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Urbe Y Ciudad: La Necesaria Distinción

NOTAS PARA UN ANALISIS SOCIOLÓGICO Y POLÍTICO DE LA


REALIDAD URBANA

Por: Omar Alonso Urán Arenas


Sociologo. Universidad de Antioquia.
Magister Estudios Urbano-Regionales. Universidad Nacional de Colombia
Doctorando en Investigación y Planeación Urbano e Regional.
IPPUR - Instituto de Pesquisa Em Planejamento Urbano e Regional
Universidad Federal de Rio de Janeiro – UFRJ
uranomar@yahoo.com.mx

Resumen

En este escrito nos proponemos avanzar en la recuperación de la diferenciación ontológica y articulación


dialéctica entre los conceptos de "urbe" y "ciudad", que tan claramente aparecen en las lenguas latinas pero que
se han hecho opacos y difusos, tanto en el lenguaje cotidiano como en el lenguaje científico dominante - el inglés.
Para ello nos remontaremos, tanto al sentido dado a estas palabras en la antigüedad por un autor como Aristóteles,
para confrontar las nociones de ciudad de algunos clásicos de la sociología y el urbanismo, y retomando a Henry
Lefebvre – El derecho a la Ciudad, al Manuel Castells de “The city and the Grassroots” y a David Harvey -- Los
límites del Capitalismo -- proponer un concepto preliminar y en construcción de ciudad como “unidad política y
sociológica con coherencia espacio-temporal limitada”.

Introducción

Las siguientes notas constituyen un intento por expresar mi creciente inquietud e insatisfacción con respecto a
la noción de ciudad, y muy en especial, cuando esta categoría se emplea en el contexto de la planeación y el
análisis de los fenómenos urbanos. A partir de esta sensación, cada que escucho un noticiero por la TV o leo un
artículo de prensa o de revista especializada donde las palabras ciudad y urbanización son usadas, se me ha ido
haciendo más claro la necesidad de volver e indagar por el significado de estas palabras y diferenciarlas un poco
de lo que el sentido común generalmente entiende por ellas y que casi siempre, sin mediación crítica o vigilancia
epistemológica, se trasladan e introducen en el lenguaje y análisis científico y académico. En este sentido, nos
parece necesario retomar las recomendaciones de Bourdieu et alt. (1999) en cuanto a la necesaria crítica a la
ilusión del saber inmediato, y el necesario confronto y ruptura con el saber común y sus representaciones eruditas.
En esta dirección, categorías como ciudad, planeación urbana, urbanización, e incluso, municipio, se constituyen
en palabras de uso cotidiano que encierran deseos y representaciones hegemónicas impuestas, que hacen que el
uso de las mismas designe más una representación o aspiración ideológica que una realidad concreta. Es por ello
que cierta deconstrucción y reconstrucción lexicográficas de los conceptos, en tanto palabras, se hace necesaria:

“Com efeito, na medida em que a linguagem corrente e determinadas utilizações eruditas das palavras
banais constituem o principal veículo das representações comuns da sociedade, é sem dúvida uma crítica
lógica e lexicológica da linguagem comum que aparece como condição indispensável para a elaboração
controlada das noções científicas.” (Bourdieu et alt. 1999:24)

Pero además de esta actitud vigilante y crítica sobre el uso de los conceptos, es necesario tener en cuenta, como lo
plantea William Flanagan (1993) que las denominadas ciencias urbanas nunca han completado la tarea de definir
su objeto de estudio, tal vez por su complejidad y variabilidad, la cual de facto desafía cualquier intento. Y a
pesar de los esfuerzos realizados por Max Weber, a comienzos del siglo XX, y por Henry Lefebvre, a mediados
del mismo siglo, por construir un concepto sociológicamente válido de ciudad, muy poco se ha avanzado a este
respecto, a no ser la proliferación poco rigurosa de ideas de ciudad sin el debido contexto histórico y teórico.

El ejercicio que sigue a continuación es por tanto una aproximación personal e inicial a una reconstrucción de la
idea de ciudad, teniendo en frente las prácticas y procesos de planeación urbana y regional realmente existentes.
Para ello, procederemos de la siguiente manera: (i) a manera de ejemplo mostraremos algunos casos en los cuales
las ideas de ciudad y espacio urbano se usan indistintamente sin aclaración conceptual alguna. (ii) Para mostrar
que ya existe un bagaje histórico y conceptual en torno a esta distinción procederemos a exponer el concepto de
ciudad subyacente en la Política de Aristóteles, teniendo en cuenta los apuntes hermenéuticos de Werner Jaeger
(1946). (iii) Con fundamento en un rastreo etimológico y preliminar de algunas constituciones de América Latina
indicaremos como las actuales nociones político-administrativas de municipio y municipalidad corresponden
a la evolución del concepto de ciudad bajo condiciones de dominación y hegemonía territorial por un agente
superior. (iv) Con lo anterior en mente, nos acercaremos un poco a las nociones contemporáneas de ciudad y lo
urbano construidas por autores clásicos de la sociología y el urbanismo, en particular Max Weber, Robert Park y
Lecorbusier. (v) exploraremos la distinción entre ciudad, núcleo urbano y urbanización en la que avanza Henry
Lefebvre, y por último, (vi) a partir de lo propuesto e insinuado por Manuel Castells (1983) en su investigación
The city and the grassroots [traducido al español como “La ciudad y las masas”], y en lo que corresponde a los
desarrollado por David Harvey (1990) en cuanto al procesos urbano y el capital fijo en su texto “Los Límites
del Capitalismo y la teoría marxista”, y teniendo en cuenta los aportes de Lefebvre, proponemos reconstruir un
concepto de ciudad que ayude a superar el déficit político y el reduccionismo espacial del análisis y la planeación
urbano-regional vigente que des-sustantivan la idea de ciudad y terminan asimilándola a un gran proyecto de
inversión económica anclado en el territorio.

1. El uso común e indistinto de las nociones de ciudad y espacio urbano en el


lenguaje corriente.

Es en el uso cotidiano que hacen las personas comunes y corrientes, no dedicadas a estudios o trabajos
especializados en cuanto a la ciudad o el urbanismo, que la palabra ciudad aparece cargada con su significado
más complejo y a la vez más ambiguo, en tanto la misma no es usada como concepto o categoría analítica sino
como representación social abarcadora, tanto del fenómeno espacial urbano como del hecho social y político de
la ciudad. En expresiones tomadas de la media, de reportajes y entrevistas, se puede observar esto:
• “La ciudad se prepara para los juegos olímpicos…”
• “Hoy la ciudad decide quienes será su nuevo gobernantes...”
• “La huelga de transportadores paralizo la ciudad…”
• “Medellín y Rio de Janeiro son ciudades muy bonitas pero a su vez muy violentas…”
• “São Paulo y Nueva York están entre las ciudades más grandes del mundo …”
• “Londres es una ciudad muy costosa…”
• “La Paz es la ciudad más alta de Latinoamérica”

Vemos como la noción de ciudad aparece tanto como un hecho físico-espacial (“las ciudades más grandes”,
“la ciudad más alta”), como un hecho económico (“una ciudad muy costosa”), social (“muy violentas”), político
(“la ciudad decide”), o como una combinación de varios hechos (“la ciudad se prepara”, “paralizó la ciudad”).
En fin, podemos observar como la misma palabra denota según el contexto diferentes acepciones y significados,
siendo la mayoría de personas poco conscientes del uso analítico u expresivo que de la misma hacen. Pero esta
ambigüedad y dispersión no sólo está en el lenguaje de las personas corrientes, también esta, y nos atrevemos a
decir, de manera más pronunciada, en el lenguaje erudito y académico, en el cual la idea de ciudad se confunde
o equipara al fenómeno urbano, reduciendo incluso lo poco que de significado político y sociológico existe en
la propia representación social corriente. Así, por ejemplo, en un reportaje sobre los procesos de construcción
acelerada de nuevos centros y aglomerados urbanos en el Golfo-Persico Arabe aparece:

“aqui, à margem do Golfo Pérsico - Arábico, a 30 quilômetros a leste de Abu Dhabi, se erguerá, até
2016, a nova cidade de Masdar... Será a primeira cidade totalmente ecológica do mundo... Masdar, na
realidade, não representa o único projeto de nova cidade no Golfo. De leste a oeste, de norte a sul, uma
floresta de gruas parece cobrir os seis países do Conselho de Cooperação do Golfo... Os resultados:
arranha-céus, sedes de multinacionais, hotéis de luxo, complexos turísticos, e nada menos de 15 cidades
novas em construção.” (Belkaïd, 2008) [Sublineado nuestro].

Nótese en este caso como la categoría de ciudad es empleada para describir lo que es fundamentalmente un
procesos de urbanización proyectado y controlado desde arriba y sin participación ciudadana alguna para dar
salida y re-circular al gran capital acumulado por la burguesía petrolera árabe, previendo nuevas actividades
económicas que en el mediano y largo plazo puedan sustituir el agotamiento o transformación de la economía
petrolera. En otras palabras, más que la construcción de ciudades, en el sentido socio-político, se trata de la
construcción y desarrollo de Grandes Proyectos de Inversión que funcionan a manera de economía de enclaves
y son gobernados y controlados de manera vertical y autoritaria[1]. Sin embargo, tratándose de un reporte
periodístico la cosa no es tan grave. A mi modo de ver, el asunto se torna más preocupante cuando los propios
especialistas contribuyen a esta confusión. Es el caso de Flavio Villaça en su investigación Espaço intraurbano
no Brasil (1998), cuando en vez de profundizar histórica y conceptualmente la distinción entre ciudad y
municipio al analizar la conformación y configuración de espacios intra-urbanos en Brasil se decide por una
definición administrativa, que a su vez nos deja un poco mas y convencidos de la necesidad de ahondar en el
significado político de la ciudad cuando manifiesta lo siguiente:

“Serão descritas a varias formas pelas quais uma cidade em crescimento absorve ou gera outros núcleos
urbanos à sua volta, às vezes pertencentes a outras unidades político-administrativas, formando um tipo
particular de cidade. A particularidade esta no fato que a uma única cidade possam corresponder, em
termos de Brasil, mais de um município. Isso não havia entre nós até por volta da década de 1920. Até
então, a uma cidade correspondia um – e apenas um –município e vice-versa. Nos Estados Unidos, tais
‘cidades’ são chamadas de áreas metropolitanas ou SMSA – Standard Metropolitan Statistical Areas”
(Villaça, 1998: 49) [Sublineado nuestro].

Lo que nos parece interesante es que en ese texto Villaça no explica o expone los conceptos de ciudad y municipio
y básicamente los asume como hechos dados o definiciones jurídicas para el caso de municipio (ignorando su
contenido político), o espaciales (asimilables a conurbación o área metropolitana) en el caso de la ciudad. En
ninguna parte se pregunta qué tiene que ver una categoría con la otra, cómo es que una categoría político-
administrativa y territorial como la de municipio puede dar cuenta o no de una categoría igualmente política y
territorial como la de ciudad, cuáles son sus puntos de encuentro y diferencia. Mas adelante, y apelando sólo a
principios administrativos de autoridad, trata de resolver esta dificultad:
“O conceito de área metropolitana que adotamos é o de Bureau of the Census, dos Estados Unidos; é
aquele que nasce da contradição entre, de um lado, as cidades enquanto entes físicos e socioeconômicos
e, de outro, as cidades do ponto de vista político-administrativo” (49) [Sublineado nuestro]

Nótese en esta definición como la ciudad es definida, ontológicamente, como un “ente físico e socioeconómico”,
mientras lo político no pasa de ser un punto de vista administrativo. De esta manera, toda la fuerza que los
procesos políticos puedan contener en un espacio o aglomeración urbana queda reducida a su expresión espacial,
no permitiendo, por tanto, capturar la interacción entre contenidos políticos, culturales y económicos de la ciudad
y su expresión bajo formas de construcción, desarrollo, apropiación, valorización-desvalorización o cambio de
significado del espacio urbano. En este parafo Villaça ahonda mucho más en su propia dificultad, la cual busca
resolver, no por medios conceptuales o metodológicos, sino adoptando una definición externa y estándar dada
por una autoridad de planeación, la cual incluso no obedece a la propia lógica política, cultural y lingüística de
un país de ascendentes latino-mediterráneos y en la periferia de los procesos capitalistas, como es el Brasil.

