reportaje

COLOMBIA Tierra querida
[Texto: Johari Gautier Carmona]

Existen lugares lejanos que suenan en nuestras mentes como a lugares exóticos, calurosos y diferentes, pero que no toman forma hasta pisar su suelo, hasta sentir su aire y conocer a su gente. La ciudad de Valledupar, en Colombia, es uno de esos lugares deslumbrantes y magníficos que, pese a todos los cuentos que puedan existir, todos los mitos y relatos, resulta difícil de entender y describir. Sus propios habitantes la presentan como un lugar extremadamente distinto al resto del mundo, al macondo de Gabriel García Márquez. Un mundo aparte en el que la música vive dentro de cada uno y cada uno comparte su música. Una ciudad costeña sin mar pero con un río tan poderoso que arrolla a cualquier visitante por su magnetismo. Una ciudad sin mapas con una urbanización parecida a las calles de las urbes norteamericanas o del Eixample de Barcelona. Este es el punto de partida para el informe de Colombia que tenemos el gusto de presentarles.
Llegada a Valledupar
Todos estos eslóganes y afirmaciones se me presentan a la vista nada más llegar al aeropuerto de Valledupar, después de horas y horas de vuelo, cuando, saliendo de la zona de embarque, me abraza un soplo de aire cálido y pesado que me deja medio inconsciente. Esto es el Caribe acogedor que, desde el principio me pone las cosas bien claras: aquí no hay medias medidas.Todo esto se confirma con los saludos de mis anfitriones, quienes, desde el otro lado de la sala, cuando todavía estoy recogiendo las maletas, me saludan con ardor y espontaneidad. Ellos me preguntan por mi viaje, se inquietan por lo que he comido, lo que no he comido y, sin perder tiempo, me conducen a sus “carros” (vehículos) con un paso apresurado porque allí está el tan apreciado aire acondicionado. En aquel momento es cuando se deslían las lenguas, cuando las preguntas fluyen, pero antes de todo, antes de arrancar el motor del coche y de ir directamente a casa, es preciso encender el radio y escuchar la última música que emiten las ondas. La pasión por el vallenato, esa música que canta a la tierra y a la vida, es inevitable. exponer sus ideas políticas con claridad. Es una cruda realidad colombiana y quizás por eso la identificación con las bandas musicales sea tan fuerte.

El festival de la leyenda valletana
El paroxismo de la pasión por el vallenato transcurre durante la última semana del mes de abril de cada año, que es cuando acontece el Festival de la leyenda vallenata. Un festival reconocido a nivel nacional. Un momento de fervor para el cual toda la población se prepara escrupulosamente y al que acuden grandes personalidades de todo el país y del extranjero. Unas semanas antes, las tiendas desvelan sus maravillosos escaparates y los jóvenes ensayan los pasos del desfile en la escuela. Más que un simple festival, se trata de un auténtico carnaval de colores y de sentimientos. El evento del año.

Pasión por el vallenato
Desentrañando ese amor por el vallenato que inunda cada calle, cada esquina y cada casa, que invade los carros y la orilla del río, uno termina dándose cuenta de que esa pasión no sólo se define con disfrutar de sus lindos ritmos, de sus melodías encendidas y embriagadoras.Tampoco se resume con abrazar uno de los instrumentos que lo componen, el acordeón, la guacharaca o la caja, para expresar unos sentimientos tan variados como la congoja, el amor, la alegría, la nostalgia y muchos más. El vallenato es un profundo y arraigado símbolo de pertenencia. Un modo de vida. Una muestra de autenticidad y de filosofía existencial. Más tarde, en mis conversaciones con mis animados anfitriones, entiendo también que los amantes del vallenato suelen pronunciarse por un cantante en concreto, como si de un equipo de fútbol se tratara, y se dividen en pequeñas facciones que abrazan los refranes del ídolo con efervescencia. Unos se dicen peteristas aludiendo al combo de Peter Manjares y otros se definen como silvestristas en referencia al otro gran cantante Silvestre Dangond, pero también existen los que no se deciden y los que adoran a los dos. Todo existe en la viña del señor. En todo caso, los encuentros entre bandos distintos no llegan nunca a las manos y simplemente se limitan al cruce de versos populares o refranes glorificados por las radios que reproducen sus temas hasta la saciedad. Al final, están todos unidos por la música. Además, siempre existe una figura suprema, algún artista veterano como Diomedes Díaz o Jorge Oñate que sirven de punto de reconciliación. Ellos son la referencia del vallenato, son los padrinos que vigilan a las nuevas generaciones así como el insigne embajador Carlos Vives que, años atrás, fue acusado de extraviar el vallenato con mezclas inoportunas. También es verdad que resulta mucho más fácil hablar en público del bando musical al que uno pertenece que

