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Ensayo

sobre el
CATOLICISMO
en sus relaciones con la
dignidad del hombre
por
Juan Manuel Ortí
ENSAYO

SOBRE EL CATOLICISMO.
ENSATO SOBRE EL CATOLIOSHO
EN SUS RELACIONES

CON LA ALTEZA Y DIGNIDAD DEL HOMBRE,

POR

DON JUAN MANUEL ORTI,

abogado y catedrático de Filosofía en el In stitu to


del Noviciado de Madrid.

Con licencia de la A u torid a d Eclesiástica.

MADRID.
IMP. DE TEJAD O, Á CARGO DE R . LCDEÑA,
S ilv a , 12, cuarto bajo.
ÍNDICE.
P á g in a s .

PREFACIO................................................... v
CAPÍTULO PRIMERO.— I^aalteza del hom­
b re en el órden natural significado en ser
imagen de D io s .* ......................................... 1
CAP. II.—Soluciones racionalistas del p re ­
sente problem a............................... ... . . . 19
CAP. III.— La sem ejanza del hom bre con
Dios consumada en su glorioso lio. . . . 40
CAP. IV .— La semejanza del hombre con
Dios en esta vida........................................... 75
CAP. V.— La moral católica. , ................... 103
CAP. V I.— La adoracion en el catolicismo. H 6
CAP. V II.— La libertad de conciencia. . . 142
CAP. VIII.— La libertad (Je la conciencia
afianzada de un modo incontrastable en­
tre los católicos............................................. 163
CAP. IX.— La dignidad espiritual de los
hom bres restaurada por N. S. Jesucristo. 19G
CAP. X.— La dignidad de la m u je r, fruto
del catolicism o................................................ 213
CAP. XI — Lo que debe la dignidad de los
hom bres d los dogmas católicos de la uni­
dad de Dios y de la especie h u m an a, y á
la consideración del precio inlinito que
costó su rescate.............................................. 263
CAP. XII.—Cuán grande cosa son los niños
Péffiats.
m irados á la la z del Evangelio y forma­
dos por el esp íritu del catolicismo. . . . 273
CAP. X III— La esclavitud abolida por el ca­
tolicism o.......................................................... 300
CAP. XIV.—La em inente dignidad del po­
b re según el c a to lic ism o ,.......................... 332
CAP. XV.—Conceptos de la política racio­
nalista................................. ............................. 360
CAP. XVI.— Conceptos de la política cris­
tiana............................ ..................................... 382
EPÍLOGO............................................................. 411
NOTAS.................................................................. 423
EXAMEN Y CENSURA DE LIBROS.

con c/c/enceon /a
o ^tí/a ^ te e ¿Je / a dei-

<tudo 4em e/eiM ieyíala ó a exa m en


^ c cttó ttía , S í/ti/a d i.' Sn¿aijO 6o-

ít€ eí c a to íic i4 iu d c u <Mi«J t c í a c i o u c d

c o a l a a f t í s a tj cV Í l.v m lu e :

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c/h. .' p f 910 ¿ ( //Ú 't/i v /fr d t

en t>ie cr-nc^St^ , w cc-ti/ia-


tío (i 4ftte\l/¿a S'/i> r Áytr.J/y

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^ i c i cr-uJtpttieH /e d : /eccn cta

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V? trne*

c/r-a /(¿ «(/<*(/^ Q ^á/to


y/a? ( / //<?é - f .

c -líiiítc ó c'lliatt I I U ’ S DZ o v o a .

Sr. Vicario Ecco. de Madrid j so partido.


PREFACIO.
En todos tiempos se lian lamentado am ar­
gamente los doctores católicos del olvido y
menosprecio en que lia tenido el mundo,
siempre seducido de vanas falacias, la subli­
me dignidad á que ha levantado al hom bre
la doctrina de Jesucristo; pero quizá en nin­
guno han debido ser estos inás amargamente
llorados que en los tiempos modernos. El si­
glo pasado en particular ha sido llamado coa
razón el siglo del desprecio (1); porque sus fi­
lósofos y publicistas hicieron mofa de todas
las cosas bellas, santas y verdaderas que en­
cierra el Catolicismo, preparando asi la era
de las revoluciones modernas, una de las cua­

ti) «Puede sor llamado el siglo XVIII, en razón


desús escritores impíos y ile cuantos reinaron coa
ellos en la opinion p u b lica, e l s ig l o i >e l d e s p r e c io ;
porque todas las cosas m enospreció, para después
destruirlas. <c[)iscurso de Mon. Parisis, citado en los
diálogos sobre el progreso que pulilica E l Pensa­
m iento E sp a ñ o l tomándolos de la C irillá caltólica.
— T1I1 —
les fuá llamada la.rcvolution du mepris, como
en justo castigo de haber conculcado el go­
bierno derribado por ella todas las cosas
verdaderam ente grandes y divinas de que se
gloria la civilización m oderna, hija del Cris­
tianismo. Bien se ha mostrado desde entón-,
ces la vileza á que han llegado por esta causa
en nuestros dias el individuo y la sociedad.
Entre otras señales que revelan el gran
desmayo y decadencia moral á que hemos
venido, sólo pondré dos: la prim era, el gran­
de anhelo á las cosas materiales y sensibles,
cuyo goce hace las almas á imagen y seme­
janza de ellas, quitándolos la que tienen de
Dios, en que consiste su verdadera alteza y
dignidad. La segunda, el vergonzoso servi­
lismo con que en el dia de hoy se rinden
las voluntades al hecho de la fuerza triun­
fante y á la fuerza de los hechos consu­
mados , sacrificándoles sus almas inmortales
por algún mezquino deleite que recib en , ó
por la seguridad con que ven protegido su
egoísmo, y volviendo la espalda á la causa de
la ju sticia, porque está momentáneamente
vencida, y se ve coronada de espinas. ¡Gran­
de miseria por cierto! tan solo comparable
con el orgullo de que se origina, el cual im­
pide verla y confesarla.
Conviene, p u es, para poner remedio en
esta llaga, ungirla lo prim ero con el bálsamo
de la hum ildad, reconociendo el hom bre su
propia nada, que de suyo no tiene sino peca­
do y vileza; y despues, m ostrarle cuán gran­
de es la excelencia del sér que ha recibido
de Dios, común en su parte inferior con los
animales brutos, más poco m enor que la de
los ángeles cuanto á su parte superior ó es­
piritual, por cuya razón no puede saciarse ni
contentarse con las cosas de este mundo; pe­
ro sobre todo ponerle delante la grandeza de
su sér y fin sobrenaturales, pues es hijo de
Dios, llamado á unirse con ¿1 y á reinar per­
petuam ente en el cielo. Cuya alta dignidad
explica el gran valor moral de los hom bres
regenerados á los ojos de la fe, y la obra de
restauración emprendida por la Iglesia para
engrandecerlos en el seno de la familia y de
la sociedad civil, levantándolos á una altura
que la razón hum ana no hubiera jam as con
sus solas fuerzas concebido.
Si; conviene decir á los hom bres dónde
están su verdadera alteza y regia dignidad,
para que no la envilezcan ni deslustren de­
jando apagar en sus almas el fuego sagrado
que enciende en ellas para iluminarlas y en­
noblecerlas el culto de las cosas celestiales y
divinas, cuya consideración y cuyo am or las
elevan y fortalecen en las sociedades católi­
cas. Por caminos opuestos ú los que siguen
los solistas, que no halagan la hum ana fla­
queza y vanidad sino para derribarlas en un
abismo de abyección y de m iseria, la Iglesia
católica nos pone delante de los ojos la hu­
mana naturaleza, caida, débil, desnuda, pero
salvada, reparada, ennoblecida, levantada
hasta los cielos; y es tanta la virtud divina
que hay en ella, que hasta las miserias de la
vida presente, tristes efectos de lu prim era
rebelión, que deben justam ente hum illarnos,
son para los Heles hijos de la Iglesia materia
copiosa de grandes é ilustres com bates, se­
guidos de gloriosísimos triunfos, que ciñen
sus frentes con hermosas coronas.
Esta nobilísima grandeza y dignidad so­
brenatural que Dios conlicre á los hombres
por ministerio de la Iglesia católica, á quien
también deben los pueblos informados de su
espíritu el inestimable bien de la civilización
— II —
cristiana, es asunto del presente ensayo: ma­
teria digna por su incomparable nobleza y
hermosura de otra pluma menos tosca que la
raia, que supiera retratar muy al vivo la her­
mosa aureola de dignidad que brilla en las
almas que viven de la f e ; de las cuales se
deriva á las obras exteriores y-á las institu­
ciones sociales, dejándola en lodns estampada,
la majestad de lo divino, ¿ inclinando á los
hombres ante su augusta grandeza. ¿Quién
sabe sí Dios tendrá destinada á alguna es­
clarecida inteligencia á transform ar en obra
perfecta en su género este modesto libro? De
todos modos, yo me daré por muy contento
si alguno, hojeando sus desaliñadas páginas,
vislumbrase algunos rayos de su excelsa dig­
nidad, moviéndose por aqui á subir hasta su
fuente divina, y dejando por ella todas las co­
sas bajas é indignas del cristiano, para glori­
ficar á Dios con obras de virtud y perfección.
CAPÍTULO I.

L a a lte z a del h o m b re en el ó rd e n n a tu r a l sig ­


nificada en s e r ¡m ugen d e Dios.

El C atolicism o, que en m uy pocas p a­


labras en c ie rra m ucha y m uy profunda
d o c trin a , resu m e en solas dos la nobleza
y excelencia del alm a h u m a n a , diciendo
q u e fue form ada por Dios á su ‘m u y e n y
se u v ja n za ( i ) , f No hallo yo cosa, dice
• la san ia m adre T eresa de Jesú s, Qpn
«qué co m p arar la g ra n h erm osura de u n
»alma y la g ra n cap acidad. Y v e rd a d e ­
r a m e n t e , apen as deben lleg ar nuestros
« enten d im ien to s, por agudos que fue-

(I) Con. 2, 20.


EN SATO .
«sen, á c o m p re n d erla, así como n o p u e -
«den lleg ar á co n sid erar á Dios, pues Él
• m ism o d ic e , que nos crió á su im ';gen
»y sem ejan za. Pues si esto es, com o lo
«es, no h ay p ara qué nos can sar en q u e -
«rer co m p ren d er la herm osura de esle
«castillo: porque pucslo que hay la di-
«ferencia de 61 á Dios, que del C riador
ȇ la c r ia tu ra , p u es es c r ia tu r a , b asta
«decir su M ajestad que es h echa á su
» im ''g e n , p ir a que podam os e n ten d e r
»!a g ran dignidad y herm osura del áni-
» m a .» Pero todavía se puede e n ten d e r
esto m ás clara y d istin tam en te, conside­
rando sep arad am en te cada u n a de las
excelencias y perfecciones quo debajo de
]a palabra imiigen se c o n tie n e n ; las c u a ­
les, au n q u e son m u ch as y m uv g ra n d es,
pueden ponerse en pocas palabras : y así
direm o s del alm a, que es espiritual é in­
m ortal ; q ue está ad o rn ad a de tres po­
ten cias nobilísim as por las cuales es
im ag en de la T rin id ad adorable; q u e
goza de libertad de alb edrío á sem ejanza
del divino; q u e es capaz de poseer y go­
za r del don so b ren atu ral de la g ra c ia y
del reino de Dios en el ciclo; y por ú lti­
m o, q u e tiene debajo de su legítim o po­
d er ú todas las c ria tu ra s del u niverso
visible.
Todas estas nobilísim as dotes y ex c e­
lencias con q u e fuó el h om bre e n g ra n d e ­
cido por su divino A u to r sobre todas las
c ria tu ra s de este u n iv erso , en las cuales
estam pó solam ente su adorable hu ella, se
en c u en tran ad m irab lem en te expresadas
en las sag rad as le tr a s , y explicadas y
definidas con g ra n d e ex a c titu d y elo­
cuencia en los p ad res y doctores de la
Iglesia.
De la esp iritu alid ad del alm a h u m an a
certifican m u ch o s lu g are s de la E scri­
tu ra ; pero sin g u larm en te resplandece
este dogm a en aq u e l lu g a r del evange*.
- 4 -

lisia S an Ju an , donde enseña el divino


M aestro, q u e los v erd ad ero s adoradores
ad o rarán al P ad re en espíritu y en ve r­
dad. Dios, añade el sagrado ev a n g elista ,
es e s p ír itu , y los que le ad o ran , deben
ad o rarle en espíritu (1 ). El Apóstol San
P ablo en señ a esta m ism a d o ctrin a de la
esp iritu alid ad del alm a diciendo: «¿Quién
»dc los hom bres sabe las cosas del hoin-
»brc sino el e y ír ilu del hombre .que está
»en él? (2)» Y la enseña asim ism o co n ­
traponiendo el hom bre espiritual al que
no lo es, la ley del espíritu á la ley de
los m iem b ro s, y declarando al cuerpo
m u e rto por el pecado, y al espíritu v iv i­
ficado por la ju stic ia . (">) En eslas y
o tra s ex p resiones no m enos bellas y
profundas del g ran d e Apóstol, descúbre­
se el principio de la inm ortal belleza y

(1) Joan. IV.


(2) Cor. II.
(3) Rom. 8.
dignidad de n u e s tra a lm a , im agen de
Dios en el sé r esp iritu al que recibió p ara
ad o rar di P ad re e n esp íritu y v erd ad ,
p a ra a n im a r y vivificar el c u e rp o , for­
m ado de b a rro , y p a ra ser á su vez vi­
vificada por la ju stic ia q u e procede de
Dios.
La seg u n d a excelencia del a lm a , o ri­
g in a d a de su sér e s p iritu a l, es la v id a
inm ortal q u e estA llam ada á v iv ir p a rti­
cipando de la in m ortalidad que Dios
posee en razón de su adorable esencia,
t Acuérdate de D ios, diec el E clcsiastes,
antes que se rom pa el cordon de p la ta
ó médula esp in a l, y se a rru g u e la venda
de ovo, ti m em brana que envuelve el cere­
bro , y se h ag a pedazos el c á n ta ro sobre
la fu e n te , y se qu ieb re la polea sobre la
c is te rn a ; y en ¿ u n ta , a n tes que el pol­
vo se vuelva á la tierra de donde s a lió , y
e l Kspímru vli:i.k Á D ios, q u e le dió el
s é r . » Porque no fué n u e stra alm a en g en ­
d ra d a com o la de los brutos de v irtu d
a lg u n a co rp ó rea , se g ú n aquello del Gé­
n esis: «Produzca la fierra an im ales v i­
v ien tes;» sino en el rostro del hom bre
inspiró Dins u n soplo de v id a , spiracu-
lu m vilcn, y por tan to el c u e rp o , que
fué formado de la tie rra , vu elv e á ella,
m as el esp íritu sube á Dios, q u e le dió
el sé r de u n modo in m ed iato . E sta es la
d o ctrin a del A ntiguo T estam ento ac erc a
d é l a in m ortalidad del alm a (1 ) , ilu stra­
d a después con n u ev a y m ás brillante
lu z en el n u e v o , y ex p licada y dem os-

(1) A pesar do estos y otros lug ares no múnos


explícitos lid V i 'jo Te.-lamenlo, tolavía hay quien
se atrnve ¡i d<u:ir, siguiendo d V oltaire, que el
dogma de la inm ortalidad del aliña no era conoci­
do pntm ki* judíos. Véase la ñuta de la p:ii?. 27 de
mi Sofisteríademorráti'-a, ilomlo se pulveriza la
falsa especia <|<jl Sr. C a stra r sol>re este punto.
Posteriorm ente <•! impío llenan la lia n-prol'icido
en su o.lioso lib ro , desentendiéndose descarada­
m ente de los tí'xtn* de la L scrilura.
tra d a por la filosofía c ris lia a a con ad m i­
ra b le vigor.
L a terc era excelencia del alm a es,
que con se r u n a , tiene tres p otencias e s­
p iritu ales , m e m o ria , en ten d im ien to y
v o lu n ta d , con las cu ales en tien d e y re ­
c u e rd a y a ;n a las cosas esp iritu ales é in ­
visibles. P or esta excelencia es m uy sin ­
g u larm e n te n u e stra alm a im ag en de la
unidad de esencia y trin id ad de perso­
n a s d iv in o s, c u y a distinción se o rig in a
de la procesión e te rn a del Hijo, e n g e n ­
drado del P adre, y del am or que une al
P adre y al Hijo , am o r inefable que es el
E sp íritu S an to . La im agen de esta T ri­
nidad a u g u s ta contem plan los doctores
católicos en las tres p o tencias e sp iritu a ­
les del a lm a , de q u e proceden la noticia
q u e tenem os de las cosas p >r la m em o­
ria , el pensam iento ó verbo in terio r q u e
producim os con el e n te n d im ie n to , y el
am or en que lu ego p ro ru m p e la v o lu u -
t a ü : Mente, notilia et a m o re , dice S an
A gustín ( I ) E sta im ag en, que lleva ¡m -
p ic sa el alm n desde el principio de su
s é r , no consiste p ro p ia m e n te , dice el
m ism o santo d o cto r, en la m em o ria, co­
nocim iento y am o r q u e tiene de sí pro­
p ia , sino en la v irtu d espiritual de que
está a d o rn a d a , con que puede reco rd a r,
en ten d e r y a m a r á D ios, por quien ha
sido criada : A'o» proptnrea est imarjo in
m e n te, /¡nía *ui m e m in it, (liliy it, inte-
liyit xe; .se<l fjnia potosí eliam mem inisse,
inteUitjerr., et am a re Deiim , á rjuo fa rta
cst (2 ). ¡Mermo a doctrina que nos per-
m iie v er en n u estro sér e sp iritu a l, como
en un claro e s p e jo , la grandeza del a u ­
g u sto m isterio cu y a gloriosa m ajestad
no puede co n tem p lar c a ra A c a ra con
su s solas fuerzas ni a u n la m ás subli-

(1) fíe T ritiilale IX .


(2) XIV De T r in ita te , cap. XII.
m e e n tre todas las in telig e n cias criadas!
La c u a rta es el libre albedrío q u e
goza el hom bre á sem ejanza del divino,
y por el cual q u iere el bien de tal m ane­
r a , q u e este su q u e re r es libre y no
forzad o , pues no le pueden forzar á q u e­
rerlo ni á 110 qu ererlo c ria tu ra ni poder
n inguno de esle m u n d o , ni á n g e l, ni d e­
m onio , ni au n el m ism o Dios. C ierto,
Dios dejó al hom bre en m anos de su
consejo , y en su v o lu n tad puso la vida
y la m u erte p ara q ue pudiese cscojcr lo
q u e quisiese ; y com o S eñor y legisla­
dor de todas las cosas del m undo, d isp u ­
so sap icn tísim am en lc el orden á q u e de­
be su jetarse el hom bre en las obras q u e
h ace, sin q u itarle la lib ertad que le dió,
a n tes resp etan d o esle precioso don y o r­
denándolas con g ra n d e rev eren cia (1 ).

(<) C um m agna reverentia disponía nos.


Sap. 12. 18.
— 10 —
E s im ponderable la dignidad q u e de aquí
se d eriv a á n u estro e s p íritu , porque
siendo libre com o e s , sus obras todas
particip an de esta excelente d o te , y re ­
ciben de ella , si son b u e n a s , g ra n valor
y excelencia en los ojos del m ism o Dios,
y tam b ién en los de los h o m b res, que
no estim an n ada las obras forzadas.
H asta en su m ism o crim e n y en el cas­
tigo que le sig u e en esta vida y en la
o tr a , el hom bre co n serv a ú cau sa de su
albedrío un sello de g ran d eza que ja m a s
se b o rra : su s m isinos sufrim ientos son en
tal caso un testim onio vivo y co nstante
de su lib eriad ; <y si le contem plam os,
• añad e el elocuentísim o Dalm es, en m e-
• dio de la d esesp eració n , sum ido en u n
•piélago de h o rro res, lleva en su fren te
• la señal del rayo con q u e ju sta m e n te le
• h a herido el E te rn o : y parócenos oirle
• todavía con su adem an a lla n e r o , con
>su m irada so b erb ia , cual p ronuncia
— 11 —
«aquellas terrib les p ala b ra s: N o n ser-
» v ia m , no serv iré. »
El Catolicism o h a proclam ado y defen­
dido en todos tiem pos esle’ sin g u la r pri­
vilegio de la c ria tu ra racional, no sólo
co n tra el a n tig u o p ag a n ism o , en que
p rev alecían las d o ctrinas fatalistas, sino
m u y p artic u la rm en te co n tra los lic re -
siarc as m odernos L u tero y C a h in o ; el
prim ero de los cu ales escribió u n libro
c o n tra el libro alb ed río , du - a vo arbitrio;
y el se g u n d o , abom inando de él igual­
m e n te , dijo que h ab ía sido extinguido
por el pecado. De tales m aestros recibió
el jansenism o su odiosa y hum illante
d o ctrin a , q u e n ieg a al hom bre el poder
de o b serv ar toda la justicia m o ral, y
le a rre b a ta con el libre albedrío el m é­
rito y la d ig n id ad de las buenas obras.
Sin em b arg o , el odio anti-católico de
m uchos escrito res m odernos m ira á los
p ro testan te s y jan sen istas y á los filoso-
— 12 —
fos q u e se ligaron con ellos e n co n tra
de la v e r d a d , com o á re g en erad o res del
m u n d o , cuando realm en te acab aro n con
el fu n d a m e n to 'd e toda g ra n d eza , re p re­
sentando al hom bre movido en sus obras
de cieg a necesidad, y trocando la ju s ­
ticia de Dios en tira n ía espantosa que
salva y condena p ara siem pre sin a te n ­
d er á los m erecim ientos de sus c ria tu ra s ,
haciéndoles ca rg o s del mal que no p u ­
dieron d e ja r de h a c e r , y coronando de
gloria á otros que n ecesariam en te obra­
ron la v irtu d . C uánto debe confundir y
re b a ja r al hom bre en sus propios ojos
y an o n a d ar sus fu erzas m orales esta
d o c tr in a , se ec h a fácilm ente de v er
considerando, q u e en ella se ve reducido
á la m isera condicion de. un m ecanism o
cieg o , de u n a ru e d a d estin ad a á funcio­
n a r en la m áquina del u n iv e rso , sujeto
¿ u n a cad en a de acontecim ientos q u e no
puede rom per, á la inflexible ley del des­
— 13 —
tin o , q u e h o y llam an ley del progreso
los q u e n ieg an á n u estra n aturaleza la
lib ertad de su albedrío. C uando no d e ­
b iera el orden m oral al C atolicism o sino
esle solo d o g m a, q ue crije al hom bre
dentro del san tu ario de su conciencia el
trono donde se sien ta el alm a para pro­
n u n ciar la elección que decide de sus
destinos e te rn o s , sin que sea poderoso á
q u ita rle la lib ertad de su elección y se n ­
tencia el m undo en tero que ca y era sobre
su frágil cu erp o , d eb ería reconocer en
la d o ctrin a de la Iglesia el verdadero
fu n d a m e n to de la grandeza del hom bre.
La q u in ta excelencia del alm a, m ira­
da con los ojos de la f e , es ser capaz,
con capacidad inm ensa de sab id u ría y de
ciencia, de g ra cia y de v irtu d , de d icha
y de g loria, de lodos los dones n a tu ra le s
y so b re ñ alu ralcs q u e en razón de esto la
puede Dios d a r, con u n a capacidad infini­
ta , q u e súlo él puede h a rta r; y asi m ién-
— 14 —
tra s no v ea y posea á Dios no es posible
estar del todo h a rta . En lo cual resp lan ­
dece g ra n d e m e n te , dice un venerable
e s c r ito r , la im agen de Dios; pues com o
Dios no se puede llen ar sino es consigo
m ism o, asi la capacidad y deseo del
alm a no se puede llen ar sino es con
Dios (1 ). En esta in m en sa capacidad del
alm a de en ten d e r y de am a r, se descu­
b re la verdad era razón de la perfectibi­
lidad h u m a n a , q u e es á m an era de un
g érm e n que v a poeo á poco desenvol­
viéndose y m ostrando la excelencia del
fruto que v irtu alin cn to contiene, h a s ta
qu e lo ileva en toda su m adurez y h e r­
m osu ra. P u es au n q u e la perfección ú lti­
m a y su p rem a á que puede lleg ar el
hom bre no es cosa de la tie r r a , donde
está d esterrad o , sino del ciclo, su p atria ,

(1) El V. P . La P u en te, M editaciones e sp iri­


tuales.
— 15 —
aun le es dado crece r ¡nteleclu alm en te
cam inando de clarid ad en claridad y
m o ralm en te de v irtu d en v irtu d , h asta
transfo rm arse y ser uno con Aquel cu y a
es la herm osa im agen q u e llev a en su
alm a e s p iritu a l.
La sex ta cscclcncia del hom bre es su
cualidad de re y y señ o r de las c ria tu ra s
inferiores á 61, hechas por Dios p a ra
que le s irv a n ; y en p a rtic u la r la tierra
es com o el palacio en q ue tiene su m o­
rad a y h ace su oficio de g lorificar al
C riador por sí y á n om bre de todas las
dem as co sa s, q u e están en él re p re se n ­
tad as y co n tenidas com o en u n m undo
ab rev iad o , re su m e n y com pendio de la
creació n . El S eñor dejó al hom bre el
dom inio de los an im ales (1 ), y le consti­
tuyó sobre ¡as obras de su s m anos (2 ).

(O Génesis, 9.
(2 ) P s. 9.
— 16 —
P or lo cual, m ovido de adm iración el
real profeta, volviéndose al S eñor, e n su s
inim itab les c a n ta re s le dice de este
m odo: «¿Qué es el hom bre p ara q u e te
«acuerdes de é l , ó el hijo del hom bre
«para que lo visites? Le hiciste un poco
«m enor q u e los A n g eles, le coronaste
«de gloria y honor y le constituiste so-
«bre las obras de tu s m anos. Todas las
«cosas su jetas á sus p ié s ...»
Jú n tese ah o ra con la em inente g ra n ­
deza del alm a h u m a n a , criada por Dios
á su im agen, y ad o rn ada de tan exce­
lentes a trib u to s y potencias y para fines
tan altos, com o la m ism a S ag ra d a E scri­
tu ra en señ a, la perfección m aravillosa del
cuerp o , de q ue u sa com o de un órgano
corpóreo, dispuesto p ara lev an ta r los ojos
al ciclo, pátria v erd ad era del ho m b re, y
hollar con los piés la tie rra , c o m o p ara
m overse á d e s p re c ia rla , con tan', i m u ­
ch ed u m b re y tan ad m irable trabazón de
— 17 —
p a rle s y lal h e rm o s u ra , agilidad y deli­
cadeza en ellas, q u e con m ucha razón
vió el santo profeta David estam pada
tam bién en 61, au n q u e por u n a m anera
inferior ú la del alm a, la sabiduría y po­
d er de Dios: O m nia ossa mea dicenl: Do­
m in e , quis sim ilis libiJ Jú n te se , digo, á
la alteza de n u estro sé r esp iritu al la ex ­
celen cia y h erm o su ra del cuerpo form a­
do por la sab id u ría d iv ina p ara ju n ta r
en u n a sola n atu ra leza el m undo físico y
el m o ral, y veráse la razón q u e tuvo
p a ra d ecir u n P ad re de la Ig lesia, q u e el
h om bre es cosa v erd ad eram en te g ra n d e:
M agna res est homo. No h ay debajo del
sol c ria tu ra a lg u n a c u y a g ra n d e z a sea
igual á su g ran d eza y d ig n id a d : la g i­
g a n te sc a mole de los astros, la fecundi­
dad de la tie rra , la riqueza y h erm o su ra
de la n a tu ra le z a , los bellos y grandiosos
m onum entos de las a rle s y d>.’l sab e r, el
poder y la riq u eza de los hom bres, todo
ENSAYO 2
— 18 —
esto es n ada com parado con u n alm a es­
p iritu al: a n te todas esas grandezas visi­
b les, u n a pobre m u jer ó un m ísero es­
clavo desconocido y despreciado del
m undo, puede decir: Yo soy m ás g ra n d e
que todas esas cosas criad as p a ra m í,
au n q u e incapaces de h a rta r mi corazon;
pues gozo de un alm a esp iritu al é inm or­
tal, criad a por Dios á su im ag en y se­
m ejanza, capaz de conocerle y am arle
uniéndose p a ra siem p re con él. ¿Q ué inc
a p ro v ech aría si g a n a re todo el m undo y
perd iera esta alm a dolada de in m o rta­
lidad?
Yo no la ca m b iaré, p u es, por cosa al­
g u n a de este m undo, pues vale m a s q u e
el m undo: Q uid prodest hom ini, si nan-
dtim u n iversum lu crcfur, anima; vero su®
detrim entm n p ritia lu r? A ut quam dabit
homo commutationcm pro anim a sua (1)?

(1) Mal. XVU, 26.


CAPÍTULO II.

S oluciones ra c io n a lista s <lel p re s e n te p ro b lem a.

Si el hom bre e n c e rra ra d en tro de si


el principio de perfección, no h ab ría me*
nesto r de b u sca r fuera de su m ism o sér
el bien ni la v erd ad , á q u e an h e la , pues
toda perfección y toda luz y h erm o su ra
estaría n en él como en fuente v iv a y
p e re n n e , donde podrían saciarse p lcn a-
m en le su in telig en cia y su corazon;
pero si, com o he d icho repitiendo la di­
v in a e n s e ñ a n z a , es el hom bre u n a c ria ­
tu ra nobilísim a q u e tiene de Dios el
sé r y las excelencias q ue plugo á este
S eñor co m u n icarle haciéndole p artici­
p an te de su s adorables perfecciones,
es g ra n d e locura y v anidad b u sca r el
— 20 —
hom bre en sí mismo y no en Dios la
razón de su dignidad p résen le y de su
fu tu ra d ic h a . Forzoso e s, p u e s , e le g ir
uno de estos ex trem o s; porque es tal la
sed de divinidad que ato rm e n ta al ho m ­
b re en esta vida (y este es un nuevo
arg u m en to de su g ra n d eza ), que sólo las
d o ctrin as q u e re a lm e n te , ó siq u iera en
ap arien cia, ap a g an esta sed , se d isp u tan
en últim o térm in o el vencim iento. Así
q u e el vil m aterialism o que n ieg a á
Dios y ab a te la nobleza del hom bre h a s­
ta ig u alarle con las bestias y poner a n te
su s ojos como único objeto de su e s tu ­
dio y solicitud los torpes deleites del
sen tid o , y la lobreguez del sepulcro por
térm in o de sus esperanzas; y el deism o,
q u e rechaza el dogm a de la P rovidencia
d iv in a levantando con sus negaciones
sacrilegas y su satán ica rebeldía un
m uro de división e n tre Dios y el ho m ­
b re , no pueden d arle n i u n a sola g o ta
— 21 —

fie a g u a con q u e ap ag u e aquella ard en ­


tísim a sed , pues son áridos y secos co­
mo los aren ales del desierto. P o r c u y a
razón, a u n q u e todavía están delante de
los ojos esos ignom iniosos sistem as,
dignos del siglo X V ÍII, en q u e p rin ci­
palm en te se m ostraron (I), pero las doc­
trin as que en realidad vienen dándose la
g ra n b atalla de q u e es testigo el presen ­
te, son de u na p a rte el panteísm o con la
g ran d eza a p a re n te q u e le com unica el
nom bre de Dios, q u e invoca en v a n o , y
de o tra el C atolicism o con su v erd ad era
y sólida g ra n d e z a , recibida del etern o
m anantial de toda su b lim idad y exce­
lencia, que es el Dios vivo á q u ien in­
voca de verdad y en cu y o nom bre ú n i­
cam en te se glo ría.
Digo que es a p a ren te la grandeza del
p anteísm o , pues ¿qué ap ro v ech a al hom ­
b re d ecir q u e él es la verdad y perfec­
ción a b s o lu ta , y que es Dios m ism o , si
— 22 —
con tales blasfem ias y delirios no puede
a ñ a d ir ni u n solo palm o :i su e sta tu ra ? Si
á un pobre loco se le o cu rriera decir, que
con su fren te locaba en las estrellas, ¿se­
ria bien q u e diésem os crédito ó su dicho
contra lo q u e v ieran n u estro s ojos? P ues
no m enor locura y vanidad son en el
p an te ista d ecir q ue el hom bre es Dios;
porque bien sabem os, por la razón de
acu erd o con la f é , .que Dios ex iste por
sí y es c ie rn o , infim lo e n l o d a p erfec­
c ió n , oinnipolcnlc é in m enso, fuenlc m a­
n an tial de toda belleza y san tid ad y
b ien av e n tu ran z a; y con n u estro s mismos
ojos estam os viendo la flaqueza y lim ita­
ción del h o m b re, la oscuridad de su
m e n te , la torcida inclinación de su a l­
b e d río ; cu án frágil es su m em o ria, c u ín
deleznable su c u e rp o , q u eb ran tad o de
enferm edades y condenado á m orir y á
ser pasto de los gu san o s. ¿Q uién puede
poner en d u d a los m ales y desdichas
— 23 —

qu e acongojan á los hijos de los hom ­


b re s , h aciéndoles á todos lanzar conti­
nuos gem idos y h u m ed ecer con su s lá­
g rim as este oscuro valle en q u e v iv i­
m o s, q u e tal es el d u ro y penoso yugo
q u e el pecado h ace lle v a r á los descen­
d ien tes d e A dán desde q ue salen del se­
no de sus m ad res h asta que m ueren
(1)? No c o n siste , p u e s , la v erd ad era
g ran d eza en a trib u irse el hom bre las e x ­
celencias d iv in as, ni en n e g a r audazm en­
te las h u m an as m iserias; porque tales
ju ic io s , inspirados de la s o b e rb ia , no
pueden a lte r a r u n p u n to la verdad de
las c o s a s , q ue los co ntradice y d es­
m ien te.
Mas a u n q u e la falsa grandeza que
a trib u y e al hom bre el panteísm o d iste
tan to de la v erd ad era cu anto d ista la so-

(l) Eccli. 4 0 ,1 .
— 24 —
b crbia de la h u m ild a d , es m ucho de no­
t a r , que si por u n a p arle sus sectario s
confunden al h om bre con Dios, de o tra
confúndenle asim ism o con las m ás viles
c r ia tu ra s , no sin h aberle despojado p ri­
m ero de sus propias excelencias. La razón
de eslo es q u e, red u cid as todas las cosas
á la unidad sustancial del ser único, q u e
los p an teistas llam an D ios, del m ism o
sé r y esencia que el hom bre p a rtic ip a ­
ría n los b ru to s , las p lan tn s, y h asta las
p ie d ra s, quedando asi suprim ida la di­
feren cia esencial que d istin g u e al espíritu
de la m ateria , y desapareciendo el orden
g crárq u ico de lo ssé re s, pues tan Dios se­
ria el insecto q u e zum ba ju n to á mi ó el
reptil que huellan m is p la n ta s, como el
alm a esp iritu al del altiv o p a n te ista ; ó
m e jo r, d ccir que todas las cosas son
D io s, es lo m ism o que n eg a r á Dios, cu ­
yo adorable sér excluye la m ultiplicidad
é im perfección de las c r ia tu r a s , y c a e r
— 25 —
por con sig u ien te en la h o rro ro sa sim a
del ateísm o.
N in g u n a de las ex celen cias del órden
n a tu ra l q u e recibió el hom bre con la
im agen a u g u s ta de Dios im presa en su
a lm a , respetan lo sp a n le ista s. Lo p rim e­
r o , van co n tra la espiritualidad de n u es­
tra a lm a , ó su independencia de las co­
sas c o rp ó re a s, confundiéndola y h acién­
dola u n a sola cosa con ellas. No es el al­
m a p ara los doctores del panteísm o aquel
nobilísim o soplo de vi la inspirado de
Dios en el rostro del h o m b re , el cual
entien d e y am a sin necesidad de órganos
corpóreos las cosas del m undo invisible,
y de tal modo las en tiende y a m a , que
susp ira p or ellas y se tiene por d e ste rra ­
da y c a u tiv a m ién tras no consigue v e r -
las y go zarlas p ara s ie m p re , desdeñando
en razón de la propia nobleza los deleites
físicos que m a n c h a n , h astian y en v ile­
cen el corazon h u m a n o ; sino u n a n u ev a
— 26 —
forma d e la m a te r ia , u n a m ateria puli­
m entad a y lu m inosa q u e lia ido dep u ­
rándose sin p erd er su sér sustancial, h a s ­
ta te n e r conocim iento de si m ism a en si
esp íritu h u m an o . M aterialism o m ás su ­
til y artificioso que el de Epicuro y de
los sofistas del siglo p a s a d o , pero al fin
m aterialism o, esa d o ctrin a b o rra la linea
qu e divide esen cialm en te lo visible y lo
invisible, lo esp iritu al y lo corpóreo. Así
q u e , lijo s de em an cip ar al alm a de las
cosas sensibles y de m overla á p re te n d er
el triunfo de sus nobilísimos afectos so­
b re las ten d en cias y ap etitos de la carn e
y los a tra c tiv o s del m undo e x te rio r, los
p an teistas predican la unión m ás íntim a
posible del hom bre con la n atu ra leza fí­
sica , q u e es p ro clam ar la vil m oral de
los deleites c a rn a le s , y e x tin g u ir en él
toda la herm osa llam a del esp íritu h u ­
m ano.
Todavía se ec h a de v er m ás claram en-
— 27 —

te cóm o a rre b a ta este sistem a al hom bre


h asta la esp eran za de la in m o rtalid ad y
del cielo, uno de los títulos m ás bellos y
m agníficos de su g ra n d eza . ¿N i qué in­
m ortalidad pueden p ro m eter al hom bre
los p an teistas re d u cién d o le, com o le re ­
d u c e n , á la m ísera condicion de un fe­
nóm eno que ap arece por un m om ento en
la tie rra p ara d esap arecer despuc3, como
la chispa q u e sa lta del p ed ern al, ó la fi­
g u ra de las o ndas que se deshacen en la
playa? L a inm ortalidad del alm a en su
dichosa p a tria , supone la d u ración de
su sé r y de su forma esp iritu al con las
potencias recib id as de D ios, c o n se rv a n ­
do el sen tim ien to y am o r de s í , y ju n ­
tándose p a ra siem pre con el bien q u e ha
de se r su h eren cia p erp étu am en le dicho­
sa en la o tra vida; m as el panteísm o só­
lo reconoce la p erp etuidad de la su sta n ­
cia e s p iritu a l, la cual con la m u erte de
cada hom bre d eja la forma q u e tenia en
— 28 —
vida y se m uda en otro in d iv id u o , sin
c o n se rv ar ni siq u iera m em oria de lo p a­
sado , al m odo como suponían los a n ti­
guos la tran sm ig ració n de las alm as. Y
au n q u e conservaran estas sus potencias
esp iritu ales y su conciencia después de
rom perse el vínculo que las tiene aquí
unid as á los cuerpos respectivos, ¿qué co­
sas ocuparían en la o tra vida el abism o de
su in lelig en cia y de su s deseos? Siendo
ellas, como dice el p anteísm o, la m ism a
su stan cia absoluta, fuera de la cual, a ñ a ­
de, no h ay ni pued e concebirse o tra su s­
tan cia, ¿en cu '1.! irían á b u scar el descanso
y la dicha que. no en c u en tran ¡iqui bajo?
No n iegan al p arecer al hom bre los
p an teistas las facultades esp iritu ales de
su alm a, sin g u larm en te el en ten d im ien ­
to y la v o lu n tad ; pero, si bien se m ira,
no son en sus labios estas nobilísim as po­
tencias sino palab ras vanas con q u e se­
ducen los ánim os sencillos. Y á la v er­
— 29 —

d ad , desde el pu n to q ue confunden al a l­
m a con la m a te ria , ab atiendo su noble
n atu raleza esp iritu al á tal ex trem o de
v ileza , despójanla forzosam ente de sus
m ás excelsas p rero g aliv as , q u e son las
de en ten d er y a m a r con independencia
del organism o físico las cosas invisi­
bles y ete rn a s. L a m ateria no es c a ­
paz siq u iera de s e n tir, y m uebo m é-
nos de conocer y q u e re r las cosas que
exceden los sen tid o s; por cuya razó n ,
si el alm a no se d istin g u iera realm en te
de la m a te r ia , vano seria cuanto se d i­
jese de sus potencias espirituales. Ade­
m as de esto, es co n stan te que el en te n ­
dim iento se nos h a dado p ara conocer y
la voluntad p ara a m a r á D ios, verdad
infinita y bien sum o y jieiTeclísimo, en
quien ú n icam en te pued en sa c ia r su a n ­
helo respectivo esas dos espirituales po-
tcu cias. Aquí está pues la verd ad era g ra n ­
deza del hom bre, en e n te n d e r y g u sta r
— 30 —
la herm o su ra y bondad y sab id u ría de
D ios: toda lum bre de conocim iento que
en este no se enciende, es débil y fu g iti­
v a, y pronto se a p a g a ; todo am or q u e no
se d eriv a de este suprem o a m o r, y v a
de él s e p a ra d o , es m u y im perfecto y
m uy m ezquino, y. suele adem as v en ir A
p a ra r en vergonzosa idolatría. A hora
b i e n ; ¿dónde está el Dios que el p an ­
teísm o ofrece como objeto digno de
ser conocido y am ado por el hom bre?
Esc Dios no es sér alguno distinto del
universo físico; es la m ateria m ism a , el
á r b o l, el fuego la piedra ; son , en una
palab ra, los elem entos do este m undo vi­
sible , fu era del cual el filósofo pnntcisla
no sabe le v a n ta r u n a sola m irad a de re ­
conocim iento y am or. P u es si el en te n ­
dim iento lo hem os recibido p ara conocer
al verd ad ero D ios, criador y conserva­
dor del u n iv e rs o , y la voluntad p ara
am arle, ¿ q u é se h acen estas potencias
— 31 —
desde el p u n to q u e se las p riv a de su ob­
je to , y se condena al hom bre á u n irse
por el conocim iento y el am or tan sólo ¿
las cosas m ateriales del m undo, lo m is­
m o q u e los anim ales b rutos?
No m enor estra g o q u e en su en ten d i­
m ien to y voluntad hace la doctrina pan-
teísta en la lib ertad de albedrío que go­
za el hom bre seg ú n la d o ctrin a cató lica.
E ste precioso don consiste en la facultad
de h acer ó de no h a c e r a lg u n a ob ra, de
tal m a n e ra , q u e ora la h a g a ó deje de
h ac erla, no se m u ev e á ello por im pulso
necesario y c ie g o , sino siendo el alm a
d u eñ a de d eterm in a rse en uno ú otro
s e n tid o , como señora de su s actos y á r ­
b itra de su destino. De cu y a excelente
propiedad despoja asim ism o al hom bre el
panteísm o d estru y en d o su s é r individual
y reduciéndole á m ero fenóm eno ó m odi­
ficación del sér único é in d eterm in ad o
que llam a Dios, som etido, como los dem as
- 32 —
fenóm enos del m undo, á leyes n ecesarias
é inflexibles como la g eo m etría . E sta v i­
da m oral q u e aquí vivim os haciendo li­
brem en te las obras que form an p a rle del
órden u n iv ersal q u e Dios q u iere sea
g u ard ad o por las c ria tu ra s, conform e al
fin y n atu ra leza de cada u n a , el p a n ­
teísm o la m ira com o u n a csccna d e que
som os sim p lem en te te s tig o s, pero no
ac to res, p u es el solo principio de a c tiv i­
dad q u e reco n o ce, pónclo en el sé r ó
su stan cia ú n ica y ab so lu ta á que da sa ­
crileg am en te el nom bre de Dios, dicien­
do q u e la vida h u m an a es la séríe de las
sucesiv as m anifestaciones de esa su sta n ­
cia. Y es claro que dejando de ser libre
la vida h u m a n a , deja por lo m ismo de
se r m oral: su s obras todas se hac^n in ­
diferen tes; el crí.n cn pierde su s horro­
re s, la v irtu d su sér y su h e rm o s u ra , y
el hom bre el m érilo de sus sacrili. ios y
su dignidad m oral. «Donde q u ie ra que
— 33 —
el panteísm o pone por obra su s ideas, *
dice un esc rito r d esd ich ad am en te racio ­
n alista, «como en la In dia, por ejem plo,
luego d a en la inacción ó en la licencia.
Las p ersonas form adas por su s m áxim as
tiénensc por m eros fenóm enos, y todas
las obras que pueden h a c e r, cróenlaa
obras del mismo Dios, y las q u e h ac en ,
las ju zg an indiferentes; y a s í, ú se en ­
tre g a n sin rem o rd im ien tos á los vicios
m ás h o rre n d o s , ó se dejan llevar im pa­
sibles de la co rriente de esle océano de
que form an p a r te , como golas im p er­
ceptibles de n in g ú n v alor. T ales son los
frutos del panteísm o en O riente: no los
podrá n e g a r (1 ).»
Es tan cierto q u e el panteísm o d e s­
poja á la n atu raleza h u m an a de la li­
bertad de albedrío que goza el corazon,
que el principal fau to r en los tiem pos

(I) Cours de d ro it n atu r. sept. Iw .


e n sato . 3
— 3* —
m odernos de esta doctrina ta n ab su rd a
com o odiosa y s a c rile g a , el aleo Espi­
nosa, dccia de aquella nobilísim a p rero-
g a tiv a : «La lib ertad consiste en u n a
activ id ad que obra, no por v irtu d de u n a
cau sa e x tra ñ a , sino por si m ism a, d esen ­
volviéndose NECESARIAMENTE Conforme á
la i . e y i n v i o l a b l e de su naturaleza (1).» A
m is ojos, escribía á Guillerm o de B lycm -
b c rg , la libertad no consiste en u n a re ­
solución libre, sino en u n a libre necesi­
d a d . • En este sentido es libre el Dios
de los p an teistn s, porque n in g u n a causa
e x te rn a im pide su necesario desenvolvi­
m iento, originado de la necesidad de su
m ism a esencia. No b a y , p u e s, libertad
en el panteísm o, sino necesidad absolu­
t a , fatalism o ciego é in ex o ra b le, con
que son im pelidas por u n a fuerza no
m énos cieg a y n ecesaria todas las cosas.

(I) Ética part. I., scliol. prop. XVII.


— 35 —

Los hom bres y h a s ta los m ism os dioses,


deeian los escrito res paganos fo rm u lan ­
do el fatalism o de las a n tig u a s edades,
e stán sujetos A los d ecreto s inexorables
del hado ó destino q u e rije al m undo:
h o y , despues de diez y n u ev e s ig lo s.d e
c ristian ism o , h a y filósofos q u e en nom ­
b re de la lib ertad y del progreso re s ta u ­
ra n esta a n tig u a doctrina del fatalism o,
q u e es el polo opuesto de la libertad y
de la g ra n d eza m oral del hom bre.
E xcusado p arece decir que el p a n te ís­
mo le arreb a ta b a tam bién la dignidad
excelsa de rey de la c re a c ió n , rom pien­
do en sus propias m anos el cetro de esta
s o b e ra n ía ; p o rque fundidas por esa vil
doctrina todas las cosas del m undo, asi
m ateria le s com o esp iritu ales, en u n solo
sér ó su s ta n c ia , la m ism a, á p esa r de
sus d iferencias a p a re n te s , en todo indi­
vidu o , sea p iedra ó árbol, hom bre ó b ru ­
to, ángel ó dem o n io , y no digo Dios,
— 36 —

porque el panteísm o lo n i e g a ; fundidas,


d ig o , todas las cosas en la unidad p a n ­
te ístic a , desaparece toda razón de dis­
tinción y de orden gcr.írquico en el
inundo, y no quedan ni seres inferiores ni
superiores los unos respecto de los oíros,
sino q u e todas las cosas son niveladas
por la unidad de sé r á q ue las reduce el
pauleism o. A si, m ien tras de u n a p arte
cae por lie rra cu o sla d o ctrin a toda a u ­
toridad y au n lodo d e re c h o , los c u a ­
les no se conciben sin térm inos correla­
tiv o s, lcvánlanse por o lía h asta la m ism a
c a te g o ría del hom bre las cosas m alcría­
les y sensibles, con q u ien es divide el
panteísm o el nom bre indivisible é inco­
m unicable de Dios. ¡Cosa singular! El
m ism o sistem a q u e diviniza sac rile g a­
m en te al hom bre sublevándole c o n tra la
au to rid ad su p re m a de D io s , diviniza
tam b ién a u n á las m ás viles c ria tu ra s,
haciendo de ellas ídolos que pone delan-
— 37 —
fe de! hom bre m ism o com o p a ra m over­
le á postrarse en su p resencia y ado­
ra rlas.
P or últim o , el p anteísm o desconoce la
inm ensa capacidad del espíritu hum ano,
que la sabiduría y bondad de Dios en ­
riq u ece y ado rn a con m u y excelentes
dones de cien c ia, de am o r y de gozo.
E nsoberbecido el h om bre por tan p er­
versa d o ctrin a, en g áñ ase m iserablem ente
sí mismo reputándose tan to m ás p er­
fecto cuanto m ayores son su necesidad
6 in d ig en cia, 6 indisponiendo co n tra si
con su ridicula presunción á Aquel d e
quien procede todo don bueno y p erfec­
to. ¿Ni quién podría s e r el donador que
hiciera al hom bre m erced a lg u n a de luz
ni de o tra n in g u n a g ra cia, cuando fu e ra
del hom bre m ism o no h ay ni puede h a ­
b e r, seg ú n el panteísm o, principio a lg u ­
no de bien y perfección? Asi lo que el
hom bre no ten g a y a p or sí m is m o , a u n ­
— 38 —
q u e sólo sea en g e rm e n , en vano espe­
ra rá tenerlo ja m a s. A hora b ie n , la h is­
to ria a te stig u a lo q u e es y da (le sí la
pobre h u m an id ad d eg rad ad a por la c u l­
pa en las regiones frias y oscuras donde
no p en etra el sol de v erd ad y de ju stic ia ,
en tie rra s donde no g erm in a la sem illa
sem b rad a por el divino L ab rad o r. E n
su m a, el pan teísm o es la negación ra d i­
cal y ex p lícita del orden so b re n atu ral,
e n el cual se m u estra esa capacidad del
a lm a , q u e es uno de los rasg o s m ás
herm osos de su fisonomía celestial, in u n ­
d ad a en los divinos destellos de la
esencia m ism a de Dios.
R educiendo ah o ra á sus m ínim os té r ­
m inos las d o ctrin as del panteísm o com ­
p arad as con el Catolicism o en sus re la ­
cion es con la dignidad del hom bre, p u e­
de m u y bien d ecirse, q u e au n q u e el
panteísm o atrib u y e al hom bre la ese n ­
c ia incom unicable de Dios, en realidad
— 39 —
le hace descender en ca te g o ría h asla la
inform e su stan cia de la p ie d ra ; al paso
q u e el C atolicism o, ase g u ran d o q u e el
alm a del hom bre lué sacada de la n ad a,
y el cuerpo form ado de b a r r o , lú c e n o s
contem p lar en la n atu ra leza h u m an a las
innum erab les y estu p en d as ex celen cias
qu e resp lan d ecen en la im agen de Dios.
E n otros térm in o s, el panteísm o d eg rad a
al hom bre de su sér n a tu ra l diciéndole
con m en tira que es Dios, ó ensoberbe­
ciéndole p a ra h u m illa rle ; en tan to q u e
el C atolicism o le h um illa p ara en salzarle,
recordándole por u n a p arte su o rig e n , y
elevándole por o tra á u n a d ig n id ad infi­
n ita m e n te m ay o r q ue la de su m ism a
n a tu ra le z a . El p rim ero m u estra la im po­
tencia y castig o del orgullo h u m an o , á
cuyo im pulso cae el ho m bre en abism os
inm ensos de d eg rad ació n siem pre que
in te n ta escalar el ciclo; el seg u n d o es
m agnifico testim onio de la v irtu d y sa-
— 40 —

biduria del Altísim o, que prim ero se


dignó e stam p a r su divina ¡m íg en en esa
h ec h u ra m aestra de su s m anos, y des­
pués descendió de los ciclos p ara u n irse
á el y divinizarlo haciéndolo sem ejante
¡i si por v irtu d de esla unión. Veamos
ah o ra en el sig u ien te capítulo en q u é
consiste esla divina sem ejanza.

CAPÍTULO III.

L a sem ejan za «lcl h o m b re con Dios, consum ada


en su g lo rio so Tin.

De esta sem ejanza con Dios que le


adornó en un p rin cip io , sintióse el hom ­
b re privado por la p rim era c u lp a , la
cual despojó á su n atu ra leza de los
dones y g ra cias so b ren aturales que h a ­
bía recibido de la d ivina largueza y g e ­
nerosid ad de su H acedor. C uando a c a e ­
— 41 —

ció tan trem en d a catástrofe, refiere el


sag rad o G énesis q u e se abrieron los ojos
de en tram b o s co n so rtes, y habiendo
echado de v er q u e estab an desnudos,
cosieron u va s hojas de higueras y se h i­
cieron delantales (1 ). ¡Pobre v estid u ra
por c ie r to ; pero excelente signo de la
im potencia del hom bre p ara c u b rir y re ­
m ed iar por sí propio las llagas que le
causó el orgullo! H abiéndoles el Señor
prom etido el divino L ibertador que habia
de v en ir á lev an ta r de nuevo á la h u m a­
nidad á la a lte ra y dignidad de que m i­
serab lem en te descendió e n nuestros p ri­
m eros pad res, hizo también el Señor Dios á
A dán y ú su m u jer unas túnicas de pieles
y los vistió(2 ). C uya v estid u ra fué h ech a,
dice u n ilustre escrito r, de los despojos
de un cordero, figura del cordero de Dios

H) G -n. III. 7.
(2) Ibid. 21.
— 42 —
q u e vino á c u b rir la desnudez de la n a tu ­
raleza h u m an a en su propia divinidad (1 ).
De aquí salió, p u es, m ás clara y resp lan ­
deciente la sem ejanza del hom bre con
D ios, q u e es u n a p articipación de su
m ism o sér y d ig n id ad , infundida g r a tu i­
tam en te en las alm as cria d as á su im a­
g e n , con que son elev adas ¿ l a inefable
alteza de hijos de Dios con d crcch o á su
gloria celestial y e te rn a . V cam *s el
nuevo órd en de cosas en que fué re sta ­
blecida la h u m an id ad . Es el órden e n
g en e ral u n a disposición a c ertad a y con­
venien te de las cosas con relación á su
fin últim o; y así en el órden sobrenatural
en que fué puesto el hom bre de nuevo
por Dios, m erccd á los m erecim ientos
de Je su c risto , liem os de poner los ojos
lo prim ero en la excelencia y sublim idad
del fin á q ue el hom bre está destinado

(1) Roto. 8.
— 43 —
conform e i la d o ctrin a católica; y lo se­
g und o , en la ad m irab le dignidad y h e r­
m osura de las alm as que sig u en al per-
fectísim o dechado de toda perfección y
celestial g ran d eza, h ech as u n a sola cosa
con él y com o d iv inizadas y tran sfo rm a­
das en Dios, no por n a tu ra le z a sino por
unión y sem ejan za de vida.
En el sag rad o m isterio de la E n c a rn a ­
ción el Hijo de Dios tom ó carn e en las
e n tra ñ a s de la p u rísim a V irg e n , y se
unió con la n atu ra le z a hu m an a por u n
modo de ta n ta intim idad y perfección,
que sin d e ja r de se r Dios quedó hecho
hom bre v erd adero. P or v irtu d de esta
unión m isteriosa fué salvada la distancia
qu e m edia e n tre lo Qnito y lo infinito, la
c ria tu ra y el C riad o r, siendo la p rim era
elevada por la dignación del divino
Yerbo que la tom ó p a ra sí, h asta la al­
teza del mismo Dios, y hecha p a rtic ip a n ­
te de la m ism a n atu raleza d iv in a. La
— 41 —

ciencia infinita del Hijo de Dios, el poder


sin lím ites de su etern o P a d re , la ca ri­
dad del E sp íritu S anto, q u e procede de
ám bos, y en sum a lodos Ion tesoros de la
divinidad, fueron com unicados á la sa c ra ­
tísim a h u m anidad de N uestro Señor Je­
sucristo, u n id a susto ncialm ente en la
persona del Verbo con la esencia m ism a
de Dios, fuente inagotable de luz y de
vida. El m ism o nom bre de Cristo sig n i­
fica la unción y plenitud de g ra cias y
dones con que el E sp íritu S anto llenó la
inm ensa capacidad de su alm a, reposan­
do en ól todo lo lleno de la divinidad (1 ).
E ste es aquel S eñor q u e siendo igual al
etern o P ad re , porque de su sag rad o co-
razon se d eriv ab a á sus palabras la hum il­
dad d e q ue estab a lle n o , se decia á sí
mismo y e ra realm en te en razón de su
hum an id ad el Ilijo del hombre: este es

(1) Sal. 102. 19.


— 45 —
n u estro deudo y h e n n a u o , que es ser
por co n sig u ien te nosotros de su m ism a
divin a estirp e (1 ). ¡Oh alteza del poder
y de la bondad de Dios, que asi quiso
ensalzar á la n atu raleza h u m an a un ién ­
dola consigo y p en etrándola del esplen­
dor de la gloria d iv in a, al modo como
los rayos del sol em bisten las nubes
que a tra v ie sa n en su paso, trocándolas
en v iv as llam as de lum bre! Con h arta
razón q u ed ab an ad m irad os los P adres de
la Iglesia de v e r la g ra n d eza á que fué
el hom bre sublim ado en esle m isterio,
escondido au n de los á n g e le s; por lo
cual prorum pian en exclam aciones inspi­
radas de su m ismo am or y adm iración,
que á su vez in sp iran en el corazon h u ­
m ano g ran d e estim a do n u e stra excelsa
dignidad. Agnosce C hristiane dignitatem
lu a m , dccia San León P apa: Reconoce,

(1) Ipsius enirn et genus sum us (A cl. 17, 28.)


