LUIS VITALE

Introducción a una teoría de la Historia para América latina

PLANETA Buenos Aires, 1992

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A mi querido amigo Abraham Pimstein L. permanente lector y agudo crítico de mis originales

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“ Un sistema teórico se mantiene o se cae, no sobre la base de algunas paredes, sino por su capacidad de captar los nuevos problemas que se presentan, y en darles soluciones viables”
HORACE DAVIS

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Nota preliminar
Esta aproximación a una teoría de la historia, que presentamos para la discusión, ha surgido de mis nueve tomos de la Historia general de América latina, publicada en edición limitada por la Universidad Central de Venezuela en 1984, en los que hay un mayor desarrollo de los hechos empíricos y de la documentación utilizada. De todos modos, en la presente obra estos hechos están considerados, como asimismo la bibliografía fundamental, que el lector encontrará al final de cada capítulo.

Capítulo I Necesidad de una teoría de la historia para la investigación
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de las formaciones sociales latinoamericanas
Basada en la concepción unilateral de la historia y el modelo eurocéntrico de desarrollo, la historiografía tradicional ha bloqueado el análisis teórico de las especificidades de América latina. El resultado es que no tenemos una teoría de la historia para estudiar las particularidades de América latina y el Caribe. No hemos podido todavía precisar los períodos de transición de nuestra historia, carecemos de una teoría que explique la incidencia de la relación etnia-clase en nuestro subconsciente indo-afro-latino, y menos aún de una teoría de la cuestión nacional que se deduzca de la especificidad de nuestra ruptura del nexo colonial y de las posteriores formas de dominación y dependencia semicolonial. Tampoco tenemos una teoría para explicar las particularidades de nuestros modos de producción y las características específicas de nuestras formaciones sociales. Y ni que decir de la falta de una teoría del origen y desarrollo de las clases sociales. de la conciencia de clase y de la particularidad de nuestra lucha de clases. No contamos con una teoría de la formación del Estado nacional y de las nuevas funciones que ha adquirido el Estado contemporáneo. Carecemos de una teoría que oriente la investigación acerca del papel del mito en la historia latinoamericana y de la propia religiosidad popular. Ni hablar de la ausencia de fundamentos epistemológicos para estudiar la ideología y el pensamiento filosófico, social y político. Falta, en fin, una teoría que contribuya a explicar el modo en que se dio en América latina la medición sociedad humana-naturaleza y las formas de opresión de nada menos que el 50 por ciento de la población: las mujeres, esa mitad invisible de la historia. Esa teoría -- que nunca será acabada sino que está en proceso permanente de creación -surgirá del estudio de nuestra propia realidad y evolución histórica, fundamentado en una epistemología específica y en un nuevo método de análisis. Las investigaciones empíricas de la historiografía tradicional son insuficientes, porque las fuentes documentales fueron procesadas desde el ángulo positivista y neopositivista. Necesitamos compulsar de nuevo esas fuentes y descubrir otras que los historiadores burgueses ocultaron por obvias razones. Las historias universales elaboradas hasta ahora no son tales, porque han sido redactadas desde un punto de vista eurocéntrico. Tienen la apariencia de serlo porque comienzan con la llamada Prehistoria y las primeras civilizaciones del “Medio y Lejano Oriente”, obviamente lejano para los europeos. A partir de los imperios griego y romano, estas historias, pretendientemente universales, se van tornando cada vez más eurocéntricas. Las sociedades asiáticas y africanas desaparecen --no en la realidad sino de la historiografía tradicional-- para reaparecer recién con la colonización de la era moderna, salvo el caso del imperio musulmán, sólo analizado por su impacto en el sur de Europa. De nuestra América hay sólo breves referencias a los imperios maya, inca y azteca, como si no hubiesen existido milenarias culturas cazadoras-recolectoras y agroalfareras. Pareciera que para dichas historias universales, la historia de América comenzara con el llamado “descubrimiento”. Ni siquiera en la época moderna tales historias son realmente universales porque toda la historia del “tercer mundo” se hace girar en torno a Europa, soslayando el proceso endógeno de evolución de los pueblos asiáticos, africanos y latinoamericanos, con excepción de los Estados Unidos. Cabría preguntarse si detrás de este enfoque no sigue pesando la concepción hegeliana de los “pueblos sin historia”. El resultado de esta manera de estudiar el pasado es que no existe una teoría realmente universal de la historia. A lo sumo, podría hablarse de una teoría de la historia de contenido eurocéntrico, en función del mundo mediterráneo y de Europa occidental. De hecho, resulta una teoría europea de la historia mundial y no una teoría propiamente universal de la historia. Inclusive las historias de las civilizaciones, como las de Durant, Croizet, Ber, Goetz y otras, que aspiran a cubrir las diferentes culturas con especialistas por regiones, están impregnadas de una concepción limitada que impide captar el proceso desigual, a articulado. Combinado, específico-diferenciado y multilineal de la historia, presentando un rosario de civilizaciones aisladas, sin perspectiva unívoca. Los que pretendieron esbozarla de manera

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global, como Spengler y Toynbee, no pasaron más allá de la historia comparada morfológica, cayendo en la metahistoria, en la búsqueda del “alma de las civilizaciones” o del choque de éstas para generar una “religión superior”, Los porfiados hechos de la historia contemporánea han obligado a cambiar la perspectiva de la Historia como disciplina. La toma de conciencia que comienzan a adquirir algunos investigadores acerca de que Europa occidental no es más el centro del universo, junto a la insurgencia anticolonialista de los pueblos asiáticos, africanos y latinoamericanos, contribuye a replantear el estudio de la historia universal. Pelletier y Goblot han reconocido hidalgamente: “por primera vez este mundo ya no es concebido solamente en las dimensiones de Europa ni de la civilización europea como sucedió durante tanto tiempo”.1 Y más explícitamente, Braudel: “Europa no es, ya no está en el centro del mundo”.2 Para completar esta toma de conciencia histórica faltaría analizar objetivamente qué era Europa occidental antes de la era moderna y en qué estadio de la civilización estaban Inglaterra, Francia, los Países Bajos y Alemania en el comienzo del medioevo, por ejemplo. En rigor a la verdad mientras ellos estaban gateando en la historia, hacía varios siglos que en nuestra América se había iniciado la revolución urbana desde Teotihuacán hasta el Cuzco, mientras en Asia y Africa seguían haciendo historia civilizaciones milenarias. Un investigador inglés ha reconocido sin rodeos que “Europa ha constituido durante la mayor parte de su historia una zona de barbarie”.3 Se ha tomado a Europa occidental como modelo de desarrollo histórico, considerando anómala la evolución de Asia, Africa y América latina. ¿Acaso Europa no ha podido precisamente la excepción? Es el único continente que ha pasado por la secuencia culturas “primitivas” -esclavismo-feudalismo-captalismo. ¿Por qué, entonces, fundamentar una teoría de la historia sobre la base de un continente cuya evolución ha sido la excepción en la historia universal? Una de las razones para justificar esta aberrante apreciación es que la sui gereris evolución de Europa occidental dio paso a la conquista del mundo y, por ende, a la mundialización de la historia. El hecho objetivo es que a pocos años de finalizar el siglo XX no existe una interpretación global del desarrollo de la humanidad. Esta ausencia de una historia realmente universal sólo podrá superarse, a nuestro juicio, con el aporte de los historiadores de Asia, Africa y América latina y el ulterior intercambio de ideas con los colegas norteamericanos y europeos, tanto del Oeste como del Este, dispuestos a una nueva reflexión sobre su pasado, única manera de elaborar una teoría del desarrollo global y específico de las sociedades humanas. Una teoría de la historia del Africa hecha por investigadores africanos, y una similar del Asia por asiáticos, que puedan dar cuenta de las particularidades de sus culturas, junto a una labor parecida de los investigadores latinoamericanos, constituirían un gran paso para la elaboración de una teoría universal de la historia. La evolución de la humanidad vista desde la perspectiva de cada una de las regiones del llamado “tercer mundo” significaría de hecho una ruptura epistemológica con la hasta ahora considerada historia universal, terminando con el eurocentrismo deformador de la realidad. Ya lo había dicho Juan Jacobo Rousseau en el capítulo VIII del Essai sur l´origine des langues: “ El gran defecto de los europeos es que filosofan acerca del origen de las cosas de acuerdo a lo que ven a su alrededor (...). Para estudiar al hombre se requiere una perspectiva más amplia; para descubrir las propiedades es necesario empezar por las diferencias”. Tenemos que comenzar por rescatar los enfoques de maestros latinoamericanos, como Simón Rodríguez, quien ya en la primera mitad del siglo XIX decía: “ en lugar de pensar en medios, persas o egipcios, pensemos en los indios (...) más cuenta nos tiene entender a un indio que a un Ovidio”.4 Esta afirmación tan rotunda no significaba un menosprecio por la cultura universal sino que constituía un llamado de atención para que comenzara a estudiarse la especificidad de nuestra historia. José Martí retomó esta senda al manifestar a fines del siglo XIX: “La universidad europea ha de ceder a la universidad americana. La historia de América de los incas acá, ha de enseñarse al dedillo, aunque no se enseñe la de los arcontes de Grecia (...) ingrese en nuestras

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repúblicas el mundo, pero el tronco ha de ser de nuestras repúblicas”.5 Más explícito aún fue José Carlos Mariategui al señalar en 1928: “ ni calco ni copia”,6 en el intento más sobresaliente por encontrar las particularidades de nuestra historia americana, rompiendo con la recurrencia de los investigadores al traslado mecánico del modelo de evolución europeo. Más recientemente mi maestro José Luis Romero advirtió que “el esquema de las corrientes ideológicas de Europa occidental no puede servirnos de modelo (...) quizás ha sido Latinoamérica más original de lo que suele pensarse, y quizá más originales de lo parecen a primera vista ciertos procesos que, con demasiada frecuencia, consideramos como simples reflejos europeos”.7 Plantear la necesidad de una teoría propia para el estudio de la historia latinoamericana no significa obviamente dejar de lado minimizar los aportes de los historiadores de otros continentes. Por el contrario, se trata de incorporar sus contribuciones teóricas más relevantes, aplicándolas de manera creadora a nuestra realidad. Lejos de nosotros la pretensión de menospreciar siglos de investigación de la historiografía europea y sus aportes metodológicos, sin los cuales todo intento de formular una teoría de la historia latinoamericana partiría de cero. Sólo alertamos sobre la necesidad de no trasladar sus esquemas al estudio de nuestra historia; apliquemos creadoramente sus aportes a la realidad americana en pos de una teoría que dé cuenta de nuestra particular evolución.

NOTA
ANTOINE PELLETIER y JEAN-JACQUES GLOBOT: Materialismo histórico e historia de las civilizaciones, De. Grijalbo, México, 1975, p.15
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FERNAND BRAUDEL: Le monde contemporaine, Ed. Belin, París, 1963, p.143. ERIC HOBSBAWM: Du féodalisme au capitalisme, en Recherches enternationales, París, nº 37, p.217. SIMON RODRIGUEZ: Obras completas, Universidad “Simón Rodríguez”, Caracas, 1975, t. I, pp.66 y 288. JOSE MARTI: Antología mínima, Ed. Ciencias Sociales, La Habana, 1972,t.I , p. 244 JOSE CARLOS MARIATEGUI: Ideología y política, Lima, 1969, vol. XIII, p 246. JOSE LUIS ROMERO: Latinoamérica, situaciones e ideologías, Ed. del Candil, Buenos Aires, 1967,pp.26 y 55

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Capítulo II Acerca de una epistemología específica para el estudio de la historia latinoamericana
Nos permitimos reflexionar sobre la necesidad de crear una epistemología específica para la investigación de la historia latinoamericana porque las utilizadas hasta el momento están inspiradas en el modelo europeo, creadas desde el análisis de las sociedades industrializadas, sin tomar en cuenta las particularidades de las formaciones asiáticas, africanas y latinoamericanas. Más aún, estimamos que las categorías del materialismo histórico, manejadas con un criterio eurocéntrico, deban ser recreadas a la luz de la realidad latinoamericana. Concretamente, nos referimos a la necesidad de definir con mayor precisión las categorías de análisis, que constituyen problemas epistemológicos graves, por su carácter de unidades de significación, para el estudio de nuestra historia. Son conocidos los errores cometidos por haber trasladado de modo mecanisista a nuestra realidad las categorías de clase, Estado y cuestión nacional. En consecuencia, tenemos planteado el desafío de generar los postulados epistemológicos específicos para enriquecer la investigación de nuestros particulares procesos. La especificidad o tendencias generales que se han dado en la historia de otros continentes: enfrentamientos sociales, revoluciones, períodos de transición, etcétera. El proceso de abstracción de la realidad, que permite el enriquecimiento de las categorías de análisis, debe ser siempre determinado, como dice Galvano del la Volpe al criticar las abstracciones indeterminadas.1 Ese es uno de los errores más graves cometidos por los investigadores en general. Es necesario, entonces, superar el tipo de abstracción indeterminada, supuestamente aplicable a cualquier sociedad, reemplazándola por abstracciones determinadas que emanen de la propia realidad latinoamericana. Lo concreto, decía Marx, “es la síntesis de las múltiples determinaciones, por lo tanto, unidad de lo diverso”.2 La operación cognoscitiva de lo concreto a lo abstracto y de éste a un concreto enriquecido es, ante todo, el resultado de la contrastación de las categorías con lo real. Mas si estas categorías son indeterminadas no habrá posibilidades de captar las particularidades de América latina. REDEFINICION DE LAS CATEGORIAS DE ANALISIS EN FUNCION DE LA ESPECIFIDAD LATINOAMERICANA Con el fin de precisar el alcance de las categorías que pasaremos a analizar, nos permitimos clasificarlas en dos grandes bloques: a) las categorías concretas, y b) las categorías dialécticas de análisis, La confusión que hacen generalmente los metodólogos sobre esta cuestión epistemológica central nos ha obligado a realizar dicha separación de categorías, conscientes de que no están escindidas en la praxis investigativa. A) LAS CATEGORIAS CONCRETAS Una de las categorías concretas que es necesario redimensionar en la historia latinoamericana es la relación sociedad-naturaleza, superando la concepción dualista

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tradicional. Hay que replantear el concepto de Historia en la perspectiva de la interrrelación entre el quehacer humano y la naturaleza, sin caer por supuesto en una metafísica de la naturaleza. En rigor, existe una sola historia ininterrumpida de la naturaleza y la humanidad a partir de la a parición del hombre, aunque ambas tengan dinámicas internas distintas. Esta “segunda naturaleza” está socialmente medida por la producción humana de bienes materiales, pero a su vez condiciona en importante medida la producción por la incidencia del clima, las aguas, el régimen de lluvias y la calidad de las tierras, es decir, la ecobase y su relación con la productividad de los recursos naturales. Así podríamos explicar aspectos de la historia latinoamericana, soslayados hasta ahora, como el comportamiento de las culturas aborígenes con la naturaleza, el inicio del deterioro ambiental provocado por la colonización hispano-lusitana el debilitamiento de los ecosistemas a raíz de la monoproducción implantada por el capitalismo primario exportador del siglo XIX y el posterior proceso de industrialización dependiente que ha conducido a la crisis ecológica más grave de la historia. No es igual, entonces, estudiar la relación sociedad-naturaleza en Europa o Estados Unidos que en América latina, donde los recursos naturales han sido apropiados por las metrópolis. Tenemos que aplicar esta categoría de análisis a la luz de nuestra especificidad de subcontinente colonizado en función de la formación social capitalista mundial. Por otra parte, la particularidad de los modos de producción que se han dado en América latina y el Caribe obliga a precisar sus diferencias con los otros continentes. Ante todo, es necesario aclarar el significado de la categoría modo de producción, pues algunas corrientes, como el estructuralismo althusseriano lo consideran como omniabarcante de todas las manifestaciones de la sociedad, confundiéndolo con la formación social, cuando en rigor sólo tiene relación con la estructura económica, es decir con la forma de producir con determinadas fuerzas productivas y ciertas relaciones de producción. América latina no atravesó por los mismos modos de producción y formaciones sociales que Europa no tampoco por los mismos períodos de transición. El modo de producción comunal de las culturas agroalfareras- que es importante revalorar por cuanto algunos le niegan carácter de modo de producción basados en que esta categoría sólo es aplicable a las sociedades de clases- y el modo de producción de las formaciones sociales inca y azteca -que caracterizamos de comunal-tributario- fueron yugulados por un factor exógeno: la invasión ibérica. Esta colonización no estableció un modo preponderante de producción sino variadas relaciones de producción precapitalista y embriones procapitalistas como el salariado minero. Por eso es fundamental precisar las características de este período de transición que culminó en el siglo XIX en el modo de producción capitalista, diferenciándolo de otros períodos de transición de la historia universal. En América latina no se dieron los mismos períodos de transición que en Europa, donde hubo largos siglos de transición entre el modo de producción esclavista y el feudal y entre éste y el capitalista. Nosotros hemos detectado un primer período de transición entre el modo de producción comunal de las culturas agroalfareras y el de las formaciones sociales inca y azteca, expresado en las culturas Olmeca, Teotihuacán, Tolteca, Maya, Cochasquí, Mochica, Huari, Chimú, Tiahuanaco y otras, donde comenzaron las primeras desigualdades sociales. Otro período de transición se abre, por vía exógena, con la conquista hispano-lusitana, hasta culminar en el modo de producción capitalista de la segunda mitad del siglo XIX, luego de pasar por lo menos por dos formaciones sociales: la colonial y la republicana. Tenemos, pues, el desafío de redefinir en la historia latinoamericana la especificidad de sus períodos de transición. Esta es una problemática clave para remontar las dificultades que se nos presentan para establecer una periodización de la historia adecuada a nuestras especificidades de desarrollo, superando el criterio tradicional de Prehistoria, Antigüedad, Edad Media, Moderna y contemporánea o la periodización por siglos o gobierno. “No hay en el campo

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de la historia un problema metodológico de mayor importancia que la periodización”, decían Lucien Febvre y Henry Berr, porque -agregaríamos nosotros- es la síntesis de los cambios cualitativos de las formaciones sociales y los modos de producción. La tarea de periodizar es sumamente compleja en América latina porque, al igual que Asia y Africa, es necesario considerar la fase de colonización debe contemplar no sólo la instancia regional, sino también la internacional, es decir, la integración de América latina a la formación social capitalista mundial. La periodización debe tener homogeneidad teórica y un criterio común para todas las fases con el fin de evitar que un período sea calificado por lo económico y otro por lo político o cultural. Nosotros preferimos utilizar como criterio común las formaciones sociales con sus relaciones de producción y de dependencia colonial y semicolonial en el intento de periodización, que es más que una cronología o secuencia temporal. Periodizar la historia tomando sólo en cuenta los modos de producción podría conducir a un reduccionismo unilateral. Por eso estimamos que la periodicidad debe englobar tanto los modos de producción como las formaciones sociales, incluyendo sus períodos de transición y, al mismo tiempo, las relaciones de dependencia instauradas en América latina con la colonización ibérica y el posterior proceso de semicolonización europea y norteamericana, como lo explicitaremos en un capítulo especial. ¿Con qué categoría global de análisis hay que investigar nuestra particular evolución histórica? Fue una de las preguntas epistemológicas centrales que nos formulamos en el proceso de elaboración de nuestra Historia general de América latina. La categoría de desarrollo desigual y combinado nos permitió un primer abordaje, pero en el transcurso de la investigación notamos que era necesario complementarla con las categorías de articulado, específico-diferencial y multilineal, porque tomadas en su conjunto nos podrían dar cuenta con mayor precisión de una de las tendencias generales más importantes del desarrollo histórico. El desarrollo desigual no sólo se ha dado en la era capitalista sino también en las sociedades precapitalistas como puede apreciarse en indoamamérica comparando el estadio cultural de las formaciones sociales inca y azteca con las comunidades cazadorasrecolectoras y agroalfareras de esa misma época. El desarrollo desigual permitió a los españoles y portugueses imponer sus formas de colonización y, ulteriormente, al capitalismo europeo, especialmente inglés establecer las reglas del mercado internacional a las nacientes repúblicas latinoamericanas. Durante la fase imperialista se ahondó la diferencia entre las naciones altamente industrializadas, exportadoras de capital financiero, y los países coloniales y semicoloniales, que “contribuyeron” con su excedente económico al afianzamiento del capital monopólico metropolitano. Este desarrollo desigual -ya analizado por Marx y Lenin- adquiere diversas formas combinadas. Por eso, analizando la Rusia zarista, Trotsky insistió en un desarrollo combinado que se expresaba en la interrelación entre las formas más modernas del capitalismo con las relaciones de producción más retrasadas. Esta combinación contradictoria podemos comprobarla actualmente en América latina, donde siguen existiendo miles de talleres artesanales al lado de fábricas con las más alta tecnología y concentración obrera. El desarrollo desigual y combinado se registra no sólo en la economía, sino también en la formación y evolución de las clases sociales, cuyos segmentos se entremezclan, particularmente en el sector dominante, al compás del desarrollo capitalista y de la disputa por la hegemonía en el bloque de poder. Esta tendencia puede apreciarse en la propia Colonia, donde los terratenientes se hicieron mineros y la burguesía comercial invirtió en tierras y minas. En el plano de las relaciones de producción se combinaron formas esclavistas con serviles y hasta asalariadas embrionarias. Inclusive el esclavismo en América latina y el Caribe fue distinto al grecorromano, al producirse en el momento de despegue del capitalismo mercantilista y mantenerse en Cuba, Puerto Rico y Brasil hasta fines del siglo XIX, cuando era manifiesta la preponderancia del modo de producción capitalista. “Una formación combinada - sostiene Novack - amalgama

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elementos derivados de distintos niveles de desarrollo social. Por lo tanto su estructura interna es altamente contradictoria. La oposición de sus componentes no sólo imparte inestabilidad a la formación sino que orienta su desarrollo ulterior”.3 El desarrollo desigual y combinado se refleja, asimismo, en la relación etnia-clase y en el sincretismo de culturas en las que se combinan costumbres y creencias de formaciones sociales anteriores con las que provienen de otras, generalmente de carácter exógeno. Esta determinación es clara en América latina colonial, pero también puede observarse en la penetración cultural impuesta por Europa occidental y Estados Unidos durante los siglos XIX y XX. En todo caso, el desarrollo desigual es preexistente a cualquier forma combinada. A nuestro juicio, el desarrollo desigual y combinado adquiriría mayor precisión si se lo complementara con las categorías de articulado, específico-diferenciado y multilineal. Introducimos el concepto de articulado porque establece una clara interrelación recíproca entre las formas denominadas modernas y atrasadas, eliminando cualquier apreciación de coexistencia estática o de dualismo estructural entre ellas. En la actualidad latinoamericana se articulan variantes de economía de subsistencia indígenas y campesinas con el mercado capitalista, como puede comprobarse en las regiones andina y mesoaméricana. Razón tenía Rosa Luxemburgo cuando sostenía que el sector precapitalista es funcional al sistema, remarcando la integración forzada y la subordinación de todas las relaciones de producción al modo preponderante de producción. El concepto de articulado permite, asimismo apreciar en toda su dimensión la complementariedad condicionada por el régimen de dominación de clases de las diversas relaciones de producción, tanto a nivel nacional como internacional. En síntesis, la mundialización de la economía capitalista y su incidencia en América latina podría ser mejor comprendida complementando lo combinado con las diversas formas de articulación. Del mismo modo, podríamos entender mejor los fenómenos de transferencia y aculturación que, iniciándose como exógenos, se constituyen rápidamente en elementos activos internos de las formaciones sociales. Estos desarrollos desiguales, articulados y combinados tienen, así mismo, un carácter específico-diferenciado. Es fundamental analizar lo que se articula y combina en las formaciones históricas de desarrollo desigual, pero también lo que las diferencia. No existe unidad ni diversidad. Por eso, lo específico-diferenciado se convierte en una categoría clave para investigar la multiplicidad de los procesos en nuestro subconsciente indo-afro-latino La singularidad es parte de la generalidad. No puede haber tendencias generales de los procesos históricos sin contemplar la especifidad de las determinaciones singulares. “No es que no haya que distinguir”, decían Pelletier y Goblot, “lo universal de lo particular (...). Las particularidades -las condiciones, las circunstancias, el medio- no pueden pues reducirse a la 'lógica universal' del desarrollo social, ni deducirse de ella, pero tampoco pueden ser separadas de ella, ni serle opuestas, ni simplemente agregársele como su complemento, como un accesorio empírico”.4 De este modo se verá más clara la singular historia de América latina, abruptamente incorporada al sistema mercantilista mundial desde la colonización hispano-lusitana y, posteriormente, al sistema capitalista. A su vez, entenderemos las heterogeneidad de cada uno de los países de América latina, considerada por algunos autores común subcontinente homogéneo. La categoría de continuidad histórica debe ser manejada teniendo siempre en cuenta la discontinuidad y el desarrollo desigual, articulado, combinado y específicodiferenciado, insistiendo más en la unicidad contradictoria de los procesos concretos que en una continuidad supuestamente lineal. A la concepción unilinealista o unilineal de la historia hay que oponerle la real multilinealidad de los procesos de evolución de las sociedades. Precisamente, el curso diferente que sigue cada una de ellas es lo que determina su especificidad. El desarrollo

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multilineal de las culturas precolombinas fue cortado drásticamente por la conquista ibérica, pero sigue expresándose en la existencia de pueblos agroalfareros, aunque subordinados a la sociedad global dominante. Sin embargo, adscribirse acríticamente al concepto de multilinealidad puede conducir a negar las tendencias generales de la historia en función de un “relativismo histórico” abstracto. Adherirse a un evolucionismo multilineal generalizado en todos los tiempos, incluyendo el contemporáneo, significaría soslayar la interconexión e interdependencia de procesos que, dentro de la diversidad, aceleran la continuidaddiscontinuidad histórica. Es necesario, entonces, analizar el desarrollo de las culturas y la pluralidad de sus líneas de evolución, criticando la concepción unilineal de la historia sin caer en otra forma de dogmatismo que conduce, en aras de un muestrario inconexo de evoluciones multilineales, a una forma de ininteligibilidad del proceso de unicidad contradictorio de la historia. Una categoría de análisis que es fundamental precisar es el tipo de capitalismo que ha existido en América latina. Este capitalismo no tuvo la misma génesis ni la misma configuración que el europeo, pero eso no significa negar su existencia, como lo han pretendido ciertos partidarios de las tesis feudalista y señorial. La categoría de capitalismo primario exportador, que desarrollaremos en próximos capítulos, podría contribuir a una más adecuada caracterización destinada a precisar la especificidad de nuestro capitalismo de los siglos XIX y gran parte del XX. Con la redefinición del concepto de industrialización en América latina, desde los obrajes textiles de la colonia y las industrias artesanales del siglo XIX hasta el proceso de sustitución limitada de importaciones y su actual reemplazo por las industrias de exportación de tradicionales, de acuerdo a la división internacional del trabajo impuesta por los centros hegemónicos. La categoría de plusvalía debe ser complementada para poder explicar la magnitud del plustrabajo en América latina. Además de la plusvalía que se extrae al proletariado hay que considerar también el plusproducto expropiado a millones de indígenas y esclavos negros, así como a los huasipungueros, inquilinos, peones acasillados y otras relaciones de producción mal definidas como feudales. Ya Marx había llamado la atención acerca de este problema con relación al trabajo esclavo y servil bajo la fase mercantilista, como factores de acumulación originaria de capital. El proceso de acumulación interna en América latina durante los siglos XIX y XX fue también específico porque, paralelamente con la expansión de la frontera interior y la apropiación del plustrabajo proveniente de las relaciones semiserviles, existió la explotación del proletariado agrícola y minero por nuestro particular capitalismo primario exportador y, ulteriormente, del proletariado manufacturero. Si bienes cierto que la plusvalía pasó en gran medida al capital monopólico internacional, la burguesía criolla acumuló un significativo porcentaje a través de las explotaciones agropecuarias, mineras e industriales. Llamamos la atención acerca del proceso interno de acumulación de capital, soslayado por quienes ponen exclusivamente el acento en la fuga del excedente hacia las metrópolis, porque es la única forma de explicarse la consolidación de la clase dominante nativa, sus contradicciones interburguesas las variadas formas de dominación política, sus roces con las metrópolis y sus reacomodos en las relaciones de dependencia. La dependencia no es una teoría sino una categoría de análisis, que sirve para explicar el período latinoamericano que se inicia con la colonización europea. Hay que aplicarla teniendo en cuenta cada fase histórica porque no es igual la dependencia del período colonial que la de los siglos XIX y XX. A esta categoría hay que despojarla de la ideología de ciertos dependentólogos, superando la metodología estructural funcionalista, el dualismo centro-periferia y las omisiones respecto del proceso de lucha de clases en el interior de cada país. Es necesario también reestudiar otra manifestación de la dependencia: la deuda externa, que cruza toda la historia latinoamericana a partir de su independencia política formal, ya que el pago de sus servicios absorbió entre el 20 y el

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50 por ciento de las exportaciones, mediatizando el proceso de desarrollo en una medida no debidamente evaluada aún por los historiadores. La cuestión nacional debe ser definida en relación a las especificidades de América latina, desde la revolución anticolonial contra España. La gesta de la independencia planteó tan claramente la cuestión nacional que llama la atención la ausencia de trabajos teóricos sobre un tema que recién empezó a plantearse en el siglo XX, a raíz de la lucha antiimperialista. Por lo demás, sólo fue abordado respecto de las inversiones extranjeras, minimizando la importancia de la cuestión nacional en relación con la deuda externa y la opresión de las nacionalidades indígenas. La categoría de clase debe también ser aplicada en consonancia con la estructura social de América latina. Sólo así podremos comprender la complejidad de nuestros enfrentamientos de clase, distintos en muchos aspectos de los procesos de lucha de clases en Europa y Estados Unidos. Esto es válido tanto para el estudio del siglo XX como del siglo XIX, e inclusive de la Colonia, porque el origen y evolución de las clases en América latina fue distinto al europeo. Por eso hay que redefinir a las clases sociales durante la Colonia, mal calificadas de castas por algunos historiadores, y esclarecer el concepto de burguesía en el siglo XIX, que no por surgir del capitalismo primario exportador - y no industrial como el europeo - deja de ser burguesía. Cabe también redefinir el tipo de burguesía equívocamente llamada “nacional”, en el siglo XX, como asimismo ampliar el concepto de clase trabajadora a todos los asalariados, incluidas las capas medias que venden su fuera de trabajo - y no sólo al proletariado - para poder entender las diversas manifestaciones de la lucha de clases tan específica de nuestra América. No se trata solamente de enriquecer el concepto de clase sino de investigarlo creadoramente con la categoría etnia-clase, problema clave para comprender nuestro subcontinente indo-afro-latino. Sin la categoría etnia-clase, que desarrollaremos más adelante, sería imposible entender la historia de las zonas mesoamericana y andina en lo que atañe a las culturas indígenas y la de la región caribeña en lo referente a las etnias negras, y sus respectivos mestizajes. Ni qué decir de la necesidad de precisar las categorías Estado y Estado-nación, que en América latina tienen una génesis distinta a la de Europa. La incomprensión de esta especificidad ha conducido a negar la existencia del Estado hasta fines del siglo pasado, porque la formación de nuestro Estado nacional no habría cumplido los requisitos del modelo europeo. Si esta falencia es notoria respecto de la formación del Estado-nación, más evidente es la ausencia de una conceptualización de la categoría de Estado en relación a las formaciones sociales inca y azteca y del propio Estado durante la época colonial, como veremos más adelante. La política instrumentada por los Estados llamados nacionales nos plantea la redefinición de cultura nacional. ¿Existió en América latina una verdadera cultura nacional? Quizá hubo más bien una mezcla de manifestaciones culturales que respondieron a diversas vertientes: unas, al patrón cultural europeo, y otras, que expresaron formas contestatarias de afirmación autóctona, mientras los indígenas y negros seguían desarrollando sus propios comportamientos culturales. Si bien es cierto que la cultura predominante de una sociedad es impuesta por la ideología de la clase dominante, sería una grave omisión histórica ignorar la contracultura contestataria de los oprimidos y explotados expresada en su literatura, pintura, cerámica, música y danza popular, fenómeno estudiado de manera insuficiente por nuestros historiadores del arte, como si no tuviera incidencia en el conjunto de la formación social. Inclusive tendríamos que redefinir las corrientes de pensamiento surgidas en América latina. Es efectivo que muchas de ellas fueron copia del positivismo y neotomismo europeos, pero hubo otras que se gestaron en consonancia con nuestras especificidades, como el ideario latinoamericanista, que va desde Bolivar al Che Guevara, el marxismo de Mariátegui, la teología de la liberación y, en menor medida, la ideología de los movimientos populistas. El pensamiento social latinoamericano tiene, pues,

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aspectos originales que deben ser revalorizados para poder comprender nuestros particulares procesos de cambio. Hay que redefinir el papel del mito en la historia latinoamericana porque numerosas ocasiones ha actuado como fuerza motriz, tanto de los cambios progresivos como regresivos. No nos referimos a los mitos sobre el origen de la vida y la simbología animal, sino fundamentalmente a aquellos que han tenido repercusión en los procesos sociales. En tal sentido, podría citarse el papel del mito incaico en las rebeliones indígenas de la Colonia y la época republicana, en las que interesa más la fuerza social del mito que dilucidar si efectivamente el incario fue una sociedad igualitaria. En rigor a la verdad, el imperio incaico fue, junto al azteca, la primera sociedad de clases en Indoamérica, pero lo que rescatan los líderes del movimiento indígena es el respeto que tuvieron ante el uso comunitario de las tierras del ayllu y calpullis. Es mito porque encubre parte de la verdad, pero no por ello es irreal. Vulgarmente se estima que el mito es una especie de auto engaño, cuando en realidad es un ideal o una aspiración activa que persigue una forma de realización histórica. El mito es parte del pasado, pero tiene tanta vigencia y factibilidad de concretarse que se convierte a veces en una fuerza social del presente. El pensamiento mítico es una forma de pensamiento social que concibe proyectos presentes y futuros por analogía con hechos relevantes del pasado, generalmente reprimidos por el sistema de dominación. José Carlos Mariátegui fue uno de los primeros en comprender la importancia del mito para las luchas de clases de América latina. “Para él -dice Rafael Herrera- el mito es algo concreto y humano. Los motivos religiosos se han desplazado de los cielos a la tierra (...). El mito, para Mariátegui, se identifica con la fe, la voluntad y el optimismo.”5 Influido por Sorel, Mariátegui sostenía que “ el mito mueve al hombre en la historia.”6 De ahí su intento de utilizar el mito social para movilizar a los indígenas del Perú; aunque era consciente de la imposibilidad de resurrección del llamado “ socialismo incaico” o de un retorno a las relaciones antiguas de producción, reivindicaba las formas comunitarias indígenas anteriores a la conquista española. El mito social no es, pues, una cuestión abstracta y meramente mágico-religiosa, sino que juega un papel activo en ciertas luchas sociales, que es necesario detectar a través de investigaciones desprejuiciadas. La religiosidad popular es otra categoría que debe ser enriquecida de acuerdo a la praxis concreta latinoamericana. Su manejo adecuado permitiría entender muchos procesos de lucha desde la Colonia hasta la actualidad, pasando por la Virgen de Guadalupe en la revolución anticolonial de Hidalgo y Morelos y el sincretismo de un indígena del siglo XX, como Quintin Lame, que utilizó en Colombia las enseñanzas igualitarias de Jesús para luchar contra los terratenientes. Los movimientos sociales de América latina deben ser redefinidos con su especificidad. La relevancia que ha adquirido esta temática, a raíz de la emergencia de movimientos sociales nuevos, como el feminismo, los derechos Humanos, el ecologismo, y los trabajadores de la cultura, obliga al historiador a reexaminar las características de los antiguos movimientos sociales. Aunque algunos de éstos como el movimiento obrero, han sido objeto de acuciosos estudios falta una investigación exhaustiva de los movimientos indígenas y campesinos a escala latinoamericana, como asimismo de las protestas de los habitantes de los barrios pobres, desde las huelgas de los inquilinos (1907 en Argentina, 1925 en Panamá) hasta las luchas de las poblaciones o barriadas urbanoperiféricas pobres surgidas con la masiva migración campo-ciudad entre 1930 y 1980. Falta, asimismo, una investigación global y por países de uno de los movimientos sociales más importantes el siglo XIX: el artesanado, cuyas luchas rebasaron en más de una ocasión las reivindicaciones gremiales al participar activamente en las revoluciones de la década de 1850 en Bolivia, Chile, Colombia y Venezuela. Estos movimientos se combinaron frecuentemente con las luchas regionales que abarcaron a decenas de miles de personas. En tal sentido, es necesario también redefinir

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la categoría de regionalismo, que adquirió características distintas a las de otros continentes. El tema ha sido estudiado en relación a las guerras civiles del siglo XIX, pero las protestas regionales constituyen una constante en la historia latinoamericana. Más aún, hay un fenómeno poco estudiado: es la tendencia a la regionalización de los movimientos sociales y políticos, desde el levantamiento de Túpac Amaru (1780), que abarcó la zona andina, el de los comuneros de Colombia y Venezuela (1781), las guerras de la Independencia (Bolivar por el norte y San Martín por el sur) hasta la regionalización de los procesos en Centroamérica y el Caribe (1928 - 33), en el Cono Sur a principios de la década de los 70 y actualmente en la región centroamericana y en le proceso de redemocratización de Argentina, Brasil, Chile y Paraguay. Esta tendencia forma parte del ideario latinoamericanista de unidad, categoría que es fundamental porque constituye una fuerza motriz que viene del fondo de nuestra historia. América latina es el único subcontinente que tiene una tradición unitaria de lucha y vocación permanente de unidad. La historia universal no presenta un fenómeno de esta trascendía en Asia, Africa menos Europa; sus intentos de unificar nacionalidades fueron ejecutados sobre la base de la conquista y sometimiento de los pueblos de los imperios egipcio, asirio, persa, griego, romano, carolingio y otomano, hasta la expansión colonial de Europa. El único caso que pudiera aproximarse a nuestra América es el mundo musulmán constituido a partir del siglo VII, pero su idea de unidad, basada en una religión común, entró en crisis desde el siglo XVI aproximadamente. Asia fue escenario de imperios formados a base del doblegamiento de culturas por parte de los Estados hindú y chino. La posterior conquista y colonización por los imperios agravó esta falta de unidad, aunque en un momento la revolución anticolonial permitió un acercamiento, particularmente en las naciones del Lejano Oriente. En Europa nunca hubo una vocación unitaria. Los intentos del imperio romano, carolingio y napoleónico estuvieron fundamentados en una política de fuerza. En la actualidad, le CEE inicia aparentemente un proceso en tal sentido, pero que aún no tiene una configuración definida. Por el contrario, los pueblos latinoamericanos han mostrado - desde la época colonial, por lo menos - una tendencia sostenida hacia la unidad, especificidad que debe ser revaluada por su incidencia en el pasado y su proyección futura. La participación de los movimientos sociales en la lucha política plantea la necesidad de redefinir la categoría sujeto social en la historia latinoamericana, considerando no sólo como factor subjetivo a los partidos políticos sino también a las vanguardias sociales de esos movimientos, donde se entrecruzan cuestiones de clase, de sexo y de etnia. Hay que redimensionar el concepto de lo político, no restringiéndolo a los gobiernos y partidos sino ampliándolo a todas las manifestaciones sociales y culturales que a menudo se politizan en el proceso de sus luchas contra el Estado y la clase dominante. La política viene a ser el punto de condensación de la lucha de clases, por lo cual una de las tareas del historiador es descubrir las diferentes maneras de hacer política, tanto de los partidos como de los movimientos sociales, manejando sin ningún reduccionismo las categorías de clase, etnia, sexo y colonialismo interno y externo. B) LAS CATEGORIAS DIALECTICAS. Las categorías dialécticas de análisis de mayor uso en el quehacer del historiador son la totalidad, la contradicción, el cambio cualitativo, la unicidad, la unidad en la diversidad, la continuidad-discontinuidad, la casualidad, la contingencia o el azar, la necesidad, la esencia y la apariencia, la mediación, la acción recíproca, la concomitancia, la conexión, la interrelación y otras. La dialéctica no es una ciencia sino un método de análisis. Tampoco es el código de las siete leyes formulado por Stalin, destinado a enchalecar la realidad en las susodichas leyes en busca de su confirmación en la historia, para fabricar una filosofía llamada “materialismo dialéctico”. La dialéctica es el método del materialismo histórico, manejado no como mera “inversión” o puesta “sobre sus pies” de la dialéctica hegeliana

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sino en ruptura epistemológica con ésta, al fundamentarse en los porfiados hechos de la realidad. La contradicción, por ejemplo, debe encontrarse en los procesos reales, que es donde está. No hay contradicción sino dentro de los fenómenos “ in situ”, es decir, donde se da la real unidad de los contrarios. De aquí que toda contradicción en la historia sea específica. Su universalidad se expresa en lo que es propio a cada región o país. Hay que buscar entonces en la historia latinoamericana el carácter específico de sus contradicciones, evitando la aplicación mecánica de las contradicciones suscitadas en Europa o Estados Unidos. Determinar el momento preciso en que las contradicciones de una sociedad se expresan en un salto cualitativo es una de las tareas más difíciles para un historiador. La categoría de casualidad y, sobre todo, la controversia relación causa-efecto deben ser manejadas con sumo cuidado para no caer en el mecanismo, especialmente en los procesos de génesis. “ La capacidad genética de la causa - sostiene Bagú - varía enormemente. La dinámica interna de una situación relacional, al alterarse, puede cambiar de modo radical la magnitud de la acción de una misma causa que incida repetidas veces. Al modificarse, asimismo, otros elementos externos - como la contigüidad, que puede ser mayor o menor - es probable que se altera la capacidad dinámica del agente causal. Así como no hay causas segregadas de conjuntos (un fenómeno militar o un fenómeno financiero no existen por sí mismos), así también es absolutamente excepcional la aparición de una cadena causal que incida sobre la situación relacional sin conexión con otra cadena causal. Lo normal es el entrecruzamiento de varias cadenas causales.”7 El problema en la historia es interrelacionar las cadenas causales endógenas y exógenas. Aunque todo proceso societario se desarrolla “in situ”, concurren factores exógenos, como ocurrió con la incidencia del capitalismo en su fase superior -el imperialismo- sobre los países latinoamericanos desde fines del siglo XIX. No se trata de establecer de manera mecánica si la causa prioritaria es la exógena, como lo hicieron algunos teóricos de la dependencia, sino analizar su impacto en el desarrollo interno de cada país. En algunos casos, como el de la conquista y colonización de América latina por España y Portugal, el factor exógeno fue determinante, pero pronto se abrió un proceso interno que terminó con la independencia política. Descubrir la causalidad de los hechos históricos es uno de los quehaceres centrales del investigador, porque de lo contrario la Historia sería una descripción de sucesos inconexos, donde no se sabría el cómo y el porqué de los acontecimientos. La categoría de totalidad, clave para toda ciencia, en el caso de la Historia como disciplina, adquiere una magnitud que a veces aparece como inabordable, pero es ineludible si se quiere comprender el conjunto de las manifestaciones de la formación social. La Historia total no consiste, como dice Vilar, en “decirlo todo sobre el todo”, sino en decir aquello de que “ el todo depende y aquello que depende el todo”. De no proceder así la investigación, una concepción holística abstracta impediría captar los factores determinantes de la totalidad. Los hechos históricos tienen un carácter apariencial hasta que no se los articula como expresiones de esa totalidad que es la formación social. Sin embargo, no basta decir que se investiga con la categoría de totalidad. La degeneración de este concepto- ha dicho Karel Kosik - “ha desembocado en dos trivialidades: que todo está en conexión con todo y que el todo no es más que la suma de las partes”.8 No se trata, como lo hacen los gentilistas, de captar las “partes” para aprehender el “todo”, ni de confundir la totalidad, que es una categoría de análisis, con el concepto metafísico del “todo”, sino de analizar las totalidades relativas y determinadas de cada proceso histórico. No hay totalidades inmóviles ni uniformes, sino variables y heterogéneas. En y entre una formación social y otra hay discontinuidad, desigualdad, diversidad y especificidad. Por eso, una formación social expresa la síntesis articulada de la totalidad histórica concreta. En ella no hay elementos indiferenciados sino precisamente diferentes, aunque articulados en la unicidad contradictoria de los procesos históricos. Sus

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manifestaciones parciales están impregnadas de la estructura global de una sociedad determinada: “la categoría de totalidad - afirma Lukács - no supera en modo alguno sus momentos en una unidad indiferenciada”.9 La aplicación de la categoría de totalidad en América latina debe partir del hecho objetivo de que nuestra historia, desde la colonización del siglo XVI hasta el presente, está integrada a la formación social capitalista mundial. No se puede comprender la historia colonial ni la de los siglos XIX y XX sin estudiar el mecanismo de dominación europea y, posteriormente, norteamericana. La categoría de totalidad debe ser aplicada no sólo a nivel mundial sino también al contexto latinoamericano del país que se estudia. Los historiadores hacen a veces un enfoque global de la formación social capitalista mundial, per generalmente descuidan el análisis del contexto latinoamericano en la situación de cada país, omisión sumamente grave que en nuestro subcontinente los procesos han adquirido un carácter regional. La instrumentación de la categoría de totalidad no es fácil, ni siquiera dentro del país de estudio. La interrelación de los factores económicos con los sociales, políticos y culturales puede aparecer no tan dificultosa en el papel, pero su implementación es compleja a la hora de procesar la información. No se trata de analizar por separado cada uno de los aspectos de una sociedad y luego establecer las correlaciones, sino de ver cómo esas manifestaciones son expresión de la totalidad; cómo la economía condiciona pero, a su vez, es influida por las políticas de los gobiernos; cómo éstos y los Estados son expresión de la clase dominante, pero en un momento del proceso adquieren una relativa autonomía; cómo las diversas manifestaciones de la cultura no son fenómenos separados de la economía, las clases y la política, sino la expresión del conjunto de la formación social. Por eso, no debe escindirse de modo unilateral la estructura de la llamada superestructura: porque forman parte de esa misma totalidad; están íntimamente relacionadas, interinfluenciándose recíprocamente. Por eso, la “superestructura” no es un simple reflejo de la estructura, ni es “variable” dependiente de la estructura, considerada arbitrariamente como “variable” independiente. Entrecomillamos “superestructura” porque su significación es equívoca. Marx la utilizó algunas veces tomándola de la palabra latina “ super-estructura”; otras veces empleó el término alemán “Uberbau”, que significa la parte superior de un edificio, aunque “desde el punto de vista arquitectónico dice Ludovico Silva - no es propio llamar 'Uberbauo' superestructura a la parte superior de un edificio, ya que éste es, todo él, una sola estructura”.10 La “superestructura” es parte indisoluble de la formación social, cuya “base” es la estructura ecnómico-social, que obviamente no es un “objeto” sino el producto de entes organizados en sociedades determinadas. Esos seres humanos son los mismos que actúan en las manifestaciones denominadas superestructurales, de tal modo que la separación entre estructura y superestructura es una abstracción hecha por el investigador para poder explicar el funcionamiento totalizante de la formación social. Si bien es cierto que “en última instancia”, decía Engels, el comportamiento de las instituciones está condicionado por la estructura ha sido el resultado de la actividad humana; no está por encima ni es independiente de la praxis humana. El criterio mecanicista de que la superestructura es un mero reflejo de la estructura ha conducido a minimizar el papel que juegan la política, el derecho, la religión los valores y las normas de la sociedad. La política no es sólo la expresión condensada de la economía, sino también del enfrentamiento social. El derecho codifica de manera ostensible la relación entre las clases, como lo ha demostrado Thompson para la Inglaterra moderna. Una historia del Derecho en América latina mostraría que esa manifestación “superestructural”, tan subestimada por ciertos autores marxistas, estableció una normatividad que permeó hasta nuestra vida cotidiana. Thompson analizó también la incidencia de la normatividad moral en el conjunto de la formación social: “Los valores no son ‘pensados’ ni ‘pronunciados’; son vividos, y surgen en los mismos nexos de vida material y de relaciones materiales que nuestras

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ideas. Son las necesarias normas, reglas, expectativas, etc., aprendidas (y ‘aprehendidas’ en nuestros sentimientos) en el marco del ‘habutus’ de vivir; y aprendidas en primer lugar en el seno de la familia, en el trabajo y en el interior de la comunidad inmediata (...). Esto no equivale a decir que los valores son independientes de la coloración de la ideología; las cosas, evidentemente, no son así, y ¿cómo podrían serlo si la propia experiencia se estructura según las pautas de clase? (...). Los valores, en no menos medida que las necesidades materiales, serán siempre un ámbito de contradicciones, de lucha entre valores y concepciones de la vida alternativa (...). El materialismo histórico y cultural no puede explicar la ‘moralidad’ despachándola como interés de clase cubierto con un disfraz (...). La conciencia afectiva y moral se expone en la historia y en la lucha de clases a veces como inercia escasamente articulada (costumbre, superstición), a veces como conflicto articulado entre sistemas de valores contrapuestos y con distintos fundamentos de clase”.11 Una utilización de este enfoque renovador de la categoría de moralidad, aplicado a nuestra América, permitiría comprender el papel contracultural desempeñado por la moral indígena en oposición a la de los colonizadores, así como el papel contestatario de los principios de clase de los trabajadores en relación a la hipocresía de la moral burguesa, como factores activos del enfrentamiento social, sin soslayar el hecho de que la moral predominante de una sociedad es, en definitiva, la ética impuesta por la clase dominante, incluida la Iglesia católica, de tanta influencia en la vida cotidiana de nuestros pueblos. Tanto el derecho como las normas de la moral y los valores de una sociedad no son una mera expresión superestructural, sino que cruzan toda la formación social, desde las relaciones de producción y de propiedad hasta las formas concretas de la lucha de clases, de la política y del propio pensamiento. La “revolución de los criterios”, en el México de fines de la década de 1920, es una muestra elocuente del papel activo que puede jugar esa “superestructura” tan poco valorada. El afán de encontrar estructuras en todas las manifestaciones de la sociedad ha conducido al formalismo estructuralista a desvirtuar y relativizar la categoría marxista de estructura, como apunta certeramente Alberto Pla.12 Los aparatos estatales o privados, los partidos políticos, las iglesias y otras manifestaciones institucionales no forman parte de la estructura sino que son unidades o conjuntos de esa superestructura que está condicionada por lo socioeconómico, aunque tenga una autonomía relativa y un funcionamiento dinámico expresado en complejas mediciones. Por lo demás, la propia estructura económica no es homogénea ni estática, sino que tiende a desestructurarse para dar lugar a nuevas estructuras, sobre todo en tiempos revolucionarios de transición a otro. Cada estructura tiene su génesis: es generada, se desarrolla y engendra otra. El conocimiento de la estructura económico-social es básico, pero no agota el estudio de la formación social, pues además de clases existen etnias y sexos, cultura, política e ideología, incluyendo variadas expresiones de la cotidianidad. La vida cotidiana condensa aspectos relevantes de esa totalidad que es la formación social y su relación con la naturaleza, porque expresa el comportamiento de quienes forjan tanto la estructura como la superestructura. “Es en la vida cotidiana - dice Henri Lefebvre - donde se sitúa el núcleo racional, el centro real de la praxis.”13 En ella se refleja crudamente la alienación humana, al mismo tiempo que da paso a formas de desalienación y contracultura. Por eso las clases dominantes tratan de regimentar la vida cotidiana, de planificarla y controlarla, especialmente en el sector de los explotados y oprimidos, tanto en las pautas de consumo como en el “tiempo libre”. Procuran que lo cotidiano sea funcional al sistema, sobre todo en la familia, donde la mujer es sujeto y víctima de la cotidianidad. Justamente la crítica a esta cotidianidad es uno de los puntos de partida para configurar proyectos alternativos de sociedad. La vida cotidiana de una determinada formación social, entendida por algunos autores como modo de vida, es capaz de sobrevivir en muchos aspectos en otros regímenes sociales y políticos distintos, como puede apreciarse en América latina en la

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república burguesa que reemplazará a la Colonia y en la propia república socialista de Cuba. Incluso dentro de cada formación social pueden existir varios modos de vida, como el de los indígenas en América latina por ejemplo, que han conservado sus costumbres hasta la actualidad, aunque son permanentemente hostilizados y discriminados por el modo de vida que impone la clase dominante. El estudio del modo de vida permite analizar la praxis social y la forma como los seres humanos actúan en el trabajo, en las relaciones familiares y de amistad, cómo manifiestan sus emociones y sentimientos, sus necesidades e insatisfacciones, el quehacer de los niños, jóvenes y adultos, sus fiestas, su sexualidad, en fin, las múltiples manifestaciones de la vida urbana y rural. El riesgo del historiador es caer en el empirismo, como le ha sucedido a ciertos colaboradores de los Annales. No se trata, pues, de hacer una historia por separado de cada uno de los aspectos de la cotidianidad, sino de analizar cómo inciden en el cambio en el orden conservador de una sociedad, contribuyendo a abrir la “perspectiva de una historia total del hombre”.14 Así podría percibirse tanto la verticalidad con la horizontalidad de las relaciones humanas como expresiones de la totalidad. Sólo con este concepto de totalidad concreta podremos captar la relación dialéctica entre lo sincrónico y lo diacrónico, terminando con el criterio de que lo sincrónico es el momento de confluencia de “las estructuras” y de que lo diacrónico sólo expresa el transcurrir de los sucesos históricos en el tiempo, al decir de aquellos estructuralistas que priorizan lo sincrónico. Tanto el uno como el otro son expresados por la totalidad de la formación social. No se puede explicar lo sincrónico si no se estudia la génesis de un proceso, su continuidad y discontinuidad. El esfuerzo de Topolsky, uno de los historiadores de la nueva escuela de Poznan,15 por tratar de clasificar las “leyes” históricas en tres categorías: sincrónicas, diacrónicas y sincrónico-diacrónicas, no alcanza a hacer un corte epistemológico con el historicismo ni menos con el estructuralismo . en rigor, tanto en lo sincrónico como en lo diacrónico se expresan la estructura y la superestructura, y ambas pueden analizarse tanto en el nivel sincrónico como en el diacrónico. Por otra parte, es necesario esclarecer qué se entiende por proceso de estructura y por proceso de coyuntura. Si bien es cierto que un proceso de estructura es aquel relacionado con las tendencias generales de una sociedad en un tiempo relativamente largo, y que proceso de coyuntura es el que se da en un período corto, ambos forman parte de una misma totalidad y de esa unicidad contradictoria de la historia entre continuidad y discontinuidad. Por eso, nos parece arbitraria la separación que hace Braudel entre el tiempo de la historia episódica, el tiempo de la historia coyuntural y el tiempo de la historia estructural para las fases de corto, mediano y largo plazo respectivamente.16 No hay tres historias, sino una historia interrumpida que transcurre en ciertos tiempos en una formación social histórica determinada, donde cada coyuntura condensa procesos de estructura que se venían dando desde mucho antes. En ciertas coyunturas- sostiene Alberto Pla - se “ articulan diversas variables y se producen hechos salientes. La coyuntura es la forma en que se manifiestan hechos importantes (acelerados) de esos cambios profundos (...). Para entender el movimiento histórico hay que articular por lo menos dos tiempos: el largo y el corto.”17 a veces un proceso de coyuntura agrava la crisis de estructura, como por ejemplo la baja del precio del petróleo en la década del 80, para los países exportadores de América latina(México, Venezuela y Ecuador ), o permite superarla en casos de revolución social, como sucedió en Cuba. Lo importante para la explicación de los hechos históricos de trascendencia es determinar cuáles son sus causas de estructura y cuáles sus cadenas causales de coyuntura. La revolución por la Independencia de América latina, por ejemplo, se produjo a raíz de causas de estructura, como la opresión colonial y otras contradicciones

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que, combinadas con causas de coyuntura como la invasión napoleónica de España, estallaron en un proceso que condujo a la revolución anticolonial. La coyuntura precipita procesos de estructura generados desde larga data en una formación social determinada, cambiándolos progresiva o regresivamente. En tal sentido, una de las tareas más complejas del historiador es definir las fases o períodos de ascenso, retroceso o estancamiento, de revolución, reforma o contrarrevolución. Hemos puesto énfasis en el análisis de las categorías con el fin de precisar los fundamentos epistemológicos para el estudio de América latina y el Caribe porque en muchos historiadores existe el criterio de que la epistemología es un quehacer especializado de los metodólogos, sociólogos y filósofos. En rigor, no puede haber investigación sin basamento epistemológico como dice Rigoberto Lanz : no hay teoría sin estudio epistemológico (...). Cada saber se configura según las reglas de verdad, de acuerdo a un criterio de lo real, a partir de ciertos registros formales, acudiendo a determinados parámetros de racionalidad. Este conjunto de elementos - incluyendo las cuestiones de método- sintetizan el estatuto epiestemológico del discurso”.18 Nuestra epistemología es irreductiblemente opuesta a los campos metodológicos o “epistemes” de Foucault, que más que una historia del conocimiento son una “arqueología del saber” configurada no según la realidad sino sobre un esquema apriorístico, meramente especulativo. En este “juego de abalorios”, al decir de Abraham Pimstein,19 la historia debe amoldarse a la supuesta “arqueología”, convirtiéndose en un malabarismo de palabras y representaciones. Este formalismo organiza “el saber” de acuerdo a las respectivas “epistemes”, determinando qué es ciencia y qué es ideología. Como cada período histórico sólo admite una “episteme”, el resto es eliminado porque afectaría la homogeneidad de la representación foucoliana, cayendo así en una variante de estructuralismo que no toma en cuenta para nada los hechos de la formación social. No obstante la crítica que hacen Castels y De Ipola a las “practicas teóricas” del estructuralismo, cometen un grueso error al decir que “la epistemología materialista representa un aspecto del materialismo dialéctico en el dominio de la práctica teórica”.20Sólo se puede caer en este desliz si se acepta acríticamente la existencia de un supuesto “materialismo dialéctico”, base de una codificada filosofía marxista. La epistemología del materialismo histórico no forma parte de ninguna filosofía, como lo dijeron hasta el cansancio Marx y Engels. Es la caja de herramientas para tratar de explicar de manera global la realidad, también totalizante, de las formas sociales. Una aproximación a la teoría del conocimiento, de la cual forma parte la epistemología, podría contribuir a un mayor esclarecimiento de esta problemática central. ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE TEORIA DEL CONOCIMIENTO Y VERDAD HISTORICA El problema de la verdad histórica polarizó durante décadas a las corrientes absolutistas y relativistas. Mientras las primeras sostenían la posibilidad de alcanzar la verdad absoluta, las segundas opinaban que todo conocimiento histórico era tan relativo que no era posible alcanzar ningún tipo de verdad. Esta última corriente terminó en el “presentismo”, es decir, estudiar la historia con la óptica del presente. Precursor de esta concepción fue Benedetto Croce: el historiador, quiéralo o no, proyecta su ideología al pasado, “dado que un hecho es histórico en tanto es pensado, y ya que nada existe fuera del pensamiento, no puede tener sentido alguno la pregunta ¿cuáles son los hechos históricos y cuáles los hechos no históricos?.”21 La historia quedó así reducida a un idealismo subjetivo, sólo existente en el pensamiento del investigador. La crítica de Croce a la supuesta imparcialidad de los positivistas e historicistas de la escuela de Ranke fueron correctas, pero su concepción de que existen tantas versiones de la historia como corrientes historiográficas lo condujo a un

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relativismo gnoseológico. De este modo, sostiene Adam Schaff, “el subjetivismo radical y el extremado relativismo del presentismo de Croce privan a la Historia de su estatuto científico, que es precisamente lo que busca este autor. Cierto que ha intentado huir de sus consecuencias destructoras de su relativismo refugiándose en la doctrina del Espíritu absoluto, pero nada podía hallar fuera de un apéndice eclético a su subjetivismo.”22 R.G. Collingwood, H.E. Barnes y C. Becker adaptaron el relativismo crociano a las urgencias de la política norteamericana haciendo una historia funcional y presentista,23 a lo cual Charles Beard le adosó manifiestamente “el espíritu del partido”. La crítica de éste a la aparente imparcialidad de Ranke es aguda, mas recae en el idealismo subjetivo al sostener que los hechos de la historia deben ser seleccionados de acuerdo al modo de pensar del investigador que, al fin de cuentas, es el verdadero creador del pasado. Se llega así a poner en el mismo plano la historia real con las ideas subjetivas acerca de la historia, que por lo demás deberían ser funcionales a los objetivos de la contemporaneidad. En rigor, sólo existe un proceso de aproximaciones sucesivas a la verdad. La Historia, como disciplina, avanza a través de verdades parciales y cambiantes, que se van enriqueciendo a medida que las nuevas explicaciones y conclusiones son verificadas por la realidad. El reconocimiento de que la verdad es relativa no significa relativismo filosófico, para el cual lo verdadero y lo falso siempre son subjetivos, y niega así el proceso de acumulación de conocimientos - decía Lenin en Materialismo y empiriocriticismo- sobre el relativismo es condenarse, fatalmente bien al escepticismo absoluto, al agnosticismo y a la sofística, bien al subjetivismo. El relativismo, como base de la teoría del conocimiento, es no sólo el reconocimiento de la relatividad de nuestros conocimientos, sino también la negación de toda medida o modelo objetivo, existente independientemente del hombre, medida o modelo al que se acerca nuestro conocimiento relativo.” De ahí lo transitorio de cada verdad lograda: transitoriedad que dialécticamente niega la afirmación precedente, pero apoyándose en ella. Ese caminar a la verdad no tiene fin. No se trata de que a través de verdades parciales se llegue a la verdad llamada absoluta, porque no hay ninguna verdad absoluta a la cual llegar, como dijera Engels: “Si alguna vez llegare la humanidad al punto de no operar más que con verdades eternas, habría llegado con eso al punto en el cual se habría agotado la infinitud del mundo intelectual (...) con lo cual se habría realizado el famosísimo milagro de la finitud de lo infinito.”24 El historiador, como todo el que incursiona en el campo del conocimiento, está condicionado por una realidad objetiva: la formación social histórico-concreta, con su estructura económica y de clases, y una política, un Estado y una ideología determinados, en un momento preciso de la lucha de clases. Su obra tendrá, pues, un condicionamiento social insoslayable. La escuela historicista formada por Leopoldo Ranke, que influyó decisivamente a la mayoría de los historiadores latinoamercanos hasta bien entrado el siglo XX, se autoproclamó objetiva - según la versión positivista de la relación objeto-sujeto investigador- en el quehacer de recolectora de datos y expositora acrítica de la hsistoriabatalla. Sin embargo, sería una ingenuidad creer que no hacía ideología. Negarse a interpretar la historia constituía de hecho una forma de ideología o de reforzamiento de la ideología de la clase dominante. Ni qué decir de la ideología que transmitía el conde de Gobineau en su Ensayo sobre la desigualdad de las razas humanas (1853), concepción que abrió el camino para que se identificaran razas con naciones, con el fin de justificar las guerras de conquista. Más sutil fue el mensaje ideológico de Ratzel al sostener que el medio geográfico, especialmente el clima, condiciona la evolución de las sociedades, afirmación que recogió Henry Buckle para explicar los contrastes de la progresista Inglaterra, anglosajona y de clima adecuado, con los atrasados países del Asia y Africa: En fin, una Historia de la historiografía que explorara a fondo las motivaciones de las obras de Spengler, Toynbee, Goetz, Berr y otros encontraría, sin duda, los contenidos ideologizantes de sus discursos. Los de Bartolomé Mitre, Diego Barros Arana, Francisco

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Encina, Alcides Arguedas, Mariano Paz Soldán, José Gil Fortoul y otros consagrados por las academias nacionales de la historia de América latina son tan cristalinos que justifican, sin mayores encubrimientos, el genocidio de millones de indígenas y negros en aras de la ideología del progreso. La ideología tiene una estrecha relación con la teoría del conocimiento y la verdad histórica. La ideología como fenómeno mental de inversión de la realidad histórica. La ideología como fenómeno mental de inversión de la realidad al servicio del quehacer de una clase o fracciones de ella, de una posición filosófica o de partido conduce a racionalizaciones deformadas de la realidad. Aunque es impuesta por la clase dominante para enmascarar sus intereses, no significa que sea un mero engaño, pues por su grado de cohesión social y vivencia es asumida por la mayoría de la sociedad, aunque rechazada por una minoría que toma conciencia de sus alienantes proyecciones políticas y culturales. La ideología no es una reproducción mecánica de las relaciones de producción sino una forma de encubrir la realidad o una especie de conciencia social - llamada “falsa” por algunos - a través de múltiples mediaciones, como puede apreciarse en los mensajes subliminales de los medios de comunicación de masas destinados a moldear el “hombre unidimensional”, al decir de Marcuse. La ideología - dice Vincent- es “un fenómeno objetivo que manifiesta cierto tipo de relaciones de los hombres entre sí y con sus productos y se expresa en cierta configuración de la conciencia social.”25 La llamada “falsa conciencia” - que no por ser falsa deja de ser real, a tal punto que permea la existencia de los propios oprimidos- es una de las manifestaciones superestructurales más importantes de la formación social. “ Para el pensador dialéctico apunta Goldmann- las doctrinas forman parte integrante del hecho social en sí y sólo pueden ser separadas de él por una abstracción (...).¿Cómo comprender el crédito o la familia fuera de su génesis y cómo separar esta génesis de la evolución de las teorías sobre la legitimidad del interés, sobre el pecado de la usura, sobre el matrimonio y sobre la vida familiar.”26 Es errónea la contraposición que hace el althusserianismo entre ideología y ciencia -apreciación que deriva de un criterio positivista del conocimiento- puesto que la ciencia también puede reproducir ideologías. De ahí su íntima relación con la teoría del conocimiento. La ideología puede ser analizada tanto desde el punto de vista genético en cuanto a su origen y desarrollo de clase, como por su incidencia en la praxis cognoscitiva. Obviamente, no existe una correspondencia mecánica entre la clase a la cual pertenece el investigador y su ideología; menos cierto aún es que cada obra o pensamiento tiene un interés de clase. Si bien es verdad que la ideología se manifiesta abierta o encubiertamente en los historiadores de origen burgués, no podemos dejar de señalar que las obras históricas de numerosos militares de izquierda están recargadas de ideología, deformando o acomodando la historia en función de la estrategia política contingente de su partido. La polémica de la década de 1960 en América latina acerca del carácter de la colonización y de la formación social republicana puso de manifiesto que ciertos autores insistían en la definición feudalista con el objeto de reforzar la línea de revolución deocratico-burguesa, antifeudal y agraria. Otro factor que condiciona al investigador y mediatiza su quehacer es el papel que ejerce el Estado y las propias estructuras de poder de las universidades, tanto públicas como privadas. Es sabido que estas instituciones estimulan determinadas investigaciones en consonancia con las necesidades de la clase dominante. A veces son los propios investigadores los que sugieren estudios funcionales a las urgencias del Estado. Las instituciones - dueñas de la infraestructura y del financiamiento - presionan de un modo tal que los investigadores hacen mecanismos de autorrepresión en la selección de los temas. La división jerárquica y vertical “que rige la institución” - anota Enrique Florescano - concentra el uso de los recursos materiales y sociales en grupos pequeños y poderosos, para que perpetuarse distribuyen poder y beneficios entre quienes se adhieren

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a las políticas asumidas (...). La separación entre el sistema productivo y las otras, entre la fabricación y el producto, procedimiento típico del trabajo intelectual, opera entonces contra la misma capacidad del investigador para ejercer el dominio pleno de su actividad y de las condiciones sociales y científicas que lo determinan. Mantener esta separación es echar un velo más sobre el sistema actual, que bajo la ficción de neutralidad científica y la pluralidad de corrientes declara la ‘ libertad del discurso’, pero monopoliza la dirección y administración del proceso productivo.”27 Esta situación se da no sólo en los institutos de investigación dominados por la intelectualidad burguesa, sino también en los centros controlados por la izquierda dogmática, donde se imponen sectariamente líneas de investigación teñidas de ideología. Estamos en desacuerdo con Schaff cuando emplea el término ideología proletaria o ideología científica, porque constituye una contradicción con la categoría marxista de ideología. Menos compartimos su afirmación de que “el marxismo es una ideología” y que la ideología proletaria “es una superación de la ‘falsa conciencia’ de la ideología burguesa”.28 Además de confundir pensamiento proletario-revolucionario con ideología, Schaff parece no advertir que el problema de superar la “falsa conciencia” no es un acto voluntarista. La ideología es un fenómeno objetivo destinado a racionalizar la realidad en función de los intereses de una clase e inclusive de sectores burocráticos emergentes en la fase de transición al socialismo, como puede comprobarse en la ideologización de la historia que han hecho investigadores de la Academia de Ciencias de la URSS en consonancia con los interés de la capa burocrática de turno. La deformación gnoseológica de la realidad histórica no es necesariamente por los monopolizadores del poder, sino que es el producto de sofisticadas mediaciones que se dan entre la estructura de la formación social y las múltiples manifestaciones de la superestructura de la formación social. Es obvio que mayores deformaciones del proceso histórico harán los ideólogos que defienden los intereses de la clase dominante que los que luchan a favor de los explotados y oprimidos. Menos deformación de la historia del protagonismo social femenino efectuará una teoría de la emancipación de la mujer que un ideólogo del patriarcado. La historia, como proceso objetivo, es analizada por el investigador, sujeto sometido al condicionamiento de su tiempo y del estadio concreto de la lucha de clases. Quiera que no, sus temáticas de estudio están en general motivadas por el anhelo de encontrar las raíces de la crisis de su contemporaneidad y de su compromiso de esclarecer ante su pueblo aquello que ha encontrado como verdad histórica verificable. Manifiéstelo o no, el historiador trabajará en su telar con algún objetivo relacionado con su contemporaneidad, ya sea para desmizitificar el papel de las clases dominantes o justificarlas racionalizando sus acciones. El sujeto-agente investigador nunca es imparcial o neutral, ni siquiera en la elección del tema, aunque debe procurar ser lo más riguroso posible en la verificación de sus asertos. Nadie aborda una investigación sin una concepción del mundo o una posición política, no necesariamente partidista, y sin una teoría y un método para orientar su labor heurística y hermenéutica. El método - en bloque inescindible con la teoría y las categorías epistemológicas le permite al historiador utilizar las técnicas más funcionales para interrogar adecuadamente los datos empíricos. Una teoría sin estudio de lo fáctico no tiene bases sólidas, y una investigación sin teoría es una acumulación de datos sin mayor significación. De este modo podrá descubrir qué hay de ideología o de verdad en los documentos oficiales de los gobiernos, parlamentos e instituciones como la Iglesia, las Fuerzas Armadas y las asociaciones corporativas de la clase dominante latinoamericana. Nunca olvidar que una época no debe ser juzgada solamente por la conciencia que ésta tenga de sí misma, decía Marx en el prefacio a la Contribución a la crítica de la Economía Política.La historia real una vez elevada al plano delpensamiento -señala Adolfo Sánchez Vázquez- “no es ya la historia como la vivieron suspropios actores o como la viven hoy -

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ideal y retrospectivamente- quienes buscan en ella pilares ideológicos para apuntalaar supresente (...).La historia sólo puede ser ciencia o condición de salirse de lo vivido o deseado, es decir no quedándose en mera ideología.”29 Una de las tareas heurísticas es entonces detectar la ideología que penetra los documentos de las instituciones, teñidos frecuentemente de autoritarismo, racismo y, a veces, de paternalismo para buscar un mínimo de consenso destinado a justificar las acciones de la clase dominante o de una de sus fracciones en el gobierno o en la oposición liberal, conservadora y radical de nuestra historia latinoamericana. Los documentos constituyen la principal prueba histórica, pero no bastan para reconstruir el pasado porque, además de no reflejar otros aspectos de la formación social, no son neutrales ni objetivos respecto de su contemporaneidad. Por eso el historiador, una vez verificada su autenticidad y confiabilidad, debe confrontarlos con otras fuentes, como pueden ser las estadísticas, sin caer en la mal denominada “historia cuantitativa”, que no es historia sino una técnica econométrica, hoy renovada por la computación. También puede utilizar otras fuentes, a veces menos ideologizadas, como la novela, el teatro, la poesía gauchesca e inclusive intimista, la pintura, las artesanías, los graffitis, la letra de las músicas populares y, para las décadas recientes, el cine, la televisión, los videos y, sobre todo, los periódicos y revistas. Aunque no constituyen una prueba, son testimonio invalorable para investigar la vida cotidiana porque reflejan con mayor riqueza que los documentos oficiales las costumbres de los pueblos. Es más de una época histórica el arte expresó sentires que no era posible canalizar por otras vías, ya fuera por autorrepresión o por temor a represalias. “Las obras de arte -apunta Pierre Francastel- aportan un material de información tan preciso como cualquier otro cuando se trata de saber cómo han actuado los hombres y cómo han juzgado en un momento preciso (...) son testigos de un tipo particular de racionalidad.”30 A diferencia de otras disciplinas del saber en que pueden exponerse los resultados de la investigación sin necesidad de seguir un ordenamiento temporal en el método de exposición, el historiador debe seguir el hilo de la historia y, al mismo tiempo, explicarla. A veces cae en una aparente discontinuidad entre descripción e intrepretación debido a que tiene que narrar el hecho histórico y, a la vez, explicitarlo. Si a esto le sumamos la necesidad de teorizar sobre lo interpretado, comprenderemos cuán compleja es la tarea de combinar en la Historia, como disciplina, el método de investigación con el de exposición. Describir interpretando y teorizando es, en suma, el difícil oficio del historiador.
NOTAS
GALVANO DELLA VOLPE: Rousseau y Marx, Ed. Política, La Habana, 1965, y Clave de la dialéctica histórica, Ed. Proteo, Buenos Aires , 1965. 2 CARLOS MARX: Elementos fundamentales para la crítica de la Economía Política (Grundrisse), Ed. Siglo XXI, Madrid, 1972, t. I, p.21 3 GEORGE NOVACK: Para comprender la historia, Ed. Pluma, Buenos Aires, 1975, p. 124 4 ANTOINE PELLETIER y JEAN-JACQUES GOBLOT: Materialismo histórico ... op.cit., p.73. 5 RAFAEL HERRERA R.: Mariátegui y la revolución permanente, Ed. Pensamiento y acción, Lima, 1980, p. 147. 6 JOSE CARLOS MARIATEGUI: ‘’El alma matinal ‘’, en Obras Completas, Lima 1972, vol. III, p. 18. 7 SERGIO BAGU: tiempo, realidad social y conocimiento, Ed. Siglo XXI, novena edición, México, 1982, p.101. 8 KAREL KOSIK: Dialéctica de lo concreto, Ed. Grijalbo, México, 1976, p. 58. 9 GEORGE LUKACS: Historia y conciencia de clase. Ed.Grijalbo, 2da. Edición, México, 1975, p. 14 10 LUDOVICO SILVA: Teoría y práctica de la ideología, Ed.Nuestro Tiempo, México, 1975, p. 27. 11 EDWARD P. THOMPSON : Miseria de la teoría, Ed.Crítica, Barcelona, 1981, pp.268 a 270. Del mismo autor: Tradición, revuelta y conciencia de clase, E d. Crítica, Barcelona, 1979, y La formación histórica de la clase obrera, Ed. Laia, Barcelona, 1977. 12 ALBERT PLA: La historia y su método, E d. Fontamara, Barcelona, 1980, p. 24. 13 HENRI LEFEBVRE: La vida cotidiana en el mundo moderno, Alianza editorial, Madrid, 1972,p. 44. 14 HENRI LEFEBVRE: Más allá del estructuralismo , E d. La Pléyade, Buenos Aires, 1973, p. 126. 15 J. TOPOLSKY: Metodología de la investigación histórica, E d. Península, Barcelona, 1973.
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FERNAND BRAUDEL: La historia y las ciencias sociales, Alianza editorial, Madrid 1970. ALBERTO PLA: La historia... ,op. Cit., p. 35. 18 RIGOBERTO LANZ: El marxismo no es una ciencia, E d. UCV, Caracas, 1980, p. 185 19 ABRAHAM PIMSTEIN: Foucault o el jugador de abalorios, mieo, Caracas, 1981. 20 MANUEL CASTELLS y EMILIO DE IPOLA: '' prácticas epistemológicas y ciencias sociales '', en Revista latinoamericana de Ciencias Sociales, nº 4, Santiago de Chile, 1973. 21 BENEDETTO CROCE: Teoría e historia de la historiografía, E d. Imán, Buenos Aires, 1953. 22 ADAM SCHAFF: Historia y verdad, E d. Grijalbo, México, 1974, pp. 132 y 133. 23 R. G. COLLINGWOOD :Idea de la Historia, FCE, México, 1952. 24 FEDERICO ENGELS: Anti-Dürhing, E d. Grijalbo, México, 1977, p. 204. 25 JEAN MARIE VINCENT: Fetichismo y sociedad , E d. ERA, México, 1977, p. 204 26 LUCIEN GOLDMANN: Las ciencias humanas y la filosofía, E d. Nueva Visión, Buenos Aires, 1975, p. 48. 27 En CARLOS PEREIRA y otros: Historia ¿ para qué?, E d. SigloXXI, 5ta. Edición, México, 1984, p. 23. 28 ADAM SCHAFF: Op. Cit., pp. 207 y 208. 29 ADOLFO SANCHEZ VAZQUEZ: Estructuralismo e historia. México, 1974. 30 PIERRE FRANCASTEL: ‘’Arte e Historia’’, en E. BALIBAR y otros: Hacia una nueva historia, Ed. Akal, Madrid, 1976,pp.76 y 77.

