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LOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: VERDE

Eres verde. Verde como las hojas de los árboles, o el pasto,


o los tallos de las flores. Verde, como las algas, o el agua
de la laguna, o lo que mi mamá me hacía comer y que,
supuestamente, me hacía fuerte. Eres verde. Verde como esa
luz intensa que entra todas las noches por mi ventana,
bañando rincones que se habían perdido en el olvido. Verde e
intensa, tanto así que me quita el sueño cada noche. Sueño
que sólo puedo atrapar cuando a las 11 y 25 se apaga la luz,
la luz vede, la luz verde e intensa.

Eres verde, verde como la esperanza. Aunque eso es algo que


no podremos nunca confirmar. ¿La esperanza? Te preguntarás.
Sí, la esperanza. No mi abuela Esperanza Ibarra, de las
Ibarras de las 24 con 16. No, ella no. La esperanza. Ese
sentimiento que parece está escondido en cada uno de
nosotros. Lo que realmente me intriga es por qué verde. ¿Qué
tiene el verde que nos da esperanza? ¿Qué tiene la esperanza
que la hace verde? Así como lo veo yo, la esperanza viene de
esperar y esperar de espera y la pera es verde. Por ese lado
podría funcionar, aunque probablemente esa no es una razón
válida.

Debería ser azul. Azul como el cielo o las gotas de lluvia.


Porque efectivamente se espera a que amanezca o anochezca o a
que llueva o deje de llover.

Esperar. Pensándolo bien la esperanza es más que esperar, o


más bien, esperar por ese “algo más”, que me irrita, me
emociona, me alegra, me enoja, me hace esperar. ¡Ay esperanza
que me hace esperar! Me hace reír, pero me hace llorar.
Tal vez no seas verde, sino que estás verde y vas a cambiar.
Tal vez la esperanza no es vede, sino que está vede y va a
cambiar. Cambiar como tú y yo, como las razones y las
estaciones. Lo bueno es que nunca se pierde.

LOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: ROJO

Cambiaste. Ahora eres rojo. No es un rojo profundo en que te


pierdes, ni un rojo claro que se pierde. No eres rojo como
una manzana, ni como una bandera, ni como un grito o la
sangre derramada por nuestros guerreros. Eres un rojo
especial como la brisa de otoño: suave y delicado como el
canto de un ave en las mañanas o las buenas noches de mamá.

Eres especial, único como una lágrima de alegría o un aleluya


o un abrazo sincero. Solitario como tu mirada: perdida, fina,
oculta.

Eres inexplicable. Tu color es inexplicable. Eres como la luz


que habla con su brillo cuando se aleja dejando en el olvido
toda una vida, desapareciendo en la neblina y el tiempo. Esa
misma luz que se repite una y otra vez y se visualiza a la
distancia cuando lleva con afán miles de almas hacia
destinos ilógicos. Eres como el coraje cobarde que no se
atreve a gritar o el miedo valiente que vive su día como si
fuera el último.

Eres inexplicable y complicado como la vida misma. Un vaivén


de recuerdos. Una sonrisa y una lágrima. Eres como una casa
abandonada o un camino desierto. Eres como la raíz que crece
buscando el sol o la rama que crece buscando la tierra. Eres
como la flor arrancada o la hoja rasgada. Eres como esos ojos
que llaman al recuerdo de un martes al anochecer.
Cambiaste. Ahora más que un color eres ese sentimiento que
perdemos en el fondo de algo y hallamos en el medio de la
nada.

LOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: BLANCO

Hoy luces diferente, a pesar de que estás igual que ayer. A


veces pienso que eres como una gran ironía, tal como una
sombra en la oscuridad o una piedra que vuela o una pluma que
se hunde en el fondo del mar.