— 46 —

hombre cristiano, tu gran dignidad y


nobleza, pues eres participante de la na­
turaleza divina, y no la abatas ni oscu­
rezcas con la vileza de los vicios, indig­
nos de ella, ni olvides que has sido libra­
do del poder de las tinieblas, ilustrado
por la luz que procede de Dios, y desti­
nado á tener parle en su reino.
Estas últim as palabras comprenden
ios dos estados á que es llamado cada
hom bre por los m éritos de Jesucristo,
conviene á sab er: el eslado de gracia
santificante que vivifica las almas fieles
íi su divina vocacion, y aquel otro esla­
do en que reinan en el ciclo con el mis­
mo Rey cuyas huellas siguieron en la
tierra. Esle es el último fin del hom bre,
llamado por Dios en el órden sobrena­
tu ral á gozar eternam ente de la clara
vista de su inefable esencia, junto con el
amor que la lumbre de esta intuición
enciende en el a lm a , y el gozo que
— 47 —
procede de la unión del entendim iento
y de la voluntad con su divino objeto.
Cuánta dignidad y perfección están
reservadas á las almas que guardan fiel­
m ente el orden sobrenatural á que han
sido elevadas, entiéndese fácilmente con­
siderando el bien que están llamadas á
v er y contem plar cara á cara sin fin.
Porque si por acá el sólo hecho de le­
vantarse el espíritu del conocimiento de
la belleza criada al C riador, leyendo en
el libro de la N aturaleza el nombre y
las perfecciones de D ios, es el principal
y uno de los más hermosos títulos de la
natural grandeza y dignidad del hom­
bre , y uno de los rasgos más brillantes
de la imagen de Dios, ¿qué será salvar
el inmenso abismo que separa este co­
nocimiento imperfecto que aquí tene­
mos, de la clara visión de la divina esen­
c ia , en que consiste propiamente el fin
sobrenatural á que el mismo Dios se ha
— '48 —

dignado ordenarnos? El cual fin se dice


.sobrenatural, porque su alloza incom­
prensible es de suerte que ni puede el
hombre subir á ella por sí m ism o, ni
seria su inteligencia poderosa á resistir
el resplandeciente foso de luz que allí
ha de ofrecerse á sus m irad as, como no
pueden aquí los ojos sufrir los rayos del
sol. La misma realidad infinita, cuya
vista hace la felicidad del misino Dios,
es el objeto que m iran cara á cara en el
ciclo los bienaventurados; para lo cual
tienen que ser fortalecidos con lumbre
divina, participada de la misma inteli­
gencia infinita, con que pueden ver sin
desmayo ni pesadum bre la luz en la luz
misma ( I ) ; cuya sublime visión es el
perfectísimo rem ate y la consu.nación
acabada de la semejanza con Dios en
que fuó el hombre criado, la c u a l. aun-

(I) Psal. 10,17.


— 49 —
que borrada por el pecado, renació más
hermosa todavía en las alm as redim idas
por Jesu cristo , merced á la divina g ra ­
cia que reciben de su plenitud. C a rísi­
mos, vosotros somos ahora hijos de D ios :
m as no aparece aun lo que seremos. S a ­
bemos que cuando él apareciere, sere­
mos semejantes á é l, porque le vere­
mos como él es (1). Que es lo mismo que
decir: No ha llegado aún el tiempo en
que se hará conocer claram ente la alteza
de vuestra dignidad á todos los hom bres,
y particularm ente á los incrédulos é in­
fieles. Cuando llegue esc d i a , verán to­
dos que somos sem ejantes al mismo Dios
por la gloria del alm a y del cuerpo,
porque le veremos cara á cara, eslo es,
en su misma esencia. Ahora vemos á
D ios, dicc el Apóstol, como en un espejo
y con oscuridad; m as entonces le veremos

(1) Joan, 3, 2.
EN SA Y O . 4
— so­
c a r a á c a r a . A hora le conozco im perfec­
tam ente; m as entonces le conoceré como
soy conocido de él ( i ) .
No es dado al entendim iento hum ano
comprender la grandeza de esta trans­
formación gloriosa que ha de divinizar­
le en cierto modo uniéndole para siem­
pre con la verdad infinita, en la cual
tendrá eternam ente (¡ja la m irada sin
hartarse de ver la belleza siem pre anti­
g u a y siem pre nueva de Dios, a rreb a­
tado fuera de sí en contemplación per­
fecta que le suspenderá y hará partici­
pante de la misma gloria infinita. Aun
aqui bajo cuando conocemos intelectual-
m ente alguna cosa, fórmase dentro del
espíritu cierta sem ejanza de ella, que es
la id e a , representación ó especie de la
cosa conocida, bien sea esta corpórea
ó espiritual; y por esta semejanza se

( i) I. Cor. 13, 12.


— SI —

hace en cierto modo el hom bre todas


las cosas, no por n atu raleza, sino por
unión y semejanza id e a l, pudiendo en
este sentido decirse que está en todas
ellas como ellas están en él, por via de
representación y porque las excelencias
derram adas por toda la creación, sin
excluir las del órden puram ente espiri­
tu a l, están en el hombre como en un
mundo abreviado, en el que se contienen
todas ju n tas aunque por diferente m a­
nera. Pues más bella y perfecta que
esta sin comparación es la sem ejanza
que los elegidos tienen con Dios en el
cielo, pues le contem plan tal como es,
transformándose en él anegadas sus alm as
en el piélago inñnito de la divina .esen­
cia. Y cuenta que léjos de aniquilarlas
esta sublim e contem plación, las exalta
y engrandece uniéndolas con el sér de
de Dios por la punta ó cim a m as eleva­
da de su potencia espiritual, y con el
— 52 —

aclo más puro y perfecto del entendi­


m iento, que es la intuición ó percepción
clara é inmóvil de la verdad que se
ofrece á sus ojos con esplendor infinito.
No acaece, pues', á estas dichosas inte­
ligencias sentirse oprimidas del peso de
la gloria de Dios, ni hallarse cu estado
de pasión y desfallecim iento; sino al
contrario, su actividad se desplega con
(oda su fuerza en un solo aclo sim plici-
sim o , como quien recogidas todas sus
potencias y ju n ta s en uno, las aplica
con la fuerza que proccdc de esta unión
á la inquisición de la verdad. Asi son­
deará el alm a con toda la virtud inte­
lectual de su espíritu, fortalecido por la
luz suave de la gloria , el inmenso abis­
mo de la esencia d iv in a , contem plando
la fuente misma de la verdad y de la
luz, de donde se derivan los débiles rayos
que ahora nos alum bran en forma de
luz difusa y refleja, ¡os cuales se ofrece­
— 53 —

rán enlónces á nuestros ojos con la cla­


ridad misma de Dios. Alli se tornará
ciencia perfecta la que es aquí iniciada
tan solamente, y será una realidad para
nuestro espíritu lo que sueñan algunos
como cosa de la presente v id a , que es
ver en uno todos los s í res reales y posi­
bles, y contem plar en la verdad por
esencia las verdades integras y lumino­
sas de todas las ciencias con perfectí-
sima evidencia. Allí desaparecerá el
misterio, y la f<5 se convcríirá en visión;
caerán alli Iüs velos, se desvanecerán
las sombras, ofreciéndose claram ente á
los ojos los altísimos é inescrutables
designios de la divina providencia. Allí
en sum a recibirán el premio eterno de
perfecta ciencia de la verdad infinita las
almas hum ildes que la buscan y siguen
fielmente por entre las sombras augus­
tas de la fú católica; y serán encum bra­
dos á los montes altísimos y herm osisi-
— 54 —

mos de los divinos atributos los entendi­


m ientos fieles que ofrecen ú Dios en esta
vida el tributo de su obediencia, y se
pierden á sí mismos de vísta para en­
contrarse luego engrandecidos y divini­
zados por la participación gloriosa de la
naturaleza divina en medio de un océano
de luz y de vida.
Y no es ciertam ente el entendim iento
la sola potencia espiritual del aim a á que
com unica Dios sus tesoros infinitos,
pues la contemplación de la sum a bon­
dad y herm osura divinas engendra de
necesidad el am or, saliendo tam bién el
corazon de si mismo en un éxtasis sin
fin para unirse con Dios y transform arse
en él. Cuyo amor es purísimo de per­
fecta caridad con que Dios es amado en
razón únicam ente de su infinita bondad
y excelencia. Y de esta unión espiritual
del entendim iento y del corazon con
Dios, infinita bondad y sumo b ien , na­
— 55 —

cen el gozo y las delicias con que son


em briagados los elegidos con la abun­
dancia de la casa del Señor, que les dará
á beber en el tórrenle de sus deli­
cias (1). Esta es la fuente de la vida,
donde hay para las almas que g u stan
de ella, h artu ra sin h a stío , con deleites
purísimos é inefables derivados del gozo
infinito de Dios (2). No se verá allí com­
batida la voluntad por las em bestidas de
la carne y de los se n tid o s, sino en el
seno de la paz y del gozo ju n ta rse ha
en uno con su amado gozándose en sus
divinas perfecciones, y en la gloria y
alegría que tiene por e lla s , y haciendo
suya esta gloria, como quien es una por
el am or con el mismo Dios que la posee.
Ni la turbará el tem or de perder tanto
bien, antes crecerá su dicha y será aca-

(1) Ps. 3o.


(2) Mal. 25, 23.
— 56 —

bada con la idea cierta de que ha de ser


para siem p re, tan eterna como el sér
mismo de D ios, sin que decaiga jam as,
ni se dism inuya un p u nto, pues perse­
verará cuanto durare la esencia necesa­
ria de Dios. En fin , allí se trocará en
posesion peiTectisima del sumo bien la
esperanza que ahora tenem os de alcan­
zarlo, y convertida en visión clarísim a
la oscuridad de la fe, un iráse el alma
con Dios participando de su altísim a na­
turaleza con la excelsa virtud de la ca­
ridad.
Tal es ol fin sobrenatural del hombre
conforme á la verdad católica; cuya alte­
za y dignidad son infinitas por razón del
objeto de que gozan y participan los ele­
gidas de una m anera inefable, llegándo­
se á él con el auxilio divino, y entrando
en tan dichosa herencia y reino bienaven­
turado de la gloria para ser eternam en­
te honrados como hijos do Dios. Reino
— 57 —

llaman en efecto las sagradas letras á la


pútria verdadera del hom bre, y á sus
dichosos m oradores ciudadanos de la
ciudad de los santos y piedras vivas de
la casa de Dios (1). «Entonces dirá el
Rey á los que están á su mano derecha:
«Venid benditos de mi padre; lomad po-
•sesion del reino que os eslá preparado
•desde la creación del mundo (2).» «Por
«esto os preparo yo el re in o , como mi
• Padre me lo preparó á mi, para que co­
lm á is y bebáis á mi mesa en mi m -
• no (o).» «Al que venciere, le haré sen-
• tar conmigo en mi trono-, así, como yo
• lam bien lie vencido, y me he scnlado
•con mi Padre en el trono (4).» «Cuan-
«do apareciere C risto, que es nuestra
• vida, entonces apareccrcis tam bién glo-

<n Epli. 2, 19.


(2) Malli. 34.
(3) Luc. 22. 20.
(4) Apoc. 3, 2.
— 58 —

■riosos con él ( i) .» Hé aquf cómo el


hom bre está llamado á e n tra r en la mis­
ma casa y morada de Dios, y á sentarse
á su misma m esa, y á tener parte en su
misma gloria y bienaventurado reino,
ocupando el trono mismo de la m ajestad
infinita. Como entre un padre y sus hi­
jos m uy queridos, así llegan ú ser tam ­
bién los bienes de Dios para las alm as
bienaventuradas, de suerte que salva
la distinción esencial de Criador á cria­
tura, esta queda hecha Dios por partici­
pación y semejanza. Así se cum ple la pro­
mesa de la se rp ie n te : Seréis como dio­
se s, erilis sicut D ii, y se realiza el sue­
ño de la filosofía panteisla, que ofrece al
hom bre, como si fuera D ios, el incienso
de la oracion; aunque á la v e rd a d , bajo
las seductoras palabras de la p rim era,
escondíase la ponzoña de la envidia (2)

(ii) Col. 3, 4.
(C) Sap. 24.
— 59 —

y el pérfido designio de q uitar al hom­


bre la semejanza divina que adornaba su
hermoso sér, y el derecho de reinar con
Dios para siempre en el c ic lo ; así como
en las expresiones del panteísm o, inspi­
radas de la soberbia, se encierra el m e­
nosprecio del hom bre, á quien despojaría,
si fuera posible, no tan sólo de la sem e­
janza divina que adorna las almas v e r­
daderam ente cristianas, y del trono glo­
rioso que les e s tí aparejado por el m is­
mo Dios, sino hasta de la misma divina
imúgen que lleva estam pada en su sér,
reduciéndole en último térm ino á una co­
mo gola de ag u a que luego se deshacc,
ó á ser como la fior que parece por la
m añana, y á la tarde ya no es, ó como la
luz que brilla en un punto del espacio
seguida de perpetuas tinieblas. Por di­
cha , todos los esfuerzos del paoteism o
para suprim ir el limite que distingue y
distinguirá eternam ente á la criatura del
— 00 —

C riador, y para anonadar á la prim era


en el seno de la sustancia absoluta, prue­
ban tan sólo el abismo ú que desciende
la naturaleza hum ana en las escuelas
panteistas. Dia llegará en que las alm as
pervertidas y degradadas por el panteís­
mo, que finge divinizarlas, invocarán la
n a d a , y la nada no les responderá: que
tales serán su desgracia y confusion.
Pide ademas la perfccla glorificación
del h o m b re, que así como sil alm a es
deificada por su semejanza con Dios,
consum ada en el cielo, sea sil cuerpo cs-
espiritualizado y hecho sem ejante al al­
ma; porque constando la naturaleza hu­
m ana de uno y otro principio, conviene
que en ambos resplandezcan la sublim e
perfección y celestial herm osura de su
destino y vocacion divina. Ahora bien,
la misma virtud soberana que eleva al
alma hasta unirla con Dios por modo de
contemplación clarísima é inm ediata, vi-
— 61 —

viGcirá el polvo del sepulcro poniendo en


el cuerpo de los que m ueren en el Señor
una semejanza gloriosa con las alm as que
habitaron en 61; de suerte que «el cunr-
»po, según el Apóstol, á m anera de sc-
•m illa, es enterrado lleno de corrupción,
»y resucitará incorruptible. Se siem bra
»vil y resucitará glorioso. Es sembrado
•cuerpo anim al y resucitará cuerpo espi-
• ritual (I).» Con muchos otros testim o­
nios nos certifica la Sagrada E scritura de
esta bienaventurada resurrección, de cu­
ya creencia recibe el hombre gran vigor
y elevación de ánimo a u n en medio de
su mayor adicción y abatim iento. «Estoy
»cicrlo, decía Job, de que vive mi Re-
• dentor, y que en el último dia me resu­
c it a r á del polvo á que he de ser red u ­
c id o , y que de nuevo me ha de rodear
>dc esta misma p ie l, y que vestido así

(1) Cor. lü , 44.


— 62 —

«de carne he de v e r á mi Dios. Yo por


»mí mismo y por mis ojos le he de ver
«y no otro por mí, y en mi corazon está
«de asiento y arraigada la esperanza de
«esta verdad (1).* Uno de los siete h er­
manos Macabeos, estando ya para espi­
rar de la fuerza de los torm entos que le
dieron, porque no quiso q u eb ran tarlo s
divinos preceptos, prorum pió en estas
valerosas palabras: «Tú, oh príncipe per­
v e rsísim o , nos destruyes en la vida pre-
«sentc; pero el Rey del universo nos re­
s u c ita r á en la resurrección de la vida
« eterna, porque hemos m uerto por de-
«fender sus leyes (2).» «Tus m uertos,
«Señor, dice Isaías, tendrán nueva v id a ;
»resucitarán los muertos vivos por la ju s-
«ticia; despertaos y cantad himnos de a la -
ib a n z a , vosotros que habitais en el pol-

(3) 19, 2;i.


(2) Mac. 7, 9.
— 83 —
>t>0 del sepulcro (1). > <Por eso se alegró
>mi corazon y se alborozó mi lengua;
«ademas tam bién m i carne descansará
ten la esperanza en la resurrección. P o r -
* que tú no dejarás m i alm a en el in fier-
tn o , ó limbo, n i p erm itirá s que tu santo
¡vea la corrupción (2).» Tal es la con­
soladora fe profesada desde el principio,
y repelida después por los cristianos
cuando dicen en el seno de la Iglesia:
C r e o . . . la resurrección de la carne.
Enséñanos tam bién la divina revela­
ción las excelentes dotes de estos cu er­
pos transfigurados desde el punto de su
resurrección gloriosa, por las cuales se
asem ejan á la naturaleza espiritual de las
alm as. Como compañeros que fueron de
estas en las contradicciones y am arguras
de la vida tem p o ral, tócales tam bién su

(1) 20, 19.


(2) Ps. 15, 9.
— es­
parte en los bienes etern o s, gozándose
cada cual en el bien que el otro goza,
porque es cierto que la alegría espiritual
del alm a engendrará alegrías y delei­
tes sensibles en el cuerpo, de los cuales
se alegrará también el espíritu m irándo­
los como el complemento de su dicha
esencial. En la presente vida hállase en­
cerrada el alm a dentro del cuerpo como
en cárcel o s c u ra , sin poder levantar el
vuelo libremente hácia las cosas espiri­
tuales; mas en el órden de la vida fu tu ­
ra se transfigura la sustancia corpórea,
ahora pesada y c o rru p tib le, recibiendo
las dotes excelentes de impasibilidad,
claridad, agilidad y sutileza, y ya no es­
torbará al espíritu la inefable contem pla­
ción en que consiste esencialm ente su
destino inm ortal. «Porque es necesario,
•dice San P ab lo , que este cuerp'i cor­
r u p tib le se revista de incorruptibiidad,
»y que este cuerpo m ortal se revista de
— 65 —

• inm ortalidad. Mas cuando este cuerpo


«inmortal se revista de inm ortalidad,
■entonces se cumplirá la palabra que es-
»tá escrita: L a muerte ha sido absorbí-
*da p o r la victoria ( 1 ) .» «No tendrán
«hambre ni sed, dice Isaías, ni los ofen-
«derá el ardor del sol, porque el que usa
«de m isericordia con ellos, los pasforea-
»rá y los llevará á beber en las fuentes
•de las aguas (2).» «Y limpiará Dios to­
ldas las lágrim as de los ojos de ellos: y
• no habrá más llanto, ni clam or, ni do-
«lor, porque las prim eras cosas pasaron. •
La claridad, y herm osura, y vigor, y
sutileza de los cuerpos gloriosos, descrí­
belas asimismo el sagrado texto diciendo,
que Nuestro Señor Jesucristo transform a­
r á nuestro abatido cuerpo , haciéndolo con­
form e á su cuerpo glorioso (3). De cuya

2 Cor. 1 j, !>3 y 51.


41), <0 .

IMiilip. 3, 21.
— 06 —

divina claridad nos descubre como un


rayo fugitivo el sagrado Evangelio re­
firiendo la transfiguración del Señor:' *Y
»se transfiguró delante de ellos. Y res­
pla n d eció su rostro como el sol (1).» Y
del cuerpo en que se mostró el ángel del
Señor senlado sebre la piedra del sepul­
cro del S alvador, dice la Sagrada Es­
critura, que su aspecto era como un re­
lámpago (2). El profeta Daniel dice,
• que toda la m uchedum bre de los que
«habitan en el polvo de la tie rra , des­
p e r t a r á n ... Mas los que hubieren sido
•sabios, brillarán como la luz del firm a-
amento, y los que enseñan á muchos la
•justicia, resplandecerán como estrellas
•por toda la eternidad (3).» «Los justos
« resplandecerán como el sol en el reino

(1) Math. 1 7 ,2 .
(2) Malí). 28, 3.
( 3) 12 , 43 .
— 67 —

»de su Padre (1).> «Las alm as de los


«justos están en la mano de D ios, y no
«llegará á ellos el torm ento de la m uerte
«eterna. Pareció á los ojos de los insen-
»satos que m orían, y su tránsito se re -
«putó por adicción y por destrucción su
«partida de entre nosotros: m as ellos des-
«cansan en paz. Y si padecieren torm en­
t o s delante de los hom bres, su esperan-
«7.a completa está en la inm ortalidad. Su
»tribulación ha sido ligera y su galardón
«será g ra n d e ; porque Dios hizo prueba
»dc ellos, y hallólos dignos de si. Probó­
l o s como el oro en el crisol y los acep­
t ó como victim a de holocausto; y á su
«tiempo se les dará la recom pensa. En-
»tónces brillarán los justos como el sol , y
«como centellas que discurren por un ca-
«ñaveral, asi volarán de unas partes á
«otras (2).» «Los que esperan en el Se-

M) Math. 13, 43.


(2) Sap. 3, i y sig.
— 68 —
• ñor, adquirirán nuevas fuerzas, toma-
irá n alas como de águila, correrán y no
>sc fatig ará n , andarán y no desfallece-
»rán (1).»
Este concepto cristiano del destino del
hombre despues de esta vida, aunque
m uy superior i la razón, llénala con su
grandeza y sublim idad. ¿No es á la v er­
dad digna de admiración y aun de en­
tusiasmo la doctrina que mira al hom ­
bre como la hechura más perfecta de la
mano de Dios, después del án g el; espí­
ritu inm ortal, como el ángel mismo, el
cual anim a y vivifica la maravillosa fá­
brica del cuerpo, haciendo con él una
sola naturaleza, destinada á m orar du­
rante breve, espacio en la tierra, para
glorificar A Dios en espíritu y con lodo
linaje de obras excelen les; y después de
cierto periodo, durante el cual los dos

( i) ls. 10, 31.


— 69 —

principios que la forman estarán separa­


dos por el sepulcro, á revestirse de la
gloria de la resureccion para m orar
eternam ente en la casa de Dios y reinar
con el Rey de los siglos en las alturas?
Recordemos también que el universo
entero reflejará la gloria de la hum ani­
dad glorificada, la cual en el tiempo de
su vida mortal ayudóse de todas las co­
sas criadas pnra hacer las obras que
conservan ó restauran la pureza de la
imagen y semejanza divinas puestas en
nosotros por Dios. Sum a del universo
que le ro d ea , y lazo del mundo corpóreo
y del espiritual, el hombre glorificado
en la doble sustancia de su sér personal,
elevará en cierto modo tras si los cielos
y la tie rra , los cuales serán renovados
en el fin de los tiempos, revistiéndose ¿
la vez de incorruptible herm osura; im a­
gen m aterial de la herm osura inefable
de las alm as espirituales, donde se mos­
— 70 —
trará por modo incom parablem ente su­
perior la gloria del Altísimo, haciéndolas
dioses de excelsa dignidad y belleza.
Los incrédulos que prefieran sus du­
das y miserables errores, porque son
suyos, á la verdad católica, bija del
cielo, seguirán resistiendo la luz divina
que nos m uestra la alteza del destino
anhelado por las alm as fíeles á Jesucris­
to; mas no se atreverán ciertam ente á
acusar al Catolicismo de apocar y de de­
prim ir las alm as con la consideración de
un porvenir oscuro, incapaz de llenar la
inm ensidad del corazon hum ano. Grande
es pues la injuria y el deshonor que el
racionalismo infiere á la humanidad
despojándola del derecho que le dá la
religión católica á !a corona incorruptible
de la gloria; y no menor por cierto su
m iserable impotencia para reparar tam a­
ño agravio. Fuera de las promesas de
Jesucristo, y dejada aparte la doctrina
racionalista m oderada , que apénas sabe
otra cosa, tratándose del destino supre­
mo del hom bre, sino es tartam udear; las
otras escuelas contem poráneas de racio­
nalismo sólo reservan al hombre la hu­
millación del sepulcro, donde encierra el
m aterialism o todo nuestro s é r , ó el ab­
surdo de la metempsicosis, renovada por
algunos panteistas de nuestros dias (II).
La lógica conduce necesariam ente ú los
m aterialistas á su horrible doctrina del
polvo y de la nada, señalados al hombre
por térm ino suprem o de la v id a , digno
rem ate y conclusión del principio que lo
reduce á una m asa de m ateria organ iza­
da ( I ) , y de la definición que hace con­
sistir la vida hum ana en el lazo que
m antiene unidas las moléculas del cuer­
po; pues asi que la m uerte borra la for­
ma organizada de la m ateria y desata

( l ) Definición del hombre por el incrédulo


Saint Lnmbert.
— 72 —

csle efímero lazo, ¿qué resta del hom bre


ú los ojos del m aterialismo sino m ísera
podredum bre y asquerosos gusanos?
Para mayor deshonra y confusion de
la razón emancipada de la fe, y de la
falsa filosofía contem poránea, han resu­
citado algunos en nuestros dias la. doc­
trina pagana que condena á la hum a­
nidad á recorrer cierta como escala
indefinida sin principio ni fin, por donde
j-jmas se llega al térm ino ni se logra el
descanso de la vida. Los que suben por
ella ven delante de sí una especie de
paraíso ideal que huye delante de sus
ojo*, como una som bra, y los que por
ella bajan no llegan al abismo, ni ménos
paran en él. En vano suspirará el cora-
zon hum ano por el reposo á que tiende
toiln movimiento: su l e y , en esla teoría
pan leista, es moverse siem pre en el
tiempo; la eternidad no es para el hom­
bre, ni lo infinito será s'.i térm ino. Cre­
— 73 —

yéndose Dios en su orgullo, descenderá


tal. vez hasta los grados más Infimos de
la existencia, perdiendo su razón y su
libertad al pasar por el b ru to , su seu-
sibilidad al convertirse en planta , y
hasta el último soplo de la vida trans­
formándose en m ineral in erte, y en el
pfflvo del sepulcro. Y cuando, llegado al
último térm ino de la degradación empie­
za de nuevo, en virtud de no sé qué
fuerza m isteriosa, su ascensión progresi­
v a , sérale forzoso, para recuperar las
potencias y dignidad perdidas, pasar de
un sér en otro sér y de este en otro y
así en una série indefinida de transfor­
maciones, en busca del ideal que de nuevo
huye y se retira, aunque siempre convi­
dándole con la perspectiva de un nuevo
paraíso terrenal donde la carne sea sa­
tisfecha y la soberbia triunfe. ¡Cuánta
vanidad y cuánta locura! No es fácil
decir qué es m ayor, si la tristeza ó la
— 74 —
humillación de la hum anidad condenada
por el panteísmo á estar siem pre viendo
delante de sí la puerta del infinito que
nunca se le a b r e ; á correr locam ente
por un espacio sin fin tras una eternidad
fugitiva y á leer en su corazon la m uerte
de la esperanza; y á todo esto rom pien­
do á cada paso en maldiciones y blasfe­
m ias, procurando apagar su sed en ch ar­
cos inmundos y cisternas rotas, donde
más bien se irrita que se apacienta. Y
cuenta que este es el destino reservado
para la hum anidad en m asa, para la hu­
manidad en que vive cada sér individual
de nuestra especie, ó m ejor, en cuya
vida nos manifestamos siendo una como
forma transitoria que m uere para siem ­
pre sin dejar rastro de si en el océano de
la realidad, como la figura circular de
una gota de ag u a convertida en vapor
por los rayos del sol y perdida en la in­
mensidad del espacio.
CAPÍTULO IV.

l a semejanza del hombre ron Dios en esta vida.

Aunque la perfecta sem ejanza del


hombre con Dios no aparece sino en los
que le ven cara á cara y gozan de su
misma gloria y bienaventuranza , mas
aquí bajo las alm as elegidas llevan en
su seno un gérm en de su futura g ra n ­
deza, y alúm brales la aurora del eterno
dia que ha de am anecerles en otro m un­
do infinitam ente mejor. Fácil es de en­
tender que entre la vida hum ana pura­
m ente natural, y la vida divina de que
participan los justos en el cielo, hay un
verdadero abism o, que sólo pueden sal­
var las infinitas perfecciones de Dios.
Movido de su inefable bondad, y porque
— ve­
la amistad con que nos am a tiende á
hacernos sus iguales , quiso en efecto
llenar ese inmenso abismo con la infini­
dad de su propio sér; para lo cual, abrien­
do suavem ente los ojos de nuestra alm a,
mostróle la divina luz, y llamóla hasta
si mismo con el atractivo del am or y de
la esperanza de los bienes eternos. En
otros térm inos, Dios comunicó al hom­
bre el don sobrenatural de su gracia,
que es una participación de la naturale­
za divina; m ediante la cual fué el alma
hum ana vivificada con un nuevo soplo
de vida, y divinizada en cierto modo por
su unión m isteriosa con la misma vida
de Dios.
Para entender con la posible claridad
este incomprensible m isterio de la divi­
nización del hombre por medio de la
g ra c ia , conviene acudir á algunas se­
m ejanzas con lo que pasa en el mundo
exterior y aun dentro de nosotros m is-
— l i ­
m os. En la naturaleza física acaece ser
unos cuerpos penetrados de otros más
excelentes y recibir de ellos su propia
excelencia y herm osura: el calor, la luz,
la electricidad, el m agnetism o circulan
por toda la naturaleza comunicando á la
m ateria inorgánica movimiento y her­
m osura. También el oro presta su brillo
y excelencia á los otros m etales con que
ss ju n ta ; los vestidos exhalan los olores
de las esencias que recib en ; el vino da
su propia forma á la gota de agua que
se le m ezcla; y el fuego transform a el
hierro, comunicándole su propio calor y
encendim iento. Pero todaM’a es más pa­
ra adm irar la acción de los agentes in­
m ateriales en la vida de la naturaleza,
de donde proceden el m ovim iento, va­
riedad y herm osura que vemos en las
plantas y anim ales. En el hombre mis­
mo la riqueza, agilidad y belleza de su
cuerpo provienen del alma que le da el
— 78 —

sér y la vida; y de aquí que en dejando


de hallarse anim ado por él, luego se al­
tera y corrom pe, y queda feo y abomi­
nable, hasta que últim am ente se con­
vierte en el polvo del sepulcro. De él
saldrá sin em bargo el gran dia de la re­
surrección, recibiendo el de los justos las
propiedades en que consiste su transfi­
guración gloriosa por la virtud que le
com unicará el alm a santa que de nuevo
se le unirá para no volverse á separar
de su compañía. Por una m anera análo­
ga la naturaleza de Dios desciende al se­
no de cada hombre para unirse con él y
alum brar su entendim iento con la lum­
bre de la fé y derram ar la caridad en su
corazon, infundiéndole vivo anhelo de lo
celestial y divino y grande menosprecio
de las cosas terrenas. Es, pues, la vida
sobrenatural del hombre aun aquí bajo
verdaderam ente d iv in a , como la de los
bienaventurados en el cielo , donde la
— 79 —
fé se convierte en visión, y en posesion
eterna la esp eran za, quedando sólo el
am or, aunque mucho más encendido, y
trocándose de esle modo el gérm en en
fruto delicioso, la aurora presente en dia
de plena 6 indefectible luz, en vida e te r­
na la vida incoada, y en perfecta seme­
janza con Dios la que ahora causa en
nuestra alm a la gracia santificante que
la adorna y herm o sea, como á objeto
sublime de la admiración de los ángeles
y de las complacencias divinas.
Aun para enriquecer Dios á las alm as
con esos tesoros inefables de su misma
vida, es mucho de notar el respeto y m i­
ram iento que tiene á su libertad de a l­
bedrío, parte esencial del órden moral y
de la dignidad de la vida. No quiere
Dios que lleguemos al reino que nos tie­
ne preparado desde la e te rn id a d , como
llegan á su fin las otras criaturas del
universo, las cuales obran ciega y nece-
— 80 —
sariam enle, sin poder dejar de hacer lo
que hacen, ni de guardar la ley que re ­
ciben; sino que lo alcancemos cam inan­
do librem ente por las sendas de la j u s t i ­
cia y de la paz, y mereciéndolo con
obras buenas hechas por nosotros m is­
mos de nuestra voluntad y albedrío, sin
ser movidos á hacerlas de ciego impulso
ó necesidad. As!, aunque nos da la ma­
no para elevarnos á sí m ism o, y nos
ayuda con su gracia á hacer las obras
que dan derccho á gozar plenam ente de
su misma vid a, en lodo esto busca
siempre el concurso de la voluntad libre­
m ente determ inada á recibir sus dones
con am or y fidelidad, y con grande re­
verencia hace en nosotros las obras de
su paternal gobierno y Providenci i. Bis,
pues, la vida sobrenatural una sem ejan­
za que Dios pone en el hom bre de sí
mismo, por modo mucho más excrlente
que aquel con que un pintor pone en el
— 81 —
lienzo la semejanza del modelo ideal que
tiene en su m ente, porque el lienzo re ­
cibe sim plem ente la im agen que traza
en él la mano del artífice ; m as en el
hombre no sucede a s í , ¡intes él mismo
forma con sus propias obras el hermoso
cuadro de la vida sobrenatural ; pues
aunque Dios le ilumina y fortalece para
h a c e rla s, pero realm ente el hombre las
hace con su libertad correspondiendo de
grado al designio de la divina gracia.
Por lo cual ofrécese nuestra alm a en los
divinos ojos como un santuario inviola­
ble á cuyas puertas llama amorosamen­
te: Eccc uto ad ostium ct p u lso ; poique
quiere e n tra r y habitar en él para hon­
rarlo y divinizarlo con su presencia,
aguardando con paciencia inefable á que
el alma le abra su seno e sp iritu a l, para
hospedarse y regalarse en e lla : Ap er i
me ( i) . ¡Dichoso estado de las alm as que
(I ) C ant. ü ,2 .
liNSAVO. 0
— 82 —

así viven y perm anecen en Dios, g u s­


tando y saboreando su presencia, y re ­
creándose en ella, desasidas de las cria­
turas y em briagadas de la suavidad de
los deleites espirituales que las enagenan!
Tal respeto á la libertad del hombre
de parle de su divino A utor, no menos­
caba ciertam ente la dignidad y g ran d e­
za de Dios, á quien glorifica más una
sola alma que le conoce y am a libre­
m ente y le elige y prefiere á todas las
cosas, que cuantas criaturas pregonan
sin saberlo en los cielos y subre la tier­
ra su gloria. Por. la libertad es el hom­
bre señor de sí m ism o, y dueño por lo
tanto de sus obras; y así, cuando h a c e á
Dios donacion de su corazon por virtud
de un am or puro de dilección ó prefe­
rencia, dále lo que es en cierto modo su­
yo propio, porque le hace dueño de su
albedrío; y este sacrificio, en que son
inmolados los apetitos de la carne y los
— 83 —
movimientos de la soberbia en aras del
am or divino encendido por la gracia en
el corazon hum ano, es el testimonio más
grande y más hermoso de la dignidad
del que lo hace y de la grandeza y bon­
dad de Dios en cuyo acatam iento sube
en olor de suavidad.
La libertad persevera en el seno de la
g racia, que m ueve y solicita al corazon
y lo dilata y perfecciona uniéndolo con
Dios, ni modo que la impresión de una
luz suave abre lo prim ero los o jo s, y
luego les pone delante la riqueza y h er­
mosura de los cielos. A h o ra , así como
quitaría á nuestros ojos su excelente vir­
tud y alegría quien los privase de su
propia luz, ó de la exterior y visible del
sol que nos a lu m b ra , así destruyen la
excelencia de la vida sobrenatural los
que quitan la libertad de albedrío, como
Lulero y los o tros-hcresiarcas del siglo
XVI, á quienes siguieron los jansenistas
— 84 —
y los sectarios del m aterialismo y del
panteísm o, renovados en nuestros tiem ­
pos, y también los q u e , respetando en
apariencia el dogma de la libertad de al­
bedrío, destruyen el concepto del órden
sobrenatural y quitan al alm a la vida
que procede de la divina gracia. En cam ­
bio la Ig le s ia , oráculo de la verdad y
custodio incorruptible de toda grandeza
espiritual y d iv in a , combatió siempre á
los unos y á los o tros, y los hirió de
m uerte con sus temibles a n a te m a s, y
colocada entre los pos errores opuestos,
del jansenism o que niega la lib e rta d , y
del racionalismo que resiste á la gracia,
proclamó siem pre la augusta doctrina
que las invoca á entram bas, y señaló los
dos polos del mundo m o ra l, á s a b e r: la
dignidad del hombre y la gloria de Dios.
Oigamos ahora algunas sentencias del
sagrado texto acerca de la vida sobrena­
tural: «Yo soy, dice el divino M aestro,
— 85 —

la verdadera, v id , y mi Padre el labra­


dor. Permaneced en mí y yo perm anece­
ré en vosotros. A la m anera que el sar­
m iento no puede de suyo dar fruto si no
estuviese unido á la v i d ; así tampoco
vosotros, si no estuviereis unidos con­
m igo. El que está unido conmigo y yo
con 61, ese lleva mucho fru to , porque
sin mi no podéis hacer nada (1).» «Yo
soy la vida (2).» «He venido para que
tengan vida y la ten g an en m ás abun­
dancia (3).» Que esta vida de que habla
el adorable Salvador de los hom bres, es
la misma vida d iv in a , decláralo el sa­
grado evangelista por estas palabras:
• En 61 estaba la v id a , y la vida era la
luz de los hombres ( i) .» Muchos otros
lugares de la Sagrada E scritura expresan

1) Joan li>, 4.
2) 14, 10.
3) 1 0 ,1 0 .
(*) 1. 4.
- s e ­
cón igual claridad el mismo altísimo mis­
terio ; de las cuales citaré tan sólo las
siguientes palabras del príncipe de los
Apóstoles: «Por lo cual nos ha dado los
grandísim os y preciosos bienes, para que
por ellos os hagais participes de ¡a na­
turaleza divina (1).» No quiere decir el
Apóstol con tan admirables palabras, que
la naturaleza del hom bre sea la misma
naturaleza de D ios, que esta es impie­
dad panteista; ni que Dios se una hi-
postúlicam ente con la naturaleza hum a­
na en cada h om bre, lo cual es también
absurdo é impiedad; sino que por virtud
de esa participación el alma se hace se­
m ejante á Dios y vive de su propia vi­
da, iluminada por la misma luz con que
Dios se conoce, y encendida en el mis­
mo divino amor y en el deseo de entrar
á gozar de su mismo gozo y alegría.

(i) 2, i, i.
— 87 —

Esta sublime dignidad de las alm as


que participan de la naturaleza divina,
ó cuya vida está escondida con Cristo en
Dios ( i ) , procede, prim ero, de la unión
espiritual de los fieles con Cristo; segun­
do, de la adopcion de hijos de D ios; y
tercero, de la morada que hace en ellos
el Espíritu Santo. Aquí están com pen­
diados los títulos de nuestra grandeza y
d ig n id ad , los cuales nos clc\ nn hasta
una alteza in fin ita , m uy sobre lo que
podemos ahora e n te n d e r; de suerte que
si de entre todas las gerarquías angéli­
cas pudiéramos sacar al espíritu más ex­
celente, y hacer comparación de su na­
turaleza excelentísim a, considerada des­
nuda de la g rac ia, con el último de los
fieles que ahora vive desconocido ó me­
nospreciado en el mundo , veríamos al
ángel m uy por bajo del hom bre, á una

(1) Coios. 3, 3.
— 88 —
distancia todavía m ayor que la que se­
para la misma naturaleza angélica del
polvo de la tierra. Ni es posible conce­
bir criatura alguna por sublime que sea,
que pueda ser comparada con el alma de
un niño regenerado en las aguas del
bautism o, ó con la de un facineroso que
hace penitencia de sus pecados y se res­
tituyo por aquí á la gracia y amistad de
Dios. La herm osura, dignidad y alteza
incomprensibles del hombre hecho p arti­
cipante de la naturaleza divina, supera á
cuanto existe y podemos pensar de g ra n ­
de y sublime en este mundo rea l, ó en
millones de mundos posibles ; porque,
¿cuál grandeza no se eclipsa y desapare­
ce delante de Dios, fuente de toda g ran ­
deza y m agnificencia, de todo sér y per­
fección, de toda lum bre de inteligencia
y am or, de toda virtud y santidad y ex ­
celencia y herm o su ra, cuyos bienes to­
dos, con la misma naturaleza divina de
— 89 —
que se derivan, posee el hombre santifi­
cado y hecho sem ejante á Dios por la
gracia? Son tan em inentes el bien y dig­
nidad que por aquí recibimos, que si lle­
gáram os á pensar en su incomparable
grandeza y á considerar la bondad y
am or que mueven á Dios á dárnoslos, no
acabaríam os nunca el hacim iento de
g rafías que le debem os, y m iraríam os
con verdadero desprecio la gloría falsa y
los bienes caducos de este mundo.
Probemos á entender alguna cosa de
esos bienes y excelentes promesas que
hacen al hombre participante de la n a ­
turaleza divina. Todos los recibim os por
los méritos de Jesucristo, autor divino de
la gracia y vida sobrenatural de las al­
m as que le son fieles; por cuya razón lo
prim ero que aquí hemos de considerar
es la unión espiritual del hombre con
Cristo, vida nuestra. Ya se dijo que en
este Señor el Verbo divino se unió en per­
— 90 —
sona con la naturaleza hum ana, hacién­
dose uno sustancial mente con la sagra-
grada hum anidad del S alvador, y co­
municándole por modo tan íntimo y per-
fcctísimo su mismo sér divino , que toda
ella quedó real y verdaderam ente divi­
nizada y hecha objeto de la adoracion del
hombre y de los ángeles del cielo. Por
virtud de este admirable m isterio, la na­
turaleza hum ana, dicen los santos Pa­
d re s , fué levantada hasta la alteza del
mismo Dios, y como anegada en el infi­
nito piélago de las divinas perfecciones,
siendo la unión dcám bas naturalezas tan
consumada y p e rfe c ta , que las mismas
perfecciones divinas vinieron á ser co­
municadas á la hum anidad de Jesucris­
to, no mediando otra diferencia en tre las
dos, sino que esta sagrada hum anidad
recibió por gracia y misericordiosa co­
municación las excelencias que Dios e n ­
cierra necesariam ente en su esencia in ­
— 91 —

finita. Y es de nol-ar que no fué sola­


m ente en el alm a del Salvador donde se
derram aron, por decirlo a s í , los tesoros
de la divinidad, sino tam bién en su ado­
rable c u e rp o , porque ambos componen
la humanidad con quien personalmente
se unió el divino Verbo, y donde hizo su
morada con todos sus dones y mercedes
el Espíritu de vid a, que es sustancial-
m cnlc uno con el Padre y el H ijo , de
quienes procede, y con quienes forma la
augusta trinidad de personas que adora­
mos en la unidad del mismo Dios.
Es, pues, Jesucristo nuestro Señor, la
fuente de la vida, de cuya plenitud la
reciben los fieles que le están unidos,
haciendo una sola cosa con él, y partici­
pando por consiguiente de la luz de su
razón d iv in a, del fuego sagrado de su
caridad, y de las otras gracias y v irtu ­
des del Espíritu Santo. Así como el
hombre, compuesto sustancial de cuerpo
— 92 —

y espíritu, es el anillo que enlaza las


cosas espirituales y corporales; asf en
Jesucristo, verdadero Dios y verdadero
hom bre, se ju n ta la naturaleza hum ana
con la divina; y así como por virtud de
aquella unión sustancial vive el cuerpo
hum ano de la misma vida del alm a, así
la hum anidad vive por Jesucristo de la
misma vida de Dios. La vida existia
¡inles de Jesucristo, mas no se comunicó
sino por él, á la m anera que la luz,
criada ánles que el sol, no se difundió
por el universo sino después que el snl
brilló en el firmam ento. Y ¡oh inmensi­
dad del amor divino! no sólo comunicó
Jesucristo al hombre los bienes que re ­
cibió del Padre sin tasa ni medida, pero
adem as se dá y comunica Él mismo en
el sacram ento de su amor, que es la sa­
grada Eucaristía, mesa celestial á que
el hombre se llega para recibir en su
pecho y sustentarse espi.itualm cntc de
— 93 —
la sagrada carne del mismo Dios. No
hay m anera de ponderar la honra ú que
son levantados los que tienen la dicha
de sentarse á esta mesa celestial y comer
de este m anjar divino, que es como
fuego consumidor que abrasa las almas
y las acrisola y purifica con una virtud
infinitamente m ayor que la del fuego
para afinar y purificar el oro y la plata
y limpiarlos de toda m ancha y escoria;
y las transform a en la misma vida de
Cristo, según la palabra del Apóstol:
Vivo yo; tío y a yo sino Cris/o vive en m i.
Si el prim er hom bre, criado por Dios en
justicia y santidad, no hubiese destrui­
do la sem ejanza y deslustrado la im agen
que Dios esculpió en nuestra naturaleza,
la gracia de que fué esta adornada
trasm iliríasc con su misma carne de ge­
neración en generación hasta el último
de sus descendientes; mas habiendo per­
dido tanto b ien , todos sus hijos vinimos
— 94 —
al mundo desnudos de la gracia y des­
heredados del ciclo. Dichosamente el
Verbo divino se hizo carne y habitó en­
tre nosotros, hecho semejante á los de­
m as hombres y reducido á la condicion de
hombre (1); y nos dió su carne en co­
mida y su sangre en bebida diciendo:
Yo soy pan de vida (2). Si alguno co­
miese de este pan, vivirá eternamente;
y el pan que yo d a ré , es m i carne que en­
tregaré por la vida del mundo (3). E l
que come mi carne y bebe mi sangre,
mora en mi y yo en él. Así como el P a d re
que me ha enviado vive, y yo vivo por el
P a d re, asi el que m? come vivirá también
p o r mí (4). De modo que la carne de
Jesucristo dá á las almas la gracia que
las hacc sem ejantes á Dios, mucho mc-

M) Phil. II. 7.
(2) Joan. C, 3i>.
(3) Ib. 6, 52.
(4) Ibid.
— 95 —

jo r que si esla m isteriosa trasmisión de


la vida divina acaeciera por medio de la
generación de Adán, porque en este
caso recibiríam os la gracia santificante
como por un canal y con m ed id a; mas
en el sacram ento de la Eucaristía recibe
el alma la gracia y virtud que la vivifica,
bebiéndola en su mismo purísimo m a­
nantial donde se halla siu tasa en toda
plenitud.
La sagrada común ion excede á los
otros sacramentos instituidos por Cristo,
cñ que no sólo com unica, como éstos, á
cada alm a en particular las gracias que
recibió la hum anidad en Jesucristo, sino
que ademas les comunica á este mismo
divinísimo Salvador, cabeza adorable de
donde se deriva al cuerpo místico que
forman los fieles unidos con El, la savia
divina que los vivífica, y foco de donde
salen las encendidas llamas del am or
divino que prende en las alm as y las pu-
— 06 —

rifíca y levanta de la tierra haciéndolas


sem ejantes á Dios, que es lodo am or y
caridad, y espirando en ellas la nueva
vida á que nacen, que es vida verda­
deram ente divina. Esta es la gracia de
la regeneración, por la cual nacemos de
nuevo recibiendo una vida tanto más
excelente que la vida natural, cuanta es
la distancia que hay del ciclo á la tierra
y del hombre á Dios, cuya es la vida
que se nos dá. Y como esla vida la te­
nemos de Dios por Jesucristo, de quien
somos reengendrados, de aqui es que los
que la reciben sean llamados con verdad
infalible hijos de Dios: dignidad altísim a,
cuya grandeza no puede concebir n a tu ­
ralm ente ningún entendim iento criado.
De ella procede el derecho que tienen á
la más rica y hermosa entre todas las
coronas que puede ambicionar el cavazón
hum ano, ó sea la corona de la ¿Joria:
Y si somos hijos, dice el Apóstol, también
— 97 —
somos herederos de Dios y coherederos de
Cristo ( i ) . Con la gracia de la santifica­
ción se nos dá pues el derecho á la he­
rencia del reino que nos está prometido,
el cual ha de ser gloriosam ente conquis­
tado por la libertad del hom bre, ayudado
del favor divino; pues como fué conve­
niente que Cristo nuestro Señor padecie­
se para que asi entrase en su'gloria (2)
tam bién nosotros hemos de padecer con
él para ser glorificados con él (3); si
bien no son comparables, añade el Após­
tol, los trabajos del tiempo presente con
la gloria venidera que se m anifestará en
nosotros. Por tanto la condicion del hom­
bre en esta vida, es la de ganar en bue­
na batalla la corona de ju sticia que el
Señor justo juez dará á sus fieles hijos.
La libertad interior del hombre no sufre

(I) Rom. 8.
(■2) Luc. 24, 26.
(3) Rom. 8 ,1 7 .
EN SAY O. 7
— 98 —

aquí disminución ni violencia, ántes se


m uestra fortalecida é ilustrada por la
g ra c ia , adelantándose el alm a libre y
m ajestuosam ente en la carrera de la vi­
da, con los ojos puestos en Aquel que la
recorrió como gigante hasta acabar su
obra estupenda, que todos los siglos cor­
ridos hasta aqui y que correrán hasta
confundirse en la e tern id ad , no pueden
contener, porque es la obra infinita de
la glorificación de Dios por medio de la
divinización del hom bre, la cual excede
infinitam ente los términos angustiosos
del tiempo y del espacio.
Por últim o, el Espíritu Santo guia á
los hijos de Dios, y hasta en su mismo
cuerpo tiene su morada como en su pro­
pio templo y santuario. Y da testimonio
á la conciencia cristiana de esta divina
filiación, derram ando en sus corazones la
lum bre de la caridad, é inspirándoles las
obras de esta virtud y moviéndoles efi-
— 99 —

cazmente á hacerlas. Es tan grande la


dignidad que nos confiere esta adopcion
divina, que con ella recibimos no espí­
ritu de servidum bre para obrar todavía
con tem or, sino espíritu de hijos que h a ­
cen por amor las obras en que Dios se
agrada; del cual espíritu se deriva á sus
lábios esta hermosa palabra: Padre. Y
como el hombre de por sí no sabe lo que
ha de pedir á Dios, ni cómo debe pe­
dirlo , el mismo E spíritu nos hace p e ­
dir con gemidos inexplicables (1). C u­
ya oracion tiene tanta v irtu d , que con
razón es tenida por omnipotente: Omni-
poientia suplex. Todas las obras del hom­
bre inspiradas de este principio tienen
un valor infinito, con q u e d a n testimonio
de su grandeza incomparable en el órden
sobrenatural, haciéndole digno de e te r­
no galardón y bienaventuranza. Mas pa-

(1) Rom. 8, 20.


— 100 —

ra decir !o que este espíritu dilata y pu­


rifica el corazon, y la alteza á que le­
vanta nuestra natu raleza, quiero tomar
prestadas las palabras con que uno de
los m aestros más insignes de la piedad
cristiana y de la española lengua, reduce
á breve pero adm irable sum a las exce­
lencias de la vida sobrenatural: «A. la
verdad no hay cosa más alta ni más g e ­
nerosa, ni más re a l, que el ánimo per­
fectam ente cristiano. Y la virtud más he-
róica que la filosofía de los cstóicos an ti­
guam ente imaginó ó soñó por hablar con
v e rd a d , comparada con la que Cristo
asienta con su gracia en el alm a, es una
poquedad y bajeza. Porque si miramos el
linage de dónde desciende el justo y cris­
tiano, es su nacim iento de D ios; y la
gracia que le da v id a , es una semejanza
viva de Cristo. Y si atendemos á su es­
tilo y condicion, y al ingénio y disposi­
ción de ánimo y pensamientos y costura-
— 101 —

bres, que de este nacim iento le vienen,


todo lo que es raénos que D ios, es pe­
queña cosa para lo que cabe en su áni­
mo. No estim a lo que con amor ciego
adora únicam ente la tie rra , el oro y los
deleites: huella sobre la ambición de las
honras, hecho verdadero señor y rey de
sí m ism o: pisa el vano gozo, desprecia
el tem or, no le mueve el d eleite, ni el
ardor de la ira le enoja: y riquísimo den­
tro de si, todo su cuidado es hacer bien
ú los otros. Y no se extiende su ánimo
liberal á sus vecinos solos, ni se conten­
ta con sur bueno con los de su pueblo ó
de su r e in o ; mas generalm ente á todos
los que sustenta y comprende la tierra,
él tam bién los comprende y abrasa. Aun
para con sus enemigos sangrientos, que
le buscan la afrenta y la m uerte , es él
generoso y amigo: y sabe y puede poner
la vida, y de hecho la pone alegrem en­
te por esos mismos que aborrecen su vi­
— 102 —
da. Y estim ando por vil y por indigno
de sí á todo lo que eslá fuera de 61, y
que se viene y se va con el tiem po, no
apetece ménos que á Dios, ni tiene por
dignos de su deseo menores bienes que
el cielo. Lo sem piterno, lo soberano, el
trato con Dios fam iliar y am ig a b le , el
enlazarse amando , y el hacerse cuasi
único con él, es lo que solamente satis­
face á su pecho: como lo podemos ver á
los ojos en uno de estos grandes justos.
Y sea aqueste uno S. Pablo. Dice en
persona suya y de todos los buenos, es­
cribiendo á los Corintios, asi: «Tenemos
nuestro tesoro en vasos de (ierra, porque
la grandeza y alteza nazca de Dios, y no
de nosotros. En todas las cosas padece­
mos tribulaciones, pero en ninguna somos
afligidos. Somos metidos en congoja, mas
no somos desam parados. Padecemos per­
secución, mas no nos falta el favor.
Hum illannos, pero no nos avergüenzan.
— 103 —

Somos derribados, m as no perecem os.»


Y ¿ los Romanos llenó de ánimo genero­
so en el capitulo 8.°: «Quién, d ice , nos
apartará de la caridad y amor de Dios?
La tribulación por aventura? ó la angus-
gustia? ó la ham bre? ó la desnudez? ó el
peligro? ó la persecución? ó el cuchi­
l lo ? ^ ) .»

CAPÍTULO V.

La moral católica.

Llamado el hombre á reinar perpétua-


m ente en el ciclo y hecho participante
aun acá en la tierra de la misma n a tu ­
raleza de Dios, cuya gracia lo eleva so­
bre si mismo hasta la inefable sublim i-

(1) F r. Luis de León. Nombres de C risto lib.


2.* pág. 211.
— 104 —

dad de la vida d iv in a , justo es que por


su parte se asocie de buena voluntad á
los designios de la bondad y sabiduría
suprem as, dando con sus obras testim o­
nio A la gloria del Hacedor, y mostrando
en ellas juntam ente la excelsa dignidad
de quien las hacc. No han de ponerse la
bondad y alteza del hom bre sólo en el
sér natural que recibió, ni sólo en el
otro sér sobrenatural que le hace hijo de
Dios con derecho al reino de los cielos;
sino muy particularm ente en las obras
que hace para m erecerlo, sin las cuales
luego viene por tierra toda su g ra n ­
deza moral, y pierde su sér la herm osu­
ra y dignidad sobrenatural de la gracia,
quedando la natural muy dism inuida y
afeada. Si: en las obras que hace el hom­
bre vivificado por la caridad y gracia de
Dios en el seno de la Ig le sia , ha de m i­
rarse principalm ente y contem plarse, co­
mo en un espejo muy lie l, su grande
— 105 —

herm osura, excelencia y dignidad. Ta­


les obras forman parte del órden verda­
deram ente divino de virtud y perfección
cristiana, de que se derivan la celestial
pureza y santidad que resplandecen en
las alm as que le son fieles; y por esta ra ­
zón ánles de venir á sus distintas partes
y relaciones, será bien entender las prin­
cipales excelencias del órden moral re ­
velado al mundo por Jesucristo y pro­
puesto al hombre por la Iglesia.
La moral católica resplandece m uy
singularm ente en la santidad de sus p re­
ceptos, en la pureza de sus m otivos, en
sus consejos y máximas divinos de per­
fección, y en el dechado adorable de to­
da virtud y santidad que pone delante
de los ojos. Su santidad penetra en lo
inás Intimo del corazon, y no consiente
que un solo pensam iento culpable m an­
che ni deslustre siquiera levem ente la
im agen divina estam pada en el alm a. Mo­
— 106 —
tivo sublime de sus obras y virtudes es la
gloria de Dios, cuya bondad y sabiduría
se m uestran en ellas por un modo infini­
tam ente superior al que tienen las cosas
físicas de celebrarla. En lo cual es m u­
cho de notar la sem ejanza que corre en­
tre Dios y el h o m b re ; porque tanto al
formar el universo visible, como al po­
ner luego por obra sus altísimos desig­
nios tocantes ;i la más noble criatura
despues del ángel, no tuvo Dios ni pudo
tener otro fin que el ser conocido y glo­
rificado; y así el querer !a gloria de Dios
en las obras que h a c e , da al hombre
gran parecido con su divino A u to r, que
no quiere ni puede querer otro fin.
¡Cuán grande abismo separa en este
punto á la moral católica de la cstóica y
del moderno racionalismo! C iertam ente
como en la filosofía del pórtico, así en a l­
g unas escuelas contemporáneas percí-
bense no sé qué vislum bres de dignidad
— 107 —

y grandeza moral que contrastan con la


m iserable bajeza y servilismo de Epicu-
ro y de sus discípulos; pero si bien se
m ira, sem ejante grandeza es pura vani­
dad y locura. Los antiguos estoicos h a ­
blaban de la virtud como del bien supre­
mo del hom bre, despreciaban los delei­
tes de la carne, y aparentaban una forta­
leza superior á la debilidad h u m a n a , de
suerte que no parecia sino que el único
fin de sus obras era la glorificación del
bien y de la virtud por la sola conside­
ración de su celestial dignidad y belleza;
m as esta virtud y este bien cuyas exce­
lencias encarecían, era un mero produc­
to de su razón y de su voluntad no ilu­
minadas ni fortalecidas por la divina
gracia. De aqui el sentim iento de la pro­
pia suficiencia que hinchaba el corazon
de aquellos filósofos, haciéndoles creer
que podian por sí mismos ser sabios y
perfectos; de aquí que se buscasen ú sí
— 108 —
mismos en las obras virtuosas, compla­
ciéndose vanam ente ¿ causa de ellas y
amándose y glorificándose á sí propios
con un egoismo tanto más refinado,
cuanto es m ás sutil la complacencia del
orgullo que todos los placeres carnales
juntos. En el fondo de su aparente aus­
teridad, sim ulada en I03 tiempos moder­
nos por una secta tristem ente fam osa, y
proclamada despues por el padre del ra­
cionalismo germ ánico, e sta b a , p u e s, la
soberbia, superbm vilce, á impulso de la
cual venian á d ar en la hum illante ido­
latría de su propio yo. Ahora b ie n , lo
que va de la dignidad al orgullo, eso
mismo va del racionalismo á la moral
divina de Jesucristo, el c u a l, siendo co­
mo era verdadero Dios, anonadóse hasta
el extremo de parecer en figura de hom­
bre pecador y de m orir m uerte de cruz
por obedecer á su eterno P a d re , esta­
bleciendo por aqui la divina moral de la
— 109 —
hum ildad, cuyas obras son todas grandes
y divinas y su fin el más alio que puede
concebir la inteligencia, cual es la gloria
del misino Dios.
El propio abismo que hay entre la dig­
nidad y el orgullo, separa la hum ildad
cristiana de la bajeza. El orgulloso bus­
ca su propia gloria y no sabe am ar sino
¿ si m ism o; el humilde busca en todas
las cosas la gloria de Dios, y llena el co-
razon humano del am or del bien infinito.
El prim ero se satisface con las mezqui­
nas complacencias del am or propio, y no
levanta una sola mirada hácia la verda­
dera patria del hom bre; el humilde por
el contrario sólo anhela los goces v erd a­
deros y durables que hartan el corazon.
A qjel cuenta con las propias fuerzas p a­
ra hacer sus o b ras, y fácilmente retro­
cede ante las grandes em presas, ó des­
maya en las ya com enzadas, trocándose
la presunción en pusilanim idad ó des-
— no —
aliento; mas el segundo, como conoce la
propia flaqueza, todo lo fía de la bondad
y virtud de Dios, con cuyo auxilio lo pue­
de todo: de donde se originan en el alma
la m agnanim idad y el heroísmo. El su ­
frimiento y la contradicción abalen lu e­
go á los que estriban en sí mismos, por­
que sus fuerzas son pocas; pero al que
funda en Dios el éxito de sus em presas,
léjos de abatirle, dánlc nuevo aliento pa­
ra seguir y perseverar hasta el fin , re ­
cordándole que la condicion del bueno
en esla vida snn la contradicción y el su­
frim iento, y que no será coronado sino
aquel que legítim am ente peleare. ¿Q ué
m ucho, pues, que la moral racionalista
de los antiguos estóicos fuera casi de lo­
do punto in ú til, no digo para sacar el
mundo del hondo abismo de vileza en
que habia caido, sino aun para levantar­
se ellos mismos sobre el nivel de las cos­
tum bres públicas, caídas en vergonzosa
— m —

corrupción? ¿Ni qué m aravilla que la mo­


ral cristiana, simbolizada en la cruz, sig­
no de hum ildad y dolor, regenerase al
hombre con la virtud eficaz de la g r a ­
cia, librándole del cautiverio del demo­
nio, á quien daba m iserablem ente culto,
y del otro cautiverio no ménos ignom i­
nioso de los sentidos y de la c a rn e , y
restaurando en las almas la imágen de
Dios, que el paganismo habia borrado y
que la filosofía 110 habia siquiera podido
discernir de las m anchas que cubrían su
dignidad y herm osura?
De todas las em presas que puede aco­
m eter el hombre, guiado de la luz de la
enseñanza católica y fundado en hum il­
dad verdadera, ninguna hay que pueda
com pararse con la de crecer él mismo
cada día en virtud y perfección, y por
consiguiente en dignidad y nobleza.
Aquellas alm as son vivificadas del espí­
ritu del C ristianism o, que ponen por
— 1<2 —
obra la palabra de su adorable Autor:
Sed perfectos, como es perfecto vuestro
Padre que está en los ciclos: Estate per-
fecli sicut et p a te r vester perfectus est.
¿Qué otra cosa es la religión cristiana,
ha dicho uno de los escritores más espi­
rituales de nuestro siglo, que una aspira­
ción perpétua del alm a á ennoblecerse y
perfeccionarse (1)? Este es el verdadero
progreso del hom bre, hacerse mejor ca­
da dia y aprovechar en la v irtu d ; pro­
greso absolutam ente contrario al que
predica la -ciencia anli-cristiana de nues­
tros dias, el cual, separando al hombre
de Dios, condúcele de nuevo á la idola­
tría y al paganism o, de donde fué saca­
do va para diez y nueve siglos por el
mismo Dios. Por caminos opuestos á esle
sube el progreso cristiano á las altas

(1) Che altro ó il Clirislianosimo c lu questa


perpetua nspirazione del uom oa nobililarsi? —Silvio
Pellico, M ié p rig io n i.
— 143 —

cum bres de la perfección y santidad, y


de tal modo une al hombre con Dios, que
le hace una sola cosa con él. Las sendas
que conducen á tan excelsa gloria, há-
llanse ilum inadas por la antorcha de la
fe, en las cuales estampó sus adorables
huellas el Salvador de los hom bres, mo­
delo divino de toda virtud y santidad, de
toda perfección y verdadera grandeza.
jOh cuán alto destino es para el hombre
oir y poner por obra las enseñanzas subli­
mes del divino Maestro , y cam inar por
sus propios pasos hasta subir al altísimo
monte á donde subió, desde el cual nos
llama y anim a con voz suave y amorosa!
Los más sabios entre los antiguos ponian
la sum a del bien y de la perfección del
hom bre en im itar á Dios; mas porque e r­
raron gravem ente en el conocimiento de
él, á causa de la perversión de la volun­
tad, desfiguraron el original que debian
trasladar en sí mismos con las o b ra s , y
_N SA YO 8
— m —
se hicieron abominables á sus divinos
ojos. Estaba reservado ú la sabiduría
cristiana poner delante del fiel el divino
original, no según la sublimidad inaccesi­
ble de su esencia eterna é infinita , sino
bajo una forma acomodada ú nuestra de­
bilidad; para lo cual la misma sabiduría
del Padre se hizo hombre y habitó entre
los hombres y Ies enseñó á ser buenos y
perfectos. Este es el ejem plar acabado á
que ha de m irar el hombre en sus obras,
como m ira el artista á los objetos de la
naturaleza para trasladarlos en las suyas.
Que si de la fiel pintura de las cosas que
hay bellas en el universo se originan la
herm osura y excelencia de las obras del
arte, y la gloria y dignidad que resultan
de ellas al artífice, ¿cuánto más grandes
y excelentes no serán las obras que hace
el hombre imitando al modelo acabado
de toda perfección y herm osura, de toda
gracia, dignidad y excelencia, y cuánto
— 115 —
m ayor no será la gloria q ue debe resul­
tarle de e lla s , y más alta y sublime la
grandeza á que sube con acercarse m ás
cada .vez al mismo Dios á quien im ita?
Que asi como Jesucristo quiso, en cuanto
hom bre, irle delante en la perfección, y
ofrecérsele como el camino que ha de
seguir y el m odelo en quien debe tener
puestos los ojos para lo g ra rla , no con­
tento con esto dignóse asimismo ilum i­
n ar sus ojos con la lum bre de la f é , y
alentar y fortalecer su corazon con la
virtud soberana de la g ra c ia , para que
crezca cada dia en Él (1) adelantándose
anim osamente rodeado de esplendores
deíficos hácia el Tabor que le está pro­
m etido.
No hace á mi intento recordar las di­
vinas m áxim as de perfección m oral que

( I ) C rcscam us iii tilo p er om nia qui cap u l es


C linslus (Eplies. IV, 15).
— 116 —

el Hombre-Dios enseñó con su palabra y


confirmó con sus obras: este tratado for­
m aría parte de la moral divina del E van­
gelio, custodiada por la Iglesia católica,
y observada hasta en sus más sublim es
consejos por discípulos amados de Jesu ­
cristo. Mi objeto en esta obrila se re ­
duce á poner de manifiesto algunos de
los rayos celestiales de grandeza moral
que ilum inan la im ágen y sem ejanza di­
vina estam pada en la naturaleza del hom­
bre, que es la razón misteriosa y subli­
me de su dignidad presente y de su fu­
tu ra grandeza.