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CAPÍTULO III La Historia como disciplina del conocimiento
Uno de los principales argumentos que se esgrimen para negarle el carácter de ciencia a la Historia - y por extensión a las disciplinas relacionadas con el estudio de las sociedades huanas, como la Antropología, Economía, Sociología, etc.- es su imposibilidad de formular leyes, en contraste con las ciencias naturales. Sin embargo, las recientes investigaciones epistemológicas han demostrado que ni siquiera las ciencias llamadas exactas están en condiciones de establecer leyes ciento por ciento seguras. Por eso actualmente se prefiere hablar de carácter hipotéticos de las mismas o de leyes con un alto margen de probabilidad para el conjunto de los fenómenos, aunque de limitada aplicación a los hechos particulares. De ahí la crisis de las leyes mendelianas sobre genética y de otras teorías sobre la física, como aquellas que conociendo la velocidad de un electrón no pueden precisar su ubicación en un instante dado, por la indeterminación e impredecibilidad de los procesos. Muchas de las virtudes que se le atribuían a las ciencia están cuestionadas; formaron parte de una ideología impuesta por la clase dominante con la finalidad de convencer de que todos los problemas de la sociedad capitalista iban a ser resueltos con el “progreso científico”. La falencia de esta argumentación es tan manifiesta que hoy existe en el mundo más cesantía, hambre, miseria y alienación humana que cuando se inició este siglo preñado de la idea de progreso. Las investigaciones “científicas” está cada día más al servicio de una economía de guerra que amenaza con extenderse alas galaxias, llegándose a crear “departamentos de marketing para comercializar hasta los más peligrosos ensayos (...) la conquista del espacio exterior, considerada como uno de los ‘monumentos’ de la ciencia actual, en la cual participan los más valiosos grupos de científicos, muestra hasta qué unto se ha ‘ militarizado’ la investigación científica.”1 Las ciencias llamadas exactas han logrado notables avances, pero sus análisis tan particulares han reforzado la tendencia al parcelamiento de la realidad. El proceso de proliferación de ciencias superespecializadas es relativamente reciente; para ser más precisos data de fines del siglo pasado. Los griegos tenían una concepción global para el estudio de la realidad; los presocráticos, como Anaximandro y anaxágoras, explicaban la totalidad a través de las fuentes energéticas, como la luz solar, el agua y otros elementos de la naturaleza. Platón, Aristóteles y, más tarde, Galeno “consideraban el universo como un organismo, es decir, un sistema armonioso y regulado a la vez según las leyes y los fines”. “ Ellos mismos se concebían como una parte organizada del universo, una especie de célula del universo-organismo”.2 A pesar de la contracorriente religiosa y el oscurantismo medieval, surgieron en la Baja Edad Media investigadores de la talla de un Roger Bacon. El renacimiento italiano gestó al hombre más integral y de pensamiento más totalizador que se haya dado en la historia de la humanidad: Leonardo da Vinci, artista, matemático, artesano, inventor, dibujante, pintor, escultor y un sinfín de actividades, como expresión de un genio que procuró por todos los medios captar la globalidad del mundo de su época. Todavía en el siglo XVII se trataba de abarcar el máximo del campo de la ciencia conocida. Newton fue matemático, astrónomo, óptico, mecánico y químico, como muchos científicos de su tiempo. “A consecuencia de esta universalidad- dice John Bernal- los científicos o ‘ virtuosi’ del siglo XVII pudieron dar la imagen más unitaria de la ciencia que la que sería posible en épocas posteriores.”3 El sistema capitalista, urgido de descubrimientos científicos para lograr un rápido despegue, estimuló la proliferación de especialidades como la química para la industria textil, la física y la ingeniería mecánica para el avance industrial. La ciencia aplicada databa de muchos siglos, pero logró un auge notable en el siglo XIX con la invención del teléfono, la electricidad,

el ferrocarril y el barco a vapor. Desde el momento en que la ciencia comenzó a ser el motor principal de los avances técnicos se fragmentó en tantas especialidades como requería el proceso productivo. Esa es la época en que la ciencia es institucionaliza, entra por la puerta ancha de la universidad y adquiere rango académico bajo el postulado de “ciencia pura”: “La ciencia no consiguió transformar tanto a las universidades como éstas la transformaron a ella. El científico fue menos un iconoclasta visionario que un sabio transmisor de una gran tradición (...): La ciencia académica de la época dependía en último término de sus éxitos en la industria”.4 Esta dependencia se ha acentuado en el presente siglo. El Estado y las empresas monopólicas financian las principales investigaciones, cuyos fines no son precisamente académicos. En síntesis, mientras más se desarrolla la sociedad industrial, más especialidades científicas alienta, reforzando la tendencia al parcelamiento de la realidad. La ciencia es, pues, producto de su tiempo y del régimen de dominación político que impone una determinada división del trabajo, hecho que obliga a las epistemologías a replantearse constantemente sus fundamentos. Cuestionar la ciencia -cada vez más institucionalizada- no significa de ningún modo negar la necesidad de producir conocimientos verificables y, sobre todo, socializarlos para evitar el monopolio del saber de quienes hacen uso y abuso del conocimiento. Rigoberto Lanz anota que “ la ciencia -hasta donde puede hablarse de ella en singularsolo existe como continuidad dialéctica del saber. No hay ninguna fuerza inmanente (intemporal) que funde un estatuto independiente para el devenir del saber (...). resulta incorrecto referirse a la epistemología en singular. Esto es: no existe una epistemología situada por encima de los modelos de análisis específicos que configuran hoy el conjunto del pensamiento humano. Existe en todo caso un cuadro de epistemologías referidas directamente a las matrices teóricas (marxismo, positivismo lógico, etc.). Perteneciente a la vieja tradición academicista la creencia en una epistemología ‘científica’, es decir, colocada objetivamente al margen de las disputas teóricas. Tal creencia proviene por lo general de un supuesto anterior: la ciencia es una entidad suprahistórica y extraideológica que adquiere su propia dimensión en el ámbito del saber genérico”.5 El problema, entonces, es discutir no sobre la definición de ciencia en general, sino acerca de la naturaleza de cada disciplina del saber. No existe una ciencia sino varias, y cada una de ellas con una epistemología, métodos y técnicas distintas. La Historia emplea una teoría y una lógica distintas de las de las ciencia naturales porque tiene que analizar contenidos diferentes sociedades en permanente cambio- y, por lo tanto, laborar con una epistemología distinta. Al terrorismo ideológico-cientificista, ejercido por quienes cada día se parecen más a tecnólogos que a investigadores integrales pretendiendo erigirse en jueces de lo que es y no es ciencia, hay que responderle no con la conciliación epistemológica ni con la adopción ambigua de sus técnicas para justificarse como científicos, sino con investigaciones probadas en la realidad y con una producción de conocimientos menos ideologizadas. Por lo demás, no existe una ciencia social de carácter universal ya que -como hemos dicho- sus conceptos y categorías han sido elaborados en función de las necesidades de la sociedad europea y norteamericana, ignorando a más de las tres cuartas partes de la humanidad. El paradigma de estas ciencias sociales eurocéntricas es lamentablemente tomado como modelo por los investigadores del llamado “tercer mundo”: “las ciencias sociales de los países dependientes -afirmaba Antonio Carcía- no constituyen un cuerpo autónomo sino un simple transplante de piezas integradas a la cultura y al sistema de valores de la nación metropolitana. La Economía, la Sociología, la Antropología y la Teoría Política se exportan desde el centro a los países de la periferia del sistema, en procura de su identificación ideológica con la nación y las clases en el que ejercen la hegemonía, en el nivel del sistema o en el de los países dependientes. Estos constituyen los sutiles engranajes de una alineación que se produce a través de la Teoría Científica que elaboran, refinan, especializan y arman con un enorme aparato documental, los centros rectores de la nación metropolitana.”6 Hay que decirlo de una vez por todas y con todas sus letras: estas ciencias sociales tienen un aparato conceptual inadecuado para el análisis de las formaciones asiáticas, africanas y latinoamericanas. Su eurocentrismo les ha impedido ver las particularidades de estas formaciones sociales y, por ende, conceptualizar a un nivel realmente universal. Un investigador

africano decía: “El dato que informa la teoría social moderna en el momento de su constitución y de su auge no es un dato universal, sino solamente europeo y occidental”.7 No por mera ironía preguntaba J. Needham : “¿no es también un bárbaro este europeo?.”8 El sueco G Myrdal admite que “la Teoría Económica es en gran medida una racionalización de los intereses que predominan en los países industrializados, en donde ella se inició y fue desarrollada más tarde”.9 El francés Jean Cheneaux llegó a reconocer que el conocimiento de otras culturas “permitiría una cimentación realmente universal a cada una de nuestras ciencias humanas, cuyo equipamiento conceptual y cuyos datos básicos no salían hasta ahora, y con muy pocas excepciones, del estudio de Europa occidental”.10 Era obvio, pero pocos se atrevían a decirlo: el análisis de las clases, del Estado, de los modos de producción, de los partidos políticos y de la vida cultural, hechos por las ciencias sociales de Europa y Estados Unidos, no tiene un carácter universal. Tuvo que estallar la revolución en Europa oriental, China, Vietnam y luego en el propio hemisferio occidental (Cuba y Nicaragua) para que aparecieran en su plena desnudez las supuestas teorías sobre la funcionalidad y el modo de controlar las anomalías. El deseo de que las disciplinas relacionadas con el estudio de la sociedad fueran consideradas ciencias por el mundo académico condujo a un vasto sector de investigadores sociales a tratar de encontrar leyes que rigieran la vida de las sociedades. Esta posición, planteada por algunos pensadores evolucionistas, fue llevada a su extremo por ciertos dogmáticos, sediciendiente marxistas, en la era de Stalin. No obstante las reiteradas autocríticas, todavía persisten autores de tendencia estructuralista que buscan afanosamente las susodichas leyes para legitimar no sólo a las leyes sociales sino también al marxismo, que es algo más que una ciencia. ¿QUE ES LA HISTORIA? La discusión sobre si la Historia es una ciencia sólo tiene sentido en la medida que sirva para definir su campo epiestemológico y poder así mejorar su método de análisis y sus técnicas de investigación.11 Mientras los academicistas siguen discutiendo sobre el status científico de la Historia, tratando de legitimar sus investigaciones mediante un sincretismo ecléctico entre teoría y metodología, se ha producido de hecho un notable avance en el conocimiento del pasado. Lo que interesa verdaderamente es la producción de conocimientos12 con contenidos que contribuyan a explicar el devenir de las sociedades, mediante procedimientos verificables. Puede haber historiadores que cumplan con los requisitos establecidos por la metodología tradicional, per la ideología que manejan los conduce a encubrir la realidad al servicio de proyectos pasados y presentes de la clase dominante. ¿Acaso no fueron consagradas como verdades para las academias nacionales de la historia las conclusiones de un Barros Arana, un Bartolomé Mitre o un Ricardo Levena? ¿Y descalificadas las obras de un Mariátegui por cuestionar las supuestas verdades de la historiografía oficial? Por consiguiente, lo que debe preocuparnos no es si una producción histórica es calificada de científica por un autonombrado tribunal del saber, sino si ha sido capaz de explicar, con pruebas los procesos de cambio de la sociedad estudiada, si ha manejado correctamente las fuentes y las ha sometido a la crítica heurística, si ha logrado probar sus hipótesis de trabajo y verificado sus asertos, si ha utilizado adecuadamente el método inductivo-deductivo para la prueba histórica, si ha sacado una correcta inferencia de los procesos trascendiendo la mera anécdota o suma de informaciones, si ha logrado relacionar con precisión los hechos en la búsqueda de una explicación global, si ha efectuado estudios comparativos con procesos similares ocurridos en un país analizado o en otros, si ha hecho una contribución a la comprensión de las tendencias generales de los procesos, si ha logrado en su esfuerzo de síntesis mostrar cómo y por qué acaecieron los fenómenos estudiados, si ha sido consecuente con la teoría o el cuerpo epistemológico escogido y, finalmente, si su trabajo constituye un aporte original al proceso de acumulación de conocimiento.

La Historia, como disciplina, estudia los cambios o metamorfosis de las formaciones sociales en permanente transformación en el espacio y el tiempo. La noción de espacio y tiempo interesa especialmente al historiador en cuanto tiene relación con la sociedad, es decir el espacio social, el territorio ocupado por los pueblos y su relación con la naturaleza. El espacio social no es sólo el territorio nacional sino también el internacional, tanto el mercado local como mundial, especialmente a partir del siglo XVI, en que la historia se fue haciendo universal, y los continentes asiático, africano y americano, cada vez más dependientes de Europa. Respecto del tiempo, al historiador le interesa el tiempo social, es decir el período histórico de desarrollo de cada sociedad. El tiempo cronológico es continuo, lineal, el tiempo como desarrollo es heterogéneo, discontinuo. “La concepción althusseriana de un ‘único tiempo de referencia continuo’, en realidad conduce a conclusiones falsas porque no establece una distinción clara entre la incuestionable (e indispensable, pensemos en las fechas) existencia de dicho tiempo como terreno de la historia, y su no pertenencia como principio común organizador de las diversas medidas del desarrollo histórico (...). En lo que al materialismo histórico insiste sobre todo es en el carácter internacional de los modos de ‘producción y en la necesidad de integrar los tiempos de cada formación social particular en una historia general mucho más compleja del modo de producción dominante en ellos. Los problemas teóricos y técnicos que implica la reunión de temporalidades históricas diferenciales en un tiempo social único son tremendas.”13 Es necesario también considerar otra dimensión del tiempo: la que tiene que ver con la continuidad de una cultura, con la permanencia de ciertas costumbres y creencias, como es el caso de la continuidad milenaria cultural de las etnias indígenas de la zona andina y mesoamericana. Es un tiempo no lineal ni mensurable fácilmente como el de un gobierno. Otra dimensión del tiempo es la intensidad, según Sergio Bagú: “Lo específicamente humano es que su tiempo también se organiza como multiplicidad cambiante de combinaciones, como velocidad variable de cambios. A esa dimensión del tiempo la llamamos intensidad. La intensidad de lo social consiste en la producción y transmisión de efectos con muy variable dinamismo (...). La riqueza de las combinaciones, la velocidad de los cambios -es decir, el tiempo organizado como intensidad- están tejidos con decisiones, con opciones entre posibilidades.”14 La historia, como disciplina, no relata el mero suceder de los hechos en el tiempo y en el espacio sino que explica el cómo y el por qué de las transformaciones, sobre todo el salto cualitativo de los cambios, cuya percepción es clave para el oficio del historiador. Analiza tanto las situaciones como el movimiento y la dinámica de las formaciones sociales, explicando cómo los hechos concretos se expresan en tendencias generales de la estructura a largo plazo y en procesos de coyuntura, básicamente en el enfrentamiento de clases, que es donde se condensan todas las manifestaciones contradictorias de las sociedades de clase. La tarea del historiador no consiste en hacer una “historia de estructuras”, que reemplace a la “historia de acontecimientos” como sentencian Ciro Cardoso y Héctor Pérez Brignoli,15 sino en explicar la historia de las formaciones sociales, tanto de sus estructuras como de sus manifestaciones individuales, políticas y culturales, puesto que lo singular -el papel del individuo en la historia- refleja los aspectos de las determinaciones generales de la sociedad. Lucien Goldmann apuntaba certeramente: “ una historia no podría comprender la estructura social del imperio (napoleónico) si ignorara la intención subjetiva de sus dirigentes de borrar los últimos recuerdos del período jacobino, de restablecer el orden social, la nobleza, la legitimidad (...) hay que tener en cuenta tanto la coherencia humana y la fuerza creadora de los individuos como la relación entre su conciencia individual y la realidad objetiva”.16 Similar apreciación podríamos hacer en la historia latinoamericana sobre el papel desempeñado por Bolívar, Martí o el Che Guevara. La historia es, decía Pierre Vilar, “la ciencia del todo social, y no de tal o cual parte, ciencia del fondo de los problemas sociales y no de sus formas, ciencia del tiempo y no del instante”.17 El hecho histórico no es sólo el acontecimiento político, el dato, la anécdota o los números de una estadística, sino el resultado de un complejo de elementos de carácter social. Por ejemplo, el levantamiento de Túpac Amaru es un hecho histórico, al igual que la

Declaración de Independencia, porque condensan en ese momento procesos contradictorios que se fueron incubando en la sociedad colonial. Pero el hecho histórico no es toda la historia, pues es necesario interrelacionar los hechos para reconstruir la totalidad de la formación social. Engels decía en carta a Bloch: “Hay innumerables fuerzas que se entrecruzan, una serie infinita de paralelogramos de fuerza que dan origen a una resultante: el hecho histórico”.18 Es imposible hacer Historia si no se conocen esos paralelogramos de fuerza, que están constituidos básicamente por la estructura económico-social, el Estado, la ideología y la cultura. No se trata, entonces, de explicar el hecho en sí, como lo hace el empirismo, sino analizar sus interrelaciones con el conjunto de las manifestaciones societarias. Al igual que otras disciplinas, la Historia es capaz de dar una explicación genética, que no es mera cronología o enumeración de hechos en secuencia temporal, sino producto de la interrelación de fenómenos que dan lugar a la génesis de un proceso. También aplica, como otras ciencias, el método de abstracción y concretización; es decir, puede mediante la abstracción de los fenómenos de la realidad hacer generalizaciones de procesos e inclusive la regularidad de algunos de ellos, a contracorriente de la opinión de los pepperianos. Sin teoría y epistemología específica no es posible jerarquizar, ordenar y seleccionarlos hechos históricos, que ha simple vista aparecen inconexos. Dichos sucesos sólo pueden procesarse adecuadamente si el historiador está premunido de una teoría, evitando en su rechazo al empirismo caer en el formalismo teorizante. Por eso, Henri Pirene aconsejaba teorizar sobre la base de un conocimiento concreto de la formación social investigadora. Con este criterio, Marc Bloch y Lucien Febvre fundaron Annales d’ Histoire Economique et Sociale, reactualizando las críticas a la escuela histórica rankeana que hipervaloraba el hecho político sin buscar una explicación del mismo en la estructura social y económica. Bloch puso de relieve la necesidad de estudiar la tecnología empleada por las diferentes sociedades y, sobre todo, la utilización del método regresivo de análisis, es decir, la reconstrucción del pasado, empezando la investigación por la fase de apogeo de una formación social para poder rastrear su génesis: “Una institución como la servidumbre conviene abordarla primeramente en su momento de plena expansión; si falta esto, nos exponemos a investigar los gérmenes de las cosas que jamás existieron”.19 El uso de este método nos ha permitido detectar la evolución del capitalismo primario exportador latinoamericano, retrocediendo desde el siglo XIX hasta la Colonia, porque si hubiésemos seguido el camino inverso nos habríamos encontrado con relaciones de producción circunstanciales que nos hubieran impedido comprometer -como le ha pasado a quienes enfatizaron en el carácter feudal- las tendencias principales de ese período de transición que se inaugura por vía exógena con la conquista hispano-lusitana y culmina con la segunda mitad del siglo XIX con el predominio del modo de producción capitalista indicado, siguiendo un proceso de desarrollo diferente al europeo. La “Historia razonada”, inaugurada por Annales, constituyó un paso adelante en el cuestionamiento de la historiografía tradicional, pero su campo epistemológico se ha hecho tan difuso que, en definitiva, refuerza la tendencia a parcelar la globalidad de los procesos históricos, poniendo el acento en aspectos económicos y sociales, escindidos a veces de lo político y de la vida cotidiana, o viceversa, conceptualizando aspectos de ésta que no tienen mayor relación con la totalidad. A pesar de que los fundadores de Annales manifestaron la decisión de descubrir “series, agrupando hechos hasta entonces separados”20, no lograron generar una teoría global para el estudio de la formación social, ni tampoco una jerarquización de los factores que la componen. Los fenómenos aparecen con la misma importancia en esa “historia viva”, tanto los económicos y sociales como los políticos y culturales, sin un método coherente para interrelacionar esos factores y señalar cuáles son los predominantes y cuáles los condicionantes. Nadie podría desconocer la importancia de los trabajos publicados en los Annales sobre historia rural, urbana, vida cotidiana y sociedad civil, pero detrás de ellos no hay una teoría innovadora para el estudio de la historia. Lo que atrajo a los jóvenes investigadores fue su “crítica de la historia tradicional y caduca, a la herencia fosilizada del historicismo ‘evélnémentielle’, y su actitud, en contrapartida, de abrir puertas y ventanas a la colaboración con otras disciplinas vecinas, para ayudar a una renovación total de los métodos del historiador

(...). Pero los Annales no aportaron, al lado de este enriquecimiento metodológico, una renovación teórica similar”.21 Esta deficiencia, anotada por un historiador que formó al principio en las filas de dicha escuela, se encuentra de manera ostensible en uno de sus más destacados colaboradores: Fernand Braudel. Su método interdisciplinario, su despliegue de conocimientos para abarcar las diversas manifestaciones societarias deslumbra, pero no se percibe el hilo conductor que interrelaciones los acontecimientos ni las tendencias principales de los procesos, salvo cierto determinismo geográfico. Escribe latamente sobre historia económica, pero por falta de una teoría no alcanza a desentrañar el funcionamiento de las tendencias centrales de la estructura y su relación con lo social y lo político, al poner énfasis en el comercio y las curvas de precios, omitiendo el análisis exhaustivo del proceso productivo y del destino del plusproducto. Neopositivismo y eclesticismo vuelven a darse la mano para mediatizar el análisis dialéctico del curso también dialéctico de la historia. ¿LEYES O TENDENCIAS DE LA HISTORIA? La imposibilidad de establecer leyes, al estilo de las ciencias naturales, en el desarrollo de las sociedades humanas constituye uno de los principales argumentos para negarle a la Historia el carácter de ciencia, cuestionamiento cada día más endeble a la luz de la actual crisis de la ciencia. El intento de establecer leyes en la historia, con el fin de legitimar el status científico de este quehacer, condujo a varias corrientes epistemológicas a forzar los hechos de la historia en función de esquemas aprioristicos, generalmente de tipo ideologizante. Es conocido el callejón sin salida al que arribó el dogmatismo cuando taxativamente estableció que, por una ley histórica inexorable, todas las sociedades deben pasar por la secuencia comunismo “primitivo”esclaviso-feudalismo-capitalismo. Refiriéndose a la aplicación de este esquema la Cuba prerrevolucionaria, Manuel Moreno Fraginals anotaba”: El libro de Historia que más se vendió en Cuba -se editaron cerca de un millón de ejemplares- decía cosas como éstas, ya que había que ajustar un esquema marxista a una realidad histórica: la etapa de la comunidad primitiva, ya la tenemos resuelta; son los indios taínos que viven en Cuba. Hay esclavismo: son los esclavos indios y los esclavos negros: Después vendrá el feudalismo, y lo solucionaron de una manera genial: el patronato correspondería a esta etapa, ya que sirve de puente entre la esclavitud y el movimiento asalariado. Entonces hay un feudalismo que comenzó el día 10 de enero de 1883 y terminó el 15 de marzo de 1885. Resuelto el problema. Lógicamente, después vendrá el capitalismo y ya tenemos escrita la historia de Cuba”.22 La concepción unilineal de la historia, planteada por el positivismo comteano, había sido oportunamente rechazada por Marx : sus estudios sobre el capitalismo no constituían una “teoría histórico-filosófica de la marcha general, impuesta a todos los pueblos”,23 sino un análisis concreto de una sociedad determinada. Por eso, decía Engels: “es necesario reestudiar toda la historia, deben examinarse en cada caso las condiciones de existencia de las diversas formaciones sociales”;24 concepción compartida por Lenin: “no quedan en manera alguna excluidas, sino que por el contrario, presuponen ciertas etapas peculiares de desarrollo tanto en lo que hace a la forma como al orden de sucesión”.25 Es posible detectar regularidades en los procesos históricos como por ejemplo la lucha de clases, siempre que se haga la salvedad de que comienza con el advenimiento de las sociedades de clases y de que se expresa de manera multiforme en las diferentes formaciones sociales. También puede señalarse que entre uno y otro modo de producción se producen largos períodos de transición. Mediante el método comparativo se pueden descubrir regularidades en los procesos revolucionarios y contrarrevolucionarios, especialmente a partir de la Revolución Francesa y ulteriormente de la Revolución Rusa. Mientras para Hume “una regularidad es una conexión constante (es decir repetible) entre fenómenos (observables o no, eso no importa en esta conexión)”, para Marx “una regularidad es una conexión ‘interna’, es decir, se da entre un fenómeno y su esencia”.26

Nuestra posición crítica a la posibilidad de establecer leyes en la Historia no significa negar la factibilidad de detectar regularidades y tendencias generales en las sociedades, en la economía, en la política e inclusive en la cultura. Esta posibilidad de abstraer tendencias generales es precisamente una de las tareas fundamentales del quehacer de la Historia como disciplina. Las tendencias generales pueden ser tanto de avance como de retroceso, progresivas y regresivas, de ascenso y apogeo como de estancamiento y decadencia. Pueden darse a nivel nacional como internacional. Las tendencias generales pueden ser detectadas también mediante el estudio de los fenómenos del presente, como lo plantea Schaff: “retrodecir”, así como se puede intentar” predecir”, es un razonamiento “por recurrencia que ocupa un lugar de elección en el arsenal científico que sirve al historiador para formular sus hipótesis sobre los acontecimientos estudiados, a una especie de previsión recurrente proyectada hacia atrás sobre la historia (...). El historiador obtiene gracias a esta retrodicción o previsión proyectada hacia atrás una hipótesis fecunda para su investigación sobre los vestigios materiales de las antiguas culturas”.27 Esta metodología, practicada a veces sin decirlo por todo historiador comprometido con el presente, es producto de un hecho también histórico: cada época se replantea una reinterpretación del pasado a base de las experiencias de la lucha de clases del presente. Las lecciones que abstrae el historiador de las experiencias de lucha de los pueblos contemporáneos constituyen una herramienta importante para poder comprender la posible dinámica de procesos análogos del pasado. En determinadas esferas de la sociedad es más factible detectar tendencias generales que en otras, como por ejemplo en economía, donde pueden abstraerse ciertas ondas tendenciales. Los enunciados generales probabilísticos sólo tienen vigencia para períodos concretos en un área específica de la sociedad; no sirven para ser aplicados mecánicamente a todas las sociedades ni a todos los períodos. Siempre hay que tener presente que las tendencias generales no constituyen toda la historia viva de una formación social, sino un intento del investigador por entender los ejes centrales de desarrollo. No son otra cosa -decía G.Childe- que “descripciones abreviadas del modo de realización de los cambios históricos”.28 De este modo se puede ordenar lo que en apariencia se presenta como caótico y puramente azarístico. Significa abstraer de la evolución de las sociedades las tendencias principales, enriqueciendo así la teoría de la historia, sin la cual no puede procesarse adecuadamente lo fáctico. La posibilidad de descubrir tendencias generales relevantes se da también a través del estudio comparativo entre formaciones sociales, en lo posible de un mismo período histórico, y ulteriormente de analogía con otras fases. Gordon Childe sostiene que los cortes consecutivos o paralelos de distintas sociedades podrían “ser tratados como una prueba o como un ejemplo de la historia generalizada. La comparación de los diversos cortes no permitiría descubrir la existencia de aspectos recurrentes comunes a todos los casos examinados”.29 La historia comparada sirve, pues, para descubrir las tendencias generales de los procesos y, al mismo tiempo, sus especificidades. Los abusos cometidos por Spengler y Toynbee en el empleo de lo comparativo no deben ser motivo para desechar esa herramienta metodológica, que es útil para ubicar las tendencias de avance como las de estancamiento o retroceso, poniendo de manifiesto una de las regularidades más ostensibles de la historia: el desarrollo multilineal de las sociedades. La Historia Comparada está en condiciones de mostrar que el “progreso” ininterrumpido no es una ley de la historia, como pretendieron los positivistas decimonónicos, ya que algunas sociedades involucionan y otras avanzan o son aplastadas por la violencia de las más agresivas que, a veces, no son necesariamente las más adelantadas, como ocurrió con los pueblos que invadieron el imperio romano. “La posibilidad de concebir teorías comparativas -anotaba Gordon Childe- debería atraer la atención sobre un aspecto significativo de la historia. Si la historia revela permanentemente progreso de la especie humana en conjunto, revela asimismo el estancamiento, la decadencia y la extensión de muchas de las sociedades en que la especie ha estado dividida o aún está dividida”.30 El método comparativo sirve para “superar la historia nacional y explicar el sentido de la evolución”, decía Henri Pirenne. No consiste -alertaba Fustel de Coulanges- en buscar” entre quince pueblos diversos, quince pequeños hechos, que interpretados de cierta manera concurren

a hacer un sistema. El método consiste en estudiar muchos pueblos en sus derechos, en sus ideas, en todos sus hechos sociales, y desglosar aquello que tienen de común y diferente”.31 Consciente de los errores cometidos por el eurocentrismo en la ciencias sociales, Wright Mills dijo: “sólo mediante estudios comparativos podemos llegar a conocerla ausencia de ciertas fases históricas en una sociedad, lo cual es muchas veces absolutamente esencial para comprender su forma contemporánea”.32 El método comparativo aplicado a la historia de los países latinoamericanos nos ha permitido detectar tendencias generales, como el desarrollo desigual, articulado, combinado, específico-diferenciado, multilineal; procesos similares de lucha de clases en sus fases revolucionarias, reformistas y contrarrevolucionarias, con determinados mecanismos de acción y reacción en los momentos de ascenso y retroceso social y político; variados y entremezclados modos de producción, formas parecidas de desarrollo de nuestro particular sistema capitalista y cambios similares en las relaciones de dependencia; procesos de industrialización temprana y tardía y cambios discontinuos de la estructura agraria; procesos parecidos de deterioro ecológico provocados por el tipo de capitalismo primario exportador y desarrollo industrial en función de la formación social capitalista mundial; constantes formas de lucha nacional-antiimperialista y agraria, que tienen la tendencia a transformarse en socialistas; impactos similares provocados por la explosiva relación etnia-clase y la emergencia del protagonismo social de la mujer; contradicciones entre la jerarquía eclesiástica y los cristianos de base y curas de avanzada que aplican la religiosidad popular en la lucha social y política desde fines de la Colonia hasta la actualidad; participación permanente de los militares en la política; crisis periódicas de las superestructuras políticas tradicionales y recambios de carácter militar, populista, socialdemócrata o democratacristiano; regularidades en las transformaciones relativas al Estado, especialmente de sus funciones durante los siglos XIX y XX, regionalismo y tendencia a la regionalización de los conflictos sociales dentro de una constante de lucha por concretar el ideario latinoamericanista de unidad; tendencias que exponemos en detalle en los tomos de nuestra Historia general de América Latina. En síntesis, “distamos mucho de poseer una teoría del proceso histórico”, decía José Luis Romero en uno de sus últimos trabajos. Esa “vida histórica” puede servir de referencia no sólo a la Historia sin “al conjunto de las ciencias antropo-socio-culturales... Vida histórica no sólo es el pasado sino la vida histórica viviente, que se proyecta en un flujo continuo a lo largo del tiempo aún no transcurrido”.33 Por eso, insistía Romero, hay que precisar el sujeto histórico, analizar la estructura histórica de cada sociedad y los pueblos que buscan su identidad.

PERIODIZACION DE LA HISTORIA LATINOAMERICANA

Establecer una periodización adecuada es una cuestión clave para la comprensión de la historia, porque condensa los cambios cualitativos experimentados en las formaciones sociales. Ya lo decían Henri Berr y Lucien Febvre: “No hay en el campo de la historia un problema metodológico de mayor importancia que el de la periodización”.34 Es fundamental porque sintetiza las transformaciones significativas que han ocurrido en la historia, trascendiendo la mera secuencia cronológica. Uno de los problemas epistemológicos más complejos para intentar una periodización es lograr una homogeneidad teórica o un criterio común para todos los períodos, evitando que uno de ellos sea calificado por lo económico y otros por lo político o cultural. Hemos optado por periodizar según los cambios cualitativos de las formaciones sociales, con sus modos de producción y sus expresiones de dependencia colonial y semicolonial. Estas relaciones de dependencia marcan nuestra historia desde la conquista ibérica hasta la actualidad. Por eso, a partir del siglo XVI la periodización de la historia latinoamericana debe contemplar la

instancia internacional, es decir la formación social capitalista mundial a la que fuimos integrados por el sistema de dominación colonial. Estimamos que este criterio es más adecuado que la periodización por edades o por sistemas de gobierno utilizada por la historiografía tradicional y más omnicomprensivo de la totalidad social que la división orteguiana de la historia por generaciones y la spengleriana, basada en el nacimiento, apogeo y decadencia de las civilizaciones. También hemos dejado de lado el término Prehistoria. Para los investigadores que ponen el acento en los hechos de la superestructura política y religiosa, que ven la historia como una sucesión caleidoscópica de ascenso y caída de reinos, de árboles genealógicos y héroes demiúrgicos, la “prehistoria” es una etapa pintoresca pero secundaria en la evolución de la humanidad. La “prehistoria” es presentada como una época escindida del proceso de desarrollo de la humanidad. El prefijo parece haber sido colocado con el fin de sugerir que la “prehistoria” fue una etapa de preparación para la entrada en la historia. En rigor, todo es historia. Cualquier manifestación de la actividad humana, antes o después de la escritura, constituye historia. En el caso de América latina, es de suma importancia cuestionar el concepto de “prehistoria”, porque se lo ha utilizado con el fin de soslayar la importancia que tuvieron las culturas aborígenes de nuestro continente. Sin el estudio de la historia de estas culturas aborígenes sería imposible explicar nuestra evolución, no sólo en la Colonia sino en los siglos XIX y XX. Muchos siglos antes de la conquista hispano-portuguesa las comunidades indígenas habían forjado su propia historia; una historia tan importante que sin su conocimiento es imposible dar una explicación científica de la era colonial. La causa esencial de la rápida y fructuosa colonización fue precisamente el grado de adelanto agrícola, alfarero y minero que habían alcanzado los indígenas americanos. De no haber contado con indios expertos en el trabajo minero resultaría inexplicable el hecho de que los españoles, sin técnicos ni personal especializado, al comienzo de la conquista, hubieran podido descubrir y explotar los yacimientos mineros, obteniendo en pocas décadas una extraordinaria cantidad de metales preciosos para el proceso europeo de acumulación originaria de capital. Los ecologistas han tratado de superar la clasificación tradicional de la historia, pero han caído en una nueva unilateralidad, al tomar solamente en cuenta el deterioro de los ecosistemas. Algunos, como Saint-Marc, han establecido tres grandes etapas: una, que va desde la revolución agrícola hasta el surgimiento de la manufactura, caracterizada por la supeditación de la economía al ritmo de las leyes naturales; otra, desde la Revolución Industrial, en que la actividad económica escapa a las leyes de la naturaleza; y finalmente, la fase de la naturaleza, que sería la que estamos viviendo, en la cual la escasez y fragilidad del espacio natural se han constituido en el más dramático de los problemas para la supervivencia del hombre. El marxismo ha superado estas clasificaciones unilaterales y, en muchos casos, sólo basadas en análisis superestructurales, pero no ha logrado aún sistematizar una periodización de la historia universal. El dogmatismo sedicentemente marxista trató de encasillar la historia en modos sucesivos de producción. El análisis hecho por Marx y Engels, en base a los modos de producción, constituyó una revolución teórica en el campo de las ciencias sociales, pero ellos nunca pretendieron periodizar la historia en etapas que obligadamente debían recorrer todos los pueblos, como la pretendida secuencia comunismo “primitivo”-esclavismo-feudalismocapitalismo. Al referirse a la deformación del marxismo, Lenin decía que se lo ha mezclado con el hegelianismo en forma arbitraria al pretender que “todo país debe pasar por la fase del capitalismo (...). Ningún marxista ha visto jamás en la teoría de Marx una especie de esquema filosófico-histórico obligatorio para todos”.35 Establecer una periodización para América latina es un problema complejo, ya que los estudios históricos, hasta hace aproximadamente dos décadas, estuvieron signados por una concepción de la historia fáctica, es decir, el relato de batallas, acontecimientos patrióticos, héroes mitologizados al estilo Carlyle, hechos políticos hipertrofiados, nombres de presidentes que se suceden en una visión caleidoscópica sin cualificación; en fin, una historiografía tradicional, que ni siquiera tuvo las virtudes y la rigurosidad de un Ranke o un Mommsen. El surgimiento de una nueva concepción de la historia en América latina es reciente. Se han hecho algunos avances en el estudio global de la sociedad poniendo más énfasis en los

grandes procesos sociales y económicos. Sin embargo, la mayoría de ellos está impregnada de una concepción “desarrollista”, en la que predomina el afán de obtener de la descripción histórica una justificación para el modelo de industrialización y de la “moderna sociedad” en contraposición a la “sociedad tradicional”, según palabras de Gino Germani.36 Se necesita, por consiguiente, un enfoque totalizante para esbozar una nueva periodización de la historia latinoamericana. El problema es que toda periodización conduce a variadas formas de unilateralidad, máxime si se trata de enfocar globalmente naturaleza y sociedad humana. Toda periodización establece un corte cronológico, dejando la falsa impresión de que pueblos como los indígenas dejaron de existir con la colonización española y portuguesa. La verdad es que las culturas aborígenes no terminan con la conquista española ni durante la represión de la República de los criollos, sino que han supervivido en un ecosistema hasta la actualidad. En un intento de superar la unilateralidad que conlleva en general toda periodización, contemplamos la existencia de las siguientes formaciones sociales en la historia de América latina: Una primera fase de pueblos cazadores-recolectores, que se remonta a más de cincuenta mil años, en la que es necesario analizar cómo era el medio natural antes de la aparición de los seres humanos en el continente americano para poder entender su condicionamiento ecológico y la forma en que se produjo su adaptación a la naturaleza. El segundo período se inició aproximadamente unos cinco mil años a.C. con la revolución neolítica de los pueblos agroalfareros y su modo de producción comunal. El tercero es un período de transición entre el modo de producción comunal y las formaciones sociales inca y azteca, proceso que se dio en las regiones mesoamericana y andina desde el primer milenio antes de nuestra era con el surgimiento de las primeras desigualdades sociales. El cuarto se registró también en la zona mesoamericana y andina en las formaciones sociales inca y azteca y su modo de producción comunal-tributario. El quinto período -la formación social colonial- se inaugura con la colonización hispanoportuguesa, abriendo por vía exógena un período de transición que culminará en el siglo XIX en un tipo particular de capitalismo, que hemos denominado primario-exportador. El sexto período se inicia con la revolución anticolonial por la independencia y el surgimiento de naciones formalmente independientes en lo político, pero descendientes del mercado mundial (1804 - 1860), con excepción de Cuba, Puerto Rico y otras islas del Caribe que siguieron siendo colonias, al igual que las Guayanas. El séptimo período expresa la consolidación de la formación social capitalista primariaexpotadora (1860 -1890). El octavo se abre con un cambio significativo en el carácter de la dependencia al producirse la enajenación de gran parte de las riquezas nacionales y de la soberanía de nuestros países. Por eso, lo hemos denominado formación semisolonial I en los inicios de la fase imperialista (1890 - 1930). El noveno es la formación social semicolonial II (de 1930 en adelante), en el que se pasa, bajo el imperio del capital monopólico internacional, de la sociedad rural a la urbana-industrial y al agravamiento de la crisis ecológica. Paralelamente se inicia históricamente una nueva fase con el período de transición al socialismo, abierto con la Revolución cubana.
NOTAS
JOSE BALBINO LEON: ‘’La crisis científica del siglo XX y sus repercusiones en América latina’’, ponencia al II Encuentro de Intelectuales Latinoamericanos, La Habana, diciembre 1985,pp.4 y 5. 2 GEORGES CANGUILHEM: El conocimiento de la vida, Ed. Anagrama, Madrid, 1976,p.101. 3 JOHN D. BERNAL: Historia social de la ciencia, Barcelona, 1974, t.I, p.373. 4 Ibid. T. I,pp425 y 437. 5 RIGOBERTO LANZ: El marxismo no es una ciencia, UCV, Caracas, 1980,pp.38 y 184. 6 ANTONIO GARCÍA: Hacia una teoría latinoamericana de las ciencias sociales del desarrollo, E d. La Rana y el Aguila, Universidad Pedagógica y Tecnológica de Colombia, Tunja, 1972,p. 31 7 ANGUAR ABDEL-MALEK: La dialéctica social., Ed. Siglo XXI, México, 1972, p.46. 8 J. NEEDHAM: Le dialogue entre L’ Europe et l’Asie, París, 1968. 9 G. MYRDAL: teoría economía y regiones subdesarrolladas,Ed. FCE, México, 1959,p.115. 10 JEAN CHESNEAUX: Ponencia al coloquio ‘’sur les recherses des institus francais de sciences humaines en Asie’’, París, 1960
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E.H.CARR decía: ‘’estas cuestiones de clasificación me turban menos, y no me preocupa demasiado que se me asegure que la historia no es una ciencia’’ (¿Qué es la historia?, Ariel, sudamericana-Planeta, Buenos Aires, 1984,p.75) 12 No existe un ‘’modo de producción’’ de conocimientos análogo a los modos de producción que objetivamente se han dado en la historia. 13 PERY ANDERSON: Teoría, política e historia, E d. Siglo XXI, Madrid, 1985, p. 83. 14 SERGIO BAGU: Tiempo, realidad social y conocimiento, Ed. Siglo XXI, novena edición, México, 1982, p. 116. 15 CIRO CARDOSO y HECTOR PEREZ-BRIGNOLI: "Dependencia y metodología de la historia en América latina’’, en Los estudios históricos en América latina. ADHILAC, Quito, 1984,p. 39 16 LUCIEN GOLDMANN: Las ciencias humanas y la filosofía, Ed Nueva Visión, Buenos Aires, 1975, p. 19. 17 PIERRE VILAR: Iniciación al vocabulario del análisis histórico, Ed. Crítica, Grijalbo, Barcelona, 1982, p. 42 18 Citado por VERE GORDON CHILDE: Teoría de la historia, Ed. La Pléyade, Buenos Aires, 1983, p. 132. 19 MARC BLOCH: Annales d’ Histoire Economique et Sociale, París, 1935, p. 16 20 LUCIEN FEBVRE: Combates por la historia, Ed. Ariel, Barcelona, 1970,p. 16. 21 JOSEP FONTANA LAZARO: ‘’ Ascenso y decadencia de la Escuela de los Annales ‘’, en E. BALIBAR; A. BARCELO y otros: Hacia una nueva Historia, Ed. Akal, Madrid, 1976,pp. 114 y 115. 22 MANUEL MORENO FRAGINALS: La nueva historia cubana, citado por J. Fontana: Historia, análisis del pasado y proyecto social, Ed. Crítica, Grijalbo, Barcelona, 1982,p. 223. 23 C. MARX Y F. ENGELS: ‘’ Sur les societés Précapitalistes’’, en Textos escogidos, Ed. Sociales, París, 1970, p. 351 24 C. MARX Y F. ENGELS: Epistolarios, E d. Grijalbo, México, 1971,p. 75. 25 V.I. LENIN: ‘’Nuestra Revolución’’, en Obras completas, t. XXXIII, p. 439, E d Cartago, Buenos Aires, 1969. 26 LESZEK NOWAK: ‘’La idealización: una reconstrucción de las ideas de Marx’’, en E. BAlLIBAR y otros: Teoría de la Historia, Ed. Terra Nova, México, 1981,p. 211. 27 ADAM SCHAFF: Historia y verdad, E d. Grijalbo, México, 1974,p. 304. 28 VERE GORDON CHILDE: Teoría ...., op. Cit., p.135 29 IBID., p.103. 30 IBID,p. 109. 31 FUSTEL DE COULANGES: Questions historiques, Ed. Hachette, París, 1893. 32 WRIGHT MILLS: La imaginación sociológica, FCE, México, 1961. 33 JOSE LUIS ROMERO: La vida histórica, Sudamericana, Buenos Aires, 1988. 34 HENRI BERR y LUCIEN FEBVRE: History and historiography”, en Enciclopedia of social sciences, Nueva York, 1952, t. VII 35 V. I. LENIN : El contenido económico del popularismo, en Obras completas,1, 67 y 366, Ed, francesa, París, 1964. 36 cuando parecía haberse superado la clasificación tradicional de la historia latinoamericana en períodos que sólo tomaron en cuenta los cambios en la superestructura política, Gino Germani propone en su libro Política y sociedad en una época de transición seis etapas: independencia, guerras civiles, caudillismo y anarquía, autocracias unificadas, democracias representativas con participación ‘’limitada’’ u ‘’oligárquica’’, democracias representativas con participación ampliada y democracias representativas con participación total, periodización que soslaya los verdaderos cambios cualitativos de las formaciones sociales de América latina, además de ser controvertible e insuficiente en la propia esfera política.

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Capítulo IV Modos de producción y formaciones sociales en América latina
América no atravesó por los mismos modos de producción y formaciones sociales que Europa ni tampoco por los mismos períodos de transición entre un modo de producción y otro. El modo de producción comunal de nuestras sociedades aborígenes y el modo de producción comunal-tributario de las culturas inca y azteca fue cortado drásticamente por un factor exógeno: la conquista española y portuguesa. La colonización no estableció un modo preponderante de producción sino variadas relaciones de producción precapitalistas (encomiendas, esclavitud, aparcería, medianería, inquilinaje, etc.) y embriones capitalistas , como el salariado minero, en una economía primaria exportadora, agropecuaria y minera, integrada al mercado mundial capitalista en formación. Por eso, a nuestro juicio, la colonización hispano-portuguesa abrió un período de transición hacia el capitalismo que se prolongó hasta la primera mitad del siglo pasado. Dentro de ese período de transición hubo dos formaciones sociales: la colonial y la republicana. En el período de consolidación del modo de producción capitalista se dieron varias formaciones sociales: una, republicana de la segunda mitad del siglo XIX, caracterizada por mantenerse las riquezas nacionales en manos de la burguesía criolla, aunque nuestros países seguían siendo dependientes del mercado mundial. Otra, la formación social primero inglesa y luego norteamericana, durante el siglo XX, período en el que se da la transformación de la sociedad rural en urbana y se inicia el proceso de industrialización dependiente. Por otra parte, con el triunfo de la Revolución Cubana se abre en América latina la era histórica de la transición del capitalismo al socialismo. El tratamiento de la historia latinoamericana, tan compleja y diferente a la europea, nostalgia a clarificar las categorías de modo de producción y la forma en que se combinan las diferentes relaciones de producción en la formación económica. También nos parece importante plantear la formación social como categoría teórica de la totalidad de la sociedad humana par poder entender la dialéctica del desarrollo de las formaciones sociales historico-concretas latinoamericanas. De este modo aspiramos a contribuir a la discusión y elaboración de una teoría propia de la historia latinoamericana, porque no podemos seguir recurriendo al modelo europeo para explicar nuestra realidad. Este trasplante del esquema europeo condujo a sostener la tesis de que América latina fue feudal desde la colonización hasta el siglo XX y que, por consiguiente, era necesaria una revolución antifeudal, agraria y antiimperialista liberada por la burguesía industrial y “progresista”, con el fin de realizar las tareas democrático-burguesas, estimulando el desarrollo de la etapa que faltar por cumplir: el capitalismo. El esclarecimiento de las categorías teóricas de modo de producción y formación social no está alejado del acontecer político como pudiera suponer, sino que tiene un correlato político fundamental para la elaboración de las estrategias de cambio. MODO DE PRODUCCION La sociedad humana está obligada a producir para asegurar subsistencia. En el proceso de la producción son necesarios los elementos de la naturaleza (objetos de trabajo), los instrumentos o medios de producción y el trabajador (sujeto del trabajo). Por ejemplo, para producir telas se necesita un objeto de la naturaleza que es la materia prima, los instrumentos o medios de producción son las máquinas, puestos en movimiento por el sujeto de la producción constituida por hombres y mujeres.

Antes de pasar a una definición del modo de producción, es imprescindible comprender el significado de las categorías fuerzas productivas y relaciones de producción. Las fuerzas productivas han sido formadas con los elementos de la naturaleza, como las materias primas, la tierra, la flora, la fauna, los suelos y el clima, que determinan en parte la producción, por lo cual puede afirmarse que las fuerzas productivas están condicionadas en cierta medida por la naturaleza. El concepto de fuerzas productivas se refiere, entre otras cosas, al modo de apropiación de la naturaleza, al proceso de trabajo en que una materia prima se transforma en producto. Las fuerzas productivas están constituidas también por los instrumentos de trabajo (herramientas, utensilios, máquinas, etc.) o los medios de producción y la fuerza de trabajo de los hombres que los fabrican y los ponen en movimiento. Las fuerzas productivas expresan las interrelaciones entre los hombres, los instrumentos y la naturaleza con el fin de producir para alimentarse y elevar sus condiciones de vida. Por eso, las fuerzas productivas no son solamente las herramientas y las máquinas sino la manera en que se articulan todos sus componentes con las relaciones de producción en un trabajo concreto. Las relaciones de producción son los vínculos que se dan entre los hombres en el proceso productivo, relación que está basada en la propiedad de los medios de producción. Así, tenemos las relaciones de producción esclavistas establecidas entre el esclavista y los esclavos; las feudales, entre los señores y los siervos; y las capitalistas, entre los burgueses y los obreros. Es decir, son las relaciones que se dan entre los dueños de los medios de producción y los trabajadores en el proceso de la producción. Las relaciones de producción determinan la apropiación del excedente. En el régimen capitalista, la apropiación por los burgueses del trabajo excedente se da en forma de plusvalía. En cambio, en el modo de producción comunal la apropiación era colectiva. Precisamente, las clases sociales se originaron a partir del momento en que un sector de la sociedad se apropió del excedente o de una parte de él, proceso que condujo a la propiedad privada de los medios de producción. Ahora, podemos pasar a una definición del modo de producción, corriendo todos los riesgos del esquematismo. Se entiende por modo de producción la interrelación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el proceso productivo. Esto se da como un todo y sus componentes no se pueden escindir. Como decía Marx en La miseria de la filosofía: “ Las relaciones sociales están íntimamente vinculadas a las fuerzas productivas. “Lo fundamental es la articulación en el proceso de producción de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción. Por eso, nos parece fútil el esfuerzo de algunos marxistas por establecer la prioridad de unas sobre otras, como es el caso de Hindess y Hirst, para quienes las relaciones de producción son “el elemento primario del concepto de modo de producción”.1 Por lo demás, en ningún modo de producción, ni siquiera en el más consolidado, las relaciones de producción son totalmente homogéneas, aunque una de ellas sea la preponderante. Se ha dicho que las relaciones de producción corresponden al desarrollo de las fuerzas productivas y que en un momento del conflicto de clases las fuerzas entran en contradicción con las relaciones de producción, dando lugar al cambio social revolucionario. Mandel sostiene que “si bien es cierto que hay correspondencia general entre el grado de desarrollo de las fuerzas productivas y las relaciones sociales de producción, hay que afirmar que esta correspondencia no es ni absoluta ni permanente. Puede producirse entre desarrollo de las fuerzas productivas y relaciones de producción una doble desarticulación. Relaciones de producción determinadas pueden convertirse en freno para el desarrollo de las fuerzas productivas: es el signo más claro de que una forma social dada está condenada a desaparecer. Al contrario, nuevas relaciones de producción, que son el resultado de una revolución social, pueden resultar adelantadas con relación al grado de desarrollo de las fuerzas productivas de un país determinado. Este fue el caso de la revolución burguesa que resultó victoriosa durante el siglo XVI en los Países Bajos y de la victoriosa Revolución Socialista de octubre de 1917 en Rusia (...): Más bien que concebir su interrelación como una correspondencia mecánica, habría que considerar que es la dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones sociales la que determina en su mayor parte la sucesión de las grandes épocas de la historia (...). La articulación entre la dialéctica y la lucha de clases es evidente”.2 esta referencia a la lucha de las clases nos parece relevante para salirle al paso a un cierto dogmatismo que insiste en establecer una correlación mecánica entre el desarrollo de las fuerzas

productivas y el estallido de la revolución. El triunfo de la revolución socialista en los países semicoloniales -desde la URSS hasta Cuba, pasando por China, Corea del Norte y Vietnamdemuestra que el nivel de la lucha de clases es determinante, no el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Porque en definitiva, la lucha de clases es laque pone de manifiesto las contradicciones en y entre los modos de producción que coexisten en la formación social. Algunos autores, como Althusser, han tergiversado el concepto de modo de producción. Su discípula, Marta Harnecker, llega a decir que el modo de producción “es un concepto teórico y se refiere a la totalidad social-global, es decir, tanto a la estructura económica como a los otros niveles de la totalidad social: jurídico-político e ideológico (...) todo modo de producción está constituido por :1) estructura global, formada por tres estructuras regionales: estructura económica, estructura jurídico-política (leyes, Estado, etc.), estructura ideológica (ideas, costumbres, etc.), y 2) en esta estructura global, una de las estructuras regionales domina a las otras.”3 esta interpretación del significado del modo de producción es claramente estructuralistas. El modo de producción -interrelación entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción- se refiere estrictamente a la estructura económica de la sociedad. Precisamente, la combinación de los diversos modos de producción constituye la formación económica. Por consiguiente, es un error de las corrientes estructuralistas considerar la noción de superestructura -política, Estado, ideología, etc.- como parte intrínseca del modo de producción, aunque es obvio que un modo preponderante de producción siempre está condicionado el desarrollo de la superestructura. El modo de producción no abarca la totalidad de las manifestaciones de la sociedad. Harnecker confunde modo de producción con formación social. Es sabido que los períodos de transición transcurren entre un modo de producción y otro. Así, se han producido períodos de transición entre el modo de producción comunal y el esclavista, entre el esclavismo y el feudalismo, entre el feudalismo y el capitalista y entre el capitalismo y el socialismo. Esta secuencia de períodos de transición no se dio en la historia latinoamericana, ni en la asiática y africana, aunque parcialmente se hayan registrado algunos de ellos. Una de las características de los períodos de transición es que son tanto o más prolongados que en las fases de apogeo de los modos de producción. Entre el modo de producción comunal y el esclavista transcurrieron unos cincuenta siglos. En este período se dieron formaciones económica diversas, que Marx designó con el nombre de “forma antigua”, “germánica”, “esclava”, y también el “modo de producción asiático”, caracterizado por un embrión de Estado que no había cortado el cordón umbilical con la propiedad comunal. Entre el modo de producción esclavista y el feudal transcurrió otro período de transición de aproximadamente cinco siglos: desde el siglo III, en que entra en crisis el régimen esclavista del imperio romano, hasta el siglo VIII, en que decanta el modo de producción feudal. Esta periodización es válida sólo para Europa occidental. Entre el feudalismo europeo y el capitalismo media un período de transición que dura unos cinco siglos, desde la crisis del régimen feudal en le siglo XIII hasta la maduración del modo de producción capitalista en el siglo XVIII. Este análisis sobre la prolongada duración de los períodos de transición no significa hacer la prognosis de que entre el capitalismo y el socialismo habrá un período de transición de siglos, como han afirmado algunos autores. La transición no es e resultado de una evolución lineal no homogénea de uno de los modos de producción, que coexiste con otros, sino de las contradicciones sociales que hacen emerger de manera preponderante uno de ellos. Si bien es cierto que “no hay una teoría general de la transición”, al decir de Etienne Balibar, creemos que es posible detectar tendencias generales en determinados períodos de transición, comparando cómo se produjeron en distintas regiones en la misma fase histórica. También es posible comprobar sus especificidades, como la de España respecto de Inglaterra y Francia en la transición del feudalismo al capitalismo. La fase de transición se caracteriza por la coexistencia de varios modos de producción, sin que ninguno de ellos tenga una preponderancia decisiva, aunque ya comienzan a configurarse las tendencias que determinarán el salto cualitativo a un modo preponderante de

producción. Precisamente, la transición es un proceso hacia un nuevo modo de producción. En la fase de transición comienzan a reemplazarse las antiguas relaciones de producción por otras que apuntan a un nuevo modo de producción. Pero las anteriores relaciones de producción se resisten al cambio y entran en contradicción con el desarrollo de las fuerzas productivas. En los períodos de transición -dice Mandel- “las relaciones de producción híbridas no son estructuras que se autorreproducen de un modo más o menos automático. Pueden conducir, bien a la restauración de la antigua sociedad, bien al advenimiento de un nuevo modo de producción”.4 A nuestro juicio, sólo la categoría de formación social puede arrojar luz sobre los períodos de transición, porque la formación social incluye los diversos modos de producción. Tentativamente, sostenemos que los períodos de transición corresponden a formaciones sociales distintas, es decir, en cada período de transición se pueden dar una o varias formaciones sociales. Asimismo, dentro de cada modo de producción pueden sucederse diferentes formaciones sociales, por ejemplo: el modo de producción capitalista europeo se dio una deformación social distinta en el siglo pasado a las que se produjo durante el presente siglo, bajo el dominio del capital monopólico. El análisis de la historia hecho por Marx en base a los modos de producción constituyó una revolución teórica en el campo de las ciencias sociales. La existencia de los modos de producción comunal, esclavista, feudal y capitalista no fueron para él “etapas” que obligadamente debían pasar todos lo pueblos. A lo sumo esa secuencia de fases históricas se registra solamente en las sociedades de Europa occidental; ni siquiera se aprecia en los Estados Unidos de Norteamérica.

FORMACION SOCIAL

Para la mayoría de los autores, la formación social no es una categoría teórica, como lo es el modo de producción, sino una realidad histórico-concreta. El modo de producción sería el nivel teórico, y la formación social el aspecto empírico. Suret-Canales afirma que el modo de producción es una noción teórica y la formación social “una noción descriptiva, indicadora, que se refiere a un tipo de sociedad determinada”.5 A nuestro juicio, la formación social es también una categoría teórica porque permite comprender la totalidad de la sociedad, la interinfluencia entre las llamadas estructura y superestructura. Sólo a la luz de la categoría teórica de formación social se pueden explicar las tendencias sociales, políticas, ideológicas, sobretodo, la lucha de clases, que es lo medular del materialismo histórico. Y si no, ¿con qué categoría teórica analizaremos la totalidad de la sociedad? La formación social, considerada como categoría teórica, podría contribuir al estudio de problemas poco analizados, como la explotación de la mujer, las mediaciones entre la estructura y la superestructura, las contradicciones interburguesas e intra partidos, las nuevas funciones asumidas por el Estado capitalista contemporáneo, las tendencias de la lucha de clases y de las principales revoluciones. Para analizar estos problemas no basta con la categoría teórica de modo de producción. En síntesis, para muchos autores la formación social es solamente una sociedad histórica determinada. Para nosotros es una categoría teórica que permite analizar de manera totalizante la sociedad, incluidas las formaciones sociales histórico-concretas.

