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A continuación presento una serie de artículos escritos por Carlos Castilla del Pino en la

prensa a lo largo de varios años. Lo hago con intención puramente pedagógica. Si


conculco algún tipo de derecho de autor, hagánmelo saber e inmediatamente lo retiraré.
CARLOS CASTILLA DEL PINO

'Coitus condomatus'

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 12-11-1990

Allí donde haya de utilizarse la sindéresis no tengan duda alguna: este episcopado español, en
uso de la libertad de expresión de que gozamos todos (no, como en otros tiempos, sólo ellos; aho-
ra, mal que les pese, también los demás), demostrará repetidamente su absoluta carencia de la
misma. Nuestros obispos conservan su habitual tendencia, en inercia anacrónica de cuando esa
tendencia, tenía sociológicamente su razón de ser, porque era practicable: la de tratar de imponer
como moral universal su singular moral católica. Una doctrina moral, la católica, éticamente inmo-
ral, ya que tiene la peculiaridad de poder transgredirse en sus principios por los que se dicen cató-
licos sin que ello les obligue a desdecirse de ser católicos. Esa anética moral católica es tan laxa -
ya comenzó a verla así Pascal en 1656- que permite toda suerte de transgresiones sin la conse-
cuencia lógica debida: el apartar del grupo al que no cumple la norma que caracteriza y define al
grupo en cuestión. Porque un grupo, religioso, político, de la índole que sea, se rige por sus princi-
pios, y cada miembro del mismo se compromete a mantener una conducta que implique la obe-
diencia y el cumplimiento de esos principios. La sociedad católica ha sido una excepción: quizá
para evitar la sangría de sus miembros, sobre todo los socialmente relevantes, ha tolerado el reite-
rado incumplimiento de sus normas. Por eso, ser católico ha sido y es sumamente fácil: la moral
católica es la más cómoda del mundo, pues permite hacer lo que se proclama que no se debe
hacer, sin que esta contradicción tenga la menor importancia. Claro es que el hábito repetido de
esta contradicción comporta la frivolidad y/o el cinismo. La jerarquía católica sabe de sobra que ha
sido una cuestión de sensibilidad moral (de estética ética), lo que llevó a muchos católicos a dejar
de serlo como manera de eludir ese antiestético, aunque cómodo, cinismo.Ahora han puesto el
grito en el cielo nuestros obispos porque las autoridades sanitarias -es su misión, no otra- reco-
miendan el uso del condón en bien de la salud corporal y mental de los adolescentes españoles
que estén libremente dispuestos a mantener relaciones sexuales. ¿Habrá que subrayar que reco-
mendar no es ordenar? Como dice mi admirado Haro Tecglen, ¿es imaginable un juez ordenando
el uso del condón en el miembro viril del miembro masculino de una pareja a la que, pongamos por
caso, la policía judicial sorprendiera cohabitando sin el dichoso adminículo? A diferencia de las
autoridades episcopales, que ordenan habitualmente, las sanitarias no obligan, en este caso con-
creto, a colocarse el condón; lo aconsejan a quienes están dispuestos de antemano -es la condi-
ción lógicamente necesaria: no parece que el condón posea otras finalidades- a hacer uso de la
relación sexual. Los obispos, a diferencia de las autoridades sanitarias, no tienen por qué reco-
mendar: mandan, ordenan desde su sapiencia teologicomoral. Pero ¿qué es lo que, haciendo gala
de sentido común, debieran ordenar? ¿Que no se utilice el condón o que no se use de la sexuali-
dad en circunstancias católicamente inadecuadas? El problema que debe preocupar a los obispos,
en buena lógica, no es el ulterior pecado que se comete con el uso del condón en el coito (el coitus
condomatus de la teología moral), sino el preliminar pecado que supone el mero coito en condicio-
nes católicamente indebidas. ¿Y no es el reconocimiento del fracaso en la evitación del pecado del
coito el desplazar ahora la indignación teologicomoral hacia el pecado que implica el uso del con-
dón? La verdad es que si los adolescentes españoles fueran fieles observantes de la declarada
moral católica, ¿se necesitaría la campaña sanitaria de marras? ¿No vendría la salud del cuerpo y
de la mente -en este caso, la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y la de emba-
razos no deseados- por añadidura al estado de gracia que supone la castidad de los católicos? Lo
que los adolescentes demuestran, y los obispos no parecen querer ver, pero es ahí donde está la
cuestión, es que, en lo que a la práctica de la sexualidad concierne, no les importa pecar; o ni tan

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siquiera piensan que sea pecado; a lo mejor ni tan siquiera son ya católicos. Y no es misión de las
autoridades civiles entrar a dirimir si el cludadano peca o no peca -faltaría más: sería volver a la
época siniestra en la que las parejas sorprendidas en placentera soba por el guarda jurado del
Retiro aparecían con nombres y apellidos en el Abecé y en el Arriba del día siguiente-, sino en el
dato sociológico de que los adolescentes tienen hijos no deseados en cuantía estadísticamente
relevante y en que pueden transmitir determinadas enfermedades, algunas de las cuales son, por
ahora, indefectiblemente mortales. A nuestros obispos esta circunstancia parece no importarles. Es
fundamental que los adolescentes no pequen por utilizar el preservativo, aunque al pecar en el
coito sin él puedan muchos de ellos enfermar e incluso perecer. Los señores obispos están, como
sabíamos, bien dotados de dioptrías intelectuales; en igual, pero inversa proporción a la sensibili-
dad que poseen para la comprensión de los problemas humanos.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

18 aforismos sobre la guerra

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 10-03-1991

1. Esquizofrenización. Uno estaba contra Husein, pero con los árabes. Con los aliados, pero contra
la guerra. Con los israelíes, pero contra Shamir. Contra la guerra, pero no con Wojti-
la.Verdaderamente así no se puede vivir.

(Se me olvidaba: ni con Anguita ni contra Anguita).

2. El fiscal general del Estado amenazaba procesar a quienes incitaran a la deserción. Buenos
ciudadanos, librémonos de incitar a nadie a desertar.

¿Puedo desanimar, no obstante, a que se vaya al desierto, incluso de turista?

3. Ruego al fiscal general del Estado distinga entre la incitación a desertar y la incitación a desier-
tar.

Como acabo de inventar este término, puedo darle la acepción que me plazca. La primera (y de
momento la única): escapar del desierto.

Esto último -sólo esto último. Por favor, que no se me entienda mal: sólo esto último- es a lo que yo
invito.

En verdad, el desierto no está nada cómodo.

4. Los árabes no comprendían a Felipe: lo consideraban, sin más, beligerante. Pero no es eso.
Felipe encontró una fórmula feliz: amagar y no dar. O sea, no hacíamos la guerra; nos la hacían.

5. Es que en esa guerra -decía Felipe por boca de Benegas (una Rosa Conde, aunque sin espas-
mos)- no éramos neutrales, éramos solidarios.

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Para la II Guerra Mundial, Franco dijo: "No somos neutrales, somos no beligerantes".

6. Lo malo de que algunos hicieran la guerra por nosotros es que algunos la hagan contra noso-
tros.

7. Si una de las bombas de un B-52 cayera sobre nuestras cabezas, en el trayecto de Zaragoza a
Morón -es tan sólo un ejemplo-, ¿quién sería el Fraga que hiciera la prueba empírica de la inocen-
cia de tales artefactos?

8. Rezos, días de oración, ayunos y abstinencias, hacen que los que sobrevivieron pierdan peso y
ganen, ¿cómo no?, en religiosidad.

9. Bush acusó a Husein de torturar prisioneros. Husein a Bush de bombardear escuelas y refu-
gios... Bush a Husein / Husein a Bush.

¿No les bastaba con enviarse misiles?

En la guerra, éstos tienen la palabra.

10. Dostoievski: "No se puede vivir absolutamente sin piedad".

Dostolevski estaba en el error: se puede vivir absolutamente sin piedad.

11. "¿Dónde estaba Pérez de Cuéllar? / Matarile, rile, rile. / "¿Dónde estaba Pérez de Cuéllar? /
Matarile, rile, ro".

12. Hay sustantivos a los cuales sobra cualquier adjetivo.

Uno de ellos es el sustantivo guerra.

Santa, Justa; buena, moral; injusta, cruel, etcétera.

¿No basta con el sustantivo?

Incluso calificar a una guerra de criminal no es sino una inútil redundancia.

13. La peligrosa, aunque bienintencionada, calificación de esta guerra como injusta -Gimbernat et
alt..: EL PAÍS, 7 de febrero de 1991- es que implica que hay guerras que no lo son.

14. El adjetivo tiene un punto débil: es propiedad del hablante que en ese momento los usa. Sa-
dam decía que esta. guerra es santa; Bush también.

Átenme esa mosca por el rabo.

15. El general Schwarzkopf decía que tenía "pesadillas horribles" (agencia Efe) ante la posibilidad
de que muchos de sus muchachos murieran cuando diera la orden de avance.

La muerte de sus muchachos es verificable. Sus pesadillas, no.

El es libre para decir que las tiene. Yo soy libre de no creerlo.

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¿No querrá -pienso- que se le compadezca?

16. Es inverosímil que en schwarz Kopf quepan pesadillas. Más bien que las provoque en las ca-
bezas de los demás.

Por lo menos en la mía.

17. Un genio de mente afilada como un tonel ha encontrado una razón para esta guerra: la guerra
es barata. Hechos sus cálculos, concluyó lo siguiente: "¡Más caro es el embargo!" (EL PAÍS, 5 de
febrero, 1991, en un artículo de opinión).

18. Me bombardean con la pretensión de que califique psiquiátricamente a Sadam Husein. Me


niego, asimismo, a psiquiatrizar a Bush.

Lo que faltaba, que ahora se les considerara irresponsables.

De una vez por todas afirmo a voz en grito, y sin demasiado temor a equivocarme: ¡los dos son
normales!

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Amonestación wojtiliana

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 06-11-1991

Una definición semántica de insulto es ésta: todo aquello que de modo verbal o extraverbal se emi-
te con carácter de tal por parte del hablante. El insulto puede ser eficaz o ineficaz, según se obten-
ga o no el efecto deseado, que no es otro que el deterioro de la imagen de aquel al que se le diri-
ge. Cuando no ocurre así, el acto de insultar queda, valga la expresión, cojo, porque no da en el
blanco, y el insultante tiene evidencia de su fracaso en la indiferencia, incluso en la perplejidad, con
que el insultado se comporta al oír la palabra o ver el gesto que se emitió con intención más o me-
nos demoledora. Ocurre a veces -y entonces el fracaso del insultante es mayúsculo- que el insulto
no sólo no ofende, sino que ensalza. Un término como rojo era un insulto hace muchos años; dejó
de serlo, incluso se convirtió en piropo, años después, aunque todavía algunos pretendieran ofen-
der con él (hoy no es ni una cosa ni otra, porque, al parecer, es ya un arcaísmo).A mí me ocurriría
algo por el estilo si, pongamos por caso, el obispo Echarren, el arzobispo Suquía o (lo que sólo
puede concebirse en el colmo de la fantasía como realización de imposibles deseos) el primado
González tuvieran la mala intención -que no la poseen, desde luego- de gritarme con prosodia de
insulto: "¡Neopagano!"' (siguiendo pautas wojtillanas, a las cuales se deben). ¡Qué más quisiera yo
que ser neopagano! Tengo para mí que aún no lo soy suficientemente. Pero, amigos míos, el mi-
nistro Solana, el escritor Juan José Millás y algún otro sí se han ofendido al sentirse llamados así,
en tanto miembros todos ellos de la sociedad española a la que se ha calificado de neopagana por
el señor Wojtila.

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No tienen razón los ofendidos, cualquiera sea el lado por el que se mire el pretendido insulto. Ser
neopagano es, por lo que yo deduzco, sentirse partícipe de que este colectivo que se denomina
sociedad española adopte como normas cívicas cosas como las siguientes: que estudie la religión
católica aquel y sólo aquel que lo desee; que los errores en el matrimonio se subsanen mediante el
divorcio; que se tengan los hijos que se quieren tener y ni uno más; que una maternidad no desea-
da (por no hacer uso de los excelentes y en la práctica inofensivos anticonceptivos orales, algunos
de los cuales podrían llevar en la cajita el made in..., si el lugar de la producción se identificara con
el de la procedencia del dinero), se corrija mediante un aborto a tiempo, etcétera. Todo esto, así
como el deseo de poseer aquellos objetos que el mercado ofrece, por triviales que algunos de ellos
puedan parecer a los demás (en lugar de colocarse aquellos sudados, aunque milagrosos, escapu-
larios), se califica de degradación hedonista y de renuncia a los valores eternos (tras la degrada-
ción hay, no se olvide, degradados, eufemismos, de degeneración y degenerados, respectivamen-
te).

Parece evidente que a nadie se le impide ser católico, ni se le exige abortar, divorciarse, limitar su
natalidad o usar anticonceptivos. De ello resulta que en esta sociedad en que hoy vivimos coexis-
ten los que no llevan a cabo ninguna de estas prácticas, en uso de sus libertades personales, con
los que, usando de la misma libertad, llevan a cabo una, dos o todas. Esta coexistencia en igual-
dad de derechos para unos y para otros se denomina tolerancia, que es, sin duda, un valor que
pueden aceptar ambos grupos sociales, a poco que usen de la razón para el logro de la pacífica
convivencia. La amonestación wojtiliana es, mírese por donde se mire, una invitación a la intole-
rancia, una apología. Apología por lo demás nostálgica, porque me parece que, de momento, las
cosas juegan a favor del convencimiento por una mayoría de que nadie tiene por qué dictar a los
demás los valores por los que ha de regirse su forma de vida, con la que no molesta ni lo más mí-
nimo a los demás, por próximos que estén. Sólo así se puede vivir en paz y en libertad.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Córdoba: la responsabilidad

EL PAÍS - España - 27-04-1979

Me apresuro a escribir estas líneas cuando los primeros resultados de estas elecciones locales
acaban de dar un triunfo -tan freudianamente «olvidado» en la enumeración de Martín Villa, que
hubo de merecer el apuntamiento- al PCE en Córdoba y, cuando menos, en una docena más de
municipios de la provincia. No está mal. En la medida de mi ininteligencia política me ha parecido
pertinente contar siempre con el supuesto de que, si el PCE ha de ser algo más de lo que ya es en
el ámbito político general del país, ha de lograrlo ascendiendo, a su ritmo, los peldaños que los
ayuntamientos suponen. Me parece que, salvando las distancias, este supuesto es válido quizá
para toda la izquierda. Y la razón de ello es, según creo, la siguiente: la derecha es un hecho, la
izquierda una posibilidad. Y el español, temeroso tal vez de la aventura que toda posibilidad supo-
ne, prefiere de momento el hecho. Y el hecho, repito, es la derecha (o, si se quiere, el sogenannte
Centro).Sólo, pues, a través de los hechos cabe imaginar el progreso de la izquierda, y nada mejor
que los hechos concretos, directos, los que son palpados y observados por el ciudadano real, es
decir, los de cada ciudad, para valorarlos en su justa medida, con el ojo crítico, nada abstracto, que
requiere todo juicio político. Porque la política, no porque aprehenda la realidad desde una pers-
pectiva más amplia, puede ser una abstracción. Quede la abstracción política para los, sin duda
necesarios, tratadistas de la Política. La política (minúscula) es de un concretismo tal que no en

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balde es una parte de la pragmática. Pragmática de corto y medio plazo, que queda perpleja, las
más de las veces, frente a plazos más amplios, consciente de que hasta ahí no llegan los ojos
miopes del político real.

Pues bien, al propio tiempo que el júbilo de masas crecía al conocer el triunfo, se podía asistir al
sobrecogimiento de los elegidos. Como aquel que aspira desde siempre, compulsivamente, al
puesto que anhela, y que una vez conseguido queda sumido en el marasmo de la hiperresponsabi-
lidad, también a estos, hasta ayer candidatos, les sobrecogió una angustia responsable y sensata.
Más aún cuando se supo que Córdoba ha sido la única capital de provincia que en España logró
colocar al PCE a la cabeza del municipio.

Pero esta misma vivencia de responsabilización nos afecta a todos los que asentimos, de hecho o
con el mero voto, en la izquierda. Sabemos que no sólo Córdoba ha dejado de ser de unos pocos
para ser de la totalidad de los cordobeses, sino que somos estos ciudadanos de a pie los que va-
mos a vincularnos decididamente a nuestros elegidos. Una democracia real no concluye con la
episódica tarea de la urna -que eso es, si sólo es eso, seguir en el idiotismo-, sino en eI quehacer
ciudadano, cotidiano y colaborador. Sí; es para sentirnos responsables. Sin proponérnoslo nos
hemos convertido en ojos que somos vistos, dicho sea parafraseando a Machado. O, para decirlo
en la jerga actual, en Ayuntamiento-piloto. Un Ayuntamiento que tiene sobre sí una tarea muy va-
ria, desde la elemental de hacer habitable una ciudad que, como tantas, se ha hecho invivible,
hasta la recuperación de lo que aún queda por merecer la pena verse en esta Córdoba que fue, al
decir de alguno, una de las ciudades más bellas de Europa, y que hoy, si pudiera, debería acoger-
se, tras el franquismo, al fenecido organismo aquel de Regiones Devastadas, creado precisamente
por él, que la devastó.

¿Saben los lectores qué hay que hacer aquí? Una palabra lo resume todo. Y es esto lo que hemos
dehacer entre todos, conscientes de que Córdoba -como tantos otros municipios españoles- ha
sido devuelta, esperemos que para siempre, al pueblo de Córdoba.

Yo propondría que, durante los primeros meses, Córdoba adoptase como símbolo de su municipa-
lidad una sencilla escoba. Porque -atiéndase a la concreta realidad que es la política- lo primero
que hemos de hacer es barrer todos el suelo de Córdoba, lo único hasta ahora municipalizado para
covertirlo en pocilga generalizada. Al mismo tiempo, esa escoba debería simbolizar, sin ninguna
duda, que también hemos de barrer la indecencia, a sabiendas de que, ante todo, y como dije ape-
nas muerto el dictador, la tarea más grave que ha de acometer esta sociedad posfranquista es la
remoralización ciudadana y la recuperación de su dignidad.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El drama de Günter Grass

EL PAÍS - Opinión - 02-09-2006

Disiento de la opinión de Vargas Llosa, expuesta en su artículo Günter Grass, en la picota (EL PA-
ÍS, 27 de agosto de 2006). Aunque pueda errar en mi interpretación, entiendo "las proporciones
desmesuradas que ha tomado en el mundo la revelación, hecha por él mismo", de su alistamiento
voluntario en la temible Waffen-SS, un secreto guardado por Günter Grass durante 60 años.

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¿Por qué esta revelación ahora? Descarto la tan banal como maliciosa interpretación, hecha por
algunos, de que Günter Grass busca la publicidad para sus memorias. Venderá más, sin duda, tras
el escándalo, pero ese plus en las ventas, ¿justificaría razonablemente el escándalo de su declara-
ción y, lo que es más grave, el deterioro -justificado desde mi punto de vista- de su imagen pública,
naturalmente que no la de escritor en tanto tal, sino la de su yo moral -el superyó, para acogerme a
un término freudiano que todos conocemos- de Alemania, con seudópodos también por fuera de
ella?

No; no es presumible esta hipótesis economicista, por demasiado costosa e ininteligente. Porque
es precisamente en esa faceta moral, la más importante para muchos, y desde luego para él, en
donde se ha producido el deterioro de su imagen, y supongo que, aunque no unánimemente, con
caracteres definitivos e irreversibles.

Las razones para esta tesis son, a mi modo de ver, varias. En primer lugar, él se ha esforzado en
presentarse ante los demás como una conciencia moral (podía haberse limitado meramente a ofre-
cer la del gran narrador que es), olvidando que nadie está justificado para sermonear al mundo,
como un Moisés que baja del Sinaí con las Tablas de la Ley entre sus manos, para decir a todos lo
que se debe hacer, porque justamente es lo que él cree que se debe hacer. En segundo lugar,
porque, aunque no dudo de las muchas virtudes que deben adornar a Günter Grass, ni él ni nadie
debe proclamarlas. Las virtudes se practican, pero no se exhiben. Son los demás, en todo caso,
los que las descubrirán y colocarán entonces al virtuoso en el pedestal de los hombres heroica-
mente ejemplares, pero discretos. Decía William James, el gran psicólogo de Harvard, a finales del
XIX, que lo que él denominaba yo social, es decir, la imagen pública de cada uno, "está en la men-
te de los demás". Y así es, añado yo, por muchos esfuerzos y prédicas que cada cual haga para
que los demás acepten la buena imagen que en general uno tiene de sí mismo.