Queremos señalar otra vez que, desde su definición clásica, como veremos más adelante, la ciudad puede
coincidir o ir más allá de los límites de la malla o las murallas urbanas. La ciudad -- incluso para un autor
como Weber, que la observa básicamente como lugar o espacio del mercado – la mayoría de veces incluye y
articula una periferia, un hinterland rural, de dónde la tan anotada oposición campo-ciudad obedece más a una
descripción paisajística que a una real diferenciación de los procesos políticos, económicos y ambientales que
confunde y reduce la ciudad a lo urbano. Por eso, la categoría moderna de municipio, adoptada en casi todos
los regímenes políticos occidentales (algunas veces llamándose Communa, en el caso de Francia o Gemein, en el
caso de Alemania) aún conserva los vestigios de su primitivo significado bajo la República e Imperio Romano,
cívis subjudice, es decir como asociación política territorial civitas (polis) con autonomía política y administrativa
pero siempre observando la autoridad superior, en términos políticos y militares de la República, a la cual en
caso de guerra o emergencia debía obedecer. De allí que, en términos político-territoriales, no sea contradictorio
que un municipio o una ciudad posea más de un núcleo urbano. Lo que en últimas da cuenta de la unidad e
integración de la ciudad no es el continuum urbano (conurbación), sino la coherencia y articulación del proceso
político (y su corolario administrativo) que allí ocurre, sea democrático u oligárquico. Por eso, tampoco es ni
territorial ni políticamente contradictorio que en un mismo espacio conurbanizado coexistan diferentes municipio
o ciudades, en cuanto obedecen a procesos políticos que se diferencian en el espacio y, bien sea por una razón u
otra, no han se han integrado coherentemente como ciudad, como unidad territorial político-administrativa; o por
el contrario, esos diferentes municipios o ciudades que aparentemente están integrados bajo un mismo espacio
urbano son el resultado de conflictos políticos (expresando intereses económicos y culturales) que llevaron al
rompimiento o desarticulación de una determinada asociación política, por ejemplo, un área metropolitana, en
su sentido político-administrativo, lo cual también puede leerse como resultado de la dificultad para mantener
la coherencia y alineación de intereses de una dada coalición que ejercía su dominación (que no necesariamente
hegemonía) sobre una región o espacio geográfico determinado.

Siguiendo esta lógica, ninguna ciudad absorbe a otra, más bien se alía y une a ella, o por el contrario, busca
su dominio y hegemonía. En el proceso de conurbación el uso de la metáfora de una ciudad absorbiendo a
otra no nos parece conveniente ni plausible. Desde un punto de vista económico se trataría de un fenómeno de
convergencia espacial de diferentes factores y mercados, y desde un punto de vista geográfico se trataría de la
urbanización y densificación de los espacios inter-urbanos, que en su mayor proporción deriva de la inmigración
de población proveniente de otros lugares y no de una relocalización o crecimiento natural de la propia población.
En la mayoría de casos observados se trata de un proceso de urbanización acelerado, unas veces como expresión
de fuerzas económicas que se despliegan desde su interior, otras tantas como resultado de conflictos políticos y
económicos en su contorno o periferia que se traducen en masivas migraciones que hacen crecer la urbe en sus
bordes, que casi siempre no obedece el carácter político administrativo de la ciudad, sino que se da en función de
la movilidad y accesos a los mercados de trabajo y mercancías. Gran parte de esto es lo que se ha dado en la urbes
latinoamericanas y africanas: campesinos e indígenas, con economías propias, más o menos autosostenibles,
son desplazados del campo y arrojados a la lógica urbana capitalista de mercado, donde el dinero es medio de
integración social y sobrevivencia individual. No se trata por tanto de un crecimiento desde dentro, desde una
urbe que absorbe otra, sino más bien de espacios urbanos que han sido apropiados y expandidos por quienes han
dejado de ser, a razón de fuerza, posiblemente, ciudadanos de otras tierras.

En otro texto, de amplia circulación, el famoso geógrafo Brasilero, Marcelo Sousa, en su libro el “ABC do
desenvolvimento urbano” (2007), que pretende ser un texto de divulgación científica sobre el desarrollo urbano,
largamente explica lo urbano desde la categoría de ciudad, pero con un enfoqué predominantemente espacialista
en lo que se refiere a la producción y desarrollo urbano, haciendo muy poco esfuerzo por reconocer e integrar
las discusiones y avances que en cuanto a la ciudad como producción social y política existen. Esto queda
muy evidente y marcado en el primer capítulo que pretende responder a la pregunta qué es una ciudad, no
preguntándose nunca qué es la urbe; pero si tomando la noción de ciudad como sinónimo de urbe o espacio
urbanizado y reduciendo de entrada la riqueza semántica del concepto de ciudad al de espacio urbano construido,
es decir, reduce ciudad a urbe, y aunque hable de complejidad ciertamente no la vincula a la construcción de su
definición. En primer lugar, retoma el concepto de Max Weber de ciudad, bastante de por si ya reducido, como
un lugar o local de mercado, en el cual se da un intercambio regular de mercancías (25). En segundo lugar,
retoma a Walter Christaller y asume la ciudad, desde el punto de vista geo-económico, como un lugar o local
central con fuerza centrípeta para atraer hacia si diferente tipo de actividades (25). En tercer lugar, asume que
las ciudades son asentamientos humanos extremadamente diversificados en lo que se refiere a las actividades
económicas allí desarrolladas (26). En cuarto lugar, manifiesta que las ciudades, bajo el ángulo del uso del suelo
es un espacio de producción no-agrícola, de comercio y de ofrecimiento de servicios (27). En quinto lugar, anota
que otra característica de la ciudad es la de ser “un centro de gestión del territorio”, por ser sede de las empresas,
y como un añadido en este mismo lugar, y sin desarrollo conceptual o analítico, anota que allí también la cultura
y el poder desempeñan un papel crucial “en la producción del espacio urbano”. Después de describir un poco
estos rasgos caracterizadores se pregunta si existe un “tamaño mínimo” que permita hablar de ciudad, anotando
luego que el criterio de tamaño poblacional ayuda muy poco a definir una ciudad porque ello depende, entre otras
cosas, de la densidad poblacional del país en que ella se inscriba (28).

En la línea de indagación de Villaça, anota que son los por él llamados criterios funcionales – que nosotros
llamaríamos más estrictamente criterios político y administrativos – los que permiten, por ejemplo, en Brasil,
que a unos núcleos urbanos se les denomine Cidades a otros Vilas, siendo las primeras sedes municipales y
las segundas divisiones de estos, apuntando que el proceso para que una Vila se transforme en Cidade es un
proceso esencialmente político, pero sin acercarse a lo que lo político espacialmente significa y sin desarrollarlo
mas. El mayor problema con enfoques analíticos como el de Villaça y el de Marcelo Souza, es que sin ser
ese su proposito, terminan reforzando la visión espacialista y des-subjetivizadora de ciudad y de la planeación
que pretende orientarla, dado el estatus ontológico, que en última instancia, terminan dándole a la urbe misma,
perdiendo de foco los procesos políticos y sociales que realmente la constituyen como ciudad, facilitando con
ello, en términos técnicos e ideológicos, una planeación urbana – que no se interroga por la ciudad – y
realizada con claros intereses hegemónicos y en función de grandes grupos o personas capitalista interesados en la
homogeneización y des-sustantivación del territorio, algo que sólo el análisis la práctica política de la planeación
está en condiciones de restituir. De alguna manera les cabría la crítica que Castells se formulaba a sí mismo en el
prologo a la edición latinoamericana de su libro “La cuestión urbana”:

“o equivoco consiste em que continuamos utilizando a ‘urbanização’ e ‘cidade’ sem nenhum tipo de
precisão, aceitando assim a transposição direita entre formas espaciais e processos sociais, quando de
fato, ao falar de urbanização na França ou no Peru, não se fala da mesma coisa.” (Castells, 1983: X)
Y he ahí donde esta nuestra principal observación: la ciudad, en cuanto categoría diferente a la urbe, antes que
ser meramente un hecho espacial o de mercado es un hecho político que se configura y delimita espacialmente
a partir de procesos de cooperación y conflicto entre diferentes categorías de sujetos, individual o articulados
colectivamente, representando clases sociales o no, y qué no sólo se disputan un espacio en sí, sino que lo
vinculan a valores o ideales de vida, bien sean expresados o no como proyecto político o de desarrollo urbano.
Y es aquí donde más claramente se puede observar la distinción entre urbe y ciudad desde un punto de vista
de la planeación. Una visón de la planeación reducida a lo urbano, sólo se preocuparía, en el mejor de los
casos, ciertamente escasos en América Latina por garantizar las condiciones mínimas de vivienda, transporte y
servicios básicos; mientras que una planeación decididamente de ciudad, además de lo anterior, se preocuparía
por construir y actualizar la condición de ciudadanía de sus habitantes, sean nativos o inmigrantes, integrándolos
al proceso político de gobernar y planear la ciudad, dejando de verlos sólo como problemáticos y pasivos sujetos
de políticas de asistencia social. Pero advertimos que también puede suceder una visión y práctica xenofóbica
y cerrada de la planeación urbana y el proyecto de ciudad, en cuanto el proyecto político que los articula se
fundamenta en reservar para los nativos o gentes de una determinada etnia la categoría de ciudadanos, deviniendo
el espacio urbano en escenario y producto del conflicto político y disputa cultural por el significado mismo de la
ciudad.

Pero como ya adelantábamos arriba, gran parte de esta confusión conceptual es reflejo también del poco
tratamiento histórico y exegético que los clásicos de la sociología, de los estudios urbanos y del urbanismo
le han dado al concepto de ciudad, muchas veces confundiendo este ejercicio con el de una descripción de
las transformaciones espaciales del fenómeno urbano a través del tiempo, con muy poco espacio dedicado a
investigar y a estudiar las formas de asociación, conflicto y organización política que le dan sentido a la ciudad,
siendo en este sentido el trabajo de Castells, The city and the grassroots, una notable excepción. Para dar cuenta
sobre esta gran dispersión semántica y falta de continuidad (o de ruptura crítica) con los estudios que sobre el
concepto de ciudad realizaron los primeros científicos políticos, vamos a continuación a retomar brevemente, en
primer lugar, el trabajo la Política de Aristóteles y tenerlo como referencia para cuando más adelante intentemos
una definición provisional del concepto de ciudad.

2. El concepto de ciudad subyacente en la Política de Aristóteles.

Retomamos este trabajo de Aristóteles en cuanto consideramos que este marca el inicio de la ciencia política en
occidente, no reducida al dato positivo, sino vinculado también a actitudes críticas e ideales ético-normativos,
que son en últimas los que le sirven a Aristóteles para evaluar las constituciones políticas de la ciudades de su
época. Es menester recordar que para este libro Aristóteles estudia más de 100 constituciones, buscando extraer
lo común de ellas y derivar algún tipo de principio o enseñanza. Teniendo en cuenta los apuntes hermenéuticos
de Werner Jaegger (1946), resaltamos que:

“Debemos empezar por contemplar la peculiar cara de Jano que presenta la Política en conjunto,
mirando a los idealistas como si fuese una utopía y a los realistas como si fuese una fría ciencia
empírica, y en realidad siendo evidentemente ambas cosas a la vez.” (304)… “La influencia del método
deductivo, conceptual y constructivo de aquella obra [La Política] resalta principalmente en el hecho de
que Aristóteles no hace brotar simplemente de la tierra su estado ideal, como hace Platón en la República
y en las Leyes, sino que lo despliega partiendo de una acabada clasificación de las constituciones según
su valor. Este le permite introducir en la cuestión del estado mejor, hasta donde lo consiente el tema,
el rigor apodíctico que era esencial a su propia personalidad. Aristóteles pugna siempre por llegar a
conceptos precisos. Su estado ideal es lógico por su armazón; es una muestra de construcción mental en
que el estado se halla rígidamente basado en sus elementos y conceptos fundamentales.” (334).

En esta búsqueda de la claridad conceptual, para Aristóteles la ciudad es principalmente un concepto político
antes que espacial, tal como se observa en la siguiente afirmación:

“Sabemos que uma cidade é como uma associação, e que qualquer associação é formada tendo em
vista algum bem... As sociedades, todas elas por tanto propõem-se algum lucro – especialmente a mais
importante de todas, visto que pretende um bem mais elevado que envolve as demais: a cidade ou
sociedade política.” (Livro I, pag.11).

