enamorado de tu mejor amigo.
Sólo he estado enamorada una vez, fue hace tres años y las cosas no funcionaron para ninguno. Ahora él
está casado con una chica mucho más joven y trabaja el doble para pagar las cuentas. El amor nunca me
ha tratado de buena manera, por eso ya no lo espero con los brazos abiertos, ahora lo hago con una daga
en la mano y con mi leal, y siempre confiable, gas pimienta. Incluso aplasté a todas esas pequeñas
mariposas en mi estómago para que no se fueran a emocionar una vez más cuando viniera otro chico a
hablarme bonito y suave. Y hay que admitirlo: es mejor así. Prefiero patear traseros en vez de sentarme a
besarlos.
Justo cuando llevo lo último de mi copa de champaña a la boca, una sombra a mi lado llama mi atención
inmediatamente.
Es una mujer de mediana edad, delgada, alta y muy bonita. Puedo definir sus rasgos con una sola palabra:
regios.
Viste de negro y tiene unas piernas increíblemente largas y bronceadas.
—¿No te parecen una linda pareja? —me pregunta señalándome con la cabeza hacia Key y su ex novia.
—Parecen hechos en el cielo —respondo sinceramente porque es cierto: físicamente hablando, ambos son
perfectos entre sí.
Un mesero pasa cerca de nosotras y le dejo mi copa vacía y tomo otra con un líquido rosado dentro. La
mujer a mi lado también toma una y la huele, entonces sonríe y despacha al empleado.
—Es una lástima que las personas no tengamos un físico de acuerdo con nuestro verdadero ser interior —
me dice ella, luego se acerca a mi oído como si fuera a confesarme un secreto— ¿te imaginas? En esta
fiesta habría demasiada gente increíblemente fea.
Le sonrío a la extraña y agito mi copa en su dirección, ella me devuelve la sonrisa y ambas sorbemos
nuestra bebida al mismo tiempo. Sabe a fresa con menta y un toque sutil de alcohol.
—¿Entonces? —continúa diciendo ella— ¿Qué serías tú si se reflejara tu ser interior en la apariencia?
Lo pienso por unos segundos, aunque la verdad no necesito sopesarlo demasiado, lo he sabido todo el
tiempo, desde que hizo la pregunta.
—Probablemente sería una estatua. Una de pura y sólida roca.
—Es bueno ser de roca; el problema está en que en las pequeñas abolladuras pueden debilitarla con el
tiempo. Mejor sé mármol, es hermoso, práctico y firme.
Tomo un trago más y luego lo saboreo de mis labios.
—Pero el mármol también es demasiado frágil. Si hay alguien maltratándolo, se romperá con mayor
facilidad que la piedra.
—Mmm... veo tu punto. Me gusta. Eres piedra entonces. Yo sería algo así como la madera: firme pero
flexible. ¿Qué piensas? Ojala las termitas no acaben conmigo.
—Me parece perfecto —digo, aunque acabo de conocerla y no tengo idea de quién es o cómo es su
verdadera personalidad. Ella parece algo más que madera (tal vez un brazalete de diamantes) pero
presiento que todo le quedaría muy bien.
Ella sorbe y luego suspira mientras continúa viendo en dirección a la pareja que ha logrado llamar la
atención de varios en la habitación.
Ella no se va, y a pesar de que nos quedamos observando a Key y a Mia, ninguna vuelve a decir nada.
De repente, la música se interrumpe y una chica altísima toma uno de los micrófonos de la mano del DJ
ubicado en una esquina.
Una gran luz naranja la ilumina, haciendo que todos los ojos vayan a ella.
—Bien, llegó el momento de partir el pastel de la cumpleañera —dice con una sonrisa contagiosa en el
rostro—. Luego pasaremos la velada en las afueras de la casa, en donde más comida y bebidas serán
servidas. Ahora, necesito llamar a la privilegiada de la fiesta y a sus hijos. ¿Mamá? Ven por favor. ¿Key,
Pam?
La gente comienza a señalarlos y, a la distancia, noto que Key se mueve hacia donde está la chica (que
supongo es su otra hermana). Mia lo sigue desde cerca y le sonríe con fervor. Tal vez mis servicios dejen
de ser requeridos dentro de poco porque parece que Key se reconcilió con ella; y es lo mejor ya que
empiezo a desconfiar en que la gente se crea nuestra mentira. En más de una ocasión me equivoqué y le
dije a sus amigos que nos habíamos conocido hace doce semanas en un puesto de comida rápida, en lugar
de decirles que fue hace quince semanas en uno de sus conciertos (al parecer él toca en una banda local)
como habíamos acordado anteriormente.
La chica con el micrófono vuelve a llamar a los involucrados y, esta vez, Key y su hermana mayor ya
están ubicados al frente de la multitud pero no hay nada de su madre.
—¿Mamá? ¿Dónde estás? —dice la chica. Ahora que Key está a su lado, ella se ve una cabeza más alta
que él.
—Supongo que tengo que ir —susurra la mujer junto a mí. Mis ojos se amplían cuando el significado de
sus palabras me golpea en la conciencia.
¡Ella es la mamá de Key!
—¿Usted es... ? —me quedo sin aire— ¿Usted es la madre de Key?
Vaya, yo jamás me llevo bien con la madre de alguien. No sé qué es, tal vez un repelente que las aleja de
mí.
—¿Yo? —dice ella. Entonces al fondo escucho aplausos y gritos de ánimo y veo a una mujer delgada y
en forma acercarse al pastel. Key corre a abrazarla, y sus hermanas hacen lo mismo. Ella debe ser la
madre, ¿pero quién es entonces... ?
La mujer a mi lado me mira con una sonrisa empática en el rostro.
—Yo soy la madre de Mia —dice encogiéndose de hombros.
La veo por más de medio minuto, hasta que se ríe de mi expresión.
—Fue un placer platicar contigo —dice finalmente— pero me tengo que ir. Si no logro encontrar a mi
otra hija, Rosie, es capaz de comerse todo el glaseado del pastel y no dejarle nada al resto de la multitud.
Oh, y por cierto, Mia no es siempre lo que aparenta. Es estratégica y sí, a veces puede ser fría con la
gente, pero de verdad está arrepentida por todo lo que pasó con Key... si es que él ya te informó de la
situación.
Asiento con la cabeza.
—Bien entonces —dice ella— me voy. Pero me encantó saber que ahora Key está en buenas manos.
Salúdalo de mi parte.
Y diciendo eso se va, dejando una ola de perfume a su paso.
Justo ahora estoy realmente confundida.

****
Esto es ridículo. Es cerca de la medianoche y lo único que he hecho es embriagarme con las pequeñas
bebidas rosadas y con olor a menta; no he tocado el trozo de pastel que me sirvieron en la fiesta, y soy la
cena de miles de mosquitos porque, al parecer, logran traspasar las bonitas mallas que me prestó la
hermana mayor de Key.
Los invitados beben todo el licor como si no hubiera un mañana mientras que yo no puedo evitar apreciar
toda la casa desde afuera dado que estamos en el jardín.
Hay antorchas encendidas por todos lados y la música cambió drásticamente después de las diez. Ahora
alguna melodía suave y extranjera suena de fondo en medio de las carpas instaladas sobre el bonito
césped recién cortado.
No he sabido nada de Key debido a que continúa discutiendo-hablando-bailando con Mia. Tampoco he
vuelto a ver a la mujer que aseguró ser madre de la rubia aquí presente.
Hay varios señores mayores hablando de negocios y fumando como chimeneas; todo el humo se va
directo a mi cara ya que estoy justo en la mesa detrás de ellos.
Odio esto.
Necesito que Key me pague lo que me debe y así puedo pedir tranquilamente un taxi e irme a casa. Sin
esperar más tiempo, me levanto de mi asiento y empiezo a buscar en medio de las masas por algún chico
de cabello claro con aspecto de vaquero, pero no logro encontrar a nadie que llene la descripción.
Me detengo frente a un chico muy alto y le pregunto si conoce a Key y si sabe dónde está. No recibo
ninguna respuesta a cambio.
—¿Cuántos tragos has tomado? —una chica bajita me agarra del codo y me lleva a toda velocidad frente
a una mesa para que me siente.
—No he tomado muchos, ¿por qué?
—Por que le estabas hablando a una palmera. Ahora, dime la verdad sobre mi hermano, ¿cómo se
conocieron?
No digo nada por los próximos dos minutos y ella se está desesperando.
—Cuéntame.
—Bien, te va a sonar cliché pero… —me quedo callada de nuevo. No sé cuánto decirle a ella, finalmente
le cuento todo—: él me pagó para hacerme pasar por su novia.
La chica, que ahora reconozco como Pam, suspira y se reclina en su asiento.
—Lo sabía —creo que la he escuchado decir eso muchas veces—. Lo sospeché, mi hermano se puso raro
desde la mañana, cuando le dijeron que Mia estaba en el país e iba a venir a la fiesta de mamá. Y de la
nada aparece con una novia a la que jamás había visto.
Se queda pensativa por unos momentos y luego su atención regresa a mí.
—Bien, ahora yo te hago otra propuesta distinta a la de mi hermano —dice mientras cruza sus brazos
frente a su pecho.
Hago una mueca y visualizo a uno de los camareros con más de las deliciosas bebidas rosadas.
—Estoy siendo muy cotizada esta noche —digo. Doy un pequeño hipo e inmediatamente me llevo mi
mano a mi boca, avergonzada por mi manera de actuar.
—Te pagaré para que hagas algo por mí… por mi hermano, mas bien. Noto que eres bonita y con un
carácter de acero así que…
—¿De acero? —la interrumpo— tampoco soy una regla, digo, no todo el tiempo soy tan dura con las
personas, yo no…
—De acuerdo, de acuerdo… déjame terminar.
Finalmente el camarero se acerca a nuestra mesa y le ofrece a Pam una bebida, pero ella la rechaza. Yo
trato de obtener una, y ella inmediatamente me da un golpecito en la mano.
—No bebas mientras discutimos de trabajo y cosas importantes.
Bajo la cabeza y el chico uniformado se va.
—¿En qué estábamos? —pregunta Pam—. ¡Ah, sí! Te voy a pagar para que finjas que te gusta mi
hermano.
Al decir eso, alzo la cabeza y la quedo viendo a la cara.
—¿Qué? ¿Por qué haría eso?
—Porque aunque él no me lo diga, sé que está mal por lo que Mia le hizo. Nunca la va a superar si sigue
enamorado de ella. Además, mataríamos dos pájaros de un tiro: hacemos que se olvide de Mia, y
apartamos a los buitres que andan tras él.
Me señala con la cabeza hacia una multitud de chicas apiladas viendo fijamente hacia una dirección. Sigo
sus miradas y finalmente noto a Key. Está sentado frente a Mia y ninguno habla por los momentos. Mia
tiene la mirada distante.
—Pero mi acuerdo con él era sólo por esta noche. ¿Cómo se supone que haga para “conquistarlo” con mis
encantos naturales si no vuelvo a verlo?
—Mmm… —ella parece pensarlo por un rato, finalmente dice—: déjame eso a mí. Yo me encargó. Ah,
una última cosa.
Trago saliva.
—¿El qué?
—No le vayas a decir nada a Key, por nada del mundo —levanta su mano para dejarme bien en claro el
asunto—. Ahora sí, ¿vas a prometerme fingir que te gusta?
Hago una mueca y desvío la mirada.
Me siento mal por lo que sé que voy a hacer.
—Está bien —digo —. Pero sólo porque ocupo el dinero… no porque me guste traicionar los
sentimientos de una persona… o engañarla.
—De acuerdo. Tú y yo tenemos un trato entonces.
Ella extiende su mano para estrechar la mía, y así cerramos el negocio.
7
Cómo supe que mis genes estaban infectados.
Rita
A veces ni una buena taza de café te salva para quitar de tu cara la amarga sensación de despertar
temprano un lunes por la mañana. Yo sin mi café diario me vuelvo una zombi come cerebros que escupe
fuego por la boca (o al menos eso me han dicho mis hermanos).
Hoy no es la excepción; voy arrastrando los pies por el suelo de cerámica barata y hablo en monosílabos
mientras retiro la lagaña de mis ojos. Anoche volví a quedarme dormida con el maquillaje y la ropa
puesta, y como hablo mientras duermo, mis cuerdas vocales amanecen doloridas y mis labios lucen
agrietados y resecos.
Voy directo a la cocina en busca de un vaso de agua y mi ración diaria de cafeína.
Detesto los lunes.
—Pareces una vagabunda —dice Rowen, el menor de mis hermanos.
Tiene siete años y está en la etapa de no moderar sus comentarios, o nada de lo que le pase por la cabeza
en ese momento, sea bueno o malo.
Él está sentado en la mesa de la cocina, comiendo cereal Froot Loops mientras mira las caricaturas. Sus
pies cuelgan de la silla y los mece de un lado a otro.
—¿Eh? —exclamo. No tengo fuerza para hablar en frases completas.
Me dirijo a tientas hacia la refrigeradora, saco el jarro de agua y me sirvo un poco. Bebo con lentitud
mientras trato de abrir bien los ojos y concentrarme en las labores pequeñas como recordar si hoy me toca
usar el uniforme rosa o el verde en el trabajo.
Enciendo la máquina para hacer café y tomo asiento al lado del niño.
—¡Pareces una vagabunda! —repite Rowen, me toca el hombro con la punta de su cuchara para hacer su
punto más factible, y luego vuelve su atención a su cereal, separando los sabores y comiéndose
únicamente los aros de color rojo.
Rowen fue producto de un amorío que tuvo mi madre hace siete años con un vendedor de bienes raíces
quien no quiso hacerse cargo del niño, así que ella tuvo el descaro de traérselo a papá para que
cuidáramos de él. La muy sinvergüenza lloró para que papá la perdonara y la aceptara de vuelta en la
casa; y como él carece de inteligencia (o respeto, amor propio, orgullo y sentido de la dignidad), la aceptó
aún sabiendo que nos iba a abandonar dos semanas después para irse a vivir con otro hombre. Lo ha
hecho desde que tengo cinco años, cuando huyó con el dueño de un circo de mala muerte. Para ella es un
hábito, para mí, una molestia. No es ella quien cría a los niños, soy yo.
Lo mismo pasó con mi otro hermano, Russell, lo trajo a casa cuando yo apenas tenía tres años, y lo dejó
al cuidado de papá. Claro que él los quiere a los dos como si fueran suyos, es un buen hombre pero algo
tonto.
Cada vez que Rita Lane, mi madre, aparece en esta casa es para, o dejar tirado a un nuevo hijo, o para
pedir dinero cuando uno de sus amantes deja de darle. No ha aparecido desde hace siete meses, y sus
visitas son esporádicas. Ya nadie la extraña por aquí y los chicos no saben si llamarla mamá o señora
mientras ella les trae regalos baratos (del tipo que encuentras a última hora en una gasolinera). Desearía
que olvidara donde vivimos y nos dejara ser felices, pero sabiendo que dentro de poco se quedará sin
dinero, espero lo peor.
—¿Qué te pasó en la cara? Parece como si un payaso la hubiera vomitado —es lo primero que dice
Russell, mi otro hermano, entrando a la cocina con su uniforme escolar. Toma una naranja de la cesta de
frutas y comienza a jugar con ella, lanzándola al aire, de arriba abajo.
—¿Qué les pasa a ustedes dos? —les reclamo— ¿Por qué únicamente se empeñan en decirme cosas feas?
—Mírate en el espejo, decirte bruja sería todo un cumplido.
Russell siempre ha sido sarcástico, peor ahora que tiene dieciséis años y actúa como si se creyera el
ombligo del mundo. Y no ayuda en nada el hecho de que es apuesto y las chicas se revuelven al verlo.
Hay varias que lo siguen de camino a la escuela y le dejan notas de "Tienes un cabello increíble" o "¿Te
han dicho que hueles a menta?" pegadas en sus libretas de clase.
Le lanzo a él un poco del cereal que Rowen apartó de su plato, y cae justamente cuando está abriendo la
boca para hablar.
—Sean respetuosos con su hermana mayor, les advierto que dejaré de pagar el cable si se siguen portado
mal conmigo. ¡No habrá nada de Nickelodeon por las tardes!
—¡Oye! —protesta Russell, Rowen lo imita y hace lo mismo— Yo no miro Nickelodeon, eso es para
bebés.
—¡Sí, para bebés! —dice Rowen, aunque sé que le encanta ver Bob Esponja en ese horario.
—No me provoquen o dejaré de alimentarlos a ambos. Y antes que se me olvide, Russ, hoy tienes que
llevar al abuelo al barbero, el cabello ya le toca los hombros.
Instantáneamente él hace una mueca.
—¡Rita! Tengo una cita en la tarde.
—¿Con quién? —pregunto de manera sospechosa.
—Con Irene.
—¿La de pecas en la cara o la de cabello negro que ríe mal?
Veo cómo sus mejillas se colorean un poco.
—La de las pecas.
—De acuerdo, pero nada de ir al cine.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Elijan un lugar más… iluminado donde se puedan ver la cara.
—¿Crees que me aprovecharía de ella en una sala de cine?
Sé que si fuera yo la chica a la que alguien como él invitaría al cine, aprovecharía la oportunidad. Creo
que saqué eso de los genes de mi madre. Nótese mi grandioso ADN: el alcoholismo corre por la parte de
mi padre, y la lujuria sin freno, por la de mi madre.
—Tienes dieciséis —le recalco— yo a tu edad hacía cosas peores.
Él se queja y, en medio de protestas y quejidos, me dirijo a mi amada cafetera de segunda mano que
produce el delicioso líquido sin el que no podría despertar por las mañanas.
Mientras me preparo una taza, veo mi rostro reflejado en la superficie de la tostadora de metal.
Ellos tienen razón, parezco un payaso... o una vagabunda. El lápiz labial se sale de mi boca, y las
sombras, que tan cuidadosamente había aplicado ayer, hoy son nada más que enormes parchos que me
dan el aspecto de un mapache.
Mientras espero a que el café esté listo, me dirijo al cuarto de baño para limpiar los restos de una noche
bastante extraña en el restaurante. Anna, mi amiga y compañera de trabajo, estuvo distraída durante horas
y parecía tener la cabeza en otro mundo. Al final, terminé dejando que descansara un rato mientras yo
continuaba atendiendo sus pedidos.
Cuando la noche acabó, yo era un desastre de pies a manos.
Ahora me limpio la frente con cuidado, llevándome los restos de un mal día, y justo cuando estoy por
terminar, escucho un grito de frustración venir de la habitación contigua, la de mi papá.
Una de las grandes desventajas que tiene esta casa es que las paredes son tan delgadas que parecen hechas
de papel. Todo lo que diga en voz baja se escucha amplificado por cada rincón de las habitaciones. Así
que no me sorprendo cuando oigo la interesante conversación que tiene papá y cómo parece que está al
teléfono, discutiendo con alguien más. Se oye molesto.
—¡No pueden hacerme esto! —dice él, oigo la desesperación en su voz—. ¡Tengo una familia que
mantener!
Resopla al oír la respuesta de la persona al otro lado de la línea.
—Está bien, muchas gracias por informarme.
Espera unos segundos y deja de hablar, por lo que creo que finaliza la llamada.
Regreso a la labor de quitar los restos de mi maquillaje y salgo del baño una vez que estoy limpia y
fresca.
Me encuentro con él en el pasillo, tiene sus ojos inyectados en sangre, y su cabello con raíces canosas ha
crecido más de lo usual. Él evita verme por mucho tiempo y camina en silencio hacia la cocina en donde
lo sigo y lo veo servirse café en una taza con forma de gato que dice: “ten una mañana perrrrrfecta”. Russ
se la compró por su cumpleaños hace unos cinco años atrás.
—¿Todo bien? —pregunto casualmente.
Asiente con la cabeza y pretende buscar comida en los gabinetes en donde por lo general guardo los
condimentos y los cereales.
Sé que algo está pasando pero parece que no me quiere decir nada. Desde donde estoy parada, a menos de
dos metros de distancia de él, puedo oler su aliento a alcohol puro que se mezcla con la pasta de dientes
que usó para cepillarse esta mañana, y ahora también se une con el café que se lleva a la boca.
Está a punto de ser despedido del trabajo si vuelve a llegar oliendo como a bar de carretera; pero veo que
saberlo no le da ni frío ni calor.
—¿Vas a ir a trabajar hoy? —me pregunta todavía sin mirarme a los ojos.
—Sí. Me voy a cambiar dentro de unos minutos, ¿por qué?
—Porque hoy me voy a quedar en casa; me siento mal y estoy cansado. Tomaré café y le haré comida a tu
abuelo. El viejo se levanta de mal humor si no hay una buena carne en el desayuno, sabes cómo es.
—¿No te van a descontar este día de pago en el trabajo? No quiero ser la mala del cuento, pero ocupamos
el dinero más de lo que ocupamos que te quedes en casa. Además al abuelo le estorba que haya gente
alrededor cuando mira p-o-r-n-o barato en la televisión.
Antes que papá pueda argumentar algo, Rowen se escabulle bajo mi brazo y pregunta:
—¿Qué es porno?
Miro nerviosamente en dirección a papá y él se encoge de hombros, respondiendo silenciosamente a mi
pregunta de quién le enseñó a Rowen a deletrear.
Busco los ojos del pequeño bribón y me agacho hasta llegar a su altura.
—¿Ya sabes deletrear? —interrogo, mi voz suena estupefacta— ¿Cuántos años tienes? ¿Siete, verdad?
Por algo se supone que deletreo la palabra, para que no la entienda y no me haga preguntas como ésta
después.
—¡Claro! —responde alegremente— ¿Es alguna nueva serie? ¡Si es así yo también quiero verla! —y sin
previo aviso, el niño corre hacia el pasillo de las habitaciones y se mete en la del abuelo. Todos oímos
cuando grita—: ¡Abuelo, miremos porno!
Como dije antes, la depravación corre por nuestros genes. Es absurdo.
—¡Rowen, ven aquí! —grito, estoy histérica cuando Russ y papá se ríen.
Yo no lo veo gracioso.
Él sale de la habitación del abuelo y se para frente a mí.
—Dice el abuelo que no hay problema, piensa que estoy demasiado pequeño y que va a arruidnar…
arruirr… arruinar mi mente pero que nunca se es demasiado joven para empezar.
Ruedo los ojos y me agacho para verlo directamente a la cara.
—En primer lugar, nunca se te ocurra mirar… esa nueva serie con el abuelo. Es sólo para adultos
aburridos que no tienen nada que hacer. En segundo lugar, ¿cuándo aprendiste a deletrear?
El niño se encoge de hombros y se empieza a revisar las uñas de las manos.
—Te oí el otro día —dice para mi mortificación—, decías que han pasado años desde que tuviste a-c-c-i-
ó-n. Le pregunté a mi maestra qué significaba y ella me dijo que se sentía de la misma forma… luego le
pregunté a la mamá de To…
—Ya, está bien. No necesito todos los detalles —digo con mi cara ardiendo en vergüenza—. Nada de
escuchar y repetir conversaciones ajenas con la gente. Y si vas a hacer uso del deletreo entonces dejaré de
hacerlo.
Niega con la cabeza y regresa su atención a la pantalla del televisor en donde Dora la exploradora intenta
cruzar un pantano usando los colores del arcoíris. Buen niño.
Cuando vuelvo a alzar la vista para confrontar a papá, él ya no está. Se esfumó a la primera oportunidad
que tuvo de hacerlo. Pero la casa es pequeña y ningún sonido pasa desapercibido.
Camino hacia su cuarto, y cuando estoy a punto de tocar la puerta, lo oigo hablar de nuevo por teléfono.
—Soy yo otra vez. Lo entiendo...
Hace una pausa y luego continúa:
—Por favor Sr. Gaspar, necesito el empleo. No me despida… Yo sé pero...
Y no ocupo escuchar más porque esa sola frase tiene el poder de mandar a mi mente a kilómetros de
distancia.
Despidieron a mi padre. Lo despidieron y ahora la única persona que trabaja en la casa soy yo.
Lo despidieron y tenemos deudas pendientes.
De repente sólo siento ganas de echarme a llorar. Pero no lo hago, Rita Day es demasiado orgullosa como
para dejarse llevar por las estúpidas lágrimas, así que simplemente me quedo escuchando el resto de la
conversación. La voz de papá se oye cansada y melancólica a medida que pasan los segundos. Sigue
suplicando por su puesto en la empresa de publicidad Red Bird en donde comenzó siendo jefe del área de
imprenta, y terminó trabajando en la bodega. Antes, papá solía ser un buen hombre de negocios, pero
luego conoció a mi madre y su vida se arruinó por completo. Se dedicó a la bebida cuando ella nos
abandonó, y desde entonces no ha podido salir de ese vicio.
Me aparto de su puerta cuando termina la conversación y creo que me va a descubrir espiándolo, así que
me dirijo a mi propia habitación.
Me siento sobre mi cama por unos silenciosos segundos y distraídamente observo el mural dedicado a los
dioses del fútbol que abarca toda una pared de mi dormitorio. Recorte tras recorte de periódico y revista,
en donde apareciera el cuerpo o la cara de algún guapo jugador de fútbol, se superponen para formar un
enorme collage de piso a techo.
Lo comencé hace unos cinco años atrás cuando buscaba poner mi mente en una cosa y olvidar los
problemas, simplemente concentrándome en realizar pequeñas labores que me mantuvieran ocupada.
Voy a tener que buscar un nuevo pasatiempo.
Cuando estoy más calmada, me dirijo hacia el baño y abro la ducha para restregar los restos de un día que
apenas comienza.
Al salir, y dirigirme a mi habitación, enciendo la radio y comienzo a pasar por las estaciones hasta que
elijo una local y me detengo al oír la melodía de una canción que se me hace vagamente conocida.
A medida que avanza la música, empiezo a vestirme con el uniforme barato, vulgar y denigrante que nos
hacen usar en el restaurante (no me quejo porque me hace ganar más propina) y empiezo a seguir el ritmo
de la canción que está sonando, lo que sea por dejar de pensar en el despido de papá y lo que eso
significará. De todas formas, sé que él puede conseguir otro trabajo... No, no puede. Ya tiene cuarenta y
ocho años y es alcohólico empedernido, nadie querría contratarlo. Sé que yo no le confiaría ningún puesto
en ninguna empresa.
Suspiro resignada y empiezo a abrocharme botón tras botón.
Entonces recuerdo que no todo está perdido porque aún queda la hermana de Key que me ofreció una
generosa suma si fingía enamorarme de su hermano. Pero hizo la propuesta hace una semana y no ha
tenido la decencia en llamarme o decirme qué hacer de ahora en adelante, cómo proceder o cuándo vería
de nuevo a Key.
Le dejé mi número de teléfono y ella me aseguró que estaba ansiosa por empezar el "negocio" lo más
pronto posible. Pero heme aquí, sin noticias de esa loca propuesta que de seguro acabará en problemas.
Me muerdo el labio en busca de respuestas y pronto escucho a Russ gritar mi nombre diciendo que se va a
clases y se lleva a Rowen a la escuela.
Yo grito algo parecido a un agradecimiento.
Esa es básicamente la rutina de mis mañanas, con excepción de mi padre siendo despedido de su trabajo.

*****

La hora del almuerzo es un caos en el restaurante.


Anna está a mi lado encargándose de la segunda caja registradora, y ambas estamos sudando con la
cantidad de gente que parece ir en aumento.
Ni que las hamburguesas que servimos fueran bañadas en oro, pero uno pensaría lo contrario al ver a
tantas personas absorbiendo lo poco del aire acondicionado que nos llega.
No pretendo fingir que no sé que los clientes masculinos se quedan viendo demasiado tiempo a nuestro
escote; de vez en cuando, principalmente cuando no falta un bastardo que insinúe cosas cochinas, me
gusta informarles que mantengo guardada una navaja suiza en dicho escote, y que tengo un certificado
aprobado por la escuela médica para realizar castraciones.
Eso los asusta a la mayoría, creyendo en la seriedad que ven en mi rostro, pero ninguno sabe que estoy
mintiendo. Me gusta mantener mi reputación de patea traseros, que me hace sentir más fuerte, a esperar
que la gente me vea con debilidad o empatía.
Ugg, no soporto la simpatía ajena.
—Oh por Dios... —escucho susurrar de repente a Anna. Ella tiene los ojos de un tono gris oscuro; su
rostro es de forma ovalada y sus rasgos y figura son pequeños y femeninos. Ahora tiene la boca abierta
mientras mira atentamente en dirección a la puerta de entrada.
Dirijo mis ojos hacia donde ella ve, y mi boca se abre también.
Es Adam.
¿Será que la hermana de Key le pidió que viniera a buscarme? Pero parece imposible, yo no le dije dónde
trabajaba.
¿Ella me siguió?
—Caray —murmura Anna—. Ella es rápida.
Entonces veo una mano con uñas color fucsia arrastrándose por el hombro de Adam. Una gran melena
pelirroja es lo siguiente que mis ojos capturan.
—¿Qué? —murmuro en perplejidad. Miro a Anna y aprovechó la indecisión de la mujer frente a mí
(quien no sabe si escoger una hamburguesa con res y tocino, o una de pollo) y agarro a Anna del brazo.
—¿Qué hace tu prima con él? —señalo disimuladamente en su dirección.
Ella inclina la cabeza y aparta la vista de ellos dos. La prima de Anna es una perra maliciosa, una devora
hombres que la buscan como si tuviera una vagina dorada.
Su nombre es Marie y tiene el cabello más anaranjado que haya visto.
Noto cómo ella sienta a Adam en una mesa cerca de una ventana, y se acerca hacia nosotras a paso
decidido.
—Conocimos a ese chico hace una semana y media —dice Anna rápidamente—. Me golpeé con algo en
la cabeza y él me ayudó a ponerme en pie y llevarme a un médico. Marie intentó ligarlo pero jamás pensé
que él caería tan rápido.
Hago una mueca de desagrado.
—¿No se supone que ella tiene novio? ¿Cuál era su nombre? ¿Wendel? ¿Menzel?
—Eder. Y yo también le reclamé lo mismo pero me aseguró que sólo está jugando. Ella piensa que me
creo eso.
—Zorra —digo con toda la intensión de mi alma.
La prima de Anna es una rata que no sabe pensar en otra cosa más que secuestrar hombres y follarlos.
Ninfómana maniaca. Pero como es la hija del dueño del restaurante, me veo en la obligación de comerme
mi mueca y besarle las rodillas de ser posible.
Entonces veo en dirección a Adam, quien está sentado con las piernas abiertas; tal vez no vino con la
intensión de buscarme. Pero si no es así, el mundo es una pequeña bola de coincidencias.
Marie finalmente se acerca hasta la caja registradora de Anna y no respeta a la mujer anciana pidiendo
aros de cebolla que está ordenando su comida.
—Oye, prima, ¿aun recuerdas a Adam Walker? —dice apartando a la mujer y poniéndole mala cara—. Lo
invité para un almuerzo en el restaurante de papá. Me gustaría que nos llevaras a la mesa unas cuantas
cosas.
Entonces se puso a nombrarle casi todo lo del menú hasta que concluyó su orden con las bebidas.
—Ah, y ya sabes, la factura va por la casa. Soy la hija del dueño, tengo privilegios.
Luego voltea a verme, tiene un mechón de pelo enroscado en el dedo.
—Rina, ¿cierto?
—Es Rita —digo con voz aburrida.
—Oh, claro. La mesa en la que estamos está sucia, deberían limpiar más este lugar. Ve y trata de no
espantar a mi chico.
Con eso ella se da media vuelta y camina de regreso a su mesa.
La odio. Me trata como si fuera invisible. La detesto.
Marie siempre trata de hacer sentir inferiores a todas las personas, pero con Anna es peor. Le gusta
restregarle su perfecta vida en el rostro y hacerla sentir que vale menos que ella.
Es odiosa.
—No te molestes —me dice Anna—, iré yo.
—No, voy yo. Quiero dedicarle unas cuantas palabras a tu prima.
Anna me detiene por el brazo.
—Ni lo sueñes. Voy yo. Además, nunca le di las gracias al chico por llevarme.
Curioso. Ella conoció a Adam en un accidente, y yo conocí a Key en un accidente también.
Juraría que el destino tiene una forma curiosa de llamar la atención.
Veo a Anna encargar el pedido de su prima, y, porque no puedo resistirme, me ausento un momento de la
caja para acercarme a Dulce, la chica que está haciendo las hamburguesas.
—Mmm —Dulce tiene un estilo gótico muy marcado. Usa una gruesa capa de delineador negro bajo los
ojos, y constantemente se repasa la boca con labial oscuro. Cliff le tiene miedo y por eso no la hace vestir
como a las demás, pero eso no detiene a Dulce para usar su propia ropa con calaveras y sus anillos con
esqueletos de pescados.
—¿Ocurre algo? —me pregunta ella.
—Es que… Cliff te está buscando. Me pidió que me encargue de la comida.
Soy muy buena mintiendo. Aprendí que el truco está en no dejar de ver a las personas a los ojos mientras
mientes.
Dulce asiente con la cabeza y me deja a cargo de armar las hamburguesas.
Sé que Marie detesta la cebolla así que tomo la orden de ella, la que está etiquetada como “sin cebolla”, y
mientras nadie está cerca para mirarme, desenvuelvo la hamburguesa de su envoltura de papel, y escupo
encima de la lechuga. Luego la tapo con el pan de sésamo y empiezo a cubrirla de nuevo en su paquete,
antes de que pueda avanzar más, una mano detiene a la mía de seguir con mi labor.
—¿De verdad piensas entregar eso?
Entonces veo el arrugado rostro de Mirna.
—Por todos los cielos, Mirna, me asustaste —le digo, llevo una mano hacia mi acelerado corazón.
—¿Para quién es?
Miro con franqueza hacia sus ojos; Mirna tiene cerca de cincuenta años y una vida sexual muy activa (ella
se encarga de contárnosla siempre que puede). Es parte del equipo de limpieza, y creo que está enamorada
de Cliff. No lo sé, sólo lo he escuchado de boca de Anna. Pero sé que puedo confesarle la verdad sin
meterme en problemas.
—Es para la pelirroja —señalo más allá de la cocina, hacia las mesas.
Mirna mira en su dirección, luego toma la hamburguesa que escupí, y para mi sorpresa, la escupe
también.
—¡Eso es asqueroso! —le digo tapándome la boca. Salió algo de color amarillo espeso.
Mirna se encoge de hombros.
—Puede pasar como mostaza.
Me encargo de ponerle alguna salsa rosada encima para que no vaya a notar el sabor.
—No puedo entregarle eso a Marie. No soy tan mala.
—Si tú no puedes, lo haré yo. Estoy cansada que esa niña venga y me diga qué es lo que estoy haciendo
mal con la limpieza y con mi vida. El otro día tuvo el descaro de decir que te veías como una embarazada.
—¿Qué?
—Sí, luego se puso a hablar mal de Annita, ¿puedes creerlo? ¿De Anna? Dijo algo acerca de condones
y… me parece imposible creerle.
—Pero es que no podemos dejar que ella coma esto. Es asqueroso.
—Se lo merece. Dame a mí… no importa si es lo último que hago en toda mi vida, pero no descansaré en
paz hasta que ella lo pague al menos de esta forma.
Ella me arrebata la hamburguesa y empieza a envolverla hasta dejarla en perfecto estado.
Agarra la bandeja con el resto de las cosas que Marie pidió, y comienza a avanzar para llevárselas.
Anna la intercepta en el camino y la escucho decirle que ella se va a encargar de llevárselas. Pero
conociendo a Mirna, estoy segura que quiere ver a Marie directo a la cara cuando le dé una mordida a la
hamburguesa.
Esto no pinta nada bueno.
Mirna termina llevándole la hamburguesa a Marie, y espero que no sea Adam quien termine comiéndola.
Tal vez se la merece por andar detrás de semejante rata de alcantarilla.
—Cliff no me estaba buscando —escucho a Dulce acercarse a mis espaldas—. ¿Qué miras?
—Mirna y yo escupimos en la hamburguesa de Marie… y ahora ella la está mordiendo.
Hago una mueca de asco. ¿Por qué hice eso? Seguramente lo va a notar y entonces seré despedida más
rápido que papá.
—¿Escupieron la hamburguesa de alguien y no me lo dijeron? ¡Qué clases de amigas son! Para la
próxima inclúyeme también en la broma.
—Créeme, si ella no lo nota en esta ocasión, repetiremos todo en su próxima comida.
Sí, soy mala. Pero ella de verdad se lo merece. Además, está en mi código genético y no puedo luchar en
contra de eso.
8
Cómo comenzó el juego
Key
Soy un hombre de gustos sencillos. No ando presumiendo mis mierdas a la gente que tiene menos que yo,
y definitivamente no soy de los que se acuestan con diferentes mujeres todas las noches y se despierta con
resaca por las mañanas.

Sí, tengo pasatiempos caros pero ser mujeriego nunca ha sido cosa de bromear para mí. No sé cómo, los
chicos que conozco, logran hacerlo con éxito. Yo estaría harto después de la tercera salida. Eso no quiere
decir que no se me acelere el pulso o se me caliente la sangre al ver a una chica atractiva con la que
fácilmente podría perderme por un par de horas, pero luego llegaría el remordimiento de usarla sólo para
un revolcón. Y ese remordimiento es mi talón de Aquiles.
Es por eso que mis hermanas se pasan metiendo en mis relaciones y mis citas. Creen que me porto
demasiado bien y que hay muchas aprovechadas dispuestas a vaciarme los bolsillos. Así que cuando traje
a casa a Mia, una chica que me iguala o me supera en dinero, ellas encontraron otros defectos que ni
siquiera existían.
Piensan que ella sólo me utilizó para ganar fama y popularidad ante la gente de sociedad.
Sí, conozco a personas interesantes y que gozan de ciertas fortunas, pero ellos eran en mayoría los
contactos de mis padres, no míos. A mí siempre me gustó valerme por mí mismo y no por el apellido de
mi familia.
Pienso en todo esto mientras subo las escaleras y voy a paso rápido hasta detenerme frente a la puerta de
la habitación de Pam.
Entro abruptamente y paso sin necesidad de anunciarme o tocar; de todas formas la he encontrado en
tantos estados que no me importa cómo o con quién está ahora.
Un estante lleno de libros me recibe en la entrada, y puedo escuchar música sonando desde su portátil
mientras ella está recostada sobre su cama, boca abajo, leyendo un libro de contabilidad y marcando las
páginas con etiquetas de colores.
Al parecer ella no es la única ocupante, ya que mi otra hermana, Eileen, también se encuentra en el lugar,
sentada sobre un mueble rosado chillón, hojeando una revista.
Ambas alzan la vista al verme, y Pam baja su libro mientras comienza a examinarme de pies a cabeza.
—¿Por qué estás lleno de lodo? Vas a ensuciar la alfombra —dice de mala gana.
—Me importa una mierda la alfombra. ¿Me puedes explicar quién le pinchó la llanta delantera a mi auto?
Estoy respirando con dificultad, mi pecho sube y baja y mi ritmo cardiaco parece descontrolado.
Pam aprieta los labios y se cruza de brazos.
—¿Estás insinuando que yo tuve algo que ver?
—No. Estoy asegurando que fuiste quien lo hizo. Lo que quiero saber es por qué.
—Leen —dice Pam sin despegar sus ojos de los míos—. ¿Acaso me he movido de esta habitación en todo
el día?
Eileen niega con la cabeza, interesada más en su revista que en mi conversación con Pam.
Suspiro audiblemente y me paso una mano por la cara, frustrado y con deseos de lanzar cosas al aire.
—Sé que fuiste tú —la vuelvo a acusar—. Mi vehículo estaba bien ayer por la noche; tú le pinchaste las
llantas. Las dos.
—¿Y para qué haría algo como eso? Tengo mejores cosas que hacer.
Doy un resoplido y comienzo a formar puños con mis manos.
—Fácil. Sabías que hoy se iría Mia de vuelta a Berlín. Pero dime, ¿creíste que eso me iba a detener de
llevarla al aeropuerto o de despedirme de ella? No entiendo por qué insistes en meterte en mi vida.
Eileen deja su revista a un lado y comienza a prestar atención a la conversación.
—¿Eres tan patético como para llevarla al aeropuerto? —me pregunta. Después de unos segundos
comienza a reírse— ¡Ella te fue infiel! Y ya sabes lo que dicen: infiel una vez, infiel por siempre.
—¡Mia y yo hablamos! —grito, siento que tengo que defenderla de alguna manera—. Quiero que las
cosas con ella vayan bien. No tienen por qué meterse.
Pam rueda sus ojos y regresa la atención a su libro.
—Mejor vuelvo a meterme en los números —dice mientras continúa leyendo y balanceando sus pies al
ritmo de la canción.
—Pam...
—Mira, no entiendo cómo alguien que juraba amor eterno hacia la "novia" que nos presentó hace una
semana atrás, hoy esté furioso porque quisieron sabotearle su movida con su EX. Y ni siquiera es una
buena ex, es una desquiciada que te dejó en depresión cuando te partió el corazón porque la encontraste
sobre su "psicólogo" haciendo la posición del misionero versión salvaje.
—Eso ya es pasado —murmuro suavemente. No quiero reconocer que probablemente ella tenga razón.
Las imágenes de esa noche nunca se saldrán de mi cabeza.
—¿Pasado? La bruja te quebró por completo, te hizo polvo y escupió sobre lo que quedó de ti; pero claro,
anda, ve a cagarte en tu nueva relación con esa muchacha, ¿cuál era su nombre? ¡Rita! Ve, arruina la
última oportunidad que tienes de no ser el perdedor que quedó babeando por Mia Makowski.
—Tú no entiendes nada...
—No, Key. El que no entiende aquí eres tú. Esa chica es como un cáncer maligno; una vez que crees que
está fuera, siempre termina apareciendo e infectando nuevas zonas. Pero claro, no me escuches, a ver si
eso te sale bien.
Ella cierra el libro de un golpe, y luego sale furiosa hacia la puerta que conduce a su baño.
Suspiro en derrota mientras me siento en su cama.
Eileen carraspea e inmediatamente me vuelvo a verla.
—¿Y al fin? ¿Por qué estás lleno de lodo? —me pregunta.
Miro hacia abajo, a mis zapatos embarrados, y a la mitad de mis pantalones mojados y sucios. Hay
salpicaduras de lodo por toda mi camisa blanca.
—Tuve que tirarme al suelo para cambiar la llanta, el vuelo de Mia se acercaba y su madre terminó
llevándola al aeropuerto. Hasta después se me ocurrió pedir un taxi.
Soy como plastilina en sus manos, y ella lo sabe.
—¿Acaso estoy actuando mal por quererla de nuevo en mi vida? —le pregunto a mi hermana después de
unos segundos.
Ella se rasca la barbilla pensativamente antes de responder:
—Tu problema es que te aferras demasiado a las cosas del pasado. Me recuerdas a los faraones que
tuvieron que ser enterrados con sus pertenencias más valiosas porque no aprendieron a dejar ir... ¿sabías
que eran tan egoístas, que cuando morían, sus sirvientes eran obligados a morir con ellos? Bebían veneno
frente a sus tumbas y luego caían inertes al suelo.
—No entiendo qué tiene que ver conmigo.
—Pues que inconscientemente estás haciendo lo mismo. Nos estás arrastrando a todos a lo que será tu
entierro si insistes en cometer el error de seguir con una chica que no aprendió a respetarte. Que te sea
infiel quiere decir que no te respeta y que nunca lo hizo; no esperes ahora a que deje los malos hábitos, va
a seguir haciéndolo con o sin tu supervisión. Perro viejo no aprende trucos nuevos.
Antes de poder preguntarle más, ella se levanta del sofá felpudo y camina hacia la salida sin decir nada.
Eso es lo que pasa entre mis hermanas, Pamdora es el fuego, mientras que Eileen es el agua, capaz de
apagar ese incendio que Pam vive provocando.
¿Y yo? Yo soy un títere en medio de esas dos.
Suspiro cansado. Llevo una mano hacia mi rostro y pienso en lo que me ha estado diciendo Mia desde la
noche de la fiesta. Ella quiere que volvamos a ser como antes, quiere que comencemos a retomar nuestra
amistad, y después me aseguró que haría todo lo posible por recuperar mi confianza y regresar a la
relación estable que teníamos.
Prometí no meterme de nuevo en estas situaciones, ahora no estoy seguro de qué creer. El tiempo se
encargó de hacerme olvidar esos sentimientos de odio que tenía con ella, y ahora se me hace fácil
perdonar.
Me levanto de la cama de Pam y salgo hacia su balcón que tiene vista a las canchas de tenis detrás de la
casa. Saco un cigarro de mi bolsillo trasero y fumo para despejar mi mente.
Mia se despidió de mí esta mañana, la noté distinta, cambiada. Sé que ya no es la misma y no me estoy
basando en un presentimiento. Me baso en lo que vi, en los hechos que me demostraron que ella cambió
para mejor. Además las cosas con Rita son de mentira. Para que Pam no sospeche nada, estaré diciéndole
que ella y yo no hacíamos buena pareja y al final dejamos todo antes de complicarnos más. Lo último que
quiero es una relación ficticia para aumentar la tensión.
Termino lo último de mi cigarrillo y cuando me dispongo a entrar al dormitorio, ella sale del baño,
sujetando contra su oreja el extravagante y caro teléfono celular que papá le financió.
Me asomo disimuladamente entre las cortinas que tapan la vista al balcón, y veo que habla en total
modalidad de negocios mientras aplica algún líquido rojo a sus labios.
—Mira, te necesito entre hoy o mañana —dice a la otra persona, retoca su maquillaje frente al espejo de
cuerpo entero y se pellizca las mejillas—. Usa un vestido, algo de escote para mantener entretenido a Key
por un rato.
Ahora estoy escuchando con más atención.
—Yo sé, eres una chica perfectamente capaz de conquistar a alguien sin necesidad de mostrar piel pero...
Bien, solo ponte algo que lo deje desequilibrado por al menos unos segundos. ¿Tienes algún plan
preparado?... De acuerdo, podemos improvisar… ¿Gas pimienta? ¿En serio? Chica, eres mi modelo a
seguir… ¿también una navaja suiza? Wow.
Cambio mi posición y me acomodo contra la pared, esta vez no estoy tratando de ocultarme y no me
importa si me ve o no.
—Perfecto entonces. Te mandaré un mensaje con la dirección; lo llevaré a un club esta noche, será mejor
que él no sospeche nada. Si surge algún cambio de planes yo te aviso, Rita.
Oh, ¿Rita? ¿La misma Rita que yo conozco?
—Sí, sí. Pago por adelantado, ya me dijiste… Bien, nos vemos.
Pam termina la llamada y sigue sin fijarse que estoy con un pie afuera y el otro adentro de su dormitorio.
Finalmente se da la vuelta y me ve ahí.
Abre sus ojos como si estuviera a punto de ser atropellada por un tren de carga y sabe que no puede
salirse del camino. Está frita.
—N… no… ¿qué… cua…? —balbucea sin control. Entonces sacude su cabeza y respira hondo antes de
intentar hablar de nuevo—. Pensé que ya no estabas en la habitación. ¿Todavía no has ido a comprar un
boleto de avión para perseguir a Mia hasta Berlín?
Niego lentamente. Ni siquiera despego mis ojos de los suyos.
—¿Con quién hablabas?
Ella se pone nerviosa. Puedo decirlo porque comienza a presionar sus uñas contra la palma de su mano.
—Con Arnold, mi novio, el chico de anteojos, ¿recuerdas?
—Qué curioso. Por un momento pensé que hablabas con Rita.
—¿Rita? No sé de qué hablas.
Me despego de la pared y me paro frente a ella, cruzándome de brazos y luciendo mi intimidante estatura
contra la suya; aunque creo que hasta una cría de doce años le ganaría en intimidación por altura.
—No te hagas la tonta que eres demasiado inteligente como para ignorarlo. Rita, la chica que traje al
cumpleaños de mamá. ¿Por qué hablabas con ella?
—Porque le pedí su número… solo trato de hacer lo que una buena cuñada haría.
Camina hacia el espejo y comienza a cepillarse el cabello. Su mano tiembla ligeramente y se arranca
algunos mechones sin siquiera notarlo.
Voy tras ella y me siento en el sillón que antes ocupaba Eileen.
—No me mientas Pamdora —hago más pronunciada la m en su nombre, y ella se estremece.
—Odio que me digas Pamdora —imita mi pronunciación—. Mamá estaba drogada cuando me puso ese
nombre, ella misma lo admitió, hasta lo deletreó mal a propósito.
No es sorpresa alguna que todos en la familia saben que Pam fue fruto del amor adolescente y
desenfrenado que tenían nuestros despreocupados padres. Ella fue una sorpresa inesperada en medio de
pleno viaje a Turquía, cuando ambos pensaron en huir y casarse en secreto. A mamá le pareció gracioso
cómo la vida era una caja de pandora, y así nació el nombre de Pam. Para que fuera original, ella
intercambió la n por la m en el nombre. Pam lo odiaba.
—No cambies de tema, Pam. Dime, ¿por qué específicamente le vas a pagar a Rita?
—Yo…
—Pamdora…
—¡Está bien! Pero no te vayas a enojar, lo hice con las mejores intenciones —respira hondo y suelta todo
de un resoplido—. SéqueRitanoestunoviadeverdad.
Se lleva las manos a la boca y me mira con los ojos bien abiertos.
Me incorporo en el sillón y la observo detenidamente. Ella es más astuta de lo que creí.
—¿Cómo lo supiste?
—Oh por favor —rueda los ojos—. Eres demasiado santurrón como para atreverte a usar a una chica sólo
para que Mia supiera lo bien que te va sin ella. Era obvio que tuviste que pagarle o devolverle de alguna
manera el favor.
—¿Y por qué estabas hablando con Rita si sabías que no somos novios reales?
Pam hace una mueca, y aunque tengo mis sospechas sobre de qué va todo, quiero que ella lo diga en voz
alta.
—Porque… —hace una pausa.
—¡Dilo! —grito, levantándome de mi asiento.
—¡Porque le pagué para que te enamorara!

Rita
Estoy en serios problemas. Puedo decirlo ya que reviso mi armario y no encuentro ni un solo vestido
“provocador” para usar esta noche en el club al que la hermana de Key me invitó para hacer una “casual”
aparición.
Soy un asco tratando de coquetear a propósito: me sudan las palmas de las manos, mi labio inferior
tiembla, y tiendo a crear silencios largos e incómodos que termino rellenando con chistes que no son
graciosos. Pero ocupo el dinero si no quiero comenzar a vender mi cuerpo al mejor postor… aunque si
dicho postor es guapo y tiene apariencia de modelo o de Matt Bomer… lo pensaría dos veces.
—¿A dónde vas? —pregunta Russell mientras trato de sacarme el flequillo de la frente a punta de
soplidos.
—A una fiesta. Ya pedí pizza y alitas para ustedes. Pero sólo será por esta noche, mi jefe me dio un bono
y no lo puedo cobrar a menos que sea en una cadena de restaurantes de comida rápida.
Sigo rebuscando en mi armario, y pongo a un lado la ropa casual que no me serviría ni para entrar en las
afueras de un bar de categoría.
—De acuerdo —Russell se va de mi cuarto y desaparece en el baño.
Estoy a punto de llamar a alguien para que me consiga un vestido, cuando veo de repente la tela de uno de
los uniformes que Cliff nos obliga a usar en el trabajo.
Es verde menta y tiene una abertura en la parte frontal, desde la rodilla hasta casi rozar la cintura.
Usualmente lo usamos para eventos privados en donde algún sujeto estúpido alquila todo el local, pero la
última fiesta que se realizó fue hace seis meses, para Marie, la prima de Anna.
Lo sostengo contra mi cuerpo y comienzo a verme en el espejo. Pam me envió un mensaje hace una hora
para confirmarme el nombre del lugar: Bahía Azul. Y la dirección.
No tengo auto pero no se me dificultaría pedir un taxi. Todo sea por la paga inmediata.
Esta noche lo único que quería era tomar té helado, ver una buena película de miedo, no dormir por la
noche (atemorizada pensando en la película), y finalmente recibir el sábado para ocuparme de diseñar
nuevas frases favoritas del libro Hush Hush y luego subirlas al foro “Violemos a Patch”.
Gata Fiera, una de las administradoras de la página web, está furiosa conmigo porque estoy descuidando
mi sección de “Pregúntale a Cipriano” en donde he recibido muchos puntos acumulados por mi precisión
para responderles a las chicas enamoradizas y pervertidas que alberga el foro.
Suspiro dándome cuenta que tendré que posponer aún más mi secreta obsesión si es que quiero tomar otro
trabajo y ayudar con las cuentas y los gastos extra de mis hermanos. Ellos cuentan conmigo, y aunque
Russell reciba media beca en deportes, y que Rowen cuente con el dinero de la jubilación del abuelo,
todavía hay muchas cosas que no se pagan solas. Ojala no existiera el dinero, ese pedazo arrugado de
papel que tiene todo el poder de etiquetarte en una jerarquía. O estás abajo o estás arriba.
Sacudo la cabeza y miro la hora en la pantalla de mi celular; me impresiona encontrar otro mensaje de
Pam esperando por ser leído.
“Ya estamos en BA, apresúrate”
Suspiro de nuevo y pongo música mientras salgo corriendo al baño para empezar a cambiarme.
Después de cuarenta minutos de tratar de lucir presentable, maquillo mi rostro con escaso maquillaje y me
dirijo a la sala para ver si alguno de los hombres de la casa quiere escoltarme.
Mis zapatos de tacón alto resuenan por el piso y me hacen doler los pies cada vez que doy un paso. Pero
son hermosos, y nadie dijo que la belleza fuera fácil.
Lo primero que huelo al entrar a la habitación es el inconfundible olor de la pizza y la salsa ranchera de
las alitas de pollo. También escucho el televisor a un volumen más allá de lo saludable, y oigo al
presentador de la Ruleta de la Suerte comenzar a preguntar consonantes o vocales. Al parecer el
concursante se equivoca de letra porque el público abuchea.
Todos están viendo fijamente la televisión, y noto que van, como es usual a esta hora, usando nada más
que la ropa interior, sentados en el sofá, royendo los huesos de las alitas.
Rowen está en el suelo, cruzado de piernas y enseñando sus calzoncillos del hombre araña. Russ está en
un bóxer cuadriculado que creo le pertenecía a mi padre cuando tenía su edad, y papá y el abuelo lo llevan
blanco… bueno, el del abuelo luce más amarrillo que blanco.
—¡Ya me voy! ¿Alguien quiere escoltarme? Es a unas calles lejos de aquí —anuncio. Nadie me escucha.
Concentrados en la televisión.
—Me voy a ver con un chico —digo con voz cantarina. Al parecer soy menos importante que la palabra
que tratan de adivinar en el televisor.
—Genial, no se preocupen. Estaré vendiendo mi cuerpo para pagar la Universidad, regresaré en un par de
horas, cuando haya hecho dinero.
Nada.
Grandioso. Y la gente dice que no existen los zombis. Yo estoy viendo a cuatro de ellos consumidos por
la televisión.
Doy un resoplido mientras salgo por la puerta principal y me aseguro de cargar mi juego de llaves, mi gas
pimienta y, entre mi sujetador, una mini navaja suiza (regalo del abuelo). Una mujer tiene que prepararse
para andar sola por las calles.
Llego al club más o menos después de veinte minutos. Le pago al taxista y rápidamente me fijo en la
enorme cola de gente que espera en las afueras del edificio para poder entrar, a pesar de que deben ser
apenas las ocho de la noche y se supone que lo mejor comienza a las diez.
Pam dijo que me adelantara a la fila y que me acercara al gorila vestido de negro, llamado Bruno, para
que me dejara entrar en nombre de la familia Miller.
La gente me abuchea cuando el tipo me deja pasar sin siquiera revisar mi identificación, y oigo reclamos
de todo tipo. Les sonrío presumidamente cuando paso, aprovechando mis quince segundos de fama.
El lugar por dentro es lujoso desde cada ángulo. Las paredes están forradas con algún material textil, y el
piso es negro y brillante. Hay jaulas coloridas colgadas del techo, en donde hermosas mujeres se mueven.
Las mesas y el área para sentarse o comer, están ubicadas en las orillas, rodeando las paredes, dejando un
espacio en el centro del local para que la gente pueda bailar.
Una famosa canción de Rihanna suena a todo volumen, y veo camareras con diminutos uniformes
cargando botellas de Vodka en bandejas plateadas. Los asientos son como pequeños cubos iluminados, y
la barra de bebidas es en realidad una pecera sellada en donde los peces nadan despreocupados mientras
la gente bebe. Incluso hay una gran pared, detrás de todas las botellas de licor, en donde sale agua desde
el techo al piso. Es una mezcla ecléctica que combina a la perfección.
Pam me dijo que iban a estar en la zona VIP, en una habitación privada. Comienzo a buscar las zonas
privilegiadas, hasta que las veo, a lo lejos, cerca de otra pared de agua.
Cuando me acerco, compruebo que están en un nivel superior, con vista libre hacia la barra y la pista de
baile.
Subo con cuidado los siete escalones que separan el espacio, y casi choco contra dos gorilas haciendo
guardia e impidiendo el paso con una cadena.
—¿Nombre? —gruñe uno de ellos.
—Rita Day —le grito al oído. Él comprueba mi nombre en la lista de su iPad, y asiente al otro para que
suba la cadena.
¡Cuánto misterio! ¡Y tampoco me pidieron identificación!
Inmediatamente noto que el suelo del área VIP es demasiado distinto al de todo el local.
Abro la boca y trago saliva mientras miro absorta la pecera sobre la que estoy parada, ¡hay peces fluyendo
en el agua bajo mis pies! No, espera, son tiburones.
—Trata de no abrir más la boca —dice alguien a mi lado—. Se te puede quebrar la mandíbula.
Intento recomponerme, pero todo es tan… surrealista. Es definitivo: los ricos ya no saben qué más hacer
con su dinero.
Trago saliva mientras me fijo en el chico que me habló hace poco. Es Key, luciendo siempre como un
vaquero.
—¡Pero mira quién es! —trato de lucir sorprendida y culpable— ¡Key! ¿Qué haces aquí?
—Vaya, vaya. Qué casualidad, ¿cierto?
Me dedica una sonrisa brillante; algo que se me hace extraño, y luego me pasa un brazo por el hombro.
—Ujum —asiento algo confundida. No parece afectado de verme en público, en donde sus hermanas se
encuentran y supuestamente piensan que yo salgo con él.
—No sabía que frecuentabas esta clase de clubs —dice cerca de mi oído.
—Me invitaron —miento.
—¿Ah, sí? ¿Quién?
¿Quién? ¿Por qué quería él saberlo?
Miro a todos lados, tratando de encontrar a su hermana de alguna manera pero no la veo por ningún lado.
—Mi prima —respondo sin saber qué más decir.
—¿Y dónde está tu prima?
Volteo a ver en todas direcciones, pero hay mucha gente en el área VIP.
—Mmm... —noto a una chica de cabello negro a unas cuantas mesas de distancia, alzando una copa hacia
un grupo de chicas, y leo el cartel que alguien debió haber puesto sobre su mesa: "Despedida de soltera de
Mercy. Sí, por fin alguien lo suficientemente loco como para casarse con ella" —allí está, esa es mi
prima.
Key mira a la dirección que señalo, reduce sus ojos y busca entre la multitud.
—¿Vienes a una despedida de soltera? —me pregunta mientras lee detenidamente. Luego llama a un
camarero y toma uno de los tragos que precariamente balancea en su bandeja, me ofrece uno y me lo
tomo todo inmediatamente.
—Sí, y me están esperando.
Hago el intento de avanzar en su dirección, pero Key me retiene del brazo.
—Te acompaño —dice solamente. Entonces ambos comenzamos a caminar en dirección al grupo—. Hoy
le dije a mis hermanas que lo nuestro no iba a funcionar. Así que si te las encuentras por casualidad, actúa
como si estuvieras desolada.
—De acuerdo, aunque para que conste: yo nunca me echaría a llorar por un chico. Mis lágrimas tienen un
precio caro y rara vez me vas a ver desperdiciándolas en cosas tan banales. Y dime, ¿qué tal todo con tu
ex novia?
Key se detiene para verme de lado, y luego me sonríe.
—Regresó a Berlín. Pero cuéntame, ¿por qué son tan valiosas tus lágrimas? No lo entiendo.
—Claro que no entiendes—refunfuño—. Cada gota de lágrima es equivalente a renunciar a un poco de tu
orgullo... Y soy demasiado orgullosa para eso.
De repente siento una mano en mi espalda baja mientras caminamos, es de Key.
Me giro inmediatamente para verlo a la cara, y le doy una fuerte palmada en la mano.
—¡Au! ¿Por qué hiciste eso? —dice masajeándose la mano.
—Si vuelves a intentar poner una mano en lugares poco apropiados para un caballero, te rompo los dedos
uno por uno. ¿Entendido?
—Eres una salvaje.
—Y tú un aprovechado, ¿nadie te enseñó a mostrarle respeto a una mujer?
Sé que estoy siendo irracional, pero nunca he sido buena en ser sumisa y coquetear abiertamente. Este es
mi único mecanismo de defensa.
—¿Qué tiene que ver el respeto con simplemente apoyar mi mano en tu espalda? Otra chica consideraría
esto como un gesto romántico.
—Yo no soy otra chica, vaquero. Ahora piérdete, tengo una despedida de soltera a la que asistir.
Los ojos de Key se redujeron, mirándome con sospecha.
Ya casi estaba cerca de la chica de pelo negro con la exótica y llamativa joyería que se le pegaba a la piel
y al escote, así que me detengo y tomo la mano de Key.
—Deberías irte —le susurro con pánico.
—¿No me vas a presentar a tus amigas? No seas maleducada.
Él alza una ceja y me sonríe con desdén.
Nos detenemos frente al grupo de chicas que beben y ríen ruidosamente.
Ellas se callaron al vernos parados sin decir nada.
—Hola, chicas —saludo incómodamente. Espero no ser atrapada en mi mentira—, hubiera venido más
temprano pero mi hermano menor se rompió el pulgar jugando en la Playstation, ya saben cómo son los
chicos de ahora.
Nadie dice nada, y un par se miran entre ellas y fruncen el ceño.
—Este es Key —lo presento ante las desconocidas. La de pelo negro amplía los ojos y sonríe hacia él.
—Claro, lo entiendo —dice ella en medio del silencio aterrador que nos envuelve—. ¿No se suponía que
tenías que venir disfrazado como motociclista? Oh, pero no importa, tienes buen trasero. Ahora
muéstralo.
Saca un fajo de billetes de menor denominación y los deja sobre la mesa.
Comienzo a reírme cuando veo que piensan que él es stripper.
—Sí —bromeo— Sacude un poco ese monumento.
Noto que él se pone incómodo y su rostro palidece de un segundo a otro.
Se aclara la garganta y me pide ayuda con los ojos. Yo simplemente sonrío y lo saludo con la mano.
—En realidad —dice él— yo no soy parte de la… compañía masculina que solicitaron. ¿Rita, podemos
hablar por un segundo?
No espera a que acerque sino que me toma de la mano y me jala en contra de mi voluntad para llevarme
casi al otro lado del local.
Key
Estamos cerca de la mesa en donde mis hermanas esperan pacientemente, y me detengo antes que la
pequeña mentirosa las vea y pueda ser advertida de lo que le espera.
Sonrío malévolamente y no dejo ir su mano en ningún momento.
Ella empieza a sacudir mi brazo para que la suelte, pero no pienso hacerle la vida fácil.
Por órdenes mías, mi hermana la citó esta noche.
Tal vez Rita piense que va a tratar de conquistarme a mí, pero lo que no sabe es que yo pienso hacerlo lo
mismo con ella. Este es un juego que se juega en pareja.
El dinero se lo dejaré como un bono para que afile sus navajas y castre a los hombres que quiera.
—Oye vaquero —dice, disgustada—. ¿Qué pasa? ¿No te gusta el sentido del humor de mi prima? Es
húngara y tiene poca tolerancia. Si no haces lo que ella te pide, se puede enojar mucho.
Sé que está fingiendo. Pam fue la que le reservó un lugar para que entrara al VIP del club, no su supuesta
prima.
—Entonces dejaría que te encargues. ¿No eras tú la especialista en amenazar hombres con tu gas
pimienta?
—No te burles de mi gas. Es útil y práctico. También guardo una navaja suiza en mi escote, en caso de
emergencia… pero no te defendería, tendrías que ganártelo.
—¿Y cómo me gano tu favor? ¿Qué tal con un beso?
Eso la puso nerviosa.
—¿Con un beso? ¿Qué clase de mujer crees que soy? No me vendo por un beso.
—¿Qué tal dos?
Ella me mira sospechosamente.
—¿Por qué no vas directo al grano? ¿Por qué no dices que mueres por besarme? Así simplemente
acabamos con el asunto de una vez.
—Bien. Bésame, entonces.
—Bien.
Se acerca cuidadosamente y une sus labios con los míos.
—Listo —dice— ahora sí voy a volver con mi prima.
Ruedo los ojos inmediatamente.
—Eso fue patético. Ahora déjame besarte de verdad.
La agarro por la cintura, corriendo el riesgo de que saque su gas pimienta y me llene los ojos, y la atraigo
hacia mi cuerpo. Comienzo a besarla lentamente, teniendo cuidado, como si fuera una pantera peligrosa.
Y lo es.
Mis labios intentan abrir su boca pero no se deja, al menos está respondiéndome el beso.
Cuando la suelto y creo que me verá como el hombre de su vida, ella se apresura en alzar la mano y
darme una cachetada.
—¡Au! —digo con toda la hombría posible—. Eso duele.
—No vuelvas a besarme sin mi consentimiento.
—¿Y no es esto lo que les gusta a las chicas? —sigo sobando mi mejilla mientras hago una mueca. Ella
tiene mano firme y uñas largas.
—Solo cuando lo hace el chico correcto.
—Eso no tiene sentido.
Ella comienza a alejarse, y yo la sigo.
—Tiene sentido en mi cabeza. Una chica que lee a Patch, sabe que no se tiene que conformar con simples
mortales.
—¿Qué?
Entonces ella se adelanta y me deja parado en medio del lugar, preguntándome qué rayos significa eso.
9
Cómo averiguamos que no sabemos nada de geografía