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Llego al evento tan esperado con un aire levemente desfasado, imaginándome un simple desfile con disfraces o una fiestecita al estilo europeo, pero lo que aparece ante mis ojos es uno de los mayores desfiles que he visto en mi corta existencia. ¡Una vaina enorme! (como dirían algunos de mis compadres del Valle). Pura fiesta caribeña. Alegría al estilo antillano como también se observan en las islas menores del caribe y en la isla de Cuba. Las mujeres (o las piloneras, así es como los lugareños las llaman), todas bellísimas, vestidas de atuendos tradicionales, se pasean por las avenidas de la ciudad, seguidas de unos hombres que las persiguen con el “pilón” (un instrumento de trabajo que se utilizaba antaño para moler el maíz) recreando un baile folclórico y espectacular. La música termina contagiándome los pies y la poca vergüenza que me queda desaparece con el whisky tan característico de la zona: el Old Parr. Ésta es la bebida que me tienden felizmente mis anfitriones para arrancarme de mis cimientos y obligarme a abrazar unas festividades que empiezan de la mejor forma. El festival se caracteriza también por los interminables y multitudinarios concursos de acordeonistas y cantantes que compiten por un reconocimiento a gran escala o un simple triunfo puntual. Existen muchísimas categorías. Cada Allí es donde se encuentra la gente para saborear una cerveza o un buen sancocho (plato típico), bañarse y escuchar a los que han decidido cantar su amor por la vida.

A

Un carro y un sombrero volteao
El carro es, por así decirlo, el elemento básico de la vida vallenata. Así como podrían serlo unos buenos zapatos o una bicicleta en Europa. El coche no sólo sirve para dar una primera vuelta a la ciudad y descubrir los lugares de moda, sino también para luchar contra el extremo calor, ponerse al día con todas las últimas bandas de Vallenato que alegran el día a día, con sus acordeones y percusiones, y finalmente mostrar que uno está ahí presente. Más voluminoso es el coche y mejor es el paseo, esto es una ecuación lógica, pero también es importante cuidar el equipo de música porque, si este último tiene la potencia suficiente para animar una parte de la orilla del río Guatapurí, es perfecto. Además, el carro es un lugar en el que se socializa, en el que se habla de la familia y de los últimos chismes advenidos en la esquina. Una vida sin carro es impensable, pero no imposible. Tardo en entender los motivos del amor al carro, por eso, con otro compañero que ha emprendido el viaje conmigo, decidimos arriesgarnos y pasear por la ciudad andando. ¡Sí, andando! Como suelen hacerlo los turistas más ilusos de nuestras tierras. Al anunciar mi salida, noto la mirada irónica y algo burlesca de mis anfitriones: «¿De verdad? ¿No prefieres ir en carro? Estás loco, compadre». Pero me obstino, soy bastante tozudo para estas cosas, un país se visita a pie (pero ellos no me entienden) y enseguida, mi amigo y yo salimos de la casa para disfrutar de un paseo. El resplandor del día nos deslumbra y nuestra sensación de libertad, al principio muy intensa, se va difuminando progresivamente al darnos cuenta de lo inaguantable que es el calor. Es un calor del carajo, como dicen aquí, más pesado que en Barcelona o cualquier otro sitio de la costa mediterránea. Ahora entiendo la necesidad de un buen carro o también el uso del sombrero volteao (ese sombrero de paja tan simbólico de la costa colombiana y elaborado a mano por los indígenas), pero es demasiado tarde: ya estamos en el centro de Valledupar y nuestro único consuelo, ¡pero qué consuelo tan rico!, son las dulces patillas (enormes sandías), los cocos descomunales o los mangos que se venden por la calle para refrescarse. Y qué gusto. El coco y la patilla son, sin duda, más refrescantes y mucho más saludables que un helado. En aquel preciso momento, me doy cuenta de lo fértiles que son las tierras colombianas y de lo bien que se come. Y todo eso al ritmo del vallenato que ya circula por mis venas e inunda mis pulmones (aunque todo haya sido un proceso involuntario).

