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Reflexiones finales

La autonomía privada es la piedra angular del arbitraje, convirtiéndola en una justi-


cia privada y alterna a la justicia estatal. El convenio arbitral como expresión de dicha
autonomía materializa estos acuerdos en distintos planos con la inalidad de asegurar
la eiciencia del arbitraje.
El arbitraje, como herramienta para la solución de controversias, responde a
reglas lexibles, actuales, coniables y a la vez previsibles. A diferencia del modelo de
la justicia estatal, que desarrolla un largo proceso formal y burocrático, el arbitraje se
presenta como una alternativa de proceso luido, adaptable a cada caso. Sin embargo,
las bondades del sistema arbitral entran en serios cuestionamientos cuando se somete
el laudo arbitral a las reglas del proceso de ejecución judicial. Lo cuestionable es que
pese a existir un marco normativo que permite la ejecución en sede arbitral, son
reducidos los casos en que se aprecie que las partes han facultado a los árbitros para
continuar con la ejecución del laudo en sede arbitral; de ahí que se aprecia desde la
otra orilla —desde la jurisdicción— ingresar laudos ilíquidos al proceso de ejecución
judicial, cuando perfectamente estos pudieron haberse convertido en líquidos en el
propio escenario arbitral por ser un ámbito especializado y de mayor celeridad.
En la investigación realizada por la Pontiicia Universidad Católica del Perú, por
encargo del Ministerio de Justicia sobre el desarrollo y difusión del arbitraje (2007),
se señala que el tiempo promedio que toma un proceso arbitral en Lima es de tres
a nueve meses. Esta pronta respuesta, obtenida en el proceso de cognición arbitral,
se frustra cuando es sometido a las reglas del proceso de ejecución en sede judicial.
Como hemos señalado, la ejecución de laudos en sede judicial toma más de tres años
en promedio. Es por ello que consideramos un tema urgente a trabajar es el trata-
miento que se brinda a la ejecución de los laudos arbitrales.
Consideramos que la autonomía privada debe extender su cobertura no solo al
proceso de cognición, sino al proceso de ejecución. Existen referentes normativos en
la derogada LGA y en el actual diseño normativo que así lo permiten. Trabajos de
Jurisdicción y arbitraje

expertos como Muñoz Sabaté y Lohmann consideran que el encargo arbitral para
dirimir una controversia puede a su vez completarse con un mandato expreso para
ejecutar determinados extremos que por su naturaleza no precisen de una posterior
vis coactiva del Estado, tales como otorgar escrituras o modiicar estatutos sociales. Es
incuestionable que ello puede ahorrar en muchos casos la ejecución judicial del laudo
con la consiguiente economía procesal. Todo dependerá del buen diseño que se haya
hecho del convenio arbitral.
La negación de la ejecución del laudo en sede arbitral podría tener su justiicante
en la judicialización que se tiene sobre el arbitraje. Para Rubio, la judicialización del
arbitraje está fuertemente inluenciada por la falta de información de los operadores
sobre las reglas de juego del arbitraje y sobre sus propios roles y, como telón de fondo,
la resistencia de la cultura legal a los paradigmas arbitrales; y ello se va a expresar
luego en el traslado de la lógica del proceso civil a los procesos arbitrales y la inter-
vención de los jueces estatales, en los procesos arbitrales, propiciada por los propios
abogados de las partes (2007: 8).
Frente a ello, señala que se debe tener una ley favorable al desarrollo del arbitraje
que elimine las barreras de acceso a este, que garantice la ejecución del convenio
arbitral como la ejecución del laudo, que reconozca la libre elección de los árbitros
y que reduzca la intervención judicial en los proceso arbitrales. Sin embargo, nos
preguntamos ¿no tenemos una ley que desarrolle el arbitraje? Considero que el tema
va mas allá de un marco jurídico adecuado, pues entonces ¿cómo explicaríamos que
contemplando la LGA derogada y reproduciendo esta en la nueva legislación —D.
Leg.1071— la facultad de ejecución de los laudos por los propios árbitros, sea una
facultad casi no ejercida por los propios árbitros en sede arbitral y se entregue los
laudos a la ejecución de los jueces estatales?
El tema pasa por la internalización y reairmación de la autonomía privada en el
quehacer arbitral y ello se traduce en una cultura arbitral, que no busca airmar pre-
cisamente el ejercicio de esa autonomía en toda la dimensión, sino que la segmenta
en momentos procesales para solo entregar a la obra de los árbitros la fase declarativa
o de conocimiento de la controversia, pues asumen como paradigma que el «arbitraje
termina con el laudo»; y lamentablemente el nuevo texto legal también lo proclama:
«las actuaciones arbitrales terminarán y el tribunal arbitral cesará en sus funciones
con el laudo por el que se resuelva deinitivamente la controversia […]»1.
El trabajo precisamente se orienta a airmar que existe un camino legal para la
ejecución de laudos en sede arbitral, como lo muestra la derogada LGA y la nueva
legislación —D. Leg. 1071— y solo cuando ese camino se torne en inoperante para

