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Claveles

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E d u a r d o
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© Claveles Juan Eduardo Díaz

Derechos Reservados juaneduardodiazc@gmail.com www.juaneduardodiaz.blogspot.com Inscripción Nº 183661 I.S.B.N. 978-956-8688-11-0 Diseñado y Editado por Cantriac

PRINTED IN VALPARAÍSO, CHILE / IMPRESO EN VALPARAÍSO, CHILE

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            

 Exordio 
         

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Acercamiento a Claveles: La flor, una excusa poética

A

través del lenguaje poético y por intermedio de

cuatro estados (cuatro capítulos) trataré de acercar al lector en el fenómeno de la muerte, haciendo uso de los signos culturales que presenta nuestra sociedad y que forman parte de este tópico. Estos cuatro estados son: como primera parte el periodo anterior a la muerte, que en este libro se representa con el mito griego de Las Parcas, y donde los escenarios ideales son el lecho agónico o el mismo nacimiento, la vida y lo relacionado con la fortuna, y el fin de esta con la experiencia que conlleva el artefacto de las tijeras. El segundo estado tiene relación con el rito del velorio y el gesto de la flor (el clavel), la visita, el rezo del rosario y la desolación. El tercer estado conlleva el periodo del duelo o mejor conocido como el luto, donde el dolor de la perdida es la protagonista, que se presenta en el cementerio y en el rito fúnebre, la negación de Dios como rebeldía humana y la lucha contra la religiosidad. Y por último el cuarto estado es el que se presenta con la reflexión en paz, la aceptación, la entrega sin resistencia a los brazos de la parca. El objetivo en definitiva es unificar estos cuatro estados y lograr la convivencia del lector con este periodo vital, reconocido en nuestra tradición mediante ritos fúnebres, establecidos en todos los estratos de nuestra sociedad. La figura del clavel es la excusa poética, simbólica de nuestra cultura ante la muerte, que a la vez resulta estigmatizada como flor típica de cementerio junto con el gladiolo.

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La poética que aborda el mencionado tópico, muy conocida en la literatura universal, es la principal referencia que sostiene el presente trabajo. Ese acontecer que oculta el enigma de la vida. Las relaciones perturbadoras entre la poesía y la muerte propiciadas por la escritura límite. Como explica Cristhian Espinosa Navarrete en su estudio Diario de muerte de Enrique Lihn: la escritura sobre la línea de la muerte: ―El poetizar sobre la línea de la muerte en un libro produce, por una parte, un proceso de desconstrucción de las imágenes de la muerte fijadas en la cultura: la muerte se descubre como pura oquedad. Por otra parte, dicha escritura propicia el desenmascaramiento del vacío que subyace en todo lenguaje poético y el devenir de la poesía en muerte.‖ Claveles se establece en una series de poemas que circulan a través del rito cristiano del funeral, facilitadas por la escritura al límite, y que permite a la poesía ficcionalizar en este fenómeno, descontruyendo las imágenes de la expiración establecidas en nuestra cultura, y en las que se muestran a modo de escenarios las correspondientes liturgias generales como: el velorio, el propio funeral y el luto. El hablante poético es quien se acerca entonces al lector a manera de merodeo por los mentados rituales, desde el vacío que deja la perdida, con la carga emocional inevitable, variable a veces, generada en las voces de los deudos o los difuntos, y según el avance de los capítulos. El trabajo finalmente está en desvelar el rostro del ahora ―sujeto‖ que ocupa la muerte como personaje actuante a veces, pero que en gran parte del transcurso poético se ubica desde un afuera, esto demostrado en el discurso, a veces, en primera persona, como un observante que acosa al hablante, incluso al autor.

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Coincidencias de un curioso fenómeno

E

stimado y carísimo lector, cuanto quisiera que el

presente libro: ―como la vida del hombre, tan sólo fuera la crisálida de la cual saldrían las mariposas de la muerte, de la liberación de Díos, nada tiene de extraño que la literatura como función referida como a una la condición cosa tan humana, inútil fuese como considerada

perniciosa.‖(Barta, Agustí 1972) Con el riguroso ejercicio que da el presentar un libro del género poético, como lo es éste y, con el claro fin de ejecutar el cumplimiento de la tradición libresca, voluntaria por supuesto, se me dificulta un poco, por ser este libro de mi propia mano, entonces ―no he podido contravenir al orden de naturaleza, en que ella cada cosa engendra su semejante […] Acontece tener un padre un hijo feo y sin gracia alguna, y el amor que le tiene le pone una venda en los ojos para que no vea sus faltas, antes las juzga por discreciones y lindezas y las cuenta a sus amigos por agudezas y donaires.‖ (Cervantes, Miguel 1605) por lo que finalmente acudiré a mis amigos, colegas ellos que han incursionado en el tema que presentan mis versos, de los cuales me he tomado la libertad de mostrar alguno de sus poemas significativos, según mi criterio telúrico y dúctil, como muestra de coincidencias de un curioso fenómeno en aquel dialogo existente entre nuestras voces, por estos tiempos oscuranas, ―Pero para librarme de temores la noche me permite dormir sobre una piedra animada por todas las correspondencias y semejanzas y tan ardiente como las

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palabras encadenadas que a menudo se niegan a abrir la puerta del jardín solitario y en derrumbe a cada hora dentro de mí mismo.‖ (del Valle, Rosamel) De ningún modo, amigo lector, formaré un discurso que resulte un enfloramiento de mis versos fúnebres, aunque estos huelan a cadáver o como bien preferiría a flores de cementerio, y de mejor manera al inexistente pero imaginado aroma de estos, mis claveles. Tampoco quiero realizar un ensalzamiento de mi imagen, al estilo ruso, declarándome de manera romántica ante mis padres ser el mejor poeta de la aldea, para nada, mas como dije antes, únicamente me acercaré a mis amigos poetas, con quienes compartimos este festín galante y egoísta, del que sólo uno es quien baila con la parca, mientras el resto ociosos esperamos, cual en la fila del pan, el minuto en que esta ha de caer, acaso fría, acaso tibia sobre cualquiera de nosotros, como final de música, como final de fiesta, como final de beso. Corría el año 2004, cuando a mi haber contaba con un par de libros publicados de una, talvez, dudosa calidad literaria, los cuales fueron distribuidos de manera personal por los bares en la bohemia porteña de Valparaíso. Asentaba por entonces un inédito acopio de textos sin rumbo, un tanto oscuros y desesperanzados; pesimistas algunos, desahuciados otros, con el trazo angustioso de un carácter pretérito y farsante. En el merodear por el taller de poesía que a la actualidad dirigen los poetas y amigos Sergio Muñoz e Ismael Gavilán, lugar que fuera la residencia de un icono de la poesía universal. Ahí conocí a un muchacho silencioso y amable, con la cortesía bella de nuestra gente del sur, recién llegado de

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Temuco, pero de origen Valdiviano. Claudio Gaete Briones, poeta del merodeo, del caminar despacio, de la nostalgia, del hogar; gozaba ya de algunos capítulos finalizados de su primero y gran libro ―El Cementerio de los Disidentes‖, trabajo por lo demás, merecedor de diversos galardones de nivel nacional e iberoamericano, y que luego publicara con los amigos de Ediciones del Temple. Este cementerio de Claudio conservaba ese fantasmagórico olor a flores y olvido que, de alguna forma, dialoga con mis noctámbulos poemas de entonces y de ningún lugar; lo mismo que nuestras charlas envinadas y alegres. En una de esas lecturas de los preferidos autores de siempre. John Gaete tiene el y noble gesto de presentarme, entre tantos otros poetas, a un fascinante y extraordinario Ashbery, total absolutamente desconocido, hasta ese momento, para mí…

LO MÁS ACAECEDERO: lo menos esperable: lo que ..........menos o más .......... .......... ......es otra argucia ..........de la buena conciencia y la furiosa voluntad. Sólo tiene un destino quien es capaz de recordar el futuro. Cada cual verá su horóscopo en su vaso, anegado como esté ..........de cosas que la lengua a menudo sabe, la boca ..........a menudo traga, la piel nunca delata. Cada quien sin instrumentos, pisando despacito altera el sueño de la ciudad. .......... .......... .......... ..........Paciencia, y barajar. ..........Nadie va entre nosotros de nictálope: ..........donde hay sombra vemos sombras, donde una zanja ten por seguro que caemos. Esto nos libra de personificar la historia ..........y perder el tiempo descifrando los sueños de otro. ..........Si tuviese razón en lo que digo, estaría equivocado. ..........Para describir este libro se ha usado la imagen de

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la poesía chilena. Sobre sus papeles caería la lluvia que el autor le imploró ..........a las cosas familiares. Habló y escuchó ..........luego leyó y escribió: .......... .......... .......... .........Tierra del Sur, ¿por qué amas lo incierto más que a todos nosotros? —Y ella respondió: El fantasma del siglo deambula por un corazón sin ruinas ..........una parte de su imagen se ha hundido en el mar. ..........Cuando ya no debas estar aquí, abre tus párpados eucarísticos, desnúdate, entra en el mar .......... .......... .......... .......... .......... ....y nada. Entonces, sin que tú lo sepas, te haré más feliz ..........te haré olvidar el futuro.

