Un OVNI en el microondas de Olimpia

por Walter Lingán

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harly era feliz con su nuevo hobby: el monociclismo. Gira y gira, una vuelta y otra vuelta. Desde muy temprano el patio se llenaba con su figura: toalla al cuello, impecables zapatillas blancas Nike y buzo guinda Adidas. Una mañana, Olympia, después de observarle largo rato desde la ventana del dormitorio, salió al patio. Iba envuelta en una bata negra de seda Ethnostil de Sisley. Charly, al verla, cayó del monociclo. Olympia le sonrió y, con pretensiones indecibles, abrió lentamente la bata. Su desnudez era completa, una espada al viento, banderita, banderita, bandera peruanita... Luego giró sobre sus talones mostrando sus audaces caderas, sus babilónicas piernas y la sabrosa caracola cercada por un musguillo negro lustroso. Charly la miraba sorprendido y contento. Sintió la pegada del deseo. Como animal en celo olisqueó en el aire el aroma de la lujuria. La piel morena de su mujer relucía sus más 

oscuros axiomas. Estaba gorda, era verdad, unos rollitos demás en la cintura, pero tenía su gracia, era hermosa, de eso no había duda. Olympia le dijo, con la bata todavía abierta, que si daba un par de vueltas sin caerse del monociclo, todo, todo lo que estaba viendo sería para él. ¿Y si me caigo?, preguntó Charly y recordó que una hora más tarde tenía que estar en la reunión del gabinete ministerial. Olympia cerró la bata. Si te caes, respondió, te condeno a soñar conmigo todo el día. Pero Charly, qué va, vivía siempre soñando con ella: soñaba que hacían el amor sobre las arenas quemantes del balneario Punta Sal, en las salas de los cines de Larcomar, en el asiento trasero de su BMW, mientras sacaba dinero del cajero automático en plena avenida Arequipa, en las camas que exponían las mueblerías, durante la ceremonia del cortamonte que los cajamarquinos celebraban en Pachacámac, en la avenida Brasil durante el desfile militar, a la hora de la transferencia de gobierno, en la entrada de los Metro. 

Mientras Charly se dedicaba a sus funciones de asesoría, Olympia mataba su aburrimiento surfeando en los laberintos de la red virtual. Se iba de compras, de shopping, a los supermercados más alejados e impensables. Así, sin moverse de su cómodo chalet, revoloteaba de oferta en oferta que ofrecían los diferentes mercados norteamericanos, franceses, españoles o alemanes. Una tarde, después de hojear un par de revistas literarias, ingresó a la página web de amazon.com. Sólo por curiosidad más que por interés, se introdujo en el mundo de los libros, pues ella prefería comprarlos después de deshojarlos en vivo y en directo, se divertía desordenando las estanterías de las librerías con el pretexto de buscar un libro cuyo título acababa de inventar. Aquí era otra la sensación, como si fuera observada por miles de ojos. De pronto, sin que ella hiciera nada, el cursor arrastró su mano hasta un frondoso link que contenía la guía de extrañas publicaciones.
El escritor Alfredo Bryce Echenique, conocido 

internacionalmente por su novela Un mundo para Julius, habría sido secuestrado por un autodenominado Comando Periodistas de Uchuraccay. El famoso literato —que después de terminar con una experiencia europea en la que mutuamente se habían sacado el jugo, decidió, al cabo de treinta y cuatro años, regresar a la Lima de sus temblores— se encontraba en una gira por la sierra central peruana promocionando su último libro: Guía triste de París. La policía no se explica cómo pudo haber sucedido tal acontecimiento dadas las extremas medidas de seguridad. Decía que uno de los plagiadores, disfrazado como la agente literaria del autor, ingresó al hotel de turistas donde se alojaba el Reo de nocturnidad. Pero un testigo de los hechos, identificado como Juan Manuel y que fue entrevistado por nuestra enviada especial, Fernanda María de la Trinidad del Monte Montes, desmentía categóricamente esta versión diciendo que una simpática pareja, inscrita en el registro del hotel como Magdalena 

Peruana y Martín Romaña, sería la que abandonó el inmueble acompañada de Alfredo Bryce Echenique, quien se habría despedido diciendo a los huéspedes que bebían en el hall del hotel: No me esperen en abril.

