La revolución de masas prende en el mundo árabe

Jesús Sánchez Rodríguez

11/02/2011

En las últimas tres décadas se han producido cuatro grandes revoluciones de masas en partes distintas del mundo, con objetivos y resultados diferentes. Se han tratado de revoluciones desde abajo, una de cuyas características en común, al menos claramente en tres de ellas, ha sido su naturaleza más o menos espontánea. De manera cronológica, la primera de ellas fue la revolución islámica en Irán. Es la menos espontánea de las cuatro. Su triunfo abría la etapa de ascenso del islamismo fundamentalista que se extendería más allá del mundo árabe y cuyos efectos no han terminado aún. Justamente la última de las cuatro olas revolucionarias, por ahora, en el mundo árabe, puede ser un test para saber si toma mayor impulso este islamismo militante o, justamente, es un punto de inflexión en una nueva senda de retroceso. Pero lo que sí se puede afirmar, a estas alturas, es que el efecto desencadenado por aquella revolución transformó durante estas tres décadas transcurridas las sociedades de mayoría islámica. No fue solo el fundamentalismo chiita quién se levantó contra el Sah, pero fue el que finalmente se hizo con el poder, después de derrotar a sus aliados en la revolución contra los Palevi, entre ellos los comunistas iraníes. La segunda ola revolucionaria fue la de mayor impacto histórico hasta el momento. Desencadenada bajo el impulso original de la perestroika en la antigua URSS, el movimiento de masas se extendió rápidamente por la mayoría de los países del antiguo bloque soviético hasta hacer desaparecer en un corto espacio de tiempo el denominado socialismo real en la zona eurosoviética. El terremoto tuvo profundas consecuencias. En primer lugar, de carácter geoestratégico, al desaparecer una de las denominadas superpotencias, dejando el campo libre al imperialismo norteamericano. Esta ruptura del equilibrio mundial, congelado desde después de la segunda guerra mundial, tendría, entre otras consecuencias, la política militarista estadounidense. También porque se produjo el desmembramiento del antiguo imperio soviético y de la antigua Yugoslavia, así como la reunificación alemana. Lo que suponía la más profunda alteración de fronteras europeas en varios siglos, en medio de guerras fratricidas en el viejo continente, como la que asoló el antiguo espacio yugoslavo. En segundo lugar, de carácter económico, porque no cabe duda de que la rápida expansión de la globalización neoliberal por todo el mundo no hubiese sido posible sin esa debacle. Y, en tercer lugar, de carácter ideológico, porque dicho derrumbamiento, junto con la senda capitalista emprendida por China, era un golpe de consecuencias profundas para la izquierda. Desde la derrota de la revolución sandinista y el abandono de las armas por las guerrillas centroamericanas, hasta el retroceso, aún actualmente en curso, de la izquierda europea en todas sus versiones, incluida la socialdemocracia.

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La tercera ola revolucionaria tuvo lugar en América Latina en los años finales del siglo pasado y primeros de éste. Su motivo fue la rebelión contra las políticas neoliberales que arrasaron la región. Sus consecuencias fue el establecimiento de diversos gobiernos progresistas de diferentes matices, que se comprometieron con los objetivos que originaron dicha rebelión. Esta ola representó un cierto renacimiento de la izquierda, pero con unas características absolutamente nuevas. No era el proletariado industrial quién las encabezaba, sino una amalgama de sujetos damnificados por las políticas neoliberales, campesinos, pueblos originarios, desempleados o empleados informales de los centros urbanos y jóvenes. Tampoco estaban ahora impulsando estas luchas los clásicos partidos de masas o de vanguardia propios del movimiento obrero clásico. Ahora una multitud de organizaciones sociales tomaban el protagonismo. Después de tumbar distintos gobiernos de la región y, en algunos casos, de poner en el poder a gobiernos afines, el movimiento de masas entro en un impasse, quedando en una situación de futuro incierto, que puede decantarse hacia una profundización del proceso iniciado hace más de una década, o, por el contrario hacia una reversión de estos gobiernos por otros de derecha. Finalmente, en estos primeros meses de 2011, la cuarta ola revolucionaria está anegando al mundo árabe. Por las características que está tomando, se puede decir que un primer antecedente fue la revuelta producida en Irán en el verano de 2009. Sin embargo dicho intento fracasó frente al poder de la república islámica, y todo parecía indicar que nada parecido volvería a producirse en un mundo dominado por autócratas de distinto signo, la mayoría de los cuales eran bendecidos por occidente bajo la excusa de hacer de contención al ascenso islamista. Pero el triunfo de la revolución desencadenada en enero en Túnez ha reavivado el impulso yugulado en Irán y ha tomado impulso en Egipto, que ahora, con la nueva victoria, se hace imparable. Diversos países de la región comienzan a notar las convulsiones de un movimiento que nace del fondo de la sociedad y que amenaza a estos regímenes autocráticos. El futuro en esta última ola queda totalmente abierto. Pero el mundo está siendo transformado a un ritmo vertiginoso en las últimas décadas por levantamientos de masas que nadie había predicho y cuyos objetivos, más allá de un intenso deseo de mejorar una situación insoportable, no está claramente definido.

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Se pueden consultar otros artículos y libros del autor en el blog : http://miradacrtica.blogspot.com/, o en

la dirección: http://www.scribd.com/sanchezroje

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