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Alvaro Cunqueiro

LOS OTROS
CAMINOS
Selección de César Antonio Molina
1.a edición: junio 1988

© 1988 herederos de Alvaro Cunqueiro

Diseño de la colección: Clotet-Tusquets


Diseño de la cubierta: MBM
Reservados todos los derechos de esta edición para
Tusquets Editores, S.A ., Iradier, 24 - 08017 Barcelona
ISBN: 84-7223-101-1
Depósito legal: B. 20.559-1988
Fotocomposición: Citex, S.A. - Clos de Sant Francesc, 3-5 - 08034 Barcelona
Impresión: Libergraf, S.A. - Constitución, 19 - 08014 Barcelona
Impreso en España
Indice

P. 11 Nota del editor

13 Los otros caminos


El laberinto del Imperio Secreto

19 Memorias del pasajero


Las luces - Noticias de puentes - Los espejos famo­
sos - La lancha Florinda - Imaginando geografías -
La taberna de Galiana y otras - De la estrella polar -
Noticias de la nieve - El misterio de los caminos -
Los otros caminos - Bolas de nieve

45 Tratando de vientos
Diálogo con el viento - Tratando de vientos - De
vientos brasileiros - Molinos de viento

57 Peregrinación del mundo y otras lecturas


El poeta y la posada - Pepys a la vista - En la posada
del Tabardo - La taberna del León y el diccionario de
Mr. Jhonson - Cuando bebía el licenciado Vidriera -
Con Bernal Díaz en septiembre - La toma de Jeru-
salén - Peregrinación del mundo - La Barcelona de
Cervantes - La dolorida Mariana Lusitana - A freira
de Beja - Un poeta vagabundo

91 Los paisajes de la tragedia


De los besos portugueses y otras menudencias pro­
tocolarias - Los crímenes de Carcasona - El viaje de
Madame de Boule - Balzac en Saché - La seducción
de Samarcanda - Cuando en Zanzíbar suena la flau-
ta - Los paisajes de la tragedia - De qué lado cae
Malaca - Perlas y oro menudo en Bayona - Juana de
Navarra - Sita en Copenhague - Almenas en Elsinor -
Gallegos en Salónica - Los lugares fatales - La he­
rencia lusitana

127 El camino perdido y más sobre Irlanda


Los reyes del otoño - El día del medio del otoño - La
ciudad de Polarch - Adach en el aire - El camino per­
dido - Amada isla de Foringal - Servidumbre de
paso

145 Avito viajero y otras historias


Versión del santo conde Osorio - Una sirena de
Francia - San Froilán a la jineta - Lisel de Bonayre -
Los diablos lusitanos - Ha volado un lago - La tum
ba de Cagliostro - Avito viajero y otras historias -
Los zapateros de Toul - La tumba de Arturo - El
tuerto de Nancy - El heraldo de Gorelzhofen - Más
sobre voladores - Asuero en Praga y otras noticias -
Aparte sobre voladores - Taliesin en el mar - El
castillo de Melusina - El enderezador de torres - El
invierno del rey Sigurd en Galicia

189 Peregrinos a Compostela


El Judío Errante, en Compostela - Mr. Wendoll en
Compostela - Tres peregrinos en una memoria - Meu
Santiago - Los milagros que contó Calixto - El ca­
ballero de Villalcázar - Le pelerin par le chemin... -
La peregrinación de la condesa Sofía - A la lejana
Jacobusland

213 Inventando países


La piedra que habla - De la isla Java - Shiraz de las
rosas - La lejana Avalon - Inventando países - La
fuente de Aygh - La lejana Faneland - La ínsula de
Iadiz al-Srir

231 Inventando Bretaña


Inventando Bretaña - Los bretones al fin - San Cri-
duec y su palma - Memorias de la Torre Turpina - Las
gaitas de Bretaña

245 El viaje a Bretaña


El viaje a Bretaña - Por el país de Morbihan - Por el
país de Comuaille - Por el Finisterre, cruzando el
Aulne - Por Rennes y adiós a las cornamusas

265 Más sobre Bretaña


La archidiócesis de San Thelau - Ls guardianes de la
cruz - Peregrinos de Bretaña - Las cornamusas de
Bretaña - El ciervo de San Ronán

277 Por la Europa gótica


El músico de Reims - El caballero de la familia Ro­
jas - El cuerno de Savemake - Con Orcagna en el
infierno - O peleriño de Mons - «As letras do teu no­
me non se non poden lér» -El arcángel Gabriel, la
«piedra del sitio» y el catavientos del normando

295 Un viaje a Suecia


Santiago de los Hanseáticos - La gallina blanca de las
nieves - La Biblia Dalecárlica - Los suecos con su
verano

307 Paseos por Ginebra y otros viajes


El viaje a Ginebra - César contra helvéticos - Con la
sombra del Serveto - Una tarde sin prisa - El viaje a
Prada - Un viaje a Sicilia

327 Paseos por España y Portugal


Variaciones portuguesas - Un enamorado en el Bier-
zo - El país del Bierzo - Por Paredes de Nava - Por
Becerril de Campos - Por Támara del Temple - Con
el «Cistel» en huerta - Els fanalets de Sant Jaume -
La flor de Olmedo - Con el Fúcar en Medina - Ibiza
salinaria - Unas y otras gentes
Nota del editor

Los artículos reunidos en este volumen abarcan un ex­


tenso período de casi un cuarto de siglo, entre 1952 y 1979.
Salvo muy contadas excepciones, pertenecen todos a las si­
guientes series periodísticas: «El envés», «Las crónicas»,
«Retratos y paisajes», «A vuelta de hoja», «Correo sin f e ­
chas», «De mi país» y «Los otros rostros». La serie «De mi
país» fue publicada en el diario La Voz de Galicia entre 1952
y 1953. La serie «Los otros rostros» apareció en el semanario
madrileño Sábado Gráfico entre 1965 y 1981. Las demás se­
ries pertenecen todas al diario Faro de Vigo. «El viaje a Bre­
taña» y «La Europa Gótica» son series breves, reproducidas
aquí íntegramente y correspondientes a crónicas especiales
enviadas por Alvaro Cunqueiro a Faro de Vigo con motivo
de sus visitas a Bretaña, en 1964, y a la gran exposición so­
bre la Europa gótica habida en París en 1968. En todos los
casos, se detalla a pie de página la procedencia exacta de
cada artículo y su fecha de aparición.
En general y salvo error evidente, se ha respetado la gra­
fía de Cunqueiro, muy particular a veces en lo que se refiere
a la traducción y transcripción de títulos y nombres propios.
También citas y palabras extranjeras ofrecen en ocasiones un
amplio margen a la duda por lo que a su grafía respecta,
pese a lo cual se insiste aquí en atenerse a un criterio conser­
vador. En cualquier caso, y por no fatigar al lector, se ha
evitado en todo momento el recurso a la acotación (sic).
El presente volumen, por otra parte, propone una conti­
nuidad con la anterior colección de artículos de Alvaro Cun­
queiro publicada en Tusquets Editores con el título Viajes
imaginarios y reales (Marginales, 91). Aparecía allí anun­
ciado bajo el título Viajes reales e imaginarios, sustituido f i ­
nalmente por el de Los otros caminos.
Los otros caminos
El laberinto del Imperio Secreto

En la época de la II dinastía,vé»F en el Imperio Secreto, y


n
l«E
ig,15st97.D
arodeV
cuando éste llegaba al final de un largo período de anarquía
—en el que fueron quemados todos los diccionarios, y la
única ciencia que progresó fue la hibridación animal, consi­
guiéndose, entre otras piezas raras, mulos dorados con cola
córnea—, se ordenó por el Gran Canciller la construcción de
un laberinto, en cuyas paredes estaba escrita una ordenanza
moral que solamente podía leer íntegramente aquel que hu­
biese dado con el más breve de los caminos que conducían a
la salida del laberinto. Había muchos otros caminos, que no
conducían a ninguna parte más que al laberinto mismo, en
los que habían sido escritas variantes de la ordenanza primera.
Los textos escritos en el laberinto lo estaban de tal forma,
que podía dejarse en un punto dado el texto que podemos lla­
mar a o Verdad, y continuar leyendo cualquiera de los textos
B, C , D o E, que citaremos como Apócrifos —y así fueron
conocidos más tarde. En cualquier punto en el que fuese aban­
donada la lectura de uno de los textos, el pasajero continuaba
leyendo con total comprensión frases perfectamente coheren­
tes con las del texto abandonado. Naturalmente, el laberíntico
creía que estaba haciendo la única lectura «verdadera» y en­
caminándose hacia la salida, y cuando en un cruce del labe­
rinto se encontraba con la posibilidad de elegir entre cuatro
textos diferentes, se inclinaba por aquel más conforme con su
carácter y temperamento. Las diversas lecturas apócrifas se
diferenciaban sólo en el tono; pasando insensiblemente un
texto en cierto modo único, de lo patético a lo irónico, de lo
erótico a lo dramático. Aunque todos los que entraron en el
laberinto eran miembros de la clase política, ninguno llegó a
comprender que existía una lectura total, que comprendía el
texto A y los Apócrifos, cuya lectura suponía una visión com-
lítico y religioso del Imperio Secreto se refugió en él, utili­
zando su parte más compleja, y dejando el resto para parque
infantil y jardines, que es lo único que del laberinto ha conser­
vado la III dinastía.
Memorias del pasajero
Las luces

Cuando en mi memoria quiero í»L suscitar la imagen del país


p
m
952.sr«D
n
lic,1ju
ozdeG
aV
que crucé, la ciudad que conocí, tierra gallega o extraña tie­
rra, la primera inquisición que en mis recuerdos hago es la
de la luz. ¿Qué luz, como una redoma de cristal te envolvía,
país, tiempo, ciudad? Sí, el tiempo también: cada edad, edad
del hombre y edad de la historia, tiene su luz, y la ha tenido
cada cultura; además, hay culturas que se nos aparecen como
una mañana fresca, y otras, las más, como largos atardeceres
de septiembre. Así, a Dilthey, Roma: «Roma, siempre como
un dorado atardecer». Layard, el descubridor de la famosa bi­
blioteca de Asurbanipal —veinte mil tablillas con inscripcio­
nes cuneiformes—, escribió: «Aquella Caldea se nos aparecía
como un otoño en el desierto»... ¿Un otoño una de las prime­
ras culturas de la Historia? Nos la imaginaríamos, a aquella
porción de la humanidad balbuceante, como algo fresco, vivo,
movedizo; algo infantil, libre, a tientas en el enorme espacio,
—¿cómo no se dieron cuenta sumerios, egipcios, chinos, de
la gran cantidad de mundo que sobraba?—, y nos hallamos,
sin más, con un orden antiguo y estable, los graves e impres­
cindibles ritos —lo ritual es el esqueleto de esas culturas—,
y una nostalgia sólo por doquier, la nostalgia eterna de la
Edad de Oro. ¿Es que es el hombre el árbol que da las flores
de la melancolía? Cuando al fin flores tales —los más finos
frutos del espíritu— brotan, el hombre se da cuenta de que
ha florecido en otoño, al borde mismo del frío viento inver­
nal, que con su mano salvaje acude y deshoja... (Por veces
pienso que el fin último de toda cultura es el descubrimien­
to del otoño y la invención de la nostalgia, y se me ocurre
modificar la sentencia de Juan Jacobo Rousseau, diciendo
que el hombre es un animal débil y solitario que apetece la
melancolía tanto como la libertad. Pero todo esto es agua de
otro río.)
Pero yo había comenzado este artículo diciendo cómo a
la memoria mía interrogaba por la luz de las ciudades, los
caminos, los paisajes. Estos días pasados, escribiendo de
Santa Marta de Ortigueira, recordaba mis días orteganos, los
días de la fina, rosada neblina, tal un Tumer, ese desesperado
esfuerzo por hacer cruzar, por la línea de sombra, el rostro
exangüe del alba, y los otros días, los luminosos, en los que,
desde Mera a Cariño, sobre la verde tierra yacía el ala bri­
llante de un ángel de la luz. Betanzos siempre lo he visto —he
querido verlo— en sus septiembres, en ese momento en que
todo él es cálida pintura veneciana, oro, púrpura, ardientes
violetas, esa lenta, acariciadora pincelada, como alargada por
un ardiente deseo, del Veronés, y esa otra más fina, más lige­
ra, más soleada, más añorante y sensual del Tintoretto. Toda
la tierra de Nendos, Mandeo abajo, y la Mariña de los Con­
des, se ponía en los primeros días del otoño y de la vendimia
por fondo de un cuadro del Tintoretto: la reina de Saba baja por
la Cuesta de la Sal hacia un Salomón vendimiador, que bajo
el ramo de laurel de una tasca cualquiera se apresta a recibir­
la... Lugo, el Lugo de mi infancia, en los días de Norte vivaz
y frío, se hacía claro y transparente, dentro de un muro, como
un islote de vidrio. Desde la muralla, sobre la puerta de San
Pedro, se velan, lejanos, los Aneares de las nieves perpetuas,
flotando en el aire, sobre una larga línea negra o siena de
tierra. Entre mis ojos y ellos temblaba la luz...
¿Y los versos? Llueve lentamente en los versos de Rosalía
y en los de Rilke pasan, de pronto, enormes nubes negras so­
bre la luna o sobre el sol, y toda la patética rilkiana es un
enorme tirón por salir de esas oscuras zonas, para alcanzar el
borde amigo del alba o el pleno brillar del mediodía. En la
poesía de Rosalía se quiere permanecer en aquella menuda y
dulce lluvia, tibia como un regazo: ella ama una luz indecisa,
algo tejido de luz que pasa por el aire, y resbala suavemente
por su rostro, sus manos, su cuerpo todo, difuminándola,
poniéndola lejos, en un último término de soledad y silen­
cio...
Dios hizo la luz y la aventó. Jirones de aquella entera y
plena luz de la Creación vuelan sobre el mundo. Al hombre
sólo le es dado verla en esta inmensa rotura de hoy, en un
gran fracaso de cristales. Por veces, en algún lugar, asoma
una luz más hermosa, clara, impalpable, serena. Solía pintarla
en Italia Piero della Francesca y la puso sobre una marina que
recuerda a Puentedeume en el triunfo del duque de Montefel-
tro. Es la verdadera luz del Primer Día, y por eso, asomarse
en los Uffizi de Florencia a aquel cuadro, es asomarse a la
más bella ventana del mundo. La luz llega a vuestros ojos y
posa en ellos un polvillo dorado y rosa. Es Dios que allá, en
aquella colina, se sacude las manos creadoras.
Noticias de puentes

Siempre fui muy curioso de D vé»F


n
196.l«E
b
tm
ig,25sp noticias de puentes, y acos­
arodeV
tumbraba a guardar estampas de ellos y grabados, y el más
hermoso que tenía era uno del puente de Aviñón —«por el
puente de Aviñón todo el mundo pasa»—, y venían con él
unas damas con anchas pamelas en la cabeza, a las que salu­
daba un clérigo con mucha cortesía —un señor canónigo, pro­
bablemente, con ración de viña y muía—, y un jinete vestido
con levita azul encabritaba un caballo alazán, y una moza con
un gran pastel en una bandeja —que quizá fuese de lamprea,
según la moda de allí, que no es la de Caldas ni la de Tuy:
se bate la sangre de la lamprea con el vino del Papa, y se
pican los hígados con ajos, y ahí cuece la lamprea antes de
pasar con toda su salsa a un lecho de hojaldre. La moza del
pastel, digo, se detenía a oír a un tamborilero de calzón corto
y medias coloradas. Los mejores tamborileros del mundo,
aseguró Alfonso Daudet, son los provenzales, y de éstos los
de Aviñón y de Baucaire, y fue un dominico aviñonense quien
puso en papel los dieciséis redobles del tambor, ciencia tan
sutil y compleja como la de los catorce pulsos monstruosos
de la medicina china. Costecalde, el armero, imaginando el
regreso de Tartarin u oyendo tocar en la feria de Baucaire al
tamborilero del concejo el redoble que llaman «el ruiseñor de
España», se ponía amarillo.
—Señor Costecalde, ¿se siente usted mal? —le pregunta­
ban.
—¡Oh, no! —respondía—. ¡No es nada! ¡Es la envidia!
En el grabado del puente de Aviñón, en las aguas azules,
flotaban ligeras barcas pintadas de blanco y de rojo, y desde
una de ellas lanzaba un pescador.
Otro grabado muy bonito que yo tenía era el del puente
de Puente la Reina, en la Navarra, y me lo había regalado
aquel poeta y amigo, Angel María Pascual, que tanto recuer­
do. Y me lo había regalado porque yo era compostelano de
nación, y estaba en él el puente en día de romería, que creo
es por el agosto, el día de la Asunción de Nuestra Señora, y
fue en tiempos la más hermosa romería del mundo, que no
hacía falta allí txistu ni tamboril, ni músicos de Olite, que
vienen siempre tan afinados en el palacio, en las crónicas.
Era la cosa que por la tardecita, se venía al puente un pájaro,
el «chori» de la Virgen y se ponía a cantar, y la gente a bailar
al aire de su canto, y en anocheciendo el pájaro se iba como
vino, volando. Creo que esto duró hasta los franceses, o la
primera carlista, que entonces, con el ruido de la pólvora, el
«chori» se marchó para no volver. No sé quién dijo que ade­
más de un ave de claros colores y dulce canto, era un pere­
grino de Santiago que por devoción a la Virgen se había que­
dado de músico de tabla en el puente de la romería de la Se­
ñora, en el camino que lleva a Galicia, donde está el sepulcro
apostólico...
¡Grabados del ponte vecchio florentino, o el del Tíber que
dibujó Francisco d ’Ollanda cuando fue a pintar las «antigua­
llas» a Italia! Paseando por éste enfermó de anginas el elefante
que don Manuel el Afortunado de Portugal regaló al Papa de
Roma, y se murió, a los veintitrés años de edad. ¡Grabado
de la gran Pont-Valentré, con un golpe de lanzas, los jinetes
vestidos de verde, y el del Puente del Diablo, en Einsiedeln,
que viene en un ejemplo del señor Paracelso! No sé como
ayer recordé aquel puente que en un poema de lord Dunsany,
piedra prodigiosa, está en el aire para que bajo él pase como
un río la niebla que envuelve el Penúltimo País. El caballero
del halcón y la dama de la paloma van por él hacia la colina
de los Siete Tréboles, donde comienza el camino del Ultimo
País, del País-Sin Nombre. No tengo el poema a la vista.
Creo recordar que eran doce arcos los suyos, bermeja la color,
y que en el río de la niebla había una barca pintada de negro,
desde la que un anciano timonel decía adiós a los que pasaban
por el puente, imitando él canto del cuervo. Del cuervo que,
ya se sabe, además de decir de dieciocho maneras diferentes
eras —es decir, mañana—, dice también a veces Never more,
nunca más.
Los espejos famosos

Para un viaje de unos días, arodeV


vé»Den
n
96.ls«E
b F los que crucé algunas de
ig,12tcu
las más entrañables tierras galaicas, haciendo el gran camino
de las peregrinaciones de antaño, llevé como libro compañero
uno de Saultier, recibido cuando ya estaba con el pie en el
estribo, que trata de espejos mágicos, y leo no más abrirlo de
uno atribuido a Merlín —leo en la noche lucense, mientras
de la plaza llega hasta mi habitación la música del concurso
de twist— , y mi amigo el gran mago de Bretaña viene retra­
tado en el libro con barba negra y bonete, tomado el retrato
de una «mariegola» o colección de recetas técnicas variadas
del siglo xvi. Yo contemplo y recontemplo a Merlín, y no
estoy nada seguro de que el de la «mariegola» sea el verda­
dero retrato suyo. En un proceso francés de brujería, una de
las anabolenas acusadas, después de soltar una sabrosa anto­
logía de palabras profanas —dignas del verbo gálico actual
de un Audiberti—, dijo que tenía amores con Merlín, al que
había conocido haciendo romería al Puy, y alabó de su aman­
te, además de la gentileza y los siete saberes, la extrema mo­
cedad y el dorado bozo que le apuntaba. Si todavía le nacía
a Merlín el bigote en el 1700, ¿cómo iba a tener barba negra
rizada en el 1500? Dificultades que plantea el tratar con gente
maga. El espejo de Merlín llegó a poder de Felipe Augusto
de Francia, «uno de los tres grandes Capetos directos», y
yendo el Cristianísimo para las cruzadas, par a par con Ri­
cardo Corazón de León, y aun siendo el monarca francés
como dicen un Maquiavelo avant-la-lettre, por haber visto co­
sas secretas en el espejo quiso aliarse nada menos que con el
rey Arturo —que ya era un cuervo en Avalón, «cada pluma
suya fiel como un guante de la nobleza antigua», que dijo
Chesterton—, y con el Viejo de la Montaña, el jefe de los
«haschichin» —de donde viene nuestra palabra «asesino». Es­
tos embajadores nunca llegaron, que los árabes les dieron
muerte en las arenas sirias... El espejo de Merlín tenía por
mango una cola de sirena.
En Sarria, al alba, cantaban mirlos mientras yo leía del
espejo de Catalina de Médicis, que en este libro de Saultier
lo hizo un mago en Estrasburgo, mientras en otras partes se
asegura que procede de Lyon. Catalina se miraba en él y se
veía de sesenta años, gorda, comiendo con excelente apetito
y riendo, y recibiendo la visita de unos caballeros lusitanos
que iban a ofrecerle la corona de Portugal. ¡Allá la San Barto­
lomé, la hugonotería, las graves políticas, que no le quita­
ban a la reina madre el gusto por la buena mesa, por las salsas
picantes y por los vinos dulces! ¿Catalina, reina de Portu­
gal? El espejo lo decía, y la verdad es que Catalina tenía su
política portuguesa contra nosotros, con el rey de España, ya
apoyando a don Antonio, ya reclamando para sí la corona.
Puede leerse de esto en la relación del embajador veneciano
Priuli, o en el capítulo XIII de La monarquía francesa, de
Charles Benoist. Traduzco: «Las pretensiones de Catalina so­
bre Portugal le venían por su madre, y los derechos tenían
antigüedad de más de trescientos años: de Roberto, conde Au-
vemia, hijo de Matilde, condesa de Bolonia, y de Alfonso III
de León. Los españoles en parte están de acuerdo con esta
historia, negando solamente que de Alfonso y Matilde haya
nacido el tal Roberto, de quien desciende la serenísima rei­
na». No quito ni pongo rey.
Ya no quedan espejos mágicos. Ni en China. En el libro
de Saultier viene también el espejo de Nápoles del que Ander-
sen vio salir una vez una mariposa verde, y el gran espejo en
el que cuando se contemplaba Isabel de Baviera, la emperatriz
de Austria, la madre de Rodolfo el de Mayerling, una mano
blanca apartaba un pesado cortinón rojo en el fondo. Pero és­
tas son otras historias.
La lancha Florinda

Yo iba, en los años infantiles,


vé»DF a Pacios, por la era del
n
962.ls«E
b
ig,18ctu
arodeV
verano. Allí estaba, amarrada a un sauce, la lancha, la pri­
mera que yo vi, y que aun siendo como era una chalana des­
pintada, me pareció una hermosura. Tal sería como ver un
pájaro por primera vez. Del barquero ya hablé muchas veces,
y en un libro mío, El caballero, la muerte y el diablo. Se
llamaba el barquero Felipe de Amancia, y era en verdad aquel
hombre fabulador y fantástico que tengo dicho. Aún me pa­
rece verlo sentado en el padrón con los pies descalzos descan­
sando en la popa de la barca, liando cigarro, mirando sin ver
para el río. Yo me tenía por su gran amigo.
— ¡Tarde llegas! —me decía—. Aún no hace una hora
pasé en la barca al obispo de París. Tuve que hacer dos viajes,
uno para Su Ilustrísima y su camarero, y otro para un equipaje
que traía, de sombrillas de todos los colores.
Yo le creía todo, y muchas cosas las cuento tal como
aprendí de su boca a decirlas demoradamente. Un día vino a
pintarle la barca un pintor de Lugo.
—Pinto la lancha —me dijo—, porque pasó por aquí la
infanta doña Catalina con seis caballeros moros, y cada caba­
llero me dio su moneda de plata. La infanta llevaba en la
mano un malvís cantador, y en el medio del río paré la barca
para que ella tirase una rosa a las aguas, que es costumbre
de la casa real saludar los ríos que pasa.
Felipe de Amancia me sonreía y me daba palmaditas en
la espalda. Yo me ponía a caballo de la proa de la barca, y
allí me estaba viendo correr el agua, alanceándola con la pér­
tiga. Fue Felipe quien me hizo imaginativo.
Ya no hay ahora barca en Pacios, pues se murió el barque­
ro, y más abajo, en San Acisclo, hay un puente nuevo. Toda
la gente que cruzó el río en la vieja barca, ha dejado de viajar.
Bastaba aquella enorme memoria fantástica de Felipe de
Amancia para llenar los caminos de pasajeros prodigiosos.
Cuando yo le argüía que servidor nunca lograba estar presente
cuando venían al vado, por el camino de Simil, tan sombrizo,
aquellos sus viajeros, me echaba el brazo por el hombro y
me explicaba que solamente un barquero, entre las gentes que
pasan, puede reconocer, tras la envoltura cotidiana, el temblo­
roso candil del misterio.
—Pero ahora estoy esperando el paso de un princesa anti­
gua, que en cada mano trae siempre un espejo. Ya te avisaré,
y si eres de su gusto, estas princesas no reparan en un beso.
Yo me ruborizaba, lo que Felipe aprovechaba para ani­
marme a pedir un puesto de paje con ella, o quedarme con
él para siempre en la Cruz, para que pudiese saludar en fran­
cés al obispo de París cuando regresase de Compostela. Tam­
bién me ofrecía pasarme a Oriente, donde hay palacios de
cristal, con un caballero amigo suyo que era maestro de las
palomas mensajeras.
—Te iría bien —me decía— la gorra verde que allá lle­
van, con dos plumas, que llaman birreta de Italia.
Y yo ya me veía en la Levantía, hablando bizantino y edu­
cando palomas para mensajerías de amor. La última vez que
fui a Pacios pregunté qué se había hecho de la barca de Feli­
pe. La desguazaron, y utilizaron su madera para hacer el po­
leiro y los nidos del gallinero. Sí. Allí estaba aquella madera
para mí casi sagrada, la primera nao que vi al amor del agua.
Una gallina castellana negra salió cacareando del nido, de un
nido que conservaba aún en una tabla lateral tres letras, FLO,
del nombre de la barca, Florinda.
—Florinda —me contaba Felipe— fue la primera dama
de alta sangre que pasé en el río, y al saberlo ella, me pidió
que le diese a la barca su nombre, lo que hice. ¡Largos años
me tuve por su enamorado! Por veces, viéndose abrir las on­
das donde metía la pértiga, me parecía ver su sonrisa fresca...
Para Felipe, como para Leonardo, había dos cosas que se
parecían mucho: las aguas que se mueven en un remanso y
la sonrisa de las mujeres.
Imaginando geografías

Varios fueron los motivos —unos


vé»F
ls«E
1963.D
n
ig,27ju
arodeV de vaga literatura, otros
de vaga imaginación, e incluso algunos de ociosa inquisición
sobre la General Historia de Europa— que más de una vez
me han llevado a buscarle al reino nuestro gallego por ahí
adelante ensoñados parecidos, en la dulce Francia, en la me-
rry England, y si a mano viene en la pintura, en Patinir esos
azules de los horizontes de la Terrachá y del país de Compos-
tela yendo a él desde el Tambre, y en Claudio de Lorena mu­
chos otoños, y en los Corot de Italia muchas primaveras: de
éstos, algunos los veía cada día en mi ciudad natal, el paisaje
hacia Viloalle, la colina de Camba, ese telón de fondo de do­
rada luz mariñán y suave violeta, que recuerda tan patente­
mente aquellos países que Corot pintó en el camino de Monza
—en cada colina hay una reina lombarda enterrada, los ojos
frías esmeraldas y los cuellos anticipando las agujas góticas—,
albergándose en posadas de vino fresco, queso amargo, mirlo
enjaulado y glicinio florecido en la fachada. Pero las más de
las veces el parecido que yo buscaba nacía de lecturas his­
tóricas, y dado como fui en mi mocedad a leer historia de
Francia, comenzando por los cronistas Froissard y Commines,
para terminar en Bainville y en Benoist, sin olvidar a Miche-
let, en quien tanto aprendí, animado por aquello de «la pe­
queña Francia» de Juan Rodríguez del Padrón, no paraba
hasta sujetar las tierras gallegas a un orden histórico francés
—romantizado, como en Michelet—, que nunca me dejaba
del todo satisfecho. La más aproximada semejanza era, por
ejemplo, poner a las chairas lucenses por el ducado de Or-
leans, «severo y serio» en Péguy. Pero, ¿y qué hacer con
nuestros altos montes que ciñen la tierra cereal? A Berganti-
ños. por Pondal, lo ponía por Bretaña, y las Mariñas del Man-
deo y del Eume serían la Normandía. El país del Ribeiro,
claro, valía por Borgoña. Sanabria y el Bierzo serían Alsacia
y Lorena, y Villafranca el Metz de nuestra amada y perdida
Lotaringía. Bebiendo allí una tarde el vino ligero y fresco del
país, tal un vino gris de Lorena, iluminábamos con sus llamas
de pálido sol la arquitectura vagabunda de los locos pensa­
mientos...
Y aún quedaban las ciudades: Ribadavia, que tiene el co­
lor de otoño y pavía de su nombre, y que Risco dijo que era
igual a Praga. Al Avia, por ilusorio parentesco etimológico,
lo tomábamos por el Avon de Shakespeare, y aquel pescador
de colorado rostro, vestido de pana negra, podía ser el señor
Izaak Walton; en Tornhill lo estaría esperando su cuñado el
obispo, hombre pacífico, perito en moscas y maestro de Shel-
ton, autor del primer catálogo de éstas para uso de piscatorios;
también sabía arte contrapuntisco, y la salsa de puerros para
la trucha que él inventó es quizás la única aportación aprecia-
ble de todas las iglesias protestantes a la cocina occidental.
Porque debe rechazarse la hipótesis de que la salsa mayonesa
sea una salsa hugonote, inventada en una plaza sitiada; la ma­
yonesa es una salsa católica, y además una salsa de sitiador,
no de sitiado... Betanzos en primavera es de la finura de la
Isla de Francia, y en otoño se viste de pintura veneciana. A
Lugo romana hay que atribuirle la calidad misma de la prosa
de César, y la frialdad militar y jurisperita de sus muros está
en el meollo mismo de la fundación romana del mundo. ¿Y
la luz coruñesa? Será, quizás, la luz de las ciudades sumergi­
das, de la Avalon de la matiére de Bretagne, de los palacios
de paredes ámbar gris y cristal de roca de las sirenas. Es la
luz de los mediodías submarinos en los países que al fondo
del Atlántico llevó la fantasía de antaño. La luz de los ojos
de don Amadís.
Mis invenciones consistían en doblar mapas y estampas,
los unos sobre los otros, mezclando ríos, llanuras, montes,
ciudades y siglos. Podía salir un poema que acaso le gustase
a Paul Jean Toulet. Quien tenga la virtud del sueño está mu­
chas veces cerca del prodigio.
La taberna de Galiana y otras

Un profesor inglés ha escritové»F, un delicioso estudio, que


D n
igls«E
r963.aV
b
eoctu
10d
tengo que prestarle a José María Castroviejo, sobre las taber­
nas y posadas que en sus diversos libros cita Dickens, gran
inventor de ellas. El tema me place extraordinariamente, por­
que yo mismo he sido seducido desde la primera lectura por
esas invenciones dickensianas. La literatura inglesa, desde
Chaucer a Dickens, pasando por Shakespeare, Pepys, Steme
y James Boswell, está llena de tabernas. Dickens y Steme —el
Steme del Tristram Shandy y de El viaje sentimental— des­
criben minuciosamente algunas, inolvidables para el curioso
lector, donde a los personajes de sus novelas les suceden ex­
trañas y muchas veces apasionantes aventuras. Cervantes es
otro espléndido inventor de ventas y tabernas. Basta recordar
aquella venta de Alcudia donde se saludan Rinconete y Cor­
tadillo; el encuentro de los picaros en la venta es una de las
páginas más coloreadas y felices de las letras españolas. Sin
contar las ventas de las salidas quijotescas, y la taberna de
Génova donde al licenciado Vidriera se le ofrece todo vino,
sin olvidar el Ribadavia... hace tiempo que yo había imagi­
nado un libro con tabernas fantásticas, y en algún cajón deben
de andar perdidas unas docenas de folios. Una de las tabernas de
mi minerva que ahora recuerdo era la taberna de Galiana.
Suponed que hay un camino que va por el mar, de Galicia
a Bretaña. Suponed que en el camino, en un lugar donde las
verdes olas se comben como una colina, está la taberna de
Galiana, en un robledal. La taberna de Galiana, con su enseña
de buey borracho —un buey portugués, de cuerna amplia y
palma—, era muy visitada por secretos viajeros de sábado,
gente fantasmal que hacía una secreta romería. El dueño era
un orensano, gordo y reidor, y estaba casado con una moza
bretona, hija de un senescal —senescal en Bretaña de Francia
es algo menos que juez de paz—, y nieta de un delfín por
los Redon, que era la familia de su madre. La moza hablaba
una lengua galaica y bretona muy graciosa —yo llegué a es­
tablecer esta viva parla—, y servía diligente a la gente luná­
tica y del trasmundo que sólo viaja en sábado: médicos de
Tule, hidalgos irlandeses, canónigos de Ruán, almirantes
de Bretaña, infantas de Is, violinistas italianos, nietas y sire­
nas y especieros de Trapobana eran los más de los huéspedes,
vagantes post mortem. El fisco normando cobraba allí portaz­
go, entre el último roble y la primera ola armoricana. El
agente de Normandía era un tal monsieur Coulet, tocado con
una vieja chistera, y con la cola de pichón de su chaqué de­
formada por los temporales. En una libreta con tapas de hule
negro asentaba los viajeros. Un canónigo de Ruán pagaba me­
dio luis y los almirantes de Bretaña, sin blanca desde el siglo
xvi, como se sabe por Charles Le Goffic, pagaban a crédito.
Los médicos de Tule pagaban media onza de oro. Casi todos
eran marqueses, como en las leyendas de las Dos Torres de
Edinburgo, e iban a Montpellier a estudiar hierbas medicina­
les y pactos con el diablo; bebían mucho, para que no se en­
friasen las mondas cabezas bajo sus pelucas. Yo describía to­
dos los viajeros y contaba sus vidas, y cuando más entretenido
estaba, oía la voz de monsieur Coulet, que anunciaba:
— ¡La demoiselle de Batz, un carolus de ley!
Pudiera pedir el sol y la luna. Entraba la bella, la dulce,
la divina Isabel de Batz. Entraban en la taberna de Galiana
rosas frescas y lilas llenas de agua. Le caía el dorado pelo
por la espalda, y los hombros desnudos eran de nieve con un
poco de clavel. Miraba a todos con sus ojos azules, y se sen­
taba cabe el fuego, tendiendo las manos, marfil que a deshi­
larse en dedos se atrevía, a las coloradas y trémulas llamas.
Todos sabéis que murió Isabel hace trescientos años; murió
de amor, en una leyenda de Bretaña, el primer día que bailó
con un galán, y desde entonces no bailan las mujeres de Batz
hasta que tienen el primer hijo. Una tradición bretona inventa­
da por mí. Las otras decía Max Jacob que las había inventado
todas su padre... A la mañana siguiente, cuando Isabel se iba,
entraba el sol, y yo acariciaba el primer rayo como si fuese
el sedoso cabello de aquella hermosa, lejana y suave criatura.
El estudio del profesor J. W. Camden me ha hecho recor­
dar mi taberna de Galiana.
De la estrella polar

Un amigo mío ha oído por laarodeV


é»F radio un anuncio en el que
ls«E
1963.D
b
vm
ig,8n
se dice que dentro de unos miles de años ya no será la estrella
polar la plateada Alfa de la Osa Menor, y otra estrella vendrá
a ser la avisadora del Norte en vez de esa que ahora brilla en
el extremo de la cola de la Osa. Bueno, ¿la cola o la cabeza?
Webb, en su bellísimo libro El nombre de las estrellas, ha
dedicado a esta cuestión, quizás inútil, pero seductora, una
página llena de sutileza y de gracia. Mi amigo creía que la
polar lo era por los siglos de los siglos, y que había recogido
la mirada de Noé en el primer claro después de los días dilu­
viales, y que recogería la última mirada del último navegante de
la mar mayor. Pero no es así. La estrella Thuban, la tercera
de la cola del Dragón, fue la polar hacia el 5 000 antes de
Cristo. Hacia el 5 000 de nuestra era, lo será Gamma del Ce-
feo, y Alfa del Cisne hacia el 10 000. Vega de Lira lo será
hacia el 13 000 y Gamma de Hércules hacia el 16 000. El
año 23 500 volverá a ser la polar Thuban del Dragón. Y
vuelta a empezar. De modo que, aunque se sorprenda mi ami­
go, el anuncio radiofónico no miente.
Si situamos las navegaciones de Ulises hacia el año 2 000
a.C., y es posible, según algunos, que por un eclipse total de
sol visible en Itaca podamos decir un año preciso de la vida
del héroe de las batallas y de los discursos, ya en las largas
jornadas del azaroso regreso de Odiseo, si es que los ojos del
exiliado rey buscaban la lámpara boreal, encontraban allí,
«fría e indiferente», a Alfa de la Osa. También le dijo el norte
a Simbad. Fue la necesaria compañía, la señora impasible de
los rumbos, hasta que vino la aguja amalfitana, acaso nacida
en China. Los de Amalfi tenían la aguja como un gran secreto
y por un instante se consideraron señores del mar irrefutables.
Hace unos años, en una biblioteca madrileña, leía yo en
un libro cuyo autor y nombre no recuerdo, y las notas tomadas
en la ocasión las perdí, unas historias del ciclo de Taliesin,
famoso entre gaélicos, y allí venían narradas in extenso las
navegaciones de Mugha O ’Morghaire. Mugha pertenecía a
una familia de inventores de palabras, es decir, de altísimos
poetas. Un hermano de él por parte de padre fue Cuachmot-
hag, el cantor loco. En Irlanda no había lobos, ni palabras
para designar la bestia, pero habiendo tenido el cantor un
sueño en el que aparecía cierto animal, contando el sueño le
dio a éste nombre. Buena la hizo: al día siguiente apareció
en Irlanda el primer lobo, creado por su palabra. Mugha,
cuando navegaba, dejaba aquí y allá, en el mar, entre las olas
y el viento, quieta como la luz de un faro —los filólogos di­
cen que en realidad lo que Mugha dejaba era padroes en la
costa, como los lusitanos o gente suya hábil en espléndidas
hogueras, pero yo me atengo a la literalidad del texto y al
sentido misterioso de la fábula—, digo que Mugha dejaba,
como señales al borde del camino, palabras que solamente él
conocía, y por las que se guiaba al regresar a la isla natal.
Las recogía con la boca y las guardaba de nuevo en su cora­
zón, para que nadie pudiese usar aquellos mojones verbales
más que él. Los intérpretes dirán que retiraba a su gente o
destruía las piedras en las que las runas marcaban las etapas
y el nombre de éstas, pero yo quiero ver a Mugha retirando
del aire con su boca las palabras que él había inventado, lumi­
nosas como estrellas. Porque el texto termina alabándolo por
esto, porque nunca se guió por las estrellas del cielo, sino
por las creadas por su hermosa imaginación. Con esto quiero
decir que hubo otras polares, hijas de la fantasía humana.
Noticias de la nieve

96.vés»D
b
ig,13cm
arodeV
nFUn amigo me escribe desde sus soledades luguesas, di-
l«E
ciéndome cómo ha pasado una breve tarde decembrina,
viendo caer la nieve mansamente, en horas sin viento. Y
como uno, en su modestia, tiene una buena suma de conoci­
mientos inútiles, en seguida le asomaron a la memoria unos
versos del florentino Cavalcanti, muy conocidos, en los que
el poeta hace el laude de su amiga, y que yo decía en gallego
en días de mocedad:

...cantar de aves e razoar de amor,


áer sereo cando se amosa o albor,
e branca neve que mansa cae sin vento,
ribeira de río e prado cheo de froles,
ouro, prata i azul na vestimenta:
a todo isto pasa a fermosura i o valor
da miña dona, i o seu xentil coraxe...

E bianca neve scender senza vento, dijo el poeta en su


feliz toscano. Y se ve la blanca piel de las muchachas de Flo­
rencia en los años en que vivía Beatriz, una perfecta mezcla
de blanca nieve con un poquillo de rosa roja.
David Kuhn, comentando la famosa balada en la que Vi-
llon se pregunta dónde están las nieves de antaño, explica
que, en un sentido muy especial, todo lo que es blanco es
hermoso para la Edad Media, siguiendo una célebre fórmula
de Santo Tomás en la que se afirma que la hermosura requiere
tres condiciones, integritas, debita proportio, et iterur clari-
tas: y así de lo que tiene colores nítidos, decimos que es her­
moso. Kuhn insiste en que la claridad, la claritas designa una
cualidad formal, la pura percepción, la cual es fuente de ale­
gría estética. En lo que coincide con De Bruyne, el autor de
ese libro profundo y encantador que se titula Estudios de es­
tética medieval. Es en el propio Kuhn donde se puede apren­
der que, de hecho, se puede fijar con precisión la fecha en la
que el invierno fue considerado, por primera vez en Occiden­
te, literalmente pintoresco, y aun bello. Para que la nieve se
transformase en un tema de nostalgia, «fue preciso una socie­
dad de corte muy refinada, alejada de la vida cotidiana del
pueblo: una moda artística de toute preciosité, y pintores de
genio que inventaron el género rústico». Panofsky afirma que
la miniatura «febrero» de las Ricas horas del Duque de Berry,
es «el primer paisaje nevado de toda la pintura» —es decir,
de la pintura europea, que ya los chinos habían pintado cum­
bres nevadas, y soñadores viendo caer la nieve. Pero el pintor-
sociólogo, como le llama Kuhn, de «febrero» —los hermanos
Limbourg—, está bien lejos del poeta de la ciudad del Arno
y de los lirios: ha comprendido bien lo que es la nieve para
los pobres aldeanos con poco pan y escaso fuego.
Pero volvamos a eso tan hermoso de bianca neve scender
sem a vento. Cae mansa, creando silencio y claridad la nieve.
Villon llamaba nieves a las bellezas del tiempo pasado.
¿Dónde van las nieves de antaño? Villalón, en los siete niños
de Ecija, sospechará «siete pensamientos puestos / en siete
locuras blancas». Pero lo de Guido Cavalcanti es de otra ca­
lidad, porque a la belleza de la nieve que mansamente cae,
parece añadirse, en el «valor» de su dama, una nota de melan­
colía, y de serenidad y calma. Y acaso el poeta está viendo
caer la nieve sema vento en su destierro de Sarzana, cerca
del balcón y junto a un brasero. Y todo es como un sueño,
la amada y Florencia, y con pluma de ganso escribe aquella
balada que comienza Perch ’io no spero di tornar giammai.
«Porque no espero regresar jam ás»... Regresó para morir, y
en agosto, cuando en vez de nieve había lirios regados al alba.
Noticias de nieve en mis montes natales, en la Corda, en
el Ameiro, en los tojales y en las xesteiras, al pie también de
los desnudos abedules.
El misterio de los caminos

Ustedes saben que es en Galicia,


vé»F
ls«E
972.D
ig,13n
arodeV en todo Occidente,
donde más memorias quedan de ciudades perdidas, en nuestro
caso de ciudades sumergidas, asolagadas, en lagunas, en ríos,
en la ribera del mar. Las más notorias de estas ciudades son
Antioquía de Galicia, asolagada en la Antela, la laguna del
Limia, que fue en los días de la llegada del romano tenido
por el Letheo, el río del Olvido de la mitología greco-latina;
y la ciudad de Valverde, asolagada en la laguna de Cospeito,
en la Terrachá luguesa, donde antes de la desecación volaban
las familias anátidas, que bajaban a invernar desde el norte
helado, mergos y tadomas, el ánade rabudo y el porrón, y el
silbón, en cuyo nombre científico, Anas Penélope, yo de mo­
zalbete buscaba el porqué del mismo nombre que el de la dul­
ce, solitaria, hermosa tejedora de Itaca... Sobre las más de
las ciudades asolagadas cayó un gran castigo y los eruditos
mitógrafos han visto en la forma del castigo, por medio del
agua, algo así como un diluvio, un recuerdo del Diluvio Uni­
versal, también castigador de los pecados. Porque en las más
de las ciudades sumergidas, se había cometido un gran peca­
do. En otras partes, en Polonia, el pecado es un incesto, y
en el Sudán, Frobenius supo de una ciudad sumergida a causa
de varias antropofagias. En Galicia se suele contar que fue
que pasó la Sagrada Familia huyendo a Egipto... ¡El enorme
misterio de los caminos, que buscan, dando inmensos rodeos,
el centro del mundo! Para ir a Egipto, se pasaba por el Finis-
terre. Cerca de una rica ciudad, María le dijo a José que tenía
sed, y José fue a por agua. Y ya en un arrabal de la ciudad,
José se encontró con un zapatero remendón al que pidió una
jarra de agua, o que le dijese dónde había una fuente. El za­
patero, un iracundo, despidió a José con malas palabras, y
quizá porque éste dijo algo, le tiró una lezna, que alcanzó al
santo marido en un tobillo. Y del tobillo de José comenzó a
brotar sangre y agua, al fin un enorme río, que inundó el valle
abrigado en el que se alzaba la ciudad, y la ciudad misma,
con sus altas torres, sus jardines, su mercado, aves que no
lograron escapar, y hermosas muchachas que hilaban oro. Y
la Sagrada Familia continuó su huida, por los caminos que
pasan al pie de verdes colinas, o atravesando carballeiras o
housas.
Todo es posible en los caminos, que no tienen principio
ni fin. Cuando decimos la carretera Vigo-Vilacastín, v.g., de­
cimos algo sin sentido, porque en ella nacen mil otros cami­
nos, de los que a su vez nacen otros y otros millares. Decimos
algo sin sentido, aclaro, desde el punto de vista del prodigio,
o de la explicación profunda de los arcanos de la memojia
mágica del hombre. Quienes sabían mucho de esto eran los
autores de los libros de caballería, que por países conocidos
caminando sus paladines, los entraban al atardecer en reinos
secretos, gracias a un camino que torcía inesperadamente en
el corazón de la selva, de la selva de Brocelandia, la única
selva... Es quizás a través de Brocelandia por donde llega a
Galicia, al siguiente día del nacimiento de Jesús, aquel criado
de Herodes del que ya he hablado más de una vez, que viene
a avisar en Finisterre que hay que degollar a los Inocentes.
Ya Péguy sabía que la degollina, como el diluvio, eran cosas
universales, y además eternas, es decir, actuales.
Viaja uno en coche por una carretera, y se va fijando en
caminos campesinos que salen a ella o de ella, caminos que
van hacia pequeñas aldeas perdidas más allá de los pinares,
al otro lado de un oscuro monte, pasando un río por un estre­
cho puente, ancheando algo delante de una iglesia rodeada de
un camposanto. Entre todos esos caminos, alguno habrá que
lleve a lo inesperado, al lugar de la sorpresa, al reino del rey
Pescador. Y por otra parte, no es verdad que los caminos lle­
ven siempre al mismo sitio. Y aun cabe recordar aquel héroe
de no sé dónde, que tomó a hombros un camino y lo posó
entre su ciudad y un árbol —el árbol primero, el de la Vida—,
y dejó sin camino a otra ciudad, que se perdió y quedó para
siempre fuera de la memoria de los hombres. Y éstos, en al­
gunas partes, en el Asia Central, saludan y rezan a los cami­
nos para que no se vayan, y estén quedos por los siglos, y
así poder llegar siempre a Samarcanda.
Los otros caminos

Los otros caminos, aquellos arodeV


vé»Fque al azar vamos trazando
ls«E
1975.D
ig,4n
en el «nacimiento», ya por el llano, ya serpenteando por las
colinas, ya ascendiendo a Belén, donde está el Niño con Ma­
ría y con José. Lo propio es ir haciendo avanzar a los Magos
de Oriente cada día un poco, en dirección a Belén de Judá,
que está en lo alto, que acaso es una alta torre, un poderoso
castillo, al pie del cual aparece una cabaña, la cabaña donde
fue el nacimiento del Niño. Algunos caminos pasan un río
por un puente, y otros terminan bruscamente en alto monte,
o en la misma llanura, pero todos los caminos del «nacimien­
to» nacen y mueren en el país que hemos construido. Pobla­
mos los caminos de gentes diversas, y los montes y el valle
con pastores y rebaños. Algunas gentes, al montar en su casa
un «nacimiento», un «pesebre» siguen lo que alguien ha ima­
ginado. En Cataluña, en alguna casa, me ha sido dado el ver
un «pesebre» que estaba dispuesto según un poema de Josep
Maria de Segarra. Yo hago el mío todos los años, un «pese­
bre» mínimo con las figuras que me ha regalado mi ahijada
Eva Casado Nieto, pero por muy breve que sea el espacio
que ocupe trazo sobre musgo un camino con fina y blanca
arena. Es el camino que permitió llegar a los pastores y a los
magos, que en cierto modo me permite llegar a mí a Belén.
El camino es también la posibilidad de la actualidad de la
existencia constante de Belén y el Nacimiento, como la per­
manencia del camino francés, del camino de Santiago, es la
posibilidad de la presencia de Compostela y de la tumba apos­
tólica, comprobada por el peregrino. El camino es una parte
esencial del misterio, y no sólo porque añada una idea de le­
janía —que quizás el alma comprometida necesita— a la exis­
tencia de Belén o de Compostela. Ambos lugares tienen que
estar muy lejos, tanto como Carcasona en el romance del an­
ciano lemosino o en el cuento de lord Dunsany.
Una vez trazados en el «nacimiento» esos caminos, la
imaginación busca pasajeros. Recuerdo que don Vicente
Risco me dijo una vez que le había hecho sonreír, y a la vez
preocupado, una invención mía tocante a la Demanda del
Grial, y era la cosa que uno de los paladines artúricos tomaba
un camino desviado, a mano derecha del ancho mundo, y en
vez de llegar a donde estaba el Cáliz, llegaba a Belén al
tiempo que los ángeles hacían música celestial al Niño recién
nacido. Si don Galaz tenía el ánimo grave, este paladín mío
lo tenía infantil, y su rostro era el país de las sonrisas. Al
lado de don Galaz, de Sir Galahad, con el alma pura hasta la
severidad, tiene que haber estos otros buscadores asombrados,
cuya ingenuidad ha de ser premiada conforme a su condi­
ción... Otros pasajeros he inventado, como el criado de Hero-
des, éste en un camino solitario, caminando en dirección con­
traria a Belén, escondiéndose de la gente, ladrado por los pe­
rros de los pastores. Este criado de Herodes —y otros criados
del rey semejantes a él y con el mismo oficio— va corriendo
hasta llegar a Finisterre, para dar a los innumerables súbditos
secretos de Herodes la orden de que el día veintiocho de di­
ciembre, al alba, día D y hora H, hay que degollar a los Ino­
centes. Porque existen caminos, son posibles estos correos del
terrible mandato, y porque son posibles estos correos, es po­
sible la degollina. La degollación se repetirá así a lo largo de
la Historia Universal. (El propio maestro Risco decía que no
había más Historia Universal, en puridad, que la Historia Sa­
grada.) Ya ven cuán lleno de terror está el siglo nuestro, y
por ello pueden deducir cuántos súbditos de Herodes no hay.
Pero en estos días, que el alma se sosiegue. Uno toma el
camino que nace junto a un bosquecillo de sauces y se dirige
a aquella lejana torre, sobre la que se ha quedado quieta una
estrella contraviniendo todas las leyes que rigen los movi­
mientos de estas luces. Como dice la canción alemana, «el
cielo está lleno de violines». No se concibe mente en que la
luz y la música de estos días no ponga siquiera una brizna de
ingenuidad. Parece que va a formarse alrededor del mundo el
corro de la balada de Paul Fort, o que todos podemos ingresar
en la tribu de los portadores de linternas de Stevenson —aque­
llos niños que se encontraban en las calles de la gran ciudad,
desabotonaban los abrigos o abrían el impermeable, y mostra­
ban la pequeña linterna sujeta al cinturón, de parpadeante
luz—. Me digo que más de uno de estos portadores de linter­
nas va por los otros caminos, los que hemos inventado, hacia
Belén.
Bolas de nieve

Siempre he sido muy aficionado


t»DS
y197.ls«L
ábadogrfic,26em a las bolas de nieve, y
la última que tuve fue una de Carcasona, con todas sus torres
bajo copiosa nevada; dicen que una de las torres, cuando tomó
la ciudad Carlomagno, se separó del cinturón amurallado y le
dio la bienvenida al de la barba florida, inclinándose levemen­
te. Más o menos como la torre de Pisa, que cae y que cae
sempre sta su. Mussolini creía que la canción se refería a su
régimen, y la había prohibido, como Francia, en los días de
la insurrección argelina, aquella otra del pomodoro. No hay
cosa más inútil que prohibir una canción. Les contaba de la
bola de nieve de Carcasona comprada en un viaje que hice
con Néstor y Tin Luján a tierras del Languedoc a comer un
perfecto cassoulet en un restaurante instalado en una mansión
dieciochesca, cerca de una vieja torre, famosa en los días de
la cruzada contra cátaros. Docenas de los cuales fueron ence­
rrados en ella, y luego quemados vivos. Unos dominicos ver­
tían desde las almenas un río de aceite hirviendo, que bajaba
por la escalera de caracol. Siglos después se estrelló en las
tierras antaño devastadas por la cruzada un general de la Or­
den de Predicadores, que un árbol se le puso delante del coche
en la carretera. Se lo pusieron los fantasmas de los cátaros.
En la ocasión, yo mandé a un periódico gallego un artículo
sobre esta casualidad, y la censura no lo dejó pasar; lo cual,
a mi ver, fue un error, porque en cierto modo el suceso era
una prueba a favor de la interpretación providencialista de la
Historia... Tuve otras bolas de nieve, algunas de las cuales
saqué a relucir en algún libro mío, y la anterior a la de Car-
casona fue la que contenía la escena del fusilamiento de Ma­
ximiliano en Queretaro, con los generales Miramón y Megía.
Sospecho que nunca habrá nevado allá, pero la escena era pre­
ciosa y la nieve cubría la sangre derramada por el suelo. Una
bola de nieve con regicidio le hubiese gustado a Fouchi, quien
coleccionó algunas, que hacían las delicias de su mujer, Er­
nestina...
Ahora, un amigo me anuncia el envío de una bola de
nieve en la que figura Venecia cubriéndose con los blancos
copos. Los gallegos les decimos folerpas, que quizá sea pala­
bra que tenga que ver con hojuelas, las hijillas de la nieve.
¡La Venecia del Canaletto, soleada —aún cuándo él la pintaba
en Inglaterra la veía envuelta en una luz dorada y cristalina—,
cubierta por la nieve! Me la anuncian, y ya la espero con im­
paciencia. Las bolas de nieve se han anticipado a todo eso de
la meteorología artificial, y hace de uno un dios de las tem­
pestades, por lo menos de las tempestades de nieve. Un pe­
queño dios, claro, que puede mandar nieve sobre ciudades
que no la han visto nunca. Guido Cavalcanti, viendo caer la
nieve sobre el paisaje toscano, bianca neve scender senza ven­
to, la comparaba con su enamorada, pero encontraba a ésta
todavía más bella. Con las bolas de nieve uno hace realidad
—por decirlo así— lo que quería Leonardo, inventando sus
máquinas voladoras: traer nieve desde los Alpes, en los días
cálidos del verano, y dejarla caer sobre las ciudades, refres­
cándolas.
En fin, he tenido muchas bolas de nieve, y unas se me
rompieron y otras las he regalado, que no tengo espíritu colec­
cionista. La de Carcasona me la rompió un nieto, jugando.
Tuve una muy bella, que no sé qué habrá sido de ella, en la
que nevaba sobre Lorelei, en su roca del Rhin, y otra con
Napoleón en la retirada de Rusia: triste Bonaparte, triste su
caballo y soldados caídos a un lado y otro del camino hacia
el Beresina. Creo que fue Lenotre quien contó que acercán­
dose Napoleón a un granadero herido, éste, tiritando, sin­
tiendo que sus pies se congelaban, le decía a Bonaparte, quien
le ponía una mano en el hombro: «Esto calienta, Sire». Cale­
facción moral, que puede salvar una vida, y que entra en la
leyenda napoleónica. Pero yo he hecho nevar agitando la
bola, que nunca tuve ninguna de resorte, como las que tuvo
Fouché. Se les daba cuerda, y luego podía estar uno unos mi­
nutos viendo revolotear la nieve, y escuchando música. Sa-
cherell Sitwell escribió un pequeño ensayo, titulado Las nie­
ves de antaño, sobre algunas bolas de nieve que él había vis­
to. Por ejemplo, el entierro del joven Werther. No tengo a
mano el famoso libro del consejero Goethe, y no recuerdo si
el suicidio fue en verano o en otoño. Werther le había leído
a Carlota su traducción al alemán de los poemas de Ossiam,
y con los tempestuosos y apasionados versos llegó el impre­
visto, y creo que furioso y apasionado, beso. Otra bola de las
que comentaba Sitwell daba la muerte de lord Byron en Mis-
solonghi. ¿Nevó alguna vez allá? No puedo afirmarlo ni ne­
garlo. También en una bola de nieve caen los copos sobre
Rodolfo y María, en Mayerling, cuando se abrazan en un
banco del parque antes del suicidio... La verdad es que se
podía meter toda la historia del mundo en bolas de cristal. Y
todas las hermosas ciudades, desde Aquisgrán a León y
Roma. Ahora voy a tener a Venecia nevada, y me regocijo
por anticipado: un gondolero, las palomas, los leones, los
puentes, y acaso don Francisco de Quevedo, en la famosa
conjuración, huyendo de la policía más secreta del mundo,
por entre sombras ficticias, disfrazado de sombra zamba.
Tratando de vientos
Diálogo con el viento

D
195.sj»l«R
ig,30n
arodeV Hace unas dos semanas que no cesa de galopar, en el
typF
hondo valle natal mío, el fuerte, continuo, mugidor vendaval;
un poder soberano. Bien hizo el latino al ponerle el nombre
de ventus validus, viento poderoso, a este que se viene con
las oscuras alas abiertas por los caminos de Poniente, más sal­
vaje que en la «Oda» de Shelley. Lo cabalga la fría lluvia.
Ni al corazón apetece poner en la boca preces ac petendam
serenitatem. El viento se ha instalado en el mundo como una
fuerza irresistible; rechaza toda puerta, y como un gigantesco
protagonista de tragedia, a todo lo que toca impone su pathos;
parece que sopla y sopla exigiendo ser reconocido como un
dios. Ni los árboles resisten su aliento, y cerca de mí tengo,
ahora mismo, un abedul derribado, con las raíces al aire; una
esbelta y blanca columna que ya nunca más se verá coronada
de alado verdor. Lo asesinó el viento.
En El Victorial, cuyo autor, el escudero Gutierre Diez de
Games quizá sea gallego de nación, en el capítulo LXXXVIII,
el viento habla, respondiendo a quejas que se le han hecho
comparándole con la mudable fortuna y doliéndose de sus ha­
zañas, que más parecen locuras. La respuesta del viento es
misteriosa y extraña confesión. El viento declara cuál sea su
dyke, su modo, su recto hacer, su poderosa condición. No
conozco de otro texto, en toda la literatura universal, en el
que hayan sido recogidas del viento palabras semejantes, y
tan reveladoras de su naturaleza. «La mar es el mi nacimiento,
e allí ca el mi primero oficio, e quando yo della he de salir,
estonce es ella muy irada. Allí he yo grand poder, según mi
natura brava. Fuertes e grandes e espantosos son los mis mis­
terios; grandes fuerzas son a mi dadas e muy espantosas.» Pa­
rece que hable uno de los sangrientos héroes de Esquilo. Pero
no, que es el viento.
Y sigue: «Otro lugar tengo donde soy criado: en las caver-
nas, en las cuevas e concavidades, o en los grandes lugares
por donde pasan las grandes aguas entre la tierra. Allí soy
engendrado, e quando está la tierra preñada de mí, tanta es
la mi fuerza, que la fago temblar, porque non puedo della
salir. ¿Nunca leiste donde dice la Escritura: “¡Eu, que saca
los vientos de los sus tesoros y apareja la lluvia a la tierra!”?
Yo soy aquel que salgo de los tesoros e secretos del muy alto,
e doy lluvia temprana e serótina». Serótina, es decir, tardía,
por la tarde. ¡Qué bella palabra! Debió de aprenderla el viento
cuando fue solamente una brisilla fresca en el atardecer de un
día septembrino.
Al viento, en este diálogo que cito, le incomoda que el
hombre use del mar. El mar no fue hecho para el hombre.
¿De qué se queja, pues, si encuentra en sus soledades la gran
diestra incontenible del viento? «Pues el hombre la tierra es
su morada, e en ella puede haber su bito [su alimento]. ¿Quén
le dio a él facer navios, e fabricar argumentos contra natura
para andar por la mar, pues que sin ella bien podría vivir?»
Y esto se lo decía el viento a unos marineros que se quejaban
del viento, que si no fuera por él fueran ricos, que hubieran
ganado toda aquella flota de Inglaterra, en la que iba una hija
suya a casar con el duque de Holanda, «e muchos caballeros
con ella, e grandes señoras, damas e damiselas, e gran rique­
za. Así que tenían bien con qué se quejar». Pero esto es lo de
menos. ¡Glorioso el día en que el hombre se hizo domador
de caballos, constructor de navios y de máquinas voladoras!
Cual sea la condición y el comportamiento del viento, que él
la diga, pero el hombre dirá de sí.
Yo en lo que insisto es en la parte misteriosa de la res­
puesta del viento: «Forzado es que cada un elemento faga su
oficio, e cumpla el misterio para lo que Dios le fizo». ¿Qué
misterio está cumpliendo, ahora mismo, el vendaval sobre mi
país? ¿Qué está oculto a mis ojos bajo el velo sonoro del
viento loco? ¿Qué manda Dios?
Al entrar la noche parece que cae el viento. Se disipan
las nubes, asoman parpadeantes estrellas, y se ve en la sole­
dad silenciosa del cielo la flor del creciente. Pero vuelve, de
pronto, impetuoso zaino, brincando desde las cumbres al va­
lle. Salvaje y desenfrenado, apoya sus belfos roncos contra
mi ventana, y parece que la va a hacer saltar en mil pedazos.
Se estremece la casa. Después de lo que leí en El Victorial,
bajo la cabeza, y callo. Que cumpla el viento el misterio para
que Dios lo hizo. Hijo del mar y de las tenebrosas cavernas,
¡adelante!
Tratando de vientos

Liando cigarro al pie de la ermita


vé»DF
n
962.l«E
b
tm
ig,15sp
arodeV de Nuestra Señora en
el Faro de Chantada —un monte antiguo, una de las más her­
mosas mirandas gallegas—, el paisano que era mi anfitrión,
un arnegueiro serio y sentencioso, me dijo que allí, en tiem­
pos, por las vísperas de septiembre, un fraile de Asma, se
ponía a repartir las suertes y las resuertes de los vientos. Allí
me imaginé yo al bendito con un gran cayado, dispensando
la Rosa amalfitana. Llevaría en la faldriquera un frasquillo de
aguardiente de San Fiz, tan puesto y limpio, porque en sep­
tiembre, en el Faro, ya a la anochecida, que era la hora del
reparto de los vientos, el cuerpo debe necesitar un tempero.
Pastorear, pues, desde allí los vientos, ¡qué oficio! Cuando
yo fui a la Virgen del Faro era mediado julio segador, y si
algún viento quisiera pastorear, sería un noroeste pleno de
luz, de armonioso andar, ligero y grave al mismo tiempo. Si
lo pusiera, por métrica, diría de él que era una estrofa rubia,
que unía a la ligereza del dáctilo, la grave serenidad del es­
pondeo. Pasaba, como una femenina mano, por nuestro ros­
tro. El de Argena me dijo que el peor viento que a su tierra
le toca es el que ellos llaman «martiñán». Por lo que me
aclaró se trataba del ventus validus, del vendaval. Intenté ex­
plicarle que Pausanias habla de un sacrificio expreso para ha­
cerlo favorable, pero el arnegueiro estaba preocupado y no
me oía, que se nos había olvidado el café.
Más de una vez me tentó dibujar un mapa de los vientos
que soplan Galicia, y poner en claro, ahora que no hay frailes
en Asma, y la confusión se adueñó de las veletas, su baile
sobre el país. Cuando rapaz iba al San Pedro en Riotorto, a
casa de mis abuelos, y en levantándose sudoeste decían que
aquel viento de Meira traía agua. «De Meira, nin xente nin
aire», añadían. En Monfero me dijeron que llovía porque so­
plaba viento de Villalba. Poco a poco yo iría pintando el mapa
eólico de Galicia, y no sin temor de que uno de aquellos vien­
tos cuyo soplo pintase, se encabritase y me llevase, como hoja
seca, a ese pozo de silencio donde los vientos, a creer a
Woodsworth, amansan y mueren. En Turios, cuenta un grie­
go, la ciudad, agradecida al viento del Norte —a Bóreas, fe­
cundador de yeguas— por haber dispersado ante sus muros
una flota enemiga, lo declaró polites, conciudadano suyo, y
lo dotaron al viento con una casa, una viña y una tierra de
labranza. ¡Cómo me gustaría a mí tener por conciudadano a
un viento! Ver de pronto, desde mi ventana, en Mondoñedo,
abanicarse el bosque de Silva, y decir:
—¡Ahí va don Norte a dar un paseo por el río Sixto...!
Pero, quizá, vecino tal y mapa de los vientos fuesen peli­
grosos juegos. Cuenta Stevenson, el geógrafo, que bajo Do-
miciano Augusto, un tal Mettio Pompusiano incurrió en la có­
lera del César, y hasta parece ser que perdió la cabeza, por
tener un mapa del mundo pintado en las paredes de su casa,
y andar con una copia de él por la calle, de un lado para otro.
Tener la imago mundi —ésta es la filosofía del caso—, era
tener poder sobre el mundo. No fuesen a creer los vientos
galaicos que yo con mi mapa de ellos quería hacerme señor
de los treinta y dos de la Rosa.
Aquí, en Vigo, no oigo vientos, como en Mondoñedo,
donde tantas noches de otoño y de invierno tengo por sonoro
compañero el vendaval, que baja mugiendo como una vaca y
hace temblar la casa. Arrastra enormes nubes grises y rompe
en lluvia al alba. Es un gigante de oscuro rostro que en otoño,
de un manotazo, desnuda al bosque de todas sus hojas.
De vientos brasileiros

En la magnífica Revista de Etnografía


vé»F
n
l«E
1970.D
b
tm
ig,4sp
arodeV que en Oporto di­
rige con tanta finura el Dr. Femando de Castro Pires de Lima,
publica Luis da Cámara Cascudo un interesante ensayo titu­
lado «Noticia das chuvas e dos ventos no Brasil». Yo he sido
siempre muy curioso de vientos y de sus nombres, y llevé
durante años en una pequeña libreta mi catálogo particular en
el que figuraban nombres de vientos de todos mares y tierras,
con anécdotas o leyendas que a ellos se referían, comenzando
por el claro y fresco boreal que dispersó ante Turios una flota
enemiga de la ciudad, y aquellos helenos hicieron al norte po-
lites, conciudadano suyo, y le dieron al señor viento, agrade­
cidos, una casa en el campo, y labradíos; y entre los brasile­
ños no más tenía anotados que el aracatí y el noroeste de Sáo
Paulo, que cuando sopla altera a los paulistanos y los pone
irritables e impertinentes. El aracatí es un viento nordeste,
que llega del mar en anocheciendo, «e penetra o sertão como
uma aragem refrescante». Dice da Cámara Cascudo que las
gentes, en las villas y en las aldeas, lo esperan sentadas a las
puertas de las casas, como quien aguarda a un amigo querido
y generoso en las primeras horas de la cálida noche, y cita
un párrafo de Iracema, una novela de José de Alençar: «Era
o tempo en que o doce aracati chegar do mar e derramar a
deliciosa frescura pelo árido sertão...». En Rio Grando do
Norte sopla otro viento tan benéfico como el aracatí, el mos-
soró, también hijo del Océano. Luis da Cámara Cascudo nos
habla de un viento que llaman «carpintero da praia», «lesta-
da» en Santa Catalina, que echa barcas contra las rocas, «fa­
cilitando madeira aos carpinteiros, e daí o apelido», y de la
amazónica brisa de Pororoca, y del sudeste, «tradicional do
Brasil, o vento do inverno», to vento assomado de Gil Vicente
en la Farça dos Físicos...
«Estar de noroeste» en Sao Paulo es estar malhumorado,
inquieto, irritarse por nada. El noroeste hacía a Hamlet, cuando
lo sentía zumbar en sus pabellones auriculares, verdaderamente
impertinente. El paulistano, cuando sopla noroeste, dice
Afonso de Freitas, padece verdaderas sacudidas neuróticas,
«estado morbido que, se fóssemos patólogos, náo hesitaría­
mos de classificar em Neurastenia efémera paulistana». Y
el noroeste dio las frases «estar noroestado», «ficou noroesta-
do». Dice da Cámara Cascudo que en Brasil desaparecieron
todos los vestigios del culto a los vientos. En general, ya no
parece que queden en ninguna parte, excepto en algunas al­
deas de pescadores en Irlanda y en algunas islas del Pacífico.
En Irlanda se sabía de un viento que era rubio, de otro que
moreno, y de otro calvo. Los chinos vieron «los hombres del
viento», que los empujaban desde lo alto de las montañas o
en las llanuras polvorientas. Hay una novelita de la que no
recuerdo el título en la que el pretendiente de una viuda re­
sulta ser un vientecillo que se ha aficionado a la seda y a los
jardines. Y de ello resultó que a un rico y cortés suspirante
se le llamase hasta hace poco en China «un viento elegante»,
en el lenguaje convencional de las muchachas solteras.
En mi valle natal solamente hay dos vientos: el vendaval,
que pronto llegará cotidiano con el otoño, empujando negras
y oscuras nubes, y el norte, que si no da niebla, regala hermosos
días de sol. De la niebla del norte hay un decir de marineros
de Foz, que miran hacia la cumbre del Padomeio: «Néboa
do Padomeio, sardinas no garabelo». Yo prefiero el venda­
val, en noviembre desnudando los bosques, mugiendo como
una vaca.
Molinos de viento

Un vecino mío regresa de Holanda,


vé»,F,
ls«E
igD
ro1975.aV
en
23d donde ha estado traba­
jando durante varios años, y me cuenta de sus diversos oficios,
y cómo finalmente entró en una pequeña empresa dedicada a
la reparación de molinos de viento, empresa que justamente
le dio cobijo, en la zona en que había de prestar sus servi­
cios, en una especie de casa-almacén, al pie de un molino de
viento. Mi vecino, los primeros días, no dormía, o dormía
mal, con los ruidos del molino, que achicaba agua toda la
noche, pero ahora resulta que no puede dormir porque le fal­
tan precisamente esos ruidos. Despierta, no oye nada, y cree
que el ingenio se ha averiado y que debe ir corriendo a repa­
rarlo. Yo le cuento que algo parecido pasó en casa de mis
abuelos con una criada joven, que era natural de Ferreira
Vella y nunca había salido de aquella aldea de herrería. La
muchacha estaba contenta con el trato, pero un día cualquie­
ra, a las pocas semanas de haber entrado a servir, decidió
marcharse. Interrogada en forma, respondió que no podía
más.
— ¡Non poido dormir sin escoltar as badeladas do mazo!
No podía dormir sin escuchar el trabajo nocturno del mazo
de los herreros, golpeando el hierro. Y se volvió a su aldea.
Y el cuento de aquel vecino del piso segundo que escuchaba
todas las noches a las once en punto la llegada del habitante
del piso tercero, que al meterse en cama dejaba caer al suelo
las dos pesadas botas que usaba, lo conocen todos. Pum,
pum, caían las dos botas, y el del segundo, sabiendo ya al
del tercero en cama, se dormía. Una noche cayó una bota,
pum y el del segundo esperó en vano la caída al suelo de la
otra. Unos minutos, un cuarto de hora, media hora, una hora
larga, y no podía conciliar el sueño, porque le faltaba el rui­
do, podemos llamarle el somnífero, de la segunda bota. De­
cidió levantarse de la cama e ir al piso tercero a pedirle al
vecino que, por favor, dejase caer la segunda bota, que nece­
sitaba dormir. Casos como éstos hay muchos, y reales.
Mi amigo me dice lo que le gustaría construir en su aldea
un molino de viento, y yo le digo que en Galicia los hubo,
y que un día cualquiera que vaya a verme a Mondoñedo le
enseñaré una vista de La Coruña, del siglo XVIII, en la que
aparecen varios, sus aspas saludadas por el viento del Océano.
Comentamos que es una lástima que no se haya conservado
ninguno, y que los de Mallorca los más perecieron, y los man-
chegos, los del Campo de Criptana, los gigantes contra los
que fue lanza en ristre el caballero don Quijote, se han sal-
vado por pura casualidad. Que casualidad ha sido el entu­
siasmo de un austríaco y de un pintor de allá por los molinos,
y feliz cosa que lo hayan contagiado. Mi amigo me cuenta
que hay alguno en los Países Bajos, junto a un canal o en lo
alto de las breves colinas que allá tienen, que componen her­
mosísimas estampas. Cuando ya se ha despedido, con sus
sueños de molinos, yo recuerdo que soñé un molino de viento
una vez, hace ya muchos años. Un molino de viento que un
español tuvo en Nápoles. No lo digo por pedante. Yo fui
amigo de un tudense, don Amancio Portábales Pichel, quien
demostró que fue Juan Bautista de Toledo el autor del primer
proyecto del monasterio de El Escorial, y que Herrera siguió
en gran parte las «trazas» de Juan Bautista. Curioso Portába­
les de los maestros mayores, arquitectos y aparejadores de El
Escorial —él era aparejador—, quiso saber de Juan Bautista
de Toledo y acudió a los archivos de Nápoles, donde el espa­
ñol, en 1549, había dirigido la construcción de uno dei quat-
tro baluardi di Castelnuovo, la antigua residencia real ange-
vina y aragonesa napolitana. Pues por el testamento de Juan
Bautista de Toledo, sabemos que fue dueño de un molino de
viento que había en el muelle mismo de Nápoles, y que aún
aparece bastantes años más tarde en las láminas de la época,
en la de Georgius Hoefnagle, que Portábales reproduce en su
curioso libro.* Sí, en el muelle está el molino, presidiendo
al azul del mar partenopeo, surcado por cien naves, animado
al alba por el canto suavísimo de las sirenas. Portábales me
mostraba la lámina de Hoefnagle, y en ella el molino de Juan
Bautista.
—¡Nunca nadie tuvo cosa tan hermosa en el mundo! —le
decía yo, y él asentía. Yo casi veía moverse las aspas en la