Pasado el tiempo de asistir a ese lugar de reuniones, en donde el hablar de poesía es lo elemental. Por el Seminario de Reflexión Poética, actividad paralela al taller, dirigido también por Muñoz, desfilaron y desfilan como invitados, muchos poetas chilenos y algunos extranjeros, que estuvieron y están en plena elaboración de sus obras, desde un Gonzalo Rojas, un Volodia Teitelboim, pasando por una Teresa Calderón, un Tomás Harris, Gonzalo Millán, Carmen Berenguer, Carlos Trujillo, Javier Bello, Yuri Pérez, Germán Carrasco, y tantos más que no sigo enumerando por lo extenso de la lista. Bien, entre ellos nos visitó en una oportunidad el poeta sanfelipeño, Cristián Cruz, con sus textos ―Fervor del Regreso‖ (2002) y ―La Fábula y el Tedio‖ (2003), y además con unos poemas que pensaba publicar en poco tiempo más, esa colección de poemas, tenía como título ―Reducciones‖ del que nos leyó una parte. En ese minuto sentí que era necesario para mí tomar una decisión, Claveles debía guardarse para el alejamiento preciso, reflejo nada más de

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esos rituales caprichosos que tenemos algunos poetas para ejecutar el trabajo prístino de la creación pues, ya entraba en mí una curiosa sensación de que algo ocurría y ocurre con los poetas de mi generación… Preguntas como: ¿Por qué el tema? ¿Por qué el cementerio? ¿Por qué este tópico?
METRO CUADRADO Pudo ser el rostro del afiche lo apetecido, lo fino miel sobre los carteles iluminados una flor de ejemplo. Sucede ahora que yace en esta caja barnizada que está solo el cadáver y a la deriva. Un gusano le susurra al oído que se deje llevar que él ha nacido para amarla y el cadáver que se deshace con el tic-tac de la noche pide y ruega que en esa relación ambos sean redimidos, que gusano y carne vivan por la eternidad. No se puede encontrar un amor tan inclaudicable, tan bien urdido En un metro cuadrado.

Luego en las visitas al seminario tocó el turno del poeta puntarenense Jaime Bristilo Cañón, poeta al que conocí años antes por mis tierras Santo Bernardinas, en la casa de quien acuñara esta misma frase, el poeta Yuri Pérez. Luego de ―Hippodrome Circo‖ (2001), Jaime nos mostraba además un texto que acababa de publicar con el nombre de ―Campo Santo: libro para el buen morir‖ (2006), el que a cada uno de los presentes obsequió gentilmente. Luego de su lectura, Bristilo me obligó a retomar lecturas tales como: ―Arte de Morir‖ de Oscar Hahn; ―Contra la Muerte‖ de Gonzalo Rojas; algunos poemas suelto del texto ―De Muerte‖ de Armando Uribe; ―Diario de Muerte‖ de Enrique Lihn; ―Réquiem‖ de

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Humberto Díaz Casanueva, entre otros. Porque en ―Campo Santo‖ ocurría algo parecido a ―Reducciones‖ de Cristian Cruz, el libro de Bristilo lograba situarme en el centro mismo del cementerio de mi lugar de origen, con esa rara sensación de búsqueda, como la que a veces suele ofrecer el sueño, esa impresión parecida a la de hurgar entre las lápidas y las cruces, ansias de volver al hogar, a la infancia, donde están todos, como una fotografía antigua, donde aún están todos…
CAMPO SANTO Hoy he visto pasar el cadáver de mi enemigo Sus puños crispados en llamas maldijeron el castigo de encontrarme Caduco empujaba un carro pictórico de abarrotes Pertrechos de guerra con evidente fecha de vencimiento acaecida La historia cobra sus víctimas Estrafalaria y frenética repite caprichos con nombres de primer cartel Incapaz de verme a los ojos Ha perfilado un gesto de acritud envejecida El odio golpeaba su cara contra los muros de mi campo santo Camino a su casa de fachada blanca escandalosamente sordomuda Hoy he visto pasar el cadáver de mi enemigo A diferencia de su albergue sin ventanas hacia mi última morada Aquí no cultivamos podredumbre sino flores que brotan alegres desde el más allá

Hay

también

en

este

devenir

de

similitudes

discursivas otro joven poeta chileno, el cual no tengo el gusto de conocer en persona, pero sí a la distancia y mediante la tecnología, además de algunos de sus espléndidos poemas de

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―Puerto de Hambre‖, me refiero a Christian Formoso con su obra ―El Cementerio Más Hermoso de Chile‖ (2008) del cual, por ahí me topé en con un capítulo lejano que en me recuerda de inevitablemente, su dialogo distancia

kilómetros y años, por lo demás, pero cercano en calidad poética e identidad propia con aquel ―Spoon River Anthology‖ de Edgar Lee Masters, ahora decorado hermoso y tristemente con el frío y la nieve de aquel hermoso cementerio de Punta Arenas…

NORA TRIVIÑO RUÍZ † 24 – 6 – 1934 No voy a prestar le voy a decir que no voy a prestar mi soga chica esa mi puñado chica mi muñeca mi piel que mi ella me dijo que no la otra vez y ahora dice y llora y le digo no porque no porque quiero llevarla al patio cuando salga mañana hermana que no te presto mi no importa que llores, no importa que acuses total qué van a hacer ella, él cuando quieran gritar.

Nota aparte tiene la mención de Gonzalo Millán (19472006), al que conocí en las mismas circunstancias que los primeros poetas nombrados, un poco en la intimidad y

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camaradería que proporciona el compartir un trago, por ahí, en algún bar de Valparaíso. La relación que observo con mi trabajo es que su lamentable fallecimiento coincidió con el retomar de aquel alejamiento o cuarentena o como lo quieras llamar, amigo lector, al tiempo en que dejé de lado mi libro. Este sensible hecho me vio enfrentado al reencuentro de mis textos y los nuevos sentimientos que me ofrecían estos. Acudí a mis libros en busca de Millán, pero sus poemas no conectaron con el sentimiento de entonces, por lo que recurrí luego a la tecnología en busca de algunos textos que no conociera de él, esto me llevó a unos versos que circulaban por la red, los que tenían como título ―Veneno de Escorpión Azul‖ (2007), este hermoso trabajo de Gonzalo fue escrito a manera de diario de vida, incluyendo las fechas, y previo a la esperada muerte del vate. Dicho trabajo contiene el dolor, el respirar, las crisis, las miradas por la ventana, los instantes de melancolía y cada uno de los episodios que el cáncer ofrecía, los que Gonzalo Millán aceptaba paciente y provechosamente de la mejor manera que podía hacerlo, escribiendo. El veneno del escorpión azul de Millán, me acercó al sentimiento que me restaba en este oficio, entonces pensé: este poeta, este hombre que quizá nunca recordó mi cara ni aquel momento en que hablamos de poesía en ese bar. Ahora sabe de qué estamos hablando nosotros, los que quedamos acá, presumiendo de la muerte como un payaso funámbulo, como un ilusionista al azar de la ruleta rusa que juega con esa muerte tan lejana, y como si nos perteneciera, como si fuera en nuestra casa, en nuestra cama, como la más bella meretriz de la ciudad, sucia de antemano, y aunque todo esto sea mentira de poetastros, que está mordiéndonos por dentro, como el hambre…

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LUNES 31 JULIO Preferiría morir a la hora del crepúsculo, cuando se incendia el horizonte, el ceibo enciende sus lámparas, cuando el mar se oculta en las tinieblas, en la barca náufraga del sol. Hablemos de la cesta mejor, del canastillo tejido por el pincel prolijo, de grecas hechas con verduras escamosas, de las correas trenzadas con flores. El horror de estar dañado como la manzana. El miedo a tropezarse con la respiración y sufrir el ataque de la tos en público. Estás en manos del terremoto y la peste. Ríndete al caos.

