TEOLOGÍA DOGMÁTICA PARA SEGLARES

Pbro. Dr. Pablo Arce Gargollo

• 1. Existencia de Dios 1.1 VERDAD FUNDAMENTAL Y COMPROBABLE 1.2 DEMOSTRACIÓN RACIONAL DE LA EXISTENCIA DE DIOS 1.3 POSIBILIDAD DE NEGAR A DIOS 1.4 NATURALEZA DE LA RELIGIÓN 1.5 RELIGIÓN NATURAL Y RELIGIÓN REVELADA • 2. La Revelación sobrenatural 2.1 LA RELIGIÓN REVELADA O REVELACIÓN 2.2 NECESIDAD DE LA REVELACIÓN 2.3 NOCIÓN DE MISTERIO Y DOGMA 2.4 EL DEPOSITO DE LA REVELACIÓN 2.5 INMUTABILIDAD DEL "DEPOSITO" DE LA REVELACIÓN • 3. La Fe sobrenatural 3.1 NATURALEZA DE LA FE 3.2 CARÁCTER RAZONABLE DE LA FE 3.3 MOTIVOS DE CREDIBILIDAD 3.4 EL ACTO DE FE 3.5 RELACIONES ENTRE LA CIENCIA Y LA FE • 4. La naturaleza de Dios y su Obra 4.1 LA NATURALEZA DE DIOS 4.2 LA ESENCIA DE DIOS 4.3 ATRIBUTOS DE LA ESENCIA DIVINA 4.4 EL ENTENDIMIENTO DIVINO 4.5 LA VOLUNTAD DIVINA • 5. La Santísima Trinidad 5.1 EL MISTERIO DE LA TRINIDAD DE PERSONAS EN LA UNIDAD DE DIOS 5.2 NATURALEZA DEL MISTERIO 5.3 ACTIVIDAD DE LAS DIVINAS PERSONAS 5.4 MISTERIO INCOMPRENSIBLE PERO NO CONTRADICTORIO • 6. La Creación 6.1 TODO EL UNIVERSO HA SIDO CREADO POR DIOS 6.2 PRUEBAS DE LA CREACION

6.3 RELATO BIBLICO DE LA CREACION 6.4 EL FIN DE LA CREACION 6.5 VARIEDAD DE CRIATURAS 6.6 EL ALMA HUMANA 6.7 CREACION DE LA PRIMERA PAREJA HUMANA 6.8 LIBERTAD RESPONSABLE • 7. La elevación y la caída 7.1 LA PROVIDENCIA: LA CONSERVACIÓN Y EL GOBIERNO DIVINO DEL MUNDO 7.2 LA ELEVACIÓN AL ORDEN SOBRENATURAL 7.3 FIN NATURAL Y FIN SOBRENATURAL 7.4 ELEVACIÓN DEL HOMBRE AL ORDEN SOBRENATURAL 7.5 LA CAÍDA DEL ESTADO DE JUSTICIA POR EL PECADO 7.6 EL PECADO ORIGINAL 7.7 LA PROMESA DEL REDENTOR • 8. El Verbo Encarnado I 8.1 EL MISTERIO DE LA ENCARNACIÓN: CRISTO ES PERFECTO DIOS Y PERFECTO HOMBRE 8.2 LA UNIÓN HIPOSTÁTICA 8.3 ALGUNAS CONSECUENCIAS DE LA UNION HIPOSTÁTICA • 9. El Verbo Encarnado II 9.1 CRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO 9.2 JESUCRISTO NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN 9.3 EXCELENCIA DE SAN JOSE, ESPOSO DE LA VIRGEN 9.4 JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR 9.6 JESUCRISTO ES VERDADERO DIOS • 10. La Redención 10.1 LA REDENCION VINO POR MEDIO DE JESUCRISTO 10.2 PASION, MUERTE Y SEPULTURA DE CRISTO 10.3 EFECTOS DE LA REDENCION 10.4 NECESIDAD Y UNIVERSALIDAD DE LA REDENCION • 11. Resurrección, Ascensión y Segunda Venida de Jesús 11.1 DESCENSO DE CRISTO A LOS INFIERNOS 11.2 LA RESURRECCION DE CRISTO

11.3 LA ASCENSION DEL SEÑOR 11.4 LA SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR LA-SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR • 12. El Espíritu Santo 12.1 EL ESPIRITU SANTO 12.2 LA SANTA IGLESIA CATOLICA 12.3 EL PROTESTANTISMO 12.4 NECESIDAD DE PERTENECER A LA IGLESIA • 13. Jerarquía de la Iglesia, comunión y perdón 13.1 NATURALEZA JERÁRQUICA DE LA IGLESIA 13.2 EL TRIPLE PODER 13.3 LA COMUNIÓN DE LOS SANTOS • 14. Historia de la Iglesia 14.1 CONCEPTOS GENERALES 14.2 DIVISIÓN DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA 14.3. I ANTIGÜEDAD CRISTIANA 14.4. II MEDIOEVO 14.5. III EDAD NUEVA 14.6. IV ÉPOCA MODERNA 14.7. V ÉPOCA CONTEMPORÁNEA • 15. La Iglesia y el Estado 15.1 DOCTRINA SOBRE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO 15.2 DIVERSOS MODOS DE REGULAR LAS RELACIONES JURÍDICAS ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO 15.3 LEGISLACIÓN CIVIL EN ALGUNOS PAÍSES 15.4 CUESTIONES MIXTAS; MATRIMONIO Y EDUCACIÓN 15.5 LA IGLESIA Y LAS CUESTIONES TEMPORALES 15.6 DERECHOS Y DEBERES DE LOS CATÓLICOS EN CUANTO A LA POLÍTICA • 16. La Vida Eterna 16.1 LA RESURRECCIÓN DE LOS MUERTOS 16.2 FE Y ESPERANZA EN LA VIDA ETERNA 16.3 LA ETERNA CONDENACIÓN EN EL INFIERNO 16.4 EL PURGATORIO 16.5 LA ETERNA FELICIDAD DEL CIELO

1. Existencia de Dios 1.1 VERDAD FUNDAMENTAL Y COMPROBABLE La existencia de Dios es la verdad fundamental de la religión, el punto de partida. No tendría siquiera sentido hablar de la fe, de la religión o del dogma sin antes dejar sentada esta verdad. La razón humana, con su sola fuerza, sin ayuda de lo sobrenatural, puede llegar a demostrar la existencia de Dios, y a deducir muchas de sus perfecciones. Ciertamente no podemos comprender a Dios, pues siendo infinito, no puede abarcarlo el limitado entendimiento humano; pero podemos conocerlo. Lo anterior es, además, verdad de fe. El Concilio Vaticano I afirma que "La misma Santa Madre Iglesia sostiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza por la luz natural de la razón humana partiendo de las cosas creadas" (Const. dogm. Dei Filias, c. 2, Dt. 1785). 1.1.1 Necesidad de querer conocer a Dios El querer conocer a Dios es necesario para llegar a conocerlo. No basta tan sólo aplicar la inteligencia, sino que se requiere, además, de rectas disposiciones morales (buen comportamiento cara a Dios), pues de lo contrario es imposible conocer a Dios. Aunque la existencia de Dios es una verdad que puede ser conocida por todos los hombres, sin embargo, en su conocimiento "el entendimiento humano encuentra dificultades, ya a causa de los sentidos o imaginación, ya por las concupiscencias derivadas del pecado original. Y así sucede que, en estas cosas, los hombres fácilmente se persuaden de que es falso o dudoso lo que no quieren que sea verdadero" (Pío XII, En. Humani Generis, 12-VIII-1950, Dt. 2305). 1.1.2 Conocimiento natural de Dios a partir de las criaturas Por ser Dios infinito en toda perfección, no lo podemos conocer directamente, sino que deducimos su existencia por medio del mundo y de las cosas creadas, que nos llevan al conocimiento del Creador. Así dice San Pablo: "En efecto, las perfecciones invisibles de Dios,.... a saber: su eterno poder y su divinidad, se han hecho visibles a la inteligencia, después de la creación del mundo, a través de las cosas creadas" (Rom. 1, 20). La fe confirma la existencia de Dios, y además nos lo propone como el autor del orden sobrenatural. 1.2 DEMOSTRACION RACIONAL DE LA EXISTENCIA DE DIOS La existencia de Dios no es de evidencia inmediata para nosotros, sino que es fruto de un proceso discursivo, de un razonamiento. En 1877 fue condenado el error de Antonio Ros mini -llamado ontologismo- que afirmaba que el conocimiento de Dios era el conocimiento más inmediato al entendimiento humano (cfr. Dt. 1891 ss.)

La mayoría de las pruebas tendientes a demostrar la existencia de Dios utilizan en su proceso demostrativo el principio de causalidad. Santo Tomás de Aquino demuestra la existencia de Dios por cinco caminos o vías, que son: 1) Por la existencia del movimiento. 2) Por la causalidad eficiente. 3) Por los seres contingentes. 4I) Por los diferentes grados de perfección, y 5) Por el orden del Universo. A continuación señalamos sólo algunas de estas pruebas y otras que, en último término, se reducen a una de las vías de Santo Tomás. 1.2.1 Por la existencia del mundo Enunciado: El mundo exige una causa de sí, a la que llamamos Dios. Lo probamos por el principio de causalidad. Se enuncia así: "No hay efecto sin causa "; o bien: "Todo ser que comienza a existir tiene una causa de sí". Este principio no se puede probar porque es evidente y se verifica de continuo en la vida cotidiana. Bastará un ejemplo: no podemos admitir que un edificio o un vestido se hayan hecho a sí mismos; nos reiríamos de quien nos dijera que aparecieron "de buenas a primeras", sin intervención de un arquitecto o un sastre. Pues bien, el mundo es un efecto incomparablemente más complicado que un vestido o un edificio. Luego, no podemos admitir que haya aparecido sin que un ser le diera existencia. Este ser se llama Dios. 1.2.2 Por los seres contingentes Enunciado: Existen seres contingentes, que exigen la existencia de un ser necesario, al que llamamos Dios. Primero explicaremos qué es un ser contingente y un ser necesario. Luego veremos que los seres que hay en el mundo son contingentes. Y finalmente por medio de tres suposiciones comprobaremos que los seres contingentes comprueban la existencia del ser necesario. 1º. Ser contingente es el que es indiferente de por sí a existir, o no. Por ejemplo, una rosa que hoy es y mañana desaparece, o que pudo no haber sido, es un ser contingente. 2o. Ser necesario es el que no puede no existir, porque lleva en sí la razón de su existencia. Ser necesario no hay sino uno, que es Dios. Los seres que hay en el mundo son contingentes. La experiencia nos enseña que aparecen, duran un poco y luego desaparecen. Los seres contingentes aparecen de tres maneras: a) o de otro ser igual a ellos, por ejemplo, un árbol da nacimiento a otro árbol, un animal a otro animal; b) o de la reunión, de los elementos que los componen; el agua se produce por la combinación del hidrógeno con el oxígeno; la piedra aparece por agregación de las partículas que la integran, etc.; o c) por creación, como nuestra alma. 3o. Para explicar la existencia o aparición de los seres contingentes pueden hacerse tres hipótesis: a) o proceden de la nada; b) o proceden unos de otros en serie infinita; c) o proceden de un primer ser necesario que les dio la existencia. Examinemos estas tres hipótesis, o suposiciones. a) La primera hipótesis: los seres proceden de la nada, es absurda, porque es imposible que la nada

produzca el ser. Así, es imposible sacar del bolsillo un pañuelo que no tengo. Esta verdad, elevada a la categoría de postulado científico la aceptan todos, incluso los científicos ateos que en el pasado pretendieron utilizarlo como argumento para dar una explicación de la realidad. Véanse al respecto las elocuentes palabras del biólogo Viracho, citadas en los ejercicios de este capítulo. b) La segunda hipótesis: los seres proceden unos de otros en serie infinita, tampoco puede admitirse, porque la serie infinita no explica nada. En efecto, la serie infinita o tiene a su cabeza un ser primero, y ya no es infinita; o no tiene a su cabeza un ser primero, y entonces ¿de dónde proceden los demás seres de la serie? Así Por ejemplo: una cadena de eslabones infinitos es un imposible; porque si tiene un primer eslabón, ya no es infinita y si no tiene un primer eslabón, ¿de dónde cuelgan los demás? Otro ejemplo: a veces se preguntan algunos: qué fue primero, el primer huevo , la primera gallina. Pudo ser cualquiera de las dos cosas. Lo que importa es. admitirla existencia del primer huevo o de la primera gallina, porque si no, no habría hoy ni huevos ni gallinas. Repugna en absoluto a nuestra mente una sucesión infinita de huevos y gallinas, sin que hubiera existido un primer huevo o una primera gallina que dieran nacimiento a los demás. c) Luego nos queda por aceptar la tercera hipótesis: esto es, que los seres provienen de un ser necesario que les dio la existencia. Porque si este primer ser fuera contingente, habría recibido la existencia de otro, y éste de otro; y así volveríamos a la serie infinita. 4o. Conclusión. La serie de los seres contingentes no se explica racionalmente sino mediante la existencia de un ser necesario, que no recibió el ser, porque lo tenía de sí mismo; y que lo comunicó a los demás. Á este ser lo llamamos Dios. Este argumento de la necesidad de un ser necesario es el mas claro y convincente para probar la existencia de Dios. Su fuerza sólo puede ser desconocida por quien nunca ha meditado en él, o por quien se deja arrastrar por pasiones y prejuicios que ciegan la inteligencia. 1.2.3 Por el orden del universo Enunciado: El orden admirable que hay en el mundo exige la existencia de una inteligencia ordenadora, a la cual llamamos Dios. Probaremos que hay en el mundo un orden admirable; y luego que este orden exige una inteligencia ordenadora. lo. Hay en el mundo un orden admirabilísimo en todos los seres: a) En los infinitamente grandes. Millones de astros de masa gigantesca atraviesan el espacio a velocidades fantásticas; sus órbitas se entrecruzan en multitud de puntos; pero sus movimientos están regidos por un orden y disposición admirables. b) En los más pequeños. Así, la planta más humilde tiene órganos complicados y diferentes para cada función: nutrición,. respiración, circulación, reproducción, etc. Todos ellos tienden a un fin preciso y determinado: la conservación del individuo y de la especie. Werhner von Braun, el más importante físico del espacio, afirmaba que "los materialistas del siglo XIX y sus herederos, los marxistas del siglo XX, nos dicen que el creciente conocimiento científico de la creación permite rebajar la fe en un Creador. Pero, toda nueva respuesta ha suscitado nuevas preguntas. Cuanto más comprendemos la complejidad de la estructura atómica, la naturaleza de la vida, o el camino de las galaxias, tanto más encontramos nuevas razones para asombrarnos entre los

esplendores de la creación divina" (cit. en LOBO, G., Ideología y fe cristiana, p. 163). 2o. Este orden supone una inteligencia ordenadora. En efecto: a) Sólo una inteligencia puede disponer convenientemente los medios apropiados para la obtención de un fin. En lo cual, precisamente consiste el orden. b) Es un absurdo atribuir al azar y a la casualidad el orden maravilloso del mundo, porque así como lo que caracteriza a la inteligencia es el orden, así lo que caracteriza al azar es el desorden. Obrar al azar es tanto como obrar ciegamente, sin el conocimiento de los medios, o sin la acertada disposición de ellos para alcanzar el fin que uno se propone. Pretender que el orden prodigioso del mundo es la obra ciega y caprichosa del azar, es un absurdo. Sería ridículo pretender que al tirar al azar las doce letras de la palabra inteligencia, cayeran todas en línea recta y en el orden debido para la formación de la palabra. Mayor absurdo, pretender que esto sucediera cada vez que se tiraran. Pero el absurdo llegaría a su colmo si se pretendiera explicar de esa manera el orden de los miles de letras que componen este libro, sin que hubiera intervenido en lo mínimo una mano y una inteligencia ordenadora. Pues bien, mucho más absurdo es admitir que el mundo se hizo al acaso, porque el orden que hay en él es inmensamente mis complicado que el de un libro; y un orden que en millones de siglos se ha mantenido Conclusión: El orden admirabilísimo que hay en el mundo prueba la existencia de una inteligencia ordenadora, a quien llamamos Dios. 1.2.4 Por la ley moral Enunciado: La ley moral exige un legislador superior al hombre. Este legislador es Dios. lo. Se llama ley moral al conjunto de preceptos que el hombre descubre en su conciencia, que le hacen distinguir el bien del mal, y le impulsan a obrar el bien y a evitar el mal. La ley moral tiene tres condiciones: a) obliga a todos los hombres, b) es superior al hombre y c) obliga a la conciencia. a) La ley moral obliga a todos los hombres sin excepción alguna; les prescribe, por ejemplo, el respeto a la vida y a la propiedad ajena; y les prohíbe el asesinato y el robo. b) Es superior al hombre, quien no puede ni desconocerla, ni cambiaría. Así nadie podrá hacer que el asesinato sea bueno. c) Obliga en conciencia. Cuando la observamos sentimos satisfacción; cuando la quebrantamos, aun, que sea ocultamente, remordimiento. 2o. La ley moral prueba la existencia de Dios, porque como no puede haber ley sin un legislador que la dé, es necesario que la ley moral haya sido impuesta por un legislador que tenga esas tres mismas condiciones, a saber: que sea superior a los hombres, los obligue a todos, y pueda leer en su conciencia. Este legislador no puede ser sino Dios.

1.3 POSIBILIDAD DE NEGAR A DIOS 1.3.1 Los ateos. Sus clases

Llámanse ateos los que ignoran o niegan la existencia de Dios. Ateo viene de la palabra griega: a, sin; y Teos, Dios. Es importante percatarse que en la raíz de muchas actitudes actuales que hallamos por todas partes teatro, cine, novelas, artículos de periódico, canciones, ensayos, enseñanza universitaria, etc.- nos encontramos con abundantes puntos de pensamiento que fueron elaborados por ateos del siglo XIX, tales como Nietzsche, Feuerbach, Marx, Freud, etc. Herederos del racionalismo de Descartes y del idealismo de Hegel, el afán por someter todas las cosas a su razón les incapacitó para aceptar la realidad de Dios y pusieron al hombre como soberano del mundo y de la historia. Se dividen en negativos, positivos y prácticos. a) Negativos son los que no han tenido la idea de DI"OS; b) Positivos los que teniendo la idea de Dios, niegan su existencia; c)prácticos, los que admitiendo la existencia de Dios, la niegan con sus obras, porque viven como si Dios no existiera. ¿Pueden existir estas tres clases de ateos? a.1 Puede haber ateos negativos, esto es, hombres que ignoren la existencia de Dios; pero no por largo tiempo, porque el universo y la conciencia despiertan pronto en la mente la idea de un Ser Supremo. Cuando ya el hombre está en posesión de sus facultades, y reflexiona sobre sí mismo y sobre lo que le rodea, el espectáculo grandioso del universo despierta en él la idea de un Creador; y la voz de su conciencia le sugiere la idea de un ser que manda en ella y que puede premiarlo o castigarlo. b) Respecto a los ateos positivos, podemos hacer una subdistinción: b.1 Puede haber ateos positivos por convicción sectaria, que nieguen a Dios, al menos temporalmente, como fruto de una educación encaminada a fomentar la creencia de que Dios no existe. Esto pasa cuando se enseña a un joven, en nombre de una falsa ciencia, que Dios es una mentira; y se le trata de convencer por toda clase de argumentos falsos, que él no puede refutar por la misma ignorancia en que está. "Nunca olvidaré la impresión que me produjo un soldado ruso en 1945. Acababa apenas de terminar la guerra. A la puerta del seminario de Cracovia llamó un militar. Cuando le pregunté qué quería respondió que deseaba entrar en el seminario. Mantuvimos una larga conversación. Aunque no llegó nunca a entrar en el seminario (tenía, por lo demás, ideas bastante confusas respecto de la realidad del seminario mismo), yo personalmente saqué de nuestro encuentro una gran verdad: cómo Dios logra de forma maravillosa penetrar en la mente humana, aun en las condiciones sumamente desfavorables de su negación sistemática. Durante su vida adulta mi interlocutor no había entrado casi nunca en una iglesia. En la escuela, y luego en el trabajo, había oído afirmar continuamente: ¡No existe Dios! Y a pesar de todo repetía: ¡Pero yo siempre supe que Dios existe!... y ahora querría aprender algo sobre El. (K. Wojtyla, Signo de contradicción, p. 2 l). b. 2 Pero no puede haber ateos por convicción científica. En otras palabras no se puede comprobar científicamente que Dios no exista. Para ello sería necesario echar por tierra argumentos indestructibles; y admitir como ciertas, cosas tan absurdas como éstas: la serie infinita de los seres, la vida como brote natural de la materia (generación espontánea), y el orden maravilloso del universo como efecto del acaso. Sería también preciso destruir la ley moral, tan íntimamente grabada en nuestra conciencia; y aceptar que puede haber efecto sin causa. Todo esto repugna a nuestra mente.

c) Los ateos prácticos son muchos desgraciadamente, aun entre los católicos. Son muchos los que viven tan olvidados de Dios, que obran a cada paso como si Dios no existiera. Es éste uno de los mayores males de nuestra sociedad, y la causa de que ella se muestre tan indiferente y pagana. El Documento de Puebla (1979), llama la atención sobre el ateísmo práctico del liberalismo capitalista y el sistemático del marxismo (cfr. nn. 535-561). Igualmente advierte los peligros del "secularismo ", en donde "Dios resultaría superfluo y hasta un obstáculo" (n. 43 5) de ahí la necesidad de conocer sus causas y motivos (n. 1113). Debe tenerse en cuenta también que no "raras veces los no creyentes se distinguen por el ejercicio de valores humanos que están en la línea del Evangelio", pero "la época no es extraña, sin embargo, a formas de ateísmo militante y a humanismos que obstruyen un desarrollo integral de la persona" (n. 1113). 1.4 NATURALEZA DE LA RELIGION 1.4.1 Sentido y origen de la palabra religión La palabra religión engloba dos sentidos principales: a) Como una ciencia que perfecciona nuestro entendimiento; y así decimos que la Religión es la más necesaria de las ciencias. Recibe también el nombre de Teología (de Teos, Dios; logos, tratado). b) Como una virtud que perfecciona nuestra voluntad, y en este sentido decimos que una persona es muy religiosa. Santo Tomás la define como la virtud que inclina a rendir a Dios el respeto, el honor y el culto debidos (cft. S. Th. II-II, q. 81, a. 5). Aquí trataremos tan sólo de la religión copio ciencia; en cuanto a virtud se estudia en la Moral 1. Conviene además advertir que del conocimiento de la Religión nace la virtud de la religión, porque no podemos amar, honrar y servir a Dios sin antes conocerlo. La palabra Religión viene del verbo latino religare, que significa ligar, atar; pues la religión es el lazo que une al hombre con Dios mediante su amor y servicio. 1.4.2 Definición de la Religión La Religión es la ciencia que nos enseña el conocimiento de Dios, de los deberes que nos ha impuesto, y los medios que nos llevan a El. lo. Se dice que es la ciencia del conocimiento de Dios, porque lo primero que enseña son las verdades sobre Dios mismo. Enseña también cierto número de verdades que indirectamente se refieren a Dios, y que toman el nombre de verdades religiosas; por ejemplo, la existencia del alma humana, de otra vida después de la muerte, etc. 2o. La Religión es la ciencia de los deberes que Dios nos ha impuesto, porque siendo Dios el Ser Supremo, y también nuestro Creador y último fin, nos ha impuesto ciertos deberes que tenemos obligación de cumplir y que la Religión nos enseña; De estos deberes unos miran directamente a Dios, otros al prójimo, y otros a nosotros mismos. Por ejemplo: a) Para con Dios, tenemos el deber de adorarlo y servirlo.

b) Para con el prójimo, el de respetar su vida y sus bienes. c) Para con nosotros mismos, el de procurar nuestra salvación. 3o. Se agrega que la Religión es la ciencia de los medios que llevan a Dios, porque Dios mismo se ha dignado manifestarnos ciertos medios muy a propósito para conducirnos a El, medios que la Religión estudia; por ejemplo, la oración y los sacramentos. Dios en su bondad ha dispuesto que estos medios, al mismo tiempo que honran a Dios santifiquen nuestra alma. Por eso reciben el nombre de medios de santificación. 1.4.3 Elementos que encierra De lo anterior se desprenden los tres elementos que integran a la Religión en cuanto ciencia: el Dogma, la Moral y el Culto. El Dogma -o Teología dogmática- comprende las verdades que debemos creer. La Teología Moral, o simplemente Moral, enseña las obras que debemos practicar. Y el Culto, los medios de santificación con los cuales honramos a Dios y procuramos nuestra salvación. Estos medios se estudian en la ciencia llamada Teología Sacramentaria. Los elementos de la religión están compendiados principalmente en: El Dogma en el Credo, la Moral en los mandamientos, y el Culto en la oración y los sacramentos. Pertenecen también al Culto las diversas ceremonias de la Iglesia, que llevan el nombre de Liturgia. El Dogma es el elemento que constituye el punto de partida de la Religión. En. efecto, sin conocer a Dios, a la Religión revelada por El, y a la Iglesia por El fundada, mal podemos obedecer sus mandamientos, ni aprovechar los medios de santificación que nos brinda. 1.4.4 El fin de la Religión En la Religión podemos distinguir un doble fin: a) Su fin próximo, que ir es el conocimiento, amor y servicio de Dios en esta vida. b) Y su fin remoto, que es el procurarnos la posesión de Dios en el cielo. 1.5 RELIGION NATURAL Y RELIGION REVELADA 1.5.1 Noción Conocemos a Dios de dos modos: por la razón y por la revelación. a) La razón es la luz natural que Dios ha dado a nuestro entendimiento para conocer las cosas. Con la sola fuerza de la razón natural -es decir, sin intervención especial de Dios podemos conocer varias verdades religiosas, por ejemplo, que hay un solo Dios, que tenemos alma, que existe otra vida después de la muerte, etc. (cfr. Dt. 1785, 1806, 21451, etc.). b) La Revelación es la manifestación hecha por Dios a los hombres de algunas verdades de orden religioso; por ejemplo, que Jesucristo es el Hijo de Dios hecho hombre, y que murió para salvarnos; o que en Dios hay tres Personas distintas, etc. El conjunto de verdades religiosas que el hombre puede conocer por la simple luz de la razón se llama Religión NATURAL.

El conjunto de verdades que Dios ha manifestado al hombre por conducto de la Revelación, se llama Religión REVELADA. Como lo veremos luego, la Religión revelada es la Religión Católica. 1.5.2 No basta la Religión natural No basta para salvarnos la Religión natural; a saber, no basta con aceptar las verdades religiosas que nos puede enseñar la luz de la razón; es necesario que aceptemos la Religión revelada. Dios por su Bondad infinita ha querido abrir otro camino que lleve directamente a El y con mayor facilidad: el de la religión sobrenatural: "Quiso su sabiduría y bondad revelarse a Sí mismo, al género humano, y revelar los decretos eternos de su voluntad por otro camino, y éste sobrenatural" (Con. Vaticano I., Const. dogm. Dei Filias, c. 2; Dt. 1785). La razón es que no podemos ni conocer, ni amar, ni servir a Dios como El quiere y manda, sino aceptando las verdades, preceptos y medios de santificación que El se ha dignado manifestarnos. Otra manera de actuar significaría desprecio de lo que Dios ha dicho, considerándolo inútil o indiferente. Están pues, en grave error quienes dicen: "Yo soy honrado: yo no robo ni mato. Con esto tengo para salvarme". Esto les bastará para evitar la cárcel y la deshonra humana. Pero no podrán salvarse si no cumplen las condiciones que Dios les ha impuesto para ello. El es nuestro dueño y Señor, y nos ha creado para su servicio. En consecuencia estamos obligados a honrarlo y servirlo en la forma que se digne determinarlo. Si Dios no hubiera hecho ninguna revelación, bastaría la Religión natural para salvarse. Desde el momento en que Dios revela, no cabe pensar que da lo mismo una religión que otra -indiferentismo religioso- sino que es preciso aceptar esa revelación divina que constituye la única religión verdadera. 1.5.3 Deberes que nos impone la Religión revelada La Religión revelada nos impone, en especial, tres deberes: El lo - es aceptarlas verdades que Dios nos ha manifestado. El 2o. es cumplir los mandamientos que nos ha impuesto. El 3o - es acudir a los medios de santificación con que El mismo ha querido ayudar nuestra debilidad. Dios, en efecto, no ha querido dejar al hombre abandonado al error, al vicio y a su propia debilidad; sino que: a) Para librarlo del error, El mismo le ha revelado las verdades que debe conocer y creer. b) Para librarlo del vicio, El mismo le ha determinado las obras que debe practicar, y las que debe evitar. c) Para ayudar su debilidad, le ofrece su gracia por conducto de los sacramentos, la oración, etc., obligándolo a recurrir a estos medios. Corno conclusión, debemos decir que no podemos conocer, amar y servir a Dios, ni salvar nuestra alma, si no aceptamos y practicamos la Religión revelada Íntegramente. Así Cristo no dijo solamente: "E] que no creyere se condenará" (fe), sino también: "Si quieres alcanzar la vida, guarda los mandamientos" (moral) y, "Si uno no nace de agua y Espíritu Santo no

puede ver el reino de Dios", y "Si no comiereis mi carne no tendréis vida en vosotros" (sacramentos) (cfr. Mc. 16, 16, Mt. 19, 17, Jn. 3, 5, jn. 6, 54). "Con frecuencia, el hombre actual no sabe lo que lleva dentro, en lo profundo de su ánimo, de su coraz6n. Muchas veces se siente inseguro sobre el sentido de su vida en este mundo. Se siente invadido por la duda, que se transforma en desesperación. Permitid, pues ---os lo ruego, os lo imploro con humildad y con confianza-, permitid que Cristo hable al hombre. ¡Sólo El tiene palabras de vida, sí, de vida eterna!" (Juan Pablo II, Homilía en la inauguración de su Pontificado, 22-XI-1978).

2. La revelación sobrenatural 2. LA REVELACION SOBRENATURAL 2.1 LA RELIGION REVELADA O REVELACION 2.1.1 Naturaleza de la Revelación a) Noción La Revelación es la manifestación que Dios hace a los hombres en forma extraordinaria, de algunas verdades religiosas, imponiéndoles la obligación de creerías. Se dice: "en forma extraordinaria", para distinguirla del conocimiento natural y ordinario que alcanzamos por la razón. Generalmente Dios revela así: manifiesta las verdades que desea se conozcan a algún hombre elegido por El, le manda que las enseñe a los demás, y comprueba con milagros que en verdad El las reveló. "Sólo Dios puede otorgarnos un conocimiento recto y pleno de Sí mismo, revelándose a Sí mismo como Padre, Hijo y Espíritu Santo, de cuya vida eterna estamos llamados por la gracia a participar aquí, en la tierra, en la oscuridad de la fe, y, después de la muerte, en la luz sempiterna" (Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, n. g). b) Revelaciones públicas y privadas Hablando en un sentido general, podemos distinguir dos clases de revelaciones: la Revelación pública y las Revelaciones privadas. lo. Revelación pública es la que ha hecho Dios directamente para la utilidad de todo el género humano. Por ejemplo, la hecha a Moisés en el Sinaí y la efectuada por Nuestro Señor Jesucristo. 2o. Revelaciones privadas son las que ha hecho a algunas personas para su utilidad particular. Ejemplos: las hechas a Santa Gertrudis, a Santa Teresa de Jesús, a Santa Margarita María cuando Nuestro Señor le pidió el establecimiento de la fiesta del Sagrado Corazón y de la devoción de los primeros viernes, etc. La Revelación pública ha sido hecha por Dios directamente para la utilidad de todo el género humano, e impone la obligación de aceptarla a todos los hombres. Las revelaciones privadas directamente son hechas para la utilidad particular, y no imponen la obligación de aceptarlas sino a las personas a quienes fueron hechas, o a las personas que tienen plena certeza de ellas, lo que ocurre raras veces. Respecto a las revelaciones privadas conviene advertir: a) Las revelaciones privadas no forman parte de la fe, ni enseñan verdades nuevas; sino que han sido hechas para ilustrar las verdades ya reveladas, y hacernos adelantar en la perfección cristiana.

b) La Iglesia no las aprueba sino después de maduro examen; y al aprobarlas no pretende enseñar que cuanto de ellas se diga sea verdadero, ni mucho menos hacerlas obligatorias. Únicamente garantiza que en ellas no se dice nada contrario a la fe y a las buenas costumbres. c) No podemos despreciar las revelaciones privadas, pues en general contienen enseñanzas de gran utilidad para la vida cristiana. d) Algunas veces la aprobación de la Iglesia no es una simple certificación de que no hay en ellas nada contra la fe y la moral; sino una afirmación de su origen divino. Tal pasa, por ejemplo, con las revelaciones del escapulario del Carmen a San Simón Stok, de la devoción al Sagrado Corazón a Santa Margarita María, etc. Aunque en ningún caso llegan a ser artículo de fe. Las demás revelaciones sólo nos merecen fe humana, de acuerdo con las condiciones intelectuales y morales de la persona que las tuvo. La Revelación pública terminó con los Apóstoles: después de ellos Dios no ha revelado nuevas verdades que sean objeto de fe. c) Contenido de la Revelación "Por la divina Revelación Dios quiso comunicarse El mismo y también los decretos eternos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, para hacerles partícipes de los bienes divinos que sobrepasan de modo absoluto la inteligencia de la mente humana" (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, núm. 6). El contenido de la Revelación es el mismo Dios y sus decretos eternos de salvación. De estas verdades: a) unas no podía conocer nuestra razón; b) otras podía conocerlas, pero con mucha dificultad e incertidumbre. Así de ninguna manera podíamos conocer el misterio de la Santísima Trinidad. Podíamos conocer, pero con dificultad, incertidumbre y mezcla de error otras verdades; por ejemplo, que no hay sino un solo Dios, y que es Espíritu Puro Y Creador de cuanto existe, que el alma humana es inmortal, etc. lo. Dios ha querido revelarnos verdades que de, ninguna manera podíamos conocer por la pura razón, con el objeto de darnos a conocer el orden sobrenatural. El orden sobrenatural consiste en la elevación del hombre por la gracia santificante, de simple criatura a la dignidad de hijo de Dios y heredero del cielo. Y también en los medios que Dios eligió para devolvernos la grada y el derecho al cielo que perdimos por el pecado; principalmente los misterios de la Encarnación y Redención. 2o. Dios quiso manifestarnos verdades que nuestra razón podía conocer pero con dificultad, incertidumbre y mezcla de error, para que todos - los hombres pudieran conocerla con facilidad, con certeza y sin mezcla de error (cfr. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filias, Dt. 1786). 2.2 NECESIDAD DE LA REVELACION 2.2.1 Necesidad absoluta y necesidad moral Una cosa puede ser necesaria de dos modos: a) Es absolutamente necesaria, cuando sin ella nos es de todo punto imposible conseguir lo que deseamos. b) Es moralmente necesaria cuando sin ella podemos alcanzar lo que deseamos, pero con grave dificultad y deficiencias. Así sin estudiar en alguna forma nos es absolutamente imposible aprender. Y sin maestro nos es muy difícil, esto es, casi imposible aprender una ciencia con alto grado de dificultad, como la física nuclear o la filosofía.

En efecto son muy pocos los que tienen la inteligencia y la constancia suficientes para coronar solos un estudio de esa naturaleza. Además, los que estudian sin maestro están expuestos a graves deficiencias, por ejemplo errores, dudas, lagunas; a hacer un estudio errado. incompleto y poco firme: 2.2.2 En qué sentido es necesaria la Revelación La Revelación es absolutamente necesaria en un sentido, y moralmente necesaria en otro. lo. La Revelación es absolutamente necesaria para conocer el orden sobrenatural, al que Dios se dignó elevarnos. "Puesto que nos elevó al orden sobrenatural, era indispensable que nos manifestara ese orden", dice Santo Tomás (S. Th., q. 1, a. l). ¿Qué gana un niño con que una persona muy rica lo acepte por hijo, y lo nombre heredero de una cuantiosa suma, si no le avisa que lo constituyó heredero, ni las condiciones necesarias para recibir la herencia? De la misma manera, ¿qué habríamos ganado con que Dios nos hubiera hecho sus hijos y herederos, si no nos hubiera revelado nuestra condición de hijos y los medios necesarios para alcanzar la herencia del cielo? 2o. La. Revelación es moralmente necesaria para que las verdades religiosas de orden natural puedan ser conocidas por todos con facilidad, con firme certeza y sin mezcla de error alguno (cfr. Dt. 1786, Conc. Vat. II, Const. Dei Verbum, n. 6). En efecto, aunque no es imposible que los mejores dotados puedan llegar por sí solos a esos conocimientos, lo harán con dificultad e incertidumbre, y, para la generalidad de los hombres la Revelación seguiría siendo necesaria. Ya Santo Tomás advertía que gran parte de los hombres por carecer de talento, o de tiempo, o de formación, o por hallarse dominados por pasiones e intereses personales, no llegarían por sí mismos a este conocimiento (cfr. C. G., 1, 4). Por su parte, también la historia prueba esta necesidad: aun los más grandes filósofos de la antigüedad cayeron en graves errores de orden religioso y moral; y que los pueblos a quienes no ha llegado actualmente la luz de la Revelación viven aún hoy sumergidos en graves errores. 2.3 NOCION DE MISTERIO Y DOGMA 2.3.1 Los misterios lo - Misterio en general es una verdad que no podemos comprender, por trascender a nuestro entendimiento. La naturaleza está llena de misterios y vivimos rodeados de realidades que no podemos comprender. Nadie sabe a ciencia cierta - al menos hoy en día- qué es exactamente la fuerza gravitacional y mucho menos si es susceptible de control. Aún hay muchos "misterios" en el organismo humano y no digamos en las realidades que están físicamente muy alejadas de nosotros, por ejemplo: ¿qué habrá en Aldebarán, que está a 55 años luz de la tierra y es 40 veces mayor que nuestro sol? 2o. Misterio en sentido estricto es una verdad que no podemos comprender, pero que conocemos y creemos porque Dios nos la ha revelado. Por ejemplo, el de la Santísima Trinidad. No debe extrañarnos que en la Religión haya misterios, porque si a cada paso los encontramos en los seres limitados de la naturaleza, con mayor razón en Dios, Ser infinito, que sobrepasa inmensamente la capacidad de nuestro entendimiento.

"Nunca creería en la divinidad de una religión que no tiene misterios", dijo un célebre pensador. En efecto, un Dios que cabe dentro de mi entendimiento ya no es Dios; y una religión que en todo está al alcance de los hombres, no es divina. Los misterios no son contrarios a la razón humana, sino que únicamente están por encima de ella. Por ejemplo, las leyes de la electricidad, que son conocidas por un buen físico, son un misterio para el ignorante. Mas esto no quiere decir que vaya contra su razón, sino que le son superiores. No puede haber contradicción entre la razón y los misterios revelados, porque siendo Dios a la vez autor de la razón y de la Revelación, cualquier contradicción entre la razón y los misterios revelados implicaría contradicción en el mismo Dios; lo que no es dado suponer. 2.3.2 Dogmas Dogma en sentido amplio, es una verdad contenida en la Revelación divina. Dogma en sentido estricto, son las verdades reveladas por Dios y propuestas como tales por el Magisterio de la Iglesia a los fieles, con la obligación de creer en ellas. La palabra dogma tiene dos sentidos: unas veces significa una verdad determinada y definida, por ejemplo, el dogma de la Asunción de la Virgen; otras, el conjunto de las verdades reveladas, como cuando decimos: el dogma católico. El dogma en sentido estricto es objeto de fe divina y católica. Es de fe divina por proceder de una revelación divina, y es objeto de fe católica por ser una verdad propuesta por el Magisterio infalible de la Iglesia. Quien niega opone en duda de un modo pertinaz las verdades que han de ser creídas, comete el pecado de herejía. Como puede observarse en el dogma hay dos elementos: 1) Es una verdad revelada por Dios y se halla por tanto contenida ya en la Sagrada Escritura, ya en la Tradición o en ambas. 2) Es una verdad propuesta por el Magisterio de la Iglesia con obligación de creer en ella. Esa propuesta puede hacerla la Iglesia, bien de forma extraordinaria, por una solemne definición del Papa o de un Concilio Universal de acuerdo con el Papa, o por el magisterio ordinario y universal de toda la Iglesia. 2.4 EL DEPOSITO DE LA REVELACION El conjunto de verdades reveladas por Dios, que se entregaron a la Iglesia y que el Magisterio eclesiástico custodia es el depósito de la Revelación. La Revelación está contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición: a) Una parte de las verdades reveladas fue escrita por aquéllos a quienes Dios las reveló, y se llama Sagrada Escritura; b) La otra parte no fue escrita sino transmitida verbalmente y se llama Tradición La Sagrada Escritura y la Tradición contienen, pues, toda la doctrina revelada; el Magisterio de la Iglesia custodia e interpreta esa doctrina. Tanto la Escritura como la Tradición son la palabra de Dios, esto es, su enseñanza comprobada por milagros y profecías; con la diferencia de que la Tradición no fue escrita por aquéllos a quienes Dios la reveló; aunque después con el tiempo otras personas sí pudieron escribirla, para conservarla y transmitirla con mayor fidelidad. El conjunto de las verdades de la Escritura y de la Tradición se llama "Depósito de la fe ", o "Depósito de la Revelación ".

El Concilio Vaticano II, en continuidad con el de Trento y con el Vaticano I, enseña: "Dios dispuso, con su gran bondad, que todo lo que había revelado para la salvación de toda la gente se conservara íntegro para siempre y se fuera trasmitiendo a todas las generaciones" (Conc. Vaticano II, Const. Dogm. Dei Verbum, núm. 7). 2.4.1 La Sagrada Escritura a) Su naturaleza La Sagrada Escritura es la palabra de Dios, puesta por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, por aquéllos a quienes Dios la reveló. En con-secuencia, "tiene a Dios por autor", como dice el Concilio Vaticano I (Dt. 1 7 8 7). La Sagrada Escritura se llama Biblia (del griego biblos, que significa libro), porque es el libro por excelencia. A la Biblia se le llama también: Sagrada Escritura, Libros Sagrados, Libros Inspirados, Palabra de Dios. Se llaman Versiones de la Sagrada Escritura a las traducciones que se han hecho de la Biblia a otras lenguas distintas de aquéllas en las que se escribieron originalmente, los 1ibros que la forman (hebreo, griego y arameo). Es célebre la traducción de los setenta, que se remonta más o menos al año 130 antes de Cristo. Es la versión de los libros del Antiguo Testamento, del hebreo al griego, hecha, según la tradición, por setenta sabios de Alejandría. Las Versiones más importantes en la Iglesia son: La Vulgata y la Neovulgata. La Vulgata es la traducción al latín que hizo San Jerónimo a finales del siglo IV. Esta versión fue solemnemente declarada como auténtica por el Concilio de Trento (1546). Se llama Vulgata porque entonces el latín era reputado lengua vulgar o popular respecto al griego. La Neovulgata es la misma versión Vulgata, a la que se han incorporado los avances y descubrimientos más recientes. El Papa Juan Pablo la aprobó y promulgó como edición típica en 1979. El Papa lo hizo así para que esta nueva versión sirva como base segura para hacer traducciones de la Biblia a las lenguas modernas y para realizar estudios bíblicos. b) Inspiración de la Sagrada Escritura La inspiración divina de la Escritura consiste en tres cosas, a saber: a) Dios indujo a los autores a que escribieran los libros santos; b) les sugirió lo que debían decir; c) los preservó de error. No consiste pues en que la Iglesia hubiera aprobado con su autoridad libros escritos por industria humana; sino en las tres condiciones indicadas. La Sagrada Escritura es a un tiempo obra de Dios y del hombre; de Dios, como causa principal; del hombre, como causa instrumental. Cuando el músico se sirve de un instrumento para obtener sonidos, el artista es la causa principal del sonido, y el instrumento la causa instrumental. Así Dios, dicen los santos Padres, se valió del hombre como de un instrumento para escribir los libros sagrados. Aunque el autor es un instrumento en las manos de Dios, no deja de ser un instrumento inteligente y libre, que usa conscientemente sus facultades: sentidos, inteligencia, memoria, voluntad.

En consecuencia, el escritor sagrado: a) Puede utilizar conocimientos adquiridos por él de antemano; b) Conserva su personalidad, su estilo y expresión peculiares, hasta incorrecciones de lenguaje; pues a estas cosas no se les extiende la inspiración. La misma Escritura afirma el hecho de la inspiración. Así Cristo dice que "David habló inspirado por el Espíritu Santo" (Mc. 12, 3 6). Y S. Pablo declara que "Toda escritura es inspirada por Dios " (II Tm. 3, 16). c) División de la Sagrada Escritura La Sagrada Escritura se divide en Antiguo y Nuevo Testamento. El Antiguo comprende los libros escritos antes de Cristo. El Nuevo lo escrito después de El. Testamento significa pacto o alianza. La Revelación, por las promesas que hace Dios en ella, y por las obligaciones que impone, es un verdadero pacto entre Dios y los Hombres. c. 1 Antiguo Testamento El Antiguo Testamento consta de 46 libros, que se dividen en 21 históricos, 7 didácticos y 18 proféticos. a) Los históricos describen la historia de Israel, o de algunos de sus más célebres personajes. b) Los didácticos (de didakein, enseñar) son libros de enseñanza religiosa y moral. c) Los proféticos anuncian la venida del Mesías y reprenden al pueblo por sus infidelidades. Los didácticos y parte de los proféticos están escritos en verso. c.2 Nuevo Testamento El Nuevo Testamento consta de 27 libros: 5 históricos, a saber: los 4 Evangelios y los Hechos de los Apóstoles; 21 doctrinales, que son las Epístolas; y uno Profético que es el Apocalipsis. Mención especial a los Evangelios Los 4 Evangelios de San Mateo, San Marcos, San Lucas y San Juan nos refieren la vida y enseñanzas de Nuestro Señor Jesucristo. Ellos deben ser para el católico el libro de mayor estimación y estudio, porque contienen los ejemplos del divino modelo y las enseñanzas del divino Maestro. "Tanto enseña Cristo por sus palabras como por sus obras", dice San Agustín. Por eso todo el Evangelio merece ser atentamente meditado. Digamos una palabra sobre los símbolos con que se representa a los evangelistas. Están tomados de los hechos narrados en el primer capítulo de cada Evangelio. lo . San Mateo empieza su Evangelio por el origen de Cristo en cuanto hombre. Por eso se le dio por símbolo un rostro humano. 2o. San Marcos empieza por la predicación de San Juan Bautista en el desierto. Su símbolo es un león, animal del desierto. 3o. San Lucas empieza por el sacrificio de Zacarías, padre del Bautista. Su símbolo es un ternero, animal por excelencia de los sacrificios. 4o. San Juan empieza con una página subirme sobre la generación eterna del Verbo. Su símbolo es un águila, animal que se cierne en las alturas. El profeta Ezequiel (1, 4-12), tiene una visión, de la que también se han tomado esas figuras. CUADRO SINOPTICO

CARACTERISTICAS DE LAS PERSONAS

CARACTERISTICAS

DE SUS EVANGELIOS

FIN ESPECIAL

FECHA E IDIOMA

SAN MATEO

Era cobrador de impuestos. Uno de los Apóstoles.

Cita 43 veces el Antiguo Testamento haciendo ver que en Cristo se cumplieron las profecías. Relata el Sermón de la Montaña

Convertir a los judíos, haciéndoles ver que Cristo era el Mesías.

Hacia el año 50-55; en Arameo quizá en Siria.

SAN MARCOS

Era de Jerusalén. Fue secretario y compañero de viajes de San Pedro. No fue de los 12.

Se detiene mas en los hechos que en las palabras de Cristo.

Escribió su Evangelio "a ruegos de los cristianos de Roma".

Hacia el año 60, en griego, en Roma.

SAN LUCAS

Médico de Antioquía. Fue secretario y compañero de viajes de San Pablo. No fue de los 12.

Gran Narrador: es el que tiene mejores prendas literarias. Es el único que relata la infancia de Cristo.

Convertir a los paganos, como compañero que era de San Pablo. El mismo era pagano convertido.

Hacia el año 62, en griego, parece que en Roma.

SAN JUAN

Pescador de Galilea. Uno de los 12. Fue "el discípulo amado" de Cristo.

De preferencia a la vida Divina de Cristo. Es quien mejor descubre los tesoros de su corazón. Narra los discursos de la promesa de la Eucaristía y el Sermón de la Ultima Cena.

Probar la Divinidad de Cristo, que empezaba a ser negada por los primero herejes. Completar los otros Evangelios.