La memoria de Olympia dibujó la barbarie, el asesinato de un grupo de periodistas inducido, ordenado y sacramentado por las fuerzas armadas acantonadas en Ayacucho... Olympia tenía todo lo que soñó de joven: marido buen mozo con envidiable sueldo en dólares, una mansión en el mejor barrio de la capital, se codeaba con la crema y nata de la sociedad, viajes alrededor del mundo, vestidos exclusivos y mucho más. Sólo algo no funcionaba como ella se había imaginado. Por eso, en el transcurso de los últimos años, se había desarrollado un fuerte deseo de acostarse con otro hombre que no fuera su marido. Por medio de la Internet, se había contactado con hombres, también con mujeres, dispuestos a toda clase de aventuras. Sin puntos 

ni comas le proponían chuparle de un sorbo hasta el tuétano de los huesos, disfrutarla en toda su sabrosura, sacarle musiquita desde el fondo de su melcocha. Entonces se le encendía la pasión, sentía unas ganas tremendas de arrojarse barranco abajo, rodar sin remilgos por los abismos de la concupiscencia. Tenía almacenado un epistolario de antología que, si llegara a publicarlo, la sociedad, alborotada, la maldeciría eternamente y sin chances de rehabilitación. Solía decir que a Charly lo amaba porque era blanco y guapo, por sus ojos verdes y sus cabellos rubios, hasta por su vello púbico que reverberaba como el sol; lo amaba también por sus manos hermosas y elegantes, por su arrogancia de patrón y su envidiable desparpajo de asesor de gobernantes tercermundistas, lo amaba porque era «su genio»: un meneíto gracioso y bonito y el capricho más extravagante era cumplido sin dudas ni murmuraciones. Olympia, una india, más precisamente una chola, una mestiza con una mezcla de quechua, de aymara, de aguaruna, de maya, de azteca, de negra 

y de blanca, amaba a Charly, aunque en los últimos tiempos tenía que concentrarse en el apolíneo cuerpo de su marido a la hora de hacer del amor si no quería verse volando por las alturas de Machu Picchu o la Torre de Eiffel, paseando por una calle céntrica del Cusco o de Berlín, dando vueltas por los almacenes de El corte inglés de Madrid o el Kauhof de Múnich. Esta situación la hacía sentirse muy mal, se consideraba una fracasada a pesar de los grandes esfuerzos por ser una excelente amante, esposa y compañera. Ella, que a la hora del pecado sagrado sabía perder los estribos y abría el camino sin estrecheces, no podía entender su mala suerte; ella, que como una joven potranca lujuriosa le gustaba gozar de acuerdo a los mandatos de la ley, no daba crédito a su destino, el amor de las morenas es fuego quemá quemá quemá / como la arena en el desierto quemá quemá quemá... Lo peor del asunto es que Charly, ocupado tras las cortinas del poder de turno, ni cuenta se daba de la situación, este déficit de atención en el presupuesto del hogar la convertía automáticamente en 

víctima de una aberración que ella designaba como el síndrome de dislexia sexual.
En el acto no hubo violencia por lo que se supone que los secuestradores, terroristas a opinión de la policía, son personas de confianza del escritor que diagnosticó La amigdalitis de Tarzán. Al cabo de diez horas de su desaparición y el correspondiente revuelo de padre y señor mío que se había armado, las trasmisiones radiales y televisivas se cortaron de pronto. Tras un breve silencio, se escuchó la voz de Jorge Sedano Falcón, ex periodista de La República, saludando a la comunidad internacional en nombre del Comando Periodistas de Uchuraccay, y alertaba que Alfredo Bryce Echenique se encontraba, gozando de buena salud, Con Jimmy, en Paracas.

