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Trabajo monográfico

DELGADO ONTIVERO, Lionel Sebastián


Pensamiento feminista
junio 2010

Imitación e insubordinación de género.

Judith Butler

El siguiente trabajo intentará adentrarse en el pensamiento de Judith Butler, utilizando


como punto de contacto su ensayo “Imitación e insubordinación de género” donde se
dedicará principalmente a pensar el lesbianismo, aunque dicho tema le llevará a
plantear cuestiones sobre la identidad, la performatividad y la imitación como proceso
formativo de las nociones de género y sexualidad.

Como hemos dicho, el punto de partida en el ensayo de Butler es el “ser


lesbiana”. Dicha etiqueta resulta bastante interesante. Como dice Butler, “La
perspectiva de ser algo, aun en el caso de que te paguen por ello, me ha producido
siempre cierta ansiedad, y ser lesbiana, parece más que un siempre requerimiento a
convertirme en aquella o aquello que ya soy” (p. 86). Las etiquetas que definen
identidades no resultan más que parte de un régimen normalizador, regularizador. Sin
embargo, aunque estas etiquetas resulten opresivas, recuperando el planteamiento
foucaultiano, pueden ser al mismo tiempo lugar de conflicto y oposición; y es de esta
manera como se interesará Butler de la cuestión de la identidad: como lugar de posible
conflicto y ruptura de las normas culturales cerradas y asfixiantes del régimen
heterosexual dominante.

Otro punto de partida será la crítica a la intención de establecer todo un


entramado teórico sobre la cuestión gay/lesbiana “que pretenden legitimar y
domesticar los estudios sobre homosexualidad/lesbianismo de modo que puedan
entrar en el ámbito académico”. Se parte, pues, de una crítica a la separación
impermeable entre teoría y práctica, entre teoría y política. Butler se acerca aquí a
posturas cercanas a filósofos políticos como Roberto Espósito, que reivindican
fuertemente el carácter profundamente político de toda teoría, de toda filosofía. La
defensa de Butler al carácter práctico de la teoría viene por el hecho de que son los
propios discursos las que dan posibilidad a la existencia de la resistencia, de la ruptura
con el mismo. Así, todo trabajo de pensamiento sobre la cuestión gay/lesbiana se
encuentra vivamente enredado con la práctica de la misma.

Sobre la cuestión de la identidad, Butler resalta sobre todo el carácter inestable


de la misma. La identidad es un lugar de opacidad y reconocimiento. Lejos de la idea
moderna de la identidad monolítica, constante y fuerte, Butler defiende la idea de una
identidad, en palabras de la profesora Elvira Burgos, “siempre en proceso, inacabada;
identidad que se sabe a sí misma conformada en la pluralidad, en la interdependencia,
necesitada desde el comienzo de las otras y los otros; identidad que afirma el valor de
la autocrítica, y de la crítica, y que mueve su deseo hacia un lugar distanciado del
deseo regulado por la constrictiva y opresiva ley del pensamiento heterosexual”
(“Transdeseante: la aventura de la identidad”).
Volviendo a la opacidad de la identidad, la transparencia total desaparece en el
momento en el que el inconsciente entra en juego, puesto que, junto al hecho
lingüístico de la revelación de la sexualidad, siempre hay algo oculto a la consciencia,
la exclusión del hecho revelador que se pretende claro y transparente, “si el yo puede
determinarse a sí mismo, lo que se excluye para poder llevar a cabo esa determinación
forma parte de la determinación misma” (Butler, p. 89). Vemos, pues, que el yo que se
cree determinado por una identidad totalizada, en realidad desborda dicha
determinación al formar parte de la propia identidad lo que se encuentra fuera de la
totalización, un espacio de opacidad que constituye una parte fundamental dentro de
la identidad. Esto pasa precisamente con el discurso del “salir del armario”, ya que “si
proclamo que soy lesbiana, salgo de un armario sólo para crear otro nuevo y diferente.
El tú al que salgo da acceso a una región de opacidad distinta”. Esta región de
opacidad se encuentra en el hecho de que, para ser un “afuera” debe mantener
siempre el “adentro”, aunque sea no consciente. Sin embargo, Butler no defiende
acabar con los términos de gay o lesbiana, sino que el problema reside en el hecho de
que hay que mantener categorías excluyentes, una “categoría que sólo puede
mantener su especificidad y coherencia negándose a admitir otra serie de cosas”. El
problema es entender el lesbianismo como la negación de elementos de
entrecruzamiento identificatorios y prácticos. Por el contrario, se plantea la posibilidad
de que el propio lesbianismo se encuentre constituido por la propia matriz
heterosexual a la que se resiste, que se encuentre dentro de dicho discurso. Así, “las
construcciones negativas del lesbianismo como falsificación o mala copia pueden ser
utilizadas y readaptadas para poner en tela de juicio las pretensiones de prioridad de la
heterosexualidad”, para “enfrentar la construcción homofóbica de la mala copia con el
marco que privilegia la heterosexualidad como origen” (P. 92).