Nuestra riquísima tradición poética se caracteriza por tener un abundante repertorio de autores que se atreven a escribir de la muerte, pero de manera figurativa por supuesto, pues, como bien nos recordó Lihn en su ―Diario de muerte‖, nadie escribe desde la muerte. Es extenso entonces el catalogo de quienes en su imaginería proponen según la figuración propia, las variables y continuas formas que el lenguaje poético permite. Entonces ―La proliferación incesante de los signos de la muerte en un cuerpo y el diálogo imposible con ella constituyen el juego trágico en el que la voz del poeta fascinado hace posible su muerte anticipándola, inventándola ahí donde el ―yo‖ de los demás no da ninguna luz sobre su propio fin.‖ (Triviño, Gilberto 2006)

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Existen varios poetas chilenos y extranjeros de mi generación que han dedicado algún material a este mencionado tópico, pero en el caso de los que he citado, se presenta acompañado de los correspondientes ―rituales‖ en que nos hemos criado, como si nuestra infancia hubiera transcurrido en la misma aldea. La imagen del velorio es, para nosotros, un capitulo insondable, necesario; lo mismo el funeral, la perdida en definitiva que requiere inevitablemente del luto, último paso en este transito largo, que posee además ese forzoso paseo nostálgico hacia el ayer, ese ayer del que alguna vez estuvimos todos. Las citas de los poetas que contienen aqueste exordio, vayan para cada uno de ellos mis respetos y mis agradecimientos, además de sus poemas aquí seleccionados, cumplen únicamente con la función de dejar de manifiesto el dialogo hermosísimo e inevitable de la poesía en una generación de creadores entregados por entero a la disciplina que nos exige el oficio; por supuesto que constan muchos otros bardos que han hecho uso del nombrado tópico mortuorio, pero mi antojo estuvo en ubicarme tan exclusivamente entre estos, los amigos y conocidos por mi, a excepción del poeta Christian Formoso que seguro el trabajo poético en algún minuto nos juntará, y con los cuales discutimos y discutiremos en algún momento de este, para mí, tan curioso fenómeno, que nos ocurre, para hacernos de la muerte, de la misma manera que la poesía se nos hizo tan de hueso, tan de lápida, tan de cáncer, tan de Claveles. Juan Eduardo Díaz Valparaíso, julio de 2009

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 las hilanderas 
Mas acaso no vale la pena gastar tanta atención y tanto esf uerzo para conocerme. Más tarde -en la sociedad más perfectaalgún otro, hecho como yo, ciertamente surgirá y actuará libremente. Konstantinos Kavafis

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la devanadora

I

Lloverá al rabiar de los queltehues saldrá el sol a la sombra del escarabajo a corte de vidrio un grito en la calle y desnudo. El hábito ensimismado de un monje en penumbras arrancándose el alma sin siquiera desdoblarse para hablarle de Dios a un niño con la fría esperanza de creer en él.

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II

Se podría decir que todo esto son los telares tú un hilo más, el color lo elige cada uno pero no pienses en los tonos pasteles. Las puntadas son de parte de la devanadora sabes aunque su beso no parece tenebroso, ésta es la mano de quien siempre acomodó tus huesos.

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III

El temor a la sangre de tan lejos no se necesita revisar la memoria evocar las rondas atado a la mano de… Quién lo recuerda en estos tiempos? Podemos hablar de angélicas esas que alguna vez temieron mirar a los ojos pues, aunque fueron cándidas las misas nunca dejaron de torturarlas hasta hacerlas llorar.

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IIII

La que nunca ha de pasar por acá puede atravesar descalza la fragancia fúnebre pero es la una también de tres melancólicas. La del devanador a hilos de piel, cabellos o como quieras decirlo. Olor de parto y placenta agria el útero generoso. Ahora es el fin de la gestación. Eres tú, la parca y la madre.

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la tejedora

I

Ir dando sucesivas vueltas al devanador descubrir el cuerpo entre la baraja del naipe donde es habitual apostarse y esperar ruletear la duración de la materia el paseo de los domingos en el parque con lápidas de cristal, sólo por ahora que se es capaz de pisar el césped.

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II

Y si se conoce de memoria a madame butterfly se podría decir… que uno se conduele mirando la poca duración de las cosas. El hilo celeste que sale retorciéndose del cigarrillo y no respires que es uno mismo camino a la calle pero sin detenerse bajo el dintel de la puerta.

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III

No es de preocuparse cuando la vestimenta se rasga es como encontrarse en una película antigua. Contar los peldaños al subir, sólo al subir. Disfrutar de la suerte anotada al pie del acta de nacimiento, ese contrato que cargamos por el resto del oficio. Es fácil hacerse el sordo al remendar los calcetines rotos

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IIII

En una vuelta más, es ella quién sopla cuando las otras dos se descuidan por mientras la fibra de cada uno cuelga. Encontrar intacta en el guarda ropas la chaqueta de lana ésa si es suerte paradoja de morirse de la risa pero cuida que todo no lo sepa la de las tijeras.

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la de las tijeras

I

La decisión puede ser al momento de cerrar el libro dejar caer las tijeras y marcar la página con la foto de un niño y su cachorro atrás toda la familia, porque si fuese necesario bastaría con sentarse por un momento contemplar el tabernáculo vacío y descubrir en el retrato quién es el que falta.

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II

Una anciana en el vaivén de su mecedora a los pies por millares restos de hebras. Es el momento justo de hurguetear en el bolsillo las sorpresas aparecerán de a poco. Colgante de colores y amaneceres. Las figuras del ajedrez se hallan lejos de la matemática del tablero. La mujer cercena uno a uno los hilos de aquel colgante.

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III

Y según el paso del tiempo es más difícil engañar a la parca cuando se es joven un salto y ya está un corte y listo sentarse a esperar que fluya. Porque nunca se recuerda cuántos son los peldaños al bajar rápido la escala. Ahora si se quisiera no es posible pintar el cielo del cuarto cuando ella sonríe a los pies de la cama.

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IIII

Es severa esta mujer, la cortesía llegó hasta aquí descalza, hecha una vida de seda se ató firme de mi mano, tomó algunos nicotinosos para el día. Pero ya la quieres llevar contigo. Tanto me entregó al esplendor bajo la mesa todos esos gestos. Grata no es el adjetivo las gracias nunca me valieron más en desolación. Ya está, es esta la composición que recuerda el olor de los claveles.

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 las flores 

De mi cuerpo, sus partes marinas irritan horizontes, negros huesos me sostienen y lo cautivo devorador, en mi llanto buscan cuajarse mármoles y palomas. Humberto Díaz Casanueva

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los claveles no huelen a cementerio

No sé cuál será el día al borde de los huesos continuados uno a uno atrozmente como anaqueles invisibles, algunos recuerdos se descuelgan atacando florestas, mansedumbre que asusta al amanecer. Los claveles no huelen a cementerio, el abedul llora imitando a un sauce, es que al fondo de la tumba hay un charco de agua. Pero no te preocupes vidita que son los cementerios los que huelen a claveles.

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cuando los niños se marchen
a Danilo Díaz C.

Los niños tomarán sus pistolas de agua y sus autos de madera, las niñas sus muñecas de trapo y sus vestidos de colores luego, con sus juguetes, se marcharán juntos fuera del mundo de los grandes, nosotros quedaremos solos y tan tristes en medio de un páramo ardiendo en la garganta como la ira de Caín.

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verso cortés

Fragua verso mío toda esta noche que luego volveré a tu voz quién sabe si mañana llegue a quererte tanto para decorar de claveles y jazmines el portal de tu nicho sepulcral o en demasía repudiar tu canto y sea capaz de restregar violento tu trazo con el odio implacable de mi borrador.

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el limpiador

Jabonosos los jureles apilados del limpiador, cuchillo veloz a veces puñal, la vista hincada en las entrañas. Gaviotas y albatros devoran los deshechos un pelicano lanza al aire un pescado. Botín en su bolsa vuela.

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el hombre que no habla

Oculto entre mis vértebras se arrodilla frente a un muro y llora por las manos vive a través de mi registro malgastado se estremece a la manera de una antorcha. Es en este oficio donde se puede sentir tibio el rostro hasta caer por el barranco en mansedumbre bovina como las tercas piedras que no pueden aunque quisieran moverse. El hombre que no habla delega el deber a los cirios que ya piensan en retornar vacíos de aire y tierra en los ojos. El miedo largo a la sombra antes de tocar mis pies. Entonces tornamos a mirar como hasta el inocente color verde se ha marchitado en la estepa del pellejo cortado a saña por una hoja mellada del insolente álamo de la infancia.