Hacia el año 100 en griego, en Éfeso.

d) Libros "apócrifos" y biblias protestantes

Un Libro apócrifo es aquél que, teniendo un argumento o título semejante a los libros inspirados, no tiene un autor cierto y no está incluido en el Canon Bíblico fijado por la Iglesia, porque no fue divinamente inspirado y por contener algunos errores. ¿La Biblia católica y las protestantes son iguales? No. A las biblias protestantes les suprimieron algunos libros que están en la Biblia católica; por ejemplo: del Antiguo Testamento: Sabiduría, Judit, Tobías, Eclesiástico y 11 Macabeos y del Nuevo: Epístolas de Santiago, de San Pedro y San Juan. Además, en los libros que conservan, modifican algunas palabras para apoyar sus ideas erróneas. 2.4.2 La Tradición a) Su naturaleza Se llama Tradición a la doctrina revelada por Dios que no está contenida en la Escritura, sino que se ha conservado por diversos medios. Por eso se dice que la Tradición es "complemento" de la Sagrada Escritura; así, por ejemplo, no todo lo que Nuestro Señor Jesucristo hizo o dijo fue escrito, y sin embargo ha sido transmitido infaliblemente, gracias a la asistencia del Espíritu Santo. La Tradición ha llegado hasta nosotros por la predicación, la vida misma de la Iglesia, los escritos de los Santos Padres, la liturgia y otras diferentes formas, como luego veremos. b) Valor de la Tradición La Tradición, acompañada de las debidas condiciones, tiene el mismo valor que la Sagrada Escritura, porque también es la palabra de Dios, fielmente transmitida hasta nosotros. Los protestantes le niegan todo valor, y al hacerlo contradicen a un mismo tiempo la razón y la Escritura. El Concilio Vaticano II, en continuidad con el de Trento y con el Vaticano I, enseña.- "Dios dispuso, con su gran bondad, que todo lo que había revelado para la salvación de todas las gentes se conservara integro para siempre y se fuera trasmitiendo a todas las generaciones " (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Deí Verbum, núm. 7). b. 1 Pruebas de razón la. La Tradición, esto es, la predicación de los Apóstoles es anterior a la Sagrada Escritura, y durante muchos años fue la única regla de fe. En efecto la predicación de los Apóstoles comenzó el mismo año de la muerte de Cristo (año 33). En cambio los libros de la Sagrada Escritura no fueron escritos sino desde el año 50 al 100; y sobre todo no fueron conocidos por la Iglesia universal, sino en el curso de los primeros siglos, porque al principio sólo fueron conocidos, por las Iglesias particulares a que iban destinados. Luego, una de dos: o durante estos primeros años y siglos no había en la Iglesia fuente ninguna de fe, lo que es inadmisible, pues equivale a decir que no hubo fe en ellos o hay que admitir una fuente de fe distinta de la Escritura, a saber la Tradición o enseñanza de los Apóstoles y sus sucesores. 2a. No se puede saber con certeza qué libros contengan en realidad la doctrina de Cristo, ni cuál sea su verdadero sentido, sino por la enseñanza de la Iglesia. Luego esta enseñanza es norma o regla importantísima de nuestra fe 3a. Si la norma de fe fuera sólo la Escritura, y no la enseñanza de la Iglesia, sólo podrían salvarse los que leen la Escritura; conclusión inadmisible. En efecto hay muchas personas que no saben leer, o no tienen facilidad de procurarse una Biblia. Y aquí debemos pensar no sólo en el gran número de personas ignorantes de nuestros días y países, sino sobre todo en la dificultad máxima de conseguir una Biblia antes de que se descubriera la

imprenta: y en los cristianos convertidos en tierra de misiones, que no tienen Biblia en el único idioma que conocen. b. 2 Pruebas de la Sagrada Escritura Se prueba que la enseñanza de la Iglesia es fuente de la fe: lo. Por las palabras de Cristo. Este dijo a los Apóstoles: "Id y predicad el Evangelio a toda criatura" (Mc. 16, 15) y no "Id y escribid libros"; y "El que a vosotros oye, a mí me oye"; (Lc. 10,16) y no el que a vosotros lee. 2o. Por la enseñanza de San Pablo, que escribe así a los fieles de Tesalónica: "Manteneos firmes en la fe, y conservad las tradiciones que habéis aprendido, ya por la predicación, ya por mi epístola" (II Tes. 2, 14). Aquí le da exactamente el mismo valor, como fuente de fe, a su Epístola (Escritura) y a su predicación (Tradición). Dice también a Timoteo: "Lo que has oído de mí delante de muchos testigos, confíalo a otros hombres fieles, capaces de instruir a los demás" (II Tim. 2, 2). Confía, pues la fe a la enseñanza, ya a la suya propia, ya a la de sus discípulos. 3o - San Juan declara que si se escribiera todo lo que Cristo dijo no cabrían los libros en el mundo; lenguaje figurado que da á entender que deja sin escribir muchas cosas acerca de Cristo (cfr. Jn. 21, 25). Dice también en su 2a. carta: "Aunque tenía muchas cosas que escribimos, no he querido hacerlo por medio de tinta y papel, porque espero veros y hablaros de viva voz" (II Jn. 12). Tanto la razón como la Escritura enseñan, pues, el valor de la Tradición como fuente de la fe. Y los protestantes deben aceptarla si en verdad respetan la enseñanza de la Escritura. c) Fuentes de la Tradición La Tradición se halla contenida principalmente: lo. en los símbolos de la fe, 2o. en la liturgia y vida de la Iglesia, 3o. en los escritos de los Padres y Doctores de la Iglesia. c. 1 Símbolos de fe Símbolos de fe son ciertas fórmulas que compendian las principales verdades de ella. Los principales son: a) El Símbolo de los Apóstoles, que remonta a la edad apostólica. Es el Credo. b) El Símbolo de San Anastasio (Quicumque), que contiene una amplia declaración de los misterios de la Santísima Trinidad y la Encarnación. A los símbolos deben agregarse las Profesiones de Fe, que son también formulas en que se confiesan los dogmas y se condenan los errores contrarios. La principal es la ordenada por el Concilio de Trento. c.2 La liturgia y la vida de la Iglesia. La Tradición se halla también contenida en los ritos de la liturgia, que muchas veces son una confesión implícita de la fe. Así, el rito de difuntos es una confesión de la creencia en el Purgatorio, pues ni los bien aventurados necesitan ayuda, ni los condenados pueden recibirla. La Santa Misa es una confesión del dogma de la Redención, etc. Por otra parte, como enseña el Concilio Vaticano II (cfr. Const. dogm. Dei Verbum), Cristo quiso que su Revelación incluyera no sólo sus enseñanzas orales sino también su vida y sus obras. Y este

ejemplo suyo, continuado en la persona y ministerio de los Apóstoles y sus suceso res, plasmado en las instituciones y la vida y sentir del pueblo cristiano, forma también parte de la Tradición. El Concilio Vaticano II viene pues a decirnos que, en el fondo, la Tradición no es otra cosa que la misma Iglesia, que en su doctrina, en su vida y en su culto, perpetúa y trasmite a todas las generaciones todo lo que ella es y todo lo que Ella cree (cfr. Dei Verbum, n. 8). c.3 Padres y Doctores de la Iglesia a) Padres de la Iglesia son los escritores de la antigüedad cristiana (anteriores al siglo VII) que se distinguieron por la pureza de su fe y por su santidad. Llámanse Padres apostólicos a los que conocieron a los Apóstoles, como San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna, San Clemente Romano, etc. b) Doctores de la Iglesia son aquellos escritores que además de distinguirse por la pureza de su fe y la santidad, destacaron por su ciencia eminente. Los cuatro grandes doctores en la Iglesia griega son: San Atanasio, San Basilio, San Gregorio Nacianceno y San Juan Crisóstomo. Y los cuatro grandes doctores en la Iglesia latina son: San Ambrosio, San Jerónimo, San Agustín y San Gregorio Magno . Se distinguen también entre los doctores: San Bernardo, San Anselmo, San Buenaventura, San Isidoro de Sevilla, San Francisco de Sales, San Juan de la Cruz, San Alfonso María de Ligorio y sobre todo Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás de Aquino es quizá la mayor luminaria de la Iglesia. Sobresalió especialmente en Sagrada Teología. Su obra más conocida es la Suma Teológica. En muchos documentos los Papas han manifestado su voluntad de que la doctrina de Santo Tomás oriente la enseñanza católica. Sobre la legitimidad y valor de las diversas fuentes de la Tradición, le compete juzgar únicamente a la Iglesia Católica, que es Maestra de toda la verdad revelada, columna y fundamento de la verdad. En otras palabras, la Tradición es infalible sólo cuando está reconocida y sancionada por el Magisterio de la Iglesia. 2.4.3 El Magisterio de la Iglesia El oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios, oral o escrita, ha sido encomendado por Dios únicamente al Magisterio de la Iglesia. Ya hemos dicho cómo es el Magisterio quien sanciona la infalibilidad de una verdad contenida en la Tradición; ahora nos detendremos a hablar de su intervención respecto a la Biblia. a) La Iglesia depositaria de la Palabra de Dios Tres poderes corresponden a la Iglesia respecto a los libros sagrados: fijar su canon, determinar su sentido y velar por su integridad (cfr. Const. dogm. Dei Verbum, n. 10) lo. Fijar el canon de las Escrituras significa determinar qué libros se deben tener por revelados, y cuáles no. Canon significa aquí lista u orden de los libros revelados. Cristo, al dejar a su Iglesia la facultad de velar por su doctrina, tuvo que darle el poder de determinar en qué libros se hallaba esta doctrina. De otra suerte los fieles no hubieran sabido a qué atenerse en materia de tanta trascendencia. Es de advertir que en los primeros siglos muchos libros no revelados trataron de pasar por revelados. 2o. Determinar el sentido significa interpretar cuál es la verdadera manera de entenderla, especialmente en los pasajes obscuros y difíciles.

La Sagrada Escritura es un libro divino y misterioso, en el cual, como dice San Pedro, "Hay cosas difíciles de entender, cuyo sentido falsean los indoctos para su propia perdición" (II Pe. 3, 16). Habrá muchos seudoprofetas seguidos por muchedumbres dice el mismo apóstol (II Pe. 2, 1 y 2). 3o - Velar por su integridad quiere decir estar alerta, para que la Escritura no vaya a sufrir alteración o menoscabo. Sólo la Iglesia tiene este triple poder, porque sólo a ella confió Cristo el depósito de la fe, y le dio la misión de enseñar. b) Falsedad del libre examen El libre examen de la Escritura, doctrina fundamental del Protestantismo, consiste en admitir que cada uno "tiene derecho" de interpretar a su gusto la Sagrada Escritura. El libre examen no puede aceptarse, porque resultarían tantas doctrinas e Iglesias cuantas interpretaciones; y es evidente que Cristo no quiso fundar sino una sola Iglesia con una sola doctrina. Como consecuencia del libre examen el Protestantismo se halla dividido en innumerables sectas, que profesan doctrinas contradictorias. Otra prueba de que el libre examen conduce al error, es que los herejes de todos los tiempos han preferido defender sus errores con falsas interpretaciones de la Escritura. Así, en vista del peligro de interpretaciones subjetivas o heterodoxas, la Iglesia indica que las ediciones de la Sagrada Escritura "sólo pueden publicarse si son aprobadas por la Sede Apostólica o por la Conferencia Episcopal" (CIC, c. 825 & l), con notas aclaratorias necesarias y suficientes, porque son muchos los pasajes difíciles. 2.5 INMUTABILIDAD DEL "DEPOSITO" DE LA REVELACION La Revelación de Dios a los hombres tiene su culminación en Jesucristo. Ya no es un mensajero de Dios el que viene a revelar un aspecto del plan salvador: es Dios mismo el que, en su misma realidad personal, revela el Ser y el actuar divinos. "Dios últimamente nos ha hablado por medio de su Hijo" (Heb. 1, l). En Jesús culmina la Revelación, pues es la Palabra, el Verbo hecho carne (cfr. Jn. 1,14). Jesucristo, "con toda su presencia y manifestación, con sus palabras y obras, prodigios y milagros, y, ante todo, con su muerte y resurrección y, finalmente, enviando al Espíritu de verdad, culmina plenamente la Revelación" (Const, dogm. De¡ Verbum, n. 4). De lo anterior se desprende que con la muerte del último Apóstol -testigo ocular cualificado-, se cerró el contenido del depósito revelado por Dios. La Iglesia, que es depositaria de la Palabra de Dios que es inmutable, no puede quitar o añadir nada. Puede hablarse, sin embargo, de un progreso en el modo de explicar esas verdades. 2.5.1 Cierto progreso Todas las verdades enseñadas por Dios a los hombres están contenidas en la Escritura y en la Tradición. Pero no se han conocido y profundizado en toda su amplitud . De acuerdo con estas dos ideas precisemos en qué sentido se puede admitir el progreso del dogma católico, y en qué sentido no. Podemos sentar estos tres principios: lo. Con la muerte de los Apóstoles quedó terminada la Revelación; y después de ellos Dios no ha revelado ninguna verdad nueva.

En consecuencia, cuando la Iglesia define solemnemente un nuevo dogma, no establece una verdad nueva, no contenida en la Escritura y en la Tradición; sino que por el contrario declara que esta verdad está contenida en la Sagrada Escritura y en la Tradición; y que por lo mismo hay que admitirla. 2o. Los dogmas no pueden cambiar de sentido; pero sí pueden cambiar los términos en que son expresados. a) No pueden cambiar de sentido. Repugna que lo que la Iglesia aceptó ayer como verdadero, hoy lo rechace como falso; o el caso inverso. Ello equivaldría a negar la asistencia que Dios prometió. b) Pero sí sucede que los dogmas se pueden expresar con palabras más claras y precisas. Ejemplos: El dogma de la Santísima Trinidad se expresó al principio diciendo que Dios es Padre, Hijo y Espíritu Santo. Fue Tertuliano quien empleó por primera vez la fórmula que después quedó definitiva: En Dios hay Tres Personas y una sola es su Naturaleza. Desde un principio se admitió que por las palabras de la consagración el pan se cambia en el cuerpo de Cristo. Pero la palabra transubstanciación (cambio de una substancia a otra) la empleó por primera vez la Iglesia en el IV Concilio de Letrán (1215). En consecuencia el dogma es invariable, pero las explicaciones y términos de los teólogos pueden cambiar. La Iglesia sólo los acepta como la mejor manera de expresar por el momento el Dogma de que se trata. 3o. El progreso del Dogma consiste en que la Iglesia enseña de modo claro y explícito, verdades que estaban contenidas en la Escritura y en la Tradición de modo velado e implícito. Así el dogma de la infalibilidad del Papa estaba contenida en forma implícita y velada en las palabras: "Tú eres Pedro, y sobre ti edificaré mí Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16, 18). O en estas otras, dirigidas también a San Pedro: "He rogado por ti para que tu fe no perezca, y tú confirmado en ella confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 32). Y el Concilio Vaticano I definió el dogma de una manera precisa y explícita, precisando que el Papa es infalible cuando habla de dogma o de moral a toda la Iglesia en calidad de maestro supremo. No debe extrañarnos este progreso pues la Sagrada Escritura es un libro lleno de profunda y misteriosa sabiduría, de suerte que no entrega de una vez todas las verdades que contiene, sino a medida que se estudia y se reflexiona sobre ellas.

3. La Fe sobrenatural 3. LA FE SOBRENATURAL: CREO EN DIOS Tratamos ahora de la fe, inmediatamente después de haber hablado de la Revelación. Este orden perfectamente lógico: la fe es la respuesta o aceptación del hombre a todo aquello que Dios le ha revelado. 3.1.1 Noción general Fe en general es admitir por cierto lo que otro nos dice. Por ejemplo, cuando creo un hecho que me lo cuenta una persona que merece crédito. Así, lo que caracteriza a la fe es admitir una cosa porque otro la dice; o lo que es lo mismo, admitirla por el testimonio del otro. "Cuando Dios revela, se le debe la "obediencia de la fe" (Rom. 16, 26; cfr. Rom. 1, 5; Cor. lo, 5-6), por la que el hombre se entrega todo él con libertad a Dios, prestando el pleno homenaje de la inteligencia y de la voluntad a Dios revelador y dando voluntariamente su asentimiento a la revelación que El le hace" (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Dei Verbum, núm. 5). La fe se diferencia: a) de la opinión que no admite las cosas como ciertas, sino como simplemente probables. La fe no es mera opinión porque no da sólo probabilidad, sino certeza moral, de lo que se cree. Así se creen, por ejemplo, la casi totalidad de los hechos históricos, que no se conocen de visu, sino sólo por testimonio de otros. b) de la ciencia, que admite las cosas como ciertas, pero no porque otro las dice, sino Porque uno ve o comprende que son así. Por ejemplo, no admitimos que es de día o que dos y dos sean cuatro porque otro lo diga, si no porque vemos y comprendemos que es así. En la fe se admite la verdad con toda certeza, no por la evidencia de la verdad en sí, sino por la confianza de aquél que nos enseña la verdad. La fe se divide en divina y humana, según que admitamos: lo que Dios o el hombre nos enseñan. Hay muchas verdades de fe humana, porque son muchas las cosas que no podemos saber sino por el testimonio de otros; por ejemplo, quiénes son nuestros padres, dónde nacimos, y en general todo acontecimiento que no hemos presenciado personalmente. Recuérdese que el saber basado en el testimonio de otro es el más frecuente en la vida diaria; hasta en las mismas ciencias llamadas experimentales se aceptan verdades por un acto de confianza en el testimonio o autoridad de otros investigadores. 3.1.2 La fe es una virtud sobrenatural El Concilio Vaticano I define la fe como: "una virtud sobrenatural por la que, con la inspiración y ayuda de la gracia de Dios, creemos ser verdadero lo que por El ha sido revelado; no por la intrínseca verdad de las cosas percibidas por la luz natural de la razón, sino por la autoridad del mismo Dios que revela, el cual no puede engañarse ni engañarnos" (Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filias, c. 3, Dt. 1789). Elementos de la definición: a) La fe es una virtud sobrenatural, pues trasciende todo orden natural o humano, ya que Dios como hemos visto- nos habla a través de la Revelación que es sobrenatural. La fe, respuesta a esa Revelación, debe ser también sobrenatural.

b) Con ayuda de la gracia, pues esta virtud supera las capacidades puramente naturales del hombre. c) Creemos ser verdadero lo revelado; aceptamos esas verdades que constituyen lo que se llama objeto de la fe, es decir, el conjunto de todas las enseñanzas divinas. d) No creemos por la intrínseca verdad de las cosas, pues esa verdad no la captamos con nuestra mente en toda su profundidad, toda vez que rebasan las capacidades del intelecto creado. e) Creemos por la autoridad de Dios, que merece la más plena confianza, por encima de cualquier otro testigo cualificado o la suma de todos ellos: Dios siendo infinitamente sabio, no puede engañarse; y siendo infinitamente santo, no puede engañarnos. La autoridad de Dios es el motivo de la fe. 3.1.3 Diversas especies de fe Debemos distinguir entre fe divina y fe católica. a) Fe divina. Tiene lugar cuando la verdad que se cree ha sido revelada por Dios, pero no ha sido definida por la Iglesia. Por ejemplo, la infalibilidad del Papa antes del Concilio Vaticano I. b) Fe católica. Tiene lugar cuando la verdad ha sido revelada por Dios y definida solemnemente por la Iglesia. Por ejemplo la infalibilidad del Papa después del Concilio Vaticano I. En la fe debemos distinguir dos cosas: el hábito (virtud de la fe) que se nos infunde en el bautismo; y el acto de fe que se encuentra en el asentimiento que da nuestro entendimiento a la verdad revelada. Así, por ejemplo, al decir "Creo en Dios" hago un acto de fe que actualiza el hábito infuso de la fe. Conviene observar que los protestantes tienen una idea errada sobre la fe, pues para ellos la fe no es el asentimiento de nuestra mente sino la confianza de que los méritos de Cristo nos sean aplicados. Confunden pues la fe con la esperanza. 3.2 CARACTER RAZONABLE DE LA FE La fe es perfectamente racional, tanto en el motivo, como en el modo de inducirnos a creer. a) La fe es racional en el motivo. En efecto, para creer en un hombre le exigimos: 1) ciencia, esto es, que sepa lo que dice; 2) veracidad, que tenga la rectitud necesaria para no engañarnos. Pues bien estas dos condiciones que exigimos en el hombre las encontramos siempre en Dios y en un grado muy superior. Pues Dios jamás podrá engañarse ni engañarnos. b) La fe es también racional en el modo. En efecto, la fe no nos obliga a creer las verdades reveladas, sino después de estar seguros de que Dios en verdad las ha revelado. Si creyéramos una verdad como revelada por Dios, sin tener seguridad de que en verdad fue Dios quien la reveló, nuestra fe no tendría fundamento racional. Por eso Dios, antes de obligarnos a creer, nos prueba mediante el milagro y la profecía que es El quien en verdad ha revelado. 3.3 MOTIVOS DE CREDIBILIDAD

Se llaman motivos de credibilidad a los argumentos que prueban el origen divino de la Revelación. Se llaman motivos de credibilidad, porque hacen creíble o aceptable que la Revelación en verdad venga de Dios (cfr. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filias, c. 3, Dt. 1790). En efecto, siendo el milagro y la profecía obras exclusivas de Dios, cuando existen en favor de una doctrina, prueban con evidencia que ella viene de Dios. De otra suerte Dios mismo nos indujera al error. Los motivos de credibilidad son indispensables, porque Dios no puede obligar al hombre a creer las verdades de la fe, sin haberle probado primero que El en verdad las reveló. Los principales motivos de credibilidad son el milagro y la profecía, pues como sólo Dios puede efectuarlos, cuando se presentan en comprobación de una doctrina, prueban con evidencia que ésta viene de Dios. Hay también otros dos motivos que nos mueven a aceptar como divina, la revelación: a) La sabiduría excelentísima de la doctrina revelada que la hace inmensamente superior a todas las invenciones humanas; b) Su eminente santidad y su eficacia para levantar al hombre de sus flaquezas y errores. Diferencias entre los motivos de credibilidad y el motivo de fe: lo. Los motivos de credibilidad son múltiples (milagro, profecía, etc.); el motivo de la fe es único: la autoridad de Dios. 2o. Los motivos de credibilidad son anteriores al acto de fe; el motivo de la fe forma parte del mismo. En efecto, no creo (acto de fe), sino después de tener certeza por los milagros y por las profecías de que Dios ha revelado. 3o. Los motivos de credibilidad no obran en todos con la misma fuerza; a unos mueven más los milagros; a otros las profecías, a otros la sabiduría y santidad de la Religión cristiana para admitir la divinidad de la revelación. Por el contrario, el motivo de fe obra en todos con la misma eficacia; cada uno de los cristianos se dice: Dios ha revelado, luego debo creer. Los motivos de credibilidad los conocemos por conducto de la razón. Así la razón sirve de base y fundamento a nuestra fe. 3.4 EL ACTO DE FE El acto de fe es un acto de nuestro entendimiento, bajo el impulso de nuestra voluntad, movida por la gracia. lo. Es un acto del entendimiento, porque la fe nos enseña verdades, y la verdad es el objeto del entendimiento. 2o. Bajo el impulso de la voluntad, porque las verdades de la fe no se presentan con evidencia al entendimiento; y así éste no las admite si la voluntad no lo mueve a creer. Es cierto que los motivos de credibilidad (milagros) obran en nuestra voluntad para moverla a creer, pero sin hacerle violencia, ni forzar su libertad. Dios no ha querido dar una evidencia absoluta a las pruebas de la revelación, para conservar el mérito de fe. Por eso les infundió luz suficiente para ahuyentar toda duda prudente en los

entendimientos bien dispuestos; pero no les infundió una evidencia que obligara a creer a los entendimientos rebeldes. Por eso para creer se necesita una voluntad recta. Por eso también quien no vive la virtud de la santa pureza, y se deja llevar por el orgullo puede ser inducido fácilmente a la incredulidad. Así como el animal inmundo encenega el agua pura que bebe, así una voluntad viciada por la sensualidad y el orgullo se ensucia ella misma la fuente de la fe, límpida para otros. 3o. Movida por la gracia. La voluntad acepta la verdad de fe movida por la gracia, pues la fe es una virtud sobrenatural que rebasa con amplitud el ámbito de las fuerzas puramente naturales del hombre. Podemos decir por tanto -sin olvidar la ayuda de la gracia- que la inteligencia y la voluntad intervienen del siguiente modo: lo. juicio de credibilidad: es razonable creer 2o. juicio de crecentada: debo creer 3o. decisión de la voluntad: quiero creer 4o. asentimiento del intelecto: creo

3.5 RELACIONES ENTRE LA CIENCIA Y LA FE a) No puede haber oposición entre ellas Entre la ciencia y la fe no puede haber oposición porque la una y la otra vienen de Dios; y si hubiera oposición entre ellas, Dios se contradiría a sí mismo. Precisando los términos, debemos decir que no puede haber contradicción entre una verdad científica y una verdad religiosa. 1) Por verdad científica se entiende una verdad comprobada con absoluta certeza por la ciencia; no una simple hipótesis o teoría de un sabio, por autorizado que sea. 2) Por verdad religiosa se entiende una verdad propuesta por la Iglesia como obligatoria a nuestra creencia; no la opinión de un teólogo por autorizado que sea. Cuando se advierte una contradicción entre la ciencia y la fe, hemos de juzgar que se trata de una contradicción aparente, que existe: lo. O entre una opinión teológico y una hipótesis científica, y en este caso ni la primera es verdad religiosa, ni la segunda verdad científica. 2o. O entre una verdad religiosa y una hipótesis científica no demostrada, por ejemplo, entre el dogma de la creación y la hipótesis transformista que enseña que el hombre viene del mono. 3o. O por fin, entre una opinión teológico y una verdad científica demostrada, por ejemplo, entre la opinión de algunos teólogos que interpretaban los días de la creación como días naturales de veinticuatro horas, y la verdad científica de que el mundo necesitó largos siglos para su formación. Pero podemos tener seguridad absoluta de que nunca una verdad de fe estará en contradicción real

con una verdad científica, porque la verdad no puede contradecirse a sí misma. El Concilio Vaticano I afirma que "aunque la fe esté por encima de la razón, sin embargo, ninguna verdadera disensión puede jamás darse entre la fe y la razón, como quiera que el mismo Dios que revela los misterios e infunde la fe, puso dentro del alma humana la luz de la razón, y Dios no puede negarse a sí mismo ni la verdad contradecir jamás a la verdad" (Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filias, c. 4, Dt. 1,797). b) Se ayudan mutuamente La fe no es enemiga de la ciencia ni le teme a la ciencia, sino a la ignorancia. Es una gran verdad lo que dijo un pensador: "Si la poca ciencia aparta de Dios alguna vez, la mucha ciencia conduce siempre a El" (Bacon). lo. La fe es útil a la ciencia, especialmente en tres sentidos: a) le da, firmeza, haciéndola conocer con certidumbre muchas verdades de capital importancia, que la razón sólo conoce de modo incierto. b) La preserva de error, impidiéndole tomar por caminos extraviados. c) La ilustra, manifestándole muchas verdades que la razón sola nunca pudiera conocer. La fe es como un poderoso telescopio que aumenta poderosamente el alcance de la razón. 2o. La ciencia ayuda a la fe: a) en cuanto la razón es la que demuestra los motivos de credibilidad. b) Y las ciencias son auxiliar eficaz e indispensable en el estudio de las verdades de la fe. Es interesante resaltar el llamado que hace la Conferencia de Puebla: "A los científicos, técnicos y forjadores de la sociedad tecnológica, para que aliente el espíritu científico con amor a la verdad ( ); para que eviten los efectos negativos de una sociedad hedonista y la tentación tecnocrática ( ) Exhortamos a todos los pensadores conscientes del valor de la sabiduría ( ) a que tengan en cuenta la gran afirmación de la Gaudium et Spes: "El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría (n. 15)" (Puebla, 1979, n. 1240).

4. La naturaleza de Dios y Su obra 4. LA NATURALEZA DE DIOS Y SU OBRAR 4.1 LA NATURALEZA DE DIOS 4.1.1 Cómo podemos conocerlo Podemos conocer a Dios por la razón y por la revelación. En este capítulo se estudian aquellas realidades de la naturaleza divina susceptibles de ser alcanzadas por la razón. A partir del capítulo siguiente el principal apoyo en los desarrollos explicativos será el conocimiento a través de la Revelación. La razón nos da a conocer la naturaleza de Dios de dos modos: a) Por acción, atribuyéndole todas las perfecciones que encontramos en las criaturas, y todas las que podamos concebir. b) Por remoción, removiendo de El todo cuanto las criaturas tienen de limitado e imperfecto. Esta forma de conocer se llama analógica, es decir, según un grado de semejanza (Dios es bueno ya que vemos que las criaturas son buenas) y otro de desemejanza (Dios no es bueno del mismo modo ni en el mismo grado de las criaturas). A la analogía se sigue la eminencia: Dios es bueno, pero bueno infinitamente. Así, pues, para el conocimiento racional de la naturaleza divina el punto de partida es la naturaleza de las criaturas y en particular la naturaleza humana: las perfecciones que ésta posee las trasladamos por analogía a la naturaleza divina, elevadas al infinito. Y así, podemos atribuir a Dios la inteligencia, el poder, la bondad, la ciencia, la belleza, etc. Esta forma de proceder se apoya en un clarísimo texto de San Pablo (Rom. 1, 20-2 1): ". . . las perfecciones invisibles de Dios, su poder eterno y su divinidad, se han hecho visibles después de la creación del mundo, por el conocimiento que de ellas nos dan las criaturas". 4.1.2 Definición de Dios Podemos definir a Dios diciendo que es: un espíritu infinitamente perfecto que existe por sí mismo, y de quien todos los demás seres reciben la existencia. Se dice: a) Espíritu, esto es un ser inmaterial, dotado de entendimiento y voluntad como nuestra alma, aunque infinitamente más perfecto. b) Infinitamente perfecto, porque tiene todas las perfecciones posibles en grado sumo e ilimitado. c) Que existe por sí mismo, porque no ha recibido de nadie la existencia. d) Y de quien todos los demás seres reciben la existencia. El es el creador de todos los seres; y en cambio El no ha sido hecho por nadie, pues es el Ser necesario que existe desde toda la eternidad. 4.1.3 Diferencias entre Dios y la criatura Las criaturas no poseen su ser por necesidad de naturaleza; de hecho, hubo un momento en que no fueron y, aunque actualmente son, pudieron no haber sido. Tienen el ser recibido de otro (en último término de Dios), según el grado y los limites de su propia naturaleza. Dios en cambio, existe por sí mismo con necesidad absoluta; es el Ser sin limitación. Todo aquello que es algo -bondad,

sabiduría, poder, bello- se encuentra en El, y no de cualquier modo sino en grado infinito. 4.2 LA ESENCIA DE DIOS Así como para el hombre el concepto de animal racional define su naturaleza y sirve para deducir sus otras perfecciones (ser libre, poder adquirir virtudes, etc.), nos planteamos ahora si habrá en Dios una cualidad que sea la primera y de la que se deriven todas las demás. Esa cualidad no podrá ser limitada, pues Dios es causa de infinitas perfecciones. Por tanto, tendrá que definirse a partir de aquello más primario y común de todo ser: y esta cualidad es precisamente, que t son", que tiene ser. Dios "es", pero no por tener el ser recibido como las criaturas, sino que "es" por esencia, con imposibilidad radical de no ser - Ya Platón había vislumbrado que el Ser divino tenía que bastarse a sí mismo; Dios no "tiene" su ser como nosotros, sino que "es" su ser. Aristóteles demostró claramente la necesidad de un Ser que es su ser. Este razonamiento filosófico, que se desarrolla en la 3a. vía de Santo Tomás, encuentra una confirmación en la Revelación que Dios hace de su Naturaleza: Moisés preguntó a Dios: "¿Cuál es tu nombre? ¿Quién diré que me envía? Dijo Dios a Moisés: Yo soy el que es (Ego Zum qui zum). Esto dirás al pueblo: El que "es" (Yahwéh) me envía a vosotros" (Éxodo 3, 14). 4.3 ATRIBUTOS DE LA ESENCIA DIVINA Atributos divinos son las diversas perfecciones que distinguimos en Dios; como su Sabiduría, su Bondad, etc. Estas perfecciones no son realmente distintas en Dios; y así su Sabiduría no difiere realmente de su Bondad, ni ambas de la esencia divina, porque Dios es Simplicísimo. Sin embargo, las llamamos diversas, porque no pudiendo nuestro entendimiento abarcar de una mirada el cúmulo de infinitas perfecciones de Dios, se ve obligado a distinguirlas para poderlas estudiar. La Esencia divina es Única, Simple, Infinita, Inmutable, Eterna e Inmensa. a) Unidad Dios es único, esto es, no puede haber sino un solo Dios, porque la esencia divina es incomunicable. Esta verdad consta de muchos lugares de la Sagrada Escritura. Basta citar el primer mandamiento de la ley: "Yo soy el Señor tu Dios; no tendrás otros dioses delante de Mí" (Éxodo 20, 2). Los símbolos de la fe comienzan diciendo: "Creo en un solo Dios". Concebimos a Dios como Ser Infinito, esto es, que tiene todas las perfecciones. Si hubiera varios dioses el uno no tendría las perfecciones de los otros, y así ninguno sería Dios. En otras palabras, es imposible que existan dos seres infinitos. Se llama idolatría el error que consiste en admitir y adorar varios dioses. Las causas principales de la idolatría son: 1. La ignorancia y debilidad del entendimiento humano que toma como dioses las manifestaciones de Dios en la naturaleza. Especialmente aquellos que le causan admiración o temor, como el sol, el rayo, etc.; o que tienen relación más directa con la vida y felicidad del hombre, como el fuego, el agua, la paz, etc. 2. La malicia del demonio que se hace adorar como Dios y lleva a los hombres a adorar los mismos vicios.

Es deber de todo buen cristiano trabajar con la oración y la limosna por la conversión de los infieles. b) Simplicidad Dios es simple, esto es, no compuesto de partes. La Simplicidad de Dios implica que Dios no tiene cuerpo, ni cualidades sensibles, ni partes de ninguna especie. San Juan nos enseña que "Dios es un espíritu". Y en otro lugar que "nadie vio a Dios ni lo puede ver" (Jn. 4, 24; Jn. 1, 18). En Dios no puede haber partes, porque todo ser compuesto es posterior a las partes que lo componen. Dios no puede ser posterior a ningún ser, porque es la causa de todos. Luego no puede constar de partes. Ejemplos de que todo ser compuesto es posterior a sus partes: en una casa los ladrillos, piedras, maderas, etc., existen antes que la casa. Primero existen el hombre y el caballo; y entre los dos forman el jinete, etc. Cuando la Sagrada Escritura nos habla de los ojos y manos de Dios, etc., emplea un lenguaje figurado para darnos a entender mejor sus perfecciones y sus obras. Así para significamos que Dios todo lo sabe, nos dice que. "En todo lugar los ojos de Dios contemplan a los buenos y a los malos" (Prov. 15, 3). E Isaías pinta con estas grandiosas figuras el poder de Dios: "¿Quién es aquél que ha metido las aguas del océano en el cuenco de su mano, y sostiene con sólo tres dedos la mole del universo?" (Is 40, 12). c) Infinidad Dios es Infinito, esto es, tiene todas las perfecciones en grado sumo e ilimitado. La Escritura nos enseña que Dios es la misma sabiduría, "el solo Poderoso ", "el solo bueno ", "el que da a todas las cosas vida y movimiento"; en una palabra, que tiene todas las perfecciones en sumo grado. La razón nos demuestra que Dios es Infinito, porque de no serio podría recibir Más Perfecciones. Dependería entonces de aquél que se las diera, y, por tal motivo, no sería Dios. La consideración de la infinita grandeza de Dios, unida al reconocimiento de nuestra miseria y pequeñez, debe humillarnos profundamente ante El. Este es el sólido fundamento de la humildad cristiana. d) Inmutabilidad La inmutabilidad de Dios consiste en que Dios no está sujeto a cambio ni en su Ser, ni en sus designios. Así leemos en Santiago: "Dios, en quien no cabe mudanza ni sombra de variación". (1, 17). Y en Malaquías: "Yo soy el Señor y no cambio" (3, 6). Pruebas de razón: a) Dios no cambia en su Ser, porque ni puede adquirir nada nuevo, ni perder nada de lo que tiene, pues ya no sería infinito. b) Dios no cambia en los propósitos de su Voluntad, porque todo lo que sucede El lo tenía previsto y determinado desde la eternidad. Cuando se dice en la Escritura que "Dios se arrepintió de haber creado al hombre", es un modo de hablar figurado, porque en realidad Dios no puede mudar ni arrepentirse (cfr. Gen. VI, 7). Mudar o arrepentirse es cambiarse designios; Y el cambio de designios importa el conocimiento de cosas que antes se ignoraban. Pero Dios desde toda la eternidad todo lo sabe. La Sagrada Escritura quiere significar simplemente la indignación Dios ante la maldad del hombre. e) Eternidad

Consiste en que Dios no ha tenido principio ni puede tener fin. "Tú, oh Dios, eres desde toda eternidad y por toda la eternidad", dice David (Ps. 89, 2). Prueba de razón: Dios es eterno porque es el Ser necesario que lleva en sí la razón de su existencia, y no Puede no existir. En consecuencia, para Dios no hay pasado ni futuro, sino que todas las cosas están en un eterno presente ante sus ojos. Siendo Dios Acto Puro no cabe en Él la sucesión de tiempos y acontecimientos, como no cabe la adquisición de nuevas perfecciones. Todo lo abarca de una sola mirada y "mil años son para El como un día" (Ps. 89, 4). Siendo Dios Eterno e Inmutable debemos unirnos a El por ser lo único que permanecerá para siempre. El más funesto engaño de los hombres es cuidar únicamente de lo que pronto desaparece y olvidarse de asegurar lo eterno. f) Inmensidad. Presencia de Dios La Inmensidad de Dios consiste en que está en todo lugar y en todas las cosas: y esto de tres modos: a) Por esencia, en cuanto les comunica ser y actividad. b) Por presencia, en cuanto está en todos los lugares presenciando lo que pasa en ellos. c) Por potencia, en cuanto conduce todas las cosas al fin que les ha señalado. No está lejos de cada uno de nosotros, sino que, "en El vivimos, nos movemos y somos" (Hechos 18, 27). Dios es Inmenso porque como causa universal de todas las criaturas, debe obrar en ellas para crearlas, conservarlas y gobernarlas, pues ningún ser puede obrar donde no existe. Pero Dios no está limitado ni contenido en ningún lugar, aun cuando está en todos los lugares. Por eso decía Salomón hablando del Templo: "Si el cielo y los cielos no pueden contenerte, cuánto menos esta casa que he levantado" (III Re. 8, 27). La presencia de Dios debe movernos a evitar todo cuanto pueda ofenderlo y a hacer todas nuestras obras dignas de sus divinos ojos. La Escritura atribuye el pecado al olvido de Dios: "El impío no tiene a Dios ante sus ojos, por eso su proceder es siempre perverso"; y nos muestra la virtud como fruto del pensamiento de su presencia. "Anda delante de mí, y serás perfecto" (Gen. 17, l). Es también muy expresivo y digno de ser meditado este consejo que daba Tobías a su hijo: " Ten a Dios en tu mente todos los días de tu vida, y guárdate de consentir en el pecado " (Job. 4, 6). "Los hijos... ¡Cómo Procuran comportarse dignamente cuando están delante de sus padres! Y los hijos de Reyes, delante de su padre el Rey, ¡cómo Procuran guardan la dignidad de la realeza! Y tú. . . ¿no sabes que estás siempre delante del Gran Rey, tu Padre Dios?" (Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 265).

4.4 EL ENTENDIMIENTO DIVINO Como nosotros observamos que el hombre posee inteligencia, hemos de afirmar esta perfección de Dios, en grado eminente: "Dios es infinito en su entendimiento, en su voluntad y en toda

perfección" (Concilio Vaticano 1, Dt. 1782.) Dios, pues, posee una inteligencia infinita. Las propiedades de la inteligencia divina son: a) perfecta e inmediata: la inteligencia divina no necesita pasar por la trama de los hechos, a través del tejido de relaciones y de la multitud de estratos y entrecruces: no necesita encontrar la solución de un problema para pasar a otro. A los ojos de Dios se halla patente toda la realidad en toda su cognoscibilidad, hasta en sus más profundas complejidades: " Todas las cosas están descubiertas a sus ojos"(Heb. 4, 13). b) comprensiva e inmutable: el conocimiento divino no es pasajero ni superficial; no se detiene en los aspectos pasajeros de las cosas. Tampoco puede aumentarse o enriquecerse, ni se halla sometido al peligro de disminuir o desaparecer. No existen en Dios los oscuros estratos del subconsciente, sino que conoce todo en un estado de conciencia despierta y clarísima. c) universal: el espíritu humano elige los objetos de su conocimiento, pasando por alto otros o relegándolos a un segundo plano. El conocimiento divino ni selecciona ni queda reducido a una simple vista parcial: es universal y absoluto, lo mismo que su Ser. 4.4.1 Conocimiento divino y Libertad humana ¿Cómo se concilia el conocimiento divino con la libertad humana? ¿Un acto que Dios ha previsto desde toda eternidad no se realiza necesariamente? Entonces ¿cómo puede ser libre? Daremos dos respuestas a esta importante cuestión: 1a. Nos constan de modo cierto, las dos verdades, a saber, que Dios todo lo sabe, y que el hombre es libre. Si no vemos cómo se concilian entre sí, no tenemos derecho a negar ninguna de las dos; tan sólo debemos reconocer la flaqueza de nuestro entendimiento. 2a. Las cosas que Dios prevé (o mejor dicho ve) desde toda eternidad, sucederán infaliblemente, pero de acuerdo con la naturaleza de cada criatura; esto es necesariamente en las criaturas irracionales, y libremente en las criaturas libres. No fuera Dios Sabio si un suceso que debe ser libre de acuerdo con la naturaleza de la criatura, se tornara fatalmente necesario únicamente porque El lo conoce de antemano. Explicación: Las cosas que Dios prevé, sucederán infaliblemente porque la ciencia de Dios no puede fallar; pero sucederán de acuerdo con la naturaleza del ser. Así el sol y la tierra, que no tienen libertad, obedecen necesariamente las previsiones u órdenes de Dios. Pero el hombre como ser libre, debe realizarlas libremente. Si un suceso libre de acuerdo con la naturaleza del ser, se tornara necesario únicamente porque Dios lo conoce, tendríamos esta contradicción: Dios al mismo tiempo hizo al hombre y no lo hizo libre. Lo hizo libre porque le dio la libertad. No lo hace libre, porque al ver de antemano lo que hará, le quita la libertad. Semejante contradicción no puede encontrarse en Dios. 4.4.2 La predestinación ¿Cómo contestar la tan conocida objeción: Si Dios tiene previsto que me he de condenar, me

condenaré, sea que obre bien o que obre mal; y si Dios tiene previsto que me he de salvar, me salvaré, sea que obre bien o que obre mal? Luego, ¿es inútil obrar el bien? Se puede contestar de tres maneras: indirectamente, retorciendo el argumento; directamente, mostrando que es contradictoria; y por la exposición de la doctrina católica. lo. Indirectamente, esto es, volviendo al argumento contra el que me lo hace: El argumento citado prueba tanto como este otro: Si Dios ha previsto que me he de morir de hambre, me moriré de hambre sea que coma o que no coma. Luego no debo comer. ¿Quién no ve que este argumento es falso? 2o. Directamente, haciendo ver que es contradictoria. Esta objeción se basa en una contradicción evidente: en efecto, si Dios ha previsto que he de salvarme, por lo mismo ha previsto también que obraré bien. Igualmente si previó que habría dé condenarme, por lo Mismo tuvo que prever que obraría mal. Pero es un absurdo suponer que Dios haya previsto que se condene el que obra bien, o que se salve el que obra mal. Esto iría directamente contra su sabiduría y su justicia. 3o. Exponiendo la doctrina. Dios me ha dado libertad para obrar. Mi salvación o mi condenación dependen del uso bueno o malo que yo haga de mi 1ibertad. Pero este uso no deja de ser 1ibre por ser conocido de Dios.

4.5 LA VOLUNTAD DIVINA Al ser la voluntad una de las perfecciones de la naturaleza humana, hemos de afirmarla -por la vía de analogía y eminencia- de la naturaleza divina. Es de fe que en Dios existe una Voluntad infinitamente perfecta (cfr. Conc. Vat. 1, Dt. 1782). La voluntad es la facultad espiritual e inmanente, que sigue al conocer, y con la cual la persona humana, angélica o divina- adquiere algo o alguien. En Dios -Ser simplísimo-, su obrar se identifica con su esencia, y Por eso -como hemos dicho- hay una identidad entre su Inteligencia, su Voluntad y su mismo Ser. Es importante no perder de vista esta importante precisión, para evitar el peligro de hablar o pensar de la divinidad antropomórficamente. De esta identificación de la Voluntad con el Ser de Dios, brotan sus propiedades fundamentales: simple, inmutable y eterna omnipotente, buena y justa. a) Es simple, porque está exenta de todo lazo interno o externo de dependencia, y en ella no hay sucesión de actos: su volición es única, aunque los efectos sean múltiples en la esfera de lo extradivino. De aquí se sigue que no pueda haber contradicción en las consecuencias del querer de Dios. b) Es inmutable y eterna, pues se identifica con el Ser divino. No obstante la diversidad de objetos del querer divino que se desarrolla en la sucesión del tiempo, el querer divino que ordena toda esa diversidad está siempre inmutable desde toda la eternidad sin sufrir cambio alguno. Esta inmutabilidad comporta, sin embargo, una diferencia esencial con el fatalismo, que dice estar sometido todo a un destino ciego y necesario, sin tener en cuenta para nada la actividad humana. La doctrina católica no excluye la Providencia divina ni el juego de la libertad humana; no impone a todos los seres la necesidad de obrar, sino que predispone las causas necesarias para la producción de efectos necesarios, y las contingentes o libres para la producción de efectos no necesarios. c) Es omnipotente. La Omnipotencia de Dios consiste en que con solo su Voluntad puede hacer todo cuanto quiere.

Dice la Sagrada Escritura: " Todo cuanto quiso el Señor lo hizo en el cielo, en la tierra y en los abismos" (Ps. 134, 6). La razón nos certifica la Omnipotencia de Dios, porque es Infinito. Si su poder fuera limitado, Dios no sería Infinito, y dejaría de ser Dios. Advertencias: a) La Voluntad de Dios está como la nuestra, dotada de libertad. Pero la Libertad de Dios es infinitamente perfecta, y así no está sometida a las imperfecciones y deficiencias de la libertad humana, la mayor de las cuales es poder pecar, esto es, elegir el mal. Dios, como perfectísimo que es, es impecable. b) Dios no puede morir, porque el poder morir, lejos de ser una perfección de la voluntad, es una grave deficiencia y limitación del poder. c) Dios no puede hacer un círculo cuadrado, porque esto es una cosa absurda, que envuelve contradicción en sí misma, y que ni siquiera podemos concebir. La Omnipotencia divina debe movernos a poner en Dios toda nuestra confianza. "No confiéis, dice la Escritura, en los hombres, porque vuestra salvación no está en manos de ellos. Dichoso el que pone su esperanza en Dios" (Ps. 117, 9, 145, 2; Jer. 17, 5, 7). d) Buena y justa La Bondad es un atributo que mueve a Dios a amarse a Sí mismo, y en sí a todas las criaturas y a colmarlas de beneficios. Todas las páginas de la Sagrada Escritura están llenas de testimonios de la infinita bondad de Dios para con sus criaturas, especialmente con el hombre. Hasta tal punto la bondad existe en Dios, que el mismo Salvador nos la señala como atributo exclusivo de El: "Nadie es bueno sino sólo Dios" (Lc. 18, 19). La bondad reviste en Dios de diversas formas, y según ellas, toma nombres diferentes. Se llama: a) Amor cuando es un afecto de su voluntad lo inclina a buscar nuestro bien; b) liberalidad cuando se manifiesta por obras y beneficios; c)gracia cuando no dispensa auxilios sobrenaturales; d) ternura o compasión cuando se compadece de nuestras necesidades; e)paciencia y mansedumbre cuando tolera a los malos y se demora en castigarlos; f) misericordia o clemencia cuando perdona nuestros pecados. Para corresponder a la infinita bondad de Dios, debemos: a) agradecer sus beneficios y pagarle Amor con amor; b) pedirle confiadamente las gracias necesarias y el perdón de nuestras culpas. Inmensa diferencia existe entre el Dios verdadero y los dioses del paganismo, entre la religión cristiana y las falsas religiones. Estas, aún en los pueblos más civilizados, están llenas de ignominia. Los dioses eran mentirosos, crueles, vengativos, lujuriosos y llenos de todos los defectos. Muchas veces llegaron a ser la personificación de los vicios; así entre los griegos y romanos, Venus era la diosa de la impureza, Baco de la embriaguez, Mercurio del hurto, Némesis de la venganza, etc.; y el modo de honrarlos, era imitarlos y entregarse a los más abominables excesos. ¡Qué distinto se muestra nuestro Dios! El es espejo purísimo de santidad; aborrece todo mal, ya sea el error, que es el mal del entendimiento, ya el vicio, que es el mal de la voluntad . Es modelo de todas las virtudes; y todos deben imitar su Santidad si quieren gozar de El, porque a su cielo nada entra manchado. En fin, ha dejado a su Iglesia numerosos medios de expiación y santificación que todos podemos y debemos aprovechar para nuestro perfeccionamiento. De la excelsa bondad divina se sigue que Dios es infinitamente justo. La justicia de Dios consiste en que "retribuye a cada cual según sus obras", premiando al bueno y castigando al malo (cfr. Prov. 2, 14).

