AVISO A LOS ESCOLARES Y ESTUDIANTES (Fragmento) 1 Raoul Vaneigem

“El ser humano debe poderlo todo y no deber nada. Efectivamente, había sólo unas pocas cosas de las que no se sentía capaz. No contaba con que todo lo que hacía saldría bien: a menudo no salía bien. Pero al menos podía hacerlo.” Georg Groddeck.

La escuela ha sido, con la familia, la fabrica, el cuartel y accesoriamente el hospital y la prisión, el paso ineludible en el que la sociedad mercantil cambiaba para su provecho el destino de los seres que llamamos humanos. El dominio que ejercía sobre naturalezas aún enamoradas de las libertades de la infancia la emparentaba, en efecto, con esos lugares poco propicios al desarrollo y a la felicidad que fueron -que siguen siendo en grados diversos- el recinto familiar, el taller o la oficina, la institución militar, la clínica, las cárceles. ¿Ha perdido la escuela el carácter repelente que presentaba en los siglos XIX y XX, cuando acostumbraba a los espíritus y los cuerpos a las duras realidades del rendimiento y de la servidumbre, teniendo a gala educar por deber, autoridad y austeridad, no por placer o por pasión? Nada es más dudoso, y no puede negarse que, bajo las aparentes solicitudes de la modernidad, muchos arcaísmos siguen marcando la vida de las estudiantes y de los estudiantes. ¿No ha obedecido hasta hoy la empresa escolar a la preocupación dominante de mejorar las técnicas de adiestramiento para que el animal sea rentable? Ningún niño traspasa el umbral de una escuela sin exponerse al riesgo de perderse; quiero decir, de perder esta vida exuberante, ávida de conocimientos y maravillas, que sería tan gozoso potenciar en lugar de esterilizarla y desesperarla con el trabajo aburrido del saber abstracto. ¡Qué terrible notar esas brillantes miradas a menudo empañadas! Cuatro paredes. El asentimiento general conviene en que allí uno será, con consideraciones hipócritas, juzgado, respetado, castigado, humillado, etiquetado, manipulado, mimado, violado, consolado, tratado como un feto que mendiga ayuda y asistencia. ¿De que os quejáis? Objetarán los promotores de leyes y decretos. ¿No es la mejor manera de iniciar a los pipiolos a las reglas inmutables que rigen el mundo y la existencia? Sin duda. Pero ¿por qué los jóvenes aceptarían durante más tiempo una sociedad sin alegría ni porvenir, que los adultos ya sólo se resignan soportar con una acritud y un malestar crecientes? Una escuela en la que la vida se aburre sólo enseña la barbarie. El mundo ha cambiado más en treinta años que en tresmil. Nunca -al menos en Europa occidental- la sensibilidad de los niños ha sido tan diferente de los viejos reflejos predadores que hicieron del animal humano la más feroz y la más destructiva de las especies terrestres.
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Es la primera parte del libro-manifiesto: advertissement aux ecoliers et lycéens. Traducción de Juan García del Campo. Publicado en Sediciones, Hondarribia (Guipúzcoa), 1999. ISBN:84-89753-20-2.