Por último, la razón por la que considero definitivo e irreversible el deterioro de su imagen estriba
en un hecho que él mismo ha puesto de manifiesto; a saber: mintió. No se limitó a ocultar, esto es,
callar lo que hizo, sino que en su lugar afirmó haber sido lo que no fue: miembro de una batería
antiaérea del Ejército regular. La mentira confesada facilita la hipótesis -inverificable y que, por
tanto, quedará como permanente sospecha- de que pudo haber otras mentiras, y aún más graves
(¿por qué no, si mintió antes?) y no confesadas. Desde ahí, el deterioro definitivo de su imagen a
que he hecho referencia, la pérdida de su credibilidad y la imposible restauración de la misma.

¿Y por qué su declaración ahora? Aquí solo caben conjeturas. La más verosímil es que, como
todos los que llevan el peso oculto de la culpa, haya temido que en cualquier momento alguien la
revelara, y, ante esa eventualidad, lo menos malo, o lo que es igual, lo más inteligente, es descu-
brirla antes por sí mismo. Piénsese por un momento lo que hubiera significado para Günter Grass
el que alguien hubiera denunciado su secreto antes que él. La confesión pública ofrecida es, repito,
más inteligente, y desde luego más rentable que la temida denuncia.

Hace ya más de un siglo, Dostoievski escribió una frase eufónicamente feliz, pero absolutamente
inexacta: "Si Dios no existiera, todo estaría permitido". No es así. Por desgracia, a lo largo de los
siglos, la creencia en Dios no ha evitado el que los desmanes de muchos creyentes sean equipa-
rables, en cuantía y calidad, a los de muchos incrédulos.

Lo que sí puede asegurarse es que si los demás no existieran, todo estaría permitido. Porque son
"los otros" los que componen la conciencia de cada cual. En mi libro La culpa recogí una conclu-
sión de Freud: "La culpa es siempre culpa social", una formulación equiparable a la de William
James, aunque en otra esfera de la vida humana.

El drama de Günter Grass viene a sumarse al de muchos miles de alemanes (y no alemanes). Es


uno de los más graves de nuestra historia contemporánea. Pensemos en Pío XII, Kurt Waldheim,
Martin Heidegger, Francis Genoud, Leni Riefenstahl y muchos más, algunos de los cuales se con-
tienen en el impresionante volumen de Guitta Sereny El trauma alemán. Como entre nosotros,
españoles, lo fue el de Dionisio Ridruejo, Luis Rosales o Pedro Laín Entralgo. Como presumible-

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mente lo hubiera sido para muchos de nosotros si hubiéramos venido al mundo en un día y una
hora tan desafortunados.

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra y escritor.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El espíritu de cuerpo

EL PAÍS - Opinión - 19-06-1981

Los analistas de grandes almacenes estiman que el 5% (más o menos) de los que penetran por
sus puertas, en las habituales condiciones de vigilancia, sustraerán algún objeto. Naturalmente, si
las condiciones de vigilancia mejoran, la cifra es menor, y a la inversa. Cualquiera sea la valoración
moral que se dé a tales actos -hay para todos los gustos, como se sabe-, a todo aquel que sustrae
algo que no es de su propiedad se le denomina ladrón. El calificado como tal, según los citados
analistas, es de uno u otro sexo, de religión diversa, de cualquiera sea la profesión, estado civil,
edad y clase social. Como la predicción, lógicamente, concierne a hechos aún no verificados, sino
que se han de verificar, esto quiere decir que los analistas poseen una imagen notoriamente de-
gradada de la moral del ser humano (cuando menos en esto de la propiedad), al que juzgan que
sólo dejará de comportarse como ladrón, en la práctica, si se le impide, y al contrario, que si las
condiciones son idóneas, el número de ladrones se incrementará hasta extremos imprevisibles,
haciendo, por así decirlo, saltar los cálculos estadísticos: recordemos las escenas de pillaje en los
apagones neoyorkinos, o el hecho -¿por qué vamos a ser distintos? -de que en Córdoba Galerías
Preciados hubiese de cerrar sus puertas un día de esta última Navidad porque la avalancha de
gente fue de magnitud proporcional al despojo que aconteció, muy superior, por supuesto, a las
honradas ventas que al mismo tiempo acaecían.Este tanto por ciento de gente que roba -robar es
tan sólo ejemplo de una transgresión; podríamos poner otro- tiene su profesión, como se ha dicho:
es médico, albañil, ama de casa, basurero, sacerdote, militar, profesor de EGB, de segunda ense-
ñanza o universidad, guitarrista, gobernador o supergobernador, bombero, ebanista, soldado, obis-
po, etcétera. Naturalmente, hay ladrones sensu stricto, esto es, gente de profesión ladrón; pero,
según se dice, éstos son los menos. Los más son estos profesionales. Tiene escaso sentido, por
ejemplo, decir que hay menos ladrones obispos que ladrones médicos. Lo que en todo caso es
verdad es que hay menos obispos (creo que son 59) que médicos (que me parece que somos
56.000). Si hubiera tantos obispos como médicos, o tantos obispos o médicos como ciudadanos
españoles (38 millones), ¿habría alguien que asegurara que no habría ladrones? Para que estadís-
ticamente no exista posibilidad alguna de que coincidan, de una parte, ser obispo o ser médico, y
de otra, ladrón, sólo hay una condición necesaria: que no existan obispos ni médicos. Pero es claro
que existen obispos y médicos. Número más escaso lo componen los presidentes y vicepresiden-
tes de Estados Unidos, y recientemente vinieron a coincidir, uno, que era un granuja, y otro, otro
granuja.

He aquí cómo la estadística contradice, pues, esa estúpida, interesada e inmoral actitud que se
denomina «espíritu de cuerpo». En lugar del desgarro de la epidermis, en farisaica actitud de es-
cándalo, cuando nos informamos que un médico, obispo, juez, guardia civil, presidente de Gobier-
no o peón caminero transgrede una norma cívica, y sentar la premisa de que «tal cosa es imposi-
ble», lo lógico, dada la humana contextura moral, es lo contrario: tal cosa es probable, más o me-
nos probable; y si de verdad ha ocurrido, se ha de tratar de comprender y de juzgar. Y punto.

El espíritu de cuerpo constituye uno de los obstáculos más poderosos para el libre desenvolvimien-
to de lo que se denomina vida democrática de una sociedad, que al fin y a la postre no es otra cosa

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que la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. El espíritu de cuerpo razona así: «Un juez
prevaricador, un médico ladrón..., ¡imposible! Usted lo que persigue es el desprestigio de la Justicia
o de la Medicina» (Don Gregorio Marañon, dicho sea de paso, afirmó paladinamente: «Hablar mal
del médico es hablar mal de la Medicina», y se quedó tan sosegado). Con raciocinio idéntico que-
damos privados de criticar cualquier actuación de quienquiera que sea, por el hecho inevitable de
que, al tener profesión, pertenece a una institución. Se alcanzaría así la divertida situación de que
no podríamos hablar mal del mal albañil porque sería desprestigiar la albañilería, ni de un perverso
guardia civil porque sería difamar la Guardia civil, ni de un sacerdote inmoral porque sería atentar
contra la Iglesia Católica, y así sucesivamente. En última instancia, tampoco se podría hablar mal
de un español avieso sin que se nos reprochara hacer anti-España... La parálisis crítica sobreviene
en el acto en toda sociedad, como la nuestra, que hace suyo el espíritu de cuerpo, bajo la falacia
de que poner en la picota a un miembro de una institución es poner en la picota a la institución
(que, por otra parte, tampoco hay razón alguna para que no pueda ser cuestionada; pero esa es
otra tarea).

El espíritu de cuerpo es una actitud defensiva y cívicamente inmoral, porque en todo caso, en aras
de una supuesta defensa de la institución, oculta la mala conducta de algunos de sus miembros, y
contribuye decisivamente a la posibilidad de dejar impunes los delitos de los mismos. Lo contrario
del espíritu de cuerpo es, precisamente, el valor cívico de reconocer que la mala conducta es mala,
quienquiera que sea el que la cometa, cualquiera sea su profesión, aunque sea la nuestra.

Cuando en Inglaterra el Royal College of Surgeon emitió un veredicto de inmoralidad referido al


que fuera médico de Winston Churchill, o en Estados Unidos la Asociación de Juristas expulsó al
que fuera vicepresidente de Estados Unidos, Spiro Agnew, y le inhabilitó para el ejercicio de la
abogacía, por sus probadas granujerías, pienso que se sitúan en el extremo opuesto de estas insti-
tuciones hispánicas que se caracterizan por el cultivo de ese odioso espíritu de cuerpo. Pero me
pregunto quiénes hacen inmediatamente más por mantener el prestigio de tales instituciones: si los
que, por espíritu de cuerpo, conspiran en la ocultación de los delitos de sus miembros o los que
apartan de la institución a sus miembros delincuentes.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El habla de los obispos

Carlos Castilla del Pino es médico psiquiatra, director del Hospital Psiquiátrico de Córdoba y autor
de numerosas obras sobre su especialidad médica.

EL PAÍS - Sociedad - 22-02-1981

Ante las airadas voces de protesta por el hecho de que hablaran acerca del divorcio, monseñor
Enrique y Tarancón ha dicho con sencillez: «Los obispos hablaremos cada vez que lo creamos
conveniente». Estoy íntegramente con él. Admiremos todos su claridad y sentido común. De ante-
mano, en Ya se había escrito que Apostua advirtió a los obispos la conveniencia de que callasen al
respecto, para soslayar así la escisión de UCD y, de rebote, la posibilidad de favorecer al PSOE.
Los obispos -no podía ser de otro modo- no siguieron la advertencia, y obraron bien: callar hubiera
sido cínico oportunismo, que ellos, lo sabemos todos, no pueden en manera alguna aceptar ni

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practicaron nunca. Desde el lado opuesto, una desventurada nota del PSOE mostraba tal ignoran-
cia de la elevada misión histórica de la Iglesia católica en la salvaguardia de lo que los obispos
llaman «valores morales objetivos», que sería aconsejable que la subsanaran los redactores de la
misma, acudiendo a los elementales textos de religión de nuestro bachillerato: porque al calificar el
escrito de los obispos de «inoportuno, desmedido y desestabilizador» olvidan la obligación, que
siempre hizo suya la Iglesia (la católica, se entiende), y constantemente practicada a lo largo y lo
ancho de nuestra historia lejana y reciente, de actuar en favor, pongamos por caso, de la justicia,
cualquiera sea la inoportunidad, desmesura y desestabilización que procuren. Proceder de otro
modo sería ruin politiquerismo, que sólo malintencionados pueden atribuirle a los señores obispos.
Para colmo, y por último, las feministas (EL PAIS, 8-2-1981), carentes de comprensión y generosi-
dad, invitan también a los obispos a que callen, ya que no alzaron la voz durante el franquismo
contra la pena de muerte y la contumaz aplicación que de la misma se hizo, ni contra la situación
de los presos, ni contra la sistemática práctica de la tortura. Estas feministas, sin embargo, no de-
bieran olvidar lo siguiente: que durante el franquismo, a diferencia de lo que ocurre en la España
de hoy, no era posible alzar la voz y, en consecuencia, los señores obispos hubieron de guardar
silencio penoso, bien a su pesar, quizá atendiendo -ellos saben de esto suficientemente- a la evita-
ción de un «mal mayor», y que ahora todos, ellas también, debemos generosamente justificar; que
es posible, por otra parte, que entregados a su altísima tarea, los señores obispos, durante el fran-
quismo, ignorasen que hubiera cosa alguna de qué protestar; finalmente, también sería posible que
los señores obispos juzgasen al franquismo, de toda buena fe, como el régimen político más bené-
fico.La libertad ganada

Felicitémonos, pues, de que en la España actual los señores obispos, como cualesquiera ciudada-
nos, puedan hablar cuanto les venga en ganas.

De modo que estaré en contra siempre de quienes tratan de imponer silencio en nombre de lo que
sea, y, a riesgo de ruborizarme, he de recordar que el «hablando se entiende la gente» constituye
la forma proverbial mediante la cual el pueblo español sostuvo las ventajas de la libertad de expre-
sión. Los obispos no deben callar.

El habla de los señores obispos tiene doble vertiente. Por una, hablan al pueblo de Dios, a su grey,
como gustan de denominarlo, y de la cual son sus pastores. En este sentido, hablan, pero además
enseñan y dirigen, y es de saber que la grey, su rebaño, tiene obligación de obedecerles. Si no
hacen así, dejan de pertenecer a la grey. Nada de comodidades al respecto: de ser católicos hay
que serlo en la totalidad; si se es a medias o sólo en parte, se es otra cosa, para la cual hay nom-
bres, y de no haberlos, se inventan. Catolicidad implica la aceptación íntegra del magisterio de una
iglesia que se denomina católica. Eso de que los obispos hablen de que el 70% de los españoles
son católicos, y las encuestas ofrezcan un 76% de españoles que dicen sí al divorcio no cuadra de
ninguna manera, y o lo hacemos cuadrar o enloquecemos.

La otra vertiente que concierne al habla de los obispos tiene meramente el valor de una opinión
para los que no componen su grey. Por tanto, puede ser sensatamente discutida mediante el uso
de la razón, una vez que alguien, interlocutor, sorprende puntos de vista que estima de alguna
manera irracionales. Prometo que en un próximo artículo he de discutir someramente tres puntos,
en los que he creído ver nota de irracionalidad, contenidos en el escrito de los obispos acerca del
divorcio. Estos tres puntos son: 1) la inaceptabilidad del divorcio por acuerdo, el cual, ab initio, me
parece que sería el único que razonablemente se debería exigir; 2) la consideración como de «libre
opción» para la mayoría de los matrimonios que han tenido y tienen lugar, cuando es lo cierto que
más bien se asemeja a lo que los juristas denominan «trastorno mental transitorio», y 3) la sosega-
da apelación que ellos hacen a los «valores morales objetivos», cuya simple enunciación es un
dislate del tipo de la cuadratura del círculo, y cuya alusión para la obediencia estricta, inargumen-
tada, es una forma de terrorismo intelectual y sobre todo moral.

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CARLOS CASTILLA DEL PINO

El profesor comenzó por no existir

Carlos Casfilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 25-01-1997

Tengo entendido -lo dice, entre otros, Ortega- que un profesor de Derecho Romano de la Universi-
dad de Zaragoza comenzaba solemne y tenazmente cada curso con éstas y siempre las mismas
palabras: "El Derecho Romano, señoras y señores, comenzó por no existir". Sin duda, se debía
advertir la intrínseca contradicción de la frase en cuestión -lo que comienza ya existe- porque, por
lo visto, suscitaba la risa de los oyentes. Quizá lo que quería decir este prosopopéyico romanista
es que del Derecho Romano pudo decirse en un momento determinado ¡ya existe!, a modo de un
Big-Bang minúsculo (si se compara con el que dio lugar a la existencia de este mundo). Es plausi-
ble suponer también que el profesor quisiera resaltar el hecho de que todo lo existente, incluso el
Derecho Romano, no existía con anterioridad y que, por tanto, algo, alguien o algunos le confieren
existencia, y con ello presencia y patencia.He reflexionado estos días acerca de esto -a preguntas
de algunos entrevistadores- a partir de la existencia y patencia del profesor Quintana, que en algún
momento tuvo su iniciación. Si dejara de serlo, Quintana, que comenzó, como he dicho, alguna vez
como profesor, comenzaría entonces a inexistir como tal. Si esto último se hiciera realidad, el pro-
blema se plantearía por fin con una nitidez hasta ahora no lograda, enturbiado como está por la
polémica en torno a la cuestión de menos monta de todas cuantas plantea el affaire de este señor,
a saber: el del contenido del texto en cuestión, o sea, las cosas que en él dice.

Porque el problema no está en lo que en el libro se dice, ni en la exigencia de que lo adquieran sus
alumnos. Lo primero es una majadería, y al mundo de la majadería Quintana (como Jiménez del
Oso, Rappel o Pitita Ridruejo) tiene derecho a acceder y, una vez en él, desarrollar una actividad
creadora y pública que nadie puede impedir ni es deseable que se intente siquiera (los majaderos
son libres, como ciudadanos que son). Lo segundo no es más que un abuso de poder (un abuso,
por otra parte, igual al que cometen algunos componentes del estamento docente, en ocasiones
tan torpe y descaradamente como este señor lo ha hecho, en otras con mayor sutileza), y que se
resuelve con una denuncia. Por eso, repito, el problema fundamental no es ni uno ni otro.

¿Cuál es, entonces, el problema de verdadera enjundia? A mi modo de ver que el profesor Quinta-
na comenzó por existir (por existir, entiéndase, no como Quintana, que ya existía, sino como profe-
sor). Es obvio que no se hizo a sí mismo como profesor; es obvio, en consecuencia, que lo hicieron
profesor, cuando menos merced a tres votos, y cada voto de una determinada y concreta persona,
cada una de ellas profesor a su vez. Lo cual remite, se quiera o no, a preguntarse qué clase de
profesores son estos que (es una posibilidad) consideraron alguna vez competente al sujeto de
marras u (otra posibilidad) estimándolo incompetente, "lo existieron" como profesor para que se
uniera a ellos -¿para qué otra cosa podía ser?- con miras a fáciles tropelías ulteriores, es decir, a la
procreación de individuos de la especie quintana que pudieran en pocos años constituirse como
una grande y poderosa familia. Como monsieur Jourdain hablaba en prosa sin saberlo, estos pro-
fesores (de cinco cuando menos tres) son también quintanas, o ignoren o no quieran.

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(Y otra pregunta al fin: ¿qué sistema es éste que hace posible que en la Universidad se pueda dar
ésta o parecida situación?).

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El propósito de la enmienda

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra, autor de numerosas obras sobre el comportamiento humano.
Es militante del PCE desde 1960.

EL PAÍS - Opinión - 15-08-1980

Ramiro Pérez-Maura, duque de Maura, ha escrito un bienintencionado artículo en este periódico el


día 8 de, agosto. En dicho artículo se invita a los españoles, de ambos signos, a que dejen atrás
sus complejos: unos, los de la izquierda, derivados de la «exacerbación de la pasada clandestini-
dad»; otros, de la derecha, por «la mala conciencia de complicidad con la situación anterior» . La
puesta aparte de manera definitiva de estos complejos llevaría consigo, al decir del autor, «una
utopía de futuro» que haría viable mirar hacia delante y tratar de construir esta España nuestra,
que no acaba, en efecto, de hallar la identidad precisa para la nueva situación.No cabe duda que,
si fuera tan sencillamente factible tal cosa -la prescindencia de esos complejos- sería deseable.
Que, en cierto modo, cuando menos los más, lo deseamos se demuestra en el hecho de que, ni los
de la izquierda han pasado factura (no seria decente hacerlo, por otra parte) por su pasado, ni a los
de la derecha se les recuerda en demasía esa complicidad con el inmediato pretérito. Hay, efecti-
vamente, el propósito de hacer como si la amnesia fuera real. Y no paso a discutir ahora si la clave
imprescindible para la superación, a que hacemos referencia, consiste precisamente en lo contra-
rio, en la asunción del pasado, lo que evitaría esa «defensa maníaca», esa «incapacidad para en-
tristecerse», que Mitscherlich encontraba en la Alemania posnazi, y que lleva a muchos a conside-
rar que cuarenta años de régimen anterior entre nosotros no son nada para nadie.