Olympia recordó las primeras noticias de la guerra senderista; luego, muerte y desolación, la espiral de violencia creciendo 

como un gigante amorfo; militares y senderistas robándose la vida, comiéndose los latidos; el país dividido, acuartelado... Olympia fue educada y aprendió, desde que Adán descubrió a Eva comiendo galletitas Crisp en el Paraíso, que hombre y mujer son indivisibles, y por eso nunca tuvo inclinaciones homosexuales. Cuando una de sus colegas de la facultad de letras de La Católica, con quien estudiaba para los exámenes, tomándole una mano con delicadeza, le hizo una propuesta concreta, no vaciló en rechazarla. Me gustan los hombres aunque mal paguen, le dijo. Pero aquella vez que vio a una mujer rubia, narizona, con los anteojos oscuros sobre la cabeza, en la librería «El Virrey», se le revolvió toda la razón, se le recalentaron las células del deseo y estuvo a punto de lanzarse sobre la desconocida y, ahí mismo, en el suelo de madera, hacerle un montón de lindas cosillas, de ricuritas sin medida ni clemencia, pero algo inexplicable la detuvo en el último minuto. En cambio ahora, al descubrir en la entrada del Club Golf Los Incas a un cholo quechua sentado 

dentro de un taxi, no lo dudó. Se acercó y, agachándose hacia la ventanilla, ordenó: ¡hey, quiero que me lleves a donde sea y hagamos el amor! El cholo sonrió, pensó que le estaban tomando el pelo y miró ofuscado las laderas del Cerro La Molina, cómo será mi piel junto a tu piel / cardo o ceniza / si he de fundir mi espacio frente al tuyo / cómo será tu cuerpo al recorrerme / cómo mi corazón si estoy de muerte / cómo será el gemido y cómo el grito / al escapar mi vida entre la tuya...
«Nuestras acciones no están dirigidas a poner en peligro la vida de ninguna persona y menos de gente ligada a la cultura peruana», manifestó la voz de Sedano. «A más de quince años de la matanza de Uchuraccay y al ver que todos los esfuerzos de nuestros familiares por encontrar a nuestros asesinos han sido inútiles, hemos decidido realizar una campaña apoyada desde el Más Allá. Nuestros poderes, nuestras capacidades de mutación son infinitos, 

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pero aún así, por una cuestión ética y moral, nuestra misión se llevará a cabo con mucha cautela, sin hacer daño a nadie, ni siquiera a quienes, por oportunismo, acomodo o bienestar, encubririeron las manos que se encarnizaron con nuestras vidas. El general Clemente Noel no debe temer por habernos vinculado a Sendero Luminoso, decir que llegamos a Uchuraccay portando banderas comunistas, gritando mueras a Belaúnde y vivas a la lucha armada.»

Olympia recordó que los testigos de la matanza de los periodistas habían desaparecido, de uno en uno y de una manera muy rara. No había duda de que el ejército estaba implicado en el asunto y los civiles que gobernaban se empeñaban en que todo se olvide... Olympia estaba dispuesta a engañar a su marido sólo porque era un hombre blanco, hermoso y opulento. Ella buscaba un ocasional y anónimo amante, alguien que le saque todo el jugo y le haga rechinar los dientes de puro placer. Quería 

un indio quechua, asháninka, aguaruna o aymara, un cholo, no le importaba que sea un vividor, un fumón, un borracho empedernido, ni que tenga un reguero de hijos no reconocidos, porque, a pesar de todo esto, eran capaces de convertirse en demócratas, en presidentes o ministros, y sin vergüenza alguna embolsicarse sueldos que superan toda expectativa. Olympia sólo buscaba un nativo peruano que, una vez los hechos consumados, desapareciera sin mayores trámites. No le importaba si sabía contar chistes de humor negro, ni si había leído a Arguedas o Vargas Llosa, sólo quería un tipo de piel oscura, la más oscura que hubiera visto en esta horrible ciudad, deseaba desnudarse y entregarse a él sin mirar a quien por el simple hecho de ser un indio o un cholo. Olympia quería que alguien coma las delicias que hervían en la olla de la dicha, alguien que la revuelque con la furia del deseo, le exprima todas sus esencias y la deje descoyuntada, pero feliz y satisfecha. 