Una ciudad sin mapa en la tierra del mestizaje
una de ellas puede ser el motivo de un encuentro familiar y de la organización de un gran evento. En esos concursos, destaca el talento de todos los músicos, los acordeonistas y los percusionistas, que enardecen las masas y se transforman en el foco de todos los elogios. Ante tanta adulación y tantas exclamaciones de euforia (¡Ay hombre!), muchos se ven atrapados en exhibiciones extravagantes como el hecho de tocar el acordeón con los pies o la boca. Qué placer experimenta el amante de la música al ver cómo el río Guatapurí se llena de pachangueros amantes de la bebida y de las bellas mujeres. Tras esa tentativa de exploración, me animo a conocer más a fondo la ciudad, porque todo parece tan grande, tan enormemente distinto que no puedo pararme aquí. Decido buscar un mapa. Sí, un mapa para ubicarme y saber adónde voy. Cuando se lo pregunto a un conocido, me contesta con una mirada extraña: ¿Pa´ qué quieres tú un mapa? Entiendo que los mapas no abundan en esta zona del mundo, que la gente tiene una capacidad de orientación superior a la mía, o simplemente que me está tomando por un pendejo (idiota). Por eso, no insisto y me dirijo a uno de mis anfitriones para preguntarle si realmente existe un mapa de esta ciudad. ¿Un qué? ¿Un mapa de Valledupar? La respuesta es un «sí» claro y altisonante pero, luego, mi interlocutor añade que nadie lo ha visto. Sólo sabe que existe. Entonces que me digan a mí lo que significa esta respuesta. ¿El mapa existe o no existe? Doy por perdido el asunto del mapa y con ilusión me lanzo en una visita de la ciudad a solas. Al final, ese paseo acaba siendo todo lo contrario porque, después de una veintena de minutos, me doy cuenta que todo el mundo me conoce. Y eso es lo más impresionante del Valle: todo el mundo te reconoce, aunque lleves poco más de una semana. La gente me mira, me sonríe y hasta me pregunta si ando perdido. La sensación de ser el último gringo en Colombia es inevitable pero me lo tomo todo con simpatía. Al final, lo que quiero es interacción y eso es lo maravilloso del Valle y de Colombia en general: uno puede ir adonde sea, termina conversando e intercambiando anécdotas interesantísimas con gente desconocida. Tomándome el sexto tintico (café) del día aprendo a disfrutar de la increíble mezcla de este país. Evidentemente, la mezcla no sólo es aromática y no tiene que ver únicamente con el café. Todos los colores se ven reflejados en las pieles de sus habitantes y eso me alegra porque yo también soy hijo del mestizaje. Sin embargo, el mestizaje de aquí es intrigante, fino y deslumbrante. Quizás el más bonito que haya llegado a conocer. Es tan penetrante y tan sutil que cuesta definirlo y ésa es, sin duda, su gran belleza. La historia ha llevado al negro, blanco europeo, indígena, zambo, mulato ha mezclarse hasta crear un ser puramente colombiano que sonríe y se expresa con grandilocuencia,

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que mezcla la expresividad africana con otros legados de la Europa clasista y, ante ese espectáculo, me deleito. El tintico se me ha enfriado de tanto observar el rostro precioso de esa mujer que me ha atendido y escuchar el tono tan melifluo de su voz, pero da igual me tomaré otro tintico un poquito más lejos, cerca del río Guatapurí. Quizás me ponga a cantar vallenatos. Ya lo tengo en la sangre. El viaje a Cartagena no marca ningún fin. Es un principio. Gracias a él, descubro otra parte de la costa y me doy cuenta de los contrastes inmensos que existen en Colombia. Al ser turista (y tener una tremenda pinta de gringo),

De viaje a Cartagena la bella
Me voy a Cartagena. Lo he decidido de forma impulsiva, como la mayoría de las cosas que hago en esta vida, pero mucho se debe a que el Valle, ¡Mi valle! (esta última expresión se dice alzando las dos manos al cielo), me ha hipnotizado durante gran parte de mi estadía (con su buen ambiente y su alegría) y que poco tiempo me queda. Cuando anuncio la noticia, la

gente me mira: ¿A Cartagena? ¿Pa´qué? ¿No estás bien acá? Estoy de maravilla. Es innegable, por eso la próxima vez que viaje a Colombia me quedaré en Valledupar. Por ahora, me subo a uno de estos autobuses modernos que cubren el trayecto hacia Cartagena y durante el viaje no me cierro a ninguna de las ofertas de los vendedores de la calle invitados a vender su mercancía a bordo por los conductores: arepas de huevo, de carne, de todo. Qué delicia. Si me quedo a vivir en Colombia tendré que adoptar una dieta estricta para no hincharme exageradamente.