Al hablar de la Providencia explicaremos por qué Dios permite en el mundo los males y el pecado.

5. La Santísima Trinidad 5.1 EL MISTERIO DE LA TRINIDAD DE PERSONAS EN LA UNIDAD DE DIOS 5. 1.1 El misterio "Es necesario que el misterio del Hijo de Dios hecho hombre y el misterio de la Santísima Trinidad, que forman parte de las verdades principales de la Revelación, iluminen con la pureza de la verdad la vida de los cristianos- (S.C. para la Doctrina de la Fe, Decl. Para defender la fe contra algunos errores actuales acerca de los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad, 21-11-1972 AAS 64 [19721, pp. 237-246, n. 1). El misterio de la Santísima Trinidad nos enseña que en Dios hay Tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo; pero que las tres tienen una misma Naturaleza divina, y en consecuencia son un solo Dios. Este misterio es un dogma de fe definido: cfr. Dt. 39, 54, 86, 703, etc. Las palabras "naturaleza" y "persona", no se toman aquí en el sentido corriente de los términos, sino de acuerdo con el lenguaje filosófico, que es más preciso. La naturaleza o esencia de los seres es aquello que hace que las cosas sean lo que son; el principio que las capacita para actuar como tal (por ejemplo, la naturaleza del hombre es ser animal racional compuesto de alma y cuerpo), La persona, en cambio, es el sujeto que actúa (por ejemplo un hombre concreto con un nombre: Pancho Tiznado Téllez, que actúa de acuerdo a su naturaleza: piensa, quiere, trabaja, etc.). Así es claro que en cada hombre hay una sola naturaleza y una sola persona. En Dios, en cambio, no ocurre así: una sola Naturaleza sustenta a una Trinidad de Personas. 5.1.2 Revelación del misterio. En el Antiguo Testamento hay varias alusiones a este misterio; pero Dios no quiso enseñarlo de modo claro, quizá porque los judíos, propensos a la idolatría hubieran tomado por tres dioses a las tres Personas divinas. En el Nuevo Testamento se nos enseña de manera precisa. Veamos dos textos en que se nombran las tres divinas personas: El primero relata el bautismo de Cristo. El Padre dejó oír su voz desde el cielo: "Este es mi Hijo muy amado; escuchadle-. El Hijo era bautizado por San Juan. Y el Espíritu Santo descendió en forma de paloma (cfr. Mt. 3, 17). El segundo nos muestra a Cristo cuando mandó a los Apóstoles a la conversión del mundo. "Id, les dijo, y enseñad a toda la gente, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28, 19).

La fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar la sustancia. Porque una es la persona del Padre, otra la del Hijo y otra la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una sola divinidad, les corresponde gloria igual y contorno majestad (Símbolo de S. Atanasio o Quicumque). 5.1.3 Errores Los principales son de dos clases: a) Unos, queriendo asegurar mejor la unidad de naturaleza de Dios, negaron la trinidad de Personas, afirmando que las tres divinas Personas eran tan sólo tres diversos modos de concebir a Dios. Entre éstos está Sabelio. b) Otros, queriendo asegurar mejor la diferencia de personas, llegaron a negarla igualdad de Naturaleza. Por ejemplo, Atrio que negó la divinidad de Cristo, asegurando que era de diferente naturaleza que el Padre; y Macedonio que negó la divinidad del Espíritu Santo.

Sabelio fue excomulgado por el Papa Calixto I; y Atrio y Macedonio condenados por el Concilio de Nicea y I de Constantinopla. 5.2 NATURALEZA DEL MISTERIO A ninguna inteligencia creada o creable le es posible comprender el misterio de la Santísima Trinidad. El esfuerzo racional de los teólogos -y principalmente de S. Tomás de Aquino- ha tratado de ilustrarlo a partir de los datos revelados: tarea que emprendemos a continuación. 5.2.1 Distinción de las personas Las tres divinas personas no se distinguen ni por su Naturaleza, ni por sus perfecciones, ni por sus obras exteriores. Se distinguen únicamente por su origen. lo. No se distinguen: a) Por su Naturaleza, porque tienen una Naturaleza común, la Naturaleza divina. Así no son tres dioses, sino un solo Dios. b) Ni por sus perfecciones, porque éstas se identifican con la Naturaleza divina. Así ninguna de las tres Personas es más sabia o poderosa, sino que todas tienen infinita sabiduría y poder; ni la una es anterior a las otras, sino que todas son igualmente eternas. c) Ni por sus obras exteriores; porque teniendo las tres la misma Omnipotencia, lo que obre una respecto a la criatura, lo obran las otras dos. 2o. Se distinguen únicamente por su origen, porque el Padre no proviene de ninguna persona; el Hijo es engendrado por el Padre; y el Espíritu Santo procede a la vez del Padre y del Hijo. Esto es lo que impide que una Persona se confunda con las otras. a) Procesiones Es inútil buscar en el mundo físico un equivalente a este misterio; pues tal verdad sobrepasa el limite de lo creado. Es posible, sin embargo, alcanzar una cierta profundización en esta verdad gracias a la Revelación. Así, con respecto a la Primera y a la Segunda Personas divinas hallamos, por una parte, el empleo de términos relativos: Padre-Hijo (cfr. Jn. 1, 18-1 14, 13; Gal. 4, 4); y por otra parte, que el Hijo es el Verbo del Padre: la Palabra interior con que se expresa totalmente a Sí mismo (cfr. Jn. 1, l). De la Tercera Persona se nos dice que procede del Padre y del Hijo (cfr. Jn. 15, 26). A partir de estos datos revelados, y basándose en la analogía de las potencias espirituales del hombre (inteligencia y voluntad), los teólogos han ilustrado -no explicado- este misterio. Las Procesiones (de procedencia) lo ilustran de algún modo. a.1 El Padre no proviene de ninguna otra Persona. a.2 El Hijo es engendrado Por el Padre por vía de entendimiento. Cuando la inteligencia humana conoce una cosa -por ejemplo una silla- forma de ella un concepto, también llamado palabra interior o verbo. La inteligencia" divina se comportará analógicamente: de aquello que conoce en primer lugar -la misma esencia de Dios- forma un concepto, o verbo. La idea o concepto concebida tiene, en el hombre, dos características: es distinta de la cosa conocida (la idea de silla no es la silla misma), y es, tan sólo, un imperfecto reflejo de ella (la inteligencia no es capaz de penetrar todo el ser de la cosa). Pero cuando concibe la Inteligencia Suma -al conocerse a Sí mismo-, esa idea será perfecta: el término de ese acto intelectivo perfectísimo es una Idea perfectísima. Además, por ser Dios absolutamente simple, la Idea eterna no se distingue en realidad de la Naturaleza divina. Esta Idea perfecta de la esencia divina subsiste a su vez como distinta; y, en este insondable

misterio, la Persona que, conociéndose concibe el Verbo, es Dios Padre; la Persona engendrada o concebida por el Padre (Palabra eterna de Dios, el Verbo, Imagen perfecta M Padre), es el Hijo (cfr. San Agustín, De Trinitate, 9; Santo Tomás, S. Th. 1, q. 34, a. l). a.3 El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo por vía de Voluntad y Amor. Para la procedencia de la Tercera persona se toma como punto de referencia la otra operación del alma humana: la voluntad libre. El estudio de sus operaciones dará la clave para ilustrar la procesión del Espíritu Santo: Dios Padre, al conocer eternamente su Verbo, eternamente lo ama, lo mismo sucede en la relación amorosa del Hijo al Padre. Este nexo de Amor infinito y perfectísimo da lugar a una Persona divina subsistente, que es el Espíritu Santo. Advertimos también que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como de un solo principio. Focio, patriarca de Constantinopla, fue condenado por enseñar que el Espíritu Santo procedía solamente del Padre. b) Nombres de las Tres Divinas Personas 1a. La primera Persona se llama Padre, porque ha engendrado a la segunda Persona, que es Hijo suyo por naturaleza desde toda la eternidad. Jesucristo es el único Hijo de Dios por naturaleza, puesto que nosotros sólo lo somos por adopción. 2a. La segunda Persona de la Santísima Trinidad se llama: a) Hijo, porque es engendrada por el Padre, y posee su Naturaleza. b) Verbo, esto es, palabra de Dios, porque así como el verbo o palabra es fruto del humano entendimiento, así el Verbo es fruto del entendimiento del Padre. 3a. La tercera persona se llama Espíritu, que expresa aspiración o impulso de amor, porque procede del Padre y del Hijo por vía de la Voluntad y de Amor. Se agrega Santo, porque a él se atribuye de modo especial la santidad. c) Unidad de Naturaleza Las tres divinas Personas tienen una misma Naturaleza divina. En consecuencia: lo. No son tres dioses, sino un solo Dios. 2o. Todas las tres divinas Personas son igualmente perfectas puesto que tienen una misma Naturaleza común. 3o. Siendo un solo Dios, debe también decirse que hay un solo Omnipotente, un solo Eterno y un solo Señor.

5.3 ACTIVIDAD DE LAS DIVINAS PERSONAS 5.3.1 Actividad interna y externa La actividad de Dios es interna (ab intra), si se refiere a las divinas Personas entre Sí, y externa (ad extra), si se refiere a las criaturas. 1o. La actividad interna de Dios es propia de cada una de las divinas Personas, porque se basa en sus relaciones de origen, que son propias de cada persona. Así sólo el Padre no procede de otra Persona; sólo el Hijo es engendrado por el Padre; y sólo el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo. Estas tres relaciones, fruto de la actividad interna de Dios, han recibido el nombre de paternidad,

filiación y espiración. La paternidad es la relación del Padre al Hijo. La filiación, la relación del Hijo al Padre. La espiración, la relación del Padre y del Hijo al Espíritu Santo. 2o. La actividad externa de Dios es común a las tres divinas Personas, y así todo lo que hace una de ellas para con las criaturas, lo hacen también las otras dos. 5.3.2 Atribuciones Además de las obras propias de cada Persona y de las comunes a todas tres, hay ciertas obras apropiadas, que sin ser exclusivas, se atribuyen especialmente a cada una de las divinas personas. Así la Escritura suele atribuir: a) Al Padre la omnipotencia y las obras de omnipotencia, como la creación y conservación de las criaturas. b) Al Hijo la sabiduría y las obras de sabiduría, como la Redención y el juicio final. c) Al Espíritu Santo el amor y las obras de amor, como la santificación de las almas. Estas obras y perfecciones se atribuyen especialmente a cada una de las divinas personas, por tener alguna relación con su origen. a) Al Padre se atribuyen de modo especial las obras de omnipotencia a, porque siendo el principio de las otras dos Personas, es de modo especial origen de todos los seres. b) Al Hijo se le atribuye en especial la sabiduría porque procede por vía de entendimiento, y la sabiduría es Fruto del entendimiento. c) Al Espíritu Santo se atribuye especialmente el amor, porque procede por vía de Voluntad y de Amor. Sin embargo, es importante recordar, que teniendo las tres Personas tina misma Naturaleza divina, tienen en realidad igual Omnipotencia, Sabiduría y Amor.

5.4 MISTERIO INCOMPRENSIBLE PERO NO CONTRADICTORIO Al hablar de este misterio es preciso no alterar los términos con que la Iglesia lo expresa: en Dios hay tres Personas y una sola Naturaleza. No podemos comprender este misterio, entre otros motivos porque no podemos tener una idea clara de lo que es en Dios la Persona. Sin embargo, no hay contradicción en él. Habría contradicción si se dijera que en Dios hay una persona y tres Personas, o una naturaleza y tres naturalezas. Pero lo que se enseña es que en Dios hay tres Personas y una Naturaleza. Debemos creer firmemente este misterio porque Dios nos lo ha revelado. Por otra parte, no podemos extrañar que siendo Dios infinito, haya en El cosas que sobrepasen nuestro entendimiento.

5.5 DEBERES PARA CON LA SANTISIMA TRINIDAD

Debemos: a) rendirle nuestros homenajes de adoración y amor; b) agradecerle los inmensos beneficios de la Creación, Encarnación y Redención; c) encomendarnos a las tres divinas Personas, fuente de luz, esperanza y amor para el cristiano. Las oraciones más recomendadas en su honor son la invocación "Gloria al Padre…" y el Trisagio Angélico. Debemos honrarla especialmente los domingos, día que la Iglesia dedica a su culto.

6. La Creación Luego de haber hablado de la vida íntima de Dios -actividad ab intra-, trataremos ahora de la primera de las actividades ad extra de Dios: la Creación. 6.1 TODO EL UNIVERSO HA SIDO CREADO POR DIOS 6.1.1 Noción: creación "ex nihilo" Por creación se entiende la acción de Dios mediante la cual da la existencia a los seres, sacándolos de la nada. lo. Es acción de Dios. Acción de su actividad externa, ya que tiene por objeto las criaturas, y no El mismo. La creación es, pues, obra de las tres divinas Personas, aunque en la Sagrada Escritura suele atribuirse al Padre, porque en ella luce de modo especial el poder de Dios. Por eso decimos en el Credo: "Creo en Dios Padre Todopoderoso Creador del cielo y de la tierra". 2o. Mediante la cual da la existencia a los seres. En efecto, todos han sido creados por El, y por eso se llaman criaturas. En el lenguaje de la Sagrada Escritura "Creador del cielo y de la tierra" significa, pues, Creador de todos los seres, tanto espirituales corno materiales. 3o. Sacándolos de la nada. Sacar un ser de la nada significa producir un ser que antes no existía de ninguna manera, ni como tal, ni en materia alguna anterior. Al fabricar un escultor una estatua, no la crea, pues aunque no existía como tal, existía la materia de que la formó; por ejemplo, la madera o el mármol. Dios, por el contrario, sí crea a los seres, pues no los formó de materia alguna anterior, ya que fuera de Dios nada existía. Es importante percatarse que la nada no es un ser positivo, como un lugar de donde Dios saca los seres. Por el contrario la palabra "nada" se opone a "algo", y denota que antes de la creación no existía algo preexistente, de donde pudiera formar los seres. 6.1.2 Sólo Dios puede crear La creación es un acto exclusivo de Dios (cfr. S. Th. 1, q. 45, a. 5). En efecto, el paso de la nada al ser exige poder infinito. Esto se comprende con un ejemplo: para realizar una buena comida necesito los ingredientes. Si tengo poca capacidad como cocinero necesito buenos y adecuados ingredientes. Sin embargo, al ir disminuyendo el número de los ingredientes requiero de una mayor capacidad culinaria para hacer una buena comida. Es decir, a menor materia disponible, se requiere mayor capacidad en el agente. Pero aunque sea expertísimo el cocinero, sin ningún ingrediente jamás podrá hacer una comida. No podemos comprender la creación porque: a) es un acto infinito; b) no tenemos ningún ejemplo de ella, ya que toda la actividad del hombre se reduce a transformar la materia ya existente. 6.2 PRUEBAS DE LA CREACION 6.2.1 La razón y la Sagrada Escritura lo. La razón prueba la creación de los seres, porque de otra suerte hay que admitir: a) O que los seres vienen de la nada, lo que es absurdo.

Es un axioma científico y experimenta¡, básico e inamovible que nada se crea a nuestro alrededor, ni siquiera un átomo de materia puede ser formado de la nada; cualquier fuerza supone siempre otra fuerza preexistente de la cual procede; no se da el movimiento sin un motor que lo determine, ni vida alguna que no brote de una vida anterior a ella. b) O que vienen unos de otros en serie infinita, lo que no explica nada. Una serie infinita de ruedas dentadas no explica por qué mueven las manecillas del reloj: hace falta la cuerda que imprima el primer movimiento. c) O bien que el mundo es, como Dios, eterno e increado; lo que tampoco admite la ciencia. Es ya una tesis científica el desgaste de la energía en el inundo: y sí éste fuera eterno, habiendo la energía empezado a acabarse desde siempre, a estas horas habría ya terminado el proceso de extinción. 2o. La Escritura nos enseña la creación en muchos lugares. Basta citar las palabras con que inicia el Génesis. "En el principio creó Dios el cielo y la tierra" (Gen. 1, l). Dios creó al mundo libremente y con un simple acto de su voluntad. "Habló y todo fue hecho: dijo y todo fue creado " (Gen. 32, 9). 6.2.2 Errores sobre la creación Los principales son tres: materialismo, dualismo y panteísmo. a) El materialismo niega la existencia de Dios, y afirma que la materia es eterna, y que la combinación de sus elementos basta para explicar la existencia de los seres. Refutación. El materialismo es un sistema absurdo, pues admite todas las contradicciones del ateísmo, a saber: a.1. Que el mundo, que es un efecto, no tiene causa de sí. a.2. Que existe la serie infinita de seres contingentes, sin que exista un primer ser necesario. a.3. Que el orden maravilloso del universo es fruto del azar. a.4. Que la vida brotó espontáneamente de la materia. a.5. Que lo espiritual no es más que una fase o estado de la materia. b) El dualismo es un sistema que admite dos principios eternos: un principio bueno y causa de todo lo bueno, que es Dios; y un principio malo e independiente de Dios, causa de todo mal. Refutación. El dualismo es un sistema falso. Si hubiera un principio independiente de Dios, Dios dejaría de ser Infinito y Omnipotente, pues ni lo tuviera todo, ni lo pudiera todo. c) El panteísmo (de las palabras griegas: pan, todo; y teos, Dios), enseña que todos los seres se confunden con Dios porque son una emanación de la sustancia divina. Refutación. El panteísmo es también un grave error. c.1. Dios y el mundo son realidades enteramente diversas. Dios es eterno, y el mundo tuvo principio; Dios es infinitamente perfecto, y el mundo tiene una perfección muy limitada; Dios es Inmutable, y el mundo está sujeto a perennes cambios. c.2. El panteísmo es un ateísmo disfrazado. Negarla existencia de un Dios personal, y admitir que

Dios se confunde con el mundo, es en realidad negar a Dios. Algunas de las actuales sectas religiosas orientales de moda en la civilización occidental--Zen, Budismo, Yoga, etc.- tienen raíz panteísta. 6.2.3 Tiempo y estado en que fue creado el mundo Respecto al tiempo, sabemos que el mundo tuvo principio. La Geología y la Astronomía nos lo demuestran. También nos lo enseña la fe, y así dice San Pablo: "Dios nos eligió antes de la creación del mundo, para ser santos en su presencia" (Ef. 1, 4). Pero no sabemos cuándo fue creado. Los científicos calculan muchos millones de años; y la fe no necesita decirnos nada en este sentido. Respecto al estado en que fue creado, la fe nos enseña que Dios creó al mundo, pero no que lo creara como existe hoy. Para la ciencia, su organización actual es obra de miles de siglos. Podemos establecer las siguientes conclusiones: lo. Respecto a la materia, se puede admitir que una vez creada por Dios, su evolución fue el fruto de las causas naturales, queridas por Dios mismo. 2o. Respecto a la vida, es necesario admitir la intervención directa de Dios, para la creación de las primeras especies. 3o. Respecto al hombre, se debe admitir la intervención directa de Dios para la creación de su alma y para la formación de su cuerpo. 4o. Por último, el evolucionismo absoluto, según el cual una materia eterna, no creada por Dios, da origen espontáneamente y sin intervención de Dios ala vida de las plantas, a la sensibilidad de los animales y a S la inteligencia del hombre, es una teoría materialista y errónea, que va a un mismo tiempo contra la razón y la fe. 6.3 RELATO BIBLICO DE LA CREACION 6.3.1 Modo de la creación La Escritura dice que Dios hizo el mundo en seis días. El lo. creó la luz, y la separó de las tinieblas; el 2o. creó el firmamento separando las aguas superiores (nubes) de las inferiores (mares); el 3o. separó la tierra del mar, y la hizo producir plantas; el 4o. hizo el sol, la luna y las estrellas; el 5o. hizo los peces y las aves; el 6o. formó los animales terrestres, y al fin de éste, creó al hombre. Sobre la descripción que hace Moisés de la creación, la Iglesia enseña que es un relato histórico; pero que Moisés no se propone al hacerlo, un fin científico, sino un fin religioso. lo. Es un relato histórico. Es decir, no es un canto lírico o un invento de la imaginación; sino una

narración en estilo sencillo y popular de la obra de la creación. 2o. Moisés no se propuso un fin científico, sino un fin religioso: que los hombres reconocieran a Dios como Creador de cuanto existe. Hay que tener en cuenta que la Sagrada Escritura habla de sucesos verdaderamente históricos que no deben entenderse corno si fueran meros mitos, leyendas o modos de decir dependientes de una cultura. Dios no nos puede engañar haciéndonos creer mitos y leyendas. Las grandes verdades de nuestra fe cristiana están enraizadas en la historia de los hombres (así, por ejemplo, que el hombre fue creado directamente por Dios, Jesucristo nació de la Virgen María por obra del Espíritu Santo, la Iglesia la fundó Jesucristo, etc.). El Magisterio de la Iglesia enseña que el sentido literal de la creación se encuadra en el género histórico. Cfr. Pío XII, En. Humani Generis, 12-VIII-1950, Dt. 2315-2318; Re 6.3.2 El relato de la creación y la ciencia Siendo así que Moisés no se propuso un fin científico, no hay para qué exigir un acuerdo rígido entre la ciencia y la descripción mosaica. Basta que no haya contradicción entre ellas. De hecho, la ciencia y el relato bíblico están de acuerdo en los puntos fundamentales, en especial en estos tres: a) El mundo no es eterno. b) El mundo fue formado sucesivamente. c) Aparecieron primero los seres inferiores y después los superiores; primero la materia, luego las plantas, los animales y por fin el hombre. A la objeción: ¿Cómo pudo Dios crearla luz el primer día cuando el sol no apareció sino hasta el cuarto?, se puede contestar: antes de la luz del sol existió la luz producida por la materia confusa del mundo en ignición. Los diversos astros no vinieron a formarse sino mucho más tarde. 6.3.3 Los seis días de la creación Para explicar los seis días, en griego, "yom", de la creación, se han presentado tres hipótesis: la. La primera, llamada literal, enseña que Dios creó al mundo en 6 días de 24 horas. Hoy nadie la sigue, pues las ciencias modernas han demostrado que el mundo exigió muchos siglos para su formación. 2a. La segunda, llamada concordista, (porque intenta un acuerdo entre las ciencias modernas y la Biblia), enseña que la palabra "yom" no designa días de 24 horas, sino largos períodos. En efecto, dicha palabra tiene en el hebreo, que es una lengua muy pobre en vocablos, el significado de día solar y el de época o período. 3o. La tercera, llamada simbólica, enseña que Moisés empleó la palabra "yom" para designar días de 24 horas, no porque creyera que Dios creó al mundo en 6 días de 24 horas , sino con un fin simbólico. A saber, quiso referir toda la obra de la creación a 6 días de trabajo y 1 de descanso para autorizar con el ejemplo del mismo Dios la santificación y descanso del séptimo día.

6.4 EL FIN DE LA CREACION 6.4.1 Fin primario: La gloria de Dios El fin primario y principal de la creación es la gloria y alabanza de Dios: "Todas las cosas las creó

Dios para su gloria" Is. 43, 7). La gloria de Dios se divide en interna y externa: lo. La gloria interna consiste en el conocimiento que tiene de sus, infinitas perfecciones, y en la alabanza que a Sí mismo se tributa. Esta gloria interna no puede ser aumentada, porque Dios no tiene, ni puede tener de Sí mayor conocimiento y estimación 2o. La gloria externa consiste en el conocimiento que de El tienen las criaturas y en la alabanza que le den. Esta sí puede ser aumentada. a) Las criaturas racionales la procuran de una manera directa y consciente, mediante el conocimiento y servicio del Creador. b) Las irracionales, de una manera indirecta, en cuanto nos dan a conocerlas divinas perfecciones, en especial su Omnipotencia que sacó los seres de la nada; su Sabiduría, que los dispuso con tanto orden y belleza; y su Bondad, pues al crearlos no se propuso su provecho, sino nuestro bien. 6.4.2 Fin secundario: La felicidad de las criaturas El fin secundario de la creación es la felicidad de las criaturas. Dios, en efecto, no creó los seres para aumentar su felicidad propia, sino para procurar la de las criaturas. Por otra parte, Dios ha dispuesto las cosas con tal sabiduría, que los mismos medios con que procuramos su gloria, aseguran también nuestra felicidad. 6.5 VARIEDAD DE CRIATURAS Dentro del orden creacional, Dios procede de un modo estrictamente lógico: crea primero a la criatura puramente espiritual (ángeles), luego a la material (universo físico) y, por último, al hombre, como compuesto de ambos órdenes. 6.5.1 Los ángeles a) Su naturaleza Los ángeles son criaturas, totalmente espirituales, sustancias completas, superiores al hombre e inferiores a Dios, con una enorme capacidad de inteligencia y de amor (cfr. S Th. I, q. 54). Los ángeles son espíritus puros, esto es, no son cuerpos, ni están hechos para unirse a ningún cuerpo. No tienen, por ello, forma ni figura sensible, pero se representan sensiblemente: a) para ayudar a nuestra imaginación; b) porque así han aparecido a los hombres, como leemos en la Sagrada Escritura. Como todos los espíritus están dotados de inteligencia y voluntad. Los ángeles son superiores al hombre. Poseen un conocimiento mucho más perfecto, que comprende no por raciocinio sino de modo inmediato. Al no poseer realidad material, son inmortales, y no están sujetos a nuestras miserias, dolores y necesidades. Dios ha creado a los ángeles con un doble fin: a) para que eternamente lo alaben y bendigan; b) para ser los ejecutores de sus órdenes, como lo indica su nombre, pues ángel significa mensajero Dios creó a los ángeles en estado de inocencia y de gracia. Y además, a los que permanecieron fieles los recompensó con la gloria. Su existencia consta en muchos lugares de la Escritura.

cfr. A. T: Gen, 3, 4; 28, 12; 32, 2-3; Ex. 3, 2; Libro de Tobías; Dan. 8, 16-26; 9, 21-27. N. T.: Lc. 1, 11-19; 1, 26-28; Mt. 16, 27; 25, 31; Mc. 14, 27, cte. Respecto a su número, la Escritura indica un número sobrecogedor, inmensamente grande (Lc. 2, 13; 8, 30; Mt. 26, 54; Ap. 5, 11, etc.). Daniel vio ante el trono del Señor que "millares de millares le servían, y mil millones asistían a su presencia" (7,10) Los ángeles buenos, explica Santo Tomás, "forman una multitud inmensa, superior a la muchedumbre de los seres materiales (S. Th. I,q. 50, a. 4), porque Dios, que hizo perfecta la creación, abre más la mano a medida que sus criaturas son más perfectas, más espirituales. No hay, además, dos ángeles de la misma especie, sino que cada uno tiene la suya (cfr. ib, a. 4). b) Ángeles buenos Los ángeles buenos son los que permanecieron fieles a Dios; y fueron en recompensa confirmados en gracia. Se dividen en tres jerarquías, y cada jerarquía en tres coros: la jerarquía suprema la forman los serafines, querubines y tronos,- la segunda, las dominaciones, virtudes y potestades; y al inferior, los principados, arcángeles y ángeles b.1 El ángel custodio Llamamos ángel custodio al ángel que Dios da a cada hombre para que lo defienda y custodie desde el nacimiento hasta la muerte. La existencia del ángel de la guarda consta en la Escritura: "El mandó a los ángeles que cuidasen de ti, para que te custodien en cuantos pasos dieres" (Ps. 90, 1l). Este es el sentir común de todos los Padres y Doctores de la Iglesia, y 1a Iglesia misma ha establecido la fiesta de los ángeles custodios (2 de octubre) Los ángeles custodios se interesan grandemente por nuestro bien: lo. nos sugieren buenos pensamientos y deseos de virtud; 2o. nos defienden de múltiples peligros de alma y cuerpo; 3o. presentan a Dios nuestras oraciones y buenas obras y nos alcanzan de El gracias y favores. Tres deberes principales tenernos para con él: respeto a su presencia; gratitud por sus beneficios y confianza en su protección, por ser un excelente intercesor ante Dios y defensor contra el demonio. "Cuando tengas una necesidad, alguna contradicción -pequeña o grande-, invoca a tu Angel de la Guarda, para que la resuelva con Jesús o te haga el servicio de que se trate en cada caso" (Forja, n. 93 1, Josemaría Escrivá de Balaguer). c) Ángeles malos o demonios Son los ángeles que por su rebeldía fueron condenados al infierno. Son, pues, criaturas de Dios, que no quisieron sujetarse a El y, por tanto, merecieron castigo eterno (cfr. Apc. 12, 7-9; Mc. 3, 22-27; Jn. 8, 49; 2 Pe. 2, 4, etc.) Se llaman diablos o demonios y su caudillo Lucifer o Satanás. La existencia de los demonios y su acción maligna es una verdad de fe (cfr. Dt. 23 7, 42 7, 1923, etc.). No se trata, pues, del modo de hablar de un pueblo primitivo que personificaba al mal en unos seres superiores pero inexistentes. Por el contrario, estos seres reales, personales, espirituales, aunque han sido ya vencidos por Jesucristo, tienen -como un ejército derrotado, en huida-, gran capacidad de hacernos daño: a) porque no han perdido su naturaleza de ángeles, y así su conocimiento y su poder son muy superiores a los nuestros; b) porque su experiencia de tantos siglos les ha enseñado el mejor modo de engañarnos; c) porque su voluntad perversa está siempre inclinada a toda maldad.

Los demonios procuran nuestro mal: a) por odio a Dios cuya imagen ven en nosotros; b) por odio a Cristo, cuya muerte nos rescató de su poder; c) por envidia a nosotros pues Dios nos destinó a ocupar los puestos que ellos perdieron en el cielo. "Digan lo que digan algunos teólogos superficiales, el Diablo es, para la Fe cristiana, una presencia misteriosa, pero real, no meramente simbólica, sino personal. Y es una realidad poderosa ("el Príncipe de este mundo---, como le llama el Nuevo Testamento, que nos recuerda repetidamente su existencia), una maléfica libertad sobrehumana opuesta a la de Dios; así nos lo muestra una lectura realista de la historia, con su abismo de atrocidades continuamente renovadas y que no pueden explicarse meramente con el comportamiento humano. El hombre por sí solo no tiene fuerza suficiente para oponerse a Satanás; pero éste no es otro Dios; unidos a Jesús, podernos estar ciertos de vencerlo. Es Cristo, el "Dios cercano- quien tiene el poder y la voluntad de liberarnos; por eso el Evangelio es verdaderamente la Buena Nueva. Y por eso también debemos seguir anunciándolo en aquellos -regímenes-de terror que son frecuentemente las religiones no cristianas. Y diré todavía más: la cultura atea del Occidente moderno vive todavía gracias a la liberación del terror de los demonios que le trajo el cristianismo. Pero si esta luz redentora de Cristo se apagara, a pesar de toda su sabiduría y de toda su tecnología, el mundo volvería a caer en el terror y la desesperación. Y ya pueden verse signos de este retorno de las fuerzas oscuras, al tiempo que rebrotan en el mundo secularizados los cultos satánicos-. (Cardenal Joseph Ratzinger, Informe sobre la Fe. BAC, Madrid 1985, p. 153). c.1Influencia del demonio sobre el hombre La teología ha tipificado algunas maneras de la estrategia diabólica, más o menos repetidas en las manifestaciones de su insidia: a) El asedio es acción contra el hombre desde fuera, como cercándolo, provocando ruidos nocturnos para amedrentar, haciendo llamadas misteriosas en paredes o puertas, rompiendo enseres domésticos, etc. Un testimonio representativo y no muy lejano es la vida de S. Juan María Vianney, cura de Ars (1786-1859), que vivió largos períodos de su vida asediado por el demonio. b) La obsesión es ataque personal con injurias, daño del cuerpo, o actuando sobre los miembros y sentidos. c) La posesión es la ocupación del hombre por el dominio de sus facultades físicas, llegando hasta privar de la libertad sobre su cuerpo. Contra la posesión y la obsesión la Iglesia emplea los exorcismos. d) Existen otros modos de seducción, tales como los milagros aparentes que él puede realizar, y la comunicación con el demonio que se supone en algunos fenómenos de la magia negra, el espiritismo, etc. e) Pero la manera ordinaria como el demonio ejecuta sus planes es la tentación, que alcanza a todos los seres humanos. Se define por tal, toda aquella maquinación por la que el demonio, positivamente y con mala voluntad instiga a los humanos al pecado para perderlos, Es muy importante percatarse que -a pesar de¡ indiscutible poder de la tentación diabólica-, no puede su malicia actuar más allá de donde Dios lo permite: su poder es poder de criatura, poder controlado. "Dios es fiel, y no permitirá que seáis tentados más allá de vuestras fuerzas" (I Cor. 10, 13). En concreto, conviene, pues, situarse en el justo medio: ni olvidar su acción y su eficacia maligna, ni perder la serenidad y confianza en Dios. 6.5.2 El hombre a) Su naturaleza

El hombre es un animal racional, esto es, un ser personal compuesto de cuerpo y alma. Por ser animal, se distingue de los ángeles; por ser racional, se distingue de los brutos. El hombre es la criatura más noble que Dios colocó sobre la tierra. Dios mismo declaró que lo había formado a su imagen y semejanza (cfr. Gen, 1, 26). Y dijo esto en razón del alma del hombre, que es un espíritu dotado de entendimiento y voluntad divinas. La creación de Adán la narra el Génesis diciendo: "Formó Yahvéh Dios al hombre del polvo de la tierra (parte material), y le inspiró en el rostro aliento de vida (actividad divina especial: creación del alma), y fue así el hombre Ser animado" (Gen. 2, 7). No es contraria a la fe católica la hipótesis del "evolucionismo mitigado---, que sostiene que, para formar el cuerpo del hombre, Dios perfeccionó el cuerpo de un mono antropoide, perfeccionándolo (---polvo de la tierra" puede entenderse cualquier realidad material, inorgánica u orgánica) e infundiéndole un alma espiritual. Dos cosas, pues, han de mantenerse: a) la intervención especial y directa de Dios para la formación del cuerpo, y, b) la creación e infusión en ese cuerpo de un alma inmortal (cfr. Dt. 2327) El cuerpo y alma del hombre son distintos entre sí; pero se unen íntimamente para formar un solo ser. La unión del alma y del cuerpo no es una unión exterior y accidental, como la del carro y el conductor, sino que es una unión íntima. A este tipo de unión los filósofos la denominan substancial, porque de ambos elementos resulta, una sola substancia completa. 6.6 EL ALMA HUMANA 6.6.1 Su naturaleza y su existencia El alma humana es el principio vital que comunica al cuerpo, vida, sensibilidad y pensamiento. Negar la existencia del alma humana sería un gran absurdo. a) La razón la prueba. Nos consta en efecto que la simple materia ni vive, ni siente, ni piensa. Nosotros vivimos, sentimos y pensamos. Luego tenemos un principio distinto de la materia. b) La Sagrada Escritura también nos la prueba. Así Cristo nos alerta: "No temáis a los que sólo pueden dañar el cuerpo. Temed a los que pueden precipitar alma y cuerpo en el infierno" (Mt. 10, 28). El alma humana tiene dos propiedades importantísimas, que la distinguen del principio vital de los brutos: es espiritual e inmortal. 6.6.2 Espiritualidad del alma El alma humana es espiritual, porque no es cuerpo, ni consta de partes materiales, sino que es un principio superior a la materia. Esto se prueba porque realiza operaciones que están por encima de la materia. Comparemos, para cerciorarnos, el conocimiento del hombre con el conocimiento de los animales. lo. El conocimiento de los animales se refiere a las cualidades materiales de los cuerpos, que se pueden percibir por los sentidos 2o. El conocimiento del hombre: a) Se refiere a seres y cualidades inmateriales. b) Aun los seres

materiales los conoce de modo inmaterial. c) Puede raciocinar. Tres cosas que no puede el animal. a) El hombre conoce seres espirituales como Dios; y nociones in materiales como las nociones de virtud, deber, patria. . . b) Conoce los seres materiales de un modo inmaterial, porque aparta de ellos las cualidades sensibles, y llega a formar las ideas, que son inmateriales y abstractas. Expliquemos esto con un ejemplo: El perro distingue al amo de¡ extraño y del mendigo por la voz, las facciones, el olor, los ademanes y demás condiciones sensibles y concretas. Pero nunca podrá decirse: todos estos tres tienen algo de común, son animales racionales; porque este concepto es algo inmaterial que no pueden percibir los sentidos. El hombre lo hace así cada vez que aparta las cualidades materiales de los seres para formar las ideas, o conceptos generales. c) Además el hombre puede raciocinar, lo que no puede el animal. Es absurdo suponer que un perro lea un libro y discuta las ideas del autor; o que un asno pueda fabricar una computadora o componer una sinfonía. Pues bien, como el actuar sigue al ser, decimos que, habiendo en el hombre operaciones inmateriales, es de rigor que haya en él un principio inmaterial que las produzca; y a este principio inmaterial lo llamamos alma. Necesariamente la naturaleza de un ser está de acuerdo con sus operaciones. Así es imposible que una piedra tenga respiración y circulación, o que una planta vea y sienta placer, Por eso, habiendo en e¡ hombre operaciones inmateriales es de rigor que haya en él un principio inmaterial. 6.6.3 Su inmortalidad El alma no muere con el cuerpo, sino que es inmortal. " Dios ha hecho al hombre inmortal escribe el libro de la Sabiduría (2, 23). Dice también el Eclesiastés: "Que el polvo vuelva a la tierra de donde salió; y el espíritu vuelve a Dios que le dio el ser" (12, 7). La razón prueba igualmente la inmortalidad del alma: a) Porque siendo el alma un espíritu, no lleva en sí germen alguno de corrupción que es propia de lo material. El cuerpo al morir se disgrega en los diversos elementos que lo componen y entra en corrupción, El alma humana es simple y espiritual, y no tiene ni elementos que se disgreguen, ni materia que pueda corromperse. b) Porque así lo exige la sabiduría de Dios. Si el alma no fuera inmortal Dios no hubiera puesto en el hombre un deseo de felicidad, que jamás pudiera satisfacer. Puesto que en esta vida no puede satisfacer de lleno ese deseo, y puesto que va contra la divina sabiduría haber puesto en el alma una aspiración tan honda y poderosa para nunca satisfacerla, es de rigor admitir la existencia de otra vida, donde dicha aspiración pueda tener completa realización. c) Porque así lo exige la justicia de Dios. Pues de otra manera tantas injusticias que se dan en él mundo quedarían sin reparación. 6.7 CREACION DE LA PRIMERA PAREJA HUMANA Terminada la obra de la creación, Dios creó al hombre. 1 "Dios, dice el Génesis, vio que todo lo creado era bueno, y dijo: "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (1, 26). Formó entonces el cuerpo de Adán del barro de la tierra; y creando una alma racional, la unió a ese cuerpo. Es de fe que el alma de Adán es creada, es decir, sacada de la nada por Dios. Y lo mismo pasa con el alma de cada hombre. El cuerpo de Adán fue formado de materia preexistente, interviniendo Dios en su formación.

Respecto a Eva dice el Génesis que Dios formó su cuerpo de una de las costillas de Adán durante un sueño de éste. Y su alma la creó de la nada, como la de Adán. Dice San Agustín, que Dios sacó a la mujer, no de la cabeza, ni de los pies de Adán, sino de su costado, para darle a entender que no era superior al hombre, ni tampoco su esclava, sino su compañera. Esto mismo significó con las palabras con que la formó: "No es bueno que el hombre esté solo; démosle por ayuda y compañera una semejante a él" (Gen. 2, 18). 6.7.1 Unidad del género humano Consta en la Escritura que todo el género humano viene de Adán y Eva. San Pablo afirma que "de un solo hombre hizo nacer todo el linaje de los hombres" (Hechos 17, 26). Y que todos los hombres por descender de Adán han contraído el pecado original (cfr. Rom. 5, 12). La unidad del género humano es, pues, una verdad que consta claramente en la Escritura, y que no podemos poner en duda. Sería un error, de corte evolucionista, negar el carácter histórico de los primeros capítulos del Génesis, donde se narra la creación; igualmente negar que Adán y Eva fueron dos personas singulares; negar el pecado original para todos los hombres, como si no descendiéramos todos de nuestros primeros padres (Poligenismo) cfr. Pío XII, En. Humani Generis, Dt. 2305. 6.8 LIBERTAD RESPONSABLE El hombre es libre y por tal motivo responsable: puede responder de sus propios actos gracias a su voluntad, Decirnos, por tanto que, responsabilidad es la propiedad de la voluntad por la que el hombre responde de sus actos. "El hombre consigue esta dignidad cuando, librándose de toda esclavitud de las pasiones, tiende a su fin con una libre elección del bien y se procura los medios adecuados con eficacia y con diligente empeño. Pero la libertad del hombre, herida por el pecado, no puede conseguir esta orientación hacia Dios con plena eficacia si no es con la ayuda de su gracia. Y cada uno tendrá que dar cuenta de su vida ante el tribunal de Dios, según haya hecho el bien o el mal". Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes. núm. 17

7. La elevación y la caída ELEVACION Y LA CAIDA DE LAS CRIATURAS ESPIRITUALES 7.1 La Providencia: la conservación y el gobierno divino del mundo 7.1.1 Noción de Providencia 7.1.2 Conservación y gobierno de las criaturas 7.1.3 Existencia de la Providencia 7.1.4 Cosas que parecen oponérsele a) El mal físico b) El mal moral c) El sufrimiento de los buenos y la prosperidad de los malos 7.1.5 Confianza en Dios 7.2 La elevación al orden sobrenatural 7.2.1 Diversos dones concedidos a Adán a) Naturales b) Preternaturales c) Sobrenaturales 7.3 Fin natural y fin sobrenatural 7.3.1 Fin natural del hombre 7.3.2 Fin sobrenatural del hombre 7.3.3 El orden sobrenatural 7.4 Elevación del hombre al orden sobrenatural 7.4.1 Noción 7.4.2 Dones sobrenaturales. La gracia. Filiación Divina 7.4.3 Dones preternaturales a) Ciencia b) Integridad c) Inmunidad d) Inmortalidad 7.4.4 Dones permanentes y transmisibles 7.5 La caída del estado de justicia por el pecado 7.5.1 El precepto y la desobediencia 7.5.2 El pecado 7.5.3 El castigo 7.6 El pecado original 7.6.1 Su naturaleza 7.6.2 Verdadero pecado, pero no es pecado personal, en nosotros 7.6.3 Sus efectos a) No supone injusticia por parte de Dios b) Dogma y misterio 7.6.4 Excepción al pecado original 7.7 La promesa del Redentor

-------------------------------------------------------------------------------7. LA ELEVACION Y LA CAIDA DE LAS CRIATURAS ESPIRITUALES 7.1 LA PROVIDENCIA: LA CONSERVACION Y EL GOBIERNO DIVINO DEL MUNDO

7.1.1 Noción de Providencia Se llama Providencia el cuidado y gobierno que Dios tiene de todas las criaturas, a las que dirige convenientemente a su fin. Dios tiene Providencia especial del hombre. Su sabiduría le exige que cuide con mayor solicitud de las criaturas más nobles. "Antes se olvidará la madre de su hijo que Dios de nosotros" (Is. 49,15). 7.1.2 Conservación y gobierno de las criaturas La Providencia abarca dos cosas: la conservación de las criaturas y el gobierno de ellas. lo. Dios conserva a las criaturas, haciendo que permanezcan en el ser. Como necesitaron de Dios para salir de la nada, así necesitan de El para mantenerse en el ser y no volver a la nada. El ser contingente recibe el ser en todos los momentos de su existir, y no sólo en el primero; para él el instante que precede no es razón suficiente de su existencia en el instante que sigue; sino que depende en todo momento de quien le dio el ser, de la misma manera que el arroyo depende de la fuente que lo alimenta. En otras palabras, las criaturas no pueden seguir existiendo "por su propio impulso", porque en ese caso serían independientes de Dios, existirían por sí mismas, lo cual es imposible en los seres contingentes. Con toda verdad, pues, se dice que la conservación es una creación continuada. 2o. Dios gobierna también los seres, dirigiéndoles a los fines para los cuales los creó. En especial dispone todas las cosas para provecho espiritual del hombre: "Todas las cosas contribuyen al bien de los que aman a Dios" dice San Pablo (Rom. 8, 18). Pero la acción de la Providencia no destruye la libertad; de manera que, desgraciadamente, el hombre puede contrariarla y perderse eternamente. 7.1.3 Existencia de la Providencia La Escritura nos revela en todas sus páginas su existencia: "Tu Providencia, oh Dios, gobierna el mundo", leemos en la Sabiduría (14, 3); y el Salvador nos dice: "No os acongojéis por hallar qué comer o cómo vestiros. Bien sabe vuestro Padre que de ello necesitáis"" (Mt. 6, 31). Dios cuida hasta de las cosas más pequeñas, sin que ello desdiga de su grandeza, puesto que todos son obras de sus manos. Ni un cabello cae de nuestra cabeza sin que El lo quiera (cfr. Luc. 21,18). La existencia de la Providencia es también una verdad de fe definida: "Todo lo que Dios creó, con su Providencia lo gobierna y conserva" (Conc. Vat. I, Dt. 1789). Dios providente es una consecuencia de su infinitud: nada, en ningún aspecto, escapa a su Ser y a sus perfecciones infinitas; todo lo ve, todo lo conoce, todo lo dispone o lo permite, todo lo orienta a Su Gloria y a nuestra felicidad. La aceptación y profundización de esta verdad dogmática supondrá en nuestra vida un aumento de fe: todos los acontecimientos, en lo personal y a nuestro alrededor, provienen de la mano amorosa de Dios, que siempre, a veces de modo difícil de comprender, los orienta a nuestro bien. 7.1.4 Cosas que parecen oponérsele Tres cosas parecen oponerse a la divina Providencia:

lo. El mal físico, sean los sufrimientos, enfermedades, la muerte y demás flaquezas del hombre. 2o. El mal moral, o sea el pecado. 3o. La prosperidad de los malos y sufrimiento de los buenos. Estudiemos este triple aspecto de la cuestión. a) El mal físico El mal físico, como la ignorancia, pobreza, enfermedades y la muerte no va contra la divina Providencia: lo. Porque estos males o son inherentes a nuestra condición imperfecta de criaturas, o una consecuencia y castigo del pecado. 2o. Porque estos males no lo son en realidad, sino sólo en apariencia; pues sufridos con resignación, se convierten en bienes, es decir: * hacen posible expiar nuestros pecados pasados. En efecto, el sufrimiento cristianamente aceptado, es un medio de expiación. * con ellos podemos probarle a Dios nuestra fidelidad, reconociendo como Job que de El vienen tanto los sucesos prósperos como los adversos. * ayudan a acrecentar el mérito y virtud; pues no están estos en servir a Dios cuando todo sale bien, sino cuando la necesidad o el dolor nos visitan. b) El mal moral El mal moral, o sea el pecado, no tiene su causa en Dios, sino en el hombre, esto es, en el mal uso que hace de su libertad. Por ello, no se opone a la Providencia de Dios, que es siempre santa. (cfr. Dt. 514, 816). Expliquemos esta doctrina en sus diversos puntos: lo. Dios no es el autor del pecado. El autor y responsable del pecado es el hombre, por el abuso de su libertad. 2o. Dios tampoco quiere el pecado, sino que por el contrario lo aborrece supremamente, y lo prohíbe y castiga con gran severidad. 3o. Dios únicamente permite el pecado; y esto por muy graves motivos: a) Por respeto a la libertad del hombre. Dios la respeta tanto, que no impide la libre acción de éste, aunque le disguste infinitamente. b) Porque quiere que el hombre tenga mérito y derecho a recompensa. Si Dios lo forzara a obedecer, no tendría una cosa ni la otra. c) Porque Dios es suficientemente sabio para sacar bienes aun del abuso de nuestra libertad. "Dios no permitiría el mal, dice San Agustín, si de él no pudiera sacar bienes". Ejemplos: La historia de José, la traición de Judas, las persecuciones de la Iglesia. La liturgia entona el Sábado Santo las siguientes palabras, referentes al pecado de Adán: "¡Oh feliz culpa! que nos mereció tan grande y excelente Redentor".

