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V.V.A.A.

Autonomía obrera y relaciones sociales comunistas
Los siguientes textos fueron publicados en español en la compilación «Autonomía y Organización», Campo Abierto ediciones, col. Debate Libertario, 1977. El primer texto, «Autonomía obrera y relaciones sociales comunistas» (1975), está firmado por el grupo italiano CCRAP (Centro Comunista de Búsquedas sobre la Autonomía Obrera), y los otros dos, «Para una reagrupación revolucionaria» (sept. 1969) y «Relaciones sociales comunistas» (sept-oct. 1974) por el francés Groupe de Liaison pour l'action des Traballieurs (procedentes de su boletín Lutte de classe). La traducción es visiblemente descuidada, así que en algunos puntos se han adoptado soluciones puntuales cuando resultaba imprescindible y siempre de acuerdo con la lógica textual.

INDICE
AUTONOMIA OBRERA Y RELACIONES SOCIALES COMUNISTAS .....................1 Formas de lucha y relaciones sociales .................................................2 Algunas valoraciones sobre la estructura actual del proletariado .............3 Democracia proletaria y minoría agente ..............................................4 La sociedad de clase.........................................................................4 PARA UNA REAGRUPACION REVOLUCIONARIA.............................................5 La sociedad de clases........................................................................5 Las organizaciones burocráticas .........................................................6 La crisis general del capitalismo .........................................................7 La revolución comunista....................................................................8 La organización revolucionaria ...........................................................9 RELACIONES SOCIALES COMUNISTAS........................................................11 Revolución burguesa y revolución proletaria ......................................11 Proletariado y comunismo ...............................................................12 Desarrollo de las relaciones sociales comunistas.................................14 Problemas de la intervención comunista............................................15 Notas sobre la terminología .............................................................17

AUTONOMIA OBRERA Y RELACIONES SOCIALES COMUNISTAS
El análisis de la explotación como extracción de la plusvalía en los lugares de producción es un punto fundamental de la teoría revolucionaria del proletariado. Por medio de esta comprensión, tanto teórica como práctica, la organización de la clase se discrimina de cualquier hipótesis populista, humanista, interclasista y reformista en general. El problema del poder se define así en términos que son específicos del proletariado, no poder político de un Estado “obrero” sino poder social de los productores asociados. Las modalidades de obtener plusvalía no están fijadas eternamente sino que están directamente ligadas al desarrollo de las relaciones de producción capitalistas. En su primera fase la empresa capitalista no era la organización productiva más importante a nivel mundial, por lo menos desde un punto de vista cuantitativo. Aunque representaba el futuro de la producción estaba obligada a basarse sobre estructuras arcaicas, sobre las que adquiría cada vez más poder por medio de la conquista del Estado, como primer paso, más tarde a través del imperialismo y la definición de relaciones de propiedad y de mercado, para él términos funcionales.

El mismo proletariado no era más que el producto de la descalificación de las clases subalternas que preceden al capitalismo (artesanos y campesinos), con las que coexistía y de las que se estaba separando de forma incierta y contradictoria. No por azar las primeras organizaciones sindicales estaban muchas veces organizadas sobre la base de un oficio de tipo artesanal, las luchas tendían hacia la defensa de intereses corporativos en la ilusión de frenar el desarrollo técnico-industrial. En la medida en que el capitalismo se ha extendido mundialmente, llegando a ser la forma productiva hegemónica, que condiciona a todas las demás, las condiciones de existencia del proletariado se modifican completamente. Por un lado la pequeña propiedad precapitalista sobrevive sólo como economía de subsistencia, o es en realidad una estructura colateral de la gran industria capitalista, para la que desarrolla trabajo a bajo precio. Por otro lado, el proletariado está cada vez más determinado por sus características de completa expropiación del control sobre la actividad productiva. Toda la organización social actual tiene como fin la reproducción de la estratificación en clases y de las condiciones de explotación. Los trabajadores sólo de forma aparente se encuentran de frente a una única empresa; por el contrario todas sus condiciones de vida están determinadas por la organización capitalista. La estructura urbana, la educación, cualquier actividad cultural, las relaciones interpersonales están mercantilizadas. Incluso el salario corresponde sólo parcialmente al salario individual, los cada vez más numerosos servicios son a su vez una estructura de control social y un modo para unir al asalariado para que acepte la organización social actual (mutua, casas populares, transportes, etc.). En este marco es erróneo referirse solamente a las condiciones internas a la empresa y deducir sólo de esta las formas organizativas posibles para la clase.

Formas de lucha y relaciones sociales
Esta evolución no sólo no ha destruido las características de fondo del capitalismo sino que las ha desarrollado en grado sumo. Se ha hecho más profunda la contradicción entre finalidad de la producción [y] de los hombres. La separación entre quien dirige y quien realiza sobre la base de la división social del trabajo es, en la gran empresa capitalista moderna, llevada a su punto más alto. La formación de una clase de burócratas y de administradores del capital, la organización científica del trabajo, los intentos de programar la producción sobre una base nacional e internacional, forman las características de fondo de la propiedad capitalista, es decir, el mando sobre el trabajo obrero. Esto es lo que caracteriza al capital: que, a diferencia, por ejemplo, del feudalismo, el capitalismo no se apropia simplemente de parte del producto del trabajo subalterno, sino que reduce todo el trabajo a pura actividad ejecutiva, actividad sobre la que puede ejercer su despotismo. Al mismo tiempo en la gran empresa capitalista propiedad formal y jurídica y mando real tienden a separarse, o por lo menos a no coincidir perfectamente, ya que se desarrollan grupos de funcionarios del Estado o de las grandes empresas que no actúan tanto por su provecho mayor personal, si no para asegurar la expansión de la unidad capitalista que administran. De hecho, extracción de plusvalía y poder político son en suma dos caras del mismo proceso y como tales se desarrollan en formas inseparables. Frente a esto es evidente que quien replantee una división especialista en la lucha obrera entre dirección y ejecución no puede más que llegar más o menos voluntariamente a reproducir el capitalismo. Es, por el contrario, tarea de los militantes revolucionarios favorecer, en el interior del choque presente, el surgir de aquellas relaciones sociales que podemos considerar los embriones del comunismo. Estos embriones son, bajo nuestro punto de vista, los comportamientos que separan a la clase de las leyes del desarrollo capitalista. Inevitablemente, dichos comportamientos asumen formas diferenciadas según las situaciones en las que surgen: de ataque o de defensa, legales o ilegales, sectoriales o globales, etc. La contradicción más evidente que la lucha proletaria se encuentra de frente es aquella entre la acción local, sobre los distintos problemas durante breves períodos, y proyecto generalizador de acabar con el orden social e instauración del comunismo. El proletario, a través de las luchas que conduce cotidianamente, se educa para un hecho revolucionario más general y pone las premisas. Al mismo tiempo obliga al capitalismo a racionalizarse, a modificarse continuamente, a desarrollar nuevas formas de defensa y de represión. La historia de la lucha de clase ha presenciado un

entrelazarse continuo entre acción obrera y acción capitalista; el rechazo obrero de las jornadas de trabajo extenuantes fue la chispa que llevó, en el siglo XIX, a las luchas gigantescas por las 8 horas y al desarrollo de la industria mecánica como respuesta capitalista. Los movimientos de los consejos de los años 20, producidos por una clase obrera concentrada en grandes unidades y relativamente profesional, han estimulado la introducción de la cadena como respuesta reproductiva, al lado del desarrollo del Estado social (fascista, demócrata, estalinista) como medio para acabar con la conciencia de productor del obrero de entonces. Las luchas salvajes de los obreros no cualificados, de algunas capas de marginación del sistema actual, de grupos de técnicos etc., son el factor fundamental de la actual crisis de control. A estas luchas el capital responde descentralizando la producción, para destruir las grandes concentraciones obreras como la FIAT Mirafiori, desarrollando al máximo la división de las producciones, para poder sustituir las paradas en poco tiempo, utilizando nuevas áreas productivas (países atrasados y países “socialistas”), donde puede obtener una fuerza de trabajo más dócil para sus exigencias. Se trata de procesos que no se pueden realizar sin un choque violento por su mismo coste, y sobre todo de nuevas realidades que obligan a los proletarios a plantearse nuevos problemas, a inventar formas de lucha capaces de responder a los niveles actuales de reestructuración. No es fácil hoy valorar la cantidad, las características y las salidas de la lucha en curso, precisamente por su complejidad; cada movimiento capitalista debe hacer las cuentas con la resistencia obrera, cada lucha obrera se debe medir con un capital internacionalizado que centraliza cada vez más y mejor las funciones de mando tanto en el campo técnico como en el político. Lo que de verdad es seguro es que la naturaleza de este choque demuestra la fuerza de la clase obrera moderna. Fuerza que ha destruido cualquier tipo de mito sobre su integración definitiva al desarrollo capitalista.