Sin embargo, la inteligencia permanece fosilizada, como impotente para percibir la mutación que se opera ante sus ojos. Una mutación comparable al invento de la herramienta que antaño produjera el trabajo de explotación de la naturaleza y engendrara una sociedad compuesta de amos y esclavos. Una mutación en la que se revela la verdadera especificidad humana: no la producción de una supervivencia sometida a los imperativos de una economía lucrativa, sino la creación de un medio favorable a una vida más intensa y más rica. Nuestro sistema educativo se enorgullece con razón de haber respondido con eficacia a las exigencias de una sociedad patriarcal antaño todopoderosa: con el sólo detalle de que semejante gloria es, al mismo tiempo, repugnante y caduca. ¿Sobre qué se erigía el poder patriarcal, la tiranía del padre, la potencia del macho? sobre una estructura jerárquica, el culto al jefe, el desprecio de la mujer, la devastación de la naturaleza, la violación y la violencia opresiva. A este poder, sin embargo, la historia lo abandona en un avanzado estado de deterioro: en la comunidad europea, los regímenes dictatoriales han desaparecido, el ejercito y la policía, cambian para la asistencia social, el Estado se disuelve en el agua turbia de los negocios y el absolutismo paternal no es ya más que un recuerdo de Guiñol. Verdaderamente, hay que cultivar la estupidez con verborrea ministerial para no echar por tierra una enseñanza a la que el pasado aún amasa con las innobles levaduras del despotismo, del trabajo forzado, de la disciplina militar y de esa abstracción cuya etimología -abstrabere: sacar fuera- manifiesta suficientemente el exilio de sí, la separación de la vida. Finalmente agoniza la sociedad en la que no se entraba vivo más que para aprender a morir. La vida recupera sus derechos tímidamente como si, por primera vez en la historia, se inspirase en una primavera eterna en lugar de mortificarse en un invierno sin fin. Odioso invierno: la escuela ya es sólo algo ridículo. Funcionaba implacablemente según los engranajes de un orden que se creía inmutable. Su perfección mecánica destruía la exuberancia, la curiosidad, la generosidad de los adolescentes, para hacerlos ingresar mejor en los cajones de un armario que la usura del trabajo convertía poco a poco en ataúd. El poder de las cosas prevalecía sobre el deseo de los seres. La lógica de una economía entonces floreciente era implacable, como el desgranarse de las horas de supervivencia que de manera constante tocan a muerto. La potencia de los prejuicios, la fuerza de la inercia, la costumbre de la resignación, ejercían su dominio sobre el conjunto de los ciudadanos con tal normalidad que al margen de algunos insumisos, enamorados de la independencia, la mayor parte de la gente se conformaba con la miserable esperanza de una promoción social y de una carrera garantizada hasta la jubilación. No faltaban por tanto excelentes razones para introducir al niño en el recto camino de las conveniencias, pues contar ciegamente con la autoridad profesoral ofrecía al impetrante los laureles de una recompensa suprema: la certeza de un empleo y de un salario. Los pedagogos disertaban sobre el fracaso escolar sin preocuparse del tablero en el que se urdía la existencia cotidiana, jugada a cada paso con la angustia del mérito y del demérito, de la perdida y de la ganancia, del honor y del deshonor. Una afligiente banalidad reinaba en las piezas y los acontecimientos: estaban los fuertes y los débiles, los ricos y los pobres, los listos y los tontos, los afortunados y los desafortunados. Desde luego, la perspectiva de tener que pasar la vida en una fábrica o en una oficina para ganar el sueldo del mes, no era lo más apropiado para exaltar los sueños de felicidad y de armonía que alimentaba la infancia. Producía en cadena adultos insatisfechos, frustrados por un destino que hubieran deseado más generoso. Decepcionados e instruidos por las lecciones de la amargura, la mayor parte de

