La familia donde creo, amo y espero

LA FAMILIA DONDE CREO, AMO Y ESPERO
La familia es el lugar donde todos recorremos el itinerario de aprender a amar: reconocerse como hijo/a, para convertirse en esposo/a y así llegar a ser padre y madre. Tiene su inicio en la tierna mirada del bebé a su madre. Sin mayores explicaciones sabe perfectamente lo que es y lo que le une a la madre. Según crece se da cuenta lo que significa ser hijo, vivir un amor que recibe de forma generosa e incondicionada. Luego, en las relaciones con sus hermanos, descubre lo que es la fraternidad. Va desplazando el centro desde sí mismo hacia los demás. Los familiares, los amigos, los profesores irán apareciendo en su vida. Más tarde, descubrirá en las personas de otro sexo algo nuevo. Empezará a darse cuenta que no vive para estar solo, sino que algo le llama a unirse a quien ama. Durante este tiempo, en la familia se le ha ido preparando para entregar lo que un día recibió. Ya será algo que él tenga que construir. Así, entra en una nueva dimensión, la de ser esposo y ser padre. Ello completa el itinerario desde el don recibido hasta la tar ea que conducirlo a la plenitud, llevarlo a la comunión. Pero esta comunión a la que somos portadores se nos da en promesa, por lo que hemos de creer en ella, poner el amor necesario para el camino y esperar poder alcanzarla. Para ello hemos de disponer de las tres virtudes teologales: FE, AMOR Y ESPERANZA. Así la fe se muestra genéticamente originaria en la formación de las otras virtudes teologales según la fórmula clásica de la teología: ³La fe engendra la esperanza y la esperanza la caridad´ 1.  LA FE. ³CREER EN EL AMOR´. El mismo amor nos pide fe. Esta fe en el amor es necesaria para construir una historia de la que seamos verdaderos protagonistas. La fe que pide el amor procede del hecho de que el amor es creíble. (SER HIJO)  EL AMOR. Pero no basta creer en el amor, sino que resulta imprescindible ³APRENDER A AMAR´. Así, podremos llegar a la madurez de la libertad del don de sí y a la capacidad para descubrir la verdad de este amor hermoso. No basta la mera la espontaneidad, que aboca tantas veces al desengaño y al hastío, a dejar de creer en el amor, a la desesperación. Pero, ¿cómo mostrarles el camino para que puedan ³aprender a amar ´? Resulta evidente que sólo se puede ³ENSEÑAR A AMAR´ amando. Precisamente es la familia el lugar ineludible para ello, escuela de amor y de humanidad. En casa es donde cada uno es querido por sí mismo, de modo incondicional . (SER ESPOSOS).  LA ESPERANZA. Nuestras distintas acciones en el seno de la familia están relacionadas con aquella magnífica promesa que intuimos un día. Por tanto, será por medio de la esperanza, ese ³hilo invisible´ que engancha el futuro prometido con el presente, como podremos ³ESPERAR EN EL AMOR´. Lo que puede generar esperanza en nosotros es la existencia de un amor más grande que nuestro corazón (cf. 1 Jn 3, 20). (SER PADRES). Para evitar que nuestros hijos y jóvenes crezcan como personas débiles y confusas, inundados de miedos para constituir su matrimonio y, consiguientemente , formar una familia, resulta imprescindible mostrar el verdadero papel de la familia. Es allí, donde c reemos, amamos y esperamos.

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Summa Theologiae, I-II, q. 113, a. 4.