he sido apartado de la dura realidad del país, de la extrema pobreza que asola a una gran parte de la población y de los infranqueables muros que separan estos mundos opuestos. El camino se transforma en una concienciación dura y violenta. Como electro-shocks en plena siesta. Chabolas apiladas, casas inundadas a la orilla del río Magdalena, niños descalzos con los mocos en la nariz. Sorprende esa realidad en medio de la maravillosa naturaleza colombiana, pero lo que más me sorprende es la indiferencia de algunos lugareños que viajan a mi lado y que, visiblemente, consideran esto como algo normal. En el autocar suena una cumbia de fondo, un ritmo tradicional y animado, que aporta un aire de alegría y de festividad. Quizás esa música sea lo que permita convivir con tantos extremos y tantas imágenes impactantes. Buscando el sueño, cierro los ojos y me avasalla el olor de las arepas que me he comido unos minutos antes. Valledupar ha quedado detrás de mí, tragada por la densa vegetación, y por delante queda Cartagena: otra ciudad de ensueño, otra perla de la costa Caribe. Me dejo mecer por la alegre voz del cantante local y reconocido mundialmente: Joe Arroyo. Definitivamente, este artículo no es ningún manual y menos el diario de un viajero. Esto es una carta de intenciones: volveré a escuchar la dulce melodía de las parrandas de Colombia.

CANTADORAS Y CANTANTES
[Texto: Rubén Caravaca]

TOTó LA MOMPOSINA
Su nombre real es Sonia Bazanta. Nacida en 1940 en un pueblo de la isla de Mompós. Proviene de una familia con varias generaciones ligadas a la música. Su padre era un célebre percusionista y su madre una conocida bailarina. Es la artista colombiana más reconocida internacionalmente en la categoría de las llamadas músicas del mundo. En buena parte motivado por su participación en la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura a Gabriel García Márquez en 1982, por ser una de las primeras artistas latinas en participar en el Womad (1991) el festival promovido por Peter Gabriel, por grabar en el estudio de este conocido artista pop, por sus estudios en París y por tener su oficina de management ubicada en Londres. Cuenta con varios discos editados, siendo una de las artistas habituales en los circuitos de la world music europea.

PETRONA MARTíNEz
Es, posiblemente, la mejor embajadora de la música afroamericana de la actualidad. Nació el 27 de enero de 1939 en Pilón. Forma parte de una familia con gran tradición musical. Su padre era compositor, su madre cantante y

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colombia Etelvina se nos fue de fiesta
El pasado día 27 de enero fallecía en Cartagena de Indias Etelvina Maldonado, una de las máximas representantes del bullerengue, género originario del Caribe colombiano. Tras su cuerpo frágil se escondía una voz portentosa, inmensa, que a nadie dejaba indiferente. Formaba parte de ese selecto grupo de artistas femeninas afrocolombianas que han ido dejando su impronta por los mejores escenarios del mundo como Totó la Momposina o Petrona Martínez y otras prácticamente desconocidas para nosotros como Eulalia “La Yaya” González, Martina Balseiro, Etelvina Escorcia, La Nena Calvo, Santos Valencia o Eustaquia Amaranto. El bullerengue es un baile cantado que se remonta a los años de la ocupación española, a la sociedad esclavista donde el negro comienza a sustituir al indígena en los trabajados más duros por su capacidad de triplicar el rendimiento debido a múltiples abusos y a enfermedades contraídas, por el contacto con los colonizadores que diezmaron de manera considerable su fortaleza física, llegando en algunos lugares al exterminio de la mayoría de la población nativa. Triste realidad amparada por la jerarquía de la Iglesia Católica que se convirtió en el arma ideológica de tan siniestra conquista. El bullerengue es uno de los géneros de la cultura negra del Caribe colombiano que se acompañan con palmas, múltiples improvisaciones, donde coros y percusiones son parte esencial del mismo. Es típico de la región del Caribe occidental colombiana en su parte litoral e inmediaciones y también de la panameña Del Darién. Se trata de una danza básicamente femenina que simboliza la fecundidad. Etelvina se desvaneció en su casa alrededor de las 15 horas, siendo atendida por varios servicios médicos que nada pudieron hacer por su vida, diagnosticándole problemas respiratorios. El próximo 26 de abril cumpliría 76 años. Nació en la pequeña localidad de Santa Ana en la isla de Barú en la Bahía de Cartagena como otras ilustres cantadoras como Juana Cortés, Rufina Sierra, Úrsula Cota o María Medrano, considerada la reina local del bullerengue. Allí comenzó la Telvo, como las cantadoras denominan a Etelvina, a bailar y cantar. Lo hacía acompañando a su madre, Francisca “Pacha” de la Hoz Cardale, en las sesiones habituales de bullerengue. Desde niña tuvo que trabajar lavando y planchado por casas, actividades que interrumpía cuando la música surgía de cualquier rincón acompañándola con cantos y bailes. Acudía a todo tipo de fiestas, ya fueran de carnaval, patronales, paganas o religiosas. A las cinco de la mañana se ponía en pie para seguir a su madre a vender frutas en el mercado cartagenero de Getsemaní. A los quince la familia abandona Santa Ana para trasladarse a La Matuna una zona muy humilde de población negra y después a Olaya. Una época en que su pasión por el

