Universidad Autónoma Metropolitana Primer Encuentro de Sociología 2007

El cuerpo en sociedad como cuerpo vestido
Jorge Galindo UAM – Cuajimalpa

Como normalmente identificamos al vestir con la moda y, a su vez, a ésta con lo superficial, tendemos a negarle a la sociología del vestir la importancia que tiene. En el presente escrito se argumenta que la sociología del vestir representa un ámbito de investigación tan digno como cualquier otro. De hecho, ninguna sociología del cuerpo o de la interacción puede salir bien librada sin una breve reflexión sobre la ropa y el vestir. A final de cuentas, las personas con las que interactuamos se nos presentan, salvo en casos más o menos excepcionales (como podrían ser los encuentros amorosos en la intimidad o las fotografías de Spencer Tunick), como cuerpos vestidos. El presente escrito tiene por objetivo desarrollar una breve introducción a la sociología de la ropa y el vestir en aras de mostrar algunas de las líneas de investigación que pueden abrirse si aprendemos a tomar en serio este objeto de estudio. La ropa1 y la estructuración de lo social

Para poder observar sociológicamente un fenómeno tan cotidiano como la ropa es necesario dejar de verla como un mero objeto manipulable (algo que “nos ponemos y quitamos a nuestro antojo”), para empezar a verla como una estructura en el sentido de Anthony Giddens. Rompiendo con la vieja tradición sociológica de pensar al concepto de estructura en términos meramente coercitivos, para su teoría de la estructuración, Giddens desarrolla un concepto de estructura que atiende a su dualidad constitutiva, a saber: no sólo como un límite de la acción, sino como algo que también la posibilita. Así, Giddens busca escapar
1

Esta es una reflexión general sobre el vestir, de tal forma que cuando hable de ropa no sólo me referiré, en sentido estricto, a lo que uno viste, sino también a lo que calza y a los adornos que usa.

del clásico dualismo que nos emplaza a decidir entre enfoques estructuralista y enfoques accionalistas en aras de desarrollar un enfoque integral en el que la acción produce (o actualiza) a la estructuras que, a su vez, la posibilitan. Estas estructuras pueden ser reglas o recursos. Como reglas las estructuras se encarnan, por ejemplo, en códigos legales o manuales de empleo de aparatos electrónicos. Como recursos las estructuras se subdividen en recursos de asignación y recursos de autoridad. Ejemplos de los recursos de asignación son: los recursos naturales o los bienes producidos, mientras que encontramos una claro ejemplo de los recursos de autoridad en la decisión jurídico-política que define los límites territoriales de un Estado. No se necesita reflexionar mucho para darse cuenta que la ropa encaja perfectamente en este concepto de estructura ya que ésta no sólo limita nuestra acción, sino que también la posibilita. Un claro ejemplo de este carácter dual de la vestimenta lo encontramos en los zapatos de tacón. El zapato de tacón es un “hecho social” en el sentido de Durkheim ya que es exterior y anterior a nosotros y, además, ejerce un cierto grado de coerción sobre nosotros. Cuando en la cultura occidental un bebé nace, queda adscrito a una de las dos categorías de género disponibles (de hecho esta adscripción es tan fundamental que no se nos ocurre preguntar otra cosa cuando sabemos que alguien está esperando un bebé o acaba de tenerlo más que: “¿es niño o niña?”). Dicha adscripción trae consigo toda una serie de esquematismos sociales que marcan nuestras vidas desde el primer minuto (como todos los recién nacidos se parecen tanto y, por lo tanto, se corre el “riesgo” de confundir a un niño con una niña, es necesario distinguirlos desde el principio mediante colores: azul para los niños y rosa para las niñas). Dentro de estos esquematismos encontramos los zapatos de tacón, prenda “femenina” por antonomasia. Desde el punto de vista del diseño, el zapato de tacón no parece ser una prenda funcional (de hecho, cualquiera que, distanciándose momentáneamente de su cultura, haya visto semejante prenda se preguntará ¿cómo pueden las mujeres caminar cuando los usan?). En el diseño del zapato de tacón se persigue, pues, una finalidad exclusivamente estética, y esto por dos razones. En primer lugar, el zapato como tal debe ser “bello”, debe gustar. En segundo lugar, esta prenda debe servir de pedestal móvil para poder apreciar “algo” todavía más “bello”, a saber: a la mujer. A diferencia de otros grupos sociales en desventaja, las mujeres gozan de una alta