1
Véase artículo 60.1 del D. Leg. 1071.

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Reflexiones finales

los ines que se busca, nos permitirá recién voltear la mirada hacia la jurisdicción solo
para invocar la executio, para la ejecución forzada del laudo arbitral, como se desarro-
lla en la actividad cautelar y probatoria; mientras ello no suceda, la actividad privada
arbitral debe seguir discurriendo por las sendas tan propias de esta.
En esa cultura arbitral también se ha internalizado el mensaje que el «arbitraje
es jurisdicción», justiicada en la interpretación que se da al artículo 139.1 de la
Constitución; interpretación que el propio TC ha reairmado a través de los prece-
dentes vinculantes descritos en la STC N° 6167-2006-HC/TC, sin haber distinguido
el concepto de «función jurisdiccional» en el tema arbitral.
Se puede airmar que «función jurisdiccional» es el poder-deber que el Estado
ejerce de manera única y exclusiva a través de sus órganos jurisdiccionales. En aten-
ción a ello se les dota del poder de conocer, decidir y ejecutar lo deinido; situación
distinta a la llamada «jurisdicción arbitral», entendida esta como expresión de com-
petencia, de reparto de funciones dentro de la organización estatal, en la que también
se comprende la jurisdicción constitucional a través de la actividad que desarrolla el
Tribunal Constitucional, por citar. La gran diferencia entre ambas competencias,
la constitucional y la arbitral, en la fuente de ese reparto; en un caso es la voluntad
delegada del Estado, en el otro, la voluntad delegada del individuo —a los árbitros—
como expresión de su autonomía de voluntad para la solución de las controversias.
Coincidimos con Rubio en esa creciente judicialización del arbitraje (2007: 12).
Este le atribuye a la «reacción de la cultura legal frente al desarrollo de una institución
eiciente para resolver controversias, con la inalidad de domesticarlo o atraparlo bajo
cánones o patrones conocidos».
Por otro lado, en el escenario de la ejecución aparentemente concurre una con-
frontación entre la Ley Especial Arbitral y las reglas del Código Procesal Civil. Esto
no es así, pues ambas son referentes legales diversas, funcionan en contextos diferen-
tes y con reglas de juego distintas. Cuando en ejercicio de su libertad contractual las
partes pactan un convenio arbitral, lo que están haciendo en buena cuenta es huir
de la esfera judicial, de sus operadores y de sus normas para trasladarse a una esfera
arbitral con otros actores y otras reglas de juego pactadas por las propias partes o ija-
das subsidiariamente en la Ley Especial Arbitral. De manera que es un contrasentido
salir de la jurisdicción de los jueces para someternos a la decisión de los árbitros que
actuarán con las mismas reglas de juego judiciales; esta es una grave distorsión en
cualquier sistema arbitral y un camino seguro a la judicialización del arbitraje, con
todas las consecuencias que ello supone.
El arbitraje tiene un componente esencialmente contractualista, pero también
asume un componente jurisdiccional en cuanto la sentencia arbitral está equiparada
a la sentencia judicial en sus efectos más destacables: eicacia de la cosa juzgada y

