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Sobre terapia radical (Jeanette Hermes).

¿Por qué psicoterapia?
Es indudable que verdaderas multitudes de hombres y de mujeres buscan hoy ayuda. Muchos, especialmente los que pueden pagarla, piden ayuda a los psicoterapeutas. Antes de comenzar a analizar por qué se busca esta ayuda, es necesario esclarecer las premisas que sirven de base a la prestación de esa ayuda. Dos premisas importantes son posibles: o los seres humanso son fundamentalmente buenos y se pervierten, en cierto modo, por sus experiencias en la vida, o los seres humanos nacen malos y, a lo largo de la vida, tienen que redimirse a sí mismos. Naturalmente, el que sostenga la segunda premisa dedicará su tiempo a estudiar las malas tendencias del individuo, a fin de purificarlas. Yo me inclino a favor de la primera premisa, porque es la única vivificadora. Si el terapeuta considera al individuo como fundamentalmente bueno, su tarea consistirá en sacar a la luz la bondad, descortezando las capas de experiencia que convencen a la persona de su propia e inherente maldad. Las gentes con quienes yo trabajo están convencidas de que no son buenas, en una u otra forma, y esta convicción les ha impedido ayudarse a vivir plenamente. Una segunda premisa que yo mantengo es la de que las personas son capaces de una enorme comunicación recíproca, expresando sin palabras lo que los demás estamos pensando o sintiendo. Esta premisa se opone a las filosofías que pretenden que el individuo nunca puede conocer, realmente, a los otros, y que las personas están esencialmente aisladas entre sí. Esta filosofía del aislamiento se combina eficazmente con todos los males de la América de hoy, para impedir a los hombres que se unan con el fin de luchar contra su opresión. Es la opresión la que aparta a los hombres de la bondad. Y es la mistificación de esta opresión la que impide a las gentes que se unan para luchar contra ella. En América, hay innumerables variedades de opresión. La primera y más importante para las mujeres es su opresión por los hombres. A aquellos de ustedes que no estén familiarizados con esta opresión, yo les sugiero que comiencen a informarse hablando con una mujer que esté implicada en el movimiento de liberación femenino. Si esto no le resulta fácil, que lea, al menos, el número de The Radical Therapist sobre las Mujeres, y una publicación titulada Women’s Liberation, Notes From the Second Year. Los terapeutas, especialmente, deben adquirir conciencia de la opresión de las mujeres, porque la mayoría de sus pacientes son mujeres. En América, la segunda forma de opresión, en orden de importancia, es la constituida por el sistema económico capitalista. La principal característica de este sistema consiste en producir beneficios para un pequeño número de personas que controlan la economía. Entre los aspectos del sistema de producción de beneficios, cuyo reconocimiento es fundamental para los terapeutas, se incluyen: 1. El hecho de que la gente no adopte decisiones económicas independientes, como, por ejemplo, si ha de trabajar, dónde trabajar, qué clase de trabajo ha de hacer, cómo establecer el lugar de trabajo, si ha de producir, lo que ha de producir, etc 2. El hecho de que los bienes y servicios se distribuyen arbitrariamente, es decir, no de acuerdo con las necesidades, sino de acuerdo con la posesión de medio de cambio llamado dinero. 3. El hecho de que la gente está bajo el control de otros, llamados policías, que están

pagados por los que dominan el sistema, para sujetar a los que se oponen a su dominación. 4. El hecho de que el sistema de la llamada justicia – juristas, tribunales, etc – no está dirigido por o para el pueblo, sino por y para los capitalistas. La prueba de que la anterior es una información importante es la de que, en el mundo ideal –es decir, el mundo tal y como podría ser-, la gente que viviese en el mundo adoptaría las determinaciones citadas, con plena facultad de decisión. Como esta posibilidad es valorada incluso por aquellos que la niegan a los demás (es decir, la retórica del gobierno acerca de la libertad y la democracia), la negación de esta posibilidad origina una inmensa confusión entre aquellos a quienes se les niega. La retórica del capitalismo consiste en que el pueblo debe confiar en sí mismo. La realidad del capitalismo consiste en que se exige al pueblo, cada vez más, que confíe, para los servicios, en los expertos y para la seguridad financiera, en una economía vacilante. Esta seguridad financiera se obtiene, muchas veces, gracias a trabajos increíblemente pesados y enojosos, que son buscados porque producen el dinero o la situación deseados. Cuando a una persona se le dice que debe valorar la confianza en sí misma, y luego se le niega, en realidad, toda oportunidad de ejercer esa confianza, la persona se siente tan desconcertada como oprimida. La mistificación aquí consiste en que se le dice una mentira que es el reverso de la realidad y se le exige que actúe de acuerdo con la realidad y con la mentira, y que crea en ambas a la vez. La mistificación comienza muy pronto en la vida, cuando los padres son deshonestos con sus hijos. Muchos padres dicen a sus hijos que la escuela es un lugar donde aprenden cosas importantes, que tienen que conocer, mientras que, en realidad, el niño descubre que no aprende nada de valor ni de interés y que, de hecho, está aburridísimo de todo aquello. El niño que acepta la opresión de la escuela a causa de la mentira de sus padres está alienado. Esta alienación consiste en su incapacidad para confiar sus propios sentimientos de fastidio respecto a la situación, porque acepta la sentencia de sus padres de que está aprendiendo cosas importantes en la escuela. Es la mistificación de la opresión general en la América capitalista lo que el terapeuta, en realidad, debe comprender, a fin de ayudar a la gente. Una vez que la gente disipe el velo de mistificación y tenga confianza en sus propios juicios, verá cuál es la finalidad de su opresión y se unirá para luchar contra ella.