consideración social. Esto puede observarse en lo rituales complementarios de género a cuya escenificación contribuyen los zapatos de tacón. Más allá de la función “estética” del zapato de tacón hay, pues, una función social relativa a los sistemas de interacción. Los esquematismos sociales correspondientes a las dos categorías de género “oficiales” disponibles en nuestra sociedad no sólo tienen que ver con la ropa que nos ponemos, sino con toda una serie de expectativas de comportamiento. No sólo basta con ser hombre o mujer, sino que hay que saber actual como tales. Como este actuar no se da de forma natural, se necesita que la sociedad ponga a nuestra disposición una infinidad de situaciones en las cuales podemos escenificar nuestro género. Así, como en principio la mujer no es tan indefensa como nos la presenta el imaginario social es necesario “ayudarla” a ser indefensa. Un medio para hacerlo son los zapatos de tacón ya que éstos (especialmente si se complementan con una falda larga) dificultan los movimientos de la mujer preparando así la escena para que el hombre salve el día al ayudarla a recoger algo que se le cayó o a bajar las escaleras. Hasta aquí hemos visto solamente el carácter estructural clásico de los zapatos de tacón, es decir, hemos visto cómo éstos se imponen a las mujeres y limitan su acción (además de que coadyuvan a profundizar la desigualdad de género). Pero los zapatos de tacón (como toda estructura en el sentido de Giddens) también posibilitan la acción y, en ese sentido, activan su poder causal intrínseco. En este sentido, las mujeres que usan zapatos de tacón pueden servirse de ellos para influir en el comportamiento de los demás mediante el coqueteo. En toda relación, por desigual que sea, el menos poderoso siempre podrá movilizar recursos contra el más poderoso y así ejercer un cierto control sobre éste. Evidentemente, esta forma de ejercer el poder sigue excluyendo a las mujeres de los recursos de asignación y autoridad socialmente más exitosos, a saber: el dinero y el poder político; además de que en muchos casos servirse del coqueteo para influir el comportamiento de los otros puede resultar contraproducente si lo que se busca es la igualdad de género. Sin negar la importancia que tienen estas reflexiones, no es este el lugar para discutirlas. Por el momento sólo se busca desarrollar una aproximación sociológica a la ropa (sin embargo, el hecho de que se nos presente un problema como el arriba esbozado nos dice mucho sobre la importancia que tiene la ropa en el mantenimiento

de ciertas relaciones de poder, lo cual se corresponde con lo anteriormente afirmado respecto a la relevancia de este objeto de estudio).

Ropa y corporalidad

Tenemos, pues, que la ropa no sólo limita, sino que posibilita la acción; y muchas veces no sólo la posibilita, sino que la orienta hacia ella ya que no sólo nos ponemos lo que nos queda, sino que, mediante dietas y ejercicios, hacemos que nuestro cuerpo se ajuste a determinada ropa. Para poder llegar a ser un miembro competente de una determinada comunidad es necesario conocer y ejecutar las expectativas sociales dirigidas al cuerpo (en nuestra sociedad, por ejemplo, los hombres y las mujeres debemos cruzar la pierna de manera al sentarnos de manera distinta); y dentro de estas expectativas sociales dirigidas al cuerpo se encuentra, justamente, este esfuerzo por ajustar el cuerpo a la ropa, al calzado o al adorno. Ejemplos clásicos de dicho esfuerzo pueden verse en la deformación de los pies de las mujeres en la antigua China o en los problemas respiratorios que para las mujeres occidentales implicaba el uso del corsé. A pesar de habernos emancipado de diversas tradiciones en lo que al vestido refiere, este esfuerzo no ha menguado en la modernidad. De hecho, en muchos casos el carácter reflexivo del agente y la reflexividad anidada en la ropa parecen haberlo radicalizado. Los casos más sonados de este esfuerzo de adaptación los encontramos en las mujeres (y también, aunque de forma minoritaria, en los hombres) que padecen anorexia y bulimia. En la modernidad este mal se relaciona comúnmente con el fenómeno de la moda. Si bien parece ser que, en tanto que fenómeno cultural, la ropa siempre ha sido algo más que un mero instrumento para protegernos del medio, ninguna otra sociedad había conocido, en sentido estricto, el fenómeno de la moda. Hoy en día no sólo nos vestimos, sino que nos vestimos “a la moda”. Nos guste o no la moda marca la pauta de aquello que nos ponemos por el mero hecho de que la producción de prendas de vestir se estructura a partir de sus principios (aún si yo quisiera vestirme como se hacía en otras épocas, me resultará muy difícil encontrar dichas prendas en las tiendas); y estos principios, a su vez, se orientan y contribuyen a configurar lo que podríamos caracterizar como el “ideal de cuerpo”.

