Publicado anteriormente en: Adolfo Chaparroy Christian Schumacher (eds.

), Racionalidad y discurso mítico, Bogotá: Universidad del Rosario, 2003.

CONOCIMIENTO, DEMARCACIÓN Y ELECCIÓN DE TEORÍAS

Pablo Quintanilla Pérez-Wicht Pontificia Universidad Católica del Perú

Hasta hace relativamente poco tiempo, la discusión sobre el estatuto epistemológico del discurso mítico solía esconder una pretensión demarcatoria. Es decir, solía incorporar la búsqueda de criterios para demarcar entre, de un lado, el discurso lógico supuestamente caracterizado por el razonamiento deductivo y cuya epítome serían las ciencias y, de otro lado, el discurso mítico, que sería el reino del pensamiento analógico, figurativo y simbólico. Es sabido que esta distinción, así formulada, ha sido ampliamente superada en la filosofía reciente. Difícilmente alguien podría pretender que se puede eliminar del discurso científico el componente figurativo1 y, por otra parte, es indiscutible que los mitos incorporan formas explicativas de la realidad que no deben ser desdeñadas. Pero aunque la aspiración a demarcar entre ciencia y mito como dos formas de razonamiento radicalmente diferente ha sido generalmente abandonada, en ocasiones esa pretensión demarcatoria se ha reformulado en términos de la búsqueda de criterios para distinguir entre el discurso científico y el que no lo es. Es sobre esa pretensión demarcatoria que quisiera concentrarme en esta ocasión, porque mi sospecha es que depende de un remanente positivista del que bien haríamos en librarnos. Desarrollaré esta

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idea tomando especialmente en consideración el criterio falsacionista de demarcación de Popper, para mostrar los puntos donde sospecho que Popper no se ha alejado lo suficiente del positivismo. Intentaré descubrir los residuos positivistas en el proyecto mismo de Popper, que se evidencian en su versión de la distinción entre oraciones observacionales y oraciones teóricas. Mostraré cómo las objeciones contra esta distinción, propuestas en la filosofía reciente, tienen como consecuencia minar las bases del proyecto demarcatorio mismo. Así, sugeriré abandonar el problema de la demarcación para sustituirlo por la pregunta por la elección de teorías.2 Este giro no implica consecuencias relativistas, ya que puede haber criterios objetivos para determinar cuándo una teoría es más explicativa que otra, en relación a ciertos objetos de estudio, pero esa argumentación requerirá de más tiempo y la dejaré para otra ocasión.

Ahora nos detendremos un momento en el concepto mismo de demarcación y en la pregunta sobre qué es exactamente lo que se demarca respecto de qué, y con qué objetivo. Formulado de diversas maneras, el problema de la demarcación atraviesa la historia de la filosofía occidental. Con Parménides se plantea la pregunta sobre la distinción entre apariencia y realidad, con Platón la diferencia entre opinión y conocimiento, con Kant la demarcación entre un uso legítimo y uno ilegítimo de la razón, con Wittgenstein la frontera entre el sentido y el sinsentido. En el terreno de la filosofía de la ciencia, la pregunta se plantea en términos de cómo demarcar entre las disciplinas que son científicas de aquellas que no lo son.

En casi todos los casos, sin embargo, la pretensión demarcatoria está acompañada de una cierta consciencia de que, para hacer la demarcación, es necesario estar más allá de los dos ámbitos a ser demarcados. Es una diosa la que permite a Parménides acceder de la noche al día; según Platón son las Ideas conocidas por reminiscencia las que permiten el conocimiento; el autor de la Crítica de la Razón Pura es un sujeto trascendental; Wittgenstein hace la
Cf. Hesse, Mary, “The cognitive claim of metaphor”, en: Van Noppen, J.O. (ed.)., Metaphor and Religion, Bruselas, 1984; Hesse, Mary y Arbib, M.A., The construction of Reality, Cambridge: Cambridge University Press, 1987. 2 Desarrollé una idea semejante y con una argumentación parecida, aunque con pretensiones y consecuencias diferentes, en mi artículo “La pregunta por la demarcación en la filosofía de la ciencia
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demarcación

desde

la

cima

de

una

escalera,

la

cual

es

lanzada

inmediatamente después de que uno ha subido por ella.

El problema de la demarcación, tal como se plantea en la filosofía de la ciencia actual, tiene sus orígenes en el presupuesto moderno de la unidad del método. Como se recordará, Aristóteles era un pluralista metodológico: él creía que no hay un método que compartan todas las ciencias ya que sus objetos de estudios son diferentes. Aristóteles distinguía, por ejemplo, entre la silogística, que es el método de las ciencias cuyo objeto de estudio es un género, es decir, la filosofía segunda, y la dialéctica que sería el método empleado por las disciplinas cuyo objeto de estudio no es un género, que serían la filosofía primera, la ética y la doxografía. Así pues, si bien Aristóteles distingue entre los diversos tipos de ciencias y sus diferentes objetos, no hay propiamente la pretensión de demarcar entre disciplinas verdaderamente científicas y aquellas que falsamente parecen serlo.