FORMACION ECONOMICA Y FORMACION SOCIAL

Otro error corriente es confundir formación económica con formación social. La primera se refiere a la estructura y ala combinación social. La primera se refiere a la estructura y a la combinación de modos de producción. En cambio, formación social es una categoría teórica que sirve para investigar la sociedad global, incluida la formación económica. Texier ha señalado correctamente que “el concepto de formación económica de la sociedad no se identifica con el modo de producción, precisamente porque en una formación económica coexisten varios modos de producción”6. Es decir, la formación económica es el conjunto de relaciones de producción o la estructura de base de una sociedad determinada. El concepto de formación económica está condensado por Marx en la Introducción general a la Crítica de la economía política: “en todas las formas de sociedad existe una determinada producción que asigna a todas las obras su determinado rango e influencia”. En la formación económica pueden existir diferentes modos de producción, pero uno es el predominante, salvo en los períodos de transición. Por ejemplo, en la Edad Media predominaba el modo de producción feudal, pero existían otras relaciones de producción, como la esclavitud y los colonos y terrazgueros más o menos libres. La polémica entre Luporini y Sereni aclara las diferencias entre formación económica y formación social. Luporini pone énfasis en la formación económica, dominada por un modo de producción, mientras que Sereni considera la formación social como la categoría que engloba la totalidad de la sociedad. Luporini manifiesta que “la especificidad misma de una determinada formación social se define sólo en base a la especificidad de la formación económica que incluya”.7 Por su parte, Sereni se apoya en una cita del libro de Lenin ¿Quiénes son los amigos del pueblo? (1894), en la que se destaca a la formación social como una categoría fundamental del materialismo histórico. Acaso -dice Sereni- “¿no está claro que un término como formación social (o de la sociedad) lejos de estar confinado a la esfera económica representa la totalidad de la vida social, en la unidad de todas las esferas, en la continuidad y, al mismo tiempo, en la discontinuidad de su desarrollo histórico?”.8 Polemizando con otros autores, manifiesta: “si alguien quisiera reducir la noción de formación social a la base económica nos encontraríamos frente a la incongruencia de una ‘base’ de la base”.9 la rehabilitación hecha por Sereni de la formación social como categoría teórica, “le fija a la ciencia histórica su objeto: la unidad del todo social, en su funcionamiento y su proceso”.10 El concepto teórico de formación social permite analizar globalmente la totalidad y unidad contradictoria de la sociedad, cuyo basamento es el modo de producción preponderante y la formación económica. Sólo la categoría teórica de formación social puede explicar cabalmente la interrelación entre estructura y superestructura y develar la interpretación en la globalidad societaria de lo económico, social, político y cultural. Creemos que no es conveniente seguir utilizando la expresión formación económico-social (FES) sino solamente formación económica, como parte de la formación social, en lo que se refiere a la combinación y articulación de diferentes relaciones de producción. La categoría teórica de formación social es fundamental para develar las características generales y las tendencias de la estructura social, de la vida cotidiana, de los procesos revolucionarios, de los períodos de derrota y ascenso del movimiento obrero, de la evolución de los partidos, de las nuevas funciones que ha asumido el Estado, de las diversas manifestaciones culturales, de los problemas de etnia y religión que se cruzan con la lucha de clases, de las diferentes ideologías y de otras expresiones superestructurales. En fin, con la formación social, como categoría teórica, se puede lograr una teoría más acabada de la lucha de clases, una teoría política de las revoluciones y de otros problemas relevantes que requieren de un tratamiento más riguroso y antidogmático. FORMACION SOCIAL HISTORICO-CONCRETA

La formación social como categoría teórica contribuye a investigar las formaciones sociales concretas, a estudiar una formación social de un período histórico determinado. En esa dialéctica de lo concreto a lo abstracto y de lo abstracto a lo concreto, el estudio de una formación social histórica determinada enriquece la categoría teórica de formación social. Si a través de la abstracción teórica que es el modo de producción podemos analizar el proceso del capitalismo y otros sistemas, del mismo modo la categoría teórica de formación social nos permite investigar con mejores herramientas las diversas formaciones sociales históricoconcretas. Un problema bastante complejo para el estudio de la formación social latinoamericana es que a partir de la colonización española pasó a formar parte de una formación social más amplia: la formación social capitalista mundial.

MODOS DE PRODUCCIÓN EN AMERICA LATINA. Los primeros habitantes de América llegaron probablemente del Asia hace unos cien millones de años pasando por el estrecho de Behring hacia Alaska. De allí bajaron hasta América Central y del Sur. Estos pueblos recolectores, pescadores y cazadores no alcanzaron a contra un modo de producción, pero crearon instrumentos y herramientas. Si bien es cierto que no se organizaron para la producción sino para la recolección, no puede desconocerse que hacían un trabajo, especialmente en lo relacionado con la caza mayor. Tenían también, un tipo desorganización social para la pesca y la fabricación conjunta de utensilios, sobre todo en la fase de semisedentarización. La caza mayor era un trabajo colectivo que involucraba al conjunto de la horda, generando una embrionaria división de tareas.11 Esta organización social para el trabajo y, sobre todo, la fabricación de herramientas de significativa tecnología -que de hecho son instrumentos de producción- obliga a reflexionar acerca de la forma de producir de estos pueblos, calificados ligeramente de meros recolectores, en esta era de la integración del hombre a la naturaleza.

MODO DE PRODUCCION COMUNAL Los pueblos agroalfareros indoamericanos generaron hacia el año 5000 a. C. un modo de producción comunal que se basaba en una relación de producción y distribución colectivas donde no existían explotadores no explotados y en unas fuerzas productivas fundamentadas en la agricultura y en instrumentos para el trabajo en la alfarería y la elaboración de los metales. El trabajo daba un valor que se expresaba en valores de uso. No existían la propiedad privada ni las clases sociales. El hecho de que no existiera Estado no significaba falta de organización y planificación embrionaria. Había una organización para la producción alfarera y minera, para la siembra, la cosecha y, sobre todo, el regadío artificial. Los avances más importantes del modo de producción comunal se registraron en la agricultura, la domesticación de animales, la alfarería y la elaboración de los metales.12 La agricultura facilitó la producción regular de alimentos. La alfarería fue una especie de revolución industrial para los pueblos aborígenes, ya que por primera vez se fabricaban objetos mediante procedimientos químicos: ollas, vasijas, jarros, etcétera. La tecnología de los indígenas alcanzó su más alta expresión en la elaboración de los metales. Llegaron a conocer todas las aleaciones y dominar las técnicas de martilleo, repujado y vaciado de mentales con una tecnología propia tan avanzada como la de los europeos del siglo XV, que detallaremos en el capítulo XI.

Según algunos autores, este régimen estaba basado en el matriarcado, aunque los antropólogos modernos prefieren hablar de descendencia matrilineal. El destacado papel de la mujer derivó de la importante función pública que desempeñaba, por cuanto ella era la que cultivaba la tierra junto al hombre y trabajaba la alfarería y el telar.13 Lévi-Strauss sostiene en Antropología cultural que las comunidades agrícolas aborígenes no tenían un modo de producción porque estos solamente se dan en las sociedades de clases. Asimismo, la mayoría de los autores marxistas afirman que estos pueblos de tuvieron un modo de producción, aferrándose a una clasificación hecha por Marx en la Crítica de la Economía Política, donde solamente se citan los modos de producción asiático, antiguo (esclavista), feudal y burgués (capitalista). Sin la intención de entrar a una exégesis de las obras de Marx, creemos que su clasificación de los modos de producción -adelantada en la Crítica- debe complementarse con un texto inédito en la vida de Marx y que hace pocas décadas se ha editado con el nombre de Formaciones que preceden a la producción capitalista. En este trabajo, Marx sostiene: “La entidad comunitaria tribal, la entidad comunitaria natural no aparece como resultado, sino como supuesto de la apropiación colectiva (temporal) del suelo y de su utilización .... Una condición natural de producción para el individuo viviente es su pertenencia a una sociedad natural, tribu, etcétera. Esta es ya condición, por ejemplo, para su lenguaje, etcétera. Su propia existencia productiva se da sólo bajo esa condición (...). El individuo nunca se convierte en propietario sino sólo en poseedor (...). En tanto la existencia del productor aparece como una existencia dentro de las condiciones objetivas a él pertenecientes, sólo se efectiviza a través de la producción (...). Cuanto más tradicional el modo de producción mismo y éste perdura largamente en la agricultura, más largamente aún en la combinación oriental de la agricultura y la manufactura- es decir, cuánto más permanece igual a sí mismo el proceso efectivo de la apropiación, tanto más constantes son las antiguas formas de propiedad y con ello la entidad comunitaria en general (...). (La unidad comunitaria) tiene su realidad viviente en un modo determinado de la producción misma, un modo que aparece tanto como comportamiento de los individuos entre sí cuanto como comportamiento activo determinado de ellos con la naturaleza inorgánica, modo de trabajo determinado (el cual es siempre trabajo familiar, a menudo trabajo comunitario). Como primera gran fuerza de producción se presenta la comunidad misma, según el tipo particular de condiciones de producción (por ejemplo, ganadería, agricultura), se desarrollan modos de producción particulares y fuerzas productivas particulares, tanto subjetivas, que aparecen como propiedades de los individuos, como objetivas (...). Con las guerras de conquista y la conversión de los vencidos en esclavos y el ansia de intercambiar el plusproducto, etc., se disuelve el modo de producción sobre el cual basaba la entidad comunitaria”:14 Este texto -donde hay referencias a la comunidad tribal en general y a las formas orientales agrícolas- contienen interesantes sugerencias para la discusión sobre si hubo o no un modo de producción en la comunidades agrarias aborígenes. En varias partes, Marx subraya el carácter de la producción de esas culturas; la apropiación colectiva no sólo del suelo, sino de la utilización, es decir, de su producto elaborado, porque el productor se efectiviza a través de la producción. Sostiene que este modo determinado de producción perdura, señalando con toda nitidez la existencia de fuerzas productivas, incluida la naturaleza, y de relaciones de producción de carácter comunitario.15 Finalmente, es explícito al afirmar que este modo de producción se disuelve con las guerras de conquista y la ambición de controlar e intercambiar el excedente. Meillassoux ha planteado que estas comunidades tenían un “modo de producción doméstico”, categoría de análisis que se hace más confusa cuando el autor la prolonga hasta nuestros días, por lo que no se sabe si se refiere a las comunidades agrícolas aborígenes o a cualquier sociedad donde la familia juega un papel de reproducción de la fuerza de trabajo y cumple tareas productivas, como las del pequeño propietario de la tierra o de un taller artesanal que trabaja con su esposa e hijos. Godelier, por lo menos, es más preciso en cuanto a épocas históricas al sostener que “en las sociedades tribales”, el modo de producción podría ser llamado doméstico o familiar”.16 A continuación intenta aclarar que “un modo familiar de producción no es sinónimo de producción

familiar”,17pero no se desarrolla su pensamiento, por lo que no sabemos qué quiere decir realmente. A nuestro modo de entender este concepto es impreciso porque no toma en consideración al conjunto de la sociedad agroalfarera, donde no sólo se dio una forma familiar de producción en cada parcela, sino también una producción colectiva del clan y de la tribu y una apropiación y redistribución también colectiva del sobre producto social. Por lo demás, las tierras no eran de posesión familiar sino de la comunidad. Sostenemos que estas culturas tuvieron un determinado modo de producción y que el concepto de modo de producción no puede estar limitado a las sociedades de clases. Con este criterio el socialismo no sería un modo de producción. Los requisitos para que exista un modo de producción no son solamente “la organización del trabajo”, sino la articulación e interrelación dialéctica entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción en el proceso productivo, componentes que no se deben escindir, sino que forman parte de un todo en la formación económica. Esta interrelación de las fuerzas productivas y de las relaciones de producción se dio en las comunidades agroalfareras indoamericanas, porque hubo una articulación de las fuerzas productivas (instrumentos, apropiación de frutos de la naturaleza, tierras, etc.) y de las relaciones de producción (trabajo comunal de los ayllus y calpullis combinado con trabajo en cada parcela), es decir, hubo un régimen y una organización del trabajo; también una apropiación del producto y redistribución del excedente, a través de los vínculos comunales que establecieron los hombres y mujeres de aquella sociedad.18 En estas comunidades hubo un primer desarrollo de las fuerzas productivas al crearse nuevos instrumentos, al desarrollarse el regadío artificial y los barbechos -una forma de apropiación de la naturaleza- y al producirse el conocimiento de los cultivos y el manejo de la tierra. La articulación de estas fuerzas productivas con las relaciones de producción se expresaba en la organización del trabajo común y en cada parcela de los ayllus y calpullis, como también en la apropiación del sobreproducto social, todo lo basado en la posesión colectiva de la tierra y en la redistribución de lotes en usufructúa cada unidad doméstica. Este otro elemento que compone un modo de producción, las relaciones de propiedad, también estaba presente en las comunidades agroalfareras indoamericanas. Las relaciones de producción estaban íntimamente ligadas a las líneas de parentesco. Esto explica que el parentesco fuera la base para la redistribución del sobreproducto social. La mal llamada comunidad “primitiva” no expresaba meras relaciones o formas de propiedad y posesión de la tierra -como se ha dicho- sino fundamentalmente una mera manera de producir. La redistribución igualitaria del proceso era para asegurar el sustento de la unidad doméstica o para la reproducción de la familia, como asimismo para aumentar la productividad, reivindicando el excedente en obras generales que beneficiaban a la comunidad. De este modo se garantizaba la reproducción de las relaciones de producción y las fuerzas productivas, condición básica para comprobar si estamos o no en presencia de un modo de producción. Por todo esto, opinamos que las culturas agroalfafreras y minero-metalúrgicas indoamericanas tenían un modo de producción comunal, entendiendo por comunal el trabajo conjunto que efectuaban las unidades domésticas - como el ayllu en la zona andina y el calpulli en Mesoamérica- dentro de la economía global de la tribu. Estas familias laboraban las parcelas que en usufructo les había concedido la comunidad, pero realizaban actividades comunes -en las que la producción era colectiva- y colaboraban con otras familias mediante un sistema cooperativo de trabajo. Posesión común de ella en todo, especialmente en las parcelas.19 No estamos, pues, idealizando acerca de una producción totalmente colectiva y, supuestamente dicha, “comunista”. Sin embargo, no era una producción meramente familiar, sino que abarcaba al conjunto de la comunidad, mediante una producción de tipo cumunal, donde las tierras eran de la colectividad. La unidad doméstica no era autónoma o autosuficiente, sino que dependía de la comunidad, tanto en lo relacionado con la posesión de la tierra como en la producción de cultivos comunes, y sobre todo, en la redistribución del sobreproducto social. La familia destinaba a alguno de sus miembros para las labores generales de la comunidad, como el regadío, desecación de pantanos, construcción de acequias, roturación de tierras, etcétera. El excedente no era apropiado de manera particular por cada familia sino por la

comunidad, la cual lo destinaba a un fondo común de reserva que se utilizaba en caso de sequía, y también para el ceremonial y obras de bien público. De este modo, se garantizaba la reproducción del modo de producción comunal. Los ayllus en la zona andina y los calpullis en México -muy anteriores ambos a la dominación inca y azteca respectivamente- fueron la expresión societaria de las comunidades agrarias aborígenes. Agrupaban a personas ligadas por lazos consanguíneos, primero, y luego por líneas de parentesco. Tenían una misma etnia y un mismo tótem, como así mismo una lengua y tradiciones comunes. Los guaraníes del actual Paraguay se organizaron en comunidades llamadas “taba”, distribuidas “en rudimentarias chacras colectivas denominadas ‘capiaes guaraníes’”.20 Esta convivencia comunitaria y la tradición de la vida colectiva fue aprovechada por los jesuitas para montar el proyecto de las Misiones. El sobreproducto social permitió una división del trabajo más acentuada; algunos miembros de los ayllus y calpullis pudieron dedicar parte de su tiempo a la elaboración de productos no necesariamente destinados a la alimentación. Así, se generaron sectores especializados en metalurgia, alfarería, tejidos, cestería, madera, cuero, plumas, etcétera. Los artesanos, a pesar de su especialización, estaban plenamente integrados a la comunidad; su trabajo formaba parte del modo de producción comunal; los objetos que fabricaban estaban al servicio del ayllu o del calpulli, contribuyendo decisivamente a mejorar las herramientas e impulsar el desarrollo de las fuerzas productivas.21 En la región nuclear andina las comunidades de los ayllus acostumbraban no sólo realizar un trabajo cooperativo -una especie de socialización del trabajo que combinaban con la actividad familiar en cada parcela- sino que también la redistribución era en gran medida colectiva. Más todavía, los miembros de cada unidad doméstica ayudaban a los otros en épocas de siembra o cosecha, mediante el sistema de “minga” o “minka”, tradición que todavía se mantiene en varias zonas de América latina. Los ayllus -inclusive bajo los incas- tenían la costumbre de trabajar las parcelas o “tupus” de los ancianos y entregarles el fruto de este trabajo solidario. Los inválidos y enfermos graves también eran ayudados en este mismo sentido fraterno. En estas sociedades reciprocidad y redistribución no eran antagónicas como en las sociedades de clases, sino que se practicaba una real ayuda mutua, una reciprocidad muy concreta. La redistribución no era un acto paternalista y “justo”, como diría Polanyi,22 otorgado por la gracia de un poder gobernante “comprensivo”, sino el resultado de un acuerdo conjunto e igualitario de los miembros de los ayllus y calpullis. El trabajo en estas comunidades no era alienado, porque el proceso de producción -a diferencia del sistema capitalista- no desbordaba al productor ni engendraba potencias coercitivas extrañas a él. El fruto del trabajo le pertenecía; no originaba un poder independiente ni ajeno que lo obligara a un determinado trabajo contra su voluntad o inclinación natural. Sin embargo, su vida estaba condicionada por su impotencia relativa frente al medio natural. El hombre, en la necesidad de configurar lo ignorado, comienza a vivir ya para los símbolos, tótemes, tabúes y prohibiciones. En las prácticas mágicas se enajenaba; pero no era una alienación primariamente psicológica, individual, sino una enajenación colectiva. La magia era, en última instancia, la expresión de la insuficiencia de las fuerzas productivas para enfrentar al medio. LA TRANSICION DEL MODO DE PRODUCCION COMUNAL A LAS FORMACIONES PROTOCLASISTAS INCA Y AZTECA El primer período de transición en nuestra América se produjo entre el modo de producción comunal y el modo de producción de las formaciones sociales inca y azteca. Sin embargo, no todos los pueblos aborígenes atravesaron por este período de transición. La prueba

es que en el momento de la conquista hispano-lusitana la mayoría de nuestras culturas indígenas estaba en la fase agroalfarera, manteniendo el modo de producción comunal; otros pueblos seguían siendo recolectores, cazadores y pescadores, fenómeno que expresa diáfanamente el curso multilineal de la historia. No todas las comunidades atravesaron el período de transición en la misma época. Mientras algunos pueblos pasaron esa fase en el primer milenio antes de nuestra era (olmecas: 800 - 200 a.C., Monte Albán: 300 a. C.- 100 d. C.); otros la vivieron en las primeras centurias (San Agustín: hasta el siglo V; Teotihuacán: 100 a 800; primer imperio maya: 250 a 900 ; Tiahuanaco: del siglo VIII al X) y otros comenzaron esa fase de transición después del primer milenio (toltecas: siglos X al XIII; segundo imperio maya: siglos X al XIV; Huari: siglos XI y XII, y chimú: del XI al XIII). Eran formaciones sociales en las que se conservaba el modo de producción comunal como forma predominante, aunque se habían acentuado las desigualdades sociales al punto de generar las primeras estructuras de poder sobre la base del control y distribución del excedente, de la preeminencia de ciertas líneas de parentesco y de la ideología mágico-religiosa manipulada por los primeros sacerdotes, combinando en sus personas “lo tabú” y “lo sagrado” con el fin de sustituir su cuota de trabajo comunitario por ejercicio de nuevas funciones. En este período se generaron las diferencias sociales y formas de poder, como el cacicazgo; los jefes regionales rebasaron el espacio local de las cominidades-base, rompiendo los lazos consanguíneos y creando un sector dominante a nivel territorial que controlaba el sobreproducto social. Los excedentes, que antes estaban dispersos en cada comunidad, comenzaron a ser concentrados a nivel regional por los jefes y “shamanes” en proceso de adquisición de rangos y jerarquías.23 Esta centralización del sobreproducto social fue haciéndose una necesidad de los ayllus y calpullis para poder realizar las obras del ceremonial, el regadío artificial, la desecación de pantanos; la construcción de acequias, diques, andenes y terrazas, que permitían el control de las aguas de los ríos y lagos para aumentar la producción. A su vez, los jefes -aceptados y respaldados por las comunidades- aceleraban esta centralización del excedente porque de esa manera podían ejercer funciones decisivas en aquellos cultivos que, en general, favorecían a la comunidad. Se dio así una situación contradictoria en que la comunidad daba voluntariamente curso a la centralización del excedente, sin tomar conciencia de que a la postre ese paso sentaría las bases de la dominación. El aumento del sobreproducto social fue el resultado de una relación dialéctica entre las necesidades de la comunidad y las presiones de los jefes o líneas de parentesco consideradas como superiores.24 “Los shamanes”, cuyo papel fue haciendo cada vez más religioso y menos mágico, se fueron ubicando en sitiales privilegiados que los liberaban de los trabajos colectivos, inaugurando así el proceso de diferenciación entre el trabajo manual e intelectual, como ocurrió en Teotihuacán, Monte Albán y la cultura tolteca. En la sociedad olmeca -surgida entre Veracruz y Yucatán- la estratificación social se produjo hacia el año 200 a. C., jugando un papel importante los sacerdotes por su dominio de la astronomía, de las matemáticas y de una forma de escritura jeroglífica. Los mayas también ejercieron un monopolio del saber, acentuando la diferencia entre el trabajo manual e intelectual; el grupo dominante controlaba la escritura ideográfica y el trabajo especializado de los famosos códices hechos en papel amate. También crearon el número cero, recién incorporado por la civilización europea a través de los árabes. Los jefes locales comenzaron a desbordar su comunidad gentilicia, procurando unir aldeas, ya sea por motivaciones económicas, religiosas o de política intertribal. El objetivo era llegar a construir un poder central que consolidara la unidad de las comunidades y permitiera un mayor control de la redistribución de excedentes. El principal intento, en este sentido, fue el de las mayas del segundo imperio (900 a 1500), al constituir la Liga Mayapán.25 Estos cambios fueron la expresión del comienzo de la crisis del modo de producción comunal de los pueblos agroalfafreros. Uno de los favores fundamentales que aceleró ese proceso fue la acentuada división social del trabajo que se produjo a raíz del papel que comenzaron a jugar los artesanos, especializados en alfarería, trabajos minerometalúrgicos y confección de tejidos, como sucedió en Tiahuanaco, Huari y las culturas chimú y mochica. Los

artesanos de la cultura mochica (siglos VIII al X) crearon, una vez liberados de las tareas agrícolas, una cerámica notable por su sentido realista, mostrando aspectos de la vida cotidiana y personajes transportados en tronos, que expresaban una forma de estratificación social. La cultura de Tiahuanaco produjo, entre los años 700 y 1000, artesanos a tiempo completo alimentados con el excedente agrario- capaces de levantar la maravillosa Puerta del Sol y de crear una de las cerámicas más bellas, especialmente los vasos incorporados posteriormente por los incas para modelar el recipiente sagrado llamado Kero. También el crecimiento de las ciudades y aldeas -con sus templos, monumentos, palacios y calles empedradas- jugó un papel importante en la crisis del trabajo comunitario y el comienzo de la contradicción entre campesinos y citadinos. En esta fase se produjo la primera revolución urbana de nuestro continente, con el surgimiento de ciudades como Toetihuacán, Lubaantún, Huari, Chancha,26 cuya importancia destacaremos en le capítulo V. La comunidad agraria comenzó a ser desplazada por formas organizativas urbanas, cuyos miembros ya no estaban necesariamente unidos por lazos consanguíneos. La comunidad de las ciudades se fue haciendo cada vez más territorial y menos gentilicia. Esta quiebra de los vínculos de parentesco, junto al hecho de que no todos trabajaran en común, a raíz de la acelerada división del trabajo, fueron los elementos determinantes en el nacimiento de la crisis de convivencia de la comunidad. Estas culturas de transición fueron el resultado de prolongadas disputas interétnicas y de guarras intertribales: Las etnias sojuzgadas tuvieron que trabajar en las grandes obras públicas, no sabemos si mediante trabajos forzados o algún sistema de mita o tributo en trabajo. Tampoco está claramente configurada una clase o casta dominante. Existieron, sin duda, jefes y caciques con relevante poder político, pero no es evidente todavía la existencia de una clase centralizada y homogénea que ejerciera plenamente el dominio y la explotación de la comunidad. Por eso tampoco es notoria la presencia de un Estado, salvo el caso de las mayas del segundo Imperio. Sin embargo, éstos no lograron más que una centralización local. Las ciudades, como Chichén Itzá , Uxma y otras, siempre conservaron su autonomía, llegando a la guerra para defender su independencia. Hasta tanto se demuestre la existencia de un poder centralizado, con un ejército permanente y una organización territorial estable, con capacidad de sojuzgar e integrar etnias imponiéndoles trabajos forzados al mismo tiempo que tributo, y una cierta legitimidad para controlar y redistribuir grandes excedentes a cargo de una clase dominante que haya impuesto un modo de producción nuevo, no se puede sostener ligeramente la existencia de un Estado. Sobre la base de los antecedentes disponibles nosotros preferimos caracterizar como estructuras políticas centralizadas a nivel local a algunas formaciones sociales en transición. En cuanto a su modo de producción, continuó siendo el comunal, aunque alterado en parte por ciertas formas de dominación y por el apremio en aumentar el excedente. Sin embargo, las relaciones de producción siguieron siendo las mismas, es decir, las comunales del clan gentilicio, basadas en la posesión de la tierra por parte de la comunidad. Algunas de estas sociedades de transición se fueron extinguiendo, por razones que se desconocen en la mayoría de los casos. Al parecer, Teotihuacán fue saqueada y abandonada, hecho muy difícil de que ocurriera de haber existido un Estado centralizado. En todo caso se sabría la existencia del Estado que salió vencedor. Tampoco se sabe por qué las mayas abandonaron sus ciudades sin que hubieran sido derrotados por un Estado más poderoso; no es convincente la hipótesis de una supuesta rebelión social que terminara con la clase dominante. De Chavín, Mochica y Tiahuanaco se ignoran las razones de su extinción como centros de poder.27 Sin embargo otras culturas, especialmente de México y Perú, culminaron su poderío de transición hasta desembocar en las primeras sociedades de clase de nuestra América: los imperios inca y azteca.28 MODO DE PRODUCCIÓN COMUNALTRIBUTARIO DE LAS FORMACIONES SOCIALES INCA Y AZTECA

Numerosos autores han calificado de modo de producción “asiático” a la forma de producir de los incas y aztecas, aseveración que nos obliga a precisar el alcance de esta caracterización el modo de producción “asiático” fue detectado por Marx al analizar sociedades orientales, especialmente de la India, en las cuales no había propiedad privada, pero existían castas sociales y un Estado en plena evolución. El modo de producción “asiático” se basaba en la producción comunal y en la planificación de trabajos como el regadío artificial y la construcción de monumentos, centralizados por un Estado, dirigido por un estamento superior o clase dominante. Una minoría se apropiaba del excedente, a través de la tributación de la comunidad-base, excedente que en elevada proporción era reinvertido en actividades necesarias para el conjunto de la sociedad. En el borrador que Marx no quiso publicar como preliminar de su Crítica de la Economía política -conocido actualmente con el título de Formas que preceden a la producción capitalista- se analizan varias formaciones, como la “antigua”, la “germánica” y también el modo de producción asiático, en relación a las sociedades orientales que no habían cortado el cordón umbilical con la propiedad comunitaria y la producción comunal, aunque en su seno iban generándose los embriones de Estado y de casta. “En las formas asiáticas -decía Marx- la unidad omnicomprensiva, que está por encima de todas estas pequeñas entidades comunitarias, aparece como el propietario superior (...). El plusproducto -que además se va determinando legalmente como consecuencia de la apropiación efectiva a través del trabajo- pertenece entonces de por sí a esta unidad suprema. Por lo tanto, en medio del despotismo oriental y de la carencia de propiedad que parece existir jurídicamente en él, existe de hecho, como fundamento, esta propiedad comunitaria o tribal, producto sobre todo de una combinación de manufactura y agricultura dentro de la pequeña comunidad, que de ese modo se vuelve enteramente autosuficiente y contienen en sí misma todas las condiciones de la reproducción y la plusproducción. Una parte de su plustrabajo pertenece a la colectividad superior, que en última instancia existe como persona, y este plustrabajo se hace efectivo tanto en tributo como en el trabajo común destinado a exaltar a la unidad, en parte el déspota real, en parte a la entidad tribal imaginada, el dios (...). El carácter colectivo del trabajo mismo, lo cual puede constituir un sistema formalizado como en México, en especial Perú, entre los antiguos celtas, algunas tribus de la India (...). No hay propiedad sino sólo posesión de la tierra. Ello es así porque los hombres se comportan en ella ingenuamente, tratándola como propiedad de entidad comunitaria.29 Hemos destacado las frases de Marx referentes a la producción comunal -que no se refieren solamente al Asia sino también a México y Perú- porque en la discusión sobre el tema se ha puesto generalmente el acento en el carácter despótico del Estado y en la forma de tributación. Este modo de producción no consistía solamente en el sistema hidraúlico y otras tecnologías, sino fundamentalmente en las relaciones de producción, estimuladas por el sector dominante para garantizar el tributo. Esas relaciones de producción, íntimamente vinculadas e integradas a las fuerzas productivas, se basaban en el antiguo modo de producción comunal. El mal tratamiento del modo de producción asiático -al enfatizar el papel del Estado en lugar de la manera de producir- deriva de una confusión teórica entre formación social y modo de producción. De ahí la utilización del dualismo despótico-comunitario. Chesneaux califica como “despótico-aldeano” al modo de producción basado en el supuesto “dualismo de la producción aldeana y la intervención económica del Estado”.30 En tal sentido, coincide con aquellos autores que hablan de despotismo comunitario. Por otra parte, Wittfogel escribió acerca del despotismo oriental, administrador de un supuesto “modo de producción hidráulico”, como si los modos de producción se definieran por la tecnología. Otros, como Wachtel,31 han llegado a sostener que la sociedad incaica estaba basada en un “modo de producción estatal”, como si la superestructura -el Estado- fuera el elemento fundamental para caracterizar el modo de producción. Las nuevas rutas de investigación que entrega el manuscrito de Marx sobre las Formas ... son inapreciables, pero no deben hacernos olvidar que formaban parte de un borrador que el

mismo Marx no quiso publicar porque requería un mayor tratamiento. El término modo de producción “asiático” debe haber sido puesto provisoriamente, ya que es un nombre meramente geográfico que no expresa, como otras denominaciones de Marx, relaciones de producción. La calificación de modo de producción “andino” -adelantada por algunos autores, como Enrique Vela, para caracterizar a la cultura incaica- tampoco es convincente porque reincide en el mismo tiempo de denominación geográfica. El modo de producción asiático fue estudiado por Marx para explicar el estancamiento de ciertas sociedades asiáticas, especialmente la hindú.32 En cambio, un modo de producción similar posibilitó un desarrollo de las fuerzas productivas y un avance económico en las formaciones sociales inca y azteca.33 Estas culturas lograron un desarrollo agrícola tan avanzado como el de los pueblos euro-asiáticos; una cerámica que resiste cualquier parangón; un calendario tan preciso como el juliano y una minería y una metalurgia tan adelantadas como las de Europa en el momento de la conquista de América. Hace varias décadas que se discute acerca del modo de producción asiático, categoría teórica que ha contribuido a romper la concepción unilineal de la historia. No por azar los historiadores soviéticos se resistieron a su aplicación, ya que quebraba el esquema de Stalin sobre la sucesión obligada y etapista por la cual debían atravesar todos los pueblos: comunismo “primitivo”- esclavismo-feudalismo-capitalismo-socialismo.34 Por eso, en 1934, Kovalev propuso que se estudiara el modo de producción asiático como una variante oriental para justificar la política stalinista de apoyo a la “burguesía progresista” del Kuomintang. Desde la década de 1960 algunos autores, como Godelier, consideran que el modo de producción asiático fue una de las formas que adquirió el proceso de disolución del comunitarismo, en la transición de las sociedades sin clases a las sociedades de clases.35 Hobsbawm sostiene que no era todavía una sociedad de clase o, por lo menos, lo era en su forma más primitiva.36 Otros autores -como Mendel, Chesneaux, Pla y Bartra- caracterizan al modo de producción asiático comun una sociedad de clases.37 Nosotros compartimos esta última posición y trataremos de demostrar que las formaciones sociales inca y azteca fueron sociedades de clases, que sugerimos calificar como protoclasistas. Es obvio que no tuvieron la característica esencial de otras sociedades clasistas como la esclava y la feudal- en las que claramente existió una clase dominante propietaria de la tierra y de los medios de producción. Las formaciones sociales inca y azteca se basaban en un modo de producción que nos hemos permitido denominar comunal-tributario- La élite dominante de esas sociedades usufructuó del modo de producción comunal de las culturas sometidas, imponiéndoles un tributo y apropiándose de parte del excedente o plusproducto, es decir, apropiándose de una parte de la fuerza de trabajo de las comunidades. La caracterización de modo de producción comunal-tributario para las culturas inca y azteca nos parece más precisa que el término modo de producción “asiático”. Por comunal entendemos la actividad conjunta que efectuaban las unidades domésticas -ayllus o altépetlesdentro de la tribu. Estos núcleos familiares trabajaban las parcelas que en usufructo les habían repartido la comunidad, pero realizaban tareas comunes de manera colectiva y ayudaban a otras familias a través de un sistema cooperativo o de “minga”. Aunque el Estado había sometido a la comunidad-base, en las formaciones sociales inca y azteca no se había cortado el cordón umbilical con la posesión colectiva de la tierra y la producción comunal. No obstante, se generaron desigualdades sociales, acentuándose las contradicciones entre campesinos y artesanos y entre ambos y la élite dominante -militares, sacerdotes, funcionarios estatales-, que vivía del trabajo de las comunidades-base. A pesar de haberse superado en algunas zonas la economía de subsistencia, las comunidades seguían produciendo valores de uso. El comercio no estaba generalizado, salvo en regiones del imperio azteca y, en menor medida, en el incaico. Esta actividad, que se había iniciado con donaciones ceremoniales e intercambio de regalos dentro y fuera de la comunidad, pasó a la etapa del cambio simple. De todos modos, el comercio significó el inicio de una nueva división social del trabajo, la generación de un sector social, el de los “pochtecas” o comerciantes aztecas, separado de la actividad productiva.

Roger bartra caracteriza de modo de producción tributario al modo de producción de los aztecas: “Creo apropiado aceptar el término tributario propuesto por Ion Banu, ya que -en efecto- el tributo constituye la clave que nos revela los resortes clasistas de la relación entre comunidades aldeanas y Estado”.38 A nuestro juicio no basta con indicar que estos pueblos estaban sometidos a tributación, sino que lo fundamental es señalar cuál era su forma de producir y bajo qué relaciones de producción. El tributo en trabajo -que forma parte del área productiva- es una relación social que contribuye a definir un modo de producción. Pero es insuficiente para caracterizar el de los incas y aztecas, porque -sin dejar de lado la tributación- lo fundamental era la producción de las comunidades-base- El tributo, tanto en trabajo como en especie, provenía de los ayllus y calpullis, lo que nos ha permitido definir como modo de producción comunal-tributaria a la forma de producir de las formaciones sociales inca y azteca. Estamos en desacuerdo con la proposición de Samir Amin consistente en definir como modo de producción tributario a todas las sociedades que se han denominado “asiáticas”, porque en el modo de producción -y por extensión el incaico y azteca- el proceso productivo descansaba en la comunidad-base y aleatoriamente en el tributo. El trasfondo de esta posición “tributarista” está en que sus autores hipervaloran el papel del Estado y de la superestructura política. Broda llega a decir que “ las instituciones políticas son la base de la organización económica”.39 Nosotros no negamos el papel del Estado “asiático”, inca o azteca, como programadores de obras públicas y recaudadores de tributos, pero esas actividades y otras, como los gastos de culto y del ejército, se pudieron realizar gracias al excedente económico extraído de las comunidades-base, que constituían el fundamento de la producción. El modo de producción de las formaciones sociales inca y azteca estaba basado en el ancestral modo de producción comunal. Considerar la forma comunal de producir es clave para poder caracterizar el modo de producción comunal mediante la imposición del tributo. Como el tributo, tanto en trabajo como en especie, obligaba a generar un excedente económico que alteraba la tradicional economía de subsistencia, tenemos que convenir en que no se pueden escindir las categorías de lo “comunal” y “lo tributario”. Formaban una categoría única y global, el modo de producción comunal-y tributario, que no operaba con el dualismo comunal, por un lado, y tributario por el otro. Este modo de producción estaba articulado a nivel regional y estatal con otras relaciones de producción menos preponderantes, como fueron las establecidas con el trabajo de los “yanas” y “mayeques” en las tierras del Estado. A diferencia del tributo feudal, que se basaba en el trabajo del siervo al servicio de un señor, dueño de la propiedad privada de la tierra, la tributación bajo los incas y aztecas era realizada por la comunidad-base, que aún conservaba la posesión comunal de la tierra. El tipo de servidumbre en los imperios incaico y azteca no era de subordinación o dependencia personal sino que se establecía directamente por el conjunto de la comunidad con el Estado.40 Era una servidumbre de tipo colectivo, que algunos han asimilado erróneamente a la “esclavitud generalizada” del modo de producción asiático. La tributación en ambos casos significaba servidumbre, pero no toda la servidumbre es necesariamente feudal, como lo señalaron oportunamente Marx y Engels. Entre los incas y aztecas, las comunidades conservaron sus tierras y su modo comunal de producir; no estuvieron sometidas a un régimen de vasallaje como los del Medioevo europeo, y su forma de tributación y servidumbre fue distinta. De todos modos, la apropiación del excedente por vía del impuesto-renta o tributo no define claramente, en las formaciones inca y azteca, las relaciones de producción. Ante todo, hay que rastrearlas en las formas comunales de producción. En rigor, no es el mismo tipo de renta de la tierra de otras sociedades en que impera la propiedad privada sino de un impuesto que se expresaba en renta o tributo de la comunidad-base al Estado. Es significativo que esta formación social no haya liquidado los aspectos esenciales del modo de producción precedente, como en los casos del feudalismo, que terminó con el modo de producción esclavista, y del capitalismo, que hizo otro tanto con el feudalismo, aunque en ambos supervivieran relaciones anteriores de producción. Lo peculiar del modo de producción de los incas y aztecas radica en haber conservado gran parte del modo de producción

precedente. Sin embargo, la imposición del tributo -tanto en especies como en trabajo forzado a través de un factor extraeconómico- obligó a producir un excedente que socavó las bases de la antigua forma de producir. Los derechos de posesión del suelo que antes eran garantizados por la comunidad-base ahora aparecen como concebidos por el soberano que dirige al Estado. Aparentemente nada ha cambiado, porque las unidades domésticas -ayllu o altépetl- siguen haciendo uso de la tierra. No obstante, el excedente, que antes se quedaba en la comunidad, ahora debe ser entregado de manera multiplicada al Estado. El soberano inca y azteca no ha expropiado las tierras, pero se erige como propietario simbólico, que otorga o reparte graciosamente las parcelas en usufructo.41 Paralelamente al modo de producción comunal-tributario, los Estados inca y azteca trataron de generar nuevas relaciones de producción a través del trabajo de los yanas, mayeques y tlacotlis. Estas nuevas relaciones de producción no se basaban en el trabajo de las comunidad, ya que tanto los yanas del imperio incaico como los mayeques y tlacotlis del imperio azteca estaban desarraigados de la comunidad gentilicia, aflojándose sus lazos con los ayllus y calpullis. Se diferenciaban, asimismo, de la comunidad-base porque todo el producto de su trabajo iba directamente al Estado y a la clase dominante. Los yanas, mayeques y tlacotlis no trabajaban en las parcelas de ninguna comunidad-base sino en las del Estado, del culto y del ejército. Producían artículos artesanales, generalmente de lujo, y realizaban tareas agrícolas. Habían dejado de producir para sus comunidades y elaboraban trabajos por encargo de la clase dominante. Sin embargo su productos aún no se habían transformado en valores de cambio, porque no alcanzaron la fase de la producción simple de mercancías o de la pequeña producción mercantil. Mientras mayeques y tlacotlis llegaron a constituir un diez por ciento de la población azteca, los yanas a penas sobrepasaban el dos por ciento de los habitantes del incario. Otra diferencia entre el imperio azteca y el inca consistía en que en el primero el tributo en especies era superior o igual al tributo en trabajo; por lo tanto, al haber menos mano de obra de los calpullis para las actividades del Estado, los mayeques y tlacotlis debían realizar la mayoría de las obras públicas, las que en el incario se efectuaban en gran medida por medio del tributo en trabajo proporcionado por los ayllus. Al tratar de asimilar la forma de producir de las formaciones sociales inca y azteca al modo de producción “asiático” -sin advertir sus rasgos diferenciadores- la mayoría de los investigadores ha descuidado el tratamiento de esas nuevas relaciones de producción implantadas por los Estados inca y azteca, que si bien no fueron preponderantes alcanzaron a jugar un papel importante en las postrimerías de los imperios. La existencia de estas nuevas relaciones de producción era un síntoma de un proceso de disolución de la producción comunal de los ayllus y calpullis; la expresión de una crisis de las antiguas relaciones comunales de producción; de una crisis, en fin, de la tradicional economía de subsistencia y de la comunidad gentilicia. La clase dominante de los Estados incaico y azteca trabajaba indudablemente en esta perspectiva en el momento de la conquista española. El excedente apropiado por la casta dominante era un comienzo de explotación del hombre por el hombre. Este embrión de clase dominante surgió -en contraste con Europadirectamente con el Estado, imponiendo tributos a los pueblos sometidos e intentando redistribuir terrenos, base de un eventual proceso de implantación de propiedad privada de la tierra, que no alcanzó a generalizarse. En el imperio azteca42 se consolidó una estructura jerárquica de clases: por un lado, el sector dominante integrado por los “pipiltzin” o nobles (guerreros, sacerdotes, jefes militares, altos funcionarios) y por otro, los “macehualtin” (campesinos, pescadores, artesanos, etc.). Además, había otro sector más explotado, los “mayeques”, que constituían un diez por ciento de la población y cumplían tareas de servidumbre. Por último, estaban los “tlacotli”, que eran prisioneros de guerra, aunque nunca fueron considerados como esclavos. Entre los incas,43 también nos encontramos con las capas sociales privilegiadas, como los “orejones” o nobleza (militares, sacerdotes, etc). Los “curacas” constituían una especie de aristocracia secundaria, encargada de controlar a las tribus sometidas.44 En la formación social incaica nos encontramos con un Estado centralizado, dirigido por el inca, una burocracia del

riego y una casta militar y sacerdotal que imponía tributos y prestaciones forzosas a los pueblos.45

EL MODO DE TRANSICIÓN AL CAPITALISMO La colonización hispano-portuguesa no impuso un modo preponderante de producción. Si bien es cierto que nuestro continente fue incorporado al mercado mundial capitalista en formación, no se establecieron de manera generalizada relaciones preponderantes de producción. Desde la colonización (sigloXVI) hasta mediados del siglo XIX hubo un período de transición, con dos formaciones sociales: una la colonial y otra republicana, que inauguró una fase histórica nueva l romper el nexo colonial en lo político, acelerando el proceso de transición al capitalismo. LA FORMACION SOCIAL COLONIAL La especificidad del período de transición inaugurado con la Colonia consistió en que no fue el resultado de un proceso histórico de creación del mercado mundial capitalista. De ahí la importancia del capital comercial. Sin embargo, en América latina colonial no sólo hubo capital comercial sino también un capital que se invertía en empresas minaras y agropecuarias. Junto a la circulación de mercancías existía un proceso de producción de mercancías. La formación económica tenía por objetivo la exportación de metales preciosos y productos agropecuarios y mineros. La naturaleza comenzó a deteriorarse con la instauración de una economía interesada solamente en le exportación. La economía agrícola de los indígenas fue remplazada por la producción de materias primas destinadas al mercado mundial. Los españoles y portugueses introdujeron el valor de cambio y un principio de economía monetaria en una sociedad que sólo conocía el valor de uso y la economía natural. Si bien es cierto que nuestro continente fue incorporado al mercado mundial, esto conllevó automáticamente al establecimiento de relaciones generalizadas de producción capitalista, aunque los principales centros mineros, base del excedente económico colonial, fueran explotados con relaciones salariales y con una avanzada tecnología. Tampoco fueron generalizadas las relaciones de producción esclavistas y serviles en todas las colonias.46 la transición fue hacia un capitalismo primario agrominero exportador de base colonial, que sólo se consolidó en el siglo XIX. La transición no se produjo de un modo de producción a otro, sino que surgió directamente de una conquista hecha por un imperio extracontinental. Esta característica específica diferencia nuestra transición al capitalismo del camino recorrido por Europa en su transición del feudalismo al capitalismo. En el occidente europeo ésta fue producto de una maduración endógena de un nuevo modo de producción que se fue gestando a raíz de la crisis del feudalismo, del fortalecimiento de la burguesía comercial y bancaria, la industria a domicilio, el mercantilismo y, finalmente, de la Revolución Industrial. En cambio, en América latina, el período de transición al capitalismo fue abierto abruptamente con la conquista, realizada por una potencia extracontinental que estranguló el modo de producción de la sociedad precolombina. Es fundamental tener presente que el imperio que nos conquistó también estaba en una fase de transición al capitalismo, en una época en que los países más avanzados de Europa estaban recién en la fase mercantilista, antesala del modo de producción capitalista. De ahí la importancia del capital mercantilista en el proceso de colonización. A la burguesía comercial le interesaban los productos, cualesquiera fuesen las relaciones sociales bajo las cuales se producían. Sin embargo, en América latina colonial no sólo hubo capital comercial sino también un capital que se invertía en empresas mineras y agropecuarias, que dieron origen a una clase

dominante, no meramente comercial sino también productora, que implantó variadas relaciones de producción, fundamentalmente precapitalistas. ¿De dónde provenían las mercancías que intercambiaban los comerciantes de la colonia? Algún sector debía producirlas. Este sector estaba constituido por los indígenas, negros y mestizos, cuya mano de obra era explotada por los empresarios que invertían capitales en la producción minera y agropecuaria. En las colonias iberoamericanas no sólo hubo un proceso de circulación de mercancías sino básicamente un producción de mercancías a través de diversas relaciones precapitalistas de producción. El papel del capital comercial era canalizar el excedente de nuestra economía de exportación y la implantación de los artículos manufacturados de Europa.47 Durante la Colonia se establecieron diversas relaciones de producción, tanto precapitalistas (encomienda, esclavitud, inquilinaje, aparcería, etc.) como capitalistas embrionarias (salariado minero y agrícola), sin que ninguna de ellas fuera preponderante y generalizada. Estas relaciones de producción se aplicaron de acuerdo con la condiciones específica de cada región colonial. Octavio Ianni coincide en la “coexistencia de múltiples relaciones de producción” y llama la atención acerca de que esto “no significa necesariamente la vigencia de distintos modos de producción”; manifiesta que no quiere “negar la posibilidad de que en América latina, o en algunos de sus países, se combinen diversos modos de producción. A mi parecer, ésta es una cuestión abierta a la investigación”.48 Este problema clave incita a una reflexión profunda, porque ha sido motivo de confusiones teóricas, tanto de latinoamericanos como de europeos y norteamericanos. Nosotros opinamos que el problema comienza a despejarse a partir de la consideración de que la conquista hispano-lusitana abrió un período de transición al capitalismo. Y que, como todo período de transición no estableció un modo preponderante de producción. En tal sentido, nos parece más riguroso hablar de la combinación de diversas relaciones de producción que de los “diversos modos de producción”. La encomienda, calificada de feudal por muchos autores, tenía más características de esclavitud disimulada que de servidumbre feudal.49 A su vez, la esclavitud negra fue diferente de la esclavitud grecorromana, a tal punto que en algunas zonas del Brasil, Venezuela o el Caribe el empresario entregaba un pedazo de tierra a los esclavos para que se autoalimentaran. “La esclavitud y la servidumbre -ha dicho Enrique Cardozo- recolocadas como necesarias para la producción a gran escala en una fase del desarrollo del capitalismo y para la comercialización en el mercado internacional. Tienen en común con la esclavitud antigua y con la servidumbre feudal sólo su forma.”50 Junto con estos regímenes del trabajo colonial existían pueblos indígenas, muchos de ellos no sometidos por los conquistadores, que conservaban la posesión comunitaria de la tierra y formas comunales de producción. La encomienda y la mita del siglo XVI fueron adquiriendo nuevos matices hasta desaparecer por antieconómicas en el siglo XVIII.51 Durante este siglo se desarrollaron otras relaciones precapitalistas de producción en el campo, como la medianería, la aparcería, el inquilinaje y el arrendire, en las cuales el trabajador agrario no era un pequeño propietario ni un asalariado, o a veces era ambas cosas. La mayoría trabajaba su pedazo de tierra y, al mismo tiempo, vendía su fuerza de trabajo en calidad de peones-jornaleros. Paralelamente comenzaron a surgir relaciones de producción capitalistas embrionarias, especialmente en la minería.52 Si bien es cierto que no fueron preponderantes ni generalizadas en todas las colonias, llamamos la atención acerca de un fenómeno no debidamente valorado: los principales centros mineros -México y el Alto Perú-, que entregaron el grueso del excedente económico colonial, se explotaron bajo relaciones salariales de producción y con un alto nivel de tecnología y desarrollo de las fuerzas productivas. Algunos autores, como Ciro Cardoso, dicen que durante la Colonia hubo “un modo de producción dependiente”, con lo cual no se dice nada porque no se especifican las relaciones de producción y las fuerzas productivas, que constituyen lo básico para definir un modo de producción. Si sólo se enfatizara el carácter dependiente, habría que decir que ha existido un solo modo de producción “dependiente” desde la Colonia hasta la actualidad, lo cual omitiría los cambios cualitativos en las relaciones de producción de la Colonia de los siglos XIX y XX. Otros autores siguen sosteniendo que la colonización tuvo un carácter feudal. La gran propiedad territorial es uno de los argumentos que se han dado para demostrar el carácter feudal de la colonización. Latifundios han existido tanto en el régimen esclavista como en el feudal y

capitalista. El latifundio de la época colonial -a diferencia del feudal- tuvo como objetivo la producción en gran escala de productos agropecuarios y mineros. Otro argumento para insistir en el carácter feudal de la colonización se refiere a la explotación de los indios bajo el sistema de encomiendas. En rigor, la encomienda tuvo más características esclavistas que feudales. Además, existen otros hechos, como el del crecimiento de las ciudades y la descentralización del poder, a través del Estado monárquico, que demuestran que la colonización no fue feudal. Tampoco fue capitalista. Durante la Colonia no hubo un modo de producción preponderante, sino variadas relaciones de producción precapitalistas y capitalistas embrionarias que, combinadas y articuladas, constituían una formación económica en transición al capitalismo. El fundamento de la fabulosa extracción de excedentes fue el trabajo semigratuito de las masas explotadas esclavas y serviles y de los jornaleros sometidos al régimen del salariado. Inclusive en estos casos, la extracción de la plusvalía absoluta no tuvo casi límites. El excedente económico colonial que se apropiaron los imperios portugués y español provino fundamentalmente de dos vertientes: de la renta o tributación en especies, trabajo o dinero que estaban obligados a pagar los indígenas, y de la explotación del trabajo asalariado, esclavista y servil en las minas, haciendas o plantaciones. 53 El excedente económico provino fundamentalmente de la minería, no sólo durante el primer siglo de la conquista sino a lo largo de toda la Colonia.54 A nuestro modo de entender, el papel de la minería ha sido subestimado por quienes pretenden sobredimensionar el peso de la producción agraria y, por ende, de los terratenientes, con el fin de demostrar un supuesto carácter feudal de la colonización. El mito de una colonia preponderantemente agraria sólo ha servido para tergiversar el real proceso de lucha de clases y de las contradicciones intra e interclases. Un análisis serio, despojado de esta “ideología”, demuestra que la parte fundamental del plusproducto colonial fue entregada por la minería. Las dos colonias más ricas del imperio español -México y Perúfueron mineras desde el siglo XVI hasta el XVIII. Lo mismo las capitanías generales de Chile y Nueva Granada. Cuando Brasil se hizo minero en el siglo XVIII produjo más riqueza al imperio portugués que en los dos siglos anteriores. Las colonias hispano-lusitanas no se estructuraron sobre la base de la economía de subsistencia, sino sobre la explotación de productos mineros y agropecuarios para el mercado mundial mediante el empleo de grandes masas de trabajadores indígenas y esclavos negros. Las vías de comunicación tuvieron generalmente como destino los puertos, mediante un trazado de ciudades.55 que conectaba los centros de producción con los sitios de exportación. En tal sentido cambiaron el paisaje latinoamericano, ya que las culturas aborígenes preexistentes a la conquista habían diseñado los caminos en forma longitudinal para facilitar la comunicación de las comunidades del interior. En las colonias hubo un desarrollo desigual, articulado combinado y específico diferenciado, expresado en la coexistencia de moderna tecnología minera con explotaciones arcaicas en el agro; en el paralelismo de la economía monetaria con la natural, en la contradicción incipiente entre campo y ciudad, en el contraste interrelacionado de las formas productivas, en la especificidad y diferenciación entre las colonias y dentro de cada colonia, y en las manifestaciones culturales antagónicas pero interpretadas del sincretismo cultural y religioso de los negros, indios, mestizos, y blancos. El desarrollo desigual se dio también entre las colonias. Unas, como México y Perú, se integraron tempranamente al mercado mundial; otras lo hicieron tardíamente, como la Argentina, Uruguay, Venezuela y Centroamérica. La colonización portuguesa del Brasil fue distinta a la hispanoamericana. Ante todo, fue más tardía, porque las primeras incursiones de los portugueses tuvieron por objeto la fundación de factorías. Por otra parte, la colonización portuguesa se inició con preeminencia de empresarios privados beneficiados con las capitanías hereditarias. Brasil contó con el aporte de una migración masiva de portugueses, fenómeno que no se registró en las colonias hispanoamericanas, a las cuales sólo arribaron menos de doscientos mil españoles entre 1509 y1790, cifra que contrasta con los tres millones de portugueses que llegaron a Brasil. Otra diferencia radicaba en que la economía brasileña no se inició con la extracción de metales

preciosos sino con plantaciones, aunque en el siglo XVIII la diferencia se invirtió por el auge del oro en Brasil.56 Finalmente, el Estado colonial en Brasil fue estructurado recién en al último siglo de la Colonia, a diferencia de Hispanoamérica, donde se organizó en el siglo XVI. Indoamérica no sólo contribuyó -forzadamente- al proceso de acumulación originaria de capital en Europa, sino también al fortalecimiento de los Estados Unidos en la segunda mitad del siglo XVIII, a través del “intérlope” o comercio de contrabando.57 Si bien es cierto que las colonias se estructuraron sobre la base de la economía de exportación, no debe subestimarse el proceso de acumulación interna, factor clave para poder explicarse la movilidad social, ni tampoco el mercado interno abastecido por las comunidades aborígenes, el artesanado y las propias haciendas. También se ha minimizado la importancia de los mercados regionales. Hubo colonias, como la Capitanía General de Venezuela, que comerciaba más con México que con España.58 A su vez, Nueva España mantenía un activo comercio con el Virreinato del Perú, lo mismo que la Real Audiencia de Quito. En la zona del Caribe se estableció un mercado regional a base del contrabando entre las colonias españolas, especialmente Cuba, con las anglofrancesas, al igual que entre Santo Domingo y Haití. La Capitanía General de Chile tuvo un relevante comercio con Perú a través de la exportación de trigo. El mercado regional más importante se generó alrededor de la explotación de la mina e Potosí: de los obrajes quiteños venían las mantas; de Tucumán, Salta y Jujuy, mulas y textiles; del norte chileno, cordobanes y mulas.59 Estos mercados regionales tuvieron un papel relevante tanto en la economía de exportación como en la estructuración de un mercado interno que favoreció el desarrollo de los agricultores y mineros criollos, del artesanado y de la propia economía aborigen. Para comprender la formación social es fundamental el cuestionamiento de la visión historiográfica tradicional, que estableció de modo arbitrario un corte entre las culturas aborígenes y la colonización ibérica, entre la llamada prehistoria y la historia, como si ésta hubiera comenzado con la llegada de los europeos. En rigor, la teoría del “descubrimiento” de América constituye otro de los tantos encubrimientos de la realidad histórica. En el choque de las culturas europea e indoamericana se produjo un fenómeno de desestructuración-estructración. La primera no fue tan absoluta ni la segunda tan rápida. Los es pañoles y portugueses trataron de desestructurar las culturas aborígenes por la fuerza, pero se vieron obligados a integrar los conocimientos que ellas tenían sobre el trabajo de la minería. El proceso de continuidad-discontinidad se reflejó durante la Colonia en la presencia permanente de lo indígena, cuya cultura y vida cotidiana supervivió de modo activo a nivel horizontal. A su vez, los aborígenes incorporaron aspectos de la cultura europea, como variedades de cereales y ganadería e inclusive de religión, que dieron lugar a una forma de sincretismo. Esta matriz societaria se amplió con la incorporación de millones de esclavos negros que le dieron al Brasil y a la zona del Caribe una importancia étnica y cultural específica. Sin el estudio de la relación entre estas etnias y las clases sería imposible explicar la particular lucha de clases que hubo durante la Colonia, especialmente la resistencia indígena desde Cuauhtémoc y lautaro hasta Tupac Amaru, y las rebeliones de los esclavos negros. La explotación de éstos y la apropiación de las tierras fueron los factores determinantes en el surgimiento de la clase dominante. El Estado colonial, que al igual que las clases y las manifestaciones culturales desarrollaremos más a delante, tuvo precisamente la misión de garantizar el funcionamiento de la economía de exportación y el régimen de dominación colonial.60 Para ello contó con el respaldo de la Iglesia católica, que puso su orientación y sus sacerdotes al servicio de la colonización, pues se trataba no sólo de catequizar un mundo virgen sino también de adquirir nuevos bienes terrenales. No es puramente simbólica la figura de que la conquista de América se hizo bajo el signo de la cruz y de la espada, aunque hubo excepciones, como la de Bartolomé de las Casas, un precursor histórico de los derechos humanos. Las actividades culturales estuvieron signadas por la alienación religiosa y el sistema de dominación absolutista.61 Nunca estuvo más claro que la ideología predominante de una sociedad es la ideología de su clase dominante. Sin embargo, continuaron existiendo el arte y la cultura indígena y negra, con sus variadas expresiones de vida cotidiana, muy distinta a la de la élite blanca.

Tan acostumbrados estamos a estudiar la Colonia como un fenómeno hispanoamericano que frecuentemente nos olvidamos de la colonización inglesa, francesa y holandesa del Caribe como si éste no perteneciera a nuestra América. Esa región no fue un mero escenario de lucha entre piratas y corsarios sino otra de las partes de América conquistada por los europeos. A partir del siglo XVII Inglaterra se apoderó de Barbados, San Cristóbal, Santa Lucía, Granada, Dominica, San Vicente, Trinidad, Tobago, ST. Kitts, Antigua, Montserrat, Jamaica, Guyana, procurando además arrebatarle Cuba, Puerto Rico y parte de Centroamérica a España.62 Holanda conquistó Curazao, Aruba y Guayana, además de colonizar el nordeste brasileño con ingenios azucareros. Francia se apoderó de Haití, Guadalupe, Martinica y la otra parte de la Guayana. En fin, las incursiones de los piratas y corsarios fueron parte de la lucha intercapitalista por el control de algunas zonas americanas, tanto en lo territorial como en lo comercial.63 En ellas no sólo hubo actividad mercantil sino también una fuerte inversión de capital para implementar la economía de plantación. Esta inversión de capitales, hecha por los europeos y también por Estados Unidos en el siglo XVIII, invita a reflexionar acerca de la existencia de una forma de protoimperialismo en esta fase de acumulación originaria. LA FORMACION SOCIAL REPUBLICANA El período de transición al capitalismo se mantuvo hasta mediados del siglo XIX, aunque en una nueva formación social cuando las colonias cortaron drásticamente el nexo con el imperio español dando paso a la estructuración de repúblicas formalmente independientes. La independencia fue resultado de la maduración de una crisis de una coyuntura especial: la invasión napoleónica de España. La principal causa de estructura de ña revolución separatista-colonial fue la existencia de una clase social cuyos intereses entraron en contradicción con la metrópolis española. Esa clase controlaba a fines de la Colonia los centros productivos fundamentales, pero el gobierno seguía en manos de los representantes de la monarquía. Esta contradicción sólo podía ser superada en la medida en que los criollos tomaran el control del aparato del Estado para imponer una nueva política económica de exportación e importación. Sostener que el libre comercio fue la causa esencial de la revolución por la independencia, sin profundizar en los intereses de clase que estaban detrás de esta demanda, es caer en el reduccionismo economista. La exigencia del libre comercio sólo puede ser explicada por las aspiraciones de los productores criollos de lograr mayores exportaciones y mejores precios. Sin la existencia de esta clase social hegemónica, la consigna de libre comercio no habría sido causa suficiente de la independencia. Por eso es un error considerar las demandas de tipo económico y desligada del resto de las aspiraciones de los criollos acomodados. La independencia es impulsada por el conjunto de reivndicaciones que exige una clase dispuesta a tomar el poder político -el aparato estatal-, única garantía para imponer sus aspiraciones generales de clase en vías de ser dominante. Su conciencia de clase “para si” se fue desarrollando no sólo en las acciones de protesta contra el Estado colonial, sino también a través de la influencia de las ideas progresivas de la época, expresadas fundamentalmente en al Revolución Francesa y el la lucha por la independencia de los Estados Unidos. En Europa, el pensamiento liberal fue la bandera de lucha de la burguesía industrial; en América latina, la ideología de los hacendados, mineros y comerciantes. Allá sirvió para el proteccionismo industrial, acá para el libre cambio y la exportación de productos agropecuarios y mineros. La revolución por la independencia cambió la forma de gobierno, no la estructura socioeconómica heredada de la Colonia. En rigor, no fue una revolución democrático-burguesa, porque no realizó la reforma agraria ni fue capaz de crear las bases del mercado interno para el desarrollo de una industria nacional. La única tarea democrática que cumplió la clase dominante criolla fue la independencia política al romper con la condición colonial, reemplazando un equipo de explotadores de allende por otro de aquende.

Limitado el proceso de liberación a la independencia política formal, muy pronto nuestros países experimentaron un nuevo tipo de dependencia, especialmente económica, respecto del mercado europeo. Con el fin de lograr mejores precios y una mayor demanda de sus productos, la clase dominante nativa se comprometió a permitir la entrada indiscriminada de manufactura extranjera, con lo cual anuló las posibilidades de desarrollo de una industria nacional. De todos modos se aceleró la fase de transición al capitalismo con el afianzamiento de las relaciones de producción capitalistas en las minas y algunas explotaciones agropecuarias, aunque siempre combinadas correlaciones precapitalistas de tipo servil. La esclavitud fue abolida durante la primera mitad del siglo XIX en la mayoría de los países, con excepción de Brasil, Cuba y Puerto Rico, donde se mantuvo hasta la década de 1880. Algunos historiadores han exagerado la magnitud de la crisis económica del período posindependencia. Si bien es cierto que durante las guerras civiles hubo graves pérdidas de ganado y en algunos países como México bajo la producción minera, especialmente de plata, en otros países como la Argentina, Brasil, Chile, Ecuador y Venezuela se produjo un aumento de la exportación agropecuaria y minera. En Venezuela las exportaciones de cacao, tabaco y ganado se triplicaron: de 11 millones de bolívares en 1831 a 32 millones en 1846. Las de café aumentaron de 115.000 quintales en 1831 a 330.000 en 1841. Los hatos de ganado crecieron de 5 millones a cerca de 10 millones de cabezas en ese mismo lapso.64 En Ecuador las exportaciones de cacao aumentaron del 81.000 quintales (de cien libras) en 1810 a 157.256 en 1843, hasta empinarse a cerca de los 200.000 quintales a fines de la década de 1840.65También en Chile aumentaron las exportaciones mineras hasta totalizar $ 7.807.106 en 1852, mientras las agropecuarias subían a $ 3.933.149, a raíz de las ventas de trigo a California que aumentaron de $ 250.000 en 1848 a más de $ 2.000.000 en 1852.66 De 1825 a 1870, en Brasil se dio un repunte azucarero en el nordeste y un avance ganadero en el sur. Entre 1830 y 1850, las exportaciones subieron de tres millones de libras esterlinas a más de cinco millones y medio.67 Durante las guerras de la independencia y las guerras civiles hubo una intensa movilidad social en las propias fracciones de la clase dominante. Las crecientes necesidades de las ciudades, del comercio interior y de la administración pública permitieron un crecimiento de las capas medias. La nueva intelectualidad formó movimientos liberales de avanzada, como la Sociedad de la Igualdad de 1850 en Chile. El artesanado superó la etapa de las corporaciones cerradas, constituyendo agrupaciones más abiertas. El proletariado minero se desarrolló en las explotaciones de plata y cobre. Comenzaron las huelgas por el atraso en los pagos de los salarios, el maltrato y la poca seguridad en los laboreos más peligrosos de las minas. Los pequeños propietarios aumentaron con el reparto de herencias de propiedades medianas entre numerosos descendientes. La medianería, la aparcería y el inquilinaje continuaron siendo las principales relaciones precapitalistas de producción. Sin embargo, el régien del salariado se fue implantando en las haciendas más modernas. El desarrollo de las fuerzas productivas en los ingenios azucareros, en ciertas explotaciones agropecuarias y especialmente en la minera -expresado en la industria fundidora del cobre y en la introducción de una tecnología moderna para la explotación de la plata y el azúcar- revelaron el carácter procapitalista de nuestra economía, cuya base era la producción y no la mera circulación de mercancías. Es obvio que no estábamos en presencia del capitalismo clásico de tipo industrial, sino de un régimen de producción capitalista incipiente basado en la explotación minera y agropecuaria, que había generado una burguesía que se regía por la ley del valor, la plusvalía y la cuota de ganancia. Hacía 1850 esta clase social introducía, como signo de los nuevos tiempos, medios modernos de comunicación (ferrocarril y teléfono) e inauguraba el sistema bancario. Durante este período se aceleró el proceso de concentración monopólica de la tierra mediante la conquista de zonas habitadas por las comunidades indígenas. Empero, la consolidación de la propiedad latifundista no significa necesariamente un reforzamiento del feudalismo. El latifundio latinoamericano estaba dedicado no a la pequeña producción agraria y artesanal sino a la exportación en gran escala de productos para el mercado mundial capitalista.

El aumento de la demanda de materia prima, promovido por la Revolución Industrial europea, produjo en América latina el desarrollo de un capitalismo incipiente, minero y agropecuario, que se expresaba en nuevas relaciones sociales de producción y en la introducción de maquinarias y nueva tecnología. La primera mitad del siglo XIX fue una etapa preliminar de despegue de la economía primaria exportadora que preparó las condiciones para el ulterior aumento de la producción. En algunos países la minería se constituyó en el primer producto de exportación. En otros, como Venezuela, Ecuador y Cuba, la economía de plantación fue preponderante. El proceso de acumulación originaria de la burguesía criolla -que no se inició en la República sino que venía desde la Colonia- se dio a través de varias vertientes. Una fue la tierra, por medio de una doble apropiación: los terrenos que aún conservaban las comunidades indígenas y las propiedades que el Estado distribuyó al término de las guerras de la Independencia. Otro mecanismo de acumulación fueron los préstamos que los terratenientes y la burguesía comercial y usuaria hacían al Estado, especulando además con los bonos de la deuda pública interna; asimismo, arrendaban determinadas actividades públicas -como servicios de correos, aduanas, etc.-, obteniendo significativas ganancias. Sin embargo, la base de la acumulación continuó siendo la exportación agropecuaria y minera, que después de la ruptura del nexo colonial significó un mayor ingreso, tanto por los precios como por el ahorro en el pago de derechos de exportación, que habían sido muy elevados bajo el dominio del imperio español. Este proceso de acumulación originaria de los sectores exportadores se complementaba y reforzaba con el que realizaban las casas comerciales criollas y extranjeras. Si bien es cierto que hasta mediados del siglo XIX no existieron bancos formalmente reconocidos por el Estado, funcionaban casas financieras que combinaban préstamos a interés con la inversión de capitales en las explotaciones agropecuarias y mineras. Anticipaban capitales a pequeños y medianos empresarios con la condición de que éstos les vendieran su producción. Con frecuencia el anticipo consistía solamente en la entrega de instrumentos de trabajo y mercaderías para la subsistencia. En otros casos las casas “habilitadoras” compraban metales y productos agrarios a bajo precio, acumulando stocks que luego vendían a pingües ganancias. Las casas comerciales también invertían en la industria molinera o daban créditos a los dueños de molinos con la condición de que la comercialización quedara en sus manos, lo mismo hicieron las casas comerciales de Caracas y Maracaibo con el café que se producía en los Andes venezolanos. Otras casas prestamistas empezaron como consignatarias de corretajes y se transformaron en empresas que emitían vales o billetes al portador.