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la curiosidad nos matará a todos
a Cristian Carrera

No es conveniente hurguetear en la bolsa de sorpresas que se nos entrega al momento de recibir la vida es posible que un día nos encontremos con la muerte o peor aún con nada.

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con treintaisiete edades
a Vladimir Maiakovski

El arma que conservo en mi abrigo tan paciente esperará a que lleguen treintaisiete edades cuando me entalle en la camisa amarilla y redoblen las campanas mal grabadas de la catedral de mi pueblo hasta que al fin la angustia literaria me acabe el acero frío de mi arma cortésmente aguardará en mi viejo abrigo, cuando Moscú esté cubierto por la nieve y en San Bernardo griten otoños las hojas bajo los zapatos de los poetas que embobados todavía insisten en los románticos rusos.

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el imberbe
a Marcelo Sepúlveda

El imberbe se ha cansado de sus fantasmas nunca fue buena la idea de seguir prisionero en la cama del enfermo, los ojos no se gastan si sólo se observa desnudo frente al televisor pero es sobornable la quimera infantil. Basta una caricia postrera para ser recordado un insinuante beso con restos de comida y los labios grasientos por la sopa fría. A veces es bueno entregarse al silencio a veces una sonrisa no basta, pues el mar se queda en halito seco de cada mañana.

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nicho

Como tomar de la nada aunque sea un puñado y recordar las mandas incineradas por la soberbia de cientos de velas. Tengo el alma grisácea, como una camisa húmeda treinta años en el tendedero, la espina de un ángel negrísimo escondido tras los huesos. Por la nariz escurre vaporoso un tono de rubí. El balbuceo en rezo que se arrastra al modo de las piedras es como el color azulado de la noche donde se pierden un par de miradas separadas por el océano, y ya no queda más que llorar sobre las nuevas yemas.

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bastedad de amigos

¿Has tenido la espalda al sol hasta que el frío se esconda en el abrigo de lana? Pues, los amigos huelen a bastedad

la chaqueta de poeta es a sudor usado, ajeno. Hay que mantener las botas limpias dejar el amor maniatado en el bolsillo de la camisa de los domingos y consultar el reloj de vez en cuando.

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la sombra

Pasó por este lugar. En lo sosegado de la mañana se entromete nublosa por los barrotes de la vidriera, se echa tibia en el piso como un perro.

Era distinguir la sombra o manejar el miedo con los ojos vendados. Al vuelo canallesco un cuervo imita el planear con esqueletos de gaviotas de un lado para otro sobrevuela las tablas del piso interrumpe el sueño tosco. La ánima en mi habitación a ras del suelo pero sin siquiera mirarme.

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última visita

Quebrarse y hacer agua por todos los rincones al modo de la sabana un aumentar lento de niebla en la morada, el coro nupcial a la arrastra en un millar de voces, por debajo del piso de madera por debajo de la puerta se desliza. Las patas de la cama hierven al rocío de la escarcha a un costado inmóvil el espíritu, —retrato de parada— abrazado a una maleta la divisa a ella.

No es capaz siquiera de asomarse el sol por el patio se pasea inquieto, de vez en cuando se empina por la ventana como ese pequeño que lleva mi nombre y concibe lo sucedido aquí dentro. Los deudos por fin respiran y sollozan a veces sonríen, a veces no.

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la vigilia

Y ahora que se está ahí dentro a la manera de un terno antiguo puesto confortablemente en aquel baúl. La conclusión del tiempo hace caer por ley de gravedad hasta las plegarias, la carne y la fragancia de los claveles. La forma es lo menos que importa. Aunque pareciera la siesta al sol luego del almuerzo. La contemplación de la tarde hasta que el sangrar se hace vigilia. Todo el resto de la noche para meditarlo las cuatro lumbreras apagadas. En la habitación de adjunto la pena de todo un océano. El dolor diluido hasta la puerta de calle. Diferente es que todo decante en lo profundo y no temer a las llamas, de ángeles y demonios. Es el espíritu jugado a una partida de ajedrez. menester ahora

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honra fúnebre

Huir de las fosas que tientan a cantos de voces oscuranas hábitos roídos de monjas, la represión por ajuares de sedas y encajes blancos. En forma de composición musical, es el texto litúrgico en la misa de los difuntos. Ésta, la honra de la afonía, en que se es capaz de negar la voz materna, donde se doblan hasta el quiebre los dedos y el eco de los huesos se sala hasta hacerse una misa. Descubrir por el peso en el hombro las exequias como caminando con las viseras a la arrastra y negarse a ser ánima y llegar a odiar las flores olvidadas que inciensan de ese olor a partida estos pasajes. El cuerpo enraizado al fondo de la bóveda. Es preciso quitar los tallos que martirizan la brizna de la tarde

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el agonizar del silbido luminoso que me ampara. Población de lugares comunes, es cuando la tarde se hace por los techos junto a los gatos. Esmalte vigoroso de la laude que no se cansa de ser lápida y hasta la tos el olor del palo santo tan capaz de quemar a rabia de carbón estos números romanos y todas estas cruces.

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el luto

Nuestros ángeles fueron los lugares comunes oscurísimos demonios atados a las costillas con cadenas aquí en el pecho justo donde más duele la pérdida: de la confianza, del espíritu, la coherencia de las cosas del tiempo, de la vista, de todos los sentidos las piernas, el pelo, los dientes. La muerte de Dios, de los parientes de todos los amigos, del amor todo aquello y aquellos que ya no están nuestros muertos.

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las flores

Con el alardear de la época, tan cercana a la imbecilidad senil es fácil revolver el agua turbia para alcanzar el olor del aire que hace meditar en su crimen. Hemos soñado la época feliz de los padres como el indeciso desbarrancamiento de la memoria sobre un plato con la sopa aceitosa y fría el desquiciado mirar de las sobras como la suciedad domestica, los derrames sobre la cocina y el basurero hastiado. Porque fuimos quienes aparecimos desarropados y pervertidos tras el velo, nunca fuimos la multiplicación de la miseria, la catarsis contemplativa del que va en caída. En la bolsa del pan se esconden todas las vilezas y los tedios de un alma muerta de hambre, y reseca como la antigüedad en escabeche de la creación final del hombre.

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La cortesía ordinaria de pasear mirándolo todo hasta la mala costumbre del manoseo casi malhechor. Ni siquiera tocaría invitar al entierro sotanas ni hábitos. Y es que tampoco nos estremece la honesta

inseguridad de Dios ya corrompido como un cadáver. Tengan el valor que tengan, antes o luego del pacto todas la flores son reutilizables hasta el marchitar de la conciencia ellas son públicas.

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           

 porqué no el rezo 
Esta es la recompensa de la f e En el descanso eterno. Incluso la muerte Miente. El vacío engaña. No caemos como hojas de otoño Para dormir en paz. Seamus Heaney

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rito

I

Muerte personal muerte familiar muerte social la reflexión con una curiosidad de infante. Como un paseo por la ciudad de todos los días con calles y plazuelas en un gris fantasmagórico como si hasta los habitantes de un Spoon River hubieran desparecido para siempre. En medio de todo es la sensación que provoca huir de la misa los domingos con la solemnidad de la infancia cargada sobre los hombros hacia el transito soliviantado de visitar a los parientes y amigos. Esos recuerdos de ceremoniosos velorios donde el olor de esas flores baja en la tristeza de los deudos por los muros y hasta los zapatos, después asciende en la espesura del ambiente. La repetición en coro del avemaría, gotera eterna e inquieta en las cuentas adormecidas de los rosarios.

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II

Del litúrgico el silencio. Todas las sillas deshabitadas y enfiladas junto a las paredes cientos de pétalos esparcidos hasta la puerta de calle y ese olor de los claveles que no hace nada más que recordar el dolor del luto. Como en el merodeo de la ciudad, la inquietante impresión de estar caminando por la plazoleta. Un pestañeo no basta para cavilar que los claveles y los gladiolos no huelen a cementerios. Aquí inician o se detienen todos, en las flores, de ahí atrás o adelante, de manera anacrónica. De cualquier forma el subconsciente logra captar, según las claves los mensajes del discurso poético, lo mismo un álbum de fotografías, no importa si se mira en la lectura de izquierda a derecha o de forma contraria. Un lugar de pronto intimista

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donde el hablante utiliza perspectivas de ciego como dentro o fuera de la urna, como difunto o como deudo. Un trabajo en donde el lector y la figura de los padres parientes y amigos, serán reconocidos de un lado o del otro de este espejo, pero siempre con un ramo de claveles entre las manos.

