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Etnocidio. Genocidio.

Identidad de los Pueblos Indígenas1

Ernesto Abramoff

(…) ¿Qué pasa cuando se intenta definir la identidad de un grupo social? ¿Cuáles son
los elementos que permiten determinar fehacientemente la presencia de un sujeto social
homogéneo que supere las diferencias individuales de sus miembros?
Este tema ha adquirido en los últimos tiempos –desde la década del ’70 en adelante-
una relevancia quizá para algunos inesperada y que ha cobrado a la luz de los
acontecimientos mundiales –especialmente desde los ’80- una dimensión que excede el
ámbito de estudio de la antropología. Así, la problemática vinculada a la identidad está
vigente en los interrogantes de los principales referentes del pensamiento de las ciencias
sociales y humanas y del pensamiento político actual.
Una de las formas de evaluar la importancia de una temática, puede resultar de la
cantidad de trabajos realizados sobre ella y la calidad de los autores convocados a
tratarla. En este sentido, el concepto de identidad fue tratado de diversas maneras por
diferentes autores.
Básicamente podemos agruparlos en función de dos ejes principales:
a) Hacia el interior del grupo social. La identidad explica la cohesión interna del
grupo. Esto es, el conjunto de elementos culturales que, por su calidad de
propios, explican su homogeneidad; hacen a la demarcación de los límites del
grupo. Determinadas acciones de los miembros del grupo, hacen que el
individuo sea reconocido, por los demás miembros como integrante del mismo;
así como, otras acciones señalan que ha dejado de pertenecer a él. Si un
individuo perteneciente a un grupo social hace tal cosa, los demás miembros
integrantes del grupo, lo reconocerán como uno de ellos; pero, si hace tales otras
cosas, no le reconocerán más la pertenencia, ya no es el que debe ser, ha
migrado, traspuso las fronteras, se ha exiliado. (…) El abordaje de la identidad
del grupo pasa por la descripción de las características del patrimonio cultural.
b) Hacia el exterior. La identidad concebida como el conjunto de elementos
culturales que por ser distintivos para los que no pertenecen al grupo, incide en
la calidad de las relaciones que establecen los no miembros con los miembros
del grupo por ser de determinada forma, diferente y distintiva. Las situaciones
resultantes de los contactos suelen ser en general conflictivas. El punto de
fricción son los límites. Para esta concepción de identidad el acento está puesto
en la relación. (…).