Pareces feliz como si te hubieras enamorado. Probablemente de


la cebolla del segundo compartimiento a la izquierda. Ella es
linda, deberías saberlo. Es blanca y redonda, hasta parece
famosa. Me produce cierta gracia como cuando se amortigua una
parte de tu cuerpo. Es brillante como un reflejo y cariñosa
como una nube en el cielo, pero no llega a ser imponente como
la pálida luna. Parece apresurada como un deseo de morir y
libre como un amante enamorado. Incluso parece cruel como un
escalofrío y enérgica como una corriente de viento. Estoy
segura de que puede llegar a marearte. Realmente quisiera
saber que significa ella para ti. Puede que sea sólo una
ilusión como las que soñamos y nos hacen decir que nada es
imposible. O tal vez siento que puede llegar a ser muy
monótona como un grito en el vacío. Hasta temo que no pueda
hacer brotar de ti la vida que llevas dentro.

La veo y parece deformarse. Tal vez cambie mucho con el


tiempo o tal vez no cambie nada. Tal vez te enamoraste de la
ilusión de su piel, pero déjame decirte que no es más que una
cebolla. Tú eres más que un tomate. Ella nunca podrá captar
tu naturaleza. Tal vez nunca te enamoraste de ella. A fin de
cuentas nunca la has visto, sólo crees conocerla, lo cual
está cerca de nada.
¿Crees que si le hablas te responda? O si podrás cautivarla
con tu ciego encanto. ¿Crees que pueda sentir tu pasión aún
cuando están lejos a la distancia? ¿Crees que alguna vez te
escogerá a ti entre los millones de tomates en el mundo de
los tomates? ¿Crees que pueda escucharte a pesar de que el
silencio es tu único aliado?

Tal vez nunca te enamoraste de ella, a pensar que luces


diferente y una sonrisa se dibuja en tu rostro esta noche.
Hoy luces diferente y es la desilusión de un sueño que se
desvanece cuando sale la luz de oriente. Esa misma luz que
cada día ansía aclarar la oscuridad de tu mirada y
simplemente te hace pensar en una cebolla.

LOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: NEGRO

¿Te sientes bien? Pareces triste. No es una tristeza forzada,


ni tampoco una tristeza amarga. Es, más bien, una tristeza
oscura. Sí, oscura y negra, como el miedo, como las sombras,
como la soledad, como la nada. Negro, nada…absoluto,
infinito. Aunque si la nada es negra ya sería algo ¿No crees?
O sea que la nada sí es algo, entonces ¿Qué es la nada? ¿Es
acaso algo? Algo que se resume en nada, pero algo en fin.

Sabes que más es negro…la noche, pero no las noches de la


ciudad, porque esas siempre están iluminadas. Más bien, las
noches de campo, esas en las que te quedas contemplando el
vacío, criminal, se siente indestructible, tan negro que
asusta y te hace ver lo que no ves; es cuando entras en
pánico, sientes duda y corres. Corres hacia la luz, te
escondes y vuelves a ser niño.

Sabes que más es negra…el alma. No la de todos, sino de


ciertas personas, cuando están tristes, como tú. Aunque es
muy particular, porque esas personas nunca visten de negro,
por el contrario, ahogan su oscuridad en colores que ciegan.
De pronto Dios estaba triste cuando tú naciste, aunque sólo
debiste quedar daltónico.

Sabes que más es triste…tu tristeza. Pero tu tristeza es


diferente, es la tristeza del vacío, ese vacío que espanta.
Tu tristeza es negra como el luto, como la muerte, pero no la
muerte del muerto, sino la muerte del vivo. El muerto no
siente la muerte. El vivo se ahoga en la muerte del otro, su
tristeza. Esa tristeza oscura como el infinito, infinita como
ese último adiós que se calló en una mirada, esa última
mirada, mirada del alma, mirada de despedida, mirada triste,
mirada inmortal, mirada de presencia, mirada de ausencia.

No te sientes bien, estás triste y es una tristeza oscura,


miserable, llena de nada, llena de algo, ciega, infantil,
ciega, infinita, ciega, inmortal, ciega, triste.

LOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: AMARILLO

Es agradable estar aquí a tu lado, sentados, contemplando las


estrellas del firmamento que brillan por su ausencia,
contemplando las estrellas callejeras que brillan por su
estupidez. Cuando miras la ciudad en la noche parece una
galaxia de estrellas, falsas y amarillas, brillantes como el
sol. Pero te soy sincera, el sol me cae mal y realmente creo
que el sentimiento es recíproco y lo peor es que nos tenemos
que ver todos los días.

Tal vez me desagrada porque es amarillo y el amarillo me


recuerda el pasado. ¿Qué es el pasado sino el olvido? Olvidar
y recordar, la historia de mi vida. No soy más que recuerdos,
recuerdos y olvido. Extraño esos momentos que parecían durar
por siempre, como la eternidad. Pero una eternidad agradable,
no como las filas del banco o las llamadas en espera.
Simplemente una eternidad, un solo instante en el que el
tiempo parece haberse congelado, tu corazón deja de latir, tú
dejas de respirar. Sólo tú y una mirada al vacío. Extraño
esos momentos que parecían durar por siempre, aunque ya los
he olvidado. No soy más que olvido, recuerdos y olvido.

Quiero que recuerdes algo, adelante, te doy unos segundos, lo


primero que llegue a tu cabeza. Si fue bueno, eres feliz, si
fue malo, eres feliz por el simple hecho de recordarlo. Si te
hizo sólo recordar, eres aún más feliz. Esos últimos, esos
que resuenan por extrañas razones como una cadena de memorias
que no puedes controlar, pero que terminas por dejar de lado.

Es agradable estar aquí sentada a tu lado, pero preferiría


simplemente desterrarme a la tierra del olvido, sin pensar en
el presente, ni preocuparse por el futuro. Un recuerdo, un
pasado. Amarillo como el sol.

ADIÓS A MIS OJOS

Ya había amanecido y como todos los días el Señor Tomate se


hallaba inmerso en su propio mundo, una realidad más que
fantástica, pero sin llegar a ser perfecta, extraordinaria,
pero no imposible. Llena de colores y olores, viajes y
travesuras. Simplemente, fuera de la imaginación de cualquier
otra fruta o verdura en el refrigerador.

Estaba solo, absurdamente solitario en un rincón algo sucio y


desgastado. Todos los demás lo miraban de una manera
diferente. Comentaban, hablaban, parloteaban, murmuraban y
callaban, que era lo que más consternaba el viejo tomate. No
se podía decir que fuera odio, porque no lo conocían lo
suficiente para odiarlo, tampoco envidia, pues quién en sus
cinco sentidos podría envidiar la suerte de un tomate que se
quedó ciego. Ellos sólo lo miraban. Él sólo pensaba, pensaba
y esperaba. Esperaba esa hora del día en la que sus ojos
vinieran a rescatarlo y regalarle esa luz que había perdido
con el tiempo.

“Mis ojos”, como el tomate llamaba a su protectora, una


chica, ese pequeño ser de voz tierna y dulce tacto que
buscaba en un tomate la puerta hacia un torrente de
emociones. Una chica que describía en palabras cuan retorcido
estaba el mundo. Una chica que había escogido un tomate ciego
para conversar. Una chica que había llamado Señor Tomate a su
fuente de inspiración.

Todas las tardes a eso de las cinco y media, el Señor Tomate


salía de su ridículo hogar y, en compañía de sus ojos, se iba
a un pequeño balcón en el octavo piso de un viejo edificio a
disfrutar del atardecer. Aunque el tomate nunca pudo
realmente llegar a ver como el sol perdía la batalla ante la
imponente luna, sintió la esperanza verde, la brisa roja, el
último rayo amarillo del sol, el frío blanco y un algo negro.
El tomate esperaba todo el día para ese instante, en el que
sus ojos le hablaban, no comentaban ni murmuraban, y él
escuchaba atentamente, recreando en su mente pasiones
traducidas en colores. Fue así como aprendió que la esperanza
era verde, pero maduraría y simplemente cambiaría; que el
amor es rojo, delicado, tierno, inexplicable; que la
desilusión era blanca como la neblina que se desvanece; que
la tristeza es negra, y la nada es algo, y el vivo siente la
muerte más que el mismo muerto; y finalmente que el pasado es
amarillo y la vida no es más que olvidar y recordar.
Sí, él aprendió eso y mucho más. Pero esa tarde todo sería
diferente. Sin colores, pero sí muchos sentimientos. El
tomate espero a que ella llegara, pero nunca lo hizo. Él, no
parecía extrañado ante los ojos de los otros, pero su corazón
lleno de pepitas amarillas se revolvía y adormecía en
pensamientos, preguntas y mariposas.