A diferencia de Aristóteles, los filósofos que inauguran la modernidad, Bacon y Descartes, postulan un solo método para todas las ciencias. Argumentan que ya que es una la razón (pues una es el alma), uno debe ser el método, pues éste es coextensivo con la razón y no es sino un desdoblamiento de ella. De igual manera, la ciencia debe ser sólo una y universal (la Mathesis Universalis), porque es el producto de la aplicación del método a la realidad. Así es como los filósofos modernos dirigieron sus esfuerzos a buscar ese método que tendrían en común todas las disciplinas científicas, y que nos permitiría demarcar entre ciencia y no ciencia. Encontrar el famoso método resulta fundamental para aquellos filósofos que además presuponen que ciencia y conocimiento son coextensivos; esto es, que todo conocimiento es necesariamente científico y que no hay formas no científicas de conocimiento. Para ellos el psicoanálisis, el arte, la metafísica o la religión, por ejemplo, no constituyen en sentido estricto conocimiento. Estas actividades eventualmente podrían proporcionarnos intuiciones valiosas o sugerentes, pero no

conocimiento; el único conocimiento verdadero sería el que puede ser verificado mediante los criterios empíricos usuales de las ciencias naturales.
actual”, publicado en Juan Carlos Tafur (ed.), La Ciencia y el saber psicoanalítico, Lima: Instituto

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Pero, como será notorio, se utiliza aquí como criterio de fundamentación del conocimiento en general los criterios de verificación de algunas ciencias en particular, lo cual constituye una obvia falacia de composición.

¿Cuál debe ser, entonces, el criterio de demarcación? Evidentemente la correspondencia de las teorías con la realidad no puede serlo, pues ninguna teoría resultaría siendo científica, ya que todas las teorías científicas del pasado han sido superadas por las del presente. Si la correspondencia fuera el criterio que buscamos tendríamos el paradójico resultado de que ni Aristóteles, ni Copérnico, ni Galileo, ni Newton fueron científicos, sino solamente aquellos con cuyas opiniones coincidimos.

Así pues, si la corrección no puede ser un criterio de demarcación, ¿cuál podría serlo? Durante muchos años la pregunta por la frontera entre lo científico y lo no científico tuvo una fácil respuesta. Científica es, se decía, aquella disciplina que hace uso del método científico, y el método científico es el ejercicio de la inducción y la experimentación. El inconveniente es que la inducción genera serios problemas de justificación. En primer lugar, en tanto inferencia lógica la inducción es evidentemente inválida, pues a partir de un conjunto de casos individuales no se puede deducir válidamente una proposición cuantificada universalmente. ¿Qué justificación tenemos, entonces, para confiar en la inducción? La paradójica respuesta es que la justificación de la inducción es la inducción misma. Ya que la inducción suele servir exitosamente para predecir el curso futuro de la naturaleza, inferimos por inducción que va a ser igualmente exitosa en el futuro. Pero esta es evidentemente una justificación circular, y no hay otra. ¿Será, entonces, que todo el edificio de la ciencia reposa en última instancia en un método cuya justificación es circular? Por otra parte, aun si la inducción funcionara como criterio demarcatorio, ella es incapaz de explicar la aparición de hipótesis científicas creativas. El inductivismo se basa en el supuesto de que la elaboración de una hipótesis científica se produce simplemente a partir de la generalización de casos particulares, de manera que la experiencia genera la teoría. Sin embargo, como Popper mostró en su crítica a éste, no es que la
Cultura Abierta, 1990. 4

observación empírica posibilite la construcción de hipótesis; en muchos casos es al revés, primero surgen las hipótesis y luego estas son corroboradas o falsadas por la experiencia.3

En el caso de la filosofía de la ciencia de corte positivista, sin embargo, la demarcación entre ciencia y no ciencia se pretendía hacer desde el interior de lo demarcado, incurriendo en lo que Karl Popper llamó la ‘falacia naturalista’. Esta falacia radica en utilizar los criterios de verificación propios de las ciencias naturales para demarcar entre las disciplinas científicas y las que no lo son. La falacia en cuestión ya había sido señalada por Dilthey, con la finalidad de preservar a las ciencias humanas de la imposición del método de las ciencias naturales. Pero el objetivo de Popper, a diferencia del de Dilthey, no es separar las ciencias humanas de las ciencias naturales, sino postular un nuevo criterio de demarcación entre ciencia y metafísica. Afirma Popper:

Llamo problema de la demarcación al de encontrar un criterio que nos permita distinguir entre las ciencias empíricas, por un lado, y los sistemas ‘metafísicos’ por otro.4 Como es sabido, Popper objetó el inductivismo y el principio de verificabilidad de los positivistas lógicos como criterios de demarcación entre ciencia y no ciencia, para proponer a cambio el principio de falsación. Es materia de discusión, sin embargo, si al hacer eso Popper realmente se liberó de los presupuestos positivistas o simplemente los reformuló de una manera diferente. En todo caso, La Lógica de la investigación científica de Popper apareció en 1934 para sugerir una nueva manera de demarcar entre ciencia y no ciencia. En esto, ciertamente Popper representa una superación del inductivismo como criterio de demarcación, pero aún presupone la necesidad de una demarcación.

El libro de Popper se hizo materia de la más alta preocupación para aquellos dedicados a disciplinas que o bien se encontraban claramente en la

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Cf. Popper, Karl, Conjeturas y refutaciones. El desarrollo del conocimiento científico, Madrid: Paidós, 1983. 4 Popper, Karl, La lógica de la investigación científica, Madrid, Tecnos, 1982. Los subrayados son del autor. 5

clandestinidad respecto de la ciencia (expectorados del ámbito de la racionalidad por los positivistas lógicos) o, en mejor de los casos, se discutía su situación, como el psicoanálisis y el marxismo, desterrados al ostracismo al mismo nivel que la hechicería y la astrología. Las ideas de Popper permitieron someter a crítica la epistemología positivista y devolver las esperanzas a los que se hallaban excomulgados. Si bien Popper tampoco aceptó la cientificidad del marxismo o del psicoanálisis, su mérito consiste, entre otras cosas, en haber diagnosticado la falacia consistente en suponer que el problema de la demarcación pertenece a las ciencias naturales. Los positivistas lógicos suponían que la epistemología debía ser una ciencia como cualquier otra, una "ciencia de la ciencia". Pero, como ya vimos, Popper afirmó que hay una falacia naturalista en suponer que una ciencia, con su propia metodología, pueda servir de criterio para confeccionar la metodología de la ciencia y, más aún, pueda incorporar un criterio de demarcación.

Los positivistas suelen interpretar el problema de la demarcación de un modo naturalista: como si fuese un problema de la ciencia natural. En lugar de considerar que se encuentran ante la tarea de proponer una convención apropiada, creen que tienen que describir una diferencia -que existiría, por decirlo así, en la naturaleza de las cosas- entre la ciencia empírica por una parte y la metafísica por otra. 5 Por tanto rechazo la tesis naturalista: carece de visión crítica; los que la sostienen no se percatan de que, por más que crean haber descubierto un hecho, no han pasado de proponer una convención. 6 Popper también rechazó el criterio de demarcación positivista, basado en el principio de verificabilidad, y propuso su criterio de falsación:
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una teoría

es científica si sus hipótesis son falsables y una disciplina es científica si contiene teorías cuyas hipótesis son falsables. Esto es, si en principio es

Popper, op. cit., p.35. Subrayados del autor. Ibid. P. 51. "Sobre las fuentes del conocimiento y de la ignorancia", en: Conjeturas y Refutaciones.. En el mismo libro p. 315, en las notas a pie de página 13 y 18, Popper la denomina 'falacia esencialista' en lugar de 'naturalista', por razones que expone en su Miseria del Historicismo, Madrid, Alianza Editorial, 1981. 7 El verbo 'falsar' ya tiene carta de ciudadanía en castellano. Siguiendo a Víctor Sánchez de Zavala, traductor al castellano de La lógica de la Investigación Científica (LIC), usaré 'falsar', 'falsación', 'falsable', para traducir 'to falsify'. Sánchez de Zavala afirma, y yo me aúno, que 'falsificar' o 'falsear' tienen otro sentido en castellano. Cf. LIC nota a la página 33.
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posible imaginar para ella un contraejemplo que de ocurrir la mostraría como falsa. Una teoría para la cual no se pueda imaginar un caso falsador, un potencial contraejemplo, no es científica pues lo explica todo bajo sus propios criterios, presupone su inobjetabilidad y carece de una forma de controlar la correspondencia de sus aseveraciones con los hechos del mundo. Para Popper una teoría tienen más contenido informativo en la medida en que sea más falsable, i.e., en tanto excluya más hechos del mundo. Por ello, la tarea de los científicos deberá ser poner a prueba ingeniosamente las hipótesis teóricas, si éstas soportan con éxito las pruebas serán aceptadas provisionalmente como científicas.