CAPÍTULO VI.

La adoracion en el Catolicismo.

En dos cosas resplandece m uy p a rti­


cularm ente la dignidad de la conciencia
— m —

cristiana, conviene á saber: lo prim ero,


en no rendir sino á solo Dios el tributo
de su adoracion; y lo segundo, en la
santa libertad de que goza únicam ente
la conciencia en el seno del Catolicismo.
Es la adoracion el acto esencial de la
religión y de la piedad; en el cual incli­
nase el hom bre humillado ante la m ajes­
tad de Dios, reconociendo la infinita per*
feccion de la divina esencia, y teniéndo­
se por nada A si propio en comparación
con su Criador, piélago infinito de per­
fección y de grandeza. No hay deber más
justo y sublime que este, con que con­
fesamos nuestra absoluta dependencia de
Dios, y su dominio absoluto sobre nos­
otros. La razón de esta relación es cosa
fácil de entender, como quiera que es la
relación del efecto con su c a u sa , del
Criador con la criatu ra. Todas las cau­
sas segundas que obran en el mundo,
incluso el h om bre, comunican á las co­
— 1(8 —
sas en que ejercitan sus fuerzas un mo­
do de ser que ántcs no tc n ia n : a s í , la
abeja que hace la m iel, ó el artífice que
labra algún m etal, ó el orador que orde­
na un discurso, dan una nueva forma ú
la m ateria á que respectivam ente se apli­
can , que es producir un cierto modo ó
sér accidental de que antes c a re c ía ; pe­
ro en todo caso su acción supone ya
existente ó dotada de sér á esa prim era
m ateria que transform an con su trabajo.
De donde se infiere que el sér sustancial
de las cosas es anterior á la acción de las
causas segundas; y que, léjos por consi­
guiente de ser producido por ellas, es la
condicion indispensable de que depende
toda causa finita. Sólo la causa pri­
m era é infinita puede dar ú las cosas el
sér que tie n e n , y no cierto sér modal,
sino el sér propiam ente dicho, el sér sus­
tancial y perm anente, el sér en lodos los
grados de la gerarquía que se ha digna­
— U9 —
do el Señor establecer en el mundo visi-
sible, desde el grano de polvo que holla­
mos con las plantas hasta el espíritu del
hombre que hizo á su im agen y seme­
janza. No ha m e n e ste r, pues , la causa
absoluta ó infinita, como las fuerzas fi­
nitas del universo, para hacer sus obras,
de una m ateria p rim e ra , porque esta
cualidad de prim era dice relación á las
causas segundas, más no ú Dios, que es
la causa prim era, que ha existido e te r­
nam ente: su acción adorable no recono­
ce limites, sino que con sólo su palabra
hace todo cuanto quiere, como realm en­
te hizo de la nada el universo, de que
somos la más noble p arte, por razón del
espíritu que se dignó infundir en nos­
otros como una im ágen de si mismo. El
hombre es, pues, una hechura de la m a­
no de Dios; un sér criado á su im agen y
semejanza, que ántes de recibirlo de su
bondad, no e ra , ó estaba sepultado, por
— 120 —
decirlo a s í , en la nada de donde salió.
Así es que el hom bre, cuanto es de su
p arte, no es sino pura n a d a , sin sér ni
excelencia ninguna y sin capacidad para
dárselo: de Dios ha recibido, pues, todo
lo que tiene, cuerpo y alm a, potencias y
sentidos, y toda la grandeza y dignidad
sobrenatural que se ha dignado el Señor
comunicarle hasta hacerlo participante
de su mismo sér y naturaleza, conforme
á la doctrina del príncipe de los Apósto­
les , hasta convidarlo á su mesa real
servida de los ángeles. Grande e s, por
consiguiente, el ho m b re, m agna res esí
homo; pero toda su grandeza es recibida
de la fuente de toda g ran d e z a : toda su
m ajestad y herm osura es como un rayo
ó reflejo de la Majestad in fin ita , de la
cual depende, y en cuya mano están su
sér y su vida con dependencia mucho
más excelente que la que tienen los rios
de sus m anantiales, ó del sol los rayos
— 421 —
de luz que nos alum bran. Ahora si cada
hombre por la m anera de ser que pone
en las cosas físicas, se considera revesti­
do de un derecho real para servirse de
ellas con exclusión de los dem as hom­
bres, ¿con cuánta más razón será de Dios
el dominio supremo de todas las cosas que
existen, por razón del sér sustancial que
Ies ha dado y del cuidado que tiene de
su conservación y de que no les falte co­
sa alguna para hacer su oficio, singular­
m ente al hombre que tantos dones y m er­
cedes ha recibido de su adorable Provi­
dencia? Júzguese por aquí cuán errados
van los que proclaman al hom bre inde­
pendiente de Dios, que es lo mismo que
n eg ar su cre a c ió n , y darle por origen
no el cielo sino el polvo de la tie r ra , los
átom os en que suponen que empezó el
prim er movimiento de la vida. De este
modo, para hacer al hombre independien­
te de Dios, los racionalistas le arrebatan
— 122 —
su filiación d iv in a , y le dan por m adre
la m ateria v i l , y por destino la oscuri-
dad y hum illación del sepulcro ; pues
aunque estos insensatos no dejan de los
labios el destino de la h u m an idad , pero
esta hum anidad de que hablan no es la
hum anidad real y positiva que hay en
cada uno de nosotros como séres indivi­
duales, sino una hum anidad abstracta
que finge el panteísm o, la cual com pren­
de á todos los hombres en general y no
se refiere á ninguno en p articu lar; y el
destino que le pone d e la n te , es no mé-
nos ideal que esta burlesca hum anidad
condenada por la escuela de los panteis-
tas á correr perpetuam ente tras él sin
alcanzarlo jam as.
Sólo nuestra filosofía es verdadera­
m ente noble, pues nos dá por principio
al mismo Dios, por naturaleza su im á-
gen, por condicion ser sus ,hijos, sem e­
jantes á Él, dioses tam bién por razón de
— 123 —

su gracia, y por patria y destino el cic­


lo. Pero la misma religión que tanto nos
exalta y por tan adm irable modo nos di­
viniza, dícenos claram ente que seamos
hum ildes confesando que toda esta m ag­
nificencia es recibida de Dios, y que es­
tá en nosotros no como el ag u a en el
inmenso Océano que la contiene, sino
como onda salida de él que corre por la
tierra, y fecunda su seno haciéndole pro­
ducir flores y frutos m uy hermosos y ex­
celentes, y volviendo luego al abismo de
las aguas de donde partió.

L ’onda del m ar divisa


Bagna la valle c il m onte;
va passaggicra in fiume,
va prigionera in fontc,
mormora sem pre e gem e,
dunque non torna al m ar.
Al m ar dove ella nacque,
dove arquisló gli um ori,
— 124 —
dove tra lunghi errori
spera di riposar (1).

E sta es, pues, la prim era y más esen­


cial condicion de la verdadera grandeza
m oral, conocer el hom bre lo que real-
m ente es delante de Dios y complacerse
en el hum ilde conocimiento de si mismo;
levantar los ojos con religiosa atención á
la majestad del Dios excelso, á quien'los
ciclos no pueden contener, y fijarlos lue­
go en su propia nada aspirando á salir
completam ente de si para entrarse amo­
rosam ente en el seno paternal y m iseri­
cordioso del mismo Dios. No es m aravi­
lla por cierto que el hom bre incline la
frente en testimonio de la adoracion de­
bida á Aquel en cuya presencia encogen
las alas los serafines, que son los supre­
mos ángeles ó inteligencias, para signi­

(1) Metastasio.
— 125 —

ficar que no pueden com prender sus ine­


fables altezas ( i ) .
Pero acerca de este hom enaje rendido
A la Majestad divina por la piedad cris­
tian a, contiene el Catolicismo enseñan­
zas sublimes, que prueban cuán 'grande
es el hombre á sus ojos en los momentos
mismos en que se hum illa delante de
Dios. Porque lo prim ero, la adoracion
que los cristianos rendimos á Dios en el
seno de la Iglesia es en espíritu y en
verdad; ocupando así la inmensa capaci­
dad espiritual del alma el más precioso te ­
soro que puede enriquecerla y adornarla,
e s a saber, el conocimiento y el amor de
Dios, verdad infinita y bien sumo y ado­
rab le, hacia el cual se eleva natu ral­
m ente el alma llevada de su propio pe­
so, m uy particularm ente si es ayudada
de la gracia. San Agustín dijo que sólo

(1) lsai, 0.
— 120 —
con el amor de las criaturas era Dios ver­
daderam ente adorado: Non colitur Deus
nisi amando; pues el am or de Dios es el
alma de la piedad cristiana y el princi­
pio de la vida moral. Como el ojo se per­
fecciona con la luz y la visión que por
ella alcan za, así el entendim iento y el
corazon con la luz de la verdad divina;
y así como el oro se purifica y afina con
el fuego, así también el corazon hum a­
no entre las llamas del am or divino. Es­
ta virtud , en que puede crccer el alma
hasta el punto de exceder á la caridad
con que aman á Dios algunos bienaven­
turados en el cielo, es comparada m uy
bien al sol, porque herm osea al alma con
sus rayos y la vivifica con su calor sua­
ve y fecundo. El am or de Dios es como
el alma de las otras virtudes, las cuales
hace m ucho más excelentes que son en
sí, y las eleva sobre su mismo sér n atu ­
ral, penetrándolas y embelleciéndolas co­
— 127 -
mo penetran los rayos del sol las nubes
del cielo formándolas resplandecientes y
herm osas. Por este divino am or queda
el alm a desasida de las c ria tu ra s, que
son harto poca cosa para contentarla, y
unida con Dios, solo objeto digno de ella,
en el cual tan solam ente se complace y
descansa. Elevada por el amor sobre las
cosas de la tie rra , toda su conversación
es en los ciclos, térm ino de sus nobles
deseos y esperanzas. ¿Qué m aravilla que
ponga sus delicias en tra tar con Dios
quien verdaderam ente le ama?
Hija del am or, la oracion es uña subi­
da y elevación del espíritu á Dios y co­
mo una plática y conversación am igable
con Él (1). Los que son admitidos al tra-

( I ) Kn el catecism o del Padre Itipalda aprende


el D iñ o csld sublim e definición d é la orarinn: P .Q uó
cosa es orar? R. Levautar el alm a á Dios y pedirle
m ercedes.— En térm inos m ás filosóficos lia definido
la oracion el ilustre P adre T aparH Ii, S. J.: «Consi­
derada (la oraciua católica) en su acepción m ás g e -
— 128 —
to y conversación con los principes de la
tie rra , tiénense por m uy honrados y al­
canzan grandes m ercedes y dignidades
de ellos; pero todo esto es nada en com­
paración de la sublime honra y privanza
que alcanza el hombre en la o rac io n ; la
cual es más obra angélica que hum ana,
pues es oficio de ángeles asistir ante el
trono de Dios, en cuya presencia están,
como los ángeles, las almas que oran.
Tam bién asisten los ángeles á los que
hacen oracion con su presencia invisi­
ble ( i ) , la cual llevan y ofrecen á Dios
como un olor suave que recrea á los mis­
mos cielos. Pero nadie declara mejor que
el glorioso apóstol y evangelista San

neral, abraza toda elevación á Dios del alma cristia­


na movida por la fe, anim ada por la caridad . auxi­
liada por el Santo Sacrificio y los S acram entos, di­
rigida por la autoridad de la Iglesia y encam inada
principalm ente á conseguir la sobrenatural \ eterna
bienaventuranza por medio de las buenas obras.»
(I ) Ps. 87, 1.
— 129 —

Juan (1) el valor y excelencia ile la ora­


cion, cuando dice, que estaba el ángel
delante del altar y tenia un incensario
de oro en la m ano: y que le fué dada
m ucha cantidad de incienso, que eran
las oraciones de los Santos, para que las
ofreciese en el a lta r de oro que estaba
delante del trono de Dios, y que subió el
humo de los inciensos de la mano del án­
gel delante de Dios. De m anera, dice un
venerable e s c rito r, que cuando estam os
en oracion, estamos cercados de ánge­
les, y en medio de ángeles y haciendo
oficio de ángeles, ejercitándonos en lo que
habernos de hacer para siempre en el
ciclo, alabando y bendiciendo al Señor,
y por eso somos particularm ente favore­
cidos}'am ados de los ángeles, como com­
pañeros cuyos que somos y habernos de
ser después reparando las sillas de sus

(i) Apoc. VIII, 3, 4.


3N S A K O . 9
— 130 —

compañeros que cayeron. Con razón dice


San Agustín que no hay cosa más alta y
levantada en toda nuestra religión: Quid
est oratione p ra c la riu s ? ... Quid in tota
riostra Heligioue sublimius't ( 1 ) Y á la
verdad, ¿qué cosa es la oracion sino un
afecto pió del alma que vuela á Dios? ¿Y
cuál otro fruto puede haber más bello y
excelente que la deificación del alm a al­
canzada por la oracion?
Enem igo el racionalismo de toda g ran ­
deza v e rd a d e ra , es decir, d iv in a , por­
que es enem igo de Dios y del hom bre,
no ha hallado modo más eficaz para qui­
ta r á Dios la gloria que le debe dar el
hom bre, y despojar al hombre de los do­
nes que Dios le hace, que el d e stru ir, si
le fuera posible, la escala divina de la
oracion, por donde bajan trocadas en di­
vinos dones las oraciones que suben del

(I) In tracf. de misericor. t. 10.


— 131 —

fondo del corazon. Para lo cual, siguien­


do su táctica o rd in a ria , emplea los mis­
mos medios que usó la serpiente en el pa-
raiso, y aun otros más atrevidos, que son,
inducir al hombre ú que se tenga por una
cosa sublime y levantada sobre todo lo
que llam am os verdaderam ente Dios, y
darle por consiguiente á e n te n d e r, que
seria una humillación vergonzosa, indig­
na de su m ajestad so b e ra n a , cacr por
tierra delante de Dios para glorificar su
santo nombre y pedirle m ercedes. Si; por
boca de uno de sus falsos doctores, el ra ­
cionalismo contemporáneo ha insultado la
m ajestad y grandeza de la oracion, di­
ciendo que en el acto de orar m uéstrase
menoscabada la dignidad del hom bre, á
quien debe te n e rse , cuando se pone en
presencia de Dios arro d illado , p o r un m i­
serable cortesano que va á m endigar algún
favor (1): palabras que expresan clara-
(I) Julio SimoD, Relig. n atn r.
— 132 —

m ente la esencia del racionalism o, que


es por una parte rebelión satánica contra
Dios, y por otra adoracion ciega del hom­
b re. Como reb e ld e , no quiere recibir de
Dios la luz ni el amor que han m enester
el entendimiento y el corazon ; y como
idólatra de la hum anidad decaída de la
gracia y am istad divina y en tregada á
los delirios de su orgullo, y á las pasiones
de su carne, no quiere ni sabe levantar
los ojos al ciclo, sino pónclos únicam en­
te con loco frenesí en su miserable (dolo,
en quien vanam ente contempla la razón
y principio de toda grandeza y dignidad.
¡Como si por aquí a c erta ra á levantar al
hombre ni una sola línea sobre la tierra
que pisa! ¡Como si dictándole que es
D ios, alcanzara á ilum inar su entendi­
m iento, ni á purificar y ennoblecer sus
afectos, ni á enderezar sus pasos, ni á
perdonar sus pecados, ni á enjugar sus
lágrim as, ni á dar h a rtu ra ú su corazon
— 133 —

con una felicidad sem piterna! ¿Acaso tie­


ne el racionalismo virtud para redim ir y
regenerar al hom bre, ennobleciendo sus
potencias y deificándolo de verdad , ni
para criar nuevos cielos y nueva tierra
donde reine eternam ente cercado de los
resplandores divinos? No la tiene ; y sus
promesas en este punto m uestran to­
das las señales que distinguen á los pro­
fetas falsos. A hora, ¿ q u é humillación
puede haber en que el hom bre reconoz­
ca hum ildem ente que no es Dios, ni por
consiguiente el principio del sér y de la
perfección; ni en que, reconociendo esto,
vuele á Dios en alas de la oracion para
recibir por gracia lo que no posee por
naturaleza, para llenar con un tesoro in­
finito de verdad y de dicha un alm a que
anhela nada ménos que á lo infinito, y
para ser en sum a como Dios, por partici­
pación y semejanza de su m ajestad ado­
rable? No, la dignidad hum ana no pade­
— 134 —
ce oscuridad delante de Dios, como no la
padecc la tierra cuando está por bajo del
sol; la oscuridad y el frió del egoísmo
vienen con la puesta del divino sol de
verdad y de justicia, para las almas que
no le abren am orosam ente su seno en la
oracion. En esta triste oscuridad y des­
am paro vienen á dar cuando ponen oído
al lenguaje seductor de la critica racio­
nalista, cuyo m ayor triunfosobrela tierra
seria el acabar alguna vez de plegar las
alas de la oracion para que no subieran
las alm as á Dios ni recibieran de él m er­
ced ninguna espiritual, y ménos que nin­
g u n a otra el am or. Así lograría inter­
rum pir para siem pre el himno de gloria
que cantan en honor de Dios sobre la
tierra los hom bres de buena voluntad y
lanzar m iserablem ente á la hum anidad en
el abismo de su m ayor vileza é infortu­
nio, haciéndola perder de vista á la si­
niestra luz de su grandeza im aginaria
— 135 —

hasta la esperanza de alcanzar la verda­


dera. Pero esto no acaecerá por la mise­
ricordia divina, gracias á la oracion mis*
m a, que es la reina del m u n d o , como
he dicho m uy bien el Padre Lacordaire.
«Cubierta (sigue hablando esle elocuen­
tísimo orador cristiano), cubierta con hu­
mildes vestidos, baja la frente, y las m a­
nos extendidas, protejo al m undo con su
majestad suplicante y pasa de continuo
del corazon del débil al corazon del fuer­
te y poderoso: y á medida que es más
bajo el lugar de donde salen sus plega­
rias, más alto es el trono en que se apo­
ya y más seguro su im perio... Nada hay
más alto que D ios, ni por consiguiente
hay súplica más victoriosa que la que á
tanta alteza se levanta. >
En qué m anera de vileza caería de
nuevo el mundo aun después de haber
sido abrasado con el fuego de am or divi­
no que puso en las alm as Jesucristo para
— 130 —

encenderlas y purificarlas m ejor aún que


el fuego m aterial las cosas que to c a , al
punto que viese rota á sus piés la áurea
cadena de la oracion, es fácil de enten­
der recordando lo que adoraba el hombre
ánlcs de ser libertado por Jesucristo de
tan abyecta esclavitud. Encerrado en los
elem entos de este mundo y olvidado de
su celestial origen y destino, como.dc la
herm osura y nobleza de su sér, criado á
imagen de Dios, el espíritu hum ano, se­
parado por el orgullo y la concupiscen­
cia de su Criador, humillóse ante las co­
sas criadas, aun las más viles y grose­
ras, rindiéndoles el culto de la adoracion
y del am or. F uera de la m ajestad adora­
ble de Dios, ¿qué cosa hubo en el m un­
do, por despreciable que fuera.y digna
de ser hollada, ante la cual no bajara el
hom bre, en testimonio de reverencia, los
ojos que recibió para m irar al ciclo? Las
fuerzas físicas del u n iv erso , las plantas
— 137 —

y an im ales, las vanas ficciones de los


poetas, desde el padre de los dioses y de
los hom bres, J ú p ite r, en cuya cabeza
pusicrou ju n tas los subios del gentilismo
todo linage de monstruosas ignominias
(1), hasta la diosa Cloaca, las pasiones y
vicios más vergonzosos y viles y los hom­
bres manchados de ellos y convertidos en
m ónstruos h o rrib le s, azote 6 ignominia
del linage hum ano; todas estas cosas re ­
verenció el hombre con la frente por tier­
ra , sin sombra á veces de pudor y siem­
pre sin dignidad. ¿Quó concepto podian
formar de su grandeza los que se lenian
en mónos que los más inmundos anim a­
les, cuya superioridad reconocían en el

(I) A gudam ente p reg ú n ta la Arnoluo á tales


s.'thios, qué tan gran deíilo lialiian descubierto en su
Jú p ite r, que asi lo roprescotalmn: Q uid la n tu m
quamo de vobi.s Jú p iter iste, quicumrjiic cst, m c r -
n il, r/uod gc/m s cst ntrilum robri tn fa m e , fjuod
iti cjtts non capul telut in aliquam congcratis vi-
¡cm lutcam que p erso n a m . V. 2.
— 138 —

hecho de adorarlos? Y c u e n la , que de


esta m isera condicion del m undo paga­
no, postrado delante de tales dioses, par­
ticiparon los filósofos g e n tile s , de quie­
nes dijo el Apóstol: «que teniéndose ellos
por sabios se hicieron nécios. Y m uda­
ron la gloria del Dios incorruptible en
semejanza de figura de hom bre corrupti­
b le , y de aves y de cuadrúpedos y de
sierpes. Por lo cual los entregó Dios á
los deseos de su corazon , á la inm undi­
cia: de modo que deshonraron sus cuer­
pos en si mismos. Los cuales m udaron
la verdad de Dios en la m entira; y ado­
raron y sirvieron á la c r ia tu r a , antes
que al C riador (1).»
Este fué el crimen del paganism o, que
humilló tam bién á sus sabios bajo el y u ­
go de la idolatría: haber adorado y se r­
vido á la criatura ánlcs que al Criador,

(<) Rom. 1.
— 139 —

haciéndose por aquí esclavos del mundo


y del demonio, á quien adoraban en sus
falsos dioses (1 ), por no haber querido
servir y adorar al Dios verdadero, Cria­
dor del cielo y de la tierra.
Uno de los estupendos m ilagros de
nuestro divino Salvador, fué haber res­
taurado el dominio y señorío del hom­
bre sobre las criaturas inferiores, á
quienes habia rendido un hom enaje im ­
propio de su excelsa dignidad de sobera­
no de que fué investido al principio. En
la divina religión del Hijo del hom bre,
no adora este sino á solo D ios: .í Dios
solo adorarás y á E l solo servirás (2);
y he aquí qu3 como en premio de esta
adoracion esen cial, que algún bello es­
píritu tendrá acaso por debilidad ó ba­
jeza, la hum anidad recibe de manos de
Jesucristo la corona que habia dejado

(1) Omnps dii gcnlium d im o n ia . (P s. 9'>, 5).


(2) .Mullí i, lu.
— 140 —

caer en el lodo del paganism o. Rey del


universo, y , lo que lodavia es más gran­
de, rey por la gracia de Dios y no por
virtud de ninguna carta ó constitución
irrisoria, el hombre mira las cosas de la
tierra y los astros que la iluminan como
criaturas que Dios ha hecho para que le
sirvan á él, que es su legítimo soberano
V señor natural, y le ayuden á glorificar
A Dios mostrándole cada una en su sér
propio ó especifico alguna huella ó relie-
jo del poder, bondad y sabiduría de Dios.
Y porque ellas no pueden declarar sino
m uy im perfectam ente las perfecciones
divinas que im itan, cada cual á su m a­
nera, el hombre que á todas las conticne
en una como sum a ó haz en que so ju n ­
tan los rayos todos criados del Océano
increado de luz y de herm osura, el hom­
bre, digo, por si y á nombre de la n atu ­
raleza sensible, rinde á Dios el homena­
je de su adoracion.
— 141 —
E sta es la condicion de que depende
esencialmente la herm osa libertad de que
el paganism o habia desposeído al hom­
bre reduciéndole á servir en triple c a u ti­
verio á las fuerzas criad as, bien fueran
estas las fuerzas físicas de la naturaleza,
bien los atractivos de la carne, ó ya, por
últim o, las fuerzas sociales y opresoras
del estado pagano; y así desde el punto
mismo que deja el hom bre de adorar á
su Dios proclamándose independiente
(delirio sin igual llam arse independiente
siendo criatura), reclámale como cosa su­
ya el paganism o, que nunca m uere del
todo, pues lo lleva siempre consigo como
un gérm en funesto la hum anidad caida.
Cierto que no le presentará, com oántcs,
ídolos que adorar hechos de b a r r o , ni
ficciones poéticas como C ercs, Venus ó
Baco; pero en cambio, bajo el nombre de
libertad, lo entregará alado de piés y ma­
nos al E slado, que asimismo ha hecho
— 142 —

suyo el paganism o, no sin seducir antes


al hombre con la satánica idea de que él
es el solo Dios, ú quien tiene que adorar,
convirlicndo así su mezquino Yo en Ido­
lo de sí m ism o, y deificando su orgullo
y sus pasiones, que es en resolución dar
con su verdadera dignidad y grandeza
en las im purezas de su propia carne
em ancipada por la soberbia.

CAPÍTULO VII.

La libertad de conciencia.

Una de las m ás ricas y herm osas jo­


yas de la riquísim a corona de honor
que ciñe la frente del cristiano, es la li­
bertad de su conciencia, quiero decir,
el privilegio inestimable de no seguir
otra voz ni obedecer otra autoridad en
el orden religioso que la voz y autori-
— 143 —

dad del mismo Dios, ó la de su Iglesia,


oráculo infalible de verdad y santidad.
Gracias á esta dichosa libertad no depen­
de el alm a en el conocimiento de las
verdades sagradas, ni en la religiosa ob­
servancia de la ley que la une con Dios,
de la razón ni de la voluntad de los hom­
bres corru p tib les, sino de solo Dios que
no puede engañarse ni en g añ arn o s, cu­
ya ley es toda am or y perfección; pues
aunque los fieles hijos de la Iglesia oyen
la voz y respetan la autoridad de sus
pastores y prelados, mas sólo hacen esto
en razón de ver en ellos á Dios con los
ojos de la fé , según la palabra del divi­
no Maestro: Quien á vosotros o y e , á mí
me oye: Qui eos audit me andit (4); pa­
labras que encierran la alta dignidad del
cristiano fielmente sometido á la autori­
dad de la Iglesia.

(I) Luc. X, 16.


— 144 —

En las verdades relativas á la natu ra­


leza y vida intim a de D ios, al gobierno
de su adorable Providencia, al orden so­
brenatural de la gracia y de la vida mo­
ral , y por ú ltim o , á los medios de per­
fección y de salud espiritual que elevan
al hombre ú la consideración y al am or
de los bienes eternos, es forzoso recono­
cer y confesar, de acuerdo con todo el
linaje de los hom bres, lo poco que se al­
canza á nuestro débil espíritu. Ni el g e­
nio , ni la c ie n c ia , ni mucho ménos el
poder m aterial ni las riquezas, dan al en­
tendimiento la luz que há m enester para
entender en las cosas divinas. E sta luz
procede de arriba, como la fuerza y vir­
tud que vivifican m oralm ente las alm as.
Ningún hombre tiene, por c o n síg n en le,
en razón de ser hom bre, el ma¡.r sterio
de las verdades celestiales ni la sobera­
nía espiritual en sus sem ejantes: en co­
sas divinas no hay sino un solo Maestro
— 145 —

y Salvador, fuente única de la revela­


ción y de la g r a c ia , vida del a lm a , se­
ñor de las conciencias y dechado perfec-
tísimo y adorable de justicia y perfec­
ción. Unirse con el corazon y con la in ­
teligencia á la verdad y á la /ida m is­
m as, abrazando sus enseñanzas divinas
de bondad y sa n tid a d , y poniéndolas
por o b ra , e s, p u e s, el uso más bello y
fecundo que puede hacer el hombre de
la gracia que Dios le e n v ía , y de la li­
bertad que le ha dado para hacer obras
dignas, i la par, de Dios y del hombre
mismo. Ahora bien; esta adhesión libre,
generosa y hum ilde de lodo el hombre
á la religión de am or revelada por la
verdad infinita encarnada en la n a tu ra ­
leza h u m an a, es la verdadera libertad
de conciencia, porque libra al hombre
del yugo del error y aun de todo peli­
gro de engaño en las cosas del órden di­
vino y sobrenatural.
ENSAYO. 10
— 146 —

Infiérese de a q u i, que no consiste la


libertad religiosa en la independencia
de la razón y de la voluntad del dogma
y de la moral revelados, ántes por oí
co n trario , la libertad interior del cora­
zon y del espíritu ha m enester de la re­
gla de la fe y de la caridad para no mo­
rir, como de seguro m oriría alzándose
contra ella. Ni se ha de confundir esta
sania libertad de que hablo, con la fa­
cultad que tiene el h o m b re, como im­
perfecto que es, y ílaco, de resistir la luz
de la revelación y los movimientos de la
gracia. Este poder no es la libertad, sino
su imperfección y defecto, por los cua­
les viene á parar á menudo en m isera­
ble esclavitud. La libertad verdadera, le­
gítim a , conforme con los designios de la
sabiduría in cread a, es la de los hijos de
D ios, por virtud de la cual su espíritu
está libre de som bras, y como el águila
que rem onta su vuelo librem ente por el
— 147 —

a ir e , asi desplega él sus hermosas alas


en la atmósfera del bien y de la verdad.
De ese modo entendemos los católicos la
lib e rta d , distinguiéndola de su m ayor
contrario, que es la independencia abso­
luta del entendimiento y del corazon.
Los que ponen la libertad en la caren­
cia de toda regla , ó m ejor, en sacudir
el yugo de la verdad y ley d iv in a , no
logran destruir el vínculo sagrado de la
religión sin contraer otros vínculos que
verdaderam ente encadenan y hum illan
su libertad, formados ó por el orgullo
de la raz ó n , ó por las pasiones de la
carne, ó por la tiranía de otros hom bres;
de modo q u e , no queriendo som eterse á
Dios librem ente para gozar de la libertad
que gozan sus h ijo s, vienen á dar en
manos de la impiedad que subyuga m i­
serablem ente el entendim iento y el co­
razon con los mús odiosos errores. Es
como si una planta que crece con líber-
— 118 —

lad extendiendo sus raíces en la tierra y


recibiendo la luz y el rocío del cielo,
fuese arrancada, y puesta donde no h u ­
biese ni tierra, ni aire, ni lu z , ni rocío,
que son los elementos de que depende
su vida: roto el vínculo con que el prin­
cipio vital tuviera unidas sus partes ó
moléculas m ateriales, caeria bajo el do­
minio de las leyes físicas y mecánicas que
rijen á la m ateria vil.
Sólo en la Iglesia católica puede vi­
vir la libertad de conciencia, porque la
verdad que libra realmente las almas
que la siguen, es u n a , y los medios que
la santifican, son también una sola ley
divina é inm aculada, que sólo la Iglesia
católica conserva entre los celestiales
resplandores del dogm a revelado. Sólo
la Iglesia católica posee los títulos m ag­
níficos de la soberanía que Dios le ha
conferido en el orden espiritual, convie­
ne á saber: la infalibilidad, como condi-
— 149 —
cion necesaria de su divino m agisterio;
la nota de universal ó católica, que la
distingue de las sectas formadas por el
hombre; y la santidad de su espíritu, de
sus sacram entos, de sus ley es, de su
doctrina, y de muchos de sus m iembros,
en quienes resplandece con inefable be­
lleza y m ajestad la santidad augusta de
su adorable cabeza. Estas divinas excelen­
cias que recibió la Iglesia católica de su
celestial Esposo, la hacen digna de reg ir
y apacentar las alm as con preceptos
siempre justos, con máximas y consejos
de perfección sobrehum ana, con pastos
y m anantiales de salud y vida que satis­
facen su sed y ham bre espiritual y suje­
tando los apetitos de la carne, las ponen
en libertad para seguir toda justicia , y
hacer obras grandes y llenas, como de
hijos del mismo Dios y ciudadanos del
reino espiritual que fué el Señor servido
de establecer en medio de un mundo
— 150 —

bajo y corrompido. Fuera de aquellos ú


quienes Dios conña la celestial misión de
enseñar á los hom bres y dirigir la con­
ciencia de los fíeles, ninguno tiene po­
testad para ligarla en cosas de religión:
no hay poder alguno de esle mundo que
pueda nada contra la libertad que goza
el hombre en el seno de la Iglesia, ilum i­
nado por el símbolo católico ó inalterable
como la verdad eterna que contiene , y
ayudado en la observancia de la lev di­
vina por la fuerza sobrenatural que ele­
va y san ti Pica las almas.
De esta libertad interior de la con­
ciencia católica nace la libertad exter-
n a , llamada más ordinariam ente liber­
tad de conciencia, la cual pide en voz
alta no ser impedida en las obras de re­
ligión que dicta la fé católica, y no con­
siente con fuerza ninguna, ni con hala­
gos ó temores que le pongan los hom­
bres para forzarla á hacer lo que puede
desagradar al Dios de toda verdad y san­
tidad. Esta lib e rta d , digo, aunque ex­
te rn a , tiene su principio dentro del al­
m a, á modo de hermosísimo árbol car­
gado de fru to , cuya raíz está escondida
dentro de la tierra. De la tierra de nues­
tra alm a, labrada y regada por el divi­
no Labrador, brota esla hermosa y san­
ia libertad, uno de los más claros tim ­
bres de nuestra grandeza católica ; por­
que ademas de la excelencia sobrenatu­
ral de su principio invisible, m uéstrase
á lo exterior cargada de frutos de virtud
y perfección , sin que sea poderosa á
destruirla cosa ninguna del m undo, ni
el mundo mismo conjurado en su daño.
Excusado parece decir, que no consiste
tampoco esta m anera de libertad en ha­
cer cada uno las cosas que quiera, a u n ­
que sean malas, que esla, más bien que
libertad seria licencia impía ó supersti­
ciosa, sino en hacer aquellas obras que
— 152 —

son buenas y agradables en los ojos de


Dios y m uy bellas y admirables en los
de los hom bres, las cuales atraen á las
alm as las bendiciones y mercedes divi­
nas con aquella paz y dulzura interior
que gozan siendo fieles en el seno de la
Iglesia. Esla libertad ha sido y suele ser
combatida por las potestades del mundo
con leyes y oirás providencias injustas,
encnminadas ahora á forzar á los fieles
á negar su fé y confosar la m entira,
ahora á tributar á las criatu ras el culto
debido á D ios, ó á resistir á la autori­
dad divina de la iglesia, ó ya, por úllim o,
;'i impedir la acción libre de los pastores
que la apacientan y rigen, echando can­
dado á sus labios y apretándolos con cár­
celes y suplicios para que no ejerzan el
augusto m inisterio de la enseñanza ó de
la caridad, y sacrifiquen los fueros de su
potestad espiritual, que recibieron para
bien y salud del individuo y de la so-
— 153 —

ciedad cristiana, en obsequio de usurpa­


dores sacrilegos y enemigos de Dios y
de los hom bres. Ahora b ie n : en las lu ­
chas terribles que ha tenido necesidad
de sostener contra los elem entos de esle
mundo conjurados contra su santa liber­
tan , es de adm irar m uy singularm ente
la alteza y dignidad incomparables á que
levanta al hom bre la religión católica.
«Habiendo notado nuestros padres y
«predecesores, dccia el emperador Maxi­
m in o , que la mayor parle de los hom -
»bres renunciaban al culto de los dioses
»y se hacian cristianos, ordenaron muy
»en justicia, que todos aquellos que hu-
• bicran abandonado su religión, fuesen
«competidos por medio de suplicios á
«profesarla de nuevo (!) .« ¡Vano empe­
ño! Los más atroces tormentos que pue­
den im aginarse, servían únicam ente pa-

(1) Enseb. liist. ecles. lib. IX, cap. I I .


— 15* —
ra m ostrar la incontrastable fuerza y
m ajestad de la conciencia cristian a, no
ya solamente firme y tranquila en medio
de los suplicios, sino serena y gozosa,
desafiando el furor de los verdugos y
orando por ellos, reflejando en la frente
de los m ártires la divina aureola del v er­
dadero heroísmo. Júzgucsc del furor de
aquella tempestad de odios y persecucio­
nes coujurada contra los cristianos por
estas palabras de Orígenes: «Iü¡ senado,
el pueblo y los emperadores romanos ha­
bían decretado que no hubiese cristia­
nos. » Pero ¡cosa adm irable! la misma
sangre co:i que sellaron sus autores tan
báibaro decreto, fué semilla fecunda de
nuevos confesores y m ártires. Es un he­
cho muy digno de ser notado, que la des­
usada m agnanim idad que estos héroes
m ostraron viendo y sufriendo aquellos
horrendos suplicios, fué virtud común de
los cristianos de uno y otro sexo, y de
(oda edad y eondicion, asi del invicto
guerrero como del inerm e paisano, así
del adulto como del anciano y del ni­
ño y de la débil m ujer. Una sola pa­
labra negando el nombre de cristiano,
ó un poco de incienso quemado en bom a
de los ídolos, hubiera sido medio eficaz
de conservar ilesa la vida; pero ju sta ­
m ente, como verdaderos y fervientes dis­
cípulos del Crucificado, cifran toda su
gloria en el nombre que llevan, y tienen
en mucho su alm a, comprada ú infinito
precio, para hum illarla delante de los
vergonzosos ídolos del paganism o. Eí al­
tivo ciudadano romano invocaba con or­
gullo este nombre para librarse de los
torm entos y de la m uerte; mas el vale­
roso cristiano, respondiendo á sus jueces
dccia con incomparable dignidad: Soy
cristiano, no para librarse de la m ueric,
sino para sufrirla tras los más exquisitos
tormentos. Los gentiles sacrificaban á
— 130 —
sus Idolos, y en cambio de esta ignomi­
niosa hum illación apacentaban su alma
inm ortal con ilícitos y torpísimos delei­
tes; los cristian o s, por el contrario, no
honraban sino al verdadero Dios, consa­
grándole no solamente los placeres sino
también su vida. ¡Oh cuán sublime g ran ­
deza brilla en estas alm as asistidas so-
brcnaturalm cnte por Dios para ser glori-
rificado con su glorioso testim onio, se­
llado con su sangre gen ero sa! » Nos­
otros, » dccia San Cipriano celebrando ta­
m año heroismo, del cual ofreció al m un­
do gloriosísimo ejemplo, «nosotros no so­
mos filósofos por las palabras, sino por
las obras; no nos cubre el m anto de la
sabiduría (m undana), m as la ponemos
por obra; no decimos cosas grandes, m as
procuram os hacerlas: Non loqtiim ur m ag­
na, sed vivim vs (1).»

(4) De bon. pat. p. 247.


— 157 —

Dirá alguno quizá, que también fuera


de la Iglesia ha ostentado la libertad de
la conciencia la aureola del m artirio; cu ­
ya objecion haré por resolver con bre­
ves pero decisivas razones, que aclaran
todavía más esta m ateria. Lo prim ero,
la libertad verdadera, la sania libertad
de los hijos de Dios, que viven de su es­
píritu, sometidos á la regla infalible de
la verdad y vivificados por el espíritu de
amor y de santidad, no florece ni puede
siquiera existir en las naciones gentílicas
ni entre las scclas separadas de la Igle­
sia. Fuera del Catolicismo no hay más
que impiedad ó superstición; y es cosa
evidente, que ni el impío, que no tiene
religión, puede invocar la libertad de
observarla, ni es razón que el supersti­
cioso la profane. La libertad de la con­
ciencia es hija de la verdad y de la s a n ­
tidad de la fe; y por tan to , donde no
hay luz de verdad, ni fuego de caridad,
— 138 —

ni oraciones y sacrificios agradables á


Dios, sino la desolación de la abomina­
ción, como sucede entre las sectas, o la s
infamias de los cullos sacrilegos, que en
no pocos lugares m anchan con sangre de
victim as hum anas ó con el cieno de tor­
písimas pasiones los aliares mismos de
sus dioses, no hay libertad, sino licen­
cia y corrupción. Los católicos creemos,
que la libertad, como el derecho, como
todo don bueno y perfecto, viene de a r­
riba, del Padre de las luces y Dios de las
virtudes, que ciertam ente no ha conce­
dido al hombre la libertad moral de ul­
trajarle con un culto vicioso, ni de vio­
lar la ley en que quiere ser adorado. Si
es delito querer que la libertad se m ue­
va en la esfera divina del bien y de la
verdad, nosotros lo confesamos con h u ­
milde llaneza, gloriándonos en ser teni­
dos por reos. En cambio, ¡qué confusion
para nuestros adversarios tener que pro­
— i ü9 —

clam ar la libertad de injuriar á Dios lo


mismo que la de alabarle, poniendo á esta
últim a bajo la hum illante protección de
una política oscura y e g o ís ta , que no
conoce más Dios que el oro, ni otra dig­
nidad que la soberbia!
Lo segundo, fueron los m ártires visi­
blem ente inspirados de Dios en sus pala­
bras y confortados por la divina gracia:
léase, en prueba de esla verdad, la rela­
ción histórica del m artirio de un S. Lo­
renzo, de una Santn Felícilas, de los ni­
ños Justo y Pastor, ó de tantos otros así
de los prim itivos como de los posteriores
y novísimos tiempos de la Iglesia, y aun
de nuestros dias, en que nos ha tocado la
dicha de asislir en espíritu á la m uerte y
canonización de m ártires de nuestra mis­
ma España; léanse, d ig o , las actas de
tantos ilustres héroes como dieron en sus
personas testimonio cruento de su fe, pas­
mando de asombro y confusion á sus
— 160 —

mismos tiranos con la estupenda firmeza


de su ánim o, que nada podia quebran­
tar; y dígase si no se trasluce al través
de tanta fuerza de espíritu ju n ta con tan ­
ta debilidad en lo m aterial y físico, de
tanta dulzura y apacibilidad en las pala­
bras y semblante en medio de tan cru e­
les suplicios, la influencia celestial que
asiste al verdadero m ártir y pone en sus
labios testimonios admirables de su en­
cendida f e , y en su pecho aquel arrojo
invencible que le hace m irar la m uerte
con serena m irada y sufrir los torm en­
tos con imponderable paciencia mezclada
de suaves é inefables consolaciones.
Ahora, la poderosa diestra del Altísimo
conforta invisiblemente al fiel que le ado­
ra y confiesa, no al idólatra que le des­
conoce, ni al ímpio que le niega ó m e­
nosprecia, ni al sectario que le resiste.
Por lo cual, aunque realm ente cuenten
muchos confesores las falsas religiones,
— 161 —

pero ni uno solo enlrc todos ellos fué ver­


dadero m ártir: que no m erecen tal honra
les que m ueren con las arm as en la ma­
no arrcbalados de furor guerrero por
causas agenas de la gloria de Jesucristo;
ó perecen á manos de la plebe am otina­
da, conmovida y seducida por ellos, en
los cadalsos levantados por la justicia pa­
ra los que con novedades religiosas ó po­
líticas alteran la paz pública, los cuales
empiezan negando á Dios el hom enaje de
su corazon y de sus o b ra s, y acaban en
rebelión abierta contra 1a autoridad que
los (olera. Cierto que si á estos tales les
prom etieran la libertad y la v id a, cu an ­
do se ven próximos á com parecer delan­
te del Supremo Juez, con la sola condi­
cion de que abjurasen de sus errores y
se arrepintiesen de sus m aldades, no va­
cilarían un punto en doblar su dura y
orgullosa cerviz y presentarla al suave
yugo de la verdad. No suelen oir por
EN SAY O. 11
— 162 —

cierto de sus jueces palabras de tanta


suavidad y esperanza; pues estaba reser­
vado á los cristianos esta terrible prueba,
dándoseles á elegir entre la gloria del
m artirio y el deshonor de la apostasía.
«Los cristianos, dccia O rígenes, son los
únicos acusados á quienes darían la li­
bertad los m agistrados, si quisieran ab­
ju ra r de su fe, ofrecer sacrificios y ju ra r
en la forma acostum brada (I).» ¡Singu­
lar delito el de los cristianos, que en ne­
gando su autor haberlo com etido, luego
quedaba libre! Y ¡singular inocencia la
de los supuestos m ártires de la falsa li­
bertad de conciencia, que cuanto más
niegan sus verdaderos delitos, de que
han sido convictos, más difícilmente se
libran de la pena! Aquellos, p u e s, cre­
cían en dignidad en medio de los supli­
cios; porque los sufrían por am or de la

(!) Contra Cels. Hb. II, n .“ 13.


— 163 —

verdad, por am or de Dios: m as estos,


aunque sufran m ucho, y con grande en­
tereza y determ inación, jam as alcanza­
rán la corona de los héroes ni la palm a
de los m ártires, porque no padecen per­
secución por la juslicia, sola causa dig­
na de la grandeza de los que fueron cria­
dos para volar h asta su radiante solio:
Nati aform ar l'an g clicj farfulla
Che vola á la giuslicia senza scherm i.
(D ante, divina Com.)

CAPÍTULO VIII.

La libertad de la conciencia afianzada de un mo­


do incontrastable entre los católicos.

En dos bases descansa la libertad de


la conciencia cristiana, que son: I. La
independencia y libertad de la Iglesia.
II. La potestad temporal de su cabeza v i­
sible, el romano Pontífice, Vicario de Je ­
— 104 —

sucristo en la tierra. La prim era desean*


sa á su vez en la distinción del orden
espiritual y del temporal, y de los fines
á que m iran y conducen respectivam en­
te; pues aunque la autoridad que rige
una y otra sociedad, como lodo derecho,
es de origen d iv in o , pero la autoridad
civil ordena los pueblos al bien ó felici­
dad temporal, y la Iglesia ordena las al­
m as directam ente ú la vida inmortal y
eterna que han sido llamadas á gozar en
su patria verdadera. De donde resulta,
que no pudiendo este último fin subordi­
narse al destino de la presente vida,
porque es infinitam ente más sublime y
duradero que ella, tampoco puede suje­
tarse el orden espiritual al tem poral, ni
al Estado la Iglesia. El divino Maestro
nos enseñó esta admirable distinción que
fué servido de establecer con las memo­
rables palabras: D ad al César lo que es
del C ésar, y á Dios lo que es de D ios; y
— 165 —

encargando á los que tomó para apósto­


les suyos y m aestros de su celestial doc­
trina la misión de ilustrar ú las gentes
con su sagrada rev elació n , y extender
su reino espiritual y divino por toda la
haz de la tierra, determ inados generosa­
m ente á derram ar su sangre en testim o­
nio de la verdad á ejemplo de su adora­
ble modelo.
La Iglesia goza, pues, de un m agiste­
rio infalible y por consiguiente superior
á la luz natural de toda criatura inteli­
gente, cualquiera que ella se a , príncipe
ó vasallo, rústico ó filósofo, grande ó pe­
queño; goza ademas de la autoridad del
mismo Dios, fuente de todo derecho y
superioridad; encierra medios de santifi­
cación que elevan al hom bre hasta una
perfección que no reconoce lim ites; y por
último, se halla asistida del Espíritu San­
to, gozándose perpétuam ente en la pro­
m esa de su adorable F u n d a d o r, que no
— 166 —

prevalecerán contra ella las puertas del


infierno. ¿Qué potestad de este mundo
será razón que presum a, no diré de tener
á la Iglesia por inferior, pero ni aún de
igualarse con ella? Las potestades de es­
te m undo son locales y tra n sito ria s; la
Iglesia es inmortal y católica. Mueve á
las prim eras la razón de Estado, no siem ­
pre libre de engaños é in ju stic ia s, y su
prudencia suele ser carnal y m undana;
mas á la Iglesia inspírala únicam ente el
espíritu de Dios, que es espíritu de v e r­
dad y santidad, cuyos dones y gracias
dan vida al alm a juntándola con Dios
por modo cada vez más sublima. Son los
Estados y sus gobiernos en extrem o va­
rios con gran diversidad de formas y
contrariedad de opiniones é intereses,
sujetos por lo tanto á perpetuas m udan­
zas y alteraciones y vicisitudes; la Igle­
sia, por el contrario, es una é inm utable,
como la verdad y la justicia con que
— 167 —

santifica á los hombres y eleva y engran­


dece á las naciones: Jus tilia elcvat gen-
lein ( i ) . Guiados por su divino m agiste­
rio , los pueblos todos forman como un
solo pueblo, y son como naves de una
sola arm ada que surca movida de soplo
divino el m ar tempestuoso de los tiem ­
pos hacia el suspirado puerto de la eter­
nidad.
Movido del am or infinito que tiene ú
las alm as que ha criado á su im agen, y
del deseo de librarlas del error y di: la in ­
justicia, instituyó el Señor su Iglesia, y
la hizo libre é independiente, para que
asi constase á los fieles, que cuando oyen
á los m aestros de la doctrina y padres de
la vida espiritual, puestos por Dios para
regirla y apacentarla, las verdades que
debemos creer y las obras que estamos
obligados á hacer, y el modo de ser las

(I) Prov. U , 34.


