FEIXA, C.; COSTA, C.; PALLARÉS, J., EDS., MOVIMIENTOS JUVENILES EN LA PENÍNSULA IBÉRICA. GRAFFITIS, GRIFOTAS, OKUPAS, ARIEL, BARCELONA, 2002.

ESTÉTICA E INFAMIA De la lógica de la distinción a la del estigma en los marcajes culturales de los jóvenes urbanos
MANUEL DELGADO UNIVERSITAT DE BARCELONA INSTITUT CATALÀ D´ANTROPOLOGIA 1. IDENTIDADES APARENTES Un buen número de lo que –evocando la famosa novela de Ghoete– podríamos llamar afinidades electivas podrían ser explicadas, hoy, a partir de una doble tarea. Por una lado expresan una volundad de resistir a una tendencia excesiva a algo de lo que se habla mucho últimamente: la globalización, un proceso de homogeneización cultural que rasa las diferencias y las somete a parámetros de incidencia mundial. Pero no es menos cierto que esas nuevas adhesiones voluntarias también se oponen a una inclinación no menos poderosa hacia la más insoportable heterogeneización. Es probablemente cierto, en ese sentido, lo que se repite acerca de cómo se sufre el debilitamiento de los grandes referentes morales, políticos, religiosos y familiares, cada vez más desacreditados y cada vez más incapaces de otorgar significado a una vivencia crónicamente desorientada del mundo. Es en relación a este cuadro que las adscripciones voluntarias –del tipo que sea– parecen constituirse en mecanismos de enlace entre sujetos psicofísicos en pos de una dimensión comunitaria percibida como insuficiente. Dan satisfacción a una necesidad de pertenencia colectiva, pero también parecen en condiciones de propiciar una organización coherente del propio yo. Podríamos hablar, en cierta manera, de que muchas adscripciones personales que se producen al margen de las instituciones primarias de la sociedad expresan algo que podríamos llamar complexofobia , síndrome de miedo a inseguridades de toto tipo que ya no pueden ser aliviadas con el paraguas protector de la religión o de las grandes ideologías, y que se traducen en la búsqueda con frecuencia ansiosa de una simplicidad vital que la familia no puede ofrecer, a pesar de que fue esta instancia la que recibiera un día del mundo moderno la misión de propiciarla. Entre las capas más jóvenes de la sociedad, estas estrategias adaptativas al servicio de la articulación sociopsicológica de los individuos se concreta en lo que Frank M. Thrasher designó en 1927, desde la Escuela de Chicago, sociedades intersticiales , concepto aplicado entonces sobre todo a las pandillas juveniles que

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proliferaraban en las grandes ciudades norteamericanas.1 La noción de intersticialidad remite a lo que sucede en las zonas al mismo tiempo topográficas, económicas, sociales y morales que se abren al fracturarse la organización social, fisuras en el tejido social que son inmediatamente ocupadas por todo tipo de náufragos, por así decirlo, que buscan protección de la intemperie estructural a que la vida urbana les condena. Desde entonces, las culturas menores que podían registrarse subdiviendo el nuevo continente juvenil –el nivel de autonomía del cual no ha dejado desde entonces de aumentar– ha sido una y otra vez objeto de conocimiento por parte de la sociología y la antropología urbanas, sobre todo para poner de manifiesto cómo estas agrupaciones expresaban en términos morales y resolvían en el plano simbólico tránsitos entre esferas incompatibles o contradictorias de la sociedad global en que se insertan, como, por ejemplo, obligaciones laborales o escolares/ocio, trabajo/paro, aspiraciones sociales/recursos reales, familia/inestabilidad emocional, etc. Este tipo de culturas o cuasiculturas juveniles2 de nuevo cuño no se limitaba a reproduir los esquemas organizativos ni las funciones iniciáticas o de socialización de los grupos de edad registrados en otras sociedades o épocas. Se trataba más bien de auténticas nuevas formas de etnicidad, ya no basadas como hasta ahora en vínculos religiosos, idiomáticos, territoriales o histórico– tradicionales, sino mucho más en parámetros estéticos y escenográficos compartidos, en redes comunicacionales en común y en la apropiación del tiempo y del espacio por medio de un conjunto de estrategias de ritualización permanente o eventualmente activadas.3 Cada una de estas microculturas juveniles se corresponde entonces con una sociedad , es cierto, pero a una sociedad en que la colectividad humana que las constituye ya ha renunciado a otra forma de legitimización, arbitraje e integración que no sea –fuera de algún que otro ingrediente ideológico difuminado– la exhibición pública de elementos puramente estilísticos: vestimenta, dialecto, alteraciones corporales, peinado, gestualidad, formas de entretenimiento, pautas alimentarias, gustos... He aquí un caso en que sería del todo pertinente hablar de auténticas asociaciones de consumidores , en la medida en que los individuos que asumen tales formas de hacer pretenderían fundar su vínculo a partir no de sus condiciones reales de existencia, ni de sus intereses prácticos, sino de inclinaciones personales que sólo pueden verse satisfechas en y a través de el mercado. Lo que asegura en estos casos la solidaridad entre los miembros de esta sociedad y regula sus interacciones
Cf. F. THRASHER, The Gang. A Study of 1313 Gangs of Chicago , Chicago University Press, Chicago, 1967 (edición resumida del original de 1927). 2 Entiendo aquí por cultura el conjunto dinámico de maneras de hacer, de pensar y de decir propias de un grupo humano en unas coordenadas de tiempo-espacio determinadas, es decir el conglomerado de estilos sociales que los miembros de un grupo aprenden o podrían aprender. Partiendo de la premisa de que una sociedad es un agregado congruente de relaciones humanas, la cultura seria el contenido de estas relaciones, la forma que adopta la situación social. Si hablo de culturas juveniles es para referirme a maneras de hacer específicas –pero no por fuerza exclusivas– de los jóvenes. He optado en algún momento por hablar de microculturas en el sentido de «flujo de significados y valores manejados por pequeños grupos de jóvenes en la vida cotidiana, atendiendo a situaciones locales concretas» (C. FEIXA, De jóvenes, bandas y tribus , Ariel, Barcelona, 1999, p. 270). Se ha descartado el recurso a la noción –frecuentada en estos temas– de subcultura , básicamente porque, como se verá, no se da por bueno él supuesto que imagine las culturas juveniles manteniendo con la o las culturas hegemónicas una relación de subordinación. 3 A estas últimas les corresponderían, como ejemplos, los movimientos de fans, las adscripciones políticas o civiles y las asociaciones basadas en aficiones deportivas.
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externas e internas son unas puestas en escena el marco predilecto de las cuales es el espacio público que colonizan, ya sea apropiándose de alguno de sus lugares, ya sea creando sus propios itinerarios en red para atravesarlo. En una palabra, estamos ante grupos humanos integrados el criterio de reconocimiento intersubjetivo de los cuales no se funda en un concierto entre consciencias, sino entre experiencias, y en el seno de los que la codificación de las apariencias parece jugar un papel central. Cultura en este caso se utilizaría no tanto para hacer referencia a una manera coherente de vivir , como para designar una forma no menos coherente de parecer . Las microculturas juveniles serían de este modo un lugar de privilegio donde comprobar cómo las clases pobres y aún más las medias están encontrando en el sistema de consumo una forma de salvar su condición intersticial y redimir en el plano simbólico sus incertidumbres y, por supuesto, sus fracasos en el plano de la lucha por la promoción social y por el disfrute de un mundo todo él hecho de objetos codiciables. Inmersos en una lógica racional cuyos efectos serían eminentemente simbólicos, los objetos de consumo devienen fuentes repertoriales para la construcción social de la identidad, la puesta en escena del self , el atrezzo básico con que construir el personaje de que cada cual se inviste en sus interacciones. He ahí, entre los jóvenes «con estilo propio», la apoteosis concreta de las tesis –Pierre Bourdieu, Mary Douglas, Baron Isherwood, David Miller, Arjun Appadurai...– según las cuales el bien de consumo propiciaría una coherencia hecha de unidades de gusto, a partir de la cual se pueden distribuir y autoaplicar identificaciones.4 Es cierto que hoy la racionalidad de las relaciones sociales se organiza a partir de mecanismos de distinción simbólica, entre los cuales la posesión de bienes de consumo ocupa un lugar prominente. Necesidad dramatúrgica, imperativo absoluto de estar ante todo «presentable», puesta en código de la superficialidad que ejecuta el axioma ser es ser percibido . Eso es el «estilo», una herramienta de sociabilidad cuya génesis trazara en un ensayo fundamental Stuart Ewen y que «no era sólo cuestión de estética; era además una adquisición funcional de la vida metropolitana».5 El consumo juega, en efecto –y no sólo entre los jóvenes, aunque en ellos de manera en especial elocuente–, un papel estratégico en orden a establecer nuevas formas de ritualización o, lo que es igual, de vínculos comunicacionales susceptibles de organizar significativamente la experiencia del mundo, de manera que los individuos autodiseñan sus identidades no a partir de esencias culturales, a la manera de las viejas etnicidades, sino a partir de lo que compran para satisfacer deseos y necesidades que están directamente al servicio de tareas de inclusión y aceptación sociales. Doble lógica del consumo, por tanto: lógica de comunicación, vinculada inseparablemente al valor signo que presentan los objetos y que adoptan del código en que se inscriben, y lógica de la
4 Cf. P. BOURDIEU. La distinción. Criterios y bases sociales del gusto , Taurus, Madrid, 1988; A. APPADURAI, ed. La lógica social de las cosas , Grijalbo, México DF., 1991; D. MILLER, Material Culture and Mass Consumption , Basil Blackwell, Oxford, 1987; M. DOUGLAS y B. ISHERWOOD. El mundo de los bienes , Grijalbo-CNCA, México DF., 1990, y M. DOUGLAS, Estilos de pensar , Gedisa, Barcelona, 1998. Una valiosa aplicación empírica de este tipo de enfoques, en particular los deudores de las tesis de Bourdieu, lo tenemos en R. MARTÍNEZ SANMARTÍ y J. D. PÉREZ SOLA, El gust juvenil en joc. Distribució social del gust específicament juvenil entre els estudiants de secundària de Terrassa , Diputació de Barcelona, Barcelona, 1997. 5 S. EWEN, Todas las imágenes del consumismo. La política del estilo en la época contemporánea , Grijalbo, México DF., 1991, p. 97.