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parricidio

Ah! Entonces en qué podemos pensar si quien camina es un alma que se desplaza con los pies fríos a veinte centímetros del suelo, su boca no revela voces pero todos sabemos que busca a Dios con la arrogancia de un cuchillo mustio en siniestra. Es un juego cruel que denigra como un infante como la risa burlona frente a la niña fea. El solsticio se origina ante lo vano de la vigilia. Un beso bastaría para concluir la venta, con la piedad de un pastor, mientras la sacra sangre ordinaria se coagula. Un rumor de pasos se aleja calmo lo mismo se guarda el cuchillo a la espera de los vengativos ángeles a la hora perfecta del ángelus.

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repaso de la memoria

Guirnaldas desteñidas de la navidad ocurrida hace meses me repasan que una vez el brillo de los ojos se opaca como en el gris de los huesos sin saberlo sin siquiera preguntarme por qué duele. De la misma forma que suena el ataque de la lluvia en las acequias, sobrenterrando ese último brillo en la mirada de los objetos, con cierta impaciencia que asusta al mirar su sombra. La fisura del tiempo donde aparece el aviso de los niños que huyen aterrados por el viejo del saco, como la fuga infantil, disgregadora, impura, capaz de restregar en la nariz, ese olor de la leche vertida sobre la cocina, el pan tostado y los colores de las cortinas deteniendo al sol. Con la misericordia de mis amigos ante el perro ya cadáver y el llanto de la mujer frágil y maniática del barrio.

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Entonces la promesa de jamás poseer un cachorro porque la defunción es terrible sobre ellos porque ellos se entregan durmiendo a los gusanos y durmiendo también se hacen huesos y miseria ante el pasar curioso de mis chiquillos.

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espejo

Incluso en Arcadea acecha la muerte tiene la forma de un espejo de cuerpo completo capaz de llevarte al sitio donde se encuentran las hilanderas. Entonces qué es mejor: un grano de arena o una roca? Ambas en el agua se hunden de la misma forma. Mientras un río se lleva cadáveres con los rostros de los hijos la carencia se presenta como luces en los ocasos encallados por toda la rivera, mientras un niño monótono deletrea su nombre. Cuando uno ríe todos ríen contigo pero cuando lloras, lo haces en desolación. Entonces la memoria olvida los refranes de oriente la adivinación de la metáfora del tiempo y los chubascos de frente a la playa cuando el lenguaje en forma de escarcha escurre pretencioso con las ganas de un llanto en agosto.

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lugar

Todas las veces que he muerto al recordarlo. Cómo hacer llorar al mundo y hundirlo hasta los cabellos cada uno de los repasos hecho a caricia de martillo. La figura demoníaca de dos unidos por la cabeza esa extraña melancolía que se ponen en los ojos los de mi aldea, a la sombra de los cerros que me acortaron las tardes. Las miradas no son tantas para irse, me dije alguna vez los gestos no fueron suficientes para inventarles un recuerdo porque poseo la quietud que produce un aullido. Tengo la vergüenza de crearles todo de nuevo y ni siquiera el esfuerzo de hurgar en los cajones de la memoria, las fotografías tipo polaroid y la paciencia de Cesar Disi. Ocurre que me indigestan las carreras de los galgos tan básicas.

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Reclamo el lugar de los que se quedaron la romántica colonia, Augusto DHalmar Fernando Santiban, Manuel Magallanes Moure.

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epígrafes

Todos mis epígrafes no supieron de las veces que robe delincuente en los jardines misteriosos aunque jamás lo entendiera la flor de mi amargura como todas las espinas que quité para no pinchar sus dedos por el temor a que me descubriese.

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la saeta

I

Eres de las esquinas amuralladas, de los altares y portales noblemente ajados ¿Quién te hizo tan antigua? fragancia a manzana que desprendes. Punta del sarmiento que se quedó en la cepa es que supongo los rumores serpenteantes que se trepan por tu piel hasta depositarse ahí, donde soy la copla breve para excitar la devoción. Penitencia obligada al vuelo de una mariposa.

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II

Victoriosa con la luna a los pies, y la hembra culebra revolcándose, castidad impuesta so pena de espada. ¿No eras acaso la que debió quedar bajo las piedras de Israel? Una persona canta en la procesión, te hallará extraviada junto a las tumbas de esas que fueron angélicas yo te veré enamorada entre los versos de los disidentes un nombre como sangre entre tus labios, tan oscura de sino, el luto de tu vestir.

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III

A arrastrar de osamentas las cadenas, el lamento a escala de mausoleo se te sale a la calle en forma de temor de perros; si te empinas un poco puedes verlos como huyen a refugiarse en las ruinas. Cierta solemnidad que no tienen los hijos del Cristo, sino hasta que al fin la parca los invita a tomar el té.

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mi Dios

I

Comenzar un ciclo tan de noche como los que pasaron el misterio del comienzo una vez más… Amable soberbia de mi Dios, pasada de chubascos. —Riachuelos arrastrando cadáveres—. Se apiada de la gente que no es capaz de reconocerse cuando es atropellada. que se crea

desde las calles concurridas de una ciudad

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II

Generación Blondie en Santiago del nuevo hastío. Ellos envían ángeles en tonos vampirescos a sobrevolar la ciudad. Mi Dios camina entre las manos de muchachos que muerden sus labios hasta sangrar ellos se excitan al beber el denso vino …

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III

De luto. La canción es melancolía de claustros, la ofrenda que depositas. La piedad de tus camisas a pureza de cátedra-les es el plagio del génesis —Mi sed descansa en la oración y sollozamos de contento—. Ahora que tu sangre es alabada rebosa de mi alma y sal en pasos de adoquines a la ciudad indícanos en dónde es que aparece el sol...

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IIII

Es entonces, que los tiempos nos pertenecen la era donde nos movemos por entre calles con las manos en los bolsillos y nuestras doncellas pálidas a teatros de máscaras. Robamos el silencio del transeúnte cabeza agacha descubrimos ese rincón maltrecho el pecho formado por el vidrio de miles de ojos trizados.

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V

La oración de un niño, que aún se arrodilla en el tormento —rosario de noviembre—.

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VI

Vestidos de angustia, ángeles

somos los románticos

de siempre, el placebo rebelde en la creación. Nosotros ya hemos muerto la ciudad que tanto amamos sin siquiera permitirnos llorar nos mató.

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un canto de mone piaf

I

Que entorpecida se va ésta, mi diestra hecha en la greda firme de tu cojera, apenas desgranándose un poco la ira, escurre salobre por los labios estancada espina. Me brota aquí donde duele huyendo por todas mis bocas mi diestra madrugada.

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II

Sin embargo levanto el beso, a brindis sumergida en el pétalo de la casta infanta me queda la dulzura vulva gota a gota

a la sombra primavera excitada de no sé qué roces. De memoria una luna para ti, matinal cabellera dos enredadas en la almohada.

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III

Bien lustrados los zapatos, ni pienses averiguarme el nombre gravado en la cerca. Siempre fuiste la del vestido veraniego en la rivera el susurro imaginado de tu camastro somier de latas y resortes. Por la ventana te mostrabas saltarina el escenario de ahora florece y parece que no acaba.

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IIII

Pues, mocito bien te recordaba, un gato tras el cerco y tú flaco que cabías entre las tablas. Cómo iba yo a ser de puras flores, si tus miradas me cogían hasta el alma llana de fragancia en eucaliptos, vaciada para ti como a restos de pan en el camino. Tristeza a llanto, un canto de mone piaf.

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viejos roneos

a Juan Díaz O.

I

Papeles jubilados, de cobardía resecos a estancado de crepúsculo, que no se puede pensar en ese batir de amarillo quebrajado por la piel la corteza del álamo y ese temor de siempre a la alfombra dorada existencia confirmada por la estación.

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II

Está la habitación pintada de escarcha hasta el pasamanos enraizados los muros —aquestos rincones de fondo marino—. No hay un hilo en este lugar de tantos espejos tu reflejo mirando tras la puerta, que el frío descansa en las cuatro patas de la cama.

79

III

Soñador caído como su propia mente, sus abrazos rotos de huesos, el cabello blanco que contrasta con la sombra entre las piernas. Sabes que el otoño se quedó en el lumbago crónico de la madre? en la ceguera fingida, en los besos...? Defiéndete entonces con la juventud alojada en la garganta, y si puedes, muestra ese beso en el cuello, ya reprimido por sospecha.

