You are on page 1of 7

Escuela dominical para Jóvenes intermedios Iglesia IBR “Labranza de Dios” 23 de Junio del

2019

Serie de clases
“CAMINANDO COMO CRISTIANO GENUINO”

CLASE CUATRO: LA AUTENTICIDAD

Versículo a Memorizar: “Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho


y en verdad.” 1 Juan 3:18

“Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo;
pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos.” Marcos
11:13

“Escribe al ángel de la iglesia en Sardis: El que tiene los siete espíritus de Dios, y las siete
estrellas, dice esto: Yo conozco tus obras, que tienes nombre de que vives, y estás
muerto.” Apocalipsis 3:1

Si profesamos ser cristianos, procuremos que esa profesión de fe sea auténtica. Lo


afirmo enérgicamente y repito lo dicho: preocupémonos de que nuestro cristianismo
sea auténtico.

¿A qué me refiero cuando utilizo la palabra “auténtica”? Me refiero a que sea genuina,
sincera, honesta y rigurosa. Me refiero a que no sea inferior, hueca, formal, hipócrita,
falsa, fingida y nominal. La profesión cristiana “auténtica” no es meramente apariencia,
fingimiento, sentimiento a flor de piel, profesión pasajera y obra externa. Es algo
interno, sólido, sustancial, intrínseco, vivo, duradero. Sabemos reconocer la diferencia
entre el billete falso y el original, entre el oro puro y el golfi, entre el metal plateado y la
plata, entre la piedra auténtica y las imitaciones de plástico. Pensemos en estas cosas
mientras estudiamos el tema central. ¿Cuál es el carácter de nuestro cristianismo? ¿Es
auténtico? Puede que sea débil y frágil, y que esté mezclada con muchas flaquezas. Esa
no es la cuestión que hoy tenemos delante de nosotros. ¿Es auténtico nuestro
cristianismo? ¿Es verdadero?

Los tiempos en que vivimos nos llaman a centrar nuestra atención en este asunto. La
falta de autenticidad es una característica destacada de una vasta cantidad del
cristianismo de nuestros días. En ocasiones nos han dicho que el mundo ha pasado por
cuatro etapas o estados diferentes. Hemos tenido una Edad del oro, una Edad de la plata,
una Edad del bronce y una Edad del hierro. No ceso de preguntarme hasta qué punto es
verdadera esta clasificación. Pero me temo que cabe poca duda en cuanto al carácter
del tiempo en que vivimos. Todo el mundo está en una época de metales inferiores y de
aleaciones. Si medimos la religión de la era actual por su cantidad aparente, hay mucha.
Pero si la medimos por su calidad, en realidad hay muy poca. En todas partes falta
MUCHA AUTENTICIDAD.
Pon atención mientras trato de presentar a las conciencias de los hombres la idea
central de esta clase.

Hay dos cosas que haremos en esta clase:

1. En primer lugar, vamos a ver la importancia de la autenticidad en nuestra profesión


cristiana.

2. En segundo lugar, vamos a ver algunos criterios con los cuales podremos comprobar
si nuestro cristianismo es auténtico.

1. La importancia de la autenticidad en nuestra profesión cristiana.

A primera vista puede parecer que no son necesarias muchas consideraciones para
demostrar esta idea. Se me dirá que todos los hombres están totalmente convencidos
de la importancia de la autenticidad.

¿Pero realmente eso es cierto? ¿Puede decirse, de hecho, que la autenticidad goza de la
debida estima entre los cristianos? Yo lo niego rotundamente. ¡Parece que la mayor
parte de la gente que profesa admirar la autenticidad piensa que todo el mundo la
posee! Nos dicen que “en el fondo todos los hombres tienen buen corazón”, que todos
son sinceros y veraces en lo fundamental, aunque puedan cometer errores. Nos llaman
poco caritativos, duros y criticones siempre que dudamos de la bondad del corazón de
alguien. En resumen, destruyen el valor de la autenticidad al considerar que casi todo
el mundo la tiene.