Nótese aquí que la Idea clave es la de asociación en torno a un bien, que no sería cualquier bien, sino el bien más
elevado de todos, la política en sí misma. Pero no se trata se trata de una idea comunitarista de lo político, sino de
una sociedad que incluye y articula diferencias, evitando pensar en la ciudad como una unidad natural o familiar.
La ciudad, en esta dirección, es una construcción colectiva entre diferentes que se conciben políticamente iguales.
De esta manera, se puede entender la crítica que en el libro II hace a la concepción comunitarista de Sócrates
formulada en la República de Platón cuando afirma:

“Contudo, é notório, que a cidade, à proporção que vai se formando e tornando-se maias uma, deixara
de ser cidade; pois naturalmente a cidade é multidão. Se levada à unidade tornar-se-á família, e desta
a individuo; pois a palavra ‘um’ precisa ser antes aplicada à família do que à cidade, é a indivíduo
preferivelmente antes que à família. Deve-se por tanto, evitar essa unidade absoluta, visto como viria ela
anular a cidade.” (Livro II, pag.38)

Pero he ahí también la dificultad y dialéctica del concepto político de ciudad. Es un pensar y actuar colectivo,
un nos-otros que no suplanta ni inhibe las diferencias individuales, porque precisamente el ejercicio de estas
individualidades es lo que la ciudad promete, es la base y promesa de la asociación política. Sin embargo, en el
ejercicio de esa libertad, habrá quienes deseen y quieran excluir a otros de dicha sociedad. En esta dirección, la
ciudad siempre contendrá en sí misma la amenaza de su negación, en la medida que existen sujetos, que por una u
otra razón, desconocen esa libertad e igualdad política o la reservan a un grupo limitado de individuos. Incluso la
propia construcción aristotélica del concepto de ciudad no está exenta de esta amenaza reduccionista, aún cuando
se trate de definiciones apodícticas y amplias de ciudad como la siguiente: “A cidade é a reunião dos homens
livres” (Livro III, pag.89), que contrastan fuertemente con las afirmaciones realizadas, en un pasaje anterior, en
el cual restringe el carácter de ciudadanía y virtud política cuando se trata de la ciudad ideal. Veamos:

“O certo é que a cidade-modelo não devera nunca admitir o artesão o entre seus cidadãos. Não o
admitindo, será então possível afirmar de que a virtude política de que falamos não é de todo cidadão,
mas apenas de homem livre – é sim se dirá que ela é de todos os que não têm necessidade de um trabalho
para viver.” (Livro III, pag.86)

De allí, que aunque aceptemos la Idea inicial de ciudad planteada por Aristóteles, se nos hace necesario revisar
y superar este concepto de ciudad que se basa en una concepción naturalista de la desigualdad entre hombres y
mujeres, entre trabajo manual y trabajo intelectual, y en su tiempo, también trabajo militar. Pero igual, aquí es
donde entra la idea moderna según la cual la ciudadanía no es meramente un derecho otorgado, sino también
y fundamentalmente un derecho conquistado, tal como lo mostraron históricamente los movimientos sociales
de mujeres, negros e indígenas en la segundad mitad del siglo XX. En términos de Charles Taylor y de Axel
Honneth, pudiéramos decir que la ciudadanía moderna implica de suyo una “lucha por el reconocimiento” y
mantenimiento de dicha titularidad.
Taylor (1993: 45-47) anota que en épocas antiguas el problema del reconocimiento no se planteaba, ya que se
suponía inherente a un estatus natural o condición social permanente. Algunos cambios históricos que hicieron
posible “la moderna preocupación por la identidad y el reconocimiento” fueron, primero “el desplome de las
jerarquías sociales que solían ser las bases del honor. (…) en el sentido que estaba intrínsecamente relacionado
con la desigualdad”, permitiendo el paso a “el moderno concepto de dignidad, que hoy se emplea en un sentido
universalista e igualitario”. Para Taylor, el segundo cambio histórico moderno fue el desarrollo de la noción de
identidad como autenticidad. En tanto la dignidad presupone un reconocimiento de la indivisibilidad de la persona
emerge y se desarrolla la idea de identidad como autenticidad. En esta dirección,

“El reconocimiento igualitario no sólo es el modo pertinente a una sociedad democrática sana. Su
rechazo puede causar daños a aquellos a quienes se les niega. (…) la proyección sobre otros de una
imagen inferior o humillante puede en realidad deformar y oprimir hasta el grado que esa imagen sea
interiorizada. No sólo el feminismo contemporáneo sino también las relaciones sociales y las discusiones
del multiculturalismo se orientan por la premisa de que no dar este reconocimiento puede constituir una
forma de opresión.”(Taylor, 1993:58)

Ahora, echa esta crítica y salvedad, es también necesario reconocer lo que de progresista tiene la última
afirmación de Aristóteles, es decir, que la política precisa de tiempo libre, y que aquel o aquella que por razón
de su oficio, profesión, pobreza u otra circunstancia no tiene tiempo libre, puede ser ciudadano en titularidad
pero no de hecho, en cuanto no se reúne ni participa de las discusiones y decisiones de la comunidad política.
Sin embargo, la sociedad capitalista actual, donde sea que exista, es en lo fundamental una sociedad orientada al
trabajo, un tipo de sociedad que, en los términos de Aristóteles, sería la negación misma de la política. Pero aquí
es donde vuelve de nuevo la necesidad de revisar y descubrir que de esencial tienen los conceptos construidos y
formulados en otras épocas, para no aplicarlos mecánicamente, o simplemente desconocerlos e ignorarlos sin la
debida crítica. La modernidad, en su sentido social y político, y no meramente como modernización tecnológica
o productiva, significa de alguna manera la revolución y reconocimiento de los que hasta entonces eran tenidos
como desiguales y que en lo fundamental eran y son los que constituyen la base productiva de la sociedad,
precisamente los artesanos, obreros y campesinos.

No es de extrañar que gran parte del contenido de estas luchas sociales no fuera solamente una lucha orientadas de
manera utilitarista al mejoramiento de condiciones económicas, sino que se tratará también de luchas orientadas
moralmente por el reconocimiento de la dignidad y construcción de la autoestima, individual o colectiva. Tal
como lo expresa Honneth cuando se refiere a los primeros trabajos de filosofía social de Karl Marx

“... in line with the lordship and bondage dialectic of the Phenomenology [from Hegel], the early Marx
can interpret the social confrontation of his time as a moral struggle waged by oppressed workers for
the restitution of social opportunities for full recognition. Initially, he conceives of class struggle not a
strategic battle over the acquisition of material goods or instruments of power but rather as moral conflict
in which what is at issue is the ‘emancipation’ of labour as the crucial condition for both symmetrical
esteem and basic self-confidence.”(Honneth, 1996: 147) [Sublineado nuestro].

En otras palabras, aunque la modernidad, sobre todo en su fase inicial, tiene que ver con una lucha social en la
esfera del trabajo, el contenido de esta lucha no se reduce a ganancias económicas o al control de los medios
de producción, sino que implica, en primer lugar, una lucha por el reconocimiento moral y subjetivo de las
y los individuos trabajadores – los artesanos en términos de Aristóteles – como personas y como ciudadanos,
para luego, en segundo lugar, y como garantía de lo primero, plantearse la emancipación del trabajo – al menos
parcialmente – liberando tiempo para otras actividades esenciales a la realización del ser humano, entre ellas la
política.

Sin embargo, y casi que paradoxalmente con respecto a Aristóteles y dramáticamente con respecto a Marx, la
formación social contemporánea ha profundizado su dependencia con respecto al trabajo y en la misma dirección
ha reducido de nuevo el tiempo libre socialmente necesario para el ejercicio y construcción política de la ciudad.
Una paradoja ciertamente problemática, en tanto la formación social orientada al trabajo hace del empleo uno de
sus principales problemas en la agenda política de las ciudades para que sus habitantes puedan supuestamente
realizarse como ciudadanos y ciudadanas a través del consumo, que no de la participación política; lo cual sería
una negación, en los términos clásicos, de la condición de ciudadanía misma. Según Aristóteles:

“Em uma palavra, cidadão é o que pode ser juiz e magistrado.” (Livro III, pag.78). “Vê-se por aí, por
tanto, o que é o cidadão: é o que possui participação autoridade legal na autoridade deliberativa, e na
autoridade judiciária - aí está o que denominamos cidadão da cidade assim formada. E denominamos
cidade à multidão de cidadãos capaz de ser suficiente a si própria, e de conseguir, de modo geral, quanto
seja necessário à sua existência.” (Livro III, pag.79). “Cidadão, de acordo com a nossa definição, e o
homem que detém um certo poder” (Livro III, pag.80)

Dados estos términos y circunstancias contemporáneas, para evitar esta paradoja o contradicción, el empleo o
trabajo, debe permitir, además del dinero para acceder a mercancías con las cuales vivir bien y dignamente, el
tiempo suficiente para ejercer esa titularidad de ciudadano, es decir, participar de la política como un ejercicio de
encuentro y deliberación con otros, con los cuales se pueda efectivamente ejercer una cuota personal de poder,
que por ninguna circunstancia debe quedar reducida a momentos electorales preestablecidos, lo cual a toda costa
negaría la libertad misma del ejercicio del poder auto-instituyente ciudadano.

Para Aristóteles la ciudad, en cuanto polis, es fundamentalmente una construcción política, cimentada en una
serie de relaciones históricas que dan base a la configuración simbólica de un nosotros(as), el cual, a pesar de las
contradicciones y tensiones que se dan en su interior, se percibe como sociedad política. Por su parte, la urbe[2]
es la huella que en el espacio deja la ciudad, el entramado que sirve o ha servido de protección a la comunidad
política, a sus espacios de interacción y encuentro colectivo. Su diseño y trazado corresponde a la concepción del
mundo, de la relaciones entre las y los humanos, y de estos con la naturaleza, que una determinada formación
social tiene en un tiempo y un espacio específicos. Por ello es tan fácil confundir urbe y ciudad, porque la mayoría
de ciudades que conocemos precisan un espacio, de un habitáculo urbano, de un espacio vital (Lebensraum)[3]
en el cual existir. Pudiéramos decir que si bien la ciudad como organización política y simbólica precisa de la
urbe, la urbe no necesariamente precisa de la ciudad. En tal dirección es que el propio Aristóteles escribe en la
Política:

“... quando os homens moram no mesmo local, como se poderá reconhecer que a cidade é uma? Por certo
não pelas muralhas; pois se poderia circundar o Peloponeso todo com apenas uma muralha” [e assim não
seria uma cidade]. “Contudo, desde que os mesmos homens residam no mesmo local, será necessário
dizer, desde que não mude a espécie de seus moradores, que a cidade é sempre a mesma” (Livro III,
pag.81). “... uma cidade é a mesma quando levarmos em conta sua forma de governo. Pode-se dar à
urbe outro nome, ou idêntico nome, seja habitada pelos mesmos homens ou por homens inteiramente
diferentes” (Livro III, pag.82).

Nótese que el énfasis del autor está en que una ciudad es la misma siempre y cuando no cambie la especie de sus
moradores, independiente del cambio de las calles o murallas que la rodean y la integran. Igualmente, en estas dos
citas se observa la diferencia con la cual Aristóteles trata la idea de ciudad, en cuanto formación socio-política,
de aquella otra de la urbe, caracterizada, en la época, por ser la porción de tierra amurallada que protegía y daba
asiento a los espacios y lugares públicos de encuentro, de la cual se deriva lo que hoy llamamos suelo o tierra
urbanizada.

Por otro lado, espacialmente, la ciudad no se reduce o limita al espacio urbano, a la urbe, aunque la requiera y
precise en su definición. La ciudad, en tanto categoría política y jurídica, puede extenderse a las y los ciudadanos
que moran, trabajan y tienen propiedades por fuera de la urbe. Igual puede aplicarse para ciertos bienes y espacios
públicos que están localizados allende la muralla o malla urbana. Por tal razón campesinos y hacendados pueden
ser ciudadanos habitantes de una ciudad, en la medida que, morando por fuera de su espacio urbano, si lo
hacen dentro de su circunscripción territorial y administrativa, es decir hasta dónde se extienden las fronteras
geográficas de sus decisiones políticas y su capacidad policial[4], en cuanto politeia. Por tal razón, una gran
urbe puede ser una ciudad disminuida o escasa (Carvalho, 2000) en la medida en que por un lado no represente
ni integre políticamente sus pobladores y por el otro lado, no tenga el poder colectivo, la politeia, los medios e
instrumentos para aplicar y hacer valer las decisiones políticas en toda su jurisdicción territorial- administrativa,
incluyendo por supuesto los espacios considerados públicos al interior de la urbe. Queda claro, en lo expuesto
hasta aquí, que para Aristóteles, aunque relacionadas, las categorías de ciudad y urbe son diferentes. Que no todo
el que habita en la urbe es ciudadano y que la ciudad, espacialmente, puede extenderse mas allá de la urbe, en
tanto la sociedad política, llamada ciudad, puede incluir individuos cuya residencia sea en el campo o sea en el
área urbana. Esta idea de la urbe y lo urbano como diferente de la polis y la ciudad es reforzada por el trabajo
antropológico y arqueológico de Joseph Rykwert (1985) cuando estudia los ritos de fundación de una ciudad y
los ritos de demarcación urbana en los antiguos pueblos etruscos y la Roma antigua, llegando incluso a indicar
que una misma ciudad puede tener varias fundaciones en diferentes tiempos y lugares.