* Amancio Portábales Pichel, Maestros mayores, arquitectos y apareja­


dores de El Escorial, Editorial Rollán. Madrid, 1952. (N. de A.C.)
lámina, y me imaginaba la gente labriega de la campiña napo­
litana llevando el trigo a moler al molino del español, un hom­
bre serio, que en Roma había ejecutado buena parte de la fá­
brica de San Pedro y del que dice Juan de Quiñones que «fue
aparejador de aquella obra en tiempo de Micael Angelo». Pa­
rece que se le había pegado algo de la terribilitá del gran
maestro. Pero, yendo a su molino, a sentarse a la puerta a
ver ponerse el sol, seguro que tendría que entrarle entre pecho
y espalda una grave dulzura. ¡Me entra a mí en la imagina­
ción, ahora que por lo hablado con mi amigo que regresa de
Holanda recuerdo el molino del muelle de Nápoles! Un mo­
lino que nunca he visto más que pequeñito en una lámina, en
el famoso mar de Nápoles; más adivinado que visto en la di­
cha estampa, moliendo trigo a la vista de las embanderadas
galeras de España.
Peregrinación del mundo y otras lecturas
El poeta y la posada

Recién han editado en Francia30dem


í»,L, toda la obra y el epistolario
s«p
licD
G
arzo1952.V
de Germain Nouveau. Las literaturas ponen al poeta entre los
llamados «fantasistas», al lado de Jean-Paul Joulet. Uno está
ya cansado de disentir de las literaturas, pero no renuncia a
disentir una vez más. No era poeta de una escuela, porque
tenía por escuela, pura y simplemente, la Poesía. No era,
tampoco, hombre de un solo camino: anduvo, con un ferrado
bastón y claveteados zapatones, los caminos esenciales de la
cristiandad europea. Europa y Cristiandad, para él como para
Novalis, eran la misma cosa. Comenzó su peregrinación por
Rocamador, como un juglar medieval, y caminó a Loreto e
hizo la romería romana: finalmente peregrinó a Santiago de
Compostela, para cumplir quizás con aquellas palabras del
Dante: «Non s yintende pelegrino sinon dit, va verso la tomba di
S. Jacope, o riede». Entre romería y peregrinación se sentaba
a la puerta de las iglesias de Provenza a vivir de limosna, y
a dar a los mendigos lo que le sobraba de la caridad que re­
cibía. Con un poco de pan y queso de cabra y un vaso de
Cháteauneuf-du-Pape —un vino gutural, poderoso, del color
de la púrpura cardenalicia: Petrarca lo bebió—, Germain Nou­
veau cumplía su ayuno. Murió en una aldea próxima a Avi-
ñón, un día de mistral, a poco de regresar de Compostela.
Había pedido que lo enterraran en uno de aquellos cemente­
rios aldeanos, rodeados de pinos y de olivos. Como François
Villon, había hecho en verso su testamento. Al morir dejó en
libertad mil palabras que él encadenaba con amoroso cuidado
para sondear con ellas la celeste gruta de las canciones.
Un año iba yo de Samos a Triacastela, gozándome en la
vagancia del otoño —un hombre tiene tantas o cuantas vaca­
ciones; ésta es la medida y no hay otra. En Triacastela paré
en una taberna y me acomodaron para la cena en un escaño en
la cocina, cabe dos capones que estaban en ceba en sus jaulas,
bien arropados con sopas de moscatel y apretadas pelotas de
amasado. Hice pronto amistad con el patrón y en llegando yo
a decirle que medio tenía por oficio el hacer versos, contó mi
huésped:
—Ahí donde usted se sienta, estuvo hace años sentado un
francés que también tenía ese oficio, iba de peregrino a San­
tiago. Después de asar unas castañas en las brasas y beber
unas copas de Portomarín, comenzó a decir sus versos, que
eran como música.
—¿En qué lengua los decía? —le pregunté.
—Paréceme —dijo el patrón después de pensarlo un po­
co—, paréceme que sería en francés, pero yo, entender, en-
tendilo todo.
Creo que aquel día comprendí un gran misterio y descubrí
un hermosísimo secreto: que el camino del Señor Santiago
tiene don de lenguas, como los apóstoles tras la venida del
Santo Espíritu: «et hoc quod continet omnia, scientam habet
vocis». En verdad que estos caminos europeos de romería y
peregrinación —Europa se hizo peregrinando— contienen en
sí todas las cosas y suyo es el don de lenguas...
Estoy seguro que aquel pobre poeta francés de recortada
barba que en Triacastela hizo posada, y se contentó con cenar
un puñado de castañas corguesas, y al amor de la lumbre be­
bió unas copas de aguardiente, fue Germain Nouveau. «Tenía
algo de ángel, de ángel desterrado», dijo de él Charles Mau-
rras, quien habló más de una vez del encanto de su voz, y
de la infantil y como ausente mirada de sus grandes y oscuros
ojos... El patrón me invitó a que le dijese alguno de mis ver­
sos, pero no me atreví y callé como avergonzado. Otra cosa
hubiera sido si yo pudiese decir algún poema mío cuyas pala­
bras meciesen, como cuna, el corazón del hombre, o como
angustiosa sierpe se abrazasen a él.
«Entre el sol y la tierra, un hombre que no tiene nombre.»
Lo recuerdo hoy aquí, por poeta, por peregrino. De su boca
salieron, en concertadas palabras, mil temblorosas órdenes al
mundo: tal es la misión del poeta. Anduvo los viejos caminos
que cosieron las tierras y los corazones de antaño, y sin los
cuales Europa —es decir, la libertad— no es posible. Novalis
dijo una vez que los ángeles nunca ceden las alas. Yo me
imagino a Germain Nouveau, con las suyas, púrpura y oro,
abandonando bajo la lluvia Triacastela, camino de Santiago,
dialogando con el áspero camino en la mañana fría. Con un
camino que contiene en sí todas las cosas, y suyo es el don
de lenguas.
Pepys a la vista

A José M.a Castroviejo


»F
cón
ls«L
y1954.D
ig,30m
arodeV y Alberto
Casal, enviándoles el Diario de Samuel Pepys

Estoy en una taberna de Londres, precisamente en el


Cuerno del Rey, esperando a que entre, por la puerta que cie­
rran dos hojas con pequeños y cuadrados vidrios, rojos unos
y azules otros, mi amigo Samuel Pepys, funcionario del Almi­
rantazgo. Pepys vendrá con su laúd y me cantará una hermosa
canción que ha compuesto, y que se titula «El sosiego del
espíritu libre». Pepys se retrasa porque ha ido a la Corte, en
la que Francis Stuart estrena una peluca. Francis Stuart tiene
el tamaño misterioso y delicioso del ruiseñor y de la rosa. Mi
amigo Pepys alguna vez sueña que duerme con miss Stuart
entre sus brazos. También ha compuesto para ella una can­
ción: «¿Podrá el mirlo hacer su nido en la cambiante ola ma­
rina?». Pepys es el mirlo, y miss Stuart la ola marina. Pepys
vendrá caminando lentamente por el Mail, con ese andar ba­
lanceante que tiene, luciendo sus gorgueras. Pepys es otro
hombre desde que sus ahorros le permiten gastar gorgueras.
Pepys contempla el mundo que pasa desde la incomparable
nobleza de sus gorgueras. Pepys sabe que yo lo estoy espe­
rando en el Cuerno del Rey con una pinta de cerveza y un
barrilito de ostras en escabeche y un pastel de venado, y viene
haciendo apetito, física y espiritualmente. «Un espíritu libre
tiene más apetito que un ánima preocupada; un hombre de mun­
do, bien reputado y con la bolsa hecha, y máxime si cree en
la resurrección de la carne, siempre tendrá apetito: el espí­
ritu ha de ser generoso con el cuerpo.» Esta es doctrina del
gran doctor Johnson, según Boswell, y Pepys, creo yo, se
atiene a ella. Pepys habrá comenzado su jomada a las ocho
de la mañana. Habrá dormido bien, porque a su mujer ya le
ha pasado el molesto catarro y ha dejado de roncar, y la cria-
dita, Beb, lo habrá lavado y peinado, moviéndose tan gentil­
mente alrededor de la honesta panza del funcionario, un busto
breve y fino, un talle gracioso, una sonrisa a la vez turbada
y turbadora. Primero, a la Corte, y luego, al Almirantazgo.
Las cuentas de Tánger, las dichosas cuentas de Tánger. Las
trajo en su dote la señora reina Catalina de Braganza. Y las
cuentas de la desastrosa guerra contra los holandeses. Pepys
ha cobrado sus comisiones. Pepys tiembla de placer cuando
recibe una carta del capitán Hewer y nota, a través del papel,
unas monedas. Saldrá al pasillo para contemplar el oro estuar-
do, y esconderá las monedas en la peluca, en la que ha man­
dado hacerse un bolsillo secreto. Sale al patio y encuentra a
Mrs. Jowies: «Me tomé la libertad de besarle varias veces y
de quitarle el guante». Es una hermosa mañana, y Pepys ha
decidido venir caminando por el Mail hasta el Cuerno del
Rey. Ha entrado un momento en el taller de Loton, un paisa­
jista holandés que vive en Saint James, y se detuvo en el taller
de otro holandés, Evereest, a contemplar un florero que aca­
baba de pintar: «Lo más delicado que he conocido en mi vida.
Veía tan patentes las gotas de rocío sobre las hojas, que debí
poner varias veces mis dedos encima, para probar si mi vista
no me engañaba». Pepys iría cantando por la calle, con su
entonada voz, si no fuese un hombre tan respetable. Esta ma­
ñana Pepys ha renunciado a ir al taller de Spencer, que lo
está pintando: Pepys, en el muelle, cerca de la Torre, junto
a unas barricas y tabales, contempla en el río las nuevas naves
de Su Majestad. El cuadro se titulará Pepys y las naves. En
tiempos de Pepys, a creer a Steme, vivía en Londres el arti­
llero Flannagan, jefe de salvas en White Hall. Flannagan vi­
sita también el Cuerno del Rey, y en la orejera del casco a
la borgoñona lleva siempre encendida la mecha. Flannagan,
subiendo al Londres, rezaba así: «Dios mío, a la hora de mi
muerte concededme las plegarias de un sacerdote, un vaso de
cerveza, la paga cobrada y un nicho seco». Quizá Flannagan
haya encontrado al señor Pepys camino del Cuerno del Rey,
y vengan juntos, aunque es probable que Pepys, tan delicado,
no soporte junto a sus narices la humeante mecha del artillero
irlandés.
En el reloj flamenco, coronado por un San Huberto que
toca un dorado cuerno anunciando las cazas, han cantado,
plata fina, las doce. Yo mando abrir el barrilito de ostras en
escabeche, y aparto la capa de hojas de laurel que cubre las
ostras y las huelo. La cerveza es una noble y dorada cerveza
de Dorset. Pregunto al huésped si tiene bastante pimienta el
pastel de venado y ya no tiene tiempo de darme su respuesta
porque ha de saludar a Samuel Pepys, que entra con su enfun­
dado laúd bajo el brazo. Pepys huele las ostras, moja la boca
con la alegre cerveza. Pepys ha sacado del bolsillo de su ca­
saca una funda de terciopelo negro cerrada con dos botones
de plata, y abriéndola me muestra el tenedor de plata rizada
que compró en Holanda cuando fue a la recepción de Carlos II
Estuardo. Nadie, en el Cuerno del Rey, ha visto un tenedor.
Pepys, solemnemente, comienza a pinchar en el barrilito las
ostras, de seis en seis. Yo he de contentarme con la cuchara,
y admiro la maestría de Samuel Pepys, neptuniana maestría,
con su tridente argentino... Pepys, terminada la comida, tem­
pla el laúd, y canta:

«No améis nunca en las tinieblas


salvo que encontréis una mujer tan hermosa
que podáis decirle acariciándole el cuello:
¡Oh lámpara de nieve y tallo de la luna!».

Al ponerse el sombrero, en el bolsillo secreto de Pepys


han tintineado las monedas de oro del soborno. Esta noche
ponen en el teatro El sueño de una noche de verano. Pepys
no irá, porque a Pepys no le gusta Shakespeare. «Nunca he
oído nada más ridículo en mi vida.» Y con la barbilla levan­
tada Pepys se retira entre las reverencias de los clientes del
Cuerno del Rey.
En la posada del Tabardo

En la posada del Tabardo, en »F Southwark, está el señor


typ
ls«R
5.D
n
ig,19ju
arodeV
Chaucer pasando lista a aquella varia y animada familia que
allí se juntó, camino de Cantorbery. Es el alegre tiempo de
verano. Ha florecido el glicinio en el patio de la posada, y
del tortuoso tronco salen largas ramas cuajadas de flor, «para
bautizar el día de rocío y de perfume», con la feria diáfana
y móvil de sus racimos violeta. Justamente, sobre la más alta
rama de glicinio, sobre la más aérea y olorosa de sus flores,
se abre la ventana a la que asoma madama Englantina, la
priora «de sonrisa inocente y serena». El retrato que Chaucer
hace de la priora en el «prólogo» de los Cuentos de Canter-
burv es exquisito. Se asoma a la ventana, pasando los diminu­
tos corales, con cuentas verdes intercaladas, de su rosario do­
ble, y graciosamente inclina la cabeza saludando a los devotos
peregrinos. «Llevaba plegada la toca con mucha pulcritud; su
nariz era bien proporcionada; pardos sus ojos y transparentes
como el cristal; pequeña, roja y delicada la boca; muy ancha
la frente, y tan breve la estatura que no llegaba a la común.»
(Me acontece, leyendo los Cuentos de Chaucer, aunque de
madama Englantina no sabemos más que el breve y fino re­
trato y sólo reaparece para contar el milagro del niño que de­
gollado por los judíos seguía cantando flores a María, referir
a la ilustre y gentil priora el nivel moral y sentimental de los
relatos, y aun ruborizarme por ella cuando alguien cuenta pi­
cardías: ¿se ruborizaba madama? Del texto deducimos que no,
y aquí vendrían a cuento ciertas reflexiones acerca del pudor
antiguo y del pudor moderno. Y también, acerca de aquello
que dijo Leslie, que todos los que leemos a Chaucer nos ena­
moramos un poco de la señora priora, intentamos cabalgar a su
lado, miramos en sus ojos, y a la vista de Deptford ofrecerle
un vaso de agua fría, y al darle el vaso tocarle la pequeña y
suave mano, y aun, quizás, beber luego por donde ella bebió...)
Un maestro antiguo, el Mantegna que pintó la familia
Gonzaga, por ejemplo, hubiera podido pintar, carácter por ca­
rácter, la variopinta peregrinación, disponiéndose a la romería
en el patio de la posada del Tabardo, pero le faltaría, al con­
junto, esa viva y feliz libertad en que Chaucer los mueve, y
aún quedaría fuera la parte que llamaremos de humor para
entendemos en seguida, y que sólo un moderno podría aceptar
y recoger. A un Teniers le faltaría amplitud y profundidad,
y quizá sólo Goya podría haber pintado los peregrinos de
Chaucer en el patio de la posada del Tabardo un 28 de abril;
concretamente, el Goya de los cartones para tapices. La colo­
reada familia chauceriana sería, en verdad, una donosa tapice­
ría. Todo lo que en Chaucer es, por decirlo así, realismo, es
una invención de tal calidad visual que obliga a ver, leyendo,
y cada invención está justificada por otra hasta completar una
iitíagen nítida, de inatacable verosimilitud. Por ejemplo, el
caballero cruzado: «Montaba un corcel muy bueno, pero sus
ropas ya no lo eran tanto. Gastaba túnica de panfustán, to­
mada de orín por el roce de la cota de malla, pues el caballero
volvía justamente de sus batallas, y había comenzado la pere­
grinación sin detenerse en su casa»... Y al lado del severo
caballero, fatigado de las batallas de Alejandría y de Granada,
de Lituania y de Trebizonda, «un largo servicio apoyado en
una larga lanza»; al lado, digo, del andante amigo del señor
y su farfán probado, su hijo, joven escudero: «iba engalanado
como una pradera cubierta de flores rojas y blancas. Todo el
día pasaba cantando o tañendo, y era lozano como el mes de
mayo. Tan enamorado estaba, que no dormía por las noches
más que un ruiseñor. En la mesa, trinchaba las viandas ante
su padre». Y un paso más atrás, el arquero, el áspero soldado:
«Buen arquero era aquél: nunca sus flechas volaban con la
pluma baja». El caballero nos lleva a imaginaciones de Don
Quijote: «pese a su bravura era discreto, y en razones, blando
y medido como una doncella», y contra aquella parte del cua­
dro, con la voluble mariposa del hijo paje a la diestra, y el
terco soldado y siervo a la siniestra...
Madrugad, pues, y reunios en el patio de la hostería del
Tabardo, en Sothwark, con los peregrinos de Chaucer. Es una
de las más hermosas compañías que se haya juntado nunca.
Ya ha montado madama Englatina en su caballito bayo. Ya
el hijo del caballero hace caracolear su ruano. Ya el bulero y el
estudiante le dan el último beso al vino de Lepe, el vino de
España que vendían en Chepe y en Fisk-Street, fuerte y per­
fumado. Ya la viuda de Bath, que casó cinco veces y aún
confía en la misericordia divina para no morir viuda, ayudada
por el molinero subió a su borrica maliana. El párroco y el
jurisconsulto en sus muías, el posadero en su asno, el alguacil
en su yegua, la monja en la asna con cría, y los otros a pie.
Comienza la peregrinación a la tumba del santo mártir. Y yo,
quizá, desde una ventana, también con mi vaso de vino de
Lepe al lado, y la pluma en la mano, veo marchar los rome­
ros, y mi mirada sigue la toca blanca de madama Englantina
y las plumas de pavo real que adornan la cola de las flechas
del silencioso y rudo arquero. La flor del glicinio muere de
aroma al sol... Hacía muchos años, muchos, que yo no leía
a Chaucer, y me asombró oírle contar.
La taberna del León
y el diccionario de Mr. Johnson

Esta es una de las tantas tabernas


yj»,F,
l«R
gD
r95.aoV
b
tim
esp
21d del León que hay en
Inglaterra, y quizás sea de las más antiguas. Propiamente es
chauceriana, tan chauceriana como la posada del Tabardo, de
dqnde, en una alegre mañana de primavera, salió la coloreada
peregrinación a Canterbury; siempre que hable de los peregri­
nos de Chaucer, habéis de permitirme que recuerde una suave
sonrisa, la suave sonrisa de aquella madama Englantina, prio­
ra, que tenía el tamaño misterioso del ruiseñor y de la rosa;
ya tengo dicho que estando a la vista de Rochester, y siendo
mediodía y teniendo sed madama Englantina, le acercaría un
vaso de agua, y aprovecharía para tocarle los dedos de la
mano, y quizá, poniéndome a piropearla, dijese de los versos
del Arcipreste:

«En azúcar muy poco yace mucha dulzor,


en la dueña pequeña yace muy grande amor...
Es pequeño el grano de la buena pimienta,
pero más la nuez conforta e calienta.
Así dueña pequeña, si todo amor consienta,
non ha placer del mundo que en ella non se sienta».

Y en siguiendo con aquello de «Como en chica rosa está


mucha color», miraría a la pequeña y delicada boca, a los
húmedos labios... Pero son estas otras memorias y melanco­
lías, calandrias que a uno se le posan en el sauce del corazón
a hacer su canto.
Esta taberna del León, por muy medieval, «alegre Inglate­
rra» y chauceriana que sea, no rechaza la presencia en su sala,
en pleno siglo XVIII, de Mr. Samuel Johnson, atareado en re­
dactar un Diccionario. Como no rechazaría el tropel pickwic-
kiano; incluso un fantasma no sería rechazado. El día de Di­
funtos de 1803, en una taberna de Margate, conocida por El
Cupido de Oro, entró un caballero alto, pálido, con una chis­
tera roja de doble hebilla, levita negra, botas hasja la cintura,
y en la mano derecha un largo látigo. Bebió dos pintas de
cerveza, y acercándose a la chimenea, partió las llamas con
el látigo como si fuesen trigo verde, y desapareció entre el
humo, vuelto humo. Sigue apareciendo y bebiendo y algunos
años —se ha averiguado que precisamente los bisiestos—
paga. Si Mr. Johnson y su fiel Boswell estuviesen allí o co­
nociesen el suceso, ¡qué gran ocasión, querido Castroviejo,
para que ambos filosofasen acerca de la bisextilidad y el com­
portamiento de los fantasmas! Para Mr. Johnson los fantasmas
son, salvo raras excepciones, el resultado de «la concentra­
ción de los humores iracundos de la imaginación del hombre,
en el momento de su muerte, en un punto determinado del
espacio». Definición bastante coherente para que haya sido
tenida por científica. Sin embargo, aunque Boswell la recoge,
Mr. Johnson no la incorpora a su Diccionario, porque llegó
a descubrir el hecho sensacional de que todos los fantasmas
ingleses son una especie de cañas huecas en las que se intro­
duce, utilizando diversas artimañas, el espíritu de algún irlan­
dés, devorando previamente el espíritu, casi siempre alcohó­
lico, del fantasma ánglico precedente. Así se explica que casi
todos los fantasmas ingleses hablen en «shelta», el lenguaje
de los gitanos y caldereros de Irlanda... Pero reconozco que
aún no comencé a tratar lo que anuncié en el título de este
artículo: del Diccionario de Mr. Johnson, escrito, como se
sabe, en las tabernas principalmente; corregido en la llamada
del León, y leído y discutido en la antesala de lord Chester-
field.
Habrá que comenzar por advertir que produjo cierta sor­
presa en la Inglaterra de aquel tiempo (alrededor de 1747),
que Mr. Samuel Johnson estuviese preparando un Diccionario
inglés en dos volúmenes, «etimológico, analógico, sintáctico,
explicativo y crítico». Pero la tarea que se reputaba imposi­
ble, máxime considerando que Mr. Johnson pasaba comiendo,
bebiendo y hablando en las tabernas unas veinte horas por día
—el día del temblor de tierra, 6 de abril de 1751, «por la
imantación del planeta», habiéndose producido un disturbio
en los relojes de péndulo, estuvo veintiséis—, se realizó: en
la segunda semana de abril de 1755, el Diccionario de John­
son estaba* en las librerías. Los johnsonianos celebran ahora
el doscientos aniversario, con nuevos y profundos estudios so­
bre el famoso Dr. Johnson s Dictionary. Cuando Johnson
anunció que en tres años redactaría su diccionario, alguien le
objetó: «Pero, señor, ¡si la Academia francesa, compuesta por
cuarenta miembros, lleva cuarenta años trabajando en el suyo
y aún no ha terminado!». A lo que Johnson contestó: «¡Usted
mismo con sus palabras confirma lo que anuncio: cuarenta
académicos franceses por cuarenta años da mil seiscientos.
Tres a mil seiscientos, ésta es la proporción entre Samuel
Johnson y la Academia Francesa»... Johnson venció, aunque
dejando medio ejército en el camino. Su banda de escribas
pereció trágicamente: uno intoxicado por beber tinta, otro de
consunción, otro escribiendo la palabra puddie. Tetty, la es­
posa de Johnson, murió alcoholizada cuando Johnson iniciaba
la letra R, y el propio Johnson, en plena letra T —tenebrific,
tenebrous, tenement— , fue a prisión por deudas, a pagar
cinto libras. El patrocinio de lord Chesterfield permitió a
Johnson comer los pasteles de montesina y beber la cerveza
que necesitaba para llegar a la palabra zone. En este momen­
to, Sir William Yonge, speaker de los Comunes, lo obsequió
con una botella de Bacharach. Boswell anotó: «Vino del
Rhin, rico en humores fosfóricos. Debe beberse casi exclusi­
vamente por intelectuales». Pero Boswell no lo había proba­
do: anotó con tristeza que el gran Samuel, en su entusiasmo,
había bebido por la botella hasta no dejar ni una gota. Pero
allí estaba el Diccionario. Todo el saber, que era mucho, toda
la fantasía, que era extraordinaria, y todo el humor, que era
excepcional, de Samuel Johnson están ahí. «Avena. Grano
que en Inglaterra comen los caballos y en Escocia sustenta al
pueblo». Esta es una típica definición johnsoniana. Pero el
Diccionario de Johnson es más que todo esto, y como lexicó­
grafo se adelantó a su tiempo, y su obra ha servido de mode­
lo. Voltaire urgió a la Academia Francesa un diccionario que
se pudiese comparar al de Johnson... Pero la imagen de Mr.
Samuel que a mí me está más próxima es la del fabuloso con­
versador de las tabernas: entrar en la taberna del León, sen­
tarse a su lado, verle y oírle beber —bebía sorbiendo, sonoro,
porque sostenía que había que «eterizar» el vino y la cer­
veza— y escuchar luego, en silencio, sus inquisiciones sobre
las elegancias latinas, los antípodas, los magos egipcios, el
hombre que voló en Birmingham, la leche de burra, el dere­
cho y voto de los zapateros remendones, el tendón de Aquiles,
el origen de los ratones y si era cierto que los demonios hem­
bras, como sostenía el deán de Bath y Wells, tenían un pe­
ríodo de gravidez aproximado a los veintiún meses. Samuel
Johnson sostenía, con Cornelio Agrippa, que los demonios
hembras eran estériles... Todos estos temas, según anotación
de Boswell, trató Jonhson, con gran copia de argumentos,
en dos días, en la taberna del León, maravillando al concurso.
Yo quisiera estar allí, en un rincón, con una botella de Bacha-
rach, para obsequiar a Mr. Samuel en uno de aquellos solem­
nes momentos en que, habiendo agotado la tesis, golpeaba
con el grueso bastón de caña de Malaca el suelo, y gritaba:
«dixit!». Esta botella sería mi contribución a los doscientos
años de su Diccionario.
Cuando bebía el licenciado Vidriera

Amistó Tomás Rodaja con elarodeV


j»Fcapitán don Diego de Valdi­
typ
ls«R
957.D
ig,13n
via, a quien conoció viajando de Málaga a Salamanca, en la
cuesta de la Zambra, camino de Antequera, y el capitán le
hizo el pregón de Italia al sopista, y es el tal pregón una de
las más deliciosas páginas cervantinas: «alabé la vida de la
soldadesca; pintéle muy al vivo la belleza de la ciudad de Ná­
poles, las holguras de Palermo, la abundancia de Milán, los
festines de la Lombardía, las espléndidas comidas de las hos­
terías: dibujéle dulce y puntualmente el “aconcha patrón”,
“pasa acá, manigoldo”, “venga la mozzarella, li polastri e li
macarroni”; puse las alabanzas en el cielo de la vida libre del
soldado y de la libertad de Italia»; y, soldado arcabuceado en
la más alta ocasión que vieron ni verán los siglos, añade don
Miguel, desengañado —desengañado de sus propios sueños
mozos y de decir «Italia, mi ventura» — , aquello de: «no le
dije nada del frío de las centinelas, del peligro de los asaltos,
del espanto de las batallas, del hambre de los cercos, de la
ruina de las minas, con otras cosas deste jaez, que algunos
las toman y tienen por añadiduras del peso de la soldadesca,
y son la carga principal della». Pero Tomás Rodaja se dejó
convencer, no más que por ver Italia, y se vistió de papagayo,
renunciando a los hábitos de estudiante, y en Cartagena em­
barcó para Génova, y los muchos libros que tenía los redujo
a dos, que en las dos faldriqueras metió: unas Horas de Nues­
tra Señora, y un Garcilaso sin comento. (Debe de querer decir
Cervantes sin comento del Brócense, quien osó corregir al ca­
ballero poeta, asegurando que el cisne no cantaba, y mucho
menos dulcemente cuando iba a morir. ¡Claro que canta el
cisne, y en toda parte, y más y mejor en el jardín de los versos
de Garcilaso de la Vega!) Sigo a don Miguel en que tras dos
grandes tormentas, una que sería de tramontana y los metió
contra Córcega, y otra que sería de levante, y los metió en
Tolón de Francia, «trasnochados, mojados y con ojeras, llega­
ron a la hermosa y bellísima ciudad de Génova». Llegó la
infantería española, desembarcó, visitó una iglesia y pasó a
alojarse en una hostería, «donde pusieron en olvido todas las
borrascas pasadas, con el presente gaudeamus». Entrarían con
acompañamiento de pífano y a tambor cantando aquello de
Nune est bibendum. Y era la hora de beber.
El huésped se puso a decir en voz alta los vinos, y Cervan­
tes los reseña, y adjetiva los más. Estaba allí la «suavidad»
del Trebbiano di Abruzzo, que es un blanco seco; el «valor» del
Montefiascone Est, Est, Est, otro blanco delicado;* la ninerca
del Asprinio, «los dos griegos Candia y Soma, la grande­
za del de las Cinco Villas» —es decir, Cinque Terre, un blanco
dulce, que se pone en dieciocho grados, el vino del señor An­
drea Doria cuando andaba en la mar—; «la apacibilidad del
Gragnano, la rusticidad del Chianti, sin que entre todos estos
señores osase aparecer la bajeza del romanesco». Este es el
Sangiovese di Romagna, un tinto seco, el vino que los austría­
cos bebían en el camino de Milán cuando comían en las po­
sadas risotto alia certosina, que también era del gusto del se­
ñor Stendhal, es decir, de Arrigo Bey le, milanese: sopa de
arroz con cangrejos, setas y guisantes. Y terminando el hués­
ped la cantata de los italianos vinos, se puso a decir los de
las Españas que estaban prestos, comenzando por Madrigal,
Coca, Alaejos, y los toledanos. Ofreció a Esquivias, y se
obligó a hacer comparecer allí «sin usar de tropelia, ni como
pintados en mapa, sino real y verdaderamente, a Alanís, a
Cazalla, Guadalcanal y la Membrilla, sin que se olvidase», y
a este punto quería llegar yo, «de Ribadavia y de Des-
cargamaría». Y el capitán Valdivia y el sopista Rodaja be­
bieron.

* El obispo Juan de Foucris iba ad limina, y mandaba por delante un fiel


escudero, quien con tiza iba señalando en las puertas de las posadas donde
había buen vino. «¡Est!», escribía: es decir, «aquí está». Pero en Montefias­
cone le entusiasmó el blanco aquel gracioso y fino, y en cien puertas triplicó
la señal: «¡Est, est, est!». Llegó el obispo y se puso a comprobar el entu­
siasmo del escudero, y cuando terminaba y daba fe, hubo que enterrarlo en
Montefiascone. En su tumba se lee:
«Est Est Est.
Prepter nimium Est
Hic Johannes de Foucris
Dominus meus mortuus est».
Es decir: «Aquí está, aquí está, aquí está. A causa del excesivo “aquí
está” Juan de Foucris, mi señor, muerto aquí está». Y desde entonces al
blanco de Montefiascone se le conoce por Est Est Est.
Pues he recibido estos días de amigas manos, un blanco
ribeiro, un Ribadavia ilustre, que me alegró los Santos Reyes,
traigo a cuento los días en que se bebía vino de Ribadavia
en Génova —atestigua Cervantes—, y este caldo no desdecía
de la noble y varia compañía de los señores vinos de Italia.
Y todo se me vuelve a preguntar de aquellos ribeiros qué se
hizo, de tanta galanura e invención como trajeron. A la men­
te, digo, y al corazón del bebedor. ‘Este que bebí no desdice,
antes pide plaza en el coro, en la ordenanza de barítonos. Pero
éste es un hallazgo y un regalo, y si hubiese —como tengo
pedido—, una Real Compañía de los Vinos de Ribeiro, pasa­
ría lista entre caporales. Pretendí una vez, hace cuatro o cinco
años, que a un ribeiro blanco bien puesto se le nombrase sir
Thomas Percy, én memoria de aquel capitán inglés que tomó
Ribadavia a los judíos y al bastardo de Trastamara, por la
legítima corona del duque de Lancaster, nuestro señor, aban­
derado. Este blanco de mi solaz pedía ir así de titulado. Pero
de lo que me quejo es de que los más de los ribeiros que
andan por las mesas del país nuestro, no tienen esta grave
andadura, este calor, este humano y juvenil perfume, esta cor­
dial sociedad; a los otros, en vez de darles nombre de capitán
de arqueros a caballo, por lo que tienen de turbia compañía,
agria complexión y airado cuerpo, podían darles en Ribadavia
el título de aquella doña Elvira de Zúñiga, «la endiablada se­
ñora», cuya soberbia era vinagre natural... El sopista Rodaja,
que aún no era entonces licenciado Vidriera, me envidiara,
en Génova navegante, los atardeceres de que gozo este enero,
de coloradas nubes estofados, y la copa llena.
Con Bemal Díaz en septiembre

Me he puesto, por los caloresyj»,F, de estas tardes septembri­


D gl«R
r95.aoV
b
tim
esp
18d
nas, a hacer nueva y cómoda lectura de la Historia verdadera
de la conquista de la Nueva España, de Bemal Díaz del Cas­
tillo, y en el capítulo ccv me pongo a buscar los gallegos que
iban con el marqués don Hernán Cortés, y no encuentro
más que tres, el uno apellidado San Juan de Uchila, que murió
de su muerte, y los otros dos, un tal de Ribadeo, buen solda­
do, que murió en poder de indios, y un tal Gelleguillo, así
llamado porque era chico de cuerpo, y también murió de in­
dios. Dos veces, querido Dionisio Gamallo, viene nombrado
Ribadeo en ese capítulo famoso —uno de los más hermosos
catálogos que hayan sido escritos nunca—, y una por el tal
Ribadeo, soldado, y la otra porque dice que con Cortés pasó
un tal Villandrando, que se decía pariente del conde Ribadeo.
Es decir, de aquel don Rodrigo airado de la Guerra de los
Cien Años... Y no hallando más gallegos de quien contar, y
tras pararme a leer de los caballeros que allá pasaron y sus
capas, reflexiono, con el capítulo xxxvi a la vista, en cómo
se bautizaba en las descubiertas, vistas y entradas la tierra
nueva, que parece a quien lea a los que andan en eso del Co­
lón gallego y tratan de los nombres pontevedreses que se dio
a los lugares de Indias por el Almirante primeramente halla­
dos, que iba éste, onomástico, en la proa, gritando santos y
señas, y de esta figura sacan mucha prueba. La verdad es que
una lectura atenta de los libros que tratan de descubrimientos
y conquistas en Indias enseña que bautizó todo el que pudo
y tuvo ocasión, y pudiera ser que los nombres pontevedreses
hijos fueran de la memoria de marineros de aquella ría que
iban en las carabelas: de la memoria y de la nostalgia. Y el
tal capítulo XXXVI, a su final, cuenta que los marineros y
soldados que ya sabían aquella derrota, iban diciéndole a Cor­
tés: «Señor, allí queda la Rambla, el paraje de Tonala, las
sierras de San Min, el río de Alvarado, el río de Banderas,
la isla Blanca, la isla Verde, la isla de los Sacrificios», etc.
Y fue cuando don Alonso Hernández Portocarrero le dijo a
Cortés:
—Parésceme, señor, que os han venido diciendo estos ca­
balleros, que han venido otras dos veces a estas tierras:

«Cata Francia, Montesinos,


cata París, la ciudad,
cata las aguas del Duero
do van a dar en la mar».

Yo digo que mire las tierras ricas, y sabeos bien gobernar


luego.
—Dénos Dios ventura en armas, como al paladín Roldán
—contestó Cortés—, que en lo demás, teniendo a vuesa mer­
ced y a otros caballeros por señores, bien me sabré entender.
Ya dije en estas mismas páginas que, navegaciones aparte,
bien poco simpático me es don Cristóbal Colón. Lo dije
cuando mencioné que un tal Matías Vello, de su nombre Ma­
tías Anido Regueira, que murió hace poco en el Brasil, y era
de este partido de Mondoñedo, había comprado en Vich, en
una librería que hay en la plaza, un folleto en catalán en el
que se probaba que Colón era de Tortosa, y que en el Brasil,
mi amigo Matías escribió un libro sobre Colón, en cuya por­
tada, me dicen, aparece dándole el autor la mano al almirante.
Y si Colón calló de donde era natural, allá él; yo le guardo
el secreto. Ahora mi amigo Acuña, un lucense más que aficio­
nado a los estudios históricos, anda en trance de probar que
don Cristóbal era hijo de don Alonso Enríquez II, obispo que
fue de Lugo, infante de la Casa de Lemos. ¡Qué ricura! No
era esto, en verdad, motivo para callar su nación. Un picaro
español del siglo x v i i dice que a nadie deshonra llamar ma­
dre a la tierra que lo parió, y así él confiesa que es de Cagajón
de Barros, en Zamora, y más cristiano que Nerón, que nació
en Roma, y que él fue destetado con melindres de miel y al­
mendra, mientras que según las historias Nerón lo fue con
palavisco, que es una raíz amarga... Por mí, ya digo, ojalá
que sea catalán o genovés, aunque si resultara de Lugo, na­
cido quizás en la calle de Batitales o en la rinconada del
Miño, tendría su gracia.
Sigo con Bemal Díaz y su capítulo ccv, leyendo de aque­
llos soldados. Y me paro con un tal Porras, «bermejo e gran
cantor»; murió en poder de indios. Llevaría por los campos
mejicanos las canciones romances, muy sonoras, y las de
amor. Y sigo con un Ortiz «gran tañedor de viola, y amos­
traba a danzar». ¡Un maestro de danza para soldados, en Mé­
xico, no má^ apearse de las naves y en los descansos de las
batallas! Aprenderían los soldados la gallarda, la suelta, la
morilla nueva y la panadera. Cuenta Chateaubriand de aquel
violinista francés que encontró enseñando pavanas y minuetos
a los indios canadienses, y con gran reverencia les daba paso:
Messieurs les sauvages s }il vousplaít... Con el Ortiz aprende­
rían a bailar Marina, la lengua de Cortés, y aquella india cu­
bana, muy hermosa, de Bayamo, que llevó consigo Alonso
Pererelmaite, y las otras indias que tomaron para sí los vale­
rosos capitanes.
La toma de Jerusalén

Ando estos días metido en lecturas


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195.l«R
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ig,28sp
arodeV y relecturas de libros
de caballerías, y la verdad es que no encuentro mucha diferen­
cia entre las maravillas que en ellos vienen y las que cotidia­
namente traen los periódicos respecto a viajes a la Luna, es­
tancias en Venus, vacaciones en Marte, etc. Y trato con gente
para mí desconocida hasta ahora, y de la que tomo gusto por
su fácil decir, su reposada valentía, su continencia amorosa
y los altos ideales. Uno de estos señores con quien acabo de
hacer trato es nada menos que el infante don Marco de Cali­
fornia, príncipe bizantino con derecho a águila bicéfala en su
yelmo; el este infante acordó un día marchar a Jerusalén a
retar a singular combate al Gran Sultán, ya que la plural ca­
ballería no lograba conquistar la Ciudad Santa. Iba bien arma­
do, porque llevaba con él, en primer lugar, la lanza Alibrante,
que mide dieciséis varas de largo, y la llevan al lugar de la
batalla, a hombros, entre ocho escuderos, y en poniéndola en
primera fila en el combate, con gritarle «¡Adial! ¡Adial!», se
va contra el enemigo, certera y dura. Trotando al lado del
caballo Misterial de don Marco va el león Cecino, célebre en
la hagiografía cristiana, porque fue aquel león que en el circo
romano reconoció en el hombre a quien tenía que devorar al
buen Androcles, que en el desierto númida, estando clavado
de espina el león en la mano diestra, se la quitó y le curó la
herida con la planta díctamo. El león besó la mano de Andro­
cles en vez de devorarlo. (La planta díctamo, variedad creten­
se, ya se sabe desde Plinio que tiene la facultad de hacer salir
del cuerpo al hierro en él clavado. Los ciervos heridos la bus­
can y la comen, y se desprenden así de las flechas con que
los alcanzaron los cazadores.) Y finalmente, en el arsenal de
don Marco camino de Jerusalén figuraba la trompeta Olibron-
terón, que estaba hecha con el mismo metal que las hebreas
que un día, sonando alrededor de las murallas de Jericó, las
derribaron. Esta trompeta, sonada ante una puerta de ciudad
amurallada, la rompía y hacía saltar en mil pedazos. No ha­
biendo pulmones humanos capaces de arrancarle su bramido
—así dice el texto, bramido— a la trompeta, don Marco lle­
vaba un gran odre formado por cuatro cueros de toro bien co­
sidos, lleno de viento norte, y puesto el piezgo del odre en
la boca de la trompeta, veinte hombres saltan a la vez sobre
el cuero, y saliendo con gran fuerza el aire encerrado hace
bramar al gigante instrumento...
Parece que de esta historia de don Marco no hay más que
primera parte, y que no fue hallada la segunda, o no se publi­
có, y así nos quedamos sin saber si aceptó el Gran Sultán el
reto —el Sultán también tenía sus armas secretas; algo que
enseña la historia militar del mundo es que, en toda guerra,
todo combatiente tiene un arma secreta—, y si entró o no don
Marco en Jerusalén, al Sepulcro del Salvador.
Pero todavía quedan unas docenas de páginas en la parte
primera por las que nos enteramos que don Marco era un ho­
nesto enamorado. Su dama era de aquí, de las Españas, y se
llamaba doña Casilda de Toledo, y era princesa de las Galia­
nas, aunque desde la venida de los moros vivía su familia en
la Isla de Parte Fortuna, en el Grande Mar. Don Marco tenía
la edad de Cristo —treinta y tres años—, y al cumplirlos fue
cuando le vino a mientes ir al rescate a Jerusalén. Y doña
Casilda tenía dieciséis. Y ya hacía siete que eran grandes ena­
morados. Y aquí viene una parte de la vida de don Marco
que me gustó mucho, y fue cómo conoció a doña Casilda,
que cumplía nueve años, y cómo doña Casilda lo conoció a
él, que cumplía veintiséis, y cómo se amaron y juraron. Don
Marco había ido con su tío don Gabriel de Oliveras a la Isla
de Parte Fortuna, a combatir la serpiente Esmeraldina. Derro­
tada la serpiente, partida en trozos y quemada, hubo en la
isla grandes fiestas y torneos. Y viniendo de uno de ellos,
estando en su cámara quitándose la armadura don Marco, la
doña Casilda, de nueve años, por «folgar de burlas», miró
por el ojo de la cerradura, y justamente en aquel momento
don Marco se sacaba el yelmo del águila bicéfala, y dejaba
ver el hermoso rostro, los verdes ojos, la barba negra, y la
larga rizada cabellera. Y doña Casilda se enamoró de sólo con
verlo por el ojo de la cerradura. Y al día siguiente, saliendo
de misa, doña Casilda, de nueve años, no lo olviden, hizo que
tropezaba y se le salía un zapatico de seda con bordados de
oro y luces de piedras ricas, justamente cuando pasaba vera
de don Marco. Este, rodilla en tierra, calzó el zapato en el
brevísimo pie de doña Casilda de Toledo, y cuando se levantó
de la cortesía aquella y vio el rostro ruboroso de la niña, se
enamoró a su vez...
Ustedes pueden decir qué menuda era la doña Casildita,
y lo que quieran. ¡Pero era tan bonita! Y andaba siempre per­
fumada de rosavuelto, que es un perfume que nadie conoce
—ni Cotarelo Mori, que lo encontró citado en Lope, supo qué
perfume era—, y el agua para lavarse que usaba era «fresca
da Francia», que es agua de lirios. Y todos sus peines eran de
oro, y los que la Veían sonreír, se olvidaban de todo, de
dónde venían y a qué iban, de tristezas y alegrías, y quedaban
pasmados, pendientes horas enteras de aquella pequeña boca
colorada.
Peregrinación del mundo

Este Peregrinación del mundo vé»F es el título del libro que


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l«E
92.D
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tm
ig,16sp
arodeV
escribió en la última mitad del siglo XVII el clérigo aragonés
Pedro Cubero Sebastián después de dar la vuelta al mundo,
saliendo de Zaragoza para Roma, pasando a Austria y Hun­
gría, subiendo a Polonia, cruzando Rusia hasta el Caspio, vi­
sitando Persia, India, Ceilán, Malaca, Filipinas y regresando
por la carretera de Manila a Acapulco y viniéndose después
con una flota del oro desde la Nueva España a Cádiz. Yo no
he leído nunca la obra completa, que parece que no hay más
edición que la primera de 1680, y lo que ha sido impreso mo­
dernamente son selecciones del curioso libro. Y ayer, en una
libreta de notas, me encuentro con unas cuantas tomadas en
la última lectura de los viajes de Cubero Sebastián que son
noticias curiosas. Comenzando por la necesidad que explica
de llevar cartas para entrar en Rusia, «porque es la cosa más
dificultosa de entrar en aquel reino, como en Japón o Etiopía,
pues no solamente es prohibido en este reino el entrar los ex­
tranjeros, sino es que el que entra, a menos que sea enviado,
no le dejan más salir, y el que sale no le dejan volver a en­
trar». Parece que fuese hoy. Cubero llevaba cartas de Juan
Sobieski, el rey de Polonia, para el Zar, que también se las
dio, en latín, para el rey de los Persas y de los Medos, «Schac
Solimán amico nostro charissimo». Saliendo de Polonia para
Rusia, en una quinta en la selva lituana, «tan espesa que fuera
del camino apenas se puede horadar», a Cubero le mostraron
la Gran Bestia, que el Gran Refrendario de Lituania criaba
un ejemplar. Era como un garañón, jiboso, grandes orejas
puntiagudas, sin rabo y bramaba como toro. Tenía las uñas
negras y divididas, y la punta de la uña del pie derecho es la
que se usa como medicina contra el mal caduco, y se paga
muy cara. En Moscú asistió Cubero al entierro de un noble,
y cuando iban a meterlo en el nicho, un monje le puso en el
pecho una carta para San Pedro, en la que le decía al Santo
portero del Paraíso que aquel fulano ya iba confesado y per­
donado. ..
Cubero es uno de los escritores españoles que dan noticia
del caviar. El primero fue Cristóbal de Villalón en su famoso
Viaje a Turquía —en el que da también, por vez primera,
noticia del yogurt. Llega Cubero a Astracán, en el Caspio, y
escribe que «allí se coge el pescado de donde sacan el cavia-
ro, que acomodado lo llevan por toda Europa y Asia, que son
huevos de este pescado que en su lengua llaman “uleste” . Es
manera de un tiburón, aunque no tan grande. Su carne blanca
y sabrosa, que es para alabar a Dios ver todos los días en
aquel muelle de Astracán tanta cantidad de pescados diferen­
tes y sabrosos». Todo Astracán está lleno de tinglados en los
que se seca pescado al sol, pero con este trato: «los aires todos
son corruptos, de donde se originan tantas moscas y moscones
y otras sabandijas, que es horror andar por la ciudad. La gente
toda está descolorida y llena de sarna, con que toda la ciudad
parece un hospital». Lo que no nos dice Cubero es si le gustó
o no el caviar. Tampoco Cristóbal de Villalón lo alaba. Es
probable que no les gustase.
Todo libro de Cubero está lleno de novedades. Finalmen­
te, dejando Persia, aprendo que «los gentiles antiguos de allí
no comen carne porque son pitagóricos»... El mundo de Pe­
dro Cubero Sebastián es un mundo vivo, coloreado y asom­
broso.
La Barcelona de Cervantes

Recientemente se ha publicado vé»,F, en la capital catalana un


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ril1964.oV
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2d
libro con el mismo título de estas notas, original de Luis G.
Manegat. El lector que guste de Barcelona, y sea además apa­
sionado cervantino, lo leerá con interés, que dos docenas de
nuevas noticias siempre vienen bien. En la página 218 del li­
bro, Manegat cuenta de aquella mañana en la que don Quijote
salió «a la llana y a pie» a ver Barcelona, y en una calle halló
una casa sobre cuya puerta «con letras muy grandes» se leía
«Aquí se imprimen libros». Don Quijote nunca había visto
hasta entonces una imprenta, y entró en aquélla a ver cómo
tan nueva y sorprendente industria fuese. Los eruditos en co­
sas barcelonesas creen haber acertado con la dicha imprenta,
y sería la famosa que en la calle del Cali tenía instalada Se­
bastián Cormellas, que en el año 1591 la había comprado a
la viuda de Humberto Gotardo. Los Cormellas imprimieron
libros allí hasta finales del XVIII, creo, y eran gente muy ama­
ble, que en la imprenta tenían un saloncillo en el cual traba­
jaban cómodamente los autores de los libros que editaban.
Hay que pensar que en esa imprenta estuvo don Miguel de
Cervantes cuando pasó por la capital de Cataluña.
Sabido es que don Quijote charló allí con uno que había
traducido del italiano un libro titulado La Bagatelle —libro
no identificado por los investigadores todavía—, y Alonso
Quijano, es decir, Cervantes, se burló un poco de los traduc­
tores, para terminar diciendo que él también sabía su toscano,
y de vez en cuando solía cantar octavas del Ariosto. ¡Cantar!
¡Qué bien dicho está! Y uno se imagina en seguida a don Qui­
jote, cabalgando en las montañas frías por el antiguo y cono­
cido campo de Montiel, cantando las claras octavas toscanas,
tan matinales como la alondra misma. Sólo por esta frase de
don Quijote el capítulo es hermoso. Don Miguel de Unamuno
lo despacha, en su Vida de don Quijote y Sancho diciendo
algo así —no tengo a mano el libro unamunesco y la memoria
va fallando—, que como el capítulo trata de libros, de letra,
y no de espíritu, no merece la pena pararse en él. Una de
tantas arbitrariedades del gran maestro.
Pero don Américo Castro sí se paró a estudiar dicho capí­
tulo, porque en verdad es muy importante para una investiga­
ción del más secreto pensamiento cervantino. Como saben,
don Quijote observa «que estaban corrigiendo un pliego de
un libro que se intitulaba Luz del alma», y en viéndole dijo:
«Estos tales libros, aunque hay muchos de su género, son los
que se deben imprimir, porque son muchos los pecadores que
se usan, y son menester infinitas luces para tantos desalum­
brados».
El estudio del profesor Castro, publicado el año 1931 en
la Revista de Filología es magistral. Todos los comentarios
del Quijote, desde Bowle en el siglo XVIII, identifican Luz
del alma con el del mismo título de fray Felipe de Meneses,
de la Orden de Predicadores. Fue un tratado de piedad célebre
en el siglo XVI: once ediciones en cuarenta años. ¿Por qué
se le ocurre a Cervantes mencionar ese libro como impreso
en 1614 en Barcelona? Nunca fue impreso en Barcelona. La
última edición, según Gallardo, es de Valencia, 1594. Luz
del alma es un libro erasmiano. ¿Erasmita Cervantes? Luz del
alma, dice Américo Castro, «representaba una manera de re­
ligiosidad en absoluto pasada de moda cuando Cervantes la
trae a cuento, y que al coincidir con la reflejada por el nove­
lista, aleja la posibilidad de un mero azar». El capítulo, como
se ve, trata algo más que de meras letras. Y es una de tantas
ventanitas a las que un curioso del pensamiento cervantino,
tan secreto como grave, puede asomarse.
La dolorida Mariana Lusitana

Cuando los profesores Deloffre


vé»F
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ls«E
y964D
ig,15m
arodeV y Rougeot probaron —
confirmando la intuición de Juan Jacobo— que las «cartas
portuguesas», las cartas de amor de Sor Mariana Alcoforado
habían sido escritas por un hombre, yo publiqué en estas mis­
mas páginas un artículo titulado «Adeus, Mariana!». Porque
me lamentaba que las cartas no fuesen de la portiguesinha,
minha, minha, minha —pequeñita, a las que se sabe, delga-
dinha, la cintura poco más que el cuello de una rula, y un
lunarcillo con pelo dorado en la mejilla derecha, si es verda­
dero el retrato publicado hace años por Merchant de Sousa.
Como saben ustedes, en Francia, en los Classiques Gamier,
ya han publicado las Lettres portugaises en el tomo «Valenti­
nas y otras obras», de monsieur de Guilleragues. Este, José
Gabriel de Lavergne, conde Guilleragues, fue Secretario Ordi­
nario de Cartas y de Cámara y Gabinete del rey Luis XIV.
Precisamente fue él quien, según propia declaración, le en­
señó el arte del abanico a Mme. de Maintenon, que entonces
hacía el aprendizaje de yegua real. Como premio a las leccio­
nes de abano, Guilleragues fue nombrado embajador en Tur­
quía, donde se hizo muy amigo del sultán, y siendo los dos
de la misma talla y peso, cambiaban de ropas, y el otomano
andaba con la casaca del franchute, y éste con el turbante del
Señor de la Sublime Puerta. El sultán le daba caviar por su
propia, en bolitas envueltas en mantequilla y espolvoreadas
con polvo de corteza de naranja, y monsieur de Guilleragues
afeitaba los jueves por la tarde al Gran Turco con su navaja
flamenca. Y discutían sobre Venecia y la belleza de los solda­
dos servios de la infantería ligera. Cosas.
Guilleragues fue amigo de Noel Bouton, marqués de Cha-
milly. Este era capitán de guardias montados en la campaña
de Portugal, de 1663 a 1666, y durante ella conoció y ena­
moró a una monja que se llamaba Sor Mariana Alcoforado.
La historia venía queriendo hacernos creer que Chamilly, lla­
mado a grandes destinos militares —llegó a mariscal de Fran­
cia—, pasó a su país y olvidó a la monja lusitana. Y la monja
le escribió cinco cartas, las cartas de amor, acaso, más bellas
de la literatura universal. Ahora mismo las acaba de traducir
estupendamente Enrique Badosa al castellano, y me las manda
recordando mi «Adeus, Mariana!» de hace unos meses. El
romanticismo especialmente había querido que esas cartas
fuesen un grito espontáneo, la locura de amor de una fémina
sensible, capaz dé bucear en los entresijos de su alma y de
obtener de ocultas cuerdas sonidos no usados para la pasión,
donde no se sabe si se vive o se muere... Deloffre, como re­
cuerda Badosa en su prólogo, ha demostrado que las cartas
son una creación hábil, concertada, que mirada de cerca
«muestra las influencias, las fuentes librescas —Ovidio en
particular (¡ay, el Ovidio de los conventos, célebre en ellos
desde Eva de Danubrio y el Concilio de Remiremont, y la
monja del Arcipreste, con sus lectuarios de diacitrón!)—,
todo el sutil lenguaje de los moralistas del xvn, la estructura
de una tragedia raciniana, y bajo un aparente desorden, una
composición muy sabia: repeticiones voluntarias, contradic­
ciones sistemáticas»... Chamilly le habría contado su aventura
portuguesa a Guilleragues y éste habría escrito las cartas.
Nos hemos quedado sin Mariana. Vuelve a la penumbra,
al claustro de Ferreira, donde florece el magnolio. Amó y ca­
lló. Pero dos franceses, acaso algo cínicos, han iluminado el
espejo donde dormía su carita redonda. Y han inventado para
ella una serena y terrible desesperación. De sus amores, Cha-
mily se consoló con la pólvora de Grave de Brabante —dieci­
séis mil muertos, y el mariscal ensayando las primeras pi­
pas—, y Guilleragues con la muelle embajada otomana. Otra
vez más, Mariana, ¡adeus!
A freira de Beja

En esta misma página se había


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ril967.oV
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15d publicado, hace más de
un año, un «envés» titulado «Adeus Mariana!». Había dado
motivo para él un libro del profesor Deloffre, de la Facultad
de Letras de Lyon, en el que parecía quedar demostrado que
las Cartas portuguesas, las famosas cartas de amor de la
monja de Beja, madre doña Mariana Alcoforado, no las había
escrito ella, sino el que aparecía como traductor al francés,
un tal Guilleragues, desde hace trescientos años. Guilleragues
había sido amigo de Noé Bouton, marqués de Chamilly,
quien acaso le había contado una aventura amorosa suya
cuando hizo armas en Portugal, en los días de a guerra da
Restauração. La tesis de Doloffre tuvo amplio eco. Y alguien
creyó, incluso, que el darle el apellido Alcoforado a la su­
puesta enamorada del Real Convento de Nuestra Señora de la
Concepción de Beja, fue una invención del abat Boissonade,
autor de la famosa «nota» que lleva su nombre... Guilleragues
eja, pues, el autor de ese largo, desesperado lamento, de esa
fiebre inacabable de amor. Y había, al fin, ganado su apuesta
Juan Jacobo Rousseau, que había dicho: «Y apuesto lo que
sea, y a quien sea, que estas cartas han sido escritas por un
hombre». (Ganancia a medias, porque lo que sí está probado
es que tanto Lavergne de Guilleragues como le Chevalier de
Chamilly eran de esos de las amitiés particuliaires.)
Pero, hay novedades en este asunto. De un viaje del ilustre
filólogo y querido amigo Isidoro Millá González-Pardo a Por­
tugal, tengo en mi mesa un regalo, un «galano» que dicen en
tierras luguesas, un libro de Antonio Belard da Fonseca titu­
lado Mariana Alcoforado. A freira de Beja e as “Lettres por-
tugaises”. El erudito autor nos da en él un amplio estudio de
la Beja del xvn, del convento de la Concepción, de la familia
Alcoforado de Beja, de la madre Mariana, del conde de St.
Léger, y de la posibilidad de los amores de la monja con el
caballero de Chamilly. Y en una segunda parte, capítulos so­
bre la aparición de las Lettres, el problema de la ordenación
de las cartas, la cuestión de si traducidas del portugués o es­
critas en francés, sobre su atribución al citado Guilleragues,
sobre la «nota Boissonade» y la edición Barbin —cuyo texto
cierra el libro—, con una versión portuguesa de la carta. Para
Antonio Belard da Fonseca no cabe duda: la madre Mariana,
enamorada, escribió las famosas cartas, esas que, dijo el
conde de Sabugosa, «são apenas un lamento de alma ator­
mentada que se vai repetindo, como un echo doloroso, pelas
quebradas de tempo»...
Belard da Fonseca nos invita a respetar «a sudor e a sua
revolta, traduzidas nas cartas mais apaixonadas que jamis al­
guém escreveu». La llevaron al convento a los once años —
«¡lo que más sentía yo era la cinta del pelo!»— y la obligaron
a profesar a los dieciséis. Murió a los ochenta y tres años,
después de setenta y dos de reclusión... Una ventana había
para que se posase en ella como paloma o le llegase el aire
suave del alba como a maceta con un único lirio, a janela de
Mértola. La sombra del llanto se quedó allí.
Un poeta vagabundo

Goé d ’Nogoé fue un gran poeta vé»F en Zambia, hace muchos


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arodeV
años. Fue un poeta vagabundo, y no se sabe exactamente en
qué siglo vivió. Hay quien afirma que en el xvn y otros que
en el XVIII. Blaise Cendrars suponía que a principios del XIX.
Igual da. No se sabe nada de su muerte, aunque hay quien
asegure que fue hecho prisionero por gente de la trata y ven­
dido como esclavo en el Brasil. Pero sus cantos han quedado
en los gruesos labios de las gentes de su país, cantos de gue­
rra, canciones de sementera y de cosecha, cantos de caza,
canciones de amor. Goé hizo una vez una canción dedicada
a una muchacha muy hermosa y muy tímida, que se escondía
cuando llegaba su pretendiente con cuatro pieles de leopardo
de regalo. Y por influencia de la poesía de Goé, lo que sola­
mente pasaba en su canción, aconteció en la realidad, y du­
rante muchos años fue cortesía entre zambezes que la novia
se escondiese, y hubiera que organizar grandes búsquedas
para hallarla y llevarla al lugar de la boda. A uno le gustaría
escribir una historia de una novia que se escondió tanto que
nadie la pudo encontrar, y ella en su rincón, temblando de
amor, esperando, esperando, semanas, meses, años, lustros,
hasta que llegó a posarse en sus ojos la mariposa de la muerte.
Goé compara la sonrisa de las mujeres al movimiento del
agua en los lagos. También hacía la misma comparación Leo­
nardo da Vinci con el agua de los ríos, bajo los puentes. Pero
donde Goé es tan exquisito como un chino es en la alabanza
de la cabeza pelada al cero de las mujeres. Tiene inusitados
adjetivos para decir la suavidad de la piel, y explica cómo los
dedos, en la caricia, reconocen bajo aquélla, la forma perfecta
de los huesos, y sienten correr el «agua de pensar» que, según
los zambezes creen, llena la cabeza humana. Para Goé, las
mujeres con cabello son cosa bárbara, salvajes que ignoran
uno de los mayores secretos de la belleza femenina. Cuenta
en uno de los poemas publicados por Cendrars que una vez
paseaba junto a un lago, escuchando un ave vespertina, y veía
entre la hierba, brillando con la luz del atardecer, la cabeza
de una muchacha que se estaba bañando, y Goé creyó que
surgía del lago un sol pequeño, hijo del gran sol que se ponía.
Un sol pequeñito, lleno de música.
En un periódico francés he leído que unos versos de Goé
van a ser la letra del himno nacional zambeze. Dicen así:

«Viajo toda la mañana y toda la tarde.


Los ríos me permiten pasar.
Viajo toda la noche.
La selva me permite pasar.
No tenemos miedo a los caminos.
Los largos senderos son nuestros amigos.
Con nuestros tambores grandes saludamos,
saludamos a los caminos abiertos».

No deja de ser un bello canto para un joven país. Hay


canciones que obligan a un hombre a ser un hombre libre.
Muy tristes tuvieron que ser los años de esclavitud de Goé en
el Brasil, lejos de las aldeas en las que su llegada era saludada
con lluvia de plumas de gallina, lejos de sus secretas amantes
cuya cabecita pelada acariciaba con las puntas de los dedos,
siguiendo el curso de los más secretos pensamientos de amor
de la hermosa.
Los paisajes de la tragedia
De los besos portugueses
y otras menudencias protocolarias

Llevo varios días dándole vueltas


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10d a la grave renuncia por
Su Graciosa Majestad la Reina Isabel II de Inglaterra —yo no
puedo escribir «del Reino Unido e Irlanda del Norte», por fi­
delidad a la nación de San David y el arpa, por mor de los
antiguos celtas, el Breogán del himno y tantas otras sonoras
lealtades—; de la grave renuncia, digo, que la reina Isabel
hace, o le obligaron a hacer, al doctorado in utriusque iuris
en Coimbra; pendió todo en que la regina doctoranda había
de ser besada en ambas mejillas por los claustrales y agremia­
dos presentes, ósculo de paz simplemente. ¿Es que sospechan
en Londres que todo beso en Portugal de los leales amadores
es de amor, siquiera muchos lo sean, como si vinieran de
Alonso Quijano, de platónicos continentes? A Portugal vino
una vez a reinar una inglesa, Catalina de Lancaster, que prohi­
bió en el jardín lusitano el amor, y sus sobresaltos y entresue-
ños; eran días en que en lengua francesa, por gracia de la
matiére de Bretagne y su escuela de acordadas cortesías, se
usaban gentiles lemas. Uno de los hijos de la inglesa usó Joie
pour peine, que aun dicho en francés tiene todo el secreto de
la saudade de Portugal: «alegría por la pena». Era anticiparse
a Calixto cuando le dice a Melibea lo que es amor en ese
juego de contrastes tan neoplatónico: «es un dulce veneno,
una suave llama, una sabrosa herida». No hay mayor alegría
que el dolor: literalmente, dolor de amor. Pues bien, la reina
Catalina usaba en sus cintas: Pour bien: sea para bien. Un
día la inglesa encontró en los jardines de Cintra al rey, su
marido, el mestre de Aviz, besando a una dama; sonrojóse
don Juan de Portugal y musitó, disculpándose, el lema: Pour
bien: era por bem. Pero Catalina cruzó el jardín sin dirigir ni
una mirada al marido, ni a la dama, que huía por entre los
recortados bojes. Aquel día los últimos trovadores de Portu­
gal, los últimos mirlos con viola y dolorido corazón que hubo
en el mundo, debieron comprender que las leys d ’amor habían
dejado de regir la monarquía lusitana: Catalina ayunó un mes,
al rey lo hizo ayunar dos, y la dama besada por bien fue a
un convento, con el pelo cortado. Diría el verso de la rueda
infantil, llorando:

«Lo que más sentía yo,


lo que más sentía yo,
era la cinta del pelo».

Pero los tiempos traen mudanzas. En una historia de In­


glaterra encuentro este grabado que ustedes ven,* en el que
nada más ni nada menos que Su Graciosa Majestad la reina
Amelia Carolina de Inglaterra, nacida princesa de Brunswick-
Wolfenbüttel, esposa del rey Jorge III, besa a aquel esplén­
dido húsar, Bergami, del que se enamoró en unas vacaciones
continentales. El húsar medía los dos metros cabales, y era
de noble estirpe ecuestre de la Lombardía, y no podía besar
a Queen Carolina más que haciendo ese gran esfuerzo que
ustedes adivinan: ella medía la vara y media legal de los pa­
ñeros de la City, y era regordeta y tiraba a chata respingadilla:
ésta es gracia de todas la princesas de Brunswick, y de cual­
quiera de las ramas de esta prolífica familia. Se empinó en
cojín, y besó al húsar perilludo, que se cierra por la mitad
como navaja de Albacete o de Milán, para alcanzar los reales
labios. Los niños cantaban en Italia:

Gattino, gattino, dove sei stato?


A Londra sono stato per baciare la bella regina.
Gattino, gattino, e lá che facesti?
Spaventai gli topolini sotto la scala.

Bergami andaba en dibujos como un gigantesco felino,


con sus tiesos bigotes. Pero la reina besaría —Kiss en inglés
o Küssen en alemán— sonoramente, haciendo honor al verbo,
que en ambas lenguas es imitativo. Pero Bergami no: besaría
a la milanesa manera, silencioso y lento, con entremedios de
suspiros y mediasnoches de rubores. Y Carolina aprendería
algo, a fuerza, digo yo, de repetir curso.