Ramón Acosta Peso Conferencia Semana de la Familia. EFAL. Pquia del Carmen.12.V.09

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La familia donde creo, amo y espero

LA FAMILIA, EL LUGAR DONDE CREO
LA SOMBRA: La dificultad de transmitir la fe en la sociedad actual
DATOS: En España casi el 90 % de los niños son bautizados, solamente el 70 % reciben la primera comunión y no más del 40 % reciben la confirmación. Y lo que es todavía más significativo y más grave, solamente el 5 % de los jóvenes entre 15 y 30 años participan asiduamente en la Misa dominical. ¿Qué es lo que ha pasado en el camino? Hoy la mayoría de los padres cristianos quieren bautizar a sus hijos y de hecho los bautizan. Pero ya son bastantes menos los que saben que el gesto de bautizar a sus hijos supone el compromiso de ayudarles a descubrir y vivir personalmente la fe recibida, educándolos cristianamente, en toda la a mplitud y riqueza del término. La familia ya no es capaz de introducir a los niños en un mundo transformado por la presencia y la actuación de Dios. Lo más frecuente, por desgracia , es que los niños y los jóvenes adquieran una visión del mundo privada de referencias religiosas, en la que Dios, Jesucristo, la Iglesia, la vida eterna y las características de una vida cristiana y santa, se dejan a un lado como realidades de segundo orden, ³opcionales´, no necesarias, ni plenamente reales, cuando no inexistentes y hasta perjudiciales. El cambio no está únicamente en que los padres no eduquen cristianamente, sino que en realidad la familia, los padres, han perdido buena parte de su capacidad educadora en general. En el estilo actual de vida, los padres no tienen tiempo para convivir tranquilamente con sus hijos. Los hijos están muy poco tiempo con sus padres. El trabajo de la mujer fuera de casa se ha introducido rápidamente sin tener apenas en cuenta la especial función de la madre e n la vida familiar .

LA LUZ: La familia sigue siendo el lugar privilegiado para la transmisión de la fe
Recuerdo una conversación con D. Fernando Sebastián 2 en la que afirmaba que los católicos no hemos valorado suficientemente la intervención de la familia en el servicio a la fe de las nuevas generaciones. Durante siglos la fe ha ido pasando pacíficamente de padres a hijos sin que cayéramos en la cuenta de l a importancia que tenía esa transmisión en la vida de la Iglesia. Ahora, que ese proceso se ha alterado, comenzamos a echarlo de menos y valorarlo en lo que vale. Pensad ¿quién nos ha enseñado a rezar? ¿Cuándo y dónde y cómo hemos aprendido a creer en Di os, en Jesucristo, a invocar a la Virgen María? ¿Quién nos ha enseñado a distinguir el bien del mal? ¿Dónde hemos ido aprendiendo a vivir como cristianos? Una sencilla observación sobre nuestra propia vida, nos hace caer en la cuenta de que la mayoría de nosotros hemos nacido a la fe gracias a la ayuda de nuestra familia. Ellos nos llevaron al bautismo y ellos se encargaron de que creciera en nosotros personalmente la fe recibida. El niño, en su relación con los padres y los hermanos, adquiere la imagen de su universo dentro del cual está Dios, Jesús, la Virgen María, el cielo y el infierno, el bien y el mal, la Iglesia y los sacramentos. Y todo ello queda avalado por el testimonio de los padres, participando de los mismos sentimientos de confianza, cercaní a, amabilidad que nuestros padres nos inspiran. Así ha sido hasta ahora y así tendría que seguir siendo. Los padres cristianos sabemos que somos colaboradores de Dios en la generación de nuestros hijos,
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F. SEBASTIÁN, La familia y la transmisión de la fe, Curso de Agentes de Pastoral Familiar, El Escorial, julio de 2005

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colaboradores en la atención a sus necesidades y esp ecialmente colaboradores en la apertura de nuestros hijos al mundo de la redención. Si recibimos a los hijos como don de Dios ¿cómo podríamos no enseñarles a conocer a su Padre del cielo? Si nos amamos con amor cristiano, ¿cómo podríamos no darles a conoce r al Cristo que es el origen del amor que le ha dado la vida? ³La familia cristiana es una comunidad apostólica abierta a la misión´ (Pastores gregis , 52). Una buena pedagogía de la fe, nos dice que como mejor se aprende a creer en Dios es conviviendo y practicando las manifestaciones de la fe con personas creyentes que nos inspiren admiración y confianza. Por eso, para un niño o para un joven, no hay mejor forma de aprender a vivir como cristiano que practicando la fe con sus padres. En los años de la pri mera infancia quien mejor puede influir es la madre, en los años de adolescencia y juventud es necesario que se sume el ejemplo y la influencia del padre, de otros familiares, de los amigos de la familia. Se aprende a creer viviendo con quienes creen. Eso no se puede hacer en ninguna parte como en la propia familia. Aquí está una de las dificultades mayores para la evangelización de nuestros jóvenes.