A continuación, explicará cómo la identidad, en este caso la sexual, se construye,


no por una elección libre y limpia, sino por un juego de repetición de la representación,
por un ejercicio de performatividad. El yo es repetición y no hay nada antes de esta
repetición. No existe una elección sexual al margen del género y la sexualidad. El
proceso de construcción de la identidad es, pues, una performance inestable y
constante ya que la repetición nunca es perfecta, nunca es fija, sino que existen
variaciones que hacen que el “yo soy yo” implique ya movimiento al no haber completa
fidelidad en la copia. Así, “la repetición, y su fracaso, produce una cadena de
actuaciones que constituyen y ponen en tela de juicio la coherencia de este yo” (P. 94),
la performatividad, “el hacer género, la acción de género”, dice Elvira Burgos. Mas la
cuestión no está en “volver al silencio o a la invisibilidad, sin, por el contrario, hacer
uso de una categoría que pueda cuestionarse, que dé cuenta de lo que excluye”, y de
esta manera la identidad se construye sobre el cuestionamiento y la revisión.
Sin embargo, ahora nos encontramos con un problema distinto ¿cómo hacer
aparecer la identidad lesbiana cuando ésta queda fuera del campo de inteligibilidad de
la matriz de pensamiento dominante? La lesbiana no es explícitamente prohibida por el
discurso hegemónico, y este es el problema, ya que ser prohibida explícitamente da,
por lo menos, una posibilidad de articular una resistencia, puesto que la prohibición
implica reconocimiento; pero la exclusión del discurso, la negación del espacio de
existencia es la peor forma de opresión: la opresión por abyección, la humillación de la
incapacidad de ser nombrados.