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diferenciación, que también aparece asociada al valor signo y que implica valores fundamentales asociados al status jerárquico.6 Esto quiere decir que la ostentación de consumo sirve a estratagemas mediante las cuales los grupos sociales –los jóvenes en este caso– buscan y encuentran un lugar en el seno de la estructura social, como resultado de que, como ha venido haciendo notar Jean Baudrillard, la coherencia estructural del sistema de los objetos se ha convertido en la fuente fundamental para toda clasificación y para toda categorización, proveedora privilegiada que es de plausibilidades y congruencias. La vocación de quienes se adhieren a una de estas culturas juveniles es, sobre todo, la de ser distinguidos en aquel espacio público que adoptan como propio por medio de un uso intensivo y vehemente.7 Expulsados o todavía no admitidos en las instituciones primarias, insatisfechos en su no-papel, flotando en zonas estructuralmente de nadie, encuentran en el espacio público el paradigma mismo de su situación de incertitumbre, de su liminalidad. En unas calles en que todo el mundo es nadie en concreto o cualquiera en general, ensayan sus primeros éxitos contra la ambigüedad estructural que les afecta. Ya que no han podido encontrar aún su lugar en el sistema de parentesco, ni en el campo profesional; en la medida en que no han dado tampoco con una organización solvente de la realidad en unas grandes ideas políticas o religiosas cada vez más desprestigiadas; en tanto que esperan ser admitidos en el futuro que paradójicamente ellos vienen a representar, y en tanto el lugar que han dejado en la infancia es ya irrecuperable, procuran ser en los espacios abiertos de la vida urbana lo que la vida social todavía no les deja ser: alguien . La parafernalia estética a que con frecuencia se abandonan les permite operar una segregación perceptual, crear un diferencial semántico sobre un plano de fondo que no es monocromo ni homogéneo, sino, al contrario, hiperdiverso, heterotópico, impredecible. En un dominio de la alteridad generalizada, aspiran a ser identificados, localizados, detectados con claridad. Sobre un escenario caótico, ellos consiguen suscitar un foco de organicidad, una colonia, un poco de territorio –por nómada que sea–, una posibilidad de reconocimiento mútuo en un maremágnum todo él hecho de desconocidos inindentificables. Es esto lo que justifica la búsqueda de elementos conductuales, vestimentarios, corporales, protocolarios, estilísticos, lingüísticos –«matrices comunicacionales», como los ha llamado Martín Barbero–8 que resultan deliberadamente nuevos, exóticos, futuristas, rupturistas, revolucionarios..., que aparentemente rompen con la tradición y los gustos mayoritarios. También pertenece a este orden de cosas la localización de puntos arrebatados a la indiferencia, y por eso desbordando posibilidades y significados. El resultado es el sentimiento exhibido de superioridad en la presentación del yo, la arrogancia de quienes ostentan en público poseer lo que los demás viandantes no poseen: la suerte de ser una sola cosa. Por mucho que puedan integrar elementos de
V. BORRÀS, «La lògica del consum com a lògica de comunicació», Papers [Barcelona] (1995), núm. 47, pp. 97-108. 7 Cf. J.N. FRANDSEN, «Séduction et résistance. La rue, les jeunes et le rock», S.E. LARSEN y A.N. PETERSEN, La rue, espace ouvert , Odense University Press, Odense, 1997, pp. 197-219, y L. ROULLEAU-BERGER, La Ville intervalle. Jeunes entre centre et banlieu , Meridiens-Klincksieck, París, 1991. 8 J. MARTÍN BARBERO, «Mediaciones urbanas y nuevos escenarios de comunicación», en D. HERRERO, ed., ciudad y cultural. Memoria, identidad y comunicación , Universidad de Antioquia, Medellín, 1997.
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rebeldía en la retórica que explicitan, su tarea no es denunciar los mecanismos institucionalizados que pretenden hacer de las sociedades metropolitanas algo parecido a un organismo integrado. Al contrario, lo que vienen a hacer es poner de manifiesto la insuficiencia crónica de esos mecanismos de integración que pretenden hacer funcionar coherentemente la ciudad y procuran repararlos a través de modalidades experimentales –en apariencia alternativas– de incorporación a los espacios y las cadencias de la sociedad y la política.9 Estos ámbitos del orden social y político son, además, puestos a través suyo a prueba, sometidos a todo tipo de forzamientos y presiones. Son, así pues y por emplear imágenes tomadas del pensamiento de Deleuze y Guattari, dispositivos de agenciamiento, de estratificación y de sedimentación, es decir de tratamiento por parte de dispositivos molares que tratan de aprisionar los materiales caóticos, fijar territorialmente todas las intensidades, moldear todas y cada una de las singularidades y someterlas a un mismo código de redundancias y recurrencias.10 Se trata pues, de la consecuencia de una lógica de codificación, captación de materiales del plano de consistencia , con el fin de espesarlos y compactarlos primero, y molarlos luego, era las agencias maquínicas. Ese proceso consistía, recordémoslo, en una selección de unidades moleculares extraídas de los flujos desordenados con el fin de imponerles un orden estadístico de formas – uniones y sucesiones–, y, al tiempo, un plegamiento –en geología, paso del sedimento a la roca sedimentaria–, que consistiría en la estructuración estable, centrada, finalista, unificada, totalizada y funcional de los materiales sedimentados. Se habla pues del ensayo, por parte de un orden social políticamente organizado, de nuevos códigos de significación y de nuevos diseños para el cambio. En definitiva se trata también de mecanismos de territorialización, es decir de creación, control y protección de territorios que han quedado al margen de la acción tanto de la instrumentalización económica como de las agendas políticas oficiales. Las microculturas juveniles actuarían de este modo a la manera de grupos zonificadores, colonizadores de territorios inhóspitos y asilvestrados de los contextos urbanos, marcados por la indefinición por lo que hace a valores y lenguajes, que aparecen abandonados –todo el tiempo o a ciertas horas– al caos autoorganizado en que consiste la actividad cotidiana en espacios públicos y que quedan parcial y provisionalmente a salvo de las energías discontinuas, inestables y dispersas que lo recorren.11 Gente entonces de frontera entre lo urbano y lo político, entre lo estructurándose y lo estructurado, pioneros, exploradores o expedicionarios, levantadores de puentes entre espacios y territorios, entre lo inorgánico y lo orgánico de la ciudad, responsables de todo tipo de reajustes y reagrupamientos.

Este argumento lo he desarrollado, tomando como referente la microcultura hip-hop, en M. DELGADO, «Cultura y parodia», Cuadernos de Realidades Sociales , 45/46 (enero 1995), pp. 77-87. 10 G. DELEUZE y F. GUATTARI, Mil mesetas , Pre-texto, Valencia, 1982 11 La secuencia de apertura de la película West side story plasma bien esa tarea de zonificación y marcaje territorial, que no deja de constituir una impugnación del principio de libre accesibilidad que define el espacio público en tanto que tal.