Rita
Perdí de vista a las chicas del grupo de la despedida de soltera.
Quiero creer que es buena cosa que lo haya hecho y lo tomaré como una señal cósmica para desaparecer
del área VIP... Mejor, desaparecer del club por completo. Soy pésima coqueteando y esta noche lo dejé en
claro. No hay un solo hueso de mi cuerpo que sepa algo de seducción.
En lo personal prefiero ser la seducida, no la seductora. Además, ¿el chico me besa y yo lo cacheteo? Sip,
no funciona para mí.
No sé él, pero yo prefiero conocer a quien sea que voy a besar con muchas semanas de anticipación. Solo
en los libros sucede que conoces a alguien y el mismo día hasta te acuestas con él. En la vida real eso te
convertiría en una fácil, y lo que menos soy, es ser fácil.
Estoy a punto de caminar hacia las gradas de salida, cuando escucho una risita aterradora que es capaz de
provocar pesadillas. Busco de dónde proviene el sonido, y la noto a tres metros de distancia, sentada en
las piernas de un chico al que no se le mira el rostro porque lo tiene escondido.
Pero sé que es ella, la chica que hace que mis bellos se ericen y desee convertirme en un animal de jungla.
La pelirroja de fríos ojos azules como el hielo: Marie.
No sabría decir si hay una razón específica que me haga odiarla, pero la tipa me cae muy mal. La conocí
hace años, es la hija del dueño del restaurante para el que trabajo.
Es de cutis blanco y perfecto, con el escote siempre a la vista; con su sarcasmo y sus miradas cargadas de
erotismo que idiotiza a los hombres y los vuelve en una masa caliente de baba.
Y ahí está, sentada justo en la misma mesa en la que se encuentran las hermanas de Key y otra chica de
pelo negro a la que nunca he visto en la vida pero parece estar de mi lado, fulminando a Marie con la
vista.
Se ríen de alguna broma privada y luego hacen un pequeño brindis entre ellos. No parece un ambiente
agradable, todas, menos Marie, se miran incómodas entre sí. En especial la de pelo negro que no deja de
destilar veneno en su dirección.
Entonces siento una mano en lo bajo de mi espalda. Me giro, dispuesta a demostrarle ciertos valores
morales a la persona que se toma tanta libertad como para tocarme, pero me llevo una gran sorpresa al ver
que es Key.
Me sonríe abiertamente, señalando con su boca en dirección a la mesa que me empeño en observar y
evitar desde lo lejos.
—Acompáñanos —dice siempre con esa sonrisa.
No llego a pronunciar una respuesta porque él inmediatamente me lleva a rastras.
—No, no quiero ir. Tengo que estar en la despedida…
—Ellas ya se fueron. Al parecer no les importas lo suficiente porque ni siquiera esperaron por ti.
—Key —digo, pero él continúa arrastrándome—. Basta ya, no quiero seguir mintiéndoles a tus
conocidos.
—Shhh, chica Patch. Déjalo en mis manos.
Finalmente estamos frente a la mesa ruidosa. Su hermana mayor es la primera en verme y en ampliar los
ojos por la sorpresa. Se mira incómoda mientras Key trata de hacerme espacio entre los apretados
invitados.
—Key —murmuro por lo bajo—, no quepo aquí. No seas tonto.
Intento moverme pero es inútil, no me deja ir.
—Tranquila, chica Patch, todo estará bien.
Me sienta frente a Marie, y al fin puedo ver el rostro de su acompañante misterioso. Es Adam.
Ruedo los ojos porque no me sorprende en lo absoluto. De todas las personas en el mundo, no sé cómo se
vino a encontrar con ella.
—Para las que no la conocían, esta es Rita —dice Key—, mi novia. ¿No es bonita?
¿Él acaba de decir que soy su novia?
Me congelo del terror, soy una mentirosa patética: nunca recuerdo bien la mentira completa.
—Soy la mentirosa —digo por accidente cuando noto que ninguna me deja de ver, inmediatamente
corrijo mi error—. Quiero decir, soy la novia. Encantada.
Sonrío a la chica de cabello negro, y ella me examina con una mueca, como si mi rostro le diera náuseas.
Al menos sé que no está de mi lado como había pensado hace unos momentos atrás. Grandioso. Que
alguien traiga el tequila, por favor. Sólo estando puesta en alcohol lograré pasar a través de esta noche
incómoda.
—Rita —saluda Pam de manera nerviosa—, qué bueno verte esta noche.
Levanto una ceja. Ella fue la que me invitó en primer lugar, no entiendo por qué ahora luce sorprendida.
Adam me saluda con un asentimiento de cabeza, y Marie luce como la perra que es mientras me mira de
pies a cabeza y sonríe como anaconda en celo.
—¿Es ese un uniforme de trabajo? Recuerdo que las hice usar eso en mi fiesta número veintiuno el año
pasado —dice ella observando mi atuendo—. Qué triste es ser pobre y no tener nada que usar. Key, como
novio deberías pagarle al menos con ropa… si es que no le estás pagando de otra forma por los favores
sexuales que te hace. Es una lástima que dejaras a Mia, ella sí tenía clase. ¿Cuándo vas a dejar de buscar
entre los barrios bajos para hacer caridad?
Cierro los puños para evitar molerle el rostro a golpes. Si pudiera, escupiría en su comida todo el
tiempo… y pienso hacerlo. Oh sí.
—¿De verdad es tu novia? —continúa diciendo. Entonces se ríe en voz alta y ruidosa—. No puedo
creerlo... Sabía que te sentías culpable por nacer en un hogar con dinero, pero jamás se me ocurrió que
llegaras tan lejos con la culpabilidad como para ofrecerte a ser novio de la pobreza.
¿Dije que iba a escupir en su comida? Quise decir que haré que Cliff me done las uñas de sus pies para
ponérselas a ella en el aderezo de su hamburguesa... ¡Buen provecho, perra!
Todos en la mesa guardan silencio, especialmente Key que está con los ojos demasiados abiertos mientras
me observa a mí y a Marie.
Finalmente hago el intento de defenderme, y mi voz suena demasiado calmada para mi gusto.
—Pobrecitas esas chicas que pretenden ser corderos y terminan siendo chupacabras. Al menos no soy de
piernas abiertas para todo aquel que tenga un aparato reproductor masculino —suelto casualmente—;
¿con quién no te has acostado tú? Creo que ni las escobas se libran de tus… necesidades de crear fricción
entre tus piernas.
Ella abre la boca para decir algo, pero Key se apresura a soltar cualquier cosa que se le ocurra de la mente
(o al menos eso parece).
—Mi banda va a tocar mañana por la noche —dice apresuradamente—, todos están invitados. Es en el bar
Hipotermia, para los que quieran ir.
Me da una mirada de advertencia para que trate de cambiar de tema y seguirle la corriente.
Pero no puedo calmarme, estoy furiosa y siento que es hora de que alguien haga pagar a Marie de una vez
por todas.
—Eres una perr...
Antes de poder decir algo más, la pelinegra me interrumpe:
—¡Oh, mi hermano es el vocalista! Él es quien impulsa a los holgazanes que tocan en la banda.
La fulmino con la mirada por interrumpirme, y rápidamente noto cómo Key tose para disimular la risa
que nace desde su interior.
—¿El que impulsa a la banda? —repite, él, atónito.
La pelinegra rueda los ojos, restándole importancia con la mano.
En lo que ellos discuten acerca de quién tiene mayor importancia, yo observo atentamente cada
movimiento de la reina de las ninfómanas. Ella está dándole besitos en el cuello a Adam, y yo me
pregunto por qué el mundo es tan pequeño y por qué a los hombres les gustan las mujeres de fácil acceso
en vez de trabajar duro por las que sí importan... O al menos Disney me enseñó a pensar de esa forma.
Marie me ve observarla, y sonríe abiertamente mientras su mano desciende por el torso del amigo de Key.
Es tan asqueroso verlos que tengo que voltear mi cabeza hacia el otro lado para evitar las arcadas.
Será mejor que ella decida no ir al baño sola porque cobraré mi venganza.
Después de unos largos minutos descanso de mi rígida postura y me doy permiso de observar a las
personas a mi alrededor y en la pista de baile.
El DJ no ha dejado de poner canciones bailables y me estoy volviendo loca sin poder contener las ganas
de bailar.
Por un momento Pam se encuentra con mi mirada, y desde ese momento no deja de hacerme señas en
dirección a su hermano.
Creo que es porque quiere que sea coqueta y logre convencerlo de enamorarse de otra persona, de
continuar con su vida y de hacer que olvide de una vez por todas a esa chica que le hizo daño. Pero no es
sencillo, lo único que me motiva es el pago generoso que hará en mi cuenta. Aunque aun así no logro
encontrar una manera en la que pueda pensar en algo que grite: seducción.
Trato de idear algo, pero lo único que se viene a mi cabeza es subir mi pierna por la suya y morderme el
labio. Tal vez si leyera un poco más podría tener vastos conocimientos de lo ideal a hacer, pero
sinceramente el único libro que llamó mi atención fue ese, el de Patch. De ahí no he leído ningún otro,
aparte de los obligatorios en mis clases.
¿Cuán patética me hace eso?
—¿Rita? —me pregunta Key, al parecer por millonésima vez por la forma en la que me mira.
—¿Sí? Sí, no escuché, lo siento. ¿Decías?
—Pregunté si querías una bebida.
—Por favor. Algo fuerte, y que continúe circulando toda la noche.
Él llama a una de las meseras con diminuto uniforme, y pide bebidas diferentes para todos; Marie se da el
lujo de exigir una botella de licor cara para la mesa.
Cuando la mesera se va, de pronto, el piso bajo nosotros tiembla, y todos en la mesa miramos el suelo de
pecera por el que un enorme pez tamaño ballena bebé golpea su nariz contra el vidrio.
Inmediatamente levanto mis pies del suelo y trato de llevar mis rodillas hacia arriba, a mi asiento.
El pez continúa tratando de salir de la pecera, pero el material no cede ante sus demandantes golpes.
—¿Qué mierda? —dice alguien. Probablemente yo.
—Tranquila —dice Key en mi oído—, el piso es muy resistente. Los peces no pueden salir o romper el
material del suelo.
—Pero ese animal intenta alcanzarme. ¿No ves cómo muestra los dientes? Ni siquiera parece inofensivo.
Es el pez más feo que he visto.
—Este lugar es famoso por estas peceras, ellos son tratados mejor que un humano. Todos son especies
inofensivas.
El pez vuelve a atacar, enseñando sus afilados dientes, como si intentara coger mi tobillo.
Esta noche tendré pesadillas sobre eso. Seguro que sí.
—Toma —Key pone frente a mí un decorado vaso con un líquido entre transparente y verde—. Es un gin
tonic de manzana verde, bébelo.
Ni siquiera había notado que la mesera dejó las bebidas que pedimos.
—¿Gin tonic de manzana? Yo soy menos refinada, me basta un buen tequila y listo. Además, si esta cosa
se rompe —digo señalando el piso—, vas a tener que hacer las de Leonardo DiCaprio en Titanic y
cederme el objeto flotante para que pueda sobrevivir mientras veo cómo mueres.
—Lo prometo. Ahora relájate, ¿estás nerviosa por algo?
Miro furtivamente a su hermana mayor, sentada junto a la que parece ser su otra hermana. Pam me mira
con aflicción, y la otra chica de estatura increíblemente alta, me mira con diversión.
—¿Tu hermana mayor es baja, pero la que le sigue es alta? —le murmuro a Key—. Tienes una familia
extraña.
Él se acerca, girando su cuerpo levemente, haciendo que su pierna choque contra la mía.
Lleva un dedo detrás de mi oreja y comienza a acariciarme el lóbulo.
¿Pero qué está haciendo este chico? ¿Acaso tiene deseos de morir? El último hombre que intentó tocarme
inapropiadamente terminó con ceguera temporal debido a la gran descarga de gas pimienta que apliqué en
sus ojos.
—Mis padres han tenido genes de enanismo dentro de la familia —confiesa—. Y aunque no lo creas,
ellos son de estatura promedio pero sus tíos o abuelos no. Pam heredó una parte del tamaño.
—¿Ah, sí?
Una camarera deposita bocadillos en la mesa. Algunas alitas de pollo con ramas de apio, y varios cocteles
de camarones.
Marie y la pelo negro (cuyo nombre todavía no sé), ambas, estiraron sus manos para tomar las ramas de
apio y llevarlas a sus bocas.
Ruedo los ojos mientras las veo masticar al mismo tiempo que babean viendo con anhelo las alitas
picantes.
Yo por mi parte me lanzo directo a las alas.
Muerdo una mientras intento apartar la mano de Key de mi oreja.
—No me apartes, chica Patch. Se supone que somos novios —dice. Ahora su mano está en mi rodilla.
Cualquiera diría que trata de coquetear conmigo.
—Por más que ame a Patch, no tolero que sigas llamándome "chica Patch".
—¿No te gusta? —pregunta después de agarrar un camarón y morderlo salvajemente—. Mmm, ¿qué tal
Patchie?
—¿Patchie? Es horrible —doy un trago a mi bebida y luego ronroneo de placer. Es delicioso.
—¿Qué te parece Patchina?
—Creo que mejor Patchie. Lo tuyo no son los apodos.
Él hace una mueca, masticando otro camarón.
—Tienes razón; a Adam se le dan mejor.
—¿Siempre has sido amigo de él? —le pregunto casualmente.
—Ujum —asiente con la cabeza, luciendo pensativo—. Desde que a ambos nos pusieron el mismo
castigo en noveno grado.
—¿Qué hicieron para que los castigaran? —chupo el hueso de la alita. No quiero parecer salvaje, pero
estas son mejores que las que papá y mis hermanos comieron esta noche… mejores que las que cocino en
casa.
—Encerramos doce gatos hambrientos en la oficina de la profesora de geografía —Se encoge de
hombros—. Ella me reprobó a propósito; ese día me peguntó si sabía con qué países limitaba España y
me castigó diciendo que yo estaba equivocado... ¡Por supuesto que con Brasil y Alemania!
Frunzo el ceño.
—¿Brasil y Alemania? —pregunto, aturdida—. Brasil ni siquiera está en el mismo continente de España.
Ahora entiendo por qué te reprobó. Pobre mujer. No merecía a los doce gatos.
—Doce gatos hambrientos, no lo olvides. Y... ¿estás hablando en serio? ¿Brasil no es vecino de España?
Lo miro fijamente. Sé que no soy una genio en geografía, pero estoy segura cuando digo que no son
vecinos.
—¿Emtonces con quién son vecinos? —me pregunta con genuino interés mientras devora otro camarón.
—Bueno, son vecinos de... —me callo por un instante, repasando el mapa mundial que está almacenado
en algún lugar dentro de mi cabeza—. Mmmm... ¿Escocia? No, espera. ¿Italia?
Tal vez debería buscarlo en google, junto con técnicas de seducción.
Parpadeo por el esfuerzo de devanarme los sesos pensando con qué países colinda España.
—Definitivamente con Rusia —digo después de un rato.
Ahora es Key el que me lanza miradas incrédulas a mí.—¿Con Rusia? Al menos Brasil tenía mucho más
sentido —da un bufido—. La Sra. Baca también te hubiera reprobado a ti. Entonces estarías totalmente de
acuerdo en meter doce gatos hambrientos a su oficina.
Hago un mohín, sin darme por vencida, intentando recordar la ubicación geográfica de cada país.
—¡Ya sé! —murmuro después de un rato— ¡Con Ecuador! Soy una genio.
Muevo mis dedos hacia el plato de alitas, y pronto se hace obvio que soy yo la que más come entre todas
las chicas.
—¡Totalmente reprobada! —grita Key, apuntándome con la cola de su camarón—. Creo que yo sé más
que tú. Ríndete. Te hubiera hecho partícipe de la broma y no te hubieras quejado.
Comienzo a protestar justo cuando una pequeña voz se aclara la garganta al mismo tiempo.
Inmediatamente un par de ojos azules entran en contacto con los míos.
—Lamento interrumpir, pero creo que a Key se le olvidó presentarnos —dice una de sus hermanas—. Mi
nombre es Eileen, soy la hermana de en medio.
Asiento con la cabeza y le sonrío amablemente. Eileen parece una de esas personas tranquilas y tímidas
con estilo despreocupado. Es bastante delgada, del tipo: parece-que-tengo-anorexia-pero-en-realidad-
nací-así.
—Mucho gusto —murmuro un poco demasiado tarde, procurando no escupir salsa barbacoa por toda la
mesa—. Key no nos presentó la vez pasada, en el cumpleaños de tu madre. Soy Rita Day.
—¿Rita Day? Interesante nombre. ¿Cuál es tu símbolo en el horóscopo chino?
—¿Horóscopo chino? —pregunto, confundida—. Mmm, no sé. Si sirve de algo, nací el nueve de
septiembre.
—Definitivamente un cerdo —dice ella—. Bien, eres el complemento ideal para mi hermano. Él es cabra.
—¿Soy un cerdo? —pregunto en medio del trauma—. ¿Pueden los cerdos y las cabras convivir juntos?
—Por supuesto que pueden —asiente con la cabeza—. Justo ayer descargué una aplicación… —saca un
reluciente y bonito iPhone de su bolso.
—Leen, deja eso —la regaña Key a mi lado. Roda los ojos cuando su hermana se encoge de hombros.
—¡Aquí está! Cerdo —se prepara para leer aclarándose la garganta—: Es muy buen año para el amor,
desprenderás mucho sex appeal, podrás enamorar a la persona que te guste. Debes tener cuidado con tu
orgullo, especialmente con tu pareja, intenta entenderle más y evitar malentendidos. Hablar mucho entre
ustedes ayuda, la comunicación es fundamental.
Alza la cabeza, sonriendo con orgullo y felicidad.
Oh por… ¡santo niño Jesús! ¿Ella acaba de decir que desprenderé sex appeal?
—Eileen —gruñe Key—. Deja de leer el horóscopo de la gente. No les interesa…. Aunque, ¿sex appeal?
Me mira, con una sonrisa en el rostro. Sus dos cejas se mueven de manera sugestiva.
Imbécil. ¿No sabe que por miradas como esa he pateado algunas espinillas? No me gusta que chicos
como él me miren fijamente. Aggg.
—Hablar con Leen es como hablar con una pared —dice Pam sorbiendo de su bebida—. Déjalos en paz,
Eileen.
—Oh, y antes de que se me olvide y la sigamos ignorando: ella es mi hermana, Pam —dice la propia
Eileen, señalándola—, y estas dos que se matan con las miradas son: Elena —señala a la de pelo negro y
luego a la de pelo naranja fuego—, y supongo que ya conocías a Marie.
—Lastimosamente.
—Por cierto, ¿sabes algo de acampar, Rita Day? —me tienen algo mareada los cambios de tema de la
hermana de Key, pero trato de sonreír cuando respondo:
—Mmm, realmente nada.
—¿Pero te gustaría?
Puedo escuchar a Key empezar a toser disimuladamente, dándose golpecitos en el pecho y negando
imperceptiblemente.
—Tal vez —realmente los mosquitos y yo no nos llevamos muy bien. Mi rostro se pone hinchado cuando
uno me pica, tengo que cargar repelente para insectos aún en mi propia sala.
—¿Harías el intento de probar? —pregunta, ilusionada.
—Mmm... supongo.
—Entonces, ¿por qué, en la vida, mi hermano no te ha invitado? Key, ¿no le has dicho sobre el
campamento?
Ella chasquea los dedos, y al instante, Key rueda los ojos mientras mastica otro camarón.
—No tuve oportunidad de invitarla —se excusa encogiéndose de hombros.
Eileen suspira y regresa sus bonitos ojos azules a los míos.
—Bueno, a la familia Miller nos gusta hacer un campamento anual para convivir con todos y para
aprovechar las vacaciones que la mayoría tiene. Es fuera de la ciudad y hay bonitas cabañas que
compartimos entre nosotros. Cerca hay un lago, pero también contamos con una piscina.
Eso suena a muchos mosquitos... y a serpientes, y a sapos, ranas, cocodrilos, lagartijas, mofetas, venados
(que aunque tengan una apariencia suave en realidad son malvados y diabólicos), y a muchos otros
animales con los que no suelo convivir o de los que tengo miedo la mayoría del tiempo. Además el pasto
me da alergia.
—Yo... —me pauso sin saber qué excusa poner.
¿Qué podría decir? ¿Realmente odio acampar? Sí, lo odio.
—No la obligues a hacer algo que no quiere —habla Key guiñándome un ojo—. Tiene cara de ser de esas
chicas que no sobrevivirían ni en un jardín botánico.
Lo pateo por debajo de la mesa.
—Por supuesto. No tengo ningún problema —digo después de un rato. Aunque al instante ya quiero
golpearme la frente y meter mi cabeza en el estanque con los peces.
¡Se suponía que dejaría esto del coqueteo y de recibir paga por salir con un chico! Tengo dignidad, tengo
cero referencias básicas en cuanto al sexo opuesto, y tengo genes contaminados que no me sirven de nada.
—¿De verdad la gente acampa por diversión? —pregunta repentinamente Marie. Una de sus cejas naranja
se eleva con suspicacia.
Eileen asiente con la cabeza, viendo en mi dirección.
—¿Tendrás libre este próximo fin de semana? ¿No trabajas ni nada por el estilo? —me dice ella.
Se supone que tengo que asistir al restaurante para hacer el turno de Gustavo (el quinceañero que contrató
mi jefe para hacer varios trabajos de reparación en lugar de pagarle a un profesional), pero podría pedirle
a Anna que me sustituya por esos días y yo la cubro la semana siguiente.
—No, puedo arreglármelas —respondo finalmente.
Key resopla, como si supiera que esto hará que nos metamos en un gran lío. Pero ignoro su mirada y me
pregunto qué es lo peor que podría pasar con aceptar la invitación.
—Y ya que insisten en ir a ese horrible lugar—agrega Marie— Adam y yo también iremos.
Ah, ¡ahí está! Eso es lo peor que puede pasar.
—¡Yo también voy! —dice la de pelo negro, Elena.
Trago más de mi bebida e intento pensar en una excusa que me ayude a salir del problema al que me he
metido. Porque definitivamente no pienso ir si la bruja de pelo naranja va… o la bruja de pelo negro,
quien no ha dejado de verme de pies a cabeza, como si me considerara una amenaza.
Brujas.

Key
Los campamentos de la familia Miller son los peores. Mi tío lo encuentra como excusa para beber desde
la mañana hasta caer muerto en coma inducido por el vino o la cerveza; mi tía lo utiliza para meterse en la
vida de todos (y de paso asegurarse de decirle a Pam que se ve embarazada). Mis padres lo miran como
segunda luna de miel y es imposible evitar verlos en público mientras se comportan como dos jóvenes
enamorados que no pueden despegar sus manos el uno del otro.
Mis abuelos lo utilizan como pretexto para poner a prueba su nueva caravana de super lujo. Y, además,
solía ir a esos campamentos con Mía (aunque de hecho a ella casi no le gustaban y siempre tenía que
rogarle por compañía).
Por eso espero lo mismo de siempre: al abuelo Johny con su exhibicionismo, a mis primos discutiendo
por quién tiene más pokebolas (lo que sea que eso signifique), a la tía Georgia fumando el contenido de
tres paquetes de cigarrillos diarios e insultando a todo el mundo que la critique o, según ella, la queden
viendo mal.
Tampoco podría ser el campamento Miller sin mis primas, las Adam—adictas, rogando por la atención de
mi mejor amigo, o intentando tomarse fotos con él para luego presumirlas en las redes sociales o Twitter
porque, sí, Adam es famoso en Twitter, enamorando a mis pequeñas primas de trece años, haciendo que
ellas le masajeen los hombros y lo abaniquen con hojas de palma, aprovechando que todas se vuelven
locas por él.
Pero está claro que las vacaciones no serán las mismas desde que veo aparecer a Rita con un sombrero de
ala ancha y un claro exceso de crema blanca en el rostro.
Arrastra una pequeña maleta por el suelo mientras le paga al taxista que la dejó en la entrada de mi casa,
en donde la familia espera subir al autobús que nos llevará fuera de la ciudad.
Rita me ve, saluda con una mano y se apresura a encontrarse conmigo.
—¿Qué es eso que tienes puesto? —pregunto tocándole la nariz cuando se detiene a paso lento frente a
mí. Veo la cosa blanca que se escurre entre mis dedos y me limpio en su camiseta.
Ella me golpea la mano a modo de regaño.
—Es repelente para insectos, soy alérgica a los mosquitos. Me pica uno y me hincho como vaca. En la
farmacia solo había repelente en versión crema.

Observo detenidamente sus pantalones hasta la rodilla y su camiseta blanca que dice: "No te enamores de
una chica que escriba porque, si cometes un error, ten por seguro que aparecerá redactado (y exagerado)
en toda su historia"
—¿Tú escribes? —le pregunto después de leer el largo mensaje de su camiseta.
Ella niega con la cabeza al mismo tiempo que termina de arrastrar sus maletas por el suelo. Lleva una
gran mochila en el hombro también, y cualquiera diría que se va a pasar todo el mes en el campamento,
en lugar de dos días.
—¿Entonces por qué llevas esa camiseta? —pregunto aún con curiosidad.
—Fue un regalo. Ah, y ya sé con qué país limita España.
—¿Con cuál? —sonrío sin poder evitarlo.
—Con Francia y Portugal.
—Alguien estuvo haciendo su trabajo de investigación.
—Por supuesto —dice orgullosa.
—Pero eso fue después de que lo buscaras en Google. Ya no tiene validez.
—Claro que la tiene. No seas un ridículo.
—Hubieras encerrado los doce gatos hambrientos en la oficina de la maestra.
—Yo no hubiera participado de la broma. A mí no se me da muy bien mentir.
Ladeo la cabeza, observándola atentamente.
¿No se le daba muy bien mentir? Claro. ¿Y justo ahora no está tratando de hacer que yo me enamore de
ella a cambio de dinero?
Pero me iba a divertir primero antes de decir que “caí rendido a sus pies y que estoy enamorado”. Los
papeles se invertirían.
—Serías la mente maestra detrás de la gran broma —digo, regresando a nuestro tema original.
—Que no. Además, no entiendo por qué pusieron gatos hambrientos. Pudieron haber sido patos.
—Los gatos eran más accesibles. Y fueron hambrientos porque la profesora siempre escondía comida en
sus gavetas.
—Ah… oh.
Escucho unos pasos a lo lejos, acercándose gradualmente hacia nosotros.
Me giro y veo a Eileen en su ropa de acampar y sus botas de color rosado.
Nos saluda al pasar y se detiene para sonreírle a Rita.
—¡Pero mira quién es! Me alegra que hayas venido. Deja tus maletas con Key, te llevaré a conocer a mis
padres. Ellos no sabían que mi hermanito tenía novia. Ayer los informé por completo.
Le guiña un ojo, y yo siento que se me va el color de la cara.
Agarro el brazo de Rita y la acerco a mi costado.
—En realidad, no es necesario que conozca a nuestros padres —digo viendo a Eileen—. Yo la presento
después.
—¿Por qué? —pregunta la entrometida de mi hermana—, ¿tienes miedo que te digan algo?
La fulmino con la mirada, pero ella me ignora y comienza a hablar otra vez con Rita.
—¿Lista para ir de campamento?
—Lista. Aunque no sé si traje mucha ropa. Mi abuelo dice que nunca se es suficiente cuando se trata de
equipaje... pero él está loco.
—¿Loco? —pregunta Eileen—. Seguro que no has conocido a nuestro abuelo, él se lleva el título
completo.
—Mmm... No lo creo. La locura de mi abuelo es diferente. A él le gustan mucho... mucho las mujeres. Le
coquetea a todo ser viviente que use faldas.
Eileen se ríe, y yo sonrío ante ese comentario.
—A nuestro abuelo —dice Leen— le gusta andar desnudo por toda la casa. Y no es porque esté mal de la
cabeza, no, lo hace porque siempre dice que era así como debimos vivir todo el tiempo antes de que Adán
y Eva comieran del fruto prohibido. Hay días en los que tenemos que obligarlo para que se ponga algo de
ropa.
Los tres nos reímos al mismo tiempo y rápidamente se me pasa el enojo de haber escuchado a Eileen.
—Entonces nuestros abuelos deberían conocerse —concedió Rita.
—Oh, por supuesto. Ah, y te voy a presentar a las fanáticas de Walker. Te vas a divertir mucho con ellas.
—¿Fanáticas de Walker? —pregunta Rita.
—Así es. Todas están locas por el amigo de Key, Adam.
Yo toso disimuladamente.
—También tengo fanáticas —digo sin verlas a la cara—. Ellas se derriten por mí. Las Key—adictas
Eileen rueda los ojos y bosteza.
—Adam tiene más. Nuestras primitas están obsesionadas con él. Una de ellas lo intenta convencer para
que se tatúe su nombre en la espalda.
Ambas ríen. Eileen aprovecha para señalarle el lugar en donde las infractoras descansan.
Son cinco, y todas rondan por los trece o catorce años.
—Espera que a que venga Adam, ellas comenzarán a rodearlo como buitres.
Mientras ellas charlan, algo brillante llama mi atención al cuello de Rita. Es un colgante con forma de
alas de ángel.
Ruedo los ojos hacia su amor por ese libro que lee y me pregunto a qué vendrá tanta obsesión. Debe estar
enamorada del tipo ese. Nunca conocí a una persona tan extremadamente obsesionada como ella.
—¿Estamos listos entonces para partir? ¿El tío Benny ya tiene su cerveza en mano? ¿La tía Morgan ya
criticó a Pam con lo gorda que se mira? —pregunta Eileen—, sino, no sería un campamento al estilo
Miller.
Asiento con la cabeza, y observo a lo lejos a la tía Morgan que ya notó a Rita y no deja de examinarla de
los pies a la cabeza.
—Será mejor que subamos a ese autobús —digo agarrando el brazo de Rita—. La tía Morgan viene para
acá.
—¿Es malo conocer a la tía Morgan? —pregunta Rita.
—Sí —contestamos Leen y yo al mismo tiempo.
Nos alejamos inmediatamente y nos subimos al autobús de lujo que nuestros padres alquilan cada año
para ir de campamento.
Los últimos asientos ya están ocupados, y la sorda abuela Ettel mira hacia la nada mientras tararea en voz
baja desde la primera fila.
—¿Ella está bien? —pregunta Rita en mi oído.
—Sí, es sorda pero usa aparato. Se lo pone solo cuando le conviene.
La sigo tomando del brazo y nos movemos hacia la mitad del camino. La obligo a sentarse a mi lado y
dejo su maleta justo donde se encuentran las demás.
—Oh, oh —dice Eileen cuando se sienta junto a Pam en el asiento trasero al nuestro—. La tía Morgan
viene para acá.
—No te pongas nerviosa —le dije a Rita—, si pregunta, eres virgen.
—¿Qué?
Ella me golpea en el estómago, realmente fuerte. Me saca el aire.
—A mí no me hablas así. Entiéndelo.
La tía Morgan se acerca con paso decidido mientras yo termino de recuperar el aliento y de frotar mi
estómago.
Ella lleva una falda tan larga que deja limpio el suelo que pisa; arrastrando la basura y polvo que poco a
poco se van acumulando en el dobladillo de su prenda.
—¿Y ella quién es? —pregunta directamente, irguiéndose frente a nosotros.
—Ella es Rita —digo de mala gana—, una amiga.
—¿Una amiga o tu novia?
—Su novia —dice Pam sonriendo maliciosamente desde el asiento trasero.
—¿Su novia? —la tía Morgan amplía bastante los ojos—. Y cuéntenme chicos… ¿están usando
protección?
Rita se pone roja a mi lado, su rostro ardiendo con vergüenza.
—No, tía —contesto sarcásticamente—. Esperamos que Rita se embarace de aquí a Abril.
—¿Quieres embarazarte a tan corta edad? ¿Cuántos años tienes? —escupe ella.
Finalmente Rita abre la boca para contestar:
—Tengo diecinueve.
—Diecinueve y sin usar protección —la tía chasquea la lengua. Entonces ve al tío Benny tambaleándose
dentro del autobús, hablando incoherentemente, con una cerveza en la mano; ella comienza a gritarle—.
¡Benny! ¡Oye, Benny ven acá!
El tío Benny apenas la nota pero de igual forma tarda en llegar. A estas alturas ya se emborrachó.
—Benny —dice la tía Morgan—. ¿Quieres hacerme el favor de regalarles a estos chicos algo de
protección?
Mi mandíbula se aprieta y trato de no descontrolarme.
Rita se pone de pie inmediatamente.
—Key y yo no necesitamos protección —grita ella. Creo que hasta la abuela Ettel la escuchó.
—Oh no, no, no. Claro que necesitan —contraataca la tía—. Estás muy joven, corazón. No queremos un
bebé Miller todavía; tú y Key tienen que esperar.
Lo que Rita no sabe es que a la gran tía Morgan no se le dice que no; así como también nunca se le lleva
la contraria para otras cosas.
—Benny, protección. ¿Tienes en tu billetera o no?
—¿Protección contra qué? —hipa él—. ¿Contra incendios?
—¡Condones! ¡Condones, Benny! ¿Tienes algunos o ya jugaste con todos ellos? —nos mira con una
disculpa en el rostro—. A él le gusta ponérselos a las bananas que hay en casa, solo por diversión.
El buen tío Benny comienza a palparse los bolsillos de su camisa, rebuscando por los condones.
Finalmente encuentra unos en sus pantalones, y los lanza en mi dirección.
—Aquí está.
Él se marcha hacia el fondo del autobús, y cae contra las maletas de algunas de mis primas. Comienza a
roncar inmediatamente.
Rita gruñe a mi lado, su rostro hirviendo en rabia. Yo hago el intento de sentarla nuevamente en su
asiento.
—Será peor si le contestas —murmuro en su oído.
Ella asiente con la cabeza, su boca frunciéndose de manera divertida.
—Ahora sí, busquen planificación familiar, queridos. Y Key, ¿qué ocurrió con Mia? A mí nadie me dice
nada. ¿Terminaron?
Ruedo los ojos.
—No, tía, estoy con Rita y con Mía al mismo tiempo. Tenemos un acuerdo.
No sé porqué me molesto en contestarle, debería dejar pasar sus inoportunos comentarios. Pero es que a
veces el orgullo llama, y llama fuerte.
—¿Con las dos?
Y esa es la cuestión con la tía Morgan; se podría decir que es muy inocente y tiene tendencias a caer en
constantes bromas.
—Era broma —replico antes de que su rostro se descomponga aún más.
—Jovencito bromista tenías que ser.
Ella se despidió, no sin antes decirle a Pam que se miraba gorda, y de regañarme por última vez.
Y así oficialmente comienza el campamento Miller.

Rita
Estoy a punto de llorar y sufrir un colapso: llevamos tres horas en carretera, y todavía faltan otras tres más
antes de llegar.
Key está dormido a mi lado, y hay una niña (acosadora de Adam) que no ha dejado de lanzarme miradas
de odio. Puedo percibir las de ella, las de Elena (que no para de observarme en todo el viaje) y las de
Marie (que ama ser el centro de atención y le encanta humillar a las pobres primas de Key, me mira mal
cada vez que yo las defiendo).
Tampoco la odiosa tía Morgan ha dejado de examinarme; comprobando con sus propios ojos que yo no
los trate de embaucar con un bebé que amarre a su sobrino.
Y en otras noticias, también me picó un mosquito en el codo. Ahora está hinchado y es del doble de su
tamaño. Tendré que demandar a cierta empresa de repelente contra insectos.
A mitad de viaje hacemos una parada para proveernos de alimentos y estirar las piernas, así que despierto
a Key y lo obligo a acompañarme puesto que sus hermanas siguen durmiendo.
Ya he conocido a casi toda la familia de Key: sus abuelos (que son bajitos), a sus tíos y tías, y hasta el
infame abuelo Johny (quien de verdad está loco y me pidió mirar su trasero peludo). No ha dejado de
murmurar: “esta era la forma que Dios quiso” “Así debería haber sido” desde que salimos de casa. Creo
que alguien le dio un sedante porque él también ronca como bebé, envuelto en una capa que obliga a
sujetar sus brazos uno contra el otro; casi como un traje de fuerza que utilizan con pacientes enfermos
mentales.
A los únicos que no he podido conocer es a los padres de Key. Ellos, al parecer, nos acompañarán
después. No se subieron al autobús con nosotros.
Los envidio.
—Sigo sin entender cómo no te pudiste bajar tú sola —murmura Key, estirando los brazos mientras lo
obligo a bajar del autobús.
—Necesito que alguien me acompañe al baño. No sabes qué clase de loco te encuentras en las esquinas.
—¿Tú? ¿Rita Fiorella Day? ¿Necesitas compañía para ir al baño? Pensé que tenías tu siempre confiable
gas pimienta.
—Pues esta vez no lo traje —confieso—. Llevaba muchas cosas en mi maleta. No cabía.
—¿Y tu navaja suiza?
—En mi cuarto, en la mesita de noche junto a mi cama y mi biblia. Oye, pero por qué me llamaste por mi
nombre completo. No recuerdo haberte dicho cuál era mi segundo nombre. ¿Me estás acosando?
Él sonríe de lado.
—Más o menos —admite, encogiéndose de hombros—. Averigüé un poco en ese sitio para citas al que te
registraste bajo el nombre “Andrea Cipriano”.
Mi cara se vuelve roja.
—¿Y cómo, específicamente, supiste que era Rita Fiorella?
—Porque diste tu verdadera dirección. Solo bastó con que Adam le coqueteara un poco a la chica que
lleva los registros, y ¡bingo! Fui a tu casa y hablé con tu abuelo. Es un buen señor, entiende perfectamente
las urgencias del corazón.
—¿Urgencias del corazón?
—No te preocupes, no va a ventilarle a todo el mundo sobre tu información. Yo fui un caso especial.
Me cruzo de brazos, lanzando miradas mortales a Key a medida que estamos cerca de poner un pie en un
lugar de abastecimiento.
—¿Por qué especial? ¿Qué hiciste?
—¿Qué hice? Qué hizo él es la verdadera pregunta: me chantajeó. Me daba tu información a cambio de
revistas porno.
—No puedo creer que me vendiera tan barato.
—Sí lo hizo.
Entramos directo a la tienda de comida, y busco con mis ojos por algún letrero que me indique dónde está
el baño.
Lo encuentro a varios metros de distancia.
Jalo a Key de la camisa, y lo encamino a mi lado.
—Te tomaste demasiadas molestias buscando mi información —digo casualmente después de unos
segundos.
Él se encoje de hombros.
—Quería saber si eras alguien en quien confiar o no. No iba a regalarme de mi dinero a una chica con
extrañas adicciones o desordenes.
—¿Regalar tu dinero? Claro, ¿no llamas a esto un trabajo completo? Por cierto, ya que accedí
acompañarte a este campamento me tienes que pagar las horas extra.
—¿Que te tengo que pagar qué? Tú sola te metiste a esto. Yo no te dije: Rita, loca de Cipriano, ven
conmigo al campamento que mi familia hace todos los años.
—Oww, qué tierno, rimaste. Y la próxima vez que me digas loca voy a extraerte los órganos internos con
una mano.
Rápidamente avanzamos a los baños, y hago que Key espere afuera para vigilar mi puerta.
Solo hay dos baños en todo el local, y debo estar agradecida que el de mujeres se encuentre limpio y con
un olor agradable.
Las paredes están tapizadas con nombres escritos con marcador, y hay unos labios pintados cerca del
pomo de la puerta.
Ni siquiera me quiero imaginar a la pobre desdichada que puso su boca sobre esa superficie solo para
dejar sus labios impresos.
Asco.
Orino rápido, sin tocar el servicio sanitario, o las paredes, tratando de enfocarme en otra cosa que no sea
la grosería que está tallada en la madera de la puerta. Y salgo con la misma velocidad, sintiéndome más
libre y sonriendo con naturalidad.
—Te tardaste mucho —se queja Key—. Y no, no pasó ningún posible violador o asesino mientras
cuidaba afuera.
Me saca la lengua en un gesto infantil, y yo le muestro mi tercer dedo.
—Quiero comprar unas chucherías —le digo a cambio—. Necesito papas fritas y una buena cantidad de
soda de uva si tengo que pasar otras tres horas junto a la pelo de zanahoria y su hermana de alma Elena.
Lo juro, ellas dos me odian... y tu tía tampoco se salva del plan.
—Entre mujeres, todas se odian. Típico.
—Claro que no. Tenemos sexto sentido que es otra cosa, así sabemos quiénes son amigas y quiénes perras
traicioneras... aunque a veces nuestro radas falla.
Pasamos cerca de la sección de bebidas y agarro varias latas de cola y sodas de banana y uva. Key toma
unas cuantas también y de paso me ayuda a sostener las mías.
—¿Y quién es amiga de Rita Day? Me imagino que si tú eres como la versión femenina de Rambo, tu
amiga es la versión femenina de Hulk Hogan.
Me rio en voz alta, imaginando a la dulce e inocente Anna, desencajando totalmente con la visión de Key.
—Mi mejor amiga es mucho más femenina y pequeña que Hulk, te lo aseguro. Es como... se parece a...
No sé, ¿Bambi?
—¿De verdad? —pregunta él con curiosidad.
Asiento con la cabeza.
—Mmm. En fin, los hombres somos más tranquilos —murmura para sí—. No nos estresamos por esas
cosas.
Lo ignoro completamente, concentrándome en llegar al área de frituras.
Ambos vamos directo por las bolsas de papitas y bolas de queso.
—Vengan conmigo, hermosas —digo abrazando un paquete de galletas de caramelo.
Tomo una barra de chocolate con nueces en el camino, y agarro una revista del mostrador a la hora de
pagar.
Key se suple de cigarros y toma un paquete de goma de mascar mientras hacemos fila detrás de unas
cinco personas.
—No es por nada —dice él de repente— pero Adam me platicó de cierta chica que conoció en tu trabajo.
Ruedo los ojos. Obviamente Adam le contaría dónde trabajo.
—¿Cuál chica? Somos varias.
Key tose disimuladamente.
—No me quiere decir su nombre, esperaba que tú me lo facilitaras.
—Mmm, pues no sé.
—El otro día me habló de sus ojos —él hizo una mueca—, sonará marica pero... Me dijo que ella tenía
ojos nublados.
—¿Ojos nublados?
—Eh, sí. Ojos como cielo nublado, a eso me refiero.
Alzo una ceja.
—¿Y por qué tu amigo se fijaría en una de mis compañeras si tiene a la "piernas abiertas" de Marie?
—No lo sé —se encoge de hombros—. Él solo me dijo que ella logró llamar su atención.
—¿Ojos como cielo nublado?
De repente todo tiene sentido, algo se enciende desde adentro.
—¡No puede ser! —chillo—. No, no, no. Ni loco... ¡¿Está hablando de mi amiga Anna?! Jamás. Él es un
tiburón, se la va a devorar entera si se le acerca. Además, ella es prima de Marie. Sería incestuoso.
—¿Es la prima de ella? —da un silbido—. Pues se metió a un gran lío.
—¿Cómo que se metió a un lío? Simplemente no se le tiene que acercar y punto. Anna es muy inocente,
apenas y acaba de nacer. Él no va a venir y contaminarla.
—Adam no es una mala persona. El que lleve tatuajes no indica que sea de mal corazón.
—No, pero ¿acaso no has escuchado el dicho: dime con quién andas y te diré quién eres? ¿Qué tan jodido
y mujeriego hay que ser para él salga con alguien como la bruja de anaranjado?
—Oye, él ha pasado por ciertos problemas, sí, pero no es mujeriego. Jamás anda con dos mujeres a la vez,
y nunca le ha sido infiel a ninguna de sus novias.
—¿Y lo defiendes por...?
—Porque soy su amigo.
Suelto un bufido.
—Suenas más como su pareja.
Finalmente nos quedamos en silencio cuando pagamos por nuestras cosas, y juntos nos movemos hacia el
estacionamiento donde está el bus.
Key lleva nuestras cosas en una bolsa ecológica, y notamos el problema una vez que salimos del local de
abastecimiento.
Nos detenemos en medio del estacionamiento.
—No quiero sonar alarmante —dice él—, pero no veo el autobús en ningún lado.
Trago saliva mientras parpadeo repetidas veces.
—Mierda —murmuro—. Yo tampoco lo veo. Pero tengamos fé, tal vez se puso su capa de invisibilidad.
Key me da una mirada rara mientras lleva una mano a su cabello para jalarlo.
—¡Ahh! —grita más fuerte, lanzando nuestras bolsas al suelo—. ¡Nos dejó el autobús!
Alto, que no entre el pánico. Simplemente llama a una de tus hermanas para que den la vuela y nos recoja.
—Cierto, cierto, cierto.
Key se apresura a buscar su móvil entre los bolsillos de su pantalón, pero murmura una maldición
mientras sigue rebuscando.
—No lo tengo. Lo dejé en mi maleta. ¿Y el tuyo?
Trago saliva otra vez, de una manera más lenta.
—Ni siquiera se me ocurrió traerlo —él suelta otra mala palabra.
—¡Teléfono público! —grito cuando veo una cabina más adelante—. Hablemos por allí.
Key no me mira a los ojos cuando comienzo a caminar hacia el teléfono, me agarra la mano antes que
avance más.
—No me sé ningún número conocido.
—¿Qué? ¿Ninguno?
—¿Y tú?
—Ah, tontos teléfonos con agendas virtuales. Ya no nos dejan memorizar los números como antes. Lo
siento, solo me sé el del buzón de voz.
—Mierda —dice el.
—Sí, mucha —termino yo.
Y para colmo: las latas de soda comienzan a estallarse y desparramarse por todo el suelo.
Solo faltaba que mi barra de chocolate se hubiera derretido, y allí sí, sería el fin del mundo.
10
Cómo surgieron las cosas en realidad

Rita
El día comienza a ponerse gris, el aire se torna helado, mi codo continúa hinchado y tengo la sensación de
que estoy siendo observada.
Volteo hacia un lado, tratando de rascar una nueva picadura de mosquito en mi brazo, y al alzar la vista,
descubro a un tipo con cara de pervertido, viendo mi trasero y mis piernas cubiertas de repelente.
Está tomado de la mano de una mujer que solo puedo deducir es su esposa.
Rápidamente me pego a Key.
—¿Y ahora qué hacemos? —pregunto frustrada mientras regresamos al local de abastecimiento.
—Pedirle a alguien que nos preste un celular.
—¿Y a quién vas a llamar? Te recuerdo que ninguno de los dos memorizó un tan solo número en caso de
emergencia.
—La verdad es que conozco uno... Es de mi casa, pero dudo que mis padres estén allí a estas alturas.
—Bueno, no perdemos nada con intentarlo. Aunque también podríamos usar el teléfono público.
—Tiene un gran rótulo que dice “fuera de servicio” —me señala el rótulo en cuestión.
Me encojo de hombros mientras nos abrimos paso dentro del local; ambos examinamos a las pocas
personas que se encuentran deambulando por los pasillos en busca de alimentos.
Hay un tipo que tiene cara de homicida, con barba sucia y abundante cubriendo su mentón y sus mejillas,
con aretes de plata perforando cada superficie de sus orejas.
No ha dejado de vernos desde que entramos.
—Parece que tienes un admirador —susurra Key en mi oído—. ¿Y adivina qué?
—¿Qué?
—Tiene un celular en sus manos.
Mi ceja derecha se levanta inmediatamente.
—Oh, no. No, no, no. Estás loco —es el homicida con barba de chivo—. ¿Por qué no vas tú? O mejor,
¿por qué no le pedimos a la amable cajera, que está sosteniendo su celular, que nos lo preste por un
segundo?
Key da un largo suspiro.
—De acuerdo. Vamos... Aburrida.
Comenzamos a caminar hacia la, ya más normal, chica con teléfono.
Ella está escribiendo furiosamente, con el ceño fruncido, concentrándose en la pantalla e ignorando al
resto del mundo a su alrededor.
Una vez que estamos frente a ella, Key se aclara la garganta para llamar su atención.
La chica nos ignora, todavía con la vista fija en su teléfono.
—¿Disculpa? —dice Key, esta vez ella alza la mirada.
Sus ojos vuelan hacia las bolsas que cargo en mis manos.
—No se aceptan devoluciones —dice con voz genérica.
Vuelve a observar mis bolsas empapadas por los refrescos estallados, y baja la vista a su teléfono.
—No venimos por eso —digo—, queríamos pedirte un favor.
—Los baños están al fondo a la derecha —dice abruptamente, sin despegar su vista del aparato móvil—,
já, como si no fuera típico que en cada casa y construcción no los pusieran ahí.
—No es eso...
Ella vuelve a mirarnos, luego algo se enciende en su mirada, comprendiendo lo que finalmente estamos
buscando.
—Oh, ya veo —dice con una sonrisa presumida—, me lo hubieran dicho antes, así no perdemos el
tiempo. Cielos, ¿qué tan difícil es decir que quieren condones?
Se da la vuelta, al parecer, hacia el enorme estante con diferentes marcas de condones, cigarrillos y goma
de mascar, ubicados detrás de ella.
—¿De qué clase necesitan? —pregunta, extendiendo las manos, bajando un par de cajitas de su sitio—
¿Larga duración? ¿Extra grandes?
Ella mira directo hacia la entrepierna de Key, mordiéndose el labio meticulosamente.
—¿Tal vez unos que intensifiquen el placer? —dice sonando inocente—. O quizá unos que retrasen el
or...
—¡No necesitamos condones! —gruño, apretando mis puños. ¿Por qué todo el mundo insiste en darnos
un par?
Key se encuentra rojo a mi lado, evitando reírse de la situación.
—¿No los necesitan? —vuelve sus ojos en mi dirección—. Oh, cierto. ¡Torpe de mí!
Devuelve las cajas de condones a su sitio, y se mueve más a su derecha, tratando de alcanzar otra cosa del
estante.
—Aquí está —dice murmurando para sí. Se da la vuelta y deposita una caja de tamaño medio en el
mostrador—. No tengan vergüenza de pedirlo.
Me guiña un ojo mientras comienza a registrar el producto para cobrarlo.
Mi mirada está atenta a las grandes y llamativas letras impresas en una de las caras de la caja: "prueba de
embarazo".
Mi irritabilidad está en sus niveles máximos.
—¡No, mierda, no. No queremos una prueba de embarazo! —grito, furiosa.
Key comienza a reír descontroladamente.
Lo fulmino con la peor de mis miradas, pero él está ocupado sobando su estómago.
—¿Ah, no? ¿Entonces qué buscan? Si no van a pedir nada será mejor que se marchen.
—El autobús en el que veníamos, se fue, dejándonos aquí —comienzo a explicar rápidamente—. Solo
queríamos pedirte prestado tu teléfono móvil.
Sus ojos se estrechan sospechosamente.
—Bueno… —asiente pensativamente— se los prestaría… pero quiero algo a cambio.
Key para de reír abruptamente y la mira con seriedad.
—¿Qué quieres? —pregunta—. ¿Dinero?
Ella niega con la cabeza.
—Es algo que siempre he querido hacer pero no puedo porque nadie de mis amigos está dispuesto a
ayudar.
—¿Qué es? Si es algo razonable entonces te ayudaremos.
La chica con nombre Megan, según dice su etiqueta, sonríe viendo a Key de pies a cabeza.
Key niega lentamente.
—Nada de favores sexuales —aclara él pegándose a mi costado—. Tengo novia.
Lo empujo de mi lado, viéndolo de mala gana.
—Claro que no hay problema si es lo que quieres. Te lo regalo —señalo al chico vaquero—. Ni siquiera
lo conozco tan bien.
La chica rueda los ojos.
—Tengo dieciséis —dice teatralmente—, no ando en busca de eso.
—¿Entonces?
—Hace dos días mi novio, Freddy, terminó conmigo —su vista se traslada a su celular—, por medio de
un mensaje de texto… la misma tarde en la que, finalmente, después de dos semanas de conocernos, me
entregué a él en la bodega de este mismo local.
Mi boca se abre, queriendo gritarle un par de cosas a esta chica por ser tan idiota y regalarse a alguien que
no la merecía y apenas conocía.
Key se mira incómodo a mi lado.
—¿Por qué harías una cosa como esa? —digo, aun no me lo puedo creer.
—Porque dijo que le gustaba mi sonrisa… y porque me confesó que jamás había conocido a alguien
como yo. Que era especial.
Maldije en voz alta.
—Cariño —trato de sonar menos enojada de lo que estoy—. Hazme un favor y deja de creer que esto es
Disney y que tendrás un príncipe azul de ensueño.
—Pero… pero… ¡él fue quien me engañó!
—Claro que no, tú no supiste distinguir entre cuáles eran sus intenciones reales y cuáles no, y aunque las
distinguieras, lo idealizaste tanto que fue complicado bajarlo del pedestal en que lo tenías. Es imposible
encontrar al amor de tu vida y enamorarte en cuestión de dos semanas. Por favor, hasta tarda más tiempo
intentar adoptar un niño en China de lo que te demoró en creerle al hijo de puta.
Ella abre la boca para defenderse, pero la corto con mis siguientes palabras:
—Dos semanas no son suficientes para confiarle a alguien tu corazón, mucho menos tu cuerpo. Una
relación tiene que ser algo que se cultive lentamente, que sea tan inesperado y gratificante como encontrar
dinero en el bolsillo de los pantalones que no usabas hace un tiempo. Créeme, el amor es más enigmático
que eso. Pueden pasar años hasta que descubras cómo armar las piezas de ese complicado juego.
Ambos, la chica y Key, me miran fijamente, sumergidos en un silencio incómodo… o al menos se siente
incómodo para mí. Key tiene una sonrisa inesperada en el rostro, mostrándose conmovido por lo que dije.
Me aclaro la garganta repentinamente.
—En fin, ¿querías algo a cambio de la llamada? ¿Qué es?
Ella finalmente parpadea las lágrimas que empezaron a asomar de sus ojos.
—Mmm, sí. Yo solo… —respira hondo—, quería que él me dejara besarlo —señala a Key— mientras tú
nos tomas una foto y yo se la envío a Freddy. Es que él no ha dejado de presumirme a su nueva conquista
desde esta mañana.
Me pasa el celular, donde hay una imagen de un chico con cabello en punta, abrazando a una chica con el
flequillo tapándole los ojos y una sonrisa radiante y cínica.
El tipo es feo y luce como potencial para futuros centros penales y prisiones de máxima seguridad.
—¿Quieres que te bese? —pregunta Key viendo la misma imagen que yo.
—Por favor —suplica la chica—. Aquí casi no pasa nadie tan guapo como tú.
Me rio sin poder evitarlo.
—¡Oh, vamos! —suelto— ¡Está halagando tu ego! Hazlo Key, hazlo. Deja que el tal Freddy reciba un
poco de su propia medicina.
Él me mira profundamente, con el rostro arrugado, como si hubiera chupado un limón.
—Hazlo por todas las mujeres en el mundo que una vez fueron botadas por patanes como esos —agito
mis pestañas de manera infantil.
Él suspira pero asiente con la cabeza, resignado.

