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JULIA LUZÁN 07/11/2010

Flores exóticas, Humildes. Árboles frondosos. Nenúfares. Un recorrido insólito, en el museo ThyssenBornemisza, por los jardines a través de los cuadros de los grandes pintores impresionistas. En mangas de camisa, las manos negras de tierra, el rostro tostado por el sol, feliz de cultivar semillas en su jardín deslumbrante de flores...". De esta guisa describía el periodista Mirbeau a Claude Monet (1840-1926) trabajando en su casa de Giverny, en Normandía. Como un campesino. Se dejó fotografiar con un deshilachado sombrero de paja, ropa de trabajo y zuecos de madera en su paraíso, lo que él llamaba "mi obra de arte más bella", el lugar donde puso en práctica el "oficio de jardinero que aprendí en mi juventud". Anémonas, amapolas, campanillas, petunias, girasoles, clemátides, trompetillas, iris, gladiolos, gencianas, rosas, geranios, tulipanes, lavanda... Claude Monet tenía buena mano no solo para la pintura, también para las flores. Lo demostró en su finca en Giverny, el santuario donde levantó un jardín japonés -"una pieza de agua, de unos 200 metros de perímetro, alimentada por un afluente del Epte"-, el lienzo para los nenúfares, los protagonistas de sus últimos grandes óleos. Llevó hasta sus últimas consecuencias la regla de oro de los impresionistas: pintar al aire libre". Y qué mejor sensación que cavar la tierra, plantar unas semillas y aguardar su floración. El nacimiento del impresionismo coincidió con el auge de la jardinería, gracias a la apertura a los ciudadanos de los grandes jardines de la monarquía de Francia. La idea de que las flores debían cultivarse en un jardín, separadas de las hortalizas, no fue un hecho hasta los años del impresionismo. En las villas de la aristocracia romana, toscana y veneciana a principios del Renacimiento se cultivaban flores, sin embargo, en Francia, antes de mediados del siglo XIX, prácticamente solo se les reservaba un lugar propio en los jardines reales como el de Versalles. La urbanización del nuevo París, llevada a cabo por el barón Haussmann, llenó la ciudad de parques y jardines públicos en los que reinaban las flores. Manet, Monet, Pissarro, Renoir, Caillebotte o Berthe Morisot amaban los jardines, crearlos, cuidarlos y mimarlos. Intercambiaban consejos y suspiraban de envidia al contemplar las bellas rosas que lograba Mary Cassat (1844-1926), la norteamericana que se hizo impresionista en París. Incluso, Dégas propuso como emblema de los carteles para la primera exposición de los impresionistas, en 1874, en París, la capuchina, esa flor con tallos tiernos y retorcidos que ahuyenta las plagas de insectos y de la que entonces se creía que sus pétalos contenían fósforo y, por tanto, que emitían luz. La idea no cuajó. Dos de los artistas más admirados por los impresionistas, Delacroix y Courbet, experimentaron antes que ellos la pintura de flores. Pero fue el jardín propio, el que cambiaba según las estaciones, la mejor opción para unos artistas atraídos por la experiencia personal y la impresión fugaz. Derrocharon paciencia para pintar los primeros brotes de un arbusto o la caída de las hojas de los árboles. Y se angustiaban por los resultados. "He recibido su envío de plantas, pero temo que no prendan, de lo seco que está todo y del calor que hace aquí. Está siendo un año desastroso para mi pobre jardín, porque además de la sequía tengo gusanos blancos que me devoran todo", escribía Claude Monet a Gustave Caillebotte. Pero ¿tanta pasión fue una moda o un sentimiento? Clare Willsdon, comisaria de la exposición en el Museo Thyssen de Madrid sobre los jardines impresionistas y autora del libro In the gardens of impresionism (Thames & Hudson), proporciona algunas claves para entenderlos. "En el siglo XIX, el jardín propio se convirtió en un motivo artístico, en lugar de limitarse a servir de decorado como en el arte medieval y renacentista. Mientras que el jardín paisajístico del siglo XVIII y principios del XIX está intencionadamente modelado, con el