c) El sufrimiento de los buenos y la prosperidad de los malos La prosperidad de que gozan los malos y los sufrimientos de los buenos tampoco se oponen a la divina Providencia. Digamos en primer lugar que hay muchas excepciones. Con sobrada frecuencia los buenos prosperan y los malos se ven arruinados. Además la prosperidad de los malos y los reveses de los buenos tienen muchas veces clara explicación natural; a saber, hay personas muy buenas, pero carecen de las dotes naturales necesarias para prosperar en un negocio: inteligencia, previsión, tacto, constancia, etc. Y los malos pueden tener estas dotes en grado muy superior. Pero aun descontando esto, decimos que la prosperidad de los malos y los sufrimientos de los buenos no van contra la Providencia: lo. Porque la Justicia Divina no se cumple definitivamente en esta vida sino en la otra. Muchas veces los que gozan aquí irán a sufrir allá. Como nos enseña Cristo en la parábola del rico Epulón (cfr. Lc. 16, 19). ¿Cómo es posible -podría preguntar más de uno- que tantos malos en esta tierra triunfan en su vida personal y parece que lo tienen todo?: honores, riquezas, mando, goces para su baja sensualidad. Y, también: ¿cómo es que tantos gobiernos -la historia habla-, pueden por años y lustros atropellar la libertad de los hombres, de naciones enteras que, violentados y avasallados, tienen que vivir heroicamente su fe? Una maravillosa respuesta daba un sacerdote santo. Sin ser palabras textuales decía: no hay nadie tan malo en el mundo (aunque nunca le gustó dividir a las personas en buenas y malas), no hay gente de intención tan miserable y ruin, que no haya hecho algo virtuoso en su vida. Dios, es la Bondad, y premia ese bien que han hecho: premia en esta vida, porque después ya no será posible. 2o. Porque el sufrimiento, lejos de ser una señal del abandono de Dios, lo es de su predilección. El bendice con la cruz. Los Proverbios enseñan que: "Dios castiga a los que ama" (3,12). Y el arcángel San Rafael dijo a Tobías, al devolverle la vista: Porque eras justo, fue necesario que la tribulación te probara" (12,13). Además, Dios retribuye a los malos el bien que hacen con bienes temporales, ya que no podrá premiarlos con los eternos. 7.1.5 Confianza en Dios El pensamiento de la Providencia debe movernos: a) confiar en Dios sin vacilar, pidiéndole lo que necesitamos. b) a recibir con sumisión los males de esta vida; sin rebelarnos contra sus designios. San Pedro nos escribe: "Humillaos bajo la mano poderosa de Dios, descargando en su amoroso seno todas vuestras solicitudes, pues El tiene cuidado de vosotros" (I Pe. 5, 6). Recordemos también, que es necesario poner de nuestra parte los ¡os necesarios para conseguir lo que necesitamos. Quedarnos de brazos cruzados y dejarlo todo a la Providencia equivale a tentar a Dios, pues es exigirle milagros sin necesidad. Resulta, pues, verdadero el refrán: "Ayúdate que Dios te ayudará". Respecto a las realidades terrenas (la política, las ciencias, etc.) Dios las deja a la libre responsabilidad de los hombres, porque gozan de autonomía. "Sin embargo, si por "autonomía de las realidades terrestres", se entiende que las cosas creadas no dependen de Dios y que el hombre las puede utilizar de modo que no las refiera al Creador, no habrá nadie de los que creen en Dios que no se dé cuenta hasta qué punto estas opiniones son falsas. La criatura sin el Creador se

esfuma" (Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes. num. 36). Cfr. Puebla, nn. 216, 276, 279, 436 y 454. 7.2 LA ELEVACION AL ORDEN SOBRENATURAL El plan providente que Dios realizó con las criaturas espirituales es un plan sorprendente: las elevó a un orden superior al suyo propio, haciéndolos participar de la misma vida divina. Lo hizo llevado por su gran bondad, en virtud de que el ser racional -creado a su imagen y semejanza- es capax Dei: capaz de recibir la vida divina. Veremos con detalle esa elevación sobrenatural del hombre. 7.2.1 Diversos dones concedidos a Adán Dios enriqueció al hombre con tres clases de dones: los naturales, los preternaturales y los sobrenaturales. a) Naturales son los debidos a la naturaleza humana. En sentido absoluto, ningún don es debido al hombre, puesto que no le es debida la existencia. Pero una vez que Dios le da la existencia, debe darle los dones que exige su naturaleza. En este sentido se dicen dones naturales, por ejemplo, la inteligencia, la voluntad, los dones o cualidades corporales, la libertad, etc. b) Preternaturales son los que están por encima de la naturaleza humana, pero no por encima de otras naturalezas creadas. Un ejemplo nos explicará esto. El don de la inmortalidad, está por encima de la naturaleza humana, pues todo ser material naturalmente debe morir, pues la materia es de suyo corruptible. Pero no está por encima de la naturaleza angélica, porque los espíritus no tienen germen ninguno de corrupción o muerte. La inmortalidad, pues, que es un don natural para el ángel, es don preternatural para el hombre. c) Sobrenaturales son los que están por encima de toda naturaleza creada o creable. Son principalmente la gracia y la gloria. En consecuencia, no sólo por encima de la naturaleza humana, sino también de la angélica. Son dones plenamente divinos, y una participación gratuita de lo que es propio de la Naturaleza de Dios. 7.3 FIN NATURAL Y FIN SOBRENATURAL 7.3.1 Fin natural del hombre lo. Dios tuvo que señalar un fin al hombre, ya que es propio del ser inteligente proponerse un fin en lo que hace. 2o. El fin del hombre debe estar de acuerdo con su naturaleza; y satisfacer las facultades de su cuerpo y de su espíritu. El fin natural del hombre consistiría en que su cuerpo poseyera los suficientes bienes corporales, su entendimiento conociera las suficientes verdades, y su voluntad amara y poseyera los suficientes bienes para ser feliz. 3o. El último fin del hombre hubiera sido el dar gloria a Dios mediante el conocimiento imperfecto que tiene de El a través de las criaturas, y el haberlo amado de acuerdo a ese limitado conocimiento. La felicidad del hombre estaría limitada por su misma capacidad conocer y amar. Para hacerlo capaz de una felicidad mucho mayor, Dios quiso señalarle un fin sobrenatural. 7.3.2 Fin sobrenatural del hombre El hombre con su sola fuerza no conoce a Dios sino de un modo imperfecto; no es capaz de verlo en

su misma Esencia, pues ésta es del todo trascendente a un ser creado. Pero Dios quiso procurar al hombre un conocimiento mucho más perfecto de Sí: quiso que lo contempláramos cara a cara en el cielo, tal cual es, de modo inmediato, intuitivo y facial, a lo cual se sigue inefable interminable gozo. Y en esto consiste precisamente el fin sobrenatural, en la llamada visión beatífica (Dt. 530, 570, 693, 1647, 1928, etc.). Este fin sobrenatural, gratuito por parte de Dios, es obligatorio por parte del hombre. No puede renunciar a él, para contentarse con un fin meramente natural, porque la elevación al orden sobrenatural es universal y absoluta. De modo que a todo hombre se le presenta este dilema o ser inmensa y eternamente feliz, gozando de la visión de Dios en la gloria, o verse para siempre privado de Dios y castigado a eterna desdicha: tertium non datur. Esta simple consideración nos prueba con cuánto esmero debemos tender a la consecución de nuestro último fin. 7.3.3 El orden sobrenatural El orden sobrenatural consiste propiamente en dos cosas: lo. En el fin sobrenatural a que Dios destinó al hombre. 2o. En los medios sobrenaturales que Dios le dio para conseguir este fin, de los cuales el más importante es la gracia santificante que se infunde en los sacramentos. 7.4 ELEVACION DEL HOMBRE AL ORDEN SOBRENATURAL 7.4.1 Noción Dios elevó desde un principio a nuestros primeros padres y a todos los hombres al orden sobrenatural (cfr. Conc. Vaticano I, Const. dogm. Dei Filias, c.2). Esto es: a) Le señaló como último fin su eterna posesión en el cielo, por la visión beatifica. b) Para poder llegar a este fin les concedió medios sobrenaturales a propósito, de los cuales el principal es la gracia. El estado en que Dios creó a nuestros primeros padres recibe dos denominaciones: a) Estado de inocencia, porque ellos no fueron formados en el pecado, mientras que todos sus descendientes sí nacen en el pecado. b) Estado de justicia original. Con estas palabras se comprenden los diversos dones sobre. naturales y preternaturales con que Dios los enriqueció. 7.4.2 Dones sobrenaturales. La gracia. Filiación divina Los dones sobrenaturales son principalmente la gracia, las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Baste por ahora, dar una noción somera de lo que es la gracia, pues un estudio más completo de esta realidad sobrenatural y de los medios por los que nos llega -los sacramentos- se estudia en la Teología Sacramentaria.* * Cfr. Sada R. y Monroy A. Curso de Teología Sacramentaria pp. 19-30, ERSA, México 1980.

La gracia santificante es una participación de la Naturaleza divina, que nos hace hijos adoptivos de Dios y herederos de la gloria. lo. Es una participación de la naturaleza divina (cfr. 2a. Epístola de San Pedro 1, 4,). Como dijimos, los dones sobrenaturales, y entre ellos la gracia, son divinos en sentido estricto, esto es, propios de Dios. 2o. Que nos hace hijos de Dios. Por naturaleza somos tan sólo criaturas, siervos de Dios. La gracia, por sobre la naturaleza, nos hace sus hijos. Dos diferencias principales hay entre el hijo y el siervo: a) El hijo participa de la naturaleza de sus padres, de quienes recibió la existencia; el siervo es un extraño en la familia. b) El hijo tiene derecho a la herencia de sus padres; el siervo no. La gracia nos hace hijos de Dios no por naturaleza, sino por adopción. A veces en una casa recogen un niño huérfano, lo educan con esmero, llegan a adoptarlo por hijo, le dan el apellido familiar y una participación en la herencia. Algo así hace Dios con nosotros, participándonos algo de su Naturaleza, y dándonos derecho a su heredad. Sólo Jesucristo es Hijo de Dios por naturaleza. 3o. La gracia no es una participación sustancial de la naturaleza divina, sino una participación accidental; pues la misma substancia divina es incomunicable. 7.4.3 Dones preternaturales Dios adornó a nuestros primeros padres con cuatro dones preternaturales muy excelentes. Dos se refieren al alma, la ciencia y la integridad; y dos al cuerpo: la inmunidad y la inmortalidad. a) La ciencia consiste en que poseyeron sin estudio gran número de elevados conocimientos, en especial religiosos y morales que por referirse a Dios son más sapienciales. b) La integridad, en el orden perfecto de toda su naturaleza. Las pasiones estaban perfectamente sometidas a la razón, y ésta por entero a Dios. Por ello, era imposible un pecado pasional, pues para ello tenía antes que darse la ruptura de la razón con Dios. Por ello, nuestros primeros padres en estado de inocencia no podían pecar venialmente. c) La inmunidad, en que no estaban sometidos al dolor. La misma ley del trabajo era para ellos suave y deleitosa. d) La inmortalidad, en que no debían morir; sino que después de algún tiempo deberían ser trasladados al cielo sin pasar por la muerte. 7.4.4 Dones permanentes y transmisibles Estos dones, tanto los sobrenaturales, como los preternaturales, tenían dos propiedades: eran permanentes y transmisibles. lo. Eran permanentes. Esto es, Dios se los concedió a nuestros primeros padres, no por algún tiempo, sino de modo permanente, mientras no se hicieran indignos de ellos por el pecado. 2o. Eran transmisibles. Esto es, Adán los transmitirla por naturaleza a todos sus hijos. De manera que si Adán no hubiera pecado, todos los hombres nacerían en estado de gracia, con derecho al

cielo, y adornados de los dones preternaturales. 7.5 LA CAIDA DEL ESTADO DE JUSTICIA POR EL PECADO "Sin embargo, el hombre constituido por Dios en estado de inocencia, ya en el comienzo de la historia abusó de su libertad, inducido por el Maligno, alzándose contra Dios y pretendiendo alcanzar su fin fuera de Dios (. . .). Lo que nos enseña la Revelación divina coincide con la misma experiencia. Pues el hombre al observar su corazón hecha de ver que también está inclinado hacia el mal y sumergido en una multitud de maldades que no pueden venir de su Creador, que es bueno". Conc. Vaticano II, Const. past. Gaudium et Spes, num. 13; cfr. Conc. de Trento, Decreto sobre el pecado original, Dt. 782-792. (Vid. Puebla, nn. 281, 328 y 330). 7.5.1 El precepto y la desobediencia Dios colocó a nuestros primeros padres en un delicioso jardín, llamado el paraíso terrenal, donde gozaban de tranquila felicidad (cfr. Gen. 1, 26). Los elevó, además, a un orden sobrenatural con el cual eran capaces de lograr el fin sobrenatural de la visión beatifica. Sin embargo, por ser infinitamente justo, dispuso que ese fin lo obtuvieran por méritos propios, de acuerdo a la naturaleza libre de su ser. Para ello, les impuso un precepto, a saber, el no comer de una fruta que se encontraba en medio del paraíso, amenazándolos de muerte si desobedecían (cfr. Gen. 2, 17). Adán y Eva no obedecieron al Señor. Eva se dejó seducir por el demonio, quien le dijo que si comían serían como dioses, sabedores del bien y del mal. Comió, pues, del fruto, y luego se lo presentó a Adán, quien por complacerla también comió (cfr. Gen. 3). 7.5.2 El pecado El pecado de nuestros primeros padres no fue un simple pecado de gula, sino un gravísimo pecado de soberbia, al pretender ser iguales al Altísimo. En virtud del don de integridad, el pecado no podía ser de pasión -rebelándose éstas al dictado de la razón-, pues le estaban perfectamente sujetas. Tenía que venir la ruptura por la rebeldía de la razón, no sujetándose ésta al designio divino. Además, hizo más grave su pecado la circunstancia de que el mandato era fácil de guardar, y de que ellos no tenían ni ignorancia que cegara su mente, ni concupiscencia que los arrastrara al mal. 7.5.3 El castigo Nuestros primeros padres, no solamente fueron arrojados del paraíso en castigo de su pecado, sino que: lo. Fueron privados de los dones sobrenaturales, a saber: de la gracia y del derecho a la gloria; y quedaron esclavos del demonio y condenados a eterna perdición, si Dios no los perdonaba. 2o. Fueron privados de los dones preternaturales, y así: a) En vez de la ciencia se vieron sometidos a la ignorancia. b) En vez de la integridad, sintieron el desorden en su naturaleza; a saber, la concupiscencia, o rebelión de la carne contra el espíritu, y la inclinación al mal por parte de la voluntad.

c) En vez de la inmunidad se vieron sometidos a toda clase de privaciones y sufrimientos. d) Y en vez de la inmortalidad, se vieron castigados con la muerte. 7.6 EL PECADO ORIGINAL 7.6.1 Su naturaleza El pecado de Adán no es exclusivo de él, sino que se transmite a todos los hombres. Se llama pecado original porque nos viene a consecuencia de nuestro origen. Este pecado nos viene a consecuencia de nuestros origen, porque Adán era cabeza y fuente de todo el humano linaje. Adán, pues, con su pecado hizo que la naturaleza humana se rebelara contra Dios; y por eso, al nacer, recibimos la naturaleza humana privada de la gracia y del derecho al cielo. "Creemos que todos pecaron en Adán pues, esta naturaleza humana caída de esta manera, destituida del don de gracia de que antes estaba adornada, herida en sus mismas fuerzas naturales y sometida al imperio de la muerte, es dada a todos los hombres; por tanto, en este sentido, todo hombre nace en pecado. Mantenemos, pues, siguiendo al Concilio de Trento, que el pecado original se transmite, juntamente con la naturaleza humana, "no por propagación ni por imitación", y que se halla como propio de cada uno" (Pablo VI, Credo del Pueblo de Dios, n. 16). 7.6.2 Verdadero pecado, pero no es pecado personal en nosotros El pecado original es verdadero pecado, pero no es en nosotros pecado personal. lo. Es verdadero pecado. Porque nos despoja de la gracia y del derecho al cielo. Por su causa nacemos "hijos de la ira", como nos dice San Pablo; esto es, privados de la justicia original (cfr. Ef 2, 3). Para comprender mejor esta noción conviene tener presente la diferencia entre el acto de pecado y el estado de pecado. Pongamos por ejemplo un robo grave. El acto de pecado, o sea la misma acción de robar, pasa. El estado de pecado, o sea la privación de la gracia que el pecado produjo en nuestra alma, perdura hasta que el pecado se nos perdone. Pues bien, tratándose del pecado original cabe la misma distinción. El acto fue cometido por Adán y pasó. Las consecuencias de ese acto, o sea la privación de la gracia y del derecho al cielo, perduran y afectan a todos sus descendientes. 2o. Pero no es en nosotros pecado personal. Este pecado evidentemente es distinto en Adán y en nosotros. a) En Adán fue pecado personal, cometido por un acto de su voluntad. b) En nosotros no es cometido por un acto de nuestra voluntad, sino que nos viene sin quererlo, a consecuencia de nuestro origen. Por lo mismo que no hay acto ninguno de nuestra parte en él, no hay tampoco nada positivo. En nosotros el pecado original es una simple privación, a saber, la privación de la gracia con que hubiéramos nacido si no viniéramos al mundo manchados con él. 7.6.3 Sus efectos Por el pecado original, el hombre: a) Nace despojado de los dones sobrenaturales, de la gracia y del derecho al cielo. b) Se ve privado de los dones preternaturales y sometido a la ignorancia, la concupiscencia, los

sufrimientos y la muerte. c) Por último, su misma naturaleza quedó debilitada. Así dice el Concilio de Trento: "Todo Adán por el pecado pasó a peor estado en el cuerpo y en el alma " Una de las más desagradables consecuencias del pecado original es la inclinación al mal y la concupiscencia. lo. 1o. El pecado disminuyó en el hombre la inclinación al bien. La inclinación a la virtud es natural al hombre, porque obrar conforme a la virtud, es obrar conforme a la razón; pero, después del pecado, tender a la virtud resulta difícil y costoso. Sin embargo, es falsa la doctrina protestante según la cual la naturaleza humana quedó a tal grado corrompida, luego del pecado original, que ya es incapaz de obrar el bien. La fe católica indica que quedó herida, enferma, pero no corrompida. 2o. La concupiscencia -o inclinación al pecado - de suyo no es pecado. El Concilio de Trento condenó el error de Lutero, que confundía a la concupiscencia con el pecado original; y así el bautismo nos borra este pecado y nos deja la concupiscencia. Pero si es una de nuestras mayores mortificaciones y la raíz de mayor número de pecados. Preocupado por esa inclinación al mal exclamaba San Pablo "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" (Rom. 7, 24). a) No supone injusticia por parte de Dios Dios no fue injusto en castigar a todos los hombres por el pecado de uno solo; en efecto: lo. Si se trata de los dones sobrenaturales y preternaturales. a) No eran dones debidos a la naturaleza del hombre, sino sobreañadidos por pura bondad. b) Y Dios era libre de concedérselos bajo una condición. Y no cumplida ésta, pudo quitárselos sin injusticia. Ejemplo: Un maestro ofrece a sus alumnos un paseo si determinados discípulos se portan bien. Si ellos se portan mal, puede el maestro sin injusticia privar a todos del paseo. c) En fin, el pecado original puede privar de la felicidad del cielo; pero por el puro pecado original nadie se condena. Si se trata de niños que mueren sin bautismo, su destino es el limbo. Si de adultos, nadie se condena sin haber cometido una transgresión grave y voluntaria de la ley de Dios. 2o. Si se trata del debilitamiento que el pecado dejó en la naturaleza, tampoco obró Dios con injusticia, porque nos brindó medios muy propios para fortificarnos, y vencer la tendencia al mal. Dios la remedia dándonos la gracia de que el pecado nos privó. La gracia nos ayuda eficazmente en el vencimiento del mal y la práctica del bien. b) Dogma y misterio El pecado original es dogma de fe, definido por el Concilio de Trento, y expresado claramente en la Escritura.

Así dice San Pablo: "Como el pecado entró en el mundo por un solo hombre, y la muerte por el pecado, así la muerte ha pasado a todos los hombres, habiendo pecado todos en uno solo" (Rom. 5, 12). Consta, pues, que tanto el pecado como la muerte son efecto del pecado de uno solo. Más el pecado original también es un misterio. Hay en él cosas que no podemos comprender, aunque tampoco enseña nada que contradiga de lleno la razón. Por ejemplo, de Adán no recibimos sino el cuerpo; ¿Cómo es posible que se nos transmita el pecado, que reside en el alma? Contestan los autores que tal cosa no es imposible, como lo vemos en la ley de la herencia, pues con frecuencia los hijos heredan no sólo las cualidades físicas, sino también las intelectuales y morales de sus padres. Hay esta otra explicación, más fundamental: en razón del pecado de Adán, Dios crea para cada uno de sus descendientes el alma sin adornarla de la justicia original. Por otra parte, el dogma del pecado original ayuda mucho a explicar la debilidad y malas inclinaciones del hombre, que de otra suerte quedan sin explicación satisfactoria. 7.6.4 Excepción al pecado original Todos los hombres contraen el pecado original, con excepción de Nuestro Señor Jesucristo y la Santísima Virgen María. lo. Cristo no incurrió en él por derecho de naturaleza, ya que por su concepción milagrosa no estaba sometido a la triste herencia de Adán. 2o. La Virgen María tampoco lo contrajo, aunque ya no por derecho, sino por especial privilegio de Dios, que se llama su Inmaculada Concepción. La Inmaculada Concepción de María consiste en que María por especial privilegio de Dios, y en previsión de los méritos de Cristo, desde el primer instante de su ser se vio adornada con la gracia. Se dice: a) Por especial privilegio, porque María, como descendiente de Adán, hubiera debido contraer el pecado original; y, si no lo contrajo, fue por especial gracia o privilegio de Dios. b) En previsión de los méritos de Cristo, porque María necesitó ser redimida, como los demás hijos de Adán. Sólo que en ella la redención fue más admirable: a nosotros nos levanta después de caídos en el pecado; a María no le permitió caer. c) Desde el primer instante de su ser se vio adornada con la gracia, es decir, desde que su alma se juntó con su cuerpo, estuvo aquélla revestida de la gracia santificante. 7.7 LA PROMESA DEL REDENTOR Los hombres, después del pecado de Adán, ya no podrían salvarse al no usar Dios de especial misericordia con ellos. Pero Dios tuvo compasión del hombre caído, e inmediatamente después del pecado le prometió un Redentor. Su oficio principal debla ser el de mediador entre Dios y los hombres, para levantar al hombre caldo y acercarlo de nuevo a Dios. A nuestros primeros padres en el paraíso ya les dio la esperanza de un Salvador. Y a Abrahán le hizo la siguiente promesa: En un descendiente tuyo serán benditas todas las naciones de la tierra (Gen. 22, 18).

En los mismos términos renovó la promesa de Isaac y luego a Jacob: "Serán benditas en ti y en el que nacerá de ti todas las tribus de la tierra". A Judá, hijo de Jacob le prometió: "El cetro no será quitado de Judá... hasta que venga el que ha de ser enviado, y éste será la esperanza de las naciones". Y a David le anunció también que de su descendencia nacería el Mesías (cfr. Gen 26, 428, 14-49,10)

8. El Verbo Encarnado I 8.1 EL MISTERIO DE LA ENCARNACION: CRISTO ES PERFECTO DIOS Y PERFECTO HOMBRE 8.1.1 Enunciación del Misterio El misterio de la Encarnación nos enseña que la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, o sea el Hijo, se encarnó y se hizo hombre en las purísimas entrañas de la Virgen María. Encarnar significa hacerse carne, esto es, hacerse hombre. Cuando decimos que el Hijo de Dios se encarnó, queremos expresar que se hizo hombre, tomando un cuerpo y un alma como los nuestros. Cristo es pues, Dios y hombre verdadero. Hay en El dos naturalezas, la divina y la humana, cuya unión forma una sola persona que es la divina. 8.1.2 Errores. Defensa de los Concilios de Nicea, Éfeso y Calcedonia Hay tres clases de errores sobre este misterio: unos niegan en Cristo la naturaleza divina; otros la naturaleza humana; y otros, en fin, yerran sobre el modo como se unieron ambas naturalezas. lo. De los que niegan a Cristo su naturaleza divina el principal es Arrio (S.IV). Niega que Jesucristo sea Dios. Afirma que es una criatura perfectísima ; pero no admite que sea de una misma Naturaleza o Substancia con el Padre. Fue solemnemente condenado por el Concilio de Nicea (a. 325), el cual definió que el Hijo es consubstancial al Padre. Muchos protestantes de nuestros días niegan también la divinidad de Cristo (Bultmann, Bonhoffer, etc.). 2o. Niegan la naturaleza humana los gnósticos y algunos otros herejes: rechazaban que Cristo fuera verdadero hombre; y admitían que su cuerpo no era real sino ficticio, y de apariencia como un fantasma. 3o. Los que yerran sobre el modo de unirse las dos naturalezas en una persona: a) Nestorio (S.V) enseñó que en Cristo había dos personas, una para cada naturaleza. Y, como consecuencia, que María Santísima no podía llamarse Madre de Dios (teotokós), porque no era madre sino de la persona humana (antropotokós). Fue condenado por el Concilio de Éfeso (a. 43l). b) Eutiques profesó el error opuesto, a saber, que en Cristo no había sino una sola naturaleza, porque la naturaleza humana había sido absorbida por la divina, como el océano absorbe una gota de agua. Esta herejía conocida como monofisismo fue condenada por el Concilio de Calcedonia (a. 451). Otros herejes enseñaron que aunque en Cristo había dos naturalezas, sin embargo, no tenía sino una sola voluntad (monotelismo). No es lícito separarse de las nociones para exponer el misterio de la encarnación. En concreto las nociones de "naturaleza" y "persona" indican realmente quién es Jesucristo. Por eso "son claramente opuestas a esta fe las opiniones (. . .) según las cuales no sería revelado y conocido que el Hijo de Dios subsiste desde la eternidad, en el misterio de Dios, distinto del Padre y del Espíritu Santo- e igualmente las opiniones según las cuales debería abandonar la noción de la única persona de

Jesucristo, nacida antes de todos la naturaleza humana y, finalmente la afirmación según la cual la humanidad de Jesucristo existiría, no como asumida con la persona eterna del Hijo de Dios, sino, más bien, en sí misma como persona humana y, en consecuencia, el misterio de Jesucristo consistiría en el hecho de que Dios, al revelarse, estaría de un modo sumo presente en la persona humana de Jesús". S.C. para la doctrina de la Fe, Decl. 21-11-1972 (para defender la fe contra algunos errores actuales acerca de los misterios de la Encarnación y de la Santísima Trinidad), AAS 64 (1972), pp. 237 núm. 3. 8.2 LA UNION HIPOSTATICA 8.2.1 En Cristo hay dos naturalezas En Jesucristo hay dos naturalezas: una divina, porque es Dios; y otra humana, porque es hombre. a) Su naturaleza divina Jesucristo es Dios desde toda la eternidad, puesto que es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Y es hombre desde la Encarnación, es decir, desde que unió a su Persona la naturaleza humana, en el seno virginal de María Santísima. En el primer capítulo de su Evangelio, nos enseña San Juan esta doble verdad: (y nos dice que): "En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios"; y que "El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros" (Jn. 1, 1; 1, 8). Puesto que en Jesucristo hay dos naturalezas, habrá que decir que aquello que pertenece a la naturaleza en Jesucristo será doble: hay en El, pues, dos entendimientos, uno que corresponde a la Naturaleza divina y otro a la humana. Por la misma razón hay también en El dos voluntades. Respecto a su Naturaleza divina basta decir que tenía todas las perfecciones propias de la divinidad: hablemos de su naturaleza humana. b) Su naturaleza humana En la naturaleza humana de Cristo, podemos distinguir dos elementos: el cuerpo y el alma. 1o. El cuerpo de Cristo es: a) real: "Palpad, decía a sus apóstoles después de su resurrección, y considerad que un espíritu no tiene carne ni huesos como vosotros veis que yo tengo" (Lc. 24, 39). b) Delicado y perfectísimo, aunque sujeto al dolor, a las necesidades y a la muerte, porque venía a expiar nuestros pecados. 2o. El alma de Cristo es, como la nuestra, un espíritu creado por Dios para animar su cuerpo. Es, si, infinitamente más perfecta, ya en sus facultades naturales, ya en sus dones sobrenaturales. b. 1 Facultades naturales Digamos algo de sus facultades naturales; entendimiento y voluntad. lo. Su entendimiento estaba dotado de excelentes conocimientos. ""En él, nos dice San Pablo, estaban encerrados todos los tesoros de ,la sabiduría y ciencia de Dios" (Col. 2, 3) El entendimiento humano de Jesús estuvo dotado de tres clases de ciencias: la infusa, esto es, infundida directamente por Dios sin necesidad de imágenes ni raciocinios; la beatífica, o contemplación de la divina esencia; y la adquirida por medio de los sentidos y la razón. Las dos primeras le venían a causa de su unión con el Verbo; la tercera la adquirió con el paso del tiempo, en primer lugar de San José que le enseñó su oficio, de su Madre Santísima, del conocimiento sensible, de las enseñanzas de la Escritura y de los maestros de Israel.

2o. La voluntad humana de Cristo era perfectísima, dotada de eminente poder y santidad, y de perfecta libertad. "Soy dueño de dar mi vida y dueño de recobrarla", decía el Salvador (Jn. 10, 18). Tenía la voluntad de Cristo dos eximias perfecciones, de que carece la nuestra: la impecabilidad (no podía pecar, ni sentía inclinación al mal); y la integridad (en él no había concupiscencia, sino que el apetito estaba perfectamente sometido a la razón, puesto que en Cristo no existía el pecado original, ni aquellas de sus consecuencias que envuelven imperfección moral). Había también en Cristo perfecto acuerdo entre su voluntad humana y la divina. En su voluntad humana se daba principalmente un amor tiernísimo para con sus padres; y de amor, misericordia y mansedumbre con los hombres. "Mi comida es hacer la Voluntad del que me ha enviado ". "Venid a mí todos los que estáis agobiados por el sufrimiento, que yo os aliviaré". "Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón" (Jn. 4, 34 - Mt. 11, 28, 29). En Cristo hubo pasiones; y así leemos en la escritura que amó con predilección a San Juan, lloró ante la tumba de Lázaro, y se llenó de angustia, tedio y tristeza al pensamiento de su pasión. Sus pasiones, sin embargo, se diferenciaban de las nuestras en que nunca tendieron a un fin malo, y siempre obedecían la dirección rectísima de su voluntad. b.2 Dones sobrenaturales y preternaturales Cristo estuvo adornado con la plenitud de la gracia, virtudes y dones del Espíritu Santo; y no podía ser de otra manera dada su unión íntima y personal con la divinidad. "Hemos visto su gloria, lleno de gracia y de verdad. De su plenitud todos hemos recibido" (Jn. 1, 14, 16). Respecto a los dones preternaturales ya hemos indicado que tuvo la ciencia y la integridad; más no la inmunidad ni la inmortalidad, pues quiso expiar nuestros pecados sometiéndose al sufrimiento y a la muerte. 8.2.2 En Cristo no hay sino una persona: la Divina Las dos naturalezas de Cristo están unidas en una sola persona, que es la divina, a quien llamamos Jesucristo. El Verbo divino no se unió a una persona humana, sino a una naturaleza humana; y así la persona divina hace las veces de persona no sólo para la Naturaleza divina, sino también para la naturaleza humana, a la cual se unió. Nuevamente aquí se encuentra nuestra inteligencia frente a un misterio. Podemos comprobar que en esta unión no hay contradicción, pero no podemos comprender a fondo cómo se hace. Creemos sí con absoluta firmeza en él, porque Dios nos lo reveló en forma que nos brinda plena certidumbre. Así como dijimos que en Jesucristo todo lo que se refiere a la naturaleza es doble -dos inteligencias, dos voluntades-, todo lo que se refiere a la persona será único: y así, no adoro en El dos seres, sino uno solo, no actúan dos individuos sino uno solo, etc. 8.2.3 La unión hipostática: Noción La unión de las dos naturalezas en Cristo se llama hipostática o persona, porque ambas están unidas en una sola Persona: la del Verbo. Hipóstasis es el sustantivo griego que corresponde al sustantivo castellano persona, e hipostático el adjetivo que corresponde al adjetivo personal. Las dos naturalezas de Cristo se mantienen íntimamente unidas, pero sin confundirse; como el cuerpo y el alma en el hombre están en íntima unión, pero sin confundirse el uno con la otra. La unión de las dos naturalezas en Cristo es perpetua. El Verbo tomó la naturaleza humana para siempre. Por eso en la Eucaristía y en el cielo su divinidad permanece unida a su cuerpo y a su

alma.

8.3 ALGUNAS CONSECUENCIAS DE LA UNION HIPOSTATICA Esta unión tiene consecuencias importantes: a) todos los actos de Cristo tienen valor infinito; b) su humanidad; c) hay comunicación merece adoración de propiedades entre las dos naturalezas. 8.3.1 Valor infinito de sus actos La persona, en general, tiene la propiedad de ser centro de atribución de todos los actos del individuo. Por ejemplo, no se dice: mi garganta canta, mi voz habla, mi cerebro siente; sino, yo canto, yo hablo, yo siento; atribuyendo al mismo "yo" todas mis acciones. Lo mismo pasa en Cristo. Todas sus acciones, así las de su Naturaleza divina como las de la humana, se refieren a su persona. Así decimos que Cristo creó el mundo (obra propia de Dios), y que padeció (obra propia del hombre). De esta doctrina se saca la consecuencia importantísima que todas las acciones de Cristo, aun las propias de su naturaleza humana tienen valor infinito por atribuirse a la persona divina del Verbo. Esta doctrina nos permite también ilustrar la Redención: En efecto, si hubiera en Cristo dos personas, una divina y otra humana, la Redención no hubiera podido verificarse; pues la persona divina no hubiera podido padecer ni morir; y la persona humana hubiera podido padecer y morir, pero sus acciones no tendrían valor infinito, por no proceder de una persona divina. Por el contrario, en la doctrina católica se ilustra la Redención; porque Cristo padece en cuanto hombre, esto es , en su naturaleza humana; pero sus padecimientos tienen valor infinito por la unión personal entre la naturaleza humana y la Persona divina. "En efecto, amó Dios tanto al mundo, que le dio a su unigénito Hijo. Así como en el hombre-Adán este vínculo quedó roto, así en el hombre-Cristo ha quedado unido de nuevo" (Juan Pablo II, En. Redemptor Hominis, 4-11-1979, Núm. 8), (cfr. Puebla, n. 400). 8.3.2 Su Humanidad merece adoración La Humanidad de Cristo merece ser adorada a causa de su unión personal con el Verbo divino. De modo que el culto que se rinde a su Humanidad se rinde al Hijo de Dios. Por eso la Iglesia permite que al Corazón de Jesús y a sus sagradas llagas, se dé culto directo de latría o adoración, Igualmente permite que a la santa Cruz, a los clavos de la pasión, a la sábana santa, etc. se dé culto indirecto de latría, por la relación íntima que guardan con la naturaleza humana de Cristo. 8.3.3 Comunicación de propiedades La comunicación de propiedades consiste en que puede atribuirse a Cristo Dios lo que es propio de la naturaleza humana; y a Cristo hombre lo que es propio de la naturaleza divina. Así se puede decir que Dios murió y resucitó; o que un hombre es inmortal y omnipotente. Debe mantenerse el cuidado de emplear términos concretos, y no abstractos. Así se dices que Dios es hombre, murió, etc., pero sería gravísimo error decir que la divinidad es la humanidad, o que la divinidad murió.

La razón es porque no todo lo que puede aplicarse a la persona de Cristo, puede aplicarse a la divinidad en general. Esta comunicación de propiedades la llaman los teólogos comunicación de idiomas, porque idioma quiere decir en griego propiedad; viene del adjetivo, idios, que significa propio, particular

9. El Verbo Encarnado II 9.1 CRISTO FUE CONCEBIDO POR OBRA Y GRACIA DEL ESPIRITU SANTO 9.1.1 Cómo se verificó La Concepción de Nuestro Señor Jesucristo en el seno de la Virgen María se hizo de modo sobrenatural y milagroso. "Y por obra del Espíritu Santo se encarnó de la Virgen María", rezamos en el Credo. Veamos en alguna forma cómo se realizó este altísimo misterio: a) El cuerpo de Cristo fue formado por el Espíritu Santo en las entrañas de la Virgen María, en el mismo cuerpo de la Santísima Virgen. b) El alma de Nuestro Señor Jesucristo fue creada directamente por Dios y unida al cuerpo. c) A este cuerpo y a esta alma se unió el Verbo Divino, en una sola persona: Jesucristo. San Lucas nos refiere en el primer capítulo de su Evangelio cómo se verificó este augusto misterio. El Arcángel Gabriel se presentó en Nazaret a la Virgen Santísima. y tuvo lugar entre los dos este diálogo sublime -El Arcángel: "Dios te salve, llena de gracia; el Señor es contigo; bendita tú eres entre todas las mujeres". Al oír tales palabras la Virgen se turbó, v se puso a considerar qué significaría tal salutación. Mas el Arcángel le dijo: "No temas María, porque has hallado gracia delante de Dios. He aquí que concebirás y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Este será grande y será llamado Hijo del Altísimo". -María: "¿Cómo puede ser esto, pues yo no conozco varón?" -El Arcángel: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por cuya causa El Santo que de ti nacerá será llamado Hijo de Dios". -María: "He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra". El Arcángel se retiró, y en las entrañas de María se obró el misterio inefable de la Encarnación del Verbo. Es importante detenerse a considerar este misterio. Y, entre otras razones, caer en la cuenta de que todo sucedió en un, único instante de tiempo: la formación del cuerpo, la creación e infusión del alma y la asunción de la naturaleza humana por parte de la Persona divina. Si la Encarnación se hubiera dado en momentos sucesivos, -primero la unión cuerpo-alma, y luego la unión de naturalezas- Cristo habría tenido persona humana, y la Santísima Virgen no seria Madre de Dios sólo Madre del hombre. Y la Redención del género humano no hubiera tenido lugar, pues las acciones de Cristo serían acciones del hombre, y por tanto, sin valor infinito. 9.1.2 Necesidad y fin de la Encarnación lo. La Encarnación era necesaria en el supuesto de que Dios exigiera por el pecado una reparación digna de El. Porque una reparación digna de Dios sólo puede darla un hombre-Dios.

Esta idea la explicaremos mejor al hablar de la necesidad de la Redención. Agreguemos que si Dios hubiera determinado perdonar bondadosamente al hombre, la encarnación no hubiera sido necesaria. 2o. El Hijo de Dios al encarnar se propuso varios fines: a) El primero y principal fue reparar en una forma digna y adecuada la ofensa que el pecado causó a su Padre. b) El segundo, fue la salvación del género humano, envilecido por la culpa. "Jesucristo vino al mundo para salvara los pecadores" (I Tim. 1, 15). c) El tercero fue darnos ejemplo de vida, esto es, presentársenos como modelo de todas las virtudes. 9.2 JESUCRISTO NACIO DE SANTA MARIA VIRGEN 9.2.1 María es verdaderamente Madre de Dios María Santísima puede llamarse con propiedad Madre de Dios, porque es madre de Jesucristo, que es verdadero Dios. Una madre no engendra el alma sino sólo el cuerpo de su hijo; y sin embargo, por la unión substancial entre el cuerpo y el alma, es llamada madre de él. Así, aunque María no formó sino el cuerpo de Cristo, por la unión substancial de este cuerpo con la Segunda Persona divina, es llamada con propiedad Madre de Dios. El Concilio de Éfeso (a. 43 1) condenó la herejía de Nestorio, quien enseñaba que María Santísima no se podía llamar Madre de Dios (cfr. Dt. 113). "María -dice el Papa Juan Pablo II citando el conc. de Éfeso- es la Madre de Dios (theotókos); ya que por obra del Espíritu Santo concibió en su seno virginal y dio al mundo Jesucristo, el Hijo de Dios consubstancial al Padre (En. Redemptor hominis, n4; ver también Conc. Vat. II const. Lumen gentiun. n. 53). 9.2.2 Su dignidad y principales títulos El título de Madre de Dios es para María su más alta dignidad y de él emanan sus más excelentes privilegios. lo. La más alta dignidad, pues en razón de su maternidad divina tiene estrechas relaciones con las divinas personas: con el Padre, que la escogió desde siempre como Madre de su Hijo. Con el Hijo, al que dio su humanidad; y con el Espíritu Santo, de quien recibió santísima fecundidad. 2o. Sus más excelentes privilegios, porque su título de Madre de Dios es la causa de su Inmaculada Concepción, de su plenitud de gracia, virginidad perpetua y asunción a los cielos. Estudiemos estos privilegios. a) Inmaculada Concepción. Es dogma de fe definido por S. S. El Papa Pío IX el 8 de Diciembre de 1854 (Bula Ineffabilis Deus, Dt. 1641) que "La Virgen María fue preservada e inmune de toda mancha de pecado original en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano". La razón de él es que Cristo no podía permitir que su madre estuviera ni por un momento privada de la gracia y sometida al demonio. b) Plenitud de gracia.

El alma de la Virgen María fue adornada desde ese primer instante de un inmenso tesoro de gracia, que no cesó nunca de acrecentarse con nuevos dones de Dios. Y ya que la gracia es incompatible con el pecado, estuvo siempre libre de él: no cometió ni el más leve pecado venial ni se vio sometida a la concupiscencia. "Llena de gracia" la saludo el Arcángel (Lc. 1, 28) y, la razón de este saludo es que la Virgen ha recibido -enseña Juan Pablo II - "una bendición singular entre todas las bendiciones en Cristo" (Ene. Redemptoris Mateo- n. 8) La plenitud de la gracia fue concedida a María en grado inferior que a la humanidad de Cristo -cuya medida es la unión hipostática-, pero muy superior a los ángeles y los santos, por eso es Reina de los ángeles y Madre de todos los hombres en el orden de la gracia. La plenitud inicial se fue desarrollando a lo largo de toda su vida porque su amor fue siempre activo, llegando a una perfección insuperable. c) virginidad perpetua de la Madre de Dios. El amor de Jesús a su Madre, que había ofrecido a Dios su virginidad, hizo que los planes divinos de redención se realizasen respetando ese propósito de María. La maternidad y la virginidad, dice San Bernardo (cfr. In assumptione B. Mariae Virginis: PL. 183, 428), son las dos coronas que Dios quiso concederle. Las palabras del Arcángel Gabriel manifiestan claramente que María será Madre de Dios sin dejar de ser Virgen (cfr. Mi. 1, 22-23), como había sido ya profetizado por Isaías (cfr. Is. 7,14). La Iglesia explica este privilegio mariano con una fórmula tradicional: antes, en y después del parto. Antes del parto porque concibió por obra del Espíritu Santo. En el parto porque, como señala el Catecismo Romano (cfr. 1,4,8), "María dio a luz a su divino Hijo sin detrimento de su virginidad, como el rayo del sol atraviesa un cristal sin romperlo ni mancharlo". Después del parto porque siempre permaneció virgen. Cuando en el Evangelio se habla de los "hermanos de Jesús (cfr. Mt. 12, 46-50; Mc. 3, 31-35; Lc. 8, 19-21), se refiere, según el uso bíblico de la palabra hermano, a sus primos o parientes. Igualmente llama a José "padre de Jesús" (cfr. Lc. 2,48), porque desempeñó ese oficio y fue su padre ante la ley. d) Asunción y glorificación de la Virgen. El Papa Pío XII definió en 1950 como dogma de fe que "la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrestre, fue asunta a la gloria celeste en cuerpo y alma" (cfr. Bula Munificentissimus Deus, Dt. 2333).d El sentido de la definición es que María, que participó tan estrechamente de la Redención de su Hijo, debía también asemejarse a El en su glorificación y por eso, al terminar su peregrinaje terreno, fue llevada al Cielo no sólo en el alma, como los demás santos, sino también en el cuerpo. Complemento de su glorificación es su realeza; así lo reclama su íntima relación con Cristo, Señor y Rey del Universo: "A esta exaltación de la Hija excelsa de Sión, mediante la asunción a los cielos, está unido el misterio de su gloria eterna. En efecto, la Madre de Cristo es glorificada como Reina universal" (En. Redemptoris Mater. n. 41). 9.2.3 María como medianera de todas las gracias La Iglesia enseña que sólo Jesucristo es nuestro Mediador (cfr. I Tim. 2, 5-6) y, sin embargo, aplica a la Virgen el término de Medianera porque sabe que "la misión maternal de María para con los hombres no oscurece ni disminuye en modo alguno esta mediación única de Cristo, antes bien sirve para demostrar su poder" (En. Redemptoris Mater. n. 38). Esta mediación subordinada de María "es, al mismo tiempo, especial y extraordinaria. Brota de su maternidad divina y puede ser comprendida y vivida en la fe, solamente sobre la base de la plena

verdad de esta maternidad. Siendo María, en virtud de la Elección divina, la madre del Hijo consubstancial al Padre y "compañera singularmente generosa" en la obra de la redención, es nuestra Madre en el orden de la gracia. Esta función constituye una dimensión real de su presencia en el misterio salvífico de Cristo y de la Iglesia" (Ene. Redemptoris Mater, n. 38). a) Madre de los hombres en el orden de la gracia Por ser María Madre de Jesucristo, nuestra cabeza, es también Madre nuestra, pues somos miembros del Cuerpo de Cristo. Esta maternidad espiritual comienza en la Encarnación y es confirmada por el mismo Jesucristo desde la Cruz (cfr. Juan 19, 25-27). El Concilio Vaticano II lo explica así. "Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo al Padre en el templo, sufriendo junto con su Hijo, que moría en la Cruz, cooperó de manera absolutamente singular, por la obediencia, por la fe, la esperanza y la ardiente caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Por esta razón es nuestra Madre en el orden de la gracia" (Cons. Lumen gentiun, n. 61). Desde este punto de vista es particularmente significativo otro texto de San Juan que nos presenta a la Virgen en las bodas de Caná (cfr. Juan 2, 1-2), porque manifiesta "la solicitud de María por los hombres, el ir a su encuentro en toda la gama de sus necesidades. En Caná de Galilea se muestra sólo un aspecto concreto de la indigencia humana aparentemente pequeño y de poca importancia ("No tienen vino"). Pero esto tiene un valor simbólico. El ir al encuentro de las necesidades del hombre significa, al mismo tiempo, su introducción en el radio de acción de la misión mesiánica y del poder salvífico de Cristo. Por consiguiente, se da una mediación: María se pone entre su Hijo y los hombres en la realidad de sus privaciones, indigencia y sufrimientos. "Se pone en medio, o sea hace de mediadora no como una persona extraña, sino en su papel de Madre", consciente de que como tal puede -más bien "tiene el derecho de- hacer presente al Hijo las necesidades de los hombres. Su mediación, por lo tanto, tiene un carácter de intercesión: María "intercede" por los hombres. No sólo como Madre desea también "que se manifieste el poder mesiánico del Hijo", es decir su poder salvífico encaminado a socorrer la desventura humana, a liberar al hombre del mal que bajo diversas formas y medidas pesa sobre su vida" (En. Redemptoris Mater, n. 21). Al mismo tiempo, señala también el Papa Juan Pablo 11, hay otro aspecto de la función maternal de María, que es el presentarse "ante los hombres como portavoz de la voluntad del Hijo", indicadora de aquellas exigencias que deben cumplirse para que pueda manifestarse el poder salvífico del Mesías- (Ibid, n. 21). El "haced lo que El os diga" es, en efecto, la enseñanza más grande de la Madre a los hijos. b) Corredentora La mediación de gracia de María, como queda dicho, no se reduce a la mera intercesión: la Virgen, por ser Madre de Dios, participa de la potestad regia de conducir a los hombres hacia el Cielo. La Bienaventurada Virgen María es, en efecto, Corredentora. Ya el anunció de Simeón (cfr. Lc. 2, 34-35) le había indicado claramente "la concreta dimensión histórica en la cual su Hijo cumpliría su misión, es decir en la incomprensión y el dolor... Así, le revela también que deberá vivir en el sufrimiento al lado del Salvador que sufre, y que su maternidad será oscura y dolorosa" (En. Redemptoris Mater, n. 16). Ese anuncio alcanza su pleno significado cuando María está junto a la Cruz de su Hijo (cfr. Juan 19,25). Padeció y casi murió junto al Hijo que padecía y moría, y abdicó de sus derechos maternales sobre Jesús para que todos los hombres alcanzaran la salvación y, en lo que de Ella dependía, lo entregó para aplacar la justicia divina. Se puede, pues, decir con verdad que redimió con Cristo al género humano. c) Madre de la Iglesia

Santa María, como Madre de Cristo, es Madre de la Iglesia; es decir, de todo el Pueblo de Dios. Por ello al terminar la tercera sesión del Concilio Vaticano II, el Papa Pablo VI la proclamó solemnemente Madre de la Iglesia. Juan Pablo II hace ver que desde el momento mismo en que la Iglesia inicia su camino o peregrinación de fe, el día de Pentecostés, está presente María como un testigo excepcional del misterio de Cristo "en la base de lo que la Iglesia es desde el comienzo, de lo que debe ser constantemente, a través de las generaciones, en medio de todas las naciones de la tierra, se encuentra la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor. Precisamente esta fe de María, que señala el comienzo de la nueva y eterna Alianza de Dios con la humanidad en Jesucristo, ésta heroica fe suya precede el testimonio apostólico de la Iglesia, y permanece en el corazón de la Iglesia, escondida como un especial patrimonio de la revelación de Dios" (En. Redemptoris Mater, n. 27) 9.2.4 El culto y la devoción a María Santísima Pablo VI afirmó que la devoción a María es "un elemento cualificador e intrínseco de la genuina piedad de la Iglesia y del culto cristiano" (Ex. Marialis Cultus, n. 56). Esta es una experiencia vital e histórica en toda América Latina que, como señalaba Juan Pablo II, pertenece a la íntima "identidad propia de estos pueblos" (Discurso en Zapopan; cfr. Documento de Puebla nn. 283, 285, 291, 294, 299, 745). Todas las prerrogativas que hemos recordado, al mismo tiempo que revelan la dignidad inmensa de la Madre de Dios, nos manifiestan el trascendental puesto que el Señor le asignó en la obra redentora. De ahí surgen en el hombre las relaciones sobrenaturales con la Madre, expresadas a través de las fiestas marianas y de tantas devociones llenas de piedad y de cariño. Entre esas devociones el rezo del Santo Rosario es una de las más recomendadas por la Iglesia: "El rezo del Santo Rosario, con la consideración de los misterios, la repetición del Padre nuestro y del Avemaría, las alabanzas a la Beatísima Trinidad y la constante invocación a la Madre de Dios, es un continuo acto de fe, de esperanza y amor, de adoración y reparación" (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Roma, 9 de enero de 1973). Podemos y debemos acudir a su amparo, acogiéndonos a su maternal protección, como lo hacía el Papa Juan Pablo II en 1979, durante su viaje a México, ante la imagen de la Virgen de Guadalupe: "¡Oh Virgen Inmaculada, Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!.. Escucha la oración que con filial confianza te dirigimos, y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro". Esta es la maternal tarea de la Virgen: llevarnos a Cristo.

