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Domingo XXXIV T. O.

(C) – Jesucristo rey del universo

Solemnidad de Jesucristo, Rey del universo (ciclo C)

En nuestro lenguaje coloquial, cuando decimos de alguien que “vive como


un rey”, queremos significar que vive muy por encima de las condiciones que son
comunes a todos los hombres, que está liberado de muchas de las fatigas y las
cargas que afectan a todos. Para nosotros “ser rey” significa (a) poseer unos
privilegios que los demás no poseen y (b) poseer también mostrar una fuerza, un
poder, con el que, de manera contundente e inmediata, se castiga al súbdito que
se porta mal.
La liturgia de hoy proclama que Jesucristo es rey y nos presenta la manera
cómo Cristo ejerce su realeza en el tiempo de la historia, es decir, en nuestro
mundo y nuestra vida terrena. Y esta manera nos resulta muy desconcertante,
porque su corona real es una corona de espinas y el trono desde el que reina es la
cruz. Su manera de reinar en la historia humana se caracteriza por:
1) No hacer trampas con lo humano, es decir, por no sustraerse a la ley
común de todos los hombres, por no buscar excepción alguna ni ejercer ningún
privilegio. La ley común a todos los hombres, para esta vida terrena, incluye el
sufrimiento y la muerte; y Jesús se somete a ellos como uno más. Las autoridades
judías, el pueblo, los soldados y uno de los malhechores crucificados con él, no lo
entienden, y por eso le dicen: “sálvate a ti mismo”. ¿Qué clase de rey es uno que
muere crucificado?
2) Callando y siendo paciente ante las provocaciones de los hombres que le
incitan a que muestre su ser rey salvándose a sí mismo y salvando a los otros que
están crucificados con él. Porque si no puede librarnos del sufrimiento, ¿qué clase
de rey es? Pero Jesús no hace ninguna exhibición de poder sino de amor. Y la
hace
3) Pagando él por todos sus súbditos o, como ha dicho san Pablo,
“reconciliando consigo todos los seres (…) haciendo la paz por la sangre de su
cruz”. Jesús muestra su ser rey, muestra su señorío y su poder, no “salvándose a
sí mismo”, sino cancelando “la nota de cargo que había contra nosotros (…)
clavándola en la cruz” (Col 2, 14), es decir, pagando nuestra deuda, devolviéndole
a Dios el homenaje de obediencia amorosa que nosotros le habíamos sustraído por
el pecado. Jesús adopta, por todos nosotros, la actitud correcta ante Dios: confiar
en Él, saber que Él no tiene culpa de nada y que es Amor. Por eso Jesús muere

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Domingo XXXIV T. O. (C) – Jesucristo rey del universo

diciendo: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). De tal manera
que, a partir de Cristo, todo el que quiera podrá acogerse a ese “pago” que él ha
hecho a Dios por nosotros en la cruz, ya que “en él tenemos por medio de su
sangre la redención, el perdón de los pecados” (Ef 1,7).
4) Acogiendo las súplicas de quienes, como el buen ladrón, confiesan su
inocencia y suplican su misericordia: “Acuérdate de mí cuando vengas con tu
Reino”. Para alcanzar la salvación hay que hacer dos cosas: confesar la inocencia
de Dios, es decir, reconocer que Dios no tiene culpa de nada de lo mucho de malo
que aquí ocurre y suplicar la misericordia de Dios.
Así es, hermanos, como Jesucristo es rey en el tiempo de la historia. Y eso
es una bendición para nosotros y para todos los hombres. Porque la escena del
evangelio de hoy es una imagen perfecta de la historia humana, que es un monte
lleno de crucificados y en el que, por la misericordia de Dios, está también Cristo
crucificado. No hay hombres “buenos” y “malos”: todos somos malos porque, como
dijo el Señor, “nadie es bueno sino sólo Dios” (Lc 18,19). Tampoco hay hombres
que sufren y hombres que no sufren: todos sufrimos, todos tenemos nuestra cruz, a
la que estamos clavados queramos o no queramos. La cuestión decisiva es la
actitud que cada hombre toma ante Cristo, el Inocente, que está también
crucificado en medio de nosotros.
Que el Señor nos conceda adoptar la postura correcta, que es la del buen
ladrón: confesar la inocencia de Dios y suplicar su misericordia. Para que también
nosotros escuchemos las benditas palabras: “Hoy estarás conmigo en el Paraíso”.
Que así sea.

«Todavía me acuerdo del lugar del campo done yo escuché la voz del Señor
que me decía: “Estás en lo más bajo de la miseria y vas a decirme que me
prefieres y que no dudas de mí”. Todavía hoy escucho a Dios decirme esto, y me
escucho a mí misma diciendo: “No dudo de Vos, Dios mío, no dudo de vuestra
inocencia, no dudo de vuestro amor. Yo sé que Vos no habéis querido esto, que
Vos sois inocente”. Yo he conocido el infierno sin desesperar de la inocencia de
Dios; es un milagro.» (Lise Delbès)

Rvdo. Fernando Colomer Ferrándiz