Un sistema debe ser considerado científico si hace afirmaciones que puedan entrar en conflicto con observaciones; y la manera de testar un sistema es, en efecto, tratando de crear tales conflictos, es decir, tratando de refutarlo. Así, la testabilidad es lo mismo que la refutabilidad y puede ser tomada igualmente, por lo tanto, como criterio de demarcación. 8 Habrá teorías bien testables, otras apenas testables y otras no testables. Estas últimas carecen de todo interés para los científicos empíricos. Se las puede llamar metafísicas.9 La característica distintiva de los enunciados científicos reside en que son susceptibles de revisión (es decir, en el hecho de que puedan ser sometidos a crítica y reemplazados por otros mejores.10 Popper aclara sin embargo que las teorías no falsables, aunque no son científicas, son perfectamente significativas. La metafísica o el psicoanálisis son discursos con sentido, aun cuando no sean científicos. Esa es una diferencia de fondo entre el positivismo lógico y Popper; para los positivistas el criterio de significatividad de los enunciados se identifica extensionalmente con el criterio de demarcación, para Popper, en cambio, se trata de dos criterios completamente distintos.

Pero aunque Popper es un áspero crítico del positivismo lógico es innegable que está muy influido por ellos. Algo que comparten es el sentirse
8 9

Popper, Conjeturas y Refutaciones (CyR), p. 312. Ibid., p.313. 10 Popper, LIC, p. 48. 7

obligados a desenmascarar los discursos supuestamente no científicos y organizar una cruzada contra ellos. Esta vocación policíaca de la filosofía de las primeras décadas de este siglo dirigió considerables baterías contra el marxismo y el psicoanálisis. De este último escribe Popper:

Las dos teorías psicoanalíticas mencionadas (la de Freud y la de Adler, P.Q.) se encontraban en una categoría diferente. Simplemente no eran testables, eran irrefutables. No había conducta humana concebible que pudiera refutarlas. Esto no significa que Freud y Adler no hayan visto correctamente ciertos hechos. Personalmente no dudo de que mucho de lo que afirmaron tiene considerable importancia, y que bien puede formar parte algún día de una ciencia psicológica testable. Pero significa que esas "observaciones clínicas" que los analistas tomas, ingenuamente, como confirmaciones de su teoría no tienen tal carácter en mayor medida que las confirmaciones diarias que los astrólogos creen encontrar en su experiencia. En cuanto a la épica freudiana del yo, el super yó y el ello, su derecho a pretender un status científico no es substancialmente mayor que el de la colección de historias homéricas del Olimpo. Estas teorías describen algunos hechos pero a la manera de mitos. Contienen sugerencias psicológicas sumamente interesantes, pero no en una forma testable.11 Es difícil negar lo tremendamente moderno, y en ocasiones ingenuo, que es este párrafo. Aunque critica el dogmatismo de los positivistas lógicos, Popper comparte algunos de sus presupuestos principales. Uno de ellos es la distinción entre términos observacionales y términos teóricos, distinción que sustenta el monismo metodológico positivista y que es el presupuesto de cualquier forma de empirismo.

Para la epistemología tradicional, un enunciado es observacional si ha sido extraído directamente de la experiencia sin mediar teoría alguna y sin estar contaminado de presupuestos. Estos son los enunciados que constituyen los protocolos de los investigadores. Los enunciados teóricos, en cambio, sólo pueden ser comprendidos en el contexto de una teoría determinada, sus términos se definen en esa teoría y normalmente son de uso técnico. Términos teóricos serían por ejemplo 'electrón', 'masa' o 'inconsciente'; pues enunciados tales como "la masa es invariable" o "tal es la órbita del electrón" sólo se
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Popper, CyR, p. 62. El paréntesis es mío. 8

entienden en el contexto de ciertas teorías y son verdaderos de acuerdo con las observaciones aceptadas como tales por las teorías en cuestión. La epistemología tradicional solía aceptar que los términos observacionales tienen la función de controlar la veracidad de los enunciados teóricos, es decir, los enunciados teóricos deben explicar los sucesos del mundo real valiéndose de la evidencia de los términos observacionales. Los enunciados observacionales reflejan los hechos del mundo y las teorías científicas, que son sistemas constituidos por enunciados observacionales y enunciados teóricos, ordenan y explican tales hechos.