Algunas valoraciones sobre la estructura actual del proletariado
En la medida en la que el sistema capitalista no es una simple suma de empresas sino un entramado complejo entre ellas y entre las empresas y el Estado, el proletariado no es una simple suma de grupos obreros de fábrica y las relaciones que produce son más complejas de las que se viven en el interior de la misma. Es oportuno, llegados a este punto, intentar dar una definición, aunque sea esquemática, de la clase como aquella de los que para sobrevivir están obligados a vender su propia fuerza de trabajo. Como la usa el capital, o si la usa o no, es un problema importante pero secundario. Un proletariado en cuyo seno no se considere a los parados o a los subempleados, incluso a las amas de casa que trabajan sin sueldo para REPRODUCIR la fuerza de trabajo del marido etc., se reduce a la sola clase obrera de fábrica, central pero no única para la lucha y para la alternativa comunista. El problema de la “centralidad” de la fábrica no se ve como fórmula a repetir sino como dato con el que medirse; sólo en la fábrica la clase obrera tiene la fuerza de atacar al corazón del capitalismo y de acabar con él dando una salida a la lucha del proletariado en su totalidad. Para no correr el riesgo de caer en una noción demasiado vaga de clase proletaria haciéndola coincidir con aquella de todos los trabajadores subalternos, es oportuno individualizar a algunos grupos fundamentales en los que el trabajo subalterno se divide: — el trabajo que directamente produce plusvalía bajo forma de mercancías físicas y de informaciones productivas (obreros de industria, técnicos proletarios, asalariados agrícolas etc.), que constituye el nervio del proletariado; — el trabajo que produce indirectamente plusvalía bajo forma de trabajos marginales (trabajo doméstico etc.); — el trabajo asalariado improductivo que se encuentra en la esfera de la circulación del valor (administración, contabilidad, servicios sociales no inmediatamente represivos, etc.) que tiene algunos puntos en común con el del proletariado sin serle perfectamente reconducible;

— el trabajo de control sobre la fuerza de trabajo (policías, curas, jefes, ideólogos y políticos, etc.), que se considera parte del capital en la medida en que es interno a sus necesidades de reproducción. Como todos los esquemas interpretativos, éste es ampliamente criticable e integrable, pero a nosotros nos interesa simplemente para rebatir que el proletariado es una variable de la producción, como tal sujeta a modificaciones continuas, modificaciones que se reflejan en el modo de comprender las cosas, en las relaciones que construye, etc.

Democracia proletaria y minoría agente
Nos parece oportuno decir que la defensa del derecho de los obreros para decidir sobre las formas, los medios y los fines de las luchas que conducen, por medio de los instrumentos lo más democráticos posibles, nos parece una discriminación fundamental entre los revolucionarios y todos los que aspiran al papel de dirigentes, se definan como se definan (vanguardias, direcciones, etc.). Cualquier pretensión de representatividad de los intereses de clase, se camufle como se camufle, y venga de quien venga, es el síntoma de un proceso que, más allá de la buena o mala fe y de las formas que asume, conduce a la CONTRARREVOLUCIÓN y se mueve dentro de las relaciones sociales capitalistas. Es también evidente que dicha democracia obrera no es un derecho abstracto, una forma fija o fiable a priori, sino un proceso que la clase respecto a hechos determinantes. Por un lado el capital, como organización global de la producción y de la existencia misma de la especie humana, está obligado a echar las cuentas con la resistencia obrera, por otro lado la clase obrera no puede, por el momento, más que atacar esta organización sin tener una alternativa global inmediatamente realizable de definición de las relaciones entre ESPECIE HUMANA Y NATURALEZA.

La sociedad de clase
Por lo tanto la democracia obrera se desarrolla en un marco determinado que le pone límites precisos. En primer lugar, el capital utiliza contra la clase su capacidad de ser global, de cambiar las producciones, de utilizar la propia lucha como forma de reestructuración; la clase obrera responde de una forma que es parcial y contradictoria porque no puede ser otra cosa, buscando sus condiciones de supervivencia entre las necesidades de reestructuración del capital. Considerando por ejemplo el seguro de paro y la reacción que provoca, se revela la contradictoriedad entre la obtención de salario sin trabajo (que exprime un dato de fuerza) y la dificultad de bloquear una reestructuración que es posible precisamente a través del seguro de paro. El obrero, de hecho, no se contrapone a la reestructuración precisamente la medida en la que esta no le afecta inmediatamente, sino sólo cuando sus condiciones de existencia se ponen en entredicho se rebela proponiendo una ALTERNATIVA GLOBAL. En segundo lugar, a causa del marco mismo en el que surge, la organización democrática de los obreros en lucha está fuertemente condicionada por la existencia de las viejas organizaciones y de las viejas ideologías; en la medida misma en la que sus objetivos están limitados, es posible que el reformismo la reestructure y la reintegre, sometiéndola a sus intereses (los consejos de fábrica en Italia). Es evidente que este proceso pone las bases para una crítica del reformismo a un nivel más alto, a medida que los obreros hacen, ellos mismos, la experiencia de los peligros de las nuevas formas de integración. De todos modos, no se infravalora la posibilidad de acelerar este proceso a través de la acción de minorías, que, en el interior de la lucha, hagan resaltar con la acción y con la información, la naturaleza y la función contrarrevolucionaria del sindicato incluso cuando toma formas “democráticas”. En un marco así de complejo es inevitable que la comprensión que los obreros tienen de los procesos sea fuertemente heterogénea. Cualquier lucha en sus desarrollos produce minorías

organizadas que cumplen tareas definidas y que desarrollan elementos de comprensión más general. La existencia de dicho hecho no puede ser simplemente considerada como fuente de peligro de burocratización sino un producto relativamente inevitable de la actual división social del trabajo y de procesos de tendencia a la delegación que produce. Lo que discrimina a esta minoría revolucionaria es la claridad que posee de ser un hecho transitorio del proceso más general de autoorganización de la clase. Las tareas de dichas minorías son esencialmente dos: — en primer lugar, a través de la circulación de las informaciones, el análisis de las formas de lucha, la reflexión sobre experiencias pasadas, acelera el paso a la espontaneidad entendida como dinámica de acción y reacción entre clase y capital interna a cada uno de los momentos de choque, a la autonomía, es decir a una capacidad de ataque que supere las dimensiones locales precisamente porque tiende a insertarse en un contexto más general; — en segundo lugar, el estímulo para el paso hacia un proyecto global de apropiación de los medios de producción como única fórmula para realizar la exigencia proletaria del rechazo de la explotación. Esta función significa necesariamente una búsqueda histórica sobre las experiencias pasadas revolucionarias para recoger las indicaciones y superar los límites. C.C.R.A.P. Junio 1975.

PARA UNA REAGRUPACION REVOLUCIONARIA
La sociedad de clases
Después de la disolución de las comunidades primitivas, la historia de la humanidad es la de la sociedad de clases. Pasando a través de los distintos estadios que corresponden al desarrollo de las fuerzas productivas y a la transformación paralela de las relaciones de producción, la sociedad de clases ha alcanzado su forma más evolucionada con el capitalismo. En la sociedad capitalista, de hecho, la explotación de los productos por parte de la clase dirigente no asume una forma directa y visible, como ocurre en la sociedad esclavista o feudal. Aparentemente se nos presenta un proletariado que libremente vende su fuerza-trabajo al capitalista y es después de cambios perfectamente regulados que este último realiza una plusvalía que parece que resulta del funcionamiento de leyes económicas que son objetivamente iguales para todos. Pero detrás de la apariencia del contrato libre e igual se esconde la división de la sociedad en una clase de proletarios que sólo tienen su fuerza-trabajo (y que están obligados a venderla para sobrevivir) y una clase de capitalistas que poseen los medios de producción y tienen a su servicio un Estado que tiene la tarea de garantizar dicha posesión. En estas condiciones, el trabajo muerto acumulado bajo la forma de capital domina por completo al trabajo vivo, tanto con la apropiación de sus productos como con la dirección del proceso de producción. Las condiciones que han permitido el establecimiento del capitalismo han sido, por lo tanto, la expoliación de los productores de sus medios de trabajo (campesinos expulsados de la tierra, artesanos que se han convertido en asalariados) y paralelamente la acumulación por parte de los capitalistas de los medios para comprar la fuerza-trabajo de los proletarios. Este aspecto doble, creación de nuevos proletarios y acumulación de nuevo capital, se encuentra durante toda la fase de expansión en la que el capitalismo invade el mundo entero, destruyendo las relaciones de producción características de las sociedades anteriores. Pero a medida que se afirma el dominio capitalista, la necesidad de acumulación asume una forma diferente. Contrariamente a los productores explotados de las sociedades anteriores, el proletariado no puede ser encadenado a la producción con el uso exclusivo de la violencia. Es necesaria una presión continua, que sólo puede surgir del cambio constante de la organización de la producción. La clase capitalista está condenada a organizar dicho cambio, que supone una acumulación siempre creciente, por lo tanto un afianzamiento de la explotación, cosa que puede suceder o con la compresión del salario real o con el crecimiento de la productividad del trabajo. El hecho que el crecimiento de la explotación choque

con la resistencia del proletariado, no hace más que aumentar la necesidad de acumulación. Esta tendencia fundamental del capitalismo se le manifiesta a cada capitalista a través de la presión de la concurrencia, que a la larga elimina a aquellos cuyos beneficios son insuficientes a medida que el progreso de acumulación se acompaña de la concentración creciente del capital.