LA SOMBRA: la crisis de filiación es una crisis de fe: No se soporta la idea de ser hijo
Aunque el 75 % de los matrimonios que se celebran en España sean matrimonios sacramentales, nadie sabe el porcentaje de ellos que se celebran sin las mínimas condiciones de fe y con un proyecto de vida verdaderamente cristiano. La práctica sacramental de l as familias jóvenes es muy baja. Los párrocos y los catequistas se quejan del desinterés de los padres por la educación cristia na de sus hijos en la parroquia . Muchos quieren bautizar a sus hijos, la mayoría desean que hagan la primera comunión, pero no pe rciben la necesidad de que esas celebraciones sacramentales vayan acompañadas de las correspondientes actitudes religiosas que ellos tendrían que despertar y desarrollar en sus hijos. Los aturden a regalos, pero se desentienden del necesario apoyo al trab ajo de los catequistas o de los profesores de religión. Dan mucha importancia a la comunión ³primera´, pero ya no se preocupan de la ³segunda´. El resultado es un joven que no cree y que no puede soportar la idea de ser hijo. Es una idea que viola lo que é l considera su máxima dignidad: la autonomía de su libertad. En el fondo nos encontramos con una honda crisis de la fe. El problema hoy es que, debido a la crisis de la familia, los hijos crecen sin sentir ninguna gratitud hacia sus padres y sin reconocer en ellos autoridad ninguna. Los hijos no se sienten ³hijos´ de sus propios padres . Más tarde será muy difícil que vivan la experiencia de sentirse hijos de Dios. En la estresante y complicada sociedad actual muchos padres están haciendo dejación de sus funciones, están literalmente desapareciendo de la vida de sus hijos o quitando a los hijos de su vida (el caso anglosajón de los DINKY: double income no kids yet). Son muy frecuentes los hogares en los que los dos ³progenitores´ (sic) trabajan con extensas jornadas que en ocasiones no les permiten ver a sus hijos en toda la semana. Y cuando están en casa están demasiado cansados como para interesarse por ellos. Los niños crecen sin la presencia amorosa y vigilante de sus padres. Crecen sin autoridad y, muchas veces, sin amor. Crecen sin tener que obedecer ni agradecer nada.

LA LUZ: Reconocerse hijo: La presencia de un amor recibido

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Nuestra identidad está en relación a una vida recibida y, con ella, a la relación a otra persona. Todos los seres humanos somos ³hijos´, todos hemos recibido el ser de unos padres, nadie se ha dado el ser a sí mismo. Ser hijo no es algo que podamos elegir , sino que se nos es dado previamente a cualquier elección nuestra. Eso sí, debe configurarse con los distintos encuentros sucesivos, asumiéndolo como un modo de crecimiento en el don recibido. Este paso inicial ha sido elevado también a la santidad por la acción de Dios y se vive de un modo radical en el bautismo que nos hace hijos de Dios. Pero, ¿qué conlleva el ³ser hijo´?:  ³Ser hijo´: recibimos el amor originario que nos identifica y constituye como hombre o mujer. El acontecimiento de ser amado es la primera ³revelación´ de nuestra propia identidad personal. El ser humano es persona y, por eso, es amado ±como hijo± de manera irrepetible, por sus p adres y por Dios.  ³Ser hijo´ permite experimentar con fuerza la realidad de un amor fiel, imprescindible para la madurez personal y la disposición que engendra de dominio de sí para una entrega.  ³Ser hijo´ es la primera respuesta que podemos dar a la inq uietante pregunta ¿quién soy yo? Yo soy, ante todo hijo, porque existe un amor que me precede y que me ha llamado a la vida.  ³Ser hijo´, y aceptándolo, es el único modo que nos permite ser esposos y llegar a ser padres o madres.  ³Ser hijo´ conlleva al mismo tiempo la apertura a la dimensión de fraternidad, a aceptar ser hermano. Una nueva dimensión, la fraternidad, que no sólo aparece dentro de la dinámica familiar, sino también en la apertura de la familia doméstica a la gran familia de la entera humanidad. Por todo ello, la familia es el lugar donde se transmite y se vive la fe, es el lugar donde creo.