Llegó la noche, llegó al amanecer, llegó el mediodía y llegó


el anochecer de un nuevo día, pero sus ojos no daban señal de
existencia. Pronto rumores empezaron a correr, pero era la
angustia la que se apoderaba de todos porque simplemente la
puerta no había sido abierta en veintiséis horas. Llegó la
noche, llegó al amanecer, llegó el mediodía y llegó el
anochecer de otro nuevo día. Pronto la angustia se convirtió
en llanto y el llanto en locura. 552 horas habían pasado
desde que el tomate había perdido sus ojos, era el segundo
par de ojos que extraviaba. Hasta que en unos de esos días
que parecen noches la puerta se abrió. Todos atónitos, todos
inconscientes. Dos manos se extendieron hasta alcanzar al
decrepito tomate que ya se estaba ahogando en su miseria.
Todos atónitos, todos inconscientes, no sabían lo que veían y
el tomate… ciego. Esas no eran las manos de sus ojos, ni el
olor de sus ojos, ni la voz de sus ojos. Una voz diferente
susurraba entre sollozos palabras que el tomate no entendía.
Pero lo que si entendió es que la esperanza ya no era verde,
el amor ya no era rojo, la desilusión ya no era blanca, la
tristeza ya no era negra, ni tampoco el pasado era amarillo.
Todo se resumía en un solo color, un color que no podía
mirar, un sentimiento que estaba viviendo pero que
simplemente no podía entender. Sus ojos se habían ido. Y ya
no podría alcanzarlos porque seguramente ya estaban muy
lejos, arriba, en el cielo de los ojos. En cambio él estaba
condenado a quedarse, y morir como mortal, simplemente
permanecer en la desdicha de la realidad que rechazaba.

El Señor Tomate no sabía dónde estaba, o hacia donde se


dirigía. Las manos lo llevaban entre lágrimas, lágrimas sin
color. Ahora estaba más que ciego, estaba perdido, su corazón
roto, su alma destruida. Sin saberlo ya sabía que no sentiría
más a sus ojos, que las manos, la madre de sus ojos lloraba
la muerte, todo era negro. De pronto el tomate, que ya estaba
arrugado en su desesperación, fue posado en una superficie
plana, era el balcón y era el atardecer. Las manos empezaron
a hablar, su voz se quebraba y continuaba gimiendo. Y con
palabras que se confundían con sirenas, las manos hablaron…

LOS COLOS COLORES DE UN TOMATE CIEGO: AZUL

Si pudiera definir la vida en una palabra, esa palabra sería


azul, o mucho mejor dos palabras…locura azul. Una locura
solitaria, una vida azul, una soledad enloquecida, tal como
el carrusel de Norah, girando y girando sin ir a ningún lado,
hechizado, siempre moviéndose, pero siempre quieto, siempre
solo.

¿Por qué azul? Te preguntarás. ¿Por qué locura? Me pregunto


yo. ¿Por qué soledad? Se preguntarán todos ¿Por qué vida? Se
preguntará Dios.

He oído en una confusión de malentendidos que el agua es azul


y el agua es vida. También que el aire es azul y el aire es
vida. Sin embargo, azul es más que eso…la vida es más que
eso.