Las organizaciones burocráticas
Si la resistencia del proletariado a la explotación determina, en último análisis, la evolución del capitalismo, el ambiente capitalista ha influido profundamente en el desarrollo de dicha resistencia. Los órganos de lucha formados por la clase obrera, sindicatos y partidos políticos, que al principio indicaban tanto el movimiento espontáneo de autoemancipación del proletariado como la intervención de un grupo de especialistas, rápidamente han asumido solamente el segundo significado y han servido de vínculo para la extensión de las relaciones sociales capitalistas dentro del mismo proletariado. Esta extensión, señalada sobre todo por una jerarquización cada vez más fuerte, y la concentración creciente del poder de decisión en las manos de los dirigentes especializados, refleja en general las fuerzas desfavorables al proletariado, como sucede también con el carácter híbrido de las organizaciones obreras, compromiso entre el proletariado y la sociedad de clases. La burocracia que se ha desarrollado en las organizaciones sindicales y políticas de la clase obrera juega un rol distinto según las condiciones de acumulación del capital. En la medida en que la burguesía consiga o no el asegurar dicha acumulación, la burocracia político-sindical está confinada al rol de sostén más o menos camuflado de la burguesía. El sindicato, interviniendo en principio como mediador honesto en la contratación del precio de la fuerza-trabajo, asume cada vez más funciones disciplinarias que acaban haciéndolo ser una rueda del engranaje capitalista. Igualmente la social-democracia, detrás de los programas incendiarios y revolucionarios, se ha preparado con un ejercicio asiduo de la prostitución parlamentaria, con el rol de salvadora del capital, rol que ha desempeñado en multitud de ocasiones. La burocracia no interviene al servicio de la burguesía ya que ésta se muestra apta para jugar ella misma su rol histórico. Allí donde la acumulación del capital se encuentra comprometida por la debilidad permanente o temporal de la clase dirigente, hemos visto desarrollarse burocracias “revolucionarias” que han intentado tomar en sus manos la acumulación con la violencia. Un tipo así de revolución, cuando sale adelante, ha llevado a la construcción de un capitalismo burocrático de Estado que ha unificado la clase capitalista alrededor de la apropiación colectiva del capital social sin modificar en lo más mínimo la situación del proletariado ni las relaciones entre capital y trabajo. Así en Rusia el partido bolchevique, llegado al poder a través de la destrucción del zarismo, ha dado gran parte de los cuadros dirigentes del primer capitalismo burocrático de Estado. En muchos de los países de Europa occidental la debilidad del capitalismo después de la Primera Guerra Mundial arrastró a la mayoría de las organizaciones social-demócratas hacia el surco del estalinismo. Que no haya sido más que una evolución coyuntural se demuestra por la vuelta progresiva de los burócratas estalinistas a la social-democracia a medida que la burguesía demostraba estar todavía en posición de hacer funcionar al capitalismo. En compensación, en los países subdesarrollados, en los que la burguesía es demasiado débil para crear las condiciones de su propio poder -especialmente en el desembarazarse de las supervivencias feudales de la agricultura-, la revolución capitalista la llevan adelante los burócratas que, casi siempre, tienen sus orígenes más en los militares de oficio que en las organizaciones obreras débiles e inestables.

La crisis general del capitalismo
A pesar de los éxitos espectaculares en el desarrollo de las técnicas de la producción, el capitalismo ha encontrado durante toda su historia dificultades crecientes. Si, como hemos visto anteriormente, la acumulación del capital aparece siempre insuficiente para superar la resistencia del proletariado a la explotación, por otro lado la plusvalía destinada a dicha acumulación aparece cada vez más excesiva. De hecho, no es suficiente con explotar a los trabajadores: es necesario todavía en el mercado realizar la producción que contiene la plusvalía extraída. Pero el funcionamiento del capitalismo limita la capacidad de absorción del mercado: el capitalismo sufre al mismo tiempo de hambre morbosa y de indigestión. Durante la primera fase del desarrollo del capitalismo, el

problema se había resuelto espontáneamente a través de las crisis periódicas de “sobreproducción”, al precio de la destrucción de una parte del capital y de la eliminación de los capitalistas más débiles. Esta solución resulta parcialmente inoperante con la creciente concentración del capital, que motiva la eliminación parcial o total de la concurrencia entre las industrias más importantes; una solución puede encontrarse bajo la fórmula de la exportación de los capitales hacia zonas precapitalistas. Una vez realizada la división del mundo entre un reducido número de Estados imperialistas, a estos no les queda otra salida que enfrentarse militarmente para intentar modificar la repartición para su provecho. Este continuo sucederse de conflictos ha reducido el número de los posibles pretendientes a la dominación mundial, pero sin que ninguno de ellos haya podido imponerse como único capitalista. La supervivencia de aparatos nacionales de Estado sigue frenando la concentración del capital a nivel mundial y tanto más cuanto que algunos de los países actualmente imperialistas se han desarrollado sobre la base del capitalismo de Estado. Además, la posibilidad de expansión hacia sociedades precapitalistas tiende, de hecho, a reducirse por la desaparición progresiva de dichas sociedades, fenómeno que se pone de relieve sobre todo por los violentos movimientos nacionales que surgen en los países subdesarrollados a medida que el capital local intenta constituir nuevos Estados que sean capaces de imponer una nueva división de la plusvalía colonial. En definitiva, el capitalismo no encuentra solución a sus problemas más inmediatos si no es con la creciente intromisión por parte del Estado en la economía. Esta solución no puede llegar a ser, por lo menos parcialmente, si no es a través de la eliminación completa de la propiedad privada de los medios de producción y la transformación en capitalismo burocrático de Estado, todavía frenada, en los países de capitalismo avanzado, por los conflictos internos a la burguesía. Pero la estatalización parcial de la economía y el agudizarse de las tensiones entre las clases han producido ya una evolución sensible de las superestructuras políticas. La fase de expansión del capitalismo estaba marcada por el surgimiento de la democracia burguesa, un régimen cómodo que permitía a los distintos Estados capitalistas regularizar sus problemas por medio de la mediación del parlamento, todo esto difundiendo entre el proletariado las ilusiones pequeñoburguesas y burocráticas. El rol cada vez más importante jugado por el aparato estatal y la imposibilidad de hacer actualmente las concesiones necesarias para asegurarse el sostén de la pequeña burguesía, han llevado a la formación de un Estado fuerte que, detrás de la fachada democrática cada vez más mezquina, representa cada vez con mayor claridad la dictadura sin adjetivos del gran capital. Es suficiente, por otra parte, que la crisis se agrave para que desaparezca todo el simulacro de la democracia, y esto sea tanto en el Estado burocrático “soviético”, llamado incluso “popular”, como en el Estado fascista, forma burguesa de la transición hacia el capitalismo burocrático de Estado. La clase dirigente está así obligada a apoyar cada vez más abiertamente su dominio sobre la violencia, y esto mina la base de las relaciones de producción capitalistas. El mismo análisis sirve para las distintas fracciones de la clase capitalista a nivel mundial; esto nos hace sospechar la amenaza de la destrucción de la civilización, es decir de la humanidad. Y también a falta de una catástrofe provocada por un nuevo intento de solución militar de los problemas capitalistas, las bases de la vida humana están progresivamente amenazadas por la generalización de las relaciones capitalistas a todas las esferas de la vida. La destrucción del capitalismo aparece, por lo tanto, como condición para la supervivencia de la humanidad.