3. Un acercamiento histórico y etimológico a la categoría de municipio como


expresión de la idea de ciudad bajo condiciones de un poder territorial superior
(estado-nación o imperio).

La palabra municipio proviene del latín antiguo municipium, la cual hace su aparecimiento durante la República
Romana. Esta palabra es a su vez la conjunción sincopada de otras dos: munia y capere, donde munia significa
pertrecho o recurso militar y capere significa aprovechamiento o servicio (Ferreira, 1995: 12). En pocas palabras,
el municipium denotaba un territorio con un núcleo urbano bajo el poder de la República, al cual le son respetados
sus tradiciones y derechos civiles, a condición de tributar a la República y de servir con hombres y recursos en
caso de guerra o de las tareas militares ordinarias. En un inicio el municipium se distinguía de la civitas en la
medida que era considerado una civitas sine suffragio, es decir, una ciudad que no podía elegir representantes
propios para el Senado de la República. Sin embargo, con el tiempo, muchos municipios alcanzaban el estatus de
civitas en el pleno sentido de la palabra romana. Con el tiempo hubo dos tipos de municipios, en primer lugar el
Municipium Civium Romanorum, en el cual los ciudadanos tenían una ciudadanía completa (civitas optimo iure)
que incluía el derecho al voto, y en segundo lugar, los municipios formados por centros considerados tribales, en
los cuales sus habitantes no tenían una ciudadanía plena.

Es notorio también como la palabra de municipio se transforma y traduce en algunos países como Comuna, en
el sentido de la unidad territorial político-administrativa más pequeña de un Estado y que supone un mínimo
de vida colectiva y en común de sus pobladores. Comuna proviene del termino commune, con el cual se
denominaba muchas veces las antiguas ciudades y burgos libres del Medioevo. Los municipios son entendidos
y denominados como Communes en Francia, Comune en Italia, Kommun en Noruega. En Alemania el municipio
es entendido como Gemeinde, el cual tiene el mismo sentido espacial y político que la palabra latina commune, y
que respectivamente tiene un Gemeinderat (consejo municipal) y un Bürgermeister (alcalde). Es de señalar que
en el Reino Unido la palabra municipio no tiene un equivalente similar[5], siendo los términos mas cercanos el
de Town Hall o City Hall (para referirse a los edificios públicos donde se asienta la autoridad pública municipal,
la municipalidad) y el de Greater Area para referirse al conjunto del gobierno municipal, que cobija tanto la
Assembly (las y los representantes electos a la cámara o concejo municipal) como al Mayor (Alcalde) y el resto
de funcionarios públicos subordinados a estas dos autoridades.

Es importante observar como las principales instituciones que rigen el espacio político-administrativo municipal
en el mundo occidental contemporáneo, principalmente las cámaras o consejos municipales, así como el alcalde
o prefecto, hunden sus raíces en la tradición romana, la cual a su vez trató de mantener la idea de ciudadanía y
participación política correspondiente a la ciudad-estado de los griegos. De esta manera, al hablar de municipio
estamos haciendo refiriéndonos también a la idea de civitas, de ciudad, pero ya de una manera
preponderantemente político-territorial y menos urbano-espacial. Hoy, en la mayoría de constituciones y
Repúblicas, el municipio o la municipalidad, es claramente entendido como una unidad territorial político-
administrativa, en la mayoría de casos la de menor tamaño, que puede tener órganos administrativos y espacios de
representación política propios, siendo su tamaño algo indiferente y variable, denotando a veces, para el sentido
común, una ciudad, un pueblo, una villa o un pequeño grupo de los mismos. Según Marturano (1983: 12),
refiriéndose a lo apuntado por Kelsen y a Jellineck,

“o traço característico desse governo próprio ou dessa autonomia municipal consiste no poder eleger os
agentes do poder executivo e do poder legislativo, bem como atribuição de recursos orçamentários e
financeiros para sua administração quanto aos serviços públicos locais.”

En esta dirección, si bien el municipio contemporáneo, como el antiguo del imperio romano, es autónomo sólo
de manera relativa – en especial en su administración interna – su existencia jurídica, política, física y económica
es innegable, en contraste con la noción contemporánea de ciudad, la cual se ha tornado sumamente porosa,
informe e inasible, siendo por tanto de existencia cuestionable como instrumento analítico, que se confunde unas
veces con la descripción que se hace del hecho físico urbano, con la urbe, y otras tantas veces rememora el ideal
clásico de la asociación política de ciudadanos libres, la polis. A nuestro modo de ver, las palabras municipio y
municipal, urbe y urbano pueden ayudarnos a evitar la confusión que el inglés, como lengua hegemónica ayudo
a crear, al incorporar en una misma palabra, city, la diferencia semántica que los pueblos antiguos mediterráneos
hacían entre urbs y polis. Como veremos, la mayoría de constituciones de las repúblicas democráticas actuales,
en especial las de origen latino, son claras en que la unidad política básica de administración, planeación y
gestión del territorio nacional es el municipio, el cual para efectos de sus políticas de desarrollo o por causa
de la conurbación con otros municipios vecinos puede asociarse y formar otras figuras o entidades político
administrativas, llámense aéreas metropolitanas, asociación de municipios, distritos, etc. En este sentido, en
la mayoría de nuestras realidades constitucionales y político-administrativas, es el municipio y su territorio
municipal (rural y urbano) el sujeto legal por excelencia de la planeación local, excepto cuando es simplemente
tratado como objeto por parte de políticas e intereses supra (nacionales o internacionales).

Este breve recuento de la categoría de municipio nos ayuda formular la siguiente hipótesis de porqué la idea,
noción, imagen o representación colectiva de ciudad persiste aunque no exista propiamente un concepto claro de
la misma: creemos que en su sentido histórico y genético la ciudad, tanto como representación de la identidad
política colectiva como realidad física que a veces se confunde con la urbe, encierra un doble carácter de libertad
y protección que de alguna manera persiste a través del tiempo en el concepto solapado y reducido que de polis
persiste en el municipium, especialmente bajo su forma de Municipium Civium, donde la civis (la unidad política
autónoma) se integra con el munia-capere (en cuanto población bajo el mando de la República y presta para la
guerra).
3.1. Notas provisionales sobre las ideas o conceptos de ciudad y municipio en algunas constituciones
latinoamericanas

En la búsqueda por llegar a una idea o concepto de ciudad más allá del sentido común y representación colectiva
que de la misma se tiene – y que en lo fundamental se asimila a la noción de malla o espacio urbano – nos
dimos a la tarea de efectuar una breve exploración sobre (i) qué se entiende por ciudad en algunas constituciones
latinoamericanas para luego (ii) asociarla con el concepto o idea que de municipio aparece en las mismas.
Para ello, efectuamos una revisión inicial de las Constituciones políticas de la República Federativa Do Brasil
(1988, Incluyendo reformas hasta el 2005), República De Colombia de 1991 (Incluye las reformas hasta 2005),
República De cuba de 1976 (Incluye reformas hasta 2002) y República Bolivariana de Venezuela (1999).

De esta revisión podemos sacar algunas conclusiones preliminares que nos muestran un poco la inexistencia u
oscuridad político-constitucional de la idea de ciudad: (i) la ciudad nunca es definida o conceptualizada, se asume
como un facto dado, un a priori del pensamiento político y administrativo constitucional que no es necesario
precisar; (ii) es notorio que la mayoría de las veces cuando se emplea la palabra ciudad esta está asociada al
municipio o distrito capital de la respectiva República: Ciudad de Caracas, Ciudad de la Habana, Ciudad-Región
del Distrito Capital de Bogotá; (iii) en general, la ciudad se asimila a un lugar, al espacio urbano construido,
a la urbe sin consideración de los procesos sociales o políticos que la constituyen. Por último, (iv) un poco la
excepción es la constitución Cubana, en especial en el artículo 104, donde menciona que “los Consejos Populares
se constituyen en ciudades”, rescatando o relevando el sentido de asociación política que la palabra ciudad, en
cuanto civitas y polís contiene.

Por su parte, con respecto a la categoría de municipio en estas cuatro constituciones podemos señalar: (i) la
palabra que designa al municipio es el mismo en todas las constituciones, lo que no sucede para el nivel regional
o territorial intermedio entre el municipio y la nación, que en unas constituciones se denomina de Estados, si son
federales (Brasil y Venezuela), y en otras de carácter centralista (Colombia y Cuba) se denominan Provincias
o Departamentos. (ii) El municipio es la división territorial básica de la República, en términos de tener un
reconocimiento político y una personería jurídica y administrativa propia. Lo que no sucede con otras categorías
territoriales y espaciales de menor escala al interior de los propios municipios, unas veces denominadas regiones
(Brasil), comunas (Colombia) y parroquias (Venezuela). (iii) En todos los casos el municipio es el espacio de
representación y participación política básica de las y los ciudadanos, fundamentalmente por medio de la elección
y conformación de Concejos Municipales (en Colombia y Venezuela), Câmaras Municipales de Vereadores (en
Brasil) y Asambleas Municipales del Poder Popular (en Cuba). (iv) Todos los municipios tienen derecho a tener
sus propias leyes o normas, siempre y cuando no sean contrarias a la constitución u otras leyes superiores. Se
trata pues de una autonomía legal relativa, siempre sub judice con respecto a la República. (v) En este último
sentido, todos tienen el derecho y la obligación de establecer sus propios impuestos, cumplir las funciones de
policía, prestar y velar por la prestación de los servicios públicos básicos, la planeación y gestión del desarrollo
local, así como el ordenamiento territorial al interior del propio municipio.

Podemos afirmar, sin temor a equivocarnos, que, de acuerdo a estas constituciones, las dos unidades territoriales
básicas que confieren identidad política a las y los ciudadanos son, en un primer nivel el municipio, y en un
nivel superior la República, sea esta federal o unitaria. Son en estas dos unidades donde están más claramente
establecidas las competencias administrativas del estado, así como los derechos y los deberes de las y los
ciudadanos. Mientras el concepto de municipio se puede inferir a partir de la serie de capítulos y artículos que
tratan sobre él y lo desarrollan política y normativamente en las diferentes constituciones, no se puede decir
lo mismo de la noción de ciudad, que escasamente se menciona y que en ningún caso es objeto de desarrollo
normativo.
El municipio aparece en una doble condición de ser objeto y sujeto de las políticas públicas. Objeto con respecto
a República, a la cual debe subordinarse en todo lo que compete a políticas de defensa y seguridad nacional,
así como de regulación macroeconómica (aduanas, emisión de moneda, intercambio de divisas, tasas de interés,
e impuestos a las mercancías móviles, principalmente). Sujeto, en cuanto corporación pública con autonomía
administrativa, que tiene derecho a realizar contratos con terceras partes, públicas y privadas, y tiene la potestad
de planear y gestionar su propio desarrollo local. Por su parte, la idea de ciudad se confunde, tanto con hechos
espaciales (la urbe, la ciudad-región) como con hechos territoriales político-administrativos (el municipio, el
área metropolitana), lo cual evidentemente dificulta su constitución teórica y normativa como sujeto-objeto de la
planeación en los términos de las constituciones políticas arriba analizadas, para la cuales, el objeto-sujeto básico
de la planeación y el desarrollo sería el municipio.

Por otro lado, de esta breve revisión va quedando claro que la adopción y desarrollo de la noción de municipio en
el marco constitucional no está ligada a forma o configuración espacial alguna. Su característica básica consiste
en la de ser una corporación pública, lo que, en un lenguaje menos jurídico y mas político, quiere decir que el
municipio es antes que nada una asociación política localizada y delimitada dentro de los marcos territoriales
de la República, lo que sin duda acerca la idea de municipio al concepto clásico de ciudad como asociación
político-territorial de ciudadanos, pero sin la mayor autonomía que esta noción clásica de ciudad incorpora al
no estar sometida a un poder político-territorial superior. Esta última idea nos conecta con el desarrollo mismo
de la noción de municipio, en tanto su surgimiento como categoría política y administrativa está vinculada al
despliegue de formas más expansivas e imperiales de poder político, en particular el Imperio Romano dentro de
la historia antigua occidental greco-judía, o la nación-estado dentro de la historia moderna, las cuales, más que
crear nuevas ciudades, sometieron las ciudades pre-existentes, libres y políticamente autónomas, reduciéndolas a
territorialidades subordinadas a la nación y delimitadas en sistemas urbano-nacionales[6], con relativa autonomía
en lo que compete a la administración de su asuntos internos y con la obligación fundamental de ajustarse a la
políticas de seguridad y defensa, del imperio o de la nación.