Pero aquí aparece el problema de la 'variación de significado'. Algunos autores afirman que los términos teóricos adquieren un significado en una teoría, significado que cambia cuando cambia la teoría, lo cual las convierte en inconmensurables. Así, por ejemplo, el enunciado "la masa es invariable" en un contexto newtoniano y "la masa es variable" en un contexto relativista no serían contradictorios porque el significado del término 'masa' no es el mismo en ambas afirmaciones. En su versión más fuerte, la tesis de la 'variación radical de significado', defendida entre otros por Kuhn y Feyerabend, conduce a aceptar que las teorías son inconmensurables. Los críticos de estos dos filósofos12 suelen decir que la tesis de la variación radical del significado es indeseable porque conduce a que sea imposible confirmar o falsar una teoría sobre la base de observaciones. Tales críticas presuponen, sin embargo, exactamente lo que Kuhn y Feyerabend rechazan. No será necesario adentrarse en la discusión sobre la variación de significado, bastará tenerla en cuenta como
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un

argumento

adicional

contra

la

tesis

del

monismo

metodológico.

Hay muchas razones por las cuales es discutible que existan términos absolutamente asépticos de presupuestos, sean estos científicos o no. Las teorías seleccionan los hechos que estas consideran pertinentes cuando se trata de corroborar o falsar una hipótesis, y esta selección de hechos se lleva a
Por ejemplo Kordig, The justification of scientific change, Dordrecht, Reidel, 1975. Para Carnap ("The methodological character of theoretical concepts". En: Minnesota studies in the philosophy of science, Vol 1, Minneapolis, University of Minnesota Press, 1956 editado por Feigl y Scriven), aunque el significado de los términos teóricos cambie, el significado de los términos observacionales permanece invariable.
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cabo, naturalmente, utilizando los criterios de selección de la teoría. Así, una teoría se corrobora a sí misma recurriendo a supuestos objetos

observacionales que tienen existencia previa y distinta a la teoría, pero que en la práctica han sido configurados y seleccionados por ella.14 Cualquier enunciado observacional, por inocente que parezca, presupone ciertas concepciones acerca del mundo, y resulta imposible preguntarse si esas concepciones son científicas o no, pues estamos justamente en un momento de la discusión en que no puede introducirse semejante distinción. Para los positivistas lógicos los enunciados observacionales son el cimiento de la ciencia. Si se rechaza la distinción no hay manera de afirmar que las teorías hablen acerca del mundo, pues éstas resultarían siendo sistemas de enunciados teóricos emitidos sobre otros enunciados teóricos. Popper, sin embargo, criticó la distinción asestando un golpe a la epistemología tradicional. El argumento de Popper es que los términos observacionales no son otra cosa que 'disposicionales'. 15 Un reciente crítico lo expone claramente:

(…) para Popper, al aceptar el más modesto de los enunciados de observación estamos implícitamente aceptando alguna teoría, y no podemos sentirnos más justificados al creer en un enunciado observacional que en los enunciados teóricos pertinentes." 16 Pero Popper no es el único en criticar la distinción 'enunciados teóricos/enunciados observacionales'. Otro de los pioneros es Norwood Russell Hanson,17 y también lo hace Stephen Toulmin.18 Por otra parte, Imre Lakatos,
Una teoría obtiene sus criterios de selección y corroboración de la matriz disciplinar a la cual pertenece. Las relaciones entre una teoría, la matriz disciplinar y las otras teorías en vigencia, constituyen un problema demasiado complejo para tratarlo en estas pocas páginas. Cf. Brown, Harold, La nueva filosofía de la ciencia, Madrid, Tecnos, 1983. En La estructura de las revoluciones científicas Kuhn utilizaba indiscriminadamente el término 'paradigma' en muchos sentidos distintos. Margaret Masterman en "The nature of paradigm" (en: Criticism and the growth of knowledge, compilado por Lakatos y Musgrave), encontró veintidós usos distintos. Esto condujo a que el propio Kuhn en un trabajo posterior "algo más sobre paradigmas" (en: La tensión esencial) haya acuñado nuevas expresiones para algunos sentidos específicos importantes. 'Matriz disciplinar' es una de ellas y se refiere a los elementos que una comunidad científica comparte en un momento dado de la historia de su ciencia y que los hace colegas de problemas comunes. Estos elementos comunes también son llamados por Kuhn 'generalizaciones simbólicas'. Harold Brown (op.cit.) ha aislado dos sentidos generales de 'paradigma': 1° logros concretos que sirven de guía a posteriores investigaciones, y 2° matriz disciplinar: conjunto de sistemas de creencias que una comunidad científica comparte. Este segundo sentido tiene, a su vez, dos subsentidos: uno epistémico y otro sociológico. 15 Los términos disposicionales son aquellos que expresan tendencias. Por ejemplo, 'soluble en agua' o 'combustible'. 16 Newton-Smith, W.H., La racionalidad de la ciencia, Barcelona, Paidós, 1981. 17 Russell Hanson, Norwood, Patrones de descubrimiento-Observación y explicación, Alianza Universidad, 1977. Publicado originalmente en inglés como Observation and explanation: a guide to 10
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discípulo de Popper, da al experimento y la observación un papel mínimo en el control de las teorías filosóficas sobre la ciencia.19 Lo que todos ellos están discutiendo es la existencia de ese "suelo de la observación" al cual se refería Herbert Feigl,20 que sería el fundamento último de toda teoría científica. En general, puede afirmarse que en torno a la distinción entre enunciados teóricos y observacionales son por lo menos cuatro las posiciones importantes:

1. La aceptación total de la vigencia de la distinción. Por ejemplo, la ortodoxia del positivismo lógico. 21 2. El rechazo de la distinción. En su versión más radical esto supondría una identificación entre teoría y observación. 3. Suponer una diferencia cuantitativa -y no cualitativa, como en la primera posición- entre enunciados observacionales y teóricos. Esta postura la asume, por ejemplo, Newton-Smith. 22 4. Por último, la propia posición de Popper, que se analizará inmediatamente.23

Aunque rechazó la distinción, Popper introdujo a cambio la noción de 'enunciados básicos' que cumplen la función de "corroborar nuestras teorías" y a los que llamó "falsificadores potenciales de la teoría", porque son los que en última instancia conectan nuestras teorías con el mundo real. Para la mayoría de críticos, empero, lo que hizo Popper fue expulsar los enunciados observacionales por la puerta y abrirles luego la ventana. El ejemplo que pone de enunciados básicos es: "hay un cuervo en la región espacio temporal K". Aunque con otra nomenclatura, y a pesar de sus objeciones, la distinción está

philosophy of science. Patterns of discovery-An inquiry into the conceptual foundations of science, Cambridge University Press, 1958. 18 Toulmin, Stephen, La Comprensión Humana, Alianza Universidad, 1977. Publicado originalmente como: Human Underestanding, Vol I: The collective use and evolution of concepts. Princeton University Press, 1972. 19 Lakatos, Imre, The Methodology of scientific research programmes, Cambridge University Press, ed. Por J. Worrall y G. Currie. 1978; Historia de la ciencia y sus reconstrucciones racionales, Madrid, Tecnos, 1982. 20 Feigl, H., "The orthodox view of theories" p. 6 En: Radner y Winokur, Minnesota Studies in the Philosophy of Science IV, University of Minnesota Press, Minneapolis, 1962. 21 Cf. Carnap, Rudolf, "Testability and meaning" En: Readings in the Pilosophy of Science, ed. por Feigl y Brodbeck, Nueva York, Appleton-Century-Crots, 1953. 22 Newton-Smith, Op. Cit., p.38. 23 El lector interesado en el debate puede revisar: Suppe, The structures of scientific theories (comp.), Chicago, University of Illinois Press, 1974. 11

presente. La única diferencia radica en que para Popper depende de una convención en la comunidad científica de determinada época el aceptar o no un enunciado como básico, a diferencia de los empiristas lógicos para quienes el significado y estatuto de los enunciados observacionales es inmutable. Pero, para Popper una vez aceptado un enunciado básico tiene rango de "falsador potencial".

Naturalmente, esto conduce a que las decisiones respecto de enunciados básicos sean las que decidan la vigencia de las teorías. Afirma Popper que si bien su filosofía es en cierto sentido convencionalista, se diferencia de otros tipos de convencionalismo, como el de Duhem o el de Poincaré, en que para ellos son las proposiciones universales las que dependen de la convención, mientras que para Popper la convención no afecta más que a proposiciones singulares.

Pero, ¿por qué era tan importante para la filosofía de la ciencia tradicional mantener la distinción entre teoría y observación? Porque para esa epistemología el mundo es una colección de hechos atómicos y las teorías científicas son construcciones conceptuales que pretenden explicarlo

mostrando la regularidad de tales hechos. Para esta epistemología, es absolutamente necesario que los hechos sean independientes y previos a las teorías y que su estatuto ontológico no dependa de ellas. Desde el punto de vista del positivismo lógico, los hechos son objetivos, válidos para cualquier observador independientemente de su posición teórica; de ahí que si dos teorías entran en conflicto, la correcta será aquella que tenga mayor apoyo observacional. Si se disuelve la distinción, serán las teorías las que propongan sus propios objetos de estudio en la medida en que no hay un control observacional externo que muestre cuándo una teoría está explicando objetos del mundo real, y cuando está explicando objetos construidos por ella misma.