La tercera forma de opresión en América está en el campo de la sexualidad. Aunque Wilhelm Reich basaba una gran parte de su identidad en principios de análisis fundamentalmente freudianos, sus contribuciones a la teoría del sexo y de la familia fueron muy diferentes de las de Freud. La tesis de Reich era la de que la familia constituye una unidad autoritaria, con el padre a la cabeza de la familia, recibiendo el homenaje y el trabajo de la mujer y de los hijos. Reich sostenía que esto sólo era posible porque las mujeres (y los hombres) están sexualmente oprimidos desde la infancia. Es decir, las naturales inclinaciones de la gente a la satisfacción de sus necesidades sexuales, tanto por medio de la masturbación como del coito, le están negadas. A las mujeres se les hace creer que su satisfacción sexual sólo puede conseguirse dentro de un marco institucional sancionado por el Estado, es decir, casándose. Así, las mujeres se ven obligadas al matrimonio como único modo de alcanzar la satisfacción sexual. Cuando este hecho se combina con la existencia del “chauvinismo” masculino, el destino de la mujer está marcado. La mujer se convierte en totalmente dependiente de su hombre; no puede encontrar trabajos bien pagados ni satisfactorios (los trabajos de esta clase están reservados a los hombres); está a merced del hombre, por dinero. A cambio de su sostenimiento y de su vida sexual autorizada, la mujer tiene que cuidar la casa del hombre, ser

una camarada, criar a los hijos y someterse a su control cuando se trata de tomar decisiones. Incluso las llamadas mujeres liberadas gracias a la píldora están sometidas a esta forma de represión sexual por la cultura “chauvinista” masculina, que insiste en que las mujeres son objetos sexuales, más que seres humanos independientes con derechos iguales. Es fundamental para los terapeutas tener conciencia de esta situación, porque muchas de las personas que ellos ven estarán desorientadas respecto a los papeles del varón y de la hembra, respecto a la sexualidad y respecto al matrimonio. El núcleo familiar (hombre, mujer e hijos) está considerado como la disposición definitiva de una vida correcta en América, cuando, en realidad, está lejos de serlo. El núcleo familiar es una unidad económica ineficaz y dificulta la educación de los hijos. El núcleo familiar da origen también a que muchas personas dependan completamente de sus cónyuges para todas sus necesidades vitales. Es muy poco probable que una persona pueda satisfaces todas las necesidades vitales de otra. Este tipo de expectativa es el que provoca muchas rupturas matrimoniales. Las mujeres, especialmente, son víctimas de esta dependencia, porque el “chauvinismo” exige que las mujeres estén en casa (lo que es fastidioso) o que trabaje en casa y se dedique a una tarea insulsa. Naturalmente, una mujer, en esa situación, despreciará a las otras mujeres que tienen el mismo estúpido destino, y contará sólo con su hombre, por su propio interés. (Si buscase otro hombre, se vería controlada por su marido en la mayoría de los casos). El terapeuta que trate de conseguir que una mujer o un hombre se encuentren contentos en una situación de ese tipo hace de la terapéutica una imposibilidad. El terapeuta debe eliminar la mistificación, es decir, debe ser capaz de demostrar a la gente que la familia con ese sentido nuclear y la sublimación tradicional de la sexualidad y el tratamiento de las mujeres como objetos sexuales son erróneos y opresivos y que las costumbres de la sociedad son mistificaciones del impulso natural. El impulso natural tiende a satisfacer las exigencias sexuales tal y como se presentan y a tener relaciones con muchos tipos diferentes de personas. Pero permítaseme insistir aquí en que el objeto de la terapia no es prescribir la conducta adecuada sino más bien mostrar a las personas que sus ideas son consecuencia de las mentiras que les han contado sobre lo que deben sentir, en lugar de aceptar lo que realmente sienten. Si los terapeutas eliminan la mistificación, la gente será plenamente capaz de elegir los modos de vida que más le atraigan. El terapeuta cuya gama de alternativas pueda abarcar muchos estilos de vida será el más eficaz. La cuarta forma de opresión en la América de los tiempos modernos es la de la fragmentación. Uno de los importantes problemas de la juventud de hoy es lo que algunos terapeutas llaman las “crisis de identidad”. No es extraño que los jóvenes no sepan quiénes son o lo que deben ser, cuando las opciones que se les ofrecen son tan inadecuadas. Por ejemplo, desde el comienzo del sistema educacional elemental a través de la escuela graduada, se dice a los