La revolución comunista
La sustitución del capitalismo por una sociedad más adecuada a las necesidades actuales no puede surgir de la definición abstracta de dicha sociedad sobre la justicia, la humanidad, la fraternidad, etc. La nueva sociedad será o no será, según se encuentre contenida o no en la acción real del proletariado que no está, demasiado generalmente, por el deseo de transformar a la sociedad, sino por la necesidad de defenderse de la explotación. Es la dinámica de la lucha la que descubre la naturaleza real del enemigo y lleva al perfeccionamiento de los métodos de ataque y de defensa. De esta forma se construye progresivamente la base real de la sociedad comunista, basada sobre la apropiación por parte del proletariado de las condiciones de la vida social. Dicho análisis no implica

ni mínimamente la posibilidad de una sustitución gradual del comunismo al capitalismo. Ninguna clase dirigente ha cedido el poder de forma distinta a la violenta y no hay ninguna razón por la que los capitalistas, bajo los que la dominación es cada vez más totalitaria, constituyan una excepción. Para hacer posible una revolución es necesario que las nuevas relaciones sociales preexistan, por lo menos en estado embrional, cuando se destruyen las relaciones existentes. El proletariado no tiene nada que ver con los idealistas que intentan inculcarle una conciencia de la que estaría desprovisto. Son solamente las condiciones de existencia las que le preparan para el comunismo. Las únicas características del comunismo en cuanto útil y posible de precisar en la actualidad son las que demuestran el movimiento de autoemancipación del proletariado. La expropiación de los capitalistas implica la destrucción del aparato estatal, que tiene como función principal la de salvaguardar las propiedades individuales o colectivas de los capitalistas. Este aparato, por su naturaleza, no puede ser usado de otra forma si no es de manera represiva, y no puede ser ni conquistado ni transformado en un mítico instrumento de “poder popular”. La eliminación de los cuerpos especializados en la represión y la liquidación de los residuos de capitalismo implican el armamento general del proletariado. La construcción de la sociedad comunista necesita el poder de la clase que encarna las nuevas relaciones de producción. No se puede definir actualmente la forma que tomará dicho poder ni, especialmente, cómo será el órgano que asegurará la centralización necesaria de las decisiones. Pero la destrucción del capitalismo implica que la gestión de la producción y de la vida social sea tarea íntegramente y sin mediaciones del conjunto de los trabajadores, y esto excluye todo tipo de jerarquía o de delegación en los representantes, sean como sean nombrados. La dictadura del proletariado, es decir, el poder de los trabajadores, es exactamente el reverso de todos los regímenes que existen actualmente, incluso de aquellos que se proclaman como tal dictadura. La condiciones de la revolución maduran en la medida en la que el proletariado aprende a gestionar su actividad. Mientras dura el capitalismo, no se puede pensar en una gestión de la producción, bajo cualquier forma que aparezca; de hecho, las mismas condiciones de la producción no las maneja el proletariado. Las cooperativas obreras o las diferentes formas de participación en la “gestión” no son otra cosa que mistificaciones que encadenan mejor al proletario a la producción capitalista. La única actividad sobre la que actualmente el proletariado puede asumir la gestión es en su lucha contra el capital y la explotación. Es, por lo tanto, sobre dicho terreno que se desarrolla efectivamente la lucha de clase: cada paso dado por una fracción del proletariado en la autogestión de la lucha es un paso que nos acerca a la revolución comunista; cualquier abandono en las manos de una dirección especializada prolonga la agonía del capitalismo. Históricamente los progresos cumplidos por el proletariado son innegables y resaltan de forma espectacular sus asaltos contra el dominio capital a través de las grandes huelgas y las insurrecciones obreras. Pero en el intervalo entre dos crisis sociales el progreso no es absolutamente lineal, y muchas veces deja sitio a reflujos prolongados. Los órganos embrionales del poder obrero, comités de huelga, de lucha o de defensa, consejos obreros etc., desaparecen o se transforman en instrumentos de recuperación al servicio del capital. Sólo una fracción numéricamente mínima del proletariado, y algún elemento no proletario empujado por la crisis del capitalismo hacia las posiciones del proletariado, consiguen conservar de forma más o menos deformada la experiencia adquirida durante la crisis.

La organización revolucionaria
Fuera de los períodos de crisis social, que son forzosamente breves y limitados, el proletariado no puede disponer, en la sociedad capitalista, de organizaciones de masa que le sean propias. Tampoco es cierto que los partidos y los sindicatos, que tienen la pretensión de jugar este rol, sean simples instrumentos del capitalismo. El funcionamiento normal del capitalismo implica que la gran mayoría del proletariado, y con mayor razón los estratos no proletarios, no pueden participar en otra cosa que no sean instituciones capitalistas. El rechazo a participar en dichas instituciones, a veces denunciado como sinónimo de apatía, puede, por el contrario, ser considerado como el comienzo de una toma de conciencia del rol real de la burocracia político-sindical. Pero es extremadamente necesario que dicho rechazo sea total y global de todo el proletariado. Las necesidades de la vida

cotidiana y el dominio de la ideología capitalista se unen para imponer la aceptación, hasta un cierto punto, tanto las comedias electorales como los apéndices burocráticos del capital. No se puede, por lo tanto, ver en el proletariado un bloque homogéneo dispuesto para la revolución, así como no se pueden considerar los estratos no proletarios como enteramente sostén del capital. Si es ilusorio el clasificar de una vez por todas las diferencias categóricas de los trabajadores en “avanzadas” y “atrasadas”, ya que en el interior del proletariado se producen cambios bruscos, es imaginable que, en algunos momentos, ciertos elementos sean más combativos que otros o estén de todas formas más inclinados a tomar en sus propias manos la defensa de sus intereses. Son estos elementos los que, en los períodos de lucha, provocan la formación de órganos de poder obrero que, aunque efímeros, juegan un rol notable en la formación de relaciones sociales comunistas. Fuera de dichos períodos, los elementos más dinámicos no tienen otra elección que aquella entre la inacción o la formación de grupos que, no siendo representativos de la clase, no pueden ser más que organizaciones políticas. Condenar en bloque este tipo de grupos como burocrático quiere decir rechazar cualquier posibilidad de acelerar la evolución histórica y de reducir eventualmente el riesgo de una recaída de la sociedad en la barbarie. De esto no se deriva que cualquier organización que reconozca la necesidad del cambio violento de la sociedad juegue necesariamente un rol positivo. Las divergencias que separan a las organizaciones y a los grupos revolucionarios, cubren, de hecho, influencias sociales opuestas. La casi totalidad de los grupos u organizaciones que se llaman hoy revolucionarios son, en los hechos, correas de transmisión de la ideología o de las relaciones sociales capitalistas entre el proletariado y los estratos sociales que gravitan en torno a él. Dicha transmisión se realiza según dos líneas opuestas pero complementarias: a) los grupos dirigentistas, que toman en su mayoría la tradición bolchevique (trotskistas, maoístas, castristas, guevaristas y otros cultores de personalidades muertas o vivas), quieren sustituir al proletariado, visto en su naturaleza reformista tradeunionista, para construir a su vez la dirección revolucionaria, la única capaz de coordinar la lucha contra el capital. Actuando así y a pesar de la abnegación de sus militantes, dan una ayuda inesperada al capital, reforzando la adhesión de los proletarios más combativos a las relaciones sociales capitalistas que están precisamente basadas en la subordinación de los trabajadores a los que detentan tanto los medios de producción como la conciencia de los fines a conseguir y de los medios a utilizar. Aunque los nuevos dirigentes consiguiesen, favorecidos por una crisis aguda, imponerse al proletariado y tomar efectivamente el control del capital social, no habríamos hecho otra cosa que pasar de un tipo de capitalismo a otro. Mientras tanto, esta tendencia representa objetivamente el embrión de una nueva burocracia capitalista de Estado, la posibilidad de un paso siempre abierto al capitalismo de Estado en caso de caída temporal del régimen bajo la presión de una revolución proletaria abortada, revolución en la que los neo-bolcheviques, según el ejemplo de sus modelos, no podrían ser más que los funcionarios; b) no menos real, aunque menos evidente, es la influencia capitalista que se lleva a cabo por medio de los grupos o las tendencias confusionistas o “espontaneéis as”. Rechazando en general de reconocerse por lo que son, es decir por grupos políticos, estos grupos, con o sin etiqueta, oponen un obstruccionismo sistemático a cualquier intento de clarificar sus posiciones y, con mayor razón, a todas las iniciativas que pretenden la construcción de grupos organizados de revolucionarios. Provocando en los que consiguen influir un quietismo debilitante o un activismo confuso y sin perspectivas, estos proponen de nuevo, en su forma primitiva, la omnipotencia del individuo aislado, el individualismo burgués que los dirigentistas defienden, en cambio, bajo la forma más elaborada del culto del jefe. Tomando a contrapelo las tesis bolcheviques, los espontaneístas sostienen que el proletariado hará la revolución sin la intervención de ningún tipo de organización; se las ven apuradas cuando tienen que justificar su actividad, que no es precisamente la de todo el proletariado, desde el momento que son capaces solamente de gastar cualquier militante potencial. En realidad, pueden ser considerados como revolucionarios sólo aquellos que favorecen sistemáticamente el desarrollo de las relaciones sociales comunistas, incluso con la formulación teórica de la experiencia histórica del proletariado o con el apoyo práctico de su emancipación autogestionada. Una tarea así implica una lucha sin concesiones contra la burocracia políticosindical, lucha que será tanto más eficaz en cuanto no asuma la forma de denuncia abstracta, sino

