You are on page 1of 17

Octubre Rebelde

Chile ante la perspectiva doble de la Revolución y el Colapso

Miguel Fuentes

Sección I
(20-21 de octubre)

1. Introducción

Chile vive actualmente una verdadera rebelión popular en contra del gobierno y las profundas
desigualdades sociales generadas en las últimas décadas por el sistema neoliberal. Esta
rebelión, de curso todavía indefinido, se ha convertido ya en una importante amenaza de los
pilares fundamentales del llamado “modelo chileno”, caracterizado por la preservación y
profundización de los pilares del sistema neoliberal impuestos por la dictadura de Pinochet.
Tal como durante las movilizaciones estudiantiles del 2011, aunque con una intensidad
posiblemente mayor, es de este modo el completo andamiaje económico, político y social
existente en Chile desde el inicio de la década de los 90’s el cual se encuentra bajo peligro.

Diversos referentes y exponentes de la intelectualidad burguesa, los medios oficiales y el


pensamiento de izquierda, han comenzado ya a debatir en torno a la naturaleza del
levantamiento de masas que se vive en Chile, multiplicándose una serie de definiciones del
mismo que irían desde aquellas que ven en este último un “nuevo 2011” hasta las que lo definen
utilizando algunas categorías tales como “Alzamiento Popular”, “Estallido Social”, “Protesta
Nacional” o “Jornadas Revolucionarias”. En una reciente nota en El Mostrador, uno de sus
titulares se pregunta, por ejemplo, si estamos viviendo en nuestro país un proceso
revolucionario o un mero periodo de agitación social. En otros casos, sin embargo, la discusión
en torno al carácter de este proceso en el ámbito de las organizaciones de izquierda ha sido más
bien marginal o prácticamente inexistente, basándose muchas veces en la mera afirmación del
necesario apoyo a las movilizaciones o en la condena de la oleada represiva descargada por el
odiado gobierno del derechista (y millonario) Sebastián Piñera.

Protestas populares de los años 80’s en contra de la dictadura

En este material planteo una caracterización del proceso de agitación social que se vive en
Chile intentando definir su naturaleza a partir de la confluencia de dos macro-tendencias
históricas (de larga duración) que constituirán el “escenario epocal” (basal) desde donde sería
necesario analizar las proyecciones fundamentales del mismo. Estas tendencias son, por un
lado, el fenómeno de agotamiento histórico del modelo neoliberal y de degradación de los
soportes sociales y políticos de dominio aplicados por las clases capitalistas chilenas desde los
años 90’s, habiendo sido las movilizaciones del 2011 y el posterior intento de recambio político
impulsado por el binomio Nueva Mayoría-Frente Amplio una de las expresiones más claras de
dicho fenómeno. Por otro lado, la tendencia a una crisis de recursos y energética estructural
que, alentada por el desarrollo de la actual dinámica de crisis ecológica global, plantearía en el
mediano y largo plazo una perspectiva de derrumbe generalizado de las estructuras
económicas, políticas y sociales vigentes en Chile no sólo desde la instauración del sistema
neoliberal, sino que desde su propia formación como estado independiente. Una de las
expresiones más explosivas de esta segunda tendencia durante los últimos años, aunque todavía
con un carácter preparatorio, habría sido la crisis de subsistencia vivida en Chiloé durante el
año 2016, prefigurando aquella el tipo de escenarios de derrumbe eco-social (sistémicos) a los
cuales se acerca nuestro país, uno de los más vulnerables del mundo ante el avance del cambio
climático.

El resultado de la combinación de estas tendencias: la primera en pleno desarrollo y alentada


por un escenario internacional de crisis económica y política capitalista cada vez más
convulsiva, la segunda con un carácter mucho más embrionario (aunque inscrita ya en el
desarrollo histórico objetivo del proceso histórico, esto si tomamos en cuenta los impactos que
tendrá en Chile, necesariamente, la crisis climática mundial), sería la apertura de un escenario
potencial de crisis capitalista terminal catastrófica y de derrumbe completo del estado nación
chileno. En otras palabras, el fin de Chile en tanto construcción histórica político-social de la
modernidad. En el plano de la lucha de clases, en el caso de profundizarse las tendencias de
radicalización que parecería mostrar el desarrollo del actual estallido popular, se plantearía así
la posibilidad de la apertura de un proceso revolucionario de naturaleza colapsista caracterizado
por poseer una particularidad histórica, textura social y posibles dinámicas políticas de
naturaleza inéditas, no reducibles a los procesos de lucha de clases experimentados en este país
durante su historia pasada.

A partir de lo anterior, se hace hincapié en las graves deficiencias que comenzarían a afectar a
los marcos de análisis y conceptuales de la izquierda tradicional, desarrollados para un contexto
histórico con un contenido distinto al actual marcado, con cada vez más fuerza, por el avance
inicial de una crisis ecológica y energética global súper-catastrófica asociada al establecimiento
de una nueva época geológica planetaria; esto es, la Sexta Extinción Masiva de la Vida
Terrestre y el Antropoceno. Un ejemplo de lo anterior sería, para el caso del análisis del
contenido y las perspectivas futuras del estallido popular chileno, la bancarrota teórica-
estratégica de los principales programas de la izquierda moderna (por ejemplo el marxismo-
leninismo, el trotksysmo, el autonomismo o el stalinismo) para dar cuenta, como dijimos, de
la especificidad histórica que tendría este estallido ante las perspectivas (repetimos inéditas) de
la apertura de un periodo histórico de pre-colapso civilizatorio.