Pero los complejos, de la índole que sean, y vayamos ahora con los de la complicidad con el pasa-
do, no se curan por un acto voluntario de negación. Tales complejos no son a modo de boinas o
camisas, que uno puede colocarse llegado el caso, o quitarse llegado .otro caso,'para enviarlas
entonces a la lavadora, al desván o, tal vez, al cubo de desperdicios. Los complejos no son un
aditamento, sino algo emocional, la repercusión éticoemocional de un hecho que se verificó y que,
antes o ahora, traumatiza. Por tanto, no cabe decidir en un momento que algo que se hizo o se
dejó de hacer no nos afecte, esto es, no nos provoque determinada afección. Qué más quisiera yo,
en mi casi siempre estéril tarea de psiquiatra, que las cosas fuesen así, y que cuando alguien me
viniese aquejado por sus reproches, le procurase sosiego palmeándole en el hombro y diciéndole:
«No se reproche». Había una vez un profesor de Patología Médica que, aparte excelente clínico,
era famoso por su capacidad para proponer absurdos. En cierta ocasión, un joven médico, antiguo
alumno suyo, entró a su despacho antes de que se hiciera pasar a una paciente, gravemente en-
ferma, a la que acompañaba. «Anímela usted, don J.», le dijo el joven médico, «le hace tanta ilu-
sión que usted la vea». Don J. la hizo entrar, la interrogó brevemente, la hizo tender y palpó su
abdomen. Una vez incorporada, le espetó: «Señora, tiene usted un cáncer de estómago; se trata
de una enfermedad muy grave... Anímese».

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Los complejos, las culpas, no se suprimen porque sí, esto es, cuando se quiere. Los procederes
son algo más complicados, por desgracia, de entre los cuales el que menos consiste en lo siguien-
te: no jugar a reiterados arrepentimientos de lo hecho, sino no volverlo a hacer. Por eso, me permi-
tiría advertir al señor Pérez-Maura que el problema que acompleja a los que nos mandan en este
momento en nuestro país no radica en que sean, lo que se dice, «los mismos», sino en que «si-
guen haciendo lo mismo». Llámense censuras y coartaciones a la libertad de expresión, malos
tratos en determinadas instituciones, discrirninacíones partidarias, parcial administración de la jus-
ticia, partidaria y dirigida acción e inacción policial y, así, un largo etcétera, lo que nos conturba a
los españoles es que nuestros gobernantes, de los cuales somos harto sabedores de su verbal
abdicación de su pasado, persisten empecinadamente en idénticas actuaciones a las pretéritas.
Me resigno de buen grado en ser gobernado por los mismos, pero les invitaría desde aquí a que
dejaran de hacer lo mismo que siempre hicieron. Sólo de este modo, al mismo tiempo que todos
saldríamos altamente beneficiados, se lograría la tan deseada curación de sus complejos. De no
ser así, preferible es que conserven su mala conciencia, de la cual cabe esperar, con ilusionado
optimismo, que alguna vez les conduzca al propósito de enmienda.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El sentido de la escritura

22/03/2007

"Puede perderse el lector, pero su evidencia no da lugar más que al reconocimiento". Estas pala-
bras del autor de la compilación de ensayos La vida de los sentidos (Tusquets), entresacadas de
un párrafo del que dedica a Byron, se las aplicó a él mismo, Antoni Marí. Porque este libro es una
sorpresa de página a página. Se inicia con lo que considera justamente nuestra deuda con la litera-
tura, como "el mundo que se enfrenta al mundo real", y de ahí ésa su riqueza infinita, en contraste
siempre con nuestra única vida, pobre aún en los mejor dotados, en comparación con la galería de
creadores que componen la historia de la novela y la poesía, y del arte en su totalidad. Bajo la
premisa de lo que realmente es la literatura, o más precisamente, el sentido de la escritura, Marí
muestra, primero, el nexo entre literatura e intimidad, desde Agustín de Hipona a Marcel Proust
(con un intermedio en Montaigne: el yo como tema), que desarrolla luego en el tratamiento de li-
bros de Goethe, Thomas Bernhard, Beckett, Brodsky y Auden, el universo intelectual de W. Benja-
min, el de Schopenhauer frente al de Marx, y muchos más. Marí se interna luego en el mundo co-
mún de la poesía y la música (Mallarmé, Debussy, Schön-berg, Wagner) y la música y la tragedia
(Verdi). Ejemplares son los ensayos que dedica a Goethe y Byron, a Goethe y Eckermann, y en
último lugar a Goethe y Kant, coincidentes ambos en su posición frente a la música. Por este libro
aparecerán todavía tratamientos precisos del Don Giovanni de Mozart o de la música pietista de
Johann Sebastian Bach, y la pintura de Zurbarán, Goya o Tàpies, y la poesía catalana en general,
y la de Verdaguer, Carles Riba, Foix en particular; o la de Claudio Rodríguez y José Ángel Valente.
Marí nos hace ver la unidad de lo sentido (en la intimidad) a través de los sentidos, esa serie de
órganos mediante los cuales contactamos con el mundo y, sobre todo, con los que están o estuvie-
ron en el mundo, crearon y enriquecieron al mundo a través de la estética, en cualquiera de sus
formas.

No hay una sola página de este libro en la que Marí, con la familiaridad del que vive en el universo
de la literatura (del arte, en general), no nos depare observaciones tan varias e inteligentes, tan

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descubridoras para el propio lector de lo que, en efecto, le pudo representar un libro, una música,
la mera voz de alguien cuando cantaba, un poema, un cuadro. Clave para la intelección del punto
de vista de Marí acerca de lo que es su mundo es el ensayo Una geografía del secreto, que dedica
al descubrimiento en él de Rafael Dieste, "semejante, tal vez, al reconocimiento de una evidencia
que hasta su formulación escrita no había sido percibida". Pero esto mismo nos ocurre como lecto-
res de estos trabajos. Esa tesis, la recuperación de la unidad perdida en la pluralidad de lo sentido
por las varias vías de acceso al mundo íntimo de cada cual, adquiere su evidencia en la varia lec-
ción que es este acercamiento a las muchas formas de creación, científica, filosófica, estética, co-
mo se ejemplariza en el ensayo que dedica a Diderot bajo la premisa de La unidad del espíritu.

Estos ensayos están además expuestos con una escritura que fluye sin esfuerzo, al servicio tan
sólo de lo que sintió y pensó y descubrió ante estos objetos que le asomaron a un nuevo mundo.
Se conocía de Marí su caudal de lecturas, su conocimiento de la Ilustración y del Romanticismo
alemán, su libro sobre Diderot y Rousseau, su conocimiento del arte. Aun así, este libro es una
constante e inteligente sorpresa. Acabo su última página y vuelvo a la primera para, usando de sus
propias palabras, reafirmar mi reconocimiento como lector.No hay una sola página en el libro de
Marí que no nos depare observaciones inteligentes

CARLOS CASTILLA DEL PINO

El uso moral de la memoria

EL PAÍS - Opinión - 25-07-2006

Los seres humanos se definen por lo que hacen y se les recuerda por lo que hicieron. Hay quien
actúa con el solo propósito de dejar memoria de su existencia. La razón profunda de este compor-
tamiento es que ser recordado es una forma de existencia, en vida pero también después de haber
vivido. Sólo cuando se es olvidado por aquellos que nos recordaban, o cuando éstos han perecido,
se puede afirmar que inexistimos. Por eso, aunque no podemos tener experiencia de lo que será el
olvido en que quedaremos sumidos después de nuestra muerte, no lo deseamos de ninguna ma-
nera.

Aquellas actuaciones por las que se es recordado por un tiempo mayor o menor se llevan a cabo
mientras vivimos (los muertos no hacen nada por ellos mismos). Si algunos de éstos merecen ser
recordados, los que aún viven son los que han de hacer que se les recuerde. El olvido sella la
muerte de todo ser que alguna vez existió. Por el contrario, sobrevive mientras se le recuerde.

La conciencia de que tenemos la responsabilidad de hacer que sigan existiendo aquellos que ya
muertos juzgamos que deben sobrevivir, se trata de subsanar de muchas maneras. Habitualmente
con el luto (ya en desuso), la placa conmemorativa, el busto, el nombre de una calle o hasta una
estatua ecuestre. También, y quizá lo mejor de todo, un montón de páginas como esta que el lector
tiene en sus manos y no podrá abandonar. De esta forma, alguien murió, otros que lo recordaron
morirán también, pero antes lo harán recordar a los demás. El sentido de la expresión, ya acuñada,
"derecho a la memoria" va en esta dirección. Significa el reconocimiento del derecho a ser recor-
dado a los que se les negó esa posibilidad. Pero si ya no existen, otros pueden, y en ocasiones
deben, demandarlo por él. De este modo, la exigencia del derecho a la memoria se convierte en un
problema moral para los que sobreviven. El vocablo "memoria" tiene en estas páginas, primero el
significado de recordar, y segundo del deber de recordar para informar de lo recordado a los que

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vienen después, de manera que se constituya en ellos en recuerdo de los recuerdos de los demás.
"Recuérdalo tú y recuérdalo a otros", que decía Luis Cernuda.

La memoria es un instrumento de que dispone el sujeto para su actuación en la realidad. De tal


instrumento se hace un uso muy vario, pero en el fondo subyace un componente moral. Podemos
desde luego usar la memoria, como cualquier instrumento, para el bien o para el mal. La función de
la memoria está intrínsecamente ligada a una de las características del sujeto: su dependencia del
pasado, la imposible abdicación de su pasado, del saber indeclinable que uno es lo que "ha ido
siendo" hasta ahora, momento, el de ahora, en que también "se está siendo" y que se añadirá a los
que le precedieron. Así nos reconocemos en tanto que sujetos, esto es, entidades con experien-
cias de vida vivida, sujetos con historia (la nuestra), o más exactamente, con biografía. Por eso, la
evocación tiene una estructura narrativa. Evocar es contar (o contarnos), de palabra o por escrito.
Lo dramático de algunas evocaciones es que no pueden ser contadas a falta de palabras. En oca-
siones, hay un décalage entre lo vivido y lo contado, hasta el punto de que contar es reconocer
simultáneamente nuestro fracaso como narrador. Es mi convicción que el suicidio de Primo Levi
derivó de su conciencia de la imposibilidad de decir la experiencia en Auschwitz. Y sin ese desen-
lace, la misma que experimentó Kertész.

¿Por qué es moralmente imprescindible esta tarea? Lo sabemos por nosotros mismos. La memoria
es personal, como lo son los hechos que se recuer-dan, porque personal fue la experiencia del
hecho cuando se vivió. Somos porque se ha hecho en nosotros nuestra historia, elaboración y
reelaboración de nuestro pasado. La memoria es la condición necesaria para el logro de nuestra
identidad, vocablo que, despojado de toda connotación moral, significa ser alguien, responder asi-
mismo a la pregunta de quién soy (si se la hace uno a sí mismo) o quién es (si la hacemos respec-
to de otro). Somos, pues, porque tenemos memoria; es más, somos nuestra memoria. He aquí, a
continuación, una demostración empírica de este aserto.

El número de longevos ha aumentado tan considerablemente en la actualidad que deben quedar


pocos sin experiencia vivida de enfermos de Alzheimer. Esta enfermedad constituye un experimen-
to natural (como decía Claude Bernard de cualquier enfermedad) que nos hace ver cómo gracias a
la memoria se construye nuestra identidad; y a la inversa, cómo la pérdida paulatina de la memoria
disuelve la identidad. El paciente de Alzheimer que no recuerda al hijo que tiene delante no se
sabe ya padre de él; cuando ya no recuerda haber sido médico o albañil no sabe la identidad social
que mantuvo; y, al fin, si vive aún como para no recordar su nombre, no sabe quién fue, es decir,
ha dejado de ser, no es ya (aunque aún vive). Su identidad se ha disuelto. Podemos decir quién
fue (hablo desde el punto de vista psicológico, no jurídico), pero eso es función de nuestra memo-
ria de él, no de la de él, que ha desaparecido. La memoria nos da, como decíamos antes, concien-
cia de que existimos y, con ello, de identidad. Mi memoria soy yo. En el estadio final del Alzheimer
se dice de él que "vegeta", es la muerte del enfermo como sujeto, la disolución de su conciencia
autobiográfica, aunque persista, sin embargo, la vida biológica que la hizo posible hasta entonces
(circulación, respiración, metabolismo, es decir, las funciones autonómicas). Los que le conocimos
y le recordamos somos los que sabemos quién fue. Tanto el enfermo ya totalmente demenciado
por el Alzheimer cuanto el que ya pereció, sobreviven, pues, en nuestra memoria. Lo repito: una
vez que uno muere sobrevive si sobrevive en el recuerdo de los demás. Cuando todos los que nos
recuerden perezcan, hemos muerto definitivamente. Lo que significa que tener memoria del otro,
recordarlo, es dotarlo de existencia. Todos ansiamos sobrevivir aquí -que se sepa, no hay ningún
otro sitio donde esto pueda tener lugar-, y eso sólo podemos lograrlo en la memoria de los demás.
Es lo que demuestra Agustín Santos, un superviviente de Mauthausen, cuando, refiriéndose a la
muerte de Azuaga, su compañero de evasión, dice: "Su muerte engendró en mí la voluntad tenaz
de sobrevivir a aquel infierno, para poder contar al mundo las muertes de tantos Azuagas". De esta
manera, y en alguna medida, los ha hecho inmortales. En puridad, lo de "inmortales" es una metá-
fora. Ellos no son inmortales, somos nosotros los que los hacemos, se hacen inmortales en noso-
tros. No hay, pues, inmortalidad; hay memoria. Ésta es la misión de "los que venimos después" en
la sobrevivencia de aquellos a los que se les hizo morir, y de tal manera que, de hecho, de muchos
de ellos (en el anonimato) podría decirse que es como si no hubieran existido.

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La implacable dictadura franquista duró tanto que muchos de los que la padecieron, incluso mu-
chos que supieron del padecimiento del padre, la madre, el hermano o el vecino, murieron sin po-
der ofrecernos su versión, porque mientras vivieron estaban obligados al silencio. Y si bien una
experiencia singular rara vez es útil para la construcción de lo que llamamos Historia, es irreempla-
zable para saber del drama, esto es, de la Biografía. Cuando hablamos de la recuperación de la
memoria histórica, un apartado fundamental de la misma es la constancia ¡cuando menos! de los
nombres y apellidos de los que vivieron el drama. No hay otra forma de subsanar, aunque en mí-
nima parte, la oquedad dejada por aquellos a los que se hizo desaparecer, de muchos de los cua-
les no sabríamos siquiera que existieron. Éste es el fundamento moral del recordarlos.

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

ENTREVISTA: Carlos Castilla del Pino Psiquiatra y escritor


"El gran fracaso es no poder realizarse"
Esta semana llega a las librerías Casa del Olivo (Tusquets), la segunda parte de las memorias de
Carlos Castilla del Pino. Ocho años después de publicar Pretérito imperfecto, el psiquiatra habla
con valentía, desde el maravilloso refugio que comparte con su segunda mujer, Celia Fernández
(la Casa del Olivo de Castro del Río, Córdoba), sobre su apasionante relato de una vida.
MIGUEL MORA - Madrid
EL PAÍS - Cultura - 15-11-2004

Casa del Olivo comienza en 1949, cuando Castilla del Pino (San Roque, 1922) acaba su formación
como psiquiatra en Madrid y se instala en Córdoba para hacerse cargo del precario Dispensario de
Psiquiatría. Lo dirigiría durante 38 años. Allí por las mañanas, y en su consulta privada por las tar-
des, Castilla trató a todo tipo de personas, pero sobre todo a los "menesterosos", a los jornaleros, a
los perdedores de una guerra civil cuyas complejas secuelas marcaron la vida y la locura de ese
tiempo.

A partir de esa experiencia, el libro retrata de manera muy precisa y clara el perfil psicológico (casi
una historia clínica) del franquismo, y mezcla esa visión global con el sincero punto de vista del
autor sobre sus amigos y enemigos, entre ellos algunos mandarines de la cultura, la política y la
medicina (especialmente nítidos los perfiles de Laín Entralgo o Ignacio Gallego; más equilibrados
en luces y sombras los de Juan Benet, Jesús Aguirre, Javier Pradera, Carrillo, Luis Martín Santos o
Aranguren).

Esa microhistoria del país ("la macrohistoria siempre es fría y no alcanza para contar los dramas
personales", dice Castilla) tiene como epicentro la espléndida descripción de esa Córdoba miste-
riosa, pacata y beata de los años cincuenta y sesenta, espejo de las heridas, de la soterrada y
muda depresión colectiva que sufre el país entero, esa "sociedad inmóvil y enferma en la que no se
podía hablar de nada porque todo el mundo tenía algo que esconder".

Un tiempo de silencio y destrucción, como escribió su amigo y colega Martín Santos, pero, a la vez,
un tiempo de lucha y resistencia: Casa del Olivo revela las grandes pasiones vitales e intelectuales
de un humanista que, con una determinación a prueba de bombas, se resiste a dejarse vencer por
el aislamiento y la mediocridad y viaja por España y el extranjero (el Chile de Allende, la Cuba de
Castro, la Rusia de los años setenta...); colabora con el partido comunista, escribe libros de psi-
quiatría social que incorporan tesis marxistas, se relaciona con intelectuales y científicos de dentro
y fuera o da sus conferencias-protesta ante miles de estudiantes ávidos de libertad.

En contraste con todo eso, y quizá también en pago por ello, Castilla padeció el vacío de la psi-
quiatría oficial. Varios capítulos narran su penosa peripecia en busca de la ansiada cátedra univer-

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sitaria, que acabaría en el ostracismo: fue suspendido cuatro veces (1952, 1956, 1959, 1969), las
tres últimas escandalosamente manipuladas por los próceres del régimen.

Como trágico colofón, las memorias incorporan el terrible balance de las desgracias íntimas. El
psiquiatra reconoce su incompetencia como padre y educador y califica como un error su paterni-
dad (tuvo siete hijos); luego narra las muertes sucesivas de cinco de ellos (María, Carlos, Álvaro,
Gonzalo y María Fernanda) y revela cómo sobrevivió a la pena refugiándose en el trabajo, en la
lectura, en la escritura, en el arte, en el estudio, en ese proyecto de vida ("crear una escuela de
psiquiatría en toda regla") que no pudo culminar del todo porque no lograría la cátedra hasta 1983,
"sólo tres años antes de jubilarme".

Pregunta. En el libro se juzga como un padre incapaz. Más que una autocrítica parece un flagelo.

Respuesta. Bueno, se lo debía a los lectores: para ser veraz respecto a los demás personajes so-
bre los que doy mi punto de vista, es lógico que me pusiera yo en esa misma situación, que diera
mi punto de vista sobre mí mismo. Era una cuestión moral, aunque suene grandilocuente.

P. ¿Cree que con sus otras facetas ha sido tan autocrítico?

R. Creo que sí, pero no sé qué opinarán los lectores. Ese mostrar mi incompetencia en el rol de
padre es una critica que me hago yo, pero que ya me han hecho otros. Respecto a otras cosas, en
el libro aparentemente salgo bien parado. Quizá porque mi idea de la vida ha sido siempre que uno
no puede perderse el respeto a uno mismo y he tratado de llevarla a cabo.

P. O sea, que ha sido tan exigente y duro con usted mismo como con los demás...

R. Creo que sí. Quizá mi punto de vista sobre algunos personajes puede sorprender, pero la vera-
cidad biográfica no está en la verdad, sino en la sinceridad del punto de vista, que es compatible
con otros puntos de vista. En las biografías, la verdad siempre queda flotando. Pero, si se publican,
los otros, los lectores, pueden ser los jueces y los fiscales, defender o acusar...

P. Leyendo el libro se siente que está escrito sin tapujos.

R. Desde luego está escrito con sinceridad, lo que pasa es que la verdad, como los hombres, es
poliédrica. Cuando yo te veo, saco una de mis caras, la que creo que ha de concordar con una de
las tuyas. Sin negar que los dos, como todos, tenemos muchas caras.

P. ¿Y ha aprendido cosas de usted mismo escribiendo el libro?

R. No. La idea de redactar mi autobiografía viene de la adolescencia, de la necesidad de contar los


dramas que viví, la caída de la monarquía, la República, aquella guerra espantosa... Siempre he
sido una persona con ideas fijas sobre mi proyecto de vida, y ese proyecto no se ha torcido ape-
nas. Se lo debo quizá a la Institución Libre de Enseñanza, que nos enseñaba a buscar siempre la
línea recta: "Vaya hasta donde pueda ir".

P. Una disciplina casi militar.

R. Militar no, moral. Y no sólo ética. Ése es el mandato de Goethe, "llega a ser el que eres". Lo hice
mío siendo adolescente. La tarea de descubrir quién se es, qué se quiere ser y tratar de serlo. Ser-
lo es el éxito de una vida, y no la fama, que es un seudoéxito, cara a los demás.