En síntesis, en ningún lugar de las constituciones analizadas la ciudad aparece como categoría, sujeto u objeto
de la planeación. Este campo se reserva a lo que se consideran son las entidades territoriales que componen e
integran el poder público de la República: la nación (que es la república en si misma), los estados, provincias
o departamentos (que son agentes intermediarios de coordinación, control y garantía de integración de la
República), y los municipios (que son el substrato material y político de la República). Otras figuras político
administrativas, en especial los distritos y las áreas metropolitanas, aparecen como desarrollos espaciales o
políticos de la idea misma de municipio, con algunos poderes y atribuciones especiales que de ordinario los
municipios no poseen.

Por eso, dadas las conceptualizaciones anteriores, tanto provenientes de las categorías aristotélicas como de
los desarrollos políticos y jurídicos romanos, nos extraña cierto reduccionismo presente en el trabajo de los
clásicos de la sociología, que en su mayoría hacen de la ciudad una categoría fundamentalmente espacial o
geográfica, extrañando su contenido político, y en la mayoría de los casos, reduciéndola a un lugar de intercambio
de mercancías (mercado) o a un lugar de intercambio e interacción simbólicas y ecológicas. Para ilustrar esto,
veamos rápidamente los planteamientos centrales de los principales autores considerados clásicos o “padres” de
la sociología urbana y el urbanismo.

4. La idea y concepto de ciudad en algunos clásicos de la sociología y el urbanismo


Comencemos con Max Weber y su famoso aparte del libro Economía y Sociedad titulado como “Concepto
y categorías de ciudad” (Typologie der Städte)[7], texto obligatorio de tener en cuenta dada la importancia de
Weber como sociólogo y lo referenciado que es el texto mismo a lo largo del desarrollo de la sociología urbana.
Sin embargo, es un texto que a mi modo de ver presenta grandes deficiencias en el tratamiento que se le da a la
construcción histórica de ciudad y a la poca distinción que se hace entre esta categoría y la de urbe o fenómeno
urbano, casi que asimilándolas a lo mismo. En este sentido, es diciente la total ausencia de alguna referencia a
la obra de Aristóteles, Política, que sin dudas es el primer tratado científico sobre el concepto de ciudad. De
una manera breve y sin mayores explicaciones o consideraciones sobre otros trabajos o autores, Weber parte de
considerar que el tamaño en si no es lo que define qué es o no es una ciudad. Para ello da el ejemplo de algunas
“aldeas” rusas que tienen miles más de habitantes de que los que tenían las antiguas ciudades.

Siendo que ni el tamaño espacial o demográfico definen lo que es una ciudad (Stadt), Weber busca definirla
a partir de un concepto socio-económico, el mercado: “teríamos de fixar um estabelecimento cuja maioria dos
habitantes vive do produto da industria ou do comercio, e não da agricultura” (74). Sin embargo Weber considera
a que a esta definición inicial le hace falta cierta diversidad en lo que respecta a la actividad económica, para
que la misma no quede reducida a las actividades de unos pocos clanes o familias. Para Weber una ciudad puede
fundarse de dos modos:

(i) “Sobre algum domínio territorial, ou, sobretudo, uma sede de principado como centro de um lugar em
que exista uma indústria em regime de espacialização, para satisfazer suas necessidades econômicas ou
políticas, e onde, por isso, se comerciem mercadorias... (ii) “Mediante a reunião de intrusos, piratas ou
comerciantes colonizadores ou nativos, dedicados ao comercio intermediário” (74-76).

Es importante anotar que Weber hace énfasis en que el mercado no consiste en cualquier feria o mercado
quincenal, mensual o anual, sino ” un intercambio regular y no ocasional de mercancías en la localidad”. A partir
de este elemento básico, de la existencia de un mercado, en sentido estricto, weber caracteriza tres tipos básicos
de ciudad según la fuente de recursos (dinero) o la actividad económica principal:

1. Ciudad de consumidores. Aquella en la cual las probabilidades adquisitivas dependen directa o


indirectamente de la capacidad adquisitiva de la gran propiedad del príncipe. Es decir, este tipo de
rentas determina la posibilidad de lucro de otros, en especial de artesanos y comerciantes. Son ciudades
de funcionarios y de la corte del príncipe. Ejemplos: Pekin, Moscú,
2. Ciudad de productores. Su poder adquisitivo depende de la actividad industrial o manufacturera que
abastece el exterior. Los consumidores son básicamente de dos tipos: unos grandes consumidores, que
serán los empresarios que residen en la localidad, y los otros serían la mas de consumidores, compuesta
por asalariados y artesanos.
3. Ciudad mercantil. En esta el poder adquisitivo de sus grandes consumidores reposa en la venta al por
menor de productos extranjeros en el mercado local y en la venta para fuera de productos naturales o
artesanales producidos localmente.

Weber anota que una de las características que diferencia al hombre de las modernas ciudades de las antiguas
griegas es que no tiene un terreno propio en el campo, un kleros o fundus, del cual pueda derivar algún tipo
de sustento, pero no insinúa o explica porque se dio este proceso de urbanización de la vida y la sociedad,
como si lo hace Marx en varios apartes del capital, principalmente en el relativo a la acumulación primitiva.
Sin embargo, a pesar de su preeminencia conceptual, el mercado como categoría es insuficiente para explicar el
orden y la permanencia de la ciudad. Ello obliga a Weber, a reconocerle algo a lo político en la conformación
y estructuración de la ciudad, así sea en función misma del mercado, dado que de alguna manera tienen que
darse acuerdos y arreglos para regular la actividad económica de la ciudad, en especial de cara a garantizar
el abastecimiento de víveres y mercancías de primera necesidad. A ello Weber le da el nombre de “economía
urbana”.(79-82). En esta dirección afirma: “No nosso caso, a cidade tem que se apresentar como uma associação
autônoma em algum nível, como um aglomerado com instituições políticas e administrativas especiais.” (82)
[sublineado nuestro].
Nótese pues que sólo de manera tangencial Weber asume que la ciudad es una asociación política, y ello en
función y derivado de las necesidades del mercado, sin asumir más adelante que significa esta “asociación
autónoma en algún nivel”. La preeminencia de la noción de ciudad como función del mercado se nota en el
siguiente pasaje, que trata de explicar o aclarar la anterior cita:

“deve-se ter em mente, de qualquer modo, que é preciso separar o conceito econômico, explicado
ate agora, do conceito político-administrativo da cidade. Só nesse último sentido corresponde-lhe um
âmbito urbano especial. No sentido político-administrativo, o nome de cidade pode corresponder a uma
localidade que economicamente não poderia pretender tal titulo.” (82)

En últimas, a pesar del relativo reconocimiento del papel de la política en la definición del concepto y realidad
de la ciudad, el concepto Weberiano de ciudad (Stadt) es típicamente liberal-mercantil, en cuanto la asume como
espacio urbano, siendo este último un lugar determinado y en función del mercado.

Esta idea de ciudad (city) asumida fundamentalmente como aglomerado urbano, se repite en dos autores
fundamentales dentro de la tradición de la sociología y ecología urbana norteamericana, Louis Wirth y Robert
Park. Para Wirth (1964) la ciudad es asumida como un poblado, un asentamiento (settlement) densamente
poblado y duradero e integrado por individuos socialmente heterogéneos. Construyendo con estas bases mínimas
los que sería su teoría de la cultura y la ecología urbana, que luego sería desarrollada mas a profundidad y en
extenso por Park.

Para Park (1997)[8], una vez instalada o asentada, la ciudad (city) es un gran mecanismo ordenador y selectivo, el
cual infaliblemente selecciona de la población como un todo a aquellos individuos mejor preparados o equipados
para vivir en un particular medio o en una particular región. En su texto “A cidade: sugestões para a investigação
do comportamento humano no meio urbano” (1967), mas que pensar o conceptualizar la ciudad en si misma, este
texto trata de fundamentar y esbozar un programa de investigaciones sobre el comportamiento humano en la urbe,
en el cual la ciudad (city) es asimilada inmediatamente como medio urbano, es decir como espacio o escenario en
el cual los individuos se localizan, interaccionan y despliegan variados comportamientos, pero sin dar cuenta de
cómo es que la urbe misma llega a ser lo que es y cuáles son los mecanismos políticos y económicos que permitan
que ellas sea lo que es. Ello se refleja en uno de los párrafos introductorios de su programa:

“Segundo o ponto de vista de este artigo, a cidade é algo mais que um amontoado de homens individuais
e de conveniências sociais, ruas, edifícios, luz elétrica, linhas de bonde, telefones, etc.; algo mais
que uma mera constelação de instituições, e dispositivo administrativos – tribunais, hospitais, escolas,
polícia, e funcionários civis de vários tipos. Antes, a cidade é um estado de espírito, um corpo de
costumes e tradições e dos sentimentos e atitudes organizados, inerentes a esses costumes e transmitidos
por essa tradição, Em outras palavras, a cidade não é meramente um mecanismo físico e uma construção
artificial. Esta envolvida nos processos vitais das pessoas que a compõem; é um produto da natureza, e
particularmente da natureza humana.” (29)

Aunque esta definición trata de tomar distancia y no confundir la ciudad con la urbe, en últimas no lo logra,
porque igual vuelve y queda la ciudad en una imprecisión conceptual al decir que esta es un producto de la
naturaleza humana, cosa que igual, el medio físico, la urbe, lo es. Más adelante retoma una analogía realizada
por Oswald Spengler, que a nuestro modo de ver, no arroja luces, sino mas confusiones, en la medida que
parece dejar la ciudad como un espacio totalmente diferenciado del campo, cosa que ni económica, ni política,
ni ecológicamente lo es, pero a su vez, la asume fuertemente con un contenido espacial, como una gran casa
protectora y no como un escenario o espacio de interacción humana, cooperativa y conflictiva. Igualmente, y
acercándose un poco al concepto weberiano de ciudad, afirma: “A cidade não é apenas uma unidade geográfica o
ecológica; ao mesmo tempo, é uma unidade econômica” (30), aspecto este que no desarrolla ni profundiza, pero
si deja claro que lejos de su concepción esta el ser también la ciudad una asociación o entidad política.

Sin embargo, la más fuerte des-sustantivación de la idea de ciudad y la mas radical hipostación de lo urbano,
en cuanto proyecto, consideramos se encuentra en el movimiento moderno de la arquitectura y el urbanismo
en el siglo XX y particularmente representado en los conceptos y proyectos de Le Corbusier (Charles Édouard
Jeanneret, nombre de pila), que a nuestro modo de ver, representa también las grandes contradicciones
ideológicas del pensamiento moderno sobre el proyecto de sociedad futura y el destino de la humanidad,
preocupaciones sobre las cuales el diseño y la planeación urbana nacieron y cabalgaron durante muchos años,
asumiendo un punto de vista más técnico e intelectual que estrictamente político. Desde muy temprano, en 1929
Le Corbusier manifiesta: “Uma cidade!... É o domínio do homem sobre a natureza. É uma ação humana contra a
natureza, um organismo humano de proteção e de trabalho. É uma criação...” (Le Corbusier, 2000: VII). Idea la
cual no está muy lejos de lo que desarrollará y planteará luego en los Congresos Internacionales de Arquitectura
Moderna – CIAM – y que tomaran cuerpo en la famosa Carta de Atenas (1933, publicada en 1943), donde se
decide de lleno por una concepción funcional-espacialista de la ciudad reduciéndola a cuatro funciones básicas:
vivienda, trabajo, recreación y circulación. Sólo mas tarde los CIAM introducen una quinta función de la ciudad,
la de ser centro público (Holston, 1993: 38), que de acuerdo a nuestro rastreo histórico, es el hecho mismo, que
no función, que da origen y vida a la ciudad.