9.3 EXCELENCIA DE SAN JOSE, ESPOSO DE LA VIRGEN José, descendiente de David y a quien la Sagrada Escritura llama "justo" (cfr. Mt. 1, 19), es decir, varón de eximia santidad, fue el hombre elegido padre de Cristo en un doble sentido: a) ante la ley, en cuanto era el esposo de María; b) por el amor y cuidado que tuvo con el niño Dios, a quien prestó los servicios del más cariñoso de los padres. San José es llamado padre nutricio del Salvador en cuanto lo nutrió y alimentó, y padre putativo, en cuanto era reputado por el común de las gentes como verdadero padre de Jesús, pues el misterio de la encarnación quedó oculto a ellas. Estos títulos, sin embargo, no pueden hacer pensar que las relaciones entre José y Jesús eran frías y exteriores. Es verdad que la fe nos dice que no era padre según la carne, pero su paternidad fue más profunda que la de la carne, y quiso a Jesús como el mejor de los padres ama a su hijo. Jesús, en lo humano, señala Mons. Escrivá de Balaguer, debió parecerse a José: "en el modo de trabajar, en los rasgos de su carácter, en la manera de hablar. En el realismo de Jesús, en su espíritu

de observación, en su modo de sentarse a la mesa y de partir el pan, en su gusto por exponer la doctrina de una manera concreta, tomando ejemplo de las cosas de la vida ordinaria, se refleja lo que ha sido la infancia y la juventud de Jesús y, por tanto, su trato con José" (Es Cristo que pasa, n. 55). Después de Santa María, es José la criatura más excelsa; en virtudes, en perfección, en grandeza de alma. "Como San José -señala el Papa León XIII- estuvo unido a la Santísima Virgen por el vínculo conyugal, no cabe la menor duda que se aproximó más que persona alguna a la dignidad sobre eminente por la que la Madre de Dios sobrepasa a las restantes naturalezas creadas... Sí, pues, Dios dio a la Virgen por esposo a José, no sólo se lo dio, ciertamente, como sostén en la vida, sino que también le hizo participar, por el Vínculo matrimonial, en la eminente dignidad que ésta había recibido" (En. Quaquam Pluries). Así lo explica San Bernardino de Siena: "Cuando, por gracia divina, Dios elige alguno para una misión muy elevada, le otorga todos los dones necesarios para llevar a cabo esa misión, lo que se verifica en grado eminente en San José, padre nutricio de Nuestro Señor Jesucristo y esposo de María" (Sermo I de S. Joseph). A él, que es quien trató con mayor intimidad a Jesús y a María, le venera la Iglesia como maestro de vida interior. El Papa Pío IX lo declaró el 8-XII-1870 como especial protector y patrono de la Iglesia. Fomenta, además, su devoción, viendo en ella un camino fácil para aumentar el amor a su Esposa y a su Hijo: "Si crece la devoción a San José, el ambiente se hace al mismo tiempo más propicio a un incremento de la devoción a la Sagrada Familia... José nos lleva derecho a María, y por María llegamos a la fuente de toda santidad, a Jesús, quien por su obediencia a José y María consagró las virtudes del hogar" (Benedicto XV, M. pr. Bonum sane et salutare). 9.4 JESUCRISTO NUESTRO SEÑOR Dios determinó salvar a la humanidad enviando una de las tres divinas Personas, para que se hiciera hombre y nos redimiera. La segunda Persona, o sea el Hijo, fue la que se hizo hombre, tomando cuerpo humano en las entrañas de la Virgen María. Y hecho hombre, se llama Jesucristo. El Redentor recibe los nombres de Jesús, Cristo y Nuestro Señor. lo. Jesús significa Salvador. Es su nombre, por decirlo así, civil; nombre común entre los judíos, por el cual era conocido: "Jesús de Nazareth". Un ángel reveló este nombre a María y a José: "Le pondrás por nombre Jesús, porque ha de salvar a su pueblo de sus pecados" (Lc. 1, 3). Por eso lo llamamos expresivamente "El Salvador". 2o. Cristo, en hebreo, Mesías, significa ungido o consagrado. Se da este nombre al Redentor, porque en Israel eran ungidos los sacerdotes, reyes y profetas; y Cristo fue sumo Sacerdote, Rey y Profeta. Así como el nombre de Jesús hace referencia principal a su naturaleza humana, el de Cristo la hace a la divina, como sinónimo de algo sagrado. Y la unión de ambos -Jesucristo- expresa la unión de las dos naturalezas. Cristo es Sacerdote, en cuanto ofreció el gran sacrificio de la Nueva Ley, y se constituyó mediador entre Dios y los hombres. Rey, porque todas las criaturas están sometidas a su dominio. Profeta, porque nos enseñó en nombre de Dios y nos reveló sus misterios. La unción de Cristo no fue con aceite material, como la de los sacerdotes y reyes de Israel; sino espiritual, en cuanto Dios lo llenó de toda suerte de gracias, y lo constituyó Rey Sacerdote Sumo. 3o. Jesucristo se llama Nuestro Señor, porque además de habernos creado en cuanto Dios junto con

el Padre y el Espíritu Santo, nos rescató al precio de su sangre en cuanto hombre-Dios; y por eso es de modo especial nuestro dueño y señor. 9.5 FIGURAS Y PROFECIAS DEL REDENTOR Cristo es el verdadero Mesías, o enviado de Dios, porque en él se realizaron las figuras y profecías que anunciaban al Mesías prometido. Entre las figuras y las profecías hay esta diferencia: que la figura anuncia por medio de hechos o personas y la profecía por medios de palabras. 9.5.1 Figuras del Mesías Las principales figuras del Mesías son: a) de su pasión y muerte, Abel, Isaac, la serpiente de bronce y el cordero pascual; b) de su resurrección, Jonas; c) de su sacerdocio, Melquisedec, y d) de su Iglesia, el Arca de Noé. Abel: su sacrificio fue agradable a Dios; murió inocente, y su sangre clamó hasta el Señor. La sangre de Cristo clama también, no venganza sino perdón. "La aspersión de la sangre de Jesús habla mejor de la de Abel" (San Pablo, Heb. 12, 24). Isaac: también inocente, es condenado a morir, y subió a una montaña cargado con la leña que serviría para su sacrificio. La serpiente de bronce: Levantada sobre una cruz, curaba de la mordedura de las serpientes a quienes la miraban; imagen de Cristo crucificado, que sana las heridas de nuestra alma. El cordero pascual: se ofrecía en expiación de los pecados, y su sangre preservó a los israelitas del ángel exterminador. Jonás, de quien dijo Cristo: "Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena: así el Hijo del hombre estará tres días y tres noches en el seno de la tierra". Melquisedec, sacerdote del Altísimo, ofreció en sacrificio pan y vino; Jesucristo "constituido pontífice según el orden de Melquisedec" (San Pablo, Hebr. 5, 10) se ofrece diariamente en sacrificio bajo las especies de pan y vino. El Arca de Noé: único refugio de salvación cuando el diluvio, como hoy Cristo y su Iglesia. 9.5.2 Profecías sobre el Mesías Los profetas anunciaron el tiempo en que aparecería, las principales circunstancias de su nacimiento, vida, pasión y muerte, su resurrección y ascensión y la fundación de su Iglesia. lo. Acerca del tiempo en que aparecería: a) Daniel anunció que desde el edicto para reedificar a Jerusalén hasta la muerte del Mesías no alcanzarían a transcurrir setenta semanas de años (cfr. Dan. 9, 24). Efectivamente a mediados de la última de las setenta semanas murió el Salvador; b) Jacob, profetizó que el cetro real no sería quitado a la familia de Judá hasta la venida del Mesías (cfr. Gen. 49, 10). Cuando los judíos le pedían a Pilato la condenación de Cristo y le decían: "no tenemos otro rey sino al César", atestiguaban sin advertirlo el cumplimiento de esta profecía (Jn. 19, 15). 2o. Sobre su nacimiento: Miqueas profetizó que nacería en Belén; e Isaías que nacería de madre Virgen, saldría de la tribu de Judá y vendrían a adorarlo reyes de oriente. "He aquí que concebirá una virgen y dará a luz un hijo y será llamado Emmanuel, esto es, Dios con nosotros" (Is. 7, 14). -Y tú oh Belén eres pequeña respecto a las principales de Judá; pero de ti saldrá el que ha de dominar a Israel, el cual fue engendrado desde el principio, desde los días de la eternidad" (Miq. 5, 2). 3o. Sobre su vida: predijeron entre otras cosas que enseñarla públicamente teniendo por auditorio a los pobres (1);sería taumaturgo, legislador y sacerdote eterno (2) ; se mostraría indulgente. No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que aún humea"(3). "El mismo Dios vendrá y os salvará. Entonces serán abiertos los ojos de los ciegos y las orejas de los sordos, Entonces el cojo

saldrá como el ciervo y se soltará la lengua de los mudos"(4). 4o. Acerca de su pasión y muerte: predijeron numerosas circunstancias, por ejemplo, que sería vendido en treinta ciclos de plata (5), abofeteado y escupido (6), azotado y despojado de sus vestiduras (7), que hecharían suertes sobre éstas (8) y le taladrarían las manos y los pies (9), y le darían a beber hiel y vinagre (10)(11) (12). 5o. Sobre su Iglesia: anunciaron que el Mesías establecería un nuevo y purísimo sacrificio (13) y un nuevo sacerdocio; que fundarla un reino espiritual, el cual habría de extenderse hasta los confines del mundo, y nunca sería destruido (14). ................... 1) Is. 61, 1 y 28, 19. 2) Deut. 18, 18; Ps. 109, 4. 3) Is. 43, 3. 4) Is. 35, 4. 5) Zac. 11, 12. 6) Is. 50, 6. 7) Is. 53, 4. 8) Ps. 21, 29. 9) Ps. 21, 28. 10) Ps. 48, 12. 11) Ps. 15, 10, 12) Ps. 23, 7. 13) Mal. 1, 11 14) Is. 9, 7.

9.6 JESUCRISTO ES VERDADERO DIOS 9.6.1 Verdad fundamental "La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros esta: hacia Cristo, Redentor del hombre; hacia Cristo, Redentor del mundo. A El queremos mirar nosotros, porque sólo en El, Hijo de Dios, hay salvación, renovando la afirmación de Pedro " Señor: ¿a quién iríamos, Tú tienes palabras de vida eterna" (Juan Pablo II, En. Redemptor Hominis, núm. 7). Cfr. Puebla, núm. 214. La doctrina sobre la divinidad de Cristo es de capital importancia. En efecto, si Jesucristo es verdadero Dios, se sigue que son divinas su doctrina, la Iglesia que fundó y las verdades que ésta nos enseña. Por el contrario si no fue Dios, ni su doctrina, ni su Iglesia son divinas, ni El nos merece crédito, porque nos habría engañado al presentarse como Dios.

"La Iglesia cree que Cristo, que murió y resucitó por todos, ofrece al hombre luz y fuerza, por medio del Espíritu Santo, para que pueda responder a su vocación; y que no se les ha dado a los hombres otro nombre bajo el cielo por el que puedan salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y la finalidad de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Además, la Iglesia afirma que en el fondo de todos los cambios hay muchas cosas que no cambian, que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer y hoy y por todos los siglos" (Con. Vaticano 11, Const. Past. Gaudium et Spes, núm. 10) (cfr. Puebla, núm. 194). Veamos, pues, las principales pruebas de su divinidad. Ellas son: a) y b) las profecías realizadas en El, que lo señalaban como Dios; C) los milagros obrados en confirmación de su divinidad; d) la afirmación del mismo Jesucristo; e) la afirmación de su Padre celestial; f) la santidad de su vida y doctrina; la afirmación de los apóstoles y de la Iglesia. 9.6.2 Pruebas de la divinidad de Cristo a) Las profecías Las profecías, que como hemos visto se cumplieron en Cristo, lo designaban no sólo como Mesías, sino también como verdadero Dios. Así los profetas: lo. Le daban nombres que sólo a Dios pueden aplicarse, por ejemplo, el admirable, el justo, el santo de los santos. 2o. Le dieron el nombre de Dios. Isaías dice: "El mismo Dios vendrá en persona y os salvará" (35, 4). Y en otro lugar: "He aquí que una virgen dará a luz un hijo, y su nombre será Emmanuel, esto es, Dios con nosotros" (7, 14). En otro lugar dice también: "Ahora nos ha nacido un niño. Se llamará el admirable, el Consejero, Dios, el Fuerte, el Padre del siglo futuro, el príncipe de la paz" (9, 6). Conclusión. Como estas profecías tuvieron realización en Cristo, debemos concluir que Cristo es Dios; pues si no lo fuera, el mismo Dios nos hubiera inducido al engaño. b) Profecías hechas por el mismo Cristo El mismo Jesucristo hizo numerosas profecías acerca de su persona, de los Apóstoles, de su Iglesia, y de otros varios acontecimientos, que dan mayor peso a este argumento. la. Respecto a su persona, en tres ocasiones predijo su pasión, y muerte de cruz y resurrección. "Mirad que vamos a Jerusalén , y el Hijo del Hombre será entregado a los príncipes de los sacerdotes, y lo condenarán a muerte, y lo entregarán los gentiles, para que lo escarnezcan, azoten y crucifiquen; más al tercer día resucitará" (Mt. 20, 18). 2a. Respecto a sus Apóstoles, predijo la triple negación de Pedro, la venida del Espíritu Santo sobre ellos, y las persecuciones que les tocaría afrontar. 3a. Respecto a la Iglesia, predijo su perpetuidad. "Y yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos" (Mt. 28, 20). Estas diversas profecías sobre sucesos libres, prueban el carácter divino del que las hizo. c) Los milagros Los milagros de Cristo prueban no solamente su carácter de Mesías, sino también su divinidad. En

efecto: a) Cristo los hizo en su propio nombre, en tanto que los demás siempre los hicieron en nombre de Dios. Por ejemplo dijo al leproso, "Yo lo quiero, se limpió 33 (Mt. 8, 3); y al hijo de la viuda de Naím: "Muchacho, a ti te digo, levántate" (Lc. 7, 14). b) Comunicó a sus discípulos el poder de hacer milagros en su nombre (Alc. 16, 17). c) Hizo milagros en confirmación de su divinidad. Así dijo a los judíos, que querían apedrearlo como blasfemo, por haberse declarado Dios: "Sí no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago y no queréis dar crédito a mi palabra, dádselo a mis obras" (Jn. 10, 37). Y antes de la resurrección de Lázaro dio gracias a su Padre Celestial por razón del pueblo que le rodea, "con el fin de que crean que Tú eres el que me has enviado" (Jn. 11, 42.) Cristo hizo milagros en confirmación de su divinidad; y como el milagro es prueba de la intervención divina, es evidente que los milagros de Cristo prueban su divinidad. De otra suerte Dios mismo hubiera confirmado con milagros una mentira, lo que es inconcebible. d) Testimonio del mismo Cristo Cristo se proclama Dios de muchos modos: a) Se atribuye perfecciones y poderes que sólo Dios tiene, como la eternidad, la creación, el poder de perdonar los pecados; y dice claramente: "Todo lo que hace el Padre, lo hace igualmente el Hijo" (Jn. 5, 19). b) Aprueba explícitamente la confesión de Pedro: "Tú eres el Hijo de Dios vivo", y la de Tomás: "Señor mío, y Dios mío" (Mt. 16, 16; Jn. 20, 28). c) Manifiesta que es Dios e Hijo de Dios: "El padre y yo somos una misma cosa"; y declara solemnemente ante Caifás que es Hijo de Dios y que vendrá a juzgar a los hombres (Jn. 10,3; Mt 26, 64). Esta afirmación hecha por Cristo prueba su divinidad. En efecto, ningún hombre fuera de Cristo, ningún profeta, ningún fundador de religión se ha atrevido a proclamarse Dios. Si Cristo se hubiera proclamado Dios sin serlo, sería o un loco o un mentiroso; y ambas cosas repugnan, pues nadie ha existido tan sabio ni tan santo. e) Testimonio de Dios Padre En el bautismo de Cristo en el Jordán y más tarde en el Tabor se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo amado en quien tengo todas mis complacencias; escuchadle" (Mt. 3, 17 - 17, 5). Este testimonio tiene especial valor, por ser la afirmación clara y explícita de Dios, verdad infalible. f) Su vida y doctrina lo. Cristo fue en su vida ejemplo perfecto de toda santidad, a tal punto que pudo decir a sus discípulos: "Ejemplo os he dado para que como obré, obréis también vosotros" (Jn. 13, 15). Y a sus enemigos: "¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?" (Jn. 8, 46). 2o. Por otra parte, su doctrina está llena de sabiduría y santidad. Ella transformó la faz de la tierra y ha producido en todas partes frutos de la más excelente perfección. Esta santidad de Cristo, y la sabiduría y santidad de su doctrina prueban su divinidad, sobre todo si

las juntamos con la afirmación que El mismo hizo de ser Hijo de Dios. Pues no se concibe que un loco o un impostor haya sido el más sabio y el más santo de los hombres, y el Fundador de la más excelente doctrina que han contemplado los siglos. g) Testimonio de los Apóstoles y de la Iglesia Los Apóstoles dieron fe de la divinidad de Jesucristo; y son especialmente elocuentes los testimonios explícitos y numerosos de San Juan y San Pablo. "Sabemos, dice San Juan, que vino el Hijo de Dios... Este es el verdadero Dios, y la verdad eterna" (1 Jn. 5,20). Y San Pablo afirma: "Jesucristo teniendo naturaleza de Dios, no por usurpación, se hizo igual a Dios" (Fil. 2, 6). Este testimonio tiene especial valor, pues los Apóstoles no sólo conocieron de cerca a Cristo, sino que confirmaron sus enseñanzas con numerosos milagros y con el martirio. La Iglesia Católica por su parte, siempre ha enseñado que Jesucristo es Hijo de Dios por naturaleza y verdadero Dios; y sobre esta creencia ha descansado inconmoviblemente su doctrina. Hay otras tres pruebas de la divinidad de Jesucristo: su resurrección, verificada por virtud propia y anunciada por él con anterioridad; la fundación y desarrollo de su Iglesia; y el testimonio de sus mártires.

10. La redención La Redención son los actos, con los que Cristo, lleno de amor, se ofrece y muere por nosotros, para satisfacer la deuda debida a la justicia divina, merecernos de nuevo la gracia y el derecho al cielo, y liberarnos de la esclavitud del pecado y del demonio. 10.1 LA REDENCION VINO POR MEDIO DE JESUCRISTO 10.1.1 Noción de Redención La Redención son los actos, con los que Cristo, lleno de amor, se ofrece y muere por nosotros, para satisfacer la deuda debida a la justicia divina, merecernos de nuevo la gracia y el derecho al cielo, y liberarnos de la esclavitud del pecado y del demonio. Esta definición incluye la naturaleza de la Redención y sus efectos: lo. La naturaleza está comprendida en las palabras: murió por nosotros y se ofreció en nuestro lugar. 2o. Los efectos en las siguientes: para satisfacer, merecer y liberarnos del pecado y del demonio. Mediante estos tres efectos: la satisfacción, el mérito y el rescate destruyó Jesucristo los efectos que el pecado había producido en nuestra alma, y consiguió el fin que se proponía con la Redención 10.1.2 Necesidad de la Redención Tres caminos podía seguir Dios respecto al hombre, después del pecado de Adán: a) dejarlo abandonado a su desgracia; b) perdonarlo sin más, es decir, sin satisfacción adecuada; c) exigirle satisfacción plena, de acuerdo con la ofensa. Este último camino le pareció más digno de su Justicia, Sabiduría y Misericordia; así determinó que el Verbo se encarnara y muriera para reparar la ofensa y las demás consecuencias del pecado. La Redención es para el hombre un misterio, porque no podemos comprender cómo es posible que Dios muera por nosotros. Consta, sin embargo, en todo el Evangelio; y por eso debemos creerla con fe firme, y vivir agradecidos a Dios por tan excelente beneficio. 10.1.3 Por medio de Jesucristo Cristo se ofreció en nuestro lugar al Eterno Padre, en satisfacción de nuestros pecados. En efecto, lo. La reparación de una ofensa no se cumple con la sola cesación de la ofensa, sino que requiere una satisfacción. 2o. Esta satisfacción debe procurarla el mismo culpable. 3o. Los culpables éramos los hombres; pero no siendo capaces ni dignos de una adecuada satisfacción, fue preciso que Cristo se pusiera en nuestro lugar.

10.2 PASION, MUERTE Y SEPULTURA DE CRISTO 10.2.1 La pasión del Salvador

Está referida en Mt. 6, 26-; Mc. 14, Lc. 22 y Jn. 18 La pasión tuvo lugar en Jerusalén, capital de Judea. En aquel entonces, provincia del Imperio romano, gobernada por Poncio Pilatos. Empezó por la oración del Huerto. Allí a la vista de los innumerables pecados de los hombres, de los pavorosos tormentos que lo esperaban, y de la inutilidad de sus sufrimientos para muchos, sufrió Cristo congoja y aflicción tan acerba, que le sobrevino un sudor de sangre, y cayó en agonía como un hombre que va a morir. Luego Judas, traicionándolo, con un beso, lo entregó a sus enemigos. Estos se apoderaron de El y lo llevaron atado como un criminal a casa del gran Sacerdote Caifás. Cristo compareció a cuatro tribunales: dos religiosos, presididos por Anás y Caifás, donde estaban reunidos los príncipes de los sacerdotes y los escribas (doctores de Israel); y dos civiles: el de Pilatos, gobernador de Judea, y el de Herodes, gobernador de Galilea, a quien lo remitió Pilatos, al saber que Cristo era galileo. Cristo sufrió toda suerte de oprobios y sufrimientos; fue abofeteado, escupido, tratado como rey de burlas, y paseado por las calles como loco. Por orden de Pilatos fue azotado y coronado de espinas. Luego Pilatos lo condenó a morir, no por creerlo culpable, sino por miedo al pueblo judío que le gritaba: -"Si perdonas a éste, no eres amigo del César" Un. 19, 12). a) Suplicio de la Cruz La Crucifixión del Señor se verificó en el calvario. Cristo llevó sobre sus hombros la pesada cruz y varias veces cayó en el camino por su mucha extenuación. Al llegar al Calvario lo desnudaron de sus vestiduras, y tendiéndole sobre la cruz, clavaron sus manos y sus pies con gruesos clavos y lo elevaron en alto. Tanto entre los romanos como entre los judíos, la cruz era el suplicio más cruel e ignominioso reservado a los criminales vulgares. Cristo quiso padecerlo, para someterse a la mayor afrenta y humillación. Pero desde que murió Cristo en ella, la Cruz se tornó en objeto de amor, de gloria y de bendición. De amor, porque es el motivo que llevó al Señor a la muerte; de gloria, porque gracias a ella alcanzamos la gloria del cielo; de bendición, porque es fuente de innumerables gracias para el cristiano. "La cruz sobre el Calvario, por medio de la cual Jesucristo ( ... ), deja este mundo, es al mismo tiempo una gran manifestación de la eterna paternidad de Dios, el cual se acerca de nuevo en él, a la humanidad, a todo hombre, dándole al tres veces santo Espíritu de Verdad" (Juan Pablo II, En. Redemptor hominis, núm. 9) b) Sufrimientos de Cristo Jesucristo padeció múltiples e intensos sufrimientos: b.1 Todo su cuerpo fue cruelmente herido; La cabeza, con la corona de espinas, las manos y los pies traspasados con clavos; la cara, por las bofetadas y escupitajos; todo el cuerpo por la flagelación. Sufrió en el sentido del gusto por la hiel y el vinagre que le dieron; el olfato, pues el Gólgota era un lugar de calaveras; el oído, por las blasfemias y las burlas, la vista, al ver a su madre y al discípulo amado, llorando. Los sufrimientos físicos de su pasión, fueron sumamente intensos y crueles:

-La flagelación; que ordinariamente se realizaba con varas espinosas y garfios de hierro, era dolorosísima; la piel se entumecía al principio, después se desgarraba y por último los azotes caían sobre la carne viva y despedazada; -La coronación de espinas; eran fuertes y agudas, que penetraron hondamente en su santa cabeza; -El nuevo desgarramiento de su carne que suponía quitar los vestidos para la crucifixión; como estaban adheridos a la carne, al separarlos se abrían cruelmente todas las llagas; así permaneció a la intemperie de los elementos durante las tres horas de crucifixión; -El enclavamiento en la cruz; fue suplicio de inconcebible dolor: los clavos al penetrar sus manos y sus pies desgarraron sus nervios y tendones y separaron sus huesos; -La crucifixión: permaneció varias horas en cruz, posición de suyo muy dolorosa; soportó todo el peso de su cuerpo en sus manos y pies taladrados, sin poderse mover, ni valer en ninguna forma, pues tenía impedidas de movimiento hasta sus manos; -La sed: causada por todo el desgaste físico y por sus muchas heridas y pérdida de sangre. Para el que tiene heridas el mayor de los tormentos es el de la sed; también lo fue para Cristo. b.2 Padeció de todo aquello en lo que el hombre puede sufrir: Además de los acervos dolores físicos, sufrió traición de un discípulo, el abandono de los amigos, la negación de Pedro; padeció por las blasfemias pronunciadas en su contra; en su honor y gloria por las burlas y vilipendios en el proceso y en la misma muerte; en las cosas que poseía, fue de ellos despojado y, por último, en los dolores de su espíritu: la tristeza, el tedio y el temor. b.3 Padeció de todo tipo de hombres De gentiles y judíos, de hombres y mujeres, de poderosos y plebeyos, de conocidos y desconocidos. Santo Tomás de Aquino, apoyándose en el texto de Isaías que dice "Mirad y ved si hay dolor como mi dolor" (Isaías 1, 12) explica por qué el dolor físico y moral de Cristo ha sido el Mayor de todos los dolores: 1) Por las causas de los dolores: el dolor corporal fue acerbísimo, tanto por la generalidad de sus sufrimientos (según dijimos arriba), como por la muerte en la cruz. El dolor interno fue intensísimo, pues lo causaban todos los pecados de los hombres, el abandono de sus discípulos, la ruina de los que causaban su muerte y, por último, la pérdida de la vida corporal, que naturalmente es horrible para la vida humana natural. 2) Por causa de la sensibilidad del paciente: el cuerpo de Cristo era perfecto, óptimamente sensible, como conviene al cuerpo formado por obra del Espíritu Santo. De ahí que, al tener finísimo sentido del tacto, era mayor el dolor. Lo mismo puede decirse de su alma: al ser perfecta aprendía eficacísimamente todas las causas de la tristeza. 3) Por la pureza misma del dolor: porque otros que sufren pueden mitigar la tristeza interior y también el dolor exterior, con alguna consideración de la mente, Cristo en cambio no quiso hacerlo. 4) Porque el dolor asumido era voluntario. Y así, por desear liberar de todos los pecados, quiso tomar tanta cantidad de dolor cuanto era proporcionado al fruto que de ahí se había de seguir. Y de estas cuatro razones, concluye el Santo, se sigue que el dolor de Cristo ha sido el mayor de cuantos dolores ha habido (cfr. S. Th. III; q. 4 6, a. 6) La meditación de los padecimientos de Cristo, es en extremo útil para el cristiano. En ella se

formaron los santos, y tiene la ventaja de ser un libro en que todos, aun los más ignorantes, pueden leer. Allí viendo cuánto nos amó Cristo, nos es fácil encendernos en su amor: "¿Quién no amará al que nos amó de tal manera? (cfr. Adeste laderas). Los santos -me dices- estallaban en lágrimas de dolor al pensar en la pasión de Nuestro Señor. Yo, en cambio... Quizá es que tú y yo presenciamos las escenas, pero no las "vivimos" (Josemaría Escrivá de Balaguer, Vía Crucis, VIII, I). c) La muerte de Cristo Cristo en la Cruz permaneció aproximadamente tres horas, desde el mediodía hasta las tres de la tarde, al cabo de las cuales entregó su espíritu al Padre. Estando en la cruz, pronunció siete palabras. La 1a. fue en favor de sus verdugos y de los pecadores: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen" (Lc. 23, 24). La 2a., una palabra de salvación para el buen ladrón. Este, arrepentido, le dijo: "Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino" (Lc. 23, 43) y el Señor le contestó: "En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso". La 3a., para dejarnos a Maríacomo nuestra Madre. "Mujer, dijo Jesús a María, señalándole a Juan, y en la persona de Juan a todos nosotros: "Ahí tienes a tu hijo- y luego a San Juan: "Ahí tienes a tu madre" (Jn. 19, 27). La 4a. fue un hondo clamor hacia su Padre: "Dios mío, Dios mío ¿por qué me has desamparado? (Mt. 27, 46). La 5a., una manifestación de la sed que lo devoraba: "Tengo sed" (Jn. 19, 28). La 6a., el anuncio de que la redención estaba consumada: "Todo está consumado" (Jn. 19, 30). La 7a., para encomendar su espíritu al Padre: "Padre mío en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc. 23, 46). Estas últimas palabras las dijo con un gran esfuerzo de su voz, y luego inclinando la cabeza, expiró. Varios prodigios se verificaron a la muerte de Jesús: el velo del templo se rasgó; el sol se eclipsó; tembló la tierra; hendiéronse las rocas; se abrieron varias tumbas y muchos muertos resucitaron y fueron vistos en Jerusalén. Todas estas manifestaciones de la naturaleza eran otras tantas pruebas de la divinidad de Cristo. Así lo comprendió el Centurión, quien bajó dándose golpes de pecho, y diciendo: "¡Verdaderamente Este era el Hijo de Dios!" (Mc. 15, 29). La palabra INRI, que se coloca sobre el crucifijo está formada por las iniciales de las cuatro voces Jesús Nazareno, Rey de los judíos (en latín, Jesús Nazarenus Rex Iudeorum). d) Su sepultura Dos de sus discípulos, José de Arimatea y Nicodemo, con autorización de Pilatos, bajaron el sagrado cuerpo, lo ungieron con perfumes y lo ligaron con lienzos, a usanza de los judíos; y lo depositaron en un sepulcro nuevo, tallado en la roca. Cristo quiso ser sepultado para que estuviéramos más ciertos de su muerte; y el hecho de su Resurrección fuera más patente y manifiesto. En el sepulcro el cuerpo de Cristo no experimentó la más mínima corrupción, cumpliéndose la profecía de David: "No permitiréis que tu Santo experimente corrupción (Ps. 15, 10). 10.3 EFECTOS DE LA REDENCION La Redención tuvo como fin reparar el pecado y los desastrosos efectos que el pecado habla traído al hombre. La Redención es pues, a un mismo tiempo, una satisfacción o reparación para Dios, y una restauración y rescate para el hombre. El siguiente esquema hace ver el modo como los saludables efectos de la Redención vinieron a reparar los efectos del pecado.

Encontramos: En el pecado: En la Redención: 1o. La ofensa a Dios que mancha el alma y la hace merecedora de una pena. La satisfacción de Cristo, que, a) reparó la ofensa, b) borró la culpa, c) y remitió la pena. 2o. La degradación del hombre. Se ve privado de la gracia y la gloria. El mérito de Cristo, que, Restauró al hombre mereciéndole de nuevo la gracia y la gloria. 3o. La sucesión al demonio. El rescate de Cristo, que, Nos libertó del poder del demonio.

Vamos, pues, a estudiar: a) La satisfacción de Cristo, que reparó la ofensa borró la culpa y remitió la pena. b) El mérito de Cristo, que restauró al hombre, devolviéndole la gracia y el derecho al cielo. c) El rescate de Cristo, que nos libertó del demonio 10.3.1 La satisfacción de Cristo "Creemos que nuestro Señor Jesucristo nos redimió por el sacrificio de la Cruz, del pecado original y de todos los pecados personales cometidos por cada uno de nosotros, de modo que mantenga verdadera la afirmación del Apóstol: "Donde abundó el delito sobreabundó la gracia" (Rom. 5, 20). (Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, núm. 17). La satisfacción de Cristo abarca tres cosas: Cristo mediante su muerte reparó la ofensa causada a Dios con el pecado, nos borró la culpa y nos remitió la pena. Ofensa, culpa y pena son tres cosas diferentes: a) La ofensa es el agravio que se causa a Dios con el pecado. b) La culpa es la mancha que el pecado deja en el alma, al despojarla de la gracia. c) La pena es el castigo que el pecado merece. Pues bien, la satisfacción de Cristo destruyó este triple efecto: a) Reparó la ofensa hecha a Dios: "Siendo enemigos de Dios, fuimos reconciliados con El por la muerte de Cristo" (Rom. 5, 10). b) Borró la culpa: "Nos lavó de nuestros pecados con su sangre" (Apoc. 1, 5). c) Pagó la pena debida por ellos. "Llevó la pena de todos nuestros pecados sobre su cuerpo en el madero de la Cruz" (I Pe. 2, 24). Aunque Cristo satisfizo por nuestros pecados en todos los actos de su vida, quiso sin embargo, que tanto sus satisfacciones como sus méritos no produjesen sus efectos sino después de su pasión, refiriéndolo todo a su muerte. Así nos explicamos cómo la Sagrada Escritura aplica al sacrificio de la Cruz todas las satisfacciones y méritos de Cristo. a) Sus cualidades: voluntaria y completa La satisfacción de Cristo fue voluntaria, completa, condigna y superabundante. Fue voluntaria, porque Cristo dio su vida gustosamente, por el amor que nos tenía. "Fue ofrecido porque él mismo lo quiso", dice Isaías (53, 7). Y el mismo Jesucristo exclama: "Nadie me arranca la vida, sino que la doy por propia voluntad" (Jn. 10, 18). Fue completa, porque ella tiene la virtud suficiente para reconciliarnos con Dios y borrar nuestros

pecados. "La sangre de Cristo nos purifica de todo pecado" (I Jn. 1, 7). b) Condigna y superabundante Una satisfacción es condigna cuando hay proporción entre lo que se debe y lo que se restituye. Es deficiente en el caso contrario. Por ejemplo, el acreedor que remite una parte de la deuda al deudor, no recibe satisfacción o pago condigno, sino deficiente. La satisfacción de Cristo fue condigna, porque guardó proporción con la ofensa. Si la ofensa causada a Dios con el pecado es en cierta manera infinita, la satisfacción de Cristo fue de infinito valor. Hay que tener en cuenta que: a) La magnitud de una ofensa se mide por la dignidad de la persona ofendida. Así, es mucho más grave la ofensa causada a un superior que la causada a un compañero; y tanto más grave cuanto más alto es el superior. Siendo Dios de majestad infinita, la ofensa hecha a El con el pecado, era en este sentido infinita. b) La magnitud de una satisfacción a causa del honor ofendido, se mide por la dignidad de la persona que la ofrece. Así cuando se trata de injurias a una nación, no basta la satisfacción que pueda dar uno a título particular sino que se requiere que ella venga del que preside la nación. La satisfacción de Cristo no sólo fue condigna, sino también superabundante; esto es, pagó más de lo que debíamos. San Pablo dice que "donde abundó el pecado sobreabundó la gracia" (Rom. 5, 20). En efecto, el pecado no es un acto infinito en sí puesto que procede de una criatura, y la criatura es incapaz de un acto infinito. Sólo puede llamarse ofensa infinita, en cuanto ofende a Dios, Ser infinito. Por el contrario cualquier acto del Hijo de Dios era infinito en sí, porque procedía de la persona del Verbo. Jesucristo quiso que su satisfacción fuera superabundante y "copiosa su redención" (Ps. 20, 7) para hacernos comprender la excelencia de tan divina obra, y darnos plena confianza en sus méritos y en nuestro perdón. 10.3.2 Los méritos de Cristo Cristo no solamente nos perdonó el pecado y la pena por él debida, sino que nos mereció la gracia y el derecho al cielo. Si la satisfacción de Cristo borra en el hombre la culpa y la pena del pecado, los méritos de Cristo, son una verdadera restauración del hombre, pues le devuelven los dones de orden sobrenatural que el pecado le habla arrebatado. Veamos, pues, qué méritos alcanzó Cristo, por qué pudo Cristo merecer para nosotros, y cómo mereció. a) ¿Qué bienes mereció Cristo? El mérito implica la consecución de un don que no tenemos, pero que nos es debido en alguna manera. lo. Cristo no pudo merecer para si mismo ni la gracia ni la gloria, porque ya las tenía, y no las podía perder. Para si mismo no mereció sino la glorificación de su Cuerpo, después de haberlo sometido al sufrimiento y al oprobio. 2o. Pero para nosotros sí pudo merecer. El, mediante su pasión y muerte, nos mereció la gracia, la

gloria y toda suerte de bienes espirituales. a) La gracia: "Si por el pecado de uno sólo murieron todos los hombres, mucho más copiosamente la gracia de Dios se derramó sobre todos" (Rom. 5, 10). b) La gloria: "Tenemos la firme esperanza de entrar en el santuario del cielo por la sangre de Cristo" (Heb. 10, 19). c) Toda clase de bienes espirituales: "Nos bendijo con toda suerte de bienes espirituales en Jesucristo" (Ef. 1, 3). "El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó, ¿cómo será posible que no nos dé con El todos los bienes?" (Rom. 8, 32). b) ¿Por qué pudo Cristo merecer por nosotros? Siendo el mérito un fruto personal, ¿cómo se explica que Cristo mereciera por nosotros? San Pablo lo explica de dos maneras: 1o. Todos los cristianos formamos con Cristo un cuerpo místico, en el cual El es la Cabeza y nosotros los miembros; y es natural que los miembros participen de los bienes de la cabeza. (cfr. Rom. 12, 4; 1 Cor. 12, 12; Ef. 4, 15 y 5, 23). Santo Tomás se expresa así: "La cabeza y los miembros pertenecen a la misma persona; siendo, pues, Cristo nuestra cabeza, sus méritos no nos son extraños, sino que llegan hasta nosotros en virtud de la unidad del cuerpo místico" (Sent. 3, c. 18, a. 3). 2o. Porque así como toda la naturaleza humana, por estar encerrada en Adán, mereció la privación de la gracia, así toda la naturaleza humana encerrada en Cristo, mereció que la gracia se le devolviera. Dice San Pablo: "Como todos mueren en Adán, todos en Cristo han de recobrar la vida" (I Cor. 15, 22). c) ¿Cómo nos mereció Jesucristo estos bienes? Los méritos de la pasión de Cristo se basan en su amor y en su obediencia. Por amor y por obediencia a su Padre quiso Cristo someterse al sufrimiento y la muerte; y de ambas virtudes recibió la pasión de Cristo toda la grandeza y eficacia. Además, convenía sobremanera que la Redención fuera una obra de amor y obediencia. Ya que el pecado del primer hombre fue un pecado de desobediencia fundado en el orgullo. Por amarse el hombre excesivamente a sí mismo, no vaciló en desobedecer a Dios. La Redención vuelve al hombre a Dios: y debía consistir en un acto de obediencia, por amor. De esta suerte los infinitos merecimientos de la pasión y muerte de Cristo, se deben principalmente a su amor y a su obediencia. 10.3.3 La Redención nos liberó del poder del demonio El pecado nos constituyó deudores a la justicia divina; y Dios permitió que, en castigo, el demonio tuviera poder sobre el hombre. Este poder Regó a ser tan grande, que los Padres de la Iglesia, lo comparan a un cautiverio o esclavitud. Pues bien, Cristo con la Redención pagó la deuda debida a la justicia divina; y en consecuencia cesamos de vernos sometidos al demonio. Es de advertir que la deuda de justicia que el hombre tenla contraída no era con el demonio, sino con Dios. El demonio por tanto, no tenía ningún derecho de justicia sobre nosotros.

En consecuencia el poder de liberarnos, o de mantenernos cautivos no correspondía al demonio, sino a Dios; así como el poder de dar libertad a un prisionero no corresponde al simple carcelero, sino a aquél por cuya orden estaba preso. 10.4 NECESIDAD Y UNIVERSALIDAD DE LA REDENCION 10.4.1 Su necesidad La Redención, como la Encarnación, no era absolutamente necesaria, pues Dios podía dejar abandonado al hombre, o perdonarlo generosamente. Pero si era necesaria en el supuesto de que Dios exigiera una reparación condigna. En este caso era preciso que una de las divinas Personas se hiciera hombre y reparara la ofensa causada a Dios, porque sólo un hombre-Dios puede reparar de una manera digna la ofensa cometida contra Dios. 10.4.2 Su universalidad y nuestra cooperación Es de fe que Cristo murió por todos los hombres, esto es, que se entregó en rescate para que todos se salven. Aunque de hecho muchos no lo consigan, por no emplear los medios de salvación necesarios. Calvino enseñó que Cristo no murió por todos los hombres, sino sólo por los elegidos. Lo mismo enseñan los jansenistas, quienes para denotar esta idea no representan a Cristo crucificado con los brazos abiertos, sino casi cerrados. Esta enseñanza está en contradicción con la Sagrada Escritura. San Juan nos dice: "Cristo es propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino por los del mundo entero (I Jn. 2, 2). Y San Pablo: "Cristo se dio a sí mismo en rescate por todos" (I Tim. 2, 6). Cuando la Escritura dice que "Cristo murió por muchos", de acuerdo con el género de la lengua hebrea y los textos ya citados, muchos debe entenderse en el sentido de multitud: Cristo murió por la multitud, esto es, por todos. Aunque Cristo murió por todos los hombres, no podemos salvarnos sin la cooperación de nuestra parte. Es el mismo Cristo quien nos enseña: "Si quieres entrar en la vida eterna, guarda los mandamientos" (Mt. 19, 17). Y San Agustín dice: "El que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Esto es, sin tu cooperación. "Este hombre es el camino de la Iglesia, camino que conduce en cierto modo al origen de todos aquellos caminos por los que debe caminar la Iglesia, porque el hombre -todo hombre sin excepción alguna- ha sido redimido por Cristo, porque con el hombre -cada hombre sin excepción alguna- se ha unido Cristo de algún modo, incluso cuando ese hombre no es consciente de ello. Cristo, muerto y resucitado por todos, da siempre al hombre -a todo hombre y a todos los hombres- su luz Y su fuerza para que puedan responder a su máxima vocación" (Juan Pablo II, En. Redemptor Hominis, num. 14), cfr. Puebla, núm. 1310. Los protestantes, en especial Lutero y Calvino niegan la necesidad de cooperar a la gracia, enseñando que sólo la fe justifica; esto es, que ella nos aplica los méritos de Cristo, sin necesidad de cooperación de nuestra parte. Este es un gravísimo error, que está en evidente contradicción con la enseñanza de la Sagrada Escritura. "La fe sin obras es muerta", declara Santiago (2, 20). Y San Pablo: "No son justos los que oyen la ley, sino aquéllos que la cumplen" (Rom. 2, 13). Y el mismo Cristo declara que en el juicio final recibirán la recompensa del cielo los que hayan practicado las obras de misericordia para con su prójimo (cfr. Mt. 25, 34). 10.4.3 Aplicación de los méritos

Es necesario, pues, que nos apliquemos los méritos de Cristo mediante los medios instituidos por El con este fin: la fe, los mandamientos, los sacramentos, la oración. Quienes desprecian estos medios no pueden salvarse. Sería falso afirmar que los méritos de Cristo, por ser de infinito valor, se extienden sin más a todos. Porque aunque sean de infinito valor, son como una medicina, que no aprovecha sino al que se la aplica. Advirtamos aquí dos circunstancias: a) Cristo no se contentó con merecernos la salvación, sino que nos dio también la oportunidad de merecerla con nuestros propios méritos. Lo cual es mucho más honroso para nosotros, pues no la recibimos como limosna, sino con cierto derecho a ella. b) Nuestros méritos no menoscaban los de Cristo, pues de ellos reciben toda su eficacia. Además es indispensable que unamos nuestra satisfacción a la de Cristo, esto es, que expiemos nuestros pecados para poder salvarnos. Y así nos dice: "Si no hacéis penitencia, todos por igual pereceréis" (Lc. 13, 5). En este sentido debe entenderse la frase de San Pablo: "Completo en mi carne lo que falta por padecer a Cristo" (Col. 1, 24). Esto es, mortifico mi carne para que puedan aplicárseme los méritos y satisfacción que Cristo me alcanzó con sus padecimientos y su muerte.

11. Resurrección, Ascensión y Segunda Venida de Jesús El milagro de la resurrección es el más importante que obró Jesucristo, la prueba más clara de su divinidad, y el principal fundamento de nuestra fe. 11.1 DESCENSO DE CRISTO A LOS INFIERNOS Las palabras "bajó a los infiernos" que recitábamos en el Credo significan que el alma de Cristo, separada de su cuerpo, bajó al lugar donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la Redención. La palabra "infiernos" significa los lugares inferiores. Estos son tres: a) El infierno propiamente dicho, o lugar de los condenados; b) El purgatorio, donde se purifican las almas; y c) El llamado seno de Abraham, donde los justos del Antiguo Testamento esperaban la Redención. A este lugar nos referimos ahora. Estas almas se hallaban detenidas allí porque el cielo estaba cerrado con el pecado; y nadie podía entrar en él antes de que Cristo lo abriera, con su muerte. Y aunque no experimentaban sufrimiento alguno, era ,muy grande su deseo de ver a Dios. Jesucristo descendió ahí para consolar estas almas justas, hacerles saber que el misterio de la Redención se había realizado, y que pronto irían con El al cielo. 11.2 LA RESURRECCION DE CRISTO El artículo del Credo: "Resucitó al tercer día", nos enseña que Cristo por su propio poder juntó su alma con su cuerpo, para nunca más morir. Es de advertir que en tanto que los demás muertos que han resucitado, han sido resucitados por el poder de Cristo, éste resucitó por su propia virtud. Advierte el Catecismo Romano la conveniencia de que resucitara al tercer día; pues si hubiera resucitado antes, su muerte no hubiera quedado comprobada, así como tampoco su Resurrección, prueba de su divinidad. Los guardias que custodiaban el sepulcro no lo vieron resucitar. Pero sintieron el terremoto que acompañó su resurrección, y vieron que un ángel del Señor bajó del cielo, removió la piedra del sepulcro y se sentó en ella. Su semblante deslumbraba como el rayo, y sus vestiduras eran como la nieve. Los guardias repuestos del espanto que sufrieron, refirieron lo ocurrido a los príncipes de los sacerdotes. María Magdalena y otras santas mujeres fueron el domingo muy de mañana al sepulcro y lo encontraron vacío. Cristo se les apareció, y les ordenó que anunciaran su resurrección a los discípulos (cfr. Mt. 28, Mc. 16, Lc. 24, Jn. 20, etc.). Después siguieron las diversas apariciones, ya a algunos apóstoles en particular, ya a todos reunidos en el Cenáculo, y a todos los discípulos. San Pablo da cuenta de que una vez se apareció a más de 500 hermanos, a cuyo testimonio apela. 11.2.1 Importancia de este milagro El milagro de la resurrección es el más importante que obró Jesucristo, la prueba más clara de su divinidad, y el principal fundamento de nuestra fe. Así escribía San Pablo a los corintios: "Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana vuestra fe" (I Cor. 15, 14).