— 1(58 —
almas santas y perfectas, con todo lo de-
m as que encierra la religión católica eu
f'irrWi á nuestra felicidid presente y fu­
tura, no o\on ni obedecen l i voz de mu-
gun hombre, sino la del nism o Autor y
ronsum ador de la fe, Cristo Jesús. ;Oh
r.n/in hermosa libertad es e sta , que así
nos rertiliea de que oímos la verdad de
linca de los que son ilustrados por la
verdad misma en persona! Razón tenia,
p u e s, San Anselmo para decir que no
hay joya en el mundo que Dios tenga
rn Inula estima y am or como la liber­
tad de su Iglesia; la cual por su parle
m uéstrase no ménos celosa de su liber­
tad que de la salud de las alm as, ligada
Intimam ente con ella, según lo ha de-
m oslrado en lodos tiempos á c*>sla de la
sangre de muchos m ártires esclarecidos,
lio cnnsinliendo jam as ceder un punto
en rfK is ¡orantes á elia. A la? otras
potestades no fué dado el derecho de
— I«i» —
ordenar las conciencias; y de aquí que
las leyes y preceptos que punen en co­
sas de religión los principes protestan­
tes, cism áticas , 6 malos católicas, f>on
contra la libertad de la conciencia, que.
hum illan y envilecen postrándola unte
una razón que no go/.a del atribulo
esencial tic la soberanía cu el órden es
piritmil, es á sabt-.r: la iiiCalibditlati. Me.
¡tqui por qué los «pie. lutscan lucia de la
Iglesia la lilicrlatl tic mi eoneiclieia, ta n
A dar cu la esclavitud del e m ir con
los cautiva ó mi propia razón , débil
como la caña , y como ella arrebatada
de cualquier vienlo de doctrina , ó de la
fuerza de las paciones, ó la luí..) la
7.0 rj de cs-ludo personificada en hombres
corruplibles y corrom pidos, ó en Parla
metilos venales y vendidos ul ciru r. A
estos poderes obedecen m u c h a s inteli­
gencias que se dietu u m u i i l c s d< la li
berlad de ooncicucia ; de ellos reciben
— 170 —

lecciones en cosas divinas, como de


pontífices máximos en quienes reconocen
el derecho de obligar las conciencias,
descendiendo á tan hondo abismo de
vileza que ni siquiera advierten su mi­
serable esclavitud. Si; las alm as que no
gozan la dicha de apacentarse con el pan
celestial de la doctrina y de los sacra­
mentos de la Iglesia, andan dispersas
fuera del sagrado redil, reputándose li­
bres porque ya 110 siguen las huellas del
divino Pastor, que verdaderam ente libra
á las que oyen su voz amorosa y van por
sus mismos pasos á su verdadera patria.
Triste cosa por cierto renunciar á la li­
bertad de la verdad por irse en cosas
de religión tras de principes paganos, á
ejemplo de Ies pérfidos judíos, que no
querían por rey sino al C ésar, á quien
el paganismo rendia los honores divinos
prefiriéndolo al Rey de los ciclos Jesu­
cristo, que nos enseñó á crece únicam en­
— 171 —

te en Dios y á servirle á 61 solo. Y no es


m6nos triste dejar las sendas de la hu­
mildad cristiana, que se goza en asentir
libremente á la verdad revelada, para
seguir el dictam en de la propia razón,
sierva á menudo ó de apetitos desordena­
dos, ó de la razón de m iserables sofistas,
casi siempre apóstatas, que presumen
de doctores y m aestros en cosas supe­
riores á su limitada com prensión!
De todas estas servidum bres libra á la
conciencia la voz divina de la Iglesia,
custodio fiel de ]a doctrina revelada,
juez incorruptible de las costum bres,
m aestra de virtud y perfección, puerta
de salud y de vida, por la cual entran
las alm as santificadas por el espíritu de
Dios, de quien procede la verdadera li­
bertad: Ubi spiritus D et, ibi iiberias .
El otro fundamento que puso Dios de
la libertad de la conciencia cristian a, es
la potestad temporal de su Vicario en la
— 172 —

tie rra , el romano Pontífice. Es m uy de


adm irar y bendecir la singular providen­
cia que Dios lia tenido de la libertad de
su Ig le sia , dotándola de auxilios e x te r­
nos y visibles que aseguran su indepen­
dencia absoluta de las potestades secu­
lares, y certifican auténticam ente á los
fieles de la libertad que goza el Supremo
pastor para dictar sus venerandas deci­
siones y sus oráculos infalibles. Con este
sublim e designio fué providencialmente
instituida la soberanía territorial del pon­
tificado rom ano, en quien debia resplan­
decer m uy singularm ente la plena liber­
tad é independencia que le fué dada por
Jesucristo para el cumplim iento de su
a u g u sta misión espiritual sobre la tier­
ra. Demas que no seria compatible con
el augusto y sagrado carácter de la au­
toridad suprem a que rige al mundo cris­
tiano, ser súbdito el Pontífice, cuyas sie­
nes ciñe la t ia r a , de los príncipes de la
— 173 —

t ie r r a , que son ó deben ser sus hijos en


lo espiritual, y están obligados en con­
ciencia á seguir sus enseñanzas como
norma de su vida y principio de la bon­
dad y excelencia de sus leyes; ni al m un­
do cristiano podia sufrirle el corazon ver
sujeto á las potestades de la tierra al re­
presentante de Aquel á cuyo nombre do­
bla la rodilla toda criatura en la tierra,
en el ciclo y hasta en el infierno. Hé aquí,
p u e s , en el esplendor de la corona tem­
poral y del supremo Pontifico un nuevo
testimonio de la dignidad de la concien­
cia cristiana visiblem ente herm anada con
la libertad del vicario de Jesucristo.
No se oponga que esta sagrada liber­
tad debe fundarse únicam ente en la con­
ciencia del suprem o p a sto r, ilustrada
y fortalecida por el mismo D io s, y dis­
puesta, por tanto, á resistir el influjo de
la seducción ó el poder m aterial de este
m undo; porque no ha sido ordenada la
— 174 —

potestad tem poral del Pontífice sólo para


defensa y protección de la libertad de su
conciencia, como cabeza de la Iglesia,
sino principalm ente para que también
sea libre en el ejercicio de su augusto
m in isterio , y para certificar á los fieles
de esta preciosa libertad.
Para esclarecer está interesantísim o
punto, conviene distinguir aquí la liber­
tad de conciencia propiam ente dicha
que goza el Pontífice rom ano, como la
gozan los otros prelados y los simples
fieles, aunque en modo menos eminen­
te, de la libertad inherente á su sagrado
m inisterio. La prim era no ha m enester
ciertam ente de la soberanía temporal de
la Santa Sede, porque la asiste y defien­
de el mismo Dios, no habiendo poder en
el mundo que alcance á v iolentarla, co­
mo no ha habido ni habrá jam as un sólo
Pontífice que no la defienda valerosa­
m ente hasta derram ar su sangre por ella
— 175 —

(usque ad effusionem sanguinis). La his­


toria acredita la estupenda grandeza mo­
ral de los Pontífices delante de sus fieros
perseguidores, desde el bienaventurado
Príncipe de los Apóstoles hasta el m ag­
nánimo defensor de la libertad de la con­
ciencia cristiana que hoy rige la barca
de Pedro combatida por furiosa tem pes­
tad. No poseía este en verdad poder a l­
guno de la tie rra , cuando intimados los
Apóstoles por aquel famoso concilio de
ancianos, escribas y príncipes de los ju ­
díos, que nunca más hablasen ni ense­
ñasen en nom bre de Jesús, respondió di­
ciendo, que viesen si era justo obedecer­
los á ellos ánlcs que ú Dios: S i justum
est in conspecíu D ei, vos potius audire
qitam Deo. No podemos dejar de hablar,
añ ad ió , las cosas que habernos vislo y
oído: Non enim possumus quoe vidim us el
au divim us non loqui. Otra vez fué tra í­
do con los otros Apóstoles y presentado
— 170 —

en el concilio, y habiéndole puesto pre­


cepto el príncipe de los sacerdotes, que
no enseñase en nombre de Jesucristo,
respondió San Pedro con estas magníG-
cas palabras, admirable y perpetua fór­
m ula de la dignidad de la conciencia cris­
tiana: Es m enester obedecer á Dios an ­
tes que á los hom bres: Obedire oportet
Deo polius quarn hominibus. Esta herm o­
sa sentencia ha sido y será siem pre la
valla insuperable puesta por Dios para
defensa de la libertad religiosa de los fie­
les contra toda seducción y violencia; así
como el sublime n o n p ossim s repelido
por los sucesores de Pedro, fué y será
siem pre la única resistencia donde en
todos los tiempos se han deshecho las
olas de la ambición hum ana, inclinada á
dom inar sin rival hasla en el orden de
las cosas divinas y en lo interior de las
conciencias.
De aquí han sacado siempre las alm as
— 177 —

cristianas un argum ento divino para no


ceder de su libertad religiosa ante nin­
gún linaje de halagos ni temores ; siendo
de notar que en toda condicion y en to­
do grado de la gerarquía de la Iglesia, se
ha ofrecido al mundo este subli/r.e espec­
táculo de la libertad verdadera de concien­
cia luchando contra los poderosos del si­
glo. Ya vimos, hablando de los m ártires,
la firmeza y dignidad de la conciencia
cristiana que no se deja vencer de la
fu erz a , harto impotente para separarla
de la verdad y ley divinas, á que está
unida librem ente con un vinculo de amor
más fuerte que la m uerte. Justo es aña­
dir, que de esta santa libertad han dado
siempre m uy señalado testimonio los
principes de la Iglesia católica. «El obis­
po, dccia San Cipriano, teniendo en sus
manos el Evangelio puede ser m uerto,
pero no vencido» (1). Testigos son de es-
(1) Epist. ad. Cora.
lx s a y o . 12
— 178 —

ta verdad los venerables prelados que re­


cientem ente han confesado con intrépido
valor la fe de Jesucristo, y sacado incó­
lume la libertad de la propia conciencia
combatida en nuestros dias de la más
inicua persecución que registran los ana­
les de la Iglesia. Perm ítasem e citar á es­
te propósito un hecho gloriosísimo para
nuestra sania religión, que nunca despi­
de m;ís vivo resplandor que cuando se
ve m;ís furiosam ente combatida de sus
enemigos. Consumada por Victor Ma­
n u e l, rey de Cerdeña, y su digno go­
bierno, la sacrilega usurpación de parle
de los dominios del Padre Santo, y de
otras provincias arrebatadas á sus legíti­
mos soberanos, y pretendiendo el usur­
pador hacer cómplice al Catolicismo de
su nefando sacrilegio, mandó que (odas
las Iglesias de las provincias usurpadas
cantasen el Te-Dcum en hacimiento de
gracias al Señor, porque habia entrado
— 179 —

en ellas á regirlas el tirano de Italia. Ne­


gáronse justa y valerosam ente los pasto­
res de aquellas Iglesias á obedecerle,
pues juzgaban por inicua y sacrilega la
expoliación com etida, y por más odioso
y sacrilego todavía dar gracias á Dios de
que hubiese triunfado la iniquidad, que
equivalía á sancionarla á nombre del
mismo Dios, que aborrece tuda injusti­
cia, y cubiir la fealdad del crimen coa
las sagradas pompas del culto católico.
Ni podían aquellos venerables prelados
obedecer al príncipe usurpador sin ir
contra su propia fe y doctrina, en cuyos
ojos era ilícita la obra que les m andaban
hacer, y sin inmolar sus deberes para con
Dios, tales como se los dictaba la concien­
cia, ante el ídolo del poder civil, hacien­
do para agradarle lo que juzgaban cri­
minal y sacrilego en los ojos de Dios. Ja­
mas, ni aun en los días de persecución con­
tra la Iglesia, ni en los lugares más co­
— 180 —

piosamente regados con sa n g re c ristia­


na, se vió ni oyó tam aña iniquidad y
violencia, con la cual pretendía el go­
bierno piam ontes, no ya proscribir el cul­
to católico, que es el último térm ino á
que miran los enemigos de Jesucristo,
sino infamarlo traidoram enlc haciéndo­
lo cómplice de su im piedad. Pero di­
chosam ente el honor y la gloria de la
Iglesia fueron á la par con los padeci­
m ientos y violencias causados á sus ve­
nerables pastores: angustiados con igno­
miniosos procesos, apretados con cárce­
les y m ultas, los valerosos prelados con­
servaron ilesa la dignidad de sus convic­
ciones y de sus obras, dando testimonio
á la fe de la Iglesia y al Espíritu que la
asiste, y m ostrando claram ente que la
libertad de la conciencia cristiana es una
luz que no puede apagarse en cárceles
ni presidios, un santuario que no puede
ab rir la revolución coronada, una fuerza
— 1S1 —

que no puede vencer el m undo entero


conjurado en su contra.
Pues ahora, si la violencia espira ante
la simple conciencia del fiel, unido con
sus pastores, y ante la conciencia de es­
tos, unidos también con el Pastor supre­
mo, ccntro de la unidad, ¿qué m ucho
que se estrelle en la piedra fundam ental
del sentim iento católico, en la cual edifi­
có su Iglesia la omnipotencia de Dios?
Muchos testimonios podrían traerse á
este propósito de la inviolabilidad y fir­
meza ejem plar de la conciencia del sumo
Pontífice en momentos solem nes, en que
hubiera sucumbido la flaqueza hum ana á
la fuerza prepotente de los mismos hom ­
bres ; poro no re fe riré , en gracia de la
brevedad, sino un solo hecho, gloriosí­
simo para la Iglesia, como todos los de su
especie, acaecido en nuestro siglo y por
consiguiente generalm ente conocido. En
el ccnil de su soberbia pujanza, Bonapar-
— 182 —

te intim ó al mansísimo Pió VII, que de­


clarase la g u erra á los ingleses, sus ene­
m igos; mas este generoso Pontífice, con­
siderando que se conservaban todavía en
la antigua isla de los Santos preciosas re ­
liquias de C ristianism o, y que por este
concepto de cristianos, aunque lomado
aquí en sentido ménos propio, eran sus
hijos, contestó al poderoso conquistador,
diciendo: non possim is. Napolcon inva­
de los Estados del Papa, redúcelo á so­
ledad angusLiosa, le ccrca de espias y
bayonetas, estrechándole por aquí á ha­
cer lo que su conciencia re p u g n a ; pero
el m agnánimo sucesor de Pedro no sólo
repite el invicto Non possum us, sino
adem as recuerda á su terrible agresor
el derecho de las gentes y la santidad
de sus deberes y juram entos; le repren­
de con dignidad y v a lo r, diciéndole que
abusaba de su fuerza y de su poder con­
tra los derechos sagrados de la Iglesia,
— 183 —

y por último fulmina contra Napoleon el


terrible anatem a que conmovió al m un­
do. ¡Ejemplo sublime de la libertad de
la conciencia c ristia n a , m anifestada ba­
jo su más augusta y solemne forma en
el Vicario de Jesucristo en la tierra! Di­
rá alguno quizá leyendo estas razones:
<Si la libertad de la conciencia propia
de los fieles y príncipes de la Iglesia,
y singularm ente el romano Pontífice,
tiene su fundam ento en la asistencia
de Dios, de quien les viene su auxilio y
fortaleza, ¿cómo decís que la libertad de
la conciencia cristiana exige la sobcra-
nia temporal del Papa, cuya sagrada li­
bertad no ha m enester defensa alguna
hum ana, teniendo como tiene la divina?!
Fácil es responder distinguiendo, como
y* lo hice, esta sagrada libertad de la
persona del Papa, que en último térm i­
no es la libertad del m artirio, cuando no
se puede conservar sino en los suplicios,
— 184 —

de la libertad externa que ha m enester la


Iglesia, singularm ente su cabeza visible,
como oráculo infalible de verdad y san­
tidad, á quien Dios ha dado el m agiste­
rio supremo de la doctrina que ilumina
las alm as y la misión de santificarlas y
unirlas con su divino modelo Jesucristo.
C iertam ente la libertad de la conciencia
crisli.-ina no cae en razón de su esencia
intima bajo el dominio de la fuerza, por­
que toma la suya de la lum bre de la fe
y de la caridad, que brilla en el alma
como c.n un santuario escondido adonde
no penetra ni aun la mirada de los hom­
bros; mas la libertad del Pontífice en el
ejercicio de sus funciones augustas poe-'
de padecer violencia, como realm ente la
padeció en los prim eros siglos de la
Iglesia. Cosa evidente es, que un Pontí­
fice encarcelado ó cautivo carece de li­
bertad para com unicar con la Iglesia or­
denando la conciencia de sus hijos y el
— 185 —

régim en de las cosas santas. Solo, des­


pojado, encerrado dentro de una prisión,
tal vez dorada, rodeado de enemigos y
privado hasta de sus más íntimos amigos
y fam iliares, como de hecho se ha visto
en nuestra época el Vicario de Jesucris­
to, ni In luz de su augusta palabra podría
brillar fuera de las cuatro paredes de su
encierro, entre los mismos que la abor­
recen, ni llegar hasta sus piés la
expresión de las necesidades espiri­
tuales de los fieles. Oprimida de este ú
otro modo la libertad de la Iglesia, ó del
Papa (que son una misma cosa), oiríanse
los gemidos exhalados por la conciencia
cristiana violada y oprimida en su mis­
mo fundamento divino; pues una y otra
libertad, la del Pontífice con relación á
los fieles, y la de los fieles unidos con su
cabeza, de quien reciben movimiento y
vida, como los miembros del cuerpo hu­
m ano de su cabeza, están unidas con
— 180 —

unión tan íntim a, que en padeciendo vio­


lencia la prim era, súfrela asimismo n e ­
cesariam ente la segunda. No consiste la
libertad de la conciencia en la indepen­
d a , sino en la sumisión del entendim ien­
to y del corazon á la verdad y ley divi­
nas declaradas como regla de fe y de vi­
da moral por la Iglesia, dcsJe la cátedra
de San Pedro; y así, desde el punto que
el sucesor de este prim er Pontífice care­
ce de libertad para adoctrinar las almas
con las enseñanzas d iv in a s, que son la
regla de su libertad y de su conciencia,
sienten estas el desfallecimiento consi­
guiente á una herida mortal de necesi­
dad, pues son privadas de su objeto pro­
pio, del aire libre que se respira en el
seno de la Iglesia libre, de la luz que ha
m enester para no m orir. Sí; la libertad
de aprender supone la libertad de ense­
ñ a r: la libertad que resplandece en Id
obediencia cristia n a , supone la libertad
— 187 —
en el príncipe á quien se rinde Por esta
razón hace ciertam ente violencia á la
sania libertad de oir la palabra de Dios y
g u a rd a rla , que es el derecho más sag ra­
do enlre todos los derechos de los hom­
bres, lodo poder que sella los labios del
Suprem o doctor y m aestro de las alm as,
principe venerando de todo el orbe cris­
tiano. Ué aquí por qué decimos con ra ­
zón los católicos, que la libertad del Pon­
tífice en el ejercicio de su au g u sto car­
go es la piedra en que descansa la liber­
tad de la conciencia católica, única con­
ciencia verdaderam ente lib re, y única
tam bién que el m u n d o , engañado por
sus falsos profetas y reformadores, juzga
y menosprecia por esclava.
A esta santa libertad de los fíeles re­
gidos en sociedad espiritual por Jesu­
cristo y el Papa su vicario, ha mirado
con inefable am or y atendido con su
incomprensible sabiduría la providencia
— «88 —

de Dios, instituyendo, sin m ediar m ano


alguna de hom bre, la soberanía temporal
de la Santa Sede, como un auxilio ex­
terno y m uy eficaz de su libertad espiri­
tual, y como un signo y prenda visible de
ella, origen de paz y verdadera libertad
en el mundo cristiano. La libertad espi­
ritual del Papa no se concibe sin su in­
dependencia de las potestades de este
m undo, ni hay otro modo de ser inde­
pendiente de ellas en las obras exterio­
res, sino el ser soberano. Dios ha que­
rido, pues, que el Papa sea príncipe y
no súbdito, y que su libertad ú inde­
pendencia brillen en el m undo con los
esplendores de su régia soberanía. Aho­
ra bien; este honor, esta libertad é in­
dependencia de la Iglesia, refléjanse en la
conciencia de lodos sus hijos, y la re ­
visten de una aureola luminosa de g ran ­
deza y dignidad: «Sin duda n in g u n a ,»
dijo Donoso Cortés resum iendo esta
— 189 —

doctrina con la elocuentísim a concision


del génio, «el poder espiritual es lo
principal en el Papa, el temporal es ac­
cesorio; pero ese accesorio es necesario;
el m undo católico tiene derecho de exi-
jir que el oráculo infalible de sus deci­
siones sea libre ú independiente: el
mundo católico no puede tener una cien­
cia cierta, como se necesita, de que es
independiente y libre, sino cuando es so­
berano, porque solo el soberano no de­
pende de nadie. Por consiguiente, seño­
res, la cuestión de soberanía, que es una
cuestión política en todas partes, es en
Roma ademas una cuestión religiosa__
Roma, señores, los Estados Pontificios
no pertenecen al Estado de R om a, no
pertenecen al Papa; los Estados Pontifi­
cios pertenecen al m undo católico; el
m undo católico se los ha dado al Papa
para que fuera libre é independiente, y
el Papa mismo no puede despojarse de
— 190 —

esa soberanía, de esa independencia. >


¡Co«a singular! Los mismos filósofos y
publicistas incrédulos y protestantes, y
no pocos católicos imbuidos en sus má-
xiinas, que a tru e n an al universo g ri­
tando libertad, y pidiéndola para lodos
los falsos cultos y para todo linage de
insultos y blasfemias vomitados contra
el católico, único verdadero, son los que
conspiran de mil m aneras contra la li­
bertad del Pontífice, pretendiendo despo­
jarle de su soberanía para volverle á las
catacum bas y encerrar en ellas la sag ra­
da libertad de la conciencia religiosa del
orbe católico. ¿Qué seria del mundo si
llegasen A lograrlo? ¿Quién proclamaría
en voz alta é inteligible los sublimes
principios de la justicia y del derecho,
en que consiste la libertad de los hom­
bres, si el Papa perdiese con el dominio
sagrado la libertad espiritual de su m i­
nisterio? ¿Quién tendría valor para re­
— 19t —

hú sar ¿ la usurpación la inviolabilidad


de los hechos consumados, y para decir
con enérgica franqueza á los poderosos
de la tierra que la fuerza no crea dere­
chos, y que el buen éxito de las em pre­
sas no basta para justificarlas en el tri­
bunal de la religión ni en el de la razón?
El Papa, ha dicho un orador francés con
alta verdad y elocuencia, es el principal
representante de la fuerza moral en el
m undo. AJiora bien; ¿qué se haría de
esta fuerza moral en el tristísim o caso
de hallarse el Pontífice sujeto á la fuer­
za m aterial de la revolución triunfante,
ó de cualquiera otra especie de iniqui­
dad coronada? Ah! también caeria sobre
nosotros el peso de las cadenas que opri­
m ieran á nuestro común Padre.
Por fortuna el corazon verdaderam en­
te católico es harto noble para acobar­
darse ante los sucesos contrarios que
estamos viendo, pues está su confian­
— 192 —

za en Aquel que tiene en su3 manos el-


corazon del hom bre como el barro las
del alfarero, para hacer de él lo que
quiere. Las terribles pruebas que Dios
perm ite en sus adorables designios, son
ocasiones de nuevos triunfos para la
religión; que triunfo es y muy glorioso
defender la justicia delante del poderoso,
perseverar en la verdad que el mundo
retiene en la injusticia, y cuando parece
que va de vencida la causa de los que
sólo estriban en Dios y en su derecho,
salir por ellos, dándoles la mano si están
c a id o s, protestar contra la iniquidad
triunfante, y por último, inculcar en los
ánimos los sublimes conceptos del órden
moral violado accidentalm ente tal vez
á nombre de libertad y de progreso por
los que menosprecian todo derecho divi­
no y hum ano y con ellos toda razón de
verdadera grandeza, progreso y libertad.
|Adm irable poder y dignidad de la pala­
— 193 —

b ra divina, la cual difícilmente se logra


encadenar por la violencia, antes suele
dar testimonio más ilustre á la fe cató­
lica en medio de los mayores insultos y
menosprecios y entre los hierros de la
persecución y cau tiv erio , como acaeció
al Apóstol, que viéndose encarcelado y
tratado como un m alhechor, quasi male
operans, con todo esto no pudieron sus
enem igos encadenar su palabra, Vcrbum
Dei non est a llig a lu m ; la cual es como
espada de dos lilos, que hiere á los m is-
mus que la persiguen, y tiene virtud
para derribar los cedros del L íbano, los
fuertes y los sábios según el mundo,
cuya ciencia es hinchazón de p ilab ras,
y su poder como el de aquel de quien
dice la E scritura: T ransivi el ecce non
erat.
Alegrémonos, pues, lodos los católicos
que estamos asistiendo al reciente triun­
fo de la institución providencial que
EN SAYO. 13
— 194 —
asegura la independencia del Pontífice
y la libertad de las conciencias sincera­
m ente cristianas. ¡Cosa extraña! Mién-
tras los sectarios y demas disidentes nos
hablan de libertad de conciencia, ellos
que en m ateria de fe siguen el rumbo
que les traza el Papa de Inglaterra, nos­
otros desafiamos desde el fondo de nues­
tras almas á todos los poderes del mundo
y de las tinieblas que intentan im poner­
nos un símbolo contrario al símbolo
católico. Nosotros no rendimos la cerviz
bajo otro yugo que el de Dios y de los
que Dios puso para reg irn o s, ni some­
temos nuestra conciencia religiosa á
ninguna ley que no sea divina. Sabemos
que hay una regla infalible que contiene
las verdades que debemos c re e r, las
obras que debemos hacer y el fin glo­
rioso á que estam os llam ados; que hay
en la tierra una autoridad, el Vicario
de Cristo nuestro Señor, que propone al
— 195 —
universo esa regla inm utable que alum ­
bra los espíritus y los conduce por en
medio de las tem pestades de la vida al
puerto de una eternidad dichosa; y por
últim o, que esta autoridad superior é
infalible se halla asegurada por medio
de su soberanía temporal en el ejercicio
pleno, libre é independiente de su a u ­
gusto ministerio: hé aquí los fundam en­
tos en que descansa la noble, pura y
santa libertad de las conciencias, es de­
cir, la inm unidad de los errores que os­
curecen y oprimen el entendim iento y el
corazon de tantos desgraciados como se
apellidan libres, porque están divorcia­
dos del principio de verdad y santidad
que brilla en la inspirada palabra del
Pontífice-Rey que reside en la ciudad
eterna.
— 190 —

CAPÍTULO IX.

La dignidad espiritual de los hombres restaura­


da por N. S. Jesucristo.

Concertado el hombre con Dios en el


seno del Catolicismo, única religión que
le pone precepto de am arle, queda tam ­
bién concertado consigo mismo por la
virtud de tan excelso am or. Esle bello y
adm irable concierto dispuso Dios en el
principio, que el a lm a , (iel á su Dios y
em pleada en su dichoso servicio, fuese
verdadera reina y señora no sólo de las
criaturas inferiores, sino tam bién de los
sentidos y apetitos de la carne, los cu a­
les habían de servir á su voluntad,
guiada de la lum bre de su razón y so­
m etida á su vez al querer y sabiduría
del mismo Dios: tal era el hom bre p e r­
— 197 —

fecto, el hom bre por excelencia, cuya


vida estaba en nuestros prim eros padres,
según salieron de las manos del Hacedor,
ilustrada por el entendim iento, encendi­
da en purísim os afectos del corazon, em ­
bellecida y deificada por la g rac ia.
Acaeció en esto que el ángel herido y
confundido en el abismo á causa de su
soberbia, inspiró en el corazon hum ano
su propio espíritu de rebelión, y consi­
guió alzarle tam bién contra Dios; y en
este mismo punto, desposeído el hom bre
de la dignidad sobrenatural con que le
habia vestido el Señor, y hum illado á la
vista de su desnudez, sintió dentro de si
mismo el estrago producido por la culpa:
la carne con sus apetitos y pasiones pú­
sose en rebeldia y empezó á codiciar
contra el espíritu tirando á cautivarlo y
ponerlo bajo su innoble yugo. A qué es­
tado tan m iserable vino á p arar el hom ­
bre por no haber querido obedecer á
— 198 —

Dios, se echa de ver fácilmente conside­


rando que para resistir y vencer las
tentaciones y movimientos de su carne,
quedóle una voluntad débil é inclinada
á las cosas sensibles; que fué dar alas y
ocasion al apetito sensitivo para seducir
á esclavitud las fuerzas con que el espíri­
tu lo tenia cu un principio de la mano,
sin consentirle cosa alguna contraria á su
régia dignidad. No es m aravilla que he­
rido de este modo el corazon h u m an o , se
m anchase con todo linaje de impurezas,
ni que se borrase del alma la herm osa
imágen que puso Dios en ella de su ado­
rable sér. En resolución, esta fué la pena
y justicia que mandó hacer la m ajestad
de D ios, que pues el hombre no quiso
obedecerle, tampoco le obedeciese á él,
com oántes, la naturaleza inferior, ni se
obedeciese él á sí mismo con frecuencia,
quedando desnudo del honor en que fué
criado por Dios y hecho sem ejante á las
— 199 —

bestias ( i ) . Y fué tanta la m iserable ba­


jeza de los hombres, dados á las cosas y
deleites sensibles con olvido y m enospre­
cio de las espirituales y divinas, para que
fué c riad o , que no sólo cayeron en la
servidum bre de la carne, en que vinie­
ron á convertirse, por lo cual les retiró
Dios su espíritu (2), sino que hicieron por
justificar la sujeción de su alm a inm or­
tal á las fuerzas sensitivas y ú las pasio­
nes desarregladas de su carne. ¡Triste
cosa por cierto y más que ninguna otra
vergonzosa, em plear el hombre su excel­
sa ra z ó n , hermoso rayo de luz divina,
en hacer bellos y delicados discursos con
que más agrad ar á la pasión que la do­
mina y tiende á apagar su lum bre, rin ­
diendo su corazon y la libertad de su al-

(1 ) Homo cum in IiODore <*ssot. non in le lcx il,


c o m p a r.itu s e sl jiiiiifiitis lusipientiLm s, e l sim ilis
facías e sl i11is. I’s. 18, 21.
(2 ) Non p o n n a n eb it sp irilu s m eu s iu hom inu
in a ílu rn u m , quia c u ro e sl. G en. G¡j.
— 200 —

bedrío á tan infame Idolo! De aquí se


originó la idolatría de las pasiones per­
sonificadas por. la mitología en dioses
horrendos, en cuyo honor celebraban
fiestas y ofrecían sacrificios. Con esto
pretendía el mundo pagano cohonestar y
aun engrandecer y divinizar su infame
torpeza en las personas fingidas de sus
falsos dioses y hasta en el modo mismo
de adorarlos.
Era tan honda la sima de abyección
en que había descendido el hom bre, y
tan fuertes las cadenas que le tenían
aprisionado en e lla , que sin un milagro
de la diestra del Altísimo hubiera per­
manecido ha^ta el fin de los tiempos en
tinieblas y sombras de m uerte, escla­
vo de las pasiones más viles, passiones
ignom inia (1), y de los espíritus inm un-

( ! ) T radidit ¡líos Deus in passiones ignomÍDioe.


A d Rom . I, 26.
— 201 —

dos que se hacian adorar tam bién en los


m ónstruns de iniquidad y lascivia forja­
dos por la mitología grreo-rom ana. Mas
habiendo querido el Dios de las virtudes
resucitar al hombre á una vida nueva,
verdaderam ente lib re, espiritual y aun
divina, descendió al mundo para redi­
mirle de tan m isera esclavitud y encen­
der en su corazon la llam a purísim a del
am or divino. La dignidad h u m an a, en­
cerrada en el sepulcro de la sensualidad,
se levantó de ól á la voz de Jesucris­
to , que llama á los hombres á vida in­
maculada y s a n ta , y tiene por culpa
g rav e un solo pensam iento impuro con­
sentido. Opuestas son diam etralm ente
en esta divina enseñanza las sendas que
conducen al monte de la virtud y per­
fección moral, á las que llevan á las a l­
m as á la idolatría del vicio: por estas
van los hombres coronados de rosas que
se m architan, y embriagados de sensua­
— 202 —

lidad, con la frente baja, gozando del dia


presente; mas por las que enseñó el di*
vino Salvador con su palabra y con su
ejemplo, súbese en áspera pendiente, lle­
vando sobre los hombros la leña para el
sacrificio, que es la cruz de Jesucristo, y
en la mano la espada con que ha de ba­
tallar el hombre con la propia carne para
someterla á la ley del esp íritu , resta ­
bleciendo aun en este mundo su trono,
pero sobre todo haciéndose digno de rei­
nar eternam ente en el cielo, donde lle­
van puestos los ojos los que suben á tan
excelsa m ontaña.
Entre las virtudes cristianasque forman
la corona de honor y dignidad moral del
hombre redimido por Jesucristo, nuestro
Señor, resplandecen estas tr e s , en las
cuales consiste la esencia de la perfec­
ción c ristia n a : castidad, pobreza y obe­
diencia. En otros térm inos: dignidad del
hom bre, que en rigor sólo á Dios obede­
— 203 —

ce; dignidad del hombre emancipado del


yugo vil de la carne; dignidad del hom­
bre desasido de toda afición desordenada
de las criaturas y encendido en aféelos
purísimos y conceptos sublim es, que son
alas con que vuela por la región de los
bienes inteligibles y de los verdaderos
gozos. Gloria insigne del Catolicismo ha
sido y será siempre hacer de estas h e r­
mosas virtudes una profesión de vida
perfecta, con llam ar y levantar á ella á
m uchas alm as nobles y grandes, valero­
sam ente determ inadas á despreciar el
mundo y sus vanos deleites y pasatiem ­
pos, para unirse con Dios y trabajar en
perfeccionarse más cada dia, llevando vi­
da de ángeles y atesorando riquezas in ­
m ensas en el cielo con lodo linaje de
obras de am or de Dios y de los hom bres.
Para castificarse y elevarse sobre la tier­
ra sometiéndose completamente á Dios,
estas alm as escogidas usan m ucho de la
— 204 —

oracion, cuyas excelencias hemos visto,


y de la mortificación cristiana, represeu-
. tada en la cruz de Jcsucrislo y en su
corona de punzantes espinas: que pues
el hombre fué herido m ortalm ente por la
concupiscencia y el orgullo, razón era
que á los ímpetus del segundo opusiese
la oracion hum ilde; y que domase el an­
tiguo poderío de sus pasiones con la cruz
de Jesucristo, en que se significan la hu­
millación de la carne debajo del espíritu
y el dolor de las heridas que recibe de
él en esta gloriosísima batalla.
De seguro se espantarán de esta doc­
trina (sum a de toda sabiduría y de toda
grandeza verdadera) muchos ánim os se­
ducidos de su propia concupiscencia, so­
liviantada por los nuevos doctores en
epícurism o, que vienen ideando nuevos
sistem as hum anitarios y sociales para
regenerar el mundo , harto estragado
por d esg ra c ia ; los cuales convienen en
poner el fin del hombre en la vida pre­
sen te, y reducir esta á gozar de los
intereses m ateriales, apacentando tor­
pemente á unos pocos con todo linaje
de deleites sensibles, y engañando á la
gran m uchedum bre de los hombres con
que algún dia harán estos deleites co­
mo un rio en que podrán todos beber
sin lasa , cualquiera que sea su estado
y condicion. Enlre tanto los falsos pro­
fetas que anuncian para esta vida el
inmundo paraiso que prometió Maho-
ma á sus sectarios para después de la
m uerte, van aparejando las sendas que
conducen á ese térm ino tan ignominioso
como quim érico, á las cuales llaman de
progreso indefinido, con sus doctrinas de
la rehabilitación ó redención (como dicen
profanando el lenguaje católico) de la
carne misma adorada de los idólatras y
castigada por los discípulos de Jesucris­
to. ¿Q uién no ve en esla idolatría la
— 206 —

restauración del paganism o? El cual no


consiste en reverenciar vanas ficciones
m itológicas, sino en santificar y divini­
zar las pasiones. Por lo cual dijo uno de
aquellos, que las pasiones son de insti­
tución d iv in a ; y más claram ente habría
expresado su idea diciendo que las te­
nia por la única cosa divina y ado­
rable, á la cual debía rendir el hom­
bre la libertad de su corazon y de
su entendim iento, separándose por aqui
del Dios de las v irtu d e s, que el mismo
sofista calum niaba suponiéndolas de pu­
ro instituto y artificio hum ano. A este
punto ha llegado ya en muchos el pro­
greso moderno de la ciencia y de las cos­
tum bres inspiradas de ella, ú alzarse la
carne con todas sus codicias y apetitos
contra la libertad moral del e sp íritu , es
decir, á em anciparse el siervo del domi­
nio de su señor legítim o, y á venir el
señor á ser humillado y oprimido con las
— 207 —

mismas cadenas en que ánles tenia apri­


sionado al esclavo rebelde. N ueva p ru e­
ba de que en pos de la rebelión viene
siempre la servidum bre, no libertándose
el que debe servir, sino de modo que sir­
va el que está llamado á re in a r, y tro­
cándose el reino santo de la ju stic ia , de
la paz y del gozo espiritual, en la odiosa
tiranía de la iniquidad y de la fuerza,
con que son oprimidos los que se dejan
seducir de la vana im ágen del deleite
sensible que les ponen delante de los ojos
los viles solistas del siglo.
Si se m iraran las cosas con los ojos de
la razón im p a rcia l, veríase claram ente
que el fundam ento de la mortificación
cristiana- es la misma grandeza y d igni­
dad del hom bre, criado por Dios y para
Dios, y necesitado de rom per los lazos
que le tienen unido á las criaturas para
volar hacia su térm ino glorioso y no des­
cansar m iéntras no llegue ¿ ceñirse la
— 208 —
corona inm ortal de la gloria. Y es cosa
no ménos cierta, que el cuchillo de la
mortificación es el dolor; el cual es com­
parado asimismo á una como fragua de
donde sale el hombre que librem ente lo
acepta, limpio de sus m anchas, y resplan­
deciente como el fuego. Porque acep tar­
le es negarse el hombre á las codicias de
los sentidos; es m enospreciar los deleites
viles; es restaurar el orden de la ju sti­
cia violado por la culpa; es rom per con
todas las cosas bajas y mezquinas de es­
te mundo, que para traer ú los hom bres
á am arlas hasta am ancebarse con ellas,
y hacer á sus alm as reas de adulterio pa­
ra con Dios, á quien únicam ente deben
am ar, tienen antes que seducirles y en­
gañarlos con placeres cuya vanidad cor­
re parejas con su torpeza; es reparar el
daño nativo de su libertad de albedrío,
haciéndole, de enfermo y débil que es,
sano y vigoroso, y trocando su inclina-
— 200 —

cion de terren a cq celestial y divina; es


elevar y purificar la razón, disponiéndola
á m editar las verdades etern as, en lu­
g ar de servir á las comodidades del cuer­
po; es en fin disponer el alm a á las v ir­
tudes, abrir su seno á las inspiraciones
de la gracia, moverla al deseo de las co­
sas grandes y heroicas, y en una pala­
bra levantarla del polvo de la tierra y
uniila con Dios.
Quizá se explique bien por aquí el he­
cho de haber siempre mirado los hom ­
bres el dolor con no sé qué religioso res­
peto, y lenidole por admirable escuela
de sabiduría. Aun los filósofos gentiles
vieron en él cierta m anera de grandeza;
por lo cual personificaron el ideal de la
sabiduría y de la virtud en un varón de
dolores. Ellos no conocieron el verdadero
varón de dolores, ni pudieron oír de sus
divinos lábios la doctrina que declara la
virtud de las lágrim as para purificar al
ENSAYO. ii
— 210 —

hombre y elevarlo al reino de los cielos.


Reservado estaba á las alm as formadas
en el seno de la Iglesia entender el ver­
dadero sentido del dolor y apacentarse
de él, mirándolo como un don divino y
como una fuente de vida que restaura el
vigor del espíritu y le restituye el trono
en que fué puesto por Dios, para reg ir
los apetitos sensitivos y usar de las cosas
sensibles como de escala por donde subir
á Dios, en quien únicam ente puede h a r­
tarse el corazon hum ano. Y es de notar
que el dolor y las lágrim as son el ali­
m ento de todos los hom bres, asi culpa­
bles como inocentes, con esta diferen­
cia, que á los inocentes los eleva el do­
lor librem ente consentido y aceptado
por el espíritu de la fe, hasta la santidad
y pureza de los santos que no m ancha­
ron la cándida estola de inocencia con
que fueron vestidos por Jesucristo, cru­
cificando su carne en la misma cruz del
— su —

Salvador, que es el signo más glorioso


que se conoce en el mundo c ristia n o ; y
á los culpados pónelos en la cruz del
ladrón penitente , y lávalos con lág ri­
m as de contrición, como las de Pedro y
M agdalena, trocándolos de pecadores en
santos y ofreciéndolos en espectáculo á
los mismos ciclos, que se conmueven de
alegría cada vez que un alm a se con­
vierte á Dios.
Así como del seno de la tierra labra­
da por el hierro, apretada de los rigores
del invierno, brotan, m erced á las lluvias
del cielo, las herm osas flores de la pri­
m avera, así brotan de la naturaleza hu­
m ana regida por el espíritu de la m orti­
ficación, y vivificada por la gracia divina
las otras excelentes virtudes en que se
funda la grandeza moral del hom bre. No
me propongo aqui tra ta r de e lla s , que
esto pediría no poco espacio fuera de los
lím ites del presente libro; pero si debo
— 212 —

ad v ertir, que son como el arom a que


conserva la integridad de nuestro s é r , y
el principio de donde nacc la dignidad
hum ana. E sta verdad se verá claram en­
te en los siguientes capíiulos, donde va­
mos á considerar la alteza ú que han
encum brado esas virtudes á las personas
que en las sociedades paganas (á cuya
imágen y semejanza quieren hacer la
nuestra muchos publicistas modernos)
cayeron en mayor vilipendio y desven­
tu ra en razón de su misma debilidad.
E ntre las cuales será la m ujer la que
prim eram ente nos certifique de la pode­
rosa eficacia de las virtudes cristianas
para elevar la naturaleza hum ana hasta
u n a dignidad incomprensible á los ojos
de la razón.
CAPÍTULO X.

La dignidad de la m ujer, fruto del Catolicismo.

Que la m ujer estaba horriblem ente de­


gradada y oprimida entre los gentiles, es
una verdad triste y evidente, de que es­
tá llena la historia de los pueblos que
caen, según la expresión de Chateau­
briand, del otro lado de la cruz. Ni es
m orahncntc posible otra cosa donde los
hom bres dejan á Dios y disipan los bie­
nes espirituales é invisibles para conver­
tirse á las criaturas visibles y gozar de
ellas tributándoles una especie de culto
de adoracion. La idea de Dios no se ex­
tinguió completamente entre los hom bres
dados á la idolatría, pero acaeció, que
apénas retuvieron de los divinos atribu­
tos más coucepto que el de la fuerza ó
— 214 —

del poder entendidos en un sentido físi­


co ó sensible, pues como carnales que
e ran , no entendían en cosas espirituales
é invisibles (1); y asi donde quiera que
echaban de ver un poder grande, allí
contemplaban y adoraban la m ajestad di­
vina, dividida á sus ojos entre las cosas
criadas, según la m ayor ó m enor exten­
sión de su fuerza ó de su poder. De aquí
por una ilación rigurosa vinieron á pos­
trarse ante dos fuerzas poderosas: la fuer­
za de las pasiones, y la fuerza m aterial
y relativa del hom bre.
Con estos principios será fácil enten­
der qué cosa era la m ujer entre los pa­
ganos. Apagada en ellos, por decirlo en

(<) « A u n q u e m etid o s e n el fango de la c a rn e y


d e la s a n a re , d ice H ossuel, c o n se rv a ro n los hom bres
a lg u n i idea oscura del po d er d ivino, q u e se m an te­
n ia p o r su p ropia Tuerza, ú la cual vinieron d jtin tn rs e
p a ra co n fu n d irla las especies de las cosas sensibles,
y de aquí q u e a d o ra ra n los hom bres todas las cosas
e n q u e veian alg u n a actividad ó p o d e r.» D iscurso
sobre h ist. im ici’rs. 2.* p a r le , cap . II.
— 215 —
el lenguaje de la sagrada E s c ritu ra , la
inteligencia del corazon, lo único que al­
canzaron á ver sus ojos en e lla , fué la
parle sensible, que excita en el hombre
la llama de la pasión; moviéndose por
aqui á convertirla en instrum ento vil de
sus deleites, y en víctim a destinada á
inmolarse en aras del am or sensual. Es­
te fué el origen de la degradación de la
m u je r, desposeida ante las m iradas del
hom bre de las excelencias que adornan
su naturaleza espiritual en los ojos de
Dios. Y no era la pasión la única diosa
á que fué sacrificada la dignidad de la
m ujer; el paganismo era también la apo­
teosis de la fuerza, y como la m ujer es de
suyo débil, y el hom bre fuerte, tam bién
hubo de sufrir la prim era el yugo de la
fuerza, viéndose reducida á miserable
servidum bre, como una cosa cualquiera,
sin dignidad ni derechos. La historia de
los antiguos monumentos y el estado de
— 216 —

la m ujer en los pueblos que no conocen


la m ajestad del Dios vivo que adoram os,
ofrece en csle punto una copia riquísim a
de pruebas y testimonios, que no caben
en breve espacio. Tengo, pues, que li­
m itarm e á brevísim as indicaciones.
* En todo el Oriente, dice Augusto Ni­
colás, entre los Asirios, en Pcrsia , en la
Iridia, entre los pueblos bárbaros de la
Escitia, de la Libia y de la T ra cia , la
m ujer estaba degradada por el divorcio,
por la venta y por el comercio que con
ella se bacía. S ie n a ó esclava del hom­
bre, juguete de sus caprichos, victim a
de su dominación tiránica, instrum ento
de sus placeres, añadía á todas estas de­
gradaciones la desgracia de aceptarlas y
ratificarlas por una ¡ntr-riorídad m oral,
que ni siquiera le perm itía sentirlas (I).»

(I) L:i V¡i'"r>n M irín viviendo en la Inl<*sia, li­


bro IV, r;in . I. InD ucucia del cu lio d e Muría e n el
e slad u d e la m u je r.
— 217 —

No estuvo ménos abatida en las otras


naciones la dignidad de la m ujer. Las
leyes y hasta la misma religión de los
Egipcios llegaron á tener por sagradas
las cosas que más la degradan, á saber,
el divorcio, la poligam ia, el incesto y
hasta la misma prostitución. La culta
Grecia deshonróla hasta un punto increí­
ble: fuera de las que, como Aspasia, se
distinguían y eran estim adas en Atenas
por sus mismos oprobios, las demas eran
asunto de menosprecio. El marido podía
legar á otro hom bre su propia m ujer
como cualquier otro objeto m ueble. Es­
parta veia á sus doncellas casi desnudas
disputar con los hom bres el premio de la
carrera ó de la lucha. La forma del ca­
samiento e r a d rapto. Finalm ente, en Ro­
ma no era ménos m iserable la condieion
de la m ujer: el divorcio, permitido en
un principio sólo al m arido, lanzaba ig­
nom iniosam ente á la m ujer del hogar do­
— 218 —

méstico por las causas m ás liv ian a s, el


beber vino, por ejemplo, si tixor letne-
tum bibcrit. Como un dia preguntara al­
guno al cónsul Paulo Emilio por qué ra ­
zón habia repudiado á su m ujer, dijo es­
te sonriendo: *Por H ércules, he hecho lo
que se hace con el calzado que lastim a.»
Despues fué concedido á la m ujer el po­
der de divorciarse del m arid o , del cual
usó en tales térm inos, que, según el fa­
moso dicho de Séneca, contaba sus con­
sortes por el núm ero de los cónsules. La
venta y el uso de la m ujer eran modos
de contraer las nupcias legitim as (justas
nuptice). La fidelidad conyugal sólo obli­
gaba á la m ujer; mas al hom bre fuéle
perm itido, aun en la época de más severi­
dad, todo linaje de torpezas, salvo el estu ­
pro y el adulterio, con que e ra violada la
propiedad respectiva del padre y del es­
poso. «Apud illos, d ic e S . Gerónimo, vi-
ris impudicitiíc frena lax n n tu r, e t solo
— 219 —

stupro el adulterio condemnato passim


per lupanaria e t ancillulas libido perm it-
titu r, quasi culpam dignilas faciat non
voluntas. Apud nos (chrislianos) quod
non licct faeminis, non licel viris, et ea-
dem servitus pari condilionc ccnsclur. •
(De m orte Fabiolae). A tanto llegó su des­
g racia y corrupción, que bien mereció
ser llorada con lágrim as de sangre.
Algunos han querido ver en los g e r­
manos el tipo de la m ujer .ennoblecida
por el C ristianism o; pero T ácito , re ­
prendido no sin razón quizá por haber
favorecido á estos bárbaros en la pintura
que trazó de sus costum bres, dice que
los principales entre ellos tenían m uchas
m ujeres, no por sensualidad sino por no­
bleza. ¡Singular nobleza la que asi de­
grada A la mujer! Nuestro insigne Bal­
ines compara en este punto las costum ­
bres de los germ anos con las de los bre­
tones, de quienes refiere C é sa r, testigo
— 220 —

ocular, que reunidos en núm ero de diez


ó doce, especialm ente herm anos con h e r­
m anos y padres con hijos, poscian las
m ujeres en común (1). «La poligamia,
dicc el ilustre Ozanan, es el derecho co­
m ún de los pueblos del Norte. El hombre
poderoso hace allí gala de sus esposas,
como de otros muchos objetos de que
usa y abusa, que puede abandonar ó des­
tru ir, y que quizá serán quemados en sus
funerales (2).»
No hay necesidad de tra e r más cita9
para probar un hecho tan evidente como
la degradación de la m ujer en los pue­
blos que no conocieron ni conocen al ver­
dadero Dios: «He recorrido el Oriente y
el Occidente, dice el em inente sábio
Mons. Gaum e, y bajo el imperio del pa­
ganismo sólo he visto en todas partes una

(1 ) P ro to st. com parado con el Cato). I. 2.*


(2 ) E tu d . g e m í. t . 1.a, p . l i o .
— 221 —

esclava que se com pra, se vende, se ul­


traja, se apalea, se desecha, se abando­
na sin piedad á la vergüenza y á la m ise­
ria, ó una bestia de carga á quien se su­
jeta á los más rudos trabajos. Y para
consolarse de tanto ultraje, ni siquiera le
queda el testimonio de su propia con­
ciencia: cómplice de ordinario del hom ­
bre, su corruptor y su tira n o , ha perdi­
do haciéndose culpable el solo bien que
puede suplir ¡i lodos los dem ás, la esti­
mación de si propia (1).» Excusado pa­
rece añadir que ni las costum bres, ni la
religión, ni las leyes civiles, ni la razón
filosófica de los g e n tile s, tenian virtud
para librar á la m ujer de la ignominiosa
servidum bre á que la habian reducido las
pasiones; ántes fueron cómplices, ó me­
jor dicho, su misma hechura, degradún-

(i) H istoria d e la fam ilia, t. 1.* púg. 379, c d ic


d e la lib re ría religiosa.
— 222 —

dose hasta el extrem o de cubrirlas coa


capa de justicia y aun de piedad y sabi­
d u ría , y procurando justificar la vil
opresion de la m ujer. Y á la verdad, de­
jadas aparte las costum bres paganas,
cuya espantosa corrupción no hay modo
de ponderar debidam ente, ¿qué podía es­
p erar la m ujer de un culto vicioso y cor­
ruptor, vendido á los instintos más gro­
seros de la carne, de un culto cuyos ri­
tos, cuando intervenían en la celebra­
ción del matrimonio por el modo más so­
lemne que conocieron los romanos, ó sea
p e r confarreaüonem, conspiraban abier­
tam ente contra el pudor de la m ujer,
fundam ento de su dignidad, en lu g ar de
venir en su ayuda: tlm p leitir cubiculum ,
dice S. A gustín, turba m iminum quando
et paranim phi inde disccdunt, et ad hoc
im plctur non ut eorum p resen tía cogíta­
la m ajor sit c u r a pudicitiíc, sed u t fae-
m in x sexu infirma;, novitaUe pavidae,.
— 223 —

illis cooperantibus sine ulla difficultate


virginitas aufcratur ( i ) . > En cuanto á las
prescripciones legislativas de los anti­
guos, locantes á las relaciones m utuas de
uno y otro sexo, baslará para conocer
su espíritu y naturaleza, recordar que los
gentiles no vcian en ellas sino estas tres
cosas: satisfacción carnal, prepotencia
del varón, y el Ínteres del padre y de la
república. De aqui las máximas de hor­
rible desenfreno que inspiraron las leyes
no ya sólo de pueblos del Asia, cuyos so­
beranos las daban desde sus vergonzosos
harenes, sino de Grecia y Roma. Por úl­
timo, la filosofía puso el sello de la inte­
ligencia depravada á la degradación de
las m u je re s, condenándolas por boca de
Platón á la ignominia de ser dadas á la
9uertc á los hom bres y renovadas anual*
m enle á juicio de los m agistrados, y

( i) D t ciuit. Dci, 1. C, cap. 0.


— 224 —

prestadas librem ente por sus consortes,


siendo adem as comunes entre guerreros.
Asi consagró el genio de la ciencia las
nefandas torpezas autorizadas por la re ­
ligión, las costum bres y las leyes. Pero
corramos aquí el velo del pudor cristia­
no, y preguntem os con noble orgullo:
¿qué hubiera sido de la m ujer para
siempre en el m undo, si el Dios de la
santidad, que adoram os, no hubiera en ­
viado á los hombres un rayo de lum bre
espiritual que penetrase hasta el fondo
de sus alm as iluminándolas con el cono­
cim iento y encendiéndolas en el am or de
los bienes espirituales é invisibles?
Son tantos y tan bellos y eficaces los
títulos con que justifica la m ujer cristia­
n a, cualquiera que sea su estado, la al­
ta consideración y honor de que se ve
rodeada en la Iglesia católica, que no se
pueden oscurecer á quien no padezca cri­
minal ceguera. En este punto, como en
— 225 —
lodos, las doclriñas son la razón de los
hechos, y los hechos son á su vez la con­
firmación sensible de las verdades m ora­
les. Séame licito num erar ordenadam en­
te esos tilulos de nobleza, que Dios ha
otorgado á la m ujer, merced á los cuales
se ve elevada en las sociedades c ristia­
nas á dignidad au g u sta, no sin advertir
previam ente que sólo en la Iglesia cató­
lica radican y se hallan fielmente custo­
diados esos títulos que son la carta de li­
bertad y grandeza moral del hombre y
del cristiano.
Lo prim ero, el Catolicismo restauró la
dignidad de la m ujer con el dogma de la
igualdad de naturaleza en que fué e sta­
blecida delante de Dios por com pañera
del hombre, hecha en un todo sem ejante
á él, participante de sus mismas dotes y
excelencias, como él im.'igcn y sem ejan­
za de Dios, llamada á su mismo altísimo
destino, pues en Cristo no hay diferen-
e s s a t o. 15
— 226 —

cía de sexo: Non est mascultts ñeque fce­


rnina (1).
Lo segundo, elevado en el Catolicismo
el malrim onio á la dignidad de sacra­
m ento, y significada por la sociedad del
liombre y de la m ujer la unión de Jesu­
cristo con la Iglesia, dejó por consiguien­
te de parecer la m ujer en los ojos del
varón como instrum ento de deleite, tro­
cando dichosamente la esclavitud que
de esta consideración procedía, en la
em inente dignidad de compañera por to­
da la vida, de am iga fiel y herm ana m uy
am ada, hija de un mismo Padre y sie r­
r a con él únicam ente de D ios, A quien
por virtud del sacram ento son consagra­
dos les esposos. De él reciben también la
gracia que los santifica mornlmente y los
ilumina y fortalece para g u ard ar la san­
tidad propia de su estado. «Difícilmente

(I) A.I G;il. III, 28.


— 227 —
«hallaré térm inos con que encarecer de­
b id am e n te la excelencia del m atrim o­
n i o , cuya unión la forma la Iglesia m is-
»ma, y la confirma el augusto sacrificio,
»y la bendición del sacerdote le da la
• últim a mano, siendo testigos de ella
»los ángeles y. ratificándola el Padre ce­
le s tia l. ¡Oh qué herm osa alianza la de
• los esposos cristianos, unidos en unos
«mismos votos y esperanzas, sujetos á
• unos mismos preceptos y dependencia,
•hechos como una misma carne y un
•alm a sola!» Hasta aquí son palabras de
T ertuliano.
La gracia que santifica los esposos
eleva y perfecciona su natu ral am or has­
ta hacerlo espiritual y divino. Y es
tan inmenso el am or que debe el es­
poso cristiano profesar á la m ujer en
el m atrim onio, que el Apóstol le puso por
modelo el de Jesucristo á su Ig lesia, en­
cargando al hom bre que la amase como
— 228 —

á si mismo. Dicc un sabio escritor cató­


lico de nuestros dias, que la Religión da
testim onio al a im r de caridad sobrena­
tu ral de Dios para con el hombre y del
hombre para con Dios; y que en el m a­
trimonio encárnase el m ayor am or que
puede tenerse del prójim o, cuyo afecto
aunque natural en parte hállase subli­
mado en el que Dios instituyó en el prin­
cipio y m ás aun en el que estableció en
la ley de gracia hasta su más alta po­
tencia. Que si este es el amor del varón
ú la m ujer y de la m ujer al varón, uni­
dos por Dios, ¿qué tal será la dignidad y
excelencia á que son entram bos levanta­
d o s, y cuán grande por consiguiente la
dignidad de la m ujer en el matrim onio
cristiano?
Y no es ménos grande el fin por qué
unió Dios con vínculo sagrado al varón
con la m ujer, que fué, para engrandecer
el linaje de los hombres con nuevas in-
— 22!) —

teligcncias que glorifiquen á Dios en la


tierra y en los cielos por toda la serie de
los siglos y después por toda la eterni­
dad. Afinr.an los doctores católicos que
el fin del m atrim onio, conforme A la na­
turaleza de su institución, es sagrado y
espiritual, pues tiende á reproducir al
hombre para que \¡v a m oralmentc eje­
cutando el plan del divino H acedor, y
para que goce eternam ente en su seno de
otra vida verdaderam ente llena y feliz.
Ahora, si tan grande es el fin natural del
matrimonio considerado en si m ism o, ó
sea sin la excelsa dignidad á que lo elevó
Cristo, ¿cuán alto no será el fin del m a­
trimonio cristiano, cuyns hijos luego al
punto que nacen y son bautizados, suben
á la alteza y dignidad de hijos de Dios,
con derecho á reinar eternam ente con
Jesucristo en el cielo? Según esto, ¿podrá
m irarse A la m ujer que concurre á poner
por obra estos designios divinos, como
— 230 —

instrum ento del hom bre, que asimismo


los ejecuta sin com prenderlos? ¿No se
desvanecerá con la luz de estas verdades
hasta la más ligera som bra de la a n ti­
g u a esclavitud de la m ujer, transform a­
da por el Catolicismo en m atrona a u g u s­
t a , unida al hombre en el matrimonio
cristiano con vínculo sanio, objelo de su
am or y de su respeto, elevada por últi­
mo á la dignidad de m adre de nobilísi­
m as inteligencias deificadas por la g r a ­
cia y destinadas á reinar en la g lo ria ..?
Cierto este tipo de la coposa y de la
m adre cristiana es una de las creaciones
m ás bellas del Catolicismo y uno de los
tim bres más gloriosos de la civilización
europea.
Lo tercero, asi como la m ayor vileza
de la m ujer se origina, fuera del C ristia­
nism o, de ser instrum ento de deleite car­
nal, así su m ayor nobleza y excelencia
provienen en la sociedad católica de la
— 231 —

virtud de la castid ad , cuyo ideal m ás


perfecto es la virginidad. Esta es una de
las más ricas joyas del Catolicismo, que
m ás claram ente reflejan la alloza y dig­
nidad espiritual á que puede ser elevada
la naturalczi hum aua. Jesucristo trajo al
mundo del cielo, su verdadera pálria,
esla herm osa v irtu d , que florece en la
Iglesia católica, donde únicam ente se
cultiva como su m ás bello ornam ento,
admiración del mundo que la com bate.
De los judíos era m enospreciada, y des­
conocida cnlrc los p a g a n o s, pues no se
la puede reconocer en la imperceptible,
dudosa y estéril continencia de sus ves­
tales. Era preciso, pues su origen es ce­
lestial, que del cielo bajasen la doctrina
que la enseña, el ejemplo que la anim a,
la gracia que la informa. ¿Ni dónde, fue­
ra del Catolicismo, circula la savia divi­
na que alim enta, ni el cuidado exquisito
que defiende á este hermoso y fragante
lirio de la vida cristiana? ¿Dónde subsis­
te el espíritu de oracion y penitencia
que doma la carne y trac sobre la tierra
de nuestra alma el rocío coles!ial que ha
m enester singularm ente esta flor? ¿N i
dónde, por últim o, son m antenidas las al­
mas que la llevan con m anjar de ánge­
les y em briagadas con vino generador
de vírgenes?
Consideremos el valor de la casi ¡dad
para ennoblecer á la m ujer á los ojos del
hom bre. Observa muy atinadam ente
nuestro insigne Raimes, que lo que m ás
cautiva en la m ujer, es el delicado senti­
m iento que aspira á velar con delicadí­
simo recato cuanto puede excitar los sen­
tidos y encender en el corazon hum ano
la llama de la concupiscencia; soliendo
acacccr por adm irable ordenación divina,
que á medida que el pudor se debilita en
la m ujer, decaen el am or y el respeto
del hombre para con ella, trocándose de
— 233 —

este modo su falla en terrible suplicio.