2. El estallido de la ira, la desorientación de los de arriba y la explosividad de los de abajo

La ira del pueblo chileno ha estallado. Las barricadas, los enfrenamientos callejeros en contra
de la policía y las fuerzas militares neo-dictatoriales, los saqueos multitudinarios en contra de
los centros de acopio de los ricos, los ataques en contra de los símbolos del poder y las
evasiones masivas, se tomaron la agenda de la política nacional de los últimos días. En tan sólo
unos días luego de que la furia popular estallara en Santiago y otras ciudades a lo largo del
país, el gobierno debió ceder a las demandas de los sectores en lucha y anular, por el momento,
el alza en el pasaje del metro, debiendo además pronunciarse con respecto a algunas de las
demandas más sentidas por la población chilena (entre otras los altos costos de la vida, el
trabajo, la salud, la educación, etc.). Más todavía, la declaración del estado de emergencia en
Santiago y la salida de los militares a las calles, por primera vez desde comienzos de los 90’s,
fue un completo fracaso: las movilizaciones masivas siguieron copando las calles sin
amedrentarse ante la presencia de los perros del empresariado.

Al modo de un movimiento telúrico de la lucha de clases, el más importante desde las protestas
populares de los 80’s por su radicalidad en las acciones, la magnitud del descontento y la
explosividad de las manifestaciones sociales, la rebelión popular de octubre en Chile (a tono
con otras jornadas similares que han comenzado a sucederse alrededor del mundo) remece ya
al conjunto de las estructuras políticas y sociales de país. Lo anterior en una especie de golpe
directo, a las puertas de las reuniones internacionales de la APEC y la COP25, en contra de la
imagen de una de las hasta ahora más estables democracias de América Latina y cuna del
llamado “milagro económico neoliberal”.

Aunque con el antecedente de las manifestaciones estudiantiles y ciudadanas desarrolladas en


semanas anteriores en contra del alza del pasaje de metro, llevadas adelante en el contexto de
una seguidilla de procesos de lucha que se vienen sucediendo en Chile desde hace algunos
años, una de las características del estallido popular en curso ha sido presentar, sobre todo a
partir del viernes 18 de octubre, un ritmo intempestivo (furioso) que ha dejado al conjunto del
arco político chileno en una especie de “estado de coma”. La masividad, espontaneidad y
agresividad de las movilizaciones han colaborado en el fortalecimiento de este sentimiento de
desorientación generalizado que parece embargar a una gran parte de las organizaciones
políticas de este país. Y aunque intentando desarrollar las primeras caracterizaciones de la
rebelión popular en curso, así como también desplegando una serie de iniciativas tendientes a
lograr una participación más protagónica en el movimiento (por ejemplo la huelga nacional
convocada para hoy lunes 21 de octubre), la izquierda chilena no ha quedado exenta a la
sorpresa que produjo la fuerza de estas jornadas de protesta.

La ira del pueblo chileno

Una de las razones de lo anterior sería que, tal como han destacado una serie de medios de
prensa internacionales tales como la BBC, se trataría de las últimas 38 horas de movilizaciones
más violentas y masivas desde el retorno de la democracia. Son esos mismos medios, por
ejemplo The New York Times, los cuales se encargan de mostrar, asimismo, las importantes
falencias que ha mostrado no sólo el gobierno de Piñera para el manejo de esta crisis (la cual
ha profundizado con sus acciones), sino que además el conjunto de los sectores políticos
tradicionales chilenos. De acuerdo a estos mismos medios internacionales, habría sido el
cojunto de la “clase política” la cual no habría estado a la altura de las circunstancias. Una de
las imágenes más claras de la inoperancia política del gobierno para lidiar con esta situación
habría sido, por ejemplo, la actitud de desafío que una gran parte de la población chilena ha
asumido en contra de la declaración de estado de emergencia y la presencia de militares en las
calles en varias regiones del país, el cual habría sido ya, tal como se dijo anteriormente,
prácticamente desbordado (y por tanto derrotado) por las movilizaciones populares. Otra
muestra de esta incompetencia política sería, tal como enfatiza otra nota de El Mostrador, las
recientes declaraciones de Piñera que, acorralado por el curso de los acontecimientos, ha
acusado la existencia de un “enemigo interno” y el desarrollo de un “estado de guerra” en
alusión al avance del proceso de movilizaciones populares.

Pero no ha sido sólo la derecha chilena o sus socios de la Nueva Mayoría, la cual viene
remitiéndose a un rol de “espectadora”, quienes no han sabido estar a la altura de los
acontecimientos. Lo mismo ha sucedido con la izquierda del régimen neoliberal representada
por el Partido Comunista y el conglomerado neo-concertacionista del Frente Amplio, los cuales
vienen también quedando rezagados con respecto al desarrollo del proceso político,
manteniéndose de algún modo “a la espera” de una mayor claridad de la evolución de éste. Un
ejemplo de lo anterior (y del carácter cómplice de estos sectores ante las políticas de Piñera)
ha sido la incapacidad que han mostrado las centrales sindicales y organizaciones sociales que
estos sectores dirigen (por ejemplo la CUT o la FECH) en la convocatoria de una instancia
superior de lucha que pueda plantear, por ejemplo mediante la convocatoria de una paralización
obrero-popular y estudiantil nacional, la derrota de la oleada represiva impulsada por Piñera.
En los hechos, entre desorientados y a la expectativa de mejores condiciones para actuar, así
como también motivados por su interés por garantizar (tal como ha dejado claro el Frente
Amplio al rechazar la autoría de un documento en el cual se promovía supuestamente a una
“profundización del caos”) la mantención de la legalidad democrática pro empresarial, estos
sectores vienen limitándose, por el momento, a una mera campaña comunicacional de “rechazo
de la represión” y de oposición, de palabra, a la aplicación del estado de emergencia.