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2. ESTÉTICA CONTRA ESTRUCTURA Las variedades de estos dispositivos de encuadramiento teatral y movilización estética de los jóvenes son numerosas. Un auténtico repertorio de posibilidades a la hora de levantar distintas murallas que al mismo superen y aseguren el anonimato. Es fácil identificar a un rocker, a un punk o a un neohippy por la atención que se nota que ha puesto en arreglarse antes de salir de casa. Muchos jóvenes se han integrado en movimientos alternativos y radicales, pero de una manera que da la impresión de estar mucho más preocupada por parecer que por ser . Los movimientos radicales de signo anticapitalista pueden convertirse, a través de esa preocupación excesiva por aparentar lo que son, en una caricatura trivializada de si mismos. Como sus precedentes punk , aparecen siempre a un paso de darle la razón a Debord y a los situacionistas cuando éstos advertían de la capacidad inmensa del sistema de espectacularizarlo todo, incluso a sus más feroces denostadores.12 Lo mismo valdría para las demás adscripciones estéticas, que podrían descubrir precedentes ilustrados, intelectualmente elaborados, formalmente creativos, politicamente comprometidos. Entre el obrerismo radical de los primeros skins ingleses y la afectación agresiva, puramente impostada y sin ideología, de la mayoría de cabezas rapadas actuales hay un abismo. No andan desencaminados los periodistas que se sienten incapaces de distinguir entre skins y «jóvenes de estética skin ». Entre los consumidores compulsivos de música rap, practicantes de skateboard por las calles o pintores de graffitis artísticos y los primeros block parties presididos en el Bronx por Afrika Bambaataa a finales de los 70, hay también un buen trecho. Todo ello acaba desembocando en una expresividad barroca, pensada para causar efecto, para impresionar, con frecencia empleando para ello órdenes simbólicos al mismo tiempo densos y superfluos, rigurosos y frívolos. Lo que Patrice Bollon ha llamado «espacios sensibles», destinados a argumentar espectacularmente, y sólo espectacularmente, una rebelión basada en la máscara.13 No hay que decir que no se habla para nada aquí de movimientos sociales de signo vindicativo protagonizados por jóvenes, ni de configuraciones ideológicas sólidas, ni tan solo de concepciones globales sobre la vida y la sociedad. Se habla de personas que quieren visibilizar a toda costa una identidad que, reducida a su propia escenificación, acaba deviniendo sólo esa escenificación, cuya fuente filosófica ha podido perderse irrevisiblemente por el camino o de la que yo quedan apenas rastros. Estos jóvenes se antojan aterrorizados ante la ambigüedad, ante la proliferación de los dobles lenguajes y las medias verdades de los que está hecha la vida ordinaria. Pretenden evitar ante todo cualquier cosa que se parezca a una tergiversación. Sienten pavor ante los malentendidos y los sobreentendidos.
«En todas partes donde reina el espectáculo las únicas fuerzas organizadas son aquellas que desean el espectáculo. Asi pues, ninguna puede ser enemiga de lo que existe, ni transgredir la omertà que concierne a todo» (G. DEBORD, Comentarios sobre la sociedad del espectáculo , Anagrama, Barcelona, 1990, p. 34). 13 Cf. P. BOLLON, Rebeldía de la máscara , Espasa-Calpe, Madrid, 1992. El libro de Bollon es indispensable para conocer la historia de este tipo de movimientos juveniles de distinción estética. Se inicia con los petimetres franceses de los siglos XVII y XVIII, para luego seguir con los macaronis ingleses del XVIII, los inco´oyables y me´veilleuses del Directorio; los dandys, bucks , fashionables , gandins , cocodès románticos; decadentes, pamés y apaches de finales del XIX; bright young things , hipsters , zoo-suiters y swings de los años veinte y treinta; depués de la guerra: boppers , existencialistas, teddy-boys, blouson noirs , yeyés, beatniks, hippies...
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Los nuevos dandis se niegan en redondo a convertirse, ellos también, como sus padres, como sus maestros, en rostros en la multitud. Su lógica aparece del todo al servicio de principios de visibilización e incluso de audibilización –la música máquina a todo volumen en los receptores de los coches, el ruido de los patines o los monopatines al deslizarse sobre las aceras–,14 que están planeadas deliberadamente para llamar la atención. De ahí el usufructo intensivo de la calle para lo que no deja de ser una práctica al mismo tiempo de ostentación de presencia física y de maximización de la distancia estética. Ante la crisis de toda autoridad moral, de toda legitimidad bien fundada, se expresa ahí una añoranza de orden, nostalgia de la organicidad perdida, deseo poderosísimo de de ver restablecida la antigua comunidad, que ellos recuperan proclamando un nosotros claro, definido, delimitado, aunque sea a tiempo parcial y sólo mientras dura el espejismo que procura el encuentro, construido, eso sí, con materiales puramente festivos y carnavalescos. Ellos son la fuente de un nuevo folklore específicamente urbano. Lo que producen: islas de certeza en un océano percibido como de desconcierto, camuflajes para una realidad estructural inmisericorde, compuesta toda ella de fracasos y frustraciones. Rescate de una sencillez enajenada por los tiempos que corren, restauración de unas relaciones humanas basadas en la espontaneidad y la franqueza, en el marco de una sociedad corrompida, estúpida e hipócrita. Ante todo, disolución mágica, mientras dure la comedia, de las condiciones efectivas de la vida social. Son, por ello, paradigma de comunidad , en el sentido que la define Benedict Anderson, «porque independientemente de la desigualdad y la explotación que en efecto puedan prevalecer en cada caso..., se concibe como un compañerismo profundo, horizontal».15 Su renuncia a la película de anonimato que protege a los viandantes sin relieve es un paso en el viaje hacia la elementalidad de las ideas, hacia la recomposición de una organización social pristina, todavía por contaminar, aquella de la que el referente son siempre los indios de las praderas o las sociedades selváticas, comunidades sin jefes o que aceptan una jerarquía vivida como natural. No pocos de estos movimientos estéticos han invocado, por ello, una ancestralidad simbólica en pueblos orgullosos. Los indios metropolitanos italianos serían un ejemplo. Tampoco es casual que una de las novelas más representativas de espiritu de los squatters daneses de los ochenta es titulase Storyindianer . Lo mismo valdría para los zulús franceses, versión nacional del movimiento hip-hop . En las movilizaciones anticapitalistas y antiglobalización en Seattle, Melbourne, Londres, Niza o Praga de finales del siglo XX, los manifestantes marchaban por las calles al son de bongos y tambores que daban a sus marchas un notorio aire «primitivo». El gran precedente hippy sería, con su homenaje constante a la estética folk, en este orden de cosas, ilustrativo. Todas esas referencias a la autenticidad de los salvajes intentan denotar
Sobre esto último, cf. M. TOUCHE, «Sport-passion dans la ville: le skateboard», Terrain , 25 (septiembre 1995), pp. 37-48, y C. CALIGIROU y M. TOUCHE, «Des jeunes et la rue: les rapports physiques et sonores des skateurs aux espaces urbains», Espaces et sociétés , 90/91 (1997), pp. 69-88. 15 B. ANDERSON, Las comunidades imaginarias , FCE, México DF., 1993, p. 25. Obsérvese que se ha obviado el calificativo «imaginaria», básicamente porque, en su contribución a la gran cruzada antinacionalista, Anderson no parece haberse detenido a pensar que no se conocen comunidades humanas «naturales». Todas son, por definición, por su propia naturaleza de artefactos culturales, inventadas. «Comunidad imaginaria» es, pues, un simple pleonasmo.
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emancipación, libertad, enemistad hacia los poderes establecidos y las mayorías sociales, pero no hacen otra cosa que remitir constantemente a la unidad cosmovisional y a la claridad socioestructural que el propio imaginario dominante que rechazan atribuye románticamente a los salvajes. Todos estos jóvenes que ostentan su vinculación con los pueblos de la naturaleza están poseídos por lo que, parafraseando el relato de Kafka y el título de un magistral libro de Miguel Morey, podríamos llamar un deseo irrefrenable de ser piel rojas. De todos los dispositivos prostéticos y escenográficos de que se valen estas modalidades de encuadramiento de los jóvenes –por alternativas que pudieran parecer– el objectivo último es la construcción y manipulación de una identidad puramente virtual que de hecho no es sólo que se pase el tiempo representándose a sí misma, sino que se reduce a su propia representación, reflejo del espejo narciso en que algunos jóvenes pasan el tiempo contemplándose. Esta identidad fantasmática sólo es posible a través de una escenificación «fuerte» en los escenarios de la vida urbana, un papel dramático o rol que tanto las estructuras sociales solidificadas como la indiferencia mutua que reina en las calles les regatean. Triunfo final de un comunismo estético, que realiza sobre el escenario, a través del espectáculo de sí, lo que la realidad cotidiana no va a conceder jamás: la igualdad.16 Por encima de que en ciertos casos asuman un tono contestatario y se invistan de signos de disidencia total, son apologías vivientes del orden, baluartes contra conflictos que ellos convierten en pantomima. Estamos antes la radicalización de lo que los interaccionistas simbólicos llamaban fachada (front) , aquella parte de la actuación de un individuo en que éste trata de definir las situaciones en que se vé involucrado a partir de su aspecto externo, de su attretzo . Quien adopta los rasgos externos que se supone que corresponden a los heavies , a los tecno , a los ciberpunk, a los alternativos... lo que quiere es resultar, sea como sea, interesante . Si se me permite lo que podría parecer un juego de palabras, tiene interés en despertar interés en quienes deberían estar interesados en percibirlos. El control sobre las impresiones se suscita por una dotación de signos que permite a su usuario ser reconocido como una cosa y basta , o al menos como preferentemente una cosa . La fachada personal era para Erving Goffman –que ponía como ejemplo los uniformes militares o las batas blancas de los médicos– vehículo transmisor que permite identificar de manera íntima y absoluta al interactuante a partir de su apariencia (appearance) . El status y la función social de la persona uniformada son, allá dónde vaya o dónde se halle, haga lo que haga, siempre y cuando mantenga su aspecto, los mismos.17 Las adhesiones estéticas de las que estamos hablando llevan a sus últimas consecuencias lo que Bourdieu llamaba «visión pequeño burguesa sobre la identidad», que pretende reducir el ser social al ser percibido, mostrado, representado, con frecuencia a través del consumo y sin aludir en absoluto al lugar real que se ocupa en las relaciones de producción. La lógica relativa de las representaciones se impone ficticiamente, y sólo en el transcurso de ese paréntesis que es su escenificación, a determinantes morfosociales de los que
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Sobre el papel de la música en los movimientos juveniles ha escrito Rosana REGUILLO: «La música es el territorio en que las tensiones, el conflicto, la angustia que se deriva del complejo proceso de incorporación social, se aminoran y dan paso a las primeras experiencias solidarias» («El lugar desde los márgenes. Músicas e identidades juveniles», Nómadas , 13, octubre 2000, p. 45) 17 E. GOFFMAN, La presentación de la persona en la vida cotidiana , Amorrortu, Buenos Aires, 1988, pp. 33-42.