de alternativas prácticas que tienden al establecimiento de la democracia obrera en la dirección de las luchas. No se trata de oponerse a la burocracia, reaccionando a cada una de sus iniciativas, lo cual es el modo mejor de ponerse a su altura y de modelarse sobre ella, sino de llevar al ataque, en la teoría y en la práctica, contra las relaciones sociales que dicha burocracia representa. En otros términos, el rol de los revolucionarios no es el de dar directrices, o consejos, a los trabajadores sobre los objetivos o sobre los modos de lucha, sino de insistir en todas las circunstancias para la adopción de formas de organización que permitan la participación consciente en la dirección de la lucha del mayor número posible de trabajadores1. La continuidad necesaria de la acción revolucionaria implica un mínimo de organización. Las condiciones de existencia de la sociedad de clase han hecho que los revolucionarios sean forzosamente muy pocos y muy dispersos y que muchos entre ellos no formen parte del proletariado. Si se toma en serio el trabajo revolucionario, es incompatible el rechazo de las medidas prácticas que permiten el llevarlo hacia adelante, empleando de la mejor manera posible el tiempo y las energías a disposición. Pero la naturaleza misma del proyecto revolucionario excluye una organización jerarquizada. El principio fundamental de la organización revolucionaria es que las decisiones deben ser tomadas por el conjunto de los militantes, sin que pueda existir un órgano de decisión especializado. Si la organización resulta demasiado importante para sus efectivos o por su extensión geográfica, para poder expresarse por medio de una asamblea general, no es difícil centralizar los resultados de asambleas generales fraccionarias. Las pretendidas razones “técnicas” que llevan a justificar el llamado “centralismo democrático” no hacen más que esconder una elección política en favor del dirigentismo, es decir, en fin de cuentas, a favor del capitalismo. Ningún tipo de estatuto puede proteger la organización revolucionaria de la degeneración burocrática. La única salvaguardia consiste en la asimilación por parte de los militantes, del contenido real del proyecto revolucionario. Igualmente, la intervención de un puñado de militantes no puede, por sí solo, influir de forma decisiva en la relación de fuerza entre el proletariado y los capitalismos y, en consecuencia, en el resultado de la crisis de la sociedad de clases. La organización revolucionaria no es más que uno de los instrumentos, nacido en el curso de la lucha de clase, que puede influir en el resultado de dicha lucha. Su rol es precisamente el de recordar constantemente a los explotados la posibilidad que tienen de librarse por sus propios medios de la esclavitud capitalista. Actuando así, puede ser el instrumento de una reapropiación por parte del proletariado de la teoría revolucionaria, teoría que se ha transformado en ideología durante la ascensión de las organizaciones burocráticas. Lutte de classe, sept. 1969.

RELACIONES SOCIALES COMUNISTAS
La cuestión de las relaciones sociales comunistas está en el centro de los muchos análisis presentados desde hace años en Lutte de classe, tanto se trate de luchas obreras, de la evolución del modo de producción capitalista o del problema de la intervención revolucionaria. Insistiendo en ese problema, intentaremos ante todo formular lo más claramente posible lo que constituye, según nosotros, el contenido explícito de la actividad de la clase obrera y de sacar, de este contenido, criterios para la valoración de la actividad de los que se consideran comunistas. Dada la amplitud del problema no será posible, aquí, desarrollar el problema más que a grandes rasgos y a un nivel de abstracción muy elevado. Partiendo de la diferencia básica entre revolución burguesa y revolución proletaria, y refiriéndonos a las relaciones que unen la resistencia contra la explotación capitalista al proceso revolucionario,

1

Esta concepción "organizativista" del papel de los grupos revolucionarios supone una limitación innecesaria y, teniendo en cuenta el contexto, la insistencia en las formas de organización y en la constitución de órganos de poder de clase como tareas centrales supone una confusión de las tareas prácticas inmediatas más importantes en aquella época con las tareas y el papel de los grupos en su conjunto y en general. Al mismo tiempo, estas posiciones fragmentarias respondían al rechazo de las organizaciones reformistas dominantes y a la experiencia del movimiento de luchas asamblearias ascendente en el período, más que a un desarrollo del pensamiento revolucionario sentado sobre sus propias bases. (Nota de Roi Ferreiro).

intentaremos identificar las principales manifestaciones de la madurez revolucionaria del proletariado y sacar conclusiones sobre los objetivos y las modalidades de la intervención militante.

Revolución burguesa y revolución proletaria
Entre el proceso de la revolución burguesa y el de revolución proletaria existe una diferencia fundamental: mientras que la burguesía ha conquistado una base económica en el interior de la sociedad feudal, esto no será posible para el proletariado en el interior de la sociedad capitalista. De hecho, el modo de producción feudal no implica la expropiación de todas las clases que no forman parte de la aristocracia feudal. En ciertos límites, verdaderamente muy restringidos, tolera el desarrollo de la pequeña producción mercantil y también la acumulación del capital comercial, financiero e incluso industrial. La futura clase capitalista puede, por lo tanto, enmarcar las relaciones de producción que le son propias en los pliegues de la sociedad feudal y acrecentar progresivamente su peso económico hasta llegar a ser tan fuerte como para poder superar por la violencia los obstáculos que impiden su desarrollo. Por el contrario, las relaciones comunistas de producción no pueden aparecer, ni incluso bajo forma embrional, en la sociedad capitalista2. El comunismo implica la apropiación colectiva por parte de los productores del conjunto de los medios de producción. Ahora, dichos medios, en la sociedad capitalista, se los apropia (individual o colectivamente) la clase capitalista y toda la sociedad está basada sobre la separación radical entre productores y medios de producción. Al producir mercancías, el capitalismo no deja ningún espacio, ni aun limitado, a ningún tipo de control por parte de los trabajadores sobre los medios o sobre los resultados de la producción, porque la ley del valor no permite otras iniciativas más que las que tienden a reducir el coste de la producción. Es también verdad que dicha ley puede ser infringida de forma temporal o localizada (gracias por ejemplo, a una situación o también a la intervención del Estado): pero en este caso no puede decir que cambie la masa de la plusvalía social. Dicho con otras palabras, cualquier intento de autogestión de la producción se resuelve o en una autoexplotación o en una participación en la explotación de los demás (o juntas las dos cosas). No existen tampoco, en el interior de la sociedad capitalista, resquicios en los que se pueda superar el modo de producción existente. El comunismo es producción de valores de uso y no de valores de cambio, pero esto a un nivel de desarrollo de las fuerzas productivas tal que implica la utilización de todos los recursos del planeta. No podrá empezar a existir de forma parcial o local, ni en un sistema autárquico que mantenga relaciones con un sector capitalista. Todos los intentos de instaurar comunidades limitadas de un cierto número de individuos (ni capitalistas, ni proletarias, en otras palabras pequeñoburguesas), lejos de abrir el paso hacia el comunismo, constituyen una capitulación ante una mitología reaccionaria: la resurrección de la pequeña producción mercantil, definitivamente condenada por la expansión misma del capitalismo. El comunismo implica, por lo tanto, en último análisis, la capacidad del proletariado, hoy clase dominada y explotada, para que se apropie de los medios de producción, para que destruya el conjunto de las instituciones de la sociedad capitalista (y sobre todo su Estado) y para dirigir colectiva y conscientemente la producción y toda la vida social. Es suficiente plantear el problema en estos términos para acabar con una contradicción notable: está claro, de hecho, que el capitalismo no prepara para nada al proletariado para que desarrolle un rol de este tipo, al contrario, no le enseña más que obedecer y trabajar. Esto no importa, respondiendo a los teóricos que se llaman marxistas. Nosotros hemos leído en las Sagradas Escrituras que la contradicción insalvable entre el desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones de producción capitalistas llevará inevitablemente a una crisis en la que el régimen se destruirá. Empujado por la misma gravedad de la crisis a sustituir a los capitalismos caídos, el proletariado (ayudado, estimulado, aconsejado o dirigido, según las preferencias de los teóricos, del partido revolucionario) estará obligado a tomar el poder y, así caminando, a adquirir la experiencia que le falta para implantar el comunismo.