estudiantes que el mundo es una serie de materias individuales, aisladas, que deben ser aprendidas sin relación de unas con otras. Hay las matemáticas, el inglés, la historia, el arte. Hay que llegar a ser un experto en matemáticas, en literatura, en historia o ser escritor o pintor. Si alguien por ventura está interesado en más de una materia determinada, se dice que es un “diletante” (y eso es malo). Uno debe verse a sí mismo como una persona con un oficio o con una carrera o, si es bastante privilegiado, con una profesión. No es de extrañar que escritores como Hermann Hesse estén haciéndose populares entre la juventud de hoy. Hesse asegura que el mundo no es una serie de materias fragmentadas que deben ser estudiadas, sino que es una parte de un universo entero, del que el hombre es, a la vez, parte y conjunto. Goethe también escribió acerca de la unidad del hombre con la naturaleza. Si estos hombres escribieron sobre un aspecto de lo universal, resultaba claro que estaban desmontando el conjunto, sólo para volver a montarlo en su totalidad. La educación moderna desmonta, con el fin de separar para siempre. El niño, antes de que la separación

comience, siente curiosidad por todo lo que le rodea. La mitología le fascina. Las explicaciones fáciles no le satisfacen realmente. Un niño puede sentirse fascinado por una brizna de hierba, tanto como por las estrellas del cielo. Este interés por el conjunto se le quita en plena juventud y se le deja con las piezas de un puzle que no volverán a acoplarse nunca. El intuitivo sentido de la realidad del niño es rápidamente suplantado por la consigna de que tiene que confiar sólo en la apariencia, en lo que ve. Aunque los físicos modernos han restablecido su confianza en la intuición para hacer sus más importantes descubrimientos, se sigue pensando que la ciencia es empírica . Los terapeutas que deseen saber lo que hacen con la gente se ven impulsados a hacer “experimentos”. Estos experimentos son profecías autosatisfactorias. Como los Diálogos de Platón señalaron hace tiempo, el modo en que usted formula la pregunta predetermina su respuesta. En el Menón, Sócrates plantea el enigma a Menón: “Tú arguyes que un hombre no puede inquirir acerca de lo que sabe, ni acerca de lo que no sabe; porque, si sabe, no tiene necesidad de inquirir; y, si no sabe, no puede, porque no conoce el verdadero tema acerca del cual tiene que inquirir”. Carl Rogers señaló que, en su intento de descubrir si al terapia de clientes reunidos en centros era válida, formuló a veces las preguntas equivocadas ,y obtuvo respuestas equivocadas. ¿Podemos, realmente, ayudar a la gente, si no podemos confiar en nosotros mismos para formular las preguntas correctas, y debemos, en cambio, pretender que podemos alcanzar respuestas manipulando los datos? La fragmentación y la “experimentación científica” son causa de que la gente pierda el concepto de la validez de su propio pensamiento. La mente, si se deja sola, vaga de un lugar a otro. Lo que nosotros llamamos pensamiento disciplinado es, frecuentemente, el cierre de zonas de investigación, más que la dialéctica tan apreciada por Sócrates. El niño que no puede hacer preguntas, que tiene que elegir una carrera más que satisfacer su curiosidad, que debe conquistar su identidad sobre la base de cómo ganará dinero más que sobre su valor como ser humano, está empezando a encaminarse hacia los terapeutas con crisis de identidad. No podemos ayudar a la gente, si no reconocemos los procedimientos con los que se ahoga su curiosidad natural y cómo sus conceptos propios se pierden en la confusión de lo que otros esperan que sean. El buen terapeuta ayuda a la persona a descubrir lo que ella quiere de la vida, y ayuda a eliminar los dictados de los otros (escuela, padres, amigos). Para un excelente informe de la mixtificación de la identidad y de su posible eliminación, yo les sugiero que lean Person to Person, de Carl Rogers, Parry Stevens y otros: especialmente, las secciones escritas por Mrs. Stevens. Resumiendo: la tarea del terapeuta consiste en eliminar la mixtificación que impide a las personas ver cómo están oprimidas. Esta mixtificación es la suma total de todas las mentiras que se dicen a la gente acerca de lo que ella experimenta. La mixtificación es la anulación de la experiencia de uno mismo por aquellos que lo rodean. La mixtificación tiene como resultado la incapacidad de la gente para confiar, o, en algunos casos, incluso para conocer lo que siente, lo que piensa, lo que experimenta. La mixtificación mantiene a la gente apartada de la lucha contra su opresión, haciendo que se conforme o que se sienta impotente contra ella.