las veces no encontraban otra salida a su resentimiento que disputas absurdas apoyadas por las mejores razones. Los enfrentamientos religiosos, políticos, ideológicos, les procuraban el consuelo de una Causa -como pomposamente decían- que, de hecho, les ocultaba la triste violencia del mal de supervivencia del que padecían. Así, su existencia transcurría en la fría penumbra de una vida ausente. Pero cuando el tiempo que corre es el de la peste, los apestados hacen la ley. Por muy inhumanos que fueran los principios despoticos que regían la enseñanza e inculcaban a los niños las sangrantes vanidades de la edad adulta -esas de las que Jean Vigo se burla en su film Zéro de conduite-, participaban de la coherencia de un sistema preponderante, respondían a las exigencias de una sociedad que no reconocía para sí misma otro primer motor que el poder y el beneficio. En lo sucesivo, si la educación se empeña en obedecer los mismos móviles, la máquina de la pertinencia se ha descompuesto: hay cada vez menos que ganar y cada vez más vida arruinada con la que rascarse los bolsillos. La insoportable preeminencia de los intereses financieros sobre el deseo de vivir no puede ya engañar. El tintineo cotidiano del cebo de la ganancia resuena abundantemente a medida que el dinero pierde valor, que una caída idéntica erosiona el capitalismo de Estado y el capitalismo privado, y que se precipitan hacia la cloaca del pasado los valores patriarcales del amo y del esclavo, las ideologías de izquierda y de derecha, el colectivismo y el liberalismo, todo lo que se ha edificado sobre la violación de la naturaleza terrestre y de la naturaleza humana en nombre de la sacrosanta mercancía. Un nuevo estilo está naciendo, y sólo lo oculta la sombra de un coloso cuyos pies de barro han cedido ya. La escuela permanece confinada en el contraluz del viejo mundo que se desploma. ¿Hay que destruirla? Pregunta doblemente absurda. En primer lugar porque ya está destruida. Cada vez menos interesados por lo que enseñan y estudian -y sobre todo por la manera de instruir y de instruirse-, ¿no se afanan conjuntamente profesores y alumnos en hundir voluntariamente el viejo paquebote pedagógico que hace aguas por todas partes? El hastío engendra la violencia, la fealdad de los edificios incita al vandalismo, las construcciones modernas, cimentadas por el desprecio de los promotores inmobiliarios, se agrietan, se vienen abajo, arden, según el desgaste programado de sus materiales de pacotilla. Además, porque el reflejo de aniquilación se inscribe en la lógica de muerte de una sociedad mercantil en la que la necesidad lucrativa consume lo vivo de los seres y de las cosas, lo degrada, lo contamina, lo mata. Acentuar el deterioro no beneficia sólo a los carroñeros de lo inmobiliario, a los ideólogos del miedo y de la seguridad, a los partidarios del odio, de la exclusión, de la ignorancia, sino que además da razones a este inmovilismo que no deja de revestir y enmascarar su nulidad con reformas tan espectaculares como efímeras. La escuela está en el centro de una zona de turbulencias en la que los jóvenes caen en la pesadumbre, en la que la neurosis aunada del enseñante y del enseñado imprime su movimiento al péndulo de la resignación y de la revuelta, de la frustración y de la rabia. Es también el lugar privilegiado de un renacimiento. Trae gestándose la consciencia que está en el corazón de nuestra época: asegurar la prioridad de lo vivo sobre la economía de la supervivencia.

Posee la llave de los sueños en una sociedad que no sueña: la decisión de borrar el hastío bajo la exuberancia de un paisaje en el que la voluntad de ser feliz desterrará las fabricas contaminantes, la agricultura intensiva, las prisiones de todo tipo, los laboratorios de asuntos turbios, los depósitos de productos adulterados, y esos púlpitos de verdades políticas, burocráticas, eclesiásticas, que llaman al espíritu a mecanizar el cuerpo y le condenan a claudicar de lo humano. Estimulado por las esperanzas de la Revolución, Saint-Just escribía: “la felicidad es una idea nueva en Europa.” Han sido precisos dos siglos para que la idea, que se somete al deseo, exija su realización individual y colectiva. En adelante, cada niño, cada adolescente, cada adulto, se encuentra en la encrucijada de una elección: consumirse en un mundo que agota la lógica de una rentabilidad a cualquier precio, o crear su propia vida creando un ambiente que asegure su plenitud y su armonía. Porque la existencia cotidiana no puede ya confundirse por más tiempo con esta supervivencia adaptativa a la que se han reducido los hombres que producen la mercancía y que son producidos por ella. No queremos una escuela en la que se aprende a sobrevivir desprendiendo a vivir. La mayor parte de los hombres no han sido otra cosa que animales espiritualizados, capaces de promover una tecnología al servicio