«¿No es cierlo, decia el gran S. Bernar­
do, que el color sonrosado que pone el
pudor en las m ejillas, da al rostro una
gracia y un encanlo singulares?» El mis­
mo Padre comparó muy bien la virlud
del pudor á una herm osa lám para, que
refleja fuera del alm a los rayos de la cas­
tidad. Ahora se comprenderá la adm ira­
ble sabiduría con que la Ig le sia , esposa
sania del Cordero inmaculado, ha procu­
rado realzar el scnl¡miento del pudor,
llevándolo hasla su últim a perfección, y
ennobleciendo con 61 m uy singularm ente
á la m ujer. «Así, m iéntras celaba, dice
Raimes, por la santidad de las relaciones
conyugales; m ióntras creaba en el seno
de las familias la bella dignidad de una
m atrona, cubría con misterioso velo la
faz de la virgen cristiana; y las esposas
del Señor eran guardadas como un de­
pósito sagrado en la augusta oscuridad
— 2H —

de las sombras del sa n tu a rio .» jAdmira­


bles arm enias de la Religión católica!
Estos dos tipos, estas dos creaciones del
orden m oral, la virgen y la esposa cris­
tiana, son sin duda diferentes; pero tie­
nen entre si relaciones tan Intim as, que
puede decirse que m utuam ente se com­
pletan, porque la prim era es el fruto de
la fecundidad de la s e g u n d a , que á su
vez recibe de ella un rcllcjo de su san­
tidad, con ciertas misteriosas influencias
que el m undo no calcula, y que basta
cierto punto son incalculables. «E nefec­
to , dice nuestro elocuentísimo Balines,
¿quién alcanza á medir la saludable in­
fluencia que deben de haber ejercido so­
bre las costum bres de la m ujer, las a u ­
gustas ceremonias con que la Iglesia ca­
tólica solemniza la consagración de una
virgen á Dios? ¿Quién puede calcular los
santos pensam ientos, las castas inspira­
ciones que habrán salido de esas silcn-
— 235 —
ciosas m oradas del pudor, que ora se ele­
van en lugares retirados, ora en medio
de ciudades populosas? ¿Creéis que la
doncella en cuyo pecho se agitara una
pasión ardorosa, que la m atrona que die­
ra cabida en su corazon á inclinaciones
livianas, no habrán encontrado mil ve­
ces un freno á su pación en el solo re ­
cuerdo de la herm ana, de la pnricnta, de
la am iga, que allá en silencioso albergue
levantaba al cir io un corazon puro, ofre­
ciendo en holocausto al Hijo de la Vir­
gen todos los encantos de la juventud y
de la herm osura? Esto no se c a lc u la , os
v e rd a d ; pero es cierto á lo inénos que
de allí no sale un pensamiento liviano,
que allí no so inspira una inclinación vo­
luptuosa; esto no se c a lc u la , es verdad,
pero tan poco se calcula la saludable in­
fluencia que ejerce sobre las plantas el
rocío de la m añana, tampoco se calcula
cómo el agua que se filtra en las e n tra ­
— 230 —

ñas de la tierra , la fecunda y fertiliza


haciendo brotar de su seno las (lores y
los frutos. >
No se limita en verdad A esta pura y
saludable influencia en el corazon de la
m ujer la virginidad cristiana, sino que
después de haberla ennoblecido por mo­
do singularísim o con el . triunfo glorioso
que esta virtud simboliza del cspírítu so­
bre la carne, del ciclo sobre la tierra;
después de haber puesto esa virtud en
manos de sus fieles seguidores el cetro
con que rigen sus apetitos y pasiones;
despucs, en fin, de haber ofrecido en ellos
el m;i9 hermoso contr.'is.'c de la corrup­
ción del siglo, y un dechado perfecto de
castidad, esa virtud soberana se enlaza
maravillosam ente con todo cuanto hay
de bello, de grande y de sublime sobre
la tierra. No, no son puram ente interio­
res y espirituales los admirables frutos
de santidad y perfección que lleva la vir­
— 237 —

ginidad en el jardín de la Ig lesia; pues


no hay em presa alguna ardua y fecun­
da, de las que piden al corazon de quien
las acom elc el sacrificio de los más caros
objetos, que no cui-ule entre las almas
consngradas á Dios en estado de castidad
perfecta obreros solícitos y generosos que
dan testimonio á la adm irable fecundi­
dad de este linaje de \ ida angélica. Des­
asidas enteram ente del m undo, á que es­
tán m uertas, y elevadas á la incompara­
ble dignidad de esposas de Jesucristo, es­
tas alm as, harto persuadidas de su excel­
sa nobleza para abatirla con los vulga­
res sentim ientos de una paternidad y de
un desposorio terrenos, forman como ti­
pos ideales de virtud y perfección sobre­
hum anas, gloria del Catolicismo que las
inspira y confusion eterna de las sec­
tas. Así, aden as de la virgen custodia­
da en el santuario, que ofrece á Dics el
incienso de su oracion y la m irra de la
— 238 —
penitencia con la inmolación generosa
de su carne y de su sangre, ¿á quién no
pone adm iración la Hija de la C aridad,
empicada en servir á Jesucristo en la per­
sona de sus pobres y en la educación de
los niños? La verdadera grandeza, la
grandeza delante de Dios, está no en pre­
tender sino cu despreciar los honores y
deleites del m undo; no en seguir ni mé­
nos en adorar la carne y sus torpes co­
dicias, sino en vencerlas haciéndose ’el
ánimo fuerza á si m ism o; en sacrificar­
las en aras de la santidad y de la p u re ­
za; en consagrar á Dios la \id a entera,
que es demasiado noble y excelsa para
servir á cosa que no sea D ios; en pasar
por el mundo, como pasó el divino Maes­
tro, haciendo bien por su a n io r, que es
uno mismo con el am or y caridad del
prójimo. Asi e n g ra n d e c e d Catolicism oá
la m ujer: con la castidad elevada á su
m ayor altura la despega de la tie r r a , la
— 239 —

trasporta á una atm ósfera que las pasio­


nes no alteran ni corrompen ; y asi ele­
vada, ofrécela á los ojos del hombre como
no sé qué de cclcslial y d iv in o , que so­
brepuja todo sentido carnal, y levanta al
espíritu á la contemplación y am or de la
eterna belleza.
No es, pues, m aravilla, que los Santos
Padres,’ cuyos ojos sabían percibir admi-
rablem cnlc las cosas espirituales, queda­
ran exlasiados viendo la brillante aureo­
la de dignidad y belleza que adorna á la
m ujer cristiana, ni que consagrasen los
pensam ientos más graciosos y como la
flor de su ciencia y sabiduría á m ostrar­
le el m érito, la grandeza, la gloria de la
castidad y de la v irg in id a d , conforme á
la doctrina del E vangelio, explicada por
el Apóstol. «¿Quién podrá contener su
admiración y asom bro, decía San Juan
Grisóstomo, al ver en la naturaleza de la
m ujer el modo de vida de los ángeles?
— 240 —

¿Qué hombre se atrevería á acercarse, y


ménos ¿ tocar á esla criatura resplande­
cien te? Todos se detendrán delante de
ella asombrados de verla, como ú la vis­
ta de encendidísimo oro. El oro brilla na­
turalm ente, pero mucho más brilla y res­
plandece entre las llam as.......» Creían
ademas los Santos P a d re s, que en real­
zando la dignidad moral de la m ujer, se
habría conseguido levantar y purificar
juntam ente el corazon del hombre, y ex­
tender el reino de Dios sobre la tierra.
Bello y delicado pensamiento que la his­
toria de diez y nueve siglos confirma de
una m anera admirable. Resumiendo en
breves líneas la m ateria de muchos volú­
menes con las palabras de un e s m lo r mo­
d ern o , de piadosa m em oria, recordaré:
«Que la m ujer compartió con el hombre
las palmas del m artirio y con ('1 bajó al
anfiteatro. Si Constantino cnarbola el lá­
baro en lo alto del Capitolio, su m adre
— 241 —

S a n ta Elena levanta la cruz sobre las


ruinas de Jerusalen. Clodoveo invocó en
Tolbiac al Dios de Clotilde. Por aquel
mismo tiempo las lágrim as de Santa Mó-
nica alcanzaron la conversión de San
A gustín; San Gerónimo dedicaba la Vul-
g a ta á dos señoras rom anas, Paula y Eus-
toquia; San Basilio y San Benito, prime­
ros Fundadores de la vida cenobítica, eran
secundados por el concurso de Macrina y
E scolástica, sus respectivas herm anas.
Siglos después la condesa Matilde sostie­
ne enn sus manos el trono vacilante de
San Gregorio VII; la sabiduría de la rei­
na Blanca reina con San Luis; Juana de
Arco salva á Francia; Isabel la Católica
ayuda eficazmente al descubrim iento del
N uevo-m undo. Por últim o, viniendo á
tiempos más cercanos á los nuestros, Te­
resa de Jesús se nos m uestra formando
parle del grupo-de obispos, doctores, fun­
dadores de órdenes monásticas, de quienes
ENSAYO* <0
— 242 —
Dios se valió para la reforma interior de la
sociedad católica; San Francisco de Sales
cultiva el alm a de Juana Francisca Chau-
lal.com o una flor escogida; y San V icen-
le de Paul confía á Luisa Mai illac la ejecu­
ción del más admirable de sus designios, la
institución de las bijas de la caridad» (1).
Pero ¿q u é mucho que en todas las
glorias históricas del Catolicismo, las so­
las verdaderas glorias del m undo mo­
ra l, se vea y adm ire la noble figura de
la m u je r, rehabilitada y ennoblecida por
la Religión , cuando en el gran m iste­
rio de la E ncarnación, y en el de la
cruz, en que únicam ente debemos de glo­
riarnos, como en el origen y principio de
toda grandeza v e rd a d e ra , vemos la in­
comparable figura de la Virgen, toda ella
herm osa y llena de gracia y dignidad,
aunque veladas, como toda grandeza de­
bajo del sol, con el paño.de la aflicción
(O 0 /.;iu au , lia n te y la filosofía católica.
— 243 —

y del dolor? Meditemos un instante sobre


este nuevo y singularísim o titulo de la
dignidad sobrenatural de la m ujer en el
seno de la Iglesia.
La prim era razón de la alteza y digni­
dad sobrenatural del linaje hum ano es
ese augusto m isterio. Vistiéndose con
n uestra hum ana naturaleza el Hijo de
Dios se dignó elevarla hasta su misma
incomprensible sublimidad comunicándo­
le en su hum anidad sacratísim a la pleni­
tud de su adorable esencia. Quiso ade­
m as este Señor misericordioso, para redi­
m irnos de la esclavitud á que habia redu­
cido al hombre el pecado, mostrarse con
grande hum ildad en figura de hombre
pecador; y porque el mal entró prim ero
en el mundo por una m ujer, fué elegida
en los eternos consejos otra m ujer, y ele­
vada á la inefable dignidad de Madre de
Dios, habiendo sido para esto bendecida
desde el principio, y llena su alma incom -
— 244 —
parabie de virtud y de g racia. Hé aquí
á la nueva Eva en quien debia ser singu­
larm ente honrado y exaltado el sexo que
la antigua habia despojado de su prim e­
ra gracia y herm osura, como el segundo
Adán honró por modo singular á nuestro
sexo representado en el prim ero, que fué
{¡gura de Jesucristo: la m ujer y el hom­
bre tu v iero n , pues, por especial honor,
que el R edentor divino fuese h o m b re, y
que naciese de una m ujer. A esta madre
adm irable honró adem as el mismo Dios
viviendo debajo de su obediencia, y aso­
ciándola ú los m isterios de su encarna­
ción y de su cruz, pues ánlcs de e n trar
á tom ar carne en sus purísim as entrañas
pidióle la vénia por medio de su ángel;
y poco ántes de morir pidióle tam bién su
licencia y bendición para ofrecerse al e te r­
no Padre como víctim a de precio infinito
por la salud de los hom bres. En aquel tran ­
ce de m uerte, viéndola el Señor al pié de
— 243 —

su cruz, resignada humildfsimamentc en


medio de un m ar de acerbísimos dolores,
encomendóle ú los hom bres para que los
lomase por hijos: tim bre gloriosísimo de
la hum anidad redimida en el Calvario,
haber recibido y tener por m adre á la Ma­
dre del mismo Dios. Y después que Je­
sucristo resucitó y subió á los cielos para
preparar á sus elegidos el reino de la
gloria, María, la estrella de la m añana,
alum bró con la luz de su sabiduría y
santidad á h Iglesia naciente, y por su
m uerte bienaventurarla subió, apoyada
en su Amado cnlre la infinita m uche­
dum bre de los ángeles, á la Jcrusalen
celestial, donde fuó coronada por Rei­
na después de Dios, habiendo sido pues­
tos en sus manos para distribuirlos entre
los hom bres los tesoros infinitos de la
gracia.
Ahora, ¿quién no se sienle arrebatado
de admiración al contem plar la celestial
— 246 —

herm osura y dignidad que á todo el sexo


de la m ujer se derivan de tan sublimes
m isterios? ¡Admirables designios de la
bondad divina, que ordenó saliese la vi­
da del mismo sexo por donde habia e n ­
trado la m uerte, y que ;'i la humillación
de las hijas de una m adre culpable suce­
diese su exaltación en la m ujer elegida
para ser Madre del divino V erbo, Hija
del Eterno Padre y Esposa del Espíritu
Santo! A la luz de estos divinos m iste­
rios no era posible m irar ;i la m ujer co­
mo un sér impuro y maléfico, conforme
á las tradiciones desfiguradas de los an­
tiguos pueblos, como una criatu ra de
sólo carne, condonada á ser victim a del
libertinaje y esclava de la fuerza, sino
como un sér tanto más digno de atención
y am o r, cuanto es m ayor su debilidad,
en el cual debe venerarse la esplendoro­
sa imagen de la Virgen Aladro, tipo de
todas las virtudes, de todas las grande­
— 247. —

zas y excelencias que se reflejan en las


v írg e n e s, esposas y m adres de que se
glorian justam ente el mundo y la civili­
zación formados por el Catolicismo. Allí
donde la fe en el mislerio de la Encar­
nación ha producido el culto de María,
dice un orador ilustre, el hombre percibe
en la m ujer algo grande, delicado, m is­
terioso que la hace digna de universal
estim a y respeto. El lector me agradece­
rá que para resum ir esta inagotable ma­
teria ponga delante de sus ojos esta h er­
mosísima página de un escritor em inen­
te: *De tal suerte hizo María donacion de
su Hijo al linaje hum ano, que puede de­
c ir en rigor: Mi carne fué inmolada y mi
sangre derram ada en el C alvario. Ilasta
este punto y A costa de tan doloroso sa­
crificio se asoció á la redención del hom­
b re, comunicando por aquí á su sexo es­
ta sublime gloria, que toca de derecho á
María y en general á la m u je r, gloria
— 248 —
participada del mismo Dios, que es su
fu e n te , con exclusión de los ángeles.
• Cuando el hombre vió el modo cómo
honró Dios á la m ujer en su Santísim a
Madre, y cómo se convirtió en instru­
mento de su salud, á precio de incompa­
rables dolores, echó de ver su dignidad
sublime sintiéndose conmovido de respeto
y gratitud para con ella; y haciendo me­
moria de las injurias y menosprecios con
que venia angustiándola por espacio de
tantos siglos, golpeóse el pecho, como el
centurión, y lloró am argam ente ¿ sem e­
janza de Pedro.
«Para que fuese respetada la m ujer en
toda edud y condicion, ordenó Dios, que
María, la bienhechora del hom bre, el ti­
po de la m ujer regenerada, consagrase
todas las edades y condiciones de su se­
xo; asi que juntó en su persona ser á un
mismo tiempo de régia estirpe y de con­
dicion hum ilde, necesitada de ganar el
— 249 —
necesario sustento cod el trabajo de sus
manos; ser virgen y m adre, esposa y
viuda, inocente y penitente. De este mo­
do, luego que redimió á su sexo á costa de
acerbísimos dolores, y que lo rehabilitó
con todo linaje de virtudes, vino á dccir
al h om bre: • Todo lo que hicieres por la
últim a de estas pequeñitas, que son mis
hijas, yo te lo recibo como si lo hicicres
con mi propia persona. Mira por lo tanto
no las ofendas, que tocarías á la niña de
mis ojos, y al corazon de la que es Ma­
dre del Altísimo!» ¡Oh hombre! ¿serás por
ventura osado de m enospreciar y envile­
cer á la m u jer, que en la sagrada per­
sona de María ha sido hecha Madre de tu
Dios y mediadora amabilísima de tu di­
cha y de tu gloría?
«Por su parte, viéndose elevada ú tan ta
excelsitud, cuando poco untes se vió en
tan miserable bajeza, la m ujer compren­
dió la necesidad de hacer obras confor­
— 250 —

mes con la dignidad de su sexo y con la


grandeza de su vocacion, ahora recono­
cida por ella, y de esforzarse por asem e­
jarse á su celeslial modelo; y entendien­
do que María era su p a lla d iu m , arrojóse
am orosam ente en sus brazos y recogióse
bajo el m anto de su protección, amándo­
la con el amor y la ternura con que los
niños am an á sus m adres. La sencillez de
esta prim era edad, el pudor de la virgen
y las casias caricias de la esposa, el am or
de la m adre, la diligente humildad de la
viuda, y en sum a el celo con sus infinitas
invenciones, vinieron por aquí á ser como
su propio elem ento, la vida de su vida,
lo que ocupa sus dias y llena con santos
pensamientos sus mismas noches (1).»
Véase, pues, la eficacia de los medios
que posee la Iglesia para llevar á cabo
su obra admirable de ennoblecer á la
m ujer. C u ín fiel y escrupulosa haya si-
(0 G aum e: H istoria de la fam ilia.
— 2a i —

do en el uso que ha hecho de ellos para


cum plir en cs(a parle con su misioa di­
vina , verdaderam cule civilizadora , y
cuánto le deba en las naciones cristianas
el respeto de la m ujer, que es signo cier­
to de civilización, díganlo las innum e­
rables vírgenes á quienes desposó con
Jesucristo en lo interior del santuario;
díganlo el celo con que ha inculcado la
santidad del m atrim onio. Porque convie­
ne no olvidar lo que dice á este propósi­
to el gran publicista español ya citado:
que los dos polos de la conducta del Ca­
tolicismo para realzar á la m ujer son, un
celo incansable por la santidad del m atri­
monio, y un cuidado exquisito para llevar
el sentim iento del pudor, personificado
del modo más excelente en el velo de la
virgen c ristia n a, al más alto grado de
delicadeza. Dígalo tam bién la legisla­
ción de los pueblos católicos, que asegu­
ra á la m ujer los derechos y prerogati-
— 252 —

vas que goza en el órden civil; digalo la


grande honra que goza en ellos la m a­
dre digna de este nom bre, la cual se ve
rodeada de la consideración, respeto y
amor debidos ¿ la que es señora en el
hogar doméstico; díganlo en fin los ter­
ribles y gloriosos com bates de la Iglesia
en defensa de la santidad del m atrim o­
nio y de su carácter s a g ra d o , furiosa­
m ente acometidos por la impiedad y por
la corrupción del corazon, ayudadas de
sus maldecidos cómplices el protestantis­
mo y la filosofía m oderna, siempre in­
dulgentes con el vicio y con las pasio­
nes, sobre lodo si se m uestran protegi­
dos de la fuerza m aterial. Profanando en
la abominable persona de su fundador y
en la desdichada religiosa Catalina Boré
la virginidad consagrada á Dios; secula­
rizando el m atrim onio, autorizando la po­
ligam ia (1) y el divorcio, que es una po­
(I) Puede vor.se en In Historia de la fam ilia, de
ligamia sucesiva, y suprim iendo el culto
de la purísima V irgen, el protestantism o
deshizo en gran parte de Europa la co­
rona de pureza y castidad fabricada en
honor de la m ujer y para gloria de Dios
y contento de los hombres por mano del
Catolicismo. Cundieron por desgrncia el
ejemplo y las doctrinas del hcresiarca sa­
jón y de sus discípulos, como cunde to­
do lo que halaga los apetitos sensitivos
y el o rgullo; y fué de ver cómo á ese
mismo paso empezó ú caer sobre la m u­
je r el antiguo oprobio con que la deshon­
ró el paganismo reduciéndola á la escla­
vitud de las fuerzas sensuales del hom­
bre, y lo que es peor, á una esclavitud

Moíis. f ia u m e , el texto lite ral de la re sp u esta q u e


d ie ro n L ulero, M elanrton y o tro s corifeos de la h e ­
re jía , al lan d g rav e de H e ss e , a u to rizá n d o le á q u e
to m ase se g u n d a m u je r en vida de la p rim e ra. A u a
m ás c la ra m e n te se explicó el p ro testa n tism o a c e rc a
d e la p o lig a m ia , coino puede verse en B alines y e n
A vogadro: Teórica ilrl m atrim o n io .
— 254 —

consentida por la m ujer, que es el col­


mo de su degradación. R eferir los tor­
pes conceptos, los crim inales complots, y
por últim o los actos legislativos de la re­
volución liberal y socialista que en últi­
mo término pretende echar & Dios de la
fam ilia, como ya lo ha echado de la so­
ciedad, y sustituir á la acción divina la
acción del Estado, aten ta únicam ente,
como entre los g e n tile s , á aum entar ó
dism inuir la poblacion, conforme á las
necesidades de cada dia, ó la acción del
individuo emancipado asimismo del yugo
de la autoridad, moviéndose únicam ente
á impulsos de la carne y m irando como
un verdadero sacrificio su propia repro­
ducción; referir, digo, la séric de abo­
m inables errores é iniquidades de que se
ha hecho rea la ciencia m o d ern a, en­
gendrada del libre ex am en , quitando de
la m ujer el carácter sobrenatural y divi­
no que ha impreso el Catolicismo en su
— 255 — •

ser ( i ) , es asunto demasiado vasto para


tratado aquí. Basle decir, que la filosofía
del siglo pasado negó la virtud de la casti­
dad mirándola como una preocupación r i­
dicula (2); humilló ú los hombres hasta el
punto de rehusarles la posibilidad de ser
fieles en el m atrim onio; y puso por de­
chado de las relaciones entre úmbos se­
xos á los Uroncs, Olaitios y salvajes de
A m érica. La revolución francesa, que
adoró la razón hum ana en forma de pros­
titu ta v i l , practicó estos conceptos ver­
gonzosos dando ejemplo al mundo de lo
que es en m ateria de castidad y pureza
un pueblo sin Dios. Por últim o, la mo­
derna ciencia alem ana, más inmoral to­
davía que el materialismo del siglo XVIII,
(1 ) «La m u je r c ris tia n a , h a d ic h n De M aistre,
e s u n se r so b re n a tu ra l. ) Del T apa, L. 4, c ap . 2.
(2 ) Dicho d e D 'A lem ltert: <.KI h o m b r e , anadia
e s te ¡m pi> , s e r l feliz y lib re c u an d o los c o n ce p lo s
d e p r pii'ilnd, de m atrim o n io , d e fam ilia, de p u d o r,
do c a s tid a d , figuren e n tr e los m itos d e lo pasado».
S u p lem en to al viaje de B ougainvillc.
— 250 —

degrada la unión del varón y de la mu­


jer hasta un cinismo horrible, de que
se avergonzarían ciertam ente los bru­
tos, si les alum brara un solo rayo de in­
teligencia. Si todavía despide vivos ful­
gores la herm osura espiritual de la mu­
je r; si todavía la defiende, contra la li­
cencia de la literatura y de las costum ­
bres, la conciencia pública, aun en los
pueblos donde el protestantism o más la
ultraja y hum illa ( i ) , demos las gracias

(1 ) E n tra o tra s m u c ln s señales do la d e s r a -


d acion de la m u jer en la p ro te s ta n te In g la te rra , es
m u y n o b lilc la facuHnd que la ley da ¡il m arido de
e n a je n a rla . El D iario de los debates de o de E nero
d e 1844 reliere u n o de los m uchos casos q u e pudie­
ra n c ita rse, q u e fue el de im tal I h r t , quu v endió á
s u m u je r por u n c h elín El 1‘e rro n e tra e o tro caso
d e un m arido ingles que llevaba á su m u je r d la
plaza pública co i u n cordel ochado al ru e llo para
s e r vendida com o u n a l>estia. Kn C ésar C untú p u e ­
de v erse la loy inglesa q u e a u to riza e s tí v rn ta , e n ­
tra la cual sin oinlrargo p ro te s ta illi l;i conciencia
c ris tia n a , no extinguida d e todo p u n to , p-.es se r e ­
fiero que la policía im pidió en S'.ransfWrl i; io u n m a­
rid o v endiese á su m u je r en la plaza p ú b lic a , lo
cu al ju zg ó la a u to rid a d por d e sú rd eu dom éstico y
— 257 —

ú que el sol de la verdad católica, de


donde toma esta herm osura sus más deli­
cadas formas y colores, no se ha puesto,
ni se pondrá jam as en el m undo, antes
sigue alum brando aun á los mismos que
aborrecen su luz.
Antes de poner fin á estas breves refle­
xiones, será bien decir dos pa'abras que
pongan en claro la inmensa distancia que
separa en este punto ¡adoctrina católica de
la extraña vanidad y locura de lo* m oder­
nos socialistas en órden á los derechos y
á la dignidad de la m ujer. ¿Quién no ha
oído los clamores en que prorum pen al
verla en la sociedad cristiana debajo de
la obediencia y autoridad del hom bre en
el órden espiritual y dom éstico, y las
seductoras palabras que ponen en sus
oidos, rem edando á la a n tig u a serpiente

p r i n c i p i o d e i n m o r a l i d a d . r o n d p n a n d o ¡í los c o n s o r ­
t e s ( . . « e s lii m u j - r e r a g u s t o s a en la v e n t a - q u e d i e ­
s e n u n a CiiucioD do o libras e ste rlin a s cada u n o .
ENSAYO* 17
— 258 —

que la tcnló en el paraíso con halagos y


m entidas promesas? Muy al reves ilc e s­
tos sectarios, que corre» á los m ayores
oprobios por el camino de la rebelión, el
Catolicismo, cuyo espíritu es obediencia,
nos alcanza ;'i lodos dignidad y grandeza
reduciéndonos antes á obedecer á la a u ­
toridad legitim a. A sí, habiendo consti­
tuido el Señor ;i nuestros prim eros pa­
dres en el paraíso y puesto en sus marins
el cetro de la creación inferior, estable­
ciólos debajo de la obediencia que le es
debida; y porque la m ujer fué la prim e­
ra en fallar en ella, en pena de esta pri­
m era rebelión acaecida debajo del sol,
fué condenada á \iv ir bajo la obediencia
del hom bre. Siglos enteros sufrió la m u­
je r este duro yugo reducida á ignomi­
niosa s e n id tim bre, hasta que el divi­
no Salvador, q m vino á restau rar todas
las cosas, ¡m lunrurc om itía, y por con­
siguiente á restablecer y exaltar toda
— 250 —

grandeza hum illada, devolvió á la m ujer


la coropa de gloria y honor de que fué
justam ente despojada por su desobedien­
cia. Para libertarla de la tiranía de que
fué víetim a, como lo es y lo scrA fuera
de la Iglesia y aun en las familias cató­
licas donde no reina su e s p íritu , conve­
nia lo primero unirla con Dios por el
vínculo de la piedad, y ofrecerla á los ojos
del hombre revestida de la celestial be­
lleza que resplandece en las a l m a s infor­
m adas de esta excelente v irtu d : que
pues se perdió la m ujer separándose de
Dios, era bien que por esla unión resca­
tara el bien perdido; y lo segundo, enco­
m endarla al amor y á la protección de
los hom bres, trocados de tiranos que
eran v crueles, como carnales y ciego*,
en am igos y herm anos suyos, que ha­
bían de am arla con afecto espiritual v
más celestial que terreno, y tratarla con
honor, como á vaso más frágil y como ;\
— 260 —

heredera con ellos de la gracia de la vi­


da (1). No era eslo, como se v e , em an­
cipar á la m ujer, sino todo lo contrario,
uh irla con Dios, que es la fortaleza de
los débiles y la gloria de los hum ildes, y
sustituir el antiguo estado de servidum ­
bre, en que gem ia, con la íiel sumisión
que la m ujer cristiana guarda inviolable­
m ente á quien su Dios le manda obede­
cer. Antes que ella fué criado por Dios
el hombre, y después que ella y por ella
seducido en d paraíso: ¿qué mucho que
respete aquella prioridad y esta llorosa
desventura, siendo así que, conforme al
espíritu do la relig ió n , ¡i quien debe la
m ujer su nobleza y su d ic h a , el obede­
cer es cosa verdaderam ente grande y di­
vina? ¿qué mucho que obedezca á aquel
de quien es honrada, servida y defendi­
da con amorosa solicitud?

(t) Pct. 1,111,7


— 2G1 —

Muy de otro modo se han con la m u­


jer los apóstoles del nuevo evangelio, los
cua’es empiezan su obra de iniquidad li­
mando y destruyendo al fin para muchos
la áurea cadena labrada por la religión ca­
tólica para unir la tierra con el ciclo, y
extinguiendo en el corazon del hombre y
de la m ujer la lum bre del conocimiento
y del am or de las cosas celestiales, al
cual reem plaza el fuego de las codicias
del sentido, que forman una atm ósfera
de sensualidad que no puede respirar
el alma sin caer desfallecida y m uerta.
Después rompen el pacto de la alian­
za dom éstica, y destruyen con la auto­
ridad del varón en el seno de la socie­
dad dom éstica, el escudo que defien­
de la dignidad de la m ujer. Á lo cual se
añade, que emancipado también c! hom­
bre de la autoridad divina y declaradas
santas y adorables sus pasiones, queda
por su p a rta reducido á la esclavitud de
— 262 —

la carne, incapaz de ver ni de g u sta r las


cosas espirituales. En este estado, ¿qué
cosa será poderosa á contener sus apeti­
tos? ¿quién alcanzará á poner freno ni
concierto á su fuerza brutal? ¿Será bas­
tante fuerte la m ujer para resistir las
oleadas de esta concupiscencia? Pero el
único escudo de la m ujer es la castidad
y el pudor, que la falsa filosofía le a rre ­
bata: despojada de su fuerza y dignidad
moral, ni ella misma sentirá los ultrajes,
y para colmo de ignominia será cómplice
de su m ayor deshonra. En otros térm i­
nos, so pretexto de em ancipar Ala m ujer,
los enemigos de la Iglesia sólo m iran A
deseatoíi'/.urla, es decir, á arrebatarle con
la hermosa vestidura de gracia y de pu­
reza con que la adorna la religión, los tí­
tulos y derechos que tiene en la sociedad
cristiana A ser honrada en razón de su
augusta d ig n id a d ; dejándola después A
m erced de la fuerza, hecha. \¡clim a de
— 263 —

la sensualidad y de los caprichos de


hombres sin Dios ni corazon; y por últi­
mo, despojándola de aquella suave in­
fluencia que le dan su piedad, su tern u ­
ra, su belleza espiritual, sobre la educa­
ción y las costum bres, sobre el indivi­
duo y la sociedad, y haciéndoles trocar
su nobilísima misión, esencialm ente cris­
tiana v civilizadora , por la hum illante
condicion de esclavas viles del deleite.

CAPÍTULO XI.

Lo que debe In dignidad de los hom bres ¡i los


«lobinas raló liros do la unidad di' D i»' y de la
csjirric h u m a n a , y á la eonsidiTaeion d rl prci io
liilinilo que cosió su rescato.

liem os visto la excelsa dignidad del


hombre en el acto mismo 'le adorar al ver­
dadero Dios y la grande estima en que la
— 261 —
tiene el discípulo fiel de Jesucristo: tam ­
bién liemos vísio á la m ujer regenerada y
bendecida por Dios y puesta al lado del
varo» con la dignidad de esposa y de
madre-, ó levantada sobre lodo lo criado
en un oslado de perfección angélica:
ahora vamos ¡i ver la dignidad de lodos
los hombres, sin distinción de eslado ni
condición social, á los ojos de la fe.
No hay cosa más cierta rn el mundo
que el menosprecio que hace el hombre
de sus sem ejantes fuera del Catolicismo.
• MI hombre como hombre, • dice Balines
reliriéiidosc á los pueblos antiguos, «no
era estimado en lo que vale. Fallaba en
cllns la comprensión de toda la dignidad
del hom bre, el alio concepto (pie de nos­
o t r o s mismos nos ha dado el Cristianis­
m o__ Enlrc los griegos, el griego lo es
todo, los extranjeros, los bárbaros no son
nada; en Roma el título de. ciudadano
romano hacc al hombre; quien carece de
— 265 — .# •

este título, es nada ( i ) . » Tal es el he­


cho; cuanto á sus causas, no es difícil d ar
con ellas: perdidas las tradiciones divi­
nas acerca de la grandeza en que fué
el hombre criado por Dios, y caído ade­
m a1!, en castigo de su prim era rebelión,
en la abyección de los sentidos, que no
conocen más gloria que la puram ente
■animal, ni ven otra grandeza que la fí­
sica, ¿qué mucho que se ocultase á sus
m iradas la im igen de Dios, afeada, pero
no destruida en el hombre por el lodo y
la sangre que la desfiguraron horrible­
mente? Por lo cual si algunos hombres
eran eslimados, no en lo que valen, sino
en mucho m énos, no lo debían cierta­
m ente á la dignidad de su naturaleza, ni
ú virtud alguna moral (harto drbil fuera
del Catolicismo), sino al mero accidente
de la ciudadanía, que les daba parte en

(I) El protestantismo, l. 2, p .' 22.


* — 206 —

la m ajestad civil de la república. En


cambio los que no gozaban del jus pro­
pio de la ciudad polilica, ó eran barba­
ros, ó enemigos, ó estaban bajo el domi­
nio absoluto y de ordinario tiránico de
sus señores. En este último caso se en ­
contraban las criaturas débiles por n a tu ­
raleza, como la m ujer y el niño, ó por
su m isera condicion, romo el pobre y el
esclavo. En una sociedad sensual *v cruel,•
que por añadidura lia lúa disipado el te ­
soro de las tradiciones sag rad as, en tre
ellas los dogmas de la unidad de Dios y
del linaje hum ano, no había ni aun es­
peranza para eslas infelices criaturas
oprimidas y u ltra ja d a s, sin que ellas
mismas ad v irtie sen , pues tanta era su
desdicha, el agravio que su Trian.
En tanto, sonó la hora de la redención
en el reloj de la eternidad, y el Hijo de
Dios se dignó venir al mundo y sellar
con su preciosísima sangre la celestial
— 267 —

doctrina de su Evangelio, toda llena de


altísimos conceptos acerca del hombre
considerado bajo el doble aspecto de su
naturaleza y del órden sobrenatural y
divino á que fué elevado por la gracia.
Consumada uno fué la obra divina, el
hombre empezó á estim ar al hombre en
lo que vale, y á com prender, que el ni­
ño, la m ujer, el pobre, el esclavo, que
antes eran nada en sus ojos. valían nada
menos que un precio inlinüo. A su vez
todas estas criaturas, ánlcs infelices, y
los que eran tenidos p:ir bárbaros ó ene­
migos, despertando como de iln profun­
do sueño y viéndose tan apreciados, pu­
dieran decir con verdad: «Valemos cada
uno nada menos que la sangre de uu
D ios.>
Pero no se mostró solamente por aquí
lo mucho que vale la noble criatura com­
prada á tanto precio: pues las palabras
de Cristo prueban, no menos que su pro-
— 208 —
ciosa sangre, la augusta dignidad en que
fué servido de constituirla. Cuando en­
señándonos el modo de orar profirieron
sus sacratísim os lábios la palabra P a d r e
n u k s t o o . que estás en los cielos, una luz

divina descendió de ellos al corazon de


los hombres, con que pudieron entender
los poderosos y los fuertes ser herm anos
de los débiles y miserables; y éstos otros
alegrarse mucho sabiendo que hay allá
a rriba una providencia que vela por ellos
am orosa. Con este dogma de la unidad
de Dios fué revelado el de la ur.idad de
la especie h u m a n a , contenida en nues­
tros primeros padres, de los cuales se
derivó á todos los hombres la misma ex­
celente naturaleza. De aquí tam bién el
principio de la igualdad esencial y de la
fraternidad é n tre lo s hom bres, hijos de
unos mismos padres en el órdon de la
naturaleza y de un mismo Dios, en cu­
yos ojos no hay acepción de perso-
— 269 —

ñas ( i) : P u es todos sois hijos de Dios __


y estáis revestidos de C rido (2). Jesucristo
los unió á todos entre si haciéndolos una
s-ola cosa consigo, y quiso que fueran con­
sumados en esta unión de caridad, y que
por ella se señalasen como discípulos su ­
yos. Y es de notar que en las mismas ra ­
zones con que les persuadía á am arse m u­
tuam ente, poníales delante su em inente
dignidad y grandeza. Porque lo prim ero,
el precepto de am ar al prójimo como á
nosotros mismos, nos lo puso Dios después
de habernos dado el primero y el más
grande de lodos, el cual consiste en am ar
á Dios con lodo nuestro sér, añadiendo:
Y hé aqui que el segundo es s f . m u a n t i í al
prim ero . ¡Semejanza magnífica! que así
como nos hace ver y contem plar en el

( ! ) Non pst nersonarum nccplio apud Deuin.


(Coios. t i l , 22.)
( ? ) Olimos onim lilü l)«i e s t is .. .. Q u ic m n q u e
eniin in C I h M o liapli/.ati eslis, Cliiislum ¡nduistis.
( A d. Gal. III, 20 y 27.)
- 270 -
hom bre la d ignidad y herm o su ra del
C riad o r, reflejadas en la sem ejanza de si
m ism o q u e pone en las alm as de sus fíe­
les hijos, asi en el am o r que debem os
ten er de los hom bres nos m u eslra u n a
como extensión y participación d c la m o r
d iv in o , de su erte que en ellos am em os
al mismo Dios. Lo cual es tan cierto,
que el m ism o S eñor tiene por h ec h as á
01 las obras b u en as que hiciérem os con
c u a lq u ie ra de n u estro s prójim os. • En re ­
sol u r ion, » d iré con el insigne y v e n e ra ­
ble P ad re Luis de la P u e n le , «el ser
todos herm anos, hijos de un m ism o P a ­
dre qi:e csiá en los ciclos; el g ra n d e am or
q u e Dios les tiene por ser c ria tu ra s s u ­
yas h ech as á su im agen y sem ejanza; el
g ra n v alo r de su s alm as redim idas y
com pradas con la san g re de Jesu cristo ;
el g ra n caso que hace aun de los m u y
pequeños poniéndolos en su lu g ar y di­
ciendo, que lo que hiciéram os por ellos,
— 271 —
es com o si lo h iciéram os con su divina
perso n a; el rig o r con que nos m anda que
los am em os 110 sólo com o ú nosotros m is­
m os, sino com o él m ism o nos am ó», son
las principales razones con q u e el C ato­
licism o nos p ersu ad e el am or de los hom ­
bres. Si con ellas se ju n ta el considerar
que el am o r ordenado por C risto , como
su m a y lili de su santísim a le y , g u ard a
proporeion con la d ignidad y c x c d c n c ia
del objeto am ad o , podr.'i entenderse al­
g u n a cosa de la alteza á que es exaltado
el hom bre por n u estra divina religión,
q u e toda ella es caridad y am or de Dios
y del hom bre. Y á la verdad, ¿á qué co ­
sa que 110 fu era d iv in a, como debe serlo
en cicrla m an era el h o m b re , podría te ­
nerse un am or divino, como es el am o r
de ra rid ad que vino á cn rcm lcr en las
alm as Jesucristo:’ Después de Dios sólo
pueden se r objeto de tal am or su s p ro ­
pios hijos, herederos de su re in o , dioses
— 272 —
tam b ién por participación y sem ejanza
con su m ism a divinidad adorable.
Si de estos conceptos, com unes á todos
los hom bres, pasam os á los que tocan m ás
p artic u la rm en te á qu ien es por razón de
su debilidad eran asu n to especial de m e­
nosprecio e n tre les an tig u o s, como lo son
hoy dia en las regiones donde no florece
el C atolicism o, hallarem os nu ev as y e x ­
celentes razones con q u e esclarcccr el
p resen te tem a. Asi dejando ap a rte las
consid eraciones re la tiv a s á la dignidad
de la m u jer católica , de q u e ya he d is­
cu rrid o en el capitulo a n te rio r, veam os
en los tres sig u ien tes lo que deben al
C atolicism o los otros séres débiles m e­
nospreciados y oprim idos fuera del seno
am oroso de la Ig lesia.
CAPÍTULO XII.

Cuán grande cosa son los niños mirados ú la luz


del Evangelio y formados por el espíritu del
Catolicismo.

E m pezando por los niños, im ágen de


la debilidad y del candor de la inocencia,
¿qué caso h acia de ellos la sab id u ría g e n ­
tílica de los a n tig u o s , re sta u ra d a en la
edad m oderna por las sectas en que se
h a dividido el protestantism o? Por re g la
g e n e ra l, la consideración en que son te ­
nidos los hijos depende de las ideas q u e
form an los ánim os del sagrado vínculo
d el m atrim onio. Los que le m iran á la
luz de la fe como in stitu ción d iv in a, o r­
denad a p or la sab iduría del C riador p ara
m ultip licar sobre la tie rra el núm ero de
las in telig en cias q u e glorifican ú Dios, y
- 274 —
e n c am in arlas al ciclo, su verd ad era pa­
tria , tien en en m ucho la dignidad de los
niños, dolados de esp íritu s inm ortales,
hechos á im agen y sem ejanza de Dios, y
destinados á re in a r e tern am en te con 01;
m us p ara los g en tiles, e n tre los cuales la
sag rad a institución del m atrim onio^ d es­
pojada de lodo c a rá c te r esp iritu al y m o­
ra l, e ra lan solo el m edio de c o n te n ta r
un ap etito y de ad q u irir el hom bre u n a
c sc la v a , los hijos fueron re p u tad o s por
cosa m aterial del dom inio del padre ó de
la rep ú b lica ( í ) . P o r la propia razón,
cu an d o so b reabundaba el núm ero de los
hijos, el legislador ten ia p ré sen lo s el
ab o rto y el infanticidio; y si por des­
g ra c ia el hijo rcciennacido no daba espe­
ranza p or su m ala conform acion de se rv ir
¿ la p a tria , la ley de las doce tablas po-

(I) «El nom bro propio del p a d re , suplíoslo es­


te liccho, os el do S e ñ o r, com o ol n o m b re del lu jo
e s el de esclavo.» D onoso, E n sa y o , pág. 30.
— 275 —
nia al p ad re precep to de q u ita rle inm e­
diatamente la vid a: P a te r (observa el
P a d re C urci q u e la ley habla con el p a­
d re , p o rque á h ab er hab lado á las m adres
no h u b iera sido g u a rd a d a ) P a ter insig-
nem a d deformitatern fdium cito necato.
O tra ley del m ism o famoso código con­
cedía al p adre el d erech o de vida y
m u erte sobre sus hijos, y la facultad de
venderlos, pues e ra n tenidos por cosas
con relación al p a d re , como la m u jer y
el esclavo: In liberos suprem a palru m
auctoritas esto, vem ivd a re occidere liceto.
No p rotestó la filosofía co n tra legisla­
ción tan h o rrib le, Antes se hizo cóm pli­
ce de ta m a ñ a b arb arie en sus dos m ás
ilu stres re p re se n ta n te s, Platón y A ristó­
teles. El p rim ero hizo com paración de
los hom bres con las b e s tia s , añ adiendo
q u e en am bos casos la educación e ra
ig u a l, sim iliter res se habet, dando el
nom bre de redil al lu g a r donde h ab ia d e
— 270 —
su ste n ta rse en com ún á los niños que por
razón de su s cualidades físicas co n v in ie­
r a co n serv ar á la rep ú b lica. A ristóteles
por su p a rte profesó la d octrina de P la ­
tón sobre el aborto y el infanticidio obli­
g ato rio s, si bien p a ra d esvanecer su s es­
crúpu lo s en la m ateria a d v irtió , q u e el
ab o rto h abia de p ro cu rarse an tes de la
an im ació n de la c ria tu ra , y como proce­
dim iento inénos cru el q u e la e x tra n g u -
lacio n , aconsejó la exposición y abandono
d e los niños, y el p riv arlo s ab so lu tam en ­
te de alim ento: De exponendis vel aleñáis
partubu s lex esto: ne quid mancutn e td e -
bilc a la tu r (1 ). C uanto á la educación de
los hijos, d eb ería de ser pública, no p riv a ­
d a . iC a d a ciu dadano, d ccia, es una p a r ­
tícu la de la so cied a d , y el cuidado de
u n a p artíc u la debe n a tu ra lm e n te en d e re ­
zarse á lo q u e d em an d a el lodo (2 ). »

(1 ) P o lil. I. 7 , ra p . 16.
(2 ) P o lil. I. 8 , c . 1.
— 277 —

No es posible desconocer m ás com ple­


tam en te la a u g u s ta d ig nidad q u e res*
plandcce en los niños á los ojos de la fe
y de la razón cató lica. L a n atu ra le z a
h u m an a está en ellos ín te g ra : su s alm as
llevan estam p ad a la im agen de la a d o ra ­
ble T rin id ad ; y si por v e n tu ra h an sido
re g e n e ra d o s por el b a u tism o , ofrecénse
d e'an te de los cielos y de la tie rra v e s­
tidos con blanca estola de p urísim a ino­
cencia , trocados en herm osos m odelos
de lo que debe se r el hom bre y a form a­
do. N u estro divino S alvador llam ó á sí á
los niños, diciendo: D ejad que vengan á
tnl los nilios, y no los im p id á is: porque
de los tales es el reino de D ios: Jesús au -
tem convocans filios d i x i t : S initc pueros
venire ad m e; el nolile v e ta re eos: T a-
üu m esl enim reg n u m Dci ( 1 ) : M irad
que no tengáis en poco á uno de estos pe-

(1) Luc. 18, 16.


— 278 —
queñitos'. porque os digo que sus ángeles
en los cielos siem pre ven la cara de m i
p a d re , que está en lus cielos: V idete ne
co n lem n alis u n u m ex liis pusillis: dico
enim vobis, q u ia an g elí corum in coelis
sem p er v id en t facicm p a tris m ei qui in
coslis cst (1 ). En c ie rta ocasion p re g u n ­
taro n los discípulos ú Jesú s, quién e ra
m a y o r en el reino de los c ic lo s, y lla­
m ando Jesú s á un niño lo puso en m edio
d e ellos, y dijo: En verdad os d igo, que
si no os volvió reís é hiciereis como niftos,
no entrareis en el reino de los cielos:
A m en dico vobis, nisi conversi fu erilis,
c t efíiciam ini sic u t p arv u li, non in tra b i-
tis in re g n u in coeloruni (2 ). Fiel á esta
d iv in a en se ñ an za , la Iglesia católica h a
prodigado los tesoros de su celo en favor
d e los niños, ah o ra inculcando en el án i-

(1) Math. 18, 10.


(2 ) Ib id . 3 .
— 279 —
m o de los p ad res el sagrado d eb e r de
c u sto d iar su inocencia y ad o rn a r y p e r­
feccio n ar sus alm as, ah ora recibiéndolos
am oro sam en te en su s escuelas, para in s­
tru irlo s y edificarlos, ah o ra en fin b u s­
cándolos por las m ás a p a rta d a s regiones
donde no luce el sol de verdad y de ju s ­
tic ia , p ara reg en erarlo s con las a g u a s
del b au tism o , y criarlo s luego á su s pe­
chos rodeando su c u n a de án g e le s de c a ri­
dad (III). Gloria in sig n e son del C atolicis­
m o las g ra n d e s in stitu cio n e s nacidas en
su seno p ara form ar las alm as de los n i­
ños n u trién d o las con leche de celestial
d o ctrin a , su p erio r infinitam ente ú los
m ás sublim es conceptos de los filósofos
g en tiles; sem b ran d o en su corazon la
sem illa de la v irtu d , fu ente de d ig n id ad
y g ran d eza m oral; elevando sus afectos,
fortaleciendo su albedrío, castílicando su s
alm as, y enam o rán d o las de todas las co­
sas bellas y nobles en q u e se refleja la
— 2S0 —

m ajestad y h erm o su ra de los ciclos. E s


(anta la estim a en q u e tiene á los niños
la religión católica, q ue no co n ten ta con
haberlo s librado de la tiran ía del E stad o ,
que los hacia suyos y los form aba p a ra
su serv ic io , ni con haberlos confiado al
am or de los p ad res, no y a como cosas,
sino como p ersonas sag rad as ( res sacra
p tter) de q u e alg ú n dia h a de pedirles
e stre c h a cu e n ta la P rovidencia d iv in a,
h a cread o , por decirlo a s í , el am or so*
b re n atu ral de la niñez en alm as escogi­
das por su n o b leza, y á este am or h a
condado u n a de las obras m ás g ra n d e s
que hacen los hom bres ayudados del fa­
vor divino: la educación cristian a de los
jóven es. ¿Sabéis bien lo q u e es la e d u c a ­
ción c ristia n a , esa especie d e g e n e ra c ió n
esp iritu al q u e form a las alm as p ara la
alteza de su estado y vocación sobrena­
tu rale s y divinos? ¿Sabéis de q u é m odo
conserv an las alm as, m erced á la ed u ca-
— 281 —
cion cristian a , la im ?g cn y sem ejanza de
Dios, y cóm o se elevan y dilatan á su
am oroso contacto? P unto es este que la
filosofía católica ha ilu strad o con nobilí­
sim os conceptos, q u e el lector me p erm i­
tirá siq u iera in d ic a r, p orque es seg u ro
q u e dicen m uy e stre ch a relación con mi
propósito.
Es la educación, como la p alabra m is­
m a lo dice (educare; en francés suena
como elevar en ca ste lla n o , elever) , un
desenvolvim iento legitim o de la v id a , ó
sea de las potencias m ás nobles de nues­
tra n atu ra leza , el cual procede, como en
la plan ta, de d en tro afu era , p ara sac ar á
luz en su d ia los g érm e n es de verdad y
de v irtu d arro jad o s en el corazon del n i­
ño y del joven por u n a inteligencia y un
corazon ya form ados. E sta es la ed u ca­
ción por ex celen cia, que ilum ina al en ­
tend im ien to , ennoblece los afectos del
corazon, ordena la v o lu n tad , señ o rea los
— 282 —
a p e tito s, y h ace del n iño un hom bre
perfecto . A hora bien, al p ar ríe las v e r­
dades m orales m ás ev id en tes, es cosa
c ie rta , que esta educación no es v e rd a ­
dera ni com pleta sino en el seno del C a­
tolicism o, ah o ra lo re p resen te d ig n am en ­
te la piadosa m ad re q u e p re p ara dias
de gozo y tal vez de gloria á su fam i­
lia y á su p atria en el niño q u e a c a ri­
cia en su s ro d illas, o ra el ven erab le
sacerd o te ó la heroica religiosa que d ejan
el m undo p a ra se g u ir é im itar al divino
M aestro, q ue ta n ta dilección m ostró á
los niños inocentes. Porque lo p rim ero ,
cu an to á la p a rte de la educación q u e se
ordena á form ar el e n ten d im ien to , ¿ q u é
escuela poseyó e n tre los g e n tile s , ni
posee e n tre p ro testan te s y ra cio n alista s,
la ad m irab le su m a de ciencia religiosa y
m oral q ue e n c ie rra el catecism o de la
d o ctrin a cristia n a aprobado por la Ig le­
sia? Si no hem os de seg u ir las p erv ersas
— 263 —
m áx im as del Em ilio en la educación de
los n iños, será preciso decirles desde su
edad m ás (ierna quién es D io s, y qué
som os los h o m b res; con qué fin nos h a
criad o ; cómo nos ha redim ido del pecado
y de la m u erte ; cuál es la ley de am or
q u e nos h a dado, y el cam ino seguro del
ciclo; será en su m a preciso enseñarles
las sublim es v erd ad es del m undo m oral,
q u e em pieza en la p resen te vida y se
d ilata m ás allá del sepulcro por una d u ­
ración sem p itern a . ¿D ónde, fuera del C a­
tolicism o, recib irían los niños la única
en se ñ an za in m u tab le de Ja verdad , q u e
form a y eleva los en ten d im ien to s?
Lo seg u n d o , p ara e n g ra n d e c e r al hom ­
bre-n iñ o debe la educación ennoblecer
su corazon y su s a fe c to s, sin g u la rm e n te
el a m o r, q ue los com prende todos. El
qu e no a m a , está m u erto , dice el e v a n ­
g e lista S . Ju a n ; pues el am or es la vida
del alm a, el am o r p u ro y d iv in o , q u e
— 284 —
sube al cielo com o encendida lla m a , y
consum e las afecciones b ajas y te rre n a s
del h om bre. C uanto m ás alto es el objeto
am ad o , m ás su b e el alm a en alas vlel
am or. P u es bien; jú z g u e se de la ex c e­
lencia de la educación c ristian a por la
em in en te g ran d eza de las cosas que el
C atolicism o nos enseñ a A am ar y d ese ar;
¡as cu ales son todas esp iritu ales é invisi­
bles, celestiales y e te rn a s, de u n a belleza
siem p re a n tjg u a y siem pre n u ev a, d ig n a
de infinito am or y ad m iración. P ara
in sp irar estos nobilísim os afectos en el
corazon de la niñez, la educación c ris tia ­
na bace u n a san ta v io lencia á sus incli­
naciones m alas ó m ezquinas; que al m o­
do com o el jard in e ro hace prim ero u n a
incisión en el árbol p ara com unicarle la
sávia de o tra v id a, así es preciso poner
la se g u r á la raiz de las pasiones cu an d o
em piezan á b ro ta r en el h o m b re , incli­
nado al m al desde su adolescencia, p ara
— 285 —

q u e 1c e n tre en el corazon la sávia del


am o r divino. P o r ú ltim o , la educación
c ristia n a en g ran d ece al niño fo rtalecien ­
do su vo lu n tad con hábitos virtuosos, y
adorn án d o la de u n a de las m ás ricas e x ­
celencias de la vida m oral, conviene á
saber: la pureza y sencillez de intención,
q u e tan bien dice con el can d o r y la
inocencia de los prim eros años. P or ú lti­
m o , g ra c ia s á la educación cristian a
ap ren d e el n iñ o , que su cuerpo es un
tem plo q u e debe m ira r con casto re s ­
peto , porque en él h ab ita el m ismo Dios,
de q u ien ú n icam en te procede la fuerza
q u e lo co n serv a puro é in m a c u la d o , ce-
f ido de luz s o b re n a tu ra l, reflejo de la
m ism a san tid ad d iv in a. «Ni la flor que
a b re su m atizada corola al resplandor del
sol; ni el lago c u y a tran q u ila pureza r e ­
fleja el azul del firm am e n to ; ni el av e
q u e revolotea e n tre ray o s de luz; ni el
árbol q u e o ste n ta bajo el ciclo de la p ri-
— 280 —
m av era su pom posa corona de flores ; ni
el m an an tial q u e corre sobre are n a s d e
oro, re tra ta n d o en su s lim pias ondas la
belleza de sus m á rg e n e s ; n in g u n a cosa
cre a d a , para decirlo de u n a v ez , puede
infundir d eleite sem ejan te al que des­
p ierta en las alm as el rostro de un niño
donde resp lan d ece inm aculada la h erm o ­
su ra de n u estro sér, com o la frente de
la v irg en sin m ancilla, modelo de belleza
h u m an a y de candor v irginal (I ).»
A m edida que la educación cristian a
va ilum inando y g rab an d o con m ay o r
perfección la im ágen de Dios im presa en
el n iñ o , v a asim ism o d espertando el
sentim ien to de su dig n id ad, recordándole
ú cad a paso el precio infinito q u e h an
costado al H om bre-D ios las inefables
m erced es que adornan su alm a esp iritu al.
Y con el respeto d e si m ism o, con la e s -

(1) Conferencia* del Padre Feliz.


— 287 —
tim a de e s la p arle su p erio r de su n a tu ­
ra le z a , ex altad a h asta los cielos por la
g ra c ia , con la estim a tam b ien d e su c u e r­
po y de su corazon, q u e es com o un ta­
bernáculo anin:ado del Dios v iv o , la e d u ­
cación cristian a inspírale el respeto de los
dem as h o m b res en razón de su dignidad
n a tu ra l y del sé r so b re n atu ral y divino
d e que hacc m erced el m ism o Dios á los
que le am an y v iven de su vida alu m ­
brad o s por el sol de la verdad e te rn a .
Con razón h a dicho u n p ro testan te de
n u estro s dias (G uizot), q u e el C atolicis­
m o es la m ay o r e s c u d a de respeto que
h ay en el m undo; y h u b iera podido a ñ a ­
d ir, q u e la razón de esto e s , se r es­
cuela del m ism o D io s, au to r de toda
g ra n d e z a y d ig n id ad , y m aestro infalible
que nos eleva al conocim iento y al re s ­
peto de todas las cosas verd ad eram en te
g ra n d es, an te las cuales inclina m odes­
tam en te su fren te to d a persona educada
— 288 —
en esta e s c u d a d iv in a ( i ) . No siéndom e
fácil, ni conduciendo á mi inlcnlo (fuera
de que y a he dedicado en otro lu g a r al­
g u n a s pág in as al presen te p u n to ) h ab lar
de todas las cosas g ran d es que la religión
católica nos enseña á re sp e ta r, lim itarém e
á ro g a r al lector q u e p onga los ojos en
la triple dig n id ad q u e brilla a n te las m i­
ra d a s del niño cristian o en lodo hom bre
q u e llev a a lg u n a de las tre s coronas de
la p atern id ad , de la vejez y del sac er­
docio.
Lo p rim e ro , de la vejez. L ev á n tate,
nos dice Dios, d elan te de la cabeza e n ­
can ecid a, y honra la persona del an c ia­
no (2 ). Corona de dignidad es la ve-

(1 ) Así com o sólo e n la e s c u d a •■ •I C atolicis­


m o, dice un o ra d o r i lu s tr e , se a p re n d e á re s p e ta r
Id q u e m ere ce re sp eto , a si tam bién es l;> e sc u ela del
re sp e to In única que nieva y e n g ran d ece las a lm a s.
(C onf. del P a d re F é lix , ISC1).
(2 ) L evit. 19, 32.
— 289 —

jez ( i ) , y dignidad de los ancianos su s


ca n as (2 ). Lo seg u n d o , de la p atern id ad .
L a religión en cu m b ra la paternidad bas­
ta los cielos de donde la d e riv a : E x qno
om uis p a lo m ita s in ccelis ct in térra
nom inahir ( 3 ) ; y pone precepto ¡i los
hijos no y a sólo de re s p e ta r, sino de
re v e re n c ia r la m ajestad divina que re s ­
pland ece en el p ad re. Si alg ú n respeto
e n lre los hom bres debe acercarse y com o
co nfu n d irse con la adoracion de la cx c el-
situ d d iv in a, es e sla re v ere n cia, ó m ane­
ra de culto , cu y o ejercicio lom a el hom ­
bre tiern o y expresivo de piedad filial,
u n a de las v irtu d es m ás bellas cu ltiv ad as
por la religión en el corazon Jium uno.
Los hijos, dice uno de n u estro s m ejores
catecism os, deben m ira r á sus padres
com o á dioses visibles, q u e el Dios in v i-

(1) 1G, 31.


(2 ) 20. 29.
(3 ) k p li. III, 15.
ENSAYO. <9
- 290 —

sible h a puesto á su vista p ara q u e le


representen (1 ). P or ú ltim o , corona de
sac erd o te: dignidad incom parable q u e
ju n ta en uno la enseñanza infalible de la
v erd ad , sola perfección del en ten d im ien ­
to , la santificación del corazon y de la
vida to d a, m ediante los sacram entos in s­
tituidos p or C risto, y la au to rid ad que
orden a y dirig e al hom bre por las v ías
de su vocacion d iv in a: M agisterium . m i-
nisterium , im periw n . No hay térm inos
con q u e ex p resar, ni h ay entendim iento
criado que pueda com prender la excelsa
dignidad del sacerdocio católico, por ra ­
zón m u y sin g u la rm e n te de la v íctim a
qu e co n sag ra y ofrece al Dios de la m a­
je s ta d , y del sacriñcio de alabanza con
q u e hace su celestial oficio de ce le b ra r
su b o n d ad , su sab id u ría y su inefable
am o r. Una au reo la de sa n tid a d y de p u -

(I) Catecismo del Sr. Mazo.