CÓMO CONTRIBUYE LA PSICOTERAPIA A LA MIXTIFICACIÓN
Al margen de su completa ignorancia acerca de la naturaleza de la opresión y de la existencia de la mixtificación, los terapeutas tienen innumerables formas de contribuir a ellas.

En primer lugar, los terapeutas son una “élite”. Pertenecen a una de las profesiones de más alta posición en esta sociedad. Esto significa que, independientemente de lo estúpidas que sean sus decisiones o de lo mal que traten a la gente, ellos son respetados. Concedemos el mismo privilegio a los médicos y a los juristas. Esta protección por el logro de una posición inmuniza al terapeuta contra una crítica seria. Es esta inmunidad, asociada a la general impotencia de la gente que está sometida a la terapia, la que permite a los terapeutas hacer los enormes daños que hacen. (Si ustedes no creen que hacen daño, yo les sugeriría que leyesen a Thomas Szasz y a Erving Goffman como iniciadores. O que traten de someterse a la terapia ustedes mismos). Esta situación contribuye también a la general posición elevada del terapeuta respecto al “paciente”. La posición elitista del terapeuta le confiere el privilegio de cobrar exorbitantes sumas de dinero por aplicar la terapia. Evidentemente, nadie en su sano juicio pagaría 50 dólares por hora a una persona completamente ignorante de las causas reales de su malestar: por eso, los que acuden a los terapeutas tienen que estar locos. O tal vez sólo confundidos, en la creencia de que, porque el sistema capitalista concede a un pequeño grupo de gente un monopolio de algo que se llama un servicio, ese grupo tiene derecho a cobrar todo lo que el comercio aguante. La mayor ironía de esto consiste en que muchos terapeutas pretenden que esos honorarios exorbitantes son realmente terapéuticos. El paciente que está dispuesto a pagar esas grandes cantidades de dinero debe de estar en el camino de la recuperación porque él o ella piensa lo bastante en sí mismo como para pagar tan altos honorarios por la asistencia. De nuevo, el que puede beneficiarse de esa superchería es superior al incauto que se presta a ella. El monopolio sobre la terapia está protegido por la exigencia de que el terapeuta pase largos años de estudio en una escuela que progresivamente va restringiendo su materia de enseñanza a los más minuciosos detalles acerca de la conducta humana. Por desgracia, a los detalles de la conducta se llega, frecuentemente, no a través de una teorización abstracta basada en una teorización más abstracta aún, o – lo que tal vez sea peor- en un deseo de manipular la conducta (ver Skinner y otros). Goethe tenía razón al decir que el científico aprender por la observación. Esta observación tiene lugar en el marco natural del objeto observado y no en el laboratorio. El terapeuta que quiera conocer a las personas tiene que verlas tal como viven, y no cómo participan en experimentos que él dispone o cómo se comportan en el marco igualmente falso de la hora de la terapia. La formación de los terapeutas no suele incluir una visión del universo como conjunto, ni un respeto por las percepciones intuitivas de nadie. Cada vez en mayor medida, el terapeuta lee solamente libros de otros terapeutas. Rara vez tiene tiempo para leer novelas de maestros de la observación humana como Dostoievsky; rara vez puede oír música e integrar esa experiencia con las teorías de la personalidad humana. En realidad, el terapeuta está sometido a todos los peores aspectos del sistema educacional fragmentario descrito anteriormente. ¿Cómo puede un terapeuta concebir siquiera modos de ver la vida diferentes del suyo propio si se halla inmerso solamente en teorías acerca de la psicoterapia? Yo no puedo imaginar ningún procedimiento más limitado e inútil de aprender a ayudar a los otros, que el de oír las teorías de otros terapeutas que, por su parte, saben tan poco acerca de la vida real. Los psicoterapeutas que no han leído a Marx, que no comprenden la aspiración de un hombre en relación con unas comunidades utópicas, que no leen literatura, que se conforman con la hora de cincuenta minutos y con una vida hogareña diferente a la de su oficina, están en malas condiciones para ayudar a alguien que sufre el mismo destino y está igualmente confundido. Personas sin una visión de la vida digna no pueden transmitir esa visión a los otros. Los psicoterapeutas operan desde una posición superior. Esto, por sí sólo, impide al terapeuta ser útil. Una persona no puede obtener de sí misma un concepto de ser humano independiente y plenamente válido, si la persona que le dirige hacia esa meta parece hallarse