Contemporáneamente, este ideal se relaciona con el estar delgado. Por esta razón, quien quiera estar “a la moda” deberá cuidar su peso ya que, de lo contrario, no podrá usar muchas de las prendas en boga.

La ropa e interacción

Como ya vimos, la ropa viste, pero al vestir hace más que sólo protegernos del medio. A lo largo de los siglos, la ropa se ha ido alejado de esta función básica, cercana a la mera necesidad natural, y ha desarrollado una autorreferencialidad que sólo puede ser interpretada en términos sociales. Después de las coordenadas corporales básicas como el sexo (género), la edad y la pertenencia étnica, la ropa es uno de los principales elementos que estructuran la interacción. De hecho, cuando (como en el caso de los recién nacidos antes presentado) las coordenadas corporales básicas fallan, la ropa es uno de los pocos referentes con que contamos para poder posicionarnos en la situación ya que nos proporciona información básica sobre la persona. Pero la ropa no sólo nos puede brindar esta información considerada básica, sino que también nos puede ayudar a ubicar a nuestro interlocutor en el espacio social, en el ámbito de la división del trabajo, en el tiempo e, incluso, en el espacio. Identificar una marca y relacionarla con un precio puede ayudarnos, por ejemplo, a ubicar a nuestro interlocutor en el espacio social. El paso de una sociedad estructurada por medio de la estratificación a una sociedad funcionalmente diferenciada trajo consigo la necesidad de generar formas de distinción más y más finas, de lo contrario no podríamos saber con quién nos estamos relacionando. Por esta razón, la capacidad para identificar marcas y diseños es particularmente aguda en las clases altas (sin negar que también sea una práctica común en las clases medias). La división del trabajo característica de la sociedad moderna encuentra también su reflejo en el ámbito de la ropa. Uno se viste según su profesión. De hecho, muchas profesiones se identifican tan claramente una vestimenta particular que cuando vamos a una fiesta de disfraces basta con que nos pongamos alguna prenda característica de dicha vestimenta para poder ser identificados. No es, pues, necesario que hagamos algo

correspondiente a la profesión porque el mero hecho de ir vestido como policía, sacerdote o bombero nos convierte en tales. Lo mismo pasa en lo que respecta a la ubicación en el tiempo. Identificamos épocas históricas por la ropa que la gente usaba (no es fortuito que las investigaciones sobre la historia del vestir tengan su origen en la historia del arte). El ejemplo de la fiesta de disfraces vuelve a ser de utilidad. Puede que sólo tengamos una idea muy remota de quiénes eran y cómo vivían los romanos o los vikingos, pero sabemos que si nos ponemos un casco con cuernos o una toga el resto de los invitados podrá identificarnos. En lo que respecta a la función que la ropa puede desempeñar en la ubicación espacial de nuestro interlocutor, se puede decir que ésta no sólo establece diferencia entre profesiones, sino entre esferas de actividad tales como lo público y lo privado. Si, por ejemplo, nos encontramos en la calle con una persona de la oficina, a la que estamos acostumbrados a ver vestida de traje, usando shorts y sandalias, es altamente probable que nuestro encuentro se haya dado cerca de su casa. Como la moda es un fenómeno social reciente fundamentalmente relacionado con la dimensión temporal del sentido, es necesario llevar a cabo algunas reflexiones adicionales a este respecto.

