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INCURSIÓN Y MUERTE

DEL DEMONIO MERIDIANO

Colección Caldera del Dagda, 38


Francisco Álvarez Velasco

INCURSIÓN Y MUERTE
DEL DEMONIO MERIDIANO

Pórtico de Luis Mateo Díez

eol a s
ediciones
Pórtico

H ay muchos mundos de la imaginación y la irrealidad que se


sustentan en espacios verdaderos, y en el que discurren las
fabulosas historias que nos cuenta Francisco Álvarez Velasco hay
que añadir el sustrato de su propia memoria, un intenso conglo-
merado de literatura que rescata y festeja la vida contra el olvido.
En Guadromal y a la orilla del Oribe el tiempo va y viene como
corresponde a un espacio de resonancias legendarias, entendiendo
la leyenda como el relato de las cosas inolvidables que suceden
como si fueran cotidianas sin dejar de ser extraordinarias.
Para contar ese mundo lleno de sucedidos, historias, augu-
rios, consejos y recuerdos, con personajes de perfiles tan radicales
como entrañables, se necesita la inspiración y el conocimiento de
las palabras que lo avalan, una escritura en la que también se filtra
la poesía que refuerza el aliento narrativo.
Francisco Álvarez Velasco asume, en este libro emocionante,
melancólico y divertido, su personal aportación a las desapari-
ciones y a la reclamación de tantas pérdidas como en su propia
vida lleva constatadas, una conciencia de lo que se fue y de la que
apenas queda, más allá de lo imaginario y como él señala: polvo,
sombra, nada.
Luis Mateo Díez
INCURSIÓN Y MUERTE
DEL DEMONIO MERIDIANO
Si nadie recuerda su nombre,
los pueblos que murieron para siempre
son polvo, sombra, nada.
1.

Cadena de forasteros

«Con esta licencia, que don Quijote se tomara aunque no se


la dieran, se llegó a la cadena y al primero le preguntó que por
qué pecados iba de tan mala guisa; él le respondió que por
enamorado iba de aquella manera.» (Quijote I, 12)

«…mucho amor, mucha muerte…»


José Hierro

A l burrero le gustan estas piedras. Son cantos que, desde los


carcavones y arroyos de los pueblos de arriba, rodaron hasta
llegar al Oribe y vinieron suavizándose y han esperado siglo a si-
glo hasta terminar cargados en las angarillas de mimbre o en los
serones de esparto para la nueva carretera, por donde un día avan-
zará solemne el Mercedes negro del señor obispo o el haiga de don
Gerónides Epulio. El burrero, de tiempo en tiempo, se demora y
detiene su recua con un ¡so! breve y suficiente y contempla el pe-
dregal. Luego escoge alguna piedra pequeña y camina unos pasos.
Prefiere las guijas redondas, aplanadas y bien pulidas. Se agacha al
llegar a la tabla del Piélago de las Anguilas y, a sobaquillo, afinando
la puntería, las lanza horizontales al agua. Rebotan con cuatro o
cinco brincos, a veces más. En los cortes de agua producen círcu-

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los concéntricos que se ensanchan y se hacen cada vez más tenues,
conforme se alejan de su centro, y desaparecen.
La tropa de animales —seis burros, dos mulas y dos machos—
ha seguido impasible su caminar. Y está cerca de la cárcava; en-
tonces él tiene que correr un poco, mientras grita ¡sooo! La voz,
adormecida por el calor, no suena ahora como al amanecer. Para
subir el repecho final de la cuesta del Carcavón se ayuda con la cola
del burro zaguero.