Key
No sé cómo acepté esta situación.
Mi boca ha estado en una constante mueca desde que mencionaron la descabellada idea de hacer toda una
sesión de fotos.
Pasamos de una simple toma, a perfeccionar todo un escenario.
—Muchas gracias por ayudarme —dice la chica mientras se para frente a mí. Ella bien puede estar
mintiendo y solo quiera besarme. Aunque no la culpo, a veces ni yo mismo puedo resistirme.
—¿Por qué estás haciendo esto? —le susurro mientras aprovecho que Rita está lejos, con el celular en sus
manos, buscando una coca cola de dieta entre los refrigeradores.
—¡Hagan como si estuvieran compartiendo un secreto! —nos grita desde el otro lado del local mientras
saca una lata y bebe un gran sorbo. Ella se toma demasiado en serio lo de la venganza. Me pregunto quién
la habrá lastimado de esa forma como para dejarla tan firmemente marcada.
Aunque la puedo entender, tardaron meses hasta que dejé de alucinar con Mía encima de otro hombre.
—Bueno, compartamos un secreto —dice la chica frente a mí, trayéndome al presente una vez más. Habla
en voz baja y posa para que Rita tome las fotos de una vez—. Hago esto porque de verdad sigo dolida con
mi ex. No puedo creer que me usara de esa manera. Jamás lo hubiera pedido si no lo creyera necesario.
Prometo devolverte todo lo que me pagaste por adelantado desde ayer.
—Bien —digo con resignación.
Rita finalmente echa a andar hacia nosotros y se detiene antes de llegar muy lejos.
—¡Patchina! —grito con fuerza—, ¿por qué tardas tanto? El autobús ni siquiera querrá regresar por
nosotros.
La veo fruncir el ceño mientras camina de nuevo, a paso lento.
—Es que perdí la aplicación de la cámara. Jamás he usado un teléfono como este, el mío apenas y tiene
Bluetooth incorporado.
Le extiendo mi mano para que me pase el teléfono, y ella obedientemente me lo da.
Cuando busco la cámara, se lo paso de nuevo.
—Una foto, nada más —aclaro para ambas—, o si no, vamos donde cara de homicida y le pedimos a él el
móvil.
Rita rueda los ojos, y al fin me pongo cerca de los labios de Megan.
Me siento incómodo en estas situaciones, y a pesar de tener veintidós años, debo admitir que no me
precede una vasta experiencia en besos. Los que tenía, los tenía con Mía. Fue fácil amoldarme a ella.
Ahora tengo que encorvarme un poco si quiero llegar a besar correctamente a Megan o a cualquier otra
chica en general. Deberían ser todas altas... Espera, Rita es alta...
—A la cuenta de tres se darán el beso —dice la susodicha—: uno, dos... ¡tres!
Uno rápidamente mis labios a los de Megan, y escucho el familiar sonido de un obturador junto con el
flash de la cámara que traspasa mis párpados cerrados.
—Listo, tengo la foto.
Separo mi boca de la de Megan, y me uno a Rita para ver la imagen.
—¿Rita, qué es esto?
—¿Qué?
—Estás apuntando a todos lados menos a nuestros rostros. ¿Solo una foto tomaste?
—Dijiste que solo una...
—Sí, pero eso era antes que supiera que eras miope y te temblara la mano tanto como para no sacar una
buena toma. Dame el celular, yo tomaré la foto.
Ella me lo pasa de mala gana y se cruza de brazos.
—A ver...
Después de intentar que saliera una imagen decente, finalmente Megan nos cede la custodia temporal de
su celular.
Rita y yo nos movemos a una esquina lejana, procurando no llamar la atención de la gente.
Marco el número que me sé de memoria, y espero el tiempo necesario hasta que una voz nasal contesta:
—¿Hola? Casa de la familia Miller, habla con Delores.
—¡¿Hola?! —grito lo más fuerte que puedo—. ¿Delores? Habla Key.
Tapo el teléfono con una mano y me dirijo a Rita.
—Delores es la ama de llaves de la casa de mis padres, es griega —explico—, ella no entiende muy bien
el idioma.
—Oh, ¿crees que eso pueda ser un problema? —susurra Rita.
Niego con la cabeza y presto atención a lo que Delores dice.
—¿Key? ¿Muchacho, por qué rayos gritas? Te puedo escuchar a la perfección, no estoy sorda.
Sé que ella habla y entiende el idioma, pero Rita no, y ya que no puse el teléfono en altavoz, nunca lo
sabrá.
—Ke-ey, Delores, soy Ke-ey —digo cada palabra despacio y fuerte.
—¡Ya sé quién eres! Deja de joder con mi tiempo, estoy ocupada. Tú y tus hermanas no pueden limpiar
bien su lado de la casa. ¿Qué quieres?
—¿Están... mis... padres... en... casa? —vuelvo a gritar.
Ella no responde en un principio, y pronto la escucho suspirar.
—Mira, no entiendo lo que estás diciendo, ¿por qué hablas en clave? Y no, no están en casa. Salieron
hace unos minutos hacia el campamento ese que hacen todos los años.
Delores me conoce desde que tenía cinco años, se podría decir que existe una gran confianza entre ella y
yo, pero justo ahora estoy poniendo a prueba la poca paciencia que tiene.
—¿Están o no? —vuelvo a preguntar. Rita se mira angustiada, casi pálida.
En otros tiempos estaría burlándome de ella, pero si no supiera que el autobús se fue gracias a mis
órdenes específicas, y si de verdad no tuviera mi celular al alcance de la mano como para pedir ayuda,
también me miraría igual de mal.
—Muy bien —escucho a Delores del otro lado de la línea—, basta de juegos. ¿Estás con una chica? Solo
actúas raro cuando estás con una.
—Mmmm... —ruedo mis ojos y Rita se pone más pálida si es posible.
—Ella no te entiende, ¿verdad? —dice Rita en un susurro—. Oh Dios, vamos a tener que buscar cómo
nos regresamos.
Tapo el auricular y le sonrío tranquilizadoramente.
—O podemos buscar un motel e irnos en la mañana.
Abre los ojos inmensamente, como si la sola idea de dormir conmigo la pusiera enferma.
Por el teléfono, Delores se queja.
—¡Estás con una chica! —grita—. Solo te advierto una cosa, muchacho: no la dejes embarazada.
Trago una risa, y finalizo la llamada.
—Mis padres salieron de casa —digo con fingida angustia— es poco probable que se detengan aquí.
Además, Delores jamás, ni en un millón de años griegos, sabría el número de mis hermanas como para
llamarlas y pedirles ayuda.
Mentira, mentira, mentira. Ella tiene nuestros números anotados en una agenda.
Megan, la chica de la caja, me mira de reojo desde su puesto.
Tuve que pagarle en efectivo mientras Rita estaba en el baño.
Le pedí que, si Rita llegara a preguntar, mintiera con respecto a los horarios en los que los autobuses
seculares pasaban, haciendo que la decisión de quedarnos en un motel fuera la única opción viable.
—¿Y ahora qué hacemos? —dice ella, rascándose el codo—. Tal vez tus hermanas se den cuenta de que
no estamos en el autobús con ellas.
—Lo dudo.
—Marie o Elena tienen que percibir que no estoy para estropearles el viaje. ¡Ellas no serían tan malas!
—¿Tú crees?
—Eso es lo triste: ni yo misma lo creo. ¿Qué tal Adam? Él es tu amigo. Yo digo que esperemos a que
aparezcan, alguien tiene que notar que no estamos en ese autobús.
—De acuerdo, esperemos a que vuelvan.
—Bien —sonríe, esperanzada.
Si tan solo supiera que todos ellos están informados de mi plan. Especialmente Eileen que lo aprobó por
completo. Pam sin embargo no estuvo muy alegre con la idea.
Pasamos las siguientes dos horas esperando, así como Rita quiso que hiciéramos.
Puedo ver la desesperación que comienza a acumularse cada vez que entra un cliente nuevo y cree que es
mi familia que viene a rescatarnos, pero sé la verdad y ellos no van a venir.
Mi celular, que mantengo bien escondido en el cinturón, detrás de mi espalda, ha vibrado toda la tarde. Sé
que es Pam tratando de disuadirme así que simplemente la ignoro. De todas formas, se supone que no
tengo el celular a mano.
Después de esperar toda la tarde, hasta la hora del cierre, le digo a Rita que es momento de dormir en un
motel.
Ella se encoge de hombros.
Por un momento creo que va a perder la compostura, pero simplemente suspira y le devuelve el teléfono a
Megan (luego de pasar casi toda la tarde jugando con él).
—Ojala cuelguen a Freddy directamente del par de pelotas que tiene de adorno —dice Rita con simpatía
para despedirse de Megan.
Ella sonríe, casi sentimental por sus palabras.
—Ojala. De todas formas terminarían colgándolo de los pulgares del pie: son más grandes que sus
pelotas.
Ambas ríen, y yo hago una mueca, sintiéndolo por el pobre bastardo sin suerte.
Antes que nos vayamos del local, y Rita pidiera ir al baño de nuevo, Megan me detiene, sujetando un
puñado de la manga de mi camisa.
—Tu dinero —dice regresándomelo en un sobre de papel—. Ella es muy valiosa. Espero que tus intentos
por seducirla funcionen… y trata de no pelear de nuevo.
Sonrío de lado.
Tuve que decirle a la chica que Rita era mi novia y que justo acabábamos de pasar por una enorme pelea,
pero quería recuperarla y ésta era la única manera de tenerla de nuevo. Ella me creyó.
—Quédate con el dinero —le digo—. Te lo ganaste.
—Gracias —vuelve a guardar el sobre dentro de su camisa con capucha y se va.
Rita por fin sale del baño. Su cara luce roja y noto que se rasca mucho el cuello.
—Extraño a Phillip —dice con pesar.
—¿Phillip?
—Mi navaja suiza.
—Ah, ya veo. Pero es tu culpa, no tenías que haberla dejado en casa.
—Lo sé. Estoy arrepentida.
—¿Y no extrañas tu gas pimienta?
—A cada minuto que pasa.
Le paso un brazo por los hombros, un gesto para hacerla sentir mejor.
Ella no rechaza el contacto como generalmente lo haría, en todo caso apoya su cabeza en mi hombro
mientras nos dirigimos hacia el motel que queda a cinco cuadras, caminando.
Vamos a paso lento, cargando una bolsa de gomitas y chucherías que compramos en la tienda durante
nuestra estadía. Rita quita la cabeza de mi hombro y comienza a rebuscar en la bolsa.
—Al menos mi chocolate permaneció intacto —dice alzándolo con ambas manos por encima de su
cabeza. Las baja rápidamente—. Lástima que no hayan vuelto por nosotros. Pienso que tienes una familia
espantosa por no darse cuenta que al menos tú faltas. Mis hermanos ya hubieran hecho una búsqueda de
rescate aéreo… especialmente Russell que no sabe ni cómo freír un huevo sin mi ayuda.
Me atraganto con mis palabras. ¿Qué debo decirle? ¿Qué la engañé para llevar la delantera en este juego
que ambos estábamos jugando? No lo creo.
Solo sé que esta noche yo ganaré… aunque me siento culpable por ello.
—¡Ahhh!
A medio camino, Rita grita.
Me detengo, asustado y con el corazón desbocado.
—¡¿Qué?! ¡¿QUÉ?!
—¡Mi sandalia! Se rompió.
Mueve su pie para que yo pueda verlo.
La tira plateada, que le pasaba entre los dedos, se despegó de la base de la platilla.
Paso una mano por mi cabello, jalándolo desesperadamente.
—No vuelvas a gritar de esa manera a menos que te esté atacando un murciélago o un zombie. Además,
¿no puedes caminar así?
Ella me da una mirada profunda, de esas que matan.
—¿Y si te quitas el zapato? —sugiero esta vez con más calma.
—¿Qué? ¿E ir cojeando en todo el camino exponiendo mi pie a que se ensucie o se me entierre algo y me
provoque tétano? Aquí hay muchos vidrios rotos y suciedad. No voy a seguir así. Me niego.
—Bien —digo encogiéndome de hombros.
Regreso a caminar con tranquilidad, dejándola atrás.
—¡Oye! Grandísimo tonto. ¿Me vas a dejar aquí? —grita después de un segundo.
—Tú dijiste que no querías herirte o ensuciarte… no hay nada que pueda hacer si no quieres quitarte esa
cosa.
Sigo caminando, con las manos metidas en los bolsillos.
Esta es la cosa más difícil que he tenido que hacer: dejarla a un lado.
Mis niveles de caballerosidad jamás me lo permitirían. Es como algo carcomiéndome desde el fondo. Mi
maldita moral se siente culpable por todo.
—¡Espera! —grita, y esta vez me detengo y me giro—. Al menos podrías ser amable y cargarme en tu
espalda hasta el motel.
—¿Cargarte en mi espalda? ¿Crees que hago pesas a diario? Rita yo toco la guitarra, tengo manos de
músico, no de fisicoculturista.
—No importa. No seas así, solo ayúdame.
Sonrío ante el malestar que se aleja de mi estomago mientras regreso hacia ella. No pensaba dejarla sola,
no está en mi sangre hacerlo.
Ella frunce la boca a medida que me acerco, cruza sus brazos apartando la vista.
—Bien, solo he visto esto en mis novelas asiáticas. Así que agáchate, de cuclillas —ordena.
Confundido, hago lo que me dice.
La siento de pronto, acomodándose en mi espalda. Sus piernas, aun resbaladizas por el repelente, se
empujan hacia adelante para que yo las sostenga.
Sus manos se entrelazan en mi cuello en un agarre demoledor.
—Ahora sí, vamos —dice en mi oído.
Trato de levantarme, impulsándome hacia arriba para soportar su peso. Pero fracaso cuando quiero
ponerme de pie y ambos caemos de lado en el suelo.
—¡Key! —gruñe, fuerte—. ¡Así no es como sucedía en las novelas!
—¡Esto no es una novela! ¡Pesas, y ahora me duele la espalda!
A pesar de que ambos nos quejamos, igualmente lo volvemos a intentar.
Esta vez estoy preparado a la hora de levantarme, y fácilmente comienzo a caminar.
—Ahora sí —susurra en mi oído—, así es como debería ser. Ah, y pasaré por alto tu comentario sobre mi
peso. Espero que no se repita.
—Sí, jefa. No va a repetirse —murmuro de mala gana—. Vendría bien tu super poder justo ahora.
—¿Mi super poder?
—Sí, el de lamer cosas. Hace unas semanas estabas dispuesta a comprobarme que podías lamer de todo
sin sentirlo, ¿dónde está esa Rita que hablaba dormida sobre patos?
—No hablo dormida.
—De acuerdo, hoy vamos a comprobarlo.
—¡Pediremos cuartos separados! No habrá manera de que lo sepas.
¿Cuartos separados? Sí, claro. La nieve se volvería rosa antes de que eso pasara, al menos no para lo que
tenía planeado.

Rita
—¿Qué es este lugar? —digo con mi boca ligeramente abierta. Estamos frente al motel que Megan, la
chica de la caja registradora, nos recomendó.
El sitio luce maltratado y abandonado. Con una gruesa capa de polvo cubriendo la pintura que una vez fue
verde selva, y con un letrero que anuncia que aún tienen vacantes en sus mejores dormitorios.
El nombre del motel podría verse desde la luna. Es tan llamativo que tengo que parpadear varias veces en
mi intento por leer cómo se llama. Finalmente, y después de diez parpadeos, distingo las letras: “Motel
Cama de Fuego”
—¿Aquí nos vamos a quedar? —pregunto cerca del oído de Key.
—Sí, aquí es. ¿O prefieres que nos vayamos caminando hasta encontrar otro?
Ya era de noche, todo estaba a oscuras y hacía rato un señor, con un solo ojo, se nos acercó para pedir
limosna.
Trague saliva mientras negaba con la cabeza.
—Entonces aquí nos quedamos —dice, dándome un empujoncito que me hace dar un salto.
Key me carga hacia la recepción, y sonríe amablemente a la mujer canosa que está detrás del mostrador.
Yo ruedo los ojos.
—Buenas noches —dice él—, queremos una habitación.
La mujer pone una mueca y lo mira de pies a cabeza.
Da un gruñido y comienza a pasar las páginas de una vieja agenda que guarda más polvo que la fachada
del lugar. Pasa su dedo calloso a través de las hojas, y se detiene en un espacio en blanco.
—Solo tenemos disponible una habitación —responde con una voz tan ronca que pareciera que en su
juventud fue fumadora empedernida—. Es la suite de lujo.
Inmediatamente bajo de la espalda de Key, y él suspira cuando deja de cargar mi peso.
—¿Tiene dos camas?
Ella me mira como si yo fuera la dueña y poseedora de dos cabezas.
—¿Dos camas? Aquí en Cama de Fuego no tenemos ni una sola habitación con dos camas.
—Entonces encuentre otro cuarto. No voy a dormir en el mismo lugar que él —señalo a Key.
Ahora sí, la anciana me ve como si yo fuera la mayor estúpida del planeta.
—Solo hay un dormitorio. ¿Lo toma o lo deja?
Después de pensar en todas las posibilidades, tuve que aceptar.
—Lo tomamos —digo de mala gana.
La anciana gana.
Ella nos pide el dinero por adelantado, y Key ofrece su tarjeta de crédito.
Antes de poder entregarnos nuestra llave, puedo jurar que la veo guiñar un ojo a Key y susurrarle algo
parecido a: “Suerte con ella, es bonita”.
Presiento que algo huele a gato encerrado, pero no sé muy bien qué es, solo puedo asegurar que es un
gato muy, muy apestoso y por alguna razón ese gato lo esconde Key.
11
Cómo aprendí que no eras lo peor que me podría pasar
Rita
De acuerdo, hay que llamar las cosas por su nombre: resulta que la "suite de lujo" en el motel, es
simplemente una engañosa forma para etiquetar a su única habitación limpia y con una mano de pintura
fresca. Ésta es diferente a las otras habitaciones que vamos pasando y que casi se consideraría como
ruinas más antiguas que las mismas pirámides de Egipto (y no estoy exagerando).
Nuestra suite es del tamaño de una caja de zapatos, con una sola y diminuta cama y con un mini
refrigerador lleno de bebidas energéticas y barras de cereal que ya casi alcanzan su fecha de caducidad.
El colchón de la cama es duro como cemento y hay una sola ventana en todo el dormitorio.
El aire acondicionado no parece funcionar muy bien que digamos y, cuando lo enciendo, una espesa nube
de polvo flota por unos instantes antes que un ruido de motor ahogado le siga.
Observo todo con gesto horrorizado, pensando en lo mejor que me sentiría estando en el campamento, en
lugar de estar encerrada con Key en una habitación en donde seguramente ocurrieron un sinfín de
asesinatos.
—¿Quieres darte un baño primero o...? —Key se detiene de hablar, sus ojos repentinamente observan lo
que hay debajo de la cama.
Yo también sigo su ejemplo y me inclino más cerca para ver lo que él mira.
—¿Qué ocurre? —susurro lentamente.
Él frunce el ceño y se acerca más para ver algo que se esconde bajo la cama.
—¿Qué estás...? ¡Santo cielo, ¿eso es una rata?! —comienzo a gritar con fuerza y me lanzo a los brazos
de Key mientras mis gritos rompen la barrera del sonido.
—¡Rita, cállate que atraes a la rata!
—¡Aaahh! —me pego a su cuerpo como si fuera una garrapata, y mis gritos aumentan.
—No... puedo... cargarte... Rita...
Pero no lo escucho una vez que la rata gris decide salir de su escondite y corre hacia la esquina más
cercana.
Inmediatamente mis pies suben más arriba del torso de Key y mis pechos están restregándose en su cara.
—¡Haz que se vaya! —grito histérica—. Key, la rata. ¡Sácala, sácala!
Pero entonces la rata hace un movimiento inesperado y se acerca hacia nosotros, deteniéndose
prudentemente a unos buenos cincuenta centímetros.
—¡Aaaahhh!
Empiezo a escalar otra vez por el cuerpo de Key.
—Rita... ¡Basta! —grita él. Inconscientemente mis dedos agarran su cabello claro y comienzo a jalarlo
con brutalidad.
Key pierde el equilibrio, lanzando una maldición, cayendo al suelo conmigo todavía en sus brazos. Esta
es la segunda vez en la noche que ambos terminamos en el suelo.
Estoy segura que ahora estoy gritándole en el oído, pero no me importa. Jamás me llevé con una rata...
Las madres y las ratas son la epidemia para mí.
Escucho a Key rogando para que me calle, pero lo único que mi cuerpo siente es a la rata, parada a poca
distancia de nosotros. Eso es hasta que se va la luz en la habitación y todo queda a oscuras.
Entonces ahí es cuando el pánico comienza y los gritos verdaderos empiezan.
—¡Keeeeeeeeeeeeeeeeeeeey! —sollozo—. La rata, la rata…
—Rita... aleja tu rodilla de ahí! —gruñe él en la oscuridad. Hay algo peludo que está trepando por mi
pierna y no puedo evitar tratar de aferrarme a él en todo lo que pueda.
—Odio las ratas —murmuro/sollozo al mismo tiempo.—Rita —la voz de Key suena cerca de mi oído,
casi al borde de perder la paciencia—. Tu rodilla está... masacrando mis partes privadas. Suelta...
—Oh, perdón, lo siento. Pero la rata...
—La rata seguro ya se escondió con todos tus gritos. Ahora levántate y mueve tu rodilla con cuidado y
lentitud… y por todos los cielos: deja de gritar como si te estuviera torturando.
De nuevo algo toca mi tobillo, siento una cola restregándose por mi pantorrilla y... grito por millonésima
vez; subo mis rodillas a la altura de mi pecho, o más bien del pecho de Key.
—Au... —Murmura él como si le hubiera sacado el aire—. Ahhh, creo que me dejaste estéril.
Su voz suena aguda, no deja de sollozar al igual que yo. En un arrebato me empuja fuera de su cuerpo y
me hace rodar de lado.
Entro en pánico y me pongo de pie rápidamente, corriendo a lo que creo que es la cama. En mi camino
resbalo con algo y caigo de cabeza al suelo.
Sin importar cuánto me duele el golpe, vuelvo a ponerme de pie y esta vez uso mis manos para palpar las
cosas que tengo frente a mí y que no puedo ver en la oscuridad.
Encuentro finalmente la cama e inmediatamente abrazo mis rodillas.
—¿Key? —llamo una vez que mis niveles de adrenalina bajan y no se escucha un tan solo sonido en todo
el lugar— ¿Key dónde estás? Ya no te escucho llorando.
Repentinamente oigo cómo él se aclara la garganta y pequeños sonidos de protesta salen de sus labios.
—Yo no estaba llorando —gruñe finalmente.
—Te acabo de escuchar. Sí llorabas.
—No, yo no lloro. La única vez que lloré fue en el kinder, cuando creí que mis padres me dejaban ahí
para siempre.
—Bien. ¿Te subes conmigo a la cama? La rata puede trepar fácilmente y… tengo miedo.
—¿Y para qué me quieres en la cama? Yo no puedo ahuyentar tus temores.
—Entonces pretende que por esta noche sí puedes; además creo que las sábanas huelen a orina de gato y
acabo de tocar algo pegajoso que puede ser pupú de ratón.
—Asco. No gracias, yo no subo. Después de ese golpe, seguro y me quedo sin descendencia.
—Por favor. No me hagas suplicar; voy a entrar en pánico si no me dices que lo que estoy tocando es
simple champú derramado en la cama.
Lo escucho suspirar mientras hace el intento de levantarse del suelo. Sofoca un grito de dolor cuando se
pone de pie y luego se estira
—Bien. Sigue hablando, para guiarme por tu voz —dice.
—Oww, eso sonó romántico.
—Estoy rodando los ojos.
—Y yo estoy sacando la lengua.
—Subiendo mi tercer dedo
—¿Tu tercer…? A ver: uno, dos, tre… ¡Eres un grosero! Ahora estoy cruzando los brazos y haciendo
pucheros.
—Y yo vuelvo a rodar mis ojos… ¡Ah!
—¿Qué? ¿La rata? ¿Sigue ahí? ¿La mataste?
—No, tropecé con una lata de soda. Dime una cosa, Rita Fiorella Day: ¿por qué te convertiste en esta
persona que... ? —escucho cómo arrastra sus pies y casi de inmediato, la orilla de la cama baja— ¿...
carga su propia navaja y tiene gas pimienta en el bolso? ¿Te ocurrió algo? ¿Qué te hizo no creer en el
amor y temer a las ratas?
Resoplo cuando noto lo poco sutil que suena para que yo deje de pensar en la misteriosa sustancia que
tanteo con mis dedos.
—¿Qué te hace pensar que no creo en el amor? Lo hago, creo en el amor. Pero no creo en los hombres...
Saben qué palabras decir para que te enamores y luego abandonarte.
—Odio sonar trillado pero... no todos somos iguales.
—Tal vez no sean iguales pero todos tienen los mismos instintos de cazador y fueron hechos con los
mismos huesos.
—¿Y cuáles serían esos instintos?
—No quiero hablar de instintos. Quiero hablar sobre el pupú de ratón en mi mano. No me atrevo a oler
nada…
—Bien. Espera ahí, todo está muy oscuro… voy a encender esto…
Y antes que pueda preguntarle acerca de lo que se supone que va a encender, la pantalla de un celular
ilumina toda la habitación.
Él apunta con el aparato hacia mi cara y baja hacia mi mano derecha.
Me pide que la extienda y observa atentamente la sustancia café que está untada en mis dedos. Todavía
sigo con la boca abierta y con los ojos igual de exagerados.
—Déjame ver… —murmura mientras acerca mi mano a su nariz—. Mmm… tal como temía: es pupú de
ratón.
Yo sigo en trance, sin poder ver otra cosa que no sea él.
—Rita? —pregunta cuando ve que no me inmuto con sus palabras—. ¿Estás bien? Solo bromeaba. Es
chocolate derretido, el que ponen de cortesía bajo la almohada.
Levanta su celular y alumbra directamente mi rostro cuando nota mi carencia de cualquier reacción.
—¿Ri… ?
—¿Tenías contigo un celular todo el tiempo?
Él abre exageradamente sus ojos y se queda observando el aparato.
—Santa mierda…
—No. La mierda no puede ser santa. O es mierda o no es nada —enderezo mi postura y gateo sobre la
cama para acercarme a él—. Ahora aclárame una cosa: ¿no dijiste que habías dejado tu teléfono en el
autobús? ¿Qué hacía entonces en tu bolsillo?
—Bueno… Da la casualidad…
Sigo gateando hasta detenerme a una buena distancia entre su cuerpo y el mío.
—Y no es por falta de batería porque puedo ver que perfectamente está cargado —lo acuso, mi voz
comienza a sonar aguda y mi respiración se está descontrolando, poco a poco la furia va en aumento—.
Así que habla o juro que te dejo sin herencia familiar.
Veo hacia su entrepierna para probar mi punto.
Él traga saliva y levanta ambas manos a la altura de su cabeza.
—Ya va, estás actuando como maniaca. Es solo que… se me olvidó que lo tenía guardado. Se supone que
en el campamento los teléfonos son prohibidos, lo llevaba en secreto.
—¿En secreto? ¿Quieres saber otro secreto? —me apresuro a llevar una mano entre mis pechos, bajo la
blusa, y rebusco cerca del elástico de mi brasier; entonces levanto triunfalmente mi navaja de enchape
rojo para que Key la observe. Ésta se abre automáticamente en el aire mostrando una cuchilla afilada de
siete centímetros—. Yo también tengo mis secretos.
Él se levanta como resorte fuera de la cama, luciendo más asustado que nunca.
—Rita. Calma.
—Dime, ¿por qué no pudiste llamar a tus hermanas con tú teléfono? Tuvimos que hacer todo un show
para que la chica de la tienda nos prestara el de ella… ¡La besaste incluso! ¿Por qué, Key? ¿Por qué?
—No es lo que parece.
—¿Y por qué rayos me trajiste a un motel de los Mil Asesinatos si bien podías haberte ahorrado todo
esto? ¿Qué querías hacerme? ¡Violador!
—¿Violador? —tuvo el descaro de reírse en voz alta—. Dijiste que no habías traído tu navaja… Aquí la
mentirosa eres tú.
—Ay por favor. No podía confiar en decirte que estaba equipada. Soy una chica, se supone que “soy un
mar de secretos”, jodido imbécil. Además, no intentes comparar el esconder una pequeña navaja con
esconder un teléfono celular. Así que habla ahora y dime por qué me trajiste a este lugar y no decidiste
llamar en primer lugar a una de tus hermanas.
—Hay una simple explicación, y lo hice por ti.
—¿Por mí? Me deseas, ¿no es cierto? ¡Me trajiste a este sitio para violarme! Pero te lo advierto desde
ahora: te jodiste, ¡te jodiste si creías que podías hacerlo! Soy una luchadora por naturaleza y antes de que
logres tumbarme boca abajo primero te corto las…
—¡No intento violarte, tú, loca desquiciada! —grita él—. Es más, tú intentaste violarme a mí primero.
—¿Cómo? —sueno incrédula.
—Claro, intentabas violarme ahí en el suelo —señala el lugar en específico—. “Oh, Key. La rata, Key”
—imita con voz falsa y aguda—, “atrápame en tus fuertes brazos, Key”
—¿Qué? ¿Yo?
—Sí, tú. Pero claro, todo era parte de tu actuación para seducirme. Qué bien fingiste cuando trepabas por
mi cuerpo.
—¡No estaba actuando! Le tengo fobia a las ratas.
Lo señalo con mi navaja.
—Apuesto a que las luces se fueron por tu culpa —continúo—. ¿Por qué me trajiste aquí?
—Oh, claro, cúlpame de todo. La culpable eres tú. Si no hubieras aceptado el trato con mi herma na nada
de esto hubiera pasado.
Me congelo en mi lugar. Abro la boca para insultarlo pero me ahogo en las palabras.
—¿Tú…? ¿Qué…? ¿Cómo?
—Lo sé. ¡Sé tu plan y el de mi hermana! Ella te iba a pagar por seducirme, lo que me parece ridículo por
cierto, y tú aceptaste.
—Eso era entre tu hermana y yo.
—Pero tenía todo que ver conmigo.
La luz de celular se apaga, dejándonos de nuevo a oscuras. Key toca la pantalla con el dedo y continúa
alumbrando en mi dirección, aun temeroso por mi navaja.
Finalmente suspiro y bajo la mano que sostiene a Phillip.
—Lo siento —digo luego de un largo suspiro tranquilizador—. Yo no quería hacerlo pero no tuve otra
opción. Ocupo el dinero y me pareció sencillo el trabajo… Pero espera, eso no explica el por qué me
trajiste a este sitio de mala calidad.
—Te traje porque… porque quería probar que yo podría enamorarte primero.
—¿Que tú qué?
—Quería darte una bonita lección: Key no es un muñeco Ken, aunque el nombre suene parecido, con el
que pueden jugar fácilmente. Mia lo intentó una vez, no quiero volver a pasar por la misma jodida cosa de
nuevo. Tengo un límite aunque cueste creerlo. Quería volver a intentar la relación con Mia, pero me di
cuenta que hacerlo solo es pérdida de tiempo.
—Woa. Alto ahí, vaquero, ¿querías enamorarme? —resoplo—. Es más probable que el mundo se congele
primero.
Él me da una mirada ofendida.
—¿Estás apostando conmigo?
—Oh, Key, Key, Key. Yo soy una hábil apostadora; no te recomiendo meterte en aguas peligrosas.
—Estás apostando —afirma—. Bien.
—¿Y para enamorarme tenías que traerme a este sitio? Empezaste con el pie equivocado, vaquero. Lee un
poco más, así sabrás lo que le gusta o no a una chica. Y un motel de mala muerte con el nombre “Cama
de Fuego” no es precisamente el lugar más romántico para quebrar la voluntad de alguien y seducirlo.
—El motel no estaba dentro de los planes… pero me declaro culpable con lo del autobús. Yo ordené que
se fueran.
—¿Tú ordenaste eso? —empiezo a apretar mis puños con fuerza—. ¿Te atreviste a hacer eso? ¡Eres un
imbécil!
—Quería hacer una jugada. Tal vez funcionó después de todo.
—¿Funcionó? ¡Estás loco si crees que estás a un paso más de “seducirme” primero? Estás muy lejos de
eso. Ahora vas a tener que sacarme de aquí.
—Bien, bien. Viendo que las cosas se arruinaron… y que la habitación me da escalofríos, entonces sí, nos
iremos.
—Fabuloso. Pero vas a tener que llevarme en brazos porque ni loca piso el mismo suelo que está pisando
esa asquerosa rata.
La luz de su celular se apaga de nuevo, pero esta vez lo deja de esa forma. Lo escucho moverse en mi
dirección.
—Antes que nada —dice de repente—, guarda esa navaja. Casi haces que me orine en mis pantalones al
sacarla. Te veías muy desquiciada.
—Y ahora soy yo la que está rodando los ojos.
—Te saco la lengua.
—Te muestro mi tercer dedo.
—Já, ni siquiera sabías cuál era el tercero hasta que lo contaste.
Se acerca a la cama y empieza a tantear en la oscuridad al igual que yo lo estoy haciendo. Doy con su
cuello y él acomoda mis brazos y baja sus manos por mis hombros y por mi espalda hasta quedar en mi
cintura.
—Tienes una bonita cintura —lo oigo carraspear cerca de mi oído.
Sé que no puede verme pero de igual forma aparto la mirada de su dirección.
—Gracias —carraspeo también.
Key me recoge de la cama con mucha facilidad y me carga en sus brazos.
—Mi teléfono está en el bolsillo, ¿podrías buscarlo para iluminar la puerta? —dice.
Mis dedos están temblando mientras intento llegar hasta la parte trasera de sus pantalones.
Doy con el aparato e inmediatamente lo enciendo para iluminar a nuestro alrededor.
—Oh, y hagas lo que hagas no mires el suelo —dice él.
—¿Por qué?
Mis ojos se dirigen inmediatamente al suelo.
—Porque ahí sigue la rata, comiéndose tus frituras.
—¡Sácame de aquí, rápido!
—Tranquila, Patchie, te prometo que saldrás ilesa de esta habitación.
—Agg, te detesto.
—Y… dime, si tanto me detestas, ¿por qué me hiciste acompañarte al baño si supuestamente traes tu
navaja? ¿No será que simplemente me querías a tu lado?
—No te emociones. Intentaba obligarte a pasar tiempo conmigo; al menos así he visto que las parejas
comienzan a enamorarse.
—Pues eres muy convincente Rita Day, mucho. ¿Entonces es verdad que le temes a las ratas o solo es
otra estrategia?
—¡Con las ratas no bromeo! De todas formas recuerda que el corazón es un mar de secretos… no puedo
revelarte todo.
—De acuerdo, solo no vuelvas a gritar de esa forma tan espantosa.
—Bien. Lamento lo de tu herencia familiar… y por haberte acusado de violación.
—Disculpas aceptadas.
—Ahora… ¿dónde se supone que vamos?

***

El amigo guapo de Key, Adam, nos llega a traer en un Jeep de último modelo. Milagrosamente no está
pegado a la garrapata naranja de Marie o sino yo seguro ocasionaría un descontrol en el auto.
Adam se ríe de ambos cuando observa que es Key el que me carga en brazos.
—¿Puedo preguntar qué pasó? —dice él, baja el volumen de la canción que suena en la radio y nos mira
de pies a cabeza.
—Se me arruinó mi zapato —respondo encogiéndome de hombros—. Además tu amigo es un idiota que
hizo que casi me diera un ataque de pánico dentro del motel ese.
—Le tiene miedo a una rata —se bufa Key—. Ella, que puede castrar a un hombre con los ojos vendados,
le da miedo una rata.
—Todo gran elefante tiene sus pequeños temores. Déjame en paz —ataco.
—Veo que tu plan de seducción no funcionó —dice Adam—. Te dije.
—Es mejor que te mantengas en silencio, Walker.
—Esperen —digo de mal humor—, ¿tú ya sabías las intensiones de Key?
Adam se encoge de hombros casualmente.
—Por supuesto. Es mi amigo, me lo cuenta todo.
—Ow, qué linda pareja. ¿Seguro que ustedes no son novios? -—bromeo un poco mientras Key me
empuja en la parte trasera del vehículo sin techo.
Adam se ríe y pone en marcha el Jeep, subiendo el volumen de la radio nuevamente. Key simplemente se
gira desde su asiento para verme.
Una vez en la oscura carretera mi corto cabello se mueve a merced del viento, algunos mechones
entrando en mi nariz y haciéndome cosquillas en el cuello.
Pronto llegamos al lugar destinado al campamente, aunque llamarlo así sería un insulto.
Esto no es un campamento. Es un jodido complejo de cabañas de lujo.
Estas eran algunas de las ventajas de salir con un chico con dinero: podías llegar a conocer interesantes
lugares.
Desventajas: su familia te mira con sospecha y con desconfianza. Principalmente cierta tía de carácter
fuerte a la que le encanta humillarte en público.
—De dónde vienen? —pregunta la mujer, la “tía Morgan”, es la primera en recibirnos con los brazos
cruzados —. Tienen el cabello revuelto y están sudados y sucios.
La tía Morgan no ha dejado de vernos de los pies a la cabeza. Los padres de Key también se encuentran
observándonos, solo que sus miradas no son de odio y hostilidad sino más bien de simpatía y curiosidad.
Y, oh, son tan jóvenes que siento envidia de poder llegar a una edad madura luciendo ese cuerpo y ese
rostro con pocas arrugas.
—Les di condones. Por favor díganme que los usaron —continúa la tía Morgan—. ¿Lo hicieron?
—¡Por supuesto que no! Escuche muy bien señora…
—Rita, ¿qué haces? —murmura Key en mi oído. Puedo decir que está muy enojado, pero lo que no sabe
es que yo estoy más enojado que ella.
—Déjame hablar. Esta mujer no me conoce y no tiene idea de quién soy. Debería darle vergüenza ser tan
boca suelta frente a niñas de doce años —señalo el grupo de chicas que husmean y nos observan al igual
que los demás—. ¿Soy yo o usted tiene una pequeña obsesión con el sexo? No ha parado de mencionarlo
desde que me vio con Key. Hola, alguien con un trauma aquí frente a mí.
Escucho risitas provenir desde el interior de una de las cabañas y eso me da valor para sacar todo lo que
llevo dentro.
—Y otra cosa…
—¡¿Quién te crees?! —explota la mujer—. Tengo derecho a entremeterme en la vida de quien me dé la
gana. ¡Keyton, di algo!
—No me provoque, señora… ¿Cómo? —me callo por un momento y observo a Key detrás de mí—, ¿tu
nombre real es Keyton?
—Basta…. No comiences con las burlas —me acusa y yo trato de regresar a mi estado enojado pero es
casi imposible.
—Sabía que no podías tener todo el paquete de chico bonito con dinero.
—¿Y si mi Key fuera feo? —se mete la horrible mujer—. ¿Qué pasaría entonces?
—Pues que sería feo y punto. ¿Qué otra cosa se imagina?
—Rita, ya es suficiente —me corta Key—. Todos tenemos una cruz en la familia.
—¡Pero no debería de ser así! Esta mujer es entrometida y… y­… —me quedo en silencio cuando veo un
chico altísimo salir por la puerta principal. Tiene un rostro tremendamente bien parecido y unos ojos tan
extraños, uno es de color azul y el otro es de color verde. Mandíbula cuadrada y un cabello tan oscuro
como la noche que nos rodea. Está usando lo que parece un uniforme de camisa color verde musgo y
pantaloncillos caqui.
Él me observa y de inmediato sus ojos se abren con sorpresa y algo de vergüenza.
—¿Rita? —pregunta casi con temor.
El tema de la tía Morgan ha sido olvidado y ahora todos los ojos están en mí. Me encuentro paralizada por
un momento hasta que la rabia vuelve con fuerza, como un huracán.
—Gabriel —saludo secamente—. Muy lindo verte, claro, cuando no estás embarazando chicas y
acostándote con mis amigas de la infancia.
—Oh, por favor… Eso fue hace siglos —él se calla abruptamente, notando la enorme cantidad de público
que tenemos.
En un arrebato, me giro hacia Key y le señalo a Gabriel.
—Esta —digo con voz firme—, es la razón por la cual decidí dejar de creer en el amor. Esta clase de
sinvergüenza es quién me provoca tener mi gas pimienta a tres centímetros de distancia con mi mano.
Y en otro arrebato, y sin necesidad de que alguien me lo pidiera, tomo a Key de la mano y me dirijo a
Gabriel:
—Y este es mi novio. Supongo que estás trabajando para su familia y ya debes conocerlo. Por favor
evítanos tener que ver tu cara por mucho tiempo.
Puedo ver que Gabriel luce perplejo cuando mira atentamente mi mano sobre la de Key, pero se queda
sabiamente en silencio. Así como todos los presentes. Presentes a los que confesé ser novia de Key.
Ahora soy yo la avergonzada.
¿De verdad acabo de decir eso?
Sí, lo he dicho. Ahora la mamá de “Keyton” me observa con calidez y me sonríe con orgullo.
No quiero saber todavía en lo que me he metido. Solo sé que es un grave problema.
12
Cómo admití que no me gustó tu beso
(Pero en realidad lo disfruté)
Key… ton

Mi mente todavía sigue nadando en la ira y la vergüenza de que mi nombre real fuera revelado; es por eso
que no puedo reaccionar correctamente cuando Rita une su mano con la mía y le da un apretón no tan
suave para ser una chica.
Apenas y le pongo atención a lo que dice, pero de repente capto a mi madre que me lanza una mirada
divertida y curiosa. Sus cejas se elevan hacia el nacimiento de su cabello y parece que se estuviera
mordiendo la lengua para aguantar preguntar algo de lo que siente curiosidad y desprende de ella a
raudales.
Hay un chico frente a nosotros, usando el uniforme de los típicos trabajadores del campamento; desde mi
lugar puedo notar que el tipo tiene los ojos de distintos colores. En clase de biología, hace un par de años
atrás, aprendí el nombre de esa rareza bicolor: heterocromía iridium.
También recuerdo bien el nombre porque pensaba ponerle el mismo a la banda en la que toco; eso fue
hasta que aprendí de la ósmosis (en esa misma clase de biología) y me pareció mejor.
El chico con heterocromía me está observando por un momento, calibrando mi aspecto y midiendo mis
reacciones.
Entonces, como si me hubieran echado un balde de agua fría, mis oídos se destapan y finalmente escucho
lo que está diciendo Rita:
—Y este es mi novio. Supongo que estás trabajando para su familia y ya debes conocerlo. Por favor
evítanos tener que ver tu cara por mucho tiempo.
Después de esas palabras ella se congela, su postura rígida y su mano se desprende de la mía.
—¿Rita? —murmuro cerca de su oído.
Ella reacciona y vuelve a tomar mi mano.
—Por favor, finge por mí. Yo te ayudé a ti, ahora finge conmigo —su voz aumenta de volumen al decir la
siguiente parte en dirección al chico—: te presento a la tía de Key, ella es aficionada a regalar condones.
Deberías pedirle uno para cuando decidas embarazar a otra de mis mejores amigas. ¿Qué tal la vida de
padre a los veinte? ¿Deliciosa?
El tipo se encoge de hombros, como si no le importara en lo absoluto.
Eso parece enfurecer a Rita y ella suelta un gruñido desesperado.
—¡Imbécil, hijo de pu…!
—Patchie, ¿no crees que debes cenar antes de destrozar al muchacho?
—Oh no, no lo conoces. Ese imbécil jugó conmigo todo el tiempo. ¿Qué es lo que les pasa a ustedes que
no se conforman con una sola mujer? ¿Se creen jeques o se creen con el derecho a tener un harén?
Miro al heterocromático. Me cuesta pensar en él como padre, padre del hijo de la mejor amiga de Rita.
Sabía que ella tenía algún daño psicológico profundo. Todos lo tenemos.
Sostengo su mano y la obligo a seguirme en dirección a la cafetería. El chico está parado frente a la
puerta, bloqueándonos el paso, pero no me importa.
—¿Este chico hizo eso? ¿Te engañó por tu mejor amiga? —pregunto en voz alta.
Rita asiente con la cabeza. Puedo ver dolor en sus ojos color marrón.
—Bien —digo tranquilamente. Entonces, sin que nadie lo vea venir, conecto mi puño cerrado contra la
mandíbula del sujeto, y él, que tenía una postura desequilibrada, se tambalea hasta que cae de espaldas
contra el suelo.
—¡Key!
Escucho los gritos de mamá. Rita está muda mientras yo sigo tomándola de la mano y comienzo a
empujar su cuerpo repentinamente quieto hacia la cafetería.
Halo la puerta, ignorando al chico tirado en el suelo quejándose de dolor, y voy directamente hacia la
barra de comida que aún permanece intacta.
Rita está impactada. Lo noto porque su cara está blanca como el papel; también se podría decir que sus
pies parecen clavados en el suelo debido a su falta de movimiento.
—Tú… tú… ¿tú acabas de golpear a Gabriel? ¿Por mí?
Suelto su mano mientras asiento con la cabeza y me apresuro a tomar un plato de la pila de platos limpios.
Empujo uno en su dirección para que ella también coma.
Lo toma automáticamente pero sus ojos no se despegan de mi rostro.
—¿Lo golpeaste? ¿Por mí?
—Te recomiendo que comas un poco de este pollo relleno con camarones. Es delicioso.
—Nadie había hecho eso. De todas formas —ella carraspea, como si por fin entrara en razón—, yo puedo
defenderme sola. De todas formas… De todas formas —repite—, muchas gracias. De todas formas yo…
—Sí, sí. De todas formas tú podías encargarte pero quise hacer esto por ti —tomo un gran cucharón de
puré de papás y lo deposito en mi plato—. Es lo menos que puedo hacer. No merecías lo que te pasó.
Ninguna chica linda merece que le rompan el corazón.
Ella luce confundida por un momento. Entonces, así como mi puño conectó inesperadamente contra la
mandíbula de su ex novio; sus labios conectaron inesperadamente contra los míos.
Sus dedos se enredan en mi cuello y su boca se mueve contra la mía.
Al principio estoy sorprendido, pero entonces reacciono de manera rápida y suelto el plato con puré y
escucho que cae al suelo mientras tomo a Rita por la cintura y la acomodo a una buena posición para
saquear más de su boca.
Yo jamás rechazaría un buen beso.
Mis manos se cierran alrededor de su pequeña figura, notando que no tengo necesidad de encorvarme
para besarla porque es casi de mi estatura.
Ni siquiera puedo terminar de formar un pensamiento coherente, cuando, la puerta de la cafetería se abre
y escucho los jadeos y gritos de sorpresa de quien sea que nos está observando.
Ambos regresamos a nuestros sentidos y rápidamente nos apartamos. Ella no luce ni un ápice de
avergonzada. Yo tampoco.
—Esa es mi manera de darte las gracias —dice—, así que… gracias.
—De nada.
—No es una costumbre ni nada…
—Aunque debería serlo.
Ambos sonreímos y yo trato de limpiar el desastre de puré en el suelo.
—Besarte tampoco estuvo tan mal. Al menos no eres como mi primer y gran enamoramiento de toda la
vida, Victor Ham. Las manos de él tenían su propia mentalidad y por alguna razón siempre acababan en
mis pechos.
—Eso no es nada —contesto—, deberías haber conocido a Susy Gutiérrez. Ella era asmática y yo nunca
lo supe hasta el día que nos besamos. Se tuvieron que involucrar los paramédicos, los bomberos y hasta
un cura… y digamos que fue un beso que no incluía camiseta porque ninguno de los dos la tenía puesta
cuando nos encontraron, en mi habitación.
De ser posible ambos nos reímos más fuerte, jadeando cuando acabamos.
—¿Todo bien por aquí? —pregunta repentinamente mamá, alzándose sobre nosotros, sujetando su cabello
marrón detrás de sus orejas.
Rita asiente con la cabeza y se presenta formalmente, extendiendo su mano y pidiendo disculpas de
inmediato por la mala actitud con la tía Morgan.
—Discúlpeme por actuar de forma grosera —casi la veo hacer una reverencia—. De verdad que lo
lamento mucho.
Mamá le resta importancia mientras alcanza una trufa del buffet a nuestras espaldas.
—No te preocupes por eso, querida. A la tía Morgan era necesario ponerla en orden. A veces ella puede
ser intensa.
—Lo siento —vuelve a decir Rita— también por mi sobresalto más temprano cuando encontré a mi ex
novio aquí. De verdad él y yo no terminamos en una situación amistosa. Removió algo duro de mi interior
cuando lo vi.
—Te entiendo, dulzura. Si estuviera en tus zapatos también lo hubiera apaleado frente al que sea.
Rita, para ser una supuesta persona que no se lleva muy bien con las madres (y las ratas) sabe manejarse a
la perfección con la mía.
—Me alegra que mi hijo te haya traído —dice mamá—, por lo general no lleva casi a nadie a casa, mucho
menos a eventos como estos. Es agradable un cambio de perspectiva.
Lo bueno con mamá es que ella no pasa mencionando a Mia bajo ninguna circunstancia. Es refrescante
dejar de escuchar su nombre dentro de la familia.
—Oh, pero qué torpe soy —se queja mi madre—, no me he presentado aún. Mi nombre es Vivian, puedes
decirme Viv. El señor de allá —ella señala a papá—, es Kerrintong. Puedes llamarlo Kerri.
—Claro —Rita sofoca una risa—, puedo ver que les gusta los diminutos de sus nombres.
Dice lo último mirando en mi dirección.
Joder, sabía que no iba a dejar pasar esto del nombre por alto.
Mamá en cambio lanza una risa que inmediatamente llama la atención de todos los reunidos en la
cafetería.
—Te refieres a Keyton. Nunca le gustó su nombre, siempre se lo cambiaba y hacía berrinches en el jardín
de niños diciéndoles a sus compañeros de clase que él no tenía nombre. Y fue así durante varios meses,
hasta que él nos obligó a decirle Key.
—¿De verdad?
—Sí. Como yo trabajaba mucho lo dejaba a cargo de Delores, nuestra ama de llaves, ella y Key amaban
ver telenovelas todas las tardes. El nombre era de uno de los protagonistas; le gustó tanto a Key que hizo
que Delores se lo cosiera en la ropa interior un día antes de iniciar su primer grado.
Mi sonrojo se hizo visible para ambas y ellas soltaron la risa más ruidosa del lugar.
—Mamá —amenazo lentamente—, deja de contarle mis secretos vergonzosos a Rita. Justo estábamos a
punto de comer…
—¡Claro! Sírvete un poco de carne de pollo y luego te espero en la mesa —le dice a Rita—. Tengo más
historias de Key para contarte.
Ella se aleja mientras Rita asiente con la cabeza y corre a llenar su plato de comida.
—¿Sabes? —murmura—, me cae bien tu madre. Pensé que sería de esas típicas mujeres esnob que no se
juntaban con la gente pobre y obligaban a sus hijos a casarse dentro de su nivel social.
—Ella no es así.
Me sirvo también algo de comer.
—Por cierto —Rita se detiene frente a mí, y para mi sorpresa, une sus labios de forma inesperada con los
míos.
Mi plato vuelve a caer al suelo mientras la acerco y envuelvo mis brazos en su cintura.
No es hasta que ambos escuchamos los silbidos y aplausos en el fondo que nos alejamos.
—Gracias —dice una vez más—. Por lo de Gabriel. Y para serte honesta él fue el que hizo que mi gas
pimienta fuera indispensable en mi vida.
Sin decir más se aleja y camina en dirección a la mesa en donde se sientan juntos mis padres.
De acuerdo, ese sí fue gran beso. Pero esta vez no lo admitiría en voz alta.

Rita
Me tocó compartir la cabaña de los dormitorios con las hermanas y primas de Key. Para mi desgracia
Marie y Elena también durmieron en la misma habitación.
No sé cuál de ellas roncó tan fuerte que evitó que durmiera mis necesarias ocho horas, pero al día
siguiente mis ojeras se hicieron notorias. Como no pude dormir sino hasta bien entrada la madrugada, no
fui consciente cuando un zancudo chupa sangre decidió hacer de mis piernas su comedor privado.
Al despertarme tenía toda la pierna derecha hinchada, y el tobillo de la izquierda era tan grueso que
parecía imposible entrar en mis zapatos con correas.
—Parece que desarrollaste una mutación mientras dormías —señala Elena cuando cojeo para ir al baño.
Ella y Marie habían empezado a maquillarse desde tempranas horas de la mañana y aún ahora continúan
alaciando su cabello y aplicando más productos de belleza a sus caras—. ¿Eso que tienes es contagioso?
—Curioso. Estoy segura que eso mismo le preguntaste al último tipo con el que te acostaste y de igual
forma no te importó.
Necesito mi café de las mañanas, es un hecho. Me vuelvo más gruñona a medida que avanza el día y no
he tomado ni una taza. Esto de acampar no está hecho para mí, y definitivamente Elena prueba mi
paciencia con cada minuto en el que sigue respirando y con vida.
—Eres una amargada —dice ella, agitando su cabello para hacer énfasis en el hecho de que piensa
ignorarme de ahora en adelante (eso, o estrangularme con mi almohada mientras duermo)—. Es por eso
que todos los pobres chicos con los que sales han preferido embarazar a otras antes de seguir teniendo que
soportarte.
Marie, quien hasta ahora ha estado silenciosa, sofoca una risa gangosa mientras usa la rizadora de pelo en
sus puntas naranjas.
Les doy miradas criminales a ambas, miradas que les transmiten mi indiferencia a sus abusos verbales. De
todas formas sé que nunca dejarán pasar el tema de Gabriel, mi ex novio, y que en algún momento iban a
molestarme por su culpa.
—Esto va para las dos —digo sin que me tiemble la voz—: jodanse de una vez por todas. Aunque es
cierto, perdón, eso ya lo hacen a diario, en cada esquina que tenga un área que les permita abrir lo
suficiente las piernas de par en par a cada hombre que se sienta valiente como para aventurarse en ese
coctel de enfermedades sexuales que habita en sus entrepiernas. Pero de verdad, jo-dan-se.
Después de eso no les doy el gusto de decir algo más porque rápidamente entro al baño y cierro la puerta
en sus caras.
—Por cierto —grito para que puedan escucharme a través de la puerta—. Huele a quemado, a alguien se
le está tostando el pelo.
Un minuto después escucho a Marie maldecir y soltar la rizadora de cabello contra el suelo.
Sonrío descaradamente.
Nadie se mete con Rita Fiorella Day sin antes no haber recibido un buen insulto. Nadie.
Desayunamos en la misma cafetería por la que entramos anoche Key y yo, y luego de comer, un chico no
mayor de veinte años se adentra en el centro del local y empieza a sonar su silbato, silenciando las
conversaciones de todos los presentes y llamando inmediatamente la atención.
—¡Hola familia! —saluda alegremente—. Hoy será un día de actividades y ejercicio. Tengo en mis
manos una tabla de competencias, pero antes, vamos a armar los equipos.
Se escuchan varios chillidos y la gente comienza a formar grupos de inmediato. El chico del silbato
vuelve a interrumpirnos a todos. Somos al menos unas treinta personas en total pero todas se silencian al
mismo tiempo.
Key a mi lado suspira fuertemente y termina el jugo de naranja que todavía mantenía de su residual
desayuno.
—¿De verdad vamos a hacer esto? —escucho que le pregunta a sus hermanas, ambas sentadas en la
misma mesa. No puedo escuchar sus respuestas porque el chico silbato ya está hablando de nuevo, con
voz potente.
—Antes que se emocionen armando grupos, quiero decirles que mi planilla y yo ya los hicimos —él
señala a unos diez chicos y chicas ubicadas al fondo, cerca de la barra de comida. Todos usando
uniforme—. Este año como familia tratamos de unirnos más, por lo tanto vamos a hacer grupos con
personas distintas a las que usualmente nos relacionamos. Ya saben, para salir de nuestro mismo círculo
de confort.
Escucho varios abucheos y el chico silbato los calla rápidamente.
—Tranquilos, tranquilos. Las reglas son que no pueden cambiarse de grupo y que obviamente se tienen
que divertir.
—¡Qué cursi! —dice Marie, mirando hacia sus uñas, apoyada en el hombro de Adam, su novio.
Yo resoplo.
—Bien. Para ser totalmente equitativos y transparentes les voy a decir cómo vamos a hacer para
coordinarnos —continúa hablando el chico—. Ahora, les pido que revisen bajo su asiento. Pegado en el
centro estará una banda de color, y ese color será el factor determinante de su equipo.
Varios comienzan inmediatamente a dar vueltas a sus sillas, despegando bandas o cintas de diferentes
colores. Hay azules, rojas, amarillas, verdes y hasta moradas. En nuestra mesa todos hacemos lo mismo
con nuestras sillas, y en la mía veo la cinta azul.
—¿Qué color tienes? —me pregunta Key. En su mano veo una cinta morada.
Levanto la mía y sus ojos se agrandan cuando mira en dirección a Elena. Ella también tiene cinta azul.
Genial.
—Muy bien —nos llama de nuevo chico silbato—. Orden, orden. Nada de intercambiarse bandas. Ahora
saben cómo funciona el resto: los amarillos con los amarillos, los verdes con los verdes, los rojos con los
rojos, y así sucesivamente. Su color debe ser visible para identificarse unos a otros, por lo tanto usen las
bandas en sus cabezas o en sus brazos, como quieran. ¡Comiencen a unirse y luego explico los juegos!
—Bueno, Patchie —dice Key—. No seremos compañeros, pero al menos seremos rivales. Juega limpio.
Estrecho mis ojos.
—De acuerdo, Keyton —pronuncio más fuerte su nombre— el que compite conmigo sabe una cosa de
antemano: va a perder. Soy demasiado competitiva.
—Habla la chica que dice incoherencias mientras duerme.
—Habla el chico que fingió perder su celular solo para seducirme en un motel barato.
—Habla la chica que carga una navaja en su sostén y me acusa de violación.
—¡Habla el chico que se viste como si fuera vaquero!
—¡Habla la misma chica que le tiene miedo a las ratas!
—¡Habla el chico que... !
—¡Ya basta! —grita una voz, probablemente una de las hermanas de Key—. Los dos hablan mucho. Por
favor cállense y vayan a una habitación para sacar toda esa tensión sexual de sus sistemas.
Mis mejillas se enrojecen mientras aparto la vista de Key y me concentro mejor en buscar a mis
compañeros azules.
Aparte de Elena también está Pam y unas cuantas primas fanáticas del novio de Marie. Tenemos un chico
en el grupo y es realmente... afeminado.
Su banda azul la tiene atada alrededor de su cabeza, como si fuera Rambo. Usa pantalones verdes y
zapatos de color neón que de alguna forma combinan con su camiseta extremadamente pegada y rosa.
Antes de que pueda moverme hacia mi grupo, Key me toma del codo y me aparta un poco de los curiosos
de nuestra mesa.
—Dejando las bromas de lado —dice él—, gracias por acompañarme. Sería mortalmente aburrido sin ti.
Le guiño un ojo y sonrío misteriosamente.
—Igual tienes que pagarme. Te va a salir muy caro.
—De acuerdo, de acuerdo. Te pagaré. Aunque deberías darme un descuento por golpear a tu ex novio.
—Te doy el descuento… pero te lo vuelvo a quitar porque no lo echaste del campamento —señalo a mi
izquierda donde un muy alto y golpeado Gabriel se encuentra. Usa el uniforme que llevan los demás
empleados y, a diferencia de anoche, no tiene esa mirada de superioridad.
—Oye, de eso no te preocupes demasiado —susurra Key—. Presiento que con tu mente imaginativa
lograrás vengarte de él pronto. Si quieres, podemos meter doce gatos hambrientos en su casillero.
La verdad es que nunca me vengué de Gabriel, estaba demasiado dolida como para hacerlo. Pero ahora no
había nada que me lo impidiera.
—Trato —digo, sorprendiendo a Key—. Venguémonos de Gabriel, y yo te prometo que te ayudo a
vengarte de Mia.
—Me parece justo. Ambos se lo merecen, ¿cerramos trato con un beso?
—Eso quisieras Keyton, pero mete tu lengua y guarda esa sonrisa para la hora de los resultados. Presiento
que caerán pronto.
13
Cómo coincidimos en casi todo

Rita

Mis huesos de la rodilla duelen cada vez que camino o intento subir un escalón. Mi cuerpo ya no puede
más y el cansancio se ha apoderado de mí.
Tengo el rostro cubierto de lodo, y tres mosquitos picaron mi cuello y mi espalda. Ahora mi apodo es la
Jorobada de Notre Dame porque cojeo y me encorvo (gracias a la picadura) al mismo tiempo.
Las actividades familiares me han masticado y luego escupido, todo en uno.
Esta mañana comenzamos con ejercicios y rutinas sencillas, lo típico en campamentos: carrera en sacos
de papa, carrera de cuál es el miembro más lento del equipo (osea yo), competencia con la soga y qué
equipo logra salir intacto sin ni una gota de lodo en el rostro (obviamente yo no).
Jugamos al tobogán, que básicamente consiste en pasar arrastrado por debajo de las piernas de tu equipo
hasta ocupar el primer lugar en la fila, vi un par de cosas que no debí ver y en definitiva algunas chicas
deberían usar ropa interior cuando usen faldas... (O no usar faldas en un campamento) pero en general fue
bastante bueno porque ganamos en esa competencia.
Luego vino la guerra de globos de agua, en donde Key terminó lanzándome a la piscina y en donde
golpeé a su madre accidentalmente con un globo cargado. A ella le pareció divertido, a mí me dio una
vergüenza infinita.
Ahora es casi de noche y mi camiseta no se ha secado del todo. Mi grupo, el azul, se dirige hacia la última
actividad por este día: la fogata y la competencia de cuentos de terror.
Nos dieron unos minutos para refrescarnos y cambiarnos antes de presentarnos, pero Lucca, el chico
afeminado del grupo y que viste de neón, quiere que empleemos ese tiempo para repasar nuestras tácticas
para poder ganar ya que somos uno de los equipos que entró en la semifinal de la competencia.
Muevo los pies como un zombi, recordando las cuatro veces que me caí sin nada de decoro sobre la tierra.
Key se pasó todo el día riéndose de mis desgracias.
—Atención, azules. Atención —llama Lucca, su ropa poderosamente neón me daña la vista y la paz
mental—. Los que sepan historias de terror por favor levanten la mano para escucharla; tú no, Pam,
cuentas la misma historia de las monjas fantasma cada año. ¿Alguien más?
Pam, a mi lado, frunce el ceño.
—Ridículo afeminado machista —murmura con un mohín.
A pesar de que todos los músculos de mi cuerpo están atrofiados, todavía me sorprendo de poder usar los
de la cara para sonreírle a Pam con simpatía.
—Yo no he escuchado el de las monjas —la animo.
—No hagas que lo cuente —dice Elena detrás de nosotras. Ella también está empapada y cubierta de
suciedad... además de la habitual suciedad en su alma—. Es tan aburrida que piensan comprarle los
derechos de autor para convertirlo en sedante para caballos. Seguro los mata de sueño.
—Pero bien que te orinaste del miedo cuando lo conté por primera vez —sisea Pam en respuesta.
—Eres una vulgar, Pamdora. Nadie encontró tu historia terrorífica, mucho menos yo. Deja de decir
soeces. Ese día tomé mucho líquido.
—¿Vulgar? ¿Soeces? —resopla Pam, llamando la atención de casi todo el grupo menos de Lucca que
continúa hablando como si le prestáramos atención—. Escúchate, cualquiera pensaría que te volviste
culta; si tan sólo supieran que la semana pasada comías chuletas como si fueran cuestión de vida o
muerte, dejando únicamente los huesos del pobre animal en el plato, verían tu fachada de "culta"
destruida.
—No empieces conmigo...
—¡Orden, chicas, orden! —dice Lucca desde algún lado cuando nota que ya no es el centro de atención—
. Basta ya, mujeres. No peleen más. Mejor díganme sugerencias de historias de terror.
Ambas se dan miradas de advertencia pero luego apartan la vista.
Pam levanta la mano.
—¿Qué dije sobre las monjas fantasma? —la regaña Lucca.
—¡Juro que esta vez no era ese el que quería contar! Esta vez quería hablar sobre el de la chica perdida en
un parque. Es una niña sin ojos...
—Eso es asqueroso —dice Elena examinando sus uñas y luego resoplando—; yo tengo una de un pirata
sexy con problemas de autocontrol.
—Son cuentos de terror, no eróticos —dice Pam de inmediato.
—Prefiero el de los tres cochinitos —ruedo los ojos y me cruzo de brazos.
—Tú, Jorobi, no puedes opinar —hace mofa del nuevo apodo que, precisamente, me dieron ella y Marie.
—¿Y si contamos ese de los vampiros? —nos interrumpe otra voz. Es una de las primas de la familia.
Todos resoplamos al mismo tiempo.
—Estamos arruinados —grita Lucca. Se agarra el pelo de la cabeza y comienza a tirar de él—. ¿Nadie
tiene nada?
—Jorobi es de los barrios pobres, preguntémosle a ella; seguro ahí ocurre algo de terror a diario —dice
Elena en voz alta. Todos voltean a verme a mí.
En estos momentos prefiero ser llamada Patchie a Jorobi.
Estúpida alergia a los mosquitos. Estúpida Elena. Estúpido campamento. Estúpido Key... Y estúpidas
ratas que dan miedo con sus hocicos peludos.
—No me sé nada. No me gustan las historias de terror —digo en un susurro—. Y ya deja de meterte
conmigo Elena o mañana terminarás usando tus extensiones en las axilas porque arrancaré tu cabello
mientras duermes.
—Mafiosa vulgar —murmura ella en mi dirección.
Ruedo los ojos y me cruzo de brazos.
Lucca está casi deprimido, sudado y sucio así como el resto del grupo, malhumorado y derrotado porque
tenemos la victoria cerca pero no podemos obtenerla.
—Muy bien —grita él después de unos minutos—. Ya que vamos a perder por culpa de una tonta
historia... al menos hagámoslo en mejores condiciones que estas —se huele la axila y arruga el rostro—.
Todos regresen a sus cabañas a darse una ducha. Pam, prepárate, contaremos tu historia de las monjas.
—Pero tenía otra... y juro que hay romance y escenas eróticas.
—Grandioso —interrumpe él, sonando sarcástico—. Ahora se reirán de nosotros.
—¡Juro que la historia es aterradora! No me hagas ponerle tu nombre al protagonista que muere primero,
colgado de la ingle y con la lengua salida.
Lucca rueda los ojos y nos despide con un gesto teatral de su mano; todos nos movemos en dirección a
nuestras cabañas.
Antes que pueda avanzar muy lejos, alguien me toma del brazo y me aparta del grupo. Pam observa el
movimiento y ve de manera extraña al dueño de la mano aún sobre mi brazo. Es Gabriel.
—¿Qué quieres? —sueno cortante. Quito mi brazo de un tirón para que me suelte—. No vuelvas a poner
tus sucias manos en mí.
—Me gustaría que habláramos.
Mira discretamente a Pam y luego a mí. Sus ojos de diferentes colores, y la principal razón de
enamorarme de él en un comienzo, ahora lucen preocupados y me dan lástima.
Doy un suspiro y asiento con la cabeza en dirección a la hermana mayor de Key.
—Hablaré un rato con él, estoy bien. Si se quiere sobrepasar le aprieto las bolas hasta que le queden
moradas.
Pam se ríe y se va detrás del grupo, dejándome sola con Gabriel quien me aparta poco a poco hacia un
lado de la habitación.
—Habla ahora, animal.
Él se sorprende por mi uso de la palabra y se recuesta ligeramente sobre la pared.
—Esto... Rita, no quiero que intervengas en mi trabajo.
—¿Yo? ¿De qué manera estoy interviniendo?
—Llevo años trabajando en este lugar, los Miller me pagan bien y soy bueno en lo que hago...
—¿Y tu punto es?
Gabriel observa la punta de sus zapatos, como si allí se encontraran todas las respuestas del universo.
—Mi punto es —alza la cabeza y me ve directo a los ojos—, si todavía estás enojada por lo que ocurrió
hace años atrás, contigo y con Bianca...
—Detente ahora —lo interrumpo—. No quiero seguir recordando la vez que embarazaste a la que era mi
mejor amiga.
—Bien, ¡pero no quiero que te desquites conmigo! Soy un padre ahora y tengo que llevar dinero a la casa.
Y hoy, por tu culpa, me hablaron de un posible despido por todo lo que ocurrió ayer y tu novio
golpeándome salvajemente.
—Eso te lo ganaste tú.
—¡No es cierto! Lo sufrí porque tú no pudiste parar de comportarte como una perra desquiciada porque se
nota a leguas que no has podido olvidar lo que pasó. Supéralo de una vez, es hora de seguir y dejarme en
paz. Si tan solo no hubieras actuado como una necesitada de amor, tal vez nunca hubiera recurrido a
Bianca. Ahora por tu culpa mi trabajo cuelga de un hilo.
Siento cómo la rabia se va apoderando de mi sangre con lentitud; con aspecto intimidante me acerco cada
vez más a su rostro, hablando con voz firme y clara:
—¿Quieres que supere el hecho de haberte encontrado follando a mi "mejor amiga" en el baño de mi
casa, mientras yo estaba enferma y pensaba que estaba muriendo, a dos habitaciones de distancia? Eres un
cerdo de polla pequeña que te crees superior porque lograste engañarme durante meses, haciéndome
pensar que me querías, ¡prometiendo casarte conmigo y regalándome un estúpido anillo de plástico como
símbolo de que pronto lo sustituirías por uno de verdad! ¿Te sentiste poderoso mientras me humillabas?
¿Disfrutaste joder con las dos? Porque yo disfruté el divino castigo del destino cuando la dejaste
embarazada y días después también te dio infección urinaria y comenzaste a desarrollar ladillas en las
bolas que, viéndote solamente esta tarde cuando te rascabas con insistencia, asumo que todavía tienes.
Ahora Gabriel luce pálido mientras yo respiro con dificultad, desahogándome y sacando todo lo que
tengo dentro y ha estado matándome por dentro. Soy vagamente consciente que él se alterna entre
mirarme a los ojos y mirar por sobre mi hombro de vez en cuando.
—Ah, y otra cosa —digo antes de dar por terminada la conversación—. Hoy por la tarde entré con Key a
tu cabaña mientras tú patrullabas en otro lado, y escupí en tu agua... y Key orinó en tu shampoo, en tu
jugo de manzana, en tu cama y sobre tus almohadas. Como no me pude resistir, metí tu cepillo de dientes
en el retrete y luego Key lo orinó también, junto con ese ridículo protector que usas en los dientes.
Respiro hondo y noto por primera vez que a nuestras espaldas tenemos público porque los murmullos no
se hacen esperar. Al parecer mi grupo decidió no irse después de todo.
Gabriel no está muy contento que digamos, pero sobre todo parece asqueado... y peligrosamente verde,
como si quisiera... ¡Y acaba de vomitar cerca de mis pies!
Key, que es uno de los espectadores, se apresura a venir a mi lado y apartarme de la segunda tanda de
vómito de Gabriel.
Esto no es lindo.
—Tú... —dice Gabriel, quien me señala cuando logra contenerse de seguir vomitando—. Pequeña perra
maliciosa, oh cielos, me siento enfermo del estómago. ¡No puedo creer que pusieras a ese tipo a orinar
sobre mis...!
Gabriel está verdaderamente furioso, resoplando y viéndome como si me fuera a matar. Para mi sorpresa,
Key le lanza un golpe directo a la nariz que lo hace tropezar.
Miro hacia Key, directo a sus ojos, con la boca abierta.
—¿Lo golpeaste? ¿Por qué? —pregunto atónita.
—Vamos, Rita. ¡El tipo lo hizo en tu baño!
Key me toma del brazo y me obliga a pasar en medio de la pequeña multitud que hemos reunido... una
vez más. Dejamos a Gabriel atrás, con todo y sus quejas y lamentos.
Una vez que stamos algo alejados del lugar, salgo de mi conmoción y parpadeo mucho en dirección a mi
vaquero... ¡No! ¡No es mi vaquero! Es el vaquero de alguien más.
—¿Entonces escuchaste todo lo que dije?
—Cada palabra —asiente con la cabeza—. Incluso las mil orinadas que se supone di sobre toda la cabaña
de ese tipo. ¿Es que acaso me imaginaste como un perro marcando territorio? Seguro y tu ex pensó que
tengo incontinencia y no puedo controlar mi llave —señala su entrepierna.
Parpadeo una última vez y comienzo a reírme con fuerza.
Key es muy guapo… y sabe manejar bien mi lengua rápida y fluida, junto con todas mis excentricidades.
—Lo siento —me disculpo entre risas—. No se me ocurría qué otra cosa hacer. Pero tienes que admitir
que la idea es brillante.
Me paro más erguida y la idea ya no me suena tan descabellada como antes.
—¡Eso es! —grito—. Key, ¿no te gustaría...?
—No, no, no. Ya sé lo que quieres y la respuesta es no.
—Vamos, di que sí. Hagámoslo esta noche... Entremos en la habitación de Gabriel y orinemos sus cosas.
Él seguramente va a botar y sustituir todo esta tarde, nunca sabrá que esta noche orinaremos sus cosas de
verdad. Es el momento perfecto para entrar a hurtadillas y cumplir con la venganza.
—Rita, ¿sabes la cantidad de líquido que me va a requerir tomar para hacer eso? Es la idea más
descabellada que te he escuchado decir.
—No lo sé y no me importa. Creo que deberíamos empezar a hidratarte para preparar tu vejiga, eso es
todo lo que pasa por mi mente en estos momentos.
—No, no, No, no. ¿Estás loca? ¿Quién no te dice que él decida irse y empacar sus cosas justo ahora?
—No creo que lo haga. Me pidió que no le provocara más deslices en el trabajo porque lo ocupa. Gabriel
va a arrodillarse para que no lo echen, estoy segura.
Key suspira y noto su resolución viniéndose abajo poco a poco.
—¿Con eso quedaría saldado mi trato de venganza por los ex? —pregunta.
—Estaría en deuda contigo si me ayudas a hacer eso.
—Es que... No lo sé.
—Vamos, no seas así. Ayúdame y yo te ayudo, ¿recuerdas? Si tú saltas, yo salto.
—¿Esa última frase no era de Titanic?
—Probablemente. ¿Entonces? Prometo dejar que me beses.
—¿Y qué te ha hecho pensar que quiero besarte? Tú eras la que quería abusar de mí en el motel.
Probablemente ni siquiera había una rata en la habitación y decidiste falsificarla para encontrar una
excusa para deshonrar mi virtud.
Elevo una ceja y llevo ambas manos a mis caderas.
—Si tú no me ayudas, me encargaré de escupir en tus alimentos… ni siquiera lo vas a notar. Y créeme,
tengo experiencia haciéndolo.
Él duda un momento, viendo en todas direcciones antes de suspirar mientras me lanza una mirada
enfática.
—Está bien, trato hecho. Pero... ¿Puedo besarte ahora?
—De acuerdo.
—¿Beso con lengua?
—Ni se te ocurra.
—¿Puedo tocarte?
—Sólo si no quieres conservar todos tus dedos en su lugar.
—De acuerdo, bien. Tranquila mi pequeña Patchie-con-navaja-y-gas-de-pimienta-incluido.
—¡Oye! No soy tú Patchie.
—Claro que lo eres, ahora bésame, me lo debes.
Él hizo el intento de acercarse para besarme pero yo me alejé.
—Lo siento vaquero, pero eso pasará después que me ayudes.
—Eso me parece hacer trampa.
—A mí me parece ser inteligente.
Y lo digo en más de un sentido porque sé que si beso a Key en estos momentos probablemente le quiera
dar cinco hijos después y eso no puede pasar. Y sé que no va a pasar porque yo soy Rita Day, y Rita Day
nunca se queda con el chico al final de la historia. Mi experiencia me precede.