A continuación, el ensayo de Butler deriva hacia la cuestión sobre la idea de la


homosexualidad como vaga copia de un original heterosexual. “La heterosexualidad
forzosa –dice la autora- se presenta como lo original, lo verdadero, lo auténtico; la
norma que determina lo real implica que ser lesbiana es siempre una especie de
imitación, un vano esfuerzo por participar en la fantasmática plenitud de una
heterosexualidad naturalizada que siempre estará condenada al fracaso” (P. 97). Mas
esta naturalización de un género se da mediante la repetición de la imitación, una
imitación basada en un ideal que está producido por la propia imitación. No hay copia
de original puesto que no existe el original, existe únicamente la naturalización de la
copia como “efecto y consecuencia de la imitación misma”. El entramado original/copia
se vuelve inestable cuando se da esta imposibilidad de fijar un orden temporal entre
ambos elementos: el original precede a la copia, pero la copia, la homosexualidad en
cuanto copia, precede a la heterosexualidad al no existir la idea de heterosexualidad
originaria sin la idea de homosexualidad como copia. Por lo tanto, al hablar de la
homosexualidad como copia, no estamos hablando de una copia determinada por el
original, sino que hablamos de “imitaciones invertidas, imitaciones que invierten el
orden de imitado e imitación, y que, en ese proceso, exponen la fundamental
dependencia del origen de lo que éste pretende producir como un efecto secundario”
(P. 99). La heterosexualidad está inmersa en un proceso de auto-imitación permanente
que siempre fracasa y que, ante el peligro de quedar incumplida puede llevar a la
subversión de las reglas de género. El papel de la imitación homosexual es la de poner
en relieve la producción aterrada de la heterosexualidad de su propia idea por la
imitación, una heterosexualidad que en su propio miedo revela la fragilidad del ideal de
naturalidad sobre el que se encuentra. Como ya hemos dicho, el fracaso de la imitación
crea una brecha en los patrones culturales que puede servir para realizar una ruptura
con las normas de género. Sin embargo, las normas no son fáciles de romper, ya que
hay que hacer frente a la repulsión y exclusión que la matriz heterosexual realiza con
los que se escapan de sus esquemas.
Ahora bien, toda esta cuestión sobre las actuaciones y la repetición de imitaciones
no implica la existencia de un sujeto con una voluntad férrea capaz de elegir siempre
las actuaciones que lleva a cabo respecto al sexo o al género, Butler incluso llega a
decir que “la misma posibilidad de convertirse en sujeto viable exige que exista ya
subyacente una cierta imitación de género” (P. 101). Esta noción está profundamente
unida a la noción de performatividad, ya que es el género, con su producción
reiterativa e interminable la que produce al sujeto. “No hay actor cuya existencia
preceda a lo actuado”. Los errores en los que caen gran parte de las pensadoras
feministas, además de demás voces que han pensado el tema, es el de creer en una
existencia psíquica anterior a la elección de sexualidad y género. En ellos se da un
sujeto anterior al género que es el que elije. Sin embargo, Butler nos enseña que no es
así, no hay un ligar neutro acultural; como dice Mª Luisa Femenías “saltamos de una
cultura a la otra, pero no a ninguna, no a un lugar de privilegio desde donde se pueda
ver sin ningún condicionamiento, sin cultura o mediatización alguna” (“Aproximación al
pensamiento de Judith Butler”, 2003). Nunca hay elección no empapada de la vivencia
en un género determinado, la elección se da en un momento donde el cuerpo y la
psique ya se encuentran socializados en unos determinados marcos, poseen una
determinadas “marcas”. Estas marcas no tienen por qué ser necesariamente
conscientes, y aquí se halla lo importante: existe un exceso de lo psíquico, una psique
que se escapa de lo meramente consciente, por lo que ya es imposible hablar de sujeto
volitivo. Además, como dice la autora, “Es tal exceso lo que se manifiesta en los
intervalos de esos gestos y actos repetidos que construyen la aparente uniformidad de
las posiciones heterosexuales, lo que impone la repetición misma, y lo que garantiza su
perpetuo fracaso. En este sentido, es también ese exceso lo que incluye implícitamente
la homosexualidad, esa perpetua amenaza de ruptura reprimida por medio de una
reforzada repetición de lo mismo, dentro de la economía heterosexual” (P. 102). La
existencia de la repetición es lo que demuestra la precariedad de la heterosexualidad
como original y el peligro que existe permanente ante el riesgo del fracaso de la
repetición, un fracaso que siempre se da, puesto que es imposible lograr crear una
identidad completa.
Para entender el exceso psíquico y la posibilidad de subversión de los regímenes
dominantes, Butler hace hincapié en la incapacidad de encerrar la sexualidad en una
narrativización definitiva. La realidad es mucho más rica que un mapa fijo y cerrado de
sexualidades. “No hay relaciones directas, de expresión o causalidad, entre sexo,
género, presentación de género, práctica sexual, fantasía y sexualidad”, dice la autora,
siempre hay influencia de los núcleos de opacidad en las prácticas y las consciencias
de los sujetos. El sujeto no es completamente dueño de lo que piensa, hace, siente o
cree ser, y este desconocimiento forma parte activa en cada una de las inclinaciones,
tendencias y elecciones que tomamos.