2

La versión de Campo Abierto decía aquí: "E incluso, lo contrario, que las relaciones de producción comunistas pueden aparecer, incluso bajo forma embrional, en la sociedad capitalista." Esto no tiene ni pizca de sentido en el texto, con lo que he propuesto una solución más probable. (Nota de Roi Ferreiro).

Es verdaderamente un bonito esquema, que tiene por su parte el fallo de atribuir a categorías filosóficas (fuerzas productivas, relaciones de producción) una realidad material que no poseen. Tomar al pie de la letra las célebres fórmulas en las que entran dichas abstracciones quiere decir condenarse a no comprender nada del desarrollo concreto del proceso histórico. Para no caer en el fetichismo es indispensable desarrollar los pasos intermedios del análisis que, en su formulación final, da solamente una expresión sistemática. Se ve, entonces, que detrás del choque entre fuerzas productivas y relaciones de producción se esconde la acción del proletariado contra la explotación, acción sin la que no habría ni crisis ni, mucho menos, caída de la sociedad capitalista. Saber precisar las condiciones de desarrollo de esta acción de clase es, por lo tanto, la primera condición de cualquier teoría revolucionaria. Incluso queriendo por fuerza suponer una crisis del capitalismo que no debe nada a la acción del proletariado, la contradicción anterior no se resolvería para nada. Toda la historia de la humanidad hasta ahora testimonia que una clase incapaz de ejercer realmente el poder es también incapaz de tomarlo y más tarde de mantener su viabilidad, sea cual fuere la situación. La miseria y la opresión pueden generar revueltas, pero no serán nunca el comienzo de la revolución. Todo lo más podrán llevar a sus víctimas a sostener un nuevo estrato social que intenta apoderarse del poder: nos encontramos entonces reconducidos al esquema de la revolución rusa y a otras proezas de los caballeros del capitalismo de Estado.

Proletariado y comunismo
Para superar la contradicción es necesario observar que el comunismo no es solamente una sociedad futura, sino también un movimiento del proletariado que se desarrolla aquí y ahora. Pensar dialécticamente es precisamente ser capaces de coger simultáneamente el presente y el futuro, comprender la realidad histórica como un devenir en el que las formas más elaboradas están contenidas en las más embrionales. Como trabajador asalariado, el proletario está obligado a vender su fuerza-trabajo. Se encuentra de hecho expropiado de su actividad principal y tiende, en consecuencia, a estar expropiado de todas sus actividades cuales quiera que sean. Si en la producción la expropiación se expresa a través del dominio del proceso de trabajo por parte del capital y de sus representantes, fuera de la producción ésta se verifica a través de la subordinación a los dirigentes políticos y sindicales y a los jefes espirituales, la sumisión a la tradición, a la moral burguesa y a la ideología en todas sus formas. A pesar de esto, el proletariado permanece formalmente dueño de sí mismo y de su actividad fuera del trabajo, y tiene también que contratar la venta de su fuerza-trabajo, negociar tanto el trabajo suministrado como el salario recibido. Su resistencia a la explotación está tanto encuadrada en las relaciones de producción capitalista como en la explotación misma. La resistencia del proletariado tiene necesariamente, como objetivo inmediato, fijar el precio de la fuerza-trabajo al nivel de su valor, es decir, a su coste de producción. De todas formas, contrariamente al de las otras mercancías, el costo de producción de la fuerza-trabajo no está determinado únicamente por consideraciones técnicas, sino también por la correlación de fuerzas entre las clases. Actuando colectivamente sobre esta correlación de fuerzas, el proletariado tiende no solamente a limitar la plusvalía sino a reapropiarse en parte de su propiedad. Esta reapropiación es sinónima del desarrollo, en el seno del proletariado, de relaciones sociales antagónicas a las relaciones sociales capitalistas3. Subrayamos que se trata de relaciones sociales y no de relaciones de producción (estas últimas son las que se establecen entre las clases en la producción social). En el modo de producción capitalista, las relaciones entre el proletariado y la clase capitalista se caracterizan, como se ha dicho anteriormente, por la separación de los productores de los medios de producción, por la producción de valores de cambio según la ley del valor, etc. Las relaciones sociales, por otro lado, están constituidas por el conjunto de las relaciones que se establecen entre los hombres que viven en sociedad. Además de las relaciones de producción, incluyen también las relaciones familiares,
3

Es lo que la tendencia operaista denominó, de manera cuestionable, como «autovalorización obrera», concepto que contiene la limitación de establecer la reapropiación en términos de una medida "valor" y su incremento, en lugar de cuestionar abiertamente la forma valor. (Nota de R. Ferreiro)

jurídicas, políticas, las relaciones de los proletarios entre sí y con los agentes directos o indirectos del capital (dirigentes, burócratas sindicales, curas, militantes políticos, etc.). ¿Pero, todas estas relaciones no forman parte de la superestructura, no están determinadas por la estructura, es decir por las relaciones de producción? Efectivamente, pero estas últimas, siendo de naturaleza antagónica, producen efectos contradictorios. No nos tenemos que asombrar al ver que las relaciones de producción capitalista, que tienden ante todo a provocar la sumisión del proletariado al capital, dan igualmente origen a las relaciones sociales que ponen en tela de juicio al capitalismo a causa de la reapropiación tendencial de la actividad del proletariado. Esta reapropiación debe ser colectiva, porque sólo la acción colectiva puede influir sobre la relación de fuerza entre las clases. En este sentido, se puede decir que la socialización producida por el capitalismo es un logro irreversible. Pero, incluso ejerciéndose en el interior de la producción, la reapropiación no será la de la actividad productiva misma, porque esto implicaría la desaparición del capitalismo, y como hemos visto, no puede realizarse de forma parcial o local. El objeto de la reapropiación no puede ser otra cosa que la lucha de los proletarios contra la explotación, la única actividad que puede sustraerse, por lo menos parcialmente, al dominio del capital. La reapropiación se sitúa allí donde se produce la expropiación, en los centros del trabajo productivo. Ya que el capitalismo es un modo de producción basado en la extracción de plusvalía y esto es lo que determina la articulación en clases de la sociedad. Es en la producción de plusvalía en la que el proletariado se constituye en clase, y es precisamente allí donde se pueden desarrollar las relaciones sociales que le son propias. Estas relaciones se expresan a través de la dirección colectiva de la lucha obrera por aquellos que participan en ella. Este fenómeno es, por su dinámica, tendencialmente subversivo porque, a la larga, es incompatible con el mantenimiento de las relaciones de producción capitalistas. Es por eso por lo que ha sido combatido ferozmente, y de manera particular por todas las fracciones de la clase dirigente que han reconocido a su enemigo mortal. No solo la resistencia “autogestionada” obstaculiza el funcionamiento de la economía capitalista sino, sobre todo, pone al proletariado como candidato a la dirección de la vida social, desarrollando en su interior relaciones sociales de nuevo cuño. Son precisamente estas relaciones, expresión de la tendencia histórica a la reapropiación colectiva de su actividad por parte de los productores, las que nosotros llamamos “relaciones sociales comunistas”. Dicha reapropiación es, de hecho, la base del comunismo entendido como modo de producción y de organización social. Por lo tanto, es igualmente piedra de toque del comunismo como movimiento efectivo del proletariado que tiende a la abolición del capitalismo. Es la tendencia a la reapropiación, corolario de las formas capitalistas de explotación, que permite a una clase explotada llegar a ser capaz de tomar en sus manos la gestión de la sociedad por primera vez en la historia.

