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UNIDAD 1: LA FILOSOFÍA

1. Paso del Mito al logos

«Aproximadamente entre el siglo cinco y seis antes de Cristo podemos encontrar


en la antigua Grecia los primeros comienzos de una evolución de algo así como un mé-
todo científico. ¿Qué fue lo que sucedió allí? ¿Cuáles son los elementos en esta evolu-
ción? ¿De qué modo se relacionan las nuevas ideas con los mitos tradicionales llegados
del este que, según creo, suministraron muchas de las sugerencias decisivas para las
nuevas ideas?
Entre los babilonios y los griegos, así como entre los maorís de Nueva Zelanda
—como, por otra parte, entre todos los pueblos que inventan mitos cosmológicos— en-
contramos narraciones acerca del comienzo de las cosas que intentan comprender o ex-
plicar la estructura del Universo en términos de la historia de sus orígenes. Dichas na-
rraciones se hacen tradicionales y se conservan en escuelas especiales. La tradición con-
siste a menudo en la conservación de una clase separada o elegida, los sacerdotes o cu-
randeros, que la guardan celosamente. Las narraciones sólo cambian poco a poco, sobre
todo a merced a las imprecisiones cometidas al transmitirlas, a causa de incomprensio-
nes y, a veces, merced a la adición de nuevos mitos inventados por profetas o poetas.
Ahora bien, lo que considero nuevo en la filosofía griega, la nueva adición a
todo esto, no consiste tanto en la sustitución de los mitos por algo más «científico»,
cuanto en una nueva actitud frente a los mitos. Creo que el hecho de que su carácter em-
piece a cambiar no es más que una consecuencia de esta nueva actitud.
La nueva actitud a que me refiero es la actitud crítica. En lugar de transformar
dogmáticamente la doctrina [con el único fin de conservar la tradición auténtica] encon-
tramos una discusión crítica de la misma. Algunos empiezan a plantear preguntas; po-
nen en tela de juicio la integridad de la doctrina: su verdad.
La duda y la crítica existían ya sin duda antes de este estadio. Lo nuevo, sin em-
bargo, reside en que esa duda y crítica se convierten a su vez en parte integrante de la
tradición de la escuela. Una tradición de orden superior sustituye la tradicional conser-
vación del dogma —en lugar de la teoría tradicional, en lugar del mito— nos encontra-
mos con la tradición de criticar teorías (que al principio difícilmente pueden ser algo
más que mitos). Sólo en el transcurso de esta discusión crítica se recaba el testimonio de
la observación.
No puede ser un mero accidente que Anaximandro, el discípulo de Tales, desa-
rrollase explícita y conscientemente una teoría que se apartaba de la de su maestro ni
que Anaxímenes, el discípulo de Anaximandro, se apartase de un modo igualmente
consciente de la doctrina de su maestro. La única explicación plausible es que el propio
fundador de la escuela desafiaba a sus discípulos a que criticasen su teoría y los discípu-
los convirtieron esta nueva actitud de su maestro en una tradición.
Es interesante que esto sólo haya ocurrido una vez, que yo sepa. La escuela pita-
górica primitiva era sin duda del viejo tipo: su tradición no encierra la actitud crítica,
sino que se limitaba a preservar la doctrina del maestro. No cabe duda de que sólo la in-
fluencia de la escuela crítica jonia relajó más tarde la rigidez de la tradición de la escue-
la pitagórica, preparando así el camino que llevaría al método filosófico y científico de
la crítica.». (Popper: Conocimiento objetivo. ed. Tecnos, Madrid 1992, 4ª p.312-314)

«Que (la filosofía) no se trata de una ciencia productiva, es evidente ya por los
primeros que filosofaron. Pues los hombres comienzan y comenzaron siempre a filoso-
far movidos por la admiración; al principio admirados ante los fenómenos sorprendentes

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más comunes; luego avanzando poco a poco y planteándose problemas mayores, como
los cambios de la luna y los relativos a Sol y a las estrellas, y la generación del universo.
Pero el que se plantea un problema o se admira, reconoce su ignorancia. (Por eso tam-
bién el que ama los mitos es en cierto modo filósofo; pues el mito se compone de ele-
mentos maravillosos). De suerte que, si filosofaron para huir de la ignorancia, es claro
que buscaban el saber en vista del conocimiento, y no por alguna utilidad. Y así lo ates-
tigua lo ocurrido. Pues esta disciplina comenzó a buscarse cuando ya existían casi todas
las cosas necesarias y las relativas al descanso y al ornato de la vida. Es, pues, evidente
que no la buscamos por ninguna otra utilidad, sino que, así como llamamos hombre li-
bre al que es para sí mismo y no para otro, así consideramos a ésta como la única cien-
cia libre, puesto que ésta sola es para sí misma». (Aristóteles: Metafísica, I, 982b-
983a.).

2. Especificidad del saber filosófico

«Parece, pues, que la filosofía no puede ser identificada con las ciencias especia-
les ni limitada a un solo terreno. Es en cierto sentido una ciencia universal. Su dominio
no se limita, como el de las otras ciencias, a un terreno estrictamente acotado. Mas, si
ello es así, puede suceder, y de hecho sucede, que la filosofía trate los mismos objetos
en que se ocupan las otras ciencias. ¿En qué se distingue entonces la filosofía respecto
de estas otras ciencias? Se distingue -respondemos- tanto por su método como por su
punto de vista. Por su método, porque al filósofo no se le veda ninguno de los métodos
de conocer. Así, no está obligado, como el físico, a reducirlo todo a fenómenos observa-
dos sensiblemente. Es decir, el filósofo no tiene por qué limitarse al método empírico,
reductivo. Puede valerse también de la intuición del dato y de otros medios.
La filosofía se distingue además de las otras ciencias por su punto de vista.
Cuando considera un objeto, lo mira siempre y exclusivamente desde el punto de vista
del límite, de los aspectos fundamentales. En este sentido la filosofía es la ciencia de los
fundamentos. Donde otras ciencias se paran, donde ellas no preguntan y dan mil cosas
por supuestas, allí empieza a preguntar el filósofo. Las ciencias conocen, él pregunta
qué es conocer. Los otros sientan leyes, él se pregunta qué es la ley. El hombre ordinario
habla de sentido y de finalidad, el filósofo estudia qué hay que entender propiamente
por sentido y finalidad. Así, la filosofía es también una ciencia radical, pues va a la raíz
de manera más profunda que ninguna otra ciencia. Donde las otras se dan por satisfe-
chas, la filosofía sigue preguntando e investigando». (Bochenski. J. M., Introducción
al pensamiento filosófico. Herder. Págs. 29-30)