Key
Un litro de agua, dos tragos de Jagermeister, un vaso de jugo de naranja y luego una cerveza seguida de
otros seis vasos de agua.
Eso toma para que mi vejiga sienta deseos de liberar todo ese líquido acumulado.
—¿En qué cabaña averiguaste que se hospedaba? —pregunto, moviéndome de un lugar a otro. Rita se
encuentra ocupada viendo su teléfono celular, consultando por quinta vez la dirección de la cabaña de
Gabriel.
Todavía sigo impactado por enterarme de qué manera tan cruel le fue infiel a Rita. Así que en parte no me
arrepiento por lo que vamos a hacer a continuación.
—Adam dice que la quinta cabaña a la izquierda —dice Rita, escribiéndose mensajes con mi mejor
amigo.
De alguna extraña manera no me gusta eso. Rita y Adam jamás harían buena pareja.
De pronto la escucho resoplar de la risa, viendo todavía a su teléfono.
—¿De qué te ries? —pregunto cautelosamente.
—Presiento que a Adam le gusta mi mejor amiga.
—¿Por qué lo dices?
—Porque me acaba de preguntar, de una forma nada discreta, cuál es la música favorita de ella.
Comienzo a reírme.
—Dile que ya tiene novia, que piense en ella.
Rita hace una mueca.
—Si quisiera que tu amigo pensara en una bolsa para excremento, claro que le diría que piense en Marie.
Pero la verdad es que valdría la pena ayudarlo a conectar con mi amiga con tal de ver la cara de la
anaranjada esa cuando Adam la deje por Anna.
Sonríe a la pantalla de su teléfono.
—¿Podemos ya entrar en la cabaña? No aguanto la necesidad de ir al baño.
—¡Oh claro! Vamos caminando por aquella dirección.
Señala a la izquierda y comenzamos a movernos.
Cada dos segundos lanza una risita maliciosa, tecleando en su teléfono.
—Te vas a caer si no miras por dónde vas —le reclamo algo enojado.
—Para eso te tengo, para que seas mis ojos cuando yo no pueda ver.
—¿Qué tanto escribes con Adam?
—Le dije que a Anna le gustaba toda la música de ese grupo musical nuevo, Patitos al Agua.
—¿Hay un grupo musical llamado Patitos al Agua?
—Claro. Si no hay entonces alguien debería crearlo.
—Adam no es tan tonto como para caer en eso.
—Pues tuvo que comprobarlo en internet —se sostiene el estómago para soltar una gran carcajada
mientras mira su celular—. Me está reclamando porque dice que no encontró nada.
—Eso es porque eres terrible escogiendo nombres de bandas falsas. Y ya en serio… ¿estamos cerca de la
cabaña de tu ex? Tengo necesidades.
—Esta es… esa es la cabaña de Gabriel —dice Rita deteniéndose frente a la construcción en madera—.
Vamos, es hora de vengarme del hijo de fruta.
—¿Hijo de fruta? Suenas de primer grado.
—Y tú suenas a punto de estallar. ¡Ve, libera tu vejiga sobre todo lo que encuentres de Gabriel!
Comienzo a dar pasos en dirección a la entrada pero noto que Rita no me sigue.
—¿Y tú que vas a hacer? ¿No vas a entrar, Patchie?
—Oh, claro. Sólo estoy ajustando el video de mi cámara. Quiero que esto quede para la posteridad.
—¿Te dije antes que estabas desquiciada? Porque de verdad, lo estás.
—Oye, los desquiciados somos los mejores. Tenemos un amplio sentido de la creatividad. Ahora ve que
tenemos un gran trabajo que hacer esta noche.
Después de eso entro en la cabaña, dispuesto a saldar mi deuda con ella y ansioso por lo que viene
después.
14
Cómo supe que eras malvada

Rita
—¿Ya terminaste? —le pregunto a Key, tocando suavemente la puerta del baño en donde lleva más de
cinco minutos encerrado.
¿Qué tanto puede orinar una persona?
—Rita —murmura él—. No puedo hacerlo cuando sé que estás al otro lado de la puerta, escuchando todo.
Aléjate, dame mi espacio.
—¿Estás orinando en el jarrón que te di? Recuerda no botar nada, cada gota cuenta.
Escucho casi al instante cómo comienza a subirse el cierre del pantalón. Luego sus pies se arrastran por el
suelo y abre la puerta.
—Toma, esto es todo lo que pude recolectar.
Para mi desgracia me muestra el jarrón que acabo de darle hace unos momentos atrás, ésta vez contiene
una sustancia líquida amarilla.
Arrugo la cara y me alejo todo lo que puedo.
—Aquí está —insiste él—. Tómalo.
Niego con la cabeza.
—No lo quiero tocar. Y oye, ¿por qué no está lleno? Pensé que tomaste bastante líquido como para poder
cumplir esta venganza.
—¿Qué clase de persona crees que soy? Es imposible orinar tanto. ¿Lo tomas o lo dejas?
Hago una mueca de asco.
—Perfecto —murmuro—. Lo tomo. Pero tú lo sostienes.
—Bien. ¿Por dónde empezamos?
Le hago una señal para que me siga por la habitación y nos detenemos ante la cama.
—Por aquí —le señalo el lugar en específico—. Rocía un poco sobre la almohada, para que al dormir
mejoren sus sueños.
Key eleva ambas cejas, asintiendo con la cabeza.
—Va a tener los mejores sueños, sin duda.
—Sé moderado, no hiciste mucho y tenemos que conservar el precioso elixir.
—¿Elixir? Nunca lo vi de esa manera.
—Que no se te infle el ego —murmuro—. No pienses más en donde no hay.
—Si tú lo dices… Elixir, soy un astro.
Ruedo los ojos, dándole espacio después de eso mientras voy directo a la mini refrigeradora de la cabaña
de Gabriel. El lugar es bastante cómodo como para ser del personal. Tiene una habitación sencilla, un
baño y una pequeña cocina con comedor incluido.
La cocina es mi meta por los momentos. Inspecciono los gabinetes y guardo para mí una bolsa de papas
fritas que se encontraba intacta sobre un microondas así como un paquete de galletas Oreo sin abrir.
Noto que Gabriel vació casi todo el contenido de su refrigerador, pensando que lo que le había dicho
anteriormente era cierto, que Key había orinado sobre sus cosas. Veo jugos de manzana aún sellados y
una botella de agua a la mitad.
¡Bingo!
Tomo la botella de agua y me dirijo a la habitación en donde compruebo que Key está terminando de
rociar las sábanas y las almohadas. Ahora sostiene el jarrón de vidrio con el elixir, trata de alejarlo de su
cuerpo a medida que me ve.
—Tienes una mirada desquiciada —comenta él—. ¿Vas llenar ese bote de agua con esto?
Él señala el jarrón.
Niego con la cabeza.
—Lo llenaré con agua de retrete. Sería muy obvio si lo hago con eso, es amarillo. Por cierto, ¿qué cosas
tomas? ¿Es normal que sea de ese color tan fuerte?
La cara de Key no tiene precio, se pone rojo y trata de evitar su vergüenza escondiendo el jarrón.
—Ya repasé su cepillo de dientes con esto —dice en su lugar—. Compró uno nuevo porque encontré el
empaque en la basura.
—Bien. ¿Y su Shampoo?
—Eso todavía no.
Lo acompaño al baño para sustituir la botella de agua purificada por una del retrete. Vacío el agua del
bote en el lavabo y me dedico, con mucho cuidado, a llenarla con agua del sanitario.
—Eres malvada —murmura Key mientras me ve hacer mi trabajo y él comienza a derramar el elixir en el
shampoo.
—Esto es nada en comparación a lo que le haremos a tu ex, Mia.
—¿De verdad? ¿Tienes algo en mente, Patchie?
—Más o menos. Pero te lo compartiré después.
—No me lo puedo imaginar. Recuérdame no meterme contigo nunca.
—Estás avisado. Si me haces algo, ten cuidado con el agua que tomas o el cepillo de dientes con el que te
lavas la boca.
—Prometido.
Sonrío con astucia y me muevo por la cocina nuevamente, regresando la botella de agua a su lugar.
Después de eso voy en busca de Key aun en la habitación.
—Vamos, pon un poco en su enjuague bucal —lo animo—. Mientras tanto, iré a revisar sus cajones para
ver si encuentro algo importante.
Key asiente con la cabeza, haciendo un saludo militar.
Me muevo en silencio al otro lado de la pequeña habitación y enciendo una lámpara que está dispuesta
junto a la cómoda donde Gabriel guarda su ropa. Comienzo a revisar cajón tras cajón, metiendo la mano
entre sus camisetas sin mangas y su ropa interior que huele a suavizante de tela.
—Oye —le susurro a Key. Él no me escucha y lo llamo de nuevo—. ¡Keyton!
Finalmente sale del baño, cargando la botella de enjuague bucal.
—Deja de llamarme así. Exijo respeto o este trato se acaba —dice él, sonando como mujer en sus
cuarenta.
—Bien, bien. Pero oye, ¿sabes de algo que pueda poner en la ropa interior de un chico para darle
comezón después?
Él se encoge de hombros.
—No tengo idea —murmura—. Prueba con… am, no sé, ¿pimienta?
—¿Pimienta? ¿Es una broma?
Él se vuelve a encoger de hombros.
—Realmente no lo sé. A parte de la venganza de los doce gatos hambrientos nunca había hecho algo
como esto.
—Bien, probaré la pimienta —le digo. Justo cuando pienso movilizarme a la cocina, un par de relucientes
y bien afiladas tijeras de pronto llaman mi nombre.
—¿Sabes qué? —comento con entusiasmo—. Olvida la pimienta.
Saco las tijeras y comienzo a cortar sus calzoncillos, haciendo una line en vertical desde la entrepierna
hasta el trasero. Tomo también sus camisetas formales y corto en donde creo que se encontrarían ubicados
sus pezones; repito lo mismo con todas sus camisas.
—De nuevo… —dice Key, observándome con terror—. Recuérdame no meterme contigo nunca.
Le guiño un ojo.
—¡Ups! Olvidaba las fotos —grito. Casi de inmediato saco mi teléfono del bolsillo trasero de mis
pantalones y comienzo a grabar y tomar fotografías mientras Key llena su enjuague y pasa nuevamente su
cepillo de dientes por el retrete, tallando las superficies con él. Entonces él detiene repentinamente lo que
está haciendo, observando con curiosidad mi teléfono.
—¿Eso es tuyo? —pregunta.
Asiento con la cabeza. Él me había visto textear antes con el aparato.
—Me costó demasiado poder ahorrar por él, pero soy la orgullosa dueña —contesto, emocionada.
—Jum, qué extraño. Ahora que recuerdo me habías dicho que dejaste tu teléfono en tu casa.
Me congelo.
—Yo nunca dije que lo había dejado en mi casa.
—¿Qué dijiste entonces? Porque recuerdo que mencionaste que ni siquiera lo habías traído a este viaje.
—Sí lo traje conmigo. Lo que pasa es que había quedado en mi maleta.
—¿Así como dejaste a Phillip, tu navaja, pero demostraste que la tenías guardada en tu sostén?
—Más o menos.
—Osa, osa… mentirosa.
—Eso es tan infantil Key. Felicidades.
—Osa, osa… mentirosa. ¿Por qué lo escondiste? ¿Segura que no lo tenías cuando el autobús nos dejó?
¿No fue todo eso un plan para seducirme?
Me cruzo de brazos, dándole una mirada de muerte.
—Dicho autobús que cierta persona ordenó a dejarnos atrás. Pero no, no soy como tú; de verdad no lo
tenía, lo encontré en mi equipaje. No tengo ningún plan de seducción. La pobre persona que se enamore
de mí tendría que aguantar todas mis locuras; no soy esa clase de chica que es para cualquier tipo común
y corriente, soy de las que necesitan a alguien que iguale su fortaleza y su locura, alguien que quiera vivir
sabiendo que será amado incondicionalmente.
—Bien, voy a decidir creerte, Rita Fiorella Day. Oye, ¿crees que yo sea esa persona? ¿La que iguale tus
locuras?
—Tendrías que trabajar duro, vaquero. No te lo recomiendo.
—Ya decidiré si hago o no el esfuerzo. No decidas con anticipación por mí.
—Bien, me alegra Keyton. Solo no digas que no te lo advertí.
—Bien…
—BIEN.
—Bieeeeeen…
Ruedo los ojos, deteniendo el juego tonto que parecía estábamos jugando.
Continuamos trabajando en silencio, llenando de “elixir” toda la habitación. Incluso me tomo la molestia
de robar unos cuantos billetes que descuidadamente se encuentran a mi alcance. Gabriel deja el dinero en
cualquier parte, y ese es mi beneficio.
Encuentro también una foto de él junto con mi ex mejor amiga, Bianca. Ambos sonríen y posan para la
cámara, ella está luciendo su embarazo de unos buenos seis meses y su cabello castaño es ahora más largo
de lo que era antes.
Perra.
Regreso la foto a su lugar y trato de concentrarme mientras continúo con la venganza.
Ambos, Key y yo, nos congelamos cuando de pronto escuchamos unas llaves moverse al otro lado de la
puerta principal de la cabaña. Le siguen unas risas y voces como de dos personas distintas.
—Keeeey, debe ser él —le susurro.
—Hay que escondernos.
—¿A dónde?
Key comienza a buscar posibles lugares con la vista hasta que señala el espacio debajo de la cama. Nos
quedamos sin mucho tiempo ya que el sonido de risas empieza a escucharse con facilidad.
—Allí, vamos a escondernos rápido —dice él.
Primero entro yo, sumiendo el estómago y deseando con todas las fuerzas ser más delgada para poder
caber mejor, y luego entra Key que se desliza con facilidad.
—¿Qué hiciste con el elixir? —le pregunto cuando veo que no lo tiene con él.
—¡Lo dejé olvidado! Espera aquí que yo voy por él.
—¡No! Parece que ya abrió la puerta. Escóndete, que sea lo que tenga que ser.
—Tengo tiempo para recogerlo —dice, entonces sale con facilidad y corre hasta donde dejó el jarrón con
el líquido amarillo. Regresa otra vez bajo la cama y, con cuidado, mete también el jarrón.
—Eso ya comienza a oler —murmuro, tapándome la nariz.
—No exageres, queda poco.
Nos quedamos en silencio y esperamos hasta que escuchamos los pasos de Gabriel por la habitación, pero
tal y como deduje al principio, él no venía solo. Estaba acompañado por una chica que usaba zapatillas
bajas que lucían caras y que tenía una risa demasiado aguda y escandalosa.
—¿De verdad eres soltero? —escucho que pregunta la chica. Luego suelta una escandalosa risa que hacen
arder mis oídos.
—Soltero y disponible —murmura él.
¡Es un gran mentiroso! Bestia.
A tipos como este deberían cortarle las pelotas. Cortadas y rebanadas, luego deberían alimentar a los
cerdos con ellas.
—Siempre me pareciste adorable —comenta la chica.
—¿De verdad? A mí me pareciste fascinante desde el principio —responde él.
Escucho de nuevo la escandalosa risa de la chica, seguida por la de Gabriel, luego siento cómo el peso de
la cama cae en mi espalda cuando alguien se sienta en ella.
—Eres muy guapo, ¿te lo habían dicho? —dice ella—. Tus ojos son increíbles. ¿Por qué son así de
exóticos?
La cama sufre otro movimiento cuando Gabriel toma asiento a la par.
—Mi mamá siempre me dijo que yo fui moldeado por los mismos dioses griegos —habla el susodicho.
Veo cómo Key, a mi lado, comienza a rodar los ojos—. No sabían qué color de ojos combinaban mejor
para mí y decidieron regalarme uno de cada color.
Ahora soy yo la que se encuentra rodándolos, renegando de por qué había sido tan ingenua y había caído
con esa misma historia cuando él me la contó hace tanto tiempo atrás.
Mas risitas provienen de la chica, y pronto otro movimiento de la cama nos avisa que ambos se están
moviendo. Puedo ver los pies de los dos acercándose hasta estar pegados. Pronto comienzan los sonidos
de besos húmedos.
—Rita —murmura Key en voz muy baja—. No quiero escuchar a tu ex teniendo sexo con la guía de
senderismo.
—¿Ella es la guía?
Key asiente con la cabeza.
Al parecer no fuimos tan silenciosos porque pronto el sonido húmedo de besos se detiene.
—¿Escuchaste eso? —pregunta la de risa escandalosa.
—¿Qué cosa?
—Creo que escuché voces.
La cama libera presión, dejándome respirar tranquilamente. Probablemente la chica se haya puesto en pie.
—Gabriel —murmura ella—. Nadie se puede enterar de esto; nos pueden despedir a ambos.
—Te prometo que nadie se va a enterar.
—De acuerdo.
El lado donde se sentaba Gabriel también se libera del peso.
—Soy un tonto —escuchamos que dice él—. Ni siquiera te ofrecí algo de beber. ¿Quieres agua, jugo,
café?
—Agua, por favor.
—Ya la consigo.
Él deja la puerta abierta, y desde mi ángulo soy capaz de ver sus pies mientras se mueven por la pequeña
cocina, sacando la botella de agua de retrete que yo acababa de llenar y devolver a su refrigerador. Toma
dos vasos y reparte el agua entre ambos.
—Gracias —agradece la chica cuando Gabriel le entrega el líquido.
Escucho cómo beben y saborean. Por dentro estoy muriendo de la felicidad.
—Esto sabe muy bien —murmura ella, suspirando—. Eres un chico con buenos gustos hasta para el agua.
—No lo puedo evitar, es quien soy —dice él.
Ruedo los ojos. A mi lado, Key no puede disimular su risa.
—¿Quieres que continuemos en donde estábamos? —le pregunta él a ella.
Al parecer ella asiente porque la cama vuelve a hundirse, apretando aún más mi estómago contra el suelo.
Los sonidos de besos no se hacen esperar.
—Mmm… tus almohadas huelen raro —comenta la chica después de unos instantes.
—¿Qué mier…? —Al parecer él las huele y decide lanzarlas al suelo—. Listo, ya no molestan.
Los sonidos de besos se reanudan, esta vez por más tiempo.
—Tenemos que salir —murmura Key—. Hay que aprovechar que están distraídos para escapar y huir de
la cabaña.
—Apenas vienen comenzando, ¿qué tan concentrados están?
—Créeme, demasiado absortos.
—Bien. Pero ve tú primero. Quiero finalizar mi venganza con un buen final.
—Rita, no hay tiempo… ¿qué vas a hacer?
—Ve tu primero —lo convenzo—, y deja lo que queda de elixir.
Key suspira pero pronto comienza a deslizarse lentamente hasta que sale por completo por debajo de la
cama.
Veo a sus pies correr tan rápido y sin hacer el menor de los ruidos.
Oigo más sonidos de besos y pronto observo cómo la ropa de la chica comienza a caer a mi lado, muy
cerca de donde tengo la mano.
—Infiel una vez, infiel toda la vida —murmuro para mí misma.
Hago el intento por salir debajo de la cama, pero me asusto cuando veo volando la camisa de Gabriel por
el aire.
Espero un minuto, y entonces noto que le siguen los pantalones.
Con mucho cuidado los tomo, metiéndolos bajo la cama; luego busco la entrepierna y los rocío con un
poco de elixir. Es tan asqueroso que deseo tanto tomar una foto de esta obra maestra. Devuelvo los
pantalones a su sitio original y pronto estoy deslizándome por el suelo sin hacer ruido. Llevando conmigo
el jarrón con el oloroso elixir de Key.
Estoy en cuclillas, arriesgándome a ser descubierta por la pareja, pero no puedo evitar llevar una mano a
mi teléfono y buscar rápidamente la cámara.
Entonces le tomo una foto a Gabriel mientras besa con pasión la boca de la chica, y sonrío para mis
adentros. Solo hay un pequeño error en mi plan perfecto: mi teléfono no está en vibrador, y suena muy
fuerte al capturar la imagen.
Ambos chicos se despegan de la boca del otro cuando lo oyen, Gabriel es el primero que me nota.
Mierda. No es bueno.
Su rostro de sorpresa no tiene precio, pero pronto sus ojos caen al teléfono en mi mano y la sorpresa se
transforma en ira.
—¡Eres una hija de p…! —comienza a gritar él, pero yo decido en ese momento tomar otra fotografía,
una en donde se enseña la cara de la chica desnuda en la cama de Gabriel.
—Di, “Bianca” —murmuro, tomando otra imagen de la sorprendida pareja.
Gabriel comienza a ponerse en pie así que guardo mi teléfono y hago lo que deseé hacer desde que vi la
fotografía de él y mi ex mejor amiga juntos: le lanzo lo último que queda en el jarrón, y va a dar directo a
su boca abierta.
Lo siguiente que pasa es que estoy corriendo, corriendo por mi vida.
Key

Estoy de pie fuera de la cabaña del ex novio de Rita. Observando el reloj en mi mano izquierda,
suspirando cuando veo que han pasado más de cinco minutos y Rita no sale del lugar.
No debería preocuparme por ella, pero tampoco quiero que se quede durante todo el acto de la infiel
pareja. Incluso llego a considerar seriamente llamar a la puerta y distraer a Gabriel por mí mismo, pero mi
plan se esfuma cuando observo a una Rita muy emocionada salir de la puerta principal, corriendo como
alma en pena.
—Rita, ¿qué…?
Ella casi no me nota en su prisa por salir huyendo, pero se detiene al escucharme.
—¡Corre, Key! —grita, dejándome atrás.
Por alguna razón hago lo que me dice y me encuentro corriendo detrás de ella. La alcanzo rápidamente y
ahora estoy corriendo a la par.
Atrás escucho la voz de Gabriel. Cuando me giro para ver cuánta distancia le llevamos, noto que lleva un
pantalón mal arreglado, con una gran y enorme mancha en la entrepierna.
—Rita, ¿qué hiciste? —grito, jadeando.
Ella no contesta, pero en cambio corre con mayor velocidad que la de antes.
Cuando estamos a punto de llegar al final del camino empedrado, la tomo del brazo y la llevo hacia un
lado, introduciéndonos por una parte del bosque que sé que el chico heterocromático no conoce.
Pronto perdemos a Gabriel y nos detenemos después de haber cruzado por todo el campamento, chocando
con gente que se dirigía a la fogata.
—Me puedes… —respiro hondo—explicar… ¿qué… sucede?
Me doblo sobre mi estómago, apoyando mis palmas sobre mis rodillas.
Rita está jadeando por aire, ambos cansados.
—Le tomé una foto cuando estaba en la cama con la chica —dice ella finalmente, tragando saliva—. Aún
conservo el número de teléfono de mi ex mejor amiga.
—¿Se la vas a enviar?
—Claro —dice ella, encogiéndose de hombros. Ambos recuperamos el aliento y soltamos un último
suspiro profundo.
Un mechón oscuro de su pelo se pega en su mejilla. Ella ríe mientras saca su teléfono del bolsillo y
comienza a mostrarme las imágenes capturadas.
—Rita, eres extremadamente malvada. Pero el tipo se lo merece —le digo.
—A esto llamo yo karma —murmura ella, limpiándose el sudor de su frente.
—¿Por qué estabas corriendo? —le pregunto—. ¿Te amenazó ese tipo?
—Es probable que quiera las fotos de eliminadas. Pero jamás le daré el gusto.
Caminamos de manera lenta esta vez, moviéndonos con cuidado y dirigiéndonos hacia donde el resto de
mi familia se encuentra. Gabriel evitaría hacer una escena que involucre a los dueños de su trasero. Sin mi
familia no habría paga para él.
—Oye, ¿me puedes explicar que era esa enorme mancha en el pantalón que usaba tu ex? —comento con
curiosidad.
—Creo que ya sabes qué es.
—Tengo mis sospechas pero no puedo creer que lo hicieras.
—Sí, lo hice. Puse un poco de tu elixir amarillo mágico.
Me rio con fuerza, como no me había reído antes.
—Eso es asqueroso a un nuevo nivel —digo entre risas.
Muy pronto el calor del fuego en la fogata nos golpea con fuerza en el rostro a medida que nos
acercamos. La familia ya está reunida, contando historias y asando malvaviscos. Nos quedamos callados
después de eso, deteniéndonos a una corta distancia antes de reunirnos con todos.
Miro a Rita con detenimiento, apreciando el ambiente y sonriendo cuando mira a mis primas pequeñas
correr detrás de Adam.
—No sabía que las familias podían lucir así —dice ella.
—¿Así, cómo?
—Simplemente así de perfectas. Todos riendo y abrazándose entre sí, sentados alrededor de la fogata.
Parece algo sacado de una película.
Nos quedamos en silencio por unos minutos, hasta que Rita habla de nuevo.
—¿Cómo fue crecer con una familia equilibrada y completa?
—¿Equilibrada? —pregunto—. No somos equilibrados para nada. Ya conociste a la tía Morgan, la diosa
del sexo con protección.
—Para mí ustedes lucen muy normales… a excepción de tu tía, claro. Ah, y a excepción de tu abuelo el
nudista.
Ella señala más allá de la fogata, en donde el abuelo Johny comienza a quitarse la ropa como si estuviera
en llamas y a correr en círculos.
—Créeme, Rita, no lo somos. Somos un desastre y esta es la prueba de ello.
Desde donde estamos vemos a mamá perseguir al abuelo para vestirlo de nuevo, ella corre detrás de él,
gritándole algo acerca de su recién operada espalda.
—Tienes que conocer a mi familia entonces —dice Rita con cierto aire de amargura—, no son nada
normales. Les dije que iba a un campamento y solo me pidieron que les trajera recuerdos y comida. ¡Ni
siquiera preguntaron con quién iba o si iba a regresar pronto! A veces siento que no me escuchan tanto
como desearía.
Entonces ella alza la vista, dándome toda la atención con sus ojos marrones.
—Oh, perdona —comento— ¿Dijiste algo? Estaba distraído viendo al abuelo.
Rita frunce el ceño y me mira como si quisiera matarme.
—¡Estoy bromeando! —le digo para tranquilizarla—. Era una simple broma. Yo siempre te escucharé,
Patchie. Y claro que acepto.
—¿Aceptar el qué?
—Me dijiste que tenía que conocer a tu familia, dime cuándo y yo voy.
Ella se cruza de brazos y rueda los ojos.
—No era una invitación, vaquero. Después de este campamento, y ya sabiendo que tus hermanas conocen
que lo nuestro era falso, se acabarán nuestras visitas.
No sé por qué, pero me duele escuchar sus palabras. Hay cierta belleza en molestar a Rita, y extrañaré
mucho no hacerlo.
—¿No piensas continuar con tu labor de enamorarme? —pregunto.
—Nop. Enamórate de quien quieras. Enamórate de aquella que logre robarte el sueño por las noches y
todos tus pensamientos por el día; o de la que haga que tu vida tenga un poquito más de sentido que, por
un minuto, creas que estás soñando por la forma en la que todo encaja. Pero hay algo que sí haré:
mantendré mi palabra en cuanto a la venganza contra Mia.
—Mmm, ya veo. Espero enamorarme de esa persona entonces.
—Y yo espero que ella se enamore de ti.
Volvemos a caer en un cómodo silencio, observando a mis hermanas compartir un malvavisco asado
entre ellas.
—Hablando de venganzas —murmuro—, ¿vas a enviarle a tu ex mejor amiga la foto de Gabriel con la
otra chica?
Ella levanta su teléfono y me muestra la pantalla principal, comprobando que ya la envió.
—Eres rápida —comento.
—Ella ya me respondió.
Ahora me muestra la respuesta que recibió: perra .l.
—¿Qué significa .l.?
—Significa ten un buen día, en mensaje cifrado.
—Lindo.
Rita se encoge de hombros.
—No es algo que no haya escuchado o visto antes.
—Venganza uno, cumplida —murmuro—. Ahora sí, ¿al final de la noche obtendré un beso por haber
ayudado?
Ella sonríe, enseñando sus dientes.
—Mejor sigue esperando por ello.
Con esa frase tan enigmática se aleja de mi lado y se hace espacio entre mis hermanas para comer
malvaviscos asados junto con ellas.
Para cuando me uno a la fogata, papá se encuentra contando su famosa historia de terror sobre una niña
en un ático. Me ubico junto a Rita, pensando que hace un par de años atrás Mia y yo hacíamos lo mismo
antes, cuando pensaba que nos queríamos tanto como para superar dificultades.
Sacudo la cabeza y pronto lo olvido.
—¿Quieres uno? —escucho preguntar a Rita.
Su mano está extendida y sostiene un malvavisco realmente quemado y derretido.
—¿Quemaste al pobre malvavisco?
—Solo es por fuera… está delicioso por dentro. Prueba.
Niego con la cabeza.
—¡Vamos! Será una mordida —susurra ella.
Vuelvo a negar.
—Eres un aburrido.
—Y tú una mentirosa. No fui el único escondiendo secretos este día, Patchie.
—¿De qué hablas?
—De tu teléfono, sí lo tenías contigo hoy. Tuviste valor de escribirte con Adam después de todo.
—Creí que ese tema ya lo habíamos cerrado por hoy. No recuerdo haber dicho que no lo cargaba
conmigo. Además, si de mentirosos hablamos, tú te llevas el premio, ¿no crees?
—Mentalmente estoy rodando mis ojos —respondo.
—Físicamente estoy sacando mi tercer dedo —ella lo extiende frente a mi cara para mostrarlo.
—Metafísicamente hablando, me transformo en un pájaro y defeco sobre tu cabeza.
—Mágicamente hablando, te transformo en una sanguijuela a ti y a las dos zorras de prostíbulo que
rodean a tu amigo, y los encierro en un círculo hecho de sal para que no salgan.
—Wow, eso fue extremo —digo tomando el malvavisco quemado que sigue ofreciéndome.
Mastico con mucha lentitud, saboreando la parte quemada. Sabe horrible, pero me encuentro sin valor
para decírselo en su cara.
—¿Sabe bien? —pregunta ella, sus ojos marrones se sobresaltan con la emoción.
—Es muy bueno —miento con la boca llena. Cuando mastico, el malvavisco cruje. ¿Es normal que haga
eso?
Rita sonríe con ganas.
—Me alegra —comenta ella—. Lo encontré en el suelo y me preocupaba que se desperdiciara porque
nadie lo fuera a comer.
Suelto lo que queda del malvavisco quemado y comienzo a escupir con fervor.
—¿Por qué me diste eso? ¿Qué pasa contigo?
—Eso es por cuestionar mis palabras. Nadie se mete conmigo o duda de lo que digo, Key. Nadie.
—Estás mal de la cabeza.
—Lo sé. Solo quería recordártelo.
—Hiciste tu punto. No pienso meterme contigo, Rita Day. Nunca.
Escupo de nuevo mientras ella me da una mirada de suficiencia cuando toma otro malvavisco de su bolsa.
—Mejor que así sea, Keyton. Mejor que lo sea.
Y así será.
15
Cómo conocí tus secretos
Rita
La noche alrededor de la fogata pronto termina. Nuestro equipo, el azul, estuvo a punto de ganar en la
competencia, pero nuestra historia de terror fue realmente patética gracias a Elena. Su voz y presencia
arruinó por completo el ambiente cuando contó algo sobre un pirata borracho atrapado en una cueva que
come su propia pierna.
Lucca, nuestro líder de grupo, se lamentó de no haber elegido a Pam con su historia de las monjas.
Y así terminó la noche, dando paso al día. Key y yo desayunamos juntos y bromeamos cuando Marie
bebió una caja de leche que ya había caducado e inmediatamente fue al baño a vomitarla.
Como este era el último día en el campamento, los grupos nos unimos de nuevo para tomarnos fotografías
juntos y varios me felicitaron por mi relación con Key, incluso hubo dos de sus tíos que me pidieron que
los llamara por su nombre de pila porque me consideraban parte de la familia. Si tan solo supieran que yo
era un engaño.
Ese mismo día Key y yo viajamos juntos en el autobús, y esta vez no me bajé en ninguna de las paradas.
Las hermanas de Key iban a mi lado, platicando y burlándose del pobre Keyton y su obsesión por las
grandes hebillas y sombreros de cowboy.
Más pronto que tarde, termino en la puerta de entrada de mi casa, en el asiento del auto de Key (ya que él
se había ofrecido a dejarme), escuchando una canción de 30 Seconds to Mars que parece adecuada para el
momento porque habla de una hermosa mentira; y eso éramos él y yo, una mentira. No me bajo de
inmediato del auto, ni él hace señas de querer que me vaya tampoco.
—De acuerdo —menciona, apagando el motor del vehículo—. Fue muy interesante haberte conocido,
Rita… o Andrea Cipriano, como sea que te llames.
Me guiña un ojo y yo me rio en voz alta.
—Es Rita y lo sabes —contesto.
Tal vez esta sea la última vez que nos veamos… El trabajo de ambos ya ha concluido. Mia no está cerca,
sus hermanas saben que lo nuestro no es real, y no me necesita para ninguna otra farsa.
—Le agradaste a mi familia, eso es un logro muy alto —comenta él luego de unos instantes.
—Es extraño, por lo general no le caigo bien a la gente. Como te dije antes: soy una rara pieza humana
con sentido del humor atrofiado.
—Solo tú podrías decir “pieza humana” y “atrofiado” en una misma oración.
—Bienvenido a mi mundo.
Suspiro en voz alta, jugueteando con el colgante de alas de ángel que mantengo siempre en mi cuello.
—Para mí eres una pieza humana muy interesante —dice Key, haciéndome sonrojar.
—Eso dices ahora porque no me conoces bien todavía.
—Espero conocerte mejor entonces. Además, me debes la venganza de Mia. No lo olvides.
—¿De verdad quieres vengarte de ella? Sé que estás muy enamorado todavía, independientemente de lo
que te haya hecho.
Key suelta el aliento que parece estar sosteniendo, y me sonríe con nostalgia.
—Pienso que, de esta manera, tal vez pueda superarla. No se me ocurre nada más. Fueron siete años los
que estuvimos juntos, ¿sabes? Siete años de memorias y secretos compartidos que ahora no le interesan…
o tal vez nunca le interesaron. Me acostumbré a tenerla cerca para todo.
Key suspira de forma ruidosa.
—Estar con ella era cómodo —comenta finalmente.
Asiento con la cabeza, entendiendo el sentimiento.
—Ella te engañó, lo entiendo —respondo—. Sé que no estoy en posición de juzgar a una persona, pero
tengo cierta experiencia con el tema de la infidelidad. A veces, y aunque no lo creas, la mejor venganza es
vivir feliz y tener una buena vida.
—¿Estás hablando de tu ex novio? Me refiero a la experiencia. Por cierto, ya hice que lo despidieran, la
familia apoyó mi decisión. No tendrás que volver a preocuparte por Gabriel.
Ahora soy yo la que sonríe con nostalgia.
—Gracias por eso, y no, no me refería a Gabriel en esta ocasión —me reclino contra el asiento y miro
hacia mi pequeña casa del color de una sandía madura. Ya es algo tarde y el sol está a punto de ocultarse,
pero las luces se encuentran encendidas desde antes—. Se trata de mi madre.
Key se gira en su asiento para verme a la cara. No me gusta contar nada sobre mi patética vida porque no
me gusta que crean que soy la víctima en algo, pero siento confianza con él. La única otra persona que
sabe sobre mi madre es mi mejor amiga, Anna.
—¿Qué pasa con tu madre? —pregunta Key—. Adelante, puedes contarme.
Trago saliva.
—Mi madre… Ella y papá me tuvieron a muy corta edad. Mamá siempre tuvo el sueño de ser famosa y
triunfar de cualquier forma, ya sea en la actuación o en el canto; cuando consiguió su primer trabajo en un
comercial, comenzó a pasar más tiempo lejos de casa, teniendo grandes periodos de ausencias porque
siempre estaba filmando alguna toma para un comercial barato de sodas. Mi papá fue quien me educó y se
quedaba en casa conmigo. Él no quería decirlo, pero sabía que estaba desempleado la mayoría del tiempo;
por culpa de ella renunciaba a muchos trabajos.
»Fue entonces cuando mamá apareció en casa una tarde, recuerdo que era domingo. Un señor gordo y con
enorme bigote esperaba por ella en su vehículo. Dijo que se marchaba con él porque podía darle una
mejor vida, una vida de estrella que ella merecía. Más tarde me enteré que el tipo era dueño de algún
circo.
—Eso apesta —comenta Key cuando logro callarme por unos segundos, reviviendo el terrible día que me
abrió los ojos a quién era mi madre en verdad.
—Lo sé. Ella se fue y regresó esporádicamente luego de eso —continúo—. Cuando apareció de nuevo
unos meses después, yo estaba muy molesta con ella; papá sufrió mucho… aún sufre por ella. Me enteré
que el tipo del circo era casado y que ahora salía con otra persona. Cuando mi madre localizó su siguiente
objetivo, su siguiente hombre, se fue nuevamente de casa con alguien más. Regresó años después,
embarazada de mi hermano Russell. Estuvo con el bebé por apenas un mes y luego se marchó con otro
hombre, dejando a Russell con nosotros.
—Debo decirlo —dice Key—. Tu madre es una…
—Perra —completo yo por él—. Lo sé.
—Ella no los merece ni un poco.
—Gracias, opino lo mismo —comento—. De igual forma, ella llegaba esporádicamente cuando se le
acababa el dinero. Mi padre había conseguido trabajo en esta compañía de publicidad y le iba bien. Ella
se quedó por unos meses más, sacándole todo el dinero que podía, pero luego se marchó. Regresó mucho
tiempo después, ya embarazada de su tercer hijo: Rowen.
—Adivino, ¿lo dejó también al cuidado de tu padre?
Asiento con la cabeza.
—Así es. Yo fui quien prácticamente los educó. Creo que ellos no me miran como hermana mayor, me
miran como su madre ya que ella apenas y reconoce su existencia.
Ambos permanecimos así, en silencio, por unos breves minutos hasta que acabara la canción y comenzara
una nueva.
—Pero basta ya de hablar de mi patética vida —comento, recordando el motivo por el cual le cuento mi
historia—. Mi punto con esto es, Key, no dejes que esta chica te manipule y atraiga de nuevo como una
serpiente haría con su presa; así como dijiste que mi madre no merecía tenernos, ella no merece tenerte.
Que tu venganza sea vivir tu vida lo más feliz que puedas, sin ella.
Key desvía la mirada hacia el frente.
—Sé que debería ser así…
—Pero es más fácil decirlo que hacerlo, ¿verdad?
Él asiente con la cabeza.
—Bien —acepto—. Para eso estoy… vamos a enseñarle a esa chica que eres feliz sin ella. Que no la
necesitas. Esa será mi venganza para ella.
—¿Cómo vas a hacer que eso pase? Lo veo difícil.
—Para eso me tienes —digo con convicción—. Espera mi llamada en estos días, vaquero. Y ya deja de
estar triste, el dolor nunca dura una eternidad, se detiene en algún punto.
—Bien, pequeño saltamontes de consejos sabios.
Ruedo los ojos.
—¿Estás bromeando? —resoplo—. Es la peor comparación de todos los tiempos. No sé dar consejos,
además, soy alta. No puedo ser comparada con un saltamontes, tal vez con una jirafa.
—No lo sé —murmura él, tocando su barbilla con dos de sus dedos—. Como que prefiero a las chicas
altas. ¿Te digo un secreto? Me da un poco de pereza inclinarme para besarlas. Así que siéntete del tamaño
correcto, o al menos eres del tamaño correcto para mí.
Mis mejillas pronto se encienden con su comentario. Mentalmente estoy convenciéndome que no lo dice
por mí, nop. No puede serlo.
—Y lo digo por ti —aclara—. Hay algo en ti que me llama la atención y quiero saber qué es.
¿A quién quiero engañar? ¡Está coqueteándome! ¡A mí! Alguien debería pellizcarme muy fuerte. Mi voz
interna me pide que me case con él de inmediato, antes que cambie de opinión.
¡Basta, voz interna, nos va a escuchar!
Rápido, tonta, cásate y ten diez hijos con el hombre. Deja buena herencia.
Nooooo.
Síííííííííí.
—¿Rita? —escucho mi nombre y pronto veo una mano viajar frente a mi rostro, tocando mis mejillas—.
¿Estás allí?
Parpadeo varias veces, tratando de recuperar la compostura.
—¿A dónde más estaría? —pregunto, quitando la mano de Key—. Entonces, Key, deberías de ser menos
perezoso, lo vas a necesitar. No todas tus chicas tendrán la suerte de tener mi altura de jirafa. Tal vez sea
eso lo que te llama atención sobre mí, créeme, soy aburrida una vez que me conoces a fondo.
Comienzo a desatar el cinturón de seguridad y a salir del auto.
Siento la mano de Key tomar la mía, impidiendo mi salida rápida.
—No tan rápido, Patchie. No creo que eso sea el porqué de llamarme la atención. Y, además, me debes
algo y lo tomaré, seas jirafa o ratón, no me importa.
Mi rostro se gira para ver el suyo.
—¿Qué te debo? ¡Y ya deja de llamarme Patchie!
Frunzo el ceño mientras me concentro en ver su bonito rostro. Tiene un lunar bastante escondido cerca de
su párpado izquierdo, tiene forma de salpicadura de pintura.
—Me debes esto —susurra.
Entonces él se inclina en su asiento, apoyando su codo también en mi asiento. Pronto sus labios tocan los
míos y sus manos toman mis mejillas con suavidad.
Mantengo los ojos abiertos por la impresión, pronto comienzo a cerrarlos.
Mi instinto natural me dice que debo apartarlo y darle una cachetada por el simple atrevimiento. Pero la
otra parte, la romántica, me dice que cierre la boca y disfrute.
Por una vez en la vida, le hago caso a la parte que menos me gusta de mí: la romántica, y pronto mis
labios se imprimen en los suyos, siguiendo su ritmo propio.
La mano de Key obtiene valor y baja hasta mi cuello, moviendo su pulgar por mi clavícula; la otra mano
sujeta mi cabeza para profundizar y el beso.
El momento parece eterno, hasta que una voz lo arruina todo:
—¡Wooaaa! ¡Rita tiene novio paaaaaaapá!
Los gritos que se escuchan afuera del vehículo hacen que me despegue enseguida de los jugosos labios de
Key.
Miro asustada hacia donde mi hermano menor, Rowen, está saltando sobre la acera, usando únicamente
sus calzoncillos de Capitán América.
—¡PAPÁ, RITA SE ESTÁ BESANDO CON SU NOVIO! —grita el pequeño demonio.
Esto pasa cuando dejo que mi lado romántico salga de su cueva sin luz.
Me apresuro a salir del auto, directo a darle una paliza al niño, pero de pronto noto a mi otro hermano
menor, Russell, saliendo directamente de la casa seguido de papá y el abuelo.
Mi boca se abre y mis mejillas se prenden en vergüenza cuando veo que todos aparecen en fila… usando
únicamente sus calzoncillos de color blanco.
—¡Papá! —grito—. Ve a cambiarte, por favor. ¡Abuelo, no enseñes tu barriga!
Papá tiene una cerveza en la mano, mirando a hurtadillas sobre el hombro de Russell quien trata de ver
quién está dentro del vehículo.
Escucho que Key baja también y corre a mi lado.
—¿Ese es tu novio? —murmura mi abuelo, tiene la poca decencia de rascar su ombligo mientras camina
perezosamente para ver a Key, él incluso tiene el valor de pasearse en sus calcetines con hoyos en los
dedos gordos—. ¡Hola muchacho! ¿Eres el del otro día? El que me preguntó el nombre de mi Rita,
¿cierto? El de las revistas.
Key asiente con la cabeza, tratando de no reír.
—Sí señor, gusto en verlo de nuevo —habla él.
Me llevo una mano a la frente, preguntándome si podría morir de vergüenza propia o ajena, la que sea.
—Chicos, todos adentro. Los vecinos los van a ver en ropa interior —los regaño—. ¿Papá? ¿Podrías por
favor…?
Le señalo a él la puerta de entrada, pero se encoge de hombros y camina a la par del abuelo, paseándose
en sus calzoncillos que una vez fueron blancos y hoy son amarillos, esos que se aflojan en la cintura
porque están tan viejos que incluso todo el elástico se gastó debido al uso.
—¿Quién es él? —pregunta apuntando con la boca de la botella hacia Key—. ¿Es tu novio, hija?
—¿Cuánto has bebido? —le reclamo—, lo siento mucho Key. De seguro está tan borracho que no
recuerda que tiene algo de pudor o decencia. Todos deben estarlo. O drogados.
—¿De qué hablas? Esta es la primera —comenta él, frunciendo el ceño—. Solo yo bebo y lo sabes.
—Papá, no estás ayudando en nada —le reclamo con una mirada mortal.
—¡Los vi besándose, papá! —grita Rowen mientras toma la mano de mi padre y lo guía más cerca de
nosotros. Esa pequeña sabandija. No pagaré el cable y le tendrá que decir adiós a Bob Esponja—. En la
boca, era asqueroso. Parecía un concurso de quién metía la lengua primero dentro de la cavidad del otro.
Cavidad: C-A-V-I-D-A-D.
Deletrea esta última parte y luego aplaude como si fuera un bonito juego y él ganara el primer lugar.
—Además —continúa—. ¿Quién quiere besar a Rita si la boca no le huele bien en las mañanas?
Me sonrojo por millonésima vez.
—Enano, será mejor que entres de una buena vez antes que decida reubicar tu oreja hasta donde está tu
boca —lo amenazo—. Ve a ponerte algo de ropa y no te metas en la vida de los demás.
—En realidad —dice Key—. Su aliento olía a tarta de fresa. Comimos una de camino a casa, fui
estratégico.
Key le guiña el ojo a mi hermano menor.
—¿Tarta de fresa? ¿Trajeron algo? Tengo hambre, papá no sabe cocinar muy bien. Quemó mis tostadas
favoritas.
—La próxima vez lo haré —responde Key.
—Está bien. Trata de no besar a Rita muy seguido tampoco, a veces le gusta comer cosas qu e se cayeron
al suelo.
Mi sistema nervioso entra erupción como un volcán y grito con desesperación.
—¡Todos entren a la casa de inmediato!
Nadie me escucha, y en su lugar veo a Key tomar la mano de papá y agitarla en el aire.
—Usted a la persona que quería conocer —murmura él—. Mucho gusto Sr. Day. Soy Key, y soy el novio
falso de su hija.
—¿Novio falso? —pregunta papá arqueando sus cejas.
Russell, quien ha estado en silencio durante el intercambio, decide acercarse. Observa a Key con mala
cara, de pies a cabeza.
—Rita no sale con nadie —comenta él de mal humor.
—No estamos saliendo —aclara Key—. De hecho, le pago para que finja salir conmigo.
Mi abuelo suspira, mirando al cielo.
—En mis tiempos no era legal hacerlo —dice él—. Le llamaban prostitución… pero ahora todo se
legaliza rápido
—¡Abuelo! —grito—. Las cosas no son así entre nosotros.
Papá retoma de nuevo la plática con Key.
—No entiendo su arreglo. Pero, ¿quieres pasar? Hay pizza congelada.
—Claro —responde él.
Los detengo a todos antes que esto llegue muy lejos:
—Key, es hora de que te marches. Si decides quedarte te patearé muy fuerte en la entrepierna, y luego te
rociaré con mi gas pimienta. Y todos ustedes, esta será la última vez que se muestran en público de esa
manera. Todos adentro o dejo de pagar el cable y el internet por más de dos meses.
Mi amenaza los asusta y pronto los veo marchar adentro. El abuelo y papá se despiden de Key con un
asentimiento de cabeza.
—Necesito mis canales pre-pagados con más de las hermosas chicas Melissa y Candy —comenta el
abuelo, guiñando un ojo—. No puedo vivir sin ellas, son las únicas que se quitan la ropa con estilo. Lo
siento muchacho, Rita manda.
Key asiente con la cabeza.
Russell le da una mirada más, fulminándolo con los ojos.
Rowen se ríe y comienza a gritar sobre besar mi boca antes de hacerle compañía a su hermano mayor y
entrar directamente a la casa.
Una vez que todos están adentro, me giro hacia Key y le sonrío con vergüenza.
—Esta es la familia Day, bienvenido. Lo siento por todo, esto es más incómodo para mí que para ellos,
obviamente.
Key se ríe en voz alta.
—Deberían hacer una fiesta con temática “trae tu propio calzoncillo” Definitivamente tengo unos que
quiero lucir.
Me rio en voz alta al igual que él.
—No puedo con ellos. Lamento el espectáculo, así somos.
Él se encoge de hombros.
—Ya conociste a mi numerosa y vergonzosa familia, también sabes cómo somos ahora.
—Deberíamos invitar a tu familia a la fiesta de “trae tu propio calzoncillo”.
—La tía Morgan probablemente enloquezca regalando condones.
Ambos reímos de nuevo.
—Muy bien, vaquero, se está haciendo tarde y tienes que regresar pronto. Te veré cuando te tenga que ver
—me despido.
Él sonríe, asintiendo con la cabeza.
—Te veré después Rita Day.
Se despide con una inclinación y pronto comienza a caminar hacia su vehículo.
—¡Key, espera! —lo llamo una última vez—. Olvidé darte algo.
Se detiene a mitad de camino, decido avanzar hacia él.
—¿Qué olvidé? —pregunta.
—Esto…
Le doy una cachetada que resuena con fuerza.
—¡Eso duele! —jadea y se lleva la mano a donde lo golpeé.
—Eso fue por besarme sin mi permiso y consentimiento. Yo, a diferencia de otras, tengo mis límites y
decido quién y cuándo los sobrepasan.
—Eso es cruel. Tú también fuiste parte del beso.
—Oh, y otra cosa —digo antes de apartarme—: mi maleta sigue en tu auto. ¿Podrías bajarla?
Él asiente con la cabeza, aún con su mano sobre su mejilla.
Baja de manera eficiente mi maleta de la parte de atrás de su vehículo y me la entrega.
—Listo. Gracias por todo —me despido.
Sintiéndome culpable por golpearlo, me acerco a él y le doy un pequeño beso en la mejilla golpeada. Eso
parecía no habérselo esperado de mí.
—Lo siento por todo —digo de mala gana.
Key niega, haciendo una mueca.
—Nunca entenderé a las mujeres —dice, avanzando hacia su auto—. En un momento me besas con
entrega, y luego me golpeas por haber participado. Luego me vuelves a besar… Patchie, eres una pieza
humana muy extraña.
—Con el sentido del humor atrofiado, no lo olvides.
—¡Exacto!
Le sonrío con algo de vergüenza, y camino con mi maleta en mano, entrando rápidamente a casa, sin
esperar a que Key encienda el auto y se marche; tal vez así él no logre escuchar mi corazón agitado a
punto de querer salir de mi pecho.
Lo obligo a tranquilizarse, recordándole lo que pasa cuando le entregas tu amor a otras personas y ellos
deciden humillarlo y estrujarlo como si fuera una cosa de poco valor.
Con ese pensamiento, voy directo a mi habitación, de regreso a mi regular y aburrida vida.