* En Faro de Vigo, el texto aparece ilustrado con el grabado al que el


autor hace referencia. (N. del E.)
La letra mata y el espíritu vivifica; el caparazón de las
normas protocolarias es, esencialmente, lo contrario de la
seda de las leyes de la cortesía. No son éstas artículo de có­
digo, exigencia imperiosa, sino más bien gracia, perfume y
suavidad del humano trato. Un protocolo debe conceder a la
ocasión de la gentileza, como el jardín lo concede a la rosa,
su hora y su lugar. Y era hora y lugar tan hermoso como la
mañana y el búcaro de la rosa, Coimbra con limones en los
limoneros, y un río que lleva tanta agua como memorias de
amores antiguos —¡oh Inés nuestra, «cuello de garza»! — ,
para que una reina gentil y moza fuese besada en ambas me­
jillas por labios gastados en declinar las Pandectas, la glossa
boloñesa y el Código Civil, donde hay por lo menos un artí­
culo que trata de servidumbre de luces, y que era el tal para
tan alta ocasión.
Los crímenes de Carcasona

Funck-Bretantano había dedicado


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ayo192.rV
em
6d un hermoso libro, Le
Drame des Poisons, a los envenenamientos de la marquesa
de Brinvilliers y a las horribles magias de la Voisin, bajo el
reinado de Luis XIV de Francia. Ambas fueron quemadas, y
el magistrado, monsieur de la Reynie, un tipo serio y que no
se casaba con nadie, quería quemar incluso a la Montespan,
acusada de una misa negra para no perder el amor del rey.
De su puño y letra, Luis mandó archivar la parte del proceso
que se refería a la Montespan y en que se hablaba de él. Con
asco, dice Funck-Bretano, y no se puede dudar. A Funck-Bre-
tano le seduce el tema, y ha escrito también sobre los críme­
nes de Carcasona alrededor de 1650. La cosa comenzó con
un sastre que mató a una condesa metiéndole una aguja en la
nuca, cuando la dama estaba arrodillada rezando en la capilla
de San Miguel. Murió la señora sin decir ni ay, y el sastre
se acercó y le levantó las faldas por mirarle las pantorrillas.
La condesa tenía las piernas torcidas, lo que disgustó al sas­
tre. La justicia lo prendió y el sastre confesó que había dado
muerte a varias mujeres, apuntillándolas. Fue ahorcado y des­
cuartizado, y pidió como última voluntad una partida de nai­
pes, sopa de ave y vino dulce, y hablar al pueblo. Abrió los
brazos, y dijo:
— ¡Culpable, pero tranquilo!
Este fue su sermón. La familia de la condesa asesinada
pidió la mano derecha del sastre para quemarla. Se la dieron,
previo pago de una moneda simbólica, porque los cuerpos de
los penados, en Carcasona, son del baile, quien si quiere
puede llevar el difunto a enterrar en sus viñas, si las tiene,
cosa que ya ha acontecido.
Pasó lo del sastre, y cuatro o cinco meses después comen­
zaron a aparecer mujeres muertas, con el agujero en la nuca.
Falló el criminal con una tejedora, y se dejó prender. Era un
pastelero, afeminado y perfumado a quien ya habían llamado
la atención por vestir de seda en la tienda, cosa que repugnaba
a los otros pasteleros de Carcasona. Confesó que mataba mu­
jeres por cortarles algo de pelo y por robarles prendas interio­
res. Fue descuartizado en vivo, con cuatro caballos, y quema­
do. Previamente, en vivo también, habían sumergido su mano
derecha en plomo derretido. Como última voluntad quiso que
le pusieran las mejores ropas, y que viniese un peluquero flo­
rentino que tenía fama en Carcasona. El baile dijo que no, lo
metió en un mandilón de arpillera y lo puso al rape. Y finis
con el pastelero, que se apellidaba Callot, como el gran gra­
bador.
Y a los tres meses comenzó una nueva serie de mujeres
muertas. También fue preso el asesino, cuando llevaba once,
y ya había emigración femenina y pánico en la ciudad. Esta
vez era un capitán de la caballería de Tolosa, Aymar de Gué-
ron. Un mozo de treinta años, muy rubio, alto, fuerte, peleón,
tenorio, poeta, músico. La técnica era la misma: la puntilla.
Fue decapitado y después descuartizado y quemado. También
quiso hablar al pueblo. En Carcasona salían oradores los ase­
sinos. Dijo que no le gustaba matar mujeres, pero lo hacía
por salvar su alma, y que no pecasen más, y que era de una
orden que quería purificar el mundo. Pidió permiso para can­
tar, pero el lugarteniente real pisoteó el laúd que traía una
moza que fuera amiga de Aymar, y dio bastante prisa, que
tenía una boda. Por cierto que cuando desnudaron a Aymar
para descuartizarlo, resultó que tenía un pie de plata.
En el siglo xvm, a finales, hubo una logia en Carcasona
que se llamó Aymar Argenteo, en memoria del capitán, a
quien se creía heredero de grandes secretos que venían de los
templarios.
Estos fueron los crímenes famosos de Carcasona. Un ma­
gistrado, Trenon de Guirs, sospechó que algunos maridos
aprovecharon la ocasión para deshacerse de sus mujeres,
echándole la culpa al pastelero o al capitán de Guéron.
El viaje de Madame de Boule

Era tía de Chateaubriand y se vé»DF llamaba Carolina de Boule


n
l1963.s«E
ig,27ju
arodeV
Kervacoec. Tenía el brazo derecho un poco más corto que el
izquierdo. Siguió a su padre a la «emigreríe», es decir, al
ejército de los príncipes en los días de la Revolución de Fran­
cia. Conoció al señor Goethe en la víspera de la batalla de
Valmy, y aunque ella más tarde contó que las relaciones entre
ella y el señor consejero del duque de Weimar habían alcan­
zado cierta intimidad, la verdad es que en su libro La Cam­
paña de Francia el autor de Fausto ni la menciona. Era muy
bonita y presumía de hombros y de cintura, y cuando recitaba
«La Joven Cautiva» de André Chenier los oyentes lloraban.
Comenzando por el futuro rey Luis Felipe, cuyas jaquecas cu­
raba frotándole detrás de las orejas con las yemas de los dedos
mojadas en kirsch. Se casó en el destierro con un primo suyo,
Francisco de Boule l’Houlequenc, que era coronel de artille­
ría, le llevaba treinta años y había quedado sordo probando
un cañón de su invención en Metz. En los días napoleónicos
el coronel se murió y Madame de Boule pasó a Inglaterra,
donde se colocó como cocinera en el White Swan Hote!, de
Stradford-on-Avon, la ciudad natal de Shakespeare. Lo ha
contado todo esto muy bien, con detalle y humor, monsieur
Lenotre, en uno de los tomos de La petite histoire.
En El Cisne Blanco, Madame de Boule se hacía llamar
Lina Kerva y pasaba por hija secreta del pretendiente Luis
XVIII. Vestía siempre de negro y al entrar en la cocina se
quitaba el collar de perlas, y las plumas de avestruz que lle­
vaba en la cabeza. Un negrito que había comprado el dueño
de El Cisne Blanco la seguía, y en una cajita de plata recogía
el collar y en un búcaro lleno de agua de alcanfor las plumas
de avestruz. Hacía una reverencia y se retiraba en silencio.
Lina Kerva se acercaba a los fogones a elaborar sus famosos
patés y poner el pato del Avon en salsa de almendra... Los
más ilustres nombres de Inglaterra probaron ese famoso pato.
Finalmente, Lina Kerva fue solicitada para las cocinas de Su
Gracia Edward Graham, arzobispo de York. El arzobispo aca­
baba de enviudar de una mujer mística y ascética, que lo tenía
en ayuno cotidiano y perpetua abstinencia de carne, y el mé­
dico, para curarle una melancolía blanda, le había recetado
cocina francesa. Su Gracia engordó veintidós libras en ocho
meses, aprendió a tocar el clarinete, se puso dientes de oro
con el famoso genovés Larucci y escribió un Memorial razó-
nado de pediluvios, que como se sabe por Lytton Strachey
todavía era seguido por el protomedicato de la corte de San
Jaime en los días de la reina Victoria. En York le salió un
pretendiente a Madame de Boule: un caballero de buena fami­
lia, emparentado con los duques de Norfolk, clérigo lector de
viernes en el Cabildo. (Los viernes, allá, se leía en griego.)
Madame Carolina le hizo saber que si había hijos del matri­
monio que no tendrían derecho a la Corona de Francia, a lo
que Mr. Howard contestó que le importaba un pito y que él
lo que quería era a la amable y regordeta Carolina. La ilustre
dama bretona fue a la boda con sus plumas de avestruz en el
pelo, lo que causó sensación, que como es sabido las lleva
en su yelmo el príncipe de Gales desde que el Negro se las
arrancó en Grécy al ciego Juan de Bohemia, y nadie las usa
en la Corte, por no ofender.
Unos amigos míos, Femando Fontana y Chelo Hervada,
desde Inglaterra me mandan una postal. En ella aparece el
White Swan Hotel. ¿Harán todavía el pato con salsa de al­
mendras de los días de Madame de Boule?
Balzac en Saché

Ya les decía ayer que en la fiesta


vé»,F,
n
l«E
iD
eagost963.rV
21d del albariño, en Camba­
dos tuvimos con nosotros formando parte del jurado de cata
postrera a un chevalier tastevin de Borgoña, de la noble con-
frérie del Clos Vougeot. M. Jacques Métadier, que es her­
mano de M. Paul Métadier, conservador del castillo de Saché,
en la Turena, donde hay un verdadero museo Balzac. La ha­
bitación donde Balzac dormía y escribía está tal cual, y sobre
la mesa hay dos grandes folios llenos de los sinuosos renglo­
nes de la exuberante caligrafía balzaciana. En Saché se había
refugiado el joven Honorato huyendo de sus acreedores, des­
pués de una quiebra como impresor y de un extraño negocio
de caballos. Eran los días de los amores con Laure de Berny,
el único amor de juventud de Balzac, y modelo de la emocio­
nante Mme. de Mortsauf de El lirio del valle, la novela escrita
precisamente por Balzac en Saché, donde también escribió
Louis Lambert y Seraphita. Ustedes saben que Balzac pasó
varios años de su vida huido por deudas, y en una ocasión
llegó a disfrazarse de mujer y presentándose como una pobre
viuda alquiló un cuarto, en el que se pasaba las horas escri­
biendo. El dolor por la muerte de su marido, le impedía a
aquella pálida y ojerosa viuda conversar con los vecinos...
El Cháteau de Saché pertenecía a los Margonne, una fami­
lia de la antigua turanesa fidalguia, en la que había habido
unas cuantas bellas mujeres espléndidamente apasionadas.
Una de ellas raptó a un barbilampiño en Amboise y lo tenía
encerrado, y lo peinaba y rizaba y perfumaba, cebándolo con
hígado de buey y marrón glacé y medias noches de ala de
oca a la menta, que es afrodisíaca. Otra Margonne fue cam­
peona de tiro fusil... Balzac dejó el château turanés y regresó
a París. Murió Laure de Berny y el novelista se enamoró de
la marquesa de Castries, y fue amante de la duquesa de
Abrantes. Finalmente, apareció la Extranjera, Avelina Hans-
ka. Bueno, antes hubo un viaje a Italia con una muchachita
vestida de hombre —influencia de Jorge Sand, claro—, y
otros pequeños devaneos. El amor con la ucraniana fue pri­
mero epistolar. Balzac fue a visitar a los Hansky a Rusia, y
cuando Evelina enviudó, se casó con ella. Ya Balzac estaba
enfermo. Poco duró. Casi puede decirse que pasó de las bodas
a Pére Lachaise, el gran cementerio de París.
Saché es menos que un château, aunque lo llamen tal. Es
una casona a la vez hidalga y campesina. Aquí le llamaríamos
el pazo de Saché. En la pequeña habitación de la gran cama
con baldaquino y la cuadrada mesa junto a la ventana, co­
menzó a nacer esa enorme y fabulosa familia de los personajes
balzacianos, con los cuales se podría hacer una de las más
extraordinarias ciudades del universo mundo. Balzac llevaba
una familia fantástica y maravillosamente diversa dentro de
aquella gran cabeza redonda. La presencia en Cambados de un
Métadier me ha hecho recordar a Balzac y a Saché. Frondosos
árboles ponían sus ramas en las ventanas de la habitación
donde soñaba Honorato. La alondra y Balzac se saludaban to­
das las mañanas. El novelista utilizaba durante un momento
la pluma como mondadientes y después, sin una vacilación,
llenaba a gran velocidad los blancos folios, en los que a ve­
ces, en un punto y aparte, escupía.
La seducción de Samarcanda

En un periódico francés leí esta


vé»F noche el anuncio de una
n
l«E
193.D
b
tm
ig,6sp
arodeV
organización de viajes que ofrece, en buenas condiciones eco­
nómicas, una excursión turística al Asia Central, con dos días
en Samarcanda. ¡Cuánto he soñado yo con Samarcanda y los
caravaneros entrando en la plaza del Registán, diciendo en
voz alta el jefe de la caravana su nombre y nación! De un
príncipe bagdadí había leído yo la historia, que lo era de una
larga huida, y al final terminaba, oculto para todos, de vendedor
de agua en la gran plaza de Samarcanda, solamente conocido
de un can afgano que había sido suyo y ahora era ladrador
compañero de un caravanero de la carrera de la seda. Decir
Samarcanda era para mí, en los días de ciertas vagas lectu­
ras de mocedad, ponerme a soñar. La palabra se ordenaba
en doradas cúpulas en el aire, sobresaliendo sobre murallas
rojizas y almenas blancas, la ciudad perdida en una llanura
siempre vestida de verde. Yo acompañaba al príncipe de Bag­
dad, con mi asno portador de cuatro ánforas, que habían sido
llenadas al alba en el pozo de la Gacela Coja, en el de los
Correos, en el de los Músicos, en el de las Palomas, en el
de Bibí Janum... ¡Bibí Janum! Cuando la trajeron de China
para mostrársela a Tamerlán, la llevaron a la tienda del Gran
Tamburabeque metida en una maceta de barro azul de Persia,
como si fuese una planta. Era menudita, y los poetas decían
que en las noches, donde ella estaba, no hacía falta encender
ninguna lámpara, que bastaba que Bibí sonriese. Nunca ha­
bían sido vistas mariposas en Samarcanda hasta que llegó
ella, y los mogoles creían que la dulce esposa china de su
emperador era de la familia de las inquietas y coloreadas vol-
voretas.
¡Bibí Janum! Bibí se lo llamó su esposo familiarmente,
en vez de su nombre chino. Una vez iba Tamerlán en una de
sus largas guerras, y había mandado pliegos sellados diciendo
que tardaría un año en volver. Bibí decidió, en la ausencia
de su marido y señor, construir una gran mezquita, con una
enorme cúpula color turquesa, celebrando con el precioso edi­
ficio la gloria del Cabalgador de la Negra Trenza. Un arqui­
tecto persa dirigía las obras. Bibí, para que los trabajos ade­
lantasen, acudía todos los días a ellas, y llevaba personal­
mente la cuenta de los azulejos y de las tejas pintadas. Pero
el maestro persa, Guka Saniz, se enamoró de Bibí, y retrasaba
la obra, por tener a la suave china más tiempo a su lado. Un
día, Guka le dijo a Bibí que si no accedía a su amor, que no
habría mezquita para el regreso del Gran Tamburabeque...
Bibí lloró, pero por ver recortarse bajo el vuelo de las cigüe­
ñas de marzo la bellísima cúpula turquesa, el secreto de cuya
geometría guardaba celosamente el persa, se dejó besar por
Guka en una mejilla. Y aquí viene lo bueno: cuando los labios
de Guka ya tocaban la mejilla de Bibí, ésta se arrepintió y
puso su mano entre su rostro y la boca de Guka; los labios de
éste se acercaban tan llenos de pasión y deseo, que la mano
de Bibí sufrió una terrible quemadura, que todavía no había
curado cuando, meses después, llegó Tamerlán y se sorpren­
dió de la bellísima mezquita. Tamerlán se enteró del asunto
y mandó que tiraran al enamorado alarife desde lo alto del
minarete, pero Guka, que sería algo mago, regresó volando
a su país...
Beber agua de los pozos de las caravanas de antaño, per­
manecer una hora en la penumbra de la mezquita de Bibí,
poner el oído sobre la tumba de Tamerlán para escuchar el
eco del galope de su caballo, vagar por el bazar oyendo los
pregones de los mercaderes y a los narradores de cuentos las
historias inacabables de Gustam y las siete hermosas vela­
das... Desde que leí la investigación realizada en el sepulcro
de Tamerlán, sin embargo, la seducción de Samarcanda per­
dió algunos puntos en mi corazón. Los arqueólogos soviéticos
que abrieron la tumba se encontraron con la momia de un tipo
pequeño, cojo, y que al morir tenía el brazo derecho atrofia­
do. Tamerlán, pues, no era aquel casi gigante que cabalgaba
con la cabeza apoyada en el sol y la punta de cuya lanza hería
el grave vientre de las lentas nubes del otoño, logrando así
lluvia para los pastos de septiembre.
Cuando en Zanzíbar suena la flauta

Creo que fue en Frobenius donde


vé»F
n
ls«E
963.D
b
ig,14cm
arodeV leí por vez primera ese
refrán que asegura que «cuando en Zanzíbar toca la flauta,
toda Africa baila». Acaso porque la isla era fértil en cancio­
nes, que salían volando como pájaros para las cuatro esquinas
del Continente. Los malinke de Zanzíbar tenían, además,
fama de magos, y tuvo allí extraordinarias proporciones el
mito de la longevidad. Ya se sabe que hay dos maneras de
gigantismo, la corporal, cara a la fabulante memoria de los
antiguos, desde China a las gentes mayas, y la temporal. La
edad de Matusalén y de los patriarcas del Pentateuco se ex­
plica así como un gigantismo en el tiempo, equivalente al gi­
gantismo en el espacio del monóculo Polifemo, por ejemplo,
o de los iracundos titanes. Un malinke de Zanzíbar vivió
ochocientos ochenta y ocho años, y al cumplir éstos decidió
que ya había visto todo lo que había que ver, oído todo lo que
había que oír, dicho todo lo que tenía que decir y que había
llegado su hora; se metió venticuatro dátiles en la boca, y pasó
al Paraíso, donde le fue concedido montar en la famosa yegua
de Mahoma, que estaba allí, suelta, en un prado. Otro ma­
linke decidió correr mundo, y dejando la isla bajo el gobierno
de un nieto suyo, se embarcó un mayo hacia el este, las velas
de su nave preñadas con aquellos vientos amigos de Sinbad,
el zamor y el alkarí, y el magubho, que huele a canela, y que
los pilotos arábigos metían en tubos de plata qua después
abrían en sus casas, en los períodos de descanso, cuando te­
nían añoranza del mar. Digo que el malinke se embarcó y
regresó ciento veinte años después, se sentó en el trono y ex­
plicó a sus súbditos cómo eran los países todos de Poniente.
Hizo dieciséis puntos y aparte, los que aprovechó para tomar
mujer nueva en cada uno de ellos, que en su ausencia habían
fallecido todas sus mujeres y estaba su casa desierta. En Zan­
zíbar, según Crooker-Longchamp, el momento culminante de
la boda es aquel en el que la mujer mete su pie con su babucha
en la babucha del marido. Y si no cabe, no hay boda, lo que
ha hecho que en ciertas épocas, en Zanzíbar, estuviesen de
moda los pies pequeños. Quizás, según el geógrafo citado an­
tes, por influencia china. Pero en Zanzíbar no llegaron a ven­
der los «lirios fragantes», que es como los chinos llaman, en
su imaginación sexual, a los femeninos pies.
Ahora Zanzíbar ha pasado a ser un Estado independiente,
va a ingresar en la O.N.U. y ha decidido permanecer en la
Commonwealth británica. El tratado que establecía el protec­
torado inglés en Zanzíbar fue firmado por el tío abuelo del
actual sultán, que era un gran calígrafo, de la escuela mitaya.
Había firmado Victoria, Regina et lmperatrix, y al zanziba-
reño solamente le quedaba la décima parte del pliego final
para poner su nombre y su signum. Le pareció poco, que ne­
cesitaba más campo, y hubo que añadir al tratado un folio de
sesenta centímetros por sesenta. Victoria I volvió a firmar,
en una esquinita, y el sultán ocupó el resto, con aquella su
grande, abierta, gruesa letra y el sigilo en forma de lenguado.
Ya se sabe la vanidad de los calígrafos, desde Tu Fu a Itur-
zaeta.
Los paisajes de la tragedia

vé»F
n
ls«E
96.D
b
ig,31cm Esa torre que se alza al fondo formaba parte, en el siglo
arodeV
xiv, de la fortaleza veneciana de Famagusta. Justamente ahí,
en alto mástil, se izaba la bandera blanca con el rojo león de
San Marcos, bn una de esas almenas apoyó una vez su suave
mano Desdémona. Estaba al lado de Otelo. El sol matinal ha­
cía brillar el gran aro de oro en la oreja del Moro. El capitán
Otelo y la feliz y delicada Desdémona despedían al navio de
la Serenísima que los había llevado a la isla. El pañuelo con
el que Desdémona decía adiós era un regalo de Otelo. Era un
pañuelo rojo. Era ese pañuelo rojo que jugará tan importante
papel en la tragedia. Las naves venecianas conocían aquel su­
deste que se desplegaba en ráfagas iguales y que era la fran­
quía mayor del mar helénico. El sudeste de Salamina y de
Lepanto, el sudeste del trigo de Egipto y el que llevó a pa­
pahígos al gran Pompeyo contra la terrible piratería antigua.
El sudeste de la gran jomada de Actium. Ocupa exactamente,
desde que nace hasta que muere, la línea preciosa de un he­
xámetro. Es para los griegos lo que para los hiperbóreos el
viento del Norte. Aquel que en el hermoso verso de Swin-
bume pasa con sus pies brillantes sobre el inmenso mar.
Estas eran las piedras cristianas que tenía que defender
Otelo. Estrenaban ruidosos cañones fundidos en Rímini, la
ciudad donde hallaron muerte Paolo y Francesca, mismamente
cuando se besaban la deseada sonrisa. El capitán moro, un
etíope según los eruditos, llevaría en la diestra, cuando subía
a las baterías, aquel bastón pintado de rojo que la Serenísima
daba a sus capitanes de mar y guerra, y que mientras el capi­
tán dormía, lo vigilaban dos piqueros. Los marineros y solda­
dos de Venecia creían que estos bastones tenían propiedades
mágicas, y que poco menos que veían a través de las paredes
para contarle luego al capitán lo observado. ¡Siempre secreta,
vigilante, escrutante Venecia! Pero el bastón de Otelo no llegó
nunca a ver en el alma de Yago, a descubrir aquel huidizo,
silencioso y sin embargo apasionado, encendido, incontenible
pensamiento. Yago, no cesaba de soñar. Parece muy fácil de
demostrar que Yago de quien estaba enamorado era del señor
Otelo. Desde aquel día mismo que, en Shakespeare, aparece
ante los Diez e inicia aquel estupendo discurso:
— ¡Muy altos, nobles y poderosos señores! —comienza,
inclinando la cabeza. El acento de la levantía, dulce y sen­
sual, tiñe el véneto vulgar que sale de los labios del Moro.
Cuenta sus hazañas, cuenta cómo Desdémona las escuchaba.
Y el amor que nace como el lirio... Desde aquel día, Yago,
Yago que estaba presente, en un rincón, tras el cordón negro
que cerraba media aula al pueblo, amó. Desdémona es la rosa
que hay que deshojar para que nunca más el osado capitán,
rico en palabras, diestro con la larga espada, la blanquísima
dentadura comparándose con la nieve, viril, rico en gestos y
elocuentemente cortés, huela su aroma. Yago lo hace todo,
serpentino, hasta que pone la muerte en el cuello de Desdé-
mona palidísima.
Todo eso ahí. Todo eso entre esas piedras en las que ahora
un soldado de la raza de Shakespeare quiere impedir que tur­
cos y griegos se degüellen. Justamente esos sacos terreros se
apoyan en la Torrecilla del Halconero. La mano de Desdé-
mona hacía bolitas de carne sin sangrar para los falcones pe­
regrinos que su marido, el Moro, usaba para abatir las palo­
mas emigrantes.
De qué lado cae la Malaca

Revolviendo unos papeles, buscando


D
vé»,F
n
l964.s«E
13b
ig>
arodeV unas noticias muy
concretas sobre sirenas, encuentro la copia de dos cartas que
se conservan en Lisboa en la Torre do Tombo, publicadas por
Fernández de Navarrete, y que Juan Méndez de Vasconcelos
escribía al rey de Portugal, su amo, desde Logroño —que era
en aquel momento, puede decirse así, la capital de la política
europea, que la hacía, engañando a franceses e ingleses, el
señor rey don Femando el Católico, astuto como la raposa,
con buena y reposada lectura del Secretario de Florencia, sig-
nor Nicolás Maquiavelo—, y ambas cartas tratan de un gran
problema que traía de cabeza al monarca lusitano, y era el de
saber de qué lado caía la Malaca, si a derecha o izquierda de
la línea del Papa, y si por lo tanto era de España o de Portu­
gal. Por allí andaba Juan Díaz de Solís, piloto, que estaba a
mal con el portugués, porque se le debían unos cuartos de la
Casa de la India, en Lisboa. Díaz de Solís era quien podía
decir, en verdad, de qué lado caía la susodicha Malaca, por­
que tenía consigo «tres folhas de papel das demarcações e
grados e linhas». Aunque era gran secreto, Méndez de Vas­
concelos averiguaba que según esas tres folhas da Malaca e
do de quá», es decir, de Femando. Portugal, como se sabe,
andaba forzando la línea papal, y así Alfonso de Albuquerque
hacía «uma armada pera os chís», para la China, «que son
mais de quatrocentas legoas dentro da demarcação de Caste­
la», y que para la parte de las Antillas, «que muito crara
manté é de Castela», partiera otra flota. Pero volviendo a
Malaca, se hablaba mucho de la pimienta purgativa, de Badrul-
badur con sus princesas soñadoras, del rey de Golam que ha­
blaba por señas, y de las sirenas de Cochalgora, las únicas
que entre estas prójimas tienen ombligo y que con gran sor­
presa de los lusitanos, mismo cuando estos llegaron a Calicut,
ya las encontraron por allí sabiendo de corrido parlar en por­
tugués, y eran portuguesas las canciones. Cuando yo escribí
mi Sinbad quise sacar al rey de Golam en su trono, sujetando
el viento calomo con el pie derecho y discurseando con ambas
manos. Parece ser que si el rey hablaba, cualquier error en la
elocución, oída su charla en las estrellas, podía provocar un
cataclismo. Ya saben ustedes cómo se perdió el viento calomo
para siempre, y nunca más volvió a soplar en aquel extremo
del mundo. El rey de Golam tuvo una vez que levantarse del
trono para hacer aguas menores, que no le pareció decente
hacerlo en aquel sitial dorado, y temiendo que el calomo se
le escapase, por medio de una paja se lo hizo beber a su pri­
mera esposa, la cual hinchó como montgolfier y con el viento
dentro salió volando, sin que nunca hubiese noticias de ella.
Logroño, capital de las Europas. Eran los días de la Liga
Santísima. Femando jugaba grandes cartas, que quería que­
darse con Nápoles. Los ingleses se alborotaban, que el Rey
Católico no cumplía, y se dejaba jurar por rey de Navarra.
El duque de Alba subía a Roncesvalles y el francés monsieur
de la Paliza, de miedo quebraba puentes. Embajadores de
Barba Azul y de Carlos de Francia llegaban a la ciudad. «Os
ingreses aquí soltavao muito rijo a lingua, dizendo q ’avia
perto de tres meses q ’os tinhan aly engañados.» Y se recibían
noticias en Logroño de Pero Joam y los moros, que Pero Joam
«foron logo a dar no arevalde de Bayona en Galiza, e queimara
duas casas, e que os da terra o lançarao fo ra , e que dalí
fora dar em outro lugar da Igreja de Santiago, e que tambén
fiçera pouco dano»... Era septiembre y las uvas ya pintaran
del todo. Díaz Solís ensayaba una brújula genovisca y el rey
Femando andaba a sopicaldos, y dentro de su cabeza monda
y lironda arañas políticas tejían telas, en las cuales caían las
moscas: Venecia, el Papa, Francia, Inglaterra, Portugal...
Dormía cuatro siestas al día y mandaba que le leyesen el
Amadís.
Perlas y oro menudo en Bayona

Quizá me ponga a escribir enarodeV


vé»Feste momento de algo cono­
n
s«E
l964.D
ig,17b
cido, pero para mí es cosa nueva. En el apéndice documental
que Fernández de Navarrete pone al final de su libro sobre
los Viajes por la Costa de Paria, viene con el número cuatro
una Real Cédula para proceder contra los que, defraudando
del quinto impuesto por Sus Altezas —todavía no había lle­
gado a España el ceremonial borgoñón y a los señores reyes
se les llamaba de Alteza Real y no m ás—, habían hecho ocul­
taciones de sus rescates en los descubrimientos de Cristóbal
Guerra, vecino de Sevilla. La Real Cédula, firmada Yo el Rey
y Yo la Reina, está dada en Sevilla a veinte días de mayo
del año mil y quinientos. Cristóbal Guerra, con una carabela,
cuyo nombre no se dice, pero ya los eruditos lo tendrán ave­
riguado, «salió», dicen Sus Altezas, «a descubrir por nuestros
mares», y halló «ciertas islas», en las cuales se hicieron pre­
ciosos rescates «e hobieron ciertos marcos de perlas e aljófar
menudo, e oro e otras cosas». La carabela, de regreso, mojó
en el mar de Bayona, y los que iban en la nave con el piloto
Guerra no dieron el quinto de lo que traían y vendieron encu­
biertamente a ciertos particulares las perlas y el aljófar y el
oro. Los reyes mandan a Juan de Vergara que vaya a Bayona,
o a otro cualesquiera lugar que fuese necesario, y haga pes­
quisa para recobrar lo defraudado del quinto real. Las velas
y el timón de la carabela estaban en poder del corregidor de
Bayona, el cual las había de entregar a Juan de Vergara, quien
buscaría gente marinera que llevase la nao a Sevilla. Y halla­
dos los del fraude, ésos serían sometidos a justicia. Juan de
Vergara tenía que ser ayudado por los concejos, justicias,
regidores, caballeros, escuderos, oficiales e homes buenos
del reino de Galicia, sin excusa ni dilación... Por el docu­
mento número catorce del mismo Apéndice, se sabe que la
nao de Cristóbal Guerra estaba en Sevilla el 2 de agosto de
1501 y el tesorero Alonso de Morales, judío converso, paga
a Ximeno de Briviesca, otro de Israel, nueve mil y pico de
maravedises para que los pague a los que vinieron con la
nao del piloto Guerra. En la cual, también había algunos
indios.
Se pone uno a imaginar el nocturno desembarque en Ba­
yona de los que habían decidido ocultar las perlas, el aljófar
y el oro menudo, y no puede evitar el inventar que uno de
los defraudadores del quinto real escondía un indio o dos, y
a lo mejor una indiecita pavisana, de dulce acento y del color
de la canela. En la noche de mayo, quizá ves luna nueva, el
ocultador de la mocita de Indias camina con ella por la costa,
haciendo acaso vía por las playas, por evitar el encuentro con
gentes, por el Bao y Coruxo y Samil y Alcabre, acaso en de­
manda del Vigo de entonces, pequeña aldea de pescadores
donde decimos Berbés. Hallarían posada el navegante y su
india, y pagaría el secreto al huésped y con el secreto el pan
y el vino, el defraudador con una perla redonda y fina o con
aljófar, un barrueco manchado, que bastaría.
¡Qué noticias de Indias no correrían por Bayona! Tras la
Pinta, que trajo la nueva de que había camino franco por el
oeste a las Indias, a Fusang y Catay y el Preste Juan, ahora
los de la carabela de Cristóbal Guerra con el anuncio de Tierra
Firme. Los ojos de los marineros despertarían sueños como
espejismos sobre el mar, y con la emoción de la fábula noví­
sima vestirían de selvas las Cíes próximas o la isla de Ons,
perdida allá lejos en la bruma. Un bello relato sería el que
contase de un comprador secreto de perlas, escondido en la
habitación más recatada de la casa, contemplando las suyas a
la vacilante luz de una vela. Perlas de Paria, oro del Eldorado,
alfójar de Jauja, y palitos de Bimini, donde pocos años des­
pués Juan Ponce creyó encontrar la remota Florida y la fuente
de la eterna juventud.
Juana de Navarra

En otro lugar cuento que mientras


vé»,DF,
gls«E
io1964.arV
n
eju
23d estaba comiendo sal­
món en el Hotel du Commerce de Navarrenx, en compañía
de Javier Vázquez Sánchez-Puga y de su esposa, en la pared
podía contemplar un pequeño cuadro en el que aparecía Juana
de Navarra, en la plaza misma de Navarrenx, leyendo solem­
nemente su abjuración de la fe católica. Muy elegante, una
pluma en la rubia cabellera, la abjuración llenaba un pliego
que cubría a la reina desde el mentón hasta el ombligo, dis­
pensando. Los del país la oían embobados. Juana en el cuadro
aparece alta, fina cintura. La verdad es que era pequeña y
gorda, y descontando lo que haya exagerado la propaganda
papista, sin duda que bebía un poco más de lo debido. Hay
que suponer que la abjuración la escribió ella misma, que se
preciaba de jurista y de teólogo, y redactó varios textos en
prosa. En poética estaba por el soneto, tal como lo trajo de
Italia a Francia el señor Joachim du Bellay, en cuya colec­
ción, precisamente, fueron publicados los sonetos de Juana,
«La fontaine chante sur le tombeau des roses», que es muy
delicado, o «En regardant vers le pays de Albret», que es apo­
logética hugonote. Ninguno vale, claro, los sonetos romanos
de du Bellay, ni aquel que todos los saturnianos nostálgicos
llevamos en el corazón, y que parece un soneto de gallego:
«Heureux qui, comme Ulysse, a fa it un beau voyage»... Es
aquel soneto donde du Bellay dice que prefiere la pizarra al
mármol, y al mar latino, la dulzura angevina. Como si yo
dijese que al mármol que apeteció forma en la Acrópolis pre­
fiero los tejados pizarrosos de mi ciudad natal, y a la claridad
partenopea la brétema galaica, la douceur galicienne...
Pero volviendo a Juana, lo que más le gustaba era leer
textos delante de testigos. Tenía doce años cuando la casaron
con el duque de Cléves. Ella no quería. Tampoco quería a
Felipe II, que Carlos V la había pedido para éste, viudo de
la portuguesa, por culpa de una limonada que a la infanta,
que estaba de post partum, le dio la duquesa de Nájera, su
aya. Entonces se creía que el verde limón mataba las paridas.
El duque de Cléves era un pacífico, con bula para comer
perdiz los viernes. Juana lo echó de la cama a cintazo limpio
y delante de testigos leyó una proclama en la que declaraba
estar casada contra su voluntad. De Roma vino la anulación
del matrimonio, y casó entonces con el duque de Vendóme,
primo segundo suyo, una hermosa barba rizada, todo él de
encaje por dentro y por fuera. Uno de sus hijos fue Enrique,
el Beamés, al final IV de Francia, dejando por la corona gá­
lica —«París bien vale una misa»—, la herejía de su madre
y tomando la fe católica. El hijo salió a ella. Menos en la
intolerancia. Juana era dura, cabalgadora nocturna, y sólo so­
ñaba con decretos. Uno de ellos pone toda clase de trabas a
los peregrinos que pasen por las tierras de la Baja Navarra,
por Orthez, Albret y Foix, camino de Santiago de Composte-
la. Decía que podía conceder ella más indulgencias que el
Papa. Pero cuando se quedaba a solas, en su cámara, la visi­
taba el demonio, que no la dejaba dormir con sus risas. Co­
menzó a oler mal, le cayeron los dientesvy muelas, y el obispo
de Tarbes aseguró que le nacieron dos cuernecillos en los tem­
porales...
Finalmente se fue a París, donde Catalina de Médicis, que
iba a ser su consuegra, la recibió muy bien. Juana le explicaba
a Catalina el arte militar, plaza cercada tomada, etc., y cómo
había enseñado la ciencia del flanqueo a Coligny y Condé,
basada en la ronda del lobo pirenaico al rebaño pacífico y
sonoro. Pero Catalina debía de aburrirse con la hugonote, que
la envenenó. Esto parece que está claro. Fue con vino tinto.
A Juana le estalló el estómago y salió por él una vaharada de
humo negro... Mejor le hubiese sido quedarse junto al Gave,
comiendo salmón.
Sita en Copenhague

Había ido yo con mis amigosarodeV


vé»F Luján y Obiols a saludar a
n
s«E
l1970.D
ig,24ju
la Sirena del Norte, la sirena andersiana, en el puerto de Co­
penhague. Como casi paisano de Nicomedes Pastor Díaz, me
parecía tener una cierta obligación con las sirenas boreales,
aunque la del poeta de vivero con su náufraga lira fuese de
otra calidad que ésta, regalo del cervecero Carlsberg a la ca­
pital danesa, el rostro el de una prima donna de la que el se­
sudo varón se había enamorado, el cuerpo del de su mujer,
y la cola tomada un poco libremente de la fábula marina. Y
estábamos contemplando la sirena, cuando bajó de un coche
una bella dama hindú de noble casta, perla incrustada en la
mejilla junto a la nariz, y tres círculos dorados en la frente.
Contempló el mar y la sirena, fotografió varias veces a ésta,
y permaneció un rato allí, en la orilla, interesada en una lan­
cha de la marina real, que entraba acompañada del viento nor­
te, impulsada por los largos remos de los herederos de los
viquingos. Y yo, pedante quizás, lector apasionado que fui,
adolescente, de las veinticuatro mil estrofas del Ramayana,
y en esta ocasión de ahora moderadamente emocionado,
comenté.
—He aquí que llega de la India la honesta Sita, esposa
de Rama de Ayodhya, hija del rey Janaka de Mithila. Sita ya
ha sido liberada de Ravana, el rey de los raksaka —los demo­
nios que hablan a gritos y pueden comer espadas de bronce
si las moja la sangre humana—, y sus cien doncellas han ver­
tido aceite de palma sobre su cabeza. Sita reina feliz ahora
en Ayodhya, tras haberse sometido a la prueba del fuego de­
lante de su amado Rama, para probar su pureza irreprochable.
Las piernas de Rama, sentado en un trono de colmillos de
elefante, no temblaron mientras su esposa cumplía la prueba
ritual, aunque hay comentaristas que dicen que hubo un mo­
mento en que cerró los ojos... Y ahora la bella Sita ha viajado
al norte occidental para saludar a la pequeña sirena de los hi­
perbóreos, que contempla el verde mar bajo un techo move­
dizo de gaviotas de largas alas.
Esto dije, e invité al Dr. Obiols a que fotografiase a la
reina de Ayodhya y a la sirena, las dos abstraídas, mirando
quizás sin ver para las olas y los remeros. Ahí las tienen, y
es seguro que cada una vive un sueño diferente.* La sirena,
—Andersen aparte—, es esencialmente impura, e insaciable.
Devora los sueños de los que la escuchan cantar, y es para
ellos lo que la piedra imán para las agujas de hierro. No exis­
tieron nunca sirenas melancólicas, como, príncipe del roman­
ticismo, creyó don Nicomedes: más de una vez se habló de
la violencia sirénida en amores, y de su capacidad de destruc­
ción. La sirena concede la locura perpetua, y en las sagas del
Norte pasa por roedora golosa de carne humana, masculina,
joven. Sólo dos hombres no padecieron de su canto: Ulises,
el héroe de las batallas y de los discursos, astuto, y aquel
Laimfilind, llamado así porque «sus manos resplandecían
como lámparas de aceite en la noche», que viené en el Leab-
har Gabhala... En cambio, Sita es la paz callada del hogar,
la boca que besa la mirada de su rey y señor que parte para
la guerra o la caza, la mano que trae la copa de agua fresca.
Sita y Rama se sentaban junto al pozo real y permanecían
toda una tarde en silencio. Es, si me permiten decirlo, el gran
argumento del amor conyugal. Shakespeare lo advirtió en su
Ricardo III. Cuando el monstruo quiere casarse con la viuda
de aquel a quien dio muerte, a su futura suegra, como argu­
mento mayor de sus pretensiones, le pide que a su hija la con­
venza así:
— ¡Revélale el placer de esas horas silenciosas de un ma­
trimonio feliz!
Contémplenlas, pues, como el anverso y el reverso de una
medalla que se llamase mujer.

* En Faro de Vigo, el texto aparece ilustrado con la fotografía del Dr.


Obiols. (N. del E.)
Almenas en Elsinor

Los eruditos daneses tienen muy


vé»F,
n
s«E
gD
lio197.arV
eju
30d estudiada la cuestión El­
sinor, y los más sabios arqueólogos se conciertan para asegu­
rar que el famoso castillo, el almenado castillo en cuyas altas
torres se le apareció al príncipe Hamlet el fantasma paternal,
era semejante al de Kaloe, que ven ustedes junto a estas lí­
neas.** Del de Kaloe solamente queda el foso cegado y las
dos torres que defendían la puerta principal y el puente leva­
dizo. El Kronborg de Elsinor es un palacio barroco, en el ex­
tremo norte de Seeland, sobre el Sund, y a cuatro kilómetros
de distancia de la costa sueca. Del más antiguo castillo sola­
mente quedan el foso de la parte este, y algunos basamentos
del muro exterior de defensa. Y no hay una sola almena, ni
es posible pasear, ni lo es siquiera a un fantasma, entre las
torres más altas; el tejado actual fue de planchas de cobre, y
aún lo es parte de él, verduzco. Cuando yo escribí mi Don
Hamlet, decidí que «no hai no mundo lugar mais venteado
que Elsinor». Y acerté. Barren la breve península los nordes­
tes, y el oeste cobra una voz ronca cercando el palacio, re­
montando en olas las murallas militares, transformándose en
poderosos asubios en los pasadizos y corredores. Fue lo único
que allí encontré que recordase mi invención. Un Hamlet en
el actual Kronborg de Elsinor, tendría que ser un empelucado
caballero, tomador de rapé y suscriptor de la Enciclopedia,
—primera edición completa en la biblioteca—, y se vería
obligado a decir sus dudas en el lenguaje de la comedia fran­
cesa del xvm, en la que no se podía nombrar la camisa, y en
vez de cuchillo, palabra bárbara, había que decir siempre ace­
ro... Por otra parte, parece ser que solamente cuando el actual

** En Faro de Vigo, el artículo aparece ilustrado con una fotografía de


las ruinas del castillo de Kaloe y otra del patio central del Kronborg de Elsi­
nor. (N. del E.)
palacio fue construido Elsinor fue residencia real. En los más
antiguos días, era una fortaleza que defendía la isla, y a la
que acudían en tiempos de guerra los reyes del Copenhague,
fundado por el obispo Absalón, y éste también, sin más arma
que un báculo de dos varas y media, rematado en su parte
inferior por un regatón afilado, de hierro, capaz de ensartar
a un tiempo dos cristianos por el vientre.
Decepcionado abandono Elsinor. Ni rastro de mi amigo,
el príncipe más famoso de los Hardrada, queda allí. Quizás
si yo pudiese hablar con algunos de los cuervos elsinorianos
—que vuelan bajo, al socaire de los muros, o bajan al patio
interior y picotean algo alrededor del pozo—, me dirían algo
de Hamlet, escuchado de sus padres y abuelos, que se lo ha­
brían oído a los suyos. Pero, lo más probable es que no sean
latinos de lengua, como los cuervos de Folques d ’Anjou, o
los del maestro Juan de Lucena, y parlen dánico remoto, y
yo me quedaría in albis. ¿Y las ranas que insistentes croan,
excitadas acaso por la súbita llegada de un cálido verano? Di­
cen que los etruscos entendían su lenguaje. Esta afirmación
de los eruditos en cánticas antiguas hay que revisarla. Un pro­
fesor de neurología en la Universidad de Comell, Estados
Unidos, ha averiguado que el más hermoso canto del amor
de una rana macho de Tejas deja por completo indiferente a
la más dulce rana hembra de Georgia. «No hablan el mismo
dialecto del lenguaje de las ranas.» El profesor Capranica ha
logrado sintetizar los sonidos emitidos por diversas especies
de ranas, y a fuerza de experiencias «reconstruir el vocabula­
rio de estos batracios». Prueba que, sin tener un verdadero
lenguaje, las ranas disponen de una gama de seis o siete soni­
dos de muy precisa significación: el canto de amor, una señal
de ocupación de determinado territorio, una señal de miedo,
un grito de advertencia y un indicativo que puede significar:
«Te equivocas». Este último sonido tiene una utilidad muy
particular, en razón de las grandes dificultades que encuentra
la gente batracia para distinguir los sexos. El sonido «Te equi­
vocas» se produce cuando un macho se acerca a otro, cariño­
so... Se me ocurre que partiendo de este sonido del vocabula­
rio de las ranas, y de la representación del Hamlet de Shakes­
peare que dio Sarah Bemardt, la actriz francesa en el papel
de príncipe de las dudas, y de alguna interpretación freudiana
del tipo Hamlet, como la de Fawcett, se podría escribir un
breve y curioso ensayo...
Pero Hamlet, amigo, triste dejo Elsinor una tarde de junio.
Sopla oeste. Las gaviotas vuelan tierra adentro, mientras un
centenar de turistas americanos chillan en el patio del castillo,
asustando a los cuervos. La neblina impide ver la cercana
Suecia, si llegan, con todos los árboles abiertos, las naves de
Fortinbrás.
Gallegos en Salónica

El Instituto Arias Montano, del


vé»,F, C .S.I.C ., ha publicado las
n
ls«E
gD
r1970.aoV
b
eicm
2d
actas del primer simposio de estudios sefardíes, celebrado en
Madrid en junio de 1964. Una de las comunicaciones discuti­
das en dicho simposio fue la presentada por el sefardí
Sr. Uziel sobre características del ladino, y su folklore. En
la discusión surgió la g salonicense, es decir, la geada de
aquellos judíos, que dicen jato por gato. El Sr. Molho —otro
sefardí, cuyo apellido nos declara claramente su procedencia
portuguesa—, explicó que la investigación sobre la geada en
juderías como la de Salónica podía ser muy importante para
conocer cuál es el origen de muchos sefardíes establecidos en
Salónica, y como él dice en su parla, «en sus alderredores».
El Sr. Uziel, aportando alguna explicación a la geada de Sa­
lónica, dijo:
—La pro venencia puede ser de Galicia. En Salónica, ande
se usa la geada, hubó, parece, un grande contigente galiciano,
gallego; porque había en Salónica un cortijo que lo llamába­
mos «a los jallejos», y una expresión muy corriente era: «so­
mos jallejos y no mos entendemos». El elemento gallego en
Salónica puede ser el que influenció con la geada.
A lo que el Sr. Molho contestó, precisando y negando:
—Los gallegos en Salónica eran poco numerosos. Tenían
un patio, un barrio particular, pero eran pocos. La prueba es
que ellos no fundaron una sinagoga «Gallegos», como había
una sinagoga «Catalán» y «Aragón». Como los gallegos eran
ignorantes y no tenían dirigentes —eran muy ignorantes por­
que eran todos hombres «de pena», aguadores, etc. — , no pu­
dieron fundar una quehilá,** y por eso se afiliaron a los ara­
goneses. Eran pocos e ignorantes.
A mí no me sorprende, naturalmente, que haya sefarditas
de origen gallego en Salónica, judíos de Ribadavia, de Mon-

** quehilá: comunidad, sinagoga. (N. de A.C.)


forte, de Lugo, de Orense; de esta ciudad, los descendientes
de aquellos cuyos nombres conocemos por los documentos
publicados por Ferro Couselo en A vida e a fala dos devaneei-
ros: Judá Péres, Abrafán de Allaris, Salomón Castelao, don
Ouro, Samuel Ciano, doña Judía, o de aquella otra, también
innominada —acaso doña Sol, doña Noche, doña Sorprendi­
da, doña Agua... — , «e a judía de Monterrei». O algún pa­
riente de aquel desdichado «o xudío, o rubio e capado»... Lo
que sí me sorprende es que aquellos paisanos nuestros —me
exijo a mí mismo el llamarles así— hayan conservado, para
soltárselo mutuamente en horas de discordia, o escucharlo
como burla en otras bocas, aquel decir de Payo Gómez de
Barbeita cuando iban los gallegos a la campaña de Antequera,
que mandó el infante don Femando, el que luego fue a reinar
a Aragón en virtud del Compromiso de Caspe; digo que iban
los gallegos, y pasada Sanabria se pusieron a discutir airada­
mente los señores capitanes, Andrade, Ulloa, Moscoso, que
los tres querían para sí el mando, y Payo Gómez de Barbeita,
iniciando la vuelta a casa, exclamó en voz alta:
— ¡Somos galegos e nonos entendemos!
La «gente de pena» de Salónica repetía el decir del fidalgo
nuestro, viviendo la miseria de su pequeño barrio, y salu­
dando respetuosamente a la puerta de la sinagoga de Aragón
a aquellos ricos señores emparentados con los de la Espina,
los Enríquez, los Santángelo, los de la Caballería, que eran
como príncipes allá en Zaragoza... Tan pobres eran los nues­
tros, que tendrá razón el Sr. Molho, que ni siquiera pudieron
llevar a Salónica la geada. Vendían, eso sí, cantando, agua
de las fuentes.
Los lugares fatales

Días pasados, en una vieja libreta


vé»F
n
ls«E
972.D
ig,18fb
arodeV de notas encontré unas
cuantas que se refieren a lugares en los que, en virtud de cier­
tas predicciones, determinadas personas hallarían la muerte al
llegar a ellos. Por ejemplo, al rey católico don Femando de
Aragón, una bruja —me gusta poco utilizar esta palabra en
esta ocasión—, le había predicho que moriría en Madrigal de
las Altas Torres, y don Femando, el político, el astuto, el
monarca racional, evitó desde entonces el pasar por Madrigal,
y resulta que fue a morir en un lugar llamado Madrigalejo.
La profetisa se había equivocado muy poco. En Shakespeare,
en la II parte de Enrique IV, acto IV, escena V, el rey se ha
desvanecido, y creído morir, en una sala de su palacio. Enri­
que le pregunta a Warwick:
—¿Tiene algún nombre particular esa sala donde hace
unos instantes creí morir?
—Se llama Jerusalén, mi noble lord —responde Warwick.
— ¡Alabado sea Dios! Aquí es donde mi vida debe encon­
trar su fin. Hace años que me fue profetizado que moriría en
Jerusalén y tontamente creí que se trataba de Tierra Santa.
Llevadme de nuevo a esa sala. Ahí, en ese Jerusalén, Harry
morirá.
Y allí murió Enrique IV. Como estaba profetizado: «In
that Jerusalem shall Harry die»...
A Catalina de Médicis le habían predicho —parece ser
que un portugués; otros dicen que una florentina, otros que
un clérigo— que moriría «cerca de Saint-Germain». Pero,
¿qué Saint-Germain sería? La reina mandó cerrar el castillo
de Saint-Germain, y como se estaba entonces construyendo
las Tuileries, dentro de los límites de la parroquia parisina de
Saint-Germain l’Aurrexois, la reina ordenó suspender las
obras. Catalina se fue a Blois, uno de los bellos castillos de
la Loira, poco después del asesinato del duque de Guisa. Los
amigos del duque, del séquito de la reina, habían sido aparta­
dos del servicio, y se le mandó a Catalina un nuevo capellán
real. Era un hombre joven y melancólico. Cuando entró en
la cámara donde la reina lo aguardaba, Catalina fue presa de
una extraña inquietud. El capellán permanecía con la cabeza
inclinada. Catalina se pasó un pañuelo por los labios, y le
habló:
—¿Es la primera vez que os veo? ¿Cómo os llamáis?
—Es la primera vez, Majestad. Vuestro humilde capellán
se llama Julien de Saint-Germain.
—¡Entonces, estoy perdida! ¡Es el fin! —exclamó la reina.
Envió un correo montado a Enrique III, y dictó su testa­
mento ante el gobernador del castillo, y al mediodía del si­
guiente murió, teniendo a su lado al capellán Julien de Saint-
Germain.
Estos tres ejemplos prueban que es inútil evitar el lugar
en que está predicho que un hombre ha de morir. Un conocido
relato talmúdico cuenta que estaba con el rey Salomón, en
una sala de su palacio, un rico mercader, el cual vio cómo
se acercaba por la terraza Azrael, el ángel de la muerte. El
mercader le pidió a Salomón que, usando de todas sus artes
mágicas, lo enviase en un vuelo a la India, que era cosa de
vida o muerte. Salomón dijo las nueve palabras y el mercader
pasó, instantáneamente, a la India. Azrael se acercó a Salo­
món y le preguntó:
—Dime, rey, ¿qué hacía ése en tu palacio? Porque tengo
órdenes de ir a llevarle la muerte a la India.
Y Azrael salió batiendo las alas fatales, tras el mercader.
Es inútil huir del lugar, es inútil huir de la hora... Escribo
estas líneas en miércoles de ceniza, todavía con la señal de
la ceniza en la frente.
La herencia lusitana

Como es sabido, Ceuta, que arodeV


vé»tiene
n
ls«E
175.D
ig,9fb
F por armas las quinas de
Portugal, es de España por herencia lusitana. Estaban los por­
tugueses allí desde el verano de 1415. A servidor, que ha
leído muy de mozo el libro de Oliveira Martins, Los hijos de
don Juan I , aquella, aquellos «ínclita generación altos infan­
tes» que dijo Camoens en su Lusiadas, IV, 50, le quedaron
en la memoria los capítulos como grandes frescos: la llegada
de la que iba a ser reina, doña Felipa de Lancaster, que prohi­
bió los besos y las serenatas en la Corte, pero parió y educó
la gran nidada; los viajes del infante don Pedro; la trágica oca­
sión de Tánger; los tratos de la Guinea..., y Ceuta, la con­
quista emprendida por el rey Juan semanas después de ente­
rrar a la reina, y cuando todavía la peste diezmaba Lisboa,
lo que para muchos fueron agüeros funestos. Del capítulo
«Ceuta» de Oliveira Martins', me gustaba sobremanera el co­
mienzo, cuando el prior del Hospital de Jerusalén, que via­
jando a Sicilia dos veces se detuviera en Ceuta pudiera exami­
nar el puerto, le pide al rey que haga que los criados traigan
dos cargas de arena, un rollo de cuerdas, medio alqueire de
habas y una escudilla... Estaba el rey con los infantes en Cin­
tra, en una pequeña cámara revestida de azulejos, en la que
todavía se encuentra el banco que la tradición dice haber sido
el lugar que ocupó don Sebastián en el consejo en el que se
decidió la campaña de Alcazarquivir, la de la terrible derro­
tada portuguesa con el rey perdido entre la polvareda de la
batalla y los aceros, el rey nunca recobrado, siempre soñado,
la vuelta esperada. Por esta pérdida de un rey, que cayó del
tablero y nadie halló jamás la pieza, Felipe II pasó a reinar
en Lisboa, y Ceuta a España. Pero volvamos al prior de San
Juan, quien se encerró en una habitación donde estuvo una
hora larga, y luego asomó la cabeza por la puerta entreabierta
para decirle al rey y a los infantes que podían pasar.
El prior, con la arena, las hadas y la escudilla, había he­
cho en el suelo un mapa en relieve del Estrecho: la bahía de
Algeciras de un lado y la sierra, y enfrente el promontorio de
Ceuta, coronado al fondo por el monte Musá y el Almina.
Un breve istmo separaba a la ciudad de la costa. Las habas
fingían el caserío. Aquello era Ceuta, y el portugués debía ir
por ella. Oliveira Martins dice que en la ocasión quedó deci­
dida la expedición lusitana al Africa, pero también fundada
la Escuela de Sagres en la mente del infante don Enrique el
Navegante. En el mayor secreto comenzaron los preparativos.
Portugal, «ó meu país das naos», se puso a construir naves,
con la alegría de la cantiga antigua,
«em Lisboa sobre o mar
barcas novas mandéi labrar»
y con la misma expectación de los días de las descobertas y
de los naufragios. A la gente portuguesa no se le decía para
qué se montaba aquella gran armada, se forjaban armas, se
juntaban víveres y dinero. Oliveira Martins dice que unos
creían que la armada llevaría a la infanta doña Isabel, una
flor rubia de diecisiete años, los pechitos valientes, a casar a
Inglaterra, y de paso conquistar el condado de Flandes, mien­
tras otros afirmaban que la flota zarparía para Nápoles, donde
el infante don Pedro casaría con la reina viuda. Otros creían
que la flota llevaría a don Juan I a Jerusalén, que iba a dar
gracias en el Sepulcro del Señor por haber vencido a los cas­
tellanos. Pero el destino era Ceuta. Don Juan tranquilizó a
Castilla, a Aragón, al moro de Granada. La reina tuvo tiempo,
antes de morir, de entregar espadas nuevas a sus hijos. Ni la
calma chicha ni el levante duro detuvieron a los portugueses,
quienes desembarcaron y vencieron el 21 de agosto. Sola­
mente murieron ocho cristianos. El saqueo fue de mucho pro­
vecho. La campaña había durado cuarenta días. Quedó en
Ceuta por el rey de Portugal el señor conde de Viana, don
Pedro de Menezes. Tenía hermosa voz, y se sacudía el tedio
cantando bajito, en paseo por las murallas, cantigas de amor.
Y sin perder la sonrisa obligó tres años después, a los moros
del rey de Granada y a los del rey de Fez, a levantar un cerco
que vinieron a poner a Ceuta alborotados.
A mí me joroba el moro, y creo que ya está bien de siglos,
ahí enfrente, dando la lata, o viniendo en verano a quemar
Cangas. Nos ha tocado la china de tenerlo ahí abajo, molesto
moscón. Leyendo a Oliveira Martins, yo tomaba de inmediato,
claro es, partido por los altos infantes con sus lemas a la fran­
cesa: don Enrique «Talent de bien faire»; don Pedro, el de
todos los viajes del mundo, «Joie pour peine», a la alegría
por la pena... Con el viejo Santo Condestable, con el conde
Barcelos, con los grandes capitanes con cicatrices de espadas
castellanas, y los ballesteros de Entre-Douro-e-Minho —«bár­
baros» y «trogloditas» les llama Oliveira Martins hablando de
su ira en el saco de Ceuta—, aquella ciudad fue tomada, y
de la herencia lusitana, perdida por el fofo y vacuo Felipe IV
en 1640, fue lo que quedó en manos españolas... Cuento todo
esto no por exaltación patriotera, sino por la memoria del ca­
pítulo de Oliveira Martins. Un grande y coloreado mural. Y
la prosa solemne, con vivos adjetivos.
El camino perdido y más sobre Irlanda
Los reyes del otoño

Entre los reyes de Irlanda se repartieron


j»F
yp
ls«R
1958.D
b
ig,7ctu
arodeV una vez las cuatro
estaciones, pero como los reyes en la ocasión eran ocho, dos
se quedaron con el invierno, dos con la primavera, dos con
el verano y dos con el otoño. Mal dicho que se quedaron,
que hubo sorteo, por pajas, que por otra parte era el único
juego que permitía a sus monjes San Columbano, y el que
acertara la más corta perdía. Los reyes del otoño fueron Gae-
mil y Bodra. Gaemil era el más joven de los reyes de Irlanda;
era pequeño y moreno, y gran cazador, y tenía escuela de
sabuesos, y los cazadores de Irlanda mandaban los suyos a
adiestrarse con Gaemil en las colinas. Bodra era un anciano
famoso por sus justicias, y porque en la madura edad suya
había corrido Irlanda de sur a norte y de este a oeste, con la
espada desenvainada, persiguiendo al Diablo, hasta que logró
que Belcebú abandonase la isla. El Diablo, que habría desem­
barcado procedente de Inglaterra, hay que suponer que se vol­
vió a este reino. Bodra no tenía más que un ojo, y de él po­
dían decirse aquellos dos versos de una sonora octava del se­
ñor Ariosto:
«en la amplia frente, y en el ojo fijo y tardo,
el estupor de los grandes sueños todavía retiene».
El mozo Gaemil le preguntó al anciano Bodra qué harían
con el otoño. «Los otros reyes», le decía, «aquellos a quienes
correspondió la primavera, estarán atracados con los caballos,
las naves y las armas, porque ha llegado la época de salir a
la guerra y al mar. Los reyes del verano estarán en la batalla,
en las lejanas tierras, o en las vecinas, ganando castillos y
repartiendo botines, copas de oro y mujeres hermosas, o guar­
dando los centenos en los campos nativos. Finalmente los re­
yes del invierno estarán en sus palacios, sentados alrededor
del fuego, comiendo buey salado y bebiendo cerveza caliente,

*
y oyendo historias a los bardos, arpa a los músicos, y leer en
los Santos Libros a los monjes. ¿Qué haremos nosotros en el
otoño y con el otoño?»
El rey Bodra, tras pensarlo un poco, le respondió: «Caza­
remos en las colinas. Cuando persiguiendo el ciervo llegue­
mos a los altos de Boorga o de Keenon, en los que las hayas
y los abedules amarillean y dejan caer las hojas secas, nos
apearemos del caballo y caminaremos por el corazón del bos­
que dorado. Regresaremos en la noche con la caza. En nues­
tros palacios administraremos justicia, y oiremos a los viaje­
ros que regresan a sus hogares tras las peregrinaciones del
verano, y asistiremos a las bodas de los guerreros, y cuando
salgamos del banquete nupcial, todavía con el vaso de cerveza
en la mano, podremos asistir a la carrera de las hojas secas
por el camino real, en la que da la salida, a las hojas que
como corceles corren, el poderoso viento del Oeste. Y tú,
Gaemil, en las noches que ya comienzan a ser largas, estarás
pensando en casarte».
Gaemil había pensado casarse con una hilandera, pero Bo- i
dra le advirtió que la mejor hilandera era la araña, y que no
había memoria en Irlanda de rey que se hubiese casado con
una araña. «Cásate con una mujer que se sepa estar en la ven­
tana, pacientemente esperando. Es lo propio para un rey del
otoño. Delante de tu caballo correrán en todo tiempo las hojas
secas, y ella sabrá que eres tú quien regresas.» Es decir, Bo­
dra aconsejaba a Gaemil, joven Ulises, que se casase con la
hermosa Penélope.
Gaemil, el rey mozo del otoño, buscó una muchacha de
ánimo pacífico y alegre, que supiese sonreír dulcemente y
fuese callada y paciente. Y la encontró. Era una mocita, casi
una niña, que estaba sentada a la orilla de la laguna de Alglan-
try, deshojando tréboles.
—¿Qué haces aquí tan sola, muy señora mía? —le pre­
guntó Gaemil.
—Hace un año que paseando por aquí, un pájaro me dijo
que lo esperase, que quería beber al mismo tiempo que yo en
la fuente del Alglantry, y que tardaría algo porque iba a lim­
piar el pico colorado en una flor que hay en un jardín en Tara,
y vengo todos los días a esperarlo.
Gaemil, ruborizándose por la mentira que contaba, y la
única disculpa para ella era que se había enamorado de la mu­
chacha, dijo:
—Aquel pájaro cantor era yo.
Y besó a la niña en la boca. «En la boca abierta», open-
mouth dice el texto en inglés en que leo, de la estupefacta
jovencita.
Me gusta que haya sido gente de imaginación céltica la
que haya inventado reyes del otoño y para el otoño. Y quiero
añadir que parece ser que la palabra que Bodra usaba para
decir justicia, es en gaélico la misma que significa libertad y
hermosura. Administrar justicia, pues, equivale a decir admi­
nistrar libertad y administrar hermosura, y a mí me parece la
más correcta de las correspondencias.
El día del medio del otoño

No se sabe exactamente cuál 15denovim


é»,F
ls«E
gD
r96.aV
bsea
, el día del medio del oto­
ño. Muchos creen que es el día de San Martín. En Irlanda
ha sido un día muy discutido, porque es aquel en que, en lo
alto de una colina, Mulligham, se ve, colgada del aire con
hilos de oro, vio la antigua ciudad de Ceisin-na-Tir, es decir,
«puertas blancas en la tierra». La ciudad está bien amurallada,
pero no se ven sus murallas ni sus torres: realmente lo que
se ve de la ciudad Ceisin son los jardines; aunque tampoco
puede decirse que se vean los jardines: se ve un rosal, y no
todo el rosal, sino solamente una rosa roja meciéndose en el
aire. La rosa está muriendo: lentamente se deshoja. Su per­
fume se aspira en veinte leguas a la redonda. Se escuchan las
graves campanas de Ceisin, y cómo cantan las muchachas y
tocan los arpistas. Ceisin pasa por ser la primera ciudad de
Irlanda que tuvo un arpista en la plaza, junto a la fuente. Se
llamaba Dan Beatha, es decir, Dan del Agua. No se sabe
cómo son las mujeres de Ceisin, porque nunca fue vista nin­
guna. El obispo de Melredorode sostuvo que eran rubias y
tenían alas. Una vez un rey del país, habiendo ahorrado se­
senta means de oro —es lo obligado; allá son sexagesimales—,
que era lo menos que un rey podía tener si quería casar, acu­
dió junto a la roja rosa que se marchitaba en el aire frío de
la mañana otoñal y pidió en esposa una muchacha hija de la
invisible ciudad. Se oyeron risas femeninas y cuchicheos, y
después una canción, que viene en un libro de lady Gregory
y que yo traduzco así:

«—Si podéramos sair de aquí


coa nosa roca i-o noso fu so ,
todas nos nos casaríamos con Tona Teacha.
Pro temos que renunciar a ti,
señor do ouro e dos dous cabalos mouros.
¡Ai, qué felices seríamos nos teus brazos
escoltando o reiseñor no Derry!».

Tona Teacha se retiró dolorido, echando sobre su rizado


pelo la capucha de piel de nutria, y anunció que quedaría sol­
tero y que casaría ya anciano, fuera del país. Para que se
viese que promesa tal era firme juramento, allí mismo se hizo
arrancar un diente. Tona Teacha cumplió su promesa, perma­
neció célibe y a los ciento cincuenta años embarcó solo y
nunca más se volvió a saber de él. Se corrió más tarde por
Irlanda que se había casado en Roma, con la sobrina del Papa,
cuando ya tenía ciento sesenta y dos años cumplidos, y para
que vieran en Tara los otros reyes que era morena, que man­
daba un pelo de un lunar que tenía en la barbilla. Pero el
Cardenal Hiller, en su Historia, pone en duda todo el asunto.
Tona Teacha fue muy celebrado por su risa. Nadie sabía
reír mejor en su tiempo en Irlanda. Venían de lejanas tierras
para oírle reír. Pertenecía a una generación muy duramente
probada en las batallas, y era uno de los últimos campeones
fenianos. Verdaderamente se había quedado solo en el campo
con su lanza, tras haber pasado largos años de prisión en
Ceash. Tenía todos los motivos para presumir de generación
frustrada, de angustiado, de juventud quemada, etc., pero él
no tenía la culpa de tener el ánimo alegre, de amar la vida
en el bosque, la caza, la música, la tertulia con amigos, la
cerveza y la buena comida, y las lecciones de historia antigua
al son del arpa. Preso en Ceash, había pasado el tiempo
aprendiendo el intervalo de tercera en el arpa-toro, que es la
imitación del cuco. Cuando fue liberado, buscó a todos sus
conocidos para saludarlos y darles las gracias porque habían
existido en su tiempo, ya que así había podido recordarlos en
la prisión. Y reía con su grande, abierta, sonora risa. Y los
malos palidecían oyéndole reír así en medio de la tempestad
de aquel siglo de sangre, y se decían:
—Verdaderamente, éste es limpio centeno. Este otro es
alma.
Fue una pena que no hubiese casado en Ceisin-na-Tir, con
una de aquellas bellas muchachas, siempre escondidas tras la
sombra de la rosa que se deshoja sobre el mundo el día del
medio del otoño. Acaso hoy mismo, mientras en Vigo llueve
menudo y lento.
La ciudad de Polarch

Para la próxima luna nueva serávé»F vista en el aire, en algún


n
ls«E
196.D
ig,2fb
arodeV
lugar de Irlanda, la ciudad de Polarch. Lentamente, con la luna,
surge tras las colinas linares, en la vecindad de Armagh, la
Primada, y se pueden contemplar sus torres carmesíes y sus
murallas blancas. Una vez vieron a un hombre que salía a
caballo por una de las puertas de Polarch, y el arzobispo
mandó a dos arqueros suyos que lo siguiesen. Al cabo de siete
días de viaje el jinete aquel, que se cubría con un casco de
oro exagonal —como propiamente lo fue el yelmo de Mam-
brino, rey moro—, se detuvo junto al único árbol que quedaba
en la Irlanda central, y que era un hermoso sauce.
—¿Cuándo tendrá hojas verdes? —preguntó el jinete de
Polarch a los arqueros del arzobispo, que llegaban sudando.
Estos, antes de responder, se pusieron las dalmáticas de
gala, y tras discutir cuál de los dos contestaría a la pregunta
del desconocido, cayendo en que la antigüedad aun en arque­
ros episcopales es un grado, el veterano dijo:
—Para Pascua de Resurrección.
—¿Ahora es invierno? —preguntó el jinete.
—Sí, señor, es invierno.
El jinete regresó a la aérea ciudad de Polarch en siete días
de galope corto por las colinas y los valles, y los arqueros no
pudieron seguirlo. Se sentaron en las rocas de Dadhuirdan a
comer un poco de tocino con pan de centeno, que era lo que
les quedaba en la mochila. Los exégetas gaélicos, comentando
este caso, deducen que en Polarch no hay árboles, y que no
sabiendo que aquellos eran días invernales, en Polarch no ha­
brá más que una estación. El amador del sauce acaso fuese
el poeta de Polarch. Años más tarde ya ni siquiera podría ha­
ber visto el sauce, porque fue cortado una vez que acamparon
unos ingleses junto al vado de Lioch. Eran los años de las
grandes hambres. Un escritor cuenta que un hidalgo irlandés

134
convidó a su casa a sus mejores amigos a comer unos conejos.
Muchos más invitados había que piezas, y los gentilhombres
campesinos de Irlanda siempre viajaban con criada, y si había
noticias de que iba a haber una fiesta en una casa, se movili­
zaban en aquella dirección dos o tres tribus de gitanos. Los
invitados del hidalgo bebieron con su huésped el whisky de
rigor, y después de hablar de política y de modas francesas,
decidieron que había llegado la hora de la cena. Esta estaba
sin hacer. El mayordomo del huésped dijo a su amo que no
había carbón.
—Que corten un árbol.
—Ya no quedan en Irlanda, señor.
—Que quemen turba.
—No queda, señor.
Hubo que cocinar con paja. Los conejos estaban crudos y
las patatas deshechas. Cuando los invitados se retiraban a sus
habitaciones, los criados suyos y los gitanos habían deshecho
los equipajes y, disfrazados, bailaban por encima de las ca­
mas, borrachos. Lord Muiré de Guaghamtir avanzaba ha­
ciendo eses por el pasillo alumbrándose con una palmatoria.
De pronto, de la oscuridad, surgió un enorme perro ham­
briento que de un bocado se tragó la vela encendida.
Hubo un momento en Irlanda en que no hubo ningún ár­
bol. Siete días, repito, tuvo que cabalgar el jinete de Polarch
para ver el sauce cercano a Lioch, un vado donde siempre había
patos y gallinetas en las junqueras. Un sauce muy hermoso.
Quizás más hermoso todavía que el sauce de Nogales, en tie­
rras luguesas... ¡Qué nostalgia de árboles en Polarch, donde
acaso había pájaros que no tenían rama donde posarse! Po­
larch va lentamente por el aire, y se deshace azul en la cla­
ridad tan fina de la luna nueva. No hace falta anteojo para
verla. Pasa lentamente y silenciosa, y hay quien asegura que
desde la torre más alta, una mano blanca mueve un pañuelo
rojo diciendo adiós. Synge, en un verso, hizo alusión a esa
mano, «un gracioso y triste adiós que alguien sueña».
Adach en el aire

Hace algunos años había publicado


D
vé»,F,
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igls«E
r196.aV
b
eoctu
28d yo un artículo sobre
la rica ciudad de Adach, que como se sabe fue una ciudad
irlandesa, asentada en una verde colina, que en siglo vn se
perdió en el aire. Una mañana, dicen las crónicas, el viento
se vistió de rojo, envolvió la ciudad de Adach, y se la llevó por
entre un campo de enormes nubes blancas. Y se la llevó con
su rey y sus tejedores, con sus cazadores que ensayaban el
cuerno de caza y a cuyos pies dormitaban sus canes ladrado­
res, y con un santo abad que estaba precisamente diciendo
misa en el iglesia de San Eán. Por cierto que el santo abad,
por aquello de la oveja descarriada, cuando ya iba la ciudad
de Adach por el aire, bajó un momento a recoger, agarrándolo
por la crespa cabellera, a un mozo adachiense que estaba en
una taberna del camino emborrachándose con cerveza y can­
tando canciones obscenas. Cuando iban por el aire, el abad
le obligó a dejar caer el jarro que llevaba el mozo en la mano
y que no quería soltar. El jarro de cobre, caído mismo donde
fuera la torre de Adach, lo dejaron quedar allí los que lo en­
contraron, para que se supiera dónde estuvo una vez la ciu­
dad.
Mi artículo le había gustado a don Vicente Risco, quien
tenía noticias de Adach y muchas de otras ciudades perdidas
en el aire, las más en Oriente, y coincidían las diversas histo­
rias en que siempre quedaba un objeto donde fuera el solar y
nadie lo tocaba, y se sospechaba que un día cualquiera Adach
y las otras urbes voladoras orientales podían regresar. Le pre­
gunté a don Vicente si Adach podría estar en el Paraíso, a la
orilla de un dulce río, y me dijo que no era probable, y que
bastante era ya con que estuviese en el aire, meciéndose, y
me contó de una ciudad que viene en un libro de la India
y a la que nacieron alas, y que la tal ciudad, antes de serlo,
fuera el sueño de un hombre, e incluso, si se leía bien, un sa­

*
bio hombre transformado en una ciudad en un avatar. El sabio
era utopista, y la ciudad la poblaba la gente que él había so­
ñado, espíritu y disciplina, para su legislación imaginaria. La
ciudad, según eso, tendría sus años contados, y tenía que mo­
rir, como un ser animado cualquiera, para transformarse, en
una nueva encamación, en pez, en asno o en mujer... Yo le
hablaba a Risco de aquella nueva Divina Comedia que imagi­
naba Charles Péguy, en cuyo Paraíso pondría «aquellas cosas
cristianas que han tenido éxito: las catedrales, las universida­
des». Péguy decía que pondría a Chartres, y también las ciu­
dades: Roma, Jerusalén, Santiago de Compostela, y al fin
francés, de un patriotismo histórico y milagrero, también Or-
leans, por Juana la buena lorenesa, «Orleans que estás en el
país de Loira». Pero a Risco no le gustaba Péguy.
Adach no fue vista nunca más. Hay otras ciudades en Ir­
landa, perdidas en la niebla matinal, que a veces aparecen a
lo lejos, con sus blancas murallas y sus torres por las que
trepa la hiedra, y al anochecer se ven encender luces en ellas
y se escucha una música lejana, tan hermosa como si Coigha
el arpista estuviese dando un concierto en la sala de las da­
mas. Te vas acercando a la ciudad, y cuando crees que ya
falta menos de media legua para llegar ante sus puertas, se
levanta un fuerte viento o cae una espesa niebla sobre la tie­
rra, y la ciudad desaparece y tú quedas perdido en el medio
del mundo, y durante muchos años no ves otra cosa, ante tus
ojos, que la ciudad del aire.
Un periódico inglés publicaba el otro día un artículo sobre
la ciudad de Adach y el autor, racionalista, decía que tal ciu­
dad la hubo, verdaderamente, y que fue destruida por aerolito
igneo, bajo el que quedó sepultada. En el agujero que hizo
el aerolito, se formó una laguna. Así, pues, Adach no está
en el aire, sino en el agua, como Antioquía.
El camino perdido

Se cuenta en el Ciclo de Allrode


vé»F
n
l«E
ig,24st1963.D
arodeV que un mozo soñó que
mataba a su padre y que podía entonces huir con la más joven
de sus mujeres, escondiéndola debajo de un sombrero mágico.
El sombrero había sido comprado en Roma y era obra de Vir­
gilio, el poeta, transformado en mago en la imaginación me­
dieval. Lady Gregory llegó a identificar once objetos mágicos
existentes en Irlanda y que habían sido construidoá por Virgi­
lio; entre ellos un espejo en el cual quien se miraba se veía
muerto en el lugar donde le sorprendería su última hora, lo que
permitía retrasar el suceso, evitando aquella ciudad o aquella
habitación. Pero la cosa no era tan fácil. Por ejemplo, Fer­
nando el Católico tenía predicho por una bruja que moriría
en Madrigal, y aquel señor tan político evitaba pasar por la
villa castellana; pero un día que estaba en Madrigalejo, dio
su alma a Dios. Enrique IV de Inglaterra no fue a Jerusalén
porque le había sido profetizado que moriría allí. Pero murió
en Londres en una sala de su palacio que se llamaba Jerusa­
lén... El muchacho del Ciclo de Allrode soñó que llegaba a
la casa paterna y ocultaba a la hermosa debajo de su sombre­
ro. El asunto es muy complicado, porque se han enredado
unas historias en otras, como cerezas en una cesta. El joven,
escondida la bella en el sombrero, se lo ponía, y cabalgaba
con el sombero puesto sesenta leguas. Cuando se quitaba el
sombrero para darle las buenas tardes a la dulce prenda que
allí llevaba escondida, se encontraba con que ésta acababa
de dar a luz a un niño, y con siete argumentos la joven madre
probaba al mozo que aquél era su hijo legítimo y verdadero.
En otra versión aparece San Patricio y con una prueba hecha
con hierros al rojo vivo afirma que el niño nacido en el som­
brero es el hijo del mozo...
Pero el gran problema de toda esta novela consiste en que
el mozo está soñando. Soñando que va a casa de su padre,
que lo mata con una espada jaspeada, que se lava las manos
con sangre que se quita de su muslo izquierdo —porque una
sangre lava otra sangre—, y que después entra en el patio de
las mujeres, contemplando la más joven a la luz de la hoguera
que arde en el centro, y acercándose a ella con el sombrero
de Virgilio que es negro. El muchacho se entusiasma con
aquel sueño y al día siguiente monta a caballo para transfor­
marlo en realidad. Pero como, en virtud del crimen soñado,
está en pecado mortal, no encuentra el camino de la casa pa­
terna y se pierde en la selva de Llyorfair, donde, anochecien­
do, lo sorprende una manada de lobos que lo devora a él y a
su caballo. Todo lo que queda en el claro de la selva es el
sombrero de Virgilio.
En la Dublin Review, el profesor Henry M. Fennel, estu­
dia, en el último número que ha llegado a mis manos, lo que
fue del sombrero de Virgilio, y da noticias estupefacientes.
¿Quieren ustedes creer que en pleno siglo xvi, cuando Lord
Essex fue de lugarteniente de la reina Isabel a Irlanda, los
servicios secretos —por llamarlos así— del impetuoso señor
afirmaban que el cabecilla rebelde Tyronne era dueño del fa­
moso sombrero, con el cual andaba escondido, entraba en Du­
blin, y desde dentro del sombrero bebía en las tabernas, aun­
que estuviesen llenas de soldados británicos? Era un sombrero
redondo, de copa a la flamenca —se llamaba copa de Ambe-
res—, negro, con fleco dorado en el ala ancha y se llamaba
Roarer, es decir «bramador».
Amada isla de Foringal

Aunque según los eruditos hayvé»,F, cuarenta y tres descripcio­


n
l«E
gD
r963.aoV
b
tim
esp
18d
nes de la isla de Foringal en antiguos documentos, crónicas,
fábulas y poemas de Irlanda, la verdad es que nadie sabe de
qué parte cae esa tierra, pequeña y redonda como una manza­
na, y cuyo nombre las más de las veces viene precedido de
ese adjetivo: amada, amada isla de Foringal. Para algunos
poetas, como recuerda lady Augusta Gregory, fue algo así
como la memoria de la pasada juventud. Se decía su nombre,
y a continuación el bardo que acariciaba el arpa, comentaba:

Ai!, fa i moito tempo que o meu corazón


non ousa perguntar pólas p onías frolidas de abril.