en un plano más alto que el suyo. La superioridad personal se produce de diversos modos. El más destructivo de ellos es el modelo médico de enfermedad mental. Este modelo dice que las personas acuden a los terapeutas porque están enfermas (o son anormales). Se supone que los terapeutas curan a la gente. El modelo médico es el sustitutivo de admitir que la gente tiene distintos valores. Las personas a las que se considera anormales tienen formas de comportamiento que son inaceptables para otras personas. La mixtificación da origen, muchas veces, a que la gente se comporte de un modo contrario a sus deseos. Pero la atribución de este comportamiento a una enfermedad determina un tratamiento muy diferente del que determinaría si se atribuyese a una mixtificación. Ante todo, la enfermedad puede ser incurable. En realidad, si Berne está en lo cierto, la mayor parte de las enfermedades mentales no se curan nunca, porque la mayoría de los terapeutas no se proponen curar a la gente. El terapeuta se excusa, cuando no consigue curar a alguien, diciendo que el paciente es responsable de su propia curación y, si el tratamiento fracasa, la culpa es del paciente. A causa de la condición “elitista” del terapeuta y de una supuesta pericia, el paciente se halla en una situación precaria para poner en tela de juicio lo que hace. Al paciente se le dice que está enfermo. Y al paciente se le dice que el terapeuta no es, en realidad, un médico que vaya a curarle, sino más bien alguien que ayuda al proceso curativo, que está, esencialmente en manos del paciente. Si la curación se produce, el terapeuta gana reputación. Si no se produce, se culpa a la resistencia del paciente frente al tratamiento. El paciente es el único responsable de sus fracasos. Esto es, por sí solo, una mixtificación. En los hospitales mentales, este círculo cerrado resulta mucho epor, a causa del empleo de etiquetas de diagnósticos. Cualquier aspecto nimio de la conducta del paciente es sometido al examen del “staff” del hospital. Esta conducta, si no es grata al “staff”, se traduce a la jerga del diagnóstico, desfavorable al paciente, y se anota en su ficha. La información se convierte después en la base del tratamiento. Este tratamiento, rara vez es ni siquiera psicoterapia. Por lo general, es una cierta forma de castigo, como el tratamiento por “shock”, fuertes tranquilizantes, aislamiento, pérdida de privilegios. Para una visión de este aspecto de la psicoterapia, lean el libro de Erving Goffman, Asylums. La combinación de “chauvinismo” y profesionalismo en la terapia se suma a un sentimiento de inferioridad del paciente, sobre todo si éste es una mujer. La mayoría de los terapeutas son hombres, o mujeres que no tienen conciencia de su propia opresión. La mayoría de los terapeutas tienen esposas y/o secretarias que se encuentran en una posición social claramente inferior a la del terapeuta. Así, en la práctica del terapeuta, éste subraya la discrminación contra las mujeres. Y subraya también la distinción entre las personas mimadas por el sistema de beneficios capitalista. El terapeuta gana más que su secretaria, hace un trabajo más interesante, y adopta las decisiones importantes relativas al despacho. El que acepta este papel no es la persona más indicada para señalar sus injusticias a los demás. El terapeuta está claramente en una posición superior, porque fomenta la idea de que él es una especie de Dios. Muchas personas que piensan esto de sí mismas acaban en manicomios, pero los terapeutas son suficientemente privilegiados para actuar sobre esta base, sin la amenaza de la reclusión. El terapeuta se considera y es considerado por los pacientes como un experto con poderes casi mágicos, capaces de producir cambios en la vida. Una persona acude al terapeuta para cambiar aspectos importantes de su vida: sus relaciones consigo misma y con los demás. Y el terapeuta no trata de cambiar esta idea, sino que actúa como si, efectivamente, pudiera obrar el milagro de cambiar la vida de una persona. El hecho de que esta idea esté en contradicción con la de que el paciente se cura a sí mismo, parece poco transparente para la mayoría de los terapeutas. Ellos se aprovechan de lo mejor de las dos opciones posibles. Incluso en grupos, en los que, por lo menos, el grupo facilitaría la protección del número contra un terapeuta omnipotente, muchos terapeutas tienen la