Da mayor valor a este milagro la circunstancia de que Cristo profetizó en diversas ocasiones su resurrección. Esto lo sabían no sólo los apóstoles, sino también los enemigos de Cristo; y así se apresuraron a pedirle a Pilatos guardias para el sepulcro, no fuera que sus discípulos lo robaran (cfr. Mt. 16, 21; 17, 9; 20, 19). "Nos acordamos, dijeron los judíos a Pilatos, que aquél impostor, estando todavía en vida, dijo: después de tres días resucitaré. Manda, pues, que se guarde el sepulcro hasta el tercer día, no vayan sus discípulos y le hurten, y digan a la plebe: ha resucitado de entre los muertos; y sea el último engaño más pernicioso que el primero. Les respondió Pilatos: Ahí tenéis la guardia; id y ponedla como os parezca. Con esto yendo allá, aseguraron bien el sepulcro, sellando la puerta y poniendo guardias" (Mt. 27, 63-66). 11.2.2 Pruebas de su Resurrección Sabemos que Cristo resucitó verdaderamente por el testimonio de los Apóstoles y de muchos discípulos que le vieron muchas veces después de su resurrección, que hablaron y comieron con El, y llegaron a tocar su cuerpo, como el Apóstol Tomás. Aparición a los discípulos en el Cenáculo Estando los discípulos en el Cenáculo, Jesús se les apareció de repente y les dijo: "La paz sea con vosotros". Viendo su temor agregó: "¿De qué os asustáis? Mirad mis manos y mis pies, yo mismo soy; palpad y ved que un espíritu no tiene carne ni huesos, como vosotros veis que yo tengo". Dicho esto, les mostró las manos y los pies" (Lc. 24, 36 y ss.). Como ellos no le acabasen de creer, pues el gozo y la admiración los tenía fuera de sí, Jesús les pidió de comer; le presentaron un trozo de pez; él comió, y en seguida, les explicó las Escrituras, diciéndoles: "Así era necesario que Cristo padeciese, y que resucitase de entre los muertos al tercer día" (Lc. 24, 43 y 46). La aparición a Santo Tomás fue de la siguiente manera: cuando los discípulos le dijeron: "Hemos visto al Señor", Tomás, que había estado ausente, no quiso creerles, sino que les replicó: "Si no veo en sus manos la señal de sus clavos, y meto mi dedo en el lugar que en ellas hicieron los clavos, y mi mano en la llaga de su costado, no creeré". Ocho días después estaban todos reunidos, y Tomás con ellos. Jesús se apareció y los saludó: "La paz sea con vosotros". Luego dijo a Tomás: "Mete aquí tu dedo y mira mis manos; da acá tu mano y métela en mi costado; y no quieras ser incrédulo, sino fiel". Tomás exclamó: "Señor mío y Dios mío". Jesús le replicó: "Tomás, porque has visto has creído; bienaventurados aquellos que sin haber visto, han creído" (Jn. 20, 24 ss.). Cristo pudo entrar en el Cenáculo, estando las puertas cerradas, porque uno de los dotes de los cuerpos gloriosos es la sutileza, o sea, el poder de penetrar otros cuerpos. 11.2.3 Frutos de la Resurrección De la Resurrección de Cristo hemos de sacar los siguientes frutos: a) Fe firme en su divinidad y en la de su Iglesia. b) Esperanza de que como El, resucitaremos algún, día. c) Propósito de levantarnos del pecado, representado por su muerte, a la virtud y santidad, simbolizada por su Resurrección. Esta es la clara doctrina de San Pablo: "Así como Cristo resucitó de la muerte a la vida, así también

nosotros vivamos con un nuevo género de vida" (Rom. 6, 4). "Si resucitasteis con Cristo, buscad las cosas del cielo, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; saboreaos con las cosas de lo alto, y no con las de la tierra" (Col. 3, 11). 11.3 LA ASCENSION DEL SEÑOR El articulo del Credo: "Subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre" nos enseña que Cristo cuarenta días después de su Resurrección subió al cielo en cuerpo y alma, por su propia virtud. Nos refiere San Lucas en el libro de los "Hechos de los Apóstoles", que Cristo resucitado "se manifestó a los apóstoles dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles por el espacio de cuarenta días, y hablándoles de las cosas tocantes al reino de Dios" (Hechos 1, 3). En este lapso de tiempo, Cristo confirió tres poderes importantes a la Iglesia, a saber: a) A San Pedro el poder de gobernarla (Jn. 21, 15); b) a todos los Apóstoles el poder de perdonar los pecados (Jn. 20, 22); y c) también a todos ellos el de enseñar, bautizar y hacer cumplir lo que El había mandado (Mt. 28, 18). 11.3.1 El hecho de la Ascensión Nuestro Señor Jesucristo, después de dirigir a sus Apóstoles estas últimas palabras: "Recibiréis el Espíritu Santo y me serviréis de testigos en Jerusalén y en toda la Judea y hasta los extremos del mundo", "se fue elevando a la vista de ellos por los aires hasta que una nube lo encubrió a sus ojos" (Hechos 1, 8). Advirtamos lo siguiente: a) Cristo subió al cielo en cuanto Hombre, pues en cuanto Dios nunca dejó de estar en él. b) Subió por su propia virtud; y esto se diferencia de María Santísima que subió al cielo en cuerpo y alma, pero no por poder propio, sino por poder de Dios.

La palabra ascensión viene de ascender, y denota subir por virtud propia. La palabra asunción, con que señalamos la subida al cielo de María Santísima, significa, por el contrarío, ser subida por el poder de Dios. c) La frase: "Está sentado a la derecha del Padre", indica la gloria de Jesucristo en el cielo. La expresión "estar sentado a la derecha de alguno" denota en general ocupar un puesto en honor; y en este lugar significa que Cristo disfruta en el cielo de gloria igual a la del Padre, en cuanto Dios; y mayor que todas las criaturas, en cuanto hombre. 11.3.2Fines y frutos de la Ascensión Cristo subió a los cielos por tres fines principales: a) para tomar posesión del reino de su gloria; b) para enviar el Espíritu Santo a los Apóstoles y a su Iglesia; c) para ser en el cielo mediador e intercesor nuestro y prepararnos tronos de gloria. ¡Qué consoladoras son estas palabras de San Pablo!: "Tenemos por nuestro gran pontífice a Cristo, Hijo de Dios, que penetró a los cielos... capaz de compadecerse de nuestras miserias, pues las experimentó voluntariamente todas, con excepción del pecado... Lleguemos, pues, con toda confianza al trono de su gracia, a fin de obtener misericordia y de alcanzar su auxilio en el momento en que lo necesitemos" (Heb. 4, 14 y ss.). La ascensión del Señor debe fomentar en nosotros de modo especial la virtud de la esperanza, puesto que El "subió a prepararnos un lugar en el cielo" (Jn. 14, 2). Este pensamiento esta llamado a

fortalecernos en las luchas y tentaciones de la vida recordándonos que "si combatimos con Cristo, con El seremos glorificados" (Rom. 8, 17). 11.4 LA SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR LA-SEGUNDA VENIDA DEL SEÑOR El artículo del Credo: "Y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos", nos enseña que al fin del mundo ha de venir Jesucristo con gloria y majestad a juzgar a todos los hombres para darles premio o castigo conforme a sus obras. A esta venida gloriosa de Cristo se le llama "parusía". Por vivos puede entenderse a los que todavía estén en este mundo cuando la venida del supremo juez; por muertos, los que hayan dejado de existir. También puede entenderse por vivos a los buenos y por muertos a los malos. En uno u otro sentido se nos da a entender que juzgará a todos los hombres. 11.4.1 El juicio final En muchos lugares de la Escritura se nos habla del juicio final: a) Joel anuncia: "Reuniré a todas las naciones, y las congregaré en el valle de Josafat, y entraré en juicio con ellas" (3, 2). Josafat significa en hebreo juicio de Dios. De modo que no se sabe con certeza sí la locución "en el valle de Josafat", denote un lugar particular, el valle así llamado; o más bien un lugar cualquiera, significando entonces "en el valle del juicio". b) Nuestro Señor anunció el juicio final a sus Apóstoles: "El hijo del hombre aparecerá sobre las nubes del cielo en todo su poder y majestad". Y San Mateo, San Marcos y San Lucas nos lo describen (cfr. Mt. 24, 30; Mc. 13, 26 y Lc. 21, 27). Pertenece a la fe de la Iglesia la existencia del juicio universal: Pues antes de reinar con Cristo glorioso, todos debemos comparecer ante el tribunal de Cristo para dar cuenta cada uno de las obras buenas o malas que haya hecho en su vida mortal, y al fin del mundo saldrán los que obraron bien para la resurrección de vida; los que obraron mal para la resurrección de condenación (Const. Lumen Gentiun, 48). 11.4.2 Tiempo y señales del juicio A la pregunta: ¿cuándo se verificará el juicio final? respondió Jesucristo: "El día y la hora nadie lo sabe, ni aun los ángeles del cielo, sino sólo el Padre (Mt. 24, 36). Sin embargo, la Escritura da algunas señales: a) El Evangelio se habrá predicado en todo el mundo (Mt. 24, 14). b) Se convertirán los judíos a la fe cristiana (Rom. 11, 25). c) Vendrá el Anticristo y perseguirá cruelmente a la Iglesia, y muchos cristianos apostatarán. San Pablo en su 2a. Epístola a los tesalonicenses (2, 3) nos presenta al Anticristo como: "El hombre del pecado, el hijo de la perdición, el cual se opondrá a Dios, y se alzará contra todo lo que se dice Dios, o se adora, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar él mismo por Dios". El Anticristo enseñará falsas doctrinas y perseguirá de lleno a la Iglesia; será causa de la perdición de muchas almas, pero al fin será vencido por Dios. Señala Santo Tomás que "es necesario valorar todos estos signos con prudencia, ya que no es fácil conocer estas señales pues los consignados en el Evangelio no sólo responden a la venida de Cristo para el juicio, sino también se refieren al mismo tiempo a la destrucción de Jerusalén y a las continuas visitas que El hace a su Iglesia" (Suppl., q. 73, a l). 11.4.3 Modo del juicio San Mateo nos describe así el juicio final: "Cuando venga el Hijo del hombre en su majestad, con todos los ángeles, se sentará en el trono de su gloria; y todas las naciones de la tierra comparecerán

ante ; y separará a los unos de los otros como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá las ovejas a su derecha, los cabritos, en cambio, a su izquierda. Entonces el Rey dirá a los de su derecha: Venid, benditos de mi Padre a poseer el reino que os está preparado desde el principio del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, estuve sin asilo y me hospedasteis, desnudo y me cubristeis, enfermo y me visitasteis, encarcelado y vinisteis a verme" (Mt 25, 31 ss). Los buenos preguntarán cuándo hicieron con El tales cosas, y les responderá: "En verdad os digo, siempre que lo hicisteis con alguno de mis más pequeños hermanos, conmigo lo hicisteis". Dirá luego a los de la izquierda: "apartaos de mí malditos al fuego eterno, que fue preparado para el demonio y sus ángeles"; señalando como causa el que no tuvieron caridad con sus hermanos desvalidos. 11.4.4 Conveniencia del juicio universal Inmediatamente después de la muerte tiene lugar el juicio particular entre Dios y nuestra alma, que recibirá sentencia de salvación o de condenación. Dios, sin embargo, ha dispuesto que haya otro juicio, el juicio universal, que será delante de todo el universo, por tres motivos principales: lo. Para manifestar ante todo el mundo su sabiduría y justicia. Admiraremos con cuánto acierto gobierna todas las criaturas, y veremos corregidas muchas aparentes injusticias. 2o. Para glorificar a Jesucristo. Cristo fue escarnecido en su pasión y después combatido por sus enemigos y despreciado por muchos malos cristianos. Pues bien, todos los hombres, queriéndolo o no, lo reconocerán como Señor del universo y juez de sus conciencias. 3o. Para gloria de los buenos y confusión de los malos. a) Los buenos que tantas veces fueron despreciados en la tierra, serán glorificados a vista de todos. b) Los malos, por el contrario, se verán duramente humillados y abatidos. El libro de la Sabiduría pinta así la angustia de los impíos: "Lanzando gemidos de su angustiado corazón, dirán dentro de sí: "Estos son los que en otro tiempo fueron el blanco de nuestros escarnios, y a quienes proponíamos como ejemplar del oprobio. ¡Insensatos de nosotros! Su vida nos parecía una necedad, y su muerte una ignominia. Mirad cómo son contados entre los hijos de Dios, y cómo su muerte es estar con los Santos" (5, 3).

12. El Espíritu Santo 12.1 EL ESPIRITU SANTO 12.1.1 Su divinidad: procede eternamente del Padre y del Hijo Los cristianos confesamos con la Iglesia que el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, distinta del Padre y del Hijo, de quienes procede eternamente. Creemos en el Espíritu Santo, Señor, y vivificador, que, con el Padre y el Hijo es juntamente adorado y glorificado. Que habló por los profetas; nos fue enviado por Cristo después de su resurrección y ascensión al Padre; ilumina, vivifica, protege y rige la Iglesia, cuyos miembros purifica con tal que no desechen la gracia. Su acción, que penetra lo íntimo del alma, hace apto al hombre de responder a aquel precepto de Cristo: "Sed... perfectos, como también es perfecto vuestro Padre celestial" (Pablo VI, El Credo del Pueblo de Dios, n. 13). Cfr. Documento de Puebla, nn. 202-204. Ya en el Símbolo de los Apóstoles se confiesa esa fe en el Espíritu Santo, Persona de la Trinidad distinta del Padre y del Hijo. En el Antiguo Testamento se habla de El veladamente (cfr. Ps. 103, 30; Is. 11, 2; Ex. 36, 27), pero es el Nuevo Testamento quien lo revela con claridad, declarando expresamente su divinidad. En los Hechos de los Apóstoles leemos lo que San Pedro dijo a Ananías: "¿Cómo ha tentado Dios tu corazón para que mintieras al Espíritu Santo? No has mentido a los hombres, sino a Dios" (Hechos 5, 3). Como una consecuencia, el Espíritu Santo -por ser Dios, igual al Padre y al Hijo- merece la misma adoración y gloria. Por su consustancialidad con el Padre y el Hijo –es la misma sustancia divina-, hay una identidad en el honor y la gloria que los hombres le debemos. a) Es una Persona divina, que procede del Padre y del Hijo. Decimos que el Espíritu Santo es Persona divina, y no un atributo o virtud divina impersonal. Así lo confiesa la fe de la Iglesia: "Creemos en el Espíritu Santo, el que habló en la Ley y anunció en los profetas y descendió sobre el Jordán, el que habla en los Apóstoles y habita en los santos; y así creemos en El que es Espíritu Santo, Espíritu de Dios, Espíritu perfecto, Espíritu consolador e increado" (Símbolo de Epifanía, Dt. 13). El Espíritu Santo es una Persona realmente distinta del Padre y del Hijo, como queda manifiesto en la fórmula trinitaria del bautismo (cfr. Mt. 2 8, 19), la teofanía del Jordán (cfr. Mt. 3, 6) y el discurso de despedida de Jesús (cfr. Juan 14, 16-26; 15, 26). Esta doctrina concerniente al Espíritu Santo en cuanto Dios, como Persona que procede del Padre y del Hijo, que es enviada por ambos, es firmemente enseñada desde el principio de la Iglesia hasta nuestros días. b) Sus nombres En realidad, las palabras "Espíritu Santo" pueden también aplicarse con razón al Padre y al Hijo, pues ambos son espíritu y santos. También se pueden aplicar a los ángeles y a las almas de los justos, y por eso debe evitarse el error al que puede llevar la ambigüedad de estas palabras: la Iglesia aplica este nombre a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, según se toma de la Sagrada Escritura, porque el Espíritu Santo carece de nombre propio. Le llamamos así porque procede del Padre y del Hijo por vía de espiración y de amor.

Procede como de un único principio: así como el Padre, al comprenderse a Sí mismo, engendra al Verbo, que es Subsistente, así el amor mutuo del Padre y del Hijo, es el Espíritu Santo. Se le pueden también aplicar otros nombres, p.ej. el nombre de Paráclito, que significa consolador o abogado (cfr. Juan 5, 3-4, 16-26), y abunda en el sentido de que es una Persona real. Por eso se le atribuyen acciones que sólo realizan los seres personales, como ser maestro de la verdad, dar testimonio de Cristo, conocer los misterios de Dios (cfr. Juan, 16, 13; 1 Cor. 2, 10). 12.1.2 El Espíritu Santo asiste a la Iglesia Como lo había prometido Jesús antes de marcharse de nuevo al cielo, desde allá nos envía, junto con su Padre, al Paráclito. Es San Lucas quien nos relata su venida: "Llegado el día de Pentecostés estaban todos reunidos en un lugar, cuando de repente sobrevino del cielo un ruido como de viento impetuoso, que llenó toda la casa. Y aparecieron unas como lenguas de fuego que se posaron sobre cada uno de ellos. Y todos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hechos 2, 1-5). El Espíritu Santo: a) Iluminó el entendimiento de los Apóstoles en las verdades de la fe, y los transformó de ignorantes, en sabios; b) fortificó su voluntad, y de cobardes los transformó en valerosos defensores de la doctrina de Cristo, que todos sellaron con su sangre. El Espíritu Santo no descendió sólo para los Apóstoles, sino para toda la Iglesia, a la cual enseña, defiende, gobierna y santifica. Enseña, ilustrándola e impidiéndole que se equivoque- Por eso Cristo lo llamó "Espíritu de verdad" (Juan 16, 13); La defiende, librándola de las asechanzas de sus enemigos; La gobierna, inspirándole lo que debe obrar y decir; La santifica con su gracia y sus virtudes. Es muy significativo que los Apóstoles, en el primer Concilio, en Jerusalén, invocaron la autoridad del Espíritu Santo como fundamento de sus decisiones: "Nos ha parecido al Espíritu Santo y a nosotros. (Hechos 15, 28). Ejemplos prácticos de esta asistencia del Espíritu Santo a la Iglesia hay muchos: Ningún Pontífice Romano ha errado en sus decisiones dogmáticas; Siempre se han desencadenado contra ella graves males, pero entonces suscita eminentes varones que los contrarresten; Los perseguidores de la Iglesia nunca han podido hacer daños irreparables, y han tenido un fin desastroso Nunca han faltado cristianos de eminente santidad. Su acción en la Iglesia es permanente: "Yo rogaré al Padre y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros eternamente" (Juan 14, 16). Tal fue la promesa de Cristo. 12.1.3 El Espíritu Santo vive en el alma en gracia "La Iglesia, por tanto, instruida por la palabra de Cristo, partiendo de la experiencia de Pentecostés y de su historia apostólica, proclama desde el principio su fe en el Espíritu Santo, como aquel que es dador de vida, aquél en el que el inescrutable Dios trino y uno se comunica con los hombres construyendo en ellos la fuente de vida eterna" (Juan Pablo 11, Ene. Dominum et vivificantem, n. 2). En nuestra santificación intervienen las tres Personas divinas, porque el principio de las operaciones es la naturaleza y en Dios no hay más que una sola Esencia o Naturaleza. Por ser el Espíritu Santo, Amor, y por ser la santificación obra fundamentalmente del Amor de Dios, es por lo que la obra de

la santificación de los hombres se atribuye al Espíritu Santo (cfr. Decr. Apostolicam actuositatem, n. 3). Esta santificación la realiza principalmente a través de los sacramentos, que son signos sensibles instituidos por Jesucristo, que no sólo significan sino que confieren la gracia. La vida divina que nos santifica, nace, crece y sana por medio de los sacramentos. Son, pues, los medios de salvación a través de los cuales nos santifica, principalmente, el Espíritu Santo. Así, el Espíritu Santo inhabita en el alma del justo y distribuye sus dones, pues "no es un artista que dibuja en nosotros la divina substancia, como si El fuera ajeno a ella, no es de esa forma como nos conduce a la semejanza divina, sino que El mismo, que es Dios y de Dios procede, se imprime en los corazones que lo reciben como el sello sobre la cera y, de esa forma, por la comunicación de sí y la semejanza, restablece la naturaleza según la belleza del modelo divino y restituye al hombre la imagen de Dios" (San Cirilo de Alejandría, Thesaurus de sancta et consubstantiali Trinitate 34: PG 75, 609). En efecto, cuando el alma corresponde con docilidad a sus -inspiraciones, va produciendo actos de virtud y frutos innumerables -San Pablo enumera algunos como ejemplo: caridad, gozo, paz, longanimidad, afabilidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza, modestia, continencia, castidad (cfr. Gal. 5, 22)-, derramando abundantemente su gracia en nuestros corazones: habita en el alma y la convierte en templo suyo; la ilumina en lo referente al conocimiento de Dios; la santifica con la abundancia de sus virtudes, gracias y dones; la fortalece en el bien y reprime sus malas inclinaciones; la consuela (por eso es llamado "Espíritu Consolador"). Son muy expresivos los textos de la Sagrada Escritura en este sentido. Entre ellos se pueden entresacar algunos: Cuando venga el Espíritu Santo os enseñará todas las verdades" (Jn. 14, 26). "Fuisteis santificados, fuisteis justificados por el Espíritu Santo" (I Cor. 6, 11). "El Espíritu ayuda nuestra flaqueza, pues no sabiendo qué hemos de pedir, él mismo intercede por nosotros con gemidos inenarrables" (Rom. 8, 26). 12.1.4 Tratar al Espíritu Santo Si el Espíritu Santo es el santificador de nuestras almas, es necesario que los hombres nos esforcemos en conocerle, tratarle y seguir sus enseñanzas, demostrando así que le queremos. El hombre debe hablar con El, pedirle ayuda, tratarle con intimidad: "Concede a tus fieles, que en ti confían, tus siete sagrados dones. Dales el mérito de la virtud, dales el puerto de la salvación, dales el eterno gozo" (Secuencia de la misa de Pentecostés). El trato continuo con el Espíritu Santo aumenta nuestro amor, y en consecuencia nos facilita el seguir con docilidad sus enseñanzas: "El Espíritu Santo es quien, con sus inspiraciones, va dando tono sobrenatural a nuestros pensamientos, deseos y obras... Si somos dóciles al Espíritu Santo, la imagen de Cristo se irá formando cada vez más en nosotros e iremos así acercándonos cada día más a Dios Padre" (Mons. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 135). Nuestros deberes para con El son: a) Presentarle nuestros homenajes de adoración y amor. b) Pedirle sus virtudes y sus dones, tan importantes en la vida cristiana. c) Evitar cuanto pueda disgustarlo, y sobre todo el expulsarlo de nuestra alma por el pecado mortal: "no contristéis al Espíritu Santo", nos alerta San Pablo (Ef. 41, 30).

Son igualmente de San Pablo estas palabras: "¿Ignoráis vosotros que sois templo de Dios, y que el Espíritu Santo mora en vosotros? Pues si alguno profanare el templo de Dios, Dios le perderá" (I Cor. 3, 16). Tenemos pues, una estricta obligación de aleiar nuestro cuerpo nuestra alma de toda impureza, por respeto al Espíritu Santo, que mora en ellos. 12.2 LA SANTA IGLESIA CATOLICA 12.2.1 La Iglesia, continuadora de la misión de Cristo "¿Qué objetivo -se preguntaba el Papa León XIII- persiguió Cristo al fundar la Iglesia? ¿Qué se propuso? Una sola cosa: transmitir a la Iglesia, para continuarlos, la misma misión y el mismo mandato que El había recibido de su Padre" (En. Satis cognitum). Pocos años antes, el Concilio Vaticano I había declarado que Cristo, "Pastor eterno, decidió fundar la Santa Iglesia para perpetuar la obra salvífica de la redención" (Dt. 1821). Unos años después, el Concilio Vaticano II subraya de nuevo esta continuidad e identidad profunda entre la misión de Cristo y de la Iglesia: "Esta misión (de la Iglesia) continúa y desarrolla en el transcurso de la historia la misión del propio Cristo, que fue enviado para anunciar a los pobres la buena nueva" (Decr. Ad gentes, n.5). Estos textos son eco directo de la Sagrada Escritura (cfr. In. 17, 18; 20, 21; Mt. 28, 18-19; Lc. 10, 26; 1 Cor. 5, 20) y de la Tradición. Cristo es la Cabeza y constituye la salvación; la Iglesia es su Cuerpo, y constituye su culminación. Su papel consiste en comunicar a los hombres esa salvación ya conseguida definitivamente por Cristo. La Iglesia es ese Cuerpo que debe crecer hasta alcanzar su talla adulta (cfr. Ef. 4, 13) y convertirse en el Cristo total, y que debe extender el Reino hasta los confines del mundo Etimológicamente, Iglesia significa reunión, congregación de personas, y católica significa universal. 12.2.2 Origen de la Iglesia Toda la vida de Jesucristo estuvo orientada a fundar la Iglesia. Pueden en ella distinguirse los siguientes momentos: lo. Preparó su fundación instruyendo a sus discípulos y a sus Apóstoles durante tres años, haciéndoles aptos para la predicación de su doctrina. Durante toda su vida pública, Cristo va revelando el Reino de Dios prometido muchos siglos antes en las Escrituras, concibiendo su realización en una comunidad unida a su persona a la que se llamará Iglesia. 2o. Fundó la Iglesia cuando, después de haber instruido a un número amplío de discípulos (cfr. Lc. 6, 17; 19, 37-39), de entre ellos elige a doce "para que estuvieran con él y para enviarlos a predicar" (Mc. 3, 13-14). En efecto, el Señor les escoge para que: Convivan con El: esta era una característica de todo discípulo rabínico, ya que el aprendizaje de la ley, era una sabiduría práctica que se adquiría contemplando actuar a los maestros. El Señor: * les instruye acerca de los misterios del reino (cfr. Mc. 4, 10-11);

* les descubre el sentido de las parábolas (cfr. Mc. 7, 17); * les enseña aparte (cfr. Me. 6, 31), estableciendo una neta diferencia entre ellos y los demás (cfr. Mc. 9, 28-30);

* les revela el futuro de Jerusalén y el comienzo de la nueva era (Mc. 13, 3ss.) y sobre todo, el misterio de su Pasión y de su Muerte (cfr. Mc. 8, 31; 9, 30; 10, 32). En vistas al apostolado: por eso les llama Apóstoles (cfr. Lc. 6, 13). El Señor les dará la misión de predicar su doctrina por todo el mundo, confiriéndoles el triple poder de enseñar, santificar y gobernar a los fieles (cfr. Mt. 28, 18). Como la jerarquía de los Apóstoles necesitaba un principio de unidad estable, una cabeza que rija, gobierne y mantenga unida a la grey, "para que el episcopado fuese uno solo e indiviso, estableció al frente de los demás apóstoles al bienaventurado Pedro" (Const. Lumen Gentium, n. 18). 3o. Constituyó definitivamente a la Iglesia en la cruz. Sacrificándose por su pueblo, el Siervo de Yahvé sella con su sangre la nueva y definitiva alianza entre Dios y los hombres, constituyendo a su Iglesia como realidad eficiente de salvación (acontecimiento de gracia) y como sacramento eficaz para conseguir esa salvación. Su Resurrección es el nacimiento de la Iglesia porque por ella el Sacrificio de la Cruz aparece como la realización del designio de Dios sobre el mundo: "¿no era acaso necesario que el Cristo padeciera esas cosas para entrar en su gloria?" (Lc. 24, 26). La entrada en la gloria, la Resurrección, constituye la inauguración del Reino. 12.2.3 El tiempo de la Iglesia: Pentecostés Los Apóstoles comenzaron a cumplir la misión que Cristo les confió el mismo día de Pentecostés, con éxito tan admirable que San Pedro convierte ese día a 3,000 personas con su primera predicación (cfr. Act, 2, 41), y más adelante a 5,000 con la segunda (cfr. Act. 4, 4). Luego los Apóstoles se esparcieron por todo el mundo, e iban fundando comunidades cristianas donde predicaban. Estas comunidades eran regidas por Obispos consagrados por ellos, y estaban unidas entre sí por una misma fe, unos mismos sacramentos y un mismo jefe común: San Pedro y sus sucesores. Pentecostés constituye la fase de manifestación y promulgación de la Iglesia.

"La Iglesia que Cristo ha fundado en si mismo por su pasión sufrida por nosotros, la funda ahora en nosotros y en el mundo mediante el envío de su Espíritu" (Yves Congar, Esquisses du inystere de l"Eglise, p. 24). Es esencialmente, un misterio de culminación (cfr. Act. 2, 32-33): consumado definitivamente el Sacrificio de Cristo y conseguida la salvación, se completa ahora el misterio con su universalización y su comunicación a los hombres. "¿Dónde comenzó la Iglesia de Cristo? Allí donde el Espíritu Santo bajó del cielo y llenó a 120 residentes un solo lugar" (San Agustín, In Ep. Ioa. ad Parthos) 12.2.4 Cualidades de la Iglesia: visible, perpetua, inmutable e infalible Jesucristo quiso que adornaran a su Iglesia cuatro cualidades; que fuera visible, perpetua, inmutable e infalible. lo. Su visibilidad consiste en que es una sociedad visible y exterior. En efecto, Jesucristo:

a) Estableció un signo visible para entrar a ella: el bautismo. b) Puso a su cabeza autoridades visibles: San Pedro, los demás Apóstoles y sus sucesores. c) Le procuró medios exteriores de santificación: la predicación, los sacramentos, la obediencia a la autoridad. Se equivocan, pues, los protestantes al afirmar que no fue la intención de Cristo el formar una sociedad exterior y visible. Cristo quiso que su Iglesia fuera visible para que los hombres pudieran identificarla, reconocer su autoridad y acudir a sus ministros. De otra manera no hubiera podido obligarlos, bajo pena de condenación eterna, a pertenecer a ella. De modo específico, ante cualquier confusión o duda, la Iglesia se identifica con Pedro, el Papa o Pastor Supremo: Ubi Petrus, ibi Ecclesia, ibi Deus, enseñaban los Santos Padres: "donde está Pedro, ahí está la Iglesia, ahí está Dios". 2o. Su perpetuidad consiste en que perdurará siempre, pues tiene la promesa de Cristo: "Yo estaré con vosotros hasta el fin de los siglos" (Mt. 28, 20). La Iglesia debe ser perpetua en razón de su fin, pues debe salvara todos los hombres hasta el fin de los tiempos. La perpetuidad de la Iglesia se llama también indefectibilidad. Indefectible significa que no puede faltar. 3o. Su inmutabilidad consiste en que ha conservado y conservará invariable el tesoro que recibió de Cristo, a saber: el dogma, la moral y los sacramentos. No hay duda que ha habido desenvolvimiento y perfección en el dogma católico. Pero este desenvolvimiento consiste, no en que se hayan enseñado verdades nuevas, no contenidas en la Sagrada Escritura o en la Tradición; sino que se han declarado y enseñado en forma perfectamente clara y explícita verdades que estaban allí contenidas en forma general, oscura o imprecisa. Por ejemplo la Escritura enseña que en Dios hay Padre, Hijo y Espíritu Santo. El dogma se fue desenvolviendo hasta que encontró la fórmula precisa: en Dios hay tres persona en una sola Naturaleza. Y así ha sucedido con otras verdades. 4o. Su infalibilidad consiste en no poder errar en asuntos pertinentes a la fe y a la moral. La infalibilidad es necesaria a la Iglesia porque Dios asoció la salvación a la pertenencia a la Iglesia: "el que creyere y se bautizare, se salvará" (Mc. 16, 16). Pero sí la Iglesia pudiera errar, ya no seria garantía absoluta de salvación, lo cual, repugna a Su Sabiduría. 12.2.5 Las notas de la verdadera Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica Fuera de la Iglesia Católica hay dentro del cristianismo algunas otras iglesias, las principales son las protestantes y las cismáticas. Para distinguir la verdadera Iglesia de las que no lo son, podemos acudir a cuatro notas, que la caracterizan, señaladas por el mismo Jesucristo. La verdadera Iglesia debe ser una, santa, católica y apostólica. En estas notas, la Iglesia, 1leva en sí misma y difunde a su alrededor su propia apología, Quien la contempla, quien la estudia con ojos de amor a la verdad, debe reconocer que Ella, independientemente de los hombres que la componen y de las modalidades prácticas con que se presenta, lleva en sí un mensaje de luz universal y único, liberador y necesario, divino" (Pablo VI alloc. 23-VI-1966), cfr. Puebla, núm. 225. a) Debe ser una, porque Jesucristo no quiso fundar sino una sola Iglesia con una sola doctrina y un solo jefe.

Jesucristo prometió a Pedro que sobre él edificaría su Iglesia (". - . edificaré mi Iglesia Mt. 16, 18), no sus Iglesias. Expresa su deseo de que todos los hombres formen "un solo rebaño bajo un solo pastor" (Jn, 10, 16), y manifiesta que "Todo reino dividido sí mismo, será desolado" (Mt. 12, 25). Y San Pablo, recomendando a los fieles de Éfeso una estricta unidad, emplea la fórmula: ---Un solo Señor, una fe, un bautismo" (4, 5), en que está claramente indicada la triple unidad: de doctrina (una fe); de gobierno (un solo señor) y de culto (un bautismo). b) Debe ser santa, porque Cristo la fundó para santificar a los hombres Jesucristo manifestó la fuerza santificadora de su doctrina: "Yo les he comunicado tu doctrina; santificándolos en verdad; la palabra tuya es la verdad misma" (Jn. 17, 17), y San Pablo declara: "Jesucristo amó a su Iglesia y se entregó para santificarla, a fin de hacerla comparecer santa e inmaculada" (Ef. 5, 27) . c) Debe ser católica, porque Cristo la estableció para todos los pueblos y para todos los tiempos. "Id y enseñad a todas las naciones- (Mt. 28, 19). -Yo estaré con vosotros hasta la consumación de lossiglos". "Me serviréis de testigos hasta los confines del mundo" (Hechos 1, 8), La expresión Iglesia Católica (universal) aparece por vez primera en San Ignacio de Antioquía (Smyr, 7, 2)y ya en el S.VI se ha convertido en nombre propio de la Iglesia. La Iglesia no es católica por el hecho de estar actualmente extendida por toda la superficie de la tierra y contar con un crecido número de miembros. La Iglesia era ya católica la mañana de Pentecostés, cuando todos sus miembros cabían en una reducida sala... Esencialmente, la catolicidad no es cuestión de geografía, ni de cifras... Es primordialmente una realidad intrínseca a la Iglesia (Henry de Lubac, Catholicisme). d) Debe ser Apostólica, ya que si la catolicidad nos presenta la presencia de Cristo en todo el mundo, la apostolicidad nos habla de su continuidad a través de los siglos. La Iglesia es Apostólica porque todos sus elementos esenciales proceden de Cristo a través de los Apóstoles, y están garantizados por una sucesión ininterrumpida hasta el fin de los tiempos. La apostolicidad es uno de los argumentos más utilizados para mostrar la legitimidad de la misión de la Iglesia: "¿Cómo es posible tener por pastor a aquél que no sucede a nadie, y que es ya de entrada un extraño y profano?" (San Cipriano, EP. 64, 3, l). Esta continuidad profunda de la Iglesia a través de los siglos constituye uno de los signos más claros de la asistencia divina. 12.3 EL PROTESTANTISMO En el término protestantismo se engloban una serie de sectas, que tuvieron su punto de partida con Martín Lutero de Alemania en 1517. Comenzó Lutero por negar las indulgencias, luego la autoridad del Papa, y por último terminó cayendo en toda clase de errores. Lutero asentó dos errores fundamentales, origen de muchos otros: a) El libre examen, o derecho de interpretar cada cual a su antojo la Escritura. b) La inutilidad de las buenas obras, afirmando que sólo la fe salva y llegando a decir: "peca cuanto quieras, con tal de que creas". Siguieron estos principios y protestaron también contra la autoridad de la Iglesia: en Suiza, Zuinglio y un poco más tarde Calvino; y en Inglaterra, Enrique VIII. Por eso se llamaron protestantes. Las principales causas por las cuales se propagó el protestantismo son: a) El apoyo que encontró en ciertos soberanos temporales, a quienes supo halagar Lutero, sometiendo la Religión a su dominio, prometiéndoles la usurpación de los bienes temporales que las comunidades religiosas tenían en sus territorios. b) La ignorancia religiosa muy general en esa época, que fue causa de que el pueblo se dejara

engañar. c) El Protestantismo favorece las pasiones humanas; por ejemplo, enseñando la inutilidad de las obras, negando el infierno, combatiendo la confesión, permitiendo el divorcio, etc. El protestantismo no es la Iglesia de Jesucristo, porque no tiene las notas de la verdadera Iglesia, y por los graves errores y contradicciones que encierra. No tiene las notas de la verdadera Iglesia la. No es uno: a) Ni el dogma, porque está formado por multitud de sectas, que profesan distintas doctrinas. Ni puede tener unidad, pues en virtud del libre examen cada cual puede creer lo que le parezca. b) Ni en el gobierno, pues sus sectas son independientes unas de otras, y no reconocen un jefe supremo. c) Ni el culto, pues no están de acuerdo ni siquiera respecto al número de sacramentos, y casi todas rechazan la Eucaristía y el Sacerdocio. Sólo en los Estados Unidos hay más de quinientas sectas con credos diversos; y otro tanto pudiera decirse del resto del mundo. Y cuando se han reunido en congresos para ponerse de acuerdo siquiera en algunos dogmas fundamentales no han logrado conseguirlo. En realidad, puede decirse que las sectas protestantes no tienen de común sino al nombre. Muchos protestantes han llegado hoy día hasta negar la divinidad de Cristo, y marchan rápidamente hacia el racionalismo y la incredulidad. 2a. No es Santo: a) Ni sus fundadores, que tuvieron gravísimas faltas morales. b) Ni en su doctrina, porque si el principio del libre examen, destruye la unidad, el principio de la inutilidad de la buenas obras destruye de raíz la santidad. c) Ni en sus miembros, pues no se da entre ellos los milagros el heroísmo de la santidad. El protestantismo tiene también el gravísimo error de negar la libertad humana, con lo que desaparecen las nociones fundamentales de responsabilidad y de mérito. Además rechaza los más poderosos medios de santidad que tiene la Iglesia, como la confesión, la Eucaristía, el ayuno, la devoción a María Santísima y a los santos, las sagradas imágenes, el celibato eclesiástico y el estado religioso. 3a. No es católico o universal: a) No puede ser católico porque no tiene unidad. En efecto, sus diversas sectas se excluyen mutuamente, y donde está una no pueden estar las demás; por eso ninguna puede ser universal. b) De hecho, muchas sectas permanecen inseparablemente relacionadas con el país que las vio nacer. Así el luteranismo es propio de Alemania, el anglicanismo de Inglaterra, el calvinismo de Suiza, etc. En realidad ninguna secta protestante, ni siquiera todas ellas reunidas tienen la expansión suficiente para llamarse religión universal o católica. 4a. No es apostólico porque sus jefes no son los sucesores de Pedro y los Apóstoles, sino que se

alejaron por completo de ellos. El actual Romano Pontífice como todos los anteriores es el sucesor directo de San Pedro; entre los dos no ha habido interrupción, como tampoco la ha habido entre los Apóstoles y sus sucesores, los Obispos. Por el contrario ni Lutero, ni Calvino, ni Enrique VIII son los sucesores de los Apóstoles. Con excepción de la secta Anglicana, los protestantes han rechazado rotundamente el sacramento del orden, y es probable que los Anglicanos hayan perdido de hecho la realidad del Orden como sacramento: ver la carta Apostolicae Curae, de S.S. León XIII, 13-IX-1896; Dt. 1963-1966. 12.4 NECESIDAD DE PERTENECER A LA IGLESIA La necesidad de pertenecer a la Iglesia para salvarse es una verdad de fe: "Fuera de la Iglesia Católica, Apostólica, Romana, nadie puede salvarse, como nadie pudo salvarse del diluvio fuera del Arca de Noé, que era figura de esta Iglesia" (Catecismo de San Pío X, n. 170). "Enseña (el Concilio), fundado en la Escritura y en la tradición, que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación" (Conc. Vaticano II, Const. Dogm. Lumen Gentium, núm. 14). Hay necesidad, para salvarse, de pertenecer a la Iglesia Católica, porque fuera de ella no hay salvación. En efecto, ella es la sola verdadera Iglesia de Cristo, y ella sola tiene el poder y los medios necesarios para salvar a los hombres. El Concilio Vaticano II recuerda a los católicos que no se salva quien, "aunque esté incorporado a la Iglesia, no persevera en la caridad, permanece en el seno de la Iglesia 11 en cuerpo,, , pero no 11 en corazón" (Const. dogm. Lumen Gentium, núm. 14). Para salvarse hay necesidad, pues, de ser miembro de la Iglesia y, además, miembro vivo, esto es, unido a Cristo por la caridad. 12.4.1 Necesidad de ser miembro de la Iglesia Para salvarse hay absoluta necesidad de pertenecer al cuerpo de la Iglesia, que es el Cuerpo de Cristo. De otra manera, si hubiera posibilidad de salvarse sin Cristo, hubiera sido ociosa su Encarnación, Pasión, Muerte y Resurrección. Al cuerpo de la Iglesia se pertenece gracias al bautismo, de acuerdo al mandato del Señor: "El que creyere y fuere bautizado se salvará; el que no creyere se condenará" (Mc. 16, 16). ¿Qué decir, entonces, de los que sin culpa ignoran la doctrina cristiana y la existencia del bautismo? ¿Tienen acaso imposible la salvación? La respuesta es no: sí se pueden salvar, a través del llamado "bautismo de deseo", es decir, con la respuesta afirmativa a las nociones interiores que Dios suscita en su alma para que tengan ese deseo del bautismo, que los purifica y les hace pertenecer al Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia. La misma Iglesia aclara que "la divina Providencia no niega los auxilios necesarios para la salvación a los que sin culpa por su parte no llegaron todavía a un claro conocimiento de Dios y, sin embargo, se esfuerzan, ayudados por la gracia divina, en conseguir una vida recta" (Cone. Vaticano 11, Const. dogm. Lumen Gentium, núm. 16). 12.4.2 Necesidad de ser miembro vivo Hay necesidad absoluta de pertenecer al alma de la Iglesia y esta ley no tiene excepción. a) Hay necesidad, porque la fe y la gracia, frutos de los méritos de Cristo, es lo único que puede salvarnos después del pecado. b) Esta ley es absoluta, esto es, no tiene excepción, porque los que están en pecado, aunque hayan sido bautizados, se encuentran voluntariamente corno "enemigos de Dios", lo han rechazado con un acto libre y consciente. Para los paganos que han recibido el bautismo de deseo, la gracia se mantiene gracias al fiel cumplimiento de la ley natural, impresa en la conciencia de todo hombre.

En efecto, el que cumple la ley natural, da a entender que cumple la voluntad de Dios lo mejor que puede; y en consecuencia que recibiría el bautismo, si Dios le manifestara tal obligación. Pues bien, Dios no puede permitir que un alma se pierda en tales condiciones, sino que en el momento oportuno infundirá la fe y la gracia, para que pertenezca al alma de la Iglesia y se salve. Dios puede infundirle la fe y la gracia por medio de una persona que lo instruya, por ejemplo un amigo; o por una inspiración interior, o aun, si fuere necesario, por medio de un ángel, como enseña Santo Tomás. El Magisterio de la Iglesia reprueba "tanto a aquellos que excluyen de la salvación eterna a todos los que se adhieren a la Iglesia únicamente con un deseo implícito, como a aquéllos que falsamente aseguran, que los hombres en toda religión pueden salvarse igualmente" y precisa que "tampoco ha de considerarse, que basta cualquier deseo de ingresar en la Iglesia, para que el hombre se salve. Se requiere, pues, que el deseo, por el cual se ordena alguien a la Iglesia, esté informado por la perfecta caridad; y el deseo implícito no pueda tener efecto, a no ser que el hombre tenga fe sobrenatural" (Ep. S. Officii ad archiep. Bostoniensem, 8-VIII- 1949).

13. Jerarquía de la Iglesia, comunión y perdón LA JERARQUIA DE LA IGLESIA, LA COMUNION DE LOS SANTOS Y EL PERDON DE LOS PECADOS 13.1 NATURALEZA JERARQUICA DE LA IGLESIA 13.1.1 La Iglesia verdadera sociedad La Iglesia es verdadera sociedad porque tiene los tres elementos indispensables en ella: a) multiplicidad de individuos que la integran; b) fin y medios de acción que los unen, c) autoridad que los dirige. Todas las sociedades: a) constan de varios individuos- b) tienen un fin que las distingue: unas son literarias, otras científicas, comerciales, etc.; y buscan los medios apropiados para alcanzar su fin, c) Reconocen una autoridad directiva. En la Iglesia: a) los individuos son los bautizados. b) El fin, es la salvación eterna; y los medios para alcanzarla, la fe, mandamientos, sacramentos, etc. c) La autoridad, es el Papa y los Obispos. "La Iglesia como Pueblo de Dios, reconoce una sola autoridad: Cristo. El es el único Pastor que la guía. Sin embargo, los lazos que a El la atan, son mucho más profundos que los de la simple labor de conducción. Cristo es autoridad de la Iglesia en el sentido más profundo de la palabra: porque es su autor. Porque es la fuente de su vida y unidad, su Cabeza. Esta capitalidad es la misteriosa relación vital que lo vincula a todos sus miembros, Por eso, la participación de su autoridad a los pastores, a lo largo de la historia, arranca de esta misma realidad. Es mucho más que una potestad jurídica. Es participación en el misterio de su capitalidad. Y, por lo mismo, una realidad de orden sacramental" (Puebla, núm.. 257). a) El Pueblo de Dios. Los fieles cristianos Son fieles cristianos quienes, incorporados a Cristo por el bautismo, se integran en el Pueblo de Dios, y cada uno según su propia condición, son llamados a desempeñar la misión que Dios encomendó cumplir a la Iglesia en el mundo (Puede verse el Código de Derecho Canónico, el Libro II "Te Populo Dei"). Queda claro que todos los bautizados forman la Iglesia que es el nuevo Pueblo de Dios, del que fue preparación y figura el antiguo Pueblo de Israel, pueblo escogido. El Concilio Vaticano II dice que a la Iglesia, Pueblo de Dios " se incorporan plenamente los que, poseyendo el Espíritu de Cristo, reciben íntegramente sus disposiciones y todos los medios de salvación depositados en ella, y se unen por los vínculos de la profesión de fe, de los sacramentos, del régimen eclesiástico y de la comunión, a su organización visible con Cristo, que la dirige por medio del Sumo Pontífice y de los Obispos" (Const. Apost. Lumen Gentium, n. 14). Hay dos principios básicos en la constitución del Pueblo de Dios: a. 1 Principio de igualdad: todos los bautizados están igualmente llamados a la plenitud de la santidad, que es la misma para todos, y todos están igualmente llamados al apostolado común (Lumen Gentium. 32, 4l). a.2 Principio de variedad: aunque la santidad y el apostolado son, en cuanto a su sustancia y fin, iguales para todos, sin embargo, hay diversidad en los modos y formas de alcanzarlos, dependiendo de las condiciones de vida y de las vocaciones particulares específicas (cfr. ibid., n. 32). Por eso la variedad y multiformidad de espiritualidades, condiciones de vida y formas de

apostolado, obedecen a la voluntad fundacional de Cristo y a la acción del Espíritu Santo: "El Espíritu sopla donde quiere" (Jn. 3, 8). En virtud del principio de igualdad, todos los que pertenecen al pueblo de Dios reciben el mismo nombre; el de fieles, y todos gozan igualmente de una condición común, que se llama estatuto jurídico del fiel es decir, conjunto de derechos y deberes que nacen de la condición de fiel. De acuerdo con el principio de variedad, podemos distinguir en el Pueblo de Dios (cfr. Lumen Gentium, n. 3 1): a) Ministros sagrados o clérigos: son los fieles destinados mediante el sacramento del Orden, al ejercicio ministerial del sacerdocio. b) Fieles comprometidos por medio de votos u otros vínculos sagrados, a seguir la vida consagrada, y que pueden recibir o no el sacramento del orden. c) Laicos o fieles no cualificados ni por el sacramento del Orden ni por una consagración de vida, y cuyo deber peculiar es el impregnar y perfeccionar el orden temporal con el espíritu del Evangelio, y dar testimonio de Cristo en la realización de las tareas seculares.

b) La Iglesia, sociedad jerárquica Se entiende por jerarquía los diversos grados que hay en la autoridad eclesiástica, para poder cumplir el fin que tiene la Iglesia, de acuerdo a esos encargos (munera) que Cristo le dejó: santificar, gobernar y enseñar. "Este Santo Concilio, siguiendo las huellas del Concilio Vaticano I, enseña y declara con él que Jesucristo, Pastor eterno, edificó la Iglesia Santa enviando a sus Apóstoles como El mismo había sido enviado por el Padre (cfr. Jn. 20, 21); quiso que los sucesores de los Apóstoles, o sea, los Obispos, fueran los pastores en su Iglesia hasta el fin de los siglos. Para que el Episcopado fuese uno e indiviso colocó a San Pedro a la cabeza de los demás Apóstoles, y en su persona instituyó el principio y fundamento perpetuo y visible de la unidad de fe y comunión" (Conc. Vaticano II, Const. dogm. Lumen Gentium, núm. 18) (cfr. Puebla, nn. 374, 257-259, 647, 656, 689 y 919). En la estructura jerárquica de la Iglesia podemos distinguir dos poderes y potestades: la de orden y la de régimen. b.l Potestad de orden se refiere al poder de santificar, es decir, de administrar los sacramentos, y encierra tres grados: el episcopado, el presbiterado y el diaconado. El sacerdocio jerárquico es participación de un poder divino, que sólo por un acto divino puede otorgarse: su causa es el sacramento del Orden, el cual produce el carácter sacramental, que contiene en su raíz esos munera jerárquicos, b.2 Potestad de régimen se refiere al poder de gobernar y enseñar. lo. Por derecho divino la potestad de régimen recae sobre: • El Romano Pontífice (cfr. CIC, cc., 331-335). • El Colegio Episcopal (cfr. CIC, cc., 336-341). 2o. En cambio, por derecho eclesiástico la potestad de régimen, se ha organizado de diversos modos, buscando la mejor manera de alcanzar el fin de la Iglesia: la salvación de las almas. Actualmente se ejercita por diversos cauces: Sínodo de Obispos; Colegio de Cardenales; Curia Romana; Legados Pontificios; Las Iglesias Particulares y Prelaturas personales.