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en realidad no es posible huir.18 Concreción paródica de que aquella «redención del ser en la apariencia» de la que hablaba Nietzsche en El nacimiento de la tragedia, como la base misma del instinto artístico.19 Evidentemente, todos ofrecemos indicios sobre cuál es nuestra ubicacación en el sistema de clases sociales, cuál es nuestra capacidad adquisitiva, cuál es nuestra profesión o la de nuestros padres, dónde hemos nacido o en qué barrio vivimos. Podemos disimular más o menos estas coordenadas socio-económicas en que nos encontramos, incluso podemos brindar pistas falsas, «dar el pego» sobre quiénes somos en realidad, diferenciar de manera tajante entre nuestra verdad estructural y la personalidad ad hoc que se adopta en cuanto entramos en el estado de excepción festiva o de diversión. Se entiende en este contexto ese chascarrillo habitual últimamente, que consiste en preguntarle a alguién con quién se coincide por azar en un local de ocio: «Tú, ¿qué haces en la vida real?». En cambio, el nuevo dandy juvenil aspira ante todo a depender sólo de su código vestimentario, remitir a los otros con quienes se relaciona en cada situación a una especie de limbo hecho de aficiones musicales, lealtades deportivas o vagas afinidades ético-ideológicas que el aspecto externo quiere denotar de forma inequívoca. El muchacho o la muchacha que adopta esta militancia estética en público quiere ser ante todo reconocido , dimitir de su derecho a proteger su autenticidad ante los demás, resaltar, ponerse de relieve, sacarse la máscara de ambivalencia que le permitiría ser cualquiera, para poner otra que le muestra ante los demas como alguien en concreto, y alguien concreto que aspira a desencadenar sentimientos de simpatía, rechazo, curiosidad, pero nunca de indiferencia. Ahora bien, de manera paradójica, el joven «con estilo» quiere ser reconocido no cómo lo que es, sino justamente como lo que ni es, ni ha sido, ni será probablemente nunca. Como ha señalado Bourdieu, refiriéndose a las estrategias basadas en el gusto exhibido, sus operaciones prácticas no son ni intencionales, ni utilitaristas, ni finalistas, ni siquiera racionales en el sentido weberiano, pero tampoco gratuitas. Son ante todo interesadas , en el sentido que denota su origen en interesse , que significa formar parte , participar, estar incluido, «entender que el juego merece ser jugado».20 O, más bien, como propone acto seguido Bourdieu, ilusionadas , de illusio , derivada de ludus , estar metido en el juego, tomárselo en serio, tener en la cabeza las estructuras del mundo en que se juega, fascinación por lo que no deja de ser más que una complicidad ontológica entre las estructuras mentales y las estructuras del espacio social en que se está, y que, en este caso, es un mundo dentro del mundo, o mejor dicho un mundo cuya función es darle la espalda al mundo real de la sociedad, ocultase de él, escabullirse de sus constreñimientos por la vía del disfraz. Identidad narcisa que responde a la voluntad radical de ser contemplado , sea como sea, incluso con asco, con odio, con inquietud o con miedo. Ansia irrefrenable de protagonismo en el único escenario que les es accesible, esfuerzo denodado por ser vistos, por ser advertidos, por ser si hace falta hasta temidos, entre la masa humana indiferenciada que les envuelve.
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BOURDIEU, La distinción , pp. 491-494. F. NIETZSCHE, El nacimiento de la tragedia , Alianza, Madrid, 1985, pp. 55-56. P. BOURDIEU, Razones prácticas. Sobre la teoría de la acción , Anagrama, Barcelona, 1997, p. 142.

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Esta condición puramente artificial y uniformizadora hace de estos movimientos corrientes de organicidad y de la suya una función en última instancia homogeneizadora. Ni que decir tiene que ellos no se percatan de la paradoja que encarnan, concreción perfecta del double bind, aquel mecanismo que los teóricos de Palo Alto identificaron con las órdenes de desobedecer o espontaneidad exigida, en la medida en que la libertad que se autoarrogan está tanto más regulada por el mercado y más condicionada por los determinantes de la moda que las vidas vulgares de quienes se quieren distinguir cueste lo que cueste. Deseo de singularización –como ha escrito Elías Zamora– por medio de «la pertenencia a grupos muy marcados, que resultan tan atractivos cuanto más pueden ser distinguidos por los demás miembros de la sociedad como expresión de una cierta especificidad».21 Con su autoostentación pretenden sobresalir entre los viandandes ordinarios, masas corpóreas anodinas que se agitan por las calles, y quizás en especial de los jóvenes «normales», aquellos que se visten siguiendo las manipulaciones perversas de la moda más estandarizada, que obedecen como autómatas las consignas mediáticas, que escuchan música adocenada, que no son dignos de pertecer a la minoría de elegidos clarividentes y puros que ellos constituyen. Estas pseudoetnias comparten el resorte básico de toda comunidad cerrada, de todo pueblo . Aunque no participen de una misma cosmovisión, aunque se limiten a compartir experiencias y escenificaciones, son un pueblo , lo que es prácticamente lo mismo que decir un pueblo elegido. Estas microculturas juveniles que viven desde y para su imagen escénica y que tienen existencia identitaria sólo en las dramaturgias que protagonizan ocupan un lugar de privilegio en los imaginarios contemporáneos. Los mass media hace de ellos y de sus actividades materia prima para todo tipo de leyendas urbanas con pretensión de «objetividad» periodística. Situados en el centro mismo de los puntos de mira mediáticos y representacionales, los colectivos estéticos juveniles reciben de rebote su propia imagen, distorsión de lo que ya de hecho no era sino pura distorsión.22 Esta espectacularizacion de las microculturas juveniles desencadena reacciones bien significativas. La representación de lo que ya era una representación regresa a una colectividades que sólo tienen sentido a partir de un exhibicionismo permanentemente activado, agudizando los rasgos estéticoidentitarios de lo que no era más que pura teatralidad. Esto lo ha puesto de relieve Dick Hebdige,23 quando constataba cómo la escenografía de los jóvenes uniformados de las llamadas «tribus urbanas» y los vehículos de creación y recreación de los imaginarios sociales hegemónicos mantienen entre sí una relación prácticamente simbiótica, por mucho que resulte ser de una notable complejidad. Los medios de comunicación y el cine inventan culturas juveniles que se inventan a sí mismas en la representación que los medios de comunicación y el cine hacen de ellas, O, si se prefiere, al revés.
E. ZAMORA, «Las subculturas juveniles en Andalucía», Cuadernos de Realidades Sociales , 45/46 (enero 1995), p. 98. 22 El cine ha sabido representar de manera inmejorable esa doble tarea de recoger y devolver al mismo tiempo una imagen estereotipada de los jóvenes, basada en las prótesis estéticas.que adoptan para singularizarse y en las comunidades-espectáculo que organizan. Por ejemplo, Salvaje (1953), en el caso de los Ángeles del Infierno; Alice´s Restaurant (1969), del movimiento hippy; Quadrophenia (1979), de los mods ; El día de la bestia (1996), de los heavies ; Matrix (1998), del mundo tecno; etc. 23 D. HEBDIGE, Hiding in the Light. On Image and Things , Routledge, Londres, 1988.
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Se plantea en este caso una cuestión relativa a la naturaleza de los contenidos simbólicos específicos de estas nuevas etnicidades: la de si articulan alternativas reales al sistema de mundo al que parecen dar la espalda o contestar, o si, por el contrario, consituyen versiones suyas más o menos desquiciadas. Dicho de otro modo, si las microculturas juveniles deberían ser consideradas, respecto de la cultura dominante, en términos de disonancia o de resonancia. La premisa teórica mayor a la hora de considerar ese tema es que en las sociedades urbanizadas las instituciones socializadoras primarias –familia, escuela, religión, política, sistema económico, mercado, empresa– resultan insuficientes o ineficaces en orden a resolver las contradicciones y desorientaciones a que la vida en les ciudades somete a la experiencia, provocando amplios espacios vacantes en los que los sujetos quedan abandonados a una intemperie estructural, por así decirlo. Estos espacios asilvestrados eran colonizados por comunidades precarias y provisionales, la función de las cuales era dotar a los individuos de una organización formal y un sentido moral básico de los que las instituciones sociales tradicionales no conseguían pertrecharlos. Por mucho que se presenten eventualmente como alternativas al orden dominante, se constituyen en la práctica en sucedáneos suyos, cuya tarea básica sería afrontar una situación crónica y generalizada de anomia, cubriendo agujeros, tejiendo redes informales que complementan instancias institucionales deficientes o averiadas, levantando estructuras interpersonales suplementarias o paralelas que se superponen al sistema institucional y existen en virtud suya.24 No es tan sólo que estas microorganizaciones sociales de intervalo no constituyen ninguna amenaza para orden establecido alguno –por mucho que su aspecto extraño pueda comportarle una mala reputación–, sino que se conforman en garantía del buen metabolismo del marco institucional formal en sociedades complejas. Esta juventud estetificada vive para y de la escena. El espectáculo que ellos mismos se deparan en la calle y el que los medios de comunicación deparan a partir suyo nos convierten a los demás en voyeurs de un circo que ellos despliegan con su constante autorrepresentación. Pero, ¿cuál esla comedia que se representa sobre esa arena escénica que es la calle y las pantallas de cine o televisión, y que nos mueve, según los casos, a la simpatía, el menosprecio, el rechazo o el temor? La respuesta podría ser que todas estas reacciones potenciales esconden el espejo en que estamos mirándonos mirándolos a ellos, nosotros, los socialmente integrados, los «normales», quienes pensamos que no nos disfrazamos para salir a la calle y quienes eventualmente encontramos un refugio entre la multitud urbana. La reacción que motivan –y que buscan motivar– resulta de ver en ellos alguna cosa que pareciendo fuera , está en realidad dentro del sistema que interpelan. Su imagen paródica, la caricatura que levantan del mundo que proclaman impugnar, les convierte en lo que podríamos llamar, parafraseando a Valle Inclán, la sociedad contemplándose en los espejos cóncavos del Callejón del Gato.