LA CONSOLIDACION DEL MODO DE PRODUCCION CAPITALISTA No se puede comprender la historia de América latina si no se estudia la formación mundial capitalista, porque desde la colonización hispano-lusitana nuestro continente pasó abruptamente a formar parte de ese sistema de dominación internaciones. Esta es, a nuestro juicio, la única metodología que puede ayudarnos a entender cabalmente el significado de la expansión capitalista y los mecanismos de inserción de América latina en el mercado mundial. A la luz de este enfoque globalizante podremos entender los planes de conquista territorial del caitalismo europeo y norteamericano durante el siglo XIX en México, Centroamérica, el Caribe y el Cono Sur. Del mismo modo la ideología de la clase dominante latinoamericana solamente es explicable si se la estudia en relación a la avanzada social de América latina en el siglo XIX sólo pueden comprenderse investigando las ideas socialistas y anarquistas europeas. Nuestra América era parte integrante de la formación mundial capitalista, y en consecuencia recibía; como continente subdesarrollado y dependiente, la influencia del centro hegemónico. No en vano la historia se había hecho mundial.

Precisamente por ello es que cada crisis cíclica del capitalismo, como las de 1816, 1825, 1847, 1857, 1866, 1873 y 1889-90 repercutía directamente en los países ubicados en la periferia del sistema. La segunda mitad del siglo XIX significó un salto cualitativo en la formación social latinoamericana porque fue la fase de consolidación del modo de producción capitalista en las principales áreas de la economía. El desarrollo del capitalismo se dio tanto en las empresas mineras como en las agropecuarias y en las plantaciones, la inversión de capital financiero extranjero en las materias primas, en ferrocarriles y telecomunicaciones reforzó el proceso capitalista. No obstante esta realidad tan obvia, varios autores, entre ellos Ciro Cardoso, siguen poniendo en duda la existencia de relaciones de producción capitalistas en la segunda mitad del siglo XIX. Cardoso reconoce que la abolición de la esclavitud y las reformas liberales permitieron un avance del capitalismo, pero “no significaron, sin embargo, el triunfo de relaciones de producción capitalistas típicas, y aún casos como el argentino presentan peculiaridades respecto de la evolución capitalista tal como la observamos en los países centrales”.68 Una vez más, nos encontramos con aquel tipo de autor que se niega a reconocer el capitalismo si no se cumplen todos los requisitos del modelo europeo, aunque para ello tenga forzosamente que separar a nuestro continente del sistema capitalista mundial en un momento, como la segunda mitad del siglo XIX, en que precisamente se dio la plena inserción de la economía primaria exportadora latinoamericana en el mercado internacional. Por su parte, Agustín Cueva trata, a contrapelo de la realidad histórica, de demostrar que el capitalismo adviene en América latina gracias a la inversión de capitales extranjeros en la fase imperialista de fines del siglo XIX, subestimando todo el proceso anterior de acumulación capitalista criolla. Por eso se encuentra con graves escollos para demostrar el camino de la acumulación originaria, sobre todo en “aquellas áreas donde se habían conformado estructuras feudales de corte casi clásico”.69 Sin tomarse el trabajo de probar qué entiende por feudalismo “clásico”, cita una serie de datos sobre expropiaciones de tierras en diversos países de América latina, no advirtiendo que el proceso de acumulación originaria de los criollos fue en parte interno, como resultado de un desarrollo capitalista incipiente que venía gestando desde el siglo XVIII. Inclusive las áreas con economía de subsistencia fueron forzadas a integrarse al circuito capitalista, ya sea proporcionando mano de obra “alimentada en el sector doméstico, o de alimentos de exportación producidos por campesinos alimentados con sus propios productos. Esta economía de alimentación pertenece por lo tanto a la esfera de la circulación del capitalismo en la medida que los provee de la fuerza de trabajo y alimentos”.70 Ya Rosa Luxemburgo había señalado que “desde el año 30 hasta el 60 del siglo XIX, la construcción de ferrocarriles y los empréstitos necesarios para ella sirvieron principalmente para el desplazamiento de la economía natural y la difusión de la economía de mercancías.”71 La acumulación originaria, que se había iniciado en la Colonia, tuvo un ritmo acelerado a raíz de las medidas adoptadas por los gobiernos liberales, especialmente las relacionadas con la tierra. Una de ellas fue la expropiación de propiedades de la Iglesia en numerosos países latinoamericanos. Otra forma de acumulación originaria fue la división de las tierras ejidales y del Estado y, sobre todo, el despojo de las tierras que aún conservaban las comunidades indígenas. Este nuevo etno y ecocidio le permitió a la burguesía criolla apoderarse de tierras fértiles para aumentar su producción agropecuaria y, al mismo tiempo, “liberar” mano de obra indígena, forzándola a vender la fuerza de trabajo que necesitaban los pioneros del capitalismo agrario. Paralelamente, se coaccionó a los indios para que vendieran sus tierras al Estado o a los particulares. El objetivo de los gobiernos era liquidar la propiedad comunal, reemplazándola por la micro propiedad privada indígena, que atomizaba las relaciones étnicas. De este modo, se aceleró el proceso de separación entre los trabajadores y sus medios de producción, característica básica de todo fenómeno de acumulación originaria,72 que no sólo consiste -como han argumentado numerosos autores- en el comercio colonial y la trata de esclavos. Expresiones del desarrollo capitalista de la segunda mitad del siglo XIX fueron la mecanización del agro (trilladoras, segadoras, motores a vapor, máquinas de aserrar, etc.) y la

implantación del alambrado, que permitió delimitar claramente la propiedad privada. Como reafirmación del proceso de consolidación de la propiedad territorial, grandes extensiones de tierras fueron cercadas. El alambrado e constituyó así en el factor delimitador de la unidad capitalista agropecuaria llamada estancia y en un signo de “progreso”, del cual se enorgullecieron los gobiernos de la época. El auge ganadero de la Argentina y el Uruguay se vio favorecido, asimismo, por la introducción de los frigoríficos, superándose así la fase saladeril y del tasajo. Con la instalación de los frigoríficos, las vacas y ovejas no sólo se valorizaron por su cuero sino también por su carne, que recién entonces comenzó a ser faenada y aprovechada íntegramente. El desarrollo de las fuerzas productivas se hizo notorio en la economía minera. Hornos de fundición de cobre, nueva tecnología para la explotación de la plata en México y Chile, modernas máquinas a vapor para la explotación del carbón, fueron indicadores relevantes de este proceso de desarrollo del capitalismo. La industria fundidora del cobre -en el período en que Chile se convirtió en el primer productor mundial (1860 - 1870)- fue una de las empresas más importantes acometidas por la burguesía latinoamericana. Los hornos de Guayacán, Tongoy y Los Vilos, financiados por capitales nacionales, estaban a la altura de las fundiciones europeas, según testimonios de la época. La fundición de Guayacán, alimentada por el cobre del cerro El Tamaya, contaba con 35 hornos y 400 obreros. La explotación del carbón de Lota y Coronel también alcanzó un alto grado tecnológico. La producción azucarera elevó sus tasas de productividad con la generalización de la máquina de vapor, especialmente en Cuba, donde se pasó del 19 por ciento de ingenios movidos por estas máquinas en 1846 al 70 por ciento en 1861. La explotación del tabaco se acrecentó con la introducción de la máquina torcedora de cigarrillos en varios países del Caribe. La hacienda, gestada en el último siglo de la Colonia, se convirtió en el principal epicentro económico de numerosos países latinoamericanos; base de la economía agroexportadora, utilizada tanto relaciones de producción capitalistas como precapitalistas. Se desarrolló en función de las necesidades de materias primas del sistema capitalista internacional, aunque en algunos países parte de su producción fue destinada a abastecer la demanda interna de los centros mineros y de otras plantaciones. La hacienda mexicana en el siglo XIX amplificó su papel al ser beneficiada con las desamortizaciones de los bienes eclesiales y las nuevas expropiaciones de las tierras indígenas: “con este proceso se destruía la vieja simbiosis entre hacienda y comunidad indígena, como ya se había destruido la articulación privilegiada mina-hacienda. Dondequiera que las haciendas llegaron a su máxima expansión, y en consecuencia las comunidades a su mínima expresión, entraron en quiebra las relaciones sociales y económicas tradicionales.”73 Un índice importante del desarrollo capitalista del agro fue el auge de la industria molinera, que ya trabajaba con el moderno sistema de cilindros. La concentración de capitales en estas empresas molineras fue eliminando a los antiguos pequeños productores. La industria molinera, creada sobre bases inequívocamente capitalistas, se afianzó en Chile, la Argentina y, en menor medida, en otros países andinos. Su producción no estuvo destinada solamente a la exportación -especialmente a California y Australia en la época del “boom” del oro- sino también a abstener la creciente demanda del mercado interno. Durante la segunda mitad del siglo XIX se produjo un aumento notable de las exportaciones, fortaleciendo la plena integración al mercado mundial capitalista y, al mismo tiempo, reforzando los lazos de dependencia. Es interesante destacar que la producción agropecuaria no sólo creció a raíz de las exportaciones sino también por la ampliación del mercado interno. Este crecimiento de la producción no ha sido debidamente apreciado por aquellos investigadores que toman solamente en cuenta las cifras de exportación. El sistema bancario, impuesto en la mayoría de los países latinoamericanos en la segunda mitad del siglo XIX, fue la expresión en el plano de las finanzas de la política del liberalismo económico. En algunas naciones se establecieron leyes de bancos en las que el Estado fijaba algunas reglas de juego para los banqueros particulares encargados de la libre emisión de moneda. Todas las fracciones de la burguesía se opusieron a cualquier intento de creación de un banco nacional o central, estimulando sistemas bancarios de corte típicamente liberal en el que

se aludía toda fiscalización por parte del Estado. A veces el Estado establecía que las emisiones no podían sobrepasar un cierto porcentaje del capital. De todos modos prestaba dinero a los bancos a bajo interés, y ellos a su vez hacían préstamos a los particulares que cuadruplicaban las tasas de interés que les exigía el fisco. Los bancos discriminaban las líneas de crédito en función de los intereses específicos de los sectores burgueses que representaban. Los mineros, plantadores y terratenientes crearon sus propios bancos, lo mismo que la burguesía comercial. A partir de la década 1880-1890 se intensificó el rito de creación de bancos extranjeros al compás de las inversiones de capital financiero en el área productiva. A contracorriente de los ideólogos de la economía primaria exportadora, en el siglo pasado se dieron los primeros intentos de industrialización en algunos países latinoamericanos como lo veremos en el capítulo XI. Durante la segunda mitad del siglo XIX se consolidaron las relaciones de producción capitalistas, aunque siguieron superviviendo variadas formas de semiservidumbre, como el concertaje, el inquilinaje, la aparcería. En Brasil y Cuba continuaron las relaciones esclavistas hasta la década de 1880. La “economía mundo”, al decir de Wallerstein, impuso de manera definitiva las formas capitalistas de producción en una América latina ya plenamente insertada en el sistema global de la economía. Las propias relaciones semiserviles de producción estaban en función de la dinámica general capitalista. El régimen del salariado que se había introducido en varias regiones desde los tiempos de la Colonia se generalizó en la segunda mitad del siglo XIX, especialmente en las exportaciones mineras, en las áreas más dinámicas de la agricultura y la economía de plantación, en la industria molinera, en los aserraderos, en las obras ferroviarias, en las faenas portuarias, en la incipiente industria y en las crecientes actividades urbanas no fabriles. El capitalismo agrario y minero de América latina no comenzó como en Europa con la expansión del mercado interno y del desarrollo industrial, sino en estrecha relación con el mercado externo. Este proceso de desarrollo capitalista, que venía gestándose desde fines del sigo XVIII, no se implantó de la noche a la mañana por decretos dictados desde arriba, como parecen sugerirlo Cardoso y Pérez Brignoli al afirmar que la transición al capitalismo se efectuó a través de tres procesos básicos: “la abolición de la esclavitud, la reforma liberal y la colonización de áreas vacías”.74 Es sabido que la abolición de la esclavitud fue nada más que un acta formal de defunción de una relación de producción que estaba ya obsoleta en la primera mitad del siglo XIX, con excepción de Cuba y Brasil. Por ende, cuando se firman los decretos abolicionistas, las relaciones esclavistas han sido ya reemplazadas por el salariado y variadas formas de semiservidumbre. En cuanto a la tan mentada reforma liberal, no hizo más que profundizar un proceso capitalista que se venía dando desde décadas anteriores, salvo las expropiaciones de tierras de la Iglesia. Por lo demás, hubo muchos gobiernos autoritarios conservadores que, hijos de su tiempo y de su clase, propugnaron, al igual que los liberales, el desarrollo capitalista que requería la época. Finalmente, el argumento de la “colonización de áreas vacías” nos parece poco serio si no se acompaña de un análisis de la acumulación originaria y de las relaciones de producción con que fueron explotadas, además de que constituye una expresión no sólo de desprecio sino de ignorancia de los miles de años de culturización de esas tierras, por las formas comunales de producción de las comunidades indígenas, que nunca las dejaron “vacías”. Toda la minería chilena -fundamento económico de ese país- trabajaba con personal asalariado, tanto los 33.000 obreros de las minas de plata y cobre como los 5.400 del carbón y los 13.000 del salitre. En las actividades agropecuarias laboraban en 1885 más de 200.000 jornaleros sobre el total de población activa campesina de 420.000 personas. La mayoría eran fuerinos o temporeros, aunque había un importante sector del proletariado rural en calidad de obreros permanentes. En algunas empresas, como las de Bunster, trabajaban 2.000 jornaleros y en otras, como la de San Regis de Aconcagua, había 120 obreros permanentes de un total de 200 trabajadores. En la hacienda de Viluco trabajaban “200 peones sedentarios”.75 Los salarios fluctuaban entre 0,25 y1 peso diario, casi la mitad de lo que percibían los trabajadores mineros. El pago de salarios se hacía preponderantemente en fichas, hecho que ha inducido erróneamente a varios autores a sostener que era una forma precapitalista de producción. Un especialista del tema, Marcelo Segall,76 ha demostrado que el régimen de fichaje correspondía a

una relación capitalista de producción, siendo utilizada por el capitalismo europeo y nortemaericano hasta fines del siglo XIX. En rigor, el salario era pagado en una ficha sólo canjeable en la pulpería del patrón. El régimen de ficha-salario redoblaba la explotación por cuanto la burguesía obligaba a los trabajadores a comprar a precios especulativos los alimentos y vestimentas en las pulperías de los propios empresarios, con lo cual no sólo se apropiaban de la plusvalía generada por el trabajo excedente sino también de parte del trabajo necesario, es decir, el salario, que el obrero estaba obligado a gastar en las llamadas tiendas de despacho raya. Por otra parte, en la industria molinera, en las obras ferroviarias y en la incipiente industria se generalizó el régimen del salariado, aunque en algunas actividades agrícolas supervivían relaciones semiserviles. En México se afianzaron en algunas zonas las relaciones capitalistas, especialmente en la minería de plata. Un riguroso estudio efectuado por Bazant en la hacienda de Bocas, en el camino a Montarrey, muestra la actividad de 400 obreros permanentes y 500 eventuales. Existían libros de contabilidad para peones estables, “muchachos”, “contratistas” (herreros, pintores, etc.) y “parados”, es decir, os que fueron a la hacienda. Las “memorias de alquilados” llevaban en orden cronológico las semanas trabajadas y los nombres de los peones eventuales y sus respectivos salarios.77 aunque el nivel de consumo “global del campo mexicano -afirma Gutelman- tendía a diminuir fuertemente durante la época porfidiana, la parte de su consumo individual que se expresaba por una demanda monetaria que tendía a su vez a crecer paralelamente al proceso de proletarización, es decir, paralelamente al aumento del número de asalariados ”.78 Por lo demás, en México creció el sector del proletariado ferroviario, portuario y de la manufactura incipiente. En Centroamérica comenzaron a introducirse relaciones salariales, especialmente en El Salvador y Costa Rica. A pesar de que la mayoría de la producción cafetalera descansaba en una producción de tipo familiar, las fincas contrataban jornaleros en tiempos de siembra y cosecha. A fines del siglo XIX, las plantaciones bananeras de la United Fruit Company generalizaron las relaciones de producción capitalistas de la zona atlántica. En El Salvador, a raíz de la flamante inserción de la economía cafetalera en el mercado mundial, “el incipiente capitalismo agrario disuelve las formas precapitalistas de explotación de la tierra.”79 El general Ezeta en 1890 obligó a los terratenientes a modernizar sus fincas: “fueron reducidas las ‘tareas’ en el campo y se fijó precio único para la unidad. Hasta entonces la tarea se venía pagando a 18 centavos (...) con los Ezeta la tarea se cumplía haciendo la faena en un área de diez brazadas por diez cuartas y por ello se pagaba un colón”.80 En toda Centroamérica, con excepción de Costa Rica -asentada en la pequeña y mediana propiedad- existían haciendas donde trabajaban minifundistas por un salario, como dice Edalberto Torres-Rivas: “las migraciones estacionales de centenares de miles de campesinos minifundistas que se desplazan en las épocas de cosecha en busca de trabajo (...) a las plantaciones cafetaleras o se movilizan de unas zonas a otras para ganar temporalmente unos salarios que por lo general son bajos”,81 La hacienda, que se desarrolla hacia 1850 -continúa Torres-Rivas- Es “una empresa capitalista con un número más o menos importante de trabajadores no especializados, que cultiva en forma extensiva una producción normalmente destinada al mercado exterior, utilizando relativamente poco capitalista (...) el desarrollo capitalista se afianza con el enclave bancario que establecen los capitales nortemericanos (...) los salarios de los obreros bananeros son mayores en tres veces en relación al resto (...) ha crecido un numeroso proletariado rural y de trabajadores ferroviarios y portuarios que giran en torno del enclave bananero”.82 En Colombia existían núcleos obreros en las minas de oro, carbón y sal, en los puertos, fábricas de tabaco, ferrocarriles y grandes haciendas, aunque en la mayoría de ellas supervivían relaciones precapitalistas de producción, como el concertaje indígena y el de ex esclavos. En Venezuela aumentó el número de obreros asalariados, a pesar de que la medianería y la aparcería siguieron siendo los regímenes preponderantes de trabajo. Frecuentemente los aparceros y medianeros se contrataban como peones asalariados. El núcleo más importante del proletariado rural se dio en las explotaciones cafetaleras. Los salarios, pagados con fichas o en metálico, variaban según las regiones y las épocas del año. Domingo Castillo anotaba que en la segunda, mitad del siglo XIX el trabajo del peón estaba valorizado en “tres reales diarios”.83

En el estudio realizado por Carvallo y Ríos se demuestra un incremento del peonaje en este período. “El trabajador vendía su fuerza de trabajo al hacendado a cambio de una remuneración que generalmente incluía, como parte fundamental, la posibilidad de usufructuar una porción de la tierra de la hacienda al apropiarse, para los fines de su propia subsistencia, del producto de su trabajo en el conuco (...). Como suplemento más que como parte principal de la remuneración, el peón podía recibir un pago que tomaba forma de diversas fichas, vales (...). El usufructo del conuco no conllevaba la condición de aparcero, medianero o pisatario, como a menudo se ha señalado, sino que generalmente estaba libre de toda forma de pago al hacendado y cumplía la función de remuneración principal del trabajador.”84 Paralelamente en Venezuela los exportadores y las grandes casas comerciales empleaban asalariados para el transporte de los sacos de café. Además de los obreros ferrocarrileros en las explotaciones de oro de El Callao, en la zona de Guayana, que produjeron más de 120 millones de bolívares entre 1875 y 1890, constituyéndose en el segundo rubro de exportación del café. Mientras en la sierra ecuatoriana continuó rigiendo el sistema de concertaje, las explotaciones de cacao -columna vertebral de la economía- se realizaban bajo relaciones inequívocamente capitalistas mediante el empleo de sembradores que trabajaban a destajo y de peones a quienes se pagaba un salario de tres pesos diarios. “El transporte, secado en el puerto, ensacado y embarque que requiere una mano de obra urbana más o menos numerosa -los llamados cacahueros- asalariada que las casas exportadoras contratan. En un primer núcleo del proletariado.”85 La cacocracia, necesitada de la mano de obra, aceleró el proceso de proletarización atrayendo a los campesinos de la sierra, migración simbolizada en una novela de la época que lleva el sugestivo título de A la costa. El jornalero regular de la plantación era soltero y se alojaba en la hacienda, algunas de las cuales, como la de Tengual, tenían 300 peones en 1893. “Numéricamente, los jornaleros representaban el contingente principal de la fuerza de trabajo en las plantaciones cacaoteras, y no los sembradores, como muchas veces se ha querido indicar (...). este fenómeno es importante para comprender el carácter marcadamente capitalista que asume el proceso”.86 No obstante, en la sierra seguían imperando las relaciones precapitalistas a través del sistema de concertaje, que se aplicaba con mayor o menor rigor, según la zona. El desarrollo del capitalismo peruano fue a paso de tortuga. Los primeros núcleos burgueses, surgidos al calor de la explotación de guano y salitre, dieron lugar a un proletariado embrionario, pero entraron en crisis a raíz de su derrota en la Guerra del Pacífico. Las relaciones precapitalistas mantuvieron su predominio hasta la invasión del capital monopólico extranjero a fines del siglo XIX, como señala Quijano: “Solamente a partir de la implantación se inició de manera estable y significativa la formación del proletariado”.87 Las relaciones de producción capitalistas en la Argentina se implantaron tanto en las empresas agropecuarias como en las actividades urbanas. Al proletariado rural se le sumó muy pronto el proletariado manufacturero de la temprana industrialización iniciada a fines del siglo XIX. En el Uruguay se generaron importantes sectores obreros en los saladeros y frigoríficos, en las estancas y en los puertos. Hacía fines del siglo laboraban 70.000 obreros en la manufactura, especialmente de cuero y calzado, textiles, alimentación y gráficos. En 1862, se dictaron leyes de protección a los trabajadores del campo, fijándose un salario mínimo rural de 8pesos diarios. A pesar de la supervivencia de la esclavitud, hasta de la década de 1880, en Brasil coexistían fuertes núcleos obreros. Las explotaciones cafetaleras se aprovecharon de la abundante mano de obrera liberada por la ley abolicionista para pagar bajos salarios. En otras zonas, como San Pablo,! el gobierno promovió y financió un importante flujo migratorio de origen europeo, exigiendo desde el comienzo el pago del salario en moneda”,88 Furtado sostiene que “el hecho de mayor relieve ocurrido en la economía brasileña en el último cuarto del siglo XIX fue, sin lugar a dudas, el aumento de la importancia relativa del sector asalariado”.89 EL CAPITALISMO DEPENDIENTE DEL SIGLO XX

Desde fines del siglo XIX se produjo un cambio significativo en nuestra condición de países dependientes. El capitalismo -en su nueva fase superior, el imperialismo- se apoderó de gran parte de nuestras materias primas al invertir masivamente capital financiero en el área minera y agropecuaria. América latina ya no sólo fue dependiente del mercado mundial, sino que también perdió sus riquezas nacionales, tema que desarrollaremos en el capítulo VIII, sobre dependencia. La economía de exportación, controlada en la parte más significativa por el capital monopólico extranjero, experimentó desde 1890 hasta 1930 una tendencia general al crecimiento, que en nuestra América no es de ningún modo desarrollo autosostenido y autosuficiente, ya que el grueso del excedente económico fue a parar a la metrópolis. En este período -dice Furtado- América latina “ se transforma en un componente de importancia del comercio mundial y en una de las más significativas fuentes de materia primas para los países industrializados. En 1913, su participación en las exportaciones mundiales de cereales alcanzaron al 17,9 por ciento, en las de productos pecuarios al 11,5 por ciento, en las de bebidas (café y cacao) al 62,1 por ciento, en las de azúcar al 37,6 por ciento, en las de frutas y legumbres al 14,2 por ciento, en las de fibras vegetales al 6,3 por ciento y en las de caucho, pieles y cueros al 25,1 por ciento.”90 La argentina fue uno de los países que tuvo un mayor aumento en la producción. Su exportación de cereales se sextuplicó y la de carne congelada creció en 27.000 toneladas a 376.000. la exportación cafetalera de Brasil aumentó a 4 millones de sacos (de 60 kg.) en 180 a 16 millones en 1914. Las exportaciones de salitre chileno subieron de 40 millones de pesos de 38 peniques en 1893 a 262 millones de pesos de 10,78 peniques en 1911. En 1915 se exportaron 2 millones de toneladas métricas de salitre, es decir, más del doble de lo que se había exportado a principios de siglo. Esta cantidad subió a 2.500.000 toneladas a fines de la Primera Guerra Mundial, pero decayó en la década de 1920 por el descubrimiento del salitre sintético. Mientras tanto el cobre había adquirido el segundo lugar de los productores mundiales de dicho metal. La producción minera del Perú y del estaño boliviano también creció, al igual que las exportaciones de las economías de plantación de Centroamérica y el Caribe. El proletariado urbano y rural, que se había consolidado desde mediados del siglo XIX, experimentó un notable fortalecimiento en las primeras décadas del siglo XX. La generalización de las relaciones de producción capitalistas, dinamizadas por la masiva inversión de capital extranjero, determinó un crecimiento del proletariado minero, agrícola y de las plantaciones, además del que trabajaba en ferrocarriles, tranvías, puertos, telecomunicaciones, transporte terrestre y actividades terciarias. En la zona del Caribe, el sector obrero más importante trabajaba en los ingenios azucareros y en otras economías de plantación. En Chile y Bolivia era preponderante el proletariado minero por la relevancia que tenían el cobre, salitre y estaño en la economía de exportación. En Brasil se incrementaron las relaciones de producción capitalistas en la incipiente industria y en las explotaciones cafetaleras. En Colombia se formó un fuerte proletariado en el enclave bananero norteamericano. Aunque más lentamente, las explotaciones agrarias Centroamérica experimentaron un crecimiento en los regímenes salariales de trabajo. En la Argentina, el Uruguay y Chile no sólo creció el proletariado rural sino también el manufacturero. Durante este prceso, el imperialismo se apoderó del azúcar cubano, dominicano y portorriqueño, del café centroamericano, con excepción de Guatemala donde hubo preponderancia del capital alemán. El café brasileño siguió en manos de la burguesía criolla, pero su comercialización quedó en manos del capital monopólico. También pasó a manos foráneas la economía de plantación de cobre chilenos, además del estaño boliviano. El control del petróleo mexicano y venezolano se repartió entre el imperialismo inglés y norteamericano. Los países agropecuarios, como la Argentina y el Uruguay, lograron retener la posesión de las riquezas nacionales. Pero su comercialización y sus frigoríficos fueron controlados por el capital extranjero.

De 1890 a 1930 se produjo el proceso de conversión de la mayoría de los países latinoamericanos, que pasaron de semicolonia inglesa a semicolonia nortemericana. Desde fines del siglo XIX el imperialismo inglés comenzó a invertir en los servicios públicos y, posteriormente, en las principales materias primas. La Primera Guerra Mundial (1914) interrumpió la carrera inversionista de Inglaterra en América latina y colocó en primer plano a su competidor por el control de las materias primas, Estados Unidos, cuyas inversiones se aceleraron a tal ritmo que hacia 1930 había desplazado al imperialismo inglés en la mayoría de nuestros países. De este modo, de semicolonia inglesa pasamos a convertirnos en semicolonia norteamericana. Algunos países centroamericanos y de la región del Caribe ya eran semicolonias yanquis desde la segunda mitad del siglo XIX o a principios del XX. La formación social semicolonial consolidó el modo de producción capitalista a causa de la fuerte inversión de capital extranjero, aunque superviven algunas relaciones precapitalistas de producción en el campo, funcionales al sistema. Creció así el proletariado minero, rural y urbano. Este cambio significativo en al estructura del proletariado tuvo su correlato social y político en la agudización de la lucha de clases, la formación de los sindicatos y el nacimiento de los primeros partidos obreros. El afianzamiento del modo de producción capitalista permitió la irrupción de las capas medias, que comenzaron a exigir una mejor redistribución de a renta nacional, alineándose con los primeros “movimientos populares” (Yrigoyen en la Argentina, Alessandri Palma en Chile, Obregón y Calles en México, etcétera.) A partir de la crisis mundial de 1929 y con el inicio de la industrialización empezó una transición del capitalismo primario exportador a un capitalismo industrial dependiente. En este período comenzó también la transición de la sociedad rural a la sociedad urbana industrial. Esta fase tuvo un período de industrialización temprana en países como la Argentina, México, Brasil, Chile y Uruguay, y en un período tardío de sustitución de importaciones en Perú, Bolivia, Ecuador, Centroamérica, Venezuela y otros países del Caribe, en que la industrialización comenzó después de 1950, estimulada por las nuevas funciones que asumió el Estado, como lo veremos en el capítulo VIII. En esta fase no solamente creció el número de trabajadores hombres sino también de trabajadoras. Las mujeres fueron contratadas con salarios más bajos en as industrias, en los comercios, en servicios públicos, llegando a constituir más del 20 por ciento de la población denominada “económicamente activa”. En este período de configuración definitiva del proletariado industrial los trabajadores afianzaron sus organizaciones sindicales, llegando a crear poderosas centrales obreras únicas, como la CGT argentina. La COB boliviana, la CNT uruguaya y la CUT chilena, que en ciertas oportunidades rebasaron los marcos del sindicalismo economista para actuar como organismos políticos de clase. En síntesis, la formación social semicolonial ha pasado de sociedad rural a sociedad urbana, con un proceso de industrialización dependiente, expresión de un desarrollo capitalista mediatizado por las metrópolis imperialistas. La dependencia de este particular proceso de industrialización se acentuó a partir de la década de 1950, cuando el capital monopólico internacional decidió invertir capitales en la industria. Así se produjo una asociación entre el capital extranjero y el criollo, reforzando la condición semicolonial de nuestros países. El notable crecimiento de las últimas décadas replantea un cambio significativo en la caracterización de América latina. Hasta la década de 1930-40 la mayoría de los países eran agrarios. Ahora deben ser caracterizados como urbanos. Hay que hacer una distinción entre industrialización y urbanización. Si bien es cierto que entre 1930 y 1950 la migración campo-ciudad se produjo principalmente a raíz del crecimiento industrial, en las últimas dos décadas se observa que mientras la población urbana sigue aumentando, el número de obreros industriales se ha estancado. El proceso de urbanización continúa atrayendo mano de obra que es canalizada a través de las actividades comerciales, financieras y de servicios. La disminución del número de obreros fabriles no significa desindustrialización -como han aseverado algunos investigadores- sino que es el resultado de una reconversión industrial impuesta desde principios de la década del 70 por el modelo de exportación-importación. El nuevo reajuste económico, dictado por las “necesidades” de la nueva división internacional del capital-trabajo, determinó, por un lado, que la nueva mayoría de los países latinoamericanos

debía producir no sólo materias primas sino también estimular el desarrollo de industrias de exportación no tradicionales y, por otro, importar masivamente artículos manufacturados, aunque ello significara la quiebra de la industria liviana que desde hacía décadas trabajaba para el mercado interno, a través del proceso llamado entonces de “sustitución de importaciones”, que desarrollaremos en el capítulo XI. El rápido avance de las industrias de exportación no tradicionales (metalmecánica, petroquímica, automotriz, etc.) redobló la penetración del capital monopólico extranjero, que en 1980 ya controlaba en América latina más del 50 por ciento del capital industrial en general, y casi la totalidad de las industria dinámicas de punta en particular. Esta variante de “crecimiento hacía afuera”, basado en el desarrollo de las industrias de exportación no tradicionales, es obviamente distinto al “crecimiento hacía afuera” de fines del siglo pasado y principios del presente, fundamentado en la exportación de productos agropecuarios y mineros. La aplicación del modelo exportación-importación condujo a que una parte sustancial de los préstamos de la banca transnacional se invirtieran en importar artículos que bien pudieron fabricarse en nuestros países. Es decir que la “ayuda” en préstamos -que hizo crecer vertiginosamente la deuda externa, tema central que analizaremos más adelante- sirvió para amortiguar la crisis de sobreproducción que durante la década de 1970 tuvieron las naciones altamente industrializadas. Por eso existe una estrecha relación entre la reconversión industrial, el peso cada vez más creciente del capital financiero y el salto cuanti-cualitativo de la deuda externa. El capital monopólico extranjero aprovechó la infraestructura energética y de transporte que habían creado los Estados latinoamericanos y las exenciones tributarias dadas a la industria para sus planes de internacionalización del capital, expresados ya en ese momento por un grado avanzado de transnacionalización de la economía. Así se dio una inetrnacionalización del mercado interno de cada uno de los países latinoamericanos, consolidando nuestra integración forzada a la economía mundial. El modo de producción capitalista se convirtió a partir de la década del 50 en el modo preponderante de producción en el campo, aunque todavía subsisten relaciones de producción precapitalistas en algunas explotaciones. El desarrollo del capitalismo agrario fue estimulado por el proceso de industrialización, especialmente en el área de la agroindustria que elabora ciertas materias primas del campo, descuidando la producción destinada al consumo popular. Por eso aparece como contradictorio que un continente apto para la agricultura haya tenido que incrementar la importación de productos alimenticios, hecho que hace muy vulnerable a la mayoría de nuestros países en materia de alimentación cuando baja el ingreso de divisas debido al descenso de la demanda y de los precios de las exportaciones. Este problema adquiere una extrema gravedad si se considera que la población latinoamericana se duplicará hacía el año 2000, aumentando de 321 millones en 1975 a más de 600 millones de personas, que estarán concentradas fundamentalmente en las ciudades grandes y medianas. No podemos cerrar este capítulo sobre los modos de producción sin señalar un fenómeno de trascendencia histórica: en América latina ya no existe solamente el modo de producción capitalista, pues el triunfo de la Revolución Cubana ha abierto el período de transición al socialismo, por el cual comienza a transitar también la Nicaragua sandinista.
NOTAS
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BARRY HINDESS y PAUL HIRTS: Los modos de producción precapitalistas, E d. Península, Barcelona, 1979. P. 16. ERNEST MANDEL: Introducción al marxismo, E d. Akal, Madrid, 1977, p. 207 3 M. HARNECKER: Los conceptos elementales del materialismo histórico, 25a. Edición, Siglo XXI, México, 1974,p. 137. 4 E. MANDEL: Introducción al marxismo, op. Cit. , p. 208. 5 HINCKER y OTROS: El feudalismo, Madrid, 1976, p. 165. 6 JACQUES TEXIER: ‘’Desacuerdos sobre la definición de los conceptos’’, en Luporini y Sereni: El concepto de formación económico-social, Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1980, p.191. 7 CESAR LUPORINI: Marx según Marx, en Ibid. , p. 100. 8 EMILIO SERENI: La categoría de formación económico-social, en Ibid. , p.70. 9 IBID. , p.70. 10 CRISTINE GLUCKSMANN: Modo de producción, formación económica social, Teoría de transición a propósito de Lenin, en Ibid.

LUIS FELIPE BATE: ‘’ Comunidades primitivas de cazadores-recolectores en Sudamérica’’ en Historia general de América, OEA, Academia Nacional de la Historia de Venezuela, Caracas, 1983, t. I. 12 LUIS VITALE: La mitad invisible de la historia latinoamericana. El protagonismo social de la mujer, E d. SudamericanaPlaneta, Buenos Aires, 1987. 13 Estos cambio significativos no fueron debidamente apreciados por la división clásica en la Edad de piedra y la Edad de los Metales, establecida por C. Thompsen en 1836. Tampoco la clasificación de Morgan en salvajismo-barbarie-civilización, con sus respectivos estadios inferior, medio y superior, logra aprehender ese cambio cualitativo, además de presuponer un desarrollo unilineal de la historia. 14 CARLOS MARX: ‘’Formas que preceden a la producción capitalista’’;C. Marx: Elementos fundamentales de la Crítica de la economía política, E d. Cuadernos de Pasado y Presente, México, 1978, pp. 52, 70, 72, 73, 74. 15 ‘’ La comunidad misma representa la primera gran fuerza productiva’’; C. MARX: Elementos fundamentales de la Crítica de la Economía Política, E d: Siglo XXI, Madrid, 1978. 16 M. GODELIER: Las sociedades ..., op. Cit., p.73 17 IBID., 73. 18 ARTURO MONZON: El calpulli en la organización social de los technocas, México, 1949. 19 ANGEL PALERM: Agricultura y sociedad Mesoamericana, Sepsetentas, México 1972. 20 FRANCISCO GAONA: Introducción a la historia social del Paraguay, E d. Arandú, Buenos Aires, 1967, p.22. 21 J.M. CRUXENT e I. ROUSE: Arqueología venezolana, IVIC; Caracas, 1996 y LAUTARO NUÑEZ : ‘’Desarrollo cultural prehispánico del Norte de Chile’’, Rev. De Estudios Arqueológicos, Nº 1, Antofagasta, 1965. 22 KARL POLANYI: The great transformation, Ed. Farrar, Nueva York, 1944. 23 PEDRO CARRASCO y JOHANNA BRODA: Estratificación social en la Mesoamérica prehispánica, SEP-INAH, México, 1976. 24 WILLIAM SANDERS Y BARBARA PRICE: Mesoamérica: The evolution of the Civilizatión, Nueva York,1968 25 SILVANUS MORLEY : La civilización maya, FCE, México, 1947 26 ROGER BARTRA: Ascenso y caída de Teotihuacán, E d. Grijalbo, México 1975. H. ISBELL WILLIAM: ‘’ Huari y los orígenes del primer imperio andino’’, en Pueblos y culturas de la sierra central del Perú, Lima, 1972 27 LUIS LUMBRERAS: De los pueblos, las culturas y las artes del Antiguo Perú. E d. Moncloa, Lima, 1969 28 LAURETTE SEJOURNE : Antiguas culturas precolombinas, E d. Siglo XXI, México, 1971. 29 CARLOS MARX: Formaciones económicas precapitalistas, E d. Cuadernos de Pasado y Presente, 6a. Edición, México, 1978, pp. 53 y 54. Lo destacado es nuestro. 30 JEAN CHESNAUX: ‘’Perspectivas de investigación’’, en ROGER BARTRA: El modo de producción asiático, E d. Era, México, 175,p. 121 31 NATHAN WACHTEL: ‘’La reciprocidad y el Estado inca: de Karl Polanyi a John Murra’’, en Sociedad e ideología, Instituto de Estudios Peruanos, Lima, 1973, p.29 32 Nuevas investigaciones han demostrado que esta ‘’inmutabilidad’’ de la India era aparente. Durante muchos siglos se había desarrollado de manera desigual una sociedad que antes de la conquista inglesa (siglo XVIII) extraía productos industriales y tenía en algunas regiones un importante crecimiento agrícola, a pesar de que el regadío artificial era inferior al de China, que también había sido hasta el siglo XVIII una sociedad próspera, tanto en manufactura como en agricultura, con avances científicos más importantes que los de Europa. Ni que decir del Islam, que entre los siglos VII y XIII fue el meridiano de la Civilización. China y el Islam estaban basados menos en la posesión y producción comunal que la India. LLamamos la atención acerca de la cautela que tuvo Marx al referirse a la propiedad en Oriente: ‘’ en medio del despotismo oriental y de la carencia de propiedad parece existir en él ...’’. La reiteración de Marx en torno al ‘’despotismo oriental’’ corresponde a una tradición de los escritores europeos, de Maquiavelo o Hobbes, Montesquieu y Hegel, quienes contrastaron la estructura del Estado europeo con el asiático, carente de la noción de libertad al estilo occidental europeo. 33 Cuando Marx menciona en su manuscrito a Perú, comete un error al decir que ‘’la producción colectiva y la propiedad privada colectiva, tal como se presenta, por ejemplo en el Perú, es manifiestamente secundaria, introducida y transmitida por tribus conquistadoras’’ (‘Formas que preceden a la producción capitalista’’ en Marx y, Hobsbawm : Formaciones Económicas precapitalistas, op. Cit. P. 69). Las investigaciones modernas han provocado que antes de los incas, en el altiplano peruanoboliviano, en Chile, Ecuador y otras regiones, existió la posesión colectiva de la tierra y la producción comunal en los ayllus con mayor amplitud que en la India, sociedad ya denominada de castas. 34 En 1938 se publicó la historia del PC de la URSS con un prefacio de Stalin donde se decretaban las cinco secuencias o etapas por las cuales debían pasar todos los pueblos. Poco antes, uno de los intelectuales stalinistas, Iolki, había lanzado su anatema:’’La teoría del modo de producción asiático está en contradicción (...) con los fundamentos de la doctrina marxista-leninista’’. (Citado por BARTRA: Op. Cit., p. 98.) 35 MAURICE GODELIER: El modo de producción asiático, Eudocor, Buenos Aires, 1966, p. 37. 36 MARX Y HOBSBAWM: Formaciones ..., OP. CIT., P. 24 37 Para la sociedad europea, especialmente griega, el esclavismo fue la primera sociedad de clases. La crisis del modo de producción comunal no siempre ha dado paso al modo de producción ‘’asiático’’, sino también a otros como el esclavista, lo que confirma el curso multilineal de la historia. 38 ROGER BARTRA: El modo de producción asiático, Op. Cit. P. 214. Véase también p.231, donde reitera que la ‘’sociedad azteca, en los siglos XV y XVI, tenía por base un modo de producción tributario (‘asiático’). 39 JOHANNA BRODA: ‘’Las comunidades indígenas y las formas de extracción del excedente, época prihespánica y colonial’’, en ENRIQUE FLORESCANO: Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América latina, FCE, México, 1979, p. 59

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Según Marx en el modo de producción asiático coinciden la renta con el impuesto:’’no existirá impuesto alguno distinto a esta forma de renta de la tierra, porque la comunidad no se enfrenta con terratenientes privados sino con el Estado y tiene la propiedad eminente’’ ( El capital, I, 430, Trad. W. Roces, FCE, México, 1946) 41 ROMAN PIÑA CHAN: Una visión del México prehispánico, UAMN, México 1967, y ALBERTO PLA: Modo de producción asiático y las formaciones económico-sociales inca y azteca. E d. El Caballito, México, 1979. 42 MANUEL MORENO: La organización social y política de los aztecas, INAH, México, 1971. 43 R.T.ZUIMEDA: The Ceque System of Cuzco, Netherlands, Lieden, 1964 44 ALFRED METRAUX: ,Les incas E d. Du Seuil, París, 1962 45 WALDEMAR ESPINOZA: Los modos de producción en el imperio de los incas, E d. Mantaro, Lima, 1978. 46 ROLANDO MELLAFE: La esclavitud en Hispanoamérica, EUDEBA, Buenos Aires, 1964. 47 Hamilton sostiene en el libro citado que entre 1561 y 1630 las colonias españolas exportaron por valor de 113.056.040 maravedíes. Estas cifras aumentaron notablemente durante el siglo XVIII a raíz de las reformas borbónicas. Por ejemplo, en la región andina la producción aumentó de 6,5 millones de pesos en 1774 a 10,5 millones en 1780. En el virreinato del Río de la Plata, la exportación de cueros subió de 150.000 unidades en 1778 a 1.400.000 anuales a partir de 1783. En Venezuela, la exportación de cacao aumentó de 14.848 fanegas en 1711 a 50.000 en 1760. La exportación de plata mexicana subió de 11 millones de pesos en 1770 a 27 millones en 1804. En síntesis, poco antes de 1810, las exportaciones hispanoamericanas sumaban 38 millones de pesos. Estas cifras adquieren mayor relevancia si se compara con los Estados Unidos, que en 1791 exportaban 19 millones de pesos y ‘’que Inglaterra exportaba a Francia, Alemania y Portugal por valor de menos de 26 millones’’ (CARLOS PEREYRA: La obra de España en América, E d. Biblioteca Nueva, Madrid, P.275) 48 OCTAVIO IANNI: ‘’relaciones de producción y modo de producción’’, en Las clases sociales y crisis política de América latina, Siglo XXI, México, 1977, p. 453. 49 SILVIO ZABALA: La encomienda indiana, Madrid, 1935 50 F. HENRIQUE CARDOZO: Las clases sociales y la crisis política de América latina, en ibíd., p.213. 51 ROBERT KEITH: ‘’Encomienda, Hacienda and corregimentes in Spanish America: a Structural Analysis’’, en Hispanic Historical Review, t. LXV. U.S.A. 1971 y ANTONIO DE ULLOA: Noticias americanas, Impr. Real, Madrid, 1972,p. 279. Y AQUILES PELEZ: Las mitas en la Real Audiencia de Quito, Impr. Del Ministerio del Tesero, Quito, 1947, pp. 67 a 69. 52 Según ENRIQUE SEMO: Historia del capitalismo en México. Los orígenes 1521 - 1763, E d. ERA, México, 1975, p. 136, en los reales de minas ‘’aparecen los primeros obreros asalariados’’, desde mediados del siglo XVI. Humboldt decía en 1800:’’ en el reino de Nueva España, a lo menos de 30 ó 40 años a esta parte, el trabajo en las minas es un trabajo libre’’. También se generalizó en el Potosí, donde ‘’las nuevas condiciones de producción que impone la técnica del azogue convierten al salario por jornal en la relación dominante de la fase de beneficio’’ (CARLOS SEMPAT ASSADOURIAN:’’ La producción de la mercancía dinero en la formación del mercado interno colonial’’, en E. FLORESCANO: Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América latina, FCE, México 1979,p. 253). Además, hubo asalariados agrícolas en Colombia, Venezuela, México, Quito, Chile y el Virreinato de la Plata. 53 MAGNUS MORNER y otros: Haciendas, latifundios y plantaciones en América latina, Siglo XXI, México, 1975, y F. CHEVALIER: La gran propiedad en México desde el siglo XVI hasta comienzos del siglo XIX, Buenos Aires, 1961 54 según EARL HAMILTON: American Treassure and the Price Revolution Spain, Harvard Press, U.S.A., 1934, se extrajeron 181.370 kg. De oro entre 1503 y 1660, a los cuales habría que agregar 700.000 kg. De oro extraídos de Colombia, Chile, México, Perú, Quito y Centroamérica desde 1660 hasta 1810. Según nuestros cálculos, para las colonias españolas. En Brasil, alcanzó a 800.000 kg. Entre 1700 y 1814, según Furtado y Simonsen. Estas cifras oficiales no consideran el contrabando. Humboldt estimó que el total de oro y plata extraído fue de 4.851.156 pesos entre 1497 y 1803 (Viaje a las regiones equinocciales del Nuevo Continente, Caracas, 1956). La mina de Potosí producía 300.000 kg. De plata al año, en su apogeo del siglo XVII. 55 Las primeras ciudades se fundaron cerca de los lavatorios de oro (Santo Domingo, La Isabela, Quito, Popayán, Concepción, etcétera). Otras fueron ciudades-fuertes. También se levantaron ciudades mineras, como Potosí que llegó a tener más de 120.000 habitantes, Zacatecas, con 40.000, Guanajuato con 55.000, Minas Gerais, Villa Rica (Ouro Preto). Otras crecieron como puertos y centros mercantiles: Buenos Aires, Valparaíso, Guayaquil, El Callao, Veracruz, Cartagena, Río de Janeiro, Bahía, Recife, etcétera. 56 CHARLES BOXER: The Golden Age of Brazil, Berkeley, 1972, y CELSO FURTADO: La formación económica del Brasil, FCE, México, 1962 57 PERRY ANDERSON: El Estado absolutista, E d. Siglo XXI, México, 1980. P.56; JOSE A. BENITEZ: Las Antillas, colonización, azúcar e imperialismo, Casa de las Américas, La Habana, 1977, p. 111, y MANUEL MORENO FRAGINALS: El Ingenio, La Habana, 1978, t. I, p. 66. 58 EDUARDO ARCILA FARIAS: Comercio entre Venezuela y México en los siglos XVII y XVIII, FCE, México, 1950. 59 CARLOS SEMPAT ASSADOURIAN: El sistema de la economía colonial, E d. Nueva imagen, México, 1970. 60 JOHN LINCH: Administración colonial española, EUDEBA, Buenos Aires, 1962. J.M.OTS CAPDEQUI: Instituciones coloniales, E d. Salvat, Barcelona, 1959. 61 STANLEY Y BARBARA STEIN : La herencia colonial de América latina, E d. Siglo XXI, México, 1970 62 RAMIRO GUERRA SANCHEZ: Azúcar y población en las Antillas, La Habana, 1970 63 CARLO SCIPOLLA: Cañones y velas en la primera fase de la expansión europea, 1400 - 1700, E d. Ariel, Barcelona, 1965; H.C. HARING: Los bucaneros de las Indias Occidentales en el siglo XVII, Caracas, 1950, y OLIVER OEXQUEMELIN: Historia de los aventureros, filibusteros y bucaneros en América, Archivo General de la Nación, Santo Domingo, 1953. 64 RAMON VELOZ: Economía y finanzas de Venezuela, 1830 -1944, Impresores Unidos, Caracas, 1945; DOMINGO ALBERTO RANGEL: Capitalismo y desarrollo. La Venezuela agraria, UCV, Caracas, 1981, y HECTOR MALAVE MATA: La formación histórica del antidesarrollo en Venezuela, La Habana, 1976. 65 MANUEL CHIRIBOCA: Jornaleros y gran propietarios en 135 años de exportación cacaotera (1790 -1925), CIESE, Quito, 1980.

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Dirección General de Contabilidad, Ministerio de Hacienda, Santiago, 1901; SERGIO SEPULVEDA: El trigo en el mercado mundial, E d. Universitaria, Santiago, 1959,p.49, y LUIS VITALE, Interpretación marxista de la historia de Chile, E d. PLA, Santiago, 1971, t. III, p. 141 a 157. 67 CELSO FURTADO: Formación económica del Brasil, FCE, México, 1962. 68 CIRO CARDOSO: ‘’Latinoamérica y el Caribe. Siglo XIX.’’, en Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América latina. Op. Cit. P. 365. Lo destacado es nuestro. 69 AGUSTÍN CUEVA: El desarrollo del capitalismo en América latina, E d. Siglo XXI, México, 1978, p. 69. 70 CLAUDE MEILLASSOUX: Mujeres, graneros y capitales, E d. Siglo XXI, México, 1977, p. 137. 71 ROSA LUXEBURGO: Acumulación del capital, E d. Grijalbo, México, 1967, p.324. 72 Según Marx, una de las bases de la acumulación originaria es la ‘’expropiación que despoja de la tierra al trabajador, al productor rural, al campesino’’. (C. MARX: El capital, E d. Siglo XXI, México, 1976, vol.III, p.895) 73 ANGEL PALERM: ‘’Apuntes para una discusión’’, en E.FLORESCANO: Ensayo sobre ..., op., cit., P.127 74 CIRO CARDOSO y H. PERES BRIGNOLI: Historia económica de América latina, E d. Crítica-grijalbo, Barcelona, 1979, t.II, p.13. 75 HORACIO ARANGUIZ: ‘’La situación de los trabajadores agrícolas en el siglo XIX’’, en estudios de historia de las instituciones políticas y sociales, Santiago, 1967, nº 2, p.25. 76 MARCELO SEGALL: ‘’Biografía de la ficha-salario’’, en Revista Mapocho, t.II, Nº 2, Santiago, 1964, Separata p. 5. 77 JAN BAZANT: ‘’peones, arrendatarios y aparceros en México. 1851-53’’, en el libro Haciendas, latifundios y plantaciones, E d. Siglo XXI, México, 1975. 78 MICHEL GUTELMAN: Capitalismo y reforma agraria en México, E d. Era, México, 1974, p. 51. 79 MARIO SALAZAR VALIENTE: Esbozo histórico de la dominación en El Salvador, UNAM, México, 1075, p. 1. 80 ROQUE DALTON: Miguel Marmol. Los sucesos de 1932 en El Salvador, EDUCA, San José de Costa Rica, 1972, p. 35. 81 EDELBERTO TORRES-RIVAS : Procesos y estructuras de una sociedad dependiente, E d. PLA, Santiago, 1969, p. 62. 82 Ibid., p. 64 y 87. 83 DOMINGO CASTILLO: Memoria de Mano Lobo, Caracas, 1962, p. 127. 84 G. CARVALLO y J. RIOS: Notas para el estudio del binomio ..., op. Cit. p.19 85 ANDRES GUERRERO: Los oligarcas del cacao, El conejo, Quito, 1980, p. 23. 86 MANUEL CHIRIBOGA: Jornaleros y gran propietarios en 135 años de exportación cacaotera, op. Cit., p.187. 87 ANIBAL QUIJANO: ‘’Imperialismo, clases sociales y economía en el Perú’’, en Clases sociales y crisis política en América latina, E d. Siglo XXI, México, 1977. 88 CELSO FURTADO: La economía latinoamericana, E d. Siglo XXI, México, 1979, p. 63. 89 CELSO FURTADO: Formación económica del Brasil, op. Cit., p. 158 90 CELSO FURTADO: La encomia latinoamericana, op. Cit., p. 69.

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Capítulo V La relación sociedadnaturaleza y la historia del deterioro ambiental latinoamericano
Las ciencias sociales, y en particular la Historia, han soslayado la cuestión ambiental, desconociendo la existencia de la base ecológica como condicionamiento de la economía y de la sociedad global humana. Así como los investigadores de las ciencias naturales cometen el error de no estudiar la sociedad humana, transformadora en gran medida de la naturaleza, los científicos sociales incurren en un error similar respecto de la naturaleza. El resultado de este parcelamiento en la investigación de la realidad es que todavía no existe una ciencia global capaz de analizar esa totalidad que es el ambiente, es decir la relación naturaleza-sociedad. La sociedad humana está condicionada de modo significativo, aunque no siempre decisivo, por la naturaleza. A su vez, el hombre va modificando en parte y en forma creciente a la naturaleza, a través de la producción. En rigor, la relación entre sociedad y naturaleza está mediada por la producción. Desde la aparición del hombre, hay una naturaleza socialmente mediada por la producción de bienes materiales, distinta a la naturaleza preexistente a la humanidad. Esta “segunda naturaleza” sigue teniendo su dinámica propia, pero cada vez más modificada por la acción de la sociedad. Pablo Gutman señala que en el “proceso de la producción encontramos articulaciones entre componentes naturales y sociales, de los que queremos destacar la apropiación de la naturaleza como base material del proceso productivo, la técnica utilizada para transformar materia natural en mercancías, y la generación de desperdicios. A cada articulación destacada concurren dinámicas naturales y sociales. La ubicación concreta, es decir, histórica, del proceso de producción analizado nos permitirá entonces adelantar una comprensión de estas dinámicas y sus conflictos”.1 Está por investigarse aún la relación que existe entre la ecobase, los niveles de productividad y la incidencia en el valor y la plusvalía, problemática sobre la cual llama la atención Enrique Leff en su trabajo Ecología y capital: “Sin que Marx previera el uso de una tecnología ecológica que incrementara y conservara la productividad natural de los recursos de la tierra, sí observó la determinación de las fuerzas naturales sobre la formación del valor”, especialmente en la renta de la tierra. En fin, no se trata solamente de que la sociedad reconozca o considere a la naturaleza como preexistente, sino que esta “segunda naturaleza”, mediada por el trabajo social, sigue constituyendo un factor clave, ya que la ecobase condiciona en gran medida la producción e incide en la ley del valor. La crisis ecológica actual, especialmente, la crisis energética son una prueba palpable de este aserto. Es necesario reexaminar la forma en que los ecosistemas condicionan, necesaria pero relativamente, el desarrollo de los diferentes modos de producción y de los períodos de transición entre uno y otro modo de producción en la historia. Hay que analizar cómo la ecobase -que determina la productividad posible de los recursos naturales en una fase concreta del desarrollo histórico- afecta las condiciones de producción, es decir, la incidencia en un momento dado de las fuerzas naturales sobre la formación del valor en cada uno de los modos de producción de la historia. En síntesis, la naturaleza socialmente mediada por la producción es la percepción humana de la naturaleza más evidente que conocemos. Cualquier otra consideración alejada de esta realidad podría conducir a una forma de metafísica de la naturaleza. La relación sociedad-naturaleza ha sido analizada con un criterio dicotómico, bajo la concepción del dualismo estructuralista, tanto por las ciencias sociales como por las ciencias naturales. La ecología tradicional ni siquiera considera al hombre como parte del ecosistema; la ecología humana, más actualizada, lo considera, pero como apéndice del mundo físico. Se confunde evolución biológica con historia de la humanidad. Los seres humanos siguen formando parte de lo biológico, pero se rigen por procesos distintos a los de la biología porque, en gran medida, han roto con las leyes de la evolución natural.

Los escasos enólogos que han prestado atención al factor sociocultural lo han hecho en forma abstracta y atemporal, cuando en rigor debe ser estudiado en sociedades históricas concretas, porque las diferentes formaciones sociales han determinado un comportamiento distinto con relación a la naturaleza. No es lo mismo el papel de la economía, las clases sociales, el Estado, la cultura y la ideología en los modos de producción comunitario, asiático, esclavista y feudal que en el modo de producción comunal capitalista. La política económica del Estado contemporáneo ha promovido una ideología especial con relación al consumo energético. El estudio de los diferentes tipos de sociedades nos entrega información sobre la utilización de la energía, tecnología, consumo de calorías y combustibles fósiles, del empleo de la energía huana en la explotación del trabajo, del gasto de energía de los diferentes sistemas de transportes y sobre las agresiones del ambiente, expresadas, entre otras cosas, en el paulatino deterioro de los bosques, ríos y mares. La Historia, como disciplina, debe estudiar la sociedad y su relación con la naturaleza, trabajada y transformada por los seres humanos. Es un error escindir la historia en historia de la humanidad e historia de la naturaleza. En rigor, ha habido una sola historia interrumpida desde la aparición del hombre, cuyo trabajo y actividad social ha significado una transformación humana de la naturaleza, en un sentido favorable o no. En la ideología alemana, Marx sostuvo: “ sólo conocemos una única ciencia, la ciencia de la historia. La historia sólo puede ser considerada desde dos aspectos, dividiéndola en historia de la naturaleza e historia de la humanidad. Sin embargo, no hay que dividir estos des aspectos; mientras existan hombres, la historia de la naturaleza y la historia de los hombres se condicionan recíprocamente”.2 En los Manuscritos económicos y filosóficos, Marx decía que “ la esencia humana de la naturaleza no existe más que ara el hombre social (...). La sociedad es, pues, la plena unidad esencial del hombre con la naturaleza, la verdadera resurrección, el naturalismo realizado del hombre y el realizado humanismo de la naturaleza”. Marx fue influido por Feuerbach en su concepto de naturaleza y en su crítica a Hegel. Para Hegel, la naturaleza era un derivado de la idea. Basándose en Feuerbach, Marx sostiene la prioridad de la naturaleza, pero de ninguna manera analiza esta realidad exterior al hombre como un objetivismo inmediato. Marx se “atiene al monismo naturalista de Feuerbach sólo en tanto también para él sujeto y objeto son naturaleza. Al mismo tiempo, supera el carácter abstracto antológico de ese monismo relacionando la naturaleza y toda conciencia de ella con el proceso vital de la sociedad (...) es suficientemente no dogmático y amplio como para evitar que la naturaleza se consagre como entidad metafísica o se consolide como un principio ontológico último”.3 En la última parte inconclusa de El capital, Marx analizó la relación del trabajo y del dinero con las fuentes naturales, entre ellas la tierra (agricultura, subsuelo, etcétera). Más aún, cuando Marx habla de las fuerzas productivas se refiere, en primer lugar, a la naturaleza, y luego a la técnica y al régimen de trabajo. Esas fuerzas son obviamente productivas para el hombre, y no metafísicamente per se como sostienen los que hipertrofian el papel de la naturaleza, escindiéndola de la sociedad. En el tomo III de El capital manifestaba: “ No es la fertilidad absoluta del suelo, sino más bien la diversidad de sus cualidades químicas, de su composición geológica, de su configuración física, y la variedad de sus productos naturales, los que forman la base natural de la división social del trabajo”. En la Crítica al programa de Gotha sostenía que la naturaleza “es la primera fuente de todos los medios y objetos de trabajo”,4 mas no le concebía de manera ontológica y abstracta sino en relación con la actividad humana. Henry Lefebvre destaca el concepto marxista de que la naturaleza es la fuente del valor de uso. “la naturaleza primera es la base de la acción, el medio del que emerge el ser humano con todas sus particularidades biológicas, étnicas, etc., relacionadas con el clima, el territorio ola historia, esa instancia entre la humanidad y la naturalidad.”5 Los manuales del materialismo dialéctico “ortodoxo” insisten en la separación entre hombre y naturaleza, presentando al primero como producto de la evolución y espejo pasivo del proceso natural. Lucio Coletti -en el prefacio al libro de Alfred Schmidt ya citado- señala que “con Stalin y, en general, con el stalinismo, surgió sobre esta base la superstición de la inconmovible objetividad de las leyes históricas, que actúan independientemente de la voluntad

de los hombres y no se diferencian en nada de las leyes de la naturaleza”.6 G. L. Klein en su libro Spinoza in Soviet Philosophy, editado en 1952 en Londres, demuestra cómo el concepto spinozaiano de sustancia ha influido en la concepción de la materia de la filosofía soviética. Este criterio se basa en algunas ideas planteadas por Engels en Dialéctica de la naturaleza, como la afirmación -a nuestro juicio mecanicista- de que las leyes del pensar “surgen del seno de la naturaleza y reflejan sus caracteres”.7 tesis que posteriormente fue la base de la indiscutible “teoría del reflejo” formulada por Lenin en su libro Materialismo y empiriocriticismo. Según nuestro entender, el concepto de naturaleza no sólo ha sido mal interpretado por los epígonos del marxismo, sino también, y principalmente, por los partidarios del idealismo filosófico, quienes anteponen la idea de la materia, como si ésta no fuera preexistente al hombre. Por su parte, el positivismo -y su actual versión neopositivista- basado en el pensamiento decimonónico de progreso, ha considerado a la naturaleza como algo que debe ser “dominado” por el hombre. Su concepción antropocéntrica se remonta a Descartes, quien ya en el Discurso del método manifestó que podemos emplear los elementos de la naturaleza y “convertirnos así en señores y poseedores de la naturaleza”. Este afán de dominio de la naturaleza se fue acentuando en la sociedad industrial, convirtiéndose en ideología. La noción de progreso estuvo estrechamente vinculada con esta tendencia compulsiva al dominio de la naturaleza por “el rey de la creación”. La explotación pertinaz de la naturaleza ha comenzado a producir efectos alarmantes en la segunda mitad del presente siglo, a raíz del creciente deterioro ambiental y el agotamiento de los llamados “recursos naturales”. Ahora, dice Saint Marc, “la cuestión es dominar el dominio de la naturaleza”.8 El comportamiento depredador de la sociedad contemporánea respecto de la naturaleza es el resultado de un largo proceso que procuraremos analizar a través de las diferentes fases de nuestra historia americana. LAS CULTURAS INDOAMERICANAS Y SU RELACION CON LA NATURALEZA. La flora y la fauna americanas se fueron configurando hace unos 500 millones de años, mucho después del surgimiento del planeta Tierra, cuyos primeros indicios de vida se remontarían a unos 3.000 millones de años.9 En el período de los reptiles las tierras se subdividieron en dos grandes continentes: Laurasia (que comprendía América del Norte, Groenlandia y Eurasia) y Gondwana (que abarcaba América del Sur, Africa, Oceanía y la Antártida).10 América del Sur estaba conformada por dos sectores emergidos y un mar interior ubicado en lo que hoy conocemos como cuenca amazónica. A fines del mesozoico o era secundaria surgió la cordillera de la costa, apareciendo los primeros mamíferos; a comienzos de la era terciaria surgieron los relieves de la Cordillera de los Andes y posteriormente el relieve venezolano actual. Gabriel Pons sostiene que “Centroamérica no fue realmente como es. Durante las eras primaria y secundaria parece que estaban unidos Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo y Jamaica con Honduras y México. Más tarde, en las eras terciaria y cuaternaria, apareció el vulcanismo y con él emergió la costa del Pacífico”.11 La flora americana, que surgió de estos ecosistemas en permanente modificación, fue determinante en el tipo de vida de los primeros seres humanos que cruzaron por el estrecho de Berhing hace más de 50.000 años. La fauna era pobre en cuanto a animales de carga, salvo la existencia de una variedad de caballos que luego se extinguió. Estos pueblos cazadores-recolectores se adaptaron al medio, sin afectar la autorregulación del sistema. No destruían masivamente las selvas ni las plantas. No exterminaban las especies animales sino que consumían las que eran imprescindibles para subsistir, pues tenían una etología propia respecto de la naturaleza. Si en algún caso la recolección de frutos y la caza llegaban a afectar el balance ecosistémico, el daño era pronto reparable por cuanto estos pueblos, que eran nómades, abandonaban el lugar, facilitando el proceso de autorregulación del ecosistema. No es nuestra intención idealizar a estos pueblos ni presentar una imagen de plena

armonía entre ellos y la naturaleza, pero el análisis histórico muestra que en esta fase no se registraron acciones humanas que desencadenaras alteraciones ecológicas irreparables. En el tránsito a la sociedad agrícola, que en América se produjo hacia el quinto milenio antes de nuestra era, introdujo cambios significativos en los flujos energéticos. El inicio de la producción agraria permitió un cierto control de la transferencia de energía. La sociedad agroalfarera comenzó a ejercer un dominio, aunque todavía relativo, de las cadenas tróficas, aumentando, mediante la domesticación de los animales, los consumidores secundarios. Los seres humanos descubrieron que a través del proceso agrícola y la domesticación de animales podían “almacenar energía metabólica”.12 En este inicio del proceso de control de energía, las culturas agroalfareras utilizaron como principales fuentes energéticas la quemazón de leña, instrumentos para aprovechar el viento, la energía animal y humana y, fundamentalmente, el regadío artificial, que fue uno de los primeros manejos de una fuente energética no metabólica. Estos pueblos tenían una dieta equilibrada: combinaban las proteínas provenientes de los pescados, la llama, el guanaco y otros animales, con hidratos de carbono como la yuca y la papa. El maíz, base de la dieta de la mayoría de las culturas indoeuropeas, era un alimento bastante completo, aunque no dispusieron de leche de ganado vacuno y ovino. Asimismo, la ausencia del buey y del caballo impidió un mayor uso de la energía animal. En la búsqueda de mejores tierras los pueblos agroalfareros hicieron las primeras quemazones y talas de árboles. Fue el comienzo de la alteración del ambiente americano, pero dada su escasa magnitud no alcanzó a provocar desequilibrios ecológicos significativos. Según Lutzenberg, “la roza del indio complementaba apenas el producto de la caza y los frutos silvestres, obtenidos en esquemas de explotación permanentemente sostenibles, sin degradación del ecosistema”.13 Esta apreciación es compartida por Sanoja y Vargas en sus estudios sobre Venezuela: “La técnica del cultivo más sobresaliente y difundida entre la formación agricultora es la denominada roza y quema o agricultura itinerante (...). Geertz, al analizar el problema de la agricultura de roza y quema en términos ecológicos, plantea que la característica positiva más sobresaliente de dicha técnica es la de estar integrada a la estructura del ecosistema natural preexistente, a la cual, cuando es de naturaleza adaptativa, ayuda incluso a mantener, Cualquier forma de agricultura del ecosistema dado de tal manera que se pueda aumentar el flujo de energía que necesita el hombre para subsistir”.14 A través de los motivos cerámicos y de los grabados en metal estos pueblos expresaban su estrecha relación con la naturaleza, un esfuerzo de la mente humana por encontrar una explicación del mundo y de la vida, para luchar contra lo desconocido apelando a las fuerzas de la naturaleza y, al mismo tiempo, tratando de controlarlas. Arnold Hauser sostiene que “la visión que la magia tiene del mundo es monística; ve la realidad en la forma de un conglomerado simple, de un continuo ininterrumpido y coherente (...). La pintura era al mismo tiempo la representación y la cosa representada, era el deseo y la satisfacción del deseo a la vez. Era justamente el propósito mágico de este arte el que lo forzaba a ser naturaleza”.15 La conformación de los imperios inca y azteca produjo nuevas alteraciones en los ecosistemas americanos. Gran parte de la organización social se estructuró en torno al regadío artificial: construcción de terrazas, desecación de pantanos, canales y andenes para facilitar la circulación del agua destinada a la producción agraria. La orientación compulsiva de esos embriones de burocracia estatal, que forzaban a una mayor tributación de los pueblos sometidos con el objeto de aumentar el excedente económico, condujo a las primeras alteraciones serias de los ecosistemas naturales. La cultura azteca y la incaica se diferencian en que la primera hizo uso del excedente de agua en un medio anegadizo, llegando a crear las famosas “chinanpas”, y la segunda en un medio árido. Ambas sociedades conocían el sistema de abono, la rotación y selección de suelos, el tratamiento bioquímico de las semillas, la previsión meteorológica y prácticas alimentarias con conocimientos del poder nutritivo de las plantas y animales, que permitieron a los incas alcanzar una dieta per cápita de más de 2.400 calorías, relativamente superior a la de algunos pueblos latinoamericanos del siglo XX.