Eduardo de la Piniella de El Diario declaró: «No constituimos ningún comando ligado a alguna organización terrorista supranacional, sea de izquierda o derecha, por lo tanto, don Mario Vargas Llosa, que se encuentra veraneando con su familia en La casa verde y en su calidad de ex presidente de la comisión nombrada por el gobierno para aclarar los sucesos de Uchuraccay, no debe temer nada. Al mundo entero le decimos que esa comisión no aclaró nada, más bien reafirmó la versión oficial del gobierno y los militares, pues eso de que los pobres comuneros, la mayoría licenciados del ejército, confundieron las cámaras fotográficas con ametralladoras es un disparate tan grande como la Historia de Mayta. No queremos provocar La guerra del fin del mundo, y don Mario, a quien los dioses noruegos lo tienen postergado eternamente en la lista de los candidatos al Nobel, puede dormir tranquilo, como El pez en el agua...» 

Olympia imaginó a Mario Vargas Llosa escribiendo el informe de la comisión investigadora de los sangrientos sucesos: la muerte, disfrazada como una linda mujer, llegó, cansada, respirando con dificultad, hasta las alturas de Uchuraccay. Con sus encantos mortales atrajo a los reporteros, se divirtió con ellos, los emborrachó de pasión. Los periodistas, engañados por la astuta mujer, se durmieron confiados y soñaron con la verdad que habían ido a buscar. La muerte, sin poder apaciguar más su naturaleza, sacó su guadaña y la descargó con furia sobre el cuello de cada uno de los redactores. Sus camisas ensangrentadas las colgó de los árboles y se marchó presurosa. La gente que pudo verla cuenta que se perdió tras la puerta de un cuartel militar; lo cierto es que más tarde los soldados, cumpliendo con su deber, descolgaron las banderas rojas... Y Olympia le dijo al cholo, que la miraba desencajado, que la cosa va en serio, y ya, antes de que se desanimase. Subió al taxi y le pidió que la llevara a un hotel porque tenía ganas de comérselo. Pero,... intentó protestar 

el sujeto. No digas nada, compadre. Sólo quiero que vayamos al hotel más cercano y me caches, me culees. La frase obscena rebotó en sus oídos de una manera extraña, pues nunca la había dicho. Recordó haberla escuchado en los videos eróticos que Charly traía a casa. En ese instante, en vez de avergonzarse, se sintió una actriz porno en todo su apogeo. Se dijo que estaba actuando, haciendo teatro, peliculina. Ella no era una prostituta, no, no, que va. Tampoco era una adúltera ni una mala mujer, no, ni pensarlo. Ahora sólo quería acostarse con este indio o este cholo desconocido y comprobar si era cierto ese tan mentado amor serrano. Nada más. Quería sentirse mujer, mujer deseada. Otra cosa no le interesaba. Se había acostado con Charly, un gringuito desconocido, entonces, ¿por qué no probar con un anónimo nativo peruano? Hacer el amor o meterse en la cama con el miembro de una de las etnias sojuzgadas sería una reivindicación después de tantos siglos de marginación y opresión. ¡Oh, Padre Pachacutec! ¡Apus benditos, serle infiel a Charly se convertía 

en una proclama político-racial! ¡Rebelión! ¡Resistencia! ¡Las mujeres al poder!
El joven periodista Jorge Mendívil, con voz pausada, anunció: «Ojalá, nuestra muerte sea el aviso, la esperanza de tiempos nuevos, donde la verdad sea clara y luminosa como la luz del sol. No queremos que nos declaren héroes ni nos otorguen medallas póstumas, recuerden que sólo cumplimos con nuestro deber profesional». Luego de un breve silencio se escuchó la voz, un tanto lejana, de Pedro Sánchez, el fotógrafo estrella del grupo: «La muerte nos alcanzó desprevenidos, no pudimos defendernos, el recuerdo de nuestra muerte es un animalito que escarba en el corazón de nuestros asesinos, es un OVNI girando en sus alcobas, entre sus muebles, volando entre los resquicios de su conciencia...»