24 E.R. WOLF, «Relaciones de parentesco, de amistad y de patronazgo en las sociedades complejas», en M. BANTON, comp., Antropología social de las sociedades complejas . Alianza, Madrid, 1990, p. 20.

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3. LA CONTRUCCIÓN SOCIO-MEDIÁTICA DE LA VIOLENCIA JUVENIL Por descontado que no es razonable partir de una noción presuntamente «objetiva» de violencia, para aplicarla apenas a nada que no fuera lo que los relatos que la utilizan deciden. La violencia no es, en este sentido, una cualidad de las conductas, sino un atributo que alguien, que se considera legitimado para hacerlo, les aplica desde fuera para delatar en ellas alguna cosa perversa que ha de ser controlada, atenuada o neutralizada. La violencia es mucho más algo de lo que se habla que algo que ocurre. En realidad bien podríamos decir que la violencia es sólo aquéllo que de ella se dice, el comentario o el juicio que a propósito suyo se enuncia, un tema de conversación, de preocupación, de desasosiego, de ansiedad, un tema que centra debates y que incita leyes especiales. La violencia resulta siempre de valoraciones sociales, políticas y culturales, que no es que la determinen, sino que la generan en tanto que objeto de su propio discurso. Dicho de otra manera, todavía más radical, la violencia no alimenta los argumentos a propósito suyo: resulta de ellos. De hecho, no se debería hablar de fenómenos de violencia sino de sucesos a los que se atribuye una especie de calidad interna especial a la que bien podríamos destinar un neologismo inteligentemente acuñado por Gerardo Guthmann: violencidad .25 Esta violencidad se asignaría en función de criterios que ni tan sólo tienen nada que ver con la intensidad de la fuerza injustificada o excesiva aplicada, ni con el mal físico o moral causado en las víctimas. Los usos de este principio clasificatorio que etiqueta como «violentos» ciertos comportamientos no pueden desvincularse del papel que juega el ejercicio de la fuerza en las sociedades modernas, dotadas de una institución política –el Estado– que se autoproclama su guardían y administrador y que la concentra en instituciones especializadas –ejército, policía, sistema jurídico-penitenciario...–, cuyos fines-valores, como ha señalado Josetxo Beriain, experimentan un distanciamiento creciente con respecto de los fines-valores de una sociedad que en su conjunto afirma una y otra vez que rechaza la violencia.26 De ahí las discusiones, las indagaciones «científicas» sobre la «agresividad», las leyes, las normativas que demarcan la violencia y exigen para ella una correcta custodia y administración. La emergencia incontrolada de la «violencia» –esto es, las fugas de una energia societaria, pero imaginada como exterior, que la centralización política recibe la prerrogativa de almacenar y administrar– es vista entonces como algo que imposibilita lo que se supone que debe ser un agregado humano armonioso y coherente, un sistema de órganos intregrados que asume, sin acaso creérsela nunca del todo, la ilusión de que puede funcionar sin recurrir a una fuerza que de hecho ya no posee, o, mejor dicho, a la que ha renunciado para cedérsela en usufructo al Estado. La violencia es objeto de discursos que la perfilan como una irrupción del otro absoluto, que la asocian al inframundo de los instintos, que prueban nuestro
Cf. G. Guthmann, Los saberes de la violencia y la violencia de los saberes , Nordan-Comunidad, Montevideo, 1996. 26 J. BERIAIN, «Violencia, sociedad y religión», en J. A. Binaburo y X. Etxeberria, eds., Pensando en la violencia , Bakeak/Los libros de la catarata, Bilbao/Madrid, 1994, p. 66.
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parentesco inmediato con los animales o que advierten del acecho cercano de potencias maléficas. La violencia ejercida por personas ordinarias no legitimadas es entendida como abominable, monstruosa, en cualquier caso siempre extrasocial. La representación mediática, sobrecargada de tintes melodramáticos, de esa violencia no sólo antisocial, sino asocial, no hace sino incidir constantemente en la degradación que indica el uso no legítimo de la fuerza bruta, que convierte a sus ejecutores en menos que humanos, representantes de instancias subsociales. La imaginación mediática y los discursos políticos y policiales que hablan constantemente de esa violencia exógena a lo social humano, procuran hacer de ella un auténtico espectáculo aleccionador para las masas. En los medios de comunicación y en los discursos oficiales que «condenan la violencia» no se habla nunca, por supuesto, de la violencia tecnológica y orgánica, aquella que se subvenciona con los impuestos de pacíficos ciudadanos que proclaman odiar la violencia. No mencionan la muerte aséptica, perfecta y en masa de los misiles inteligentes, las bombas con uranio empobrecido o de los bloqueos contra la población civil. No hacen alusión a las víctimas incalculables de la guerra y la represión política. Vuelven una vez y otra a remarcar lo que Jacques Derrida había llamado la «nueva violencia arcaica», elemental, bruta, la violencia primitiva del asesino real o imaginario, del sádico violador de niñas, del terrorista, del exterminador étnico, del hooligan , del delincuente juvenil, del joven radical vasco, del skin . Frente a una violencia homogénea, sólo concebible asociada al aparato político y a la lucha por la defensa y la conquista del Estado, una violencia heterogénea , dispersa, caótica, errática, episódica, primaria, animal, asociada a todas las formas concebibles y hasta inconcebibles de alteridad: violencia terrorista, criminal, demente, enferma, étnica, instintiva, animal; violencia informal, poco o nada organizada: bomba casera, cóctel molotov, arma de contrabando, puñal, piedra, hacha, palo, veneno, puñetazos, mordiscos, patadas... De hecho, esa es la violencia que parece interesar de manera exclusiva a los sistemas mediáticos, ávidos por proveer al gran público de imágenes estremecedoras de las consecuencias de la desviación, la anormalidad y la locura.27 Violencia artesanal, pre-moderna, «hecha a mano», paradójicamente «violencia con rostro humano», y por ello escandalosa e inaceptable, puesto que no tiene nada que ver con la violencia constante, con las coordinadas y estructuras fundamentadas en el uso de la fuerza que posibilitan la existencia misma de los órdenes políticos centralizados. Los violentos son siempre los otros , quizá porque uno de los rasgos que permiten identificar a esos «otros» es la manera como éstos contrarían el principio político irrenunciable del monopololio en la generación y distribución del dolor y la destrucción. Una magnífica estrategia, por cierto, en orden a generar ansiedad pública y a fomentar una demanda popular de más protección policial y jurídica. Es en ese contexto discursivo que la «violencia juvenil» aparece en el centro de una atención pública que acepta e incluso podríamos sospechar que segrega auténticas leyendas urbanas sobre grupos de adolescentes que se

27 J. L. PINTOS DE CEA-NAHARRO, «La espada y el puño. Acerca de los imaginarios sociales de la violencia», La balsa de la Medusa , 29 (1994), pp. 35-48.

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expresan preferentemente a través de una agresividad arbitraria y enfermiza.28 La prensa no deja de hablar de estos jóvenes violentos como los causantes de todo tipo de daños en distintos escenarios: manifestaciones vindicativas, zonas de ocio, salidas de las discotecas, conciertos de rock. Este imaginario utiliza el referentebase de las puestas en escena de algunas microculturas juveniles para alimentar con ellas el bulo de que son estos jóvenes estéticamente organizados los responsables de todo tipo de desmanes. Lo que en principio no eran sino marcas de distinción se convierten, por ese sesgo, en marcas de infamia. Las encuestas sobre seguridad pública son reflejo de ello: la «violencia juvenil» aparece situada como una de las principales, si no la principal, fuente de inquietud para los ciudadanos. 29 Con periodicidad se convocan simposios que reunen especialistas en la materia, psicólogos de la infancia y la adolescencia, antropólogos y sociólogos urbanos, políticos, peritos en seguridad ciudadan. En septiembre de 1986, se convocaron las Ponencias sobre Seguridad Ciudadana , organizadas por la Escuela de la Guardia Urbana de Barcelona. En la primavera de 2000, la Cruz Roja de la Juventud catalana organiza en Girona unas Jornadas de reflexión sobre la violencia , y el Instituto de Educación del Ayuntamiento de Barcelona, un simposio titulado Jóvenes, deporte y conductas de riesgo . Entre el primer acontecimiento y los segundos, los encuentros centrados en resolver el problema del vandalismo juvenil no han hecho sino sucederse. Como respuesta a esta situación que se supone preocupante, de tanto en tanto los medios de comunicación recrean curiosas taxonomías pseudoantropológicas inventadas por supuestos «expertos», en que se compartimenta a los jóvenes en subgrupos fantásticos ordenados en función de su «peligrosidad». Se trata de órdenes clasificatorios del todo arbitrarios en los que se habla de grupos que o bien no existen –es decir, que son una pura invención– o son cuasiculturas juveniles imaginadas como fracciones incomunicadas entre sí, cuyos miembros vivirían una uniformidad ideológica, conductual y vestimentaria inencontrable en la realidad.30 Es esta pseudociencia la que permite asignar