Este error tan generalizado es precisamente una de las causas de que haya escogido
este tema. Quiero que los hombres entiendan que la autenticidad es una cosa mucho
más rara e infrecuente de lo que se suele suponer. Quiero que los hombres vean que la
falsedad es uno de los grandes peligros de los cuales deberían guardarse los cristianos.

¿Qué dice la Escritura? Este es el único juez que puede dilucidar la cuestión.
Volvámonos a nuestras biblias y examinemos su contenido con imparcialidad, y luego
neguemos, si es que podemos, la importancia que tiene la autenticidad en la religión y
el peligro que supone no ser auténtico.

a. Examinemos, pues, en primer lugar, las parábolas que contó nuestro Señor Jesucristo.
Observemos cuántas de ellas pretenden establecer un fuerte contraste entre el
verdadero creyente y el discípulo que lo es meramente de nombre. La parábola del
sembrador (Mateo 13:1-9), la del trigo y la cizaña (Mateo 13:24-30), la de la red
barredera (Mateo 13:47-50), la de los dos hijos (Mateo 21:28-32), la del banquete de
bodas (Mateo 22:1-14), la de las diez vírgenes (Mateo 25:1-13), la de los talentos (Mateo
25:14-30), la de la gran cena (Lucas 14:15-24), la de las minas (Lucas 19:11-27), la de
los dos cimientos (Mateo 7:24-28); todas tienen un gran punto en común. Todas sacan
a relucir la diferencia que existe entre la autenticidad y la falsedad de la profesión de la
persona. Todas demuestran la inutilidad y el peligro de cualquier cristiano que no sea
auténtico, riguroso y verdadero.

b. Examinemos, en segundo lugar, el lenguaje que utiliza nuestro Señor Jesucristo


cuando habla de los escribas y los fariseos. Ocho veces en total en un solo capítulo le
vemos tachándolos de “hipócritas” con palabras de una severidad casi aterradora:
“Serpientes! ¡Camada de víboras! –Dice Cristo- ¿Cómo escaparéis del juicio del Infierno?
(Mateo 23:33). ¿Qué podemos aprender de estas expresiones de tan tremenda dureza?
¿Cómo es posible que nuestro bondadoso y misericordioso Salvador emplee palabras
tan hirientes acerca de personas que, en cualquier caso, eran más morales y decentes
que los publicanos y las rameras? Están ahí con el propósito de enseñarnos lo
desmesuradamente abominable que resulta a los ojos de Dios la falsa profesión y la
religión meramente externa. El libertinaje manifiesto y la obediencia voluntaria a los
deseos carnales, sin duda, son pecados que llevan a la destrucción, si no se abandonan.
Pero parece que no hay nada que resulte tan desagradable para Cristo como la
hipocresía y la falsedad.

c. Examinemos, por último, el sorprendente hecho de que apenas exista una virtud en
el carácter del verdadero cristiano de la cual no sea posible encontrar una falsificación
en la Palabra de Dios. No hay un solo rasgo en el rostro del creyente del cual no haya
una imitación. Préstame atención y te lo demostraré con unos cuantos ejemplos.

¿Es que no hay un arrepentimiento falso? Sin duda alguna. Saúl (1 Samuel 28:20) y Acab
(1 Reyes 21:27-29), Herodes (Lucas 23:8) y Judas Iscariote (Mateo 27:3) sintieron
mucho dolor por el pecado. Pero jamás se arrepintieron realmente para salvación.

¿Es que no hay una fe falsa? Sin duda alguna. Está escrito de Simón el mago, de Samaria,
que “creyó” (Hechos 8:13), y, sin embargo, su corazón no era recto delante de Dios
(Hechos 8:21). Hasta está escrito de los demonios que “creen, y tiemblan” (Santiago
2:19).