El fracaso del gobierno de Piñera para contener las protestas

Con todo, aunque desorientados, ninguno de los sectores políticos garantes de la estabilidad
capitalista en Chile estaría ni totalmente paralizados, ni mucho menos derrotados. En el caso
de la derecha y los sectores conservadores, la política represiva generalizada con la que vienen
respondiendo a las protestas tendría la doble finalidad, por un lado, de una contención militar
preventiva de una posible radicalización mayor de las mismas, así como también, por otro lado,
de ganar algunos días a la espera de que la situación de conjunto pueda volver a un cause menos
explosivo. Es muy posible, de hecho, que estos sectores realicen, con el aval de la Nueva
Mayoría y posiblemente del Frente Amplio, un giro rápido a una política de “dialogo nacional”
(tal como intentaron en un primer momento) cuando las condiciones lo permitan, esto para
intentar revertir el grave desgaste que la política represiva de “línea dura” (militar) estaría
costándole al gobierno tanto en el plano nacional como externo. En el ámbito de la Nueva
Mayoría, el PC y el Frente Amplio, es probable que la política de “espera” y “contención”
pasiva que están siguiendo pueda combinarse, dependiendo de la ubicación de cada uno de sus
partidos, ya sea con un mayor apoyo a las políticas represivas de Piñera (por ejemplo en el caso
de la DC), ya sea con un posicionamiento más activo en pos de las “denuncias anti-represivas”
y la convocatoria de movilizaciones sociales (por ejemplo en el caso del PS, el PC y el Frente
Amplio). Un ejemplo de lo anterior podría verse en el llamado a paro nacional de hoy al cual
adhieren algunas organizaciones tales como la FECH cuya presidencia se encuentra en las
manos del Frente Amplio. Otro ejemplo de lo mismo ha sido la definición de la mesa nacional
del Frente Amplio en torno a la necesidad de una “Nueva Constitución” para Chile, esto al
modo de un primer orientador político para la acción de este sector ante el convulsivo escenario
que han abierto las movilizaciones populares.

La neoconcertación en jaque ante el avance y radicalidad de las movilizaciones

En general, sin embargo, puede decirse que lo que prima por ahora en el escenario político es,
por un lado, la desorientación de “los de arriba” (es decir, de las elites capitalistas y sus
partidos) y la explosividad (volcánica) de la acción de “los de abajo” (es decir, de las clases
explotadas y del movimiento popular en lucha). Contradictoriamente, lo que poseen a su favor
los “de arriba”, a pesar de su actual desorientación y desubicación política, sería contar con un
programa de acción claro, en el mediano y largo plazo, de defensa de los intereses de la
institucionalidad burguesa, confiriéndole esto a dichos sectores una mayor capacidad
estratégica y política en la medida en que la explosividad del levantamiento popular pueda
bajar, durante los próximos días, de intensidad. En el caso de la acción de “los de abajo”, a
pesar de la explosividad y masividad de sus acciones, lo cual los ha llevado a la consecución
de algunas conquistas parciales (por ejemplo, el congelamiento del alza del pasaje de metro),
sería justamente la inexistencia de un programa político y de acción de largo aliento y la
ausencia de estructuras políticas que puedan darle una continuidad al movimiento de lucha, lo
cual podría comenzar a jugar, tal vez pronto, en contra del avance del estallido popular, esto
posiblemente al modo de un primer reflujo del mismo.

Desde aquí, puede decirse que las posibilidades de desarrollo del actual alzamiento popular se
encuentran, de este modo, abiertas. Por un lado, se plantea la posibilidad de un salto del mismo,
aquello por ejemplo si aquel fuera capaz de dotarse de una política y de formas de organización
que pueda brindar al movimiento una continuidad y una perspectiva mayor al que pueden darles
las meras acciones de lucha callejera. Otra posibilidad, también planteada, es que el estallido
termine agotándose rápidamente, esto por lo menos al modo del cierre de una primera fase del
mismo, pudiendo comenzar así a ser “fagocitado” políticamente (tal como sucedió con el
movimiento social originado el 2011) por algunos sectores de la socialdemocracia neoliberal
tales como el PC o el Frente Amplio. Aun así, es difícil que la energía liberada por las recientes
movilizaciones se disipe prontamente, constituyendo en realidad un punto de inflexión
histórico en la lucha de clases chilena que, no importa la dirección inmediata que tome el
proceso de lucha actual, sentará mejores condiciones, o bien para una repetición (en mayor o
menor escala) del desarrollo de estallidos sociales semejantes en el futuro, o bien del avance
en la lucha y la radicalización de sectores sociales particulares (por ejemplo al nivel de la clase
obrera, el movimiento estudiantil, los sectores ambientalistas, etc.). A largo plazo, de hecho,
roto (o al menos estructuralmente resquebrajados) los consensos institucionales que lograron
construir la Nueva Mayoría y el Frente Amplio a partir del segundo gobierno de Bachelet, se
plantea así la posibilidad del desarrollo de una significativa radicalización ideológica de vastos
sectores de masas que, dependiendo el curso que tome la situación económica, política y social
internacional y nacional, pueda decantar en el corto o mediano plazo en importantes fenómenos
(posiblemente imprevistos) de cuestionamiento revolucionario del capitalismo, esto último
tanto al nivel de la lucha de clases, las dinámicas sociales y la evolución de la superestructura
política.

Ahora bien… ¿Que es, en definitiva, el estallido popular que está teniendo lugar en este
Octubre Rebelde? ¿Es una reedición, más o menos parecida, aunque más violenta, del
movimiento social del 2011? ¿Es acaso una replica, en pleno siglo XXI, de las jornadas de
lucha popular de los 80’s en contra de la dictadura? ¿Han sido las recientes jornadas de lucha
popular “jornadas revolucionarias”, esto quizás al modo de las desarrolladas en diversos puntos
de América Latina durante las últimas décadas? Como veremos en las próximas secciones,
sería justamente aquí en donde los marcos tradicionales de pensamiento de las organizaciones
de izquierda harían, literalmente, agua. En realidad, si consideramos el contexto histórico y
eco-social particular en el cual el estallido popular chileno estaría teniendo lugar y,
particularmente, las proyecciones históricas potenciales del mismo, veremos que el futuro de
un posible nuevo ciclo de la lucha de clases en Chile alentado por éste podría estar muy alejado,
quizás de formas imprevistas, tanto de una dinámica de ascenso obrero clásica como las vistas
durante el siglo pasado, así como también de un proceso de movilizaciones populares tal como
las que tuvieron lugar en este país durante la década de 1980.
Sección II
(22-23 de octubre)

3. ¿Qué es el Octubre Rebelde?