Key
No he hablado con Rita en más de una semana. No he escuchado sus chistes elocuentes o sus respuestas
rápidas. No he sido parte de sus cachetadas dolorosas ni de su gas pimienta, no me ha dirigido ninguna de
sus amenazas o sus insultos creativos. Y, a pesar de eso, siento como si una parte de mí la extrañara y se
sintiera enferma por no tenerla cerca… Lo que es una completa estupidez porque no puedes extrañar a
alguien que te rete a diario o te confunda con tantos sentimientos contradictorios. Imposible.
—Amigo, ¿qué sucede? —pregunta Adam esa misma tarde, observando lo distraído que me encuentro
mientras observo a través de la ventana de mi habitación.
—Pienso en cosas —respondo, paseando la vista por el jardín en donde Eileen pasea a su perro.
Adam se encuentra sentado cerca de mi computadora portátil, jugando con el balón de futbol americano
que Mia me había regalado hace muchos años atrás, lanzándolo de una mano a otra.
—¿En qué piensas? Déjame adivinar —él detiene el balón, ahora lleva dos de sus dedos a su frente y
coloca su boca en posición de U—: piensas en Rita. Admítelo, te gusta.
Se ríe en voz alta y sus manos continúan con la labor de pasar el balón.
—No me gusta. Es una agradable persona, pero lo nuestro nunca funcionaría. ¿Y tú, sabelotodo, en qué
piensas últimamente? —le quito el balón de las manos—. Alguien por ahí me dijo que te interesaba la
prima de tu nueva novia, Marie.
Él se pone pálido, serio y con una mirada confusa.
—Admítelo, te gusta —continúo molestándolo.
—No, para nada —se aclara la garganta y me quita el balón de las manos—. Sí, siento curiosidad, pero no
pasará nada. Ella no merece estar con alguien como yo.
—¿Y Marie sí?
—Marie tiene bajos estándares. Siento vergüenza de decirlo, pero ella sí está a mi nivel.
—Eso es basura y lo sabes —abro mi boca para decir más, pero un golpe en la puerta nos distrae a
ambos—. ¡Adelante!
Precisamente la misma chica de la que hablábamos se encuentra ahora de pie, Marie, la novia de Adam.
Su cabello naranja se encuentra firmemente envuelto en un moño, y sus ojos escanean mi habitación hasta
detenerse en él.
—¡Aquí estás! —grita ella, corre a sentarse sobre las piernas de mi amigo—. Espero no se molesten por
la interrupción, pero me prometiste una cita.
—¿Ah, sí? —pregunta mi amigo—. No recuerdo ninguna cita.
—Típico de ustedes, lo olvidan todo —ella rueda sus ojos y luego le toca la nariz a Adam—. Llévame al
lugar donde hacen aquella deliciosa pizza que comimos el otro día.
Él frunce el ceño, distraído por un momento.
—No recuerdo haberte llevado a comer pizza todavía —comenta él—. Tal vez fuiste con alguien más.
Ella se ríe con incomodidad, y descarta todo con una mano. Pronto se encuentra besando el cuello de
Adam, pasando sus manos por su pecho.
—Creo que fui allí con Anna —responde—. Te mostraré el lugar para que lo conozcas. Es increíble.
Ella vuelve al ataque y decide esta vez besar su boca como si se tratara de una profesión legítima.
Me aclaro la garganta para recordarles que sigo en la misma habitación, y es allí cuando ella se detiene y
me da una mirada apenada.
—Lo siento, perdona mis malos modales, Key —se disculpa—. Hola.
—Hola —sonrío en dirección a Adam, pensando en que su novia pudo haber escuchado nuestra
conversación. Él niega con la cabeza.
—¿Cómo me encontraste? —le pregunta él.
—Ayer me dijiste que estarías aquí, quise venir a verte porque te extraño —ella lame la mejilla de mi
amigo y sonríe mostrando todos sus dientes—. Por cierto, lobito, necesito tu teléfono. Decidí que
cambiaré mi tono de llamada en tu móvil, algo único y original para cuando te llame.
Adam eleva ambas de sus cejas, mirándome en busca de ayuda.
Hace más o menos dos meses que ella y Marie son novios, pero cualquiera pensaría que tenían una
eternidad de estar juntos por la forma en la que a veces se trataban. Como esto, de tomarse libertades con
el teléfono del otro.
—Bien —responde Adam finalmente—. Dime qué canción quieres y yo la cambio.
—Deja que yo lo hago —dice ella—. Tú y yo merecemos una canción como Toxic, de Britney Spears.
Espera a que la oigas.
Ella le planta otro beso en el cuello, esta vez dura más que el anterior.
—Oye, Marie —hablo una vez que ella se detiene—. Adam me dijo algo sobre tu prima.
—¿Quién? ¿Anna? —ella resopla con fuerza, aun sentada en las piernas de mi amigo—. ¿Qué pasó con
ella? ¿Por qué de pronto me preguntas mucho por Anna?
La última pregunta va dirigida a Adam, quien se tensa visiblemente.
—No me interesa Anna —le aclara él. Mentiroso de mierda.
—Me interesa a mí —comento para ver la reacción de mi amigo—. ¿Es la chica a la que accidentalmente
golpeam… golpeó un letrero el otro día? Adam me contó todo.
—Oh, sí —Marie suaviza la boca—. El día en que Adam y yo nos conocimos. Creo que estaba destinado
a que fuera de esa forma. ¿Estás interesado en ella, Key?
Asiento con la cabeza, notando la mandíbula de Adam tensarse.
—Bien, pensé que salías con Rita —comenta ella, rizando uno de sus cabellos con su dedo—. Rita es
amiga de Anna… aunque no estoy segura pero parece que las dos son pareja.
—¿Pareja? —pregunto.
—Sí. Oh, pensé que ya se notaba —menciona ella—. Anna es lesbiana. No está para nada interesada en
los hombres.
Creo que mis cejas se elevan monumentalmente, pero las de Adam casi se salen de su rostro.
—¿Anna no…? ¿A Anna no le gustan los hombres? —balbucea mi amigo. Adiós a sus planes con la
chica—. Ella no me da esa impresión.
—Oh, sí. Lo es. Pensaba que Rita era su pareja, pero eso fue hasta que vi a Rita con Key. Mira, Key,
prefiero que salgas con cualquiera que con ella, pero Anna es mucho peor. Ha tenido un par de novios,
pero no es serio porque principalmente lo de ella son las mujeres.
—Rita no está muy interesada en eso —la defiendo—. Para nada. Solo no sabía que Anna fuera…
—Sí, demasiado —aclara ella. Ahora se dirige a Adam—. ¿Podemos irnos ya, lobito?
—Sí, en unos minutos. Pero… ¿no me habías dicho que tu prima tenía novio?
—Es que ella está muy confundida en estos momentos. Ya sabes, no se decide. Aunque aquí entre nos,
prefiere las mujeres.
Adam asiente con la cabeza, aun sin poder creer lo que escucha. Al parecer la noticia lo afecta más de lo
que él alguna vez admitirá.
—Es mejor irnos entonces —murmura mi amigo—. Nos vemos después Key, y trata de llamar a Rita.
—Claro —me despido con un saludo de manos, Marie se despide desde lejos, marchando detrás de
Adam—. Hablamos más tarde.
¿Qué tanto está Adam interesado en esa chica, Anna?
El mensaje de texto que me llega unos minutos después responde mi pregunta silenciosa.
«Pregúntale a Rita si es verdad»
«¿Si es verdad el qué?»
«Comemierda, no me hagas repetirlo»
«¿Te interesa la chica?»
«No me provoques»
«Jajaja Le preguntaré y no te daré la respuesta»
«Entonces hablaré con ella yo mismo y no te va a gustar…»
«¡Está bien! Solo no hagas ningún movimiento con ella. Ella está loca… digo, es especial.»
«Ujum»
Tal vez esta sea mi excusa perfecta para hablar con Rita. Llevo una semana preguntándome qué habrá
sido de ella; hoy es el día perfecto para saberlo.
Después de debatir por más de media hora en si debía o no llamarla, tomo mi teléfono y marco el número
que ella me dio para localizarla. Responde al tercer tono:
—¿Hola?
No es la voz de ella. A menos que Rita haya desarrollado una terrible infección en la garganta que la haga
sonar como hombre.
—¿Hablo al teléfono de Rita? —pregunto con inseguridad.
—Sí, ¿quién eres?
—¿Está Rita por allí?
—Yo soy Rita.
Caramba. Tal vez sí tenía una severa infección.
—¿Eres Rita? Me cuesta creerlo. Soy Key.
—¿Quieres que te mande un comprobante, acaso?
—Me gustaría, pero…
Pronto mi teléfono comienza a vibrar, lo retiro de mi oreja y veo que me llega un mensaje de texto con
una imagen adjunta.
Efectivamente es Rita, con enormes ojeras y rostro pálido. Su nariz está roja de tanto frotarla y, si hago un
acercamiento a la imagen, apuesto a que encontraría fluidos nasales por todo su rostro.
—¿Ya comprobaste?
—¿Qué te pasó? —pregunto con interés.
—Ugg, me siento fatal —la escucho estornudar con fuerza—. Es alguna clase de virus que está muy de
moda, ¿no lo sabías?
—No. ¿Quieres que te vaya a ver?
—Oh, no. Olvídalo. Con mi suerte probablemente te la pasaría también.
Estornuda de nuevo y se sacude la nariz.
—¿Vas a trabajar así? —pregunto.
—No. Dulce y Anna harán mi turno.
—Bien. No se hable más, iré a tu casa y llevaré sopa de pollo. Conozco un buen lugar que prepara la
mejor del mundo.
—Nooooo —se queja—. Estoy sola y no quiero que te aproveches de mí.
Ruedo los ojos, riendo por sus ocurrencias.
—No me voy a aprovechar. Lo prometo; además suenas como hombre en estos momentos y me das
miedo.
—¡Lo sé! —se queja—. Ya he tenido que enviar mi fotografía más de tres veces porque la gente no cree
que soy yo.
—¿Entonces? ¿Qué dices? Será rápido.
Pasan unos segundos y ella no dice nada hasta que por fin la escucho suspirar:
—Bien, pero además de la sopa quiero panecillos calientes. Oh, y un jugo natural extra grande.
Moquea de nuevo y yo sonrío al teléfono.
—Perfecto. Llego en veinte minutos.

*******
—Bienvenido a mi humilde morada —comenta Rita cuando me abre la puerta de entrada.
—Es acogedora.
—Es pura mierda y lo sabes. Al menos es un techo sobre mi cabeza, no debería quejarme
—Correcto, no deberías hacerlo. Pero, oye —la abrazo—: tu voz en persona no se escucha tan mal como
por teléfono.
Ella rueda sus ojos.
—Sueno peor que un hombre constipado.
—Suenas bien ahora. Traje la comida —levanto las bolsas con toda la comida que pude comprar—.
¿Quieres comer ahora o…?
Me arrebata las bolsas y corre hacia la mesa del comedor, haciéndome lugar entre varios libros de
administración y gruesos libros de colorear. Ella recoge uno que otro pañuelo descartable usado y lo lleva
a los bolsillos de su pantalón.
—Lo siento por eso —murmura de mala gana—. Mis hermanos salieron de paseo con el abuelo y papá
cuando se enteraron que estaba enferma. Estoy sola por ahora y tengo demasiada pereza como para
limpiar mis desastres.
Se encoge de hombros.
—No te preocupes. Para eso estoy aquí. Sírvete lo que quieras…
Sin poder terminar la oración, ella ya está tomando el recipiente elaborado en donde venía la sopa de
pollo.
—Esto se mira delicioso. Si pudiera olerlo, apuesto a que olería bien. Veamos si puedo saborearlo.
Rita lleva la cuchara a su boca y cierra los ojos, intentando concentrarse en el sabor.
Para hacerle compañía, tomo el otro recipiente con sopa que conseguí para mí.
Huele delicioso.
—¡Agg! —Rita abre los ojos, irritada—. No le siento gusto a nada.
—¿Ya tomaste algún medicamento?
Ella asiente con la cabeza, llevando otra cucharada de sopa a su boca.
—Sí. Una tonelada de ellos.
—¿Desde cuándo estás enferma?
—Fue hoy en la mañana. Mi jefe me corrió por tres días mientras me reponía. Dice que a los clientes no
les gusta la gente con cara enferma; lo hago perder dinero.
—Tu jefe suena como un cerdo.
—Es un cerdo, en todo el sentido de la palabra. Oh, espera, es un insulto para los pobres y sacrificados
animales —ella mastica una verdura y luego vuelve a rebuscar en la bolsa de comida hasta que encuentra
sus panecillos tal y como lo prometí—. Ah, detesto no poder saborear nada de esto. Probablemente sea la
mejor comida que coma en todo un año y me estoy perdiendo la mejor parte.
—Cuando te mejores te daré más, lo prometo.
Ella me mira fijamente, sus mejillas se vuelven del tono rosa de su boca.
Es bonita.
No, tacha eso. Yo no tengo porqué notar si es hermosa o no. No me gusta ni nada de eso.
—¿Te puedo hacer una pregunta? —dice ella en su tercer bocado—. ¿Para qué llamaste esta tarde? No
creo que fuera para decir hola.
Y la razón principal de mi llamada vuelve a mi cabeza.
—Mmm, sí. Quería saber algo que presiento que solo tú sabes.
—¿Qué es?
—Bien… —ella sigue comiendo, mezclando sus cucharadas de sopa con el jugo natural que me pidió—.
Es sobre si…
Me quedo en silencio.
Ella eleva una ceja.
—Vamos, escúpelo, vaquero. ¿Qué quieres?
—No te vayas a molestar, pero… —¿le pregunto o no?
—No me molestaré, continúa.
—Rita, ¿es cierto que Anna y tú fueron novias? ¿Te interesan las mujeres?
Ella tose repentinamente, ahogándose con un bocado de comida.
Corro a darle golpecitos en la espalda.
—¿Estás bien? —pregunto. Rita golpea mi mano con un sonoro ruido, yo me aparto de inmediato.
—¿Y tú eres suicida? ¿Por qué me preguntas algo como eso?
—Es que Marie…
—Oh, claro. Todo tiene sentido ahora —me interrumpe—. Esa perra de cuatro cuernos me las va a pagar.
—Entonces, ¿es mentira todo?
—¡Claro que lo es! Anna es mi amiga, AMIGA. Y no me interesan las mujeres.
—Lo siento, lo siento —elevo ambas manos, dándome por vencido—. Solo era simple curiosidad.
—¿Por qué ella te diría algo como eso?
—Es porque presiento que mi amigo, Adam, está interesado en tu amiga, Anna.
Rita niega con la cabeza.
—Eso nunca —estornuda—, va a pasar. Anna es ingenua y se puede manipular con facilidad. ¡Tu amigo
es un depredador y ella la presa! No va a acabar bien.
—Él no es tan malo.
—No saques más el tema o me encargo personalmente de mantenerlos alejados.
—No es para tanto. No es como si fueran a casarse y vivir eternamente juntos.
—Por tu bien, espero que no te metas con mi amiga tú tampoco.
—No lo haré, tranquila.
—Jum —resopla ella—, mi amiga y tu amigo juntos. ¿Qué va a pasar después? ¿Tú y yo viviendo en un
castillo de cuento de hadas, con tres hijos y dos perros? El mundo se congela primero antes que algo
como eso pase.
Me quedo en silencio, sin saber por qué le molesta tanto la idea.
—Nuestros perros deberían llamarse Chuck y Max —digo luego de unos minutos.
—Cállate y cómete tu sopa —ella sorbe con fuerza, mirándome con desprecio—. Y para tu información,
se llamarían Rocky y Chase.

Suspiro sin entender a las mujeres. Todas son complicadas.


16
Cómo entendí que lo nuestro es simple negocio

Key
—De acuerdo —dice Adam al siguiente día—. Me llama un poco la atención Anna, la prima de Marie.
—¿En serio? ¿Solo un poco? —pregunto de forma sarcástica.
Ambos estamos almorzando justo en el restaurante convenientemente ubicado cerca del bar en donde, el
grupo para el que toco, Ósmosis, suele dar sus presentaciones. Adam me lanza un poco de su puré de
papas cuando escucha mi tono de voz.
—¿Quieres terminar con eso, por favor? Estoy siendo serio. Ella es…
—No la recuerdo mucho pero sí sé que es bonita —digo, esperando su reacción.
—Es muy hermosa —dice casi de inmediato—. Y parece ser demasiado inocente para alguien como yo,
así que en su lugar pasé la noche con Marie.
Casi me ahogo comiendo mi hamburguesa al escuchar sus palabras.
—¿Pasaste la noche con Marie? ¿Después de dos meses de salir con ella, me estás diciendo que al fin
hubo…?
Él asiente con la cabeza.
—Me extraña que no lo hubieras hecho antes —comento—, siendo ella como es… y tú como eres…
supuse que el mismo día que la conociste ibas a atacar.
Adam lleva un gran bocado de comida a su boca, masticando la carne con violencia.
—No soy así de aventado —murmura en medio de cada bocado.
—Claro que lo eres.
—No, no lo soy.
Suspiro en voz alta mientras regreso al ataque de mi hamburguesa. El lugar se está llenando de gente y las
mesas a nuestro alrededor empiezan a ocuparse con rapidez.
—¿Y? —pregunto con curiosidad luego de unos minutos en silencio—. ¿Qué tal estuvo la noche con
Marie? Porque hay algo que tengo que reconocer, Marie es caliente.
—Fue una locura —suspira de nuevo—. No sabía que Anna vivía con ella. Tendrías que haber visto su
reacción al verme con Marie. Estábamos a punto de hacerlo sobre el sofá cuando Anna entró usando este
uniforme sexi de camarera que…
Adam imitó el sonido de una explosión, salpicando saliva en mi bebida.
—Y lo perdí —continúa diciendo—. Sabía que ella nunca sería para mí. Tengo demasiado con lo que
lidiar, y sé que seré su ruina si ambos decidimos intentar algo. Así que me acosté con su prima.
Probablemente Anna escuchó todo lo que hicimos o no hicimos en esa cama. Ahora tengo vergüenza de
verla a la cara, de seguro me odia.
Arrugo la frente en concentración, masticando cuidadosamente al escuchar a mi amigo.
—Eres patético —digo cuando termino de masticar—. En serio hombre, eres patético.
Mi comentario me hace ganar otra cucharada de puré en la cara.
—Así es como acaba todo lo relacionado con Annabelle Green y yo. No hay nada más pasando y no
pasará nada en un futuro —murmura él.
—¿Qué problema habría si algo pasara? —pregunto con verdadera curiosidad—. No le veo nada de malo.
Adam resopla.
—Yo predigo el futuro y digo que acabará mal.
Ahora el que resopla soy yo.
—¿Y desde cuándo te ha importado tener un futuro con alguien? ¿Te miras a ti mismo teniendo hijos con
Anna?
—Claro que no. No llegues a ese extremo. Lo que sucede es que cuando estoy con ella mi cerebro
colisiona y digo la primera estupidez que se me ocurre, sin importar que eso me haga sonar como el más
grande egoísta y bastardo cabrón de todos los tiempos.
—Vaya, estás loquito por ella, ¿no es así? —me burlo un poco—. Veo que estás más que interesado.
—No empieces con eso, Key —dice él, fulminándome con la mirada—. Era obvio que tendría que
atraerme, tampoco es como si fuera inmune a sus encantos. Pero ya no quiero seguir hablando de Anna
porque tengo ahora a Marie, y el sexo con ella fue intenso. Marie es insaciable. No necesito de Anna en
mi vida, podríamos decir que ya la superé.
—Guau.
—Guau no, miau.
—Miau será entonces.
Adam nunca ha mostrado tanto interés en alguien por mucho tiempo y ahora parece que su interés
despierta de una larga siesta y mira en dirección de la señorita Green. Lástima que él no pueda notarlo.
Pasados unos minutos, ambos logramos terminar nuestra comida sin ningún contratiempo, bebiendo
tranquilamente de nuestras botellas de cerveza.
—¿Y averiguaste algo? —murmura Adam mientras observamos al personal del restaurante moverse de un
lugar a otro.
—¿De qué tenía que averiguar?
—Ya sabes —carraspea viendo en todas las direcciones—. Sobre aquello que hablamos ayer.
—¿Qué hablamos?
Por supuesto que sé que se refiere a preguntarle a Rita sobre si Anna era o no lesbiana, pero me gusta
hacerlo sufrir así que…
—¡Sobre aquel asunto con Anna y Rita! —me grita él, deseserado.
—Lo siento —murmuro con tono fingido—. No tengo idea de lo que hablas.
Adam pasa su mano sobre su cara, molesto.
—Sobre si a Anna le “iban” las chicas o los chicos.
—¡Oh! Ya recuerdo… pues le pregunté a Rita y ella me dijo que no.
—¿Que no qué?
—Nop.
—¿No?
—Nein. Net, no.
—¿No, qué? ¿No a los chicos o a las chicas?
—No a las chicas… y no a los chicos como tú.
—¿A qué te refieres con eso de los chicos como yo? Soy perfectamente normal. Si quiero, me puedo
dedicar toda una vida a enamorarla.
—A ver —suspiro en voz alta—. Hace unos minutos atrás dijiste que no querías nada con esa tal chica,
Anna. Dijiste, y te cito: “parece ser demasiado inocente para alguien como yo” Incluso mencionaste que
ya la habías superado. Ayer incluso recalcaste que no la merecías, ¿te estás echando para atrás ahora?
Porque sinceramente no te estoy entendiendo.
Él niega, mirándome con intensidad.
—Es mejor si me la saco de la cabeza. Veré a Marie esta noche y será lo ideal para ambos.
—Si esa mentira te ayuda en algo —me encojo de hombros—. Lo que sea, no soy nadie para decir lo
contrario.
—Y a ti tampoco te beneficia las mentiras que te dices sobre Rita —murmura él—. Sigue negando que no
pasa nada.
—Es que no pasa nada, en verdad.
—Lo que sea —se encoje de hombros—. No soy nadie para decir lo contrario.
—Ve a comer mierda —esta vez quien le lanza las sobras de la comida soy yo.
Ambos reímos por las bromas y pronto nos ponemos de pie para separarnos cada quien por su lado. Adam
nota que me demoro un poco más de lo usual cuando ve que me acerco de nuevo al menú del restaurante,
colocado casi a la par de la entrada.
—¿Qué sucede? —pregunta viéndome con interés—. No me digas que quedaste con hambre.
Niego con la cabeza.
—No es eso —veo el menú con detalle y le hago señas a la misma chica que nos atendió anteriormente en
la mesa para que se acerque a mí—. La comida no es para mí. Tengo una chica enferma de la que cuidar y
pienso llevarle algo con que alimentarla.
—Mmm… ¿de casualidad esa chica no será Rita?
—Solo estoy siendo un buen amigo.
—¿Amigo? Claro, amigo mis bolas.
—¿Y tú? ¿Solo vas a casa de Marie para verla exclusivamente a ella o también para codiciar a Anna?
Adam me saca el dedo medio mientras se retira del restaurante, colocándose sus gafas de sol.
—Mirar no es un delito —murmura antes de irse.
—Mira todo lo que quieras —grito de regreso—, porque eso es lo único que podrás hacer.
Adam vuelve a sacar el dedo medio mientras lo pierdo de vista.
Me rio y me dispongo a comprar algo para Rita porque esta tarde seré el enfermero Key.
El enfermero Key siente esta necesidad de cuidarla por alguna inexplicable razón, así que pido de todo un
poco para luego ir directo a su casa. Esta será una tarde interesante.

Rita
—¡RITA, TU NOVIO ESTÁ EN LA PUERTA! —grita Rowen desde la entrada de la casa.
—¿Qué novio? —murmuro para mí misma. Entonces mis ojos se abren desmesurados al pensar que
puede ser Key y que me vería en el siguiente estado: pelo andrajoso sin lavar desde hace cuatro días, ropa
holgada para estar en casa que cuenta con cientos de hoyos y manchas, calcetines con enormes caras de
gatos grises y mi interminable suministro de pañuelos descartables sobre la mesa, todos usados—.
¡Mierda!
Me apresuro a ponerme de pie, recogiendo lo que puedo para organizar un poco y tratando de colocar mi
corto cabello marrón en un moño que se deshace inútilmente una y otra vez.
El abuelo sale de su habitación usando, gracias a Dios, un par de shorts azules que le llegan a las rodillas
y un gorro extraño de color verde oliva. Nada más. Sin camisa, es como si fuera un delito para él usarlas.
—Rowen —grito con desesperación—. Dile que espere afuera…
Pero ya es tarde porque Key se pavonea dentro de mi sala, vestido con una de esas camisas a cuadros que
tanto ama, cargando varias bolsas plásticas en la mano.
—¿Adivina quién trajo comida? —es lo primero que me dice, extendiendo sus brazos que llevan las
bolsas.
—¡Comida! —grita Rowen. Sus libros de estudio están esparcidos por toda la mesa, en donde minutos
antes se dedicaba a hacer su tarea ahora olvidada ante la palabra “comida”.
El abuelo merodea la cocina cuando ve a Key dirigirse cómodamente hacia el espacio donde se
encuentran ubicados los platos.
—Veo que estás muy familiarizado con la ubicación de las cosas —comenta el abuelo—. Parece que
alguien no ha perdido el tiempo mientras no estamos en casa.
Esto último lo dice viendo en mi dirección, guiñándome un ojo.
—Vino ayer —murmuro de mala gana—. No pienses mal, me trajo sopa y algunos medicamentos.
—Oh, no. No me molesta para nada. Siéntete como en casa, muchacho. Mi hijo debe estar durmiendo en
estos momentos, pero estoy seguro que le encanta que estés aquí… Oh, y espero que nos dejen alguna
señal el día que quieran, ya saben —dice él guiñando un ojo—. En mi época dejábamos puesto un
calcetín rojo en la puerta para avisar que teníamos compañía femenina en la habitación; y dejábamos uno
gris en caso de que la compañía fuera masculina.
El abuelo vuelve a guiñar el ojo.
Ugg, no necesito escuchar eso. El hombre es todo un pervertido.
—Abuelo, ponte una camiseta —le digo, cruzándome de brazos—, y basta de suposiciones extrañas.
Rowen está en la misma habitación y te está escuchando.
Él descarta mi petición con una mano, restándole importancia.
—El niño ya sabe todas mis historias —dice él—. Como aquella cuando supervisaba una obra en Cancún
y contraté a siete albañiles que terminaron alquilando diez prostitu…
—¡Abuelo! —lo regaño—. No enfrente de Rowen. Te lo prohíbo.
El abuelo, en sus mejores épocas, se dedicó a trabajar supervisando obras de construcción en diferente
países del mundo, eso fue antes que se quebrara la espalda en uno de sus trabajos y lo declararan
incapacitado para ese tipo de empleo.
Key escucha atentamente todo, riendo con las palabras de mi abuelo.
—Abuelo, te lo vuelvo a repetir —digo—: ve a ponerte una camisa.
—Ningún hombre puede aguantar usar camiseta con este calor. Es más —señala a Key—. Te doy mi
permiso para que te quites la tuya.
Key sonríe de oreja a oreja.
—¿De verdad? —pregunta él muy emocionado.
El abuelo asiente mientras yo niego con la cabeza.
Si Key se quita su camisa no sé de lo que soy capaz de hacer. Tal vez mirarlo descaradamente por horas y
luego soñar con él.
—¿Yo me puedo quitar la camiseta? —pregunta Rowen, tomando una rebanada de pizza que venía en
uno de los paquetes de comida.
—No —lo regaño—. Nadie se quitará sus camisas.
Cinco minutos después y los tres hombres estaban sin camisa, a pesar de mis protestas.
Pronto el abuelo le ayuda a Key con la comida en la cocina, abriendo bolsa por bolsa y lamiéndose los
labios cuando ve algo que le gusta.
Russell acaba de venir de la escuela así que aún está usando su uniforme de rayas azules y grises y no su
leal calzoncillo roto. Él también sale de su habitación al oírnos discutir sobre conservar los pantalones
esta vez, y entra en la cocina, guiándose por el olor de la comida.
—¿Otra vez él aquí? —pregunta mi hermano en voz alta cuando ve de pie a Key—. ¡¿Qué hace él sin
camisa?! Rita, tú no puedes tener a tu novio desnudo en esta casa.
Se voltea a verme realmente furioso.
—No es mi novio —admito—. Creo haberlo dejado en claro ayer; y además fue el abuelo quien lo
persuadió para quitarse la camisa.
—Solo trajo comida —murmura Rowen esta vez con un pedazo de pollo frito en la boca—. Está muy
bueno, come.
Russell frunce el ceño mientras mira con desagrado la comida. Luego de unos minutos, y motivado por el
hambre, deja de lado su orgullo y comienza a escarbar entre los alimentos.
—Gracias Key —murmuro cuando estoy a su lado—. No tenías por qué hacerlo, pero igualmente gracias.
Ignoro muy fuerte el hecho de que está sin camisa, dejándome ver sus hermosos pectorales y su torso
ligeramente bronceado.
Trato de aclararme la garganta mientras noto una breve gota de sudor bajar por su cuello y dirigirse más
abajo…
—Estás enferma —dice Key e inmediatamente quito los ojos de la gota, sí, soy una enferma, ¿cómo lo
supo? —. Tengo debilidad por curar lo que está herido, o armar aquello que está roto. Se puede decir que
es mi especialidad. Pero, sobre todo, quería cuidarte.
Sus palabras tocan un punto sensible que me niego a profundizar. Carraspeo mientras voy en dirección a
la comida que se ve deliciosa pero que no puedo oler en absoluto.
—No es justo que traigas la comida más rica cuando estoy tan constipada que no puedo ni saborear nada
—cambio de tema para no profundizar en sus palabras anteriores.
—Ya te dije que la traeré de nuevo cuando mejores, para que la pruebes sin ningún problema. Ahora —
Key da una palmada—, traje juegos de PlayStation para retar a tus hermanos.
Key saca de otra de sus bolsas una variedad de video juegos y se las muestra a mis hermanos que, justo
ahora, están devorando unas alitas de pollo.
Russell ríe en voz alta.
—No tenemos Playstation —le informa a Key.
—¿Cómo? ¿De ninguna clase? —pregunta él, perplejo.
Rowen niega con la cabeza.
—Ninguno —confirma—. Le suplicamos a Rita por uno, pero no lo pudo conseguir.
Mi rostro enrojece por un momento, recordando cuánto me habían suplicado los chicos, pero eran muy
caros y se me hacía mucho para poder comprarlo.
—Qué bueno que traje entonces el mío —sonríe Key, victorioso—. Vamos por ella, está en mi auto.
Por primera vez, los ojos de Russell se iluminan y le dedican total admiración a Key.
—¿Ella? ¿De verdad la traes contigo? Rita no nos puede pagar una —dice él de mala gana—. Sería genial
si la tuvieras.
—Claro que la tengo, y sí, es una ella. Su nombre es Vanessa. Me imaginé que estarían aquí, aburridos un
viernes por la tarde, viendo a Rita toser su pulmón…
Justo cuando menciona la palabra “toser” mi garganta comienza a picar y decide toser con fuerza en esos
momentos.
—Hagamos algo —dice Key cuando mi episodio acaba—. Si me ganan jugando en algún juego, les
regalaré mi querida consola.
—¿Qué? —murmuro—. Key, claro que no. Yo estoy ahorrando para comprarles una.
—Tranquila, esta es el modelo pasado. Está ligeramente usada pero aún funciona a la perfección.
—¿Es una broma?
—Claro que no. Pero será suya solo si me ganan.
Mis hermanos menores aceptaron, contentos por la competición.
—De acuerdo, pero yo también quiero jugar —digo después de unos segundos.
Todos abuchean en mi dirección, pero Key simplemente me guiña el ojo.
—Perfecto entonces. Les presentaré a Vanessa, mi PlayStation 3.

*****

Al parecer soy muy buena cazando zombies y degollando ladrones. Mis hermanos no han podido
vencerme y hasta ahora Key y yo llevamos el mejor puntaje del juego.
—Vamos, zombie —digo a la pantalla, totalmente concentrada—. Acércate a mí, tengo mi cuchillo de
mano directo para tu cabeza.
Entonces el zombie digital de la pantalla se abalanza hacia mi jugador y yo lo hago papilla mientras corto
una y otra vez en su cabeza. La sangre digital salpica la pantalla y mi puntaje sube al máximo. Soy un
astro en este juego.
Cuando alguien pone la pantalla en pausa es cuando me doy cuenta que hay cuatro pares de ojos
observándome con asombro: Key, Russell, Rowen y el abuelo.
—Si hay un apocalipsis zombie —dice Key— voy a recordar unirme contigo. Eres muy competitiva y
agresiva.
—¿Qué? —resoplo—. Claro que no lo soy.
—Sí lo eres —murmura Russ—. No hemos podido jugar nada gracias a ti. Rita ya danos el control,
queremos jugar.
Él se mueve para arrebatarme el control de mi mano, pero lo detengo a tiempo.
—No he terminado.
—¡Rita! —grita Rowen, desesperado—. Has jugado tú sola por la última media hora, es nuestro turno. Ve
a besarte con tu novio.
—No es su novio —dice Russ de mala gana—. Pero sí, dame el control. Ya fue mucho por hoy.
Key se ríe de mí cuando, repentinamente, escondo el control en el escote de mi blusa.
—Los reto a que lo saquen de allí entonces —digo realmente enojada.
—¡Qué asco! —dice Rowen, haciendo sonidos de arcadas—. No quiero meter mi mano en eso, no te has
bañado en tres días, debes oler feo.
Le pego en el brazo para que se detenga.
—No mientas, Row —lo amenazo en voz baja—. Me bañé esta mañana, solo que estaban dormidos y no
escucharon cuando lo hice.
—Claro que no, papá te obligó a bañart… ¡Au!
Le pego de nuevo para que aprenda a cerrar la boca.
—¿Puedo intentar tomarlo? —interrumpe Key, divertido con toda la situación.
Russell, al escucharlo, inmediatamente se pone de pie.
—A mi hermana no la toques —dice, luciendo enfadado y molesto.
—Aww, Russell, ¿estás protegiéndome? —digo—. No pensé que miraría este momento. De acuerdo, de
acuerdo. Jueguen ustedes, yo hablaré con Key en otro lado.
Les hago entrega del control y veo cómo el ceño fruncido de Russell se convierte en una sonrisa cuando
le entrego el mando.
—Sígueme, vaquero. Pero antes, ponte tu camisa —le ordeno.
—Tranquila —dice él tomando su camisa de donde la dejó, sobre el sofá de la sala—. Sé lo mucho que
has estado distraída al verme. Ya me la vuelvo a poner.
Lo fulmino con la mirada.
—No he estado distraída. Es que tengo bajas las defensas, ya sabes, por la gripe.
—Claro, voy a dejarlo pasar solo porque yo he estado distraído con tus calcetines de gato. Son muy
lindos.
Escondo mis pies aún más para ocultar mis calcetines de gatos.
—Deja de ver mis gatos —lo regaño.
—Miraré tus gatos todo el tiempo que quiera.
—Los va a intimidar.
Me saca la lengua mientras se acomoda su camiseta.
—Dime, Rita —murmura él luego de unos instantes—. ¿Los calcetines de gato son para asustar a los
ratones?
Le doy un golpe en el hombro.
—No empieces a bromear sobre la fobia más grande que he tenido en mi vida. Además, apuesto a que tú
tienes una de esas fobias comunes como el miedo a las cucarachas.
Él frunce el ceño.
—Yo no le tengo miedo a nada —dice rotundamente.
—Mmm, ya veremos.
Decido tomarlo de la mano para guiarlo hacia el patio trasero de la casa porque veo al abuelo mirarnos
con mucha atención, guiñando un ojo cuando ve que lo estoy observando.
—¿Me llevarás a tu habitación? —pregunta Key mientras lo alejo del caos que se ha convertido la sala.
—Ni en sueños.
—De acuerdo, solo decía.
El patio trasero es un asco: es diminuto, no hay áreas verdes ya que una plancha de cemento recubre todo
el suelo, y papá improvisó un columpio de madera mal hecho hace algunos años atrás para Russell y para
mí justo en la esquina, en donde el moho crece con libertad sobre el muro. Allí es donde le pido a Key
sentarse, y me siento junto a él de igual manera.
—Qué bonita vista —dice él.
Resoplo con fuerza.
—Es el muro del vecino —contesto.
—Es bonita, igual.
—Eso es pura basura.
Nos mecemos por unos instantes y dejo que mis pies se apoyen en el suelo.
—¿Cómo te has sentido? —pregunta Key luego de unos minutos.
Suspiro con fuerza.
—Decepcionada.
Él frunce el ceño, girando su cuerpo para mirar en mi dirección.
—¿Qué ocurrió? —pregunta.
Vuelvo a suspirar, un suspiro acompañado de una tos con flema que se escucha por toda la casa y que
dura más de lo que me gustaría.
—Lo siento —me disculpo con mi rostro muriendo de vergüenza una vez que mi tos se detiene—. Y
estoy decepcionada de mí misma.
—¿Por qué estás decepcionada de ti misma?
—Porque cometí una estupidez esta mañana.
—¿Qué clase de estupidez?
—No lo quiero recordar —me llevo ambas manos a la cara.
—Cuéntame.
Niego con la cabeza, avergonzada de solo recordarlo.
—Vamos, Rita —dice Key tomando mi hombro—. Quiero creer que somos amigos y que, como amigos,
nos vamos a ayudar mutuamente.
—Pensé que nuestra relación era más como empleador y empleado.
Él niega con la cabeza, acomodando las mangas de su camisa.
—Es más que eso —murmura.
Retiro las manos que todavía tengo sobre mi cara, sacando mi labio inferior, a punto de querer llorar.
—Es que… —casi me pongo a sollozar—. ¡Todavía me culpo por ello!
—Habla ahora.
—¡Me anoté a clases de salsa y…!
—¿Eso es lo que te tiene decepcionada?
—Déjame terminar —le digo, silenciándolo con la mirada—. Me anoté en clases de salsa, pero no tenía
pareja de baile y en esa clase es obligatorio asignarme una pareja, así que…
Key me mira, sus cejas elevadas instándome a continuar hablando.
—Así que te anoté como mi pareja de baile —termino la frase.
Él abre la boca y la vuelve a cerrar. Entonces, justo cuando creo que se va a enojar conmigo, su sonrisa
me toma por sorpresa.
—¿Me anotaste a mí como pareja de baile?
Asiento con la cabeza.
—Es que Lucy Xiang, mi vecina, está tomando las mismas clases y me animó para ir esta mañana a
inscribirme —explico un tanto avergonzada—. Resulta que teníamos que formar parejas para la
inscripción, y parece que solo yo y otro chico cuya boca apesta a pescado rancio, éramos los únicos
solteros. Así que mentí y dije que ya tenía una pareja que me acompañaría el día de la clase.
—¿Qué día es?
—No tienes que ir si no quieres —me apresuro a decir—. Mañana comienza la primera lección, es en la
tarde.
—De acuerdo —dice él entusiasmado—. Cuenta conmigo. Nunca he practicado salsa, pero suena
divertido.
Sonrío estando de acuerdo.
—Gracias Key, te lo debo en grande.
—Oh, oh, oh. Nadie dijo que lo haría de gratis.
Mi ceño se frunce con rapidez.
—¿Quieres que te pague en efectivo? —pregunto con incredulidad.
—Nop. Quiero otra clase de favor.
Elevo una ceja mientras lo observo llevarse una mano hacia el mentón.
—No hago esa clase de favores —le aclaro.
—No malinterpretes.
—Bien, ¿qué quieres?
—Mi hermana, Eileen, hará una fiesta este lunes.
—¿Fiesta un lunes? —lo interrumpo—. Eso es extraño.
—Lo sé, pero es una fiesta especial a la que quería que fueras conmigo.
Mi cuello pica y evito mirarlo a los ojos. ¿Fiesta especial? ¡Le gusto! ¡Le gusto!
Evito hacerme demasiadas ilusiones mientras recobro el sentido que, por un momento, perdí.
—¿Por qué es una fiesta especial? Tu familia tiene demasiadas celebraciones en el mismo mes —digo.
—Lo sé —admite—, pero como que es mi cumpleaños y es algo inevitable. Mis hermanas siempre hacen
esta fiesta por mí, aunque no lo quiera.
—¿Es tu cumpleaños? —digo abriendo mucho mis ojos—. No lo sabía. ¿Cuántos años cumples?
Key rueda los ojos y desestima mi pregunta con un movimiento de su mano.
—Ese hecho es lo de menos. Lo que quiero decir con esto, Rita, es que Mia va a estar ese día en mi casa.
Ella nunca se ha perdido una de mis fiestas de cumpleaños.
—Vaya —no sé por qué, pero la idea de ella estando cerca de él ese día me enoja mucho. Muchísimo—.
Bien.
Desvío la mirada hacia el suelo.
—Quisiera que ese día cobráramos la venganza, allí mismo en la fiesta. ¿Qué te parece?
Alzo los ojos y me enfoco en los suyos.
—Claro. ¿No sientes que es demasiado pronto?
—No, para nada. Me parece que es el día ideal para hacerlo.
—Bien, acepto. Sabes que no tengo problema en nada.
—Quisiera que ese día me besaras —dice de último.
Mi ritmo cardiaco se acelera, a punto de colisionar.
—¿Qué?
—Lo que escuchaste. Quiero que ese día me beses frente a todos.
—¿Yo?
—No, obviamente tu hermana gemela —responde él con sarcasmo—. ¡Claro que tú!
—Pero ya me has besado antes —explico, mi frente comienza a sudar—. No creo…
—Es parte de la venganza, ¿recuerdas? Solo será para que Mia lo vea.
Y con esas palabras mata todas mis ilusiones.
Claro, otro trabajo que realizar. No es porque él quiera hacerlo en verdad, solo son negocios. Bien.
—De acuerdo —acepto de mala gana—. Lo haré. Te besaré ese día.
La sonrisa de Key se extiende por todo su rostro.
—¿Crees que para ese día te sientas mejor? —pregunta Key—. ¿Te hará bien ir mañana a las clases de
salsa?
—Claro, claro —respondo con mi mente en otro lugar.
—Perfecto. Ahora, vamos, o si no tu hermano Russell me despellejará vivo —se ríe.
—No entiendo qué le pasa —le digo con sinceridad, aún distraída por su propuesta del beso—. Él no es
así.
—Son los celos de hermano, lo entiendo. Yo a veces soy así con mis hermanas.
—Ow, Keyton, qué lindo de tu parte.
Pronto nos ponemos de pie para entrar en la casa, caminamos hasta la sala donde, el sonido de disparos y
gruñidos, sale de forma potente del televisor.
Russell y Rowen se pelean por el mando y uno comienza a morder al otro en el brazo. Tengo que
detenerlos y Key me ayuda a separarlos.
—Muy bien chicos, me tengo que ir ya. Me despido de ustedes —me señala con su dedo índice—. Te
veré mañana en la tarde, ¿correcto?
Asiento con la cabeza, gustándome la idea de verlo pronto.
¡Dios mío, me estoy volviendo cursi!
Borro la tonta sonrisa que se forma en mi rostro.
Seria, Rita. Seria. Concéntrate, carajo, no te derritas porque un chico lindo te presta atención.
—Te veo mañana —lo despido de forma cerrada, justo al mismo tiempo que me da por estornudar.
—¡Salud! —grita Key, se acerca para darme un beso en la mejilla.
Colapso casi al instante.
—¡Te puede dar gripe! —me alejo de él por varios pasos—. No lo hagas. Estás muy cerca.
Él eleva una de sus cejas y me sonríe.
—De acuerdo. En ese caso, me retiro. Oh, y antes que se me olvide —dice viendo en dirección a mis
hermanos menores—. La PlayStation es toda suya, es un regalo de mi parte.
—¡Key! —grito de mala gana—. No lo hagas, está bien, puedes llevártela.
—¿Estás bromeando Rita? —pregunta Rowen—. ¡Es nuestra! Lo que se regala no se devuelve, tú misma
nos lo has enseñado.
—Yo no les enseñé eso —los regaño—. No mientan.
—No mentimos —me dice el niño—, tú eres la que se está volviendo mentirosa. Primero sobre tu falta de
baño y ahora con est…
Le cubro la boca con mi mano y sonrío en dirección a Key.
—Hasta luego, Key. Te veré cuando te tenga que ver.
Finalmente, él se va y fulmino con la mirada a mis hermanos menores.
—Ustedes parecen hacerme la vida imposible, ¿no es verdad? —pregunto una vez que Key desaparece de
mi casa.
—¿Por qué te importa lo que él piense? —pregunta Rowen. Y justo así, no sé qué responderle.
¿Por qué con Key sí me importa lo que él piense de mí?
¿Será que me gusta Key? Es agradable, pero no me puede gustar, me niego a que me guste. ¡No me puede
gustar! No.
Bueno, tal vez me gusta un poco. Nada más.
No. No me gusta nada.
—Rita, ¿te gusta Key? —vuelve Rowen con sus preguntas.
—No seas tonto —responde Russell mientras continúa jugando—. Rita no cree en el amor, ella nunca se
va a enamorar, ¿verdad?
Les dedico una sonrisa forzada.
—Por supuesto —respondo—. Eso no es para mí.
—Aunque me está empezando a caer bien el chico —murmura Russ—, nos regaló a Vanessa.
A mí también me empieza a caer bien, y eso puede acabar mal de muchas maneras.
No te enamoras de un chico que todavía sigue pensando en otra.
Es mejor no enamorarse, y punto. Así mantienes tus emociones controladas y tu boca no vomita lo
primero que se te viene a la cabeza cuando miras a esa persona.
Negocios, Key y yo solo seremos negocios. Me lo repito una y otra vez.
Sí, claro, negocios.
Conciencia, cállate.

Y, con las imágenes mentales sobre un Key sin camisa (enseñando sus deliciosos pectorales mientras
cientos de gotas de sudor le caen por el torso), mi conciencia me deja en paz.
17
Cómo me empezaron a gustar más las peras que las manzanas
Rita
El sábado es un día común y corriente en el trabajo. Cliff, el puerco de mi jefe, está obligándonos a usar
otro de sus trajes pervertidos e inventados que simplemente se limitan a denigrarnos porque muestran
demasiada piel. Pero no nos quejamos mucho ya que dejan muy buenas propinas, y en este empleo se
trata todo sobre las propinas porque la paga inicial es un asco.
Estamos a unos cuantos minutos de abrir el restaurante, así que por lo general nos tomamos ese tiempo
para limpiar nuestras estaciones de trabajo. Hoy estoy junto a Anna atendiendo la caja registradora,
sintiéndome mejor y viendo cómo mi resfriado empieza a curarse progresivamente.
Anna, a mi lado, se encuentra tensa y concentrada mientras que yo me debato sobre si contarle acerca de
Key o no; ni siquiera había tenido el valor de decirle a mi mejor amiga que me atraía cierto chico con
complejo de vaquero. No sabría por dónde empezar, y ciertamente no sabría cuánto iba a durar esta cosa
que tengo por Key.
Pero todo indica que Anna está en su propia burbuja de angustia así que decido esperar para contarle.
—¿Qué te pasa? —le pregunto a ella pasados unos minutos, cuando la veo limpiar una y otra vez la
misma mancha inexistente en la barra de pedidos.
Ella alza la vista, deteniéndose de su labor.
—Nada —frunce el ceño, regresando a la mancha—. ¿Por qué lo preguntas?
—Te miras… distinta. ¿Qué ocurrió?
—Nada, en serio.
—No me mientas —la regaño—. Te conozco demasiado bien como para que niegues que me estás
ocultando algo. ¿Qué ocurre? Sabes que puedes confiar en mí.
Ella suspira audiblemente.
—Es que… —hace una pausa, desviando la vista—. Adam y Marie han estado pasando mucho tiempo en
el departamento. El otro día… los encontré a punto de hacer… eso.
Mis ojos se abren de gran manera. ¡Ese idiota!
—No me digas que se acostó con Marie mientras tú escuchabas todo —llevo una mano a mi frente.
Anna asiente con la cabeza.
—Y ella no fue precisamente silenciosa al respecto —murmura ella de mala gana—. Digo, es obvio que
todo este tiempo debieron haberlo hecho en casa de él porque nunca los había encontrado en el
departamento antes, pero fue toda una sorpresa presenciarlo, verlo con mis propios ojos.
—Eso es jodido. ¿Por qué no le dices a Adam que Marie ya tiene novio? O al menos deja que le diga a
Eder que su “novia” lo engaña.
Anna niega con la cabeza.
—A veces tengo tantas ganas de hacerlo —admite—. Pero creo que Adam debería llevarse una lección
con ella.
Noto la mirada triste de mi amiga. A ella obviamente le atrae él.
—No deberías torturarte de esa manera —le digo, pasando mis manos por sus hombros—. Eres una chica
hermosa que merece mucho más que las sobras de un chico tonto que se acuesta con la equivocada.
—Lo sé. Pero de todas formas no me importa, ya no más.
—Yo sé que todavía te importa.
—No, ya no tendría que importarme.
—Mira, te voy aconsejar ser fuerte. Aléjate de Adam porque no vale la pena. Que no te intimide en
ningún momento, ¿escuchaste? No demuestres que te afecta.
—Definitivamente no me afecta —miente ella.
Niego con la cabeza.
—Anna, Anna, Anna —murmuro—. No te mientas a ti misma. Haz todo lo posible para ignorarlo y
sacarlo de tu vida.
Ella no dice nada, simplemente regresa a su labor de limpiar su espacio.
Si Anna no es capaz de decirle a Adam sobre quién es en verdad Marie, entonces yo debo decírselo. Es
una promesa.
—Es difícil alejarse —dice mi amiga luego de unos instantes—. Está bien. Dejaré de mentirme a mí
misma: creo que me gusta Adam, un poco. Pero no quiero que me guste, lo tengo que evitar a toda costa.
—Me parece perfecto —estoy de acuerdo—, cualquiera que se mete con tu prima ninfómana no debería
ser digno de merecerte.
Anna suspira con cansancio.
—Pero tienes que ayudarme, Rita —dice—. Tienes que enseñarme a cómo evadirlo y a cómo no dejarme
influenciar por él. No quiero que me afecte.
—Anna, cielo. Eso es muy fácil. Tengo maestría en ese tipo de situaciones. La regla número uno: siempre
sé sarcástica.
—¿Sarcástica? ¿Eso en qué me va a servir con Adam?
—El sarcasmo siempre es la respuesta cuando no sabes qué responder, te lo digo por experiencia. Y no
dejes que vea lo mucho que te importa. Hazte la difícil… no, difícil no. Hazte la imposible por todo el
tiempo que puedas soportar.
—Bien —dice ella, resignada—. Lo intentaré.
—Y tienes que contarle sobre Eder. El chico merece saber que su “novia” esconde otro “novio”
—No creo que el momento sea el conveniente. Siento que ella me odiaría si sabe que soy yo la que le dice
eso a Adam… o a Eder.
Niego lentamente con la cabeza, llevándome ambas manos a la cintura.
—Entonces tendré que encargarme de eso yo.
—No lo hagas, ¿quieres?
—Oh, Anna. Tienes que ser fuerte y no dejarte manipular por tu prima. Ese lagarto vestido de mujer que
tienes por prima no merece tu compasión y tu lástima. Sé fuerte.
Ella frunce el ceño.
—La verdad es que tienes razón —murmura luego de unos momentos—. Pero sería mejor si Adam se
entera por sí mismo lo que es capaz de hacer Marie.
—Entonces pongámosle una trampa para que la perra caiga —estoy casi gritando, pero no me importa—.
Esto será muy emocionante.
Y yo definitivamente quiero ser parte de eso.
—No lo creo conveniente, Rita.
—Anna, deja ya de ser tan mojigata y únete a mí.
—No soy mojigata.
—Sí, lo eres. Y eso es perfecto porque es así como eres tú. ¿Está bien? Pero yo no lo soy y
definitivamente no tengo ninguna conexión con tu prima; si me hace algo, por más pequeño que sea,
considérala muerta.
Marie tiene que caer y golpearse el trasero con fuerza.
—Está bien —suspira Anna—. Haz como quieras.
—Bien.
Así lo haría.
El día pasa de manera lenta, hay muchos clientes que esperan por sus pedidos y hay otros que se acercan
tanto a Anna como a mí para ver nuestros escotes y salivar un poco en sus bebidas. Solo basta de una de
mis miradas asesinas para ponerlos quietos y luego se retiran sin dar pelea.
Justo es pasado el mediodía cuando, juntas, Anna y yo, vemos a Adam entrar al restaurante, tomado de la
mano de Marie. Ella se pavonea frente a nosotras mientras va en busca de una mesa vacía en donde deja a
Adam esperando, como buen perro con dueño.
Ella camina moviendo de manera exagerada las caderas y agitando su cabello naranja mientras se detiene
frente a nosotras para ordenar comida.
Con tanto que come esta mujer no entiendo cómo no se ha convertido en un cerdo. Probablemente sea
bulímica, o anoréxica. O ambas.
—Quiero… —dice ella mirando el menú detrás de nosotras, luego pasa su completa atención
deliberadamente sobre Anna—. Mmmm. ¿qué me recomiendas, Anna, para reponer fuerzas después de
una maratón de sexo con mi novio?
Esa perra.
Veo a Anna titubear, sus ojos casi estrechándose por el desagrado. Si ella no le va a responder, responderé
yo:
—Te recomiendo una prueba de enfermedades de transmisión sexual, así puedes advertirles a los chicos
de todas las enfermedades que posees antes de acostarte con ellos —digo—. Y un examen de vista para el
chico, porque no entiendo cómo, en la vida, puede acostarse con alguien como tú un día y al día siguiente
no sienta deseos de suicidarse o arrancarse los ojos. Lo que venga primero.
Marie frunce el ceño, molesta por mi comentario.
—Hablaba con Anna, no contigo —responde de manera enojada.
—Y yo pensaba en voz alta, querida. ¿Qué vas a ordenar? Si no ordenas nada deberías moverte porque
tenemos más clientes por atender.
Ella aprieta su mandíbula, furiosa. Esta vez se acerca más a mi estación y ordena directamente en mi cara.
—Quiero todo lo que hay en el menú —dice demasiado alto, como para que todos en el restaurante la
escuchen, para simplemente humillarme—. Y quiero que tú los sirvas, empleada.
—Claro —sonrío de buena gana. Ella no sabe con quién se está metiendo—. ¿Refrescos agrandados o
normales?
—Los más grandes.
Con eso ella se retira, agitando su cabello en el aire, y toma su asiento junto a Adam.
Esa perra va a caer, y a lo grande.
—Hubieras dejado que yo la atendiera —murmura Anna, paranoica—. Ahora está furiosa.
—Es que las gatas se enfurecen cuando se sienten amenazadas.
—¿Quieres que yo les lleve el pedido?
Niego con la cabeza.
—Oh, no. Eso no será un problema. Sé cuándo tragarme mi orgullo.
Y Marie está a punto de tragarlo también.
—¿Estás segura? Marie puede ser una desquiciada, mezquina y ninfómana persona cuando se lo propone.
—Estoy segurísima —comento.
—¿Qué estás tramando, Rita?
—¿Yo? Nada.
Anna suspira y dejo que atienda ella sola la caja registradora mientras voy al área de preparación de
alimentos, dispuesta a servirle una buena dosis de lección a Marie.
Lo primero que sirvo es una orden muy cargada de papas fritas con queso derretido y tocino. Obviamente
le tengo que poner de mi toque especial.
Primero me aseguro que no haya nadie observando, y luego voy al ataque.
—¿Las papas de quién estás escupiendo? —pregunta Dulce detrás de mí. Al parecer no me aseguré de
vigilar lo suficiente.
—Las de nadie —me apresuro en decir, tragando lo último de la saliva que iba a mezclar con la salsa.
Dulce frunce el ceño, mirándome detrás de esos lentes de contacto color rojo vampiro que tanto me dan
miedo y que decidió ponerse hoy.
—No te creo, Rita —dice ella, cruzándose de brazos—. Te dije que quería ser parte y tú me excluyes.
—¿Segura quieres ayudar a la causa?
—¿Para quiénes son? —pregunta señalando las papas—. ¿Algún depravado te miró de más por el escote?
¿O es para Cliff, otra vez?
Niego con la cabeza.
—Es para Marie, la zorra sin control en su válvula de escape.
—¿Qué?
—Olvídalo. Estas son para ella.
Dulce frunce el ceño y luego de unos instantes toma la hamburguesa más cercana a ella, levanta el pan y
la lechuga, y la escupe.
—Bienvenida al club, querida amiga —le digo con orgullo—. Dejaremos unas cosas sin escupir para su
novio, Adam. El chico todavía no me ha hecho nada malo así que… separaremos las cosas contaminadas
de las que no.
—De acuerdo.
Ambas nos ponemos a escupir, a cortar pedacitos de nuestras uñas y a colocar del polvo que Mirna
todavía no ha limpiado del suelo.
—Esto es divertido —dice Dulce.
—¿Qué es divertido? —pregunta Mirna detrás de nosotras, viendo mientras enrollo uno de mis cabellos
entre la carne de hamburguesa de pollo picante para Marie.
—Nada —me apresuro en responder.
—Oh, por favor —contesta Dulce—, es Mirna. Ella va a colaborar. Todo esto es para Marie, la “diva”
hija del dueño.
Mirna eleva una ceja y pronto se frota las manos.
—Perfecto —dice, sonriendo con picardía—. Me uno. Digo que pongamos laxante en sus nachos
también… oh, y quiero raspar los cayos de mis pies, pasarán por queso rallado.
—Eso es nauseabundo —digo arrugando la nariz—, y malévolo. Pero me agrada. ¿Acaso estoy siendo
muy malvada?
—Para nada —responde Mirna—. En mis tiempos conseguía pulgas de los animales de granja donde me
crié, y luego los ponía en las ropas de mis hermanas mayores, para vengarme de ellas cuando me trataban
mal.
—Mmm, pulgas —murmuro—, es buena idea también. Lástima que no tengamos acceso a ellas en este
momento.
Me encojo de hombros y, entre las tres, nos ponemos a trabajar lo más rápido que podemos, hasta que
separamos toda la comida comestible de la que no.
Mirna cumple su labor y me entrega una pequeña bolsa donde ralló sus pies hace no menos de un minuto
atrás mientras iba al baño.
Me aseguro de esconder cada cosa para que Marie no lo vaya a notar, una especie de camuflaje.
—¿Qué hacen todas aquí? —se acerca Anna a nosotras.
Me sobresalto de inmediato.
—Ellas me ayudan a preparar lo de Marie —respondo de manera casual.
—¿De verdad? —pregunta—. Porque siento como que no les creo.
Comienzo a apilar las cosas comestibles en una bandeja y las otras en la siguiente bandeja.
—Llevaré la comida —digo en voz alta—. No estamos haciendo nada malo.
—Mjum.
—Es cierto —dice Dulce—. Seguiré en mi labor de ignorar al mundo y regresaré a la parrilla.
Las dejo solas mientras pongo una sonrisa para nada fingida en mi cara y me dirijo a la mesa de Marie.
—Aquí están las cosas —le digo a ella mientras deposito la bandeja en la mesa—. ¿Algo más?
Marie niega con la cabeza, acariciando el cuello de Adam.
—Nada más, empleada.
—Muy bien —respondo—. En un momento traigo el resto.
Aprovecho que Marie se pone de pie y se dirige a los baños, y así me acerco a Adam, sentándome frente a
él.
—Mira, chico —lo señalo con mi dedo índice—. Te haré una pregunta y si la respondes bien te diré algo
que salvará tu vida el día de hoy.
Adam me mira con sus enormes ojos verdes, confundido.
—Adelante —responde—. Pregunta.
—¿Te gusta mi amiga, Anna?
Su boca se abre y mira en todas las direcciones antes de enfocarse nuevamente en mí.
—¿Por qué lo preguntas?
—¡Responde rápido! —lo detengo cuando veo que toma una papa de la tanda de Marie. Esas tienen
raspado de pies de Mirna.
Él libera la papa y la suelta en su lugar.
—No, no me gusta de la manera que crees —responde finalmente. Puedo decir que está mintiendo.
Ruedo los ojos.
—Bien, veo que tú también lo niegas, son idénticos en eso.
—¿Qué?
—Mantente alejado de mi amiga, entonces. Eres un tiburón de agua salada y mi amiga es como… —
frunzo el ceño, pensando en una descripción de Anna—, no sé, ¿un delfín? Oh, ¡una sardina! Exacto. Eres
un tiburón y ella una sardinita en plena formación de sus facultades. No la vayas a seducir.
Adam se ríe, resoplando con fuerza.
—¡No lo voy a hacer! Me agrada Marie y tengo una relación seria con ella.
Ahora la que ríe soy yo.
—Sigue ciego entonces, muchacho.
Me levanto de la mesa, no queriendo encontrarme con la bestia de pelo naranja.
—Te doy un consejo —digo antes de retirarme—: no tomes nada de esta bandeja, todo lo comestible se
encuentra en esta otra.
Le señalo ambas bandejas. Él me mira con mayor confusión.
—La comida de Marie tiene otro tipo de preparación —le advierto—. No digas después que no te lo dije.
Además, no dejes que ella coma de esta otra bandeja. Me lo agradecerás después.
Mi conciencia se queda tranquila mientras me alejo, al menos pude advertirle.