habilidad de centrar la atención del grupo enteramente sobre sí mismos. Resulta irónico que muchos terapeutas se suiciden porque la carga de ser Dios es demasiado grande, cuando tan fácilmente pueden liberarse de esa carga permitiéndose a sí mismos ser iguales a sus pacientes. La idea de ser dioses procede, en parte, de la convicción de que los terapeutas son expertos en cómo cambiar la vida de las personas. De hecho, nadie es un experto en dicha área. Los terapeutas son afortunados, porque la sociedad ha desconcertado a la gente haciéndole pensar que las relaciones asistenciales constituyen el campo de unos expertos que necesitan una formación especial. Lo cierto es que, en los hospitales mentales, muchas de las más beneficiosas relaciones tienen lugar entre pacientes y asistentes o enfermeras y no entre pacientes y terapeutas titulados. Para resumir, los terapeutas, en general, constituyen una “élite” privilegiada, de la clase alta, que tienen una formación y una experiencia vital limitadas; generalmente, apoyan el sistema capitalista y sus actitudes de “chauvinismo” masculino; están mixtificados por su propia posición social y por su jerga de diagnóstico; tienen pocas posibilidades de ayudar realmente a nadie, suponiendo que tengan alguna. Están aislados y, en la mayoría de los casos, trabajan solos.

CÓMO PUEDE AYUDAR A LA GENET LA TERAPIA RADICAL.
El terapeuta radical. La persona que desee ayudar a la gente a través de un medio que ella denomina terapia (o solución del problema, o intervención en la crisis, o de cualquier otro modo) necesita liberarse del mayor número posible de los aspectos mixtificadores de la vida en América. Esto significa que el terapeuta radical tiene que rechazar el capitalismo y la búsqueda del beneficio; tiene que rechazar el “chauvinismo” masculino; tiene que considerar a los seres humanos como fundamentalmente buenos y, en todo caso, iguales los unos a los otros y, naturalmente, también al terapeuta. El terapeuta debe tratar de descubrir las formas de su propia mixtificación. Debe estar en contacto con su propia experiencia y con sus propias convicciones, y rechazar las interpretaciones de esa experiencia hechas por los demás. El terapeuta radical debe negarse a vivir como un terapeuta, en la medida de lo posible. Negarse a vivir como un terapeuta significa que ustedes no pueden invertir la mayor parte de su tiempo haciendo terapéutica. Significa que su terapéutica esté integrada en su concepción de la vida digna. Para mí, como mujer, esto quiere decir trabajar por la liberación de las mujeres, creando agrupaciones de mujeres. Quiere decir dedicar tiempo a liberar mis relaciones con mi propia familiar y a tratar de encontrar los medios de difundir la forma en que yo vivo hoy. Para mí, significa tratar de trabajar por la formación de una comuna de trabajo y de vida, donde yo pueda vivir según yo creo y, al propio tiempo, contribuir a la lucha contra la opresión que impide la realización de esa vida. Luchar contra la opresión significa tener una visión de un mundo en el que todas las personas puedan auto-determinarse y auto-gobernarse, individual y colectivamente. Significa ayudar a los otros, que están igualmente oprimidos en mi comunidad. Con esta finalidad, yo leo un material abundante y variado. Ayudo a la construcción de un parque de vecindad. Asisto a algunas reuniones políticas (y me desespero ante la desunión entre gentes que tienen los mismos objetivos). Significa que yo intento, escribiendo y hablando con los demás, a través del teatro de guerrilla, y por todos los medios posibles, desmixtificar la terapia misma. Para mí, significó comprobar que la asistencia a la escuela me impediría convertirme en una persona útil, más que capacitarme para alcanzar esa meta. Significa encontrar modos de existencia