bullerengue no le impide disfrutar de los tangos de Carlos Gardel y la música mexicana de Jorge Negrete, Javier Solís y sobre todo Tito Guizar, el galán favorito de casi todas las cantadoras. Poco después se fugó con su primera pareja con la que tuvo cinco hijos a los que tuvo que sacar adelante cuando se separaron. En Necoclí (Antioquía) conoció a su marido, Humberto Salgado, con el que tuvo otros cinco descendientes. Allí comenzó su actividad musical regular acompañando a la gran cantadora Santos Valencia, de la que desgraciadamente no quedó registrada ninguna de sus interpretaciones. Compartió escenario con Totó la Momposina, regresando a Cartagena cuando Santos falleció. Formó parte de grupos como Arboletes (Antioquia) o Kasabe (Cartagena), colaborando en la grabación del disco Alekuma de Leonardo Gómez y en el grupo del mismo nombre. Hasta principios de este siglo no formó su propia agrupación musical al ser descubierta por Stanley Montero, que la puso en contacto con Rafael Ramos, uno de los grandes gestores culturales del país, impulsor y difusor de las músicas del Caribe, que desde entonces la promovió a los mejores escenarios, produciendo sus grabaciones que forman hoy parte de la historia musical del país. Era una de las artistas invitadas a la edición de este año del festival La Mar de Músicas (Cartagena-España) el próximo mes de julio. Su aportación musical forma ya parte del enorme patrimonio intangible de la humanidad con el que cuenta Colombia, al que han contribuido artistas como La Tambora el Paso, Son Palenke, Los Corraleros de Majagual, Batata y Las Alegres Ambulancias o Los Gaiteros de San Jacinto, entre otros. Cantos, danzas y tambores la despidieron el día 27 en el Centro Cultural Las Palmeras de Cartagena de Indias. Petrona Martínez, Tambores de Cabildo, Martina Camargo, Cristina Mendoza, Las mujeres de mi tierra, Esforinca, El Colegio del Cuerpo, Viviano Torres, Justo Valdés y Son Palenque, Boris García, David Cantillo “Malpelo”… fueron algunos de los que participaron en su despedida. Hasta las 23.30 duró el homenaje institucional que se prolongó en privado hasta las cinco de la madrugada con los cantos de Maríalabaja, Puerto Escondido, Moñitos y Turbo, y la propia Petrona interpretando los cantos favoritos de la fallecida y algunas de sus composiciones. Etelvina mantuvo que no se la guardara luto. Reclamó nueve noches de velorio donde deberían montarse varias partidas de dominó y, después de un par de misas, todas y todos a bailar. Un entierro musical con gaitas, vientos, bullerengue… y una botella de ron, de Medellín, en el ataúd. Tras su cuerpo frágil, pequeño, humilde, se escondía una de las artistas más grandes de Colombia, de toda América Latina y del mundo. Te recordamos y admiramos a miles de kilómetros.

buena parte de las integrantes femeninas de la familia han realizado actividades relacionadas con la música, labor que continúan buena parte de sus hijos y nietos. Antes de dar vida a su propio grupo colaboró con Los Tambores de Malagana. Sus canciones hablan de aconteceres próximos a su realidad.

Su primera grabación fue Bullerengue, a la que siguieron La vida vale la pena y Bonito que canta. Su repertorio está formado por temas tradicionales y otros de su propia autoría. En 2003 fue candidata a los Premios Grammy en la categoría “mejor álbum de música folclórica”.