La puesta en relación entre «tribus» y leyendas urbanas no responde a un exceso retórico. Es literal. A principios de 2000, mis tres hijas –Ariana (17 años), Cora (12 años) y Selma (10 años)– me explicaron dos historias que habían escuchado cada una de ellas de fuentes distintas y en ambientes propios de sus respectivas edades. Una muchacha que estaba en la calle de madrugada, sola, esperando a unos amigos, ve cómo aparece un grupo de skins que empiezan a acosarla. Le preguntan a la joven qué prefiere, si una violación oa «la sonrisa del skin». Opta por la segunda alternativa. Le hacen unas pequeñas heridas en la comisura de los labios y empiezan a golpearla brutalmente. Al gritar de dolor, los cortes se van agrandando hasta alcanzar las orejas. Muere desangrada. Otra historia describe una situación parecida. La víctima –en este caso un varón– es emplazada a elegir entre morir apaleado o ser victima de «la corbata del skin». Escoge lo segundo. Le practican un boquete en el cuello, a la altura de la nuez; le arrancan la traquea y, todavía con vida pero sin poder gritar, estiran de su lengua hasta hacerla salir por el agujero abierto, de manera que queda colgada como si fuera una corbata. Acaba también muriendo entre dolores atroces. Cómo se ve, se trata de una variante del «maniaco urbano», un tema abundantemente recogido por las mitologías urbanas (V. CAMPION-VINCENT y J.-B. RENARD, Légendes urbaines. Rumeurs urbaines , Payot, París, 1998, pp. 206-216). 29 La Encuesta de Seguridad Pública de Catalunya correspondiente al 2000 reflejaba que la «violencia juvenil» a cargo de «minorías visibles» era el principal asunto que preocupaba a los ciudadanos, con 8,58 puntos sobre 10. La respuesta por parte de las autoridades debía ser, según la misma encuesta, un aumento de la «mano dura» (8,43 sobre 10). 30 En la práctica, la mobilidad de los jóvenes que optan per adherirse a culturas juveniles es grande y la fidelidad a un canon vestimentario o comportamental más que relativa. De hecho, lo más frecuente es que los jóvenes adopten estilos sintéticos, en que se articulen elementos procedentes de diferentes estilos. Sobre

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responsabilidades «tribales» a todo tipo de crímenes, agresiones, peleas multitudinarias, saqueos o destrucciones, algunos de gran magnitud. Todo ello se concreta en informes que son como monografías etnográficas caricaturizadas. Cada «tribu» sus costumbres, su vestimenta, sus creencias, sus jerarquias, su territorio...31 Es desde instituciones vinculadas al mantenimiento del orden público que se encargan informes, como el que un grupo de sociólogos elaboró a principios de 1993 para el Gobierno Civil de Barcelona sobre las «tribus urbanas» activas en Catalunya, abundantemente recogido en su momento por los media como confirmación «científica» de sus fantasiosas descripciones sobre lo que se suponía que era y es una grave fuente de alarma social.32 En este trabajo los jóvenes eran clasificados en motoras, skin heads , siniestros, psychobillys , punkis , heavies , rockers , mods , hooligans , maquineros, b-boys , hardcores , okupas... Una ficha recogía sus «rasgos distintivos»: edad de sus componentes; activitades –«ocio y nomandismo», «música y conciertos» «ropa», «baile», «pintadas», «marginalidad», «normales»–; nivel de conflictividad –«elevado», «contenido», «escaso»...– ; ideología –en la mayoría de casos «contradictoria»–. A estos taxones se le pueden añadir otros relativos a grupos que contrastan con los «peligrosos» por su naturaleza «pacífica», un poco a la manera de los indios buenos de las películas del Oeste. En las Jornadas sobre Ideología, Violencia y Juventud , celebradas a Logroño el junio de 1998, organizadas por la Dirección General de la Guardia Civil, se establecía que «de todos los grupos juveniles que han ido apareciendo en nuestra sociedad hay cuatro que se denominan violentos: skinhead, nacional bakaladeros, punkis y sharps [...] Existen otros grupos urbanos, tales como los rockers, bikers, mods, heavies, skaters (sic ), rapers, siniestros, ciberpunks, ciberhippies, bakalaeros (sic ), jóvenes flamencos (sic ), los grunges, b-boys, que no utilizan la violencia para significarse como grupo».33

4. TRIBUS DE LEYENDA La prensa confirma de manera cíclica y regular ese imaginario social que sospecha la existencia de «tribus» amenazadoras que actúan en la jungla urbana. Los moteros han sido mezclados con el tráfico de armas y de drogas, como quedó de manifiesto en Barcelona, con el grupo de Ángeles del Infierno que fue juzgado
estos extremos, ver el trabajo de Y. DELAPORTE, «Teddies, rockers, punks et cie.: Quelques codes vestimentaires urbains», L´homme , XXII/4 (1982), pp. 49-62. 31 Véase, por ejemplo, el informe interno anónimo Aproximación al movimiento punk en Barcelona , emitido en septiembre de 1986 para el Ayuntamiento de Barcelona, «a fin de conocer la realidad de ciertos grupos, colectivos o tendencias que aparentemente presenta signos de una cierta marginación cultural ante la mayoría de sectores juveniles y que a lo largo del año en curso han sido protagonistas de situaciones conflictivas de diferente signo y grado». 32 Los materiales fueron publicados más tarde. Cf. P.O. COSTA, J.M. PÉREZ TORNERO y F. TROPEA, Tribus urbanas. El ansia de identidad cultural , Paidós, Barcelona, 1997. En los agradecimientos del libro figura un sorprendente pie de página. En él se da cuenta de que Ferran Cardenal, a la sazón Gobernador Civil de Barcelona y una de las personas hacia la que se expresa gratitud, «nos propuso el trabajo y colaboró en el trabajo de campo» (¡?). 33 Cf. <http://www.guardiacivil.org/kio/viorioja>.