La moda y el eterno presente

Sin lugar a dudas, lo que distingue a la moda de cualquier otra forma de vestir anterior es, siguiendo a Gilles Lipovetsky, haber hecho de lo fugaz una estructura. En este sentido, la moda es el fenómeno moderno por antonomasia ya que es la que lleva hasta su expresión más radical la pulsión estrictamente moderna de legitimar el presente. La trayectoria que la semántica de la modernidad ha tenido que recorrer hasta lograr consolidarse como concepto central en la autodescripción de la sociedad ha sido bastante larga. El adjetivo modernus, derivado del adverbio modo cuyo significado es “ahora mismo” o “recientemente”, aparece en el siglo VI para designar lo que sucedió hace poco tiempo, lo reciente. A diferencia del adjetivo “nuevo”, usado para designar aquello que ha sido visto u oído por vez primera, lo moderno se emplea para caracterizar el tiempo del que habla o una época reciente. Mediante la valoración crítica, positiva o negativa, del

“modernismo” de una época determinada, la distinción antiguo / moderno logró estabilizarse. El termino modernidad (modernitas), por su parte, aparece en el siglo XII en la obra de Gualterio Map De nugis curialium. Ya desde entonces existe una afinidad, que será ulteriormente desarrollada, entre lo moderno y el progreso. La consolidación de esta afinidad permitirá a los ilustrados suplir la idea de un tiempo cíclico, en el cual la superioridad ya sea de lo antiguo o ya sea de lo moderno se presenta como algo efímero, por un tiempo lineal progresivo en el cual lo moderno siempre será privilegiado. Es hasta el siglo XIX cuando el término “modernidad” hace su aparición en las lenguas vulgares. El término es empleado por Balzac y por Chateaubriand pero su consolidación llegará con el ensayo de Baudelaire de 1863 “Le peintre de la vie moderne”. En él, Baudelaire exalta el presente por el simple hecho de ser presente: “El pasado no sólo es interesante por la belleza que de él supieron extraer los artistas para los que era presente, sino también como pasado por su valor histórico. Lo mismo pasa con el presente. El placer que sacamos de la representación del presente no sólo se debe a la belleza de la que puede estar revestido, sino también de su cualidad esencial de presente”.2 Tenemos, pues, que la moda reproduce y radicaliza esta estructura temporal de la modernidad. El valor de la moda no obedece a ningún otro criterio que a la novedad misma. Una prenda puede gustarnos o tener para nosotros un valor sentimental, pero eso no la convierte en moda. Por esta razón, cuando vemos fotos de nosotros mismos nos sorprende (y muchas veces avergüenza) ver lo que nos poníamos ya que nos vemos a través de los lentes de la moda presente.

El vestir como práctica

A pesar de que podemos atribuir a la ropa la capacidad de contribuir a la estructuración del ámbito de la interacción, es obvio que esta capacidad no se realiza a sí misma. Para que la ropa pueda estructurar la comunicación interactiva es necesario que los individuos se vistan (es decir, que actúen). El vestir es, pues, una práctica social y como tal está entrecruzada por aspectos subjetivos y objetivos.

2

Charles Baudelaire, Critique d’art, París, Folio, 1965, p. 441.

Los individuos se visten de una forma determinada porque quieren comunicar algo: su elegancia, su tendencia política, su identificación con cierto tipo de música, su afición por un equipo de futbol. Sin embargo, es obvio que el vestir no depende enteramente de la voluntad de los individuos. En primer lugar porque nuestra capacidad adquisitiva establece un límite infranqueable en nuestro gusto. Tal vez consideramos que un traje o un vestido es elegante o quisiéramos comprarnos la última versión de la camiseta de nuestro equipo favorito, pero no tenemos el suficiente dinero para hacerlo. En segundo lugar porque nuestra voluntad está socialmente condicionada. Es decir, (muchas veces sin saberlo) no sólo nos vestimos como nos gusta, sino como nos corresponde de acuerdo a la posición que ocupamos en el espacio social. El concepto de habitus de Pierre Bourdieu pretende aprehender justamente esta correspondencia entre gusto y posición en el espacio social. Esta correspondencia (que, por cierto, no funciona como una ley mecánica de la naturaleza, sino como una tendencia meramente estadística) es la que nos permite usar la ropa como indicador social.

Conclusiones

La ropa y el vestir son fenómenos ubicuos en la sociedad que merecen una mayor atención de parte de la sociología. Difícilmente se puede llegar a desarrollar una reflexión sociológica sobre el cuerpo o los sistemas de interacción sin tomar en cuenta a la ropa como recurso y al vestir como práctica. Espero, pues, que el presente escrito haya despertado la curiosidad de las y los estudiantes de sociología, ya que considero que nuestra sociología necesita diversificar sus objetos de estudio para poder brindarnos una imagen más completa de la sociedad en que vivimos.

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