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ERIKA MUñOz
Natural de Barranquilla, donde creció entre gaitas y tambores, en ella confluyen todos los ritmos del folclore de la Costa Caribeña colombiana. Influencias de soukous, cumbias, porros, chalupas, garabatos, bullerengue, champetas y otros, para crear un sonido propio que conjuga todos estos elementos musicales. Su voz la ha llevado a liderar diferentes proyectos muy reconocidos en su país, actuando por todo el mundo con Sidestepper, Pernett & The Caribbean Ravers o Sargento García. Entre sus influencias se pueden mencionar además de las grandes cantadoras del país como Petrona Martínez, a la cubana Celia Cruz o a las africanas zap Mama y Angelique Kidjo. Habitualmente se acompaña en directo del pianista cubano Carlos Taboada y el tiplista Faber Grajales, consiguiendo un resultado espectacular y armonioso en la ejecución de bambucos, valses y pasillos, dando lugar a una música renovada e intensa. Ha participado en importantes festivales en Europa.

MARíA MULATA
A Diana Constanza Hernández la definen como una blanca de alma negra. Conocida como María Mulata, comenta que la analogía con las cantadoras veteranas está relacionada con los ancestros musicales que todas realizan. Natural de los andes colombianos, junto al río Magdalena, siempre ha estado imbuida por las músicas de su lugar de origen, de aquellas que interpretaba acompañando el acordeón de su padre y las provenientes de la costa atlántica como el bullerengue, que aprendió con Etelvina Maldonado. Influencias indígenas, africanas y también árabes aprendidas de veteranos maestros y maestras de la música del país como Paulino Salgado, Irene Martínez o Emilia Herrera. Su primer disco, Itinerario de tambores, recibió las mejores críticas que se confirmaron con la edición del segundo, Los vestidos de la cumbia, fruto de la colaboración con Leonardo Gómez, líder de Alé Kumá, responsable de Cantadoras, el magnífico disco que articuló de manera ejemplar la música afrocolombiana y el jazz.

CAROLINA MUñOz
Desde que ganó el Gran Premio del Festival Mono Núñez se ha convertido en una de las referencias señeras de las músicas andinas colombianas. Graduada en canto lírico ha participado en importantes montajes musicales de todo tipo.

EL SONIDO COLOMBIANO HOY
[Texto: Mariajo López Vilalta (La Morocha)]

En la Colombia de hoy pueden pasar cosas como éstas: que mientras alguien canta un currulao de la zona Pacífica suene de fondo el “jazz a lo colombiano” de Puerto Candelaria; que en cualquier salsódromo de Bogotá se esté bailando un tema de salsa vieja de Fruko y sus Tesos, seguido de una explosión de la nueva salsa colombiana de La 33; y, no muy lejos de ahí, un DJ pinche una champeta electrónica o un hip hop con sello colombiano de Choc Quib Town.
Colombia está que se sale y en él ponen los ojos y los oídos muchos productores y promotores europeos “hambrientos” de ritmos eclécticos, contemporáneos, pero bien anclados en las raíces. Mientras aquí nos aplicamos en explicar el fenómeno del mestizaje musical que desde hace unos años abandera buena parte de la producción de nuestro país, en Colombia este hecho cuenta con una historia tan larga como sus dos siglos de independencia que está a punto de celebrar. “Somos hijos de la mezcla, del conquistador y del vencido, y mientras no nos reconozcamos como mestizos, como diversos, mientras no abramos espacios intermediarios para el encuentro, corremos el peligro de construir una sociedad excluyente, como ha ocurrido a través de largos períodos de nuestra historia”, explica Iván Benavides, uno de los productores musicales más importantes de Colombia. Mientras, desde este lado del Atlántico, Bartolo Pype, de la agencia de management Ambos Mundos de Ámsterdam, declara su total entusiasmo por todo lo que está sucediendo en el país sudamericano: “Esto apenas es el comienzo. En Colombia no cesan de surgir buenos grupos de hip-hop, de música urbana, o grupos interesantes más tradicionales de marimba, chirimía o gaita”. A partir de su variedad y riqueza sonora, las clasificaciones también pueden ser muchas: por un lado nos encontramos con la música urbana del Pacífico, por otro la afro-colombiana procedente en especial de la zona del Caribe, además de la Nueva Salsa y de otras “exquisiteces” difícilmente clasificables. Aunque la lista de grupos es interminable, en este reportaje intentaremos hacer una selección que consiga presentar una muestra de las distintas tendencias de las que hoy puede alardear musicalmente Colombia ante el mundo.

