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ANEXO 2

Relaciones de las fiestas que se celebraron en la ciudad de Cartago con


motivo del advenimiento del rey D. Luis I. Año de 1725.

El Sargento Mayor Don Pedro José Sáenz, Teniente General de esta Ciudad de
Cartago, el Sargento Mayor Don José de Bonilla y Capitán Teodomiro Arias, Tenientes
de Gobernador y Jueces de los Campos, por inopia de Cabildo y de Escribano,
certificamos en la forma y manera que podemos a los Señores que la presente vieren,
cómo su merced Don Diego de la Haya Fernández, Gobernador y Capitán General de esta
Provincia de Costa Rica por S. M., habiendo recibido en diez y seis de Noviembre del
año pasado de setecientos y veinte y cuatro una real cédula de Nuestro Rey y Señor Don
Luis Primero (Dios lo guarde), despachada en Madrid a tres de Febrero del año citado,
sobre la renuncia de sus reinos, dominios y Señoríos que nuestro Rey y Señor Don Felipe
quinto había hecho en nuestro Serenísimo Príncipe de Asturias don Luis primero, nuestro
Rey actual, mandó publicarla en esta dicha Ciudad, en la del Espíritu Santo de Esparza y
en todos sus valles, a son de cajas de guerra, clarines y de tiros de fusiles, disponiendo su
merced se ejecutase la jura y aclamación de nuestro Rey y Señor el día veinte y uno de
Enero próximo pasado de este mismo año, mediante el rigoroso invierno que se
continuaba cuando recibió dicha Real cédula, como porque los vecinos se aviasen y
compusiesen para los festejos diputados para el día señalado; y habiendo acaecido
después de dicha publicación que el reverendo Padre Fray Miguel Hernández, Religioso
de la Seráfica orden y Doctrinero del Pueblo de Ujarrás, que dista dos leguas de esta
Ciudad, avisó por dos papeles, al Reverendo Padre Guardián del Convento que está en
ella, haberse tocado por sí las campanas de aquella Yglesia, la una á veinte y tres de
Diciembre, la otra a treinta y uno de dicho mes, a las diez y once de la noche, del año
próximo pasado, y la última el día seis de Enero de este dicho año, después de media
noche, cuya noticia puso en notable confusión á toda la vecindad por ser la titular de dicho
templo la Devotísima y milagrosísima Nuestra Señora de la Concepción, Protectora y
Defensora de toda esta Provincia, enviada a ella, según tradición antigua por le Señor rey
Carlos quinto; e ignorando todos, como nosotros, cual sería el motivo para haberse tocado
por tres veces las campanas de su Santa Iglesia, lo cual parece fue avisarnos de lo que
después precedió en el día quince de dicho mes de Enero, en el que se celebra el nombre
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de Jesús, en cuya noche, como a las diez horas, tuvo noticia nuestro Gobernador que el
río nombrado el de la Paz, que descuelga por una eminencia a la profundidad de una
hoyada en que se hay dicho pueblo situado, lo había inundado como también a su dicha
Iglesia, sin saberse si había perecido dicho Doctrinero y sus habitadores, con cuyo aviso
mandó al instante a aprontar dos patrullas de gente de a caballo para que bajasen a dicho
pueblo por distintos caminos á socorrer y sacar a las personas que hallasen vivas; y al
siguiente día antes que amaneciese pasó dicho nuestro Gobernador con otra porción de
montados a dicho pueblo, donde todos reconocieron haber entrado el agua de la