Cuando Deirdre, la de los Dolores, que es en la leyenda


gaélica a la vez Dulcinea, Oriana, Ofelia y Julieta, soñó que
tocaba el arpa de Catcho O ’Dona, de Catcho el Hijo del Ne­
gro, en su sueño el arpa no sonaba, hasta que Deirdre, siem­
pre soñando, fue a Foringal y regresó con una hierba verde,
la cual, pasada suavemente por las cuerdas del arpa famosa,
arrancó a éstas las voces encantadoras que escondían... El
arpa de Catcho permaneció muda desde Deirdre hasta aquel
día terrible de San Miguel, en que fue visto un niño aparecer
con ella en un campo cercano a Dublín. Era el año de la gran
miseria. La llamada helada gregoriana había quemado el cen­
teno en flor, y la gente se tumbaba a morir tras haber masti­
cado unas raíces secas de abedul o cocidas con sal y tomillo,
como el hidalgo de Baradone, que se mantuvo exquisito hasta
el final. El niño de que hablo levantó el arpa y se sacó de la
boca su enorme hambre. La gente vio la forma del hambre,
que la tiene de una garra tridáctila y negra. Con ella el niño
rozó las cuerdas del arpa de Catcho y ésta mugió como una
vaca. El abad mitrado de San David Rey se puso de pie en
su caballo y entonó el Dies irae. Los soldados ingleses dispa­
raron sus largos fusiles y cuando se disipó el humo de la pól­
vora protestante, el niño con el arpa volaba hacia el cielo y
en el prado yacía muerta una vagabunda llamada Mary la del
Molino, de prodigiosa vida.
Pero volviendo a Foringal, en las escuelas de poética en
las grandes abadías irlandesas de la Alta Edad Media, cuando
se acercaba el otoño, los alumnos hacían ejercicios usando
como tema el bello tiempo de la amada isla de Foringal. Pa­
recía obligado, en la presencia de las hojas secas que comen­
zaban a caer de los árboles, saludar a una isla que, tal Tima-
noge, la Florida del mar, disfrutaba de una primavera. Era
como el primer curso de la melancolía. Jorge Luis Borges ase­
gura que los poemas de Foringal tenían por objeto conservar
en la memoria de los estudiantes las bellezas de la primavera
y el tiempo de las flores cuando venían los largos y duros
meses invernales y aconteció que la forma literaria de la pri­
mavera llegó a sustituir a una visión directa de los campos y
los jardines, y de ahí que en esos ejercicios figuren flores,
plantas, pájaros y diversos animales que nunca hubo en Irlan­
da. Pero hay que creer que cuando en la lluviosa tarde de un
corto día de otoño o en una oscura alba de invierno el estu­
diante decía aquello de «¡amada isla de Foringal!», en su co­
razón se encendía la esperanza del abril que vendría con la
rosa y la golondrina y el espléndido sol... Ya se acerca el
otoño, ha pasado fugaz el verano y se va el estío, y uno qui­
siera guardar las palabras que va a decir la resurrección del
mundo en mayo que viene.
Servidumbre de paso

En Irlanda va a verse estos días,


vé»,F, en la instancia competen­
n
ls«E
igD
arzo196.V
em
25d
te, un pleito que ha preocupado a algunas gentes y movilizado
a los folkloristas. Con motivo de la construcción de una ba­
rriada de casas para obreros, en un lugar cercano a Dublín,
se corta un camino antiguo, una de las que allá llaman «vere­
das de yegua» —deben poder cruzarse en ella, cómodamente,
dos yeguas preñadas—, la cual vereda se remonta al siglo v,
según algunos eruditos locales. En este camino existía un pe­
queño muro, a la derecha saliendo de Dublín, y en el muro
una brecha, abierta desde el año 1379. Ahora desaparecen ca­
mino y muro, y brecha, claro es. La brecha servía para que
todas las noches de luna llena saliese por ella al camino y por
el camino pasase a otra fuente, donde moraba cautiva una her­
mana suya, el hada de la fuente que llaman Rahan. Tres ve­
cinos alegan servidumbre de paso, famosa en el folklore gaé-
lico, y que se halle la forma de que el hada, Sodelabh, pueda
seguir saliendo de su fuente, por aquel boquete del muro, al
camino, a la vereda de yegua.
El hada se llama ahora, y desde hará unos quinientos años,
Sodealbh, o Sodelva, como la gran santa Sodelva de Offaly,
hermana de otra santa, Eithne, a su vez madre de otra, Colma
o Columba. Pero primitivamente Sodealbh se llamó Tugha,
el hada más anciana de las fuentes irlandesas, y fue conocida
igualmente por Mella, Mella la Plateada, un hada lunar y
acuática, extremadamente benéfica y dulce, vestida de perfu­
mes, protectora de manantiales, y que se mantiene siempre
joven esperando la llegada del principe Cathu, que viajó a Je-
rusalén, y con el que ha de casar.** Lo peor del asunto es

** El día 6 de abril, los irlandeses celebran la fiesta de San Cathdubh o


Cathu, obispo. Es curioso, dice Neeson, que su nombre es similar, sino idén­
tico, al del famoso druida en la leyenda de Deirdre de los Dolores, y de los
Hijos de Usna. Se dice que Cathu murió en el año 555, a los ciento cincuenta
de su edad. Y que se le había aparecido, en la orilla del Jordán, Juan el
que si Cathu regresa de la palmería y se casa Mella la Pla­
teada con él, el hada, en el mismo momento de la consuma­
ción del matrimonio, se transformará en una anciana de mil
años, arrugadita como una uva pasa, pelada, ennegrecida y
sin dientes, que a poco morirá. Y Cathu se meterá en un mo­
nasterio y, monje, llegará a santo.
A Yeats, niño, le preguntaron una vez:
—¿Qué pedirías ahora mismo si pasase una estrella fugaz?
—Que no regrese nunca Cathu de Jerusalén, para que no
envejezca y muera Mella.
Y quien hacía la pregunta a Yeats, insistía:
—¿Por quién deseas eso, por Mella o por Cathu?
—Por mí, que quiero ver algún día a Mella, respondió el
que había de ser el gran poeta.
No se sabe si Yeats vio alguna vez a Mella, pálida, arras­
trando luz de luna en vez de sombra por los caminos, saliendo
de su fuente por el boquete del muro. Los ruiseñores se trans­
formaban en viento... Confiemos en que esa servidumbre de
paso sea respetada. «El pueblo», dijo Heráclito de Efeso,
«debe combatir por su ley como por sus murallas». Debe
combatir también por estas pequeñas bellezas y misterios, que
nacieron acaso de un sueño suyo, y siguen existiendo porque
son un sueño.

Bautista, quien lo bautizó. Y desde el día en que el agua del Jordán fue de­
rramada sobre su cabeza, Cathu tuvo su pelo mojado, como si en aquel mismo
momento acabase de ser bautizado. En años de escasez, multiplicaba las ove­
jas y las castañas, y también los músicos. Protege a los que siempre dicen
la verdad, lo que les suele atraer grandes males, aunque no provocar la des­
trucción del universo, que ésta se producirá por la mentira. Recuerden los
Huyhnhnms virtuosos de Swift, que no saben ni pueden comprender o nom­
brar la mentira, negación de «esto que es». Swiff había oído hablar de San
Cathu, y de los problemas que le planteaban los verídicos a ultranza. (N. de
A.C.)
Avito viajero y otras historias
Versión del santo conde Osorio

Podíamos comenzar diciendo3desptim


yj»,DFese
gl«R
r195.aoV
b, verso que a veces se dijo
para iniciar el canto a don Artús o el laude a San Luis rey:
«Fue un soñador en un siglo de armaduras». Trataba de seño­
ría y excelencia a la espada que ceñía y a la lanza que enris­
traba, hierros amigos del señor, y dialogaba con el corcel de
guerra, que a ejemplo de lo que en la Ilíada hacían los caba­
llos de los héroes, inclinaba la cabeza hacia el suelo y lo to­
caba con las largas crines, más hermosas que hexámetros ho­
méricos. Los góticos ojos azules acariciaban con sus miradas
la batalla, el sangriento juicio, y entraba a ella con amor, en
lo que toca al espíritu: la pobre carne, el hueso y el tendón
puede enfriarlos el temor, pueden dudar y estremecerse, y es
entonces cuando el héroe ha de advertir: «¿Tiemblas, esquele­
to? ¡Si supieras adonde te llevo!...». No es que creyese como
el persa que no hay más hermoso jardín que una batalla, no,
pero sabía que muchas cosas espirituales se hacen con la seña,
el hierro airado, el clamor y la muerte y batalló el conde Oso-
rio Gutiérrez, con los osos y los lobos totémicos de su estirpe
en la memoria, las batallas terrenales, y habiéndoles dado fin,
decidió visitar el Santo Sepulcro en Jerusalén, y dejó la arma­
dura por la estameña, e hizo la palmeria por limosna, limosna
que él daba a Jesús Nuestro Señor y limosna que él pedía para
sí, y aun como Germain Nouveau quería, para el camino. Los
caminos de peregrinación son viejos y fatigados caminos, y
agradece su reseca condición la coda de pan y la cunca de
vino, y aun la moneda de céntimos que se pierde en el polvo...
Fue el conde Osorio palmero, y era entonces la Palestina
de los bizantinos, y había por los caminos lámparas de plata
en que por único aceite alimentaban los ungüentos que perfu­
maban los cabellos de las doncellas, y pozos de agua fresca
custodiados por palomas, y se veía ir y venir por los aires,
como quien ve la luz del día, ángeles de felices y coloreadas
alas, llevando y trayendo copas de oro. «¿Qué llevas en esa
copa?», preguntó a un ángel que pasaba Demetrios Filikos,
el iluminador. «Llevo sed», respondió el ángel. Y Demetrios
estojó el ángel y la sentencia en un pergamino. El conde Oso-
rio oró ante el Santo Sepulcro, se echó ceniza de cedro y de
ruiseñor por la cabeza, «y envejeció». Envejeció en un repen­
te, creo yo. Envejeció hasta poder verle a la muerte los hilos
ásperos del rostro y la sombra de las manos, hasta poder pasar
a través de la muerte, que ya está tan segura de tener su presa
que le permite el juego. Y habiendo envejecido escogió un
sarcófago de una piedra blancuzca y amarga, y lo labraron
para su poderoso cuerpo con la gracia de unas ondas, que van
y vienen por la piedra como las del mar por el mar. Y tomó
el sarcófago por lecho, y regresó a Lorenzana, donde fundó
el monasterio de San Salvador, dio su alma a Dios, y está
enterrado.
Hoy es la romería en Villanueva de Lorenzana, bajando
hacia la miraña luguesa, que llaman del Conde Santo. En el
sarcófago hierosolimitano hay un pequeño agujero por el que
la mano busca tocar los huesos de Osorio Gutiérrez. Yo me
acerco con gran respeto y lo trato, por lo que sé de la román­
tica caballeresca, con cortesía. Me pareció que le sería grato
que le llamase don Amadís. Y le digo: «Buenos días, don
Amadís. ¿No llega el olor de la cera valeca a vuestros huesos,
o preferís el que viene del huerto, el aroma de reinetas y ta-
bardillas? Y vuestra espada, ¿qué prefiere, la miel o la rosa?
Está lloviendo dulce y lentamente sobre las avemarias que os
rezan valecos y mariñáns: como si lloviera sobre mariposas.
Llueve también sobre el cantar del mirlo vecino... ¿Y por qué
es amarga a la lengua la piedra de tu huesa?». Y acostumbro
a darle noticias de Carlomagno y el rey Artús, de don Galaz
o del Cid. «Esta mañana, tempranero, pasó don Galaz a la
demanda del Cáliz de la Cena.» Se lo digo por si les nace a
los huesos fríos el antiguo y flamígero ardor. «Se oía el cuco
hacia Arroso cuando pasó», añado. Pero los huesos están sor­
dos, sordos de siglos y de desesperanza terrenal. Ya, sólo, la
resurrección de la carne los ilusiona y retiene, polvo inerte...
Pero yo, tal día como hoy iré a Lorenzana en romería, y me
acercaré a la piedra levantina y le daré noticias. Cuenta don
, Francisco de Portugal en su Arte de la galantería, que un gen­
tilhombre llegó a su palacio, regresando de las cazas, y halló
a la dueña castellana llorando y a las doncellas de su cámara
también. Inquirió el señor la causa de tan amargas lágrimas,
y la esposa le contestó: «Estábamos cantando en la galería,
cuando un paje que pasaba jinete por el camino nos gritó:
¿Cómo osáis cantar? ¿No sabéis que ha muerto Amadís?...».
El caballero mandó que doblasen a muerto las campanas. Qui­
zás un año, por tentarle al conde santo las memorias floridas
de la caballería de antaño, me acerque a sus huesos y diga:
«¡Señor conde, ha muerto Am adís!...». Y mandaré callar las
músicas, y sólo al mirlo se le oirá la flauta parleruela en el
huerto, una flauta nostálgica, como envuelta en sedas, pues
la tarde cae.
Una sirena de Francia

Mi amigo el profesor Luis Botella


j»F
typ
ls«R
958.D
ig,31n
arodeV Herrera, palentino de
nación, tan palentino como el río Carrión, del que escribió
Francisco Vighi:

«Nace y muere en la provincia.


No hay otro más palentino;
recen por él un responso
los frailes de San Isidro»,

que al pie del convento de San Isidro muere, el Carrión, en


el Pisuerga, que a su vez muere en el Duero, que muere en el
mar; mi amigo, continúo, escribió un delicioso estudio sobre
los Velarde que en Aguilar de Campóo tienen casa, y de un
tal don Lope Velarde cuenta que casó con un sirena francesa
allá por el año 1250. Bueno, lo de casó es un decir. Se la
compró a un francés que la traía en media cuba, llena de
agua, por las Castillas adelante, mostrándola a la gente y co­
brando la exposición. La sirena hablaba francés y castellano
y las demás lenguas, entre las que estaría sin duda la nuestra
gallega, que por entonces tan suavemente cantaba. Don Lope
la vio en Castrogeriz, y se enamoró. ¿Rubia o morena?
¿Acaso le cantó una canción a don Lope y lo ligó con ella,
con el dulce estribillo? Don Lope Velarde se la compró, la
sirena, al francés, pagándole con buenos marcos de plata y
una casa en Burgos, en «la plazuela del Vinagre, detrás de
las casas del Almirante», y con la hermosísima señora se re­
tiró a su solar natural, que lo era el sobredicho Aguilar de
Campóo. La sirena se llamaba Alís, Alicia.
Son deliciosas las páginas en que cuenta Botella Herrera
el viaje de don Lope y su sirena desde Burgos a Aguilar, sa­
liendo la gente a los caminos a contemplar la insólita hermosura
de doña Alicia; imagina Botella la llegada, a la anochecida,
a una villa, y las gentes con faroles, linternas y hachones,
curiosas y sorprendidas ante la posada, y cuando todos se re­
tiraron, y ya don Lope le cambió el agua de la media cuba a
la sirena, y reina el silencio en la villa, surge en la callada
noche la voz misteriosa y cálida de la sirena de Francia, en
cada sílaba de su canción diciendo amor.
¿Se casó don Lope con la sirena o no? Parece que la leyenda
quiere que el obispo de Palencia se oponga a tales bodas, aunque
la sirena estaba bautizada, y vayan y vengan correos de Agui-
lar a Palencia, y al fin, cuando el obispo concede licencia,
muere sin llegar a casar a doña Alicia, de un repente, viendo
acercarse el novio, vestido a lo galán con el abad mitrado de
Santa María la Real, que acudía a bendecir las nupcias... Lo
que hay de cierto es una donación del dicho don Lope a los
monjes de Santa María en la que dice que él, don Lope Ve-
larde, es «viudo de la sirena de Francia Alís». Se discute si
la escritura es la original o no, y si no lo es, se pregunta Bo­
tella Herrera cuál gracioso equívoco dio lugar a creer que don
Lope era viudo de una sirena, y quién imaginó, en la soledad
castellana, el viaje y las bodas de una sirena atlántica. ¿Los
amores de nuestro don Amadís, ese leal enamorado a quien
don Ramón Otero Pedrayo llamó el Ulises del Atlántico, no
se pusieron en prosa castellana en la villa de Medina del Cam­
po? ¿Acaso en los campos de tierra y en la tierra de campos
de Castilla la gentil no pueden soñar las islas y la mar, las
naves, los marineros y la sirena?
Enterraron a la doña sirena, según tradición, en Santa Ma­
ría la Real, y don Lope mandó labrar la figura de ella. El
canónigo Ovando, en su crónica, dice que no llegó a ponerse
la estatua en la sepultura de la sirena «porque era indecente».
Estaría la sirena al natural, me digo, desnuda, quizá sólo cu­
bierto el busto por las ondas mil de los cabellos... Pero yo,
de quien me pongo ahora a hacer imaginaciones es del triste
viudo, del buen caballero don Lope Velarde. ¡Ahí es nada!
¡Ser en Castilla viudo de una sirena de Francia! Pasearía sus
melancolías don Lope a orilla de los trigos y los viñedos.
Siempre triste, buscando con su oído en el aire el calor de
las canciones perdidas, escuchadas una vez de la boca de la
sirenica. ¿Qué caricias añoraría y cuáles besos? ¿Qué secretas
palabras de amor se cambiarían entre los enamorados, en los
atardeceres de abril y mayo, en Aguilar de Campóo? ¿Había
entonces rosas coloradas en Castilla para deshojar en el agua
de la media cuba en que vivía doña Alicia, sirena de Francia?
San Froilán a la jineta

Celebran hoy los lucenses dearodeV


j»DFnoble muralla la fiesta de su
yp
198.ls«R
b
ig,5ctu
Patrono, San Froilán. Se me reprochó una vez que lo pusiese
yo entre los santos a la jineta, al lado de Santiago Matamoros,
San Jorge, San Martín, San Crisógono, San Conón y San Pa­
blo, que son los seis montadores de los cristianos altares, y
todo porque Froilán no montó en caballo, que montó en lobo,
y solamente algún fin de jornada, subiendo el puerto de Pedra
if ta, pongo por caso, cuando venía de León a Lugo. Pero tam­
poco a Pablo se le pone montado, sino derribado, en el ca­
mino de Damasco, y aunque Martín parta la capa desde lo
alto de su caballo, está probado que era de infantería. En cam­
bio, solamente en el Delfinado de Francia se usa poner a Fran­
cisco de Asís entre los santos a la jineta, que allí patroneó
antaño cofradías de caballeros, las liges d ’epée, y supongo
que el elegir a San Francisco para tal oficio sería por aquella
veleidad de andante caballero que tuvo en la flor de su moce­
dad, y que le hizo salir jinete al campo lanza en ristre, alte­
rado su ánimo soñador con la flor de los romances carolinos
y las leyendas artúricas, como salió vuelto el seso con la lec­
tura de libros de caballerías, a la del alba sería, nuestro don
Quijote de la Mancha. Y ya se sabe que Farinelli veía en este
paso de la vida de San Francisco un antecedente de la inven­
ción cervantina... pero estábamos con San Froilán cabalgando
el lobo.
Se afirma que Froilán reprendió al lobo por sus desmanes,
y que éste agachó las orejas, y se puso de criado del santo
obispo, quien, habiéndose quedado sin asno por las hambres
del lobo, cargó a lomo de la fiera las modestas alforjas, que
pues venía Froilán de tierras de León, serían coloreadas,
como de mano maragata, y con borlas de fleco. Y cuando
cansaba Froilán, montaba en el lobo como antes en su asnillo.
Y en los descansos, calmo el lobo antes hostil, santo y bes-
tia conversaban. Es un decir, porque con Certeza solamente
se sabe que el santo le hablaba a la bestia, y ésta oía, y lo
que las palabras obraban en el ánimo del lobo, Froilán lo sa­
bría por cómo éste meneaba la cola, o por la mirada de los
ojos, por si la fiera domeñada le lamía las manos. El lobo
entró en Lugo con Froilán, y era can manso, y aguardaba la
mano, y no le temía al fuego. Y anduvo de aquí para allá
con el obispo, hasta que un buen día se echó a morir.
Lo que Froilán decía al lobo, descansando bajo unos cas­
taños en Becerreá, debían de ser cosas optimistas, y referen­
cias a la belleza del mundo, a la gracia y hermosura de vivir
en el reino terrenal, y ésta era la lección que más urgente­
mente precisaba el diente carnicero del lobo; todo iracundo,
todo violento, soberbio, es profundamente pesimista y dueño
de un espíritu desasosegado. Froilán procuraría quitarle al
lobo la tristeza y la inquietud, la náusea. Si conserváramos
los discursos de Froilán al lobo en el Bierzo, en el Cebreiro,
en Becerreá, en Baralla, etc., podríamos reunir, para leérse­
los, a los torturados y torturadores, angustiados y angustiado­
res, de las letras de estos años, para que aprendieran a aban­
donar el lodo por la luz y la náusea por la sonrisa. ¿Llegaría
Froilán, con sus palabras, a conseguir que el lobo sonriera?
Y Sartre, ¿podría sonreír?
Dicen por aquí que ningún animal doméstico, ni el mismo
perro, logra entender el humano lenguaje, y el gato es el más
torpe y el más desinteresado, y que por eso no debe dársele
nombre. En puridad, aunque se le dé nombre a los bueyes y
vacas, solamente dos animales domésticos debían tenerlo pro­
pio: el perro y el caballo; así se aprende en Le roman de la
Rose. Cuando Froilán habla al lobo, y éste le entiende todo
lo que le dice el santo, cabe preguntar por la materia del dis­
curso, sí, pero creo que la pregunta correcta es ésta: ¿qué
turba el corazón de un santo que pueda también turbar el co­
razón de un lobo? Y añado: ¿puede llegar a conocer el lobo
un silogismo cuya mayor diga que todos los lobos son morta­
les? Porque ahí comenzaría a asombrarse el lobo, es decir, a
filosofar, y a entender a Froilán.
Digo que me gustaría estar en Lugo, a ferias; haber ido
desde mi valle por los caminos de la Terrachá, pasar el Miño
por vado o puente, y ya en Lugo entrar por puertas hasta la
plaza y asombrarme, como rústico, en la urbe. A mediodía
campanero me iría a gustar el pulpo, que entonces, todavía
no descubiertas las Indias, se comería sin pimentón, y con el
último bocado en la boca me llegarían nuevas de que venía
un monje con un lobo del ronzal, y correría yo hasta la puerta
de San Pedro, y subiría a su balcón a ver el prodigio. Froilán,
como dueño de un humilde corazón, quizá le evitase al lobo,
entrando a la ciudad, la última humillación de llevarlo caba­
llero, y con esto sí que pueden argüirme los que se oponen
a que San Froilán figure entre los santos a la jineta. Llevaría
el lobo del ronzal, la punta en la mano derecha, y con la iz­
quierda tocaría el lomo de la fiera, diciéndole en voz baja:
¡Sosiégúese, hermano, sosiégúese!
Lisel de Bonayre

Se sabe muy poco de ella, y D vé»la


196.ls«E
ig,7n F historia suya ha sido mez­
arodeV
clada con la historia de un malvis que venía desde Levante a
los jardines de Francia con una rosa en el pico. Concretamen­
te, con la primera rosa de Antioquía. Cuando el malvis se
echaba a dormir —el malvis, se sabe por Walter von der Vo-
gelweide, es de los pájaros que, como los ángeles, duermen
con la cabeza bajo el ala—, dejaba la rosa con el tallo en el
agua, para que no se marchitase. La rosa la mandaba un tro­
vador que andaba por allá, Guy de Pamiers, para que el mal-
vis la dejase caer en el regazo de la más gentil y enamorada
de las damas de Aviñón. Guy de Pamiers hacía veinte años
que estaba en la palmería y ya no sabía los nombres. Dicen
los eruditos que en una canción los confundió todos. Pero el
cantor tenía allá, junto a las arenas del desierto, memorias de
seda:
«Os ollos verdes que eu vi
me fazen ora andar así!».
Y un día de mayo llegó el malvis a Pro venza con la rosa.
Estaban las siete más ilustres doncellas en el puente de Avi­
ñón, por no se sabe qué secreto mensajero avisadas. Acaso
por otro pájaro. Los trovadores provenzales tuvieron siempre
mucha amistad con las aves, especialmente con el mirlo y el
ruiseñor, y con la garza de las bocas del Ródano —que ya
no la hay, «l'heroum escouet els berns», y era cumplidora de
la ley del amor que manda que la dama pierda un pañuelo
bordado en la despedida; la garza dejaba la pluma más suave
en la junquera...
Pero volvamos a las damas, que estaban en el famoso
puente. Son las condesas de Baux y de Nyans, la vizcondesa
de Roullet, Lisel de Bonayre y tres más, Allix, Diana y Da-
nora. Llegó el malvis al puente y revoló sobre las hermosas
cabezas. Pareció que iba a posar la rosa en el regazo de la
condesa de Baux, descendiente del rey Melchor por una so­
brina heredada en Trípoli de Siria, pero la dejó caer entre las
finas, largas, pálidas manos de Lisel de Bonayre, que fue en
aquella hora la más perfecta de las reinas de las solemnes cor­
tes de amor...
Hasta aquí la fábula del malvis, que pudo ser verdad,
digo, dada la amistad profunda del claro trovador con cual­
quier ave que canta. Leo en una revista francesa que un poeta
provenzal ha escrito una pieza dramática con el viaje del mal-
vis con la rosa y con el triste fin de Lisel de Bonayre. Digo
triste fin porque Lisel se ahorcó. Ella no era la pura doncella,
¡ay!, y tenía amores secretos. Y se avergonzó en su corazón,
y se consideró indigna de la rosa roja. Se la mandó a Santa
María en una caja de plata, y se ahorcó. Se colgó en un ciprés
en el huerto que llaman de los Mayordomos. Y la áspera
cuerda se extrañó de la suavidad de la piel: «l 'esbraille
étrayne lo suavor». Y la cuerda habló para extrañarse y para
pedir por el alma de Lisel de Bonayre al Creador.
Los diablos lusitanos

Leyendo en un curioso libro é»F de un erudito portugués,


D196.ls«E
b
vm
ig,24n
arodeV
aprendo que la lengua cotidiana de los diablos mayores y me­
nores es el portugués. Allá por el 1705, una mujer de Santa­
rém —morena y moza—, acudió a una asamblea luciferina a
tres leguas de Lisboa; estaban allí reunidos, en sábado y con
Leonardo, setecientos setenta y siete demonios tratando de sus
asuntos, y la lengua oficial de aquel parlamento era la portu­
guesa. Todos los demonios presentes pretendieron a la mujer,
que se llamaba Felipa, pero ésta, monógama como dice Cam-
bassius que lo es el salmón, sólo se dio a uno, vestido de
terciopelo verde, que se llamaba don Alto y era grande vola­
dor. Envolvía a Felipa en su capa y juntos iban por los aires,
y en unas horas se ponían desde Santarem en Badajoz, donde
don Alto tenía una prima. Don Alto se cansó de Felipa, pero
antes de dejarla instalada en Lisboa le enseñó el arte de ence­
rrar vientos en huevos de gallina. Felipa se dedicó a vender
estos huevos con ciclón dentro, y vino a caer, por tal comer­
cio, en manos de la justicia. Se compra un huevo de éstos y
se tira en el portal de la casa de un enemigo; el huevo rompe,
y por la rotura sale el ciclón, y levanta el tejado de la casa,
o si se hace en el campo, se puede arrasar una cosecha...
Ahora en Francia tiran unas bolas de vidrio que hacen el
mismo efecto. Quizás ande por allí don Alto con una mani­
quí.
El Santo Oficio tuvo que ver con una mujer de Lisboa,
posadera de profesión, la cual seducida por un huésped bajó
con él a las casas que Satanás tiene debajo de la ciudad de
Evora, y pasa ante esas casas una calle por la que se va de To­
ledo a Roma, y no hay otra calle en el mundo más paseada.
Pues la mujer, Catalina Mendonza, halló muy fácil la plática
con aquel mundo, porque todos hablaban portugués con ella,
aun los que vestían de moro. La señora Catalina, apretada
por los inquisidores, confesó que toda aquella familia subte­
rránea salía a la tierra lusitana por la casa de un tal Martín
Britos Sequeiros de la ciudad de Evora, y que este sujeto era
como el mandadero mayor de la diablería, y el que pasaba
hacia abajo todos los encargos de los luciferinos, especial­
mente ropas, jabón de olor y chocolate, al que se habían aficio­
nado. Fueron los familiares del Santo Oficio muy callandito
a casa del señor Martín, entraron en ella con llave falsa, y
encontraron al prójimo sentado en un brasero encendido, le­
yendo en voz alta una carta hebrea. Cada palabra que leía,
Martín soplaba, y la palabra se convertía al instante en mosca,
que salía zumbando...
Los diablos paran poco en cada país, que los cambian de
destino con frecuencia. Alguno andará bajo la lluvia germá­
nica o británica, sin saber qué hacer, aburrido, con los zapatos
apretándole —nunca se logró un calzado cómodo para satáni-
das—, y añorando una declaración de amor en portugués, al
pie de una amendoeira en flor. Apollinaire decía que el diablo
es un fatigado melancólico, con largas horas taciturnas, gasta­
das tontamente en escupir a la calle desde el tejado en que se
sentó a contemplar la ciudad. A veces pasa un perro, y el
diablo escupe con fuerza y le da en el rabo. El perro huye,
y después se lame allí, horas y horas, hasta que ya se ha ido
el hedor.
Ha volado un lago

Los más de ustedes habrán leído


vé»,DF,
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r96.aoV
b
eicm
17d en los periódicos que en
una pequeña isla de la costa escocesa ha volado un lago; se
fue por el aire. Los sabios han dado ya científica explicación,
cuya exactitud y coherencia la hace sin duda sospechosa. Hay
en nuestro tiempo gente especializada en una parva rama de
la ciencia, que pretende el título de sabio, que es otra calidad
humana y humanista bien más alta. Son aquellos de los que
hablaba el señor Montaigne, que sabiendo algo de fuentes se
creen en la obligación de escribir toda la física. La explica­
ción del vuelo del lago la dieron unos expertos en geología,
olvidándose de que el tal vuelo se producía en una de las par­
celas del planeta de máxima densidad mágica, como es «la
brumosa Escocia». Los sabios —es decir, los expertos, gente
especializada, que no tiene ni busca una imagen científico-na­
tural unitaria del Universo—, han supuesto que cayó en el
pequeño lago un meteorito ígneo, que evaporó instantánea­
mente la mayor parte del agua, vertiendo el resto a las lagunas
vecinas. Y se han quedado tan tranquilos, porque la explica­
ción que ellos daban correspondía a un orden de posibilidades
físicas, y podía ser medida y pesada, y se podía hacer un
modelo. Yo, antiguo lector de historias escocesas, puedo
creer que en vez del meteorito fue MacNuire el Rojo autor
de la desaparición del lago, o Ayfir la rubia, esa dulce sirena
que en Burns calla por no mentir delante de un niño, y que
en Sacheverel Sitwell, en Dance o f the Quick and the Dead
—«nadie ha visto nunca la ceniza de un beso»—, deja a veces
la señal de la boca en las rocas. MacNuire hizo desaparecer
parte de Escocia en el aire o bajo el agua. Y en cuanto a Ay­
fir...
Ayfir la sirena vive en un pequeño lago durante siete años,
y durante otros siete en el aire. Cuando Isabel de Inglaterra
prendió a María Estuardo, gente fiel a la pobre María —abú­
lica, perezosa, algo tonta; hay confidencia de agente español
que asegura que «tiene el despeje de un niño de diez años lo
más»—; los fieles a María, digo, fueron a Ayfir a que les
dijese una canción encantada que hiciese volver a Escocia a
la reina, pero Ayfir estaba muda. Estaba para marcharse por
el aire cuando la encontraron. La mudez de Ayfir fue un mi­
lagro de San Andrés. Se había enamorado ella de un pastor
y se puso a cantar, llamándolo a las verdes aguas, y el pastor
iba ya a sus brazos, cuando una pastora viéndolo perderse in­
vocó a San Andrés, que quería para ella al pastor, y San An­
drés, que oye con cierta complacencia a los escotos, le mandó
una afonía a la sirena, y el pastor volvió en sí y ganó la orilla.
Volvió a las ovejas y a la pastora... Ayfir, sirena del agua,
¿no se llevará agua al aire, para morar allá esos siete años en
que es como ave? Un agua verde y limpia, remansada en una
cuenca de esquisto, y visitada de los mergos. Para mí Ayfir
fue la ladrona del lago. En la luna nueva de diciembre, que
tiene la luz verdiclara y misteriosa.
La tumba de Cagliostro

En un periódico francés leo laDvé»F noticia de que en el castillo


n
1962.ls«E
ig,8fb
arodeV
de San León, en Urbino, donde el extraño sujeto falleció en
primero de octubre de 1795, se están realizando trabajos para
encontrar la tumba de Cagliostro. En caso de hallarla, no me
extrañaría nada que estuviese vacía. Como la supuesta del
conde de Saint-Germain, en un bosque cercano a Salzburgo,
en la que dentro del ataúd solamente se encontró un anillo
formado por una serpiente que tenía en su boca una manzana
atravesada por una flecha. Un desconocido que estaba pre­
sente se arrodilló y tocó tres veces con su cabeza la tierra.
Aquel anillo era el de Rosa Cruz del misterioso conde, que
según sus propias declaraciones iba a pasar un siglo en el Hi-
malaya meditando y después regresaría a Europa con renova­
dos poderes y el dominio de todas las ciencias. Cagliostro
también había sostenido que no moriría, y que pasaría algu­
nos lustros en la oscuridad, antes de volver con los máximos
saberes transmutantes, la mirada que ve a través de los cuer­
pos opacos, el don de ubicuidad y la poliglotía universal. Se
lo dijo así a Lavater, en Basilea, el año 1781. Lavater le había
dado un cuestionario a Giuseppe Balsamo, también conocido
como conde Cagliostro, y como Tischio, Belmonte, Pellegri-
ni, Danna, Fénix, según los momentos y los países de Europa
en que residía. El íisionomista le preguntaba a Cagliostro:
«¿Fuentes de vuestros conocimientos? ¿Adquiridos de qué
manera? ¿En qué consisten?». Cagliostro alzó los hombros,
y como compadeciéndose de Lavater, respondió: «In herbis,
in verbis, in lapidibus».
En un libro de Lin Yutang aprendo que dos magos de la
época Han decidieron retirarse por unos siglos a meditar sobre
el arquero Piu —una imagen del arquero Zen, ese que aun en
la oscuridad, querido Zunzunegui, acierta con la flecha en el
blanco. Pero los magos, para retirarse tranquilos, decidieron
hacerlo a través de la muerte, con la que conversaron en la
cumbre de un monte. La muerte estaba escondida entre la es­
pesa niebla.
—Por nuestros poderes —le dijeron los magos—, pode­
mos permanecer todavía mil años en este país. Podríamos lle­
gar a un acuerdo; tú nos llevas ahora por mil años, luego nos
dejas regresar, y pasados otros mil años volvemos a tu casa
definitivamente, y te serviremos con humildad.
La muerte aceptó y los dos magos murieron y fueron en­
terrados. Se supo la historia en el país, y entonces el empera­
dor mandó que fueran degollados los cadáveres de los magos
porque su arte era diabólico. Abiertas sus tumbas, éstas esta­
ban vacías. No había en ellas más que una pastilla de tinta
roja, sin estrenar, que se le había olvidado a uno de ellos. La
muerte se había llevado a los dos magos a un lugar secreto,
donde era posible, aun para los muertos, meditar sobre el se­
creto de Piu, el ojo armado de arco, el viento que oye...
Dicen que Cagliostro ya un año antes de morir había per­
dido la razón y caído en las tinieblas de la imbecilidad. El
médico de San León no le daba ninguna medicina. Algún día
de lucidez Cagliostro convertía el agua que le daban en leche
o vino mediante palabras. Esto contó la hija de uno de sus
carceleros. Un día haciendo éstos la ronda, lo encontraron
tumbado en las baldosas de su celda, sin conocimiento. Al
levantarlo para echarlo en su catre advirtieron que no pesaba
nada. Lo dejaron en el aire y se sostuvo. Murió a las pocas
horas. Un criado del cardenal de Bernis dijo que poco después
de muerto había desaparecido el cadáver, y que solamente
fueron enterrados sus vestidos... Por todo esto no me extraña­
ría nada que la tumba de Cagliostro, de ser hallada, estuviera
vacía. Quizá solamente se encuentre en ella un anillo de Rosa
Cruz, y estando presente un desconocido, reconozca la gran
cifra y se arrodille, tocando con la frente tierra en el foso del
castillo de San León, en el ducado de Urbino.
Avito viajero y otras historias

Una vez se desató un demonio vé»F, en Levante —acaso en el


n
s«E
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ril196.oV
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25d
Egipto superior, donde Rafael había atado a Asmoedo—, y
con el nombre de Avito se dirigió a Portugal a visitar a un
amigo, de su misma nación luciferina, que pasaba en Lisboa
por extremeño rico. Avito estuvo en Salamanca, y en el ca­
mino de Alba de Tormes lo fue a saludar el maestro Pedro
Ciruelo, quien trató con Avito de tintas invisibles, ojos me­
morables, la mandrágora y lengua caldea. Ojos memorables
o memorantes son los que dejan los demonios en una casa, y
lo ven todo, y cuando el demonio, que estuvo de viaje en
París o en Montpelier viene a por él, se lo pone sobre el suyo
izquierdo, y le da todo lo visto, como en película. En el Im­
perio hubo leyes contra estos ojos, que había que quemar
donde se hallasen, y muchos vecinos acusaron a otros de que
tenían el memorable o memorante sobrepuesto, y se lo quita­
ban con este pretexto, con lo cual hubo mucho tuerto en las
Alemanias, hasta que José I, ilustrado, decidió, tras oír a sus
físicos, que no había tales ojos y dio dos decretos, uno para
Austria y otro para Hungría, el de este reino en latín, que era
su lengua oficial.
Le sorprendió mucho al maestro Ciruelo que Avito no qui­
siese apearse de su muía para conversar, y era la del demonio
una muía de mucha alzada, y siendo Ciruelo pequeño la con­
versación se hacía a gritos. Cuando terminó la interviú, se
despidieron Ciruelo y Avito y quedó el maestro salmantino
en el camino real, polvoriento ya en aquel junio caliente,
viendo marchar al satánida, y vio con asombro que la muía
de Avito tenía dos colas, meneando una hacia la derecha y
otra hacia la izquierda. Quedó Ciruelo extrañado, y deci­
diendo averiguar lo que había en el caso, le gritó a Avito que
algo se le olvidaba; detuvo su muía el demonio y esperó a
que llegase a él Ciruelo.
— ¡Ya se qué te trae! ¡Las dos colas de mi muía! ¡Mira!
Dijo Avito, y levantó la capa, y una de las colas era la de
la muía, y otra era la suya, larguísima y pilosa, negra, que
no la podía esconder, y así, montado, la dejaba caer sobre la
de la muía y nadie se daba cuenta. Por eso no se apeaba nunca.
—No hay más inconveniente —dijo Avito—, que la muía
y yo nunca nos abanicamos y espantamos moscas en la misma
dirección. Cuando yo derecha, ella izquierda. ¡No logro edu­
carla!
Ciruelo le propuso a Avito que le cortase la cola a la muía,
lo que era una solución, y así nadie se daría cuenta. Salvo
que Avito quisiera sacrificar su hermoso apéndice.
—Eso sí que no —dijo Avito—, que no hay otro más her­
moso en toda mi familia, y cuando quiero me golpeo con la
punta los cuernos, que es distracción de mi gusto, que no
cambio por otra.
Dijo, se quitó el sombrero, que era una birreta de ala, a
la moda de Florencia, con pluma en el pico delantero, y mos­
tró cuerno rosado que le salía casi a pico en la frente y otro
más pequeño y trasero, amarillento, y con la punta de la cola
comenzó a pegar golpecitos en ellos, y era el golpeo musical.
—Te voy a hacer una mattinata di rondine, que es lo que
se lleva en Italia.
Y le tocó la pieza en los dos cuernos, muy graciosamente,
y el cuerno rosado vibraba, y parecía que estaba uno oyendo
trinar instrumento de púa.
Ciruelo no pudo por menos que aplaudir, y se quedó en
el camino real viendo marcharse hacia Alba de Tormes al de­
monio Avito, quien andaba en su muía a tal velocidad que en
un parpadeo de Ciruelo ya era un punto, como un garbanzo
negro, en el horizonte.
Los zapateros de Toul

Los zapateros de Toul tuvieron vé»F el año 1704 la ocurrencia


n
ls«E
y196.D
ig,27m
arodeV
de contratar a un vagabundo llamado Jacques Trezier, quien
decía que tenía el arte del corte de talón a la italiana y que
había trabajado en Ferrara para la casa de Este, especialmente
en tacones de cuarto giro para la espuela y de media luna para
las infantas, para doña Simonetta, doña Chiara y doña Lucre-
zia. Trezier enseñó a los maestros de Toul todo lo que sabía
en tacones, que era mucho, y el cosido a tres, que llegó a
hacerse en el obispado militar y fronterizo mejor que en París.
Trezier ganaba mucho dinero, hizo tacones para todo el ca­
bildo y para los señores artilleros, y se casó en la Rué de la
Ganevière con una hija de un ministro del concejo, a la que
enseñó la cortesía italiana, el besamanos, el lenguaje de las
flores y del abanico y la danza giusta. Madame Trezier, bien
instruida, pasó a poner una escuela de todas estas cosas, a la
que iban las sobrinas de los canónigos y las esposas e hijas
de los oficiales del cañón. Toul se transformó en una pequeña
Ferrara. Los enamorados se daban las horas en italiano, y los
galanes aprendían la ciencia de la serenata secreta. Las mu­
chachas paseaban con palomas sujetas por largas cintas y un
tal Roch se hizo rico vendiendo barniz de plata para las pelu­
cas y fijapelo de lirio para los bigotes castrenses. Toda la ele­
gancia de Francia estuvo, por unos meses, en Toul.
Y Trezier pretendió corregir ese defecto, proponiéndole al
cabildo que todos los señores capitulares y racioneros se pu­
siesen dientes de oro, con la ciencia que él traía de un mago
napolitano llamado Cellone, cuya triste muerte está en la Mis­
celánea crociana, y que no es verdad que fuese empalado,
como dice la canción, que no había este castigo en Nápoles.
Simplemente le dieron garrote y después lo cuartearon. Fue en­
tonces cuando se encontraron con que los más de los huesos los
tenía de plata y oro, y que casi puede decirse que estaba hueco
por dentro, y en vez de corazón tenía un vaso de hierro, ya
muy orinado. El protomedicato de Nápoles dijo que si no hu­
biese sido agarrotado, que Cellone moriría al poco tiempo, por
oxidación. Bueno. Trezier, con el arte de Cellone, y citando
a Celso Aureliano, a Marcelo el Empírico, Abulcasis, la Es­
cuela de Salerno, Guido de Chauliac y Ambrosio Pare, pro­
puso el diente de oro, y los que no lo quisiesen, el de marfil
o el de cuerno de cabra. Los zapateros, cuando se enteraron,
se sublevaron y encerraron a Trezier. Decían que Trezier era
su empleado, oficial zapatero, y que no podía ofrecer aquella
ciencia al cabildo en primer lugar, que tenían preferencia los
maestros de obra prima, cuya antigüedad, respecto a los canó­
nigos, era notoria, en aquel caso y en la Historia Universal.
El abogado de los zapateros probó que ya Noé se calzaba y
que no hubo canónigos hasta el siglo quinto. Si Noé se calza­
ba, había zapateros en aquella edad... Se llegó a un acuerdo.
Diente de zapatero por diente de canónigo. Fue un éxito. Venía
gente de Grenoble, de Metz, de Lyon, a ponerse los dientes
con Trezier. Los zapateros lo escondieron en un cesto, que
llegó recado del duque de Guisa de que fuese a ponerle siete
piezas de marfil. Y Trezier murió asfixiado. Fue una gran pér­
dida. Me extraña que no venga en las historias de la estoma­
tología. Goure dice que fue cosa creída en Toul que todos
aquellos a quienes había puesto Trezier dientes de oro, que
habían mejorado de inteligencia, aprendiendo con facilidad
lenguas extranjeras, y mejorando mucho en cuanto al sentido
de orientación, ya que, parece ser, el diente de oro, si éste
es alquímico, da el poniente, como la aguja el norte.
La tumba de Arturo

La prensa publica una noticia vé»F de Londres, según la cual


l«n
192.D
b
tm
ig,6sp
arodeV
un arqueólogo, Mr. Radford, que realizaba investigaciones en
la antigua abadía de Glastonbury, en el Somerset, ha encon­
trado nada menos que las tumbas del rey Arturo y de la reina
Ginebra. Siguiendo el relato de Guillermo de Malmesbury,
Mr. Radford ha realizado excavaciones entre dos montículos,
«al Sur de la capilla de la Virgen», y a una profundidad de
diez metros halló dos tumbas que responden a la descripción
del famoso historiador benedictino. Este hallazgo plantea di­
versos problemas, especialmente a quienes como yo toman al
pie de la letra tanta parte de la historia artúrica. Que Ginebra
está muerta y enterrada, no cabe duda. Era por lo menos tan
mortal como la rosa. Pasaron los amores, que son los veranos
de la vida, y vino el melancólico otoño. ¡Adiós, besos de don
Lanzarote del Lago! Sin contar la aventura, acaso la nocturna
fuga, con el sobrino aquel de la barba de dos puntas, siempre
perfumado con agua de regaliz, los dedos de las manos cu­
biertos de anillos de oro, que era medio simple y galleaba al
hablar. Las más sensatas opiniones coinciden en que fue ella
quien dio todos los pasos, suspirando, dejando caer pañuelos,
mandándole cintas, regalándolo con lectuarios de nuez y pres­
tándole una manita de plata que tenía, montada en una vara
de avellano, para rascarse la espalda. El sobrino real salió con
esto de sus casillas. El boberas se puso en la gorra dos plumas
de gallo rojo y presumía por los jardines. En fin, Ginebra mu­
rió y la enterraron, y bien pudo ser en Glastonbury, junto a
los sauces amados de las cantoras alondras. Pocos años des­
pués de su muerte pasó junto a su tumba —en Glastonbury o
donde fuere— un músico ciego. El laúd habló con el músico,
su dueño:
—¿Podrías hacerme llorar aquí y ahora?
Y el músico hizo llorar al laúd al pie de la tumba de Gi­
nebra. Después vinieron siglos sin memoria. La tierra cubrió
la pulida piedra. Debajo, polvo, nada...
Pero el caso de Arturo es muy otro. ¿No pasó a figura de
cuervo y no es verdad que está en Avalon esperando su tiem­
po? ¿No es cierto que es rey perpetuo y futuro de Bretaña?
¿No es cierto que vendrá? Si hay la probabilidad de que una
monarquía sea restaurada en Europa, esa será la de Bretaña.
Volverá el irreprochable hijo de Cabeza de Dragón, montado
en su caballo de bonanza, seguido de un ejército tan alegre
como abril. ¿O es que no van a triunfar nunca los soñadores?
Está escrito que dejará Avalon al amanecer, después de que­
mar las plumas de cuervo que durante tantos siglos le sirvie­
ron de vestido. Y en siete días reconquistará su reino. Toda
zarza desaparecerá de él. Arturo hará espléndidas justicias y
desterrará a la bestia llamada Mimedo. La paz podrá ser aca­
riciada por las manos humanas como quien acaricia fina lana.
La palabra real, porque es verdadera, hará a todo hombre li­
bre. Las naciones saldrán a verlo a los caminos y Arturo avan­
zará lentamente, como un sol...
No, no hay tumba de Arturo. Salvo que sea una tumba
pequeñita, en la que solamente quepa el esqueleto de un cuer­
vo. Salvo que no sean verdad las profecías, y Arturo haya
muerto en Avalon y los fieles paladines, sombras de sombras,
lo hayan traído a Glastonbury. Yo no creo que Mr. Radfor
haya encontrado la tumba de Arturo. Porque, si Arturo ha
muerto, ¿quién ha de traer la Edad de Oro?
El tuerto de Nancy

Anteayer, jugando con una baraja


vé»F
ls«E
96.D
ig,13n
arodeV del Tarot por adivinar
cómo irían los equipos de fútbol gallegos en los partidos de
Liga de hoy, me salió muy clara una combinación que está
muy estudiada y que se llama el Tuerto de Nancy, y la preside
un arcano mayor de Tarot, Le M at, el Loco, seguido del cinco
de espadas —traición, o una pena, o una pérdida—, y del
tres de bastos —un obstáculo—, y la frase la inicia el seis
de bastos —cólera, ira, revuelta—, para cerrarse con la sota de
espadas —el destino—. Esta suerte, se asegura —o sus va­
riantes—, si le salía a un vinatero cuando entraba en una bo­
dega a comprar —ya vino gris de Lorena, ya los ilustres cal­
dos borgoñones—, daba la vuelta y se marchaba acariciando
la bolsa, satisfecho del aviso, porque el Tuerto de Nancy ga­
rantizaba que el vino iría a menos, se volvería o moriría sin
gracia, avinagraría, se perdería en el viaje, volcaría la carreta
que lo llevaba a París o a Lyon, e incluso que matarían al
propio vinatero en la bodega en que entraba, por robarlo. En
un curioso estudio de Duval-Massot se habla de más de una
docena de compradores, entre ellos dos ingleses, desapareci­
dos en las bodegas borgoñonas sin dejar rastro. Acaso más
de uno haya cocido en las pipas donde fermentaban los glorio­
sos vinos. Por cierto que Duval-Massot afirma que en algunas
partes de Provenza y en el Piamonte se cree que el vino,
cuando se está haciendo, no debe oír truenos en viernes. Para
evitarlo, se pinta con tiza una oreja en la pipa y después se
la tapa con trapos o cera. Así el vino no oye.
Parece ser, por otra parte, que el Tuerto de Nancy ha exis­
tido verdaderamente y que fue expulsado del país por los cam­
pesinos, por estimar que su presencia malograba las cosechas,
todavía el racimo en los viñedos, e impedía que se consi­
guiese en Lorena un vino decente. Al marcharse del país, el
Tuerto escupió, de rabia, sobre una cerda que una campesina
llevaba a un mercado vecino, y la cerda se volvió loca. ¡Fí­
jense con qué mala uva se marchaba de su tierra el Tuerto de
Nancy! Que un tuerto da mala suerte es cosa creída en muchas
partes, en Bretaña, en Hungría, en Nápoles y Sicilia, en Po­
lonia... Yo, en mis Crónicas del sochantre saqué a un rapa-
cete tuerto cuya presencia producía males y trastornos. Su
madre lo llevó ofrecido a una romería, y en ella, estando
orando en la iglesia al santo patrón, por culpa de una rueda
de fuego de un valenciano que andaba de pirotécnico por allí,
quedó ciego, con lo cual pasó al instante de maléfico a bené­
fico. Miren si de tuerto era maléfico que, habiéndolo llevado
de visita a un convento, al día siguiente aparecieron todas las
monjas con verrugas en el ombligo, dispensando. Volviendo
a los tuertos y el vino, en muchas partes de Francia e Italia
no permiten que los tuertos participen en la vendimia ni en
el pisado de la uva, y en el tiempo de hacer el vino o los
recluyen en las casas o les pagan un viaje.
Nunca me había salido a mí el Tuerto de Nancy. Le Mat
está vestido de azul y rojo, y lleva un enorme bonete amarillo.
Un perro le desgarra el calzón. Para Jung este arcano había
tomado el significado de «sumisión sin pérdida posible. El
loco es también aquel que ha perdido el libre arbitrio». Para
algunos cartománticos es el Hombre, con mayúscula, pobre
pequeño maestro ilusorio de su destino.
El heraldo de Gerolzhofen

Era en los días de la Guerra de


vé»F los Treinta Años. De Sue­
n
l«E
ig,6st193.D
arodeV
cia había salido aquel duro Gustavo Adolfo, y andaba las Ale-
manias como un jabalí anda un maizal en mañana de septiem­
bre, tras una lluvia fresca de alba. Le gustaba abrir el campo
en las batallas y mover las alas como una mariposa cuando
va a posarse en la flor del linar. Iba para letrado y poeta. A
los nueve años lo sentaban en el Parlamento a oír los discur­
sos de los señores, que cada vez los hacían en peor latín. Gus­
tavo Adolfo los corregía. Llegó a saber doce lenguas, y a los
trece años discutía con el embajador inglés y comentaba con
el enviado polaco textos de Julio César. Anduvo dos años
preocupado, que se temía barbilampiño, pero al fin le salió
una seda rubia que toda su vida mimó mucho, y tuvo un hún­
garo, jabonero de cámara, para lavársela, y un genovés para
peinársela y rizársela. Bueno, llegó a las Alemanias tras haber
derrotado al ruso y al polaco, y quiso meter el hocico hasta el
Danubio y el Rhin. Era la cabeza de los protestantes, como Wa-
llenstein y Tilly fueron los jefes de los imperiales católicos.
Wallenstein era un abúlico, lo que hacía que le gustase la de­
fensiva; por nada mandaba formar a su infantería el cuadro y
se dejaba cañonear como si fuese una plaza sitiada. En plena
batalla se quedaba dormido. Tilly era otra cosa. Salvar a los
germanos para el catolicismo era para él como salvar su alma.
Era un tipo duro y frío, una especie de Gran Duque de Alba.
Yo recuerdo que La Esfera había publicado a todo color el
cuadro de Trubner titulado «Tilly entra a caballo en la iglesia
de Wimpfern para pedir a Dios la victoria». El generalísimo
imperial aparece ante el altar mayor en su caballo blanco, se­
rio, triste, la cabeza inclinada, mientras el sacerdote lo ben­
dice con el Santísimo. Mujeres y niños se arrodillan junto al
caballo de Tilly, y por la puerta abierta de la iglesia gótica
se ve formando en una colina el multicolor ejército del Impe­
rio. Tilly era amigo de las marchas y de la batalla campal, y
no creía que fuera un gran honor pasarse meses sitiando una
plaza. Le dio que hacer a Gustavo Adolfo. El sueco murió
en la larga guerra, y Tilly también. Una bala de falconete le
abrió el muslo derecho y se desangró. Murió, pues, como dice
el mito que han de morir los enormes héroes antiguos, por
amplia herida en el muslo derecho. La gran herida de los ma­
tadores de toros.
Pues mientras se seguían y perseguían y alguna vez se
encontraban Gustavo Adolfo y Tilly, fueron los protestantes
a sitiar una pequeña ciudad de la Baja Franconia, a orillas del
Volkach, llamada Gerolzhofen. Los habitantes de ésta, católi­
cos, se defendieron, pero tenían dentro una importante jude­
ría, a la que los sitiadores intentaban seducir con promesas
de libertad y protección regia. Los de Gerolzhofen se desani­
maron y se dispusieron a rendirse. Antes mataron a los judíos
y seguidamente mandaron a pedir condiciones a los protestan­
tes. Estaba el heraldo de Gerolzhofen en lo alto de la alme­
nada puerta de la torre esperando a que llegase el luterano
con su propuesta. Y cuando llegó, el heraldo se desnudó len­
tamente y mostró su trasero al plenipotenciario de Gustavo
Adolfo. Gerolzhofen no se rendía. Decisión heroica, sin
duda, pero ayudada por la noticia de que Tilly llegaba y los
suecos levantaban el campo. Los modernos historiadores de
la Guerra de los Treinta Años —Löpzer, von Steinberg—,
creían que lo del heraldo de Gerolzhofen era fábula. Pero aho­
ra, derribando un muro de la época, ha aparecido esta labrada
piedra, con el gesto del impúdico heraldo.
Más sobre voladores

Merlín —mi confiado amigoarodeV


vé»Fy sabio señor M erlín—, te­
n
ls«E
1963.D
b
ig,20ctu
nía un sobrino volador. Ya escribí una vez de él, caando en­
contré la historia en el libro famoso de R. S. Loomis, Celtic
Myth and Arthurian Romances. Y lo saco a relucir de nuevo
porque con motivo de las cartas que me escribió José María
Rey Castro, el volador de Santaballa en Villalba de Lugo, he
recibido una abundante correspondencia de gente más o me­
nos volátil. Por cierto que entre los presuntos voladores que
me escriben hay un vigués, que volaba sobre el campo que ha­
bía delante de su casa, que era, me dice, «el solar de los
Núñez, junto al antiguo camino de Santiago». Este volador,
que se sospecha lunar y quiere conocer la doctrina «knisha»,
yo me figuro que lo fue solamente en sueños. A su disposi­
ción tengo, además del estudio de Mircea Elíade, un breve
resumen de la técnica «knisha», cuya primera descripción ha
sido atribuida a Rishi Krishna Duaipayana, uno de los nom­
bres del sabio Vyasa, llamado el negro, es decir, Krishna, a
causa del color de su tez, y Duaipayana porque nació en una
isla, «Duipa»; es el ordenador de los Vedas y el autor del
gran poema épico del Mahabharata. Los primeros que la prac­
ticaron fueron los Yakshas, genios unas veces benéficos y
otras maléficos, que pueblan la atmósfera y anochecen en los
árboles. Son los servidores titulados de Voubera, el dios guar­
dián del norte —que no le ha servido de nada al pandit Nehru
cuando atacaron el año pasado los chinos, probablemente a
causa del ateísmo del líder del Congreso—, y además genero­
sos dispensadores de riquezas. Entre los dones que dan al
hombre figura el vuelo, precisamente por medio de la «knis­
ha». Pero volvamos al sobrino de don Merlín.
Se llamaba Gawayne, es decir, Galvan, como Sir Gaway
ne, el del anónimo Sir Gawayne y el Caballero Verde, que
es, después de los cuentos de Chaucer, la obra maestra de la
literatura inglesa medieval. Para volar, Gawayne, Galvan, se
metía en un cesto roto que había sido de Eneas, y era vene­
rada reliquia de la guerra de Troya. Sir Gawayne y el Caba­
llero Verde también comienza con la caída de Troya, was ce-
sed ad Troy, la ciudad destruida y quemada, «todo tizones y
ceniza». El cesto pasó por muchas manos —entre ellas por
las de Virgilio— y al final pasó a poder del obispo de Truro,
Bawdewyn, «muy abundante en la mesa», y el obispo se lo
regaló a Galvan. Este sobrino solamente podía hacer dos via­
jes en el cesto, y dudaba adonde volar. Decidió gastar un viaje
en ir a ver a Salomón, y que éste, con toda su sabiduría, le
indicase cómo podía gastar lo mejor posible el segundo vuelo.
Salomón estaba en lo alto de una montaña, sentado en lo alto
de un montón pentagonal de oro. El volador Galvan saludó
respetuosamente al rey sabidor, y le preguntó adonde podría
hacer su gran viaje aéreo, en el cesto troyano. Salomón se
retiró a meditar «detrás de una encina» y regresó al poco
tiempo sonriendo.
—Como desde esta cumbre, amigo Galvan de Bretaña, so­
lamente se puede salir a vuelo, tendrás que utilizar el cesto
para volver a tu casa. Este será tu segundo y último viaje.
Y el joven Galvan se volvió al reino de Arturo, donde, al
aterrizar, el cesto de Eneas se convirtió en carbón. Pero había
visto Bretaña desde el aire, la tierra natal, la selva de Broce-
landia, los prados donde pastaban los caballos de los paladi­
nes, los cien castillos de torres blanquísimas. Otoño que fue­
se, primavera que fuese, siempre sería un viaje maravilloso.
Asuero en Praga y otras noticias

Ayer, después de haber escritové»DF sobre Cartafilo o Asuero,


n
z1964.ls«E
ig,25m
arodeV
el Judío Errante, me puse a leer en casa en una libreta en la
que tengo varias notas sobre las tradiciones praguenses del Ju­
dío Errante. Hace poco tiempo que en la página literaria del
Corriere della Sera, Leonardo Sciascia, en un artículo dedi­
cado a la obra en prosa de Guillaume Apollinaire, decía que
para un cuento suyo sobre el Judío Errante, precisamente lo­
calizado en Praga, el poeta francés se había inspirado en una
de ellas, que en otra dirección, y en tono bien diferente, había
utilizado Andrei Belyj, un novelista ruso que en estos últimos
tiempos está siendo muy leído, especialmente en Inglaterra y
en Italia, países en los que han sido traducidas sus novelas
San Petersburgo y La paloma de plata. Belyj nació en 1880
y murió en Moscú en 1934. Botánico y ornitólogo aficionado,
pero con grandes y sorprendentes conocimientos, poeta sim­
bolista, curioso de filosofía y religiones orientales, viajero por
Europa y Africa, lector de Joyce y de Proust, parece ser que
sus compatriotas no lo pueden leer, que no hay ediciones ru­
sas de sus obras. En la Gran Enciclopedia Soviética, se afirma
que Belyj «cultivó el estilo de la prosa rítmica, y creó obras
cerebrales, de contenido fantástico. Sus personajes más carac­
terísticos son individuos de mentalidad corrosiva, enemigos
de la democracia y de la libertad». Amén. Esto es crítica li­
teraria y lo demás pajuelas al viento. Más o menos es como
lo están juzgando a uno en estos momentos, en Galicia, algu­
nos posibles lectores de la propia Gran Enciclopedia Soviética.
Pero volviendo a las tradiciones sobre la estancia de
Asuero en Praga. Fallani habla de una polémica, motivada por
la representación de una pieza sobre la Pasión y Muerte de
Jesucristo, uno de cuyos cuadros estaba dedicado al tema del
Judío Errante. Fallani, estudioso de literatura religiosa italia­
na, dedicó un breve y sabroso ensayo a Cartafilo. Los judíos
de Praga reaccionaron con otra pieza —acaso una de aquellas
a cuya representación Kafka adolescente asistía—, que los ca­
tólicos y los cristianos de otras confesiones consideraron blas­
fema, y no se produjo, de milagro, una matanza de israelitas.
En todas las versiones de Praga de la leyenda del Judío
Errante aparece Asuero como hombre joven y rico, vestido a
la moda, conquistador irresistible de corazones femeninos, be­
bedor de buenos vinos, y conversador admirado porque siem­
pre sabe las últimas noticias de Londres, Roma o París, y los
últimos chismes de Viena y el palacio imperial. Desaparece
al alba, llevando con la mano derecha un maletín de cuero
negro. Una gran tempestad, con terrible aparato eléctrico, sigue
a su marcha. Y las mujeres que lo han amado se suicidan...
Se afirma que en la Jefatura de Policía política del Imperio
austríaco se mantenía al día una ficha con las apariciones en
Praga del Judío Errante, tras cuya figura se veían conspirado­
res checos o eslovacos, o italianos huidos de Spielberg, la pri­
sión de Silvio Pellico, una lectura de mis días infantiles. Los
policías imperiales habían aprendido de los venecianos a des­
confiar de las sombras.
Aparte sobre voladores

Compré anteayer en Madrid 1deabril964.oV


vé»,D
n un
F, libro muy bello sobre vo­
gs«E
ladores, Los viajeros del mediodía, de James Jellicoe, sobrino
del famoso almirante inglés Jellicoe, el de la batalla de Jutlan-
dia en la primera guerra mundial. Aparte del siempre citado
San José de Cupertino, vienen en el libro dos santos de la
iglesia griega, Diomedes y Miguel de Adana. Diomedes como
el héroe aqueo, el amigo de Palas Atenea, rey de Argos, y
en cierto modo vinculado a Túy, pues fue el padre feliz de
aquel Tyde que vino a fundar una polis en una hermosa colina
allí donde el Miño se dispone a entrar en el mar, a morir. Y
el Miguel de Adana, natural y obispo nada menos que de la
ciudad del clérigo Teófilos, cuyos tratos con el Demonio tanto
dieron que hablar en la Edad Media y en romance castellano
los puso Gonzalo de Berceo y en romance gallego el rey de
las cantigas, don Alfons. Diomedes era cojo y gran predica­
dor, pío varón, pero su cojera lo hacía ridículo a los ojos de
la usada, crítica y lenguaraz gente griega, y en los momentos
en que era necesario hacer una entrada solemne en cualquier
lugar del Atica o de las islas egeas, Dios le concedía un vuelo
bajo y pausado, y así llegaba a la plaza a predicar el Evange­
lio el santo, flotando en el aire, y nadie sabía que era cojo
ridículo, con una pierna suelta. Al final de su vida ya se había
olvidado de andar y volaba incluso estando en su casa, tal
que no usaba la puerta para salir a la calle, sino la ventana,
y yendo a la iglesia, entraba por el campanario, acariciando
al pasar a las graves campanas de bronce tracio. Del mismo
bronce, me parece, que son en la Ilíada las armaduras y los
labrados escudos de los valerosos troyanos.
Miguel de Adana fue todavía más prodigioso, según re­
zaba la lápida que en una iglesia de Constantinopla había so­
bre su sepultura. Volaba, como el capuchino de Cupertino,
cuando se ponía a rezar. Si delante de él alguien nombraba
a la Santísima Trinidad, ascendía en éxtasis y se quedaba en
el medio y medio de los caminos que las golondrinas abrieron
en los aires. Y lo curioso del caso es que cuando salía en
vuelo se escuchaba fácilmente un alegre aleteo, como de pa­
lomas que a la mañana salen al piñón del pinar vecino. El
Patriarca de Constantinopla lo llamó a su palacio —al Fanar
de la Santa Ortodoxia—, y le pasó repetidamente la mano por
la espalda para convencerse de que aquel obispo no era avícola,
como decían. Pero oír se oían las alas. Y lo maravilloso fue
que cuando murió —y lo vino a buscar la muerte en Bizancio,
por Pascua Florida—, de verdad le brotaron dos alas en la
espalda, dos alas azules. Y fue enterrado con ellas, salvo una
única pluma, que la arrancaron para que el Basileo fírmase
con ella las graves decisiones del Imperio y las medidas de
clemencia. Era el Basileo en la ocasión un paleólogo.
Vienen también citados en el libro de Jellicoe varios vola­
dores árabes y un asceta hindú del xix, un tal Amokada Ra-
jasiribinda, que voló nada menos que delante del virrey britá­
nico, el cual lo embarcó para que hiciese una demostración
en Londres, pero murió de viruelas en Suez, siete días des­
pués de la inauguración del Canal. Amokada tenía que estar
comiendo piedras continuamente, porque de lo contrario salía
en vuelo hacia las copas de las palmeras y los tejados de Delhi
la Vieja.
Jellicoe sostiene que los mayores vuelos son los que estos
seres prodigiosos realizan a mediodía, cuando el cuerpo no
da sombra. Porque parece ser que es la sombra la que con su
peso nos impide volar. Sin embargo, el hombre que vendió
su sombra, de von Chamisso, ese no volaba.
Taliesin en el mar

Tal día como hoy, si los cálculos


vé»F
n
s«E
l1964.D
ig,2b
arodeV de lady Charlotte Guest
en The Mabinogion son exactos, Taliesin fue echado al mar.
Las últimas investigaciones sobre Taliesin lo relacionan nada
menos que con mi amigo el mago Merlín y con la invención
de la mabinogi o instrucción de los aprendices de bardo. Ta­
liesin, jefe de los bardos de Occidente, puede haber sido un
personaje histórico del siglo vi, contemporáneo del gran jefe
que después ha sido llamado rey Arturo. La leyenda del bardo
y los poemas sobreviven en un manuscrito del siglo xm, El
libro de Taliesin, que es uno de los Cuatro Antiguos Libros
de Gales. Un mabinog es un aprendiz de bardo, mabinogi la
ciencia que éste tenía que estudiar —mitos, leyendas, profe­
cías, etc. — y que el mabinog tenía que aprender de memoria.
Mabinogion, plural de mabinogi, fue el nombre que dio lady
Charlotte Guest a su traducción al inglés de los once romances
de los Libros Antiguos. Sobre las fuentes de estos romances,
la señora Schoepperle, en su estudio acerca de los orígenes
de la leyenda de Tristán e Isolda, ha llegado a conclusiones
sorprendentes. Pero volvamos a Taliesin, que hasta el día
veintinueve de abril no se llamará así, sino Gwion Bach.
En el fondo del lago Bala, en el norte de Gales —un lago
que viene una vez en un poema de Dylan Thomas como «el
lugar del sosiego infernal»—, con el gigante Tegid el Calvo
vivía su esposa, la bruja Caridwen. (En su aparición más re­
mota la bruja era la protectora de las abundantes cosechas, y
también de la poesía y el arte de las runas.) Caridwen quiso
fabricar tres gotas mágicas, en las que residiría toda la inspi­
ración poética y toda profética visión. Gwion Bach tenía que
remover con una estaca de abedul todo el año en el caldero
donde el líquido misterioso iba a permitir que cuajasen las
tres gotas, y el ciego Morda conservaría vivo el fuego. Un
día florecieron las tres gotas y saltaron fuera del caldero, ca­
yendo sobre el dedo pulgar de la mano izquierda de Gwion
Bach. Como estaban muy calientes y le quemaban, éste chupó
el dedo. Y al instante tuvo el don de la poesía y el de la pro­
fecía. Y vio que tenía que guardarse de Caridwen la bruja, y
huyó del país. La bruja, que llegaba de coger hierbas en los
campos, vio cómo el caldero rompía en dos, y derramaba el
líquido que contenía, veneno terrible que hizo venenosa el
agua de un río. Caridwen salió en persecución de Gwion
Bach. Este se convirtió en liebre, pero la bruja se transformó
en galgo. Viéndose alcanzado, él se convirtió en pez y se echó
a un río, y élla se transformó en nutria. Ya le metía el diente,
cuando Gwion Bach se convirtió en pájaro y voló; la bruja
tomó forma de halcón y le dio caza. Gwion Bach creyó sal­
varse convirtiéndose en grano de centeno y escondiéndose en
un granero. Pero la bruja se trocó en gallina negra, encontró
el grano y se lo comió. Nueve meses lo llevó en su vientre,
y cuando dio a luz, no se atrevió a matar a la criatura recién
nacida, porque era bellísima. «De xeito que o meteu nunha
bulsa de coiro mouro, e botouno ó mar, á misericordia de
Dios Creador, un día vintetrés de abril.»
Seis días después, unos pescadores sacaron en su red la
bolsa de cuero con el niño dentro. Vieron la frente del niño
y le dijeron al infante Elfin:
— ¡Contempla una frente radiante!
—¡Pues Frente Radiante ha de llamarse! —decidió Elfin.
Es decir, Taliesin... La victoria de Taliesin sobre los bar­
dos ante el rey de Gales es otra historia. Taliesin tenía seis
meses y seis días. El rey le preguntó quién era y de dónde
venía. Y Taliesin contestó al rey en verso:

«Para Elfin son o pirmeiro de todolos bardos.


O meu país natal é a provincia das estrelas do verán.
Idno e máis Heini chámanme Merddin,
pro os reises han de chamarme sempre Taliesin...»