CHOC QUIB TOWN
Música urbana/Pacífico Se trata de una formación que consigue aglutinar los sonidos tradicionales de la zona rural del Pacífico, con los propiamente urbanos. Choc Quib Town –

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nombre que procede de la ciudad de Quidbó, capital del departamento Chocó de la región pacífica- combina hip hop, ragga y funk, con bunde, currulao, bambazú o aguabajo (ritmos propios de su zona natal), sin olvidar los caribeños como la salsa o la guajira con los que Colombia siempre ha mantenido un ininterrumpido romance. Grandes maestros a la hora de “electrificar los ritmos del Pacífico”, cuentan con cinco discos en su haber, una nominación al Grammy Latino 2009 como Mejor Artista Nuevo y éxitos rotundos tanto en su presentación en el pasado Womex de Copenhague como en todas sus actuaciones europeas. Tostao, Goyo y Slow, líderes de la banda, fueron importantes combatientes de un rap lleno de crítica social en la ciudad de Cali y tras ganar el premio del Festival de Hip Hop al Parque de Bogotá, lanzaron un disco determinante para su carrera: Somos Pacíficos, producido por Richard Blair (de Sidestepper) e Iván Benavides. Buenos beats y un claro grito a favor de la cultura e identidad del Pacífico colombiano, son el secreto de esta potente banda que habla con orgullo y esperanza de ese pedazo bien negro de Colombia.

SYSTEMA SOLAR
Música afro-colombiana Más que una banda propiamente entendida, este es un colectivo que se inspira en los populares picós colombianos –sound system tradicionalespara conseguir una sonoridad con toda la esencia afro-caribeña de su región natal de Magdalena. Este colectivo electro-acústico-visual se vale de la cumbia, el bullerengue, el porro, el fandango y la champeta, para llevar a cabo una personalísima fusión con elementos electrónicos, house, techno y scratches y, por supuesto, con la imagen como gran telón de fondo. Al igual que en las verbenas populares, este grupo de músicos, DJs y

[Foto: Kike Barona] ambulantes y mucho malevaje, la Mojarra ofrecía música de gaita y banda pelayera, chirimías del Pacífico y cumbias del Atlántico. De la calle, entraron en los locales bogotanos, por entonces ya mucho más eléctricos y rockeros. A partir de ahí, la banda -dirigida por el clarinetista y compositor Jacobo Vélez- fue definiendo claramente su perfil como experta en llevar a cabo combinaciones que nadie antes se había atrevido a hacer: funk con timba, soukus, hip-hop y currulao, junto a letras afiladas que no entienden de romanticismos y, todo ello, ejecutado con una fuerza demoledora. La Mojarra Eléctrica cuenta con dos álbumes: el primero Calle 19 (2004) –un espléndido tributo a la calle que les vio nacer- y Raza (2006) –un paso más hacia un sonido sólido y nuevo que entrelaza la tradición folclórica afroamericana con el componente urbano.

PERNETT
Hijo del Caribe, concretamente de Barranquilla, Pernett hace un folklore progresivo en el que tan pronto toca percusiones tan tradicionales como la gaita y el guache, como juega a su antojo con sintetizadores de todo tipo.

VJs, crean, adaptan y reinventan músicas con el fin último de invitar al público al baile y a la rumba. Con cuatro años de trayectoria y un disco homónimo, el resultado de esta formación no tiene parangón y sus frenéticos espectáculos con ese estilo propio al que han bautizado como Berbenautika, arrasan en su país y se disponen a hacerlo también en el viejo continente. Por el momento, en el tema de Mi Kolombia dejan bien claro el apego a su tierra y su nulo interés por luchar por una visa que casi siempre no lleva a ningún lado.