De pronto todo es azul. La felicidad, los sueños, las


palabras, el hogar, el bien y el mal. Pero el azul tiene
diferentes tonos, como la vida misma. Esta el azul del cielo
que te hace reír, el azul de la música que te hace sonrojar,
el azul de la noche que te hace meditar, el azul que odias y
el azul por el que lloras, y finalmente está mi azul, el azul
de mi vida, vida de mi vida, el azul de mi soledad y mis
pesadillas. Es un azul que te hace lo suficientemente
valiente como para extinguirlo, pero también
irremediablemente cobarde como para enfrentarlo.

Esta es mi última locura, rodeada de lágrimas, colores y


sentimientos, algo así como mi último azul. Nuestra
despedida, un adiós, no un hasta luego. Esta es mi última
locura que por loca ya no quiere ser azul y se transforma en
múltiples colores, como la vida misma.

Tal vez nos equivocamos en el pasado, nos dejamos llevar por


colores y sentimientos que realmente no eran nuestros porque
no los entendíamos, porque no entendíamos la vida, cuan
compleja es, como todo. Tal vez la desilusión no es blanca,
sino la vida. La vida es desilusión. Tal vez la esperanza no
es verde, sino la vida. La vida es esperanza. Tal vez la
tristeza no sea negra, sino la vida. La vida es tristeza. Tal
vez el amor no sea rojo, sino la vida. La vida es amor. Tal
vez el pasado no es amarillo, sino la vida. La vida es
pasado.

Si pudiera definir la vida en una palabra no podría, porque


simplemente es azul, una azul multicolor, como el arcoíris,
como la locura, como la vida misma.

ESAS DULCES PALABRAS

Las manos callaron, sólo después de unos minutos de un


silencio incomodo empezó a hablar, hablar y llorar, llorar y
lamentar. Le hablaba a un tomate, trataba de encontrar
razones por las cuales su única y adorada hija había
determinado terminar con su vida. Hablaba de colores, hablaba
de azules, hablaba de la vida y hablaba de sentimientos. Su
hija no estaba loca, o al menos eso era lo que pensaba. No,
ella no estaba loca, sólo era diferente. Y las razones por
las que había decidido dedicar sus últimas palabras a un
tomate, era un misterio que se había llevado a la tumba.

Pero todo para el tomate era claro, a pesar de que todo


estaba oscuro. Ya sus temores habían sido confirmados, sus
ojos volaban ahora en terrenos desconocidos, probablemente se
habían elevado por los cielos como un globo y ahora estaban
perdidos entre almas de mariposas, en una tarde como
cualquier otra, pero el día había terminado, como la vida de
Monsieur Tomate que dejaría de ser Monsieur para ser
simplemente un tomate, una vida que no había echado de menos.
Definitivamente, extrañaría esas dulces palabras que salían
de los labios de sus ojos. Los secretos, la melodía.

Ahí terminaba la vida de un tomate que había soñado ser algo


más. Simplemente, algo más.

COMO POLVO EN EL VIENTO

Por primera vez en su vida el tomate tuvo miedo de la


oscuridad de su ceguera. Tal vez fue la incertidumbre de un
futuro que no conocía el pasado, o tal vez la llana oscuridad
que lo rodeaba, se le insinuaba, lo ahogaba con sus salvajes
susurros de melancolía.

El balcón seguía siendo un balcón, el mundo seguía siendo


mundo y la vida seguía siendo ese laberinto de casualidades y
tropiezos; sin embargo, un tomate había cambiado porque a
pesar de estar ciego había abierto los ojos para divisar en
el horizonte una luz humilde, pero basta, que trataba de
consumirlo; esa luz, la misma oscuridad, era el miedo. El
miedo que lo seducía, una súplica de muerte, una súplica de
vida. En ese instante, lo único que deseaba el tomate era
caer, caer al vacío, caer como un rumor, caer como el polvo
indetectable, necesario e impoluto. Ese pensamiento, tal como
el aleteo de una mariposa, voló a la perturbada cabeza de las
manos, que seguían sollozando, sólo que el tomate
arrogantemente ya no las escuchaba y en esa tarde que estaba
a punto de perderse, las manos, en su deseo impulsivo por
encontrar razones, dieron el último adiós al Señor Tomate. Y
un “nos vemos tomate” resonaba en un misterioso eco en los
oídos del ciego mientras caía cínicamente a los brazos de la
muerte. El tomate sentía como una corriente de viento lo
desaparecía, reduciéndolo a millones de partes que ya no
caían sino que flotaban eternos e inmutables, volando para
convertirse en almas de mariposas.