EL LUGAR DONDE AMO
LA SOMBRA: La dificultad de amar y ser esposos La crisis de la fidelidad
A estas alturas del discurso, apenas quedan ganas de buscar más datos. Son muchas las heridas que dejan las tragedias familiares. Asistimos a un dramático incremento de los divorcios, de la violencia en las relaciones human as, de la debilidad y del miedo al compromiso. Uno de los motivos principales de la crisis actual de la comprensión del matrimonio como entrega, reside en el olvido en muchos cristianos de la vocación bautismal, y de aquí procede el hecho de no entender el matrimonio como un auténtico camino de santidad. Desgajado del bautismo como elección primera y radical de Dios, todo se centra en la elección humana que pasa a considerarse la medida del matrimonio. Según esta concepción, el matrimonio sería una institución simplemente ³natural´, en todo caso, ajena a lo genuinamente cristiano. Es como si se hubiera querido bendecir el matrimonio ³desde fuera´ como si necesitara un permiso divino para ser aceptable. Es un caso paradigmático de la separación entre fe y vida que afecta a tantos cristianos con efectos desastrosos para la fe (VS, 88). Fijémonos en un aspecto concreto de esta dificultad de amar : La crisis de la fidelidad. Esta crisis se presenta como la incapacidad de dar continuidad en el tiempo
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a lo que implicó en su vida el acontecimiento gozoso del afecto; cada vez es má s raro encontrar un amor capaz de durar en el tiempo, de construirse un hogar y una morada habitable. Aquí tiene cabida la llamada interpretación romántica del amor, cuya verdad propia se mide exclusivamente por su intensidad, lo que interesa es el estado afectivo del momento, perdiendo su valor en cuanto promesa de una comunión. Se pone el acento en el pr opio estado de ánimo y no en la construcción de una vida. Esta crisis de la fidelidad es la conclusión lógica de un individualismo , donde predomina el egoísmo, el ³yo´ y el ³yo´, en el que la persona es incapaz de encontrarse y de darse al otro; es por es o una crisis del amor.

LA LUZ: Ser esposo: encontrar de nuevo la capacidad del don de sí
Todos podemos reconocer en nuestra misma experiencia las conocidas palabras de Juan Pablo II al referirse que nadie puede vivir sin amor. Nuestros jóvenes sólo llega rán a comprender lo que son y a descubrir un sentido para su vida cuando se les revele el amor, cuando se encuentren con él, cuando lo experimenten y lo hagan propio, cuando participen en él vivamente. Pero centrémonos ahora no en el amor recibido que hemos analizado antes, sino en el amor que se entrega: Ser esposos. Hay algo más que me constituye que el ser hijo, la identidad humana no se agota en este primer hecho. El sentido de mi propia identidad me proyecta a una plenitud que no sólo recibo, sino que también construyo. La plenitud de la propia vida no se descubre verdaderamente sino en un don de sí, en una entrega personal. ³El hombre que es la única criatura en la tierra que Dios ha querido por sí misma, no puede encontrarse plenamente a sí mismo, sino en el sincero don de sí´ ( audium es spes, G 24). Hemos de ir ofreciéndoles las ³herramientas´ necesarias para que vayan construyendo y alcanzando su propia plenitud en la unidad de dos. En esta ³unidad de los dos´, los esposos estamos llamados desde el principio no sólo a existir ³uno al lado del otro´, o simplemente ³juntos´, sino que lo somos a crear una comunión de personas llegando a ser una sola carne. Aquel amor recibido ahora quiere ser entregado mediante el ³ser para´, en el sentido de la entrega y no sólo de la elección de un proyecto.

