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Rojo y Negro

Historia / Cultura

Los

nombres propios nos dan una primera identidad de los escurridizos payadores libertarios. Estos poetas populares amenizaron con su poesía y con su voz las veladas y los picnics anarquistas de principios del siglo XX: Francisco Betancourt, C. [¿Carlos?] Berisso, Juan B. Medina. Otros, como Martín Castro, venían de la Argentina para confraternizar con sus compañeros uruguayos. Sin duda había más. Pero estos son los nombres que aparecen en las crónicas que hemos podido leer en la prensa de la época. ¿Qué cantaban? Décimas y coplas de estilo criollo. Sobre este legendario formato poéticomusical introducían asuntos de índole social, acicateaban a la autoridad, denunciaban la miseria del hombre del campo y de la ciudad, reclamaban justicia, auguraban una sociedad armónica. Su canto se engarzó con la rica tradición del letrado o semiletrado que asumía la voz del gaucho analfabeto para brindar, solidario, un diapasón a su cansina y silenciada queja. En Montevideo, los payadores libertarios de hace un siglo actuaron con relativa frecuencia en los eventos artísticos libertarios. En 1910 el anarquista Francisco Betancourt deleitó al público del Centro Internacional de Estudios Sociales, principal sede libertaria de entonces ubicada en Río Negro 274, luego renumerada 1180, con “canciones criollas revolucionarias, acompañado de guitarra”. En el verano de 1916 los anarquistas nucleados en el quincenario La Batalla, realizaron un pic-nic solidario con este periódico y contaron como estrella del evento con “el popular payador libertario Martín Castro”. El poeta y cantor había venido expresamente de Buenos Aires para la fiesta. Los organizadores anunciaron para la ocasión que Castro “cantará acompañado de guitarra varias de sus mejores canciones e improvisará otras, alusivas al acto”. Una semanas más tarde, y dado el éxito del anterior festival, los mismos libertarios convocaron a un segundo pic-nic y esta vez contaron para el programa con los “cantos e improvisaciones” del “popular payador C. Berisso”. En el verano del año siguiente los anarquistas de La Batalla previeron que para el nuevo pic-nic hubiera entre los números artísticos “canciones con guitarra por renombrados payadores”. En 1918 el pic-nic del mismo quincenario anunció que los asistentes podrían disfrutar de los hasta hoy llamados “cantos de contra punto”. En 1920 Juan Medina fue presentado en el Teatro Colón como “el gran estilista y cantor de las baladas campestres”. Tuvo a su cargo la ejecución de “canciones criollas y revolucionarias, poniendo así broche de “arte popular a esta velada educativa”. Ese mismo año pero en el Teatro Apolo del Cerro, los libertarios de esta villa organizaron una velada artística que incluyó “cantos criollos”, esta vez sin especificar el o los artistas responsables de esta parte del programa.

En las veladas artísticas y en los pic-nics los payadores libertarios protagonizaban uno de los tantos números de un nutrido programa. En la velada de marzo de 1910 realizada en el Centro Internacional en conmemoración de la Comuna de París y organizada por el Comité propresos, además de las payadas de Francisco Betancourt el público pudo escuchar las conferencias de Francisco Corney, Juan P. Schiaffino, “el joven poeta Juan B. Medina”, Leoncio Lasso de la Vega, Alberto Macció y Máximo L. Silva. Betancourt amenizó con sus estilos criollos revolucionarios la velada conmemorativa del 1º de Mayo del mismo año. Esta vez el programa incluyó el himno de los trabajadores, la

aire libre durante una jornada para compartir un almuerzo, juegos, números artísticos y una parte oratoria. Actividades de este tipo eran frecuentes entre católicos, protestantes, sociedades recreativas y de beneficencia, gremios de trabajadores y también patronales. Para el caso de los anarquistas, el pic-nic significaba un día de convivencia armónica de las familias obreras. Era abierto con la ejecución de himnos revolucionarios a cargo de una banda de músicos, a veces incluía las palabras de un líder, también el recitado de poesías y una pieza teatral. El público se entretenía con juegos tradicionales y populares: carrera de embolsados, argollas, cinchadas, hamacas, trapecios, manubrios para gimnasia, juego de bochas, del sapo, fútbol, piñatas, palo enjabonado, enhebrar la aguja, intercambio de flores, disparos de “bombas y cohetes”, etc. Había servicio de buffet a bajo precio –el tan preciado “asado de vaca y cordero al asador”-, rifa, tómbola y baile familiar. También, canto criollo. En estos ámbitos se movían los payadores libertarios. El público que los recibía era mayormente obrero y de escasa o nula cultura letrada, seguramente el mismo, más o menos heterogéneo y habitué de los centros de estudios sociales, aunque aquí podemos presuponer algo más extendido por tratarse de una actividad cultural y social abierta y realizada en un espacio no sectorial, si bien la convocatoria explicitaba la identidad de sus promotores y el destino solidario (con un periódico, con el comité Pro Presos, etc.) de los fondos recaudados. La poesía de los payadores libertarios redirige la mirada hacia una de las dos grandes vetas de la cultura anarquista del entorno de 1900: la cultura oral de origen rural. A su vez dialoga, no está ajena, a la nueva o más contemporánea poesía modernista esteticista, urbana, practicada por elementos cultos y heredera del parnasianismo y el simbolismo europeos. Clara Rey en su artículo “Poesía popular libertaria y estética anarquista en el Río de la Plata” (hay versión en Internet), entiende que la poesía popular admira el refinamiento de la poesía “culta” e intenta remedar sus recursos retóricos y sus temas. De todas formas, la escasa recepción de esta poesía popular de parte de las élites ilustradas hace pensar en una mayor dificultad para acceder con idéntica facilidad a los regímenes de difusión y promoción, en especial el libro, si bien compartieron el más efímero soporte del periódico e incluso la revista. Pero esta circunstancial y puntual dificultad no impidió que la poesía de los payadores libertarios se popularizara en amplios segmentos sociales. Claro que respecto a la poesía culta, más de salón, corría con ventaja: era cantada a voz en cuello. Todo indica que así como hubo payadores libertarios, es decir, creadores específicos de un estilo poético-cantado, hubo un público específico, numeroso, y canales propios de circulación de esta poesía, en definitiva, un sistema literario, tal como lo define Antonio Candido (Formaçao da literatura brasileira, 1959). Público numeroso, porque en los pic-nis anarquistas se vendían entre 500 y 800 entradas y a las veladas concurrían entre 200 y 500

representación del drama 1º de Mayo, de Pedro Gori, escuchó una conferencia de Corney y otra se Silva, el diálogo de También la gente del pueblo, de Joaquín Dicenta, la comedia Parada y Fonda, de Vital Aza y “palabras del poeta Ángel Falco”. La velada fue clausurada con una marcha triunfal. También en los pic-nics la payada libertaria se integró a un nutrido programa de actividades. Estos eventos tenían carácter familiar y se realizaban en terrenos alejados del centro de la ciudad, generalmente en El Prado, en el bosque de eucaliptos de camino Pereyra. Eran encuentros de esparcimiento que desde fines del siglo XIX practicaban con relativa asiduidad las comunidades o grupos unidos por su origen nacional o por su afinidad religiosa o política. Eran realizados en chacras y espacios públicos al

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