Las bestias de la recua avanzan por la calle a la hora de la siesta con


alforjas y angarillas en bamboleo. Aunque tengan que prolongar el
camino, buscan el consuelo de la sombra y por ello dan un rodeo
para aliviarse y espantar las moscas con orejas y rabo en la húmeda
frescura que los muros de la iglesia vieja ofrecen a quien se acerca a
ellos. Aquí, con el sombrero de paja sobre la frente y los ojos entor-
nados, yace un buen rato esperando a que Concha la Plexiglasa, en
enaguas, se acerque a la ventana de su alcoba y aparte los visillos y
abra un poco los cuarterones y, entrecerrados los ojos también, se
amase sus pechos redondos y grandes como lunas llenas.
El burrero sabe que con tres viajes más será suficiente para
cumplir con los quintales diarios asignados por Luisón.
—Oye, Bernabé, a ver si las cosas te quedan claras —le había
dicho el capataz—, así revienten los borricos o revientes tú. El día
del obispo todo ha de estar en su punto. Y yo no me juego el puesto
ni el pan de mis hijos. Doscientos quintales cada día. Queda dicho.
A buen entendedor sobran palabras.
Concha la Plexiglasa, sobre la colcha, poblada de cisnes mito-
lógicos, ya descoloridos por el uso, el sudor y los años, es incapaz
de entrar en el letargo de la siesta. Desde su ensoñar ardiente, lo

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ve a él amansando en las tetas a una pollina de pelaje joven y bri-
llante, como lo había vislumbrado la tarde anterior, mientras lle-
naba dos barrilas en la Fuente de la Seda. La mano del burrero se
movía delicadamente bajando por la línea oscura entre las ancas
del animal hasta detenerse en la ubre niña. Concha la Plexiglasa se
siente arder por toda la piel. Abajo en la cuadra, una fuerte y seca
coz del garañón que acaba de comprar a un gitano, seguida de un
desesperado y resonante rebuzno, la sobresaltan. Toda agitada, se
lanza a la barrila de agua serenada y bebe con avidez mientras con-
templa a Bernabé inmóvil y cobijado con toda su recua dentro de
la sombra que proyecta la pared norte de la iglesia. Bajo el ala del
sombrero, los ojos del hombre son dos brasas que se encienden en
relumbrantes chispas de deseo cuando la mujer mueve sus manos.

El negocio de las caballerías lo había empezado a idear Bernabé


en su primer trabajo como criado de aguador gallego y después
como monosabio en las plazas de Madrid. Luego, cuando hizo al-
gún dinero ayudando ocasionalmente a las caravanas de estraper-
listas, se decidió finalmente. Con los ahorros compró en las ferias
de Medina del Campo unas bestias y así, ejerciendo su oficio en la
construcción de carreteras que desde Madrid llevan hacia el norte,
kilómetro a kilómetro, llegó a la ribera del Oribe.
En Guadromal, población de merecida fama por la hospitali-
dad de sus gentes, cualquiera que llegue de fuera empieza pronto a
dejar de ser forastero cuando las gentes del lugar van conociendo
su pasado de lucha por encontrar un lugar en el mundo. Y si el que
viene de fuera es de buena condición, tiene asegurados el lugar
y la buena vecindad. Bien dice el dicho que uno no es de donde
nace, sino de donde pace. El forastero abandona definitivamente

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su condición de advenedizo y se convierte en lugareño cuando se
conocen su nombre y apellidos (o el mote, si lo trae o se lo ponen),
o cuando puede dar algo a los demás, y no es un mero invitado
en todas las casas, o, definitivamente, cuando lleva a alguien de su
sangre a descansar en el camposanto. Y, sobre todo, en Guadromal
el forastero deja de serlo para siempre si su corazón queda atado al
de una lugareña.
Concha la Plexiglasa se enamorisca fácilmente, pero, con pre-
ferencia, por los forasteros sedientos de un poco de acogimiento
y cariño, a los que, con celos de los guadromaleses, ofrece el agua
amorosa de buena samaritana. Sin embargo, cuando dejan de ser
forasteros, su pasión se empieza a enfriar y, como en las cosas del
amor, un clavo saca a otro clavo, en cuanto le llega la ocasión, los
reemplaza por foráneos más recientes.
Y ocasiones no le faltan en su negocio, porque el pueblo es
lugar de paso para los muchos caminantes que por aquí cruzan:
viajantes catalanes de telas; arrieros maragatos camino de El Mu-
sel o bajando a Extremadura con carretones cargados y que hacen
trueque de carbón o bacalao por androllas o cecinas de castrón;
agüistas tocados por el reuma camino de Caldas de Peñaúbre, pas-
tores de la trashumancia, cuadrillas de segadores y picapedreros;
tejeros asturianos de Llanes y Ribadesella; afiladores gallegos de
Chantada; fugados de la última guerra que habían sido milicianos
en el Batallón Iskra y que bajan del monte al anochecer con olor
caliente de espliego y piorno.
Muchos de los que hacen parada en el pueblo y buscan fonda
saborean por algún tiempo el muy suave tacto de sus carnes pú-
blicas y la mirada rendida de unos ojos que dicen «Hazme tuya y
podrás dar mordiscos a las manzanas del paraíso»; y se embriagan
con el sabor de su boca de fuego. Mientras los ama, leal y fiel, de