La disolución de la distinción tiene consecuencias importantes concernientes al tema de la demarcación. Para los positivistas, si negamos la existencia de enunciados observacionales, el contenido de las teorías no será el mundo sino ellas mismas. Así las cosas, no tendría sentido proponer una demarcación, pues ésta sólo es viable si se trata de distinguir entre disciplinas
12

que nos permiten conocer el mundo tal como es, versus actividades especulativas que constituyen sus propios objetos de estudio. Ninguna teoría podría considerarse más científica que otra, pues no existiría ningún criterio externo, común a las teorías, para evaluar su objetividad.

Pero

la

disolución

de

la

distinción

conduce,

sobre

todo,

al

replanteamiento de la noción de método científico, pues sugiere que cada disciplina tiene sus propios criterios de cientificidad que dependen de sus criterios de explicación, ninguno de los cuales puede ser extensivo a otras disciplinas. Así, la pregunta por la frontera entre ciencia y no ciencia va haciéndose poco interesante. ¿En qué nos basaríamos para decir que la física o la química son más científicas que la metafísica o el psicoanálisis, cuando son actividades que intentan explicar, valiéndose de distintos criterios de explicación, objetos distintos? Las investigaciones actuales en física, por ejemplo, están más lejos de la observación de lo que suele creerse y más cerca de ser explicaciones de objetos teóricos. Y, ¿quién puede negar que muchas prácticas de la hechicería se basan en rigurosas observaciones empíricas y predicen con acierto el comportamiento de la naturaleza? Se objetará que tales observaciones no están insertas en un corpus teórico más general. En efecto, pero no se hallan insertas en un corpus porque pertenecen a otra tradición cultural y no por otro motivo.

Lo que nos muestra los últimos cincuenta años de la filosofía de la ciencia es un desplazamiento de un monismo metodológico empeñado en demarcar los confines de la ciencia y explicitar la estructura del método, hacia un pluralismo metodológico, consecuencia y rechazo de la tradición cartesiana, en el que la pregunta por la demarcación se torna poco atractiva.

Siempre será un asunto a resolver por una convención o una decisión el de a qué cosa hemos de llamar una "ciencia" o el de a quien hemos de calificar de científicos.24 Constituye un último prejuicio positivista, presente en Popper, el pretender evaluar todas las disciplinas mediante un solo criterio, la falsación
24

Popper, LIC, p.51. 13

empírica, que además es el criterio usual en un grupo de ellas. Así pues, la pregunta por la cientificidad de las disciplinas debería abandonarse para ser reemplazada por las preguntas: ¿qué hace que una teoría sea mejor que otra? y ¿qué criterios deberíamos utilizar para escoger una teoría cuando se produzca un conflicto entre teorías? Sobre estas preguntas se ha concentrado la conversación en la filosofía de la ciencia actual. 25

Realmente carece de sentido tratar de articular un principio que separe lo científico de lo no científico. Lo que importa es que dispongamos de una concepción viable de qué es lo que hace que una teoría sea buena. 26 La pregunta por la demarcación (como la pregunta por la virtud o por la ortodoxia) sólo tiene sentido cuando se trata de censurar alguna actividad. Pero la pregunta sobre qué hace que una teoría sea buena, tampoco es tan aséptica como parece. Cualquier posible respuesta estará cargada de supuestos. Newton-Smith menciona ocho características que hacen que una teoría sea buena. Estas son: 1.Anidamiento observacional.La capacidad de preservar el éxito

observacional de sus predecesoras. 2.- Fertilidad.- La capacidad para producir nuevas y originales hipótesis explicativas. 3.- Historial.- El éxito observacional continuado. 4.- Apoyo interteórico.- La capacidad de integrarse con otras teorías previamente aceptadas. 5.- Adaptabilidad.- La capacidad de hacer ajustes ante el fracaso. 6.- Consistencia interna. 7.- Compatibilidad con creencias metafísicas bien fundadas. 8.- Simplicidad.27

25

Newton-Smith, "Las características que hacen que una teoría sea buena". En: La Racionalidad de la Ciencia, op.cit. Radnitzky, Gerard, "De la fundamentación de teorías de la preferencia fundamentada de Madrid, Alianza Universidad, 1982. Feyerabend, Diálogo sobre el método, en: Feyerabend, Radnitzky teorías". En: Radnitzky, Anderson, Feyarebend et ali., Progreso y racionalidad en la ciencia, , Stegmüller et ali, Estructura y desarrollo de la ciencia, Madrid, Alianza Universidad, 1984. 26 Newton-Smith, op. Cit., p. 105. 27 Ibid., p. 245; 14