EL LUGAR DONDE ESPERO
LA SOMBRA: La dificultad de ser padres es una crisis de la esperanza.
El hecho que la crisis de la paternidad que aflige de un modo verdaderamente preocupante a la sociedad occidental del bienestar en declive demográfico, tenga que ver con una crisis de la esperanza es una afirmación generalmente compartida. El eclipse de la paternidad es la expresión radical de la enfermedad de la li bertad, la cual, separada del origen y los vínculos, acaba necesariamente perdiendo todo impulso hacia el futuro replegándose en el proyecto de una autorrealización individualista. Otra razón que nos impide entender correctamente el matrimonio como un auténtico camino de santidad es la separación existente en algunas personas entre el ejercicio de la libertad humana y la verdad de la entrega de la vida como plenitud. Nos referimos a la disociación sufrida en la comprensión entre ser esposo y ser padre, ser esposa y ser madre. La dramática ruptura entre el amor de un hombre y una mujer y la fecundidad. Esta fragmentación es signo de una separación entre vocación y santidad que afecta de forma directa al matrimonio. Si la paternidad se considera electiva y a merced del arbitrio humano, entonces ha dejado de ser imagen de la Paternidad divina, de la santidad de Dios. La santidad, en todo momento es una exigencia de una paternidad, de una generosidad última, imagen de la generosidad inicial de Dios de la que no somos dueños, ni árbitros, sino sólo intérpretes.
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La crisis de la paternidad y la maternidad se manifiesta en la dificultad o incluso el rechazo de asumir el peso, que se advierte como excesivamente gravoso, de dar vida a los hijos. Aumentar la familia, má s allá de la pareja, no se da ya como algo que viene de por sí, no se acepta como una dinámica de desarrollo natural del amor conyugal. Hoy, más bien, se vive como una decisión a tomar, una grave decisión, y a menudo la autorrealización de la misma pareja pasa a ser el criterio prioritario de tal elección. El hijo aparece como un proyecto humano que es evitado o es, por el contrario, querido directamente, incluso a toda costa, llegando a acudir a los mediante medios artificiales para suplir la esterilidad c onyugal. Evitar un hijo o producirlo, parecen dos actitudes contrarias, pero en realidad son las dos caras de una misma concepción del hijo, que pasa a ser visto como el producto de la elección de los padres. Pero esta crisis de la esperanza va más allá. La realidad, hoy, es que impera una mentalidad ³anti-vida´ (Evangelium vitae , 28) que no ve la vida como una bendición, sino como un peligro del que hay que defenderse. Se ha discutido mucho sobre las causas de la disminución del número de hijos. Se habla, sobre todo, del progreso económico y de los cambios de las condiciones de vida que ese progreso ha traído consigo (recuérdese los ³ dinky´). Miedo, angustia, egoísmo, ignorancia, todo esto ha contribuido al nacimiento de la mentalidad anti-vida que desconoce o rechaza la inmensa riqueza espiritual de la vida humana. Pero la razón última de esta mentalidad es, como dice Juan Pablo II, la ausencia de Dios en el corazón de los hombres, cuyo amor es más fuerte que todos los miedos del mundo juntos, y los puede vencer (Familiares consortio , 6. 30).

LA LUZ: Llegar a ser padres y madres: volver a encontrar la esperanza del futuro
Pero la esperanza no vive de sí misma, es la más sorprendente de las virtudes; para poder esperar es necesario haber recibido una gracia verdaderamente grande, es necesario ser muy feliz, decía Charles Péguy 3. La sobreabundante fecundidad del don originario fructifica en el sacramento del matrimonio como una apertura generosa a comunicar el don recibido. ³La grandiosa ley del amor ¿no es a caso la de darse el uno al otro, para darse juntamente?´. No se trata ahora de una regla impuesta extrínsecamente, sino de la dinámica inscrita en el amor. Y por tanto, la paternidad y la maternidad no se configuran ni como un proyecto puramente humano que haya de ser deliberado con cautela en orden a construirlo desde las propias fuerzas, ni como un pretencioso derecho absoluto como si el hijo fuese el objeto de una reivindicación. Ya no se ve como algo meramente electivo del hecho de ³ser esposo´, sino que son dimensiones de una misma vocación. Nos recuerda el Catecismo de la Iglesia Católica (n. 2220) que «los padres no sólo dan lugar al hijo en cuanto origen, sino que lo sostienen continuamente en el camino de la vida, lo alimentan, lo educan, lo pre paran y lo conducen hacia la madurez. Y, en el caso de los padres cristianos, le transmiten la fe». Los padres son cooperadores del amor de Dios Creador y son los representantes de Dios en su paternidad y los primeros en transmitirles la experiencia de un amor incondicionado, gratuito e irrevocable, que permita a los hijos responder con gratitud y obediencia. Esta experiencia del amor gratuito de los padres conduce a la experiencia del amor gratuito de Dios. Terminemos ofreciendo una nueva luz de esperanz a sobre las familias