Una comparación con otros ciclos de la lucha de clases reciente en Chile y América Latina

Los intentos de caracterización de las actuales protestas populares chilenas en el terreno de las
organizaciones de izquierda, aunque sin iniciarse todavía una real discusión sistemática en
torno a la naturaleza y la dinámica de aquellas, han sido variados. En general, como es lógico,
dichas caracterizaciones han respondido a las distintas estrategias y programas políticos que
cada organización representa. Por un lado, están aquellas que resaltan las semejanzas entre las
recientes jornadas de movilización en Chile con la irrupción del movimiento estudiantil del
2011 y su precedente del 2006 (“Revolución Pingüina”), encontrándose otras que buscarían
estas semejanzas en las jornadas de protesta nacional en contra de la dictadura impulsadas por
sectores poblacionales, estudiantiles y obreros durante los 80’s. Otros casos de comparación
semejantes utilizados para discutir la naturaleza de las actuales movilizaciones sociales en este
país serían las distintas irrupciones populares producidas en América Latina durante las últimas
décadas, esto desde el estallido del “Caracazo” en 1989 y las jornadas revolucionarias de
Argentina durante el año 2001 en contra del gobierno de De la Rúa hasta el levantamiento
indígena-popular de Ecuador de semanas recientes en contra de Lenin Moreno.

Es tal vez la comparación entre el actual levantamiento de masas chileno con el estallido de las
jornadas de protesta popular en contra de la dictadura de Pinochet durante los 80’s la cual
ofrecería, como veremos, los mayores puntos de contacto para comprender la presente
coyuntura de la lucha de clases en Chile. Algunas de las similitudes estructurales entre ambos
procesos que pueden mencionarse aquí serían las siguientes:

a-El componente hasta ahora mayoritariamente popular de las actuales movilizaciones sociales
chilenas en lo que respecta tanto a la composición social y la masividad de éstas, así como
también al tipo de acciones de lucha adoptadas por las mismas. Un ejemplo de lo anterior sería
la centralidad que estaría teniendo el método de las barricadas y los cortes de calle, lo anterior
en desmedro de otros métodos de lucha que, aunque no totalmente ausentes, se habrían
presentado hasta ahora de una forma más diluida: esto, por ejemplo, aunque esta situación
podría variar en el futuro cercano, en el caso de las huelgas obreras, las tomas de industrias o
establecimientos educacionales y las convocatorias masivas de marchas o concentraciones
multitudinarias como “eventos centrales” (estructurantes) del movimiento.

b-El menor peso, al menos momentáneo, que estaría teniendo la clase obrera y el movimiento
estudiantil en la dinámica de conjunto del proceso de lucha, así como también la menor
influencia de las organizaciones tradicionales de dichos sectores (por ejemplo, la CUT, la
CONFECH, etc.). Esta situación presentaría elementos comunes con el primer periodo del ciclo
de protestas populares de los 80’s cuando los partidos de izquierda y las organizaciones sociales
tradicionales (entre otras la CUT) se encontraban todavía muy debilitadas como para asumir
un mayor protagonismo en las mismas, esto luego de una década de sangrienta represión
dictatorial e ilegalización. Ahora bien, si tenemos en cuenta el papel jugado por la
Confederación de Trabajadores del Cobre (CTC) y una serie de sindicatos en la convocatoria
de la primera jornada de protesta popular en 1983, así como también el rol que tuvieron una
serie de organizaciones de izquierda, sindicales y estudiantiles en la convocatoria de las
protestas nacionales que le siguieron, podemos de decir que hoy el protagonismo de estos
sectores (sindicatos, federaciones estudiantiles, partidos de izquierda) sería todavía menor al
que tuvieron aquellos durante dichos momentos. Cabe recordar aquí, además, que el peso que
tuvieron estas organizaciones a principios de la década de 1980 fue, a la vez, sustantivamente
menor al que aquellas habían alcanzado durante el periodo previo al golpe militar de 1973. Con
todo, tal como en el caso de la menor importancia que ha tenido hasta ahora el método
huelguístico y la toma de establecimientos durante las actuales movilizaciones populares en
Chile, lo anterior no significaría que la posibilidad de una mayor presencia de estos sectores en
el seno del proceso abierto por el estallido de masas esté totalmente descartado. De hecho, la
reciente convocatoria a una serie de protestas por parte de algunas centrales sindicales y
organizaciones estudiantiles, así como también la activa presencia de algunos sindicatos en las
últimas movilizaciones sociales y una serie de importantes muestras de solidaridad obrera en
los lugares de trabajo hacia las mismas, podría apuntar, precisamente, a dicha posibilidad.