LA MOJARRA ELÉCTRICA
Mestizaje costeño Aunque son bogotanos, esta banda surgió en realidad en Cuba mientras sus componentes estudiaban música en la isla. Primero Puro Pescao, después Pescao Frito y finalmente Mojarra Eléctrica, esta formación con clara debilidad “gastronómica” a la hora de autobautizarse –la mojarra es una receta típica de la costa-, ofrece un interesantísimo plato sonoro en el que fusiona sonidos de la tradición costeña colombiana con funk y rock. Como buenos combatientes de los ritmos ásperos, este grupo de doce músicos que provienen de las trayectorias musicales más dispares, empezó su carrera en la calle, concretamente en uno de los puntos más calientes de la capital, en la intersección de la calle 19 con carrera 7ª. Allí, entre atascos, vendedores

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Este artista multifacético que compone, produce e interpreta, es la cara de la atroz modernidad que surge hoy de Colombia. Lo suyo es pura innovación y creatividad, unidas a su debilidad por la música del famoso carnaval de su ciudad natal que además ha heredado de forma directa de sus padres estrechamente vinculados al folklore y a la danza. Su sensibilidad innata por la música la completó con estudios universitarios de composición en Bogotá donde tras conocer a Richard Blair de Sidestepper, se incorporó a esta banda. En el año 2004 lanza su primer trabajo discográfico, un EP titulado Música Pa… Pick Up –rememorando a los picós populares- donde Pernett mete su personal electrónica a bullerengues y champetas. Tras rodar por Europa con su futurista propuesta, publica su segundo EP, Cumbia Galáctica. En el 2008, el barranquillero ya tiene su primer larga duración, Árbol, en el que entre otros cuenta con la participación del Visitante de Calle 13 y Tostao de Choc Quib Town. El pasado año lanzó, El Mago, un disco en el que la tradición de las dos costas –la caribeña y la pacífica- se unen bajo una experimentación aún más osada, consagrándose como uno de los valores más determinantes de la escena vanguardista colombiana.

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Los pikós (o picós) colombianos
Son gigantescas máquinas que amplificar el sonido, cuyo uso se inició en las cantinas de la costa norte de Colombia en la década de 1960. Poco a poco fueron aumentando de tamaño y se convirtieron en auténticas “emisoras ambulantes” en las que los picoteros (DJs) que solían ser grandes melómanos y amantes de la música, tenían que ingeniárselas para ofrecer una buena melodía en lugares abiertos como verbenas o en plena calle y atraer al máximo público posible. No sólo la calidad y potencia de los que se oía era importante, sino que su “look” era también decisivo: colores chillones y graffitis al más puro estilo africano con un punto psicodélico. El término picó parece ser que proviene del anglicismo pick up que, a su vez era sinónimo de “lector de discos” o “aguja del tocadiscos”. El picó más famoso de los años 60 fue El Sibanicu (“El que prefieres tú”) en Barranquilla. Todo un pionero en emitir temas africanos en Colombia que llegaban en barcos a las costas del país, dando lugar al género de la champeta criolla: el primer género musical afro-colombiano contemporáneo inspirado en la música popular africana como el high life, el soukous y otros ritmos haitianos.

QUANTIC AND HIS COMBO BÁRBARO
Esta es una excepción de este reportaje, ya que Quantic –es decir, Will Holland- no es colombiano, pero sí lo es su propuesta, su escena y su fuente de inspiración para un magistral proyecto. Prestigioso productor, músico y DJ londinense, Quantic se ha metido en mil y una guerras musicales con su Quantic Soul Orchestra. Desde 2007 Holland cambió su residencia europea, por la ciudad de Cali, llevando a cabo una transformación que ha iniciado por sustituir su orquesta por un combo. Pero hay más, en su traslado se llevó consigo su estudio y ahora anda buscando las verdaderas fuentes del ritmo en pleno Valle del Cauca colombiano. El primer fruto del gran salto de Will Holland es Tradition in Transition, un homenaje a los sonidos caleños con mayúsculas para el que el inglés se ha valido del gran salsero Alfredito Linares –autor de Mambo Rock y Tiahuanaco-, de Freddy Colorado en las congas, Fernando Silva en el bajo, la percusión de Malcolmo Catto, la guitarra eléctrica del propio Holland y las participaciones de el brasileño Arthur Verocai, el panameño Kabir, la india Falu y la colombiana Nidia Góngora. Un auténtico trabajo multicultural en el que Holland ha ido a parar en lo

que en el ambiente underground londinense se conoce como “una de las zonas más creativas del mundo en lo que ha sonidos se refiere”. Grabado en Cali y en Buenaventura, en este excelente trabajo Quantic vuelve a lo analógico y al sonido orgánico de los tambores, y con ello también a la tradición y a la sencillez que seguramente tanto anhelaba en el vértigo londinense.

Colombia es el país invitado de la edición de este año del festival La Mar de Músicas.

[48] ritmos

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