En aquella época surgieron ciudades como Teotihuacán, con más de 100.000 habitantes, Lubaatún con cerca de 50.000 y El Cuzco con más de 2.000, revolución urbana que nos plantea varias reflexiones: ¿qué diferencia hubo entre estas ciudades aborígenes y las que surgieron durante la época colonial y republicana respecto de los impactos ambientales? ; ¿pueden las ciudades aborígenes americanas ser consideradas ecosistemas? La mayoría de los ecólogos estiman que las ciudades no constituyen ecosistemas porque básicamente no tienen autarquía, no se autorregulan y, por lo tanto, dependen de flujos de energía ajenos. En tal sentido, las ciudades serían ecosistemas artificiales o fallidos.16 A nuestro juicio las ciudades aborígenes indoamericanas no tenían un alto grado de consumo energético importado. Cada una de ellas tenía muchos árboles, plantas, lagunas, arroyos y otros componentes autotróficos que proporcionaban energía propia. La ciudad indígena tenía entrada y salida propia de energía, constituyendo una unidad indisoluble con el campo. El consumo de agua era elevado como consecuencia del regadío artificial, pero aquellas ciudades, a diferencia de las actuales, no tenían salida de agua contaminada ni desechos imposibles de reciclar. A los efectos de precisar la caracterización de estas ciudades indoamericanas como ecosistemas con autarquía energética propia.17 Sería interesante hacer un estudio comparativo con las ciudades griegas y romanas y entre éstas y las de la época moderna para comprobar en qué momento comenzaron a convertirse en “heterotróficas”, es decir, en importadoras masivas de flujos energéticos. En síntesis, se trata de estudiar la ciudad en su proceso histórico para analizar en qué fase fue un ecosistema y cuándo dejó de serlo para convertirse en un ecosistema artificial. Este estudio podría arrojar interesantes conclusiones no sólo sobre el pasado sino también acerca del futuro de las ciudades, en función de una adecuada estrategia de planificación ambiental, obviamente en una sociedad alternativa a la actual. EL DETERIORO AMBIENTAL DURANTE LA COLONIA Y LA REPUBLICA Nuestra base ecológica condicionó en gran medida el tipo de colonización. La diferencia entre la colonización inglesa de Norteamérica y la colonización hispano-lusitana de Meso y Sudamérica no estuvo determinada por el llamado “espíritu de la raza” sino por los ecosistemas diversos, los distintos medios geográficos, las riquezas minerales y la disponibilidad de mano de obra que encontraron los respectivos conquistadores. Los ingleses que colonizaron la zona este de lo que son actualmente los Estados Unidos hallaron una naturaleza poco feraz, ríos que se desbordaban arrasando los cultivos y una población indígena que no pudieron doblegar y explotar desde el conocimiento. No encontraron metales preciosos ni una agricultura con regadío artificial como la de los mayas, incas y aztecas. A los ingleses del Mayflower les hubiera regocijado descubrir oro, como a los españoles, pero sostenía Charles Beard- “la zona geográfica que cayó en sus manos no rindió al principio el precioso tesoro”.18 En cambio los españoles encontraron una región exuberante en vegetación, metales preciosos, zonas cultivadas con regadío artificial y abundante mano de obra que explotar. Uno de los motivos de la rápida y fructosa colonización española fue el grado de adelanto agrícola, alfarero y minero que habían alcanzado los aborígenes. Los españoles aprovecharon las bases ecológicas para sus fines colonizantes expoliaron la naturaleza y la mano de obra indígena. El ecosistema comenzó a deteriorarse aceleradamente con la instauración de una economía interesada exclusivamente en la exportación de metales preciosos y, más tarde, de productos agropecuarios y mineros. Los enclaves mineros, como la fabulosa mina de plata de Potosí, constituyeron centros económicos que aceleraron la tal de árboles para las fundiciones. Las explotaciones agrícolas de un solo producto, como el cacao, el trigo, el azúcar, etc., agravaron los desequilibrios ecológicos porque los ecosistemas se hicieron más vulnerables. Es sabido que la diversidad es una de las principales virtudes que garantizan la estabilidad de los ecosistemas. Con la monoproducción implantada por los españoles y

portugueses los ecosistemas americanos comenzaron a hacerse más frágiles a medida que se consolidaba la economía de exportación de los colonialistas. La fauna del Caribe y del Pacífico también fue afectada por la voracidad de los comerciantes ingleses, holandeses y norteamericanos. En efecto -dice Pedro Cunill-, bordeando el Cabo de Hornos, en 1788 los barcos arponeros norteamericanos e ingleses iniciaron la captura de cetáceos frente a las costas chilenas, llegando más tarde hasta la costa peruana (...). Estimamos que entre 1788 y 1809 más de cinco millones de estos lobos marinos fueron exterminados.”19 Las ciudades coloniales más grandes como Bahía, Recife, La Habana, Veracruz, Portobelo, Buenos Aires, Montevideo, Valparaíso y El Callao se desarrollaron en función de la economía de exportación. Estas ciudades cambiaron el paisaje y alteraron, en parte, el ambiente al constituirse en los primeros ecosistemas no naturales que aparecieron en el espacio latinoamericano. La sociedad humana comenzó a girar en torno al ecosistema no natural, haciéndolo cada vez más dependiente de los flujos energéticos externos. Paralelamente se fueron abandonando y aplastando las formas de convivencia integrativas al ambiente practicadas durante siglos por las comunidades aborígenes. Durante la época republicana se acentuó el deterioro ambiental, porque la clase dominante criolla reforzó la economía de exportación agropecuaria y minera. La división internacional del trabajo, acelerada por la Revolución Industrial, agudizó el proceso porque en el reparto mundial impuesto por las grandes potencias a nuestros países, formalmente independientes, les correspondió desempeñarse sólo como meros abastecedores de materias primas básicas e importadores de productos industriales. Así fue reforzado el carácter monoproductor, afectando la diversidad de los ecosistemas. Se aceleró la devastación de bosques con el fin de habilitar tierras para la economía agroexportadora y utilizar la madera para las fundiciones de cobre y plata. La propiedad territorial, concentrada en grandes latifundios, fue dedicada a la crianza masiva de ganado o al cultivo de determinados cereales y plantaciones, consolidándose un subsistema agrícola de escasa diversificación.20 Durante el siglo XIX las empresas azucareras del Caribe arrasaron los bosques, especialmente de Cuba, mientras la burguesía minera devastó parte de las reservas forestales de México, Perú, Bolivia y Chile. También fue afectada la fauna terrestre, proceso que se puede ejemplificar -dice Cunill- con la “chinchilla, pues entre 1895 y 1900 se exportaron más de 1.685.000 pieles de los parajes de Vallenar y Coquimbo (...).A los pocos años estaba exterminada”.21 La expoliación de los ecosistemas estuvo en función de las ciudades y puertos por donde salía y se procesaba la economía agrominera exportadora. LA CRISIS ECOLOGICA DEL SIGLO XX El proceso de industrialización por sustitución de importaciones, acelerado en América latina desde las décadas de 1930 y 1940, fue uno de los principales desencadenantes de la crisis ecológica más grave de nuestra historia. El desarrollo macrocefálico de las grandes ciudades generó graves problemas de transporte, vivienda, agua, luz y comunicaciones. La industrialización y la urbanización masiva provocaron un elevadísimo consumo de energía. Las nuevas pautas del consumismo aceleraron el gasto energético, prohibiendo la adquisición de los más variados y superfluos artefactos eléctricos. La crisis ambiental se ha agravado en las últimas dos décadas a raíz de la instalación de industrias altamente contaminadas y de reactores nucleares por parte de las transnacionales, que desplazan dichas industrias desde las metrópolis imperialistas hacia las naciones del Tercer Mundo con el fin de obtener mejores tasas de ganancia y, al mismo tiempo, acallar en esos países los movimientos ecológicos de protesta contra la radioactividad. Mediante esta nueva relocalización industrial a muchas empresas les “resulta ya más fácil y barato trasladarse a los países en desarrollo que instalar el costoso equipo para controlar la contaminación, que sería necesario de continuar en sus países de origen”.22

Las naciones altamente industrializadas están convirtiendo a nuestros países en depósitos no sólo de productos tóxicos sólidos sino también en basureros nucleares. Al mismo tiempo ya se han instalado reactores nucleares en Brasil, México, la Argentina y Venezuela. De este modo, América latina ha entrado en la era del peligro radiactivo en gran escala, como ya ha sucedido en Estados Unidos, en Europa occidental y oriental (Chernobyl) en 1987, en Brasil (Goiania) con la contaminación del isótopo radiactivo cesio 137. La deforestación continúa a un ritmo galopante en América latina: entre 5 y 10 millones de hectáreas anuales. Uno de los mayores ecocidios se está cometiendo en la selva amazónica, el principal abastecedor de oxígeno del mundo. Según el Dr. Kerr, director del Instituto de Investigaciones de la Amazonía, en los próximos veinte años se habrá extinguido la parte fundamental de las selva que provee la quinta parte del oxígeno al mundo, el 15 por ciento del agua dulce y tercera parte de la madera del mundo. Las transnacionales han invadido la selva amazónica en busca de minerales, madera y nuevas tierras para la explotación ganadera y la agroindustria, levantando aeropuertos y ciudades artificiales en esta zona que, paradójicamente, ha comenzado a llamarse “el desierto rojo del Amazona”. Esta devastación del Amazonas ha modificado el régimen de lluvias, acelerando el desbordamiento de los ríos tanto en el Brasil como en el Paraguay y la Argentina. La contaminación del aire es ya crítica, al punto que varias ciudades -como San Pablohan sido declaradas en estado de emergencia debido a la nube formada por los miles de toneladas de gases de monóxido de carbono expedidas por más de un millón de vehículos y cerca de 100.000 fábricas. En marzo de 1985 los científicos mejicanos declararon que la contaminación atmosférica de Ciudad De México estaba casi al límite (97,5 por ciento), pronosticando que para el año 2000 no habrá posibilidades de seguir habitando en esa ciudad.23 Más preocupante aún es el descubrimiento en la zona austral de un “agujero” en la capa de ozono que protege a la Tierra de los rayos solares ultravioletas. La contaminación de las aguas marítimas ha provocado la extinción de muchas especies y el casi agotamiento de la pesca de camarones, sardina y langosta. Los derrames de hidrocarburos han sido la principal causa de esta contaminación, tanto en los mares como en los ríos y lagos. Uno de los reservorios de agua dulce más grande de América latina, el lago Maracaibo, está totalmente degradado, al igual que los ríos Orinoco y Caroní.24 Las tierras agrícolas han sufrido un grave deterioro a raíz del desarrollo del capitalismo agrario en las últimas tres décadas. Casi todos los ecosistemas naturales han sido intervenidos, convirtiéndose en agrosistemas con una alta mecanización a base de grandes flujos energéticos, especialmente petroleros. La “revolución verde” debería llamarse “revolución negra” porque se ha implementado gracias a un oso desmedido de petróleo, aprovechando su bajo precio hasta principios de la década de 1980. Una trampa biológica de la “revolución verde” y de sus cereales de alto rendimiento es la reducción en la diversidad genética de los cultivos: los llamados híbridos, es decir, nuevas plantas obtenidas mediante la cruza de especies, tienen elevados rendimientos, aunque con una base genética estrecha. Los cultivos son más susceptibles a las plagas debido a la uniformidad biológica y a que grandes extensiones de terrenos están sembradas del mismo producto, especialmente aquellos destinados a las empresas agroindustriales. El uso de plaguicidas a destajo ha provocado no sólo desequilibrios ecológicos en el campo sino también graves repercusiones en la salud de la población, sobre todo por el uso del DDT. Este crimen de las transnacionales que venden el DDT es consciente, porque dicho producto está prohibido en Estados Unidos y Europa. Un testimonio campesino, titulado “¿Y cómo no tener cólera?”, decía en Ecuador: “Oímos lo que dicen señores instituciones, pura universidad, puro ingenieros y siguiendo a ellos compramos abonos y gastamos tanta plata. Y en este tiempo el abono nos viene más flojo, caído las fórmulas. Un año se pone abono y sale bueno. Otro año, con el mismo abono se pierde. Y más está pasando. Están tinturando la arena y vendiéndonos como furadan. Y en el DDT le ponen harina flor”.25 La sobreutilización de los suelos, el sobrepastoreo y la devastación de los bosques ha acelerado la erosión a casi el doble en los últimos treinta años, con lo cual ha aumentado la sedimentación de los ríos; disminuye así el potencial de riego.

LAS CORRIENTES ECOLOGICAS La crisis ambiental contemporánea ha dado lugar a la formación de nuevas corrientes de pensamiento que hacen -en general- ideología, es decir, inversión de la realidad al servicio de una determinada clase o fracción de clase. Algunos teóricos burgueses han intentado presentar una visión apocalíptica de la crisis ecológica. Esta posición catastrófica, estimulada por el libro Los límites del crecimiento de Meadows y el informa del Club de Roma (1972) cae en el idealismo objetivo. La crisis ambiental es gravísima, pero uno se pregunta qué se esconde detrás de este “terrorismo ecológico”. Quizá el interés de obligar a un mayor sacrificio a los países dependientes, a controlar la natalidad hasta métodos de esterilidad forzada, exagerando el llamado crecimiento exponencial de la población que conduciría a la imposibilidad de alimentar tantas bocas en un mundo en que ha bajado proporcionalmente la producción agropecuaria. Tomando en cuenta sólo un criterio economicista, se ha llegado a plantear el “crecimiento cero” y a manifestar la imposibilidad de que la sociedad socialista alcance la plenitud material. Mandel ha señalado que “la referencia a la ‘inalcanzabilidad’ de la plenitud como último argumento contra el socialismo-comunismo -¡bien conocida ya en el siglo XIX!- ha sido reavivada por los discípulos de ‘la escuela del crecimiento cero’ y por los ecológistas que argumentan que, con una población mundial hipotética de 10.000 millones de personas, la abundancia de bienes materiales sería físicamente imposible o bien provocaría una catástrofe en el ambiente”.26 A nuestro modo de entender, el concepto de plenitud va más allá de la abundancia material y del consumismo, tiene directa relación con la salud, la cultura y la libertad integral en una sociedad sin clases y sin Estado opresor. Los teóricos del “terrorismo ecológico” quieren hacer creer que toda la población es responsable de la contaminación. Por eso financian campañas publicitarias: para que la gente compre productos destinados a evitar aspectos superficiales de la contaminación, ocultando la verdadera raíz de la crisis ambiental. Se da así la paradoja de que los responsables de la comunicación aumentan se tasa de ganancia vendiendo artículos descontaminantes. Se instrumentan campañas para poner de manifiesto que “todo el mundo contamina, el verdadero culpable es usted, soy yo, es la empleada doméstica, más que la fábrica. Ciertamente, todos somos responsables, poco o mucho, pero ¿quién nos ha vendido el detergente no biodegradable, el pesticida, la bencina, el envoltorio plástico?”.27 Contaminar para descontaminar y descontaminar para contaminar se está transformando en un nuevo negocio para los capitalistas. También existe un cierto “ecologismo” demagógico de los ideólogos burgueses, que pretende arrebatar ciertas banderas al auténtico movimiento ecologista, parloteando acerca de la contaminación y del conservacionismo. No obstante su carácter reformista, el movimiento conservacionista fue el primero en formar conciencia relativa acerca del desastre ecológico. Sin embargo, algunos sectores sólo ponen acento en el valor económico de los recursos naturales. Por otra parte, se ha desarrollado una importante corriente de pensamiento que hace una despiadada crítica al hombre como depredador sempiterno de la naturaleza. Sus aportes son relevantes para la comprensión del comportamiento del hombre en relación a la naturaleza, como estimamos que se deberían tomar en cuenta las diversas fases del proceso histórico de la sociedad humana, porque no es igual la actitud ante la naturaleza del aborigen de la sociedad sin clases que la del ejecutivo de una transnacional. Por consiguiente, es necesario considerar las responsabilidades de las clases dominantes, a través de la historia, en la depredación de la naturaleza, señalando claramente que el sistema capitalista, desde la primera Revolución Industrial, ha provocado los desastres ecológicos más significativos, y que solamente el hombre podrá superar la crisis ambiental en un nuevo tipo de sociedad. Es correcto afirmar que la mayoría de las sociedades humanas han deteriorado el ambiente; pero para no diluir lo concreto en lo abstracto, hablando en general del hombre, habría que señalar taxativamente que el incremento del flujo de energía está en relación directa

con el proceso de acumulación capitalista mundial. El aumento de la composición orgánica del capital, en favor del capital constante, ha determinado un consumo de energía jamás registrado en la historia para hacer funcionar la moderna maquinaria. La internacionalización del capital ha acelerado el flujo de energía también en los continentes asiático, africano y latinoamericano, agotando los recursos renovables, artificializando los ecosistemas, devastando bosques y contaminando el ambiente con las fábricas levantadas en las macrocefálicas urbes. Otros caen en un dogmatismo energético, sin considerar qué clases sociales tienen el control de la energía, de sus usos y abusos, y cómo los flujos energéticos están mediados por las relaciones de poder. Como reacción ante el deterioro ambiental provocado por la sociedad industrial urbana se ha desarrollado una corriente premunida de una concepción metafísica de la naturaleza, que postula la vuelta a la sociedad agraria, posición idealista que se desliza hacia un naturalismo ingenuo sin destino. Es un hecho objetivo que la naturaleza no es la misma del pasado y que ha sido profundamente transformada por la sociedad, en especial capitalista, mediante la inversión de casi todos los ecosistemas naturales. En América latina todavía no hay fuertes movimientos ecológicos de protesta como en Europa. Sin embargo, en los lugares donde han comenzado a estructurarse, como Brasil, México y Venezuela, contribuyen en forma significativa a la creación de una conciencia ambiental y a poner de manifiesto las lacras del sistema capitalista. Estos movimientos son potencialmente revolucionarios porque cuestionan no sólo el sistema de producción sino también la vida cotidiana generada por la sociedad industrial. Al decir de Michel Bosquet, “la lógica de la ecología es la negociación pura y simple de la lógica capitalista”.28 Otros autores plantean que la ecología ha superado la teoría de la lucha de clases, pareciendo no advertir que la crisis ambiental acelerada por el sistema capitalista sólo será superada a través del proceso de la lucha de clases, del enfrentamiento entre la clase explotada y la explotadora, principal responsable del grave deterioro ambiental. Es más urgente que nunca dar respuesta teórica, programática y política a la crisis ambiental partiendo de una clara concepción acerca de la totalidad constituida por la naturaleza y la sociedad humana. En definitiva, en torno a esta cuestión clave -que sólo será resuelta en el terreno de la lucha de clases- se está jugando la supervivencia de la humanidad. El dilema “socialismo o barbarie” planteado por Rosa Luxemburgo está más vigente que nunca. Es innegable que los marxistas han descuidado el estudio del ambiente y han sido sorprendidos -al igual que otros- por la gravedad de la crisis ecológica. Muchos han reaccionado a la defensiva, negando la trascendencia de esta crisis o denunciando a los grupos ecologistas como movimientos diversionistas que distraen la atención de las tareas de la lucha de clases, como si la crisis ambiental provocada por la burguesía estuviera al margen de la lucha de clases. Uno se pregunta si esta falta de respuesta de los PC y de los grupos pro chinos a la problemática ambiental y su negativa a respaldar los movimientos ecologistas se debe a que en la URSS, los países del este de Europa y China existen similares problemas ambientales desencadenados por la puesta en marcha de plantas de energía nuclear y otras altamente contaminantes. En la URSS no se ha inventado todavía una tecnología distinta de la del capitalismo, que no altere el funcionamiento sano de los ecosistemas, falencia que se puso de manifiesto en el reciente desastre de Chernobyl. Francisco Mieres -uno de los principales ambientalistas de Venezuela- ha señalado que los países del llamado “socialismo real” se han visto “subyugados por los mágicos sortilegios del industrialismo y, lo que es más grave, que ello se ha convertido en uno de los obstáculos más duros para su avance y para el despliegue de un movimiento socialista genuino y pleno (...). Hubo que desencadenar (en la URSS), con apoyo en la colectivización forzosa y con métodos extremadamente centralizadores, una verdadera revolución industrial desfasada y condensada (...). Se dan consecuencias similares a las que provoca la industria capitalista sobre el ambiente, con las secuelas de contaminación y agotamiento precipitado de recursos no renovables, así como modernización mecánica de la agricultura, con agravio a menudo del potencial reproductivo del suelo y aguas y con notorias dificultades para asegurar el abastecimiento alimenticio esencial. La creencia en la neutralidad social y ambiental de la

técnica así como en su omnipotencia frente a cualquier problema, ha conducido frecuentemente a copiar o adoptar procedimientos y equipos foráneos, sin reparar en sus secuelas humanas ambientales, las que a menudo sólo se revelan contraproducentes a largo plazo, cuando el daño está hecho, a veces a manera irreversible (...). Este cuadro sociopolíticoambiental difícilmente puede constituir el óptimo para un socialista. Sólo se puede aceptar y comprender como prehistoria del socialismo, como fase de transición que necesariamente debe ser superada substancialmente para asistir al advenimiento del socialismo pleno y genuino”.29 Luego de haber alentado un modelo de desarrollo basado en la industrialización por sustitución de importaciones, la CEPAL, reconoce que no advirtió a tiempo el deterioro ambiental que iba a provocar el crecimiento urbano industrial. En lugar de hacerse una autocrítica de su proyecto desarrollista, uno de los teóricos, Aníbal Pinto, ha confesado en 1979: “para un economista de mi generación, como para muchos que están en los escalones siguientes, resulta inverosímil que durante tanto tiempo haya pasado desapercibido, sin introducirse ni siquiera tangencialmente en nuestras discusiones, esta relación vital entre el hombre-medio o sociedad-entorno físico (...). Absorbidos algunos economistas por las relaciones entre clases e individuos, y otros por el fetichismo mercantil. Habían dejado de lado ‘el pequeño detalle’, como habría dicho un contexto finito y en persistente agotamiento o deterioro”.30 Sin embargo, este barniz ambientalista no llega al fondo del problema. Sólo se hace para proyectar un desarrollismo que considera el “medio ambiente” y la “variable” o dimensión ambiental, con la finalidad de que el desarrollo provoque el mínimo impacto ecológico. Antes que nada, es necesario aclarar que el ambiente no es “medio”, sino la totalidad constituida por la naturaleza y la sociedad humana. Por eso, es un error hablar de medio ambiente; la palabra “medio” debe utilizarse en relación a medio natural, medio geográfico, etcétera. Es también incorrecto emplear el término “variable ambiental” porque el ambiente no es ninguna variable sino el todo. El ambiente no es una variable del desarrollo económico sino a la inversa. No se trata de incorporar esta nueva “variable” al análisis económico, sino de enfocar globalmente el ambiente en el cual está incluida la sociedad humana y sus diversas manifestaciones sociales, económicas, etcétera. Cuando los teóricos de la CEPAL se refieren a la necesidad de incorporar la dimensión ambiental, quieren expresar que toda planificación económica debe contemplar la “variable” ambiental. En rigor, debería partirse de la planificación ambiental y dentro de ella considerar la variable económica. Pero la CEPAL no plantea el problema de esta manera porque le interesa fundamentalmente el “crecimiento sin deterioro” o lo que otros organismos internacionales han denominado “el desarrollo con el mínimo daño permisible”, modelo de por sí falso, ya que es el actual tipo de desarrollo capitalista el que precisamente ha conducido a la crisis ambiental más grave de la historia. Los teóricos de la CEPAL están ahora preocupados porque ha entrado en crisis el modelo de desarrollo que se fundamentaba en la seguridad de un crecimiento exponencial, sin advertir que los recursos naturales eran limitados y, en gran parte, no renovables. Está en crisis el tipo de crecimiento urbano-industrial y la confianza en que la tecnología y la ciencia podrían resolver todos los problemas, inclusive el deterioro ecológico. Ahora la CEPAL sugiere que América latina dependa menos del petróleo, desarrolle tecnologías que permitan un mayor uso de mano de obra, estimule un mayor reciclaje de los desechos, administre los recursos naturales, instituya formas administrativas más descentralizadas a través del apoyo a las comunidades locales, detenga el consumismo y la expansión de las ciudades.31 Estas medidas no podrán ser implementadas por el régimen burgués latinoamericano, porque si los países altamente industrializados no han encontrado sustitutos del petróleo, menos lo podrá hacer el capitalismo dependiente. Menos chance aún habrá para impulsar actividades económicas rentables que aumenten la tasa de empleo, ya que la tendencia de la burguesía criolla, asociada al capital transnacional, es introducir una alta tecnología que absorbe cada día menos trabajadores. Por otra parte, es utópico pedirle a la burguesía que administre los recursos naturales, tomando en cuenta la dinámica propia de los ecosistemas. Y si no que le pregunten a cómo han funcionado estos consejos áulicos a los habitantes de la Amazonía. Y más ilusorio

aún es sugerirle a la burguesía que apoye a las comunidades locales y que detenga el consumismo y la expansión de las ciudades. Los afanes de los ideólogos de la CEPAL están dirigidos hacia el llamado “crecimiento sin deterioro ambiental”. El aumento de la producción -dice Osvaldo Sunkel- “ha menoscabado con frecuencia la conservación de la naturaleza y tendido a crear en muchos casos una grave situación ecológica. Podría parecer, en consecuencia, que la incorporación de la dimensión ambiental tiende invariablemente a restringir las tareas de la producción, lo que implicaría renunciar a elevar la productividad del trabajo y a congelar el crecimiento. Nada más erróneo que poner ambas posiciones en los platillos de una balanza. Es ineludible, además, que ésta se inclinará inexorablemente hacia un lado de la producción. Lo que realmente interesa en la incorporación de la dimensión ambiental en el desarrollo son poder plantear, en forma creadora, opciones de producción que cumplan con la función de mantener los ecosistemas y, por ende, las condiciones ambientales”.32 Como puede apreciarse, se trata de conciliar lo inconciliable: desarrollo capitalista sin deterioro ambiental. No obstante, Sunkel insiste: “Se procurará explotar las interrelaciones entre desarrollo y medio ambiente, al menos en aquellos aspectos que resultan más relevantes desde el punto de vista de la problemática del desarrollo”. Es evidente, entonces, que todo se reduce a incorporar la “variable ambiental” en función de la tesis desarrollista. Estos ideólogos plantean un estudio más acabado de los sistemas para determinar la “oferta ecológica” potencial. Cabe preguntarse ¿quién cuantifica la “oferta ecológica” y quién se la apropia?. Paralelamente, sugieren incorporar a las “cuentas nacionales” los recursos naturales para registrar el monto del deterioro. ¿Acaso las cuentas nacionales no son controladas por la misma clase social que provoca el deterioro? La aspiración de incorporar los recursos naturales a las cuentas nacionales demuestra que lo único que realmente interesa a los desarrollistas es cuantificar los recursos naturales para garantizar, con el “mínimo deterioro ambiental”, una mayor explotación por parte del sistema capitalista. En el trabajo de Sunkel se plantea también la fijación de estándares medioambientales (?) que sirvan para determinar los niveles de contaminación “aceptables” y “la fijación de prioridades por costo efectividad que sirva para seleccionar proyectos que solucionen el problema de acumulación de estos niveles ‘aceptables’ de daño medioambiental”. Una vez más, cabe preguntarse: ¿qué clase social fija estos niveles de contaminación “aceptables”? Las sugerencias para un “crecimiento sin deterioro” se hacen en un momento en que es irreversible la tendencia de las transnacionales a desarrollar en América latina industrias altamente contaminantes no toleradas por los países metropolitanos y a implementar, en asociación con el capital criollo y estatal, industrias de alto consumo energético. El nuevo modelo de acumulación, basado en el crecimiento de las nuevas industrias de exportación no tradicionales en América latina, va precisamente contra toda ilusión de un desarrollo sin deterioro ambiental. El aumento de la inversión extranjera, de 18 a 38 mil millones de dólares entre 1967 y 1975 en América latina, según cifras de la propia CEPAL, se ha dado precisamente en las industrias que mayor impacto ambiental provocan. A las transnacionales que han aumentado la inversión en bienes de consumo duradero, de 36,2 por ciento a 63,8 por ciento del total entre 1950 y 1974, ¿se les puede pedir un crecimiento con el “mínimo daño permisible”? Las burguesías criollas de América latina, asociadas al capital monopólico internacional, seguirán ahondando la crisis ambiental. La lógica capitalista conduce a una maximización de la ganancia cuya finalidad no es precisamente salvaguardar nuestros ecosistemas. La burguesía podrá tomar medidas paliativas en relación a la contaminación y a ciertos recursos no renovables, pero no está dispuesta a preservar el ambiente a costa de su tasa de beneficios y de sus posibilidades de expansión. Bajo las condiciones de explotación de los regímenes clasistas, en especial del capitalismo con la avidez creciente por el mayor lucro, el deterioro ecológico está hipotecando el porvenir de la especie humana; el mantenimiento ya irracional del sistema origina un riesgo cierto para la mera sobrevivencia biológica del hombre en el planeta.

NOTAS
PABLO GUTMAN: ‘’Medio ambiente urbano,. Interrogantes y reflexiones’’, ponencia al Seminario sobre Industrialización, Recursos Naturales y ambiente en América Latina, Cumaná, Venezuela, 1980, p. 7. 2 C. MARX: La ideología alemana, E d. Pavlov, México, s/f. 3 ALFRED SCHMIDT: El concepto de naturaleza en Marx, E d, Siglo XXI, Madrid, 1977, pp. 24-25. 4 C. MARX: Crítica al programa de Gotha, E d. Aguilera, Madrid, 1971, p. 13. 5 H. LEFEBVRE: La naturaleza fuente de placer, Madrid, 1978. 6 Ibid., P. 233. 7 NICOLA BALDINO Y OTROS: Lenin, ciencia y política, Buenos Aires, E d. Tiempo Contemporáneo, 1973, p. 13. 8 P. SAINT. MARC: Ecología y revolución, reimpreso por el Boletín OESE, Nº 7, Caracas, julio 1974. 9 WILLIAN SCHOP: ‘’ La evolución de las primeras células’’, en Scientific American, 1979, trad. De M.T. Arbelaez, El diario de Caracas, 12 de agosto de 1979. 10 BJORN KURTEN : ‘’Evolución de las especies y deriva continental’’, en Scientific American, 1973. 11 GABRIEL PONS: Ecología humana en Centroamérica, San Salvador, 1970, p. 29. 12 JOSE BALBINO LEON.: Elementos para un análisis ecológico de la energía fósil, UCV, Caracas, 1976. 13 JOSE LUTZENBERG: Manifiesto ecológico, Mérida, 1978, p. 26. 14 MARIO SAJONA e IRIADA VARGAS: Antiguas formaciones y modos de producción venezolanos, E d. Monte Avila, Caracas, 1974, pp. 92 y 93. 15 ARNOLD HAUSER : Historia social de la literatura y el arte, E d. Guadarrama, Madrid, 1964, pp. 22 y 30. 16 EUGENE ODUM : Ecología, CECSA, México, 1978, p. 60. 17 Sugerimos esta caracterización en un seminario del Centro de estudios Integrales del Ambiente (CENAMB) de la Universidad Central de Venezuela, efectuado en 1979, y la ampliamos en nuestro libro Hacia una historia del ambiente en América latina, E. d. Nueva Sociedad /Nueva Imagen, México, 1983, pp. 57 a 62. 18 CHARLES BEARD: The Rise of American Civilization, E d. Mac Millan, Nueva York, 1961, p.11. 19 PEDRO CUNILL: ‘’Variables geohistóricas sociales en los procesos de degradación del uso rural de la tierra en América andina’’, en Revista Terra, Caracas, 1978, Nº 3, p.18. 20 NICOLO GIGLO Y JORGE MORELLO: ‘’ Notas sobre la historia ecológica de América latina’’, ponencia al Seminario Regional de CEPAL/PNUMA, Realizado en Santiago de Chile, noviembre 1979, p.40. 21 PEDRO CUNILL: Op. Cit., p.21. 22 ANTONIO ELIO BRAILOVSKY Y DIANA FOGUELMAN: ‘’Corporaciones multinacionales y medio ambiente’’, ponencia al Seminario sobre Industrialización, Recursos y Ambiente en América latina, organizado por ILDIS, PNUMA, CLACSO y MARNR, Cunamá, 1980, p.19. 23 Diario Unomásuno, México, 1º de marzo de 1985. Véase, asimismo, FRANCISCO SZEKELY: ‘’ Los problemas ambientales en México’’, en El medio ambiente en México y América latina, E d. Nueva Imagen, México, 1978 p. 29. 24 FRANCISCO MIERES: ‘’ El deterioro ambiental en una sociedad petrolera dependiente: el caso de Venezuela’’, ponencia al seminario de 1980, Cumaná, ya citado, p.9. 25 Testimonio en Ecuador agrario, E d. Conejo, Quito, 1984, p. 22. 26 ERNEST MANDEL: El pensamiento de León Trotsky, E d. Fontamara, Barcelona, 1980, 1980, p.153. 27 THEODORE MONOD: Ecología y revolución, Caracas, reimpreso por el Boletín OESE, Nº 8, 1974, p. 10. 28 MICHEL BOSQUET: Artículo en Ecología y revolución, Caracas, reimpreso por el boletín OESE, nº 7, Julio 1974. 29 FRANCISCO MIERES: Ponencia presentada al Seminario sobre Socialismo Real organizado por el MAS, Caracas 1981. 30 ANIBAL PINTO: ‘’Comentarios al artículo ‘ la interacción entre los estilos de desarrollo y el medio ambiente en América latina’’’, revista de la CEPAL, nº 12, p. 55, diciembre , 1980. 31 Revista de la CEPAL, N1 12, p. 46, diciembre 1980. 32 Ibíd., pp. 49 y 50.
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Capítulo VI Las clases sociales y la relación etnia-clase
Para la elaboración de una teoría de la historia latinoamericana es fundamental entender la especificidad de sus clases sociales. Así podremos aproximarnos al estudio de sus peculiares procesos de lucha de clases evitando cometer los errores de los historiadores y analistas políticos que se trasladaron mecánicamente a nuestra América el modelo europeo de comportamiento de las clases. En el capítulo sobre las formaciones sociales hemos tratado de explicar el origen y desarrollo de las clases en América latina, que ampliaremos más adelante al analizar otros movimientos sociales. CONCEPTO DE CLASES SOCIALES Los intereses más profundos de las clases se manifiestan a través de la lucha de clases. Es un error suponer que primero se constituyen las clases y después entran en conflicto. Las clases no existen sino en y por la lucha de clases. Clase, conciencia de clase y lucha de clases forman un todo único e indivisible. La mayoría de los sociólogos se limita al estudio de lo abstracto de la estructura social. Olvidando que las clases se expresan en la lucha de clases, que no es un mero nivel o instancia social, sino el punto de condensación o la síntesis de las contradicciones de una sociedad. Las clases sociales constituyen el basamento que explica el trasfondo de los proyectos políticos, de las manifestaciones culturales, de la ideología y del modo de vida. “Las clases sociales -dice Lucien Goldmann- constituyen las infraestructuras de las visiones del mundo. Cada vez que se trata de hallar la infraestructura de una filosofía, de una corriente literaria o artística, llegamos, no a una generación, nación o iglesia, a una profesión o grupo social, sino a una clase social y a sus relaciones con la sociedad. El máximo de conciencia posible de una clase social constituye siempre una visión psicológicamente coherente del mundo que se puede expresar en el plano religioso, filosófico, literario o artístico”.1 Numerosos autores han definido con acierto a las clases sociales según el papel que juegan en un sistema histórico-concreto de producción social, su relación con los medios de producción y la propiedad privada, la forma de apropiación del plusproducto social, las riquezas e ingresos por el trabajo productivo e improductivo, en fin, según el mecanismo por el cual un sector de la sociedad se apropia del trabajo de otros. Sin embargo esta definición no agota la caracterización de las clases sociales porque falta un factor importante: la conciencia de clase. Una clase no debe ser definida solamente por su estructura o por la llamada clase “en si”. La categoría “clase en si” no se refiere a ninguna expresión de conciencia sino solamente a la existencia de la clase como parte de la estructura de una formación social. Siempre hay que distiguir entre la clase como estructura y la posición o una fracción de ella, temática que desarrollaremos más adelante. Es necesario analizar las clases y su estadios de desarrollo, su comprensión de la realidad global y su proyecto histórico, es decir, su “conciencia para sí” o su conciencia política de clases. Esto es válido para todas las clases, no sólo para el proletariado. De lo contrario no podríamos comprender el papel jugado por la burguesía europea contra el feudalismo, y tampoco el proceso de conciencia política de clase que condujo a la burguesía criolla a plantearse la revolución por la independencia y la toma del poder político rompiendo con el nexo colonial con España. Para ciertas corrientes sociológicas, como el estructural-funcionalismo, sólo existe la estratificación social.2 La confusión entre clase social y estrato no es ingenua sino que tiene por finalidad barrenar el concepto marxista de las clases, ya que los estratos serían agrupaciones de individuos que tienen características y valores comunes relacionados con el prestigio, el ingreso, el poder, la educación, etcétera. La desigual distribución de estos valores -cuya evaluación

depende frecuentemente de la subjetividad del investigador- determina la clasificación de los estratos, que deberían ser funcionales al sistema. De ahí, la división en la clase alta-alta, clase alta, clase media alta, clase media baja y clase alta. Estas “clases” -medidas más por su “altura” que por su participación en el proceso productivo- no son homogéneas, ni tienen una base concreta de cohesión respecto de las relaciones de producción. Es obvio que el objetivo del estructural-funcionalismo, especialmente el norteamericano, es incorporar el problema de las clases como expresión fenoménica y no estructural para poder explicar los comportamientos y conflictos “disfuncionales” al sistema capitalista. Esta misma escuela sociológica, retomando el enfoque weberiano, trata de velar la existencia de las clases al replantear las categorías de estamento y casta, especialmente para los regímenes precapitalistas, como si estas estratificaciones sociales hubieran dado origen a las clases sociales recién con el advenimiento del sistema capitalista. En rigor, las castas y los estamentos fueron el resultado de la existencia de desigualdades y clases sociales. No hay por consiguiente, sociedades de castas sino sociedades de clases, donde en algunos casos, como la India antigua, la desigualdad social se expresaba en castas con atributos hereditarios. “Podemos plantearnos -dice Vilar- la posibilidad de que algunas clases sociales que originariamente no tuvieron nada de hereditarias, llegaron a serlo por la presión de las clases que tenían necesidad de encerrarse en esa condición(...). Pero si nos fijamos en el vocabulario original, nos damos cuenta de que la India no ha tenido una división fundamental muy distinta de la de los restantes indoeuropeos: sacerdotes (brahamanes), guerreros (rajás), trabajadores”.3 El hecho de que la casta dominante haya procurado evitar la movilidad social llegando a establecer la prohibición de casarse entre personas de distinto origen social y la regimentación del trabajador forzado hereditario -que nace y muere en su casta- ha conducido a sostener que las castas precedieron a las clases, cuando es sabido que precisamente la existencia previa de las clases permitió posteriormente la estructuración de las castas y su legitimación jurídica, a través de la justificación ideológica y religiosa de los privilegios hereditarios. Según Bagú, “una clase puede transformarse en casta en una etapa de su evolución. Un sistema de castas puede estar entretejido entre un sistema de clases”.4 De todos modos, es importante analizar la especificidad del enfrentamiento social en las sociedades de clases cristalizadas en castas, porque tuvo características cualitativamente a la lucha de clases en la sociedad capitalista. Por otra parte, los webwrianos y estructural-funcionalistas prefieren hablar de estamentos en lugar de clases sociales cuando se refieren a la sociedad europea en transición del feudalismo al capitalismo, como si las clases no hubieran existido en el Medioevo, como si los señores feudales y los siervos no hubiesen sido clases sociales. Estos estamentos, llamados entonces “órdenes” -nobleza, clero, pueblo o “tercer estado” llano-, eran la expresión jurídico-política de una sociedad de clases en transición al capitalismo. “Personalmente -afirma Vilar- no creo que haya diferencias de naturaleza entre ellas sociedades de ‘órdenes’ (e incluso de ‘castas’) y de las sociedades de clases. Sus diferencias se encuentran únicamente en el nivel de cristalización jurídica (o consuetudinaria o mística) de las relaciones de función. Claro está que ello constituye el interés científico e histórico de una clasificación de las sociedades con las funciones cristalizadas, los privilegios legalizados y los cambios de una función a otra cargados de dificultades, y sociedades en las que, en principio, el juego económico y social realiza espontánea y libremente la distribución de bienes, funciones y autoridades. No hay que confundir la India de castas, la China de los mandarines, la Francia de los ‘tres órdenes’, la Inglaterra del siglo XIX y la Rusia soviética de los años 30”.5 La falta de una teoría afinada de las clases sociales para los regímenes precapitalistas dificulta el análisis histórico, tanto de Europa como de Asia, Africa y América latina, especialmente de su período colonial y republicano decimonónico. La teoría de las clases ha sido elaborada fundamentalmente para comprender el mecanismo de funcionamiento del sistema capitalista. Aunque Marx no alcanzó a realizar un análisis sistémico de las clases sociales, planteó criterios básicos para definirlas. Entre ellos, la propiedad privada de los medios de producción, la venta de fuerza de trabajo y las actividades

por cuenta propia. Así, se han podido detectar tres clases sociales en el capitalismo: la burguesía, la clase trabajadora y la pequeña burguesía. Incluimos las capas medias asalariadas dentro de la clase trabajadora porque, al igual que otros explotados, venden su fuerza de trabajo. Hay que distinguir, pues, entre la pequeña burguesía -propietaria de algún medio de producción, comercio o transporte- y las nuevas capas medias que solamente viven de un sueldo o salario. Si bien es cierto que el proletariado genera mayor riqueza a través del trabajo productivo, no por ello es el único sector de clase explotado, pues existen otros que haciendo trabajo “improductivo” también son oprimidos. La distinción entre trabajo productivo e improductivo es importante para saber cuál es el sector explotado que genera el plusproducto sustancial de una sociedad,6 pero no es fundamental en el proceso de desarrollo de la conciencia política de cambio social, como se ha demostrado en las revoluciones socialistas del presente siglo. Los llamados trabajadores improductivos de Cuba y Nicaragua desempeñaron en la insurrección popular un papel tanto o más revolucionario que quienes realizaban trabajo productivo. Por otra parte, en la sofisticada industria contemporánea, luego de la denominada “revolución científico-técnica”, resulta cada vez más difícil establecer la diferencia entre trabajadores productivos e improductivos debido al papel que juegan las capas medias asalariadas (técnicos, operarios de computación, etc.) que, al igual que los obreros, están plenamente insertos en el proceso productivo. En las sociedades altamente industrializadas la tendencia a la a la polarización entre dos clases -burguesía y proletariado- es más ostensible que en los países semicoloniales dependientes.7 De ahí la necesidad de profundizar creadoramente en la estructura de clases de América latina, donde junto a la burguesía y al proletariado industrial existe un fuerte proletariado rural, minero y urbano no fabril, un numeroso campesinado pobre, una vasta pequeña burguesía rural y urbana, capas medias asalariadas en vertiginoso crecimiento, además de comunidades indígenas, que también constituyen fuerzas motrices del cambio social. La definición de las clases no se agota en América latina con los conceptos señalados más arriba, sino que es necesario considerar la relación etnia-clase, especificidad que cruza nuestra historia de los últimos cinco siglos. Los combates de los indígenas y negros no pueden ser explicados solamente por la condición de clase, sino que es fundamental considerar su etnia. Sin este complemento no sería posible analizar la lucha de clases durante la Colonia, por el papel desempeñado por los indígenas y negros, mestizos, zambos y mulatos. Tampoco es posible hacerlo para los siglos XIX y XX si no se considera la relación etnia-clase. LA RELACION ETNIA-CLASE Para comprender cabalmente la lucha de clases en América latina es esencial analizar la relación etnia-clase, problema ignorado por la historiografía tradicional y soslayado por la mayoría de los marxistas, a tal punto que desde los escritos pioneros de Mariátegui no hay estudios serios sobre el tema. Se hace un análisis tan reductor que el de la etnia se diluye en un problema exclusivo de clase. Sin el estudio de la relación etnia-clase es imposible explicar la lucha de clases, el modo de vida y las diversas manifestaciones de nuestra cultura. Justamente, la especificidad de América latina sólo puede entenderse a la luz de la relación etnia-clase. La matriz societaria de los pueblos latinoamericanos estuvo constituida por los indígenas y negros, quienes al cruzarse entre sí y con blancos dieron mestizos, mulatos y zambos. Es imposible explicar la historia de Brasil, Cuba, Venezuela, Panamá y otras zonas del Caribe sin considerar la etnia negra y su cultura afroamericana, como tampoco puede entender la historia de México, Centroamérica y la región andina sin analizar su raíz indígena. En algunas regiones caribeñas donde los aborígenes no alcanzaron a ser totalmente exterminados, como Venezuela y Panamá, los indígenas siguieron jugando, junto a los negros, un papel importante en la sociedad colonial y republicana. Los historiadores tradicionales han puesto el acento en el mestizaje del indio con el blanco, que expresaría una forma de europeización o blanqueamiento. Según Mosonyi, al poner

de relevancia el mestizaje indígena con el europeo “se ha tratado de opacar el mestizaje del indígena con el africano”.8 Se está generando una cierta ideología del mestizaje que conduce a la desculturación. El planteamiento acerca del mestizo profundamente hispanizado impide comprender gran parte de nuestras culturas indígenas, que tuvieron milenios de historia antes de la llegada de los españoles y que siguieron subsistiendo hasta la actualidad, sin atravesar por procesos de mestizaje. Para evitar análisis reductores y unilaterales, tanto de clase como de etnia en abstracto, es necesario hacer un análisis del papel histórico de las etnias y las clases y su interrelación dinámica. Durante la sociedad precolombina las diversas etnias jugaron un papel decisivo, aunque ya existían diferencias de clases en las formaciones sociales inca y azteca. A partir de la conquista hispano-lusitana, la relación etnia-clase se configuró de manera multifacética porque a las etnias indígenas se les sumaron las multietnias africanas. La explotación en las minas, haciendas y plantaciones dio lugar a las primeras clases explotadas, bajo la forma de esclavitud indígena y negra. Otro sector indígena, bajo el régimen de encomienda y mitas y, posteriormente, los inquilinos, terrazgueros y aparceros, fueron explotados mediante relaciones serviles de producción. Al mismo tiempo, un sector de indígenas y mestizos constituyó el primer embrión del proletariado, cuando en las minas se impuso el régimen del salariado. Durante el siglo XVIII importantes franjas de mestizos se hicieron peones de las haciendas en crecimiento, además de artesanos y pequeños comerciantes en las ciudades. Por su parte, las comunidades indígenas mantuvieron su forma común de producción, aunque alterada por el tipo de economía impuesta por los colonizadores en las sociedad global. Esta estructura de clases estaba íntimamente relacionada con las etnias; en los movimientos indígenas, la lucha por la defensa de la tierra fue preponderante. En cambio, en las luchas por el salario y mejores condiciones de vida lo fundamental fue el interés de clase. En el sector negro, la condición de clase se fue acentuando por encima de la etnia, aunque ésta seguía siendo importante, ya que inclusive en caso de manumisión el negro era igualmente discriminado. En cuanto a reivindicaciones y métodos de lucha, existía una diferencia importante entre indígenas y negros. Mientras éstos no tenían por objeto defender o reconquistar tierras que nunca tuvieron en suelo americano, los indígenas siguieron combatiendo durante siglos por las tierras que les arrebataron los conquistadores. Mientras los negros fueron perdiendo su lengua materna y parte de su cultura africana a raíz de la brutal explotación de los esclavistas, los indígenas conservaron su idioma y sus tradiciones culturales. A pesar de estas diferencias, indígenas y negros, mestizos, zambos y mulatos lucharon juntos contra sus enemigos comunes, tanto por razones étnicas como de clase, aunque más por interese comunes de clase explotada. Los conflictos étnicos eran al mismo tiempo expresión de fenómenos clasistas y adquirían una realidad propia, relativamente autónoma, que influía sobre la dinámica de la lucha de clases, como ocurrió con la gran rebelión de Tupác Amaru. Algunos autores, como Aldo Solari, han llegado a sostener que las relaciones entre dominantes y dominados eran exclusivamente étnicas: “las relaciones entre colonizadores y colonizados serían durante el tiempo colonial relaciones interétnicas”.9 Este soslayamiento de la estructura de clases y, sobre todo, de la lucha real de clases, ha sido al parecer heredado de Stavenhagen, quien afirma que “las relaciones de clase entre indios y españoles -incluyendo criollos- se presentaban bao la forma de relaciones coloniales”.10 Stavenhagen confunde la ideología de dominadores -que enmascaraba las relaciones de clase poniendo énfasis en la relación colonial para justificar la explotación de indios y negros con la estructura de clases que inequívocamente se generó en las minas, plantaciones y haciendas. Precisamente estas formaciones sociales plantean la necesidad de relacionar las categorías de etnia y clase. Sería un error unilateralizar el análisis de los combates indios y negros solamente desde un punto de vista de clase, puesto que muchos de estos movimientos no podrían ser cabalmente comprendidos si no se tuviera en cuenta también la motivación étnica. Más aún, la lucha conjunta que a menudo dieron indígenas, negros, zambos y mulatos no puede explicarse si no es a través de los factores étnicos que los unían en el combate contra el blanco

conquistador y explotador. Y, a la inversa, considerar exclusivamente la variable etnia impediría entender las razones de clase que impulsaron a un vasto sector de indígenas a realizar movimientos reivindicativos por salarios, mejores condiciones de vida y de trabajo junto a los negros, mestizos, zambos y mulatos. Estas variables estaban en general cruzadas e íntimamente ligadas. Frecuentemente se daban movimientos combinados entre los indígenas de las comunidades que se rebelaban en defensa de su tierra y los aborígenes que trabajaban en las explotaciones españolas. En algunos casos, como el de la revolución haitiana (1795-1804), se combinaron la revolución anticolonial, étnica y de clase. Durante los siglos XIX y XX la relación etnia-clase continuó dando su impronta específica a nuestro continente, priorizándose cada vez más las relaciones de clase sobre las de etnia, especialmente a partir de la “segunda colonización” de la frontera, ya que los nuevos despojos de tierra obligaron a los indígenas a entrar en un camino forzado de proletarización. Proceso similar, aunque por distintos motivos, se dio con los negros que, al dejar de ser esclavos se convirtieron en asalariados, en pequeños productores o en trabajadores bajo condiciones semiserviles de producción. No obstante las leyes abolicionistas, continuaron siendo discriminados y postergados dentro de la sociedad por los blancos, cualquiera fuese su condición de clase. Con la expropiación de las tierras y la venta forzosa de la fuerza de trabajo, la cuestión de clase se combinó de manera entonces evidente con el problema étnico de las nacionalidades indígenas. Algunos se hicieron pequeños propietarios, muchos jornaleros, y unos pocos obreros industriales urbanos. No sólo comenzaron a enfrentar a la clase dominante como opresora de sus etnias sino también a la burguesía como clase explotadora. La sociedad indígena se enfrentó como un todo al sistema y al Estado burgués. En síntesis, la relación etnia-clase fue adquiriendo nuevas formas a medida que evolucionaba el propio sistema de dominación capitalista. Especialmente en el siglo XX, los conflictos étnicos han sido a veces expresión derivada o encubierta de fenómenos clasistas, adquiriendo una dinámica relativamente autónoma que influye sobre el conflicto de clases de manera particular. Con la abolición de la esclavitud, un sector de negros se hizo proletario, otro campesino, artesano o comerciante. Se produjo así una dispersión de este sector que cuando era esclavo estaba compactado como clase. La condición de clase en la época contemporánea ha tomado definitivamente preponderancia sobre su etnia, aunque para la ideología de la clase dominante el color seguirá siendo un estigma, inclusive para la actividad laboral. En varios países ha desaparecido la discriminación abierta, pero ha sido reemplazada por otra más sutil, que ha medianizado la organización de los negros como etnia explotada y oprimida. En cambio, sigue la lucha de los indígenas por su autodeterminación. La explicación es que los indígenas han llevado una lucha ancestral por su tierra, conservando la identidad cultural e idiomática. Por el contrario, los negros jamás fueron despojados de tierras que nunca tuvieron en América, como lo hicieron los españoles y portugueses con los indígenas. Además los negros han perdido su idioma africano, su identidad idiomática está dada por el español o portugués y, en las Guayanas y Antillas, el francés, inglés u holandés. Su tradición cultural no es totalmente africana sino un sincretismo que se fue generando en América latina, producto de una mezcla de ciertas tradiciones afro, de formas no cristianas unidas con la religión católica y sectas protestantes. El concepto de etnia -asimilado peyorativamente con el de “raza”- se refiere no tanto al color sino fundamentalmente a comunidades con costumbres, religión, lengua y tradiciones comunes, solidaridad colectiva, etnociencia, arte y cultura propios. “La memoria histórica sostiene Bonfil- es consustancial a la identidad étnica y a su expresión política: la etnicidad. La conciencia étnica es conciencia de la diferencia (...) reclama el derecho a la diferencia y a la supresión de la desigualdad. La conciencia histórica, entonces, no sólo debe dar cuenta del origen de la diferencia sino también del origen y desarrollo de la desigualdad.”11 La etnia es una expresión social y cultural que cambia más lentamente que las clases, pero está inserta en el proceso de la lucha de clases desde que surgieron las sociedades de clases en América. La etnia blanca europea se impuso por la fuerza sobre las etnias indígenas, estableciendo un régimen de explotación y dominación de clase que pasó a ser fundamental, por

encima del color de la piel, pues también fueron explotados posteriormente los propios blancos pobres, ya que en una misma etnia pueden darse diferentes sectores de clases. A pesar de su relevancia, la lucha interétnica no fue primaria, sino que lo fundamental residió en la explotación de clase impuesta por los dominadores colonialistas, quienes a su vez utilizaron como colaboracionistas a ciertos caciques aborígenes y, luego, a capataces negros. La ideología “racista” se configuró, precisamente, en función de la explotación de clase. Es obvio que las etnias fueron anteriores a las clases, pero a partir de la conquista hispano-lusitana el proceso histórico estuvo cruzado por la explotación de clase. El análisis de estas sociedades debe fundamentarse en la práctica de las clases sociales en la producción y la política, y no en las etnias, aunque éstas pueden desempeñar un papel relativamente autónomo en determinados momentos del proceso social. En consecuencia, todo enfoque de los problemas étnicos debe hacerse en el contexto de la lucha de clases, procurando no caer en el reduccionismo de clase. El combate étnico, con sus especificidades y reivindicaciones propias, forma parte en la época moderna del proceso de lucha de clases, ya que su dinámica conduce a un enfrentamiento con la clase dominante y el Estado. Existen ideólogos del “indigenismo oficial” y del etnopopulismo que, utilizando la diferencia entre lo étnico y lo clasista, rechazan toda posibilidad de analizar la situación de dominación de los grupos étnicos desde la perspectiva de la lucha de clases. El etnopopulismo convertido en algunos países en política estatal- pretende la restauración de la “pureza original” de las etnias indígenas, para luego “reiniciar” su desarrollo integrado al Estado-nación. Héctor Díaz Polanco sostiene con razón que todo grupo étnico oprimido adopta una posición que lo enfrenta a la clase dominante en la sociedad contemporánea. Por ende, las reivindicaciones étnicas no son incompatibles con las demandas clasistas de los explotados, ya que sus miembros, de una u otra manera, están insertos en el sistema de relaciones de producción y dominación impuestas por el capitalismo.12 El Estado trata de integrar a los indígenas mediante una política desarrollista y una ideologizada unidad nacional, reafirmando su papel auroritario al determinar los criterios de unidad nacional, de culto religioso, de estructura partidaria y de incorporación de la fuerza de trabajo de las comunidades étnicas subordinadas, a las cuales siempre calificó de refractarias a la manoseada idea del progreso. Para justificar este atropello ancestral a las minorías étnicas se esgrime el concepto de Estado-nación, de por sí contradictorio ya que en un mismo estado pueden convivir varias nacionalidades. Estado y nación son categorías políticas distintas, que el capitalismo condensó arbitrariamente en el llamado Estado-nación, autorrogándose la soberanía popular bajo la república burguesa, cuando en rigor su autoritarismo, su comportamiento y finalidades chocan con las etnias y sus respectivas nacionalidades. El concepto de soberanía es contradictorio con el de solidaridad étnica, pues el Estado no respeta la autodeterminación de las minorías nacionales. Puede imponer compulsivamente a las etnias una ciudadanía, por encima de la existencia de nacionalidades aborígenes, pero en los hechos nunca logra alcanzar una real unidad, como puede comprobarse en la evolución histórica de las regiones mesoamericanas y andina, donde las etnias indígenas siguen resistiendo a la política autoritaria del Estado-nación. En la era capitalista, las naciones pasaron a ser espacios territoriales delimitados, organizados política y administrativamente por un Estado cuya misión es garantizar la reproducción de las relaciones de propiedad, producción y dominación, imponiendo una cultura supuestamente nacional. “La identidad social, como ideología unitaria de grupo -afirma Luis Felipe Bate- adquiere una cierta estructura lógica como reflexión de los intereses del mismo. Pero en esto hay también niveles de profundidad y objetividad. Cuando el grupo es una comunidad social internamente dividida en clases, se otorga mayor fuerza a los símbolos culturales de la unidad, a la representación de los fenómenos culturales compartidos. La selectividad ideológica elude así evidenciar las contradicciones y diferencias internas, ocultándolas en la conciliatoria apariencia unitaria de lo fenoménico como conjunto de símbolos. De hecho, tal ideología responde fundamentalmente a los intereses de las fracciones )o clases) del grupo que son capaces de hegemonizarla.”13 En nombre de la ideología nacionalista, manipulada por la clase dominante, se aplasta a las minorías étnico-nacionales,

porque el objetivo de la clase dominante es hacer compatible la idea de nación única con Estado. En los países latinoamericanos de densa composición indígena, la cruzada racista burguesa está destinada a “blanquear” la población o, en todo caso, a hacerla más mestiza. La apología del mestizaje, efectuada inclusive por pensadores progresistas como Vasconcelos, tiende a redoblar la discriminación contra las minorías nacionales. En los casos de Bolivia y Guatemala, donde la población indígena es mayoritaria si se separa blancos de mestizos, una minoría étnica ejerce su dominación, inclusive en los espacios territoriales ocupados por los aborígenes, a quienes se acusa permanentemente de atentar contra la “unidad nacional”. Es una de las más claras expresiones de colonialismo al interior de los países, que ha conducido en más de una ocasión a razzias etnocidas en nombre del nacionalismo y de la “unidad nacional”. De este modo, el Estado-nación es de hecho endocolonial, al practicar un endoracismo contra las minorías nacionales. A la inversa, se han dado etnias mayoristas -antiguamente oprimidas- que luego de tomar el poder se constituyen en opresoras, como sucedió en Haití, donde la burguesía negra logró desplazar a los mestizos, imponiendo la ideología de la “negritud” para consolidar la dictadura de los Duvalier, tanto sobre los trabajadores negros como mestizos. La ideología del Estado-nación marcha a contrapelo de la realidad. Según Stavenhagen “existen muchos más grupos étnicos o etnias que Estados nacionales”, pues “hay en el mundo entre 3.000 y 6.000 etnias”,14 mientras que sólo existen 150 Estados nacionales formalmente registrados por las Naciones Unidas. En América latina había 27 Estados en 1980 y aproximadamente 485 grupos étnicos. Las cuestiones étnicas, puestas de relieve de manera explosiva en las últimas décadas, vienen del fondo de la historia. Sacuden no sólo a los países del Tercer Mundo sino también de Europa, como puede apreciarse en las luchas de los irlandeses, los vascos, catalanes y canarios, además de las minorías nacionales de Europa oriental y la URSS. En los EE.UU, el conflicto étnico se remonta a casi tres siglos con la importación de esclavos negros, agravando en las últimas décadas por la migración de mexicanos, haitianos y puertorriqueños. En Africa no sólo se da el “apartheid” en el sur sino también luchas entre etnias negras, como son los casos de Nigeria, con su guerra de Biafra, Burundi, Ruanda, etcétera. Los choques interétnicos son también noticias diaria en el Asia, con la permanente protesta de los kurdos, reprimidos por Irán, Irak y Turquía. En el sudeste asiático se han producido numerosos conflictos en Ceylán o SriLanka con los habitantes de lengua tamil, y en la India con los Sikhn. Hasta la isla Fiji ha sido conmovida por la lucha por el orden en 1987 entre la minoría hindú inmigrante u la mayoría aborigen fijiana. Ni qué decir de la gravedad de los enfrentamientos inter e intraétnicos en el Medio Oriente, donde combaten no sólo árabes contra judíos, sino también musulmanes entre sí. En nuestra América las etnias aborígenes han resistido cinco siglos al colonialismo externo e interno, tratando de defender sus tierras, lenguas, costumbres y cultura. Cuando parte de sus miembros se han visto obligados a migrar a las ciudades grandes y medianas, procuran conservar sus tradiciones, gestando una contra cultura respecto de la ideología impuesta por el Estado que los discrimina. De este modo, etnia y clase forman una unidad, aunque no una identidad, porque dicho sector trabajador reivindica su propia cultura, que es la misma de sus hermanos que continúan viviendo en el campo. El reforzamiento de la relación etnia-clase es un factor decisivo para que las etnias oprimidas aborígenes puedan concretar una política de alianzas con los demás explotados de las sociedad en un proyecto de cambio anticapitalista, que garantice el respeto y la autodeterminación de las minorías nacionales. En tal eventualidad, las etnias indígenas, que conservan la memoria histórica y la tecnología ancestral de sus comunidades, pueden contribuir a la construcción de una sociedad alternativa con su forma colectiva de trabajo, su desarrollo endógeno y su sabio comportamiento ante la naturaleza. En esa fase de transición al socialismo, el Estado de los trabajadores deberá ser multiétnico y plurinacional para asegurar el desarrollo autogestionario de las minorías nacionales a través de un estatuto legal que respete la cultura y la autonomía política regional. Las clases, al igual que el Estado, son fenómenos transitorios vistos en escala macrohistórica. Las etnias, aunque cambiantes, son más durables, razón por la

cual probablemente subsistirán por un tiempo imprevisible cuando se extingan las clases sociales y el Estado. LAS MANIFESTACIONES DE LA CONCIENCIA DE CLASE La falta de precisión en el manejo de la categoría de conciencia de clase ha dificultado el análisis de la historia de nuestras clases sociales y la interpretación de los cinco procesos revolucionarios más importantes en América latina: la revolución Mexicana, la Revolución Boliviana (1952), la Revolución Cubana, el proceso revolucionario de masas durante la Unidad Popular en Chile (1970-73) y la Revolución Nicaragüense. En relación con estos procesos, cabe preguntarse: la Revolución Boliviana de 1952 que culmina con la destrucción del ejército burgués, ¿es sólo la expresión de la conciencia de clase de los mineros o es algo más? ¿Acaso esta conciencia no se eleva a conciencia política de clase cuando se produce la dualidad de poderes entre la Central Obrera Boliviana y el gobierno? Y los campesinos que entraron en lucha, ¿qué grado de conciencia de clase tenían? ¿O acaso la conciencia de clase, como sostuvo Lukács, es un don exclusivo del proletariado?15 Con respecto a la Revolución Mexicana, ¿cómo pretender la paradoja de que los campesinos tuvieron más conciencia revolucionaria que la mayoría de los obreros? La Revolución Cubana se inició sin presencia de un partido marxista revolucionario, sin esa conciencia socialista revolucionaria que debía ser introducida “desde afuera” al proletariado. Tenemos por tanto que dar respuesta a este fenómeno: los militantes del 26 de Julio que hicieron la revolución, ¿qué conciencia de clase tenían? ¿Cómo llegaron a la conciencia política revolucionaria de clase sin estar integrados a un partido marxista? En Chile, la conciencia de clase, forjada desde fines del siglo pasado, se expresó en procesos como la toma del poder local en Puerto Natales (1919), la “República Socialista” de 1932 y la presentación de candidatos de clase a la presidencia de la República (Recabarren en 1920, Venezuela en 1941, Allende en cuatro oportunidades). Su expresión más elocuente fue el triunfo de Salvador Allende en 1970, elección en que los trabajadores votaron masivamente por el socialismo. ¿ Esto es sólo conciencia de clase a secas o es algo más preciso: una conciencia política de clase en desarrollo dialéctico revolucionario? Dos años después, se generan los “Cordones Industriales” que plantean la lucha por el poder y exigen armas para el pueblo. ¿Esto no significa un nuevo estadio o ascenso cualitativo en la conciencia de las masas trabajadoras que va más allá de la pura conciencia de clase y de la conciencia política de clase? ¿Podría llamarse a esto conciencia política revolucionaria de clase? La Revolución Nicaragüense plantea nuevos desafíos teóricos, más complejos aún que los de la Revolución Cubana. Uno de ellos es esclarecer cómo se fue fusionando la conciencia antiimperialista que venía madurando desde los tiempos de Sandino con la conciencia anticapitalista y revolucionaria de las masas que combatieron contra el Estado burgués representado por la dictadura de los Somoza. La necesidad de interpretar con mayor fineza estos procesos nos conduce a plantear una serie de reflexiones en torno al problema de la conciencia de clase, que obviamente surge de la realidad histórica y de su estudio concreto. A nuestro modo de entender, hay que partir de una importante frase del Manifiesto Comunista”: “La ideología predominante de toda sociedad es la ideología de la clase dominante”. Por eso, no es posible conocer verdaderamente la historia del movimiento obrero sin analizar el desarrollo del sistema capitalista y de la clase dominante. Si bien los explotados logran desarrollar su conciencia de clase en la lucha contra los patronos, continúan sufriendo la influencia de la ideología de la clase dominante en la vida cotidiana, las costumbres, el consumo, la cultura, etcétera. Inclusive, con conciencia de clase, un sector importante de las masas trabajadoras sigue influido por la ideología burguesa. El quiebre de esta dominación ideológica se produce generalmente en los períodos revolucionarios.