«La filosofía es un modo de conocimiento caracterizado por la universalidad de


su objeto: no versa sobre tal o cual aspecto de la realidad, sino sobre la realidad en su
conjunto. Se compone de cierto tipo de preguntas más que de un recetario de respuestas.
Esas preguntas se distinguen por su máxima generalidad, tal como ha sido indicado, y
también por otros dos rasgos imprescindibles: nunca son estrictamente prácticas y no
pueden ser respondidas satisfactoriamente por los especialistas de las diversas ciencias
particulares. Las respuestas filosóficas a tales preguntas carecen de valor predictivo, en
el sentido en que lo tienen las aseveraciones científicas contrastadas: es difícil señalar
un solo hecho o conjunto de hechos que las confirmen irrefutablemente o que las invali-
den por completo». (Savater, F., Diccionario filosófico.)

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3. La filosofía y su historia

«El esquema tradicional es el siguiente. La filosofía es un saber profano, una


ciencia libre, que estudia la esencia de las cosas naturales. Pero en la Edad Media no era
esto; como sierva de la teología, elaboraba la verdad de los dogmas dados. Decidía la
autoridad, no la razón. Mas el Renacimiento libró a la filosofía de esta servidumbre. El
Renacimiento trajo a la ciencia a una edad más libre, sin la violencia ni las nieblas de la
Iglesia y la religión. Revivió la filosofía de los antiguos, recién importada en Italia por
los sabios griegos que huyeran de Constantinopla, a la entrada de los turcos. Los nuevos
tiempos libres sacan a la luz, en toda su pureza, el concepto antiguo, como sacan la esta-
tua antigua y el Estado antiguo. En la nueva Atenas. Florencia, unos espíritus libres fun-
dan la Academia platónica. Entonces empieza el moderno pensamiento laico. [...]»
(Heimsoeth. H., Los seis grandes problemas de la metafísica occidental.)

4. Sentido y necesidad de la filosofía

«Aun cuando no sepamos nada de filosofía, estamos ya en la filosofía, porque la


filosofía está en nosotros y nos pertenece y, por cierto, en el sentido de que filosofamos
ya siempre. Filosofamos incluso cuando no tenemos ni idea de ello, incluso cuando “no
hacemos” filosofía. No es que filosofemos en este momento o aquel, sino que filosofa-
mos constantemente y necesariamente en cuanto que existimos como hombres. Existir
como hombre [...] significa filosofar. El animal no puede filosofar. Dios no necesita filo-
sofar. Un Dios que filosofase no sería Dios porque la esencia de la filosofía consiste en
ser una posibilidad finita de un ente finito. [...] Si la filosofía está y radica ya en nuestra
existencia como tal, entonces esa apariencia sólo puede brotar de que la filosofía está,
por así decir, dormida en nosotros. Está en nosotros, aunque encadenada y atada. Toda-
vía no está libre, todavía no está en el estado de movimiento que le es posible. Es decir,
la filosofía pasa en nosotros, sucede en nosotros, pero no como al cabo podría pasar y
debería pasar. Por eso es menester una instrucción.» (Heidegger, M., Introducción a la
filosofía)

«La filosofía debe ser estudiada, no por las respuestas concretas a los problemas
que plantea, puesto que, por lo general, ninguna respuesta precisa puede ser conocida
como verdadera, sino más bien por el valor de los problemas mismos; porque estos pro-
blemas amplían nuestra imaginación intelectual y disminuyen la seguridad dogmática
que cierra el espíritu a la investigación (...)
El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía va por la vida prisionero de
los prejuicios que se derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo
y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación y el con-
sentimiento deliberado de su razón.(...)
La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera res-
puesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían
nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre.» (Bertrand Russell)

«Hacen bien, ¡qué diablos! La física sirve para muchas cosas, mientras que la fi-
losofía no sirve para nada. Ya lo dijo, conste, un filósofo, el patrón de los filósofos,
Aristóteles. Precisamente por eso soy yo filósofo: porque no sirve para nada serlo. La
notoria ‘inutilidad’ de la filosofía es acaso el síntoma más favorable para que veamos en
ella el verdadero conocimiento. Una cosa que sirve es una cosa que sirve para otra, y en
esa medida es servil. La filosofía, que es la vida auténtica, la vida poseyéndose a sí mis-

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ma, no es útil para nada ajeno a ella misma. En ella, el hombre es solo siervo de sí mis-
mo, lo cual quiere decir que solo en ella el hombre es señor de sí mismo. Mas, por su-
puesto, la cosa no tiene importancia. Queda usted en entera libertad de elegir entre estas
dos cosas: o ser filósofo o ser sonámbulo. Los físicos, en general, van sonámbulos den-
tro de su física, que es el sueño egregio, la modorra genial de Occidente». (Ortega y
Gasset, J: Bronca en la física. En Obras completas, vol. V. Alianza. Madrid)