No todos estarán de acuerdo en la pertinencia de estos ocho criterios de elección de teorías. Algunos, por ejemplo, objetarían el criterio número siete, al no encontrar claro el concepto de creencia metafísica fundada. Pero no se debe olvidar que la actividad científica misma reposa sobre creencias metafísicas como, por ejemplo, el principio de la uniformidad de la naturaleza, i.e., la idea de que la naturaleza sigue un curso regular que no es arbitrario; el principio de que todo efecto tiene una causa, o la inducción misma. Son principios metafísicos en el sentido de que no han sido extraídos de la experiencia del mundo sino más bien son condición de posibilidad de la experiencia. Además, son tres principios que se necesitan y justifican mutuamente. Según Hume “todas las inferencias a partir de la experiencia suponen, en sus fundamentos, que el futuro será semejante al pasado”.28 La inducción asume que “las instancias de las que no tenemos experiencia, deben se semejantes a aquellas de las que sí tenemos experiencia, y que el curso de la naturaleza continúa siempre uniformemente de la misma manera”29 Análogamente, el supuesto de que el futuro será como el pasado reposa sobre otro supuesto: la creencia en que el universo está gobernado por leyes que son regulares, determinables y que no cambian o, por lo menos, no cambian significativamente. Esto es lo que John Maynard Keynes en su Tratado de Probabilidad ha llamado ‘el principio de la uniformidad de la naturaleza’. Nicholas Rescher, por su parte, lo llama ‘el principio de la sistematicidad de la naturaleza’.30 El principio es definido por Keynes como la creencia en que “la misma causa produce, en cada caso, los mismos efectos”. Así, la inducción asume que las leyes de la naturaleza carecen de excepciones. Desde esta posición resulta pues evidente que el principio de la uniformidad de la naturaleza está estrechamente vinculado con la creencia en la causalidad, i.e., la creencia en que todo efecto tiene una causa y que, además, hay una ley que gobierna esa relación causal. Sin embargo, sobre este tema se ha producido un encendido debate en los últimos años, porque muchos filósofos piensan que hay relaciones causales que no están gobernadas por leyes. El ejemplo paradigmático de esto podría ser la gran explosión creadora del universo.

28 29

Hume, Inquiry into Human Nature, Secc. II. Hume, Ibid. Libro I, iii. 30 Rescher, On induction, Cambridge University Press, 1958.

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Ejemplos más cotidianos serían los estados mentales que causan nuestras acciones.

Quedará claro, entonces, que las teorías científicas tienen presupuestos metafísicos que no se pueden justificar en la experiencia. Con esto tendríamos un argumento adicional para considerar problemático todo argumento que pretendiese demarcar entre ciencia y no ciencia, dado que la ciencia tiene presupuestos y fundamentos no científicos. Así pues, sospecho que la pregunta por la demarcación debe ser abandonada y debe ser sustituida por la pregunta por la elección de teorías. Esto, sin embargo, no tiene por qué conducir a alguna forma de relativismo. Si se define el relativismo como la posición según la cual no existen criterios objetivos para establecer los valores de verdad de nuestras creencias, el relativismo colapsa al mostrar que elegimos como criterio de verdad las teorías que resultan más explicativas y que podemos incluso tener criterios que gozan de una gran objetividad para elegir nuestras teorías. Esos criterios irían en la dirección de las ocho pautas mencionadas anteriormente, y en este punto es irrelevante si tales teorías van a recibir el calificativo de científicas o no. Por ejemplo, un psicólogo suficientemente amplio de mente podrá utilizar un modelo psicoanalítico de diagnóstico o terapia cuando este se muestra, en relación a un paciente específico, como más exitoso que una interpretación y terapia cognitiva conductual. Si se trata, digamos, de un paciente particularmente intuitivo, ilustrado y con mucha capacidad de introspección. Pero es concebible que ante un paciente con otras características, sea necesario emplear otra estrategia. Como quedará claro, la pregunta sobre si el psicoanálisis es ciencia o no, será totalmente irrelevante. De esta manera superaríamos el monismo metodológico en favor de un pluralismo metodológico que no identificaría ciencia con conocimiento.

Las ciencias son instrumentos que nos permiten explicar y predecir exitosamente el curso de la naturaleza. Pero el conocimiento es mucho más que eso. Hay formas de conocimiento que no necesariamente se identifican con las ciencias sino quizá con el arte, la vida moral o la experiencia religiosa. ¿Pueden ese tipo de experiencias producir conocimiento o ser formas de conocimiento? En tanto iluminan y esclarecen nuestra relación con el mundo y
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con nosotros mismos, no veo por qué no. Las ciencias constituyen sólo una forma de adquirir conocimiento, aunque una particularmente eficiente para predecir y controlar la naturaleza. Pero, como hemos visto, incluso al interior de la ciencia no hay un método único sino diversos métodos y diversas formas de explicar y entender la realidad.

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