inundación en dicho templo y sus oficinas una vara, sin que hubiese perecido persona
alguna; y mediante lo acaecido trajeron en procesión a la Santa Imagen, acompañada de
más de dos mil personas, a la cual colocaron en la Santa Iglesia de esta Ciudad donde se
le frecuentaron en desagravios misas cantadas y procesiones todos los días, concurrencia
de muchísimos devotos, y en sus noches rosarios y letanías, disponiendo nuestro
Gobernador y los vecinos se mantuviese dicha santa Imagen en dicha Iglesia parroquial
con la continuación de los sacrificios y ejercicios hasta que fuesen fenecidas la
aclamación, jura y fiestas reales prevenidas. Llegado que fue el día veinte de Enero se
puso debajo de dosel y sitial el estandarte real en el corredor de la casa de cabildo, con la
decencia y guardia necesaria, el cual fue encomendado para que lo sacase el maestre de
campo de esta dicha Provincia D.n Francisco Bruno Serrano de Reyna, para el cual efecto
en la citada tarde pasó nuestro Gobernador con nosotros y con los demás principales
vecinos de esta dicha Ciudad y sus valles, todos montados, a la casa de dicho Maestre de
Campo; y habiéndolo traído con todo el acompañamiento a esta dicha plaza se le entregó
dicho estandarte real, llevando a su derecha a mí el Teniente General y a la izquierda al
Sargento Mayor Don Manuel de Alvarado, Teniente de Oficiales reales, y de retaguardia
nuestro Gobernador con espada en mano, con cuatro filas de Reformados, y delante del
acompañamiento cajas, clarines y chirimías, con cuya buena orden se dio vuelta á la
Ciudad hasta volver a la dicha plaza principal, donde un escuadrón de infantería que había
formado en ella el Sargento Mayor Don Joseph Fernández Castellanos, dispuesto de una
plaza con cuatro baluartes, dio sus cargas; y habiendo llegado todos los mencionados a la
puerta de dicha Santa Iglesia Parroquial, estaban en ella su merced el Cura y Vicario Don
Diego de Angulo Gascón, el Clero y el Reverendo Padre Fray Diego Caballero con sus
religiosos, y habiéndonos desmontado, recibió su merced dicho Vicario el Real
Estandarte de dicho Maestre de Campo, el cual se fijó debajo de dosel y sitial en el
Presbiterio, al lado del evangelio, estando ya puestos en aquella parte los retratos de Sus
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Magestades Católicas, así mismo debajo de sitial y dosel, con la mayor decencia que se
pudo; prosiguiéndose a lo dicho vísperas solemnes que se cantaron con la armonía de
diferentes instrumentos; y fenecidas que fueron pasamos todos, el clero y la religión
seráfica, a dejar en su posada a dicho Maestro de campo, quien se explicó con el refresco
de los dulces y bebidas que permite el país. En la noche del día veinte hubo luminarias y
candeladas en toda la Ciudad, con estrépito de cajas, clarines y tiros de fusiles, como en
las dos siguientes; el día veinte y uno pasamos todos á dicha Santa Iglesia donde se
celebró misa cantada y sermón que predicó el Licenciado Don Antonio de Guevara,
Clérigo Presbítero y natural de esta Ciudad, finalizándose esta fiesta con procesión del
Divinísimo Señor Sacramentado por dentro de dicha Iglesia, repitiendo otro escuadrón,
cuadro formado en dicha plaza, en lenguas de fuego, el amor y lealtad de los vasallos.