El método de las barricadas ha adquirido un peso central en el levantamiento popular chileno

c-La primacía de una espontaneidad relativa al nivel de las acciones de masas, organizadas
muchas veces a nivel local y con independencia de las organizaciones sociales y de izquierda
tradicionales, aunque esto durante días recientes bajo el paraguas de la convocatoria a algunas
movilizaciones nacionales llamadas por estas últimas. Lo anterior se sumaría a la inexistencia
hasta ahora de organizaciones sociales o políticas con la capacidad de centralizar el proceso de
lucha en su conjunto, constituyendo esta característica, otra vez, un elemento común entre las
actuales movilizaciones con el primer periodo de las protestas populares en contra de Pinochet;
es decir, con el periodo previo a que el Partido Comunista y los partidos de la futura
Concertación lograran una influencia mayor en el seno del movimiento de lucha anti-
dictatorial. De hecho, es evidente que, a pesar de que las primeras manifestaciones en contra
del alza del pasaje de metro fueron organizadas desde el ámbito secundario (en primera
instancia por los combativos estudiantes del Instituto Nacional), dicha convocatoria actuó sólo
al modo de un “gatillante”, no respondiendo el actual proceso ni a las directrices de las
organizaciones secundarias o estudiantiles (tal como sucedió, por ejemplo, durante los procesos
de lucha del 2006 y el 2011), ni tampoco a las de otras organizaciones del ámbito social. Es
interesante notar aquí que incluso algunos de los nuevos referentes organizativos del
movimiento popular chileno: por ejemplo, la Coordinadora No+AFP y las distintas
coordinadoras feministas que han surgido en el último tiempo, no han contado tampoco durante
estos días con un peso relevante en la convocatoria y la organización de las actuales
movilizaciones.

Las acciones espontáneas de saqueo han tomado un rol destacado (y ejemplar) en la lucha

El actual proceso de lucha presentaría así, por ahora, un grado de fragmentación organizativa
mucho mayor al que tuvieron las protestas anti-dictatoriales durante sus inicios, habiendo
logrado estas últimas ser centralizadas (al menos formalmente) al nivel de una serie de
instancias nacionales de coordinación, constituyendo hoy el ímpetu y la espontaneidad de las
acciones de masas uno de los principales (y casi únicos) motores de la continuidad de las
movilizaciones. Por el momento, este carácter “inorgánico” (que, como dijimos, podría ser un
fenómeno más bien transitorio), visible además en la “inexistencia” de figuras centralizadoras
o líderes, le conferiría al movimiento de lucha la ventaja de potenciar su dinamismo y
radicalidad en los métodos de lucha callejera, haciendo por ahora más difícil su cooptación
política (esto tal como sucedió con el estallido del 2011, rápidamente capitalizado por las
burocracias estudiantiles del PC y el actual Frente Amplio). Al mismo tiempo, el carácter
“inorgánico” de las movilizaciones populares que se desarrollan hoy en Chile presenta el riesgo
de que aquellas puedan perder fuerza con rapidez y, eventualmente, “disiparse”, esto por
ejemplo en el caso de que el gobierno de Piñera decida realizar ciertas concesiones a las masas
con el ánimo de recuperar la ofensiva política (aunque asumiendo con ello el costo de una
importante derrota táctica ante los sectores en lucha). Sería, de hecho, esta carencia de
organicidad que caracterizaría al estallido popular chileno en curso lo que constituiría, aún
cuando la propia explosividad y masividad del mismo lo haya presentado en el escenario
político al modo de un “ente unificado” (coherente), una de las mayores debilidades de éste.

d-Otras similitudes entre el actual estallido popular y las protestas nacionales de los 80’s puede
encontrarse en la masividad y carácter nacional de las movilizaciones, el peso protagónico que
han tenido aquellas en Santiago y otras capitales regionales, así como también la dinámica de
las mismas basadas en una combinación entre, por un lado, la convocatoria a concentraciones
y marchas centrales (aunque estas últimas hasta ahora con una menor importancia a la que han
tenido durante otros periodos de movilización social) y el desarrollo de acciones masivas de
protesta en las poblaciones y los barrios populares, por otro. Los altos grados de violencia
callejera, aunque esta vez con un mayor peso del elemento de los saqueos generalizados y la
destrucción de espacios públicos (esto, por ejemplo, en el caso de las decenas de estaciones de
metro atacadas), así como también los elevados niveles de represión policial y militar, no vistas
en Chile desde los 80’s, constituyen otros puntos de contacto entre el actual estallido popular
y el ciclo de protestas anti-dictatoriales. Una diferencia importante entre el perfil de las
movilizaciones sociales en curso en comparación con las de los 80’s sería, con todo, un menor
peso de la acción represiva del ejército y las fuerzas policiales, explicándose lo anterior, aunque
contando ya con más de una decena de muertos, por lo límites que impone el régimen
democrático-burgués (a diferencia de lo ocurrido durante los 80’s) a la actuación de las fuerzas
armadas. En el campo popular, otra diferencia con el ciclo de protestas de los 80’s sería la
inexistencia de aparatos de lucha armada tales como aquel que representó en su momento el
FPMR. Debe recordarse, sin embargo, que las acciones de este último habrían adquirido un
mayor protagonismo sólo algunos años después del inicio de las primeras protestas nacionales.

Puede destacarse aquí, igualmente, después de varias décadas de “modorra triunfalista”


neoliberal, la menor experiencia de las elites gobernantes y los partidos burgueses tradicionales
para hacer frente a la presión de un gran movimiento de masas en las calles, esto en
comparación con la mayor capacidad de reacción que habría mostrado la dictadura, creada y
consolidada en un escenario de enfrentamiento directo en contra de los sectores obreros y
populares. La verdadera ineptitud que ha caracterizado las respuestas iniciales de la
administración de Piñera ante la crisis, replicando con ello (de manera magnificada) la
desubicación de su anterior gobierno ante el movimiento estudiantil del 2011 constituye, tal
como han destacado una serie de medios internacionales, una muestra de lo anterior. Asimismo,
puede decirse que el símil entre el reciente alzamiento popular en Chile y el primer periodo del
ciclo de protestas anti-dictatoriales, es además acertado en lo que respecta al contexto de
hartazgo, enojo y desesperación contenida de amplios sectores populares y de las clases medias
que, cansados hasta la saciedad, han estallado de forma violenta luego de haber asumido por
décadas los costos de una serie de políticas de desarrollo nacional cuyos únicos beneficiados
fueron casi exclusivamente, de forma grosera y casi sin ningún contrapeso, las elites. En otras
palabras, ambos fenómenos responderían a la reacción de unos sectores populares empujados
a reaccionar por una intensificación neoliberal inédita (salvaje) de las condiciones de opresión
y exclusión social propias del régimen capitalista.