Aunque sus argumentos iníciales son en contra de la deshumanización observada en las urbes industriales y
en las precarias condiciones de vida de la mayoría de las y los trabajadores, el discurso termina rápidamente
colocándose en función de la actividad productiva-industrial y del mercado mismo, dejando la ciudad de ser
asumida incluso como un “organismo” para ser tratada como una máquina -- en coherencia con los estudios
de ritmos y movimientos de Taylor y la producción en serie exitosamente implementada por Ford. Se trataría,
empleando un lenguaje posterior, de una “ciudad fordista”, que antes de ser ciudad es prioritariamente espacio
de producción y circulación de mercancías. De esta manera, el sueño de la arquitectura modernista de dignificar
el hombre y la ciudad es una contradicción en sí misma. Si bien en el discurso reclamaba la acción colectiva
y el predominio de los derechos colectivos sobre los intereses privados (Holston, 1993; 47), en su práctica
arquitectónica y urbanística ejecutaba otra. Su carácter individualista y tecnocrático al producir sus diseños de
“ciudad” la alejaban de la interacción con las y los ciudadanos y la acercaban irremediablemente a los centros
de poder, bien fueran estatales o corporativos, dado que uno de sus problemas fundamentales era el de contar
con tierras suficientes para ejecutar sus grandes proyectos, algo que la propiedad privada, sobre todo la pequeña
propiedad, dificultaba, y que sólo el estado o el gran capital estarían en capacidad de ayudar a resolver, no las y
los ciudadanos simples, comunes y corrientes, que sólo son concebidos como usuarios finales de los proyectos
desarrollados, en ningún caso como sujetos políticos interlocutores de los mismos. Es mas, Le Corbusier (2000:9)
deja entrever que muchos de los problemas mismos de la ciudad derivan de la democracia, de la falta de observar
un orden y una disciplina recta. Para él, la línea recta y el ángulo recto son el camino hacia el orden: “a cidade
se policia, a cultura se manifesta, o homem cria”. Pero siempre estará el peligro que ese orden “perfecto”
se destruya “por lassidão, fraqueza, anarquia, pelo sistema de responsabilidades ‘democráticas’, recomeça o
sufocamento.” Lo cual es coherente con el sueño del urbanismo modernista de inexistencia de algún tipo de
proceso o compromiso político que límite el diseño urbano. De esta manera, anota (Holston, 1993: 52)

“Sem restrições ao uso da propriedade, os urbanistas estariam habilitados a assumir, como condição para
seus projetos, uma posição de autoridade incontrastada sobre os destinos da cidade... dada sua presumida
capacidade de controlar o futuro por intermédio de ações dirigidas pela racionalidade e pela autoridade
centralizada”
He allí el corazón de la idea de anti-ciudad los modernistas, en contraste con el ideal cásico y político de ciudad.
Idea anti-política que en primer lugar asumen gobiernos nacionales de orden centralista y autoritario, dando
origen a grandes reformas, planos directores y diseños urbanos, como Haussman en Paris o Brasilia en Brasil,
pero que luego la asume el propio gran capital y la funcionaliza de acuerdo a sus expectativas de rendimiento
y poder simbólico, como de manera abierta se plasma hoy en los proyectos urbanos tecnocráticos de “ciudad
económicas” (Belkaïd, 2008), tanto en países de Arabia como del sudeste asiático.

5. La distinción entre ciudad, núcleo urbano y urbanización en la que avanza Henry


Lefebvre,

En su libro “El derecho a la ciudad” Henry Lefebvre busca conceptualizar de manera dialéctica el contenido/
forma del proyecto de ciudad contemporánea, en cuanto proyecto a ser realizado, a partir de comprender la
emergencia y evolución del proceso de urbanización e industrialización dados en el capitalismo. Para ello,
Lefebvre se remonta al origen mismo de la ciudad en los griegos, en cuanto unidad espacial y política, sin
desconocer otras formas particulares de ciudad en tradiciones, culturas y modos de producción diferentes, tal
como lo son la ciudad asiática o la ciudad que emerge en el periodo medieval, buscando establecer líneas de
continuidad y ruptura con respecto al proceso contemporáneo de industrialización / urbanización, y en particular
buscando rescatar el valor histórico y construido de la ciudad en cuanto obra, regida por el valor de uso, frente
a la urbanización contemporánea como producto, regida básicamente por el valor de cambio, recolocando esta
cuestión de la ciudad como obra y como derecho como uno de los puntos centrales de cualquier análisis y agenda
de transformación social en el mundo actual.

A partir de una revisión histórica de las rupturas y continuidades históricas y espaciales que encierra la ciudad y su
núcleo urbano Henry Lefebvre propone inicialmente un concepto de ciudad como mediación entre la proximidad
de la vida cotidiana y la lejanía de percibida frente a las grandes instituciones de la sociedad, para luego avanzar
hacia una definición de ciudad en cuanto historia y proyecto colectivo en un espacio determinado.

De esta manera, se permite afirmar que,

“Apenas hoje é que começamos a aprender a especificidade da cidade (dos fenômenos urbanos)… Ela
se situa num meio termo, a meio caminho entre aquilo que se chama de ordem próxima (relações
dos indivíduos em grupos mais menos amplos, mais o menos organizados e estruturados, relações
desses grupos entre eles) e a ordem distante, a ordem da sociedade, regida por grandes e poderosas
instituições (igreja, estado), por um código jurídico formalizado ou não, por ‘uma’ cultura e por
conjuntos significantes”. (Lefebvre 2006, 46)

En este sentido, la ciudad, más que una estructura física, es una interfase, una mediación entre el orden próximo
y el orden distante, es una mediación entre mediaciones, o, en nuestras palabras, una estructura socio-espacial
que articula y vincula las instituciones y estructuras más amplias y generales de la sociedad con los mundos de
vida más específicos y diversos de individuos y grupos humanos que habitan el espacio urbanizado. Pero como
el mismo advierte, “la ciudad y lo urbano no pueden comprendidos sin las instituciones oriundas das relaciones
de clase e de propiedad” (Lefebvre 2006, 53).

En su devenir histórico la ciudad y lo urbano van produciendo sus propias instituciones, muchas de las cuales
pueden subsistir y sobreponerse a determinados modos de producción y procesos históricos, coexistiendo con las
instituciones propias de su formación social y ordenamiento político:
“Ela mesma, a cidade, obra e ato perpétuos, da lugar a instituições especificas: municipais. As
instituições mais gerais, as que dependem do Estado, da realidade e da ideologia dominante, têm sua
sede na cidade política, militar, religiosa. Elas aí coexistem com as instituições propriamente urbanas,
administrativas, culturais. Donde certas continuidades notáveis através da mudança da sociedade. ”
(Lefebvre 2006, 53)

Aclarando que la actual ciudad es pre-existente a la industrialización, muestra ejemplos de otros tipos de
ciudades en diferentes épocas y espacios geográficos. Así, menciona la ciudad oriental, coherente con el modo
de producción asiático, en la cual se asienta una poderosa burocracia estatal que rige todo lo concerniente a la
producción agrícola. Una ciudad de la era esclavista, una ciudad que por medio de la violencia y el derecho
organizaba el área agrícola circundante, más que desplazaba el campesino libre y propietario por el latifundio. La
ciudad medieval en occidente, solidaria con el modo de producción feudal, donde además de la agricultura, era
lugar de comercio y teatro de lucha de clases entra la naciente burguesía y la feudalidad territorial. Finalmente,
en América del Norte, se dio la ciudad capitalista, comercial e industrial que marcada por el Estado y apoderada
por la burguesía para dirigir el resto de la sociedad. (Lefebvre 2006, 53 – 54)

Sin embargo, a pesar de esos cambios y diferencias, Lefebvre señala que parte esencial del concepto de ciudad
es que se mantiene como unidad política y sociológica, en coexistencia simultánea con el Estado y la sociedad
mas general. Pero coherente con su postura dialéctica, la unidad de la ciudad que señala no es unidad quieta
e inmutable, se trata de una unidad en movimiento a partir de sus propias contradicciones, tanto en el ámbito
económico como en el espacio mismo. En esta dirección, señala que en la actualidad,

“a cidade predomina, e, no entanto, não é mais, como na antigüidade, a Cidade-Estado. Três termos se
distinguem: a sociedade, o Estado, a Cidade. Nesse sistema urbano, cada cidade tende a se constituir
em sistema fechado, acabado. A cidade conserva um caráter orgânico, de comunidade, que lhe vem da
aldeia, e que se traduz na organização corporativa. A vida comunitária (comportando assembléias gerais
ou parciais) em nada impede as lutas de classes. Pelo contrario. Os violentos contrastes entre a riqueza
e a pobreza, os conflitos entre os poderosos e os oprimidos não impedem nem o apego à Cidade nem a
contribuição ativa para a beleza da obra... Os conflitos políticos (...) têm a Cidade por local, por arena.
Esses grupos rivalizam no amor pela sua cidade.” (5-6)

Pero a pesar de que ese núcleo orgánico/corporativo trata de permanecer en el tiempo y dar coherencia política
y espacial a la ciudad y al núcleo urbano proveniente de periodos anteriores, la industrialización capitalista
en su despliegue y desarrollo presupone la ruptura de esa realidad urbana preexistente, la desestructuración de
las estructuras establecidas de la ciudad anterior en función de la producción y del mercado. Por eso mismo,
y de manera casi paradójica, las primeras áreas y zonas industriales se establecieron en pequeños pueblos o
áreas rurales fuera de las ciudades consolidadas en las cuales se concentraba el capital y vivían los propios
comerciantes, en tanto la relación entre ciudad-obra construida y el afecto por la misma de los grupos sociales
dominantes allí residentes hacía muy difícil la destrucción de estas estructuras previas[9] y transfórmalas de obra,
de valor de uso, en mero producto urbanizado regido por el valor de cambio. Por ello se permite afirmar Lefebvre,
que allí donde la ciudad pre-capitalista se consolido, tal como en Italia y Alemania, hubo atraso del capitalismo
y la industrialización (Lefebvre 2006, 6). Sin embargo, y aunque desarrollándose por fuera de los límites de esta
ciudad pre-capitalista, en la sociedad moderna y contemporánea la industrialización es el inductor del proceso de
urbanización, pudiéndose definir incluso como sociedad urbana, que no ciudad, la realidad social que nace de
allí (Lefebvre 2006, 3).

De allí que en el capitalismo, más que ciudades autónomas, como en la antigüedad, se va erigiendo una red
de ciudades y espacios urbanizados[10], con una cierta división del trabajo (técnica, social y política) ligados
por calles, vías fluviales y marítimas (Lefebvre 2006, 59), en los cuales se produce y entre los cuales circula
el capital en sus diversas formas (trabajo, dinero, mercancía). De esta forma también, y facilitado por el tejido
urbano, la sociedad y la vida urbana penetran en los campos haciendo cada vez más difícil y borrosa la
correlación entre ciudad y espacio urbano. Se profundiza y generaliza lo Lefebvre llama “proceso inducido [por
la industrialización] de implosión – explosión de la ciudad”, según el cual, el fenómeno urbano se extiende sobre
gran parte del territorio, crecen a tamaños gigantescos las concentraciones urbanas y se debilitan fuertemente los
núcleos urbanos ligados orgánicamente a la idea de ciudad (Lefebvre 2006, 10).

Para Lefebvre esta realidad muestra la emergencia de una crisis teórica y práctica de la ciudad:

“En la teoría, el concepto de la ciudad (y de la realidad urbana) se compone de hechos, de


representaciones y de imágenes prestadas a la ciudad antigua (pre-industrial, pre-capitalista) en curso
de transformación y de nueva elaboración. En la práctica, el núcleo urbano (parte esencial da imagen
y del concepto de la ciudad) está quebrándose, y no en tanto aún logra mantenerse; transbordado,
frecuentemente deteriorado, muchas veces pudriéndose, el núcleo urbano no desaparece.” (Lefebvre
2006, 13).