No sólo es una traba la ideología de la clase dominante. También cumple un papel mediatizador en la conciencia de clase la ideología del reformismo, del socialcristianismo y de la socialdemocracia. El reformismo obrero burocrático es una forma de penetración de la ideología burguesa en el seno del movimiento obrero. Por eso, todo análisis de la conciencia de clase debe tener en cuenta el papel de freno que juegan las tendencias del reformismo burgués y del reformismo obrero burocrático, tanto en relación a los obreros como a las demás capas explotadas y oprimidas de la población. Una cuestión metodológica fundamental para estudiar la historia del movimiento obrero es analizar el desarrollo de la conciencia de clase en cada país y en cada período histórico de la lucha de clases. Así, podremos apreciar si los partidos obreros latinoamericanos fueron capaces de evaluar correctamente el real estado de conciencia de las masas, y si sus consignas agitativas se iban ajustando a ese grado de conciencia. Esta metodología contribuiría a enriquecer la historia crítica de los partidos de la izquierda latinoamericana. Como decía Trotsky: “Mal o bien los partidos revolucionarios fundan su técnica en la observación de los cambios experimentados en su conciencia de las masas”.16 Es sabido que la conciencia de clase -que es parte del factor llamado subjetivo- está condicionada por el proceso objetivo de las relaciones de producción, y que en última instancia la existencia social condiciona a la conciencia. Los tergiversadores del materialismo histórico han pretendido hacer creer que esto significa que lo económico es lo único determinante. Ya se encargó Engels en su carta a Bloch (1890) de salirle al paso a estos exégetas. “Las ciurcunstancias”, decían los fundadores del marxismo en La ideología alemana. Precisamente, para realizar estos cambios de estructura, los hombres, son explotados, necesitan desarrollar su conciencia de clase. Los creadores del materialismo histórico no alcanzaron a sistematizar su pensamiento en relación a los problemas de la conciencia de clase. No existe ninguna obra de Marx o Engels donde se haga un análisis a fondo y global de la llamada clase “en sí” y clase “para sí”. La categoría clase “en sí” no se refiere a ninguna expresión de conciencia, sino absolutamente a la existencia de la clase obrera como parte de la estructura de clases del sistema capitalista. En cambio, clase “para sí” tiene relación directa con la conciencia de clase. Pero, a nuestro juicio, es un concepto demasiado general que no permite analizar los matices de las diversas manifestaciones de la conciencia de clase. Según Mandel, Marx en sus primeros escritos “había expuesto un concepto subjetivo de las clases, de acuerdo con el cual la clase trabajadora llega a ser clase únicamente a través de la lucha”.17 En efecto, en Miseria de la filosofía, se afirma. “ Esta masa constituye ya una clase frente al capital, pero no lo es todavía para sí misma. En la lucha, algunas de cuyas fases hemos señalado, esta masa se une, se constituye en clase por sí misma”.18 Es decir, el proletariado llega a constituirse en clase sólo a través de la lucha, definición que está más relacionada con el grado de conciencia que con la estructura de clase. Este criterio se encuentra también en el Manifiesto comunista, cuando en el capítulo “Proletarios y comunistas” se sostiene: “... en la lucha contra la burguesía, el proletariado se constituye indefectiblemente en clase”.19 Para Marx, la conciencia de clase se va forjando en la lucha, en las movilizaciones conjuntas, a escala nacional e internacional. Este vendría a ser el grado de conciencia denominado “clase para sí”, aunque Marx no sistematiza ni desarrolla esta categoría. En otro párrafo del Manifiesto comunista señala: “ El objetivo inmediato de los comunistas es el mismo que el de todos los demás partidos proletarios: constitución de los problemas de clase”.20 Marx tampoco trata el tema de la introducción de la conciencia política desde afuera de la clase trabajadora. Es obvio que el Manifiesto comunista y otros escritos políticos, sobre todo la polémica con Bakunin en la Primera Internacional, tienen por objeto contribuir a la formación de la conciencia política de clase del proletariado. Pero Marx no aborda el problema de introducir en la clase obrera la conciencia revolucionaria desde afuera. Esta cuestión fue apuntada por Kautsky y luego por Lenin, quien cita al entonces marxista alemán: “ La conciencia socialista moderna puede surgir únicamente sobre la base de un profundo conocimiento científico (...). Pero no es el proletariado el portador de la ciencia, sino la intelectualidad burguesa (...) de modo que la conciencia socialista es algo introducido desde afuera de la lucha de clases del proletariado, y no algo surgido espontáneamente de ella”.21

es posible que Lenin tuviera razón en la época del ¿Qúe hacer? (1902) en insistir en que los intelectuales adheridos a la causa del proletariado introducían desde afuera de la clase las ideas del socialismo, debido al retraso político de los obreros. Pero en la actualidad, en que los Estados en transición al socialismo constituyen más del tercio de la humanidad y en que se han desarrollado fuertes partidos obreros, ya no tiene mucho asidero esta tesis. Sostener hoy día esta posición es caer en una línea cuasi sustitocionista. En 1917, en un contexto histórico distinto al de ¿Qué hacer?, Lenin planteó la consigna estratégica de “todo el poder a los soviets”, que expresaba que importantísimos segmentos del proletariado -no sólo militantes del partido bolchevique- habían alcanzado una conciencia de clase tan elevada que estaban en condiciones de derrocar a la burguesía y dirigir el país hacia el socialismo. También reflejaba que el partido o partidos de la clase. La conciencia de clase se desarrolla a través de la acción, en el conflicto social; pero no necesariamente todas las acciones permiten llegar a una masiva conciencia revolucionaria de clase. No hay acción sin un cierto grado de conciencia de clase, no hay conciencia de clase sin acción social de masas. El desarrollo de la conciencia de clase se da a través de un concierto dialéctico entre la experiencia de la clase y la teoría revolucionaria en al lucha de clases. No hay conciencia de clase dada de una vez y para siempre. La conciencia de clase va cambiando y se expresa de diferentes maneras, porque el desarrollo de la conciencia de clase es un proceso heterogéneo, desigual y contradictorio en el tiempo y en el espacio. El grado de conciencia de clase de las masas trabajadoras no siempre es el mismo. Puede cambiar rápidamente, sobre todo en períodos revolucionarios. Los diferentes sectores de la clase obrera decía Trotsky- “llegan a la conciencia de clase por caminos y momentos diferentes”.22 además, señala Goldmann, “es necesario distinguir la conciencia posible de una clase de su conciencia real en un momento de la historia”.23 Existen sectores proletarios con una conciencia de clase más desarrollada que otros. Por eso, no se puede hablar de una conciencia de clase generalizada de todo el proletariado. Estas apreciaciones pueden ser aplicadas en una nueva investigación del movimiento obrero latinoamericano, tratando de analizar cada país el proceso de desarrollo desigual de la conciencia de clase, que surge de nuestra condición de países semicoloniales. Por ejemplo, la Revolución Mexicana de 1910-20 muestra claramente el grado desigual de conciencia entre campesinado, que fue la vanguardia de la revolución, y sectores del proletariado que apoyaron la ideología nacionalista burguesa y reformista, constituyéndose ésa en una de las causas fundamentales de la derrota del proceso revolucionario. En un sentido inverso, en Bolivia puede comprobarse que la conciencia de clase estaba más desarrollada en la revolución de 1952 en el proletariado que en el campesinado. Esto fue un impedimento para concretar la alianza obreocampesina y facilitó la manipulación de sectores campesinos por parte del MNR y, posteriormente, por Barrientos y por Banzer. También es importante analizar en el movimiento obrero latinoamericano los momentos en que el proletariado alcanzó la independencia política y organizativa de clase. Esto es clave para investigar el proceso de desarrollo de la conciencia de clase. La independencia de clase se va logrando en ruptura con la ideología del Estado y de la clase dominante. Adolfo Gilly señala que “la clase obrera toma conciencia de sí misma cuando adquiere conciencia del Estado como una realidad ajena e impuesta. Esto es el resultado gradual de una experiencia social colectiva, por la cual deja de ver al Estado como el representante de toda la sociedad”.24 Las revoluciones cubana y nicaragüense son las muestras más rotundas de cómo las masas explotadas fueron adquiriendo conciencia del papel que jugaba el Estado, representado por los dictadores Batista y Somosa. El desarrollo de la conciencia de clase se alcanza también a través de las huelgas, de las manifestaciones callejeras y de las ocupaciones de fábricas y latifundios. La huelga general juega un papel decisivo para acelerar la conciencia política de la clase porque los trabajadores se enfrentan no sólo a un patrón sino al Estado, representante de todos los patronos capitalistas. También se puede medir el desarrollo de la conciencia política de clase por adhesión de los trabajadores a las candidaturas socialistas y, fundamentalmente, por la participación en los principales conflictos de clases.

Aunque la formación de la conciencia de clase se concreta en la lucha social de cada país, influyen en ella los acontecimientos internacionales. La conciencia de clase se desarrolla no sólo a base de la experiencia nacional sino también de las lecciones de las luchas obreras a escala mundial. Sin ir más lejos, como sería el caso de analizar la influencia de las revoluciones Rusa y China en el movimiento obrero latinoamericano, nos remitimos por ahora a la incuestionable influencia de la Revolución Cubana en el aceleramiento de la conciencia de clase de las capas explotadas de nuestro continente. También es evidente la influencia que ha ejercido la Revolución Nicaragüense en la lucha de las masas latinoamericanas, sobre todo en El Salvador y Guatemala. Por otra parte, queremos plantear un problema muy complejo. Se trata de reflexionar sobre si la conciencia de clase es sólo referida al proletariado o si corresponde a todos los asalariados y explotados del campo y la ciudad. A nuestro juicio, las modernas capas medias asalariadas van adquiriendo cada día más conciencia de clase. Lo mismo los semiproletarios del campo. Y las mujeres que sin ser necesariamente proletarias, han comprendido la necesidad de derrocar al sistema capitalista como condición sine qua non para lograr la liberación femenina, ¿acaso no tienen conciencia de clase? Y los campesinos, ¿qué conciencia de clase tienen? ¿Qué conciencia es la de los indígenas del Perú, Bolivia o Guatemala que se han insurreccionado más de una vez contra el régimen burgués? ¿Cómo calificar la conciencia de los indígenas de Nicaragua, de esos que empuñaron las armas contra Somoza al grito de “Monimbó es el corazón de la revolución?” También cabría preguntarse ¿qué grado de conciencia de clase tenían los habitantes de los barrios populares de Santo Domingo que en 1965 se insurreccionaron y se apoderaron de las calles del centro de la ciudad durante varios días? Otro problema no esclarecido es cómo evolucionan las diversas manifestaciones de la conciencia de clase en los países en transición al socialismo, enfoque que nos podría permitir una aproximación a la problemática de la relación entre la conciencia de clase bajo el capitalismo y las manifestaciones de esa conciencia en la fase de construcción del socialismo, no es abstracto sino en la historia de un movimiento obrero de un país latinoamericano, como Cuba. Sería importante evaluar en qué medida la rebelión de los obreros polacos (1980-81) ha contribuido a desarrollar la conciencia política de clase en sectores trabajadores latinoamericanos. La decisión del proletariado polaco de no retornar al capitalismo y de luchar por una auténtico socialismo, autogestionado, libre de la burocracia, refleja un alto grado de conciencia política revolucionaria de clase, aunque con matices diferentes al proletariado de los países capitalistas. Este combate por la revolución antiburocrática ha interesado vivamente a sectores de trabajadores latinoamericanos y, en tal sentido, puede haber contribuido a desarrollar la conciencia política de clase. La conciencia de clase no es meramente psicológica. Al decir de Lukács, la conciencia de clase no es “la conciencia psicológica de proletarios individuales ni la conciencia de su totalidad (en el sentido de la psicología de las masas) sino en el sentido hecho consciente de la situación histórica de la clase.”25 Después de haber analizado algunas de las expresiones de la conciencia de clase, nos permitimos plantear la necesidad de investigar en el movimiento obrero de cada país latinoamericano las especificidades que adoptan las diversas manifestaciones de la conciencia de clase: a) La “falsa” conciencia, como expresión de la ideología burguesa, que no por ser “falsa” no es real y, frecuentemente, más activa de lo que se supone. El papel mediatizador lo realiza la burguesía a través de la ideología que transmite masivamente por medio de la cultura, la educación, los medios de comunicación de masas, etcétera. La ideología burguesa también se divulga mediante su correa de transmisión en el movimiento obrero: el reformismo pequeño burgués y el reforzamiento obrero burocrático. De este modo se podría explicar cómo un proletariado tan combativo, concentrado y organizado como el argentino, con alta conciencia de lucha antipatronal, no haya podido, a causa del peso de la ideología peronista, elevarse a una conciencia política de clase.

b) La conciencia de clase, manifestación primaria de la lucha contra el patrón y la

explotación económica capitalista. Algunos autores hablan de una conciencia política de clase. Otros, se refieren a una conciencia empírica y pragmática. c) Conciencia política de clase, significa un incremento cualitativo de la conciencia primaria de clase. Es el momento en que los trabajadores, o un sector importante de ellos, toma conciencia del papel que juega el Estado y la clase dominante; aspiran al socialismo pero no ven con claridad la forma de derrotar al sistema capitalista. En tal sentido, conciencia política de clase podría ser la masiva votación de los trabajadores por Salvador Allende en 1970, respaldando la alternativa socialista; o la sorprendente votación, superior al 25%, obtenida por la izquierda peruana en las elecciones para la Asamblea Constituyente de 1978 y los actuales avances del PT de Lula en Brasil. d) La conciencia política revolucionaria de clase, que irrumpe cuando los trabajadores se proponen la conquista del poder. Esto se produce en los períodos revolucionarios, como el cubano y el nicaragüense. e) La conciencia socialista revolucionaria, que en general se desarrolla cuando importantes sectores de la clase adoptan el programa del partido o los partidos en la fase de transición al socialismo. Con estas notas no pretendemos establecer una clasificación y menos una sistematización acabada. Sólo aspiramos a plantear algunas manifestaciones de la conciencia de clase para ser investigada en concreto en la realidad específica de cada país latinoamericano. Estos grados o estadios de la conciencia de clase no están separados ni escindido. Se entrecruzan, se interpenetran y se expresan a veces en la misma coyuntura sociopolítica, de acuerdo al desarrollo desigual de la conciencia de clase en los diferentes segmentos de la masa trabajadora. Por ejemplo, en la Cuba de Batista, pocos años antes del triunfo de la Revolución, mientras un sector paraba para la insurrección popular y la toma del poder. No hay un desarrollo lineal de la conciencia. No se da primero la conciencia política y posteriormente la conciencia revolucionaria. El proceso es más complejo, heterogéneo y contradictorio porque, insistimos, no se trata de la conciencia individual de cada trabajador sino de la condición social e histórica de una clase o de capas de ella. Si a esto agregamos el hecho objetivo de que además del proletariado existen otros sectores de explotados, que tienen diversos niveles de conciencia de clase, como los semiproletarios del campo, las modernas capas medias asalariadas, las mujeres, que sufren una doble opresión, el problema se hace más complejo para determinar el entrecruzamiento de las diversas manifestaciones de la conciencia de clase. La clase trabajadora acelera su conciencia de clase para, paradójicamente, desaparecer en definitiva como clase en la sociedad comunista. Tanto la problemática de la conciencia de clase como la cuestión central de la lucha de clases –íntimamente interrelacionadas- han sido escasamente abordadas por los científicos sociales de América latina. Se ha dado más importancia a la teorización sobre el concepto de clases que al estudio del proceso real de la lucha de clases. Numerosos sociólogos han hecho del concepto de clases una categoría estática; otros, han llegado a un reduccionismo teórico sobre el papel de las relaciones de producción, abstraídas del conflicto de clases. No se debe separar al ser social de la conciencia social. La conciencia social, expresada en la lucha de clases, es una manifestación del ser social. Cuando se analiza la historia, uno no se encuentra con clases aisladas ni separadas estructuralmente, sino con el enfrentamiento de clases, o con clases que conviven, contradictoriamente, formando parte de la unidad societaria. Por eso, lo fundamental no es la historia de cada clase, aunque a veces puede hacerse la abstracción, sino la historia de la lucha de clases, que es donde se condensan las contradicciones de la formación social. En rigor, la interrelación entre estructura y superestructura –incluidas sus mediacionesse hace relevante en la lucha de clases. En el conflicto social se expresan todas las manifestaciones de la formación social: estructura económica, situación coyuntural de la economía, clases y conciencia de clase, bloques políticos, comportamiento del Estado y de la fracción hegemónica de la clase dominante, ideologías, cultura, etnia, opresión de sexos, dependencia, colonialismo, imperialismo.

No existe el riesgo de que la categoría de lucha de clases se convierta en un nuevo reduccionismo porque no toma aspectos parciales de la realidad, sino una totalidad, constituida por la formación social. La lucha de clases se da tanto en el piso social como en la cúspide del Estado. Nuestra posición crítica a la tradicional “historia-batalla” –que ignoró la lucha de clasesno significa preferencia por los enfoques solamente económicos o sociológicos, ni menosprecio por la historia política; por el contrario, prestamos la debida atención a lo político porque es en ese plano donde se resuelve temporalmente y de modo inestable el conflicto social, condicionado por la economía y estructura de clases, las que a su vez son modificadas por lo político, como expresión de la lucha de clases. Tampoco se han interesado por el estudio de la lucha de clases los ideólogos de la Historia económica y social, plena de cuadros y estadísticas pero aséptica en el enfoque global de la realidad. Con un mayor compromiso intelectual en relación a la sociedad, pero con similar olvido de la lucha de clases, se han conducido los autores de la llamada teoría de la dependencia, exceptuando a Weffort, Quijano y otros. Menos se han interesado por el estudio de la lucha de clases modoproduccionistas, sólo interesados en descubrir modos de producción en cuanta nueva relación de producción detectan. No se dan cuenta de que toda relación de producción está directamente ligada a la lucha de clases; más aún, es producto de la lucha de clases. Por eso, nos parece erróneo el criterio de aquellos autores que como Charles Parain, sostienen: “no se trata de negar el papel determinante de las luchas de clases en la historia. Pero hay que tener en cuenta que ese papel no es determinante por sí solo, sino que tiene que estar en estrecha relación con el desarrollo de las fuerzas productivas. Si no, se insiste más sobre un modo de explotación del hombre por el hombre que sobre un modo de producción”.26 Este autor parece no advertir que el proceso de lucha de clases abarca el conjunto de las manifestaciones de la sociedad, entendiendo por lucha de clases solamente las manifestaciones de protesta de los explotados. Por otra parte, sostiene que esa lucha de clases tiene que estar en estrecha relación con el desarrollo de las fuerzas productivas. Si los obreros y campesinos rusos, chinos, cubanos, vietnamitas, nicaragüenses, etc.- hubieran esperado la maduración de la contradicción entre las fuerzas productivas y las relaciones de producción, seguramente la revolución estaría en barbecho. Precisamente, uno de los fenómenos más relevantes de la lucha en el siglo XX ha sido que la revolución social no estalló en los países altamente industrializados. Se demostró así que el nivel de la lucha de clases es lo determinante y no el grado de desarrollo de las fuerzas productivas. Esta ruptura con una previsión o diagnóstico que se hizo ortodoxo durante décadas, congelando los análisis de la realidad –y lo que es pero cometiendo graves errores de estrategia revolucionaria- ha permitido iniciar una nueva interpretación de los fenómenos de la lucha de clases en Asia, Africa y América latina. La caracterización de las clases y de la lucha de clases en las sociedades capitalistas europeas y norteamericanas no puede significar la universalización de ese concepto de clase y de lucha de clases, aplicable a todas las formaciones sociales. Para una teoría de la lucha de clases en América latina, tanto de su historia como de la coyuntura contemporánea, es fundamental partir de cada una de nuestras sociedades. La supervivencia de relaciones de producción precapitalistas, aunque subordinadas al modo de producción capitalista –sobre todo desde la segunda mitad del siglo XIX- permiten explicar los poderosos movimientos campesinos, indígenas y urbanos populares, junto a los combates de la clase obrera. La lucha de clases es la que pone de manifiesto las contradicciones en y entre las diversas relaciones de producción. No basta, entonces, estudiar la contradicción burguesía-proletariado. Hay que considerar en una teoría e historia de la lucha latinoamericana a otros sectores de explotados, como los campesinos, indígenas, artesanado, capas medias asalariadas, habitantes de los barrios urbanoperiféricos pobres y a los oprimidos, como las mujeres. Este fenómeno social nos obliga a trabajar más finamente el conflicto de clases en América latina y las formas que adopta la lucha de clases.

NOTAS
LUCIEN GOLDMANN: Las ciencias humanas y la filosofía, E d. Nueva Visión, Buenos Aires, 1972, p.86. KINGSLEY DAVIS: y otros: La estructura de clases (antología), E d. Tiempo Nuevo, Caracas, 1970. 3 PIERRE VILAR Iniciación al vocabulario del análisis histórico, E d. Grijalbo, Barcelona, 1982, pp. 117 y118. 4 SERGIO BAGU: Tiempo, realidad social y conocimiento, op. Cit., p. 139. 5 PIERRE VILAR: op. Cit., p. 125. 6 El trabajo productivo (T.P.) en el sistema capitalista es el único que genera plusvalía directa; es trabajo material, productor de capital. ‘’Todos los trabajadores productivos -escribía Marx- son trabajadores asalariados, mientras que todos los trabajadores a salarios no son trabajadores productivos.’’ La diferencia entre ambos trabajadores reside en que “el trabajo excedente del obrero productivo se concretiza en producto excedente, lo que significa en las condiciones capitalistas en plusvalía, mientras que el trabajo excedente del obrero improductivo sólo disminuye los necesarios costos improductivos, y en consecuencia libera capital para el empleo productivo’’ ( E. A LVATER “Sobre el trabajo productivo e improductivo en revista Crítica de la Economía Política, E d Fontamara, Barcelona, Septiembre 1977, nº 3, pp. 69 y 70). Los trabajadores improductivos tienen especialmente relación con el proceso global de la reproducción del capital, incluída la esfera de la circulación, suscitando transferencia de plusvalía de un área a otra de la economía. La distinción entre T.P. e I. Sólo tiene sentido en el modo de producción capitalista para determinar cuál es el sector que entrega plusvalía -transformada en fuerza productora de capital- a través del trabajo material. No se trata de ver en la definición del T.P. sólo la producción de bienes materiales, sino de plusvalía; porque el campesino o artesano también producen bienes materiales, pero no se los considera trabajadores productivos porque no entregan plusvalía al capitalista, aunque sí de manera indirecta al sistema. En síntesis, esta distinción sólo tiene vigencia para el régimen burgués, sobre todo para saber cabalmente el mecanismo de la reproducción ampliada del capital y de su proceso de acumulación. 7 NICOS POULANTAZAS: Las clases sociales en el capitalismo actual, E d. Siglo XXI, México, 1977, e Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM: Las clases Sociales en América latina, E d. Siglo XXI, México, 1983. 8 ESTEBAN MOSONYI: Identidad nacional y culturas populares. E d. La Enseñanza Viva, Caracas, 1982, p. 56.Para mosonyi no tiene sentido decir que los africanos importados como esclavos pertenecían a culturas más adelantadas que los indoamericanos, porque tenían líneas distintas de evolución. 9 ALDO SOLARI, R. FRANCO y J. JUTKOWITZ: Teoría social y desarrollo en América latina, E d. Siglo XXI, México, 1976, p. 401. 10 RODOLFO STAVENHAGEN: La dinámica de las relaciones interétnicas: clases, colonialismo y aculturación en América latina, E d. Universitaria, Santiago, 1970, p. 187. 11 GUILLERMO BONFIL : “Historias que no son historia’’, en C. PEREIRA Y otros: Historia ¿para qué?, op. Cit., p.238. 12 HECTRO DIAZ-POLANCO: Etnia, clase y cuestión nacional, Cuadernos Políticos, México, nº 30, 1981. 13 LUIS FELIPE BATE: Cultura, clases y cuestión étnico-nacional. Juan Pablos Editor, México, 1984, p. 63. 14 RODOLFO STAVENHAGEN: op. Cit., p.45. 15 C. LUKÁCS: Historia y conciencia de clase, op. Cit., p. 66. 16 LEON TROTSKY: Historia de la Revolución Rusa, E d. Cenit, Barcelona, 1931, t. I, p. 14. 17 ERNEST MANDEL: La teoría leninista de la organización, E d. ERA, México, 1976, p. 15. 18 C. MARX: Miseria de la filosofía, E d. Nacional, México, 1966, p. 66. 19 MARX Y ENGELS: Manifiesto comunista, E d. Progreso, Moscú, 1976,p. 53. 20 íbid. 21 K. KAUTSKY: “El nuevo programa del Partido Socialdemócrata Austríaco’’, Revista Newe Zeit, 1901- 1902 22 L. TROTSKY: The estruggle against Fascism in germany, Pathfinder Press, Nueva York, 1971, p. 163. 23 LUCIEN GOLDMANN: Las ciencias humanas y la filosofía, op. Cit., p. 100. 24 A. GILLY: “La formación de la conciencia obrera en México’’, Rev. Coyoacán nº 7-8, p. 172, enero-junio 1980. 25 G. LUKACS: Historia y conciencia de clases, Ed. Grijalbo, México, 1978, p. 80. 26 CHARLES PARAIN: “Síntesis de la jornada de estudios”, en FRANÇOIS HINCKER y otros: El feudalismo, Ed, Ayuso, Madrid, 1974, p. 347
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Capítulo VII El Estado en América latina
A diferencia de otros autores, que solamente consideran la formación del Estado nacional, intentaremos abordar otras expresiones estatales registradas en nuestra América, especialmente bajo las formaciones sociales inca y azteca y la administración colonial. Centrar solamente el estudio del Estado en la fase de formación y desarrollo del Estado-nación bloquearía la comprensión de anteriores regímenes de dominación de clase, dejando la impresión de que recién hubo formas estatales de control de la sociedad con el advenimiento de los Estados nacionales. Partimos del hecho histórico de que no siempre hubo Estado, aunque sí sociedad, distinción clave para la elaboración de una teoría de Estado. Así como no siempre existió Estado, también podrá extinguirse el actual, continuando la sociedad ya sin clases, “la sociedad civil –decía Marx en la ideología alemana- trasciende los límites del Estado y la nación”. La distinción entre sociedad civil y Estado no debe conducir al manido dualismo, según el cual la sociedad civil sería el espacio de confrontación e inclusive de “consenso” de las clases y el Estado sólo el encargado de asegurar ese consenso y la dominación de clase mediante sus “aparatos ideológicos”. Es sabido que el Estado surgió con la sociedad de clases y la instauración de la propiedad privada, aunque hubo embriones de Estado, como los de modo de producción “asiático”, donde la propiedad privada no era preponderante. El Estado es anterior al surgimiento del capital, como lo demuestra el Egipto de los faraones, el imperio persa y la sociedad grecorromana. Mandel sostiene que “es incorrecto querer deducir directamente el carácter y la formación del Estado a partir de la naturaleza de la producción y circulación de mercancías”.1 El Estado burgués surgió a fines del siglo XVIII como resultado de la evolución del Estado nacional absolutista, nacido en la Baja Edad Media, especialmente en Francia e Inglaterra. Así se desarrolló el Estado como “capitalista colectivo ideal” o también como “personificación ideal del capitalismo nacional global”, al decir de Engels. La unidad de la burguesía en el Estado es una unidad contradictoria que ingresa y organiza la competencia entre los capitalistas. El Estado no sólo cohesiona a las fracciones de la clase dominante sino también integra las clases explotadas a través de la ideología burguesa, como han señalado Luckács y Gramsci. No todas las funciones del Estado son meramente superestructurales, ya que el Estado se encarga de estimular las condiciones generales de producción que no puede asumir uno de los capitalistas privados, como los medios de transporte y comunicaciones, el sistema monetario, la regulación del mercado nacional, el orden jurídico y la reproducción de la fuerza de trabajo a través de los planes de salubridad, vivienda y educación. El Estado burgués garantiza la reproducción de las relaciones socioeconómicas y políticas de una formación social. No deben escindirse sus funciones entre lo económico, social y político porque el Estado es una de las formas principales de expresión de esa totalidad que es la formación social. Por eso, para analizarlo cabalmente no basta una teoría económica o política, sino una teoría global del funcionamiento de la formación social histórico-concreta. Según Marx, el Estado es la “síntesis organizada de las relaciones de producción”. Es la unidad básica institucional de la dominación de una clase; expresa la síntesis de la dominación o el “punto de condensación” de la relación de fuerza entre las clases. Es efectivo que el Estado es controlado por la clase dominante pero este control no es mecánico, sino que existen ciertas mediciones; y el Estado es precisamente la institución que canaliza estas mediaciones. Comenten un error aquellos tratadistas “marxistas” del Estado que consideran que éste es un reflejo o consecuencia directa de la infraestructura económica. La relación estructura-superestructura, de la cual se ha hecho mucho abuso “teórico”, constituye un binomio dialéctico interrelacionado de esa totalidad que es la formación social. Sólo así puede entenderse el papel del Estado no con un criterio “economicista” sino como agente especial de la producción y reproducción social.

El Estado burgués tiene como función estimular y retroalimentar la ley del valor, refinando las relaciones sociales. Así como existe el fetichismo de la mercancía, podría hablarse del fetichismo del Estado, que expresa la alineación de los individuos en el capitalismo al producirse una pertenencia impersonal al Estado-nación. Estamos en desacuerdo con los que pontifican acerca de una creciente autonomía del Estado. Existe una relativa semiautonomía del Estado –necesaria y funcional al sistema- sobre todo en la esfera política y en instituciones como el parlamento. Pero no es una autonomía respecto de la clase dominante, ni el Estado juega un papel de árbitro entre las clases, sino que esa relativa semiautonomía es para realizar las tareas generales de reproducción social que no pueden cumplir los capitalistas por separado, como la educación, la salud, el transporte, etcétera. La relativa semiautonomía garantiza mejor las formas de dominación. Hay que estudiar el Estado en proceso, como institución en permanente cambio. Es cierto que “los gobiernos pasan y el Estado queda”, pero este quedar no es estático. Las estructuras del Estado no son siempre las mismas; cambian de acuerdo a las alteraciones de la formación social y a los intereses de la clase dominante. También cambian las fracciones que asumen el control del Estado. Los cambios no son solamente derivados de las transformaciones económicas sino, en lo fundamental, el producto de la lucha de clases. Por consiguiente, la teoría del Estado es parte de la teoría de la lucha de clases.

EL ESTADO EN LAS FORMACIONES SOCIALES INCA Y AZTECA

En estas formaciones sociales, el Estado nació de una manera distinta al de la sociedad griega. Ya Marx y Engels habían esbozado dos formas de generación del Estado: una, la europea, especialmente la griega, en que el Estado surgió para amortiguar y regular las contradicciones de las fracciones de la clase dominante, que era propietaria de la tierra, de esclavos y otros medios de producción y circulación de mercancías; y otra, la “asiática”, en que la clase dominante se confundía con el Estado, a través del cual ejercía la explotación, ya que no era poseedora de la tierra ni de los medios de producción.2 En las sociedades incaica y azteca el Estado surgió directamente con un sector dominante que no tenía la propiedad privada de los medios de producción, pero que se fue consolidando a través de privilegios en el reparto del excedente, en las guerras de conquista y las tareas militares y de culto.3 Este Estado cohesionaba los intereses a veces contradictorios de la nobleza de ciudades como Teotihuacán y Tlopocán, entre militares y sacerdotes y entre estos y la burocracia funcionaria, especialmente de más bajo rango. El Estado inca y azteca impuso a los explotados la ideología de la clase dominante a través del ceremonial y de la mitología heroica de los primeros incas y soberanos aztecas. También buscó legitimidad y consenso, realizando obras de beneficio de la colectividad, como el regadío, la construcción de obras públicas, y garantizó la reproducción de las relaciones de las relaciones de producción utilizando factores extraeconómicos. El Estado inca o azteca tuvo una creciente autonomía, que se expresaba en las iniciativas del soberano para realizar las obras y actividades que garantizan la reproducción comunaltributario. A riesgo de caer en esquematismo, podríamos caracterizar al Estado inca y azteca como un Estado teocrático-militar-burocratizado, basado en un modo de producción comunaltributario. El Estado planifica o, mejor dicho, programa parte de la producción mediante la organización del trabajo colectivo de la comunidad en las obras de interés general de la sociedad. Es discutible la hipótesis de Chesneaux de que el Estado en el modo de producción asiático fuera el “organizador de la producción”, por cuento no tenía el control de los medios de

producción. Entre los incas y aztecas, la intervención del Estado en la economía de la comunidad-base, en los ayllus y calpullis, era en la práctica insignificante. A lo sumo, podía programar obras de regadío artificial y otras de carácter colectivo. En cambio, intervenía directamente en la percepción de tributos y en la redistribución del excedente. Coincidimos con carrasco en que el Estado controlaba la distribución del excedente, pero diferimos con su afirmación de que en el imperio azteca “las instituciones fundamentales eran las que organizaban la producción (...). Los medios fundamentales de producción estaban controlados por el organismo político”.4 Carrasco confunde control de tributo y de las obras públicas con participación activa –directa y decisiva- del Estado en la producción. El Estado tuvo una política económica e inclusive promovió la producción en las tierras del soberano, del culto y del ejército, pero la base de la producción siguió descansando en los calpullis, donde los medios de producción eran la comunidad-base. La clase dominante, a través del Estado, implementaba el culto religioso, las monumentales obras del ceremonial y tenía el control del calendario y de la incipiente escritura. No cumplía meramente una “función”, como dice Godelier ni tampoco actuaba “a título personal y precario”, como sostiene Chesneaux.5 Uno de los fundamentos del Estado inca o azteca fue el ejército permanente, el sostenimiento de una fuerza pública. Otro, el rígido control del territorio conquistado, que facilitó la recaudación de tributos y el reclutamiento de los integrantes de los ayllus y calpullis para los trabajos colectivos obligatorios. A la cabeza del imperio estaba un soberano con poderes absolutos, conceptuados por los súbditos como casi sobrenaturales, que, en base a una ideología masiva, se presenta como protector y beneficiador de la comunidad, en una forma de consenso muy sui generis, porque si bien es cierto que explotaba a la comunidad-base, no es menos cierto que reinvertía parte del excedente en obras de bien común, como el regadío, andenes, acueductos, terrazas, diques y construcción de edificios para el ceremonial y adoración de divinidades, como el Sol, la Luna, la Tierra, el trueno y otros elementos de la naturaleza en cuyos poderes mágicos creía el pueblo. Wachtel y Polanyi han tratado de explicar esta relación por medio de los principios de reciprocidad y redistribución. Pla aclara que la reciprocidad se daba entre los miembros del ayllu pero no entre el ayllu y el inca, donde no hubo una relación igualitaria sino una obligación de tributar en trabajo.6 La redistribución, a cargo del Estado, se daba a través de la construcción de tambos o depósitos de alimentos, obras de riego, carreteras y monumentos. Wachtel manifiesta que la “reciprocidad repercute en la redistribución, pero como intercambio desigual”.7 Evidentemente era una redistribución sobre la base de la desigualdad entre el Estado incaico y los miembros del ayllu, por lo cual la reciprocidad no era tal, ya que gran parte del excedente económico, que provenía del tributo extraído a la comunidad-base, se destinaba a mantener a esa clase dominante parasitaria. Wachtel apunta con certeza: “ el antiguo principio de reciprocidad ya no desempeña sino en función ideológica, que enmascara y justifica las nuevas relaciones sociales.”8 El soberano estaba rodeado de otros funcionarios del Estado, de una burocracia controladora del riego y de los tributos, de los sacerdotes y, fundamentalmente, de los jefes militares, encargados del pillaje en las guerras y de garantizar la apropiación de la renta de la tierra. El Estado, a través de los sacerdotes, implementó una religión oficial, como parte de su ideología de legitimación ante la comunidad-base. La magia de las sociedades igualitarias se transformó en religión, proceso característico de las primeras sociedades. EL ESTADO COLONIAL Para comprender las características que adoptó el Estado nacional en América latina es necesario remontarse a la administración colonial, porque los movimientos independentistas heredaron parte de ese aparato administrativo. Estas instituciones surgieron directamente de la conquista, como una prolongación del Estado monárquico absolutista. El papel de ese Estado –

no nacional sino colonial- era garantizar el funcionamiento de la economía de exportación, imponer la ideología colonizante y el sistema de dominación imperial. Este estado –mal llamado “indiano”- se fue configurando a través de un proceso caracterizado por una creciente centralización impuesta por la monarquía española, que trató de evitar en las colonias el surgimiento de un poder local o regional que pudiera cuestionar su autoridad. Durante el primer siglo de la conquista, los reyes se vieron obligados a otorgar ciertas atribuciones políticas a los colonizadores, pero estas concesiones fueron rápidamente limitadas por medio de “un conjunto complicados de preceptos e instituciones: equilibrio de poderes entre virreyes y las audiencias, instrucciones minusiosas a virreyes, presidentes, capitanes generales y gobernadores; obligación de informar; necesidad de la real confirmación para las resoluciones de alguna importancia adoptadas por estas autoridades, visitas y juicios de residencia.”9 El estado colonial ejerció un abierto intervensionismo económico, al estilo de los Estados absolutistas europeos. Es corriente el uso del término mercantilista para expresar una política económica esencialmente cambiaría. En realidad, el mercantilismo ha atravesado por diversas etapas. En los comienzos del siglo XVI otorgaba atención preferente a los fenómenos de la circulación monetaria. En tal caso, el Estado debía intervenir para asegurar una mayor entrada de oro y plata y una mínima salida de los mismos. Este mercantilismo temprano fue transformándose a medida que se ensanchaba el mercado mundial. En el siglo XVIII ya no se trataba solamente de acaparar metales preciosos sino de exportar productos manufacturados. Por eso, el Estado colonial tuvo una relevante injerencia en las actividades económicas, apelando a factores extraeconómicos para obtener una mayor cuota de exportación minera y agropecuaria. La superestructura estatal aparecía como “sobredesarrollada” en relación a la estructura socioeconómica. Las instituciones coloniales representaban los intereses generales de la monarquía, de la Iglesia, de los monopolios españoles, de los terratenientes y de la burguesía comercial y minera. Sin embargo, hubo contradicciones entre los intereses de los representantes directos de la monarquía y los de los sectores criollos, parapetados en el Cabildo. El Estado imponía por arriba, administrativamente, una unidad que no existía realmente en el conjunto de la sociedad civil. Las prioridades de la economía de exportación impidieron la vertebración de un mercado que soldara las diferencias regionales. En algunas colonias, como México y Brasil, hubo centros mineros que lograron vertebrar a su alrededor actividades agropecuarias que facilitaron cierta integración económica. Pero esa unidad relativa fue desapareciendo a medida que finalizaba el auge de la producción minera. Por lo demás, estos procesos fueron una excepción en la economía colonial. Ninguna colonia logró una efectiva unidad entre sus provincias, cuyas contradicciones se ahondaban por un regionalismo exacerbado por los recelos de los Cabildos. Esta incapacidad del Estado indiano para integrar y unificar territorialmente a cada colonia repercutirá en las guerras civiles que se desatarán inmediatamente después de lograda la independencia. Para establecer un control absoluto de las instituciones coloniales, la monarquía española nombraba directamente no sólo a los virreyes, capitanes generales y gobernadores, sino también a corregidores, oidores, alguaciles, tesoreros y veedores, quienes mandaban informes individuales por separado al rey. Se estructuraron cuatro virreinatos: Nueva España, Nueva Granada, Perú y, finalmente, el del Río de la Plata. Además, había varias capitanías generales: Guatemala, Chile y más tarde Venezuela. También se crearon gobernaciones, intendencias y audiencias para ejercer un control más centralizado. Las reformas promovidas por los reyes Borbones reforzaron la centralización del Estado no sólo metropolitano sino también colonial. Ante todo, modernizaron el ejército de las colonias, nutriéndolo de soldados de carrera y de un mayor presupuesto. Se creó una nueva institución: la Intendencia, encargada desde mediados del siglo XVIII de estimular la producción, el comercio y la administración de aduanas. Su doble carácter, político y económico-administrativo. Le permitía intervenir en los problemas de hacienda pública, la agricultura, la minería, la adjudicación de tierras, persecución al contrabando, control de los asientos del tabaco, etcétera. La Intendencia tenía, asimismo, atribuciones en relación al ejército, ya que su misión era pagar los sueldos de los oficiales y preocuparse de los almacenes

militares, hospitales, transportes y fortificaciones. Sus poderes eran tan amplios que el capitán general no podía ordenar el pago de ningún empleado sin consulta a la Intendencia. Otras de las medidas de los reyes Borbones fue redoblar los impuestos estableciendo en el siglo XVIII un mayor control fiscal, que le permitió a la corona triplicar las rentas entre 1750 y 1800. Se dieron prerrogativas a los comerciantes peninsulares para que fundaran compañías, como la Guipuzcoana, que aceleraron las contradicciones con las capas criollas acomodadas. Otra institución importante creada en el último siglo de la Colonia fue el Real Consulado de Comercio, que tenía como función analizar el estado económico de cada colonia y sugerir medidas para superar los problemas. En estos consulados hicieron sus primeros aprendizajes de economía política criollos de avanzada como Manuel Belgrano y Manuel de Salas. La Real Audiencia fue –después de los virreyes, capitanes generales y gobernadores- la institución más representativa de la corona española. Era un tribunal de justicia, pero extendía su acción a casi todas las esferas de la sociedad colonial, incluyendo legislación y gobierno. Guardaba el sello del rey; ejercía derecho de inspección y control sobre las autoridades políticas e inclusive eclesiásticas. Vigilaba a los corregidores y velaba por el cumplimiento de las Leyes de Indias. Deliberaba con los virreyes, capitanes generales y gobernadores sobre cuestiones políticas y administrativas, adoptando en conjunto resoluciones denominadas “auto-acordados”. Las audiencias se entendían directamente con el rey. Los presidentes de las Reales Audiencias de Quito y Guatemala asumían todas las funciones de gobierno y su subordinación a los virreyes era meramente formal. La Real Audiencia llegó a tener roces con los cabildos y encomenderos a raíz de la aplicación de las tasas de indios y del funcionamiento de las encomiendas. El cabildo era la única institución en la cual podían expresarse los sectores criollos. La imagen de que el Cabildo fue un organismo popular y democrático es otro de los tantos mitos de la historiografía liberal. La gestación del Cabildo, su composición social y su política demuestran que era una institución oligárquica. Para ser regidor había que tener inmuebles y suficiente dinero como para rematar el cargo en subasta pública. Sólo podían asistir los vecinos más acomodados y seleccionados previamente por las autoridades del Estado colonial. Durante el primer siglo de la conquista, el cabildo llegó a conceder mercedes de tierras, encomiendas y a tener la facultad de designar gobernador interino en caso de acefalía. La monarquía española, consciente de que el poder político del Cabildo podía facilitar la consolidación de oligarquías autónomas que menoscabaran el poder central, suprimió a fines del siglo XVI las facultades que tenían los regidores para distribuir tierras y encomiendas. Según algunos tratadistas, la importancia del Cabildo disminuyó en el siglo XVII. Es efectivo que gran parte de sus funciones políticas quedaron limitadas a raíz de la creación de las reales audiencias en la mayoría de las colonias hispanoamericanas. Sin embargo, la decadencia del Cabildo no fue tan manifiesta en el área económica. Coincidimos con Sergio Bagú en que “el Cabildo no dejó jamás de ser un factor de primera importancia en la determinación del destino económico de la zona sobre la cual gobernaba. Las oligarquías se perpetuaron en sus asientos y los utilizaron sistemáticamente para ampliar sus privilegios y restringir el acceso de otros grupos sociales a la condición de poseedores. Ots Capdequi narra cómo los cabildos, a pesar de lo que establecían las leyes y de las enérgicas y reiteradas instrucciones en contrario de la corona, distribuyeron las tierras, incluyendo del ejido, los bienes de propios y las realengas o baldías. Con lo cual se transformaron en eficaces agentes de multiplicación del latifundio.”10 El Cabildo era el organismo encargado de regular el comercio, los precios, los salarios y el abastecimiento de la ciudad. Controlaba pesos, medidas y marcas; fijaba los aranceles de los artesanos y se ocupaba de las obras públicas. Otorgaba monopolios de fabricación de algunos artículos y concedía tierras suburbanas comprendidas en su jurisdicción. Otra de las funciones del Cabildo consistía en atender las solicitudes de los interesados para explotar minas. Las reiteradas concesiones de minas a favor de los propios regidores o en beneficio de sus familiares obligaron al gobernador de Chile Ortiz de Rozas a nombrar a mediados del siglo XVIII alcaldes de minas directamente dependientes de la autoridad central “con el fin de corregir los abusos cometidos por los alcaldes ordinarios en el ejercicio de su autoridad. Se explicaba, por otra parte, que en un asunto de tanto valor como era el laboreo de minas, las tentaciones fueran muy poderosas”.11

Los integrantes del Cabildo actuaban con un criterio de clase cuando establecían restricciones a determinados sectores de la población. Por ejemplo, las multas que imponía el Cabildo a los comerciantes ambulantes tendían a favorecer a los comerciantes ricos, aunque aparentan una encomiable preocupación de los regidores por el mantenimiento de los precios. Las relevantes funciones económicas del Cabildo indujeron a Julio Alemparte a sostener insólitamente que este organismo “planificaba y consagraba el carácter socialista del régimen económico de la ciudad colonial”.12 Esta errónea generalización parte del criterio de considerar al Cabildo como una institución por encima de los intereses de clase, soslayando el carácter clasista del Estado colonial. El Cabildo no “planificaba” la economía -la cual es obvio que no era de ningún modo “socialista”- sino que reglamentaba en parte el funcionamiento de las actividades económicas en las ciudades. Esta reglamentación, dictada por un organismo de clase, como era el Cabildo, estaba al servicio de la clase dominante, históricamente ajena al servicio de la clase dominante, históricamente ajena a toda planificación económica y sólo interesada en obtener las máximas garantías para la exportación de sus productos. En Brasil colonial, las cámaras municipales tuvieron más autoridad que los cabildos hispanoamericanos, representando los intereses de los empresarios del azúcar y de los estancieros paulistas, especialmente en los siglos XVI y XVII. Sus poderes recién fueron limitados cuando en el siglo XVIII la corona portuguesa hizo una efectiva reestructuración administrativa, que dio lugar a un Estado colonial centralizado, aunque tardío en relación a Hispanoamérica. DIFERENCIA ENTRE LA FORMACIÓN DEL ESTADO NACIONAL EN EUROPA Y AMERICA LATINA

Los primeros Estados nacionales de Europa occidental, especialmente el inglés, el francés y el español, comenzaron a gestarse entre los siglos XIII y XV, en la época de crisis del feudalismo. Fueron Estados monárquicos absolutistas, respaldados por la burguesía comercial, que aplastó los arrestos de autonomía de los señores feudales, a los cuales terminó convirtiendo en nobleza cortesana. Es decir, el Estado nacional en Europa se constituyó sobre la base de la derrota de los señores feudales y la centralización del poder político. Maquiavelo, en El príncipe, justificó teóricamente la concentración del poder político en el monarca para superar la atomización propia de la estructura feudal. Jean Bodin insistió en el papel centralizador del Estado monárquico absolutista. En el Leviathan, de Hobbes y sobre todo en Locke, el Estado era la personificación unitaria de una multitud de hombres, expresando el “poder común”. Este proceso no se dio en América latina. En primer lugar, porque no hubo señores feudales y, en segundo lugar, porque la monarquía española, a través del Estado colonial centralizado, logró dominar cualquier intento autonomista de los encomenderos. Posteriormente, una vez lograda la independencia, el Estado nacional no se constituyó sobre la base de una lucha con supuestos señores feudales sino mediante la toma del poder por la clase dominante criolla, cuya riqueza se fundamentaba en una economía primaria exportadora. En Europa, el Estado monárquico absolutista derivó en un Estado burgués, luego de las revoluciones inglesas y francesas de los siglos XVII y XVIII. El Estado nacional comenzó a desarrollarse sobre la base de una economía nacional integrada, con un sólido mercado interno. La burguesía naciente utilizó el Estado monárquico para acelerar la unidad económica, que recién se consolidó con el triunfo de la Revolución Industrial en el siglo XVIII. En otras zonas de Europa, el Estado nacional se formó tardíamente. En Alemania e Italia, constituidas en Estado-nación en la segunda mitad del siglo XIX, la economía nacional integrada fue la base material que promovió la unificación política de los diferentes principados, ducados y condados. Esto ha sido claramente explicado por F.List al analizar el Zollverein o unión aduanera, que precedió en varias décadas a la unidad política. Podríamos decir que mientras en Alemania la unidad económica fue determinante para acelerar la formación del

Estado nacional, en Inglaterra y Francia lo decisivo fue la unificación política iniciada en los siglos XIV y XV, aunque posteriormente la integración económica fue el basamento del Estado burgués.13 En América latina el proceso de formación del Estado nacional fue distinto porque no hubo una revolución democrático-burguesa, liderada por la burguesía industrial, que permitiera crear una economía nacional integrada, con un fuerte mercado interno. Los Estados nacionales se fundamentaron en una economía primaria exportadora; la burguesía criolla no estaba dispuesta a realizar la reforma agraria; había renunciado crear una industria nacional, luego del pacto neocolonial con las metrópolis europeas que consistía en importar indiscriminadamente productos manufacturados a cambio de una mayor cuota de exportación agropecuaria y minera. El Estado nacional que se formó en América latina era el tipo de Estado que precisamente necesitaban los terratenientes y la burguesía criolla en alianza con el capitalismo europeo. Fue un Estado burgués sin burguesía industrial. Por eso nos parece fuera de contexto histórico las apreciaciones de quienes se niegan a reconocer la existencia del Estado en América latina a mediados del siglo XIX, basados en que éste no cumple con los requisitos que se dieron en Europa, sin aclarar a qué tipo de formación del Estado nacional se refieren, si a la de Inglaterra, Francia y España entre los siglos XIII y XV o a la de Alemania, que se inspiran en el modelo europeo niegan la formación del Estado nacional latinoamericano en el siglo XIX, argumentando que no había un mercado nacional ni una esfera única de producción global; tampoco, una estructura “moderna” de clases, ni una “organicidad” de ellas; que no había un bloque ideológico que cohesionara la sociedad en torno a valores y normas, que expresaran una “identidad nacional”, por la ausencia de una burguesía industrial. Han llegado a sostener que la sociedad civil era inexistente y que el Estado, recién formado a fines del siglo XIX y principios del XX, fue el artífice de la verdadera sociedad civil, pareciendo ignorar que ésta es siempre preexistente al Estado. Para llegar a estas conclusiones se desconoce olímpicamente la especificidad de América latina, su economía primaria exportadora se estructura de clases diferente a la europea y, sobre todo, las decenas de años de guerras de la independencia y de guerras civiles, que le dieron características sui generis a la formación del Estado nacional.

LA FORMACIÓN DEL ESTADO NACIONAL

El Estado nacional en nuestra América surgió como resultado de las guerras de la Independencia. Este proceso de formación fue distinto al europeo, porque no se dio sobre la base de una burguesía industrial en lucha contra el feudalismo ni se creó como resultado de una economía nacional integrada. Lo político fue el factor decisivo porque permitió la ruptura del nexo colonial, condición sine qua non para la formación del Estado nacional en nuestro continente. Obviamente, nuestros Estados, heredados de la estructura colonial, se basaron en una economía primaria exportadora que desde el comienzo fue dependiente de la metrópolis europeas en cuanto a la exportación de materias primas e importación de artículos manufacturados. La clase dominante criolla no partió de cero en la formación del Estado sino que se apropió de parte de las instituciones del aparato del Estado colonial y de la experiencia de la antigua burocracia funcionaria. Inclusive, numerosos encargados de las finanzas y de la economía en las primeras juntas de gobierno eran especialistas españoles, luego se nacionalizaron. El Estado republicano conservó parte del antiguo aparato estatal de la colonia, pero inauguró un nuevo tipo de política económica: el libre comercio. La burguesía criolla rompió con el monopolio comercial español y con su intervencionismo económico, adhiriéndose a los postulados librecambistas del Estado liberal burgués, aunque sobre otras bases y con una clase dominante diferente a la burguesía industrial europea.

En América latina, el Estado nacional adoptó aspectos del librecambismo para estimular la economía agrominera exportadora, pero no toda la teoría decimonónica, porque la estructura socioeconómica era distinta. Aquí no había condiciones para establecer la libre competencia, como en la Europa industrial, ya que los terratenientes ejercían el monopolio de la tierra, y los grandes comerciantes ejercían el monopolio de la tierra, y los grandes comerciantes el control del comercio exterior e interior. La independencia dio paso a la gestación de nuevas formas de Estado, luego de la toma del poder político por la burguesía criolla. Al principio fue un Estado sumamente débil, tanto por sus bases económicas como por la crisis política permanente que se vivió durante las guerras de la independencia y las guerras civiles. Este proceso de formación del Estado nacional se prolongó durante varios lustros, siendo su fase más crítica la transcurrida entre 1810 y 1825, año en que fue derrotada la contrarrevolución. Las guerras civiles fueron la expresión de la debilidad de las formas estatales, pero su desenlace permitió la consolidación del Estado-nación. En medio de estas terribles luchas, denominadas “guerras a muerte”, los Estados en formación tuvieron que creer y equipar ejércitos, formar una nueva burocracia funcionaria, hacer una política exterior tendiente al reconocimiento de la independencia política, cohesionar a las diferentes fracciones de la clase dominante, enfrentar las insurrecciones internas de sectores indígenas y esclavos que apoyaban a los españoles, en fin, priorizar lo político. Era obvio que en estas condiciones e Estado fuera débil y estuviera en permanente situación de desequilibrio. En tal situación, sería absurdo pedirle prematuramente a nuestros Estados l integración que tenían los Estados europeos. Si bien es cierto que el Estado-nación recién se consolidó en la segunda mitad del siglo XIX, no puede omitirse el hecho de que existieron formas de dominación estatal a nivel general o provincial, que fueron la expresión del dominio de unas clases sobre otras. La ausencia de un Estado-nación formalmente constituido no significa inexistencia de formas estatales de control de la sociedad civil. El proyecto bolivariano de unidad de los pueblos latinoamericanos –que nunca se planteó como una federación de repúblicas- fracasó debido a los mezquinos intereses de las burguesías locales. Ni siquiera alcanzó a constituirse una federación permanente de Estado en la Gran Colombia. Tampoco en el antiguo virreinato del Río de la Plata ni en Centroamérica, donde la unidad en torno a la Capitanía General de Guatemala se hizo trizas. Los Estados nacionales de América latina no surgieron de transformaciones socioeconómicas como en Europa, sino de la necesidad política de la burguesía criolla de consolidar la independencia y aplastar la contrarrevolución española. Las guerras civiles impidieron la consolidación de los Estados nacionales durante varias décadas. La rebelión de las provincias contra el centralismo de la capital se dio fundamentalmente por el reparto de los ingresos fiscales y por el control de la Aduana, donde se procesaban los impuestos de importación y exportación. La Aduana era el centro del aparato administrativo. Controlar la Aduana significaba controlar gran parte de las entradas del Estado. Las guerras civiles crearon una situación caracterizada de “anarquía” por muchos autores, cuya sobrevaloración ha conducido a señalar que hasta fines del siglo XIX o principios del XX no hubo estados nacionales el América latina. Sin embargo, debilidad no significa inexistencia. No obstante sus debilidades, hubo formas embrionarias de Estado durante las guerras civiles. Precisamente el excesivo centralismo de la capital fue el motivo de la rebelión del interior en contra del poder central de una forma embrionaria de Estado. Se ha confundido el poder local de los caudillos del siglo XIX con el que ejercieron lo señores feudales en Europa. Y el error ha sido doble al sostener que los supuestos señores feudales de América fueron la base del régimen federal. Para nosotros no existe ninguna base objetiva sobre la que se pueda sostener una equivalencia entre nuestro caudillo rural y el señor feudal europeo. Menos puede sostenerse que ese supuesto feudalismo dio origen al federalismo, modelo político surgido del sistema republicano burgués, especialmente norteamericano. Durante las primeras décadas de su existencia, los Estados nacionales vieron debilitadas sus entradas con la reducción de las exportaciones a causa del proceso de reajuste comercial por la búsqueda de mercados, que se suscitó con la ruptura del nexo colonial español. Los nuevos Estados independientes se demoraron varios lustros en estabilizar su economía y regularizar las

ventas a los nuevos mercados europeos. La reinserción plena en el mercado mundial se alcanzó recién en la segunda mitad del siglo XIX. Los comerciantes y usureros criollos y extranjeros aprovecharon la situación para convertirse en aprendices de banqueros, prestando dinero al Estado con elevados intereses y, luego presionando para obtener de él jugosas concesiones y arriendos de actividades públicas, como correos, aduanas, caminos, etc. Por eso, las finanzas de los Estados nacionales dependieron al principio de los prestamistas criollos y de las casas comerciales extranjeras. Es un mito de la historiografía liberal que nuestros gobiernos fueron civiles y democráticos. En realidad, nuestros Estados fueron dirigidos en la mayoría de los países por militares, incluidos aquellos, como Chile, que aparecen como los más civilistas y estabilizados. De 1831 a 1851, el Estado chileno fue administrado por dos generales (Prieto y Bulnes), sin considerar los gobiernos de los generales O'Higgins y Freire en la década de 1820. México fue dirigido por los militares de Santa Anna desde mediados de la década de 1830 a 1860 (Paéz, Soublette, Monangas). Ecuador también, desde al gobierno del general Flores en la década de 1830. Perú por varios militares, especialmente el mariscal Castilla; Bolivia, azotada por pronunciamientos castrenses, al igual que la Argentina y Uruguay, fueron muestras elocuentes del papel de relevante autónomo, concretando empréstitos extranjeros, exigiendo una mayor tajada del presupuesto para el ejército, que en varios países pasó del 50 por ciento en concepto de adquisición de armas, barcos, etcétera. Los militares no constituían entonces un bloque homogéneo porque la institución Ejército no había decantado aún, ni siquiera en su forma moderna de profesionalización. Además, todavía se mantenía la tradición de lucha revolucionaria de la independencia, que permitió movilidad social y el ascenso a generales de personas de origen popular. En fin, no era aún un ejército de casta y por eso se dieron posiciones heterogéneas en el ejército. Mientras la mayoría de los generales, convertidos en latifundistas a raíz del reparto y apropiación de tierras del período independentista, se pusieron al servicio de la oligarquía conservadora, otros –de mayor arraigo popular- fueron portavoces de la ideología liberal y federal (el chileno Freire, el colombiano Obando, el argentino Dorrego, el venezolano Zamora, etcétera). De todos modos, en la mayoría de los países los militares limitaron el ya restringido proceso de democratización. En rigor, fortalecieron un Estado autoritario y cuasi militarizado. En las naciones donde hubo mayor preponderancia liberal se adoptaron algunas medidas progresistas, sobre todo en los primeros años que siguieron a las guerras de la independencia. Si bien es cierto que varias de ellas fueron anuladas por posteriores gobiernos conservadores, en su momento fueron la expresión del empuje de los líderes de la independencia, como Bolivar, quien llegó a decretar la abolición de la esclavitud y de las relaciones serviles de producción. El Estado haitiano fue no sólo el primero de América latina (1804) en independizarse sino también el pionero en cuanto a ejecutar una política de intervención en la economía, en una época en que imperaba el laissez faire. Afirmada la independencia con Dessalines, el Estado expropió las tierras de los esclavócratas franceses y las concedió en arriendo a los libertos, medida que se extendió a Santo Domingo, especialmente en la región del Cibao. Durante el proceso de la independencia, el estado había confiscado ente un 65 y un 90 por ciento de las tierras que habían pertenecido a los colonos galos y pasado a regular la producción. La intervención del Estado en la economía se acentuó bajo el gobierno de Boyer, reglamentado con mayor detalle el sistema de arriendo de las tierras que se entregaban a los cultivadores. Así, el Estado nacional se convirtió en el principal estimulador del aumento de la exportación de productos primarios, particularmente azúcar. “Los campesinos, como comerciantes consignatarios extranjeros, tenían que redistribuir sus excedentes con el Estado, vía impuestos fiscales directos o indirectos.”14 Al extender a Santo Domingo la lucha por la liberación de los esclavos, en 1821, el Estado haitiano expropió nuevas tierras a los españoles y a la iglesia. “Con estas medidas de expropiación o nacionalización de las propiedades territoriales de particulares y de la Iglesia, el Estado pasó a controlar si no todas las tierras más importantes del país, por lo menos una porción bastante considerable de las mismas, convirtiéndose así en el principal o uno de los principales terratenientes del país.”15 La ocupación de Santiago, que se prolongó mas de dos décadas, reforzó el papel del Estado haitiano no sólo en lo político sino también en lo

económico, mostrando en tan temprana época que el Estado desempeñó un papel relevante en el fomento de la economía nacional. Otro de los Estados que tuvo una injerencia importante en la economía fue Paraguay, desde 1820 hasta 1865. El 73 por ciento de las tierras pertenecían al Estado, que además poseía granjas agrícolas y de cría de ganado e invertía capitales en la construcción de astilleros, sentando las bases de una de las primeras marinas mercantes nacionales. El Estado promovió “arsenales, astilleros, fundiciones, telégrafo, ferrocarriles, que fueron construidos bajo la dirección de 231 técnicos contratados en Europa.”16 Fue el Unico Estado sudamericano que “rechazó el ofrecimiento ‘generoso’ de los empréstitos ingleses.”17 Los gobiernos de José Gaspar Francia, Carlos A. López y francisco Solano López practicaron una política económica basada en el monopolio estatal de la propiedad de la tierra y de la comercialización de los productos de exportación: la yerba mate y el tabaco. También se preocuparon de diversificar la economía, promoviendo una incipiente industrialización. Esto ha inducido a ciertos autores a establecer un paralelo con el experimento inicial de la dinastía japonesa Meiji, aunque es necesario señalar que en Paraguay no existía feudalismo y que le proyecto de industrialización fue más limitado. Se logró el poder de la iglesia y establecer una sociedad de orden y trabajo, como lo anota el viajero Grandsier: “El contraste es en todo concepto sorprendente con los países que he cruzado hasta ahora: Se viaja en el Paraguay sin armas; las puertas de las casas apenas cierran... no se ven mendigos, todo el mundo trabaja.”18 El Estado paraguayo, más que ningún otro, promovió la educación primaria: “en 1857 el total de escuelas públicas era de 408 y el de alumnos 16.755... predominaban las escuelas situadas fuera de los radios urbanos. El Paraguay mantuvo su crédito de desconocer casi por completo el analfabetismo, con la particularidad de que, por lo general, a la mujer se le enseñaba sólo a leer.”19 También rechazó la penetración del capital norteamericano, en particular de Hopkins, quien pretendió instalar una empresa y fue expulsado por Carlos López. Los Estados Unidos, por vía del presidente Buchanan, enviaron una poderosa escuadra de diecinueve buques con doscientos cañones en enero de 1859 que llegó a la boca del río Paraguay. El pensador argentino Juan Bautista Alberdi decía que Paraguay “no tenía deuda pública extranjera, pero tenía ferrocarriles, telégrafos, arsenales, vapores construidos en ellos... El Paraguay no tiene deuda pública, no porque le falta crédito sino porque le han bastado sus recursos mediante el buen precio en que los invierte... Paraguay representa la civilización, pues pelea por la libertad de los ríos contra las tradiciones del monopolio colonial; por la emancipación de los países mediterráneos; por el noble principio de las nacionalidades.”20 Este desarrollo relativamente autosostenido fue finalmente aplastado por la Triple Alianza (la Argentina, Uruguay y Brasil), coludida con el capitalismo británico. En el fondo hubo un proceso forzado de crecimiento “hacia adentro”, debido al aislamiento a que fue sometido el Paraguay por la oligarquía porteña de Buenos Aires que bloqueaba la libre navegación de los ríos. Un Estado nacional tempranamente consolidado, aunque con escasa injerencia en la economía, fue el de Chile. Los gobernantes de los decenios 1830-60 han sido presentados por Alberto Edwards y Francisco Encina como los creadores del Estado “en forma”, por encima de las clases. En realidad, los gobiernos de la llamada “era portaliana” representaban los intereses de la burguesía comercial y de los terratenientes, que exigían un Estado fuerte y centralizado. El llamado Estado portaliano tuvo por finalidad garantizar el “orden social” y la expansión de la economía triguera y minera. Este Estado se fundamentó en un poderoso ejército que triunfó en la guerra de 1838 contra la Confederación Perú-Boliviana, otorgando la presidencia de la República a dos militares que gobernaron veinte años; Prieto y Bulnes. El llamado Estado “civilista” de Portales se basó precisamente en el poderío del ejército, desmintiendo así el mito de la democracia y del civilismo en Chile. Fue un Estado autoritario que impuso el “orden” a través de destierros y persecuciones a los hombres de pensamiento liberal. Su relativa estabilidad, basada en la expansión de la economía minera y agrícola, fue quebrada por las guerras civiles de 1851 y 1859; así se echa por tierra otro mito de la historia: el camino pacífico de Chile y el respeto a su institucionalidad.

El Estado brasileño también fue otro de los Estados tempranamente consolidados, fenómeno facilitado por el peculiar proceso independentista. Al haberse trasladado la monarquía portuguesa al Brasil debido a la invasión napoleónica, se conservó íntegramente el aparato estatal proveniente de la Colonia. De hecho no hubo guerra de la independencia. Posteriormente se dieron levantamientos regionales, pero el Estado logró dominarlos con relativa facilidad. En fin, pese a sus contradicciones internas, la América colonizada por Portugal logró mantener una cierta unidad política y consolidó tempranamente las estructuras del Estado nacional. Reflejo de este fortalecimiento institucional fue la creación de un sistema bancario más sólido que en otros países. Su exponente fue el banquero de Río de Janeiro, el barón y luego Vizconde de Mauá. En síntesis, la formación del Estado nacional en la mayoría de los países latinoamericanos debe rastrearse desde la época de las guerras de la independencia. La existencia de estos Estados, aunque embrionarios, se expresó en la adopción de medidas sobre libre comercio, exportación-importación, abolición de la esclavitud, mayorazgos y fueros eclesiásticos, expropiación de tierras eclesiales e indígenas, régimen impositivo, presupuestos nacionales, empréstitos, etc., que no podrían haberse realizado sin la existencia de in mínimo de Estado.

LA CONSOLIDACION DEL ESTADO NACIONAL

Los Estados nacionales no se gestan en la segunda mitad del siglo XIX –como han sostenido varios autores- sino que se consolidan. Arnaud sostiene que el Estado recién se forma en esta fase a raíz de la integración económica en el mercado mundial t la introducción de relaciones capitalistas de producción,21 procesos que a nuestro juicio venían desde muchas décadas anteriores. Más aún, llega a decir que el Estado fue el que hizo surgir el capital, afirmación que no resiste el menor análisis. Otros autores –que ven nuestra historia a través del cristal europeo- han manifestado que ni siquiera en la segunda mitad el siglo XIX se produjo la formación del Estado nacional. Escritores dominicanos sostienen que el Estado surgió recién con la ocupación norteamericana de 1915, cuando en rigor se había gestado, aunque muy débilmente, a mediados del siglo XIX. El ecuatoriano Andrés Guerrero afirma que “la guerra civil de 1895 sella el proceso de unificación y de constitución del Estado nacional”.22 Rafael Quintero comete el mismo error, con el agravante de sostener que antes de 1895 había un “Estado feudalizante”.23 Aunque en Venezuela existen todavía investigadores que sostienen que el Estado nacional recién se inauguró con el dictador Juan Vicente Gómez (1908-1935), gracias a la liquidación de los caudillos del interior y a la formación del ejército profesional, creemos haber demostrado que el Estado nacional se formó en la década de 1830 y se consolidó bajo la presidencia de Guzmán Blanco.24 Numerosos autores confunden formación del Estado nacional con gobiernos autoritarios y centralizados, atribuyendo a dictadores como Porfidio Diáz y otros llamados “gendarmes necesarios” una vía bismarckiana para la formación de nuestros Estados nacionales. La mayoría de estos autores confunden formación con consolidación del Estado nacional. Una de las principales instituciones del Estado, el parlamento, comenzó a jugar en este período un papel importante, porque las diversas fracciones de la clase dominante pudieron a través de él defender mejor sus intereses y parcelas económicas. Como decía Marx, “la república parlamentaria era algo más que el territorio neutral sobre el cual las dos fracciones de la burguesía francesa, legitimistas y orleanistas la gran propiedad territorial y la industria, podían convivir lado a lado con igualdad de derechos. era la condición inevitable de su denominación común, la forma única de Estado en el cual sus intereses generales de clase sometían a ellos las demandas de sus fracciones particulares y todas las clases restantes de la sociedad”.25 Aunque la estructura de clases en América latina era distinta, el parlamento comenzó a jugar desde el siglo pasado un papel de amortiguador de las contradicciones interburguesas, redistribuyendo el presupuesto nacional en beneficio de las diversas fracciones de la clase dominante representadas en el congreso.