e-La comparación entre el estallido popular en curso en Chile y las movilizaciones estudiantiles
del 2011 en dicho país presenta también importantes puntos de contacto, siendo algunos de
aquellos la masividad, alcance nacional y explosividad de las movilizaciones, así como también
el amplio (y pronto) apoyo que aquellas concitaron en el conjunto de la población. Tal como
las actuales protestas, el movimiento estudiantil del 2011 llegó a transformarse en un potente
catalizador (el mayor hasta ese momento desde el retorno de la democracia) del descontento
de amplias capas de la sociedad chilena en contra de las condiciones de vida impuestas por el
modelo neoliberal. Desde aquí, uno de los aspectos claves que comparten la lucha en contra
del lucro educativo del 2011 y el movimiento de lucha actual sería el desarrollo de un
importante desafío en contra del completo armazón institucional pinochetista-concertacionista
imperante hasta hoy en Chile. Ahora bien, el carácter esencialmente estudiantil que tuvo el
movimiento del 2011, caracterizándose además desde un comienzo (esto a pesar del
surgimiento y la influencia que alcanzaron los sectores de la llamada “ultra”) por la capacidad
de conducción que tuvieron en el seno del mismo las estructuras de organización tradicionales
del movimiento universitario y secundario (por ejemplo la CONFECH o la ACES), así como
también el peso dirigente que adquirieron tempranamente algunas figuras ligadas al Partido
Comunista y al Frente Amplio tales como Camila Vallejos, Giorgio Jackson o Gabriel Boric,
constituye una significativa diferencia con el actual proceso de lucha. Tal como dijimos, este
último se caracterizaría hasta ahora, pese a los tempranos intentos de una serie de
organizaciones sociales por adquirir un mayor protagonismo en el seno de las protestas, por un
importante grado de desconexión (y autonomía relativa) no sólo con respecto al arco político
tradicional en su conjunto, sino que además con relación a las propias organizaciones sociales
y de izquierda que han venido jugando un rol, más o menos protagónico, en los recientes ciclos
de movilización social en Chile. Desde aquí, la replicación de un fenómeno de “fagocitación
electoral” tal como aquella que impulsaron los sectores neoconcertacionistas del PC y el Frente
Amplio que lograron expropiar (parlamentarizar) una parte importante del auge de la lucha
social del 2011 se vuelve, en consecuencia, más improbable.

El movimiento social del 2011 en Chile

El actual estallido popular se presenta así como un movimiento social que poseería
características en algún sentido “acéfalas”; es decir, tal como ya remarcamos, que carecería por
ahora de instancias formales de conducción o líderes claros. Esto último le conferiría a aquel
no sólo un carácter mucho más espontáneo e impredecible con respecto a otros movimientos
sociales de la historia contemporánea de Chile, sino que haría a la vez mucho más difícil, como
dijimos, su cooptación política. Sería justamente el carácter espontáneo y en primera instancia
“incontrolable” de este estallido social, presentándose aquel al modo de una especie de “fuerza
de la naturaleza” (sin figuras ni organizaciones claras al cual asociarlo), lo que se encontraría
en la base del verdadero temor (y confusión) con que han venido reaccionado en un comienzo
las elites burguesas ante el mismo. Un ejemplo de lo anterior puede percibirse tanto en el menor
peso que ha tenido en algunos personeros de la derecha la tradicional prepotencia política que
les caracteriza en su trato con los sectores sociales (prepotencia que mantuvieron incólume
incluso durante el punto máximo del ascenso social del 2011), así como también el tono más
precavido y conciliador de aquellos (aunque esto sin excluir algunos exabruptos tales como el
de Piñera al describir la existencia de una supuesta “guerra interna” al referirse a las protestas)
respecto a la legitimidad de las movilizaciones. Otro ejemplo de lo mismo sería, dando la
impresión de que las castas burguesas en Chile estarían experimentando un verdadero “noqueo
social” y expresión palpable de su menor margen de maniobra en comparación a embates
previos de la lucha de clases reciente, la inusualmente rápida disponibilidad del gobierno por
acceder, aunque por el momento tan sólo de palabra y mediante el tradicional ofrecimiento de
migajas, a algunas de las más sentidas demandas de la población chilena.

Con todo, lo que ganaría el actual movimiento en explosividad y espontaneidad, lo perdería, al


menos por ahora, en profundidad programática y organizativa, constituyendo lo anterior, tal
como ya dijimos, uno de los flancos más débiles del presente proceso de lucha. A diferencia
del 2011, no existe por el momento un programa de reivindicaciones sociales tal como aquel
que sintetizó en años anteriores la consigna del “No al Lucro”, esto aún cuando una tendencia
incipiente a la unificación de las reivindicaciones sociales y consignas políticas más sentidas
de la población parecería estar ya en curso. Aun así, producto precisamente de su importante
“fragilidad” programático-estratégica y organizativa, el peligro de una posible “disolución
rápida” del movimiento de lucha, tal como ya advertimos, no está descartada, esto pese a que
aquello no significaría necesariamente, lo repetimos, ni que el estado de la movilización social
en Chile deba volver al mismo punto en que se encontraba hasta antes del estallido, ni que el
actual estado de agitación popular no pueda ir dotándose de formas de organización y marcos
programáticos de acción propios. Otra posibilidad podría ser aquí que, con motivo del mayor
peso que pudieran ir adquiriendo en el proceso de lucha otros sectores sociales y sus respectivos
organismos de representación (por ejemplo el movimiento estudiantil o sindical), se vaya
produciendo una transformación estructural de la dinámica del actual alzamiento, esto
apuntando ya sea a una posible “gremialización” del mismo, o bien a una mayor politización
del proceso en el marco del avance de una serie de demandas centralizadoras tales como las de
“Nueva Constitución”, “Asamblea Constituyente” o bien aquella en torno a la renuncia del
propio Piñera.