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uno en uno, siempre en monogamia escrupulosa, la Plexiglasa no
tiene cuerpo, ni siquiera ojos, y a veces ni palabra, para nadie más.
Cuando los que fueron elegidos salen de Guadromal para ser
forasteros en otras tierras, el desamor les hace marchar por el ca-
mino del dolor y la desesperanza, marcados para siempre por el
querer desventurado de la que un día, sin saber ellos por qué, los
desdeñó y arrojó de aquel efímero paraíso. Algunos, entonces, in-
terrumpen pronto el camino y ahogan sus penas en un piélago del
Oribe o en los arroyos que en él vierten sus aguas.
Así que en Guadromal, meses atrás, Bernabé pidió en la po-
sada habitación para sí y cuadra para su recua y se convirtió en un
eslabón más de una larga cadena de hombres vinculados a la que-
rencia de las carnes acogedoras que La Plexiglasa ofrecía.

Lo de Plexiglasa le venía a Concha por la indumentaria con que


volvió al pueblo años después de haber marchado a servir en la
casa madrileña de los marqueses de Carricedo de Oribe, recomen-
dada por don Olimpio. Su trabajo como doncella de la señora mar-
quesa no duró mucho tiempo. Terminó cuando esta descubrió la
vergüenza familiar. El hijo seminarista, en unas vacaciones en las
que había vuelto de Salamanca, donde estaba estudiando en La
Pontificia, asaltaba a Concha en su alcoba a la hora de la siesta y
acababa con su virginidad atormentada. Concha, que fingió la sos-
pecha de poder estar encinta, recibió una importante cantidad de
dinero, junto con la orden de abandonar inmediatamente aquella
casa y guardar el secreto de la rijosidad del marquesito.
En la capital de la provincia fue amante del capitán de caba-
llería Castrillo, que estaba al frente de la Parada de Sementales de
San Marcos y se hospedaba, los días en que no tenía servicio, en

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el hotel Lombas, donde ella encontró trabajo de limpiadora y fre-
gona durante unos meses y, sin retribución alguna, consolaba la
soledad de algunos clientes. Una noche en el León d’Or, adonde
solían acudir los dos a ver el espectáculo de bailarinas, hablaron
de emprender algún negocio que los ayudase a despegarse de las
estrecheces económicas. Así fue como el militar la ayudó a montar
una cantina —La Concha Negra— junto a la estación. El estable-
cimiento se hizo famoso entre los ferroviarios que empezaban su
turno al amanecer y los de la Adoración Nocturna de la Colegiata
de San Isidoro que terminaban su velada piadosa, porque Concha
era la más madrugadora y servía el mejor orujo del alba y unos
apetitosos churros crujientes. Allí aprendió a la perfección el oficio
de cantinera y amasó alguna fortuna.
Pero un día sintió la nostalgia de su pueblo, aborreció al ca-
pitán y a Guadromal volvió vestida con el traje negro y brillante
que le dio el mote. Con los dineros ahorrados puso en marcha el
negocio que pronto las gentes conocieron con el nombre de Fonda
la Plexiglasa. Ella aceptó complacida, y hasta con cierto orgullo, el
apodo y lo hizo grabar en una tabla de negrillo que colgó sobre la
puerta, iluminada toda la noche con una bombilla roja. La fonda
cuenta con parroquianos muy fieles y permanece abierta ininte-
rrumpidamente, noche y día, incluso a la hora de misa, a pesar de
los conjuros y anatemas de don Olimpio, incapaz de que su anti-
gua recomendada vuelva a pisar la iglesia, ni siquiera para cumplir
con la Pascua Florida.