Y a continuación entonó aquel gran canto, en el que se


mezclan textos bíblicos, noticias de la Pasión y Resurrección
del Señor, mitos célticos y paganos, y que es uno de los gran­
des momentos de la poesía universal.
El castillo de Melusina

Melusina, como ustedes saben, vé»;F era hija de mi amigo el


n
l«E
ig,27st1964.D
arodeV
mago Merlín, y casó con un Lusiñán, con un príncipe de esta
estirpe que llegó más tarde a ceñir las coronas de Jerusalén,
Armenia y Chipre. Era mujer serpiente, y por veces, en señala­
dos días, se convertía en serpiente e iba al río próximo, donde
se bañaba lentamente. Nadie debía verla en la ocasión, vuelta
a la misteriosa forma. Un día en que fue vista, desapareció.
Aunque no para siempre, que cuando un jefe de los Lusiñán
iba a morir, Melusina en forma de sierpe era vista, deslizán­
dose silenciosa entre la hierba, y adentrándose en el castillo
que la había conocido hermosa princesa, una princesa, melan­
cólica eso sí, doblegada bajo el peso del destino terrible. Eran
tan verdes sus ojos que todo lo que miraba se ponía de color
verde. Y una vez que bordeando se picó con una aguja, la
sangre que brotó de la heridilla era de un amarillo intenso,
vivo oro... Todavía viven descendientes de ella, pero de san­
gre roja. Los Lusiñán descendientes de Melusina fueron siempre
sujetos de graves y desconocidas enfermedades, lepras anti­
guas leoninas, manchas azules, extrañas hiedras que se enliaban
a sus cuerpos, y tenían además el sentido de la adivinación
del oro, como los reyes persas, quienes, como prueba de su
legitimidad, adivinaban quién de los setenta y siete guerreros
presentes tenía escondida en la mano la moneda de oro. De
los hung-no se afirmaba que no era elegido rey aquel que no
sabía volverse para detener con la adarga la flecha que le dis­
paraban por la espalda. Realmente no era elegido porque solía
morir allí mismo, con el corazón partido, en la prueba. Los
Lusiñán también tenían este sentido del hierro que viene ofen­
sivo.
Pero volviendo a Melusina, mientras en Francia los folle­
tos turísticos invitan a visitar su castillo, la verdad es que tal
castillo no lo hay, o en todo caso es «introvable», es uno de
esos castillos ocultos de la fantasía artúrica. Ustedes saben
que si un héroe huye de un palacio, éste se desplaza tantas
leguas de su sitio como las que en la huida recorre el paladín,
y se esconde, y si un día regresa, como el hijo pródigo de la
parábola, no lo encuentra en el paisaje nativo, y tiene que
buscarlo por arduos montes, foscas selvas, cruzando anchos
ríos por vados peligrosos, y el oso y el león al acecho. Son
muchas las razones que prueban que no hay tal château de
Melusina, o por lo menos que no lo hay en Francia. Si Melu-
sina, se volvió a Gales, el castillo debe de estar ahora más
allá de los Alpes, o aquí en Galicia. A lo mejor asolagado
en una laguna, pues no sabemos de sus altas y embanderadas
torres.
Melusina tuvo un novio pastor, antes de casarse con Lusi-
ñán. La historia de la novela pastoril debiera comenzar con
ese episodio. El pastor le ofreció leche y miel a Melusina, y
la princesa cogió con su mano derecha su sonrisa y se la puso,
agradecida, al pastor en el corazón. Y el corazón del pastor
ardió, rápidamente, súbitamente. Fue la más espléndida decla­
ración de amor que haya habido nunca, el relámpago y el fle­
chazo decisivos. Supongo que el pastor habrá muerto, y por
ello andaría después Melusina inclinada como una palliña de
centeno, cuando sopla viento sur.
El enderezador de torre

Su nombre de pila era Aristóteles,


vé»F
n
ls«E
1970.D
b
ig,6ctu
arodeV nada menos. Nacido
en Bolonia, hijo y sobrino de arquitectos, fue arquitecto tam­
bién, y unos le llaman Aristóteles de Bolonia y otros le dan
el paterno apellido, Aristóteles de Fioravanti. En uno de mis
últimos viajes adquirí un libro que trata de él y de sus obras,
y de éstas las que más me seducen son sus traslados de torres
inclinadas, y la facilidad con que las llevaba de aquí para allá.
En 1455 trasladó la Torre della Chiesa della Magiore a una
distancia de dieciocho metros y medio. La torre tenía una al­
tura de veinticinco, incluidos los cimientos de tres, y un peso
de ochocientas mil catorce libras. Mientras Aristóteles traba­
jaba en el traslado de la torre, comenzó a llover, pero el maes­
tro prosiguió su labor. El traslado de la torre se hizo sin des­
montar sus campanas. Item más, el hijo de Aristóteles subió
hasta ellas y las volteaba de vez en cuando. ¡A quién no le
hubiese gustado ser este niño de rubio pelo, hijo de Aristóteles
de Fioravanti, que mientras su padre hacía andar una torre
gótica, podía jugar en lo alto a campanero en día de fiesta
mayor! Cerca de Bolonia había una torre antigua, donde dice
Cento, que se inclinaba y ya la daban por caída. Llegó Aris­
tóteles y la enderezó, y subió hasta las almenas a saludar.
Otras torres enderezó en Romaña y en Venecia, y la campana
grossa de la torre del palacio del Podestá, de su ciudad, con
máquinas por él construidas, la izó a aquella altura de treinta
metros, y la campana pesaba doce mil libras. Además de en­
derezador de torres, sabía escalarlas, con la técnica que llama­
ban de ángulo, y que ya no se usa, salvo por los ladrones en
la India, que una casta hay que está autorizada a que los adul­
tos ensayen en la práctica del arte a sus menores. Después de
hacerle unas mirandas al señor duque de Mantua se fue a
Roma, porque el papa Pablo II quería levantar en Piazza San
Pietro el gran obelisco egipcio, pero estaba eligiendo cuerdas
el Fioravanti cuando el Papa murió, y la obra quedó para los
días de Sixto V.*
El Fioravanti era asaz inquieto, y muerto el Papa buscó
amo nada menos que en Rusia, el zar Iván III, y viajó a
Moscú a construirle, en el Kremlin, la iglesia catedral de la
Asunción, y de paso fundirle cañones y campanas. Parece ser
que murió allá, en el duro invierno moscovita, alrededor de
1480. Se escribía con el duque Gian Galezzo Sforza, dándole
noticias venatorias de la Rusia hiperbórea, de cómo por allí
no era visto el unicornio, pero que el abuelo de una abuela
que conoció había huido del elefante. Por una carta de Fiora­
vanti a Gian Galeazzo, que se conserva, se sabe que el arqui­
tecto enviaba desde Moscú al gran señor de Italia parejas de
animales vivos de las regiones árticas y preciosas pieles, y
entre ellas una para abrigar el cuello en días húmedos y fríos.
Pero de todo lo de Aristóteles de Fioravanti, repito que lo
que más me gusta es su oficio de enderezador y trasladador
de torres. Elegía para estos trabajos el tiempo estival, y estu­
diaba los suelos, especialmente desde que en Venecia tres
días después de haber enderezado y movido de su asiento una
torre en Campo Sant’Angelo, ésta se derrumbó. Unos acerta­
ron creyendo que era cosa del peculiar subsuelo veneciano,
pero otros insistieron en que estaba escondido dentro un espía
turco, y no dando con el agujero por el que había entrado en
ella, removió unas piedras y dio con la torre abajo. La policía
buscó los restos del turco, y solamente encontró una rata albi­
na, que, por precaución, fue ahorcada y quemada. Aristóteles
salió de Venecia, no lo creyesen metido en conjuraciones
como nuestro don Francisco de Quevedo, de quien los servi­
cios secretos venecianos tenían las huellas de sus pies, toma­
das en Nápoles en escayola, mientras don Francisco dormía.
El oficial del registro de sospechosos, habiéndolas examinado
detenidamente, las halló imposibles, e informó que con tales
pies no había tipo que caminase, como no fuese a saltos...
Pero, echemos una mirada hacia aquella colina, y contemple-

* El gobierno de Africa del Sur —¡«los boers de Dios»! — , ha anunciado


el mes pasado un concurso para la adquisición de cuerdas para uso de los
ejecutores de obras mayores, es decir, de los verdugos. Las muestras de cuer­
das han de ser presentadas antes del día 20 del corriente mes de octubre,
para que puedan ser examinadas por los expertos. Al mismo tiempo, se admi­
ten expertos para formar parte de la comisión que ha de examinar las cuerdas.
Muerto el Fioravanti, ¿quién sabe más de cuerdas que el verdugo de Londres?
(N. de A.C.)
mos cómo anda una torre que Aristóteles de Fioravanti cambín
de lugar. Ahora la vemos, y ahora, tras los altos cipreses yn
no la vemos. Y vuelan locas las palomas que en la torre ha
cían nido.
El invierno del rey Sigurd en Galicia

En el capítulo XIII de la Heimskringla,


vé»,F,
ls«E
igD
ro97.aV
en
13d de Snorri Sturlu
son, traducción de Samuel Laing al inglés y edición al cui­
dado de Foote, que es la que yo manejo, se nos cuenta que
a la muerte del rey Magnus Piesdescalzos, sus hijos Eystein,
Sigurd y Olaf reinaron en Noruega: Eystein en el norte, Si­
gurd en el sur, y el pequeño Olaf, como solamente tenía cua­
tro o cinco años, en el resto del reino, bajo la tutela de sus
hermanos. Sigurd tenía trece o catorce, y su hermano Eystein
era algo mayor. Cuando los hijos de Magnus fueron elegidos
reyes, Skofte Ogmundsson regresaba a Noruega con sus gen­
tes. Algunos guerreros habían estado en Constantinopla y
otros en Jerusalén, y de los primeros, los más valientes habían
servido al Basileo y regresaban ricos por su parte en el botín
cobrado en grandes batallas. Y a los guerreros que habían
quedado en Noruega les entraron deseos de viajar al sur, y
quisieron ser mandados por uno de los dos reyes mozos, Eys­
tein o Sigurd. Fue Sigurd quien navegó, y se empeñó en Lis­
boa en sangrienta batalla, pasó al Mediterráneo, señoreó las
Baleares, tocó Sicilia, donde el duque Roger le hizo fiestas
y le obsequió con magníficos banquetes; Sigurd estuvo en Je­
rusalén, huésped del rey Balduino, y llegó a Constantinopla,
donde lo recibió con los brazos abiertos el emperador Alejo II
Commenos, que en la Heimskringla es llamado Kirialax, es
decir, kirios Alejos, señor Alejo, y el rey del norte estuvo en
las Blanquernas y en el Hipódromo, fue regalado con cosas
de precio, y regresó por tierra a Dinamarca, atravesando Bul­
garia, Hungría, Suabia, Baviera... Muchos de sus hombres
quedaron a sueldo del emperador griego. Pero la expedición
al sur del rey Sigurd había comenzado por un invierno pasado
por la flota viquinga en Inglaterra, y otro en Galicia. Con Si­
gurd iban escaldos, sonoros poetas que cantaban el viaje del
rey por los mares. Uno de ellos se llamaba Einar Skuleson.
En la primavera de 1109, el rey Sigurd navegó con su
flota al oeste de Valland, es decir, de Normandía, y en otoño
entró con sus naves en una de las rías gallegas para pasar el
invierno. Einar, según mi traducción gallega, cantó así:

«O noso señor rei, de cuia lonxana terra


ningún daquestos reinos estaba perto,
en Jacobsland o inverno que chegaba pasóu,
en santas cousas ocupado;
i eu puiden escoitar ao mozo real
convencendo a un conde que andaba descarriado.
O noso valeroso rei tivo pacencia con aquel danado.
I os falcós con él ganaron a sua pitanza».

Los halcones, naturalmente, eran los guerreros del norte,


a los que no bastaba el tejón cazado con cepo, ni lo que po­
dían pescar en la ría en que anclaran, seguramente la de Aro-
sa. Ni les bastaba con las almejas, las ostras y las vieiras,
que según le escuché al profesor Kannen no comían el per­
cebe ni la lamprea. Nada se nos dice de si comían la nécora,
el lubrigante y la centolla. Pero lo que querían aquellos bár­
baros era carne, grandes bueyes y rebaños enteros de ovejas,
y el conde, ese que el escaldo dice que «andaba descarriado»,
no estaba muy dispuesto a dar las vituallas que querían los
normandos. La tierra, Galicia, «era pobre y estéril» — «a poor
barren land»—, y llegando el mayo, la hora de hacerse de
nuevo a la mar, el rey Sigurd fue contra el castillo donde es­
taba el conde que regía Galicia, y lo forzó, y le tomó todo
lo que precisaba, y abarrotó con ello sus barcos. Y se hizo a
la mar, hacia el sur.
Queda interpretar el cuarto verso del canto del escaldo en
honor de su rey: en holy things, en santas cosas ocupado.
¿Una visita a la tumba de Jacobo, en Compostela? Nada de
ello se nos dice en el texto de Snorri Sturluson. ¿No serían
las «santas cosas» el conseguir comida para aquellos duros
halcones de la ribera, los voraces hombres del norte? Pero,
no; yo creo que eran verdaderamente santas cosas. Hay que
seguir leyendo la toma de Cintra a los moros, donde mató
muchos que no quisieron ser bautizados, y ganó un enorme
botín. La razón de la matanza y el botín fue «la fe cristiana».
No se concibe que Sigurd, que iba palmero al Santo Sepulcro,
haya estado a unas leguas de Compostela y no haya ido a arro­
dillarse allí. Tendré que preguntarle a Filgueira Valverde si
sabe algo de esto.
Peregrinos a Compostela
El Judío Errante, en Compostela

No me extrañó leer en erudita1dem


í»,L, nota que el astrólogo Guido
p
lics«D
G
arzo953.V
Bonnatti asegura que el Judío Errante —Ahasvero, Catófilo
o Buttadeo, que tal es su aderezo onomástico— había visitado
Compostela como peregrino el año 1267. Hay un verso que
viene en Mistral, pero que me huele a gentileza de barquero
provenzal, que dice que «bajo el puente de Aviñón todo el
mundo ha pasado». Compostela, de sus abiertas puertas, igual
podía decir. ¿Por qué no iba a ir a Compostela una parte tan
esencial y significativa de la humanidad pecadora como el Ju­
dío Errante? Si es verdad lo que Ernesto Helio —ese gran
escritor sobre el que ha sido derramado el oscuro licor del
olvido— asegura, que donde el Judío Errante pernoctó queda
setenta veces siete años el doloroso amargor de su sombra,
¿no andará aún, vagabunda, por la enorme piedra composte-
lana, fría «como una espada sumergida en negra agua», la
sombra alargada de Catófilo? Y digo alargada porque Boe-
mehe, un canónigo de Brujas, paseando a orilla de aquellos
canales por donde también nuestro Luis Vives paseó, cantan­
do, a lo que era muy afecto, con aquella vocecilla desagrada­
ble que tenía; digo que paseando el canónigo vio pasar a
Ahasvero, y su sombra, sobre las mansas aguas del amarillo
canal, se alargaba extrañamente, roja y movediza. Reciente­
mente no hay noticia de que haya sido visto. ¿Lo vio Werner
en Roma? Es posible. Se cuenta que posó su mano sobre un
libro que Werner leía, y como brasa, aquella mano pecadora,
lo quemó. Werner conservó, hasta sus últimos días de Salz-
burgo, el libro señalado. (Siempre me gustó imaginar a Wer­
ner, y a fray Vemero, en el convento franciscano de Salzbur-
go, donde medran los rosales del milagro y el ruiseñor anida
en los manzanos. ¿No hay un momento en Werner, como en
el pobre Enrique von Kleist, en que sobre su sombra aterrada
y fugitiva se posa la sombra terrible de Bottadev?)... Se
cuenta que Napoleón lo encontró en Soissons cuando los Cien
Días, pero parece contradecirlo el testimonio de Dumas pa­
dre, niño. Lo relata Lenotre. Llegó a Soissons el carruaje im­
perial y Dumas, curioso, atendía en la posta al cambio de tiro.
El emperador desgarró la cortinilla y preguntó:
—¿Dónde estamos?
—En Soissons, sire.
—¿A cuántas leguas de París?
—A quince, sire.
—¿A cuántas de Lyon?
—A ocho, sire.
Y cambiando el tiro, siguió el viaje. Unas semanas más
tarde Napoleón regresaba a París, y en Soissons, también ante
Dumas niño, hizo las mismas preguntas. Entre viaje y viaje,
Waterloo. Vio la batalla Fabrizio del Dongo, un personaje de
Stendhal. Pero en Soissons, Napoleón no habló con Ahasvero.
Iba oculto en el fondo del carruaje, contando los Cien
Días como cien perlas rojas, derramadas desde sus manos so­
bre el eterno campo de las batallas... Finalmente, Raissa Ma-
ritain cuenta que León Bloy recibió una carta en la que se le
aseguraba que tal día de tal mes de tal año, el Judío Errante
estaría en Lyon, en un puente sobre el Ródano. Bloy acababa
de publicar La salvación por los judíos, y tomó la carta como
misteriosa señal. Pero el mendigo ingrato no tenía dinero para
ir a Lyon.
Me gustaría preguntar a las compostelanas piedras si las
acarició la sombra gigantesca y sin par del Judío Errante. Cual
quemó el libro de Werner, ¿no dejaría en alguna piedra de
Santiago la señal del fuego irremisible? Desde ahora que sé
que Ahasvero estuvo peregrino en Compostela, siempre que
vaya a la ciudad, tendré abiertos los ojos, y escrutaré más
allá de donde la luz se humilla en la sombra, por si una som­
bra más profunda arde, fugitiva, en un rincón.
Mr. Wendoll en Compostela

Parece ser que de este Mr. Wendoll,


D
»F
cón
954.l«L
b
tm
ig,16sp
arodeV a quien Samuel Pe-
pys presta dinero al dieciséis por ciento, sahumados los inte­
reses, como diría el labrador cervantino, con una barrica de
Canarias, podrían decirse aquellos dos versos de Dryden que
cuentan:
«La comadrona colocó su mano sobre su grueso cráneo,
e hizo esta profética bendición: “ ¡Sé estúpido!”».
«Be thou dull!» Mr. Zacarías Wendoll era estúpido. Ha­
biendo llegado a Londres un prestidigitador italiano, profesor
de magia y violinista, y habiendo conocido a Mr. Wendoll
en una taberna, mano a mano con un pastelón de liebre y una
discusión sobre los antípodas, que era el tema favorito de Mr.
Wendoll, aconteció que Mrs. Wendoll, de nombre Ana, y una
de las más bellas damas de Londres, «vestida con un traje
de seda verde, adornado con hilos de oro viejo y encaje de
Lyon», entró a buscar al joven y polemista esposo. El italia­
no, de quien se ignora el nombre, pese a la incesante investi­
gación de la Pepys Society, apostaba en aquel momento a Mr.
Wendoll a que, por diez libras, era capaz de hacerle viajar a
los antípodas, donde «a la hora meridiana, por la atracción
del sol, lo mismo que en las noches de luna llena, los hombres
y los animales vuelan y aun se ven peces que asomados im­
prudentemente a flor de agua, como pájaros van sobre las olas
hasta que privados del líquido elemento, perecen». Mr. Wen­
doll, que aún no había bebido la suficiente cerveza para que
su dura mollera ablandase, negaba maiorem et minores. Deci­
dieron continuar la conversación en casa de Mr. Wendoll, re­
frescando con más cerveza un barrilito de ostras. El italiano
tocó el violín, hizo varios juegos de manos, como «transfor­
mar una vela encendida en una paloma, y ésta a su vez en
un ramo de rosas». Las rosas fueron para la hermosa Ana.
Finalmente, Mr. Wendoll apostó doce libras a que el italiano
no hacía ir a su mujer a los antípodas para que ésta, al regreso
—el viaje duraría veinticuatro horas—, le contase las noveda­
des de aquella región. El italiano pidió seis libras de anticipo,
que le fueron concedidas. Mrs. Ana Wendoll vistió sus mejo­
res galas, se adornó con sus mejores joyas y se envolvió en
una manta de piel de nutria, «por el frío de la región alpina»,
que había que atravesar. Y acompañada del italiano, y según
confesó ante un juez bajo juramento Mrs. Wendoll, «salió por
la ventana, volando». El italiano la sostenía por la cintura...
Mr. Zacarías Wendoll se quedó dormido haciendo la digestión
de la liebre y las ostras y sudando la cerveza, y cuando des­
pertó se puso a esperar que la bella Ana regresara de los an­
típodas. Podía esperar sentado. A los ocho días denunció al
italiano por rapto y magia demoníaca, y le ayudó a redactar
la denuncia Pepys, que ya ciego, hacía cantar a su alegre laúd
de otros días, ahora tonadas melancólicas.
La Pepys Society publica amplias noticas de aquellas gen­
tes que tuvieron amistad con Pepys, relación de negocios y
hasta oficial trato. Por una nos enteramos ahora de que a las
desventuras de Zacarías Wendoll, que para relatarlas conve­
nientemente necesitaría yo todas las amplias páginas de este
FARO DE VIGO, hay que añadir una más, y parece que tras ella,
la muerte puso fin a una agitada vida. Es el caso que Mr.
Wendoll vino a Lisboa en el séquito de un noble caballero
inglés que trataba muy secretos negocios del Estuardo con el
Braganza. Y a la puerta de una iglesia, a la que Mr. Wendoll
había ido por la curiosidad de la liturgia, que él era antipapista
cabal y aun anduvo metido en una secta llamada de «los flau­
tistas inspirados», que dio en sus días que hablar; a la puerta
de la iglesia lisboeta, digo, nuestro buen Zacarías conoció a
un irlandés exiliado, que había colgado los hábitos en Sala­
manca, y con el que se puso en tratos, porque parece que el
irlandés era hombre de rara doctrina y gran habilidad mecáni­
ca: las dos chifladuras de Zacarías Wendoll. El irlandés cono­
cía el secreto de varios tesoros, y acertaba con ellos por medio
de un vaso en el que el agua temblaba al acercarse a los me­
tales preciosos. «Raro es el día», escribió Wendoll a su noble
señor, «que no encuentra, yendo yo con él por las calles, al­
guna moneda perdida y que su agua le señala». Cinco mone­
das de oro encontró el irlandés enterradas en la arena del Tajo.
Zacarías Wendoll sigue escribiendo: «He decidido ir con mi
amigo a España, donde se tiene por averiguado que en la an­
tigua ciudad de Santiago de Compostela están escondidos los
tesoros que los irlandeses pusieron a salvo cuando Inglaterra
conquistó su país. He visto una carta de lord Essex que lo
asegura y otra del rebelde Tyrone que lo confirma. Os devol­
veré, milord, los dineros de que ahora me apodero, y aún os
haré participar de tan grandes y maravillosas riquezas como
me esperan». Zacarías y su irlandés tomaron el camino de
Compostela... Me imagino fácilmente a Mr. Wendoll en la
noche compostelana, por las oscuras y solitarias rúas, por el
Franco, la Nova o el Preguntoiro, con la copa del irlandés en
la mano, atendiendo a si el agua giraba al acercarse al oro
irlandés. El viaje a Compostela de Zacarías Wendoll es la úl­
tima noticia que de él haya averiguado la extraordinaria Pepys
Society.
Tres peregrinos en una memoria

Por estos días de la siega, vecinos


»DF
typ
l196.s«R
ig,25ju
arodeV de la fiesta de Santiago
el Mayor, no hay cosa que le sea más fácil a mi imaginación
que figurar peregrinos a Compostela. Los voy poniendo por
las posadas, en Tours o en Puente la Reina, en Sahagún qui­
zás, o simplemente les veo hacer camino, sentado yo cabe
una fuente, a la sombra de un castaño, y converso con ellos,
curioso de lenguas y de países y también del humano corazón:
en esto, cada peregrino es un vaso secreto. Y no sólo me
gusta hacer peregrinar a los penitentes ofrecidos que buscan
perdón o el milagro —que igual cosa es—, que a mí mismo
me place contarme que allá va, en una vuelta del camino, por
Antígona guiado, el santo ciego aquel de los griegos que se
llamó don Edipo, o que viene don Merlín de Bretaña, o que
a Fausto le traen tentaciones de dialogar con el Apóstol, o
que antes de ir a cortar la bajada del turco viene a velar armas
vera de la tumba apostólica el señor don Quijote; noticias me
llegan de que ha hecho noche en Triacastela el rey don Ham-
let, y de que han visto pasar el Miño, por Portomarín, a don
Juan. Con cualquiera de estas historias animo una tarde de
verano. Digo que don Hamlet vestía de luto doblado, y no
traía más joya que un leoncillo de oro colgando de una cade­
nilla sobre el pecho, y que todo se le volvía tomar en la mano
la copa de vino y mirar aquel rubí a la luz del poniente. Y
no dijo palabra. Digo que don Juan vestía de verde un gaban-
cillo corto, y calzaba alta bota lombarda de ante trenzado, y
bajó a la orilla miñota a darle un refresco a su caballo, y como
unas mozas por verle salieron al puente, se sonrió melancólico
y saludólas llevando la mano diestra a la birreta. Una moza
dejó caer un pañuelo, pero el viento lo llevó al agua, y allá
se fue la prenda, río abajo... Edipo es ese que tiende la escu­
dilla de barro, mientras Antígona, canturreando, busca moras
en el zarzal. En este camino están por igual gastados las li­
mosnas, los mendigos y las canciones: usada como la escudi­
lla de barro de Edipo está la tonada que canturrea Antígona.
Lo que nunca se me ocurrió fue enterrar a Romeo y Ju­
lieta en el camino de Santiago, en el polvo del camino de
Santiago, en el polvo del camino. Pero esto me lo enseña un
romance francés del siglo xn. Lo leo en la traducción de Hol-
guín, y se lo regalo a ustedes tal día como hoy. Antes de copiar­
lo, les pido que piensen qué lugar escoge Julieta para descan­
sar. ¿Será allí más perfumado el polvo del camino? Los pies
de los peregrinos llevarán noticia de aquel amor. Escuchen:

«La niña se levanta


con el primer albor,
y hace girar su rueca
al son de una canción.
La niña a cada vuelta
da un suspiro de amor.
Su madre le pregunta:
¿Qué tienes, corazón?
Nada me duele, madre.
Solamente es amor.
No llores. Si tú quieres
te casaremos hoy
con el hijo de un príncipe
o el hijo de un barón.
No quiero hijo de príncipe
ni hijo de barón,
quiero a mi amigo Pedro
que se halla en prisión.
Nunca tendrás a Pedro
será colgado hoy.
Si Pedro muere ahorcado,
quiero así morir yo.
Camino de Santiago
enterrad a los dos.
Cubridlo a él de rosas
y a mí de blancaflor.
Peregrino que pase
dirá en su corazón:
¡Dios tenga el alma de ellos
que murieron de amor!
Por amar uno al otro
están muertos los dos».
Este es el romance. Peregrino que pase, memoria llevará.
Para que más alabado fuese, añade al polvo terrenal y antiguo,
ceniza de la alondra enamorada. Pisas aquí cenizas de lágri­
mas, de oraciones, de milagros, de Julieta finalmente herida.
Meu Santiago

Por cualquiera de las siete puertas


V,d
tícF
jlo1960E
asr.24d
igu
en compostelanas, con el
verso jacobeo en los labios cantándome esperanzas, me aden­
tro en la urbe. ¿Está, en verdad, la ciudad en el Paraíso?
Charles Péguy imaginaba escribir una Divina Comedia en
cuyo Paraíso, además de los bienaventurados, Dios llevaría
a las doradas y celestes estancias aquellas cosas cristianas,
«todo lo que cristianamente existe y cristianamente ha sido
logrado»: las catedrales: Chartres, Amiens, Estrasburgo,
León...; las naciones, las cruzadas y las peregrinaciones, las
ciudades: Roma, Aquisgrán, París, Compostela... «dans la
majesté des matins et des soirs». Como un camino y como
una fuente estará Compostela en el Paraíso, y en la fuente
podrá beber el hombre, al tiempo que beben los ciervos y las
palomas, del agua fresca. Nunca se sabe lo que se bebe
cuando se bebe del agua fresca: en una historia de los Padres
del Yermo acabo de leer que uno de aquellos eremitas santos
se moría de sed entre las arenas, y todo era soñar con fuentes
y poblar los delirios con jarros de agua cristalina, y en la ago­
nía se le metió en la boca una dulzura húmeda y sabrosa que
lo refrescó y revivió y quitó del tormento la sed, y el Padre
del desierto tuvo por revelación que había tenido en sus la­
bios, como un vaso, el borde de un ala de su ángel; rocío de
las celestes alboradas tendría en cada pluma. La fuente com-
postelana, por sus caños abundosos, vierte el agua de la espe­
ranza, de todas las esperanzas que en los siglos peregrinaron,
y pusieron su voz, como el mar pone la suya en las caracolas,
en la gruta apostólica. Tal día como hoy, en la City de Lon­
dres brincan los niños sobre montones de conchas, pidiendo
limosna al que pasa: «Remember the grotter», dicen. ¡Acuér­
date del que está en la gruta!. Memoria es de los días en que
el inglés peregrinaba y aquí lavaba sus pecados. Y del
río de todos los pecados que aquí peregrinaron es ahora la
fuente fresca que vierte en uno de los cuatro caudales del
Paraíso.
Cuando, casi un niño todavía, visitaba por vez primera la
catedral compostelana, fue para mí sorpresa inolvidable leer
en los confesionarios los letreros que anuncian el don de len­
guas: «Pro lingua gallica, pro lingua anglica et germanica,
pro lingua hungarica...». Me parecía soñar que todas las na­
ciones habrían de venir aquí a estas piedras sacras, a confesar
sus pecados,y más de una vez imaginé a esas nobles lenguas
arrodilladas, penitentes ellas también, susurrando sus palabras
secretas. Por estas vísperas de Santiago Apóstol, hace algunos
años, confesaba en la Basílica a los penitentes de lingus in­
glesa un sacerdote africano, de color. Y confesaría de sus pe­
cados a los penitentes, pero también la lengua, el vaso de ira,
de lujuria, de poder y soberbia, y de desprecio y miseria, de
la lengua, ¿no sería confesado? Sílaba a sílaba habrán de arro­
dillarse las palabras inglesas en el oído del negro ministro del
Señor. Con alegría la arrodillarían Hilaire Belloc y Chester-
ton, para quien la peregrinación era uno de los sacramentos
del cristiano. Pero otras bocas sentirían la dura herida. Habría
que consolarlas con un verso, como un salmo, de su propia
lengua: «And the rose are one». Y son uno el fuego y la rosa.
Todo es una y la misma ardiente llama.
En una de sus «iluminaciones» —seamos, como ella lo
es, por un instante, fieles a Rimbaud—, Simone Weil «ha
oído a alguien que setenta y siete años antes del último día,
una tierra antaño muy fecunda y por siglos y siglos labrada,
quedará en huelga y estéril, ocupada por gente vagabunda y
miserable». De esos nómadas ásperos y violentos nacerá pre­
cisamente aquel que intentará robar, para darlo a su caballo,
el último pan de la última harina, «un pedazo de pan que no
se podrá esconder al tras el velo del templo, porque brillará
más que el sol». «Solamente el peregrino leproso que va a
Santiago podría esconderlo bajo sus pústulas...» Quizá, pues,
este camino permanecerá, a medias por el cielo y por la tierra,
hasta el día postrero, y quizá vaya, como camino, al Paraíso,
polvo carnal y transeúnte. Quizás ese trozo de camino que
ahora contemplo, bordeado de laurel romano, que es tan pa­
jarero, y tan dulce de andar por manso y llano, y en menos
de una legua el socorro de dos fuentes, y abundante de som­
bra; quizá este trozo sea escogido por el peregrino leproso,
el último y fatal peregrino, para oír por última vez las campa-
nas compostelanas, para dar gracias al Señor por el último
pan de la tierra. «Meu Santiago, patrón sabido»: un hilo de
esperanza teje el verso en la mañana jacobea. Cruza por ella,
como un ala temblorosa y cálida, el peregrino.
Los milagros que contó Calixto

Mientras hacía el camino del arodeV


vé»F
ls«E
1964.D
n
ig,25juApóstol, desde Roncesvalles
al Cebreiro, por las noches me ponía a leer en los Miragres
de Santiago, en la excelente edición crítica de José L. Pensa­
do. Y creo que esa lectura nocturna, deteniéndola de vez en
cuando para ir a ver cómo la luna crecía en el cielo de los
días sanjuaneros, me iluminaba para mejor comprender la ro- o
mería, la penitencia andariega de Europa en los siglos me­
dios, y conformaba mi alma para el asombro, sin el cual, sin
la expectación ante el posible prodigio, hacer este camino es
vanidad. ¡Y qué claro gallego ese en que están contados los
mira gres, y la venida de Carlos, y las hazañas de Roldán, y
todas las otras cosas! El primer milagro corresponde a una
preocupación natural en un siglo de saetas y armaduras, sacar
el hierro de las heridas. Se buscaban plantas que lo hiciesen,
como la planta dictamo, que no sé cuál sea, y que la conocen
los ciervos, los cuales, recibiendo flecha en el cuerpo, la bus­
can, la comen, y al instante el hierro cae... «En día de Pas­
cua, sendo a cabeza de Santiago Alfeu na sua cousela sobre
o altar de Santiago, un romeu alemán con outros da sua cam­
paña, tomou gran presa de diñeiros de prata e ofreceunos
sobre a cousela... Et entre aqueles diñeiras andaba unha sae­
ta. Et os que y estaban et viron a saeta, perguntáronlle por
qué razón a poñía, et o romeu dico que habendo batalla con
un seu nemigo, déralle (iste) co aqueta saeta pola queixada
seestra, et fóralle p ólo medio da cabeza et o bico dela fóralle
ferir na nariz. Et cantos o viron non houberon de él fiuza de
vivir, et sendo xa desesperado para a morte, chamei ¡Santia­
go!, y en chamando o nome de él saíume a saeta tan rexa
mente póla orella como se saíse entón da baesta. Et por eso
a trouxe aquí...»
Y yo me imagino al alemán muy bien, poniendo la saeta
sobre la cousela. Cousela es cajita, cofrecillo, relicario. Pen-
sado advierte que en algunos diccionarios gallegos figura
como nicho, receptáculo, y que conviene rectificar. La cou-
sela del miragre sería la misma en que Gelmírez depositó la
sagrada reliquia, y que se cita en la Compostelana. Sobre su
tapa dejaría el romero los dineros y la saeta, ya que no resulta
fácil que lo hiciese sobre «el actual relicario en forma de bus­
to, con el cual se sustituyó el 25 de diciembre de 1322 la
primitiva arqueta». Los sombreros de los romeros alemanes
eran muy anchos, y traían doble forro, prevención contra el
sol de las Castillas. También los alemanes, según Grübner,
se ataban por encima de las rodillas...
Y pernoctando en Burgos me distraje una larga hora con
el del ahorcado, que lo presentaron al Apóstol tres caballeros
de Peirigol, del Perigord. Y el ahorcado era «muy mancebo,
et andaba vestido de mui nobres panos, et parecía home de
gran paraxe, et traguía no pescozo unha pértega de carballo
entorta»... Es decir, una dobla de carbas, como en el yugo
bobino. Con aquella fuera ahorcado, que no con nudo de cin­
ta, que era la moda medieval de Francia, y apretaba mucho
y rápido. El ahorcado, apeló en la última hora a Santiago, y
éste lo sostuvo en el aire, como si fuese escalera de caracol...
«Et pois que se partiron de alí todos, miña muller chegou a
mi alí ú eu sia, e viña deitando as máns nos cabelos, e car-
pindó muito, et chamándme por nome. Et eu respondínlle:
»—No chores, mais pensa de me tirar de aquí axiña que
vivo son et Santiago me ten aquí.
»Et a muller tornou muito axina cunha escada», y lo bajó
de la horca. Y el peregrino dejó allí sobre el altar «a pértega
que traguía do quefora enforcado». ¿Estará aún, en el tesoro
del Señor Santiago, la dobla de carbas del Peirigol? Me quedé
dormido ensoñando al mozo, con la dobla en la mano. Vesti­
ría de verde, y era entonces de mucha fidalguia la cinta de
plata en el sombrero. Véase en Chaucer.
El caballero de Villalcázar

En Villalcázar de la Sirga, D vé»F


gls«E
io1964.arV
n
eju
27den
, el Camino de Santiago,
junto a las hermosísimas tumbas de don Felipe de Castilla y
doña Leonor de Castro, está enterrado un caballero del Tem­
ple, don Rodrigo Velaz, de nación aragonesa; el cual estando
en Gisors, y antes de volverse a Tierra Santa, por una visión
que tuvo decidió hacer la peregrinación a Compostela, a pie,
y llevando en una muía bastimentos y ropas y un saco de oro,
y tenía de paje un enano negro, que tocaba la trompeta mien­
tras corría las calles de ciudades y villas anunciando que lle­
gaba su amo, un gran pecador. Y a todos maravillaba el soplo
del enano, al que la carrera no quitaba huelgos para la trom­
petería.
Y en Villalcázar enfermó el aragonés de unas pústulas con
fiebre meridiana, se le secó el hígado, y murió. El enano traía
instrucciones bastantes del amo por si cosa semejante aconte­
cía, y ésas disponían que se le enterrase en la iglesia más
cercana, en una capilla dedicada a Santa María, y que se la­
brase con el oro que portaba una estatua en la que apareciese
vestido con todas sus armas, un can a los pies, y en la espada
una cinta con letras que dijeran «Defendí Jerusalén», en len­
gua latina. Y que su corazón, en una caja de plata, lo llevase
su enano a Compostela. El enano cumplió de acuerdo con el
abad de Santa María de Villalcázar. La prueba es la hermosa
sepultura del templario, con la noble armadura, la ancha es­
pada y el perro a los pies. Incómodo, me parece, que se le
posan las espuelas del caballero en el lomo.
El señor Lozano, que escribió de Villalcázar, supone que
el enano negro se quedó en la villa, medio criado del abad,
y que debe de ser un tal Petit que viene en un documento
comprando una viña y en otra regalando diez muías a la Igle­
sia, a condición de que se le entierre en el templo, en la ca­
pilla de San Andrés. Si es el tal Petit, el enano se habría ca­
sado en Castilla, pues dona con uxor sita Eutimia. Tuvo que
haber un año en el siglo XIII en el que se casaron todos los
enanos, como aquel del XVI que anunciaba Rabelais en su Al­
manaque. Y hablando de enanos y de Rabelais, es sabido que
Gargantúa, joven, tuvo una vez deseos de comer ensalada, y
salió él mismo al huerto a coger las lechugas, que en aquel
país eran inmensas, como árboles. Y resultó que unos breto­
nes, que iban peregrinos y habían hecho escala en San Sebas­
tián de Nantes, se habían echado a dormir en aquella sombra,
y Gargantúa, con sus enormes manos, al arrancar las lechugas
llevó con la verdura los peregrinos entremezclados, y después
de aliñar el todo, se los comió, y uno de ellos, que llevaba
un bordón muy largo, al masticarlo Gargantúa le metió el palo
con la calabaza en una muela que tenía cariada y le hizo pegar
un grito. Esto salvó a los peregrinos, que Gargantúa, con el
dolor, escupió... Los peregrinos, que aún pasaron más aven­
turas, si no lograron crecer, que era, probablemente, lo que
habían venido a Galicia a pedir al Apóstol, al menos llegaron
lavados a casa y con bastante que contar. Me gustaría que en
Villalcázar hubiese sepultura de Petit, y que estuviese el ena­
nillo en figura de bulto, armado, en un gran sarcófago, con
tantas plañideras como el infante Felipe. El alano de la tradi­
ción viquinga sería mayor que él.
Le pélerin par le chemin...

El peregrino por el camino se vé»F va preguntando: «¿Cuántas


ls«E
965.D
ig,1n
arodeV
lunas nuevas veré antes de llegar al Sepulcro?». El camino
es largo, largo. Están lejos las Españas. Y en el extremo oc­
cidental, en el Finisterre, «el varón por el que se va a Gali­
cia». Dante lo señalará así, con el dedo de su lengua toscana,
cuando lo encuentre, en la Gloria. Dicen que el Dante soñó
con hacer la peregrinación. Quizá no lo haya soñado el Dante
de la Comedia, pero pudo haberlo soñado el Dante de la Vita
Nuova y de Il Canzionere. En la Vita es donde está aquello
de Non s ’intende pellegrino... «¿Cuántas lunas nuevas
veré?», se pregunta el romero que ha salido de Pons cuando
los viñedos comienzan a florecer. Se lo pregunta en San Juan
de Pie del Puerto, o cuando ya ha coronado el alto pirenaico
y se abren ante él los campos donde fueron Carlos y los Pares,
a la prise de Pampelune, y después, solitario, a la muerte don
Roldán. Los tejados de pizarra brillan con la lluvia temprana.
O se lo pregunta en Puente la Reina, viendo pasar las aguas
del río bajo los finos arcos que recuerdan la mano picapedrera
de Santo Domingo de la Calzada.
Largo, largo es el camino. Todavía en el Gaspard de la
Nuit de Aloysius Bertrand, cuando las Compañías Blancas
van a bajar a las Castillas, el refrán suena cien veces: «C ’est
loin, les Espagnes!». Es el eco de la voz de los peregrinos
del «chemin de Saint-Jacques».
Y cuando los peregrinos han regresado, a la rica París, a
Tours o a Lyon, a Maguncia o a Brujas, han fundado Cofra­
días. Y hay que imaginarse a los que un día fueron peregrinos
contando memorias de las jomadas que hicieron, de los hos­
pitales donde posaron, de las villas y las ciudades, de los ar­
duos montes y los llanos. De Compostela y del Señor Santia­
go, y los grandes milagros. Muchos de ellos los vieron con
sus propios ojos, que aún tienen la luz dorada del asombro
en las niñas.
Durante siglos creció la hierba en el Camino, pero ha lle­
gado la hora de la restauración. Eugenio Montes veía crecer
la hierba en la Rué Saint-Jacques de París. La hierba crecía
en Frómista y en Carrión, en el Cebreiro venteado. Pero de
nuevo los pies de los peregrinos reviven el Camino, que nece­
sitaba de esta lenta y fiel caricia, como un can necesita la
mano del amo sobre el lomo. Y la tierra es molida por los
pies.
Los tiempos han cambiado las nociones de lejano y cerca.
Ya no hay distancias, se dice. Pero una idea de lejanía va
unida a la idea de peregrinación, que es un magnífico ejerci­
cio espiritual. El peregrino que se pregunta cuántas lunas nue­
vas verá, ése contabiliza su viaje por números celestiales, y
mide la fatiga de las largas etapas. Esas que luego en su ciu­
dad o en su aldea contará: Somport con la nieve y el lobo,
Sangüesa con el pan dorado, Puente la Reina con el puente
y el vino, Nájera con la sopa boba, Burgos capital, Castrojeriz
con su feria, Sahagún bullicioso, rica León... Y la verde, hú­
meda, trabajosa Galicia. «Le pélerin par le chemin». Desde
la vuelta de San Marcos, se ven las torres. No sé si hasta ella
llegan los cantos de las solemnes campanas.
Y ya en Compostela está el Señor Santiago, bien sentado,
recibiendo el abrazo de los romeros. Lo han abrazado Fran­
cisco de Asís y don Gaiferos de Mormaltán, el duque de
Aquitania, cuya memoria surgirá siglos después en un soneto
de Gerard de Nerval, «el duque de Aquitania, de la torre des­
truida». El Desdichado, triste, viudo e inconsolable. Hay pe­
regrinos míticos, como don Carlomagno de la Barba Florida,
advertido por una estrella mañanera, y otros emocionantes y
solitarios, peregrinos de los primeros días de la Invención
como Giraldo de Aurillac, el que fundará en el Cebrero, apar­
tando con sus dulces manos la blanca nieve para colocar las
piedras de un refugio en aquel país de cumbres, un país que
podrá ser llamado, centurias más tarde, el País de Parsifal,
gracias al Milagro Eucarístico. ¿Y cómo olvidar el pelo do­
rado y el acento suabo de doña Beatriz, la reina, o el caminar
a pasitos quedos de la Raiña Santa, doña Isabel de Portugal,
llevando como zarcillos en las orejas canciones de don Diniz,
el Rei Lavrador? ¿Y los ingleses, nobles estirpes, que llevarán
a sus armas las vieiras? Y las grandes sangres de Francia, los
Montmoreney y los Rochefoucauld... Pero más que honrar el
camino con nombres de santos, de reyes y de héroes, es la
ocasión de recordar la gente menuda, la pobre gente, salida
a la vía de la peregrinación por la fe profunda y el anhelo de
un perdón en la tierra, que estaba aquí, en Compostela, en la
mano siempre abierta de Jacobo, un patrono humanal, un
compañero compasivo.
La peregrinación de la condesa Sofía

En el año 1175 parece que pueda


vé»F
n
ls«E
z1965.D
ig,4m
arodeV situarse la peregrinación
jacobea de la condesa Sofía de Holanda. No se sabe muy
bien, pese a las investigaciones bollandistas, quién haya sido
esta condesa. Coinciden en el mismo tiempo tres o cuatro se­
ñoras del mismo nombre en los Países Bajos, y doña Sofía
puede ser una muchachita de dieciséis años, puede ser una
viuda de cuarenta, o puede ser la esposa del conde Ian van
der Zeegge, fundadora de las Nobles Damas de la Linterna
de Nuestra Señora de Utrech. La condesa Sofía peregrinó,
digo, a Santiago, y todos los días, tanto a la ida como a la
vuelta, hizo una hora de camino descalza de pie y pierna, y
dio ricas limosnas en Carrión de los Condes y en Roncesva-
lles. Y acaso la fama de que viajaba por el Camino una rica
señora con bolsas llenas de oro y plata en las alforjas de su
muía frisia, corrió por León y la ancha Castilla, alertando a
los bandoleros que andaban por allí, quienes se pasaron vo­
ces, y la flor de ellos se juntó a dos leguas de Sahagún con
el propósito de robar a Madame Sofía. Se podría escribir una
estampa a la manera de Aloysius Bertrand —es decir, a la
manera de Rembrandt y de Callot—, en la que se viese a los
bandidos en una taberna sanfacundina, afilando los puñales
en el cuero de remonte de los borceguíes por debajo de la
tabla, tras mojar el acero en el clarete de allí. Las pardas ca­
puchas apenas dejarían ver los barbados rostros, en los que
bailarían ojos inquietos.
La cosa fue que los bandidos salieron al paso de la conde­
sa, dispersaron a los criados, dejaron en cueros al monje que
iba de auxilio en la comitiva, e intentaron dominar con pala­
bras feroces la altivez de la condesa de Holanda. Que no se
apeaba de su muía y defendía, sonriente, su tesoro. Los ban­
didos, exasperados, decidieron darle muerte. Pero acontenció,
por misericordia del Señor Santiago, que el hierro se quebraba
como paja cuando llegaba a las carnes blancas de doña Sofía.
Ni en su cuello, ni en su pecho, ni en su vientre lograron los
puñales un rasguño. Y los bandidos se llenaron de temor, ti­
raron al suelo las armas, y se arrodillaron ante la condesa pi­
diendo perdón.
La condesa sonreía y perdonaba.
— ¡Sí, hijos, os perdono! ¡Qué Dios me sea testigo!
Y animando a los bandidos con la clara mirada de sus
ojos, señalando hacia poniente la blanca y pulida mano en la
que brillaban las piedras doradas, topacios y amatistas amados
por las gentes del norte, concluyó:
— ¡Id, hijos míos, id a entregaros al verdugo del rey de
León!
Lo que parece ser que hicieron, y fueron ahorcados.
Ramón Gómez de la Sema, en su Retrato del señor conde
Matías Villiers de l'Isle Adam, cita un pequeño cuento que
Villiers solía narrar. Era la víspera de la Saint-Barthelemy.
El alabardero que guardaba la puerta de la cámara de Catalina
de Médicis, hugonote secreto, decide dar muerte a la reina.
Catalina acepta la sentencia, pero pide permiso al asesino
para encomendar su alma a Dios. Y pide al Señor misericordia
para aquel que va a darle muerte. A medida que la oración
se eleva, la resolución del guardián se debilita. «La reina, fi­
jando en él sus ojos, adivina que al fin está desarmado. A su
vez, el soldado cae de rodillas. Ella le levanta, y como le ve
vencido por el soberano poder de su palabra, sonríe con una
exquisita^bondad.
»—¿Qué debo hacer, pregunta el asesino derrotado. ¿Adon­
de debo ir?
» —Id, hijo mío —responde Catalina, con una autoridad
magnánima e irresistible—, id al cadalso...»
Debe de haber varias historias con el mismo asunto. Hoy
recordamos la de la condesa Sofía, de regreso de Santiago,
en la llana jornada de León a Sahagún. Pardas colinas lejanas,
viñedos fecundos, chopos altivos en las riberas, y en el aire
de la tarde, el eco de las graves campanadas de San Lorenzo
y San Tirso.
A la lejana Jacobusland

Ya se sabe cómo habían venido vé»F


n
s«E
l1970.D
ig,25ju
arodeV contra la tierra que en
Compostela guarda el cuerpo del Apóstol Jacobo, aquellos
violentos hombres del Norte, y cómo los gallegos defendieron
las riberas de sus rías, el conde Pedro la comarca tudense, y
Sisnando de Iri a la Arosa: una saeta certera puso fin a la vida
del obispo; los viquingos eran hábiles en alcanzar con sus lar­
gas flechas la garganta de sus enemigos; en Snorri Sturluson
muchos mueren así, pero siguiendo la convención escalda,
antes de dar el alma, aún tienen tiempo de decir una bella
frase. Hubo una expedición normanda, como la del año 967,
que llegó hasta más allá de Lugo, quizás al Cebrero, en cuya
cumbre ya había el hospital que para los primeros peregrinos,
aquellos que con sus pies comenzaban a hacer el gran camino
de la romería compostelana, el «camino francés», había fun­
dado Giraldo d ’Aurillac. Cuando volvían a sus naves, les sa­
lió al paso un obispo, Rosendo de Mondoñedo, que aún era
mozo y ponía luz de luna en el mundo cuando lo miraba con
sus ojos azules, y los más de los viquingos, ahitos de carne
ahumada de tejón, en aquella —por hablar como los escaldos de
Islandia-— asamblea de las espadas, enrojecieron el pico del
cuervo... Venían de Coutances, aquella cabeza de un condado
de abedules y manzanos de la que dijo en un pareado el poeta
Paul Jean Toulet:

«Il n'y a de bon vers en France


si ne parle pas de Coutances».

Los dysir de Odin llegaron al mar de la Arosa a recoger


las almas de los guerreros muertos, para llevarlos al festín
donde los dioses y los héroes beben el hidromiel. Los dysir
se tapan el rostro con blancos velos, y llevan siempre una es­
tela de niebla en los pies. Otro obispo de Mondoñedo, Gon­
zalo, derrotó a las gentes del norte rezando avemarias: cada
vez que decía «llena eres de gracia», una nave de los depre­
dadores se hundía...
Pero un día llegó en que los normandos, las gentes de Is-
landia, de Noruega, de Suecia, de Dinamarca, se convirtieron
al cristianismo, y entre los bárbaros hiperbóreos florecieron
almas pacíficas, nobles señores justicieros, vírgenes soñado­
ras, y los que antaño habían llegado a Jacobusland bárbaros
armados de hierro, hicieron el viaje como peregrinos, pi­
diendo humildemente al Apóstol la paz espiritual y la sanidad
corporal. Se arrodillaron allí donde sus abuelos habían encen­
dido la tea para el incendio, y desenvainado las largas espa­
das... Yo he visto, semanas pasadas, en el Museo Nacional
de Historia de Copenhague, unas vieiras que fueron a Dina­
marca en sombreros y esclavinas de peregrinos de Santiago,
en los siglos XII y XIII. Amarillentas, roídas por los años, des­
cansan en un paño negro en una vitrina. Un cartelillo dice
dónde fueron halladas, y hasta se sabe el nombre de un abad
que vino de la peregrinación adornado con tres. Y confieso ha­
berme emocionado cuando las contemplé, vieiras del mar de
Noya o del mar de la Arosa, flores de las aguas atlánticas...
Hoy es la fiesta de la Invención del Sepulcro del Señor
Santiago. Ignoro si las iglesias que en los países del Norte
están dedicadas al Apóstol Jacobo la celebran. Ya no sé si en
Inglaterra siguen los niños haciendo montones de conchas de
berberechos y almejas y ostras, y saltando por encima de ellos
piden un aguinaldo a los transeúntes, diciéndoles que se
acuerden del que está en la cripta, en Compostela. Tampoco
sé si este año del noveno centenario del asesinato en la Cate­
dral de Canterbury de Tomás Becket, se pondrá en claro si
el arzobispo peregrinó o no a Compostela, estando en Francia
en el destierro. Pero aún no hace dos meses que vi gente dá­
nica en la catedral de Compostela, y me dije que el Camino,
el Santo Camino, no perecerá. Como si sobre la dura corteza
de la Tierra le hubiese sido ya asegurada la vida eterna.
Amén.
Inventando países
La piedra que habla

Estos días estaba yo escribiendo


vé»F de la piedra oscilante del
ls«E
1962.D
n
ig,3ju
arodeV
santuario de Nosa Señora de Barca, en Muxia, y manejaba
dos testimonios de que el ruido de la piedra al bailar es una
fa la , y hay memoria de que alguno la haya entendido, espe­
cialmente en la Edad Media, cuando fue utilizada en pruebas
judiciales. La piedra decía sí y no, como Cristo nos enseña,
y estuvo siempre del lado de los inocentes, bailando bajo los
pies de éstos, y dejando oír su ronca voz. Pero de todas las
piedras oscilantes de Occidente, la que mejor hablaba, como
una persona y gaélico literario, era la piedra de Croclaugh,
en el Donegal de Irlanda. Estaba también vecina del mar, y
la mojaba muchas veces la ola atlántica. Tenía forma de caba­
llo, pero no se dejaba cabalgar más que por perfectos y osados
campeones. Fueron sus más célebres jinetes Finn MacCum-
hail, Conan, Mannahan hijo del mar, Ossian, y el gran cons­
tructor y herrero Goban Saor, quien le puso a la piedra riendas
de hierro. Cuchulain no la pudo cabalgar, que la piedra se
encabritó. Una vez que vinieron por el mar hombres gigantes­
cos de color rojo, la piedra gritó la alarma, y vino Daofe Mac-
Moma y montó en la piedra armado de su lanza. La piedra
se puso a cantar y los invasores se acercaron. La piedra se
movió y desde ella Daofe los alanceó durante tres días con
sus noches. La piedra, durante la batalla, devoró a uno de los
gigantes. Pasó tiempo y llegó al Donegal un nieto del rey de
Connacht. Se rió de la piedra, que ya hacía cien años que no
se movía ni hablaba.
— ¡Muerta está! —dijo.
Y se subió a ella con sus dieciséis guerreros, y encendió
en su lomo fuego para asar los corderos que habían robado
aquella mañana. La piedra, que no estaba muerta sino dormi­
da, despertó al sentir el fuego en la grupa, y se revolvió airada,
dando una vuelta completa en el aire. El príncipe bandolero
de Connacht con sus dieciséis guerreros quedó debajo. Aún
está la banda allí. Algunas veces se les oye lamentarse, y la
gente, para que se callen, les echa huevos de gaviota y algún
conejo. El año 1903 fue hallado cerca de la piedra el dedo
de oro del nieto del rey de Connacht.
La piedra se rompió en dos alrededor del 1500, y es una
historia romántica ésta. Naufragó una nave frente a Dontir, y
se salvó una joven de gran belleza del naufragio. Fue la única
superviviente. Bajo las aguas quedaba su marido. La mucha­
cha se apoyó en la piedra, que estaba entonces medio cubierta
por la arena por la parte del mar, y comenzó a quejarse y a
llorar. La piedra despertó, se sacudió la arena y las gaviotas,
y le preguntó a la muchacha qué le pasaba.
—Ha muerto mi Chlim de la gorra verde. Triste y sola
estoy, viuda a los dieciocho años. ¡Ay, a qué vino el amor!
—Llora sobre mi pecho, que yo te consolaré. Tendrás ri­
quezas, que te diré donde están los tesoros antiguos, y te ca­
sarás otra vez, con el hijo de un príncipe o un caballero cortés.
—No, no quiero volver a casarme. Quisiera dar mi alma
a Dios.
Y lanzó un gran gemido y se abrazó a la piedra. Entonces,
con el dolor, ésta se partió en dos. La muchacha murió. Pero
todavía se ve pasar su dolor, una neblina rosada, por los ca­
minos de Dontir. Te apartas y la saludas, y escuchas su suave
lamento.
— ¡Ay, Chlim, Chlim!
Chlim con su gorra verde está en el fondo del mar. La
piedra de Croclaugh calló para siempre. Ya no oscila. Los
gaélicos creen que volverá a unirse y a oscilar y hablar sesenta
semanas antes del fin del mundo. Los respetuosos no se atre­
ven a subir a ella y se quitan el sombrero si pasan cerca. Aún
tiene restos de las bridas de hierro de Goban Saor. La piedra
la vio José María Castroviejo en su viaje a Irlanda y le dio
las buenas tardes, tras acariciarle la grave cabeza. Cum­
pliendo antiguo rito, derramó por ella un vaso de cerveza.
De la isla Java

Cuando yo escribí mi Sinbad, vé»,F, inventé una plática de ma­


ls«E
gD
io92.arV
n
eju
16d
res arábigos que el gran piloto árabe hizo una vez en Chipre
—yendo a comprar mondadientes griegos para el Califa—, a
los marinos bizantinos, con mapa por delante, y que fue reco­
gida por Teotikes Papadopulos de Esmima, un geógrafo del
Basileo de Constantinopla, famoso porque descubrió que la
California estaba entre Trebizonda y la Etiopía. Ya saben us­
tedes que la California americana se llama así porque los es­
pañoles que llegaron allá le dieron ese nombre tomado de sus
lecturas de libros de caballerías, donde viene California muy
asentada, con grandes llanuras, poblada de gente soberbia, re­
yes artimañeros, príncipes monóculos e infantas feas y envi­
diosas que nunca aprenden el bordado. Y en esa plática Sin­
bad le contaba a los griegos que el primer piloto árabe que
llegó a la isla de Java fue un tal Mustafá al Ormuzi.
—La isla Java —decía Sinbad—, no se encontró antes de
los arábigos porque juntándose en sus riberas el culo de
los mares de los árabes con la cabeza de los mares chinos,
se hace allí mismo una gran barra que en las mareas altas
meten mucho mar por debajo de tierra, buscando por capas
unas aguas someter a las otras, y con esto, entre las dos ma­
reas levantan la isla de Java en el aire, y muchos pasaron por
debajo creyendo que era una nube negra y era Java. Hasta
que llegó Mustafá al Ormuzi y estudió el fenómeno por anteo­
jo, y por empírico amarró su nave en una peña del cabo oeste
de Java y esperó a que vinieran las mareas agustinas, que son
las que más fácilmente ponen a Java en el aire, y la isla se
levantó y la nave de Mustafá estuvo colgada de ella casi una
hora, y Mustafá pudo ver cómo es Java por debajo, que son
unas rocas coloradas llenas de cangrejos, y quedan paredes
de una casa o ciudad que hubo allí y que no se sabe quién la
construiría...

*
Esto explica Sinbad el Marino, y ahora yo leo que quien
verdaderamente llegó primero a Java fue un tal Joraimi, cuyo
milenario se disponen a celebrar los musulmanes indonesios,
que fue quien llevó el Corán allá. Joraimi es un piloto tan
fabuloso como Sinbad y de los primeros que llegaron a Trapo-
bana, que entonces era una isla navegante. Cuando llegaron
a aquellas aguas los lusitanos ya Trapobana estaba quieta, y
no hay noticia desde entonces que se haya movido. Joraimi
unas veces la encontraba y otras no.
—Trapobana —dice Sinbad a los griegos—, no es que
propiamente no la haya; lo que pasa es que es navegante, y
hoy está aquí y mañana está allá, y si vas con tu nave y ella
está fuera de su sitio del mapa, se aparta para que no choques
y tan aína que las más de las veces ni se la ve, salvo que sea
de noche, que entonces da luces. No incomoda nada en el
mar la isla Trapobana. Pero si vas con tu nave y te metes
donde dice el mapa que cae, viene ella y se pone en su sitio
y entonces embarrancas, y se tienen dado casos de naves que
ya iban muy metidas en el asiento de la Trapobana, y la isla
no las viera porque, por ejemplo, había bruma temprana, que
viniendo la isla rápida a su lugar al darse cuenta, se encontra­
ron en la cumbre de un monte, o en la plaza de una ciudad,
o en un arrozal. El rey de Trapobana se queda con todo lo
que lleva la nave y manda azotar al piloto.
Los griegos quizá no le creyeran a Sinbad. No hay noticias
de islas navegantes en el Mediterráneo. Para verlas hay que
salir al Atlántico, por donde va la de San Barandán con sus
verdes campos y sus torres rosadas, o bajar al Indico, donde
fue la hermosura de Trapobana con su palmeral y su rey pin­
tado de azul. Verla pasar era como ver un jardín en el mar.
El rey de Trapobana siempre se está columpiando, y no es
cierto que el columpio sea chino. Woolley sostiene que ya lo
conocían los de Ur de los Caldeos, de donde vino Abraham.
A mí me ha preocupado alguna vez la historia del columpio
tanto como la del descubrimiento de la isla Java.
Shiraz de las rosas

vé»F Holandés bailar Francesca


Sentí no verle al Real BalletarodeV
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ig,29ju
de Rimini. De la primera lectura del Dante la llevo en la me­
moria, y los primeros versos italianos aprendidos fueron los
del canto quinto del Infierno, donde vuelan Francesca y su
Paolo: «questi che mai da me non fia diviso». Supongo que
bailarían el amor y la muerte. Estaban leyendo en el jardín
los amores de Lanzarote del Lago con doña Ginebra: «soli
eravamo e senza alcún sospetto». Y cuando leyeron «la de­
seada sonrisa ser besada», Paolo, por ejemplo del caballero
artúrico, dijo: «la boca mi bació tutto tremante». Y dice Fran­
cesca enamorada: «Aquel día ya no leimos más». El marido
mató a la esposa y al hermano. Dante conocía la tragedia,
porque había vivido en Ravena en la casa de un sobrino de
Fracesca, y había conocido a Paolo en Florencia, cuando fue
en la ciudad de los lirios Conservatore della Pace. Dante, des­
pués de hablar con Paolo y Francesca en el Infierno, se des­
mayó: «e caddi come corpo morto cadde». Por una pintura
en la que aparece Guido da Polenta, el sobrino de Francesca,
se sabe que el gibelino tenía entonces barba, una barba re­
donda y corta, en la que habían chamuscado algunos pelos
las llamas infernales... No vi, pues, morir a Francesca y a
Paolo, y ahora recuerdo los versos, aquellos tres tercetos que
empiezan por «amor», inolvidables.
Pero, en cambio, he visto Shiraz, la ciudad de los poetas
Sadi y Hafiz, la capital del Fars. Cuando escribía mi Sinbad
quise hacer un capítulo en el que el criado Sari, de Sinbad el
Marino, hacía un viaje allá por encontrar al rico señor que
mandaba hacer naves en Basora. Pero no supe colocarlo en
el libro, luego lo dejé para apéndice y finalmente no lo escri­
bí. Quería contar cómo era la ciudad de las rosas, desde que
se llega a aquel estrecho paso, famoso en las geografías de
los persas y en los viajeros del Islam, que obliga, viendo la
belleza de Shiraz en la llanura, a alabar a Dios. Se llama Paso
de Dios es Grande, Tang i Allahu Akbar. No conozco el ar­
gumento del ballet titulado Shiraz que vimos bailar en Castre­
los con música de Alan Hovhaness, y sería algo que pasaría
en uno de los famosos jardines, entre rosas, por donde corre
el agua. Ni sé el significado de aquella tela de araña que en­
volvía a los bailarines, dentro de la cual giraban raudos. Me
imaginaba que pudiera ser la historia de un jardín en el que
falta el agua, y se marchitan los rosales. Los jardineros mue­
ren al tiempo que las rosas. En las ramas secas tejen sus telas
las arañas, y hay una paciente tejedora donde hubo un capu­
llo. Pero finalmente vuelve el agua, todo florece y la rosa que
nace, émula de la llama, rompe la tela de la araña. Probable­
mente no es éste el argumento, pero yo lo iba siguiendo poco
a poco, lo iba inventando, y oía la música de Shiraz, la que
debe llegar a los frescos patios ricos en profundos pozos y en
claras fuentes. En Shiraz fue donde primero, dicen, hubo mo­
linos de viento. Es una ciudad rica en mezquitas y en escue­
las, pero la fama de Shiraz son los caravonserrallos inmensos
en los que los viajeros cuentan extrañas historias, y las rosa­
ledas de rosas rojas. Canta el agua por doquier. Sadi y Hafiz
se sientan en un jardín a escribir canciones y odas. Shiraz es
una de las ciudades de la imaginación oriental. Una buena
historia siempre viene de allí. Pero lo que vienen verdadera­
mente son las hermosas rosas, las rosas incomparables de Shi­
raz, donde nació, ruborizándose una rosa blanca porque se
sintió desnuda delante de un joven príncipe, la rosa roja.
La lejana Avalon

En el libro de Jurgen SpanuthD vé»,F, se estudia el emplazamiento


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de la Atlántida, esa tierra perdida bajo las olas «en un horrible
día y en una larga noche», y el autor lleva la misteriosa tierra,
famosa desde el Timeo platónico, al Mar del Norte, a las pro­
ximidades de Heligoland, y la identifica con el país de los
feacios que vienen en la Odisea, comparando los cantos ho­
méricos con lo que se dice en el Timeo y en el Critias. El
estudio es sugestivo, y muy a la medida de mi imaginación
esa ciudad de Basileia, que el teólogo Spanuth busca bajo las
olas verdes del mar hiperbóreo, coronada por una de las co­
lumnas que sostenían el cielo, un gigantesco irminsul. El tem­
plo de Basileia encerraba una o más manzanas de oro; las vie­
jas leyendas germanas narran que «en la cima de la torre de
ámbar una hija del rey tenía una manzana de oro en la mano».
Homero habla también de ello, y las antiguas tradiciones grie­
gas recuerdan que «las hespérides vigilaban sobre los frutos
que otorgaban la inmortalidad» en el país de los hiperbóreos,
cerca de Eridano. Allí se mostraban la región del ámbar y
Atlas, que sostenía el mundo con sus manos. En las Eddas,
el lugar donde se conservan las manzanas de Idun es Asgard,
al borde del glasis lundr, del bosque de ámbar; los dioses, al
envejecer, las comían y volvían a la juventud. Para los celtas,
aprendo en Spanuth, la isla del ámbar lleva el nombre de Ava­
lon, «la isla de las manzanas». Yo creía que Avalon signifi­
caba «la misteriosa», pero resulta que no. Plinio el Viejo narra
a su vez que Pytheas llamaba Abalus a Basileia, latinizando
Avalon. William de Malmesbury llama a la isla del ámbar
insula Avalloniae, expresión que traduce él mismo por isla de
las manzanas, y cuenta que el constructor del castillo de ám­
bar estableció sobre esta isla un magnífico vergel. En él se
cosechaban las manzanas que aseguran al hombre la inmorta­
lidad. Otras leyendas celtas, según Spanuth, confirman esa
denominación...
Ahora bien, en Avalon es donde está el rey Arturo, en
figura de cuervo, «rey perpetuo y futuro», esperando su re­
greso a Bretaña. Si uno toma al pie de la letra a Spanuth,
resulta que Arturo está ni más ni menos que en la Atlántida
sumergida, en el jardín de la asolagada ciudad de Basileia,
esperando las nuevas caballerías. Desde allí ha de volver,
«una mañana de abril, después de Pascua de Resurrección»,
a reinar sobre los bretones, a sentarse a la Tabla Redonda, a
cabalgar con los paladines, a perseguir al ciervo en el bosque,
a oír arpistas en sol mayor... Vendrá mozo, rejuvenecido mil
y mil veces por las manzanas de la inmortalidad, y será como
una lámpara de oro en las tinieblas del mundo áspero que he­
mos ido construyendo. Yo, desde ahora, pido, si para enton­
ces quiere el Señor que viva, escribir en el periódico el edito­
rial que comente el regreso de Arturo. ¿Vendrán con él Sir
Galahab y don Amadís?
Lo bonito del libro de Spanuth, La Atlántida, es esa mez­
cla de historias. Que la Atlántida platónica sea el país de la
dulce Nausica —¡ay, Ulises, acuérdate de ella cuando hayas
regresado a Itaca!— y que el país de Nausica sea Asgard de
los escaldos, la tierra extrema a donde llega la golondrina, y
que Asgard de los escaldos sea Avalon de Arturo, es una tesis
bien hermosa, que uno está dispuesto a defender. Algo muy
hermoso y rico hubo allí, donde ahora son las olas, para que
haya quedado tanta memoria de ello.
Inventando países

Para la fantasía de mis historias,


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arodeV hubo un tiempo en el
que solía imaginarme una selva, la antigua y lejana selva de
Esmelle, y en la selva un palacio o un castillo al que llamaba
Narahío. Ambos nombres están en la toponimia galaica, y si
a las tres sílabas de Esmelle yo atribuía, sólo con decirlas, la
imagen de una oscura y dilatada soledad, con decir Narahío
decía algo de una gentileza incomparable, esbelto y nervioso,
y las altas y finas torres del mismo color anaranjado de este
nombre. La llana gravedad y serenidad de Esmelle se oponía
a la almenada lanza de Narahío. Ambos y dos son nombres
sonoros y significativos, intensamente coloreados, de la mis­
teriosa familia de los nombres que se «ven», palabras en las
que entra el color y se hace una de las partes más vivas y
radicales de su arquitectura.
La selva yo me la imaginaba, por ejemplo, como una
enorme sombra tendida al borde del camino que va de Magun­
cia a Compostela, y Narahío estará en su corazón, en una co­
lina. A la selva la cruza un río, que al pasar por Narahío se
rompe en canales y sosiega en estanques, y antes represó para
un molino. Hay dos vados alegres para pasarlo, y en la cal­
zada que lleva al castillo, un puente con una torre, y el guar­
dián es maestro de palomas mensajeras, que las manda de co­
rreo al castillo diciendo si quien pasa el puente es don Mon­
tesinos camino de París, un peregrino desconocido o la simpar
doña Oriana con un séquito de pajes vestido de verde limón.
Más allá del puente hay prados en cuyas lindes crece hermoso
como un ave el mimbre, y felices pomaradas. Puse por mapa
la selva y el camino, y ando por la espesa Esmelle como por
mi casa, y aún ayer, haciendo el borrador de un viaje de
Fausto mozo, tuve que hacerle dar la vuelta por un camino
travesero, que con las lluvias de otoño desbordaron las lamas
y todo el camino bajo es una laguna. Mi casa, en Maguncia,
la casa desde donde yo veía el ir y venir del joven Fausto,
era la primera de la calle de los Caballeros, viniendo de la
plaza del Obispo, a la izquierda. Fausto vivía en el Arco de
las Espadas, en la casa que fue de la Dama de Viena, una
señora de singular hermosura a la que amores desgraciados
trajeron a morir a Maguncia hace más de cien años. Fausto,
al igual que yo, estudiaba latín en San Nicolás de los Tilos,
y sobre los tilos yo ponía, en mi inventado plano de Magun­
cia, a toda la parleruela m irlería. Llevábamos ambos el
mismo bicomio ladeado y la misma banda verde a la cintura...
Senderos hay en Esmelle que no pueden, por el boscaje,
seguir los de a caballo, pero por el claro que toda selva exige,
los jinetes hacen volar los palafrenes. Subiendo a las altas to­
rres de Narahío se contempla la sombra de la selva y el espejo
plomizo de la laguna, y los montes del Ameiro, azules, ne­
gros, y más allá los Aneares, con la corona de la nieve, y al
poniente, en los claros mediodías, Compostela. Y aquel úl­
timo despeje luminoso del cielo, ¿no es el aire marino? Tantas
veces me he contado a mí mismo estas últimas semanas las
estancias de Esmelle, que ya me parece que existan la selva
y el castillo, el camino de Maguncia, el puente donde Fausto
se detiene a ver las aguas, y que sea yo aquel rapacete que se
quita la gorra ante la puerta del castillo porque sale a tomar
el sol al jardín la señora infanta, seguida de portacolas. La
infanta es una niña obtenida mezclando cristal y membrillo,
blanca y la sonrisa dulce y los amorosos ojos negros. ¿Se ena­
morará Fausto de ella? ¿O no será mejor inventar una Marga­
rita vieja que vende su alma al diablo por conseguir los fres­
cos labios de Fausto, que no es todavía el sabio de blanca
barba, sino un adolescente tímido y silogístico? Con la pluma
en la mano me quedo pensando qué hacer con el mito fáusti-
co, ahora que es otoño, y gusta contar historias al atardecer.
La fuente de Aygh

En un libro de Roheim que trata


é»F de algunos mitos relacio­
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arodeV
nados con el agua —y en el que me encuentro con varios ríos
del Olvido entre los que no figura el Limia nuestro, famoso
un día en el temor de la romanas legiones—, se habla de la
extraña fuente de Aygh, a la que hacen referencia varias sagas
de los hombres del Norte. La fuente de Aygh está en un bosque
que hay en el sur de Sarkland, o tierra de los sarracenos, que
es España, en la geografía viquinga del siglo x. El bosque
llega hasta el mar y hay en él aves hermosamente coloreadas.
La fuente está al pie de una colina, defendida por espesos ma­
torrales, en los que los normandos tenían que cortar con sus
pesados machetes de dos filos esos que en las ilustraciones
de la edición de 1555 de la Historia de gentibus septentrionali
bus, de Olaus Magnus, cuelgan sobre el muslo izquierdo de
aquellos bárbaros señores. Yo tengo una edición facsímil, )
varias veces me he detenido a contemplar aquella lámina en
la que vienen todas las armas, las terribles Wapons o f War.
las armas de guerra, lanzas, espadas, cuchillos, hachas, los
mallos de barra y de bola de erizadas púas, que usaron los
latimani, cuando amanecieron con vientos favorables en nues­
tras costas, en la pobre carne cristiana y gallega, y siempre
me he estremecido de horror. A furore normannorum, libera
nos Domine!... Los de Mondoñedo, es decir, los de las Ma-
riñas lucenses y los valles que se abren con felices ríos, Ouro,
Masma, Landro, tierra adentro, nos libramos de buena gracias
a aquel Gonzalo obispo que con la ayuda de Dios y rezando
avemarias hundió una pavorosa flota noruega en la ría de Foz
una clara mañana de abril. Pero estábamos hablando de la
fuente de Aygh.
Esta fuente tenía la virtud de que a uno cualquiera que
bebía de ella, le quitaba toda memoria, y quedaba el tal va­
gante, exiliado total, sombra, olvidado de su lengua, su pa­
tria, su familia, su vida, sus sueños; vaso vacío, en fin, se
perdía en aquel bosque y paraba en animal aullador e infini­
tamente triste, que se tumbaba, menos que un can, a morir
en un rincón. Pero esa misma fuente mezclaba con sus aguas
la memoria de aquel a quien había dejado amnésico, y a otro
que iba a beber sediento de aquella alegre frescura se la pasa­
ba, y así Juan, bebiendo allí, recibía la vida de Pedro, recuer­
dos, lengua, patria, amores, deseos, ensoñaciones...
Como ven ustedes, una fuente terrible, que jugaba con los
pobres mortales. Y el segundo que bebía, con su una nueva
alma ¿no tendría que desesperarse tanto con su nuevo equi­
paje como aquel que lo había perdido todo? Quizá más. Ima­
gínenlo llegando a Noruega o a Islandia, y pasando junto a
su esposa y sus hijos, indiferente, buscando la esposa y los
hijos del otro, reclamándolos por suyos... Basta con esto para
una tragedia.
Fueron muchos los que bebieron en la fuente de Aygh,
que pocos sabían resistir la atracción del canto de su gran
caño, la frescura de la pura linfa, en los cálidos días meridio­
nales.
La lejana Faneland