f-En el caso de la comparación entre el presente estallido social en Chile con otros alzamientos
populares desarrollados en América Latina durante las últimas décadas, aunque con diferencias
más marcadas con respecto al componente social y la dinámica de aquellos, pueden sin
embargo destacarse algunos elementos en común entre los mismos. Entre otros, resaltan aquí
el carácter espontáneo, masivo e intempestivo de la acción de amplios sectores de masas que,
implementando combativos métodos de enfrentamiento callejero en contra de las fuerzas de
represión y llegando a disputar el control territorial (eminentemente callejero) de las grandes
ciudades y centros políticos, han sido capaces de poner en jaque (y en varios casos derribar) a
sus respectivos gobiernos, estos últimos profundamente anti-populares debido a su rol de
garantes del avance de las políticas neoliberales en la región. Llevadas hasta el hartazgo por el
empeoramiento constante de sus condiciones de vida, estos levantamientos populares (por
ejemplo, el Caracazo de 1989, el Argentinazo del 2001 o la reciente rebelión indígena-popular
en Ecuador) se han caracterizado, tal como el estallido popular chileno hoy, por ser
movimientos explosivos, violentos y con la capacidad de remecer el conjunto de la estructura
política-social de los países en donde han tenido lugar.

A diferencia de las actuales movilizaciones en Chile, sin embargo, varios de estos


levantamientos han destacado no sólo por haber logrado echar abajo a una serie de gobiernos
neoliberales, sino que además por el desarrollo de significativas experiencias de auto-
organización de masas que han dado por resultado en ciertos casos la constitución de
incipientes organismos de poder de los sectores populares. Ha sido justamente la combinación
de estas experiencias de auto-organización con los ascensos de masas que les han servido como
telón de fondo y la capacidad de los sectores en lucha para producir una fractura sustancial del
régimen político burgués, llegando como dijimos a lograr en algunas ocasiones el derrumbe de
los gobiernos a los que han hecho frente, lo que ha conferido a dichos levantamientos populares
el carácter de verdaderas jornadas revolucionarias. En el caso del actual alzamiento popular
chileno, por el contrario, no han existido hasta el momento ni experiencias de auto-
organización que fueran capaces de centralizar el proceso de lucha (aquello a diferencia, por
ejemplo, de lo sucedido con el papel que le tocó jugar a la ACES en el estallido secundario del
2006), así como tampoco una fractura institucional de envergadura (por ejemplo al nivel de las
fuerzas represivas o el bloque de partidos políticos dominantes) que haya planteado o
preanuncie, al menos en lo inmediato, la caída de Piñera. Lejos de aquello, aunque a la
defensiva y como hemos dicho víctimas de una especie de “noqueo social” inédito para el
escenario político nacional desde el fin de la dictadura, las elites políticas chilenas y el aparato
represivo burgués han conseguido hasta el momento cerrar filas detrás de la defensa de la
institucionalidad democrático-burguesa, esto con la complicidad activa de sus socios del
Partido Comunista y el Frente Amplio. Cabe destacar aquí que, a pesar de que algunos sectores
del PC y el FA manifestaran ya su decisión de apoyar, al menos de palabra, la demanda por la
renuncia de Piñera que está empezando a tomar fuerzas al nivel del movimiento de masas, estos
se han negado a impulsar una política tendiente a una profundización de la movilización en las
calles para lograr una caída del gobierno como producto directo del embate popular. Por el
contrario, dando cuenta de su condición de verdaderas mascotas amaestradas de la legalidad
burguesa, estos partidos han preferido comenzar a evaluar las respectivas “vías institucionales”
(por ejemplo, una posible acusación constitucional) para remover al presidente.

Las jornadas revolucionarias de Argentina del 2001

Aunque sin haber adoptado el carácter de jornadas revolucionarias propiamente tales, esta
definición sí reflejaría uno de los aspectos que ha caracterizado al estallido popular chileno y
que empalmaría, al menos parcialmente, con una de las características de las situaciones
revolucionarias descritas por Lenin; esto es, que los de arriba no pueden seguir gobernando a
los de abajo como hasta ahora, y que estos últimos no quieren seguir siendo administrados
como hasta hoy. Un ejemplo de este verdadero impasse y del “temor de clase” al cual se ha
enfrentado durante días recientes el poder burgués en Chile como efecto del ascenso de masas,
temor que habría estado virtualmente ausente al calor de otros procesos de movilización social
de años recientes en este país (por ejemplo las ya mencionadas movilizaciones del 2011 y la
lucha secundaria del 2006), puede encontrarse en las declaraciones de Cecilia Morel (esposa
de Piñera) en un audio filtrado a los medios de prensa en donde afirmaba, entre otras cosas,
que “algo muy grave se avecinaba” y que el sector social al cual aquella pertenece debía
prepararse para “compartir más” y “dejar de lado algunos de sus privilegios”. Sin descartar
que, debido a los límites que ha tenido el actual estallido popular en Chile, la burguesía logre
resistir el momento más peligroso de aquel y contenerlo gracias a una combinación de medidas
represivas y concesiones, es innegable que, constituyendo o no las actuales movilizaciones
populares jornadas revolucionarias, el fantasma de la revolución social planeó, por primera vez
en décadas, sobre las cabezas de las clases dominantes chilenas. Desde aquí, es posible decir
que, se cierre como se cierre la actual coyuntura de ascenso popular, ya sea mediante una
profundización del embate de masas, o bien mediante una primera contención gubernamental
o parlamentaria del mismo, el escenario social y político de la lucha de clases chilena ha sido
ya fertilizado para el desarrollo de nuevas irrupciones sociales y/o procesos de radicalización
política de diverso tipo, lo anterior incluso ante la perspectiva de una posible
“parlamentarización”, más o menos efectiva, de la actual ofensiva popular en el corto y
mediano plazo. De alguna manera, las jornadas de lucha popular de octubre del 2019 podrían
marcar un antes y un después en el proceso social y político chileno, haciendo por lo tanto
imposible un retorno a la normalidad política, aquello en el sentido en que dicha “normalidad
política” ha sido entendida en este país desde el establecimiento de la actual democracia para
ricos.