dentro de esta economía, sin un determinado tipo de diploma: un diploma que es, en sí mismo, una mixtificación que es necesario rechazar. Terapia radical Aunque he discutido, a lo largo de este artículo, la terapia y la psicoterapia, yo, personalmente, rechazo estos términso y lo que significan. Yo no trato de ayudar a las personas inadaptadas. Como Laing decía en Politics of Experience, todo el que esté adaptado a esta sociedad está loco, y todo el que no esté adaptado está sano. Por lo tanto, no puedo aceptar que tenga validez alguna la noción de enfermedad mental. Doy a mis grupos la denominación de grupos de solución del problema, con un carácter provisional, hasta que encuentre una expresión que se ajuste con mayor propiedad a lo que yo hago. Lo que yo hago es intentar señalar las formas en que la gente se halla mixtificada. Y lo hago indicando la opresión real en las vidas de las personas. Esta opresión incluye la opresión de la sociedad, tal como se describe al comienzo de este artículo, y también la opresión interna, provocada por la mixtificación. Estoy muy agradecida a Hogie Wyckoff, un terapeuta radical de Berkeley, por un concepto utilísimo en este proceso, el del Padre Cerdo (Pig Parent). La mayoría de los miembros de mis grupos interiorizan su opresión a través de este Padre Cerdo. El padre Cerdo es la parte de uno mismo que da órdenes: “tú debes”, “tú tienes que”, “tú eres responsable de”. Es la parte de uno mismo más divorciada de los propios deseos y experiencias reales, y, sin embargo, en muchas personas, es la parte de sí mismas que rige su conducta. El Padre Cerdo apunta con su dedo, en las reuniones políticas, para humillar a sus rivales con la retórica, más que con el contenido. Es el Padre Cerdo el que dice a una mujer que preste atención a sus encantos juveniles, si no quiere fracasar en la vida. Es el Padre Cerdo el que nos obliga a sentarnos en unas clases increíblemente aburridas. Es el Padre Cerdo el que dice que, si habéis de hacer algo positivo en vuestra vida, tenéis que hacerlo completamente solos, o no sois realmente fuertes. Esto es especialmente cierto, si queréis hacer algo que infunda miedo. Los grupos de mujeres que yo dirijo utilizan muchos procedimientos para liberar a la gente de este Padre Cerdo. Un procedimiento es el de llamarse la atención unos a otros cuando está habladno el Cerdo. Otro es el de utilizar el psicodrama para mejorar la conciencia de la existencia del Cerdo, comprometiéndola en un diálogo con otras partes de la personalidad. Las otras partes de la personalidad son el niño –tanto natural como adaptado-, el adulto y el padre educador. Para estos conceptos, me remito a Eric Berne y nuevamente a Hogie Wyckoff. La parte infantil de la personalidad es natural o adaptada. El niño adaptado es la parte de la persona que hace lo que el Padre Cerdo quiere que se haga, el Cerdo, en este caso, puede estar dentro de la persona o ser alguien que está fuera de ella. El niño natural es el creador, el que ama los juegos, la parte exuberante de la personalidad. Es esta parte de la personalidad la que el Cerdo más desea someter. Es de esta parte de la persona de donde procede la fuerza para luchar contra la opresión. Puede comprobarse esta fuerza cuando se ve a un niño cronológico rebelarse contra la injusticia. El adulto es esa parte de la persona que añade a la capacidad de creación del niño y a su gusto por la vida esa observación que procede de la experiencia. Este concepto del adulto no es el de Wyckoff ni el de Berne. Los dos consideran al adulto como un recopilador de información, a la manera de una computadora. Yo veo al adulto como combinándose con el niño para integrar la experiencia vital de la persona y seguir adelante. Esta integración de la experiencia vital a través del adulto y del niño es similar al concepto de centralización de que hablaba M.C. Richards. Es este proceso de centralización el que permite a las personas incorporar todas sus experiencias a su ser, integrarlas y utilizar toda su capacidad para crear a partir de esa

integración, la fuerza motriz para arriesgarse en las nuevas e imprevistas experiencias de su vida. El poder educador es la parte de la personalidad que protege ese proceso de centralización del adulto y del niño contra los daños originados por los Cerdos, tanto interiores como exteriores a la persona. Es la parte de la personalidad que reafirma el propio mérito y el propio valor contra las duras fuerzas superiores de una sociedad alienante. En el grupo, sucede con frecuencia que el Cerdo de las mujeres habla con su niño. Una vez más, el lenguaje del Cerdo es “tú debes”, mientras el lenguaje del niño es “yo quiero”. Tras una pesada sesión con el Cerdo, el niño necesita protección para integrar la información adulta y para actuar sobre ella a partir de su propio sentido intuitivo. Aquí es donde yo sugiero que se represente al padre educador. La mujer pone sus brazos alrededor de sí mismo y declara el amor por el niño, y asegura la protección del niño contra el Padre Cerdo