Se habla en algunos textos medievales


vé»F
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arodeV británicos de Fane­
land, el País del Templo, pero nunca se ha logrado la menor
precisión geográfica acerca de él, y los eruditos sostienen que
no puede ser puesto en relación con el gran tema de la De­
manda del Santo Grial, aunque la Copa de Nanteo —ahora
mismo encerrada en las cajas de un banco galés esperando la
solución de un pleito sucesorio; ¡en las cajas de un Banco
nada menos que aquel usado cuenco que pudo muy bien haber
sido la copa por la que bebió el Señor Jesús en la Ultima
Cena! — , estuvo, según una leyenda que citan Gardiner en
Mysteries End y Doyle en su estudio The Social Context o f
Medieval English Literature, en esa lejana y brumosa Fane­
land, cuyo rey era un mendigo. Otros sostienen que un lepro­
so. Cuando moría el rey, una secreta embajada de ciegos re­
corría toda la Cristiandad, hasta que daba con el varón per­
fecto que había de ceñir la corona de Faneland, y lo llevaban
allá por escondidas rutas, tras haberle pintado con polvo de
oro, sobre el corazón, un pentágono, «el signo de Salomón».
«With the pentangel depaint o f pure golde», que dice el anó­
nimo Sir Gawain y el Caballero Verde, tan grato a Borges.
El pentágono, el pentangel, representaba los cinco dedos de
la mano de Dios. Swedenborg sostiene que la señal que Yavé
puso en Caín para que, errante por la tierra, no lo matase
cualquiera que lo encontrase, fue ese mismo pentágono... A
veces uno de esos reyes mendigos de Faneland se casaba y
tenía una hermosa hija, a la que pedían en matrimonio ilustres
príncipes, como uno que remontaba su genealogía a Eneas,
salvado de la destrucción de Troya, que reinó en Bretaña, Si­
cilia y Namdeliss al mismo tiempo. ¡Qué pobres somos!
¡Tampoco sabe nadie dónde es Namdeliss de la Fuente Ber­
meja!
Una vez quedó vacante el trono de Faneland. Y los adultos
privados del bien de la vista se echaron a los caminos a bus­
carle sucesor. Y mientras iban y venían por ellos, un hombre
soberbio, nieto de un antiguo rey, quiso coronarse en Fane-
land. Fue nocturno a Truro de Comubia y se puso a pedir
limosna una mañana a la puerta de la catedral. Tenía que ha­
cerse violencia en su corazón para recoger con su mano las
monedas que le tiraban los ilustres señores y las honestas da­
mas que entraban a misa de alba en aquella santa iglesia que
vio rezar a Parsifal. Y uniendo el íus de la sangre a la condi­
ción de mendigo, siquiera ejercida solamente una hora y con
engaño, se volvió a Faneland y se hizo rey. Violento, tirano
y avaro, amaba para él todo el país, las tierras de labor, todo
el centeno que crecía, y los rebaños y los cebones. Y ha­
biendo ganado tan fácilmente unas monedas a la puerta de la
catedral de Truro, se le ocurrió que todos sus súbditos, a los
que ató con terribles juramentos, debían abandonar Faneland
y lanzarse mundo adelante a pedir limosna, tres cuartas partes
de la cual le serían entregadas a él, para su tesoro. Y para
esconder éste, y esconderse él, convirtió Faneland en una
enorme selva, que avanzó imponente y espesa por prados y
labradíos, ciudades y aldeas... Las gentes, hambrientas, per­
didas las veranías y borradas las centeeiras, imposibles los li­
nares, se sometieron al oficio de pordioseros. La selva de Fa­
neland espesaba cada día. Espesaba tanto que borró todo ca­
mino en ella, y como una mano dura de nudosos dedos ahogó
la torre real, y la propia garganta del rey.
Ayer saludaba a unos paisanos míos que llegaron a Vigo
para embarcar para el Uruguay. Les hablaba yo de los verdes
pasteiro> de Moucín, que están en versos de Iglesia Alvariño,
y uno de eLos me dijo:
—¡Ai, Moucín. ¿Os pasteiros de Noste? ¿Seica non sabe
que os da Forestal trouxéronos os pinos deica ás portas das
casas? ¡Xa non hai gando no monte!
Vivían de eso los de allí. La aldea se vacía. Les oigo con­
tar de la repoblación a troche y moche, y yo me acuerdo de
Faneland y pienso si no andará en la sombra un poder loco,
como el del soberbio avaro de allá, soplándoles instrucciones
a los que la dirigen.
La ínsula de Iazid al-Srir

Iazid al-Srir, es decir, el secreto


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arodeV o el del secreto. En un
estudio sobre las utopías políticas producidas a lo largo de
los siglos por las mentes islámicas, leo de este Iazid, que dio
tema hace unos años para una pequeña narración de Jorge
Luis Borges, y que asegura haber viajado a una ínsula hacia
Levante, por rutas que ni siquiera sospechó Sinbad el Mari­
no. A lo mejor el secreto todo era nombre y situación de esa ín­
sula, cosas que Iazid oculta. La organización política y social
del país descubierto por Iazid es lo que pudiéramos llamar racio-
nal-cientifista, y se parece, por ejemplo, a la de las islas Seva-
rambas, utopía cartesiana francesa del siglo XVIII. Aldous Hux-
ley, por ejemplo, no le pondría peros. Salvo el gran pero de
esos insumisos o salvajes que no se dejan reducir a la regla. En
la ínsula de Iazid había una reserva para los que él llama locos,
entre los que incluye a los autores de poesía amatoria y a los
avaros. En la isla dicha se fabricaba por todo el mundo oro
pneumático, según las fórmulas célebres de Gabir arábigo, y la
abundancia excluía el deseo por la misma razón que, según San
Agustín, la abstinencia engendra la fantasía. El oro pneumático,
según lo describen los cabalistas, es como un humo amarillo.
También se le llama oro espiritual, oro volante. Lo usaban, en
los reinos cristianos, los demonios, a quienes teniendo mucho
de él en el bolsillo, les repugnaba, según Comelio, pagar al con­
tado. Varias veces lograron los humanos fabricar oro penumáti-
co, fuera de los indígenas de la isla oculta de Iazid. Un fabri­
cante fue Al-Farabi, el místico murciano, y otro fue un tal Gil
de Toledo, a quien quemaron en Illescas por terco. Que no le
quiso explicar al primado el arte suyo exquisito. Lo quemaron
por Pascua Florida, cuando ya estaba en flor el trigo de los se­
ñores infanzones. Pero antes de que lo ahorcasen sacó de un
bolsillo oro en aire y se tiñó con él las barbas, como si fuese
el Católico de Armenia. El verdugo —casi todos los verdugos
toledanos fueron sagreños, de Yuncos, Borox, Seseña, Olias del
Rey—, se las afeitó, las amonedó reservadamente y vivió de
señor el resto de su vida, comiendo a diario olla de vaca y de
camero, y los domingos, como Alonso Quijano, un palomino
de añadidura. La Fortuna rueda donde menos se piensa.
Joyce le había propuesto a Sylvia Beach, según el prolo­
guista de esta antología de utopías islámicas, la organización,
en una isla secreta, de un estado racional. Probablemente a la
manera imaginada por Iazid. El Mercure acaba de publicar un
número homenaje a Sylvia Beach en el cual se habla de sus
relaciones con Joyce. El poeta cuenta en su artículo que cuando
Joyce necesitaba dinero, se lo pedía a Sylvia, quien le daba un
cheque. Eliot, muy circunspecto, dice no saber qué tipo de cuen­
tas había entre Sylvia y el autor de Ulises. Pero en el mismo
número André Spire acusa a Joyce de, después de haber utili­
zado los dineros de Sylvia, y ya célebre y rico, no haberle de­
vuelto ni un céntimo a la americana, «le disimuló sus fructuosos
contratos, y sobre todo le testimonió la misma indiferencia, la
misma ausencia de calor humano, de simple caridad, que mostró
a todo el mundo». Sin embargo, dice Yves Lorenne en una re­
censión de Le Monde, Joyce sabía quién era Sylvia: «lo dijo él
mismo en verso, haciendo eco a Shakespeare: “Who is Sylvia,
what is she? ”», ¿Quién es Sylvia, qué es ella?, y variando sobre
la canción de Los dos gentilhombres de Verona, Joyce escribió:
«Ella es yanqui, joven y brava,
el Oeste este impulso le dio
para que todos los libros se publiquen...».
James Joyce, pues, en la isla de Iazid estaría en la reserva
de los avaros.
Inventando Bretaña
Inventando Bretaña

Desde que escribí en gallegoD j»,F,As crónicas do sochantre, y


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desde que las vertió al castellano Salvador Lorenzana, pensé
que pudieran caer en manos bretonas —y las tengo amigas,
como M. Lafont, «o francés de Carril»— , y que alguno me
acusara de inventar Bretaña. Se me ocurrió entonces compo­
ner este «Epílogo para bretones», que aclara las cosas así:
Sepan los bretones que lean este libro que el autor no ha
viajado por su tierra, y todo lo que aquí, en estas Crónicas,
se cuenta de ella, está tomado de mapas, de libros de viajes,
de lecturas de Chateaubriand y de Le Goffic, de algunas his­
torias de ciudades y de cartas ejecutorias de las nobles fami­
lias, esas cartas encuadernadas en piel de perro, y que vistas
de lomo en la Cámara de Rennes, donde dicen que están or­
denadas por apellidos mayores y menores, parecerá cada es­
tirpe una jauría de manchados lebreles. El campo y las ciuda­
des, los ríos y los vados, los caminos y las ruinas, los he
pintado del natural de la tierra mía, Galicia, siendo ambos,
el bretón y el galaico, reinos atlánticos, finisterres, parejos en
flora y fauna, y provincias vagamente lejanas. Celebré amplia
consulta con Felipe Leven, «el francés de Rinlo», que en este
puertecillo de la marina de Lugo carpintea de ribera, y es de
nación bretona, maluino propio, y se precia de hablar dos len­
guas de allá, la de Saint-Malo y el bretón bretonante, y me
dijo que encontraba a su patria en mis relatos tal y como él
la dejara hace unos cuarenta años. Me objetó, eso sí, que en
Dinán había dos plazas, la del Castillo y la del Mercado, y
que la guillotina la levantaban primeramente en la plaza del
Castillo, y sólo este siglo vio guillotinar en la plaza del Mer­
cado; por ejemplo, a un tal Quesnay, que voló con dinamita
a un tío cura que tenía. La familia de Quesnay tuvo pleito en
París con la revista Les Grands Crimineis du Siécle, que que­
rían los editores retratar en el semanario al guillotinado y la
familia objetaba que Quesnay fuera cojo, huérfano de padre
y que el tío cura le había negado siete francos para comprarse
un maletín, que lo necesitaba para meter dos mudas y la far­
macopea oficial, que iba a Rennes a examinarse de mancebo
de botica. Ganó el pleito la familia y hubo fiestas en algunos
lugares de Bretaña.
Los linajes, como se observará por Rey de Armas que
quede en Rennes o en Brest, vienen dichos muy puntualmen­
te, y se atiende con gravedad a los empalmes y precedencias,
cosa nada fácil por la gracia con que en los siglos xvn y xvm
trabajaron los veinticinco Apellidos Registrados en repoblar
con bastardos y porque en la vinculación se alteraban los nom­
bres que iban unidos a las llamadas tierras de patente. Los
más de los pleitos bretones pendían en que cada parte se lla­
maba de siete maneras diferentes, y coincidían demandante y
demandado en alguna de ellas o en todas. Uno que se llamaba
Chateaubriand en Combourg, se llamaba Lambac en Vannes,
por unas tierras de allí vecinas que demandaba en cognición,
y el demandado, que se llamaba D ’Aurevilly en Cardoec, se
llamaba igualmente Lambac en Vannes, por el título de las
tierras pleiteadas. Tierras que, a lo mejor, ya habían sido ad­
judicadas a un viajero, que ocultó su apellido, con el nombre
de Campo del Zorro o Prados del Conejo Amarillo —el se­
creto era sagrado en Bretaña—, o adquiridas en pública su­
basta por un ánima del Purgatorio, la cual las cedía a la Igle­
sia... También solían pleitear antaño los señores bretones por
las armas de poner, pintar y llevar, que en heráldica andaban
tan varios caprichosos e insurrectos como los hidalgos galle­
gos, y quizás por haberme adiestrado de mócete en la confu­
sión de las armas galaicas, no se me pone ahora difícil el decir
los grandes escudos de los Pares de Bretaña, y ando cómoda­
mente entre sus cuarteles y sus lemas.
Lamento no poder contar las historias de estos difuntos
conforme al uso de los bretones, esto es, acompañando cada
relato de una vida con «muestras», con objetos que hayan per­
tenecido a ellos, a sus ascendientes o descendientes, y esto
es así porque los difuntos que pasean por las páginas de esta
historia son hijos de mi imaginación. Ya sé que en Bretaña
se cree que es imposible decir un ser humano y una historia
que no hayan tenido existencia real, y que no hay creación
sino memoria. En esto quizás penda la abundancia que hay
en Bretaña de fantasmas y lo identificados que están los más.
El refrán bretón que dice que «cada sueño reclama su hueso»,
aclara perfectamente lo que entre aquellos celtas se sospecha
de los fantasmas y sus peripecias, y en pie queda la pregunta:
¿quién es el que sueña? La niebla que enredoma el distante
país ayuda al misterio.
Quisiera que se viera en estas páginas el amor que le he
ido tomando a Bretaña a lo largo de variadas y ocasionales
lecturas: Chateaubriand, Renán, Villiers de L ’Isle-Adam,
Barbey, etcétera. Finalmente, yo digo de Bretaña aquello que
Tertuliano cristiano decía de Séneca: «Saepe noster». Para un
gallego, las historias bretonas de fantasmas, brujas, mendigos,
santos y héroes, tienen el sabor de lo suyo propio. Mirando
me quedo en un espejo cómo pasan vientos y nieblas; igual
puedo decir: «Ahora pasa, verde y silenciosa, Bretaña de
Francia». Por lo fácil que me resulta considerar a Bretaña país
de la imaginación y no tierra real, y no es ajena a ello el que
se llamara Bretaña el país asombroso del rey Artus. En el
fondo del espejo brilla una lucecilla azul, y yo, en vez de
averiguar si alguien detrás de mí ha encendido una lámpara,
digo sin más que es un fuego fatuo en el claustro derruido de
St. Efflam-la-Terre, y escojo este lugar porque se llama la
Terre, la Tierra, y lo encuentro tremendamente significativo.
Como casi todo en Bretaña, en esta Bretaña que yo descubro
en mí y en la que quizás un día se encuentren habitando los
lectores bretones de estas Crónicas. No sería la primera vez
que el sueño del poeta hace la isla.
Este es el «Epílogo». Creo que todo queda explicado.
Creo que reclamo para la libre fantasía de Dios la Creación,
y para la humana imaginación —a imagen y semejanza so­
mos, del Señor—, el derecho a inventar Bretaña en Francia,
caminos, países, vientos y canciones. Y todo es lo mismo,
salvo que el hombre añade nostalgia.
Los bretones al fin

Ya les conté hace tiempo de una


vé»F granjera bretona que plei­
n
l«E
ig,17st962.D
arodeV
teaba con el Registro Civil francés y con la Seguridad Social.
Pues ha ganado. Desde ahora se podrán inscribir niños en
Francia con los nombres de los santos antiguos de Bretaña,
que son más de doscientos, y con la forma bretona de los
nombres del santoral cristiano. Un Juan, por ejemplo, se po­
drá llamar Yann. Y ya hay estos días niños bautizados con
los nombres de Gwian, Bemoec y Angloath, cuya inscripción
ha sido autorizada.
San Gwian era sastre, famoso en todo el país, y le encar­
gaba jubones la aristocracia y esclavinas cerradas el clero.
Todo lo que ganaba con su oficio lo daba de limosna a los
pobres, y vestía a los mendigos que pasaban por su puerta,
gastando en ellos las mejores telas. Un día se presentó a su
puerta un caballero de barba negra y extraño acento, que quería
una túnica forrada. Gwian supo, no más verlo entrar, que era
el diablo, e hizo con su arte una túnica tal que tirando de un
cordón quedaba el diablo encerrado dentro de la prenda. El
cornudo tuvo que rendirse, y San Gwian, para soltarlo, le
obligó a firmar un documento en el que Satán se comprometía
a abandonar Bretaña por la vida de seis señores duques y doce
años más. Gwian era cojo, y en su tienda de Dinan recibía
aprendices que venían de lejanas tierras, muchachos de cabe­
llos de oro que se sentaban silenciosamente a coser. Hay
quien asegura que eran ángeles. Un día cualquiera del siglo
XII —que parece fue ésa la era en que vivió Gwian—, el sastre
decidió ir peregrino a Jerusalén, pero murió antes de llegar
allá. Su cuerpo fue traído a Bretaña por dos de aquellos mis­
teriosos aprendices suyos. Estaba incorrupto y perfumaba los
caminos. Los monjes de Pardenadac lo enterraron en su igle­
sia, y conservaron durante muchos años la túnica que había
servido para atrapar al diablo. Los cojos iban ofrecidos a su
romería y se asegura que si uno se llama Gwian no cojeará
jamás.
Bemoec era pastor y hablaba con sus ovejas. Se cuenta
que un día estaba explicándoles cómo eran los pastizales del
Paraíso, y qué dulces, suaves, lechosas hierbas había allá arri­
ba, y entre las ovejas había una escéptica que sostenía que
por muy sabrosas que fuesen las hierbas de allá, que no serían
mejores que las de Bretaña en mayo. Bemoec quiso demos­
trarle a la oveja cómo eran las hierbas celestiales, y arrodillán­
dose en el campo, tras encomendarse a Santa María, invitó a
las ovejas a que se fueran subiendo sobre él y una sobre otra,
quedando la última la disidente. Se encaramaron las ovejas
sobre Bemoec hasta formar una columna de media legua, y
finalmente subió hasta lo más alto la oveja objetante, y cuando
llegó arriba de todo se encontró con que tenía ante su hocico
uno de los pastizales paradisíacos. Comió y descendió arre­
pentida, reconociendo que la hierba de mayo en Bretaña no
era nada en comparación con aquella de los celestes campos.
Angloath era la hija de un pescador, y era hermosísima.
Angloath quería entrar en un monasterio, pero su padre la for­
zaba a casarse con un rico señor. Angloath tenía en su habi­
tación la vela que había comprado para ir a la romería de
Santa Ana, y le dijo a su padre y a su pretendiente que iría
a bodas contenta y callada así que se consumiera la vela de
la romería. Estaba presente el futuro esposo, vestido de tra-
malán y piel de nutria, y ya estaba dispuesto el banquete nup­
cial. Angloath se arrodilló con la vela encendida en la mano
y los presentes esperaban que se consumiera aquélla. Pero pa­
saron noches y días y la vela, siempre encendida, no se con­
sumía. Pasó un año. De toda Bretaña venían a ver a Angloath
arrodillada, con la vela en la mano. El padre y el pretendiente
tuvieron que ceder. Angloath se fue al monasterio...
Me gustan estos santos bretones, humildes, fantásticos.
Están en los altares con su caras redondas y sus sonrisas abier­
tas, obrando milagros.
San Criduec y su palma

La palma que San Criduec tienevé»F en su mano en las iglesias


n
s«E
l163.D
ig,9b
arodeV
de Bretaña no es la palma del mártir, sino que recuerda la
palma verdadera con la que el santo abad apareció un día en
una playa cercana a Quimper. Yves Bonnefoy, en su extraor­
dinario estudio Les Romans arthuriens et la légende du Graal,
relaciona el viaje de Criduec con la quête du Saint-Graal. Cri­
duec se habría hecho a la mar para ir a la ciudad de Sarraz,
donde estaba enterrado don Galaaz, hijo de Lanzarote, la flor
de la Tabla Redonda, que había reinado allí a la muerte del
rey Escorant. Allá, en Sarraz, en el lejano país de Babilonia,
fue donde Galaaz, «virgen como una abeja», fue llamado, en
la misa del obispo misterioso, para que se acercase al altar.
— ¡Ven, sargento de Jesucristo, y verás lo que tanto has
deseado ver!
Galaaz se acercó y miró dentro del Cáliz. Tan pronto
como miró hacia allí, se echó a temblar, «porque su carne
mortal percibía las cosas espirituales». Galaaz vio, en el
fondo del Cáliz, «el origen de las grandes osadías y la razón
de las proezas, y la maravilla de las maravillas». Y fue enton­
ces cuando pidió a Dios la muerte, que se la dio. El obispo
era José, hijo de José de Arimatea. Murió Galaaz, y del cielo
salió una mano que cogió el Santo Graal y la Lanza Sangrante
y ambas santas cosas las llevó al Paraíso, «de suerte que
desde entonces ningún hombre pueda ser tan osado que pre­
tenda haber visto el Santo Graal».
Otros eruditos, como Albert Béguin —el hombre que más
haya sabido de la «demanda del Santo Graal»—, ponen en
relación el viaje de Criduec con una cierta mística cisterciense
y la predicación de la Cruzada por San Bernardo de Claraval.
Lo que se sabe de cierto es que Criduec quería decir una
misa por el alma de don Galaaz en la lejana ciudad de Sarraz.
Y se embarcó con dos siervos de su monasterio en una pe­
queña nave, con víveres para siete meses, agua para otros tan­
tos, un gallo para el alba y una paloma para recados. Pocos
días llevaba de mar la nave de Criduec, y navegaba a papahí­
gos con un suave sudoeste, cuando en un instante se cerró el
cielo de nubes negras y se levantó un ronco son en el fondo
del mar. Vino un horrible ciclón, surgieron olas como monta­
ñas, y la nave, desarbolada, corrió de aquí para allá en la
mano de la tremenda tempestad. Duró semanas la violencia
de ésta, y Criduec perdió la cuenta del día en que vivía, y
en su corazón se quejó de la temeridad de su viaje y se dijo
que cuán más propio no estaría en su abadía, que se acercaba
la Semana de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo
y venía el Domingo de Ramos, en el que solía salir en so­
lemne procesión con sus monjes llevando en la mano un gran
ramo vestido de flores y de pájaros, que si en los días de
anteriores abades había que sujetar para que no se fuesen a
las estancias del aire, ahora, siendo abad Criduec, se mante­
nían de libre arbitrio en lo alto de la guirnalda que coronaba
el ramo.
— ¡Y quizá sea hoy mismo y una alegre mañana de sol!
—dijo Criduec.
Vino rápida una tiniebla y Criduec se encontró de pie en
el mar. Caminó hasta su nave y al alba una corriente lo había
puesto frente a Quimper. Descendió de su embarcación con
la palma, que fue la primera que vieron los bretones. Y
cuando muerto Criduec fue reconocido como santo y llevado
a los altares, lo pusieron en ellos con su palma, un dulce ba­
lanceo dorado en el que verdaderamente se había posado la
mirada del Señor Jesús.
Memorias de la Torre Turpina

Estos días pasados, y con asistencia


vé»F,
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l«E
iD
eagost96.rV
31d de católicos, protes­
tantes, cismáticos griegos y musulmanes, se ha celebrado en
Bretaña de Francia el Perdón de los Siete Durmientes de Efe-
so, siete hermanos mártires cuya compleja leyenda está reco­
gida en tradiciones cristianas, árabes e incluso hindúes y cop-
tas. Ya les contaré de los Siete de Efeso cualquier día. Baste
con decirles que metidos en una pequeña gruta por negarse a
renunciar a Jesucristo, y tapiada la entrada, no murieron, sino
que se durmieron, y pasados trescientos años —según algunos
doscientos, según otros quinientos—, cuando fue abierta de
nuevo la gruta, los hermanos despertaron, y vivieron entre los
efesios unos cuantos meses, y después de oír la santa misa
comían y bebían, entendían el lenguaje de los pájaros, conta­
ban los sueños que habían tenido, que todos eran paseos por
la fresca en el Paraíso, y lo mejor que sabían hacer era son­
reír, bien más que presidente americano, a las gentes y a las
cosas, al canto del gallo y a la flauta del sapo, al pan y a la
manzana, a las campanas y a los asnos, a los leprosos y a los
recaudadores bizantinos de contribuciones, que en aquel
tiempo se distinguían por el sombrero amarillo y con frecuen­
cia eran asesinados en las vías imperiales... Sus restos fueron
trasladados, después de muchas vueltas y revueltas, a Bretaña
de Francia. Y durante un año estuvieron guardados, según leo
en un reciente estudio sobre los Siete Durmientes, en la fa­
mosa Torre Turpina.
Todo lo que se sabe de la Torre Turpina es que estaba a
doce días de viaje de París. Hay quien la sitúa en Inglaterra
y quien en los Pirineos. Era una alta torre almenada perdida
en una inmensa selva. Spencer, el de La Reina de las Hadas,
creía que la Torre Turpina había estado en la famosa selva
de Arden, en la Gran Bretaña. Pero algunos estudiosos de la
obra de Spencer dicen que éste se confundió, y pues vio en
un texto perdido las Ardenas, bosque venatorio al sur de los
Países Bajos, creyó que decía Arden. Lo mismo que le pasó
a Astrana Marín con Como gustéis de Shakespeare, que suce­
diendo en las Ardenas, el atrabiliario traductor hispánico del
Cisne del Avon cree que acontecen todas aquellas peripecias
en Arden. La Torre Turpina no tenía puerta, y los que entra­
ban en ella lo hacían por magia, para lo cual era preciso que
no estuviesen en pecado mortal. El que estaba en la torre,
que era un enano, se asomaba a una ventana y decía una pa­
labra, la cual se transformaba en el acto en una escalera de
nubes plateadas, cuyos grados sostenían al visitante si puro
de alma, hundiéndose en ellos y no logrando subir el pecador.
Max Jacob escribió una pequeña historia sobre la Torre Tur-
pina, en la cual un caballero, que era muy dado a las mujeres
y báquico, festivo, no pudo entrar, y en cambio entró su ca­
ballo, un ruano virginal y preescolástico, amigo de Teodulfo.
La Torre Turpina está relacionada con los Doce Pares, pero
yo ignoraba que también lo estuviese con los Siete Durmien­
tes de Efeso.

«los siete rubios, los siete de ojos claros,


contestaban a un tiempo al señor juez pagano
haciendo la señal de la cruz con la mano
que en el aire los mirlos con su ala derecha
repetían tres veces sin cesar de cantar».

Los versos de los hermanos Tharaud son muy hermosos,


y ellos los hicieron en mester de clerecía.
Las gaitas de Bretaña

En la orilla del mar de Vigo 10desptim


vé»,hemos
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l«E
gD
r963.aoV
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F, escuchado el biniú de
los bretones. Las cornamusas del Bagad-Cadudal interpreta­
ban una danza cortés, que acaso haya bailado Ana de Bretaña,
o quizás haya sido aquella que desde su celda del colegio de
Trégier, en vísperas del viaje a París, oía Ernesto Renán niño
y le hacía llorar. Renán, que descendía «de antepasados oscu­
ros entre los cimerianos», sospechaba a veces, incluso cuando
saludaba la Acrópolis luminosa de los helenos con aquella so­
lemne y arrebatada prosa incomparable de la Priére, que el
rumor que viajaba con el viento era el eco de un biniú en un
Perdón del país natal, en el Saint Pol de León o en la gran
romería de Sainte Anne-le Palud. Renán sabía aquellas histo­
rias de los pastores de antaño, que habían visto nacer, de
pronto, en la fría soledad de las landas, una enorme flor roja,
de insólito perfume, porque por primera vez un gaiterillo ena­
morado había hecho decir a su biniú las canciones que llaman
«las soledades del perdigón»... Los adultos meditabundos re-
soñaban los anhelos de la perdida mocedad, mientras los ado­
lescentes, el zagal y el porteador del brasero, se ruborizaban,
como si hubiese sido mostrado al sol de la mañana su propio
corazón. (Entre paréntesis, esto de ser en un rebaño antiguo
de Bretaña el arropiezo que lleva en el bol de hierro las brasas
que de Pascua a Pascua han de servir para las hogueras pas­
toriles, me ha parecido siempre un oficio hermosísimo y sa­
grado, que yo hubiese querido haber ejercido.)
El biniú ha conocido horas de decadencia, y hubo un mo­
mento, en la corte de Francia, que la cornamusa quimperiana
era cosa de madamas. La propia Pompadour aprendió a tocar­
la, y también una Chateaubriand, mademoiselle Lucille de
Bois-Kervadoec, que en las noches de mayo salía de Croc-la-
Terre vestida hombre, con su gaita forrada de amarillo, e iba
a dar serenata a las más hermosas muchachas de las aldeas y
las villas de Bretaña, muchas de las cuales se enamoraban de
aquel mozo gentil que veían, a la luz de un farol de un calva­
rio o de la luna lunera, pasar a caballo mientras de su corna­
musa salían lentas y felices las notas de «el beso de Nantes»,
o de «el tierno amor vendrá mañana jueves». Una noche, un
joven celoso se acercó súbitamente al rondador, en una mano
una espada y en la otra una linterna, y reconoció el rubio pelo,
los ojos claros y la boca roja de Lucille. Max Jacob, que sos­
tenía que su padre había inventado la casi totalidad de las cos­
tumbres bretonas, aseguraba que la resurrección del biniú
arrancaba de la guerra del 14, cuando los regimientos territo­
riales reclutados entre bretones llevaron a las trincheras la
gaita de la lejana tierra nativa.
Pero han venido hasta nosotros. Pudieron haber venido
por el mar, en cualquiera de las islas navegantes de los celtas,
los foles de sus gaitas llenos del aire que se tiende entre las
ondas marinas y las alas de los mascatos y las gaviotas. Mu­
cho lamentaba yo anteayer, oyendo las gaitas de Bretaña, no
saber si lo que estaban tocando era el lamento funeral por la
muerte del señor Bertrand Du Guesclin —«que a los ingleses,
Dieu le Pére si les maudye» —, o «el tierno amor vendrá ma­
ñana jueves». Una melancolía antigua acariciaba los oídos,
pero verdaderamente, oyendo el biniú alguien tan ignaro
como yo, no podría decir a nadie, de la gaita de Bretaña, si
canta ou si chora...
El viaje a Bretaña
El viaje a Bretaña

Con el pie en el estribo paraarodeV


vé»FBretaña de Francia, para el
n
ls«E
y964.D
ig,17m
país de San Corentin y del vizconde Chateaubriand, y del
bombardino sochantre de mis Crónicas y de la hermosísima
Isabel de St. Vaast, de la cual, escribiendo, me enamoré y
me parecía tener en la mano, como dos piedras extrañas, sus
ojos azules, trazo estas líneas. Y aunque haya escrito un libro
cuyo asunto se desarrolla en Bretaña, y haya descrito las lan­
das, la villa de Pontivy, las pomaradas de Blavet, la plaza de
Dinan, el faro de Eckmühl, las ruinas de Saint-Efflam la Te-
rre, y tantas otras cosas —hasta el ruiseñor de allá, que no
es como el de acá, con permiso de Renán seminarista—,
nunca estuve allí, nunca oí hablar bretón bretonante teniendo
como fondo el bruar del mar armoricán, nunca me arrodillé
en un «calvario» —al pie de esas cruces de piedra que dibujó,
con una emoción céltica que se remontaba a los más oscuros
orígenes, el maestro Castelao—, ni estuve en esas grandes ro­
merías de Saint Paul de León o de Sainte Anne la Palud, a
las que van, como a nuestro San Andrés de Teixido, San An­
drés do Cabo do Mundo, tanto muertos como vivos. Voy a
realizar pues una extraña experiencia: ver si el sueño bretón,
es decir, la Bretaña de Francia, se corresponde con la realidad
de mi imaginación. Porque no les puedo negar que para mí
es mucho más real la Bretaña que he imaginado que la que
existía en el finisterre francés. Y ahora voy a ver cómo casan
ambas y sus colores.
Ya les contaré de allá, porque pienso enviar a fa ro de
vigo unas crónicas de viaje. Intentaré hablar con los grandes
fantasmas celtas del país, ver a través de la niebla, percibir
los matices cambiantes del biniú y de la niebla matinal, en­
contrar en los ojos de las muchachas el claro asombro de las
novicias de Rennes, contar de las ciudades y de las fiestas.
Y naturalmente, probar las sidras de allá y sobre todo hacerme
una experiencia de manzana. Ya averiguaremos lo que hay
de cocina bretona bajo la capa racional de cocina francesa.
Y al regreso pasaré por las Beauce y llevaré para leer, por
Chartres y Orleans, por las orillas del Loira, «ese río de arena
y de gloria», versos de Charles Péguy... Pero el viaje es para
mi una experiencia poética, por lo que les dije al principio.
Y llevo el encargo de contratar gaiteros bretones para que ven­
gan a Vigo a tocar en el agosto próximo. Es como si fuese a
buscar aves cantoras al más remoto de los países. Pocas veces
se le habrá dado a un poeta un encargo más propio.
Por el país de Morbihan

Por un país de pasteiros, en la


»F larga tarde, corremos hacia

vjB
ls«E
y1964.D
ig,30m
arodeV
Vannes. Miles de coches en la carretera en este lunes de Pen­
tecostés. Las vacaciones le habrán costado a Francia las bajas
de una batalla: ciento cinco muertos y mil quinietos heridos.
Cruzamos el Vilaine por la Roche-Bernard. De aquí son los
cazadores de nutria de los relatos antiguos; las pieles las lle­
vaban sobre sus hombros las madamas fidalgas cuando iban
a Rennes o a Nantes a los Estados Generales, acompañando
a sus maridos, y según Chateaubriand, con una pequeñita tar­
tera cada una, en la que recogían los restos del mejor plato
que se había servido en el díner du Roi. Aguas arriba del Vi­
laine, queda Redon. Yo inventé una vez la villa, con una torre
que ya no hay...
A la derecha quedan las Landas de Lanvaux, el antiguo
país de pastores, por donde anduvieron algunos de los grandes
santos bretones, poderosos taumaturgos, locuaces y alegres,
algunos voladores, todos gentes humildes, amigos de beber
un vaso de sidra en una hameau. Prados y prados. Rial que
va preocupado con la agricultura, encuentra magníficos los
pastizales, estupendo el ganado. La hierba segada seca en el
prado, y en el prado mismo una máquina la empaca. Las va­
cas están tumbadas al sol.
Apenas tenemos tiempo de detenemos en Vannes que es
una de las más antiguas ciudades de Bretaña. Pero echamos
un vistazo a los restos de las murallas, a las viejas casas de
planos tejados. Los lavaderos que bordean los muros militares
están vacíos. Ni una sola lavandera para una canción. Dos
ancianas con cofia blanca en la cabeza contemplan las idas y
venidas de los patos.
A un niño se le escapa un globito verde y llora. En unas
colinas a la cara del sol hay unas viñas. No tengo a quién
preguntarle si son las que dan el Muscadet o el Gros Plan,
que son los dos vinos blancos de Bretaña, ligeros y frutales,
buenos para catar cuando se come marisco.
Vamos hacia Auray, hacia Santa Anne l’Auray, donde es
una de las grandes romerías del país. El río Loch es como el
Ulla, y abre grandes salones de agua dorada en la tarde. No
podemos comprar las roscas de huevo de la santa. Una lápida
en una casa recuerda que aquí desembarcó Franklin, el del
pararrayos y la gran armónica, con sus dos nietos, en 1776.
Según Bayona del Miñor tuvo la primera noticia del descubri­
miento de las Indias Occidentales. Auray fue la primera po­
blación del Viejo Mundo que conoció la bandera americana
de las barras y las estrellas cuando llegó en 1778 el Rangers
del comodoro Jones. El buque yanqui fue acogido solemne­
mente por la escuadra del Cristianísimo, y los ingleses envia­
ron cartas protestando.
Santa Ana de Auray, como Santa Ana de le Palud, recibe
el día de su gran perdón la visita de los bretones con sus gaitas
y sus canciones. Las velas encendidas llenan la iglesia, en la
que San Corentín sonríe con su pez en la mano y San Pol
planta su báculo en la mandíbula terrible del dragón. La vista
de la boca ensangrentada del dragón da sed, y hay que beber
algo, por ejemplo un Muscadet fresco.

El Blavet y Lorient
Estamos en el corazón de Morbihan. Cae lenta la tarde.
A derecha e izquierda, por la llanura y por las colinas, prados,
siempre prados. No he visto hasta ahora ni un solo palmo de
tierra bretona a maíz, a patatas, a trigo o centeno. Solamente
pequeños huertos junto a las casas y aquí y allá bosquecillos
de álamos y chopos, o pequeñas carballeiras. Ya hemos salu­
dado el tojo y por doquier a la xesta, a la genet de los Plan-
tagenet, blanca, dorada. En las colinas pequeñas granjas, con
las dos chimeneas. Tractores, segadoras. Una mujer ordeña las
vacas en pleno campo, sentada en una banqueta. Junto a cada
grupo de vacas hay siempre un caballo, el caballo para las
labores de la granja, para tirar del carro, caballos normandos,
percherones de ancho pecho y solemnes grupas. Miles de per­
sonas regresan de los dos días de vacación en las playas del
Norte. Cientos de coches se cruzan con el nuestro.
Vamos camino de Hennebont, donde si el mapa no miente
hemos de cruzar el Blavet. ¡El Blavet! Perdónenme si digo
el nombre de este río con una emoción especial. He escrito
de él y no lo he visto nunca. Es un río nuestro como el Umia,
por ejemplo, en Ponte Arnelas, o el Masma, en mi país min-
doniense natal. Aguas arriba está Pontivy, de donde era racio­
nero mi sochantre bombardino.
—¿Cuántos kilómetros hay a Pontivy? —le pregunto a un
anciano que, sentado a la entrada de un sendero que conduce
a una granja, ceba su pipa.
—¿Pontivy? ¡Cuarenta!
—¿Todavía está en pie el castillo de los Rohan?
—Ah, ¡le cháteau! ¡Oui! ¡Les Rohan!
Dice Rohan abriendo la primera vocal O en tres o cuatro,
Rooohan.
Espinosa fotografía el Blavet. Las luces que se encienden
del otro lado de la ría son las de Lorient. El Blavet va lento,
se abre en tres o cuatro brazos, arenales en medio. Son los
dos ríos que hacen la ría de Lorient, el Blavet y el Scorf. El
Blavet convoca a todas las tribus de árboles fluviales para que
asistan a su muerte. Unas torcaces vuelan hacia sus nidos.
Los sauces llorones posan sus finas ramas en la corriente. San
Cado paseaba sobre estas aguas rezando avemarias. Dicen que
algunos días se ven, en oro, en las aguas oscuras, las huellas
de sus pies, que permanecen allí... Saludo con emoción a un
río que creo mío, cuyos meandros describí, cuyos puentes
conté. Unos pescadores regresan de una jomada en él, y hacia
el puente de Hennebont baja un rebaño de ovejas pardas,
guiado por un pastor alto, rubio, ante el que corre un perro
negro.

Noche en Lorient
Es ya noche cuando llegamos a Lorient. Nadie por las ca­
lles. La ciudad ha sido destruida en un noventa y cinco por
ciento en la última guerra. Los alemanes resistieron en la
base, e ingleses y americanos atacaron. Nada queda en la ciu­
dad antigua. Es tarde y por cena hay que contentarse con unos
sandwichs. Remojamos con un Burdeos, un modesto Lusac.
Una camarera rubia, risueña, gorda, nos trae la dorada man­
tequilla bretona. Advertido de nuestra llegada, viene a salu­
damos M. Monjarret, que es el presidente de la Federación
de Grupos de Gaitas de Bretaña. Fornido, sonriente, cordial,
entusiasmado. Ya conoce Vigo, donde el pasado año estuvo
con el Bagad Cadugal, acompañado de su esposa, la famosa
cantante bretona Zaig.
En Bretaña, hay que decirlo de una vez, se discute de gai­
tas como aquí de fútbol. Monjarret ha tratado ya de que venga
a Vigo, con los grupos bretones, uno de Auvemia: cornamu­
sa, zanfoña y tamboril.
—El mejor tamborilero que hay en Bretaña es un mucha­
cho de dieciséis años, hijo del secretario del Ayuntamiento
de Nantes —nos asegura.
Sabrá los trece redobles nobles, los redobles de los par-
dons y de las alarmas, el redoble de la entrada real...
—Mañana iremos a Quimper —nos dice.
¡Quimper! La sede de San Corentín. Pregunto por el san­
to, por los salmones que bautizó, por los mercaderes con de­
recho a espada, y si andan todavía por las calles los hidalgos
de Comuaille con jubones verdes acariciando las finas cabezas
de los galgos de las Montañas Negras. Esto de Montañas Ne­
gras es un decir: son unas colinas redondas, coronadas de ro­
bles, a la izquierda del Odet, que es el río de Quimper.
A los pocos árboles de Lorient, han vuelto los ruiseñores.
Los escucho en la noche.
Por el país de Comuaille

Lo primero que hicimos al llegar


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2d a Quimper, que es una
villa muy hermosa, con el río Odet por el medio con alegres
puentes, y un bello paseo a lo largo de las murallas del jardín
del antiguo palacio episcopal, ahora dedicado a museo, fue ir
a la catedral a ver a San Corentín con el pez.
Como les contaba anteayer, San Corentín había celebrado
grandes conversaciones tocantes a la fe cristiana con los sal­
mones y las truchas del río, y finalmente los había convertido
y bautizado, y los salmones dejaron junto a la ermita del santo
—donde es ahora la catedral— a uno de los suyos, que era
un pez en verdad milagroso, porque todos los días Corentín
lo sacaba del agua, le arrancaba un pedazo para comer y vol­
vía el pez a la corriente, y al otro día el salmón estaba sano
y ofrecía de buen grado otro trozo para el hambre del ermita­
ño. Cuando Corentín predicaba se le oía a diez leguas a la
redonda, y una vez que quiso mandarle un recado a Rennes,
el arzobispo ató las letras a la cola de un viento que pasaba,
y el recado llegó en un santiamén. Corentín convirtió más fá­
cilmente a los salmones que al rey Grandlo, que era un inso­
lente a caballo, pero tuvo que rendirse, porque un día Coren-
tin lo convidó a comer a él y a sus guerreros, y el pez del
río Odet dio para todos... Corentín está en el altar mayor,
con su mitra, y con la mano derecha aprieta el pez contra su
corazón, un pez plateado, con unos ojos enormes, que me mi­
ran con mucha atención y me siguen en mi deambular por la
iglesia, donde me encuentro a San Yves —Saint Yeun, se dice
en bretón—, abogado, entre el rico y el pobre, y a Santiago,
con un ancho sombrero y varias vieiras en él y en la esclavina
de su hábito de peregrino... Y no bien salimos de la catedral,
M. Begot, que es el presidente del Comité de las Fiestas de
Comuaille, nos invita a contemplar un salmón que habían
pescado en el Odet media hora antes. El príncipe plateado
todavía mueve la cola de vez en cuando. Pesará unos cinco
kilos. No era más hermoso el de San Corentín.
—Lo cenaremos esta noche —me asegura M. Begot.
Y sonríe satisfecho y su sonrisa obliga a que aparezca la
mía.
Y efectivamente, aquella noche cayó, con una salsa «a la
granholandesa», que es una especie de mayonesa muy suelta,
muy especiada, con una punta fresca de vinagre. Estaba deli­
cioso el salmón del Odet, y no dejamos ni un trozo para el
santo obispo. Lo acompañamos con un muscadet de una re­
serva particular que estaba muy entero y decente, muy alegre.
El restaurante, muy bien puesto, se llama La Tour d’Auverg-
ne, y a la entrada está el primer granadero de Francia pintado
con todas sus galas militares, arengando a los suyos que calan
bayoneta. Y el bastardo de Bouillon, cuya biografía escribió
el general Weygand, grita: «¡El que quiera bien comer, que
me siga!»... El muscadet alegró los corazones, en unión de
un Château du Bouilh, que es un bordelés serio. Carlos Espi­
nosa condecoró con una insignia de Vigo a la hija de la dueña,
Nicole, una dorada bretona dueña de una suave sonrisa y un
fino cuello. Pedro Rial tuvo que escuchar durante toda la cena
la explicación que sobre las fiestas de Cornuaille en Quimper
le dio el regidor de los espectáculos, M. Le Bourhis —que
es la pronunciación bretona del francés bourgeois—, a quien
todos conocían por Lili. Porque las fiestas de Comuaille se
celebran en Quimper.

Abaden Veur
Abaden Veur quiere decir La Gran Asamblea. Hay misa
bretona en la catedral, y un gran desfile, en el que toman parte
mil gaiteros y tres mil personas con los trajes de fiesta del
país. En 1962 tomaron parte en las fiestas noventa y cuatro
grupos de gaitas y danzas, comenzando por los gaiteros de la
Base de Lann Bihoué y terminado por el Kevren del propio
Quimper. Se elige una reina y se la corona. Sonríe desde su
trono, en la cabeza con la bella cofia de su región. Y después
del desfile, cantos y danzas de Bretaña todo el día. Y Zaig
canta. Y por las viejas y estrechas calles junto a los canales,
y por la gran avenida a la orilla del río, desfilan incansables
con sus banderas los bagads. Cien mil personas se reúnen en
Quimper para las fiestas de Comuaille, y la vieja ciudad de
San Corentin se alegra. Son grandes días para los bretones,
borrachos de gaitas y de tamboril, sonoros como sabemos por
Renán que eran los celtas de antaño.
Pero no todo es fiesta en la Abaden Veur. Se aprovecha
la ocasión para que todos los grupos de la Bodaleg ar Sone-
rien, de la Asamblea de Tocadores, perfeccionen sus técnicas,
se den cuenta de la evolución de los estilos a lo largo del
tiempo y procuren una mayor fidelidad, en las interpretacio­
nes, al espíritu de la música bretona, resucitando las antiguas
melodías, surcándolas. Por ejemplo, se toma un aire tradicio­
nal, como Laret Hui Dein. Loeiza er Meliner lo canta en el
más viejo estilo. En el mismo estilo, se toca el aire con el biniú
y la bombarda. En seguida lo intepreta Zaig Monjarret —
siempre que hable de ella he de hacer el elogio de una de las
voces más emocionantes que haya oído nunca. A continua­
ción lo interpreta un bagad, es decir, un grupo de gaitas, en
la ocasión el bagad Roazon, de Rennes. Después el mismo
aire por una coral, la de Guingamp, y finalmente una versión
para orquesta y bagad.
Como los bretones quieren tener su música propia, la mú­
sica de sus gaitas y sus bombardas, en todas sus fiestas, otro
número de la Abaden es, por ejemplo, «La Gaita y la Bom­
barda en la vida de hoy». Consta de diez partes. En la escue­
la, por un bagad infantil. En el Liceo, por otro ídem. En las
Fuerzas Armadas, por el Bagad de Lann Bihoué. En las fies­
tas nocturnas. En el primer baile de las muchachas. En la bo­
das. En las fiestas del vino. En las fábricas. En los sindicatos.
Y finalmente en los perdones o romerías en las iglesias o en
los calvarios. Para cada día, para cada acontecimiento, una
canción, un aire de gaita.
De todo esto tendremos mucho que imitar en Galicia si
queremos ennoblecer la gaita nuestra, y salvar nuestras can­
ciones.

Artesanía
Y alrededor de las fiestas de Cornuaille, en Quimper,
como en otras villas bretonas, florece una estupenda artesa­
nía. Viejos telares —¡los telares de la Compañía de Indias de
Colbert en Locronan! —, pastelerías, cerámica, encajes, gaitas
miniatura, cofias, muñecas con los trajes bretones, etc. Y una
gran industria cerámica, Henriot, de Quimper, con más de
cien obreros. De sus hornos salen vajillas con motivos breto­
nes, figuras con los diversos trajes, romerías enteras, jarros
y platos, con los tradicionales temas. Algunos recuerdan los
talaveranos. Todo está estudiado, afinado, y constituye una
innegable fuente de riqueza. En la plaza de Locronan, por
ejemplo, en una vieja casa del antiguo gremio de tejedores
de la Compagnie des Indes, trabajan telares del siglo xviii, y
enfrente, al aire libre, un escultor de hermosa barba —la
barba de los santos y ermitaños de antaño—, logra imágenes
de los patronos de Bretaña, piedades, sagradas familias, emo­
cionantes vírgenes, y Santa Ana, y San Pol con terribles dra­
gones...
Todo el país está revalorizado, desde las galletas de Pley-
ben hasta la más fina cofia de Finisterre que la rica novia de
Brest pone en su cabeza cuando va a la iglesia a recibir la
bendición nupcial.
Y millones de postales. Toda Bretaña está retratada mil
veces, y maravillosamente, desde todos los ángulos.

Adiós a Quimper
Quimper es hermoso en la noche. Las luces rielan en el
río. Se escucha una canción a lo lejos. Lili, a quien el vino
bordelés ha triplicado la locuacidad, se empeña en que vaya­
mos a una vieja cueva a beber la copa de la despedida. Zaig
nos canta una triste canción. Es la de los penados que iban a
Cayena — «la vieille canaille» — , cuando embarcaban en el
puerto de Brest, con hierros en los tobillos. La calle, que es­
taba desierta media hora antes, tiene ahora gentes en los qui­
cios de las puertas o bajo los plátanos.
—C ’est Zaig!
Por Rosporden regresamos a Lorient. En un cruce, donde
nos detenemos unos instantes, yo leo en el indicador: Le
Foauét. ¡De aquí era el escribano que viene en mi Sochantre,
con tanta cita de leges latinas! «Eu nacin preto deiquí, onde
chaman Le Foauët. Si agora subíramos a torre, inda viramos
algunha luz nun outeiro, pola banda do sur.»
Bretaña duerme en la noche, pero a la cabecera de su le­
cho hay siempre un ruiseñor.
Por el Finisterre, cruzando el Aulne

En Lann-Bihoué
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No queríamos que faltasen los gaiteros de la gran base


aéreo-naval de Lorient al Festival de Vigo. El comandante de
la base, un capitán de navio, bretón, nos recibió en su despa­
cho. La base es enorme y tiene una pista de tres kilómetros
para los aviones. Las vacas pacen, pacíficas, entre los hanga­
res y los pabellones. La visita se celebra a primera hora de
la mañana, porque el comandante tiene que recibir a las once
al hijo primogénito de Haile Selassie, el Negus Negusti.
El comandate está dispuesto a enviar los gaiteros a Vigo
si puede impedir que vayan a Hamburgo a un concurso in­
ternacional de bandas militares. El comandante —ojos azu­
les, un mentón voluntarioso, inteligente, vivaz—, se queja
de cómo desde París han ordenado la reconstrucción de Lo­
rient, como se sabe destruida por los bombardeos y por los
combates entre alemanes y aliados. Le sobra razón. Lorient
es una fea ciudad en un lugar delicioso. Las más de las casas
son cajones de cemento con mucho cristal. Todas las calles son
iguales. Es una colmena, no una ciudad.
Por culpa del hijo Jel Preste Juan no podemos escuchar
los gaiteros de ..ann-Bihoué, que tienen que formar con la
compañía que rendirá honores al abisinio. Que ahora el etíope
visite Bretaña no tiene importancia ninguna. Pero ¡si esto hu­
pasamos las Montañas Negras, que son unas colinas cubiertas
de xesta. Y al mediodía estamos en la plaza de Locronan, la
pequeña villa de los ricos tejedores, que levantaron sus casas
en la plaza y tejían para la Compañía de Indias, la misma
Compañía que en los días de Colbert fundó Lorient. Tejían
para los navíos del Cristianísimo que iban al descubrimiento
de Guinea, a la piratería en las Indias Occidentales, a los es­
tablecimientos de la India o de Guinea... Ustedes saben que
Colbert tenía un «gabinete de falsos» —en el que trabajó Pe-
rrault—, y allí se inventaban países ricos en oro y piedras
preciosas, para sacarles dinero a los franceses para el sosteni­
miento de los establecimientos verdaderos. Aquí se hacían ve­
las para navíos que iban a islas que no han existido jamás.
Todavía hay telares en funcionamiento. Unas mujeres jóvenes
y sonrientes, de pie ante el telar, del que salen mantelerías,
tapetes, sábanas... El lino es del país y su cultivo ha aumen­
tado en los últimos años.
—Tenemos derecho a usar el nombre de «Telares de la
Compañía de Indias» —me asegura el que parece encargado
de los telares.
En la plaza, entre las bellas casas dieciochescas, está el
pozo comunal. Era de los señores de Briec, pero un día los
tejedores le cortaron la mano derecha al recaudador del seño­
río y se acabó el impuesto. La plaza la preside la iglesia de
San Ronán, que está allí enterrado, sostenido el sarcófago por
seis ángeles arrodillados, seis ángeles femeninos, con cofia y
grandes faldas. San Ronán era muy guapo y fue acusado por
una reina viuda, que lo quería para sí, de haberle raptado a
su hija menor. La reina había escondido a la niña en el arca
del pan. Los príncipes bretones llamaron a juicio a Ronán, y
éste mandó que trajesen el arca del pan al tribunal. Vino el
arca, Ronán la abrió, y dentro estaba la niña muerta. Ronán
la resucitó. Ronán, donde golpeaba con su bastón, hacía bro­
tar agua. Es abogado contra la sequía y se dice siete veces
su nombre si se quiere encontrar un objeto perdido. Pero con
la advertencia de que el objeto perdido ha de estar dentro de
algo, de un cajón, de una cartera, de un armario...
Yo le toco a Ronán la mitra, como es costumbre, dando
tres golpecitos, que debe ser para despertarlo, y después
pongo mi cabeza junto a la mano derecha, que la tiene en
actitud de bendecir. Dicen que eso devuelve la memoria.
En Locronan, en la plaza, frente al taller al aire libre del
escultor Job, hay un restaurante, Au Fer à cheval. De la mues­
tra cuelga una enorme herradura. Tienen un blanco muy fino
tra cuelga una enorme herradura. Tienen un blanco muy fino
del país nantés, y como tinto pasamos por un St. Emilion que
es demasiado joven.
Locronan es famoso por sus patatas. La patata no dege­
nera aquí y no traen simiente de afuera. Es una patata pequeña
y alargada, sabrosísima. La mandan temprana para las mejo­
res mesas inglesas, como las fresas y las moras de Plougastel.
La fresa de Plougastel tiene un delicioso perfume. La moda
es echarle unas gotas de limón. Ustedes saben que ahora an­
dan por ahí unos bárbaros que a las fresas le echan kirsch.
¡Como si la suave, delicada fresa pudiese con ese licor fuerte,
que hacía regoldar a todos los canónigos y escribanos del
Rhin!
La zona de Plougastel es una de las más ricas de Bretaña,
y sin embargo ni aquí es posible detener la emigración. La
población campesina disminuye en un cuatro por ciento por
año, y difícilmente se mantiene la población de las villas. Los
que han ido a trabajar en la reconstrucción de Brest, por ejem­
plo, no han regresado. Emigran igualmente las mujeres, a
Brest, a Rennes, a París, a Inglaterra. Los hijos se casan y
quieren casa propia; las muchachas no se quieren casar con
campesinos. No se sabe qué voz tienen las ciudades en este
siglo para llamar a los corazones jóvenes. Los intentos de in­
dustrialización apenas resuelven nada. Bretaña es una tierra
campesina y ganadera y ha de vivir de una gran agricultura
y de una gran ganadería. Y con ambas puede tener el nivel
de vida de Dinamarca, por ejemplo. Pero la gente tiene prisa
y se va.

El Calvario de Plougastel
El cielo se ha cubierto con grandes y oscuras nubes que
vienen del mar. Comienza a llover cuando llegamos al Calva­
rio de Plougastel, en el atrio de la iglesia, en la pequeña plaza
de la villa. Es un calvario muy hermoso, y hay en él acaso
la más bella imagen que yo haya visto en una cruz de piedra
de Bretaña: la Virgen de la Huida de Egipto. En el Calvario de
Ploguastel hay un santo con sombrero y vieira, pero no es
Santiago, según dice el libro de Debidour, sino San Roque.
Tiene a un lado a San Pedro y a otro a San Sebastián. El
diablo de la Tentación tiene un solo largo cuerno en la frente y
se alisa la barba caprina con las manos. Dicen que en la noche
se le escuchan las palabras con que tienta al Señor Jesús...
Bajo la lluvia seguimos hacia Brest. Yo quiero pasar de
día el Aulne, ver los vados del río aguas arriba de Cháteaulin.
Quiero saber si el Aulne es tal y como yo lo he descrito, una
agua viva y clara deslizándose entre riberas de sauces y chopos.
Y lo es. Aquí, donde me inclino para mojar mis manos
en el agua, puede ser el vado de mi Sochantre. «Baixaban
para tomar o vado do Aulne, que é unha corrente viva e cra­
ra»... El sochantre iba en el pescante, por el gusto de ver a
los caballos bracear en el agua. Las alondras cantaban, amigas
del mediodía.
Dejamos el Aulne, el dulce, azul, dorado, ondulado país
del Aulne para correr a Brest, donde íbamos a ser recibidos
en la Cámara de Comercio y donde Rial, en una espléndida
cena, discutiría con M. Louit, el presidente de las fiestas de
la ciudad, la participación de «Frores Mareliñas» y de la Coral
Casablanca en los festivales de allí. M . Louit, un boticario
discutidor, pequeño, inquieto, quisiera saber si «Frores Mare­
liñas» baila flamenco. Rial le explica las regiones españolas.
En la noche de Brest, bajo la lenta y fría lluvia, nos des­
pedimos del matrimonio Monjarret, a quien tantas atenciones
debemos.
— ¡Hasta Vigo!
Dormimos en el hotel Duquesne, frente a la plaza. Hay
fiesta en Brest, que está de visita Paola de Lieja. De lejos,
en la escalinata del Ayuntamiento, la vemos vestida de azul.
La estupenda sopa de pescado que me han servido en El Ancla
de Oro y un Médoc —¡las pálidas violetas del Médoc! —, me
han dado sueño. Se han ido las nubes y una enorme luna apa­
rece sobre Bretaña.
Por Rennes y adiós a las cornamusas

De Brest a4dejunio196.arV
»,F,Guimiliau

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Salimos de Brest a primera hora de la mañana, bajo una
dulce lluvia, que nos gusta a todos menos al chófer Davila
—en cuyas manos hemos casi volado por las espléndidas ca­
lles para visitar el Calvario de Guimiliau, que dicen que es
el más hermoso de Bretaña. En él está la escena de condena­
ción de Katell Gollet, de Catalina la Loca. Sí, allí, en el cal­
vario, en aquel hormiguero de figuras de la Vida, Pasión y
Muerte, contemplo Katell. En otro lugar lo digo, en unos ver­
sos. San Mateo Evangelista escribe su libro sobre las espaldas
de un ángel de rizado pelo, y Longinos, en un ángulo de la
plataforma, entre las caras sur y este, encabrita su caballo.
En la esquina entre las caras este y norte, Jesús en el camino
de Emaús, con dos discípulos. Es en verdad el más hermoso,
en aquel atrio de hierba. Es muy bella y emocionante la Cena,
con la aureola que tiene el Señor en la cabeza y que a primera
vista parece un sombrero, y Judas en un rincón, en el suelo,
apretando entre sus manos una bolsa, y el criado que trae una
jarra de vino y una cesta con panes redondos. En el plato de
Jesús se ve el cordero pascual, al que el escultor ha dado unas
felices orejas conejiles...
Por St. Thegonnec —uno de esos santos bretones sin ca­
nonizar, pero harto de hacer milagros: una vez resucitó una
paloma para que un niño dejase de llorar, y por eso es abo­
gado de las madres encinta, que quieren hijos alegres; y otra
vez, explicando la Santísima Trinidad al rey Tardoc, que era
algo cerrado de mollera aunque buen guerrero, convirtió una
rosa en tres—, alcanzamos Morlaix. Tiene un museo folkló­
rico importante, pero no tenemos tiempo de visitarlo. Apenas
sí podemos dar una paseo por las estrechas calles de la ciudad
antigua. Bebemos una sidra deliciosa en un bar, y seguimos
carretera adelante hasta que la hora de almorzar nos sorprende
en una pequeña villa, en Belle-Isle-en-Terre.
Almorzamos en un pequeño restaurante, pero que tiene
una buena bodega. La dueña se disculpa de que el tinto esté
un poco frío, pero nos da una sopa deliciosa y unas chuletas
de cerdo con una especie de salsa verde, sabrosísimas. Nos
dice que su especialidad son las tripas a la moda de Lannion
y que cuando hay romería en Locmaria despacha mil platos.
El marido de la dueña ha sido marinero y habla algo de cas­
tellano, aprendido según él en el Brasil...

De Guincamp a St. Brieuc


Guincamp es famosa ciudad por su gran romería de Nues­
tra Señora del Buen Socorro, que sonríe en el altar mayor de
una bella iglesia en la que se mezclan gótico y renacimiento,
un gótico que ya es el de la Isla de Francia. En la plaza nos
sorprenden las viejas casas de madera y pizarra, y la fuente
renacentista. Ya hay en las paredes carteles anunciando el
Gran Pardon de Notre Dame de Bon Secours, para el sábado
cuatro de julio. Procesión con la milagrosa imagen, y misa
de medianoche en esta plaza, que vio entrar jinete a Bertrand
Du Guesclin con una antorcha encendida en la mano derecha,
y por la que paseó Chateaubriand aburrido, un día en que
yendo hacia París perdió la diligencia de Dinan.
Yo hubiese querido andar durante un par de días a pie el
país de Saint Brieuc, la costa desde el cabo de Erquy a Paim-
pol. Los almirantes de Erquy, como saben los que hayan leído
mi Sochantre, eran parientes mayores de los De Crozon de
Chateau-Josselin, y fueron los que presentaron el bombardino
para la ración del Coro de Pontivy. Los Erquy marinos siem­
pre andaban diciendo que iban a quemar Londres y orinar,
dispensando, a la vista del rey de Inglaterra. Hubiera querido
visitar el castillo en ruinas de la Hunaudaye, del que de niño,
en una vieja revista, contemplé un extraño dibujo, con el
blanco fantasma, el conde Felipe, en lo más alto de la torre
de la izquierda. Hubiese querido conocer las mademoiselles de
Paimpol cuando recolectan las manzanas, y en una vieja calle
de Saint Brieuc, donde son aquellas casas del XIV y el XV,
con entramo de madera y cal en la fachada, y los grandes
aleros rizados, visitar al nigromante Jacques Gouét que trans­
formaba el escomaboi en un mirlo y te enseñaba a escuchar
en la noche la música que sonaba en las más lejanas estrellas.
Pero solamente tenemos una hora para entrar en la catedral de
San Esteban, sombría, y unos minutos para contemplar el va­
lle del Gouet y la mar. El Goute, en Le Legué, que es el
puerto de Saint Brieuc, parece el Ulla en Catoira o Pontece-
sures.
Por Lamballe, principado ilustre, y por St. Jouan de
L ’Isle, bajamos hacia Rennes, la primada. Lamballe es la ca­
pital antigua del condado de Penthiévre. Los prados terminan
donde comienzan las pomaradas. Se ven pocas granjas. Hacia
el este, la gran mancha verde del bosque de Plancoet famoso,
donde el ciervo galopa. Ahora era la ocasión de darse a la
vagancia en este rápido viaje, de ir a visitar los castillos de
Fourgéres y de Vitré, de acercarse a Mont St. Michel. Pero
nos esperan en Rennes para enseñamos cómo se hacen todas
las gaitas y todas las bombardas que se escuchan en Bretaña.
Cumplimos hora por hora el programa trazado, y tienen que
quedar para la imaginación el castillo de Fougéres, una de las
mayores fortalezas feudales de Europa, dicen los libros, y la
esbelta torre de Vitré, manchada un día con la sangre de los
halcones reales. En Vitré hay un fantasma ciego, que sabe,
cuando toca con sus manos de niebla a una muchacha, si es
morena o rubia.

Las gaitas de Rennes


Damos vueltas y vueltas por Rennes, y por fin, cruzando
por un puente sobre el Vilaine logramos encontrar la Rue
Danton, y desde ella alcanzamos, una calle que la mitad es
campo y la otra pequeños chalets, la Rue de la Bosserie. Ren­
nes ardió en 1720, y al reconstruirla lo hicieron con un gusto
neoclásico, comenzando por la catedral. Su mayor monu­
mento es el Palacio del Parlamento de Bretaña. Aquí discur­
seaban los caballeros bretones sobre la política del país, sobre
las leyes y los clamores, y daban consejos al rey de París.
Los Estados Generales eran grandes justas oratorias y certá­
menes culinarios. De vez en cuando aparecía en ellos un ca­
zador de Morbihan que demostraba que tenía cuarenta y ocho
apellidos nobles, dos más que el Valois y cuatro más que el
Borbón, e intentaba poner de moda un pañuelo colgado de la
oreja. Las genealogías se discutían con fantasía y entusiasmo,
y eran la base de las credenciales. Había quien probaba que
descendía de un dragón y otros que de Pompeyo romano,
que casualmente, pasando en su galera, había encontrado a
una abuela suya en una playa, en Saint-Malo.
Cuando todos los bretones reunidos en Rennes habían di­
cho unos a otros, con solemnes documentos a la vista, quiénes
eran, se miraban asustados, como si fuesen gentes de otro
mundo. Una vez se reunieron once que decían tener derecho
al reino de Is, que como ustedes saben está debajo de las
aguas. Y uno de ellos, para demostrar que no le importaba el
carácter submarino de su reino, sacó del bolsillo unas algas
y un pez crudo y se comió todo, bebiendo después una botella
de agua salada. Todo esto lo ha contado muchas veces Le
Goffic.
Estamos, al fin, en la fábrica de gaitas. El constructor es
un artista, M. Le Voyer, que fue presidente de la Asamblea
de Gaiteros. Su mujer es hermana de Zaig, la cantante. Cada
año hace unas doscientas gaitas de primera calidad, con ma­
deras nobles y los adornos de hueso. La gaita terminada, pro­
bada, va sin vestir y sin cinta en los roncones. Al tiempo que
las gaitas, se fabrican unas trescientas bombardas. El precio
de cada gaita oscila alrededor de las diez mil pesetas, pero
las hay más caras, más trabajadas las piezas, con un gracioso
barroquismo. Es la única fábrica que hay en Bretaña, y todos
los grupos de gaiteros vienen a este taller a realizar sus encar­
gos. M. Le Voyer es un excelente gaitero, y en este momento,
en una exposición folklórica, están exhibiéndose sus mejores
gaitas. En Galicia habría que pensar en algún taller como éste,
en el que el artesano fuese a la vez un músico y un conocedor
de la historia de la gaita. Y al hombre habría que predicarle
devoción, amor a la gaita y a su canto. Este taller va a estar
directamente relacionado con la Escuela de la Colina de las
Cornamusas...
Anochece cuando abandonamos Rennes. Es el adiós a
Bretaña. En pocos días muchos caminos, generosas amista­
des. Para mí la sorpresa de ver cómo yo había adivinado la
colina y el río, la sonrisa de Madame de St. Vaast y el Cal­
vario de Tronoen, en la soledad de la camposa y las xestei-
ras... Me gusta dejar Bretaña envuelta en una fría niebla ves­
pertina. He sido muy feliz en Quimper y en Pontivy, cruzando
el Aulne o escuchando una canción a orillas de la Laita. Haya
habido en Galicia celtas o no, la verdad es que Bretaña nos
está muy próxima. Somos iguales balcones sobre el ancho
océano, y tiene que haber habido una tribu antigua, repartida
por todos los Finiesterres, que haya soñado los mismos mitos
en común. Tengo que volver a Bretaña, pero de vagar, como
un peregrino. Se lo prometí a San Corentín y Santa Ana de
la Palud.
Más sobre Bretaña
La archidiócesis de San Thelau

Thelau era algo tonto y tartamudo.


vé»F
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y964.D
ig,31m
arodeV Me refiero a él en otro
lugar de este número, hablando de mi viaje a Bretaña. Se
negó a aprender a leer y escribir, y no quiso pasar, en núme­
ros, del tres, porque tres era la Santísima Trinidad. Se alimen­
taba con requesón y oraciones, y a los nueve años decidió
marcharse como ermitaño al dolmen de Ménez-Braz. Se llevó
con él una gallina roja que ponía dos huevos al día y caca­
reaba en latín. Esto último ha sido estudiado por Castel en
su libro Légendes dorées des saints bretons. A los quince
años, Thelau escuchó unas voces que le mandaban ir a fundar
a las tierras del rey Clamong. El rey estaba sentado debajo
de un sauce, comiendo unas ostras.
—Está bien —dijo el rey—. Toda la tierra mía que tú co­
rras durante la noche, yo te la doy para tu diócesis. Pero con
una condición: párate al oír el canto del gallo.
Cuando el sol había dejado de dorar ya la rama más alta
de los robles de Castel Gall, Thelau silbó, y acudió un ciervo
amigo suyo. Montó en él Thelau, porque quería una diócesis
enorme, la mayor de Bretaña. Subió a las colinas, vadeó los
ríos, cruzó las landas. Pero, de pronto, se detuvo. Cantaba
el gallo. No se lo explicaba Thelau, porque todavía era noche
y la luna caminaba lentamente. Todos los gallos del país se
pusieron a cantar. Sin embargo, en el cielo, ese suave blancor
de leche que anuncia el alba no aparecía todavía. Thelau des­
cendió del ciervo, se arrodilló y pidió perdón a Dios. Era en
verdad pecado de orgullo el haber querido tener la diócesis
más grande de Bretaña. Verdaderamente, Dios acababa de
realizar un prodigio para castigarlo.
Thelau fue obispo de aquella tierra verde y ondulada, que
bañaba el mar. Adornó su mitra con xesta dorada y se hizo
un báculo de tojo. Convirtió al cristianismo al rey Clamong
y fue volando hasta Irlanda a buscar los Santos Evangelios
encuadernados en plata. Se distraía por las tardes tocando el
tambor, y por eso es el patrón de los tamborileros de Bretaña.
Una vez lo avisaron de que un perro se había vuelto loco y
mataba, de una dentellada en el cuello, las pacíficas ovejas.
Thelau apaciguó al perro y resucitó las ovejas, menos una que
sirvió para el banquete. Los santos bretones tienen siempre
buen apetito.
Cuando al final de su vida Thelau se presentó a las puertas
del Paraíso, San Pedro, que entiende, como se sabe, algo de
gallos, lo interrogó:
—¿Todos los gallos de tu país amanecen antes de tiempo,
Thelau?
Confuso, el santo no supo qué responder. Entonces San
Pedro le contó cómo había sido engañado: un criado de Dios,
esos que en Bretaña se llaman «correos de la media noche»,
había quemado una haz de paja en el gallinero del rey, y todos
los gallos, creyendo que llegaba el día, se habían puesto a
cantar.
Otros dicen que Thelau no montó en un ciervo para medir
su diócesis, sino en un caballo. Otros aseguran que en un ja­
balí. En todas las iglesias de Bretaña aparece montado, ben­
diciendo las perdices en la camposa. A veces, en las colinas
de Cornuaille, se ve brillar una luz, que corre de aquí para
allá, inquieta. Entonces alguien imita el canto del gallo, y la
luz se detiene. Es San Thelau, que cesa de ampliar su dióce­
sis. Hay quien sostiene que parte de la diócesis de Thelau está
bajo el mar, que el obispo anduvo submarino sin darse cuenta,
a lomos de su ciervo amigo. Yo le recé a San Thelau, abo­
gado contra el hipo, en todas las iglesias de Bretaña donde
lo encontré, cabalgador.
Los guardianes de la cruz

En algunos calvarios bretones,vé»,F, en las cuatro esquinas del


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2d
campo de piedra en el que se alza la cruz en la que muere
Nuestro Señor Jesucristo, caballeros montados y armados vi­
gilan. Son la flor de la caballería antigua, y los eruditos han
señalado que uno de ellos es Constantino. Como es Constan­
tino ese jinete de las portadas de algunas catedrales germáni­
cas, por ejemplo el hermoso jinete de Bamberg. Otro es Car-
lomagno, con una hermosa barba, aunque, como es sabido,
en realidad el Imperante de la Barba Florida solamente tenía
bigote. Por cierto que un bigote lacio, caído. Otro de los ca­
balleros es el rey Arturo, con la larga cabellera, Arturo el ru­
bio, según el lai de Montclair. Tiene en Plougastel la espada
envainada, y en otros lugares entre las piernas de su caballo
está su perro Gallant, con las orejas levantadas, aunque el gra­
nito bretón obligue algunas veces a que aparezca el can deso­
rejado. Era un perro maravilloso, que puesto en una roca en
la costa daba la bajada del sajón, ladrando incansable hasta
que toda la Bretaña ánglica se ponía en armas. Olfateaba el
bárbaro del norte, lo cual ha llevado a algunos investigadores
imaginativos a estudiar el olor del normado, con el vientre
cubierto de pez. En otros calvarios, uno de los jinetes es nada
menos que Bertrand Du Guesclin, el capitán de las compañías
blancas, el que vino a las Castillas a sueldo del Bastardo de
Trastámara y en Montiel ayudó a que el rey legítimo Pedro
quedase debajo del usurpador, diciendo de paso aquello de
«ni quito ni pongo rey, pero ayudo a mi señor»... Bertrand
en Bretaña tiene fama de caballero sin tacha ni reproche. Le
llaman, en verso, la flor, y cuando muere se pide que todo
gentilhombre vista de luto:

«Chascum doit noir vétir et querre!».