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Jurisdicción y arbitraje

exigibilidad para su ejecución. Sin embargo, nuestra relexión se orienta a los meca-
nismos de control que se ejercen sobre la actividad arbitral para homologar los efectos
del laudo a la sentencia. Ese control puede operar a través del recuso de anulación
en su momento; pero en situaciones en las que no se recurre a dicha impugnación,
podríamos airmar que: ¿la sola emisión del laudo lleva inmerso el efecto de la cosa
juzgada?
Se sostiene que una vez que las partes han decidido llevar su conlicto ante los
árbitros, el ordenamiento le aúna a tal resolución un efecto público, el carácter de
cosa juzgada, el carácter de verdad socialmente reconocida, identidad por tanto con
la sentencia dictada por un órgano judicial estatal. Se equiparan, por tanto, los efec-
tos de las resoluciones, tanto sentencia como laudo sirven a la seguridad jurídica,
marcando de manera irrevocable el mandato jurídico a la cuestión planteada; sin
embargo, en este trabajo hemos señalado que sin enervar la condición de título de
ejecución al laudo arbitral irme, la calidad de cosa juzgada requiere necesariamente
del control jurisdiccional, por seguridad jurídica, para los efectos homologatorios
con la sentencia de la jurisdicción.
Un aspecto central en el trabajo se orienta a mostrar las vinculaciones que se
dan desde el arbitraje hacia la jurisdicción, como la actuación de pruebas, actividad
cautelar, ejecución y control de laudos. En todas estas vinculaciones, la intervención
jurisdiccional en el arbitraje se desarrolla bajo un carácter subsidiario, complemen-
tario y revisor, según la clasiicación de Chocrón; sin embargo, debemos precisar
que las vinculaciones también se pueden desarrollar desde la jurisdicción hacia el
arbitraje, como el cuestionamiento de la competencia a través de la excepción del
convenio arbitral o el traslado del conlicto judicializado a sede arbitral por convenio
intra-proceso. No se puede hablar aquí de mecanismos antagónicos, toda vez que
tanto la jurisdicción como el arbitraje se vinculan en una relación de complemento
para la realización de este. En ese escenario, la justicia estatal y la justicia arbitral no
se encuentran en situación de conlicto, el éxito, es decir, el logro de la paz social
como meta indiscutible de ambas vías se logra tan solo mediante el delicado equili-
brio de su interdependencia. Algunos autores, a partir de estas vinculaciones, airman
que por más concesiones que se otorguen a la autonomía y libertad jurídica de las
partes siempre se perpetúa una suerte de «andador» de la jurisdicción, que sirve de
soporte y eventualmente de control y deinición última, residual por cierto pero, no
por ello menos presente y eicaz. En otras palabras, junto al derecho fundamental a
pedir tutela judicial efectiva coexiste otro derecho a terminar nuestras controversias
haciendo uso del arbitraje. No se tratan de opciones antagónicas, sino que, contra-
riamente, son vías que se complementan para conseguir un bien común: la solución
de conlictos

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Reflexiones finales

Son muchas las bondades del arbitraje frente al proceso judicial, muchas de las
cuales no dejan de ser ciertas —en toda la extensión de la palabra— pero también
hay vicisitudes que superar. Según Morello, el arbitraje como expresión de justicia
privada encierra «celeridad, tipicidad, coniabilidad (reserva o casi ninguna publici-
dad); desformalización o lexibilización durante su desarrollo; operadores (árbitros o
amigables componedores) que se adaptan mejor a las necesidades y a la inalidad con
que una controversia patrimonial interempresaria debe ser compuesta, sin el trauma
o consecuencias axiológicamente negativas para la continuidad de las relaciones que
ocasiona casi siempre el resultado de un largo y áspero proceso de conocimiento y
una sentencia de condena» (1990: 206). A pesar de ello, las bondades del arbitraje
se ven alteradas luego de haberse emitido el laudo; como señala Tovar, «por una ten-
dencia profesional, el abogado de la parte derrotada en el proceso arbitral tenderá a
buscar causas de anulación del laudo. En ocasiones, alegará razones sin fundamento,
puramente aparentes, con ines dilatorios, para darle tiempo a su patrocinado a que
acopie recursos para cumplir su condena; o incluso para que eluda la ejecución del
laudo, diicultando o hasta impidiendo en la práctica el embargo de sus bienes, con
diversos artiicios a los que preiero no referirme y que, por cierto, nosotros nunca
recomendamos» (2004: 16).
Como mensaje inal señalamos que el arbitraje debe reairmarse en su autono-
mía privada, en tal sentido, debe evitar las trabas o interferencias que perjudiquen
la celeridad y conidencialidad buscada. Como sostiene Merino Merchán, «en nin-
guna institución jurídica se produce un depósito de conianza tan intenso como en
el arbitraje, en el que libre y voluntariamente unos le entregan a otro u otros sin
que exista imperativo alguno para ello, la resolución de sus conlictos apartándose
expresamente de los servicios institucionalizados de la justicia pública» (2004). En
este orden de ideas, se debe reairmar que el arbitraje es justicia privada reconocida
y tolerada por nuestro sistema jurídico interno, de tal manera que las vinculaciones
que se realicen con la jurisdicción deben limitarse a lo mínimo indispensable para
tutelar intereses fundamentales.

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