Pero mientras el viejo se descomponía, sintiéndose rebosante


de una invisible libertad, un pequeño trozo de vida empezaba
a dibujarse en sus ojos, una luz que se acrecentaba
cruelmente como una explosión de colores y pasiones. Era el
sol en el horizonte. El tomate ciego veía, veía y caía, caía
y moría. Y en esa ironía de virtudes el tomate pudo ver,
aunque fuera sólo por un instante, todo lo que sus ojos le
habían narrado, la belleza del mundo traducida en una imagen
que estaba a punto de ser borrada de su memoria. El largo
viaje terminaba, el tomate cayó al suelo y murió
patéticamente con una lágrima que suscribía el fin.

LAS VENTANAS DEL ALMA


Ahí yacía el viejo tomate, preguntándose si todo había sido
una ilusión, si el miedo, la caída y la muerte habían sido
algo más que un vago intento por convencerse a sí mismo de
que su vida podría ser algo más sin sus ojos; si ese último
rayo de sol rozando su pupila había sido algo más que una
inhóspita mentira. Pero todo había sido real, entonces ¿Por
qué el tomate seguía vivo?

De lo único de lo que el viejo estaba seguro era que no


estaba seguro de lo que era morir; y, a pesar de que pensaba,
no sabía si existía. Pronto se percató de que sus ojos
estaban cerrados más fuerte y con más voluntad que la mayoría
del tiempo. Sentía miedo, pero el mismo miedo avivaba el
valor. Fue así como el tomate abrió los ojos, lentamente,
como si tuviese todo el tiempo del mundo, esperando, nada más
ni nada menos, verse nuevamente rodeado de un manto
irremediablemente oscuro. Sin embargo, el tomate veía claro y
también oscuro. Se sintió asediado por un corillo de curiosos
que inútilmente comentaban y miraban alrededor tratando de
resolver ese crimen pasional.

Ahí yacía el viejo tomate, más viejo que nunca, más lleno que
nada, pero ahora podía ver y ese hecho que parecía tan simple
dibujaba una sonrisa en su rostro: felicidad sincera y
verdadera. A continuación, el tomate se levantó con el ánimo
de miles de niños, con la energía de millones de globos; pero
extrañamente sentía que algo le faltaba, como si estuviese
vacío a pesar de lo lleno que se hallaba.

Miró lo que había dejado detrás, un grupo de personas que


rodeaban lo que parecía ser una masa roja y amorfa, extendida
por todo el suelo suplicando por intimidad. El tomate se
acercó, por conveniencia más que por mérito propio, y se
descubrió a sí mismo tendido en el suelo, o mejor dicho, algo
que podría ser él, sólo que inerte y engañosamente real.
Pero, si ese era él ¿Quién era él?

Rápidamente fue en búsqueda de su reflejo. Busco y busco,


pero nada encontró, hasta que recordó que cierto día sus ojos
le habían comentado que los ojos son el espejo más confiable
en el que podíamos mirar quien éramos en realidad. El tomate
fue tras unos ojos por tercera vez. Encontró a un niño,
parecía estar perdido, o más bien su mirada estaba perdida
confesando la perfección de la nada. Y estando ahí, frente a
esos ojos, el tomate vio lo más bello que siquiera había
imaginado, más que una ilusión, más que lo visible, más que
lo real. Contempló su alma como una pequeña luz que parecía
flotar en un manto que no era lo suficientemente oscuro, un
lugar secreto, recóndito, en el extremo del infinito.

Fue así como con la vida en sus ojos el tomate despegó, voló
y se elevó por los cielos para alcanzar lo que todavía no
conocía o siquiera imaginaba.