impresionismo los jardines se convierten en motivo de inspiración artística y, tal como concibe Monet su jardín de Giverny, en un equivalente del arte" . Lejos de los cuidados parterres de siglos atrás, los nuevos tiempos asentaron el gusto por los jardines irregulares, más cercanos al huerto que a la decoración. Todos deseaban una casa con un trozo de tierra en las afueras de ciudades como París. El escritor Guy de Maupassant, amigo de Monet y de Renoir, se burlaba del interés de los impresionistas por "el cultivo de cuatro plantas de violeta, tres pensamientos y un rosal", la concentración en un pequeño espacio de toda una gama de colores y perfumes era una intensa experiencia

para los artistas. Clare Willsdon señala cómo "los jardines de artistas y los parques públicos alcanzaron su máxima sofisticación en la era del impresionismo. No hay más que fijarse en la obra de Manet Almuerzo en la hierba, en la que los personajes del cuadro aparecen retratados en plena naturaleza como si estuvieran en un lugar privado". Fue sin duda con bodegones florales con los que Renoir y Monet y Bazille afinaron sus pinceles, disfrutando de la libertad que los ramos les proporcionaban para lograr bellos efectos de luz y color, tal y como decía Monet: "Creo que las flores son algo estupendo de pintar". Renoir llegaba más lejos, "pintar flores me relaja. No tengo la misma tensión que cuando estoy cara a cara con un modelo. Cuando pinto flores, empleo distintos colores y ensayo audazmente sus efectos, sin preocuparme de estropear el lienzo". En mayor o menor medida, casi todos los impresionistas se dejaron tentar por cultivar un jardín. Aparte de Camille Pissarro, un verdadero adicto, pasando por Monet, que hizo de Giverny su más bella obra de arte, también Renoir lo intentó. Dejó el centro de París y se trasladó a una casita con jardín, impulsado quizá por sus recuerdos infantiles: "Las calles eran estrechas; el arroyo que corría por en medio no siempre olía muy bien, pero detrás de cada casa había un jardín. Un montón de gente todavía sabía lo que era disfrutar de una lechuga cortada justo antes de comértela". Como buen converso, se exaltaba, "Dadme un manzano en un jardín de los suburbios; ¡Con eso me bastaría! ¡No necesito para nada las cataratas del Niágara!". Los invernaderos habían logrado el milagro de que las plantas no se murieran en invierno. Eso, unido a la invención de una especie de caja con vidrio para transportar nuevas especies de lejanos países, abrió un campo inesperado al cultivo de flores exóticas. En París, los jardines de aclimatación donde se desarrollaban todo tipo de plantas se convirtieron en una atracción que congregaba todo tipo de visitantes. Los jardines despertaban emociones tan intensas como la expresada por un crítico francés al visitar el jardín del pintor Caillebotte, al poco de la muerte del artista: "A lo largo de los arriates de flores, en los claros del bosque minúsculo, en los intersticios de las piedras que forman un pedestal rocoso para el invernadero, por todas partes, la vegetación despliega sus yemas, las florecillas brillan como ojos infantiles, los brotes vivaces perforan la tierra. Todo este pequeño mundo vegetal etiquetado, mimado, adorado por Caillebotte, ha acudido puntual a la cita. 'Veréis mi jardín en primavera', les decía a sus amigos en la última cena de los impresionistas". Monet citó aquellas mismas palabras de su colega Caillebotte tras recibir unos bulbos de azucena de Japón 15 días antes de su muerte, en 1926. "Florecerán en primavera", dijo. El epílogo a aquella etapa hortocultícola lo puso Monet en 1909, con la exposición de su serie de Nenúfares en París. Años más tarde, decidió regalar al Estado francés varios paneles con sus Nympheas para conmemorar la victoria de Francia en la I Guerra Mundial. Instalados de forma permanente en la Orangerie de París, son el legado de su jardín y del impresionismo. Él lo decía de forma más modesta: "Tal vez le deba a las flores el haber sido pintor".
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