12 / ELPAIS SALUD

Sábado 12 de mayo de 2007

Biomedicina
El temor a las infecciones emergentes, los posibles efectos adversos o las creencias religiosas hacen que cada vez haya más pacientes que piden cirugía sin sangre. Los resultados, en algunas especialidades, son similares a los de la cirugía convencional, pero ha de producirse un cambio de actitud en los profesionales para que esta alternativa a las transfusiones sanguíneas se extienda.

Pasar por el quirófano sin transfusión
CARMEN GIRONA

H

oy es muy difícil contagiarse por una transfusión de sangre, pero cada vez hay más pacientes que prefieren una cirugía sin sangre para evitar el riesgo de adquirir nuevas infecciones, como sucedió hace años con el VIH o la hepatitis C. Para eso existen ahora diferentes estrategias que evitan las transfusiones, entre ellas la llamada cirugía sin sangre, en la que se opera sin utilizar productos sanguíneos. Los testigos de Jehová y los propios médicos son los colectivos que más solicitan este tipo de intervención, y la cirugía cardiovascular una de las especialidades más desarrolladas. La cirugía sin sangre se puede utilizar en cualquier especialidad. Requiere una cuidadosa vigilancia y una preparación adecuada que permita prevenir las hemorragias. Antes de la operación se administran fármacos para estimular la producción de sangre propia. La sangre que se pierde en el campo operatorio se recoge en una máquina conocida como cell saver, que luego se lava, se filtra y se envía a un oxigenador. Después, se conduce a la arteria aorta. Si el paciente es testigo de Jehová todo este proceso se hace en un circuito cerrado. El posoperatorio también está muy controlado para que la sangre coagule bien. En España hay alrededor de 105.000 testigos de Jehová, colectivo que no acepta la transfusión de sangre ni ninguno de sus componentes. Tampoco admiten la autotransfusión con predepósito, por la que se extrae sangre propia antes de la operación para transfundirla en caso necesario. “Hace unos años se pensaba que una transfusión de sangre era la vida y si la rechazabas te dejabas morir. Hoy, muchas personas prefieren no ser transfundidas y están respaldadas por la ley de Autonomía del Paciente de 2002, que permite rechazar un tratamiento. La cirugía sin sangre todavía no se realiza en todas las comunidades autónomas y no por falta de calidad asistencial, sino por la actitud de algunos profesionales que no tienen la mentalidad para ejercerla”, sostiene Javier Barcena, del servicio de información sobre hospitales, en la sede de Testigos de Jehová de España, ubicada en Ajalvir (Madrid). En esta misma línea se manifiesta Juan Duarte, jefe de servicio de Ciru-

Quirófano del Hospital de La Princesa de Madrid en el que se ve, en primer término, la máquina que recupera la sangre.

ULY MARTÍN

gía Cardiovascular del hospital universitario de La Princesa de Madrid, que ejerce esta cirugía desde 1982. “Lo importante es que tanto los profesionales de la salud como los pacientes sepan que esta posibilidad existe. Y los especialistas deben estar predispuestos a ayudar al paciente sin hacer otras evaluaciones. Los problemas éticos que puedan derivarse de esta cirugía ya han sido discutidos ampliamente, y frente al principio de autonomía del paciente sólo cabe una excepción: cuando la opción del enfermo pudiera ser un peligro para la salud pública”, añade. Un estudio del equipo del servicio de Cirugía Cardiovascular de la Princesa, en el que se analiza dos grupos de 59 pacientes, uno sometido a cirugía sin sangre y otro a cirugía convencional, revela que antes y después de la operación los primeros presentaron mejores concentraciones de hemoglobina y de hematocrito, menor cantidad de sangrado, menor núme-

Cada vez hay más pacientes que piden una cirugía sin sangre para evitar infecciones o por causas religiosas

ro de horas de intubación a las 24 horas y menor estancia hospitalaria. Los resultados de este trabajo, que se publicará en la Revista Española de Cardiología, también desvelan que la incidencia de complicaciones y la mortalidad fueron similar en ambos grupos. Siguiendo el protocolo creado por este servicio, a los pacientes que rechazaron la sangre se les administró previamente a la operación hierro y eritropoyetina para mantener buena concentración de glóbulos rojos; en la intervención se usaron antifibrinolíticos para prevenir las hemorragias, y se empleó un sistema de recuperación de sangre. “Es importante que tanto los cardiólogos como los pacientes conozcan que con la cirugía sin sangre se obtienen los mismos resultados que con la cirugía convencional y se evitan otros riesgos. El problema radica en que el empleo de esta técnica requiere el acuerdo de todos los especialistas que participan en la interven-

ción cirujanos, anestesistas, perfusionistas y enfermería cardiaca y, basta con que uno falle para que se interrumpa todo el proceso. Lamentablemente, ocurre en muchos centros españoles”, advierte Guillermo Reyes, primer autor del estudio y cirujano cardiovascular del centro madrileño, el hospital español con más experiencia en este tipo de cirugía con testigos de Jehová. Los especialistas disponen hoy de un gran arsenal terapéutico y diferentes técnicas para ofrecer garantías de una cirugía sin sangre. Incluso algunos hospitales de gran prestigio, entre ellos el Johns Hopkins de Baltimore (EE UU), ofrecen esta cirugía como una medicina de calidad. En España, además del hospital de la Princesa y la Fundación Jiménez Díaz de Madrid, el Sagrado Corazón y Vall d’Hebron de Barcelona, el Juan Canalejo de La Coruña y el hospital Valdecilla de Santander son algunos de los que más casuística disponen.

Circulación extracorpórea para evitar el ‘corazón de piedra’
La circulación extracorpórea, proceso por el que se desvía la sangre del corazón mediante un sistema que luego la conduce de nuevo a la arteria aorta, se utiliza en todas las intervenciones cardiacas en las que se accede a cualquier cavidad del corazón. Los últimos avances permiten nutrir el músculo cardiaco y alargar el tiempo quirúrgico sin dañarlo. “Se introducen unas cánulas de plástico en las venas cavas, que extraen la sangre del corazón y la conducen fuera del cuerpo a la máquina de derivación cardiopulmonar, un aparato que oxigena la sangre y la devuelve a la arteria aorta. En este proceso se debe proteger el corazón y se utiliza la cardioplejia, una solución de suero rica en potasio cuya función es parar el corazón y que éste no consuma oxígeno, o que el consumo sea mínimo”, explica Juan Duarte, jefe de Cirugía cardiovascular del hospital de la Princesa de Madrid. La cardioplejia se empezó a utilizar a finales de la década de 1970 y se ha ido perfeccionando con el tiempo. Para intervenir, primero se enfría el corazón con suero salino y luego se introduce la solución por las arterias coronarias o la aorta. Antes, para evitar que la sangre se coagule dentro de la máquina, se administra heparina en dosis elevadas. La máquina de circulación extracorpórea también está diseñada para enfriar o calentar la sangre del paciente en función del tipo y momento de la intervención. “Hasta hace poco cuando se operaba a un paciente con patología aórtica y la operación duraba una hora, el corazón se dañaba. Se producía lo que conoce como corazón de piedra. Hoy puede estar dos o cuatro horas sin flujo aórtico y recuperarse bien”, concluye Juan Duarte.

Juan Duarte y Guillermo Reyes, al fondo.

ULY MARTÍN