•El Sínodo de Obispos (cfr. CIC, cc., 342-246) es una asamblea de Obispos escogidos de las distintas regiones del mundo, que se reúnen en ocasiones determinadas para fomentar la unión estrecha entre el Romano Pontífice y los Obispos, y ayudar al Papa con sus consejos para la integridad y mejora de la fe y costumbres y la conservación y fortalecimiento de la disciplina eclesiástica, y estudiar las cuestiones que se refieren a la acción de la Iglesia en el mundo. •Colegio de Cardenales (cfr. CIC, cc., 349, 353 y 358) al que compete proveer a la elección del Romano Pontífice y asistirlo colegialmente cuando son convocados para tratar juntos cuestiones de más importancia, o prestarle al Papa una asistencia personal, mediante los distintos oficios que desempeñan, en el gobierno cotidiano de la Iglesia universal. •Curia Romana (cfr. CIC, cc., 360-361) Mediante la que el Papa suele tramitar los asuntos de la Iglesia universal (Secretaría de Estado, Consejos para asuntos públicos de la Iglesia Sagradas Congregaciones, Tribunales, etc.). • Legados Pontificios (cfr. CIC, cc. 362-364) son aquellos que envía el Papa en su nombre tanto a las Iglesias particulares como ante los Estados y Autoridades públicas. • Iglesias Particulares (cfr. CIC, cc. 368-369). Es importantísimo hacer notar el siguiente principio: "en las cuales y desde la cuales existe la Iglesia Católica una y única". Dentro de las Iglesias particulares están comprendidas: a) la diócesis y b) otras estructuras jurisdiccionales que se asimilan si concurren dos elementos: circunscripción o delimitación territorial, y estar constituidas para el ejercicio de la cura de almas con carácter pleno respecto a sus propios fieles. Entran aquí: la prelatura territorial, el vicariato apostólico y la diócesis personal. •Prelaturas personales (cfr. CIC, cc., 294-297) que es una de esas formas de organización jerárquica de la Iglesia, de carácter netamente personal (quiere decir que de ordinario, no se rigen por el criterio de la territorialidad) y secular, erigidas por la Santa Sede, para la realización de actividades pastorales peculiares en el ámbito de una región, de una nación o del mundo entero. Las Prelaturas personales no tienen parecido alguno con las Instituciones -asociativas, entre otras cosas porque éstas no son parte de la organización jerárquica de la Iglesia. Con la Constitución Apostólica Ut sit, fechada el 28-XI-1982, el Papa Juan Pablo 11, erige a el Opus Dei en Prelatura personal. 13.1.2 El Romano Pontífice "El Obispo de la Iglesia Romana, en quien permanece la función que el Señor encomendó singularmente a Pedro, primero entre los Apóstoles, y que habla de transmitirse a sus sucesores, es Cabeza del Colegio de los Obispos, Vicario de Cristo y Pastor de la Iglesia Universal en la tierra; el cual, por tanto, tiene en virtud de su función, potestad ordinaria, que es suprema, plena, inmediata y universal en la Iglesia, y que puede siempre ejercer libremente" (CIC, cc. 331). a) Vicario de Cristo El Papa es el Vicario de Cristo en la tierra, y el sucesor de San Pedro en el obispado de Roma y en el gobierno supremo de la Iglesia. lo. El Papa se llama Vicario de Cristo porque hace sus veces en el gobierno de la Iglesia. Vicario viene de las palabras latinas: vices agere, hacer las veces. El Papa se llama también: a) Sumo Pontífice, esto es, sumo sacerdote porque tienen en su poder todos los poderes espirituales

con que Cristo enriqueció a su Iglesia. b) Cabeza visible de la Iglesia, porque la rige con la misma autoridad de Cristo, que es la cabeza invisible. El jefe supremo de la Iglesia es Jesucristo, que la asiste y dirige desde el cielo. Pero al partir de este mundo era necesario que dejara quien hiciera sus veces sobre la tierra; y con ese fin designó a San Pedro (cfr. Mt. 16, 18). b) Sucesor de San Pedro El Papa es el legitimo sucesor de San Pedro, porque Cristo nombró a San Pedro jefe de su Iglesia. Pedro, por voluntad divina estableció su residencia en Roma. Y así, por disposición divina, quien le sucede como Obispo de Roma, le sucede también en el supremo gobierno de la Iglesia. Era necesario a su vez, que Pedro tuviera sucesores, porque los poderes que Jesucristo le confió no fueron para el bien personal del Apóstol, sino para el bien de la Iglesia, que según la promesa de Cristo, ha de durar hasta el fin de los siglos. El Papa puede, si así fuere necesario, retirarse de la ciudad de Roma; mas no puede dejar su título de Obispo de Roma, ni las prerrogativas inherentes a él. c) El primado del Papa en la Sagrada Escritura Los protestantes y los cismáticos ortodoxos, niegan que Jesucristo designara a Pedro y sus sucesores como cabeza de su Iglesia, y pretenden que Cristo no le señaló a éste ninguna autoridad o jefatura suprema. Este es un gravísimo error, que va, no sólo contra toda la Tradición cristiana, sino también contra la misma Escritura. En varios lugares de la Escritura consta que Cristo nombró a San Pedro Jefe de la Iglesia. Veamos los más importantes: lo. Cristo declaró a San Pedro piedra fundamental de su Iglesia: "Bienaventurado eres, Pedro... Y yo te digo que sobre ti, Pedro, edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella" (Mt. 16, 18). Pues bien, la piedra fundamental de un edificio es absolutamente indispensable en él; de esa misma suerte, Pedro jamás podrá faltar en la Iglesia. Este texto tiene especial valoren arameo, la lengua que hablaba Jesucristo; porque Pedro y piedra se designan en ella con una misma palabra: Cefas (Como Pierre, en el francés). 2o. Cristo le prometió a San Pedro las llaves del reino de los cielos: "Te daré las llaves del reino de los cielos; y lo que atares en la tierra atado será en el cielo; y lo que desatares en la tierra, desatado será en el cielo" (Mt. 16, 19). La expresión dar las llaves equivale a darle el poder supremo sobre su Iglesia, a la que muchas veces llama "reino de los cielos". Y le promete confirmar desde el cielo lo que Pedro haga sobre la tierra en virtud de ese poder supremo. Las ciudades antiguas estaban rodeadas de murallas. Y entregar las llaves que daban acceso a las murallas equivalía a dar poder sobre la ciudad. 3o. Cristo antes de su pasión le dirigió a Pedro estas palabras: "Simún, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca; y tú, cuando te conviertas, confirma a tus hermanos" (Lc. 22, 32). Confirmarlo en la fe, y encargarlo de confirmar en ella a sus hermanos, es constituirlo guardián y maestro supremo de ella.

4o. En fin, antes de subir al cielo, Cristo preguntó tres veces a Pedro: "Simón, ¿me amas más que éstos?- Y después de su triple confesión le dijo: "Apacienta mis corderos; apacienta mis ovejas" (Jn. 21, 25). Lo nombró, pues, pastor, no de un rebaño material, que no tenía; sino de su Iglesia a la que muchas veces designa con tal nombre. Es pues, imposible negar, sin negar también la Escritura, que Cristo confirió a San Pedro el mando supremo de su Iglesia. 13.1.3 Poderes y prerrogativas a) Primado Supremo El Papa tiene en la Iglesia poder máximo y supremo. Esto lo definió el Concilio Vaticano I diciendo que el Papa tiene el primado, esto es, primacía o primer puesto en toda la jerarquía eclesiástica; y que este primado no es solamente de honor, sino de autoridad y mando. Este primado no le viene al Papa ni de los Obispos, ni del poder civil, sino directamente del mismo Cristo, que, como ya hemos visto, lo constituyó jefe de su Iglesia. Si el primado de Pedro no hubiera sido de origen divino, ciertamente que los demás Obispos hubieran rehusado someterse como inferiores al Obispo de Roma, puesto que ellos también habían sido establecidos por los Apóstoles. Pues bien, la historia de la Iglesia demuestra que desde la antigüedad más remota todos los Obispos reconocieron la autoridad del Romano Pontífice, al cual consultaban en sus dudas, apelaban en sus discusiones, y obedecían en sus mandatos. b) La autoridad del Papa La autoridad del Papa tiene las siguientes propiedades: a) Ordinaria, esto es, en razón de su cargo, y no por delegación especial para ser ejercitada. b) Plena: abarca la plenitud de los poderes confiados por Cristo a su Iglesia. c) Universal: se extiende a la totalidad de la Iglesia. d) Suprema: no hay por encima del Papa autoridad alguna en la tierra; de modo que una decisión suya no puede apelarse, ni siquiera ante un Concilio universal. Podemos considerar la autoridad del Papa desde tres puntos de vista. Desde el punto de vista doctrinal, como supremo Maestro; desde el punto de vista sacerdotal, como Sumo Pontífice; y desde el punto de vista pastoral, como Supremo Pastor y jefe de la Iglesia. c) Infalibilidad del Papa Cuando, en virtud de su autoridad suprema, el Romano Pontífice propone a los fieles una verdad de fe o declara una regla de moral, no puede equivocarse, esto es, cuando les enseña lo que deben creer o hacer para salvarse. Este dogma tiene su fundamento en la Escritura. En efecto: a) Si el Papa enseñara el error, el infierno, esto es, el demonio, espíritu de error y de mentira, prevalecería sobre la Iglesia; lo que va contra la promesa de Cristo. b) Cristo le ofreció a Pedro que su fe no desfallecería, y le encargó de confirmar en ella a sus

hermanos. Pero ¿cómo podrá confirmarle en la fe, si él mismo los induce al error? c) Cristo impuso a todos los hombres, bajo pena de condenación, la obligación de creer: "Quien no creyere se condenará" (Mc. 16, 16). Pero repugna que Cristo nos obligue a creer el error. Resulta, pues, claramente de estos textos que Jesucristo hizo infalible al Pastor Supremo de su Iglesia. Y el Concilio Vaticano I al proclamar como dogma de fe la infalibilidad del Papa, no hizo otra cosa que confirmar solemnemente lo que afirma la Sagrada Escritura. El Papa es infalible cuando habla ex cathedra, y eso sucede cuando: a) enseña una cosa referente al dogma o moral cristianos; b) que se dirige a la Iglesia universal; c) que habla en su calidad de Maestro supremo de la cristiandad. Si falta una de estas condiciones, el Papa no es infalible. Así, no es infalible: a) cuando trata de ciencias, o cosas que no se refieren a la fe; b) cuando se dirige a personas o iglesias particulares a menos que por su medio se dirija a toda la Iglesia; e) cuando habla como doctor privado, o jefe de alguna congregación Romana. Aun en estos casos en que no es infalible, su autoridad en lo espiritual es la más grande y digna de respeto. 13.1.4 Los Obispos En el sentido más restringido vigente hoy, la jerarquía es el conjunto de los pastores y doctores (cfr. Ef. 4, 11) escogidos por Cristo y encargados por El de vigilar, instruir y santificar su rebaño. Concretamente, la jerarquía son los obispos, agrupados en un solo cuerpo episcopal con el Papa a 1,a cabeza, y ayudados en el cumplimiento de su tarea por los presbíteros y los diáconos. Cristo comunicó a los Apóstoles sus propias funciones de doctor, rey y sacerdote (cfr. Mt. 28, 1820; Jn. 20, ; Ef 21-22. 5, 20); Cristo ha querido que los Apóstoles tuvieran sucesores en su tarea apostólica en la persona de los Obispos (cfr. Dt. 960, 966, 1821, 1828; S. Tomás, C.G. IV, 74). A efectos jurídicos los Obispos se llaman: a) Diocesanos: a los que se les ha encomendado el cuidado de una Diócesis. b) Titulares: nombre que reciben los demás. A los Obispos titulares se les solía asignar una diócesis actualmente desaparecida, o un lugar ocupado por los infieles, según la terminología en uso hasta finales del siglo XIX. Ahora, por lo que atañe el título con el que se les designa, no a todos los Obispos que son titulares se les atribuye una diócesis titular, puesto que se dan muy variadas circunstancias: al Obispo diocesano que presenta su renuncia (por edad -75 años- o por enfermedad) se le llama Obispo dimisionario de ... ; el coadjutor se llama "Obispo coadjutor de..."; y el Prelado si ha recibido la consagración episcopal se le designa como "Obispo Prelado de..." (cfr. S.C. para los Obispos, Cartas del 31-VII-76 y 17-X-77).

Al Obispo diocesano compete en la diócesis que se le ha confiado toda la potestad ordinaria propia e inmediata que se requiere para el ejercicio de su función pastoral. a) El Colegio Episcopal Al igual que San Pedro y los demás Apóstoles formaban un solo colegio apostólico, así el Papa y los obispos forman un solo colegio episcopal (cfr. Lumen Gentium, n. 22).

Hay una unidad en el cuerpo episcopal, y para expresar esa unidad el Concilio Vaticano II habla, a la vez, de cuerpo, de colegio y de orden de los obispos. Todo el cuerpo episcopal tiene en la tierra la misión de dirigir la Iglesia y de asumir las responsabilidades pertinentes. Tocante al término "colegio", se advierte que no debe interpretarse en un sentido estrictamente jurídico; es decir, "como una asamblea de iguales que delegan su potestad en su propio presidente, sino como una asamblea estable, cuya estructura y autoridad deben deducirse de la Revelación (Lumen Gentium. Nota explicativa previa, n. l). Jamás ha habido duda que cuando el cuerpo episcopal se compro. mete unánimemente a propósito de un punto de fe o costumbres, es infalible (cfr. Lumen Gentium, n. 25). Entre los Padres que lo enseñan de una manera casi explícita, está San Atanasio: "La Palabra del Señor que ha sido pronunciada por el Concilio general de Nicea, permanecerá para siempre" (Epis. PG 2, 26, 1032). 0 También San Gregorio Magno, cuando dice que él venera los cuatro primeros concilios generales como venera los cuatro evangelios (Epis. 1, 25: PI 77, 478). Su ejercicio tiene dos cauces; -Solemne y extraordinario, que es el propio de los concilios Ecuménicos, para cuya existencias se requiere: • que todos los obispos con jurisdicción hayan sido convocados; • que un cierto número esté efectivamente presente; • que el Papa esté de acuerdo con la convocatoria, la presida (personalmente o por delegados) y confirme sus decisiones. -Ordinario, que es el de los obispos cuando promulgan, unánimemente y en comunión con el Papa, las mismas verdades relativas a la fe y a las costumbres (cfr. Dt. 1792). Lo anterior quiere decir que, tomados individualmente, los obispos no son infalibles, aunque cada uno en su diócesis e s doctor auténtico de la fe y decide con autoridad, en la medida en que permanece en comunión con el conjunto y, especialmente con su cabeza, el Papa (cfr. (cfr. Lumen Gentium, n. 22). b) Los Concilios La potestad suprema sobre la Iglesia Universal, que compete al Colegio de los Obispos, se ejerce de manera solemne en el Concilio Ecuménico. Debe quedar claro que el Orden o Colegio de los Obispos, que sucede al Colegio Apostólico en el magisterio y régimen pastoral, junto a su cabeza -que es el Papa- y nunca sin ella, es también sujeto de la potestad suprema y plena, sobre toda la Iglesia; dicha potestad puede ejercerse únicamente con el consentimiento del Romano Pontífice. La lista cronológica de los Concilios Ecuménicos, con los rasgos mínimos, diferenciales, es la siguiente: -Nicea (325). Convocado por Constantino para condenar y deponer a Arrio; proclama que el Verbo es consubstancial al Padre y redacta una fórmula de Fe o Símbolo de Nicea. -Constantinopla 1 (38l). Convocado por Teodosio I; condena a Macedonio, que negaba la divinidad y consubstancialidad del Espíritu Santo. Sólo asistieron obispos de Oriente. Según la tradición, en él

se aprueba el símbolo llamado niceno-constantinopolitano. El Papa Dámaso, en los concilios romanos del 380 y del 383, define la misma doctrina. Por ello, desde el concilio de Calcedonia, se le considera ecuménico. -Éfeso (431). Convocado por Teodosio II, condena y depone a Nestorio, que negaba la maternidad divina de María (Teotokós). Lo presidió San Cirilo de Alejandría como delegado del Papa Celestino I. No redacta nueva fórmula dogmática, pero aprueba la II Carta de Cirilo a Nestorio como auténtica interpretación del Símbolo de Nicea. -Calcedonia (451). Convocado por el emperador Marciano, con la aprobación de S. León Magno, define la existencia en Cristo de dos naturalezas aceptando así la Epístola dogmatica ad Flavianum del papa S. León I, que condenaba el monofisismo. -Constantinopla 11 (553). Convocado por Justiniano I, condena los "Tres capítulos doctrina de Teodoro de Mopsuestia, Teodoreto de Ciros e Ibas de Edesa, que era sospechosa de nestorianismo. -Constantinopla III (681). Convocado por Constantino Pogonato de acuerdo con el Papa Agatón, condena el monotelismo, afirmando la existencia de dos voluntades en Cristo. -Nicea II (787). Convocado por la emperatriz Irene, condena a los iconoclastas, definiendo la legitimidad del culto a las imágenes. -Constantinopla IV (869-870). Convocado por Basilio el Macedonio, depone a Focio. Tiene carácter disciplinar. -Letrán 1 (1123). Convocado por el papa Calixto II, consagra la solución dada al problema de las investiduras en el concordato de Worms (1122). Es el primer concilio celebrado en Occidente. -Letrán II (1139). Convocado por el Papa Inocencio II, se refiere a cuestiones disciplinares: simonía, usura y nicolaísmo. - Letrán III (1179). Convocado por Alejandro III, condena a los cátaros. Trata cuestiones disciplinares de gran trascendencia, como las referentes a la elección pontificia. -Letrán IV (1215). Convocado por Inocencio III, es el más importante de los concilios medievales. Condena a cátaros y albigenses y trata importantes cuestiones de disciplina (sacramentos, matrimonio, predicación, inquisición ... ). -Lyon I (1245). Convocado por el Papa Inocencio IV, condena al emperador Federico II. -Lyon II (1274). Convocado por Gregorio X, tuvo como finalidad la reducción del cisma de Oriente. Contó con la colaboración del emperador Miguel Paleólogo. No alcanzó éxito. -Vienne (1311-12). Convocado por Clemente V, tuvo como principal finalidad el enjuiciamiento de los templarios, junto a temas doctrinales. -Constanza (1414-18). Convocado por Gregorio XII está íntimamente unido al cisma de Occidente. En él se elige a Martín V como Papa. Condena las doctrinas de Wicleff y Huss, sus decretos "in materiis fidei conciliariter" fueron aprobados por Martín V, pero no "aliter nec alio modo". -Florencia (1439-45). Convocado por Eugenio IV, fue un nuevo intento de terminar con el cisma griego, que también fracasó.

-Letrán V (1512-17). Convocado por Julio II, fue terminado por León X. Su finalidad primordial fue la reforma del clero. -Trento (1545-63). Convocado por Paulo III, fue proseguido por sus sucesores Julio III y Pío IV; durante los pontificados de Marcelo II y Paulo IV no hubo actividad conciliar. Significa la reacción de la Iglesia frente a la reforma protestante, tanto en el plano dogmático, como en el disciplinar. -Vaticano I (1869-70). Convocado por Pío IX, fue suspendido el 20 de octubre de 1870. Elaboró dos importantes definiciones dogmáticas, la Const. Dei Filias, acerca de la Fe y el racionalismo, y la Const. Pastor Aeternus, sobre la infalibilidad del Papa. -Vaticano II (1962-65). Convocado por Juan XXIII, continuó con sus trabajos bajo Paulo VI, quien aprobó y promulgó sus decisiones. Debe tenerse en cuenta que los decretos del Concilio Ecuménico, sólo tienen fuerza obligatoria si, habiendo sido aprobados por el Romano Pontífice juntamente con los Padres conciliares, son confirmados por el Papa y promulgados por el mandato suyo. Transcribimos la fórmula de aprobación que se empleó en los documentos del Concilio Vaticano II:--Todas y cada una de las cosas que se prescriben en esta Constitución Dogmática (Decreto, etc.) han obtenido el PLACET de los Padres. Y por la potestad Apostólica que nos ha sido entregada por Cristo, junto con los Padres Venerables, las aprobamos en el Espíritu Santo, las prescribimos y las establecemos, y mandamos que lo así establecido sinodalmente se promulgue para la gloria de Dios". 13.2 EL TRIPLE PODER 13.2.1 Fin de la Iglesia Podemos distinguir en la Iglesia un fin remoto y un fin próximo. lo. Su fin remoto es la salvación de los hombres. 2o. Su fin próximo es santificar a los hombres mediante la comunicación de los bienes espirituales que Cristo puso en sus manos, a saber: la enseñanza de su doctrina, el cumplimiento de sus mandamientos y la recepción de sus sacramentos. Vemos, pues, que el fin próximo de la Iglesia consiste en procurar el cumplimiento de los medios necesarios para la consecución de su fin remoto. 13.2.2 Poderes Para la consecución de este fin Cristo dejó a su Iglesia tres poderes; de enseñar, de santificar y de gobernar a los hombres. El poder de enseñar se llama doctrinal o profético; el de santificar, sacerdotal; y el de gobernar, pastoral. Estas tres palabras son fáciles de retener, si se recuerda que al doctor (de donde se deriva doctrina) le compete enseñar; al sacerdote, santificar; y al pastor, gobernar el rebaño. a) Potestad profética o doctrinal El poder doctrinal de la Iglesia consiste en el derecho y deber que tiene de enseñar y defender la doctrina de Cristo, de la cual es depositaria. Cristo confió a la Iglesia este poder cuando dijo a sus Apóstoles: "todo poder se me ha dado en el cielo y en la tierra. Id y enseñad a todas las naciones" (Mt. 28, 18).

La Iglesia ejercita este poder por medio de la predicación y enseñanza de la doctrina cristiana. "Somos embajadores de Cristo, y es Dios quien os exhorta por nuestra boca" (II Cor. 5, 20). En virtud de este poder de enseñar, la Iglesia defiende la integridad de la fe y de la moral cristiana, condena los errores, y vigila la enseñanza para que no se deslice en ella nada contra la fe y las buenas costumbres. Suelen distinguirse dos etapas en la función Profética: 1) El acceso a la fe, paso de las tinieblas a la luz: es la evangelización o Kerygma. 2) El desarrollo v educación de la fe, hacer la vida y acrecentarla: es la catequesis. b) Potestad sacerdotal o de orden El poder sacerdotal consiste en el derecho y deber que tiene la Iglesia de procurar la santificación de las almas. Cristo le confirió este poder cuando dijo a los Apóstoles: "Bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo" (Mt. 28, 19). Anteriormente les había dicho también: "Haced esto en memoria mía". "A quienes perdonareis los pecados les serán perdonados" (Poder de confeccionar la Eucaristía y administrar la Confesión), etc. La Iglesia ejercita el poder de santificar por medio de su actividad litúrgica: primordialmente, el Santo Sacrificio de la Misa, los sacramentos y todo el culto de oración y alabanza a Dios (Oficio Divino). En virtud del poder de santificar, tiene derecho: a) a poseer lugares propios para ejercitarlo, a saber, templos y cementerios, b) a tener los bienes materiales necesarios para el culto, c) a reglamentar el culto, en especial en lo referente a los sacramentos. En consecuencia, ella es la única que puede establecer impedimentos matrimoniales y dispensar sobre ellos. c) Potestad pastoral o de régimen El poder pastoral de la Iglesia consiste en el derecho y deber de gobernar a sus súbditos. Cristo dijo a sus Apóstoles: "Hacedles observar cuanto os he mandado" (Mt. 28, 20). Desde el principio la Iglesia comprendió que su autoridad y su responsabilidad espirituales no serían eficaces si no dispusiera del poder de: - Dictar leyes. Es un poder comprendido en el de atar y desatar (cfr. Mt. 16, 18; 18, 18), y puede ser considerado el más elevado en el orden de la jurisdicción pastoral. Los Apóstoles de hecho ejercen ese poder como algo de suyo evidente por formar parte de su misión" (cfr. Act. 15, 28; 16, 4; I Cor 6, 1-6; 11, 1-34; I Tim 3, 2-13). - Juzgar. Dictar leyes no es suficiente; es necesario conseguir que sean aplicadas (cfr. Mt. 18, 1527). Del ejercicio de este poder la Sagrada Escritura nos da varios ejemplos precisos: condena de Ananías y Safira (cfr. Act. 5, 1-10), exclusión del incestuoso de Corinto (cfr. ICor. 5, 1-5), o de Himeneo y Alejandro (cfr. I Tim. 1, 20). -Sancionar. Es la consecuencia lógica del poder anterior (cfr. I Cor. 4, 18-21; II Cor. 10, 5-6; 13, 2 ss.) y no siempre se reduce a imponer penas necesariamente espirituales (cfr. Dt. 1504-1505; 1724). Directa y esencialmente, la autoridad pastoral de la Iglesia se ejerce tan sólo al nivel que le es propio, el espiritual. Sin embargo, por razón de su misión puede ejercerlo también en otros niveles,

en la medida exacta en que se pueden poner en juego las realidades morales o espirituales (cfr. Dt. 1866). 13.3 LA COMUNION DE LOS SANTOS 13.3.1 Triple estado de la Iglesia Podemos distinguir tres estados en la Iglesia: la Iglesia militante, la triunfante y la purgante, que comprende respectivamente los fieles de la tierra, del cielo y del purgatorio. La Iglesia del cielo se llama triunfante, porque en ella ya se triunfa; la de la tierra, militante, porque en ella aún se combate y la del purgatorio, purgante, porque en ella purgan las almas las penas debidas por sus pecados. Los condenados no forman parte de la Iglesia, pues ni ésta tiene poder sobre ellos, ni ellos pueden obtener el fin que la Iglesia se propone: la salvación. Es de fe que entre estas diferentes partes de la Iglesia hay una comunicación de bienes, que se llama comunión de los santos. Comunión aquí significa comunicación. Se llama de los santos, porque los miembros del cielo ya están en posesión de Dios, los del purgatorio están en camino seguro de esa posesión; y los de la tierra han sido santificados con el bautismo y son llamados a la santidad necesaria para llegar a ella. Esta comunicación de bienes puede verificarse, porque todos los fieles de los tres estados de la Iglesia somos miembros de un mismo cuerpo Místico, cuya cabeza es Cristo. Los miembros de un cuerpo son solidarios y se deben ayudar el uno al otro. Dice San Pablo: "Así como tenemos varios miembros en un solo cuerpo, y todos los miembros no tienen la misma función; así nosotros que somos muchos no formamos sino un cuerpo en Cristo" (Rom. 12, 4 v 5). Y ponía personalmente en práctica su doctrina cuando escribía a los Romanos: -Ayudarme con nuestras oraciones cerca de Dios" (Rom. 15, 30). 13.3.2 Comunicación de bienes en la Iglesia Los bienes que se comunican son: a) los méritos infinitos de Cristo; b) los méritos superabundantes de María Santísima y de los santos; c) el fruto de la Misa y de los sacramentos; d) las oraciones y buenas obras de los fieles. Estos bienes se llaman el tesoro espiritual de la Iglesia. Los méritos de María Santísima y de los santos se llaman superabundantes porque merecieron más de lo que necesitaban para salvarse; y de esa superabundancia podemos participar nosotros. Es posible que se nos comuniquen méritos ajenos, porque en toda obra buena hay dos partes: una parte personal, que corresponde exclusivamente al que la hace; y otra de que puede disponer en favor de los demás. Y ésta es la que se nos aplica. 13.3.3 Modo como se comunican "Comunión de los Santos. -¿Cómo te lo diría?- ¿Ves lo que son las transfusiones de sangre para el cuerpo? Pues así viene a ser la comunión de los Santos para el alma- Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 544). Esta comunicación de bienes se hace de la siguiente manera: lo. Entre la Iglesia triunfante y la de la tierra, en cuanto los santos piden a Dios por nosotros y nos alcanzan gracia y favores; y nosotros les damos culto y nos encomendamos a su protección. 2o. Entre nosotros y la Iglesia purgante, en cuanto nosotros ofrecemos sufragios y limosnas por las benditas ánimas; y ellas se convierten en poderosos intercesores nuestros al llegar al cielo. 3o. Entre los mismos fieles de la tierra, en cuanto podemos ayudarnos unos a otros; y en cuanto todos los fieles participan del fruto de la Misa, buenas obras y oraciones de toda la Iglesia.

Por eso aconseja el Apóstol Santiago: "Orad unos por otros, para que seáis salvos; pues vale mucho la oración perseverante del justo" (5, 16). 13.3.4 Quiénes participan de estos bienes Participan de ellos todos los que pertenecen a la Iglesia Católica. lo. Los que están en gracia participan abundantemente ya que la gracia es la que nos hace miembros vivos del Cuerpo de Cristo. Esta participación se hace según las leyes de justicia y de la misericordia divina, en una proporción que nos es desconocida. Tratándose de los fieles de la tierra, ordinariamente Dios ha de tener en cuenta su gracia y su fervor; y respecto a las benditas ánimas,. los méritos que alcanzaron en esta vida. 2o. Los que están en pecado mortal pierden la mayor parte de estos bienes. Sin embargo, por ser miembros del cuerpo de la Iglesia, participan de algo, especialmente en cuanto reciben gracias para su conversión. 3o. Los que no son miembros de la Iglesia, los infieles, herejes, apóstatas, cismáticos y excomulgados no participan de dichos bienes. "El que deja de luchar causa un mal a la Iglesia, a su empresa sobrenatural, a sus hermanos, a todas las almas. -Examínate: ¿no puedes poner más vibración de amor a Dios, en tu pelea espiritual? -Yo rezo por ti... y por todos. Haz tú lo mismo" Josemaría Escrivá de Balaguer, Forja, . 107).

14. Historia de la Iglesia La Historia de la Iglesia no se estudia dentro de la Teología Dogmática, sino como un tratado aparte. Sin embargo, hemos decidido incluir un capítulo al respecto, pues su estudio resulta de gran utilidad para comprender la maravillosa acción de Dios en la historia y, por tanto, en la formulación de las verdades dogmáticas. 14.1 CONCEPTOS GENERALES 14.1.1 Concepto de historia de la Iglesia Historia de la Iglesia es la parte de la historia general que estudia los hechos relativos al origen y desarrollo de la sociedad perfecta fundada por Jesucristo y que llamamos Iglesia. Se, estudia, por tanto, el periodo que abarca dos mil años aproximadamente, desde Pentecostés hasta nuestros días. 14.1.2 La historia, manifestación de la Providencia La historia no está sometida a fuerzas ciegas, a ciclos determinados ni es tampoco el resultado del azar. La historia en general es manifestación de la Providencia y la libertad humana. Cualquier persona tiene deseos de conocer los antecedentes de su propia familia: de dónde procede, quiénes fueron sus parientes y qué hicieron. Es lógico, por tanto, que los cristianos tengamos el deseo de conocer la historia de nuestra Santa Madre la Iglesia, que es interés por saber los dones y las providencias de Dios, y la manera como los hombres correspondieron a esas gracias. 14.1.3 Protagonistas de la historia de la Iglesia Quien quiera conocer bien la historio. de la Iglesia debe tener presente que hay dos elementos esenciales que la componen: lo. El Espíritu Santo que la gobierna a lo largo de los siglos; 2o. Los hombres con su libertad, que pueden corresponder o no a esta acción del Espíritu Santo. Llaman la atención los hechos admirables de santidad que encontramos en la Iglesia a lo largo de la historia. Hay también, ciertamente, errores, miserias y flaquezas de los hombres, consecuencia de la resistencia de algunos al amor de Dios. Sin embargo, es importante señalar que estas deficiencias humanas, sólo empañan un poco la faz de la Iglesia, q1ie es santa, sin mancha ni arruga, y muestran claramente que a pesar de los pecados de los hombres y la acción del demonio, la Iglesia permanece a lo largo de los siglos tal y como la quiso Cristo. Un motivo más para agradecer a Dios y amar más y más a nuestra Santa Madre Iglesia. 14.2 DIVISION DE LA HISTORIA DE LA IGLESIA 14.2.1 División objetiva Se hace en base a la descripción de determinados hechos acaecidos de particular importancia para la vida de la Iglesia. Puede distinguirse: a) la historia objetiva externa que se ocupa del estudio de las relaciones de la Iglesia con otras sociedades, civiles o religiosas, que ha tratado de cristianizar;

b) la historia objetiva interna trata de la constitución de la misma Iglesia a lo largo de los años, donde se muestra cómo conserva los mismos fundamentos puestos por Jesucristo y el modo como ha tratado de conducir a los hombres a la salvación mediante los sacramentos y la enseñanza de la Iglesia. 14.2.2 División cronológica Se acostumbra dividir en periodos: Edad antigua: desde el año 33 en que murió Cristo hasta el 476 en que cayó el Imperio Romano de Occidente; Edad Media: desde el 476 hasta 1517, en que comienza la reforma protestante; Edad Moderna: desde 1517 hasta nuestros días. (Algunos señalan la llamada Edad Contemporánea que se iniciaría en 1914 con la Primera Guerra Mundial). Esta división cronológica es imperfecta y aplicable sólo a la Iglesia latina; la griega no conoció la invasión de los bárbaros y carece, por tanto, de la Edad Media. Sólo tendrían Edad Antigua y Edad Moderna, siendo el punto de división el año 1453 con la caída de Constantinopla en poder de los turcos. Otra división cronológica, un poco más exacta y clara se divide en cinco períodos: I) ANTIGÜEDAD CRISTIANA. (33-692): El cristianismo se extiende en el mundo grecorromano. Puede dividirse en dos subperíodos: a) 33-313: fundación, propagación y persecuciones de la Iglesia, hasta el 313 con el edicto de Milán. b) 313-692: se caracteriza fundamentalmente por la cristianización de los pueblos invasores, el desarrollo de la doctrina, y la irrupción del Islam que impone una grave limitación a la expansión de la Iglesia. En 692 se llevó a cabo el Concilio Trullano. II) MEDIOEVO. (692-1303): Extensión de la Iglesia entre los pueblos germánicos y eslavos. Puede dividirse en dos subperíodos: a) Alta Edad Media (692-1073): cuyos hechos más sobresalientes son la expansión de la fe más allá de lo que había sido el Imperio Romano, el influjo del feudalismo y el cisma griego de 1054. b) Baja Edad Media (1073-1303): se extiende desde el inicio del pontificado de San Gregorio VII a la muerte del Papa Bonifacio VIII. En general se muestra el modo como el espíritu cristiano informa todo el que hacer de la sociedad: cultura, trabajo, política, etc. III) EDAD NUEVA (1303-1648): edad de las reformas. Puede dividirse: a) Prerreforma (1303-1517): los hechos más sobresalientes son: el destierro de Aviñón; el cisma de Occidente; la interrupción del Renacimiento y la rebelión de Lutero en 1517. b) La Reforma (1517-1648): está caracterizada fundamentalmente por la reforma protestante y las guerras de religión. Termina con la paz de Westfalia en 1648 IV) EPOCA MODERNA (1648-1914): período de descristianización. Se pueden distinguir dos subperíodos:

a) 1648-1789: años en que en términos generales puede señalarse como una época en que los nacionalismos y monarquías absolutas tratan de sojuzgar a la Iglesia. Este período terminaría en 1789 con la Revolución Francesa. b)1789-1914: durante estos años grandes masas, afectadas por el liberalismo, el marxismo, etc., se apartan de la Iglesia. Sobresale el Concilio Vaticano I y la condena al Modernismo por el Papa S. Pío X. V) EPOCA CONTEMPORANEA (1914 -nuestros días): período de crisis espiritual y confusión. Llamada universal a la santidad. 14.3. I ANTIGUEDAD CRISTIANA 14.3.1 La predicación apostólica El día de Pentecostés los Apóstoles recibieron el Espíritu Santo, y comenzaron a predicar en diversas lenguas. Ese mismo día, San Pedro predicó a muchos y se convirtieron cerca de tres mil oyentes. Unos días después, con ocasión de la curación del cojo de nacimiento (cfr. Hechos 3, 11), el mismo Apóstol habló de nuevo a la muchedumbre y a los creyentes se sumaron otros cinco mil. Los Apóstoles movidos por el Espíritu Santo se dispersaron para evangelizar el mundo conocido. San Pedro se dirigió a Antioquía y de ahí pasó a Roma para establecerse definitivamente en esa ciudad en el año 44. El mundo se llenó de cristianos en poco tiempo. Pocos hombres, llenos de fe, hicieron de fermento en la gran masa del mundo. El testimonio de Tertuliano escrito hacia el año 200 es elocuente: "Somos de ayer y hemos llenado todo lo vuestro: ciudades, islas, campamentos, el palacio imperial, el senado, el foro; sólo os hemos dejado los templos vacíos". La fe se extendió en lo que actualmente es Italia, Grecia, España, Francia, el norte de África y Asia. Los cristianos llevaban una vida que conmovía profundamente a los paganos. El mismo Tertuliano dice que los gentiles admirados exclamaban refiriéndose a los cristianos: "Mirad cómo se aman, y cómo están prontos a morir los unos por los otros". 14.3.2 Las persecuciones El Estado Romano consideraba a los primeros cristianos como un peligro para su seguridad y como impíos ateos, por lo que les aplicó la pena capital, Fue Nerón el primer emperador romano que persiguió a los cristianos. El motivo o quizá pretexto de la persecución fue el incendio de la ciudad de Roma (en la noche del 18 al 19 de julio de 64), en donde se culpó a los cristianos. La persecución dio como resultado una gran multitud de mártires; entre ellos se cuentan San Pedro y San Pablo. De las persecuciones sobresalen las realizadas en tiempo de los siguientes emperadores: Domiciano (81-96);Trajano (98-117); Séptimo Severo (193-211); Decio (249-251); Valeriano (253-260) y Diocleciano (284-305). 14.3.3 Los mártires Mártir es una palabra griega que quiere decir testigo. A los mártires se les tributa una veneración especial por haber sellado con su propia sangre la fe de Cristo. Buen ejemplo para que sepamos hasta qué punto debemos estar dispuestos a defender nuestra fe. 14.3.4 El Edicto de Milán A principio del año 313, Constantino y Licinio emperadores, firmaron el Edicto de Milán por el que se concedía libertad de culto a los cristianos y la restitución de los bienes de la Iglesia. El cristianismo se equiparaba a la religión pagana y compartía con ella sus privilegios y derechos.

14.3.5 Las herejías No todos recibieron íntegramente las verdades de nuestra fe. Pronto, surgieron las primeras herejías que fueron un peligro mucho mayor para la Iglesia, aún más que las mismas persecuciones, pues el enemigo que está dentro es mucho más peligroso. Las herejías, sin embargo, han ayudado a precisar la expresión de las verdades de nuestra fe, pues la Iglesia se ha visto en la necesidad de dar definiciones y puntualizar verdades que pacíficamente se venían creyendo. Pueden distinguirse a grandes rasgos las siguientes herejías: a) Judaizantes: pretendían que los cristianos debían observar la ley judía; b)Trinitarias: negaban la trinidad de personas en Dios, afirmando que son tres nombres o modos de una misma persona. Hay que incluir aquí a los modalistas, monarquianos y patripasianos. c)Arrio: no quiso reconocer la divinidad de Jesucristo incurriendo también en una herejía trinitaria (cfr. 8.1.2). d)Nestorio: negó la Maternidad divina de María por afirmar que en Cristo había dos personas (cfr. 8.1.2). e) Pelagio: atacó la necesidad de la gracia y el dogma del pecado original. 14.3.6 Padres de la Iglesia Papel importante en la lucha contra las herejías jugaron los Padres de la Iglesia que son: a) escritores que sobresalen por la ortodoxia de su doctrina; b) santidad de vida; c) antigüedad, y d) aprobación de la Iglesia. Estos hombres explicaron la doctrina de la Iglesia de una manera sistemática e hicieron más inteligible la verdad revelada con el empleo de la razón natural. Entre los Padres de la Iglesia griega destacan: San Atanasio (sobresale por su defensa contra el arrianismo); San Gregorio Nacianceno, San Basilio y San Juan Crisóstomo (el "pico de oro" por su excelente manera de hablar de las verdades de nuestra fe). Entre los Padres latinos sobresalen: San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo (la versión de la Sagrada Escritura elaborada por él es su obra por excelencia) y San Gregorio Magno. 14.4. II MEDIOEVO 14.4.1 Expansión de la Iglesia por Europa Un hecho sobresaliente de esta época es la conversión de los pueblos germánicos al cristianismo y su incorporación a la Iglesia Católica, tarea que duró varios siglos. La Iglesia dio a los pueblos germánicos no sólo los bienes sobrenaturales de la salvación eterna, sino también los medios culturales que les llevó a un progreso humano que ni ellos mismos sospechaban. En esta época hay que situar la conversión al catolicismo de los Frisios, los Sajones, los Bávaros, los Alemanes, los Turingios, los Eslavos y los Normandos. 14.4.2 El Cisma de Oriente Este cisma, conocido también como cisma griego, separó al Oriente (Balcanes, Asia y Rusia) del Occidente, abriendo un abismo tan profundo entre las dos comunidades que no ha vuelto a cerrarse sino pasajeramente y sin resultado permanente.

El Cisma se fue gestando. Se inició en el siglo IX y se consumó en el siglo XI (1054). En el año 847, San Ignacio, patriarca de Constantinopla negó públicamente la comunión a César Bardas, que regía el Imperio, por razones de moralidad pública. César destituyó a Ignacio y nombró patriarca a Focio hasta entonces primer ministro. Focio recibió en una semana todas las órdenes hasta la consagración episcopal, con la particularidad de que se las concedió el obispo de Siracusa que había sido excomulgado por Ignacio. El Papa Nicolás I, por el sínodo de Roma de 863, depuso de sus sedes a Focio y a sus partidarios. Focio pasó al ataque: acusó a los latinos de que usaban pan ácimo (sin levadura) para la consagración, como los judíos; que usaban el Filioque en el Credo; que habían impuesto el celibato a los clérigos y reunió un sínodo en 867 en el que depusieron al Papa por "herético y devastador de la viña del Señor". Los sucesores de Focio en su sede mantuvieron una fría reserva ante Roma. Miguel Cerulario en 1054 consumó el cisma, haciendo prácticamente las mismas acusaciones hechas por Focio. El Papa San León IX interviene recordando su primacía y enviando tres legados a Constantinopla para que resolvieran todas las dificultades con el patriarca y el emperador. Por no llegar a un acuerdo los legados depositaron sobre el altar de Santa Sofía la sentencia de deposición y excomunión contra Miguel Cerulario (1054). Días más tarde Miguel Cerulario reúne en Constantinopla un sínodo de obispos orientales, que pronunció a su vez, la excomunión contra el Papa. Esta vez la separación fue definitiva. El ejemplo de Constantinopla fue seguido por otros orientales: serbios, búlgaros, rusos y romanos se unieron al cisma y se erigieron, para su desgracia, en iglesias autocéfalas. El daño causado por este cisma ha sido enorme: no hubo pérdidas numéricas extraordinarias, pero sí se cerró para la Iglesia Católica la posibilidad de extenderse hacia Oriente. En cambio, para los orientales fue una desdicha separarse y han quedado como anquilosados y petrificados. 14.4.3 La Escolástica Se llama escolástica a la filosofía de la segunda parte de la Edad Medía que, siguiendo un método especial, y tomando generalmente como gula a Aristóteles, se enseñaba en las escuelas episcopales y palatinas (de ahí su nombre, de "schola"). Sus seguidores eran denominados escolásticos; de estas escuelas pasó a las universidades. La escolástica se caracteriza por un sistema peculiar de exponer la fe y se propone hacer ver cómo entre la razón y la fe, la filosofía y la teología, hay una íntima unión; la filosofía ha de ponerse al servicio ("anci11a", como esclava) de la teología. El gran esplendor de la escolástica se alcanzó en el siglo XIII, con maestros insignes como San Alberto Magno, San Buenaventura, Alejandro de Hales, Duns Scoto y Santo Tomás de Aquino, sin duda la lumbrera mayor. Santo Tomás de Aquino por la santidad de vida, la profundidad de su saber y la, precisión de su lenguaje sabe recoger toda la tradición cristiana anterior y elaborar una doctrina sistemática. Sus obras más conocidas son la Suma Teológica y la Suma contra gentiles. La Iglesia ha recomendado innumerables veces la filosofía y la teología de Santo Tomás, desde poco después de su muerte hasta nuestros días, calificándola como la doctrina más segura a seguir. 14.5. III EDAD NUEVA 14.5.1 El Cisma de Occidente Por diversas circunstancias políticas, los Papas residieron en Aviñón (Francia) durante setenta años