P. Ni siquiera las muertes de sus hijos le apartaron de ese camino recto.

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R. Quizá lo expliqué mal en aquella entrevista con Arcadi Espada [publicada en El País Semanal
en septiembre de 2002], aunque sigo pensando que hay mucha hipocresía en el hecho de que la
gente no fuera capaz de interpretar lo que quise decir. Parecería que hay un baremo para la pena:
una madre, 10; un padre, 8; un hijo 25... Para mí, la muerte de mi padre fue en un sentido una libe-
ración. Cuando lo dije mucha gente se escandalizó. Pero lo fue realmente. El quería que estudiara
arquitectura, yo quería ser médico; cuando murió me liberé de ese conflicto. Una cosa es la pérdi-
da del objeto amado: el duelo dura un tiempo y se acaba, salvo que esté contaminado por la culpa.
Pero el verdadero fracaso en la vida es no poder realizarse: el escritor al que nadie lee, el poeta
que no encuentra la poesía, el matemático que no es capaz de resolver el teorema de Fermat... Y
eso no tiene nada que ver con el duelo. Todas las muertes de mis hijos me causaron un gran pe-
sar, pero no impidieron mi proyecto de vida... ¡Sólo habría faltado añadir eso al drama! Lo que im-
pidió realmente mi proyecto de vida fue no lograr la cátedra.

P. En el libro dice que se refugió en el trabajo para sobrevivir.

R. Si además de padecer esas desgracias hubiera renunciado a mi realización todo hubiera sido
mucho más dramático. Cuando se suicidó mi hija María yo estaba escribiendo un capítulo de Intro-
ducción a la Psiquiatría, justo el que hacía referencia al duelo. Lo que hice fue objetivar mi pena,
hacer como si se saliera de mí, verla desde fuera: "Ahora no describo lo que me cuentan, sino lo
que me pasa a mí".

P.Esa frialdad de científico, casi de entomólogo, se desmiente en parte en el libro; se ve que ha


vivido la vida con mucha pasión.

R. No es contradictoria la frialdad precisa para la ciencia con la pasión por el conocer, investigar,
por formular una teoría o resolver un problema. Sí, mi vida ha estado llena de pasiones: la pasión
por el conocimiento, por el arte, por la lectura, por las formas de vida...

P.Eso contrasta con el relato del silencio espeso que se hizo en su casa familiar de El Mochuelo,
primero en su relación con sus hijos y después con su mujer...

R. Mis hijos y yo fuimos convirtiéndonos en extraños y llegó un momento en que hablar sólo hubie-
ra empeorado las cosas. Hubieran surgido reproches mutuos, era mejor callar... Era un silencio que
apesadumbraba, sí, pesaba mucho. Ahora, con mi primera mujer, vemos las cosas de lejos y la
relación es buena, fluida. Ella comprendió que mi salvación era mi trabajo...

P. Salvación que ella no tenía.

R. No, y ése era su drama. Y yo lo viví con mucho dolor.

P. Hay muchos suicidios en el libro. ¿Pensó alguna vez en quitarse de en medio?

R. Jamás. Nunca he tenido ganas de morirme, no ya de matarme.

P. ¿Sirvieron de aprendizaje para el dolor las terribles historias que oía en el dispensario?

R. El dispensario servía de aliento. Toda aquella pobretería terrorífica compensaba por el cariño
que me tenía aquella gente. En ellos no había convención, no existía el disimulo del mundo bur-
gués... Su afecto era enternecedor.

P. También cuenta que los dramas que conocía ejerciendo de psiquiatra le convirtieron en "anti-
franquista rabioso". Aunque no queda claro del todo si llegó a militar en el PCE.

Pág. 18
P. Sí, milité. Pero Carrillo debió decirles que me dejaran tranquilo. Después de que leyera un día
un artículo a unos compañeros, me dijeron que había que llevarlo al Comité Central para pasar la
censura, y yo les dije que no iba a tocar una coma. Yo era más bien un francotirador...

P. ¿Sería eso lo que llevó a su maestro, López Ibor, a torpedear continuamente su acceso a la
cátedra?

R. En parte sí. Ya antes le hice algunos reproches profesionales y no me lo perdonó nunca. Debió
pensar que si llegaba a la cátedra no podría contar con mi complicidad... Y, por otro lado, mi perfil
político era cada vez más conocido, y él era un hombre que venía de Acción Española y que al
final acabó en el Opus...

P. ¿Toda la Universidad era así de cerril o sólo Medicina?

R. Bueno, no todos eran tan brutales. En Economía Tamames salió catedrático y era comunista,
Sampedro daba clases... Pero tras la guerra las facultades de Medicina cayeron en manos de En-
rique de Salamanca, que era un fanático religioso, y...

P. Y de Pedro Laín, cuya ambigüedad usted denuesta en el libro.

R. Laín, como falangista y católico moderado, luchó contra los católicos ultras y fue una figura de
conciliación... Conmigo se portó siempre muy bien, pero me molestaba mucho que se comportara
así con todos, fueran de la cuerda que fueran.

P. Los perfiles que traza de Benet, Jesús Aguirre o Aranguren son mucho más equilibrados, pero
tampoco esconden las aristas.

R. He querido dar mi punto de vista recordando escenas que vivimos juntos. Todos tenemos varias
caras, podemos ser muy inteligentes para unas cosas y muy estúpidos para otras. Le pasaba a
Aguirre, que era capaz de hacer tonterías y de ser una persona inteligente e íntegra a la vez. Ésa
es la vida humana. Yo de joven tenía unas ideas muy simples sobre el ser humano. Cuando me di
cuenta de la enorme complejidad de las personas fue al recibir en mi consulta privada a personas
comprometidas con el régimen: ninguno de ellos era monolítico, todos tenían sus facetas...

P. ¿Y sus traumas?

R. Claro. Tardíamente descubrí por qué nadie quería hablar de la guerra: porque había muchos
niveles distintos de complicidad en las fechorías. El que mata, el que denuncia para que maten, el
que manda matar, el que tolera, el que sabe pero calla... Todos estaban implicados y era mejor no
hablar. Si ves una fechoría y decides callar, en cuanto se habla de ello te sientes culpable... Eso
explica la consideración que en Córdoba tenían los criptorrojos por los Cruz Conde: ellos fueron los
únicos que se atrevieron a ir a Queipo de Llano y decirle que tenían que dejar de fusilar, que aque-
llo era una barbaridad...

P. Así que era una sociedad muda, y por tanto enferma.

R. Cuando no puedes hablar de todo lo que debes hablar, estás enfermo: eso crea un tapón que te
bloquea muchas otras cosas. Y eso fue lo que pasó en la sociedad en general. Se optó por el "no
pasa nada", por el "nunca pasa nada". Eso era muy característico del franquismo.

P. Y quizá explica el aluvión reciente de libros sobre esa época.

Pág. 19
R. Es parte del proceso de curación, sí. Y estoy contento de ver que hay gente que trabaja seria-
mente en poner las cosas en su sitio. El libro de Jordi Gracia [La resistencia silenciosa. Fascismo y
cultura en España (Anagrama)] es un ejemplo entre otros muchos: muestra esa época en su com-
plejidad, sin ajustes de cuentas. Porque no se trata de ajustar cuentas sino de poner las cosas en
su sitio y que de cada cual sepa cuál fue su vela.

P. Así que sus memorias no ajustan cuentas...

R. La historia es muy fría, no tiene drama; la vida sí es dramática, y lo que yo quería aportar al
escribir mis memorias es eso, tanto el drama mío como el de las otras personas que he vivido de
cerca. Ahora está de moda la historia oral, la microhistoria, pero es terrible la cantidad de personas
que han muerto sin contar lo que sabían. Ricardo Gullón, por ejemplo, que fue fiscal republicano y
estaba situado en un nivel intermedio perfecto: entre la micro y la macrohistoria. Se ha perdido
mucho y es muy penoso, pero ahora también se está salvando mucho y eso es muy saludable.

P. Es curioso que gente como usted, con tanta ambición de miras, no saliera zumbando de aquel
páramo gris.

R. No quise irme. La idea del exilio era para mí más penosa que la de la muerte. Por eso rechacé
la invitación a Canadá.

P. ¿Cree que su trabajo como psiquiatra, siempre escuchando y hablando muy poco, influyó en la
hiperprotección de su intimidad que algunos amigos suyos dicen haber sentido en usted?

R. Es posible. Contar mi vida en la consulta no puedo, y quizá eso te acostumbra a ser más recep-
tor que emisor...

P. Otra cosa impactante de su libro es la cantidad de amigos que tiene y ha tenido. ¿Es posible
tener tantos amigos buenos?

R. Sí, se puede. Porque cada uno tiene sus facetas. Si vas a un concierto, vas con uno; con otro si
vas a una conferencia; con otro si organizas un viaje. Creo que he aprendido a aceptar a mis ami-
gos como son, del mismo modo que ellos me aceptan a mí; a valorar lo que me ofrecen y lo que
me enseñan cada uno a su manera. Y hay un eje transversal común a todos: su talante moral, su
fiabilidad.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Freudismo

Carlos Castila del Pino es psiquiatra y catedrático extraordinario de la universidad de Córdoba.

EL PAÍS | Opinión - 03-11-1989

Contrariamente a lo que muchos imaginan, el psiquiatra no tiene necesariamente que ser lo que se
denomina un "conocedor del hombre", es decir, aquel sujeto que sabe del quid de una conducta,
que acierta en el blanco de la intencionalidad de una actuación. Puede llegar a serlo, en efecto,
pero sobre su experiencia del trato con hombres, como por otra parte puede llegar a serlo un cura,
el maitre de un gran hotel, un corredor de ganado o de fincas, un dermatólogo; en suma, cualquie-
ra que no sea psiquiatra. Este conocimiento es meramente empírico. Se puede ser, pues, también

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psiquiatra y patán. La razón de ello es que en los tratados de psiquiatría se aprende a diagnosticar
neurosis y psicosis, para lo cual se describen conductas tipificadas que hacen factible su cataloga-
ción. Hoy mismo, el manual de cabecera de que estamos dotados todos los psiquiatras de este
planeta, conocido como DSM-III-R (Diqgnostic and statistical manual of mental disorders; thrid edi-
tion revised, 1987), funciona del siguiente modo (es un ejemplo): alucinación auditiva (oye voces,
ruidos) + delirios (le persiguen, le controlan, le influyen) + pensamiento disgregado (el discurso
aparece fragmentado) + durante seis meses como mínimo = esquizofrenia (si menos, trastorno
esquizofreniforme). Si se domina este catálogo, se alcanza a ser psiquiatra en tanto disgnostica-
dor, pero no se asegura que deje de ser un patán en lo que respecta al tema de que trata-
mos.Toda conducta -como lo sabe el conjunto de los habitantes de este mundo, salvo muchos
psiquiatras y psicólogos- no se agota con su descripción. Permanentemente tenemos ocasión de
experimentarlo en la relación interpersonal: la conducta del otro con el que interactuamos ha de
ser interpretada. No basta con verla y decir: se ha tocado la nariz, se ha rascado la coronilla, ha
dicho cabrón. Pensamos, para los dos primeros casos, que en ese momento el sujeto de la con-
ducta quizá esté perplejo con lo que le hemos dicho, no sabe qué decir, está tomando sus precau-
ciones; por lo que respecta al tercero, intuimos que cabrón es usado ahora, aunque groseramente,
como una muestra del afecto o la alegría que le suscitamos, no como insulto. En fin, hipotetizamos
acerca del sentido, significación o intencionalidad que subyace tras la conducta externa que obser-
vamos. La conducta, por tanto, no comienza donde termina (en el toque nasal o de la coronilla, en
la pronunciación de una palabra o una frase), como quieren los conductistas, sino donde ha de
empezar (si es que este término se ajusta rigurosamente a lo que quiero decir), esto es, en la in-
tención de la acción. Y es ésta la que interesa: porque si en la mirada de mi interlocutor, pongamos
por caso, creo ver (en realidad trans-ver, es decir, presuponer) simpatía, mi respuesta es totalmen-
te otra que si presupongo simulacro de la misma. Todos somos, pues, interpretadores, o dicho con
palabra más culta, hermeneutas.

Repito: ni la psiquiatría ni la psicología académicas dieron ni dan claves para la interpretación de


las conductas. Algunos han ido a estas disciplinas esperando encontrarlas para así solucionar sus
insuficiencias personales, o sea, para curarse ellos mismos:, se equivocaron. La pregunta es ahora
ésta: ¿dónde es posible conocer entonces a los hombres si la psiquiatría y la psicología no abaste-
cen este saber?

Este saber se adquiere en tres fuentes: la primera, mediante el trato malicioso con los demás. El
psicólogo (en la acepción coloquial del término, no en la de licenciado en psicología), el hombre de
mala fe, ha de entrar en sospecha. No hay perspicaz que no sea un malvado, no en sus actuacio-
nes, pero sí en sus pensares acerca de los demás, porque es en éstos en los que él se reconoce.
Es cierto que se equivoca a veces, pero cuando tiene éxito, aunque sea ocasionalmente, le confir-
ma en su teoría no de la intencionalidad (que eso ya lo sabemos desde Aristóteles), sino de la ma-
la intencionalidad de toda acción humana. Para este perspicaz, buenas intenciones sólo se dan en
tontos de remate, y aún así, duda. Los más son listos, es decir, dejan entrever su intención como
inocente, cuando no santa, mientras ocultan otra, la egoísta, la perversa, por mentirosa. Son, aun-
que no lo sepan, niestcheanos, descubridores por sí mismos de que la vida humana es un tratado
de paz sustentado por la mentira consensuada.La segunda fuente es la literatura, más concreta-
mente el teatro y la novela: Esquilo, Sófocles, Eurípides, Shakespeare, Cervantes, Stendhal, Flau-
bert, Dostoievski, Proust, etcétera, son omnipotentes con sus criaturas y nos hacen ver en ellas lo
que en la vida sospechamos de los demás: la doble, y hasta triple, intención. Además poseen la
capacidad de persuadirnos de que la cosa es así y no de otra manera. Es una literatura de la com-
plejidad: por eso volvemos insistentemente a ella. Es, desde luego, literatura, pero es, además,
sabiduría, porque de la literatura se nos hace pasar a la vida, y la vida a que ahora aludimos no es,
naturalmente, la del biólogo, sino la del vivir del hombre.

La tercera se encuentra en algunos filósofos más cercanos a la sabiduría que a la metafísica: Mon-
taigne, Pascal, Spinoza, Ignacio de Loyola, Gracián, Schopenhauer, Nietzsche. Son filósofos mora-
les, aunque no traten tanto de la teoría del deber hacer, cuanto de los mores, es decir, de los hom-
bres como sujetos de conductas.

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El conocimiento adquirido de esta forma, incluso en la última, aunque en ésta en menor medida, es
un conocimiento asistemático (en algunos más que en otros, claro es), intuitivo, analítico en oca-
siones. No concluye en la teoría de las actuaciones humanas porque ésta ha de depender de la
teoría del hombre, y ésta apenas ha sido enunciada. Se han tratado las pasiones (Tomás de Aqui-
no, Descartes, por ejemplo), y se ha tratado la razón, pero este complejo que es el hombre -pasión
y razón de consuno- y su contradictoriedad apenas se ha plasmado en construcciones embriona-
rias (por citar algunas, las de Max Scheler u Ortega), y no dan base para una intelección media-
namente plausible.

Es aquí donde debe ser incluida la aportación de Freud. No como introductor de un método tera-
péutico, el psicoanálisis, que no lo es porque no cura (el propio Freud hubo de reconocerlo muchas
veces, y por fin en su último trabajo, Análisis terminable o interminable, en el que sostiene la tesis,
capaz de inhibir el optimismo de cualquier terapeuta, del análisis como inacabable), sino como
creador de un método de autoconocimiento hasta ahora no superado, una forma de accesis al
sujeto completamente original. La aportación freudiana tampoco es, como él pretendiera (con su
aspiración constante al reconocimiento académico durante las primeras seis décadas de su exis-
tencia), a la psicología, que es psicología de funciones: percepción, atención, asociación, memoria,
inteligencia, afectividad, etcétera, o de rendimientos (aprendizaje, adaptación). Lo que se debe, sin
embargo, a Freud es una teoría del sujeto, porque el hombre es el único ser de la serie animal que
posee reflexividad, se hace objeto de sí mismo, y es, pues, sujeto. De manera que decir teoría del
sujeto equivale a decir teoría del hombre. Por eso Freud influyó decisivamente en la vida social,
que es vida de seres humanos comportándose. Y por eso mismo puede situarse junto a esa serie
de filósofos que hicieron objeto de su pensar más que cómo adquirir el conocimiento de la realidad,
o cuáles son los límites de ese conocimiento que llamamos la razón, cómo alcanzar el hombre la
realidad del hombre mismo. Freud es una antropólogo y, en consecuencia, moralista. Ofrece un
sistema del hombre, no una intuición más o menos feliz de sus actuaciones aisladas. Si el psicoa-
nálisis es terapia, no sirve; si trata de ser psicología, hay que decir que su pretensión es errónea,
porque no lo es. Es una teoría del hombre, y entonces es etología del homo sapiens, es decir, an-
tropología, una concepción antropológica a la que conviene el nombre de freudismo.

A la insistente pregunta de estos días, con motivo del 50º aniversario de la muerte de Freud, de
qué lugar ocupa el psicoanálisis en la psiquiatría actual, me parece correcto responder de la si-
guiente manera: si el objeto epistemológico de la psiquiatría es la perturbación de un órgano, el
cerebro, como órgano que hace posible la vida de relación, y queda subsumida en la neurología,
entonces la doctrina de Freud está fuera de ella. Si el psiquiatra ha de ocuparse del sujeto y de las
perturbaciones de su conducta, y la conducta es siempre una relación del sujeto con los objetos
(otros sujetos, otros objetos, animados o inanimados), en tanto objetos significativos, entonces el
freudismo constituye una buena teoría para la interpretación del sujeto a partir de su conducta, es
decir, una hermenéutica de la actuación, para la que no se precisa la multiplicidad de supuestos
que enunciara Freud, que actúan como deux ex machina abastecedores de seudosatisfactorias
explicaciones.

Es una desgracia que el freudismo sea en la práctica obra sólo de Freud. Apenas si tras él se han
hecho aportaciones de interés, y en todo caso fragmentarias. Los denominados psicoanalistas
debieron encomendarse una tarea: junto al desarrollo de la doctrina de Sigmund Freud, la conver-
sión del discurso psicoanalítico, legítimamante precientífico en la obra del fundador, en el único
discurso científico posible, el susceptible de discusión y de contrastación en cualquiera sea el ám-
bito, no en el exclusivo de los adeptos. Difícilmente se hallará, sin embargo, un colectivo mejor
dotado para la pereza intelectual que el colectivo de psicoanalistas, oscilante entre el no hacer
nada o el peor hacer de todos, el de la charlatanería.

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CARTAS AL DIRECTOR

Sobre Freud

Rafael Cruz Roche

EL PAÍS | Opinión - 29-11-1989

Tras leer atentamente tu artículo de EL PAÍS de 3 de noviembre, que titulas Freudismo [escrito por
Carlos Castilla del Pino], a!gunas de cuyas tesis podría suscribir o matizar, no puedo menos que
hacerte públicamente algunas consideraciones.Sorprende que tu conocimiento de la obra de Freud
y de las concepciones psicoanalíticas acerca de la curación, el cambio y la evolución terapéutica
sea tan limitado que para negar cualquier validez terapéutica al psicoanálisis te apoyes en una
obra puntual en la que Freud expresa su decepción porque el psicoanálisis no alcance aquellas
metas ideales que en un momento parecieron factibles, precisamente por la utilidad científica y
terapéutica del método.Llama la atención tu aseveración sobre la falta de aportaciones de interés
posteriores a la obra de Freud. Te recomiendo la lectura cuidadosa de M. Klein y la escuela que
desarrolla la llamada teoría de relaciones objetales, simplemente como ejemplo -de lo que puede
ser la fecundidad de la teorízación psicoanalítica posfreudiana-

presidente de la Asociación Psicoanalítica de Madrid.

CARTAS AL DIRECTOR

Del Pino y el psicoanálisis

Enrique Fernández Upiz. - Granada.