— 291 —
re za, su p erio r A toda v irtud te rre s tre , es
como el reflejo de la m ajestad del s a c e r­
docio; y u n tesoro de obras, hijas de la
ab neg ació n y del celo inspirados de a r­
rib a, co n sagradas á e x te n d e r el reino de
Dios sobre la tie rra y á poblar el cielo de
esp íritu s in m ortales, á costa de los afec­
tos m is Íntim os del corazon y á m enudo de
la propia v id a, son las p erlas q u e ad o rn an
su herm osa diad em a. No es, p u es, de m a­
ra v illa r, que la educación c ristia n a in­
cline la frente del jo ven a n te esta g ra n ­
deza incom parable; ni que las len g u as
m odernas, form adas p o r el espíritu de la
Ig lesia, h a y in exten d id o con adm irable
razón al sacerdocio católico el honor de
la patern id ad , y ju n tad o con él la g lo ria
de la santidad en el sum o Pontífice y sa ­
cerd o te q u e re p re se n ta con m ayor ple­
nitud y au to rid ad á Jesu cristo sobre la
tie r r a , como V icario suyo que e s , &
q u ien todos llam am os: P adre santo.
— 292 —
jCosa v erd ad eram en te m aravillosa! En
e s ta esc u ela d iv in a de respeto de las v e r­
d a d e ra s g ra n d eza s q ue la fe descubre á
n u e s tra v ista, la dig n id ad del niño crece
d e la n te de Dios y de los hom bres en vez
de p ad ecer dism inución , verificándose
tam b ién aquí la ley de la d iv in a P ro v i­
den cia, q u e e x a lta á los hum ildes, únicos
e n tre los hom bres que saben y g u s ta n in­
clinarse a n te la m ajestad d iv in a, q u e por
m an eras d iferen tes rep resen tan todas las
cosas g ra n d e s y a u g u s ta s, dig n as de re s­
p eto y am o r. «¡Olí cuán h erm osa cosa es,»
dice el ¡lustre orador an tes citado, «la v i­
d a de los sublim es alum nos form ados en
e s ta escu ela d ivina de d ignidad y respe­
to! No h an m en este r por cierto d ecir,
q u e tienen en g ra n d e estim a su honor,
ni que han sido educados con esm erada
so licitu d ; porque en su m ism a frente lle­
v an im preso el sello de la grandeza q u e
los formó á su im ág en . ¡Cuán levantados
— 293 —
son sus p en sam ien to s, su corazon, su s
afectos, su v o lu n tad , su alm a, todo su
sér! |Con q u é g ra c ia sale v estid a su d ig ­
n id ad , y con q u é m odestia su grandeza!
No h ay cosa a lg u n a sublim e q u e no los
ca u tiv e , ni cosa noble q u e no co n m ueva
su pecho generoso. Todo ejem plo de v ir­
tud in sig n e, de abnegación sublim e ó de
heroico sacrilicio, in u n d a su alm a de luz,
su corazon de sen tim ie n to , de lá g rim a s
sus o jo s ... Y por el co n trario , lo q u e de
suyo-es in n o b le, ra s tre ro , d eg rad ad o y
serv il, d esp ierta en su alm a u n a in d ig ­
nación generosa y la m ueve á re p u g n a n ­
cia, por m ás que el m undo entero lo cu ­
bra de inm erecidos aplausos, por m ás
que se señ o ree un m om ento de la v erd ad
y de la ju s tic ia . Es tan ta la g ra c ia con q u e
se m u estra su d ig n id ad , y ta n ta la fu erza
y determ in ació n que ponen en defender­
la, que no p arece sino q u e form a en ellos
u n a seg u n d a n a tu ra le z a ... Asi huellan el
— 294 —

m undo las g en eracio n es ed u cad as en esta


escu ela, llevando las sienes ceñidas de la
m ism a corona q u e ap rendieron á resp e-
tav y a c a ta r; pues en realidad lodos los
q u e ponen los ojos en e sta s nobilísim as
c ria tu ra s , dicen en viéndolas: «Paso á
la verd ad era g ra n d e z a .» Sin pensarlo si­
q u ie ra hallaron en su cam ino las p re n ­
d a s q ue fueron los prim eros en d iscern ir
y sa lu d a r en oíros, y así com enzando
p o r v e n e ra r acab aro n siendo ellos m is­
m os v e n e ra b le s .»
Hé aquí un breve ensayo de la d ig n i­
dad q u e confiere al niño el Catolicis­
mo (IV). Por d e sg ra c ia , g ra n núm ero de
niños h an sido despojados por la falsa
refo rm a y por las sectas in créd u las n a ­
c id as de ella (cuyo esp íritu se ha infil­
trad o h asta en el seno de m uchas perso ­
n a s, fam ilias y naciones católicas) de su
esp iritu al belleza y d ig n id ad , y h a sta del
cuidado y solicitud tem porales que la
— 295 —
P ro v id en cia d iv in a en c a rg a p a rtic u la r­
m e n te al am o r m atern o y á la caridad
sac erd o tal, g u iados ám bos y form ados por
la g ra c ia de Dios. Ah! El nuevo p a g a ­
nism o h a tom ado o tra vez posesion de los
niño s. El aborto, la exposición, el in fan ­
ticidio, la v en ta de estas nobilísim as
c u an to d elicad as c ria tu ra s , y el horrible
tra to de que suelen se r v ictim a s nn la
sociedad m o d ern a, v u elv en á m ostrarse
en proporciones esp an to sas (1 ). S ecu la­
rizado el m atrim onio y rola su un id ad ,
¿q u é q u ed a del interno esp íritu de piedad
q u e debe poner su sello en la educación

( I ) «La tra ta de los diTios vendidos en pública


alm o n e d a: tal es el h o rrib le estig m a im preso p o r el
iniin stri.ilisin u en la fre n te dn naciones q u e se d ice n
c ris tia n a s (In g la te rra , p o r ejem plo)». M artinel, * o -
lu 'io n des rjram ls p rom anes , lom 3.* p. 103,—
Q uien desee c o n o ce r las p ru e b a s v d etalles d e lo
q u e digo en el te x to , pueile c o n s u lta r esla e x e e -
le u te o b ra , ó la q u e escribió su ilu s tre a u to r in titu ­
lada: Lo Science socialr, dnnde se c o n tie n e g ra n r i ­
q u e za üe h e ch o s coDceriifeDtes á la m a te ria .
— 296 —
d e la niñez? ¿á q u é se red u ce la com uni­
dad de o b ras y de intención de los p a ­
d res p ara e le v a r el en ten d im ien to y el
corazon de los niños á la consideración y
am o r de las gran d ezas invisibles? ¿No es
cierto que siem pre q ue el capricho ó la
pasión rom pan el frágil lazo de esas
u n io n rs profanas, qued an los pobres ni­
ños á m erced de una de las p a r te s , q u e
les enseñar.! lal vez á o diar en la o tra lo
que la n atu raleza y la R eligión les obli­
g an rig u ro sa m e n te a m a r y re v eren ciar?
El ip p irilu m o d ern o , que es la q u in ta
esen cia de¡ p ro testan tism o , h a d ivorcia­
do adem as !a instru cció n y la educación
de la niñez, y fundado academ ias y g im ­
nasio s, < londe se oyen opiniones n u e­
vas y m o n s tru o s a s , h o rrible p ru eb a d e
la ffu erra‘púb:ica y c rim in a l, d eclarad a
contra la fe. m íes com batida solo en se­
creto y ro n rodeos* ;'!¡. La m ism a educa-
(I) F.ncidica M r a r i 1
— 297 —
cion, inform ada del esp íritu p ro testan te ,
h a venido á d e s tru ir en su cu n a la d ig n i­
dad h u m an a q u e la razón ilu strad a por
la luz so b ren atu ral m ira en la cando­
ro sa n iñ e z , en vez de ilum inarla y de­
sen v o lv erla como es debido. ¿Sabéis có­
m o da esto s m aldecidos frutos la e d u c a­
ción m oderna? Secularizándose el m a tri­
m onio y el sacerdocio e n tre los protes­
ta n te s, y ejercitan d o por m anos m erce­
n a ria s su nobilísim o oficio, encom enda­
do por la carid ad c ristian a al celo del
sacerd o te y á la piedad de la m ad re c a ­
tólica; p rivando al niño de los m edios so­
b re n atu rales q ue conservan y adornan
con n u ev a s g ra c ia s su inocencia; y d e ­
jan d o q u e se ap a g u e en sus alm as el
fuego del am o r diviuo con el cieno de
u n vicio precoz. No h ay térm inos con
q u e p o n d erar la m iserable corrupción,
bajeza y nulidad á q ue reduce la educa­
ción a n ti-c ristia n a á los jó v en es, en c u ­
— 298 —

y a h erm osa fren te, despojada d e la a u ­


reola d ivina de la c a s tid a d , llega á e s ­
ta m p a r el signum b e stia , afre n ta de la
hum an id ad e n te ra . Por últim o, consúm ase
este m isterio de iniquidad y oprobio for­
m ándose la niñez en la esc u ela del m e­
nosprecio, nota c a rac te rístic a de la im ­
p ied ad (1 ): m enosprecio de la trad ició n ,
m enosprecio de la au to rid a d , m enospre­
cio del sa c e rd o c io , envilecido e n tre los
p ro testan te s, y an u lad o por los raciona­
listas; m enosprecio en lin de todas las
cosas v erd ad eram en te g ra n d e s y sa n ta s y
esp iritu ales y divinas. F orm ada así en la
escuela del m enosprecio, q u e es la es­
cu e la de los im píos, ó en la del olvido y
de la in d iferen cia de las verdades religio­
sa s , que es u n a m an era de im piedad
p rá ctica, ¿en q u é h a de e n te n d e r el alm a

(I) Im p iu s c n m íd p r o lu n lu ra v e n it c o n te m -
n il. (P ro v . 18, 3 .)
— 299 —

del n iño, in clinada de suyo á la tie rra ,


sino en cosas b ajas y m ezquinas, en co n ­
te n ta r pobres van id ad es y m iserables p a ­
siones, en h acerse cóm plice con su de­
g rad ació n v o lu n taria de la vileza á que
le condena el paganism o red iv iv o e n el
seno de la E uropa cristian a (1)?

(1 ) No puedo re s is tir ni deseo d e re p ro d u ­


c ir i'sta i'áyina ilc l.is adm irables co n feren cias del
II. P . Félix so bre la educación c ristia n a: «C ontem ­
plad , dice el iusigne o r a d o r, al aliim uo dW m enos­
p recio. Así com o el niño c ris lia u .n n e n te e d u ca ­
d o m ira y re sp eta ( respicit) las cosas sublim es, y
se levanta de esta m an e ra hacia e lla s , este o tro
poní' sus ojos en cosas b:ijas, drxp icit, y m en o sp re­
cia las a lta s, hum illán d o se ta n to c u a n ta es la ele­
vación d e lo q u e d e s p re c ia , y m ostrando por aquí
u n a señal q u e an u n cia la serie de oprobios q u e lo
a g u a rd a n d e sp u e s. A fu erza d e d e sp re c ia r las co­
sas sa n tas y a u g u sta s , d e d e sc o u o ce r la dignidad y
d e sd e ñ a r la g ra n d e z a , p ierd e el g en ero so in stin to
que le m ueve á p 'rc ib irl.i y m u.irla, re la já n d o se
d ia ria m e n te al im pulso d e su s desprecios y d e g ra ­
d á n d o se e n expiación de los insultos q u e lanza. Hé
aquí q u e cae so b re é l . com o un a n a te m a y u n a
m arca de ignom inia, lodo el iiienospreciu de q u e se
h a hecho c u lp a b le ; aquella señal se im prim e en
su s o m b la n lc , v esta ignom inia sale á su s g ro se ra s
fa c c io n e s, re sp irase p o r su s ojos a tre v id o s, y por
CAPÍTULO XIII.

La esclavitud abolida por el Catolicismo.

E n todas las cosas h u m an as resplan­


dece el n u ev o s é r de g ra c ia y excelencia
esp iritu al q u e d e s c e b ó de los cielos v a
p a ra diez y nueve sig 3 ; pero m uy visible­
m en te en la excelen re stau ració n cató-

todii su fisonom ía, tro ca d a de noble en v u lg ar h asta


un e x tre m o vergonzoso.» ISI o ra d o r nm plia elo­
c u e n te m e n te esta id e a , añ ad ien d o <jue por e ste
cam ino llaga á s e r el hom bre trocado eu una es­
pecie de salvaje,.o p ro b io d e In civilización y am e­
naza p e rm a n e n te c o n tra la su c ied a d ; y luego, ele­
v a n d o su p e n sa m ie n to , d ic e : (.C uando por espa­
cio d e a lg u n a s g e n e ra c io n e s, a u n i|iie se a n pocas,
d e s tru y e en los niños u n a educación d e g ra d a n te el
c u lto del re sp eto ; c u an d o se populariza el m enos­
precio de las cusas g ra n d e s, de las inslil liciones sa n ­
ta s, de las v erd ad es a u g u stas .. oh! '■ n an ces la de­
grad ació n se extien d e del ind iv id u o á la h u m a n id a d
e n te ra »
— 301 —
lica de la d ignidad h u m an a, o scu recid a, ó
m ás bien, e n teram en te borrada á los ojos
del m undo en la frente de los m íseros
esclavos. E stas nobilísim as c ria tu ra s de
Dios no gozaban en las a n tig u a s repúbli­
cas la consideración de personas, consti­
tutiv o esencial de la d ignidad de la n a tu ­
raleza m oral; y por co n siguiente carecían
d e toda capacidad ju ríd ic a , por lo cual
dccian de ellos los ju risconsultos p a g a ­
nos, que era todavía m ayor su nulidad
q u e su vileza. Los siervos era n tenidos
por cosas y re p u ta d o s com o si fueran
bestias; así q ue podian ser m uertos, v en ­
didos, donados ó dados en n o x a : e n tre
ellos no h abia m atrim onio, sino u n a
unión m u y inferior llam ada co n tu b ern io .
A unque alg u n o Ies h iciera injustam ente
m al, no se les re p u ta b a inju riad o s, ni se
les concedía acción p ara re p a ra r el a g r a ­
vio. E n cam bio si alg ú n esclavo ejerci­
tando el derech o de la propia defensa d a­
— 302 —
b a la m u erte á u n hom bre lib re, e ra con­
denado á la ú ltim a pena en la república
de P lató n . Tam poco ten ían potestad so­
bre sus hijos, los cuales seg u ian la co n ­
dicion de los p a d r e s , como p a rte s del
cu erp o serv il, utpote portiones corporis
servilis. En resolución, los siervos no eran
personas, no eran hom bres: la h u m an i­
dad estab a red u cid a á un puñado de ciu ­
dadanos astu to s y prep o tentes, que h a ­
b ían hallado modo de s u je ta rá su ignom i­
nioso y u g o á los dos tercios re sta n te s de
la poblacion (1 ). C laram en te se probaba
por aquí la triste v erd ad de las palabras
que puso u n p oeta latino en lábios de
C ésar: El género humano es p a ra pocos:
H um anum paucis v iv it g e n u s.
Si estas era n las leyes, jú zg u ese cu á­
les serian las costum bres del paganism o en

(i) A lgunas veces esta p ro p o rcio n solía se r


m ayor: A tonas, p o r ejem plo, contaba 20,0 0 0 c iu d a ­
danos y 400,000 esclavos. (A th e n c o , lib. V I.)
— 303 —

esle p u n to . E ran m áxim as co n sa g rad a s


por la o p in io n ,q u e no h ab ía nada vedado
al du eñ o con resp ecto ú sus esc la v o s, y
q u e en cada casa cu an tos e ra n estos,
otro s tan to s enem igos h ab ia: in servos
nihil domino non licere— quot servi tot
hosles. P ero dejando a p a rte la ho rrib le
crueldad de q ue eran víctim as au n de
p a rte de la m u jer, hace principalm ente á
m i in ten to reco rd ar el increíble m enos­
precio que su fría en ellos la dignidad h u ­
m a n a . Léese en Ju v cn al, que e ra m uy co­
m ún p re g u n ta r, tratán d o se de conocer la
h acien d a de alg u n o , no por los prédios ó
ganados q u e poseía, sino por el núm ero de
esclavos q u e ap acen tab a: Quot pascit ser­
vos ( i ) . El m ism o Ju v en al pone en boca
d e uno, á q u ien p re g u n ta b a n q u é delito
h ab ia com etido cierto esclavo suyo p ara
hac erse digno del suplicio á q u e h abia

(1) Satyr. III, V. 140.


— 301 —
sido condenado, esla re sp u esta: «¿A caso
los esclavos son hom bres? » lia servus ho­
mo esfí Y e ra lo peor, que los m ás cele­
b res p o d a s y filósofos, es decir, la flor
del paganism o, no vieron aquí cosa a lg u n a
que re p ren d e r. De H om ero es la especie,
q u e Jú p ite r había qu itad o á los esclavos
la m itad de la m ente (1 ). P la tó n , cuyo
m anto de filósofo hem os visto salpicado
d e la ¡nocente sa n g re de los niños, con­
denados en ciertos casos á m u erte por su
horrible p o lítica, el divino Platón decia
de los esclavos, q u e no ten ían en su n a ­
turaleza potencia a lg u n a san a ni estado
do in teg rid ad : N ih il in servís integri, ni-
hil sani (2 ). Por ú ltim o, A ristóteles decia
q u e como por la natu raleza te n ia el v a -
ron potestad sobre la m u jer, el alm a so­
bre el cu erp o , el hom bre sobre la b estia,

(1 ) O d y ss.X V I.
(2 ) D e'leg. VIII.
— 30o —
y el artífice sobre su o b r a , así la te n ia
tam b ién el hom bre sobre el e s c la v o ; y
q u e las m ism as d iferencias que habia e n ­
tre el alm a y el c u e rp o , el artífice y el
in stru m e n to , el hom bre y la b e s tia , esa
m ism a habia de unos hom bres á otros; y
asi q u e unos hom bres nacían p ara se r li­
b re s y otros p ara se r esclavos (1 ). A e sta s
falsas creen cias papulares y filosóficas
el orgullo de los g ra n d e s y dichosos del
m un d o añadió la m ás n e g ra de todas,
inspirada solam ente del o rgullo, cual e ra ,
q u e las alm as de los esclavos sacrificados
en m uchos lu g a re s en el sepulcro de su s
d u eñ o s, estab an destin adas á servirlos en
el Elíseo. No h ab ía, pues, p ara la m ay o r
p a rte de los hom bres ni aun la esperanza
d e se r libertados por la m uerte de su m í­
sera serv id u m b re (2 ).

(O P o li!., i, i , 3.
(2) A ristó teles re fu tó en su P olítica (I. 3 .)
lo s lilósofos q u e neg ab an el alm a d e los esclavos;
ENSATO. 20
— 300 —
No es á la v erd ad difícil d a r con la
razón q u e explica lam año oprobio. Con
la idea de un solo Dios, criador del u n i­
v erso , p adre celestial y único de todos
los hom bres, nacidos de unos m ism os
padres te r r e n o s , desapareció el noble
conccplo de la unidad de la especie h u ­
m ana y de la ig u ald ad y fratern id ad de
su s individuos. No conservándose, p u e s ,
en la m em oria de las gen eracio n es el
princip io de esla com unidad de o rig en ,
y de n atu ra le z a y destino, fué tan g ra n ­
d e la división que se hizo e n tre los
h o m b res, que al paso que alg u n o s de
ellos, de ordinario los m ás in ic u o s, era n
adorados por dioses, la m ayor p arle q u e­
daro n despojados de todo derecho y dig­
nidad . D em as de esto , en las sociedades
p a g a n a s , a n tig u a s ó m odernas, la escla-

m as convenía en que esta efpecic e stab a exclu id a


de la felicidad com o los b rillo s.
— 307 —

v itud es In ú n ica solucion posible del


problem a q u e llam an s o c ia l, cuyos té r-
m inosson e sto s:— No habiendo en el b a n ­
q u ete de la v id a, que así suelen llam ar
al co n ju n to de honores y deleites m u n ­
dano s, asien to ni cu b ierto para todos,
¿cuál debe se r la s u e rte de los convida­
dos que llegan ta rd e á él, ó que por r a ­
zón de su debilidad no son del nú m ero de
los elegidos?— Á esta p re g u n ta respondió
el paganism o an tig u o con las d o ctrin as
del infanticidio y de la e s c la v itu d ; y el
m oderno, d ejad as á p arle las crueles teo­
ría s de M althus y los sueños políticos de
R o u sseau , de los cuales form aba p a rte la
re sta u rac ió n de la a n tig u a serv id u m b re ,
el m oderno no sab e resp onder sino m os­
tran d o la espantosa llag a del pauperism o.
L a resolución de ese p ro b lem a, como
en g en e ral la de todos los del órden mo­
ral y c i v i l , sólo puede darla cum plida­
m ente la relig ió n de Je su c risto , en se ñ a­
— 308 —
d a y aplicada p o r la Ig lesia católica: á
ella toca ex c lu siv am en te la g lo ria de h a ­
b e r com batido con las a rm a s de la fe y
d e la carid ad por la ca u sa de la h u m an i­
d ad y de la m ajestad del d erech o y de
la ju s tic ia , no cesando un punto h asta
v e r resp lan d ecer en lodos los h om bres,
asi en los q u e llevaban en su fren te u n a
in arc a d e se rv id u m b re , com o en s u s
d u eñ o s y señ o res, la im ag en y sem ejan-
ja de Dios.
A unque ap en as h ay u n a sola página
de los sag rad o s libros q u e contienen la
divin a enseñanza de n u estro adorable
R eden to r, donde no pueda verse re sta u ­
ra d a la d ig n id ad de los hom bres com o
hijos de u n m ism o P ad re y herm anos
e n la adopcion so b ren atu ral de hijos de
Dios en Jesu cristo , con tan to s otros con­
ceptos sublim es que h acen de la h u ­
m anid ad un solo cu erpo y un solo
corazo n y u n alm a s o l a , cuyos m iem -
— 309 —
b ros son ig u ales en o r ig e n , en n a tu -
ra le z a y destino inm ortal y d iv in o , sin
o tra d istinción en los ojos de Dios q u e la
del m érito co n traid o por las bu en as
obras, to d av ía será bien poner aqui al­
g u n o s tex to s lum inosísim os de la re v ela­
ción s a g ra d a en orden á e s ta altísim a
doctrin a, por la cual fueron los hom bres
hechos libres. Lo p rim ero, el C ristianism o
re sta u ró el concepto de la un id ad de la
especie h u m a n a , en señ ando por boca del
Apósiol, que todos los lid e s form an u n
solo cu erp o , el cu erp o m ístico de Je su ­
c risto , y están p o r co n siguiente a n im a­
dos por u n solo e s p íritu , q u e es el m is­
m o esp íritu de Dios, y tien en u n m ism o
S eñ o r y P a d r e : Uiiutit co rp u s, et unus
s p ir itu s .... Unus D om inus, tina fides,
unum baplisma. Unus Deus et P a ter om-
nium (1 ). E n o tra p a rte dice el Apóstol,

(I) Epli. IV.


— 310 —

qu e som os un solo cuerpo en C risto y


m iem bros los unos de los otros: Ita m ulti
unum corpus su mus in Christo, singuli
autern altcr alterius membra (1 ). De esta
adm irab le unid ad , form ada por C risto e n ­
tre su s fieles, procede aquella ley de
perfecta solidaridad, seg ú n la cual si al­
g ú n mal padece u n m iem b ro , todos los
m iem bros padecen con el: ó si un m iem ­
b ro es h o n rad o , lodos los m iem bros se
reg o cijan con él. P u es vosotros, añade
el Apóstol, sois cuerpo de C risto, y m iem ­
b ros de m iem bro: Et si quid pu titu r
unitm mcmbruin , com patiuntur omnia
membra : sive gloriafur uniun membrum,
cunguudcnt omnia membra (2 ). Tal es la
unión de c a rid ad , o rd en ada por C risto á
los hom bres en aq u el m andam iento n u e­
vo q ue les puso de am arse unos á otros
com o él m ism o nos am ó: Mandatum no-

(1 ) R om . x i i ,
(2) I. Cor. XII, 20 y 27.
— 3H -

vum do vobis, u t diligatis in v ic e n , sicut


d ilex i vos (1 ). ¿Q uién no vé aqui consti­
tu id a u n a g ra n fam ilia y sociedad de h e r­
m anos, hijos de un m ism o P a d re , unidos
e n tre sí por u n a m ism a ley de ju stic ia y
d e am o r, los cuales y a desde el tiem po
del Apóstol de las g en tes se extien d en
d esd e Jcrusalem b asta la península ibéri­
ca (2)? E sta es la g ra n fam ilia y ciudad
d e Dins, la Jerusalen m ística donde no
h ay e x tra n je ro s ni advenedizos, sino r i u -
dadanos de los santos y dom éstico de
Dios (3 ): d eu tro de esta casa verdai' a-
m ente esp iritu al, de la que cada fi* es
com o u n a p ied ra viva de re sp la n d ecien te
h erm o su ra, no h a y paredes que sep aren
á unos h erm an o s de o tro s , pues todos
v iven en u n o , ni h ay distin ció n de
judio y de g rieg o , sino q u e uno m ism o

m Jo an . XIII, 21.
(2 ) R om . XV, 2 4 -2 8 .
(3) Epli. II.
— 3)2 —

« s el S eñor de lo d o s, y todos h an sido


b a u tiz a d o s en u n m ism o espíritu p a ra
s e r un m ism o cuerpo, ya judíos ó g e n ti-
Je s , y a siervos ó libres: N am enim est
distinctio Jttdcei et Gra'ci: nam idem D o-
m inu s omnium ( i ) : Lteniin in uno spiritu
omnes vos in iivum corpas baptizan su -
m u s, sive Judrei, sioc gentiles, sive seroi.
« iré libe ri (2).
E sta herm osa d o ctrin a no a g o la sin
em b arg o ni con m ucho el rico tesoro d e
Ja sa n ta libertad q u e el m undo no a g r a ­
decerá n u n ca deb id am ente á la religión
cató lica. E n trando su divino esp íritu en
la s reg io n es m ás escondidas y p io fu n d as
del corazon hu m an o , ha secado la raíz de
la esclav itu d , y puesto en su lu g a r la v e r­
d ad era lib ertad : Ubi spiritu s D onim i, ibi
libertas (5 ). El hom bre, hecho libre p o r

(1 ) R om . X, 12.
(2 ) C or XII. 13.
(:j) II. C or. III, 17.
— 313 —

Dios, se hizo esclavo del pecado y libre


de la ju stic ia ( i ) : c o n v e n ia , p u e s, p a ra
ro m p er el y u g o del m al, sacudiendo la ig ­
nom iniosa serv id u m b re en q u e estaba el
e sp íritu respeelo de la ca rn e , som eterlo á
la esclav itu d de la ju stic ia , en que consis­
te la v erd ad era lib e rta d : Sicut exhibuisti
m em bra veslra SK.nvinK i n m i n d i h .f ., et in i-
quitati ad iniquitalem ; ita m ine exhibuisti
mem bra vestra serv irg j i s i i t m : i ti saticfi-
ficationem (2 ). T odavía se entenderá m ejor
e s ta profundísim a d o ctrina recordando la
esen cia de la esclav itu d . ¿Q ué o tra cosa es
en resolución sino aquel estado m iserable
en q u e el hom bre pierde el señorío de sí
m is m o , y es forzado á h ac er lo q u e no
q u ie re , ó á no h ac er lo que q u iere ? S iem ­
p re q u e alg ú n objeto sensible m e m ueve
á h a c e r a lg u n a ob ra q u e mi conciencia

(1) R om . V I, 20.
(2 ) Ibid. 19.
— 314 —

rep ru eb a , q u e yo no h a ría si mi v o lu n tad


racional estu v iese lib re del ap etito q u e co­
dicia co n tra ella, m e hag o esclavo de u n a
fuerza e x tra ñ a á mi n atu ra le z a m oral, á
m i dig n id ad de esp íritu , pu esto q u e h a ­
go realm en te lo q u e no q u iero en razón
h ac er: Non quod volo bonum hoc fa d o ,
sed quod nolo m alum hoc ago (1 ). De es­
ta especie de serv id u m b re, q u e esclaviza
la v o lu n tad racional y el esp íritu del
hom bre al y u g o vil de las cosas m a te ­
riales y de la sensualidad que an h e la á
ellas, nacc la esclav itu d de que aquí h a ­
blo , la q ue su jeta un h om bre á los ca­
prichos de o t r o ; pues quien no resp eta­
ba en su persona la alta dignidad que
el C ristian ism o sólo nos hace v e r en ella,
¿cómo h abia de re sp etarla en los d e ­
m as ho m b res, e n q u ien es no veia n ad a
m o ralm en le g ra n d e y lev a n ta d o ? ¿ q u é

(1) Rom. VII, 13.


— 315 —

cosa e ra capaz de a h o g a r en su corazon


aquella an sia de dom inio sobre los séres
q u e te n ia p or in stru m en to s acom odados
p ara saciar su s deseos, de los cu ales es­
tab a cru elm en te dom inado? Mas hé aquí
q u e Jesu cristo inspira en el rostro del
hom bre un nuevo soplo de v id a ; que
ilu stra su en ten d im ien to , y fortalece su
vo lun tad , y la ay u d a á lev an ta rse y á
lu c h a r y á salir con victoria de los im ­
pulsos del ap etito s e n s itiv o ; y ni punto
re n ace en su alm a la libertad del corazon
y del e sp íritu , la libertad de los hijos de
Dios; al p u n ió se tru ec a de esclavo del
m undo sensible en soberano de las cria ­
tu ra s inferiores, á qu ien es por lo mismo
que ya no las co d icia, poséelas y las
dom ina com o v erd ad ero señor de ellas
(1 ); al punto se consum e e n lre las lla-

(1) Qua om nia, si non co n ru p iscim u s, p o s i-


d em u s. Minucio F élix.
— 316 —

m as de la carid ad fra te rn a el in ju sto do*


m inio q u e la pasión ay u d a d a de la a s tu ­
cia y de la fuerza le h ab ian dado sobre
s u s sem eja n te s, y los m ira como á h e r­
m anos A q u ien es debe a m a r y re g ir con­
form e al esp íritu de dilección fra te rn a :
«V osotros señores, les decia San Pablo,
haced con v u estro s siervos lo que es de
ju stic ia y eq u id ad , sabiendo q u e tam bién
lencis S eñor en el ciclo: D orníní, quod
justum est el a q u u m , servís prwstate:
scientes quod et vos Dominum Itabelis
in coelo (1 ).»
P o r su p arte los esclavos com prendie­
ron á la luz de esta d o c trin a , que en su
m ism a serv id u m b re eran ig u ales á sus
señ o res, com o hijos de un mismo P a d re ,
pudiendo re p e tir estas palabras de u n es­
crito r de los prim eros s ig lo s : S í enim
cu n d ís idem P a te r est, aquo ju r e omnes

( I) Coios. IV, 1.
— 317 —

liberi siitnus (1 ). C om prendieron su a lta


dign id ad por llev ar la im agen de Dios en
su s alm as, d o lad as de razcn y libertad
de alb ed río, con po testad sobre todas las
c ria tu ra s inferiores; y asi, cjue no era
bien estu v iesen bajo el dom inio de otro
hom bre los r|ue h abian nacido p a ra re i­
n ar en la tie rra y au n en el ciclo. Por
últim o, com prendieron que au n q u e su
condicion e x te rn a e ra s e r v il , por razón
del esp íritu eran lib res, y a u n de hecho
herm an o s de su s dueños, y siervos con
ellos de Dios: S piritu { m ires , religionc
ronservos (2 ). «Tengo en mi p o d e r,» hace
decir el em inentísim o C ardenal W isse-
n’. an á S y ra , la esclava cristian a de su
Ft biola, «una cosa que todos los tesoros
d r un em perador no pueden co m p ra r, ni
pued en en cad en ar los hierros de la c s -

í l} L o ria n d o , Div. In st , V , <5, 1G.


(2 ) L ac la n d o Ib .
— 318 —

c la v itu d , dí puede ella co n ten erse en los


lím ites de e s ta v id a .— ¿Qué cosa es esa?
— Un a l m a ....— ¿C rees, replicó su am a
o rg u llo s a , q ue cuando tu cadáver v ay a
á a u m e n ta r el m onton de los esclavos
m u erto s por los excesos de la em briaguez
ó de resu ltas de los azotes, p ara ser como
los suyos reducido á cenizas en u n a ho­
g u e ra com ún é ignom iniosa, erees, digo,
qu e después q u e estas cenizas m ezcladas
y confundidas sean ech ad as en una zanja,
re su c ita rá s tú y e n tra rá s á gozar vida li­
bre y dichosa?— Espero y m e propongo
so b rev iv ir á lodo eso. Más todavía: creo
y sé q u e u n a m ano reco g erá de esa z a n ­
ja , que tan al vivo habéis p in ta d o , los
carbonizados pedazos de mi cuerpo, y
que un sér o m n ip o ten te convocará á los
cu a tro vien to s del ciclo y les o bligará á
re s titu ir h asta el m ás im perceptible á to ­
mo del polvo en q u e se h ay a convertido;
y que este m ism o cu erp o mió volverá á
— 319 —

form arse no y a p ara se r esclavo v u estro


ni de n ad ie, sino lib re, gozoso, re ju v e n e ­
cido y g lo rio so , p ara a m a r y se r am ado
etern am en te. E sta esp eranza in contras­
table está g ra b a d a en mi p ec h o .— ¿E n
q u é escuela has aprendido esas ex tra v an -
cias q u e n u n ca lei en libro alg u n o g rie ­
go ni rom ano?— E n u n a de mi tie rra ,
respondió S y ra , en la cual no se conoce
ni se ad m ite diferen cia a lg u n a en tre
g rie g o s y b árb aro s, libres y esclavos.—
¿Qué estoy oyendo? ¿Con que sin a g u a r­
d a r á esa soñada vida fu tu ra te atre v es
desde ah o ra á te n e rte p or igual á m í , si
no por su p e rio r? — Noble señ o ra, respon­
dió la e s c la v a , sois m u y su p erio r á mi
eD g e ra rq u ía , au to rid a d , in stru cció n , in ­
g en io , y en sum a en todos los bienes y
excelencias que em bellecen y re g alan
esta vida p re se n te . P e r o ... dejo á v u e s­
tro buen ju icio el decidir si u n a pobre
esclava ín tim am en te convencida q u e e n ­
— 320 —

c ie rra en su in terio r un esp íritu in teli­


g e n te y ac tiv o , cu y a ex istencia se d ila ta
por toda la e te rn id a d , cu y a m o rad a y
ciudad p erm a n en te está sobre el firm a­
m ento, cuyo arq u etip o es el m ism o Dios,
lia de co n sid erarse inferior en dignidad
moral y en elevación de pensam ientos á
q u ien , au n q u e ad ornada y favorecida con
lodos los dones de la n atu ra leza y la for­
tu n a , no anivela á m ás sublim e p o rv e­
n ir q u e el de los lindos can to res q u e g o l­
p ean , sin esperanza de lib ertad , los do­
rados alam b res de aquella jau la (1 ).»
La religión cristian a habia pues en ­
c a ñ a d o en lo m ás intim o de las alm as y
e rig id o u n trono en el san tu ario de la
conciencia á la lib ertad del hom bre fu n ­
dada en la ju s tic ia , q u e no p erm ite el

(1) F.l epregio Cardonal re m ite ni 1i*clor á la


noble re s p u e s ta il<* E valpM o , uno de los esclavos
del e m p e r a d o r , viéndose in te rrog ado pn r el ju»-z, la
c ual se halla en las acias de Sau J u s ti n o e n R u i -
n a r l , t. 1.*
— 321 —

dom inio absoluto de un hom bre sobre


o tr o , siendo com o son lodos iguales d e­
la n te de Dios, y en el sentim iento d¿
dign id ad q u e e n g e n d ra au n en las cria ­
tu ra s m ás ab atid as la consideración de
su s inefables alte/.as. A lo cual se allega
la acción con stan te ejercida por la Ig le­
sia católica en pro de la libertad del
ho m b re, cuyo dichoso térm ino ha sido
la com pleta extinción de la a n tig u a e s ­
c la v itu d , lepra espantosa que c u b ría á
la hu m anidad de pies á cabeza, desligu-
rándola y afeándola h asta el cxlivm o de
oscurecer casi por com pleto la esplendo­
rosa luz del divino ro str »sellada en ella.
Y á la verd ad , la Iglesia proclam ó cons­
tan tem en te sin n in g ú n linaje de m ira­
m ientos ni respetos hum anos los su b li­
m es conceptos di* la d ignidad m oral y
so b re n atu ral de los hom bres, y la ig u a l­
dad de lodos d elan te de Dios, como hijos
su y o s q ue son, herm anos cu Jesucristo y
EVSAVO. 21
— 322 —

coherederos de su reino: la Iglesia intim ó


valero sam en te á li s señ o res los deberes
de caridad que ten ían para con su s sier­
vos, reh u sán d o les claram ente el derecho
de vida y m u erte sobre ellos, y su av iza n ­
do el rig o r con que los tra ta b a n ; abriendo
á estos sus tem plos para que les sirv ieran
de asilos, y procurando no fuesen c ru e l­
m ente castig ad o s los fn gitíves q u e vol­
v ían á poder de su s dueños; interponién­
dose siem pre entro ¡os unos y los otros
p ara q u e se les hiciese ju stic ia por los
trib u n ales, sub ro g ad o s en lu g a r de la
p a rtic u la r v in d ic ta , y para que se orde­
nasen las !c \c s conform e á los principios
de bondad y hum anidad c ristia n a s. La
Iglesia favoreció la em ancipación de los
esclavos, ora |w>r m edio de su s concilios,
ora dando el ejem plo sus principes y
prelados, sin g u larm en te el rom ano P on­
tífice (1 ), enseñando al m undo h asta la
(O El misinu Yoltaire lo conlicsa : « P o r el a ñ o
— 323 —

form a s a g ra d a de m a n u m itir á los sier-


vos (1 ). D em as de e sto , p ara re s ta u ra r
la dignidad de los lib e rto s, recibiólos la
Iglesia en su s m o n a ste rio s, y a u n los
exaltó á las ó rd en es sa g ra d a s. T ara d e ­
v o lv er su lib ertad á los c a u tiv o s , in s­
piró en g ra n d e s siervos de Dios su a r ­
dentísim o esp íritu de c a rid a d , con que
se d e term in a b an gen erosam ente á res­
c a ta rla a u n perdiendo la su y a . Y lle­
gó ú tan to el am or do la Iglesia á la
libertad de los cau tiv o s, que cuando no
podía acu d ir .á ella con otros m edios, has-

de 1170» d ir e osle enem igo de lo Iglesia , i'declaró


el Papa Alejandro III en iiomlire del Coi.cilio ( t e r ­
cero di; Li’i n in ) i/ur lotlos los cristianos debían
yozur ile In lib rrlu ii; rliy;i lev lu: la Jinr:i (|lir .su
m em oria se c o nserv e t o n a m o r r n ledos los p ueblos,
asi r u m o 1ns esfuerzos c- u que mniitiivo la libertad
de Italia liaslaii para (|ue los italianos tengan su p r e ­
cioso n o m b re en g r a n d e estim a .» Jlssai ¡>ur les
tnorurs , cap. Sil.
( I ) Puede verse esla fórmula m la obra de
M. A u disio , intitulada: Jit r is u n tu r a rl i/cntium-.
lib. II, lil. XVI.
— 324 —

la se d e s lia d a de los v asos y o rn am en ­


tos sag rad o s p a ra re d im irla. Por últim o,
cuando después de ex tin g u id a la esc la v i­
tud en E u ro p a , renació d esd ich ad am en ­
te en A m érica, los pobres siervos opri­
m idos tuv iero n siem pre por apóstoles de
su libertad á los m isioneros y á los P on­
tífices. Si todavía h ay m uchos en a q u e ­
lla tierra que no conocen las d u lzu ra s de
la lib e rta d ; si la trata de negros sig u e
ejercitan d o su horrible tráfico con des­
h o n ra de la civilización tan ponderada de
E u ro p a , no se culpe por ello á la Iglesia
de Dios, q ue la ha condenado siem pre por
boca de sus Pontífices (1 ). En nuestros
m ism os d ias el m undo h a oído la voz a u ­
g u s ta del g ra n Pontífice G regorio XVI,
q u e d eclara ese infam e com ercio to tal­
m en te indigno del nom bre cristian o ,

( I ) Muy sin g n la r m e n ln c o n d o n a ro n osle Iráli—


co P a u lo III, Urbano VIII, lleno<liclo XIV y Pío VII.
christiano nomine p ro rstts indigno, y p ro ­
híbe á lodos los fieles, hicn sean legos ó
eclesiásticos el defenderlo como lícito ,
ne quis eclesiasticus aut laicus U lu d ....
veluti licitum sub quovis obtufu aut quee-
sito colore tueri, aut aliter pttblice vel
prica th n docere proesumat (1 ).
C uando se co m p ara con e s ta defensa
c o n sta n te , g en ero sa y fecunda hecha por
la Iglesia de la lib ertad de los hom bres,
oprim idos bajo el peso de la esc la v itu d
en todas las p a rte s á donde no es recib i­
da la luz de su d o ctrin a salv ad o ra, defen­
sa fu n d ad a en la verd ad y en la ju s tic ia ,
base de toda lib ertad buena y leg ítim a , y
esforzada con un sin n ú m ero de sacrificios
heroico s; cuando se co m paran con ella
las v an as y cslt*riles declam aciones de los
enciclopedistas franceses, co n tra la e s­
clav itu d en las In d ias, y el com ercio de

( I) L etras apostólicas de 3 Je D iciem bre de i 839.


— 326 —

los n eg ro s que la alim en ta, del cual fue­


ron cóm plices en secreto p ara p articip ar
de su vil g an a n cia (1 ); ó la filantropía in­
g lesa, que prom ueve la abolicion de la
tra ta , cuando no tien e in terés en m an ­
ten erla en sus p erdidas colonias, sin h a ­
ce r nada en favor de los c s:l ivos ó p a ­
ria s de la India, su je ta á su bárbaro do­
m inio (2 ), y q u e , com o dice un esclare-

(1) Ksc.isa a v erigu ad a q u (»ni impío l t a y n a l , q u e


vio lo nlain -uto incropú n la «*sia porque no acaba­
l a con la H.s.-lnv lu.I do las colonia* , so enriqueció
co;i la (ral i ib.' los n i t r o s (Itiogr. univ do Micliaud,
a r l . Il:iynnt). Por su p arte Vn l i i r o . habiendo r e c i -
liulo mi cio rti ocasión l;i pai to qnn lo locó ilo la ven­
ia d ? un r. i r ^ a u m l o do ne bros oscribió al sói:incon
qu ien li.bia p i r li d o la g in a n c ia , d x i ó n d lo: i q u e se
C'III^imIuIuIm do la diohosa o p ortun id id con que, el
navio Confín llegara ,1 la costa ilo Afr ca y su s tr .i jc -
r i ¡i los iuf.-licos n e gros de la m uerto qu o les e s p e -
r.iln, smmiiI • nii'tid is en ol lia rcoy t r a ta d o s con la n ­
ía consideración y h u m a n i d a d , por l<* c ual se ale­
gra!) i ilo lialior lieclio un buen iict/ocio y j u n l a m c n -
to u n a liuo’i ' a c;i >n.•> ¡lli ócriia!
(2) lis m uy curiosa la noticia q u e nos da el
m ayo r P oussin. do babor s m o autori/.ada por un
1)11 del P a rla m e n to britá nico do ibü.’í, ru bi i c j d o p o r
G uillerm o III y María, la introducción un las c o lo -
— 327 —
cido a u l o r , oprim e ú los blancos e m an ­
cipando á los n egros, tlilj lase el corazon
católico d en tro del pucho, porque re su l­
la claro com o la lu z, q u e el celo por la
libertad de los hom bres, y el e s p irilu q u e
la en g e n d ra , y la d o ctrina que la ju stifi­
c a, y los sacrificios (pie pide, y la a u ­
reola de dignidad q u e o sten ta, se deben
exclu siv am en te ú la Iglesia de Dios, fu e­
ra de la cual no hay salud ni v erd ad era
y sa n ta lib ertad .

nins inglesas en A m érica tl"l N ortP, de los esclavo^


de A frica, j m r su r f 'i v i n t t t c y L .-nilajosn á la G r a »■
f l r e i n i t a 1/ a h f i c o lo n i is .11 ■•y . el m ayor,
liuy q u e i n c a l e r í a In co n q u istad o mi n uevo im pe­
rio en ins Im liis, tli* d<>n le se p ;'u w e ile 11:a le n.i s en
b ru to p a ia su s iii;iiiiil;ici.iir.i.i. y i|n - lia p erd do e!
suelo .'inei ic u n , ia lía la >le los im-utos no le tra c
u tilid ad a l-'iilii . pero s> pue.le a p m to c liu rlc sil
em ancipación: y In- :u |u i, ipi>- lo - m isio e ro s ingle­
ses preiln a ’l la alio! n o n i!i> >->!«• i imi.c c o y la su ­
p resión de Ins pm:I.ivos, i|iie s e r a c i la m e n te un
g ra v e i'o u tra lie iiip o p:i:a ~u poderoso n \.il; y a u n si
el in terés del com erci > ingl ’s lo e\ g e s e , v e n am o s
á l:i G ran Itrelañ a f.ilt.i ii • ni o m -tliit li .r e r u so
de su s c iñones |.,n a hacer elec.liv i <\>la m edida de
h u m a n i d a d » (L)i:l po d er a m e ric a n o , t. l .c a p . X IV .)
— 328 —

No ignoro q u e Guizot lia negado in­


ju sta m e n te al C alolicism o esta gloria:
«H ase rep etid o h a r to , dice este docto
e sc rito r p r o te s ta n te , que la abolicion
d e la esclav itu d en el m undo m oder­
no fué debida ex clu siv am en te al C ris­
tian ism o ; m as p arécem c que es m ucho
d ec ir, p u es la esclav itud subsistió m u ­
cho tiem po en la sociedad c ristia n a , sin
q u e la Iglesia se diese por m arav illad a
ni se irrita se de verla» (1 ); pero si bien
se m ira, la p resente objeeion red u n d a en
honor del C atolicism o. C onviene lo p ri­
m ero a d v e rtir que en la Iglesia católica
no puilo poner ad m iración que subsistie­
se á sus ojos m ism os la esclavitud ; p o r­
q u e conoce m u y bien la raiz d añ ad a de
donde procede este fruto p ara m ara v illar­
se de él. Ni m enos se irrita de v ello; que
no es la Ig lesia como som os nosotros,

(I) Historia yener de la cicil. lee. C.


— 32!) —
débiles y por lo tan to fáciles de a ira m o s
co n tra el obstáculo que no sabem os ni
podem os v en c er; pero la Ig lesia, á sem e­
ja n z a de su divino A u to r, es páctenle, es
b en ig n a .,., no se mueve ú i r a .. ., lodo lo
sobrelleva, lodo lo espera, lodo lo sopor­
t a (d ). Soportó, pues, con gran d e ca ri­
dad y m an sed u m b re, sin irrita rse , com o
hu b iera q u erido G u izo t, la esclav itu d ,
esperando del tiem po, es decir, de la a c ­
ción lenta y p ro g resiv a de las ideas c a ­
tólicas, y de su propio espíritu y ejem ­
plo, su com pleta desaparición. Inspirada
de aquella sab id u ría divina que todas las
cosas dispone y ordena forliter el su avi-
ler, la Ig lesia católica fió el dichoso é x i­
to q u e despucs coronó su obra, de la a c ­
ción de la P rovidencia y de la fecundidad
so b ren atu ral de la d ivina sem illa de li­
b ertad q u e profusam ente sem bró desde el

(t) Ad. Cor.


— 330 —

principio en el corazon h um ano. L a Igle­


sia nn pudo por o tra p arte d e c re ta r la
abolicion de la serv id u m b re , q u e es u n a
institu ció n civ il, som etida :i la ju risd ic ­
ción de la potestad tem poral; lo que p u ­
do h ac er é hizo, fué infundir en los sie r­
vos su esp íritu de obediencia, y en los
señores el espíritu de su carid ad , é infor­
m ar la legislación de los pueblos c ristia ­
nos de m áxim as de hum anidad y de ju s ­
ticia. «Solo a s í, dice un publicista m o­
derno, era posible re g e n e ra r la sociedad:
an tes de ac a b a r con la e sc la v itu d , era
necesario h acer á la sociedad dig n a en
razón de sus ideas y sen tim ientos de es­
te sin g u lar beneficio: pues á h ab e r ca ­
m inado con paso m ás a c e le ra d o , no ha-
bríase conseguido o irá cosa que rep ro d u ­
c ir los excesos de los q u e se su b lev aro n
en Sicilia y de los com pañeros de Es-
p artaco (1 ).» Hoy m ism o , ¿no estam os
(1) Diul, De 1‘ubütilion de l'c sc la v a g c c n Occid.
— 331 _

oyendo el fragoroso e stru e n d o de las


a rm a s q u e a l l á , del otro lado del A tlán­
tic o , lodo lo llevan á san g re y fuego
para reso lv er la cuestión sobre la escla­
vitud (1)? L a Ig lesia de Dios no apela
nu n ca á tales m edios p ara u n ir á los
hom bres con el vin cu lo del am or y de la
h u m ild a d , q u e a b a te los m ontos y e n ­
cu m b ra á los valles tirando sobre lodos
el ju stísim o nivel de la igualdad c ristia ­
no; y cierto , que su voz proclam ando la

(I) ¡Cosa o x ira in ! A un on los lisiad o s d onde


so p ro c 'a m a la abolición , es lan y r.ind'í ni m e n o s-
p ro d u t]m> t.c n in [iara lus ti'-rsun.is do c o lo r, quo
ni a u n en las i^le.s'us las sufron Kl p n ilis ln n lis in o
es cóm plice dü oslo m eno-precio cerrándolo!) las
p u e rta s de su s lim p io s , t i C.do icism o. por el con­
t r a r i o , i>s lodo .iih "r |a r a In d o s, \ a c -n blancos ó
n e y m s ó d i 'u l r o c M i r Conviene lio o v in ar la di­
fe re n te siici t ‘ d e os nefim s on las cnliiiiias c . l ú . i -
c a s , s in y ila n iie iito lispaíml i s , y ou la* p r u lc .ta n -
le s . P u e d e n verso sobre o-lo los a (i nI*•' q u e con
•d lilii.o do "Kl i m I i i I í c i s i i i o y el ese.'avo n o ^ro,»
trao n ios 1:1ud,’a r e liy ic u ic s . I'.u is , L u cro y K e b .o -
ro do Isfi.'t, níim 7 y siguientes Ilion so p ru e b a en
ellos lo inccliu q u e deben á n u e s tra religión los in ­
felices n e c io s.
— 332 —

d ignidad a u g u s ta del h om bre, re su en a en


el fondo de la conciencia con m ayor
fuerza y eficacia, que la de los que in ­
ten tan p ersu ad ir de la fratern id ad h u ­
m an a con el ruido de los cañones.

CAPÍTULO XIV.

La eminente dignidad del pobre según el Catoli­


cismo.

No h a y p ru eb a m ás clara de cuán
opuesto es el Catolicism o al paganism o
an tig u o y m oderno, q u e su s resp ectiv as
m áxim as y sen tim ie n to s acerca de la po­
breza: fu era de la Iglesia católica la po­
breza es u n a cosa v il, turpis egestas;
m as a n te los ojos ilu strad o s por la fe es
u n a cosa celestial y d iv in a. C ontradic­
ción ta n visible y ab so lu ta explícase por
cierto fácilm en te: los q u e reducen n ú e s-
— 333 —

tr a nobilísim a n atu ra leza á u n a masa


organ izada, com o dccia calum niándola
vilm en te la filosofía de! siglo pasado, y
la duración de la a ida hum ana al poco
espacio que em plea en desenvolverse
sobre la tie rra more panteístico p a ra m o­
r ir del todo en d estru y én d o se el cuerpo;
y los q u e no conocen m ás g lo ria, d ig n i­
dad y b ien av e n tu ran z a que com er y b e­
b er, sen tad o s á la m esa del festin (1 ),
al cu al están ú n icam en te convidados los
fu ertes y los ricos, ¿qué m ucho si m iran
la pobreza con m alos o jo s, y la ju zg an ,
com o los an tig u o s p ag a n o s, por cosa
torpísim a (2 ), y tienen -en m uy poco á

(1) <>La felicidad te rre n a , rlico P ed n ) L ero u x , <*s


el u ltim o destin o del hom b re; esla tie rra d ebe s e r un
i-.ruiso de p laceres.'> liste es el len g u aje de indos

Íos sec ta rio s d e la lilnsofia llam ada del jiroyrefo-, to­


do >los socialistas convienen en e ste p u n tn diciendo
con F o u rie r, ^que entonces será el hom bre feliz,
cuando hubiere dado satis!; crion á sus p isto n es.»
(2 ) El divino Pintón m ira! a al pobre com o ;i un
a n i m a l in m u n d o de q u e habia de p n re a rs e In R e­
pública (De leg. dialoy. II). C icerón alaba q u e se Jó
— 334 —
los p o bres, d esheredados del único bien
q u e la n atu raleza ofrece á los prim ero*
en copa llena de te rre n a s delicias? Y por
el c o n tra rio , ¿qué m arav illa es, que los
católicos, q u e tan alio concepto (ienen
de las ex celen cias de su alm a espiritual
6 in m o rtal, criad a p ara re in a r en el cic­
lo, h a g a n de la pobreza una de las m a­
yores v irtu d es, ni q u e la m iren como

a l g u n a l i m o s n a al p o b re, p e r o tic u n m o d o m u y li­


m i t a d o y >ól>> al q u e se a a g r a d e c i d o . T a m b i é n elo­
g i a la luv-pitiliiiu I rji-rcitla e n fa v o r d e p e r s o n a s
i l u .'l r e s (Dr offir II. p á r r a f o 5 4 — (¡4).— <-Mal h a c e ,
rienn IM arlu , i | i .¡pd d a d e c<innT u I m e n d i g o , p u e s
p i e r d e lo q u e dií, y s ñ |u r o u s ^ u e p r u l o u u a r los p a ­
d e c i m i e n t o s d e u n d e s g r a c ia d o :
Male m e rc íu r i|iii m eudico d u tq u c d cdal;
N am e t i llm l (|lin d d ;iI | i e r i l ;
E l illi p r o d u c il vilam nd miserinm.
(T rin iiin a c i. 1, s r. II).
«¿S:ilx*i'=, (p re g u n ta el a u lu r n n a s son c s ta s .c i-
la>) q u é hacían i'n Homa c u an d o li:>bia m uchos
m endigos nb Iruyi nil» las call'-s y em baí azundo á lo s
dornas liau> piintfs? IW ú n le n de lus Km aera d o res
(M axiini.iiio-C ialeno) • clcíbiiii^os u n e s e n cu n a de
oí i iis eu navps ya in .-e n ilile s, y lus dejaban irse á
fondo.» M artin et. Sol. d es g ra u d s problein. tom . 3 . °
p. 341.
— 335 —
celestial y d iv in a en cuanto por ella m e­
nosprecian y ponen debajo de los piés
todas las cosas de la tie rra , y desasidos
de la afic io n a las c ria tu ra s pueden v o lar
librem en le al ciclo, su única heren cia
por todos los sig lo s? ¿ni que h ag a n
aplicación de estos nobilísim os concep­
tos á los pobres, á q u ienes d ich a virtu d
com unica sus g ra n d e s excelencias, h a ­
ciéndolos dignos del reino b ien av e n tu ­
rado que les está pro m etido? Jú n tese á
esto , que los pobres son im agen de J e su ­
c ris to , que siendo'rico se hizo pobre (1 );
el cual los ha pueblo en su lu g a r como si
lucran su m ism a d ivina P e rso n a , y ha
prom etido á los q ue le siguen en esla v ir­
tud sen tarse con él para ju z g a r á los hora-'
bres en el últim o dia (2 ) ; y se com pren­
derá la razón que tuvo el g ra n 3ossuct
p a ra llam ar eminente á la a u g u sta d ig n i-

(1) II. Cnr. M il, !).


( 2) tsr.i. III, t i.
— 330 —

dad del p o b re. No h ay p or tan to q u e ex ­


tra ñ a r, q u e los S antos, es d cc ir, los hom ­
b re s q u e m ás subieron en v irtu d y s a n ti­
d ad , y m ás se acercaro n al d¡\ ino modelo,
concibieran pensam ientos de tan alta es­
tim a de la pob reza, h a sta el ex trem o de
ten erla por su m ad re y señora, y de des­
posarse con e lla , crey en d o a d o rn ar así
su s alm as con u n a jo y a de inestim able
valor y e x c e le n c ia , como se refiere en
p a rtic u la r del serafín de Asis, que llam a­
b a á la pobreza mi s e ñ o r a , y en la re g la
de S anta C lara d ic e : Obi ir/ó monos á la
pobreza la muy santa señora. Por lo cual
se lee de él en la divina comedia, que
Ai frati suoi com e á g iu sto cred c
R accom andó la su a d onna piu c a ra
E com andó che l’am assero á fede (1 ).