Acabadas las circunstancias espresadas entregó su merced dicho Vicario el estandarte
Real a dicho Maestre de Campo, el cual fue conducido con el pleno acompañamiento a
los dichos corredores del cabildo y puesto como la primera vez con la decencia y custodia
conveniente, pasando a todos a la casa de dicho Maestre de Campo al convite general de
sazonadas y prevenidas viandas. En la tarde del dicho día veinte y uno salimos de ella
montados a la plaza, a donde se le entregó otra vez dicho Real estandarte, y habiendo
paseado parte de la Ciudad volvimos al tablado puesto y aderezado en dicha plaza para el
efecto de dicha jura, y para ejecutarla subieron de reyes de armas yo dicho Teniente
General y yo Don José de Bonilla, el Teniente de oficios reales Don Manuel de Alvarado
y el Procurador General Don Antonio de Soto y Barahona, y puesto en silencio el
concurso del auditorio por las voces acostumbradas de dichos Reyes de armas, asistiendo
en dicho Teatro nuestro Gobernador a dicho Maestre de Campo, éste, con el Real
estandarte en la mano, pronunció en altas voces: “Cartago, Cartago, Cartago, Castilla y
las Yndias por Don Luis primero”, lo que repitió tres veces tremolándolo, y arrojando el
dicho, como los demás que estábamos en dicho tablado, algunas porciones de reales a la
plaza, por todas partes; y el escuadrón correspondió con sus tiros, y toda la gente a gritos
¡Viva nuestro Rey Don Luis primero! Con demostraciones de alegría y regocijo; y
habiendo todos vuelto a montar en aquella orden anteriormente espresada, y por
retaguardia nuestro Gobernador, como queda dicho, volvimos a pasear dicho Real
Estandarte por todas las calles de la ciudad y sus arrabales, con las voces de ¡Viva nuestro
Rey! Interviniendo la continuación de tiros de pistolas de todo el acompañamiento, lo que
se fue frecuentando hasta cerca de fenecer dicha tarde que volvimos a dejar dicho
estandarte real en la Sala capitular; y pasando inmediatamente todos a la de dicho Maestre
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de Campo dio en ella el refresco de dulces y bebidas con espléndida magnitud, de manera
que el gasto de la función expresada y el hecho en dicha Santa Iglesia de misa, sermón y
cera que se gastó, fue a expensas de dicho Maestre de Campo, habiéndose portado en los
actos referidos con garbos ostentosos y abundantes en medio de la cortedad permitida en
esta provincia. El día siguiente, veinte y dos de dicho mes de Enero, de cuenta de nuestro
Gobernador se prosiguió en dicha Santa Iglesia lo mismo que en el antecedente,
festejando a cuantos concurrieron con colación, dulces y bebidas, y en la tarde los vecinos
de esta Ciudad corrieron una escaramusa con diversiones bastantemente especiales,
siendo capitanes de ella el dicho Don Antonio de Soto y Barahona, Don Juan Sancho de
Castañeda, Don Juan Manuel de Alvarado y Don Juan Francisco Marín Laguna, cada uno
con diez montados de cuadrilla, feneciéndose dicha tarde sorteando algunos toros en la
que hubo algunos lances de primor. En la mañana del día veinte y tres se continuó en la
Santa Iglesia lo propio que en las dos antecedentes á Costa del Sargento Mayor Don
Manuel de Alvarado el juego de la sortija, dando premios de cintas á los aventureros que
entraron en la palestra y dulces y bebidas generalmente. El día veinte y cuatro por la
mañana los vecinos de los valles de Barba hicieron encierro y corrida de toros, y á la tarde
escaramusa, siendo capitanes de las cuadrillas Don Pedro y Don Francisco Jiménez,
Sebastián de Sandoval y Nicolás de Alfaro, concluyendo dicha tarde con algunos toros.
En la mañana del día veinte y cinco, á costa del Sargento Mayor Don Juan Francisco de
Ibarra hubo encierro de toros y estafermo, y á la tarde entraron á la plaza dos cuadrillas
de montados disfrazados de negros y de negras, y otras dos de indios é indias, y las cuatro
formaron una escaramusa larga, bien ejecutada, con diferencias más primorosas que las
antecedentes y más agradable al gusto de todos: fueron sus cabos el ayudante Francisco
Montoya, el Teniente Joseph Picado, el Sargento Francisco Roldán y Antonio de Umaña,
rematándolo con alcancías y cañas y algunos toros. El día veinte y seis fue encomendado
al Sargento Mayor Don Antonio de Utrera, el cual por sus achaques, costeando cuanto
fué necesario, lo encargó á dicho Don Manuel de Alvarado, quien en la mañana de dicho