Key
—¡La estás utilizando de excusa! —grita mi hermana mayor, Eileen, mientras se pinta de rosado sus uñas
del pie.
Pam, a su lado, asiente con la cabeza. Sus uñas ya pintadas en tonos púrpuras.
—Keyton Higinio Miller —dice ella, pronunciando el nombre que tanto odio con pasión—. Mamá y papá
no criaron a un cerdo por hijo.
Ruedo mis ojos.
—En primer lugar —digo—: no me llames así, nunca. Lo detesto. Soy Key, simplemente Key. Y, en
segundo lugar, no estoy usando de excusa mi fiesta de cumpleaños.
Eileen y Pam elevan sus cejas al mismo tiempo.
—Sí, lo haces —responde la primera—. Sabías que Mia vendría, aunque no fuera invitada. Ella siempre
encontraría la manera de colarse. Y aun sabiendo que no tienes nada con Rita, la estás involucrando en
esto.
—Ella se ofreció voluntariamente a hacerlo, les recuerdo.
—¿Crees que a ella no le importas o no le gustas? —pregunta Pam—. Key, es una chica, aunque sea en el
nivel más básico de enamoramiento, ¿crees que no le dolerá ser utilizada por ti mientras te vengas de tu
ex? Ni siquiera ella, aunque fuera de hierro, soportaría esa condición.
—Rita y yo no tenemos nada —me defiendo, sintiendo la culpa quemándome por dentro. La verdad es
que desarrollé un cariño especial por ella.
—Si no tienes nada por ella, ¿entonces por qué la has estado yendo a visitar todos estos días?
—¿Cómo sabes que es a ella?
—Corazonada.
—Eso y que Pascal, el conserje, te ha visto acompañado de una chica con las descripciones de Rita —se
entromete Eileen—. Por si no lo sabías, él vive a unas calles de ella así que nos mantiene informadas.
—Ese viejo chismoso —me quejo—. Veo a Rita porque ha estado enferma. Solo la voy a visitar, ya
sabes, para preguntar cómo está, como amigo.
—Aja —dice Pam, sin creérselo—. Admite de una vez que te importa lo que le pase.
Desvío la mirada.
—Me importa porque soy su amigo —digo, encogiéndome de hombros.
—Su amigo, pero quieres ser más, ¿no es cierto? ¿Saldrás con ella hoy?
—Sí, es simplemente una visita médica.
Eileen se ríe en voz alta.
—Lo siento, Dr. Miller —dice ella.
—En realidad es Enfermero Miller —le aclaro en son de broma—. Chicas, no vean manzanas en donde
solo hay peras, por favor.
—Es que no solo tienes manzanas, Key. Tienes todo un coctel de frutas en la olla —responde Pam.
Resoplo con fuerza
—No hay otras frutas —aclaro—. Solo hay una.
—¿Y esa fruta es pera?
—En realidad, es manzana… o tal vez no.
—La pera no será manzana, pero es pera —dice Pam—. Deja ir ya a la manzana y tómate un buen jugo de
pera de una buena vez.
—No me gusta la pera, aunque no la detesto.
—Si le das la oportunidad —dice Pam—, incluso te puede sorprender.
Eileen nos mira a ambos, confundida con nuestro intercambio.
—¿Qué? —pregunta—. Me perdí, ¿quién es la pera y quién la manzana?
—Leen —responde Pam, rodando los ojos—, la “pera” es Rita, Mia es la “manzana”.
—Oh, ahora entiendo. ¡Elige la pera, Key! La manzana ya está muy sobrevalorada.
—Es que no se trata de elegir —la regaña Pam—, se trata de que ella lo elija a él.
Eileen asiente con la cabeza.
—Basta ya —las silencio—. No más peras y manzanas. Déjenme en paz.
—¿Sabes una cosa? —pregunta Pam, observándome de manera metódica—. Rita te hace bien. No eres
tan tóxico como lo fuiste con Mia. Trata de darle una oportunidad, ¿quieres?
—Bien —ahora el que pasa rodando los ojos soy yo—. Prometo darle una oportunidad, de ahora en
adelante, a las peras.
—No, no —dice rápidamente Pam—. No son “peras” en plural, tú solo tienes una pera en esta vida y esa
es Rita. Ella es tu media pera.
—Bien, basta de hablar sobre las metáforas de las peras. Me iré dentro unas horas, no hagan conclusiones
apresuradas sobre lo que pasa entre Rita y yo.
Camino lejos de la sala, en donde mis hermanas siguen murmurando sobre más frutas, y me dirijo directo
a mi habitación. Estoy a punto de tomar mi teléfono y hablarle a Rita sobre la clase de salsa de hoy,
cuando me cae una llamada inesperada.
Es de Mia.
Me debato en si debo responderle o no, pero mi debilidad por ella es grande así que contesto después de
unos segundos.
—¿Mia? —pregunto sin poderlo creer.
—¡Key! —grita ella—, qué bueno que respondes.
Mi boca se abre y se cierra a la vez. Ella suena feliz.
Camino lejos de donde se encuentran mis hermanas y hablo en voz baja para que nadie nos pueda
escuchar.
—¿Cómo estás? Te oyes contenta, ¿qué sucedió?
—Estoy emocionada —admite—, y no adivinarás nunca el por qué.
—Podrías comenzar por darme una pista.
—Bien —suspira ella—. ¿Sabes quién te verá el día de tu cumpleaños? ¡Yo!
Su tono de voz es bastante alegre, mi conciencia se agita. Pensaba vengarme de ella ese mismo día.
Tal vez lo mejor sea cambiar de opinión.
—Qué bien —digo tratando que no escuche la decepción en mi voz.
—¿Qué pasa? ¿No estás contento? —pregunta ella. Probablemente no lo oculté tan bien como creía.
—Sí, lo estoy —le respondo—. Pero, Mia, pensé que habíamos aclarado todo la última vez que hablamos.
—¿Estás bromeando? —resopla a través de línea telefónica—. No aclaramos nada, y dijimos muchas
cosas. Pienso recuperarte Key.
Trago saliva, nervioso por sus palabras.
—No entiendes…
—Espera —me interrumpe ella—, antes que digas cualquier cosa, déjame decirte primero algo.
—¿Qué es? —murmuro.
—Pues que no deberías ser maleducado y no dejar esperando a alguien afuera de tu puerta por mucho
tiempo.
—¿Cómo? ¿Estás aquí? —pregunto, desconcertado. Me apresuro a caminar en dirección a la puerta
principal.
—¡Sí, aquí estoy afuera! Abre de una vez, ¿quieres?
—Pero… ¿cómo?
—Pedí unos permisos especiales en mis clases y me dieron toda esta semana de vacaciones. Quise venir
antes de tu cumpleaños para sorprenderte, vengo directo del aeropuerto.
Justo en ese momento llego hasta el pomo de la puerta y la abro. Delante de mí está una muy hermosa y
sonrojada Mia. Su cabello rubio ha adoptado nuevos reflejos marrones, y sus labios están igual de
deseables como siempre.
—¡Sorpresa! —chilla mientras corre a saltar sobre mí al verme, dejando su maleta olvidada en el suelo.
—Wow —murmuro mientras el olor de su cabello se entromete en mis fosas nasales—. Estoy muy
sorprendido.
—¡Lo sé! —se separa de mí—. Qué bueno verte de nuevo, Key. Tengo muchas, demasiadas cosas
planeadas para estos días. Vine con la intención de volver a intentarlo, de volver a lo que éramos antes.
—Mia… no sé qué decir.
—No te pienso abrumar. Hablaremos más tarde. Ahora, ¿piensas dejarme aquí todo el día? ¿No me vas a
invitar a pasar?
Señala el interior de la casa.
—No, claro, pasa.
Salgo para sostener su maleta y la acompaño a la sala, en donde encontramos a mis hermanas mayores
todavía discutiendo sobre Rita.
—¡Hola, chicas! —murmura Mia, saludando alegremente.
Pam es la primera en fruncir el ceño, no intenta siquiera ocultar su desagrado.
—¿Qué haces aquí? —pregunta ella.
Noto cómo la sonrisa de Mia titubea. Ese gesto en sí me hace dudar sobre si es o no buena idea llevar a
cabo los planes que tenía con Rita sobre la venganza. Mia se mira tan… vulnerable.
—Lamento molestar —responde ella—, pedí unos días de permisos especiales en mis clases para poder
aclarar unas cuantas cosas con Key. Espero que podamos reiniciar todo, no quiero que me odien ustedes
también.
Eileen resopla con fuerza, desviando la vista a sus uñas recién pintadas.
—Eso lo hubieras pensado antes de serle infiel —responde Pam, su tono es mordaz y expulsa veneno con
su mirada.
El rostro de Mia se vuelve rojo.
—Quiero aclararles que pasaba por un mal momento —dice ella—, no pienso pretender que me
perdonarán rápidamente, pero quiero que sepan que me arrepiento mucho de las decisiones que tomé en el
pasado.
Mia mira en mi dirección, sus ojos suplicando clemencia.
—Por favor, ahórratelo —responde Pam—. No quiero seguir escuchando esto… Eileen, vámonos.
Eileen y ella salen de la sala, enviando miradas de odio hacia Mia mientras caminan a la segunda planta.
—Key —grita Pam antes de perderse del todo—. Eres un idiota si decides perdonarla. No olvides todo lo
que sufriste, todo lo que te lastimó, lo que ella te hizo.
Mia desvía la mirada, sus ojos comenzando a empañarse.
Frunzo el ceño, haciéndole un gesto a Pam para que cierre la boca y nos deje a Mia y a mí solos. Ella hace
lo que silenciosamente le pido y sigue avanzando hasta perderse de vista no sin antes haberme sacado el
dedo medio.
—Lo lamento —murmuro—, mis hermanas son muy maleducadas.
—Pero ellas tienen razón —dice Mia—. Te lastimé mucho… creo que fue un error haber venido.
Justo cuando ella estaba a punto de salir huyendo de la habitación, mi mano cobra vida propia y la detiene
a tiempo.
—No te vayas —le susurro—. Viniste a hablar y eso haremos.
Sus ojos lucen esperanzados ante mis palabras.
—¿Podemos ir a otro lado? Creo que no será prudente si tus hermanas ven que sigo aquí. Ellas me odian.
Asiento con la cabeza.
—¿Quieres que lleve tu maleta en el auto?
—Por favor.
La escolto fuera de la casa, cargando con su pesada maleta mientras veo cómo se limpia la humedad de
sus ojos.
—Perdona que viniera sin avisar —murmura ella—. Tal vez tenías otros planes…
—No, no importa.
Entonces me detengo, recordando que tengo que ver a Rita para la clase de salsa a la que prometí asistir
este mismo día.
—¿Qué ocurre? —pregunta Mia, deteniéndose a mi lado.
—Nada —murmuro de mala gana. Tendré que cancelar los planes con Rita.
—¿Te interrumpo en algo el día de hoy? Porque si es así no hay problema, puedo ir a casa a ver a Rosie,
ella sabe que llego hoy.
Niego rápidamente con la cabeza.
—Está bien. Cancelaré lo que tenía para hoy, no te preocupes.
Caminamos hacia mi vehículo estacionado y me apresuro a abrirle la puerta. Mia nunca se acostumbró a
la altura de mi camioneta así que la ayudo a darle un empujón para que suba y se siente.
Ambos reímos al recordar que solía hacer eso por ella hace mucho tiempo atrás, cuando éramos novios.
Con Rita no había necesidad de hacerlo, probablemente me golpearía antes de dejar que la tocara de
“forma inapropiada” y, además, ella me daría un discurso sobre lo independiente que es y de cómo no
necesita a un hombre en su vida para subir a un auto, aunque secretamente creo que amaría que la trataran
como una flor delicada.
Ruedo los ojos, riendo por dentro.
—Veo que estás de mejor humor —comenta Mia cuando me subo a su lado y pongo el motor del viejo
vehículo en marcha.
Sonrío al pensar en Rita. Luego me retracto, ignorando esa sensación de malestar al tener que
abandonarla el día de hoy; tendré que enviarle un mensaje para cancelar los planes.
—No es nada —digo después de unos minutos, cuando Mia no puede dejar de verme—. Solo estaba
pensando en cosas que me ponen de buen humor.
—Espero ser una de esas cosas.
—Claro que lo eres —le digo, sin querer admitir la verdad. Tal vez las peras no sean tan malas después de
todo, no pueden serlo si me acuerdo de ella a cada instante.
—¿En qué piensas tanto? —pregunta Mia luego de unos instantes—. No has podido borrar esa sonrisa de
tu cara.
Mi sonrisa se extiende al escuchar sus palabras.
—Pienso en peras.
—¿En peras?
—Sí. En lo mucho que destacan de otras frutas.
Mia se queda en silencio por unos segundos, resoplando con fuerza.
—Para mí no tienen nada de excepcional —dice finalmente.
—Últimamente no puedo dejar de pensar en peras —murmuro—. Olvídalo, es algo tonto.
—A veces resultas ser todo un extraño, Key.
—Lo sé, Mia. Lo sé.
Suspiro en voz alta. Tengo que decepcionar a Rita el día de hoy, y no estoy preparado para lidiar con lo
que eso me hace sentir.
No estoy preparado para nada de lo que ella me hace sentir.
Lo mejor será guardar eso en un compartimiento cerrado por los momentos, al menos hasta que Mia y yo
tengamos una larga conversación.
Sí, eso será lo mejor.
18
Cómo descubrí quién era Rita Day

Rita
—Esta es tu última advertencia, Rita —dice Cliff, señalándome con su dedo gordo y rosado—. Si me
entero que le hiciste eso a otro importantísimo cliente, te echo de este respetable lugar.
Ruedo los ojos, cruzándome de brazos mientras Marie, sentada en una silla frente al escritorio de Cliff,
sonríe de forma presumida.
—¿Quedó claro? —pregunta mi jefe. Su frente está completamente cubierta en sudor y, desde donde
estoy de pie, puedo ver el círculo de humedad que se forma en sus axilas, también debido al calor.
—Está bien —digo de mala gana.
Al parecer hoy me falló la sutilidad porque Marie identificó que su comida tenía un sabor demasiado
extraño. Ella confirmó las sospechas cuando casi obliga a Anna a probar una de las papas con mezcla
especial de Mirna, y yo corrí a detenerla antes que la llevara a su boca.
Es más que obvio que Marie me delató al instante con Cliff y con su padre, el dueño del restaurante que
raras veces se tomaba el tiempo de venir de visita.
Ahora estamos en la oficina de Cliff, absorbiendo el olor a humedad mezclado con sudor, esperando
mientras soy regañada por quinta vez en el mismo minuto. También el padre de Marie, técnicamente el
gran jefe, está ahora al teléfono que Cliff mantiene en altavoz para nosotras.
—No toleraré este comportamiento —dice él a través de la línea telefónica—. Debería despedirte de
inmediato…
—¡No lo haga! —chilla Cliff, su frente se cubría con más sudor, de ser posible—. Rita es un elemento
valioso para esta compañía, un ejemplo a seguir. Ella seguramente tiene alguna clase de envidia o rencor
contra su hija y se le pasó la mano, eso es todo. Además, esta es la primera vez que se mira un
comportamiento de este tipo por parte de la empleada.
Fulmino con la mirada al puerco de mi jefe.
¿Envidia a Marie? Debe estar drogado.
Él me hace una mueca para que mantenga la boca cerrada, sus ojos casi se salen de sus cuencas y el sudor
resbala por toda su grasienta cara mientras me mira como si deseara poner sus manos en mi cuello y
estrangularme.
—Debe ser sancionada —dice el padre de Marie—, es imperdonable lo que le hizo a mi hija. ¿Poner
sustancias desconocidas en la comida de ella? ¡Pudo haberse intoxicado! ¿Qué clase de inmadurez es esa?
¿Y si lo hace con otros clientes? Así es como empiezan las demandas.
—Lo entiendo señor, pero…
—No eran sustancias desconocidas, papi —Marie interrumpe a Cliff, aclarándose la garganta como digna
víctima—. Puso cabello humano, restos de uñas y algo blanco que parecía mucosidad. De solo pensarlo
quiero vomitar.
—Usé también piel muerta de los pies de… —me quedo en silencio cuando Cliff hace un sonido
estrangulado al escuchar mi voz, su rostro está rojo y brillante debido a la grasa natural de su piel
mientras me indica que me calle.
Abro la boca para completar mi frase, pero él me hace otra mueca para que me quede en silencio. Me
quedo callada entonces.
—De nuevo, Sr. Benson —dice Cliff—, mil disculpas con ambos. Este episodio no va a volver a ocurrir
nunca. Y por supuesto que ella será sancionada. Estará suspendida por dos semanas de su trabajo, sin
derecho a paga.
Mi boca se abre para protestar, pero Cliff rápidamente niega con la cabeza.
—¿Solo eso? —pregunta el Sr. Benson—, merece una demanda.
—Ah —Cliff comienza a cantar como canario—: no sería recomendable, señor. Le prometo que yo
mismo la voy a supervisar de ahora en adelante. Prácticamente le estaré respirando en la nuca.
—¿Es que acaso no lo hacías antes? —se escucha un resoplido por parte del padre de Marie—. Tal vez a
quien deba despedir es a ti.
—No, no, no, no, no… usted no querrá hacer eso. Déjeme encargarme de esta situación ahora mismo.
—Bien —dice el Sr. Benson después de unos instantes, su voz suena resignada—. Si recibo una sola
queja más de ti, Rita Day, estarás inmediatamente despedida.
—Por supuesto, señor —acepto.
Marie es ahora la que rueda los ojos.
—No puedo creer que valga poco mi salud y seguridad —dice ella.
—Hija, tampoco es como si fueras alguien fácil de llevar —responde su padre aun en la línea telefónica—
. Entiendo la necesidad de querer pelea, de verdad, pero deberán encontrar otra forma de solucionar sus
problemas. Sé que a veces tengo ganas de mandarte a comer mierda, pero esto no puede suceder en el
negocio, ¿entendido?
—Claro —respondemos ambas, Marie y yo; yo con mi gran sonrisa, evitando reírme en voz alta, y Marie
con la nariz arrugada, haciendo pucheros de pura rabia.
Cliff se despide del Sr. Benson, colgando la llamada mientras Marie se pone de pie para retirarse de la
oficina. Antes de llegar incluso a la puerta, ella se gira en mi dirección y me señala con un dedo.
—Vas a pagarlas caro —susurra su amenaza—. Puede que hayas comprado la lealtad de este cerdo, pero
no la mía.
Su dedo acusador señala a Cliff cuando menciona la palabra “cerdo”. Con eso ella se retira de la oficina,
como diva agitando sus caderas.
—Muy bien, no fue tan malo —le digo a Cliff cuando solo estamos los dos.
Él saca un pañuelo de tela de la primera gaveta de su escritorio y se lo pasa por la frente.
—Eres una psicópata —dice él—. No puedo creer que puse mi trabajo en juego solo por esto.
—Era eso o contarle al gran jefe que te estás robando el dinero de las ganancias del restaurante —
murmuro en su dirección.
Esa es la única razón del por qué él me defendió como lo hizo hace unos momentos atrás: tiene pavor a
que suelte la boca y hable todo lo que sé de sus robos al restaurante. Al parecer él está comprando
alimentos descompuestos y dañados a un precio más barato a como está descrito en el presupuesto, de esa
manera él puede quedarse con el dinero extra que sobra de las compras. Es un cerdo ladrón.
—No necesitas recordármelo —comenta él de mala gana—. Que no vuelva a pasar, Rita. No puedo
defenderte siempre que te metas en un lío de esta magnitud.
—Entonces esta boca hablará sobre los desajustes en el presupuesto y de cómo tienes comprado al chico
de salubridad —digo con total calma—. Debí decirlo hace ya varios años, cuando te vi hacer tratos
extraños con gente de poca confianza. Lo bueno es que tomé fotos y grabé situaciones vergonzosas.
—De acuerdo, de acuerdo —dice limpiando el sudor de su frente—. Tú quédate callada que ya cumplí
con mi parte, no serás despedida.
—Bien —asiento con la cabeza, poniéndome de pie para salir de la oficina con mal olor—. Un trato es un
trato. Te prometo que mantendré el perfil bajo por estos días; ya no más problemas con Marie, de verdad.
Cliff asiente en mi dirección y pronto me despacha con un gesto de su mano.
—Oye —pregunto antes de salir por la puerta—, ¿era cierto lo de la suspensión?
—¿Y todavía dudas de si es cierto o no? —resopla en voz alta—. ¡Por supuesto que sí! Comenzarás a
partir de mañana. No puedo permitir que el Sr. Benson quiera venir a inspeccionar si hice o no mi trabajo.
Asiento con la cabeza.
—Bien, serán como unas vacaciones forzosas —comento—. Oh, y espero mi paga por esos días. No
quiero sonar como una rata, pero… sí, sí quiero sonar como una porque ocupo el dinero.
Cliff rueda sus ojos.
—Tendrás la paga. Ahora largo de mi oficina, tengo que terminar de revisar unas facturas.
—Ah, y antes de irme —comento—, existe algo que se llama velas de olor. Le pediré a Mirna que te
compre algunas porque aquí apesta.
Cliff vuelve a hacer el gesto de mano, y es así como continúo con mi salida y voy directo al área para
empleados.
Al llegar allí, la primera en reclamarme es Anna, quien rápidamente se pone a mi lado a medida que me
preparo para recoger algunas cosas antes de ir a las clases de salsa en las que quedé de verme con Key.
—¿Estás bien, Rita? ¿Te despidió? —es lo primero que pregunta mi amiga.
Rápidamente niego con la cabeza.
—Estoy bien, tranquila —la sujeto de los hombros cuando veo que no puede evitar dejar de caminar de
un lado al otro—. Relájate, Cliff me debía unos favores que con gusto mantendré en secreto a cambio de
conservar mi trabajo.
—¿Estás segura?
—Al cien por ciento.
Anna suspira en voz alta, como si hubiera estado conteniendo la respiración.
—Qué bueno. Aunque no sé qué te picó para hacer algo así, ¿en serio escupiste en su comida?
—Sí —asiento con la cabeza mientras busco mis cosas personales—. Hice más, pero no es tiempo para
que tus oídos virginales lo escuchen.
—No tengo oídos virginales, para tu información.
Ruedo los ojos.
—De acuerdo. Mi turno oficialmente termina aquí —digo luego de unos instantes—. Cliff no me dejó
irme ilesa, así que me suspendió por dos semanas.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Porque así es la vida —digo con mi voz constipada por la gripe—. Ahora, me retiro porque mi vecina
me obligó a tomar estas clases de salsa para principiantes.
—Bien —dice ella—, suerte con tus clases. Supongo que tendré que conformarme con verte después de
esas dos semanas, ¿cierto?
Asiento con la cabeza mientras le doy una amable sonrisa.
—Tienes que ser fuerte con Adam, ¿entendido? Él está con Marie, la diva de cuatro cuernos. Tienes que
alejarte de ese chico.
—Lo sé, no me lo recuerdes.
—¡Recuerda ser sarcástica! Y mucho.
Anna asiente con la cabeza.
—No sé qué haré sin ti todos estos días.
—Vas a estar bien. Mirna te puede instruir. Ahora sí, tengo que irme porque voy demasiado tarde.
Me despido de Anna y salgo corriendo al lugar donde será la clase. No sabría decir si estoy emocionada
por aprender a bailar salsa, o por el chico que me va a acompañar.
Puede que sea más de lo segundo, y eso es aterrador para alguien como yo. Las cosas nunca acaban bien
cuando empiezas a perder el control de tus sentimientos, y peor cuando dichos sentimientos incluyen a un
chico.
No quiero tener la razón acerca de esto.

**********

El edificio donde se reciben las clases de baile se encuentra no muy lejos del restaurante, es un centro de
formación educativa donde se imparten clases de idiomas, baile y cocina.
Mi vecina, Lucy, toma la clase más avanzada de salsa los martes y jueves, así que es poco probable que la
encuentre el día de hoy. Ella me prometió que me iba a encantar tanto la clase que no querría perderme
ninguna otra, ahora no sé por qué me dejé influenciar por su mente maestra.
No es sino hasta que estoy en el salón de baile que noto la ausencia de Key en el lugar; trato de buscarlo
con la mirada pero no logro encontrarlo por ningún lado.
Es allí, cuando tomo mi teléfono para marcarle, que noto el mensaje de texto que parpadea en mi pantalla.
Es de él.
«Lo siento, surgieron cosas y no podré ir hoy. ¿Puedo compensártelo de alguna forma?»
Al leerlo siento una molestia que me hace contener la respiración, un familiar sentimiento al que suelo
estar acostumbrada, pero que últimamente, junto a Key, se había adormecido: la decepción.
De inmediato le envío un mensaje en respuesta:
«¿Estás bien?»
No creo que nada pueda compensar a como me estoy sintiendo justo ahora. Tal vez le pasó algo, un
accidente, o tal vez le pasó algo a un miembro de su familia. No debo juzgarlo tan rápido, aunque mi
decepción crezca con cada segundo que pasa.
Después de cinco minutos no recibo respuesta al mensaje que le envié, así que escribo otro.
«¿Key? ¿Ocurrió algo? Entiendo que no puedas venir»
Una gran parte de mí se siente más que desilusionada, pero la otra parte ya lo presentía. Las cosas con
Key eran demasiado perfectas como para sentirse reales.
Nunca debí perder el control de mis emociones, para empezar.
Pronto mi teléfono vibra cuando un nuevo mensaje entra, es de Key:
«Tuve problemas. Los estoy solucionando en este momento. Todo bien, lo prometo»
Suelto el aire que estoy conteniendo, y le pido a mi corazón que se quede calmado por unos instantes
antes de responderle.
«Está bien, me tendrás que compensar a lo grande. Es una clase de sala, Key, ¡DE SALSA! Hay pasos
que es obligatorio hacer en pareja… ¡Y puede que me toque con el de aliento a pescado! Me debes, en
grande»
«Jajaja, perdón por reír, pero ya me puedo imaginar tu cara. No te enparejes con el de mal aliento, eres
demasiado franca y, conociéndote, le dirás que se lave la boca o que se mantenga alejado de ti»
«Es probable que eso suceda, sip… Y, por cierto, se escribe *Emparejes* No enparejes, antes de “b” y
“p” se escribe “m” Mi maestra de primer grado me enseñó esa valiosa regla»
«De.a.cuer.do. Deberían prohibirle la licencia a tu maestra. La mía me enseñó que se escribía N… como
en eNparejes»
«Oh por… ¡Es a tu maestra a quien deberían prohibirle la licencia educativa! Ahora entiendo a tu
profesora de geografía y por qué te reprobó, eres un caso perdido. ¿No tienes auto-corrector en el
teléfono? PD: se escribe M, de Mierda en el zapato»
«¡Qué boca más sucia! Tú eres la que necesita auto-corrector. Debería instalarte uno en el teléfono para
sustituir todas tus malas palabras por palabras inocentes. Pienso hacerlo, ya verás. PD: N de November
Rain»
Key es un terco. Resoplo mientras mis dedos vuelan para escribirle otro mensaje:
«Con mi teléfono no te metas. Y es M de Macho Man»
Sonrío a mi pantalla mientras observo cómo se empieza a llenar más y más el salón.
Pronto recibo otro mensaje de Key:
«Es N de Nirvana, y N de “no te vas a dar cuenta de cuando tome tu teléfono»
«M de Madonna y M de “Mejor considérate hombre muerto si piensas tocar mi teléfono»
«Nine Inch Nails y NOP. Haré lo que quiera»
«M de… ¡Mierda! Se me acabaron las ideas»
«N de insuperable»
«No comienza con N. ¿Sabes qué? Mejor me voy antes que llegue el instructor de la clase»
Estoy considerando irme del salón porque no me está gustando mucho estar sola, haciendo una actividad
que requiere de una pareja; pienso marcharme ahora que todavía tengo la dignidad bien puesta, pero el
siguiente mensaje de Key me detiene en mi lugar.
«No lo hagas. Quédate, disfruta la experiencia, aunque eso incluya eMparejarte con el chico oloroso. No
te vayas solo por mí»
«Voy a pensarlo. ¡Felicidades! Usaste la M de Mejor ten una buena excusa por abandonarme»
«Confía en mí, la tengo»
Pienso realmente en si debo quedarme o no, pero antes de siquiera poner un pie fuera del lugar, noto que
un chico realmente apuesto, de ojos azul celeste y de cabello marrón, entra por la puerta principal de la
clase, cargando lo que parece ser una pesada bolsa de lona, impidiendo mi salida.
—Hola a todos —dice él, depositando la bolsa en el suelo—. ¿Este es el curso de salsa para principiantes?
Algunos asienten con la cabeza, ¿yo? Yo solo pienso en cómo escabullirme.
—Bien —dice otra vez el chico—. Seré su profesor el día de hoy.
El atractivo muchacho aplaude una vez y luego sacude un poco su cabello; es allí cuando noto un
pequeño piercing en su ceja izquierda y lo perfectamente ceñida que está su camiseta.
Esta debe ser la motivación de la que me habló Lucy. Tiene razón, es una motivación muy fuerte, el chico
es altamente atractivo.
—Hoy vamos a practicar los pasos básicos para uno de los bailes más sensuales que se pueden hacer en
pareja —dice el profesor atractivo. Tengo que recordarme parpadear de vez en cuando para parecer
humana y no aterrarlo. Sus ojos son hipnóticos—. La sensualidad es la clave, sobre todo.
Sigue hablando pero mi mente está perdida en la forma en que lucen sus brazos. Tiene la cantidad
perfecta de músculos; nada demasiado pretensioso como para ser aterrador, pero tampoco era algo
modesto como para pasar desapercibido.
—Quiero que se pongan en pareja —continúa diciendo él, aplaudiendo una sola vez, de nuevo. Cada vez
que lo hace su pecho se infla más y los músculos de sus brazos sobresalen—. Todos aquí se inscribieron
juntos, supongo. Así que vamos, a formar parejas.
Sus palabras me despiertan de mi adormecimiento y es entonces que recuerdo que mi pareja me dejó
plantada.
Pronto la gente comienza a reacomodarse, listos para empezar. Algunas chicas todavía están
impresionadas por el profesor atractivo y tratan de convencer a sus novios para bailar cerca de él.
Al parecer, todos tienen ya sus parejas, y me encuentro observando si alguien fue lo suficientemente torpe
al igual que yo como para que los dejaran plantados, pero al único chico que puedo observar es al que le
huele mal la boca, como a pescado seco.
Veo cómo se acerca lentamente hacia donde me encuentro, mirando por mucho tiempo mis pechos.
No, no, no.
Intento buscar a alguien más, pero todos tienen ya su pareja.
Cierro los ojos, pensando en cuánto tiempo deberé aguantar la respiración mientras baile con el chico de
olor a pescado. Además, Key dijo que no me emparejara con él.
Al abrir los ojos, noto que el chico ya no viene en mi dirección, sino que avanza más allá de donde yo
estoy. Lo sigo con la vista y me encuentro con que saluda a una mujer de mediana edad quien,
aparentemente, será su pareja de baile.
Oh no, soy la única solitaria en medio de un mar de parejas.
La vida a veces puede ser una perra.
Empiezo a notar la mirada intensa que me dan todos mis nuevos compañeros de baile, esperando a que
me reacomode en algún lado o que me pierda de vista por hacer perder su tiempo.
Gracias, Key, por dejarme sola.
—Mmm —comienzo a titubear en voz alta—, al parecer mi pareja decidió abandonarme. Dijo que quería
finalmente salir del closet y eligió este día para decírselo a sus padres.
Nadie parece reír de mis bromas. Todo es incómodo, me siento muy fuera de mi elemento.
—Bien —escucho al profesor carraspear su garganta, sus ojos azules caen en los míos, apuesto a que mi
rostro se encuentra rojo cereza—, como eres la única que no tiene pareja tendrás una difícil tarea.
—¿Qué es? —pregunto, insegura sobre si quiero o no escuchar la respuesta.
—Bailarás conmigo. Tú me ayudarás con los ejercicios de ejemplo para la clase.
¿Bailar con el sexy profesor de baile? Por supuesto.
¿Quién era Key, de todas formas? De seguro el nombre de una enfermedad sexual.
—¡Claro! —digo de forma muy entusiasmada.
Él me hace señas para acercarme a su lado, lo huelo disimuladamente. Es delicioso.
Puedo notar rápidamente que me convierto en la envidia de las mujeres de la clase.
—Muy bien, hay algo que tienen que saber de la salsa en parejas —él extiende su mano para tomar la
mía, estoy sudando—: las mujeres comienzan con el paso hacia atrás, y los hombres hacia adelante.
Con mi mano en la suya, él ejerce un poco de presión para que me acerque más a su cuerpo.
Lo hago sin necesidad de decir más, y luego deja ir mi mano.
—En salsa hay ocho pasos básicos por aprender. La hermosa dama presente aquí conmigo cuyo nombre
aún no sé, nos ayudará para conocerlos.
—Me llamo Rita —digo repentinamente.
El chico de ojos azules sonríe y hace una pequeña reverencia.
—Hola Rita, mi nombre es Diego y hoy serás parte de mi enseñanza —dice—. Bien, como decía, salsa se
basa en ocho pasos, y Rita y yo les enseñaremos los primeros.
Sonrío con triunfo cuando noto la mirada de la clase sobre mí. Así es, sientan envidia.
—Bien —dice Diego, su mano vuelve a la mía—. Paso básico, Rita: pie derecho atrás. Si pueden ver, mi
pie izquierdo va al frente. Dos, el pie izquierdo de Rita pisa el mismo lugar, y tres, el primer pie que
movimos regresa a su sitio. Prueben hacerlo.
Todos en la clase comienzan a moverse con torpeza y lentitud, incluyéndome. ¿Dijo que el pie derecho
iba al frente?
Accidentalmente piso su pie y luego vuelvo a hacerlo con el otro pie.
—Lo siento —me disculpo—, soy un desastre. Tengo dos pies izquierdos.
—Estás aprendiendo, está bien equivocarse… ¿y de verdad tienes dos pies izquierdos? Si es así, deseo
tomarme una foto con ellos.
Sonrío coquetamente.
—No es literal, literal. Es que soy pésima bailando, tengo cero coordinación.
—Me cuesta creerlo —dice él—. Ven, prueba de nuevo para que avancemos con los otros pasos.
Hacemos el mismo paso una y otra vez hasta que soy capaz de finalmente lograrlo.
—Bien —me felicita el atractivo maestro—. Lo haces bien Rita, lo dominaste. Ahora solo faltan los otros
pasos.
—¿Hay más pasos?
—Hay muchísimos más.
Entonces pasamos la siguiente media hora tratando de aprender el resto de pasos. Obviamente la clase
está atrasada por mi culpa, no mentí cuando dije que era pésima bailando.
—Lo siento —me disculpo por vigésima vez, otra vez aplasté el pie de Diego—. Yo advertí antes de
comenzar.
Diego asiente con la cabeza, tratando de disimular la leve cojera que tiene su pie derecho, aplastado por el
mío.
—Bien. Tal vez la parte erótica se te haga mejor —dice de manera casual—. ¿Quieres probar algo erótico
conmigo?
Mi cara se torna roja y apenas puedo respirar. ¿Dijo erótico? ¿Quiere perder su mano, su trasero, sus
genitales?
Inmediatamente me retiro de su cuerpo, indignada por su comentario.
Mi mano, por inercia, vuela para plantarse sobre su mejilla. La clase entera queda en silencio,
observándonos con los ojos abiertos, curiosos todos ante mi alta práctica poniendo en su lugar a
pervertidos como estos.
—¡Cerdo! —grito lo más fuerte que puedo—, qué falta de respeto. ¿Probar lo erótico contigo? ¿Estás
drogado?
Diego parpadea y luego se echa a reír, doblándose a la mitad mientras sostiene su estómago.
—¿Qué es tan divertido? —pregunto, enojada.
—Rita —dice él después de haberse reído—, esta clase es sobre “salsa erótica”. Es el nivel uno para
aprender todo sobre el baile erótico.
—¿Baile erótico? ¿Cómo ese que hacen los strippers?
Diego asiente con la cabeza, esperando mi reacción.
Pienso que es una broma, pero nadie en la clase se ríe.
—¿No leíste bien el folleto de información antes de inscribirte? —me pregunta Diego—. Yo soy stripper.
Enseño baile erótico solo los sábados. Hoy es salsa erótica, después aprenderemos otros estilos.
Niego inmediatamente con la cabeza.
—En el folleto decía Salsa para Principiantes —me defiendo.
Diego sonríe, recogiendo su bolsa de lona del suelo para mostrarme uno de los folletos similares a los que
Lucy me ofreció el otro día.
Decía en letras grandes: Salsa para Principiantes. Nivel erótico.
—¿Quieres ver cómo hacemos el nivel erótico? —preguntó Diego—. Por eso aconsejamos que sea con
sus parejas.
—¡Eso está escrito en letra pequeña! ¿Cómo se supone que iba a saberlo?
—Todos lo saben —dice una chica desde el fondo—. Ahora, ¿podemos continuar? Mi boda es en cuatro
semanas y quiero darle una sorpresa a mi esposo.
Le saco el dedo medio mientras tomo mis cosas, abandonadas en una esquina, y me impulso para salir del
salón.
—Rita, espera —grita Diego, pero es tarde porque desaparezco de la clase.
¿De verdad? ¿Erótica? Lucy es una pervertida.
Camino todo lo que puedo hasta salir del edificio, dirigiéndome a cualquier parte.
Rápidamente le envío un mensaje de texto a Key.
«No vas a creer lo que me acaba de pasar»
Espero una contestación de parte suya, pero al parecer mi mensaje tendría que esperar ya que justo en ese
momento veo a Key dentro de una cafetería, no muy lejos de donde se recibían las clases de salsa.
Para mi sorpresa, él no está solo. Hay una chica de cabello rubio sentada frente a él.
Puedo recordar sus rasgos de la última vez que la vi, es ella, es Mia.
Un cierto dolor agudo me sobrecoge cuando noto la cercanía de ambos.
Duele, pero no sé por qué.
Y como si mi vida fuera una película, veo cómo ambos, lentamente, acercan sus bocas. Entonces se están
besando y Key la toma de la mejilla para profundizar el beso.
Comienzo a sonreír, aunque creo que una parte de mí está llorando internamente.
Mia era el inconveniente del que él me habló, ella era su “problema” a solucionar. Y sí, tal vez ya estaba
solucionando todo con ella por la manera en que ambos desgastaban sus bocas.
¿Entonces para qué hizo que me ilusionara de esa forma?
Al menos lo comprendía ahora con toda la claridad del mundo: no soy alguien importante para Key. Soy
alguien con quién le gusta pasar el rato, soy otro más de sus “amigos”.
Veo que ambos se separan, Mia y él, entonces la atención de Key se dirige a su teléfono sobre la mesa,
probablemente leyendo mi mensaje.
Camino de espaldas, tratando de retroceder del lugar donde se encuentran.
Key sonríe mientras pulsa su teléfono; pronto recibo la respuesta a mi mensaje.
«¿Qué te acaba de pasar? No me digas que te eMparejaste con el chico oloroso»
Trago lo que siento, sonriendo como desquiciada por fuera.
Yo soy Rita Day, soy fuerte y no me dejo intimidar, puedo lograr lo que me proponga. Respiro hondo y
luego de unos segundos, le respondo de inmediato.
«Nop. Acabo de abrir los ojos. Eso pasó»
Me alejo todo lo que puedo, hasta que me detengo a mitad de camino.
Soy Rita Day, soy fuerte y no me dejo intimidar, puedo lograr lo que me proponga.
Entonces lo pienso mejor y regreso de nuevo hacia la cafetería. Mi teléfono vibra en mi mano pero lo
ignoro, lo ignoro porque soy una chica en una misión.
Corro los últimos pasos hasta que llego al lugar.
Key y Mia siguen en el mismo sitio, él tiene una expresión confundida en el rostro y ella agita su café,
aburrida.
Decido entrar a la cafetería, con el sudor resbalando por mi frente debido al esfuerzo y con el pulso
acelerado. Una pequeña campana suena al abrir la puerta, y me acerco a pasos agigantados hacia la mesa
donde está Key.
Él me nota al instante, sus ojos más confundidos que nunca; entonces, sin decir nada, lo tomo del cuello
de la camisa y lo obligo a ponerse de pie. Cuando sus ojos se amplían es cuando aprovecho y empujo su
boca contra la mía, con fuerza.
Mis labios y los suyos chocan con fuerza, su lengua y la mía asomándose con timidez y velocidad. De
alguna manera él se mueve para presionarse contra mi cuerpo, sin abandonar nuestro beso, enredando sus
dedos sobre mi cabello, sujetándolo mientras mueve mi boca en un mejor ángulo.
Él tiene la altura perfecta para mí, y quiero que sepa que yo tengo la altura perfecta para él. Quería
recordárselo.
Pasados unos segundos me alejo de sus labios, sintiéndome renovada.
—Te vi desde afuera, quise decir hola —digo con una enorme sonrisa—: ¡Hola!
Key tiene la boca abierta, la cierra por un segundo y la vuelve a abrir a la misma velocidad. Sus ojos no
dejan de verme mientras intenta procesar lo que ocurre, no puede hablar.
Sonrío de manera brillante.
—Ahora sí —digo sin dejar de verlo a los ojos, ignorando la presencia de Mia—, será mejor que me vaya.
Me acerco de nuevo a su boca, y tomándolo desprevenido, lo beso nuevamente. Sus dedos corren a tomar
mi cabello, su lengua vuelve a querer asomarse, aunque esta vez lo detengo a mitad del beso.
—Y te lo recuerdo —digo reacomodando mi pelo—, tú y yo estamos em.pa.re.ja.dos. con M de Más te
vale no volver a dejarme sola para la siguiente lección de salsa.
Entonces me volteó en dirección a Mia, haciéndome la sorprendida cuando la noto.
—Oh, lo siento —me disculpo—, no sabía que Key estaba con una amiguita. Los dejo a ambos; y por
favor, cuida a mi vaquero.
Sonrío con suficiencia al ver la expresión en su rostro.
Su boca se abre y se cierra al igual que la de Key anteriormente.
Así es, hago énfasis en “mí vaquero”, con M de Mejor te preparas porque pienso dar pelea.
Camino lejos de ambos, despidiéndome una vez más mientras salgo de la cafetería.
Al fin de cuentas soy Rita Day, y no me dejo intimidar.
Carajo, estoy loca y la gente loca debería ser tratada con respeto.
19
Cómo supe lo que sentías por mí

Key
Santa mierda.
Santa… mierda.
Saaaaanta miiiieeeer…
Mi mente está en blanco.
¿Qué rayos acaba de pasar?
Soy consciente que luzco como un total idiota en estos momentos: abriendo y cerrando mi boca, sin
procesar lo que acaba de suceder. Es como si alguien metiera mi cerebro en una licuadora y lo volviera
papilla.
¿De verdad pasó lo que acaba de pasar o solo estoy soñando? ¿De verdad fue Rita la que entró por esa
puerta, luciendo como una diosa del Olimpo y arrasando con mi boca de la manera en que lo hizo?
Mi cuerpo actúa por inercia mientras lentamente me levanto de mi asiento y con el mismo movimiento
vuelvo a sentarme solo para ponerme de pie de nuevo, tratando de seguirla, como si ella fuera un imán y
yo el metal, o como si alguien amarrara un hilo invisible alrededor de mi cintura que me tiene atado a
ella.
Justo cuando pienso abandonar el café en el que me encuentro, una mano se envuelve alrededor de mi
brazo y me detiene.
—¡Key! —escucho mi nombre ser gritado, pero mi cerebro sigue nublado, tratando de reajustar cada
pieza a su lugar original—. ¿A dónde vas?
Intento ignorar la voz, pero es difícil cuando su mano sigue sujetándome.
—Me tengo que ir —murmuro luego de unos instantes, parpadeando para salir de la espesa niebla en la
que ahora se encuentra mi cerebro.
¿Qué acaba de pasar? ¿Rita solo… solo entró y me besó como si fuera de su propiedad?
¡Cielos! Me siento usado, pero de una buena manera. ¿Soy de su propiedad ahora? ¿Qué?
—¿Por qué vino ella? —la voz pregunta de nuevo—. No sabía que se habían vuelto tan cercanos. ¿Sigue
siendo tu novia o algo así?
—Algo así —respondo.
—La verdad es que, el día que me la presentaste en el cumpleaños de tu madre, pensé que la habías
conseguido solo para darme celos. ¿Key, me estás escuchando? ¡Key, mírame!
Finalmente soy capaz de reconocer que es Mia la que me habla y aún me sostiene del brazo; mi cuerpo
quiere ir directo a la salida para ir detrás de Rita, como si una necesidad urgente pulsara a través de mi
cuerpo, pero me obligo a detenerme por un momento.
—Me voy —es todo lo que puedo decir—. Lo siento, fue un gusto verte, luego hablamos.
Mis ojos tratan de seguir lo que queda de la sombra de Rita al otro lado de la calle, aunque es algo difícil
porque ya se ha perdido de mi vista.
—¡Key! —grita Mia—. No te puedes ir así.
Por primera vez, desde que Rita llegó y me dejó sin habla, me fijo en los ojos de Mia. Ella parece, de
alguna forma, decepcionada.
Es su mirada de dolor la que me mantiene presente por unos pocos minutos más.
—Lo siento, tienes razón. No estaba pensando claramente —digo, haciendo una mueca—. No me puedo
ir así.
Mia sonríe, asintiendo con la cabeza.
Entonces procedo a sacar la billetera de mi pantalón, dejando algunos billetes sobre la mesa para pagar
por la cuenta.
—Ahora sí —comento—, ya puedo retirarme.
Me dirijo nuevamente hacia la salida, para alcanzar a Rita, pero la mano de Mia vuelve a detenerme.
—No me refería a eso —dice ella—, ¿qué ocurre entre ustedes dos? ¿Ella de verdad es tu novia? ¿Qué
hay de lo que te acabo de preguntar, o el beso que nos dimos? ¿No fue eso algo importante para ti?
Los eventos que Mia nombra me parecen demasiado lejanos, como si hubieran sucedido hace mucho
tiempo atrás.
—Lo siento, Mia. ¿Qué te parece si hablamos en otro momento? —es lo único que puedo responderle.
—Espera, no me puedes dejar aquí.
Suspiro, sabiendo que tendré que ir primero por mi vehículo para buscar a Rita y que a estas alturas ya
será difícil seguirle el paso.
Veo a Mia nuevamente, parece realmente dolida.
—Claro, perdona. No sé en lo que estoy pensando —digo ante sus palabras.
Retrocedo a mitad de camino y voy nuevamente en busca de mi billetera.
—Gracias —dice ella.
Saco, de forma impaciente, un fajo de billetes y los deposito en su mano. Mia los observa detenidamente,
como si intentara saber qué hará con ellos a continuación.
—No te puedo dejar sin transporte —digo—, creo que con esto es suficiente como para te vayas en un
taxi. Me tengo que ir, pero estaremos en contacto.
Estoy a punto de llegar a la puerta, casi golpeando a dos chicos que acaban de entrar, cuando la mano de
Mia me detiene de salir corriendo… nuevamente.
Suspiro en voz alta.
—Esto es injusto, no te estaba pidiendo dinero —se queja ella—, no quiero hacerte perder más tiempo,
pero por favor, considera lo que hablamos hoy. No me descartes tan rápido, y danos a ti a mí otra
oportunidad.
Sus palabras tocan un punto sensible, pero todavía no puedo saber cómo me hace sentir eso.
—Hablaremos después —me separo de su mano, caminando rápidamente hacia mi vehículo en el
estacionamiento, esta vez Mia no me detiene en absoluto y camino libremente. Es allí, cuando llego al
auto, que noto las maletas de Mia que aún siguen en la parte trasera.
Al parecer todo resulta complicado cuando intento alcanzar a Rita.
Subo al vehículo y conduzco hacia la entrada del café, en donde Mia se encuentra ahora, sosteniendo el
dinero que dejé en su mano hace unos instantes atrás. Con mucha rapidez me bajo del auto y abro la
puerta.
Noto cómo el rostro de Mia se ilumina con ese gesto.
—Sabía que no podías haberme dejado sola —dice con entusiasmo.
Trago saliva, sabiendo muy bien que voy a decepcionarla. Curiosamente eso no me parece importante
ahora.
—Mia —murmuro, apenado—. Dejaste tus maletas en mi auto, solo quería dártelas. Todavía no he
cambiado de opinión, solo sé que necesito más tiempo para pensarlo.
Comienzo a bajar las maletas, una por una.
Su rostro decae.
—¿Qué? ¿Solo para eso venías?
Asiento con la cabeza, avergonzado por el gesto.
—Hablaremos después —repito—. Tengo unas cosas que aclarar con Rita.
Ella asiente, su rostro descompuesto por completo.
—Entiendo —responde.
Entonces subo a mi vehículo y me pongo en marcha para encontrar a Rita y exigir algunas explicaciones.
Es un poco difícil dar con ella, pero busco entre las calles más cercanas hasta que la encuentro. Está
prácticamente trotando, su corto cabello marrón apenas y se sostiene de una pequeña cola; la ropa
deportiva que usa acentúa más su cintura y sus piernas largas.
Me atrevo a decir que es hermosa, Rita es hermosa.
Es como una guerrera amazona, intimidante e inalcanzable para los mortales.
¿Qué sucede conmigo? Ya hasta empiezo a hablar como mujercita enamorada.
¡Basta, hombre! ¡Piensa como macho!
Como macho, como macho.
La sigo lentamente en mi auto mientras ella cruza una calle, estoy a su lado en cuestión de segundos.
—¡Rita! —la llamo, ella inmediatamente se detiene pero no me mira a la cara—. Rita, sube al auto.
Ella sigue de pie, todavía sin mirarme.
Pasan unos segundos, entonces veo que se moviliza hacia donde me encuentro.
—Sube al auto —le pido.
Rita se encoge de hombros, sus ojos me evitan.
—Puedo irme en autobús —dice finalmente.
—Yo te puedo llevar, solo sube.
Asiente con la cabeza, respirando hondo.
—Bien —murmura. Entonces abre la puerta del vehículo y sube a mi lado.
Veo su perfil detenidamente. Quiero besarla de nuevo.
—Tengo miedo de preguntar y que no me contestes —admito—. ¿De verdad acabas de besarme como si
mi boca fuera la respuesta a todos tus problemas?
Ella frunce el ceño, viéndome por primera vez a la cara.
—Oye, niño bonito —contesta—, no pienses más de lo que en realidad es. Te vi besando a Mia.
Ahora es mi rostro el que se pone rojo.
Estamos estacionados a orillas de la calle, el motor en marcha.
—Mia me pidió, una vez más, reconsiderar lo nuestro —digo.
Rita asiente con la cabeza.
—Entonces, ¿me dejaste sola en mi clase de salsa por estar con ella?
—Tenía cosas que aclarar.
—¿Son más claras ahora? ¿Las cosas son claras, Key?
—¿Por qué me besaste? —pregunto, cambiando de tema.
Ella resopla, cruzándose de brazos y viendo hacia la ventana.
—Lo hice simplemente por la venganza, ¿recuerdas? Querías vengarte de Mia por haberte sido infiel.
Solo adelanté el día.
Ahora el que resopla soy yo.
—¿De verdad lo hiciste solo por eso? Juraría que ese beso fue otra cosa más, se sintió real.
—No veas cosas donde no las hay.
—No veo manzanas donde solo hay peras —le comento—, y a la única que miro es a ti.
—¿Qué? ¿Qué significa eso?
—Tú eres la pera, o más bien la reina de las peras.
—¿De qué estás hablando? ¿Ahora te metes sustancias raras en el cuerpo?
—No son raras, dejé que metieras tu lengua en mi boca y esa no me parece una sustancia rara a
considerar.
El rostro de Rita enrojece.
—Hay una cosa llamada actuación y eso fue lo que puse en práctica al verlos —murmura, tragando saliva
entre cada oración—. Pero en verdad, de todos los cafés del mundo, ¿tenías que elegir el que está más
cerca de donde recibo la clase de salsa?
Ahora soy yo el que resopla con fuerza.
—Mia y yo solíamos ir bastante a ese lugar, ella sintió nostalgia y me pidió regresar —explico.
—Bien, entonces tendrías que asumir que yo pasaría por allí ya que está en la ruta que sigo para llegar a
casa —reclama ella—. ¿Y adivina qué? ¡Te vi con Mia! Obviamente me pareció muy claro lo que tenía
que hacer.
Y es ahí cuando entiendo el último mensaje de texto que ella me envió: “acabo de abrir los ojos”.
¿Entonces se refería a esto?
—De acuerdo —comento de forma pausada—, ¿pero lo que sientes ahora son celos, o reclamos?
Sus ojos se abren, mirándome indignada.
—¡No son nada de eso! Ni son celos, ni te reclamo nada.
—Para mí suena como celos.
Ella resopla y luego ríe.
—Para que me des celos, primero necesitas importarme de esa forma.
—¿De cuál forma?
—De la forma romántica —dice.
Por un momento mi mente se entusiasmó con la idea de ella y yo juntos, pero luego lo deseché. Rita,
obviamente, no estaba interesada en mí.
—Entonces, cuando le dijiste a Mia que yo era “tu vaquero” ¿estabas actuando? Porque se escuchó muy
real… y posesivo, como que me gustó ser “tu vaquero”.
—Era simple actuación, ahora ¿piensas poner el vehículo en marcha de una buena vez? Tengo cosas que
hacer.
Suspiro, haciendo como ella dice.
Una pequeña decepción me golpea mientras sus palabras se repiten en mi mente.
¿Estuvo actuando? Todo parecía real.
—Lo siento —digo luego de unos minutos, Rita juega con la radio hasta que detiene la estación en una
canción pop.
—¿Por qué lo sientes? Soy yo quien debería disculparse. Apuesto a que no viste venir esa, ¿cierto? Lo
que me da más asco es saber que probablemente saboreé de la misma saliva de Mia porque ella acababa
de besarte antes que yo. Pero al menos logré demostrar mi punto.
Niego con la cabeza.
—El beso de Mia no se profundizó de esa forma —explico—. La única que metió su lengua hasta mi
garganta fuiste tú; así que técnicamente no pudiste haber probado saliva de ella.
Mis palabras casi la hacen ahogarse del disgusto.
—¡Yo no metí mi lengua en tu garganta!
—Me sentí violado. ¿Debería acusarte con la oficina de derechos del hombre?
—¡Estás delirando! Todo fue actuación.
—Ciertamente la actuación fue demasiado convincente.
—No te hagas ilusiones, Key.
—“Mi vaquero” —digo suspirando teatralmente—. Pienso poner esa frase en una calcomanía en mi
parachoques. Pero te lo advierto, no me gusta que me traten como un objeto o una posesión, ¿sabes que
no soy solo un pedazo de carne al cual puedes marcar como tu propiedad cuando quieras? Soy un ser
humano también, tengo sentimientos.
—Eres un burro, eso eres —se queja ella, cruzándose de brazos—. Lo dije para añadir más tensión en el
ambiente. No me gustas Key, entiéndelo.
—Claro, síguetelo repitiendo, tal vez algún día te lo creas de verdad.
—Eres una bestia.
—¡Oye! La bestia se queda con la bella, tiene el dinero —enumero con mis dedos—, y se vuelve atractivo
al final. Vamos, llámame bestia que lo tomo como cumplido.
Entonces ella me saca la lengua, luego sigue su tercer dedo.
—Tú fuiste el que se emocionó en el beso —comenta—, tiraste de mi cabello como si quisieras arrancarlo
de raíz. Tengo que considerar denunciarte con la oficina de derechos de la mujer.
—En realidad, enredé mis dedos en él —aclaro—. Incluso pensé que me darías una cachetada o algo
peor, así que fue una agradable sorpresa recibir un beso a cambio. Pero la razón de por qué lo siento, y no
me dejaste terminar antes, es por haberte dejado plantada aun sabiendo que contabas conmigo. Así que lo
siento… por no haber estado allí, por no haber estado cuando me necesitabas.
—No te preocupes —tardó en responder ella, evitando mis ojos—, además el profesor de baile era muy
atractivo de todas formas. Como yo era la única sin pareja, él se ofreció a serlo así que no me hiciste
mucha falta.
Frunzo el ceño, sin gustarme nada sus palabras.
—¿Qué pasó con el chico oloroso? Me parecía una buena opción.
Me encuentro con los enormes ojos marrones de Rita que me miran con incredulidad.
—Me dijiste que no me emparejara con él, ¿recuerdas?
—No hay que juzgar a un hombre por su aroma —contraataco.
—Y dicen que las mujeres somos las bipolares —comenta ella, rodando sus ojos.
Nos detenemos ante un semáforo en rojo y aprovecho para verla a la cara.
—Por cierto —digo—, ¿la clase de salsa no duraba más de una hora? Tendrías que estar todavía allí.
—Es que sucedió algo —dice ella, evitando mis ojos.
—¿Qué sucedió?
—Promete que no te vas a reír.
—Lo prometo —digo, dándole un saludo militar.
—La clase era de salsa… pero erótica.
—¿Salsa erótica? ¿Eso existe?
—Sí, existe. Aparentemente me apunté para eso; lo peor fue que el que profesor me había insinuado hacer
algo erótico con él y yo… le di una cachetada.
Y hago lo que prometí no hacer: me río en voz alta.
—Lo siento —trato de hablar en medio de la risa—. Pero estas cosas solo te pasan a ti. Es como si
vinieras programada para instantáneamente golpear a alguien.
—¡Te pedí que no te burlaras y ahora te estás riendo!
—No lo pude evitar, perdón.
Me rio un poco más hasta que ella comienza a lanzarme una serie de papeles que suelo mantener por todo
el tablero del auto. Cuando se le acaban los papeles, abre la guantera del vehículo y comienza a lanzarme
viejas monedas y más papeles en la cara.
—¡Rita no hagas eso! —grito en medio de nuestra guerra de papeles.
—Esto es por reírte —grita.
Me lanza más papeles y de repente se detiene al ver uno en específico.
—¿Receta de crema facial para suavizar el cutis? —pregunta, leyendo la factura. Trato de arrebatársela,
pero ya es muy tarde.
—Eso no es mío —explico—. Creo que mis hermanas toman mi auto cuando yo no estoy.
—Aquí dice: factura a nombre de Keyton… —se detiene y veo cómo comienza a apretar sus labios, como
si intentara reprimir la ria—. Oh por… ¿Qué nombre es este? ¿Higinio? ¿Este es tu segundo nombre?
Rita se ríe con fuerza, doblándose a la mitad mientras sostiene su estómago.
—No se suponía que vieras eso —murmuro, avergonzado. Mis padres y su amor por los nombres
exóticos iban a ser mi ruina, le arrebato la factura y la hago una bola—. Además, se pronuncia Hi-yinio,
con aire italiano.
Ella levanta la ceja mientras sigue riendo y burlándose de mi nombre.
—Se pronuncia tal y como se lee —dice ella con tono burlón—: Hi-gi-nio. ¿En qué pensaban tus padres?
Me encojo de hombros.
—No pensaban mucho por esa época. Mis hermanas también tienen nombres extraños.
Rita frunce el ceño.
—A mí me parecen nombres normales: Pam y Eileen, ¿cierto?
Asiento con la cabeza.
—En realidad son diminutivos —comento, a punto de llegar a su casa—. Sus verdaderos nombres son
más complicados que esos.
—¿Estás bromeando?
—Ojalá fuera así. Todos cambiamos nuestros nombres en cierto punto, papá y mamá lo aceptaron con el
tiempo. Ellos admiten haber pasado por una etapa “hebrea-azteca-irlandesa” en esa época cuando
eligieron nuestros nombres.
Pasados unos segundos, Rita se empieza a reír con fuerza.
—Están locos —ríe en voz alta—. Pero lo entiendo, mi madre nos nombró a todos sus hijos con la letra
inicial R, aunque sinceramente tus padres se llevan el premio mayor.
—¡Oye! No insultes a tus suegros, por favor.
Eso logra detener su risa.
—¿Mis suegros?
—Claro, ¿qué dices? Mi apellido quedaría perfecto con tu nombre.
El rostro de Rita se vuelve instantáneamente rojo.
—Claro que no. Jamás. Mi apellido es mi apellido y no estoy lista para dejarlo cambiar.
Pronto llegamos a la entrada de su casa y Rita se vuelve frenética una vez que estaciono el auto.
—Eso jamás va a pasar —vuelve a decir, alterada, tratando de desabrochar su cinturón de seguridad— así
que… gracias por traerme. Supongo que te veré después, ¿cierto?
—Me verás el día de mi fiesta.
Ella se apresura a bajar del vehículo, deteniéndose en seco al escuchar mis palabras.
—No creo que sea necesario asistir, ya cumplí con mi parte de la venganza por hoy —dice de manera
nerviosa.
—Eso no fue suficiente —digo, frunciendo el ceño—. Necesito que vayas, necesito… más.
Rita evita mi mirada.
—No creo que sea necesario.
—Claro que lo es. No acepto un no por respuesta.
—Key…
—Mira, Rita, no lo hago por la venganza. Lo hago porque quiero verte allí, por favor.
Ella se muerde el labio, mirando hacia todos lados menos a mí. Finalmente asiente con la cabeza,
dirigiendo sus ojos a los míos.
—Está bien, estaré allí ese día. Pero lo hago solo para demostrar que yo sí cumplo con mis promesas, no
como alguien que me dejó plantada para besuquearse con su exnovia a la cual no ha logrado superar.
—Auch —digo llevándome una mano al corazón—. Eso dolió. Pero lo acepto, me lo merezco. Solo
espero que asistas.
—Lo haré —promete.
Con eso se aleja de mi lado lentamente, despidiéndose con la mano antes de entrar por la puerta.
Rita es todo un caso complicado, pero me fascina que lo sea. Ella logra captar mi atención como nadie
nunca ha sabido.
Tal vez siga el consejo de mis hermanas y sea hora de darle una oportunidad a las peras.
Corrijo: la pera, en singular, porque como ella no hay dos.

******

Ha pasado exactamente un día desde la última vez que vi a Rita y a Mia, pero mi cabeza da vueltas a cada
hecho sucedido entre ambas, como si hubieran pasado varios años en lugar de unas horas.
En casa tampoco lo tenía fácil. Por alguna loca razón, mis hermanas Eileen y Pam, llenaron mi habitación
con objetos decorativos con forma de peras; desde carteles con peras animadas hasta pequeños peluches
rellenos que se esparcían por todo el lugar. Ellas incluso llenaron el refrigerador con productos hechos a
base de peras. Había juguitos de pera, papillas de pera, peras ahumadas, carne con peras, hasta cajas y
cajas de peras.
Estaba cansado.
—Se acabó esto de la pera —les digo a mis hermanas ese mismo día cuando descubro que pusieron un
cobertor tejido con figuras de pera en mi servicio sanitario—. Me agrada Rita, ¿de acuerdo? ¿Eso querían
saber? Desde hace mucho tiempo ya la consideraba. Con ella es fácil hablar, con ella río, con ella me
siento relajado y frustrado al mismo tiempo. Con ella me siento feliz. ¿Están satisfechas ahora?
Mis hermanas guardan silencio mientras me observan en estado de shock.
Pam se encuentra boca abajo en la cama mientras devora un paquete de gomitas con forma de osos y ojea
su teléfono celular; Eileen está su lado, también boca abajo, comiendo de una bolsa de papitas. Ambas
detienen lo que hacían mientras escuchan mi confesión.
—Ahora, quiero ir al baño y orinar tranquilamente sin tener que encontrarme con otra de estas cosas —
digo levantando un tapete con estampado de dos peras tomadas de la mano mientras flotan corazones a su
alrededor—. ¿Me dejarán en paz de una vez?
Ni Pam o Eileen dicen algo, me miran como si me hubiera crecido otra cabeza. Es Eileen la que rompe el
silencio:
—En otras palabras, ¿te gusta Rita?
—Todavía no sé qué responder a eso —comento de mala gana.
—Ya sé qué es lo que está arruinando todo —dice Pam, apoyándose en sus codos mientras se impulsa en
la cama para ponerse de pie—. Es Mia. Estás confundido por ella también, ¿cierto?
Asiento con la cabeza.
—Ella sigue insistiendo en regresar —les confieso.
—¡Desgraciada! —dice mi hermana—, ella es como una infección estomacal severa: aparece en los
momentos equivocados y luego molesta todo el día. De todas formas, ¿por qué no se queda en Berlín de
una buena vez? ¿Por qué siempre tiene que regresar para empeorarlo todo?
—Mia no es eso…
—Key —me interrumpe Eileen—, no puedo creer que sigas confundido por algo que es más claro que el
agua para nosotras: tienes miedo de que te atraiga más Rita, a tal punto de superar a Mia. Me parece algo
ilógico que olvides todo lo que Mia te hizo, cómo te engañó con alguien más. ¿Qué te garantiza que no lo
va a volver a hacer en el futuro? Despierta de una vez que las oportunidades se esfuman rápido.
Mi boca se abre y se cierra, tratando de procesar toda la información.
—No estoy tampoco defendiendo las acciones de Mia —digo, resoplando.
—Claro que sí lo haces —responden ambas al mismo tiempo.
—De todas formas, es mi decisión a ser tomada. Ahora —digo, cambiando de tema—, basta de peras, por
favor.
Justo cuando finalizo la frase, escucho el timbre de la puerta principal sonar varias veces. Mis hermanas
se observan entre sí, emocionadas.
—¿Quién puede estar viniendo a esta hora? ¿Y en un domingo en la mañana? —pregunta Pam, con
fingida sorpresa.
—¿Qué hiciste, Pamdora? —le reclamo.
Ella se encoge de hombros.
—Yo no hice nada.
El timbre vuelve a sonar, me apresuro a bajar por las gradas y ver quién puede ser. Pam y Eileen corren a
mi lado, tratando de llegar antes que yo.
—¿Qué están planeando? —les grito mientras ambas me pasan y logran abrir la puerta primero.
Cuando me asomo noto que es Rita la que viene, usando un par de pantalones ajustados y zapatillas bajas.
Su camiseta es la que más llama mi atención porque tiene un diseño de peras en miniatura, todas con
caras sonriendo.
—¿Qué…? —balbuceo, pero Eileen me manda a callar.
—Hola, Rita —saluda ella—. Qué bueno que lograras venir,
—Y veo que recibiste nuestro regalo —murmura Pam, saludándola con un abrazo—. Key está listo para
la cita.
—¿Cita? —pregunto con incredulidad—. ¿Cuál cita?
—La que ambos van a tener en este momento —responde mi hermana.
—Pam…
—Tranquilo. Será en un lugar completamente neutral.
Fulmino a mi hermana con la vista mientras Rita nos mira confundida.
Inhalo y exhalo de manera ruidosa, tratando de traer algo de paz mental a mi vida. Es entonces cuando el
timbre de la puerta vuelve a sonar y con eso arruina todo mi día.
Eileen es la encargada de abrir, dando paso a una alegre Mia que nos examina a todos, uno por uno. Sus
ojos se agrandan al ver a Rita, y Rita no puede disimular su irritación tampoco.
—Ups, habíamos olvidado mencionarlo —dice Eileen—, Mia también viene para una cita contigo.
—¿Qué? —preguntamos Rita y yo al mismo tiempo.
Eileen asiente con la cabeza, sin decir nada más.
—Muy bien, chicos —nos llama Pam—. Prometí un lugar neutral, y esta casa es perfecta para tener la cita
con ambas, ¿qué mejor lugar puede ser? Ahora sí, felices juegos del hambre, y que la suerte esté siempre
de su lado.
La.voy.a.matar.
Mis hermanas me arreglaron dos citas con Rita y con Mia, al mismo tiempo.
Ambas están muertas.
Acabadas.
Fritas.
—¿Por qué hiciste esto, Pamdora? —murmuro en su oído.
—Porque necesitas decidirte rápido. Esta es la manera precisa para hacerlo.
Ella aplaude y les pide a las chicas que acudan a la sala. Mia se mueve, caminando de forma insegura, aún
sin entender lo que está sucediendo.
Rita en cambio se dirige a la puerta de salida.
Pam es quien la detiene.
—No te vayas, por favor Rita —suplica ella—. No seas así. Es para una buena causa.
—¿Una buena causa? —pregunta Rita— Nos están haciendo competir por la atención de Key. Yo no soy
esa clase de persona que se rebaja por un chico, mucho menos competir por él. Él tendría que desear estar
conmigo y rogar con que eso sea suficiente para alcanzar la felicidad eterna.
—Pero Rita…
—Deja que se vaya, Pam —digo—. No es necesario que participes de esta locura, Rita. Mis hermanas no
tienen vida propia.
—No es verdad, nos movimos en base a lo que escuchamos —responde Pam—. ¿Quieres escuchar
también para refrescar la memoria?
Entonces ella saca su teléfono y reproduce una nota de voz que puedo reconocer al instante:

“Me agrada Rita, ¿de acuerdo? ¿Eso querían saber? Desde hace mucho tiempo ya la consideraba. Con ella
es fácil hablar, con ella río, con ella me siento relajado y frustrado al mismo tiempo. Con ella me siento
feliz. ¿Están satisfechas ahora?”