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a mediados del 2000. Los heavies son mostrados com fanáticos de músicas hiperagresivas, que usan habitualmente la violencia para comunicarse entre ellos y con el resto de seres humanos. Con frecuencia los vemos asociados a practicas satánicas, como pintadas macabras, sacrificios de animales, profanación de tumbas u orgías en los cementerios. Los punks centraron el interés de la prensa y la policia durante los 80 y primeros 90, sobre todo a partir de las grandes movilizaciones destinadas a colapsar el centro de Londres en 1983 y 1984. De hecho fue a ese movimiento que se dedicó una parte importante de las ponencias sobre seguridad ciudadana en la mencionada reunión de Barcelona en 1986,34 y a ellos fue a quién se atribuyeron los altercados que desolaron el centro de Tàrrega, en septiembre de 1991, durante la Fira de Teatre al Carrer . Los graves disturbios que asolaron barrios periféricos de París, Marsella y Lyon, en noviembre de 1990, fueron atribuidos a casseurs o «rompedores», asociados a la estética raper. La simple actividad de ocio nocturno también ha sido motivo de todo tipo de inquietudes, derivadas de una supuesta afición convulsiva de los jóvenes al alcohol y las drogas de diseño. A principios de la década de los 90 se extienden graves disturbios en diferentes ciudades españolas como consecuencia de la decisión gubernativa de adelantar el horario de cierre de los bares nocturnos: Huesca, en enero 1990; Zaragoza, en abril del mismo año; Cáceres –los más graves–, en octubre de 1991; Santiago, en noviembre de 1992... En Valladolid, se producen graves enfrentamientos de jóvenes presuntamente borrachos o drogados con la policía al prohibirse las hogueras de San Juan a orillas del Pisuerga, en el 2000. A la pésima reputación de la ruta del Bakalao en los alredores de Valencia, se le añadieron al iniciarse el nuevo siglo diferentes incidentes aislados a la entrada de discotecas o after hours , que en Madrid y Catalunya movilizaron las consabidas consideraciones expertas sobre las iniciativas a tomar para poner coto a un espacio de violencia y libertinaje.35 Los okupas representan suciedad y desorden y han sido recurrentemente presentados como practicantes de la guerrilla urbana y manteniendo oscuros vínculos con el terrorismo vasco. Cualquier oportunidad puede ser buena para exhibir pruebas indemostrables –y por ello imposibles de desmentir– sobre ello: desalojo en el barrio de Salamanca de Madrid, en marzo de 1997; en Barcelona, desalojo del cine Princesa en octubre de 1996, disturbios en la Universitat Autònoma en enero de 1999; detenciones de etarras en enero de 2000... Todavía más elocuente es el caso de los skins . Ahora mismo, los movimientos ciudadanos y los partidos progresistas no han sabido ver que sus supuestos en torno al peligro tantas veces aireado de los skins heads no dejaba de obedecer una lógica típicamente estigmatizadora. En efecto, la mayoría de cabezas rapadas no comenzaron a ser racistas y violentos hasta que la presión de la opinión pública acabó por hacerles aceptar la imagen que de ellos circulaba. Se había desplegado una leyenda sobre la existencia de una suerte de grupo
M. VILA y M. J. CALVO, «Aproximación al movimiento punk», y T. MOORE, «Los grupos juveniles en la Gran Bretaña y la alteración del orden público», en Societat i conflictes culturals. Els grups juvenils a Barcelona , V Ponències sobre Seguretat Ciutadana, Escola de la Guàrdia Urbana, 1986, memoria inédita mecanografiada. 35 Algunos ejemplos de titulares de artículos de opinión y editoriales al respecto, publicados en los primeros meses de 2000: «Violència gratuïta» (Avui , 4 de enero); «La nueva violencia» (El Periódico , 4 de enero); «Los misterios del mal» (El Periódico , 9 de abril); «Triple crimen y aficiones obsesivas» (El Periódico , 6 de abril)¸ «Violencia y after hours » (El País , 17 de abril); «Jóvenes y alarma social» (La Vanguardia , 17 de mayo), etc.
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superperverso dedicado a tender emboscadas a marginados sociales e incluso a viandantes indefensos, y en especial a encarnar un racismo contumaz y altamente agresivo. Se proyectaba así la necesidad de que el «violento total» existiese realmente, lo que eximía de la sospecha de ser racistas a los ciudadanos «normales» y desrresponsabilizaba a las instituciones y a leyes tan injustas como las de extrangería de su papel central en las situaciones de exclusión social.36 Insistiendo en que los skins eran perigrosos se acabó no sólo por conseguir que muchos skins acabaran siéndolo de verdad, sino ante todo que un buen número de perigrosos acabarán adoptando rasgos skins con tal de hacer notar que lo eran. La presunta existencia de «tribus» racistas, en particular de skins , ha servido de materia primera de los discursos de lo que podríamos llamar antirracismo vulgar o acaso antirracismo-espectáculo, discursos oficiales de los que la prensa de hace eco y que son asumidos por la mayoría del público. Estos discursos imaginan una grave amenaza por la convivencia social procedente de la actividad de grupúsculos de ideología o estética nazi-fascista. La presencia de tales organizaciones justifica a toda Europa iniciativas legales y policiales contra ellas, que cuentan con al apoyo entusiasta de los mass media y de numerosas organizaciones civiles. Nos encontraríamos aquí ante un ejemplo de lo que Léo Strauss llamaba la reductio at hitlerum , o presunción de que los racistas tienen la culpa del racismo y que éste consiste sobre todo en el activismo de grupos marginales de ultraderecha. Es fácil desvelar el efecto distorsionador de estos relatos centrados en la figura del skin como racista bestial. Sirven, de entrada, para insinuar que el racismo es una cuestión de conductas, y no de estructuras. Después, confirman la sospecha que, en efecto, hay racistas , para inmediatamente tranquilizarnos dándonos a entender que son ellos . Es a decir, el racista siempre es el otro . Es además un racista paródico, una caricatura de nazi, del que a veces se puede establecer la génesis de su invención y diseño. La leyenda de los skinheads resulta bien ilustrativa, en la medida que ha consistido en proveer de elementos de congruencia a un movimento básicamente estético y desideologizado, sin apenas coherencia interna, al que se ha conducido al centro de la atención pública para hacer de él paradigma del racismo diabólico. La opinión pública percibe de esta manera el racismo como una patología localizada que puede y ha de ser combatida. De la mano de una simplificación tal, el ciudadano llega concebir el «auge de la intolerancia» como un hecho de pura marginalidad, en que marginados malvados persiguen y maltratan a marginados desamparados, a los que ya de por sí se suponía también de algún modo problemáticos. Los inmigrantes, vagabundos y travestidos ven de esta manera reforzada su reputación de conflictivos, puesto que, «por si fuese poco», provocan la aparición de estos parásitos característicamente suyos que son los racistas y los
Si es repasa la lista de agresiones racistas graves que se han producido en el Estado español en los últimos años, se pone de manifiesto enseguida que la mayoría han estado a cargo de vecinos ordinarios, a los que no podría aplicárseles ninguno de los tópicos relativos a los grupúsculos de extrema derecha. Contra los gitanos, boicots escolares (Aitona, Andujar, Deusto), expulsiones (Noia, l'Aldea, Castellar del Vallès) o incendios de casas (Martos, barrio de Villaverde, en Madrid, Mancha Real). Lo mismo por lo que hace a ataques contra extranjeros: El Ejido, junio de 1990; Fraga, junio de 1992; Massalcoreig, Lleida, agosto de 1993; Níjar, septiembre de 1999; razzia conjunta de vecinos y policías contra immigrantes subsaharianos en Ceuta, en octubre de 1995, por no hablar de los gravísimos incidentes racistas de El Egido en el 2000, también con la complicidad de las fuerzas de seguridad.
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neonazis. Además, como se insiste en que el racismo es una cuestión de orden público se puede llegar a una conclusión paradójica: contra el racismo..., ¡más policía! Inferencia sarcástica, sobre todo pensando en que son a las fuerzas de orden público a quiénes suele temer más un inmigrante sin papeles y quiénes son los destinatarios de tantas de las denuncias que se recogen en los informes de SOS Racismo.37 Por lo demás, existen pruebas de que la policía ha procurado informaciones deliberadamente falsas sobre la existencia de skins que atacan a transeúntes indefensos, demostrando su interés en mantener viva la inquietud social al respecto.38 La prensa, por su parte, atribuye automáticamente a los skins cualquier acto violento no explicado que se produzca, antes de que exista el menor indicio de que ha sido así.39 Tenemos entonces que la figura del racista o violento absoluto permite que los mismos gobiernos europeos que ditcan leyes xenófobas pueden, encima, aparecer públicamente como defensores de sus víctimas. Más allá de esta labor de desrresponsabilización de las autoridades políticas y de la ciudadanía en general, la reductio at hitlerum implica algo mucho más inquietante: nos pemite contemplar como la izquierda y muchos movimientos antirracistas alimentan sus discursos a base de reproducir ellos mismos los mecanismos que tanto censuran en otros. Dicho de otro modo, al racista total se le aplica el mismo principio del cual se le supone portador. ¿Qué es lo que proclama el racista?: toda la culpa es del inmigrante. ¿Qué es lo que afirma rotundamente el antirracista vulgar?: toda la culpa es del racista . Conclusión: suprimámoslo –a uno u a otro– y el orden alterado quedará mágicamente restablecido. Hacer de la lucha contra el skin el eje de la lucha contra el racismo supone no sólo escamotear el origen real de la segregación y la injusticia, sino que ejemplifica en que consiste la estigmatización, este mecanismo que le permite a la mayoría social o/y al Estado delimitar con claridad a una minoría como causante de determinados males que afectan a la sociedad y que se evitarían si esa minoría fuera desactivada. Los antirracistas vienen a reproducir de esta manera técnicas
El Día de la Hispanidad de 1991, varios centenares de fascistas se dedicaron, en pleno mediodía y a lo largo de más de dos horas, a golpear a los viandantes cuyo aspecto no les gustaba. La Policía Nacional, presente en todo momento, contempló los hechos sin intervenir. Recuérdese que algunos de los casos de violencia racista más escandalosos, como la muerte de una muchacha dominicana en Madrid en septiembre de 1993, inicialmente atribuida a skins , resultó ser obra de un guardia civil libre de servicio. En marzo de 1996, más de trescientos legionarios sembraron el terror por las calles del barrio musulmán de Melilla. En julio de 1997, otro guardia civil mató de un tiro por la espalda a un magrebí en Madrid, sin motivo aparente. Dentro de la relación de agresiones skins consignada en el informe inicial de las mencionadas jornadas de Logroño, convocadas por la Dirección General de la Guardia Civil, se incluía la que el 25 de julio de 1995 mató a un agente de la Benemérita en la plaza de Tetúan de Barcelona. Curiosamente, se olvida que informaciones posteriores revelaron que, de hecho, el skin era él y su muerte fue atribuida a un grupo de antifascistas (véase El Periódico , 10 de agosto de 1995). Se acaba de mencionar el papel cómplice de las fuerzas de seguridad en los disturbios racistas de Ceuta, en 1995, y de El Egido, en el 2000. 38 El 29 de marzo de 2000 la prensa publicaba la noticia de una agresión skin completamente «gratuita» en pleno centro de Barcelona, un sábado, a las 6 de la tarde. La víctima habría sido una muchacha, que habría quedado tetrapléjica como consecuencia de los golpes recibidos. La prensa se hizo eco de la rueda de prensa de la Brigada de Información de la Policía, dando cuenta de la actividad de las fuerzas de orden público contra el vandalismo de los «grupos violentos». Al cabo de unos días se desvelaba que todo habia sido un montaje policial y que el ataque skin nunca se había producido. 39 Por ejemplo, el 25 de octubre de 2000, El País titulaba así una noticia: «Un grupo de “cabezas rapadas” mata a golpes y prende fuego a un mendigo en Bilbao». Al dia siguiente, el titular era otro: «La Ertzaintza acusa a un hombre de 20 años del asesinado de un indigente en Bilbao. La policía vasca descarta que el crimen sea obra de un grupo de “cabezas rapadas”».
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de prejuicio, estigmatización y acoso no muy distintas de las que insisten en delatar en otros. Como ha escrito Pierre-André Taguieff : «El orden ideológico “progresista” no tiene nada que envidiar del orden moral “reaccionario”. El consenso aparente del antirracista tiende en muchos aspectos a confundirse con este orden ideológico que basado en la sospecha, no vive más que de la denuncia. El antirracismo no es otra cosa que una forma entre otras de moralismo o de “virtuosismo”. Un conjunto de recetas teóricas que permite a los bienpensantes de la cuyuntura actual, sin riesgo ni compromiso costoso, dispensar clases de moral». Todo esto está conectado –y mucho– con la utilización perversa que tiende a recibir todo lo que tiene que ver con la diferencia cultural, tal y como es recogida por la trivialización mediática y por los argumentos institucionales al respecto. Se trata de esta insistencia actual en utilizar valores abstractos y nunca concretados como multiculturalidad o interculturalidad para sugerir una visión «en mosaico» de lo que en realidad es una realidad social calidoscópica, en la que es imposible trazar límites identitarios claros y nadie está en condiciones de ser sometido a unidad alguna de participación o de adhesión. De ésto se deriva la tendencia a presentar un buen número de problemas sociales, derivados de asimetrías sociales profundas derivadas del sistema capitalista, como culturales , es decir oscuramente derivadas de singularidades «étnicas» o, como en el caso de los jóvenes, «pseudoétnicas», que presumen la existencia de grupos humanos que permanecen en todo momento encapsulados cada uno en su «minoría cultural» y que aparecen sistemáticamente asociados a la marginación social o incursos en procesos de conflictivización. Este mecanismo clasificatorio básico procura una división de la sociedad de entrada en dos grandes compartimentos. Uno es el constituído por las mayorías sociales, y lo conforman aquellos que se consideran a sí mismos sin atributos particularizadores especiales. El otro lo llenan todos aquellos que están en la banda baja o en los márgenes de la estructura social. Este segundo gran continente social aparece a su vez fantásticamente dividido en subcompartimentos estancos llamados «minorías», a los que se atribuye un tipo u otro de anomalía, desviación, insuficiencia o exceso que sin ser natural, es como si lo fuera, puesto que es de índole cultural . Se supone que los rasgos «culturales» que exhiben estos segmentos de las clases empobrecidas o excluidas son poco menos que inmanentes a su presunta personalidad colectiva, de manera que acaban determinando sus actitudes de una forma que se entiende irrevocable. La inquietud que suscitan sus actividades es –se viene a afirmar– resultado de esa ideosincracia que los hace absolutamente «diferentes» y por tanto de algún modo peligrosos. Esto se traduce, por último, en una artificial etnificación de las clases o sectores más problematizados, etnificación que se llevan a término a partir de criterios del todo arbitrarios y que da como resultado una simple sustitución en las fichas policiales del viejo apartado «raza» por el políticamente más correcto –pero funcionalmente idéntico– de «minoría étnica» o, en nuestro caso, «tribu urbana». Lo que importa es, en este caso, comprobar cómo opera un criterio de enclasamiento capaz de suscitar una vez más la magia clasificatoria. El punto de partida es de orden lógico, y viene a establecer que no es que clasifiquemos objetos reales que no están clasificados, sino que reconocemos los objetos de la realidad a partir de la organización taxonómica a que hemos sometido