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IIII

No se evitan porque sí los caminos, la tierra a lágrima en los ojos, el cuento escondido entre los restos roídos de uñas, el poema impregnado en los calzoncillos pues se huye mirando el horizonte, ciego, con el pequeño anudado a la mano, marcando con una vara la senda de vuelta, aún arrastrando esa sombra atada a tus pies.

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por la tarde saldré a buscarles
a Mónica Cáceres C.

I

Me vengo hasta aquí hecha tragedia lenta que el sol gotea de tormento el olor del cloro que me lloro de mirarlos las rodillas por sécula, el piso de madera sin pensar que aún existen los abrazos cada fin de año. que no se ven los albatros. A rabiar la espuma oscurana, y tan de cerca la mar

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II

Hasta aquí por el cable telefónico nunca a la rueda rayada del cartero porque el trazo se hizo esquivo a mi destreza como a mi madre y por ella.

No bastó el susurro auricular de brizna excusa el último te quiero del bolero en rocío y toda esa gente que ni siquiera sabe de nosotros fragancia de tan lejos.

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III

Porque me vengo con la edad apretada en la mano mi vientre anudado de sombras celestes para nunca más en la vida. Niña en el patio y vestido a lunares. ¿Dónde mis restos que ya no los oigo? Colorido escarabajo, el mantel invariablemente tarde. Descubro aún la habitación llena de sus ojos y el vaso de agua. Sólo una foto quieta.

84

IIII

Hecha tragedia es que llegué hasta aquí bostezando por la tarde, tan lejos de ser nosotros. ¿Vieron mis manos rugosas? El ermitaño reloj de arena entre las orquídeas el celeste que hubo en el cielo y en la casa de madera la saliva a tromba de mares y barro. Este es el beso que se quedó en la punta de mis dedos.

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ellos
a Italo Olguín

I

Ya no por la casa, de par en par todas las puertas han huido, soñaron tocarse un día con las olas. La virgen nativa esperando suceda algo antes del otoño. Y no dice nada el océano, el niño sordo le mira de ocho a ocho, los días que no supo cómo leer los labios. El engendro en eterno estado de coma de vez en cuando le obsequia la niebla de los mármoles con la vana esperanza de todas las noches todos los misterios, como hace treinta años cada una de mis edades.

86

II

Geografía postal robada en el reverso del sobre sin tropiezos escala abajo de siniestros adoquines dialogando la intención gastada de las cumbres. Ese silencio de subir y bajar que no cansa al gris de los huesos, el negro de los pulmones el caos de los edificios de más de veinticinco pisos. —Yo no sé— Descubriste acaso el rumor del mar? Lo que ya no espera la india cada día?

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III

Pulso irrepetible, boca pintada con la siesta de los terribles incendios. Sangrienta que se frunce cuando la halla en el descuido sin abrigar siquiera sus teclas en el pelo. Silueta de media tarde. La emoción por mirar a los ojos basta para maltratarse… El filo a corte de piel, la nostalgia: las ganas que me vienen a veces de manosear el asesinato.

88

IIII

Todo aquello que se hereda de los padres, creyendo que jamás los veríamos —no se darán cuenta— dijeron alguna vez. Hasta la mirada, el rumiar boca a bajo los sesenta, setenta o cuanto tiempo sea ahora. Aunque juren que nunca los oímos, que dormíamos cansados de pichangas y rodillas rotas.

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V

El guiso largo después del almuerzo, frío como el engaño. Todavía me asustan sólo de recordarlo de practicarlo ahora… con ellos, con otros conmigo inclusive pero antes de susúrraselo al nubloso de sus oídos o al ferroso de sus lápidas.

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nosotros

A la hora en que se vuelve a la calle, los ebrios del tras noche añejado ocultan de los transeúntes el vino de sus penurias. Con el anhelo infantil piden la moneda de nunca ceder. En la puerta de casa recitan piropos a las chicas fantasmas. Las mañanas tienen los mismos colores de las tardes aunque ellos se aman nunca serán iguales las sombras se encargan siempre de cambiarlo todo sólo para decir que no hay palabras en medio de un beso. El opaco nombre de cada uno de los nuestros se va por el humo brusco, hasta que al fin el alma se cura de la enfermedad de tener cuerpo. Que renuncie todo el mundo, porque venimos los temerosos como huyendo antes del alba en lucecillas polares el miedoso humor que ocurre después del crepúsculo.

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Los huesos aguardan tallados a mordiscos, el polvo se une al rocío y ambos son una escultura ciega de azul justo en el momento en que la anciana de las golosinas enloquece por el desorden de esos matizados colibríes que resultaron no ser más que sencillos gorriones. Crear una secreta antigüedad capaz de asquearse por las cenizas, como en caídas de ángeles encendidos aún de tormento, pisando las ganas como quebrajando el hielo. A cada uno de ellos, lo primero de las sobras, según el peso de sus viseras, según la extensión de un suspiro.

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mi memoria no tiene ca balleros

I

¿Eres acaso el que aguardó tras la nueva puerta? frente a ella te esperé, gotera de espinas porque has sido elegido por mis dos manos porque soy capaz de trancarla con versos. Pero no le creas al graznido del cuervo, ellos no te pertenecen, los usaré contigo por un momento no te permito siquiera que los recuerdes. Sólo la piel te dejé entre las telas y algunos cabellos para que llegues a odiarme.

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II

Mal acostúmbrate de mí, cuando salgas a la calle y no me encuentres nunca más en tu vida. A porfía el recital blando de las piedras el humear de mi cuerpo en la habitación apóyale mi cabeza en tu almohada, cuando te mueras de la musiquita quitándote los huesos. Anúlate cuando intentes olvidarme no tiene caballeros. ahí quieta.

Los caballeros no tienen memoria. Mi memoria

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III

Prueba lo imposible y enamórate de mi vestido a toda voz, descubre a modo de regalo tus osamentas en el velador, híncale tus dedos a las cenizas y espera la brizna de mi respirar. Que tu reloj se hará escarcha a un costado del cenicero y no podrás describir siquiera mi rostro las marcas de la vida como un encaje negro en la piel cuando todavía conserves mi retrato.

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IIII

Aunque te cueste el sueño, y me veas en todos los ojos café, a las nueve de la mañana aún cuando todas las muchachas te besen y descubras mi cabello subiendo a todas las micros. En ese instante deberás perder la memoria

quedarte tan sólo con la piel desvestida de tu desolación y el tibio clarear de todas las mañanas que te quedan por no morir.

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de éste lado

I

He sido a veces… la desnutrición del alma, el golpe atroz del vacío en la cara y la voz sacada a mordiscos. La propia pena que se trepa por los hombros de la vergüenza. El olvido adrede de esa muerte que no espera en los cementerios la que no se esconde en los hospitales la que no se dejó manosear entre las hojas del luto. Como si me tendiera en la cama a la espera de treinta años de ocio, contemplando la osadía del sol encaramado por los muros. Qué más quisiera que mi propia sombra golpeara a la puerta, aunque sea en invierno invitarla y servirle un té en canela. Mirar cómo se esmeran los adoquines por entre el asfalto. Porque la lluvia se irrita cuando me dejo mojar

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y me enfrento a la calle. La perfecta combinación… Serían mis zapatos empapados en casi todas las esquinas el absurdo modo de un semáforo que juega a ser ciego hasta parecerse al desteñido color de la ciudad. Huir a ladridos, quién sabe a dónde por las aceras, mientras se planea a conquista el nauseabundo olor de la urbe. Todos los sentimientos arrancados con saña de impermeables demoníacos, como esa bondad que posee la ópera y que sabe a perros. Herencia en la quietud de quien lo pueda ver al justo momento en que estrangulo un bostezo.

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II

Recurrir a la psicología del asceta que no deja de hablar con sus sujetos transmutarse a la manera de las cínicas en la pared y enfurecerse tanto para descubrir el rincón donde se esconden las ánimas. Pues, ya sé quién musita mi nombre tras los árboles ya sé quién se mueve de reojo en mi habitación lo he descubierto aguardándome tras la cortina amoratado de tanto aguantar la respiración. Rostro de suplica que se deja acariciar en los retornos donde las conquistas suelen ser imaginarias. Los objetos y sus marcas, a la manera de un silbido desentiendo sus recados por entre los recovecos en un bosque de papel lustre. Tratado de amor... y el odio a causa del mutismo de mancebas miradas las traslúcidas con rostros de princesas niponas.

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Fuerza de voluntad que se vuelve preciosista incapaz de pisotear las flores monocromáticas. Simpática combinación que inflama a algunos de mis consortes paisajistas. Sus raíces reventándose en la sien, como los nervios y hasta el brazo, la sangre brotando por entre las uñas.