amenazante. Yo empleo el grupo para proteger a las personas cuando están trabajando en serio en sus problemas. El grupo también actúa para dar a sus miembros la posibilidad de enfrentarse con cambios temibles, y el grupo sostiene a las personas mientras éstas realizan estos cambios. Yo actúo como dirigente del grupo a fin de enseñar a los miembros del grupo a utilizar las técnicas que yo he encontrado convenientes para alcanzar autoconocimiento dentro de su propia mixtificación. También ayudo a las personas que están habituadas al aislamiento, para que confíen en el grupo y acepten su protección. Si tengo éxito como dirigente del grupo, mi tarea como tal dirigente terminará muy pronto y el grupo llegará a ser auto-suficiente. El grupo opera de acuerdo con unos pactos. Estos se establecen como Eric Berne sugería: las personas acuden al grupo y nos dicen sobre qué problema desean trabajar. Este problema se expresa luego en una frase muy sencilla: por ejemplo, “yo quiero ser capaz de escribir otra vez”. Esta frase es el pacto de la persona dentro del grupo, y cada semana viene a trabajar de acuerdo con este pacto, con la ayuda del grupo. Este pacto me impide a mí trabajar sobre algo que a la persona no le interesa y, al propio tiempo, ayuda a la persona a centrarse sobre un cambio que ella desea realizar al acudir al grupo. Otra cosa importante que yo estimulo en el grupo es lo que Berne llamaba “acariciante”. Este consiste en confirmar el valor de una persona, demostrándole nuestro amor por ella, tocándola físicamente, y diciéndole todas las cosas hermosas que vemos en ella. Se trata de un aspecto de las relaciones humanas que está prohibido en la sociedad. Incluso Berne, que abogaba por la caricia, indicaba que, cuando las personas son adultas, generalmente requieren sólo caricias verbales y, a veces, sólo pequeñas caricias como “Hola ¿cómo está usted?”. Yo creo que esto es insuficiente. No son los niños solamente los que necesitan ser tocados para afirmar su humanidad. El calor físico como comunicación de amor de una persona a otra es importante a lo largo de toda la vida. Este calor se nos niega porque se da por sentado que todo toque es sexual y sexualidad significa coito. Así, los hombres no pueden tocar a los hombres, por miedo a ser calificados de homosexuales. Las mujeres no pueden tocar a las mujeres, por la misma razón. Y los hombres y las mujeres sólo pueden tocarse si afirman o niegan –por lo general, en secreto- que desean acostarse juntos. El acariciarse en grupo, tanto entre los componentes como con el que dirige el grupo, puede ser no sexual y muy satisfactorio, a juzgar por mi experiencia en grupos de mujeres. Yo creo que lo mismo puede decirse de los grupos de hombres y de los grupos mixtos, si para el dirigente está claro que la caricia puede ser no sexual o sexual, según el declarado (no precisamente secreto) propósito de las partes y que, en grupo, es no-sexual. Como terapeuta, yo estoy totalmente de acuerdo con la formulación de Carl Rogers, de que el terapeuta debe hacer tres cosas para tener éxito:

1. Debe simpatizar con los de su grupo. 2. Debe tener una consideración incondicional y positiva por cada miembro del grupo. 3. Debe ser recto, es decir, no debe mentir a un miembro del grupo, y debe ser honesto en cuanto a lo que piensa. Esto exige que el terapeuta conozca profundamente lo que piensa. Para esto se requiere reflexión y el terapeuta debe reflexionar acerca de sus sentimientos.

También debe aprender a confiar en su intuición. Barry Stevens tenía razón al asegurar que, cuando ella tenía algo difícil que decir a otra persona, algo que podría ser crítico u hostil en su exposición, examinaba profundamente dentro de sí misma lo que ella sentía, y cuando decía lo que tenía que decir, resultaba como una declaración auxiliadora. Hay mucho, mucho más que decir acerca de la terapia y estoy segura de que la experiencia alterará alguna de las cosas ya expuestas. Si la terapeuta puede vivir honestamente lo que ella cree, si puede ser consciente de su propia opresión y de la mixtificación de ésta, si puede empezar a liberarse a sí misma por medio de esa concienciación y por medio del contacto humano, si puede aprender a confiar en su propia experiencia y aguzar su capacidad intuitiva, si es una persona plenamente centrada, entonces puede aspirar a ser radical y puede, realmente, ayudar a los otros a luchar contra sus propias opresiones y a enriquecer sus vidas.