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La Globalización, el conocimiento y la función ética de la

educación

Por: Hermuy Calle Verzozi.


Comisionado CCCC.

¿Cuál es la caracterización de la presente época?. La respuesta a esta pregunta


no resulta una tarea nada trivial. De cómo caractericemos a la época en la que
vivimos dependerá el rol y las tareas que nos asignemos como individuos y como
ciudadanos, dependerá también la misión a cumplir y los objetivos que de ella se
deriven.

Caracterizar una época es tan importante, por que de ello se deriva el


conocimiento de una sociedad y las actitudes de sus hombres. Así en la edad
antigua el establecimiento de las primeras grandes civilizaciones mesopotámicas
fue consecuencia del aparecimiento de la agricultura y la actitud sedentaria de los
primeros homínidos, recolectores y cazadores de la edad prehistórica. El
medioevo se caracterizó por una actitud de disentimiento aparente de los asuntos
terrenales y de una búsqueda mística de la trascendencia. En la edad moderna, el
renacimiento puso en el centro al hombre, revalorizando su humanidad e
individualidad. En la edad contemporánea, la ilustración, y el desarrollo de las
revoluciones industriales, terminaron configurando al hombre como un ser
eminentemente social.

Escuchamos frecuentemente decir que la característica principal de nuestra


época es la globalización, llamada de diversas maneras de acuerdo al corte
interpretativo sociológico con el que se la quiera analizar. Unos hablan de
internacionalización, otros de mundialización, etc. Pero es obvio que todos tienen
en mente la creciente y omnipresente interdependencia - no equivalente aún -
fundamentalmente de carácter económico entre las naciones, pero que se
manifiesta también en otros aspectos tales como los culturales, sociales y políticos
en un mundo que tendencialmente busca homogeneidades que aún no las puede
construir plenamente. En efecto, el grado de interdependencia está aún lejos de
ser equivalente. En la famosa “aldea global” del presente, la periferia pesa muy
poco con respecto a las metrópolis del poder mundial.

De hecho asistimos a una realidad paradoxal, a una suerte de “globalización


fragmentada”, a un mundo donde coexisten la economía de gran escala con la
economía informal y marginal; a una eclosiva explosión demográfica en los países
pobres y a un continuo envejecimiento de la población de los países ricos, que
trae como consecuencia, respectivamente, inmensas masas de juventudes sin
adolescencia, frente a jóvenes con adolescencia excesivamente prolongada;
asistimos, así mismo en lo cultural, al desarrollo de lo que algunos llaman “el
pensamiento único”, el uso generalizado del idioma inglés, el ecumenismo
religioso como factores dominantes uniformizadores, pero por otro lado e incluso
simultáneamente, asistimos a un afán a veces exasperado, de la defensa de la
identidad cultural, comunitaria y lingüística.

En suma la globalización, mundialización, internacionalización como se quiera


llamarla resulta una manera poco unívoca de caracterizar a nuestra época, en la
profundización analítica de su conceptualización nos encontramos con que se
trata de un fenómeno harto complejo y contradictorio, a lo sumo llegaremos a
acordar que la globalización es apenas hoy una “bloquización” de los grandes
poderes económicos del mundo, una tríada compuesta por: el bloque del tratado
de libre comercio (NAFTA) en nuestro continente americano, con los EEUU y el
Canadá a la cabeza y como socio minoritario México; En el viejo continente la
Comunidad Económica Europea al frente de la cual está Alemania; y en el lejano
oriente, el bloque Asia-Pacífico con el Japón como su líder principal.

¿Cuál sería entonces el concepto que caracterice de manera más unificante


nuestra época?. A nuestro entender, y con los límites obvios de toda
generalización, es el conocimiento. En verdad acordaremos que la presente
época se caracteriza por un eclosivo crecimiento cuanti-cualitativo del
conocimiento sin precedentes en la historia de la humanidad. Las nuevas
tecnologías de la información y las comunicaciones como el Internet, y sus
opciones de correo, comercio y negocios electrónicos a través del e-mail, e-
commerce, e-business, etc., de cada vez una mayor y más creciente accesibilidad;
Los grandes logros de la biotecnología y la ingeniería genética, con la clonación
vegetal, animal e incluso la cercana posibilidad de la clonación humana, el
descubrimiento de los códigos genéticos a través del conocimiento del genoma
humano, etc., son muestras claras de este inusitado desarrollo del conocimiento
humano.

Es decir, el incremento del conocimiento es un concepto, que sin pretender


soslayar la base económica estructural desigual sobre la que se sustenta, sirve
para una caracterización unívoca del momento histórico que vivimos, así,
podemos aseverar con los límites ya acotados, que nuestra época, la del actual
tránsito de siglo y milenio, es la época del conocimiento.

Pero, a su vez, el conocimiento es un constructo epistémico que tiene que ver con
otras categorías igualmente importantes como son el poder y la libertad. Sin
lugar a dudas el conocimiento es poder y puede y debe llegar a ser factor de
libertad y liberación.

Dado que al conocimiento se llega a través de la educación, y a la educación a su


vez, más allá de las variadas y valiosas definiciones existentes, se la debe
concebir como el proceso social, continuo, permanente e infinitamente
inacabado, mediante el cual el hombre construye su humanidad, de aquí se
deriva la función ética de la educación y se deriva también su vital importancia
en el mundo de hoy.

Efectivamente, observamos el indisoluble vínculo que se establece entre la


característica fundamental de la época que es el incremento eclosivo del
conocimiento –fuente de libertad y poder- y su medio natural para alcanzarlo que
es la educación, entonces a ésta última le toca imperativamente poner todos sus
recursos intelectuales al servicio de una función ética, de vigilancia y estímulo,
consistente en señalar sin miramiento alguno las situaciones del convivir
ciudadano en sus diferentes aspectos: económico, social, político, científico y
tecnológico, allí donde la verdad y la justicia sean escarnecidas. La educación
debe estar en actitud permanente de búsqueda de la verdad y no debe dejar de
denunciar lo falso, debe poner toda su accionar al servicio de lo que es justo,
conforme a los derechos fundamentales universales, Los Derechos del Hombre,
Los Derechos del Niño, los Derechos relativos al respeto de la naturaleza, etc. La
función ética de la educación consiste también, en el estudio y definición de una
visión de futuro para la construcción de una sociedad bienestante, equitativa,
justa, solidaria, plenamente desarrollada y auto sustentable, bajo el principio
según el cual el futuro se construye menos en función de lo que es técnicamente
posible y más de lo que es socialmente deseable.

Frente a los efectos nocivos y perversos de una globalización mal entendida, y a


los peligros de un capitalismo deshumanizado y salvaje, es decir no civilizado,
frente al auge de intereses egoístas y a la entronización del relativismo moral y
ético, la educación debe proclamar con firmeza una escala de valores universales
y absolutos en la que el “nosotros” colectivo y universal prime sobre el “yo”
particular y exclusivista. En la que el conocimiento socialmente generado, la
ciencia y la tecnología se pongan al servicio de toda la humanidad y no al
servicio de intereses egoístas de unos pocos poderosos que se apropian del
mismo individualmente, en fin una escala de valores en la que la solidaridad y el
humanismo primen sobre la rivalidad y el mercantilismo.