¿Es que no hay una santidad falsa? Sin duda alguna. Joás, rey de Judá, a todas luces
parecía muy santo y muy bueno mientras vivía el sacerdote Joiada. Pero, tan pronto
como murió este último, la religión de Joás pereció con él (2 Crónicas 24:2).
Aparentemente la vida de Judas Iscariote era tan correcta como la de cualquiera de los
apóstoles, hasta el momento en que traicionó a su Maestro. No había nada sospechoso
con respecto a él. Pero, en realidad, era un “ladrón” y un traidor (Juan 12:6).

¿Es que no hay un amor y una caridad falsos? Sin duda alguna. Hay un amor que consiste
en palabras y en expresiones tiernas, en una gran demostración de afecto, y en llamar a
los demás “queridos hermanos”, cuando, en realidad, el corazón no los ama ni lo más
mínimo. No en vano dice Juan: “No amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en
verdad” (1 Juan 3:18). Con cuánta razón decia Pablo: “El amor sea sin fingimiento”
(Romanos 12:9)
¿Es que no hay una humildad falsa? Sin duda alguna. Hay una humildad de conducta
que es fingida y que suele esconder tras de sí un corazón muy orgulloso. Pablo nos
advierte contra la “Humillación de uno mismo” y habla de “cosas que tienen a la verdad,
la apariencia de sabiduría en una religión humana, en la humillación de uno mismo”
(Colosenses 2:18, 23 LBLA).

¿Es que no hay una oración falsa? Sin duda alguna. Nuestro Señor la denuncia como uno
de los pecados propios de los fariseos, que “por pretexto hacían largas oraciones”
(Mateo 23:14). Él no los acusa de no orar, ni de orar demasiado poco. Su pecado
radicaba en esto: en que sus oraciones no eran sinceras.

¿Es que no hay una adoración falsa? Sin duda alguna. Nuestro Señor dice de los judíos:
“Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mi” (Mateo 15:8). Tenían
abundante ritos formales en sus templos y sus sinagogas. Pero su fatal defecto era la
carencia de autenticidad y la falta de sinceridad.

¿Es que no hay una conversión falsa acerca de la religión? Sin duda alguna. Ezequiel
describe a algunos judíos profesantes que hablaban y conversaban como pueblo de Dios
mientras “sus corazones andaban tras sus ganancias” (Ezequiel 33:31 LBLA). Pablo nos
dice que podemos “hablar lengua humanas y angélicas” y, sin embargo, no ser mejores
que “metal que resuena o címbalo que retiñe” (1 Corintios 13:1)

¿Qué diremos de estas cosas? Cuando menos, deberían hacernos pensar. Por lo que a
mí se refiere, parece que me llevan a una única conclusión. Demuestran con claridad la
inmensa importancia que atribuye la Escritura a la autenticidad del cristianismo.
Demuestran con claridad cuánta necesidad tenemos de guardarnos, no sea que nuestro
cristianismo resulte ser meramente nominal, formal, falso o inferior.

Este asunto ha tenido una profunda importancia en todas las épocas. Desde que se
fundó la Iglesia de Cristo, jamás ha habido un período en que no haya existido una vasta
cantidad de falsedad y de religión meramente nominal entre los que profesaban ser
cristianos. Estoy seguro de que esta es la situación que vivimos en el día de hoy.
Adondequiera que vuelvo la mirada, veo abundantes motivos para la advertencia:
“Guárdate de las malas imitaciones de la religión. Sé genuino. Sé riguroso. Sé auténtico.
Sé verdadero. “

Los tiempos demandan un lenguaje muy franco acerca de ciertas ideas que prevalecen
en el cristianismo de nuestros días. Y estoy totalmente convencido de que una de las
cosas que exige nuestra atención es la predominante falta de autenticidad que hoy se
puede ver por todas partes.