El Estado nunca alcanzó a ser verdaderamente nacional, ya que las clases dominantes enajenaron nuestra soberanía, subordinándola al capital extranjero y entregando nuestras riquezas fundamentales. El Estado fue nacional en el sentido de que englobaba el territorio de una nación y una lengua común, con excepción de algunos países donde hablaban paralelamente lenguas indígenas, pero no lo era al ser incapaz de defender la autonomía económica, la industrialización y creación del mercado interno. Así como no hubo una auténtica burguesía nacional tampoco hubo un Estado verdaderamente nacional. El Estado era débil, no existente. Kaplan sostiene que “el Estado integra parcialmente las diferentes fuerzas y órdenes, se presenta como un equilibrio inestable. Carece de medios y de condiciones favorables para la creación de la unidad efectiva (...) no puede imponer sus instituciones, normas y decisiones sobre todo el territorio y sobre los sectores de la sociedad. Su autoridad se va borrando a medida que pretende ejercerse sobre regiones alejadas del centro, y coexiste con focos de poder sectorial que controla de modo meramente relativo (...) la integración nacional no se completa. La centralización político-administrativa permanece inacabada y vulnerable”.26 La consolidación de los Estados nacionales fue estimulada por las metrópolis europeas que necesitaban Estados estables y capaces de garantizar la creciente demanda de materias primas para una Europa en pleno desarrollo industrial. Esta consolidación se dio sobre la base de las necesidades de materias primas para una Europa en pleno desarrollo industrial. Esta consolidación se dio sobre la base de las necesidades de materias primas del capitalismo europeo, y no del desarrollo industrial como había ocurrido en las metrópolis. El fortalecimiento del Estado nacional no puede comprenderse si no se parte del análisis de que nuestro continente se insertó plenamente en el sistema capitalista mundial a mediados del siglo XIX, como resultado de un proceso que venía madurando desde la época colonial. El Estado en América latina tuvo, desde la segunda mitad del siglo XIX, una cierto papel “intervencionista”. Aunque practicaba el “dejar hacer, dejar pasar”, según la teoría librecambista de la época, no por eso dejó de jugar un papel relativamente activo en el proceso de acumulación capitalista, legando a invertir para “administrar la crisis” o, mejor dicho, para enfrentar las repercusiones de las crisis cíclicas del capitalismo europeo en resguardo de los intereses de la burguesía exportadora. La mayoría de los investigadores ha menospreciado la relación del Estado con la economía de nuestra América del siglo pasado. Parten de la premisa de que en la Europa decimonónica el Estado no intervenía en la esfera económica, tesis cuestionada en recientes estudios de autores alemanes, franceses e ingleses. Marx había puesto de manifiesto el papel del Estado como promotor de la infraestructura vial y de telecomunicaciones, de leyes sobre el régimen salarial, de decretos para establecer las reglas del juego de la competencia capitalista y de fijación del sistema monetario. Ese Estado también promovía una política de prestaciones sociales, como el Welfare State (estado de bienestar) inglés y en 1848 el National Health Service (Servicio Nacional de Salud). Uno de los pocos investigadores que se han ocupado del papel del Estado en la economía durante el siglo pasado es Pascal Arnaud. Aunque estamos en desacuerdo con él en su apreciación de que no existió Estado en las primeras décadas de la vida independiente, de que el capitalismo latinoamericano advino recién en la segunda mitad del siglo XIX y de que el cambio de las estructuras precapitalistas fue realizado “según la regulación capitalista a través del Estado nacional primero y luego a partir de inversiones directas”.27 Durante la segunda mitad del siglo XIX, los Estados nacionales de América latina estimularon el desarrollo de los puertos, servicios de correos, aduanas, ferrocarriles y telecomunicaciones, garantizando la inversión de capitales extranjeros. Organizaron también el sistema métrico decimal y el régimen monetario, dictando decretos particulares; reglamentando su funcionamiento, obviamente en beneficio de los capitalistas criollos y extranjeros. En Chile, por ejemplo, se dictó la ley de bancos en 1860, que dejaba en manos de particulares la libre emisión de la moneda, pero el Estado fijó una limitación; las emisiones no podían sobrepasar el150 por ciento del capital efectivo o pagado. El Estado prestaba a los bancos parte de los fondos fiscales a un 2 por ciento de interés anual. En la Argentina, el Estado se hizo garante de las cédulas emitidas por el Banco Hipotecario Nacional, fundado en 1886.

Los Estados reglamentaron y estimularon el trabajo asalariado en ciertas áreas que interesaban a los empresarios mineros y agropecuarios. Decretaron la abolición de la esclavitud, aunque favorecieron la entrada de inmigrantes chinos (culíes) para el trabajo servil en las plantaciones del Caribe y en las salitreras, campos y minas de la costa del pacífico. El Estado fijaba los derechos de exportación de las materias primas, controlaba las entradas del fisco y redistribuía la renta aduanera en beneficio de las fracciones de la clase dominante. Los gobiernos contrataban empréstitos extranjeros para solventar los gastos militares o redistribuirlos a favor de la burguesía criolla. Sólo el Estado podía garantizar el pago de esos empréstitos, poniendo como aval las entradas aduaneras, que en la mayor parte de los países superaba el 50 por ciento de los ingresos fiscales. Cuando el Estado dejaba de pagar las amortizaciones e intereses de la deuda externa se producían agresiones militares extranjeras, especialmente de Francia e Inglaterra, como ocurrió en el México de Benito Juárez y en la Venezuela de Cipriano Castro en 1902. La mayoría de los autores ha caracterizado nuestro Estado decimonónico como un Estado oligárquico, liberal o conservador, como si el Estado se pudiera caracterizar unívocamente por la ideología del gobierno que lo administra. A nuestro modo de entender, hay que señalar antes que nada el carácter de clase del Estado; precisar el carácter burgués del Estado y a continuación complementarlo con otras categorías como dependiente, autoritario, totalitario y oligárquico, categorías políticas que están determinadas por el tipo de gobierno que administra el Estado. Uno de los fundamentos para formular una teoría propia, latinoamericana de la formación y desarrollo del Estado es definirlo tanto por su raíz de clase como por su relación de dependencia respecto del capitalismo mundial. En tal sentido, opinamos que fue un Estado burgués, que se hizo cada vez más dependiente hasta adquirir un carácter semicolonial a fines del siglo XIX. En Estado burgués, sin burguesía industrial, administrado por la burguesía minera y comercial en alianza con la llamada oligarquía terrateniente. Definirlo solamente como Estado oligárquico conduciría a negar la esencia del Estado, como representante de todas las fracciones de la clase dominante, al admitir que sólo un sector de ella –la oligarquía terrateniente- era el beneficiario único del Estado, en detrimento de los intereses generales de todas las fracciones de la clase dominante, amortiguando sus contradicciones e intereses coyunturales a veces contrapuestos. Por eso, resulta cuestionable la afirmación de Octavio Ianni al referirse al Estado oligárquico postindependentista como una “nueva estructura de poder que corresponde a una combinación de oligarquías o a una hegemonía de una oligarquía sobre las otras (...) las sociedades latinoamericanas no se organizan plenamente en términos de relaciones de clase. A pesar de ser sociedades organizadas para producir mercancías para el mercado capitalista externo (...) las relaciones de producción interna no se configuran como relaciones de clases sociales claramente delineadas como tales”.28 Para poder justificar su caracterización de Estado oligárquico, Ianni no tenía necesidad de llegar a tanto. Las luchas de clases durante el siglo XIX –y no la mera definición abstracta de lo que es una clase, basada en el modelo europeoconstituyen un rotundo mentís a toda elucubración estructuralista acerca de que en América latina las clases sociales no estaban delineadas y la sociedad no se organizaba en términos de relaciones de clases. Más fundamentadas parecen las afirmaciones de Kaplan sobre la existencia del Estado oligárquico, aunque no compartimos su posición, porque sería admitir que el Estado expresa directamente los intereses corporativos de un sector de la clase dominante. En todo caso, se podría hablar de gobierno oligárquico, administrador del Estado burgués; es decir, que una fracción de la clase dominante –la oligarquía- ejerce el papel hegemónico en el bloque de poder. Cuando un sector de la clase dominante pretendió poner el Estado exclusivamente a su servicio se desencadenaron conflictos armados interburgueses. Precisamente, las guerras civiles demostraron que otros sectores de la clase dominante no estaban dispuestos a aceptar que el Estado fuera administrado en beneficio de una sola fracción. La consolidación del Estado nacional en la segunda mitad del siglo XXI fue, justamente, el resultado de una transición política entre las fracciones de la clase dominante.

Este Estado se hizo cargo de la conquista y colonización de territorios que aún conservaban los indígenas. Los ejércitos –reorganizados y ya profesionalizados en algunos países- fueron los encargados de aplastar la secular rebelión aborigen, quedando bajo el control del Estado las nuevas tierras surgidas de la ampliación de las fronteras interiores. Más todavía, en los casos de la Argentina y Chile, ambos Estados se pusieron de acuerdo para hacer una campaña coordinada de exterminio de pampas y mapuches en la década de 1880. En América latina, a diferencia de los Estados Unidos de Norteamérica, la “conquista del oeste” no fue obra de los colonos privados sino directamente de los ejércitos de los Estados nacionales, que en esta expansión de la “frontera” terminaron entregando a los capitalistas agrarios la tierra arrebatada a los indios. Este comportamiento del Estado muestra no sólo hasta dónde puede llegar el régimen arrebatante de dominación, sino el hecho objetivo de que las etnias no son reductibles al Estado nacional. Se aplastó a los indígenas, pero no se resolvió la cuestión nacional, el derecho a la autodeterminación de las nacionalidades aborígenes. Los Estados promovieron leyes de inmigración, reglamentando y fijando las zonas donde debían instalarse los inmigrantes, a través de contratos que se firmaban con las compañías colonizadoras. Es poco conocido el hecho de que algunos Estados nacionales, como el Perú y Chile, llegaron a nacionalizar y estatizar materias primas en manos del capital monopólico extranjero que comenzaba a apoderarse de nuestras riquezas naturales. En Perú, los gobiernos de Prado y Pardo, que habían tenido una experiencia nefasta con las empresas particulares que explotaban el guano, procuraron realizar una política económica distinta con el salitre. El presidente Manuel Pardo dictó el 18 de enero de 1873 un decreto estableciendo el estanco del salitre, que obligaba a los productores a vender su producción al Estado. Los salitreros sabotearon esta medida, negándose a dar informaciones sobre el monto real de la producción e inclusive a vender salitre al Estado. El 28 de mayo de 1875 Pardo promulgó una medida tendiente a la estabilización del salitre. Esta ley prohibía la adjudicación de terrenos a particulares y establecía en su artículo 3º : “ Se autoriza al Poder Ejecutivo para adquirir los terrenos y establecimientos salitrales de la provincia de Tarapacá, adoptando con este objeto las medidas legales que juzgue necesarias. Se le autoriza, igualmente, para celebrar los contratos convenientes para la elaboración y venta del salitre”. Daba atribuciones al Estado para contratar un empréstito de siete millones para construir líneas férreas. Los propietarios quedaban obligados a vender sus salitreras al Estado, con todas las instalaciones e instrumentos de explotación. La ley de Pardo no constituían una nacionalización total porque momentáneamente las salitreras quedaban a cargo de sus antiguos dueños en calidad de “contratistas”. Esta medida hizo decir al economista chileno Valdés Vergara que “el Estado era dueño de las salitreras sin ser industrial”.29 La medida de Pardo, audaz y progresista para su tiempo, afectó poderosos intereses económicos nacionales e internacionales, alcanzando a expropias el 70 por ciento de las salitreras que estaban en manos de ingleses, alemanes, italianos, chilenos y peruanos. El 22 de marzo de 1878, el gobierno del general Prado, que había sucedido a Pardo, resolvió comprar todas las salitreras, dando un plazo de cuarenta días a los particulares que se resistían a vender sus empresas al Estado. A nuestro juicio, las leyes de Pardo y Prado sobre el salitre fueron importantes medidas nacionalistas burguesas, no debidamente evaluadas aún por la historiografía. Otro caso excepcional de intervencionismo del Estado en la economía fue el de Chile bajo el gobierno de José Manuel Balmaceda. A mediados de 1889 formuló las bases de una política nacionalista, fundamentada en la necesidad de frenar el acelerado proceso de penetración del imperialismo inglés en el salitre. Con el fin de quebrar el monopolio que ejercían los capitales británicos en el salitre, propuso la formación de compañías salitreras nacionales, cuyas acciones fueran transferibles a empresas extranjeras. Si bien es cierto que esta medida no significaba el monopolio estatal del salitre, por cuanto éste iba a pasar a manos de capitalistas nacionales, Balmaceda declaró el 8 de marzo de 1889 que “el Estado habrá de conservar siempre la propiedad salitrera suficiente para resguardar con su influencia la producción y su venta, y frustrar en toda eventualidad la dictadura industrial de Tarapacá”. Meses después, el 1º de julio de 1889, señalaba en el mensaje al Congreso Nacional: “ Es

verdad que no debemos cerrar la puerta a la libre competencia y la producción de salitre en Tarapacá, pero tampoco debemos consentir que aquella vasta y rica región sea convertida en una simple factoría extranjera”. En síntesis, la política de Balmaceda no asumió en ningún caso el carácter de una nacionalización. Su objetivo básico era que esta riqueza nacional quedara en manos de capitalistas chilenos. Lo progresivo de esa política en aquella época fue frenar la penetración del capital financiero extranjero con el objeto de permitir el desarrollo de un capitalismo nacional en el área fundamental de la economía chilena, puesto que el salitre proporcionaba en 1890 más del 50 por ciento de las entradas totales del fisco. También la política de Balmaceda sobre los ferrocarriles formaba parte de su proyecto nacionalista. Uno de los objetivos básicos de Balmaceda era quebrar el monopolio de los ferrocarriles salitreros que ejercía Mr. North, “el rey del salitre”. El 9 de marzo de 1889, en un discurso pronunciado en Iquique, Balmaceda dijo: “Espero que en época próxima todos los ferrocarriles de Tarapacá serán propiedad nacional; aspiro a que todo Chile sea dueño de todos los ferrocarriles que crucen su territorio.”30 Aunque Balmaceda no alcanzó a expropiar los ferrocarriles de las empresas salitreras foráneas, en octubre de 1888 envió un proyecto de ley para nacionalizar varios ferrocarriles del Norte Chico, pertenecientes en su mayoría a inversionistas ingleses. Finalmente, queremos destacar que Balmaceda propuso la creación de un banco del Estado, proyecto que no alcanzó a concretarse porque sectores capitalistas chilenos, coludidos con el imperialismo inglés, desencadenaron la guerra civil que provocó la caída de su gobierno en 1891. En contraste con aquellos autores que sostienen la existencia de un Estado feudal o semifeudal en el siglo XIX, nosotros opinamos que los Estados nacionales en América latina eran burgueses, aunque de características distintas a los europeos. Para precisar mejor esta caracterización, sostenemos que eran Estados burgueses administrados por gobiernos oligárquicos y autoritarios que expresaban, a través del totalitarismo, no la fuerza sino la debilidad de la estructura socioeconómica de un capitalismo primario exportador, desinteresado de la industrialización y de expandir el mercado interno y con una economía en la que coexistían relaciones de producción capitalistas con precapitalistas, dentro de un modo de producción preponderantemente capitalista. Como decía Marx: “En la medida en que el capital es débil, aún descansa sobre las muletas de los antiguos modos de producción, o de aquellos que desaparecerán con su ascenso”.31 El Estado burgués, comandado por la burguesía comercial y minera y la oligarquía terrateniente liberal y conservadora, tenía marginada y oprimida a la mayoría de la sociedad civil. Obviamente, no era el tipo de “Estado del pueblo” creado por las revoluciones democrático-burguesas europeas. En esta seudodemocracia sólo podían votar los que tuvieran un bien raíz. Era un Estado de excepción permanente”, al decir de Poulantzas. No tenía el más mínimo consenso de la población, sino solamente el de la minoría terrateniente y comercial. Era una variante de Estado burgués sin revolución democrático-burguesa, que actuaba como expresión del capitalismo primario exportador de la clase dominante en el interior y mediador entre esta clase local y el capitalismo extranjero. Pierre Salama sostiene que la “ discusión según la cual el Estado no puede ser un Estado capitalista por encontrarse sus aparatos influenciados, ya sea por las clases medias, o por hacendados o latifundistas que representan modos de producción ‘precapitalistas’, desemboca muy rápido en un callejón sin salida porque oculta el tipo de relación que estos aparatos de Estado sostienen con los aparatos de Estado de las economías capitalistas del centro”.32 Basados en el carácter autoritario de nuestros Estados, algunos autores opinan que adoptaron la forma bismarckiana del Estado alemán en el momento de su estructuración definitiva en la década de 1870. Según Kalmanovitz, “la configuración del Estado alemán, fruto del desarrollo capitalista, conservando los privilegios de los terratenientes que aplasta al campesinado y establece la opresión política de las masas, es el verdadero paradigma de la formación del Estado nacional en América latina.”33 Esta comparación es francamente desacertada porque el Estado alemán, impulsado por Bismarck, se gestó sobre la base de un desarrollo capitalista industrial, aunque tolerando a los terratenientes. En cambio, en América latina el Estado nacional fue formado por la burguesía minera y comercial y la oligarquía

terrateniente que, basadas en una economía primaria exportadora, se opusieron al desarrollo de la burguesía industrial. En síntesis, el Estado en América latina del siglo XIX, en su calidad de representante del capitalismo primario exportador, tenía un carácter burgués. Quienes lo definen como oligárquico confunden Estado con gobierno, ya que era un Estado burgués gobernado por distintas fracciones, entre ellas la oligarquía terrateniente. Este Estado era promotor del proceso de acumulación capitalista interno. Aunque parte del excedente era drenado a las metrópolis europeas, no debe menospreciarse el hecho de que otra parte quedaba en manos de los capitalistas nacionales. En este sentido, la mayoría de los autores no ha advertido que el Estado republicano surgido con la independencia significó una ruptura con el tipo de acumulación de la época colonial, en la que casi todo el excedente iba a parar a las arcas de la corona española. Los Estados nacionales de América latina trataron de garantizar una cierta acumulación interna, aunque el tipo de economía primaria exportadora dependiente significó una transferencia al exterior de parte del excedente económico por la vía de los precios y el control del transporte que ejercían las potencias extranjeras. EL ESTADO CONTEMPORANEO

Desde la década de 1930, los Estados latinoamericanos han asumido nuevas funciones, interviniendo de manera cada vez más activa en la economía; primero, estimulando el proceso de industrialización por sustitución limitada de importaciones, luego creando industria básicas, como el acero, y más tarde invirtiendo capital estatal en las industrias de exportación no tradicionales, fenómeno que a menudo se confunde con el llamado capitalismo de Estado. Así se ha pasado del Estado fomentista y mediador-distribuidor, según Tomás Vasconi,34 al estado “empresario” y organizador de la producción tanto de materias primas como de siderurgia y nuevas industrias de exportación no tradicional (petroquímica, metalmecánica, electrónica, etc.), a través de un proceso creciente de asociación del capital estatal con el capital monopólico internacional, que de hecho comanda el proceso general de acumulación. Antes de la década de 1970, el Estado invertía en empresas que fundamentalmente producían insumos y en industrias básicas (acero) con la finalidad de vender la producción a bajo precio para beneficiar a las empresas privadas, tanto nacionales como extranjeras. Esta línea de inversión continua, per ahora el Estado también ha asumido la administración de empresas rentables, como son las industrias de exportación no tradicionales. En síntesis, el Estado, sin dejar de ser mediador y redistribuidor de la renta nacional en beneficio de las diversas fracciones burguesas, se ha convertido en empresario y organizador de la producción. De este modo, el Estado ha dejado de ser una mera “superestructura” política. En países como Brasil, México y Venezuela controla más del 50 por ciento de la inversión bruta territorial. A fines de la década de 1980 se inició un acelerado proceso de privatización de empresas, que comandado por el neoliberalismo ha jibarizado ciertas funciones del Estado en la economía. Hoy más que nunca, el Estado aparece como una relación social de explotación y dominación, haciendo más evidentes las mediciones entre la economía y la política. Algunos autores califican este proceso de “derivación del Estado a partir del capital”35, sobre todo por la creciente articulación entre los Estados semicoloniales, como los de América latina, y las metrópolis imperialistas, dado el papel ostensible que juega el capital financiero internacional. Esta relación se ha estrechado cada vez más a raíz del proceso de endeudamiento externo. El Estado en América latina ya no sólo cumple funciones relacionadas con la emisión de moneda y otorgamiento de créditos a través de los bancos centrales, como en el pasado, sino que especula con las divisas fuertes, devalúa y revalúa la moneda a su arbitrio, el que generalmente coincide con los intereses de la fracción dominante en el poder. El capital-dinero o capital monetario manejado por el Estado contribuye a la acumulación capitalista y sirve al ciclo de redistribución de la renta.

El Estado en los países latinoamericanos ejerce una influencia determinante en el circuito de la deuda externa. Negocia y contrata empréstitos, y en la última década se ha hecho cargo de los préstamos otorgados a las empresas privadas criollas e inclusive extranjeras. Es, por consiguiente, el único aval ante la banca transnacional. Como expresión de dominación de clase, el Estado capta y redistribuye los préstamos extranjeros a favor de las fracciones más importantes de la burguesía, pasando de este modo a desempeñar la función de deudor externo y acreedor interno.36 Nuestros Estados desempeñan, entonces, el papel de articuladores del proceso de acumulación capitalista de las empresas transnacionales, del capital financiero mundial y de las fracciones burguesas criollas.37 Por eso cometen un error aquellos autores que, con el fin de poner de manifiesto la relativa autonomía del Estado, establecen una división artificial entre Estado y economía. El Estado contemporáneo es parte orgánica del proceso de acumulación capitalista; no es pasivo sino activo y dependiente de la ley del valor. El capital estatal y el capital privado son dos formas de un mismo proceso de valorización del capital, ambas sujetas a la ley del valor. El nuevo papel que juega el Estado en la economía ha inducido a numerosos autores y políticos a señalar que estamos en presencia del surgimiento del Capitalismo de Estado en América latina. A nuestro juicio, el capitalismo no tiene apellido. Es un modo de producción único e indivisible, aunque se puede distinguir entre capital estatal y capital privado. Pero el capital estatal, bajo el régimen de dominación burguesa, está siempre al servicio de la acumulación privada capitalista. La propiedad privada del producto es la base del régimen capitalista. En definitiva, los Estados latinoamericanos, aunque tengan más inversiones que el sector privado, actúan en función de las exigencias del capital privado. En varios países latinoamericanos existe un fuerte capital estatal, pero no es un supuesto capitalismo de Estado. Se ha confundido capital estatal con el llamado capitalismo de Estado. Es erróneo el concepto de que el capital estatal absorbe el capital privado. “Lo más cerca que el capitalismo ha estado nunca del capitalismo de Estado fue –dice Miliband- en la Alemania nazi (...) pero, incluso en este caso, el capitalismo no se transformó bajo los nazis en capitalismo de Estado.”38 La mayoría de los partidos de centro y de izquierda en América latina respaldan el nuevo papel del Estado, considerándolo un fenómeno progresivo que va contra la empresa privada capitalista y echa las bases para una ulterior etapa socialista. Esta ideología fabricada por los eurocomunistas y socialdemócratas europeos hace varios años y hoy vemos que, junto con las empresas estatales, está más fuerte que nunca la empresa privada francesa, italiana e inglesa. Se aplaude el desarrollo del llamado “capitalismo de Estado”, no advirtiendo que precisamente la política económica de las transnacionales es asociarse con un fuerte capital estatal en las industrias de exportación no tradicionales, estimuladas por la nueva visión internacional del capital-trabajo. Al parecer ignoran el papel de clase del Estado y que la plusvalía es apropiada por la clase burguesa en su conjunto, tanto en las empresas privadas como en las estatales, a través de la existencia de transferencia. Se pontifica, asimismo, acerca de la existencia de un capitalismo monopolista de Estado en varios gobiernos civiles y militares. Esto, que es erróneo para los países altamente industrializados, se convierte en una falacia para nuestros países semicoloniales. Si el Estado expresara solamente al capital monopólico dejaría de cumplir precisamente su papel de representante de diversas fracciones de la clase dominante, dejaría de jugar el papel de cohesionador y regulador de esas fracciones y perdería legitimidad ante los otros sectores burgueses no monopólicos. El hecho de que en un gobierno de turno favorezca los intereses del capital monopólico y de que esta fracción se convierta de un capitalismo monopolista de Estado, porque con esa caracterización se está tirando por la borda la teoría marxista del Estado, que señala que éste no representa a una sola fracción de clase sino al conjunto de los sectores de la clase dominante. No hay “capitalismo de Estado” distinto del capitalismo. Lo que existe es una diferencia entre el capitalismo librecambista del siglo XIX y el capitalismo actual con intervención activa del Estado en la economía.

Lenin utilizó el término “capitalismo de Estado” para señalar que el Estado obrero de la época de la NEP (Nueva Política Económica) se vio obligado a dejar funcionar ciertas empresas capitalistas, pero bajo el control del gobierno soviético; en el fondo, eran empresas capitalistas supervisadas por el Estado obrero. Alberto Pla sostiene que “en la polémica sobre la expresión capitalismo de Estado se busca la autoridad de Lenin para interpretaciones que estimamos equivocadas. Partamos entonces de Lenin. En el folleto sobre Capitalismo de Estado (1918) lo identifica explícitamente con intervención del Estado en la economía (...). Al criticar a Bujarin. Lenin dice con motivo de algunos párrafos de aquel sobre ‘la teoría económica del proceso de transición’: ‘ difícilmente sería justa la definición de capitalismo de Estado, de capitalismo sin acciones ni trust (y quizá sin monopolios)’. Y ante la afirmación de Bujarin de que el capitalismo de Estado es la unión del Estado burgués con trust capitalistas, Lenin acota que ‘es una tautología’. Después de la crisis de 1929, Trotsky dirá en La revolución traicionada: ‘Capitalismo de Estado presenta la ventaja de no ofrecerle a nadie un significado preciso’ (...). El sentido de la expresión en Lenin está claro, y él mismo lo explicita, es decir, no hay tal capitalismo sino que es una forma de decir que en el período de transición subsisten formas capitalistas, con intervención estatal y estatizaciones”.39

¿ESTADO MILITAR O DICTADURA MILITAR?

Nos parece equivocado el criterio de algunos autores latinoamericanos que señalan la existencia de un Estado militar al referirse a las dictaduras militares, especialmente del Cono Sur. Estos analistas no hacen la distinción entre gobierno y Estado. A nuestro modo de entender, se trata de dictaduras militares que administran el Estado burgués semicolonial. Es cierto que se fundamentan en la teoría de la “seguridad nacional”, en la contrainsurgencia y en la represión, pero eso no significa que hayan constituido un nuevo tipo de Estado, sigue siendo un Estado burgués, más totalitario, que ha militarizado la sociedad, pero al servicio de los mismos intereses capitalistas que los otros Estados burgueses regidos por la llamada democracia representativa. Tanto en unos como en otros se ha impuesto la política de acumulación mundial de las transnacionales, la asociación del capital criollo con el capital monopólico internacional. La prueba de que no se ha registrado un cambio cualitativo en el carácter del Estado en que cuando ha caído cualquier dictadura militar, el Estado sigue funcionando y actuando en representación de los mismos intereses de clase, como lo hemos visto en Ecuador, perú, Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. Hecha la distinción entre Estado y gobierno, podemos ahora analizar algunas características de las dictaduras militares de las décadas de 1970 a 1980. A diferencia de gobiernos militares del pasado, ejercidos por un caudillo del ejército, ahora las Fuerzas Armadas intervienen como institución para superar la crisis de conducción política de los partidos tradicionales de la burguesía, actuando de hecho como un partido “militar”. La izquierda latinoamericana, salvo excepciones, ha llegado a caracterizar de Estado fascista a las dictaduras militares. Estas son totalitarias, pero no siempre el totalitarismo es fascismo, aunque siempre el fascismo es totalitarismo. El fascismo alemán e italiano fue la expresión de la dictadura del gran capital financiero a través de un gobierno totalitario, que tuvo como elemento social específico el apoyo a la pequeña burguesía fanatizada y orgánicamente militante en el partido fascista o nazi. Es decir, en el fascismo existe un factor social clave: el apoyo y la movilización de la pequeña burguesía fanatizada en contra del proletariado. Este fenómeno social relevante no se ha dado en las dictaduras militares de América latina, por lo cual sería erróneo hablar de fascismo o de Estado fascista. Uno de los objetivos de las dictaduras militares es la represión masiva. De este modo, se tiende a contrarrestar de manera drástica los factores que agudizan la tendencia descendiente de

la tasa de ganancia. La liquidación de los sindicatos más combativos significa el intento forzado de terminar de manera abrupta con la presión obrera por los aumentos de salarios, uno de los factores claves que acelera la tendencia a la baja de la tasa de ganancia. Bajo las dictaduras militares no funciona el tradicional parlamento burgués; disminuye o llega incluso a desaparecer la actividad de los partidos burgueses. Entonces, la burguesía se expresa a través de sus instituciones de clase, como las corporaciones de la industria, el comercio, etcétera. La burguesía respalda en algunos países las dictaduras militares para resguardar sus intereses al precio de cierta renuncia al ejercicio directo del poder por la vía tradicional de sus partidos. Las dictaduras militares reprimen a los sectores sindicales más combativos pero, al mismo tiempo, tratan de establecer una política de control o “estatización sindical”, regimentada verticalmente. En síntesis, las dictaduras militares son una forma de gobierno del Estado burgués latinoamericano, no una nueva forma de Estado, ni militar ni fascista. La tríada Estado “oligárquico” –Estado “populista” –Estado “militar”, además de ser sociológicamente errónea, bloquea el análisis de clase y del carácter dependiente de nuestros países.

CARACTERIZACION DEL ESTADO LATINOAMERICANO

Ernest Mandel califica de semicoloniales a nuestros Estados latinoamericanos y los considera como una variante del Estado burgués. A continuación agrega que el control de la economía es imperialista, pero el personal político que dirige el Estado latinoamericano tiene un cierto margen de autonomía, haciendo una distinción entre la naturaleza de clase del Estado y la composición del personal dirigente, que ejerce el poder coyunturalmente. Esta caracterización de siemicolonial del Estado burgués latinoamericano nos parece correcta, porque es consecuente con la definición que hemos hecho de que nuestros países son semicoloniales, con un desarrollo capitalista desigual, articulado, combinado y específico diferenciado. Considerando la distinción que existe entre Estado y gobierno, hay que agregar a la definición de semicolonial el carácter específico que tiene cada gobierno latinoamericano, ya sea dictadura militar, civil autoritario, “nacional- popular”, bonapartista “clásico” o sui generis u otras variantes de dictadura burguesa. Por eso es un error de O’ Donnel40 hablar de Estado “populista” o Estado “borucrático-autoritario”, sin precisar su carácter burgués y semicolonial dependiente. EL PRIMER ESTADO EN TRANSICION AL SOCIALISMO EN AMERICA LATINA Nuestro estudio de los Estados nacionales sería incompleto si no señaláramos que con la consolidación de la Revolución Cubana surgió el primer Estado en transición al socialismo. Este Estado no nació inmediatamente después del derrocamiento de la dictadura de Batista en enero de1959, sino que el desplazamiento del gobierno burgués de Urrutia por el movimiento 26 de julio generó un gobierno obrero-campesino, presidido por Fidel y el Che Guevara, que echó las bases del primer Estado en transición al socialismo en América latina. Es importante tener presente que este Estado no se instaura de manera automática luego del triunfo de la revolución socialista, sino que transcurre en un período en que supervive cierta institucionalidad burguesa. Si bien es cierto que el triunfo de la revolución socialista logra destruir uno de los soportes principales del Estado burgués, como es el ejército, el proceso de

consolidación del nuevo Estado fue lento. Esta experiencia, vivida por la Revolución Cubana en sus primeros años, volvió a repetirse en Nicaragua, donde el proceso revolucionario contra Somoza logró el derrocar al Estado burgués.
NOTAS
ERNESTE MANDEL: El capitalismo tardío, ed ERA, México, 1979, .464. Engels plantea claramente los dos caminos para el surgimiento del Estado en el Anti-Dühring y en la carta del 27/10/1890 a C. Schmidt. Esto ha conmovido la fe de los dogmáticos de siempre, para quienes el surgimiento del Estado sólo podía darse si se cumplían las condiciones socioeconómicas que se dieron en Europa, características que pretendieron imponer como universales. Con el estudio de los Estados Inca y azteca, podemos contribuir a enriquecer la teoría del Estado, aportando nuevos elementos de análisis en relación al surgimiento del Estado en momentos en que todavía no existían clases consolidadas ni propiedad privada generalizada de los medios de producción. 3 JOHN MURRA: La organización económica del Estado inca, Ed, Siglo XXI, México, 1978, pp. 52 y 59. 4 PEDRO CARRASCO: “La economía prehispánica de México”, En E FLORESCANO: Ensayos sobre el desarrollo económico de México y América latina, FCE, México, 1979, p. 17. 5 JEAN CHESNEAUX: El modo de producción asiático, Ed,Grijalbo, México, 1973, p. 46 6 ALBERTO PLA: Modo de producción asiático y las formaciones económicosociales inca y azteca, Ed. El caballito, México, 1979, p. 124. 7 NATHAN WACHTEL: “La reciprocidad y el Estado inca: de Karl Polanyi a John Murra”, en Sociedad e ideología, Inst. de Estudios Peruanos, Lima, 1973, p. 62. 8 Íbid., p. 75. 9 J.M. OTS CAPDEQUI: Instituciones, Ed Salvat, Barcelona, 1959. 10 SERGIO BAGU: estructura social de la colonia, Ed. El Ateneo, Buenos Aires, 1952, p. 80. 11 DOMINGO DE AMUNATEGUI S.: El Cabildo de La Serena (1678-1800), Santiago de Chile, 1928, p.106. 12 JULIO ALEMPARTE: El Cabildo en Chile colonial, Santiago, 1940, p. 186. 13 REINHARD BENDIX: Estado nacional y ciudadanía, Ed. Amorrortu, Buenos Aires, 1974. 14 JULIO CESAR RODRIGUEZ y ROSAJILDA VELEZ: El precapitalismo dominicano de la primera mitad del siglo XIX, Ed. Univ. Autónoma de Santo Domingo, 1980, p. 111. 15 Ibíd., p.118. 16 EFRAIM CARDOZO: Breve Historia..., op. Cit., p. 76. 17 FRANCISCO GAONA: Introducción a la historia gremial y social del Paraguay, op. Cit., p. 78. 18 EFRAIM CARDOZO: Breve historia .... op. Cit., p. 66. 19 Ibíd., p.78. 20 JUAN BAUTISTA ALBERDI: Obras completas, Buenos Aires 1887, VI, pp. 340 y 342. 21 PASCAL ARNAUD: Estado y capitalismo en América latina. Casos de México y la Argentina, México, 1981. 22 NDRES GUERRERO: Los oligarcas del Cacao, Ed El conejo. Quito, 1980, p.13. 23 RAFALE QUINTERO: El mito del populismo en el Ecuador, FLACSO, Quito, 1980, p. 92. 24 LUIS VITALE: Estado y estructura de las clases en la Venezuela contemporánea, Taller Pio Tamayo UCV, Caracas, 1984. 25 C. MARX: Selectividad workeed, p. 153, citado Por E. MANDEL: El capitalismo tardío, op. Cit. 26 MARCOS KAPLAN: Formación del Estado nacional en América latina, Ed . Universitaria, Santiago de Chile, 1969, p. 185 y 186. 27 PASCAL ARNAUD: Estado y capitalismo..., op. Cit., p. 148 y 235. 28 OCTAVIO IANNI: La formación del Estado populista en América latina, Ed. ERA, México, 1975, p. 71. 29 FRANCISCO VALDES V.: Problemas económicos, Santiago de Chile, 1969, p. 186. 30 JULIO BAÑADOS: Balmaceda. Su gobierno y la revolución de 1891, París 1893, 1, p. 265. 31 C. MARX: Grundrise, p. 651, cit. Por E. MANDEL. El capitalismo tardío, cap. XV, op. cit. 32 PIERRE SALAMA: “El imperialismo y la articulación de los Estados-nación en América latina”, en Revista Críticas de la economía política, vol. II, p. 11, México enero-marzo 1977. 33 SALOMON KALMANOVITZ: Ensayos sobre el desarrollo del capitalismo dependiente, Ed. Pluma, Bogotá, 1977, p. 186. 34 TOMAS VASCONI: Venezuela: del Estado mediador-distribuidor al Estado organizador de la producción, Taller Experimental de Investigación Militante, UCV, Caracas, 1978. 35 J. M. VICENT: L’Etat contemporaine et le marxisme, Ed. Maspero, París, 1977, y J. HOLLWAY: State and Capital: a Marxist Debate, Londres, 1978. 36 LUIS VITALE: Historia de la deuda externa latinoamericana y entretelones del endeudamiento argentino, Ed. Sudamericana, Buenos Aires, 1986, p. 310. 37 TILAN EVERS: El Estado en la periferia capitalista, Ed, Siglo XXI, México, 1979, y HEINZ SONNTAG y otros: El Estado en el capitalismo contemporáneo, Ed. Siglo XXI, México 1977. 38 RALPH MILIBAND: El Estado, Ed. Siglo XXI, México, 1978. 39 ALBERTO PLA: La historia y su método..., op. Cit., pp.111 y 112. 40 GUILLERMO O’DONNEL: Reflexiones sobre las tendencias generales de cambio en el Estado burocrático-autoritario, CEDES, Buenos Aires, 1975.
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Capítulo VIII Las fases históricas de la dependencia
La dependencia no es una teoría, como han pretendido ciertos autores, sino una categoría de análisis. Sirve para analizar parte de la historia latinoamericana, especialmente aquella que se inicia con la colonización hispano-lusitana. Hay que aplicarla tomando en cuenta la especificidad de cada región o país en una época histórica determinada, porque no fue igual la dependencia del período colonial que la del siglo XX, cuyo análisis debe hacerse a la luz de la teoría del imperialismo. Cabe destacar que la dependencia, como categoría de análisis, ha enriquecido la teoría del imperialismo, especialmente en aquellos aspectos en que ésta no dedicaba la atención suficiente a la dinámica propia de los países coloniales y semicoloniales. Sobre la teoría del imperialismo se ha escrito de manera exhaustiva desde la época de Hobson, Hilferding y Lenin, pero desde el punto de vista de las metrópolis. Aunque autores como Sweezy, Mandel, Frank y otros han hecho aportes nuevos, todavía es insuficiente el estudio de los mecanismos económicos y políticos que han sufrido y sufren los países oprimidos. Ni siquiera Lenin alcanzó a profundizar en el problema, salvo algunas consideraciones puntuales y, sobre todo, relevantes apreciaciones políticas en las discusiones de los cuatro primeros congresos de la Internacional Comunista. Quien trató con mayor profundidad el tema fue Rosa Luxemburgo. Por encima de sus cuestionados análisis acerca de la realización de plusvalía y del desarrollo capitalista en los países altamente industrializados, a nosotros nos interesan sus contribuciones para la comprensión del funcionamiento de las economías latinoamericana, asiática y africana. Ella señaló con claridad los objetivos del capital monopólico en los países coloniales y semicoloniales: control de las materias primas fundamentales, incorporación de mano de obra barata mediante la liquidación de las comunidades aborígenes; integración de ciertas relaciones precapitalistas al régimen capitalista mundial, convirtiéndolas en funcionales al sistema; venta indiscriminada de artículos manufacturados con el fin de asfixiar las industrias artesanales nativas; ampliación del capitalismo a las áreas de economía natural, introduciendo los ferrocarriles y otros medios modernos de comunicación y transporte para desintegrar las economías de subsistencia y generalizar la economía de mercado.1 Al aplicar la dependencia como categoría de análisis, es necesario despojarla de la ideología de ciertos autores, dejar de lado la metodología estructural-funcionalista, el dualismo centro-periféria y, sobre todo, superar las omisiones relacionadas con el proceso de la lucha de clases al interior de cada zona o país. El concepto centro-periferia tiene cada día menos vigencia ante una “racionalidad” capitalista que prefiere trasladar cierto tipo de empresas, especialmente contaminantes, electrónicas, etc., del centro a la llamada periferia. Algunos dependentólogos unilateralizaron el análisis poniendo el acento en el carácter exógeno de nuestra economía, en detrimento del estudio de las relaciones de producción y del conflicto de clases. Se dio así una polémica nebulosa sobre el papel de los factores externos e internos, sin ver que ambos formaban parte de un mismo proceso, que obviamente se dio al interior de cada región dando lugar a diversas manifestaciones de la lucha de clases. Los fenómenos externos pasaron a integrarse y a conformar en cierta medida los procesos internos, cuyas formaciones sociales quedaron incorporadas al sistema mundial. La dependencia fue precisamente la expresión de la subordinación colonial, sobre la base de variadas relaciones de producción cuyo estudio ha sido descuidado por la mayoría de los ideólogos de la dependencia. Las relaciones de dependencia se expresaron tanto a través de la opresión colonial y étnica como de la explotación de clase.2 A su vez, los críticos de esta “teoría”, al hipertrofiar su enfoque en la producción, con el fin de motejar de circulasionista a ciertos autores, inauguraron un nuevo tipo de reduccionismo, que pretende interpretar la historia da través de la hipervaloración de las relaciones de producción. Al reduccionismo dependentista le opusieron el reduccionismo

monoproduccionista. Su labor “creadora” no ha pasado más allá de recomendaciones acerca del método para definir un modo de producción, con lo cual no se ha avanzado ni un centímetro en el análisis concreto de las formaciones sociales latinoamericanas. Algunos “monoproduccionistas” más imaginativos se han dedicado a rebuscar variadas relaciones de producción de la Colonia con el fin de descubrir algún nuevo modo de producción que no está en el índex de los epígonos de Marx. América latina ha sido dependiente desde la colonización portuguesa y española. Sin embargo, no basta sostener que nuestro continente ha sido siempre dependiente. Esta generalización sólo puede revelar su contenido concreto en la medida que se definan los rasgos específicos y los cambios cualitativos registrados en las diversas fases de la historia latinoamericana, que se expresan en “situaciones de dependencia” distintas, como diría Weffort. Todo análisis tiene que partir de la consideración de que América latina, desde el siglo XVI, pasó a formar parte de un sistema mundial, que derivó claramente capitalista en el siglo XVIII. Si no se enfoca globalmente esta totalidad, no podremos entender el proceso de acumulación ni las características específicas de la dependencia de América latina colonial. Hay que superar la polémica entre los factores externos e internos de la dependencia y la crítica reductora de los monoproduccionistas a supuestos circulacionistas que se atrevieron, como André G. Frank, a pensar con un concepto de totalidad la historia mundial, más allá de los criterios provincianos y localistas. El proceso latinoamericano de producción, circulación y apropiación fue un todo único integrado al mercado mundial en formación. No se pueden escindir las relaciones de producción de las formas histórico-concretas de circulación y apropiación del capital, so pena de analizar en abstracto las formas serviles, esclavistas y salariales, como si fueran estructuras iguales en todos los tiempos. A su vez, no basta con señalar que América latina producía para el mercado exterior, sino que es fundamental examinar también el tipo de relaciones de producción que se empleaba en dicha economía primaria y exportadora. Poner énfasis en que todo se reduce a la explotación por vía del mercado mundial, como de éste fuera deus ex machina, ha conducido a sobrevalorar la importancia del intercambio desigual, cuando lo básico es la extracción de plusvalía hecha tanto por los capitalistas criollos como por los extranjeros. No sólo hay que explicar cómo se transfiere el valor del exterior sino fundamentalmente su proceso de realización en el país dependiente. Este descuido analítico ha imposibilitado la comprensión de los fenómenos de acumulación al interior de cada país. Obnubilados por la salida del excedente que sin duda contribuyó a la acumulación originaria que se dio en América latina durante la Colonia y, especialmente, en los siglos XIX y XX, permitiendo la generación de una burguesía directamente relacionada con la producción. Este error es producto de un abusivo manejo del binomio metrópolis-satélite, que oscurece el análisis el análisis específico de las clases en cada uno de nuestros países y el funcionamiento concreto de las relaciones de producción. Los procesos de luchas de clases en América latina no son meros reflejos de la relación “metrópolis-satélite” sino el resultado de una dinámica social entre los trabajadores y los patrones criollos y extranjeros. No es obviamente un enfrentamiento entre “estructuras” dominantes y dominadas sino un abierto enfrentamiento de clases al interior de cada formación social. Hay que evitar el enfoque unilateral de la dependencia, que sólo mira desde el ángulo de la nación colonizante. Exceptuando la época colonial, la dependencia fue el resultado de un pacto neocolonial entre el capitalismo europeo y después norteamericano y las clases dominantes criollas, interesadas en seguir profitando de la economía primaria exportadora. Obviamente, los más beneficiados fueron los capitalistas de la metrópolis, que impusieron las reglas del juego en el precio de las materias primas y los artículos manufacturados, ahogando la posibilidad de creación de una industria nacional, en la que tampoco estaba interesada la burguesía criolla. El Estado-nación sirvió también para reproducir las diversas manifestaciones de la dependencia. Esta dialéctica de la dependencia pone de manifiesto la estrecha relación entre explotadores nacionales y extranjeros, al mismo tiempo que explica los fenómenos de la lucha de clases y la interrelación entre las tareas antiimperialistas y las anticapitalistas.

El concepto de dependencia estructural expresa la profunda subordinación de nuestra América a las metrópolis, desde la colonización española y portuguesa hasta el actual proceso de semicolonización. A la vez, pone de relieve el carácter de necesidad que tuvo y tiene la opresión colonialista para el desarrollo del propio capitalismo europeo y norteamericano. La inserción de América latina, Asia y Africa en el mercado mundial no fue una mera anomalía del sistema capitalista, sino que formó parte de su modo de producción capitalista “puro”, que hubiera sido contaminado por formas precapitalistas y economías primarias coloniales de exportación. La dialéctica de la dependencia muestra la interpretación recíproca de la metrópolis dominante con el país dominado. La primera necesita del segundo, como éste de aquella, aunque siempre predomina la sociedad opresora. América latina, al igual que Asia y Africa, ha sido y es parte de la historia mundial del capitalismo a partir del siglo XVI. No hay una relación de causalidad externa entre los países metropolitanos y los llamados satélites, sino una íntima interdependencia en la base de la cual está la extracción de plusvalía en el país oprimido. La dependencia estructural –no “estructuralista”- no fue dada de una vez y para siempre; fue cambiada desde la Colonia hasta el siglo XX, adoptando matices específicos en cada país o región de América latina. Nos parece poco riguroso el empleo del concepto “modo de producción capitalista dependiente” porque supone la existencia de un modo de producción capitalista diferente.3 El modo de producción capitalista tiene un carácter mundial unívoco, en el que las naciones imperialistas explotan a los países coloniales y semicoloniales. La mayoría de los dependentistas pone acento demasiado unilateral en lo económico. Creemos que, además de analizar la enajenación económica de nuestros países, es necesario estudiar la dependencia semicolonial en sus manifestaciones políticas y culturales. La investigación del proceso de dependencia política es clave para el diseño de una estrategia correcta, como lo advirtieron en su momento Manuel Ugarte, José Ingenieros y otros que la sufrieron en carne propia, como César Augusto Sandino. La dependencia política no es producto de una relación mecánica entre infraestructura u superestructura, pues tiene variadas manifestaciones: una, es el resultado de la relación dialéctica entre la inversión del capital monopólico y la política económica de los gobiernos de los países oprimidos, mediada por los préstamos, privilegios aduaneros, obras de infraestructura, negocios comunes e influencias sobre la burguesía criolla, ganadas a través de las granjerías. Existe otro tipo de dependencia política más profunda, que deviene de una intervención militar directa del imperialismo, como fue el caso de las invasiones de principios del siglo XX a Cuba, Puerto Rico, República Dominicana, Haití, Nicaragua y, últimamente, a Granada y Panamá. Otra manifestación de dependencia política ha sido el fenómeno de alienación política sufrido por los países latinoamericanos a través de pactos militares o de organismos supraestatales, como la OEA, que imponen políticas semicolonizantes. Es importante también investigar los procesos de doble dependencia, como los de Cuba, Puerto Rico, Brasil, etc., que experimentaron una dependencia colonial y, al mismo tiempo, una dependencia económica de otra metrópolis. Paraguay de principios del siglo XX es otro caso de doble dependencia, ya que un país latinoamericano, como la Argentina, ejerció un ostensible dominio a través de la inversión de capital en las explotaciones madereras, junto con Inglaterra. No basta decir que América latina es y ha sido dependiente. Es necesario señalar ante todo las características específicas de las diferentes etapas del proceso histórico de la dependencia. Durante más del 95 por ciento de nuestro tiempo histórico, cubierto por las culturas aborígenes, no fuimos dependientes ni “subdesarrolladas”. La primera fase de la dependencia se inició con la colonización hispano-portuguesa. Roto el nexo colonial, a partir de 1810, se abrió una nueva dependencia, caracterizada por una subordinación al mercado mundial y a los servicios de la deuda externa, pero con la especifidad de que las riquezas nacionales estaban en manos de la clase dominante criolla. La tercera fase empezó con la era del imperialismo, el que a través de la inversión de capital monopólico se apoderó de nuestras principales materia primas, de la banca y de los medios de transporte y comunicación, convirtiéndonos en semicolonias, primero inglesa y luego norteamericanas, aunque los países

de Centroamérica y el Caribe ya eran semicolonias norteamericanas desde principios del siglo XX. La calificación de semicolonia, soslayada por la mayoría de los autores, permite precisar la transformación cualitativa que se registró en las formaciones sociales latinoamericanas desde fines del siglo XIX. DEPENDENCIA COLONIAL

L integración de América latina al mercado mundial y su forma colonial de subordinación a la monarquía hispano-lusitana configuró el inicio del proceso histórico de la dependencia a nuestro continente. Esta primera fase de la dependencia no es asimilable a la conceptualización actual de “centro-periferia” porque en aquella época la relación “metrópoli-satélite” tenía un contenido no sólo económico sino fundamentalmente político. La condición colonial estaba determinada tanto por lo económico como por el carácter subordinado del Estado Indiano, de modo que lo colonial permeaba todas las relaciones socioeconómicas y políticas. La dependencia se expresaba no sólo entre las colonial y la metrópolis, sino también entre las colonias más ricas y las más pobres, de acuerdo a la programación hecha por la corona española. Así se configuró una forma especial de opresión y explotación de Nueva España sobre Centroamérica y las Antillas españolas; del Virreinato del Perú sobre la Capitanía General de Chile y la Real Audiencia de Quito, y de Buenos Aires sobre la Banda Oriental. El papel jugado por estas “submetrópolis coloniales” agudizaba la opresión que sufrían las colonias más pobres, doblemente explotadas por los epicentros monárquicos y las colonias más prósperas. Esta doble dependencia se expresó también, aunque de modo diferente, en brasil, que no sólo sufría una dependencia colonial de Portugal sino que, al mismo tiempo, era indirectamente dependiente de Inglaterra. Desde principios del siglo XVIII, la monarquía lusitana había pasado al área de dominación británica, a raíz del Tratado de Methuen, fenómeno que repercutió en el control del mercado brasileño. Esta manifestación de doble dependencia fue una especificidad de Brasil, no sufrida por las colonias hispanoamericanas, sometidas verticalmente a una sola dependencia. El comercio colonial jugó un papel importante en la fase de acumulación originaria de la era mercantilista, aunque es obvio que un modo de producción no se define por la circulación de mercancías. Las relaciones de producción, implantadas en función del proceso mundial de acumulación de capital, jugaron un papel decisivo en el proceso productivo colonial. Las formas serviles, semiserviles y esclavistas cumplieron en América latina colonial un papel distinto al desempeño en otros regímenes precapitalistas. En nuestro continente, el plusproducto extraído a los indios, negros y mestizos o el excedente producido con relaciones de producción precapitalistas, contribuyó a la acumulación capitalista mundial, del mismo modo que la plusvalía extraída a los asalariados en los principales centros mineros. Las condiciones de reproducción de estas relaciones de producción en América latina dependieron, en cada colonia, del sistema mercantilista internacional. Del mismo modo, la inversión de capital y el desarrollo de las fuerzas productivas en las minas, plantaciones e ingenios se hicieron en función de las necesidades del mercado mundial. El papel del capital comercial debe analizarse en función de cada formación social histórico-concreta. El capital comercial de la formación social europea de los siglos XVI y XVII cumplió un papel diferente al del capital comercial de la época romana, porque fue decisivo en la acumulación de capital que dio lugar a nuevas relaciones de producción. La conquista de América fue un triunfo no sólo de la burguesía comercial hispanoportuguesa, sino también de los banqueros genoveses, flamencos y alemanes y, ulteriormente, del capital mercantil inglés y francés. Capital no significa necesariamente modo de producción capitalista, pero sería ahistórico ignorar el papel del capital comercial moderno en la génesis del sistema capitalista, como le ha ocurrido a varios críticos dogmáticos del supuesto

circulacionismo. En tal sentido, Enzo del Búfalo y Edgar Paredes han señalado con certeza que “no podemos coincidir con Assadourian, y con los que como él ven en el capital comercial de esa época una mera premisa histórica del capitalismo (...). el capital comercial que impulsa la conquista de América debido a su articulación con determinadas relaciones de producción, tiene un carácter particular y no se puede ser confundido con cualquier capital comercial. En este aspecto, la objeción a la tesis ‘capitalista’ comparte con ésta la misma falta de rigor teórico”.4 El enfoque que hemos hecho en nuestros libros y ensayos no ha sido de tipo “circulacionista”, porque es obvio que un modo de producción nos e define por el intercambio comercial sino por las relaciones de producción y su articulación con las fuerzas productivas en un proceso productivo concreto. Siempre hemos puesto el acento en la producción y no en la mera circulación de mercancías. Si hemos insistido en que la producción estuvo destinada al mercado mundial en formación, no fue porque creyéramos que el solo hecho de comercializar le daba un carácter capitalista, sino porque la incorporación a ese mercado tuvo una dinámica que favoreció la implantación de las primeras relaciones de producción capitalista. Lo básico, era el sistema de producción, reproducción y acumulación del capital que impusieron los colonizadores. Las variadas relaciones de producción establecidas en la Colonia estuvieron subordinadas a ese objetivo. La circulación, la apropiación y la distribución eran muy importantes en la fase mercantilista. El monopolio comercial español, a través de los bajos precios que fijaba a los productos coloniales y a la especulación de los artículos manufacturados, imponía a las colonias la balanza comercial deficitaria, que era la expresión de la transferencia de valor y del deterioro de los términos del intercambio. A través del monopolio comercial y de la usura, la corona se apropiaba de una plusvalía que no era reinvertida, salvo excepciones, en el aparato productivo colonial. El sistema de circulación estaba íntimamente ligado al mercantilismo capitalista de aquella época, reflejando la realización externa del excedente. Las especificidades que tuvieron cada una de las colonias en cuanto al tipo de producción que les fue asignado estuvieron en relación con las necesidades de las metrópolis, de acuerdo al proyecto general de acumulación. Algunas colonias, como la Capitanía General de Chile, la Real Audiencia de Quito y el norte argentino, tuvieron que producir lo que necesitaban los centros claves de la acumulación de capital, como la famosa mina de plata de Potosí. El sistema colonial funcionaba como un todo, con una relativa programación de la economía latinoamericana en su conjunto. El Estado colonial era el encargado de ejecutar esta política económica y la Iglesia católica de justificarla ideológicamente. Las monarquías española y portuguesa –que debían responder a los desafíos del mercantilismo europeo, en pleno proceso de transición al capitalismo- impusieron en nuestro continente un tipo de economía al servicio de los apremiantes intereses de acumulación de capital, apropiándose del excedente tanto por vía fiscal (tributos, impuestos, diezmos, etc.) como por el monopolio comercial y la explotación de la mano de obra. Ciro Cardoso propone la categoría de “modos de producción dependientes”, basado en que “las formaciones sociales de América colonial se caracterizaron por estructuras irreductibles a los modos de producción elaboradas por Marx”.5 Admite que es “posible identificar un cierto número de modos de producción coloniales que, por una parte, fueron dominantes en relación a vastas áreas y numerosas formaciones sociales (el modo de producción esclavista colonial, por ejemplo, fue dominante en Brasil, Las Antillas, Las Guayanas, el sur de Estados Unidos y partes de América española continental), en las cuales coexistieron con modos de producción secundarios; pero, por otra parte, la dependencia, que tiene como uno de sus corolarios la transferencia de una parte del excedente económico a las regiones metropolitanas, por circunstancias del proceso genético evolutivo de las sociedades en cuestión, es un dato inseparable del concepto y de las estructuras de dicho modo de producción”.6 Al sostener que en América latina hubo “estructuras irreductibles a los modos de producción elaboradas por Marx”, Ciro Cardoso pretende diluir la teoría de los modos de producción elaborada por Marx, quien en reiteradas oportunidades manifestó que esos modos de producción no se daban en forma pura. En nuestra América se dieron varios modos de producción, como lo hemos visto en el capítulo IV.

Ninguna de las relaciones de producción fue preponderante ni generalizada en América colonial. Hubo efectivamente colonias que en particular tuvieron relaciones de producción preponderantes, como la esclavitud negra en las regiones que mencionaba Cardoso, pero en otras lo dominante fue la encomienda, y en otras el inquilinaje, la medianería, la aparcería e inclusive, el salariado en la minería de México, Potosí y Chile. La categoría de “modo de producción dependiente”, planteada por Ciro Cardoso, quiere decir todo sin precisar nada, porque no especifica las relaciones de producción y su articulación con las fuerzas productivas. Su “modo de producción dependiente” es tan impreciso que podría aplicarse tanto a los modos de producción de las colonias de los siglos XVI al XIX como a los modos de producción contemporáneos de Asia, Africa y América latina. De aceptar este método de análisis, habría que decir también que la América latina del siglo XX tiene un modo de producción dependiente, con lo cual no hemos avanzado un paso en la investigación de la especificidad de la dependencia en la formación socialcolonial y en las que le sucedieron hasta el siglo XX, donde se produjo un cambio cualitativo en el carácter de la dependencia. La caracterización de Ciro Cardoso se hace más confusa cuando al tratar el tema de la esclavitud, manifiesta: “el modo de producción esclavista colonial tenía un carácter de modo de producción dependiente, ya que desde el comienzo las funciones sociales correspondientes fueron dependientes, periféricas y deformadas.”7 ¿Era un modo de producción esclavista o un modo de producción dependiente? Ciro Cardoso confunde modo de producción con formación social. La formación social de la colonia era dependiente; lo colonial cualifica el carácter de la dependencia de esa fase, pero es necesario definir claramente cuáles eran las relaciones de producción. En América latina colonial no se generalizó un modo de producción preponderante sino que se dieron variadas relaciones de producción precapitalistas y capitalistas embrionarias, al servicio de una economía primaria exportadora para un mercado mundial capitalista en formación. La formación económica, resultante de la combinación de las diversas relaciones de producción, formaba parte de una formación social del tipo colonial, que era la forma en que se expresaba concretamente la dependencia en aquella fase histórica.

LA ESPECIFICAD DE LA DEPENDENCIA EN EL SIGLO XIX Limitado el proceso de liberación a la independencia política formal, nuestros países cayeron bajo una nueva forma de dependencia. En lugar de profundizar un camino a la revolución democrático-burguesa, que posibilitara una real liberación nacional mediante la industrialización y la reforma agraria, la burguesía criolla prefirió consolidar los rasgos aberrantes de nuestra economía, heredados de la Colonia, reforzando la función de países productores y exportadores de materias primas. Rotos loa lazos con España, la clase dominante necesitaba otros mercados para la colocación de sus productos agropecuarios y mineras. Lo encontró en las metrópolis europeas, en pleno avance industrial. Para asegurar mejores precios y mayor demanda de sus productos plasmó un pacto neocolonial por el cual se comprometió a permitir la entrada indiscriminada de manufactura extranjera. De este modo, quedó sellada la dependencia, desperdiciándose una oportunidad histórica para iniciar un proceso autónomo de industrialización, que en aquella época era todavía posible. Sin embargo, se ha exagerado al afirmar que nuestro continente pasó de su condición de colonia española o portuguesa a la de colonia inglesa. Esta caracterización no resiste un análisis riguroso porque es obvio que desde principios del siglo XIX nuestros países fueron políticamente independientes. Tampoco se convirtieron automáticamente en semicolonias, porque las riquezas nacionales se mantuvieron en manos de la burguesía criolla. Lo específico de la dependencia de América latina en el siglo XIX radicaba en que las tierras y las minas estaban en manos de los diversos sectores de la clase dominante. Esta

situación recién varió a fines del siglo pasado con el inicio de la fase imperialista y la consiguiente inversión de capital financiero extranjero que se apoderó de las riquezas nacionales básicas transformando a nuestros países en semicolonias. La caracterización de semicolonia permite precisar la transformación cualitativa que se operó a fines del siglo pasado. Este cambio significativo en nuestra condición de países dependientes, producido hacia 1890 al iniciarse la etapa imperialista, expresa que entre el período en que fuimos colonia española y en el que llegamos a ser semicolonia inglesa o norteamericana existió una época que tuvo características peculiares. Esta época, que cubre casi todo el siglo XIX, se caracterizó por una dependencia de la economía primaria exportadora respecto del mercado mundial. La plusvalía extraída a los trabajadores latinoamericanos por la burguesía criolla se realizaba en el mercado mundial mediante la venta de las materias primas. Una parte sustancial se apropiaban los capitalistas nacionales y otra iba a parar a las metrópolis, en concepto de compra de los productos manufacturados y del transporte de las materias primas, por carecer nuestros países de marina mercante nacional. Esta porción de la plusvalía era drenada hacia las metrópolis europeas a través de los fluctuantes precios de nuestros productos fijados por el mercado mundial y también por la acción de los mecanismos financieros, como los empréstitos e intereses de las deudas contraídas por los gobiernos latinoamericanos. La parte de la plusvalía que quedaba en manos de los capitalistas criollos, en lugar de ser utilizada para la creación de una industria nacional fue reinvertida en tierras, minas e importación de maquinaria destinada solamente a las necesidades inmediatas de la producción agropecuaria y minera, además de la porción gastada en mansiones, viajes a Europa y artículos suntuarios. La burguesía criolla se consolidó sobre la base del aumento de la demanda de materias primas por parte de una Europa en plena Revolución Industrial. La división internacional del capital-trabajo agudizó el proceso de dependencia porque en el reparto mundial, impuesto por las grandes potencias, a nuestros países les correspondió jugar el papel de meros abastecedores de materias primas básicas y de importadores de productos industriales. La demanda del mercado internacional permitió un desarrollo del capitalismo criollo, pero dialécticamente reforzó los lazos de dependencia. El centro homogéneo impuso las reglas del juego, estimulando la evolución de un capitalismo dependiente. Mientras la producción minera y agropecuaria de América latina aumentó en términos aritméticos, las nuevas relaciones de dependencia fueron creciendo en forma cuasi geométrica. La estrecha subordinación al mercado mundial, resultante no sólo de nuestra condición de exportadores de materias primas sino también de importadores de productos manufacturados, configuró un tipo específico de dependencia. Durante gran parte del siglo XIX, América latina pudo conservar sus riquezas nacionales porque el desarrollo capitalista europeo no se fundamentaba todavía en la inversión del capital financiero en las zonas periféricas sino en sus propias naciones, en pleno proceso de industrialización. Los países llamados “satélites” contribuían al desarrollo de las metrópolis, abasteciendo sus necesidades de materias primas, hecho que permitió a la burguesía europea desplazar hacia la industria capitales que antes destinaba a la agricultura y minería. La compra de materias primas a bajos precios y la venta de productos manufacturados a elevados precios en América latina permitió a la burguesía europea aumentar su plusvalía y reinvertirla en las áreas económicas más promisorias de sus respectivos países. Las metrópolis europeas no colocaron capital productivo, con excepción de las inversiones norteamericanas en el azúcar cubano, y de las inglesas en las minas de México, Chile y el norte argentino, que terminaron siendo poco rentables. Las formas de penetración foránea fueron en general indirectas, especialmente a través de empréstitos, ya sea para que los Estados latinoamericanos “sanearan” su hacienda pública, aumentaran la importación o financiaran las obras de infraestructura. Las metrópolis europeas fueron imponiendo progresivamente lazos de dependencia a los países latinoamericanos mediante el sistema crediticio, el control del transporte marítimo, la exportación de maquinarias para la explotación minera y agropecuaria y la introducción del ferrocarril y el telégrafo, además de la venta de artículos manufacturados.

José Luis Romero ha dicho certeramente que “si en el marco de la economía mercantil era importante, Latinoamérica pasó a ser mucho más importante en el marco de la economía industrial.”8 América latina se convirtió entonces en un continente clave para Europa y Estados Unidos, no sólo por la materia prima sino por constituir un mercado fundamental para la venta de sus artículos manufacturados. La inserción plena de la economía latinoamericana en el mercado mundial, estimulada por la nueva división internacional del capital-trabajo, la modernización de los puertos, el aumento de las vías férreas y de las líneas telegráficas, la introducción de nueva tecnología y, fundamentalmente, la generalización de las relaciones de producción salariales, aceleraron el desarrollo de un modo de producción capitalista, obviamente distinto al capitalismo industrial europeo. Fue un capitalismo primario exportador, productor de materias primas para el mercado internacional, un capitalismo dependiente de los países metropolitanos, que a medida que se afianzaba se hacía más subordinado a los países llamados centros. La demanda del mercado internacional permitió un desarrollo del capitalismo criollo, pero dialécticamente reforzó los lazos de dependencia. La consideración de esta totalidad, signada por la relación metrópolis-país dependiente, permite hacer un tratamiento de conjunto de las relaciones de producción, que forman una trama inescindible del intercambio y la realización del capital en el proceso general de acumulación. Por eso, nos parece irrelevante la crítica de los “monoproduccionistas” en torno a los procesos de circulación del capital. André G. Frank aclara que “en la medida en que las relaciones de producción –pero en relación con el intercambio y la realización- son el criterio pertinente, es la transformación de las relaciones de producción, circulación y realización, mediante su incorporación en el proceso de acumulación del capital, lo que constituye, en principio, el criterio relevante de existencia del capitalismo”.9 En la segunda mitad del siglo XIX todavía las riquezas nacionales se encontraban en manos de la clase dominante criolla. Esta peculiaridad es fundamental para comprender el desarrollo endógeno del capitalismo primario exportador latinoamericano, fenómeno que han descuidado los “dependentólogos” que sólo manejan el cuestionado e insuficiente binomio centro-periferia. En nuestro continente se desarrolló una burguesía criolla –abusivamente llamada nacional- con capitales propios, que extraía y reinvertía la plusvalía mediante un estilo propio de acumulación de capital. En tal sentido, al teoría marxista de valor-trabajo, que nos explica sin ambigüedades el proceso de apropiación de plusvalía, es más precisa que la noción de excedente económico. A pesar de la clara existencia de relaciones de producción capitalistas en la segunda mitad del siglo XIX, los “monoproduccionistas” se resisten a reconocer esa forma de realización del capitalismo en nuestra América, porque no coincide con el “modelo” de desarrollo capitalista industrial europeo. No alcanza a comprender que en América latina hubo un particular desarrollo capitalista, inserto en el sistema capitalista mundial, que adoptó la forma de un capitalismo primario exportador. El denominado “crecimiento hacia fuera”, generalización que alienta falsas ilusiones acerca de un supuesto crecimiento que conlleva la declinación porque se dio sobre la base de una economía distorsionada y subordinada, monoproductora y carente de una industria nacional, estructura que facilitó la fuga “hacia fuera” de gran parte de la plusvalía. La burguesía criolla concedió grandes facilidades al capitalismo europeo para la internación masiva de sus productos industriales, que aplastaron a la incipiente artesanía local. Rosa Luxemburgo decía que “la ruina de la propiedad comunal era una condición previa para lograr el disfrute económico del país conquistado (...) la segunda condición es la ampliación de la acción del capitalismo a las sociedades de economía natural (...) un importante capítulo final de la lucha contra la economía natural es el de separar la industria de la agricultura, la eliminación de las industrias rurales”.10 La dependencia se acentuó también con la importación de tecnología avanzada para renovar el aparato productivo de las empresas mineras y agrícolas, con la instalación de ferrocarriles y líneas telegráficas, además de los repuestos y materiales necesarios para las obras de infraestructura, relacionadas con el proceso de urbanización. Gran parte del excedente

económico fue a parar por estos conductos a manos de los capitalistas europeos, especialmente ingleses. La dependencia se expresó, asimismo, en la necesidad de recurrir a los barcos extranjeros para la exportación de nuestras materias primas. El pago de fletes era una forma de fuga de la plusvalía. Los modernos buques europeos, con casco metálico y motor a vapor perfeccionado, desplazaron a los escasos buques nacionales del comercio exterior de cabotaje. El comercio al por mayor estaba controlado en forma casi exclusiva por las casas extranjeras radicadas en el país, que no se limitaban a importar artículos manufacturados sino que también jugaban el papel de intermediarias en la exportación de los productos agropecuarios y mineros. La brusca variación de los precios de las materias primas en el mercado mundial puso al desnudo el carácter subordinado de nuestra economía, que se agravaba con las crisis cíclicas del capitalismo decimonónico. En relación a los problemas que creaba a nuestros países la fijación de los precios de las materias primas por el mercado internacional, Sarmiento escribía a Posse en 1864: “el ganado y sus productos como industria exclusiva y única del país, tiene el inconveniente de que su precio no lo regulamos nosotros, por falta de consumidores sobre terreno, sino que nos lo imponen los mercados extranjeros, según la demanda”.11 Esto era el resultado de la política económica de una oligarquía que, en vez de fomentar la industria nacional, se enriquecía “mirando parir vacas” al decir del mismo Sarmiento. La devaluación monetaria fue otra resultante de nuestra condición de país atrasado y dependiente. La adopción del patrón oro, impuesto por los bancos europeos, fijó un sistema cambiario basado en la convertibilidad internacional que acentuó la dependencia de nuestros países. Las casas exportadoras e importadoras y la burguesía criolla agrominera fueron altamente favorecidas con la depreciación de la moneda nacional, ya que recibían libras esterlinas por la venta de sus productos de exportación y pagaban salarios, impuestos y otros gastos en moneda devaluada. La política de empréstitos internacionales agudizó el proceso de la dependencia. Este sistema crediticio permitió a las metrópolis no sólo cobrar altos intereses, sino también presionar sobre los gobiernos para obtener mayores ventajas comerciales, so pretexto del incumplimiento de los compromisos. Por eso, la historia de la deuda externa es parte consustancial de la historia del proceso de la dependencia. Al respecto, Alberdi decía: “la América del Sur, emancipada de España, vive bajo el yugo de su deuda pública. San Martín y Bolívar le dieron su independencia, los imitadores modernos de esos modelos la han puesto bajo el yugo de Londres”.12 El proceso de acumulación de capital, que hasta la década de 1880 era en parte nacional, experimentó un cambio significativo con la penetración del capital financiero extranjero en el inicio de la era imperialista mundial. Las riquezas nacionales comenzaron a pasar a manos de los empresarios extranjeros, iniciándose el proceso de semicoloniazación de América latina y progresiva desnacionalización de sus riquezas. El carácter de la dependencia experimentó un cambio cualitativo a fines del siglo XIX con la inversión de capital financiero extranjero en las principales actividades económicas. Hasta ese entonces, el capitalismo europeo no había efectuado inversiones directas significativas en las actividades productoras. Las inversiones de Inglaterra en el exterior subieron de “800.000.000 de libras esterlinas en 1871 a 3.500.000.000 en 1913. Esta última cifra representa para Inglaterra un ingreso mínimo de 200.000.000 de libras; sólo entre los años 1887 y 1889, en la industria minera, la inversión llegó a 127.680.870 libras”, de las cuales 14.277.000 correspondieron a Latinoamérica.13 Las riquezas nacionales pasaron a manos de los capitalistas europeos y norteamericanos; en algunos casos compradas a la burguesía criolla, en la mayoría, obteniendo concesiones de los Estados para abrir nuevas áreas de explotación, especialmente en la minería y las plantaciones. Mientras Estados Unidos redoblaba su inversión en Centroamérica y el Caribe, Inglaterra hacía fuertes inversiones en la industria azucarera del Brasil, entre 1875 y 1885, en las minas de salitre en Chile y de oro en el Ecuador y en los frigoríficos de Uruguay y la Argentina, penetrando impetuosamente en el aparato productivo de México, bajo Porfidio Díaz.