Todos deben vestir de negro y lamentarse. Y la ira y el
dolor bretones mezclados añaden: «Dios Padre a los ingleses
maldiga», Et les Anglois, Dieu le Pére si les maudye!. Está
con espada y con lanza, y junto a las patas traseras de su ca­
ballo, hay un tamborilero.
En los calvarios más recientes, en los del xvi, uno de los
jinetes custodios, de los caballeros cristianos que presencian
la Muerte, es Francisco I de Francia. Parece que el Valois
pagaba de su bolsillo el ser puesto allí, con casco emplumado,
con larga espada, con enormes espuelas, y en la espalda las
lises. Pero el más sorprendente de los custodios es uno enmas­
carado, que nadie sabe quién es. Parece que haya de desechar
la idea de que sea Longinos, y los más coinciden en que se
trata de uno de los reyes bretones del tiempo pasado, de
Granlo o de Coemlch, o quizás aquel caballero de que yo les
hablaba el otro día, «el caballero que no sabe huir», el que
acompañó a San Pol a dominar el dragón de inmensa cola y
respiración sulfurosa, y que en la romántica caballeresca bre­
tona es el ejemplo de los caballeros andantes, un armado mis­
terioso, inventor de las reglas de las batallas, protector de viu­
das y huérfanos. ¡El caballero que no sabe huir! No podría
encontrar nadie, ni don Quijote de la Mancha, mejor defini­
ción del andante caballero, de Amadis de Gaula, o de los pa­
ladines artúricos, de un don Galaz. ¡No saber huir! Y dejar
la vida en el terrón mismo donde están clavados los pies en
el instante en que aparece el terror. Un animoso auxiliador,
con la sangre presta a ser derramada, y una inmensa fe. Me
gustaría que los bretones adivinasen algún día el nombre de
este santo.
Peregrinos de Bretaña

En Bretaña me preocupé un pocové»F


ls«E
1964.D
n
ig,7ju
arodeV de saber quiénes fueron
los peregrinos que desde allá vinieron a Santiago de Compos-
tela. De los linajes antiguos hay diecinueve, según Laridier,
que llevan vieiras en sus escudos. La heráldica bretona es tan
variada y anárquica como la gallega, y las armas de llevar,
pintar y poner de aquellos hidalgos son con frecuencia drago­
nes, sirenas, el unicornio, islas que no hay y aves marinas.
Varias ramas de los Du Guesclin, los Rohan, los Erquy, los
Chateaubriand, los de Kermoél, llevan en sinople o en oro la
concha jacobea. Se cree que Saint-Malo, cuando andaba bus­
cando las Antillas —hay las islas de Saint-Malo, navegantes,
como hay la isla de San Brandán—, se acercó a Compostela,
probablemente en su barca, que es sabido que andaba exacta­
mente igual por tierra que por mar. La tierra se ondulaba bajo
la quilla de su barca, imitando el mar. Dice que hay partes
de Bretaña en las que se puede reconocer, en la tierra pratense
de hoy, esa ondulación. Quien es seguro que vino peregrino
a Compostela fue San Felam, que era enano, pero cuando fue
ordenado sacerdote en Quimper creció de repente tres cuartas
y hubo que hacerle a toda prisa ropa nueva. Por Morbihan
andan todavía pedacitos de su capa que se cuelgan de la cabe­
cera de la cuna de los niños para que salgan garridos. Uno
de los milagros de San Felam fue que bendiciendo unas arenas
movedizas, éstas se consolidaron en tierra firme, y desde en­
tonces no volvieron a tragarse ningún pastor ni ninguna oveja...
Pierre Lapuc’h cuenta de un De Kermoél, llamado Erve,
que dio muerte a su mujer porque la encontró en un jardín
con un músico. La Justicia de Rennes lo condenó a peregrinar
a Santiago, y Erve hizo el camino, descalzo, con sombrero
de paja, y por toda vestimenta una camisa, que la llevaba su­
jeta a la cintura con las trenzas de la mujer muerta. Al pasar
un puente se cruzó con el rey de León, quien le pidió que le
contase su historia. Al rey de León no le pareció decente la es­
casa ropa de Erve de Kermoel, y como éste insistiese en no
meterse unas calzas largas y ponerse un culote, el rey de León
le pidió a su mujer unas faldas suyas, y Erve se las vistió,
dando las gracias a su alteza por tanta generosidad. Y con
faldas, y sin temor a las risas, llegó a Santiago, donde pidió
humildemente perdón por sus pecados.
Du Guesclin había prometido peregrinar a Santiago, pero
se murió sin cumplir. De los Chateaubriand de Comburg pe­
regrinaron varios. La rama de Cháteaulin tiene por armas un
cuervo en campo de plata, y todo alrededor van vieiras en
sable. El cuervo, a lo que parece, es por su parentesco con
el rey Arturo. Cuando una tía del vizconde de Chateaubriand
quiso entrar en Nantes en una casa de damas nobles, y probó
veinticuatro apellidos, presentó un árbol genealógico en el que
además del rey Arturo estaban Lanzarote del Lago y el rey
Lodah, y de añadidura un Flavio romano y Carlomagno. Está
probado que Hugo David de Comburg peregrinó el año de
1390 y vino a Galicia y se fue por mar. Se dedicaba a la pi­
ratería a ratos perdidos, cuando no tenía que combatir con
los Rohan por la posesión de los bosques de La Faohuët. Su
hija fue aquella Lys que no queriendo casarse con ninguno de
sus siete primos de Cháteaulin, fue envenenada por éstos con
aire de oro. Los ojos se le volvieron de oro y cegó. La lengua
se le volvió de oro y enmudeció. El corazón se le volvió de
oro y se paró.

«Detrás del cadáver van llorando


hermanos, primos y demás parientes.
El obispo de Quimper pregunta:
¿Quién cuidará ahora de las rosas?»

Dicen que murieron con Lys todos los rosales de Bretaña


y que tardaron cien años en resucitar.
Las cornamusas de Bretaña

Hoy alegrarán las calles de Vigo


vé»,F, y las frondas de Castrelos
n
l«E
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eagost1964.rV
28d
cornamusas de Bretaña de Francia. Como en el fondo de los
foles vendrá aire de allá, de aquel bretemoso Finisterre, es
más que posible que cuando se vayan y regresen a Rennes o
a Quimper, queden en las ramas de nuestros parques unos pá­
jaros extraños, de fino silbo melancólico, hijo de esas corna­
musas que amó la duquesa Ana de los sonoros zuecos, y que
en los perdones y en las romerías son, para los santos patro­
nes, los setecientos setenta y siete santos de Bretaña, la
prueba irrefutable de la hermosura incomparable del dulce
reino de la Tierra... Corentín y Guenolé, Yves y Mardoec,
Efflam pastoril, oirán cómo un eco de gaita llega desde el
Océno a la apenedada costa. Y Efflam preguntará:
—¿Dónde van las gaitas?
Y uno de esos cuervos parlanchines que andaban tras él
cuando pastoreaba las pardas ovejas en méee bretonante, sa­
brá en seguida responder con su voz en eras:
—En Galicia.
Para Efflam, como para esos santos bretones que hicieron
una geografía que en nada coincide con la de los textos, a
lo mejor Galicia es una isla verde vagabunda en la mar, es­
meralda más hermosa que la de San Barandán o la Avalón
de Amadís, el Ulises del Atlántico, héroe como el helénico
de batallas y de discursos, y encima leal y fijo amador de
doña Oriana de los ojos dorados, como las bestias escritura­
rias en la imaginación cabalística.
«Las canciones antiguas nunca mienten», dice un refrán
de Provenza, que es país de cantigas de amor. Las cornamu­
sas traen cantos de antaño, dulces y ledos, y ya se sabe que
muchas veces una canción es la mayor respuesta que un hu­
mano tenga a un gran secreto.
¡Cornamusas de Bretaña! Desde Nantes a Saint-Michel,
desde el látigo de luz del faro de Eckmühl a la primada Ren-
nes, sobre las colinas y las landas pastorales, sobre las ondas
de la Laita y del Odet, va su voz, que es el canto de resurrec­
ción de todo un pueblo. A veces, en los vados del Aulne —el
río Umia dulcísimo de allá—, pasa un paño de niebla pálida.
La luna está allá arriba, en cuarto menguante. Dicen que esto
sucede cuando muere un gaitero, y esa niebla es su suspiro,
que va a dormir para siempre en la brisa que se mece en las
ramas de los abedules y los esbeltos chopos. Los mirlos se
apartan para hacerle sitio.
Todo esto viene a decirles a ustedes que hoy escucharán
en Vigo unas gaitas que son casi, y sin casi, música sacra.
Es la voz de los celtas aurorales, llegados tras largas peregri­
naciones al borde del océano, a las rocas terminales del
mundo terrenal. Es el canto de un pueblo humilde y fiel, que
se conserva uno en una parcela europea de colinas verdes, en
amistad con los vientos y las olas, arrodillado en los calvarios,
danzarín en las fiestas, pastoreado por santos taumaturgos. Un
pueblo libre y verdadero, lacónico y sentimental. Cuando los
bretones tienen que decirse que la vida es bella, el mundo
redondo, la sidra fresca, el muscadet feliz, entonces llenan el
fol de su cornamusa. Y los gallos callan su kikirikí matinal,
porque ha surgido y va hacia el cielo otro canto más revela­
dor, la inauguración de las mañanas.
El ciervo de San Ronán

Fechada en Quimper, 9 de abril,»F


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s«C
l968.D
ig,17b
arodeV Le Fígaro, de París, pu­
blica una noticia en la que se da cuenta de que los pescadores
de Kerity-Penmarch han regresado a puerto con un magnífico
ciervo, capturado al sur del archipiélago de los Etocs. El
ciervo había nadado siete kilómetros a lo largo de la costa.
Se trata del único ciervo que vive en el Finisterre bretón, en
los bosques —antaño se decía «las selvas»— de Laze y le
Goazec. En mis Crónicas del sochantre andan colinas y espe­
suras de estas forestas. El ciervo huyó, probablemente, de la
Montaña Negra, asustado por una batida al zorro, sonora y
trompetera entre bretones desde los abuelos del vizconde de
Chateaubriand. El ciervo intentaba ganar a nado el archipié­
lago de los Etocs. Ya en tierra firme, y después de ser cuidado
por un veterinario, fue llevado de nuevo a las selvas habituales.
Ustedes se preguntarán qué hace este único ciervo en el
Finisterre de Bretaña. Pues es nada menos que el descendiente
del ciervo del ermitaño y obispo Ronán. Este santo varón
huyó de Irlanda —dicen que a nado, como su ciervo—, en
el siglo v, y tomando tierra en la Armórica, evangelizó la re­
gión, a la que dio su nombre, Locronan, «lugar de Ronán»;
nombre que lleva hoy la hermosa villa de Locronan, famosa
en el XVIII porque en ella se tejían las velas de los navios de
la Compañía de las Indias... San Ronán hacía todos los días,
los pies descalzos, legua y media, como penitencia, y los do­
mingos, dos leguas. Cuando ya los años pesaban como hierro
en sus piernas, Ronán encontró en la selva vecina un ciervo,
que se ofreció a servirle de cabalgadura. Y desde entonces,
a los casi mil seiscientos años de la muerte de Ronán, siempre
hay un ciervo por allí, sin que se sepa de dónde vino, ni
dónde muere, ni de cuáles misteriosas nupcias viene el susti­
tuto.
Cada año, en Locronan, para conmemorar las cotidianas
peregrinaciones de San Ronán, se celebra una procesión, que
va desde la iglesia parroquial, en la que está enterrado el ben­
dito, al monte que llaman Plaç ar Hom —un altozano desde
el que se ven las olas atlánticas entrar en la bahía de Duame-
nez. La procesión se celebra el segundo domingo de julio, y
se llama la Tromeaie, es decir, tro minihy, la vuelta al monas­
terio. Y aseguran que en las mañanas tempestuosas, cuando
sopla el suroeste, bajo la lluvia galopa el ciervo de Ronán.
Yo estuve en Locronan, y como no podía en los telares
de la Compañía de Indias comprar una vela de navio, compré
unas modestas servilletas. Bebí agua del pozo de la plaza, el
pozo comunal, protegido por un decreto del rey Bobac de
Quimper, y me arrodillé a rezar un padrenuestro al pie de la
tumba de Ronán, ermitaño, obispo, multiplicador de panes,
sermoneador de lobos, cabalgador de ciervos, y nadador. Era
un alegre día de mayo. Yo, con otros amigos, andaba por
Bretaña cumpliendo un encargo de Pepe Sama: contratar gai­
tas bretonas para que viniesen a tocar a Vigo, al Festival del
Mundo Céltico. Un festival que la vulgaridad municipal per­
dió para esta ciudad... Pero hablábamos de un santo taumatur­
go, que no de monterillas. De un gigante, paternal, amigo de
los vientos, amigo del mar, corredor de iracundos, aplacador
de cruentos. Tenía la barba rizada, mejoraba la sidra de la
que bebía, y cuando tenía hambre, llegaba del mar una ga­
viota y le ponía un huevo en la capucha.
Por la Europa gótica
El músico de Reims

Me guiaba, hacia la exposición


x»IDF de la Europa Gótica, atra­
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y968.ls«L
ig,10m
arodeV
vesando los jardines del Louvre en busca del pavillon de Flo­
re, la bandera azul europea. En la alegre mañana de mayo,
docenas de mirlos se aclaraban la garganta, revoloteando bajo
la fina lluvia sobre la hierba verde. Y en los carteles de la
exposición, la figura elegida personalmente por André Mal-
raux: sobre fondo celeste, la blanca figura del músico de
Reims, tocador de chevrette, de cabrita, una gaita de fol,
como podrán apreciar en el grabado. Un joven de rizado pelo
—casi los croques de mestre Mateu—, sentado en una ban­
queta, se dispone a tocar la gaita, los dedos hábiles en el cua­
drado punteiro. Ante el músico de Reims se queda uno expec­
tante como ante el Concierto de Giorgione: la música, una
luz que se desata en el aire midiendo sus propias alas, va a
nacer. El músico sonríe, y sospechamos que la tonada que
vamos a oír será hija del amor alegre. Nos parece que entre
del campo a la ciudad — «sempre póla vila entraba con aquel
de señorío» —, y que se abran, en las estrechas rúas de
Reims, ventanas de pequeños y cuadrados vidrios para dejar
asomar hermosos rostros femeninos...
Es una de las más bellas estatuas de la exposición de Pa­
rís, llena de vida. Era una de las cinco estatuas de la fachada
de la Casa de los Músicos, en Reims. Sus compañeros eran
un tocador de laúd, un flautista y un tocador de zanfoña, y un
caballero que sostenía en su enguantado puño un halcón. «Los
músicos», dice M. Jadart, «constituyen un excepcional con­
junto de estatuaria civil, reflejo fiel de los talleres del obra-
doiro de la catedral, en cuya fachada principal también habían
sido colocadas estatuas de músicos». La Casa de los Músicos,
en Reims, estaba en la calle del Tambor. El gremio de los
músicos de Reims era rico, y sus componentes pasaban por
grandes bebedores, especialmente los flautistas y los tocado­
res de chevrette, como nuestro sonriente amigo.
Se cuenta en Reims que habiendo muerto al mismo tiempo
un sastre y un músico y habiendo sido enterrados el mismo
día, cuando fueron a colocar las lápidas en las sepulturas hubo
sus dudas sobre cuál era el enterramiento del músico y cuál
el del sastre, pero un capellán que estaba presente en la divi­
sión de opiniones resolvió el caso mostrando una bandada de
mosquitos que se posaba sobre una de las tumbas:
— ¡Esa es la del músico! ¡Vienen los mosquitos al vino!
Como en la tumba del obispo Juan Fúcar, en Montefiasco-
ne, que se quedó allí para beber todo el vino del país, y de
tanto beber murió, y todavía ahora, al cabo de nueve siglos,
su tumba en la iglesia de San Flaviano es visitada por los mos­
quitos, que corren a ll’odore mostalo que aún exhalan los res­
tos del buen tudesco.
Quiero decir, antes de entrar en las salas del pavillon de
Flore, que me pareció que aquel enorme y delicado mundo
me recibía a mí, provincial galaico, habitante del Finisterre,
de una especial manera, mandándome un gaitero a puertas,
un mozo gaitero de Reims, a sueldo del Cabildo, sus tonadas
petillantes como el vino de la Champagne natal. Y quiero ad­
vertir a mis posibles lectores que, de la exposición de la Eu­
ropa Gótica en París, las que yo voy a decir son cosas vistas
y sentidas, la patética de aquella edad, y no arqueológicas,
para las que no estoy dotado. Podría afirmar, si no se me to­
mase por pedantería, que he oído hablar allí a la piedra y al
hierro, al marfil y al roble. Y he visto, junto al maestro Or-
cagna, llegar nocturna la peste a Pisa.
El caballero de la familia Rojas

Es una de las piezas españolas1dem


x»I,F,de la exposición. Madera po­
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igD
ayo968.rV
licromada. Hacia 1300. Procede del monasterio de Santa María
de Vileña, en Burgos. Un monasterio de monjas cistercienses,
que durante mucho tiempo dependió de las Huelgas. El gran
enterramiento de Vileña es el de la infanta fundadora, Doña
Urraca. Los sepulcros de madera policromada de Vileña han
sido muy estudiados. Y a París, desde las riberas del Oca,
han llevado éste del caballero. El yacente tiene su espada con
las dos manos, y sus pies descansan sobre un can dormido.
El caballero de la familia Rojas era cazador. Sabía llevar,
quejándose sobre el guante, los raudos torbellinos de Norue­
ga. El sarcófago está decorado con altorrelieves representando
diversos momentos del entierro del caballero. En dos de ellos,
las lloronas hacen el planto: una como extraña flor compuesta
por desmelenadas cabezas de bocas abiertas, se queja de la
muerte cruel y alaba las virtudes del caballero que sin duda
era mozo. Los caballos de la comitiva van tristes. De una pe­
queña ventana sale una mano diciendo adiós. Se adivina el
camino bordeado de chopos. Es mayo. Las viñas de Vileña
están en flor. ¿De qué habrá muerto el caballero Rojas? ¿De
noche lo mataron, como al caballero de Olmedo? ¿O fue con­
tra el moro? O quizás, en el frío invierno burgalés, una tarde
comenzó a toser. Las mejillas del yacente parecen todavía ar­
der con la fiebre vespertina. Los ojos los tenía azules, o fue
un poco de cielo que se posó en ellos a la hora de dar el alma.
Y quizá se enterró en la casa bernarda porque tendría allí her­
manas, primas, amigas. J. Alvarez habla de niñas de nueve,
de once, de trece años, que se fueron monjas a Vileña. Cono­
cerían al caballero, alguna habrá soñado con él apretando en
la mano derecha, como Flamenca, una rosa de claustro. O,
pongámonos en la Edad Gótica, una eglantina... Pero, muerto
está el caballero Rojas. Si lograse incorporarse en su sepulcro,
podría contemplar, verde que te quiero verde, los jardines de
las Tullerías, los desnudos de Maillol, esa pareja de enamora­
dos, cogidos por la cintura... No entendería nada. Es un prín­
cipe tan lejano como «El desdichado» de Nerval.
El cuerno de Savernake

En el otoño de 1966, yo atravesé


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D el bosque de Savernake
en la grata compañía de Francisco F. del Riego. Andábamos
tras sajones y normandos. Las primeras hojas secas revolotea­
ban en el camino. Letreros advertían, cada quinientos metros,
que andaba suelto el ciervo por allí. Y en París me encuentro,
plata y esmalte sobre marfil, el cuerno de tenure del bosque
aquel. Es del XIV, y en una genealogía de la familia Seymour,
cuyos miembros habían sido bailios y guardabosques desde
la segunda mitad del XII, fue reproducido, hacia 1600. Desde
el XIV, los guardabosques fueron los Bruce, que vienen en
Shakespeare. Y aún lo son hoy. Decoran el cuerno un rey,
un obispo, un cazador que hace sonar un cuerno, perros, cier­
vos, un jabalí, un zorro, un león —un lion d ’antiquité, para
probar el tópico medieval de la selva europea con leones que
vienen de la poética latina—, y nada menos que el unicornio.
Adams, en su Sylvan Savernake, cuenta las leyendas del uni­
cornio de aquella selva ánglica. El Bruce guardabosques so­
nando este cuerno, y el unicornio, tímido como una calandria,
escondido, aguardando a que se haga el silencio en el bosque
y aparezca la virgen en cuyo regazo pueda posar la cabeza,
y dormitar, y soñar. Y silencioso llegaría el Bruce y le daría
muerte, y más tarde el cuerno, reducido a polvo, serviría para
alimentar la gula amorosa de Barba Azul.
Con Orcagna en el infierno

Andrea Orcagna, meses despuésD


x»I,F,
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igls«L
ayo968.rV
em
15d de la «peste negra» de
1348, había pintado en el muro sur de la iglesia de la Santa
Croce, de Florencia, un «triunfo de la Muerte» y un «Infier­
no», a la izquierda el primero y a la derecha el segundo. En
el centro había un Juicio Final, que fue destruido para colocar
allí nada menos que el sepulcro del secretario florentino, Ni­
colás Maquiavelo. ¡Ahí es nada, quitar el Juicio divinal y úl­
timo, porque llegan a Santa Croce los huesos fríos del razona­
dor político, parcial y práctico, más lógico que astuto, pero
al fin, pérfido por amor de patria, «la caritá del natío loca»,
y con un juicio final particular sobre las gentes políticas de
su tiempo! En París, en la exposición, han colocado muy
bien, en la pared de una escalera, un trozo del Trionfo y otro
del Inferno: los avaros. Los eruditos sostienen que estos fres­
cos son anteriores a los del Campo Santo de Pisa. Lo afirma
Meiss, quien ha estudiado con detenimiento el clima artístico
creado por la terrible peste.
Orcagna, fértil en monstruos, los coloca aquí y allá, ala­
dos y con afiladas uñas. Uno hay, demonio cerúleo de altiva
mirada, que lleva al cuello media docena de bolsas, que supone­
mos llenas de monedas. Vigila el foso en el que se sumergen
en cálido lodo hasta el cuello un papa, un rey, unos burgue­
ses, acaso «hombres de Cahors». El Papa, Dante al canto, es
Nicolás III degli Orsini, «el primero que ha usado simonía».
Hombres y mujeres se pelean por el dinero. Los monstruos
baten: las amplias y envarilladas alas, se mueven por el cam­
po, torturadores. Pero, ¿por dónde se mueven? Pues por un
prado verde y florido. Esto es lo que cuenta Orcagna: es pri­
mavera en el infierno. Ha nacido en el suelo infernal una
hierba verde, fina como cabello femenino, y entre la hierba
avena loca, y junto a la avena florecieron margaritas, manza­
nilla, menudas flores rojas y campanillas azules. Avaros y de­
monios pisotean aquel dulce jardín. Imagino que si uno cual­
quiera de aquellos lívidos condenados abandonase su locura
pecadora, el apetito insaciable del dinero, y el demonio su
ofício de perseguidor, para gozar, siquiera fuese por un breve
minuto, la gentileza de aquel campo de abril, el pecador vería
la remisión de sus pecados, y acaso el demonio volviese, án­
gel de espléndida sonrisa, a volar en el aire que sostiene en
sus enormes manos el Creador de todo...
¡La peste de 1348! ¿No cuenta Luigi da Porta da fra Gio-
vanni, sospechoso de peste, detenido en su mensajería a Ro­
meo, y a consecuencia de ello, fatal desencadenador de la tra­
gedia? Andrea Orcagna, como dice Baldini, vive todavía del
asombro del superviviente, hecho de terror, inquieto insomnio
y febril esperanza. Acaso ese prado verde del Inferno de la
Santa Croce sea hijo de las horas nocturnas del maestro, la
ventana abierta por las calores agosteñas, contemplando desde
la cama la inmensa luna rojiza, sorprendido de no tener entre
los dedos de las manos las avisadoras pústulas negruzcas, de
no tener ni fiebre ni sed, de estar vivo y sano. Ese campo
verde del infierno lo imaginó el maestro Orcagna para curarse
del miedo a la peste, y acariciarse con él, paseándolo en feliz
mañana, los sueños de la vida. La voluntad de vivir, en fin.
O peleriño de Mons

Unha estatua en madeira policromada, alto vara e media,


de fins do século XIV. Os eruditos falan, respeito a ela, da
Escola de Hainaut, baséandose no trato do manto: «un xogo
de odas concéntricas, e os prigues gonflés, que suxiren a pe
sadeza do tecido ó mesmo tempo que soliñan a presencia con­
certa do corpo». O cal trato dos panos é o mesmo que na
Virxe do portal norde da colexiata de Hal, asegún os erudi-

* De la serie «La Europa Gótica. Notas de visita a una exposición» IV,


Faro de Vigo, 17 de mayo de 1968. A diferencia del resto de los contenidos
en la serie, y sin razón, en apariencia, que lo justifique, este artículo se halla
escrito en lengua gallega. A continuación ofrecemos su traducción al castella­
no: «Una estatua de madera policromada, de alto vara y media, de finales
del siglo xiv. Los eruditos hablan, respecto a ella, de la Escuela de Hainaut,
basándose en la hechura del manto: “un juego de ondas concéntricas, y los
pliegues gonflés, que sugieren la pesadez del tejido al mismo tiempo que lo
ciñen a la estructura del cuerpo”. Este mismo tratamiento de las telas es igual
que el de la Virgen en el portal norte de la colegiata de Hal, según los eru­
ditos. El peregrino es Jacobo. Tiene en la mano derecha el zurrón y el bordón.
En el zurrón, una concha. El peregrino, nuestro Señor Santiago, tiene un
dulce rostro, y parece cansado. “Sus rasgos”, dice J. de Borghgrave d’Alter-
na, “reflejan una tensión interior, una gravedad que acentúa la sombra del
manto doblado alrededor de la frente”. Yo os digo que nunca vi a un hombre
tan cansado. Y me animaba a verlo así quizás la madera de la estatua que
estaba, por uno y otro lado, roída, abierta, deshecha... El Apóstol, pese a
su inmenso cansancio, seguía caminando. La estatua es la imagen de un pe­
regrino andando. Quizá tiene miedo de que lo coja la noche en el camino, y
apura todo lo que puede para llegar a Sainte-Waudru, en Mons. O comenzó
a llover, que bien pudiera ser el otoño, y las hojas doradas de los abedules,
pequeñas monedas doradas, van llevadas por el viento...
»Cuando ya me marchaba de la exposición, en la última visita, me volví
para decirle adiós al santo peregrino. Con toda seguridad era el único de la
nación compostelana, por así decirlo, que estaba allí, y el único al que podía
hablarle en su lengua gallega —“volvamos ó retruque do vilancico, galego
e galileo se va”— cosas del santo camino, de la ciudad de su tumba en la
verde y lejana Galicia... Y me miraba, y me pareció que me pedía amistad,
una silenciosa caricia en la suave mañana primaveral de París... Don Gaiferos
de Mormaltán no tendría otra suave mueca en el rostro, ni iría más cansado.
Ni tampoco provocaría semejante impresión de esperanza, de humana impa­
ciencia de esperanza». (Trad. de C. A. Molina)
tos. O peleriño é Xacobe. Ten na man dereita o zurrón io
bordón. No zurrón, unha vieira. O peleriño, noso señor San­
tiago, ten un rostro doce, e parez ben canso. «Os seus ras­
gos, di J. de Borghgrave d 'Alterna, refrexan unha tensión in­
terior, unha gravedade que acentúa a sombra de manto do
brador sobre da fronte». Eu digovos que nunca vin un home
tan canso. E axudábame a velo así, quizaves que a madeira
de estatua está aquí i acolá roída, furada, desfrebada... O
Apóstol, pesia imensa canseira, segue camiñando. A estatua
é a imaxe dun peleriño andando. Quizaves ten medo de que
o colla a noite no camiño, i apura o que pode pra chegar a
Sainte-Waudru, en Mons. Ou comenzou a chover, que ben
pode ser outono, i as follas douradas das abidueiras, peque­
nas moedas de ouro, van de man de vento...
Cando xa me iba da esposición, na derradeira visita, vol
vinme pra decirlle adeus ó santo peleriño. Quizaves era eu
o único de nación compostelán, por así decir, que estaba alí,
i o único que podia decirle, na sua fala galega —¡volvamos
ó retruque do vilancico, galego e galileo se va!—, cousas do
santo camiño, da cidade da sua tumba na verde e lonxana
Galicia... E fitaba para min, e pareceume que pedía ternura,
un calado alumiño na doce mañán primaveral de París...Don
Gaiferos de Mormaltán non teria outra doce gravedade no
rostro, nin iria mais canso. Nin daría, tamén sí, tanta impre­
sión de espranza, de humán impaciencia de espranza.
«As letras do teu nome
non se non poden lér»

Así le decía yo, hace muchos2dem


,F,años, a la dama desconocida
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ayo1968.rV
enterrada en San Juan de Badón:

«As letras do teu nome non se non poden lér,


e pols que xa non poido chamarte aunque quixer,
déixame nos teus olios teus soñares saber»...

Y me atrevía a pasar por sus fríos ojos de piedra las tibias


yemas de mis dedos. La misma caricia podría haberle hecho
a esta estatua yacente de una princesa anónima, que junta sus
finas manos enguantadas sobre el pecho, y apoya sus pies en
dos pequeños dragones de puntiaguda cola. Es la estatua obra
de comienzos del xiv, en calcáreo carbonífero pulido como
mármol, la famosa pierre de Tournai que pedía para su sepul­
cro el cronista Froissart. Esculpida en un relieve poco acen­
tuado, la estatua es de una admirable simplicidad. Procede de
la abadía cisterciense de Maubuisson, empres de Ponthoise,
el Pontoise de la cuarteta célebre de Villon, y ahora está en
Saint-Denis. ¿Quién es esta branca e delgada señor? Durante
mucho tiempo se creyó que era nada menos que Blanca de
Castilla, «la reina Blanca como un lirio, que cantaba con voz
de sirena». Pero los eruditos Vitry y Barón demostraron que
no. ¿Acaso pudieron comprobar, acercando su oído al cora­
zón de la desconocida, que éste no tenía morriña de los cho­
pos del Arlanza, de los jilgueros de Medina, de la ancha y
solitaria tierra cereal de Arévalo, vestida de verde en abril?
Se supuso entonces que bien podía ser Catherine de Courte
nay, emperatriz latina de Constantinopla. Primero la quisieron
casar, por recados políticos que mandaba el papa de Roma,
con Miguel Paleólogo, que estaba en Lyon por mor de la
unión de la Iglesia, quien le mandaba a la novia, por correos
con mitra, plantas raras, hierbas de olor, cintas de seda y sus
propios zapatos de oro. Pero esta boda no se hizo. Como no
se hizo tampoco la bçda con Jaime I de Aragón, quien no le
escribía porque no sabía escribir, y además ya estaba a caba­
llo, camino de Valencia, apeándose sólo para dormir la siesta
bajo los almendros. Catherine era rubia y tenía los ojos oscu­
ros. Por fin la casaron con su primo, el conde de Valois, que
ambicioso como todo Capeto quería ser emperador de Bizan-
cio y reinar en Sicilia. Este infante tenía las piernas torcidas,
tartamudeaba y daba mal olor por las orejas... Pero los erudi­
tos, incansables, averiguaron que no podía tratarse de la
blonde reygne des grecs, y sugirieron otro nombre: Mahaut
d ’Artois, hija de Francia, sobrina de San Luis, quien llevó el
Artois a la casa ducal de Borgoña. Se casó porque era dueña
de los olmos, los prados y los linares de la atrebatensis térra,
donde fueron los atrebates célticos, que vienen en César. Era
pequeña y gorda. ¡Mucho la embelleció el escultor si la esta­
tua yacente la retrata!
Sea quien sea, en fin, ¿qué sueña? Cuando murió, ¿amor,
que es un león, le comía el corazón? ¿Era tan moza como
parece, tan gentil de talle, tan breve de pechos, tan serena de
rostro? Por el amplio ventanal entra un rayo de sol que se
posa sobre los pequeños dragones que dormitan bajo los pun­
tiagudos zapatos de la princesa desconocida. Uno se enamora
un poco de ella, como Xofre Rudel de la lejana princesa de
Antioquía. ¡Oh, si yo pudiese haberle dado la mano para lle­
varla a pasear por los jardines del Louvre, entre los mirlos!
Pero, verdaderamente, es de piedra. ¡Señora del alma mía,
adiós, adiós!
El arcángel Gabriel, la «piedra del sitio»
y el catavientos del normando

Se termina la visita. Paso de24dem


x»,F,una sala a otra tomando no­
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tas, dándole la última mirada a una estatua, a un códice, a la
espada del Príncipe Negro, el caballo de un juego de ajedrez
danés de alrededor del 1200: un obispo, embrazando escudo,
monta el caballo, con la mano izquierda tiene la brida, y la
derecha la mete en la boca de un dragón; en colmillo de mor­
sa... El hanap de los benedictinos de Seedorf, en Uri, Suiza:
una doble copa, que no se sabe muy bien para qué servía,
aunque desde luego servía para beber vino. Y el coffret
d ’amour de Cataluña, cobre dorado y estampado sobre alma
de madera: bajo arcadas trilobadas, tres escenas que se repi­
ten: una dama corona un caballo, le coloca el yelmo y tiende
el arco para dispararle una flecha. Y una inscripción en cata­
lán, repetida: «Amor, mercé si us plau», «Amor, gracias, si
os place». Y el incensario de Ramsey, el único que en Ingla­
terra haya sido preservado de las destrucciones de la Reforma,
y que fue encontrado en 1950, al desecar un estanque en el
Cambridgeshire: pese a los siglos asolagado, ¿olía todavía a
incienso? Y Sancho IV de Castilla, a caballo en su sello de
plomo. «Sancii illustris regis Castelle te Toleti». Y el yelmo
de Sir Richard Pembridge. Y las monedas: el pavillon d ’or
del Príncipe Negro; el «leopardo de oro», de Eduardo III; el
florín milanés de Barnabo Visconti, y la gran dobla del rey
Pedro el Cruel, que más era pieza para regalo que moneda en
circulación: una moneda perfecta... Costaba trabajo salir: otra
vez Orcagna, Enrique VII emperador por Tino da Camaino,
el Santiago de Saint-Jacques-l’Hópital de París, la miseri­
cordia con la ascensión de Alejandro, de un coro inglés... Y
los vitrales, que lo vestían todo de arco-iris... Pero había lle­
gado la hora de la despedida. Es verdad la manida frase: «La
Edad Media, enorme y delicada». Allí quedaba, en el pavi-
llon de Flore, el rostro de uno de los más bellos momentos del
mundo.

El arcángel Gabriel
Mide un metro noventa y cinco. Procede probablemente
de la puerta central del transepto sur de la catedral de León,
de la «pulcha leonina». Gómez Moreno y Deknatel, dice el
catálogo, han puesto en relación el decorado del transepto sur
de León con la fachada occidental de la catedral de Amiens.
El arcángel es muy hermoso. Va para su gran mensajería con
las alas desplegadas, pero todo hace imaginar un vuelo lento.
Aunque pudiese volar a la velocidad de la luz, como las do­
minaciones, viaja sin prisa hacia la temida Virgen que habita
en Nazaret. La larga ala de fina curvatura, que surge tras su
cabeza, sorprende. Imagínense que es mayo en el Paraíso, y
Gabriel ha paseado aquellas alamedas. Y de pronto le ha en­
trado gusto por vestir la pluma de sus alas con las bellas y
puntiagudas hojas de un árbol de allá. Y así desciende a la
tierra, como vestido de «malo» pontevedrés... Va a cumplir
la más alta misión que le haya sido encomendada nunca a na­
die, ser angélico o humano mortal. Mira hacia adelante sin
ver, sereno. Acaso ya está a punto de tomar tierra, y de su
boca van a salir las hermosas palabras: Ave María, llena eres
de gracia...

Sansón
Procede de la famosa abadía de María Laach, en Renania.
Una cabeza joven, con magnífica y bien peinada cabellera, y
en la nuca, racimos de uvas. Con las manos, abre la boca del
león, al que cabalgaba, quizá. Mide unos cincuenta centíme­
tros el fragmento que se expone, pero, ¡qué fuerza, qué indo­
mable juventud, qué contenida violencia! Y en la batalla con­
tra la fiera, sonríe. Todo ha sido como un juego. No ha nece­
sitado esforzarse. Incluso parece estar pensando en otra cosa.
Se lo digo a Michel de la Claparéde, que me acompaña. Se
sonríe, y me dice:
—En una mujer de Gaza...
Es más que probable. Unas muchachas de un colegio
suizo se detienen largo rato junto al «Sansón». Les gusta. Es
como un galán de cine que hubiese llegado desde el Antiguo
Testamento.
La «piedra del sitio»
Este relieve —sesenta por ochenta—, ilustra verosímil­
mente, me explican, un episodio del sitio de Tolosa por Si­
món de Montfort, en 1218. En el centro de la composición,
una empalizada separa asaltantes y asediados. A la izquierda,
los «cruzados» —¡menuda palabra, y qué uso se le ha dado! — ,
se apretujan en los tres pisos de la «gata», es decir, de la
torre de guerra bajo la protección de la cual van al asalto.
Aquí y allá cruzados y herejes combaten. Se ve, a la derecha,
el gran puente sobre el Garona, con sus dos finas torres. Más
abajo, un grupo de asediados maneja una catapulta, cargán­
dola con una piedra redonda. Naturalmente, esta piedra no es
la que va a matar a Simón de Montforf, porque la manejan
hombre, y no las damas de la ciudad. Que así fue la cosa:
salieron las ilustres damas albigenses con los dientes y las me­
jillas pintadas de negro, cargaron la catapulta con el búlete,
soltaron, y la piedra alcanzó a Simón. En confianza, uno está
con los albigenses, y no por mor de la libertad de religión,
lo que haría extemporáneo, sino por una cierta e inveterada
tendencia a la disidencia, y porque me molesta que la Chan-
son de la croisade des Albigeois, les llama «mártires» a aque­
llos violentos destripadores, y a Simón, que relinchaba con
su caballo. Dos siglos después de su muerte, se decía, se oían
«hervir» sus huesos en su tumba de San Nazario, en Carcaso-
na... En la «piedra del sitio», arriba, a la derecha, tres albi­
genses trocean con sus espadas un cruzado, cuya alma viene
a buscar un ángel. Es el verso 6.650 de la Chanson.

El catavientos del normando


Es noruega, del siglo XIII. Cobre martelado, calado, gra­
bado y dorado a la llama. Del X al XIII, y quien haya leído
de barcos de los hombres del Norte lo sabe, los navios de
estos reyes del mar llevaban un catavientos a proa, en la punta
del mástil. A partir del XI, quedó para los navios de guerra
y las naves reales. Un león o un dragón adornaban la punta,
y bandas de tela o de metal colgaban de la base. Las placas
estaban caladas y adornadas según las técnicas indicadas por
el monje Teófilo. Esta que ven se conserva en la iglesia de
Höyjord, en Noruega. Procede, según la tradición, de una
nave real danesa que llevó a Noruega, a bodas, un príncipe
dánico. Y aquí viene mi súbita turbación. Se lo digo a Harald
Traetteberg, hijo del famoso historiador de la Edad Media no­
ruega.
—¿No sería de la nave que llevaba a Hamlet, que creía
que iba a bodas e iba al degüello?
Porque en la versión preshakesperiana Hamlet no va a
Londres, sino a Noruega.
Y los dos nos quedamos mirando el catavientos de la nave
normanda, de la nave en la que ya creíamos que viajaba Ham­
let. Al despertarse, en las frías albas brumosas del Mar del
Norte, acaso la primera mirada del príncipe de Elsinor era
para el catavientos de proa, en el que se enreda un dorado,
un horrible dragón. Uno de esos dragones que le sobresalta­
ban en sus sueños.
Un viaje a Suecia
Santiago de los Hanseáticos

Entre el aeropuerto y la capital


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arodeV del reino de los suecos,
de los godos y de los vándalos —y ahora resulta que vándalo
parece querer decir algo así como mercader—, la distancia es
de unos cuarenta y cinco kilómetros. Una autopista va por
entre tierra labradía y pratense, y aquí y allá bosquecillos de
abedules. Poco antes de llegar a la carretera que conduce a
Upsala, un letrero indica, a la derecha, que allí está Jaconbs-
berg. No hay tal montaña, ni aquella leve ondulación es coli­
na, y lo que fue posada de los peregrinos jacobeos es hoy una
granja perdida entre verdes trigales y trebolares floridos. No
hay una sola zarza. Vuelan palomas y también esas mariposas
que allá en Escania anuncian el verano, y los suecos llaman
a esta volvoreta «el almirante blanco». En tiempos antiguos,
cuando aparecía la primera en los campos, se le mandaba un
correo al rey con la noticia. Me aseguran que en Dalecardia
queda gente cuyo apellido significa «el avisador de la maripo­
sa»... Bueno, con esto de la Jacobsberg ya le picó al que es­
cribe la curiosidad: ¿qué memorias quedan entre estas gentes
del norte de las peregrinaciones a Compostela? Pues muy
poca cosa, la St. Jacobs Kyrka, la iglesia de Santiago en Es­
tocolmo, y unas vieiras en sombreros y esclavinas de peregri­
nos daneses, en el Museo Nacional de Copenhague. (Excepto
el Museo donado a la nación por Carlberg, el cervecero
—mármoles griegos, helenísticos y romanos, mosaico latino con
el rapto de Europa, pinturas etruscas, momias egipcias... — ,
todos los otros museos daneses son increíbles acumulaciones,
tiendas de anticuario de Rastro en las que lo mejor está al
lado de lo ínfimo. De los tres o cuatro museos de Copenha­
gue, nuestro Filgueira Valverde, por ejemplo, hubiese hecho
doce, bellísimos y sorprendentes, y le hubiese puesto olas a
las naves viquingas, viento a las bocinas de los señores del
mar, y una leve brisa de junio a un laúd que duerme sobre
una silla en un salón de Kronborg: un laúd italiano del xv,
que quizás despierte si alguien dice a su oído una canción de
Florencia, por la que pasó el Amo como un gentilhombre.)
Desde que llegamos a Estocolmo —treinta grados de tem­
peratura, tres horas de noche, sol, gaviotas y sirenas de vapo­
res—, no dejé en paz al doctor Obiols y a Néstor Luján, mis
compañeros de viaje, que yo quería visitar la iglesia de San­
tiago de los Hanseáticos, y saludar al Apóstol que en la puerta
lateral del lado de la Epístola, con su vieira en el sombrero,
su bordón con calabaza y su zurrón, sonríe a los que pasan.
Y no pudimos fotografiarlo —yo tocando con mi cabeza sus
pies—, porque de la noche a la mañana aquella fachada se
cubrió con andamios. La iglesia, con un hospital anejo, fue
fundada en el siglo XIII. En 1311 es mecionada en un testa­
mento. Nada queda de la iglesia primitiva. Ni de la que fue
construida en el siglo XV, y que se derrumbó cien años des­
pués. La actual fue construida bajo el reinado de Juan III y
consagrada en 1643, en presencia de la reina Cristina. La torre
fue destruida por un rayo, y la actual construida en 1723. La
parroquia de Santiago era la mayor de Estocolmo, y a ella
pertenecían las gentes de la Hansa. Al entrar en la iglesia,
viendo el retablo barroco con la Virgen y Pedro y Pablo, uno
cree hallarse en una iglesia católica. Nos sentamos a escuchar
el Cappella Choir del Leonoir Rhyne College de Hickory
North Caroline, que daba un concierto. Cincuenta entre chicos
y chicas, con grandes ropones rojos. Espirituales, «O mag-
num mysterium» de Victoria, «Jesús, meek and gentle», de
Rinck-Hokanson, y el «Día lleno de gracia», de W eyse... Lo
más cercano a las voces, en los cuatro versos finales será un
hilo de plata golpeando un finísimo cristal. Una voz infantil
repetía:
«And there we shall
walk in endlees light».
Y esta luz la había en la voz angélica.
Salimos de la iglesia buscando dónde beber una cerveza.
Es imposible el hallarla fría, por mucho en que uno insista
en pedirla very, very coid. Atravesamos el Parque del Rey
camino del bar de la Opera. En el parque, alrededor de un
quiosco donde venden refrescos, están tumbados los ciento
cincuenta hippies que hay en la ciudad. Son siempre los mis­
mos: una jorobadita, una casi niña, encinta, otra con un niño,
un barbudo pálido que toca incansable una quena, otros bar­
budos semidesnudos que se pasan una naranjada de la que be­
ben en común, eso sí, higiénicamente, cada uno por su paja...
Todos tumbados en la hierba, horas y horas, o vagando de
aquí para allá. Los mirlos pasan por encima de ellos. Y a su
lado, hacia el restaurante de la Opera —una de las mejores
bodegas de Estocolmo, abundante en burdeos; ya hablaremos
de ello—, unos estudiantes, ellos con traje oscuro, ellas con
traje largo, y todos con la gorra blanca, saludando respetuosa­
mente a sus profesores, haciendo reverencias, ellos y ellas
juntando los tacones en el saludo. Sonaron ocho campanadas
en la torre de la iglesia de Jacobo, y yo levanté mi copa en
memoria de la sed de los peregrinos de antaño por los inaca­
bables caminos que finan en Compostela.
La gallina blanca de las nieves

Estábamos sentados en el Opera


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io1970.arV
n
eju DF, Callaren —decoración de
24d
los días del modernismo, y en los frescos flores de largas ho­
jas, y mujeres de finísimos cuellos redondos—, estudiando la
carta. Era la primera gran cena que nos disponíamos a damos
en Estocolmo. Y los tres —Juan Obiols, Néstor Luján y ser­
vidor—, nos inclinamos decididamente, en lo que tocaba a
carne, por paule blanche des neiges con salsa de hígado. A
nuestro lado, con mucha alarma de brindis con un buen bor-
goña, unos godos comían reno. Nosotros habíamos elegido
para la gallina de las nieves un perfecto Corton, que es un
gran príncipe perfumado pero sobrio, y grave como una ex­
presión de canonista de la ley romana. ¡Qué decepción para
Néstor Luján aquella carne negra, cuyo leve sabor dulzón ape­
nas le permitía percibir el exceso de hígado que la acompaña­
ba, tanto en salsa como en tajada, para que reposase en foie
la gallina de las nieves árticas. Probó, simplemente, y se de­
dicó, con esa expresión que se le pone a Néstor en tales tran­
ces, y que es la expresión de las horas de soledad e infortunio
de Mr. Samuel Pickwick, a consolarse con el Corton, tan pa­
ternal vino. Yo comí la mayor parte de mi ración, media ga­
llina pequeña, lamentando el ya aludido exceso de hígado, y
doliéndome, viendo el costillar de reno de la mesa vecina,
bien asado, no haber elegido como plato fuerte una tajada del
galopante señor de las brañas hiperbóreas. Pero al Dr. Obiols
le plugo la gallina, y comió con excelente apetito su ración,
y le añadió la de Luján. Y en la discusión subsiguiente, Luján
en sus trece de que aquella carne oscura y lapónica era inco­
mible, Juan Obiols quería que yo, pues había comido de ella,
dijese que sí, que era excelente. Pero el ilustre catedrático de
psiquiatría de la Universidad Compostelana topaba con un ga­
llego indeciso y a la vez respetuoso, que sospechaba que la
cosa no era tan mala, y que acaso todo consistiese en que el
cocinero de turno, ya godo, ya vándalo, ya sueco, tenía la fu­
nesta convicción de que sabía cocinar. Había que esperar a
una nueva prueba, que dada la satisfacción de Obiols por el
plato, yo estaba seguro de que iba a producirse.
Y se produjo en el Aurora, restaurante albergado en las
cuevas de una casa del siglo XVIII, levantada donde fue un
antiguo almacén de trigo de la Hansa, trigo de Escania y de
Dalecarlia, en su día los más celebrados trigos del mundo,
pariguales de los trigos de Arévalo, de Tilsit, de Sicilia... Yo,
contemplando el cercano muelle en un canal bordeado de ali­
sos, me acordé de los veleros de Ribadeo que aquí amarraban
en el pasado siglo, a llenar sus bodegas de trigo, de cáñamo,
de lino, el Joven Pepito o la Flora-Paquita, que aun había
alcanzado a ver la señora madre de nuestro querido Dionisio
Gamallo Fierros. Sólo que en el Aurora la gallina de las nie­
ves se presentaba sumergida en una salsa blanca en la que
privaba el comino y el perejil de allí, que es agradable­
mente amargo. No recuerdo qué vino francés cayó aquella ma­
ñana. Pero ahora, la gallina daba todo su sabor, que era más
bien escaso. Y el Dr. Obiols la rechazó, y con razón. Y nos
regocijamos con un gigote de cordero curado, delicadamente
ahumado: un jamón, por decirlo así, insospechado, la carne
del color del salmón.
Y porque quizá no vuelva a tocar el tema de la cocina
sueca, he de decir que en Estocolmo, en Riche, en el Opera
Callaren, en el Foresta, en el Aurora, hay grandes bodegas,
donde el amador de vinos encuentra caldos de Burdeos de los
mejores châteaux y los grandes años, y borgoñas estupendos.
Nobilísimos vinos que aquellas gentes, en las largas noches
invernales, deben utilizar como sustitutivos del sol que se ha
ido a sus jomadas australes. Bueno, una vez aceptado que el
alto precio no enturbia el gusto de beber una gran botella,
que entonces lo mejor es beber agua. Beber una gran botella
participa del amor camal y del platónico, a la vez.
El sueco es adusto. En las guías nos advierten de que el
personal del restaurante Aurora se distingue por su cordiali­
dad. Cuando salimos de la cueva, vemos que con sus blancas
plumas, cuelgan del techo por las patas, en un rincón, unas
gallinas de las nieves... Para otra vez.
La Biblia Dalecárlica

A la catedral de Amiens, con30dejunio197.arV


SF, sus pórticos con esculturas
vé»,cU
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gD
de patriarcas y profetas, evangelistas y apóstoles, con sus es­
cenas bíblicas, del Antiguo y Nuevo Testamento, John Ruskin
la llamó, en un libro muy hermoso, la Biblia de Amiens. Y
fue acertada la denominación, que en la piedra de Amiens
—que conoció obras de restauración en la que pusieron cincel
canteros pontevedreses—, está, en cien lecciones, toda la Bi­
blia, desde Adán y Eva hasta la Ascensión del Señor, pasando
por Ruth recogiendo espigas. Y ahora en Suecia —sin citar
a Ruskin—, a las pinturas que decoran las iglesias de Dalecar-
lia, obra de pintores locales, algunos campesinos o leñadores,
otros maestros o marineros, y otros soldados, de los que ba­
jaron a Germania con Gustavo Adolfo, con contrato de tres
comidas al día, excluidos los arenques, las llaman la Biblia
Dalecárlica. Los estudiosos de estas pinturas afirman que se
asignaba a cada pintor una escena de la vida de Jesús, y que
los artistas quedaban en libertad para interpretarla y para la
decoración: «unido a una imaginación innata muy dada a los
símbolos, un arte apreciado se desarrolló rápidamente», co­
menta Svante Svárdstrõm. Las iglesias más abundantes en
pinturas están en las proximidades del lago Siljan —que es
como la laguna de Cospeito, en Lugo, con abedules mirán­
dose en el quieto espejo—, en las villas de Leksand, Mora,
Bjursas, Falún... Amarillean los trigales y las centeeiras, aquí
y allá ofrece sus mejillas rojas la amapola, y solitario en las
colinas se yergue un tejo plurisecular: el día se ha avecinado
en esta tierra por dos meses largos, y se celebra el Midsom-
mar, la noche solsticial —este año, el 19 de junio. Los pinto­
res dalecárlicos, cuando no estaban ocupados en sus trabajos
artísticos, salían al campo a arar o segar. Figuraban entonces
entre los labriegos más pobres del mundo —siglo XVIII—, y
la cosa empeoró en los primeros lustros del xix, con casi me­
dio millón de emigrantes solamente a Estados Unidos de
América del Norte. Pero hoy, con los daneses, son los labrie­
gos más ricos. Sus campos son jardines. No se ven labriegos
ni vacas, vuelan cuervos y en la [...]* se escucha la abubilla.
Volviendo a las pinturas de los dalecarlios —se conocen
los nombres de unos cuarenta artistas—, he de decir que pin­
taron a Jesús, a San José y a los apóstoles, con los trajes de
las gentes acomodadas de las villas. La imaginación de estos
pintores se aprecia, sobre todo, en las decoraciones florales.
Yo me he emocionado contemplando una Adoración de los
Magos —no hay fuscus, como en el Pseudo Beda, no hay rey
negro—, y los señores de Oriente visten largas levitas negras,
y se arrodillan después de arrendar sus caballos en las ramas
de un pino. No ofrecen oro, incienso y mirra, sino flores. So­
bre San José, vestido, dice Svárdstrõm, de boticario, con la
falda delantal de reglamento, se abre una hermosa planta,
verde y rosa. Pueden ver la escena, y sonreír. Como contem­
plando la Huida a Egipto. O la escena de Jesús durmiendo en
la barca —aquí un tres palos hanseático—, cuando una gran
tempestad se levantó y los discípulos despertaron al Señor,
pidiéndole que los salvase de las olas. La pintura es de 1838.
El texto dice: «Jesús impuso silencio a los vientos y a la mar,
y sobrevino una gran calma»...**
Alrededor del lago Siljan hay otros, pequeñas lamas como
las de la Terracha lucense. Y la misma melancolía.

* Falta una línea, en el original. (N. del E.)


** El artículo, en Faro de Vigo, aparece ilustrado con las pinturas descri­
tas. (N. del E.)
Los suecos con su verano

Anochece estos días alrededor SF de las once, y a las dos de


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arodeV
la madrugada ya el sol aparece con todos sus rayos. (Una le­
yenda islandesa quiere que Hilliak, el hada de las nieves, se
haya enamorado del sol. Un día, fatigada de las enormes no­
ches invernales del Norte, decidió ir a buscarlo al sur. Encon­
tró una isla en la que había un gran castillo rojo, y creyó ser
la casa del sol. Entró en la fortaleza, y comenzó a derretirse.
Sus marineros le preguntaron: «¿Está el sol dentro?». Y Hi­
lliak, muriendo, convertida en un charco, todavía tuvo fuerzas
para responder: «Si está dentro el sol o no, no lo sé, pero es
seguro que están sus rayos».) No se hace noche del todo, que
queda envolviendo el mundo una luz azulada, como de luna
llena en enero. Los suecos aprovechan estos días solsticiales
para tumbarse en la hierba de los parques, hacer excursiones
en barco, ir a las playas y beber refrescos. En Estocolmo es
la saison —ahora ya no se lleva, me parece, esta terminolo­
gía—, y llegan a la capital gentes de todas las provincias para
asistir a la ópera o al ballet, o al gran ciclo teatral, que este
año se iniciaba con Coriolano, de Shakespeare. En rebaños
familiares, van los suecos provincianos a todas partes. Hay
mucha más vida familiar que la que hace suponer la literatura
sobre Suecia..., y las suecas. Familias y familias cenando en
los restaurantes, en las fachadas de los cuales, resto quizá de
un culto al fuego, al lume novo, un dios vivificante, que viaja
tirado su carro por espléndidos caballos, arden largas antor­
chas que dan a la noche un espeso humo negro. El sueco, de
grueso cuello, hace muchas reverencias, brinda incontenible
tan pronto tiene una copa en la mano, y come a grandes bo­
cados. Al levantarse, saluda, se tambalea, pero abandona la
sala con paso federiquiano. Ya dijimos que los hippies o lo
que sea, esos sucios, melenudos, con grandes collares, cara
de hambre, son un centenar en Estocolmo, y ocupan un trozo
del Parque del Rey indiferentes a todo, somnolientos, ahitos
de refrescos. Alguno es hijo de papá, y cuando se levanta, se
dirige a un Mercedes o a un Volvo, y se va tan campante,
con una prójima desgreñada a la diestra. Tristes. La verdad
es que esta gente es gente muy triste. Pero, para compensar,
en cada calle —calles anchas, junto a canales y parques, con
escasa circulación, sin guardias—, nos encontramos con pare­
jas de enamorados, que se besan y se acarician, y van alegres,
casi corriendo, con libros bajo el brazo. Y toda esta alegría
camal no tiene nada que ver, naturalmente, con la pornogra­
fía, con las sex-shops, con la monótona y aburrida literatura
erótica, aburrida hasta la náusea, siempre las mismas escenas,
las mismas fotos. Que por cierto, desde ayer mismo, en Sue­
cia no se pueden exponer en los escaparates ni en las estante­
rías, y ha de mantenerlas la vendedora debajo del mostrador
de la tienda. Los compradores son alemanes, americanos, ita­
lianos, todos los viajeros de los países comunistas del Este,
holandeses... No, todo esto no tiene nada que ver con esa
chiquilla de cabello dorado, vestida de azul, con pechos más
vivaces que los de Isolda o los de la amada del Cantar —que
ya se sabe eran palomas o cabritos mellizos—, que lleva una
carpeta bajo el brazo izquierdo y da la mano derecha a un
barbudillo escuálido, y de vez en cuando la pareja, que va
corriendo junto a un canal, se detiene, y es ella quien ofrece
los labios al larguirucho, y siguen corriendo...
Otra vez al aeropuerto. En unos días ha amarilleado el
centeno. Siegan ya el heno. Ni policía, ni control de pasapor­
te, ni aduanas. Volando hacia Dinamarca pasamos sobre Es-
cania. Vemos Upsala desde el aire. Y el campo solitario, con
la mancha azulada de los lagos, y enormes carballeiras y pe­
queñas aldeas. Donde el sueco estará preparando las velas ri­
zadas para adornar la cabeza de la reinecilla del Midsommar,
de la Noche del medio del Verano. La misma noche en que
Shakespeare hace volar a Puck en busca de la flor occidental,
que hace nacer amor a la primera mirada.
Paseos por Ginebra y otros viajes
El viaje a Ginebra

Yo no conocía la ciudad de D vé»F


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ig,24sp Ginebra, y a lo largo de los
arodeV
años me había ido haciendo de ella una imagen que podría­
mos llamar «calvinista»: ciudad triste, el cielo siempre gris
debido a la persistencia plurisecular del humo de la hoguera
que quemó a Miguel Servet —un tipo antipático, por otra par­
te, y tan terco como Cal vino—, y al atardecer un guardia con
la enorme llave, dirigiéndose a la puerta de la ciudad para
cerrarla, a hora de entre lusco e fusco, para que el niño Juan
Jacobo no pudiese entrar, tras una excursión por los campos
vecinos. Y me encontré con una de las ciudades más hermo­
sas que conozco, viviendo unos deliciosos días, allá ya otoña­
les los árboles de todos los parques, que son muchos, y de
las riberas del lago Leman regalando una infinita variedad
de ocres y de oros: más de la mitad de los colores, graves y
autumnales, de las pinturas de José María Sert en la antigua
Sociedad de Naciones, están ahora mismo en las ramas de las
acacias, los alisos, los abedules, los álamos, los castaños y
los robles de Ginebra. (Y hablando de castaños: me levanté
temprano y fui a visitar el Ayuntamiento, con su Torre Bau-
det, y en una de las salas, la misma en la que se guardan los
bastones, plateados, insignias del poder de los síndicos, y la
Biblia sobre la que posan la mano diestra los nuevos ciudada­
nos que juran fidelidad a la República, está una pequeña
mesa, ante la que todos los años, y tan pronto llega la noticia
dada por la policía municipal o por cualquier atento ciudada­
no, se sienta uno de los secretarios del Estado, quien anota,
en el libro abierto hace varios siglos, que ha aparecido en uno
de los castaños plantados frente a la Torre Baudet la primera
hojilla verde, anuncio de la primavera. Aunque uno sea el ser
menos calvinista del mundo, e incluso helvético, quisiera
ser ese secretario del Estado, en ese día, levantando acta de
que ya nació la hoja verde.) En fin, es el otoño en las ramas
de los árboles, riqueza de sienas, tostados, dorados, oros vi­
vos, de la que ya en pocas partes de Galicia, por eso de la
repoblación con triste pino, podemos disfrutar...
La catedral de San Pedro es ahora la cátedra de la Protes­
ta, y los católicos tienen una catedral nueva, sin gracia, del
gótico jesuita de 1900. En ella, en la nave del Evangelio, hay
un confesionario para españoles —en Ginebra casi un setenta
por ciento gallegos—, y en él l’abbé Chappuis escucha a
nuestros compatriotas sus pecados. Me gustaría que fuese un
clérigo medio campesino, tirando a gordo, fácil a la sonrisa,
y que no despreciase un vaso blanco del Valais... Y que
aprendiese un poco de gallego. Yo voy a enviarle una gramá­
tica y un diccionario, y unas notas que quizá le sean de alguna
utilidad. Escuchas hablar gallego en una parada de autobús,
a dos mujeres que comentan ante el escaparate de una tienda, a
unos muchachos que beben cerveza en una barra. En mi piso,
en el hotel Cornavin, dos de las camareras eran gallegas, y
habiéndose enterado de que yo lo era también, vinieron a sa­
ludarme muy corteses, y pese a los nueve años que llevaban
en Suiza, extrañando. Con José María Iglesias, de Ribadavia,
y Raúl González, de Celanova —amigos que habían tomado
a su cargo el que yo hablase en el Centro Español, y además
tenía sábado y domingo pasados fiesta, con orquesta de Pon­
tevedra, y ésta no llegaba, detenida en Irún por trámites adua­
neros, y andaban preocupados hasta que por fin aparecieron
los pontevedreses y la gente pudo bailar—, fui a almorzar a
un restaurante cercano a Coppet, famoso por el techo con bo­
tellas de su sala, y la fina y diligente camarera que nos sirvió
tinto de la Abadía del Monte, era una dulce betanceira. Pero
de estos gallegos de Ginebra habrá que hablar otro día.
Ir a ver a los reformadores, Farel, Calvino, Beze y Knox,
en su «muro», dar unas vueltas por la ciudad; una lápida re­
cuerda en estrecha calle que allí se encontraba la casa donde
Calvino vivió desde 1541 a 1564; me saluda un aroma como
de santidad pero no es a causa del hereje, sino que allí al
lado hay una frutería: melocotones de Murcia y de Cuneo, y
unas uvas azules, grandes, redondas, y en la caja se lee nada
menos que VAUCLUSE. Es decir, la fuente de Laura, a guisa
d ’un soave e chiaro lune la amada del Petrarca, que tengo la
indicación de que al lado está la librería Payot. En la pared
una inscripción recuerda que en una casa que allí había vivió
Rousseau desde 1718 a 1722, y que su padre, abrazándolo
tiernamente, y Juan Jacobo dice que nunca olvidará aquel mo­
mento, le recomendó: «Hijo, ama siempre a tu país». Los hel­
véticos son, a su modo, patéticos y poéticos. Regreso al hotel
muy cansado. En la mesilla hay una cosa que se parece a un
transistor, y un letrerito dice que echando un franco y tumbán­
dose en la cama, se recibe una especie de suave masaje que
lo deja a uno dormido como un tronco. Me abstengo. Tam­
bién en la mesilla, en una tarjeta a la que está pegada una
chocolatina, se me hace el regalo de unos versos para dormir;
flor de la romántica Suiza musa —Suiza nunca fértil en poe­
tas—, dicen así:

«Repos, bon sommeil et nuit douce


Vous souhaite VHotel Cornavin.
Que votre couche soit de mousse.
Votre coeur frais comme un jardín».

Muchas gracias, monsieur Cornavin, si es que lo hay tal


hotelero suizo. Y me duermo felizmente en el silencio gine-
brino, como si hubiese toque de queda y cierre de puertas,
tal en los días de Juan Jacobo.
César contra helvéticos

El filólogo sueco Jan KahnenarodeV


vé»DF es un apasionado del césar
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Julio, para él el mayor hombre de los siglos. Y suele, en va­
caciones veraniegas, seguir las andanzas del señor latino de
la Ciudad y del Mundo por la Galia, con los Comentarios en
la mano. Estuvo allí donde César se entrevistó con Arivisto,
o en Alesia, donde el gran levantamiento celta tuvo fin, y re­
corrió lo que fue la gran ruta transversal que atravesaba todo
el país de los belgas, y por el valle del Sambre alcanzaba el
M osa... Kahnen estuvo en Beauvais, donde fueron los bello-
vacos, y ayudó a buscar en Namur —donde es hoy el cadre
noir famoso de la caballería francesa—, la ciudadela de los
aduáticos... Y tenía en su maleta unos clavos de hierro, roí­
dos por los siglos, hallados según él en el lugar donde fue
construida la flota romana que derrotó, en las costas armori-
canas, a los pesados navios de los vénetos, y cree saber el
sueco el lugar de la costa desde donde César presenció la ba­
talla y vio cómo las ligeras galeras suyas abordaban las naves
enemigas, de cuyas velas se había ausentado el terrible dios
Tanaris, señor del rayo y de la tempestad, y al que se ofrecían
sacrificios humanos, quemando hombres encerrados en un
maniquí de madera. César dixit.
Y en una dulce mañana ginebrina, antes de que viniesen
a buscarme al hotel para llevarme al lugar en el que yo debía
dar una conferencia, entró en mi habitación preguntándome
si quería ir con él al Ródano, donde sale del lago Leman.
—Allí, el año 58 se reunieron los helvéticos que querían
emigrar al sudoeste de las Galias, a las orillas del Garona.
Kahnen quería hacer unas fotos, y ponerme a mí en el
medio y medio del campus helveticorum, como si fuese Orge-
torix, que allí fue juzgado y muerto. Yo más que seguir la
lectura de los Comentarios atendía a la dulzura del río, a los
hermosos sauces, al puente de arcadas gentiles, al vuelo de
las palomas... Albert Grenier explica que los helvéticos de­
cían que vivían apretados en sus estrechos valles, llenos de
fugitivos, lobos y otros, que huían ante los germanos. «Iban
buscando un lugar más tranquilo, renovar a través de la Galia
la estabilidad de los tiempos antiguos. Todas sus medidas
estaban tomadas: establecido el padrón de los emigrantes, reu­
nido trigo para tres meses, los carros construidos: habían quema­
do sus aldeas y sus granjas, y se habían reunido, en la pri­
mavera del año 58, en la orilla oriental del Ródano, a su salida
del lago Leman.» Y Julio César acudió, y los helvéticos no
pudieron cruzar el río. Amigos como eran de procurarse
augurios, ¿no verían en el volar de las palomas entonces que
el paso les estaba negado por el romano? Los helvéticos tuvie­
ron que emigrar a través del Jura, y cuando los celtas pasaban
el Saona, César atacó. En César se puede leer aquello de f l u­
men est Arar... y lo que sigue: un río hay, el Arar —es decir,
el Saona—, que cuando se une con el Ródano, la confluencia
es tan tranquila, las aguas tan quietas, que no se sabe para
dónde corre el río...
—Por entre esas dos colinas —me aseguraba Kahnen—
debieron de llegar hasta la orilla los helvetas, y los carros,
con las mujeres y los niños y el trigo, en ese llano esperarían
la orden de avanzar y vadear. Y el romano alerta.
Y entonces Kahnen, como niño que juega a caracolear ca­
ballos, se suelta a brincar y hace dos galopes por el prado, y
la mano diestra la pone a modo de visera, vigilando la otra
orilla, por si entre los sauces aparecen, sacras y desnudas, las
vanguardias helvéticas, o como si César saliese a estudiar
el campo. Y deteniéndose bruscamente ante mí, y haciendo el
saludo romano, se echa a reír... Y nos volvemos a Ginebra
por el puente Butin sobre el Ródano. A algunos de los árboles
ribereños les han nacido ya grandes manchas doradas o siena
y las aguas se llevan las primeras hojas secas. El profesor
Kahnen canturrea una canción de su país. Le pregunto por
la letra y me contesta que es una antigua canción sueca que le
pide al invierno que se acerca que se vaya cuando oiga piafar
los caballos del sol.
—Hay que pedir la primavera antes aún de que llegue el
invierno —me dice—. Espero en mi casa, en el campo, a que
la nieve se haya ido del todo, y salgo con mis perros, exalta­
dos ladradores, y me digo los versos del poeta inglés: «Los
perros del verano buscan las huellas del invierno».
Y se le ocurre que como aún tenemos una hora antes de
que yo conferencie, y es necesario tener reserva de calor cor­
poral en el invierno que vendrá, podemos desayunar una bo­
tella de un buen vino de Borgoña. Lo que hacemos, comiendo
de paso, con la compañía de un panecillo de centeno, unos
tacos de queso con cebolleta. Brinda, como sueco, cada vez
que empina, y de pronto comenta, entristecido, acariciando
la copa vacía.
—¡Lástima que César sólo bebiese vino aguado!
Con la sombra del Serveto

Ya dije que en el aire de Ginebra


vé»DF
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arodeV no queda rastro del
humo de la hoguera en la que Calvino quemó a Miguel Ser-
vet, Miguel de Villanueva, el Villanovanus, porque había na­
cido en Villanueva de Sigena, en la hoy provincia de Huesca.
De lo que se acusaban unos a otros todos aquellos teólogos
polemizantes del XVI era de ateísmo. Por un higo se le lla­
maba a uno ateo. Febvre y Bataillon han afirmado que el
nombre latino Villanovanus le jugó a Servet muchas malas
pasadas, porque, para empezar, por eso de Villanueva lo con­
funden con Simón de Neufville, de la Nueva Villa, quien en­
señó en Padua; y Guillermo Postel le atribuye, atacándole, el
Tratado de los tres impostores, que podría ser de Neufville,
pero que en todo caso no era del judío español de Villanueva
de Sigena: «Esto es lo que afirman el impío tratado de los
Tres Profetas del Villanovano, el Cymbalum M undi, el Pan-
tagruel y las Nuevas Islas»... No iba en mala compañía Ser­
vet: Rabelais y Santo Tomás Moro, si es que las Nuevas Islas
son la Utopía del inglés, Libellus vere aureus de optimo repu-
blicae statu, de que nova insula Utopia. Aunque quizás esto
de las Nuevas Islas pudiera no ser acusación contra Moro y
su Utopía, y sí la iniciación del problema del «buen salvaje»,
que llega hasta Rousseau, y lo toca mi obispo Guevara en su
«Villano del Danubio» del Marco Aurelio. (Fray Antonio de
Guevara sigue teniendo suerte literaria, aunque indirectamen­
te. Cuando Jacques Maritain titula su libro sobre el tiempo
presente de la Iglesia, post-coincilium, Le paysan du Garonne
—«Garona», dice Maritain, «porque no hay Danubio en Fran­
cia»—, lo de «villano del Danubio» lo ha tomado de La Fon-
taine, como Vintila Horia, que también tomó lo de El villano
del Danubio, título de uno de sus últimos libros, del fabulista
francés, y no sabía que era la cosa invención de Guevara,
según me contó.)
En fin, volvamos al Serveto. Hay un día en que van a
quemarlo, en Ginebra, y por la ira purificadora de Cal vino.
Las hogueras ginebrinas eran trinitarias, es decir, se hacían
tres montones idénticos —se pesaban y medían, y se encen­
dían primero la del Padre, luego la del Espíritu Santo y final­
mente la del Hijo, que a estos extremos llegaban aquellos he­
rejes en sus elucubraciones teologizantes. Y el quemado en
el medio, en palo ferrado, o tendido a lo largo, en parrilla,
como San Lorenzo, o al espeto. Parece que la quema de Ser­
vet en Ginebra lo fue en la plaza del Molard, donde está to­
davía la torre antigua de los obispos, con su arco, su reloj y
su puntiagudo tejado, y de pie, atado a poste. Fue en el año
1553, Servet había llegado a Ginebra huyendo de la Inquisi­
ción, y creyendo que daba en tierra libre y evangélica. No
recuerdo la fecha de la quema, pero tengo una vaga idea de
que fue a finales de verano. Don Eloy Bullón citaba un texto
—una carta o una relación— en el que se afirma que el Ser-
veto ardía mal, eso que había sido bien embadurnado con
manteca de vaca, y hubo que añadir varias veces leña a la
hoguera, pero que a alguien se le ocurrió pedir a Cal vino que
fueran echadas unas hojas que, escritas en idioma descono­
cido y con «letras caldeas», habían sido halladas cosidas a
las bragas de Servet, y no bien las llamas acariciaron las hojas
dichas, se produjo una explosión, creció el fuego, y Servet
fue reducido a cenizas tan rápida y seguramente como en el
crematorio de Los Angeles, en California, que dicen que allí
son el no va más en este tipo de industria. Y hay crematorio
que perfuma las cenizas.*
La plaza del Molard fue, dice un folleto del Turismo hel­
vético, «lugar de reunión, de ejecuciones penales, de merca­
do, de discursos, de predicaciones y de revueltas, y con su
vieja torre del tiempo de los obispos, constituye la imagen
viva de un foro». Anochecía cuando yo la paseé. Un soldado
en bicicleta, un pie en el pedal y el otro en tierra, se despedía
con un largo beso de su rubia Julieta. Y de pronto atraviesan,
muy ufanos, guitarra en mano, dos mozos vestidos de tunos,
altos, morenos, agitanados, llenos de cintas de colores. Me
explicaron después que eran tres o cuatro los tunos que anda­

* Se perfuman con el aroma preferido ya del muerto o de la viuda, y se


pueden echar en caja con tocadiscos en el que va uno con la voz del muerto,
la despedida de la viuda, y el elogio del finado hecho por un amigo íntimo.
Ya Caillois en reciente ensayo advirtió que, desde los egipcios antiguos, no
ha habido en el mundo cultura funeraria propiamente dicha hasta llegar a los
norteamericanos hoy. (N. de A.C.)
ban por Ginebra, tocando y cantando, y pasando platillo. Es­
pañoles, claro. Yo estuve por detenerlos y pedirles que canta­
ran algo en memoria de Miguel Servet, de Villanueva de Si-
gena, quemado allí a los cuarenta y dos años de su edad, por
maleficio. Pero me dije que a lo mejor no sabían ni quién fue
el Serveto, y en cantar, su repertorio se reduciría a «Claveli­
tos». Me santigüé, y con el pie reuní, allí donde suponen los
eruditos que fue la hoguera, unas cuantas hojas secas, recién
caídas de los plátanos vecinos, y que el jurasán, el viento del
Jura, llevaba de aquí para allá, sin objeto.
Una tarde sin prisa

Por el Boulevard Raspail, por vé»F,


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ril973.oV
eab
18d el Boulevard Saint-Ger-
main, por la Rue du Bac, por la de Saint-Thomas... Viendo
escaparates, entrando en las librerías, en alguna exposición.
En una galería de arte un tal Paulos exhibía unas naturalezas
muertas: dentro de unas cajas de cristal, el artista ha dispuesto
unas jarras, unos vasos, unos cuencos, unos frutos de plástico
coloreados en amarillo y verde; no nos dice qué criterio le ha
guiado para disponer los elementos de sus naturalezas muertas
dentro de sus cajas de cristal, qué secretas leyes de armonía
ha usado. ¿Y el comprador de estas naturalezas muertas podrá
meter mano dentro de la caja, y establecer un nuevo orden,
cambiando de lugar las jarras, los vasos, los cuencos, los fru­
tos? Unos metros más allá, un tal Marrissoni exhibía unos
lienzos, fondo azul plano todos, sobre los cuales había pin­
tado unas franjas verdosas, horizontes posibles en una llanura
azul. La exposición se titulaba Distances. La disposición de
las franjas verdosas, alguna vez amarillentas, me recordaba
el traje de vuelo de las azafatas de Iberia, por la espalda. Al
lado mismo de las Distances de Morrissoni, se veían en dos
grandes escaparates figuras en bronce y madera de arte indo­
chino y siamés. Dioses inexpresivos y ciegos, pero, a veces,
la gracia insólita de un brazo meciéndose en el aire —el brazo
de una bailarina que, sorprendida en el más bello momento de
la danza, se esconde en un immóvil y barroco cuerpo, la ca­
beza mitrada, los pequeños pies descalzos. (Por toda aquella
zona de París hay docenas de tiendas en las que se venden
toda clase de antigüedades, muebles del xviii especialmente,
esculturas, grabados, joyas, pintura, etc. Se puede afirmar,
sin lugar a error, que un tanto por ciento muy elevado de las
antigüedades que, a muy altos precios, se ofrecen al público,
son falsificaciones, porque no es posible que el siglo xvm
haya producido tal cantidad de mesas, sillas, platos, etc.
Cientos de toneladas de antigüedades, que exigirían que toda
la población de Europa en el XVIII se pasase todo el siglo,
domingos incluidos, cinco mil doscientos domingos más o
menos, fabricándolas.)
En el escaparate doble de una librería, a la derecha, se
exhibían libros de caza. Uno, La grand livre de la chasse,
de gran tamaño y unas mil páginas, era en verdad admirable,
pero bien fuera de mis posibilidades fiduciarias, amén de es­
tarlo de mis aficiones. Láminas en las que un Visconti cazaba
con halcón en las dulces colinas de la Lombardía, o nuestro
Carlos V en un campo sajón, o unas demoiselles provenzales
atrapando tordos con una red: armas todas, halcones encape-
ruzados, la onza que para sus campañas venatorias usaba un
rey de Navarra, enormes trofeos cérvidos... A la izquierda,
los indios, los siujs. El librero aprovechaba la revuelta de Ro­
dilla Herida de semanas pasadas, para sacar sus fondos a re­
lucir: biografías de Toro Sentado y de Jerónimo, libros sobre
los indios del norte, del este, del sureste, álbums con excelen­
tes fotografías, libros sobre Custer, sobre las reservas indias
actuales. Desde una portada, coronado con todas sus plumas,
me miraba Toro Sentado. Otro gran jefe indio me miraba desde
un cartel, cuyo texto decía: «Un indio a la Casa Blanca: Ted
Caballo Blanco: 1928». Un respetable anciano, con una son­
risa irónica. Lo de Caballo Blanco se lo pondrían por una
marca de whisky escocés, que a lo mejor subvencionaba la
campaña electoral del indio, quien por la banda roja que ceñía
su frente me pareció de nación navaja. Cada quisque tiene
sus erudiciones menores.
Me sobraba tiempo hasta la hora de la cena. Bebí en un
bar una de tantas cervezas de Alsacia. En la barra, a mi lado,
dos andaluzas hablaban de señoras, y del niño de una, que
hacía la primera comunión en su pueblo, en Jaén, y que ya
tendría allá «el uniforme»: «lunifohm», pronunciaba la mamá,
que confiaba que su hermana plancharía las cintas... La
puesta de sol me sorprendió a orillas del río, en el Pont Roy al.
A poniente, el horizonte era de oro. El vientecillo frío arran­
caba de los árboles florecillas blancas, rosas. Una hora incom­
parable, vivaz, lúcida. Una de esas horas de París que están
en el elogio de Lutecia Parssorum que hizo Juliano el Após­
tata, quien conoció a orillas del Sena un dulce otoño y una
sacra primavera que no olvidaría jamás. La memoria buscaba
en vano las latinas palabras de Juliano, leídas hace muchos,
muchos años.
En la cena, el profesor Aliasky —de Praga, hebreo, y pa­
riente de Kafka—, hablaría del «golem» que unos sabios ra­
binos crearon en su ciudad hace trescientos años, y de la no­
vela de Gustav Meyrink, un escritor al que Kafka admiraba
y que muchos opinan que influyó en él, El Golem. Aliasky
nos explica las doscientas veintiuna combinaciones de los qas-
sidim, con los que era posible crear, en una masa de arcilla
roja, un ser humano, y destruirlo usando esas mismas combi­
naciones invertidas: combinaciones de palabras tomadas de las
Sagradas Escrituras... Yo recordé el poema de Borges. El
profesor Aliasky [...]* a Hoffmann, Achim von Amim, Heb-
bel, Villiers de lTsle-Adam, y me explicó el argumento de
una película checa que creo recordar se titulaba El panadero
y el emperador de la China. De las manos de Aliasky parecía
surgir el golem terrible y misterioso. Y como ya dijo Hoff­
mann que hablar de cosas misteriosas y mágicas da sed, nos
bebimos la tercera botella de un blanc de blancs de la Cham­
pagne.