2. Prosigo ahora a la segunda cosa que me propongo hacer. Sugeriré algunos criterios
con los cuales podremos comprobar si nuestra religión es auténtica.
Al enfrentarse a esta parte de la materia, pido a todo aquel que lea este escrito que sea
justo, sincero y razonable con su alma. Desecha de tu mente el concepto tan común de
que por supuesto que todo va bien con tal de que te congregues en la Iglesia de
Inglaterra o en alguna otra rama del protestantismo. Tienes que mirar más allá de las
apariencias si quieres descubrir la verdad. Escúcheme, y te daré unas cuantas pistas.
Créeme; no es un asunto banal. Te va la vida en ello.

a. Para empezar, si quieres saber si tu religión es auténtica, mídela por el lugar que
ocupa en tu hombre interior. No basta con que esté en tu mente. Es posible que conozcas
la verdad, y que la reconozcas y la creas, pero, sin embargo, a los ojos de Dios puedes
estar equivocado. No basta con que esté en tus labios. Puede que repitas el Credo a
diario. Puede que digas “amén” a la oración pública en la iglesia, y que, no obstante, no
tengas más que una religión externa. No basta con que esté en tus sentimientos. Puede
que un día gimas al oír la predicación, y que otro día te eleves hasta el tercer cielo
llevado por una emoción gozosa y, con todo, cabe la posibilidad de que estés muerto
para Dios. Tu religión, si es auténtica y si proviene del Espíritu Santo, debe estar en tu
corazón. Debe ocupar la ciudadela. Debe llevar las riendas de tu vida. Debe equilibrar
los sentimientos. Debe guiar la voluntad. Debe dirigir los gustos. Debe influir en tus
elecciones y decisiones. Debe llenar hasta el rincón más recóndito, más bajo y más
interno de tu alma. ¿Es así tu religión? Si no lo es, bien puedes dudar de que sea
“autentica” y verdadera. (Hechos 8:21; Romanos 10:10)

b. Seguidamente, si quieres saber si tu religión es auténtica, mídela por los sentimientos


que te produce hacia el pecado. El cristianismo que viene del Espíritu Santo siempre
tendrá una concepción muy profunda de la pecaminosidad del pecado. No considerará
el pecado meramente como una mancha y una desgracia que transforma a los hombres
y a las mujeres en objetos de lástima y compasión. Verá en el pecado eso tan abominable
que Dios aborrece, eso que hace que el hombre sea culpable y que esté perdido a los
ojos de su Hacedor, eso que le acarrea la ira y la condenación de Dios. Considerará el
pecado como la causa de todo el dolor y toda la infelicidad, de toda la lucha y todas las
guerras, de todas las peleas y las contiendas, de todas las enfermedades y de toda la
muerte; la peste que ha infectado la bella creación de Dios; la maldición que hace que
toda la tierra gima y sufra dolores de parto (Romanos 8:22). Por encima de todo, verá
en el pecado aquello que nos destruirá eternamente, a menos que logremos hallar un
rescate; que nos llevará cautivos, a menos que consigamos romper sus cadenas; y que
acabará con nuestra felicidad, tanto aquí como después, a menos que luchemos contra
él hasta la muerte. ¿Es así tu religión? ¿Son estos tus sentimientos con respecto al
pecado? Si respondes que no, bien puedes dudar de que tu religión sea auténtica.

c. En tercer lugar, si quieres saber si tu religión es auténtica, mídela por los sentimientos
que te produce hacia Cristo. Puede que la religión nominal crea que Cristo existió y que
fue un gran benefactor de la humanidad. Puede que le demuestre algún respeto externo,
que asista a la administración de sus sacramentos y que incline la cabeza al oír su
nombre. Pero no irá más allá. La auténtica religión impulsará al hombre a gloriarse en
Cristo como el Redentor, el Libertador, el Sacerdote y el Amigo sin el cual no tendría ni
la más remota esperanza. Generará confianza en él, como el mediador, el alimento, la
luz, la vida y la paz del alma. ¿Es así tu religión? ¿Conoces este tipo de sentimientos hacia
Jesucristo? Si respondes no, bien puedes dudar de que tu religión sea autentica.
d. En cuarto lugar, si quieres saber si tu religión es auténtica, mídela por los frutos que
lleva en tu corazón y en tu vida. El cristianismo que es de lo alto siempre se conocerá
por sus frutos. (Mateo 7:20). Producirá en el hombre arrepentimiento, fe, esperanza,
caridad, humildad, espiritualidad, buen carácter, abnegación, generosidad, perdón,
templanza, fidelidad, amor fraternal, paciencia, tolerancia. El grado en que aparezcan
estas diversas virtudes puede varias entre los diferentes creyentes. Pero el germen y
las semillas de los mismos se encontrarán en todos aquellos que son hijos de Dios. Por
sus frutos se los conocerá. ¿Es así tu religión? Si no lo es, bien puedes dudar de que sea
“autentica”

