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Esta es la historia de una reina y un rey

que vivían en un palacio rodeado de


jardines, con una hija recién nacida. Los
reyes organizaban la ceremonia para
bautizar a su princesita e invitaros a las
siete hadas que vivían en el reino. Una
de las hadas se había cambiado de casa
sin avisar y la invitación que le pasaron
por debajo de la puerta no llegó a sus
manos.
El día del bautizo, seis hadas rodearon la
cuna de la princesa bebé, y por turno,
cada una de ellas quiso otorgarle un don:
“serás la joven más buena”, “serás la
más inteligente”, “serás la más
hermosa…” así se lo iban anunciando
para alegría de todos. Cuando el hada
número seis terminó de hablar, la
séptima entró en el palacio, furiosa
porque no había recibido la invitación, y
dijo su conjuro: -¡Al cumplir quince años,
princesa, te pincharás un dedo y
dormirás un sueño eterno, del cual solo
podrá despertarte el beso del príncipe
que consiga atravesar estos jardines! ¡y
ese mismo sueño dormirán la reina, el
rey y los sirvientes, por haberme
ignorado!
El día del decimoquinto cumpleaños de
la princesa no quedaba en palacio una
sola aguja, ni alfileres, ni husos, ni uñas
ni bigotes de gatos o de damas que
pudiesen pinchar a la joven. Pero entre
los regalos que llegaron había una
muñeca de grandes ojos. Al acariciarla,
la princesa se hirió con una de sus
diminutas pestañas y cayó como muerta
en ese mismo momento. Lo mismo les
sucedió a todos los habitantes del
palacio. El hada maligna, que había
enviado la muñeca, ahuyentó con su
magia a todos los príncipes de reinos
vecinos, para que no hubiera quien
rescatase del sueño a la joven, y
convirtió los jardines del palacio en un
bosque impenetrable para desalentar a
cualquier viajero.
Con el paso del tiempo, el hada se mudó
a otro reino bastante alejado, para
perder de vista lo que había hecho. Allí
formó una familia; el rey de esas tierras
la tomó por esposa, la convirtió en reina
y tuvieron un hijo, que era un joven algo
malcriado y perezoso, aunque un buen
jinete. Un día, este príncipe salió a
cabalgar y traspasó el límite de sus
tierras.
Persiguiendo a una fiera, llegó cerca del
palacio de la Bella Durmiente y entró en
el bosque lleno de malezas y alimañas
que lo rodeaba. El muchacho no
encontró a la fiera, pero sí llegó al
palacio.
Una vez dentro encontró a la princesa
tirada en el suelo.
Su hermosura lo cautivó de tal forma que
se arrodilló a su lado y la besó. Entonces
ella despertó del sueño y se enamoraron.
El rey, la reina y los sirvientes del palacio
ya empezaban a moverse. Todos se
abrazaron como si hubieran vuelto de un
largo viaje, besaron a la princesa y
dieron la bienvenida al príncipe.
Como sentían que habían perdido mucho
tiempo, comenzaron a organizar la mejor
boda del reino, e invitaron a gente del
lugar y de tierras vecinas, y a los padres
del novio, ¿cómo no? Al saber que su
hijo, el príncipe, iba a casarse con la
Bella Durmiente, el hada comprobó que
el amor al fin corregía los males
provocados por el odio y sintió un gran
alivio en su corazón.

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