* Sic en el original. Presumiblemente, hay aquí un salto de texto. (N.


del E.)
El viaje a Prada

El maestro Martí de Riquer mevé»,F, explicó que, en el estropi­


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ls«E
igD
ayo975.rV
em
1d
cio de la francización de los topónimos catalanes del Rose-
llón, figuraba como Prades lo que era Prada, la villa en cuya
iglesia de San Pedro daba sus conciertos Pau Casals. Era una
mañana de sol, con alegre vientecillo en el que jugaban las
palomas. La iglesia de San Pedro de Prada tiene un gran re­
tablo barroco, que más parece de Castilla la Vieja, y en la
hornacina central está San Pedro con tiara pontificial, incli­
nado hacia adelante, muy atento el violoncello de Casals. En
las estrechas calles que rodean la iglesia de San Pedro hay
dos panaderías, que aun siendo domingo ofrecían su excelente
pan: pasaba una mujer muy hermosa, con dos barras olorosas,
y uno se pregunta cómo los grandes perfumistas no han inven­
tado para las bellas mujeres, para las jóvenes madres, un
aroma de pan todavía caliente. Apenas nos detuvimos en
Prada el matrimonio Luján y servidor, porque queríamos visi­
tar el monasterio de Cuixá, luego, seducidos por una estrella
que le dieron en la guía Michelin, ir a almorzar al Relais de
L ’Infante, perdido en las gargantas del río Tech. Cuixá, ya
saben, conoció la mano del abad Oliba, y guardó durante si­
glos, en su cripta la cuna del Niño Jesús y las bandas que
ciñeron su vientre, recién nacido. La cuna de madera la fueron
cubriendo los devotos de plata y de oro a lo largo de los siglos
y a las mujeres en estado se les permitían mecerla, y tantas
fueron que un brazo de la cuna, en que quedaba al descubierto
la madera, aparecía gastado. La Revolución de Francia vio
desaparecer las reliquias, y Cuixá cayó en ruina, la mitad de
su claustro románico está en Nueva York, y la pila de las
abluciones de los monjes en una residencia particular de Niza.
Un alegre río pasa a sus pies, y en el horizonte aparece la
gran cabeza nevada de uno de los montes más bellos del mun­
do, el Canigó. Tiene cabeza humana, y parece seguir con la
mirada al viajero. Lo miro y creo que me mira, como pregun­
tándose qué hará por el Rosellón y la Cerdaña este gallego.
Concelebran los monjes —que han ido a Cuixá desde Mont­
serrat— la misa de las doce, con las lecturas en catalán y en
francés, y las homilías. La cripta de las reliquias está desierta,
como la iglesia. En toda la región sólo se salvó el retablo de
Prada de la ira revolucionaria. Yo les digo a mis amigos que
hay que comportarse en la cripta como si aún estuviesen allí
la cuna del Niño, y en una caja de madera de olivo, las ban­
das, y las gentes que entran, en excursión dominguera y no­
sotros mismos, fuésemos peregrinos.
De Cuixá vamos hacia el Reíais de la Infanta, perdido en
una garganta rocosa: el Tech corre y canta. Habíamos dor­
mido en el Château de Riell, y yo, insomne, había escuchado
toda la noche el agua del mismo río y de las fuentes termales,
y al alba toda la pajarería. Las truchas que vamos a almorzar
las han pescado en el río, a nuestra vista, pero la ración es
escasa: una trucha por cabeza, de unos quince centímetros de
longitud. Este lugar se llama de la Infanta porque por allí
pasó, perdida en una tempestad de nieve, una Infanta de Ara­
gón, y se quedó con su séquito en un molino que había allí,
al lado de unas fuentes salutíferas, y comieron todo lo que
había y pasaron hambre, y yo quiero creer que en memoria
de las hambres de la Infanta dan ahora allí tan parcas racio­
nes. Bebimos un buen graves para consolamos. La guía Mi-
chelin, al darle una estrella, recomienda un postre, especiali­
dad del lugar, que se llama Sorpresa de la Infanta. Es una
merengada con almendra molida incorporada y el todo des­
cansando en un bizcocho mojado con un licor de fruta que
no pudimos identificar. En verdad, La Surprise de l’Infante
no merece la estrella de la Michelin.
Luego, en la tarde, caminamos hacia Ceret. Ceret es una
villa en un valle en el que aseguran hay plantados un millón
de cerezos. Y los habrá. Hogaño va retrasada la cosecha. En
muchos tramos de la carretera nos era posible la visión del
Canigó, pero nunca tan hermoso y altivo como desde Cuixá.
La villa de Ceret es taurófila, y aquí y allá aparecen carteles
anunciándonos la próxima novillada. También es la capital de
la petanca, con un club Internacional y pasquines convocando
a campeonatos. Me hubiese gustado probar las cerezas de Ce­
ret, cerezas que han comido los trovadores y mosén Cinto
Verdaguer. Cerezas que quizá coma el ruiseñor, que todavía
no había llegado al valle. De vez en cuando, entre los cerezos
surge un ciprés «paraíso del jilguero», que dijo el poeta On-
tañón.
Cuando dejamos de ver el Canigó, los valles y los ríos
del Rosellón y de la Cerdaña, pasando la frontera nos encon­
tramos en ella cientos y cientos de coches franceses, que re­
gresan sus dueños de pasar el domingo en España. Una larga
cola de varios kilómetros. Toda la paz que traíamos con no­
sotros, la paz de Cuixá y de Ceret, queda brutalmente rota.
¿Dónde va el silencio de Riell y de Prada, dónde va la hu­
mana calma de Ceret? Es probable que todos esos cientos de
coches hayan ido al mismo lugar de la Costa Brava, apresura­
dos, apelotonados, ahora polvorientos, irritados, febriles, im­
pacientes. Es la moda, el impulso irresistible de salir de casa,
como sea, y no bien salir ya estar pensando en regresar. Y a
escuchar claxons a la misma hora que nosotros escuchábamos,
en su solitario país, el jilguero, y el mirlo, y las mil fuentes.
Un viaje a Sicilia

Los españoles que acudimos ábadoG


»al
ls«L
176.D S Congreso de la Federación
rfic,9etu
Internacional de la Prensa Gastronómica nos sentamos cómo­
damente al lado de nuestro presidente, Néstor Luján, para es­
cuchar las ponencias sobre la cocina y los vinos de Sicilia.
Era una cálida mañana en Bagheria, en la vecindad del mar
azul y manso, en un paisaje de naranjos y olivos, y, al fondo,
las peladas montañas que cercan Palermo. El día anterior, en
el almuerzo con que fuimos obsequiados, el primer plato ha­
bía sido una «fantasía de berenjenas», de melanzane como
dicen allá —aunque también se dijo, y aún se dice en algunos
lugares, petonciani. El tomate —el tantas veces destructor to­
mate— es un elemento esencial de la cocina siciliana, pero
Massimo Alberini, quien nos la explicaba, afirmaba que el
adjetivo en cocina alia siciliana significa un plato en el que
las berenjenas dominan, o, por lo menos, sono fortemente
presentí. Las berenjenas las llevaron los árabes a Sicilia, pero
nuestra sorpresa fue grande cuando el estudioso de la cocina
sícula Pino Correnti aseguró que la berenjena «la trajeron de
Indias los españoles». El nombre berenjena es de origen per­
sa, y en lengua castellana la primera documentación de la pa­
labra está en el cancionero de Baena, y berenjenal, según el
maestro Coromines, en 1438, en el Corbacho. Del catalán al-
bergina procede el francés aubergine. El caso es que nunca
hemos comido tanta berenjena en nuestra vida, de tan diversa
manera cocinadas, tan disfrazadas las más de las veces, que
no logramos saber si esta solanácea tiene o no efectos carmi­
nativos —ese regoldar que don Quijote reprochaba a Sancho.
No se la llevamos nosotros a los sicilianos, que ya la tenían
de los días de los árabes. Hay una cancioncilla del 500, de
cuando Carlos V ganó la Goleta, que burla, pero que quizá
pudiese tener algo de verdad: quizá Carlos comiese queso frito
con huevo; quesos fritos se comían en Flandes en aquel tiem­
po. La canción dice:

«Olé, olé, olagna


e vinutu lu re di Spagna,
ha purtatu na cosa nova:
cascavaddu frittu cu l'uova».

Cascavaddu, el cacciocavallo. Otras de las invenciones si­


cilianas que nos han sorprendido ha sido la de la pasta con
sardina —que en algunas cartas de restaurantes puede ser la
sardina el único pescado que aparece. Sicilia es una isla, claro,
y se pesca el pez espada, y hay hermosos salmonetes, pero
el siciliano lo que quiere son pastas, tomate, berenjena, cer­
do, camero, que no cordero... Los duques, los barones, los
obispos, tenían un cocinero que era titulado monzú, de mon
sieur, quizá porque los primeros, o más notorios, fueron fran­
ceses, y aseguran que la mayor parte de la cocina siciliana de
hoy es una popularización de la cocina aristocrática y episco­
pal. Lo será con la avalancha tomatera, las mil hierbas en la
que la isla es rica, y todas las especias. Por otra parte, hay
una tradición popular que asegura que los cadáveres de los
curas se conservan mejor que los de los campesinos, casi in­
corruptos, por la cantidad de hierbas aromáticas y de especias
que los reverendos han añadido a sus platos cotidianos. Larga
vida y luego cadáver incorrupto, son dos aspiraciones sicilia­
nas. Hace unos cincuenta años que a los sesenta de su edad
murió un duque de Salaparuta, que había inventado un régi­
men alimenticio vegetariano que permitiría a todo siciliano
que lo practicase llegar a los ciento treinta. El duque impuso
el régimen en su casa y a sus criados y colonos. Falló él mis­
mo, y los otros parece ser que comían cerdo a escondidas, y
duraron algo más. El duque citado, además de vegetariano,
era teósofo y espiritista, y sostenía graves conversaciones con
Goethe acerca de los viajes ultratumba de las almas.
Y volviendo al re di Spagna, me lo he encontrado en Ce-
falú. La ciudad tiene una bella iglesia normanda, de los días
de Roger II, con hermosos mosaicos bizantinos, un Cristo
bendiciendo, arcángeles volando en campos de oro, ángeles
que son solamente seis alas azules cruzadas y puntiagudas al­
rededor de una cabeza. Este rey es don Felipe IV. Donde ter­
minan los mosaicos del ábside, un pintor del xvn, y que había
visto pintura velazqueña, ha puesto del lado de la epístola a
Roger II, vestido de césar romano, y de la del Evangelio a
Felipe. Los caballos son los mismos de los grandes retratos
ecuestres de Velázquez. Dicen que Felipe IV se preocupó mu­
cho de Cefalú. Lo dice el guía. Yo no lo creo. Se preocuparía
su virrey, el duque de Maqueda, por ejemplo. El nombre de
Cefalú se lo dieron a este puerto los griegos, Cephalon, por­
que la montaña que domina semeja vista de lejos la cabeza
de un hombre. Mi insistencia en ir a Cefalú se debía al deseo
de ver la famosa tabla del pintor Antonello de Mesina, el im­
presionante retrato de un hombre, una cabeza de irónica son­
risa y desdeñosa mirada: el retrato de alguien que está viendo
pasar las generaciones, indiferente, juzgando para sí, en silen­
cio, burlador, despreocupado tanto de los que pasan cargados
de crímenes como de los alegres gozadores de la vida, o de
las donne bellissime. Quería yo comprobar si es cierto que el
hombre pintado por Antonello a veces se cansa, parpadea
somnoliento y al fin cierra los ojos. Pero la tabla no estaba
en el museo, por miedo a los ladrones. La llevaron a Palermo,
y allí está bajo llave, esperando a que en Cefalú haya museo
nuevo y seguro.
En fin, saludé a los dioses de los griegos en el silencio
del Valle de los Templos en Agrigento. Aquella alargada co­
lina es lugar sagrado desde la Edad del Bronce y los fenicios,
y pesa en el alma del viajero aquel aire cargado de súplicas,
que, como los millares de exvotos encontrados, permanecen
alrededor de los templos. En el momento en que alguien ora,
todos los dioses son verdaderos. Uno de los templos se llama
de la Concordia. Podía ser un buen lugar para una reunión
de políticos de distinta capa, que de verdad quisiesen para su
pueblo la paz civil. Aunque quizá, tan charlatanes, barulleiros
que decimos los gallegos, como suelen, no percibiesen el gran
misterio del lugar. Un vuelo matinal de palomas saluda las
rojizas columnas que enseñan geometría al aire. En el hotel
vecino donde almorzamos, la mujer del director, que es tole­
dana y espera un niño, sueña con el regreso a su patria, y
cuando nos lo dice se le humedecen los ojos y aprieta la boca.
Las diosas que vagan entre los membrillos ya cargados de fru­
tos le concedan la nave y el viento del retomo.
Paseos por España y Portugal
Vacaciones portuguesas

¿Son también mi país las tierras


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7d miñotas de Portugal? El
Marao, ese alto monte oscuro en el que florecen, como vagan­
tes nieblas o azules carqueixas, los versos de Teixeira de Pas
coaes, ¿es un monte de mi paisaje nativo? ¿Saben, acaso, las
aguas del Miño que el ala izquierda de sus ondas lame extraña
tierra? El Támega y el Limia no saben, me digo yo, que aban­
donan Galicia para entrar en Portugal. (En general no ha de
fiarse uno mucho de la memoria y la sabiduría de los ríos:
un río, el Leteo, era la frontera del olvido, y es heraclitana
la filosofía fluvial, y puesto que panta rei, todo fluye, ¿a qué
bueno ponerse a recuerdos y nostalgias en agua que pasa?
Póngase a ello, eso sí, el que desde la orilla la contempla
apresurarse.) Con el Támega entré yo a Portugal, y quise ca­
minar un rato por una calzada que dicen fue antigua vía ro­
mana a Chaves, y se tendía, como una lanza de plata, sobre
la tierra áspera y fría: a ambas orillas del río, breves prados
verdes entre las agrias paredes graníticas, y un solitario man­
zano cabe un ruinoso molino. Lo recuerdo porque, siendo
abril, estaba florecido, blanquirrosado, y era tan frágil y mi­
lagrosa cosa en aquella avesía soledad y oscura sierra, que
parecía talmente la estampa para unos versos franceses de no
sé qué poeta y que dicen:

«La rama del manzano, frágilmente florida,


parece ser la efímera obra de Ariel».

A la noche, en Chaves, lo recordaba, y desde entonces lo


he recordado alguna vez, porque nunca creí que tal tierra pu­
diera, de pronto, medrar a través del tronco de un manzano
y hacerse alegre flor y dulce fruto. (Chaves es, amén del baño
del romano, el país del sabroso flolar, y la capital culinaria del
bacalao. Allí, en la plaza, frente al arco por donde los señores
reyes —los Braganzas pernicortos— entraban en la ciudad,
en una fonda antigua, con altos zócalos de azulejos de vivo
y alegre color en el comedor y en los pasillos; allí, se ha lle­
gado a las suma sabiduría coquinaria en lo que al bacalao
toca, y comerse una de aquellas fuentes de bacalao, en las
que los largos y gruesos filetes se enroscan a un relleno dora­
do, y «el todo» —como dice Montiño—, bien cubierto por
una salsa verde y gelatinosa, es como comerse el barroco ma­
nuelino, física y espiritualmente hablando. ¿Quién leía, Se­
ñor, a Damián de Goes entonces, o a Oliveira Martins, y eso
que a ambos llevaba por compañeros de viaje?)
En llegando a la primada Braga, en verdad que estoy en
mi país. Antes que compostelanos los gallegos fuimos braca-
renses, y mis obispos mindonienses vinieron de allí mismo,
de Dumio, a la orilla del mar de Foz, en las mariñas de Lugo,
y aun en la Crónica albeldense cantan alegres versos latinos:
«Rudesindo Dumio, Mindunieto degens», mientras Alfonso II
el Casto, el rey de Oviedo y Compostela, con una espada de
oro mide batallas y oraciones... En Braga yo preguntaba por
un convento del que había leído una vieja historia, y nadie
me sabía decir. Aconteció que una doncella noble se retiró
a él porque un su enamorado trovador se había ido palmero a
Jerusalén, y llegaron noticias de su muerte. La doncella llora­
ba, y una de sus lágrimas amargas cayó sobre un rosal, que
con tal riego secó. Doce años pasaron, y el rosal no florecía.
¡Dichosa edad, aquella en que se esperaba doce años a que
un rosal resucitara! Pero el trovador no había muerto y en
regresando a Braga cantó tan dulcemente que todo Entre-
Douro-e-Miño lo oyó, y el rosal aunque era invierno, floreció
de nuevo, y el arzobispo dispensó de sus votos a la doncella
y la casó con el trovador. Y dicen que en tal convento todavía
aquel mismo rosal cada doce años da una rosa roja. ¿Tras los
muros de ese huerto conventual, oyendo ahora, como yo las
oigo, las claras campanas, estás, rosal, alegrando lentamente
tus años? Paseo por la noche bracarense —un tibia noche si­
lenciosa— imaginando rosas, doncellas, trovadores. Y pues
estamos en el país de las naves y las flotas, esa larga y empa­
vesada nube que corre sobre la luna —sempre ventacando faz
luar— parece que por los cielos nunca antes navegados ca­
mina a la descubierta de las estrellas, temblorosas islas ilumi­
nadas.
Son también mi país la tierras miñoltas: son parte de mi
tierra, de la temporal y de la eterna, de la que mi estirpe pisó
y de la que mi lengua precisa para vivir y cantar. Regreso de
Portugal, eso sí, con la melancolía de no traer la roja rosa
que cada doce años nace. Si pudiese traerla, quizá despertaran
de su muerte y cantaran todos los enamorados trovadores de
antaño.
Un enamorado en el Bierzo

En La Garduña de Sevilla y Anzuelo


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15d de las bolsas, de Don
Alonso de Castillo Solórzano, vienen intercaladas algunas de­
liciosas novelitas, y la que de ellas es más de mi gusto es la
titulada «El conde de las Legumbres», que uno de «los cama-
radas de la garra» contó una noche en la ermita de Crispín,
al ermitaño de Málaga, y en «el trato del araño» conocido
por Cosme de Malhagas; la garduña Rufina la oyó desde su
escondite, con gran contentamiento. El protagonista de ella
se llamaba don Pedro Ossorio y Toledo, «caballero nobilísi­
mo, que nació de ilustres en Villafranca del Bierzo, villa an­
tigua que confina con los términos del Reino de Galicia». Don
Pedro tenía un hermano mayor, don Femando, y una herma­
na, doña Blanca; muertos sus padres, heredó la grande ha­
cienda el mayorazgo, y a don Pedro «le fue fuerza valerse
del camino que toman los hijos segundos, que les están seña­
lados unos cortos alimentos, y así siguió la guerra en Flan-
des». Cincuenta años antes el canónigo de Orense, Vasco
Díaz Tanco, dice haber compuesto un libro intitulado: Los
seis aventureros de España, y cómo el uno va a las Indias,
y el otro a Italia, y el otro a Flandes, y el otro entra en re­
ligión. E cómo en España no hay más gente de estas seis per­
sonas sobredichas. Flandes, contra lo que solía, que era en
refranes tachado de sepultura de españoles, le fue venturoso
a don Pedro, que alcanzó capitanía y hábito de Alcántara, y
volvió a Villafranca rico, a cuidar de los huérfanos de su her­
mano primogénito y a casar a su hermana. La hermana estaba
por entonces en Valladolid, que era corte del Católico, con
una tía a la que heredaba.
Puso orden don Pedro en los familiares asuntos, y ya para
irse para Valladolid estaba, «cuando un día que se halló en
la plaza de Villafranca, vio que por ella cruzaban, endere­
zando a un mesón que estaba al fin de ella, mucha gente
acompañaba a dos literas». En una de ellas, ¡ay!, iba doña
Inés del alma mía, la más hermosa doncella del universo, so-
brepasando a doña Oriana y a doña Julieta. Verla el berciano,
y quedar desasogado de amor, «perdido su albedrío y cautiva
su libertad», todo fue uno. Se llamaba la bella doña Margari­
ta, y era de nación alemana, y viajaba con su señor padre, el
marqués Rodolfo, gran señor de Alemania, embajador de la
Cesárea Majestad cerca de Felipe. Un gran temporal tuvo a
la nave en que venían a España más de una vez a punto de
naufragio, y el marqués, «como tan cristiano caballero, hizo
voto, si Dios le libraba de aquel peligro, por intercesión del
glorioso Patrón de las Españas, de quien es muy devoto, de
visitar el santuario en que se venera su santísimo cuerpo». Y
triste noticia para don Pedro: la sonriente y gentil Margarita,
aquel lirio de oro, estaba capitulada con un primo suyo, don
Leopoldo llamado, y las bodas se celebrarían en Valladolid,
al regreso de la peregrinación. Dobló el desasosiego del caba­
llero del Bierzo, ciervo mortalmente herido, la noticia de tal
casamiento.
«El camino de Galicia es áspero, porque todo el reino de
Galicia es fragoso»: veinte días, contando los que descansase
en Compostela, tardarían el marqués y su hija en la peregrina­
ción. En estos veinte días —y lamento tener que abreviar el
sabroso relato—, decidió don Pedro, ayudado por su escudero
Feliciano, fingirse loco, y siendo muy ingenioso, salirle al
marqués en Ponferrada, de acuerdo con el dueño de una posa­
da, y encantándolo con sus ingeniosas bufonadas, conseguir
que éste le permitiese acompañarlo a la Corte, y así por el
camino iría viendo a la Margarita, y galanteándola como loco.
Se vistió ridículo, «a lo antiguo, con follados de paño verde,
ropilla de faldas grandes, capa de capilla redonda, muy corta,
y una gorra de Milán, verde, de terciopelo», y para presen­
tarse adobó una fábula, en la que el tal caballero loco se decía
hijo del río Sil, titulado conde de las Legumbres. «Este reino
de Galicia fue gobernado antiguamente por condes y después
por reyes. Imperaba Gundemaro, el cual quedó viudo del se­
gundo matrimonio, de quien tuvo sucesión a la infanta Teodo-
mira, que reinando después fue llamada la reina Loba; esta
se enamoró de Recaredo el Galán, uno de los ricos hombres
de Galicia: de aquella amorosa unión fui yo engendrado».
Arrojaron al niño recién al Sil, en una cesta de mimbres. El
Sil, anciano río, rodeado de sus ninfas, dividió sus rumorosas
ondas, y con sus poderosos brazos llevó el niño a su cristalino
albergue submarino. Creció el niño, llegó a los veinte años,
y «quiso amor, entonces, que su fuego tuviese jurisdicción en
el agua», y el mozo se enamoró, a escondidas del padre río,
celoso, de su ninfa Anacarsia. Descubrió el Sil los amores
ocultos, y expulsó de sus aguas el gentil amante, y con un
remolino alborotado lo echó a tierra, en «una huerta de horta­
lizas, en un cuadro sembrado de perejil». Decidió el mozo
llamarse don Pedro Gil de Galicia, por el perejil y por el reino
de su madre, y conde de las Legumbres por la huerta en que
por segunda vez nació... Le hizo mucha gracia al señor mar­
qués alemán la historia, y a doña Margarita le placían los re­
quiebros amorosos de aquel loco caballero, que la ponía más
alta que la luna, la titulaba de Venus y le ofrecía el alma y
la vida. Con lo que logró seguir en el séquito de los alemanes
a Valladolid.
La historia se precipita. Como comedia de enredo lopiana
—casa con dos puertas es mala de guardar—, toda coinciden­
cia se da, y la paloma es para el mejor. Leopoldo, el novio,
tenía amores secretos con doña Blanca, la hermana del fin­
gido loco; todo se descubre, todo se desenreda, y don Pedro
Gil de Galicia, vuelto a sus apellidos Ossorio y Toledo, y al
alcantarino hábito, obliga al donjuanesco Leopoldo a cumplir
con doña Blanca, y él se lleva a los labios suyos los de la
dulce Margarita, tan arduamente conquistada.
Cuando don Pedro había de volverse a Villafranca, dice
«volverse a Galicia», poniendo el Bierzo, Castillo Solórzano,
en nuestro reino. El loco enamorado berciano es un príncipe
nuestro, amado por una ninfa del Sil antiguo, río autócrata,
soberano de un reino sumergido. ¿Acaso conocía Castillo So­
lórzano alguna leyenda del gran río? ¿Y no eran las ninfas
como sonrientes arenas de oro? ¿Y qué historia de Galicia re­
cuerda, trayendo al juego a la reina Loba?
irzoF, Dverde, rojo, tendido bajo el
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Lo traigo todavía en los ojos,5demaísd
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vé»,E
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sol. Fui a verlo desde Comilón, donde es el castillo, abrazado
por la hiedra, de los Alvarez de Toledo. El país del Bierzo
se ancheaba ante la mirada, cerrado de altos montes. Las Mé­
dulas del oro estaban allí, en el horizonte. Y oscuros, duros,
unas poderosas espaldas de tierra y roca, los Aneares. Los
árboles de la vega vibraban con la brisa y hacían vibrar todo
el país, como un espejo en el que el azogue se hubiese vuelto
loco. Desde el albergue de la organización oficial de Turismo,
una visión distinta nos era regalada, más estrecha y reducida,
pero para decirlo de alguna manera, más galaica. Vecino te­
níamos al castillo de Peña Ramiro y llegaba hasta nosotros el
eco de unas campanas. No sé si de la antigua Colegiata, o
del convento de la Anunciada, o del noviciado de los Paules.
O acaso de aquella iglesia románica de los emocionantes ven­
tanales y el ábside que hay bajando de Comilón y de la que
no sé el nombre, y junto a la cual cantaba en rama florida un
ruiseñor. ¡Ruiseñores! En mi valle natal ya no hay, pero el
Bierzo, Ponferrada, Toral de los Vados, eso es el paraíso del
ruiseñor. En Ponferrada escuché durante toda la noche al en­
cantador. Dos o tres veces me asomé a la ventana de mi ha­
bitación para oír mejor al delicado silbador, la gala y campa­
nilla de la hora nocturna. Muy enamorado debía de estar, que
era alba clara y aún cantaba.
Traigo el país en los ojos, pero pudiera decir que también
en el paladar. Tuvimos el regalo de un blanco que se iba a
rosa, como niña que se ruboriza, pero era un gentilhombre
serio, quizás en los catorce grados. Y después un tinto de
cinco años, quizás un poquito muerto, pero todavía vestido
de terciopelo, suave, aborgoñado. Es decir, como si hubiese
llegado un viajero desconocido y os contase cómo es, en su
memoria, la antigua Borgoña ducal. Un gran vino. Y truchas

*
del Valcarce y del Burbia, que fueron la gracia del almuerzo
que sirvió de católica preparación para el I Festival del Uro­
gallo, que era a lo que viajábamos al Bierzo. Habíamos atra­
vesado Galicia bajo una fina lluvia, pero ya por tierras de Be-
cerreá y subiendo a Piedrafita del Cebrero, el sol salió a tocar­
nos en la frente a Cerezales, a Ferreiro y a mí. En lo alto del
puerto, una pareja de cuervos de poderosas alas enseñaba a
volar a sus inquietas criaturas.
Del I Festival del Urogallo se hablará mañana. Yo, como
había anunciado, no fui al monte con las ilustres escopetas
allí congregadas. Pero acompañé a los cazadores hasta las al­
tas horas, al pie de Peña Quebrantada, ya en la vecindad de
los grandes bosques. Cuando ellos se fueron al monte y a la
caza del alba, nos quedamos, en Páramo del Sil, escuchando
el gran río del oro, al que el hombre está poniendo bridas y
convirtiendo en labriego regador. Así terminan algunas de las
grandes estirpes heroicas.
Y en el regreso a Ponferrada, ruiseñores. Todos los ruise­
ñores del mundo de amor decían, locos, locos. Se bebían todo
el aire y lo devolvían como música. Por eso hacía calor en
la noche de mayo ponferradina.
varodeVig,20mz1965.ls«Envé»FD las ondula el río Carrión.
sN
aed
Estas son tierras palentinas, queorP
Ya dijo de él Francisco Vighi aquello de

«Nace y muere en la provincia,


no hay otro más palentino.
¡Recen por él un responso
los frailes de San Isidro!».

Que muere en el Pisuerga junto a San Isidro trapense, lo-


danero, pero sonoro. En la mañana dominical, alegrada por
las campanas de las siete iglesias de Becerril de Campos
—don Gómez Manrique pasa jinete en caballo bayo el arco
gótico de la cerca, admirado por las cigüeñas de las siete es­
padañas, el pensamiento puesto en una locura blanca, una
doña Guiomar de los ojos celestes; pronto va a amanecer la
tórtola en los surcos cereales—, me acerco a Paredes de Nava.
Dos cosas me llevan: ver las pinturas de Berruguete, allí na­
cido, escuchando el esquilón de Santa Eulalia, y mojar los
dedos índice y medio de mi diestra en el agua de la pila bau­
tismal de Jorge Manrique, el de las Coplas. Paredes de Nava
ha tenido la suerte de que a los ciento veintitrés clérigos de
misa y olla que en el setecientos se comían nueve mil hectá­
reas de las diez mil de Paredes, todos ellos capellanes ociosos,
gozando el sol en mayo y la sombra de los chopos en julio,
las horas interrumpidas por el ¡up! ¡up! de las abubillas, digo
que a la centena larga de parvos latinarios ha sucedido un pá­
rroco, don Alejandro de Luis, que tocado del viento de las
invenciones ha derribado tabiques, picado calles diecioches­
cas, abierto puertas, descubierto escaleras, quitando de es­
combreras imágenes góticas y renacentistas, y borrando el
polvo, haciendo amanecer la luz en tablas y retablos de los
Berruguete. Y el pobre párroco —una faz romántica, avivada

*
por unos ojos claros y ensoñantes—, ha instalado en la iglesia
de la Virgen Mártir un museo impar. ¡Qué Dios se lo pague!
En el retablo del altar mayor hay seis reyes del Antiguo Tes­
tamento pintados por Berruguete, al pie de seis u ocho tablas
—ahora no recuerdo bien—, que cuentan la vida de la Virgen
María, desde que Ana concibió y a Joaquín le llega, por voz
de ángeles en re menor, la noticia de que va a tener una hija.
¡Qué reyes legítimos! David, en vez de arpa, tiene una flauta
pastoril. Pero el que de verdad sorprende es Salomón. Algu­
nos eruditos ingleses han estudiado la evolución de la inter­
pretación de Hamlet en el teatro inglés, desde las que lo pre­
sentaban como un elisabethiano hasta las que lo veían como
un Victoriano gentleman, incluso parecido al príncipe consorte
Alberto, o lo imaginaban como un Bunthome «bajando por
Picadilly con un lirio en la mano», sin olvidar a Sarah Bem-
hardt. Pero quizás les haya faltado este retrato del rey Salo­
món por Berruguete, este pálido pensativo de tierra de Cam­
pos, inquiriéndose —hay que ir a la traducción más profunda
y veraz—, «existir o no existir; éste es el problema». Yo no
he visto nunca frente más intelectual, mirada más reflexiva,
mentón más huidizo, boca más usada por preguntas sin res­
puesta. La piel misma del rostro del rey es una piel de intelec­
tual, una piel recreada en la sombra de la canónica. Y las
manos son arañas, tejedoras pacientes, incansables, ávidas,
frías como la geometría... Hamlet incierto, ése es.
¡Las manos de Berruguete! Hay que ir a Paredes de Nava,
en Tierra de Campos —«que llaman Tierra de Campos a lo
que son campos de tierra», más o menos que dijo Antonio
Machado—, para entender de una vez para siempre que
Alonso Berruguete es uno de los grandes maestros de la pin­
tura universal. ¡Cómo ha visto la mano humana! Don Alejan­
dro, el cura de Santa Eulalia, ha hecho de su iglesia un es­
pléndido museo. Y en la pared de una de las salas está San
Pedro Mártir, de Verona, de Alonso Berruguete. El fondo de
la tabla es un país castellano, con pinos de redonda copa, esos
pinos colgados del aire, que se ven en los mediodías en las
tierras de Valladolid y de Palencia. El santo tiene en una
mano un libro y en la otra un lirio. ¡Cómo lo coge! Los dedos
son otra flor, más perfecta que la fleur droite, incluso cuando
la pintan fra Angélico o Piero della Francesca. Los dedos son
pétalos de una flor imposible, nunca vista, largos, delgados,
doblados conforme al número de oro de la emoción, que tiene
que haberlo. Y lo que aterra es la impersonalidad del martirio.
En la cabeza de rapada del dominicano, del can del Señor,
se ha incrustrado un cuchillo de extraña forma. No se ve la
mano que lo lanza. Como en la canción del Caballero de
Olmedo, en la que solamente sombras y voces advierten, per­
didas en el viento vespertino, aquí la muerte es anónima e
irrefutable. No he visto nada más sobrecogedor. Nada que de­
muestre más palpablemente la fragilidad humana ante el Ene­
migo, con mayúscula. La Virgen Bella, las casullas, los cáli­
ces, el románico imprevisto, las otras tablas: todo se olvida
ante esta pintura incomparable. Para la que pudieran haber
sido escritas algunas de las estrofas de las coplas manrique-
ñas.
Por Becerril de Campos

Un puente, calzado y con aceras,


vé»F
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ls«E
z965.D
ig,21m
arodeV estrecha el camino. El
puente enseña cómo se hace la circunferencia, mitad piedra
y mitad espejo, al Canal de Castilla, que lleva las aguas cla­
ras. Son siete las iglesias, aunque de memoria no me salen
más que seis: Santa María, Santa Eugenia, San Miguel, San
Martín, San Pedro y San Pelayo. El niño Payo, tudense, está
en el altar mayor con faldellín que orlan amapolas y maripo­
sas o flores que parecen mariposas y alas que parecen amapo­
las. Dicen que es sasánida la tela. Se entra a la villa por ca­
rrera de lodo, bajo arco gótico, levantado en los días en que
el infante don Juan Manuel fue allí a conferenciar con su
primo el rey Alfonso XI. El profesor Serrano Castillo ha pu­
blicado recientemente una curiosa nota, en la que se pregunta
si fue Infante de Castilla don Juan Manuel. Este, hijo del in­
fante don Manuel, hijo de Fernando III y de aquella dulce
sonrisa, que era lo único coloreado en un pálido rostro, doña
Beatriz de Suabia, casó con una peregrina del Apóstol Santia­
go, doña Beatrice de Saboya, menudica como una tórtola.
Don Juan Manuel, según Serrano Castilla, se pirraba por titu­
larse y se quejaba de que no hubiese apelativos propios para
los príncipes de la sangre. Príncipe de Villena, y duque, con
nómina aragonesa —los reyes de Aragón, como analfabetos,
comenzando por Jaime, el de la conquista de Valencia, suscri­
bían con letras enormes, con «letras de fardo», que diría San­
cho hablando de su firma—, lo que le gustaba era pasar por
Infante en Castilla y León. Si no por su posición en la estirpe,
sí por matrimonio pudo llamarse Infante: que casó en prime­
ras nupcias con la infanta Isabel, una morena, hija del rey
Jaime de Mallorca, y de segundas con una rubia, Constanza,
hija del aragonés Jaime II, un tipo enteco, siempre con hipo
y que por veces no veía del ojo derecho. Entonces le echaba
la culpa a los moros de Murcia, que lo aojaban... pero deje-
mos a don Juan Manuel y sus vanidades. Llegó a Becerril
con catarro y muchas astucias, y temor de que el conde de
Lara le metiese aunque fuese a la hora de oír misa mayor,
—aquellos castellanos, en aquel momento, eran tan resoluti­
vos como florentinos—, un acero entre dos costillas. Don
Juan Manuel era de los de política de la araña, lenta paciencia
tejedora.
Visita de iglesias, ¡prados que pintó Alonso Berruguete!,
y aperitivo en una bodega. Desde la puerta, veo la cigüeña
pasear por el borde de una charca. La cigüeña mete el pico
en las aguas, buscando la rana en el salto primero de la prima­
vera, y luego se queda, mientras ingiere, con la pata levanta­
da, haciendo el triángulo equilátero. En la bodega, un clarete
fino y graduado, vivacísimo, tremoloso, de la familia de los
violines, y asadas en sarmientos de vid, que dan azuladas,
rojas, verdiscas llamas, costillitas de lechazo, con un saludo
de ajo, pimentón y orégano. ¡A la paz de Dios!
—Allí —me dice el párroco señalándome un campo en el
que amanece el verdor del trigo— les dio para el pelo el Con­
destable à los comuneros.
Andaba por allí uno, no sé si zamorano, de los del obispo
Acuña, o abulense, de origen gallego, don Juan de Figueroa,
que desde los dieciocho tenía la barba blanca. Cayó del caba­
llo, y dióse preso. Y al caer habiendo metido la barba en es­
tiércol, todo lo que pedía era agua para lucir la aguileña. Y
no se la dieron, y lloraba.
Por aquí eran tierras de los Manriques. «Las lomas se en­
cadenan, suaves, considerando que se va la vida y se viene
la muerte tan callando», olas de la mar, flujo y reflujo, es
decir, muerte y resurrección. Don Gómez tenía aquí una ami­
ga. Se lo echarán en cara. Tendría los ojos azules como esa
panadera que viene presurosa, levantando las faldas que dejan
ver las redondas rodillas, para traemos una bolla de pan can­
deal. Con el sofoco de la carrera no puede hablar. Nos tiende
el pan y sonríe. La sonrisa se la lleva el humo de la brasera
sarmentosa.
Por Támara del Temple

Los barones amigos del SeñorD vé»,F, que tenían casa en Villalcá-
n
igls«E
arzo196.V
em
25d
zar de Sirga mandaban también en Támara. Y dispusieron que
viniese piedra desde los altos montes cántabros a ordenarse
en cerca militar en la villa. Y guardaban el Camino, desde
aquel castillo visitado anualmente por la cigüeña, y cuya cin­
tura la acariciaba la amapola. Por mayo, se lavaban los tem­
plarios las barbas con romero y las ponían a secar en las al­
menas. Pasaban por allí, alanceándose, navarros, leoneses y
castellanos, y los del Temple tan serios, a educar el halcón,
adivinar cuándo Venus está en conjunción con Marte, tirar al
arco con espejo, comer lechazo, correr la liebre con galgos
de Damasco, rezar por los difuntos y mejorar el arte del estri­
bo. En las peleas por las tierras palentinas había caído un leo­
nés, Bermudo III. La verdad es que se dio la muerte, que se
echó al galope contra Fernando de Castilla y García de Nava­
rra, que estaba a la sombra de un chopo con calandria, que
era junio, y que no tuvieron más que adelantar el fresno para
que Bermudo quedase ensartado. Era justo y benéfico, pe­
queño y rubio, valeroso ordenador. Se llamó aquella pelea la
batalla del Tamarón. Es un río que a veces no lo hay. Pasa
una yunta y se lo bebe. Pasa otra, y lo mea. Bueno, en Tá­
mara todavía hay puerta gótica en lo que resta de muralla
—por ella entro, evitando enlodarme—, y permanece la
puerta románica de la iglesia del castillo templario. Del hos­
pital de los grandes días del Camino, nada queda. Compro
una bolla de pan blanco a un jorobeta panzudo y colorado
que atiende por Matías, y me voy a visitar San Hipólito, que
es la parroquia. Dicen que en la torre puso mano Herrera. Al
ábside, que tiene un tejadillo asolanado, vienen con el caer
de la tarde los grajos. El cura suelta de carrerilla exactamente
esto:
—Es objeto de atención especial la columna exenta en que
se apoya la tribuna del órgano, junto al coro, de estilo gótico
florido sobre arco renacentista.
¡Muy bien! Lo ha leído en el libro del académico palen­
tino Revilla Vielva. Y lo dice al pie de la letra. El buen clé­
rigo me explica la vida de San Hipólito, y que en el monas­
terio benedictino de San Miguel, después de la batalla de Ta-
marón, los monjes dieron asilo a Jimena Teresa, la mujer del
Bermudo muerto.
—Pero lo tomó muy a mal don Fernando, que era muy
echado, y entró en San Miguel y se lo regaló a Cardeña. ¡Eso
que la mujer de don Femando era hermana del Bermudo! Y
Cardeña comió todo el pan de la tierra.
—Menos mal —le digo—, que para hoy quedó el de Ma­
tías.
Y le ofrezco una esquina de la bolla, doradita la coda,
mansa la miga.
— ¡Donde haya pan palentino no cabe otro! —me asegura.
El vino es humilde, pero de color del atardecer en las for­
mas lejanas, que aún no atavía el verdecer de los trigales. Es
la púrpura leonesa, descolorida por los soles, moribunda en
el páramo, pasando lentamente de su nobleza primigenia a os­
curo terrón.
Dejo Támara y el Tamarón. Los chopos se afinan más to­
davía en el atardecer. Con el lusco y fusco entro en Palencia.
La primera visita a la catedral. Ni una sola luz encendida en
el enorme templo. Dos tipos escuálidos, de mandilón, pasan
en la sombra. Pregunto a qué se debe aquella oscuridad.
—Es que a estas horas —me dice el uno—, aquí no viene
personal.
—¿Es usted gallego? —me pregunta el otro, que habrá
aprendido a distinguir el acento oyendo hablar al obispo Souto
Vizoso.
Y antes de que yo pueda responder, comenta el primero:
— ¡No, que como habla, iba a ser flamenco!
Encienden unas luces en el trascoro, y los correperros del
mandilón muestran sus narices afiladas y las bocas desdenta­
das. Parecen gárgolas escapadas del ábside, frente al hospital
de San Esteban, donde fueron las mantas mercuriales.
Con el «Cistel» en huerta

Llovía si Dios ha dado agua arodeV


vé»Falguna vez, después del Di­
n
ls«E
965.D
b
ig,12ctu
luvio. Una agua travesera, en la mano del viento sur. Saliendo
de Zaragoza, se veían enormes nubes sentadas a descansar en
La Muela. El Jalón crecido, lodanero en rojo, semejaba un
río de otro planeta. Entre Calatayud y Alhama comencé a ver
algo del país. La roca de Calatayud, por ejemplo, pelada, con
los muñones del castillo moro en el pino. Y la huerta de Al­
hama, la balnearia. Un cura con un gran paraguas gris ceniza
atravesó la carretera seguido de un perdiguero de Burgos. El
clérigo, embufandado, estaría en las termas aclarándose la
voz para el poco latín que nos queda en la misa, y acaso llevó
con él al fiel compañero de las cazas para mejorarlo de ladri­
dos en campo, aunque estos venadores suelen ser callados.
Un letrero anunció que entrábamos en Soria, y a poco estába­
mos en Santa María de Huerta. Y a cien metros de la carre­
tera, a mano izquierda, por un lodazal, entrábamos en la gran
casa del Císter, bajo un arco donde con las armas de Castilla
y de León y la barra de veros bernardina, está el escudo de
la casa, que es una jarrilla redonda con unas flores que me
parecieron azucenas. Una tablilla con unas letras de fardo en
colorado indica: «Portería». Llamamos y abrieron. En la
misma portería dos legos servían a tres o cuatro obreros de
los que trabajan en las obras de restauración: cordero con ha­
bas, vino tinto, melocotones, hogaza chata de pan blanquísi­
mo. El lego más joven, expuestos mis deseos de visitar el
monasterio, va a buscar al hermano Joaquín, que es quien lo
enseña, y mientras no llega pruebo del dulce de membrillo y
de manzana que hacen los cistercienses, y de las galletas,
y cato del vino, que es seco y duro y anda por los catorce,
y compro fotografías y un folleto con la historia de la santa
casa. Por encima mismo de mi cabeza asoman unas largas
barbas blancas. Baja el hermano Joaquín por una escalera de
caracol. Un anciano sonriente, irónico, que en toda cosa que
salga en la conversación tiene tomado partido, y ataca, sin
pelos en la lengua.
Pasamos al claustro bajo, donde hay enterramientos. El
hermano Joaquín los conoce a todos. Gente que estuvo en la
batalla de las Navas. Allá por el año treinta y cuatro el her­
mano Joaquín, con motivo de unas obras, vio todos los huesos
de estos soldados, y la momia de don Rodrigo Ximénez de
Rada.
—Está tal y como lo enterraron, y las manos calzando
unos guantes blancos.
El viento que sopla en el claustro parte en dos la luenga
barba del hermano. Y ya estamos en el refectorio, que era
adonde quería llegar yo. Es rectangular, y a ojo tendrá sesenta
por veinte. En el muro del testero se abren dos grandes ven­
tanales, y sobre la puerta de ingreso ha florecido en piedra
una delicada rosa, sólo comparable a la de la fachada de la
iglesia, y ambas construidas con más aire que piedra. La bó­
veda es nerviosa, como la de un animal complejo y sensible
a la luz y a la brisa. Pocos salones debe de haber en el mundo
tan bellos, tan equilibrados, tan llenos de majestad y de sosie­
go. Más que para comer —y bien saben todos los que me
leen cómo creo en la excelencia intelectual e imaginativa de
la cocina occidental—, es un salón para dilucidar el plato­
nismo o agotar la sutileza teológica de la Summa, para Ke-
plero exponiendo las leyes que rigen el ir y venir de los pla­
netas o para que un rey de Sófocles o de Shakespeare diga,
ante un auditorio sobrecogido, aquellos terribles monólogos
en los que se mezclan los héroes, los destinos, la premonición
de la muerte y el aliento oscuro de la venganza... Subí al pul­
pito por la escalerilla de los arquillos y ya en él acaricié las
rosillas de piedra que lo adornan. Las pusieron allí los monjes
por una inglesa de delicada piel y ojos verdes que vino a rei­
nar en Castilla una vez: doña Leonor de Lancaster, mujer de
Alfonso VIII, el fundador.
—Dicen que nadie la vio sonreír —apunta el hermano
Joaquín.
—Lo mismo pasó con otra Lancaster —le cuento—, que
reinó en Portugal, y no más llegar a Lisboa prohibió el amor
a los portugueses, la risa y el dar serenatas con guitarra.
— ¡Con tal de que fuese por virtud! —comenta, dudando,
el cisterciense.
Cuando subimos al claustro de los caballeros, salen de
sexta los monjes. Hay veintiocho y dos novicios.
—Pocos son —sugiero.
—Pero valen por cuatro —afirma el barbudo Joaquín.
Y nos adentramos por la clausura, antes de bajar a la igle­
sia. De esto contaré mañana. Ahora solamente quería decir
de aquel refectorio gótico, impresionante en su desnudez, per­
fecto hallazgo de la geometría.
Els fanalets de Sant Jaume

Recién hice un viaje a LéridaV,d —me gusta más decir el


íclF
1967E
b
as.30vm
igu
trod
en
nombre de la ciudad en catalán, Lleida; me gustaría que hu­
biese una mujer hermosa que se llamase así—, y hablando
de los catalanes en el Camino de Santiago, me contaron de
cómo ellos recuerdan al Apóstol y los peregrinos, y de una
fiesta que tienen allá, en la víspera de la fiesta de Jacobo el
Mayor. Y es una fiesta antigua, estando a lo que dicen los
eruditos leridanos. La cosa nació de que yendo por aquellas
tierras el Señor Santiago a predicar la Fe, conforme dice la
canción:
«Sant Jaume ve de Galicia,
Sant Jaume ve d ’Aragó,
i a Lleida va deixá estesa
la fe de Nostre Senyor!».
Digo que yendo Jacobo a predicar, una espina que estaba
perdida en el camino se le clavó en un talón. Sería uno de
esos objetos que, dijo Ernesto Helio, huelen el cuerpo de los
santos para herirlo. Se le clavó la espina a Santiago, y no
podía andar. Pero la noche había venido, negra y fría. El
Apóstol se sentó en una piedra, intentando quitarse la espina,
y no veía. Y fue entonces cuando del cielo bajaron ángeles
con linternas y, alumbrándole, pudo Santiago quitarse la espi­
na. Habría que ver esto de las linternas, o de los farolillos.
Los bizantinos explicaron un poco esto de la luz que portaban
los ángeles. Sus propias manos eran luminosas, o de ellas na­
cía la luz, y ésta se sujetaba a geometría, aun sin contar con
fra Lucas Paccioli: triángulos equiláteros o esferas. Aunque
hubo quien afirmó que la luz que brota de las manos de los
ángeles se tiende en el aire como abierta cola de pavo real.
Bueno, Santiago se quitó la espina con ayuda de la luz
angelical, y en el lugar del prodigio se levantó una iglesia,
Sant Jaume del Peu del Romeu, Santiago del Pie del Peregri­
no. Y en memoria de los ángeles alumbradores, ahora van
los niños, en la anochecida del 24 de julio, con sus farolillos
encendidos, por las calles de Lérida. Y hay premios para los
más logrados farolillos, para els fanalets... La iglesia es ahora
una breve capilla, ya no hay el antiguo perxe de Sant Jaume,
pero en la fachada, en la calle Mayor, está el Apóstol pere­
grino.
¿Que a uno le gustaría estar en Lérida un 24 de julio e ir
entre infantes en la procesión? ¡Qué duda cabe! Y es más que
seguro que en la procesión irán algunos niños que no son ni­
ños, niños que son ángeles que han bajado —«infantiles como
sueños infantiles»— desde los huertos del Paraíso, y se sabría
quiénes son, entre todos los niños leridanos, porque la sonrisa
de los ángeles es luminosa. Y en Lérida debía de ser posible
sonreír. Por lo menos antes de los Borbones y de la Nueva
Planta. Fíjense que el alcalde de Lérida se llamaba entonces
el Paher en cap, y los concejales se llamaban paheres. Es
decir, el pacificador en jefe, y los pacificadores. ¡Hermosa
magistratura!
La flor de Olmedo

La muerte de don Juan de Vivero


D
vé»F
n
z196.ls«E
ig,4m
arodeV fue en noviembre de
1521, al ponerse el sol. Hablo de la gala de Medina, la flor
de Olmedo. Lo mató de una lanzada un tal Miguel Ruiz de
la Fuente, en un lugar del camino entre Medina del Campo
y Olmedo, que se llama todavía la Cuesta del Caballero. El
porqué de la muerte, no se sabe. Don Juan regresaba a su
casa después de lucirse en toros y cañas ante una tal doña
Elvira Pacheco. Uno estaba por los amores de don Juan y
doña Elvira, y venía el celoso lanza en ristre y hacia su muer­
te, pero en unas Memorias del poder que tuvo Medina, del
xviii, se afirma que «no fue por celos de doña Elvira Pacheco,
como dice el romance que bailaron unos representantes,
porque fue muy diferente». La cosa, al parecer, fue por gal­
gos. Miguel Ruiz se ofendió. Era mozo de dieciocho años
—«barbiponiente» dice el Memorial de Medina del Campo,
de Montalvo, donde acaso debiera decir «barbiasomante»—,
y su madre no le dejaba dormir, recordándole la ofensa del
vecino. No dejar el de Vivero sus galgos para cubrir las galgas
del Ruiz, era ofensa, y quizás suponer que no había limpieza
de sangre en las ligeras hembras venatorias, corredoras de lie­
bres en las eras. Don Juan de Vivero regresaba a caballo a
Olmedo, y con él iba un escudero. Para salir de Medina, pa­
saron los jinetes el Zapardiel por una de las puentes, ya la de
San Miguel, ya la de los Zurradores, que es donde se retrató
servidor hace muy pocos días, a la caída de la tarde.** El
Zapardiel no es un río, casi, y de él pudiera decirse lo que
el clásico le hizo decir de sí al Manzanares madrileño: «be­
bióme un asno ayer, y hoy me ha meado». En las orillas y
en las aguas, envases de plástico, latas viejas, toda la basura
del mundo. Ni un chopo para una alondra. Pero en un rincón

** En Faro de Vigo, el artículo aparece ilustrado con la fotografía a la


que alude el autor. (N. del E.)
de verde ribera que queda limpio, unas prímulas tiemblan al
sol. Algo es algo.
Yo creía en los amores, como dije antes, y vqelvo a ello.
Doña Elvira había despedido a don Juan con una señal de
guantes flamencos, y el caballero se marchó soñando. Es lo
natural. En la melancolía del atardecer se entornan los ojos,
y vive en ellos así más tiempo el rostro amado. Estoy muy
práctico en esto. Y así iba como sin ver don Juan, cuando
salió de entre álamos el Ruiz y lo atravesó con la lanza. Don
Juan fue llevado a morir a Olmedo, donde estaba casado con
doña Beatriz de Guzmán. El Ruiz tenía consigo dos criados
negros, que se quedaron boquiabiertos, fueron presos, y ahor­
cados en la plaza, junto al atrio de la Colegiata. El Ruiz huyó,
se metió fraile en la Mejorada, y aun parece que pasó a In­
dias. En el camino quedó una pocica de sangre de don Juan,
y cuando secó, las cornejas picotearon.
Yo me senté en la puente al atardecer, por ver salir de
Medina del Campo a don Juan de Vivero, envuelto en capa
roja, y la birreta de alas, que el viento de Medina silba en
las orejas. Pero ya hace siglos que muerta está la flor de Ol­
medo. Pasan cinco gitanos con una cabra. Subo desde el río
hacia la plaza, donde quizás haya corros en los que se esté
hablando de la muerte. Nada. Anochece, y Venus está a pique
sobre el palacio real. El licenciado Rupérez —sucesor del fí­
sico Luengo que le curó las bubas a Bemal Díaz del Casti­
llo—, cierra la botica. Pasan grupos de chicas minifalderas
hacia las cafeterías: Las Vegas, Brasilia... En ésta, criticando
el lujo de piernas que ofrecen las banquetas de la barra, dos
ancianas beben lentamente sus copitas de anís. Una pide una
tapa, y le sirven un pincho de bonito con una aceituna. Nadie
sabe que esta atardecida le mataron, al Caballero. Lo sabe el
lucero de la tarde. Lo sé yo, que vuelvo al río y me detengo
cabe la iglesia de San Miguel. Desde muy lejos, viene la voz
de una mujer que canta alegre. Y yo permanezco un largo
rato en el puente, hasta que cierra la noche, único testigo de
la tragedia. En el viento pasan las sombras que le aconsejaron
a don Juan que no saliese, y las voces que le dijeron que no
se fuese. Me vuelve a la vida el ajo rotundo de un carroma­
tero, al que por poco le monta el mulo un ciclista que baja
lanzado.
Con el Fúcar en Medina

Esto, donde yo estoy retratado**,


vé»F
n
ls«E
z16.D
ig,9m
arodeV es lo que queda, en la
plaza de Medina del Campo, de los puestos de los cambistas.
Al fondo, la Colegiata, en cuya fachada hay un altar gótico
muy gracioso, en el que se decía misa todos los días de feria,
y los tratos que se celebraban antes del santo sacrificio no
tenían validez. Ahora, me dicen, ya no se usa eso, lo que me
parece mal. ¿Es que tiene cosas más urgentes que hacer el
señor arcipreste de Medina? En fin, aquí estaba el Fúcar, que
llegaba de Alemania a ferias, y se ponía a cambiar y a escribir
letras de cambio, que, como dice la lápida que se ve en el
centro de la foto, «aquí cristalizó en su forma definitiva» en
los siglos xv y xvi. El Fúcar y los otros cambistas' hanseáticos
pasaban sus calores, pero no se quitaban la loba de piel de
nutria, y solamente se descubrían, por privilegio imperial,
bajo el toldo, y cuando eran altos príncipes o ilustres damas
las que acudían a su puesto. La piedra donde el banquero ha­
cía sonar la moneda era mármol de Italia, y aunque no fuese
más que por esa música del oro en la piedra, se dejaría estar
uno al pie del puesto las horas muertas. Y no hay que tener
imaginación para ver cómo se apiñaban junto a él labriegos
de Olmedo y de Simancas, de Tordesillas y de la tierra de
Medina, para ver y escuchar las hermosas nonedas de las Eu-
ropas: ángeles, carolus, doblas y doblones, ¡lorines y coronas,
onzas y escudos. La moneda caía en la piedra por el reverso,
que en el anverso llevaba el perfil de un rey, y había que
respetar a los coronados. El cambista refrescaba con zarzapa­
rrilla, y se limpiaba la boca con un pañuelo de Cambray por­
que se acercaba, alto cuello de garza y los ojos claros, con
sus damas, la señora emperatriz doña Isabel de Portugal. (Ya

** En Faro de Vigo, el artículo aparece ilustrado con la fotografía a la


que alude el autor. (N. del E.)
se sabe que no andaban muy bien de dineros los caballeros
que servían en la Corte, y la propia emperatriz decidió que
cuando iban con ella a recorrer la feria sus damas, éstas
no pidiesen a sus galanes aquellas cintas de seda, aquellos
anillos, aquellas aguas de aroma de Italia, los zapatos de
raso y los hilos de oro, y que callasen sus antojos, que deja­
rían literalmente en la miseria a los altivos hidalgos de las
Castillas.)
En Medina se vendía todo, desde la piedra bezoar a
cuerno de unicornio reducido a polvo, perlas pérsicas y martas
cebellinas. Amén del trigo y de la lana, claro es. Bemal Díaz
del Castillo compraba licores secretos que le iban a devolver
la perdida juventud, César Borgia mandaba por jaboncillo de
Siena, y Hernando Pizarro —otro de los ilustres prisioneros
de la Mota—, algo de farmacopea judía que le quitase de una
vez la tiña y las ladillas. Y un banquero judío le ofrecía en
un aparte al rey católico don Femando nada menos que el
nombre secreto de Roma. Femando, sabido el nombre, sería
el amo de Roma. Pero el judío pedía muchos dineros, contan­
tes y sonantes, y el rey no tenía suelto, que aun se veía obli­
gado a pasar distraído por delante de los cambistas, muy ro­
deado de la nobleza, no saliesen los banqueros con recibos
vencidos. De tener dinero Fernando, seguro que lo comprase,
porque en esas cosas, él, el político, creía. Recuerden que
una bruja le predijo que moriría en Madrigal, y nunca más
pasó por allí. Pero murió en Madrigalejo, que por parte de la
bruja no es equivocarse en la profecía, casi.
Ya no son lo que fueron las ferias de Medina. Paseo por
la desierta plaza, por entre niños que juguetean al sol. Un
vientecillo levanta un polvo dorado, como si aún quedasen
limaduras en el suelo del fraude de los cambistas. Decido re­
frescar como un cambista del xv y en la cafetería Monaco
pido un refresco de zarzaparrilla. Me miran los tres arrapiezos
de detrás del mostrador, y me dicen que no hay, que en Me­
dina no se lleva. Pero yo ando terco, quiero cumplir mi gusto,
y en un comercio de ultramarinos encuentro la botella de ja­
rabe de zarzaparrilla. En mi habitación del hotel, con añadido
de un agua mineral gallega, me preparo el refresco, y desde
la ventana de la habitación, contemplando el lucero., lo bebo
lentamente, a la salud del Fúcar de la barba rubia, que en este
mismo momento está, imagino, haciendo sonar un carolus del
rey, casi media onza de oro, en el mármol de su tabla, en la
desierta y polvorienta plaza. Quizás en la alta noche, se acer­
que al puesto, como un manojito de nieblas blancas, una de
aquellas bellas damas de antaño, que no puede dormir porque
tiene el antojo de una cadena de Florencia, de la que cuelga
una piedra verde. Verde como el lucero cubierto por la helada
que cae hoy sobre Castilla.
Ibiza salinaria

El avión vuela bajo, hacia laarodeV


vé»Fpista de aterrizaje, sobre las
n
s«E
l19.D
ig,27b
salinas ibicencas, cuya explotación se remonta al fenicio de
pesado remo. Muchos creen que la isla estaba desierta cuando
llegaron las gentes de Sidón y Tiro, y fundaron aquí una fac­
toría que iba a hacer abortar la expansión griega en el Medi­
terráneo occidental, y servir de escala a las naves que viajaban
hacia el Tenebroso, y subían hasta las ínsulas hiperbóreas en
busca del estaño. Cartago dejó Ibiza porque llegó el romano,
y después acudió el bizantino, con aquel Belisario de barba
rizada, y finalmente el moro, que estuvo muy sosegado, escu­
chando música y poesía, hasta que vino el catalán en los días
de don Jaime I el Conquistador. Los cristianos traían como
general en jefe a Guillem de Montgrí, un sacristán mayor de
la seo de Girona que gustaba de tambores y de banderas, y
de segundo cabo a un infante lusitano, don Pedro de Portugal,
un tipo inquieto y enrabietado... Pero a los ibicencos de hoy
lo que les tira es el fenicio, el púnico. El hotel en que yo me
hospedaba —en Santa Eulalia del Río, a la orilla del único
río de la isla, largo un par de leguas, y que muere en ancha
y sonora barra—, se llama Hotel Fenicia, y el teatro en el
que pronuncié el pregón del Congreso de los Skal Clubs, Tea­
tro Cartago. Y en los escaparates, terrascochas, Tanit, la
diosa púnica de la fecundidad, poderosa madre, y Bed, un dios
burlón y genital, con cabeza de pájaro, compañero de sus fie­
les difuntos, las más de las veces muy ricamente enterrados,
con oro y plata, grandes vasijas con aceite y vino. En el Puig
des Molins se ha excavado una de las mayores necrópolis pú­
nicas, y lo hallado —lo que quedó después del saqueo de las
tumbas por moros y cristianos, y hasta por competentes ar­
queólogos que surtieron de obra púnica de metal y de barro
a los museos de medio mundo—, se contempla en un museo
cercano a la necrópolis. Pero de todo esto se hablará, y de
muchas otras cosas ibicencas.
En la mañana brumosa subo hasta la seo, por verla, con
el museo catedralicio y el arqueológico, que están a su vera.
Paso por una puerta de las murallas borbónicas, y camino por
las pinas calles, estrechas y calzadas de uña de perro, que
llevan a lo alto de la colina, que fue alcazaba del moro y
donde el sacristán gerundense, trocado en conquistador, fundó
Santa María de Ibiza. Las casas, de una planta, encaladas,
tienen limpios patios floridos. Las fuertes murallas cercan la
colina, y dentro de ellas se refugiaba la población cuando se
anunciaban piratas, que venían a la sal y a hacer cautivos. A
su vez los ibicencos iban a las costas de Orán y de Argel, y
traían cautivos moros. Y comenzaba el trato, y los pobres de
uno y de otro bando quedaban esclavos, y los que tenían po­
sibles eran rescatados, tras largos regateos y a veces, si había
abundancia, con sustanciosas rebajas... En el museo de la ca­
tedral admiro unas tablas, hoy separadas pero que formarían
un retablo, que representan un Juicio Final. Catalanas y del
XV serán. Horribles demonios rojos pinchan pecadores en el
Infierno, mientras el Purgatorio es abandonado por las almas
purificadas, y en el Paraíso un aire azul envuelve a los biena­
venturados. Y pintado en el xv por uno del Maestrazgo, Va­
lentín. Montoliu, está Santiago Apóstol, como aquí lo ven*,
rubio como un franco, los ojos claros, la mirada serena, la
boca parece que iniciando una sonrisa. Pero quien sonríe de
verdad soy yo, al verlo, al Patrón, en la lejana isla. Lo pienso
y casi lo digo en voz alta:
— ¡Vaya, ya somos dos gallegos en Ibiza!
Y también es casualidad que aquella misma mañana, en
mi habitación del hotel, hojeando un tomo de las obras de
monseñor Isidoro Macabich —de cuya Historia de Ibiza tam­
bién hablaré—, me lo abre el viento por la página 127 y leo
un bello poema, «Aixó era un pelegrí»..., que así comienza:

«¿Qui será aquest pelegrí


que a Sant Jaume s ’encamina?
Caminet de Compostella,
que flors y estels encatifen!».

El peregrino del poema es San Francisco. Cantan las aves

* En Faro de Vigo, el artículo aparece ilustrado con la fotografía a la


que alude el autor. (N. del E.)
del camino porque el poverello las invita a cantar. Yo repito
el verso catalano-ibicenco en mi gallego: Loubade as grorias
de Deus/boas irmanciñas miñas... La ciudad y el mar están
allá abajo. Sale del puerto un moto velero, y el viento trae
hasta el baluarte la caricia salada de las salinas. ¡Y pensar
que en el restaurante donde almuerzo, en un estante, entre
mostazas y salsas anglosajonas, figura un bote azul con sal
americana! ¡Oh, sal de Ibiza, la más fina del mundo, que las
caravanas llevaban hasta Tombuctú, para golosina de los re­
yes negros!
Unas y otras gentes

Como traigo en mis acostumbradas


D
vé»F
n
l197.s«E
ig,28b
arodeV libretas muchas notas
de Ibiza, me van a permitir que cuente de unas y otras gentes de
la isla, de una romera de Santiago, de judíos, etc., dejando
a un lado los llamados hippies, gente maloliente que anda va­
gabunda de aquí para allá, vestida de míseras ropas, amantes
tristes, con la mirada de can sin amo, y que se sientan ador­
milados en las terrazas, cuatro para una naranjada o un vaso
de leche, o andan comprando en el mercado una lechuguilla,
una patata, unas aceitunas. Una rubita que se sienta a mi lado,
cuando hago un descanso para tomar una cerveza, se rasca y
luego mira en las uñas si ha logrado rastrear alguna población
en su cabeza. Cuando se levanta porque la llama un melenudo
abrigado con gabán de pieles ovejunas, muestra media nalga
sonrosada por un roto en el pantalón vaquero. Una pareja ha
tenido gemelos, y los harapientos padres portan cada uno su
bebé en sendas bolsas de lona azul. Hay mucha muchacha
con niño. Esta gente parece fecunda. A lo mejor, la diosa Ta-
nit de los púnicos, poderosa y maternal, sigue por aquí, pi­
sando arena en las calas o durmiendo bajo un olivo, y obra.
La gente del país, los payeses en el mercado, no dejan de
mirar a estos nuevos pobladores con asombro, y no hay chófer
de taxi que no cuente el haber llevado padres por toda la isla,
buscando una hija perdida entre la guitarra, la marihuana y
el amante que filosofa. Ya digo que no quiero hablar de esto,
porque además lo entiendo muy mal. Prefiero tocar otras te­
clas. Por ejemplo, una romera de Santiago, que viene en la
Historia de monseñor Marcabich en la página 308 del tomo I.
Un visitador eclesiástico interroga a tres vecinos de Ibiza,
en febrero de 1393. Si hay heréticos en la villa, si sodomitas,
si gente que no confiesa, si hay «incantadores» y adivinos, y si
alguno tiene a la vez mujer y concubina. Responden los tres
que ni en la villa ni en el castillo hay ninguno de éstos, que
viva a lo moro con dos mujeres, pero que hay un tal Alfonso,
castellano, que tiene mujer en Castilla y aquí ha tomado ahora
otra. Lo aseguró a uno de los interrogados «una dona caste­
llana que era arribada en Evissa e anava en romiage a Sant
Jaume», la cual estaba segura de conocer al Alfonso, que te­
nía mujer en Sevilla, y que la conocía ella. Y yo y ustedes
nos preguntamos: ¿qué hacía en Ibiza una castellana, que iba
en romería a Compostela? Todos los caminos llevan a Roma,
todos también a Jerusalén y Compostela, pero la vuelta que
daba la romera, desde su Castilla a Sevilla, a conocer la mujer
del Alfonso, y desde Sevilla a Ibiza, todo ello camino de San­
tiago, era mayúscula, y viviendo, hay que suponerlo, de la
limosna, visitando iglesias, durmiendo en los pajares: una hip­
pie avant la lettre. Y aprovechando para que el Alfonso tu­
viese que apartarse de su «amiga na Joana», que así se lla­
maba la ibicenca morenilla.
En 1410 visita la isla el arzobispo de Tarragona el señor
Juan de Siete Castillos, quien llama a dos judíos conversos,
Francisco Zacoma y Francisco Coscó, y quiere saber de ellos
cuántos conversos hay en Ibiza, y hay pocos: Pero Moyá y
su mujer; el mismo Coscó, su mujer y su suegra; un tal Miró,
con su mujer y dos hijas, y un Castelló, con su mujer y su
hija Coloma, y un Francesh Comes. Todos buenos cristianos,
aunque novísimos, cumplidores, que comen cerdo y trabajan
los sábados, compran carne en la carnicería y no celebran las
Cabañuelas ni la fiesta de la Cometa, ni el año nuevo judío.
Pero el visitador aprieta en el interrogatorio, y al fin Zacoma
y Coscó declaran que todos cumplen como cristianos, a no
ser la Moyana —la mujer de Pere Moyá— y Clara, la mujer
de Castelló, que ésas observan el sábado, car non volen fer
feyna neguna, y que la dicha Moyana solamente come carne
rabinada a la custum judaica. No nos dice monseñor Maca-
bich si resultaron de estas declaraciones perjudicadas la Mo­
yana y la Castellona, si hubo castigo y tuvieron que barrer y
cocinar en sábado, e ir al obligado de carne a comprar un
algo de cerdo y otro de cordero... El muy sabroso cordero
ibicenco, cuyas madres pastan orillamar. Vale un lechal bur-
galés. El vino que anda por las tabernas de Ibiza es el de Ju-
milla, un murciano grueso y graduado. Terminada la comida,
y el rostro abermejado —como aquel personaje del Poema del
Cid, que «veríe bermejo ca era amorzado»—, hay que po­
nerse contra el viento fresco que se adentra en la dulce Pitiu-
sa, mejor tumbado en la hierba, en la ribera del río de Santa
Eulalia. Giran raudas las aspas de un molino de viento, y
como en una novela pastoril un pastor adolescente, que lleva
dos docenas de ovejas pardas por un camino, toca la flauta.
En lo alto de un cerro, blanca, la iglesia de Santa Eulalia,
que era también fortaleza contra el pirata. Al excavar, en di­
versos lugares, aparecen grandes, los proyectiles que salían
súbitos de la honda del baleárico, silbando.