(1306-1377). Atendiendo a los ruegos de Santa Catalina de Siena, Gregorio X11 regresó a Roma. Sin embargo, a su muerte en 1378, la Cristiandad se dividió en dos bandos de marcada influencia política. La división duró cuarenta años con un Papa en Roma y otro en Aviñón. 14.5.2 Expansión de la Iglesia en América y Asia Desde finales del siglo XV con el descubrimiento de América en 1492, el continente americano se abrió para la cristiandad, gracias a la actividad misionera desarrollada por españoles y portugueses. Las Filipinas fueron también evangelizadas lo mismo que la India, China y Japón, pero en estos dos últimos países hubo fuertes persecuciones. 14.5.3 La llamada reforma protestante Fue forjada principalmente por Martín Lutero y Calvino. Lutero con una vida azarosa, siendo religioso, sacó la falsa conclusión de que la ley de Dios era impracticable y apoyándose en el texto de San Pablo (cfr. Rom. 1, 16-17) afirmó que el hombre se justifica por la sola fe, por la confianza en que seremos salvados, sin necesidad de nuestras buenas obras. Rechazó la Tradición cristiana reduciendo toda la Revelación a la Sagrada Escritura que puede ser interpretada, dice, por cualquiera y no por el Magisterio de la Iglesia. Dice que la Iglesia Romana no es ya la Iglesia de Cristo, se rebela contra el Papa y divide la Iglesia pretendiendo reformarla. 14.5.4 El Cisma de Inglaterra El rey Enrique VIII (1509-1547) introdujo la falsa reforma y consumó el cisma inglés. Había sido un buen católico e incluso recibido el título de defensor de la fe por un escrito contra Lutero, sin embargo, cuando el Papa Clemente VII se negó en 1527 a declarar la nulidad de su matrimonio con Catalina de Aragón (hija de los Reyes Católicos de España), éste se unió con Ana Bolena e hizo que "el acto de supremacía" fuera votado por el Parlamento por el que se declaraba al rey cabeza de la Iglesia en Inglaterra, consumando así el cisma. 14.6. IV EPOCA MODERNA 14.6.1 El Concilio Vaticano I Fue convocado por el Papa Pío IX, y se celebró en la Basílica de San Pedro en el Vaticano, por lo que se denominó Concilio Vaticano I (1869-1870). En este Concilio fue definido el dogma de la infalibilidad del Papa: por la especial asistencia del Espíritu Santo, el Vicario de Cristo y sucesor de San Pedro, no puede errar si ejerce su magisterio ex cathedra en lo referente a la fe y a las costumbres. El Papa Pío IX definió también el dogma de la Inmaculada Concepción (1854). 14.6.2 El Modernismo El modernismo es una corriente de pensamiento que contiene muchos errores. Los modernistas intentan explicar la religión, sus dogmas y su moral por un sentido o sentimiento religioso que hay en el hombre. El modernismo es el intento de acomodar la fe a las filosofías "modernas" de tipo inmanentista. Los errores modernistas siguen una línea agnóstica, inmanentista y un evolucionismo radical. El Papa San Pío X, condenó el modernismo repetidas veces, pero de modo especial en la encíclica Pascendi de 1907 verdaderamente providencial por adelantarse y desenmascarar con detalles los

errores modernistas, atajándolos con prudentes medidas disciplinares. 14.7. V EPOCA CONTEMPORANEA 14.7.1 El Concilio Vaticano II Fue convocado por el Papa Juan XXIII en 1962 y clausurado por Pablo VI en 1965. Se propuso actualizar la vida de la Iglesia sin definir ningún dogma. Trató de la Iglesia, la Revelación, la Liturgia, la libertad religiosa, etc. Recordó el Concilio la llamada universal a la santidad. 14.7.2 Llamada universal a la santidad El Concilio Vaticano II recordó la universal vocación a la santidad de todos en la Iglesia, esto es, que los fieles deben aspirar a vivir la santidad que consiste en la plenitud de vida cristiana y la perfección de la caridad (cfr. Conc. Vaticano II, Const.Lumen Gentium, cap. V). Sin embargo, hay que decir que esta doctrina recordada por el Concilio la venía predicando desde 1928 el siervo de Dios Monseñor Josemarla Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei "El Opus Dei se propone promover entre personas de todas las clases de la sociedad el deseo de la perfección cristiana en medio del mundo. Es decir, el Opus Dei pretende ayudar a las personas que viven en el mundo -al hombre corriente, al hombre de la calle-, a llevar una vida plenamente cristiana sin modificar su modo normal de vida, ni su trabajo ordinario, ni sus ilusiones y afanes. Por eso, en frase que escribí hace ya muchos años, se puede decir que el Opus Dei es viejo como el Evangelio y como el Evangelio nuevo. Es recordar a los cristianos las palabras maravillosas que se leen en el Génesis: que Dios creó al hombre para que trabajara. Nos hemos fijado en el ejemplo de Cristo, que pasó la casi totalidad de su vida terrena trabajando como un artesano en una aldea. El trabajo no es sólo uno de los más altos valores humanos y medio con el que los hombres deben contribuir al progreso de la sociedad: es también camino de santificación" (Mons. Josemaría Escrivá de Balaguer, Conversaciones, ERSA, 1985, n. 24). 14.7.3 Juan Pablo II y la "Teología de la liberación" El 16 de octubre de 1979 es elegido Papa Juan Pablo II. A la fecha son muchas acciones en servicio a la Iglesia que sobresalen. Sus infatigables viajes iniciados con el de México (1979), han removido hondamente al mundo entero. En 1985 convocó un Sínodo Extraordinario de los Obispos para reflexionar sobre el Concilio Vaticano II, y urgir a los fieles en su conocimiento y aplicación. Sobresale, sin lugar a dudas, su preocupación por desenmascarar una corriente de pensamiento que se denomina Teología de la liberación. En Agosto de 1984 el Santo Padre Juan Pablo II aprobó una Instrucción de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe que pretende: "atraer la atención de los pastores, de los teólogos y de todos los fieles, sobre las desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana, que implican ciertas formas de teología de la liberación que recurren, de modo insuficientemente crítico, a conceptos tomados de diversas corrientes del pensamiento marxista". Se trata, por tanto, de toda una "corriente de pensamiento que, bajo el nombre de "teología de la liberación" propone una interpretación innovadora del contenido de la fe y de la existencia cristiana que se aparta gravemente de la fe de la Iglesia, aún más, que constituye la negación práctica de la misma". La llamada "teología de la liberación" asume el análisis marxista de la realidad y sus principios: a) materialismo histórico: que señala que las causas de los acontecimientos históricos son

exclusivamente económicas y la historia es la historia de la lucha de clases, y b) la praxis: la verdad no es, sino se hace; lo que importa es la ortopraxis. Estos principios de corte marxista los aplican a la interpretación del Evangelio y a la práctica pastoral, con lo que logran desfigurar nuestra fe. Para la "Teología de la liberación": a) Jesucristo: es considerado no como verdadero Dios Encarnado que, con su Muerte y Resurrección, nos ha redimido, sino como un símbolo de la humanidad que lucha por la liberación de los "opresores", y que muere en defensa de los pobres; b) La Iglesia: debe tomar parte en la lucha de clases pues la "neutralidad" es imposible ya que equivale a estar con los poderosos. De ahí que debe tener una "opción preferencial por los pobres" y constituirse en "Iglesia del pueblo- que nace del pueblo, y que reconoce la jerarquía sacramental que es "clase dominante" y por tanto debe ser combatida (cfr. Puebla, nn. 262-263). c) La fe es reducida a "fidelidad a la historia"; la esperanza a "confianza en el futuro---; la caridad a la "opción por los pobres". d) Los sacramentos: son "celebraciones del pueblo que lucha por la liberación": se indoctrina en este sentido al pueblo por medio de homilías, cambios en la liturgia, etc., para que "tomen conciencia de clase" y se les anima a la lucha contra la "clase dominante". Curiosamente, así la Iglesia viene a ser -según estos "teólogos" respecto a los pobres, lo que el partido comunista pretende ser respecto al proletariado. e) La escatología es sustituida por el "futuro de una sociedad sin clases" como la meta de la liberación en la que se habrá "hecho verdad" el amor cristiano a todos, la fraternidad universal. Evidentemente se trata de un peligroso cúmulo de errores al ser una completa subversión del cristianismo. Los errores pueden sintetizarse así: a) Evangelio para sacar de ahí una praxis: ese principio es el materialismo histórico, que niega la prioridad del ser sobre el hacer, y por tanto, de la verdad y el bien de la acción humana. Este principio es totalmente falso y no es demostrado ni demostrable; b) la lucha de clases no sólo es un error porque sea contrario a la caridad (puede haber una guerra justa, existe la legítima defensa, etc.), sino que es un error sobre todo porque se le concibe como algo necesario, ineludible y constitutivo de la historia negando la libertad de la persona y su capacidad para dirigir la historia mediante esa libertad y contando con la Providencia divina; c) además de negar verdades fundamentales (sobre Cristo, la Iglesia, los Sacramentos, etc.), en la práctica, conduce a someter a la Iglesia a una dirección política determinada, no sólo ajena a su misión sobrenatural, sino que desemboca en una situación humana el error radical está en el mismo "principio hermenéutico" con el que se pretende interpretar el deplorable, como es el socialismo real, en el que la persona no cuenta ni se le reconoce su dignidad de hijo de Dios. Sin embargo, hay que tener en cuenta que, puede darse una verdadera Teología de la liberación, es decir, del pecado y sus consecuencias (no sólo de sus consecuencias materiales). "Una de las condiciones para el necesario enderezamiento teológico es la recuperación del valor de la enseñanza social de la Iglesia " (. . .) "La enseñanza de la Iglesia en materia social aporta las

grandes orientaciones éticas. Pero, para que ella pueda guiar directamente la acción, exige personalidades competentes, tanto desde el punto de vista científico y técnico como en el campo de las ciencias humanas o de la política (. . .) A los laicos, cuya misión propia es construir la sociedad, corresponde aquí el primer puesto" (Instrucción sobre algunos aspectos de la Teología de la Liberación", (Libertatis nuntius, 6-VIII-84, XI, 14). La Instrucción de VIII-84, "anunciaba la intención de la Congregación de publicar un segundo documento, que pondría en evidencia los principales elementos de la doctrina cristiana sobre la libertad y la liberación". La Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, publicó con fecha 22111-86, una segunda Instrucción "Sobre la libertad cristiana y la liberación". "Entre ambos documentos -se lee en el segundo-, existe una relación orgánica. Deben leerse uno a la luz del otro" (n. 2). La Instrucción de 111-86, se "limita a indicar los principales aspectos teóricos y prácticos" acerca de la libertad y la liberación; conceptos íntimamente relacionados entre sí, que deben entenderse en su justo sentido, pues aquellas "desviaciones y los riesgos de desviación, ruinosos para la fe y para la vida cristiana" siguen vigentes y "lejos de estar superadas, las advertencias hechas parecen cada vez más oportunas y pertinentes" (n. l). Algunos de los exponentes de la "Teología de la liberación" apoyándose en este documento han pretendido hacer ver que la Iglesia "aprueba" la errónea "Teología de la liberación" que ellos sustentan. Nada más lejos de la verdad. El segundo documento expone el verdadero concepto de la libertad: "la libertad no es la libertad de hacer cualquier cosa, sino que es la libertad para el Bien, en el cual solamente reside la Felicidad. De este modo el Bien es su objetivo. Por consiguiente el hombre se hace libre cuando llega al conocimiento de lo verdadero, y esto -prescindiendo de otras fuerzas- guía su voluntad" (n. 26). Explica, también, la necesidad de una liberación del mal, del pecado. El documento pone de manifiesto el papel que desde siempre ha hecho la Iglesia para ayudar al hombre: "La Iglesia tiene la firme voluntad de responder a las inquietudes del hombre contemporáneo, sometido a duras opresiones y ansioso de libertad. La gestión política y económica de la sociedad no entra directamente en su misión (cfr. Const. past. Gaudiun et Spes, no. 42, 2). Pero el Señor Jesús le ha confiado la palabra de verdad capaz de iluminar las conciencias. El amor divino, que es su vida, la apremia a hacerse realmente solidaria con todo hombre que sufre. Si sus miembros permanecen fieles a esta misión, el Espíritu Santo, fuente de libertad, habitará en ellos y producirán frutos de justicia y de paz en su ambiente familiar, profesional y social" (n. 6l). 14.7.4 Año Mariano El Papa Juan Pablo II proclamó un Año Mariano del 7-VI-87 al 15-VIII-88. "Precisamente el vínculo especial de la humanidad con esta Madre me ha movido a proclamar en la Iglesia, en el período que precede a la conclusión del segundo Milenio del Nacimiento de Cristo, un año Mariano" (Juan Pablo II, En. Redemptoris Mater, 25-111-87). 14.7.5 Sínodo sobre los laicos En el mes de Octubre de 1987 se desarrolló en Roma un Sínodo convocado por el Papa Juan Pablo II, con el titulo: "La misión de los laicos en la Iglesia y en el Mundo". Es verdaderamente importante, para el desarrollo que dará a la Iglesia, y contribuye a despertar en la conciencia de los cristianos la convicción de que todos están llamados a la santidad y a participar -cada uno a su modo, según la vocación recibida- en la misión apostólica que Jesucristo confió a la Iglesia entera. Con fecha 30 de diciembre de 1988, se publicó la Exhortación Apostólica, Post-Sinodal, Christi fideles Laici, de su Santidad Juan Pablo II, sobre la Vocación y Misión de los Laicos en la Iglesia y

en el Mundo. Documento que vale la pena leer, pues es "particularmente importante que todos los cristianos sean conscientes de la extraordinaria dignidad que les ha sido otorgada mediante el santo Bautismo" n. 64 del Documento. 14.7.6 El Cisma de Lefébvre El 30 de junio de 1988 el Arzobispo Marcel Lefébvre consumó el último Cisma que ha desgarrado la unidad de la Iglesia Católica, al consagrar Obispos sin mandato apostólico a cuatro de sus seguidores en la "Fraternidad Sacerdotal de San Pío X" "A ningún Obispo -señala el canon 1013- le es lícito conferir la ordenación episcopal sin que conste previamente el mandato pontifico " "El Obispo que confiere a alguien la consagración episcopal sin mandato pontifico, así como el que recibe de él la consagración –añade el canon 1382- incurren en excomunión latae sententia reservada ala Sede Apostólica". Mons. Lefébvre y quienes le siguen, se declaran guardianes de la fe y de la tradición y rechazan el espíritu del Concilio Vaticano II y las reformas que inspiró. Sostienen que la Iglesia Católica Romana está infectada de modernismo, que hay un falso ecumenismo que se encuentra en el origen de todas las innovaciones del Vaticano II, en la liturgia, en las relaciones nuevas de la Iglesia y del mundo, en la concepción de la Iglesia misma, que conduce a su ruina y a los católicos a la apostasía. Es evidente que las posturas Lefebvristas no tienen fundamento y que presentan un claro rechazo de la sujeción al Sumo Pontífice y de la comunión con los fíeles de la Iglesia a él sometidos. Lefébvre ha incurrido -como casi todos los cismáticos y herejes en la "fidelidad a la Iglesia" (a la imagen que él mismo se ha forjado de la Iglesia) y, por tanto, a abandonar la Iglesia que dicen defender. La Santa sede ha hecho todo lo posible por evitar que se llegase a esta dolorosa situación para toda la Iglesia, luego de muchos años de dramáticos intentos ha prevalecido un correoso atrincheramiento del Obispo rebelde en posiciones incompatibles con la fidelidad a todo el Magisterio de la Iglesia y con la obediencia a la suprema autoridad del Vicario de Cristo. Días antes de consumarse el cisma, el Papa Juan Pablo II, envió una carta a Mons. Lefébvre. El último párrafo de esa carta es una de tantas muestras dadas por el Papa para evitar el cisma: "Os invito ardientemente a volver, humildemente a la plena obediencia al Vicario de Cristo. No solamente os invito a ello, sino que os lo pido por las llagas de Cristo, que la víspera de su Pasión pidió por sus discípulos "a fin de que todos sean uno ". A esta petición e invitación uno mi plegaria cotidiana a María Madre de Cristo. Querido hermano, no permitáis que el año dedicado de una manera muy especial a la Madre de Dios traiga una nueva herida a su corazón de Madre. Vaticano, 9 de junio de 1988, Juan Pablo II."

15. La Iglesia y el Estado 15.1 DOCTRINA SOBRE LAS RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO 15.1.1 El orden natural y el orden sobrenatural La doctrina sobre las relaciones entre la Iglesia y el Estado, tiene su fundamento en la distinción y unión real entre el orden natural y el orden sobrenatural. Estas dos sociedades perfectas (Iglesias y Estado), se diferencian netamente por sus fines: a) La Iglesia procura el bien común sobrenatural y la salvación de las almas. b) El Estado busca el bien común temporal, el cual no es sólo material sino también espiritual. Por derecho divino existen dos poderes diferentes en la tierra: el poder natural, correspondiente a la autoridad civil y el poder sobrenatural de la Iglesia. "Dad, pues, al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios" (Mt. 20, 21 y par.). Ambos poderes son originarios e inderivables el uno del otro, y correspondientes al orden natural y sobrenatural. Es doctrina de la Iglesia esta dualidad de poderes con su ámbito propio: las doctrinas monistas son contrarias a la doctrina católica. 15.1.2 Interdependencia y colaboración Las relaciones entre la Iglesia y el Estado han de ser de unión y colaboración, actuando cada uno en su propio orden, y a la vez de mutuo reconocimiento, particularmente en las materias mixtas (porque afectan a los fines de ambas), como son la educación, el matrimonio, etc. El Estado, cumpliendo con su fin propio, debe ayudar a la Iglesia y colaborar con ella, disponiendo los asuntos temporales con libertad de modo que puedan ser fácilmente ordenados al fin sobrenatural. El Estado tiene no sólo un fin material sino también ético: debe custodiar la ley natural. De esta manera, coopera, en su orden, a la salvación de las almas. La Iglesia no persigue fines temporales puesto que su fin es más alto, y a este fin se ordena todo lo temporal. La Iglesia, cumpliendo su fin sobrenatural, presta un gran servicio a la sociedad civil en lo que se refiere al bien temporal, pues impulsa y facilita a los ciudadanos la práctica de todas las virtudes, con lo cual se asegura el respeto a las leyes, el orden, la paz, la justicia, etc. 15.1.3 Potestad de la Iglesia en asuntos temporales La Iglesia goza de una potestad indirecta en el orden temporal, en cuanto que es de su competencia declarar la ley natural y protegerla, puesto que el fin natural se ordena al sobrenatural. Esta potestad la ejerce mediante declaraciones, prohibiciones, sanciones en cuanto a realidades o situaciones que se opongan a la moral natural: por ejemplo a través de la prohibición de votar en favor de partidos políticos que se oponen a la ley natural. "La comunidad política v la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su Propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre. Este servicio lo realizarán con tanta mayor eficiencia, para bien de todos, cuanto más sana y mejor sea la cooperación entre ellas, habida cuenta de las circunstancias de lugar y tiempo.

El hombre, en efecto, no se limita al solo horizonte temporal, sino que, sujeto de la historia humana, mantiene íntegramente su vocación eterna. ( ... ) Es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral, incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas, utilizando todos y sólo aquellos medios que sean conformes al Evangelio y al bien de todos según la diversidad de tiempos y situaciones" (Conc. Vaticano II, Const. Gaudiumet Spes, n. 76). Por tanto, la Iglesia tiene el derecho y el deber de intervenir, incluso de modo autoritario -dando criterios de acción a los católicos-, en cuestiones de orden temporal, cuando lo amerita una causa justa y grave, esto es, cuando estén en grave peligro los derechos de Dios o de la Iglesia, y la salvación de las almas. 15.2 DIVERSOS MODOS DE REGULAR LAS RELACIONES JURIDICAS ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO 15.2.1 Los Concordatos a) Teniendo en cuenta los criterios centrales que se acaban de exponer, la forma práctica de proceder puede variar según los tiempos y circunstancias: no será la misma en aquellos países donde hay mayoría católica, que donde son una minoría. b) La Iglesia, en algunos casos, tolera situaciones menos justas atendiendo a la situación del país o del gobierno. Cuando se presentan ciertas anormalidades, es obligación de los católicos conseguir que cesen esas circunstancias, mediante el ejercicio de sus deberes y derechos de ciudadanos. c) Actualmente, las relaciones entre la Iglesia y el Estado, suelen regularse mediante pactos que se llaman Concordatos. 15.3 LEGISLACION CIVIL EN ALGUNOS PAISES a) En algunos países no existen relaciones oficiales entre la Iglesia y el Estado. b) La legislación en algunos países no reconoce ni otorga ninguna personalidad jurídica a instituciones religiosas, ni a sus ministros. Incluso en naciones donde el gobierno se declara neutro en este terreno, resulta, por su orientación liberal y materialista, injusto y antirreligioso. Por desgracia, en muchos lugares la Iglesia no goza de la plena libertad y respeto que requiere para cumplir con su misión; se ve forzada a actuar mediante "concesiones". "La libertad o inmunidad de coacción en materia religiosa que compete a las personas individualmente consideradas, debe serles reconocida también cuando actúan en común. Porque las sociedades religiosas son exigidas por la naturaleza social del hombre y de la misma religión". Por consiguiente, a estas sociedades, con tal que no se violen las justas exigencias del orden público, debe reconocérseles el derecho de inmunidad para regirse por sus propias normas, para honrar a la Divinidad con culto público, para ayudar a sus miembros en el ejercicio de la vida religiosa y sostenerles mediante la doctrina, así como para promover instituciones en la que sus seguidores colaboren con el fin de ordenar la propia vida según sus principios religiosos" (Conc. Vat. II, Decl. Dignitatis Humanae, n. 4).

15.4 CUESTIONES MIXTAS; MATRIMONIO Y EDUCACION 15.4.1 Matrimonio entre bautizados

El régimen del matrimonio entre bautizados, compete directamente a la Iglesia por ser un sacramento además de contrato. Y es también competencia del Estado en cuanto a sus efectos civiles, por tratarse de la familia que es la primera célula de la sociedad. El poder civil tiene la obligación por derecho natural, de reconocer la validez del matrimonio canónico entre los bautizados, dándoles plenos efectos civiles. Esta obligación afecta a todos los Estados, por ser de derecho natural, con independencia de que exista o no en el país una mayoría católica. "... todos los que influyen en las comunidades y grupos sociales deben contribuir eficazmente al progreso del matrimonio y de la familia. El poder civil ha de considerar obligación suya sagrada reconocer la verdadera naturaleza del matrimonio y de la familia, protegerla y ayudarla, asegurar la moralidad pública y favorecer la prosperidad doméstica. Hay que salvaguardar el derecho de los padres a procrear y educar en el seno de la familia a sus hijos. Se debe proteger con la legislación adecuada y diversas instituciones, y ayudar de forma suficiente a aquéllos que desgraciadamente carecen del bien de una familia propia" (Conc. Vat. II, Const. Gaudiun et Spes, n. 52). Normalmente, los concordatos regulan con detalle esta cuestión. En general, la Iglesia exige el reconocimiento por parte del Estado de todos los efectos del matrimonio y de su función de única intérprete de la ley natural, dejando en manos del Estado la regulación de los efectos meramente civiles: por ejemplo la cuantía de la dote legitima, No obstante, en virtud de circunstancias especiales, a veces la Iglesia "tolera" pero no aprueba, en los concordatos, que algunos de sus derechos en esta materia no sea reconocido por la ley civil, sin perjuicio de la vigencia inmediata de la Ley divina natural y positiva. 15.4.2 Educación El derecho y el deber de educar a los hijos corresponde primariamente a los padres, bajo la potestad de la Iglesia y del Estado en lo que se refiere a sus fines respectivos. La escuela es una institución subsidiaria y complementaria de la familia, a quien compete el derecho primario de promoverlas, regirlas, etc. La competencia que tienen sobre la escuela el Estado y la Iglesia, se determina por la competencia que ambos tienen sobre el ejercicio del derecho y del deber de los padres a educar a sus hijos. Compete a la Iglesia una potestad directa sobre la enseñanza, en todo lo que haga relación a la fe y a las costumbres: no sólo sobre el modo de enseñar la religión, sino sobre la orientación cristiana de cualquier enseñanza que se imparte a los fieles (católicos), al menos, sobre la no contrariedad de toda enseñanza en general, con la verdad y ley naturales. Además, por propia iniciativa, puede promover centros de enseñanza privada; y debe velar porque el Estado cumpla con sus deberes de ley natural respecto a ella misma y a los padres. Al Estado le compete dictar las normas relativas a la enseñanza "(exigidas" por el bien común temporal de la sociedad. Este bien común exige, precisamente, ante todo la tutela del derecho de los padres y, además, una función subsidiaria para completar lo que no puedan los padres: en primer lugar -subvencionando la enseñanza privada, y si fuera necesario, supliéndola donde no llegue. 15.5 LA IGLESIA Y LAS CUESTIONES TEMPORALES 15.5.1 Defensa de la ley natural La parte más importante del bien común temporal, es de carácter o alcance espiritual, ya que implica la defensa de todos aquellos aspectos de orden social que más directamente aseguran que los individuos puedan vivir conforme a su dignidad humana, y dirigirse al mismo tiempo a su fin

último que es Dios. Esto es: la defensa de la ley natural, de la verdad, de la honestidad, de las costumbres, de los derechos de Dios en la sociedad, del matrimonio, de la recta educación, etc. "El bien común de la sociedad, que es la suma de aquellas condiciones de la vida social mediante las cuales los hombres pueden conseguir con mayor plenitud y facilidad su propia perfección, consiste sobre todo en el respeto de los deberes y derechos de la persona humana. ( ... ) Pertenece esencialmente a la obligación de todo poder civil promover y proteger los derechos inviolables del hombre" (Conc. Vat. II, Decl. Dignitatis Humanae, n. 6) 15.5.2 Derecho y deber de defender estos principios La Iglesia tiene además del derecho, el grave deber de defender siempre estos principios, mostrándolos con toda su fuerza y condenando los errores que los contradigan, como el más grande daño para el bien común. Esto afecta tanto a los fieles como a la jerarquía, pero especialmente a la Autoridad eclesiástica. "En cuanto atañe a las obras e instituciones de orden temporal, el oficio de la jerarquía eclesiástica es enseñar e interpretar auténticamente los principios morales que hay que seguir en los asuntos temporales, a discernir sobre la conformidad de tales obras e instituciones con los principios morales, y sobre cuanto se requiere para salvaguardar y promover los bienes del orden sobrenatural" (Conc. Vat. II, Decl. Apostolicam Actuositaten, n. 24). 15.5.3La Iglesia puede emitir juicios sobre situaciones concretas En uso de este derecho, la Iglesia puede, en caso necesario (que no será normal), emitir juicios sobre situaciones concretas, denunciándolas como repugnantes directamente a tales principios. Este tipo de declaraciones por parte de la Autoridad eclesiástica, ha sido más frecuentemente en este último siglo, sobre todo en relación a las exigencias de la ley natural en cuestiones como el trabajo, la distribución de la riqueza, la educación, las obligaciones sociales, etc., en una serie de Documentos cuyo contenido suele denominarse Enseñanza Social de la Iglesia. "La Iglesia ( ... ) no puede en modo alguno renunciar al cometido, a ella confiado por Dios, de interponer su autoridad, no ciertamente en materias teóricas, para las cuales no cuenta con los medios adecuados ni es su cometido, sino en todas aquellas que se refieran a la moral. En lo que atañe a estas cosas, el depósito de la verdad, a Nos confiada por Dios, y el gravísimo deber de divulgar, de interpretar y aun de urgir oportuna e inoportunamente toda la ley moral, somete y sujeta a nuestro supremo juicio tanto el orden de las cosas sociales cuanto el de las mismas cosas económicas" (Pío XI, En. Quadragessimo Anno, n. 41). 15.6 DERECHOS Y DEBERES DE LOS CATOLICOS EN CUANTO A LA POLITICA 15.6.1Los católicos como ciudadanos Los católicos como ciudadanos tienen los mismos deberes y derechos que los demás ciudadanos, con igual libertad y responsabilidad ante el Estado. 15.6.2 El orden de la ley natural El católico tiene, como todo ciudadano, el derecho y el deber de exigir que el Estado respete el orden de la ley natural; y en concreto: su derecho sobre la educación de los hijos, una justa regulación del matrimonio, y la potestad dada por Dios a su Iglesia. Especialmente para los católicos se trata de un deber grave. Especialmente en estos puntos, los católicos han de saber luchar bien. Es muy importante que quienes tienen condiciones y posibilidades, participen activamente en la política; pero todos han de

intervenir de un modo u otro en la consecución del bien común y el recto orden de la vida social. "La vocación propia de los laicos consiste en buscar el reino de Dios tratando y ordenando, según el querer de Dios, las cosas temporales" (Conc. Vat. II, Decl. Apostolicam Actuositaten, n. 7). "Es preciso que los laicos acepten como obligación propia el instaurar el orden temporal v el actuar directamente y de forma concreta en dicho orden, dirigidos por la luz del Evangelio y la mente de la Iglesia, y movidos por la caridad cristiana; el cooperar como ciudadanos con los demás, según su competencia y bajo su propia responsabilidad,- y el buscar en todas partes y en todo la justicia del Reino de Dios. Hay que instaurar el orden temporal de tal forma que, salvando íntegramente todas las leyes, se ajuste a los principios superiores de la vida cristiana y se mantenga adaptado a las variadas circunstancias de lugar, tiempo y nación" Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, ERSA 1982, n. 58). 15.6.3 Libertad de los católicos Además de la obligación de cumplir en todo la ley de Dios, y de defender especialmente estos principios de la Ley natural que obligan a todos los hombres por ser de Ley natural, los católicos no tienen otra obligación propia por ser católicos. Por esto, actúan con libertad y responsabilidad en materia política. La jerarquía no puede inmiscuirse en su modo concreto de actuar, si respetan la ley de Dios, dentro de las múltiples opciones humanas legítimamente opinables. Este es el fundamento de que el Estado tampoco pueda ponerles ninguna traba o condición a los católicos, por el mismo hecho de serlo, pues sería injusto. 15.6.4 Verdadera obligación cristiana Por desgracia, "es frecuente, aun entre católicos que parecen responsables y piadosos, el error de pensar que sólo están obligados a cumplir sus deberes familiares y religiosos, y apenas quieren oír hablar de deberes cívicos. No se trata de egoísmo: es sencillamente falta de formación, porque nadie les ha dicho nunca claramente que la virtud de la piedad -aparte de la virtud cardinal de la justicia-, y el sentido de la solidaridad cristiana se concretan también en este estar presentes, en este conocer y contribuir a resolver los problemas que interesan a toda la comunidad" (Escrivá de Balaguer, J., citado por Illanes, J.L., en La santificación del trabajo, (5a. ed., Madrid 1974), p. 75.) "No pueden, por consiguiente, los fieles descuidar el cumplimiento de sus deberes "sociales" (...) semejante ignorancia o abstencionismo significaría una grave omisión: privar a la sociedad de las aportaciones constructivas que las praxis de dicha doctrina acarrea para el bien común" (Pero-Sanz, J.M, Creyentes en la Sociedad (Madrid 1981) p. 62). Como es lógico, en estas páginas no cabe apuntar sumariamente -ni es posible todo el contenido de las "obligaciones sociales" del cristiano. Basta a modo de ejemplo señalar omisiones -a veces graves en este terreno: - Transigencia cómplice con irregularidades de tipo institucional; - abstencionismo en elecciones - acomodación a un sistema injusto de comisiones comerciales - incumplimiento de obligaciones con los superiores o inferiores - maltrato o desprecio a los necesitados

- negar el apoyo que pueda darse a instituciones asistenciales, culturales, etc. - apegamiento a los bienes de la tierra - gastos inútiles o superfluos, por lujo, capricho, vanidad, etc. - aplicación de la justicia a secas, sin que esté empapada de caridad - limitarse a un poco de beneficencia - desprecio de las obras de misericordia -trabajo mal hecho - etc. "Un hombre o una sociedad que no reaccione ante las tribulaciones o las injusticias, y que no se esfuerce por aliviarlas, no son un hombre o una sociedad a la medida del amor del Corazón de Cristo, los cristianos -conservando siempre la más amplia libertad a la hora de estudiar y de llevar a la práctica las diversas soluciones y, por tanto, con un lógico pluralismo-, han de coincidir en el idéntico afán de servir a la humanidad. De otro modo, su cristianismo no será la Palabra y la Vida de Jesús: será un disfraz, un engaño de cara a Dios y de cara a los hombres" Josemaría Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa, n. 167).

16. La Vida Eterna LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS Y LA VIDA ETERNA 16.1 LA RESURRECCION DE LOS MUERTOS 16.1.1 El hecho de la Resurrección El articulo del Credo: "... espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro", nos enseña que al fin del mundo los hombres resucitarán, esto es, que el alma de cada hombre volverá a juntarse con el cuerpo que tuvo en la tierra, para no separarse ya de él. Enseña también la existencia de una vida futura distinta a la presente. Se trata de una resurrección de la carne, porque son los cuerpos los que vuelven a la vida, ya que el alma ni ha muerto, ni puede morir. Es posible que se junten los átomos dispersos de los cuerpos por la virtud omnipotente de Dios. Dios, en efecto, no tendrá más dificultad en reunirlos, que la que tuvo en sacarlos de la nada Que los muertos resucitarán es una verdad de fe, no alcanzable con el sólo esfuerzo racional. Consta: a) Por el testimonio de la Escritura. Así, dice San Juan: "Todos los que están en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios, y resucitarán, los que obraron el bien para la vida eterna; y los que obraron el mal para ser condenados" (5, 28, 29). b) Por la enseñanza de la Iglesia en los Concilios y en los Símbolos (cfr. Dt. 1 ss, 40, 287, 464, 531,etc.). Dios ha dispuesto la resurrección de la carne para que el cuerpo participe del premio o castigo del alma, como participante que fue de su virtud o de sus pecados. 16.1.2 Modo de la resurrección No todos los hombres resucitarán en el mismo estado, pues mientras los cuerpos de los condenados aparecerán llenos de ignominia, los de los justos, a semejanza de Cristo resucitado, tendrán las dotes de los cuerpos gloriosos. " Todos resucitaremos, mas no todos seremos mudados", esto es, glorificados (1 Cor. 15, 51). "Cristo transformará nuestro cuerpo abatido para hacerlo conforme al suyo glorioso" (Fil. 3, 21). Las dotes de los cuerpos gloriosos son cuatro: a) La impasibilidad, que consiste en que el cuerpo no estará sujeto al sufrimiento ni a la muerte. b) La agilidad, que consiste en que podrá trasladarse en un momento a lugares muy remotos. c) La claridad, que consiste en que estará vestido de incomparable gloria y hermosura. d) Y la sutileza, que consiste en que podrá penetrar otros cuerpos, como Cristo penetró en el cenáculo después de la Resurrección. La consideración de este dogma debe movernos a mortificar nuestro cuerpo y apartarlo de la sensualidad, para que un día ostente las señales de los cuerpos glorificados.

16.2 FE Y ESPERANZA EN LA VIDA ETERNA "La catequesis no puede seguir siendo una enumeración de opiniones, sino que debe volver a ser una certeza sobre la fe cristiana con sus propios contenidos, que sobrepasan con mucho a la opinión reinante. Por el contrario, en tantas catequesis modernas la idea de vida eterna apenas se trasluce, la cuestión de la muerte apenas se toca, y la mayoría de las veces sólo para ver cómo retardar su llegada o para hacer menos penosas sus condiciones. Perdido para muchos cristianos el sentido escatológico, la muerte ha quedado arrinconada por el silencio, por el miedo o por el intento de trivializarla. Durante siglos la Iglesia nos ha enseñado a rogar para que la muerte no nos sorprenda de improviso, que nos de tiempo para prepararnos, ahora, por el contrario, es el morir de improviso lo que es considerado como gracia. Pero el no aceptar y el no respetar a la muerte significa no aceptar ni respetar tampoco la vida. (Card. Ratzinger, Informe sobre la fe, BAC. 1985, p. 160), (cfr. Puebla, nn. 166, ss., 347, 349, 371, 378-384). El último artículo del Credo: "Creo en la vida del mundo futuro ", nos enseña que después de la muerte hay otra vida, eternamente feliz para los que murieron en gracia de Dios, o eternamente desgraciada para los que murieron en pecado mortal. Dios se llama Remunerador precisamente en cuanto remunera a los buenos con la gloria eterna, y a los malos con el eterno suplicio. Las verdades que miran a nuestra suerte postrera, y que por eso se llaman postrimerías, son cuatro: muerte, juicio, infierno y gloria, Llámanse también novísimos, palabra que significa "los últimos sucesos". El Purgatorio no figura entre las postrimerías porque no es para las almas un lugar definitivo, como el cielo o el infierno. El Limbo tampoco figura entre ellas, porque es tan sólo una forma particular del infierno (hay pena de daño pero no de sentido, cfr. Dt. 493 a). 16.2.1 La muerte no es el fin Sobre la muerte sabemos con certeza algunas cosas; otras en cambio, las ignoramos por completo. lo. Es cierto: a) que todos moriremos; b) que la muerte es castigo del pecado; c) que fijará nuestro destino por toda la eternidad. "Por un solo hombre (Adán) entró el pecado en este mundo, y por el pecado la muerte" (Rom. 5, 12). "Donde caiga el árbol, al sur o al nortea allí quedará" (Ecle. 11, 3). 2o. Es incierto: el lugar, tiempo y modo de nuestra muerte, y la suerte que nos espera. Dios ha querido ocultarnos estas cosas para que en todo momento lo respetemos y temamos como dueño de nuestra vida, y siempre estemos preparados a comparecer ante El. El Señor nos dice en la Escritura que la muerte llegará como un ladrón, esto es, cogiéndonos desprevenidos. Y la experiencia prueba que con muchísima frecuencia acontece así (Lc. 12, 39 y 40). Dios lo quiere así para que estemos siempre en su gracia y servicio. Si supiéramos el día de nuestra muerte, dejaríamos tal vez de servir y temer a Dios durante nuestra vida, en la confianza de tener a última hora tiempo seguro para arrepentirnos. 16.2.2 Necesidad de obrar con rectitud La muerte da importantes lecciones de prudencia, que hemos de saber aprovechar. La primera nos la da el Salvador cuando nos dice: "Estad preparados, porque no sabéis el día ni la

hora" (Mt. 25, 13). La segunda es desprendernos de lo terreno, pues sólo lo eterno perdura. La tercera nos la da San Pablo cuando dice: "Mientras tengamos tiempo, obremos el bien" (Gal. 6, 10). En efecto el tiempo de expiar nuestros pecados y de obtener méritos para el cielo termina con la muerte. Nos enseña también la Sagrada Escritura que "La muerte del justo es preciosa a los ojos del Señor" (Ps. 115, 15); pero que "la muerte de los pecadores es pésima" (Ps. 33, 22). En consecuencia que conforme es nuestra vida, será nuestra muerte. Son terribles las palabras con que Dios amenaza a los impíos en el libro de los Proverbios: "os estuve llamando y no me respondisteis; menospreciasteis todos mis consejos y ningún caso hicisteis de mis reprensiones; yo también miraré con risa vuestra perdición, y me mofaré de vosotros cuando os sobrevenga lo que temíais, cuando la muerte se os arroje encima como un torbellino" (1, 24 ss.). 16.2.3 El juicio particular El juicio particular, que se realiza inmediatamente después de la muerte de cada hombre, consiste en que Jesucristo, en cuanto Dios y en cuanto hombre, juzga a aquella alma sobre el grado de caridad: si murió o no en el Amor de Dios, y en qué grado. En seguida dictará sentencia de salvación o condenación eterna. La justicia del supremo juez será: a) estricta: "Descubrirá lo más secreto de los corazones" (I Cor. 4, 5); b) inapelable, pues es tan sólo poner de manifiesto aquello que el hombre libremente determinó cuando podía hacerlo. Dios juzgará nuestros pensamientos, deseos, palabras, obras y omisiones. "Daremos cuenta hasta de una palabra ociosa- (Mt. 12, 36) dice la Escritura., La norma según la cual nos juzgará el Señor no son los falsos principios del mundo, ni el dictamen de nuestras pasiones; sino las máximas de su Evangelio y las enseñanzas de su Iglesia. En definitiva, del grado de gracia -unión con Dios- que el alma posee en su último instante. 16.3 LA ETERNA CONDENACION EN EL INFIERNO El infierno es un lugar de tormentos, donde sufrirán eternos suplicios los que mueren en pecado mortal. Respecto al infierno son verdades de fe: lo. que existe; 2o. que hay en él pena de fuego; 3o. que sus tormentos son eternos; y 4o. que van a él los que mueren en pecado mortal. Esto consta por muchas y muy claras palabras de la Escritura. Ella llama al infierno "lugar de tormentos" (Luc. 16, 28), "suplicio eterno", (Mt. 25, 46), "fuego inextinguible" (Mc. 9, 42). Y Dios dirá a los réprobos: "Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno que está preparado para el demonio y sus ángeles" (Mt. 25, 41). Setenta veces habla la Escritura del infierno; de éstas, veinticinco en los Evangelios La Iglesia siempre ha enseñado la existencia del infierno: "las almas de los que salen del mundo con pecado mortal actual, inmediatamente después de su muerte bajan al infierno, donde son atormentadas con penas infernales (Benedicto XII, Const. "Beneditus Deus" Dt. 53l). "Los que hayan respondido al amor y a la piedad de Dios irán a la vida eterna, pero los que hayan rechazado hasta el final, serán destinados al fuego eterno que nunca cesará".

Paulo VI lo volvió a recordar en el "Credo del Pueblo de Dios (n.12): "los que hayan rechazado hasta el final, serán destinados al fuego que nunca cesará". La Sagrada Congregación para la Doctrina de la fe insiste que "la Iglesia, en una línea de fidelidad al Nuevo Testamento y a la Tradición….cree en el castigo eterno que espera al pecador, que será privado de la visión de Dios, y en la repercusión de esta pena en todo su ser" (Sobre algunas cuestiones referentes a la escatología, carta del 9-V-1979). 16.3.1 Penas del infierno Las penas del infierno son: la. La privación de todo bien: de todo reposo, alegría, amor y esperanza; y en especial la privación de Dios. Es la llamada "Pena de daño". 2a. El sufrimiento de todo mal y dolor. La escritura lo llama "Lugar de tormentos" y especialmente insiste en el suplicio del fuego. Se le denomina "Pena de sentido". Las penas del infierno serán iguales en duración para todos los condenados, pues son eternas; pero en cuanto a la acerbidad, serán diferentes, de acuerdo con la gravedad de los pecados y el abuso de las gracias recibidas. Dios dará a cada uno según sus obras (Rom 2, 6). "Cuanto a engreído y regalado dadle otro tanto de tormento y llanto" (Apoc. 28, 7). 16.3.2 Pena de daño y pena de sentido la. La privación de la vista de Dios se llama pena de daño, y es la más terrible de las penas del infierno. En efecto, nos priva para siempre de Dios, el bien infinito para el que fuimos creados; y al privarnos de Dios, nos priva de todo otro bien y felicidad. En esta vida no podemos tener siquiera idea aproximada de la pena de daño, porque los bienes de este mundo nos entretienen v cautivan. Pero en la otra, al ver que fuera de Dios no puede haber bien alguno, los condenados experimentarán en toda su terrible realidad la infelicidad de verse privados de El para siempre. Dios no deja de ser para el condenado el último fin y felicidad. Y esto es precisamente lo que hace la infelicidad del condenado, al considerar que ya nunca podrá alcanzar su último fin, ni ser feliz. El condenado tiende a Dios con la misma violencia con que una piedra dejada en el aire se lanza a su centro de gravedad; pero Dios lo rechazará, y entonces entrará aquél en eterno llanto y desesperación. 2a. La pena de sentido consiste en el fuego y demás tormentos que experimentarán los condenados. La Escritura lo llama fuego voraz e inextinguible; "Juego que nunca se apaga", repite tres veces Cristo (Mc. 9, 42). 16.3.3 Remordimiento y desesperación Todas las facultades tendrán en el infierno su castigo especial. Y si el castigo de los sentidos es el fuego, y el de la inteligencia y la voluntad es la pena de daño, el castigo de la memoria es el remordimiento, y el de la imaginación es la desesperación. lo. El remordimiento es la pena de la memoria, que le recuerda al condenado los muchos medios de salvación que tuvo en la tierra, el desprecio que hizo de ellos, y cómo vino a condenarse sólo por su culpa. 2o. La desesperación es la pena de la imaginación, que le vive representando que sus tormentos durarán no por mil años, ni por millones de anos, sino mientras Dios sea Dios, por toda la eternidad. 16.3.4 Eternidad de las penas

La eternidad de las penas del infierno es dogma de fe definido por la Iglesia, que consta en muchos lugares de la Sagrada Escritura. Así leemos en el Apocalipsis: "Serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos" (14, 10). Dios dirá a los réprobos: "Id, malditos, al fuego eterno". Jesucristo lo nombra "El suplicio eterno" y "el fuego que nunca se extingue" (Mt. 25, 41, 26). La eternidad de las penas no contradice la misericordia divina, porque si ésta es infinita, también es infinita su justicia. Por otra parte esta verdad está tan claramente establecida en la Escritura y en las definiciones de la Iglesia que el negarla equivale a dejar de ser católico. Para evitar el infierno debemos pensar con frecuencia en la eternidad de sus penas para fomentar en nuestra alma el temor de Dios y el cumplimiento de sus mandamientos. "No olvides hijo, que para ti en la tierra sólo hay un mal, que habrás de temer, y evitar con la gracia divina: el Pecado" (Josemaría Escrivá de Balaguer, Camino, n. 386). 16.4 EL PURGATORIO 16.4.1 Su existencia El Purgatorio es un lugar de purificación, en donde las almas justas que no han expiado completamente sus pecados, los expían con graves sufrimientos antes de entrar al cielo. Respecto al purgatorio son verdades de fe: a) que existe como lugar de expiación; b) que podemos ayudar a las almas allí detenidas. La existencia del Purgatorio está claramente enseñada en el Magisterio, implícitamente contenida en la Escritura, y confirmada por la misma razón.. lo. Claramente enseñada por el Magisterio eclesiástico. Baste citar estas palabras del Concilio de Trento: "La Iglesia Católica enseña que hay un purgatorio y que las almas allí detenidas reciben alivio por los sufragios de los fieles, principalmente por el santo Sacrificio de la Misa" (Dt. 983). 2o. Implícitamente contenida en la Sagrada Escritura. En efecto, después de narrar el libro de los Macabeos, cómo Judas envió doce mil dracmas de plata a Jerusalén, "para que se ofreciese un sacrificio por los muertos en el combate", agrega: "Es cosa santa y saludable el rogar por los difuntos a fin de que sean libres de sus pecados" (II Mac. 12, 46). Pues bien, si no hubiera purgatorio, esta práctica no sería santa y saludable, sino inútil; pues ni las almas del cielo necesitan oraciones, ni las del infierno pueden aprovecharlas. 3o. Confirmada por la razón. En efecto, hay almas que mueren en gracia de Dios pero sin haber expiado convenientemente sus pecados. Pues bien, Dios seria injusto al condenarlas, porque están en gracia y sería injusto el introducirlas así al cielo, porque no han satisfecho debidamente a su justicia. Debe, pues existir para estas almas un lugar intermedio, donde se purifiquen antes de entrar al cielo. La Reforma, en teoría, no admite el purgatorio, por consiguiente, las oraciones por los difuntos. Pero en la práctica, al menos los luteranos alemanes han vuelto a ellas justificándolas con algunas consideraciones teológicas. Las oraciones por los propios allegados son un impulso demasiado espontáneo para que pueda ser sofocado; es un testimonio bellísimo de solidaridad, de amor, de ayuda que va más allá de las barreras de la muerte. De mi recuerdo o de mi olvido depende un poco de la felicidad o de la infelicidad de aquel que me fue querido y que ha pasado ahora a la otra orilla, pero que no deja de tener necesidad de mi amor" (Card. Ratzinger, Informesobre la fe, BAC, 1985, p. 162).

16.4.2 Penas del purgatorio Dos clases de pena se sufren en el purgatorio: la pena de daño o privación de la vista de Dios; y la de sentido, que consiste en el fuego y otros padecimientos. a) Respecto a su intensidad, sabemos que son proporcionados al número y gravedad de los pecados; y que son mucho más intensas que los sufrimientos de esta vida; pero que las benditas almas las sufren con resignación, y aun con alegría, por la certidumbre de su salvación. b) Respecto a su duración, no tenemos dato cierto. Sin embargo, es claro que socorrer a las benditas ánimas es: a) grato a Dios, quien las ama tiernamente, y quiere verlas pronto en su gloria; b) provecho para ellas, que nada pueden por sí mismas ya que ha pasado el tiempo de satisfacer; c) útil a nosotros, pues se convertirán en poderosas intercesoras nuestras. En especial hemos de pedir por aquéllas con quienes nos unan vínculos de parentesco, amistad y gratitud; y por aquéllas que puedan estar sufriendo por causa nuestra. Podemos socorrer a las benditas almas: con oraciones, comuniones, limosnas y buenas obras, por indulgencias ganadas en su favor, y sobre todo por el Santo Sacrificio de la Misa. 16.5 LA ETERNA FELICIDAD DEL CIELO El cielo es el lugar de la eterna felicidad donde Dios recompensa a los justos: "venid benditos de mi padre, a poseer el reino que os tengo preparado desde el principio del mundo (Mt. 25, 34). Es tan diferente a todo lo que conocemos, que nos es difícil imaginar ese premio. Por la fe, sin embargo, sabemos que existe. La gloria del cielo es esa felicidad que el hombre desea vehementemente en esta tierra. El corazón humano está hecho para amar a Dios, y algunas veces lo consigue y otras, en cambio, se queda en las criaturas, que nos ocultan a Dios. Pero en la tierra el gozo es siempre incompleto, mientras que en el cielo la dicha es perfecta y no tendrá ya fin: es la felicidad poseída eternamente, sin descanso y sin cansancio. No podemos expresar con palabras humanas la gloria del cielo. San Pablo nos advierte que "ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni vino a la mente del hombre lo que Dios ha preparado para los que le aman" (I Cor. 2, 9) • el Apocalipsis canta que "Dios mismo será con ellos su Dios y enjugará las lágrimas de sus ojos, y la muerte no existirá más, ni habrá duelo, ni gritos, ni trabajo, porque todo esto es ya pasado" (Apoc. 21. 3-4). • San Agustín comenta: "Descansaremos y contemplaremos y amaremos, y alabaremos (De civitate Dei, 22, 30: PL 41, 804). Es lo que enseña la Iglesia "veremos con claridad al mismo Dios, Trino Uno, tal cual es" (Conc. de Florencia, Dt. 693).Este contemplar a Dios cara a cara es lo que llamamos visión beatífica, y ocupará nuestra vida en el cielo, llenándonos de felicidad. 16.5.1 La visión beatifica La visión beatífica es la visión directa e intuitiva de Dios. En este mundo no conocemos a Dios sino por raciocinio, en cuanto las criaturas nos revelan su existencia. En la otra vida "lo veremos tal como es", en su misma esencia y belleza infinita (I Jn. 3, 2). Para poder ver a Dios éste nos eleva a un modo de conocer mucho más perfecto, que se llama la luz de la gloria (lumen gloriae), luz sobrenatural que perfecciona nuestro entendimiento. Ya que la visión de la esencia de Dios, está sobre la naturaleza del hombre.

El objeto principal de la visión beatífica es Dios mismo. Pero en la esencia divina verán las almas cuanto les cause placer, como los misterios que creyeron en la tierra, y muchas verdades y sucesos de este mundo. La visión de Dios produce el amor beatífico. Conociendo su infinita bondad y belleza no podemos menos de amarlo con todo nuestro corazón. Nos advierte el Apóstol que la fe y la esperanza desaparecen en la otra vida. Ahí ya no creemos, sino que vemos; ya no esperamos, sino que poseemos; mientras que el amor en el cielo se aumenta y perfecciona. El amor de Dios nos hará felices, porque comprendemos que Dios, infinito Bien e infinita Belleza, es nuestro bien propio, esto es, se nos dará para saciar la sed de felicidad de nuestro corazón. 16.5.2 Posesión de todo bien. Ausencia de todo mal lo. En el cielo tendremos en Dios todo Bien, toda felicidad, y la realización de todo deseo, porque Dios es el bien infinito. "Quedarán embriagados con la abundancia de tu casa, y les harás beber en el torrente de tus delicias", dice el Rey David (Ps. 35, 9). 2o. Ningún mal puede haber en el cielo, ni pecado, ni posibilidad de él, pues seremos confirmados en gracia; ni dolor, ni inquietudes, ni siquiera necesidades o deseos, porque todos se verán de antemano satisfechos. No podemos comprender la felicidad del cielo, porque para ello necesitaríamos comprender la infinita Bondad y Belleza de Dios. Sabemos, sí, que es una felicidad que no tendrá fin, y será sin interrupción ni menoscabo. 16.5.3 La gloria accidental Además de la felicidad esencial de la visión beatifica, en el cielo los justos gozarán de una bienaventuranza accidental: la compañía de Jesucristo, de María Santísima y de San José, de los ángeles y de los santos; el bien realizado en este mundo; y, después del juicio universal, la posesión del propio cuerpo resucitado y glorioso. Por otra parte, los gozos del cielo no serán iguales para todos, sino en proporción a los méritos de cada uno. El amor de Dios hace con los justos algo parecido a lo que hace el fuego con el hierro candente, que resplandece y arde gracias al calor, que recibe. Todos los bienaventurados serán eternamente felices, pero serán premiados de modo diverso. Habrá premios diferentes según haya merecido cada uno, y, sin embargo, todos serán absolutamente felices porque estarán plenamente llenos de Dios, de acuerdo con su capacidad adquirida por la correspondencia a la gracia durante la vida terrena.

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