Una tarde, en su carro de mulas, cargado con doce odres de vino


tinto, rotos los bujes y los estandorios de tanto peso como trans-
portaba, llegó un pellejero. Cuando escuchó a la cantinera entonar

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con voz caliente «Qué tiene la zarzamora», el forastero se enamoró
hasta los tuétanos y se olvidó del estropicio del carro, que quedó
destartalado en uno de los patios de la fonda. Las mulas haraganea-
ron en el soto de la vecera hasta que, meses más tarde, Bernabé las
incorporó a su recua. Concha, a cambio de quedarse con los pelle-
jos, le dio comida y cama por todo el tiempo que lo amó y, además,
el empleo de trasegar el vino y atender el fuego de la alquitara para
el orujo. Él fue el primer hombre de la cadena de los forasteros.
El segundo fue el rabadán pelirrojo de un rebaño extremeño
a quien el mayoral había dejado atrás, por las majadas de Peñaú-
bre, para recoger un hato de cabras perdidas en una de las muchas
y persistentes nieblas de aquellos valles. La Plexiglasa amó el ar-
dor de sus ojos ensoñadores y el fuego de sus greñas y la palidez
de su piel sembrada de pecas. Y el pastor quedó preso del aroma y
la blancura de su cuerpo. Cuando sustituyó al pellejero en sus me-
nesteres, sacrificó las cabras y las acecinó. Concha aprendió de él
muchos romances viejos de la trashumancia. Los que le hacía re-
petir eran: «Romance de la calavera», «A la salida de misa…»,
«El arriero», «Conde Claros en hábito de fraile», «Alba Niña»,
«Conde Niño».
El tercero fue un joven secretario, don Eusebio Pérez y Pérez,
exseminarista con estudios en Comillas, llegado de Palencia, que
ocupó la plaza interinamente durante varios años y que quedó en
la memoria de las gentes por su hablar en pareados y por la florida
caligrafía de sus certificados, que rubricaba siempre con la silueta
de un pez.
El cuarto, un vendedor bilbaíno de aventadoras de la marca
Ajuria y pedernales de trillo.
El quinto, un vendedor de albarcas fabricadas con cubiertas de
los neumáticos.

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El sexto, un esquilador manchego que había contratado don
Gerónides Epulio para la primavera.
El séptimo, un tratante que bajaba a la feria de Mansilla a com-
prar vacas viejas para cecina.
El octavo, un forastero que se asentó en el pueblo, cuyo nom-
bre cristiano nunca llegó a saberse, fuerte como un roble, de pecho
bien poblado de pelos cerdosos, a quien apodaron Arrastrapísto-
las. A Concha no le duró ni tres días cuando descubrió sus fan-
forronerías de gallina y cobardica, incapaz de defenderla del mal
vino de un borrachín que intentó descubrir qué llevaba debajo de
la falda.

Bernabé, el burrero, fue el siguiente eslabón de la cadena. Quedó


embrujado por la Plexiglasa al tropezar con sus pechos cuando ella
abría la cuadra para dar aposento a las bestias. A la posadera se
le removieron las entrañas con el suave rozar de aquellas manos
grandes, el centelleo negro de la mirada y el espeso olor de macho
en celo que despedía el recién llegado. Aquel amor ocupó su cora-
zón durante más tiempo que el de los anteriores forasteros.

Al anochecer, terminados los tres viajes, cuando Bernabé está


dando pienso y agua a los animales, la posadera le conduce pri-
mero al reservado, donde tiene dispuesta una mesa abundante
en alimentos y con el mejor de sus vinos. Y luego al lecho de los
cisnes, que seguirá ocupando todas las noches de este otoño y de
los interminables meses del invierno, acompañado siempre con la
mimosa y celosísima gata Zapaquilda, como era costumbre en los
ajetreos amorosos de la Plexiglasa.