Desarrollo de las relaciones sociales comunistas
No hay nada más falso que el ver las relaciones sociales comunistas como algo fijado de una vez por todas, casi un objeto congelado e inmutable que se podrá acumular poco a poco como las monedas en un monedero: la persistencia misma del capitalismo implica la destrucción de los embriones del comunismo a medida que estos aparecen. Sólo una lucha especialmente amplia y violenta permitirá a las relaciones sociales comunistas consolidarse y defenderse en el campo de la producción. Mientras tanto, las nuevas relaciones se desarrollan por las crisis localizadas y los choques parciales, frenándose o desapareciendo cuando la normalidad capitalista se restablece. Su desarrollo no es ni homogéneo ni uniforme, y lleva consigo tanto explosiones más o menos violentas como progresos subterráneos de larga duración, la construcción y destrucción de organizaciones o su recuperación por el capital. De todos modos, a medida que la evolución del modo de producción capitalista, bajo las presiones de las luchas obreras, modifica la composición del proletariado y refuerza su cohesión interna, las relaciones sociales comunistas reaparecen en cada crisis que el sistema de producción atraviesa y cada vez a un nivel más alto. Es necesario, por lo tanto, un breve resumen de las principales etapas de dicha evolución, antes de afrontar los problemas del peligro actual.

Durante el capitalismo primitivo, el proletariado era poco numeroso y estaba poco concentrado, reducido en la mayoría de los casos a nivel de la simple supervivencia. Presa fácil de las ideologías capitalistas o incluso precapitalistas, su misma resistencia tomaba formas esencialmente capitalistas: es decir, como sostén de la burguesía contra el feudalismo y de una fracción de la burguesía contra otra. De todas formas, se ven aparecer ya, sobre todo entre los obreros cualificados, las tendencias a una organización colectiva, basada en relaciones anticapitalistas que en aquella época se condensan en la formación de los sindicatos. La presión ejercida por el proletariado, a pesar de su escasez numérica y cualitativa, es de todas formas suficiente (en Inglaterra y en Francia, en la primera mitad del siglo XIX) para obligar al capital a que renuncie a una explotación puramente extensiva, basada en la compresión del salario real y sobre la prolongación de la jornada de trabajo. Como respuesta, se desarrolla la gran industria mecánica, que permite utilizar sólo a una parte de los obreros cualificados de su sector y proceder a una primera intensificación de la organización del trabajo. Este sistema de producción, que llega a su apogeo en Europa occidental y en los Estados Unidos hacia finales del siglo XIX, se acompaña de una recuperación del sindicalismo, que se organiza a gran escala para transformarse en un agente del capital entre los obreros, contribuyendo, por medio de la presión que ejercita sobre la tasa de los salarios, a acentuar la tendencia de la mecanización. Pero, a comienzos del siglo XX, se puede observar que en los centros principales del capitalismo la mecanización no es ya suficiente para elevar de forma satisfactoria la productividad del trabajo. Resulta una crisis profunda (acentuada por la Primera Guerra Mundial) en el curso de la cual aparecen formas superiores de organización del proletariado a través de luchas caracterizadas por la extensión de huelgas de masas. Se trata, sobre todo, de consejos obreros (en Rusia y en Alemania) y además de organización de masas de tipo anarcosindicalista (IWW en los Estados Unidos y CNT en España). Estas organizaciones representan, sin lugar a dudas, una forma más avanzada de apropiación por parte del proletariado de su propia acción, y su dinámica les lleva, en algunos casos, a poner en cuestión el conjunto de la organización social capitalista. De todos modos es necesario observar que quedan generalmente caracterizadas por un grado bastante alto de delegación del poder en los representantes de distinto nivel que, a pesar de su revocabilidad (muchas veces sólo nominal), juegan un papel autónomo respecto a la “base”, que está relegada a tareas fundamentalmente plebiscitarias. Sin afirmar que la organización de tipo consejista ha sido definitivamente superada por la evolución del capitalismo, se puede, de todas formas, constatar que dicho tipo de organización reaparece sólo en países de capitalismo de Estado, es decir, en países que se han quedado esencialmente en el estadio de la gran industria mecánica (Alemania Este 1953, Polonia 1955 y Checoslovaquia 1968). Paralelamente, se observa que en los países de capitalismo avanzado, donde la derrota obrera señalada por la depresión de los años 30 y la Segunda Guerra Mundial ha permitido que se extienda un sistema de producción basado en la organización científica del trabajo y en la cadena de montaje, es la forma típica en la que aparecen las relaciones sociales comunistas y la asamblea de sector o de fábrica, donde el rol de los delegados está reducido y el control colectivo es más fuerte. De todas formas, ya que la crisis del sistema de producción actual es demasiado reciente, no existe prácticamente ninguna experiencia de este tipo de organización más allá del cuadro de la empresa (las huelgas del mayo del 68 han sido, desde este punto de vista, especialmente defraudantes). Conviene, por lo tanto, ser prudentes en la formulación de propuestas organizativas que se arriesgan a ser un paso falso respecto de la realidad. Ninguna forma de organización se agudiza de una vez por todas, ninguna receta mágica llevará a la victoria. Las formas de organización nacen espontáneamente en el terreno de la lucha y desaparecen o se transforman en su opuesto cuando la situación de clase se transforma en desfavorable. Reivindicar experiencias que se refieren a otro estadio del desarrollo del capitalismo es estúpido, tanto más porque dichas experiencias han concluido con derrotas clamorosas. Antes que fetichizar una forma de organización pasada, es preferible estar atentos al desarrollo real de la iniciativa proletaria, aquí y ahora. Por lo que podemos decir, la hipótesis actualmente más plausible es la de uniones y coordinaciones de asambleas por medio de delegados con funciones limitadas sin poder de decisión propio. La tendencia instintiva del proletariado en lucha es hoy la de desvalorizar la figura de los delegados, de reducirlos al rol de simples instrumentos técnicos, eventualmente sustituibles con medios de

comunicación más modernos. Esta tendencia, empujada hasta el extremo, no es otra cosa que el comunismo en su forma cumplida.

Problemas de la intervención comunista
La tendencia a la reapropiación colectiva de la acción social de los productores, tal y como se ha manifestado en el curso de la historia del movimiento obrero, se traduce concretamente en el rechazo de la jerarquía y de la delegación de poder, en la abolición de la separación entre decisión y ejecución en el interior de órganos que son tanto deliberantes como ejecutivos. Resulta que cualquier intento de crear una dirección separada de las masas de los proletarios en lucha es, por principio, contrarrevolucionaria, sea cual sea la “conciencia” subjetiva del que trabaja en este sentido. No es necesario maravillarse si, en el armamento antiproletario del capital, junto con la represión violenta y las distintas formas de integración y de recuperación, la intervención de los militantes dirigentistas ha ocupado una posición destacada. Lo que hace materialmente posible dicha intervención es el hecho incontable que, en las condiciones de existencia impuestas por la sociedad explotadora, la clara percepción de la necesidad del comunismo queda por fuerza limitada a una ínfima minoría, que por otro lado está sólo compuesta parcialmente de proletarios4. En su deseo comprensible de “hacer algo”, de “luchar por el comunismo”, una parte de los que sienten dicha necesidad se agotan en un militantismo activo más o menos continuo. Comportándose así, se arriesgan fuertemente a hacer de agentes inconscientes de la contrarrevolución, en la medida en que su intervención no tiende a ayudar el desarrollo de las relaciones sociales comunistas. De hecho, pueden considerarse como comunistas sólo si en su acción tienen en cuenta el hecho que este desarrollo no puede situarse más que a nivel de la clase y no de una organización especializada. Los militantes pueden seguramente jugar un rol útil para favorecer el desarrollo de las relaciones sociales comunistas, interviniendo sistemáticamente a favor de la dirección de la lucha por parte de los mismos proletarios, para la adopción de las formas más avanzadas de organización, para la extensión de las uniones y de las coordinaciones de las luchas. Nos arriesgamos siempre, por el contrario, a inhibir el desarrollo de las relaciones sociales comunistas, haciéndonos reconocer como dirección especializada de los proletarios en lucha. Este riesgo existe también si los militantes no buscan deliberadamente oponerse a sí mismos como dirección. Evidentemente se hace más serio si toda su actividad tiende hacia este objetivo. La solución no está en el rechazo de cualquier intervención consciente en el proceso de la lucha de clase, sino en la comprensión del objetivo real de dicha lucha. Es comunista la intervención que contribuye a aumentar la confianza en sí mismos de los proletarios, su rechazo a todas las direcciones especializadas, la capacidad a tomar en sus propias manos sus intereses. Esto no implica para nada la exaltación imbécil de la lucha a cualquier precio y no importa en que circunstancias, no puede condenar los objetivos “bajamente reivindicativos” en favor de consignas totalmente separadas de la realidad inmediata tal como puede percibirse por los que la viven día a día. Dichas intervenciones inspiradas por el “purismo revolucionario”, de hecho obstaculizan el desarrollo de relaciones sociales comunistas porque tienden a manipular la actividad de los proletarios según criterios que no aprecian, según objetivos determinados por los detentadores de la “ciencia revolucionaria”, que se esfuerzan en convencerles de que la política es una cosa complicada y misteriosa y que deben confiar a los “que saben” la tarea de conducirles al “paraíso comunista”. Es a partir de dichas consideraciones que es posible afrontar de forma coherente y de principio los problemas de la táctica revolucionaria. Por lo que se refiere, por ejemplo, al parlamentarismo, el sindicalismo y las guerras de liberación nacionales, el problema no es el de saber si, en un determinado estadio de desarrollo del capitalismo, estas pueden ofrecer ventajas al proletariado, o contribuir a un desarrollo más rápido de las fuerzas productivas, cosa que les conferiría un carácter “progresista”. El único problema es el
4