Con respecto a este punto, Lefebvre indica uno de los problemas y retos fundamentales para la sociología urbana
y una teoría de la ciudad: “La destrucción práctica y teórica (ideológica) de la ciudad no puede además ser hecha
sin dejar un vacío enorme (...) Para el análisis crítico, el vacío importa menos que la situación conflictuante
caracterizada por el fin de la ciudad y por la ampliación de la sociedad urbana, mutilada, deteriorada, sin embargo,
real.” (Lefebvre 2006, 21). Para este autor, esta crisis teórica y práctica de la ciudad no puede ser abordada con
los conceptos y modelos limitados, tanto de una filosofía antigua de la ciudad, que la concibe especulativamente
como una totalidad o globalidad ética y que tiene en el ágora su símbolo mejor, como de una técnica y una
práctica urbanística profundamente ideológica que reducen la ciudad a unos principios funcionales a partir de
conocimientos parciales de la realidad que los eleva a rango de generalidad pobremente legitimada[11]. (Lefebvre
2006, 41)

Para Lefebvre, para no caer en el ideologismo o en el nihilismo metafísico, es preciso, tanto la crítica radical de
la filosofía de la ciudad como del urbanismo ideológico, acompañados de una práctica que restituya la dimensión
subjetiva de la ciudad, es decir, el reconocer que ésta tiene y es obra de una historia, esto es, “de personas y
de grupos bien determinados que realizan esa obra en su propias condiciones históricas” (Lefebvre 2006, 47).
Metodológicamente un poco mas explicito plantea Lefebvre que “si se considera la ciudad como la obra de
ciertos ‘agentes’ históricos y sociales, esto lleva a distinguir la acción y el resultado, el grupo (o los grupos) de su
producto” (48), consideración esta que consideramos nos va a ser muy útil al momento de proponer un concepto
especifico y dinámico de ciudad versus su acepción más pública y general.

Y es con estas consideraciones arriba realizadas que Lefebvre se atreve a proponer una definición de ciudad
que consideramos rompe con cualquier espacialismo, aún teniendo en cuanta el espacio como componente
central de la definición misma, pero recuperando la centralidad de la acción humana en la definición de la
misma, diferenciándola de su resultado físico y material, la urbe o ciudad construida. En este sentido afirma: “...
propomos aqui uma primeira definição da cidade como sendo projeção da sociedade sobre um local, isto é, não
apenas sobre o lugar sensível como também sobre o plano específico, percebido e concebido pelo pensamento,
que determina a cidade e o urbano.” (Lefebvre 2006, 56), definición en la cual la ciudad no se reduce a una
proyección meramente material, sino también a la forma y contenido de las relaciones sociales que despliegan en
ella y a partir de ella con otros espacios y lugares. En este sentido, la ciudad es simultáneamente singularidad y
pluralidad: singularidad en cuanto la ciudad contiene conjunto de características y rasgos propios, construidos a
partir de su propia historia que la diferencia política y morfológicamente de otras ciudades y espacios urbanos;
Pluralidad, en tanto espacio de vida en el cual coexisten simultáneamente diversos modos y patrones de asumir la
vida urbana a pesar de las restricciones y oportunidades comunes que la misma genera (57):

6. Hacia un concepto de ciudad que ayude a superar el déficit político y el


reduccionismo espacial del análisis y la planeación urbana.

Para avanzar un poco en esta reconstrucción, retomaremos en primer lugar, el trabajo de Manuel Castells The city
and the grassroots (1983) [traducido al español como “La ciudad y las masas”] y en segundo lugar el trabajo de
David Harvey “Los Límites del Capitalismo y la teoría marxista” (1990), en lo que respecta a la teoría del capital
fijo y el desarrollo urbano.

Considero éste libro de Castells, como un texto fundamental para construir una idea moderna de ciudad, aunque
no haya tenido tanto renombre como su predecesor, “La cuestión urbana” ó su posterior trilogía sobre la sociedad
red. Esta afirmación la hago con base en lo siguiente: 1) es un libro que recoge más de doce años de trabajo de
campo e investigación histórica en diversos países de Europa y América Latina, lo que de por si nos muestra el
compromiso y rigor exigido para con la investigación; 2) se trata de una propuesta que busca interrogar y construir
teoría, no desde la teoría misma, sino a partir desde el trabajo de campo mismo, siendo en esta dirección es un
muy buen ejercicio de teoría fundada (grounded theory); 3) en este trabajo, Castells asume la crítica realizada a
su primer libro “La Cuestión Urbana” de ser, por un lado, demasiado formalista y alejado de la realidad, además
de asumir, por otro lado, la ciudad sólo como espacio económico, perdiendo de vista otras dimensiones sociales
y culturales implicados en la producción y reproducción de la misma. En síntesis, desde una perspectiva política
e histórica, el libro ofrece una visión de la ciudad como resultados de la acción colectiva, de la asociación y el
conflicto entre intereses económicos y visiones del mundo que se traduce en una particular morfología del espacio
urbano. En la introducción al texto Castells nos dice:

“Cities are living systems, made, transformed and experienced by people. Urban forms and functions are
produced and managed by the interaction between space and society, that is, by the historical relationship
between human consciousness, matter, energy and information.” (xv)

Aunque se trata de una definición muy cercana de la teoría de sistemas, y en especial de la ecología, consideramos
pertinente esta definición, en la medida que diferencia la ciudad, como sistema vivo – y que para nosotros sería
más un sistema político, de hecho humano y por lo tanto vivo – de la forma urbana y sus funciones – que para
nos sería la urbe en cuanto tal. Sin embargo, manifiesta que a pesar de haber avanzado mucho en la comprensión
espacial-económica, el simbolismo medioambiental, la geografía y el planeamiento, existe una brecha profunda
entre la investigación urbana y los problemas urbanos:

“Yet, we are still helpless when we wish to act in cities and regions, because we ignore the sources of
their social change and fail to identify with sufficient accuracy the political processes underlying urban
management... We believe that the difficulty arises precisely from the separation between the analysis of
the crisis and the analysis of social change. Or in other words, the distinction between urban system on
the one hand, and social movement on the other” (xvi).

Empero, aunque asumimos en su sentido político esta proposición, observamos que la misma tiende a reducir la
producción política de la ciudad a los movimientos sociales y su actuación conflictiva, ignorando que también hay
otros procesos, momentos y espacios políticos que producen y configuran la ciudad, en especial las instituciones
político-representativas y el proceso territorial político-electoral. Consideramos que es una interacción, a veces
convergente, otras divergente y conflictiva entre estos dos momentos o fases en que se da la producción política
de la ciudad. Es en este sentido que podemos comprender y dotar de un sentido político e institucional más amplio
la siguiente afirmación: “… only by analysing the relationship between people and urbanization will be able to
understand cities and citizens at the same time.” (xvi). E igual, creemos que la política no se puede reducir ni
a puro conflicto de intereses entre actores estructuralmente desiguales, ni a puro consenso o cooperación entre
ciudadanos formalmente iguales. Consideramos que un análisis que se considera dialectico erra cuando concibe
el movimiento de lo real como sólo y pura conflictividad entre contrarios, cómo pura negatividad de lo real
estructurado. La acción negatriz, por definición, presupone una unidad previa a la cual se opone y confronta,
y para que esta unidad previa exista ha sido igualmente necesario un momento previo de síntesis y afirmación
positiva de la contradicción, lo cual supone un movimiento de cooperación y entendimiento sobre una nuevas
bases emergentes en el desarrollo del conflicto mismo. En esta dirección, consideramos que la producción de
la ciudad no se puede entender desde la unilateralidad de la cooperación o el conflicto, sino desde el entre
de ir-y-venir dialéctico de momentos de diferenciación y conflicto y momentos de identidad y cooperación.
Consideramos en que en ambas fases de este movimiento la política cambia tanto de forma como de lógica
interna, pudiendo incluso mudar de contenidos.

Por ello, aunque en lo fundamental compartimos el enfoque de Castells, nos apartamos cuando afirma: “Because
society is structured around conflicting positions which define values and interest, so the production of the space
and cities will be, too.” (xvi). La experiencia histórica concreta nos muestra que gran parte de la sociedad,
y particularmente del espacio urbano, se estructuran también en momentos de relativa paz social y gran
cooperación política, momentos en los cuales gobiernos, no sólo por medio de la amenaza del uso de la violencia
del estado, sino también con legitimidad simbólica suficiente, asumen la construcción y desarrollo, no sólo
de grandes infraestructuras y obras físicas, sino también de proyectos sociales y culturales de largo plazo que
moldearan la estructura y morfología de la sociedad por-venir. Es en esta dirección que entendemos la acción
de un gobierno, no sólo formalmente legítimo, sino también sustancialmente democrático, es decir cuando se
dan a la tarea de ejecutar programas y proyectos que incorporan en alto grado y bajo diversos procedimientos
contenidos concretos de transformación social.

Igualmente, aunque compartimos la crítica que Castells realiza (i) al enfoque pluralista del conflicto urbano por
considerarlo ingenuo en tanto lo asume como un juego abierto en el que los actores pueden perder o ganar sin
consideración de las reglas estructurales o instituciones de la sociedad y no distinguir los movimientos sociales
del sistema político, y (ii) a su matriz marxista de partida, al limitar, siguiendo a Henri Lefebvre, sus aportes
al espacio de la producción, al concebir la ciudad como el espacio de la lógica del capital y de los esfuerzos o
políticas trazadas por el estado en este sentido, sin articular adecuadamente el problema de la lucha de clases
y los movimientos sociales, derivando con el partido (referenciando a Lenin) como el nexo estructural entre
prácticas sociales y estructuras, negando cualquier espacio para los movimientos sociales autónomos (Castells,
1983: 293-298), consideramos insuficiente plantear el análisis político de la ciudad centrado exclusivamente en
aquellos fenómenos y coyunturas más evidentes en los cuales un conflicto se despliega y desarrolla bajo la forma
de movimientos sociales y rupturas revolucionarias e institucionales, sino que también se hace necesario plantear
el análisis y configuración de la ciudad en aquellos momentos menos turbulentos de la vida política y cotidiana
ligados a la administración y transformación del territorio, dentro de los cuales, las formas de gobierno, el cómo
las y los ciudadanos participan, deciden y controlan el devenir de sus decisiones es un elemento central.

Para ello, consideramos que nociones como las de hegemonía (Gramsci) y las de democracia como procedimiento
y régimen (Castoriadis) pueden ayudarnos a entender estos momentos en los que no sólo el conflicto, sino
también la cooperación producen ciudad, bien sea bajo la forma de amplias coaliciones políticas, e incluso bajo
la forma del control del estado por un partido. Pero para que estas hegemonías políticas prosperen y desarrollen
es menester que las mismas sean capaz de ofrecer una respuesta, no sólo simbólica y discursiva, sino también
económica y material a la cuestión del desarrollo y permanencia de lo urbano, tal como es planteada por David
Harvey en su texto “Los Límites del Capitalismo y la teoría marxista” (1990)[12] en términos de que el espacio
urbano contemporáneo, en cuanto ambiente construido[13] y concentración espacial del capital fijo, está en
riesgo permanente de desvalorización como consecuencia de la movilidad geográfica del capital (el financiero
principalmente) buscando mayores tasas de ganancia y menores tiempos de retorno, teniendo como correlato la
desintegración de las formaciones sociales y políticas allí contenidas. Este panorama se caracteriza más o menos,
en las palabras de Harvey, por la premisa de que

“Si la porción del capital que está libre para moverse aprovecha plenamente su movilidad potencial,
entonces la otra porción del capital que está encerrada en un lugar seguramente sufrirá todo tipo de
revaluaciones inciertas (tanto aumento como disminuciones). Si el capital que está encerrado dentro del
ambiente construido es propiedad de un sector separado del capital, entonces está preparado el escenario
para el conflicto entre actores.” (Harvey, 1990:398).