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Finalizado el acarreo de piedras, Bernabé arregla sus cuentas con
el capataz, y vende poco a poco burros y acémilas. Un burro ma-
talón y cojo lo lleva un zíngaro para alimentar al oso Nicolás de la
Rusiña. Otro se lo compra un asturiano de Noreña que bajaba ha-
cia la capital a ocupar la plaza de aguador de un tío suyo que había
muerto de tisis. Las bestias restantes las malvende a don Geróni-
des Epulio, menos el macho más viejo, del que nadie se cuidará,
y que seguirá ganduleando por el soto, hasta que un buen día del
otoño siguiente, después de una de las grandes riadas del Oribe,
apareciera muerto en el plantío comunal con el vientre hinchado y
los ojos comidos por los peces y llenos de moscas azules. Durante
estos meses Bernabé se encarga de trasegar el vino de los pellejos y
escucha embelesado «Qué tiene la Zarzamora» y los muchos bo-
leros aprendidos en el León d’Or que entona su amante, acodada
en la barra de zinc, vestida con camisa roja de seda y falda de plexi-
glás y tocada con la cofia que llevaba en casa de la marquesa. Por
las noches, en la alcoba de la cantinera, que solo abandona para
atender a la alquitara, recibe calor y cobijo en sus carnes y algún
arañazo de Zapaquilda.
Pero todo esto ya es agua pasada, porque la cadena de los fo-
rasteros llegaría a ser mucho más larga. Ahora un afilador llega por
el camino del viento regañón o gallego. Después de hacer la ronda
al pueblo con su chiflo, se ofrece a la mesonera para caparle gratis
dos gorrinos a cambio de posada. Pero ella es mucho más generosa
y le invita a ocupar el lugar del burrero.

Hoy Bernabé, nuevamente foráneo, vuelve al camino y sube en di-


rección a Peñaúbre, con un pesar traidor que le devora el corazón
y le colma los adentros de mala sombra y bilis negra como esos

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nublos lentos y espesos que van borrando todo el azul del cielo y,
si es de noche, las estrellas. Se detiene en el puente romano de Las
Mesturias. Contempla sin serenidad la rubiana que incendia como
fuego en rastrojos el monte Teleno. Después de un rato dirige la
mirada y los oídos al agua que llega aún con toda la luz y el sonido
cantarín de los desnevios de Peñaúbre.

Y Bernabé, con los ojos clavados en el sereno y hondo remanso


que le llama insistente, se decide a romper la pesada argolla de su
rabiosa nostalgia.
Al caer, como piedra arrojada, el Oribe, acogedor, recibe el
cuerpo del burrero. Y de aquel punto nacen círculos concéntricos
que se multiplican y se extienden hacia la orilla y se debilitan y
desaparecen.

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Índice

Pórtico, por Luis Mateo Díez������������������������������������������������������ 7


1. Cadena de forasteros��������������������������������������������������������������� 13
2. La conversión de Sibila la Estilita���������������������������������������� 23
3. Los amores de Auristela y el errático Capistrano������������ 31
4. Incursión y muerte del demonio meridiano��������������������� 39
5. Los zapatos de Tirso Riosa ��������������������������������������������������� 49
6. La cueva de la loba parda ������������������������������������������������������� 55
7. Las andanzas de niñez y mocedad de Maurilio��������������� 61
8. Tano, los lobos y el demonio meridiano���������������������������� 79
9. La cuelga de don Gerónides Epulio������������������������������������ 85
10. La sabia cabeza parlante y otras farándulas����������������������� 91
11. La pega republicana������������������������������������������������������������������ 97
12. Aquel sabor tan triste��������������������������������������������������������������� 103
13. El hijo de la marquesa������������������������������������������������������������� 113
14. Las ciruelas de Pataliebre������������������������������������������������������� 119
15. El bando de los cornezuelos ������������������������������������������������� 125
16. El nublo��������������������������������������������������������������������������������������� 133
Dramatis personae ��������������������������������������������������������������������������� 139
Dramatis animalia��������������������������������������������������������������������������� 141
Toponimia���������������������������������������������������������������������������������������� 143
Glosario de leonesismos de la ribera del Órbigo, palabras
perdidas y otras voces en desuso������������������������������������������ 145