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previamente a esta realidad. No es que nos diferenciemos porque somos diferentes, sino que somos diferentes porque nos hemos y nos han diferenciado previamente. La diferencia, entonces, no es la causa sino la consecuencia de la diferenciación. Los sistemas de clasificación son por ello instrumentos cognitivos, er cierto, pero sobre todo son instrumentos de poder y de control. Como ha señalado Pierre Bourdieu, estamos hablando aquí de «principios de división inseparablemente lógicos y sociológicos que, al producir unos conceptos, producen unos grupos, los mismos grupos que los producen y los grupos control lo cuales se producen».40 La presuntamente científica etnificación de los jóvenes es parte de una misma mecánica consistente en colocar sobre los sectores jerárquicamente subordinados y estructuralmente inestables de la sociedad una especie de parrilla nominadora de la que surgen, como por encanto, una serie de unidades discretas claras que organizan –verticalmente, por supuesto– una población que no es que hasta entonces estuviese escasamente diferenciada, sino, al contrario, que presentaba unos dinteles de complejidad casi ininteligibles e imposibles por tanto de administrar y fiscalizar. Las taxonomías institucionales o/y populares que la prensa airea como autoevidentes deben ser vistas, por tanto, como un exudado del poder político o de las mayorías sociales, y su destino es el de justificar, legitimar, explicar y aplicar ese poder y ese control. El nombre crea al grupo que nombra, lo naturaliza, lo dota al mismo tiempo de atributos y de atribuciones. En cuanto a los teóricos que desde las ciencias sociales se consideran legitimados para peritar sobre el tema y dar consistencia y contenido a las clasificaciones que generan, se podría decir de ellos lo que los estudiantes de Nanterre de mayo del 68 denunciaron en los sociólogos en general: «La práctica de la organización del capitalismo suscita multidud de contradicciones, y para cada una, un sociólogo es utilizado. Uno, estudiará la delincuencia juvenil, otro el racismo, el tercero los slums . Cada cual buscará una explicación a su problema parcial y elaborará una doctrina que proponga soluciones al conflicto limitado que él estudia. Al mismo tiempo que cumple su oficio de perro guardian nuestro sociólogo contribuirá al “mosaíco” de las teorías sociológicas».41 El mismo mecanismo de clasificación pseudoétnica que se aplica a los inmigrantes se aplica a los jóvenes, especialmente a los de clase social baja, excluidos del mercado laboral, sin recursos económicos, abocados al fracaso escolar y con unas perspectivas de promoción social nulas, que en algunos casos descubren en el desafío y hasta en la violencia los únicos recursos a mano para expresar su impotencia y su frustración. En todos los casos, los disturbios a cargo de grupos radicales en el transcurso de manifestaciones políticas, en los alrededores de discotecas o de los estadios de fútbol son sistemáticamente asignados a «tribus urbanas» organizadas, reputadamente peligrosas, que se autoafirman mediante la violencia y el odio social. 42 Como por arte de magia, las consecuencias materiales, en forma de rabia y luego de agresiones, del paro, de la decepción escolar, de la inestabilidad familiar, de la inaccesibilidad la vivienda, de
BOURDIEU, La distinción , p. 490. D. COHN-BENDIT et al. , «¿Para qué sociólogos?», Cuadernos para el diálogo , 56 (mayo 1968), p. 26. 42 Sobre cómo las crónicas de actualidad se nutren de manera constante de este imaginario que asocia juventud y «violencia urbana», me remito a D. LEPOUTRE, «Odien, els joves?», Revista d´Etnologia de Catalunya , 12 (abril 1998), pp. 50-59.
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la bulimia consumista o de la ausencia de futuro profesional, pueden pasar a ser representadas como el resultado de la obediencia ciega a ciertas pautas culturales. Y aquí entra en juego el trabajo del estereotipo. Los skins son racistas, los heavies diabólicos, los okupas terroristas, etc., porque en cierto modo es como si lo llevasen en la sangre, básicamente porque su universo cultural les impele a conducirse antisocialmente. Identidad obliga, se viene a sugerir. Lo que en principio veíamos que eran meras marcas de distinción al servicio del antoenclasamiento de ciertos jóvenes, pasan a ser estigmas al servicio de la exclusión social. El sueño dorado de una automía imposible de los fenómenos culturales –en este caso de orden estético y relativos a los gustos–, inicialmente asumida para alimentar una lógica de la distinción identitaria, ha acabado siendo incorporada a otra lógica bien distinta: la de la sospecha y la ignominia. Una vez debidamente etnificados, los jóvenes no tienen problemas derivados del malogramiento de toda expectativa, a un futuro profesional difícil o inexistente, la vida en barrios maltratados, al paro, al precio de las viviendas o a condiciones sociales altamente negativas. Los jóvenes, y muy en especial los de clases sociales empobrecidas, son –se dice– un «problema cultural», y un problema cultural que se traduce en un términos de orden público, de tal manera que sólo puede ser resuelto policialmente o, en cualquier caso, mediante políticas de prevención a través del aparato educativo o la familia. Eso sí, todo ello previo estudio de aquellos peculiares rasgos psicológico-culturales que están en la raíz de su conducta inadecuada a cargo de los correspondientes especialistas o expertos. Se despliega de este modo un imaginario social que ve en el odio, el rencor y la rabia la expresión de una desafección generacional, crisis de valores, rebeldía sin causa, voluntad de afirmación identitaria que se opone como instintivamente al mundo de los adultos, y que funciona en la práctica como una variante más, en este caso en clave generacional, de un por lo demás irracionalizado nacionalismo. Convirtiendo los conflictos asociados a los jóvenes en un asunto identitario-cultural se desplaza la atención de contextos sociales y económicos altamente deteriorados a una vaga cuestión de límites simbólicos. La «cultura» se demuestra una vez más así como ese valor en alza para todas las políticas de marcaje social de sectores sociales conflictivos, un nuevo significante el significado del cual es la irreversibilidad de las diferencias humanas y, más allá, la irrevocabilidad de las desigualdades sociales.

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