El problema político aparece en cuanto no todos los capitalistas están en condiciones de trasladar sus capitales
hacia otros territorios, por estar los mismos sumamente atados a la inmovilidad del espacio (especialmente
los sectores inmobiliarios, del transporte terrestre y del mediano comercio), ni todos los trabajadores (capital
fuerza de trabajo) están tampoco en condiciones de migrar a otros países o territorios y escapar de las trampas
y devaluaciones del capital fijo (Harvey, 1990:387). De esta manera, la suerte de gran parte de individuos,
sean considerados ciudadanos o no, está ligada a la suerte del territorio, en este caso del ambiente urbano-
construido, lo cual obliga a algún tipo de acción política por asumir y orientar su destinos. Es decir, la pulsión por
mantener la vida y los intereses materiales ligados a ella, obliga a la construcción de movimientos y coaliciones,
es decir a algún tipo de identidad y articulación de intereses, lo que para nosotros significa construcción de una
idea colectiva de ciudad, bien sea compartida o en disputa. Para Harvey, esto aparece con mayor notoriedad
en aquellas ciudades donde trabajadores han logrado previamente altos niveles de reconocimiento y redes de
protección social:

“redes de contactos personales, sistemas de apoyo y los elaborados mecanismos que ayudan a hacerle
frente a la vida y que se encuentran dentro de la familia y de la comunidad, la protección de las
instituciones, y eso sin decir nada de los mecanismos para la movilización política, pueden convertirse
por los esfuerzos creativos de los trabajadores y de sus familias en islas de fuerza y privilegio dentro de
un mar de luchas de clases. La protección de esas islas a menudo asume gran importancia en la vida de
los trabajadores. La fuerte lealtad a la familia, la comunidad, el lugar y el medio cultural actúan como
barreras a la movilidad geográfica.” (Harvey, 1990:387)

Esas “islas de fuerza y privilegio dentro de un mar de luchas de clases” es lo que nosotros consideramos
que se aproxima dentro del lenguaje y análisis de Harvey a lo que hemos venido tratando de conceptualizar
como ciudad, y que en las propias categorías de Harvey pudiera denominarse como “configuraciones espacio-
temporales” con una alta coherencia política y económica, que se constituyen precisamente en ese movimiento de
confrontación/negociación entre las fuerzas capitalistas (individual y asociadamente) y las fuerzas organizadas de
las y los ciudadanos (bien sean como trabajadores o como pobladores) por lograr imponer sus propios intereses
y representaciones políticas del futuro, no sólo frente al espacio y la infraestructura urbana sino también frente a
las relaciones de producción e intercambio. En consecuencia,

“Cada región se inclinará a formar una ley del valor para si misma, relacionada con su nivel de vida
material particular, las formas de proceso de trabajo, los arreglos institucionales e infraestructuturas,
etc. Ese proceso no concuerda en lo absoluto con el universalismo hacia el cual siempre se inclina el
capitalismo.” (Harvey, 1990:419)
6. A modo de síntesis y conclusiones preliminares

La revisión y crítica de la literatura hasta aquí adelantada nos permite mantener la idea de central del concepto
de ciudad como asociación política, tal como aparece formulado inicialmente por Aristóteles en la Política,
pero debidamente ajustado sociológica e históricamente a nuestros tiempos como una producción espacial y
política de las luchas y contradicciones sociales (Castells), como proyección histórica y colectiva de la sociedad
en un lugar o territorio (Lefebvre) que responde a la permanente amenaza de desvalorización y degradación
del medio-ambiente urbano construido y el capital allí incorporado (Harvey). Desde esta perspectiva y a la
luz de estos cuatro autores, podemos observar la profunda reducción política, sociológica y económica que
del concepto de ciudad realizan autores como Max Weber, Robert Park y Lecorbusier y podemos formular un
concepto preliminar y operativo de ciudad como un proyecto colectivo, como unidad política y sociológica con
coherencia espacio-temporal limitada, es decir, como una forma social no permanente en el tiempo ni continua en
el espacio, que se constituye a partir de procesos colectivos de conflicto, negociación y cooperación por el control
y direccionamiento de las fuerzas y procesos económicos y culturales que la sustentan en el espacio. A su vez, y
de manera inversa, una ciudad, en tanto coherencia política espacio-temporal existente puede des-configurarse y
reducirse a mero espacio urbanizado, económicamente devaluado y socialmente desintegrado en la medida que no
es capaz de resolver las contradicciones económicas y culturales que permanentemente la atraviesan y amenazan

En esta dirección, asumimos, que desde lo político, sociológico y económico no existe una relación de identidad
entre ciudad y urbe, ya que el espacio físico y geográfico, aunque en estrecha y fuerte interacción con cualquier
formación política y socio-económica no da completamente cuenta de ellas, precisándose diferenciar para los
estudios y análisis político-económicos el qué entendemos por ciudad y el qué entendemos por urbe. En el
sentido que asumimos, la ciudad nunca será un dado factual, evidente e inmediato, será siempre un proyecto, una
hipótesis a comprobar en el análisis político urbano, una dimensión que limita e interroga a la propia cuestión
urbana. Por otro lado, tratando de evitar también al máximo de evitar la confusión que surge cuando se hace
mención a ciudades de mayor o menor tamaño, bien sea por población, por extensión, por densidad demográfica,
por producto interno bruto, entre otros, consideramos que las palabras urbe (como conglomerado urbano) y
municipio nos pueden ser de más ayuda, en tanto su origen y semántica actual es decidida e inconfundiblemente
espacial, en el primer caso y político-administrativo en el segundo.

Desde otra perspectiva, metodológica y analítica, consideramos que la distinción entre urbe y ciudad nos sirve
también para diferenciar y establecer la mediaciones necesarias entre los procesos sociales y políticos mediante
los cuales se forman los grupos de interés y la voluntad colectiva que dan base a las coaliciones políticas que
representan y orientan el proyecto de ciudad, en tanto complejo espacial e histórico, y los procesos económicos
y espaciales que configuran la realidad física y geográfica de lo urbano y que en gran medida determinan
los horizontes de posibilidad y los comportamientos individuales y colectivos al interior de los conglomerados
urbanos. Se trata entonces de poder diferenciar y a su vez poder articular como totalidad, por un lado, los
intereses, las contradicciones y convergencias que subyacen a la conducción política y gestión administrativa
que configura (o desconfigura) la ciudad y su múltiple realidad escalar (local urbana, regional e internacional en
sus relaciones económicas y culturales) y que de múltiples formas determinan la construcción y destrucción de
infraestructuras materiales, de un ambiente construido y un tipo particular de urbanismo que definen la imagen
y la singularidad espacial de cada ciudad; y por otro lado, se trata de investigar y comprender el tipo particular
de relaciones sociales, los procesos de sociabilidad, de formación de la personalidad y transformación de la
cultura que esa relación entre el ambiente urbano construido y la conducción política y administrativa del mismo
producen.

Como programa a desarrollar, se trata, de alguna manera de relacionar analítica, sintética y críticamente dos
ámbitos o dimensiones de la misma sociología urbana que por mucho tiempo se han movido o desarrollado
de manera independiente, y muchas veces de manera confrontativa, pero que en realidad se trata de lecturas
metodológicamente complementarias, no necesariamente antagónicas, de una misma y vasta realidad compleja
en la que compiten distintas posturas teóricas. De un lado, y de manera casi paradigmática, tenemos los estudios
orientados al comportamiento de individuos y grupos en el espacio urbano, conducidos por G. Simmel y la
Escuela de Chicago, y por el otro lado, tenemos los estudios orientados a los procesos macro que definen la
realidad política y económica de la ciudad y que tienen en M. Castell y D. Harvey algunos de sus representantes
más insignes, sin olvidar los trabajos pioneros en sociología sobre morfología urbana de E. Durkheim y M.
Halbwachs, los cuales precisan hoy ser críticamente recuperados para establecer una mediación coherente entres
estas dos grandes posturas metodológicas y analíticas de la realidad urbana.

Por último, una mayor fundamentación y continuación de esta propuesta requiere explorar y profundizar más
adelante en categorías y conceptos políticos que le son próximos, y que de alguna manera también están detrás
de su formulación, nos referimos especialmente a los conceptos de hegemonía (Gramsci), coalición política
dominante (Mollenkopf), institución política (Castoriadis), de cara a anclar válidamente esta construcción dentro
de conceptos más generales como los de nación, estado, modo de producción y sociedad.

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Chicago Press. Primero en: in American Journal of Sociology. XLIV, Juli 1938, S. 1-24.

[1] Sobre esta noción de Grandes Proyectos de Inversión y su lógica de implantación territorial ver: Veiner/Araujo 1992.
[2] En cuanto al origen de la palabra Urbe, Rykwert (1985, p. 154) la sitúa durante la edad de hierro “ los autores clásicos se sintieron
atraídos por la idea de derivar la palabra Urbs, ‘ciudad’, de Urvum, la curva de la reja del arado, o de Urvo, aro en redondo, y también de
Orbis, una cosa redonda, un globo, el universo” . Toda esta reflexión a propósito de los ritos de demarcamiento espacial que significaban el

territorio más propio de la ciudad, su adentro y su afuera.


[3] Utilizamos esta noción, formulada por primera vez en geografía por Friedrich Ratzel, pero no apartamos de su idea o concepción
organicista y expansionista (Méndez/Molinero: 17-20) y la utilizamos en la medida que nos ayuda a ilustrar la dialéctica y diferencia entre
la ciudad como organización político-simbólica y la urbe como construcción y artefacto físico-espacial que bien puede reflejar o no las
características sociales y simbólicas de la ciudad pero que fulge como condición necesaria para su existencia.
[4] Entendemos aquí la palabra policía en su sentido original derivado del griego politeia, la cual designaba la administración y control de
las decisiones políticas internas de la ciudad (polis).
[5] De ahí también nuestra preocupación que al inglés se hizo de la palabra latina civis (polis), donde toda la fuerza de lo político colectivo
se pierde a favor del asentamiento o aglomerado urbe.
[6] Al respecto plantea P.J. Taylor (2004: 15): “The nationalist movement that flowered in the nineteenth century and blossomed in the
twentieth century aspired to culturally homogenize populations within a give state´s territory. This was the complete opposite of the
cosmopolitan essence of cities in network... At this time [mid-twentieth century] urban studies became a vibrant research field and, led by
geographers and urban-regional planners, intercity relations became an important focus of intellectual scrutiny. This required an answer to
the basic question: how did cities relate to each other? The answer given was straightforward and pretty unanimous: cities constitute national
urban systems”. Lo que para este autor significa que simplemente se desconoció que el origen político y económico de las grandes ciudades
europeas tuvo un origen mucho mas anterior a los estados nacionales y que la mayoría de ellas no se constituyeron de manera aislada sino
que son el resultado mismo de una intensa actividad comercial y política en red que articuló diversos territorios, hoy delimitados bajo
fronteras nacionales.
[7] Para las citas que haremos en este aparte emplearemos la traducción portuguesa aparecida en la coletana de Octavio Velho en 1967.
[8] Robert Park, 1952: Human Communities: The City and Human Ecology. New York: Free Press, p. 79. Cit. en: Anthony Giddens, 1997:
Sociology. Cambridge: Polity Press, 3. ed., p. 475)
[9] Esta idea es consistente con la teoría del capital fijo y el ambiente urbano construido formulada por D. Harvey, los cuales a la vez que
ayudan a valorizar el capital impiden su movilidad.
[10] En este aparte, Peter Taylor (2004) coincide fuertemente con Lefebvre, en tanto también plantea que la ciudad contemporánea no
nace como una entidad socio-espacial aislada o circunscrita a un “sistema nacional de ciudades” , sino como una realidad vinculada desde su
origen a una vasta red supranacional de actividades comerciales y políticas, siendo esta red algo consustancial a su propia realidad. “ The
external relations of cities are not an optional ‘add-on’ for theorizing the nature of cities. Connections are the very raison d’etre of the
cities”( Taylor, 2004:1). Taylor coloca a la Liga Hanseática como un ejemplo de ello.
[11] Esta última nota crítica aplica mucho bien a la obra y pensamiento de Le Courbusier, cuando afirma que él reduce la sociedad urbana
a la realización de algunas funciones prevista e prescritas en la práctica por la arquitectura, asumiendo al arquitecto como “imagen humana
del dios creador”.
[12] Este texto es importante en la medida que trata de desarrollar, con base en la teoría del capital fijo – que se encuentra inscrito en el
concepto marxiano de capital constante – una teoría de la producción, reproducción y crisis de los ambientes construidos para la producción,
los cuales, por razones de economías de escala y rapidez de circulación del capital se concentran en y forman el espacio urbano. En esta
medida, se trata de una teoría del desarrollo urbano a partir de la producción y devaluación capital fijo, dentro del marco general de
circulación del capital como un todo, que da cuenta de lo que llamará luego “desarrollo geográfico desigual”. Aunque consideramos este
esfuerzo bastante notorio y productivo, consideramos su insuficiencia en dos direcciones: primero, en equiparar analíticamente, muchas
veces de manera inconsciente e imperceptible el fenómeno urbano-espacial con el fenómeno político de la ciudad; segundo, aunque a lo
último, de manera breve, introduce la cuestión de las alianzas políticas y de la cultura en general están son subordinadas a ser una función
del capital (incluyendo la fuerza de trabajo). Restando estas dos observaciones, consideramos que este texto es de suma importancia para
comprender la producción del espacio urbano desde el punto de vista económico del capital y las contradicciones y tensiones que introduce
para la gestión política de las tensiones y contradicciones que allí se producen.
[13] “El ambiente construido tiene que ser considerado como una mercancía mixta, completa y geográficamente ordenada. La producción,
orden, mantenimiento, renovación y transformación de esa mercancía presenta graves conflictos… tiene que ser coordinada, tanto en el
tiempo como en el espacio, de tal manera que permita que la mercancía mixta asuma una configuración apropiada.”(Harvey, 1990: 238)