EL CAMBIO CUALITATIVO DEL CARÁCTER DE LA DEPENDENCIA Si desde la época colonial hispano-lusitana América latina quedó incorporada a la formación social capitalista mundial a través del mercado internacional, en la era imperialista no sólo formó parte de ese mercado sino también del proceso productivo mundial capitalista. No puede entenderse nuestra historia y la del propio sistema capitalista si no se analiza como una totalidad en la que el fenómeno de acumulación constituye un solo proceso interrelacionado a escala mundial. A partir de entonces, la economía se hizo mundial o, mejor dicho, el proceso productivo se hizo mundial, porque en cuanto a mercado ya lo era desde hacía varios siglos. Y también la política se hizo mundial. Las áreas que restaban por colonizar fueron repartidas para sí por las grandes potencias capitalistas. América latina sufrió un proceso de colonización en Centroamérica y el Caribe y de semicolonización generalizada en el resto de los países. La inversión masiva de capital monopólico condujo a la enajenación de parte de nuestra soberanía nacional. También fuimos incorporados al circuito de la cultura occidental a través de modernos medios de comunicación de masas, como la radio. Así, la burguesía logró por primera vez en la historia masificar su ideología a nivel mundial. El carácter de la dependencia cambió cualitativamente con la penetración imperialista de fines del siglo pasado. La inversión de capital monopólico, especialmente británico, transformó a nuestros países en semicolonias. Durante la segunda mitad del siglo XIX, el capitalismo inglés comenzó a invertir capitales en los servicios públicos y, posteriormente, en las principales materias primas. A principios del siglo XX, la mayoría de los capitales correspondían a inversiones directas en los fundamentales centros de producción minera y agropecuaria, aunque hubo también capitales franceses, norteamericanos y alemanes. Las inversiones inglesas en ferrocarriles subieron de 820 millones de dólares en 1890 a 2.500 millones de dólares en 1926; en la minería aumentaron de 60 millones de dólares en 1890 a 110 millones de dólares en 1926. En resumen, en todo el sector privado, incluyendo banca y servicios públicos, las inversiones inglesas aumentaron de 1.100 millones de dólares en 1890 a 4250 millones de dólares en 1926. Las inversiones norteamericanas en el sector privado latinoamericano subieron de 146 millones de dólares en 1897 a 2.410 millones en 1929; en el sector secundario, de 3 millones de dólares a 231 millones; en el terciario, de 15 millones a 198 millones, y en ferrocarriles y servicios públicos, de 139 millones de dólares a 706 millones de dólares en las fechas mencionadas.14 Los países latinoamericanos se convirtieron en semicolonias, al pasar las principales riquezas nacionales a manos del capital monopólico extranjero. En la Argentina, los ingleses se apoderaron de los frigoríficos y de la comercialización de los productos agropecuarios. El principal producto de exportación chileno, el salitre, era de propiedad británica. En Bolivia, el estaño quedó en manos inglesas, al igual que la madera paraguaya y el petróleo venezolano hasta la década de 1920. En México, hubo un control parejo de la economía por parte de los ingleses y norteamericanos. En conclusión, la mayoría de los países sudamericanos pasaron a ser simicolonias inglesas. En cambio, casi todos los países centroamericanos y caribeños se convirtieron en semicolonias norteamericanas desde fines del siglo XIX, sufriendo ocupaciones prolongadas que los transformaron en cuasi colonias. Tal fue el caso en Cuba, desde 1900 hasta la derogación de la Enmienda Platt en la década de 1930. La especificidad de la dependencia en Cuba consistió en pasar directamente de colonia española a neocolonia norteamericana. Mientras la mayoría de las naciones latinoamericanas sufrió una dependencia de carácter económico en las primeras décadas del siglo XX, Cuba sufrió una aguda enajenación de su soberanía política que la convirtió en un país más que semicolonial. Puerto Rico también fue

otra isla que pasó de colonia española a neocolonia norteamericana, luego de la invasión de los “marines”. Haití y República Dominicana vieron afectada su soberanía durante varios años por la ocupación de tropas norteamericanas, que consolidaron la penetración del capital monopólico. La dependencia colonial fue tan manifiesta que las aduanas y los cuerpos de seguridad de ambos países pasaron a ser administrados y dirigidos por Estados Unidos. La ocupación de Nicaragua, más prolongada que las anteriores –de 1909 a 1933- tuvo también claros objetivos de dominio territorial, pues Estados Unidos, no satisfecho con el canal de Panamá, pretendió consolidar su monopolio del transporte marítimo mediante la construcción de otro canal por los lagos de Nicaragua. Panamá fue afectado por un tipo especial de dependencia, expresado en un enclave colonial en una parte de su territorio. Esta colonia siu generis dentro de un país que recién había accedido a la independencia política marcó el subdesarrollo dependiente para el resto del siglo. Panamá no sólo perdió parte de su superficie, sino también su más importante riqueza. Las tarifas del tránsito comercial por el Canal. En síntesis, estas intervenciones militares muestran la mistificación de aquellos ideólogos proimperialistas que han pretendido presentar a Estados Unidos como una ponencia no colonialista, diferente a los imperios europeos. La pugna entre el imperialismo yanqui y el europeo se decidió a favor del primero a fines de la década de 1920, aunque el imperialismo inglés siguió ejerciendo gran influencia en países como la Argentina, Uruguay y Brasil y reteniendo el dominio colonial de Guyana, Jamaica, Granada, Barbados, Trinidad Tobago y otras islas del Caribe, además de las Islas Maldivas que había conquistado en 1833 y del enclave colonial en Guatemala, llamado Bélice. Una de las excepciones que escapó al dominio norteamericano e inglés fue precisamente Guatemala, donde el capitalismo alemán logró controlar la producción y comercialización del café. Los franceses se batieron en general en retirada después de la Primera Guerra Mundial, dejando escasas inversiones en América latina: México y Argentina. Conservaron sus colonias en las islas antillanas y en Guayana, al igual que los holandeses. La plusvalía extraída por el capital monopólico en este nuevo tipo de semicolonización, iniciado con la fase imperialista, significó un salto cualitativo en la acumulación capitalista mundial. Al mismo tiempo, nuestra economía primaria exportadora se hizo más dependiente de las fluctuaciones del mercado internacional, y los excedentes fueron a parar en mayor grado a las metrópolis que habían invertido capital en esas materias primas. En un proceso de desnacionalización sin precedentes en la historia latinoamericana, la burguesía criolla hizo entrega de las principales riquezas nacionales a las empresas imperialistas. El capital extranjero no sólo se apoderó de las materias primas sino que acentuó el control del intercambio comercial, que venía ejerciendo desde el siglo XIX, y del sistema financiero. Este proceso de semicoloniazción suscitó como contrapartida un poderoso movimiento nacional-antiimperialista, expresado en manifestaciones públicas, en luchas armadas y en el surgimiento de un pensamiento antiimperialista o en un embrión de doctrina nacionalista, que en algunas organizaciones e individuos quedó en el nivel antiimperialista y en otros se hizo también anticapitalista. La dependencia comenzó a expresarse también en el plano político. Desde fines del siglo XIX, Estados Unidos procuró crear una organización continental a modo y semejanza del panamericanismo planteado en la doctrina Monroe, con el fin de asegurar su predominio y desplazar la influencia del capitalismo europeo, especialmente el británico. James Blaine fue el ejecutor de esta política continental que se inició con la Conferencia Panamericana de 1889, realizada en Washington. Sin embargo, el proyecto encontró desde el comienzo la resistencia de algunos países, como la Argentina, estrechamente vinculados a los negocios de la city londinense. Su delegado, Roque Sáenz Peña, levantó en dicha Conferencia la consigna de “América para la humanidad”, en contraposición a la fórmula yanqui de “América para los americanos”. No obstante, Estados Unidos prosiguió con su plan a través de las Conferencias Panamericanas de 1901 (México) y 1910 (Buenos Aires), donde la Oficina Internacional de

Repúblicas Americanas se transformó en la Unión Panamericana. Algunos países latinoamericanos reiteraron su decisión de que los conflictos interamericanos no fueran resueltos por este organismo, sino por la Corte Internacional de La Haya, con el fin de contrapesar con los europeos las tendencias expansionistas de Estados Unidos. La Primera Guerra Mundial –y con ella el inicio de la decadencia imperial europeareforzó la importancia geopolítica de los Estados Unidos en nuestra América. En la Conferencia Panamericana de 1923, efectuada en Santiago de Chile, se replanteó la idea de una organización interamericana, promovida por varios países filonorteamericanos, aunque siempre con reservas de las naciones del ABC (Argentina, Brasil y Chile).

LA NUEVA DEPENDENCIA SEMICOLONIA

La guerra de 1914 irrumpió la carrera inversionista de Inglaterra en América latina y colocó en primer plano a su competidor por el control de las materias primas: Estados Unidos. Sus inversiones se aceleraron a tal ritmo que hacia 1930 había desplazado al imperialismo inglés en la mayoría de nuestros países. De este modo, de semicolonia inglesa pasamos a convertirnos en semicolonia norteamericana. Algunos países centroamericanos y de la región del Caribe ya eran semicolonias yanquis desde hacía cerca de medio siglo. Después de la Segunda Guerra Mundial el imperialismo norteamericano no solamente invirtió en las materias primas sino también en la industria latinoamericana, que se había desarrollado a partir de la década de 1930. Hacia 1960, la parte fundamental de la industria latinoamericana, especialmente aquella dedicada a la elaboración de productos de consumo durable, había pasado a manos del imperialismo yanqui, con el cual se asoció la burguesía industrial criolla. Este proceso es de todos conocido y ha sido subrayado por numerosos autores; pero queremos llamar la atención sobre el nuevo carácter de la dependencia, que se expresó no solamente en el plano económico. A partir de la Segunda Guerra Mundial se registró también un proceso de semicolonización política, caracterizado por la firma de pactos militares entre los gobiernos latinoamericanos y Estados Unidos y por la creación de organismos panamericanos que afectan la soberanía política de nuestro continente. Las conferencias de Río de Janeiro de 1943 y 1947 ataron a nuestros países a la política internacional norteamericana. En 1948 se dio un paso decisivo en este plan yanqui de semicolonización política al crearse la OEA, organismo supranacional que no tiene un mero carácter consultivo sino que también ejecutivo. En este proceso de enajenación de parte de su soberanía nacional, los países latinoamericanos sufrieron un salto cualitativo en sus relaciones de dependencia con el imperialismo. Si bien es cierto que antes de la Segunda Guerra Mundial eran semicolonias, no existían organismos supranacionales que los obligaran, por ejemplo, a entrar en guerra o a acatar la política internacional del Departamento de Estado ni a permitir la instalación de bases militares yanquis y la entrada de todo tipo de misiones norteamericanas. América latina en la década de 1980 es más semicolonial que hace un siglo. Este proceso de semicolonización creciente tiene no solamente un carácter económico sino también político. El imperialismo norteamericano no sólo controla las materias primas y la industria, sino que ha logrado también, a través de los pactos militares y de la OEA, alienar parte de nuestra soberanía nacional. La dependencia ha experimentado un cambio significativo en la última década con el crecimiento cuali-cuantitativo de la deuda externa. Los teóricos de la dependencia han dejado de lado la definición de países semicoloniales que formuló Lenin en su teoría sobre el imperialismo al distinguir dos tipos de países oprimidos: los coloniales y los semicoloniales. Con lo acontecido han las últimas décadas en Asia y Africa, también podría agregarse la categoría de países neocoloniales; es decir, naciones que lograron la

independencia política formal, pero cuya economía siguió siendo controlada por el capital financiero extranjero y por pactos políticos como el SEATO en Asia. Los países latinoamericanos entran en la clasificación de semicoloniales; es decir, países que lograron la independencia política, pero que desde el siglo pasado han sufrido un proceso de semicolonización por parte del imperialismo europeo primero y del norteamericano después. La definición de países semicoloniales ha dejado de ser utilizada por la mayoría de los marxistas, quienes se han inclinado por la definición de país dependiente. La palabra dependiente lo dice todo pero al mismo tiempo es imprecisa. Un país dependiente puede ser tanto una colonia como una semicolonia o una neocolonia; también existe dependencia e interdependencia entre países capitalistas o entre los llamados “socialistas”, hoy en plena crisis. El concepto de semicolonial, corresponde a nuestros países latinoamericanos, le otorga una mayor precisión al carácter concreto de la dependencia. Por otra parte, es más riguroso señalar que nuestros países tienen un desarrollo capitalista atrasado, desigual y combinado, dentro de esa unidad contradictoria –que es la sociedad global- en lugar de utilizar el término subdesarrollo. Todo proceso implica un desarrollo, ya sea atrasado o adelantado. Existen países capitalistas llamados “subdesarrollados” como Colombia, por ejemplo, y al mismo tiempo países en transición al socialismo, como Corea del Norte, que también podrían ser denominados “subdesarrollados”. Lo que define a los países no es el grado de “subdesarrollo”, sino el hecho de que uno (Colombia) es un Estado burgués y el otro no (Corea del Norte) está en un período de transición al socialismo. A nuestro modo de entender, primero hay que señalar la característica esencial del país, si es capitalista o no, y después definir el grado de atraso. En América latina, todos los países, con excepción de Cuba, son semicoloniales, categoría que expresa concretamente su carácter dependiente, pero unos tienen un mayor desarrollo capitalista que otros. Sin embargo, poner solamente el acento en el desarrollo capitalista ha conducido en muchos casos a minimizar el atraso agrario. La polémica contra quienes sostenían la tesis de que nuestros países eran feudales o semifeudales es correcta y permitió grandes avances en el análisis de la realidad social latinoamericana. si bien es cierto es innegable que el modo de producción de nuestros países es preponderantemente capitalista, existen sectores de la economía en que todavía subsisten ciertas formas precapitalistas de producción, que son alentadas por el propio régimen burgués, necesarias al mismo e integradas compulsivamente al sistema capitalista, a la luz de la teoría de Rosa Luxemburgo. En síntesis, América latina es un continente semicolonial (como categoría concreta del grado de dependencia respecto del imperialismo), de un desarrollo capitalista desigual, articulado, combinado y específico-diferenciado. A pesar de su atraso, la mayoría de los países no son agrarios sino urbanos, en algunos casos, industrial-urbanos y en otros industrial-urbano-mineros, con excepción de algunos países centroamericanos donde predomina la economía de plantación. Las relaciones de dependencia y de explotación son relaciones de y entre clases. Por eso, la opresión de los países semicoloniales ejercida por los centros imperialistas no es en rigor una relación entre Estados sino fundamentalmente entre clases, expresión del proceso de lucha de clases. En consecuencia, la categoría de dependencia no basta para explicar la totalidad de las manifestaciones de las formaciones sociales latinoamericanas y menos la especificidad de cada una de ellas. Si bien es cierto que en esta relación el capital monopólico extranjero se apropia de una parte sustancial del plusproducto, otra porción queda en manos de la burguesía criolla, proceso de acumulación interna no debidamente valorizado por los ideólogos de la dependencia, al priorizar de manera absoluta la transferencia de valor de la nación oprimida a la opresora, soslayando la apropiación interna. Esta apropiación de parte de la plusvalía por la clase dominante nativa y del mercado interno por ella creado explica sus márgenes de negociación con los centros imperialistas y sus posibilidades coyunturales de crecimiento económico. Es sabido que no debe confundirse crecimiento económico con desarrollo, pero dicho crecimiento relativo debe ser contabilizado para no incurrir en el error de hablar de manera abstracta sobre “subdesarrollo.” El carácter estructural de la dependencia semicolonial sólo puede ser explicado por una teoría que supere la discusión entre circulacionistas y produccionistas, englobado producción-

circulación-apropiación-acumulación, tanto externa como interna, en un solo proceso único e indivisible. Si alguna duda existía acerca de la importancia de los fenómenos de circulación y distribución, ella ha quedado despejada con la creciente significación que ha adquirido el proceso de endeudamiento externo.

LA DEUDA EXTERNA Durante nuestra historia republicana hemos tenido que soportar el peso de la deuda externa, cuyos servicios de pago por concepto de amortizaciones e intereses se llevaron en el siglo pasado entre el 20 y el 30 por ciento de las exportaciones, porcentaje que subió al 40 en el siglo XX y a más del 60 en el decenio 1975-85. Es decir, toda la historia latinoamericana está cruzada por la variable principal e la deuda externa, como factor mediatizador del proceso de acumulación interna. En 1955 su monto ascendía a 4.036 millones de dólares, cifra que subió a 12.000 millones en 1965.15 El servicio de la deuda externa aumentó de 454 millones de dólares en 1956 a 1.980 en 1967, totalizándose en dicho período 8.578 millones de dólares por dicho concepto. La deuda externa siguió aumentando de manera exponencial: de 107.280 millones de dólares en 1977 a 389.216 millones a fines de 1985. No obstante haberse pagado intereses de un 57 por ciento de la deuda en ese lapso, la misma aumentó en un 34 por ciento. En 1969 se pagaban 2.500 millones de dólares de intereses; en 1985, la sideral cifra de 32.400 millones, según informe de la CEPAL. Los servicios de la deuda externa, las importaciones indiscriminadas, las remesas enviadas al exterior por las multinacionales y la fuga masiva de capitales de la burguesía criolla convirtieron a nuestros países en retroalimentadores de la economía imperialista. La Reserva Federal de los Estados Unidos reconoció en 1985 que los capitales depositados por los latinoamericanos en los bancos de ese país alcanzaban a 208000 millones de dólares y cerca de 90.000 millones en bancos europeos, es decir más de los 2/3 de la deuda externa de América latina y el Caribe.16 Desde mediados de 1986 se ha comenzado a implementar la denominada “capitalización de la deuda”, según la cual los bancos acreedores se hacen cargo de la deuda externa, exigiendo en cambio que los activos de las principales empresas del Estado pasen a manos del capital financiero internacional; ni qué decir de la estafa que significa la compra de bonos de la deuda externa a menos de la mitad de su valor. De este modo, se está implementando uno de los procesos de descolonización más graves de nuestra historia. El salto cuanti-cualitativo de la deuda externa ha determinado un cambio significativo en el carácter de la dependencia. A la enajenación de gran parte de nuestras riquezas básicas, que desde fines del siglo pasado comenzaron a ser controladas por el capital monopólico extranjero, se suma ahora una deuda, de por sí impagable, que refuerza las relaciones de dependencia y nos subordina de un modo nuevo al capital financiero, a través de otro tipo de renta: la renta financiera. La dependencia actual no se reduce al intercambio desigual del comercio de exportación e importación y al control de las materias primas e industrias, sino que se expresa también en la alienación de las monedas nacionales al servicio de una economía mundial “dolarizada”, y en una deuda tan fabulosa que compromete la soberanía nacional, hipotecando indefinidamente nuestras exportaciones y riquezas básicas. Actualmente, el capital transnacional se lleva más dólares por concepto de servicios de la deuda externa que lo remesado por ganancias de su capital invertido en el área productiva.

NOTAS
ROSA LUXEMBURGO: La acumulación del capital, Ed Grijalbo, México, 1976, p. 284 y sigs. No todos los que han tratado el tema de la dependencia tienen la misma concepción ideológica ni los mismos proyectos políticos. Por un lado están los “desarrollistas” –como Sunkel, Pinto, Prebisch y, en general, los cepalinos-, que quieren reformar el sistema por dentro a través de frustrantes planes con tintes nacionalistas; y por otro, los que aspiran a un cambio revolucionario del sistema por el camino de la revolución socialista, como Anibal Quijano y André G. Frank. Sería injusto hacer una amalgama de posiciones, considerando a todos los dependentistas en un solo bloque. Existen profundas diferencias entre Weffort y Theodoreio Dos Santos y entre éstos y Fernando Henrique cardoso, por lo cual no puede hablarse en general de una interpretación homogénea de la dependencia. 3 Una destacada estudiosa de los problemas de la dependencia, Vania Bamnirra señala que el modo de producción capitalista dependiente no existe, sino sólo “las formaciones económico-sociales capitalistas dependientes (VANIA MABIRRA: Teoría de la dependencia: una anticrítica, Ed ERA, México, 1978, p 26.) 4 ENZO DE BUFALO y EDGAR PAREDES: El pensamiento crítico latinoamericano, Ed. Nueva Sociología, México, 1979, pp. 57 y 58. 5 CIRO F. S. CARDOSO: “Sobre los modos de producción coloniales de América latina”, en Modos de producción en América latina, op. Cit., p. 142. 6 Ibíd., p. 142. 7 CIRO F.S. CARDOSO: “El modo de producción esclavista colonial en América latina”, en Modos de producción en América latina, op. Cit., p. 224. 8 JOSE LUIS ROMERO: Latinoamérica, situaciones e ideologías, Buenos Aires, 1967, p.48. 9 A.G. FRANK: La acumulación mundial. Ed, Siglo XXI, Madrid, 1979, p. 236. 10 ROSA LUXEMBURGO: Acumulación de capital, op. Cit., p. 285. 11 DOMINGO F. SARMIENTO: Epistolario entre Sarmiento y Posse, Museo Histórico Sarmiento, Buenos Aires, 1946, t. XXIX, p52. 12 JUAN B. ALBERDI: Escritos económicos, Ed. La Facultad, Buenos Aires, 1920, p. 407. 13 HERNAN RAMIREZ N.: Historia del imperialismo en Chile,. Ed, Austral, 2º edición, Santiago, 1970, p.95. 14 NACIONES UNIDAS: Forgein Capital in Latin American y el financiamiento exterior de América latina, U.S. Departament of Commerce; Statistical, diversos años. 15 DRAGOSLAV AVRAMOVIC: Economic Growth and External Debt, John Hopkins Press, USA, 1964, p. 104. Además BIRF: External Public Debt, Past and Proyected Amounts Outstanding, USA, enero 1969 16 Para un mayor desarrollo de este tema, véase nuestro libro: Historia de la deuda externa latinoamericana y entretelones del endeudamiento argentino, Ed. Sudamericana´Planeta, Buenos Aires, 1986.
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Capítulo IX La cuestión nacional En América latina
La cuestión nacional ha sido tratada por los analistas latinoamericanos casi exclusivamente en relación a la dominación imperialista del siglo XX, cuando es obvio que debe abordarse desde el proceso de la independencia y las formas de dependencia durante al siglo pasado. Esta problemática es particularmente importante para Cuba y puerto Rico –que siguieron siendo colonias hasta fines del siglo XIX- y las colonias inglesas, francesas y holandesas del Caribe, además de las Guayanas, a las cuales consideramos como parte de nuestro continente expoliando, a pesar de que hablen un idioma distinto. La actitud asumida por estas colonias, una vez independizadas de los imperios europeos, en el sentido de mirar a Latinoamérica, como lo hicieron Manleym Bishop y otros, muestra que sus pueblos se consideran parte de nuestra historia, que comenzó desde que esas islas y la tierra firme de las Guayanas fueron culturizadas por los aborígenes de nuestro continente. Respecto de la cuestión nacional en el siglo XX, existen relevantes aportes sobre la lucha nacional-antiimperialista, pero poca claridad acerca de las minorías oprimidas, como los negros y las diferentes variantes de mestizaje. La lucha por la independencia política en América latina planteó tan claramente la cuestión nacional que llama la atención la ausencia de trabajos teóricos sobre el tema. Nuestra ruptura con el nexo colonial español, portugués y francés (Haití) fue un paso histórico tan importante como el de las naciones que se formaron en Europa en la segunda mitad del siglo XIX y de la misma trascendencia que la independencia de las naciones asiáticas y africanas en el siglo XX. Resulta entonces extraño que haya investigaciones acerca de la cuestión nacional en la Europa del siglo pasado y en el Asia y Africa contemporáneas, pero casi ninguna sobre América latina. Recién en las primeras décadas del presente siglo comenzaron a aparecer debates sobre la cuestión nacional, entendiendo por ésta básicamente la lucha antiimperialista. De todos modos queda por analizar la cuestión nacional en el momento de la ruptura del nexo colonial y durante la república del siglo XIX. Cabría preguntarse por que no ha sido investigado hasta ahora este tema de primerísima importancia. Esta omisión teórica hay que buscarla, a nuestro juicio, en la concepción eurocéntrica de la mayoría de los investigadores latinoamericanos, quienes aplicaron mecánicamente el esquema europeo sobre la formación del Estado-nación. Como este proceso no se dio en la misma manera en América latina, lisa y llanamente optaron por ignorarlo. Recién se acordaron del problema nacional cuando la III Internacional puso al orden del día la lucha antiimperialista, relegada a segundo plano en nuestro continente por la II Internacional. Marx y Engels plantearon la cuestión nacional en la época ascendente de la burguesía, en el momento en que ya se habían formado los Estados-naciones de Europa, como Inglaterra, Franca, etc., y se estaban gestando otros (Alemania, Italia, Polonia y los de Europa Oriental). Si bien es cierto que no alcanzaron a formular una teoría sistemática, apuntaron algunos criterios sobre la cuestión nacional de Europa. En el Manifiesto comunista no hay una sola línea sobre la cuestión nacional y colonial de Asia, Africa y América latina. Como decía Trotsky, los problemas de la estrategia revolucionaria en los países coloniales y semicoloniales no son tratados ni siquiera someramente en el Manifiesto comunista. “En la medida en que Marx y Engels consideraban que la revolución social ‘en los países civilizados más avanzados cuando menos’, sería cuestión de unos cuantos años, para ellos que el problema colonial se resolvía automáticamente no como consecuencia de un movimiento independiente de las nacionalidades oprimidas, sino como consecuencia de la victoria del proletariado en los centros metropolitanos del capitalismo.”1 No es extraño, entonces, que Marx –preocupado por las posibilidades de la revolución europea- no hubiera apreciado debidamente la lucha por la independencia política latinoamericana y que, inclusive, haya criticado a Bolívar, pues no creía en la posibilidad de que

la clase dominante criolla pudiera llegar a crear Estados-naciones con un desarrollo capitalista a la medida de los tiempos. Su rechazo de la tesis de Hegel, que prioriza el papel del Estado en la generación de la sociedad civil, lo condujo a cuestionar la guerra latinoamericana de independencia. Era una forma de rechazo a la idealización del Estado-nación, estimulada por Hegel, conque las revoluciones democrático-burguesas magnificaron los logros de la entonces llamada “identidad nacional”. Marx criticaba la concepción hegeliana del Estado y contraponía el internacionalismo proletario al nacionalismo burgués, recalcando que el proletariado no era nacional sino universal. Por razones políticas de oposición a Napoleón III y al zarismo que alentaban la formación de naciones en Europa oriental, los creadores del materialismo histórico deprimieron la importancia de esas nacionalidades, llegando s decir, en términos hegelianos, que eran “pueblos sin historia”, concepto no sólo discriminatorio y restrictivo sino también ambiguo. Engels sostuvo que esos pueblos de Europa oriental “no han sido capaces de construir Estados, y que no tienen ya bastante fuerza para conquistar su independencia nacional”.2 Para Marx y Engels lo fundamental era derrotar los planes de expansión del zarismo. Estaban “atentos a la evolución de una situación en la cual el espectro del paneslavismo, de una Rusia policía de Europa, se perfilaba cada vez más amenazador y más fatal para la revolución. “El movimiento de las nacionalidades se reduce, a partir de ahí, a una maniobra de la corte vienesa o a una manifestación de Rusia”.3 Por eso no apoyaron a los pueblos eslavos ni tampoco a Mazzini en Italia: por temor a que cayeran bajo la influencia de Napoleón III y del zarismo. Este enfoque coyuntural, sobrepolitizado y apegado a la contingencia, pasó sin examen crítico al arsenal del marxismo, siendo recogido por la socialdemocracia para apuntalar su análisis socialdarwinista de la cuestión nacional. Sin embargo, los fundadores del materialismo histórico alcanzaron a apuntar ideas importantes en relación a la revolución polaca de 1846 y 1863: “convierte a la revolución agraria en la condición de la liberación nacional. La interdependencia entre lo nacional y social es orgánica y dialéctica y, a fin de cuentas, la democracia agraria es imposible sin la conquista de la existencia nacional”.4 En una reunión de la I Internacional se aprobó un voto de apoyo a Polonia porque “no existía ninguna contradicción entre los objetivos internacionalistas de la AIT y la reivindicación de la autodeterminación de una nación”.5 Los anarquistas se opusieron por estimar que ese acuerdo favorecía a la clase dominante y a la nobleza polaca. Bakunin planteó en el Congreso de Basilea de 1869 la lucha por la destrucción de los Estados nacionales y la formación de un Estado internacional de trabajadores. Mientras tanto, había que reconocer que “toda nación era un hecho natural y debía disponer sin limitaciones del derecho natural a la independencia, según el principio absoluto de la libertad”.6 Marx y Engels plantearon sin reservas su apoyo a la autodeterminación de Irlanda, respaldada entusiastamente por las hijas de Marx, Eleonor y Jenny, y por la compañera de Engels, Lizzie Burns, de origen irlandés. Asimismo, en 1853, apoyaron la revolución de los Taipig (China) y cuatro años más tarde la lucha anticolonialista de la India, iniciada por los soldados y las masas populares, aunque canalizada por fracciones de la clase dominante, proceso calificado por Marx de “auténtico movimiento nacional”.7 Engels había caracterizado la lucha antibritánica de los chinos como “germen popular por la sobrevivencia de la nación china”.8 En síntesis, las opiniones de Marx y Engels sobre la cuestión nacional fueron cambiando de acuerdo a la coyuntura política mundial, pero siempre en función de los intereses históricos del proletariado. En algunos casos, como Alemania, Polonia e Irlanda, acertaron, pero en otros (Europa oriental) se equivocaron, al igual que en sus apreciaciones circunstanciales sobre Bolívar y México. Tomadas en conjunto, se puede llegar a la conclusión de que los fundadores del materialismo histórico no tenían una teoría acabada sobre la cuestión nacional. Este vacío fue llenado en gran parte por Lenin, quien debió criticar la concepción de los socialdemócratas austríacos consistente en que la esencia de una nación estaba en su estructura psicológica-cultural y que un Estado plurinacional integrado por unidades nacionales era una maniobra burguesa, correspondiendo sólo el otorgamiento de una autonomía cultural.9 Su

principal teórico, Otto Bauer, planteaba que era necesario transformar las naciones sin historia en naciones históricas, en un intento de remedo de Hegel. Lenin rechazó la posición socialdemócrata, haciendo contribuciones decisivas sobre los países oprimidos, coloniales y semicoloniales, pero no analizó el problema nacional en nuestra América, focalizando su atención en la “cuestión de oriente”, clave de la estrategia de la III Internacional. En su trabajo sobre El derecho de las naciones a disponer de ellas mismas, Lenin señalaba que el triunfo definitivo de la burguesía sobre el feudalismo dependía de la conquista del mercado interno, de “la unión en el seno de un mismo Estado de territorios en los cuales la población habla la misma lengua y la eliminación de todo obstáculo que trabe el desarrollo de esta lengua y su consagración por la literatura (...) la formación de los Estados nacionales, que satisfacen mejor a esta exigencia del capitalismo moderno, es pues una tendencia propia a todo movimiento nacional (...)esto quiere decir solamente que los marxistas no pueden perder de vista los poderosos factores económicos que generan las tendencias a la creación de los Estados nacionales. Esto quiere decir que, el programa de los marxistas, la libre determinación de las naciones no puede tener, desde el punto de vista histórico-económico, otra significación, en tanto Estado, que la formación de un Estado nacional”. Tanto para Lenin como para Trotsky, “la lengua es el más importante instrumento de vinculación entre los hombres y, en consecuencia, de vinculación en la economía. Se convierte en lengua nacional cuando la victoria de la circulación mercantil unifica una nación. Sobre tal base se erige el Estado nacional, que es el terreno más cómodo, corriente y ventajoso para el desenvolvimiento de las relaciones capitalistas”.10 Trotsky, más cuidadoso, no habla de eliminar “todo obstáculo que trabe el desarrollo de la lengua”, por entender que constituiría una manifestación de autoritarismo y falta de respeto a las minorías nacionales. No obstante, insisten unilateralmente en el factor económico como el desideratum para generar el Estado-nación, tomando como modelo a Europa occidental. Trotsky aclara que esta situación cambió en la fase imperialista cuando surgieron los movimientos nacionalistas e independentistas en Persia, los Balcanes y la India, pero no establece ninguna relación entre esos movimientos y las luchas anticolonialistas de loa pueblos latinoamericanos contra España y Portugal. En todo caso Trotsky, al igual que Lenin, fueron decididos partidarios del derecho de las nacionalidades a su autodeterminación. El partido bolchevique “prometía resistir con firmeza todo tipo de opresión nacional, incluida la retención forzada de una nacionalidad en los límites de un Estado común”.11 En el II y IV congresos de la Internacional Comunista, realizados en 1922 y 1924 respectivamente, los delegados de oriente, especialmente Tan Malaka, M.N. Roy y Ho Chi Minh, exigieron un claro pronunciamiento sobre la cuestión nacional en los países coloniales y semicoloniales, criticando la posición de los partidos europeos de izquierda, para quienes la liberación de las colonias sobrevendría recién con el derrocamiento del capitalismo en los centros imperialistas.12 Stalin reforzó la tendencia al esquematismo y a reafirmar la idea de que era imprescindible el desarrollo capitalista burgués para que un territorio pudiera ser considerado nación. Su opúsculo Los problemas de las nacionalidades y la socialdemocracia definía taxativamente a la nación como “una comunidad humana, estable, históricamente constituida sobre la base de una comunidad de lengua, de territorio, de vida económica y de formación psíquica que se traducen en una comunidad de cultura”.13 Pocos marxistas se atrevieron a cuestionar dicha caracterización, en vista de los elogios de Lenin a este trabajo de Stalin. Uno de los escasos revolucionarios en salirle al paso a esta definición ha sido Michael Löwy, para quien Stalin es tan esquemático y rígido que llega a decir: “la ausencia de uno solo de estos índices basta para que la nación deje de ser nación”. La definición de Stalin –dice Löwy- parece presuponer al comienzo lo que no es más que el final de un procesoLa definición de Stalin es equivocada al considerar que una comunidad “estable” constituye ya una nación. En la antigüedad existieron comunidades estables, como la de los principados arameos, que no formaron propiamente naciones. Si bien es cierto que la lengua es decisiva para la conformación de un Estado-nación, no podemos dejar de señalar que en muchos casos la lengua oficial ha sido impuesta de manera forzada a pueblos que hablaban de otra forma y formaban parte del mismo Estado. Por otra parte, tampoco es precondición de la

formación de un Estado la existencia de un mercado interno, ya que la mayoría de los Estadosnaciones de Africa, Asia y América latina se han formado teniendo una economía primaria exportadora, dependiente del mercado mundial. En cuanto a la territorialidad no siempre es una condición sine qua non para formar “históricamente una nación”, puesto que varios Estados-naciones se han formado fragmentando territorios o apoderándose de otros, cuestión que no es obviamente “histórica”. Además, es muy discutible la afirmación de Stalin de que la nación se “traduce en una comunidad de cultura”. El desarrollo multilineal de la historia demuestra que no siempre una nación tiene una misma cultura. Advirtamos que en un Estado-nación pueden existir varias culturas paralelas a la existencia de una cultura oficial, como las actuales culturas indígenas y de las comunidades negras. Hoy menos que nunca existe una cultura “nacional” en Asia, Africa y América latina, ya que es evidente que las transnacionales de los medios de comunicación han impuesto las pautas culturales extranjeras, aunque los sectores populares se defienden con una contracultura propia. Finalmente, cuestionamos el criterio de que lo económico es procondición para la formación de una nación. No fue así en la gestación de los Estados modernos –Inglaterra, Francia y España entre los siglos XIV y XVI- ni tampoco en el nacimiento de las naciones latinoamericanas del siglo XIX y de las asiáticas y africanas del XX. En todos esos casos el factor político y social fue lo determinante. La afirmación de que una economía nacional integrada por el mercado interno es precondición del Estado-nación sólo es válida para la Alemania y la Italia del siglo XIX. Estas apreciaciones tan contradictorias muestran que el concepto de nación es uno de los menos precisos en la historia. A nuestro modo de entender, los factores que contribuyen a formar una nación están entrelazadas en un proceso histórico cambiante, en el que coyunturalmente uno ovarios factores –el económico o el político y social- juegan un papel preponderante. La nación es una relación social y política histórico-concreta que se modifica continuamente. El concepto de nación, como el de identidad nacional o cultural, hay que analizarlo en su desarrollo histórico, pues se va configurando en y por el proceso. La nación debe analizarse en el momento histórico que surge, con sus contradicciones, con sus contradicciones, con su unidad –a veces forzada- en la diversidad, que es lo único permanente, con su desarrollo desigual, heterogéneo, diferenciado y combinado. No se trata de reivindicar la nación por los elementos de autonomía cultural o por una forma de ser psicológico-cultural, como lo hizo Otto Bauer para justificar la corriente judía del marxismo austro-húngaro. Es necesario distinguir entre Estado-nación y nacionalidades porque dentro de un Estadonación pueden existir varias minorías nacionales oprimidas, como es el caso del actual Estado español, donde existen nacionalidades como la vasca, catalana, etc., que tienen su propia lengua; algo similar ocurre en Ceylán, con los que hablan lengua tamil, y con los kurdos, oprimidos por los Estados-naciones de Irak e Irán. Este problema ha hecho crisis en 1889 hasta el la URSS, Yugoslavia y otros países no capitalistas de Europa oriental. Uno de los factores claves de una nacionalidad es su origen geohistórico y su conciencia de pertenecer a una colectividad más amplia que la local. Obviamente, el Estado jugó un papel decisivo en la constitución de la nación. No por azar, los ideólogos de la burguesía acuñaron el término Estado-nación, jamás utilizado en anteriores formaciones sociales. Egipto, Sumeria, Persia, India, China, Grecia y Roma tuvieron Estados configurados sobre la base de la conquista de pueblos que nunca adquirieron conciencia nacional. El concepto de Estado-nación surgió en la Europa moderna, especialmente después de la Revolución Francesa, ligado al desarrollo de un modo de producción específico con fuerte base industrial y campesina, donde la cuestión agraria estuvo íntimamente relacionada con la cuestión nacional. Hasta principios del siglo XIX había confusión entre Estado (forma política) y nacionalismo (ideología política), según Pierre Vilar.14 Es un error tomar como modelo la génesis del Estado-nación europeo para determinar si en Africa, Asia o América latina se está o no en presencia de un Estado-nación. La formación del Estado-nación no es un privilegio de los países capitalistas avanzados, con industria y mercado interno, sino que también pueden constituirse en naciones los pueblos atrasados y coloniales que rompen con las metrópolis. Los pueblos colonizados, como los de América

latina, fueron gestando su conciencia nacional a través de un proceso que culminó en la ruptura con España, Portugal y Francia (Haití). No existe ningún criterio abstracto, por encima del proceso histórico real, para decir cuándo un pueblo está maduro o no para independizarse y estructurarse en nación. Por lo demás, el Estado-nación no es un valor supremo o principio absoluto, como pensaba Hegel, sino un producto histórico transitorio, que así como apareció cuando la sociedad civil tenía milenios, también desaparecerá cuando no existan las clases.

LA CUESTION NACIONAL EN AMERICA LATINA

El problema nacional en nuestra América latina, ha sido solamente estudiado en relación a la contemporaneidad, omitiéndose el análisis del significado del surgimiento de las repúblicas a principios del siglo XIX. Esta falta de análisis de la cuestión nacional, desde sus orígenes, ha impedido comprender el significado del Estado-nación de la época republicana. La cuestión nacional de esa época abarca varios aspectos fundamentales: la opresión colonial, la revolución por la independencia y la formación de los Estados nacionales. Las nacionalidades étnicas oprimidas y la supervivencia colonial en Cuba, Puerto Rico Antillas y Guayanas. Nuestra cuestión nacional se remonta a la colonización hispano-portuguesa, que yuguló el proceso de evolución multilineal de las culturas aborígenes y el desarrollo de los Estados inca y azteca, dividiendo el continente en etnias y costumbres diferentes. A pesar de las formas brutales de explotación, los indígenas siguieron manteniendo su lengua, su etnia y sus costumbres. Los conquistadores sometieron a nuestros aborígenes, pero nunca pudieron asimilarlos totalmente a la sociedad colonial. La opresión fue tanto de clase como cultural y de etnia. Por eso, para estudiar la cuestión nacional en nuestra América, desde sus orígenes, es fundamental contemplar la relación etnia-clase. Sin una profunda comprensión de la dialéctica etnia-clase no es posible analizar a conciencia el problema nacional en América latina. Esa es una de las tantas diferencias de nuestra cuestión nacional con la de los países europeos. El novelista y antropólogo peruano José María Arguedas ha señalado “que el zar ruso podía entenderse con el siervo de la gleba, mientras que esto no sucede entre nosotros, precisamente por la diferencia de clase y cultura entre dominantes y dominados, por falta de identidad”.15 Nuestra cuestión nacional se diferencia de la asiática porque los pueblos chino e hindú lograron, a pesar de la colonización europea, mantener casi íntegramente su etnia, su lengua y sus costumbres. Esta identidad de etnia y cultura fue decisiva en China a la hora de la lucha por la liberación nacional y social, y en la India de Gandhi al romper con el imperio inglés. Nuestra condición colonial sentó las bases del problema nacional, expresado en germen por los sectores descontentos de la burguesía criolla y fundamentalmente por las rebeliones de los indígenas, negros y mestizos, que no eran minorías sino mayorías aplastantes. Durante la Colonia se fue gestando una conciencia nacional de la opresión. Cuando esta conciencia anticolonial maduró a través de un largo proceso, favorecido por la coyuntura de la invasión napoleónica, se produjo la ruptura con el imperio español. Esta revolución políticoseparatista es necesario inscribirla inequívocamente en el curso histórico de la lucha anticolonialista por la autodeterminación de los pueblos. Pero la clase dominante criolla que tomó el poder no cambió la estructura socioeconómica heredada de la colonia. Solamente cumplió una tarea democrático-burguesa: la independencia política formal. Fue incapaz de iniciar u proceso de industrialización y de reforma agraria, manteniendo el tipo de economía primaria exportadora que reforzó nuestra dependencia del mercado mundial capitalista. La burguesía criolla se quedó mitad de camino en la marcha hacia la libre determinación, porque la autodeterminación sólo se logra cuando se

alcanza una real independencia económica, un Estado nacional basado en una economía integrada, autosuficiente y autosostenida. La burguesía criolla resolvió a medias la cuestión nacional. Se independizó de los imperios coloniales pero dejó sin solución los problemas de las minorías nacionales y oprimidas. Realizó la tarea democrático-burguesa de cortar con el nexo colonial, pero negó los derechos democráticos a las minorías nacionales y étnicas. Los indígenas y negros continuaron siendo tan explotados como en tierras que le quedaban, y los negros, mantenidos en el régimen esclavista. Cuando se decretó la abolición de la esclavitud, la condición social del negro cambió al pasar de esclavo a peón, artesano o pequeño agricultor, pero se mantuvo en la práctica la discriminación racial. Cabe una distinción entre los indígenas, como minoría nacional en países como Brasil, Cuba, Puerto Rico y Antillas, donde constituía la mayoría de la población. A diferencia de los indígenas, los negros nuca constituyeron una nacionalidad en nuestra América porque no estaban arraigados a la tierra ni tenían una lengua común, además de pertenecer a etnias africanas diferentes. Si en la época en que fueron esclavos no constituyeron una nacionalidad, menos podría hablarse de ella cuando fue decretada la abolición de la esclavitud, que aceleró su dispersión. En cambio, los indígenas se mantuvieron en gran parte en sus regiones de origen, reclamando y luchando por sus tierras, conservando su lengua y las tradiciones culturales de su etnia. Esta diferenciación no significa que el problema de los negros oprimidos no forme parte de la cuestión nacional en el siglo XIX. Es parte de ella, pero en una forma distinta a la de las minorías indígenas. La burguesía criolla fue incapaz de resolver la cuestión nacional, indígena y negra, que con los mestizos –en gran parte también discriminados- constituían la mayoría de la población. Si a esto agregamos el pacto neocolonial de la burguesía con Europa, que impidió la industrialización a cambio del aumento de la cuota de exportación, y su tenaz oposición a realizar la más moderada de las reformas agrarias, comprenderemos que el proceso de constitución del Estado-nación estuvo mediatizado desde el momento en que cada uno de nuestros países se convirtió en república formalmente independiente. La persistencia de problemas nacionales irresueltos, como la variedad de etnias y lenguas, fue un obstáculo para el desarrollo de una literatura nacional masiva en el siglo XIX. Mientras en Europa el Estado burgués pudo crear una unidad cultural y una literatura nacional, en América latina sólo se generó una literatura para una élite en un idioma –español o portuguésque era leído por un sector reducido de la población. Nuestra literatura colonial fue ibérica, no indo-afro-latina. La del siglo XIX tampoco tuvo raíces nacionales, salvo excepciones, sino que fue una mezcla de influencia cultural española, portuguesa, francesa e inglesa. La revolución haitiana triunfante en 1804 fue la única en acometer a fondo la solución de la cuestión nacional. Conquistó la independencia política, como asimismo la liberación de los esclavos, terminando con la discriminación de los negros y mulatos, aunque en la fase imperialista el proceso de liberación se enajenó hasta llegar a la dinastía de los Davalier. Otras colonias ni siquiera alcanzaron la independencia. El problema nacional de Cuba. Puerto Rico, Antillas Menores y Guayanas pasó fundamentalmente durante el siglo XX por la lucha independentista, como bien lo comprendieron Martí, Betances, Hostos y otros. La cuestión nacional se planteó entonces de manera diferente a la de principios del siglo pasado porque la lucha por la independencia se dio en la fase imperialista, donde se trataba no sólo de romper el nexo colonial con España sino también de evitar caer en manos del imperialismo norteamericano, una nueva forma de dependencia más que semicolonial. Es esos países antillanos no existían minorías indígenas, pues éstos habían sido exterminados por los españoles, sino solamente sectores negros oprimidos, quienes junto con los mulatos constituían la mayoría de la población. Conquistada la independencia, la burguesía cubana no logró resolver esta cuestión nacional, que se prolongó hasta que un día “un comandante mandó a papar”.

MARTI Y EL ANTICOLONIALISTA ANTIIMPERIALISTA José Martí sabía que no bastaba con romper el vínculo colonial español sino que también era necesario quebrar la dependencia económica respecto de los Estados Unidos. Dicha dependencia había ya rebasado el intercambio comercial a fines del siglo XIX, expresándose en el control de los ingenios azucareros y de la producción tabacalera como resultado de las fuertes inversiones de capital monopólico. Por eso en anticolonialismo de Martí era, a la vez, antiimperialismo. Precisamente allí reside la principal diferencia entre la lucha anticolonialista de los revolucionarios de 1810 y la lucha por la liberación nacional de Martí. Por haber vivido fases distintas de la dominación capitalista, podemos decir que Bolívar fue anticolonialista, mientras que Martí no sólo fue eso en su combate contra el imperio español, sino que también fue antiimperialista, porque Cuba sufría al mismo tiempo la opresión de Estados Unidos. Con esta afirmación, no tratamos de minimizar la gesta de Bolívar sino de ubicarlo en su preciso momento histórico, en que todavía no se había producido el advenimiento de la fase superior del capitalismo. Bolívar alertó sobre los peligros de caer en una nueva dependencia, luego de la ruptura con España, denunciando a Estados Unidos y a las potencias europeas como posibles dominadores de nuestro continente.16 Pero sería un error histórico considerarlo como antiimperialista, afirmación en la cual han incurrido varios autores y corrientes políticas contemporáneas. En cambio Martí, hijo de su tiempo y de la transición a la fase imperialista, fue uno de los primeros latinoamericanos a quienes con justeza puede calificarse de antiimperialistas. Fue, sin duda, el antiimperialista más consecuente de su tiempo. Como ningún otro luchador de América latina, Martí percibió el hondo significado del proceso de inversión de capitales que se inauguraba con el imperialismo. Pudo comprender mejor que otros latinoamericanos esta etapa superior del capitalismo porque era nativo de un país en el que las riquezas fundamentales ya habían pasado a manos del capital monopólico a fines del siglo pasado, proceso que recién se asomaba en el resto de las repúblicas latinoamericanas. Martí comprendió la cuestión nacional mejor que cualquier marxista de su época. Cuando los socialistas, tanto europeos como latinoamericanos, seguían repitiendo las afirmaciones de Marx y Engels en torno al problema de las nacionalidades –no dándose cuenta de que éstas se referían a la coyuntura europea, sin pretender exigirse en teoría- Martí redescubrió nacional para América latina. Durante el siglo XIX la cuestión nacional clave para nuestros países latinoamericanos fue la ruptura del nexo colonial con España. U seguía siéndolo para Cuba y Puerto Rico, todavía colonias a fines de ese siglo, pero para Martí la cuestión nacional no se agotaba en la lucha contra España sino que tomaba una nueva dimensión al tener que enfrentar, al mismo tiempo, al imperialismo norteamericano. En tal sentido, se adelantaba en dos décadas a las apreciaciones de Lenin sobre la cuestión nacional. Sin alcanzar la sistematización de una teoría, Martí hizo apreciaciones tan relevantes sobre el tema que puede ser considerado como el precursor de la teoría de la cuestión nacional para América latina. Sin ser marxista comprendió antes que los marxistas latinoamericanos que la cuestión nacional no se limita al problema antiimperialista sino que también abarca a las minorías nacionales oprimidas. De ahí su insistencia contra la discriminación racial y por la igualdad de los seres humanos por encima de sus etnias. En su lucha contra los cubanos blancos que marginaban a los negros, a los mismos negros que después de haber explotado como esclavos seguían oprimiendo como asalariados, Martí comprendió que la cuestión nacional en Cuba no sólo era la lucha anticolonial y antiimperialista, sino también la defensa incondicional de las minorías oprimidas. Esta “minoría” negra y mulata que en Cuba alcanzaba casi el 50 por ciento de la población sólo podía ser ganada para el combate anticolonial en la medida que la vanguardia política comprendiera que eso significaba fundamentalmente luchar por sus derechos igualitarios. Por eso el Partido Revolucionario Cubano de Martí no le sacó el bulto al candente tema negro, causando estupor en las filas de la burguesía.

En sus viajes por México y Guatemala, Martí se interiorizó de la problemática indígena como parte de la cuestión nacional. Junto con su compañera, guatemalteca, recorrió las comunidades indígenas y escuchó lenguas aborígenes diversas, expresión de etnias diferentes, dándose cuenta de que constituían nacionalidades, minorías marginadas y oprimidas. Esta vivencia fue decisiva para su consecuente lucha por la igualdad de los negros en su país. El ideario anticolonialista-antiimperialista de Martí no se limitaba a su país. Su nacionalismo revolucionario abarcaba también a Puerto Rico, por estimar que la ruptura de la doble dependencia de España y los Estados Unidos de ambos países era fundamental para que Cuba y Puerto Rico pudieran tener un despegue autónomo. Según los autores del Pensamiento revolucionario cubano, “la acción política martiana discurrió por una estrategia bien precisada. Encaminada a lograr la independencia de Cuba y Puerto Rico, las que, constituidas en Repúblicas, servirían de muro de contención a la expansión de Estados Unidos hacia el sur del continente, a la vez que serían las promotoras de una unidad latinoamericana, que incluiría las estructuras políticas y que equilibraría la situación de desbalance de este hemisferio. Dentro de esta estrategia general, la independencia de Cuba no era más que el paso inicial por lo cual no es posible agotar en él la obra política martiana”.17 En un artículo de 1885, Martí denunciaba los planes de expansión de Estados Unidos en Puerto Rico y Cuba. Además, alertaba sobre el tratado que acababan de “firmar los Estados Unidos con Santo Domingo, en virtud del cual, como en el tratado con Cuba y Puerto Rico, cuanto acá sobra y no tiene por lo caro dónde venderse, allá entrará sin derechos, como acá los azúcares. Y vendrán los Estados Unidos a ser, como que les tendrán toda su hacienda, los señores pacíficos y proveedores forzosos de todas las Antillas. Y como sin querella con Francia e Inglaterra no hubieran podido poner estorbo al canal del istmo de Panamá, por donde querían, como quien aprieta a su seno con un brazo, abarcar esta parte de arriba de nuestra América, intentan ahora, con asentimiento imprevisor acaso de nuestra propia gente, pasar el brazo por el corazón de la América Central”.18 Consecuente con su expresión “de América soy hijo y a ella me debo”, Martí hizo una profecía: “los pueblos de América son más libres y prósperos a medida que se apartan de Estados Unidos (...). Jamás hubo en América, de la Independencia acá, asunto que requiera más sensatez, ni obligue a más vigilancia, ni pida examen más claro y minucioso, que el convite que los Estados Unidos potentes, repletos de productos invendibles, y determinados a extender sus dominios en América hacen a las naciones americanas de menor poder (...). De la tiranía de España supo salvarse América española, y ahora, después de ver con ojos judiciales los antecedentes, causas y factores del convite, urge decir, porque es verdad, que ha llegado para la América española la hora de declarar su segunda independencia”.19

LA CUESTION INDIGENA Y NEGRA

LA cuestión nacional no solamente se limita al proceso de semicolonización, agudizado por la inversión de capital extranjero y la deuda externa, sino que abarca también el problema de las minorías nacionales. Los Estados y las burguesías criollas, responsables directos del envío de ejércitos para aplastar a los aborígenes, redoblaron la opresión de las comunidades indígenas, con el agravante de que éstas no constituían minorías nacionales en Mesoamérica y la región andina, sino que con los mestizos eran la mayoría de la población. Junto a ellos estaban los negros, zambos y mestizos que también eran aplastantes mayorías en Brasil y la región del Caribe, aunque no tenían la misma reivindicación de la tierra que levantaban los indígenas. La brutal y sangrienta ofensiva de esta “segunda conquista” ha inducido a ciertos autores de tendencia prohispánica a magnificar las medidas de protección dictadas por la monarquía española a favor de los indígenas. Es efectivo que los gobiernos criollos surgidos de la independencia desautorizaron las medidas de Bolívar y terminaron con los resguardos

indígenas, pero esto no puede significar de ninguna manera una justificación del etnocidio español. La burguesía criolla no solamente se apoderó de las tierras que les quedaban a los aborígenes sino que también fue creando toda una ideología en torno al trabajo y la discriminación racial para justificar y racionalizar la opresión. En un artículo aparecido en México en 1865, titulado “la cuestión india”, se manifestaba: “¿Cómo podríamos explotar nosotros a un indio que no tiene nada? ¿Su trabajo? Sepan que nosotros les pagamos todavía mucho más que su valor (...) aumentar su salario sería un error fatal. Si el indio ganara tres reales por día, trabajaría solamente tres días a la semana, para ganar nueve reales como ahora”.20 Un ideólogo de la burguesía mexicana, Eduardo Ruiz, decía a mediados del siglo XIX: “¡Es en vano que se hayan abierto las puertas de la civilización al indio!”.21 Numerosas comunidades indígenas conservan actualmente su propio modo de producción, aunque se ven obligadas a establecer relaciones con la sociedad global; esto influye en su economía de subsistencia y hasta en algunas pautas de consumo. Existe una relación colonial de la sociedad global respecto de los indígenas, “independientemente de que en la superestructura ideológica de la sociedad nacional se niegue oficialmente cualquier proposición discriminatoria”.22 El Estado burgués aspira a que los indios dejen de ser indios y se integren incondicionalmente a la sociedad nacional. Muchos partidos sedicentemente de izquierda preconizan planes similares de incorporar a las comunidades indígenas a la economía nacional capitalista. No sólo son “desarrollistas” los burgueses, sino también los reformistas. Ambos practican el paternalismo y la llamada “cogestión” y “participación”, que implican en definitiva la disolución de la comunidad étnica y cultural. No se respeta que cada etnia tenga derecho a la autogestión y a la autodetermianción y autodesarrollo de su identidad cultural y lingüística. Se les expulsa de sus zonas sin ninguna consideración por el equilibrio ecológico. Por eso, el criterio de suplantar a las comunidades indígenas fue denunciado por la Declaración de Barbados (1971): “Cuando elementos ajenos a ellas pretenden representarlas o tomar la dirección de su lucha de liberación, se crea una forma de colonialismo que expropia a las poblaciones indígenas su derecho inalienable a ser protagonistas de su propia lucha (...). Reafirmamos aquí el derecho que tienen las poblaciones indígenas que experimentan sus propios esquemas de autogobierno, desarrollo y defensa, sin que estas experiencias tengan que adaptarse o someterse a los esquemas económicos y sociopolíticos que predominan en un determinado momento.”23 Las denominadas oficinas “indigenistas” y las misiones evangélicas pronorteamericanas refuerzan la ideología burguesa desarrollista, provocando la división entre indígenas “creyentes” y “no creyentes”. Frente a esta nueva edición del colonialismo interno, ha surgido una respuesta de los propios indígenas en pos de la autodeterminación y de la aplicación creadora de la autogestión. Durante la década de 1970 se han consolidado una serie de movimientos y de organizaciones que se autodefienden como étnicas, como el Consejo Nacional de Pueblos Indígenas, el Movimiento de Identidad Nacional de Venezuela y la Alianza Nacional de Profesionales Indígenas Bilingües de México. En la Argentina: la Asociación Indoamericana (AIRA) y el Centro de la Mujer Aborigen. Después de haber ignorado la cuestión indígena o de haber tenido una posición sectaria según la cual todo se resolvería con la revolución socialista, los primeros partidos comunistas se decidieron a abortar el problema. En la Primera Conferencia Comunista Latinoamericana, celebrada en 1929, se presentaron varias posiciones: una, la de Mariátegui –aunque no estuvo presente-, que sostenía la necesidad de ligar el problema indígena con la lucha por la tierra, y que la formación de un gobierno autónomo indio no contribuiría a la formación de un estado indio sin clases; visualizaba que este Estado indio podría constituirse en una traba para acumular fuerzas para la revolución socialista. El punto de vista de Mariátegui era correcto desde un enfoque global político-estratégico, pero tuvo pocos errores en relación a las cuestiones centrales de la

autodeterminación. “Creemos que la palabra de orden que hará del indio un aliado del proletariado no indio en la lucha de sus reivindicaciones, no debe ser la palabra de orden de la autodeterminación india, sino la palabra de orden que plantea a los indios sus reivindicaciones de clase oprimida y explotada: eso podrá transformarlos en aliados del proletariado alógeno, eso podrá llegar a darles un espíritu de clase, tarea fundamental de la propaganda marxista (...) en otras palabras: hay que tener en cuenta el problema racial, pero hay que supraditarlo al problema de clase”.24 Otros propusieron luchar por la república Aymará, Quechua y cualquier otra manifestación política de autodeterminación. José María Arguedas señaló tres fases en el movimiento indígena peruano del siglo XX: a)la del novecientos, encabezada por Julio C. Tello, que idealizaba el incario; b)la de Mariátegui y Valcárel, Clorinda Matto de Turner y Dora Mayer, que plantearon la cuestión étnica y social, ligando el problema indígena a la cuestión de la tierra; c) la corriente liderada por Ciro Alegría y el mismo Arguedas, que además de lo social, destaca los aportes culturales indígenas, incluyendo una franja de mestizos, como parte de la peruanidad, sin idealizar el incario ni al indio como proletario. Para Arguedas, las culturas aborígenes se mantienen vigorosas: “Los más recientes censos parecen demostrar que, por ejemplo, en el Perú la lengua quechua en lugar de extinguirse, se fortalece, gana prestigio.”25 En relación a la cuestión negra, hay una discriminación sofisticada y una campaña subliminal contra todo aquel de color. En palabras de Mosonyi : “el endorracismo venezolano es muy oculto. Se trata de una concepción de racismo que impide o por lo menos posterga mucho el surgimiento claro y nítido de mecanismos de defensa que lleven a formas organizativas completas”.26 Es una situación en parte diferente a la del siglo XIX. Antes de la abolición de la esclavitud, los negros constituían una minoría discriminada, t en algunos países del Caribe una mayoría. Después de las leyes abolicionistas la discriminación continuó bajo otras formas. Los negros, zambos y mulatos fueron oprimidos por razones supuestamente raciales. Sidney Mintz sostiene que “se corre un riesgo al definir la situación de los pueblos afroamericanos por su marginalidad. Estos pueblos están marginados desde el punto de vista de su acceso a la total participación en la sociedad (...). Pero no están marginados desde el punto de vista de su contribución al orden económico. De hacho, su marginalidad como ciudadanos es una función de las políticas racista (...). Es esta y otras formas, el papel de los afrolatinos no es, en lo más mínimo, marginal sino, por el contrario, un componente esencial y central de la organización económica de las sociedades racistas”.27 Superviven corrientes de pensamiento que siguen considerando la cuestión nacional desde el punto de vista psicológico-cultural. A nuestro juicio, algunos de esos aspectos parciales deben ser integrados a una concepción global del problema nacional, con un enfoque de clase, porque la cuestión nacional en la presente etapa imperialista sólo será resuelta con la toma del poder por los trabajadores. Esta perspectiva política de clase no significa diluir la cuestión nacional en los problemas de clase –como ocurrió con los anarquistas y marxistas latinoamericanos de las primeras décadas del siglo XX- sino que la lucha de clases, y no la unidad nacional en abstracto, es la única posibilidad de solucionar los problemas de las minorías, de los sectores oprimidos y, fundamentalmente, de la dominación colonial. En muchas ocasiones se ha contrapuesto el concepto de lucha de clases al de nación. Si es un error considerar solamente las clases, dejando de lado el problema nacional, más grave aún es contemplar sólo la nación, ignorando las contradicciones de clase. La cuestión nacional no es un problema meramente “ideológico” sino estructural, que deviene del carácter colonial y semicolonial de Asia, Africa y América latina. Finalmente, queremos poner de manifiesto que la cuestión nacional en América latina y el Caribe ha cobrado en el siglo actual una nueva dimensión con la agudización de la deuda externa. A las antiguas y siempre permanentes consignas de nacionalización de las empresas extranjeras y de ruptura de los pactos económicos y militares. Alienantes de la soberanía nacional, se suma ahora otra tarea antiimperialista: el no reconocimiento de la externa. Hay que incorporar, pues, la deuda externa a la cuestión nacional a través de un acuerdo procesamiento teórico. No basta con repetir viejos slogans, sino que es necesario comprender la incidencia de la internalización del capital y de la transnacionalización bancaria en los países dependientes

semicoloniales en esta era de la dolarización de la economía mundial para abordar la cuestión nacional con nuevas luces.

NOTAS
LEON TROTSKY: “Noventa años del Manifiesto comunista”, en La era de la revolución permanente, Juan Pablos Editor, México, 1973, p. 297. 2 Citado por GEORGES HAUPT y CLAUDE WEILL: Marx y Engels frente al problema de las naciones, Ed. Fontamara, Barcelona, 1978, p. 27. Consultar, asimismo, ROMAN ROSDOLSKY: El problema de los pueblos “sin historia”, Ed. Fontamara, Barcelona, 1981. 3 Íbid., p.36. 4 Íbid. , p.58. 5 Íbid., p. 64. 6 Íbid., p.65. 7 C. MARX: Der Aufstand in der Armme, cit. Por DEMETRIO BOERSNER: “Marx, el colonialismo y la liberación nacional”, Rev. Nueva Sociedad, mayo-junio 1983, Caracas, p.85. 8 Íbid., p. 85. 9 OTTO BAUER: La socialdemocracia y la cuestión de las nacionalidades, 1907, citado por RODOLF SCHLLESEINEGR: La internacional Comunista y el problema colonial, Cuadernos de pasado y Presente, Buenos Aires, 1974, p. 34 10 LEON TROTSKY: Historia de la Revolución Rusa, Ed. Aloer, Lima, 1981, t. II p. 298. 11 Íbid., t. II, p. 300 12 “Manifiestes, Thèses et Résolutions des quatre premier congrés mondiaux de l’international Communiste, París, 1934; HO CHI MINH: Escritos políticos, Inst. Cubano del Libro, La Habana, 1973; F. CLAUDIN: La crisis del movimiento comunista, Ed Ruedo Ibérico, París, 1970 13 JOSE STALIN: El marxismo y la cuestión nacional, Barcelona, 1977. 14 PIERRE VILAR: Iniciación..., op. Cit., p. 171 15 Citado por RAFAEL HERRERA ROBLES: Mariátegui o la revolución permanente, Ed. Pensamiento y Acción, Lima, 1980, p. 126. 16 LUIS VITALE: La contribución de Bolívar a la economía política latinoamericana, Universidad Central de Venezuela, Caracas, 1984. 17 DEPARTAMENTO DE FILOSOFÍA: Pensamiento revolucionario cubano, op. Cit., t.I, p. 45. 18 Publicado en La nación, 22/2/1885, Buenos Aires. 19 JOSE MARTI: “nuestra América” (1889), en Antología mínima, op. Cit., t.I, p. 238 20 El Pájaro Verde: “La cuestión india”, 14/9/1865, cit. Por ROBERT JAULIN: El etnocidio a través de las Américas, Ed. Siglo XXI, México, 1976, p. 57. 21 Íbid., p.63. 22 GUILLERMO BONFIL BATALLA: “Las nuevas organizaciones indígenas”, en Indianidad y descolonización en América latina, Nueva Imagen, México, 1979, p. 27. 23 Declaración de Barbados, en Indianidad y descolonización... , op. Cit. 24 “Primera Conferencia Comunista Latinoamericana”, en Revista La Correspondencia Sudamericana, Buenos Aires, 1929, p. 265. 25 JOSE MARIA ARGUEDAS: Formación de una cultura nacional, Ed, Siglo XXI, México, 1975, p. 188. Además JULIO COTLER: Clases, Estado y nación en el Perú, IEP, Lima, 1978; SINESIO LÓPEZ: “De imperialismo a nacionalidades oprimidas”, en Nueva historia del Perú, Ed. Mosca Azul, Lima 1980; CARLOS FRANCO: “Identidad política e identidad nacional”, en Perú: identidad nacional, CEDEP; Lima, 1980; ALBERTO FLORES GALINDO: “Los intelectuales y el problema nacional”, en Siete ensayos: 50 años en la historia, Ed. Amauta, 1979. 26 ESTEBAN MOSONYI: Identidad nacional y culturas populares, Caracas, 1982, p. 107. 27 SIDNEY MINTZ: “Una reflexión desprevenida”, en Africa en América latina, Ed, Siglo XXI, México, p. 394.
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