EL PAÍS | Opinión - 21-11-1989

Como psicoanalista y como profesor, estimo que el doctor Castilla del Pino, a través de su escrito
titulado Freudismo, perjudica seriamente la imagen de quienes, con seriedad y entusiasmo, nos
dedicamos a la muy digna profesión de la psicoterapia psicoanalítica, tanto en su versión práctica
como teórica-

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Gregory Bateson

EL PAÍS - Opinión - 30-08-1980

Recientemente ha fallecido en Estados Unidos Gregory Bateson, a los 76 años de edad. Bateson
pertenece a este tipo de hombres cuya influencia es mayor que su renombre, entendiendo por éste
su proyección por fuera del ámbito estricto de su disciplina. Sin embargo, no se comprende la pro-

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funda innovación que está acaeciendo en el campo de la psiquiatría actual sin la incidencia de los
trabajos e investigaciones de Bateson. La importantísima obra de WatzlawIck, Beavin y Jackson
Pragmatics of Human Communication está dedicada a él, como « mentor y amigo». Todo el grupo
de la denominada escuela de Palo Alto procede de Bateson (Ferreira, Lidz, Weakland, Wynne,
Haley, Zuk, Cornelison, Carlson, Fleck y muchos otros, aparte los autores primeramente cita-
dos).Gregory, Bateson comenzó su carrera como antropólogo, y fue el primer marido de la famosí-
sima antropóloga Margaret Mead, con la que escribió Balinese Character: A Photographic Analysis,
en 1936. Su primer trabajo, Naven, mostró ya su interés por los tipos de relaciones interpersonales,
y le sirvió para descubrir el fenómeno de la schismogenesis, con el que se pretende definir la per-
petuación de las relaciones, simétricas o complementarias, entre dos personas (o grupos), una vez
que se han iniciado con una tipología determinada. En los años cincuenta comienza su interés por
el campo de la psiquiatría, bajo la perspectiva antropológica, en donde había de mostrar su carác-
ter innovador y sus notables y profundas intuiciones, que siempre trató de objetivar. Su aportación
a la psiquiatría comienza con la colaboración con Jurgen Ruesch, cuando publican juntos, en 1951,
Communication: The Social Matrix of Psichiatry. Los capítulos más importantes de este libro, de
muy escasa relevancia en la psiquiatría actual -diré luego por qué- pertenecen a Bateson. En este
libro Bateson hace, incluso, una reinterpretación de la historia del pensamiento psiquiátrico, abor-
dando por primera vez los aspectos epistemológicos y los errores de este índole que han caracteri-
zado los enfoques tradicionales: descriptivo, epitético y temático. Los problemas epistemológicos
de la psiquiatría habrán de ser de su interés siempre, y a ellos dedica una serie de trabajos que
están recogidos en las partes IV y V de Steps to an Ecology of Mind. Pero en donde Bateson al-
canzó su más alta significación fue en su trabajo de 1956, en colaboración con Jackson, Haley y
Weakland, Towards a Theory of Schizophrenia, publicado primeramente en Behavioral Science y
luego reiteradamente editado. Este trabajo, que mereció ser considerado como la aportación más
imnortante acerca de la esquizofrenia acaecida en las últimas décadas, no mantiene, cautelosa-
mente, una hipótesis causal acerca de este tipo de psicosis, sino que constata la preexistencia de
un tipo de relaciones paradójicas, el double bind (doble vínculo), en el paciente que satisface los
criterios diagnósticos de esquizofrenia. La aportación ulterior en la psicopatología de la esquizofre-
nia, que va a constituir el soporte teórico de la desafortunadamente denominada antipsiquiatría,
con Laing, Esterson, etcétera, parte de la investigación de Bateson y su grupo. Las condiciones del
doble vínculo son, en apretada síntesis, las siguientes: a) existencia de una relación intensa y ne-
cesaria entre dos personas (cuando menos), especialinente la interacción parentofilial; b) en esta
situación de no libertad, un «sistema cerrado», se ofrece un mensaje (información) y un metamen-
sale (propuesta de relación) contradictorios entre sí, de forma que son excluyentes: de obedecer al
mensaje se desobedece el metamensaje, y a la inversa, de modo que el receptor, obligado, se
encuentra en un impasse ante el emisor. En este impasse tiene lugar la conocida profecía auto-
cumplidora, mediante la cual los patrones de conducta del receptor no sólo se reiteran, sino que le
confirman en la hipótesis sobre sí mismo (sobre su identidad, su self) que el emisor le ofrece. La
teoría de Bateson acerca de las relaciones interpersonales, uno de los tipos de la misma es el do-
ble vínculo, se insipira en la teoría de los tipos lógicos de B. Russell. Posteriormente, Bateson llevó
a cabo una brillante e imaginativa aplicación de estas tesis a la «lógica» del alcoholismo. Finalmen-
te, en 1979, en las postrimerías, por tanto, de su existencia, publicó un texto, Mind and Nature. A
Necessary Unity, que viene a ser una teorización acerca del carácter «natural» de los procesos
mentales.

Los trabajos de Bateson están escritos en un nivel de abstracción lo suficientemente elevado como
para que choquen, de entrada, con el burdo empirismo de la práctica psiquiátrica usual. Exigen del
lector un esfuerzo considerable y son, sin duda, una aventura fascinante de orden intelectual. Son,
por eso, trabajos para seminarios, en los que al propio tiempo alguien, quien quiera que sea, trate
de aproximar la enorme riqueza teórica de su contenido al campo de la práctica psiquiátrica y psi-
coterapéutica, por una parte, y, por otra, al de la cotidianeidad (porque uno de los más ahincados
intentos de Bateson estriba en disolver la solución de continuidad, erróneamente provocada por
razones ideológicas, entre las llamadas normalidad y anormalidad).Por otra parte, la psicología,
psicopatología y psiquiatría tradicionales consideran como su objeto epistemológico o bien el sis-
tema nervioso central o, todo lo más, el sujeto. En Bateson, como antes en otro psiquiatra, cuya
significación aún no ha sido extraída al máximo, Harry Stack Sullivan (muerto en 1947), el objeto

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epistemológico se encuentra en la relación sujeto-sujeto, de tal modo que la conducta no se com-
prende sino desde la relación misma, y no desde un sujeto tan sólo. Algo que en sí mismo supone
una crisis de fundamentos de este grupo de ciencias y que, por consiguiente, ha de tardar en reco-
nocerse. Por eso estoy convencido de que la psiquiatría de los próximos años, al mismo tiempo
que, naturalmente, ha de cuestionar muchos de los postulados de Bateson, habrá de contar nece-
sariamente con todo el armazón teórico construido por él y su escuela, si es que quiere seguir fiel,
por un lado, a lo que coristituye la identidad misma de lo que es psiquiatría, y por otro, ofrecer ésta
como una disciplina que cumpla los requisitos exigibles hoy a cualquier disciplina que se pretenda
científica.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Ilusión

EL PAÍS - Opinión - 06-03-1984

En una acepción técnica -psicopatológica, psiquiátrica, no coloquial- ilusión es una "perversión


subjetiva del dato actual del sentido" (Drever, J., Dict. of psicology). Dicho de otra forma: dado un
objeto empírico que los sentidos aprehenden, el sujeto (no que "ilusiona", que eso es otra cosa)
sino que "tiene o padece ilusiones" superpone sobre él la imagen de otro objeto, de manera que el
primero es suplantado por esta última, y se opera con ésta como sí fuera aquél. El sujeto que "pa-
dece ilusiones" verifica entonces lo que los psiquiatras franceses denominan faux reconnaissance,
es decir, una confusión (de un objeto por la imagen de otro), que la mayoría de las veces se corri-
gee al que mantiene con un objeto el carácter de iluso); al objeto que suscita la ilusión y al proceso
mediante el cual la ilusión tiene lugar ("ilusionarse" es el acto mediante el cual un sujeto se convier-
te en iluso respecto de un objeto que ansía).La primitiva acepción

Para la acepción técnica de ilusión no existe toda esa familia de palabras que, sin embargo, po-
seemos en torno a "alucinación" ("alucinación", "alucinado", "alucinarse", "alucinógeno", alucinar",
etcétera).

La acepción inicial de illusio (al parecer, en Cicerón) es de burla, befa, chanza, mofa, escarnio, risa,
irrisión; pero todo ello mediante engaño en el sujeto que es objeto de todo ello, y deriva de illudere,
engañar, burlarse, como en illudére in aliquem (Nuevo Valbuena o Dicc. latino español, corregido y
mejorado por don Vicente Salvá, París, 1834), que deriva, a su vez, de ludere, jugar. Parece vero-
símil suponer que la burla inherente al hecho de engañar provocando ilusiones en el burlado, forma
de mofa cruel aún usada en nuestros días, respondería a la primitiva acepción de illusio como jue-
go con engaño que hace posible la burla. Esta acepciórt aparece en Francia hacia 1120 (Robert,
Dict. alphab. & anal. de la langue française), como sinónima de moquerie, burla, tornadura de pelo,
y entre nosotros aún la ofrece, como inicial significación, don Sebastián de Cobarruvias (Tesoro de
la lengua castellano, o española, 1610): "Ilusión. Vale tanto como burla". Pero evidentemente se
trata de una acepción obsoleta, como, por otra parte, se afirma, por ejemplo, en el Dict. of the en-
glish language, de la Random House, en el que también se recoge la primitiva de irony, mocking.
Pero algo nos (queda aún de esta significación, pues, como se señala en el último texto citado, un
iluso es un burlado, un ridiculizado; y en castellano "iluso" se aplica "al que tiene una esperanza
infundada o deniasiadas esperanzas. O al que tiende a forjarse ilusiones con demasiada facilidad"
(M. Moliner , Dice. de uso del español), y se convierte así en sujeto risible.

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Me importa especialmente señalar que illusio, sustantivo derivado del supino de illudere, engañar,
deriva en último término de ludere, jugar. Determinados juegos son, en efecto, engaños. Así, por
ejemplo, se juega a ser A o B, y se cree, se imagina uno -en los niños, sobre todo- ser A o B mien-
tras se juega.

Jugar, engañar(se), ilusionar(se)

La función del juego es provocarse el placer que depára imaginar ser lo que no se es, o tener lo
que no se tiene, o incluso que hay lo que no existe. Nuestras fantasías de adultos son formas de
juego y vivimos pasajeramente la ilusión de ser lo que imaginamos. Los autoengaños (a veces
compartidos en algunos juegos) que se suscitan mientras jugamos, y también durante nuestras
ensoñaciones de vigilia, son justamente los que nos provocan placer, gusto, satisfacción. Lo con-
trario del juego no es la seriedad, decía Freud, sino la recalidad. Jugamos para evadirnos de la
reafidad, nos ilusionamos para vivir nuestra fantasía como si fuera realidad. El término "ilusionis-
mo" parece recoger tanto la connotación de juego como la de engaño, y el "ilusionista", el prestidi-
gitador, juega a provocar engaños que, al no saberlo descubrir, deparan la burla.

Ahora bien, Tertuliano (150230 después de Cristo) creó la palabra illudia, también derivada de
illudere, para denominar las "ilusiones, fantasmas que se figuran en sueflós" (Nuevo Valbuena, cit.;
literalmente recogen la cita Raimundo de Miguel y el marqués de Morante en Dice. latino-español
etimológico, 1889; no así Roque Barcia). Que yo sepa, este vocablo no ha tenido un posterior uso
y desarrollo, y hubiera sido clarificador el que las ilusiones del sueño (que en realidad no son tales,
sino alucinaciones, puesto que no hay objeto extrior, condición indispensable para la ilusión) hubie-
ran merecido su sustantivación específica. J. Corominas sostiene (Dicc. etimológico, 1961) que el
vocablo "ilusión" se introduce en España a mediados del siglo XVI directamente como engaño, sin
hablar de la burla o mofa que Cobarruvias advierte. Pero Cobarruviás, aparte esta acepción de
burla,de mofa por el engaño, señala también la de engaño en sí mismo y la desarrolla de modo
sorprendentemente agudo desde todos los puntos de vista: "Quando nos representan una cosa en
apariencia diferente de lo que es, o por causas secretas de la naturaleza, aplicando activa passivis,
o por alteración del medio o del órgano del sentido, o por vehemente aprehensión de la cosa ima-
ginada, que parece tenerla presente". Y tras señalar estas tres causas de ilusión, añade esta gra-
ciosa ej emplariz ación: "El demonio es gran maestro de ilusiones, por su gran sutileza y agilidad,
junto con su malicia, y con ellas ha tentado a muchos santos, los cuales le han vencido con la gra-
cia de Dios y le han embiado corrido y acovardado, como san Antonio, san Benito y otros muchos
santos". Pero el demonio tienta ofreciendo naturalmente el placer que la tentación procura de acep-
tarse, y valiéndose de engaño, y ello a despecho de que sea considerada un acto malo, como lo es
el acto obsceno, con el que sabemos que el perverso Satán ilusionaba a estos santos padres.

Dinamismo de la ilusión

No hay tentación posible si no moviliza un deseo que, de una u otra manera, se encuentra en no-
sotros, haciéndolo realidad mediante un objeto preciso, o mediante la provocación de ilusiones, es
decir, de falsas imágenes de objetos.

Lo interesante de estas consideraciones etimológicas -no soy experto en etimologías y es probable


que haya deslizado algún error u omisión- es que, al mismo tiempo que describen el proceso que
tiene lugar en el acto que denominamos ilusión, apuntan a la génesis del mismo, como son las
condiciones del objeto que nos ilusiona, la acción del sujeto al ilusionarse por un objeto, el carácter
regresivo, pueril, del sujeto iluso, la índole de juego (y éste como realización ilusoria del deseo) a
que se entrega el sujeto que se ilusiona. Nada de esto puede hacerse hoy desde el uso meramen-
te técnico del vocablo "ilusión".

Cuando los médicos de locos no eran aún psiquiatras, sino alienistas, como, por ejemplo, BoissieÍ-
de Sauvages, Pinel o Esquirol, es decir, a fines del siglo XVIII y comienzos del siglo XIX, era fre-

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cuente en ellos hallar referencias a los efectos de las desenfrenadas pasiones de los alienados y al
origen de la locura en las desatadas instancias a la satisfacción de sus desmedidos deseos: "Por
las ideas y pasiones que dominan la razón de los alienados, estos enfermos se equivocan sobre la
naturaleza y la causa de sus sensaciones actuales" (Esquirol), y, en consecuencia, yerran ilusio-
nando (amén de alucinando). Pero cualquiera sea la causa -tres señala Cobarruvias, según hemos
visto- de las ilusiones, que junto con las alucinaciones y delirios componen los errores característi-
cos del loco, es indudable que la imagen sustitutoria del objeto real y empíricamente presente per-
tenece al mundo interno del sujeto, el cual lo sitúa, cambiándolo de lugar, es decir, dis-locándolo
en el mundo exterior. Aun cuando estas ilusiones se deban en algún caso a una perturbación del
órgano del sentido, tal y como acontece en muchos sordos, que toman determinadal palabras que
mal oyen por aquellas otras que imaginan, estas últimas son, como no puede ser de otra manera,
puestas por el sordo en cuestión en boca de los que hablan. No es, por tanto, la perturbación del
órgano del oído la que ocasiona la ilusión (en este Paso acústica), sino la de la mente del sujeto
cuyo sentido del oído se halla, además, alterado. Un sordo suspicaz era suspicaz antes de sordo; y
el sordo que no lo es prueba que tampoco lo era con anterioridad.

¿Por qué tiene lugar esta expulsión o proyección del objeto interno? En cualquier caso, el sujeto
que tiene ilusiones, el "iluso" (y permítaseme por una vez denominar así no sólo al que se "forja
ilusiones", sino al que las "padece") se beneficia de esa falsa, pero para él vivida absolutamente
como real, externalización del objeto: si el objeto interno es malo, porque al hacerlo de otro ya no le
pertenece a él; y si el objeto interno es bueno, porque de esta forma le es factible establecer una
relación con él que de otra manera no le satisfaría. El enfermo de delirium tremens expulsa sus
ratas, sus arañas, sus personajillos que desde un rincón de la habitación le dicen maricón o ca-
brón; pero al megalomaniaco delirante le conviene oír cómo los demás le confirman en su identi-
dad de Jesús de Galilea, de extraterrestre, de rey de Inglaterra o de lo que sea. Han sido psiquia-
tras de este siglo los que advirtieron que el delirante juega con su delirio, por torturante que éste
parezca ser, siempre menos que la aceptación de la realidad de sí mismo. Porque padece ilusio-
nes, el paciente delira; pero luego mantiene el delirio porque éste le ilusiona.

De esta forma el concepto de ilusión, en su acepción técnica y en la coloquial, se homologa con los
illudia de Tertuliano, puesto que los fantasmas de la primera, que aparecen en la vigilia, son equi-
valentes a los fantasmas que nos figuramos en sueños: ambos realizaciones imaginarias de de-
seos. Pero también estos dos conceptos se aúnán al de uso coloquial, pero enormemente preciso,
de ilusionar (no admitido en el Diccionario de la Real Academia Española), como el acto de "causar
alegría algo que se anuncia o espera" (M. Moliner, cit.) porque se desea; o el de ilusionarse, forma
pasiva de ilusionar (admitida en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua), como el acto
mismo de desear (ambos introducidos en el castellano enlatardía fecha de 1923). En resumen,
ilusionar es condición del objeto, capaz de movilizar el deseo en el sujeto; ilusionarse (con el obje-
to) condición del sujeto, que le capacita para desear al objeto de forma distorsionante, es decir,
ilusoria; iluso, el sujeto que, habiendo sido provocado por el objeto, alcanza la posibilidad de ilusio-
narse con él; ilusión, la relación imaginaria con el objeto deseado... En este contexto, el habla co-
loquial no sólo posee una riqueza que el habla técnica está muy lejos de ofrecernos, sino que in-
cluso nada tiene que envidiar en lo que concierne a precisión. Condillac decía que "una ciencia es
un lenguaje bien hecho", pero en este respecto parece que el habla coloquial está mucho más
cerca de cumplir este requisito que nuestra pobre jerga psicopatológica actual. Y no está de más
hacer esta advertencia como profiláctica de pedanterías lingüisticotécnicas y recordar el aforismo
de Wittgenstein: "El lenguaje está bien como está".

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Jacques Lacan

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Carlos Castilla del Pino es médico psiquiatra, director del Hospital Psiquiátrico de Córdoba y autor
de numerosos libros sobre su especialidad.

EL PAÍS - Cultura - 16-09-1981

Jacques Lacan ha muerto oportunamente, cuando majaderos que hasta hace unos meses, no po-
dían ni estornudar sin decir ¡Lacan!, dejaban ya de citarle para así mantener el tipo íntelectual que
conviene en la Francia de 1981. Desfasados respecto de ella, comenzará a ocurrir en España,
Argentina (o, mejor, entre los argentinos de España), México, etcétera, cuando se enteren. En Ita-
lia, más listos y más al día, la descitación se inició incluso antes que en la propia Francia. Por lo
demás, no es este un hecho inusual. ¿Qué ha sido de Sartre?, ¿qué de Levi-Strauss?, ¿qué de
Althusser? O, más recientemente, ¿qué de Deleuze y Guatari, los cuales, al decir de su momento
(no más de hace seis años), habían escrito «lo más importante después de Freud»? Los ejemplos
podrían multiplicarse, a tenor de lo ocurrido también con Gaston Bachelard o con autores no fran-
ceses. Porque ¿es que alguien que se precie podía dejar de citar a Herbert Marcuse (a veces,
diciendo Marquis) por los años 1968 al 1972, y por la misma razón citarlo ahora? ¿Es que Marcuse
era todo, como se quería entonces, o es nada, como parece implicarse ahora? ¿Cómo es posible
que el pingüe negocio que significó editar a Marx nada más que hasta hace cinco años se haya
convertido en ruinoso hasta el punto de que una ejemplar edición de sus obras haya tenido que
interrumpirse?El inicial declive que Lacan sufría, como su opuesto, el clímax penúltimo en la Euro-
pa de la bobería, es ante todo un hecho social a interpretar. Sin ninguna relación con la descompo-
sición de L'Ecole, sino con algo mucho más complejo -la actual conversión del producto cultural en
manufactura- y más simple por otra, la utilización en masa del producto cultural en símbolo de si-
tuación. Las manufacturas Lacan se han vendido, pero que muy bien, por habilidosos que envidia-
rían agentes de Tarrasa o Sabadell, por pragmáticos de toda laya, titulados como el-que-sabe - lo -
q u e - L ac a n - q u i e r e - d e -cir-cuando-habla, bajo supuestos nihil obstat que el propio Lacan
parecía repartir. El dinero dejó de ser significante metafórico de la mierda para irse derecha, valien-
te y literalmente a él.