A continuación, Butler se aproxima a las cuestiones sobre deseo e identificación


en las teorías psicoanalíticas. Tradicionalmente, Freud estipuló una relación entre el
deseo y la identificación que mantenía los objetos de dichas prácticas respectivamente
cruzados: una sexualidad sana tenía que presentar, en la mujer, deseo hacia el varón
junto con la identificación hacia la madre; y en el hombre, identificación con el padre
junto a deseo por la mujer. Otra dirección en los deseos o en la identificación suponía
patología. Tanto querer “poseer” como querer “ser” se dibujan así como las bases de la
psique humana. Sin embargo, Butler se centrará sobre todo en el carácter mimético de
la práctica identificatoria. Defiende, junto a pensadores como Mikkel Borch-jakobsen y
Ruth Leys, que “la identificación, y especialmente el mimetismo identificatorio, precede
a la Identidad y la constituye como aquello que es fundamentalmente otro para sí
mismo” (P. 105). Esto le da pie para afirmar que la distinción tradicional yo/Otro no es
algo externo, sino que resulta ser profundamente interior, muy presente en la
constitución de la propia identidad. “El yo es desde el principio radicalmente
inseparable del Otro”. Así, los Otros terminan siendo una parte constitutiva del yo, una
parte con muchísima importancia. El yo es inseparable de los Otros, aquellas personas
que se han amado y se han perdido y que, por la propia pérdida (en esto sigue las
ideas de Freud en “Duelo y melancolía”), se terminan incorporando en la propia psique.
Aquí vemos que los conceptos de “duelo” y “melancolía” tienen bastante presencia en
los planteamientos de Butler. La melancolía hace referencia a aquel malestar por la
pérdida, una pérdida no reconocida, prohibida por la propia psique y por lo tanto
ilegible, y consecuentemente de la cual se desconoce la procedencia. El duelo, en
cambio, es aquella pérdida sí reconocida, y por lo tanto articulable y como
consecuencia, capaz de ser superada. Para Butler, toda identidad guarda una carga
melancólica, por lo que toda identidad es malestar, por la perturbación de la melancolía
insuperable.
Volviendo a la cuestión del género, Butler defiende una idea del género como
actuación que pretende disfrazarse como expresión fiel de un sexo natural, esencial e
interior. Sin embargo, dicha naturalidad no existe de forma biológica. El género y el
sexo se presentan como necesidades internas, psíquicas o físicas, pero se encuentran
lejos de serlo. El proceso por el que se muestra por imitación y repetición (fallidas
ambas) el cuerpo, el sexo y el género, es la que constituye precisamente la psique. La
identidad no está en el cuerpo, está en el proceso que éste realiza para mostrarse.
Como ya hemos dicho, la imitación está marcada por el fracaso, un fracaso que
promueve la repetición de la misma y genera la variación de la identidad, y por lo tanto
la posibilidad de ruptura.
Tradicionalmente se ha interpretado la cuestión del sexo mediante un esquema
que parte siempre de un sexo natural que condiciona la aparición, primero del género,
y más adelante de la sexualidad. Sin embargo, Butler plantea una inversión de dicho
esquema. Defiende que la base fundamental del esquema sea un régimen de
sexualidad determinado (en nuestra sociedad, el régimen heterosexual) y será este el
que “determina una representación compulsiva del sexo, (y) sólo a través de esa
actuación se hacen totalmente inteligibles el sistema binario del género y el sistema
binario del sexo” (P. 109). No obstante resta la manera de descubrir todo este
entramado que se pretende natural, causal, biológico, único, verdadero sea
descubierto como invenciones producidas retrospectiva y performativamente. La
cuestión no está cerrada, pero Butler plantea que “quizás se consiga esto dirigiendo la
sexualidad contra la identidad, e incluso contra el género, y permitiendo que lo que se
muestra totalmente en ninguna representación siga manteniendo su promesa de
ruptura”.