de sus intereses predadores pero incapaces de perfeccionar humanamente lo viviente y de alcanzar así su propia especificidad de hombre, de mujer, de niño. Al término de una carrera frenética en busca del beneficio, las ratas vestidas con mono y traje de tres piezas, descubren que sólo queda una pequeñísima parte del queso terrestre que han roído por todas partes. Tendrán que progresar en el debilitamiento o tendrán que operar una mutación que les convertirá en humanos. Es el tiempo de que el memento vivere reemplace al memento mori que sellaba los conocimientos con el pretexto de que nunca se consigue nada. Durante demasiado tiempo nos hemos dejado convencer de que había que aguardar el destino común de la degradación y la muerte. Es esa una visión de viejos prematuros, de golden boys caídos en la senilidad precoz porque han preferido el dinero a la infancia. ¡Que esos fantasmas de un presente conjugado en pasado dejen de ocultar la voluntad de vivir que en cada uno de nosotros busca el camino de su soberanía! Para destruir la opresión, la miseria, la explotación, no basta ya con una subversión envenenada por los valores muertos que combate. Ha llegado la hora de apostar por la pasión irreprimible de la vida, del amor, del conocimiento, de la aventura que inaugura a cada instante cualquiera que haya decidido crearse según sus “razones del corazón”. La nueva sociedad empieza donde empieza el aprendizaje de una vida omnipresente. Una vida que hay que percibir y comprender en lo mineral, lo vegetal, lo animal, reinos de los que el hombre está apartado y que lleva en sí con tanta inconsistencia y desprecio. Pero también una vida fundada en la creatividad, no en el trabajo; en la autenticidad, no en la apariencia; en la exuberancia de los deseos, no en los mecanismos de la represión y la liberación. Una vida despojada del miedo, de la obligación, de la culpabilidad, del intercambio, de la dependencia. Puesto que conjuga inseparablemente la consciencia y el goce de sí y del mundo. Una mujer que tiene el infortunio de vivir en un país gangrenado por la barbarie y el oscurantismo escribía: “En Argelia, se enseña al niño a lavar a un muerto, yo quiero enseñarle los gestos del amor.” Sin caer en tanta morbosidad, nuestra enseñanza, demasiado a menudo, tras su aparente elegancia, no ha sido más que un limpiar a los muertos. Se trata ahora de reencontrar incluso en los dictados del saber

los gestos del amor: la llave del conocimiento es la llave de los campos en los que el afecto es ofrecimiento sin reserva. Que la infancia haya caído en la trampa de una escuela que ha matado lo maravilloso en lugar de exaltarlo, indica suficientemente lo urgente que es para la enseñanza, si no quiere hundirse aún más en la barbarie del hastío, crear un mundo en el que esté permitido maravillarse. Sin embargo, guardaos de esperar la ayuda o la panacea de algún supremo salvador. Sería vano, seguramente, dar crédito a un gobierno a un facción política, llenos de gente preocupada ante todo por sostener el interés de su poder vacilante; ni tampoco a tribunos o amos del pensar, personajes mediáticos que multiplican su imagen para conjurar la nulidad que refleja el espejo de su existencia cotidiana. Sería ir contra uno mismo arrodillarse como mendigo, como controlado, como inferior, cuando la educación debe tener por objetivo la autonomía, la independencia, la creación de sí, sin la que no verdadera ayuda mutua, de auténtica solidaridad, de colectividad sin opresión. Una sociedad que no tiene otra respuesta a la miseria que el clientelismo, la caridad y el cambalache, es una sociedad mafiosa. Poner la escuela bajo el signo de la competitividad, es incitar a la corrupción, y esa es la moral de los negocios. La única asistencia digna de un ser humano es aquella de la que necesita para moverse por sus propios medios. Si la escuela no enseña a luchar por la voluntad de vivir, y no por la voluntad de poder, condenará a varias generaciones a la resignación, a la servidumbre, a la revuelta suicida. Convertirá en aliento de muerte y de barbarie lo que cada uno posee en sí de más vivo y de más humano. No concibo otro proyecto educativo que el de crearse en el amor y el conocimiento de lo vivo. Aparte de una escuela paseante y novillera en la que la vida se encuentra y se busca sin fin -del arte de amar a las matemáticas especulativas- no hay más que el hastío y el peso muerto de un pasado totalitario.