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EL VOCERO

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Túmbame la pajita
Rodolfo Popelnik, Ph.D.
Catedrático UPR
Escuela de Comunicación

Una cuota indefinida e indeterminada hacia el futuro es el


subterfugio para destruir el modelo de educación pública
que tanto bien le ha hecho a nuestro país, y que ha servido
como motor para la movilidad social de muchos, quienes
sin ella, nunca hubieran podido llegar a ser lo que soñaron.

El “túmbame la pajita”, ese reto infantil que todos conocemos, parece ser el norte de un
conflicto que no termina en la UPR. Aún admitiendo excesos inaceptables de unos pocos
estudiantes, tenemos que reconocer que lo que tiene a la universidad en jaque es la
incapacidad de una mayoría de la Junta de Síndicos para cumplir con su deber
ministerial. Se habla de la Middle States. Mucho cuidado, que la licencia y acreditación
primaria la otorga el Consejo de Educación Superior. Sí, ese que se ha intentado
desmantelar por el gobierno de turno, pero que aún opera con gente muy comprometida
con lo que debe ser una institución de educación superior. Sin esa licencia, la Middle
States está incapacitada de evaluar y acreditar. Contrario a lo expresado por el
gobernador Fortuño, si la universidad se pierde, es por la formidable incompetencia de la
Junta y de gran parte del equipo gerencial que dirige la Institución.

La propia Junta de Síndicos estableció mediante la Certificación Núm. 14 (2001-2002)


que su función no es interpretable como un mandato legislativo para que se involucre en
pormenores administrativos en detrimento de los intereses académicos de la Institución.
El asunto es que la Junta de Síndicos no atiende su responsabilidad expresa según
consigna la Ley, mientras se excede en atender lo que no le corresponde.

¿Por qué no procurar la estabilidad financiera de la institución reclamando y cabildeando


para obtener la devolución de partidas millonarias que se le han quitado mediante
exclusiones legislativas? ¿Por qué no exige que se le pague a la universidad las sumas—
también millonarias—que se le deben a la institución por servicios prestados y que
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contribuyen a la peor crisis de su historia? ¿Cómo es que no le reclama a un presidente


incompetente por su dejadez para atender la invitación que se le hace desde la Comisión
de Hacienda de la Cámara de Representantes, precisamente para discutir la grave
situación fiscal de la universidad, desde hace meses? ¿Desde cuando su autoridad
justifica el despreciar múltiples salidas a esta crisis que la propia comunidad universitaria
ha sugerido por mucho tiempo, y que atenderían nuestros problemas con la sensibilidad
requerida? ¿Qué agenda define su gestión? ¿Se trata sencillamente de una gran
incapacidad administrativa como señala el tan citado informe de la Middle States? Estas
son preguntas legítimas que no se le contestan a los universitarios. Tampoco al País. En
el mundo corporativo, las ejecutorias tan fallidas del presidente José Ramón de la Torre
hubiesen conllevado un despido fulminante, y las torpezas de la propia Junta y su
presidenta hubiesen bastado—hace rato—para reclamar sus renuncias.

Confrontados con su propia ineptitud, improvisan con imponer una cuota que no satisface
el requisito de la Middle States que para el 1 de marzo próximo requiere un plan de
suficiencia económica de 5 años. No hubo estudio; tampoco consulta con los peritos que
tiene el propio sistema universitario. La mal llamada cuota de estabilización fiscal no
garantiza tope o extensión de tiempo, lo que la convierte en una “píldora venenosa” que
acabaría con el proyecto universitario público. Con la cuota se promueve un modelo
educativo que hoy, en un mundo cada vez más empobrecido, eliminaría—por asfixie—el
único espacio educativo comprometido con el país, el único que es capaz de aumentar la
productividad nacional en todos los ámbitos. Noventa y ocho porciento (98%) de la
investigación en Puerto Rico sucede en la UPR. De ahí sale gran parte de nuestra clase
profesional, incluyendo los profesores que enseñan en el sistema universitario privado.

La cuota encarecería la educación más allá de la capacidad de pago del estudiante


promedio en Puerto Rico. La Junta de Síndicos lo sabe. Los cálculos de la cuota toman
como base 50,000 estudiantes, una reducción de cerca de 13,000 estudiantes actualmente.
El patrón es claro. En el 2001 teníamos unos 74,000 estudiantes. El aumento escalonado
en el costo de la matrícula del año 2005 se encargó de reducir este número. Para el 2006
la matrícula descendió a unos 66,000 estudiantes. Ahora, si se impone la cuota,
habremos perdido 24,000 estudiantes en una década. Hablemos claro: Una cuota
indefinida e indeterminada hacia el futuro es el subterfugio para destruir el modelo de
educación pública que tanto bien le ha hecho a nuestro país, y que ha servido como motor
para la movilidad social de muchos, quienes sin ella, nunca hubieran podido llegar a ser
lo que soñaron.

A lo que responde la cuota es a un modelo económico que se impuso por el gobierno


republicano de Ronald Reagan y que también se implantó en la Inglaterra de Margaret
Thatcher. Sabemos lo que significó para el sistema público en California. Su cuota ya se
acerca a los $12,000 anuales. La historia se repite hoy con alarmante frecuencia en otros
lugares. Se cierran programas y departamentos porque no son rentables. Los costos de la
educación pública suben a niveles insospechados hace solo unos años y que están muy
por encima del alza general en el costo de vida. Fortuño argumenta que la educación es
un gasto. Nadie en su sano juicio puede aceptar esa premisa. Y es ahí donde reside el
problema: en una visión torpemente mercantilista de la educación.
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Dejemos las excusas, los epítetos y las mentiras del discurso oficial. Hay soluciones. Lo
que falta es voluntad. La educación pública es la mejor inversión que un país hace en su
futuro. Las protestas a nivel mundial, desde California a Roma, hablan por si solas.
Puerto Rico no puede ser la excepción.

Aquellos que recuerden el “túmbame la pajita” de la escuela elemental, saben que lo que
comienza como un amague, termina muy mal. La Junta de Síndicos no quiere eliminar la
cuota porque sus planes son otros. Que le hablen claro al País al que la Universidad
pertenece. Y si no quieren hablar, que hagan un referéndum. El que calla otorga.
Vayamos a un debate público la Junta de Síndicos y los académicos. Estoy seguro que si
de argumentos—y no de fuerza bruta—se trata, esa la ganamos los universitarios.