No es mi ánim o re fe rir aq u í, ni a p u n ­
ta r siq u iera las innum erables obras de

( i) Panul. Cnul. XI.


m isericordia fundadas por la Iglesia cató ­
lica en favor de los pobres (1); q u e sobre
pedir esto m u ch as p 'ig in as, saldriase de
los lim ites á que debo ceñirm e para lo­
g r a r mi in ten to , reducido en el presente
capitu lo á m o strar alg u n as señales por
donde pueda v enirse en conocim iento de
lo m ucho que debe al C atolicism o la dig ­
nidad h u m an a en los pobres y. desvali­
d o s. La cual es tan g ra n d e , que la Igle­
sia c u e n ta e n tre sus m :s bellos institutos
los especialm en te consagrados á se rv ir á
los pobres con resp eto v re v ere n cia, co­
m o q u ien sirv e en ellos al mismo Jesu ­
cristo . «Hemos de te n e r siem pre en la
• m em oria* dice el libro de los ejercicios
esp iritu ales de las H ijas de la C aridad,
«que los pobres son nuestros v erdaderos

(1) E s m uy ile noLnr el noinl>re l í n ir l- D ic n


q u e puso un sa n io Obispo do P a rís ¡i 1111 hospital
q u e rum ió, nom bre q u e desd e eiiU'mcc.s se usa e n el
m ism o sentido.
— 338 —
dueñ o s y señ o res, y q u e nosotras somos
criad as de ellos, teniendo ú m u ch a hon­
ra servirlos y m irarlos como á lalcs. Y
asi hem os de h a b la r con ellos como h a ­
bla u n a sierv a hum ilde con su S eñor. No
olvidem os tam poco que son hijos de Dios,
6 hijos m u y queridos, y que por esto los
h a puesto á n u estro c u id a d o , p ara que
les proporcionem os las cosas q u e necesi­
ta n , con te rn u ra de m ad res, como á h i­
jos m uy am ad o s__ C onsidera q u e estos
pobres que le están encom endados son
m iem bros pacientes de Je su c risto ... y así,
ah o ra oigas sus peticiones, ahora hables
con ellos, ah o ra vendes su s llagas, siem ­
pre ten d rás á Jesucristo delante de los
o jo s .. ¿Qué sab id u ría p uram ente h u m a ­
n a escribió jam as, ni pudo escrib ir estas
d iv in as sen ten cias en honor del pobre?
G racias á ellas vem os en los pueblos ca­
tólicos á la m ajestad de los príncipes
p ostrad a d elan te de los pobres p a ra la-
— 330 —

v aríes los piús, ó b efan d o su s m anos v e ­


n erab les ( i ) .
El C atolicism o h o n ra sin g u larm en te
esta excelsa v irtu d en los que por ella se
lev an tan h a sla los cielos con el culto que
trib u ta á los san to s, que lodos fueron po­
bres de esp íritu , au n q u e ricos en celestia­
les carism as, y am ig o s y fam iliares m uy
Intim os de Dios; los cuales m enosprecia­
ron el m undo h asla el punto de m orir á ¿I
p ara v iv ir escondidos con Jesucristo en
Dios: por lo cual exaltólos la diestra del
A ltísim o , y fueron honrado* aun aquí
bajo con un culto de honor c intercesión.
¿Quién ig n o ra la m u chedum bre de sa n ­
tos q ue dieron testim onio sobre la tierra
á la in sig n e v irtu d de la pobreza ;'i q u e
deben la corona de g lo ria que ciñe su s
frentes en el ciclo? A lgunos de los cua-

( I ) Di* la R eina ls.iln‘1. n u e stra m tu iíi, se lia r e ­


ferido este liiTiiiusn . ilric ^ia I.im iiid a d .d c que
dió prui'lia visitando un h o spital <lr S rv illa . l ’u id c
verso eu la C r u z , vx w lu u b' re v ista ile ;.'¡nella ciudad..
— 310 —
les ju n ta ro n á ella la m iserable condiciou
de m endigos, com o el bienaventurado
B enito L ab re, re cien tem en te beatificado.
E sle hum ilde p ereg rin o reco rría los p u e­
blos cu b ierto de an d rajo s, desprovisto de
todas las cosas del m undo, sin .te n e r don­
de reclin ar su cabeza, m endigando a lg u ­
nos m endrugos de p a n , que solía d a r á
q u ien en co n trab a mus aprem iado que él
de la necesid ad : en cu y a condicion vivió
do su voluntad h asta el dia en q u e cayó
desfallecido cu la escalin ata de u n a ig le­
sia. En aquel tran ce u n a persona c a rita ­
tiva llevólo en brazos á su casa p a ra so­
correrlo ; y com o le p re g u n ta se en los ú l­
tim os m om entos de v id a que le q u ed a­
b an , si ten ia n ecesidad de a lg u n a cosa,
respondióle el pobre diciendo: De. nada,
de nada. Véase ah o ra lo que hace la
Iglesia con aquellos á quicne? Dios q u ie ­
re h o n ra r:— El dia 2 0 de Mayo de 18G 0,
e n la ijílcsia dedicada al Príncipe de los
Apóstoles fué exultado al honor de los al­
iares el m endigo Benito L ab re. El su n ­
tuoso tem plo del V aticano o sten tab a m a­
ravillosa riq u eza de a d o r n o s , siendo de
n o ta r e n tre o tras cosas m u y sin g u la r­
m en te las p in tu ras que ponian delante de
los ojos los pasos por donde la d iv in a
P rov id en cia h ab ia conducido al pobre pe­
re g rin o á la gloria c e le s tia l, á que se
veia com o arreb a ta d o en el cuadro ú lti­
m o, y los m ilagros obrados por Dios p a­
ra sig n ificarla. E ste cuadro estaba c u ­
b ierto con un velo; m as ap én as p ro n u n ­
ciada la sen ten cia de beatificación, á q u e
se sig uieron in m ed iatam en te las salvas
de la artillería v el e c h a r á vuelo las cam -
p a n a s, el velo fué descorrido como para
sim bolizar la especie de revelación h echa
al m undo de la g lo ria celestial de Benito
L abre. E n aq u el p u n to la m uchedum bre
que llen ab a la inm ensa nave cayó de ro­
dillas en tie rra : el nom bre ya glorioso
— 342 —

del m endigo fué invocado -por la Ig lesia,


y ofrecido en su h o n o r á Dios el in cru e n ­
to sacrificio. A la la rd e , seguido de loda
su co rle v del colegio de cardenales, lle­
góse el Pontífice á v en e rar de rodillas la
invigen del bien av en tu rado ; y estando
así orando recibió un ejem p lar de su vida
y una reliquia su y a, que despucs de be­
sa r el P ad re S an to con g ran d e te rn u ra
de afcctos, llcvóscla á la f r e n te , donde
la tuvo larg o ra lo , en lan ío que aquella
noble corle y aquel pueblo num eroso
consid erab an la sublim e honra ú que son
exaltados a u n en la tie rra los que huellan
sus vanos honores y riquezas p ara m ejor
volar :i Dios. Ab uno <lisi:e uumes.
P crm ílam c el lecto r que án tes de r e ­
a n u d a r el hilo de ini d iscu rso , ap u n te si­
q u iera a lg u n a s rcllexiones q u e me s u g ie ­
re la consideración de tan herm osa es­
cen a, lo cantes al asun!o de esle libro. Sea
la prim era la sublim e alloza á que levan-
— 3 Í3 —

la el C atolicism o la n atu raleza h u m a n a


honrándola en esos g ra n d e s am igos de
Dios, héroes de la hum ildad y de la ca­
ridad cristian a , en cuyo honor la Iglesia
orden a oraciones, lev an ta altares y basí­
licas, é in v ita á los fieles á v en e rar sus
im ágenes y reliq u ias, á in v o car su pode­
rosa protección, y á se g u ir su s pisadas,
no siendo raro v er á los principes de las
naciones llegarse hu m ild em ente á re n d ir
u n hom enaje de respeto y am or á los
q u e despreciaron las h o n ras y d ig n id a­
des del m u n d o , y pusieron toda su glo­
ria en la cru z de Jesu cristo. Aquí se
cum ple m uy bien la sen tencia del sa g ra ­
do tex to : E l <¡ue se lnunilln sen") exalta­
do ( I ) . L a g loria de esta exallacion se di­

( I ) Nim is Inm onili su u l amii i lili, llo u s. (S al.


118, 17.)— No sr niviili1, que **l ni11o i!r Ins sanios
DO os c u llo ilo ailiinii'inii y soi v iilm iilire . q u e o sle
sólo su I n im ia á |j;n<, jnir los ra|ii!¡i <is. cmirn si? d i­
jo en su sino oiriih iil y su ri‘,it<nl j r a l c r -
>i«, coinu ilico IJuísiiL'l. llv iiu ra n iifi c>>i cliaritate
— 341 —

funde por toda la tie rra , com unicándose


sin g u la rm e n te á los q u e ac u d en con
am o r y re v ere n cia á la intercesión d e los
san to s; p u es asi como en el órden n a tu ­
ral nos d isp en sa el S eñor sus dones por
el m inisterio de las cau sas seg u n d as, v a ­
liéndose por ejem plo del s o l, de la luna
y de las cslrcllas p ara h acer _ m erced á
la tie rra de luz y de vida, asi en el o r­
d en so b ren atu ral q u ie re en v iarn o s su s
g ra c ia s p o r m ano de sus santos, q u e son
com o cslrc lla s en el firm am ento de la
Iglesia triu n fan te , pero sobre lodo de la
q u e fué escogida como el sol p a ra b rillar
en m edio de ellas y oscu recerlas, y alu m ­
b ra r al m undo m etido e n tre tinieblas con
luz su av e y a p a c ib le , com o alu m b ra al

non se n - i l u t e (S. A g u s lin ). P u e d e v erse sobre es­


te p u n to el cap . 3.*, lib ro 1 .‘, (In la obra iln A ugus­
to Nicolás inI lu ta d a : La l'irgcn María t i c i c n a o e n
la Iglesia, d o n d e su sabio y piadoso a u to r explica
e ste pun ln ro n p rofundidad de c o n ce p to s y riq u ez a
d e erudición a d m ira b le s.
— 345 —

ca m in a n te la luna en la oscuridad de la
noche.
C om párese e sta 'a p o te o sis católica de
la v irtu d y de la san tid ad en los héroes
que la Ig lesia nos pone delante como d e­
chados de v irtu d , con las apoteosis p a ­
g an a s, repro d u cid as en los tiem pos mo­
d ernos por la rev o lu ció n; y dígase en
cuál de e lla s e s tá la dig nidad de n u estra
nobilísim a n atu raleza , y en cuál su des­
h o n ra y vilipendio. Conocidos son los
héroes q u e el paganism o ponia e n tre sus
dioses (¡y q u é dioses, santo ciclo!), en tre
los cuales fig u raro n m u y señaladam ente
los E m p erad o res ro m a n o s , m onstruos
ab om in ab les d e cru eld ad y lu ju ria , a n te
los cu ales se postraba hum illada la h u ­
m anid ad . No e ra posible al p arece r re ­
ducirla á m ay o r d eg radación; m as en los
últim os tiem pos hán sc visto los hom bres
postrados a n te m ás infam es ídolos toda­
vía. E n los días de la revolución fran ce­
— 34G —

sa arre b a ta ro n al culto del Dios vivo el


sag rad o tem plo de S an ta G en o v ev a, la
hum ilde p asto ra que v en e ra P arís por su
p a tro n a , cu y a s castas re liq u ias fueron
dadas al viento; y lo acabaron de profa­
n a r y p ro stitu ir contam inándolo con los
obscenos restos de V ollaire y R o u sseau ,
poniendo este letrero: A los gran des hom­
bres, la p a tria reconocida. T am bién h i­
cieron la apoicosis del san g u in ario M a-
ra l, á cuyo odioso corazon crijieron al­
tare s y un tem plo, encendieron cirios y
com pusieron y c a n ta ro n le ta n ía s , p aro ­
diando las del purísim o y adorable C ora­
zon de Jesú s (1 ). Tan cierto es q u e la

( I ) P a r a q u e nada fallase ti la apoteosis d e ta n


h o rrib le antropófago, fueron propuestas s u s m al­
dades como i'u C'i di* m o ral, y para p e rp e t u a r su
culto sofialiiscli* iiu día e o el calendario, lijándose su
li-->ta en l i l e Agosio. Ni le fu liaron á este, nuevo Mo-
l o d i sacerdotes ni victimas, pues la m u e rte d e este
m onstruo , reliere d a rlo s Nodier, centuplicó el furo r
d>‘ las proscr ipelones y la larva ile los v e rd u g o s.
(Véase f.a fír n ilu r itm por Mons. U a u m e, tom o 2 . ° ,
cap. XV de la versión española.)
— 347 —

adoracion es n atu ral al liom bre; y así


cuando en su soberbia no q u iere esle ado­
ra r á Dios, derríb ase h um illado a n te ído­
los horribles com o el corazon de M aral, ó
sim plem ente asquerosos como el símbolo
d é la diosa razón, adorado asim ism o por
la revolución fran cesa.
No b ay cosa que m ás repugne el espí­
ritu del siglo en el orden de las co stu m ­
b res, q u e el hecho de la m endicidad, ó
sea la pobreza m iserab le .d o los q u e in­
vocan púb licam en te la caridad de su s
prójim os. Si no me e n g a ñ o , u n a de las
causas de esta aversión se o rig in a del
orgullo de los ricos, cu y a falsa d ignidad
se resien lc de v erse en cierlo modo ul­
trajad a y dep rim id a bajo los harapos del
pobre, q u e ad em as parecen burlarse de
la sab id u ría de los sib io s y p ru d en tes
del siglo. P ostrado aillo sus vanos ído­
los, el m undo m oderno no perdona al
pobre que salg a de su m iserable v ivien­
— 348 —

d a, ú del en cierro á q u e in ju sta m e n te le


condena, á poner como u n a som bra en
el cu ad ro de su refinada c u ltu ra , ex ci­
tando tal vez m ás de u n rem ordim iento
en m u c h a s alm as á q uienes convendría
p ara g o zar sin n in g u n a especie de tem or
ni sobresalto, q u e no hubiese p o b re s, ó
al m é n o s q u e no se ofreciesen a n te su
v ista . En cam bio, al tra v é s de los a n d ra ­
jos del pobre y del m endigo cristian o s,
las perso n as ilu strad as por la fe perciben
la im agen y sem ejanza de Aquel que
quiso ser oprobio de los hom bres y dese­
cho de la plebe. De aq uí el deseo con­
cebido por m u ch as alm as nobles de s e ­
g u ir en este g én ero de vida al modelo
adorable de toda v irtu d y perfección,
hollando en testim onio de su g ra n d eza
las cosas pereced eras ( 1 ) , y elevándose
por la escala de la oracion h asta la san-

(<) Magoi et cxcelsi anitni est c alcare mortalia.


— 349 —

tidad m ás su b lim e. P or lo cual e n trá ro n ­


se en casas de religión ligándose con
voto de pobreza, m u ch as de ellas d e te r­
m inadas ad em as de esto á m endigar de
p u e rta en p u e rta el su sten to , com o Benito
L ab re, consagrando el resto de su vida á
la oracion, y á la in stru cció n y consue­
lo de los prójim os, sin g u larm en te de los
pobres, y al trabajo m an u al. En este
punto la d ivina P rovidencia h a.su scitad o
en nu estro s dias un in stitu to de piadosas
doncellas, cuyo oficio se reduce á rccojcr
á los pobres ancianos en su san to asilo,
sustentándolos con la lim osna que ellas
piden (mi el nom bre de Dios, y ap a cen ­
tando sobre todo su s alm as con ejem plos
/■ instrucciones y p rácticas de ac en d rad a
piedad (1 ). ¡Oh m endicidad gloriosa, cuán

( I ) S c a lu d e á laj Ifcrm anilu s de los pobres, n a -


c i d j s c D t i o a aldea d e B re ta ñ a, provincia de F r a n ­
cia, y difundidas on i n u r poco tie m po eo g r a o parto
de E uropa. España las 1ia re cibid o ya en su liosp i-
— 350 —

m erecedora eres de las bendiciones del


pobre, ú q u ien a y u d a s, y de la ad m ira­
ción del u n iv e rso entero!
P or ú ltim o, la Iglesia católica eleva al
pobre á la sublim e d ignidad del sacerdo­
cio y h asta del m ism o Pontificado suprc-

U l a n o suelo. Lo u n principio do eje rcitaban la


m end icid ad, m as Dotando los escollos y tentaciones
q u e hay pa ra los pobres en calles y plazas, d e te r ­
m in áro nse á salir ellas en su lug ar ¿ in vocar á favor
d e su s pobres la c aridad de las alm as compasivas.
Ju ana Ju ^ a n fué la p rim e ra q u e con uua cosía en la
m an o y el ci ra¿ u e n c e n d id o cu ¡uuor de Dios y del
p r ó jim o , fue ¡i m endigar el pao d e puerta en p u c r -
la ivcojiemlo liiimildemenlc los d i a r i o s y m e n d r u ­
gos que le d aban. Si¡ iiolilo ejemplo rué seguido por
todns Ins lie rm auila s. No dejó el m u n d o de d a rle s á
'b e b e r el cáliz d e la i^nnm itiij, haciendo mora de
ellas y porsi-^uieudo su instituto con b urlas, risota ­
das y todn linaje d e sá tiras y m e n o s p r e c io ^ pero de
todo Iriiof-in in con la gracia del cielo, y a u n acaeció
po r adm irable providencia d e Uitfs, que. alguna j o ­
ven q u e reprendía á su erm ar a y lima de su vista
avergonzada riel olit-io que trnia, e n tró s e d e sp u e s en
la c o n p r e - a r io n y es lioy supe riora de la casa de
Rennes. (Véase el opúsculo publicado en la im p re n ­
t a de I). Celestino T j a d o , titulado: Las lierm anitas
de los pobres.)
— 3S1 —

mo. No es la g e ra rq u ía católica ú m ane­


ra de casias, pues asi sube por ella el
rico com o el p o b re, á quien la Iglesia
m ism a dá la m ano p a ra ay u d a rle á le­
v a n ta rs e b a sta la cum bre de sus d ig n i­
dades, bastando sólo q ue brille en su es­
píritu la lum bre de la caridad y del sa­
b er p ara se r p ad re y d o ctor e sp iritu a l, y
aun p ara poder v e s tir la p ú rp u ra y ceñir
á su fren te la liara . Cuyo ejem plo y es­
p íritu h an seguido las naciones católicas,
e n tre o tra s la nobilísim a E sp añ a, h o n ­
ran d o el m érito y la -virtud de las perso­
nas nacid as tal vez en hum ilde choza,
y recibiendo á su vez los reflejos de su
glorioso no m b re y de sus preclaras h a ­
zañas. V alga por todos n u estro insigne
Jim énez de C isneros, pobre v hum ilde
franciscan o , «cuyo nom bre está gloriosa­
m ente asociado al de la rein a m ás e s­
clarecida y al de la m u jer m ás insigne
de n u estra E sp añ a, fam osa e n tre las
— 352 —

g en tes por su s in sig n es m ujeres y sus


esclarecidas reinas (1 ).»
No seria bien d ar de m ano i la s p re­
sen tes indicaciones sin a ñ a d ir, q u e re s­
tau rad o d esg raciad am en te el naturalism o
pagan o en las sociedades m odernas, báse
eclipsado m ucho en ellas la a u g u s ta d ig ­
nidad de los pobres. P a ra v er y tocar
esla verd ad , pongam os los ojos en In g la­
te rra , m r.estra y m odelo de civilización
a n li-c rislia n a (séar.ic perm itida la e x ­
presión sim u ltán ea de dos conceptos
conlradiclorios) au n pnra las naciones
católicas si son reg id as por gobiernos
q ue no viven do la le. N inguno de los
au g u sto s títulos, y privilegios q u e les
otorgó el sag rad o E v an g elio ¡l los pobres,
á qu ien es fué predicado, son reconocidos
allí; y así ofrécensc á los ojos de los d i­
chosos seg ú n el m undo, y a u n á los s u -

( I ) Donoso Corlús, Ensayo sobre el Catolicis­


m o o te., lib. II, cap. VIII.
— 353 —

yos propios, d esnudos d e la rica v esti­


d u ra de la g ra cia y de los d erech o s que
tien en al resp eto y carid ad de sus próji­
m os. Y, com o siem pre acaece, con su
dig n id ad so b ren atu ral pierden los fueros
de la ju s tic ia y del am or que la m ism a
natu raleza pide p ara todos los h o m b res,
viniendo á tan m iserable desdicha q u e no
h a y térm inos con q u é ponderarla en la
form a debida. Si: el pobre ha perdido en
la In g la te rra p ro testan te su g ra n d eza de
cristian o y au n el sen tim ien to de su d ig ­
n id ad y nobleza n atu ra l (1 ). «El g ra n
crim e n de I n g la te r r a ,» dice el Sr. A u g u s­
to N icolás, á quien d ejaré h ab lar sobre
esle p u n to , p o rq u e sus elocucnlcs p ala­
b ra s h acen m u ch a v en taja á cu an to p u ­
d iera yo d ecir, «el g ra n crim en de In g la­
te rr a consiste en b eb e r perdido el sen -
(1 ) El se ntim iento ríe la *(¡(ínidnfl h um ana no se
encucDtra rp aun r n r m n n n <'n los cluribililcs de la
capital del re m o uriitlo Carla de tlo n . E u g e n io
fíen d u al m in istro de P rusia.
ENSAYO. 23
— 334 —

tim iento de la d ig n id ad h u m an a: el po­


b re no la conoce, y cierto que no p u ed e
a p re n d e rla del ric o , porque éste no d á
m u e stra s de re sp etarla en aq u e l; y es no
m éno s cierto , que m al puede se n tirla
en sí m ism o q u ien no la re sp e ta en los
dem as. No olvidem os, q ue ú pesar de la
m iseria y abyección del pobre, ó m ejor
dicho, por razón de ellas este sen tim ie n ­
to de la d ignidad h u m an a es el sen tim ien ­
to cristian o por excelen cia, el cual nos
obliga ú v er, á h o n ra r y á s e rv ir en los
pobres á la m ism a persona de Jesu cristo ,
q u e tan sin g u lar am or y predilección les
m ostró: E vangelizare pauperibus m isit
me (1 ), pudiendo com pendiarse todo su
E van g elio en estas dos palabras: \Beati
pauperes\ ¡beati miscricordes\ L a Iglesia
cató lica h a correspondido fielm ente en
e sto , com o en todo, á su m isión d iv in a ,
pues no h a cesado de em plearse p o r m e­
tí) Luc. 4, 18.
— 355 —

dio de su s Apóstoles y discípulos en el


servicio de los p o b re s, inflam ada d e
g ra n d e c a rid a d , viendo y rcspclando en
ellos lo que con ad m irab le elocuencia
llam ab a B ossuel en p resencia de la có rte
de Luis XIV la eminente dignidad de los
pobres, en q u ien es resid e, según la ex ­
presión del ilustre P relado, la m ajestad
del rein o de Jesu cristo , de c u y a re sp la n ­
decien te corona se d eriv a el fulgor que
los circ u n d a , com o ú los que m ás se le
p arece n , á sus com pañeros de pobreza,
tesorero s y recau d ad o res g en e rales de
Dios en la tie rra . ¡Oh! si fuera ju zg ad a
la reform a p ro te sta n te por e stas m áxim as
de v erd ad ero C ristianism o, por la luz del
puro E v an g elio , ¿ten d ría v alo r pa’ra se­
g u irle llam ando c ristian a y ev an g élica
despues de h a b e r descendido h a sta el n i­
vel del an tig u o pag an ism o, y a u n á m a ­
yor vileza? C ierto la esc lav itu d a n tig u a
no es com parable p o r lo ab y e cta con la
— 350 —

innoble m escolanza de in d ig n id a d , b a je ­
za y em b ru tecim ien to á cuyo abism o a r ­
roja á los pobres la riq u eza p ro te sta n te ,
creyendo b a b e r cum plido con el E v a n ­
gelio y la n atu ra le z a p o rq u e h a pagado
la tasa.
• Si el divino a u lo r del C ristianism o
viniese por las naciones católicas, h a lla ­
ría ciertam en te m u ch as alm as c a rita ti­
v as q u e im itan con obras d e m isericor-
. dia su te rn u ra p ara con los pobres, ú las
cu a le s podría d ecir viéndolas an im ad as
de su divino esp íritu : «V enid, benditos
• de mi P a d re , porque tu v e h a m b re y
• m e d isteis de com er; tu v e sed y m e
• disteis de b eb er; an d u v e desnudo y m e
• vestísteis, y siendo p ereg rin o rae d ís-
>teis p o s a d a .» Mas si el Sefíor fuese
lu eg o p or las calles de L óndres, ó por
los b arrio s de S ain t G ilíe s , de W h ite -
C hapcl, de C eth u al-G reen , de S pilalfieds,
joh Dios del ciclo! ¡qué terrib le Vae pro-
— 3S7 —

fe riria c o n tra todas las sociedades bíbli­


cas, q u e no d ejan d e la boca la p alab ra
E v a n g e lio , c u y a le tra pro p ag an h a s ta
con fu ro r por m ar y tie rra p a ra g a n a r
prosélitos á la h e re jía , hollándola al m is­
mo tiem po con las p lan tas en los p o b res,
donde está aq u ella, no y a e s c r ita , sino
v iv a y anim ada! E stas m ism as im p reca­
ciones del E v an g elio , invocado por los
p ro te s ta n te s , v o lv ería n á oírse de labios
del divino R ey de los p o b re s : «¡Ay de
«vosotros, E scrib as y F ariseos hipócritas^
• porque rodeáis la m a r y la tie rra p a ra
• h a c e r u n p rosélito, y despues de h a b e r-
»le h ech o , le h acéis dos veces m ás d ig -
»no del infierno que vosotros (1 ). |A y
»de vosotros, F ariseo s, q u e diezm áis la
• y e rb a b u e n a , y la ru d a , y ioda h o rta li­
z a , y trasp asais la ju stic ia , y el am o r de
•Dios! (2 ) ¡Ay de v o so tro s, E scrib as y

(i) M a th . 2 3 , J .t .
( 2; Lu c. n , 42.
— 353 —

«Fariseos hipócritas! que sois sem ejantes


• á los sepulcros b lan q u ead o s, que p a re ­
je e n de fu e ra herm osos á los hom bres, y
«dentro están llenos de huesos de m u e r­
d o s , y de toda sucied ad (1 ).»
«E sta ú ltim a im ág en p in ta m uy bien
el estado de In g la te rra , p orque realm en ­
te su d eslu m b rad o ra prosperidad en c u ­
b re la podredum bre de la m is e ria , del
em b ru tecim ien to y de la torpeza e n q u e
h a venido á d a r esc pueblo infeliz. Y lo
q u e m ás a g ra v a su d esdicha y su culpa,
es que 110 las conoce; q u e sin el asom bro
y la in d ig n ació n que nos c a u sa n , no lle­
g a ría á n o tarla s, a u n q u e de tal modo las
nota q u e no las com prende. De esta ig n o ­
m inia se alim en ta esa n ación; e sta ig n o ­
m in ia es el p edestal en q u e descan sa e n
cierto m odo su po d er; e s ta aby ecció n de
su pueblo es ad em as la condicion de su
seg u rid a d y de su riq u e z a . Si en el cora-
(1; Malli. 23, 27.
— 359 —

zoo de la d esdichada m u ltitu d d e s p e rta ra


el noble sen tim ien to de la d ig n id ad , que
n i aun en gérm en se encierra a llí, la fer­
m entació n y cxplosion físicas q u e n a c e ­
ría n de él, serian poderosas á q u e b ra n ta r
y d esm o ro n ar á In g la te rra , á modo de u n
barco seco y viejo q u e c ru g e al h acerse
astillas. ¿P ero es razón, por v e n tu ra , dice
e l S r. R e n d u , q u e u n a nación funde su
e x iste n c ia e n el h o rrib le estad o de las
a lm a s , de donde h an salido los se n ti­
m ien to s propios del h om bre dejan d o lu ­
g a r ex c lu siv am en te á los q u e son p ro ­
pios de los b ru to s?* ( i )

(1 ) He to m ado este n otable pa sa je de la obra


del P. Descliainps , in titu la d a : Le libre exa m e n et
la v e n té de la f o i , e n la cual se i n s e r ta a d e m a s la
c a r t a d e M. R e n d u al m in is tro de P r u s ia . Q u ien
desee notic ias todavía m ás e xte n sa s y detalladas del
est-ido í q u e lia r e du cido á los pobres el p ro tes­
t a n t i s m o , p a d re del in d ustria lism o m o d e r n o , e ne ­
migo de In dignid ad h u m a n a , p u e d e c o n s u l ta r las
ob ra s del ilu s tre p re sb íte ro Marlini't, s i n g u l a r m e n ­
te La solution (fes ¡jrands ¡¡roblemos y L a Scien­
ce social.
CAPITULO XV.

Conceptos de la política racionalista.

E stos conceptos se refieren, lo p rim e­


ro , al o rig en y al On de la sociedad ci­
vil; y lo s e g u n d o , á la a u to rid a d in sti­
tu id a p a ra re g irla y o rd e n arla.
Como en lodos los te rr e n o s , así tam ­
b ién en este se p resen tan á n u e stra v is­
ta dos principios esen cialm ente c o n tra ­
d ictorios: el paganism o y el C atolicism o.
Del p rim ero se o rig in a la política p u ra ­
m en te h u m a n a y racio n alista , q u e c ie rra
los ojos de los h o m b res porque no v ean
A Dios ni en el o rig en ni en el fin de la
so cied a d , ni en la m a je sta d de los p rin ­
cipes q ue h acen sus veces en la tie rra ,
ni p u ed an en su m a m ira r al cielo p a ra
— 361 —

in v o car á la d iv in a P ro v id en cia , q u e to­


das las cosas g o b iern a con infinita b o n ­
dad y sab id u ría. El segundo e n g e n d ra la
política c ris tia n a , la política de la ciudad
de Dios, en la cu al rein an la ju stic ia y
la paz, con el gozo q u e nace de ellas, y
se en d erezan sus m oradores bajo u n r é ­
g im en divino m ás que hum ano ú u n fin
gloriosísim o q u e está sobre este m undo
visible y p erm an ece por toda la e te rn i­
d ad . A quella p o lítica , p or lo m ism o q u e
es ra cio n alista , em pieza por e m an c ip ar­
se de Dios y acab a por se rv ir á las p a ­
siones del hom bre, ay u d ad as de la fuerza
m aterial con q u e red u ce á los débiles,
que son los m ús, á la esclavitud de los
f u e r te s , q u e son los m énos, re su ltan d o
de aquí tan to s esclavos cu an to s son los
ciud ad an o s de e s la ciu dad fundada por
m ano de h o m b res. P o r el c o n tra rio , la
política c ristia n a no se rinde sino á la
razó n , ilu stra d a p or la lum bre d iv in a de
— 362 —

la fe, ordenando to d as las cosas h u m a ­


n a s por su s m áxim as d iv in as, con q u e
hace á los hom bres v erd ad eram en te li­
b re s , pues los saca de la esclavitud del
e rro r y del m al, y les o to rg a la lib ertad
del bien y de la v erd ad , ú n ica cosa q u e
libra al h o m b re , ó sea la lib ertad que
nos v iene de Dios, qua Christus nos libe-
rabit. En resolución, la política p a g a n a
llev a á los hom bres p or el cam ino de la
rebelión ú u n a de estas tre s se rv id u m ­
b re s y quizá ú las tre s ju n ta s : ó de las
pasiones p ro p ia s, ó de otro h o m b re , ó
del E stad o ; la política cristian a por el
cam ino de la obediencia hum ilde le lib ra
de e s ta trip le se rv id u m b re : el solo S eñor
qu e conocem os en la ciudad católica es
Dios; y se rv ir ú Dios es re in a r: S ervire
D eo, regn are est.
A los ojos del racionalism o pagano la
sociedad es un hecho p u ra m e n te ac ci­
dental y a rb itra rio . A ntes de ju n ta rs e e n
— 363 —

ella v iv ía n los hom bres vida de salv ajes,


no ilum inada p or consiguiente por la luz
de las v erdades su p ra se n sib le s, ni e n ri­
q uecid a de afectos nobles y esp iritu ales,
ni ad o c trin ad a p or la tradición ó por la
en se ñ a n z a , no gozando siq u iera del h e r­
moso don del h ab la. C uán alta idea tie ­
nen de la noble n atu ra le z a h u m a n a , los
ñlósofos y p u b licistas q u e llam an ó tie ­
nen por n a tu ra l á tal estado de e m b ru ­
tecim ien to y d e g ra d a c ió n , no h ay p a ra
que d eten e rse en ponderarlo. E xcusado es
d ecir, q u e en estos v anos ensueños no se
aparece el génio de la relig ió n velando
ju n to á la c u n a de la sociedad civ il; lo
cual no es p a ra m a r a v illa r , puesto q u e
y a fué d esterrad o del u m b ral dom éstico
y a u n de las m agniticas escenas de la
creación. Á su vez los salvajes ú hom ­
b re s p rim itiv o s q ue fundaron la sociedad
civil, tu v iero n su o rig en en séres inferio­
re s á ellos, y estos en otros m ás Íntim os,
— 364 —

procediendo todos m ás ó m énos re m o ta­


m ente de la m olécula q u ím ica á cu y a s
evoluciones su cesiv as debe el m undo la
g e ra rq u ia de sus séres, y la h u m an id ad el
principio de sus p ro g reso s.— Bien se rá no­
t a r , q u e a u n q u e al esp irar el siglo XVIII
bajó con él al ab ism o , de donde h ab ia
s a lid o , el astro fu nesto del sensualism o,
todavía q u ed aro n en el horizonte su s si­
n iestro s reflejos, á c u y a luz, ju n ta con la
del novísim o panteísm o g e rm á n ic o , q u e
es u n m aterialism o d is fra z a d o , h a sido
trazad a la ignom iniosa g en ealo g ía de la
sociedad y del h o m b re , descendiente e n
línea re c ta del o ra n g u ta n , en g en d rad o á
su vez de an im ales in fe rio re s, com o e s­
tos lo fueron de las p la n ta s, y las p lan ­
ta s de la t i e r r a , y así su ce siv a m e n te
h a s ta a rra n c a r en la n ad a, único p rin ci­
pio g e n e ra d o r de las cosas, se g ú n los ú l­
tim o s d escu b rim ien to s de H egel (1 ).
(1 ) Sabido es q u e el n a tu ra lis ta L am arck r e s -
— 365 —

Á la nobleza d e estos o ríg en es h ab ia


d e p ro p orcionarse lógicam ente la alteza

ta u ró e n su C u rso d e Z oo log ía y e n In H is to r ia de
los a n i m iles in v e r te b r a d o s la b ru ta l a n tro p o g o n ia
m aterialista- d q j siglo XVIII; pero lo q u e quizá no so
h a a d v ertid o por m u ch o s, es que la filosofía alem a­
n a , predicada e n F ra n c ia por C ousin y com ponía , y
enseñada ¡oh dolor! en las u n iv ersid a d es de E spaña;
esa filosoflu, d ig o , es u n plagio del m aterialism o de
L am arck , pues sup o n e la ex istencia du lina vida u n i­
v e rsal d ifu n d id a p o r tuda la m a te ria , d e dunde se
e n g e n d r a , qu e tran sfo rm á n d o se p ro g resiv am en te
va m anifestándose e n las d ife re n te s especies de a n i­
m ales h asta lle g a r al ho m b re, lié h qui rú m o d e sc ri­
b e el iinpio R elian la sé rie de estos pro g reso s lie—
g e lia n o s, to m an d o las cosac d c td e su ignom inio­
so o rig e n : <>La m a te ria e s c ie r n a ; de alom o p u ro
tju e e ra en su o rig en se c •nvirtió en m o k cu l.i q u í­
m ica , y e ste fué su se g u n d o periodo. En el te rc e ­
r o , las m oléculas se com binan p a ra fo rm ar soles
y e stre lla s. En el c u a rto periodo do la m a te ria , los
pl inetas se d e sp ren d e n de los soles. V iene en se­
guida o tro período cu q u e c a d i u n o de los p lan etas
se d esen v u elv e, y en p a rtic u la r la tie rra , m o strán ­
dose las p lan ta s y anim ales. P o r ú ltim o , la h u m an i­
dad se p re se n ta e n el m u n d o com o la ú ltim a tra n s ­
form ación de la m ate ria , no ten ie n d o eu u n p rin ci­
pio conciencia de s i , m as p ro g re sa n d o I n s ta liegnr
4 s e r lo q u e se llam a Di s ." (L elrc u d i r s s e p a r
M . Renán a la f í c v u c d e d e u x vinnHes) S t u l i i f n r ti
*uu l, d ice a d m ira b le m e n te la E sc ritu ra de los que
con ta n ignom iniosos y crim inales d elirio s p ro sti­
tu y en su e n te n d im ie n to : se h an hecho necios.
— 366 —

del fin q u e señ a la á la sociedad civil la


filosofía ra c io n a lis ta , el cual no sale de
los térm inos de la p resen te vida, ni pasa
siq u iera los lím ites del deleite sensible.
E n los pueblos pag an o s, an tig u o s ó m o­
d ern o s, m írase g en e ralm en te á la socie­
dad civil com o u n a organización m ecá­
n ica, h ech a a rb itra ria m e n te p o r los hom ­
b re s, p ara d istrib u ir á sus m iem bros el
su sten to y el reg alo de la vida sensible:
panem et circenses. A h o ra se ab ran los
libros de los p u b licistas p ro testan te s ó
de los filósofos ra c io n a lista s, ah o ra se
consu lten las obras de los políticos for­
m ados en su escu ela, siem pre tropezará
la v ista e n esa m alhadada y baja ten d en ­
cia. Toda la felicidad del hom bre está
re d u cid a en sus sistem as á los goces
tran sito rio s del ap etito sen sitiv o , ó cu a n ­
do m ás á los q u e n acen de los adelantos
en las a rle s y del refin am iento de la cu l­
tu ra p a g a n a ; p o r c u y a razón cifran la
— 367 —

política su s au to re s en fo m en tar los lla­


m ados intereses m ateriales, y en ase g u ­
r a r á los q u e gozan de ellos la paz m ate­
rial á q u e a n h e la n los corazones en e rv a ­
dos por el vil egoism o; c u y a paz no re i­
n a en las conciencias, porque no se fu n ­
da en la ju stic ia y en la ca rid ad , sino en
el poder de la fu e rz a , re p resen ta d a por
u n m illón de brazos asistido de otro m i­
llón de ojos y d e otro m illón de oidos,
con q u e cu e n ta el E stad o p a ra sostener
el orden m a te r ia l, único q u e conoce la
política a n li-c ris tia n a .
Política a n ti-c rislia n a d igo, porque sus
principios fu n d am en tales están en a b ie r­
ta contradicción con las doctrinas cató li­
cas. El prim ero de los cu ales es la abso­
lu ta independencia del hom bre, y el se ­
g u nd o la deificación de los d eleites físi­
cos. Bien m irado, este se d eriv a de aq u el:
porque la ab so lu ta independencia de u n
s é r consiste en lo q ue llam a la escu ela
— 368 —

aseitas, ó propiedad de lo q u e ex iste por


sí m ism o , á s e , la cual es ju z g a d a con
razó n por el p rim ero de los atrib u to s
d iv in o s; y de aquí que d ecir del hom ­
b re que es in d e p e n d ie n te , es e n g a ñ a r­
lo a u n m ás p érfidam ente q u e lo e n g a -
ñó la serp ie n te haciéndole c reer que es
Dios y q u e son d iv in as por co n sig u ien ­
te sus pasio n es. De am bos principios
dedúcese en rig o r de lógica e sta con­
clusión : q ue la a u to r id a d , q u e crea y
m an tien e el órden social, no procede del
principio suprem o de donde procede toda
superio rid ad en el cielo y en la tie rra ,
sino del h om bre m ism o, fuente única del
derech o y de la sociedad seg ú n el racio­
n alism o . E n otros térm inos, de la n e g a ­
ción del d erech o divino de la au to rid ad
infiérese n ecesariam en te, q u e es esta u n a
h e c h u ra del horr.bro, un ¡dolo fabricado
ó por la voluntad de u no solo q u e hace
v a le r sobre los dcin as el d erech o de la
— 369 —

fu erza, ó por la v oluntad de m uchos,


asistid a de fuerza su p e rio r á la de su s
co n tra rio s; ídolo q u e ex ige acatam ien to y
obediencia en todas las cosas divinas y
h u m an as q ue son ag rad ab les á sus ojos.
E ste es el origen y fundam ento de a q u e ­
lla vil y h o rrib le doefrina de los que e ri­
g e n en ley la volu n tad a rb itra ria del
ho m b re, a h o ra rep itien d o la m áxim a p a­
g a n a : quod p rin cipi placel legis habet
vigorem , ah o ra los aforism os del c o n tra ­
to social, q u e llam an ley á la expresión
de la voluntad g en era l, a u n desnuda de
toda razón de bondad y de ju stic ia , p u es­
to q u e el pueblo no tiene necesidad de ella
p a ra ju stifica r sus actos. Asi d errib a al
hom bre la política racionalista a n te el
ac atam ien to de un o ó m uchos hom bres, á
cu y a v o lu n tad da fu erza de l e y ; así le
su je ta á los que son iguales á él por n a tu ­
raleza (1 ), au n q u e le sean m uy inferiores
(1 ) «E sta consid eració n , dice el ilu s tre T n p p a -
ensayo. 24
— 370 —

en las do tes y p a rle s que form an la v er­


dadera g ra n d eza y dig n idad de n u estro
s é r ; a sí, en fin, le h um illa y d e g ra d a
acu rru cán d o le enm o si fu era esc la v o , á
los piés del nuevo Moloch, q u e le pide el
sacrificio no y a sólo de su vida y h acien­
d a , sino de su propia razón y de su s m ás
sag rad o s d eberes. ¿No es esla por v en ­
tu ra u n a especie de id o latría, la id o latría
del E stado ó estatolatria, q u iero d ec ir,
del soberano q u e re p ile con esta ó a q u e ­
lla v ariació n la a rro g a n te expresión de

relli, nos deja v e r la v e r d a d e r a d i g n i d a d del h om ­


b r e , ta n p onderada do los p a rtid ario s del C o n trato
so c ia l, (|iie re a líc e n te le envilecen. El h o m b re que
obedece al hom bre se e n v ile c e , p o rq u e a cep ta la
d e p en d en cia de su iyual. A hora bien ; la ese n cia d e
la h ipótesis del prieto sori.il c o n s o l é , se gú n sus
a u t o r e s , en c r e a r una a u to rid a d p u r a m e n t e hu ­
m a n a ; con lo cual d o r a d a al hom bre q u e la tien e
q u e ol>edeccr por m ás q u e p ro c u re em b ellecer con
lim o n e s rn la degradación , aicieudo q u e el h o m b re
no ol# d e ce sinn d h’ m ism o en la suciedad form ada
p o r e ste c o n tra to <> (Essai th eo riq u e de d ro it o a tu -
r c l , nota L1VJ. t u el capitulo q u e sigue p ro c u ra ré
a m p lia r e sta d o c trin a.
— 371 —

L uis XIV: E l Estado soy yo? Im porta po­


co para el caso q u e lo d ig an las tu rb a s ,
ó los m o n arcas ó los p arlam en to s consti­
tucio n ales, á q u ienes traslada su poder el
pueblo soberano; si el poder q u e poseen no
es ord en ad o p o r Dios p a ra mí bien tem ­
poral y e te rn o , p esa rá sobre m i como un
y u g o to davía m ás odioso q u e in ú til, y
m i sujeción á él, com o sólo dependa de
su fu erza m a te ria l, se rá testim onio irre ­
fragab le de m i abyección y vileza.
C onviene a ñ a d ir q u e de los sistem as
m odernos en q u e se divide la política
p a g a n a , re sta u ra d a por el p ro te sta n tis­
mo y la filosofía in c ré d u la , desde el li­
beralism o m oderado h a s ta el com unis­
m o , no h a y n in g u n o que no co n ten ­
g a los g é r m e n e s , por lo m é n o s , d e la
degradación y ' esc la v itu d á q u e red u ­
cen al h o m b re , au n q u e disfrazadas con
nom bres de lib ertad y progreso y tal
vez de d ig n id ad h u m an a. L a razón d e
— 372 —

esto e s , q u e todos ellos convienen en


e c h a r á Dios de la s o c ie d a d , poniendo
e n su lu g a r al E stad o . A hora b ie n ; sin
u n a au to rid a d d iv in a q ue trac e los lím i­
te s d en tro de los cuales debe c o n ten e r­
se el E stado p a ra no tra sp a sa r el orden
d e la v erd ad y de la ju stic ia , ¿quién se ­
rá poderoso á señalárselo diciendo como
Dios dijo al m ar: Hasta aqui lleg a rá s, y
en esta linea se estrellará te soberbia de
tus olas? F u e ra de la R eligión, ¿dónde es­
tá el p u n to de apoyo que han m enester
los hom bres p a ra m a n te n e r los fueros de
su d ig n id ad m oral resistiendo v alero sa­
m en te á la v io len cia? H ay u n a escuela
q u e p re su m e de h a b e r hallado aquella
au to rid a d y este fundam ento en la razón
h u m a n a , á la cual p re te n d e le v a n ta r un
trono en las sociedades eu ro p eas, y sen ­
ta rla en él com o á re in a y señ o ra del
m undo, á quien deben lodos oír y som e­
te rs e h u m ild em en te, pero m uy p a rlic u -
— 373 —

fórm en te los q u e tienen á su c a rg o re g ir


y g o b e rn a r los pueblos. C onviene, p u es,
decir a lg u n a s p alab ras p a ra d e m o stra r
el en g añ o q u e padece esta e s c u e la , q u e
llam an doctrinaria los políticos.
|L a razonl d icen. Bajo este herm oso
nom bre adoró la revolución francesa el
vergonzoso ídolo con que fué profanado
el sa n tu a rio de n u estro Dios. L a razón
h u m a n a dictó m uchos siglos á n tes la po­
lítica de P lató n , alg u n o s de cuyos hor­
ro res h e indicado a r r ib a , y justificó la
esclav itu d en los libros de A ristó teles.
L a razón h u m an a (1 ), sep arad a de Dios,

( ! ) « f u e r e is ,» d ice dirig ién d o se ú estos se c ta ­


rio s u d o d e los m ás ilu s tre s políticos d e u u e slra
época, (iquereis In razó n p u ro , a u tó n o m a , lu z d e sí
m is m a ; ¿ p e ro no es c ie r to , q u e de lieclio la sep u l­
táis e n so m b ra s d e m u e r t e , acallando la voz (le la
ve rd ad y esclavizando la couciencia al in stin to , ro­
to s los vinculo* q u e la u n e n con la fuente de la li­
b e rta d v e rd a d e ra ? ... La razón y la conciencia n o
son p rin cip io s de v e rd a d , sino espejos d onde la ver­
dad se refleja; testim o n io s, no au to re s» (Solaro d e la
M argarita, A v v e d i m c n t i p o l i t k i ) . «Sólo Dios, añ ad e
— 374 —
h a descendido siem pre y en todas p arte s
al vil oficio de co rtesan a de los apetitos
sensitiv o s, no viendo con su herm osa
lu m b re o tra g ran d eza q u e la fís ic a , ni
o tra felicidad q u e el d eleite c a r n a l, ni
o tro derecho q ue la fu e rza . | Y de q u é
c rite rio s se ay u d a la razón h u m a n a , s e ­
g ú n los p u b licistas de esa escuela m al­
h a d a d a , p a ra d iscern ir la v erd ad del e r ­
ro r, y el bien del mal en el órd en p olíti­
co! Sí no estoy e q u iv o c a d o , esos c rite ­
rios son dos: la riq u eza y el n ú m ero ,
ám bos torpísim os y fa la c e s , á- m enudo
sobornados por el Ín teres y la p a sió n , ó
eclipsados por la ig n o ra n c ia , ú oprim i­
dos por el sofism a, ó tal vez ocupados en
c u b rir la am bición con capa de ju stic ia .
L a razón y la v erd ad no se m iden ni

M onseñor A u d isio , es a u to r d e la v e r d a d ; y asi


echando d Dios del m u n d o , falla el p u n to d e apoyo
e n (]ue descan san las in stitu c io n e s q u e le rig en .»
Q v i s l i o n i p o l i l . púg. 161.
— 375 —

re g u la n por el n úm ero de las in telig en ­


c ias, sino por su m ism o sér inteligible, y
por la excelencia m oral y la instrucción
de las c ria tu ra s in telig en tes q u e las co­
nocen . Y es de n o tar q ue la instable opi-
nion del v u lg o , á que vino á re d u cir
L am ennais el fundam ento de la ce rti­
d u m b re, obligando al en tendim iento h u ­
m ano á sacrificar su propia evidencia en
obsequio de ese infeliz c rite rio , esa opi-
nion, digo, suele ser el eco tum ultuoso
de m u y contados sofistas, q u e halag an y
ca u tiv a n al pueblo con bellas p alab ras y
falaces prom esas, resu ltando de aquí lo
co n trario de lo q ue se e n u n c ia , que en
las sociedades donde el núm ero sirv e
de crite rio de verdad y de ju s tic ia , p re ­
valece sobre el juicio de la m ay o r y
m ás san a p arte la opinion de u n a m ino­
ría e x ig u a , h arto orgullos» é in teresad a
p ara a m a r y difundir la luz q u e a rg u y e
sus o b ras de in ju sticia. lié a q u í , pues,
— 376 —

al E stado personificado en m u y pocos da­


ñados, y hum illado y sacrificado en los
q u e sig u en la razón de ellos, creyéndose
ta n to m ás libres cu an to m ás desconocen
la serv id u m b re á que está re d u cid a su
razón y su vida e n te ra .
P o r lo q ue h ace al criterio de la riq u e ­
z a, cu an d o p rev alece e n el ré g im e n so­
cial, trasládase de hecho el poder á m a­
nos de u n a o lig arq u ía form ada principal­
m en te con la u su rp a d a á la Iglesia católi­
ca por los doctores y sectario s m oderados
de la revolución u su rp ad o ra (1 ). E l rei-

(1 ) «En n u e stro .siglo» dico u d libro p o r d o n ­


d e estu d ia el derecho n u e s tra j u v e n t u d , «el p o d e r
se lia truslndado de los cam pos d e b atalla y ae los
te m p l o s á Ins a cad em ias cien tilicas, á las B olsas y
á los m o r a d o s ; el e sp íritu h u m an o so ha re b elad o
c o n tra todos los d o g m a s , y ha puesto en c u e s tió n
to d as las c re e n c ia s . todas las in s titu c io n e s , y p o r
c o n sig u ie n te el p oder p e rte n ec e al sa b e r y á la r i -

S
u e z a . » (N o ciones f u n d a m e n t a l e s de derecho, p o r
. Cirilo A lvaro* M artín ez). lié a q u i, p u e s, e n lo
q u e p á ra el o rg u llo de esa rebelión , en p o s tra r la
alto/.n del ho m b re a n te el b e ce rro d e oro. J u s to c as­
tigo d e Dios,
— 377 — •

no de esta escu ela, al re v és del reino de


Jesucristo y de su Ig lesia, es lodo de es­
te m undo: no p arece sino q u e h a n caído
en la ten tació n en q u e pretendió su in­
fam e príncipe d e rrib a r á Jesu cristo m os­
tránd o le los bienes y riquezas de él y di-
ciéndole: «T odas estas cosas le d a ré si
cayen d o por tie rra m e a d o ra re s »: Omnia
tibi dabo si cadens adoraveris me. De cu ­
yo reino e stán excluidas de u n a p a rte las
clases p o b re s, d esh eredadas por las es­
cuelas liberales de los d erechos políticos,
y re d u cid as en los países reg id o s por el
liberalism o á u n a infelicidad y abyecion
m ayores á v eces q u e las de los an tig u o s
esclavos; y por o tra los siete m il que no
doblan su rodilla ante B a a l, los cuales
co n serv an en m edio de la g en e ral re la ­
jación la integ rid ad y elevación de su s
a lm a s, h a rlo nobles p ara venderse á p re­
cio del oro y de los v an o s honores que
se re p a rte n en ese reino á los q u e sirv en
• — 378 —

en él. A fo rtu n ad am en te «el periodo de su


dom inación es aquel transitorio y fu g iti­
vo *en q u e el m undo no sabe si irse con
B arrab as ó con J e s ú s .... H abiendo aco­
m etid o , añ ad e n u estro ilu stre Donoso, la
em p resa e x tra v a g a n te é im posible de g o ­
b e rn a r sin pueblo y sin D io s , por un
punto del horizonte asom a D ios, y por
otro asom a el pueblo. »
C uando Dios asom a en las naciones
som etidas al m ando de los ricos, q u e han
reem plazado á los nobles, levántase tan ­
to com o h ab ia poco tiem po ánlcs bajado
el nivel de la d ig n id ad del hom bre: p o r­
q u e lo p rim ero , la d ignidad r é g i a , b u r­
lada y escarn ecid a del liberalism o, r e ­
co b ra el d erech o a u g u sto de re g ir y g o ­
b e rn a r á los pueblos: lo seg u n d o , la co n ­
ciencia p ú b lica, form ada p o r las m áxi­
m as infalibles de e te rn a verdad y s a n ti­
d a d , enseñadas por la Ig le s ia , ocupa el
puesto de honor u surpado por la opinion
p ú b lic a , ó falseada ó p e rv e rtid a ; y por
últim o, la relig ió n , h ija del c ie lo , v u e l­
v e á to m ar el c e tro de las a lm a s , h u ­
m illadas y envilecidas por el se n su a ­
lism o , ilustrándolas con verd ad es e te r­
n a s , fortaleciéndolas con dones y v irtu ­
des so b re n atu rales y lev antándolas h asta
la a ltu ra inconm ensurable de los cielos.
P o r el c o n tra rio , cuando cieg as de la
ira y de la codicia encendidas en ellas
por los so fistas, asom an las tu rb a s p i­
diendo á B a rra b a s, ¿ q u é es de la ciu ­
dad en c u y a fábrica trab a jaro n en v a ­
no sin c o n ta r con Dios los sabios y los
p ru d e n te s seg ú n el m undo? ¿S erá m a­
ra v illa q u e c a ig a com o cayó Babilo­
n ia , la tierra de los vanos sim ulacros,
cuyos delitos subieron más allá de las
n ubes, hasta el cielo, por lo cual que­
dó reducida á un monton de escombros,
gu a rid a de dragones, objeto de pasm o y
de escarnio, de la cual h ará rechifla todo
— 380 —

el que pasa re ( i ) ? ¿ E n dónde h allarán


asilo los que p re p a ra n con su s p alab ras
y con sus obras tan tem id a catástrofe?
Al m énos los q u e h an m edicinado á los
pueblos con d o c trin a s y ejem plos saluda-
bles en el tiem po -o p o rtu n o , como los
am igos v erd ad ero s de B ab ilo n ia, podrán

(1 ) Jc rc m . c ap . 50 y 51. No p areen sin o q u e


e stá próxim a á c u m p lirse esta profecía cu la m o­
d e rn a H abilonia. «T odos los p u eblos del c o o lm c n le
e u ro p eo ,» dice u n e sc rito r, «lian sido c astig ad o s t o n
v a ra do h ie rro ; sólo la c u lp ab le In g la te rra , p ro teg id a
p o r el Océano y su s n av io s, p a re c e inaccesible á las
d iv in a s ven g an zas. C uando las o tra s nociones daban
g rito s de dolor á causa de sus g u e rra s y re volucio­
n e s, ella sola, se n tad a á la o rilla a fo rtu n a d a del m a r
que la r o d e a , c o n tem p lab a sonriendo las olas d e
sa n g re d e rra m a d a s por la e s p a d a , a p ro v ec h án d o se
d e los ágenos d e sa stre s p a ra a c re c e n ta r su riq u e z a
y su p u ja n z a . Mas lié a q u í q u e ya se oyen los pasos
de la Ju stic ia c ie rn a q u e se llega i ella con la es­
pada da la m u e rte en la m a n o , para c astig arla : In­
g la te rra va á o ir la h o ra de la cólera divina en el
m isino p u n to en q u e los pueblos q uo ella ha op rim i­
do oigan la voz de la m iserico rd ia del S eñ o r. El
e jfin i lo d e su p ro sp e rid ad m aterial ha seducido
m u ch o s ánim os en e s te siglo apacen tad o d e e rro re s ,
y c onviene q u e les a b ra los ojos el e sp e ctác u lo de
su s in fo rtu n io s.» ( D u g o u v e rn e m c n t r e p r e s e n ta tif) .
— 381 —

re fu g ia rse con h onor en el sa n tu a rio de


su co n cien cia, desafiando si fuese n ece­
sario las ira s d e las tu rb as, o b radoras de
toda in iq u id ad , con el m ism o valor y e n ­
tereza que si se v iera n delante de los Cé­
sares p erseg u id o res, y salvando, si ñ o la
v id a, la d ig n id ad de sus alm as y el teso­
ro de su v irtu d ; p ero los que se em plean
e n a d u la r v ilm en te á Babilonia y en
re n d ir culto á su s ídolos p ara se n tarse á
la m esa de su s fe s tin e s , ¿ q u é podrán
sa lv a r el d ia de la ju stic ia d iv in a ( i ) ?

( I ) ¿No se ria bien q u e c lam asen com o Carlos


A lb e rto , e n n u e stro s d i a s : Todo e stá p e r d i d o in ­
c lu so el h o n o r?
CAPÍTULO XVI.

Conceptos de la política cristiana.

Los prim eros conceptos de la política


cristiana representan al hombre saliendo
de las manos de Dios adornado de las
sublimes excelencias que se encierran en
la im agen y semejanza de su Autor ado­
rable; y á la sociedad civil saliendo del
seno de la familia divinam ente instituida
en el paraiso. Tal es la nobilísima alcur­
nia del hombre y de la sociedad, singu­
larm ente de la dom éstica, en la escuela
del Catolicismo. Los títulos que la acre­
ditan, se registran en el libro más an ti­
guo y admirable que hubo ni habrá ja ­
m ás, de cuya verdad sale fiadora la au­
toridad de Dios y de su Iglesia. En lo
— 383 —
cual se distinguen niA stras doctrinas de
las que propala el racionalismo cuando
habla de los primeros orígenes de la so­
ciedad y del hom bre, que sobre ser gran­
dem ente ignom iniosas, carecen de toda
probanza histórica, reduciéndose única­
m ente ú fábulas y delirios de alm as en­
ferm as, veluti cegri sotnnia. No, la n atu ­
raleza hum ana no encuentra su natural
dignidad y nobleza, ni ménos su sér so­
brenatural y divino, en el hombre prim i­
tivo de Rousseau y de los otros publicis­
tas heterodoxos, hijo de la naturaleza y
no de Dios; ni la sociedad puede atribuir
jamas el origen de su grandiosa institu­
ción á criaturas degradadas y envileci­
das, como los salvajes del contrato so­
cial, los cuales aborrecen nuestra socie­
dad, si por acaso llegan á conocerla, co­
diciando de ella tan sólo el aguardiente
y la p ó lvora, según observa el insigne
De M aistre.
— 384 —
Á la nobleza def origen corresponde la
alteza del Gn que señala á la sociedad
civil la política cristiana. En las escuelas
modernas el individuo se ordena ú la so­
ciedad, como la parle al todo, el resorte
á la m áquina, la humanidad transitoria
de un dia á la hum anidad colectiva que
se desenvuelve progresivam ente, según
dicen, en forma de sociedad; mas para
las escuelas católicas la sociedad ha sido
ordenada para el h o m b re , en cuyo bien
y perfección se term ina. La divina Pro­
videncia se ha dignado traernos á ella
para que vivamos en su seno. Como el
aire que respiram os y la luz que nos
alum bra, así es la sociedad el medio en
donde pone Dios á los hombres para que
vivan m oralm ente y se ayuden unos á
otros en la obra común que han venido
á h acer en este m undo, que es glorificar
á Dios con la virtud y llegar por este
camjno á ceñir la corona de la inm orla-
— 383 —
lidad. Tal es el fin último á que m iran
todas las cosas en la sociedad cristiana;
pues aunque su (in inmediato es la feli­
cidad de esta v id a , pero esta felicidad
nace, de la dichosa guarda del órden mo­
ral, vivificado y enaltecido por la Reli­
gión, el cual se term ina como cn .su más
hermoso rem ate y complemento en los
gozos de una gloria inefable. Todo está
enlazado en la política cristiana: lo tem ­
poral con lo eterno, la sociedad con el
hom bre, el hombre con Dios, la tierra
con el ciclo; y todo, basta la misma
m uerte, que en las doctrinas católicas es
un dichoso tránsito y como el principio
de una transfiguración gloriosa, todo se
eleva y reviste de augusta m ajestad y
grandeza al simple contacto del Catoli­
cismo.
Esta nobilísima doctrina sobre el lia
espiritual y divino del hombre y de la
sociedad civil, se halla expuesta en el
KMSAYO. 2‘*
— 386 —

gran doctor de la ciencia teológica, San­


to Tomás de Aquino, en los siguientes
térm inos: «El lin de la com unidad, dice
el Santo en su opúsculo De regim ine
principum , es el mismo que el de los in­
dividuos. Preguntado el cristiano por el
fin para que fué criado, responderá que
para conocer, am ar y servir á Dios, y
llegar por aquí á su fin último, que es la
vida cierna. Preguntada sobre el mismo
punto cualquiera sociedad cristian a, os
deberá dar igual respuesta (1).» «El fin
del hom bre, dicc en otro lugar el mismo
angélico doctor, no es solamente la vir­
tud, sino la posesion de Dios y la consi­
guiente fruición de su gloria; y, pues el
hombre es uno mismo, ora le considere­
mos viviendo en sociedad, ora en la so­
ledad y apartam iento de los dem as, es
forzoso concluir que la sociedad tiene el

( i) Lili. II. pág. XIV.