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Otros títulos de la
Colección Caldera del Dagda

1. LA SOMBRA DEL TOISÓN. El relato oculto de una conjura


Pedro Víctor Fernández
2. EDUCANDO A TARZÁN
Francisco Flecha Andrés
3. BRAGANZA
César Gavela
4. EL INFIERNO DE LOS MALDITOS. Conversaciones con el mal (I)
Luis-Salvador López Herrero
5. EL HOMBRE INACABADO y otros cuentos
Aníbal Vega
6. PERRO NO COME PERRO, veinte relatos inquietantes
Ricardo Magaz
7. SEGUNDO CUADERNO DE ST. LOUIS. Diario, Volumen VII
Luis Javier Moreno
8. SECRETOS DE ESPUMA
Cristina Peñalosa Giménez
9. ILUMINADA
Alberto Ávila Salazar
10. CONFESIONES DE UN HOMBRE RAQUÍTICO
Alberto Masa
11. LA VERDADERA HISTORIA DE MONTSERRAT C.
Luis Miguel Rabanal
12. EL INFIERNO DE LOS MALDITOS. Conversaciones con el mal (y II)
Luis-Salvador López Herrero
13. WASSALON (V Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón)
Salvador J. Tamayo
14. DÉJAME DECIRTE QUÉ DÍA ES HOY
Rafael Gallego Díaz
15. 40
Óscar M. Prieto
16. ÁLBUM DE SOMBRAS
Elías Moro
17. LA MANO QUE EL PERRO LLEVABA EN LA BOCA
(VI Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón)
René Fuentes
18. POSCONTEMPORÁNEOS
Ignacio Fernández Herrero
19. UN VIENTO RARO
Enrique Álvarez
20. EN EL ESTANQUE DE PECES DE COLORES
Rafael Gallego Díaz
21. PRELUDIO DE UNA BORRASCA
Alberto Masa
22. INFORMES Y TEORÍAS
Ildefonso Rodríguez
23. LA SOMBRA QUE AMÓ BRAM
Rubén G. Robles
24. PASOS AL ATARDECER. Diario 2004-2005
José Luna Borge
25. PERRO LADRANDO A SU AMO
(VII Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón)
Javier Sachez
26. RELATOS DEL DIABLO
Ignacio Martín Verona
27. EL VIENTRE DE LAS GRANADAS
Javier Solana
28. FLORES DE HINOJO
Andrés Martínez Oria
29. RELATOS MINEROS
Juan Carlos Lorenzana
30. CIEN RELATOS CUÁNTICOS DE LA LITERATURA CLÁSICA ESPAÑOLA
Juan Pedro Aparicio (antólogo)
31. LOS DELIRIOS DE ANDREA
Elena Santiago
32. LA INFANCIA DE LOS PUEBLOS DESAPARECIDOS
Tomás Val
33. Y EL QUERERLO EXPLICAR ES BABILIONIA (Oviedades, 2014-1017)
Javier García Rodríguez
34. JARDÍN HUNDIDO (Viaje a Castilla y León)
Teresa Pámies
35. A LOS TRECE
(VIII Premio de Novela Corta Fundación MonteLeón)
Fabiana Duarte
36. NOSOTRAS, EL HOMBRE
Lorea W. Lluna
37. GOLFEMIA
Bruno Marcos
© Francisco Álvarez Velasco, 2020

© del pórtico: Luis Mateo Díez


© de esta edición: EOLAS ediciones

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Dirección editorial: Héctor Escobar


Diseño y maquetación: Alberto R. Torices
Cubierta: Caos, de Alejandro Mieres
© herederos de Alejandro Mieres

ISBN: 978-84-18079-30-6
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