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Ch. PÉGUY, Le Porche du mystère de la deuxième vertu , Paris 1986, 24.

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LA LUZ: familia, tú eres el gozo y la esperanza
Era el 8 de octubre de 1994 cuando Juan Pablo II celebraba la vigilia de la I Jornada Mundial de la Familia y recordó el Concilio Vaticano II. A la pregunta clave de: ³Iglesia, ¿qué dices de ti misma?, el Concilio afirmó que la Iglesia es ³Luz de las Gentes´ (Lumen Gentium ). Luego convirtió este recuerd o en desafío y preguntó a su vez: ³Y tú, familia, ¿qué dices de ti misma?´ La respuesta fue clara, ya indicada en el Concilio: ³Familia, tú eres Gaudium et spes!´; ³¡Tú eres el gozo y la esperanza!´. La indicación era clara: no se puede responder a esta pr egunta con la solución de problemas, sino con una vida llena de gozo que genera la esperanza entre los hombres. Querría ilustrar este tercer apartado con dos películas italianas: ³ La vida es bella ´ de Roberto Benigni ( 1997) y ³Casomai´ (Comprométete , 2002) de Alessandro D¶Alatri. 1. ³La vida es bella´ nos demuestra cómo en las circunstancias más adversas se puede hacer familia. Su enseñanza: el gran problema del matrimonio y la familia actualmente es que ha dejado la iniciativa a las circunstancias y a la sociedad, como esperando tiempos mejores y la c onsecuencia de esas circunstancias son cada vez más complejas. La película nos invita a devolver el protagonismo a las familias. Son ellas las protagonistas de sus propios matrimonios y de sus familias. En eso no pueden delegar en nadie. Tienen su propia historia, que es una historia de amor, en la cual las circunstancias que viven no son sino verdaderas llamadas a responder con un amor siempre nuevo. Es de este modo como el plan de Dios sobre el matrimonio y la familia se entiende que no es simplemente un conjunto de exigencias, es una llamada a una vida en plenitud. 2. ³Casomai´ (Comprométete) podría traducirse en español como ³En el caso de que sucediera´. Se trata de la ficción que un joven sacerdote recrea en la boda de unos novios, figurándose cómo po dría llegar a ser su futuro. La novedad de este largometraje está en manifestar con toda crudeza que la aventura del matrimonio requiere una esperanza verdaderamente fundada , pues si es cierto que una vida sin esperanza es muy triste, aún hay algo más tris te, y es tener una esperanza sin fundamento. La trama de la película va sugiriendo cómo entre los diversos fundamentos en los que se apoya la esperanza que anima la vida del matrimonio, uno imprescindible es la ayuda de la sociedad, de los amigos, de los p rofesionales, de la legislación. Con verdadero arte el director va mostrando paso a paso cómo un matrimonio, rico de promesas, acaba naufragando precisamente por la soledad en la que se encuentran al ver cómo la sociedad vuelve la espalda a su esperanza. En conclusión, ninguna sombra o crisis podrá desnaturalizar la esencia de lo la luz que nos guía en el camino de ser que es la familia. La familia es felices santos. Por todo ello, es en la familia donde creo, donde amo y donde espero. Muchas gracias.

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