—Somos rápidas —dice Pam cuando pone en pausa la grabación.


La fulmino con la mirada, deseando lanzarla de un puente.
—¿Eso lo dijo Key? —pregunta Rita, su rostro se encuentra hermosamente sonrojado—. No puedo
creerlo.
—Yo tampoco —comenta Mia, quien al parecer había escuchado la grabación. Sus ojos comienzan a
aguarse lentamente—. ¿Es verdad eso, Key?
Todos se quedan en silencio, esperando a que diga algo. ¿Pero el qué?
Trago saliva con fuerza.
—Key —vuelve a decir Mia—, ¿ya te he perdido? ¿Ya te olvidaste de todo lo que vivimos?
—Sí, Key —Pam imita su tono—, ¿ya te olvidaste de la vez que te enteraste que ella te fue infiel con otra
persona? La encontraste en la cama con otro hombre, eso no es fácil de superar.
Mia comienza a llorar, sus lágrimas cayendo de forma descontrolada.
—Nunca me perdonarás por ese error, ¿verdad?
Su llanto se hace mayor a medida que avanzan los segundos, entonces Rita hace algo que no
esperábamos: se acerca hacia Mia y se pone de pie frente a ella.
Rita es más alta que Mia y se extiende de manera imponente, haciendo que Mia se sienta cohibida.
—Oye —comienza a decir Rita—. Tengo que aclarar algo en primer lugar que tal vez traiga paz mental
para ti: él me pagó por fingir ser su novia. Lo típico, lo sé.
Rita rueda sus ojos, mientras tanto no puedo creer que ella esté contándolo todo.
—Si te hace sentir mejor —continúa diciendo—, Key no siente nada por mí. Es todo simple actuación.
Obviamente es solo un trabajo que me hace ganar dinero extra.
Mia parpadea al escuchar sus palabras, sus lágrimas cesando.
Mis ojos buscan los de Rita, absorbiendo lo que acaba de decir.
¿No significo nada para ella? ¿Soy solo un empleador ante sus ojos? Escucharla decir eso me duele y no
quiero admitir el por qué.
—Pero no te confundas —le dice Rita a Mia—, porque eso era lo que pensaba antes. La realidad es que
me gusta Key, y mucho. Me gusta con todo y su extraño nombre que le resta popularidad, me gusta con
todo y su afición por usar camisas a cuadros y parecer granjero cuando sé que en su vehículo solo escucha
música rock, contradiciendo su estilo.
» Me gusta con todo y su extraña cortesía con mi familia, y eso que mi familia está loca. Me gusta a pesar
de que a él le gustas tú, y que nunca, ni en un millón de años él podría tomarme en serio… aunque se lo
pierde porque no va a encontrar a nadie que lo haga reír como yo y vivirá el resto de sus días con alguien
aburrido que gaste su dinero como si fuera agua.
Rita se queda en silencio, así como el resto de los que estamos escuchándola.
—Me gusta, es simple —termina de decir.
Entonces ella se aleja de Mia, caminando con la cabeza en alto.
—Es todo lo que tenía que decir —dice ella, evitando verme a los ojos—. Dicho esto, me retiro. Supongo
que mi presencia ya no es más requerida en este lugar. Y allí está, te ahorré la difícil tarea de tener que
elegir entre una de las dos.
La última parte la dice viéndome directamente.
—Rita… —murmuro. Ella levanta una mano para detenerme.
—No lo digas —dice—, no quiero estar con alguien que, en primer lugar, tenga que pensar en si deba o
no estar conmigo. Ten una buena vida, Key.
Rita sale prácticamente corriendo hacia la puerta de salida, y yo me quedo de pie, observando cómo se va.
—¿Es cierto lo que ella dice? —pregunta Mia—. ¿Le pagaste?
Cierro los ojos por un momento, mordiéndome la lengua por dentro.
Pam y Eileen observan entre ambos, Mia y yo.
Es cuando me decido, y lo hago porque sé que así lo he sentido desde hace un tiempo atrás.
Voy tras Rita.
La detengo antes que vaya más lejos.
—Oye, Patchie —grito, ella se detiene y se da vuelta para verme a la cara
—Antes que digas algo —dice ella—. Me siento muy estúpida por confesar mis sentimientos en voz alta,
solo sentí que iba a explotar si no lo hacía.
—Y a mí me alegra que lo hayas hecho —respondo—, y me alegra que no quieras estar con alguien que
todavía dude sobre sus sentimientos. El problema es que nunca he tenido dudas, solo algo de temor, lo
normal. La verdad es que también me gustas, pero creo que ya te habías dado cuenta.
Rita entrecierra los ojos.
—¿Lo estás diciendo solo para no hacerme sentir mal? Porque eso es muy grosero. Tampoco quiero que
lo hagas por compromiso, solo porque yo lo confesé primero.
Niego con la cabeza, seguro con mi decisión.
—Me gustas, Rita Fiorella Day. Me gustas con todo y tu loca familia, con todo y tu extraño trastorno del
sueño que te hace hablar dormida, me gustas con todo y tu navaja y tu licencia para castrar. Me gusta toda
tu actitud y no creo que quiera cambiar nada de eso. Me gustas.
Rita abre y cierra su boca un par de veces. Soy consciente que mis hermanas están detrás de mí,
escuchando todo, así como Mia. Pero quiero decir cada palabra que dije.
—¿Y ahora? —pregunta Rita—. ¿Qué hacemos?
—Ahora nos besamos, incluyamos un poco la lengua también.
Rita frunce el ceño, viendo por sobre mi hombro, ignorando mi broma.
Cuando me giro para ver lo que observa, descubro a Mia de pie a una corta distancia, sus ojos soltando
enormes y gruesas lágrimas mientras nos observa a Rita y a mí.
Esto no es nada bueno. Ahora siento el remordimiento que me consume.
¿Qué se supone que tenga que decir?
Nada. Porque al fin entiendo que no le debo ninguna explicación por mis sentimientos; ella perdió ese
derecho hace mucho tiempo.
Tan simple como eso.
Dejo que ella se marche, sin decir ninguna palabra. Es lo mejor para Mia, es lo mejor para mí.
20
Cómo sacaste mi lado romántico

Rita
Siento lástima por Mia.
Bueno, solo un poco. Pero siendo realista sé lo feo que se siente cuando alguien elige a otra persona por
sobre ti; aunque ella también eligió a alguien más por sobre Key, haciendo que ahora se arrepienta por sus
decisiones. Ella ya tuvo su oportunidad con Key y la dejó escapar, ahora es mi turno y yo no dejaría de
lado lo que sentía por él, solo quería dejárselo en claro.
Todos vemos cómo Mia se marcha corriendo, lágrimas corren por su cara pero nadie la detiene, ni
siquiera Key. Una parte de mí espera que corra tras ella, así que es realmente increíble ver que él no lo
hace sino que se acerca más a mi lado.
—¿Las vas a dejar irse? —le pregunto—. ¿Incluso en ese estado?
—Ella ya no es mi responsabilidad —murmura él—, es responsabilidad de alguien más. Ya entendí que
debo dejarla ir.
—¿La dejaste ir entonces?
—Ya dije lo que siento por ti, Rita. ¿Quieres que lo escriba en algún lado para que te convenzas?
Niego con la cabeza. Le creo.
—Supongo que ya dije todo lo que tenía que decir —dice él, pasando su brazo por mis hombros, ese
contacto poniéndome nerviosa.
Rara vez me pongo nerviosa, no sé si quiera que se repita esa sensación. Me aparto de su lado, un poco
cohibida.
—Yo también dije todo lo que quería decir —digo—. No sé qué harás con todas esas palabras, pero…
—¿Qué haré? —me interrumpe él—. Haré lo que quiera, como esto.
Sus manos alcanzan mis hombros y suben por mi nuca, en un rápido movimiento pega su boca contra la
mía.
Presiento que es algo que nos gusta hacer a ambos.
Su beso me da la confianza que momentáneamente perdí.
Como si fuera una batalla, mis manos también se apresuran a ir tras su nuca, imprimiendo fuerza al beso;
no es hasta que escuchamos una garganta aclararse que recuerdo a sus hermanas detrás de nosotros.
Intento alejarme, pero Key me detiene.
—Son solo mis hermanas —dice él—, no son importantes. No te detengas.
Sus palabras son dichas entre beso y beso, y yo les hago caso.
—Eileen —escucho que dice Pam—, esto se está convirtiendo en un evento porno. Vámonos.
—Es asqueroso e hipnotizante ver esto —responde ella—. No se olviden, tortolitos, que mañana es la
gran fiesta.
Con eso creo que ellas desaparecen, dejándonos solos.
Soy la primera en romper el beso.
—Eso no fue para nada incómodo —digo de manera sarcástica—. Tus hermanas creerán que abuso de ti.
—Que piensen lo que quieran —se encoge de hombros.
Veo que intenta tomar mi mano con la suya, pero al instante que ambas manos se encuentran, siento la
necesidad de retirarla.
—¿Qué pasa? —pregunta Key—. ¿Por qué no dejas que te tome de la mano?
Intento balbucear una idea coherente para darle a entender lo que siento, pero no me sale nada de la boca.
—¿Qué es? —intenta tomar mi mano de nuevo.
Suspiro de manera cansada.
—Lo siento —explico—, siento cosas extrañas cuando me tomas de la mano. No sé si puedas
entenderme, pero parece algo personal e íntimo.
—¿Más íntimo que un beso, o un beso con lengua?
Asiento con la cabeza.
—Todavía más, lo siento. Sé que es ridículo pero hace mucho tiempo ya que no se me acelera tanto el
corazón… y no sé si quiera volver a sentir lo mismo.
Key sonríe como si le hubiera contado el secreto mejor guardado del mundo.
—Entiendo la sensación —dice—. Tienes miedo de volver a amar, de bajar la guardia y que te guste
alguien para que después te rompan el corazón, ¿cierto?
Asiento con la cabeza, dándole la razón.
—Es algo tonto, y sé que acabo de arriesgarme justo ahora. Pero no sé si debo dejarlo seguir.
—Está bien. Lo entiendo, ¿qué te parece si hacemos algo?
—¿Algo como qué?
Me toma de la mano en contra de mi voluntad, arrastrándome hacia el interior de la enorme casa.
Cuando pienso que me va a conducir al lugar de siempre, me sorprende caminando directo a una puerta
escondida bajo las escaleras.
—¿Qué vas a hacer? —pregunto con curiosidad—, ¿me vas a dar tratamiento al estilo Harry Potter? ¿Me
vas a dejar bajo las gradas?
—No tienes tanta suerte, cállate y deja de hablar.
—No eres mi jefe para que me des órdenes.
—Ni aunque lo fuera; apuesto a que el pobre tipo te tiene miedo.
—Debería.
Abre la puerta y enciende una el interruptor del lado derecho, iluminando lo que parece ser una bodega de
lujo. No sabía que las bodegas podían verse así de organizadas y modernas.
Key entra y empieza a rebuscar entre una sección de cajas apiladas por color.
—Aquí está —murmura él luego de unos minutos—. Esto será para cuando te sientas perdida y los
sentimientos te superen y tengas dudas.
Levanta un juego de pinceles y un botecito de pintura color rojo sangre.
Lo único que puedo hacer es elevar mi ceja, sin saber muy bien qué trama con todo eso.
—Todavía no he desarrollado poderes de lectura mental —digo—. ¿Podrías decirme lo que intentas
hacer?
Abre la tapadera del botecito de pintura y empapa un pincel con el apasionado e intenso color rojo.
—Dame tu mano —dice.
—¿Para qué? Creo que estoy asustada de esa actitud tuya.
Key rueda los ojos, haciéndome señas para que le pase mi mano.
Hago lo mismo y se la paso.
Pronto dibuja una equis en mi mano derecha.
—¿Qué intentas probar con esto? —pregunto.
Key se limita a sonreír y pronto dibuja una equis en su mano izquierda. Una vez terminada, la levanta
para que aprecie su obra maestra. Ahora ambos tenemos la X marcada en nuestras manos.
—A veces creo que estás más loco de lo que yo lo estoy —digo mientras ruedo los ojos.
—Es una equis —dice él con orgullo—, porque la X siempre marca el lugar, Rita. La dibujé en tu mano y
en la mía para que ambas encuentren su camino. Así sabrás a dónde pertenece.
Sonrío, con mi rostro empezando a colorearse.
—Recuerda —murmura—, es para cuando te sientas perdida y los sentimientos te superen.
Eso es… realmente lindo.
Sonrío sin decir palabra alguna. No lo necesitamos.
Me acerco a su boca y lo beso con renovada actitud; él responde a mi beso y me estrecha entre sus brazos.
—A veces puedes llegar a ser muy tierno —digo cuando nos separamos, lo tomo de las mejillas.
No se lo diré nunca, pero se ganó un pedacito de mi corazón con ese gesto.
—Estoy a sus órdenes, querida dama.
Entonces lo vuelvo a besar, solo porque puedo y se me da la gana. Lo beso por sus estúpidas equis que me
derritieron por dentro, y por su lado enloquecido que entiende a la perfección el mío.
Lo beso porque sí, y es agradable dejarse llevar de vez en cuando. Se siente bien intentarlo de una vez por
todas.

******

Estoy feliz.
Siento que estoy caminando en las nubes y toda esa mierda cursi de la que tanto intenté huir por largo
tiempo. Pero es cierto, creo que hasta canto en la ducha y yo no suelo hacerlo.
Hoy es el cumpleaños de Key, aunque no sé muy bien qué somos él y yo en este momento. ¿Somos
novios? ¿Somos amigos que se están dando una oportunidad a conocerse? ¿Somos amantes?
No tengo ni la menor idea y no me importa, aunque espero que, por su bien y el de sus bolas, seamos
exclusivos.
Escuchar a Key decir que yo le gustaba fue toda una agradable sorpresa, la mayoría de hombres ya estaría
asustado de tratar con alguien como yo y como mi familia de necesidades especiales. Siempre pensé que
ese día nunca llegaría, porque vamos, lo admito: soy alguien sumamente difícil de complacer.
Pero él ha sabido manejarme a la perfección, con toda mi locura incluida.
Creo que no he dejado de sonreír como payaso, y esta mañana dibujé una pequeña equis con lápiz tinta en
mi mano derecha para reemplazar la otra que él había hecho con pintura. ¿Eso significa que estoy
infectada de alguna enfermedad? Siento como si esta nueva Rita se está apoderando de mí y de mi lado
romántico.
—Rita, ¿qué te pasa? —pregunta mi hermano menor, Rowen, esa mañana de lunes mientras come su
desayuno—. Tu café se está derramando por el suelo.
Parpadeo por un momento, procesando sus palabras. Entonces noto que aún sostengo la cafetera con una
mano mientras lleno la misma taza de café hasta que se desborda.
Me detengo con un chillido, corriendo por la cocina en busca de un trapo de limpieza para eliminar todo
el café desperdiciado.
—Creo que Rita está enferma —dice Rowen en dirección a papá, ambos sentados en la mesa del
comedor—. Anoche la escuché hablar dormida. Mencionó bastante a Key y de cómo le gustaban los
calzoncillos de pato.
Me sonrojo gravemente.
Papá levanta la vista de su desayuno de huevos con tocino para observarme directamente a los ojos, el
abuelo hace lo mismo desde su lado de la mesa del comedor. Si Russell estuviera despierto también haría
lo mismo.
—Mira, enano glotón —lo amenazo mientras limpio el desastre de café—, que ésta sea la última vez que
dices semejantes mentiras.
—¿Mentiras? —dice la pequeña rata— ¡Hasta el abuelo tuvo que correr a tu habitación porque estabas
gritando alto!
—No es verdad, ¿abuelo?
El abuelo asiente con la cabeza mientras bebe de su café.
—Pensé que habías visto a un ladrón —responde él—. O que estabas siendo atacada… ¿Es Key tu novio
de verdad ahora? Porque anoche lo gritabas con mucha energía. Incluso ahora te ves más radiante a pesar
de la noche que nos hiciste pasar.
—¿Qué? ¿Acaso no puedo mantener un secreto oculto de ustedes?
—No cuando gritas dormida —responde él—. Mencionaste bastante al muchacho y algo sobre un beso
con lengua; sonabas muy alegre también. Es bueno verte feliz y no siempre a la defensiva sobre tus
valores feministas.
El calor se intensifica en mi rostro.
— No son valores feministas… y no estoy feliz. Bueno, no estoy feliz por las cosas que tú crees.
—Claro —dice él, guiñándome un ojo.
Suspiro exageradamente.
—De todas formas —cambio de tema—, ¿alguien sabe si Russell ya despertó?
—Russell está aquí —responde Russ, parado justo a un lado de nosotros, usando su uniforme escolar —.
Si alguien no gritara mientras duerme sería grandioso. Gracias por no dejarme dormir, Rita.
—Lo siento —digo sin realmente recordar el haber gritado. Aunque sí, mi voz suena ronca, comprobando
lo que ellos argumentan.
Russell me mira con el rostro serio.
Él es realmente guapo, y sé que desde ya está rompiendo corazones en sus clases. Tiene unos labios
gruesos de color rosa, piel intacta y unas pestañas largas y curvadas que hasta yo envidio. Ojalá yo
hubiera heredado sus genes y él hubiera heredado los míos, ¿estoy mal deseando eso?
—¿Por qué me miras de esa forma? —le pregunto cuando noto que no deja de observarme desde la
distancia—. Ya me disculpé.
—No puedo creer que tengas novio —dice, regañándome—. Nos dijiste que él no era nada tuyo.
—Es que sucedió ayer… y no sé realmente si somos novios.
—Pues los no novios no vienen temprano en la mañana cargando bolsas de comestibles —dice él,
señalando la ventana detrás de nosotros.
Rápidamente volteo y observo a Key caminando hacia la entrada, cargando bolsas y bolsas con el
logotipo de algún restaurante.
—¿Qué hace aquí? —me exige Russ.
—Oye, hijo —dice papá, calmándolo—. Tienes que darle un voto de confianza a tu hermana, ella tiene
bien puesta su cabeza y no creo que haya que juzgar mal al chico, si lo eligió Rita sabes que tiene calidad
garantizada. A mí me cae bien.
—No es un producto en venta —murmuro sin poder contenerme. ¿Calidad garantizada? ¿En serio?
Al parecer ambos me ignoran porque Russell sigue discutiendo con papá.
—Ese es el problema, papá. ¿Sabes que Rita puede llegar a casarse con él algún día? ¿Has pensado en
eso? —le reclama mi hermano menor—. Si se casa nos va a abandonar a todos aquí.
—Russell no pienses eso —le respondo—. No es como si Key y yo fuéramos el amor eterno del otro.
Simplemente le dije que me gustaba, y él me dijo que yo le gustaba también. No pienses en cosas que ni
siquiera han sucedido.
—Nos vas a dejar…
Resoplo en voz alta, casi al mismo tiempo que el timbre de la puerta suena, silenciándonos a todos.
—Yo nunca los abandonaría —le digo—. No soy esa clase de persona que se transforme por un chico.
Entiéndelo y deja tus inseguridades.
—¡Te vas a casar con él, te lo aseguro! —grita Russ.
—Siiiiiiii —aporta Rowen, derramando pedazos de su comida mientras habla con la boca llena—. Sería
perfecto, PlayStation gratis todo el tiempo, ¿te imaginas?
El timbre suena una vez más y me pongo de pie para poder abrirle a Key. El abuelo se adelanta y me
obliga a sentarme en mi lugar mientras él va hacia la puerta.
—No seas injusto, Russell —digo—. No me estoy casando con él; ya compórtate.
—Pero de seguro lo harás y te alejarás de nosotros, nos vas a dejar justo como mamá nos dejó.
Abro mi boca para asegurarle que yo nunca sería como nuestra madre, pero la voz de Key nos interrumpe
a todos. Parece contento mientras carga las bolsas y las deposita sobre la mesa.
Russell se queda en silencio al verlo.
—Hola a todos —saluda Key a mis hermanos, dándoles el puño. Saluda también a mi papá con un
apretón de manos—. ¿Interrumpo algo?
Me fijo en él de pies a cabeza, hoy luce más vaquero que nunca. Tiene puesta una camisa a cuadros de
color rojo con azul, pantalones ajustados y faja con hebilla gigante que jamás le había visto.
—Interrumpes una pelea imaginaria —le contesto—. ¿Por qué el atuendo? Pareces más vaquero que ayer.
—Es que alguien me dijo que le gustaba con todo y mis gustos raros sobre la ropa —hace una reverencia
en mi dirección— y decidí sacar mi mejor arsenal. ¿Cómo me veo?
Lo aprecio de pies a cabeza. Esos pantalones hacen maravillas por su trasero, y la camisa se ajusta
perfectamente en los lugares correctos.
—¿Se van a casar mi hermana y tú? —pregunta Rowen, interrumpiendo lo que estaba a punto de decir—.
Sería agradable porque así al fin tendré mi propia habitación.
—Rowen —lo regaño—. Basta ya con el tema.
—Si te casas con mi hermana será como casarte con el abuelo —dice Russell, sentándose junto a mí y
señalando al abuelo que justo viene directo hacia nosotros, a punto de quitarse la camisa.
Las cejas de Key se elevan por lo alto mientras lo observa atentamente.
—¿Eso significa que Rita pasará sin camisa todo el tiempo? —pregunta Key, retóricamente—. Está bien
para mí.
—¡Abuelo ponte la camisa! —lo regaño mientras procedo a husmear lo que sea de comida que haya
traído Key—. Si pretendías que yo iba a pasar sin camisa, estás equivocado. Explícame ahora qué es todo
esto.
Señalo la comida que desprende un olor delicioso.
Mi estómago despierta a la vida nuevamente.
—Te prometí comida decente para cuando te sintieras mejor —me responde él—. Aunque creo que vine
tarde porque veo que ya están desayunando.
—Oh, no me molesta repetir —respondo mirando con hambre en dirección a unos deliciosos panqueques
con arándanos y crema—. En mi otra vida nací con cuatro estómagos, así que la comida doble no es un
problema. En serio, abuelo, la camisa. Ahora.
—Hace calor —se defiende él—. Que levante la mano aquel que le moleste verme sin camisa.
Nadie levanta la mano, solo yo.
—Traidores —les comento a todos. Rápidamente saco los panqueques y veo cómo papá, Russell y Rowen
pelean por el resto.
—Nos contó un pajarito que Rita y tú eran novios, ¿es verdad? —le pregunta papá a Key.
¿Novios? Key ni siquiera me ha preguntado nada todavía. ¿O es que acaso ya no se preguntaban estas
cosas? No tengo idea de cómo funciona el mundo moderno.
—Ella confesó que yo le gustaba —responde él, encogiéndose de hombros—. Entonces, al ver el valor y
coraje que tuvo, le confesé que a mí también me gustaba ella. En especial si se parece en algo a su abuelo.
Guiña un ojo y mi rostro se vuelve rosa. ¿En serio? ¿Desde cuándo me sonrojo tanto?
Estúpido y atractivo Key, pero hacer comparaciones con el abuelo no es agradable.
—No soy nada como el abuelo —digo en mi defensa.
—Sí lo es —responde Rowen—. Le gusta cantar mientras se baña, según ella está cantando en coreano,
pero en realidad es algún idioma inventado.
—Y tiene caspa —añade Russell—, mucha. Tiene que comprar tratamiento especial para el cabello.
—¡Oye, se me quitó el año pasado! —grito, golpeándolo en la nuca—. No les creas nada, son puras
calumnias.
—La suspendieron del trabajo —continúa diciendo Russ—, quiso envenenar a una chica poniéndole
restos de uñas y asquerosidades de sus pies.
—¡No eran de mis pies! —me defiendo—. No soy asquerosa… Bien, al menos no la mayoría del tiempo.
—Cuando era niña se comía la goma de mascar que estaba pegada bajo las mesas —continúa diciendo
Russell.
—¡Oye, tenía cuatro años, pedazo de…!
—¿Estamos diciendo ahora las verdades sobre Rita? —interrumpe un muy confundido Rowen.
Russell asiente con la cabeza al mismo tiempo que yo niego.
—Oh, bueno —dice él—. Entonces déjame decirte que Rita tiene una obsesión con los jugadores de
fútbol; no conoce a ninguno, pero igual dice que le atraen sus piernas musculosas.
—¿Puede alguien más ser el centro de conversación en esta mesa? —pregunto de mala gana—. Es
cansado ser criticada por tus hermanos.
—A mí me parece interesante el tema de conversación —murmura Key—. ¿Qué más debo saber sobre su
hermana? ¿Qué más le gusta?
—Le gusta hablar sola —responde papá, como si fuera un concurso sobre mi vida—. Y anoche creo que
vivió el momento más emocionante de su vida porque no ha dejado de hablar sobre ti y sobre besos con
lengua.
—Bien —los detengo, con mi rostro completamente rojo—. Basta ya de hablar solo de mí. No abrumen
tanto a Key o lo van a asustar.
—Esa es la idea —dice Russell.
Lo fulmino con la mirada.
—¿No se te hace tarde para ir a clases? ¿A todos no se les hace tarde? —pregunto, observándolos uno a
uno.
Russell se levanta de la mesa primero y revisa el reloj de pared.
—Vámonos Rowen —dice él con urgencia—, se nos hace tarde. Ya hablaremos más tarde sobre mi
hermana.
Esto último se lo dice a Key, tendiéndole la mano para que él se la estreche.
Rowen se despide de mí con un beso muy salivoso, y luego hace lo mismo con papá y el abuelo.
—¿Vendrás mañana a hacernos compañía? —pregunta el pequeño a Key.
Key asiente con la cabeza.
—Aquí estaré, amiguito.
Se dan los puños y yo suspiro internamente.
No hay nada mejor que ver a un chico actuar de manera especial con un niño.
Es muy tierno.
—Me gusta tu atuendo el día de hoy —dice él cuando mis hermanos se han ido. Papá y el abuelo aún
permanecen en la mesa, uno sin camisa y el otro ocupado devorando la comida.
Observo mi atuendo: camisa de pijama barata con hoyos en el cuello, pantaloncitos cortos y mis siempre
únicos zapatos afelpados con forma de gatos.
—Gracias —respondo, coquetamente—, me gusta el tuyo.
Me regala una sonrisa que me deja babeando internamente. Hacerlo reír, aunque sea solo una pequeña
sonrisa, es lo que hace mi día completo.
¿Estoy sonando cursi desde ya? Agg, no lo puedo evitar.
Basta de cursilerías, Rita. Basta.
Entonces, para mayor vergüenza, él encuentra con sus ojos el lugar exacto en donde dibujé esta mañana
una pequeña equis en mi mano derecha.
Él sonríe, levantando su mano izquierda, enseñándome la pequeña equis que dibujó en la suya.
—La equis siempre marca el lugar, ¿cierto? —pregunta en mi dirección.
¿Puede mi rostro volverse más rojo?
Vamos, Rita. Supera esto ya.
Aclaro mi garganta mientras me concentro en comer la comida. Key procede a hablar, recordándome de
algo importante que había olvidado por completo:
—Espero que hoy vayas a mi fiesta “sorpresa”. Se me olvidó antes decirles a tus hermanos que pueden
asistir; ustedes también están invitados —dice esto último en dirección al abuelo y a papá—. Los adultos
de la fiesta desaparecen todos juntos para tomar algunas bebidas más fuertes en el jardín.
A papá se le iluminan los ojos al escuchar la promesa de alcohol.
—¡Cuenta conmigo, muchacho! ¿Con qué ocasión se celebra la fiesta? —pregunta papá.
—Es mi cumpleaños —responde Key.
Soy la peor no novia del mundo. ¡Ni siquiera lo felicité todavía!
—Lo siento tanto —murmuro—, era lo primero que debía decirte hoy: ¡Felicidades, Keyton Higinio!
Me levanto de la mesa para darle un abrazo, uno que termina siendo incómodo cuando ninguno de los dos
quiere soltarse.
Escucho al abuelo carraspear su garganta mientras bebe de su café.
Nos separamos al instante.
—Bien —murmuro—. Lastimosamente ayer eclipsaste mi día así que no pude comprar nada para ti.
Recordar el día de ayer me pone los pelos de punta. Key y yo actuamos como una pareja real, solo que
esta vez era cierto, no teníamos que fingir y todo se dio de forma espontánea, tanto que a veces me asusta.
Pero entonces recuerdo su tonta equis y todo vuelve a la normalidad.
—El mejor regalo ahora sería que aparecieras en mi fiesta —dice Key, pasando su brazo por mis
hombros—. Y que me siguieras a mi auto porque te tengo una sorpresa. Bien, es una sorpresa obligatoria,
pero… acompáñame para que veas de lo que hablo.
—¿Estoy bien para la ocasión? —pregunto, señalando mi ropa de dormir.
—Estás perfecta, vamos —me suelta para después tomar mi mano, y mi mano repentinamente suelta en
sudor. ¡Me está tomando de la mano otra vez! —. Sr. Day, ¿puedo robar a su hija por un momento?
Papá sonríe.
—Claro, te la presto —dice sorbiendo más de su café.
—Y por lo de esta noche —continúa Key—, no se preocupen por el transporte que yo lo voy a
proporcionar.
Papá asiente con la cabeza.
—Gracias, muchacho. Y feliz cumpleaños.
—Dile a Rita que se envuelva en un moño —sugiere el abuelo antes de retirarnos del comedor—. Ese sí
que era un regalo en mis tiempos.
—No voy a hacer eso, abuelo —respondo mientras lo fulmino con la mirada.
El abuelo se encoge de hombros.
Saco a Key rápidamente de la casa de locos, y veo cómo me dirige hacia su vehículo.
No logramos llegar todo el camino porque a mitad estoy siendo emboscada por una chica quien me
envuelve en un apretado abrazo. Es Pam.
—¿Cómo está mi nueva cuñada? —pregunta mientras me sonríe.
Todavía estoy algo molesta por lo de ayer, ¿cómo se le pudo ocurrir ponernos a competir a Mia y a mí?
—¿Eres la sorpresa obligatoria? —pregunto, elevando una de mis cejas.
—Sí, lo soy. Este día tú y yo saldremos juntas. Hoy es la fiesta de mi hermano y quiero que luzcas
radiante, me han dicho que soy experta en moda.
—Pensé que siempre lucía como un rayo de sol.
Me cruzo de brazos, todavía molesta.
—Oye, Rita. Está bien, lo siento por lo de ayer, de verdad —dice ella—. Solo intentaba presionar un poco
las cosas para acelerar todo entre mi hermano y tú. ¿Podrías perdonarme por favor?
Suspiro de mala gana. No puedo enojarme con ella por más tiempo; es demasiado adorable para eso.
—Estás perdonada —respondo—. ¿Ahora qué se supone que hacemos?
—Ahora dejamos a Key de lado porque es hora de las compras. ¿Piensas ir así?
Me mira de pies a cabeza.
—Deja que me dé un baño y luego te acompaño, ¿está bien?
—No te demores. Key, tú desaparece.
Observo atentamente a mi vaquero. Luce atractivo, mucho.
—Si sale una chica con rasgos asiáticos por esa puerta… —digo, señalando la casa vecina— es mejor que
huyas porque esa es Lucy, tiende a emocionarse con los chicos y será mejor que no se emocione mucho
contigo. Soy una persona un tanto posesiva.
—Lo he notado —murmura él.
Estoy a punto de entrar a cambiarme cuando me toma de la mano y me atrae para un beso.
Tal vez me pueda acostumbrar a esto.
Mucho.
21
Cómo comenzó nuestro final

Rita
La hermana mayor de Key está loca si cree que voy a salir de su habitación luciendo de la manera en la
que luzco.
Jamás. Ni en un millón de años. Ni aunque la tierra se seque y el hombre tenga que reproducirse con
varias palmeras… ¡nunca!
Pero entonces ella dice una frase que juega con mi mente y me deja al borde de un colapso: “Es probable
que Key quede como estatua al verte, dudo que algún día pueda borrar tu imagen de su cabeza si usas ese
vestido”
Y sigo todavía pensando en si debo o no abandonar su habitación luciendo así, pero sobra decir que Pam
hizo un trabajo impecable al maquillarme y elegir el vestido por mí.
Su gusto es grandioso y eso se lo reconozco bien.
Toda la tarde la pasamos juntas; ella intentando que usara alguno de los cortos vestidos que elegía para
mí, y yo intentando persuadirla sobre lo que una chica considera impropio de llevar en una fiesta
“familiar”. Al final ella ganó la batalla y me llevo directo a su casa, escogiendo para mí un vestido
realmente corto, de color rojo cereza, con una silueta demasiado ajustada y un escote de hombros caídos
que ella misma se ofreció a pagar. Escogió también los zapatos, o mejor dicho las botas negras super
sexys de tacón alto que llegaban casi a mis rodillas y que gritaban “perra ardiente” por todos lados.
Eso, combinado con las horas que ella se dedicó a maquillarme, lograron que luciera irreconocible.
Así que sí, lo admito: me veo bien. ¿El problema? ¡El vestido es demasiado corto y ajustado para mi
propia comodidad! Jamás, nunca de los jamases y de los nunca, usaría el vestido frente a tanta gente
como sé que habrá esta noche.
—Es una pequeña y privada fiesta —dice Pam, retocando su cabello y el de su hermana menor mientras
yo no dejo de quejarme—. Casi nadie te va a ver. Además, luces ardiente.
—Más que ardiente —añade Eileen—. Solo te falta portar un arma en tu muslo, y podrías parecerte a
Angelina Jolie en esa película donde es mafiosa y perseguida por la policía.
Niego con la cabeza, tratando de sentarme en una orilla de la cama.
—El vestido es tan corto que, si me siento —digo, irritada— se sube más allá de mis muslos.
Pam se encoge de hombros.
—Entonces procura no sentarte.
Resoplo con fuerza.
—¡Esa no es la solución!
—Rita —dice Eileen con un suspiro—. Te ves absolutamente impresionante. Vas a dejar sin aire a la
mitad de la población masculina que asista a esta fiesta.
—¿Solo la mitad? —pregunto.
Eileen asiente con la cabeza.
—Sí, la otra mitad de la población masculina está interesada en más población masculina, no femenina.
—Oh.
—Sí, ahora deja de tonterías que luces muy bien.
Suspiro en voz alta.
—Pero, no puedo respirar hondo —admito después de unos minutos. Pam y Eileen modelan su ropa para
mí, ambas luciendo fantásticas—. Este vestido es demasiado ajustado y si respiro con normalidad siento
que mi estómago va a salir y saludar a todos los invitados.
—No exageres —dice Pam—, te ves deslumbrante. Mi hermano va a babear hasta llenar una piscina
completa.
Niego con la cabeza, aguantando la respiración.
Pam aprovecha para aplicarse algo de labial frente al espejo de cuerpo entero que tiene en su habitación.
—Tampoco ayuda que esté usando estos zapatos —me quejo, levanto uno de mis pies para señalarles lo
alto del tacón y lo sensuales que lucen mis piernas con las botas al estilo dominatrix—. Yo ya soy alta,
¿por qué usar estos? Además, parece que solo me falta el látigo y las medias de red para completar el
estilo completo.
—Rita —suspira Pam, dejando de aplicar el lápiz labial color coral en sus labios—. No importa cuán alta
seas, siempre tienes que usar zapatos de tacón porque realzan tu figura, te hacen ser más femenina. Y en
cuanto al vestido, tienes buen cuerpo como para usarlo.
—¡No tengo ni siquiera espacio para mi navaja! —me quejo, exasperada.
Eileen eleva una ceja al escucharme.
—Definitivamente estás loca —dice—, pero en el buen sentido. Creo que me caes más que bien.
—¿Gracias?
—En fin —dice ella, arreglando el dobladillo de su vestido blanco y negro—. Voy bajando para ver
quienes llegaron ya a la fiesta. Y, ¿Rita? Inhala y exhala, tu rostro se está poniendo morado por contener
la respiración.
Asiento con la cabeza, haciendo como ella me dice.
Una vez que Eileen sale de la habitación, Pam me toma del codo y me arrastra hacia el mismo espejo en
donde se estaba maquillando minutos atrás.
—Mírate —dice ella; entonces yo me miro, aunque ella me obliga a examinarme de pies a cabeza—.
Luces como una diosa, ahora deja de quejarte por lo corto del vestido y disfruta restregándole en la cara a
la tía Morgan que tienes una figura espectacular y que ella ya la perdió.
—No me interesa impresionar a tu tía la loca —aclaro.
—Yo sé, entonces hazlo por Key. ¿No te gustaría dejarlo sin habla por al menos unas horas?
Suspiro en voz alta, sabiendo que terminaré cediendo tarde o temprano. La verdad es que luzco genial, y
si alguien se quiere aprovechar porque cree que soy indefensa, puedo usar mis nuevas botas para patear
justo en sus genitales.
—De acuerdo —digo—. Tienes razón, solo estoy siendo paranoica. Nunca he usado nada como esto.
—Y deberías estarlo… Ten por seguro que Mia vendrá.
—¿Qué?
Me giro para verla a la cara.
—Lo que oíste —me dice—. Mia nunca se va a perder una fiesta de cumpleaños de Key, mucho menos
cuando ellos tienen un ritual imperdible para cada fiesta.
—¿Cómo? ¿Cuál ritual? ¿Por qué se te ocurre decirme esto hasta ahora?
Pam se acerca al espejo y sigue aplicando el labial coral que aplicaba anteriormente.
—Siempre, en cada cumpleaños y en cada fiesta de celebración que hacemos para él —dice ella— Key da
un pequeño discurso de agradecimiento para los invitados que asistieron y por los regalos que recibe. Mia
siempre es llamada a su lado y, sin falta, él le da un beso en la frente y luego en la mejilla… por último la
besa en los labios.
Frunzo el ceño, resoplando ante sus palabras.
—Este año será distinto —aseguro—. Key no va a besarla ni a llamarla, dudo mucho que lo vaya a hacer
estando yo presente. Eso no me preocupa.
Pam se encoje de hombros.
—Deberías —dice ella mientras junta sus labios para equilibrar la cantidad de labial entre ellos—.
Resulta que Mia tiene otras dos hermanas, una de ellas se llama Rosie y la otra se llamaba Emilia. Emilia
se suicidó hace ya varios años…
Ella queda en silencio, pensativa por unos instantes, su mirada perdida en la nada.
—Eso es trágico —digo—. Lo siento mucho por ella.
Pam parpadea un par de veces hasta que sus ojos se enfocan nuevamente en los míos.
—Esa no es toda la historia —dice—. Sucede que Emilia se suicidó en esta fecha, la misma del
cumpleaños de Key.
Mieeeeeer…
—Hace unos años atrás dejamos de festejar —continúa explicando ella—, para respetar la memoria de
Emilia, pero Mia y Rosie decidieron que era hora de dejar de lamentarlo y verlo como una celebración a
lo que fue de su vida. Por eso Key no se queja de las fiestas, porque sabe que Mia necesitaba ese pequeño
gesto de él.
Trago saliva, aún sin saber qué pensar de esa situación.
—Entiendo eso —digo con sinceridad, sin saber qué otra cosa decir—. Debió haberla destruido.
Pam asiente con la cabeza.
—Ellas nunca quisieron decir la razón del por qué Emilia se suicidó, nadie lo sabe en realidad. Lo
mantienen todavía en secreto.
Desvío la mirada, mordiéndome el labio.
—Pero, oye —dice Pam en tono más alegre, tomándome del brazo—. Todo está bien ahora, solo te lo
digo para que no te sorprendas cuando ese momento pase, porque ten por seguro que pasará.
Muerdo con más fuerza mi labio, sintiéndome repentinamente molesta al pensar en que Key besará de
nuevo a Mia. Si veo sus labios tocando los de ella… voy a poner agua de retrete en su bebida de aquí a
año nuevo.
—No te preocupes —dice Pam, restándole importancia al asunto—. Tampoco creo que la vaya a besar en
la boca; mi hermano no sería tan idiota. Además, Rosie, la hermana menor de Mia, también vendrá. Ella
es más amable que Mia, créeme, te va a caer bien. Cuando ella está cerca, Mia se controla de forma muy
significativa.
—Presiento que no me puede caer bien nadie de esa familia —digo entre un largo suspiro—. Entenderé si
Key decide hacerlo, pero si llega a tocar sus labios, puedo prometer que lo castro de una vez.
Pam me toma de la mano, sonriendo con pesar.
—Lamento todo esto, en caso que suceda. No creo que haya beso en la boca, sabiendo que le gustas tanto
a Key, dudo que haga algo como eso. Tranquilízate.
—De acuerdo —digo—. Prometo que voy a tranquilizarme… pero si lo veo besándola…
—Tienes incluso mi permiso para castrarlo de una vez. Y a ella también, si quieres.
Intentó demostrar que no me importa, pero duele el simple hecho de pensar en que puede suceder.
Veo a Pam apretar sus labios, mostrando simpatía por lo que sabe que sucederá sin falta. Conociendo a
Key, lo poco que lo hago, sé sin dudar que se sentirá responsable de hacerlo, responsable de besarla.
Tengo que dejarle unas cuantas cosas en claro a Mia, es tiempo ya para que lo deje ir. No entiendo por
qué su insistencia en volver, pero hoy será el día de averiguarlo.
—Es mejor que bajemos pronto —dice Pam repentinamente, borrando el estado de ánimo sombrío—. Es
hora que Key vea el vestido criminal que estás usando.
Asiento con la cabeza, pensando en si de verdad quiero ver a Key besando a su ex novia. Él debería
encontrar otra cosa para conmemorar la memoria de la hermana de Mia, no de esa forma.
Pam me agarra del brazo cuando ve que no me muevo.
—Vamos —me dice—, te ves radiante.
Entonces salimos de la habitación, en dirección a la planta baja en donde la música ya lleva demasiado
tiempo sonando fuerte y ruidosa.
—¿Estás segura que solo son unos pocos invitados? —pregunto mientras me agarro de su brazo para no
tropezar y caer.
Ella asiente con la cabeza.
—Totalmente segura. Fiesta privada, ¿recuerdas?
—Esa música no suena para nada a privado. Suena a “llamaremos a la policía en media hora porque se va
a descontrolar”
—Es un DJ local y le gusta tocar música ruidosa. Es muy bueno, pero de verdad, te aseguro, es una fiesta
pequeña.
Trago saliva, ignorando a las pocas personas que se besan sobre las escaleras. Hay una chica siendo
tocada en el trasero justo frente a nuestras narices. ¡Qué poca decencia!
Tal vez la noto mucho porque Pam me anima a seguirme moviendo.
—Esa era Donna —dice ella—, es la prima promiscua que nunca falta en las familias. Ahora, quédate
aquí. Iré primero y llamaré a mi hermano para que te vea descender por lo que falta de gradas. Será algo
sexy e inolvidable.
—Bien, haré lo mejor que pueda para que tropezar y romperme el cuello sea algo sexy e inolvidable para
los invitados.
—No seas dramática, ¿qué es lo peor que podría pasar? Espera aquí que yo traigo a mi hermano.
Veo a Pam descender por las escaleras, luciendo confiada en sus zapatos altos y su vestido color dorado.
Luce hermosa, y aunque me cueste admitirlo, también yo me veo bien.
Pasa una eternidad hasta que finalmente veo a Pam de nuevo, haciéndome señas desde abajo para que la
acompañe; ella se aleja lo más rápido posible para darme espacio y poder caminar sola.
Mientras voy descendiendo, tratando de hacer poses sexys para disimular mi falta de equilibrio, noto a la
multitud de gente que se mueve por todo el lugar. Tengo una buena vista de la sala, ahora desprovista de
todos los muebles, llena de personas bailando al ritmo de la música ruidosa.
¿Entonces esto es lo que ella considera privado y con poca gente? ¡Hay cerca de cien personas bailando
en el mismo lugar!
Veo luces estrambóticas ubicadas estratégicamente en todo el lugar, incluso logran sincronizarse con el
ritmo de la música; también noto al DJ en una esquina, agitando su cabeza mientras reproduce una mezcla
que se me hace vagamente conocida.
Mis ojos también encuentran a Key, él está esperando al pie de las gradas, bebiendo algo de un vaso
plástico rojo. Sus ojos escanean la multitud mientras mira con aburrimiento a las personas que lo felicitan
y pasan a su lado.
Él luce muy atractivo, peinado con el cabello hacia atrás, usando ropa negra bastante casual. No se parece
en nada al vaquero de esta mañana.
Después de unos segundos de observar a los demás, finalmente alza la vista y, sus ojos, desde ese
momento, solo me pertenecen a mí.
Tal vez no fue nada malo usar el vestido rojo después de todo, no cuando noto la mirada de total
adoración en la cara de Key, o cuando deja caer su vaso al suelo, salpicando a una chica ubicada cerca de
él sin darse cuenta. Lograr ese efecto en alguien es… invaluable.
Al final Pam tiene razón: él parece una estatua que no se mueve ni parpadea. De verdad, no ha
parpadeado en más de quince segundos mientras me ve descender. No ha siquiera cerrado la boca
mientras me mira de pies a cabeza de manera muy sutil y apreciativa.
Sonrío con suficiencia, sabiendo que solo tiene ojos para mí, y él sabe que yo lo sé.
Oh, está noche será muy divertida.

Key
Rita es todo piernas interminables y curvas marcadas. No lo había notado antes con mucha precisión, pero
ahora soy muy consciente de ello, yo y otros muchos pares de ojos que también la devoran de pies a
cabeza.
Creo que mi boca está abierta y mis ojos no se han tomado la molestia de parpadear para no perderse de
ningún detalle de ella, bajando las gradas con un movimiento fluido y sensual. Incluso combina sus pasos
con el ritmo de la música; tal vez no se dé cuenta de lo que me está haciendo, pero justo ahora me está
costando pensar en algo más que no sea ella.
Rita sonríe al verme, de seguro lo hace por la cara de estúpido que estoy poniendo, o tal vez por mis ojos
que comienzan a secarse por la falta de parpadeo.
Como sea, ella sí que sabe cómo llamar mi atención.
—Parpadea un poco, vaquero —dice cuando llega al último escalón—. Parece que fuiste poseído. ¿Patch
se apoderó de tu cuerpo? ¿Hola? ¿Patch, estás allí?
Finalmente parpadeo ante sus palabras.
—¿Qué? No, estoy bien.
—Claro, y podría hacer todo un río con tu baba.
Sonrío, sabiendo que a ella le debe encantar verme en este estado.
¡Desordena por completo mis pensamientos y no tengo ningún control sobre ellos!
—Te ves… —me quedo sin palabras, trago saliva, intentando decir algo— realmente no sé ni mi nombre
en estos momentos. Estoy en blanco… o mejor dicho estoy en rojo.
Rita eleva su ceja, divertida con todo el asunto.
—Te llamas Keyton Higinio, y al menos yo nunca podría olvidar tu nombre, rima con papel higiénico, ¿lo
sabías?
—Ya he oído la broma antes —digo, haciendo una mueca. Gracias a Pam por hacerme comprarle la
bendita crema humectante con mi tarjeta de crédito y no la suya—. ¿Te he dicho ya que luces bien?
—No me canso de oírlo, gracias —dice ella— pero mejor se lo dices a Pam, ella eligió todo esto por mí
hoy.
Trago saliva de nuevo, sabiendo muy bien que pareceré pervertido si no dejo de verla.
—Bravo, Pam. Se lució —admito—. Ahora dime, ¿quieres una bebida o algo?
Me obligo a apartar la mirada, aunque no puedo evitar que mis ojos regresen a los de ella.
La veo asentir con la cabeza.
—Claro, me vendría bien una bebida justo ahora. Pero, espera, ¿mis hermanos lograron venir a la fiesta?
No quiero encontrar a Russell con una bebida alcohólica en la mano, tiene apenas dieciséis años.
—No tienes de qué preocuparte —respondo—. Ellos están aquí; vinieron hace unos quince minutos, yo
fui personalmente por tu familia. Tu papá y tu abuelo beben afuera junto a mis padres, y tus hermanos
menores bailan en la pista de baile improvisada. Además, no tienes que preocuparte por el alcohol porque
aquí adentro solo se sirven refrescos.
Frunzo el ceño.
—Pero el alcohol era la parte divertida de la fiesta —murmura Rita, haciendo pucheros—, solo no quiero
que Russell pruebe algo de eso ahora.
—Tranquila, Patchie —la calmo—. Puedes ir afuera en cualquier momento a pedir algo, pero eso sí, mis
padres monopolizaron todo el alcohol. Todas las bebidas que pidas afuera, se quedan afuera. Créeme, su
sistema es infalible. Con mis hermanos intentamos vencerlos cuando éramos menores de edad, y las cosas
no salieron muy bien.
Veo cómo ella asiente con la cabeza, pareciendo más tranquila ante la idea.
—Muy bien, cumpleañero —dice finalmente—, vamos a celebrar en grande.
—¿A lo grande? Cuenta conmigo.
La tomo de la mano y al instante siento cómo su palma suda contra la mía, de seguro nerviosa.
—¿Tengo que dibujar otra equis en tu mano? —pregunto en su oído—. Porque te aseguro que aún queda
más pintura roja bajo las gradas.
—No es necesario —dice ella, entonces me enseña su mano derecha, la que no estoy sosteniendo, y me
muestra una diminuta equis dibujada con lápiz tinta.
—¿La hiciste tú? —pregunto.
Ella se encoge de hombros.
—Como que me vendiste la idea de la x.
—Dicen que soy un gran vendedor. Algún día me dedicaré a vender ovejas, ojalá no te vayas a
avergonzar de mí y mi profesión.
—Jamás. Ve a perseguir tu sueño con las ovejas, si eso es lo que más deseas.
—En realidad —comento—, lo que más deseo en este momento es sacarte a bailar. ¿Puedo? ¿O necesitas
con urgencia esa bebida?
Rita niega con la cabeza.
—No la necesito, pero eso sí, bailaré con tal y no te vayas a avergonzar de mis pasos. No he mejorado
para nada desde la última vez que bailaste conmigo.
—¿Ni siquiera con la clase de salsa erótica?
Rita ríe con fuerza, provocando mi propia risa.
—Para nada —dice finalmente—, y solo asistí a una clase.
En el camino, varios amigos y familiares se acercan para saludarme; algunos observan más de lo
estrictamente permitido en dirección a las piernas de Rita, pero creo que mi mirada de tipo caníbal los
ahuyenta a todos… Eso, o la mirada de asesina que Rita pone cada vez que los atrapa viéndola.
Creo que es más por lo segundo.
Pasamos por un grupo de primos a los cuales debo saludar, y que precisamente cargan regalos, y tengo
que señalarles la mesa especial para los obsequios.
Rita también siente curiosidad por ver cuántos llevo hasta ahora, y la cantidad la deja abrumada por un
momento.
Mi rostro se pone de color rojo.
—¿Qué pasa? —digo cuando noto que ambas de sus cejas se elevan demasiado.
—Jum —dice—, había olvidado por un momento que tenías bastante dinero.
—¿Estás discriminándome acaso?
—No, no es eso. Es que jamás había visto una mesa tan llena de regalos… tengo envidia, y unas ganas
interminables de abrirlos con mis propias manos para ver qué cosas exóticas hay.
Ahora el que ríe soy yo.
—Dejaré que abras algunos regalos a cambio de que bailes conmigo.
—¡Trato! —grita, emocionada—. ¿Qué cosas crees que te regala la gente?
—Pues el abuelo Johny siempre me manda un limpiador de nariz portátil —respondo encogiéndome de
hombros—. Dice que nunca es suficiente para mantener una nariz impecable.
—Tu abuelo es muy sabio —responde ella—. El mío me da una nueva navaja cada año, grabada con mis
iniciales y un paquete de cigarrillos.
—Eso sí es útil.
—No fumo.
—Igual es útil.
—Dime —dice ella, tratando de sonar casual—. ¿Tiendes a ser un fumador, Sr. Higinio?
—¡Basta! —digo, avergonzado—. Deja de llamarme así, pasé años fingiendo que ese no era mi nombre.
Ella se ríe con fuerza.
—Pues toca aguantarse —responde, encogiéndose de hombros—. Tenemos los nombres que debemos
tener, no podemos cambiarlos.
Resoplo al escucharla.
—Habla la que se hizo llamar Andrea Cipriano cuando la conocí.
—¡Eso es solo en los foros!
—Cierto —estoy de acuerdo—, en el foro Violemos a Patch. Recuérdame unirme para esta semana.
—Ni se te vaya a ocurrir. Ese foro es como mi secreta obsesión.
—Entonces sugiero que borres de tu mente mi segundo nombre… y también el primero. Llámame
simplemente Key.
Rita rueda sus ojos, pero sonríe con diversión.
—Está bien, simplemente Key, ¿bailamos ya?
Asiento con la cabeza, señalando un lugar vacío.
Juntos avanzamos a la pista de baile, los cuerpos apretados se mueven a nuestro alrededor a medida que
caminamos. Rita aprieta mi brazo con más fuerza, evitando ser golpeada por los salvajes movimientos de
uno de mis primos, y pronto encontramos el sitio vacío donde poder bailar.
En poco tiempo ambos estamos bailando sin darnos cuenta; mi cuerpo siente el ritmo y sabe qué hacer, el
de Rita… está perdido totalmente en su propio mundo.
Me rio en voz alta cuando noto que su paso del “limpia ventanas” no ha cambiado.
—Mueve los pies —grito en su oído—. Así como yo lo hago.
Le señalo mis pies y ella trata de imitarme… mientras sigue “limpiando ventanas” de adentro hacia
afuera.
—¿Así? —pregunta.
—Un poco menos psicópata, pero sí. Trata de bajar las manos un poco porque parece que pidieras ayuda.
—Te dije que era pésima —grita mientras mueve las caderas y dobla las rodillas al mismo tiempo,
haciendo un extraño paso al final, el paso de apagar cigarrillos con la punta del pie.
—De acuerdo —digo—. Eso es raro.
Señalo su movimiento y ella se detiene.
—Oye, solo sigo el consejo que una de mis amigas puso en su estado de Facebook: “Baila como si nadie
te viera, canta como si nadie te escuchara y come tacos como si nadie te juzgara”.
—Creo que no iba así —niego con la cabeza—. Pero déjame enseñarte un poco.
—Esa es mi filosofía de vida —dice ella, defendiéndose—. ¿Qué me vas a enseñar? Creo mi “pisa
cucarachas”, como lo llamaste aquella vez, es fenomenal para cualquier ocasión.
Ruedo los ojos mientras ella se pone a hacer el paso.
—¿Ves? —dice luego de unos instantes—. Nunca estará fuera de moda.
—Haré esto rápido, no me mates —digo, entonces llevo mis manos a su cintura y, rápidamente, bajan
para acomodarse a sus caderas.
Casi de inmediato su mano está dando un manotazo en la mía.
—¡Rita! Te dije que no te alteraras.
—No, me dijiste que no te matara —grita ella—. ¿Qué haces, vaquero? Frena tus manos y abrocha bien tu
hebilla porque no soy una chica fácil. Me gusta pensar que soy como una mariposa: hermosa para ver,
difícil para atrapar.
—¿Otro estado de Facebook?
—¡Exacto!
—Bien, si quieres que te enseñe algo con ritmo, vas a tener que dejarme tocarte. ¿O quieres que dibuje
otra x en tus caderas? Puedo dibujar una en las mías, para que sepas dónde pertenecen.
De inmediato el rostro de Rita se vuelve casi tan rojo como el vestido que usa. Probablemente me asesine
mientras duermo por lo que acabo de decir.
—No puedo creer que dijeras eso —dice ella, su boca completamente abierta—. Eres un cerdo ordinario y
barato.
—Me agradan los cerdos, y no son baratos, créeme; intenté comprar uno para criarlo pero fue muy caro.
Ahora, ¿tengo permitido tocarte? Después de todo eres mi novia.
Ella eleva una de sus cejas.
—¿Eres mi novio ahora? Pues lo siento, no me has pedido nada.
Me muerdo el labio inferior, sabiendo que ella tiene razón.
—Déjame corregir eso: ¿te gustaría ser mi novia, Rita Fiorella Day? —pregunto luego de unos
instantes—. Nada me gustaría más que me dieras una oportunidad para demostrarte que no todos los
chicos somos como el cerdo de tu ex novio.
Veo a Rita apartar la mirada, luego vuelve a verme y sonríe, aunque trata de ocultarlo.
—Está bien —acepta—. Seremos novios y te dejaré tocar mis caderas, pero si intentas algo más…
—Ya sé, ya sé —murmuro—. Me vas a castrar, con todo y título médico oficial para realizar castraciones.
—Bien, dejando eso en claro, será mejor que continuemos bailando —dice ella.
Asiento con la cabeza, y lentamente vuelvo a acercar mis manos a sus caderas. Al instante ella golpea mis
brazos.
—¡Rita!
—Lo siento —se lleva ambas manos a la boca—. Es por pura inercia, de verdad. Está vez prometo no
hacerlo. Intenta de nuevo.
Entonces hago como ella dice y llevo, nuevamente, mis manos a sus caderas y comienzo a moverla al
ritmo de la música. Tengo miedo que ella vaya a golpearme en la cara por lo atrevido de mi movimiento,
pero no se está quejando.
—Ahora mueve un poco tus pies —sigo diciendo, mis manos no sueltan sus caderas mientras nos
movemos suavemente con la música—. ¿Notas ahora la diferencia? Muévete como si estuviéramos en
medio del mar y las olas nos arrastraran de un lado a otro. La velocidad con que te muevas va a depender
del ritmo de la música, si es rápido, pues te mueves más rápido.
Mis manos siguen en sus caderas y es toda una sorpresa cuando las suyas van a mis hombros y sigue mi
ritmo.
—¿Eso lo copiaste de algún estado de Facebook, también? —pregunta de mala gana.
—No, lo copié de una película.
—Quedó bien.
—Yo sé —sonríe de oreja a oreja—. Así, lo vas haciendo bien. Un poco más rápido porque tienes que
seguir el ritmo de la canción.
—¿Lo hago bien así?
—Evita sacudir tus manos, mueve tus hombros hacia arriba.
Ella hace como le digo y comienza a sacudirse, esta vez con mucho más control que antes.
—Mis manos mueren por hacer el limpia vidrios —dice con nostalgia.
La suelto para darnos un poco de espacio y para poder verla a la cara.
—Entonces hazlo —digo sonriendo—, no quiero cambiar ninguna parte de lo que te hace ser quien eres.
Ella sonríe mientras me observa con lo que creo es su mirada de adoración.
—Pondré eso en mi estado de Facebook —dice.
Pronto ella se pone a hacer el “limpia ventanas”, moviéndose como si supiera lo que hace.
Es adorable.
—Es adictivo —dice después de un rato—. Deberías intentarlo.
—De acuerdo, trataré de intentarlo.
Entonces sonrío y empiezo a imitar alguno de sus pasos de baile.
Rita ríe en voz alta mientras me ve agitando las manos como ella suele hacerlo.
Ambos hacemos los movimientos al mismo tiempo.
—Déjame enseñarte ahora —dice ella—. Limpia a la derecha y luego a la izquierda, en contra de las
manecillas del reloj. Ambas manos tienen que seguir el mismo sentido.
—Esto es fatal —confieso.
—¡Oye, no lo es! Aunque en ti sí que luce ridículo.
—También en ti.
Rita me saca la lengua, entonces yo saco la mía.
—¿Crees que es buen momento para que nuestras lenguas se toquen? —pregunto en su oído.
Y justo cuando pienso que me va a rodar los ojos o a hacer una negativa, me sorprende acercándose más a
mí, observando directamente mi boca. La sorpresa aumenta cuando, de manera metódica y lenta, pega sus
labios con los míos… y nos estamos besando. Mis manos la sostienen con fuerza mientras nuestras bocas
se emocionan al mismo tiempo, su respiración se siente por todo mi rostro que arde en llamas.
Lastimosamente el beso acaba más rápido de lo que nos gustaría.
—Eso fue muy bueno —murmuro mientras sigo relamiendo mis labios—. Sería mejor si repitiéramos.
Rita sonríe, divertida por todo el asunto.
—Mejor sigamos bailando, vaquero —es todo lo que dice mientras me tortura con sus movimientos en la
siguiente canción.