—. 387 —
mismo fin que el hom bre. Mal puede ha­
llar su fínen las riquezas y placeres cu an ­
do aun la virtud m ism a , en que debe
eje rcitarse , carecería de objeto á sus
ojos, si no lo llevase á la posesion del
sumo bien. Luego el fin de la sociedad
consiste únicam ente en g uardar el orden
de la virtud en cuanto por ella logra go­
zar de Dios (1). ■ ¡Doctrina sublime! que
contrasta con la política de las escuelas
m odernas, que cifran el fin de la socie­
dad en la posesion de bienes cad u co s, ó
en no sé qué desenvolvimiento progresi­
vo de la hum anidad, á cuyo fín está su­
bordinado el de cada hombre en particu­
lar, de modo que ni una sola huella sue­
le dejar por su m uerte el individuo en la
sociedad que le so b rev iv e, y que á m a­
nera de remolino lo tra g a y lo sepulta
en los abismos de la nada como á Tor­

il) Ibid.
— 388 —
nía transitoria de esa hum anidad mons­
truosa.
Siendo la sociedad una institución di­
vina ordenada al fin último del hom bre,
síguese, que tam bién es divina la auto­
ridad que la rige y ordena sus fuerzas ú
este suprem o fin. Verdad confirmada por
el sagrado texto, y m uy conforme con la
excelsa dignidad que goza el hombre en
los pueblos católicos. Merced á su origen
divino la autoridad civil tiene el sagrado
derecho y el deber no ménos sagrado de
ordenar las obras externas de los hom ­
bres al fin de la sociedad; de donde nace
la razón del acatam iento y obediencia de­
bidos :í la m ajestad de los principes y
dem ás potestades suprem as á quienes ha
sido dado de arriba esc derecho divino.
No es difícil percibir la grandeza moral á
que nos eleva esta obediencia, tan ju sta ­
m ente encarecida por el Catolicismo, la
cual no nace de necesidad alguna física
— 389 —
ó m aterial de sujetarse el hombre á la
fuerza m ayor de uno ó de muchos hom ­
bres, sino de la necesidad moral de con­
formarse con el órden establecido por la
sabiduría infinita y de reverenciar la m a­
jestad de Dios, po r quien reinan lúa p rín ­
cipes y m andan cosas ju sta s los que hacen
las leyes (1). De estas dos m aneras de obe­
diencia, la prim era,com o servil que es, ó
engendrada del tem or á la espada que no
en vano llevan los reyes (2), es indigna de la
nobleza de nuestras alm as, llamadas m uy
singularm ente por la ley de gracia á h a ­
cer todas sus obras por am or y no ya sólo
por miedo de las penas; mas la segunda
obediencia es propia de las almas g ran ­
des, educadas’en la cscucla divina de la
autoridad y del respeto que le es debido;
es una obediencia engendrada del am or,
cuyos motivos proceden de arriba , y le

(1) I*rov. 8 , l o .
(2) A.l Itom. XIII.
— 390 —
m ueven á hacer las obras ordenadas por
la potestad legitim a, no ya por tem or si­
rio por impulso interior de la conciencia,
ilustrada y fortalecida por el deber: non
solum propter ira m sed etiam propter cons-
cienliam (1). Aquella obediencia servil,
que no nace de la voluntad hum ana ren ­
dida hum ildem ente á la divina, es el ho­
m enaje tributado á un ídolo que toma el
nombre de la autoridad; esta, por el con­
trario, es el acatam iento hecho ú Dios,
cuya au g u sta soberanía se refleja en la
m ajestad de los reyes. La prim era degra­
da al hombre inclinando su frente ante
la fuerza; e s ta je ennoblece y exalta le­
vantándola al ciclo, de donde proceden
todo derecho y superioridad. En las es­
cuelas liberales es la obediencia lo que la
rebelión en la católica: pura idolatría;
porque así como adora un ídolo el que se

(I) Iti'ati Pauli, ¡liid.


— 391 —

somete á olro hom bre sólo por ser hom ­


b re, así también lo adora quien resis­
tiendo á la potestad ordenada por Dios
levanta un altar á la propia voluntad,
convertida en ídolo de si m ism a. En esta
especie de idolatría viene siempre á pa­
ra r la autonomía ó independencia abso­
luta de toda potestad, con que adula la
política racionalista el orgullo de los
mismos á quienes pretende im poner su
durísim o yugo.
El Catolicismo, por lo mismo que es
esencialm ente autoridad y obediencia, no
quiere ver á los hom bres sujetos A nin­
g u n a voluntad flaca y arbitraria en r a ­
zón de tal, ya sea propia ó a g e n a , sino
únicam ente á la voluntad del solo Señor
que reconocen los cristianos : Jesum
Christuin s o i a 'M d o m in a t o iik m nostrum (1).
Grande cosa es por cierto oir al pueblo

(1) Epis. Jud. V, 4.


— 392 —

cristiano, del cual hacen parle principal­


m ente los pobr<*, cantar con la Iglesia
el Tu solits D om inus, con que declaran
no tener por Señor sino al Criador y R e­
dentor de los hombres. Pues aunque de­
bemos obedecer y reverenciar ¡í los prín­
cipes y demas superiores legítim os, mas
sólo en virtud de la autoridad divina, de
que participan, como lugartenientes del
mismo Dios, en quienes vemos con la luz
de la razón y de la fe , no con la dfc los
ojos, non ad ocitlum servientes, el reflejo
de la m ajestad de los ciclos (1). «E! gran
secreto, dice un em inente escritor con­
temporáneo, de la augusta dignidnd á que
levanta al cristiano la obediencia del súb­
dito, consiste en el motivo nuevo y excelso
revelado por el Cristianismo como razón

(I) P r o p t r r Deum rrgpm lion o riH c n lc I Petr.


IV, C — Om nis anim a [lotpstalibus subdita sil, non
est enitu poteslas i m i a D eo... ¡laque qui pnlcsluli
r c s i s l it , I)c¡ o rd in atiou cm rc sislit. Rom. XIII.
— 393 —
y principio de esta virlud. Conviene no­
ta r , que tratándose de actos morales el
motivo es el lodo; pues no es necesario
haber estudiado teología para entender
que el solo hecho, por ejemplo, de dar un
hom bre á otro cierta cantidad do dinero,
según es el fin ó motivo por que lo da,
así es la cualidad moral del acto, el cual
puede ser ú obra de insigne carid ad , ó
medio de seducción, ó precio de homici­
dio. De aqui que la sumisión y depen­
dencia del católico, gracias al motivo de
que se origina, se vea enaltecida hasta
el punto de tener por dechado al Hom­
bre-Dios, y por recompensa el paraíso.
Aprended, cristianos, en este ejem plar
divino, la gloria que os está reservada si
sabéis obedecer como tales cristianos, es
decir, con el noble sentim iento de quien
obedece á Dios, fuente de toda potestad
legitim a. Bien podéis ser pobres, igno­
rantes y m enospreciados del m u n d o ; no
— 394 —
por ello dejareis en tal caso de recibir de
tan excelsa obediencia una gloria m uy
superior á la que tendríais ciñendo á
■vuestra frente la diadema real (1).»
Fácil es entender por eslas razones
que en tre los católicos la sola voluntad
del hombre no tiene ni puede tener fuer­
za de ley, como succdia en Ins socieda­
des paganas, y como acaece en los pue­
blos cristianos arrebatados por corrientes
paganas fuera de los senderos del Catoli­
cismo. Ya vimos en el capítulo anterior
el concepto que tcnian dc*la ley los ju ­
risconsultos paganos : la voluntad del
principe era la ley (quod prin cipi placel).
Sustituyendo el nombre de principe con
el de pueblo ó parlam ento, los publicistas
modernos, henchidos de soberbia racio­
nalista ó protestante, reproducen literal­
m ente el concepto pagano de la autoridad

(I) II payancsinio a nliro c m oderno, d isco rs


del P a d re C urci L). C. I). G. discorso q iia rto .
— 395 —

y de la ley. Reservado estaba á la es­


cuela divina del derecho, acusada de
haber favorecido el despotismo y la ser­
vidum bre, la gloria de librar ú los hom ­
bres d'j esta doble degradación diciendo
por boca del doctor angélico: «La ley 110
es la expresión de la voluntad, sino la
ordenación de la razón, rationis ordin a-
tio : la voluntad para Icncr fuerza de ley
debe estar regulada por alguna razón:
de lo contrario la voluntad del principe
seria más bien i n i q u d a d o i ' K i x y ; alio-
quim voluntas principia magis csset in i-
quitas quam lex (1).» Doctrina sublim e,
fundada en los principios esenciales de la
verdad m oral, confirmada por la revela­
ción , 6 ilustrada singularm ente por el
ejemplo de los Apóstoles y de los prim e­
ros cristianos, que supieron m antenerse
fieles á Dios menospreciando las órdenes

(1) l , 2 q . 9 0 a rl. 1.
— 300 —
de los em peradores que no podian ser
obedecidas en conciencia, contemnenies
ju ssa principum (1), como canta de ellos
la Iglesia, calum niada en esle como en
muchos otros puntos por sus enemigos y
no rara s veccs por sus propios hijos in­
gratos (2).

(1) Esto no quitaba que fuoseo Helos on todo lo


que no ora contra ley de Dios, aun á aquellos u r s ­
inos odiosos em peradores que inicuam ente los per­
seguían; tanto que T ertuliano desaliaba á los genti­
les á que nom brasen un solo cristiano que liubieso
to n u d o parte en las frecuentes conspiraciones ll a ­
ma (Iris conlni aquellosülioininaltlos m onstruos.
(2) liste es asimismo el concepto de la li*y on
los antiguos Códigos lonnados bajo la civilizadora
influencia riel Catolicismo. N uestro fuero real, i or
ejem plo, (ley 2 \ titulo VI), dice de ella, que rMio
ser ( (c o n v e n ib l e á la tierra e al tiempo; e honesta, ;
derecha, e provechosa » Citando esta bella descrip­
ción ile la le y , el publicista csp.iñol dotes citidii,
sostiene «que en la idea de la ley no debe en tr a r
p a ra nada esta circunstancia (llama circu n stan ­
cia al requisito esencial de la justicia) sin sen tar
una teoría peligrosa y desm entida por la realidad.
( Suciu nrs fu n d a m en ta les de d e re r h n , por I). Ci­
rilo Alvaro/. Mai tino/..)» ¡Teoriu peligrosa llam ar
iuiquidad en vez de ley á la voluntad del soberano
divorciada do la razón y la justicia! C o n q u e según
— 397 —
Entendida la ley como la entienden los
doctores católicos, fundada en razón,
fjuod rationc constat , que decia nuestro
insigne San Isidoro (1 ), lejos de enfla­
quecer ni de oprim ir la lib e rta d , es su
m ejor ayuda y defensa, y la luz que la
ilum ina. No consiste esencialm ente la li­
bertad en el poder físico de escoger el
m a l; ánlcs es esta su parte flaca y da­
ñada, origen perpétuo de toda caída y
hum illación ; sino en moverse el ag en ­
te moral siguiendo el impulso de su na­
tu ra le z a , no impelida de fuerza alguna
e x tra ñ a , aunque bien sea ayudada de
motivos que la fortalezcan ó iluminen en
el camino que conduce al glorioso fin de

la i--cuela lib e ra l, ¡í que pertenece este ju risco n ­


su lto , In que afraile á los poderes constituidos,
aunque sea la m ayor iniquidad, lia ilc ser guardado
mui contra el dictamen de la conciencia! ¿Olmo se
conciban con esta hum illante doctrina h dignidad
y la lilierlad del hom bre de que hace alarde el li­
beralism o?
(I ) EUm. lib. -í, orig. c;ip. 2fí.
— 393 —

la sociedad y del individuo. No es posi­


ble dudar de lo mucho que se ayuda la
libertad de la ordenación de la razón, en
que la ley consiste, la cual por una par­
le le pone delante la norm a que debe se­
g u ir, y de olra lo liene de la mano mo­
viéndolo suavem ente por las sendas db
la verdad y de la ju sticia, dejando libre
curso á sus ímpetus nobles y generosos,
hijos de su nobilísima naturaleza vivifi­
cada de la divina gracia. Quilad á la li-
bcrlad esta luz y este auxilio que la sos­
tiene y vivifica en la atm ósfera purísim a
del bien y de la perfección; y luego la
vereis caer desfallecida y medio m uerta
en la odiosa esclavitud de las pasiones,
originándose de aquí en la vida social el
reino del libertinaje y de la fu erza, que
tanto hum illan y envilecen al hombre.
Tan cierto es que la libertad y la ley
son compañeras unidas con vínculos de
paz y de am istad en las sociedades caló -
— 399 —
licas, y sólo e n e lla s, que hablando la
Sagrada E scritura del libre albedrio que
Dios se dignó de otorgar al hom bre, nos
d ic e , que el mismo Señor le puso pre­
ceptos y m andatos, con cuya gu ard a
pudiera m antenerse libre y señor de sí
mismo y de sus apetitos: adjecit pras-
cepta et mandato, sua ( i ):— si volueris
mnndatn s e r v a r e , consertabunt te (2).
Mas porque no quiso m antenerse fiel
en la observancia de la divina ley , vino
á dar en la odiosa esclavitud del pe­
cado: omnis qtti fácil peccatum servus
est peccati (5 ); esclavitud que pesó so­
bre el linaje entero de los hombres con
g ran detrim ento de su dignidad, hasta
que el mismo Señor bajó del cielo para
librarlos revelándoles la verdad y en­
viándoles su espíritu de am or. Gracias

(I) Ecli. 13, 15.


Vi) Ibiri. lo , 10.
(3) J oud. VIII, 34.
— 400 —
¿ esta celestial lum bre, el hom bre vió
claram ente el camino del bien, de donde
se habia salido; y su v o lu n ta d , n atu ral­
m ente libre, se sintió asistida de la fuer­
za divina que levanta al caido y m antie­
ne al que está de pió; que libra al espí­
ritu de la esclavitud de la c a rn e , y al
hombre de toda se rv id u m b re , llevándo­
le blanda y am orosam ente á su glorioso
fin. Hélc aqui, pues, hecho libre por su
entera sumisión á la ley d iv in a , fuente
viva de luz y de amor: dichosa sumisión
con que el hombre se sujeta de su libre
voluntad, ayudada y perfeccionada por
la gracia, al beneplácito divino, ponien­
do debajo de sus plantas todas las cosas
de esle mundo, y aun sus mismas fuer­
zas sensibles, desasiéndose de los lazos
con que tan á menudo le cautivan y
oprim en, y aliviando su espíritu del peso
que le impide volar librem ente á su di­
vino centro.
— 401 —
Para ayudarle á alcanzar este fin son
las leyes en los estados católicos, donde
la libertad es m irada con grande res­
peto y reverencia, como don divino que
es, gérm en precioso de virtud y grande­
za, ilustrado, defendido y fortalecido en
el seno del Catolicismo. De su espíritu
de justicia y libertad, claram ente form u­
lado en las máximas y doctrinas de la
Iglesia, nace c! úrden que reina en las
sociedades cristianas, es decir, el concier­
to de las criaturas inteligentes que anhe­
lan ¿ un misino lin y ponen por obra la
norm a establecida por la autoridad que
Dios ordena para secundar las trazas
adm irables de su Providencia y condu­
cir la sociedad á su dichoso térm ino. En
este plan divino entran lodas las nacio­
nes c ristia n a s, reducidas á maravillosa
unidad bajo la dirección de una potestad
más sublime que la de los principes tem ­
porales, á cuyo suprem o impulso se m ue-
ENSAYO. 2ti
— 402 —

ven librem ente hacia el término señala­


do d los pueblos por el dedo de Dios. Por
cuya razón ha sido comparado cada rei­
no en particular á un buque, que lleva
su tripulación al puerto bajo el mando
de su capitan; y todos los reinos cristia­
nos reunidos á una escuadra bien orde­
nada, que surca el m ar tempestuoso de
este mundo con rum bo á la eternidad (1).
Digno rem ate y corona de esta políti­
ca es su admirable teoría del oficio de
los príncipes y dem ás superiores á quie­
nes Dios lia confiado la autoridad civil.
En las sociedades regidas de la sania
verdad, que tienen por ley el mismo
am or divino, y por fin una duración infi­
nita: cujus re x v e n ta s: cujus lex ch ari-

(i) De o sla m ngD Ílira e l n a r q u í a , q u e t o d a v í a


se c o n o c e c o n el nuinlin* d r crislinntl.iil, d i j o el elo­
cuente p a d r e l . a c o n l i i i i r , <|ii<' leni.i «le C l.r isl p o u r
c l i e í , n . v ü i i g i l e p i . u r tliai l e , la f r a l e i r . i t é d e s l i o m -
m es et d e n a l i o n s p o u r c i i u e n l , I'E i n o p e p o u r fro o -
t i c r e , et l 'e l c r n i l é p o u r av cD ir.u
— 403 —

tas, cujus modus ceternitas (1), la autori­


dad es un m inisterio divino. Asi lo de­
claró el Apóstol en esta sublime defini­
ción del sugeto que posee la potestad ci­
vil: MiNISTnO ES DE Dios PA tlA E L BIEN*.
M inister D ei est in bonum. La autoridad,
diceD á una todos los doctores c a tó lic o s ,
no ha sido concedida por Dios á algunos
hombres para su propio contento y reg a­
lo, sino para bien de los súbditos, al
cual debe ordenar su augusto m inisterio.
E sta fué la doctrina que nuestro divino
Salvador trajo al m undo, dominado án­
lcs de su venida de la política puram en­
te hum ana, que degrada á los pueblos su ­
jetándolos al dominio de sus señ o res, y
regido en tiempos que algunos llaman
bárbaros, de la política cristiana, que los
exalta y engrandece por m inisterio de los
príncipes instituidos pt)r Dios para que

(1) San Agustín, Epíst. t.'J8 á Marc. II.


— 404 —
provean á su dignidad y á su gloria.
«¿Sabéis, decia Jesús á sus discípulos,
•que los príncipes de las gentes avasallan
•á sus pueblos, y que los que son m ayo-
»res, ejercen potestad sobre ellos? No
• será así entre vosotros: mas entre vos­
o t r o s todo el que quiere ser m ayor, sea
»vuestro criado. Y el que entre vosotros
•quiera ser prim ero, sea vuestro siervo.
• Así como el Hijo del hombre no vino
• para ser servido, sino para servir (1). •
Asi el rey de los re y e s , á cuya imágen
concibe sus principes la política cristia­
na; y cuyo representante en la tierra,
rey y pontífice juntam ente, se llama sier­
vo de los siervos de Dios (V). «Esta polí­
tica se resum e, pues, en la palabra sa­
crificio, como la política pagana en la
palabra dominio. La p rim e ra , d ic e : E l
Estado s o ij yo; la segunda: Yo soy parn

(I) Matli. 20.


— 40o —

f/icn del Estado. Con la prim era inuevén-


sc los hombres á obedecer; con la se­
gunda bram an de verse sujetos. El sa­
crificio del soberano engendra la liber­
tad del súbdito; el dominio del Señor lu
esclavitud de los hom bres (1). Por vir­
tud del prim ero unénsc estos con nobles
vínculos; m as la sujeción del segundo es
la del bruto. Movido del espíritu de sa­
crificio, el gobernante católico baja de la
cum bre divina de la autoridad en busca
de sus súbditos para conducirlos á su fin;
el gobernanlc pagano por el contrario
reí ¡rase ú las soñadas alturas de su or­
gullo y los angustia y oprime. El sacrifi­
cio del prim ero eleva hasta si la vida del
súbdito, y con esto la ennoblece y liber-

( I ) l l é a q u i e s l a m n ^'n ílic aá islio c io n c lara m en ­


te señalad;i m i re los príncipes peu liies y los cris­
tianos: Hcgcs yrn liu tn , decía el l ’ODlilicc S. G r e g o ­
rio .Magno d irig iú u lo sc al em pe rador, rfomí/it ser­
var um s u n t, imperatores vero leijub licnc cristia­
nar d o m iiñ liberorum. (E pist, 31 , ad irnp. P lio c .)
— 406 —

ta; el despotismo del segundo lo hum illa


sin piedad, y humillándolo lo degrada y
le hace p e re c e r.» Asi hablaba pocos años
ha delante de Luis Napolcon en la capi­
lla de las Tullerías un ilustre orador cu­
ya elocuentísim a voz no ha extinguido
del lodo la m uerte.
Sólo la Iglesia católica, cuya potestad
es libre é independiente, tiene virtud
para form ar á los reyes por estas m áxi­
m as sublim es, hablándoles valerosam en­
te por hoca de sus sagrados ministros,
recordándoles á cada paso que tienen que
dar estrecha cuenta á Dios de su m ayor-
dom ia, y que es m uy severo el juicio á
que han de ser llamados (1). La Iglesia
pone en los oidos de los príncipes en el
punto mismo de ungir sus frentes para
que sean tenidos real y verdaderam ente

(1 ) Judicinm iliirisim um liis qui |>r¡<>sunl.


Sup. (¡,
— 407 —
por sagrados é inviolables, estas solem­
nes palabras que consagran asimismo la
verdadera política: «Hoy ¡oh príncipe)
• te llegas á un puesto de h o n o r, más
lag u árd an tc en él grandes trabajos y
•peligros. De Dios procede tu dignidad,
»y á él tienes que dar razón en solemne
•juicio del modo como le hayas en ella.
• Ten en g ran veneración las cosas de
•Dios; guarda su ley santa; protege á l a
• Iglesia y su libertad sagrada. Hallen en
• tí am paro y defensa las viudas y pupi-
• los, los pobres y los débiles. Cun quien
• acuda á ti, m uéstrale benigno y manso
• y afable, conforme lo pide la regia d ig-
■nidad. No gobiernes para bien y prove­
c h o luyo, sino de la sociedad que te
•está encom endada, y espera la rccom-
• pensa fniicumcnlc del cielo.» Por eslos
sublimes conccplos, grabados en la con­
ciencia de los rey es, se lia formado la
m onarquía cruliuna que lia regido la so­
— 408 —
ciedad europea por espacio de muchos
siglos. Si; la Iglesia ha transfigurado la
potestad civil, al modo como ha transfi­
gurado 1? paterna, purgando una y otra
sociedad de los m onstruos abominables
que avasallan ¿ los súbditos en las nacio­
nes gentiles y en las protestantes y cis­
m áticas, como Nabucodonosor y Calígu-
Ia, Juliano y los sucesores de Mahoma,
Enrique VIH c Isabel de In g la te rra , á
los cuales opone el Catolicismo Tcodo-
sios y Carl.oinagnos y Felipes segundos
y los bienaventurados San Luis rey de
F ran cia, San Esteban de H ungría, San
Eduardo de I n g la te r ra , San Leopoldo
de A u stria, San W enceslao de Bohe­
m ia, San Enrique de Alemania, San Ca­
simiro de Polonia, San Fernando de Es­
paña, sin contar á las ilustres reinas que
fueron como ellos ornam ento del trono,
delicias de los pueblos, honor del Cato­
licismo, como las Santas Pulquería, Cío-
— 409 —

tilde, C unegunda, A delaida, Batilde,


Isabelas, las insignes m adres de San Luis
y San Fernando, y por último nuestra
incom parable Isabel la Católica. Todos
esos príncipes esclarecidos y todas esas
reinas ilustres cifraron su gloria en su
entera sumisión á la Iglesia y pusieron
por fundam ento de sus ciudades la pie­
dra viva de Cristo; por lo cual hicieron
obras grandes y durables, y pasaron sus
nom bres á la posteridad bendecidos y v e­
nerados de sus pueblos.
Véase cómo enlaza el Catolicismo los
dos extrem os de la autoridad y de la
obediencia, de modo que la prim era des­
cienda sin hum illarse hasla el nivel del
súbdilo, que es un nivel altísim o, como
quiera que el súbdito es una cosa divi­
na; y la segunda se levante sin rebelar­
se hasta la cum bre de la autoridad, como
se levanla el cordero en brazos del pastor
que apacienta el ganado en férliles y her-
— 410 —

mogas colinas. La Religión es el vínculo


fortisimo y al mismo tiempo suave que
m antiene unidas y concertadas estas par­
le s , perm aneciendo ella en una esfera
superior 6 inaccesible, en el alcázar di­
vino de la Ig le sia , donde pronuncia sus
infalibles oráculos. Si alguna de aquellas
dos parles, el superior ú el súbdito, quie­
re rom per con la olra trocándose en ti­
ranía el sacrificio de la a u to rid a d , ó en
rebelión la obediencia del súb d ito , la
Iglesia de Dios, intérprete seguro de la
justicia, repite el non licet del B autista,
señalando así á las olas de la hum ana
ambición ó á las más encrespadas de las
revoluciones los térm inos sagrados de la
razón y del derecho. Suele acaecer, que
estas olas soberbias pasan por encima y
am enazan todo el orden m o ral, en que
se funda la única grandeza sólida de los
pueblos; pero si bien se m ira , en el
océano de las pasiones y de los intereses
— 411 -

sobrenada la barca del pescador de Gali­


lea, siem pre am enazada, más nunca su ­
m ergida; la cual lleva consigo ni puerto
de la eternidad los gloriosos destinos de
las sociedades católicas.

Epílogo.

Séame perm itido ánlcs de dar de m a­


no al presente ensayo, reducir á brevísi­
mas líneas el cuadro de las excelencias
altísim as que la fe nos descubre en el
hom bre criado por Dios á su im igen y
semejanza, y redimido por nueslro Señor
Jesucristo. Basta decir que es imúgen de
Dios, para entender la gran dignidad y
herm osura de su sér; y si con esto ju n ­
tam os el muy estrecho parentesco y se­
mejanza que tiene con su adorable A u­
to r, ofrécese á nuestros ojos la grandeza
del hom bre, deificado por la gracia, como
— 412 —

un piélago inmenso de perfección en que


se pierden las inteligencias criadas. Y sin
em bargo, esla semejanza no es sino un
principio de la que después aparecerá;
un rayo pálido y fugitivo de la corona
de luz divina que ceñirá la frente de este
rey , al presente desterrado en el mundo
que huellan sus p lan ta s, más cuyo co­
razon eleva el Catolicismo desde ahora
á su verdadera, á su única p á tria , á la
casa de su P a d re , donde espera reinar
para siem pre. \S u rsvm cordal
Eslc es el gran m isterio de la deifica­
ción del hom bre, clave del órden sobre­
natural y divino á que se vió levantado
desde el punto que se volvió á su Dios
después de largos sigios de separación,
durante los cuales disipó la riquísima he­
rencia del Paraíso, viniendo á sufrir lé-
jos de su Padre todo linaje de deshonras
y privaciones, apacentándose únicam en­
te de deleites inmundos. Gracias al divi­
— 413 —
do llamam iento el hombre volvió en sí,
levantóse, y se fué á la casa de su Padre,
que es la Iglesia católica, donde es ves­
tido con la preciosa vestidura de la ino­
cencia, donde le dan un anillo para su
mano, en prenda de la libertad que Dios
le otorga llamándole á la dignidad de hi­
jo suyo; y ponen á sus pies un riquísi­
mo calzado, emblema de las gracias que
reciben las almas para seguir los cam i­
nos escabrosos de la virtud, que condu­
cen á la gloria; y por últim o, le sirven
uu banquete suavísim o, en que es apa­
centada su alma con el pan de los ánge­
les, llenándose de gracia y trocándose su
sér y su vida en el sér y la vida del m is­
mo Dios por virtud de este m isterio de
am or. No parece sino que tiono aquí lu­
g a r el dicho de la serpiente: Seréis como
dioses, repetido en nuestros dias con la
misma infernal malicia por el panteísmo.
«El ángel de las tinieblas, dice el insig­
— 414 —
ne Donoso Cortés, no engañó á nuestros
prim eros padres cuando afirmó que lle­
garían á ser á m anera de dioses; el en­
gaño estuvo en ocultarles el camino so­
brenatural del am or, y en abrirles el ca­
mino de la desobediencia.... La diferen­
cia enlre el panleismo y el Catolicismo,
añade el ilustre publicista, no está en
que el uno afirme y el otro niegue la
deificación del h o m b re; está en que el
panleismo sostiene que el hombre es
Dios por su naturaleza, m iénlras que el
Cristianismo afirma que puede llegar á
serlo por la gracia. *
Y no se crea que la excelsa dignidad
del hombre se dism inuya un punió por­
que su deificación gloriosa sea obra de
la divina g ra c ia ; pues el hombre lo ha
recibido ledo de la mano de Dios, asi el
sér natura] como la sem ejanza con el sér
divino, y en haberlo recibido está el go­
zo de su hum ildad y de su a m o r, que
— 415 —
tanto gustan que sean referidos á Dios el
honor y la gloria que corona su vida.
Conviene añadir que el mismo Dios, que
le ha dado el sér de naturaleza y gracia,
no se sirve de él como de un in stru ­
m ento cualquiera, sino que quiere verlo
asociado ú sus divinos designios, con
los ojos fijos en su adorable dechado,
aceptando librem ente su puesto de honor
y mereciendo la corona de la inm ortali­
dad. No asi en las escuelas panteista?,
donde á pesar de la absurda divinidad que
le atribuyen, vése el hombre absorbido
por el todo de que forma p a rte , confun­
dido vilm ente con la m a te ria , adorando
torpísimos ídolos y arrastrando por el lo­
do su divinidad irrisoria.
No caigam os, p u e s , en los lazos del
racionalismo, el cual, ó bien confundien­
do al hombre con Dios, ó bien echando
á Dios del gobierno del universo m oral,
tra ta de seducir la flaqueza hum ana , li-
— 410 —

sonjeúndola con la idea de que subirá á


su m ayor alteza y será feliz, cuando no
siga otra laz que su razón autocrática,
ni obedezca más ley que la dictada por
ella. ¡Oh qué engaño! La razón p u ra ,
dejada á sí m ism a, sin el auxilio de la
revelación divina, descendió siempre á
las sombras de la m uerte; en las cuales
perece de cierto la vida moral del hom­
bre, y cac el solo fundam ento sólido de
su grandeza y dignidad, á manos de sus
instintos carnales, de sus tendencias ba­
jas y dañadas. Tras la soberbia raciona­
lista, que hace al hombre sem ejante al
ángel caido, vinieron siempre las culpa­
bles ignominias que imprim en en su (ren­
te la señal de la bestia. Así acaeció en
la antigüedad pagana, en la cual aun los
que conocieron á Dios no quisieron glo­
rificarle , por lo que vinieron á caer en
la inm undicia, que es la esclavitud de la
carnc, ó en la idolatría, que es adem as la
— 417 —

esclavitud del demonio y del mundo, asi


del que consta de fuerzas naturales, como
del que se compone de fucr/as hum anas.
No huho, pues, bajeza en que no cayera
el hombre despeñado de la cum bre de la
dignidad en que Dios le p u s o ; pues no
hubo cosa por vil que fuese, que él no
tuviera por Dios, que no se bajara á ado­
rar como un esclavo deshonrado. El hom ­
bro adoró en su propio corazon la con­
cupiscencia de la carne, en los aliares de
sus dioses la personificación de sus pa­
siones. y en el trono de sus príncipes ;V
\on divinos em peradores, cuya depravada
voluntad era la fuente única del derecho
y de la justicia paganos. Hoy m isino, si
los absurdos del m aterialismo ó del pan­
teísmo, que humillan las inteligencias se­
paradas de la Iglesia, llegaran á preva­
lecer en las sociedades m odernas, harto
deeaidas del alto punto de honor á que
llegaron, es cosa certísim a que se reno-
ENSAYU. ¿7
— 418 —
varían las mismas escenas de opresion y
de vileza. Y á la verdad, ¿qué seria del
m undo si fuese extinguida en las con­
ciencias la luz que nos revela nuestra
grandeza espirilual y divina; si el culto
del verdadero Dios fuese abolido; si á
las virtudes cristianas, inspiradas del sa­
crificio, sucediesen las obras consiguien­
tes ú la doctrina que diviniza el deleite y
santifica las pasiones; si desapareciera el
sagrado sello del matrim onio cristiano,
convertido bajo el nombre de contrato ci­
vil en simple unión carnal de los sexos;
si llegara á reinar por completo una eco­
nomía sin entrañas, que reduce á la es­
clavitud y á la m iseria á las m uchedum ­
bres excluidas de sus banquetes; si los
príncipes tem porales volviesen á ser pon­
tífices, como lo fueron los Césares gen­
tiles, y lo es hoy dia el autócrata de las
R usias, sin que turbara jam as su domi­
nio universal y absolutg !a voz augusta
— 419 —
del verdadero Pontífice, dcspojado.de su
silla; por últim o, si sobre las ruinas de la
fe católica se levantase el Estado á nom­
bre de la razón hum ana proclamándose
om nipotente y haciéndose adorar de los
hom bres con culto de servidum bre? ¿no
es cierto que el mundo moderno acaba­
ría de ver el abismo de la degradación
p ag an a, á que el orgullo racionalista le
arreb ata de nuevo?
Por dicha, n u estra esta restauración
del paganism o jam as será com pleta.
Aquel Señor que infundió en el rostro del
hombre un soplo de vida espiritual, y le
hizo sem ejante á su divina esencia, y
cuando más caido lo vio, se unió con su
naturaleza, y dió por su rescate y liber­
tad un precio infinito, y nos llamó á la
adopcion de hijos, con derecho á reinar
con Él en trono de eterna lu z , y fué
sigue siendo la fuente viva de toda per­
fección y excelencia, donde halló la m e-
— 420 —

je r su ascendiente sobre el v a ró n , el ui-


ño su candorosa inocencia, el pobre su
altísim a h o n ra , su libertad el esclavo, su
fuerza el m ártir, su luz la conciencia, su
a u g u sta m ajestad el príncipe, la nobleza
de su obediencia el sú b d ito , y todos el
honor y la gloria de servirle para reiDar
eternam ente en el cielo; esc Señor, digo,
ha prometido estar con su Ig le sia , por
cuyo m inisterio obra perpétuam ente esas
y otras grandes m aravillas de la ci­
vilización c ristia n a, hasta la consum a­
ción de los siglos. ¿Quién será, pues, po­
deroso á secar esta purísim a fuente de
dignidad y perfección, que nace de la
piedra fírme que es Cristo Jesús ( i) ? El
cual se dignó fabricar su Iglesia sobre
otra piedra visible y firmísim a, donde
descansa como en fundam ento inmóvil,
batido perpétuam ente de las olas de la

* (1) Petra autera oral Cliristus. I. mi Cor. X, 4.


— 421 —
concupiscencia y del orgullo, el mundo
m oral con toda su dignidad y grandeza,
gloriosam ente sostenido por el represen­
tante de la mayor fuerza moral que se
vió jam as en puro hom bre, la cual tiene
á los hombres de la m ano para que no
se despeñen en la vileza del paganism o,
ennobleciéndolos y elevándolos siem pre
hasta unirlos de nn modo indisoluble con
Dios, principio único de su alteza y d ig ­
nidad.

FIN.
NOTAS.
NOTA F.

(Cap. I, p á g in a H . )

u A u n q u c todavía e stá n d e la n te d e los ojos esos


ignom iniosas s is M n a s , dignos del siglo XVIII en
quA p rin c ip a lm e n te se m o s tr a r o n ...”
Sdliiil i es (pie c id el n o m b re d e escuela p o siti­
v a , fiinilnda pii l ' r .incia p » r A ugusto C om te, y c o n ­
tin u a d a por L iilré . T aine y o tro s, lia renai ido e n
n u e stro s días. m o stra n d o un descaro in.iudilo, el vil
m aterialism o q u e d e sh o n ró la r.i/.on y la filosofía
cd el ú ltim o si^ln. Uien q u e m irada-; las cosas en su
fo n d o , e sta d o c trin a nn su diferen cia r n nada del
p an teísm o ; p o rq u e nex’a r con los m a te ria lista s la
e x is te n c ia de Dios y de los se re s e sp iritu a le s n d -
a d m itien d o ú n icam en te !a realidad del m undo m a­
t e r i a l , viene á ser lo m ism o q u e a firm a r con los
ia n te ísta s, q u e el inundo m a ;e n a l es Dios, y q u e el
flO íiibrelodii es uno de ¡o; sores en q u e se lia tr a n s ­
form ado la m olécula quím ica. C onviene a d v e rtir q u e
si bien los p a n c i s t a s su e len d a r al con cep to d e Dios
m ás extensión q u e al del u n iv erso físico, esa m ayor
e x te n sió n es p u ra m e n te a b stra c ta ; y asi so com ­
p re n d e el diclio de uno d e ellos, de q u e »D:os e s u n
m ero i-iin c p to a b stra c to sin m ás re alid a d q u e la
del m u n d o • .(Vacb>-iol, citado por O ral ry en s u S o -
pliisli<¡ttc contempoiuinc, e d ilio n , p. l.'ll.) I£|
p a u te ista lle n a n con todo su m isticism o h ip ó crita,
¿ q u é tiene q u e e o v id ia r á los m ate ria lista s d e sp u é s
— 424 —
<lc h a b e r dicho d e Dios q u e p s la categoría t le lo
ideal (E lu d e s d 'U islo irc re lig íe u s e ), y de h a b e r n e­
gado q u e el alm a e sp iritu a l se ju n ta con el c u e rp o
del h o m b re p a ra vivilicnrlo en las e n tra ñ a s m a te r­
nas? ÍR c v u e de d e u x m o n d es. — De i in fluence s p i -
ritu a liste de M. C ousin). C u a n to á >us c o n clu sio n es
m o r a le s , el p anleism o y el m aterialism o c o n d u ce n
al m ism o re su lta d o n e g a tiv o , salvo q u e el p rim e ro
div in iza el vicio, y el seg u n d o su c o n te n ta con s u -
rim ir In v irtu d . Á c ero re d u ce n por c o n sig u ie n te
S m bas d o c trin as la d ig n id ad del hom bre en el o r­
den de la n atu raleza y de la g ra c ia .
P e ro lo m ás tris te del caso para n u e s tra p a tria
siem p re católica, y por c o n sig u ie n te siem p re noble
e n sus p e n sa m ien to s y en su s ohm s, es (pie ta m b ié n
se pro p alan en ella tan viles d o c trin a s lla c e a ñ o s q u e
v ien e el d o c to r M a tap re d ii:án d 'd a s; y r ig e n te m e n ­
te los a u to re s del Alm a na que d em o crá tico , elogia­
do y propagado por los diarios .leí m isino c u lo r. lian
lev an tad o el velo con q u e c o b re n las e sc u e la s m o­
d e rn a s el vil m aterialism o q u e profesan , diciendo
que fu e r a de lo que a lcanzan nuestros se n tid o s,
nada sabem os— que de nada aprovecha la m oral
contra los apetitos— que d dia de la m u e rte del
hom bre es el dia de su nacim iento al reino m ine­
ral— que la B iblia es A libro de los reaccionarios,
con n lra s se n te n c ia s m ate ria lista s -leí m ism o ja e z ,
q u e no m erecen refu tació n El lec to r m e p e rm itirá ,
sin em b arg o , que copie aquí las e lo c u e n te s p alab ras
q u e hablando de e ste m aldecid" a lm a n aq u e p ro n u n ­
ció en el C o n g reso de dip u tad o s el ilu s tr e o ra d o r
católico S r. A parisi y G uijarro:
■'¡Famoso pro g reso ! P u e s yo c re ía , sabiendo po­
co , q u e sabia algo m ás de lo que ;ne h u b ie se n e n ­
senado m is senLidos; creía yo q u e ini e sp íritu , a u n ­
— 425 —
q u e e n c e rra d o e n e sla cárc el de b a rro , e ra poderoso
p o r su pro p ia v irtu d á re m o n ta rs e al cielo y a b a rc a r
al m u n d o , y e n te n d e r v e rd a d e s, y v islu m b ra r p rin ­
cipios q u e los ojos c arn a le s no v ieron jam a s; yo e n ­
ten d ía q u e sabia m u c h o , g ra cias d ese libro divino
q u e g u a r d a , c u sto d io l ie l , la Iglesia católica....... '
P e ro , ¿qué qu ereis? Los a u to re s del Alm anaque lo
liau a rre g la d o de o tra m a n e r a , y el libro d e los li­
b ro s no es el libro de esos señores.
»Ya lo oís, se ñ o res d ip u tad o s: l;> Biblia es el lib ro
d e los re ac cio n a rio s; no es el libro dn esos se ñ o res.
Lo c o m p ra n d o b ien . S egún la Biblia el h o m b re es
b a rro , p e ro a n im a d o de u n soplo divino; y esos d e s­
g raciados q u ie re n a p ag a r un n o so tro s ese soplo d i­
vino, y q u ie re n d e ja rn o s solam ente el b a rro , ó.......
el c ie n o . S eg ú n ese lib ro ....... (U no de m is am igos
m u rm u ra por lo bajo: ¿no e n c o n trá is, se ñ o res, d e ­
m asiad o neo e ste len g u aje?) según el libro s a n io , el
ho m b re e s lujo d e Ü io s, y e sta si q u e es d o c trin a
g e n ero sísim a y s u b lim e ; es hijo de D io s, y p a sa ,
R ey d e la c rea ció n , por e ste m u n d o , lu g ar de trá n ­
s ito , ech ad o e n tr e la nada y la e te rn id a d , para lle­
g a r al c ic lo , d n u d c piadosam ente espera viVir con
los q u e am ó en la tie rra con vida (lidiosísim a y
e l e r m . Al hom bro, p u e s, de tan a lta ra/.a, al hom ­
b re , d q u ien hizo D io s, según el te x to sag rad o ,
npoco m enos q u e dngel,» esos d e m ó c rata s desv en ­
tu ra d o s lo ro je n , y lo m a n d iu n y lo reb ajo n h a sta
h a c e r d e él c asi u n b ru to .»

NOTA II.

(Cap. I I I , pág. 7 1 .)
«El a b su rd o de la m e tc n s ic o s is , ren o v ad o por
a lg u n o s p a n te is ta s d e n u e s tro s d ia s .»
— 426 —
E n tre o tro s se lia señalarlo re c ie n te m e n te u n
rolesor de l.i u n iv ersid a d líbre d e B ruselas lla m a -
E a u re u t, por I n b e r defeudido tam año a lisu rd o . Hé
aqui cuino se e x p resa en su s E lu d es í l . IV, p. 421):
(<N;ic^ro a d venim iento á usté m u n d o es la c o n ti­
n u a c ió n rig u ro sa de n u e stra vida a n terio r.» O tro s
te x to s a u n m ás explícitos del m ism o a u t o r , y de
lus franceses L em ux y R eyontid p u d iera n c ita r­
se á e ste propósito. T ales a u to re s dicen s í , q u e
el h o m b re es in m o rta l. p nro d e stru y e n una de las
n o tas ú v e rd ad e s esen ciales de <'*íe d o g m a , cual
es la conciencia d e la propia identidad e n los d ¡ -
fe re n tc s (i.'nipos d e n u e stra vida. ¿Qué m e im p o r­
ta ría á m í vivir d e n tro d e m il a ñ o s , p o r e je m ­
plo , sí o iitónccs no m e p u d ie ra re co n o c er p o r el
m ism o su je to q u e alioid soy ni ent><ndi>r la razón
de mi dir.lii si p o r en to n ces fuera (In-Iluso, ó d e mi
d e sv e n itira si fuern desdichado? 'lo d o s estos d eli­
rios vergonzosos p ro ced en del |>; n l r is in o , q u e sólo
ad m ite una susLancia q u e m uda in re sa iile in c o le de
furnias individuales co n se rv a n d o su esencia inde­
finida. ^

NOTA 111.

(Cap. X I I , pág. 2 7 3 .)
«Hé aquí u n b re v e e n -av o de la d ig n id a d q u e
c o n fie re al n iño el C atolicism o.»
P o r no lialjer p u esto los ojos on e sta a u g u sta
d 'g n id .i I lia ido la S a n ta ‘ ede d e liarte d e su s ene*
n.U'os y a u n de m uchos q u e se llam an C atólicos,
objeto di* a m ir^ a sr.i'iisu ra sc n n m otivo del in d o m a ­
b le valor ro n q u e ha def-ii.lido el im n o ila l l ’io IX
la vida so b re n a tu ra l del niño M orU ra. Nació e s te
niño cu lio rn a , d e p a d re s j u d í o s , los cuales c o n tra
— 327 —
las p re v en c io n e s d e la ley ro m an a tom aron com o
criad a á u n a m u je r c a tó lic a , de cu y as m inos re c i­
bió, sin conocim iento d e su s p a d re s, las nguns re ­
g e n e ra d o ra s del b a u tism o . P o r v irtu d d e ís te sa c ra ­
m en to fué im presa en su alm a la divina sem ejan­
z a , q u e d an d o incorporado al c u e rp o m ístico de
Je su c risto . ¿P ero quién h u b iera podido p ro le je r los
a u g u sto s derech o s q u e .i este niño o to rg ó e l ci»lo
haciéndole c ristia n o si h u b ie ra p erm a n ec id o e n tr e
su s p a d res judíos? De te m e r era q u e la p otestad na­
tu ra l d e su s p ad res se co nvirtióse en íc s tn im e n to
de ru in a e sp iritu a l; y h é a q iii q u e o tra p o testa d m ás
sublim e q u e l a p i l e r u a , la del R e y -P o n tíliro , le to ­
m a en su s a u g u sta s m anos p a n d e fen d e r y sa lv ar su
o lm a sellada p o r O ís lo con 1111 sello s o b re n a tu ra l y
divino. El m undo cieno y c a rn a l, q u e no c o m p te n -
dc las c o sa s e sp iritu a le s y d iv in as, su scitó con r « a -
üion de e ste h e ch o , una violenta co n tra d ic c ió n con­
tra la S anta Sede; p e ro a n te la lirm eza invencible
del su c e so r de P e d ro , se e stre lla ro n e;.la vez, rom o
sie m p re , la rilas d e este m ar tu rb a d o ; ofreciéndose
ol m undo ni g ra n esp e ctác u lo de la d ebilidad del
P o n tilic e anciano é in e rm e re sistie n d o d los pode­
re s del siglo por no d e ja r p e rd e r u n a alm a com prada
con la s a n g re de Je su c risto . Asi estim a la Iglesia la
d ignidad so b re n a tu ra l d e su s hijos.

NOTA IV.

C ap. X I I , p ú y . 270.

«1.a Iglesia católica ha prod ig ad o los te so ro s do


su celo en favor de los n iñ o s....... b u scán d o lo s por
las m ás a p a rta d a s re g io n e s don.le no luce el sol de
v e rd a d y do j u s tic ia , p a ra re g e n e ra rlo s con las
— 428 —
a g u as d el b a u tis m o , y c ria rlo s luego á s u s pechos
ro d e an d o su c u n a de án g eles d e c a rid a d .»
E n el se g u n d o tom ilo d e la o b ra in titu la d a . Diá­
logos sobre los uii'ios del A ntiguo y A u evo T esta­
m en to, e s c rita por el S r. D. Ju a n M anuel d e B e r -
r io /a b a l, m arq u e s de Cn s a ja r a , se con tien o una
p recioso n o tic ia y reco m en d ació n de la bellísim a
in stitu c ió n á q u e se alu d e en el te x to : lié aquí al­
g u n o s e n tre los in te re s a n te s pasages d e d ic h a obra
to c a n te s ¡¡ e ste pu n to :
D on C ipriano. E n efecto q u e no p u e d e im a­
g in a rs e in stitu c ió n m ás e n c a n ta d o ra q u o la d e la
S a n ta Infancia, o bra d e piedad, cuyo objeto e s ha­
c e r á los niños c ristia n o s salvadores de los niños
in lie ie s , q u e en países sum nm eiilc d ista n te s nacen
p a ra m o rir lu e g o , lu e g o , a rro ja d o s p o r su s in h u ­
m anos p a d re s á las c o rrie n te s d e los río s ó á los
in m u n d o s m u la d a re s; in stitu c ió n d iv in a m e n te b ien ­
h e ch o ra , que no sólo c o n se rv a la vida del c u e rp o á
m illa re s d e esas d e sv e n tu ra d a s c r ia tu r ita s del vas­
tísim o im p erio d e la Chiua y d e o tro s v a rio s países
in lie ie s , sino q u e les da la vida de la g ra cia y la
gloria e te rn a p o r m edio del san io b au tism o .
D ionisio. M ucho m e ale g ro , S r. D. C ipriano,
d e q u e se haya tocado esla c o n v ersació n d e la S a n ­
ta In fan cia, p u e s e stab a yo con a lg u n a c u rio sid a d
d e s a b e r lo q u e e ra , y p a rec e q u e Vd. está e n te ra ­
do d e sus c irc u n sta n c ia s.
Don C ipriano. Q u isiera e sta rlo m á s , p o rq u e
es m uy poco lo q u e sé. Oí en Roma u n m agnilico
se rm ó n a ce rca d e ella, y q u e d é p re n d a d o .
D ionisitt. ¡ P u e s qué! ¿T am bién la hay en
R om a?
D on C ipriano. ¿No h ab ia d e haberla e n Rom a,
foco d e los rayos d " luz div in a, q u e en todos los si­
g los salen de n u e s tra E u ro p a á ilu m in a r los países
— 420 —
infieles? No solo liacc ya m u ch o tiem po q u e e stá en
R om a e stab lecid a la asociación de la S a n ta Infancia,
sino que los S u m o s P o n tífices G reg o rio XVI y
P in IX la linn e n riq u e cid o d e vari.is indulgencias
llen arías y p a rc ia le s , y in tim a m e n te Su S an tid ad
Í la p u e sto al Trente de ella á un Cardonal p a ra q u e
em plee toda su solicitu d en p rn lejo rla.
P aulina. Yo h ab ia oido q u e e ra cosa venida de
F ra n c ia .
Don C ipriano. E fec tiv a m e n te, en F rnncia tu ­
vo su prin cip io , habién d o la fundado en 1843 el V e­
n e ra b le O bispo de N nncy, M onseñor C árlos F o rb in
Ja n so n . P nro bien p ro n to se e x te n d ió desd e P arí?,
d o n d e habia n a c id o , no sólo por toda la F ran cia,
sin o tam b ién por c a si'to d o s los á n g u lo s do K uropa,
p e n e tra n d o h a sta S an P e te rslm rg o y S lo k o lm o , y
d i'a tá n d o s e por m u ch o s p u n io s de am bas A m élicas
y -íor v arias c o m a rc a s d el Á frica y del Asia. P o r
n a n e e n q u e a h o ra es unn in stitu c ió n v e rd a d e ra -
m n lc católica p o r su u n iv e rs a lid a d , y sobre iodo
ior haberla a p ro b a d o , sancionado y m a lí ecido con
Í os m ayores elogios y con profusión do g ra c ia s e s -
(¡ritu ales los V icarios de Jn su c rislo , q u e gob iern an
I a Iglesia c o n sta n te m e n te a sistid o s del E sp íritu
S a n to . La organización d e e sta O bra sa n tísim a por
¡• 'i objeto es tan herm osa com o sencilla. No hay n i -
i o, por pobre q u e sea , q u e no pueda p e rte n e c e r á
<-.la y c u m p lir con los fáciles d e b e re s q u e im p o n e,
p u e s se re d u c e n á c o n trib u ir con la in sig n ifican te
c a n tid a d d e dos c u a rto s al ines, y á re p e tir una
b re v e y tie rn a ja c u la lo ria con ceb id a en e slo s té r ­
m inos: «V irgen S a n tísim a , ro^ad por no so tro s y
p o r las po b res c ria tn r ita s ¡nimios »
D ionisio. Yo m e ba ria sócia sólo p o r d e c irla
y e ip r o s a r tan bello y san to deseo á la R einn de la
m isericordia en unión de lan ío s corazoncitús ¡110 -
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c e n te s , com o se lo e s ta rá n c h a l a n d o lodo el dia.
P aulina. Y a u n q u e no p e rte n ez c as á lan pia­
d o sa a so ciació n y ya no seas n iñ a , ¿ q u ié n te q u ila ,
lii.a in ia , q u e lm ¿as n n u e s tra divina N ndre esa
tie rn a sú p lic a , q u e le d irig e n d ia ria m e n te m illones
d e niños? En c u a lq u ie r edad q u e líos h allem os so­
lí: o s s u í h ija s, y sie m p re , sie m p re debem os in te re ­
s a rn o s en la salvación di! n u e stro s h e rrn a n ito s.
Oiouisia. Yo m e co m p ad r/.co m u ch o do los
n iñ o s infieles! iP o b re c ito s l ¿ P e r o cóm o son n u e s­
tr o s iinnnüiios?
D on C ipriano. P o rq u e ellos y n o so tro s ten e ­
m os á Dios p o r p a d r e ; y tam b ién po rq u e n u e stro
S e ñ o r Je su c risto m u rió por lodos los h o m b res,
atir.qne no toitos se a p ro v e c h e n d e los infinitos m e ­
re cim ie n to s de su vida, pasión y m u e r te . T am b ién
p o r p a rte de la S a n tísim a V irg e n , n u e s tr a q u e rid a
m a d re , son lus d e sg ra c ia d a s in lie ie s n u e stro s h e r­
m anos, po rq u e el S alvador la hizo m a d re d e lodos
los hom bres d e sd e su c ru z . ¿Y qué g u sto , q u é c o n ­
suelo, (pié p la c e r, q u é d ich a y q u é gloria de jú b ilo
no p ro p o rcio n a rá á una m adre el q u e le v u elv a á su
ciSi’i y le re stitu y a á un hijo, ú q u ie n lloraba p e rd i­
do? P u e s lié aquí el o b jeto d e In O bra (le la S anta
In fa n c ia , con re sp ec to á n u e s tra so b e ran a R e m a ;
v olverle los h ijos, q u e la inlidelidad habia a rra n c a ­
do d e su s am o ro sas e n tra ñ a s .
V aulinn. ¿Y á tan poca c o sta c o n sig u e n los
niños c ris tia n o s la inestim uble d ic h a d e volver ú la
S antísim a V irgen .mis liijilns inlieies?
Don C ipriano. S i, se ñ o ra , p o rq u e las oracio­
n e s d e los niños tienen p o r su inocencia un e n c a n ­
to p a rtic u la rísim o p a ra cutí su divina M a d re, q u e
las recib e ro n inefable te rn u ra en su am oroso c o ra ­
zón. P u e s si la d u lce Heina de la m ise ric o rd ia no
desoye los ru ed o s de los m ás ohsl ¡nados p e ca d o res.
— 431 —
¿cuánto menos desoirá los de sus queridos niños,
que le ; iden la salvación de sus infelices h e n n a n i-
tos? Y on cuanto In n ialrriald c la cortísima ofren­
da de dos cuartos al m es, está calculado que ra u -
clins veces lia.-ta al caito de un uño para lograr en
la China el bautism o di; un uiño de mi icios padres,
dándolo asi una herm osura sobrehum ana con la
nueva vestidura de la divina g racia, y haciéndole
desde aquel dichoso instante, heredero de la gloria
d d ciclo.
P aulina. ¡Oh qué felicidad les lia venido á los
niños de nuestro siglo con la maravillo>a obra de la-
Santa Infam ia, que les hace dar el cielo á otros ni­
ños, que lo hubieran tenido cerrado pur toda la
eternidad!
.NOTA V.
(Cap. X V I , jxiy. -iO-t.)

* «En R o m a. ha dicho agudam ente un orador,


ámbas pole>ladcs están c u id a s , porque en n in ­
guna parle puedan confundirse.» t il sáhi i escri­
to r y pió sacerdiite de liélgiea lia escrito una be­
llísima página tocante á la distinrinu de la p ies­
tad espniUi.il y de la tem p o ral, unidas en Huma
sin confundirse, que el lector me a^radeciM á que
ponga aqui, en ^r.icia siquiera de su oportunidad y
belleza: i.Con la adm irable p alab ra: liad al Cesar
lo i/ue rs drl Crsar, y ti /)•"* h> i/iic ex t/r Di’is,
Jesucristo la sueii-dad pública •'!) la distin­
ción lie amUis p u to la d e s ; una di* la-, c u a h » . la
que está nrmaila , la poleslail te m p 'ira l, está i-seu-
ciiihiieuli1eiiLMiiserita á determ inado lu^ar; mas la
o tr a . que carece de lales urin as, emuo e>pinlual
y d o c trin a l, es esencialm ente universal ó cahíli-
— 432 —
ca. De aquí la nota característica del m undo mo­
derno en el cual no se reconoce o tro poder general
que el de la Iglesia, de s u e n e que el e sp íritu es
más Tuerte que la Tuerza.»
«Cierto dia, como hiciese yo notar á un diplo­
m ático ruso que la constitución real de su Iglesia
(llam ada ortodoxa) y de toilns Ins iglesias cism áticas
son contrarias á la divina constitución de la Iglesia
d e Jesucristo, contestóm e, sin duda para salir del
apuro: «Pero tam bién en tre Vds. ¡imlias potestades
están confundidas porque vuestro Papa es princi­
pe como el nuestro.» «Con esla d iferen cia, re p li-
q u ú lc : que el vuestro sólo es Papa en cuanto es
principe y sólo allí donde manda como principe: su
poder espiritual no llega inás allá que la punta de
su espada: mas e n tre nosotros suce-ln lodo lo con­
tra rio , que el Papa no delie esla dignidad á ser
príncipe tem poral, sino que es principe temimral
en una pequeña región del g lo b o . jo rq u e es Pon­
tifico en lodo é l, y á fin de ejercer lihrem eutc
su potestad espiritual sobre lodns las naciones. E n­
tre Vds. la confusion de ám bas potestades se origi­
na de tom ar los principes de su cualidad de tales
principes el oficio de P ontífices; mas e n tre nos­
o tro s, ámbas potestades perm anecen distin tas, co­
mo quiera que una de pilas es local, y la otra u n i-
versj|.<5ólo en Roma están m inias, sin p erd er su
distinción esencial, para que no se hallen en todas
p artes confundidas.»
«No tenia el principe Napoleón ideas más claras
que n u estro diplom ático en la m ateria cuando pro­
nunció en el Senado francés su famoso discurso.
"Igualm ente se encañó el au to r del folleto inti­
tulado El Papa y nI Coni/rcso , suponiendo q u e las
leves civiles no se distinguen en Ruma de las canó­
nicas, y qu'i estas participan de la inm utabilidad del
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dogm a y de la m oral. Cierto la fe y la moral son in­
m utables como la v erd ad , m as las leyes disciplína­
les de la Iglesia pueden modificarse conforme i las
necesidades de los tiempos y de las co sa s, y con
m ayoría de razón las leyes civ iles, lo mism o en
Roma que en las dem as partes.
»Por donde se ve que podría com ponerse un li­
b ro acerca de la ignorancia en materias de reli­
gión para uso de los oradores y de los periodistas,
y aun de los principes que hablan desde la trib u n a
o escriben para cJ público.» (R . P . D esellam os, la
cause catholii/ue, discurso pronunciado en el Con­
greso de Malinas.)