e. Para terminar, si quieres saber su tú religión es auténtica, mídela por tus sentimientos
y hábitos en cuanto a los medios de gracia. Júzgala por el domingo. ¿Lo consideras un
día pesado o restrictivo, o un deleite y un refrigerio, un dulce saborear de antemano el
descanso que hallarás en el Cielo? Júzgala por los medios de gracia públicos. ¿Cuáles
son tus sentimientos acerca de la oración y la alabanza públicas, de la predicación
pública de la Palabra de Dios, y de la administración de la Cena del Señor? ¿Das a estas
cosas una aprobación fría y las soportas porque son apropiadas y correctas? ¿O acaso
te complaces en estas prácticas y no podrías vivir feliz sin ellas? Júzgala, finalmente, por
tus sentimientos con respecto a los medios de gracia privados. ¿Consideras esencial
para tu tranquilidad leer la Biblia con regularidad en privado y hablar con Dios en
oración? ¿O encuentras fastidiosas estas prácticas y, o las descuidas, o las abandonas
por completo? Estas preguntas merecen tu atención. Si los medios de gracia, públicos y
privados, no te parecen tan necesarios para tu alma como son la comida y la bebida para
tu cuerpo, bien puedes dudar de que tu religión sea autentica.

Como aplicación le traigo una palabra de ánimo. La dirijo a todos aquellos que han
tomado la cruz con valentía y que están siguiendo a Cristo con sinceridad. Los exhorto
a perseverar y a no dejarse mover por las dificultades y la oposición.

Puede que a menudo haya pocos a tu lado y muchos en contra tuya. Puede que con
frecuencia oigas que se dicen cosas duras de ti. Puede que a menudo se te acuse de que
vas demasiado lejos, y de que eres un extremista. No escuches nada. Haz oídos sordos a
este tipo de comentarios. Sigue adelante.

Si hay algo que el hombre debiera hacer con rigurosidad, con autenticidad, con
veracidad, con sinceridad y con todo su corazón, es tratar la cuestión de su alma. Si hay
alguna práctica que nunca debiera menospreciaran, ni llevar a cabo de forma
descuidada, es la gran tarea de ocuparse en su salvación. (Filipenses 2:12) ¡Tú que crees
en Cristo, recuerda esto! Hagas lo que hagas en cuanto a la religión, hazlo bien. Sé
autentico. Sé riguroso. Sé sincero. Sé verdadero.

Si hay algo en el mundo de lo cual el hombre no necesita avergonzarse, es de servir a


Jesucristo. Bien puede el hombre avergonzarse del pecado, de la mundanalidad, de la
frivolidad, de juguetear, de perder el tiempo, de buscar el placer, del mal carácter, del
orgullo, de idolatrar el dinero, el vestido, o actividades como bailar, cazar, disparar,
jugar a las cartas, leer novelas y otras similares. Al vivir de esta manera, entristece a los
ángeles y alegra a los demonios. Pero de vivir para su alma, preocuparse por ella, pensar
en ella, proveer para sus necesidades, hacer de la salvación de su alma el motor
principal y fundamental de su vida diaria; de todo esto el hombre no tiene razones para
avergonzarse ni lo más mínimo.

Se acerca rápidamente el momento en que nada más que la autenticidad resistirá el


fuego. El auténtico arrepentimiento hacia Dios, la auténtica fe en nuestro Señor
Jesucristo, la verdadera santidad de corazón y de vida; estas, estas son las únicas cosas
que permanecerán firmes en el día del juicio.