********

La noche trascurre sin ningún problema y sin ninguna señal de Mia. Todavía no he hablado con Rita
respecto al homenaje que rendimos en honor a la hermana de Mia, Emilia. Pero no he tenido el tiempo
necesario, en toda la noche, para decírselo. O tal vez no haya tenido el valor necesario. Como sea, ahora
Rita está ordenándonos algunas bebidas mientras regaña a su abuelo por querer desvestirse en público y le
exige a su padre que beba menos.
Aunque sé que en el fondo Mia vendrá, sé que ella aparecerá. Lo presiento demasiado, sé que le importa
el pequeño homenaje que hago para ella y su hermana. Así que es toda una sorpresa cuando, pasados unos
instantes, veo a Rosie caminar en mi dirección.
Lleva un vestido blanco casi transparente y sonríe mucho al verme. Levanta su mano para saludarme y,
justo cuando está a pocos centímetros de distancia, siento otra mano ir directo a mi rostro, dedos
envolviéndose en mi mentón. Es Rita quien me sostiene mientras, de la nada, planta un beso en mi boca.
Es un beso al cual correspondo sin ningún problema e igualo en posesividad.
Por un momento olvido dónde estamos, hasta que escucho aplausos y silbidos por parte de la gente a
nuestro alrededor. Entonces ambos, Rita y yo, nos retiramos de la boca del otro.
—Wow —murmuro—, eso fue algo.
—Creo que estoy ebria —sonríe ella—. Bueno, no tan ebria, pero como que estoy comenzando. Tus
padres me invitaron a una bebida cada uno y no pude rechazarla… así que tal vez al finalizar la noche me
tengas que cargar en brazos.
Sonrío de igual forma, mientras pronto escucho una garganta aclararse cerca de nosotros. Es Rosie.
Su cabello rubio se mueve con el viento mientras la veo llevar un vaso de plástico en la mano.
—Lamento interrumpir —dice ella, sonriéndole a Rita—. ¿Puedo hablar contigo, Key?
Rita la observa de pies a cabeza, frunciendo el ceño mientras Rosie hace lo mismo con ella.
—Claro que podemos hablar —digo—, pero Rita puede quedarse. Es mi novia, por si no lo sabías.
La cara de Rosie se transforma en sorpresa, y sus ojos aprecian a Rita con renovada intención. Al final
sonríe, mostrando los dientes.
—Felicidades a los dos —comenta ella—, no lo sabía. Y no pienses que intento ser grosera ni nada, solo
quería hablar a solas con Key para comentarle algo sobre mi hermana, Mia. Pero no me molesta en lo
absoluto que seas parte de la conversación.
Rita sonríe, casi podrías decir que está fingiendo. Es algo extraño ya que Rosie suele caer bien a todas las
personas, es alguien muy dulce.
—No nos hemos presentado formalmente —dice Rita, acercándose a Rosie para besar su mejilla—. Me
llamo Rita, soy la novia de Key.
Me toma del brazo y sonríe de la misma forma que lo hace Rosie.
—Hola, Rita. Me llamo Rosie y soy la hermana menor de Mia. Supongo que ya debes de saber de ella —
responde la susodicha—. Pero déjame decirte que ambos hacen una buena pareja. Parecen sacados directo
de una portada de revista.
—Gracias —digo—, ¿podrías decirme ahora qué es lo que tenías que hablar conmigo?
—Claro —dice, sacudiendo la cabeza—. Era sobre Mia, y sobre lo que haces cada año por ella en estas
fechas.
Su rostro se vuelve opaco mientras su mirada cae al suelo.
Habla del suicidio de su hermana, Emilia. Dicho suicidio que ocurrió en esta misma fecha.
—¿Qué ocurre con eso? —pregunto, sabiendo que Rita no debe saber de lo que hablamos.
—Pues que Mia no vendrá esta noche. Por eso vengo yo, porque ella finalmente decidió superar todo
esto.
Sus palabras me dejan sorprendido, no sé cómo reaccionar. No sé si sentirme bien con eso, o si lo debo
lamentar.
—Es una lástima —murmuro finalmente—, pero la entiendo. Es algo que siempre he hecho.
Rosie asiente con la cabeza, su rostro apenado.
—Lo siento mucho, Key —dice ella—. Creo que ella te causó mucho daño y es bueno para ambos esta
separación. Además, creo que Rita te hace muy bien.
Sonríe en dirección a Rita.
—De acuerdo —digo luego de unos instantes—. ¿Piensas quedarte tú para la fiesta?
Rosie niega con la cabeza.
—No, no me quedaré. Pero solo te pido esto: eres libre de dejar a Emilia atrás también. Ella nunca fue tu
responsabilidad, y fue un lindo gesto de tu parte que siempre pensaras en homenajearla en estas fechas —
dice Rosie—. Pero siento que es hora que disfrutes de tu día sin que se vea manchado por un mal
recuerdo.
Rita está callada a mi lado, observando en dirección a sus botas, luciendo pensativa.
—Gracias, Rosie. Lo aprecio —digo finalmente.
Ella asiente con la cabeza mientras se despide de nosotros.
—Solo eso quería venir a decirte —dice antes de irse—, para que no la esperes más.
Con esas últimas palabras se marcha sin mirar atrás.
Pasan unos minutos de silencio, Rita no ha soltado mi brazo en todo este tiempo.
—Lo siento —es lo primero que digo—. Lo siento por no haberte dicho todavía sobre Mia…
Ella levanta una mano para silenciarme.
—Lo entiendo —dice pasados unos segundos—. Pam me lo contó todo.
Resoplo con fuerza.
—Debí suponer que Pam te diría todo.
—No estoy enojada, si es lo que piensas. Solo puedo ponerme en tus zapatos y sé lo difícil de esta
decisión. Mia lo fue todo para ti, y entiendo que quisieras apoyarla incluso con lo que pasó con su
hermana.
Asiento con la cabeza.
—Ella lo fue todo… pero ya no lo es más —digo—. Y aunque ella hubiera aparecido esta noche, nunca la
hubiera besado, si es que eso fue lo que te contaron mis hermanas. Es algo insignificante y pequeño que
hacía por ella. Pero yo nunca haría algo que te dañaría a propósito. Jamás.
Rita suspira, sonriendo levemente.
—Eres todo un romántico, Keyton Higi… ups, olvidé que ese no es más tu nombre.
—Para ti puedo serlo —digo de mala gana—. Pero no lo menciones delante de la gente, tengo una
reputación que cuidar.
Rita sonríe en grande esta vez, apretando mi brazo y ubicando su cabeza en mi hombro.
—¿Cómo te sientes con lo de Mia? —pregunta pasados unos minutos. Ambos buscando calor en el otro
mientras una brisa fría viene con el viento.
—Me siento… libre. Bien, de hecho. Creo que todo está tomando forma y es como tiene que ser.
—Es bueno escucharlo —dice Rita—. Y para cambiar de tema… aquí tienes.
Ella suelta mi brazo y pronto la veo extendiendo su mano para darme una pequeña caja envuelta con
papel de regalo.
—¿Me compraste algo? —pregunto, muriendo por abrirlo.
—Así es —responde ella—. Fue mientras iba de compras con tu hermana. Fue algo apresurado, y sé que
es de poco valor, pero tu hermana me mencionó que te gustaban estas cosas así que…
Ella me señala el regalo y me insiste para que lo abra.
Rápidamente lo desenvuelvo y quito el listón azul que lo cubría.
Abro la caja y noto que es… ¿un llavero? Y no cualquier llavero, es uno con la figura de dos peras
dándose un beso.
Me rio con ganas.
—No te burles —dice Rita—. Tu hermana me dijo que tenías cierta obsesión por las figuras de pera, y
este llavero estaba justo al alcance así que lo compre para ti. Sé que es algo insignificante y nunca se le
comparará al limpiador de nariz, pero fue algo de último minuto. Además, noté todas las cosas raras de
peras que tienes en tu casa y decidí traerlo para tu colección.
Mi risa se hace más fuerte, casi derramando lágrimas.
Pam es una jodida de mente peligrosa y Rita ni siquiera sospecha nada.
—Había otro más bonito —añade ella, contagiada con el humor de mi risa—. Era una de pera besando a
una manzana, pero tu hermana se puso frenética y casi arranca mi mano cuando me vio tomarla. Me
amenazó con no llevar esa. ¿Tienes alguna idea de por qué?
Me encojo de hombros, sin querer delatar a mis hermanas.
—Soy algo alérgico a las manzanas —murmuro finalmente—. Pero, de verdad, aprecio mucho tu regalo.
Es más, lo usaré en este mismo instante.
Saco las llaves de mi vehículo, las que guardo en el bolsillo del pantalón, y empiezo con la labor de
colocar el llavero en su sitio.
—Me encanta tu regalo —digo con una amplia sonrisa—. Y sí, me gustan mucho las cosas de peras.
Rita sonríe, mostrando todos sus dientes.
—Este es tu nuestro primer regalo en pareja —digo, agitando mis manos cuando otra brisa helada nos
hace estremecer—. Quizás las peras sean lo nuestro.
—Eres más raro de lo que creía —murmura ella—. Y eso me encanta. Pero ahora, vamos, entremos que
está haciendo frío.
Con eso ella toma mi mano, y juntos nos dirigimos hacia el interior de la casa.

*******
Creo que Rita ha bebido demasiado. Pero no importa porque creo que yo también lo he hecho.
Para cuando es cerca de la medianoche, y como es tradición, mis hermanas me llevan el pastel para que
dé el último discurso de la noche.
Usualmente estaría también dedicando unas palabras en honor a la hermana de Mia, pero por primera vez
en la vida, siento que ella ya no es mi responsabilidad para ser cuidada. Mia ya será de alguien más para
cuidar y dedicar amor. Ese ya no puedo ser yo, no cuando tengo a la loca amante de los patos sentada
junto a mí, delirando sobre lavar calzoncillos y quejándose cuando ve a su hermano menor, Rowen,
corriendo por el exceso de azúcar junto con otros niños de su edad.
Veo el gran número veintitrés que decora la parte superior del pastel que siempre encarga mamá para mí;
ella y Rita han estado hablando casi toda la noche, antes que ella decidiera beber más.
Puedo decir que Rita no es tan mala con esto de las relaciones, y su regalo, aunque pequeño, fue muy
gratificante. Eso y verla vestida de la manera en la que está ahora.
Pam pronto trae el enorme pastel con la ayuda de varios chicos que coquetean con ella.
Deposita el pastel frente a mí, y me obliga a ponerme de pie mientras todos se reúnen a mi alrededor.
La música se detiene por completo, y alguien logra pasarme un micrófono para que hable.
Desde donde estoy puedo contar las veintitrés velas en el pastel, sonrío cuando veo a Rita murmurar sobre
ver el pastel envuelto en llamas.
Decido terminar pronto por la noche, así que me aclaro la garganta y decido comenzar a hablar.
—Gracias a todos y todas por venir —comienzo, mi voz suena ronca—. Sé que somos una familia
numerosa, pero siempre logramos reunirnos a tiempo para celebrar momentos como estos.
Mis ojos atrapan los de Rita, viéndome fijamente.
—Tengo a todas las personas especiales justo aquí, a mi lado —continúo—. Y no puedo estar más que
agradecido con la vida por darme a cada uno de ustedes, con todo y sus actitudes molestas, y aunque solo
vinieran para abusar de mi pastel.
Varios ríen en el fondo, molestando con sus celulares para grabar el momento.
Es aquí cuando abro la boca y me quedo sin palabras. Usualmente mencionaría algo sobre la memoria de
Emilia, creo que mi familia ya está tan acostumbrada a eso, así que es algo nuevo cuando omito decir algo
al respecto.
—Así que lo único que puedo pedir es que disfruten de lo que queda de la fiesta porque está a punto de
acabar —grito la última parte, en mi estado de semi ebriedad.
Mi familia y amigos aplauden, incluso puedo ver a Adam en la parte de atrás de la habitación mientras
levanta su vaso de bebida en el aire. Todos piden que sople las velas y pida un deseo, así que cierro los
ojos y deseo.
No sé qué desear al principio, pero cuando siento la mano de Rita tomando la mía, deseo simplemente
una oportunidad. Tan solo una para esta vez no equivocarme de persona, así como me equivoqué en el
pasado, aunque algo me dice que no me voy a arrepentir.
Es allí cuando abro los ojos, y en medio de un mar de caras conocidas y sonrientes, descubro el único
rostro solitario.
Es ella, es Mia, y me está viendo con una tristeza que casi hace que me ponga sobrio de golpe.
Trato de inclinar mi rostro, para asegurarme que no sea producto de mi culpa o del alcohol, pero es
verdaderamente ella la que se encuentra de pie en medio de la multitud. Incluso puedo ver sus ojos rojos a
esta distancia, una solitaria lágrima recorre su mejilla, y solo así me siento más culpable de lo que nunca
me sentí en la vida.
Las personas comienzan a dispersarse, algunos para bailar y otros para seguir esperar su parte del pastel
que se supone debo cortar. Pero mis ojos siguen fijos en Mia, observándome con tristeza escrita por todo
el rostro; y antes de verla desaparecer en medio de la gente, pienso en por qué Rosie mentiría y me diría
que ella no iba a venir.
Tengo que recordar que ella ya no es mi responsabilidad y que no debo sentirme culpable al respecto,
pero admito que dejarla ir duele por unos momentos. No porque piense en volver a revivir lo nuestro, sino
porque presiento que esto no traerá nada bueno.
Espero estar delirando como Rita hace, porque no quiero tener la razón al respecto.
22 - Final
¿Por qué tuvimos un final?

Rita

—No puedo creer que nunca hayas visto esta película —digo mientras mastico de mi balde de palomitas
de maíz, provocando que algunas se vayan al escote de mi camisa.
Key mastica de su propio balde y extiende sus pies hacia el vacío asiento de enfrente.
Tenemos todo el cine para nosotros, somos casi los únicos viendo El Resplandor. Claro, nosotros y otra
pareja que no ha dejado de besarse y comerse el rostro desde que se sentaron en sus asientos a cuatro filas
por debajo de los nuestros… ¿De verdad hay gente que paga por besarse dentro del cine, sin ver la
película? ¡Eso es un sacrilegio!
En fin, esta tarde es “clásicos de terror” y animé a Key a entrar conmigo, incluso prometí tomar su mano
cuando sintiera miedo en algunas escenas sangrientas. Ha pasado una semana desde que ambos
practicamos ese hábito, así que ahora es más fácil sostener su mano sin romper en sudor o mentalmente
empezar a contar ovejas para no sentirme incómoda. Tal vez sea porque me voy acostumbrando a tener a
Key en mi vida.
Es lindo tener a alguien que cuide de ti de vez en cuando.
Key, a mi lado, sigue absorto en la película; así que repito mi pregunta inicial:
—No puedo creer que no hayas visto El Resplandor antes.
Esta vez me escucha y me presta atención, sonriendo al ver mi rostro de estupefacción.
—No me atraían mucho las películas de terror —contesta él mientras lleva un puñado de palomitas de
maíz a su boca—. Siempre se me dieron más las actividades al aire libre, estar en contacto con la
naturaleza y esas cosas; casi no soportaba tener que vivir a base de ver televisión así que me perdí de
mucho de eso mientras crecía.
Le lanzo unas cuantas palomitas al rostro y él parpadea, viéndome con confusión.
—¿Vivir a base de ver televisión? —pregunto—, ¿en serio?
—¿Qué?
—Yo no vivía a base de ver televisión. Estos son clásicos que todo el mundo ve alguna vez en la vida; y
para que sepas, a mí nunca se me dieron las actividades al aire libre. Las odiaba.
En definitiva, la naturaleza y yo no somos amigas, soy alérgica a casi cada planta que existe en el planeta,
y me aterran los animales, en especial si tienen escamas o si se arrastran por el suelo… Solo de pensarlo
me entran escalofríos.
—Bueno, yo era anticuado —se defiende Key—. No me gustaba ver televisión, prefería ver crecer a mi
planta de frijol en su frasco lleno de algodón.
—¿Tú también hiciste eso?
Veo que asiente con la cabeza al mismo tiempo que lleva sus labios a su refresco de soda.
—No hay niño en esta tierra que no haya hecho crecer una planta de frijol en su respectivo frasco
mientras estaba en la escuela. Yo lo hice cientos de veces —admite una vez que termina de sorber de la
bebida—. Era el mejor de la clase. Siempre me gustó todo lo que tuviera que ver con la tierra.
—Yo soy lo opuesto. Mi planta se marchitó cuatro veces antes que lograra brotar algo, y luego cuando
brotó, se murió.
Escucho la risa de Key, pero pronto se disipa cuando se distrae viendo la escena en donde Wendy golpea
a Jack con el bate de beisbol.
—¿Por qué no simplemente lo noqueó con el bate? Sabe que él está loco ya —murmura Key en dirección
a la pantalla—. ¡Vamos, mujer, golpea fuerte!
—Key —lo regaño—. La pantalla no te va a escuchar; en cambio, la pareja que se come la cara, sí.
—Esos dos están en su propio hábitat —responde él—. Apuesto a que, si les lanzamos palomitas, ni
siquiera se van a dar cuenta.
—Claro que se van a dar cuenta. No pueden simplemente ignorar que no están solos.
—Rita, solo les falta quitarse la ropa y hacerlo en público. Y tal vez la única razón por la cual no lo hayan
hecho ya es por falta de preservativos.
Suspiro en voz alta.
—Debes decirle a tu tía regala-condones que visite los cines y lugares oscuros, son como imames para
gente como ella.
—Lo tendré en cuenta —murmura distraídamente—. ¿Qué te parece si les lanzamos algunas palomitas y
ponemos en práctica nuestras teorías?
Me muerdo el labio mientras analizo lo gracioso que será cuando Key las lance y el chico, que parece que
va a succionar la nariz y boca de la chica, quiera golpearlo.
—Bien —termino aceptando—, pero si se desconcentran, tú pierdes.
—¿Qué, exactamente, pierdo? —pregunta él.
—Veremos maratones de películas de terror, todo el día, si pierdes.
—Trato hecho. Ahora, si tú pierdes…
Se queda pensativo, llevándose a la boca uno de sus dedos para lamer la mantequilla mientras sus ojos se
pierden en la película por unos breves instantes.
—Si yo pierdo, ¿qué? —insisto mientras él está hipnotizado viendo la escena.
Le toco el hombro y eso llama su atención.
—Oh —murmura, parpadeando varias veces—. Si tú pierdes entonces la próxima vez que vengamos al
cine nos besaremos como esa pareja lo hace: sin detenerse a respirar aire y haciendo sentir incómodo al
resto del mundo. Comenzaremos a besarnos desde el momento en que nos veamos.
Ruedo los ojos.
—Qué mala apuesta. Además, pides demasiado.
Se encoge de hombros.
—Es mi precio, Patchie.
—Quiero agregar más a lo mío —añado—. Si pierdes, no solo verás películas de terror conmigo, sino
también besarás a todos lo que ese día te llamen por tu nombre. Me encargaré de que lo hagas. Beso en la
boca, nada de esa mierda barata en la mejilla.
Él se limita a elevar una de sus cejas, el desafío escrito en toda su cara. Entonces extiende una mano para
que la estreche con la mía.
—Trato hecho, nada de mierda barata —dice—. Aunque no debería dejar que agregues más a tu lista.
Nos damos la mano y luego comenzamos con la ardua labor de lanzar palomitas de maíz en dirección a la
pareja que, sorprendentemente, aún se sigue besando.
Key se encarga de lanzar unas de prueba, y luego comienza a experimentar con los lanzamientos reales.
Yo también me uno, pero están demasiado lejos como para ser alcanzados.
—No funciona —me quejo en voz baja, tratando de contener la risa—, ¿y si nos acercamos?
—No, no, no —dice él, negando también con su dedo índice—. Nada de trampas.
—No es hacer trampas.
—Si vamos más cerca, vas a hacer que yo pierda la apuesta.
—Bien, aunque aquí el único tramposo eres tú.
Suspiro mientras procedo a atacar con un puñado de palomitas.
Para nuestra sorpresa, esta vez sí caen directo a sus caras. Entonces la pareja se despega de la boca del
otro, y lo primero que hacen es alzar las miradas, justo en nuestra dirección.
—¡Al suelo, al suelo! —grito en un murmullo. Empiezo a descender en mi asiento hasta que la mitad de
mi cuerpo está tocando el suelo, apoyándose de las puntas de mis pies mientras la otra mitad está todavía
en la silla, sujetándome con los codos.
Key, a mi lado, hace lo mismo que yo.
—Creo que nos vieron —dice, masticando palomitas de maíz de manera incontrolable.
—¿Crees que siguen mirando en nuestra dirección? —pregunto yo a cambio.
Key eleva la cabeza, e inmediatamente la vuelve a bajar, su mano buscando más palomitas de forma
incontrolable.
—Sí —responde él, sudor bajando por su frente—. Yo digo que esperemos unos minutos antes de
levantarnos, tal vez cuando vuelvan a besarse y se olviden de este pequeño incidente.
Con cierta dificultad elevo también mi cabeza, y para mi consternación, el chico besador se está
levantando de su asiento, dirigiéndose directamente hacia nosotros.
—No te vayas a alterar —murmuro—, pero el chico viene hacia aquí.
Key maldice en voz baja, tomándome de la mano.
—¿Y si gateamos hasta el otro lado de la sala? —pregunta finalmente.
Niego con la cabeza.
—Presiento que vendrá por nosotros.
—Oh, tengo una idea —dice Key, sonriendo con ganas.
—Pues ponla en práctica rápido.
Después de decir esas últimas palabras, él me toma de los hombros y me tira a sus brazos, haciendo que
ambos perdamos el equilibrio y caigamos al suelo.
—Ahora tienes que besarme —murmura, sin aliento.
Mis ojos se abren enormemente cuando veo su mano trasladarse a mi nuca, y repentinamente nos estamos
besando. Mis labios chocan contra los suyos mientras me encuentro totalmente desprevenida, su mano
impidiendo que me mueva de lugar.
Justo cuando estoy a punto de darle un rodillazo en las bolas… alguien detrás de nosotros se aclara la
garganta. Y es ahí cuando nos separamos.
Inmediatamente me siento en una posición más erguida, dando espacio para que Key haga lo mismo
mientras se abotona la camisa que, aparentemente, se había desabrochado en su repentino arrebato.
Ambos miramos al tipo parado frente a nosotros: cuerpo bastante atlético, alto, de cabello oscuro y con la
camiseta tan pegada que parece casi tatuada a la piel.
—¿Podemos ayudarte en algo? —pregunta Key.
Apuesto a que mis labios lucen rojos debido al beso, aunque no creo que lo vaya a notar en una sala tan
oscura.
—¿Fueron ustedes los responsables de lanzarnos esas palomitas? —pregunta el chico, lleva en su mano
una bebida de tamaño gigante.
—Oh, lo siento, hombre —se excusa Key—. A mi novia y a mí se nos fue un poco la mano. Ella es tan
intensa que de seguro botó algunas en tu dirección.
El chico parece conformarse con esa respuesta y pronto lo vemos mover los pies, como queriendo
regresar a su asiento.
—De acuerdo —dice él antes de bajar—. Aunque opino que deberían conseguirse una habitación; al cine
no se viene para hacer esa clase de cosas, se viene para ver la película.
Mi enojo toma el control cuando escucho sus palabras. Es como si me transformara en Hulk casi al
instante y no pudiera hacer nada para evitarlo.
¿De verdad nos está diciendo eso, aun cuando era él quien parecía que iba a succionarle la cara a esa
chica?
—Mira —lo señalo con mi dedo índice—, chico “toma-esteroides” eras tú el que no dejaba de meterle la
lengua a tu novia como si fuera el fin del mundo y temieras morir virgen…
—Rita —Key me detiene, siento la tensión salir de su lado mientras aprieta mi hombro—. Basta ya, deja
al hombre en paz.
—No he terminado —continúo con mi ataque—. No vengas a decir que consigamos una habitación
porque, hace apenas unos minutos atrás, tú y tu chica se veían listos para ocupar una.
No puedo ver bien la expresión del “toma-esteroides”, pero sé que se encuentra molesto. Así que decido
agregarle más sal a la herida:
—Si no fuera por la intervención de nuestras palomitas de maíz, ustedes dos estuvieran fornicando justo
allí en el asiento, así que disculpa por interrumpirte.
Key está más tenso que nunca.
—Rita… esto no es buena idea —murmura en mi oído, se encuentra realmente asustado.
—Relájate, vaquero —respondo en tono desafiante—. Si este tipo quiere atacar, sé muy bien dar un buen
apretón de bolas para dejarlo noqueado por un par de minutos. Yo cuido tu espalda.
—Se supone que yo haga eso —responde Key—. Soy el novio, por cierto.
Dice esto último en dirección al “toma-esteroides” que suspira con cansancio.
—Como soy un caballero —habla él—. Los dejaré en paz, pero que esta sea la última vez que nos
molestan en medio de una película tan buena.
Ruedo mis ojos, porque, ¿en serio?
—¡No estaban viendo nada! —grito con desesperación, necesitando defender mi punto—. A menos que
hayan desarrollado superpoderes para ver aun cuando sus ojos no están abiertos.
Tal vez sea buena idea ponerme de pie para mostrar mi altura y dejarle en claro que no me voy a
intimidar, pero antes de que pueda hacer nada, mi mano encuentra una goma de mascar pegada en el
suelo.
—¡Qué mierda! —grito, exhausta.
—No —responde chico “toma-esteroides” —. Esto sí que lo es.
Entonces, usando la mano que no sostiene su bebida, agarra del cuello a Key. Justo cuando creo que va a
golpearlo o de alguna forma lastimarlo, muy tardíamente me fijo que su bebida va en mi dirección.
Muy pronto siento el impacto de lo helado del refresco, mojando mi cabello y mi ropa en el acto. Luego
el “toma-esteroides” lanza a Key de nuevo al suelo, pero para mi sorpresa, Key se pone rápidamente de
pie y veo su puño ser lanzado en dirección a la cara del chico. El golpe suena en la vacía sala y veo con
horror la escena frente a mis ojos.
—Rita, corre —murmura Key.
No lo pienso dos veces y me pongo de pie, corriendo al final de la fila de asientos para ir a dar a la salida.
Key me sigue, corriendo a igual velocidad que yo.
Chico “toma-esteroides” nos sigue también y ahora nosotros parecemos sacados de una de las escenas de
la película de terror.
—Corre, corre, corre —grito con fuerza.
Salimos de la sala, directo a las brillantes luces del pasillo. En algún punto Key toma de mi mano y ahora
corremos juntos.
Pronto logramos abandonar del pasillo y encontramos la salida del cine. A estas alturas el chico “toma -
esteroides” no nos sigue ni nos siguió más allá de la sala. Key y yo finalmente nos detenemos a tomar
aire. Luego de unos minutos nos estamos riendo con fuerza mientras caminamos hacia el estacionamiento
en busca de su auto.
—Creo que nunca deberíamos provocar a nadie más en el cine —murmura él mientras se limpia el sudor
de la frente.
—Estoy de acuerdo con eso —digo, riendo como posesa al recordar su expresión cuando pensó que el
chico lo iba a golpear y terminó empapándome a mí de refresco.
—No puedo creer que me metiera en una pelea más por ti, Rita.
—Así es esto, supongo. ¿Crees que somos novios convencionales?
Key lo piensa por unos segundos y luego niega con la cabeza.
—Lo convencional ya pasó de moda. Tenemos nuestra propia normalidad, creo.
—Bien.
Y con eso tomo de su mano nuevamente, caminando cuidosamente hacia su vehículo, riendo porque
acabo de ganar la apuesta y eso hace más reconfortante el caminar empapada en soda.
—Por cierto —murmuro, limpiando algo del refresco que cayó en mi cabello—: gané.
—No me lo recuerdes.
—Besarás a todo el que, prácticamente, diga… Además, verás películas de terror conmigo.
—Comencemos por ésta que no pude terminar de ver —dice negando con la cabeza, parece que todavía
no puede creer todo lo que pasó.
—Ojalá hubiera tenido mis botas puestas —suspiro—, lo hubiera pateado en las partes blandas con gusto.
—Yo sé que así sería, mi Patchie. Yo sé. Ahora vamos a casa a limpiar todo este desastre.

*****

Key y yo tenemos una semana increíble, a pesar del incidente con el chico en el cine y de cómo pienso
cobrarme muy pronto mi premio por ganar la apuesta. Al final de cuentas todo sucede como en un sueño,
y sí, sé que sueno jodidamente cursi y lo detesto; y sí, probablemente me salgan unicornios del trasero y
vomite mariposas, pero no lo puedo evitar.
Estoy teniendo sentimientos reales por Key, como más que gustar, como realmente reales-reales, de los
de verdad, no los confundidos sino los reales… Agg, de acuerdo, me está gustando demasiado y eso me
aterra. No me quiero involucrar mucho porque sé que en algún momento puedo terminar con el corazón
roto y eso me sería difícil de procesar. Pero también sé que debo arriesgarme y atreverme a darle a Key
una oportunidad, se lo merece.
Después de su cumpleaños él ha estado con un ánimo sombrío, así que nuestra salida al cine lo reanimó
por completo, a pesar de que casi pudo recibir una paliza y que yo tuve que rehacer todo mi maquillaje,
por no mencionar el hecho de que una de mis blusas favoritas se arruinó; pero en general, la pasamos bien
juntos.
Luego de eso, nuestros días han sido muy normales, pero para nada aburridos. A veces él viene a mi casa
y juega con mis hermanos, o si no sus hermanas me insisten en ir con ellas y mostrarme las fotos
vergonzosas de un Keyton de diez años apasionado por libros del viejo oeste.
Todavía sigo suspendida en el trabajo, pero falta unos cuantos días para regresar nuevamente así que paso
la mayor parte de mi tiempo con Key, prácticamente parezco su siamesa. Por esa misma razón, es
realmente extraño cuando esa mañana nunca se aparece por mi casa o me llama desde muy temprano para
despertarme con alguna de esas canciones de rock que tanto le gusta escuchar en su auto.
E incluso, él siempre avisa en caso de que no pueda venir o se ausente por periodos largos. Pero hoy se
siente diferente, demasiado.
Me paseo dentro de mi habitación, pensando en si le habrá pasado algo. Al final dejo mi temor de lado y
decido llamarlo de una buena vez; tampoco quiero ser como esas novias neuróticas que necesitan saber
con desesperación cada movimiento que da su chico, pero no es normal en él no aparecerse. Y es aún más
anormal que la llamada caiga directo al buzón de voz. Lo que significa que Key tiene apagado su
teléfono.
Key nunca tiene apagado su teléfono.
¿Qué está pasando con él?
¿Le habrá ocurrido algo? ¿Se ahogó? ¿Accidente de tráfico? ¿Se murió la batería de su móvil? ¿Lo
asaltaron? ¿Lo violaron? ¿Podría seguir al lado de Key en caso de que lo violaran? ¿Por qué estoy
haciendo tantas preguntas?
Sí, me pongo un poco paranoica al respecto. Pero basta, no soy de esa clase de novias, no lo soy.
Necesito repetirlo unas diez veces más hasta que me tranquilizo.
Decido dejar mi teléfono a un lado y esperar por saber de él; tampoco es como si se lo hubiera tragado la
tierra.
Para el final del día, y luego de veinte llamadas fallidas después, estoy realmente perdiendo los estribos.
No he recibido una sola llamada o mensaje de texto de Key.
No sé nada de él, y no puedo seguir pretendiendo que no me afecta y que no estoy preocupada; así que
decido tomar la iniciativa en esta ocasión y le envío un mensaje de texto, en caso de que decida
responder:
«¿Estás bien? No me has llamado en todo el día…»

Y luego de cinco minutos vuelvo a hacer lo mismo:

«Responde, responde, responde… ¡Keyton! ¿Key?»

Pasados otros diez minutos mis dedos se ven en la necesidad de enviarle otro mensaje para aclarar el
anterior:

«Lo siento, no soy de esa clase de novias posesivas que necesitan saber a cada minuto lo que hace, come
o defeca su novio, pero estoy preocupada. ¿Estás bien?»

Esta vez espero solo un minuto para enviarle el siguiente mensaje:

«Lo de defecar era una broma, no lo tomes tan literal»

Otros treinta segundos para enviar el siguiente:

«La palabra “defecar” es muy extraña, ¿lo has pensado? “Defecar”»

Ruedo los ojos mientras me encuentro acostada en mi cama, alejando el teléfono antes de escribirle
alguna otra tontería. ¿En serio utilicé “defecar” con él? Estoy mal de la cabeza. Vuelvo a escribirle:

«Por favor, olvida todo acerca de defecar. Soy terrible con las palabras… y olvida todo sobre lo posesiva
que sueno al escribirte constantemente. Prometo no volver a molestar»

Con ese último mensaje dejo de lado mi móvil y me concentro en no pensar en Key.
Espero una media hora, alternando la vista entre el teléfono sobre mi almohada y entre la laptop que estoy
usando para revisar mis correos electrónicos, y es ahí cuando recuerdo que puedo molestar a Pam o a
Eileen, ambas me dieron sus números de teléfono para casos como estos. Adiós a mi promesa de no
molestar.
Rápidamente, y casi de forma frenética, voy en busca de mi celular para contactarlas.
A la primera que llamo es a Pam, y ella responde casi al instante.
—¡Pam! —saludo inmediatamente una vez que ella contesta; estoy tratando de no sonar desesperada—.
Hola, solo quería…
—Rita —suspira ella, como si se sintiera repentinamente aliviada—. ¡Qué bueno que llamaste!
—¿Sucede algo? —pregunto—. He tratado de llamar a Key en todo el día, pero no responde.
Pam empieza a maldecir en voz baja.
—Pensé que Key estaba contigo. Yo también he intentado llamarlo, pero no contesta. Creí que tú sabrías
dónde se encuentra.
—¿Yo? No.
Pam suspira de nuevo, puedo notar la irritación y preocupación en su voz y eso me asusta de gran manera.
—Esta mañana, mientras estábamos desayunando, recibió una llamada —explica ella—. Salió corriendo
después de eso, y no hemos sabido nada de él en todo el día.
—Pero, ¿quién lo llamó?
—No lo sé. Estoy preocupada, Rita. Key no es así.
—No creo que sea algo grave, él ya hubiera llamado —miento miserablemente—. Talvez solo quería un
respiro de todo.
—Sí, tienes razón —dice Pam, esta vez se escucha más animada—. Puede que solo esté alterándome sin
sentido alguno. Aunque es extraño que no haya hablado contigo.
Me encojo de hombros, aunque ella no pueda ver mi gesto.
—Puede que su teléfono se arruinara.
—Sí… o puede ser que esté herido, sangrando en el suelo, con un objeto punzante en la cabeza…
—Eh, ¿Pam? —pregunto, alarmada—. No estás ayudando.
Escucho el suspiro de su parte.
—Lo siento. La única vez que hizo esto anteriormente fue cuando te atropelló y te trajo a casa. Siempre
que tiene un secreto, nos evade.
—Oh.
Mi ceño se frunce, pensando en las locas teorías de Pam. ¿Qué secreto puede posiblemente tener Key?
¡Es un libro abierto! Y no es ni siquiera uno de esos que vienen escritos en griego, sino más bien de esos
que hasta traen imágenes porque son para niños. Ese es Key.
—¿Crees que esté herido? —pregunto.
—No —responde ella inmediatamente—. Lo hubiera sentido, tenemos algo así como sensación entre
gemelos.
—¿Sensación entre gemelos? —resoplo—. Tú y Key no son gemelos, no lo puedes “sentir”
—Bueno, pero podríamos serlo… En fin, probablemente esté bien. Si en algún momento él te llama, dile
que se comunique también conmigo.
—Bien, yo le digo. Haz lo mismo en caso de que te llame primero, me lo haces saber.
—¡Claro! Oh, espera —escucho que el sonido de su voz se aleja, entonces regresa conmigo—. ¡Es Key!
Me está llamando en la otra línea.
Mis preocupaciones se disuelven cuando escucho esa oración.
—De acuerdo —digo de mala gana—. Colgaré para que ustedes dos hablen; dile que se comunique
conmigo en cuanto…
No espero recibir una respuesta de Pam porque pronto ya me está colgando la llamada.
Espero pacientemente unos cuantos minutos para ver si Key me llama a mí también; para mi pesar, no
recibo ninguna llamada por la siguiente hora, ni de él o de Pam.
Me dedico a revisar mi teléfono para ver si tal vez haya algo malo con él, o si tengo alguna función
bloqueada, pero todo está normal.
¿Entonces por qué no me ha llamado?
Niego con la cabeza, reconociendo que estoy actuando extraña de nuevo. De seguro su plática con Pam se
extendió.
Al cabo de dos horas, y a punto de cerrar los ojos por el sueño, todavía sigo esperando su llamada… pero
nunca llega.
Me quedo dormida rápido, con la preocupación marcada en mi rostro y el pensamiento de qué puede ir
mal con Key.

Al día siguiente repito el proceso del anterior y empiezo a imaginar que talvez Pam nunca habló con Key.
Entonces procedo a llamar a Pam, esperando una explicación.
Para mi sorpresa, ella es quien tiene el celular apagado en esta ocasión.
Frunzo el ceño mientras me dedico a llamar esta vez a Key.
No responde. Mi llamada cae al buzón de voz.
Allí es cuando decido enviarle nuevamente un mensaje de texto:

«Hola…»

La preocupación me tiene abrumada. ¿Habrá pasado algo malo? Espero un minuto para seguir enviándole
otro texto:

«Key, ¿qué ocurre? ¿Hablaste con Pam anoche? Estoy preocupada, escríbeme»
Espero otro minuto para enviarle el siguiente:

«Si es sobre mis mensajes de ayer, solo ignórame. Olvida todo lo que dije sobre defecar y eso… Sabes
que soy terrible tratando de expresarme, pero oye, ya sabías que era rara»

Como veo que no responde, le doy tiempo y me apresuro a hacer desayuno para mis hermanos, aunque a
estas alturas seguramente ellos ya se prepararon algo de comer.
Ambos están en la mesa, sus ojos pegados a la televisión que se puede divisar desde la sala hasta el
comedor; ambos alzan la vista al verme y Russ hace un sonido de desaprobación.
—¿Hoy no vendrá tu novio? —pregunta de mala gana.
—No estoy segura —digo mientras me encojo de hombros—. Tal vez sí, tal vez no.
—¿Va a venir a jugar con nosotros? —pregunta Rowen, mirándome con esos ojos color miel, masticando
su cereal mientras habla con la boca llena—. Porque quiero la revancha por lo del otro día.
—Puedes jugar con Russell —lo animo—, una vez que vengas de la escuela y hayas hecho todas tus
tareas.
Rowen frunce el ceño, haciendo un puchero extraño con la boca.
—La escuela es para débiles. No creo en el sistema educativo de este país, es defectuoso —dice él,
masticando lentamente.
Ahora la que frunce el ceño soy yo.
—¿Quién te dijo eso? Esas no son palabras que tú usarías.
El niño sonríe, como si tuviera el mejor secreto guardado.
—Me lo dijo el abuelo.
Justo en ese momento, el abuelo entra a la cocina, sirviéndose una taza de café.
Cuando nota que lo observamos, se detiene abruptamente y eleva ambas cejas.
—¿Qué? —pregunta—, ¿ahora qué hice?
—¡Abuelo! —lo regaño—, deja de decirle tus teorías sobre el sistema educativo a Rowen, es solo un
niño.
—¡Esas son estupideces! —grita él, a cambio—. Sabes que es defectuoso, Rowen debería educarse en
casa, como yo lo hice.
—Por favor —respondo—. No empieces con tus teorías raras.
—Yo puedo educarlo —dice él—. Se convertiría en alguien como su abuelo, en alguien grande.
—Agg… eso sería terrible —añado—, sin ofender.
—No me ofende.
Me desestima con un gesto de su mano mientras continúa tomando café.
—Y… ¿bien? ¿Cuándo viene la comida de primera clase? —pregunta él luego de un rato.
—¿Cuál comida de primera clase?
—Se refiere a tu novio —responde Russell por el abuelo.
Mi rostro se contrae, recordando que no me ha devuelto las llamadas o los mensajes.
—No estamos pegados todo el tiempo —me defiendo—. Él tiene cosas que hacer y yo tengo las mías.
—Lo que significa —explica Russell—, que no sabes dónde está. ¿Cierto?
—¡No es eso! Es solo que él tiene una vida, y yo tengo la mía. Somos una pareja moderna, que confía el
uno en el otro.
O eso me engaño a creer.
El abuelo me observa sin decir nada, tomando de su taza y mirando minuciosamente en mi dirección,
evaluándome.
—¿Qué pasa entre ustedes dos? —pregunta luego de unos minutos—. ¿Se pelearon?
—No lo sé —respondo con sinceridad—. No me ha llamado desde ayer, pero supongo que es algo
normal. Tal vez estoy reaccionando como novia posesiva y celosa. No me prestes atención.
—Dale su espacio —dice el abuelo—, tal vez algo haya ocurrido y a su momento te lo dirá.
—Sí, eso creo.
—Es una lástima —continúa hablando él—, como que ya me había acostumbrado a la buena comida.
—Yo también —dice Russ.
—Igual yo —imita Rowen.
Ruedo los ojos mientras me sirvo un tazón de cereal, sin querer admitir que lo que más extrañaba era la
compañía de Key, él y sus ridículas camisas a cuadros que lo hacían lucir sensual.
Por primera vez en la vida, deseo poder tener trabajo que hacer en lugar de quedarme en casa y
estresarme pensando en lo que habrá ocurrido; y eso es preocupante porque nunca antes necesité de nadie
para sentirme completa. No quiero empezar a necesitarlo ahora.
Sacudo la cabeza mientras alejo esos pensamientos. Soy independiente y capaz de funcionar sin
compañía. Puedo con esto.
Al final, en todo ese día, no recibo ninguna llamada de Key o de Pam, incluso me veo en la obligación de
llamar a Eileen, prometiéndome que es la última vez que voy a molestarlos. Pero ella también tiene el
teléfono apagado. Esta vez no hay nadie que me responda.
Eso es realmente alarmante, pero no llamaría otra vez o iría a buscarlos; no está en mí comportarme de
esta forma y no lo voy a hacer. No sé qué ocurre con Key, pero merezco una buena explicación.
Mientras me encuentro divagando sobre lo mucho que me cuesta creer cuánto lo necesito, Russell, a mi
lado, me toca el hombro con insistencia para llamar mi atención.
—¿Qué ocurre? —pregunto de mala gana. Sus ojos están fijos en la ventana con vista la calle, su ceño se
frunce mientras sigue observando.
—Mira allá —señala con el dedo la dirección.
Sigo con la mirada hacia donde señala, y mi cara toma la misma postura que la de él.
Lo que faltaba.
Justo frente a nuestra casa, y saliendo de un taxi, una flameante mujer de cabello rojo se aproxima en
nuestra dirección. Pero eso no es lo más preocupante; lo que más me deja en estado de coma es la enorme
barriga de embarazo que carga con ella.
—¿Esa es? —balbucea Russell.
Asiento con la cabeza, con la boca abierta de la impresión y con el malestar cada vez que veo a esa mujer.
—¿Quién es ella? —pregunta Rowen, viendo hacia donde nosotros observamos atentamente.
Trago saliva mientras no puedo creer mi suerte.
Esto debe ser una broma.
—Esa mujer —digo sin disimular mi enojo—, ella es nuestra madre.
Rowen era demasiado pequeño cuando ella lo abandonó, y sus visitas cesaron con el tiempo, así que es
normal que el niño no la conozca. Y al parecer está embarazada, así que eso solo significa una cosa: viene
a sacar el inexistente dinero de papá y a dejar a su futuro bebé su cuidado, así como lo ha hecho en el
pasado.
Niego con la cabeza, sin poder creerlo.
Ella luce igual a como la recuerdo, solo que esta vez su cabello está teñido con un color rojo fuego y no
con el rubio de bote que suele usar.
Pronto la vemos tocar el timbre de la casa, plantando una sonrisa falsa.
Como nadie se atreve a abrir la puerta, papá sale del encierro de su habitación y es el primero en verla.
—¡Mira quién volvió! —es lo primero que dice ella, emocionada.
A papá casi se le salen los ojos al verla; el pobre hombre siempre estuvo enamorado de ella.
—Rita —dice papá, balbuceando al verla—. Esto es toda una sorpresa.
—Y no de la buena —digo, atreviéndome a acercarme en su dirección—. ¿Qué haces aquí?
Mamá, si es que la puedo llamar así, sonríe aún más. Sus siguientes palabras suenan entusiastas y
reveladoras:
—Pues obviamente vengo a quedarme —responde—, esta vez de forma permanente.
No, no, no. Esto es una pesadilla.
No puede estar sucediendo.
Pero sí, está pasando de nuevo, y sé que será un caos total tenerla.
Mierda.

Key
Enciendo mi teléfono por quinta vez en el día.
No hay llamadas de Rita. Pero supongo que eso es lo quiero, ¿verdad? Yo fui quién deliberadamente la
ignoró por toda la semana, y ella se cansó de enviarme mensajes y de llamarme perdidamente.
Si esto es lo que quiero, ¿entonces por qué me siento como si repentinamente estuviera vacío sin ella?
—¿Key? —La voz a mi lado me sobresalta.
Inmediatamente me pongo alerta y voy en su dirección.
—Aquí estoy —respondo, tomando de su frágil y delicada mano—. Siempre aquí.
Mia está acostada sobre la cama, apenas y puede abrir los ojos del sueño debido a las pastillas que le dan.
Cuando me mira, me sonríe como si hubiera visto el sol y a las estrellas del cielo juntas.
—Gracias por estar —murmura con voz suave y ronca—. Perdona que tengas que venir a mi rescate.
Con la mano que tengo libre me rasco la nuca y trato de desviar la vista.
Mia luce frágil y delicada, postrada en una cama y no precisamente por voluntad propia.
—Tienes que explicarme —le pido, mi voz rozando la desesperación—. ¿Qué pasó contigo? ¿Por qué lo
hiciste?
Ahora es ella quien desvía la mirada y oprime sus labios.
—Lo siento mucho —empieza—, de verdad lo lamento por todo.
—Deja de pedir disculpas y empieza por darme explicaciones, por favor. No me has dicho nada en estos
días, y hoy es el último que puedo esperar.
Veo cómo traga saliva mientras aparenta formar palabras con su boca, su mano abandona la mía y hace el
intento por sostenerse en sus codos, pero no tiene la suficiente fuerza como para mantenerse erguida por
mucho tiempo.
Mia abre y cierra su boca, sus ojos rápidamente se llenan de lágrimas que decide no soltar.
Mi corazón se contrae, pensando que yo soy uno de los culpables en esto, tal vez el principal.
—Estaba deprimida —comienza a decir, su voz bajando hasta convertirse en un suave murmullo—. No
pensé que verte con alguien más iba a dolerme.
Aprieto el puño de mi mano, pensando en lo egoísta que suena en este momento, pero sé que no es algo
que deba decirle justo ahora que está tan frágil. Tengo muchas ganas de decirle que a mí me dolió mucho
más cuando la encontré engañándome con otro, pero me refreno, sin querer agrandar esta situación.
—¿Entonces estabas deprimida? —pregunto— ¿Por eso intentaste acabar con tu vida? ¿Porque me viste
feliz y tratando de seguir con la mía?
Tengo que respirar varias veces para no perder el control y elevar mi voz
—¿Esa es tu razón para hacerlo? —insisto—. ¿Es esa tu motivación principal? ¿Es que acaso soy tan
importante como para que tu vida se centre en si me tienes o no?
Ella no me mira a los ojos, y su mano hace mucho tiempo se apartó de la mía y ahora juega con sus
dedos.
—No lo entiendes —murmura, finalmente sus ojos se encuentran con los míos—. Me sentía demasiado…
vacía, sola. No tienes ni idea de lo culpable que me puse por haberte sido infiel con alguien que no valió
la pena en absolutamente nada.
Se aclara la garganta al mismo tiempo que continúa hablando:
—Eres un buen chico, Key, el mejor. Todavía no puedo creer que ya tengas otra novia mientras yo sigo
pensando en recuperar lo nuestro. Puede que sea tarde, pero de verdad quería continuar con lo que
teníamos. Todo era mejor cuando estábamos juntos, y no tenerte a mi lado a creado un peso enorme en mi
interior.
Sus ojos finalmente sueltan las lágrimas retenidas.
—Mia…
—Key, te necesito conmigo —suplica ella, tratando de limpiar su rostro sin tener mucho éxito—. Contigo
todo era sencillo y fácil de llevar. No sabes lo mucho que me odio a mí misma por haber roto lo que
teníamos. Soy una estúpida por no ver lo que había frente a mí.
Niego con la cabeza, tratando de mantener mi expresión de disgusto.
—No digas eso —murmuro—. Nosotros tuvimos lo nuestro, pero era momento de pasar…
—No, no sigas Key —suplica ella—. Sabía que no me comprenderías. Y por eso decidí seguir los pasos
de Emilia. Todo se sentía… mal, equivocado. Tú ya no mostrabas importancia por Emilia y, sé que es
realmente tonto, pero me dolió que no la tomaras en cuenta en tu cumpleaños. Realmente no sé por qué
sigo aquí cuando pensé que estaría ahora viendo el rostro de mi hermana.
Sus lágrimas se acentúan más y me muerdo el labio para evitar compadecerme más de lo que ya lo hago.
Todo lo que Mia pide es comprensión, debería entenderla.
—Estás con vida gracias a un chico que lo impidió —le refresco la memoria—. Si no hubiera sido porque
él estaba cerca de donde pretendías suicidarte, lo hubieras logrado. ¿De verdad te ibas a lanzar frente a un
auto?
Tal vez estoy siendo duro con ella, pero me siento enojado por lo que intentó hacer.
—El chico está muy preocupado, por cierto —sigo hablando, aprovechando que ella está en silencio—.
Ha estado viniendo a verte casi todos los días, aunque sea solo para recibir noticias tuyas.
—Perdón —murmura—. No quería incomodar a nadie, y sí recuerdo al chico. Supongo que debería
agradecerle.
Suspiro mientras me paso una mano por la cara.
—Mira —digo con cansancio—. Voy en busca de Rosie para que te cuide mientras yo voy a hablar con el
chico que te salvó. El pobre está preocupado.
Eso, además que tengo finalmente que hablar con Rita. He sido un completo imbécil con ella y, porque
les pedí a mis hermanas guardar el secreto, ambas desconectaron momentáneamente los servicios en sus
teléfonos para evitar decir algo. Quiero ser yo quien le explique y me disculpe.
Estoy a punto de marcharme cuando siento una mano en mi brazo.
—No te vayas —suplica Mia—. Key, no me dejes.
—Solo es por unos minutos, además Rosie está cerca.
Ella sabe que he pasado mis días y mis noches a su lado, no debería dudar ahora.
—Sé que vas a hablar con… —ella traga saliva, como si intentara pronunciar una palabra difícil— con tu
novia. Pero no sabes lo mucho que me duele verte con ella. Sé que es extremo pedirte algo como esto, así
que, por favor, déjala. Déjala por mí.
Mi boca se abre y se cierra con rapidez.
—Mia yo no…
—Por favor —suplica sin soltar mi mano—. Sé que es mucho pedir, pero te necesito más de lo que te
necesita ella en estos momentos. Tampoco te pido que volvamos en plan romántico, solo te suplico por no
hacerme daño de esta forma. No con ella, no en este momento.
Mia comienza a llorar gravemente, su llanto volviéndose más fuerte.
—Key —dice, su voz rota—. No me hagas esto… Te necesito conmigo, y sé que sueno completamente
egoísta contigo y que no te merezco después de todo lo que te hice, pero te lo suplico…
Su llanto se vuelve ruidoso, atrayendo la atención de Rosie que ahora asoma su cabeza por la puerta.
—Mia, no sigas llorando —digo, elevando mi dedo pulgar para limpiar sus lágrimas.
—¡Por favor! —sigue insistiendo ella—. Sé que estoy pidiendo demasiado, sé que no merezco que
siquiera llegues a considerar mi petición, pero no me dejes. No lo hagas porque me lastima en estos
momentos.
Suspiro mientras Rosie entra por completo en la habitación.
—¿Está todo bien? —pregunta, su rostro compungido al ver a su hermana acostada en esa cama.
Mia llora un poco más hasta que niega con la cabeza.
—¿Ves? —me pregunta ella—. Por esto quería largarme de este mundo. Parece que cada cosa que digo
suena egoísta y te hace miserable. No te estoy pidiendo el mundo entero… te pido únicamente que te
quedes a mi lado, por favor.
Veo a Rosie elevar una ceja mientras observa mi reacción.
Finalmente, y con un nudo enorme en la garganta, asiento con la cabeza.
—Me quedaré —digo en voz baja—. Sé que me necesitas contigo, así que me quedaré a tu lado el tiempo
que sea necesario, ¿está bien?
Eso hace que Mia baje el nivel de sus lágrimas, y ahora simplemente se escucha un leve sollozo.
—Gra… gracias —respira entrecortadamente mientras más lágrimas salen de sus ojos—. Lo siento, lo
siento, lo siento…
—No te disculpes —le aprieto la mano y luego beso su palma—. Pero de verdad necesito que estés con tu
hermana por unos minutos, debo hacer algo importante.
Debo enfrentar a Rita, explicarle para que tal vez así entienda.
Pero sé que no lo hará, no lo entenderá. Mia tiene razón en algo: me necesita más de lo que Rita lo hace.
—¿Estarás bien por unos minutos? —pregunto.
Mia finalmente, y de mala gana, asiente con la cabeza.
—Bien —susurro, luego me inclino para besar su frente—. Ya regreso.
Me alejo de ella, dándole una mirada preocupada a Rosie para que la cuide y evite que intente hacerse
daño a sí misma de nuevo.
Rosie asiente con la cabeza, como si entendiera el mensaje no hablado entre los dos.
Me marcho de la habitación, preparándome mentalmente para, o seguir ignorando las llamadas de Rita, o
hablarle con la verdad; la verdad sobre quedarme junto a Mia.
Sé que ella preferiría la verdad, así que seré honesto, sobre todo. Al menos mis hermanas ya podrán dejar
de ignorarla para no hacerla sentir mal. Y sí, me siento como un imbécil en toda categoría.
Cuando salgo a la zona de recepción, noto que el chico que le salvó la vida a Mia sigue sentado en la sala
de espera de la clínica, como casi todos los días que ha venido.
El chico es de mi estatura y de mi edad, con cabello marrón y ojos celestes. Se levanta al verme y puedo
notar que su mirada luce atormentada.
—Hola, lamento no presentarme antes —hablo, extendiendo mi mano para tomar la suya—. Tengo que
darte muchas gracias por haber salvado la vida de Mia.
Él hace un gesto negativo.
—No es un problema —responde—, debe ser una situación complicada para todos.
Asiento con la cabeza, preguntándome por qué sigue esperando solo si ya cumplió con su deber.
—Me imagino que te debes estar preguntado por ella, ¿no es así?
—Sí, me gustaría verla, si se puede. Ella y yo hablamos un poco cuando la rescaté, y quisiera saber más,
si no te molesta que robe algo de tiempo con tu novia.
—Claro, no te preocupes. Y ella no es mi novia, así que tranquilo —respondo, entonces llevo una mano a
mi frente—. Perdona, no me presenté como era debido. Me llamo Key.
—Gracias por dejarme verla Key, y mi nombre es Diego.
Asiento en reconocimiento mientras le muestro la habitación de Mia.
—Puedes entrar ahora, está con su hermana —digo—. Solo tengo que hacer una llamada y pronto estoy
con ustedes.
Diego asiente mientras se apresura a verla.
Es ahora o nunca, el momento en el que debo sincerarme con Rita. Tal vez soy un loco por pensar que
ella me puede llegar a esperar mientras veo que Mia se recupere. Una vez que ella esté lista, yo iría de
nuevo por Rita, lo haría. Ahora solo falta saber si Rita lo miraría de esa manera.
Cuando estoy lejos de la habitación de Mia, finalmente me decido a marcar el número de Rita.
No espero que conteste de inmediato, pero me sorprende cuando lo hace. Mi angustia aumenta al
escucharla, preocupada por mí todo este tiempo y yo, como cobarde, ocultándole lo de Mia.
—¿Key, eres tú? —pregunta Rita, como si no se lo pudiera creer.
—Mmm, sí, soy yo.
Trago saliva mientras pienso en dejar a Rita, aunque sea temporalmente.
Noto que Rita queda en silencio, solo se escucha su respiración.
—¿Estás bien? —pregunta finalmente.
—Sí, lamento haberte preocupado tanto todos estos días.
—¿Entonces por qué lo hiciste? ¿Por qué me ignoraste tanto?
Ahora el que se queda en silencio soy yo.
—Key, por favor habla de una buena vez. Toda tu familia me da tratamiento de silencio y no dejo de
preguntarme si hice algo malo o si les caigo tan mal como…
—No —la interrumpo—. No es nada de eso, de verdad. Lo que sucede está muy lejos de eso. Perdóname
por haber demorado tanto en decirtelo.
—De acuerdo —responde con confusión—. Dime, tal vez entienda.
—Hace unos días recibí una llamada de Rosie —comienzo a explicar—, ella estaba muy alterada y me
contó que Mia intentó suicidarse, intentó lanzarse frente a un auto en una de las autopistas más
concurridas.
Escucho un jadeo al otro lado de la línea.
—¿Está bien? —pregunta Rita.
Asiento con la cabeza, como si ella pudiera verme a la cara.
—Sí, un chico la salvó a tiempo. Tuvimos que internarla en una clínica porque amenazó con volverlo a
hacer.
—Eso suena… —se queda en silencio y luego vuelve a hablar— eso suena ¿manipulador?
—Entiende, ella está en estado frágil en estos momentos. Se tiene que recuperar completamente.
—¿Y por qué no pudiste decírmelo desde el primer día que sucedió?
Esta es la parte complicada:
—Porque Mia... Mia me pidió permanecer a su lado desde el principio. Ella, incluso hoy volvió a
repetirme, quiere me quede hasta que se sienta mejor y logre procesar lo nuestro.
El resoplido de Rita no se hace esperar.
—¡¿Y no te das cuenta de que te está manipulando?! Lo siento si parezco brusca con la pobre chica, pero
me parece muy conveniente que esa fuera su petición. Parece como si tuviera todo planeado desde antes.
—¡Rita! —le digo, sin poder creer sus palabras hirientes—. No es así; ninguno conoce al chico que la
salvó y él asegura que Mia se iba a lanzar al tráfico. No es algo que se pueda planear con tanta precisión.
—¿Y qué me estás sugiriendo entonces? —pregunta ella.
—El problema es… A Mia la internarán todo este tiempo, y yo acepté quedarme con ella durante el
proceso.
Por unos instantes Rita no dice nada, luego vuelve a hablar. Su voz suena histérica.
—No puede ser —dice—. ¿Acaso estás terminando conmigo por teléfono? ¿Es eso?
Su voz suena casi a punto de romperse.
Soy un imbécil, un idiota.
No sé cómo explicarle a Rita, no sé cómo hacerla entender sin que crea que la estoy traicionando. Así que
digo lo que será más justo en estos momentos, hasta que la pueda recuperar de nuevo si es que me deja:
—Así es —lo confirmo—. Lo siento mucho, pero es lo mejor que puedo hacer por ti.
—Dijiste que Mia no era tu responsabilidad —ataca ella—, ¿ahora de repente sí lo es? ¿Decir eso me
hace egoísta?
—Rita…
—Ayúdame a darle algo de sentido a esto.
—Es temporal, solo pido que me esperes por favor.
Escucho su resoplido mientras noto la agonía en su voz.
—Claro —dice de repente—, debí imaginarlo. Puedo ver que, entre ambas, la prefieres a ella. Perfecto.
—No, Rita. No lo veas de esa forma. Ella me necesita…
—Ya, ya. Entiendo, supongo que yo no lo hago, ¿correcto? No te necesito.
Se queda callada por unos momentos y luego vuelve a hablar.
—Entiendo, Key —dice—. Se terminó, listo.
—No lo veas así, por favor. Tienes que…
—Se terminó —repite una vez más—. Lo entiendo. Es simple como eso.
—Rita…
Ella cuelga el teléfono sin esperar a escuchar más.
No le regreso la llamada.
Ella no vuelve a llamar más.

Rita
Entiendo.
Sí, lo hago. Eso no significa que deje de doler menos.
Duele mucho.
Pero lo entiendo. Fui la culpable por dejarlo entrar a mi vida, y eso no volverá a pasar.
Jamás.
Entiendo, ¿entonces por qué no puedo dejar de llorar? La última vez que lo hice fue por el estúpido de
Gabriel, mi ex novio. Y ahora por Key, también un ex. Hay que ver que mis lágrimas solo brotan en
momentos tan superficiales.
Me limpio el rostro con la palma de la mano, pero pronto vuelven a caer más.
Pero al final de cuentas lo entiendo; además, no soy la chica que suele quedarse con el chico al final de la
historia, ¿por qué creí que podía ser diferente?

Key
¿Terminamos?
Pensarlo hace que se me forme un nudo en la garganta. Decirlo en voz alta va a ser diez veces peor.
No sé por qué me incomoda demasiado. No es como que fuéramos el amor eterno del otro, ¿o sí?
¿Entonces por qué se siente tan mal, tan equivocado, estar sin ella?

Rita
Nunca va a ser diferente para mí. No sé por qué lo pensé por un instante.
De nuevo, lo entiendo.

Key
No lo entiendo.
¿Por qué?

Rita
Así es mejor. No es bueno depender de nadie, o llegar a necesitarlo.
Está bien. Estoy bien.

Key
No está bien, no estoy bien. No puedo simplemente hacerle esto; me siento como la peor clase de ser
humano.
Tomo el teléfono y le marco, espero a que conteste.

Rita
Mi teléfono suena. Es Key.
Sonrío por dentro, sabiendo que sus modales, o lo que sea que lo comprometa a actuar como buen
ciudadano, no le permite hacerme sentir mal; probablemente sienta la necesidad de reconfortarme.
Así que le hago un favor: no le respondo. Y no creo que le pueda responder nunca más.
¿Por qué? Porque es mejor así. Él mismo lo dijo antes, es mejor para ambos. No vale la pena dedicarle un
solo minuto de mi tiempo a algo que no va a llegar a ninguna parte.
Ninguno va a llegar a ninguna parte.
Comprendo, está bien.

Key
No contesta.
Ahora el que lo entiende soy yo; entiendo que la perdí y no creo que la pueda recuperar.
Lo he arruinado todo. ¿Qué hice?

FIN

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