Al comienzo de los ’70 , con la aparición del trabajo del antropólogo noruego
Fredrick Barth, 1976, se modifica el eje de la discusión sobre la identidad étnica, hasta
entonces centrada en la descripción del patrimonio cultural, en indicadores biológicos o
en criterios lingüísticos; es decir definiciones estáticas que subrayan los elementos
permanentes que configuran la identidad. La opción identitaria sería una consecuencia
de determinados procesos previos, culturales, biológicos o psicológicos y como tal, sería
estable mientras no cambiaran los procesos de base que le dieron lugar.
Barth, en cambio, plantea la identidad en términos relacionales, introduciendo el
concepto de límites étnicos que permite una visión más dinámica.
Así, Barth dice: “…la investigación empírica de los límites étnicos evidencia dos
descubrimientos:
1
Este escrito ha sido tipeado por el profesor Jose Maria Bompadre
a) Los límites étnicos persisten a pesar del tránsito personal a través de ellos;
b) En un sistema social la interacción no conduce a la desaparición del sistema por
el cambio y la aculturación; las diferencias pueden persistir a pesar del contacto
interétnico y de la interdependencia…”. (…)
Entonces ¿qué es lo que define la identidad? La autoadscripción y la adscripción por
otros. Es decir, lo que yo creo que soy y lo que los demás creen que yo soy. Esta idea de
Barth pone el eje, como decíamos antes, en lo relacional e incorpora como elementos
indispensables para la comprensión de la identidad étnica a uno otro a través del cual
me identifico.
(…) Casi simultáneamente a Barth el antropólogo brasileño Darcy Ribeiro, después de
largos años de trabajo como funcionario gubernamental y de haber consultado archivos,
entrevistado a misioneros y otros funcionarios y haber examinado la bibliografía
etnográfica explica en “Las fronteras indígenas de la civilización” que lo que era
opinión casi unánime de antropólogos e historiadores no se pudo comprobar.
Esto es, que la confrontación de una etnia nacional en expansión y múltiples etnias
tribales con la cual ella se enfrenta en su camino, iba a terminar con la desaparición de
estas últimas en su absorción por la sociedad nacional en la forma de una aculturación
progresiva que habrá desembocado en la asimilación plena a través del proceso de
mestizaje.
Por el contrario esa larga investigación demostró lo equivocado de esas afirmaciones.
Los grupos indígenas no fueron asimilados a la sociedad nacional como parte
indiscernible de ella. Los que sobrevivieron dice Ribeiro “siguen siendo indígenas: no
ya en sus hábitos y costumbres, sino en la autoidentificación como pueblos distintos del
brasileño y víctimas de su opresión”.
Los grupos indígenas que recorrieron todo el camino de la aculturación, donde sus
peculiaridades culturales se alteraron y uniformaron en tal grado que ya no son
sustancialmente diferentes de las de otras variantes de la sociedad brasileña en su
aspecto rústico, a pesar de eso, permanecen indios. Esto es, que la aculturación, no
desembocó en una asimilación, sino en el establecimiento de un modus vivendi o de una
forma de acomodación.
(…) Siguiendo a Cardoso de Oliveira sostiene, que la identidad étnica no puede ser
definida en términos absolutos, sino en relación a un sistema de identidades étnicas
valoradas en forma diferente. Por lo tanto, la esencia de la identidad étnica es su
carácter contrastivo.
(…) Esta idea de identidad étnica entendida como relación, demanda la puesta en
escena de un “otro”. Esto es, aquellos que está más allá de los límites que fija la propia
sociedad.
Este “otro” es, lo que se encarna diferente. Por eso, todo encuentro interétnico pone en
juego la manifestación de los límites étnicos.
Que otro grupo se manifieste, implica una recomposición leve o intensa de la propia
identidad. Toda intrusión significa redefinir la identidad. A distintos “otros”, diferentes
“nosotros”.
(…) La lección de la historia nos enseña (la lección nunca aprendida) que los grupos
no dominan u hostilizan a otros por ser diferentes, sino por el contrario, lo connotan
como diferente para hacerlo enemigo.
Como dice Carlos Rodríguez Brandao en Identidade e Etnia, San Pablo, Brasilense,
1986, lo diferente y lo desconocido atrae y atemoriza, por eso es preciso dominarlo,
para vencerlo y sojuzgarlo, por el sólo hecho de ser perversamente diferente, lo que
exige convertirlo en un igual a mí.
Es de esta idea donde surge la idea de etnocidio es la anulación de la diferencia. Es
querer hacer del “otro” un igual a mí. El pensamiento etnocida funciona así: hacer del
indio, del negro, del gitano, del asiático otro de sí, transformándolo en un indio
civilizado, en un gitano sedentario, en un negro cristianizado, en un asiático
occidentalizado, etc
Negar la diferencia, ignorando su identidad, es la clave para ponerlo mejor a mi
servicio, y cuando esto no es posible, debo suprimirlo físicamente, en la medida que se
torna peligroso y amenaza mi supervivencia. Si no puedo convertirlo en un “otro
previsible”, en un “otro que se parece a mi” y deje de ser peligroso debo eliminarlo
directa o indirectamente. Esto es el genocidio.
(…) Desde las cacerías hasta la esterilización, desde la falta de atención médica hasta
la captura para trabajos forzados, las formas que adquiere y adquirió el genocidio son
múltiples.
En el pensamiento argentino hay numerosos ejemplos basados en el principio de
reducir lo diferente. El modelo de la “Generación del ‘80”, plantea la unidad política, y
desde este lugar, establecer un límite férreo entre aquellos sectores integrables al
proyecto de nación moderna (asimilables a partir de la educación) en tanto que la
variable coercitiva, operar aniquilando a los sectores más refractarios al nuevo orden
emergente.
Para alcanzar estos fines, lleva a la práctica, la intención deliberada de Alberdi de
provocar un transplante cultural. Rechaza la cultura tradicional, herencia hispánica que
impide el cambio y la innovación y opta por otro modelo, el de los países europeos de
raíz sajona en trance de edificar una sociedad industrial que libere al hombre de la
servidumbre de la naturaleza.
Considera que un cambio de tal magnitud no puede lograrse si no es inyectado la
simiente de la civilización partir de una inmigración selectiva que traiga a nuestro suelo
como dice Alberdi en Las Bases: “…la libertad inglesa, la cultura francesa, la
laboriosidad del hombre europeo”; la población inmigrante será el agente privilegiado
del cambio cultural.
Hay que tener en cuenta, que para Alberdi y Sarmiento, el mal que aqueja a nuestro
país es, además de la tradición hispánica la extensión, la llanura vacía del desierto que la
acecha por todos lados. La ciudad, representa el progreso, la libertad, en otros términos,
la civilización; el campo en cambio, es principio antisocial, la anarquía, la ignorancia, es
la barbarie.
Estas dos posiciones antitéticas, civilización-barbarie no conocen en el pensamiento
de Sarmiento una síntesis superadora. Una debe terminar con la otra. En el “Facundo”
dice que de lo que se trata es de “ser o no ser salvajes”. Si la asimilación es imposible
sólo queda el exterminio.
Esta eliminación étnica tendrá en el Ingenieros joven de la “Sociología Argentina” un
fundamento biologista. La superioridad étnica del blanco será para el autor, un hecho
indisoluble y determinado por el medio. (…) No es el sistema colonialista quien lo
aniquila, sino la lucha por la vida. “El indio no es asimilable a la civilización blanca, no
resiste nuestras enfermedades, no asimila nuestra cultura, no tiene suficiente resistencia
orgánica para trabajar en competencia con el obrero blanco; la lucha por la vida lo
exterminará”. (…)
¿Es posible superar entonces dicho fatalismo? Un encuentro entre culturas que sea
comunicación y no dominio-conquista, parecería requerir de un diálogo creativo, que
evite el cierre en estructuras defensivas, y posibilite reconstruir los lazos sociales a
partir del reconocimiento de la diferencia, esto es, del pluralismo y de identidades
múltiples. Sólo así será viable una sociedad justa. Porque la justicia es el modo concreto
mediante el cual una sociedad asume la cuestión del “otro” y redefine el sentido de la
diferencia.