Teniendo en consideración lo dicho hasta ahora, defino la presente coyuntura de


movilizaciones sociales en Chile como una rebelión popular con rasgos revolucionarios y
dinámica aún abierta; es decir, cuyo desarrollo inmediato debe todavía ser definido tanto por
la evolución del propio ascenso de masas (por ejemplo, mediante una posible radicalización
revolucionaria o un pronto agotamiento de éste), así como también por los efectos que tendrá
sobre aquel las respuestas del régimen político. Algunas de las causas principales de esta
rebelión serían, tal como se viene destacando en una serie de medios, tanto los niveles extremos
de injusticia social existentes en Chile (uno de los países más desiguales del mundo), así como
también los altos niveles de descontento acumulado en el seno de la sociedad chilena después
de tres décadas de aplicación (salvaje) de las recetas neoliberales. Otra de las causas de este
estallido puede encontrarse en las características profundamente conservadoras del régimen
político de la llamada transición pactada, habiendo actuado este último durante décadas previas
al modo de una verdadera “olla a presión” del descontento social, aquello debido a su propia
incapacidad de renovación y adaptación ante los nuevos contextos históricos (una muestra de
esto puede verse, por ejemplo, en la cerrada negativa de las elites burguesas a la demanda del
aborto legal). Puede mencionarse, asimismo, el factor de las expectativas de mejoramiento
social no satisfechas entre la población (esto especialmente a partir del segundo gobierno de
Bachelet), así como también la significativa acumulación de experiencias de lucha que han
ganado los sectores populares chilenos durante el último cuarto de siglo. Finalmente, pueden
mencionarse además los efectos regionales de la actual crisis económica capitalista mundial y
los avatares de la situación social y política internacional caracterizada hoy, precisamente, por
el desarrollo de grandes embates de masas en diversos países.
Octubre Rebelde: Un levantamiento popular con rasgos revolucionarios

Entregar una definición de un proceso social y político: en nuestro caso, por ejemplo, la
definición del actual estallido de masas en Chile como una “rebelión popular con rasgos
revolucionarios”, constituye tan sólo una parte del análisis del mismo. La otra parte consiste
en intentar definir, mediante la evaluación de la serie de factores económicos, sociales y
políticos imbricados en aquel, las dinámicas socio-políticas que se presentarían como las más
probables para dicho proceso ante un contexto histórico determinado. En lo referente al
estallido chileno, algunas preguntas relevantes a discutir serían, entre otras, las relacionadas a
las dinámicas de clases en el corto, mediano y largo plazo que aquel dejaría planteadas. ¿Abren
las recientes jornadas de protesta popular un nuevo ascenso revolucionario clásico que
prepararía el escenario, por ejemplo, para una integración protagónica de la clase obrera en
éste, lo anterior tal como sucedió con el proceso de radicalización política de los 60’s y 70’s
que tuvo como uno de sus puntos culminantes el desarrollo de los Cordones Industriales? ¿O
bien, por el contrario, lo que estamos presenciando sería el comienzo, como ya mencionamos,
de una nueva dinámica de luchas populares tal como las vistas durante los años 80’s?

Como discutiremos ahora, sería precisamente en las perspectivas históricas y posibles


proyecciones socio-políticas de la actual rebelión chilena y el nuevo periodo de ascenso
popular que ésta podría (o no) estar abriendo en el escenario histórico en donde la referencia a
las experiencias pasadas de la lucha de clases (por ejemplo las protestas populares en contra de
la dictadura, el Argentinazo, la “Revolución Pingüina” o las movilizaciones en contra del lucro
educativo)… perderían una gran parte de su sentido. ¿Por qué? Como veremos en la siguiente
sección, el alzamiento popular chileno de octubre contendría en sí los gérmenes, aunque por el
momento todavía iniciales, de un ciclo de la lucha de clases (de contenido colapsista)
radicalmente diferente a los vistos en el pasado. En otras palabras, un ciclo final (terminal) de
la lucha de clases moderna chilena destinado a materializarse, tal como plantearemos, ante un
tipo de escenario destructivo que constituiría una especie de “territorio desconocido” de la
historia… un territorio “salvaje” del proceso social en el seno del cual podríamos presenciar,
durante las próximas décadas, el derrumbe no sólo de los principales pilares del régimen
capitalista, sino que además los del propio sistema industrial que hizo posible la existencia de
la estructura de clases de la sociedad contemporánea. Un último ciclo revolucionario de la
modernidad en Chile, en definitiva, que podría ver ante sí tanto el derrumbe de la burguesía
capitalista como clase hegemónica, así como también la “desintegración” del propio
movimiento obrero y los sectores populares, esto en el marco de una dinámica súper
catastrófica, de contenido posiblemente brutal y sangrienta, a lo largo del cual el mismo estado
nación chileno podría … dejar de existir. Es lo que veremos en la próxima sección.

Próximas secciones

Sección III

4. ¿Hacia donde va el Octubre Rebelde?


O la bancarrota de la izquierda tradicional ante el arribo de lo desconocido

5. El Octubre Rebelde bajo una óptica marxista-colapsista

6. Revolución y Colapso: La lucha de clases chilena ante un escenario colapsista

Sección IV

7. La legitimidad de la violencia popular. O cuando la sangre de los explotadores debe


correr.

8. ¡Hay que mostrar a la derecha y los capitalistas el infierno de la lucha de clases


colapsista!

9. Un programa revolucionario colapsista ante el fin de la lucha de clases moderna y el


derrumbe cercano del estado nación chileno