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III

No podría ser tan apacible… días desmoronados lluvia de la harapienta estación, —yo no sé— odiada por los queltehues, aún en costumbre de los flojos aceros. Apenas la mirada y sobra todo el cielo, falange siniestra que riza un mechón en tu cabello, el hazme llorar que me obsequias. Porque todo me lo dejas a hurtadillas, imitas el proyectar de mis intenciones que son tan quietas, como cada treinta de enero como cada final de semana. Hasta podría hacer caso del temple que adquirió esto que mueve mis huesos. Intento del aroma sin derecho al duelo. Con la seguridad que posee el fastidio

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de los antiguos románticos tópico en tono de recurso poético, como siempre. Encanto quejumbroso que crispa la envidia de enaguas y vírgenes, materia primorosa del talle ofrecido porque sí, por la certidumbre mensual de la luna lo suntuoso que pueden llegar a ser los funerales o el tiempo que demore en explicarte cómo es que me planto de éste lado del cortejo.

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descifrador

Este corazón de madera te pertenece amadísimo descifrador lo tengo en mis manos y no le queda repuesto que valga. A ver si le sirve éste mi corazón de verdad cruel y humano, como el aire apático de cuando aún no es la tarde en el oficio de estirar las sombras. Este músculo puede ser tan capaz de quemar los ojos como el embuste de los rapsodas enamorados de sus propios encantamentos. Te convendría esconder bajo el polvo de los quicios cada uno de tus secretos, aunque estuviesen una vida a porte de sepia decoración y tendidos como hilillos en las paredes. La humedad del invierno nunca te avisó que el aguacero se venía para mojar la vestimenta de los domingos. Esa es la justificación para verte llorar.

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Te queda descifrador, recordar a fuerza los fines de año, con zapatillas y tenida nueva como ahora, pero sin este cortejo de fantasmas.

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          

 mono-ambiente 

Hablar en una pieza oscura. Los pájaros emprenden vuelo hacia la neblina del espejo Y no volverán. El espejo va menguando.

Kenneth Rexroth

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so pena de un recuerdo ti bio

La casona se hace tan encima de los huesos, bastan veintisiete huellas en la tumba del pino oregón y de pronto silenciar la luna de la calle sólo con un clic. Agrietas el umbral tortuoso a empellones, te lanzas oscuro entre los brazos de los fantasmas que esperaban tu llegada en otoño. El mono-ambiente con ventanal y celosía te regala como bienvenida habitual la descarnada fragancia del antiguo sexo, pues descubres en tu cama a la soledad desnuda revolcándose con el silencio. Vuelves a enmudecer la lumbrera y enciendes un cigarrillo trasnochado, tumbas a tientas tu cansancio junto a los amantes. La nostalgia ahora te llama tocando el cristal del ventanal, so pena de un recuerdo tibio, conmovido la dejas pasar y le sirves un café dulce. Vuelves al ventanal con celosía y te detienes en el brillo del poste proyectándose en la calle mojada, desde ahí le recuerdas todo el pasado que amontonaste hasta hoy bajo el catre,

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pero el crujir de tu cama te avisa que de nuevo han de comenzar los amantes. Con ese ritmo la nostalgia se enardece, deja tus recuerdos de lado y se suma a ellos sin siquiera probar su café. El tuyo mientras empaña el vidrio donde te reflejas, tomas un sorbo largo de tu anochecido elixir. Descubres por la enmudecida cama que el silencio ahora se fuma tus cigarrillos, y es cuando te quitas tus ropajes como de concreto y te acuestas sin pensar en nada. Puede que el café no te permita dormir. La soledad, la nostalgia y el silencio se abrazan a ti como niños entumidos, ellos aún se acarician en evidencia, pero las sábanas están tan frías que descubres no poder más con esta inquietante desolación.

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ocaso
a René Díaz

Supongo no existir a un costado de la cama, no mirar siquiera al cielo en forma diagonal hacia el sol. El ánima desde el piso exacto de la vieja habitación, juntándolo todo: la esperanza inestable, la ventana que se traga el patio trasero, los intolerables perros que no se cansan de ladrar. Todo junto en la bolsa del pan y la fotografía de mis primeros pasos. Inquietante es el sin sentido de los rostros en la pared, tan transparente mirar de espejo, sin horas, ni litros. A segundos de la cerca metálica, un tic-tac como sabiendo todo de los mitos y que no está, me mata, me sube, me tac. Y lo supongo más allá del hijo muerto en medio de la carretera y por acá también hiriéndonos, empeñado a seguir este camino tan barbón. Todo en el mismo saco, los pasos más cortos y un viejo abrigo que por mi voz aún no me recuerda.

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¿dispara usted o disparo yo?

Entonces una pálida mujer acecha mi vida, en mi mano izquierda pone el implacable tiempo de esta esfera tornasol, en mi mano habladora incrusta un revolver calibre treintaiocho, de un soplo gira la nuez del arma, cual azulado cosaco que ha de soportar la nieve que cae en Moscú. He imaginado a Vladimir gatillando en mi cabeza, pero no conozco Moscú, ni Georgia, ni San Petersburgo. Me he embobado con los rusos paseando por la plaza roja, anudado a sus pálidas muchachas, fotografía junto a la reina de las campanas. Vladimir ha errado el tiro a su cabeza. Estaba escrito no es en la sien. Ahora don francisco lo hace pasar a la puerta B; el hombre del micrófono consulta… —¡¿dispara usted o disparo yo?! Descarga sus babas en mi cara y repite más fuerte… —Ey amigo ¡¿dispara usted o disparo yo?! Llevo el arma a mi cabeza ¡yo! sin darle oportunidad a interrupción y grito…

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El clic metálico relaja mi mandíbula entre vitoreos y aplausos. El celebre animador aborda a Vladimir mirándolo a los ojos, como confabulados lo abofetea una y otra vez con la infernal pregunta… —¡¿Quién dispara, usted o yo?! El hombre de la blusa amarilla con sus venas vaciadas de duda pone el arma en su pecho, pero el hombre del micrófono lo interrumpe mirando al respetable en sus casas… —Un momento amigo, ¿Está seguro? Y la respuesta es un solo ¡pafff! El robusto conductor cual infante salta de alegría mientras tararea a toda voz la cortina musical… —Que venga la modelo, que traiga el billetito. La mujer pálida se me acerca con una bandeja plateada a la altura de sus pechos de higos, en ella trae mil dólares en billetes falsos que parecen ser un millón. Guardo el arma en mi abrigo, tomo el dinero y miro sin sonreír al respetable a través de las cámaras. Don francisco celebra aún besuqueando al resto de las modelos. La pálida mujer arrebata mi reloj tornasol y se lleva el bermellón revolver de Vladimir que aún yace frente al televisor y en el suelo de su frío departamento moscovita.

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reniego

Blasfemo sobre los signos y las campanas a cincuenta metros del piso y lejos de las palomas roedoras. Decrepitar culposo de migajas de pan en los bolsillos, olvidadas por un egoísmo en el cuello a estrechez de corbatas. Beatísmo iniciado en el rozar de blondas y encajes invictos que punzan en la carne. Como recorriendo los labios con la atrofiada destreza de un dedo afilado de silencio, hombreado a heridas en el pecho y la sien. Mirar las nubes, no porque llora el cielo, sino porque empiece a llorar, desembocando mis huesos al pasar de los sepulcros. Como un microbús que me dejase algún día en la vereda y boca arriba. Apagando la tarde a la espera de las pesadillas, tan hambrientas como en la lejanía del relato de cuando era un niño. Vivir a destajo de la propia muerte, hasta sucumbir frente al espejo, con sólo una lágrima polvorosa en cada uno de los ojos.

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Son treinta veces cada una mis edades, reafirmadas de ladrillos y el tañido ronco de mi reniego. A mis pies el rebuzne quejumbroso de gusanos vivos de muerte.

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la ánima

I

De la manera en que duele cuando la tierra jala desde el suelo, atada a los huesos con pesadas cuerdas, de los extremos las piedras se enrabian incrustándose más abajo, tironeando desde lo profundo. El chillido oscurano se cae en los hombros, con el peso de un cadáver que lleva mi nombre en su boca, mis marcas en el cuerpo, todo el amor urdido en la piel y los ojos vendados. Maniatado como un niño en su sexto mes de gestación, a punto de salir a la vida, a un respiro de cargar con su propia sombra, que nace muerta de miedo, atrozmente desfigurada.