La insistencia en este punto parece indicar una concepción bastante estrecha por parte de este grupo del "proletariado" o bien refleja meramente su experiencia parcial. (Nota de Roi Ferreiro).

de saber si pueden desarrollar entre los proletarios las relaciones sociales comunistas. Para el parlamentarismo y las guerras nacionales la respuesta es evidentemente negativa, sea cual sea el período considerado. En el alba como en el crepúsculo de la sociedad capitalista, éstos sólo pueden poner al proletariado a remolque de la burguesía, inculcarles el culto de jefe y la práctica de la delegación del poder y de la separación de las funciones. Por lo que respecta al sindicalismo, sólo en los primeros balbuceos se le puede atribuir un rol positivo en el desarrollo de las relaciones sociales comunistas, es decir, durante la fase primitiva del capitalismo y, en cierta medida, en sus expresiones anarcosindicalistas durante el período de la gran industria mecánica. Después de su institucionalización, el sindicalismo se ha transformado en lo que la historia ha hecho: un instrumento que mantiene las relaciones sociales capitalistas tanto en la fábrica como fuera de ella. La cantidad exacta de concesiones económicas que el capitalismo ha podido acordar en este o en aquel período no tiene ninguna influencia en su caracterización como forma de organización. No tiene otras posibilidades materiales que la de la acción burocrática y, entretanto, juega al balón entre la burguesía y el proletariado, con los que mantiene, en cada caso, relaciones típicamente capitalistas. Otra cuestión se refiere a la actitud a adoptar en los choques de las formas embrionales de poder obrero, que en el curso del actual período se han empezado a reconstruir bajo nombres nuevos (comités de acción, comités de base, asambleas autónomas, etc.). Es frecuente oír afirmar que dichas organizaciones no pueden existir válidamente más que en curso de una lucha abierta y violenta y que, faltando ésta, tienden irresistiblemente a convertirse en sindicatos. Este punto de vista está de acuerdo, aparentemente, con la experiencia histórica y con el principio teórico según el cual el proletariado no puede disponer, en un régimen capitalista, de organizaciones de masa que le sean propias. Es necesario, por lo tanto, tener presentes las características originales del período actual: la crisis en la que ha entrado ya el sistema de producción no lleva consigo una resolución a corto plazo, y es pensable que durante un breve período de tiempo, bastante largo, la normalidad capitalista no se pueda restablecer y, por lo tanto, se pueden constituir y mantener núcleos de obreros comunistas, incluso fuera de una crisis aguda. Esta posibilidad, si se confirma, debe utilizarse para permitir a fracciones del proletariado foguearse y conseguir experiencia en la práctica de las relaciones sociales comunistas. Alegrarse, por lo tanto, dogmáticamente de la desaparición de un comité obrero, o incluso peor, actuar para su liquidación, puede ser una actitud perfectamente irresponsable. Para distinguir a los órganos embrionales de poder obrero de las formaciones neo-sindicalistas, no se puede uno basar en el reconocimiento en palabras del comunismo, y mucho menos sobre el desprecio hacia las reivindicaciones cotidianas. El único criterio válido es la defensa intransigente de las formas de organización que tienden hacia el comunismo. A este respecto, es ridículo hacer sutiles distinciones entre base programática y formas de organización. Estas no son cajas vacías dispuestas a recibir el contenido que sea, sino la misma expresión del proceso de la revolución comunista. Está claro que los órganos de lucha que apoyan el desarrollo de las relaciones sociales comunistas han cometido y cometerán errores, causa de las derrotas pasadas y, a lo mejor, de las futuras. No podría ser de otra forma, porque la naturaleza propia de la revolución comunista excluye que se sustituya la falibilidad del obrero por la infalibilidad, por otro lado perfectamente imaginaria, de cualquier comité central. Se observará, además, que una de las mayores ventajas de las formas de organización comunistas es la de permitir a los que participan aprender de sus propios errores, mientras que en las estructuras dirigentistas no hacen otra cosa más que soportar pasivamente las consecuencias de los errores de los demás. Los problemas de la revolución comunista no se resolverán por la intervención de revolucionarios profesionales, en cuyas intervenciones los militantes no pueden más que jugar un rol subordinado, sino por la maduración de la acción de la clase proletaria. Se demuestra por sí misma que la acción de clase no se desarrolla en el vacío, sino en función de la situación del sistema de producción capitalista. Esta situación es hoy favorable, en la medida en que el crecimiento de la productividad en el marco del fordismo y del taylorismo choca con dificultades cada vez más recientes, lo que refuerza la resistencia del proletariado a la explotación y obliga a los capitalistas a medidas que no pueden más que provocar un choque con la clase obrera. Pero este choque no estará acompañado de un desarrollo importante de las relaciones sociales comunistas, clave del proceso revolucionario,

si éstas últimas no existen ya, por lo menos en tendencia, en el tejido social proletario. Contribuir a la maduración del proletariado en este sentido es, por lo tanto, la tarea esencial, si no la única, de los militantes comunistas.

Notas sobre la terminología
La cuestión propuesta por la terminología no tiene en un principio interés. Cada terminología es criticable, ya que tiende a parar en un concepto fijo una realidad que está siempre en movimiento. Por el contrario, se puede aceptar cualquier terminología en tanto quien la utiliza indique claramente en qué sentido lo hace. Pero en una sociedad de clases el lenguaje, también, pertenece a la clase dominante y es, por lo tanto, inevitable que algunos términos estén especialmente cargados de connotaciones ideológicas. Es decir, se ha intentado buscar un término relativamente neutro, “relaciones sociales comunistas”, que tiene la ventaja de poner el acento sobre la realidad que nosotros intentamos describir, uniéndose al materialismo histórico más que a los artificios de la ideología burguesa. No se puede decir lo mismo para “conciencia comunista”, término que surge generalmente del que hace el esfuerzo de sacar del comunismo y lo trata como actividad actual del proletariado 5. El término elegido no facilita el análisis y, además, esta forma de afrontar el problema abre la puerta del movimiento revolucionario a todos los que quieren llevar “desde fuera” el proletariado una conciencia que no tendría. Se trata, de hecho, de describir un fenómeno social y no individual, material y no constituido por ideas descarnadas, que juega un rol determinado en una sociedad determinada. Si tiene que ser evidente para un materialista que la conciencia expresa relaciones sociales y que las relaciones sociales se expresan en la conciencia, las mediaciones entre las relaciones sociales y el estado de conciencia se prestan muy mal al análisis político y muy bien al confusionismo ideológico. No habría inconveniente en hablar de “relaciones sociales proletarias”, término que pondría el acento sobre la clase que desarrolla (actualmente) este tipo de relación, mejor que sobre el estadio (futuro) en el que dichas relaciones estarán cerca de su pleno cumplimiento, habiendo desaparecido la clase que las llevaba adelante. Este término está muy cercano al de autonomía proletaria, usado por algunos compañeros italianos. De todas formas “autonomía obrera” pone el acento sobre las relaciones entre proletariado y capital, mientras “relaciones sociales comunistas” subraya la estructuración interior del proletariado, que es la otra cara de la misma moneda. Lutte de classe, sept.-oct. 1974.

Textos digitalizados y revisados por el Círculo Internacional de Comunistas Antibolcheviques

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Esta frase es ininteligible y no veo ninguna solución probable. Como una hipótesis coherente se me ocurre: "No se puede decir lo mismo para “conciencia comunista”, término que surge generalmente de quien hace el esfuerzo de abstraer el comunismo y no lo trata como actividad actual del proletariado". Desde luego, el sentido del texto es oponerse al tratamiento abstracto del comunismo como un problema de conciencia, esto es claro. (Nota de R. Ferreiro).