Olympia pensó que la verdad que los cronistas buscaban, 

quedó, como se dice por decir algo, postergada hasta la próxima eternidad y cuando vio un OVNI aparcado en su microondas no supo si estaba soñando o volando entre viejos planetas, mandando besitos volados a la Tierra... En la habitación del hotel, Olympia le pidió al cholo que se desnudara. A éste le tembló el vientre abultado, las piernas delgadas y arqueadas la hicieron sonreír. El anillo en el dedo de la mano derecha relumbró en sus ojos. Posiblemente estaba casado con una francesa o una belga o quizá vivió una temporada en Francia, pues en varias ocasiones se le había escapado una que otra frase en francés. Pero a Olympia ya no le importaba nada. Se le acercó, le besó el pecho lampiño, le rodeó y desde atrás se prendió del pene erecto. El cholo pegó sus escuálidas nalgas al frondoso y exquisito cuerpo de la mujer. Ella acarició la piel lustrosa, sebosa y sudorosa del cholo; olía a toro bravo, a chivato viejo. Cerró los ojos y en su mente vio a Charly, su piel suave, su cuerpo esbelto, firme y poderoso; percibió el perfume del eau de toilette Davidoff Cool Water, palpó sus camisas 

planchadas en lavanderías de lujo, sus corbatas Calvin Klein realzándole el prestigio de profesional de alto vuelo. En cambio los cholos son sucios, tienen sabor a tierra, huelen a jabón Bolívar, son unos mentirosos, unos pendejos, bajo esta premisa decidió odiar a todos los cholos, también a todos los indios y a todos los hombres. Para liberarse de un poco de odio, resolvió darle lo que ninguna belga o francesa le había dado a este cholo que quizás antes de ser taxista fue lustrabotas o canilllita. Tenemos que apurarnos, le dijo al desconocido. Se acostó en la mullida cama, abrió las piernas y apareció, con toda su brillantes, la chapisquera mojada. El cholo no esperó un segundo y se lanzó, con el caballo empinado, por el glorioso Morro de Arica. No le dio tregua a la mujer, la zarandeó entre bandazos de izquierda a derecha, al derecho y al revés. Le machacó los huesos hasta arrancarle un profundo gemido de felicidad. Luego, el cholo, orondo y fresco como una lechuga, abandonó la habitación cantando el adiós pueblo de ayacucho perlas challay. Olympia se quedó tirada en 

la cama, se sentía como desmembrada, embotada por la dicha de haber pisado los umbrales del Paraíso.
La última voz en emitir sus declaraciones fue la de Amador García de la revista Oiga: «Hemos perdonado a los autores de nuestras muertes porque no sabían lo que hacían, en cambio, los que ordenaron que borraran nuestras huellas, aquellos como Lituma en los Andes que se prestaron al juego, a todos ellos los perseguirá el ojo de Dios... Vendrán nuevos periodistas sedientos de verdad. Bueno, luego de esta primera acción, nos retiramos, comunicándoles que el admirado maestro Alfredo Bryce Echenique A trancas y barrancas se encuentra ayudando a La última mudanza de Felipe Carrillo y luego irá a descansar en el Huerto cerrado...»

Olympia ya no recordaba en qué momento apagó la computadora y se vistió como la muerte: encantadoramente 

mortal. Ella, graduada en ciencias de la comunicación, pensando en sus colegas que habían muerto o desaparecido misteriosamente y en los que estaban presos, decía que el periodismo es una profesión muy peligrosa pero hermosa, tan hermosa como la verdad... Olympia llegó casi con una hora de retraso al restaurante del parlamento donde la esperaba un Charly impaciente. Fue reprendida cariñosamente por su tardanza. Ella se quejó del tráfico, de los cholos metidos a taxistas que no conocían bien la ciudad. Besó a su marido con coquetería. Aún sentía los ardores de la gloria, un hormigueo irresistible le trepaba por el aguadizo monte del gozo. Olympia tuvo miedo. ¿Y si olía a sexo, a sexo de cholo? ¿Sería Charly capaz de percibir el olor del enemigo? Sacó un cigarrillo y empezó a fumar con cierto nerviosismo, luego, ya más tranquila, pensó que a su marido lo amaba porque era blanco, rico y buen mozo. (Del libro “Oigo bajo tu pie el humo de la locomotora”) 0

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