Lacan no estuvo exento ni mucho menos de responsabilidad en esto que acaeció y de lo cual co-
mienza a ser víctima. Se constituyó en la Esfinge, en aquel que sabía del lenguaje del inconsciente
porque hablaba el inconsciente como el francés, y naturalmente precisaba de mediadores e intér-
pretes para el resto de los humanos. El lenguaje de los lacanianos -el charlacaneo de Mario Bun-
ge, el lacanear que, como verbo de la primera conjugación, introdujo el que esto escribe -era diver-
tido: todo podía ser dicho porque nada era, como en el peor galimatías en que a veces nos sume
Hegel. Porque un discurso inteligible era un discurso psicótico, lo cual, además de paradójico, es a
medias verdad, en la medida en que lo inteligible niega (oculta) el discurso del inconsciente. Pero
con Lacan era sumamente fácil tomar el rábano por las hojas, y resultar que, así como suena, todo
lo que es inteligible no es aceptable porque es psicótico (¿y por qué el discurso psicótico no había
de serlo?), y así sucesivamente.

La gran hazaña

La gran hazaña de Lacan fue leerse el Curso de lingüística general, de Saussure, y quedar arroba-
do ante el axioma de que el signo es la relación significante-significado que el significante es ima-
gen, y la barra que le separa del significado, el deseo. Luego, hizo sus estudios superiores en lin-
güística cuando usó de todo Roman Jakobson sus dos conceptos de metáfora y metonimia. Con
este armazón pasó a engrosar las filas de los estructura listas, lo que es para mí un enigma. Por
entonces, Jacques Lacan, de acuerdo con una reciente tradición francesa, que probablemente

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comienza en Sartre tras la segunda posguerra mundial, prefirió la lo gorrea al cartesianismo, el
literaturismo a la argumentación.

Lacan llegó tardíamente al psicoanálisis, desde la psíquiatría clínica. Su tesis doctoral, sobre la
psicosis paranoica, revela un conocimiento profundo no solo, de la psiquiatría francesa, sino de la
alemana de entonces y de hasta entonces, cosa insólita en Francia. Como su coetáneo Henry Ey,
no llegó a asumir seriamente, exactamente, los conceptos de la psicopatología de Karl Jaspers.
Lacan se sirvió ante todo de la psícología descriptiva y caracterológica (Kretschmer, Klages, etcé-
tera). Pero esto hizo posible el que se dejase fecundar por la dinámica psicoanalítica, más próxima
a estos últimos autores que al propio Jaspers. Su vinculación a la clínica psiquiátrica, es decir, su
contacto real, no literario, con el psicótico en las primeras etapas de su desarrollo profesional, le
marcarán profundamente como para distanciarle cualitativamente de la generalidad de los psicoa-
nalistas. Sólo Daniel Lagache tiene, en Francia, paridad, superándole con mucho en orden a sus
aportaciones.

Biologismo viciado

La lectura lacaniana de Freud es, para mí, inadmisible, porque hace con Freud una suerte de ne-
gación parcial del objeto-Freud, que oculta el profundamente viciado biologismo que padeció. El
biologismo en Freud está presente hasta el momento de su muerte, heredero de un positivismo
decimonónico que le incapacita históricamente para la superación epístemológica definitiva desde
el nivel organísmico al nivel psicológico, en donde ha de situarse el objeto del psicoanálisis (y, en
general, de la psicología y de la psiquiatría). Freud apunta una y otra vez esta superación, para
desapuntarla en otras ocasiones, celoso siempre del rango científico del «modelo naturalista». Los
que prefieren hacer la lectura lacaniana de Freud a leer a Freud mantendrán la imagen sacra de un
Freud no biologista, que no fue bien interpretado por sus ortodoxos de la Asociación Internacional.
Pero el que así sea por muchos de estos últimosno invalida la grandeza y servidumbre del pensa-
miento de Freud, a saber, la del que innova y revoluciona y la del que, al propio tiempo, está inca-
pacitado de emerger de la contradicción, que le depara su propia condición histórica y social. Leer
a Freud, en suma, exige, ante todo, su enclave histórico, por cuanto nadie es capaz de saltar sobre
la propia sombra que le proyecta su pertenencia a un tiempo concreto. La lectura lacaniana de
Freud no se hace desde el tiempo de Lacan, sino en el tiempo de Lacan, lo que es ejemplo de
ahistoricidad.

CARTAS AL DIRECTOR

Castilla del Pino-Lacan

Julia Borinsky. - Madrid.

EL PAÍS - Opinión - 25-09-1981

El doctor Castilla del Pino dice que Lacan ha muerto oportunamente. Es él quien ha esperado,
pues, esta oportunidad para estornudar su opinión poco fundamentada, dado que se trata de un

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psiquiatra al que EL PAIS no escatima ocasión de publicar.Recuerdo un suplemento dominical en
el cual el director del psiquiátrico cordobés confesaba, entre otras cosas, que él no se había anali-
zado nunca; hablaba de su obsesión por los relojes y otros comentarios en torno a su modo de ver
el psicoanálisis.

A propósito, ¿será este tipo de entrevistas las preferidas por Castilla del Pino, y por eso expresa
su deseo de que ya no se cite más a Lacan, tanto en Francia como en España; donde no se lo
permite a nativos o extranjeros; en México, Argentina, etcétera, como así tampoco en Italia, donde
tiene más esperanzas de ser obedecido porque parece ser que allí "son más listos y están más al
día"?

Y ¿será este el espíritu que anima a EL PAIS a no solicitar artículos sobre Jacques Lacan a psi-
coanalistas, pero sí a licenciados en Ciencias de la Información, filósofos o psiquiatras, como en
este caso?

Descubrimos que el doctor Castilla del Pino propone "el tipo intelectual de 1981", basado, pues, en
la descitación de Lacan, pero su ambición va aún más lejos y también excluye a Sartre, Lévi-
Strauss, Althusser, Deleuze, Guattari, Bachelard, Marcusse, Marx.

El doctor Castilla del Pino propone un cambio de citas este año y baila sobre la tumba de Lacan, al
mismo tiempo que ofrece, gratuitamente, de las suyas propias a los que quieran tener a bien pasar
por su tienda de lecturas de segunda mano.

El doctor Castilla del Pino, en lugar y en el lugar de Lacan y ¿porqué no del mismo Freud?

Respecto del primero, parece ser que no entendió nada de lo poco que leyó, y, al segundo, le pre-
tende robar su descubrimiento ("el objeto del psicoanálisis") porque lo ve "incapacitado histórica-
mente para la superación epistemológica del nivel organísmico al nivel psicológico, en donde ha de
situarse el objeto del psicoanálisis" (?)

Gracias, EL PAIS, porque a través de la lectura del artículo arriba mencionado he confirmado, una
vez más, aquello de que "los no incautos yerran" (les non dupes errent. Seminario dado por Jac-
ques Lacan en 1973-1974)./

CARLOS CASTILLA DEL PINO


La equivocación de Juan Benet

EL PAÍS - Opinión - 11-11-1985

Yo dije a Juan Benet que había encontrado Región. Era yo quien, desde hacía tiempo, sabía dón-
de estaba; no él, que, desorientadamente, creyó hallarla -¡qué disparate topográfico en el noreste
asturleonés.Para ir a Región debería remontar Cen nosotros, como si huyera despavorida no se
sabe de qué, quizá de esa pesada quietud que no es sosiego y que en modo alguno tiene algo que
ver con los aires que para el resto del planeta corren.

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Por allí metí a Benet, tras una maniobra eficazmente malévola. Para hacerle ir era preciso -me di
cuenta en seguida- aconsejarle que no fuera. Porque allí, efectivamente, está Región, pero, como
tal, inaccesible, y, por tanto, asegurarle como vano el mero intento. Y en la alternativa, le sugerí
volver a la vulgaridad de la carretera N-IV y, todo lo más, para curarse de ella, asomarse a Montoro
y contemplar, desde un kilómetro antes, esa a modo de incrustación toledana que en las estriba-
ciones de sierra Morena compone ese pueblo de rojo, ocre y cal, y que parece deslizarse sobre el
talud en cuyo fondo discurre el Guadalquivir... ¿Para qué ir, pues, a Región?

Eso era lo que había que hacer. Nada de aventura, de proyecto estéril de volver a Región. No se
puede, no se debe volver a Región. Pretenderlo es, obligadamente, perderse. Juan Benet se per-
dió porque yo lo perdí. Su error fue aceptar mis palabras como persuasivas para que no fuera,
como una sincera prevención del riesgo, cuando justamente eran lo contrario. Como aquel cajón
que cerrado con descaro se constituye en adecuada incitación a que lo abran, para gustosamente
culpar luego a quien nos desobedeció, así yo dije a Benet que no fuera para que fuera, y para que
una vez que hubiera ido se perdiera, y de este modo hacerle entrar en razón de que no debió ir, de
ninguna de las maneras, a la búsqueda de Región.

Su error no fue alcanzar Pozoblanco, después de la equivocada travesía, en lugar de Villanueva


por la Jara, como, con la lógica singular del ingeniero, me reprocha. Su error fue, por decirlo así,
más esencial, más hondo, definitivamente insubsanable: el que se deriva de pretender la tangibili-
dad de la imagen, la concreción de lo no dado, la evidenciación de lo inexistido. Volver a Región es
como enunciar en forma de teorema la inexistencia de Dios.

Yo sé dónde está Región. Pero me limito ahora a declarar esto: jamás diré dónde. Y si me lo pre-
guntan y respondo, cuídense porque les pierdo. Como una mañana, en Córdoba, a la plena luz del
día, con el mapa en la mano, perdí a Juan Benet en su enajenado intento de encontrar finalmente
la otra casa de Mazón.ç

Nota. Juan Benet publicó el 13 de julio de 1985 en esta misma página un artículo titulado Los Pe-
droches, en el que cuenta su viaje al norte de Córdoba en busca de una llamada Región.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

La hora de la democracia

EL PAÍS - Opinión - 03-03-1981

Como para tantos españoles, el 23 de febrero fue la segunda vez en mi vida que asistía a una si-
tuación de bochorno en la que, sin apelación posible, la razón quedaba íntegramente sojuzgada
por la brutalidad de los que instrumentalizaban pistolas y metralletas. Me era penosamente fácil
identificarme con aquellos que, en el Congreso, estaban a merced de bandoleros, reducidos al
silencio total, en la alternativa entre el mero hablar y la posibilidad de morir. Lo que estaba ocu-
rriendo allí podía extenderse a toda España y aplicarse a todos los que habitamos en este país. Y
de nuevo el silencio, la humillación, la indignidad se nos impondrían como hábitos colectivos de
vida. Otra vez habría que aprender a soportar el monólogo de bestias, incapaces de usar del racio-
cinio y del argumento. Los aspectos grotescos del espectáculo, que ahora se nos antojan de corte
valleinclanesco, no le restan un ápice de gravedad, pues esto mismo no le hubiera impedido per-
sistir: recordemos al Queipo de Llano de otro tiempo y cómo, cumplida su misión, por necesidad,
dejó paso a formas socialmente presentables de bandidismo. De nuevo era posible revivir paso a
paso aquellos años -toda nuestra vida, en realidad- en los que la identidad de muchos se hizo a
costa de la corrupción, o por el lado opuesto: a costa de la castración. En cualquier caso, a expen-

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sas de la dignidad.Como un español más, me he aliviado hondamente cuando la situación parece
superada, cuando, de manera optimista, pienso que vamos a cuidar lo conseguido: libertades que
no son, en la apariencia, libertades mayúsculas, pero que representan la libertad real de la vida
cotidiana: hablar con quien se quiera y de lo que se quiera sin temor, leer a diario el periódico que
se desea, poder saber de lo que pasa, poder decir lo que se piensa ... Todo esto, tan sencillo, tan
inocuo, hemos estado a punto de perderlo, y basta leer el escalofriante bando emitido para el País
Valenciano para imaginarlo sin esfuerzo. Los españoles que no gustan de la abyección hemos de
agradecerle a los tejeros de turno habernosk mostrado su auténtica faz, su catadura. En esas
horas en que vivimos la posibilidad de fracasar en lo tan trabajosamente conseguido, estos tipos
elementalizaron la situación y la redujeron a estos términos: o se está con la democracia o se está
con la barbarie. Vocablos tales como «derecha», «izquierda», «centro» eran, en esos momentos,
meras adjetivaciones, en todo caso recuperables con posterioridad, porque mientras estas últimas
aluden a formas de gobernación, democracia o no democracia se refieren a formas sustantivas de
Estado y era eso lo que se jugaba. La fragilidad del Estado que los españoles nos dimos hace po-
co es extremada. Que a pesar de ella haya salido indemne de este asalto prueba cómo, hasta cier-
to punto, la razón misma tiene su fuerza. Pero no olvidemos nunca que puede ser barrida en cual-
quier momento para colocar en su lugar el simple poder de la violencia descarnada. Por eso yo
quiero en estas líneas dar las gracias a aquellos que, anónimamente han evitado la bancarrota de
este Estado español en el que vivimos. Y en la medida en que el Rey, ante toda España, eligió
estar del lado de la democracia y de la libertad, y reconoció la soberanía del pueblo frente al aten-
tado de unos pocos, y se erigió en símbolo de una España libre, le expreso públicamente mi grati-
tud.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

La ridiculez

05/04/2007

El error tiene una condición maligna: además de perjudicar a quienes se le induce, se vuelve co-
ntra el que lo comete. No hay una sistemática de las consecuencias de los errores, ni puede haber-
la, porque depende de la posición del que yerra y de la de los inducidos al error. Por eso, no puedo
permanecer ajeno al continuado error del líder del PP, don Mariano Rajoy, y a las consecuencias
que tiene sobre sus seguidores y no seguidores, con su adicción a la manifestación semanal. In-
cómodas y desagradables (algunos rostros adquieren deformaciones tipo Millán Astray, que para
nuestra desdicha nos las muestran los telediarios a la hora de la cena), preocuparme no me pre-
ocupan, pero sí a algunos de mi entorno, que creen tener base para auspiciar los peores augurios.
Trato de tranquilizarles aduciendo que el error que comete este político tiene consecuencias por
fortuna trascendentales, pero sólo para él y para los que en él creen. Desde mi punto de vista, las
consecuencias a que aludo derivan de su ridiculez.

La ridiculez tiene dos componentes: la situación (ridícula) que se crea y el sujeto (ridículo) que la
provoca. Agotada la comicidad de la situación ridícula, surge de nuevo con sólo evocar al ridículo
sujeto que la suscitó. La ridiculez, en cierto sentido, es interminable. Es lo que le ocurre al señor
Aznar: pasamos de su ridiculez a la de las situaciones evocables: boda filial, contubernio en Azo-
res, rancho en Tejas, etcétera. Ridículo deriva del latín ridere, reír.

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Si tuviera acceso al señor Rajoy, apartándolo unos segundos del talentudo Acebes y del, a no du-
darlo, escrupuloso Zaplana, le diría (aun a sabiendas de que no me haría el menor caso, y con
razón) que el ridículo tiene mal arreglo, quizá ninguno. El ridículo, de hacerse, conviene que el azar
depare que sea ante nuestros íntimos, que, para protegernos, guardarán una generosa discreción.
Pero en política el escaparate es grandioso y los gestos y palabras del político se magnifican, aun-
que sea diciendo simplemente buenos días al entrar en el Congreso. La ridiculez del político tiene
tal eco que sólo depara un tratamiento eficaz: su huida inmediata, su desaparición definitiva. De lo
contrario, cada vez que aparece se evoca su ridiculez anterior (las leyes de la asociación. Véase
cualquier tratado de psicología). En mi infancia se solía decir "¡Trágame, tierra!" después de come-
tida una ridiculez, frase alusiva y simbólica de la conveniente y hasta deseable desaparición del
que la provocó. Honestamente se la aconsejo al señor Rajoy. Recuerdo errores de este tipo de un
político fugaz en nuestra historia reciente: las del señor Hernández Mancha. Los solucionó de esta
forma: de manera callada, discreta, casi inadvertidamente desapareció hasta inexistir (como políti-
co, me refiero); de recordarse, como lo hago yo ahora, y ya no sin dificultad, uno no puede menos
que reconocer que eligió la más inteligente y eficaz de las terapias. Le felicito de verdad y tiene mi
respeto: es un ejemplo.

Pero ¿por qué cabe tachar de ridícula esta manía de Rajoy de sacar sus huestes a la calle cada
dos por tres, y ahora, en original escalada, declarar un boicot imposible a este periódico en el que
escribo, amén de emisoras de radio y televisión de la misma empresa? Aunque las manifestacio-
nes convocadas por él alcancen la cifra de gritantes (esta palabra no figura en el DRAE) que la
embriaguez (del éxito) le lleva a suponer, es evidente que la de los que pasean, charlan, ven el
fútbol o se dedican a cualquier tarea nada trascendental, pero legítima y necesaria para el mereci-
do sosiego, es mucho mayor. Y cuando estos mismos las contemplan horas después en la pantalla
de la televisión, y oyen, además, el vocerío de los asistentes declarando los motivos de su presen-
cia allí, deben preguntarse cómo es posible tamaño anacronismo. Las manifestaciones rajoianas,
valga la expresión, son, en efecto, ridículas, ante todo por su ranciedad.

Un ridículo, si no se huye de inmediato, lleva indeclinablemente a otro, y éste a otro, y así sucesi-
vamente. Hace pocos días, es un ejemplo, Ratzinger nos amenazó con algo que habíamos olvida-
do, y seriamente, como conviene a la perfecta ridiculez, alzó la voz para recordar, urbi et orbi, el
lugar a donde podemos ir muchos de nosotros. Pronunció a voz en grito estas dos palabras: "¡Hay
infierno!". E imaginando el escaso terror que esas dos palabras podían suscitar a la fecha en que
estamos, se sintió obligado a añadir cuatro más: "¡Y además es eterno!". El ridículo se magnificó.
Un amigo argentino me dijo: "¡Qué bien que se hubiera callado!".

Ése es el consejo que me permito dar al señor Rajoy. España, o, para evitar grandilocuencias, los
españoles, no estamos ya para esas cosas. Es un país rico, lo va a ser aún más, y la mayoría de
sus habitantes están en condiciones de pasarlo bien, presumiblemente cada vez mejor. Y además
son (pido perdón de antemano por valerme de la tan mal usada palabra) patriotas, pero sin necesi-
dad de declamarlo, por la única razón verdaderamente válida: trabajan todos los días y han hecho
de este país el que hoy es. ¿Se recuerda el país que era éste cuando estaba bajo la férula de los
que monopolizaron la españolería patriótica durante cuarenta años? A esos patriotismos desgañi-
tados se refirió el gran filólogo Samuel Johnson, mediado el siglo XVIII, con esta frase: "El patrio-
tismo es el último reducto de la canalla". El patriotismo no se declama; el patriotismo se hace. Los
desmelenes de los asistentes, las banderas (made in China) tan flamantes, las frases coreadas, las
pancartas son precisamente garantía de la falta de razón.

Frente a estas manifestaciones con su pretendido carácter aterrador, contengamos la risa (risum
teneatis, decían los latinos). Hasta que este líder, curado por ese gran psiquiatra que es la Reali-
dad, le enfrente a su propio ridículo, le acompañe discretamente hasta el foro y le invite, con la
ayuda, ¡muy pronto!, de sus mismos correligionarios a los que ya estorba, a sumirse en la inexis-
tencia.

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra y escritor.

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CARLOS CASTILLA DEL PINO

La teoría ibericoepiscopal del divorcio

Carlos Castilla del Pino es médico psiquiatra, director del Hospital Psiquiátrico de Córdoba, investi-
gador y autor de libros relacionados con su especialidad.