día hizo encierro y corrida de toros y en la tarde mantuvo el juego de la sortija, con
amplitud de dulces y bebidas y premios de cintas para los aventureros. El día veinte y
siete fue señalado á los mulatos pardos, los que en dicha tarde corrieron cañas y
escaramusas en cuatro cuadrillas de á diez montados, las dos vestidas de españoles y las
dos de moros, cuyos capitanes fueron el Alferes Tomás Camino, Tomás Calvo, Domingo
de Meza y Nicolás Barrantes, los cuales se portaron razonablemente. El día veinte y ocho
se le había encomendado á Don Francisco Garrido, quien habiendo dado el gasto
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menesteroso puso su desempeño en dicho Don Manuel de Alvarado, el cual mantuvo


tercera vez el juego de la sortija, habiéndole acompañado el referido Don Antonio de
Barahona, dando los premios, dulces y bebidas acostumbradas. El día veinte y nueve se
encargó a los cuatro pueblos de naturales Barba, Aserrí, Pacaca y Curridabat para que
hiciesen una escaramusa, y que los otros cuatro pueblos cercanos de esta Ciudad,
Laboríos, Coo, Quircó y Tobosi dispusiesen alguna invención para dicha tarde; y
hallándose estos últimos neutrales y sin saber lo que habían de ejecutar, se valieron para
su mayor lucimiento de nuestro Gobernador, y su merced les dispuso dos embarcaciones
formadas sobre ruedas, armadas de caña y forradas con lienzo de algodón, pintadas y
artilladas con mosquetes en lugar de piezas, arboladas, con sus velas, arcias y demás cabos
para belejear, poniendo en cada una dos españoles inteligentes y las demás personas de
dichos naturales, y habiendo entrado en dicha tarde dos cuadrillas de ellos vestidos de
españoles y otras dos disfrazados de indios de la montaña, pintados y emplumados, unos
con flechas y otros con lanzas y adargas, corrieron razonablemente su escaramusa, y luego
aportaron las dos embarcaciones por las dos calles de los costados de la Iglesia, con sus
velas en viento, la una con gallardete español y la otra de moros, enrolladas las banderas
de popa; y habiéndose avistado pidió la de España bandera con un tiro desenvolviendo la
que traía, de manera que reconocida una y otra fueron dando sus bordos y cargas de
artillería por las bandas, hubo sus abordes y resistencias con todas aquellas circunstancias
que preceden en los combates del mar. Como quiera que en esta provincia no habían visto
tal función fue la de las embarcaciones la más celebrada y gustosa para cuantos la vieron,
habiéndose llevado el lauro de todos los festejos dichos naturales. En la tarde del día
treinta se representó por los vecinos de los valles en el patio de la casa de nuestro
Gobernador la comedia intitulada Afectos de Odio y Amor, anteponiendo á ella una loa,
compuesta de la obligación, el afecto y los cuatro elementos, la que compuso dicho
nuestro Gobernador al célebre asunto de la renuncia del señor Rey Dn Felipe Quinto en
Nuestro rey y Señor Don Luis primero, cuyo celo y amor que tiene á sus Magestades le
llevó a ejecutar lo dicho y los regocijos espresados, conmoviendo á todos para su pleno
cumplimiento; todo lo cual certificamos por haberse hecho según y como llevamos
espresado, para que su merced nuestro Gobernador agregue esta certificación á la real
Cédula de la renuncia, para que en todo tiempo conste en el archivo de este Gobierno
cómo y de la manera se celebró la jura y aclamación de nuestro rey y Señor Don Luis
primero; que es fecha en esta Ciudad de Cartago, Capital de la provincia de Costa Rica,
en tres días del mes de Febrero de mil setecientos y veinte y cinco años, y la firmamos de
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que así lo certificamos. Don pedro Joseph Sáenz – Don Joseph de Bonilla – Theodomiro
Arias – Cartago y Febrero 5 de 1725 años. En dicho día se sacó testimonio de la
certificación anterior para remitirlo á S. M. en su supremo de las Yndias, y para que así
conste lo firmo. Haya. Cartago, 8 de Febrero de 1725 años. En dicho día remití con
consulta dicho testimonio al puerto de la Caldera para que por vía de Panamá y por mano
del Señor Presidente Don Manuel de Alderete pasase á S. M. Fue en el barco de Pedro
Castellanos. – Haya

Archivo Nacional de Costa Rica. Cartago N° 306. Año 1725-1727.

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