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II

Del modo en que un tiro a la sien no produce más ruido que el aire en el desierto, ni más sorpresa que un millón de flores en este mismo arenal. Entonces, no queda más que adueñarse para siempre del entorno, con los labios reventados, con los ojos todavía abiertos y secos. Todo el homenaje de esa fotografía postal para demostrar el eco desolado de la descomposición. Trova del lugar donde no hay mármol que piense siquiera en un nombre, un aniversario al menos, y descubrirse una vez al año pegado a la ventana, aguantando las ganas de salir a recibirle.

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III

Y llorar, a la forma de los muros, del piso, del cielo, el mono bloc odioso, despiadado, repleto de voces que no logran siquiera oírse, ni tocarse, entre ellas se espantan como parientes que se aman, y se descubren como en la fila del pan o del azúcar. La parca espera en todas las esquina con la svástica en la siniestra. Los heridos de muerte, no han vuelto al espejo, se engañan al baile de un bolero y lagrimean al arrullo de un sitio desocupado. La culpa es por darle el espacio al sol. Pues, se debe huir de la sombra de los albatros, ellos persiguen a los muertos y le sacan los ojos y la lengua.

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tristeza
a Darío Prieto

Escribo la tristeza de mi mundo sin caer en la parafernalia de describirlo, como un manual para decorar con rosas o claveles o como ella querría, tulipanes de papel en lo que quedó del espacio asoleado. La sortija arrebatada por una caminata donde el alma anoréxica se despega de los huesos y escurre miedosa por los zapatos como la orina. Entonces Siegfried piensa que lo sustancial resulta ser accesorio y lo accesorio parece ser sustancial. Yo sólo muerdo la punta de mi lenguaje, por el arrojo que me da sacrificar mi lecho únicamente por el poema. Cuando el mapa refleja ser el desvelo de un corazón blanco, se atreve y descubre que busca dentro de un pez sus latidos. Esa fuerza interna por la que obra el ser que la posee, se contrapone pálida como un verso, puñal de hombría que se oye venir por debajo de la tierra y que casi siempre es reconocida por la soberbia feliz de un soplo en los ojos.

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el hilo
a Arturo Rojas

Mal acostumbrado al oficio de escarbar bajo las piedras, es el otro ser que no llevó mi nombre entre sus uñas, ni susurró en secreto el de Dios. En el peor de los estados del ocio, o más bien como algunos dicen: en plena forma de la contemplación. Se quitó su viejo abrigo de lana y comenzó a caminar. Un día en que la lluvia de aquestos lares inundó las cabezas de los terribles pensadores, diluyendo a sangre sus más oscuras y siniestras cavilaciones. Una lluvia tan enrabiadamente hembra que fue capaz de roer la piel hasta mostrar el cuajar de los huesos. Despellejado y con las vísceras entre sus manos continuó inerte y limosnero, atado a la mano de un algo que algunos describieron como complejo eremita. Nadie entendió el mensaje. Se escupió de malas ganas la perdida de la lucidez de quienes dejaron el Olimpo en desolación. Ellos, los que se pasearon en el rumoreo de las callejuelas, merodeando en forma de domésticos animales, los automáticos movimientos de hombrecitos y mujeres,

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tan románticos, que ni siquiera reconocieron sus propias exequias. Ese olor tosco a gladiolo que dejaron al pasar. El mito urbanista recita que el subliminal ser perdió sus fuerzas y pasó de largo al Hades, de vuelta, cogió sus papeles y sus dibujos con la intención de salir de nuevo a la calle. El mundo tomó todos los desperdicios y supersticiones, aquellos entrerrenglonados objetos que a nadie sirven y el sabor traposo de la perdida en la boca, todo para ser amontonado en la puerta. Entonces, no pudiendo salir se tendió en su cama a esperar el calor de la primavera. Dormido, las raíces de hielo escarcharon su cuerpo, la fiebre quemó la osadía de los ojos y el hambre se ocultó bajo la lengua. En un escritorio, envuelto en papel kraft, esperó un cerebro en forma de corazón y atado a un par de alas. Un corazón y unas alas pintados a ingeniería de niños en colores pasteles y lápices de cera. Desde el techo pende el trozo de hilo que la inexorable Átropos cortó.

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duelo
a Mateo Saavedra

Pues, esta es la correspondencia, el duelo de la pérdida, descubrirse ante todos como la falta de ti mismo, cuando te encuentras en la parafernalia de tu propio funeral, el sepelio de todo y de todos los que te acompañan... No hacia el presente hay que volver los ojos, ni al pasado, esas postales las conocemos de memoria, es en el futuro donde se encuentra el luto que no advertimos. Toda la perdida, todo ese duelo que se nos viene encima, como la traición del alma sobre su propio cuerpo. La negación del sentido de las cosas, y es que a Dios no le importa revelarte el sentido de tu vida, el paso del tiempo o peor aún, la perdida de este. Has estado en campos de gladiolos o de claveles? No es el mismo olor que el de los cementerios? Pero no son los claveles o los gladiolos, es el agua quien huele a cementerio, ellos siempre huelen a gladiolos y claveles. El agua, es la muerte depositada hasta el olvido,

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las flores, la celebración del luto. Éste de todo el silencio es de un afuera y un adentro, como si no hubiera un adentro y un afuera, como si todo fuera un estar y no, como si todo fuera… Habría que caer dos veces y dos veces más dentro de las tres que caerás. El duelo en mi garganta recita que algo se acaba. Como el silencio se funde en el espejo de la habitación, en las imágenes del padre y en la madre, a modo de estigma, de lágrimas, al modo de los claveles y los gladiolos destrozados al tercer día de iniciar el invierno. Este silencio es el que aúlla por las tardes. Cuando todo es ausencia y la falta se te hace como la pena heredada de todo el mundo, y es un mortificado jardín de flores de cementerio.

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 índice           
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 exordio ........................................................... ……….. 3 las hilanderas
la devanadora....................................................... 21 la tejedora.............................................................. 25 la de las tijeras....................................................... 29

las flores
los claveles no huelen a cementerio…………… 35 cuando los niños se marchen............................... 36 verso cortés............................................................. 37 el limpiador............................................................ 38 el hombre que no habla........................................ 39 la curiosidad nos matará a todos........................ 40 con treintaisiete edades........................................ 41 el imberbe............................................................... 42 nicho....................................................................... 43 bastedad de amigos.............................................. 44 la sombra................................................................ 45 última visita........................................................... 46 la vigilia.................................................................. 47 honra fúnebre........................................................ 48 el luto...................................................................... 50 las flores.................................................................. 51

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porqué no el rezo
el rito................................................................ 55 parricidio......................................................... 58 repaso de la memoria.................................... 59 espejo............................................................... 61 lugar................................................................. 62 epígrafes.......................................................... 64 la saeta............................................................. 65 mi Dios............................................................. 68 un canto de mone piaf................................... 74 viejos roneos................................................... 78 por la tarde saldré a buscarles..................... 82 ellos.................................................................. 86 nosotros........................................................... 91 mi memoria no tiene caballeros.................. 93 de éste lado..................................................... 97 descifrador...................................................... 103

mono-ambiente
so pena de un recuerdo tibio........................ 107 ocaso................................................................. 109 ¿dispara usted o disparo yo?........................ 110 reniego............................................................. 112 la ánima........................................................... 114 tristeza............................................................. 117 el hilo............................................................... 118 duelo................................................................ 120

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Notas del exordio
*

Bartra, Agustí. Antología de la Poesía Norteamericana, segunda edición 1972, Universidad Nacional Autónoma de México. * Cervantes, Miguel. Prólogo, de El Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha, (1605). * del Valle, Rosamel. De Pequeño concierto para una extranjera. * Triviños, Gilberto. El poeta y la muerte en la poesía de Armando Uribe Arce. Hacia una física-poética de la muerte. Y Pedro Aldunate, Atenea No.493 Concepción 2006.

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este manojo de claveles a René Díaz Jorge Díaz O. Elizabet Soto José Fernández Laura Cuello Guillermo Catalán Fernando González Juan González C. Arturo Rojas Julio Pozo Eric Flores Vladimir Maiakovski Boris Pasternac Sergei Esenin Humberto Díaz Casanueva Juvencio Valle Rosamel del Valle Enrique Lihn Jorge Teillier Pedro Antonio González Cesar Vallejo Roberto Bolaño Gonzalo Millán Oliverio Girondo Alejandra Pizarnik Anais Nin Herman Melville Fiodor Dostoievski León Tolstoi Jorge Luís Borges Jorge Guillén Federico García Lorca Fernando Pessoa Konstantinos Kavafis Teresa Wilms Montt Mario Benedetti y Laura Avellaneda mis muertos.

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