EL PAÍS - España - 01-04-1981

En un artículo anterior -El habla de los obispos (EL PAÍS, 22 de febrero)-, difícilmente inteligible,
por cuanto en los sucesivos pasos que van del redactor jefe al linotipista se le perdieron dieciséis
líneas, defendí la idea de que los obispos deben hablar, y hacerlo además con frecuencia, como
forma de que les entendamos mejor.Entenderles mejor, dentro de lo que cabe. Porque una carac-
terística, por ejemplo, del documento episcopal sobre el divorcio es su oscuridad y mistificación.
¿Por qué de ambas? Se me ocurre una explicación: quien no está convencido de la racionalidad
(en el sentido de logicidad) de una tesis que, no obstante, se obliga a defender (por las razones
que sea, en las cuales no quiero entrar), ha de renunciar necesariamente a la claridad. Si la clari-
dad, al decir de Ortega, es la cortesía del filósofo (que no siempre practica, claro está), la oscuridad
ha de ser la necesaria propiedad del teólogo; y no de resultas de la complejidad del raciocinio, sino
de la necesidad de que Io que se presenta como tal aparezca como argumento tan complicado que
resulte inalcanzable para los más. Por eso, tales escritos adolecen de estas tres virtudes:

1. La contradicción en los términos.

2. La mistificación, como forma de ocultación, de las contradicciones preexistentes.

3. La autoatribución de autoridad, en este caso moral, surgiendo así la curiosa figura del denomi-
nado teólogo moral, esto es, del sujeto que a sí mismo se confiere la capacidad para decirnos a
todos -no sólo a los de su grey- que es lo que hemos de hacer si queremos hacer el bien y ser
buenos.

He aquí algunas de las contradicciones del documento a que hago referencia: el matrimonio es un
derecho -además, natural- de la persona; el divorcio, no; «Y aunque ellos (los cónyuges) fueron
libres para contraerlo, no lo son para romper el vínculo que nace del mutuo consentimiento ». ¿Hay
razones para considerar libres a dos personas para atarse y no libres para desatarse? Veamos
algunas de las mistificaciones imprescindibles para sostén del absurdo: al acceder al matrimonio
«brota un vínculo de carácter permanente». De dónde brota, se ignora, ni hay que preguntarlo;
basta simplemente recurrir a estas dos aseveraciones de jocosa lógica episcopal: «Todo matrimo-
nio es, por derecho natural, indisoluble», ya que «la indisolubilidad matrimonial brota de la esencia
misma de la realidad conyugal». Esta eminentísima capacidad para la captación de esencias debe
hacer la énvidia de Xavier Zubiri.

Inciso sobre el matrimonio

A diferencia de los señores obispos, en las líneas precedentes parto del supuesto de que quien
contrae libremente matrimonio posee derecho a deshacerlo libremente. Que en algún caso haya de
intervenir un árbitro que decida de las consecuencias legales habidas durante la convivencia es
una cuestión que se ha de tener en cuenta, pero que ahora no atañe.al núcleo de la cosa misma.
Tal derecho a la libertad para deshacer lo hecho afecta, aún con mayor motivo, a todo aquel que
ha contraído matrimonio de no libre opción. ¿Cuáles son estos matrimonios? ¿Acaso aquellos que

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en época pretérita, y por razones de Estado, se hacía contraer a criaturitas impúberes de familias
reales? ¿Acaso los de subnormales decididos por sus padres?

Ambos casos de matrimonio de no libre opción son excepcionales, y no me refiero en este momen-
to a ellos. Aludo, precisamente, al matrimonio que los obispos consideran de libre opción, a saber:
el que tiene lugar habitualmente y en el que ambos contrayentes están en estado de enamora-
miento. Ahora bien, es sabido que el matrimonio se realiza con la seriedad de una transacción
mercantil, aunque con más prosopopeya por lo general. Pero también es conocido que el denomi-
nado estado de enamoramiento supone una grave perturbación de la capacidad de juicio (sobre el
objeto amado, esto es, sobre aquello que constituye el motivo-objeto del contrato), que se diferen-
cia poco de la que acontece en determinados estados psicóticos. En suma, una situación anímica
que cualquier notario consideraría inadecuada para la verificación de una transacción. Es cierto
que este trastorno, placentero por lo demás, es de carácter pasajero (un «trastorno mental transito-
rio», dicen los juristas), y que la regresión pueril que durante el mismo acaece (el habla infantiliza-
da, la duradera e incansable prensión de las manos del objeto amado, la solicitud de evidencia de
tareas no verificables, como la demostración de la cuantía del amor que se dice poseer o de la
eternidad del amor que se padece, etcétera) es reversible y cura tras los primeros juntamientos, sin
administración de psicofármaco alguno. Evidentemente se trata de una situación de no libertad.
Sería, pues, de desear que en estos casos, que son los más, se incluyera una cláusula en la que
se advirtiera el carácter condicional del matrimonio de estos incapaces, y la necesidad de ratifica-
ción una vez que los juntamientos, ya legalizados, parecen haber devuelto la capacidad de libre
decisión a los contrayentes.

Continuando su trayectoria alógica, el episcopado español se muestra -decididamente opuesto al


divorcio por mutuo acuerdo. Pienso que se trata del divorcio preferible, por cuanto se propone en
estado de máxima libertad. Con todo sosiego, debidamente sentados los dos esposos, comentan
entre sí que no se entienden,que fue verdad que se quisieron, pero que es también verdad que han
dejado de quererse, que incluso aman a una tercera persona o no aman a nadie, y prefieren vivir la
soledad antes que la incómoda, aunque cortés, compañía.

Pues bien, a este tipo de divorcio, razonable, sensato, los obispos prefieren el que se suscita tras
situaciones psicológicas o somáticas cruentas. Pero toda persona, aun sin experiencia alguna al
respecto, puede imaginar que:

1. Llegar a esta situación supone toda suerte de sufrimientos, sentimientos de culpa, desestima de
sí mismo por procederes de los que se avergüenza, escepticismos irreparables acerca de la índole
moral del ser humano, y -sobre todo, sobre todo- incremento de la capacidad de odio, que le hacen
ante sí mismo y ante los demás profundamente despreciable; de todo ello son víctimas no sólo los
protagonistas, sino los que les rodean.

2. Por otra parte, las decisiones tomadas en estos momentos, y de las que se hace partícipes a
letrados, médicos, confesores, familiares, etcétera, como derivadas también de una situación de
«trastorno mental transitorio», aunque de carácter no placentero, son invalidadas por la propia
víctima una vez que la reconciliación tiene lugar y comienza a vivir, tras la paliza física o mental,
una segunda (o tercera, o cuarta) luna de miel. ¿Por qué empeñarse en buscar el culpable? ¿De
veras creen los señores obispos que, en el estricto nivel en el que deben situarse teólogos y psicó-
logos (no el jurista), cabe hablar de que la razón (la inocencia) está íntegramente, de un lado, y la
culpa, íntegramente del otro? Una consideración de esta índole es la ostensible expresión de la
degradada escolástica que usan, alejada, por su falsedad, de la realidad del ser humano y de las
relaciones humanas. La búsqueda del culpable es una necesidad jurídica con miras a la resolución
de cuestiones pragmáticas, no una descripción de las relaciones interpersonales, a las que el teó-
logo se encuentra moralmente obligado a considerar.

El teólogo como terrorista

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Cuando la razón no guía nuestras aseveraciones, éstas sólo pueden imponerse -soslayemos todo
eufemismo- por el terror; y los que las imponen se denominan terroristas. Los señores obispos, en
efecto, al sostener sus puntos de vista y rechazar, entre otros, el divorcio por mutuo acuerdo, lo
hacen «apelando a los valores morales objetivos». ¿Qué significa esta formulación? Ante todo, una
forma de terrorismo.

No entraré a discutir la formulación misma a que apelan, que hoy sería cuestionable hasta el ex-
tremo de una contradicción in adjecto, puesto que si bien nadie niega la existencia de valores mo-
rales, mediante los cuales las conductas se rigen, codificadamente o no, muy pocos se sienten con
la audacia de afirmar que los valores -morales, estéticos o de la índole que sean- son objetivos.
Por algo son valores, no hechos. El que sean compartidos por una comunidad más o menos ex-
tensa no les resta subjetividad, sólo añade consensualidad.

Pero al hacer los señores obispos esta apelación es evidente que, cuando menos, se implica lo
siguiente:

1. Que ellos están en la moral objetiva.

2. Que no lo están los que discrepan de ellos. No importa ahora que estos discrepantes pertenez-
can a su grey o se sitúen fuera de ella: al ser valores morales objetivos, la cosa trasciende de la
moral singular de un grupo social, por ejemplo, la Iglesia católica o, más particularmente, el episco-
pado español; somos todos los que, al discrepar de los obispos en este respecto, nos colocamos
inmediatamente por fuera de la moral objetiva, que es, obviamente, la única moral; o lo que es lo
mismo, somos objetivamente inmorales. Como obligada inferencia, los obispos concluyen que
quien en este respecto se sitúa en la inmoralidad objetiva por su discrepancia para con ellos, que-
da desautorizado para llevar a cabo cualquier otra formulación moral de todo acto. La cosa es tan
desmesurada -resulta difícilmente imaginable que este escrito haya podido resultar de una re-
flexión colectiva- que puede parecer exageración. Pero el texto episcopal reza así: «Un poder polí-
tico indiferente a los valores morales (tal como el que legislare el derecho al divorcio por mutuo
acuerdo) carece de razones para oponerse a la injusticia y a la anarquía perturbadoras del bien
común de la comunidad política o para hacer respetar los derechos humanos de la convivencia
social». La consecuencia lógica de esta desestabilizadora conclusión es que, de aprobarse el di-
vorcio por mutuo acuerdo, nuestros gobernantes carecen de autoridad para perseguir a los asesi-
nos de ETA, a los presuntos asesinos del etarra Arregui, a los presuntos traidores de la tejerada, y
así sucesivamente. Y en idéntica situación quedamos los que, sin poder político alguno, tenemos
necesidad de formular algún juicio moral sobre las citadas actuaciones.

Esta descalificación que, sin base racional alguna, se nos propina por parte de los señores obispos
constituye una actuación terrorista. El terrorista no necesariamente ha de usar de metralletas. Cual-
quier anatema -religioso, político, moral, social- emitido tras la inaceptación de un dogma, y con el
que evidentemente se pretende el castigo del discrepante, es terrorismo. Consuela saber, sin em-
bargo, que en la actualidad nuestros obispos carecen de la posibilidad de completar el anatema
con el fuego real de un auto de fe; tan sólo, quizá, se nos amenaza con la eterna, aunque presumi-
blemente tolerable, tostadura infernal.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Miedo y ambigüedad

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Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 21-07-1997

Son muchos los factores que han hecho posible la macabra eficacia de la máquina de matar de
ETA y la de esa manera de campar por sus respetos de sus adorables cachorros, deportistas de la
destrucción y el incendio los fines de semana. Quiero destacar dos porque los creo relevantes, en
la convicción de que, desaparecidos ambos, se daría un paso importante en la consunción de esta
actividad terrorista, que, aparte extorsiones y secuestros con distinto final, cuenta en su haber con
la cifra de 815 cadáveres. Al margen de otras posibilidades de terapia de esta endemia que pade-
cemos -y no sólo los vascos, ni sólo en Euskadi, aunque especialmente por ellos y allí-, estas dos
son especialmente destacables a mi manera de ver: una, el miedo; otra, la ambigüedad. Mientras
exista miedo el terrorista tiene su razón de ser. El chulo sólo existe si existe el chuleable. No hay
chulería en el vacío. El miedo es impotencia y abono eficaz para la perpetuación de ese héroe
barato y de pacotilla (porque es cobarde) que es el terrorista. El miedo tiene justificación -además
de explicación, que no debe confundirse con aquélla- y no es cosa de entrar ahora a exponer evi-
denclas. Pero una cosa es el miedo como actitud individual -el plantar cara cada cual al terrorista
no se puede exigir, ni tan siquiera plantear- y otra el miedo como actitud de colectividad, superable
con formas de organización ciudadana no agresivas, pero exteriorizables. Su eficacia no es sim-
plemente testimonial, sino demostrativa de que no se está en silencio, de que no se renuncia a la
ciudad. Hace años asistimos al desarrollo cada vez mayor de las mismas y me parece difícil restar-
le eficacia en el plano al que he hecho referencia. La explosión ciudadana de estos días, tras el
asesinato de Miguel Ángel Blanco, no es concebible sin la minúscula, y por eso más arriesgada,
exhibición de colectivos como Gesto por la. Paz y otros afines. Frente al mal olor y la podredumbre
de los grupos de desalmados, los de los pacifistas muestran quiénes son y a todos nos enseñan lo
que se debe y se puede ser.El otro factor facilitador de lo etarra es la ambigüedad. ¿Hacía falta
que los dirigentes de partidos nacionalistas vascos -los catalanistas lo tuvieron de siempre sobra-
damente claro- acertasen a ver, sin necesidad de esperar al asesinato número 816, el de Miguel
Ángel Blanco Garrido, que una causa común no es por sí misma motivo de unión? Con el GAL se
tiene en común el repudio a ETA, pero nadie medianamente decente va con el GAL ni hasta la
esquina. Tengo por seguro que Tejero ama a lo que él llama su patria como yo amo a lo que de-
nomino mi país, pero ni siquiera esto motivaría por mi parte que fuéramos de la mano ni un segun-
do. Si esto no se tiene claro, si por lo tanto no se adopta la separación tajante y el alejamiento defi-
nitivo con los apestados del terror, entonces éstos intuyen fundadamente que, en el fondo, unos
más, otros menos, todos somos lo mismo, porque, al fin y a la postre, ellos también son "de los
nuestros". La irritación de los que, desde fuera de Euskadi, asistimos a este penoso espectáculo de
la ambigüedad deriva de que desde aquí las cosas aparecen claras. Para una persona dispuesta a
interpretar lo que allí pasa, el PNV ¿no se presenta implícitamente, a veces no tanto, como el ala
derecha de HB, a HB como el ala izquierda (¿izquierda?) del PNV? ¡Qué formidable perspicacia la
del señor Egíbar dejando caer, sin la censura de ninguno de sus copartidarios, que Ortega Lara "ya
tendría, ya, alguna actividad sobreañadida que justificaría -si no, , ¿para qué hacer esta adverten-
cia?- sus 532 días de zulo! El mismo que dejó expresar su inmensa ternura hacia aquel que, des-
pués de llevar a cabo su tarea de disparar en la nuca y dejar un cadáver en la acera, habla de él
como "del chico que se le iba de las manos". Pero ¿y ETA? ETA no es más que un numeroso gru-
po de verdugos, eso sí, héroes del barato, tan rudimentarios como ser además muy machos, ejecu-
tores de los oponentes a la causa común de ambos. Los que en bando nacional asistimos al terri-
ble espectáculo de la guerra civil supimos del nexo directo entre moderados (¿fusilar ellos?, ¡qué
mal gusto!) exaltados y ejecutores. Y lo que es más, los últimos necesitaban del primero, porque
mandar, lo que se llama gobernar, nunca lo hicieron sino los que podían aparecer con el manto
respetable de la mesura y moderación.

Y el hijastro de la ambigüedad: la confusión. El heredero del gran Sabino Arana, aquel de los tex-
tos precursores del Mein kampf, Xabier Arzalluz, dispuesto a convertir cualquier crítica que a él se

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le haga en un sospechoso odio "a lo vasco". ¡Qué sería de él si no se considerara a sí mismo la
cristalización de "lo vasco"! ¡Y qué antiguo, qué cateto es un planteamiento de este tipo!

El problema vasco tiene su razón de ser, pero ha de plantearse con caracteres de nuevo, lejos de
paranoias, de palurderías y, sobre todo, armado de esa forma básica de la claridad y la decencia
que es la inaceptación del crimen.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Qué hacer con un violador que cumplió su condena

El pasado miércoles fue puesto en libertad Francisco López Mmaíllo, el violador del Ensanche, tras
cumplir 13 delos 20 años a que fue condenado por vioalr a 26 mujeres en Barcelona. La libertad de
López Mmaíllo, que se ha beneficiado de la reducción de penas pese a haberse negado a recibir
tratamiento psiquiátrico de rehabilitación , y la posibilidad de que vuelva a actuar, ha vuelto a poner
de manifiesto la tensión entre el derecho del delincuente a reinsertarse y el de la sociedad a prote-
gerse. Un psiquiatra y un penalista reflexionan aquí sobre este dilema.

Carlos Castilla del Pino es psiquiatra.

EL PAÍS | Opinión - 18-10-1998

De la teoría a la praxis: una perplejidad

El acto mental precede a la actuación; del mismo modo, los trastornos mentales patológicos prece-
den los del comportamiento anormal. El psiquiatra opera de manera inversa a como lo hace la na-
turaleza: de un comportamiento presumiblemente anómalo (detectado por los demás y por el pa-
ciente; o sólo por los demás y no por el paciente; o sólo por el propio paciente: determinadas fo-
bias, obsesiones, alucinaciones, delirios... no son advertidos a veces por los demás) infiere la su-
puesta alteración mental. Muchas veces, la primera tarea del psiquiatra es ésta: ¿es la (presumi-
ble) alteración del comportamiento consecuencia de una (presumible) alteración mental? En la
dinámica de la sociedad actual (maestros, padres, abogados de familia, etcétera) los psiquiatras
somos frecuentemente requeridos para decidir si alguien es mentalmente sano o no lo es. Si no lo
es, la tarea ulterior es la de discriminar si las alteraciones mentales o de la conducta son de natura-
leza psicótica, neurótica o de la personalidad. Las alteraciones psicóticas caracterizan la locura en
sentido estricto, es decir, la psicosis (esquizofrénica, paranoica, metabólica, tóxica, infecciosa,
traumática, epiléptica...). Tales alteraciones (síntomas) son de dos tipos: delirios y alucinaciones
("sin delirio no hay psicosis", decía Jaspers: el aforismo tiene validez; puede haber psicosis, sin
embargo, sin alucinaciones). En una preliminar consideración, el psiquiatra trabaja con esta alter-
nativa: psicosis versus no psicosis (los otros trastornos mentales: neuróticos y de personalidad).
Pero el sujeto psicótico muestra también alteraciones neuróticas y de la personalidad; como tam-
bién conductas ¡normales!, pues no hay locos en todo y de siempre. La detección de síntomas

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psicóticos es de tal relevancia que relega a un segundo plano los neuróticos y de la personalidad.
La razón de ello es que los síntomas psicóticos sitúan al sujeto en el ámbito de la locura, de tan
enorme significación histórica y sociocultural, mientras que los síntomas neuróticos y de personali-
dad dejan al sujeto en el mundo de los cuerdos. Los síntomas psicóticos citados revelan una noto-
ria pérdida del juicio de realidad y, por tanto, se trata de trastornos cognitivos. El psiquiatra tiene
claro qué hacer cuando está en presencia de un sujeto psicótico: prescribe antipsicóticos (de no
hacerlo podría ser acusado de negligencia, sobre todo ante psicosis tan graves como la esquizo-
frenia) y otras formas de terapia (conductuales, cognitivas, de grupo, laborales...), y si el sujeto se
resiste al tratamiento y de sus síntomas psicóticos se deduce riesgo para él o para la sociedad, el
juez decreta su pasajera incapacidad y ordena su internamiento y tratamiento subsiguiente. Con
arreglo a los arts. 19 y 20 del actual Código Penal (¡ajustado al fin a los modernos ordenamientos
jurídicos!, aunque el art. 20, por su redacción deplorable, se presta a todo tipo de interpretaciones
falaces), el psicótico cuyo comportamiento delictivo sea consistente con determinado síntoma psi-
cótico está exento de responsabilidad criminal.

El problema es otro en los trastornos neuróticos. El neurótico sufre por su incapacidad para estar a
gusto y actuar eficazmente en la realidad en la que desea su realización afectiva y social. En la
medida en que el neurótivo mantiene intacto su sentido de la realidad respecto de sí mismo y de lo
que le rodea, del neurótico podemos decir: allá él si quiere o no aliviarse, incluso superar sus insu-
ficiencias emocionales. El neurótico no padece una enfermedad (mental), como el psicótico, sino
una anomalía.

El sujeto con un trastorno estructural de la personalidad -llamémosle psicópata para entendernos-


no es tampoco un enfermo (mental) como el psicótico, sino también un anormal, como el neurótico
(por eso se los denominó "neuróticos del carácter"). Ahora bien, las anomalías no se curan, se
corrigen. En este sentido, mientras el neurótico ha de corregir sus inhibiciones en la actuación
(deshinibirse), el psicópata ha de corregir sus deshinibiciones (inhibirse) que le conducen al avasa-
llamiento de la norma. El psicópata carece de los mecanismos de socialidad y autocontrol de los
propios impulsos. Sabe, pues, qué hacer y cómo hacer para satisfacerlos. La sociedad está obliga-
da a atender a estos miembros de la misma a los que no se les indujo el autocontrol de sus pulsio-
nes. Pero también ha de actuar con ellos como con cualquiera -un enfermo infeccioso- que ponga
en riesgo la integridad del cuerpo social. En cualquier caso, ni al neurótico ni al psicópata les pue-
de ser aplicable la eximente del art. 20 del Código Penal.

Lo tan sumariamente expuesto constituye un modelo teórico, al modo de un mapa de que el psi-
quiatra se vale para su elemental orientación. Pero el mapa no es el territorio, y la práctica psiquiá-
trica excede la mayor parte de las veces los límites del modelo, hasta el punto que la predicción de
una conducta de riesgo (médico o social) es hoy una tarea imposible para el psiquiatra. La praxis
psiquiátrica desborda a la psiquiatría misma, e invade, se quiera o no, campos como los de la so-
ciología, la antropología cultural y la jurisprudencia.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Razón y modernidad

EL PAÍS - Cultura - 02-05-1984

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La posmodernidad, un concepto que nació hace años y que ahora se adopta como patente de mo-
vimientos y posturas diversos, se define como la pérdida de la fe en la razón, según el articulista,
que tercia en la polémica sobre el tema y asegura que ese concepto está mal planteado. Según él,
no se puede ser posmoderno, sino en gracia de una declaración fideísta y en un acto de soberana
petulancia.

En el concepto de posmodernidad, que tiene cada vez más patente de circulación, están involucra-
dos los conceptos mismos de razón y de uso de razón y, en consecuencia, discutir del primero
implica necesariamente una toma de posición sobre los últimos. La posmodernidad se define como
la pérdida de la fe en la razón, lo que parece entrañar, en principio, una contradicción, enunciada
de esta forma. ¿Se puede, en efecto, lógicamente tener fe -que es de suyo una operación arracio-
nal- en ese instrumento que denominamos razón?Excluyendo la contradictoriedad, a la razón sólo
cabe usarla razonablemente, salvo que, sin saberlo, se esté marginando de ella y se siga impro-
piamente hablando en nombre de la razón. Ciertamente en nombre de la razón el cúmulo de ac-
tuaciones irracionales es infinito.

En cualquier caso, el enunciado fe en la razón está mal planteado. Cabe la fe -como acto de
creencia, sin deducción, evidencia ni inferencia- en todo caso en las posibilidades de la razón, y
éstas, naturalmente, pueden situarse donde queramos, incluso más allá de lo que en un contexto
dado el uso de la razón permite vislumbrar.

Las posibilidades de predicción, cuando se inspiran en la racionalidad, cuando no son mero ejerci-
cio, por lo demás legítimo, de prospección fantástica, son limitadas, y todo lo que sea extender la
prospectiva más allá de lo que la razón permite en un momento concreto bascula hacia algo así
como la ficción científica. Pero la ficción científica, cuando menos, se declara paladinamente como
tal, no persigue otra finalidad que jugar a usar de la razón y a usarla -una licencia poética como
cualquiera otra- ad libitúm y, por tanto, a sabiendas de que, cuando se ha traspasado el límite de lo
razonable, autor y lector son cómplices de haber penetrado en un universo en el que no rigen las
reglas de la razón. No tiene sentido, pues, tener fe -o no tenerla- en la razón, sino en las posibili-
dades de la razón, las cuales naturalmente están situadas en un futuro de incertidumbre.

El uso de la razón en Galileo

Con todo lo que a la razón debe el hombre -entre otras cosas ser lo que es, es decir, ser hombre-,
la razón no es más que un instrumento que añadir a sus manos, o a sus pies, o a sus órganos de
los sentidos, y sus posibilidades vienen dadas por el contexto en que se aplica, contexto que a su
vez la razón misma contribuye a elaborar. Mientras el uso de la razón en el contexto de Galileo dio
de sí para situar el Sol como centro del universo, ese instrumento, siglos después, en el contexto
actual, que la razón elaboró con posterioridad, sitúa el universo como infinito.

Pero de la misma manera que creer en las posibilidades de la razón más allá de su capacidad ins-
trumental en el contexto histórico en que se usa es una forma de ficción, también la certidumbre
fideísta en la quiebra de la razón lo es igualmente. Se trata de una cuestión análoga a la del teísta
frente al antiteísta: el primero, con su fe en Dios; el segundo, con su fe en la inexistencia de Dios.
¿Sabe alguien lo que la razón puede dar de sí en sus futuros contextos? ¿Se puede dar por senta-
do, esto es, presuponer la quiebra de la razón ya, como si ésta hubiese alcanzado definitivamente
el límite de sus posibilidades? ¿Quién es apto para proclamarse sabedor del futuro por lo que al
uso de la razón concierne?

Un acto de soberana petulancia

No se puede, pues, ser posmoderno, sino en gracia de una declaración fideísta y en un acto de
soberana petulancia. Es más: el fideísmo es la característica de la premodernidad. Añadiría, ade-
más, que, como colectivo, ni siquiera estamos sociohistóricamente en la modernidad. Distingamos

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dos categorías que en ocasiones s e utilizan como sinónimas: modernidad y contemporaneidad.
No todos los hombres de hoy, contemporáneos de cuanto acontece en ciencia, pensamiento o
arte, pueden ser denominados modernos.

No aludo ahora a que hayamos de considerar contemporáneos nuestros sujetos de nuestra misma
especie que subsisten en el neolítico.

Tampoco el uso por una mayoría de artefactos científicotécnicos garantiza la modernidad -el estar
à la page- de sus usuarios. En otro orden de cosas, ¿qué analogías poseen con la modernidad
contemporáneos que nos ma ndan, un Reagan, un Chernenko, por citar a dos personajes que in-
discutiblemente representan nuestra contemporaneidad?

La modernidad es una actitud intelectual que nada tiene que ver con la posesión, meramente usua-
ria, de artefactos de hoy, como una colección de arte de un banquero no garantiza su actitud esté-
tica, que alquila muchas veces a su asesor en artes plásficas, mientras el se limita a colocar el
monto económico exigido para la adquisición. Ni tampoco con el político que controla el aparato del
poder y lo precisa en la medida, justamente, en que se reconoce anacrónico y desvinculado en
aquellos a quienes manda.

No conozco definición mejor del hombre moderno que la que ofreció Oskar Kokoschka: la de al-
guien "condenado a recrear su propio universo". Kokosclika aludía, naturalmente, al replantearse
eso que ahora se reclama muy pocas veces y que se denominó "visión del mundo", "concepción
del mundo" (Weltanschauung): la conciencia de que el hombre'de hoy ha de darse a sí mismo su
mundo -sus valores éticos y estéticos, su imagen del hombre, de sí y del otro-, de que no valen
prestadas concepciones del mundo ofrecidas desde el argumento ad hominem del científico presti-
gioso o del artista genial, ni mucho menos desde argumentos de autoridad procedentes de doctri-
narismos políticos, religiosos o filosóficos.

El hombre moderno repiensa los parámetros de su acción y de su preacción, esto es, de su pen-
samiento; cuestiona actitudes aprendidas y las desasume, incluso para reasumirlas con posteriori-
dad; está decididamente en contra de la aceptación mimética de tesis referidas a nuestra posición
en el mundo, no en tanto organismos biológicos de la especie humana, sino en tanto sujetos irre-
petibles cuya individuación deriva de la inevitable y no buscada singularidad. Dicho con otras pala-
bras, el hombre moderno se rebela frente al hecho de que, siendo único, se le fuerce a la homoge-
neización con los demás: es el antigregario par excellence, no en el sentido de la insolidaridad,
sino en el de la creatividad.

Esta extrema relativización, que comporta la concepción singularizada del mundo por el hombre
moderno, no representa la quiebra de la razón en manera alguna. Contrariamente, pregona la
construcción del mundo desde la razón, desde cada razón.

Ese mundo que tiene que ver poco con su materialidad, con su fisicalídad, que tiene mucho más
de imaginario o, si se quiere, de mental, y que se edifica por cada cual y perece, evidentemente,
con cada cual. Todo lo más, cada uno, al morir, deja, si puede, lo que constituyó su aportación
objetivada a ese mundo, es decir, su obra: en cualquier caso, una mínima parte de él. El hombre
moderno escribe a diario, mentalmente al menos, la Crítica de la Razón Propia.

Situarse en la modernidad es condenarse a la soledad del propio universo, vivir las exigencias y
requerimientos sociales como formalidad. La servidumbre de la modernidad viene marcada por la
capacidad de tolerancia a la soledad.

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Al fin y a la postre, la modernidad se inició en el siglo XVIII, cuando unos hombres de valor se atre-
vieron a prescindir de la gran compañía que hasta entonces había significado para el hombre la
invención de Dios.

CARLOS CASTILLA DEL PINO


Un hombre singular

20/10/2005
Me es difícil pensar EL PAÍS sin la columna de Eduardo Haro, como me hubiera sido imposible
imaginar Triunfo sin los muchos heterónimos tras los que se escondió inútilmente; tampoco él lo
pretendía durante años. Había siempre en aquellos artículos suyos de entonces un punto de vista
tan personal que, aunque fuera para disentir, enriquecía y rebosaba el ámbito de la perspectiva
rutinaria. Nos ganaba a todos (a mí, desde luego) en información, porque en aquellos años él esta-
ba horas y horas pegado a las radios foráneas para destilar luego aquel artículo de política interna-
cional en el que, ante todo, entreveíamos las claves para la interpretación de la política franquista.
Tras la desaparición del franquismo, en sus columnas de este periódico, se dejaba ir, permítanme
la expresión, con indisciplina, eso le decía yo, porque eran como un ejercicio de asociación libre de
psicosocioanálisis, y en ello estaba precisamente su originalidad y su gracia. A modo de una con-
fesión liberadora, no trataba en ellas de hacer gala de exactitud y precisión, sino de dar su opinión,
para la cual le bastaba y sobraba decir ante el público lo que pensaba y lo que sentía. Aunque en
todo texto está su autor, en los de Eduardo Haro estaba expresamente él, sin recato, en toda su
dimensión, con sus filias y fobias, que unas veces compartíamos y otras no, a sabiendas de que
despertaría el entusiasmo de muchos y la irritación de los que hubiéramos querido otras veces un
cierto equilibrio. Por eso en ocasiones podía uno sentirse muy a gusto y otras a disgusto (dentro de
la conformidad básica) con lo que escribía, pero en cualquier caso me resultaba imprescindible.
¿No había algo de extraño en EL PAÍS de los domingos aun cuando sabíamos de antemano que
no hallaríamos su columna?
Estaba dotado de un sentido certero para la premonición política nacional e internacional, porque
en este punto no se dejaba llevar nunca por el wistfull thinking, y en los muchos años de nuestra
amistad puedo asegurar que no se equivocó jamás. Y es curioso: una persona que podía adoptar
una posición tan objetiva sobre el presente o sobre un futuro que le displaciera y veía venir sin
remedio, era incapaz de mantenerla para el enjuiciamiento de un determinado pasado, del pasado
que le fue dado vivir en su infancia y adolescencia. Y aceptaba que así fuera cuando se lo denun-
ciábamos, pero para él fue algo consustancial con su vida, esa parte de su vida que coincidió con
los años de la Segunda República, sobre los cuales tergiversó (hablo desde mi punto de vista)
como forma de sobrellevar lo que para él representó la gran pérdida, su gran orfandad. Ahí no es-
tábamos de acuerdo muchas veces, pero nunca hizo ni por convencerme ni porque yo le conven-
ciera. Uno y otro sabíamos a qué atenernos a ese respecto y nos bastaba con entendernos.
Creía en la prensa, porque consciente de lo perecedero de la misma tocante a la noticia, lo era
asimismo de su eficacia como pedagogía y formadora de opinión. Creía en la prensa porque quería
la democracia.
Hay una faceta de Eduardo Haro sobre la cual no se ha llamado, que yo sepa, la atención: su
enorme caudal de lecturas. Era un lector voraz y de una agudeza de criterio sorprendente. Esta
faceta es mucho menos conocida, por razones obvias, que otra que le ha dado un perfil muy nítido
ante todos: el de crítico de teatro. Yo siempre aprendí en sus críticas de su forma de mirar lo que
aparecía en la escena, al margen de su juicio y del mío sobre lo que habíamos visto.
Hace muy pocos días nos encontramos por última vez cuando salíamos al mismo tiempo del teatro
de la Zarzuela, después de oír las dos versiones, la teatral y la operística, de La voz humana, de
Jacques Cocteau. Mi mujer me señaló lo que yo también había advertido y que comentamos inme-
diatamente: su brusco envejecimiento, como un cierto derrumbe desde la última vez, no mucho
antes, que nos encontramos. Como siempre, Eduardo callaba su opinión sobre lo que acabábamos
de presenciar. La reservaba para lo que había de escribir enseguida y habíamos de leer al día

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siguiente. Por eso, como era inevitable, hablamos de nuestros boxers y nos separamos como si tal
cosa.
Ahora sí que estamos separados.

CARLOS CASTILLA DEL PINO

Un oscuro buen maestro: Dehesa Bailo

EL PAÍS | Opinión - 07-01-1992

Este gran investigador que es Santiago Grisolía ha escrito al gunos artículos en Abc rememorando
sus años -los cuarenta en las aulas de la Facultad de Medicina del antiguo San Carlos. Manuel
Varela Uña, estudiante también por esos años, como yo, ha discrepado de estos artículos en EL
PAÍS (2 de noviembre de 1991), sobre todo en lo que se refiere a un profesor de anatomía al que
Varela Uña, y yo también, consideramos que Santiago Grisolía trata injustamente. Tengo la convic-
ción de que Grisolía modificará su opinión cuando lea estas líneas, por que me consta su talante
intelectual y moral. Como yo poseo al gunos datos acerca de este profesor, Alfonso Dehesa Bailo,
quisiera dejar constancia de los mis mos y rendirle desde aquí mi recuerdo de homenaje. Don Al-
fonso Dehesa Bailo era por entonces encargado de curso de anatomía y, en efecto, tenía una de-
dicación completa a la enseñanza de la disciplina. A su menguado sueldo, que le obligaba a vivir,
junto con su familia, en un interior modestísimo de la entonces talle del General Goded, número 5,
le añadía el suplemento de algún informe de biopsia requerido por el catedrático de quirúrgica, don
Laureano Olivares, para sus pacientes privados. Muerto éste en 1945, se vio privado de ese mi-
núsculo sobresueldo. Vivía con una precariedad que me impresionó cuando algunos años después
entré en su casa.Don Alfonso Dehesa preparaba, en efecto, sus clases de un modo concienzudo,
era un excelente expositor, entusiasta, vehemente. Tenía perfectamente organizadas las dos horas
de clase de disección, pasaba dé mesa en mesa corrigiendo nuestras inhabilidades. No era un
examinador exigente, y, desde luego, en absoluto arbitrario.

Dehesa Bailo había estudiado Medicina en Granada, y su proyecto inicial fue dedicarse a la ciru-
gía. Marchó becado a Alemania con este fin, pero asistió a unas clases del, embriólogo Herwitg y
decidió dedicarse a la embriología. Estudió en Múnich. Recuerdo que me refirió la ceremonia de
sucesión de Kraepelín, tras su jubilación de la cátedra de psiquiatría de Múnich, por Oswald Bum-
ke. Regresé a España pocos años después con la promesa de que a través de la Fundación Car-
tagena, de la Real Academia de Medicina, podría dedicarse a la investigación embriológica. Pero
esta promesa fue incumplida, y Dehesa se quedó sin su puesto en Alemania y sin lugar en donde
trabajar en nuestro país. Tuvo muy escasos contactos con Cajal, y en cierta ocasión sirvió de intér-
prete a un investigador alemán que vino a Madrid con la intención de conocer directamente a Cajal,
que habría de morir uno o dos años después. En la editorial Calpe se le ofreció oportunidad de
obtener algunos ingresos traduciendo del alemán obras médicas, y él mismo ayudó a su vez a
otros, como, por ejemplo, a Juan J. López Ibor, que tradujo, por su encargo y para la editorial Cal-
pe, La encefalitis epidémica, de Constantin von Economo. Entre las publicaciones del CSIC figura
la monografía de Dehesa Bailo Aparición local y temporal de los esbozos glandulares de la prósta-
ta humana (Instituto Santiago Ramón y Cajal de Investigaciones Biológicas, 1952).

Dehesa Bailo se interesaba. por aquellos alumnos que, a su vez, demostraban interés por la disci-
plina. Yo le llevé en cierta ocasión un frasco con embriones de ratón, y me lo agradeció, aunque el
hecho de que en vez de en fórmol los hubiera sumergido en una solución de bicromato de potasa

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los hizo inútiles para sus investigaciones; y le enseñé mis primeras preparaciones de cortes de
centros nerviosos impregnados con el método de Golgi.. Dos años después de darnos clase,
cuando menos a Varela Uña, a Figueroa Aymerich, a Carreras Mata (Marcelo) y, naturalmente, a
muchos otros, obtuvo la cátedra de anatomía de la Facultad de Medicina de Salamanca. Allí tuvo
graves. problemas con los padres de alumnos, por haber suspendido a. una mayoria con exigen-
cias mínimas. Hay que recordar lo que entonces significaba aquella facultad, -que nada tiene que
ver con la que habría de llegar a ser Pocos años después. Entonces era un coladero indecoroso.
Los que habíamos sido alumnos suyos, sabedores de que se le quería poco menos que expedien-
tar, de que se le había obligado a repetir exámenes junto a otros examinadores, etcétera, le mos-
tramos nuestra adhesión ofreciéndole una bandeja con firmas de la mayoría de los que constitui-
mos los cursos a los que impartió clases. Pocos años más tarde, en 1947, le visité en su cm en un
mes de septiembre. Le sorprendi trabajando sobre una tabla en la preparación de un nuevo pro-
yecto de explicación de la anatomía del sistema nervioso central para el curso que había de iniciar
de nuevo en Salamanca. Debía tener unos 56 años. Me parece que, ya entonces había tenido
alguna manifestación de afectación de coronaria, de la cual fallecería poco después. Yo fui a su
casa, en Madrid, enterado de su dolencia, y como surgiera la ocasión, le leí un artículo que había
redactado en. homenaje a don Agustín del Cañizo, inolvidable catedrático de patología médica,
que se jubiló ese año en una última lección maravillosa: alguno de sus antiguos alumnos, Marañón,
Jiménez Díaz, Estella, entre otros muchos, y nosotros, los últimos que había de tener, llenamos el
gran anfiteatro. Cañizo había sido maltratado por el régimen franquista, y daba sus clases tratando
de pasar lo más inadvertido posible. El artículo que yo escribí no llegó a publicarse en el Ya, a
donde lo envié, pero recuerdo la conmoción que provoco a mi antiguo profesor de anatomía el que
un alumno pudiera expresar su gratitud a un profesor por el hecho de haberle enseñado. Quedan
en mi memoria. sus palabras: "Usted sabe lo que significa enseñar y lo que ponemos al enseñar".
Sufrió cuando, en un concurso para proveer una vacante de anatomía en San Carlos, fue preterido
frente a Ors Llorca. No creo, ciertamente, que se cometiera una injusticia, porque Ors Llorca tenía
ya en su haber una importante, tarea investigadora, precisamente también en embriología, pero su
oportunidad de venir de nuevo a Madrid se cercené.

Cuando evoco aquellos años, en los que, como dice Varela, se ofrecía un panorama desolador en
aquella Facultad de Medicina de San Carlos, puedo afirmar, como él, que, pese a todo, unas cuan-
tas- personas -entre ellas, don Alfonso Dehesa Bailo, un oscuro y modesto y buen profesor- deja-
ron una huella en nuestro espíritu de calidad tal como . para salvarnos de aquel tremendo naufra-
gio.

Carlos Castills del Pino es psiquiatra.

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